Solemnidad de la Natividad del Señor 2016

 

25
diciembre

Solemnidad de la

Natividad del Señor   

2016

 

Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa (Noche BuenaNavidad)

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de la Natividad del Señor

(Domingo 25 de Diciembre de 2016)

LECTURAS

MISA DE MEDIANOCHE

Un hijo nos ha sido dado

Lectura del libro de Isaías      9, 1-6

El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.

Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia, como se goza en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín.

Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián. Porque las botas usadas en la refriega y las túnicas manchadas de sangre, serán presa de las llamas, pasto del fuego.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz». Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre.

El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL  95, 1-3. 11-13

R. Hoy nos ha nacido un Salvador:

 el Mesías, el Señor

Canten al Señor un canto nuevo,

cante al Señor toda la tierra;

canten al Señor, bendigan su Nombre. R.

Día tras día, proclamen su victoria,

anuncien su gloria entre las naciones,

y sus maravillas entre los pueblos. R.

Alégrese el cielo y exulte la tierra,

resuene el mar y todo lo que hay en él;

regocíjese el campo con todos sus frutos,

griten de gozo los árboles del bosque. R.

Griten de gozo delante del Señor,

porque Él viene a gobernar la tierra:

Él gobernará al mundo con justicia,

y a los pueblos con su verdad. R.

La gracia de Dios se ha manifestado para todos los hombres

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a Tito 2, 11-14

La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien.

Palabra de Dios.

ALELULA     Lc. 2, 10-11

Aleluia.

Les traigo una buena noticia, una gran alegría:

hoy les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.

Aleluia.

Hoy les ha nacido un Salvador

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas        2, 1-14

Apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque donde se alojaban no había lugar para ellos.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: « ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por Él!»

Palabra del Señor.

 
 

MISA DEL DÍA

Los confines de la tierra

 verán la salvación de nuestro Dios

Lectura del libro de Isaías      52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación y dice a Sión: «¡Tu Dios reina!»

¡Escucha! Tus centinelas levantan la voz, gritan todos juntos de alegría, porque ellos ven con sus propios ojos el regreso del Señor a Sión.

¡Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su Pueblo, El redime a Jerusalén!

El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL        97. 1-6

R. Los confines de la tierra han contemplado

el triunfo de nuestro Dios.

Canten al Señor un canto nuevo,

porque Él hizo maravillas:

su mano derecha y su santo brazo

le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria,

reveló su justicia a los ojos de las naciones:

se acordó de su amor y su fidelidad

en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado

el triunfo de nuestro Dios.

Aclame al Señor toda la tierra,

prorrumpan en cantos jubilosos. R.

Canten al Señor con el arpa

y al son de instrumentos musicales;

con clarines y sonidos de trompeta

aclamen al Señor, que es Rey. R.

Dios nos habló por medio de su Hijo

Lectura de la carta a los Hebreos   1, 1-6

Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo.

Él es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser. Él sostiene el universo con su Palabra poderosa, y después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha del trono de Dios en lo más alto del cielo. Así llegó a ser tan superior a los ángeles, cuanto incomparablemente mayor que el de ellos es el Nombre que recibió en herencia.

¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»?

¿Y de qué ángel dijo: «Yo seré un padre para él y él será para mí un hijo»?

Y al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice: «Que todos los ángeles de Dios lo adoren».

Palabra de Dios.

ALELUIA

Aleluia.

Nos ha amanecido un día sagrado;

vengan, naciones, adoren al Señor,

porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.

Aleluia.

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan      1, 1-18

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él, al declarar: «Éste es Aquél del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Misa de la Noche de la Natividad del Señor

Entrada: La gracia de Dios Nuestro salvador irrumpe en la Historia y se hace visible en el Niño de Belén que nos da a conocer su salvación. En esta Santa Misa alegrémonos y regocijémonos por su presencia.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:        Isaías 9, 1- 6

El profeta Isaías anuncia que un Niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

Salmo Responsorial: 95, 1- 3. 11- 13

Segunda Lectura:          Tito 2, 11- 14

La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado.

Evangelio:        Lucas 2, 1- 14

Los ángeles anuncian llenos de gozo el nacimiento del Salvador.

Preces: Misa de la noche

De todas las obras que Dios ha realizado en el tiempo y fuera de sí, la más grande es la Encarnación redentora del Verbo, pidámosle atienda nuestras súplicas para hacernos partícipes de ella.

A cada intención respondemos cantando:

* Pidamos por las intenciones del santo Padre sobre todo las referidas a esta Navidad, para que todos los hombres encuentren en Cristo la salvación que esperan. Oremos.

* Por la paz del mundo, para que cada hombre reciba con buena voluntad el mensaje de Paz que los ángeles difunden por todo el orbe. Oremos

* Para que en todos los cristianos crezcan en la valoración y el amor al Verbo Encarnado presente en la sagrada Eucaristía. Oremos.

* Pidamos especialmente por todos los hombres que están solos, enfermos; por los presos y los más pobres, para que Cristo en su nacimiento les traiga la alegría de saberse por El amados y acompañados en el misterio de la solidaridad del Hombre-Dios. Oremos.

* Por nuestros familiares, amigos y bienhechores, que el divino Niño nazca en los corazones de todos nuestros seres queridos. Oremos.

Dios Padre Nuestro, con profundo agradecimiento por que nos has dado todo en tu Hijo, te pedimos escuches benigno las plegarias que te hemos dirigido. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Hoy toda la creación exulta y la naturaleza entera se estremece de alegría. Hoy los hombres te salimos al encuentro pues eres nuestro Dios y Salvador.

*Este ramo de flores los ponemos a los pies de María Santísima como ofrenda nuestra en honor de su maternidad.

*Presentamos un ajuar para el Sacrificio de la Misa y con él todo nuestro trabajo diario que unimos a la cruz de Cristo.

*El pan y el vino que llevamos hasta el Altar sirva para concebir sacramentalmente al Verbo recibiendo su Cuerpo y su Sangre.

Comunión:

“La Eucaristía es una prolongación de la Encarnación en clave sacramental”. Hagamos de nuestra alma un Belén para acoger al Niño Dios.

Salida: Te felicitamos Virgen María porque engendraste al Salvador del mundo. Rogad por nosotros para que seamos dignos de sus promesas.

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Natividad del Señor- Misa del día

Entrada: ¡Qué Bondad la de Dios! Para que llegásemos a conocerlo a El que es invisible, quiso que su Hijo se hiciese visible,  para poder entregarse por amor entregó a su Hijo en Sacrificio para salvación de todos.

Liturgia de la Palabra

Primera lectura:      Isaías 52, 7-10

Con su venida, el Señor consuela a su pueblo y todas las naciones al contemplarlo en la salvación anunciada.

Salmo Responsorial: 97, 1- 6

Segunda:        Hebreos 1, 1-6

En su divino Hijo, Dios Padre pronuncia la Palabra de salvación.

Evangelio:     Juan 1, 1-18 o bien 1, 1- 5. 9- 14

El Verbo es la luz verdadera que al venir a este mundo ilumina a todos los hombres.

Preces: Misa del día

En este día Santo en que el Señor da a conocer su salvación, adoremos al Emmanuel, Dios con nosotros, y pidamos por las necesidades de todos lo hombres.

A cada intención respondamos cantando:

* Por la Iglesia, que gozosa contempla en el Pesebre el misterio escondido por los siglos y ahora manifestado en Cristo Jesús, para que lo sepa proclamar hasta los confines de la tierra por la Palabra y el testimonio de la santidad. Oremos.

* Por las misiones ad-gentes, para que en estos días de navidad la Iglesia reciba en su seno a muchos hijos renacidos por el agua del bautismo. Oremos.

* Por los cristianos que rezan y trabajan por la unidad, para que alcancen del Dios hecho Hombre lo que desea su corazón. Oremos.

* Por todos los pueblos, para que escuchando el anuncio de los ángeles, emprendan nuevos caminos de concordia. Oremos.

* Por todos los miembros de nuestra Familia religiosa, para que vivamos el estilo de vida que Jesús inauguró con su presencia, y siendo fieles a nuestro carisma sepamos manifestarle a los hombres de hoy. Oremos.

Recibe, Señor, nuestras súplicas, y junto con ellas la ofrenda de nuestros corazones, para que los colmes de paz, alegría y santidad. Te lo pedimos a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Queremos honrar al Niño Dios llevando al Altar  nuestros dones:

*Alimentos, con que expresamos nuestra solidaridad con los pobres como Jesús lo hizo al encarnarse dándose a Sí mismo;

* Cirios, y nuestro deseo de que la Luz de Cristo resplandezca en todo el orbe.

* Pan y vino para que sean transubstanciados en su Cuerpo y Sangre, y así unirnos al Sacrificio.

Comunión:

Al revestirse de la flaqueza de nuestra carne, el Verbo Encarnado en la Eucaristía nos da a gustar cuán bueno es el Señor.

Salida:  Contemplemos con María la claridad de misterio tan admirable, y adoremos a Aquel cuyo nombre es Consejero Admirable, Dios poderoso, Padre perpetuo y Príncipe de la paz.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O.P

NACIMIENTO DE JESÚS EN BELÉN

Lc 2, 1-20

       María y José, en adelante inseparables, tuvieron que hacer un viaje a Belén, en donde había de nacer Jesús según lo anunciado por las pro­fecías. A decir verdad, ellas sólo afirman una cosa: que el Mesías había de salir de Belén, que era la ciudad de origen de David. Siendo hijo de David, ya se podía decir que procedía de Belén.

       Sin embargo, una profecía de Miqueas se tomaba en un sentido más estricto, y el nacimiento de Jesús en Belén debía tomarse más a la letra.

       Una crítica que se precia de perspicaz y elevada presenta la difi­cultad de que sólo para ver el cumplimiento de una profecía se ha dicho que el nacimiento fue en Belén. Renán ha escrito, sin inmutarse, como si todo el mundo estuviera conforme: «Jesús nació en Nazaret»’. Cuanto escribió san Lucas sobre el empadronamiento que obligó a José y a María a ir a Belén, sería una pura ficción.

       Se reconoce hoy que dicho relato debió haber enseñado a los eru­ditos ciertas precisiones que se desprenden poco a poco de textos recientemente descubiertos.

       La afirmación de san Lucas es que el emperador Augusto ordenó que se hiciera el empadronamiento en todo el imperio romano, nombre que se daba a toda la tierra habitada. Esta operación catastral fue apli­cada a Palestina en tiempo de Herodes, y fue el motivo de ir a Belén José y María. Tuvo algo que ver en ella Quirino, que fue legado en Siria.

      Este último punto no está aun completamente dilucidado. Nosotros hemos traducido así: «Este empadronamiento fue anterior a aquel que mandó hacer Quirino siendo gobernador de Siria». Así no hay ninguna dificultad. Es cierto que este gran personaje hizo el empa­dronamiento de Judea cuando fue incorporada a la provincia romana de Siria por los años 6-7 después de Jesucristo, conservando su ma­gistrado propio, que recibía el nombre de procurador. Este empadro­namiento, que consagraba el dominio de los señores adoradores de los falsos dioses, dio motivo a una terrible insurrección religiosa. Es céle­bre en la historia, y para evitar toda confusión, san Lucas habría distinguido el empadronamiento general de este particular de incorpora­ción al imperio.

            Otros prefieren admitir que Quirino, que fue dos veces gobernador de Siria, mandó hacer el primer empadronamiento cuando la primera legación; pero es difícil fijar la fecha y aún más hacerla concordar con la que supone san Lucas. De todos modos, hay que reconocer que una dificultad, o más bien una incertidumbre sobre un punto particular, no da derecho a ningún historiador a poner en duda un hecho por otra parte            plausible. Si es cierto que Augusto tuvo cuidado de hacer el censo de su imperio, y si concibió el designio de comprender en él el reino de Herodes, cuya anexión estaba cercana, no es de creerse que lo deja­rían de hacer por consideración a un viejo y desconsiderado tirano.

        Cómo procedían los romanos en estas descripciones de personas y bienes, aun en las provincias, nos lo enseña maravillosamente un papi­ro hace poco descubierto. Se hacía por familias, es decir, por tribus, de suerte que se veían obligados, para inscribirse, a ir al lugar de su origen.

        Cayo Vibio Máximo, prefecto de Egipto, ordenó que para hacer el censo por casas, los que se habían alejado, fuera cualquiera el motivo, volviesen a sus hogares para llenar las formalidades que el censo requería. Si esto se hacía así ciento tres años después de Jesucristo, con más razón es de creer que se haría cuando las antiguas costumbres no se habían amoldado a los usos del derecho romano.

        En Egipto, sólo a los sacerdotes se les exigía que presentasen sus títulos genealógicos debidamente arreglados. Entre los semitas, las familias, aun las de más humilde condición, sentían legítimo orgullo de conocer a sus antepasados. Aun hoy, el emigrante maronita en Jerusalén o en los Estados Unidos sabe muy bien a qué tribu pertene­ce y a qué pueblo debía volver para inscribirse si esto le fuera exigido.

        José, por tanto, como descendiente de David, debía ir a Belén. Que llevase consigo a María, se comprende, por no querer dejarla sola. ¿Y por qué no habían de pensar en permanecer algún tiempo en Belén, habiendo sido avisados de que Jesús sería el restaurador del trono de David?

        Así, por un decreto del señor del Imperio que obligaba a salir de su casa a humildes personas, se cumple una profecía. «¿Qué hacéis príncipes del mundo…? Pero Dios tiene designios divinos que vosotros ejecutáis, cuando pensáis en vuestros caminos humanos».

        De la mano de la erudición más detallista, podemos saborear tran­quilos el encanto de esta narración, que llena de alegría los corazones de los niños y más aún los de las madres. José y María tomaron el camino que va de Nazaret a Jerusalén y de allí a Belén, distancia muy larga dado el estado de María, porque nosotros debemos pensar, a menos de seguir a los apócrifos, que para ella no serían pocas las inco­modidades. Los romanos aún no habían trazado sus admirables vías de comunicación, y aunque el viaje podía hacerse en carro o aún más cómodamente en literas, era muchísimo lujo para aquella pareja tan pobre. En Belén no encontraron alojamiento en las grandes posadas, a las que hoy llaman jans, donde se instalaban personas y bestias, unas al lado de otras, como podían. La oficina del censo, abierta entonces en Belén, atraía a mucha gente. Hallaron, sin embargo, albergue en una de las grutas que sirven para habitación de personas y para cuadra de animales. Tal vez estarían allí muchos días, teniendo José que esperar su turno para la inscripción, cuando María dio a luz a su hijo primo­génito. San Lucas, que emplea esta expresión —primogénito—, sabía muy bien que ningún cristiano de su tiempo la interpretaría mal. Jamás habla de otros hermanos y hermanas de Jesús: nadie ignoraba que este primogénito permaneció único. Preparaba solamente, como escritor previsor, lo que había de decir de la presentación en el Templo referente a los primogénitos. En esta habitación o establo había natu­ralmente un pesebre en forma de navecilla, donde se echaba el pienso a las bestias de carga, y sirvió de cuna para acostar al niño, que María misma envolvió en pañales. El nacimiento de este fruto divino, como antes su concepción, en nada lesionaron su virginidad: uno y otro se realizaron de una manera inefable, digna, como debemos suponer, de Dios y digna de la Madre que había escogido para su Hijo.

      El lugar del tradicional Pesebre, según lo distinguía una antigua tradición’, estaba un poco al este, en la parte baja del pueblo, y corres­ponde ahora a la parte más alta de la ciudad actual. Bajando hacia el oriente, pronto hallamos los límites de las tierras cultivadas. Belén era, con más razón que Jerusalén, la reina del desierto. Aun hoy van allá las tribus nómadas a comprar trigo y a vender sus tejidos y sus quesos. Muy cerca de allí estaban los pastores guardando sus rebaños. En invierno, a fines de diciembre, fecha que señaló la liturgia, los rebaños de los pueblos probablemente estaban encerrados en los establos para pasar la noche, pero los verdaderos pastores permanecían en el desier­to, donde la temperatura era más suave a medida que se baja hacia el mar Muerto. Un grupo de estos nómadas, que no eran de Belén, velaban aquella noche conversando sin duda para ahuyentar el sueño y guardar su rebaño. De repente se les apareció un ángel y una luz los envolvió. Este resplandor los llenó de espanto: les parecía sobrenatu­ral. El ángel les dice: «No temáis.» Venía a anunciarles la buena nueva. El Evangelio es ante todo un mensaje del cielo a la tierra. La revelación es hecha a Israel y es objeto de un grande regocijo porque en la ciudad de David ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor, a quien se le debe rendir todo homenaje. Ellos deben buscarlo y con­vencerse de que aquello no es una ilusión: hallarán un niño en un pese­bre, no abandonado en su desnudez, según se podía pensar viéndolo en aquella extraña cuna, sino envuelto en pañales.

       Y, como si el cielo tomase parte en aquella alegría, un numeroso ejército celestial se apareció también, alabando al Dios de Israel, que quiso ser llamado Iahvé de los ejércitos celestiales, el cual iba a ser reconocido como único Dios del mundo:

Gloria a Dios en las alturas

y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor.

       Dios recogerá así la gloria, la gloria del perdón concedido a los hombres que quieran con voluntad recta recibir a aquel que ha venido a salvarlos y traerles la paz.

       Tal es el Evangelio anunciado a estos hombres sencillos, que ha­bían conservado en su desierto el antiguo ideal de Abrahán, llegado como nómada de Caldea y cobijado en la única tienda en que se con­servaba entonces el culto del verdadero Dios. En tanto que los israelitas de las ciudades sólo evitaban el contacto de los gentiles por su aisla­miento moral, en lo cual había mucho de orgullo, estos pastores, mori­gerados, de costumbres estrictamente regladas, habituados a la presen­cia de Dios a que continuamente les convidaban aquellas soledades, se mostraron dóciles a la voz del cielo. «Vayamos, pues, hasta Belén y vea­mos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado». Fueron de prisa, vieron la señal que el Señor les había dado, anunciaron por aquellas cercanías la buena nueva y volvieron a cuidar de sus rebaños.

       El eco más fiel de todas estas palabras, la penetración más íntima de todas estas cosas, era el corazón de María donde convergían los designios de Dios.

Lagrange, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 1999, 37-41

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Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani (Misa de la Noche Misa del Dia)

Misa de la noche

EVANGELIO DEL NACIMIENTO

(Lc.2,1-14)

            En la noche de Navidad la Iglesia lee en las dos primeras misas la mitad del Capítulo II de San Lucas; y en la ter­cera, el Prólogo del Evangelio de San Juan, que se lee también al final de todas las misas del año. En San Lucas están los pormenores tan conocidos del nacimien­to del Salvador, que el arte cristiano ha popularizado en todo el mundo.

            Primero está marcado el tiempo: fue en el tiempo del gran Censo o empadronamiento general ordenado por Augusto César en todo el Imperio; y en la Siria –de que era gobernante–, por el Propretor Quirinius en el año 42 del César[1]. Por este orden, debió bajar de Nazareth José con su esposa encinta a la ciudad‑cabeza Bethleem, patria del Rey David, de quien ambos descendían; para que se cumpliera la Escritura:

                        Mas tu, Bethleem de Ephratah

                        pequeña entre los millares de Judá,

                        De ti me saldrá el que señoreará a Israel

                        y su origen de muy antiguo,

                        de Los días de mayor antigüedad.

                        El Jahué los entregará [a los judíos] hasta el tiempo

                        en que la que ha de parir parirá

                        y los demás hermanos volverán a Israel.

                        Y se robustecerá con la fortaleza de Jahué

                        con la majestad del nombre de su Dios Jahué

                        Y entonces habrá seguridad

                        porque su prestigio irá hasta los fines de la tierra

(Miqueas V, 1-3)

            Dante Alighieri dice muy alegre que Cristo es romano, porque eligió nacer en el Imperio Romano y obedeciendo a una orden del Emperador… Sí, nació en el Imperio para pagar un nuevo impuesto, y para no encontrar una alcoba donde nacer; y al fin de su vida, los soldados imperiales lo crucificarán. Cristo es de todo el mundo, así como antes de encarnarse no era deste mundo. Pareja­mente el P. Lombardi dice que Dios ha prometido a Italia el “primado religioso” en el mundo, porque los vicarios de Cristo viven en Roma. Son cuentos; cuentos patrió­ticos, como el del negro Falucho… un negro que no existió.

            El lugar fue una caravanera y un pesebre. “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre; porque no había para ellos lugar en la posada”. No hubo para Cristo recién nacido ni un cubículo de fonda; y este rasgo asombroso y de tan gran patetismo está puesto por Lucas de paso, en una frase incidental. ¡Si habrán decantado sobre él los predica­dores!

            Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacemos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enter­nece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aun­que hubiese nacido en el Palatino, en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante El, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el Universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y de verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los mis­terios de la Fe. Bueno es que los niños se enternezcan ante las pajas del pesebre, la mula y el buey; que los poetas canten:

                        Caído se le ha un clavel

                        Hoy a la Aurora del seno

                        ¡Qué glorioso que está el heno!

                        Porque ha caído sobre él.

                        …………………………………..

                        Las pajas del pesebre

                        Niño de Belén

                        Hoy son flores y rosas

                        Mañana serán hiel;

y que los predicadores derramen lágrimas sobre la po­breza del Verbo Encarnado; pero los adultos han de hacerse capaces de la grandeza del misterio y han de espantarse no tanto de que Dios sea un niño pobre, sino simplemente de que sea un niño.

            La herejía contemporánea, que consiste en una especie de naturalización del dogma, no tiene inconveniente en celebrar la “Fiesta de la Familia” y en enternecerse ante el “niño divino”; con tal que sea divino como todos los otros niños son “divinos”. El cristiano debe estar atento: no es un niño como los otros niños. El profeta Miqueas dice en el mismo capítulo del nacimiento:

                        Aquel día te quitaré los caballos

                        dice Jahué, y destruiré tus carros

                        Y abatiré las ciudades de tu tierra

                        y arruinaré todos tus fortines

                        Y te quitaré de las manos las hechicerías

                        y no habrá cabe ti agorerías

                        Destruiré tus ídolos y tus cipos

                        y no te postrarás ante la obra de tus manos

                        Y arrancaré del medio tus lucos sacros,

                        y derribaré tus árboles idolátricos.

                        Y en ira y furor haré venganza en tus gentes

                        que no quisieron escucharme.

            Los paganos de hoy celebran “el día del Niño” y des­pués se vuelven a sus espiritismos; cuando no lo celebran con hechicerías o con excesos paganos o animales. El cristiano celebra la Noche‑Buena con santa alegría, pero con profundo sobrecogimiento.

                        Os anuncio una gran alegría

                        Que será para todos los pueblos:

                        Hoy os nació en la ciudad de David

                        Un Salvador, el Mesías y el Señor.

                        Y ésta es la señal: encontraréis un niñito

                        envuelto en pañales

                        y reclinado en un pesebre,

                       dijo el Ángel a los pastores.

            El acontecimiento de los acontecimientos fue anuncia­do antes que a todos a unos pobres pastores que velaban en tomo de una hoguera en la noche helada. Ellos cre­yeron, y corrieron, y hallaron “lo que el Señor les había hecho saber”; aunque al ver al espíritu luminoso “te­mieron grandemente”; mas no pudieron temer al rey de los ángeles hecho niño pequeño. Ellos fueron los pri­meros ciudadanos del Reino, y sus primeros evangelistas. Ellos presenciaron el júbilo de los “ejércitos celestiales” sobre la caravanera, después de María y José, y antes que los Magos. Salieron contando el suceso y hubo pas­mo y una gran esperanza entre la pobre gente. “Pero María conservaba todas estas palabras rumiándolas en su corazón”. De ella sin duda las obtuvo muchos años después el médico griego meturgemán de San Pablo llamado Lucas, el evangelista de la niñez de Cristo y de la virginidad de María, de quien se dice también que hizo una pintura de Nuestra Señora; porque era tan mal médico y mal pintor como excelente “recitador”.

                        Tunc prius ignaris pastoribus ille creatus

                        Emicuit, quia Pastor erat. ..,

canta el poeta latino Sedulius:

                        Por eso primero que a todos a pobres pastores

                        Mostróse; porque era Pastor….

            La palabra “primogénito” que pone San Lucas, ha dado pie a muchos herejes (Joviniano, Hevidio, Ebión y Euno­mio; así como algunas sectas protestantes) para aseverar que la Santísima Virgen Nuestra Señora tuvo después de Cristo otros hijos; cosa que reproduce el judío Schalom Asch en su pesado novelón que como “historia de Cris­to” escribió con el título de El Nazareno. Pero la pala­bra griega protótokon significa tanto primogénito, como unigénito, según los peritos. Es como la palabra prime­riza que usan los libros de Medicina, que se refiere al primer parto sin determinar si es único; o uno seguido de otros.

            El cántico de los ángeles sobre el khan de Belén (“Glo­ria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”[2]) ha sido traducido diversamente y dado pie a muchas discusiones. La traducción más exacta es:

                        Gloria

                        en el cielo

                        a Dios; paz

                        en la tierra

                        a los hombres del beneplácito.

            Tés eudokías significa en griego a los hombres bien enseñados; es decir, a los creyentes; de los cuales los primeros fueron los Pastores; que si fueron tres pastores –como dice San Agustín– o doce pastores –como dice Teofilacto– no lo sabemos.

            San Lucas dice que María “dio a luz su hijo, lo fajó y lo reclinó en el pesebre”, sin ayuda de obstétricas o comadronas: el nacimiento de Cristo fue milagroso y virginal. “Los pañales –escribe San Cipriano de África– están en lugar de las púrpuras, y las fajas en lugar de las holandas de los reyes. La misma madre que da a luz es la obstetriz que presta al recién nacido sus cuidados: lo toca, lo abraza, lo besa, lo amamanta; todo ello inun­dada de gozo. No hay en este parto dolor ni lesión alguna… Por sí mismo se desprendió del árbol este fruto maduro”.

            La tradición del pueblo cristiano ha retenido desde los primeros tiempos que había en el khan de Belén una mula y un buey: los Santos Padres antiguos se han com­placido en aplicar a los dos humildes animales el ver­sículo de Isaías, I, 3: “Conocerá el buey a su dueño – Y el asno el pesebre de su Señor”. La tradición española tiene que San José llevaba el buey para pagar el tributo al Déspota Imperial, y la mula para cabalgadura de Ma­ría; puesto que de Nazareth a Belén hay cuatro días de camino a pie. El bueno de Maldonado se opone a esta tradición, diciendo que si tenían una mula no eran tan pobres, y no les hubieran negado lugar en la fonda. Pero ¿no se puede ser pobre y tener una pobre mula?

            Para mí que la mula fue prestada.

            Y así pasó esa noche que habría de ser recordada como Buena por excelencia en todo el mundo por siglos sin fin, sin que nada pasara en el mundo fuera de un movi­miento de pastores y una nueva estrella desconocida que vieron tres astrónomos caldeos en el cielo de Oriente. El Verbo de Dios se hizo hombre, y los periodistas de aquel tiempo no se enteraron de nada. Pasó la noche y vino el Alba y un nuevo día. “Caído se le ha un clavel – Hoy a la Aurora del seno…”.

            “Y pecaron los hombres como todos los días”, dijo el poeta Paúl Fort. Esto se puede poner en verso ¿por qué no? por lo menos para no aparecer como enemigo de los “villancicos”.

                        Hoy ha nacido un niño y hay un gran parabién

                        Hay cánticos de ángeles y hay luces en Belén.

                        Hoy ha nacido un niño: una mula lo aceza

                        Un obrero lo adora y una virgen lo besa.

                        Hoy ha nacido un niño; y unos pobres pastores

                        Vienen de prisa a verlo con corderos y flores.

                       Gloria a Dios en los cielos, paz a los que han creído

                        ¿Cuál pensáis será el nombre de este recién nacido?

                        Paz a los que han creído y a los que han de creer

                        ¿Quién pensáis será Este nacido de mujer?

                        Hoy ha nacido un niño muy antiguo de días

                        Más que el Hermón nevado con su testa de armiño

                        Que viene de las últimas místicas lejanías

                        Hoy ha nacido un niño y es Dios que se ha hecho niño

                        Y pecaron los hombres como todos los días.

            El pueblo judío era un buey pesado y bruto; y era cabezudo como una mula y tan ignorante y mistificado como el pueblo argentino: tenía que haber pensado que si Dios se hacía hombre –si se realizaba en el mundo la perfección de la Humanidad en un hombre– ese hombre iba a pasar desapercibido, y que había que abrir bien los ojos. Así que el buey reconoció a su Señor; y el Pueblo Elegido pasó la Noche Buena como todas las otras noches; y sigue pasándola.

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 426 – 432)

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Misa del día

EVANGELIO DEL ADVENIMIENTO

            El Prólogo del Evangelio de San Juan, cuya estructura lingüística hemos ilustrado someramente, contiene la doc­trina de Logos, o Verbo de Dios. Es una palabra griega original en el Evangelio, que Jesucristo no usó; pero que corresponde a la palabra sophía o sapiencia, que Jesús usó y que entronca en los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Cristo, dice San Juan, es el Lo­gos, o la Sabiduría, del Padre; y es Dios y es hombre; y es la vida del hombre.

            Logos significaba en ese tiempo para los griegos “pa­labra, razón, conocimiento, comprensión, sentido, ciencia, cordura, sabiduría…”. Era un concepto sumamente com­presivo y sumamente prestigioso –cuasi mágico– en los medios helenísticos, cultivados en la filosofía de Herá­clito, de Platón y de Filón de Alejandría.

            La escuela de crítica racionalista, que nace en el siglo pasado del protestantismo –con Lessing– y desemboca en el ateísmo –con Wrede, Brandes– pretendió que San Juan se había apoderado del concepto de Logos di­vino de la filosofía panteísta griega y lo había injertado en la tradición evangélica; haciendo así de Cristo un Dios, cosa que a Cristo y sus primeros discípulos no se les habría ocurrido nunca. Y para eso identifican el Lo­gos de San Juan con el Logos de Philón: filósofo judío del siglo I, que construyó un sistema de filosofía plató­nica sobre la base de los libros mosaicos, fuertemente teñida de panteísmo.

            La verdad es que entre el Logos de Juan y el de Philón media un abismo: el Logos de Philón–tomado de la fi­losofía estoica, que a su vez lo recibiera de Heráclito y Anaxágoras–es la Razón de Dios, la cual es el instrumento de la creación del mundo, a la manera de la razón operativa o la técnica del artista, por intermedio de la cual el artista crea la obra de arte. Mas el Logos de San Juan es una persona divina que se encarna en un hombre; y que no solamente está en –el seno de– Dios sino que está con o cabe Dios; puesto que el verbo era (eén) significa identidad en griego y la preposición cabe (pará) significa una distinción. La inteligencia de Dios tiene en Dios una vida personal, tanto que pudo bajar a la tierra y hacerse hombre: “y el Verbo se hizo carne y habitó entre [y en] nosotros”.

            Juan tomó el término del vocabulario filosófico de su tiempo; y también su sentido principal, concretándolo y aplicándolo al “Hijo del Hombre” e “Hijo de Dios” de los Sinópticos; entre otros motivos, para significar un modo de generación enteramente espiritual, no asimilable a la generación carnal que conocemos: “Los que no de las sangres, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del varón; sino que de Dios son nacidos”. Los musul­manes actuales, lo mismo que los gnósticos antiguos, no pueden acordar –y con razón– que Dios haya tenido un Hijo‑carnal. Mas la generación del Verbo no es carnal.

            La generación eterna del Verbo no puede compararse –y aun así permanece arcana– sino con la formación misteriosa del conocer en el alma del Hombre. Dios se conoce a sí mismo, y en sí a todas las cosas, y ese cono­cimiento es su “Hijo”. Esta es la última palabra que el intelecto humano, bajo el influjo de la Revelación, pue­de pronunciar sobre el misterio de la vida divina, inacce­sible naturalmente a sus alcances.

            ¿Qué era el Logos para la cultura helénica? Era. para algunos, un ser intermediario entre Dios y el mundo (Plotino); para otros (Philón) era la razón divina es­parcida por la creación, distinguiendo a los seres y or­ganizándolos; pero era también otra cosa, pues el tér­mino no había llegado a esos sentidos técnicos sino acom­pañado por una nube de asociaciones que lo matizaban. Todo lo que hay de serio de razonable, de ordenado (lo bello, lo regulado, lo conveniente, lo legítimo), todo lo que era universal, armonioso y musical se agrupaba para el espíritu griego en torno del Logos, que era como la medida y el ideal de las cosas. Para formarse una idea piénsese en lo que significaba para los hombres del si­glo XVIII el nombre mágico de Razón: liberamiento, sapiencia, virtud, progreso, luces; todo lo que inspira, desde hace cien años, la palabra Ciencia; lo que sugiere a nuestros contemporáneos el término Vida; palabras-­símbolo de significado indeterminado y fuerte carga afec­tiva: los talismanes o banderines de la época. Son como resúmenes del ideal de una época, llenos de sugestión por su misma vaguedad; indicadores de una solución que todo el mundo busca, pero no la solución misma, a no ser como silueta y como germen… La solución que tendrá más chances de triunfar será aquella que hará tomar cuerpo de la manera más clara a un mayor número de nociones apuntadas y de aspiraciones inquie­tas, que vivían como en difusión en la Gran Palabra. Ahora bien, San Juan respondió maravillosamente a ese movimiento de gestación aplicando la Palabra Magné­tica en forma precisa a Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios –fiel a la tradición bíblica del Libro de la Sabiduría–; y así respondió a los deseos de las almas grie­gas, a las cuales la teoría de un Logos nebuloso, difun­dido impersonalmente en las cosas, intermedio más bien que mediador, sombra de Dios más bien que Dios, no podía llenar perfectamente. Juan “evangeliza” a la vez para los judíos y para los gentiles.

            Después de haber señalado a Cristo como el Verbo del Padre, Juan lo hace sucesivamente la Vida, la Luz la Gloria, la Gracia y la Verdad de Dios; Engendrador a su vez de una nueva vida en “todos cuantos lo reci­bieren”. El comienza por ser la luz de todos los nacidos, porque imprime en toda alma mortal la imagen de Dios en forma de razón y de conciencia; y es después el prin­cipio de la luz sobrenatural de la fe, por la cual el hom­bre es levantado a una nueva filiación, la adopción di­vina. La gracia y la verdad son sus dones, de cuya ple­nitud todos recibimos; una verdad trascendente que sólo se da por la gracia, gratuitamente.

            La doctrina del Logos en Juan se resume por tanto así: el Cristo, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios son uno, y ese uno es uno con su Padre, y se ha unido a la natu­raleza humana tomando su carne y alma; él llama a to­dos los hombres a la verdad, y por ella a la unidad. Pero la unidad del Verbo con el Hombre siendo en la carne, y permaneciendo los discípulos en el mundo, esa unidad debe volverse y hacerse sensible; y se vuelve sensible en una sociedad humana, simbolizada en la imagen del Rebaño y el Pastor. Y como el Buen Pastor natural y primogénito se aleja por un tiempo de este mundo, ha designado un Sub‑Pastor en la persona de Pedro. Cuan­do Juan escribía, Pedro había seguido ya a su Maestro; pero esto no turba a Juan: sabe que la Providencia ha proveído a la necesidad de la clave de estructura de la sociedad cristiana en la persona de los sucesores de Pe­dro. Como está repetido tantas veces en el largo Sermón-­Despedida de Cristo antes de su Pasión, esta unidad de la sociedad cristiana está asegurada; y ella se verifica en la fe y en la caridad.

            Los que sienten tan fuertemente hoy día la necesidad de la unión de los discípulos de Cristo, deben advertir que esa unión sólo es posible en la fe y en la caridad. Hoy día hay algunos que, dejando de lado la fe, insisten en efectuar la unión en la caridad: es imposible. El protestantismo hoy día –no así en sus comienzos– ago­tado en la discusión interminable de las variaciones dog­máticas producidas por el “libre examen”, ha acabado por arrojar “los dogmas” por la borda y forcejea por uni­ficar a los cristianos en una vaga adhesión personal a Cristo, que se vuelve un puro sentimentalismo. Pero el primer lazo de unión es la verdad, y la verdad no puede ser diferente y contradictoria dentro de sí misma. Otros en cambio pretenden mantener la unión sobre la fe sola.

            Este es el estado de las iglesias católicas cuando de­caen: sus fieles creen todos lo mismo así media a bulto (recitan el mismo Credo de memoria) pero no están unidos entre sí en hermandad real: ni se conocen entre ellos a veces; oyen misa codo con codo en un gran edi­ficio –que fácilmente puede ser quemado– reciben la “comunión” cada uno por su lado, y después se van a sus negocios; y quiera Dios que no a tirarse, unos a otros, flechazos o coces. No es esta una “iglesia” propia­mente hablando; no hay Iglesia de Cristo sin caridad. La fe sin obras es muerta, y la obra por excelencia de la fe es la caridad, la comunión de las almas. “obras obras!” decía Santa Teresa; en el mismo tiempo en que Lutero clamaba “¡Fe, fe!” y declaraba a las obras (a las obras exteriores al principio, después a todas en general) como inútiles para la salvación. Y realmente, si hubiesen estado vigentes las “obras” de Santa Teresa (obras de verdadera caridad, externas e internas a la vez) en la Alemania de Lutero, el renegado sajón no se hubiese le­vantado, o hubiese caído de inmediato, sin separar de la Iglesia un medio mundo.

            El sifilítico Enrique VIII escribió una obra en defensa de la fe en el Santísimo Sacramento contra Lutero, que le mereció de la Santa Sede el título honorífico de “Defen­sor fidei”, que aún llevan los Reyes de Inglaterra; pero eso no le impidió quebrar el vínculo de la Iglesia inglesa con la Iglesia Universal, y precipitar a Inglaterra y con ella a media Europa en el cisma primero y luego en la herejía. Nunca renegó de la fe; pero se divorció de la caridad. (Y, entre paréntesis, inventó el divorcio).

            Porque la fe debe engendrar caridad, y la caridad debe vivir de la fe; y sin eso, no hay unidad. Roguemos por la Iglesia Argentina[3].

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 144-150)

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[1]Según las fechas que pone Josefo en sus Antiguedades Judaicas, el Propretor Cirino o Quirinus fue enviado a hacer esta “capitación” de la Siria, muerto ya Herodes y desterrado a las Galias su hijo Arquelao; lo cual pone una discrepancia de 11 años con la cronología de Lucas. Lo probable es que Flavio Josefo haya confundido las fechas más bien que Lucas. Otros resuelven la dificultad diciendo que había dos legados de Augusto, uno para el empadronamiento y otro jefe del ejército: Saturnino y Quirino; y que Lucas nombró solamente a Quirino, como al jefe principal, omitiendo a Saturnino, que es el legado mencionado por el historiador judío.

[2]Vulgata latina.
[3]Estas homilías se acabaron de escribir el día del Sagrado Corazón de Jesús de 1955. Laus Deo.

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SERMON I

De la Natividad del Señor. (21)

            Nuestro Salvador, amadísimos, hoy ha nacido: alegrémonos. Pues no es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la vida, que acabando con el temor de la muerte nos llenó de gozo con la eternidad prometida. Nadie se crea excluido de participar en este contento; una misma es la causa de la común alegría, porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como a nadie halló libre de culpa, así vino a librar a todos del pecado. Exulte el Santo, porque se acerca al premio. Alégrese el pecador, porque se le invita al perdón. Anímese el gentil, porque es llamado a la vida. Ya que el Hijo de Dios, al llegar la plenitud de los tiempos dispuestos por los inescrutables designios del divino consejo, tomó la naturaleza humana para reconciliarla con su autor, a fin de que el diablo, inventor de la muerte, fuese vencido por la misma (naturaleza) que él había dominado. En esta lucha, emprendida por nosotros, se peleó según las mejores y maravillosas reglas de la equidad, pues el Señor todopoderoso combatió con el crudelísimo enemigo, no en su majestad, sino en nuestra humildad, oponiéndole la misma forma y la misma naturaleza, la que participa, desde luego, de nuestra mortalidad, aunque libre en todo de pecado. Lejos estuvo de este nacimiento, lo que de todos los demás leemos: nadie está limpio de mancha, ni el niño que sólo lleva un día de vida sobre la tierra (Job., 14, 4). Nada contrajo en este singular nacimiento de la concupiscencia carnal, en nada participó de la ley del pecado. Es elegida una Virgen de la real estirpe de David, que debiendo concebir fruto sagrado, antes concibió su divina y humana prole con el pensamiento que con el cuerpo. Y para que no se asustara por los efectos inusitados del designio divino, supo por las palabras del ángel lo que en ella iba a obrar el Espíritu Santo, y así no reputó en daño de su virginidad el llegar a ser Madre de Dios. ¿Cómo había de admirarse ante la nueva de tal concepción quien recibe promesa cierta del poder del Altísimo? Además, se confirma la fe de la que cree con la prueba de un anterior milagro, y se aduce la inesperada fecundidad de Isabel, para que no se dude de que quien hizo concebir a la estéril hará otro tanto con la virgen.

            Así, pues, el Verbo de Dios; Dios, Hijo de Dios, que en el principio estaba con Dios, por quien han sido hechas todas las cosas y sin él nada se ha hecho, para librar al hombre de la muerte eterna, se hizo hombre, de tal manera bajándose a revestirse de nuestra humildad, aunque sin disminución de su majestad, que permaneciendo como era y tomando lo que no era, unió la verdadera forma de siervo a aquella otra forma por la que es igual a Dios Padre; y con tan estrecha alianza cosió una y otra naturaleza, que, ni la inferior la absorbió la glorifica-ción ni a la superior la disminuyó la asunción. Quedando a salvo la propiedad de cada sustancia y aglutinándose en una sola persona, es tomada por la majestad la humildad; por la fortaleza, la debilidad; por la eternidad, la mortalidad, y para pagar la deuda de nuestra condición, una naturaleza inviolable (inatacable, inasequible al daño) es unida a una naturaleza pasible, y un Dios verdadero y hombre verdadero se plasman en un solo Señor (en Jesucristo); para que, conforme convenía a nuestro remedio, uno e idéntico mediador entre Dios y los hombres pudiese morir por un lado y resucitar por otro. Con razón, pues, no ocasionó corrupción alguna a la integridad virginal el parto de salvación, porque fue guarda del pudor el nacimiento de la verdad. Tal nacimiento, carísimos, era el que convenía a la fortaleza de Dios y a la sabiduría de Dios, que es Cristo, por el cual se hiciese semejante a nosotros por la humanidad y nos aventajase por la divinidad. De no haber sido Dios no nos hubiera proporcionado remedio: de no haber Sido hombre no nos hubiera dado ejemplo. Por eso es anunciado por los ángeles, que cantan de gozo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Luc., 2, 14). Puesto que ven a la celestial Jerusalén, que es fabricada con gentes de todo el mundo. De obra tan inefable de la divina misericordia, ¿cuánto no debe gozarse la pequeñez de los hombres, cuando tanto se alegra la sublimidad de los ángeles?

            Por tanto, amadísimos hermanos, demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, el cual, por la excesiva misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros; y estando muerto por los pecados nos resucitó a la vida de Cristo (Ef., 2, 18), para que tuviéramos en él una nueva vida y un nuevo ser. Así que dejemos el hombre viejo con sus acciones, y hechos participantes del nacimiento de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, oh Cristiano, tu dignidad, pues participas de la divina naturaleza, y no quieras volver a la antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Ten presente que habiendo sido arrancado del poder de las tinieblas has sido transportado al reino y claror de Dios. Por el sacramento del Bautismo fuiste hecho templo del Espíritu Santo; no ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas sometiéndote otra vez a la esclavitud del demonio, porque has costado la sangre de Cristo, quien te juzgará conforme a la verdad, quien te redimió según su misericordia, el que con el Padre y el Espíritu Santo reina por los siglos de los siglos. Amén.

SAN LEÓN MAGNO, Sermones Escogidos, Sermón I: De la Natividad del Señor. (21), Apostolado Mariano España 1990, 12-14

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San Juan Pablo II

 

Natividad del Señor

1. «Populus, quí ambulabat in tenebris, vidit lucem magnam – El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande» (Is 9, 1).

Todos los años escuchamos estas palabras del profeta Isaías, en el contexto sugestivo de la conmemoración litúrgica del nacimiento de Cristo. Cada año adquieren un nuevo sabor y hacen revivir el clima de expectación y de esperanza, de estupor y de gozo, que son típicos de la Navidad.

Al pueblo oprimido y doliente, que caminaba en tinieblas, se le apareció «una gran luz». Sí, una luz verdaderamente «grande», porque la que irradia de la humildad del pesebre es la luz de la nueva creación. Si la primera creación empezó con la luz (cf. Gn 1, 3), mucho más resplandeciente y «grande» es la luz que da comienzo a la nueva creación: ¡es Dios mismo hecho hombre!

La Navidad es acontecimiento de luz, es la fiesta de la luz: en el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo de la humanidad y despeja las nubes del pecado. El fulgor del triunfo definitivo de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza.

2. «Habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9, 1).

El anuncio gozoso que se acaba de proclamar en nuestra asamblea vale también para nosotros, hombres y mujeres en el alba del tercer milenio. La comunidad de los creyentes se reúne en oración para escucharlo en todas las regiones del mundo. Tanto en el frío y la nieve del invierno como en el calor tórrido de los trópicos, esta noche es Noche Santa para todos.

Esperado por mucho tiempo, irrumpe por fin el resplandor del nuevo Día. ¡El Mesías ha nacido, el Emmanuel, Dios con nosotros! Ha nacido Aquel que fue preanunciado por los profetas e invocado constantemente por cuantos «habitaban en tierras de sombras». En el silencio y la oscuridad de la noche, la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.

Pero, ¿no contrasta quizás esta certeza de fe con la realidad histórica en que vivimos? Si escuchamos las tristes noticias de las crónicas, estas palabras de luz y esperanza parecen hablar de ensueños. Pero aquí reside precisamente el reto de la fe, que convierte este anuncio en consolador y, al mismo tiempo, exigente. La fe nos hace sentirnos rodeados por el tierno amor de Dios, a la vez que nos compromete en el amor efectivo a Dios y a los hermanos.

3. «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2, 11).

En esta Navidad, nuestros corazones están preocupados e inquietos por la persistencia en muchas regiones del mundo de la guerra, de tensiones sociales y de la penuria en que se encuentran muchos seres humanos. Todo buscamos una respuesta que nos tranquilice.

El texto de la Carta a Tito que acabamos de escuchar nos recuerda cómo el nacimiento del Hijo unigénito del Padre «trae la salvación» a todos los rincones del planeta y a cada momento de la historia. Nace para todo hombre y mujer el Niño llamado «Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz» (Is 9, 5). Él tiene la respuesta que puede disipar nuestros miedos y dar nuevo vigor a nuestras esperanzas.

Sí, en esta noche evocadora de recuerdos santos, se hace más firme nuestra confianza en el poder redentor de la Palabra hecha carne. Cuando parecen prevalecer las tinieblas y el mal, Cristo nos repite: ¡no temáis! Con su venida al mundo, Él ha derrotado el poder del mal, nos ha liberado de la esclavitud de la muerte y nos ha readmitido al convite de la vida.

Nos toca a nosotros recurrir a la fuerza de su amor victorioso, haciendo nuestra su lógica de servicio y humildad. Cada uno de nosotros está llamado a vencer con Él «el misterio de la iniquidad», haciéndose testigo de la solidaridad y constructor de la paz. Vayamos, pues, a la gruta de Belén para encontrarlo, pero también para encontrar, en Él, a todos los niños del mundo, a todo hermano lacerado en el cuerpo u oprimido en el espíritu.

4. Los pastores «se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho» (Lc 2, 17).

Al igual que los pastores, también nosotros hemos de sentir en esta noche extraordinaria el deseo de comunicar a los demás la alegría del encuentro con este «Niño envuelto en pañales», en el cual se revela el poder salvador del Omnipotente. No podemos limitarnos a contemplar extasiados al Mesías que yace en el pesebre, olvidando el compromiso de ser sus testigos.

Hemos de volver de prisa a nuestro camino. Debemos volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En Él se nos ha dado el amor.

5. «Un Niño nos ha nacido…»

Te acogemos con alegría, Omnipotente Dios del cielo y de la tierra, que por amor te has hecho Niño «en Judea, en la ciudad de David, que se llama Belén» (cf. Lc 2, 4).

Te acogemos agradecidos, nueva Luz que surges en la noche del mundo.

Te acogemos como a nuestro hermano, «Príncipe de la paz», que has hecho «de los dos pueblos una sola cosa» (Ef 2, 14).

Cólmanos de tus dones, Tú que no has desdeñado comenzar la vida humana como nosotros. Haz que seamos hijos de Dios, Tú que por nosotros has querido hacerte hijo del hombre (cf. S. Agustín, Sermón 184).

Tú, «Maravilla de Consejero», promesa segura de paz; Tú, presencia eficaz del «Dios poderoso»; Tú, nuestro único Dios, que yaces pobre y humilde en la sombra del pesebre, acógenos al lado de tu cuna.

¡Venid, pueblos de la tierra y abridle las puertas de vuestra historia! Venid a adorar al Hijo de la Virgen María, que ha venido entre nosotros en esta noche preparada por siglos.

Noche de alegría y de luz.

¡Venite, adoremus!

Homilia del beato Juan Pablo II en la Noche Buena del 24 diciembre de 2001

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Benedicto XVI


Natividad del Señor

Queridos hermanos y hermanas:

«A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono —la Cruz— corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo? Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s). Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada. Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico —siempre según los Padres— tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: “Padre nuestro que estás en los cielos”, él se pregunta: ¿qué es esto del cielo? Y ¿dónde está el cielo? Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: “El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado” (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado “tierra”, así, por el contrario, el justo puede llamarse “cielo”» (Serm. in monte II 5,17). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Basílica Vaticana 25 de diciembre de 2007

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S.S. Francisco p.p.

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).

Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.

Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. Porque es fiel, «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y momentos de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). Pueblo en camino, sobre todo pueblo peregrino que no quiere ser un pueblo errante.

2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.

3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Es condición del peregrino velar, y ellos estaban en vela. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como dijeron los ángeles a los pastores: “No teman”.  Y también yo les repito a todos: “No teman”. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre nos perdona siempre. Y Él es nuestra paz. Amén.

(24 de diciembre de 2013)

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Directorio Homilético

Solemnidad de la Navidad

CEC 456-460, 566: “¿Por qué el Verbo se hizo carne?”

CEC 461-463, 470-478: la Encarnación

CEC 437, 525-526: el misterio de la Navidad

CEC 439, 496, 559, 2616: Jesús es el Hijo de David

CEC 65, 102: Dios ha dicho todo en su Verbo

CEC 333: Cristo encarnado es adorado por los ángeles

CEC 1159-1162, 2131, 2502: la Encarnación y las imágenes de Cristo

I        POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE

456    Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos co nfesando: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre».

457    El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).»El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo» (1 Jn 4, 14). «El se manifestó para quitar los pecados» (1 Jn 3, 5):

          Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdida la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).

458    El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dio s al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

459    El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí … «(Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

460    El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4): «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (S. Atanasio, Inc., 54, 3). «Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus homo» («El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres»)  (Santo Tomás de A., opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).

II       LA ENCARNACION

461    Volviendo a tomar la frase de San Juan («El Verbo se encarnó»: Jn 1, 14), la Iglesia llama «Encarnación» al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:

          Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp 2, 5-8; cf. LH, cántico de vísperas del sábado).

462    La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:

          Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo … a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).

463    La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: «Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios» (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta «el gran misterio de la piedad»: «El ha sido manifestado en la carne» (1 Tm 3, 16).

IV     COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS

470    Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación «la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida» (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a «uno de la Trinidad». El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente  las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14, 9-10):

          El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22, 2).

          El alma y el conocimiento humano de Cristo

471    Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo había sustituído al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana (cf. DS 149).

472    Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar «en sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.). Eso … correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario en «la condición de esclavo» (Flp 2, 7).

473    Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf. S. Gregorio Magno, ep 10,39: DS 475). «La naturaleza humana del Hijo de Dios, no por ella m isma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que conviene a Dios» (S. Máximo el Confesor, qu. dub. 66 ). Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba también la penetración divina que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.).

474    Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34; 14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13,32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7).

          La voluntad humana de Cristo

475    De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en el año 681) que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La voluntad humana de Cristo «sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad omnipotente» (DS 556).

          El verdadero cuerpo de Cristo

476    Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede «pintar la faz humana de Jesús (Ga 3,2). El séptimo Concilio ecuménico (Cc. de Nicea II, en el año 787: DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas.

477    Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios «que era invisible en su naturaleza se hace visible» (Prefacio de Navidad). En efecto, las particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su imagen, «venera a la persona representada en ella» (Cc. Nicea II: DS 601).

          El Corazón del Verbo encarnado

478      Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), «es considerado como el principal indicador y símbolo…del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres» (Pio XII, Enc.»Haurietis aquas»: DS 3924; cf. DS 3812).

437    El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Desde el principio él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo»(Jn 10, 36), concebido como «santo» (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1, 20) para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8; Ap 22, 16).

El Misterio de Navidad

525    Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia  pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo (cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche:

                        La Virgen da hoy a luz al Eterno

                        Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.

                        Los ángeles y los pastores le alaban

                        Y los magos avanzan con la estrella.

                        Porque Tú has nacido para nosotros,

                        Niño pequeño, ¡Dios eterno!

                        (Kontakion, de Romanos el Melódico)

526    «Hacerse niño» con relación a Dios es la condición para  entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario «nacer de lo alto» (Jn 3,7), «nacer de Dios» (Jn 1, 13) para «hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo «toma forma» en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es el Misterio de este «admirable intercambio»:

          O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad (LH, antífona de la octava de Navidad).

439    Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).

La virginidad de María

496    Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido «absque semine ex Spiritu Sancto» (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

          Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro  Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, …Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato … padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Smyrn. 1-2).

          La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559    ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su Padre» (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «Danos la salvación!»). Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad «montado en un asno» (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

Jesús escucha la oración

2616  La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9, 27) o «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: «¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!» Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: «Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!».

          San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: «Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis» («Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros», Sal 85, 1; cf IGLH 7).

          Dios ha dicho todo en su Verbo

65    «De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. S. Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1,1-2:

Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 2,22,3-5: Biblioteca Mística Carmelitana, v. 11 (Burgos 1929), p. 184.).

102    A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3):

Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103,4,1).

333 De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce «a su Primogénito en el mundo, dice: ‘adórenle todos los ángeles de Dios»‘ (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: «Gloria a Dios…» (Lc 2, 14). Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús en el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43), cuando E1 habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29‑30; 11,8). Son también los ángeles quienes «evangelizan» (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2, 8‑14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5‑7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1, 10‑11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; 25, 31 ; Lc 12, 8‑9).

Imágenes sagradas

1159  La imagen sagrada, el icono litúrgico, representa principalmente a Cristo. No puede representar a Dios invisible e incomprensible; la Encarnación del Hijo de Dios inauguró una nueva «economía» de las imágenes:

          En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura no podía de ningún modo ser representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios…con el rostro descubierto contemplamos la gloria del Señor (S. Juan Damasceno, imag. 1,16).

1160  La iconografía cristiana transcribe mediante la imagen el mensaje evangélico que la Sagrada Escritura transmite mediante la palabra. Imagen y Palabra se esclarecen mutuamente:

          Para expresar brevemente nuestra profesión de fe, conservamos todas las tradiciones de la Iglesia, escritas o no escritas, que nos han sido transmitidas sin alteración. Una de ellas es la representación pictórica de las imágenes, que está de acuerdo con la predicación de la historia evangélica, creyendo que, verdaderamente y no en apariencia, el Dios Verbo se hizo carne, lo cual es tan útil y provechoso, porque las cosas que se esclarecen mutuamente tienen sin duda una significación recíproca (Cc. de Nicea II, año 787: COD 111).

1161  Todos los signos de la celebración litúrgica hacen referencia a Cristo: también las imágenes sagradas de la Santísima Madre de Dios y de los santos. Significan, en efecto, a Cristo que es glorificado en ellos. Manifiestan «la nube de testigos» (Hb 12,1) que continúan participando en la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental. A través de sus iconos, es el hombre «a imagen de Dios», finalmente transfigurado «a su semejanza» (cf Rm 8,29; 1 Jn 3,2), quien se revela a nuestra fe, e incluso los ángeles, recapitulados también en Cristo:

          Siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos Padres y la tradición de la Iglesia católica (pues reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda exactitud y cuidado que las venerables y santas imágenes, como también la imagen de la preciosa y vivificante cruz, tanto las pintadas como las de mosaico u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las casas y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como las de nuestra Señora inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos (Cc. de Nicea II: DS 600).

1162  «La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios» (S. Juan Damasceno, imag. 127). La contemplación de las sagradas imágenes, unida a la meditación de la Palabra de Dios y al canto de los himnos litúrgicos, forma parte de la armonía de los signos de la celebración para que el misterio celebrado se grabe en la memoria del corazón y se exprese luego en la vida nueva de los fieles.

2131  Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo Concilio ecuménico (celebrado en Nicea en 787), justificó contra los iconoclastas el culto de las imágenes: las de Cristo, pero también las de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos. Encarnándose, el Hijo de Dios inauguró una nueva «economía» de las imágenes.

2502  El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza Sobreeminente Invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, «Resplandor de su gloria e Impronta de su esencia» (Hb 1,3), en quien «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2,9), belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, los Angeles y los Santos. El arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador.

 

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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