Domingo II de Adviento (A)

 

04
diciembre

Domingo II de Adviento

(Ciclo A) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo II de Adviento (A)
(Domingo 4 de Diciembre de 2016)

LECTURAS

Juzgará con justicia a los débiles

Lectura del libro de Isaías     11, 1-10

Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor -y lo inspirará el temor del Señor-.
El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas.
El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá; la vaca y la osa vivirán en compañía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey.
El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora meterá la mano el niño apenas destetado. No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar.
Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como emblema para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada.

Palabra de Dios.

SALMO     71, 1-2. 7-8. 12-13. 17

R. Que en sus días florezca la justicia
y abunde la paz eternamente.

Concede, Señor, tu justicia al rey
y tu rectitud al descendiente de reyes,
para que gobierne a tu pueblo con justicia
y a tus pobres con rectitud. R.

Que en sus días florezca la justicia
y abunde la paz, mientras dure la luna;
que domine de un mar hasta el otro,
y desde el Río hasta los confines de la tierra. R.

Porque él librará al pobre que suplica
y al humilde que está desamparado.
Tendrá compasión del débil y del pobre,
y salvará la vida de los indigentes. R.

Que perdure su nombre para siempre
y su linaje permanezca como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos
y todas las naciones lo proclamen feliz. R.

Cristo salva a todos los hombres

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     15, 4-9

Hermanos:
Todo lo que ha sido escrito en el pasado, ha sido escrito para nuestra instrucción, a fin de que por la constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza. Que el Dios de la constancia y del consuelo les conceda tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús, para que con un solo corazón y una sola voz, glorifiquen a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Sean mutuamente acogedores, como Cristo los acogió a ustedes para la gloria de Dios. Porque les aseguro que Cristo se hizo servidor de los judíos para confirmar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas que él había hecho a nuestros padres, y para que los paganos glorifiquen a Dios por su misericordia. Así lo enseña la Escritura cuando dice: Yo te alabaré en medio de las naciones, Señor, y cantaré en honor de tu Nombre.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Lc 3, 4. 6

Aleluia.
Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.
todos los hombres verán la Salvación de Dios.
Aleluia.

EVANGELIO

Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     3, 1-12

En aquel tiempo, se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.» A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo:
«Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: «Tenemos por padre a Abraham». Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo II de Adviento

Ciclo A

Entrada:

Celebramos hoy el segundo domingo de Adviento, es decir, el segundo domingo de preparación para la Navidad. Y lo hacemos congregándonos alrededor del altar para celebrar el Santo Sacrificio de Cristo, que es el mismo sacrificio que Él consumó en la cruz. Participemos de este sacrificio digna y fructuosamente.

1º Lectura:         Is. 11, 1-10

La paz general, anunciada por el profeta, es imagen de la restauración de todas las cosas por Jesucristo.

2º Lectura:         Ro. 15, 4-9

En Cristo se manifiesta la fidelidad de Dios a las promesas hechas a su pueblo.

Evangelio:    Mt. 3, 1-12

San Juan Bautista, con su testimonio, proclama la mesianidad divina de Cristo, de quien él es precursor.

Preces

Cristo es el “Sí” de Dios a todas las promesas hechas al hombre. Con la confianza de no ser defraudados en nuestra fe, nos dirigimos a Él para pedirle por el mundo.

A cada intención respondemos: Escúchanos, Señor

* Por el Papa Francisco y por todos los obispos del mundo, para que sean capaces de hacer frente con valentía al espíritu del mundo y logren difundir la alegría del Evangelio. Oremos…

* Por los frutos de este Adviento en el alma de todos los bautizados, para que se preparen convenientemente, a través de la confesión sacramental, a recibir a Cristo que nace en Belén. Oremos…

* Por todos los consagrados, para que sean ante la humanidad desorientada, testimonios creíbles de la esperanza cristiana, signos del amor de Dios que no abandona a nadie. Oremos…

* Para que católicos y ortodoxos, se reconozcan recíprocamente como cristianos, dando cumplimiento al deseo de Cristo: “Que todos sean uno”. Oremos…

* Para que nuestra comunidad, por medio del don de sí cotidiano, proclame que la misericordia es la única esperanza para el mundo. Oremos…

Señor Jesucristo, Tú que eres autor y consumador de nuestra fe, escucha a tu Iglesia y concédele lo que te pide según tu gran bondad. Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

Ofertorio:

Ante el altar de Dios entreguemos lo que de sus manos recibimos y unámonos al don que hizo Cristo de sí mismo en el ara de la Cruz.

* Junto con estos alimentos, ofrecemos las obras de caridad de todos los que nos disponemos a festejar el Nacimiento de nuestro Redentor.

* A los dones del pan y vino unimos nuestra disposición oblativa, máxima expresión de nuestro sacerdocio real.

Comunión:

La Eucaristía es nuestra fortaleza y nuestra victoria, memorial del sacrificio redentor de la Cruz.

Salida:

Que María Santísima, “Mujer Eucarística” y “Virgen del Adviento”, nos ayude a disponernos para acoger con alegría a Cristo que viene.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         W. Trilling

La predicación del Bautista preparando a Israel a la recepción del Mesías.

(Mt 3:1-12; Mar_1:1-8; Luc_3:1-18; Jua_1:19-36)

1 En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, 2 diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca. 3 Este es aquel de quien habló el profeta Isaías cuando dijo: “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas.” 4 Juan iba vestido de pelo de camello, llevaba un cinturón de cuero a la cintura y se alimentaba de langostas y miel silvestre. 5 Venían a él de Jerusalén y de toda Judea y de toda la región del Jordán, 6 y eran por él bautizados en el río Jordán y confesaban sus pecados. 7 Como viera a muchos saduceos y fariseos venir a su bautismo, les dijo: Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que os amenaza? 8 Haced frutos dignos de penitencia, 9 y no os forjéis ilusiones diciéndoos: Tenemos a Abraham por padre. Porque yo os digo que Dios puede hacer de estas piedras hijos de Abraham. 10 Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego. 11 Yo, cierto, os bautizo en agua para penitencia; pero detrás de mí viene otro más fuerte que yo, a quien no soy digno de llevar las sandalias; él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego. 12 Tiene ya el bieldo en su mano y limpiará su era y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja en fuego inextinguible.

Con este capítulo comienza la vida “pública” de Cristo.

La aparición de Juan predicando es un momento de importancia capital y que destacan los cuatro evangelistas. Lucas lo pone “morando en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (Luc_1:80). Allí se preparó en la austeridad y penitencia para su misión sobrenatural. Una moción especial le hizo comprender que el momento de su actuación había llegado.

El Escenario.

Juan actúa en el “desierto de Judea.” Es una zona abrupta, pedregosa y estéril, de 80 kilómetros de largo, 20 de ancho y 1.700 kilómetros cuadrados de superficie l. Como a este lugar difícilmente podrían ir a buscarle las multitudes de que habla el evangelio, Lucas da la explicación. “Vino — dice — por toda la región del Jordán, predicando el bautismo de penitencia” (Luc_3:3). En ella abundan los poblados. Juan era un predicador “volante.”

En la elección del “desierto” para esta preparación influyó una razón de tipo ambiental. Los documentos de Qumrán han hecho ver que esta comunidad se había retirado al desierto precisamente para esperar allí la hora mesiánica. Dice la Regla de la comunidad: “De acuerdo con estas determinaciones, se alejarán de los hombres impíos para ir al desierto y preparar allí el camino de El (Dios), como está escrito: ‘En el desierto, preparad el camino de Yahvé., allanad en la estepa el sendero a nuestro Dios”. Es probable que Juan hubiese tenido algún contacto con estas comunidades también por el ansia de expectación de ambos por el inminente mesianismo. Muchos pensaban que del desierto vendría el Mesías (Josefo). Era la evocación del Israel del desierto. Aunque los esenios/ Qumrán y el Bautista tienen actividades distintas, es muy posible que el Bautista hubiese tenido contacto con ellos en su niñez/juventud. ¿Qué iba a hacer solo “en los desiertos” (Lc) donde moraba? Los esenios… «adoptan niños de otros en una edad bastante tierna, para que reciban sus enseñanzas…» Pudo haber sido una especie de “postulante,” pues en los esenios podían salirse (Josefo, Vita 2). En cuanto a los “bautismos” de Juan y las “langostas silvestres”, el Documento de Damasco (Luc_14:15) dice cómo han de tomarse; lo mismo que el no tomar licor fermentado. Los esenios tomaban tirosh – jugo de uva dulce. En Qumrán se dice que las “purificaciones” eran un rito externo que no quitaba la culpa moral. Todos éstos son datos comunes.

Juan, sin embargo, ejercía su actividad “por toda la región del Jordán, predicando el bautismo de penitencia para el perdón de los pecados” (Luc_3:3). Esto provocó un gran movimiento de masas, pues “venían a él de Jerusalén, y de toda la Judea, y de toda la región del Jordán” (Mat_3:5; Mar_1:5). Y el cuarto evangelista añade que llegó hasta Betania, en TransJordania (Jua_1:28) y Ainon (Jua_3:23), en Cisjordania, identificada por Eusebio, a fines del siglo IV, en su Onomasticón 3, a 12 kilómetros al sur de Beisán (Escitópolis). Eran razones de apostolado y de conveniencia para ejercer el bautismo en determinados lugares. Posiblemente las crecidas del Jordán le llevaban a determinados vados, que se prestaban mejor para ejercer estos bautismos de inmersión, como en el caso de Ainón, “donde había mucha agua y venían a bautizarse” (Jua_3:23).

Los tres sinópticos al presentar al Bautista evocan este pasaje de Isaías, aunque a Mateo le baste para su idea citar tan sólo el primer versículo:

“Una voz grita:

Abrid camino a Yahvé en el desierto,

allanad en la soledad el camino de nuestro Dios.

Que se rellenen todos los valles

y se rebajen todos los montes y collados;

que se allanen las cuestas y se nivelen los declives.

Porque se va a mostrar la gloria de Yahvé,

y la verá toda la carne a una” (Isa_40:3-5).

Alude el pasaje a la vuelta de la cautividad de Babilonia. Yahvé los conduce. Por eso habrán de preparar el camino por donde van a pasar. Yahvé, que se identifica aquí con Cristo, volvía de nuevo a reinar en Israel. El Bautista era su precursor, que anunciaba la inminente llegada del Reino, por lo que la preparación debía ser más bien de las vías morales. Sin embargo, se adapta el texto a la situación geográfica del Bautista al decir: “Voz del que clama en el desierto.” Qumrán, antes se citó, utiliza el texto a este propósito.

Descripción del Bautista.

La entrada en escena es abrupta, al estilo de Elias, al que se lo asimila (1Re_17:1).

Mateo y Marcos, al describirlo, dicen que aparecía con un vestido tejido de “pelos de camello.” Es un tejido áspero y duro, como lo usan aún los actuales beduinos palestinos. Y usaba, además, “un ceñidor de cuero.” Flavio Josefo, unos veinticinco años después de esta escena, se retiró a hacer vida con un ermitaño llamado Banno, que vivía “en el desierto” y vestía de lo que “producían los árboles.” Todo ello era reflejo de un sentido de austeridad profética y que recuerda a Elias: “Era un hombre vestido con pieles y con un cinturón de cuero a la cintura” (Rev_1:8; cf. Zac_13:4). Es, además, un intento evocador deliberado: presentarlo como el profeta (Luc_1:76) Elias, que habría de presentar al Mesías. Es la manera de evocar en el Bautista su realidad y signo “escatológico.”

Su alimento eran las langostas o “saltamontes” (άχρίδες) y la miel silvestre. Los primeros eran conocidos en la antigüedad como comida. El Levítico (Lev_11:22) los cita como animales no inmundos, y también la Mishna, donde se hace una más precisa distinción entre langostas inmundas y no inmundas. San Jerónimo dirá que eran, en sus días, el alimento de los pobres y, sobre todo, de la gente nómada y beduina. Los comerciantes “las rociaban con vino para darles un aspecto más atrayente.” Aún hoy día los árabes las comen. o también las secan para conservarlas. El “Documento de Damasco” (Luc_12:14) señala, como alimento de la secta, las “langostas.”

La miel silvestre, que aparece citada varias veces en la Escritura, pudiera ser bien la que las abejas dejan libremente en las cavidades de las rocas o la de exudaciones de ciertos árboles. Hipócrates cita a las de los cedros y Flavio Josefo la de las palmeras de Jericó. Ninguna de éstas es la aquí referida, ya que a orillas del Jordán ni hay rocas ni flores, por lo que no sería un alimento vulgar[1]. Sin embargo, a la transpiracion de un arbusto, la Tamarix mannifera, se la llama también miel silvestre[2], y estando los bordes del Jordán cubiertos de ella, “pensamos que son estos arbustos los que proporcionaban a Juan una comida insípida.”[3] Del ermitaño Banno, con el que Josefo hizo temporalmente vida de retiro, dice que se alimentaba sólo de las “cosas que se producían espontáneamente.”

Por Lucas (Luc_1:15; Luc_7:33) se completa esta figura de austeridad. Dice que “no comía pan ni bebía vino ni licores embriagantes.” Era una vida de austeridad consagrada a Dios. Evoca al “nazir.”

El oficio del Bautista.

Juan tenía un triple oficio:

a) Exhortar a la penitencia, “porque llega el reino de los cielos.” Penitencia que no se refiere propiamente a los actos penitenciales o ascéticos, sino a un cambio de mentalidad, de ser (μετάνοιαν) (ν. 11) que responde al verbo hebreo shub[4], volverse, con el que los profetas exhortaban al pueblo a volverse a Dios, a “convertirse.”

b) Administrar el bautismo. Fue esto tan característico en él, que los evangelistas le llaman el Bautista. Y también Josefo . Su bautismo era de agua y se realizaba por inmersión, como sugiere la misma palabra bautizar y como se ve en el bautismo de Cristo, quien, “después de bautizado, subió del agua.”

Estos ritos purificatorios eran normales en la Escritura (Eze_36:25; cf. Zac_13:1) y en el ambiente de entonces. Los esenios tenían sus purificaciones diarias, y por los descubrimientos de Qumrán se sabe que los miembros de la comunidad tenían “purificaciones rituales”, conociéndose también el “bautismo de los prosélitos,” de los gentiles que querían pasar al judaísmo, y en el cual se les cubría de agua hasta la cintura.

Juan no necesita copiar su bautismo de elementos extraños, pues “vivía y se movía en la esfera del A.T., y su bautismo se inspiraba ciertamente en las profecías del mismo”. Pero el elemento absolutamente diferencial era un bautismo de renovación moral en orden a recibir al Mesías.

c) Confesión de los pecados por parte de los bautizados. Confesiones públicas y oficiales se conocen ya en la Ley, como la de la fiesta de la Expiación, en la que el sumo sacerdote confesaba públicamente “todas las culpas, todas las iniquidades de Israel” y otras (Jue_10:10; 1Sa_7:6; 1Re_8:47; Esd_9:6-7; Jer_3:25). También las había personales y de pecados concretos (Num_5:7; Eco_4:31; Hec_19:18). En el bautismo de Juan debieron de ser muy varias, aunque individuales. Al borde ya de la era cristiana, en el día de la Expiación, los particulares estaban invitados a confesar sus pecados propios, sobre todo los que fueron en perjuicio del prójimo; lo mismo que el condenado a muerte y otros[5]. Un ejemplo de lo que pudieron ser estas confesiones colectivas puede darlo la confesión que hacía un rabino del siglo III (d.C.): “Señor, yo pequé y obré mal; perseveré en el mal y anduve por caminos de extravío. Pero ya no quiero volver a hacer lo que hice hasta ahora. Perdóname, ¡oh Yahvé, Dios mío! todas mis culpas y pecados.”

Este bautismo, tan sólo de agua, excitaba a “convertirse”; Cristo, que viene detrás de él, lo hará “en Espíritu Santo y fuego.” Flavio Josefo, hablando del bautismo de Juan, dice: “No se lo usaba para expiación de los pecados, sino como limpieza del cuerpo, cuando las mentes habían sido purificadas antes por la justicia.” En Mc (Mc 1,5) se habla de un bautismo en el que “confesaban sus pecados” (αμαρτιών); en Mt (Mt_3:11) se habla de un cambio de mente (εις μετάνο(αν). No deben ser conceptos distintos.

La Predicación “Escatológica” del Bautista.

Esta sección es omitida por Mc; en cambio, la traen con gran paralelismo Mt y Lc. (…). Lc las dirige a todos.

Como viese a muchos saduceos y fariseos venir a su bautismo, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que os amenaza?” Les llama así, pues, a semejanza de la víbora, que es pequeña y parece inofensiva y su mordedura muy venenosa, ellos, con su doctrina, esterilizan la Ley de Dios hasta llegar a “traspasar el precepto de Dios” por sus tradiciones y doctrinas de hombres (Mat_15:3).

Los fariseos. — En la época de Cristo, los fariseos aparecen bien definidos. Josefo dice que eran unos seis mil. No eran un partido político ni propiamente una secta religiosa, como si tuviesen creencias distintas que las del pueblo judío, sino gentes especialmente celosas del concepto teocrático de Israel y de la Ley. Y con objeto de mantener ésta en su estricto valor, recogieron de la tradición y prescribieron una serie de reglas a las que había que atenerse para el perfecto cumplimiento de la Ley. Esto los venía a aislar moral y, hasta en ocasiones, materialmente — vestidos, filacterias, modos de orar, etc. — del resto de la comunidad judía. De aquí que, primero, los llamasen “separados” (pherishim), y luego ellos lo tomasen por denominación honorífica del grupo. Para ellos la religión era, sobre todo, la práctica material de la Ley y de sus innumerables prescripciones, y despreciaban a los que no se dedicaban al estudio de la misma; considerándose por ello como los únicos que amaban a Dios, vinieron a caer en un orgullo desmedido.

Sin embargo, como externamente se conducían escrupulosamente conforme a ella y su conducta con el pueblo era más benévola que la de los saduceos, incluso por su mayor clemencia como jueces, gozaban de gran prestigio ante el pueblo, siguiéndolos éste en las cosas religiosas, y tal era el favor que les dispensaban que se les creía sin más, aun “cuando dijesen algo contra el rey o el sumo sacerdote”[6].

Con esta mentalidad es natural la guerra que desde el comienzo hicieron a Cristo, que traía la religión “del espíritu y de la verdad,” de la negación y de la humildad. Como también se comprende su actitud ante el Bautista: recibían su bautismo para aparecer celosos de la virtud, pero al mismo tiempo con las malas disposiciones interiores, por no ser cosa que hubiesen establecido ellos ni por pensar cambiar ni recibir la penitencia que predicaba él, puesto que sólo ellos estaban en las vías de la verdad y de la santidad.

Los saduceos. — Es oscuro su origen y su mismo nombre. Se supone que, al menos nominalmente, proceden de Sadok, sumo sacerdote. De él se habría prolongado una poderosa familia “sadokita” o saducea, con influencia política y agrupada en partido. Sin embargo, hay autores que niegan el origen de este Sadok o de otro personaje o fundador que diese origen a la secta. En la época de Cristo aparecen como partido político. Consta que admitían los libros de la Escritura, aunque hay autores que afirman que sólo admitían el Pentateuco. Sin embargo, negaban la existencia de los ángeles, la inmortalidad del alma, la resurrección de los cuerpos y, en consecuencia, las sanciones de la otra vida. Y negaban también algo muy importante para los fariseos, que eran las “tradiciones de los padres”.

Con esta concepción religiosa procuraban aprovecharse lo más posible de esta vida. Por ello se aliaban con la autoridad imperante que les facilitase los puestos de mando y los negocios. En la época del AT, el cargo de sumo sacerdote casi siempre lo ocupaba un saduceo. Esta “secta” tuvo muy pocos adheridos, pero a ella pertenecían los personajes más notables y los más ricos. Por ello solían tener muchos puestos, y de gran influencia, en el Sanedrín. Desde los puestos oficiales solían aceptar en su práctica externa las opiniones de los fariseos, puesto que, de lo contrarío, el pueblo no los hubiese tolerado. Por ello, tenían ante él muy poco ascendiente y poco influjo. Sin embargo, cuando ven las pretensiones mesiánicas que reclama Cristo y la posible restauración del trono davídico — por interpretación errónea del mesianismo espiritual que trae —, lo mismo que por temor a las intervenciones romanas y a pérdidas de sus puestos y situaciones privilegiadas, se aliaron con los fariseos para dar muerte al Señor.

Este “materialismo” de creencias, superficial y externo, que había llegado al extremo de hacerles creer que por ser descendientes de Abraham no podían ir al infierno[7], explica el discurso de Juan, que traía un cambio de pensamiento y de ser. Para nada cuenta el ser hijo de Abraham. Si así fuera, Dios podría sacar de las piedras hijos de Abraham, grafismo hiperbólico para expresar un contraste muy fuerte, una imposibilidad. La imagen pudo incluso haber sido sugerida entre banim, hijos, y abanim, piedras.

Ya se aplicó — anuncia y amenaza Juan — el hacha a la raíz de los árboles; el árbol que no produzca buen fruto va a ser cortado y arrojado al fuego. Será extirpado todo él, y esto va a afectar a todos — judíos vulgares o fariseos —. Entrañaba esto una predicación “escatológica.”

Era creencia en Israel, anunciada por los profetas (Joe_3:1-16; Sof_1:14-18; Mal_3:1-3), que a la instauración mesiánica precedería un terrible juicio. De él se hacen eco los “apocalípticos”[8], lo mismo que los escritos rabínicos[9]. Si el concepto de este juicio era oscuro, viéndose que precedería a los días mesiánicos, se hizo centro del mismo al Mesías. Todo lo cual vino a cuajar en la frase: “Los dolores (para la manifestación) del Mesías”[10]. Este juicio se va a realizar ante su venida. Los que no hagan penitencia (μετάνοια) de transformación y rectitud moral y se orienten así hacia El, perecerán al no ingresar, culpablemente, en su reino. El castigo, sin precisiones, se anuncia con la metáfora de “fuego,” siguiendo el cursus de la parábola de los árboles y los frutos. El hacha puesta a la “raíz” indica que va a afectar la prueba o castigo a todo el sujeto.

Se propone también una interpretación eclesial. El E.S. = purificación; el “fuego” = castigo premesiánico. El bautismo aquí tendría un cariz eclesiológico, y escatológico relativo. Cristo va a realizar un juicio inmediato a la instauración del Reino. Con esta penitencia/purificación se tendrá fuerza para superar ese juicio-castigo. Mt tiende a establecer aquí los principios por los que ha de regirse el que desee obtener la verdadera justicia. Esta, en Mt, sólo puede lograrse superando un doble juicio: 1) al realizarse el primero se abren las puertas de la Iglesia (Mensaje del Bautista); 2) con el segundo, al fin de los tiempos, se abren las puertas del cielo (Mensaje de Cristo).

El bautista proclama la excelsa dignidad del Mesías sobre él.

Lucas es quien da la razón de esta confesión del Bautista (Mal_3:15). Se había producido en torno suyo un gran movimiento de masas que acudían de Jerusalén, Judea y de toda la región del Jordán. Josefo mismo lo acusa, hasta el punto, dice, que “Herodes (Antipas) temió que la gran autoridad de aquel hombre le pudiese traer una defección en sus súbditos”[11]. Hacía tiempo que no había en Israel profetas, y las gentes llegaron a pensar si Juan no sería el Mesías (Jua_1:20-25), pues, además de todo lo grande que rodeaba a su persona, decía que “ya llegó el reino de los cielos.”

Ante esta expectación del pueblo, Juan confiesa quién es él y quién es Cristo. (…). Lo hace con triple confesión:

a) El bautiza sólo con “agua.” Era superficial, excitante a la penitencia, pero sin eficacia sacramental santificadora. El de Cristo es en “Espíritu Santo y fuego.” La lectura es, sin duda, primitiva. “Fuego,” la gran purificación ritual y profunda en la Ley. (…). La frase “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” significa: “El os bautizará en Espíritu Santo, que es un fuego devorador, santificador, capaz de consumir todas las impurezas y de santificar las almas purificadas”[12]. Era el bautismo de los días mesiánicos según la profecía de Joel (Joel_2:28-30; cf. Hec_2:16.21-33.38). Cristo, que bautizará así, es el Mesías. Pero, además, Yahvé (Dios) es en el A.T. quien derrama el Espíritu Santo (Isa_44:3; Joe_2:28; Zac_12:10); por eso Cristo, al ejercer las funciones reservadas a Dios, es nueva sugerencia de su divinidad.

b) En la segunda confesión, Juan se proclama servidor y “esclavo” de Cristo. El llevar las “sandalias” o “desatar sus correas” es función de esclavos, como se lee en los escritos rabínicos. La razón es que tras él, viene “uno más fuerte” (ó ισχυρός). Aquí, en función de Mc (Mc_3:27) y Lc (Lc_11:21) se expresa al Juez escatológico — Mt también lo describe así — y al gran Liberador. Se está en el comienzo “escatológico.”

c) En la tercera, con esa alegoría tomada de la vida real palestina y usada por los profetas (Amo_9:9), Juan señala que Cristo es el Señor, el Juez que criba y juzga las conductas de los hombres, bien de Israel, bien de todo el mundo. Poderes que en el A.T. se atribuyen a Yahvé (Dios), con lo que Juan coloca a Cristo en una esfera totalmente superior a la suya y trascendente. El juicio a que se refiere debe de ser el “juicio final”[13], pues el castigo será con “fuego inextinguible” (v. 12c).

(Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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[1] lagrange,’évang. s. St. Matth.  49
[2] San Epifanip, Raer. XXX 13.
[3] lagrange,’évang. s. St. Matth.  49
[4] Cf Deut 30,10; Multiléxico hebreo nº 7725.
[5] Bonsirven, Le Juda’isme palestinien. (1935) 99-100.
[6] Josefo, BI II 8:14.
[7] Bonsirven, Le Judaisme. (1934) I 72-82.322-340.486-541
[8][8] Henoc XC 18; XCI 7; Salmos de Salomón V 20, etc.
[9] Bonsirven, Le Judaísme. I 399-404.
[10] Lagrange, Le Messianisme. (1909) 186-189.
[11] Josefo, Antiq. XVIII 5:2.
[12] Num_31:23; Zac_13:9; Mal_3:2; Is 6,7; STR.-B., I p.122; Van Imschoot, Baptéme d’eau et baptóme d’Esprü Sainte: Ephem. Theol.
[13] Bonsirven, Le Judaísme. I p.322-340.486-541.

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·        Gran Enciclopedia Rialp

Teología de la virtud de la penitencia o conversión

    1. Visión general. La idea de p., en el contexto teológico, está estrechamente vinculada a la idea de un Dios personal que se relaciona con el hombre, y para el que las acciones de éste no son indiferentes. Si el hombre en su actuar -con la libertad que Dios le ha concedido- rompe el orden establecido por la ley divina (v. LEY VII), para volver a la amistad con Dios necesita tomar conciencia del mal hecho, aceptar la responsabilidad que de ese mal se deriva y compensar de alguna manera la ofensa cometida. Todo esto, sin duda, supone una conversión, una transformación en el hombre; conversión que irá acompañada del deseo de no volver a ofender a Dios en el futuro, y de poner los medios para que esto no suceda. Este acto general de arrepentimiento, y de nuevos propósitos convierte al pecador en un penitente: es el acto de la virtud de la penitencia.

      La p. puede tener dos vertientes: exterior e interior. La exterior se reflejará sobre todo en expiaciones rituales, en purificaciones, en diversas prácticas de mortificación corporal, etc. Estas manifestaciones exteriores, sin embargo, no tienen valor en sí mismas si no están unidas a la decisión de volver al Dios ofendido, de pedirle perdón, de compensar de alguna manera el daño ocasionado por el pecado.

      El espíritu de p., así vivido, viene a ser el fundamento de la actividad religiosa del hombre. No sólo por el sentido de humildad y de dependencia de Dios que hace renacer en el alma, sino, especialmente, por la nueva confianza que infunde en el pecador, al pensar que Dios, siendo bueno, no dejará de acoger su p., de modo que la unión definitiva con Dios no le será impedida. De esta forma, el proceso de arrepentimiento llega a su fin: el penitente que empieza pidiendo perdón por ofender a Dios, se apoya en la bondad de Dios, que le da paz, seguridad y optimismo; y al pedir y recibir el perdón, se une al dolor paterno del Dios ofendido y sufre amorosamente unido a El por sus propias ofensas y sus descuidos en el amor que le debía.

      Esta actitud de confianza y seguridad, que acompaña a la p. en todas sus manifestaciones a lo largo de la historia de la humanidad, se refuerza con la Revelación (v.). Esta, en efecto, nos da un conocimiento singularmente elevado y profundo de la perfección de Dios y de su amor hacia los hombres, implica necesariamente una profundización en la noción de pecado (v.) y, consiguientemente, en la de penitencia. Pero, además, trae consigo la seguridad de que Dios no se desentiende del hombre, sino que lo mira con amor y misericordia: no sólo está dispuesto a perdonar los pecados, sino que interviene eficazmente en la historia para arrancarlos y borrarlos. La actitud de p. deberá seguir existiendo por parte del hombre, pero teniendo a partir de ahora un acentuado matiz de seguridad y alegría que deriva de la fe en la acción salvadora de Dios. A este respecto se da un progreso a lo largo de la historia de la Revelación.

      En el Antiguo Testamento, la p. se presenta en primer lugar bajo las expiaciones cultuales prescritas por la ley, para llevar a cabo la purificación del pecado, recogidas especialmente en los libros del Éxodo, Levítico y Números; y aunque el incumplimiento de aquellas expiaciones esté severamente castigado («Toda persona que no se aflija en el Día de las Expiaciones será exterminada de en medio de su pueblo»: Lev 23,29), no es, sin embargo, el aspecto más decisivo de la penitencia. Mucha más importancia tiene la p. en el sentido de convertirse a Dios, de volver a Yahwéh, y no sólo se aplica esto a la colectividad de Israel (cfr. 1 Sam 7,2-6), sino también al arrepentimiento y conversión personal, como se puede apreciar en los casos de David (2 Sam 12), de Ajab (1 Reg 21,27-29), etc.

      Se establece además la necesidad de que la conversión sea interior: «Desgarrad vuestros corazones y no vuestros vestidos y convertíos a Yahwéh, vuestro Dios, que es clemente y misericordioso, lento para la ira y rico en benignidad» (Ioel 2,13); y que lleve consigo la repulsa de todo lo que ofende a Yahwéh, como El mismo exige: «Tal vez escucha la casa de Judá toda la desventura que proyecto causarles, de suerte que cada uno se convierta de su mal camino y pueda yo perdonarles su iniquidad y su pecado» (Ier 36,3). Es especialmente en los Salmos donde se destacan este aspecto de la p.: la seguridad del perdón y amistad con Dios y la confianza en su amor: «Bendice alma mía al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios… El perdona todas tus culpas, Él sana todas tus dolencias… Misericordioso y compasivo es el Señor… No contiende perpetuamente, ni se enoja para siempre. No nos trata según nuestros pecados, ni según nuestras culpas nos castiga… Cuando dista el oriente del occidente, tanto aleja de nosotros nuestros delitos. Como se compadece un padre de sus hijos, se compadece el Señor de los que le temen» (Ps 102).

      En el Nuevo Testamento, las palabras del Señor: «Haced penitencia y creed el Evangelio» (Me 1,15) dan comienzo a su vida pública. Esta conversión interior no es solamente una preparación para el cielo, sino que haceentrar ya en el Reino de los cielos, de tal manera que «si vosotros no hiciereis penitencia (si no os convertís), todos pereceréis igualmente» (Lc 13,6). De esta forma, la conversión es la exigencia primaria y fundamental para seguir las enseñanzas de Cristo (cfr. C. Spicq, Teología Moral del N. T., I, Pamplona 1970, 54 ss.). Así, los Apóstoles reciben el encargo de predicar la p. y la remisión de los pecados (cfr. Lc 14,47). La necesidad del arrepentimiento y de la conversión al Señor viene a lle= nar todo el primer discurso de S. Pedro, recogido en Act 2,14-36.

      Una característica que resalta especialmente en el N. T. es la paterna acogida de Jesús a los pecadores penitentes: «Solían los publicanos y pecadores acercarse a Jesús para oírle» (Lc 15,1); y especialmente en el pasaje de la parábola del hijo pródigo: «Estando todavía lejos, viole su padre, y enterneciéronsele las entrañas y corriendo a su encuentro le echó los brazos al cuello y le dio mil besos» (Lc 15,20). Ese comportamiento de Jesús manifiesta toda su hondura si lo situamos en el contexto del anuncio o buena nueva que Cristo trae: Dios está cumpliendo de manera definitiva sus promesas de Redención (v.), el perdón de los pecados es ya una realidad actual en toda su plenitud («tus pecados te son perdonados», dice el Señor repetidas veces a quienes acuden a El; cfr. Lc 7,47; Mt 9,2; etc.). Todo lo cual a su vez alcanza su culminación con la revelación del carácter expiatorio y satisfactorio de su Muerte en la Cruz: Cristo ha cargado sobre sí con nuestros pecados (cfr. Heb 9,28; 1 Pet 2,24) para satisfacer la pena por ellos debida y reconciliar a los hombres con Dios (cfr. 2 Cor 5,21); con su Pasión y su Muerte esa obra redentora se consuma, y Cristo resucita en cuerpo glorioso, es decir, victorioso sobre el pecado y sobre la muerte (cfr. Rom 6, 8-11) y lleno de espíritu vivificante, destinado a ser derramado sobre la humanidad.

      Los sacramentos (v.), que Cristo entrega a su Iglesia, son los canales a través de los cuales El mismo continúa haciéndose presente para comunicar a los hombres la gracia del Espíritu Santo y reconciliarlos con Dios Padre. Y entre esos sacramentos hay uno que consiste precisamente en asumir los actos de p. del pecador y, al unirse a ellos las palabras pronunciadas en nombre de Cristo, llevarle a la plenitud de la reconciliación con Dios. En este sentido podemos decir que lo más característico de la doctrina cristiana sobre la p. es la existencia de un sacramento que otorga el perdón de los pecados, el sacramento de la P., ya que es ahí donde se manifiesta con mayor claridad el amor misericordioso de Dios y donde alcanza su más característica fundamentación la seguridad y la alegría cristiana.

      El vocablo p. tiene así, en el lenguaje cristiano, varios sentidos que se definen precisamente por su relación a ese momento central que es el sacramento del perdón: a) la p. como virtud, que debe surgir en el hombre pecador, y que le empuja a acudir al sacramento en el que su encuentro con Dios es pleno y se le otorga el perdón; b) la P. como sacramento del perdón y la reconciliación; c) la p. como parte de ese sacramento, es decir, la satisfacción sacramental, con la que el penitente satisface la pena debida por los pecados que se le acaban de perdonar.

      2. La virtud de la penitencia en la Tradición cristiana. Los Padres y escritores eclesiásticos tratan y consideran la importancia de la p. (cfr. el Pastor de Hermas; el De Paenitentia, de Tertuliano; el De Paenitentia, de S. Ambrosio; los Sermones 351 y 352 de S. Agustín: PL 39,1535-1560, etc. Los Padres griegos no dejaron tampoco de recordar constantemente la necesidad de esta virtud (cfr. S. Juan Crisóstomo, Homilías: PG 49,277348). La eficacia de la p. queda bien reflejada en estas palabras de S. Ambrosio: «¿Por qué te avergüenzas de llorar tus pecados, si el mismo Dios mandó a los profetas llorar por los pecados de su pueblo? Ezequiel fue enviado a llorar sobre Jerusalén; y recibió el libro en que estaba escrito `lamentación, miel, dolor’: dos cosas tristes y una agradable; porque será salvo quien ahora llore» (De Paenitentia, 2,6,48: PL 16,509 B); y en aquellas palabras de S. Justino: «La bondad de Dios tiene por no pecador al que, habiendo pecado, hace penitencia» (Diálogo, 47).

      Como resumen de la doctrina de los Padres, se puede señalar que, si bien dan una importancia grande a las obras penitenciales externas (V. AYUNO; ABSTINENCIA), no por eso dejan de insistir en la necesidad primordial de la p. interior y de la conversio ad Deum, aversio a creatura, que en frase de S. Agustín debe suponer una conversión total, interior y exterior: «No basta modificar las costumbres y abandonar los pecados; es necesario dar satisfacción a Dios por el dolor de la penitencia, por el gemido de la humildad, por el sacrificio de la contrición de corazón y por las limosnas» (Sermón 351, c. 5,12).

      S. Tomás trata la virtud de la p. como una parte de la virtud de la justicia (v.), en cuanto tiende a restituir a Dios la gloria debida, que ha sido usurpada por la ofensa del pecado. Como virtud adquirida es el hábito por el que el hombre tiende a hacer actos de p.; esta virtud se consolida por la frecuente repetición de estos actos, y da una cierta facilidad para ponerlos en práctica. Como hábito sobrenatural infuso -verdadera p. cristiana- la virtud de la p. lleva al hombre a dolerse, con prontitud y decisión, del pecado cometido en cuanto es ofensa a Dios, y a hacer el propósito de enmendarse (cfr. Sum. Th. 3 q85 a2).

      3. Aspectos particulares. Materia de la p. es el pecado en cuanto tal. Abarca no sólo los pecados personales, pasados, presentes y futuros (aunque no existan todavía, existe siempre la posibilidad de ofender a Dios), sino también todo pecado que se cometa, por cualquier persona, en cualquier rincón del mundo. La p. hace nacer también la aversión al pecado en cuanto tal, no sólo por haberlo cometido, sino por ser una ofensa a Dios.

      El fin de esta virtud es la reparación, satisfacer de alguna manera a Dios, por la violación del derecho divino que el pecado supone. El acto de la virtud de la p. no es único. Normalmente suelen considerarse las cuatro facetas principales de la p.: contrición (v.), dolor de la ofensa; manifestación del pecado, que supone una toma de conciencia del mal hecho; propósito de no volver a ofender a Dios; y satisfacción por la ofensa cometida, que lleva a hacer actos concretos de p. (V. MORTIFICACIÓN).

      Obligación. En cuanto significa arrepentimiento y conversión a Dios, la p. es no sólo necesaria, sino que constituye la actitud inicial del cristiano para llegar a unirse a Dios. En cuanto significa actos concretos y determinados de p. para hacer posible la satisfacción, hemos de hacer constar que no basta una conversión interior, es necesario ratificar esa conversión con obras externas. La Iglesia ha vuelto a recordar la necesidad de esta virtud -obligación establecida por la ley divina en la reciente constitución apostólica Paenitemini (27 febr. 1966), a la vez que señala la armonía que debe haber entre la p. interior y las obras exteriores de esta virtud: «La índole interior y religiosa de la penitencia, aunque sea la más importante y primaria, no excluye la práctica exterior de esta virtud; por el contrario, promueve con singular vehemencia su necesidad, en las particulares condiciones de nuestra época», «La invitación del Hijo de Dios a realizar la metanoia, la conversión, nos urge constantemente porque el Señor nos exhorta, y porque la exhortación va acompañada de un ejemplo de vivir la p. Cristo dio el ejemplo máximo a los penitentes: padeció, no por sus pecados, sino por los pecados de los demás» (ib.).

      Virtud de la penitencia y sacramento de la Penitencia. Ya hemos señalado la estrecha relación que existe entre ambas realidades; (…). Baste aquí señalar que, siendo el sacramento de la P. el canal o vía establecida por Dios para obtener el perdón de los pecados, la actitud de p. incluye en sí el deseo de recibir ese sacramento, de modo que la persona que, diciendo que se arrepiente de sus pecados, rechazara el sacramento, manifiesta que no tiene en realidad verdadero arrepentimiento, ya que no hay arrepentimiento sin amor, y el que ama desea cumplir la voluntad del amado. Por eso, el arrepentimiento o contrición no es perfecto ni reconcilia con Dios, si no incluye en sí el deseo eficaz de acudir al sacramento de la Confesión.

E. Julia Diaz

Gran Enciclopedia Rialp, Ediciones Rialp, Madrid, 1991

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·        San Juan Crisóstomo

LA INCREDULIDAD DE LOS FARISEOS

1. ¿Cómo dice, pues, Cristo que los fariseos no creyeron a Juan? Lo dice porque no recibir al que él había predicado no era creer en él. También, aparentemente, atendían a sus profetas y a su legislador, y, sin embargo, Cristo les echa en cara que realmente no les atendían, puesto que no recibían a Aquel a quien ellos habían profetizado. Si creyerais—les dice— a Moisés, también hubierais creído en mí[1]. Además, cuando más adelante Cristo les preguntó: ¿De dónde es el bautismo de Juan?, ellos decían: Si respondemos que de la tierra, tememos al pueblo; si le decimos que del cielo, nos replicará: Entonces, ¿cómo es que no creísteis en él?[2] De todo lo cual resulta evi­dente que fariseos y saduceos creyeron, sí, y se bautizaron; pero no permanecieron en la fe de la predicación de Juan. Juan Evangelista, por su parte, pone de manifiesto la maldad de los judíos por la embajada que enviaron al Bautista para preguntarle: ¿Eres tú Elías? ¿Eres tú el Cristo? Por lo que aña­de: Y los comisionados eran de entre los fariseos[3]. ¿Pues qué? ¿No tenían de Juan esa misma idea las muchedumbres? Sí, la tenían; pero las muchedumbres lo creían sinceramente; pero los fariseos iban a cogerle. Porque como todo el mundo estaba de acuerdo en que el Mesías o Cristo había de venir de la al­dea de donde era David, y Juan pertenecía a la tribu de Leví, le tendieron esa emboscada con su pregunta para echarse in­mediatamente sobre él si respondía cualquier palabra equívo­ca. Por lo menos, así lo pone en evidencia lo que luego le dicen. Porque, no obstante no haberles respondido Juan nada de lo que ellos esperaban, insisten en su ataque, diciendo: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo o Mesías?

LIBERTAD DE PALABRA DE JUAN BAUTISTA

Más porque adviertas con cuán diversa intención se acer­caron a Juan los fariseos y el pueblo, oye cómo Mateo mismo te lo declara. Porque, hablando del pueblo, dice que se presen­taban a él y se bautizaban, confesando sus pecados; pero de los fariseos ya no dice nada de eso, sino que: Viendo a muchos de los saduceos y fariseos que venían a él, les increpaba: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? ¡Qué alma tan grande!  ¡Cómo habla a hombres siempre se­dientos de la sangre de los profetas y de sentimientos no mejores que de serpientes! ¡Con qué libertad los increpa a ellos y a los padres de ellos! —Sí, mucha libertad es ésa—me repli­cas—; más lo que habría que averiguar es si esa libertad tiene razón de ser. Porque no tenía Juan delante a pecadores, sino a convertidos. No había, pues, motivo de acusar, sino más bien de alabarlos y felicitarlos, pues, dejando la ciudad, habían co­rrido al desierto a oír su predicación. ¿Qué podemos responder a estos reparos? Pues que Juan no miraba a lo que de presente pasaba, sino que sabía, por revelación de Dios, los secretos de sus orgullosos corazones. Como quiera, pues, que estaban ellos muy orgullosos de sus antepasados, y este orgullo había sido la causa de su perdición al llevarlos a una vida descuidada, Juan quiere cortar de raíz esa jactancia. Por la misma razón, Isaías los llama príncipes de Sodoma y pueblo de Gomorra[4]. Y otro pro­feta dice: ¿No sois vosotros como los hijos de los etíopes?[5] Y todos tratan de apartarlos de esta idea, desinflando aquella hinchazón suya, que había sido causa de infinitos males. —Pero los profetas—me diréis—tenían razón en eso, pues los veían pecar. Mas ¿qué causa y motivo tiene aquí Juan, cuando que le obedecen? —Es que quiere hacerlos más blandos. Por lo demás, si se miden con cuidado sus palabras, se verá que todavía templó la reprensión con alabanza. Porque les hablaba de aquella manera, maravillado de que, siquiera tarde, habían podido lo que antes les parecía poco menos que imposible. Su reprensión, pues, es más bien deseo de atraérselos y de que despierten a penitencia. Maravillado, en efecto, les pone delante no sólo su mucha maldad pasada, sino también su admi­rable y extraña conversión. ¿Cómo puede ser—parece decir­les—que, siendo hijos de tales padres y habiéndose tan mal criado, hayan venido a hacer penitencia? ¿De dónde semejante transformación? ¿Quién pudo reblandecer la dureza de vuestras almas? ¿Quién fue capaz de curar lo incurable? Y mirad cómo desde el principio trata Juan de espantarlos, pues lo primero de que les habla es del infierno. Porque no les dijo lo que es­taban acostumbrados a escuchar: «¿Quién os ha enseñado a huir la guerra, los ataques de los extranjeros, la cautividad, la peste y el hambre?» No; otro fue el castigo que él les ponía delante —castigo de que jamás se les había hablado claramente—cuan­do les decía: ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera?

POR QUÉ LOS LLAMA RAZA DE VÍBORAS

2. Y con razón los llamó raza de víboras. Porque este ani­mal al nacer mata a su madre; pues, según dicen, sale a la luz perforando el vientre de ella. Exactamente como hacían los judíos, que fueron parricidas y matricidas y con sus propias, manos asesinaron a sus maestros.

                        Pero Juan no se detiene en la reprensión, sino que añade también el consejo: Haced—les dice—frutos que correspondan al arrepentimiento. Porque no basta huir el mal, hay que practi­car también infatigablemente el bien. Y no me aleguéis la contra­riedad de vuestros hábitos para volver nuevamente a vuestra maldad tras unos momentos de compunción. Porque yo no he ve­nido para lo mismo por que vinieron los profetas pasados. Los tiempos han cambiado; y ahora hay que poner más alta la mira, el juez ha venido ya, el dueño mismo del reino de los cielos nos conduce a más alta filosofía, nos convida al mismo cielo, y a las cosas del cielo quiere atraernos. Por eso os hablo yo del infierno, pues bienes y males han de ser imperecederos. No os obstinéis, pues, en los mismos pecados, ni presentéis vuestras sabidas excusas de Abrahán, Isaac y Jacob, ni me vengáis con la nobleza de vuestros antepasados.

NO BASTA TENER POR PADRE A ABRAHÁN

Al hablar así, no trataba Juan de impedirles afirmar que realmente eran hijos de aquellos santos, sino que no pusieran en ello su confianza y se descuidaran de la virtud del alma. En ello también les ponía de manifiesto los secretos de su co­razón y profetizaba lo que luego había de suceder. Efectiva­mente, más adelante vemos a esos mismos que baladronan: Nosotros tenemos por padre a Abrahán y jamás hemos sido esclavos de nadie[6]. Como esto era, pues, lo que más orgullo­samente los exaltaba y los perdía, eso es lo que Juan trata, ante todo, de reprimir. Pero mirad cómo sabe unir la corrección de sus oyentes con el honor debido al patriarca. En efecto, ha­biendo dicho: No vengáis diciendo: Tenemos por padre a Abrahán, no añadió descubiertamente: «Porque de nada os po­drá valer el patriarca», sino que lo dio a entender de modo más suave y menos hiriente, diciendo: Porque puede Dios, de estas piedras, sacarle hijos a Abrahán. Ahora bien, hay quienes opi­nan que alude aquí Juan a los gentiles, llamándolos metafóri­camente piedras; pero yo veo también en esas palabras otro sentido. No penséis—viene a decirles—que, si vosotros pere­céis, le vais a dejar sin hijos al patriarca. No, no es eso. Por­que puede Dios darle hombres aun de las piedras y levantarlos a parentesco con él, puesto que ya lo hizo así, allá en el prin­cipio. Tanto vale, en efecto, que nazcan hombres de las pie­dras, como haber nacido Isaac del vientre duro de Sara. Es lo que dio a entender el profeta cuando dijo: Mirad la dura roca de que fuisteis cortados y la fosa profunda de donde fuis­teis sacados; mirad a Abrahán, padre vuestro, y a Sara, que os dio a luz[7]. Recordándoles, pues, Juan esta profecía, de­muéstrales que, pues al principio hizo Dios padre a Abrahán por tan maravillosa manera como si le hubiera dado el hijo de una roca, posible le era también hacer entonces lo mismo. Y mirad cómo juntamente espanta y corrige. Porque no dijo que había Dios suscitado hijos a Abrahán—lo que pudiera llevarlos al desaliento—, sino que tenía poder para suscitárselos. Tam­poco dijo que puede Dios hacer de las piedras hombres, sino, lo que es más, parientes y hasta hijos de Abrahán.  ¿Veis cómo los desprende de todo boato corporal y les veda refugiarse en sus antepasados, a fin de que pongan toda la esperanza de su salvación en su propia penitencia y templanza? ¿Veis cómo rechaza el parentesco de la carne y sólo tiene cuenta con el de la fe?

LA PREDICACIÓN DE JUAN: «LA SEGUR A LA RAÍZ»

3. Considerad, pues, cómo también por lo que sigue au­menta su temor y hace más intensa su angustia. Porque des­pués que les dijo: Dios puede de estas piedras suscitar hijos a Abrahán, prosiguió: Ya está la segur puesta a la raíz de los árboles. Palabra por todos conceptos propia para espantarlos. A la verdad, por una parte, su género de vida le daba a Juan gran libertad para hablar; sus oyentes, por otra, endurecidos que estaban de tanto tiempo, necesitaban de dura reprensión. ¿Qué digo—parece decirles—, que vais a perder vuestro paren­tesco con Abrahán y ver cómo otros, salidos de las piedras, ocuparán vuestros privilegios? ¡La segur está puesta ya a la raíz de los árboles! Nada más espantoso que este lenguaje. Ya no es una hoz que vuela, ni la cerca, que se derriba, ni la viña pisoteada por los viandantes[8], sino una segur muy bien afilada y, lo que es más terrible, que está a punto de descargar el golpe. A los profetas solían obstinadamente negarles fe sus oyentes, diciendo: ¿Dónde está el día del Señor? Y: Venga el consejo del Santo de Israel, porque lo conozcamos[9]. Y es que las palabras de los profetas frecuentemente habían de cum­plirse después de muchos años. Pues para apartar también a sus oyentes de este subterfugio, les presenta como inmediatas las calamidades. Así se lo declaró por la palabra «ya» y por el hecho de que el hacha se aplicaba a la raíz. Ya no hay dila­ción, viene a decirles, sino que la segur está amenazando a la raíz. No dijo que amenazaba a las ramas ni al fruto, sino a la misma raíz; con lo que les dio a entender que, si se descuidaban, sufrirían males sin remedio y no les quedaría ni esperanza de salvación. Porque no es ya, como antes, un siervo el que ha venido, sino el Señor mismo del universo, que ejecutará el más terrible castigo.

Sin embargo, a pesar de que nuevamente los espanta, no deja que caigan en la desesperación. A la manera como más arriba no dijo que Dios hubiera suscitado ya, sino que podía suscitar de las piedras hijos a Abrahán, espantándolos a par que animándolos, así aquí no les dijo que el hacha había ya herido a la raíz, sino que estaba para caer y a punto de la raíz. La dila­ción no era ya posible. Sin embargo—les dice—, por muy cerca que tenga la segur, en vuestra mano os pone que haya o no de cortar. Si os convertís y os hacéis mejores, se irá sin hacer nada; pero, si os obstináis en los mismos pecados, cortará de raíz el árbol. Por eso justamente, ni se aparta de la raíz ni, aunque amenazándola, la corta; lo uno para que no os volváis atrás; lo otro, para que os deis cuenta que en un momento, si os conver­tís, podéis salvaros.

EL TEMOR LLEVA AL ARREPENTIMIENTO

Juan trata por todos los medios de infundirles temor a fin de despertarlos y aun empujarlos a la penitencia. A la verdad, perder la dignidad de hijos de los patriarcas y ver a otros en su lugar gozando de ese privilegio, y, sobre eso, estar a punto de caer sobre ellos las calamidades—cosas todas significadas por el hacha y la raíz—, bastante tenía que ser para levantar aun a los profundamente caídos e incitarlos para el combate. Es lo que Pablo declaraba cuando decía: Una palabra abre­viada cumplirá el Señor sobre toda la tierra[10]. Pero no te­máis; o, por mejor decir, temed, pero no os desesperéis. Toda­vía tenéis esperanza de salvación. La sentencia no es absoluta y sin apelación. El hacha no ha venido a cortar. ¿Qué le hu­biera entonces impedido hacerlo, cuando está ya puesta a la raíz? El hacha está ahí para infundirte miedo, y así hacerte mejor y prepararte a que des fruto. De ahí que Juan añadiera: Ahora bien, todo árbol que no da fruto bueno, se le corta y arroja al fuego. Y, al hablar de «todo árbol», rechaza otra vez el privilegio de la nobleza de nacimiento. Aun cuando seáis —parece decirles—hijos de Abrahán mismo y contéis en vuestro linaje patriarcas infinitos, si seguís sin dar fruto, vuestro castigo será doblado. Con estas palabras espantó a los alcabaleros y sacudió el alma de los soldados, sin llevarlos a la desesperación, pero apartándolos de toda tibieza. Y es así que esa palabra de Juan, si temor grande, contiene también gran consuelo. Porque decir: Todo árbol que no da buen fruto, es dar a entender que ningún castigo ha de tener el que lo da bueno.

JUAN PREDICA A DIOS

4. ¿Y cómo podremos producir ese fruto—parecen decirle sus oyentes—, si nos amenaza el corte, y el tiempo es tan breve, y se nos da tan corto plazo? Podréis—contesta Juan—. Porque este fruto no es como el de los árboles, que necesita mucho tiempo, que está sometido a las leyes forzosas de las estacio­nes y exige muchos otros cuidados. Aquí basta con querer, e inmediatamente fructifica el árbol. Para la producción de este fruto, contribuye poderosamente no sólo la naturaleza de la raíz, sino también el arte del cultivador. Ahora bien, porque no le pudieran decir: Tú nos perturbas, nos apremias y ahogas, poniéndonos delante el hacha, amenazándonos con el corte, y nos pides frutos justamente en el momento del castigo; Juan, para mostrarles la facilidad de esos frutos, añade: Yo os bautizo, sí, en agua; pero el que viene detrás de mí, es más fuerte que yo, y yo no merezco desatar la correa de su san­dalia. Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego. Con lo que les da a entender que Dios nos pide sólo la buena volun­tad y la fe, no trabajos y sudores. Y cuan fácil es bautizarse, tan fácil es convertirse y hacerse uno mejor.

JUAN DA TESTIMONIO DE CRISTO

Ya ha conmovido, pues, Juan el alma de sus oyentes con el temor del juicio, con la inminencia del castigo—por eso les ha nombrado el hacha—, con la pérdida de sus antepasados, en cuya gloria y nobleza entrarían otros; con el doble cas­tigo: ser cortados de raíz y arrojados al fuego; ya ha ablan­dado por todos estos medios la dureza de ellos, ya les ha in­fundido el deseo de verse libres de tamaños males, y éste es el momento en que les habla de Cristo, y no simplemente, sino con mucha excelencia. Luego establece la diferencia que va de uno a otro, y porque no pensaran que lo decía de gra­cia, se lo demuestra por comparación de lo que uno y otro les daban. Porque lo primero que dijo no fue: Yo no merezco desatar la correa de su sandalia. No, ante todo afirma el poco valor de su propio bautismo y les hace ver que no tiene más objeto que llevarlos al arrepentimiento—por eso no lo llama bautismo de perdón, sino de arrepentimiento—; y luego pone el bautismo de Cristo, lleno de dones inefables. Como si les dijera: No porque me oigáis decir que viene después de mí, tenéis que despreciarle como quien llega el segundo. No, mi­rad la virtud de la dádiva que os hace, y veréis claramente que nada especial, nada grande he dicho al afirmaros que no soy digno de desatar la correa de su sandalia…Y, si os he ha­blado de que Él es más fuerte que yo, no penséis que trato de establecer una comparación. En realidad, yo no merezco contarme entre sus esclavos—ni aun entre sus ínfimos escla­vos–, ni desempeñar la parte más humilde de su servicio. De ahí que no habló simplemente de su sandalia, sino de la correa de su sandalia; lo que le parecía el último extremo a que se podía llegar. Luego, porque no se pensara que así hablaba por humildad, añade también la demostración, tomada de la rea­lidad misma, y dice: Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego. Mirad la grande sabiduría del Bautista. Cuando pre­dica él por su cuenta, habla de sólo lo terrorífico y que puede infundir angustia; más cuando envía a sus oyentes a Cristo, habla de lo bueno, de lo que nos da esperanzas de recupe­ración. Ya no aparece aquí ni el hacha, ni el árbol cortado y echado al fuego, ni la ira venidera, sino la remisión de los pecados y anulación de pena, y la justicia y la santificación, y la redención y la adopción de hijos, y la hermandad con Cristo y la participación en su herencia, y la efusión copiosa del Espíritu Santo. Todo eso quiso dar a entender Juan cuando dijo: Os bautizará en Espíritu Santo, y la misma expresión me­tafórica de que se vale hace resaltar la abundancia de la efu­sión de la gracia. Porque no dijo: Os dará el Espíritu Santo, sino: Os bautizará o bañará en el Espíritu Santo. Y con la mención del fuego quiso significar la vehemencia y eficacia de la misma gracia.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), homilía 11, 1-4, BAC Madrid 1955, 197-205

________________________________________________
[1] Jn 5, 46
[2] Mt 21, 25-26
[3] Jn 1, 21 s
[4] Is 1, 10
[5] Am 9, 7
[6] Jn 8, 33
[7] Is 51, 1-2
[8] Alusión a pasajes de Jeremías, de los que sólo he comprobado el de 12, 10.
[9] Is 5, 19
[10] Rm 9, 28

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, IVE.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

P. José A. Marcone, IVE.

 

La metánoia

(Mt 3,1-12)

            Introducción

            En este segundo domingo de Adviento la Iglesia nos presenta la figura de San Juan Bautista cuyo principal mensaje para los que lo escuchan es ‘¡conviértanse!’. En el texto del evangelio que hemos leído de Mt 3,1-12 aparece tres veces la palabra ‘conversión’. En el v. 2 dice: ‘¡Conviértanse!’. En el v. 8 les dice a los fariseos y saduceos: “Den frutos dignos de conversión”. Y en el v. 11 le dice al pueblo: “Yo los bautizo con agua para que lleguen a la conversión”.

            El hecho de que en un trozo tan corto se repita tres veces la palabra ‘conversión’ indica insistencia e importancia. Por lo tanto, no cabe ninguna duda que el mensaje principal del evangelio de hoy es la conversión.

            ¿Y por qué la Iglesia quiere que hoy, segundo domingo de Adviento, se nos hable de la conversión por boca de San Juan Bautista? Porque la Iglesia quiere que nos preparemos convenientemente a la llegada de la Navidad y sabe que la mejor preparación para el Nacimiento del Señor no son la compra de los regalos y la preparación de la fiesta, sino la conversión del corazón.

            La Iglesia toma hoy el puesto de San Juan Bautista y nos dice: “¡Conviértanse! El Reino de Dios está cerca” (Mt 3,2); “¡Conviértanse! La Navidad está cerca”.

            Existe un axioma filosófico que es un principio y, como tal, necesariamente se cumple en todos los casos, y es el siguiente: todo lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente; todo lo que se recibe, se recibe al modo del sujeto que lo recibe. Por esta razón, por más que la gracia de Dios sea un don inmenso, hermoso, potente y que se ofrece a todos, sin embargo, será recibida según el modo en que se encuentre el alma que la recibe. Por más que el fuego sea grande e intenso, si encuentra un trozo de madera empapado de agua, no lo quemará. Es necesario poner ese trozo de madera un buen tiempo cerca del fuego, hasta que se seque, y entonces recién el fuego hará su acción en él. Hay que disponer ese trozo de madera para que pueda ser quemado por el fuego.

            Lo mismo sucede con la Navidad. La Navidad es el nacimiento de Dios hecho hombre que nace de una mujer para salvar al género humano. Se dispone a sufrir ya desde el inicio por nosotros. Está dispuesto a darnos gracias en enorme número y de una intensidad inmensa. Pero todo dependerá de la disposición que tenga el sujeto que recibe esas gracias. Si el sujeto que recibe esas gracias no está convenientemente dispuesto y preparado puede, perfectamente, perderse toda la inmensidad de gracias que Jesús tenía preparadas para él.

            ¿Y cuál es el mejor modo de disponer el alma para recibir las gracias propias de la Navidad? La conversión del corazón, como lo dice con insistencia San Juan Bautista, y con insistencia lo repite la Iglesia.

            1. La conversión

            Como decíamos recién, tres veces usa San Mateo en el evangelio de hoy la palabra conversión. Una vez la usa en la forma verbal, que en el original griego es metanoeîte y significa, ‘¡conviértanse!’ (Mt 3,2). Y dos veces usa el sustantivo metánoia, que significa ‘conversión’ (Mt 3,8; Mt 3,11).

            Tanto el verbo metanoéo como el sustantivo metánoia provienen de la siguiente raíz: la preposición metá, que significa ‘después de’ o ‘más allá de’, y el sustantivo noûs, que significa ‘mente’, en el sentido de ‘órgano espiritual donde se asienta la reflexión moral’[1]. El ‘después de’ o el ‘más allá de’ implica que algo anterior ha dejado de ser y algo nuevo ha empezado a ser. Así, por ejemplo, la palabra meta-física indica aquellas cosas que están después de la física, más allá de la física y que trascienden la física, porque se refieren directamente al misterio del ser en sí mismo. Por eso, la idea principal de metá cuando está en composición con una palabra es el de ‘cambio’, siempre para bien o en el sentido de superación[2]. Por eso, el significado etimológico del verbo metanoéo y del sustantivo metánoia es el de ‘cambio de mente’ o ‘cambio de mentalidad’.

            En este sentido, metánoia “significa el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en la perspectiva del Reino (Mt 4,17; Mc 1,15)” [3]. “Conversión es el término con el que se trata de traducir la palabra del texto griego metánoia (Cf. Mc 1, 4. 14; Mt 3, 2; 4, 17; Lc 3, 8), que literalmente significa cambiar radicalmente la actitud del espíritu para hacerlo volver a Dios”[4]. “En este sentido, penitencia (metánoia) significa, en el vocabulario cristiano teológico y espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla (Cf. Mt 16, 24-26; Mc 8, 34-36; Lc 9, 23-25); para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo (cf. Ef.4,23); para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual (cf. 1Cor.3,1-20); para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo.(14) La penitencia (metánoia) es, por tanto, la conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano” [5].

El significado según el cual metánoia significa un cambio radical de corazón para hacerlo volver a Dios “es un primer valor de la penitencia que se prolonga en el segundo. Penitencia significa también arrepentimiento. Los dos sentidos de la metánoia aparecen en la consigna significativa dada por Jesús: «Si tu hermano se arrepiente ( = vuelve a ti), perdónale. Si siete veces al día peca contra ti y siete veces se vuelve a ti diciéndote: «Me arrepiento», le perdonarás» (Lc 17,3s)” [6].

“Un tercer valor contenido en la penitencia (metánoia) es el movimiento por el que las actitudes precedentes de conversión y de arrepentimiento se manifiestan al exterior: es el hacer penitencia. Este significado es bien perceptible en el término metánoia, como lo usa el Precursor, según el texto de los Sinópticos (Mt 3, 2; Mc 1, 2-6; Lc 3, 1-6). Hacer penitencia quiere decir, sobre todo, restablecer el equilibrio y la armonía rotos por el pecado, cambiar dirección incluso a costa de sacrificio”[7].

Todo este movimiento que implica la metánoia se concentra y concreta en aquel sacramento que llamamos precisamente, Sacramento de la Penitencia, que también podría llamarse Sacramento de la Metánoia. En efecto, los cuatro elementos fundamentales del sacramento de la Penitencia son:

1.      La contrición del corazón, por la cual nos dolemos de haber ofendido a Dios.

2.      La manifestación o confesión de los pecados cometidos a un sacerdote católico, lo cual supone, obviamente, una toma de conciencia del mal cometido contra Dios y contra el prójimo.

3.      El propósito de no volver a ofender a Dios

4.      La satisfacción por la ofensa cometida, que lleva a hacer actos concretos para reparar el daño hecho tanto a Dios como al prójimo.

Por lo tanto, el mejor modo de disponer el alma para recibir a Jesucristo que nace pobre en el portal de Belén es decidirse a hacer un cambio profundo de mente y de mentalidad para ajustar todas nuestras acciones, hasta el final de nuestras vidas, a la ley de Dios expresada en los evangelios. El mejor modo de disponer el alma para recibir la Navidad es la conversión.

La palabra castellana conversión también nos ilumina acerca del movimiento del alma que debemos hacer para disponernos a recibir la Navidad. Conversión, según el Diccionario de la Real Academia Española, significa ‘cambiar de frente’. Por lo tanto, representa el movimiento que hace el hombre de dejar de caminar hacia el amor a las creaturas para darse vuelta, cambiar de frente y comenzar a caminar hacia el amor de Dios y su consecuencia final: la salvación eterna.

La confesión sacramental es el hecho donde se concreta verdaderamente este cambio. Pero es sólo el punto de partida. A partir de la confesión sincera de nuestros pecados, debemos perseverar constantemente en este proceso de conversión continua.

2. No da lo mismo convertirse que no convertirse

Podría pensarse que la conversión del corazón es un ideal que hay que tratar de alcanzar pero que si no se alcanza no pasa nada. Podría considerarse la conversión como un alto objetivo, pero opcional. A esto hay que decir que San Juan Bautista en el evangelio de hoy y la Iglesia por boca de San Juan Bautista de ninguna manera lo presentan como algo opcional. Al contrario, lo presentan como algo perentorio y absolutamente necesario, no solo para prepararse bien para la Navidad sino incluso para alcanzar la salvación eterna.

Por esta razón es que San Juan Bautista a los fariseos y saduceos que fingían una conversión de corazón que no tenían  e igualmente se hacían bautizar, les dice en el evangelio de hoy: “Produzcan el fruto de una sincera conversión (…) Porque el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego”. Es decir que la conversión es absolutamente necesaria para no caer al fuego eterno.

Y al mismo pueblo que lo escucha con gusto a Juan y trata de seguir sus indicaciones, Juan les advierte que la conversión de corazón es absolutamente necesaria para alcanzar la salvación eterna: “El que viene detrás de mí, Jesucristo, tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible”. El hecho de que la paja inútil sea quemada en un “fuego inextinguible” es una clara indicación que se refiere a la condenación eterna[8] y no a un fuego pasajero por un tiempo. Se refiere al fuego eterno y sin solución[9].

3. Dos tipos distintos de fuego

En el evangelio de hoy San Juan Bautista pronuncia tres veces también la palabra ‘fuego’. Dos veces lo hace en el sentido recién indicado: es el fuego eterno para aquel que ha rehusado voluntariamente convertirse (vv. 10 y 12).

Pero la tercera vez que San Juan usa la palabra ‘fuego’ lo usa en un sentido distinto (v. 11). Allí dice: “Jesucristo los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. Esta frase que en griego está unida por la conjunción ‘y’ (en griego, kaì; la frase completa en griego es: en Pneúmati Hagío kaì pyrí) es un semitismo que se llama ‘hendíadis’, donde la conjunción ‘y’ indica la identificación entre el primer miembro y el segundo. Esto quiere decir que la conjunción ‘y’ identifica al Espíritu Santo con el fuego. Por lo tanto, la mejor traducción sería: “Jesucristo os bautizará en el Espíritu Santo, que es fuego”[10].

La identificación entre el Espíritu Santo y el fuego está confirmada en el acontecimiento de Pentecostés. En Hech 1,5, el día de la Ascensión, Jesucristo les dijo a sus discípulos: “Dentro de pocos días seréis bautizados en el Espíritu Santo”. Y en Hech 2,1-4 se narra el hecho de la venida del Espíritu Santo al modo de un bautismo, es decir, al modo de una inmersión dentro del Espíritu Santo, pues dice: “todos fueron llenados del Espíritu Santo” (Hech 2,4). Pero el Espíritu Santo en el primer Pentecostés cristiano se presentó en forma de fuego: “Se les aparecieron unas lenguas como de fuego” (Hech 2,3).

¿Qué función tiene, entonces, este fuego que es el Espíritu Santo y que es tan distinto al ‘fuego inextinguible’ que es el castigo eterno para el que no quiere convertirse? La función de este fuego, tan distinto al fuego del infierno, y que es el Espíritu Santo, es un fuego que purifica hasta las últimas impurezas del alma de aquel que se ha decidido con todas sus fuerzas a poner en práctica la metánoia, a hacer obras de metanóia y a producir frutos de metanóia. Es un fuego doloroso y que hace sufrir, pero para el bien del alma, pues quema y consume todos los pecados y todas las imperfecciones.

Por esta razón es que dice el Apóstol San Pedro: “Ahora rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo” (1Pe 1,6-7). El fuego que es el Espíritu Santo obra sobre el que se ha convertido al modo en que el fuego obra sobre los metales para acrisolarlos.

Y por eso San Pablo dice: “Dios es un fuego devorador” (Heb 12,29). Y un gran exégeta, el P. Spicq, comenta: “Se trata del fuego purificador de la santidad divina”[11].

Éste es el fuego que purificó los labios impuros de Isaías: “Y dije: «¡Ay de mí, estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros, y habito entre un pueblo de labios impuros: al rey Yahveh Sebaot han visto mis ojos!» Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa encendida en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, y tocó mi boca y dijo: «He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado»” (Is 6,5-7)[12].

Por eso debemos estar dispuestos a dejarnos purificar por ese fuego, es decir, estar dispuestos a llevar nuestra conversión, nuestra metánoia hasta sus últimas consecuencias.

            Así como el fuego tiene mil llamaradas distintas y no hay una figura igual a la otra, así también el Espíritu Santo quema y purifica cada alma con una llamarada distinta. Por eso a veces la purificación se hace con tentaciones interiores, dudas de fe, etc. Otras veces con dificultades exteriores, como persecuciones, incomprensiones, calumnias, dificultades económicas, problemas familiares, etc.; otras veces con enfermedades corporales; otras veces con enfermedades síquicas, etc. No somos nosotros los que debemos decir en qué forma el fuego, que es el Espíritu Santo, hará la purificación. Pero sí somos nosotros los que debemos estar dispuestos a llevar nuestra conversión hasta sus últimas consecuencias.

            Pidámosle esta gracia a la Virgen María.

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[1] Vine, Multiléxico griego, nº 3340.
[2] Vine, Multiléxico griego, nº 3340.
[3] San Juan Pablo II, Exhortación Apóstolica post-Sinodal Reconciliatio et Paenitentia, 1984, nº 4.
[4] San Juan Pablo II, Reconciliatio et…, nº 26.
[5] San Juan Pablo II, Reconciliatio et…, nº 4.
[6] San Juan Pablo II, Reconciliatio et…, nº 26.
[7] San Juan Pablo II, Reconciliatio et…, nº 26.
[8] La palabra griega que se usa para decir ‘inextinguible’ es ásbestos. La ‘a’ inicial es de negación (como en a-teísmo). La segunda parte de la palabra proviene del verbo griego sbénnumi, que signfica ‘apagar’. Por eso está muy traducido como ‘in-extinguible’. Éste mismo adjetivo ásbestos es usado en Mc 9,43 con una referencia explícita y evidente al infierno: “Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehena, al fuego in-extinguible”.
[9] Cf. Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969.
[10] Dice Trilling: “La frase “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” significa: “El os bautizará en Espíritu Santo, que es un fuego devorador, santificador, capaz de consumir todas las impurezas y de santificar las almas purificadas” (Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969).
[11] Spicq, C., Nota a Heb 12,28, en Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1975, p. 1726.
[12] Textos de la Sagrada Escritura que expresan la misma idea: Núm 31,32-33; Is 1,22.25; Ez 22,18-20; Zac 13,9; Mal 3,2-3; Joel 2,28-30, donde el profeta Joel pone como uno de los signos de la llegada del Mesías la efusión de fuego.

Ejemplos del fuego ‘bueno’ en el NT: Mc 9,49: seremos salados por el fuego; Lc 12,49: “he venido a traer fuego a la tierra…”; 1Cor 3,13: a la obra de cada uno la probará el fuego; 1Cor 3,15: el fuego purificador; Apoc 3,18: el oro es acrisolado por el fuego.

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Juan Pablo II

 

Este II domingo de Adviento gira en totalmente en torno a la venida de Cristo y a la preparación necesaria para este maravilloso acontecimiento.

En este centro de la liturgia está la persona de Juan Bautista. El Evangelista Mateo lo describe como hombre de oración intensa, de penitencia austera, de fe profunda: efectivamente, es el último de los Profetas del Antiguo Testamento, que da paso al Nuevo, señalando en Jesús al Mesías esperado por el pueblo judío. En las riberas del río Jordán, Juan Bautista confiere el bautismo de penitencia: “Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban los pecados y él los bautizaba” (Mt 3,5-6). Este bautismo no es simple rito de adhesión, sino que indica y exige el arrepentimiento de los propios pecados y el sincero sentido de espera del Mesías.

Y Juan enseña. Predica la conversión: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

Juan enseña. Y, conforme al anuncio de Isaías, “allana los senderos” para el Señor (cfr. Mt 3,1-3).

Estas palabras resuenan hoy para nosotros.

¿Quién es el Señor que debe venir? Por sus mismas palabras podemos calificar la persona, la misión y la autoridad del Mesías.

Juan Bautista enmarca ante todo claramente “su persona”. “Él -dice del Bautista- puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias” (Mt 3,11). Con estas expresiones, típicamente orientales, reconoce la distancia infinita que hay entre él y Aquel que debe venir, y subraya también su misión de preparar inmediatamente el gran acontecimiento.

Luego, señala la misión del Mesías: “Os bautizará con el Espíritu Santo y fuego” (Ib.3,12). Es la primera vez, después del anuncio del ángel a María, que aparece la impresionante palabra “Espíritu Santo”, que luego formará parte de la fundamental enseñanza trinitaria de Jesús. Juan Bautista, divinamente iluminado, anuncia que Jesús, el Mesías, continuará confiriendo el bautismo, pero este rito dará la “gracia” de Dios, el Espíritu Santo, entendido místicamente como un “fuego” místico, que borra (quema) el pecado e inserta en la misma vida divina (enciende de amor).

Finalmente, el Bautista esclarece la autoridad del Mesías: “Tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga” (Ib. 3,12). Según la palabra de la enseñanza de Juan, el que vendrá es el “juez de las conciencias”; en otras palabras, es el que determina lo que está bien y lo que está mal (el grano y la paja), la verdad y el error; es el que determina cuales son los árboles que dan frutos buenos y cuales los que, en cambio, dan frutos malos y deben ser talados y quemados. Con estas afirmaciones Juan Bautista anuncia la “divinidad” del Mesías, porque sólo Dios puede ser el árbitro supremo del bien, señalar con absoluta certeza el camino positivo de la conducta moral, juzgar las conciencias, premiar o condenar.

De ahí la necesidad de preparar la venida del Mesías. La Navidad es ciertamente un día de gran alegría y de sereno júbilo, incluso externo; pero, ante todo, es un acontecimiento sobrenatural y determinante, para el que se necesita seria preparación moral: “Preparad el camino del Señor; allanad su senderos”. En las palabras de Juan está toda la heredad profunda de la Antigua Alianza.

Pero al mismo tiempo, se abre con ellas la Nueva Alianza: en aquel que debe venir “toda carne verá la salvación de Dios” (Lc 3,6).

Aquel que viene -Cristo-, es enviado a fin de acogeros para gloria de Dios” (Rom 15,7).

Viene a demostrar la “fidelidad de Dios; cumpliendo las promesas hechas a los Patriarcas…” (Rom 15,8).

Viene para revelar que el Señor “el Dios de toda paciencia y consuelo” (Rom 15,5).

Viene a fin de “acogeros para gloria de Dios” (Rom 15,7).

Y el que viene, pues, debe hacer que vosotros “os acojáis mutuamente” (Rom 15,7). En efecto, Él señala la verdadera y auténtica conducta moral, que consiste en dar gloria a Dios Padre, a su ejemplo y con sus mismos sentimientos, y en amar al prójimo. San Pablo, al escribir a los Romanos, tenía en la mente tanto a los convertidos del judaísmo como a los del paganismo; pero hablaba para todos del compromiso de la “acogida”: el Verbo de Dios, que viene, debe hacer que tengáis “los unos con los otros los mismos sentimientos a ejemplo de Cristo Jesús” (cf. Rom 15,5); “para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre” (Ib. 15,6).

Así, pues, el “preparar los senderos”, que predica Juan Bautista, se convierte, a la luz de la enseñanza de San Pablo en la Carta a los Romanos, en acoger todo el programa mesiánico del Evangelio: el programa de la adoración a Dios -¡la gloria!- mediante el amor al hombre, el amor recíproco.

En este espíritu la Iglesia anuncia el Adviento como la dimensión continua de la existencia del hombre hacia Dios: hacia ese Dios, “que es, que era, que viene” (Ap 1,4).

Esta dimensión esencial de la existencia cristiana del hombre corresponde a la “preparación” enseñada por la liturgia de hoy. El hombre debe remontarse siempre al corazón, a la conciencia, para estar en la perspectiva de la “Venida”.

Para realizar esta exigencia, el cristiano debe ser también sensible a la acción del Espíritu Santo; Él que viene, viene en el Espíritu Santo, como anunció Isaías: “Sobre Él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor de Dios” (Is 11,2). Con el Mesías y con la presencia del Espíritu Santo entra en la historia del hombre la justicia y la paz, como dones del reino de Dios: así se abre la perspectiva de la reconciliación “cósmica” en toda la creación -en el hombre y en el mundo- que se había perdido a causa del pecado.

“Ven, Señor, rey de justicia y de paz”: hemos pedido juntos en el Salmo responsorial.

Doy gracias a Jesucristo, el Verbo Eterno, porque me ha permitido anunciar el mensaje litúrgico del II domingo de Adviento en vuestra parroquia: “Preparad el camino del Señor”. Este mensaje es actual siempre y para todos. Efectivamente, todos vivimos en la dimensión del adviento de Dios. Nuestra vida es una continua “preparación”.

(Parroquia Sta. Francisca Javiera Cabrini, 4 de diciembre de 1983)

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Benedicto XVI

 

Hoy, segundo domingo de Adviento, nos presenta la figura austera del Precursor, que el evangelista san Mateo introduce así: «Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»» (Mt 3, 1-2). Tenía la misión de preparar y allanar el sendero al Mesías, exhortando al pueblo de Israel a arrepentirse de sus pecados y corregir toda injusticia. Con palabras exigentes, Juan Bautista anunciaba el juicio inminente: «El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego» (Mt 3, 10). Sobre todo ponía en guardia contra la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido: ante Dios — decía— nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino que debe dar «frutos dignos de conversión» (Mt 3, 8).

Mientras prosigue el camino del Adviento, mientras nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, resuena en nuestras comunidades esta exhortación de Juan Bautista a la conversión. Es una invitación apremiante a abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros para manifestar el juicio divino. El Padre —escribe el evangelista san Juan— no juzga a nadie, sino que ha dado al Hijo el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre (cf. Jn 5, 22. 27). Hoy, en el presente, es cuando se juega nuestro destino futuro; con el comportamiento concreto que tenemos en esta vida decidimos nuestro destino eterno. En el ocaso de nuestros días en la tierra, en el momento de la muerte, seremos juzgados según nuestra semejanza o desemejanza con el Niño que está a punto de nacer en la pobre cueva de Belén, puesto que él es el criterio de medida que Dios ha dado a la humanidad.

El Padre celestial, que en el nacimiento de su Hijo unigénito nos manifestó su amor misericordioso, nos llama a seguir sus pasos convirtiendo, como él, nuestra existencia en un don de amor. Y los frutos del amor son los «frutos dignos de conversión» a los que hacía referencia san Juan Bautista cuando, con palabras tajantes, se dirigía a los fariseos y a los saduceos que acudían entre la multitud a su bautismo.

Mediante el Evangelio, Juan Bautista sigue hablando a lo largo de los siglos a todas las generaciones. Sus palabras claras y duras resultan muy saludables para nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, en el que, por desgracia, también el modo de vivir y percibir la Navidad muy a menudo sufre las consecuencias de una mentalidad materialista. La «voz» del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene, en los desiertos de hoy, desiertos exteriores e interiores, sedientos del agua viva que es Cristo.

Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.

 (Ángelus, domingo 9 de diciembre de 2007)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La necesidad de conversión

Mt 3, 1-12

            Nos enseña San Pablo[1] a buscar en las Sagradas Escrituras la paciencia y la consolación que tanta falta nos hacen en nuestro peregrinar terreno. ¿Para qué nos hacen falta? Para mantener la esperanza en una vida futura.

            La esperanza en la vida futura está basada en el abandono absoluto en Dios que es el que nos la ha prometido y el único capaz de auxiliarnos para que la alcancemos.

            En las Sagradas Escrituras encontramos ejemplos de santos que han sido pacientes en las pruebas manteniendo la esperanza en Dios, por ejemplo, Abraham que esperó contra toda esperanza en la promesa de una descendencia numerosa cuando ya sus fuerzas físicas eran incapaces para trasmitir la vida y siendo su mujer vieja y estéril. Más aún mantuvo la esperanza cuando Dios le pidió a su hijo único, nacido de sus entrañas, para que lo ofreciese en sacrificio. También es ejemplo de paciencia el santo Job que dice esta frase, modelo de esperanza en Dios, “aunque me quitase la vida esperaré en él”[2].

            También encontramos en la paciencia el consuelo con que Dios consuela a sus santos para que sigan esperando. ¡Cuánto ha consolado Dios a Israel para que persevere en el camino que le ha trazado, para que sea fiel a su vocación! Dios consuela. Dios nos consuela en nuestras luchas para que nosotros consolemos a nuestros hermanos[3].

            Porque Dios es “Dios de la paciencia y del consuelo”[4]. ¡Cuánta paciencia nos ha mostrado Dios en nuestra vida! ¡Cuánta paciencia para con nuestros pecados, para con nuestras acciones infantiles y necias! ¡Cuánto nos ha esperado para que corrijamos nuestro camino y enderecemos nuestras sendas!

Dios nos ama y quiere nuestra santificación por eso es paciente con cada uno de nosotros y con todo el mundo. Lo ha enseñado Jesús en la parábola del trigo y la cizaña[5], lo ha enseñado cuando dice que su Padre manda la lluvia sobre buenos y malos y hace salir el sol sobre todos[6].

El ejemplo más perfecto lo tenemos en Jesús. Jesús nos muestra en su vida el obrar del Padre porque quien ve a Jesús ve al Padre[7]. En Él tenemos que modelar nuestros sentimientos[8]. Él es modelo de paciencia y por eso Juan lo llama “Cordero de Dios”[9] recordando la profecía de Isaías sobre el siervo sufriente[10] y Él mismo quiere que imitemos su paciencia: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”[11].

El Evangelio nos dice que:

Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.

La conversión, cambio de mente, designa renuncia al pecado, una penitencia. Este pesar que mira al pasado, va acompañado normalmente de una conversión por la que el hombre se vuelve hacia Dios e inicia una nueva vida. Penitencia y conversión son la condición necesaria para recibir la salvación que trae el Reino de Dios[12].

            Juan Bautista pide la conversión en vistas a la venida de Jesús.

Si bien en nosotros ha habido una conversión cuando nos dimos cuenta de la necesidad de abrazar la religión, siempre es necesaria la conversión a Dios para mejorar en lo mal hecho y acercamos más a Jesús.

            Hay que tender a la segunda conversión que implica entregarnos totalmente a la religión.

            Jesús es modelo de hombre religioso y estamos llamados a imitarlo. Jesús es el hombre totalmente entregado a las cosas de Dios, a la religión. Los santos lo han imitado.

            Cuando uno conoce a Jesús, la misericordia del Padre hecha carne, vive en permanente conversión[13].

El adviento es un tiempo propicio para la conversión. Es un tiempo para entrar en sí mismo y ver qué hay que cambiar, para ver cómo es mi relación con Jesús. Si soy perfecto no necesito conversión, pero no soy perfecto, entonces, qué tengo que cambiar.

            “En la oración se verifica la conversión del alma hacia Dios y la purificación del ojo interior”[14]. Como la conversión del hijo pródigo que se inicia cuando el joven reflexionó[15].

Sólo un alma que pierde la esperanza no le importa convertirse. Quizá nos convertimos o comenzamos a venir a la Iglesia siendo jóvenes. Pero a pesar de los años si el alma se mantiene joven puede y debe seguir su conversión.

La conversión implica muerte a nosotros mismos, a nuestro modo de pensar, para dejar lugar al querer de Dios. Por eso la primera señal de la conversión es humillarse, es decir, colocar antes que nosotros mismos, la soberanía de Dios[16].

Muchas veces se pide que las homilías sean algo concreto y está bien pero no se debe caer tampoco en venir a buscar una receta al problema particular. En el caso presente el Evangelio nos manda la conversión. En qué… cada uno tiene que volverse en sí, reflexionar, enfrentarse a la realidad de su alma frágil y pecadora ver concretamente qué tiene que cambiar en vistas al encuentro con Jesús que viene.

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[1] Rm 15, 4-9
[2] 13, 15. Así lo traduce Pieper, “Las virtudes fundamentales”, Rialp Madrid 19986.
[3] Cf. 2 Co 1, 3-5
[4] Rm 15, 5
[5] Mt 13, 24-30
[6] Mt 5, 45
[7] Jn 14, 9
[8] v. 5; Flp 2, 2 s
[9] Jn 1, 29.36
[10] Is 53
[11] Mt 11, 29
[12] Nota de la Biblia de Jerusalén a Mt 3, 2. Usamos la Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer Bilbao 19983. En adelante Jsalén.

[13] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Dives in misericordia nº 13, Paulinas Buenos Aires 1980, 57. En adelante DM
[14] Santo Tomás de Aquino, Catena Áurea, San Mateo (I), Cursos de Cultura Católica Buenos Aires 1948, San Agustín a Mt 6, 7-8, 170. En adelante Catena Áurea…
[15] Cf. Lc 15, 17
[16] Cf. Lagrange, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 20032, 63

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CEC 717-720: la misión de Juan Bautista

CEC 1427-29: la conversión de los bautizados

522    La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza»(Hb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además,  despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.

523    San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). «Profeta del Altísimo» (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22;Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo  y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3, 29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).

524    Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que El crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30).

La espera del Mesías y de su Espíritu

711    «He aquí que yo lo renuevo»(Is 43, 19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan en la esperanza la «consolación de Israel» y «la redención de Jerusalén» (cf. Lc 2, 25. 38).

          Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se refieren. A continuación se describen aquellas en que aparece sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.

712    Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12) («cuando Isaías tuvo la visión de la Gloria» de Cristo: Jn 12, 41), en particular en Is 11, 1-2:

            Saldrá un vástago del tronco de Jesé,

            y un retoño de sus raíces brotará.

            Reposará sobre él el Espíritu del Señor:

            espíritu de sabiduría e inteligencia,

            espíritu de consejo y de fortaleza,

            espíritu de ciencia y temor del Señor.

713    Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra «condición de esclavos» (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

714    Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):

            El Espíritu del Señor está sobre mí,

            porque me ha ungido.

            Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,

             a proclamar la liberación a los cautivos

            y la vista a los ciegos,

            para dar la libertad a los oprimidos

            y proclamar un año de gracia del Señor.

715    Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del «amor y de la  fidelidad» (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.

716    El Pueblo de los «pobres» (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor «un pueblo bien dispuesto» (cf. Lc 1, 17).

IV     EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

 

          Juan, Precursor, Profeta y Bautista

717    «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. (Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1, 68).

718    Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17).

719    Juan es «más que un profeta» (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): «Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo … Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios … He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36).

720    En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).

          “Alégrate, llena de gracia”

721    María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el trono de la «Sabiduría».

          En ella comienzan a manifestarse las «maravillas de Dios», que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:

722    El Espíritu Santo preparó  a María con su gracia . Convenía que fuese «llena de gracia» la madre de Aquél en quien «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la «Hija de Sión»: «Alégrate» (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo (cf. Lc 1, 46-55).

III     LA CONVERSION DE LOS BAUTIZADOS

1427  Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

1428  Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que «recibe en su propio seno a los pecadores» y que siendo «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante,busca sin cesar la penitencia y la renovación» (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).

1429  De ello da testimonio la conversión de S. Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: «¡Arrepiéntete!» (Ap 2,5.16).

          S. Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, en la Iglesia, «existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia» (Ep. 41,12).

 

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