Domingo XXIII Tiempo Ordinario (C )

 

04
septiembre

Domingo XXIII Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXIII Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 4 de Septiembre de 2016)

LECTURAS

¿Qué hombre puede hacerse una idea de lo que quiere el Señor?

Lectura del libro de la Sabiduría     9, 13-18

«¿Qué hombre puede conocer los designios de Dios
o hacerse una idea de lo que quiere el Señor?
Los pensamientos de los mortales son indecisos
y sus reflexiones, precarias,
porque un cuerpo corruptible pesa sobre el alma
y esta morada de arcilla oprime a la mente
con muchas preocupaciones.
Nos cuesta conjeturar lo que hay sobre la tierra,
y lo que está a nuestro alcance lo descubrimos con esfuerzo;
pero ¿quién ha explorado lo que está en el cielo?
¿Y quién habría conocido tu voluntad
si Tú mismo no hubieras dado la Sabiduría
y enviado desde lo alto tu santo espíritu?
Así se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra,
así aprendieron los hombres lo que te agrada y,
por la Sabiduría, fueron salvados».

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 89, 3-6. 12-14. 17 (R.: 1)

R. ¡Señor, Tú has sido nuestro refugio!

Tú haces que los hombres vuelvan al polvo,
con sólo decirles: «Vuelvan, seres humanos».
Porque mil años son ante tus ojos
como el día de ayer, que ya pasó, como una vigilia de la noche. R.

Tú los arrebatas, y son como un sueño,
como la hierba que brota de mañana:
por la mañana brota y florece,
y por la tarde se seca y se marchita. R.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que nuestro corazón alcance la sabiduría.
¡Vuélvete, Señor! ¿hasta cuándo…?
Ten compasión de tus servidores. R.

Sácianos en seguida con tu amor,
y cantaremos felices toda nuestra vida.
Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor;
que el Señor, nuestro Dios, haga prosperar la obra de nuestras manos. R.

Recibe a Onésimo, no ya como un esclavo,
sino como un hermano querido

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Filemón     9b-10. 12-17

Querido hermano:
Yo, Pablo, ya anciano y ahora prisionero a causa de Cristo Jesús, te suplico en favor de mi hijo Onésimo, al que engendré en la prisión.
Te lo envío como si fuera yo mismo. Con gusto lo hubiera retenido a mi lado, para que me sirviera en tu nombre mientras estoy prisionero a causa del Evangelio. Pero no he querido realizar nada sin tu consentimiento, para que el beneficio que me haces no sea forzado, sino voluntario.
Tal vez, él se apartó de ti por un instante, a fin de que lo recuperes para siempre, no ya como un esclavo, sino como algo mucho mejor, como un hermano querido. Si es tan querido para mí, cuánto más lo será para ti, que estás unido a él por lazos humanos y en el Señor.
Por eso, si me consideras un amigo, recíbelo como a mí mismo.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Sal 118, 135

Aleluia.
Que brille sobre mí la luz de tu rostro,
y enséñame tus preceptos.
Aleluia.

 
EVANGELIO

El que no renuncia a todo lo que posee
no puede ser mi discípulo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     14, 25-33

Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: «Este comenzó a edificar y no pudo terminar».
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Entrada: Cada Santa Misa renueva el don sacrificial de Cristo para gloria del Padre y redención de nuestras almas. Unámonos a Él que, en actitud de alabanza e inmolación, se ofrece por todos los hombres.

1º Lectura:                                     Sab 9, 13-18b                        

La bondad de Dios se ha manifestado para con los hombres, al enseñarnos por medio de la Sabiduría lo que se refiere a su gloria y nuestra salvación.

2º Lectura:                       Fil 9b-10.12-17                     

La práctica de la caridad se expresa admirablemente en la acogida de todo prójimo como a un hermano querido.

Evangelio:                                       Lc 14,25-33               

La sabiduría de la cruz es el núcleo a partir del cual comprendemos que el amor a Jesús exige la negación de sí mismo y la entrega por los hermanos.

Preces

Convencidos del amor de Cristo y dispuestos a dar testimonio de él con nuestra vida, pidamos a Dios Padre por su intermedio.

A cada intención respondemos…

* Por todos los cristianos, para que vivan el Evangelio con heroísmo, y estén dispuestos a dar cada día un testimonio de coherencia, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. Oremos…

* Por los sacerdotes, para que confortados con la celebración de los Sagrados Misterios, nos enseñen a cargar la cruz cotidiana con alegría y fortaleza. Oremos.

* Para que Dios suscite abundantes vocaciones consagradas, que ofreciendo el don divino de la Gracia, sean promotores de la dignidad de toda existencia humana. Oremos…

* Por los matrimonios de nuestra Patria, para que conscientes del valor de la vida humana, sean colaboradores incondicionales de la obra creadora de Dios. Oremos…

* Roguemos al Señor por las necesidades espirituales y materiales de nuestros familiares, amigos y benefactores, que guiados por la fe en Cristo lleven con paciencia las dificultades de la vida. Oremos…

Padre de bondad, acoge nuestras súplicas y concédenos aquello que nos hace falta para ser fieles servidores tuyos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio        Agradecidos por los beneficios diarios que Dios nos da, presentemos nuestras ofrendas:

* Junto con estos alimentos, ofrecemos el testimonio de aquellos que dedican sus vidas a la atención de los más pobres y abandonados.

* Ofrecemos pan y vino, humildes creaturas que por el poder de Dios se transustanciarán en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Comunión: “El que no carga su cruz y viene en pos de Mí, no puede ser mi discípulo”. Acerquémonos a recibir la Sagrada Eucaristía, banquete espiritual que fortalece nuestras almas.

Salida:

Después de haber participado del Sacrificio de Cristo y habernos alimentado con su Cuerpo y su Sangre, vayamos al mundo a proclamar que solamente en Jesucristo y su Iglesia está la salvación del hombre.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Abnegación cristiana

(Lc.14,25-33)

Para entrar en el reino de Dios es necesario seguir el llamamiento de Jesús. Ya en la parábola del gran banquete ha aparecido claro que hay impedimentos para aceptar este llamamiento. En una nueva unidad literaria, en la que se combinan dichos de Jesús transmitidos por tradición, se muestran las condiciones del seguimiento más radical de Jesús: renuncia al abrigo y seguridad en la familia y prontitud para dar la vida (v. 25-27), serena ponderación y consideración de si se ha de tomar la decisión de seguir a Jesús de esta forma tan radical (v. 28-32), desapego de toda propiedad (v. 33). Sólo así se logra vivir el verdadero sentido del seguimiento de Jesús en calidad de discípulo y de la entrega total a Jesús, y estar a la altura de la responsabilidad que esto implica (v. 34). En la comunidad hay personas que viven voluntariamente en virginidad y pobreza (1Co_7:8; Hec_4:37). ¿Qué hay que decir sobre esto?

a) Renuncia del discípulo de Cristo (/Lc/14/25-27)

25 Grandes multitudes iban caminando con él, y volviéndose hacia ellas, les dijo:…

La gran muchedumbre del pueblo quieren ser discípulos de Jesús. Van tras él. ¿Sabe la multitud lo que esto significa y lo que exige? Jesús camina hacia Jerusalén, donde le aguarda la glorificación, pero también la pasión y la muerte… ya se han dejado oír algunas exigencias formuladas a los discípulos, ya se han mencionado algunas condiciones de la glorificación: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha» (13,24). Quien quiera entrar al gran banquete, debe seguir inmediatamente el llamamiento y la invitación y diferir la visita de su campo, la prueba de las yuntas de bueyes, el tomar esposa (14,18-20). ¿Qué quiere decir caminar con él? ¿Llegar a la «elevación»?

La multitud del pueblo camina tras Jesús; él tenía que volverse cuando quería dirigirle la palabra. Se ha dado el primer paso en el seguimiento de Jesús. El pueblo ha tomado conocimiento de Jesús, se le ha adherido no obstante la contradicción de muchos, le sigue y oye su palabra. Lo que salva es sólo la adhesión a Jesús. ¿Pero basta con ir tras él? ¿Qué significa seguir a Jesús?

26 Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, a la mujer y a los hijos, a los hermanos y hermanas, y más aún, incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo.

El que viene a Jesús para ser su discípulo tiene que poner a Jesús por encima de todo, poner todo lo demás en segundo lugar. Lo que esto significa, lo formuló Jesús con una palabra tremendamente dura, extremada, imposible de pasar inadvertida, provocativa: odiar. Odiar todo lo que amamos y tenemos el deber de amar: las personas que están unidas con nosotros con los vínculos más fuertes, la familia, que asegura protección y abrigo -la expresión presupone la gran familia-, la propia vida… Sólo Jesús se propone como el único objeto de amor, como el único refugio, como dispensador de vida. Jesús ha predicado el amor, no el odio. Ni tampoco pensó en dejar sin vigor el cuarto mandamiento (18,19s). Según la manera de hablar semítica, odiar significa poner en segundo lugar, posponer (Cf. Gen_29:30.31.33; Dt 21.15 ss; Jue_14:16). Mateo explica lo que quiere decir Lucas, con estas palabras: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí» (/Mt/10/37). «Odiarse» a sí mismo significa lo mismo que negarse a sí mismo (Jue_9:23).

Padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas, la propia vida deben pasar a segundo término delante de Jesús. La adhesión a Jesús (en algún sentido) es condición ineludible para alcanzar el reino de Dios, el más alto de todos los valores. Por lo menos en caso de conflicto hay que poner a Jesús por encima de todo lo demás y desligarse de cualquier otro vínculo.

De Leví, padre y patriarca de los levitas que sirven en el templo se dice que dijo así acerca del padre y de la madre: «No los conozco», que no consideró a sus hermanos y desconoció a sus hijos (Deu_33:9). Levi se siente ligado incondicionalmente al templo, a la ley, y a la alianza de Dios; por razón de este vínculo deja en segundo lugar todas las obligaciones con su familia. Para Leví, consagrado a Dios, la ley de Dios y la alianza son las realidades incondicionales que hay que anteponer a todo lo demás. Para los discípulos de Jesús es Jesús la realidad incondicional, exclusiva, que no admite comparación. Él es la ley, el nuevo orden salvífico, la revelación de Dios, la verdad (Jua_14:6) y la realidad, en cuya comparación todo lo demás no es sino sombra. Sólo en él está la salvación (Hec_4:12).

27 Quien no lleva su cruz y viene tras mí, no puede ser mi discípulo.

Estas palabras se pronuncian en camino hacia Jerusalén, donde aguarda a Jesús la muerte de cruz. Quien quiera seguirle, tiene que estar dispuesto a llevar su cruz. Jesús va delante en el camino del Calvario. En la antigüedad, el que era crucificado debía arrastrar hasta el lugar de la ejecución la viga transversal. La palabra de Jesús es una palabra figurada, una imagen.[1] La muerte en cruz es castigo de los infames, de los desertores y de los esclavos. El que lleva la cruz pierde la vida, la honra, y está condenado a la destrucción total; se dice: «Maldito el que está colgado de un madero» (cf. Gal_3:13). El que se resuelve a seguir a Jesús, debe estar pronto a tomar sobre sí todo lo que está incluido en esta gama, pero que repugna al hombre hasta lo más hondo de su ser. Jesús, Maestro y Señor, lleva la cruz y es un crucificado; éste es su camino hacia la «elevación».

¿Qué significa seguir a Jesús? Los muchos que caminan con Jesús hacia Jerusalén ¿están dispuestos a ponerlo por encima de todo, a tomar sobre sí su suerte, a cargar con la cruz, a exponer su vida si Dios lo exige en el seguimiento de Jesús? Tales exigencias se fundan en la palabra y llamamiento de Jesús.

b) Decisión deliberada (Lc/14/28-32).

28 Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta antes a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 29 No vaya a ser que, si después de poner los cimientos no puede acabarla, todos los que la vean empiecen a burlarse de él 30 diciendo: Este hombre comenzó a edificar, pero no pudo terminar.

La parábola empieza en estilo semítico. El que la oye, puede y debe juzgar por sí mismo. Se pone el caso de uno que quiere edificar una torre. ¿Un edificio de varias plantas? ¿Una fortaleza? ¿Un gran edificio mercantil? Ahora bien, los oyentes de Jesús son por lo regular gentes sencillas, labradores, viñadores. A ellos se dirige Jesús: ¿Quién de vosotros…? En la parábola de los viñadores homicidas se dice: «Un hombre plantó una viña y la rodeó de una cerca, cavó un lagar y construyó una torre» (Mar_12:1). Esta torre en una viña tenía una doble finalidad. En temporadas de mucho trabajo servía de habitación; en todos los casos servía para vigilar, pues desde el terrado plano se divisaba todo sin dificultad y se podía observar si se acercaban ladrones o animales. Todo viñador soñaría con poseer, en lugar de una cabaña de follaje, una verdadera torre en medio de su viña. Aquí comienza la parábola de Jesús. Si uno de vosotros, que posee una viña, quiere edificar en ella una torre de vigía, no llamará sin más a los albañiles y aprontará el material de construcción, sino que primero reflexionará para ver si los medios de que dispone le permiten llevar a cabo la construcción. Se sienta, hace cálculos con la pluma en la mano, se toma tiempo para reflexionar. Se comparan los gastos de construcción y el capital disponible. Sólo cuando consta que es suficiente el capital se comienzan las obras. El que se ahorra estas reflexiones y, un día, cuando le viene la idea, manda comenzar las obras, se expone a graves riesgos. Podría suceder que viniera a gastarse todo el capital cuando apenas se hubieran echado los cimientos. ¿Qué hacer entonces? Habrá que suspender las obras, él habrá despilfarrado su dinero y todos los que vean la obra sin acabar se le reirán tratándole de charlatán y fanfarrón, de hombre irreflexivo. Jesús quiere decir, y en ello todos le dan la razón: nadie de vosotros querrá hacer semejante tentativa, sino que reflexionará y calculará diligentemente y sólo dará la orden de edificar cuando esté seguro de que tiene medios suficientes para llevar a término su proyecto. De lo contrario, vale más dejar el asunto.

31 ¿O qué rey, teniendo que salir a campaña contra otro rey, no se sienta antes a reflexionar si será capaz de enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? 32 De lo contrario, mientras el otro está todavía lejos, le envía una embajada para pedirle condiciones de paz.

La segunda imagen no está ya tomada de la vida de las gentes sencillas, sino de la alta política. Por eso no se comienza aquí, como antes, con las palabras «¿Quién de vosotros?», sino que se dice: «¿Qué rey?» Se pone el caso de un rey que quiere guerrear contra otro rey. Este otro rey ha emprendido ya la marcha. ¿Qué hará el rey que se ve agredido? ¿Salir precipitadamente al encuentro del enemigo, con su ejército reclutado de prisa con trompetas y tambores, sin considerar antes cuál es la proporción de las fuerzas? Sabe que el rey enemigo avanza contra él con veinte mil hombres y que él mismo sólo dispone de diez mil hombres en condiciones de combatir. ¿Vale verdaderamente la pena oponer resistencia? Por lo regular es imposible derrotar a un enemigo que cuenta con doble contingente de fuerzas. Cuando las circunstancias ayudan, no todo depende del número.

Por ejemplo, Judas Macabeo, el año 165 a.C., derrotó al general sirio Lisias sólo con diez mil hombres, mientras que el ejército sirio contaba sesenta mil hombres, más 5000 de a caballo (1Ma_4:28-35). Hay que considerar y estimar no sólo el número de los soldados, sino también su armamento, su moral de guerra, la pericia de los oficiales, las cualidades del general en jefe. El rey se sienta y se pone a considerar. Sólo se lanza al combate si el resultado de sus reflexiones le permite esperar un desenlace favorable. De lo contrario, pide condiciones de paz y se rinde sin más.

La doble parábola expresa la misma idea con dos ejemplos diametralmente opuestos: condiciones grandes y pequeñas, un pequeño labrador, un gran rey ¿Qué idea se trataba de representar gráficamente? Evidentemente ésta: el que emprende algo grande examina antes cuidadosamente si tiene medios y fuerzas suficientes para tal empresa En el centro de ambas parábolas se dice: «no se sienta antes», «a calcular», «a reflexionar». ¿Pero esto es todo? ¿No se trata en las parábolas de una elección: construir la torre o no construirla; emprender la guerra o someterse? Si resulta que los medios son insuficientes, vale más renunciar sencillamente a la empresa. En la parábola del rey que trata de guerrear, se dice esto expresamente. En la otra parábola se hace referencia a los perjuicios que acarrea un proceder inconsiderado: en lugar de ventajas, sobrevienen inconvenientes. Las parábolas dobles ilustran la misma idea, pero no de la misma forma. Con la idea principal se asocian las dos ideas secundarias mencionadas. La doble parábola quiere decir: primero pensar, luego osar; mejor no comenzar en absoluto una cosa, que lanzarse a ella con medios insuficientes para acabar en un fracaso. Con estas ideas no quiere Jesús dar reglas de prudencia para la vida cotidiana; Lucas encuadra las dos parábolas en la doctrina de las graves exigencias que implica el seguir a Jesús. La gran empresa es seguir a Jesús, hacerse su discípulo. Quien se sienta inclinado a seguir a Jesús y a ser su discípulo debe comenzar por reflexionar y considerar bien si tiene también la voluntad seria y resuelta y las fuerzas que se requieren, no sólo para hacerse discípulo de Jesús, sino para serlo de veras y perseverar como tal. Quien no se sienta a la altura de este quehacer, vale más que lo deje. En efecto, el fracaso pone en peligro la salvación.

Así interpretadas, las dos parábolas plantean una difícil cuestión: ¿Dejó, pues, Jesús al arbitrio de cada uno el asunto de que habla? Seguir a Cristo ¿no es necesario a todos para la salvación? ¿Quiere Jesús que los que tratan de seguirle se pregunten si quieren seguirle de veras y, si no, que lo dejen? Su llamamiento a seguirle ha decidido ya acerca de este «si». Pues si ello es así, ¿qué quieren decir todavía las parábolas?

El seguimiento de Cristo puede efectuarse de diferentes maneras. Sigue a Jesús quien oye y pone en práctica su llamamiento a la conversión y a la fe en su mensaje. Pero los Evangelios conocen también un seguimiento que consiste en la adhesión permanente a Jesús, abandonando por consiguiente casa, profesión y familia. De esta manera siguieron a Jesús los apóstoles. No a todos los que le siguen exige Jesús que renuncien al matrimonio, sino únicamente a aquellos a quienes es dado por Dios comprender esta palabra (Mat_19:12). Ni tampoco exige a todos que renuncien totalmente al dinero y a los bienes. El publicano Zaqueo no renunció a todos sus bienes después de su conversión (Mat_19:1-10). Las mujeres galileas que seguían a Jesús no se privaron de todo lo que poseían (Mat_8:3). Cuando Jesús habla de las graves exigencias de su seguimiento, se refiere, según este pasaje de san Lucas, al seguimiento más estricto. Para esto no basta mero entusiasmo, un fervor momentáneo. Lleva consigo una renuncia radical, incluso a lo que parece ser imprescindible para la vida. Esto es lo que requiere reflexión madura antes de emprender tal seguimiento de Cristo (cf. 9,57s). Jesús quería impedir que se le unieran entusiastas que comienzan con ardor, pero que luego se hastían de la vida fatigosa y acaban incluso por perder la fe (Jua_6:60-71).

Es posible que la elección de las imágenes de las parábolas se refiera al seguimiento de Jesús tal como lo practican los apóstoles: edificación de una torre y guerra. Edificación y combate están encomendados a los apóstoles (Rom_15:20; Flp_2:25). Uno y otro exigen decisión, reflexión, entrega total. Gloria y paz coronarán estas obras; se verá dominada la ignominia y la cruel servidumbre. La salvación mesiánica es gloria y paz.

c) El verdadero discípulo (Lc/14/33-35)

33 Igualmente, pues, ninguno de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, puede ser mi discípulo.

Al discípulo se le exige optar «incondicionalmente» por Jesús; las personas queridas, la propia vida, el honor deben posponerse a Jesús. También la propiedad. Una sentencia particular exige el abandono de la propiedad por parte de los compañeros y colaboradores estables de Jesús. Todos sus pensamientos e intenciones deben estar orientados a lo que concierne al reino de Dios. La propiedad domina al hombre, tiene absorbido su pensar y su vida, lo somete a su hechizo. «No podéis servir a Dios y a Mamón» (Lc.16:13). El llamamiento de Pedro y de los dos hijos del Zebedeo se cierra con estas palabras: «Dejándolo todo, lo siguieron» (Lc.5:11). Del publicano Leví se refiere: «Dejándolo todo, lo seguía» (Lc_5:28). Pedro, como portavoz de los doce, puede decir que lo han dejado todo (Lc_18:28). Sin embargo, no a todos los que en alguna manera quieren seguir a Jesús se les exige que renuncien a todo lo que poseen. En la primitiva Iglesia de Jerusalén muchos se despojaron de sus bienes (Hech.2,45), pero se podía pertenecer a la Iglesia sin renunciar a todas las posesiones (Hec_5:4).

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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[1] No está resuelto si al hablar Jesús de llevar la cruz hace una predicción de su muerte o bien emplea un giro popular. ¿De dónde provendría éste? ¿De Eze_9:4-6 : Se salvará el que lleve marcada la T (+)? ¿De Gen_22:6, donde Isaac lleva su haz de leña para el sacrificio?

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Comentario Teológico

·        G. Leonardi

Discípulo

1. Interpretaciones y problemas

El tema «discípulo» está unido en parte con el del «apóstol». Suscita menos tensiones, pero no carece de actualidad ni de interés; exige una aclaración en sus relaciones con el apóstol y en su misma definición. En efecto, muchos consideran que equivale a “cristiano”; por eso aplican a todos lo que en los evangelios se dice de los discípulos. Otros lo refieren, en todo o en parte, solamente a los actuales «religiosos», que han asumido como propias las exigencias radicales de Jesús en relación con los discípulos; pero éstas no serían más que «consejos evangélicos», que sólo son practicables para unos sujetos destinatarios de una «especial» vocación y consagración.

Una simple mirada a una concordancia del NT suscita también algunas preguntas: el término «discípulo» (mathétes) aparece con frecuencia en todos los evangelios: 45 veces en Marcos; 71 en Mateo; 38 en Lucas; 78 en Juan. También aparece con cierta frecuencia en Hechos (28 veces, entre ellas una también en femenino: discípula, mathétria: 9,36). En los evangelios indica casi siempre a los seguidores de Jesús, y en los Hechos siempre a los miembros de las primeras comunidades cristianas. Luego, con gran sorpresa de nuestra parte, el término desaparece por completo de los escritos del NT.

Por eso nos proponemos profundizar en la relación de los discípulos con Jesús y entre ellos y en su continuación o no dentro de las comunidades cristianas.

2. Discípulo y seguimiento en el mundo judío y en la literatura ambiental

a) En el mundo griego

En la lengua griega extrabíblica el verbo mantháno, de donde se deriva mathéas, tenía ya en Herodoto (VII, 208) el sentido ordinario de «aprender», es decir, de asimilar mediante el aprendizaje o la experiencia.

El sustantivo correspondiente, mathérás, indicaba a un hombre que se vinculaba a un maestro (didáskalos), al cual pagaba unos honorarios: o para aprender un oficio, y entonces correspondería a nuestro «aprendiz», o bien una filosofía y una ciencia, y entonces correspondería a nuestro ‘alumno»

b) En la Biblia hebrea.

También en la traducción griega de los Setenta se utiliza el verbo manthánó (que corresponde al hebreo lamad) en el sentido ordinario de «aprender».

Por el contrario, el sustantivo derivado «discípulo» (mathétés) no aparece nunca; por lo demás, el mismo correspondiente hebreo talmid sólo aparece en 1 Crón 25,8 para indicar a los «discípulos» de los «maestros cantores» del templo. Esto parece ser que se debe a la antigua conciencia de Israel de que sólo Dios es el maestro, cuya palabra hay que seguir. Por eso los seguidores de los mismos profetas se designan como servidores (mesaret), y no como discípulos su­yos: así Josué de Moisés (Ex 24,13; Núm 11,25), Eliseo de Elías (1Re 19,19-21), Guejazí de Eliseo (2Re 4,12) y Baruc de Jeremías (Jer 32,12s).

c) En las escuelas rabínicas.

Precisamente en relación con las escuelas filosóficas griegas que se intentó erigir en la misma Jerusalén (cf. 1Mac 1,14; 2Mac 4,9) se desarrolló en el judaísmo la institución del rabbi (lit. = «grande mío» o «eminencia»); este término fue traducido en las comunidades judeo-helenistas por el si­nónimo didáskalos («maestro»).

El discípulo del rabbi era llamado talmid (de lamad, «aprender»). Había así entre los judíos varias escuelas de rabbi y de discípulos, llamadas «ca­sas» («casa de Hillel», «casa de Sam­mai»), a veces en contraste entre sí en algunos puntos discutidos, como aparece en la literatura rabínica. Por su sabiduría, los rabbi tuvieron tam­bién el antiguo título tradicional de «sabio» (hakam), mientras que «por su madurez de juicio, por su pruden­cia y experiencia, independientemen­te de su edad, fueron llamados ‘pres­bíteros’ » (E. Testa, o.c., 347). Fre­cuentemente se les dio también el título de «padre», de modo que las sentencias de los rabbi se llamaban «perícopas de los padres» (pirqé ‘Abot), así como el título de mari («señor mío»: ib; cf Mt 23,8-10).

El talmid, en su trato con el rabbi, aprendía con él no sólo la ley escrita mosaica, sino también la oral, llama­da esta última «la tradición de los presbíteros»(parádosis tón presbyté­rón: cf Mc 7,3-13/Mt 15,2-9). Así pues, el talmid tenía que estudiar du­rante largas horas todo el saber del maestro. No se podían escuchar las Escrituras sin la introducción del maestro (Ber. 476); sólo así el discí­pulo podía esperar convertirse tam­bién él en «sabio» y recibir del maes­tro una especie de ordenación que lo declaraba a su vez rabbi y le daba la facultad de enseñar, de abrir una es­cuela y de imponer su propia tradi­ción doctrinal.

Por lo que se refiere a la metodo­logía didáctica, como ha observado G. Gerhardsson en sus estudios, el discípulo aprendía escuchando y vien­do: escuchaba y recogía religiosa­mente todas las palabras del maestro y de sus alumnos más influyentes, hacía preguntas y al final de su apren­dizaje podía ofrecer él también su aportación; pero además veía y se­guía atentamente todas las activida­des del maestro y lo imitaba. Los informes de estas escuelas rabínicas, recogidos más tarde en el Talmud, refieren no sólo las palabras, sino también los ejemplos de los rabinos.

Los rabinos enseñaban de memo­ria, repitiendo varias veces el texto de la ley mosaica; enseñaban además de memoria sus interpretaciones y sus máximas; pero las condensaban en fórmulas sintéticas, lo más breve­mente posible. Es famosa su norma: «Mejor un grano de pimienta picante que una cesta llena de pepinos». Para facilitar el aprendizaje mnemónico recitaban el texto en voz alta y con una melodía de recitación; y aunque oficialmente esta tradición oral no se escribía en tiempos de Jesús para mantenerla secreta a los paganos, los discípulos tomaban apuntes o notas escritas; por eso hoy se va afirmando la opinión de que entre los mismos rabinos no existió nunca una tradi­ción puramente oral.

El mismo Pablo se formó con estas técnicas en la escuela de Gamaliel (He 22,3; cf Gál 1,14)[/ Lectura judía de la Biblia].

3. Discípulos de Jesús y su seguimiento

El sustantivo «discípulo’: (mathetés) es empleado por los cua­tro evangelios para indicar a veces a los discípulos del Bautista (Mc 2,18 y 6,29 par; Lc 7,18-19/Mt 11,2; Lc 11,1; Jn 3,25), pero prefieren usarlo para señalar a los seguidores de Je­sús. Dada la convergencia de los tex­tos, es innegable que el Jesús terreno fue considerado como un rabbi y se vio rodeado de discípulos, como ellos.

a) Según los evangelios sinópti­cos. Aunque no había sido más que un simple carpintero (Mc 6,3), Jesús enseñó y discutió en las sinagogas (Mc 1,21-28 par; 6,2-6 par; Mt 4,23; 9,35; 12,9-14) y en la misma Jerusalén al estilo de los rabbi (Mc 12,1-37 par), y se le plantearon preguntas de tipo jurídico (Lc 12,13-15). Llama en su seguimiento a un grupo de discípu­los: primero a cuatro, las dos parejas de hermanos Simón y Andrés, San­tiago y Juan (Mc 1,16-20 par); luego a un quinto, Leví, y con él a otros muchos (Mc 2,13-17; cf v. 15 par). Más adelante escoge a doce, entre ellos a los cuatro primeros y a un tal «Mateo», identificado por el primer Evangelio con el «Leví» anterior; hace vida común con ellos (Mc 3,13-19 ar), para mandarlos luego a continuar su misión (6,7-13 par). Estos discípulos lo llaman su «maestro»: a veces en la forma hebreo-aramea rabbi (Mc 9,5; 11,21; 14,45) y más ordinariamente en el equivalente griego didáskalos (10 veces en Marcos; seis en Mateo; 12 en Lucas).

Pero aparecen notables diferencias entre el talmid hebreo y el discípulo de Jesús. En las escuelas filosóficas griegas y en las rabínicas era el discí­pulo el que escogía la escuela y el maestro; en los evangelios, por el contrario, es Jesús el que con autori­dad divina llama a los discípulos, del mismo modo que Dios llamaba a los profetas del AT, y les fija las condi­ciones para su seguimiento (Mc 1,17 par; Lc 9,57-62, etc.). Parece ser pre­cisamente éste el motivo de que el verbo matheteúo, derivado de ma­thetés (y que de suyo, en griego, tiene un significado estático o activo, es decir, sirve para indicar lo mismo «ser discípulo» que «hacer discípu­los»), se emplee en el NT cuatro ve­ces, y siempre en el sentido activo de «hacer discípulos»: o por parte de Jesús (Mt 13,52; 27,57) o por parte de los enviados por Jesús (Mt 28,19; He 14,21). Por el mismo motivo el verbo «aprender» (mantháno) es raro y se le sustituye por el correlativo enseñar (didásko), referido eminen­temente a Jesús.

En las escuelas filosóficas griegas y en las rabínicas el discípulo buscaba en el maestro una doctrina y una me­todología para convertirse a su vez en maestro: en los evangelios los dis­cípulos siguen a Jesús como el único maestro (didáskalos) y preceptor (ka­thegétes), de modo que no pueden llamarse a su vez rabbi, preceptores, ni tampoco padres, sino hermanos, ya que tienen todos un solo Padre celestial (Mt 23,8-10). Deben aspirar más bien a hacerse en todo semejan­tes, en su misma suerte, al único maes­tro y Señor (didáskalos y Kyrios), Jesús (Lc 6,40/ Mt 10,24-25). Ellos tendrán a su vez la tarea de hacer discípulos (mathetéuo), pero consa­grándolos con el bautismo al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y hacién­dolos obedientes a los mandamientos de Jesús (Mt 28,19; cf He 14,21). Por eso siguen a Jesús como una persona a la que hay que entregar sin reservas toda la vida, por encima de todos los bienes y de los mismos afectos a los hermanos, a los padres, a los hijos y a la esposa (Mc 10,17-30 par; Lc 14,26-27/Mt 10,37-38; Mc 3,31-35 par), sin poder ya mirar para atrás ni retirarse (Lc 9,57-62/ Mt 8,19-22).

Para ser discípulo de Jesús hay que seguirlo. El seguimiento de Jesús se expresa en los sinópticos bien con el verbo «seguir» (akolouthéó), bien con la expresión «ir detrás de» (érjo­mai deúte u opiso).

El verbo akolouthéo significaba ya en Tucídides «hacer el camino con alguien», «seguir», en un sentido fa­vorable o también hostil. En el NT encontramos este verbo casi exclusi­vamente en los evangelios (59 veces en los sinópticos y 18 en Juan); en otros lugares raramente y sin relieve teológico.

En los sinópticos el verbo se aplica a veces a la muchedumbre que sigue a Jesús con cierta simpatía, aunque todavía de forma superficial (Mc 3,7/ Mt 4,25; Mt 12,15; Mc 5,24; Mt 8,1.10/ Lc 7,9; Mt 14,13/ Lc 9,11; Mt 19,2; 20,29); a los muchos pecadores que después de la llamada de Leví siguen a Jesús (¿o a Leví?) en el ban­quete que da en su casa (Mc 2,15 par); a las mujeres que habían segui­do a Jesús para servirle (diakonéo). Lucas había narrado anteriormente que en Galilea habían acompañado ya ellas a Jesús (8,2-3) y a los doce en la obra de evangelización y que algunas de buena posición le habían «servido» con sus bienes, ya que era una obligación de los discípulos de los rabinos proveer a la manutención del maestro y del grupo. Por eso se comportan -novedad sin paralelos entre los rabinos judíos— como ver­daderas discípulas.

Pero en todos estos casos el segui­miento no va precedido de una lla­mada del maestro (aunque no se la excluye). Otras veces se trata de un seguimiento que es la respuesta a la llamada inicial y definitiva dirigida por Jesús (de ordinario con el impe­rativo «sígueme») a individuos con­cretos o a grupos, que precisamente desde aquel momento son llamados expresamente discípulos, y cuya vo­cación se describe al modo de la lla­mada del profeta Eliseo por parte del profeta Elías (1Re 19,19-21): el se­guimiento de las dos parejas de her­manos Pedro y Andrés, Santiago y Juan (Mc 1,16-20 par); el seguimien­to desechado del rico (Mc 10,21.18 par.). Este seguimiento «detrás» (opí­so) de Jesús supone renegar de la propia mentalidad de pecado, para uniformarla a la de Dios, hasta llevar la propia cruz juntamente con Jesús (Mc 8,34 par). Jesús da la orden de seguirle también al que se le ha ofre­cido espontáneamente; pero antes le dicta las condiciones exigidas (Mt 8,19.22/ Lc 9,57.59.61).

Jesús llama a este discipulado a cualquiera, sin barrera alguna: a per­sonas puras, pero también a pecado­res y publicanos (como Leví: Mc 2,14 par), a zelotes (como Simón «el zelo­te»: Lc 6,15; He 1,13) y a hombres de toda condición: cuatro pescadores (Mc 1,16-20 par), un cobrador de tri­butos (2,14 par), una persona casada (Pedro: Mc 1,30 par; pero, al parecer, también a otras: cf 10,29).

Todos ellos son llamados por Jesús de su profesión a otra análoga y de otro orden: «Os haré pescadores de hombres» (Mc 1,17). La referencia a Jer 16,16 especifica que la finalidad de esta nueva profesión será la de reunir a los miembros del pueblo de Dios para el juicio definitivo.

Esta nueva profesión asimilará al discípulo con el maestro en las con­tradicciones y persecuciones (Mt 10,24-25/ Lc 6,40) y le obligará a con­fesarlo públicamente sin renegar ja­más de él (Mt 10,32-33 / Le 12,8-9).

Una actitud equivalente a la del seguimiento es la que se contiene en la expresión «ir detrás» (érjomai o deúte opiso con genitivo); la encon­tramos para indicar el seguimiento de Jesús en todos los sinópticos (Mc 1,17.20/ Mt 4,19; Mc 8,33/ Mt 16, 23.24; Le 9,23; 14,27). En especial, según Lc 9,62, no es idóneo para el reino de Dios aquel que pone la mano en el arado y mira hacia atrás (eis tá opiso); no hay que ir detrás de aque­llos que se presentan en el nombre de Jesús para anunciar la proximidad de la parusía (21,8; cf He 20,30).

Para Lucas, después de pentecos­tés, el término «discípulo» se convier­te en sinónimo de «creyentes en Cris­to», es decir, de los que se compro­meten a su imitación: o el individuo concreto, cuando se usa en singular (He 9,10.26; 16,1; 21,16), o la comu­nidad entera, cuando se usa en plural 6,1.2.7; 9,1.19.25.26.38; 11,29; 13,52; 4,20.22.28; 15,10; 18,23.27; 19,9.30; 20,1.30; 21,4.16). Es decir, pasa a indicar a todos los cristianos (11,26), de origen tanto judío como pagano. Es evidente que todos estos discípulos pospascuales llevaban un sistema de vida adaptado a la nueva situa­ción, muy distinto del comunitario físico-corporal con el rabbi Jesús, e iban organizándose según una nueva estructura.

Ya hemos observado en este senti­do que en todo el epistolario del NT, incluido el Apocalipsis, no vuelve a aparecer el término «discípulo»: los cristianos son llamados con otros nombres, quizá precisamente para indicar la diferencia del sistema de los primeros discípulos del rabbí Jesús. Esta misma desaparición vale para el verbo «seguir» en el sen­tido de seguimiento; evidentemente, se recurre a otros verbos para expre­sar ‘la relación del cristiano con el resucitado. Pablo utiliza la expresión “ser en Cristo”, o bien tener sus mismos sentimientos de humildad y de servicio (Flp 2,5-11); llega también a exhortar a que le imiten a él mismo como modelo, pero en su conducta orientada a la imitación del único modelo incomparable que es Cristo, de manera que los cristianos sean a su vez typos, es decir, modelo, para los demás (1Tes 1,6-7; 1Cor 11,1).

b) Según el cuarto evangelio. También según Juan, Jesús, a pesar de que no asistió a las escuelas de los rabinos, demuestra en los patios del templo que posee su cultura y sus técnicas de enseñanza (7,14-15). Ade­más, aparece rodeado y en diálogo con un grupo de discípulos (56 veces) que lo llaman rabbi (1,38.49; 11,8).

De los relatos de Juan se dedu­ce que el proceso histórico de forma­ción de los discípulos fue probable­mente más lento y complejo que el que presentan las vocaciones sinóp­ticas ideales y estilizadas descritas an­teriormente; en efecto, Jesús tuvo ya un primer contacto con algunos fu­turos discípulos en el ambiente de los discípulos del Bautista (1,35-42), y el seguimiento adquirió su forma defi­nitiva sólo con la experiencia pascual (cf Jn 21,1-19).

En un evangelio en que falta el término ekklésía (iglesia), la expre­sión «los discípulos» indica práctica­mente el grupo o la comunidad de Jesús, es decir, con terminología joa­nea, a aquellos que, creyendo en él, han pasado de las tinieblas a la luz (3,13-17.21); son distintos de los «dis­cípulos de Moisés» (9,28) y de los mismos «discípulos» del Bautista (4,1). Se identifican con los que Jesús gana para sí con su palabra y con sus signos milagrosos (1,35-2,22) y que han creído en su palabra (8,31); ésos son sus «amigos», a quienes ha reve­lado los secretos del Padre (15,15­17). Jesús les promete que después de su partida se verán animados por su Espíritu paráclito (14, I 6-17; 15,26-27; 16,7-15), que los guiará en la com­prensión de toda la verdad y que les anunciará además las cosas futuras (16,13). Según el modelo del Kyrios y maestro Jesús, tienen que servirse mutuamente, incluso en los servicios más humildes (como el lavatorio de los pies: 13,13-17). Tendrán como distintivo de discípulos «suyos» el mandamiento nuevo (correspondien­te a la nueva alianza) del amor mu­tuo, según el modelo de Jesús (13,34­35), que llegó a dar su vida por sus amigos (15,12-13). También ellos han de estar dispuestos a morir por él (11,7.16).

Estos discípulos representan ade­más a la comunidad futura en con­traste con el judaísmo incrédulo (…); así, el ciego de nacimiento, curado por Jesús, aparece como modelo del «discípulo de Jesús», en contraste con los fariseos, que se declaran tan sólo «discípulos de Moisés» (9,27s). Los discípulos representan a los futuros creyentes incluso en su temerosa ad­hesión a Cristo. El término mathetés es utilizado para José de Arimatea, pero con cierto tono de reproche, por ser «discípulo» secreto por temor a los judíos (19,38; cf también las alu­siones a Nicodemo: 3,1-2; 19,39).

En el cuarto evangelio aparece tam­bién la figura misteriosa de un discí­pulo amado de manera especial por Jesús (1,35-40; 18,15-16; 19,26-27; 20,2-8; 21,2.7.20-24) y que durante la última cena estaba recostado en su pecho (13,23-26). Comúnmente se le identifica con el autor del cuarto evan­gelio. (…)

(…)

5. Los destinatarios de la radicalidad evangélica

Con esta expresión, ‘discípulo’, hace ya varios decenios que se indican aquellas enseñanzas duras y exigentes de Jesús que impo­nen actos o actitudes de ruptura res­pecto a las formas habituales, huma­nas o religiosas, de obrar, y que se presentan a su vez con rasgos para­dójicos o absolutos.

Hemos visto que Jesús impone a los discípulos, y especialmente a los doce, un seguimiento que supone el abandono de la profesión y de la fa­milia; Jesús impone a los apóstoles o misioneros que partan sin equipaje, y que para la comida y el alojamiento confíen en la acogida de los evange­lizados.

Están además las exigencias generales o imperativas morales de llevar la propia cruz por causa de Jesús, hasta la renuncia de la propia vida (Mc 8, 34-38 p), de preferirlo hasta llegar a odiar por él al propio padre a la propia madre (Lc 14,26.27) Mt (10,37-39) y de renunciar a las propias riquezas para dárselas a los pobres (Mc 10,17-31 par, etc.). ¿Quiénes son destinatarios? ¿Sólo los primeros discípulos históricos de Jesús o todos los cristianos de todos los tiempos? ¿O bien esas exigencias son sólo ‘consejos evangélicos’, destinados a Vida «religiosa» en el sentido que alcanzará este término en los siglos posteriores?

            Remitiendo a la obra citada de Matura para un análisis detallado de diversos textos, creemos que se puede concluir con él que lo único que puede llamarse «consejo», al no ser una prescripción dirigida a todos los creyentes, es la / virginidad por el reino de Dios (Mt 19,11-12; cf 1Cor 7,7). Todas las demás exigencias van dirigidas a todos los discípulos, y por tanto a todos los cristianos; obvia­mente, a los responsables de la co­munidad y a los misioneros de forma especial, puesto que han de ser los primeros en dar ejemplo. Se duda, en cambio, en deducir si Jesús exigió a todos los cristianos abandonar sus bienes o mejor ponerlos en común para atender a los pobres y a los ne­cesitados de la comunidad; sin em­bargo, éste es el sentido que aparece del conjunto de todos los textos evan­gélicos, y especialmente de la corre­lación que establece Lucas entre la llamada del rico (18,22.28) y el siste­ma de vida de los primeros cristianos (He 2,45; 4,32.35). Por eso las dudas parecen nacer, más que de los textos, de las consecuencias que se derivan. En efecto, «no hay nada en los textos examinados que permita reservar las exigencias radicales a un grupo res­tringido, sea cual sea… Los sinópti­cos extienden estas exigencias —in­cluso la puesta en común de los bie­nes— a todos los creyentes… El contenido de estas exigencias es mu­chas veces claro y duro; la forma de vivirlas en concreto se deja a la invención creadora de cada uno, como una interpelación inquietante» (p. 232). Pero, a mi juicio, los ejem­plos de Ananías y Safira por una parte y de Bernabé por otra (He 4,36-­5,11) invitan a no establecer un nivel igual de exigencia radical para todos; por eso queda espacio dentro de las comunidades cristianas para voca­ciones «religiosas» más radicales que las otras, pero que deberían manifes­tarse como «signo» y estímulo a todos los cristianos en la actuación misma de la exigencia evangélica de com­partir fraternalmente los bienes.

También J. Eckert concluye que tanto la radicalidad en el seguimiento como los respectivos imperativos morales prescriben una orientación total al reino de Dios: «Se parecen a llamadas que quieren hacer del hom­bre un ‘claro-oyente’ (el momento lingüístico) y un `claro-vidente’ (el momento de contenido), para que él reelabore de vez en cuando en su pro­pia situación y con imaginación los principios fundamentales del reino de Dios presentados ejemplarmen­te… Los radicalismos son la sal del anuncio de Jesús» (p. 325).

(Leonardi, G., Apóstol / Discípulo, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ediciones Paulinas, Madrid, 1988, p. 153 – 162)

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Santos Padres

·        San Agustín

El amor a los padres

(Mt 10,37)

1. Al exhortarnos el Señor a su amor, comenzó citando a aquellas personas que con razón amamos, diciendo: Quien amare a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Pues si no es digno de Cristo quien antepone su padre a Cristo, ¿cómo será digno de Cristo un solo adarme quien antepone el oro a Cristo? Hay en el mundo cosas que son malamente amadas, y al ser mal amadas en el mundo, hacen al amador inmundo. Gran inmundicia del alma es el amor ilícito, ese peso que agrava a quien desea volar. Porque cuanto levanta al alma al cielo un amor justo y santo, tanto la abate al fondo un amor injusto e inmundo. Hay un peso propio que lleva a cada uno adonde debe, y es su amor. No le lleva adonde no debe, sino adonde debe. Y así, quien bien ama es llevado a lo que ama, y ¿adónde, sino adonde está ese bien que ama? ¿Con qué premio, por tanto, nos exhorta el Señor Cristo a que le amemos, sino con el cumplimiento de lo que pide al Padre: Quiero que donde esté yo, estén también éstos conmigo? ¿Quieres estar donde está Cristo? Ama a Cristo y con ese peso serás arrebatado al lugar de Cristo. No te dejará caer al fondo una fuerza que tira y arrebata hacia arriba. No busques otros andamios para subir hacia arriba: amando te esforzarás, amando serás arrebatado y amando llegarás. Te esfuerzas cuando peleas con un amor inmundo; eres arrebatado cuando vences; llegas cuando eres coronado. ¿Quién me dará, dijo cierto amador, alas como de paloma y volaré y descansaré? Aún buscaba alas, aún no las tenía, y por eso gemía; aún no se regocijaba, aún peleaba, aún no era arrebatado.

2. Nos circunda el murmullo de los inicuos amores. Por doquier solicitan y retienen al que quiere volar, por doquier las cosas visibles como que nos obligan a que las amemos. No nos obliguen, sin embargo; si las entendemos, las vencemos. Hermoso es el mundo; nos halaga con la variedad de su multíplice hermosura. No es posible contar cuántas cosas sugiere cada día el amor ilícito. Y ¡cuán simple es el amor con que es superada tanta multiplicidad! Para que tantos amores sean superados necesitamos un solo amor: uno bueno contra todos los malos. Porque la unidad supera a la variedad, y la caridad a la concupiscencia. Decía aquél: quién me dará alas, pues quería tener con qué volar al sosiego; ni en los que en este mundo se llaman bienes encontraba reposo quien amaba otra cosa. A un amador de la patria le sabe amargo un delicioso destierro entre tantas cosas que le incitan a amarlas. Gran pena es no tener lo que amas. Y no tienes lo que amas; tienes lo que puedes amar, pero aún no tienes lo que ya comenzaste a amar. ¿Qué tienes que puedas amar si falta lo que se ama? Tormento del corazón es amar y no tener. Por ejemplo, ama alguien a la patria, y tiene dinero. Que no ame el dinero por amor a la patria. Si en la peregrinación amase el dinero para tenerlo en abundancia, quizá el mismo dinero retardara e impidiera el regreso. Di lo que quieras, impide el regreso. Si sólo esto se consigue, es suficiente y se considera superfluo todo lo demás, que no ayuda a alcanzar aquello que se ama. Y si le dijeran: el dinero te ayuda para que puedas llegar a la patria, lo tomaría, lo cuidaría, lo apetecería; pero no por él. ¿Le ayuda la nave? Le apetecería, pero no por la nave. Ayudan los marineros, ayuda el timonel, ayuda quien aprovisiona la alforja; todo eso se acepta, se apetece, pero no por ello; una cosa sola se ama, lo demás se acepta. Y se acepta para poder llegar a aquello que se ama.

3. ¿Pensamos poder decir: Una sola cosa pedí al Señor? Digámoslo, digámoslo si podemos, como podamos, en cuanto podamos. Mirad cuan feliz es el corazón que usa esa fórmula interiormente, allí donde oye sólo aquel a quien se dice; pues muchos dicen fuera lo que no tienen dentro; se glorían en la cara y no en el corazón. Vea, pues, cada cual cuan feliz es el corazón que dice interiormente, allí donde sabe lo que dice: Una sola cosa pedí al Señor, ésta recabaré. ¿Y cuál es ella? Dice que es una sola cosa o petición. ¿Cuál es? Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida y contemplar la delectación del Señor. Esta es la única cosa, pero ¡qué buena! Pondérala frente a muchas otras. Si ya tienes algún gusto, si ya te intriga ella algo, si ya aprendiste a calentarte con un santo deseo, pésala frente a muchas otras cosas, instala la balanza de la justicia, pon en un platillo el oro, la plata, las piedras preciosas, honores, dignidades, potestades, noblezas, alabanzas humanas (¿cuándo mencionaré todas?), coloca todo el mundo; mira si tienes alguna contemplación, mira si puedes colocar esas dos realidades, aunque sólo sea para el examen: todo el mundo, y el Creador del mundo.

4. ¿Qué me dice el oro? Ámame. Pero ¿qué me dice Dios? Usaré de ti, y usaré de tal modo que no me poseas ni me separes de ti. ¿Qué otra cosa me dice? Ámame, es una criatura. Yo amo al Creador. Bueno es lo que hizo, pero ¡cuánto mejor es quien lo hizo! Aún no veo la hermosura del Creador, sino la ínfima hermosura de las criaturas. Pero creo lo que no veo, y creyendo amo, y amando veo. Callen, pues, los halagos de las cosas muertas, calle la voz del oro y de la plata, el brillo de las joyas y, en fin, el atractivo de esta luz; calle todo. Tengo una voz más clara a la que he de seguir, que me mueve más, que me excita más, que me quema más estrechamente. No escucho el estrépito de las cosas terrenas. ¿Qué diré? Calle el oro, calle la plata, calle todo lo demás de este mundo.

5. Diga el padre: ámame. Diga la madre: ámame. A esas voces replicaré: callad. ¿Acaso es justo lo que exigen? ¿No devuelvo lo que recibí? El padre dice: «Yo engendré». La madre dice: «Yo di a luz». El padre dice: «Te eduqué». La madre dice: «Te alimenté». Son quizá justas sus voces cuando dicen: quieres ser llevado en sus alas, pero no vueles con deudas, devuelve lo que te dimos. Respondamos al padre y a la madre, que dicen justamente: «Amaños»; respondamos: «Os amo en Cristo, no en lugar de Cristo. Estad conmigo en él, yo no estaré con vosotros sin él». Pero dirán: «No queremos a Cristo». «Yo, en cambio, quiero más a Cristo que a vosotros. ¿Perderé a quien me creó por atender a quien me engendró?» Respondo, pues, al padre: «Llevado por el placer me engendraste, él por sola bondad nos creó a mí y a ti, ¿Despreciaremos, porque ya somos, al que nos amó antes de que fuéramos?» Digamos a la madre: «Pudiste concebir, pero ¿acaso formar? Pudiste aumentar el vientre con mi carne, pero ¿acaso infundir el alma en la carne? Cuando me llevabas encerrado, ignorabas si iba a ser varón o mujer. ¿Acaso era Dios desconocedor de su obra, como lo eras tú de tu carga? ¿Osas decir: ‘No vayamos a él’, tú que no me escuchas cuando digo ‘vayamos juntos’? Yo oigo, temo y amo más. No me diste más que el que me creó en ti (…) sino porque fue creado por mí». En efecto, aquel por quien fueron creadas todas las cosas, fue creado por nosotros entre ellas. ¿Por amor a la madre despreciaré a Cristo, que siendo Dios quiso por mí tener madre? Quizá quiso tener madre precisamente para enseñarme en ella a desdeñar al padre y a la madre por el reino de los cielos.

6. Hablando a los discípulos, dice: No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra. Vuestro único Padre es Dios. Por ello, al enseñarnos a orar nos ordenó que dijéramos: Padre nuestro que estás en los cielos. Al padre que tuve en la tierra lo deposité en el sepulcro, pero tengo siempre un Padre en el cielo. No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, dice, pues vuestro único Padre es Dios. Parecía duro que impusiera el precepto y no diera el ejemplo. Mientras trataba algunas cosas acerca del reino de los cielos con sus discípulos, la madre estaba fuera, y se le dijo que estaba allí. Digo que le anunciaron que su madre con sus hermanos, esto es, con sus parientes, estaba fuera. ¿Qué madre? Aquella madre que le concibió por la fe, aquella madre que permaneciendo virgen le dio a luz, aquella madre fiel y santa, estaba fuera y se lo anunciaron. Si él hubiese interrumpido las cosas que trataba y hubiese salido a su encuentro, habría edificado en su corazón un afecto humano, no divino. Para que tú no escucharas a tu madre cuando te retrae del reino de los cielos, él por hablar del reino de los cielos desdeñó hasta a la buena María. Si Santa María, queriendo ver a Cristo, es desdeñada, ¿qué madre habrá de ser oída cuando impide ver a Cristo? Recordemos lo que entonces respondió cuando le anunciaron que su madre y sus hermanos, esto es, los parientes de su familia, estaban fuera. ¿Qué respondió? ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo la mano hacia sus discípulos, éstos son, dijo, mis hermanos. Quien hace la voluntad de mi Padre, que me envió, es para mí un hermano, hermana y madre. Rechazó la sinagoga de la que fue engendrado, y encontró a los que él engendró. Y si los que hacen la voluntad del que le envió son su madre, hermano y hermana, queda comprendida su madre María.

7. Quien hace la voluntad del que me envió es para mí un hermano, hermana y madre. Tienes cómo hacerte hermano de Cristo; ama con él la misma herencia. Tienes cómo hacerte madre de Cristo, si concibes en tu corazón lo que ella concibió en su seno. Al nombrar estas necesidades, el sentimiento humano queda corto; en la propagación carnal nadie puede ser hermano y madre de un hombre. ¿Quién ignora que eso no es posible? Pero la caridad no tiene tales límites. Sin duda, la Iglesia es esposa de Cristo, pero es también novia de Cristo. Sabemos con qué misterio, en la primera profecía del primer hombre, se dijo: serán dos en una carne. Sabemos cómo explica eso el Apóstol diciendo: pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia. Por ende, si la Iglesia es, sin duda, esposa de Cristo, puede ser madre de Cristo aunque de otro modo, con otra sana explicación. Si de cualquiera puede decirse: Quien hace la voluntad del que me envió es hermano, hermana y madre, ¿cuánto más podrá decirse eso de la Iglesia universal, que en sus catecúmenos concibe cada día a los miembros de Cristo, y de esos infieles da a la luz miembros de Cristo? Porque vosotros, dijo el Apóstol, sois cuerpo y miembros de Cristo. A vosotros pregunto, miembros de Cristo: ¿Quién os dio a luz? Responderéis: «La madre Iglesia». Pues ¿cómo no será madre de Cristo la Iglesia, que da a luz a los miembros de Cristo? Esta es la casa en que prefirió habitar aquel que pedía una sola cosa. ¿Cómo no renunciará a la esposa quien desea habitar en la esposa de Cristo? ¿Cómo no desdeñará a la madre quien quiere habitar en la madre de Cristo? ¿Cómo no desdeñará al padre quien quiere tener por padre al Padre de Cristo? No se irriten los padres. Mucho se los estima cuando se les antepone sólo Dios. Si no quieren que se les anteponga Dios, ¿qué quieren o qué reclaman? Escuchémosles. Pienso que no osarán decirnos: ¡Prefiérenos a Dios! No lo dicen. Eso no lo dice nadie, ni un loco. No se lo dice a su hijo ni siquiera aquel que dice en su corazón: No hay Dios. De ningún modo se atreverán el padre o la madre a decir eso: que se les prefiera a Dios. No digo que se les anteponga, pero ni siquiera que se les compare. ¿Qué dicen entonces? Dios te ha dicho. ¿Qué me ha dicho Dios? Honra a tu padre y a tu madre. Lo reconozco, Dios me lo dijo. No te irrites cuando, frente a ti, sólo prefiero a aquel que lo dijo. Yo amo, amo decididamente y te amo también a ti. Pero el que me enseñó a amarte a ti es mejor que tú. Basta que no me lleves contra él y que ames conmigo al que me enseñó a amarte a ti, pero no más que a él.

8. Quien ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí. Así añade: Más que a mí. Ama, dice, a los padres, pero no más que a mí. Su esposa te grita: Ordenad en mí la caridad. Ama ordenadamente para que seas ordenado. Distribuye a las cosas sus pesos e importancia. Ama al padre y a la madre, aunque tienes algo que has de amar más que al padre y a la madre. Si los amas más, serás condenado, y si no los amas serás condenado. Ofrezcamos el honor a los padres, pero prefiramos a nuestro Creador, al que amamos más en el temor, amor, obediencia, honor, fe y deseo. Quien anta al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí. Retírense, pues, un poco del medio los padres, no humillados, sino ordenadamente honrados.

9. Alguien tiene esposa; alguien tiene hijos. Y le gritan: « ¡Amaños! » Responde: «Os amo». Di a la esposa: «Si no te amase, no me hubiese casado contigo». Di a los hijos: «Si no os amase, no os hubiera engendrado y educado». Pero ¿qué es lo que queréis? ¿Queréis desviar a un mártir que marcha hacia Cristo y no para abandonaros, y envidiáis la corona de ese a quien amáis? Corresponded. Él os ama, amadle vosotros también a él. ¿Por qué habéis de odiarle cuando os ama? Mira, si niega a Cristo, es condenado. Ved lo que hicisteis. ¿Quisierais que un juez terreno condenase a ese a quien amáis? Si lo quisierais, no le amáis. Y como le amáis, no queréis que sea condenado por el juez terreno. Si negare a Cristo, no es condenado en la tierra, pero es condenado por aquel que hizo el cielo y la tierra. ¿Por qué no teméis que ese a quien amáis sea condenado por un juez superior? El juez terreno se ensaña hasta la muerte; se ensaña hasta la muerte; ¡pero el juez superior va más allá de la muerte! ¿Qué es lo que hacéis cuando causáis la ruina de aquel a quien amáis? ¿De qué apartáis a ese a quien amáis? Irá a la gehena y no tendrá corona. ¡Y eso es amar! Pero los que no queréis que padezca estas cosas por Cristo no tenéis fe. Si la tuvierais, no le apartaríais de la pasión, sino que querríais padecer con él.

10. Es fácil satisfacer a los hijos. Más urge la esposa: No me abandones, dice. Te irás y quedaré viuda. Dios nos unió, no nos separe el hombre. Responde a tales voces. Que ellas no te quiebren, que no te corrompan: son injustas, hay que discutirlas. Te cita el Evangelio: Lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Pero eso no debe asustarte, de modo que te separes de Dios al querer unirte a tu esposa. Si has de temer la separación de tu esposa, ¿cuánto más la del Creador? Dios unió, el hombre no separe. Pero ni siquiera de la esposa te separarás, cuando por el nombre de Cristo la precedas en busca de la corona. Eres el abogado de esta viuda que dejas, pues ni has dejado a la que en bien de ella misma has abandonado. Si no se tratase de padecer por Cristo y, tal como son las cosas humanas, hubieses muerto, ¿se llamaría separación? Muere primero el marido, y ¿no hay separación? Mala mujer, eso no es mirar por ti, sino envidiar al marido. Pero ¿has de quedarte viuda? Más feliz serás si permaneces viuda. ¿O estás preocupada, no sea que te encapriches con segundas nupcias? Lícitas son las segundas nupcias, pero quizá te sientes segura en ese punto. Te ruborizas de casarte siendo esposa de un mártir.

11. Nadie ame, pues, al padre, madre, hijos, esposa, más que a Cristo. Esas mismas cosas que se aman rectamente, que se aman piadosamente, en las que se peca si no son amadas, nadie las ame más que a Cristo, nadie las ame como a Cristo. Si ama así, se dirá que ama según el modo de amor, no según la intensidad. ¿Qué significa según el modo del amor, no según la intensidad? Significa: no carnalmente, sino espiritualmente. No ames así, esto es, con la misma intensidad e igualdad. Porque es pecado no sólo el amar a alguien más que a Cristo, sino también no amar a Cristo más que a cualquier otro. No amo más a nadie, dice él; no pecas, pero tengo que oír la segunda parte. ¿Cuánto amas? Respondes: tanto como amo a los padres, a la esposa, a los hijos, otro tanto amo a Cristo. Todavía pecas. Si pecarías prefiriendo, pecas comparando. ¿Te parece recto el amar a Cristo tanto cuanto al padre, a la madre, a la esposa? ¿Es para ti recto el igualar a la criatura con el Creador? ¿Es recto? ¿Dónde queda aquel clamor: Ordenad en mí el amor? No han muerto por ti ni tu padre, ni tu madre, ni tus hijos. Si te sobreviene un accidente, quieren que vivas, pero quieren más sobrevivirte. Si tuviéramos que decir al padre: has de morir tú o tu hijo, ¿piensas que hallaremos alguno que diga: «Yo, antes que mi hijo?» ¿Hallaremos tal padre, tal anciano, que no elija más bien una vida que acabará pronto, que el darla por el hijo? Le restan pocos días a un anciano, viejo decrépito, cansado, encorvado, y no quiere dar esos pocos días por los muchos de su hijo. Bajo la pesadumbre de la senectud está cerca de la sepultura, y por el deseo de la luz elige verse solo antes que muerto, ¿Y cuál será esa luz tras el funeral del hijo? ¡Cuán molesta, cuan luctuosa, cuan amarga! Y, sin embargo, es amada la luz y es sepultado el hijo.

12. Cristo te amó antes de que existieras, te creó; antes de crear el mundo te predestinó; después de creado te nutrió por medio del padre y la madre. Porque lo que te dan los padres no es de lo suyo. Te amó, te creó, te nutrió, se entregó a sí mismo por ti, oyó los insultos por ti, aceptó las heridas por ti, te redimió con su sangre. ¿No tiemblas? y dices: ¿Qué devolveré al Señor por todo lo que me dio? ¿Y qué devolverás al Señor por todo lo que te dio? Escucha qué te dice: Quien ama a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí. Oye al que habla, teme al que intima, ama al que promete. ¿Qué devolviste al Señor por todo lo que te dio? Supón que ya lo devolviste. ¿Y qué devolviste? ¿Le diste la salud, como te la dio él? ¿Le introdujiste en la vida eterna, como él a ti? ¿Le creaste, como él a ti? ¿Le hiciste Señor, como él te hizo hombre? ¿Qué le devolviste sino cosas que revierten a ti? Si piensas verdad, no le diste, sino que a ti te proveíste. Y ni siquiera eso lo tenías de ti mismo Pues ¿qué tienes que no lo hayas recibido? ¿Por qué no encuentras qué dar al Señor? Devuélvele a ti mismo, devuélvele lo que hizo. Devuélvele a ti mismo, no tus cosas, criatura suya, no la iniquidad tuya.

13. Así aleccionado, así instruido, así educado por la ley de Dios, pídele esa sola cosa, reclámasela. Nada fallará, no privaré de bienes a los que caminan en la inocencia. Pero no es inocente quien es para sí mismo nocivo. ¿Cómo esperas ser compasivo con otro, si quizá no aprendiste a serlo contigo mismo? Compadécete de tu alma, agradando a Dios. Quieres que Dios te agrade a ti y no quieres agradar tú a Dios, pues eres tal que Dios no puede agradarte. ¡Pues sólo te agradará si favoreces tus iniquidades! Pensaste, dice, una iniquidad: que soy semejante a ti. Compadécete de tu alma, agradando a Dios. No es bueno que, siendo tú perverso, te agrade Dios. Corrígete. No pretendas doblegar a Dios. Agrada a Dios y Dios te agradará a ti. Sé recto tú, no sea que quieras la perversidad, no sólo para ti, sino también para Dios. Yaces ocioso, y compones un Dios según tus apetencias. Dices: ¡Si Dios hiciera esto! ¡Oh, si lo hiciera! No hará sino el bien. Pero a los malos desagrada Dios. Cuan bueno es el Dios de Israel para los rectos de corazón. Pidamos, pues, a Dios, hermanos, la cosa única. Cuando lo digo a vosotros, me incluyo a mí. Pidamos todos la cosa única. Que todos lo oigamos de cada uno. Pidamos al Señor la sola cosa, ésta reclamemos: habitar en la casa del Señor todos los días de nuestra vida. Todos esos días son un día eterno. Cuando oyes por todos los días de mi vida, no temas que tales días se acaben. Esos días nunca terminan en realidad, ya que ni siquiera mientras duran apetecemos el día humano. No queda con nosotros un solo día; ni un solo día queda con nosotros, todos huyen. Antes de venir, se va. Cuando nos detenemos a hablar de este día, ya huyó. No retenemos ni la hora en que estamos. También ella huye, viene otra que tampoco se detendrá, sino que huirá también. ¿Qué amas? Agarra lo que amas, retén lo que amas, mantén lo que amas. Ni permanece ni deja permanecer. Toda carne es heno, y toda nobleza del hombre es como flor del heno. Se marchitó el heno, cayó la flor. Todas esas cosas huyen. ¿Quieres permanecer? Pero la palabra del Señor permanece para siempre. Mantente, pues, en esa su Palabra que permanece para siempre y escúchala, y con ella permanecerás para siempre.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 65, 1-13, BAC Madrid 1983, 248-61

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA VERDADERA CARIDAD

Este evangelio nos deja perplejos, pues parece oponer el amor a Dios al amor de las personas que nos deben ser más queridas. ¿Cómo es posible que el mismo que nos manda amar a los enemigos nos pida hoy que seamos capaces de desdeñar a nuestros propios padres? Y no pensemos que se trata de una afirmación retórica y sin valor práctico, ya que algunos domingos atrás el mismo Jesús ratificaba claramente esta idea, afirmando que en virtud de la fidelidad a su doctrina la familia misma quedaría dividida: «dos contra tres… el hijo contra el padre, la madre contra la hija». Hoy nos dice: «cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos… no puede ser mi discípulo». Debemos tomar con toda seriedad estas palabras, tratando de desentrañar su sentido, para poder vivir el mandamiento del amor del modo que Él nos lo pide, ya que en ello se juega nuestra salvación eterna.

Debe ser difícil encontrar otra palabra más desfigurada por el uso que la palabra «amor», ya que todos los días la vemos aplicada a cosas bien distintas entre sí. La vemos utilizada para designar el egoísmo más crudo, cuando alguien abandona a su verdadera familia en aras de un «amor» que lo lleva a «rehacer su vida», o bien cuando es sinónimo de los instintos que, libe­rados de la tutela de la verdad y del bien, se constituyen en el motor del pansexualismo actual que lo invade todo. Pero también se lo utiliza para indicar el sacrificio abnegado de los mártires, la dedicación heroica de los apóstoles y misioneros, la fidelidad de las vírgenes y la entrega generosa de los padres cristianos que procuran educar bien a sus hijos y brindarles lo mejor.

¿Qué es lo que tienen de común todos estos ejemplos del ver­dadero amor, y qué es lo que falsamente se nombra con la misma palabra? Poseer a Dios o carecer de Él, pues el amor, que es un movimiento hacia el bien, en su grado más perfecto reconoce a la misma bondad divina como el motivo supremo de su impulso.

La verdadera caridad no es amor simplemente humano. Es el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones, y rebalsa desde allí su generosa fecundidad para alcanzar a los demás. Nace en Dios, mejor todavía, es la vida misma de la Trinidad, que desde siempre vincula a las divinas personas con el lazo inefable del amor infinito. Desde allí baja al mundo, con la benevolencia de la creación y de la gracia para difundir por doquier las perfec­ciones de quien es el Padre de todos. El hombre, de algún modo divinizado por este influjo de la gracia, se vuelve hacia Dios y hacia donde Él se encuentra. La caridad verdadera se dirige al prójimo para descubrir en él al Dios de los cielos, o para lograr que esa alma, si carece de esta amorosa presencia, pueda también llegar a ser su morada algún día. No puede entonces haber oposi­ción alguna en el trayecto de la caridad, pues una misma es la vir­tud que abarca a Dios y al prójimo, y ella se mueve por un motivo único que es siempre la divina bondad. Cuando este motivo falta, podremos hablar de simpatía, de solidaridad, de filantropía, de amor puramente natural, pero nunca de verdadera caridad.

Ahora entendemos bien qué nos recomienda hoy Jesucristo, que no es otra cosa que evitar que los afectos meramente huma­nos puedan interponerse entre nuestra alma y Dios. Ordinaria­mente el amor a los seres más queridos, como los padres o los hijos, será la forma eminente de esta simbiosis del amor a Dios y al prójimo, pero puede ocurrir que a veces sean los mismos parientes cercanos quienes se constituyen en un obstáculo para cumplir las exigencias de la verdadera caridad. Esto se da, por ejemplo, cuando los padres se oponen a la vocación sacerdotal de sus hijos, o cuando la convivencia ofrece motivo de escánda­lo, de ruina espiritual o apostasía. También la supremacía del amor a Dios nos exige a veces hacer cosas que repugnan a la simpatía simplemente humana, como la corrección fraterna, que se realiza teniendo en miras el bien espiritual del prójimo, aunque pueda llegar a afectar su sensibilidad. En estos casos, la caridad se convierte en un verdadero amor crucificado, y adquiere todo su sentido lo que se nos dice hoy: «El que no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo».

Esto parece difícil, casi imposible, cuando se trata de algo tan entrañable como el amor de los padres y los hijos, pero no olvide­mos que el que nos pide esto es el mismo que en el templo, a los doce años, respondió a María y a José que debía ocuparse «de las cosas del Padre», y que cuando le dijeron que lo esperaban fuera su madre y sus hermanos, contestó que los que son verdade­ramente su madre y sus hermanos son los que cumplen la voluntad de Dios. Como estos preceptos son difíciles de acatar, Jesús nos previene enseguida de ello con la comparación de una torre, cuya construcción debe ser evaluada previamente, para no caer en el ridículo de no poderla terminar. Asimismo en el orden espiritual, debemos planear cuidadosamente el camino de la vida virtuosa, considerando los medios que tenemos a nuestra disposición como la gracia de Dios, que encontramos en la ora­ción y los sacramentos, y el esfuerzo personal de la ascética, y por otro lado las dificultades que habremos de sobrellevar. La vida espiritual implica una permanente lucha contra el demonio, el mundo y las pasiones desordenadas. Y hoy se nos exhorta a lu­char sin claudicar, por penosas que sean las condiciones del combate. Si actuamos así, podemos merecer llamarnos discípu­los suyos, como aquel que renuncia «a todo lo que posee» por amor de Dios.

Si amar verdaderamente es querer y hacer el bien, la Santa Misa que ahora continuamos es el sacrificio de Aquel que «pasó haciendo el bien», y ya que es el mismo ayer, hoy y siempre, le pedimos que nos enseñe a vivir como Él, amando a todos con caridad efectiva, para mejor imitarle, siendo así verdaderos discípulos suyos, de modo que podamos seguirlo a la gloria del cielo.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 256-259)

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S.S. Francisco p.p.

En el Evangelio de hoy Jesús insiste acerca de las condiciones para ser sus discípulos: no anteponer nada al amor por Él, cargar la propia cruz y seguirle. En efecto, mucha gente se acercaba a Jesús, quería estar entre sus seguidores; y esto sucedía especialmente tras algún signo prodigioso, que le acreditaba como el Mesías, el Rey de Israel. Pero Jesús no quiere engañar a nadie. Él sabe bien lo que le espera en Jerusalén, cuál es el camino que el Padre le pide que recorra: es el camino de la cruz, del sacrificio de sí mismo para el perdón de nuestros pecados. Seguir a Jesús no significa participar en un cortejo triunfal. Significa compartir su amor misericordioso, entrar en su gran obra de misericordia por cada hombre y por todos los hombres. La obra de Jesús es precisamente una obra de misericordia, de perdón, de amor. ¡Es tan misericordioso Jesús! Y este perdón universal, esta misericordia, pasa a través de la cruz. Pero Jesús no quiere realizar esta obra solo: quiere implicarnos también a nosotros en la misión que el Padre le ha confiado. Después de la resurrección dirá a sus discípulos: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21.23). El discípulo de Jesús renuncia a todos los bienes porque ha encontrado en Él el Bien más grande, en el que cualquier bien recibe su pleno valor y significado: los vínculos familiares, las demás relaciones, el trabajo, los bienes culturales y económicos, y así sucesivamente. El cristiano se desprende de todo y reencuentra todo en la lógica del Evangelio, la lógica del amor y del servicio.

Para explicar esta exigencia, Jesús usa dos parábolas: la de la torre que se ha de construir y la del rey que va a la guerra. Esta segunda parábola dice así: «¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz» (Lc 14, 31-32). Aquí, Jesús no quiere afrontar el tema de la guerra, es sólo una parábola. Sin embargo, en este momento en el que estamos rezando fuertemente por la paz, esta palabra del Señor nos toca en lo vivo, y en esencia nos dice: existe una guerra más profunda que todos debemos combatir. Es la decisión fuerte y valiente de renunciar al mal y a sus seducciones y elegir el bien, dispuestos a pagar en persona: he aquí el seguimiento de Cristo, he aquí el cargar la propia cruz. Esta guerra profunda contra el mal. ¿De qué sirve declarar la guerra, tantas guerras, si tú no eres capaz de declarar esta guerra profunda contra el mal? No sirve para nada. No funciona… Esto comporta, entre otras cosas, esta guerra contra el mal comporta decir no al odio fratricida y a los engaños de los que se sirve; decir no a la violencia en todas sus formas; decir no a la proliferación de las armas y a su comercio ilegal. ¡Hay tanto de esto! ¡Hay tanto de esto! Y siempre permanece la duda: esta guerra de allá, esta otra de allí —porque por todos lados hay guerras— ¿es de verdad una guerra por problemas o es una guerra comercial para vender estas armas en el comercio ilegal? Estos son los enemigos que hay que combatir, unidos y con coherencia, no siguiendo otros intereses si no son los de la paz y del bien común.

Queridos hermanos, hoy recordamos también la Natividad de la Virgen María, fiesta particularmente querida a las Iglesias orientales. Y todos nosotros, ahora, podemos enviar un gran saludo a todos los hermanos, hermanas, obispos, monjes, monjas de las Iglesias orientales, ortodoxas y católicas: ¡un gran saludo! Jesús es el sol, María es la aurora que anuncia su nacimiento. Ayer por la noche hemos velado confiando a su intercesión nuestra oración por la paz en el mundo, especialmente en Siria y en todo Oriente Medio. La invocamos ahora como Reina de la paz. Reina de la paz, ruega por nosotros. Reina de la paz, ruega por nosotros.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 8 de septiembre de 2013)

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Juan Pablo II


Las lecturas bíblicas, que nos propone la liturgia de este domingo se centran en torno al concepto de la Sabiduría cristiana que cada uno de nosotros está invitado a adquirir y profundizar. Por esto el versículo del salmo 89 dice: «Danos, Señor, la Sabiduría del corazón. Sin ella, ¿cómo sería posible plantear dignamente nuestra vida, afrontar sus muchas dificultades y, más aún, conservar siempre una actitud profunda de paz y serenidad interior? Pero para hacer eso, como enseña la primera lectura, es necesaria la humildad, es decir, el sentido auténtico de los propios límites, unido al deseo intenso de un don de lo alto, que nos enriquezca desde dentro. El hombre de hoy, en efecto, por una parte encuentra arduo abrazar y entender todas las leyes que regulan el universo material, que también son objeto de observación científica, pero, por otra parte, se atreve a legislar con seguridad sobre las cosas del espíritu, que por definición escapan a los datos físicos: “Si apenas adivinamos lo que hay sobre la tierra y con fatiga hallamos lo que está a nuestro alcance; ¿quién, entonces, ha rastreado lo que está en los cielos?

Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo?” (Sab 9,16-17).

Aquí se configura la importancia de ser verdaderos discípulos de Cristo porque, mediante el bautismo, Él se ha convertido en nuestra sabiduría (cfr. 1 Cor 1,30), y por lo mismo la medida de todo lo que forma el tejido concreto de nuestra vida. El Evangelio pone en evidencia que Jesucristo es necesariamente el centro de nuestra existencia. Lo refleja con tres frases:1) Si no lo ponemos a Él por encima de nuestras cosas mas queridas.2) Si no nos disponemos a ver nuestras cruces a la luz de la suya. 3) Si no tenemos el sentido de la realidad de los bienes materiales. Entonces no podemos ser sus discípulos, esto es, llamarnos cristianos. Se trata de interpelaciones esenciales a nuestra identidad de bautizados; sobre ellos debemos reflexionar siempre mucho.

La familia es el primer ambiente vital que encuentra el hombre al venir al mundo, y su experiencia es decisiva para siempre. Por esto es importante cuidarla y protegerla, para que pueda realizar adecuadamente las tareas específicas que le son reconocidas y confiadas por la naturaleza y por la revelación cristiana. La familia es el lugar del amor y de la vida, más aún, el lugar donde el amor engendra la vida, porque ninguna de estas dos realidades sería auténtica si no estuviese acompañada también por la otra.

He aquí por qué el cristiano y la Iglesia las defienden desde siempre y las colocan en mutua correlación. A este respecto sigue siendo verdadero lo que mi predecesor, el gran Papa Pablo VI, proclamaba ya en su primer radiomensaje de Navidad de 1963: se está “a veces tentado a recurrir a remedios que se deben considerar peores que la enfermedad, si consisten en atentar contra la fecundidad misma de la vida con medios que la ética humana y cristiana ha de calificar de ilícitos: en vez de aumentar el pan en la mesa de la humanidad hambrienta, como lo puede hacer hoy el desarrollo productivo, moderno, piensan algunos en disminuir, con procedimientos contrarios a la honradez, el número de los comensales. Esto no es digno de la civilización”. Hago plenamente mías estas palabras.

En segundo lugar… la Iglesia, como sabéis, dedica sus atenciones más solícitas a los problemas del trabajo y de los trabajadores. En mis viajes apostólicos no he dejado de trazar las líneas maestras de esta primera solicitud pastoral; y vosotros recordáis además cómo el Concilio Vaticano II ha afirmado que el trabajo “procede inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la somete a su voluntad” (Gaudium et Spes 67). Jamás será lícito, desde un punto de vista cristiano, someter a la persona humana ni a un individuo ni a un sistema, de modo que se la convierta en mero instrumento de producción. En cambio, siempre es considerada superior a todo provecho y a toda ideología; jamás al revés.

(Homilía en Valletri, 7 de septiembre de 1980)

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Benedicto XVI


En el Evangelio de este domingo —el capítulo 15° de san Lucas— Jesús narra las tres «parábolas de la misericordia». Cuando «habla del pastor que va tras la oveja perdida, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar» (Deus caritas est, 12). De hecho, el pastor que encuentra la oveja perdida es el Señor mismo que toma sobre sí, con la cruz, la humanidad pecadora para redimirla. El hijo pródigo, en la tercera parábola, es un joven que, tras obtener de su padre la herencia, «se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino» (Lc 15, 13). Cuando quedó en la miseria, se vio obligado a trabajar como un esclavo, aceptando incluso alimentarse de las algarrobas destinadas a los animales. «Entonces —dice el Evangelio— recapacitó» (Lc 15, 17). «Las palabras que prepara para cuando llegue a casa nos permiten apreciar la dimensión de la peregrinación interior que ahora emprende…, vuelve “a casa”, a sí mismo y al padre» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 246). «Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo» (Lc 15, 18-19). San Agustín escribe: «El Verbo mismo clama que vuelvas, porque sólo hallarás lugar de descanso imperturbable donde el amor no es abandonado» (Confesiones, iv, 11). «Estando él todavía lejos, lo vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente (Lc 15, 20) y, lleno de alegría, hizo preparar una fiesta.

Queridos amigos, ¿cómo no abrir nuestro corazón a la certeza de que, a pesar de ser pecadores, Dios nos ama? Él nunca se cansa de salir a nuestro encuentro, siempre es el primero en recorrer el camino que nos separa de él. El libro del Éxodo nos muestra cómo Moisés, con confianza y súplica audaz, logró, por decirlo así, desplazar a Dios del trono del juicio al trono de la misericordia (cf. 32, 7-11.13-14). El arrepentimiento es la medida de la fe; y gracias a él se vuelve a la Verdad. Escribe el apóstol san Pablo: «Encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad» (1 Tm 1, 13). Retomando la parábola del hijo que regresa «a casa», notamos que cuando aparece el hijo mayor indignado por la acogida festiva dada a su hermano, de nuevo es el padre quien sale a su encuentro y sale para suplicarle: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15, 31). Sólo la fe puede transformar el egoísmo en alegría y restablecer relaciones justas con el prójimo y con Dios. «Convenía celebrar una fiesta y alegrarse —dice el padre— porque este hermano tuyo… estaba perdido, y ha sido hallado» (Lc 15,32).

Queridos hermanos, el jueves próximo iré al Reino Unido, donde proclamaré beato al cardenal John Henry Newman. Os pido a todos que me acompañéis con la oración en este viaje apostólico. A la Virgen María, cuyo Nombre santísimo se celebra hoy en la Iglesia, encomendamos nuestro camino de conversión a Dios.

(Ángelus, Castelgandolfo, Domingo 12 de septiembre de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La vocación a ser discípulos de Jesús

(Lc 14,25-33)

A medida que va pasando el tiempo, vamos comprendiendo cada vez más, que el sacerdocio es misterio, nunca agotado su conocimiento. ¿Sabemos más ahora sobre el sacerdocio que cuando éramos niños? ¿Sabe más el padre Vanhoye ahora que es especialista en la carta a los Hebreos, que cuando tenía siete u ocho años? Ciertamente en erudición, ciertamente desde el punto de vista científico, ciertamente en extensión… ¡cuántas cosas puede decir! Pero, esa impronta que puso en su alma el Espíritu Santo… por así decirlo, no es superada[1].

Podríamos decir lo mismo de la vocación a ser discípulo de Jesús.

Debo preguntarme: ¿cómo sigo hoy a Jesús? Y ante la realidad del presente seguimiento renovar la respuesta de la primera llamada. En esa respuesta estaba dispuesto a “dar la vida” por Jesús. De hecho lo seguí con disposición de martirio. Esa primera respuesta es de una densidad grandísima y cada día debo renovarla con mayor madurez en el correr del tiempo.

Ahora es tarde para calcular si la empresa de su seguimiento es muy difícil. Lo que tengo que hacer es ver la magnitud de la empresa y ponerme, en la medida de lo posible con la gracia de Dios, a la altura de su exigencia.

Para ser discípulos de Jesús no sólo hay que renunciar a las cosas más queridas sino a todo. El amor a Él debe estar por encima de todo lo demás y consecuencia del amor verdadero será su imitación. Primero hay que renunciar a todos los bienes terrenales, luego a los familiares, a los cuales, hay que posponer a Jesús. Renunciarse a sí mismo, al propio yo, inteligencia y voluntad, pensamientos y quereres propios y, finalmente, cargar con la cruz que nos ha dado a cada uno.

Tres cosas pide Jesús para ser su discípulo:

+ El desapego de los seres queridos y de sí mismo

+ Cargar con la propia cruz y seguirlo

+ Desapego de todo lo que se tiene en posesión

            Tenemos que renunciar a nuestros seres queridos cuando se oponen o son obstáculo de alguna manera a las enseñanzas de Jesús. Jesús reprendió a Pedro cuando lo quiso apartar del camino de la cruz. Llamó a su amigo: satanás.

            Jesús cuando se perdió en el templo y fue hallado acentuó la primacía del seguimiento a Dios por encima de la piedad familiar. Ante el reclamo de María contestó que se tenía que ocupar de las cosas de su Padre. María le reclamó desde el punto de vista de la ley que manda honrar al padre y a la madre y Jesús le respondió desde el punto de vista religioso que recoge la relación personal del hombre con Dios.

Es necesario para seguir a Jesús renunciar a sí mismos, a todo lo que nos gusta, cuando ello se opone a sus enseñanzas. Y en esto es necesario ver cuánto de mundo llevamos pegado porque el mundo tiene máximas contrarias a las de Jesús y lo mundano en nosotros debe desaparecer si queremos ser verdaderos discípulos. Además el peso de las cosas mundanas nos dificulta seguir a Jesús. Jesús en Getsemaní renunció a su propio querer para hacer la voluntad de Dios.

Renunciar a todos los bienes que se poseen. Tenerlos como si no se tuvieran. Tenerlos en uso pero no en propiedad. ¿Para qué? Para obedecer mejor a Jesús. El joven rico no fue discípulo de Jesús porque estaba apegado a sus bienes.

Cargar con la cruz que Jesús nos da. Cruz que es participación de su cruz. Llevar la cruz en pos de Cristo es una gracia del Espíritu Santo dice San Luis María Grignion de Montfort[2] y ésta gracia hay que pedirla con insistencia. De parte nuestra tenemos que rezar pidiéndola y predisponernos a ella con una voluntad decidida, voluntad de un quiero absoluto, disposición total para hacer la voluntad de Dios. Voluntad decidida, no cambiante, ni mediocre[3].

El que no acepta su cruz vivirá amargado y encontrará una cruz más pesada, la que él mismo se ha fabricado renunciando a la que le ha dado Jesús.

No aceptar la cruz es no aceptar la propia vocación, el propio destino. Cruz individual e irrepetible que tiene cada hombre. Cruz particular que desde toda la eternidad tiene Dios pensada para cada uno de nosotros. Rechazar la cruz, que es renunciar al cumplimiento del deber de estado, hace al hombre infeliz y lo conduce a la tristeza y a la desesperación.

El que acepta la cruz propia vive contento, tiene una base sólida de felicidad. Y el que renuncia a todo por Jesús tendrá libertad y facilidad para seguirlo. Irá sin cargas ni esclavitudes en su seguimiento.

Renunciar a todos los bienes y a las criaturas es llevar parte de la cruz. Pero si además de renunciar a esto se renuncia a sí mismo se lleva toda la cruz. Porque lo difícil es postergarnos a nosotros mismos para hacer la voluntad de Dios en todo, y esto es cargar la cruz.

El que carga la cruz aceptándola con satisfacción será feliz en el seguimiento de Jesús e irá creciendo en su amor y también en felicidad porque cada vez más se sentirá satisfecho en seguirlo hasta que viva en Jesús, fuera de sí mismo: “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”[4] y tendrá júbilo en ser su discípulo.

Todas estas renuncias implican muerte a todas las cosas. Fue y vendió todo lo que tenía para seguir a Jesús que es la perla preciosa y el tesoro escondido.

Y ¿qué es esta muerte? La indiferencia absoluta a todo para escuchar la voz del Maestro que nos indica el camino que debemos andar y si es una indiferencia auténtica permitirá que caminemos este camino con una voluntad decidida e inquebrantable no veleidosa.

La indiferencia tiene como dos aspectos: renunciar a todo, pero, particularmente a las cosas que más apetecemos. Y el segundo, abandonarse en Dios, en su voluntad.

No podemos ser indiferentes a lo que Jesús nos pide que dejemos ni tampoco a lo que quiere que tomemos. Sí, debemos ser indiferentes a todo lo que poseemos y a no tomar nada sin que Jesús nos lo pida.

Sin indiferencia no se puede conocer la voluntad de Jesús y en consecuencia no se lo puede seguir verdaderamente.

Los pensamientos humanos son mezquinos y nuestros proyectos caducos, dice la Escritura. El hombre que no renuncia a todo no puede dejarse enseñar ni puede imitar a la Sabiduría Encarnada.

El hombre que sigue a Jesús realiza cosas grandes como construir una torre o vencer un ejército más numeroso que el suyo. En estas empresas no podemos salir adelante solos sino únicamente con la ayuda de Jesús.

La sabiduría está en abandonarse en la voluntad de Dios. Esta es la verdadera prudencia. Este es el hombre sensato que vive bien su vida y siempre está preparado si Dios lo llama. Este aunque su vida mortal es corta, la inmortaliza.

Renunciar a todos los bienes y renunciar a todo lo que se ama para ser discípulo de Jesús. Cargar con la cruz que es el martirio cotidiano siguiendo a Jesús.

Sólo el que es capaz de tomar la decisión radical y dolorosa de posponer todos los valores humanos y preferir a Jesús, sacrificando hasta la propia vida por el martirio, se puede gloriar de ser discípulo suyo[5].

Jesús ilustra su enseñanza con dos parábolas que hablan de lo mismo. Son un llamado a reflexionar sobre la decisión de seguirlo. Debe ser una consideración seria. No se puede seguir a Jesús y quedarse a medio camino, tampoco hacerlo a media máquina, es decir, con una voluntad veleidosa. El Señor ha puesto las condiciones del discipulado. El que quiera ser su discípulo tiene que cumplirlas. Se trata de ordenar la caridad. Primero el amor a Jesús y luego todo lo demás.

Las parábolas hablan de la seriedad que se debe tener al abrazar la fe y hacerse cristiano, es decir, seguidor de Cristo.

Es una empresa que hay que afrontar con gran fortaleza. ¿Qué fortaleza? La que nace de una voluntad que quiere inmolarse en todo.

Las dos parábolas: la del que no tiene dinero para terminar la construcción de la torre que comenzó a construir y de las negociaciones de paz frente al gigantesco ejército enemigo son ilustraciones de la siguiente enseñanza: para ser discípulo de Jesús hay que estar dispuesto a renunciar a todos los bienes. Dice al final del Evangelio “de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.

Jesús no está dando un ejemplo de desconfianza en la providencia, es decir, que cuando vayamos a hacer algo, por ejemplo la torre, tengamos que tener todo el dinero. Lo que quiere enseñarnos es la necesidad de la prudencia en la realización de nuestras obras pero sobre todo en las que emprendemos: analizarlas, aconsejarnos sobre ellas, hacer memoria de experiencias pasadas, prever los posibles obstáculos, discernir, decidir y obrar lo decidido. Pero más que a prudencia natural Jesús nos está llamando la atención sobre la disposición de la voluntad. Para ser discípulo suyo hay que estar dispuesto desde el principio (eso es tener todo el dinero para construir la torre) con una voluntad dispuesta a dejar todo lo que Jesús nos pida que dejemos para seguirlo y postergar todo al amor de Jesús. Subordinar todo amor al amor de Jesús. Sólo la disposición de una voluntad totalmente desprendida de todas las cosas, de una voluntad libre, hace al hombre apto para ser discípulo de Jesús.

El rey que tiene que luchar contra un enemigo superior considera que lo que tiene que emprender es algo muy exigente y que supera sus fuerzas. Lo considera una y otra vez y manda la embajada negociando la paz, es decir, pide ayuda al Señor. Por la oración pedimos a Jesús nos ayude a cumplir tan gran exigencia.      Ser fiel discípulo de Jesús por las propias fuerzas es imposible, pero, ayudado por la gracia de Dios es posible.

Es necesario resaltar, una vez más, que hacerse discípulo de Jesús es un asunto serio, digno de consideración, de no tomarlo a la ligera, de meditarlo… Una vez abrazado no podemos volver la vista atrás porque los surcos nos saldrán torcidos como al arador[6] y se burlará el mundo de nosotros y nos aplastará estrepitosamente el enemigo humillándonos.

El hombre que no esté dispuesto a cumplir las condiciones del seguimiento va a acabar mal. Se burlarán de él, como del hombre que empezó a construir la torre y no pudo terminarla, o sufrirá grandes derrotas como el rey que con un diminuto ejército quiere luchar contra un poderoso ejército.

De hecho al cristiano que no renuncia a todas las cosas y a sí mismo para seguir a Jesús es el hazmerreír del mundo, es la sal sin sabor pisoteada por los hombres[7] y es un juguete del diablo, del mundo y de la carne. Será derrotado siempre.

Cuando Jesús pronunció estas palabras lo seguía mucha gente. Lo seguían para conseguir de Él gracias, curaciones, consuelo, soluciones. Él volviéndose a ellos les puso las condiciones para el verdadero seguimiento, o más bien, ya no para un seguimiento momentáneo y sin compromisos sino para un seguimiento verdadero, de intimidad, de discipulado, de compromiso, de convivencia. Muchos que lo seguían eran seguidores de momento, de ocasión, por interés. Pero, de aquella multitud algunos lo seguirían para ser sus discípulos. Seguramente después de poner las condiciones del discipulado pocos quedarían, un número reducido. Los apóstoles refrescarían las condiciones para seguirlo y renovarían el deseo de una entrega absoluta.

            Nosotros que nos llamamos y somos cristianos, es decir, seguidores de Cristo, discípulos. Nosotros que somos sus seguidores por oficio ¿lo seguimos por interés? ¿Lo seguimos porque la pasamos bien? En el Evangelio de hoy están clarísimas las condiciones. No es un seguimiento fácil… Para nosotros solos imposible. Es Jesús mismo el que nos va a ayudar a seguirlo y, a veces, nos cargara sobre sus hombros. De nuestra parte tenemos que poner una absoluta confianza en Él, en su poder, en su amor, en su misericordia. Más que poner debemos dejar todo y a nosotros mismos en sus manos para que Él nos guíe sin tropiezos.

_________________________________________
[1] Buela C., Sacerdocio y Biblia, homilía para sacerdotes predicada en Illapel, Chile.
[2] Cf. Carta a los amigos de la cruz nº 15
[3] San Ignacio de loyola, Libro de los Ejercicios Espirituales nº 155.
[4] Ga 2, 20
[5] La Sagrada ESCRITURA, Evangelios, comentario a Lc 14, 25-35, BAC Madrid 1964, 689-90
[6] Lc 9, 62
[7] Cf. Mt 5, 13

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Directorio Homilético

 

Vigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 273, 300, 314: la trascendencia de Dios

CEC 36-43: el conocimiento de Dios según la Iglesia

CEC 2544: preferir a Cristo antes que a todo y a todos

CEC 914-919, 93-932: seguir a Cristo en la vida consagrada

273    Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la omnipotencia de Dios. Esta fe se gloría de sus debilidades con el fin de atraer sobre sí el poder de Cristo (cf. 2 Co 12,9; Flp 4,13). De esta fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó que «nada es imposible para Dios» (Lc 1,37) y pudo proclamar las grandezas del Señor: «el Poderoso ha hecho en mi favor maravillas, Santo es su nombre» (Lc1,49).

300    Dios es infinitamente más grande que todas sus obras (cf. Si 43,28): «Su majestad es más alta que los cielos» (Sal 8,2), «su grandeza no tiene medida» (Sal 145,3). Pero porque es el Creador soberano y libre, causa primera de todo lo que existe, está presente en lo más íntimo de sus criaturas: «En el vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Según las palabras de S. Agustín, Dios es «superior summo meo et interior intimo meo» («Dios está por encima de lo más alto que hay en mí y está en lo más hondo de mi intimidad») (conf. 3,6,11).

314    Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con fre­cuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios «cara a cara» (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

III     EL CONOCIMIENTO DE DIOS SEGUN LA IGLESIA

36    «La santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas» (Cc. Vaticano I: DS 3004; cf. 3026; Cc. Vaticano II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado «a imagen de Dios» (cf. Gn 1,26).

37    Sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su razón:

A pesar de que la razón humana, hablando simplemente, pueda verdaderamente por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y gobierna el mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, sin embargo hay muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto su poder natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan fácilmente de la falsedad o al menos de la incertidumbre de las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas (Pío XII, enc. «Humani Generis»: DS 3875).

38           Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre «las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error» (ibid., DS 3876; cf. Cc Vaticano I: DS 3005; DV 6; S. Tomás de A., s.th. 1,1,1).

IV     ¿COMO HABLAR DE DIOS?

39           Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no creyentes y los ateos.

40           Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de conocer y de pensar.

41           Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, muy especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Las múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su bondad, su belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita de Dios. Por ello, podemos nombrar a Dios a partir de las perfecciones de sus criaturas, «pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13,5).

42           Dios transciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios «inefable, incomprensible, invisible, inalcanzable» (Anáfora de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios.

43    Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa ciertamente de modo humano, pero capta realmente a Dios mismo, sin poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es preciso recordar, en efecto, que «entre el Creador y la criatura no se puede señalar una semejanza tal que la diferencia entre ellos no sea mayor todavía» (Cc. Letrán IV: DS 806), y que «nosotros no podemos captar de Dios lo que él es, sino solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan con relación a él» (S. Tomás de A., s. gent. 1,30).

2544  Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14,33) por él y por el Evangelio (cf Mc 8,35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21,4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

III     LA VIDA CONSAGRADA

914    «El estado de vida que consiste en la profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura de la Iglesia, pertenece, sin embargo, sin discusión a su vida y a su santidad» (LG 44).

          Consejos evangélicos, vida consagrada

915    Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicid ad a todos los discípulos de Cristo. La perfección de la caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para quienes asumen libremente el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia. La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la «vida consagrada» a Dios (cf. LG 42-43; PC 1).

916    El estado de vida consagrada aparece por consiguiente como una de las maneras de vivir una consagración «más íntima» que tiene su raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios (cf. PC 5). En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro (cf. CIC, can. 573).

          Un gran árbol, múltiples ramas

917    «El resultado ha sido una especie de árbol en el campo de Dios, maravilloso y lleno de ramas, a partir de una semilla puesta por Dios. Han crecido, en efecto, diversas formas de vida, solitaria o comunitaria, y diversas familias religiosas que se desarrollan para el progreso de sus miembros y para el bien de todo el Cuerpo de Cristo» (LG 43).

918    «Desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que intentaron, con la práctica de los consejos evangélicos, seguir con mayor libertad a Cristo e imitarlo con mayor precisión. Cada uno a su manera, vivió entregado a Dios. Muchos, por inspiración del Espíritu Santo, vivieron en la soledad o fundaron familias religiosas, que la Iglesia reconoció y aprobó gustosa con su autoridad» (PC 1).

919    Los obispos se esforzarán siempre en discernir los nuevos dones de vida consagrada confiados por el Espíritu Santo a su Iglesia; la aprobación de nuevas formas de vida consagrada está reservada a la Sede Apostólica (cf. CIC, can. 605).

          La vida eremítica

920    Sin profesar siempre públicamente los tres consejos evangélicos, los ermitaños, «con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo» (CIC, can. 603 1).

921    Los eremitas presentan a los demás ese aspecto interior del misterio de la Iglesia que es la intimidad personal con Cristo. Oculta a los ojos de los hombres, la vida del eremita es predicación  silenciosa de Aquél a quien ha entregado su vida, porque El es todo para él. En este caso se trata de un llamamiento particular a encontrar en el desierto, en el combate espiritual, la gloria del Crucificado.

          Las vírgenes y las viudas consagradas

922    Desde los tiempos apostólicos, vírgenes (Cf. 1 Co 7, 34-36) y viudas cristianas (Cf. Vita consecrata, 7) llamadas por el Señor para consagrarse a El enteramente (cf. 1 Co 7, 34-36) con una libertad mayor de corazón, de cuerpo y de espíritu, han tomado la decisión, aprobada por la Iglesia, de vivir en estado de virginidad o de castidad perpetua «a causa del Reino de los cielos» (Mt 19, 12).

923    «Formulando el propósito santo de seguir más de cerca a Cristo, [las vírgenes] son consagradas a Dios por el Obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia» (CIC, can. 604, 1). Por medio este rito solemne («Consecratio virginum», «Consagración de vírgenes»), «la virgen es constituida en persona consagrada» como «signo transcendente del amor de la Iglesia hacia Cristo, imagen escatológica de esta Esposa del Cielo y de la vida futura» (Ordo Cons. Virg., Praenot. 1).

924    «Semejante a otras formas de vida consagrada» (CIC, can. 604), el orden de las vírgenes sitúa a la mujer que vive en el mundo (o a la monja) en el ejercicio de la oración, de la penitencia, del servicio a los hermanos y del trabajo apostólico, según el estado y los carismas respectivos ofrecidos a cada una (OCV., Praenot. 2). Las vírgenes consagradas pueden asociarse para guardar su propósito con mayor fidelidad (CIC, can. 604, 2).

          La vida religiosa

925    Nacida en Oriente en los primeros siglos del cristianismo (cf. UR 15) y vivida en los institutos canónicamente erigidos por la Iglesia (cf. CIC, can. 573), la vida religiosa se distingue de las otras formas de vida consagrada por el aspecto cultual, la profesión pública de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común, y por el testimonio dado de la unión de Cristo y de la Iglesia (cf. CIC, can. 607).

926    La vida religiosa nace del misterio de la Iglesia. Es un don que la Iglesia recibe de su Señor y que ofrece como un estado de vida estable al fiel llamado por Dios a la profesión de los consejos. Así la Iglesia puede a la vez manifestar a Cristo y reconocerse como Esposa del Salvador. La vida religiosa está invitada a significar, bajo estas diversas formas, la caridad misma de Dios, en el lenguaje de nuestro tiempo.

927    Todos los religiosos, exentos o no (cf. CIC, can. 591), se encuentran entre los colaboradores del obispo diocesano en su misión pastoral (cf. CD 33-35). La implantación y la expansión misionera de la Iglesia requieren la presencia de la vida religiosa en todas sus formas «desde el período de implantación de la Iglesia» (AG 18, 40). «La historia da testimonio de los grandes méritos de las familias religiosas en la propagación de la fe y en la formación de las nuevas iglesias: desde las antiguas Instituciones monásticas, las Ordenes medievales y hasta las Congregaciones modernas» (Juan Pablo II, RM 69).

          Los institutos seculares

928    «Un instituto secular es un instituto de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él» (CIC can. 710).

929    Por medio de una «vida perfectamente y enteramente consagrada a [esta] santificación» (Pío XII, const. ap. «Provida Mater»), los miembros de estos institutos participan en la tarea de evangelización de la Iglesia, «en el mundo y desde el mundo», donde su presencia obra a la manera de un «fermento» (PC 11). Su «testimonio de vida cristiana» mira a «ordenar según Dios las realidades temporales y a penetrar el mundo con la fuerza del Evangelio». Mediante vínculos sagrados, asumen los consejos evangélicos y observan entre sí la comunión y la fraternidad propias de su «modo de vida secular» (CIC, can. 713, 2).

          Las sociedades de vida apostólica

930    Junto a las diversas formas de vida consagrada se encuentran «las sociedades de vida apostólica, cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de las constituciones. Entre éstas, existen sociedades cuyos miembros abrazan los consejos evangélicos mediante un vínculo determinado por las constituciones» (CIC, can. 731, 1 y 2).

          Consagración y misión: anunciar el Rey que viene

931    Aquel que por el bautismo fue consagrado a Dios, entregándose a él como al sumamente amado, se consagra, de esta manera, aún más íntimamente al servicio divino y se entrega al bien de la Iglesia. Mediante el estado de consagración a Dios, la Iglesia manifiesta a Cristo y muestra cómo el Espíritu Santo obra en ella de modo admirable. Por tanto, los que profesan los consejos evangélicos tienen como primera misión vivir su consagración. Pero «ya que por su misma consagración se dedican al servicio de la Iglesia están obligados a contribuir de modo especial a la tarea misionera, según el modo propio de su instituto» (CIC 783; cf. RM 69).

932    En la Iglesia que es como el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de la vida de Dios, la vida consagrada aparece como un signo particular del misterio de la Redención. Seguir e imitar a Cristo «desde más cerca», manifestar «más claramente» su anonadamiento, es encontrarse «más profundamente» presente, en el corazón de Cristo, con sus contemporáneos. Porque los que siguen este camino «más estrecho» estimulan con su ejemplo a sus hermanos; les dan este testimonio admirable de «que sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios» (LG 31).

933    Sea público este testimonio, como en el estado religioso, o más discreto, o incluso secreto, la venida de Cristo es siempre para todos los consagrados el origen y la meta de su vida:

          El Pueblo de Dios, en efecto, no tiene aquí una ciudad permanente, sino que busca la futura. Por eso el estado religioso…manifiesta también mucho mejor a todos los creyentes los bienes del cielo, ya presentes en este mundo. También da testimonio de la vida nueva y eterna adquirida por la redención de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la gloria del Reino de los cielos (LG 44).

 

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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