Domingo XVIII Tiempo Ordinario (C)

31
julio

Domingo XVIII Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XVIII Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 31 de Julio de 2016)

LECTURAS

¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo?

Lectura del libro del Eclesiastés     1, 2; 2. 21-23

¡Vanidad, pura vanidad!, dice el sabio Cohélet.
¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!

Porque un hombre que ha trabajado
con sabiduría, con ciencia y eficacia,
tiene que dejar su parte
a otro que no hizo ningún esfuerzo.
También esto es vanidad y una grave desgracia.

¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo
y todo lo que busca afanosamente bajo el sol?
Porque todos sus días son penosos,
y su ocupación, un sufrimiento;
ni siquiera de noche descansa su corazón.
También esto es vanidad.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 89, 3-6. 12-14. 17 (R.: 1)

R. Señor, Tú has sido nuestro refugio.

Tú haces que los hombres vuelvan al polvo,
con sólo decirles: «Vuelvan, seres humanos».
Porque mil años son ante tus ojos como el día de ayer, que ya pasó,
como una vigilia de la noche. R.

Tú los arrebatas, y son como un sueño,
como la hierba que brota de mañana:
por la mañana brota y florece,
y por la tarde se seca y se marchita. R.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que nuestro corazón alcance la sabiduría.
¡Vuélvete, Señor! ¿Hasta cuándo…?
Ten compasión de tus servidores. R.

Sácianos en seguida con tu amor,
y cantaremos felices toda nuestra vida.
Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor;
que el Señor, nuestro Dios, haga prosperar la obra de nuestras manos. R.

Busquen los bienes del cielo, donde está Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas    3, 1-5. 9-11

Hermanos:
Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con Él, llenos de gloria.
Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría. Tampoco se engañen los unos a los otros.
Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador. Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todos.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mt 5, 3
 
Aleluia.
Felices los que tienen alma de pobres,
porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Aleluia.

EVANGELIO

¿Para quién será lo que has amontonado?

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     12, 13-21

Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia».
Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas».
Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”.
Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”
Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XVIII

Entrada:        La Eucaristía es el Tesoro precioso en el que se encuentra la suma de todo aquello que hace posible nuestra bienaventuranza. Penetremos en este misterio con una fe viva y llenos de confianza.

1º Lectura                                                                                         Qo 1,2; 2, 21-23

¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo?: Bendito quien confía en el Señor.

2º Lectura                                                                                         Col 3, 1-5. 9-11

San Pablo nos invita a buscar los bienes del cielo, donde está Cristo Jesús.

Evangelio                                                                                                     Lc 12, 13-21

 La verdadera riqueza es la del alma desprendida de todo lo terreno y afianzada solo en Dios.

Preces

Dios, nuestro Padre, esta siempre cerca de aquellos que lo invocan. Pidamos confiados por nuestras necesidades y por las de nuestros hermanos.

A cada intención respondemos…

Por la salud y las intenciones del Papa Francisco, para que todas sus iniciativas apostólicas encuentren eco entre los miembros de la Iglesia. Oremos.

Por los gobernantes y por quienes ejercen el poder; para que su autoridad esté orientada al servicio humilde y no a la ambición humana del progreso personal o sectorial. Oremos.

Para que en nuestra Patria se avive la conciencia de la sacralidad de la vida, sin la cual se minan los verdaderos fundamentos de una sociedad civilizada. Oremos.

Para que cuantos atraviesan momentos de dificultad interior y de prueba encuentren en Cristo la luz y el apoyo que los conduzcan a la verdadera felicidad. Oremos.

Por todos nosotros para que crezcamos cada vez más en el conocimiento de Dios y demos testimonio de que fuera de Él nada tiene valor. Oremos.

Atiende, Padre del Cielo, las necesidades que te encomendamos y ayúdanos a nosotros a esperar y confiar siempre en tu Providencia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
 

Ofertorio

Nos abandonamos en las manos de Dios, uniéndonos a Cristo en el sacrificio que da la vida eterna. Presentamos:

+ Incienso, para que sea acepto junto a nuestra oración, y la de todos los que sufren.

+ Ofrecemos pan y vino y con ellos entregamos toda nuestra vida a Dios nuestro único tesoro.

Comunión: Sácianos, Señor nuestro, con tu amor, y cantaremos felices toda nuestra vida.

Salida: Que María Santísima nos bendiga para que nunca nos cansemos de proclamar nuestra fe en Cristo, el verdadero Tesoro de las almas.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

Desapego de los bienes

(Lc.12,13-21)

El hombre no deja de ser hombre por el hecho de seguir a Cristo; como hombre, está amenazado por la preocupación por los bienes de la tierra. Por eso el discípulo de Jesús debe adoptar la debida posición frente a estos bienes. Jesús se niega a hacer de árbitro en una cuestión de repartición de herencia (Lc.12:14), pone en guardia contra la avidez y la codicia (Lc.12:15) y con una parábola muestra cómo se asegura verdaderamente la vida ( Lc.12:16-21).

13 Díjole uno de la multitud: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. 14 Pero él le contestó: ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros?

El derecho sucesorio judío estaba regulado por la ley mosaica. Se supone una situación agrícola, en la cual el hermano mayor hereda los bienes raíces y dos tercios de los bienes muebles (Deu_21:17). En el caso que se propone a Jesús, parece ser que el hijo mayor no quiere entregar absolutamente nada. Dado que el derecho sucesorio estaba regulado por la ley, fácilmente se recurriría al dictamen y a la decisión de los doctores de la ley. El hombre del pueblo acude a Jesús, al que trata como a doctor de la ley, a fin de que en el asunto de su herencia dé un dictamen y con su autoridad ejerza influjo sobre su hermano injusto. Jesús es considerado como acreditado doctor de la ley, que se presenta y actúa con autoridad.

Cuando el pueblo acude a Jesús con sus miserias del cuerpo y del alma, lo halla dispuesto a socorrerle. En cambio, el hombre que se presenta con su pleito hereditario tropieza con una repulsa. ¡Hombre! Aquí esta palabra suena áspera y dura. Jesús no quiere ser juez ni árbitro en los asuntos de los hombres. Las palabras con que lo expresa traen a la memoria las que fueran respondidas a Moisés cuando quiso dirimir una querella entre dos hebreos: «¿Y quién te ha puesto a ti como jefe y juez entre nosotros?» (Exo_2:14). En su obrar se inspira Jesús en las decisiones expresadas por la palabra de Dios en la Sagrada Escritura. La palabra de la Escritura le muestra también los inconvenientes que tiene el constituirse árbitro en tales asuntos.

Con su palabra se niega Jesús a intervenir para poner orden en las condiciones perturbadas de este mundo y a decidir con su autoridad en favor de este o del otro orden social. Su misión y la conciencia de su vocación que le da la voluntad de Dios, la dejó ya bien establecida reiteradamente al comienzo de su actividad en Nazaret y todavía antes en la tentación en el desierto. Ha sido enviado para anunciar a los pobres el Evangelio, para llamar a los pecadores (Lc.5:32), para salvar a los que estaban perdidos (Lc.19:10), para dar su vida en rescate (Mar_10:45), para traer al mundo la vida divina (Jua_10:10).

15 Entonces les dijo: Guardaos muy bien de toda avidez, pues no por estar uno en la abundancia, depende su vida de los bienes que posee.

Toda ansia de aumentar los bienes es enjuiciada como un peligro del que han de guardarse bien los discípulos. El ansia de poseer descubre la ilusión de creer que la vida se asegura con los bienes o con la abundancia de los mismos. La vida es un don de Dios, no es fruto de la posesión o de la abundancia de bienes de la tierra y de la riqueza. De hecho, no es el hombre el que dispone de la vida, sino Dios.

16 Luego les dijo esta parábola: Un hombre muy rico tenía una finca que le dio una gran cosecha. 17 Y discurría para sí de esta forma. ¿Qué voy a hacer si ya no tengo dónde almacenar mis cosechas? 18 Y añadió: Voy a hacer esto: derribaré mis graneros para edificar otros mayores; así podré almacenar allí todo mi trigo y mis bienes. 19 Y diré a mi alma: Alma mía, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años; ahora descansa, come, bebe y pásalo bien. 20 Entonces le dijo Dios: ¡Insensato! Esta misma noche te van a reclamar tu alma, y todo lo que has preparado, ¿para quién va a ser? 21 Así sucederá con aquel que atesora riquezas para sí, pero no se hace rico ante Dios.

La narración de un ejemplo presenta gráficamente lo que se ha expresado con la sentencia: la vida no se asegura con los bienes. El rico labrador revela su ideal de vida en el diálogo que entabla consigo mismo: vivir es disfrutar de la vida: comer, beber y pasarlo bien; vivir es disponer de una larga vida: para muchos años; vivir es tener una vida asegurada: ahora descansa ¡ética del bienestar! ¿Cómo puede alcanzarse este ideal de vida? Almacenaré: hay que asegurar el porvenir. Varían las formas de esta seguridad. El labrador edifica graneros. ¿El moderno hombre de negocios…? La economía de este labrador no tiene otro sentido que el de asegurar la propia vida.

La entera forma humana de proyectar flaquea. El hombre no tiene en su mano la vida como dueño y señor. No puede contentarse con hablar consigo mismo: Dios interviene también en el diálogo. Este hombre debería también tratar con otros hombres, pero le importan tan poco como Dios mismo. El hombre es insensato si piensa así, como si la seguridad de su vida estuviera en su mano o en sus posesiones. El que no cuenta con Dios, prácticamente lo niega, y es insensato (/Sal/013/014/01). Que nuestra vida no se asegura con la propiedad y con los bienes lo pone al descubierto la muerte. Te van a reclamar tu alma: los ángeles de la muerte, Satán por encargo de Dios. ¡Esta misma noche! El rico había contado con muchos años…

La riqueza que el hombre acumula para sí, con la que quiere asegurarse la existencia terrena, no le aprovecha nada. Tiene que dejársela aquí, en manos de otros. «Muévese el hombre cual un fantasma, por un soplo solamente se afana; amontona sin saber para quién» (Sal_39:7). Sólo el que se hace rico ante Dios, el que acumula tesoros que Dios reconoce como verdadera riqueza del hombre, saca provecho. El querer el hombre asegurar nerviosamente su vida por sí mismo lleva a perder la vida, sólo quien la entrega a Dios y a su voluntad la preserva. ¿Cuáles son los tesoros que se acumulan con vistas a Dios?

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        P. Julio Meinvielle

La avaricia, esencia del capitalismo

Hay una perversidad esencial en el capitalismo, cualquiera sea su especie, pues es éste un sistema fundado sobre un vicio capital que los teólogos llaman avaricia. Busca el acrecentamiento sin límites de las riquezas como si fuese éste un fin en sí, como si su pura posesión constituyese la felicidad del hombre. “Y es imposible -como enseña textualmente el Angélico (I-II, q. 2, a.1) – que la felicidad del hombre consista en las riquezas. Dos son las clases de riquezas, a saber: las naturales y las artificiales. Las naturales son aquellas que remedian las necesidades naturales del hombre, tales como el vestido, el alimento, los vehículos, la habitación y las otras cosas semejantes. Artificiales son aquellas que de por sí no remedian ninguna necesidad natural, como el dinero, sino que la industria del hombre la ha adoptado como medida de las cosas venales, para facilitar el cambio. Ahora bien -prosigue el Angélico, la felicidad del hombre no puede consistir en las riquezas naturales, ya que éstas se emplean para sustentar la naturaleza del hombre; son medio y no fin; de donde todas las riquezas naturales han sido creadas para provecho del hombre y colocadas debajo de sus pies, como dice el Salmista, VIII”.

Con mucha menor razón puede consistir en las riquezas artificiales, ya que éstas no tienen otra finalidad que la de servir de medio para adquirir las riquezas naturales necesarias para la vida.

Ahora bien, (dice el Santo Doctor) si tanto las riquezas naturales como las artificiales tienen por finalidad satisfacer las necesidades materiales del hombre, según la condición de cada uno, su adquisición sólo es buena en la medida en que sirve para satisfacer estas necesidades; luego su posesión y producción debe estar regulada. Si se quebranta esta medida y se las quiere retener y poseer sin limitación ninguna, se comete un pecado llamado avaricia, que consiste en “un deseo inmoderado de poseer las cosas exteriores” (II-II, q.118, a. 2).

Precisamente, es esta concupiscencia del lucro la que constituye la esencia de la economía moderna. No que la avaricia sólo haya existido en ella; siempre ha habido avaros, y el Espíritu Santo dice por boca de Salomón que “al dinero obedecen todas las cosas”; pero nunca como en ella, este impulso perverso que anida en la carne pecadora del hombre se ha organizado en un sistema económico, nadie como ella ha hecho de un pecado una babélica construcción.

Y, como la avaricia es un vicio capital con muchas hijas -según explica el Doctor Angélico (II-II, q.118, a.8)-, el Capitalismo ha erigido consigo una prole de pecados, sistemas que los economistas denominan leyes económicas.

“Porque, como consiste la avaricia en un amor superfluo de las riquezas, hay en ella un doble desorden: porque, o se las retiene indebidamente, o se las adquiere en forma ilícita. Hay desorden en su retención, en el caso de inhumanidad o de endurecimiento, cuando el corazón no se ablanda de misericordia en presencia de los necesitados, y así el capitalismo, como, todo avaro, cierra sus entrañas a las miserias del pobre; al capital, monstruo anónimo con mil atribuciones y sin ninguna responsabilidad, no le interesa la caridad, ni la piedad, ni la misma equidad, ni siquiera se cree con deberes: para con los individuos a quienes emplea, o en todo caso este deber es del mismo orden que el que se tiene respecto al capital máquina, a saber: un mantenimiento escrupuloso y metódico, mientras este mantenimiento produce negocio: el paro o la desocupación cuando las cifras lo exigen o lo prefieren”. (Marcel Malcor. Nova et Vetera, Julio 1931). Hay además desorden en la avaricia, porque se adquieren las riquezas, o con afección desordenada, o recurriendo a medios ilícitos. Porque la avaricia engendra una “inquietud morbosa y una febril preocupación de lo superfluo”, que hace decir al Eclesiastés, V. 9, que el avaro nunca se hartará de dinero; y así, el capitalismo, dinámico, vertiginoso, insaciable, emplea todos los minutos (“el tiempo es oro”) para acelerar el lucro, y con él, la producción y el consumo; la vida, es una carrera sin descanso en prosecución del oro; no se busca la riqueza para vivir sino que se vive para enriquecerse. ¡Cuán lejos estamos de la economía católica, regida por la procuración del pan de cada día!

La avaricia engendra, asimismo, como tantas otras hijas, la violencia, la falacia, el perjurio, el fraude y la traición. Y el capitalismo peca de violencia, porque, con su hambre de concentración, devora la pequeña industria y la pequeña propiedad; peca de falacia, porque promete la liberación de todo el género humano y cada día le sumerge profundamente en la miseria, pues a la concentración por un lado corresponde la desolación por el otro; peca de perjurio, cuando a la falacia se une el juramento, y el capitalismo rubrica con el crédito su engaño, como se explicará en el 4º capítulo; peca de fraude, porque con el crédito o préstamo a interés se apodera de los ahorros del género humano y los maneja como si fuese propietario, porque somete al obrero a la ley del hambre, y porque asegura un consumo malo y caro; peca, finalmente, de traición, porque aniquila a la persona humana, haciendo del hombre un mero individuo, una simple rueda en la maquinaria gigantesca del edificio económico, porque hace añicos la familia, hacinando en las fábricas como en tropilla a hombres y mujeres, porque destruye la educación con la estandardización de la escuela y la supresión del aprendizaje. En resumen, que el capitalismo es como la erupción de toda una familia de pecados, es el reino de Mammon. Y esto se aplica tanto al capitalismo liberal como al marxista.

La economía católica

La economía, en cambio, la única economía posible, está fundada sobre la virtud que Santo Tomás llama liberalidad, la cual nos enseña el buen uso de los bienes de este mundo concedidos para nuestra sustentación (II-II, q.117).

¿Acaso las riquezas artificiales y naturales deben ser producidas y acumuladas porque sí? Sin duda que no. Son cosas destinadas al provecho del hombre, para su uso; digamos la palabra: “para el consumo”. Resultan bienes y no simplemente cosas en la medida que aprovechan o pueden aprovechar al hombre. Luego, todo el proceso económico, por la exigencia de la misma economía, debe estar orientado hacia el consumo. De aquí una doble falla antieconómica en el capitalismo, cualquiera sea su especie, porque se consume para producir y se produce para lucrar. La finanza regula la producción, y la producción regula el consumo.

Y los bienes, ¿para qué se consumen?, a sea, el proceso económico total, ¿a dónde se orienta? A satisfacer las necesidades de la vida corporal del hombre. Y como ésta no tiene un fin en sí, sino que su integridad es requerida para asegurar la vida espiritual del hombre, que culmina en el acto de amor a Dios, toda la economía debe estar al servicio del hombre para que éste se ponga al servicio de Dios.

“Santo Tomás enseña que para llevar una vida moral, para desarrollarse en la vida de las virtudes, el hombre tiene necesidad de un mínimun de bienestar y de seguridad material. Esta enseñanza significa, -dice Maritain- que la miseria es socialmente, como lo han visto claramente León Bloy y Péguy, una especie de infierno; significa asimismo que las condiciones sociales que coloca a la mayor parte de los hombres en la ocasión próxima de pecar, exigiendo una especie de heroísmo de los que quieren practicar la ley de Dios, son condiciones que en estricta justicia deben ser denunciadas sin descanso y que debe esforzarse uno por cambiar” (Religion et Culture).

Santo Tomás ha expuesto en la “Summa contra Gentiles” el lugar de la economía en una jerarquía de valores. “Si se consideran bien las cosas, dice, todas las operaciones del hombre están ordenadas al acto de la divina contemplación como a su propio fin. Pues, ¿para qué son los trabajos serviles y el comercio, si no para que el cuerpo, estando provisto de las cosas necesarias a la vida, esté en el estado requerido para la contemplación? ¿Para qué las virtudes morales y la prudencia, sino para procurar la paz interior y la calma de las pasiones de que tiene necesidad la contemplación? ¿Para qué el gobierno civil, sino para asegurar la paz exterior necesaria a la, contemplación? De donde, si se considera bien, todas las funciones de la vida humana parecen estar al servicio de los que contemplan la verdad” (L. IV, cap. 37).

Mientras no se admita esta jerarquía de valores, no se habrá superado el capitalismo, porque o se sirve a Dios o se sirve a Mammon, el dios de las riquezas.

La economía, una ética

De lo expuesto resulta que la economía es una ética (contra la concepción mecánica de Descartes) que tiene por objeto específico la procuración de los bienes materiales útiles al hombre; digo bienes, esto es: que respondan a las exigencias de la naturaleza humana, no a sus caprichos o concupiscencias. De ahí que todas aquellas cosas que sobran, una vez satisfechas las necesidades del propio estado, son superfluas  y no resultan bienes si se mantienen acumulados o se usan para satisfacer la sed de placeres. Hay obligación grave, según determinaremos en la próxima lección, de participar de su uso a todos los miembros de la comunidad social, para que resulten bienes útiles al hombre, esto es: bienes materiales humanos, que sólo deben utilizarlo en cuanto conduzcan a la plenitud racional y a la destinación sobrenatural del hombre. Debemos servirnos de la riqueza como hijos de Dios que nos llamamos y somos.

Luego la economía es una parte de la prudencia, como enseña Santo Tomás (II-II, q. 51, a. 3), que tiene por objeto el recto orden de las acciones humanas encaminadas a procurar la sustentación propia o de la familia o de la sociedad.

Y como en la ley de gracia en que vivimos no puede haber virtud perfecta – según enseña el Angé-lico – sino por la ordenación de todo a “Dios amado por encima de todas las cosas”, es necesario que la prudencia, y con ello la economía, se subordinen perfectamente a la caridad, que es la más excelente de las virtudes, y sin la cual no puede haber verdadera virtud.

De lo dicho resulta que “las leyes económicas no son leyes puramente físicas como las de la mecánica o de la química, sino leyes de la acción, humana, que implican valores morales. La justicia, la liberalidad, el recto amor del prójimo forman parte esencial de la realidad económica. La opresión de los pobres y la riqueza tomada como un fin en sí no están solamente prohibidas por la moral individual, sino que son cosas económicamente malas, que van contra el fin mismo de la economía, porque este fin es un fin humano” (Maritain, Religion et Culture, pág. 46).

De aquí la justificación de los elementos y valores económicos haya que buscarla en las exigencias de la acción humana, y, que sea su moralidad, su moralidad intrínseca, la condición de sus efectos benéficos para el hombre.

Trascendencia de la economía católica

No sé si habrá quedado expuesta con claridad la oposición fundamental de la economía (porque sólo puede llamarse simplemente economía la verdaderamente humana) y la Economía moderna o Capita-lismo. Una está fundada sobre un pecado, y la otra descansa sobre una virtud. La una, como todo pecado, bajo maravillosos disfraces, esclaviza al hombre, porque el que comete el pecado es esclavo del pecado, según dice el Apóstol. La otra, humildemente, sin ostentación, le liberta, porque la verdad nos hace libres, según enseñaba Cristo.

Si la economía moderna nace del pecado, es esencialmente perversa y nefasta. Podrá haber en ella muchos elementos materiales buenos, pero la conformación de los mismos es intrínsecamente satánica.

De aquí que la doctrina económica de la Iglesia, nacida de una virtud, es una doctrina que está in-finitamente por encima de todas las otras doctrinas económicas, llámense socialistas o liberales. No se la puede ni se la debe parangonar con ellas. No está en el centro de ellas. Como la cima de un elevado mon-te, recoge, transcendiendo, todos los puntos de verdad contenidos en las distintas escuelas económicas; porque, como no existe el mal o error absoluto, así toda escuela, por desvariada que sea, tiene en su seno muchas verdades adulteradas. El liberalismo, por ejemplo, insiste en el carácter individual de la posesión de los bienes terrenos; el socialismo en carácter social; y el fascismo quiere equilibrar a ambos. Pero sólo la Iglesia, que se apoya en la eternidad del cielo, puede obtener verdadero equilibrio del hombre y de la riqueza, porque incorporada a Cristo, y por Cristo unida a Dios, puede someter la riqueza al hombre y el hombre a Dios. El hombre está colocado en un medio, entre las riquezas y Dios. Jamás puede gobernar. Por esto, si no quiere venir a Dios, si rehúsa aceptar el gobierno de Dios, tendrá que caer bajo el gobierno de las riquezas. O Dios o Mammon. No se puede servir a dos señores. Pero tiene que servir: si rehúsa el gobierno paternal de Dios, caerá bajo la esclavitud del becerro de oro.

Sólo hay dos economías verdaderamente opuestas: la cristiana, que usa de las riquezas para subir a Dios, y la moderna o capitalista (sea liberal o marxista), que abandona a Dios para esclavizarse en la riqueza. Parece que la misericordia divina, apiadada de la espantosa suerte del hombre, que ha perdido el paraíso sobrenatural y vive en un infierno terrestre, quiere en esta hora libertarnos de la opresión capitalista. Este es el sentido de la crisis profunda que pesa sobre el mundo.

Pero hay dos caminos para que la liberación se realice. Porque, si entendiendo el hombre el plan de Dios que quiere libertarnos de la opresión burguesa, de la esclavitud del oro, se presta a los deseos divinos y, con espíritu de penitencia, renuncia a lo superfluo y para expiar su perversa codicia aún se priva de lo necesario, el Señor, que perdonó a Nínive, devolverá al hombre el sentido de la economía y, con ella, el sentido de la Vida. La liberación se habrá entonces realizado en la paz del Señor.

Si en cambio no entiende el plan de Dios, o hace como si no lo entendiese, el Señor le libertará, es cierto, pero después de purificarle en una espantosa catástrofe de terror y de anarquía.

Meinvielle, J., Concepción Católica de la Economía, Edición de los Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1936, p. 7-11.

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Santos Padres

·        San Agustín

El desapego de las riquezas

(Lc 13,13-21).

1. No dudo que quienes teméis a Dios oís con temor su palabra y con gozo la ponéis por obra para esperar ahora y recibir después lo que prometió. Acabamos de oír el mandato de Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Quien nos da órdenes es la Verdad, que ni engaña ni es engañada; oigamos, temamos, precavámonos. ¿Qué nos manda? Os digo que os abstengáis de toda avaricia. ¿Qué significa de toda avaricia? ¿Qué quiere decir de toda? ¿Por qué añadió de toda? Hubiera podido decir: «Guardaos de la avaricia». Pero le correspondía a él añadir de toda y proclamar guardaos de toda avaricia.

2. El Evangelio nos indica por qué dijo esto, que fue como la ocasión que dio origen a este sermón. Cierto individuo interpeló al Señor contra un hermano suyo que había huido con todo el patrimonio y se negó a darle la parte que le correspondía. Os dais cuenta de cuan justa era su causa. No pretendía arrebatar lo que no era suyo; sólo pedía los bienes que sus padres le habían dejado. No otra cosa pedía al acudir al Señor como a un juez. Tenía un hermano malvado, pero contra ese hermano injusto había encontrado un juez justo. ¿Debería perder esta ocasión en causa tan buena? Por otra parte, ¿quién iba a decir a su hermano: «Da a tu hermano su parte», si Cristo no lo hacía? ¿Iba a decirlo otro juez a quien el hermano raptor y más rico tal vez hubiera corrompido con dádivas? Este hombre, miserable y despojado de los bienes paternos, habiendo encontrado tan buen juez, se acerca a él, le interpela, le ruega y expone su causa en pocas palabras. ¿Qué necesidad tenía de palabrería cuando hablaba a quién podía ver también el corazón? Señor, dice, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. El Señor no le contesta «Que venga tu hermano»; ni le envió a decirle que se presentase, ni en su presencia dijo a quien le había interpelado: «Prueba lo que has dicho». Pedía la mitad de la herencia; solicitaba la mitad, pero en la tierra, y el Señor se la ofrecía toda en el cielo. Le daba el Señor más de lo que pedía.

3. Di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. La causa es justa y su exposición breve. Pero oigamos al juez y maestro. Hombre, le dice; hombre, tú que tienes por cosa grande esta herencia, ¿qué eres sino hombre? Hacerlo algo más que hombre: he aquí lo que deseaba el Señor. ¿Qué pretendía hacer de más a quien deseaba apartarle de la avaricia? ¿Qué más le quería hacer? Os lo diré: Yo dije, sois dioses y todos hijos del Altísimo. He aquí lo que deseaba que fuera: contar entre los dioses a quien no tiene avaricia. Hombre, ¿quién me ha constituido en divisor entre vosotros? Tampoco San Pablo, siervo de Cristo, deseaba para sí este oficio, cuando decía: Os ruego, hermanos, que digáis todos lo mismo y no haya entre vosotros cismas. Y a quienes al amparo de su nombre dividían a Cristo, decía: Cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Es que acaso está dividido Cristo? ¿Por ventura fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O es que vuestro bautismo fue en el nombre de Pablo? Ved, pues, cuan perversos son los hombres que quieren que exista dividido quien no quiso ser divisor. ¿Quién, dice, me ha constituido a mí en divisor entre vosotros?

4. Pediste un favor, escucha ahora el consejo: Yo os digo: guardaos de toda avaricia. Quizá tú tildes de avaro y codicioso a quien va en busca de lo ajeno; yo te digo más: «No apetezcas codiciosa o avaramente ni siquiera tus propios bienes». Este es el significado de de toda. Guardaos de toda avaricia, dice. ¡Gran peso éste! Si tal vez es a personas débiles a quienes se impone, pídase que quien lo impone se digne otorgar las fuerzas. No ha de tenerse por cosa leve, hermanos míos, el que nuestro Señor, Redentor y Salvador, que murió por nosotros, que dio su sangre como precio de nuestro rescate, que es nuestro abogado y juez, diga: Guardaos. No es cosa ligera. Él sabe de qué inmenso mal se trata; nosotros, que no lo sabemos, creámosle, Guardaos, dice. ¿Por qué? ¿De qué? De toda avaricia. «Guardo lo mío, no robo lo ajeno». Guardaos de toda avaricia. No sólo es avaro quien roba lo que no es suyo, sino también quien guarda lo suyo avaramente. Si de esta forma es inculpado quien guarda lo suyo con avaricia, ¿cuál será la condena del que roba lo ajeno? Guardaos, dice, de toda avaricia, porque no consiste la vida del hombre en tener abundancia de las cosas que posee en este mundo. El que almacena mucho, ¿cuánto toma de ello para vivir? Tomando y en cierto modo separando mentalmente lo que necesita para vivir, considere para quién deja lo restante, no sea que, quizá al guardar para tener con qué vivir, acumule con qué morir. Atiende a Cristo, atiende a la Verdad, atiende a la severidad. Guardaos, dice la Verdad. Guardaos, dice la severidad. Si no amas la verdad, teme al menos la severidad. No consiste la vida del hombre en la abundancia de las cosas que tiene. Cree a Cristo, que no te engaña. ¿Dices tú lo contrario? «La vida del hombre consiste en lo que tiene». Te engañas a ti mismo; él no te engaña.

5. Del hecho de haber pedido su parte el interpelante, sin deseo de tocar la ajena, se originó el que en esta frase el Señor no dijera sólo: «Guardaos de la avaricia», sino que añadiese: De toda avaricia. Aun esto era poco. Le propuso un ejemplo tomado de cierto rico a quien sus campos habían producido una gran cosecha. Hubo un hombre rico a quien sus campos habían proporcionado éxito. ¿Qué significa: Le habían proporcionado éxito? Que la finca que poseía le produjo una extraordinaria cosecha. ¿De qué magnitud? Tan abundante que no tenía dónde colocarla. Por la abundancia se convirtió rápidamente en estrecho, siendo ya desde antes avaro. ¡Cuántos años habían transcurrido y, no obstante, le habían bastado sus graneros! Pero tanto trigo había cosechado que no le bastaban los graneros que antes eran suficientes. Y el miserable cavilaba no sobre cómo repartir lo que había recogido en exceso, sino sobre cómo guardarlo. Y a fuerza de pensar encontró una solución, que le hizo tenerse por sabio. ¡Cuán prudente fue en pensarlo y cuan sabio en descubrirlo! Pero ¿qué fue lo que le pareció de sabios? Derrumbaré los graneros antiguos y haré otros nuevos más amplios y los llenaré, y diré a mi alma. ¿Qué dirás a tu alma? Alma mía, tienes muchos bienes almacenados para muchos años, descansa, come, bebe y banquetea. Esto dijo a su alma el sabio inventor de esta solución.

6. Y Dios, que no desdeña hablar con los necios, le dijo… Quizá alguno de vosotros diga: « ¿Cómo habló Dios con un necio?» ¡Oh hermanos, con cuántos necios no habla ahora cuando se lee el Evangelio! ¿No son necios quienes lo escuchan cuando se lee y no obran en consecuencia? ¿Qué dice el Señor? Al avaro que se había tenido por sabio debido a la invención de tal proyecto le llamó Necio. Necio, que te tienes por sabio; necio, tú que dijiste a tu alma: Tienes abundancia de bienes almacenados para muchos años. Hoy se te exigirá tu alma. Hoy se te reclamará el alma a la que dijiste: Tienes muchos bienes; y se quedará sin bien alguno. Sea buena despreciando estos bienes para que cuando la llamen salga segura. ¿Hay alguien más estúpido que el hombre que desea tener muchos bienes y no quiere ser él bueno? Eres indigno de tenerlo tú que no quieres ser lo que deseas tener. ¿Por ventura quieres tener una finca mala? No, por cierto; la quieres buena. ¿O acaso quieres tener una mujer mala? No, la quieres buena. O, para concluir, ¿quieres poseer una casita mala o zapatos malos? ¿Por qué, pues, sólo quieres tener el alma mala? En esta ocasión no dijo a aquel necio que soñaba vanidades, que construía hórreos, ciego para ver el estómago del pobre; no dijo: «Hoy será arrojada a los infiernos tu alma»; no le dijo nada de esto, sino: Se te exigirá. No digo adónde irá tu alma; lo único cierto es que, quieras o no, saldrá de este lugar donde le reservas tantas cosas. ¡Oh necio!, pensaste en llenar nuevos y más amplios almacenes, como si no hubiera más que hacer con las riquezas.

7. Quizá aquél no era aún cristiano. Oigámoslo, hermanos, nosotros, a quienes por ser creyentes se nos lee el Evangelio, que adoramos a quien nos dijo estas cosas y llevamos su señal en el corazón y en la frente. Interesa sobremanera saber dónde lleva el hombre la señal de Cristo, si sólo en la frente o en la frente y el corazón. Oísteis lo que decía hoy el santo profeta Ezequiel; cómo Dios, antes de enviar al exterminador del pueblo malvado, mandó delante a quien había de sellar diciéndole: Vete y señala en la frente a quienes gimen y se afligen por los pecados de mi pueblo que se cometen en medio de ellos. No dijo que se cometen fuera de ellos, sino en medio de ellos. Pero gimen y se duelen y por ello son señalados en la frente, en la frente del hombre interior, no en la del exterior. Pues hay una frente en el rostro y otra en la conciencia. A veces, cuando se toca la frente interior, se ruboriza la exterior, enrojeciéndose por el pudor o palideciendo por el temor. Luego el hombre tiene una frente interior; en ella fueron sellados los elegidos para evitar el exterminio, pues aunque no corregían los pecados que se cometían en medio de ellos, se dolían y ese mismo dolor los separaba de los culpables. Estaban separados a los ojos de Dios y mezclados a los de los hombres. Son señalados ocultamente para no ser dañados abiertamente. A continuación se envía al exterminador y se le dice: Vete, extermina, no perdones ni a pequeños ni a grandes, ni a mujeres ni a varones; pero no te acerques a quienes tienen la señal en la frente. ¡Cuán gran seguridad se os ha dado, hermanos míos, a vosotros que gemís en este pueblo y os doléis de las iniquidades que se cometen en medio de vosotros, sin cometerlas vosotros!

8. Para no perpetrar esas iniquidades, guardaos de toda avaricia. Os diré más todavía. ¿Qué significa de toda avaricia? Es avaro por lo que respecta a la sensualidad aquel a quien no le basta su mujer. Incluso a la idolatría se llamó avaricia, porque es avaro, en lo que toca a la divinidad, aquel a quien no le basta el único Dios verdadero. Pues ¿quién se procura muchos dioses sino el alma avariciosa? ¿Y quién hace falsos mártires sino también el alma avariciosa? Guardaos de toda avaricia. Amas tus cosas y te jactas porque no vas en pos de las ajenas. Advierte el mal que haces no oyendo a Cristo que dice: Guardaos de toda avaricia. Amas tus bienes; no usurpas lo ajeno; son fruto de tu trabajo; los posees con justicia; resultaste ser heredero; te lo dio alguien porque lo habías merecido. Navegaste, afrontaste peligros, no defraudaste a nadie, no juraste en falso, adquiriste lo que Dios quiso y lo guardas ávidamente, al parecer con buena conciencia porque no lo adquiriste por malos caminos y no te preocupan los bienes ajenos. Pero escucha cuántos males puedes hacer a causa de tus bienes si no obedeces a quien dijo: Guardaos de toda avaricia. Suponte, por ejemplo, que llegas a ser juez. Puesto que no buscas lo ajeno, no te dejas corromper. Nadie te dará un regalo diciéndote al mismo tiempo: «Juzga contra mi enemigo». «No lo haré», sería tu respuesta. ¿Cómo podría convencérsete a hacerlo, a ti, hombre que no buscas lo ajeno? Pero advierte el mal que podrías cometer en defensa de tus bienes. Quien te pide que juzgues mal y que sentencies a su favor y en contra de su enemigo, es quizá un hombre poderoso y con sus calumnias puede hacer que pierdas tus bienes. Contemplas su poder e influencia; piensas en ella y también en tus bienes que guardas y amas; no precisamente en los que poseíste, sino en los que se apoderaron de tu corazón. Atiendes a esta atadura tuya por la que no tienes libres las alas de la virtud y dices en tu interior: «Si ofendo a este hombre tan poderoso en este mundo, levantará contra mí una calumnia, seré desterrado y perderé cuanto tengo». Entonces juzgarás mal, no por buscar lo ajeno, sino por conservar lo tuyo.

9. Preséntame un hombre que escuchó a Cristo, preséntame un hombre que oyó con temor: Guardaos de toda avaricia. Y no me diga: «Yo soy un hombre pobre, plebeyo, mediocre, vulgar, ¿cuándo he de esperar yo llegar a ser juez? No me preocupa esa tentación cuyo peligro has puesto ante mis ojos». Ve que también digo al pobre lo que debe temer. Te llama el rico y todopoderoso para que digas en favor suyo un falso testimonio. ¿Qué has de hacer en tal circunstancia? Dímelo. Tienes unos buenos ahorros; trabajaste, los adquiriste y los has conservado. Él te insta: «Di en mi favor un falso testimonio y te daré tanto y cuanto». Tú que no buscas lo ajeno dices: «Lejos de mí tal cosa; no busco lo que Dios no quiso darme, no lo recibo, apártate de mí». « ¿No quieres recibir lo que te doy? Te privo de lo que tienes». Ahora pruébate, examínate. ¿A qué me miras? Entra en tu interior, mírate dentro, examínate interiormente. Siéntate al lado de ti mismo, ponte en tu presencia y extiéndete sobre el potro del precepto de Dios, atorméntate con el temor y no te halagues. Respóndete. ¿Qué harás si alguien te amenaza de esa forma? «Te arrebato lo que con tanto trabajo adquiriste si no profieres un falso testimonio en favor mío». Dale este testimonio: Guardaos de toda avaricia. « ¡Oh siervo mío, a quien redimí e hice libre te dirá el Señor; a quien siendo siervo adopté por hermano, a quien injerté como miembro en mi cuerpo, escúchame: ‘Que te arrebate lo que adquiriste; no te privará de mí’! ¿Guardas tus bienes para no perecer? ¿No te dije: Guardaos de toda avaricia?»

10. Veo que te turbas, que dudas. Tu corazón, como una nave, es azotado por las tempestades. Cristo duerme; despierta al durmiente y no padecerás la enfurecida tempestad. Despierta a quien nada quiso tener aquí y tendrás íntegramente a quien llegó por ti hasta la cruz y cuyos huesos fueron contados por los burlones cuando, desnudo, pendía del madero, y guárdate de toda avaricia. Poco es guardarse de la avaricia del dinero; guárdate de la avaricia de la vida. ¡Espantosa y temible avaricia! A veces el hombre desprecia lo que tiene y dice: «No proferiré falso testimonio». « ¿Te atreves a decirme que no lo proferirás? Te quitaré lo que tienes». «Quítame lo que tengo, pero no me privarás de lo que llevo dentro». En efecto, no había quedado empobrecido quien dijo: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Como a Dios le agradó, así se hizo; sea, pues, bendito el nombre del Señor. Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré a la tierra. Desnudo por fuera, vestido, por dentro. Desnudo por fuera de vestidos que se pudren, pero vestido por dentro. ¿Con qué? Vístanse de justicia tus sacerdotes. Pero, una vez despreciado lo que posees, ¿qué harías si te dijese: «Te daré muerte»? Si has escuchado a Cristo, respóndele: « ¿Darme muerte? Es preferible que tú des muerte a mi carne, antes de que yo la dé a mi alma con la lengua mentirosa. ¿Qué has de hacerme? Matarás mi carne, y mi alma quedará libre y al fin del mundo recibirá la misma carne que despreció. ¿Qué has de hacerme? Sin embargo, si yo dijese un falso testimonio en favor tuyo, con mi misma lengua me daría muerte, pues la boca que miente mata al alma». Tal vez no digas esto. ¿Por qué? Porque quieres vivir. ¿Quieres vivir más de lo que Dios ha fijado para ti? ¿Te guardas en este caso de toda avaricia? Dios ha querido que vivas hasta el momento en que este hombre se acercó a ti. Quizá te va a dar muerte haciendo de ti un mártir. No tengas la avaricia de la vida y no tendrás la eternidad de la muerte. ¿No veis que la avaricia nos hace pecar cuando deseamos más de lo ordinario? Guardémonos de toda avaricia, si queremos gozar de la sabiduría eterna.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 107, 1-10, BAC Madrid 1983, 747-57

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Francisco p.p.

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring,S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL ABANDONO EN LA PROVIDENCIA

La parábola del rico necio y sus graneros tiene una acuciante actualidad. ¡Cuántos son los que viven como aquel hombre, que sólo piensan en tener más y más —en aquel caso, más graneros—, en insaciable carrera con la muerte que los acecha! Aquel rico no preparó graneros permanentes, sino caducos, y lo que es más necio, prometiéndose una larga vida. Bien decía San Atanasio que si uno viviera como si hubiese de morir todos los días, cosa nada ridícula dado que nuestra vida es incierta por naturaleza, si uno así viviera, ciertamente no pecaría, ya que el temor extingue el atractivo de la mayor parte de las voluptuosidades; y, al con­trario, el que fatuamente se promete una larga vida, aspira in­coerciblemente a aquellos placeres.

La parábola que estamos comentando coincide perfectamen­te con las palabras de Cohélet, hijo de David, que escuchamos en la primera lectura: “¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!… ¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol? Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad”. Tal es la actitud del hombre que vive enfrascado en la inmanencia, que ha puesto en esta tierra su morada permanente, que niega la existencia ultraterrena soñando sólo con el “paraíso en la tierra”. Hombre pobre y vacío, siempre fatigado y nunca saciado, aspirando permanentemente a nuevos y más amplios graneros.

No deja de resultar aleccionador lo que al término de la parábola que hemos leído, sigue diciendo Jesús. Si bien es cierto que dichas palabras no se incluyen en la perícopa de hoy, nos parece que constituyen su mejor comentario, máxime que es el mismo Cristo el que habla: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… Mirad los pájaros del cielo, ni siembran ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!”. Y más adelante: “Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos… Así pues, vosotros, no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura”.

Esto parece demasiado poético, y hasta algunos han creído ver allí una peligrosa exhortación a la holgazanería. Mas lo que Cristo quiere fustigar es la solicitud excesiva, la “inquietud” que trae consigo la voracidad de las riquezas, origen de males innu­merables. En el corazón de cada cual hay un señor sentado: o allí se sienta Cristo o, si no, el dinero. El uno nos invita al despren­dimiento de las cosas, el otro nos incita a atesorar.

Es cierto que todos venimos a la vida con cierto desasosiego. El desasosiego no se puede suprimir. Se lo puede, en cambio, convertir en una de tres cosas: o en inquietud religiosa, la cual es buena y espuela de salvación eterna; o en angustia demoníaca, la cual es pésima; o en solicitud terrena, la cual es mala y nos aparta de Cristo. La solicitud terrena es la más común, es, en cierto modo, natural; y el mundo moderno, que se cierra a lo sobre­natural, está como sumergido en ella. En este mundo de la tecnocra­cia, un mundo de confort, afincado en la tierra, todo debe estar “asegurado”; hay “seguro” para todas las cosas. También las con­cepciones políticas hoy dominantes se mueven en ese mismo ambiente: el capitalismo es una concreción sociológica de la ava­ricia en los ricos; el socialismo es una concreción sociológica del resentimiento en los pobres. Porque la “solicitud terrena” puede dominar tanto a los ricos sin Cristo como a los pobres sin Cristo.

Poderoso caballero es don Dinero, decía el poeta español. ¡Cuántos se han esclavizado en busca de tesoros terrenos! ¡Cuántos han hecho del “negocio” el alma de todas sus acciones! ¡Cuántos viven con su corazón exclusivamente puesto en los bienes temporales! El tiempo es oro, reza un refrán nefasto. Y bien, amados hermanos, el Señor nos dice hoy, a través de la parábola del rico necio, que no podemos conciliar el amor apasionado de los bienes de la tierra con el amor de Dios. No podemos servir a dos señores.

Con facilidad la pasión del dinero puede irse apoderando del alcázar de nuestra alma. “Son los gentiles del mundo los que se afanan por esas cosas”, nos dice el Señor. Da pena ver a un hombre, creatura llena de nobleza y dignidad, imagen de Dios, semejante a los ángeles, a la zaga de unos billetes más, juguetes de niño. En el fondo, no son cosas verdaderas, no traen la abundancia sino la indigencia, porque crean en nosotros un mayor número de necesidades, siempre más y más grandes graneros, siempre más. En realidad, el hombre es tanto más rico cuanto de menos cosas necesita para quedar satisfecho. Señal de que su riqueza es interior. Para las cosas eternas hemos nacido. Nos deshonramos sobremanera consumiendo nuestro deseo de infinito en cosas perecederas.

No hemos sido creados para comer, beber y vestirnos, sólo preocupados por la coyuntura del futuro. Hemos sido creados para agradar a Dios y alcanzar así la felicidad eterna. Ni fuimos hechos para el mañana receloso de nuestra desconfianza, sino para el hoy generoso de nuestra entrega. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana no es, así la trata Dios, ¿cómo podrá olvidarse de nosotros, amados hermanos? No vivamos, pues, excesivamente ansiosos; ocupémonos, sí, en los asuntos de nuestra vida cotidiana. Nuestro trabajo es un deber de estado e incluso un medio de santificación. Tenemos el deber de hacer fructificar a la tierra. Pero no lo hagamos con congoja, ni con espíritu de avaricia. Cuán fácilmente invertimos el orden de Dios. Él nos dice: No os afanéis parlas cosas terrestres, y nosotros no nos cansamos de anhelarlas con pasión. Él nos dice: Buscad las cosas celestiales, y nosotros apenas nos interesamos por ellas. Recapacitemos hoy cuánto ponemos de afán por las cosas de esta vida, y cuánto decaimiento tenemos por las cosas eternas.

Inquietamos en exceso constituye una suerte de injuria a la Providencia de Dios. No se preocupa en demasía por el alimento del viaje quien ha sido llamado a un espléndido banquete; ni quien se encamina a la fuente de vida eterna se interesa morosa­mente por la bebida del camino. Somos peregrinos. No hagamos como aquel hombre que habiendo sido desterrado por sólo dos meses a un lugar apartado, construyó en ese lugar un lujoso palacio. Así es el hombre que se dedica a atesorar en este mundo. Tales tesoros, por valiosos que parezcan, están a merced de la polilla, de los ladrones y, en última instancia, de la muerte. Si nuestro cuidado son sólo riquezas de la tierra, si como el necio del evangelio decimos: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”, necesariamente nuestro corazón se volverá terreno. Porque donde está el tesoro, allí está el corazón.

El evangelio de hoy es una incitación a la confianza en la Providencia, al abandono en las manos de Dios. En ocasiones, podemos sentimos perdidos, como un chico que en el tumulto de la gran ciudad inadvertidamente se ha soltado de la mano de su padre; como un pajarito sacudido por el huracán y enceguecido por los relámpagos. En esos momentos trágicos, confiemos rotundamente en Dios, o, como recomienda San Pedro, “confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros”. Confiemos en ese Señor que, contra toda esperanza, dio un hijo a Abraham en su senectud; en ese Señor que cuando vio a su pueblo acosado por los egipcios, supo abrirle un camino en el mar; en ese Señor capaz de caminar sobre las crestas del mar enfurecido. Dios conoce mejor que nosotros nuestras necesida­des más apremiantes. Él quiere solucionarlas: es Padre. Puede hacerlo: es Todopoderoso.

Pronto nos acercaremos a recibir al mismo Señor que nos ha hablado por este espléndido evangelio, al mismo Señor que nos impulsa al abandono en la Providencia divina. Pidámosle, según nos lo recomendó el Apóstol en la segunda lectura de hoy, que ya que hemos resucitado con El, busquemos seriamente las cosas de arriba, aspiremos a las cosas de lo alto, no a las de la tierra. Levantemos, pues, los corazones, como la liturgia de la Misa nos exhorta a hacerlo antes de introducimos en el canon o gran plegaria eucarística. Que nunca coloquemos fuera de Cristo nuestra suficiencia. Que nuestras almas destilen despreocupa­damente el rocío refrescante de los lirios del campo y se dirijan hacia Él con la ligereza confiada de los pajaritos del cielo.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 234-238)

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Juan Pablo II


En el conjunto de las lecturas de la liturgia de hoy está contenida una profunda paradoja, la paradoja entre “la vanidad y el valor”. Las primeras palabras del libro del Cohelet hablan de la vanidad de todas las cosas; en cierto sentido, de la vanidad de los esfuerzos, de las actividades del hombre en esta vida, de la vanidad de todas las criaturas en cierto modo; de la vanidad del hombre, él también una criatura a pasar y a la muerte.

En este Salmo que cantamos en la liturgia de hoy, escuchamos, inmediatamente después, el elogio a lo creado. Por otra parte, ese elogio es un lejano eco primogénito contenido en todo el Génesis, del elogio a la creación: cuando Dios dijo que toda su obra fue un bien, o más aún, vio que fue un bien del hombre, creado a su imagen y semejanza, dijo que era muy bueno. Vio que era muy bueno. Por tanto nos encontramos ante un interrogante: ¿por qué la vanidad y por qué el valor? ¿Qué relación los une entre sí? La respuesta, al menos la principal, se encuentra en el Evangelio que hemos leído hoy. No se trata de dar un juicio sobre lo creado. Se trata del camino de la sabiduría. No olvidemos que el Génesis es, ante todo, un libro (tengo presente sus primeros capítulos). Es pues un libro sobre el mundo, en cierto sentido un libro-manual teológico sobre la cosmología y la creación. El libro del Cohelet, en cambio, es un libro sobre la sabiduría. Enseña cómo vivir. Y lo que dice Cristo en el Evangelio de hoy es una prolongación de esa sabiduría del Antiguo Testamento. Cristo habla a través de ejemplos y parábolas: habla del hombre que ha limitado el sentido de su vida a los bienes de este mundo. Los ha poseído en tan cantidad que ha tenido que construir nuevos graneros para poder contenerlos todos. El programa de la vida, pues, es acumular y usar. Y a esto debe limitarse la felicidad. A un hombre así, Cristo le contesta: “necio, esta misma noche pedirán tu alma”.

Si has interpretado así el sentido del valor, entonces se volverá contra ti la ley de la vanidad. Y ésta es ya una respuesta. No se trata, pues, de juicio sobre el mundo, sino de sabiduría del hombre; de su manera de actuar. Es necesario establecer, en la propia vida, una jerarquía de valores. Cristo, a través de todo lo que ha dicho y, sobre todo, a través de todo lo que Él ha sido, a través de todo el misterio pascual, ha establecido la jerarquía de valores en la vida del hombre.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo enlaza precisamente con esta Jerarquía cuando dice que debemos buscar lo que está en lo alto. Por tanto, el hombre no puede encerrar el horizonte de su vida en la temporalidad; no puede reducir el sentido de su vida al usufructo de los bienes que le han sido concedidos por la naturaleza, por la creación, que lo rodean y se encuentran también dentro de él. No puede encerrar así la primacía de su existencia, sino que tiene que ir más allá de sí mismo. Estando hecho a imagen y semejanza de Dios, debe verse a sí mismo en un lugar más alto y debe buscar para sí mismo un sentido en aquello que está por encima de él.

El Evangelio contiene la verdad sobre el hombre porque contiene todo aquello que está por encima del hombre y que, al mismo tiempo, el hombre puede alcanzar en Cristo colaborando con la acción de Dios que actúa dentro del hombre. Este es el camino de la sabiduría. Y sobre este camino de la sabiduría se resuelve la paradoja entre la vanidad y el valor; la paradoja que a menudo vive el hombre.

Muchas veces el hombre es propenso a mirar su vida desde el punto de vista de la vanidad. Sin embargo Cristo quiere que la veamos desde el punto de vista del valor, pero teniendo siempre cuidado de utilizar la justa jerarquía de valores, la justa escala de valores.

Y cuando la liturgia de hoy, junto con la palabra aleluya, nos recuerda también la bienaventuranza “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”, resume en ella ese programa de vida.

Cristo ha exhortado al hombre a la pobreza, a adquirir una actitud que no le haga encerrarse en la temporalidad, que no le haga ver en ella el fin último de la propia existencia y no le haga basar todo en el consumo, en el goce. Un hombre así es pobre en este sentido, porque está continuamente abierto. Abierto a Dios y abierto a estos valores que nos vienen de su acción, de su gracia, de su creación, de su redención y de su Cristo.

Es éste el breve resumen de los pensamientos encerrados en la liturgia de hoy; pensamientos siempre importantes. Nunca pierden su significado; permanecen perpetuamente actuales.

En cierto sentido buscábamos siempre una contestación a la pregunta: ¿qué quiere decir ser un cristiano? ¿Qué quiere decir ser un cristiano en el mundo moderno?: ¿ser cristiano cada día, siendo, al mismo tiempo, un profesor de universidad, un ingeniero, un médico, un hombre contemporáneo y, antes aún, un o una estudiante?

¿Qué quiere decir ser cristiano? Y descubriendo este valor y, sobre todo, este contenido de la palabra “cristiano” y el valor congénito en ella, encontrábamos también la alegría. No sólo un consuelo inmediato, sino una afirmación continua. Y aquí encuentra su afirmación una respuesta a la pregunta sobre si vale la pena vivir. Con tal comprensión de la jerarquía de valores vale la pena vivir. Y vale la pena esforzarse y padecer, porque la vida humana no está libre de ello.

En esta perspectiva vale la pena esforzarse y padecer, porque “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

“Así se formaba la Iglesia en sus comienzos, así empezó a formarla Cristo mismo, y así ella se formaba gracias al ministerio de los Apóstoles y de sus Sucesores, y así se forma aún hoy. Construid la Iglesia en esta dimensión de la vida de la que sois partícipes”.

(Castelgandolfo, 3 de agosto de 1980)

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S.S. Francisco p.p.


Hoy en la liturgia resuena la palabra provocadora de Qoèlet: «¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!» (1, 2). Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de valores que a menudo les rodea. Y lamentablemente pagan las consecuencias.

En cambio, el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, colma el corazón de alegría, porque lo llena de vida auténtica, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto en los rostros de los jóvenes en Río. Pero esta experiencia debe afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestras sociedades basadas en la ganancia y en el tener, que engañan a los jóvenes con el consumismo.

El Evangelio de este domingo nos alerta precisamente de la absurdidad de fundar la propia felicidad en el tener. El rico dice a sí mismo: Alma mía, tienes a disposición muchos bienes… descansa, come, bebe y diviértete. Pero Dios le dice: Necio, esta noche te van a reclamar la vida. Y lo que has acumulado, ¿de quién será? (cf. Lc 12, 19-20).

Queridos hermanos y hermanas, la verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos. Ese amor que viene de Dios y que hace que lo compartamos entre nosotros y nos ayudemos.

Quien experimenta esto no teme la muerte, y recibe la paz del corazón. Confiemos esta intención, la intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María.

(Ángelus, Plaza San Pedro, domingo 4 de agosto de 2013)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El rico necio

Lc 12, 13-21

            El Evangelio nos presenta la realidad cruda del existir terreno: “¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”[1].

            Por más dinero que tenga un hombre no puede prolongar su vida cuando llega la muerte. Por más medicinas y médicos expertos, por más avanzada que esté la ciencia, cuando llega la muerte estas cosas humanas manifiestan su impotencia. La plata asegura un vivir confortable pero no un buen vivir. Por otra parte, la plata no asegura la vida. Es la experiencia cotidiana…

            El libro del Cohelet habla de la vanidad del vivir terreno. La vanidad de los esfuerzos del hombre para adquirir sabiduría y ciencia[2].

            El Salmista[3] canta al Señor de la vida confesando su poder sobre ella y por otra parte manifiesta la caducidad y cortedad de la vida humana, la cual, hay que aprovechar obrando sensatamente.

            La enseñanza de Jesús se da con ocasión de que un hombre le pide que dirima un altercado por una cuestión de herencia. Jesús no se mete en el asunto y advierte de cuidarse de la avaricia. Luego ilustra su enseñanza con una parábola y concluye exhortando a buscar las riquezas celestiales.

            La avaricia consiste en el deseo desmedido de poseer.

            Es pecado grave cuando falta a la justicia, es decir, cuando perjudica al prójimo reteniendo lo que le corresponde en justicia. Y, por otra parte, también es pecado si el amor a las riquezas es tan intenso que uno no tiene reparo por tal amor en obrar contra la caridad de Dios y del prójimo.

            Aquí podemos denunciar muchas injusticias sociales respecto de la primera gravedad señalada. Respecto de la segunda el descuido de las personas por las cosas de Dios y del prójimo. Por un lado, el desinterés del culto a Dios y por otro, el descuido de las necesidades del prójimo: de la propia familia y de los necesitados.

            La avaricia es un pecado capital de donde nacen varias hijas: la traición, el fraude, la mentira, el perjurio, la inquietud, la violencia y la dureza de corazón[4]. De aquí podemos sacar muchísimos ejemplos…

            Detengámonos a considerar nuestra vida, ¿dónde tenemos puesto el corazón? “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”[5].

            El corazón del cristiano tiene que tener por tesoro a Dios, el cielo, y para el cielo debe trabajar.

            ¿Creemos que hay una vida eterna o no? Si creemos que hay vida eterna busquemos alcanzarla. Esta vida presente es linda pero no es la definitiva. Esta vida presente tenemos que usarla para conseguir un tesoro en el cielo.

            ¿Por qué tanto afán en las cosas de la tierra? Hay que pasar una buena vida aquí, es cierto, pero sin descuidar el amor a Dios y al prójimo, sin ocuparnos y matarnos de tal manera para tener cosas materiales que nos olvidamos de la familia, del amor matrimonial, de la educación de los hijos, del cuidado de nuestros mayores y también de ir a Misa, de vivir una vida cristiana.

            El amor desordenado a los bienes materiales nos lleva a la vanidad y luego a la soberbia y de allí a todos los pecados, dice San Ignacio de Loyola.

            El Sabio habla de la vanidad de buscar la ciencia y la sabiduría, las cuales, son encomiables. ¡Cuánto más vano será buscar los bienes materiales! ¡Cuántos desvelos, cuanta preocupación para cubrir los créditos antes de fin de mes!

            Vivimos en un mundo consumista que se ha dejado ganar por considerar necesarias las cosas superfluas. No nos alcanza el dinero porque queremos tener cosas superfluas, cosas que en verdad no son necesarias para un buen vivir, cosas vanas.

            Los esposos salen a trabajar para tener un buen pasar y descuidan la educación de los hijos. Verdaderamente hay necesidad de que los dos trabajen y dejar de educar a los hijos. Hay que considerarlo. Quizá con menos confort pueda quedarse la esposa a criar los hijos.

            ¿Qué modelos familiares estamos siguiendo?

            Es verdad que se suma al consumismo la injusticia social porque no se paga lo suficiente al empleado para que pueda vivir bien pero hay que hacer un balance de valores: que cosas debo sacrificar o postergar y cuales no y por cuales me debo preocupar más y por cuales debo preocuparme menos.

            El Señor nos dice: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”[6]. Primero debemos buscar la salvación del alma y después las demás cosas.

___________________________________
[1] Mt 16, 26
[2] Qo 1, 2; 2, 21-23
[3] Sal 89, 3-6. 12-14. 17
[4] San Gregorio, Morales XXXI
[5] Lc 12, 34
[6] Mt 6, 33

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P. Joege Loring, S.J.

Décimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Año C Lc 12: 13-21

1.- La parábola de hoy hace pensar.

2.- Aquel rico se prometía una buena vida por las riquezas que había acumulado, y aquella misma noche se murió.

3.- La muerte repentina es algo que nadie se espera. Todos pensamos que vamos a seguir viviendo, y cuando menos lo esperamos nos sorprende la muerte.

4.- Tenemos casos recientes de personas que han muerto repentinamente, bien por un ataque de corazón bien por un accidente.

5.- La única manera de vivir tranquilos es la de estar siempre preparados. Vivir siempre en gracia de Dios.

6.- Vivir en pecado es jugar a la ruleta rusa: puede ser que no haya bala, pero si la hay, se acabó.

7.- La otra lección de este Evangelio es que no debemos estar apegados al dinero. Hoy se vive un ambiente muy materialista. Todo el mundo quiere tener mucho dinero para vivir mejor.

8.- Pero el bienestar material no da la felicidad. La felicidad es algo que está dentro de la persona. Con dinero no se puede comprar. Lo mismo que con el dinero no se puede comprar la paz o el amor. Y mucho menos la virtud, que es lo que nos da la felicidad.

9.- Valemos por lo que somos, no por lo que tenemos. Por eso en lugar de preocuparnos tanto de acumular dinero deberíamos preocuparnos más de acumular virtudes.

10.- Al más allá no podemos llevarlos nada, pero podemos mandar anticipadamente buenas obras.

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Decimoctavo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 661, 1042-1050, 1821: la esperanza en los cielos nuevos y la tierra nueva

CEC 2535-2540, 2547, 2728: el desorden de las concupiscencias

661    Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que “salió del Padre” puede “volver al Padre”: Cristo (cf. Jn 16,28). “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre” (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (MR, Prefacio de la Ascensión).

 
VI     LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS

          Y DE LA TIERRA NUEVA

1042  Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

          La Iglesia … sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo…cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48)

1043  La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10).

1044  En este “universo nuevo” (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. “Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045  Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento” (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), “la Esposa del Cordero” (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046  En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

          Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios … en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción … Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047  Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, “a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048  “Ignoramos el momento de la consumación  de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres”(GS 39, 1).

1049  “No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39, 2).

1050  “Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

            La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 18, 29).

1821  Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8,28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7,21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” (cf Mt 10,22; cf Cc de Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que “todos los hombres se salven” (1 Tm 2,4). Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo:

            Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin (S. Teresa de Jesús, excl. 15,3).

I        EL DESORDEN DE LA CODICIA

2535  El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no tenemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otro.

2536  El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado  nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

          Cuando la Ley nos dice: “No codiciarás”, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: “El ojo del avaro no se satisface con su suerte” (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

2537  No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por justos medios. La catequesis tradicional señala con realismo “quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas” y a los que, por tanto, es preciso “exhortar más a observar este precepto”:

          Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles…Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos… (Cat. R. 3,37).

2538  El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (cf 2 S 12,1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4,3-7; 1 R 21,1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2,24).

          Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros…Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo…Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Co, 28,3-4).

2539  La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

          San Agustín veía en la envidia el “pecado diabólico por excelencia” (ctech. 4,8). “De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad” (s. Gregorio Magno, mor. 31,45).

2540  La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

          ¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3).

2547  El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). “El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos” (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres:  ellos verán a Dios.

2728 Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos “muchos bienes” (cf Mc 10, 22), decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad, herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, alergia a la gratuidad de la oración… La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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