Domingo XIV Tiempo Ordinario

03
julio

Domingo XIV Tiempo Ordinario

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XIV Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 3 de julio de 2016)

LECTURAS

Yo haré correr hacia ella la paz como un río

Lectura del libro de Isaías                                                                    66, 10-14

¡Alégrense con Jerusalén y regocíjense a causa de ella, todos los que la aman!

¡Compartan su mismo gozo los que estaban de duelo por ella, para ser amamantados y saciarse en sus pechos consoladores, para gustar las delicias de sus senos gloriosos!

Porque así habla el Señor:

Yo haré correr hacia ella la prosperidad como un río, y la riqueza de las naciones como un torrente que se desborda. Sus niños de pecho serán llevados en brazos y acariciados sobre las rodillas. Como un hombre es consolado por su madre, así Yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén. Al ver esto, se llenarán de gozo, y sus huesos florecerán como la hierba. La mano del Señor se manifestará a sus servidores, y a sus enemigos, su indignación.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial                                                                 65, 1-3a.4-7a.16.20

R.        ¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Canten la gloria de su Nombre!

Tribútenle una alabanza gloriosa,

digan al Señor: «¡Qué admirables son tus obras!» R.

Toda la tierra se postra ante ti,

y canta en tu honor, en honor de tu Nombre.

Vengan a ver las obras del Señor,

las cosas admirables que hizo por los hombres. R.

Él convirtió el mar en tierra firme,

a pie atravesaron el Río.

Por eso, alegrémonos en Él,

que gobierna eternamente con su fuerza. R.

Los que temen al Señor, vengan a escuchar,

yo les contaré lo que hizo por mí.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración

ni apartó de mí su misericordia. R.

Yo llevo en Mi cuerpo las cicatrices de Jesús

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Galacia                 6, 14-18

Hermanos:

Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.

Estar circuncidado o no estarlo, no tiene ninguna importancia: lo que importa es ser una nueva criatura. Que todos los que practican esta norma tengan paz y misericordia, lo mismo que el Israel de Dios.

Que nadie me moleste en adelante: yo llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús.

Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo permanezca con ustedes. Amén.

Palabra de Dios.

ALELUIA                                                                                  Col 3, 15a. 16a

Aleluia.

Que la paz de Cristo reine en sus corazones;

que la Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza.

Aleluia.

Evangelio

Esa paz reposará sobre él

† Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas                          10, 1-12. 17-20

El Señor designó a otros setenta y dos, además de los Doce, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir.

Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni provisiones, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario.

No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; sanen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”. Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca”.

Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad».

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre».

Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo».

Palabra del Señor.

O bien más breve:

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas                              10, 1-9

El Señor designó a otros setenta y dos, además de los Doce, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir.

Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni provisiones, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a uste­des. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario.

No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; sanen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

                    Guión Domingo XIV Tiempo Ordinario
Ciclo C

Entrada        
La Santa Misa es el mismo sacrificio que Cristo realizó en la cruz en el monte Calvario, realizado sacramentalmente sobre el altar. Por este sacrificio el hombre alcanzó la reconciliación con Dios y recibió la gracia santificante. Participemos dignamente de él de manera que podamos recibir todos sus frutos.

1° Lectura                                                                                        Is 66, 10-14c

La Iglesia es la nueva Jerusalén a quien el Señor promete el consuelo, la paz y la alegría.

2° Lectura                                                                                        Gál 6, 14- 18

Cristo ha hecho de nosotros una nueva creatura, y por eso participar en su cruz es fuente de paz y misericordia.

Evangelio                                                                                         Lc 10, 1-12.17-20
La misión de los discípulos de Cristo lleva consigo el don de la paz de Cristo para todo el que cree.

Preces Domingo XIV

 Pidamos con insistentes súplicas al Divino Redentor, la paz que Él mismo nos trajo.
A cada intención respondemos…

+ Ilumina a tu Iglesia para que proclame a todas las naciones el gran misterio de piedad manifestado en tu encarnación. Oremos.

+ Para que la Iglesia sea escuchada en su intervención a favor de la paz en Siria y en Irak y para que los cristianos que sufren la persecución encuentren en los demás miembros de la Iglesia el apoyo y la solidaridad. Oremos.

+ Para que el Señor ayude a los que unió con la gracia del matrimonio, y por todas las familias, sobre todo por las que tienen miembros que sufren o están enemistados, para que a través del perdón vivan en concordia. Oremos.

+ Por todos nosotros para que sepamos aprovechar las gracias que Dios nos concede a través de la recepción de los sacramentos y para que vivamos con confianza este año jubilar de la Misericordia. Oremos.

(Para los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado:

+ Por los trabajos que se están realizando durante los Capítulos Generales y por los Padres y Madres capitulares para que, dóciles al Espíritu Santo, sepan discernir lo que es mejor para el bien de los Institutos. Oremos.)

Señor Jesucristo, que has reconciliado al mundo con tu Padre en el altar de la cruz, renueva en todos los hombres el compromiso por la paz como fruto de la unión con Dios. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Ofertorio

            Llevemos hasta el altar nuestras ofrendas y en ellas nuestra vida para que Dios se digne aceptarla, bendecirla y santificarla por Jesucristo.

– Ofrecemos alimentos para nuestros hermanos más necesitados.

– Traemos el pan y el vino, que mediante la efusión del Espíritu serán el Cuerpo y la Sangre de Cristo Jesús.

Comunión      Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acerca a Él.

Salida             Confiados en María y colmados de los dones del Cielo, volvemos a nuestra vida cotidiana con el gozo de la resurrección del Señor.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

MISIÓN DE LOS SETENTA

(Lc.10,1-24).

a) Designación y misión (Lc/10/01-16)

1 Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y lugares adonde él tenía que ir. 2 Y les decía. Mucha es la mies, pero pocos los obreros; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

La misión de los Doce va dirigida a Israel. Jesús designó además públicamente a otros setenta,[1] que fueron enviados también. Para la antigua Iglesia tenía la mayor importancia saber que además de los Doce había otro grupo que tenía encargo misionero. Además de los Doce tienen también otros el nombre de apóstoles y llevan a cabo la misión de Jesús. La elección del número setenta hace referencia a los setenta pueblos de que se compone la humanidad según la tabla etnográfica de la Biblia (Gén 10). Jesús y su mensaje llaman a la humanidad. Los doctores de la ley estaban convencidos de que la ley se había ofrecido primeramente a todos los pueblos, pero sólo Israel la había aceptado. El tiempo final realiza y lleva a término el plan primigenio de Dios. El Señor designó e invistió a los mensajeros, con lo cual les dio encargo oficial y dio a su misión carácter jurídico. Son enviados de dos en dos, pues tienen que actuar como testigos.

Si dos testigos están de acuerdo sobre una cosa, entonces su testimonio tiene plena fuerza y validez jurídica (Deu_19:15; Mat_18:16). Los discípulos van delante del Señor; son sus pregoneros y tienen que preparar su llegada. Van por delante de él a todas las ciudades y lugares. Se traspasan los límites de Galilea, pero la acción está todavía restringida a Palestina. Sin embargo, estos límites se borrarán cuando el Señor haya subido al cielo. La cosecha es mucha. Los hombres son comparados con una cosecha que ha de recogerse en el reino de Dios. El campo de misión que tiene delante Jesús en Palestina, es el comienzo de un campo de recolección mucho más vasto, que se extiende al mundo entero. Jesús conoce a los muchos que tienen buena voluntad. Para el grande y apremiante trabajo hay sólo pocos obreros. Los llamamientos de discípulos han mostrado que hasta en hombres llenos de fervor y de buena voluntad se echa de menos la entrega total.

Dios es el dueño de la cosecha. Dispone de todo lo relativo a la cosecha. La acogida en el reino de Dios es obra y gracia suya. Él da también las vocaciones de los discípulos. Por eso invita Jesús a orar para que despierte Dios en el hombre el espíritu de los discípulos que con entrega total e indivisa ayuden a introducir a los hombres en el reino de Dios. La oración por los obreros de la mies mantiene constantemente despierta en los apóstoles y discípulos la conciencia de haber sido llamados y enviados por la gracia de Dios. «Por la gracia de Dios soy lo que soy» (1Co_15:10). «Lo que cuenta no es el que planta ni el que riega, sino el que produce el crecimiento, Dios… Porque somos colaboradores con Dios; y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia que Dios me ha dado… puse yo los cimientos» ( 1Co_3:7-10).

3 Id. Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. 4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; ni saludéis a nadie por el camino.

Id. Con esto se expresa la misión. Es misión, encargo de partir, caminar y obrar. El aprovisionamiento es sorprendente. Sencillamente: Id. Lo primero y principal de este aprovisionamiento es el hecho de ser enviados por Jesús mismo, lo cual implica que el poder de Dios también los acompañará y armará.

Se retira a los discípulos todo aprovisionamiento y toda defensa humana. Son enviados indefensos, como corderos en medio de lobos. Israel se conoce como «oveja entre setenta lobos», pero confía también en que su gran pastor lo salva y lo custodia. Los setenta enviados por Jesús son el núcleo del nuevo Israel. A los sufridos e inermes se promete el reino de Dios (Mat_5:3 ss). Jesús envía a los discípulos como pobres. Cuando no se tiene bolsa, alforja ni sandalias, es uno totalmente pobre. La pobreza es condición para entrar en el reino de Dios (Mat_6:20) y distintivo de los que lo anuncian. Los discípulos deben tener constantemente ante los ojos su misión y no dejarse distraer por nada. No saludéis a nadie por el camino. La entrega total a la misión no consiente las complicadas y largas fórmulas de cortesía de Oriente. En Lucas todos los mensajeros tienen prisa: María, los pastores, Felipe (Hec_8:30).

Jesús mismo y los tres llamamientos de discípulos al comienzo del relato del viaje han mostrado ya lo que caracteriza a los discípulos: desvalimiento y mansedumbre frente a la hostilidad, falta de hogar y pobreza, entrega total a la misión de anunciar el reino de Dios. Las figuras primigenias de este anuncio son Jesús, los doce, los setenta discípulos.

5 Y en cualquier casa en que entréis, decid primero: Paz a esta casa, 6 y si allí hay alguien que merece la paz, se posará sobre él vuestra paz; pero de lo contrario, retornará a vosotros. 7 Permaneced, pues, en aquella casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan; porque el obrero merece su salario. Y no os mudéis de una casa a otra.

El método de misionar es natural y sencillo. Los misioneros van de casa en casa. La misión cristiana se extiende de la casa a la ciudad. Paz a esta casa: esto es saludo y don. El anuncio y la proclamación comienza con deferencia y cortesía. Un consejo rabínico reza: «Adelántate en saludar a todos.» La paz que aporta el misionero de la salvación no da sólo salud y bienestar, que es lo que se sobrentiende en el saludo cotidiano «paz», sino el don de la salvación de los últimos tiempos. Los enviados cumplen la misión de Jesús, de la que se dice: «Tal es el mensaje que ha enviado (Dios) a los hijos de Israel anunciando el Evangelio de paz por medio de Jesucristo» (Hec_10:36).

Las palabras de saludo producen lo que expresan, si topan con alguien que ha sido elegido por Dios para la salvación, alguien que «merece la paz». El nacimiento de Jesús trae la paz a los hombres, objeto del amor de Dios. La paz se posa sobre aquel que la recibe, como el espíritu sobre los setenta ancianos, a los que lo había comunicado Moisés: Descendió Yahveh en la nube y habló a Moisés: tomando del espíritu que residía en él, lo puso sobre los setenta ancianos, y cuando sobre ellos se posó el espíritu, pusiéronse a profetizar y no cesaban» (Num_11:26). «Los hijos de los profetas, habiéndole visto (a Eliseo), dijeron: El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo» (2Re_2:15). La paz y el espíritu son los dos grandes dones saludables de los últimos tiempos. Aun cuando no se encuentre nadie que se abra a la salvación y se muestre digno de ella, no por eso carece de eficacia la palabra de saludo; la paz retorna a los mensajeros. «Por mí lo juro: sale la verdad de mi boca y es irrevocable mi palabra» (Isa_45:23). El saludo de paz no es una fórmula vana. Al don que aportan los predicadores corresponden los hijos de la paz con hospitalidad. La primera casa en que sean acogidos los discípulos, debe ser para éstos como su propia casa. Permaneced, pues, en aquella casa. No os mudéis de una casa a otra. El gran objetivo de los misioneros es el mensaje del reino de Dios. Lo decisivo no debe ser el bienestar personal, el buen trato y los cuidados de la hospitalidad. El que cambia de alojamiento muestra que el valor supremo no es para él la palabra de Dios, sino su propia persona. Perjudica y se perjudica. Desacredita a su huésped y se desacredita él mismo. No debe violarse la ley sagrada de la hospitalidad.

Los discípulos deben comer y beber de lo que se les ofrezca. No deben preocuparse pensando que molestan indebidamente a quien les da hospitalidad. El quehacer de los enviados no debe verse entorpecido por preocupaciones de la tierra. Lo que reciben es justa compensación por lo que ellos aportan: su don es mayor. «El obrero merece su salario» (1Ti_5:18). «Si nosotros hemos sembrado para vosotros lo espiritual, ¿qué de extraño tiene que recojamos nosotros vuestros bienes materiales?» (1Co_9:11). Pero los discípulos deben también contentarse con lo que se les dé.

8 En cualquier ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os presenten, 9 curad los enfermos que haya en ella, y decidles: Está cerca de vosotros el reino de Dios. 10 Pero, en cualquier ciudad donde entréis y no quieran recibiros, salid a la plaza y decid: 11 Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos pegó a los pies, lo sacudimos sobre vosotros. Sin embargo, sabedlo bien: ¡el reino de Dios está cerca! 12 Os aseguro que habrá menos rigor para Sodoma en aquel día que para esa ciudad.

La actividad de los discípulos es misión en las casas y en las ciudades. Una ciudad que los acoge muestra buena disposición. Los discípulos deben realizar aquello para que han sido enviados. Comed lo que os presenten. Los discípulos no deben preocuparse de si los alimentos son cultualmente puros o impuros. (…). Para la misión entre los gentiles era de gran importancia esta libertad de conciencia (Cf.1Co_10:27; Act 15). La curación de los enfermos que se encargaba a los discípulos debe preparar para la hora de la historia de la salvación que ellos anuncian, debe demostrar en la práctica su poderoso alborear. Deben proclamar con la palabra eso a que preparan las obras: Está cerca el reino de Dios. El acercarse Jesús es acercarse el reino de Dios. Por eso dice Jesús: «Si yo arrojo los demonios por el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (1Co_11:20). «El reino de Dios está en medio de vosotros» (1Co_17:21). Jesús mismo es el reino de Dios.

¿Y si una ciudad no acoge a los discípulos? Entonces han de expresar públicamente (por las calles) y solemnemente su separación y su anatema. Los judíos sacuden el polvo de sus pies cuando vienen de tierra de gentiles y ponen los pies en la tierra santa de Palestina. Con esto se quiere significar que no existe vínculo alguno entre Israel y los gentiles. Una ciudad que no acoge a los enviados de Cristo rompe los vínculos que la unen con el pueblo de Dios, desconoce la gran hora que ha sonado: Habéis de saber que el reino de Dios está cerca y que con él se acerca el juicio. Los mensajeros no anuncian que el reino de Dios está presente, sino que se acerca. Todavía es posible dar marcha atrás, pero ésta es ya la última posibilidad.

El que rechaza el anuncio del reino de Dios y así se cierra a Jesús, se atrae la sentencia de condenación. El desenlace de este juicio es más terrible que la condenación que se pronunció contra Sodoma. El juicio sobre esta ciudad nefanda ha venido a ser proverbial. La culpa de quien rechaza a Jesús y los bienes del reino de Dios es mayor que la culpa de Sodoma. La proclamación de los mensajeros de Jesús ofrece la gracia más grande y sitúa ante una decisión de conciencia cuya última consecuencia es la salvación o la sentencia condenatoria.

(…)

b) Regreso (Lc/10/17-20)

17 Volvieron, pues, los setenta llenos de alegría diciendo: ¡Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre! 18 él les dijo: Yo estaba viendo a Satán caer del cielo como un rayo.

De todo lo que experimentaron los setenta en su viaje de misión, sólo destacan una cosa: el poder sobre los poderes demoníacos. Hasta los demonios nos obedecen. No sólo las enfermedades se les sometían, no sólo los hombres obedecían la palabra de Dios; el colmo era la sumisión de las fuerzas satánicas. Volvieron llenos de alegría, porque habían experimentado el reino de Dios, que se había iniciado con Jesús. Los discípulos interpelan a Jesús con el nombre de Señor; al pronunciar su nombre habían recibido señorío sobre los demonios. Gracias al Señor alcanza el poder de los enviados hasta el mismo reino de los poderes y potestades que ejercen invisiblemente su influjo pernicioso sobre este mundo. El poder de Jesús y de sus discípulos domina no sólo sobre lo terreno, sino también sobre la esfera que influye en la determinación del curso de lo terreno.

En las expulsiones de demonios practicadas por los discípulos se hace visible el triunfo del reino de Dios sobre los poderes satánicos. Yo estaba viendo a Satán caer del cielo como un rayo. En las expulsiones de demonios veía constantemente Jesús que había quebrantado el poder de Satán. ¿Cuándo sucedió esto? De esto no dice nada la palabra. Pero sí da a entender que es imponente el triunfo sobre Satán. La exposición recuerda las palabras de Isaías sobre la imponente caída de Nabucodonosor, rey de Babilonia. «Tú… dominador de las naciones… al sepulcro has bajado, a las profundidades del abismo» (Isa_14:12.15). Esta victoria sobre Satán es fruto de la muerte de cruz de Cristo y de su glorificación: «Este es el momento de la condenación de este mundo; ahora el jefe de este mundo será arrojado fuera» (Jua_12:31). Es posible que Lucas pensara en las tentaciones en que fue derrotado el demonio. Con esta victoria de Jesús quedó sacudido para siempre el poder de Satán, aunque todavía no definitivamente. Definitivamente quedará despojado de su poder en el tiempo final, pero ya ha comenzado lo que era la gran esperanza del tiempo final: «Entonces aparecerá su reino en toda su creación, y entonces se acabará con Satán y se quitará la tristeza».

19 Mirad que os he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones, y contra toda la fuerza del enemigo, sin que nada pueda haceros daño. 20 Sin embargo, no os alegréis de eso: de que los espíritus se os sometan; sino alegraos más bien de que vuestros nombres están ya inscritos en los cielos.

También los Doce toman parte en el triunfo de Jesús sobre Satán; lo que se aplica a los Doce quiere extenderlo Lucas también a los setenta, a todos los que colaboran en la obra de Jesús. Tienen poder sobre serpientes y escorpiones. Precisamente estos animales taimados, que constituyen una amenaza para la vida, se consideran en la Biblia y en el lenguaje influido por la Biblia, como instrumentos de Satán. El Salvador que se espera salvará de serpientes y de escorpiones, y de malos espíritus. El Mesías, protegido por el ángel de Dios, camina sobre víboras y áspides y huella al león y al dragón (Sal_91:13). Cuando envió Jesús a los Doce les dio también participación en este poder; de esta investidura les queda como resultado permanente el no estar ya a merced del poder de Satán, sino bajo la soberanía de Dios.

Lo que se dice sobre el poder de caminar sobre serpientes y escorpiones se amplía con la explicación que sigue: Los Doce tienen poder contra toda fuerza del enemigo. Satán utiliza su fuerza para dañar a los hombres; su hostilidad no puede ya dañar, una vez que asoma el reino de Dios. Hay aquí un poder más grande y más fuerte. ¿Qué puede, pues, ya dañar? El canto triunfal de san Pablo tiene aquí su explicación: «Sin embargo, en todas estas cosas vencemos plenamente por medio de aquel que nos amó. Pues estoy firmemente convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni potestades, ni altura ni profundidad, ni ninguna otra cosa podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom_8:37-39). La inauguración del reino de Dios es un motivo de gozo todavía más profundo que el poder sobre los malos espíritus y el quebrantamiento del señorío de Satán. Para los discípulos, la suprema razón de alegrarse es su elección y predestinación a la vida eterna. Las ciudades de la antigüedad tienen listas de ciudadanos. El que está inscrito en la lista goza de todas las ventajas que ofrece la ciudad. También en el cielo, donde se representa la morada de Dios, se imaginan tales listas de ciudadanos, en las que están inscritos los elegidos de Dios; seguramente se identifican con lo que se llama el libro de la vida.[2] El motivo de alegría que está por encima de todo es el hecho de poder participar en el reino de Dios, de alcanzar la vida eterna y de estar en comunión con Dios.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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[1] La tradición textual vacila entre 70 y 72; en todo caso es exacta la referencia a la tabla etnográfica (de que se habla a continuación), pues también en Gén 10 existe la misma inseguridad: el texto hebreo dice 70 pueblos, los Setenta leen 72.
[2] Sal_69:29 : «Sean borrados del libro de la vida, no sean inscritos entre los justos»; cf. Ex 32.52s; Isa_4:3; Isa_56:5; Dan_12:1; Rev_3:5; 13.8, etc.

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Comentario Teológico

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

La misión de los 72 discípulos

            Es de máxima importancia el saber que el nombre de ‘apóstol’ no se aplica solamente a los Doce que conforman el Colegio Apostólico sino que Jesús lo aplicó también a todo aquel que Él envía con una finalidad misionera. En efecto, apenas Jesús inicia la última etapa de su vida pública, su subida a Jerusalén, envía delante de Él a setenta y dos discípulos. En Lc 10,1ss se narra: “Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Id; mirad que yo os envío”. Dos veces se usa en este texto el verbo enviar, y una vez en boca de Jesús, quien ejerce con autoridad la función del que envía.

            Se usa aquí el mismo verbo que se usó cuando envió a los Doce, el verbo apostéllo. Es necesario recordar aquí lo que significa el verbo apostéllo porque las mismas exigencias que tuvo este verbo para con los Doce la tendrá para con estos ‘otros’ discípulos que son enviados. El evangelio aclara que se trata de ‘otros’ discípulos para resaltar la distinción entre los Doce y estos discípulos que forman parte de un círculo más amplio de seguidores de Jesús. El verbo apostéllo traduce el verbo hebreo salah, que en el AT se usa para indicar la misión de los profetas de Israel, que eran enviados para hablar en nombre de Dios[1]. Este verbo hebreo no indica puramente el envío en sí, sino que subraya el encargo o investidura del enviado, el cual adquiría para aque­lla tarea concreta y determinada la misma autoridad que la persona mandante[2]. De ahí que enviar, en sentido bíblico, significa:

– que se trata de una persona que ha sido llamada

– ha sido vinculada estrechamente al que va a enviar

– ha sido revestida con la autoridad del que envía y, por lo tanto…

– hace las veces del que lo envía;

– es enviado para una misión muy concreta asignada por el que envía y…

– tiene que volver a dar cuentas de su misión

            Todas estas exigencias de la palabra ‘enviar’ se cumplen en el envío de los 72 discípulos. En efecto, hay un llamamiento muy claro de Cristo ya que se dice que Jesús “los designó” (v. 1); además explícitamente Jesús dice: “Yo os envío” (v. 3). Queda muy claro también que los apóstoles enviados hacen las veces de Cristo, según se dice en el v. 16: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. Y finalmente se verifica también la vuelta de los apóstoles para rendir cuentas a Jesús de su misión. Normalmente se conoce este envío de Jesús como ‘la misión de los 72 discípulos’; nunca tan bien usada la palabra misión como en este caso ya que la palabra misión proviene de la palabra latina mitto, que significa ‘enviar’. San Pablo nos recuerda la necesidad de este envío: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!” (Rm 10,14-15)

Queda claro ahora porqué decíamos que era de máxima importancia saber que no sólo los Doce han sido enviados a predicar la verdad del Reino, sino que Jesús envió también a otros discípulos, que no pertenecían al Colegio Apostólico, a anunciar el Evangelio. Esto implica que no sólo los obispos y los sacerdotes, sino también todo bautizado es enviado en el sentido jurídico del término, y este envío es para anunciar la Buena Nueva al mundo. Esto no significa disminuir en nada la dignidad jerárquica que tiene el Colegio Apostólico de los Doce, con su cabeza, Pedro, jerarquía que siempre conservarán, sino que significa que el envío en sentido estricto y jurídico alcanza también a todo bautizado, de modo especial a aquellos que, como discípulos, se equiparan a lo que hoy conocemos como religiosos.

Hay una vinculación muy notoria entre esta etapa de la vida de Jesús, que sube decididamente a Jerusalén para sufrir la cruz, y este envío de los 72 discípulos.  El primer signo que nos manifiesta esta vinculación es el modo en que empieza la frase del envío: “Después de esto…”. Éste “después de esto…” se refiere a la firme decisión de Jesús de ir a Jerusalén para cumplir su análepsis, es decir, su subida, su asunción, que no es otra que su asunción a la cruz. Pero signo más evidente todavía de su vinculación con su subida es el hecho de que San Lucas dice que “los envió (…) delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir” (Lc 10,1). De manera que Jesús los envía con la expresa finalidad de preparar el camino que Él estaba haciendo y que tenía como culminación su subida a la cruz. Por lo tanto, Jesucristo pone a sus discípulos en el mismo camino que Él, es decir, que también a ellos los encamina hacia la cruz. Si el discípulo quiere ser verdaderamente fiel a la intención de Jesús, debe salir a anunciar la verdad del Reino caminando al mismo tiempo hacia la cruz. Y esto implica una decisión igual a la que Jesús había tomado, una decisión firme que se expresa con esa frase tan expresiva: “endureció su rostro” (Lc 9,51). La misión es cruz y solamente tiene sentido si se acepta con decisión esa característica: se misiona mientras se camina hacia la cruz, a semejanza del Maestro.

            Hay en este evangelio otro dato muy importante que mira a la esencia del texto. La elección del número setenta y dos hace referencia a los setenta y dos pueblos de que se compone la humanidad según la tabla etnográfica que menciona el libro del Génesis, capítulo 10. Esto lo hace con motivo de la mención de la descendencia de los hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. De esta manera, con la elección de los setenta y dos discípulos Jesús quiere significar que la misión es universal y abraza a todos los pueblos, abraza a toda la humanidad. No hay ningún pueblo que deba excluirse en el llamado a pertenecer al Reino de Dios. El evangelio del Reino tiene capacidad para adaptarse a todo pueblo. Este número setenta y dos es un preanuncio de aquello que luego Cristo dirá explícitamente, antes de subir al cielo: “Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Y San Marcos lo dice con palabras semejantes: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15)[3].

Los discípulos son enviados en el nombre y con el poder de Cristo, y deben poner en juego todas sus capacidades para anunciar el Reino de Dios. Sin embargo, deben saber que el dueño del sembrado es Dios. La palabra ‘mies’ con que se traduce la palabra griega therismós significa, según del Diccionario de la Real Academia Española, ‘tiempo de la siega y cosecha de granos’. Dios es el dueño del campo y de la cosecha y, por tanto, a Él también le cabe enviar los trabajadores a la cosecha. A raíz de esta prioridad absoluta de Dios en el anuncio del Reino, el discípulo enviado debe tener dos convicciones. En primer lugar, la seguridad y la conciencia de haber sido llamado y enviado por la gracia de Dios. Nadie puede arrogarse el derecho a ser anunciador del Reino si Dios no lo ha llamado. En segundo lugar, el aprovisionamiento de colaboradores para alzar la cosecha no es algo que dependa de medios humanos, sino de la voluntad del dueño del campo y la cosecha, es decir, de Dios. Y por esta razón, el medio más apropiado para lograr que haya colaboradores consagrados al anuncio del Reino es la petición al dueño del campo y del sembrado. Tocamos aquí un tema muy sensible para la Iglesia de todos los tiempos: la necesidad de vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio. En este envío de los setenta y dos discípulos queda claro que la principal causa de las vocaciones no es la propaganda entendida en sentido mundano, sino la voluntad de Dios. Y para que Dios, con su voluntad, envíe vocaciones, el principal medio es la oración.

No podemos comentar todos los detalles de este rico evangelio. Simplemente digamos que Jesucristo envía a sus apóstoles como profetas inermes, sin armas, totalmente indefensos ante los poderes humanos: como corderos en medio de lobos (v. 3). Los envía también desvinculados totalmente de cualquier apoyo humano, confiando solamente en los auxilios de la Providencia: sin bolsa, sin alforjas, sin sandalias (v. 3). Y los envía con el aviso de que tienen que tener una máxima concentración en su tarea apostólica: “no saludéis a nadie en el camino” (v. 4)[4].

_________________________________________________
[1] Cf Éx 3,10; Jue 6,8.14; Is 6,8; Jer 1,7; Ez 2,3; Ag 1,12; Zac 2,15; 4,9; Mal 3,23.
[2] Cf Jos 1,16; 1Re 20,8; 21,10; 2Re 19,4.
[3] Se podrá observar que el número de los discípulos en el texto de Lc 10 varía: algunas Biblias ponen setenta y dos, otras Biblias ponen setenta. Esto se debe a que los manuscritos vacilan entre setenta y setenta y dos. Hay manuscritos importantes que abogan tanto por uno como por otro número. De todas maneras, siempre será exacta la referencia a la tabla etnográfica de Gen 10, de la que hablamos recién, dado que en la tradición textual de Gen 10 se presenta la misma vacilación: el texto hebreo dice setenta pueblos, la Setenta lee setenta y dos. Aún más, podríamos decir que el hecho de que exista la misma vacilación tanto en los manuscritos de Lc como en los manuscritos del libro del Génesis es una prueba más que el número de los discípulos está en relación con Gen 10.
[4] En el Directorio de Misiones Populares del Instituto del Verbo Encarnado, nº 14 – 42, se hace un comentario bastante detallado a este texto de Lc 10,1-42.

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Santos Padres

·        San Agustín

Comentario a Mt 10,16.

1. La solemnidad de los mártires, en la que celebramos el recuerdo de su pasión, se nos propone, amadísimos, para que, si tal vez nos sobreviniere alguna prueba dura, perseveremos hasta el final, para poder ser salvados según lo leído en el Evangelio, que hemos escuchado todos juntos: Quien persevere hasta el final, ése se salvará. El final de este mundo temporal quizá esté lejos o quizá esté cerca’. El Señor quiso que permaneciese oculto cuándo iba a tener lugar, para que los hombres esperen siempre preparados aquello que no saben cuándo va a venir. Pero, esté cercano o esté lejano, como dije, el final de este mundo temporal, el fin de cada hombre en particular, por el que se ve obligado a pasar de esta vida a otra adecuada a sus méritos, pensando en la brevedad de esta nuestra mortalidad, no puede estar lejos. Cada uno de nosotros debe prepararse para cuando llegue su fin. El último día, en efecto, no acarreará mal alguno a quien, pensando que cada día es el último para él, vive en forma de morir tranquilo; a aquel que muere día a día para no morir eternamente. Pensando en estas cosas, ¡cómo oyeron los santos mártires la palabra del Señor que decía: ¡He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos! ¡Cuán firmemente habían sido robustecidos para que no sintiesen temor ante esto! De donde resulta cuan numerosos eran los lobos y cuan pocas las ovejas, pues no fueron enviados los lobos en medio de las ovejas, sino las ovejas en medio de los lobos. No dice el Señor: «Mirad que os envío como leones en medio de jumentos». Al hablar de ovejas en medio de lobos mostró suficientemente el pequeño número de ovejas y los rebaños de lobos. Y aunque un solo lobo acostumbra a espantar a un rebaño por grande que sea, las ovejas enviadas en medio de innumerables lobos iban sin temor, porque quien las enviaba no las abandonaba. ¿Por qué iban a temer el ir en medio de lobos aquellos con quienes estaba el Cordero que venció al lobo?

2. En la misma lectura escuchamos: Cuando os hayan entregado, no penséis lo que vais a decir; no seréis vosotros quienes habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. Por esto dice en otro lugar: Mirad que estoy con vosotros hasta la consumación del mundo. ¿Acaso iban a permanecer aquí hasta la consumación del mundo quienes escuchaban entonces estas palabras del Señor? El Señor pensaba no sólo en aquellos que iban a abandonar este mundo, sino también en los demás, y en nosotros mismos, y en quienes nos han de suceder a nosotros en esta vida: a todos nos veía dentro de su único Cuerpo. Estas palabras: Yo estoy con vosotros hasta la consumación del mundo, no sólo las oyeron ellos, también nosotros las oímos. Y sí no las oíamos entonces en nuestra ciencia, las oíamos en su presciencia. Por tanto, para vivir seguros como ovejas en medio de lobos, guardemos los mandamientos de quien nos exhorta a ser simples como las palomas y astutos como las serpientes. Simples como palomas: a nadie hagamos daño; astutos como serpientes: cuidémonos de que nadie nos dañe. Pero no podrás tomar precauciones para no ser dañado, a no ser que conozcas en qué puedes recibir daño. Hay quienes luchan con gran resistencia por cosas temporales. Y si les reprochan el que ofrecen demasiada resistencia, siendo así que, como el mismo Señor ordenó, más bien deben no ofrecer resistencia al malo, responden que ellos cumplen lo dicho: Sed astutos como serpientes. Pongan, pues, atención a lo que hace la serpiente: cómo en lugar de la cabeza presenta su cuerpo enroscado a los golpes de quienes lo hieren para defender aquélla, en la que la experiencia les dice que reside su vida; cómo menosprecia lo restante de su largo cuerpo para que su cabeza no sea herida por quien la persigue. Por tanto, si quieres imitar la astucia de la serpiente, protege tu cabeza. Está escrito: La cabeza del varón es Cristo. Mira dónde tienes a Cristo, puesto que por la fe habita en ti: Cristo, dice el Apóstol, habita por la fe en vuestros corazones. Para que tu fe permanezca íntegra, a quien te persigue opón todo lo demás para que se mantenga incólume aquello de donde traes la vida. Pues Cristo mismo, nuestro Señor, el Salvador, la Cabeza de toda la Iglesia, que está sentado a la derecha del Padre, ya no puede ser herido por quienes le persiguen; no obstante, asociándose a nuestros padecimientos y demostrando que él vive en nosotros, desde el cielo llamó a aquél Saulo, que luego se convirtió en el apóstol Pablo, con estas palabras: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? A él en persona nadie le tocaba, pero en cuanto cabeza clamó desde el cielo en favor de sus miembros pisoteados en la tierra. Si Cristo habita por la fe en el corazón cristiano, para que la fe quede a salvo, es decir, para que Cristo permanezca en el creyente, ha de despreciarse cualquier cosa que el perseguidor pueda herir o quitar, de modo que ella perezca en favor de la fe y no la fe en beneficio de ella.

3. Los mártires, imitando esta astucia de la serpiente, dado que Cristo es la cabeza del varón, ofrecieron cuanto de mortal poseían a los perseguidores, en beneficio de Cristo, considerado por ellos como su cabeza, para no encontrar la muerte allí de donde les venía la vida. Cumplieron el precepto del Señor que les exhortaba a ser astutos como serpientes, para que no creyesen, cuando se les condenaba a ser decapitados, que entonces perdían la cabeza; antes bien, cortada la cabeza de carne, mantuviesen íntegra la Cabeza: Cristo. Cualquiera que sea el modo como el verdugo se ensañe contra los miembros del cuerpo; cualquiera que sea la crueldad con que, una vez rasgados los costados y despedazadas las entrañas, llegue a las partes más internas del cuerpo, no puede llegar a nuestra Cabeza, que ni siquiera se le permite ver. Puede acercarse a ella, si quiere; pero no ensañándose contra nosotros, sino creyendo lo mismo que nosotros. ¿Cómo pudieron imitar las mujeres esta astucia de la serpiente, hasta alcanzar la corona del martirio? 2 Cristo, en efecto, fue denominado cabeza del varón y el varón cabeza de la mujer. No sufrieron lo que sufrieron por sus maridos, ellas que, para padecerlo, hasta tuvieron que vencer los halagos de los mismos, que las invitaban a apostatar. También ellas son miembros de Cristo por la misma fe. En consecuencia, Cristo, que es Cabeza de la Iglesia entera, es Cabeza de todos sus miembros. A la Iglesia en su totalidad se la denomina tanto mujer como varón. Es mujer, pues se la llama virgen. El Apóstol dice: Os he entregado a un solo varón para presentaros a Cristo como virgen casta. Entendemos que es varón por lo que dice el mismo Apóstol: Hasta que lleguemos todos a la unidad de la je, al conocimiento del Hijo de Dios, al varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo. Si es mujer, Cristo es su varón; si es varón, Cristo es su cabeza. Si, pues, el varón es cabeza de la mujer, y Cristo es el varón de la Iglesia, puesto que también las mujeres sufrieron por Cristo, lucharon por su Cabeza con la astucia de la serpiente. Protejamos, pues, nuestra cabeza contra los perseguidores, imitemos la astucia de la serpiente. Gimamos ante Dios también por nuestros perseguidores, para tener la inocencia de las palomas. Concluye el sermón sobre aquellas palabras: Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 64A, 1-3, BAC Madrid 1983, 235-40

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LOS ENVIÓ DE DOS EN DOS

El evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a Je­sucristo enviando delante suyo a setenta y dos discípulos para anunciar la salvación por los pueblos y campos de Palestina. Ya había elegido a los doce, que serían sus apóstoles, y hoy vemos que a ese grupo original quiso agregar este nuevo, más numeroso.

Con este gesto el Señor va anunciando su intención de esta­blecer una categoría de hombres que colaborará más estrecha­mente en la obra de la redención, actuando por delegación suya y en su nombre, “para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir”. Es clara su voluntad de que esta ins­titución se extienda, para que la obra de la salvación cuente con la ayuda inestimable del sacerdocio. Estos hombres debían prepa­rar la llegada de Jesucristo, ocupar su lugar, hacerse instrumentos de la redención que Él vino a traer al mundo, ser como “otros Cristos”, para decirlo al modo como lo enseñan los teólogos.

Si el sacerdote actúa en el nombre y en el lugar de Cristo, será conveniente recordar, aunque sea someramente, cuál es la misión del Redentor, para poder entender y explicar mejor la función de sus enviados. Él ha bajado desde el cielo para salvar al mundo mediante el misterio de su muerte y resurrección, o lo que llamamos el misterio pascual. Al ser hombre verdadero, representa auténticamente a toda la humanidad, y el hecho de ser Dios verdadero, otorga a su acto redentor el mérito infinito de la persona que lo lleva a cabo. Por eso su sacrificio nos aprovecha a todos, ese sacrificio aceptado por Dios Padre como ofrenda agradable para la salvación del mundo. La redención obrada por Cristo está marcada por la exuberancia, por el exceso, podría­mos decir, tan propio de las obras de Dios. Por eso hoy el Señor nos habla de una “cosecha abundante”, así como en otro lugar nos dice que vino a la tierra “para que tuviésemos vida y la tuviésemos en abundancia”. El amor redentor del Verbo Encar­nado no se derrama sobre el mundo con cuentagotas sino a raudales, en consonancia con la generosidad divina. Pero esta siembra copiosa de dones salvíficos que debe producir esta también abundante recolección, necesita llegara cada uno de los hombres, de todos los sitios y de todos los tiempos.

De ahí entonces la necesidad proclamada hoy de que existan muchos “trabajadores”, para que el fruto maduro pueda ser recogido. Si bien la redención está viva y operante desde que Jesucristo murió en el Calvario, es necesario que se concrete en cada ser humano, es menester que se “aplique” a cada hombre, y para eso el Señor dispuso la intervención mediadora de los sacerdotes que llevan por todas partes la palabra divina, la gracia y el perdón. El sacerdocio es un misterio que sólo tiene razón de ser en el amor insondable de Dios que quiere expandirse por todo el mundo, actuar por todas partes y llegar a cada alma. El sacerdote hace presente a Jesucristo a lo largo de la historia, para prolongar su acción redentora siempre y en todas partes, para que los hombres puedan experimentar sin interrupción la fuerza bienhechora de Aquel que pasó curando enfermos, perdonando los pecados y enseñando las verdades arcanas de la vida misma de Dios.

Ya sabemos qué es el sacerdocio y con qué finalidad ha sido instituido. Veamos ahora cómo quiere Jesucristo a sus sacerdo­tes, según el evangelio de este domingo.

Nos dice hoy, ante todo, que los envía como a “ovejas en medio de lobos”, dando a entender de este modo el peligro y lucha constantes que son inherentes a la vida apostólica del sacerdote. Así como el Señor quiere que todos los hombres se salven y lleguen al cielo, el demonio trabaja incesantemente para hacer estéril la redención y lograr, oponiéndose a la voluntad salvífica de Dios, que muchas almas se pierdan para siempre. Esto engendra una lucha permanente y sin tregua, que comenzó con la rebelión de los ángeles malos, y culminará con el triunfo definitivo de Jesucristo en la Parusía. Mientras llega ese momen­to, la lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, no se detiene, es algo que va acompañando siempre la vida de la Iglesia y el apostolado de los sacerdotes.

“Como ovejas en medio de lobos”. Encargo singular, comen­ta San Agustín, contrario a lo que normalmente haría un general que busca la victoria. En lugar de ofrecer todos los medios para el triunfo, el Señor envía a su ejército inerme y débil, frente a la fuerza y ferocidad del enemigo. Los vasallos de Jesucristo están llamados a participar de una obra grandiosa, cual no hay otra en toda la historia: el rescate del género humano de su destino de condenación. Sin embargo, esta gran obra se realiza con medios humanamente pobres, porque la fuerza de la redención reside en el poder oculto del amor de Dios. Toda su eficacia proviene de la cruz de Cristo, que en términos puramente humanos puede considerarse un verdadero fracaso. Del mismo modo que el Señor triunfó desde la ignominia, el anonadamiento y el despo­jo, quiere que sus sacerdotes lleven adelante su obra desde la precariedad y la desproporción de fuerzas naturales, para que así brille solamente el poder de Dios, a quien es igual “dar la victoria, sea con muchos o con pocos” (1 Sam. 14, 6).

Esta confianza en la potestad divina está en consonancia con otra característica de los enviados de Cristo, según nos lo pre­senta el evangelio: su total abandono en las manos de la Pro­videncia. Los sacerdotes deberán marchar por el mundo, libres de excesivos cuidados temporales: “No llevéis dinero, ni alforja… donde entréis, comed lo que os sirvan”. Como parte de esta pobreza de espíritu, el Señor quiere que renuncien también al gozo legítimo de ver los frutos de su apostolado. Si ellos se hacen visibles, el sacerdote deberá dar gracias a Dios y referir a su bondad y gracia el éxito en las almas, pero si no se advierten dichos frutos no habrá por ello de caer en el desánimo o en la tristeza. El mismo Jesucristo les previene hoy que a veces su predicación caerá en saco roto: “Cuando no os reciban… sacu­did hasta el polvo de vuestros pies”. Quiere advertirles que a veces podrán experimentar “fracasos apostólicos”, pero ello no habrá de sumergirlos en el abatimiento. No necesariamente se deberán a deficiencias de su acción. La palabra de Dios siempre necesita de la aceptación del hombre que es evangelizado, y este hombre es libre, y puede rehusar su respuesta al amor divino. La predicación más elocuente, y el ejemplo incluso de una vida de gran santidad, pueden chocar con un alma endurecida que rechazada conversión, y en eso no hay culpa alguna del apóstol.

El Señor pide la lucha, el esfuerzo generoso, pero no exige la victoria. Él la da cuando quiere y como quiere.

La distinción entre la acción evangelizadora y los frutos de la misma resplandece con la mayor claridad en el evangelio de hoy. Allí les dice a sus discípulos que si en alguna ciudad se los rechaza, no por ello deben desesperarse; eso sí, en el día de la rendición de cuentas, “Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad”. Supuesta la diligencia del apóstol, Dios hace fructificar la predicación según su voluntad, sin mengua para el mérito del enviado. No perdáis la paz, les dice a sus enviados, porque “vuestros nombres están escritos en el cielo”.

Todos nosotros, sacerdotes y laicos, si bien cada uno en su grado, hemos sido llamados al apostolado. Aquella cierta indife­rencia respecto a los resultados, no debe hacemos perder el estado habitual de confianza y la alegría consiguiente. La espe­ranza, particularmente del sacerdote, se funda en él, poder recibido de Jesucristo, que no es algo puramente humano sino que brota del mismo Dios. Los discípulos enviados de nuestro evangelio se asombraron por la eficacia que pudieron experi­mentar -“hasta los demonios se nos someten en tu nombre”-, y el Señor, al tiempo que los confirma en su seguridad, les anuncia mayor pujanza todavía, ya que les daría poder “para vencer todas las fuerzas del enemigo”. En el Calvario se ha logrado la victoria sustancial. Las alternativas que vendrán luego, a lo largo de los siglos, no son más que escaramuzas de una batalla que ya está ganada. Poco importa que algún soldado aislado muera o sea hecho prisionero, cuando la vanguardia ya ha coronado la posición. Nosotros pertenecemos a la Iglesia fundada por Jesu­cristo, cuya cabeza ha vencido definitivamente al demonio, al pecado y a la muerte con la fuerza del misterio pascual. Es indiferente que nosotros, individualmente, seamos escuchados o desoídos, perseguidos o no. Unidos al Señor por la gracia y la caridad, ya participamos de su triunfo que legítimamente es también el nuestro.

Vamos ahora a continuar el Santo Sacrificio de la Misa, que actualiza el misterio soberana y definitivamente eficaz de la Cruz. Ella es la fuente inexhausta de la fecundidad espiritual de los sacerdotes y el firme fundamento de nuestra esperanza. Que Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote, conceda una y otra a su Iglesia, con la abundancia propia de su generoso amor.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 209-213)

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S.S. Francisco p.p.


Queridos hermanos y hermanas: Ya ayer tuve la alegría de encontrarme con ustedes, y hoy nuestra fiesta es todavía mayor porque nos reunimos de nuevo para celebrar la Eucaristía, en el día del Señor. Ustedes son seminaristas, novicios y novicias, jóvenes en el camino vocacional, provenientes de todas las partes del mundo: ¡representan a la juventud de la Iglesia! Si la Iglesia es la Esposa de Cristo, en cierto sentido ustedes constituyen el momento del noviazgo, la primavera de la vocación, la estación del descubrimiento, de la prueba, de la formación. Y es una etapa muy bonita, en la que se ponen las bases para el futuro. ¡Gracias por haber venido!

Hoy la palabra de Dios nos habla de la misión. ¿De dónde nace la misión? La respuesta es sencilla: nace de una llamada que nos hace el Señor, y quien es llamado por Él lo es para ser enviado. ¿Cuál debe ser el estilo del enviado? ¿Cuáles son los puntos de referencia de la misión cristiana? Las lecturas que hemos escuchado nos sugieren tres: la alegría de la consolación, la cruz y la oración.

1. El primer elemento: la alegría de la consolación. El profeta Isaías se dirige a un pueblo que ha atravesado el periodo oscuro del exilio, ha sufrido una prueba muy dura; pero ahora, para Jerusalén, ha llegado el tiempo de la consolación; la tristeza y el miedo deben dejar paso a la alegría: “Festejad… gozad… alegraos”, dice el Profeta (66,10). Es una gran invitación a la alegría. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo de esta invitación a la alegría? Porque el Señor hará derivar hacia la santa Ciudad y sus habitantes un “torrente” de consolación, un torrente de consolación –así llenos de consolación-, un torrente de ternura materna: “Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán” (v. 12). Como la mamá pone al niño sobre sus rodillas y lo acaricia, así el Señor hará con nosotros y hace con nosotros. Éste es el torrente de ternura que nos da tanta consolación. “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (v. 13). Todo cristiano, y sobre todo nosotros, estamos llamados a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos. Pero sólo podremos ser portadores si nosotros experimentamos antes la alegría de ser consolados por Él, de ser amados por Él. Esto es importante para que nuestra misión sea fecunda: sentir la consolación de Dios y transmitirla. A veces me he encontrado con personas consagradas que tienen miedo a la consolación de Dios, y… pobres, se atormentan, porque tienen miedo a esta ternura de Dios. Pero no tengan miedo. No tengan miedo, el Señor es el Señor de la consolación, el Señor de la ternura. El Señor es padre y Él dice que nos tratará como una mamá a su niño, con su ternura. No tengan miedo de la consolación del Señor. La invitación de Isaías ha de resonar en nuestro corazón: “Consolad, consolad a mi pueblo” (40,1), y esto convertirse en misión. Encontrar al Señor que nos consuela e ir a consolar al pueblo de Dios, ésta es la misión. La gente de hoy tiene necesidad ciertamente de palabras, pero sobre todo tiene necesidad de que demos testimonio de la misericordia, la ternura del Señor, que enardece el corazón, despierta la esperanza, atrae hacia el bien. ¡La alegría de llevar la consolación de Dios!

2. El segundo punto de referencia de la misión es la cruz de Cristo. San Pablo, escribiendo a los Gálatas, dice: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (6,14). Y habla de las “marcas”, es decir, de las llagas de Cristo Crucificado, como el cuño, la señal distintiva de su existencia de Apóstol del Evangelio. En su ministerio, Pablo ha experimentado el sufrimiento, la debilidad y la derrota, pero también la alegría y la consolación. He aquí el misterio pascual de Jesús: misterio de muerte y resurrección. Y precisamente haberse dejado conformar con la muerte de Jesús ha hecho a San Pablo participar en su resurrección, en su victoria. En la hora de la oscuridad, en la hora de la prueba está ya presente y activa el alba de la luz y de la salvación. ¡El misterio pascual es el corazón palpitante de la misión de la Iglesia! Y si permanecemos dentro de este misterio, estamos a salvo tanto de una visión mundana y triunfalista de la misión, como del desánimo que puede nacer ante las pruebas y los fracasos. La fecundidad pastoral, la fecundidad del anuncio del Evangelio no procede ni del éxito ni del fracaso según los criterios de valoración humana, sino de conformarse con la lógica de la Cruz de Jesús, que es la lógica del salir de sí mismos y darse, la lógica del amor. Es la Cruz –siempre la Cruz con Cristo, porque a veces nos ofrecen la cruz sin Cristo: ésa no sirve–. Es la Cruz, siempre la Cruz con Cristo, la que garantiza la fecundidad de nuestra misión. Y desde la Cruz, acto supremo de misericordia y de amor, renacemos como “criatura nueva” (Ga 6,15).

3. Finalmente, el tercer elemento: la oración. En el Evangelio hemos escuchado: “Rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies” (Lc 10,2). Los obreros para la mies no son elegidos mediante campañas publicitarias o llamadas al servicio de la generosidad, sino que son “elegidos” y “mandados” por Dios. Él es quien elige, Él es quien manda, Él es quien manda, Él es quien encomienda la misión. Por eso es importante la oración. La Iglesia, nos ha repetido Benedicto XVI, no es nuestra, sino de Dios; ¡y cuántas veces nosotros, los consagrados, pensamos que es nuestra! La convertimos… en lo que se nos ocurre. Pero no es nuestra, es de Dios. El campo a cultivar es suyo. Así pues, la misión es sobre todo gracia. La misión es gracia. Y si el apóstol es fruto de la oración, encontrará en ella la luz y la fuerza de su acción. En efecto, nuestra misión pierde su fecundidad, e incluso se apaga, en el mismo momento en que se interrumpe la conexión con la fuente, con el Señor.

Queridos seminaristas, queridas novicias y queridos novicios, queridos jóvenes en el camino vocacional. Uno de ustedes, uno de sus formadores, me decía el otro día: évangéliser on le fait à genoux, la evangelización se hace de rodillas. Óiganlo bien: “la evangelización se hace de rodillas”. ¡Sean siempre hombres y mujeres de oración! Sin la relación constante con Dios la misión se convierte en función. Pero, ¿en qué trabajas tú? ¿Eres sastre, cocinera, sacerdote, trabajas como sacerdote, trabajas como religiosa? No. No es un oficio, es otra cosa. El riesgo del activismo, de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a Jesús, vemos que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se recogía en oración intensa y prolongada. Cultivemos la dimensión contemplativa, incluso en la vorágine de los compromisos más urgentes y duros. Cuanto más les llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón a Cristo, lleno de misericordia y de amor. ¡Aquí reside el secreto de la fecundidad pastoral, de la fecundidad de un discípulo del Señor!

Jesús manda a los suyos sin “talega, ni alforja, ni sandalias” (Lc 10,4). La difusión del Evangelio no está asegurada ni por el número de personas, ni por el prestigio de la institución, ni por la cantidad de recursos disponibles. Lo que cuenta es estar imbuidos del amor de Cristo, dejarse conducir por el Espíritu Santo, e injertar la propia vida en el árbol de la vida, que es la Cruz del Señor.

Queridos amigos y amigas, con gran confianza les pongo bajo la intercesión de María Santísima. Ella es la Madre que nos ayuda a tomar las decisiones definitivas con libertad, sin miedo. Que Ella les ayude a dar testimonio de la alegría de la consolación de Dios, sin tener miedo a la alegría; que Ella les ayude a conformarse con la lógica de amor de la Cruz, a crecer en una unión cada vez más intensa con el Señor en la oración. ¡Así su vida será rica y fecunda! Amén.

(Basílica Vaticana, Domingo 7 de julio de 2013)

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San Juan Pablo II

“La gracia y la paz sea con vosotros de parte de Dios Padre y de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 1,3).

En la narración del evangelista San Lucas que acabamos de oír, el Señor designa y envía setenta y dos discípulos a todos los pueblos y lugares donde Él pensaba ir. Además de los Apóstoles y siguiendo su testimonio, muchos otros son llamados y enviados por el Señor para que, a lo largo de los siglos y hasta nuestros días, fueran precursores, mensajeros y testigos que anuncien la presencia y llegada de Cristo y proclamen el advenimiento del Reino de Dios.

Vosotros formáis parte de esa multitud ininterrumpida de discípulos que, de generación en generación, y en todos los pueblos y ciudades, en todas las culturas, ambientes y naciones, son testigos y pregoneros de la cercanía de ese reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (cfr. Lumen Gentium, 36).

“La mies es mucha y los obreros pocos” (Lc 10,2). El campo de labor que se abre hoy ante los ojos del Apóstol es inmenso. No faltan las ciudades que, ayer como hoy, no escuchan y rechazan a los discípulos del Señor, enviados “como corderos en medio de lobos” (Lc 10,3). El materialismo, el consumismo, el secularismo han obnubilado y endurecido el corazón de muchos hombres. Pero hay muchas casas y ciudades que viven en la ley del Señor, que reciben “como río de paz”, según las palabras del profeta Isaías (Is 66,12). ¡La mies es abundante! ¡Se necesitan muchos brazos que trabajen en la construcción del reino de Dios!

Por eso el Concilio Vaticano II destacó con claridad y fuerza particulares, que toda vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (cfr. Apostolicam actuositatem,3), invitando a todos los laicos a redescubrir su dignidad bautismal de discípulos del Señor, de obreros de la mies, y a reavivar su responsabilidad apostólica ante la magnitud de la tarea.

Por el bautismo y la confirmación, por la participación en el sacerdocio de Cristo, como miembros vivos de su Cuerpo, los laicos participan en la comunión y en la misión de la Iglesia. La Iglesia quiere y necesita laicos santos que sean discípulos y testigos de Cristo, constructores de comunidades cristianas, transformadores del mundo según los valores del Evangelio.

La formación cristiana de los laicos requiere una pedagogía pastoral que ilumine y oriente con la luz y la fuerza de la fe. La fe profesada tiene que convertirse en vida cristiana. “Desead la paz a Jerusalén” (Sal 122,6) rezábamos en el Salmo responsorial; que la nueva Jerusalén, que es la iglesia, sea “como una ciudad bien unida y compacta” (Sal 122,3) en la fraternidad y el amor.

(Bucaramanga, Colombia, 6 de julio de 1986)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La alegría del cristianno

Lc 10, 17-20

Quiero reflexionar sobre la más profunda y verdadera alegría que se da en todo religioso, sea apóstol o no.

            En el Evangelio de este domingo los discípulos se llenan de alegría porque los demonios se les sometían en nombre de Jesús. Jesús se congratula con ellos y manifiesta su ciencia beatífica al decirles que Él veía la derrota de Satanás.

            Escucha atentamente su apostolado y alienta su entusiasmo y su alegría, pero, los invita a una alegría mayor: la alegría de glorificar a Dios y de ir realizando la santificación personal por el cumplimiento de su voluntad: “alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos”. Cada obra que realizamos por la gloria de Dios se va escribiendo en el libro de la vida.

            Luego, el Evangelio narra el gozo de Jesús porque ellos, los pequeños, han recibido la gracia de conocer a Dios y poder glorificarlo. Es la obra que realiza Jesús revelando a los discípulos quién es el Padre y cómo agradarle.

            Las obras de apostolado nos llenan de alegría, es una experiencia que todos hemos tenido o tenemos. Qué gran alegría experimenta el apóstol después de un día de misión, el sacerdote después de confesar o de predicar, etc. y nos llenan de alegría porque hacemos entrar a las almas en relación con Dios, pero sobre todo porque hemos realizado una misión y eso nos une con Dios a nosotros.

            La base de la alegría, el fundamento, es el contento. Y ¿qué es el contento? La aceptación de nuestro destino, es decir, la aceptación del plan eterno que Dios tiene sobre mí. En el contento no hay grados. Se está contento o se está amargado. Se está contento si uno acepta, aunque sea con resignación, la voluntad de Dios. Si no se acepta la voluntad de Dios, podríamos decir, su destino, el hombre vive sin felicidad, vive triste. Y la voluntad de Dios sobre todo apóstol es que ejercite la caridad pastoral y se santifique con esta obra.

            Pero para crecer en el camino de la alegría hay que aceptar la voluntad de Dios con más libertad. No sólo con resignación sino con amor. Las paredes del edificio de la felicidad están formadas por actos de amor. De ahí la alegría que experimentamos cuando amamos la voluntad de Dios y la que experimentamos cuando amamos al prójimo. En definitiva, la esencia de la felicidad está en darse, en salir de sí mismo. Experimentaremos mayores alegrías en la medida que nos demos a los demás y en especial a Dios. El amor al prójimo y el amor a Dios son un mismo mandamiento por eso amamos a Dios cuando amamos al prójimo. Y la cumbre de la felicidad se da cuando vivimos en Dios, sólo haciendo lo que Él quiere. Y esta felicidad en su grado máximo se llama júbilo. Él júbilo nos hace salir de nosotros mismos para vivir en Dios, nos hace por la unión con Dios olvidarnos de nuestra limitación.

            Jesús tenía razón al decir que más alegría tenían ellos por tener los nombres inscriptos en el cielo o lo que es lo mismo por vivir en Dios.

            Jesús fue el hombre más alegre de la tierra porque vivió en Dios durante toda su vida. No sólo porque era uno con Dios sino porque también se identificó desde la encarnación con la voluntad de Dios. Sin embargo, casi siempre, ocultó su alegría.

Él refrenó algo. Lo digo con reverencia; en esa personalidad violenta había un rasgo que debe ser timidez. Hubo en Él algo que es­condió a todos los hombres cuando subió a orar en la montaña. Había algo que constantemente ocultó con un silencio repentino, o con un impetuoso aislamiento. Cuando caminó sobre nuestra tierra, había en Él algo demasiado grande para que Dios nos lo mostrara; y algunas veces imaginé que era su alegría[1].

La alegría fue la pequeña publicidad del paganismo, pero para el cristianismo es el gran secreto[2]. La publicidad que hace el paganismo de su alegría no es auténtica porque la alegría del pagano se produce por un ensimismamiento, por una búsqueda insaciable de su ego y esta alegría es tan fugaz como un meteoro que entra a la atmósfera y lo peor es que termina en desesperación, es decir, en tristeza sin límites. El secreto del cristiano que es la alegría auténtica Cristo la enseñó con sus palabras y con su vida. Su vida fue un servicio ininterrumpido a las almas, servicio que llevó a la cumbre en el Calvario. No hay mayor amor, no hay mayor servicio que dar la vida por el amigo.  Y en el Evangelio de hoy la enseña a los setenta y dos discípulos que vuelven de la misión. La alegría consiste en salir de sí mismo para glorificar a Dios.

Los discípulos no llegaron a ver en su profundidad el motivo de la verdadera alegría. Sintieron la alegría del dar pero no llegaron al fondo que consiste en darse y hacerlo totalmente. La alegría en su máxima expansión consiste en vivir en Dios sea amándolo directamente como el que entrega su vida para contemplarlo, sea amándolo en el prójimo o ambas.

En el cielo donde la felicidad será perfecta y eterna viviremos en Dios. Y en esta vida la felicidad se dará en la medida en que vivamos en Dios. Ese anhelo que tiene todo hombre pero en particular todo apóstol de vivir en Dios lo hacemos presente en la contemplación. La contemplación unifica nuestra voluntad con la voluntad de Dios porque ordena todas las tendencias que nos separan de su voluntad.

Los apóstoles estaban contentos por los frutos apostólicos pero los frutos apostólicos pueden desviarnos de lo más importante que es Dios. La contemplación ayuda a unificar todo en la búsqueda de la gloria de Dios.

Hay una alegría cuando el alma experimenta la victoria sobre las criaturas, en este caso sobre satanás, pero hay un vencimiento mayor y que es más profundo y que da mucha más alegría y es el vencimiento de sí mismo para hacer la voluntad de Dios. Al vencernos a nosotros mismos para hacer la voluntad de Dios nos desprendemos incluso de nuestra libertad. El que obedece a Dios renuncia a la libertad de su propia voluntad y la pone en la voluntad de Dios.

La renuncia a las criaturas y a nosotros mismos nos da libertad para entregarnos totalmente a Dios, para salir de nosotros mismos y de nuestras afecciones y vivir en Dios y esto nos llena de alegría.

Al principio dijimos que Dios se alegra por la alegría de los discípulos, este alegrarse con el que se alegra se llama congratulación y es propio de las almas grandes que están tan olvidadas de sí mismas que saben alegrarse por las cosas buenas que les suceden a otros. La congratulación es un sentimiento del alma que ama con un amor verdadero. El alma que sabe congratularse lo hace en definitiva porque se hace la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Jesús les enseñó en el Padrenuestro esta verdad y también en algunas parábolas como la de la oveja perdida en la que el buen pastor se alegra porque encontró la oveja perdida y es la alegría de los bienaventurados por la conversión de un pecador.

La congratulación nace en nosotros porque la fe nos enseña la comunión de los santos. El gozo de los bienaventurados en el cielo lo viven las almas que están en gracia de una forma participada. Y las almas que tienen a Dios se alegran mutuamente porque en definitiva Dios reina sobre ellas en el cielo y en la tierra, porque sus nombres están escritos en el cielo, porque pertenecen a los ciudadanos del Reino.

Considerando la esencia de la alegría cristiana que consiste en la gloria de Dios los éxitos pastorales pasan a un segundo plano.

Jesús mismo ha enseñado esta verdad cuando algunos que realizaron milagros en su vida fueron excluidos del Reino porque la grandeza del alma está en hacer las obras de Dios que él quiere, es decir, cumplir su voluntad. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!”[3].

Los éxitos pastorales muchas veces se los apropia el apóstol y esto lo perjudica. Las cosas buenas que hacemos las hacemos por la gracia de Dios. Los apóstoles somos siervos inútiles. Por eso Dios permite a veces que fracasemos para que conozcamos nuestra debilidad en las cosas de Dios y nos apoyemos en su poder. Lo bueno que hagamos debemos saber que lo hacemos por ser instrumentos dóciles de Dios pero en definitiva es Él que hace la obra por medio nuestro. Esta verdad también produce en nosotros una gran libertad que consiste en el desapego de los éxitos o de los fracasos y el abandono total en las manos de Dios.

Los apóstoles se entristecieron en una ocasión porque no pudieron expulsar un demonio de un niño y la razón última de su tristeza era que se habían apegado a los dones carismáticos que Dios les había dado en orden a la misión y en definitiva en orden a su gloria[4].

            La mayor gloria del misionero y de todo hombre santo será no lo que él haya hecho por sí mismo sino lo que Dios ha hecho por medio de él. La mayor gloria de un apóstol es la docilidad. Es cierto que tenemos que ser los instrumentos más aptos que podamos ser, pero es más cierto que el que hace la obra es el que maneja el instrumento. En las obras de Dios somos instrumentos y es Dios el que realiza la obra que Él eternamente tiene pensada. Cuando nos olvidamos que sólo somos instrumentos impedimos la obra de Dios. Cuando somos instrumentos dóciles la obra da muchos frutos. Frutos que quizá no se manifiesten por el éxito, pero sí porque se ha cumplido la voluntad de Dios y porque nosotros hemos crecido en santidad.

            Alegrémonos hoy porque Dios ha escrito por su gracia nuestros nombres en el cielo y pidámosle la gracia de la perseverancia en su servicio para que nos dé el nombre nuevo que tiene pensado eternamente para nosotros en el cielo, nombre que es el resultado de nuestra fidelidad a la misión a la cual estamos llamados desde siempre por Dios.

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[1] Cf. Chesterton, Ortodoxia, Porrúa México 1998, 88-9
[2] Ibíd.
[3] Mt 7, 21-23
[4] Cf. Mt 17, 14-20

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P. Jorge Loring, S.J.

Décimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Año C Lc 10:1-12. 17-20

1.- En el Evangelio de hoy Jesucristo nos dice que es necesario enviar obreros a la mies, porque la mies es mucha y los operarios pocos.

2.- Evidentemente se refiere a las vocaciones sacerdotales.

3.- Hay que pedir mucho a Dios que haya muchas y buenas vocaciones sacerdotales.

4.- La peor tragedia para una nación es la falta de sacerdotes.

5.- Muy lamentable es que falten médicos e instalaciones sanitarias, pero peor es que falten sacerdotes.

6.- Los médicos, esos grandes bienhechores de la humanidad, lo más que pueden hacer es retrasar la hora de la muerte. Pero ningún médico puede garantizarnos una vida eterna.

7.- El sacerdote es el mayor bienhechor de la humanidad porque es el único que puede garantizarnos una vida eterna.

8.- Es una pena que muchos jóvenes no son capaces de descubrir los valores del sacerdocio.

9.- El materialismo de nuestra época hace que sólo piensen en el dinero y en los placeres de la vida.

10.- Pero se les escapa lo más importante: la felicidad del servicio.

11.- Como dice un autor: «Soñé que la vida era la felicidad. Me desperté y vi que la vida era servicio. Me puse a servir y encontré que en el servicio estaba la felicidad».

12.- Pidamos a Dios que muchos jóvenes valoren la felicidad del servicio a Dios y las almas.

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Directorio Homilético

 

Decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 541-546: el Reino de Dios está cerca

CEC 787, 858-859: los Apóstoles están asociados a la misión de Cristo

CEC 2122: “el operario tiene derecho a su salario”

CEC 2816-2821: “Venga tu Reino”

CEC 555, 1816, 2015: el camino para seguir a Cristo pasa por la cruz

“El Reino de Dios está cerca”

541    “Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). “Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos” (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es “elevar a los hombres a la participación de la vida divina” (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra “el germen y el comienzo de este Reino” (LG 5).

542    Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como “familia de Dios”. Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan el reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf. LG 3).

          El anuncio del Reino de Dios

543    Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

          La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544    El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3); a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).

545    Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

546      Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los cielos” (Mt 13, 11). Para los que están “fuera” (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

La Iglesia es comunión con Jesús

787    Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida (cf. Mc. 1,16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf. Mt 13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf. Lc 10, 17-20) y en sus sufrimientos (cf. Lc 22, 28-30). Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre él y los que le sigan: “Permaneced en Mí, como yo en vosotros … Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él” (Jn 6, 56).

La misión de los apóstoles

858      Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, “llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus “enviados” [es lo que significa la palabra griega “apostoloi”]. En ellos continúa su propia misión: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe”, dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).

859      Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como “el Hijo no puede hacer nada por su cuenta” (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él (cf Jn 15, 5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como “ministros de una nueva alianza” (2 Co 3, 6), “ministros de Dios” (2 Co 6, 4), “embajadores de Cristo” (2 Co 5, 20), “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4, 1).

2122  “Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza” (CIC, can. 848). La autoridad competente puede fijar estas “ofrendas” atendiendo al principio de que el pueblo cristiano debe subvenir al sostenimiento de los ministros de la Iglesia. “El obrero merece su sustento” (Mt 10,10; cf Lc 10,7; 1 Co 9,5-18; 1 Tm 5,17-18).

II       VENGA A NOSOTROS TU REINO

2816  En el Nuevo Testamento, la palabra “basileia” se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

          Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos (San Cipriano, Dom. orat. 13).

2817  Esta petición es el “Marana Tha”, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”:

          Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ‘¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?’ (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

2818  En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2, 13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo” (MR, plegaria eucarística IV).

2819  “El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre “la carne” y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25):

          Solo un corazón puro puede decir con seguridad: ‘¡Venga a nosotros tu Reino!’. Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: ‘Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal’ (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: ‘¡Venga tu Reino!’ (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 13).

2820  Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (cf GS 22; 32; 39; 45; EN 31).

2821    Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús (cf Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 13-16; 6, 24; 7, 12-13).

555    Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios (cf. Is 42, 1). La nube indica la presencia del Espíritu Santo: “Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine, Spiritus in nube clara” (“Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa” (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2):

          Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado Tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que Tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre (Liturgia bizantina, Kontakion de la Fiesta de la Transfiguración,)

1816  El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Por todo aquél que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32-33).

2015  El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:

          El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8).

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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