Domingo II Cuaresma

21
febrero

Domingo II Cuaresma 

(Ciclo C) – 2016

 

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

II Domingo de Cuaresma

21 de febrero 2016- ciclo C

PRIMERA LECTURA

Dios hace alianza con Abrahán, el creyente

Lectura del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo:
—«Mira al cielo;cuenta las estrellas, si puedes.»
Y añadió:
—«Así será tu descendencia.»
Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber.
El Señor le dijo:
—«Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta
tierra.»
Él replicó:
—«Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?»
Respondió el Señor:
—«Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años,
una tórtola y un pichón.»
Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero
no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrán los espantaba.
Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán, y un terror
intenso y oscuro cayó sobre él.
El sol se puso, y vino la oscuridad;una humareda de horno y una antorcha
ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.
Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos:
—«A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río
Éufrates.»

Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL
Sal 26, 1. 7-8a. 8b-9abc. 13-14 (R.: la)

R. El Señor es mi luz y mi salvación. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién
temeré?

El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? R.

Escúchame, Señor, que te llamo;ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro.» R.

Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio. R.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé
valiente, ten ánimo, espera en el Señor. R.

SEGUNDA LECTURA 

Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 17—4, 1

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.
Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay
muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición;
su Dios, el vientre;su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas.
Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un
Salvador: el Señor Jesucristo.
Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.
Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Palabra de Dios

EVANGELIO

Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la
montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos
brillaban de blancos.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo
con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño;y, espabilándose, vieron su gloria y a los
dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
—«Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para
Moisés y otra para Elías.»
No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al
entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:
—«Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el
momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

II Domingo de Cuaresma- 21 de febrero 2016- ciclo C

Entrada: La búsqueda de la gloria de Dios revelada en el rostro transfigurado de Cristo, debe alentar nuestra peregrinación terrena. Jesús nos muestra que después de la cruz viene la alegría de la resurrección.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                                   Gn 15,5-12.17-18

Dios sella una alianza con Abraham, quien por su fe, obtuvo la bendición para él y su descendencia.

Salmo Responsorial: 26

Segunda Lectura:                           Flp 3,17-4,1 o bien 3,20-4,1
Es Cristo Dios quien transfigurará nuestro cuerpo mortal en uno semejante al suyo, lleno de gloria.

Evangelio:                                                             Lc 9,28b-36

Lucas en su Evangelio nos presenta la oración de Jesús como el contexto de su transfiguración. En la oración somos transfigurados a su imagen.

Preces: 2° Cuaresma

Presentemos a Cristo transfigurado en el monte, la oración confiada de su Iglesia.
A cada intención respondemos cantando:

* Por el Papa, los Obispos y todos los sacerdotes: que en medio de las dificultades que atraviesa la Iglesia para difundir su mensaje, sepan transmitir la realidad gloriosa de Cristo Señor, que transfigura el alma cristiana. Oremos.

* Por los frutos de este año jubilar de la misericordia, especialmente para que sean liberadas todas las almas del purgatorio y puedan ver definitivamente el rostro resplandeciente de Jesús misericordioso. Oremos.

* Por los que sufren en el cuerpo o en alma: que unidos a Jesús crezcan en la esperanza de una trasfiguración futura. Oremos.

* Por todos los que participamos de la Eucaristía este domingo, que se acreciente en nuestros corazones la presencia del rostro amado del Señor. Oremos.

Señor Jesús, Tú eres nuestra luz y salvación, ten piedad de nosotros y concédenos lo que con fe te pedimos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Ofertorio:

Queremos asociarnos al Sacrificio redentor de Cristo para que el Padre nos ame como lo amó a Él.

Presentamos:

* En los dones de pan y vino, llevamos nuestra vida al altar junto con las necesidades de nuestros seres queridos.

Comunión: Dios Padre, lleno de amor, se complace en nosotros cuando nos acercamos a recibir a Jesús sacramentado y El nos asimila en su misterio.

Salida: Que María Santísima, que se dejó iluminar interiormente por el fulgor radiante que se manifestó en el monte Tabor, sea fuente de esperanza para todos los fieles.

 

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Transfiguración de Jesús

La transfiguración se pone en relación con la confesión de Pedro y el subsiguiente anuncio de la pasión: ocho días después de estos discursos. La transfiguración representa y confirma lo que ha anunciado Jesús. El monte es el lugar de las epifanías de Dios. En el monte de Dios, Horeb, vio Moisés a Dios en la zarza ardiente[1]. Israel vio el monte Sinaí completamente cubierto de humo porque el Señor había descendido a él en el fuego[2].

Para Lucas no tiene importancia dónde está situado el monte de la transfiguración ni cómo se llama. Lo que en cambio le importaba era decir que Jesús subió al monte para orar. Antes de recibir de los discípulos la confesión de Mesías y antes de comenzar la revelación de su pasión y muerte, había orado Jesús en la soledad. Ahora que va a hacerse visible aquello de que ha hablado, vuelve otra ver a orar. La proclamación y la manifestación de Jesús suponen su oración, la comunión con el Padre. Aquello de que habla a los hombres lo trata primero con el Padre.

Los tres discípulos a los que toma consigo habían sido también testigos de la resurrección de la hija de Jairo. También serán testigos de su agonía en el huerto de los Olivos. Antes de que lo vean en su angustia mortal les hace el presente de contemplarlo como triunfador del poder de la muerte. Él tiene poder sobre la muerte de la muchacha; transfigurado, triunfa también de su propia muerte. Sólo elige tres, porque tres testigos son más que suficientes para la prueba de una verdad[3]. Probablemente sólo toma a tres para que le acompañen al monte, porque la glorificación de Jesús debe ser un misterio de fe hasta su venida gloriosa, como también el resucitado sólo apareció a los testigos señalados de antemano por Dios[4].

El mundo divino se muestra en resplandores de luz. «Tú te cubres de luz como con un manto»[5]. La gloria de Dios brilla como un relámpago y penetra entera la persona de Cristo, hasta sus vestiduras. Jesús se manifiesta como el Cristo de Dios, como ha de venir un día con el poder y el esplendor de un soberano. Lo que confesó Pedro se hace ahora visible.

Dios manifestó a Jesús, mientras éste oraba. Durante la oración vino el Espíritu sobre él en el bautismo. Orando muere, y ya comienza a brillar su gloria en la confesión del centurión. Del bautismo arranca un arco que, pasando por la transfiguración, se extiende hasta la resurrección. El camino de la gloria es la confesión de la propia nada en la oración, la cual se experimenta sobre todo en la muerte. En la oración se expresa la prontitud para la entrega a la voluntad de Dios, se sientan las bases para el don de la glorificación por Dios.

El resplandor de la gloria de Dios envuelve también a los dos hombres que se aparecen y los muestra como figuras celestiales. Los evangelistas ven en ellos a Moisés y Elías. De los dos se decían que habían sido trasladados al cielo. Ambos son «profetas, poderosos en obras y en palabras», ambos fueron puestos en estrecha relación con la venida del Mesías: Elías fue preparador del camino del Mesías, Moisés fue su imagen y modelo según el dicho de los doctores de la ley: Como el primer redentor (Moisés), así el segundo (el Mesías). Ambos son figuras de la pasión. Los Hechos de los apóstoles presentan a Moisés como siervo de Dios incomprendido y repudiado[6], Elías se queja ante Dios de que sus adversarios conspiran contra su vida[7]. La imagen de Elías asoma ya en la resurrección del hijo de la viuda de Naím, la de Moisés en la multiplicación de los panes para dar de comer al pueblo en el desierto. Las dos grandes figuras del Antiguo Testamento brillan en el resplandor de la gloria de Dios, pero ambos tuvieron que pasar antes por el sufrimiento. En ellos se diseña el camino de Jesús: por la pasión a la gloria de Dios, por el destino del siervo de Dios al divino esplendor del Mesías. Las dos grandes figuras del Mesías hablaban de la muerte que había de sufrir él en Jerusalén. Ambos confirman el anuncio de la pasión y de la muerte. El sufrimiento y la muerte forman parte del designio trazado por Dios mismo, hacía mucho tiempo, en la Escritura, en la ley y en los profetas. Tenía que cumplirse en Jerusalén[8]: la muerte y la glorificación. Allí termina su camino y comienza su gloria. La muerte de Cristo en Jerusalén es el punto central de la historia salvífica. Hacia este punto miran los grandes hombres del tiempo anterior, hacia él mira también la Iglesia. La muerte de Jesús en Jerusalén es el comienzo del tiempo final; este, en efecto, lleva a perfección lo que había comenzado en la muerte.

¿Hay que ver conexiones entre el monte de la transfiguración y el monte de los Olivos, en el que la pasión comenzó? En ambos lugares están dormidos los tres discípulos y testigos elegidos, mientras Jesús ora. Cuando «se levantó de la oración, fue hacia sus discípulos y los encontró dormidos por causa de la tristeza»[9]. En el monte de la transfiguración despiertan y perciben su gloria; en el monte de los Olivos son despertados por el Señor, y a continuación aparece ya el traidor[10]. El camino de la gloria pasa por el sufrimiento, por la pasión. Sólo los que velan en oración comprenden este camino.

Pedro quiere retener la aparición en tres tiendas. Cuando Dios viene al hombre, habita en la tienda. Así sucedía en el desierto cuando Dios moraba con su pueblo en el tabernáculo de la Alianza, y así se dice también en forma figurada con respecto al tiempo final: «Aquí está la tienda de Dios con los hombres; y morará con ellos: y ellos serán sus pueblo, y Dios mismo con ellos estará»[11].

Pedro piensa que se ha iniciado ya el reino de Dios, que ha comenzado ya la era mesiánica, que Dios y sus santos habitan ya en su pueblo, por lo cual es conveniente que los tres discípulos estén allí. En efecto, ahora podían ellos construir las tiendas. ¡Cómo se reflejan en las representaciones humanas los grandes hechos salvíficos de Dios!

El apóstol no sabía lo que decía. Con Jesús ha aparecido la gloria mesiánica, pero sólo por pocos momentos. Todavía no se puede retener. Antes hay que andar el camino hasta Jerusalén, donde aguarda la muerte. Tampoco los discípulos pueden todavía retener la gloria, también a ellos les es necesario caminar: tienen que partir a través de la muerte. Esta ley se aplica, no sólo a los tres, sino a todos los discípulos a través del tiempo de la Iglesia. Todavía no podemos retener[12], sino que debemos seguir caminando con constancia decidiéndonos una y otra vez por la palabra de Dios…

La nube es señal de la presencia de Dios[13], que confiere gracia o que castiga. Acompaña al pueblo de Dios en su peregrinación por el desierto[14], envuelve al monte Sinaí cuando desciende Dios en la figura del fuego para manifestar su voluntad[15]. Una nube llenó el templo cuando fue consagrado; en él se posa la gloria de Dios[16]. El comienzo del tiempo final está acompañado de nubes[17]. La nube que en el monte de la transfiguración envuelve a Moisés y a Elías manifiesta la presencia de Dios, la gloria divina de Jesús, la anticipación del tiempo final. «Entonces aparecerá su gloria, y asimismo la nube, como se manifestó al tiempo de Moisés y cuando Salomón pidió que el templo fuese gloriosamente santificado»[18]. A los discípulos se ha dado a conocer el «futuro de Dios».

Sobre el monte de la transfiguración se alza un nuevo santuario. Dios establece en forma nueva su presencia entre los hombres, erige un nuevo templo. Ya no es el templo de Jerusalén el lugar de la manifestación y del culto de Dios, sino Jesús, al que apuntaba el Antiguo Testamento. Cristo, que pasando por la pasión y la muerte ha sido glorificado, es presencia, manifestación y centro del nuevo culto divino.

Desde esta nueva tienda de Dios entre los hombres da Dios mismo su revelación y con su palabra declara que Jesús es su Hijo, el elegido. En él se cumple lo que había profetizado Isaías acerca del siervo de Yahveh: «He aquí a mi siervo, a quien sostengo yo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él, y él dará la ley a las naciones»[19]. Los enemigos de Jesús se mofarán de él junto a la cruz diciendo: «Que se salve a sí mismo, si él es el ungido de Dios, el elegido»[20]. La voz de los enemigos recusa la reivindicación mesiánica por causa de la pasión. Cristo es el elegido, no sólo en la pasión, ni tampoco sólo a pesar de la pasión, sino precisamente por la pasión. Dios lo ha elegido, lo ha hecho Hijo de Dios y ungido de Dios, porque él va a la gloria a través de la pasión y la muerte.

Escuchadlo. La voz de Dios repite lo que había dicho Moisés sobre el profeta venidero: «Un profeta os suscitará Dios, el Señor, de entre vuestros hermanos como a mí; lo escucharéis en todo lo que os hable. Todo el que no escuche a tal profeta será exterminado del pueblo»[21]. La ley que promulga Jesús a los tres apóstoles en el monte de la transfiguración reza así: Por la pasión y la muerte, a la resurrección y a la gloria. Esta es la ley de Cristo, la ley de sus discípulos, la ley de la Iglesia, la ley de los sacramentos y de la vida cristiana.

La epifanía dura poco. Encontró a Jesús solo. Jesús, «siendo de condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres»[22]. Descendió del Padre a Nazaret, después de la epifanía del bautismo se dirigió al desierto, tras la gran revelación en Nazaret fue a Cafarnaúm… estaba solo, incomprendido…

Los discípulos, mientras estuvo Jesús con ellos, no hablaron a nadie de lo que habían visto. Ven el reino de Dios y sus misterios. Pero el mayor misterio es éste: que la gloria del reino se inicia con la muerte de Jesús, que el salvador da la salvación por el camino del sufrimiento.

¿Quién estaba maduro para soportar este misterio del reino de Dios?

Alois Stöger, El Nuevo Testamento y su Mensaje, comentario a Lc 9, 28-36 http://www.mercaba.org/FICHAS/BIBLIA/CARTEL_NT_MENSAJE.htm

[1] Ex 3
[2] Ex 19, 18
[3] Dt 19, 15
[4] Hch 10, 41
[5]  Sal 104, 2; 1 Tm 6, 16
[6] Hch 7, 17-44
[7] 1 R 19, 10
[8]  Lc 9, 51; 13, 22; 17, 11; 18,31; 19, 11; 24, 36-53; Hch 1, 4-13
[9] Lc 22, 45
[10] Lc 22, 47
[11] Ap 21, 3
[12] Jn 20, 17
[13] Cf. 1, 35; Ex 16, 10; 19, 9
[14] Ex 14, 20
[15] Ex 19, 16s
[16] 1 R 8, 10s
[17] So 1, 15; Ez 30, 18; 34, 12; Jl 2, 2
[18] 2 M 2, 8
[19] Is 42, 1
[20] Lc 23, 35
[21] Hch 3, 22s; Dt 18, 15.19
[22] Flp 2, 6s

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Comentario Teológico

·        S.S. Benedicto XVI

LA TRANSFIGURACIÓN

En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: «Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a San­tiago y a su hermano Juan» (Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas escribe: «Unos ocho días después…» (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relaciona­dos uno con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamen­te. Juan ha expresado con palabras esta conexión in­terna de cruz y gloria al decir que la cruz es la «exalta­ción» de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz. Pero ahora debemos analizar más a fon­do esa singular indicación temporal. Existen dos in­terpretaciones diferentes, pero que no se excluyen una a otra.

Jean-Marie van Cangh y Michel van Esbroeck han analizado minuciosamente la relación del pasaje con el calendario de fiestas judías. Llaman la atención so­bre el hecho de que sólo cinco días separan dos gran­des fiestas judías en otoño: primero el Yom Hakkippu­rim, la gran fiesta de la expiación; seis días más tarde, la fiesta de las Tiendas (Sukkot), que dura una sema­na. Esto significaría que la confesión de Pedro tuvo lugar en el gran día de la expiación y que, desde el pun­to de vista teológico, se la debería interpretar en el tras­fondo de esta fiesta, única ocasión del año en la que el sumo sacerdote pronuncia solemnemente el nombre de YHWH en el sanctasanctórum del templo. La confe­sión de Pedro en Jesús como Hijo del Dios vivo tendría en este contexto una dimensión más profunda. Jean Daniélou, en cambio, relaciona exclusivamente la da­tación que ofrecen los evangelistas con la fiesta de la Tiendas, que —como ya se ha dicho— duraba una se­mana. En definitiva, pues, las indicaciones temporales de Mateo, Marcos y Lucas coincidirían. Los seis o cer­ca de ocho días harían referencia entonces a la semana de la fiesta de las Tiendas; por tanto, la transfiguración de Jesús habría tenido lugar el último día de esta fiesta, que al mismo tiempo era su punto culminante y su síntesis interna.

Ambas interpretaciones tienen en común que rela­cionan la transfiguración de Jesús con la fiesta de las Tiendas. Veremos que, de hecho, esta relación se ma­nifiesta en el texto mismo, lo que nos permite entender mejor todo el acontecimiento. Aparte de la singulari­dad de estos relatos, se muestra aquí un rasgo funda­mental de la vida de Jesús, puesto de relieve sobre todo por Juan, como hemos visto en el capítulo prece­dente: los grandes acontecimientos de la vida de Jesús guardan una relación intrínseca con el calendario de fiestas judías; son, por así decirlo, acontecimientos li­túrgicos en los que la liturgia, con su conmemoración y su esperanza, se hace realidad, se hace vida que a su vez lleva a la liturgia y que, desde ella, quisiera volver a convertirse en vida.

Precisamente al analizar las relaciones entre la histo­ria de la transfiguración y la fiesta de las Tiendas vere­mos que todas las fiestas judías tienen tres dimensio­nes. Proceden de celebraciones de la religión natural, es decir, hablan del Creador y de la creación; luego se convierten en conmemoraciones de la acción de Dios en la historia y finalmente, basándose en esto, en fies­tas de la esperanza que salen al encuentro del Señor que viene, en el cual la acción salvadora de Dios en la his­toria alcanza su plenitud, y se llega a la vez a la recon­ciliación de toda la creación. Veremos que estas tres di­mensiones de las fiestas profundizan más y adquieren un carácter nuevo mediante su realización en la vida y la pasión de Jesús.

A esta interpretación litúrgica de la fecha se contrapo­ne otra, defendida insistentemente sobre todo por Hart­mut Gese, que no cree suficientemente fundada la re­lación con la fiesta de las Tiendas y, en su lugar, lee todo el texto sobre el trasfondo de Éxodo 24, la subida de Moisés al monte Sinaí. En efecto, este capítulo, en el que se describe la ratificación de la alianza de Dios con Israel, es una clave esencial para la interpretación del acontecimiento de la transfiguración. En él se di­ce: «La nube lo cubría y la gloria del Señor descansa­ba sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube» (Ex 24, 16). El hecho de que aquí —a diferencia de lo que ocurre en los Evangelios— se hable del séptimo día no impide una relación entre Éxodo 24 y el acon­tecimiento de la transfiguración; en cualquier caso, a mí me parece más convincente la datación basada en el calendario de fiestas judías. Por lo demás, nada tiene de extraño que en los acontecimientos de la vida de Jesús confluyan relaciones tipológicas diferentes, de­mostrando así que tanto Moisés como los Profetas ha­blan todos de Jesús.

Pasemos a tratar ahora del relato de la transfiguración. Allí se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santia­go y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9, 2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el mon­te de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la trans­figuración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los se­tenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en ora­ción— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diver­sos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte de la tentación, el monte de su gran predica­ción, el monte de la oración, el monte de la transfigu­ración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión, en el que el Señor —en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio— dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Anti­guo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revela­ción se hace liturgia.

En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo ge­neral del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un res­pirar en el aire puro de la creación; el monte que per­mite contemplar la inmensidad de la creación y su be­lleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador. La historia añade a estas consideraciones la experiencia del Dios que habla y la experiencia de la pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sa­crificio del cordero, prefiguración del Cordero defini­tivo sacrificado en el monte Calvario. Moisés y Elías re­cibieron en el monte la revelación de Dios; ahora es­tán en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona.

«Y se transfiguró delante de ellos», dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbu­ciendo ante el misterio: «Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos nin­gún batanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya pa­labras de mayor aplomo: «Su rostro resplandecía co­mo el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de una montaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acon­tecimiento del que son testigos los tres discípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29). La transfigura­ción es un acontecimiento de oración; se ve claramen­te lo que sucede en la conversación de Jesús con el Pa­dre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se perci­be también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confe­sión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo.

Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia: «Cuando Moisés bajó del monte Sinaí… no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor» (Ex 34, 29). Al hablar con Dios su luz resplandece en él y al mismo tiempo, le hace resplandecer. Pero es, por así decirlo, una luz que le llega desde fuera, y que ahora le hace bri­llar también a él. Por el contrario, Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que Él mis­mo es Luz de Luz.

Al mismo tiempo, las vestiduras de Jesús, blancas co­mo la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los ves­tidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que se­rán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cor­dero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bau­tismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Ec 15, 22). A tra­vés del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.

Ahora aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. Lo que el Resucitado explicará a los discípulos en el ca­mino hacia Emaús es aquí una aparición visible. La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta —al menos en una breve indicación—de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muer­te, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sen­tido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pa­sión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas.

Con ello aparece claro que el tema fundamental de la Ley y los Profetas es la «esperanza de Israel», el éxo­do que libera definitivamente; que, además, el conte­nido de esta esperanza es el Hijo del hombre que su­fre y el siervo de Dios que, padeciendo, abre la puerta a la novedad y a la libertad. Moisés y Elías se convier­ten ellos mismos en figuras y testimonios de la pasión. Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pa­sión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en liber­tad y alegría.

En este punto hemos de anticipar la conversación que los tres discípulos mantienen con Jesús mientras ba­jan del «monte alto». Jesús habla con ellos de su fu­tura resurrección de entre los muertos, lo que pre­supone obviamente pasar primero por la cruz. Los discípulos, en cambio, le preguntan por el regreso de Elías anunciado por los escribas. Jesús les dice al res­pecto: «Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 9-13). Je­sús confirma así, por una parte, la esperanza en la venida de Elías, pero al mismo tiempo corrige y com­pleta la imagen que se habían hecho de todo ello. Iden­tifica la Elías que esperan con Juan el Bautista, aun sin decirlo: en la actividad del Bautista ha tenido lugar la venida de Elías.

Juan había venido para reunir a Israel y prepararlo para la llegada del Mesías. Pero si el Mesías mismo es el Hijo del hombre que padece, y sólo así abre el ca­mino hacia la salvación, entonces también la actividad preparatoria de Elías ha de estar de algún modo bajo el signo de la pasión. Y, en efecto: «Han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 13). Jesús recuerda aquí, por un lado, el destino efec­tivo del Bautista, pero con la referencia a la Escritura hace alusión también a las tradiciones existentes, que predecían un martirio de Elías: Elías era considerado «como el único que se había librado del martirio du­rante la persecución; a su regreso… también él debe sufrir la muerte» (Pesch, Markusevangelium II, p. 80).

De este modo, la esperanza en la salvación y la pa­sión son asociadas entre sí, desarrollando una imagen de la redención que, en el fondo, se ajusta a la Escri­tura, pero que comporta una novedad revolucionaria respecto a las esperanzas que se tenían: con el Cristo que padece, la Escritura debía y debe ser releída con­tinuamente. Siempre tenemos que dejar que el Señor nos introduzca de nuevo en su conversación con Moi­sés y Elías; tenemos que aprender continuamente a comprender la Escritura de nuevo a partir de Él, el Resu­citado.

Volvamos a la narración de la transfiguración. Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El «temor de Dios» se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perci­ben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y en­tonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimien­to «… no sabía lo que decía» (9, 6): «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5).

Se ha debatido mucho sobre estas palabras pronun­ciadas, por así decirlo, en éxtasis, en el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios. ¿Tie­nen que ver con la fiesta de las Tiendas, en cuyo día final tuvo lugar la aparición? Hartmut Gese lo discu­te y opina que el auténtico punto de referencia en el Antiguo Testamento es Éxodo 33, 7ss, donde se des­cribe la «ritualización del episodio del Sinaí»: según este texto, Moisés montó «fuera del campamento» la tienda del encuentro, sobre la que descendió después la columna de nube. Allí el Señor y Moisés hablaron «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33, 11). Por tanto, Pedro querría aquí dar un carác­ter estable al evento de la aparición levantando tam­bién tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo. Podría tra­tarse de una reminiscencia del texto de la Escritura an­tes citado; tanto la exegesis judía como la paleocris­tiana conocen una encrucijada en la que confluyen diversas referencias a la revelación, complementándo­se unas a otras. Sin embargo, el hecho de que debían construirse tres tiendas contrasta con una referencia de semejante tipo o, al menos, la hace parecer secun­daria.

La relación con la fiesta de las Tiendas resulta plau­sible cuando se considera la interpretación mesiánica de esta fiesta en el judaísmo de la época de Jesús. Jean Daniélou ha profundizado en este aspecto de manera convincente y lo ha relacionado con el testimonio de los Padres, en los que las tradiciones judías eran sin du­da todavía conocidas y se las reinterpretaba en el con­texto cristiano. La fiesta de las Tiendas presenta el mis­mo carácter tridimensional que caracteriza —como ya hemos visto– a las grandes fiestas judías en general: una fiesta procedente originariamente de la religión natural se convierte en una fiesta de conmemoración histórica de las intervenciones salvíficas de Dios, y el recuerdo se convierte en esperanza de la salvación de­finitiva. Creación, historia y esperanza se unen entre sí. Si en la fiesta de las Tiendas, con la ofrenda del agua, se imploraba la lluvia tan necesaria en una tierra árida, la fiesta se convierte muy pronto en recuerdo de la mar­cha de Israel por el desierto, donde los judíos vivían en tiendas (chozas, sukkot) (cf. Lv 23,43). Daniélou ci­ta primero a Riesenfeld: «Las Tiendas no eran sólo el recuerdo de la protección divina en el desierto, sino lo que es más importante, una prefiguración de los sukkot [divinos] en los que los justos vivirían al llegar el mundo futuro. Parece, pues, que el rito más carac­terístico de la fiesta de las Tiendas, tal como se celebra­ba en los tiempos del judaísmo, tenía relación con un significado escatológico muy preciso» (p. 451). En el Nuevo Testamento encontramos en Lucas las palabras sobre la morada eterna de los justos en la vida futura (16, 9). «La epifanía de la gloria de Jesús —dice Danié­lou— es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las caracte­rísticas de los tiempos mesiánicos era que los justos mo­rarían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tien­das» (p. 459). La vivencia de la transfiguración durante la fiesta de las Tiendas hizo que Pedro reconociera en su éxtasis «que las realidades prefiguradas en los ritos de la fiesta se habían hecho realidad… La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiá­nico» (p. 459). Al bajar del monte Pedro debe apren­der a comprender de un modo nuevo que el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración —ser luz en virtud del Señor y con Él— comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión.

A partir de estas conexiones adquiere también un nuevo sentido la frase fundamental del Prólogo de Juan, en la que el evangelista sintetiza el misterio de Jesús: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). Efectivamente, el Señor ha puesto la tienda de su cuerpo entre nosotros inaugurando así el tiem­po mesiánico. Siguiendo esta idea, Gregorio de Nisa analiza en un texto magnífico la relación entre la fies­ta de las Tiendas y la Encarnación. Dice que la fiesta de las Tiendas siempre se había celebrado, pero no se ha­bía hecho realidad. «Pues la verdadera fiesta de las Tien­das, en efecto, no había llegado aún. Pero precisamen­te por eso, según las palabras proféticas [en alusión al Salmo 118, 27] Dios, el Señor del universo, se nos ha revelado para realizar la construcción de la tienda destruida de la naturaleza humana» (De anima, PG 46, 132 l3; cf. Daniélou, pp. 464-466).

Teniendo en cuenta esta panorámica, volvamos de nue­vo al relato de la transfiguración. «Se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Éste es mi Hi­jo amado; escuchadlo» (Mc 9, 7). La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la pre­sencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cu­bre ahora «con su sombra» también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Pa­dre mismo proclama desde la nube a Jesús como Hijo: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido» (Mc 1, 11).

Pero a esta proclamación solemne de la dignidad fi­lial se añade ahora el imperativo: «Escuchadlo». Aquí se aprecia de nuevo claramente la relación con la su­bida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como trasfondo de la historia de la transfiguración. Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la en­señanza de Dios. Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: «Escuchadlo». Hartmut Gese comenta esta es­cena de un modo bastante acertado: «Jesús se ha convertido en la misma Palabra divina de la revelación. Los Evangelios no pueden expresarlo más claro y con ma­yor autoridad: Jesús es la Torá misma» (p. 81). Con es­to concluye la aparición: su sentido más profundo que­da recogido en esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender siempre de nuevo: «Escuchadlo».

Si aprendemos a interpretar así el contenido del rela­to de la transfiguración como irrupción y comienzo del tiempo mesiánico—, podemos entender también las oscuras palabras que Marcos incluye entre la con­fesión de Pedro y la instrucción sobre el discipulado, por un lado, y el relato de la transfiguración, por otro: «Y añadió: “Os aseguro que algunos de los aquí pre­sentes no morirán hasta que vean venir con poder el Reino de Dios”» (9, 1). ¿Qué significa esto? ¿Anuncia Jesús quizás que algunos de los presentes seguirán con vida en su Parusía, en la irrupción definitiva del Reino de Dios? ¿O acaso preanuncia otra cosa?

Rudolf Pesch (II 2, p, 66s) ha mostrado convincen­temente que la posición de estas palabras justo antes de la transfiguración indica claramente que se refieren a este acontecimiento. Se promete a algunos —los tres que acompañan a Jesús en la ascensión al monte— que vivirán una experiencia de la llegada del Reino de Dios «con poder». En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Dios. En el monte los cu­bre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el mon­te —en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas— reconocen que ha llegado la ver­dadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimen­tan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el «poder» (dýnamis) del reino que llega en Cristo.

Pero precisamente en el encuentro aterrador con la gloria de Dios en Jesús tienen que aprender lo que Pa­blo dice a los discípulos de todos los tiempos en la Pri­mera Carta a los Corintios: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo —ju­díos o griegos—, poder (dýnamis) de Dios y sabiduría de Dios» (1, 23s) Este «poder» (dýnamis) del reino fu­turo se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la «necesidad» de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24, 26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introdu­ciendo así poco a poco en toda la profundidad del mis­terio de Jesús.

Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Planeta Santiago 2007, 356-70

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LA TRANSFIGURACIÓN

Lc 9, 28-36

¿Por qué afirmó el evangelista: a los ocho días de dichas estas palabras? ¿No será, acaso, porque quien oye las palabras de Cristo y cree en ellas, verá su gloria en el tiempo de su resurrección? En realidad, la resurrección se llevó a cabo en el octavo día, y, por eso muchas veces los salmos llevan como título: para la octava. Puede ser también que con ello nos quiera mostrar por qué Él había dicho que todo el que, por causa de la palabra de Dios, pierde su alma, la salvará, porque cumplirá en él sus promesas en el día de la resurrección.

7. Pero Mateo y Marcos mencionan que fueron conducidos seis días después. Y, por lo mismo, nosotros podemos decir que esto tuvo lugar después de seis mil años —pues mil años ante los ojos de Dios son como un día (Ps 89,4)—, pero se puede decir también que más de seis mil años, y preferimos ver los seis días como un símbolo, ya que en seis días fue creado todo el mundo, y esto para que por el tiempo comprendamos las obras y por éstas el mundo. Así es como se nos ha revelado la resurrección futura que tendrá lugar al fin del mundo, o puede ser también que aquel que ha ascendido sobre la tierra, espere, sentado en lo alto del cielo, el fruto eterno de la resurrección futura.

8. Por eso hemos de trascender las cosas del mundo para poder ver a Dios cara a cara. Sube a un monte, anuncia a Sión la buena nueva (Is 40,9). Si debe subir a un monte quien anuncia a Sión, ¿cuánto más el que predica a Cristo y a Cristo que resucita para la gloria? No hay duda que ha habido muchos que vieron su cuerpo; ya que muchos hemos conocido a Cristo según la carne, pero ahora ya no es así (2 Cor 5,16).

9. Muchos lo hemos conocido porque lo hemos visto —he aquí que lo hemos visto y no tenía figura ni hermosura (Is 53,2) — sin embargo, sólo tres, y éstos elegidos, fueron llevados al monte. Si no atendiese a la condición de elegidos, yo creería que en estos tres está simbolizado místicamente todo el género humano, ya que todos los hombres descienden de los tres hijos de Noé. Quizás quiera enseñarnos que, entre todos los hombres, solamente merezcan llegar a la gracia de la resurrección los que hubieren confesado a Cristo, ya que los impíos no resucitarán para el juicio (Ps 1,5), aunque serán castigados en virtud de un juicio, de algún modo celebrado. Tres, pues, son elegidos para subir al monte, y se escoge a dos para aparecer junto al Señor. Ambos números parecen sagrados. Y la razón es porque, seguramente ninguno puede contemplar la gloria de la resurrección, sin que haya creído perfectamente el misterio de la Trinidad con una fe pura y sincera. Así, pues, subieron Pedro, que fue quien recibió las llaves del reino de los cielos; Juan, a quien encomendó su Madre, y Santiago, que fue el primero en tomar posesión del trono sacerdotal.

10. Entonces aparecen Moisés y Elías, es decir, la Ley y la Profecía, con el Verbo; en realidad, ni la Ley puede existir sin el Verbo ni profeta alguno puede haber vaticinado algo que no se refiera al Hijo de Dios. Y con esa gloria corporal es, sin duda, como contemplaron a Moisés y a Elías los “Hijos del Trueno”; pero también nosotros vemos diariamente a Moisés con el Hijo de Dios, ya que, al leer amarás al Señor tu Dios, contemplamos la Ley en el Evangelio; como también vemos a Elías con el Verbo cuando leemos: He aquí que una virgen concebirá en su seno (Is 7,14) 8.

11. Por eso añade muy bien Lucas a este propósito que hablaban de su muerte, la cual había de cumplirse en Jerusalén. No hay duda que los misterios te instruyen acerca de su muerte. Y también hoy nos enseña Moisés y nos habla Elías, y hoy tam-bién podemos ver a Moisés en un alto grado de gloria. ¿Quién no va a tener esa posibilidad, cuando el mismo pueblo judío lo pudo ver y, aún más, lo vio? El contempló el rostro glorificado de Moisés, pero se les interpuso un velo, ya que no subió al monte, que fue la razón por la que cayó en el error. Quien sólo contempló a Moisés no pudo ver al mismo tiempo al Verbo de Dios.

12. Descubramos, por tanto, nuestro rostro para que podamos contemplar a cara descubierta la gloria de Dios y nos transemos en la misma imagen (2 Cor 3,18). Subamos al monte, imploremos al Verbo de Dios, que, “ya que es fuerte y avanza majestuosamente y reina” (Ps 44,3), se nos aparezca en su esplendor y belleza. Sin embargo, todo esto es un misterio y encierra en sí mismo una realidad más profunda; es decir, que para ti, el Verbo aumenta o decrece según tu capacidad, y, si no subes más alto de la prudencia, no se te aparecerá la Sabiduría ni entenderás los misterios, ni cuánta gloria y hermosura se encuentra escondida en el Verbo de Dios, sino que para ti este Verbo será como un cuerpo desprovisto de todo esplendor y hermosura (Is 53,2ss), o un hombre hecho una llaga, que soporta nuestras enfermedades, o, finalmente, una especie de palabra pronunciada por un hombre que, aunque vestida con el ropaje de las letras, no tiene ningún fulgor, propio del poder del Espíritu. Pero, por el contrario, si, mientras contemplas al hombre, crees firmemente que ese cuerpo fue engendrado por la Virgen, y, poco a poco, la fe va penetrando en su procedencia del Espíritu de Dios, entonces es cuando comienzas a subir al monte. Si comprendes que el que pende de la cruz está como dominador de la muerte, y no como vencido, sino como vencedor, y que la tierra tembló, el sol se ocultó, las tinieblas invadieron los ojos de los incrédulos, los sepulcros se abrieron, los muertos resucitaron, y todo esto para que fuera una señal de que aquel pueblo gentil, que estaba muerto para Dios, procede, por así decirlo, de las, llagas abiertas de su cuerpo, y que El después resucitó, bañado por la luz de la cruz; si te das cuenta plena de este misterio, has subido a un monte muy alto y, allí, contemplarás otras grandezas del Verbo.

13. Se veían en El vestidos propios de la parte superior de la persona y otros de la inferior. Parece posible que los vestidos del Verbo simbolicen las palabras de la Escritura, como si fueran una especie de indumentaria del pensamiento divino, porque, del mismo modo que a Pedro, Juan y Santiago se les apareció con otro aspecto y su vestido resplandeció de blancura, así también el sentido de las divinas Escrituras se te hará transparente a los ojos de tu inteligencia. Así es como la palabra divina se vuelve como la nieve, y los vestidos del Verbo se blanquean con una intensidad como no lo puede blanquear lavandero alguno sobre la tierra (Mc 9,26).

14. Tratemos de buscar a este lavandero y a esta nieve. Leemos que Isaías subió a la finca de un lavandero (Is 7,3). Ahora bien, ¿quién es esté lavandero, sino Aquel que tiene casi por oficio lavar nuestros pecados? El mismo es quien ha dicho: aunque vuestros delitos fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve (Is 1,18). ¿Quién es este lavandero, sino el que, una vez que nos hubo borrado todos los pecados corporales, se dedicó a poner al sol divino los vestidos de nuestro espíritu y el ropaje de nuestras virtudes?

15. También tengo oído, y tomo con esto un argumento para refutar a los adversarios, que alguien ha comparado la elocuencia de dos hombres prudentes a la nieve y a las abejas. También he visto que David dijo: ¡Cuán dulce son a mi paladar tus preceptos, ellos son para mi boca más agradables que la miel! (Ps 118,103), y más adelante: Tu palabra es para mis pies como esa antorcha, es la luz de mis pasos (ibíd., 105). La palabra de Dios es luz y es nieve. La palabra de Dios supera a la miel del panal (Ps 18,11), porque de los labios divinos proceden palabras más dulces que la miel y su claro mensaje desciende suavemente como la nieve a llenar palabras vacías. En verdad, este lenguaje que, descendiendo del cielo a la tierra, fecundó los campos áridos de nuestros corazones, sólo puede ser comparado a la nieve. Y para ver que esto no es algo arbitrario, sino que es una deducción sacada del texto de la Escritura, el mismo Dios lo atestigua, diciendo: Caiga a gotas como la lluvia mi doctrina y desciendan mis palabras como el rocío, como la llovizna sobre la hierba, como la nieve sobre el césped (Deut 32,2).

16. ¡Ojalá, Señor Jesús, reverdezca mi alma con el rocío lluvia! ¡Ojalá empapes mi tierra con el candor de esa nieve, para que las partes áridas de mi cuerpo en primavera no se agosten por un calor prematuro, antes bien, la semilla de la palabra celestial, oculta en la tierra, se fecundice al ponerse en contacto con esa nieve que alimenta! Cuando la nieve visita la tierra, las aves del cielo no tienen dónde habitar, pero gracias a ella la recolección del trigo se lleva a cabo con más exuberancia que de ordinario.

17. Pedro contempló este espectáculo, como también lo vieron los que con él estaban, aunque estuvieron dominados por el sueño; y es que, el esplendor incomprensible de la divinidad hace callar por completo los sentidos de nuestro cuerpo. En efecto, si la pupila de los ojos de la carne no puede aguantar la incidencia de un rayo de sol de frente, ¿cómo la corrupción, propia de los miembros humanos, podrá soportar la gloria de Dios? Y por eso el cuerpo, una vez desligado de las torpezas de los vicios, adquiere una forma más pura y sutil. Y quizás era por esto por lo que se dejaron dominar por el sueño, con el fin de contemplar la imagen de la resurrección después del descanso. Y así, al despertar, pudieron ver su majestad; pues para poder ver la gloria de Cristo hay que estar vigilando. Pedro se extasió de alegría, y los placeres de este mundo ya no le atraían, antes, por el contrario, fue conquistado por la belleza de la resurrección.

18. Y exclamó: ¡Qué agradable nos resulta estar aquí! —también otro ha dicho : En verdad, para mí es mucho mejor morir y estar con Cristo (Phil 1,23)—, pero, no contento con la alabanza, ofrece el servicio de una entrega común y, cual laborioso obrero, no sólo llevado de un sentimiento, sino también con una disposición efectiva, que es más excelente, se presta a edificar tres tiendas. Y aunque es cierto que no sabía lo que decía, sin embargo, prometía su trabajo, en el cual no era una petulancia irreflexiva, sino una entrega, a la verdad, poco madura, la que multiplicaba los frutos de la piedad. Realmente lo que no sabía era fruto de su condición humana, pero lo que prometía era un producto de su deseo de entrega. Es cierto que la humana condición, mientras vive en este corruptible y mortal cuerpo, no sabe fabricar una morada digna de Dios. Por tanto, no presumas entender lo que no te es lícito saber, sea en lo tocante al alma, al cuerpo o a otras realidades. Pues si Pedro no lo logró comprender, ¿cómo lo vas a poder entender tú? Si lo ignoró aquel que se había entregado y que, a causa de su grandeza de alma, no conocía los límites del cuerpo, ¿cómo lo vamos a comprender nosotros que, por una especie de torpor de la mente, nos encontramos prisioneros en la cárcel de la carne? Con todo, la completa entrega fue del agrado de Dios.

19. Y mientras decía esto, apareció una nube que los cubrió. Esta sombra procede del Espíritu divino, y es una sombra que no oscurece los corazones de los hombres, sino que les revela las cosas ocultas. Es la misma que aquella de la que se hace mención en otro lugar cuando dice el ángel: y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1,35). Y el resultado aparece cuando oye la voz que dice:

20. Este es mi Hijo muy amado, oídle, que es lo mismo que el Hijo no es ni Elías ni Moisés, sino solamente este que veis; pues aquéllos se retiraron hacia atrás cuando el Señor comenzó a señalar. Date cuenta, por tanto, cómo la fe perfecta, consiste en conocer al Hijo de Dios (Jn 17,3), no es sólo propia de los principiantes, sino también de los perfectos y, aún más, de los bienaventurados. Pero, puesto que ya lo hemos tratado antes, date cuenta que esta nube no es una elaboración de la humedad nebulosa de montes humeantes (Ps 103,32) ni una sombra vaporosa de aire condensado que oscurece el cielo con el tinte apagado de las tinieblas, sino que es una nube luminosa que no daña con lluvias torrenciales ni con el aluvión de aguas que causan desperfectos, antes, por el contrario, su rocío, enviado por la voz del Dios omnipotente, impregna de fe las almas de los hombres.

21. Y apenas se había escuchado la voz, encontraron a Jesús solo. Este fue el hecho, que, siendo tres los que estaban presentes, no se vio más que a uno. Al principio se contempla a los tres, al final sólo a uno; y es que, en efecto, por la fe perfecta, los tres se hacen uno solo. Es el mismo Señor quien, al final de su vida, pide a su Padre que todos sean uno (Jn 17,2). Y no sólo Moisés y Elías son uno en Cristo, sino que también nosotros somos el mismo cuerpo de Cristo (Rom 12,5). Y de la misma manera que ellos fueron incorporados a Cristo, nosotros también lo seremos en Cristo Jesús; otra interpretación es que la Ley y los Profetas proceden del Verbo; y otra tercera es que todo aquello que tiene origen en el Verbo, en El encuentra también su fin, ya que el fin de la Ley es Cristo, para la justificación de todo creyente (Rom 10,4).

San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nº 7-21, BAC Madrid 1966, 349-56

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

POR LA CRUZ A LA LUZ

El domingo pasado vimos cómo Jesús se dejó guiar al desierto por el Espíritu Santo para ser allí tentado, preparando de este modo su ministerio público. El Evangelio que hoy hemos leído se sitúa al final de dicho ministerio. El tiempo de la Pasión ya se aproxima. Jesús ha predicado incansablemente su buena nueva, confirmándola con milagros y refrendándola con la perfección de su conducta. Sin embargo, pocos son los que han escuchado su mensaje con docilidad de corazón. Los jefes religiosos del judaísmo lo han rechazado y comienzan a urdir planes para eliminarlo.

En este contexto, el Señor comienza a ocuparse con mayor intensidad de la formación de sus apóstoles, aquellos que llevarán su mensaje de salvación a todo el mundo cuando Él “vuelva al Padre”. Es interesante destacar cómo Jesús amó con amor de predilección a tres de sus discípulos, a los cuales asoció de una manera especialmente íntima en los momentos culmi­nantes de su vida. A ellos les revelaría los secretos más recónditos de su divino corazón. Son ellos: Pedro, Juan y Santiago. Estos tres apóstoles parecen poseer en común un especial componente en su carácter: son lo que ya los filósofos antiguos llamaban “almas grandes” o, en otras palabras, hombres magnánimos. Aspiran, como lo demuestran sendos pasajes evangélicos, a la “mejor parte”, poseen una fuerte personalidad, desean ardien­temente un lugar de privilegio en el Reino de Dios. Pedro respon­de afirmativamente y con gran seguridad ante la pregunta de Jesús que lo interroga: ¿Pedro, me amas más que éstos? Santia­go y Juan piden a Jesús, por intermedio de su madre, ocupar los dos lugares de privilegio, a la derecha y a la izquierda, el futuro Reino que el Señor ha prometido instaurar; el Evangelio nos dice que por su carácter impetuoso y decidido eran llamados “hijos del trueno”.

Almas grandes, pues, que aspiran a grandes empresas, dis­puestas para ello a pasar por las mismas pruebas que el Señor deberá afrontar, hasta “beber su mismo cáliz”. Ciertamente que estas aspiraciones están aún impregnadas de miserias humanas, de falsa confianza en las propias fuerzas y no en la gracia de Dios. Jesús purificará por el dolor y la humillación esas tendencias pa­ra transformarlas en oro acrisolado. Sin embargo, podemos rete­ner como enseñanza que Dios ama a las almas generosas, ca­paces de aspirar a los bienes mayores, aborreciendo la chatura propia de la mediocridad. Hay quien no peca grandemente, ni ama tampoco con gran corazón. Jesús dice de María Magdalena: “Mucho se le ha perdonado porque mucho ha amado”.

Si nuestro corazón es ardiente y magnánimo como el de Pe­dro, Santiago y Juan, Dios nos hará partícipes de los secretos de su Reino, que ha reservado a quienes lo aman. También noso­tros, muy probablemente, nos dejaremos muchas veces guiar por una falsa seguridad en nuestras propias fuerzas, nos decla­raremos dispuestos a beber el cáliz del Señor sin habernos re­tirado con El al desierto al que el Espíritu Santo nos atrae para purificarnos de las escorias del pecado, pero si sabemos escuchar la voz de Dios y unir a la magnanimidad la humildad de corazón, el Señor no dejará de saciar la sed que Él mismo ha suscitado en nosotros. “Si alguno me ama, mi Padre lo amará también, ven­dremos a él y haremos morada en él”. Aquella “alma grande”, que era San Pablo, terrible perseguidor de la Iglesia primero y ardiente apóstol luego, nos dice: “Hermanos, aspirad a los bienes más perfectos”.

Por el misterio de la Transfiguración, el Señor quiere preparar a sus discípulos predilectos a la gran prueba que se avecina. Todo el odio del demonio y del mundo están por abatirse sobre el cor­dero que quita los pecados del mundo. La divinidad de Jesucris­to quedará más que nunca invisible a los ojos demasiado hu­manos aún de sus apóstoles. ¿Cómo comprender que aquel que era capaz de curar a ciegos de nacimiento con una sola palabra de su boca, de resucitar a los muertos, de multiplicar pocos pedazos de pan y saciar a cinco mil hombres, deba morir es­carnecido, escupido y aparentemente impotente en el suplicio reservado a los peores criminales? ¿Qué designios misteriosos pueden justificar aquello que para los judíos es un escándalo y para los paganos una locura?

Los apóstoles no están preparados para soportar la prueba de la Fe, de una noche oscura que se hará más cenada que nunca. El Señor los dispone a dicho trance mostrando a sus ojos aún carnales, sólo por un momento, la gloria de la divinidad que se esconde tras el velo de su naturaleza humana. Les hace gustar un instante de gloria para prepararlos a la cruz, que es el único camino hacia la misma. Por la cruza la luz La reacción de Pedro ante esta experiencia divina: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí!”, es aquella que se verifica con frecuencia en cada uno de nosotros: “¿Por qué es necesaria la cruz? ¿Por qué no gozar desde ya de la visión cara a cara de aquel que puede saciar los deseos más recónditos de nuestro corazón? ¿Por qué un Mesías sufriente que busca discípulos que lleven su cruz?”. En estas preguntas que el hombre se hace ante el misterio del dolor se esconde toda la nostalgia que tenemos de aquella presencia divina para la cual Dios ha creado nuestro corazón.

El evangelista San Lucas, que al escribir este evangelio ya había sido iluminado por la venida del Espíritu Santo en Pente­costés, comenta: “Él no sabía lo que decía”. Como advertimos en el evangelio del domingo pasado, es propio del demonio pro­poner la gloria sin la cruz, prometer la felicidad sin pasar por el Calvario, por la purificación interior, por la noche oscura de la Fe.

Queridos hermanos, también a nosotros Jesucristo nos mues­tra su gloria para que comprendamos que lo que lo mueve a seguir caminando hacia Jerusalén es su deseo ardiente de glorificar a su Padre y de ganar nuestra salvación. Su muerte sería aceptada voluntariamente, su causa última no sería sino el amor. Un exceso de amor, como lo manifiesta su sed por tomar nuestro lugar en el altar del sacrificio.

El Señor nos invita a amarlo como Él nos amó primero, cuando aún éramos sus enemigos por el pecado. ‘Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”, dice San Pablo. Amor con amor se paga. Sin embargo, Jesús sabe de la debilidad de nuestra Fe, y por ello muchas veces, a lo largo de nuestro peregrinar en medio de las pruebas de esta vida terrena, nos ilumina con los resplandores de su gloria, hasta que por fin seamos semejantes a El “porque lo veremos tal cual es”.

Jesús nos ilumina de múltiples maneras. Lo hace en la oración, ofreciéndonos el regalo de su presencia, de su voz interior; en los sacramentos, concediéndonos su gracia; en la Sagrada Escritura, que esclarece el camino de nuestra vida; en la mano tendida de un hermano en la fe, que nos conforta con su testimonio de vida y nos aconseja con su palabra; en el amor de una familia cristiana; en el inocente resplandor de los ojos de un niño; en la maravilla de una obra de arte o de una puesta de sol. Demos gracias a Dios por todo ello. No le pidamos el reposo antes del buen combate. Pidámosle tan sólo su gracia hasta que nos llame para recibir de su misericordia la “corona de gloria”. Amén.

 (SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 99-102)

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Benedicto XVI

En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia está dominada por el episodio de la Transfiguración, que en Evangelio de san Lucas sigue inmediatamente a la invitación del Maestro: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23). Este acontecimiento extraordinario nos alienta a seguir a Jesús.

San Lucas no habla de Transfiguración, pero describe todo lo que pasó a través de dos elementos: el rostro de Jesús que cambia y su vestido se vuelve blanco y resplandeciente, en presencia de Moisés y Elías, símbolo de la Ley y los Profetas. A los tres discípulos que asisten a la escena les dominaba el sueño: es la actitud de quien, aun siendo espectador de los prodigios divinos, no comprende. Sólo la lucha contra el sopor que los asalta permite a Pedro, Santiago y Juan “ver” la gloria de Jesús. Entonces el ritmo se acelera: mientras Moisés y Elías se separan del Maestro, Pedro habla y, mientras está hablando, una nube lo cubre a él y a los otros discípulos con su sombra; es una nube, que, mientras cubre, revela la gloria de Dios, como sucedió para el pueblo que peregrinaba en el desierto. Los ojos ya no pueden ver, pero los oídos pueden oír la voz que sale de la nube: “Este es mi Hijo, el elegido; escuchadlo” (v. 35).

Los discípulos ya no están frente a un rostro transfigurado, ni ante un vestido blanco, ni ante una nube que revela la presencia divina. Ante sus ojos está “Jesús solo” (v. 36). Jesús está solo ante su Padre, mientras reza, pero, al mismo tiempo, “Jesús solo” es todo lo que se les da a los discípulos y a la Iglesia de todos los tiempos: es lo que debe bastar en el camino. Él es la única voz que se debe escuchar, el único a quien es preciso seguir, él que subiendo hacia Jerusalén dará la vida y un día “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3, 21).

“Maestro, qué bien se está aquí” (Lc 9, 33): es la expresión de éxtasis de Pedro, que a menudo se parece a nuestro deseo respecto de los consuelos del Señor. Pero la Transfiguración nos recuerda que las alegrías sembradas por Dios en la vida no son puntos de llegada, sino luces que él nos da en la peregrinación terrena, para que “Jesús solo” sea nuestra ley y su Palabra sea el criterio que guíe nuestra existencia.

En este periodo cuaresmal invito a todos a meditar asiduamente el Evangelio. Además, espero que en este Año sacerdotal los pastores “estén realmente impregnados de la Palabra de Dios, la conozcan verdaderamente, la amen hasta el punto de que realmente deje huella en su vida y forme su pensamiento” (cf. Homilía de la misa Crismal, 9 de abril de 2009: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de abril de 2009, p. 3). Que la Virgen María nos ayude a vivir intensamente nuestros momentos de encuentro con el Señor para que podamos seguirlo cada día con alegría.

 (Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 28 de febrero de 2010)

 

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P. Jorge Loring, S.J.

1.- En el Evangelio de hoy se nos narra la Transfiguración de Jesucristo. Se oye una voz del Padre que dice: «Éste es mi amado hijo, ESCUCHADLE».

2.-Si escucháramos el mensaje de Jesucristo el mundo sería una maravilla. Decía el Papa Pío XII: «Si queremos un mundo mejor, hagamos mejores a los hombres». No son las estructuras las que hacen UN MUNDO MEJOR. Son los hombres que están en esas estructuras. Por eso dijo alguien con mucha gracia: «Vamos a ser tú y yo buenos, y habrá dos pillos menos». La gran obra en bien de la humanidad es hacer mejores a los hombres.

3.-Por eso fue un disparate lo que dijo en un mitin electoral el aspirante socialista a Presidente del Gobierno de España hablando a los jóvenes: «Si gano las elecciones habrá más deporte y menos religión».

4.- ¿Es que piensa que quitando la religión los hombres van a ser mejores?

5.-Por aquellos días nos estremeció la noticia de que en Murcia unos niños de doce años habían martirizado a un amigo subnormal. Si estos niños se hubieran formado católicamente no hubieran hecho eso.

6.-La falta de religión es la que fomenta la violencia, la lujuria, la corrupción y el terrorismo.

7.- Los enemigos de la Iglesia la atacan diciendo que es intolerante, porque no acepta el mal. Combatir el mal, es un bien. La Iglesia quiere hombres buenos que sean bienhechores de la humanidad como un San Juan de Dios, un San Vicente de Paúl, un San Pedro Nolasco, un San Pedro Claver, un San Juan Bosco, y tantos santos que han sido bienhechores de la Humanidad. Hagamos mejores a los hombres, y tendremos UN MUNDO MEJOR. Para eso, oigamos el mensaje de Jesucristo como pide el Padre.

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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