Domingo IV Tiempo Ordinario (C)

31
enero

Domingo IV del Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

 

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo IV del Tiempo Ordinario

(Domingo 31 de enero de 2016)

Te constituí profeta para las naciones

Lectura del libro del profeta Jeremías

1, 4-5. 17-19

En tiempos del rey Josías,

la palabra del Señor llegó a mí en estos términos:

Antes de formarte en el vientre materno, Yo te conocía;

antes de que salieras del seno, Yo te había consagrado,

te había constituido profeta para las naciones.

En cuanto a ti, cíñete la cintura,

levántate y diles

todo lo que Yo te ordene.

No te dejes intimidar por ellos,

no sea que te intimide Yo delante de ellos.

Mira que hoy hago de ti

una plaza fuerte,

una columna de hierro,

una muralla de bronce,

frente a todo el país:

frente a los reyes de Judá y a sus jefes,

a sus sacerdotes y al pueblo del país.

Ellos combatirán contra ti,

pero no te derrotarán,

porque Yo estoy contigo para librarte.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                        70, 1-4a. 5-6ab. 15ab. 17

R.    Mi boca, Señor; anunciará tu salvación.

Yo me refugio en ti, Señor,

¡que nunca tenga que avergonzarme!

Por tu justicia, líbrame y rescátame,

inclina tu oído hacia mí, y sálvame.  R.

Sé para mí una roca protectora,

Tú que decidiste venir siempre en mi ayuda,

porque Tú eres mi Roca y mi fortaleza.

¡Líbrame, Dios mío, de las manos del impío!  R.

Porque Tú, Señor, eres mi esperanza

y mi seguridad desde mi juventud.

En ti me apoyé desde las entrañas de mi madre;

desde el vientre materno fuiste mi protector.  R.

Mi boca anunciará incesantemente

tus actos de justicia y salvación,

Dios mío, Tú me enseñaste desde mi juventud,

y hasta hoy he narrado tus maravillas.  R.

Ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor;

pero la más grande es el amor

Lectura de la primera carta del Apóstol

san Pablo a los cristianos de Corinto

12, 31-13, 13

Hermanos:

Aspiren a los dones más perfectos. Y ahora voy a mostrarles un camino más perfecto todavía.

Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo para hacer alarde, si no tengo amor, no me sirve para nada.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.

Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño.

Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara.

Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.

En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

Jesús, como Elías y Eliseo,

no es enviado solamente a los judíos

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

4, 21-30

Después que Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret, todos daban testimonio a favor de El y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: «Médico, sánate a ti mismo». Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm».

Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.

Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, el sirio».

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

IV Domingo del Tiempo Ordinario- 31 de enero 2016- Ciclo C

Entrada: Los misterios de nuestra fe serán siempre piedra de escándalo para el que no es sencillo y humilde de corazón. Pidamos en esta Santa misa que el Señor nos aumente en la fe en su divina Persona y en su Palabra.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                             Jr 1,4-5.17-19

En la vocación de Jeremías se prefigura al Mesías, profeta de las naciones.

Salmo Responsorial: 70

Segunda Lectura:              1 Co 12,31-13,13 o bien 13,4-13

La Caridad es más preciosa y codiciable que todos los carismas.

Evangelio:      Lc 4,21-30

Nuestro Señor es rechazado y repudiado por los nazarenos, que no ven en él más que al hijo del carpintero.

Preces: 4° T. O.

Elevemos nuestra oración al Padre que concede sus dones a quienes lo invocan con fe.

A cada intención respondemos cantando:

* Ilumina al Santo Padre en su ministerio pastoral en bien de las almas, y que tu gracia lo fortalezca en el desempeño de su oficio de Vicario de tu Hijo. Oremos.

* Concede a todos los pueblos que, unidos en el deseo de alcanzar el bien común, trabajen sin descanso para lograr la paz. Oremos.

* Conforta a los enfermos y a los que sufren; y que descubran y profundicen el sentido de su vida y de su sufrimiento a la luz del misterio de la Redención de Cristo. Oremos.

* Concede a los miembros de nuestra familia religiosa que el Sacramento de la Eucaristía sea signo de unidad y de fortaleza en un único y mismo espíritu. Oremos.

Padre, escucha con bondad nuestra súplica, y concédenos lo que te pedimos confiando en tu infinita misericordia. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

La fe en el Hijo de Dios encarnado nos adentra en el misterio de su supremo anonadamiento que es su sacrificio expiatorio.

Presentamos nuestros dones:

* Alimentos y nuestras obras de misericordia para con el prójimo.

* Pan y vino, y el deseo de ser auténticos discípulos de Cristo uniéndonos a Él.

Comunión: Que el recibir a Jesús en la Sagrada Comunión abundemos en frutos de caridad, procurando hacer en nuestra alma una morada cada vez más digna de tan gran huésped.

Salida: Pidamos a la Madre de Dios nos fortalezca en el testimonio que debemos dar de Cristo en el mundo contemporáneo, y difundir esta Verdad a todos los hombres.

Solemnidad de Todos los Santos- 1º de Noviembre 2015- Ciclo B
 

Entrada: La comunión con todos los santos nos une a Cristo del que mana, como de su fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

  

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

A la lectura de la Escritura sigue la instrucción[1]. Está comprendida en una frase lapidaria de gran fuerza y énfasis. Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura. En cabeza de la frase está el «hoy»[2], al que habían mirado los profetas, en el que se cifraban los grandes anhelos: ahora está presente. Mientras pronuncia Jesús estas palabras, se inicia el suspirado año de gracia. El tiempo de salvación es proclamado y traído por Jesús. Es lo increíblemente nuevo de esta hora. Las piadosas usanzas y las palabras de la Escritura, que eran promesa tienen ahora cumplimiento.

Escuchado por vosotros. Que ha comenzado el tiempo de salvación y que ya está presente el portador de ella, es algo que sólo se puede saber mediante la audición de este mensaje; no se ve ni se experimenta. El mensaje exige la fe, la fe viene de oír, es respuesta a una interpelación.

La predicción que ahora se cumple es el programa de Jesús, que no lo ha elegido él mismo, sino que le ha sido prefijado por Dios. Él es enviado por Dios; por medio de él visita Dios mismo a los hombres. Hoy ha tenido lugar la visita salvadora, que no se debe desperdiciar.

Jesús actúa de palabra y de obra, enseñando y sanando. El tiempo de gracia ha alboreado para los pobres, los cautivos y los oprimidos. Precisamente el Jesús del Evangelio de san Lucas es el salvador de estos oprimidos. El gran presente que hace Jesús es la libertad: liberación de la ceguera del cuerpo y del espíritu, liberación de la pobreza y de la servidumbre, liberación del pecado.

En tanto mora Jesús en la tierra, dura el apacible y suspirado «año de gracia del Señor». En él tenían puestos los ojos las gentes antes de Jesús, hacia él vuelve la Iglesia los ojos. Es el centro de la historia, la más grande de las grandes gestas de Dios. En el gozo y en el esplendor de este año queda sumergido lo que Isaías había dicho también sobre este año: «Para publicar el año de perdón de Yahveh y el día de la venganza de nuestro Dios»[3]. El Mesías es ante todo y por encima de todo el que imparte la salvación, y no el juez que condena.

Jesús había crecido en gracia ante Dios y ante los hombres[4]. Ahora se hallaba en pie ante ellos el que, venido al final del tiempo de la preparación, había sido ungido con el Espíritu y había comenzado a cumplir su misión. La gracia de Dios había llegado a su plena eclosión. Todos se manifestaban en su favor, testimoniando que sus palabras expresaban la gracia de Dios y suscitaban la gracia de los hombres. «La gracia salvadora de Dios se ha manifestado a todos los hombres»[5]. «Dios estaba con él»[6]. Esta es la primera impresión y la primera vivencia de quien conoce a Jesús. Así lo experimentaron Nazaret y Galilea, como lo experimentan todavía hoy los niños, los que están exentos de prejuicios o los que ansían la salvación, cuando se acercan al Evangelio de Jesús. Sin embargo, en el momento siguiente, surge el escándalo: ¿Pero no es éste el hijo de José? Lo humano de su existencia es ocasión de escándalo, su palabra, que era estimulante se hace irritante. Se acoge con aplauso el mensaje, pero se recusa al portador de la salvación contenida en el mensaje. De lo humano, en que se revela la gracia de Dios, nace la repulsa. El hombre se exaspera porque un hombre pretende que se le escuche como a enviado de Dios.

La patria de Jesús lo recusa, porque es un compatriota y no acredita su pretensión de ser salvador enviado por Dios. Mucho más escándalo suscitará su muerte. El mismo escándalo suscitan los apóstoles, la Iglesia y quienquiera que siendo hombre proclama el mensaje de Dios.

Los nazarenos quieren una señal de que Jesús es el salvador prometido. Una vez más asoma la exigencia de signos. El hombre se sitúa ante Dios formulando exigencias: exige que Dios acredite la misión de su profeta en la forma que agrada al hombre. Ahora bien, ¿se ha de inclinar Dios ante el hombre? Dios da la salud, pero sólo al que se le inclina con obediencia de fe y aguarda en silencio. Dios exige la fe, el sí con que se reconozcan sus disposiciones. Pero los nazarenos no creían, no tenían fe[7].

Es que Jesús, según el modo de ver humano, debía acreditarse también en su patria con milagros, como los había hecho en Cafarnaúm. El médico que no puede curarse a sí mismo se juega su prestigio y destruye la confianza y la fe que se había depositado en él. ¿De qué le sirve su capacidad si ni siquiera se la sabe aplicar a sí mismo? Los nazarenos desconocen a Jesús porque juzgan con criterios puramente humanos. Jesús es profeta y obra por encargo de Dios. Su modo de obrar no está pendiente de lo que exijan los nazarenos; él no emprende lo que le aprovecha personalmente, sino únicamente lo que Dios quiere que haga.

Las sugerencias de los nazarenos eran las sugerencias del tentador. Los nazarenos desconocen a Jesús porque no reconocen su misión divina.

El profeta no obra por propia decisión, sino conforme a la disposición de Dios que lo ha enviado. Acerca de los dos profetas Elías y Eliseo dispuso que no prestaran su ayuda maravillosa a sus paisanos, sino a gentiles extranjeros. Jesús no debe llevar a cabo los hechos salvíficos en su patria, sino que debe dirigirse a país extraño. Dios conserva su libertad en la distribución de sus bienes.

Los nazarenos no tienen el menor derecho a formular exigencias de salvación por ser compatriotas del portador de la misma y por tener parentesco con él. Israel no tiene derecho a la salvación por el hecho de que el Mesías es de su raza. La soberanía de Dios, que Jesús proclama y aporta, salva a los hombres objeto de su complacencia. La salvación es gracia. Elías y Eliseo hacen en favor de extranjeros los milagros de resucitar muertos y de curar de la lepra. Jesús resucitará a un muerto en Naím[8] y librará de la lepra a un samaritano[9]. Lo que decide no son los vínculos nacionales, sino la gracia de Dios y el ansia de salvación, acompañada de fe. Jesús comienza por anunciar el mensaje de salvación a sus paisanos, pero una vez que éstos lo rechazan, se dirige a los extraños. Pablo y Bernabé dicen a los judíos: «A vosotros teníamos que dirigir primero la palabra de Dios; pero en vista de que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, nos dirigimos a los gentiles»[10].

Jesús reanuda la acción de los grandes profetas. La impresión que dejó Jesús en el pueblo se expresa así: «Fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo»[11]. Por medio de Jesús visita Dios misericordiosamente a su pueblo, como lo había hecho por medio de los profetas. Pero la suerte de los profetas es también la suerte de Jesús.

El que se presenta como profeta debe acreditarse con signos y milagros[12]. Jesús no se acredita. Por esto se creen los nazarenos obligados a condenarlo y a lapidarlo como a blasfemo. El castigo por blasfemia se iniciaba de esta manera: el culpable era empujado por la espalda desde una altura por el primer testigo. La entera asamblea se constituye aquí en juez de Jesús, lo condena y quiere ejecutar inmediatamente la sentencia. Se anuncia ya el fracaso de Jesús en su pueblo. Es expulsado de la comunidad de su pueblo, condenado como blasfemo y entregado a la muerte.

En este caso, sin embargo, Jesús escapa al furor de sus paisanos. No hace milagro alguno, pero nadie pone las manos sobre él. No ha llegado todavía la hora de su muerte. Dios es quien dispone de su vida y de su muerte. Ni siquiera la muerte de Jesús puede impedir que sea resucitado, que vaya al Padre, que viva y ejerza su acción para siempre. Jesús abandona definitivamente a Nazaret y emprende el camino hacia los extraños. No los paisanos, sino extraños serán los testigos de las grandes obras de Dios por Jesús. Dios puede sacar de las piedras del desierto hijos de Abraham.

Lo sucedido en Nazaret fue puesto por Lucas en cabeza de la actividad de Jesús. Es la obertura de la acción de Jesús. Se insinúan en ella numerosos motivos, que luego se registran y se desarrollan en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles…

Alois Stöger, El Nuevo Testamento y su Mensaje, comentario a Lc 4, 21-30 http://www.mercaba.org/FICHAS/BIBLIA/CARTEL_NT_MENSAJE.htm

[1] Hch 13, 15
[2] Cf. Lc 2, 11; 19, 5.9; 23, 43; 2 Co 3, 14
[3] Is 61, 2
[4] Is 2, 52
[5] Tt 2, 11
[6] Hch 10, 38
[7] Mc 6, 6
[8] Mc 11, 7s
[9] Mc 17, 12s
[10] Hch 13, 46s
[11] Lc 24, 19
[12] Dt 13, 2s

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Santos Padres

·        San Ambrosio

46. En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.

La envidia no se traiciona medianamente: olvidada del amor entre sus compatriotas, convierte en odios crueles las causas del amor. Al mismo tiempo, ese dardo, como estas palabras, muestra que esperas en vano el bien de la misericordia celestial si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y aparta las maravillas de su poder a los que fustigan en los otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en su carne son la expresión de su divinidad, y lo que es invisible en Él nos lo muestra por las cosas visibles (Rm 1, 20).

47. No sin motivo se disculpa el Señor de no haber hecho milagros en su patria, a fin de que nadie pensase que el amor a la patria ha de ser en nosotros poco estimado: amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a sus compatriotas; mas fueron ellos los que por su envidia renunciaron al amor de su patria. Pues el amor no es envidioso, no se infla (1 Co 13, 4). Y, sin embargo, esta patria no ha sido excluida de los beneficios divinos. ¿Qué mayor milagro que el nacimiento de Cristo en ella? Observa qué males acarrea el odio; a causa de su odio, esta patria es considerada indigna de que El, como ciudadano suyo, obrase en ella, después de haber tenido la dignidad de que el Hijo de Dios naciese en ella.

48.   En verdad os digo: muchas viudas había en Israel en los días de Elías.

No se quiere decir que estos días perteneciesen a Elías, sino que en ellos Elías realizó sus obras; o mejor, que era día para aquellos que, gracias a sus obras, veían la luz de la gracia espiritual y se convertían al Señor. Por lo cual el cielo se abría cuando ellos veían los misterios divinos y eternos; y se cerraba cuando había hambre, porque faltaba la fertilidad del conocimiento de las cosas divinas.

49. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue limpiado sino el sirio Naamán.

Está claro que estas palabras del Señor Salvador nos enseñan y nos exhortan a tener celo por el culto de Dios; que nadie es curado ni librado de la enfermedad que mancha su carne si no busca la salud con una actitud religiosa: pues los beneficios divinos no se otorgan a los soñolientos, sino a los que vigilan. Y con un ejemplo y una comparación bien elegida, la arrogancia de los compatriotas envidiosos queda confundida, y muestra que la conducta del Señor está de acuerdo con las antiguas Escrituras.

Efectivamente, leemos en los libros de los Reyes que un gentil, Naamán, ha sido, según la palabra del profeta, librado de las manchas de la lepra (2 R 5, 14); sin embargo, muchos judíos estaban corroídos por la lepra del cuerpo y del alma: pues los cuatro hombres que, acosados por el hambre, marcharon los primeros al campamento del rey de Siria, nos dice la historia que eran leprosos (2 R 7, 3ss). ¿Por qué, pues, el profeta no tuvo cuidado de sus hermanos, de sus compatriotas, ni curaba a los suyos, cuando curaba a los extranjeros, a los que no practicaban la ley ni observaban su religión? ¿No es, acaso, porque el remedio depende de la voluntad, no de la nación, y que el beneficio divino se consigue por los deseos del mismo y no por el derecho de nacimiento? Aprende a implorar lo que deseas obtener; el fruto de los beneficios divinos no sigue a las gentes indiferentes.

50. Mas, aunque esta simple exposición pueda formar disposiciones morales, sin embargo, el atractivo del misterio no está oculto. Del mismo modo que lo posterior se deriva de lo que precede, así también lo que precede está confirmado por lo que sigue. Hemos dicho en otro libro que esta viuda a la que Elías fue enviado prefiguraba la Iglesia. Conviene que el pueblo venga detrás de la Iglesia. Este pueblo congregado entre los extranjeros, este pueblo antes leproso, este pueblo manchado antes de ser bautizado en el río místico, este mismo pueblo, lavado de las manchas del cuerpo y del alma, después del sacramento del bautismo, comienza a ser no más lepra, sino virgen inmaculada y sin arruga (EF 5, 25). Con razón, pues, se describe a Naamán grande a los ojos de su señor y de aspecto admirable porque en él nos mostraba la figura de la salvación que había de venir para los gentiles. Los consejos de una santa esclava que, después de la derrota de su país, había caído en poder del enemigo, le han movido a esperar de un profeta su salud; no fue curado por la orden de un rey de la tierra, sino por una liberalidad de la misericordia de Dios.

51. ¿Por qué se le ha prescrito un número misterioso de inmersiones? ¿Por qué ha sido escogido el río Jordán? ¿Es que no son mejores que el Jordán los ríos de Damasco; el Abana y el Parpar? Herido en su amor propio prefirió esos ríos; mas reflexionando, escogió el Jordán; ignora la ira el misterio; lo conoce, sin embargo, la fe. Aprende el beneficio del bautismo salvador: el que se bañó leproso, salió fiel. Reconoce la figura de los misterios espirituales: se pide la curación del cuerpo y se obtiene la del alma. Al lavarse el cuerpo, se lava el corazón. Pues veo que la lepra del cuerpo no ha sido purificada más que la del alma, ya que después de este bautismo, purificado de la mancha de su antiguo error, se niega a ofrecer a los dioses extranjeros las víctimas que había ofrecido al Señor.

52. Aprende también las normas de la virtud correspondiente: ha mostrado su fe el que ha rehusado la recompensa. Aprende en el magisterio de las palabras y de los hechos lo que has de imitar. Tienes el precepto del Señor y el ejemplo del profeta: recibir gratuitamente, dar gratuitamente (Mt 10,8), no vender tu ministerio, sino ofrecerlo; la gracia de Dios no debe ser tasada con precio ni, en los sacramentos, ha de enriquecerse el sacerdote, sino servir.

53. Sin embargo, no basta que no busques el lucro: has de atar aun las manos de tus familiares. No sólo se pide que te conserves casto y sin tacha; pues el Apóstol no dice: «Tú sólo», sino que tú mismo te conserves casto (1 Tim 5,22). Luego se pide que no sólo tú seas íntegro con respecto a estos tráficos, sino también toda tu casa; pues es preciso que el sacerdote sea irreprensible, que sepa gobernar bien su propia casa, que tenga los hijos en sujeción, con toda honestidad; pues quien no sabe go-bernar su casa, ¿cómo tendrá cuidado de la Iglesia? (1 Tim 3, 2.5) Instruye a tu familia, exhórtala, cuida de ella, y, si algún servidor te engaña —no excluyo que esto sea posible al hombre—y es sorprendido, despídelo a ejemplo del profeta. La lepra sigue rápidamente al salario afrentoso, y el dinero mal adquirido mancha el cuerpo y el alma: Has recibido, dice, dinero y poseerás campos, viñas, olivares y ganados; y la lepra de Naamán te afectará a ti y a tu posteridad para siempre. Ve cómo el acto del padre hace condenar en seguida a sus herederos; pues se trata de una culpa inexpiable vender los misterios, y la gracia celestial hace pasar su venganza a sus descendientes. De este modo los mohabitas y demás no entrarán hasta la tercera y cuarta generación (Dt 23, 3), es decir, por limitarme a una simple interpretación, hasta que la falta de los antepasados no sea expiada por sucesivas generaciones.

54. Más los que han pecado para con Dios con el error de la idolatría son castigados, como lo vemos, hasta la cuarta generación; bien dura parece seguramente la sentencia que la autoridad del profeta ha fulminado para siempre contra la posteridad de Giezi a causa de su codicia, sobre todo cuando nuestro Señor Jesucristo ha otorgado a todos, por la regeneración bautismal, el perdón de los pecados; a no ser que se piense, más que en la descendencia de la raza, en la de los vicios: del mismo modo que los que son hijos de la promesa son contados como de buena raza, así también habría de considerarse de mala raza los que son hijos del error. Pues los judíos tienen por padre al diablo (Jn 8,44), del cual son ellos descendientes, no por la carne, sino por sus pecados. Luego todos los codiciosos, todos los avaros, poseen la lepra de Giezi con sus riquezas y, por el bien mal adquirido, han acumulado menos un patrimonio de riquezas que un tesoro de pecados para un suplicio eterno y un corto bien-estar. Pues, mientras las riquezas son perecederas, el castigo es sin fin, ya que ni los avaros, ni los borrachos, ni los idólatras poseerán el reino de Dios (1 Co 6, 9-10).

        55. Al oír esto se llenaron de cólera cuantos estaban en la sinagoga, y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad.

Los sacrilegios de los judíos, que mucho antes había predicho el Señor por los profetas —y lo que en un verso del salmo indica que había de sufrir cuando estuviese en su cuerpo, al decir: Me devolvían mal por el bien (Sal 34, 12) —, en el Evangelio nos muestra su cumplimiento. Efectivamente, cuando distribuía sus beneficios entre los pueblos, ellos lo llenaban de injurias. No es sorprendente que, habiendo perdido ellos la salvación, quisieran desterrar de su territorio al Salvador. El Señor se modera sobre su conducta: Él ha enseñado con su ejemplo a los apóstoles cómo hacerse todo a todos: no desecha a los de buena voluntad ni coacciona a los recalcitrantes; no resiste cuando se le expulsa ni está ausente de quien le invoca. Así en otro lugar, a los gerasenos, no pudiendo soportar sus milagros, los deja como enfermos e ingratos.

56. Entiende al mismo tiempo que su pasión en su cuerpo no ha sido obligada, sino voluntaria; no ha sido apresado por los judíos, sino que Él se ha ofrecido. Cuando quiere, es arrestado; cuando quiere, cae; cuando quiere, es crucificado; cuando quiere, nadie le retiene. En esta ocasión subió a la cima de la montaña para ser precipitado; pero descendió en medio de ellos, cambiando repentinamente y quedando estupefactos aquellos espíritus furiosos, pues no había llegado aún la hora de su pasión. Él quería mejor salvar a los judíos que perderlos, a fin de que el resultado ineficaz de su furor los hiciese renunciar a querer lo que no podían realizar. Observa, pues, que aquí obra por su divinidad y allí se entrega voluntariamente; ¿cómo, en efecto, pudo ser arrestado por un puñado de hombres si antes no pudo hacerlo una multitud? Pero no quiso que el sacrilegio fuese obra de muchos, para que el odio de la cruz recayese sobre algunos: fue crucificado por unos cuantos, pero murió por todo el mundo.

San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nº 46-56, BAC Madrid 1966, 212-18

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL RECHAZO A LA GRACIA

En la primera lectura, Jeremías señala el origen divino de su vocación profética. En efecto, el Señor le había dicho: «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones». El llamado es de Dios, nadie puede atribuír­selo así mismo. Jeremías, que era sólo un muchacho cuando fue llamado, no se consideró digno; pero el Señor lo animó dicién­dole que estaría siempre con él. Le pediría que se levantase, se ciñese la cintura, y fuese a predicar lo que El le ordenara. No le sería fácil, por cierto, la tarea, ya que tendría que enfrentarse a sacerdotes, reyes y príncipes, pero el Señor lo haría «una plaza fuerte, una columna de hierro, una muralla de bronce, frente a todo el país». Tendría, eso sí, que poner toda su confianza en Dios: «Combatirán contra ti, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte».

Este profeta fue de alma muy tierna, y le tocó sufrir la de­portación del pueblo judío que el rey Nabucodonosor decretó luego de invadir Jerusalén. De por sí, su corazón se inclinaba ins­tintivamente hacia la paz, pero siempre tuvo que estar en pie de batalla contra reyes incapaces, falsos profetas, y sacerdotes sin celo. La experiencia del fracaso exterior lo condujo, siempre bajo la guía de Dios, a insistir en la necesidad de la religión interior que más allá de todas las reglamentaciones, debe brotar desde adentro. Por eso, aunque fracasó en vida suya, dejó sin embargo un gran legado, la doctrina de la Alianza nueva, fundada en la religión del corazón.

Signo de contradicción

Lo que le sucedió a Jeremías no carece de relación con lo que le acontecería a Cristo. El domingo pasado vimos cómo el Señor hizo suyo aquel pasaje de Isaías referido al Mesías. El evangelio de hoy continúa aquel texto, relatando lo que luego acaeció.

Ya el anciano Simeón le había profetizado a sus padres que sería signo de contradicción. Pues bien, llegó el momento de las primeras confrontaciones. Y, paradojalmente, tuvieron lugar en el propio ámbito donde había vivido tantos años, en Nazaret. No faltaron los beneficios de Dios para este pueblo. Sujeto como estaba a sus padres, sus conciudadanos lo habían visto frecuen­temente por las calles, conociéndolo como el hijo de José, el carpintero.

Todo ello implica una cierta predilección en favor de Nazaret por parte de Dios. Allí, entre ellos, estuvo el Dueño del cielo y de la tierra. Allí, entre ellos, el mismo Dios se paseaba, hablaba y trabajaba…; y ahora, en un gesto de caridad para con sus compatriotas, se determina a anunciarles el advenimiento del Reino. Sabía el Señor que encontraría resistencia, como lo manifestó al decirles: «Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra». El hecho es que entre los presentes en la Sinagoga se levantó un murmullo de desaprobación. El Mesías esperado debía ser poderoso, quizás un gran Rey, según los prejuicios de ellos. Pero resulta que el que se arroga ese título no es sino «el hijo de José». Probablemente las inteligencias de los que escuchaban predicar al Señor en el templo, por un momento se llenaron de luz, ya que se trataba de un lenguaje nunca oído, además de que todo lo que decía era perfectamente coherente. Pero esa luz que pugnaba por penetrar en los corazones, se encontró con las manos libres que cerraban puertas y ventanas para permanecer en la oscuridad. Y no sólo sus inteligencias habrán experimentado el fulgor pasajero de aquella luz, sino también sus voluntades habrán sentido el ardor de la verdad. Cuando Jesús habla, todos los corazones tienden a expandirse, a dilatarse, rompiendo así los muros de las durezas que los encajonan. Pero también esto fue extinguido por aquellos des­graciados circunstantes. No querían un corazón de carne. Prefe­rían su viejo corazón de piedra.

Puja la luz por iluminar. Se niegan las tinieblas a recibirla. ¿Habrían aceptado, por acaso, que era el Mesías, si hubiese hecho un milagro? Pero el Señor no lo realizaría, porque no encontró corazones dispuestos y deseosos de conocer la verdad. ¿Quién era la Verdad, sino Él? Rechazarán, pues, a Cristo como el Mesías verdadero. Sólo lo considerarán hijo de un carpintero. Lo que en definitiva rechazaron fue su divinidad, haciendo de Jesús un hombre más de su pueblo. Si no era Dios, era mero hombre, y si era nada más que un hombre, su opinión resultaba una opinión más entre tantas otras. Y si era una opinión más ¿por qué insistía en su mesianismo? Después lo acusarían precisa­mente de soberbio, para que fuese entregado al suplicio de la muerte, todo porque pretendía ser y declararse Dios.

No por ello Jesús cambia de actitud, antes para demostrarles a quienes estaban en aquella sinagoga que el hombre no puede dictar leyes a Dios y que Dios es libre de distribuir sus dones a quien quiere y como quiere, les puso dos ejemplos bíblicos: el de la viuda de Sarepta, y el del leproso Naamán, curado por Eliseo, ambos extranjeros. Jesús deseaba hacerles comprender que vino a traer la salvación no a una ciudad o a un solo pueblo sino a todos los hombres. Su misericordia no estaba ligada a un pueblo, a una raza o a méritos personales, sino que Él la ejercitaba como quería. Pero cerradas las ventanas a la luz, ofuscados en sus razonamientos, «se enfurecieron y, levantándose, lo em­pujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba una ciudad, con intención de despeñarlo».

Repudio a la gracia

Dios quiere que todos los hombres se salven, Así lo ha dicho su propio Hijo, y lo ha probado al estirar sus brazos en la Cruz en un gesto simbólico, como queriendo abrazar todo lo creado. Dios concede las gracias suficientes a todos los hombres para que se salven, pero con frecuencia el corazón se obstina, negándose a recibir la luz salvadora. Desgraciadamente, hoy como ayer, se desprecian los dones salvadores de Dios. ¿Cuántos son los que valoran como corresponde la importancia de la gracia santificante?¡Cuánta indiferencia respecto de Jesucristo, de su verdad, cuánto odio a sus leyes!

Pueden haber distintos motivos por los cuales se rechaza la gracia de Dios. En primer lugar, la ignorancia. Muchos no conocen todavía los beneficios de la redención. Se oponen a la gracia no en cuanto tal, porque ni siquiera saben que existe. Habrá que predicarles. Otros, que sí saben de su existencia, la rechazan por fragilidad. No ignoran su importancia, pero anega­dos en las cosas temporales, dejan que las espinas sofoquen la planta de la fe. Son aquellos que, conscientes de lo que hacen, prefieren las frivolidades de este mundo, ofendiendo a Dios; con frecuencia tratan de excusarse, generando un clima de incons­ciencia sobre lo terrible del pecado. Otros, y ésta es la peor actitud, rechazan la gracia por rebeldía, en franca oposición a Dios. Son los que llegan a odiar la verdad, los que, por envidia, trabajan para entregar al justo y también la justicia.

En definitiva, todos los que no aceptan la verdad de Jesucristo y proyectan fundar la ciudad inmanente, son los que en línea directa descienden de aquellos contemporáneos del Señor, que pretendieron desbarrancar a Cristo, y con Él, a la verdad. Hoy también se quiere deportar la verdad del ámbito temporal. Deportarla del Estado, de las leyes, de las Universidades y Colegios, de las instituciones civiles, deportarla del arte, de la ciencia, y hasta de los individuos y familias. La ciudad que se construye de esta manera es la «Babilonia pagana». A Jeremías le tocó antaño padecer con su pueblo la deportación a Babilonia. Hoy el hombre quiere estar en Babilonia, permanecer en ella, deportando y desbarrancando a Cristo. Hoy anhela construir esta ciudad terrena, inmanente, renunciando a la «Piedra», la única piedra fundacional de toda sociedad bien constituida.

Por eso, como Jeremías, y como Cristo, hemos de contribuir a la obra redentora, anunciando la Buena Nueva a los individuos y a las sociedades. Sabemos que esto nos puede costar la incomprensión, la persecución y hasta la muerte. El Señor nos dice, como le dijo a Jeremías: «No te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte».

Si la apostasía gana el sitial del mundo, de las ciudades y de los individuos, en la medida en que conquista terreno, en esa misma medida crece la posibilidad de la persecución. Cuando un cristiano vive en gracia, amando la verdad de Jesucristo, no es un mal síntoma que sea rechazado en su medio. El auténtico cristiano podrá ser incomprendido en su familia, para quienes será signo de contradicción; podrá ser incomprendido en el trabajo, donde cada vez se hace más arduo dar testimonio; podrá ser incomprendido hasta en la misma Iglesia, no por ella misma, sino porque hasta en su campo puede esconderse la cizaña. En definitiva, si el Señor fue signo de contradicción, y padeció persecución, no menos le espera a aquellos que quieren serle realmente fieles.

Pidámosle a María Santísima, a Ella que como nadie conoció la saña del enemigo luciferino contra el Señor, el Cordero Inocente, que nos mueva a aceptar la luz de la gracia; que ate nuestra libertad, si algún día se opone a esa luz, aferrándose a las tinieblas. Pidámosle, por sobre todas las cosas, que nos alcance de su Hijo la gracia inmensa de la perseverancia hasta el último día, aunque tengamos que sufrir por su causa, apoyados en sus palabras de aliento: «Bienaventurados seréis cuando os inju­rien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra re­compensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

 (SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 81-86)

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Juan Pablo II

 

Ciertamente el mensaje de Jesús está destinado a “plantear problema” en la vida de cada uno de los seres humanos. Nos lo recuerdan también las lecturas de la liturgia de hoy, y sobre todo el texto del Evangelio de Lucas, que acabamos de oír. El nos induce a volver una vez más con el pensamiento (…) al momento de la Presentación de Jesús en el templo, que tuvo lugar a los 40 días de su nacimiento, el anciano Simeón pronunció sobre el Niño las siguientes palabras: “Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción” (Lc 2:34).

Hoy somos testigos de la contradicción que Cristo encontró al comienzo mismo de su misión -en su Nazaret-. Efectivamente: cuando, basándose en las palabras del profeta Isaías, leídas en la sinagoga de Nazaret, Jesús hace entender a sus paisanos que la predicción se refería precisamente a Él, esto es, que Él era el anunciado Mesías de Dios (el Ungido en la potencia del Espíritu Santo), surgió primero el estupor, luego la incredulidad y finalmente los oyentes “se llenaron de cólera” (Lc 4,28), y se pusieron de acuerdo en la decisión de tirarlo desde el monte sobre el que estaba construida la ciudad de Nazaret… “Pero Él, atravesando por medio de ellos, se fue” (Lc 4,30).

Y he aquí que la liturgia de hoy -sobre el fondo de este acontecimiento- nos hace oír en la primera lectura la voz lejana del profeta Jeremías: “Ellos te combatirán, pero no te podrán, porque yo estaré contigo para protegerte” (Jer 1,19).

Jesús es el profeta del amor, de ese amor que San Pablo confiesa y anuncia en palabras tan sencillas y a la vez tan profundas del pasaje tomado de la Carta a los Corintios. Para conocer qué es el amor verdadero, cuáles son sus características y cualidades, es necesario mirar a Jesús, a su vida y a su conducta. Jamás las palabras dirán tan bien la realidad del amor como lo hace su modelo vivo. Incluso palabras, tan perfectas en su sencillez, como la primera Carta a los Corintios, son sólo la imagen de esta realidad: esto es, de esa realidad cuyo modelo más completo encontramos en la vida y en el comportamiento de Jesucristo.

No han faltado ni faltan, en la sucesión de las generaciones, hombres y mujeres que han imitado eficazmente este modelo perfectísimo. Todos estamos llamados a hacer lo mismo. Jesús ha venido sobre todo para enseñarnos el amor. El amor constituye el contenido del mandamiento mejor que nos ha dejado. Si aprendemos a cumplirlo, obtendremos nuestra finalidad: la vida eterna. Efectivamente, el amor, como enseña el Apóstol “no pasa jamás” (1 Cor 13,8). Mientras otros carismas e incluso las virtudes esenciales en la vida del cristiano acaban junto con la vida terrena y pasan de este modo, el amor no pasa, no tiene nunca fin. Constituye precisamente el fundamento esencial y el contenido de la vida eterna. Y por esto lo más grande “es la caridad” (1 Cor 13,13).

Esta gran verdad sobre el amor, mediante la cual llevamos en nosotros la verdadera levadura de la vida eterna en la unión con Dios, debemos asociarla profundamente a la segunda verdad de la liturgia de hoy: el amor se adquiere en la fatiga espiritual. El amor crece en nosotros y se desarrolla también entre las contradicciones, entre las resistencias que se le oponen desde el interior de cada uno de nosotros, y a la vez “desde fuera”, esto es, entre las múltiples fuerzas que le son extrañas e incluso hostiles.

Por esto San Pablo escribe que “la caridad es paciente”. ¿Acaso no encuentra en nosotros muy frecuentemente la resistencia de nuestra impaciencia, e incluso simplemente de la inadvertencia? Para amar es necesario saber “ver” al “otro”, es necesario saber “tenerle en cuenta”. A veces es necesario “soportarlo”. Si sólo nos vemos a nosotros mismos, y el “otro” “no existe” para nosotros, estamos lejos de la lección del amor que Cristo nos ha dado.

“La caridad es benigna”, leemos a continuación: no sólo sabe “ver” al “otro”, sino que se abre a él, lo busca, va a su encuentro. El amor da con generosidad y precisamente esto quiere decir: “es benigno” (a ejemplo del amor de Dios mismo, que se expresa en la gracia). Y cuán frecuentemente, sin embargo, nos cerramos en el caparazón de nuestro “yo”, no sabemos, no queremos, no tratamos de abrirnos al “otro”, de darle algo de nuestro propio “yo”, sobrepasando los límites de nuestro egocentrismo o quizá del egoísmo, y esforzándonos para convertirnos en hombre, mujer, “para los demás”, a ejemplo de Cristo.

Y así también, después, volviendo a leer la lección de San Pablo sobre el amor y meditando el significado de cada una de las palabras de las que se ha servido el Apóstol para describir las características de este amor, tocamos los puntos más importantes de nuestra vida y de nuestra convivencia con los otros. Tocamos no sólo los problemas familiares o personales, es decir, los que tienen importancia en nuestro pequeño círculo de relaciones interpersonales, sino que tocamos también los problemas sociales de actualidad primaria.

¿Acaso no constituyen ya los tiempos en que vivimos una lección peligrosa de lo que puede llegar a ser la sociedad y la humanidad, cuando la verdad evangélica sobre el amor se la considera superada?, ¿cuando se la margina del modo de ver el mundo y la vida, de la ideología?, ¿cuando se la excluye de la educación, de los medios de comunicación social, de la cultura, de la política?

Los tiempos en que vivimos, ¿no se han convertido ya en una lección suficientemente amenazadora de lo que prepara ese programa social?

Y esta lección, ¿no podrá resultar más amenazadora todavía con el pasar el tiempo?

A este propósito, ¿no son ya bastante elocuentes los actos de terrorismo que se repiten continuamente, y la creciente tensión bélica del mundo? Cada uno de los hombres -y toda la humanidad- vive “entre” el amor y el odio. Si no acepta el amor, el odio encontrará fácilmente acceso a su corazón y comenzará a invadirlo cada vez más, trayendo frutos siempre más venenosos.

De la lección paulina que acabamos de escuchar es necesario deducir lógicamente que el amor es exigente. Exige de nosotros el esfuerzo, exige un programa de trabajo sobre nosotros mismos, así como, en la dimensión social, exige una educación adecuada, y programas aptos de vida cívica e internacional.

El amor es exigente. Es difícil. Es atrayente, ciertamente, pero también es difícil. Y por eso encuentra resistencia en el hombre. Y esta resistencia aumenta cuando desde fuera actúan también programas en los que está presente el principio del odio y de la violencia destructora. Cristo, cuya misión mesiánica, encuentra desde el primer momento la contradicción de los propios paisanos en Nazaret, vuelve a afirmar la veracidad de las palabras que pronunció sobre Él el anciano Simeón el día de la Presentación en el templo: “Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para signo de contradicción” (Lc. 2,34).

Estas palabras acompañan a Cristo por todos los caminos de su experiencia humana, hasta la cruz.

Esta verdad sobre Cristo es también la verdad sobre el amor. También el amor encuentra la resistencia, la contradicción. En nosotros, y fuera de nosotros. Pero esto no debe desalentarnos. El verdadero amor -como enseña San Pablo- todo lo “excusa” y “todo lo tolera” (1 Cor 13,7).

 (Homilía en la Parroquia de la Ascensión, 3 de febrero de1980)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de este domingo se lee una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: el llamado «himno a la caridad» del apóstol san Pablo (1 Co 12, 31-13, 13). En su primera carta a los Corintios, después de explicar con la imagen del cuerpo, que los diferentes dones del Espíritu Santo contribuyen al bien de la única Iglesia, san Pablo muestra el «camino» de la perfección. Este camino —dice— no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar lenguas nuevas, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Consiste, por el contrario, en la caridad (agape), es decir, en el amor

auténtico, el que Dios nos reveló en Jesucristo. La caridad es el don «mayor», que da valor a todos los demás, y sin embargo «no es jactanciosa, no se engríe»; más aún, «se alegra con la verdad» y con el bien ajeno. Quien ama verdaderamente «no busca su propio interés», «no toma en cuenta el mal recibido», «todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (cf. 1 Co 13, 4-7). Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, porque Dios es amor y nosotros seremos semejantes a él, en comunión perfecta con él.

Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. Por eso, al inicio de mi pontificado, quise dedicar mi primera encíclica precisamente al tema del amor: Deus caritas est. Como recordaréis, esta encíclica tiene dos partes, que corresponden a los dos aspectos de la caridad: su significado, y luego su aplicación práctica. El amor es la esencia de Dios mismo, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por decir así, el «estilo» de Dios y del creyente; es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo. En Jesucristo estos dos aspectos forman una unidad perfecta: él es el Amor encarnado. Este Amor se nos reveló plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarlo, podemos confesar con el apóstol san Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (cf. 1 Jn 4, 16; Deus caritas est, 1).

Queridos amigos, si pensamos en los santos, reconocemos la variedad de sus dones espirituales y también de sus caracteres humanos. Pero la vida de cada uno de ellos es un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. Hoy, 31 de enero, recordamos en particular a san Juan Bosco, fundador de la familia salesiana y patrono de los jóvenes. En este Año sacerdotal, quiero invocar su intercesión para que los sacerdotes sean siempre educadores y padres de los jóvenes; y para que, experimentando esta caridad pastoral, muchos jóvenes acojan la llamada a dar su vida por Cristo y por el Evangelio. Que María Auxiliadora, modelo de caridad, nos obtenga estas gracias.

(Ángelus Plaza de San Pedro, Domingo 31 de enero de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Este suceso ocurre en la sinagoga de Nazaret. Jesús fue según su costumbre el día sábado. Leyó un pasaje del profeta Isaías y se lo aplicó a sí mismo.

            Les dijo: seguro me diréis el proverbio «médico cúrate a ti mismo»…los milagros que has hecho en Cafarnaúm hazlos también aquí en tu pueblo…para que creamos en Ti.

            Cristo podría haberles dicho: crean en Mí para que pueda hacer milagros porque «ningún profeta es bien recibido en su patria».

            Es un anticipo de lo que luego iba a ocurrir en la cruz: a otros ha curado, que se cure a sí mismo… Cristo baja de la cruz y creeremos en Ti y Cristo les hubiera respondido: crean en Mí y bajaré de la cruz. Cristo no se curó a sí mismo en la cruz siguiendo el parecer humano que le proponían los judíos sino que según el querer divino Cristo se curó a sí mismo en la resurrección.

            Para aprovecharse de los milagros de un hombre de Dios, primero hay que creer en él.

            Mateo y Marcos ponen la razón última por la que Cristo no hizo allí muchos milagros: «la incredulidad», es decir, la falta de fe.

            De ella surge la expresión de Jesús «ningún profeta es bien recibido en su patria» que parece ser la razón paradójica que les da Jesús a los nazarenos según Lucas.

            La incredulidad lleva necesariamente a una visión humana de las cosas (visión mundana, podríamos decir) que es una de las modalidades del «fermento farisaico».

            También aquí aparecen otras «modalidades» del fermento farisaico: el nacionalismo excluyente. Los judíos se creían salvados por ser judíos y Cristo les da dos ejemplos de predilección de Dios por los gentiles: la viuda de Sarepta y Naamán el Sirio… ¡Cómo les dolió! En el pasaje incluso aparece una apropiación del Mesías regionalista: si eres de aquí (de Nazaret) has milagros aquí y Cristo les responde: no hago milagros porque soy de aquí.

            Otras de las modalidades del fariseísmo es una concepción cabalística del Mesías. Un Mesías espectacular, teatrero, fantástico, milagrero, actor de cine, ganador, canchero y para nutrir esa concepción le piden que haga milagros…como en Cafarnaúm. Es una de las tentaciones que le había puesto el diablo en el desierto: tírate del pináculo del templo y vuela para que todos te aplaudan y se te sometan y Cristo con la escritura había rechazado la tentación del diablo argumentando que Él venía a hacer la voluntad de Dios en cuanto al fin y los medios propuestos por su Padre «no tentarás al Señor tu Dios» (Lc 4,12).

            Cristo respeta los fines. ¿Para qué son los signos? Para que crean en el Mesías. Cristo no buscaba como fin su fama sino el bien de los hombres. Si hacía milagros (para aquellos hombres) alimentaba una concepción errada del Mesías y su fe disminuía en vez de acrecentarse. Por lo tanto no hizo, por el bien de sus paisanos, ningún milagro.

            Además Cristo quería ser Médico de las almas y ellos querían milagros materiales, por eso igual que cuando lo quisieron proclamar rey Cristo se va.

            Y finalmente, otra modalidad del fariseísmo (que tiene múltiples facetas) es la envidia. Reconocen la excelsitud de su doctrina y se admiran (v. 22). Y ante la admiración en vez de reaccionar bien: respondiendo con el acto de fe «creo que eres el Mesías» reaccionan mal, se escandalizan: no es este nuestro vecino. Está loco (meschúgge) y nos ha despreciado, se le subieron los humos a la cabeza… hay que lincharlo… hay que eliminarlo. Esto que acontecía en germen en este primer atentado terminaría con su muerte en el Calvario.

            Cuentan los que han ido a Jerusalén que en Nazaret se levanta una capilla en honor de la «Virgen del espanto» porque cuenta la tradición que desde allí la Virgen presencio como querían desbarrancar a su Hijo y se llenó de miedo. Se abrió una gran roca que la ocultó de la masa embravecida que volvía del barranco[1].

*          *          *

Nos molesta que nos digan la verdad.

            Nos enojamos, muchas veces, cuando nos dicen una verdad sobre nuestros defectos.

            Jesús les dice la verdad: recurre primero a un refrán popular, sacado de casos veraces, “ningún profeta es bien recibido en su patria” y lo dice enfatizando la verdad del refrán “en verdad os digo…”

            Y luego da dos ejemplos de la verdad que ha dicho y la trasmite en forma de sentencia “ningún profeta…”

            Los dos ejemplos también los enfatiza “os digo de verdad…” y pone el milagro y la ayuda que hizo Elías a una viuda extranjera de Sarepta y el milagro de Eliseo al sirio Naamán. No ayudó Elías a ninguna viuda israelita ni limpió Eliseo a ningún leproso de Israel.

            En Cafarnaúm tampoco podía hacer milagros por su incredulidad y esa era la verdad. Mateo va a decir “no hizo allí milagros, a causa de su falta de fe”[2].

            Jesús les estaba diciendo claramente que no tenían fe en Él y por eso no iba a hacer milagros.

            Y cuando nos dicen una verdad nos duele y ¡vaya si nos duele! Porque todos nos creemos muy buenitos y muy perfectos. Me refiero a las verdades de nuestros defectos…

            Pero podemos reaccionar mal como reaccionaron los nazarenos y el grado de reacción, creo yo, está de acuerdo al amor propio. Ellos quisieron matarlo. ¡Cuánto les dolió la verdad de que eran unos incrédulos! Ellos se creían muy religiosos.

            Pero también podemos reaccionar bien y cambiar de actitud. Al menos, pedir la gracia de cambiar, como en el caso de los nazarenos, porque la fe es un don y no se alcanza tan fácil como otras virtudes.

            Lo importante es ver la mano de Dios en esas correcciones, en esas verdades que nos dicen de nuestros defectos y bendecir a quien nos las dice, en definitiva, siempre es Dios el que nos corrige y lo hace para nuestro bien. ¡Qué mano bondadosa también la de Dios que a veces nos abofetea haciéndonos ver nuestra miseria!

            Jesús los corrige indirectamente. No les dice las cosas directamente. No les dice “son unos incrédulos” sino que los corrige a través de un lenguaje indirecto, lo que no quiere decir, oscuro, pues ellos lo entendieron perfectamente.

            Conocer nuestros defectos es una gracia. Sea los conozcamos directa o indirectamente. A veces, Dios se vale de permisiones en nuestra vida: pecados, errores, equivocaciones, inspiraciones; otras se vale de nuestro prójimo que nos hace ver nuestros defectos… pero siempre es una gracia conocer lo malo en nosotros, lo que tenemos que cambiar para agradar a Dios y alcanzar su gracia.

            Sólo el alma que vive abandonada en Dios puede reaccionar bien, serenamente, ante una corrección. No siempre reaccionamos mal, con enojos… pero si con excusas o críticas al que nos corrige, tratando de ocultar o justificar nuestras faltas.

            Tenemos que tener un alma tan dócil que sea fácil de corregir. Que cualquiera, especialmente, los superiores, puedan corregirnos y decirnos las verdades sobre nuestros defectos.

            Por otra parte, teniendo en cuenta las debidas condiciones, hay que advertir las faltas de los demás, como lo hizo Jesús, en especial si nos corresponde por nuestro cargo.

[1] Castellani, Las Parábolas de Cristo, Jauja Mendoza 1994, 32s; Castellani, Cristo y los fariseos, Jauja Mendoza 1999, 35s; San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo (II), BAC Madrid 1956, 30s.
[2] Mt 13, 58

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P. Jorge Loring, S.J.

Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario –  Año C   Lc 4:21-30 

1.- Para esta homilía me voy a centrar en la Epístola. Es muy interesante el HIMNO DEL AMOR que hace San Pablo en el capítulo 13 de su Primera Carta a los Corintios.

2.- Hoy hay muchos matrimonios que fallan porque desconocen lo que es el auténtico amor.

3.- Muchos van al matrimonio pensando en su propia felicidad. Les interesa el matrimonio por lo que ellos van a disfrutar. Les mueve sólo el egoísmo.

4.- Y el amor es todo lo contrario al egoísmo. Aristóteles definió el amor como la felicidad de buscar el bien de la persona amada.

5.- Pero eso de «estaré contigo mientras me vaya bien» es puro egoísmo, no tiene nada de amor. Va al fracaso seguro.

6.- El verdadero amor disfruta sacrificándose en bien de la persona amada. Dijo Cristo: «amaos como yo os amé». Y Él dio la vida para nuestro bien.

7.- Dice San Pablo que el amor es:

a) Paciente: la convivencia humana requiere mucho aguante.

b) Benigno: hace el bien sin esperar recompensa.

c) Todo lo perdona: hay que saber perdonar los roces inevitables de la vida.

En la vida nos damos pisotones. A veces sin querer, pero otras con mala idea. Hay que perdonar, aunque el pisotón nos duela. Pero esto no excluye exigir la reparación del daño recibido. Que se haga justicia. Pero sin deseo de venganza.

8.- La familia donde reina el amor verdadero, es un pedazo de cielo

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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