Domingo II de Adviento

06
diciembre

Domingo II de Adviento

 (Ciclo C) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Nota Litúrgica

Como sabemos, el calendario litúrgico está organizado según tres Ciclos, Ciclo A, Ciclo B y Ciclo C. Y en cada uno de estos Ciclos se lee de manera semi-continua un evangelista sinóptico: Mateo para el Ciclo A, Marcos para el Ciclo B y Lucas para el Ciclo C. Este año litúrgico, que comienza con este Primer Domingo del Tiempo de Adviento, corresponde al Ciclo C, y por lo tanto se leerá de manera semi-continua el Evangelio según San Lucas.

Presentamos aquí lo que dicen las Prenontanda del Leccionario Romano respecto al tiempo de Adviento.

“1. Tiempo de Adviento

“a) Domingos

“93. Las lecturas del Evangelio tienen una característica propia: se refieren a la venida del Señor al final de los tiempos (primer domingo), a Juan Bautista (segundo y tercer domingo), a los acontecimientos que prepararon de cerca el nacimiento del Señor (cuarto domingo). Las lecturas del Antiguo Testamento son profecías sobre el Mesías y el tiempo mesiánico, tomadas principalmente del libro de Isaías. Las lecturas del Apóstol contienen exhortaciones y enseñanzas relativas a las diversas características de este tiempo.

“b) Ferias

“94. Hay dos series de lecturas, una desde el principio hasta el día 16 de diciembre, la otra desde el día 17 al 24. En la primera parte del Adviento se lee el libro de Isaías, siguiendo el orden mismo del libro, sin excluir aquellos fragmentos más importantes que se leen también en los domingos. Los Evangelios de estos días están relacionados con la primera lectura. Desde el jueves de la segunda semana comienzan las lecturas del Evangelio sobre Juan Bautista; la primera lectura es, o bien una continuación del libro de Isaías, o bien un texto relacionado con el Evangelio. En la última semana antes de Navidad, se leen los acontecimientos que prepararon de inmediato el nacimiento del Señor, tomados del Evangelio de san Mateo (cap. 1) y de san Lucas (cap. 2). En la primera lectura se han seleccionado algunos textos de diversos libros del Antiguo Testamento, teniendo en cuenta el Evangelio del día, entre los que se encuentran algunos vaticinios mesiánicos de gran importancia.” (Prenotanda, nº 93-94)

Recordamos, asimismo, un párrafo del nº 25: “Se recomienda mucho la predicación de la homilía en las ferias de Adviento, de Cuaresma y del tiempo pascual, en bien de los fieles que participan ordinariamente en la celebración de la Misa; y también en otras fiestas y ocasiones en las que hay mayor asistencia de fieles en la iglesia.” (Prenotanda, nº 25)

 

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

 

 Domingo II de Adviento (C)

(Domingo 6 de Diciembre de 2015)

LECTURAS

Dios mostrará tu resplandor

Lectura del libro de Baruc  5, 1-9

Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios, cúbrete con el manto de la justicia de Dios, coloca sobre tu cabeza la diadema de gloria del Eterno.

Porque Dios mostrará tu resplandor a todo lo que existe bajo el cielo.

Porque recibirás de Dios para siempre este nombre: «Paz en la justicia» y «Gloria en la piedad.»

Levántate, Jerusalén, sube a lo alto y dirige tu mirada hacia el Oriente: mira a tus hijos reunidos desde el oriente al occidente por la palabra del Santo, llenos de gozo, porque Dios se acordó de ellos. Ellos salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve, traídos gloriosamente como en un trono real.

Porque Dios dispuso que sean aplanadas las altas montañas y las colinas seculares, y que se rellenen los valles hasta nivelar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios.

También los bosques y todas las plantas aromáticas darán sombra a Israel por orden de Dios, porque Dios conducirá a Israel en la alegría, a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL      125, 1-6

R. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

O bien:

El Señor hizo maravillas. ¡Aleluia!

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía que soñábamos:

nuestra boca se llenó de risas

y nuestros labios, de canciones. R.

Hasta los mismos paganos decían:

« ¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!»

¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros

y estamos rebosantes de alegría! R.

¡Cambia, Señor, nuestra suerte

como los torrentes del Négueb!

Los que siembran entre lágrimas

cosecharán entre canciones. R.

El sembrador va llorando

cuando esparce la semilla,

pero vuelve cantando

cuando trae las gavillas. R.

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Filipos     1, 4-11

Hermanos:

Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes, pensando en la colaboración que prestaron a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora. Estoy firmemente convencido de que Aquél que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús. Y es justo que tenga estos sentimientos hacia todos ustedes, porque los llevo en mi corazón, ya que ustedes, sea cuando estoy prisionero, sea cuando trabajo en la defensa y en la confirmación del Evangelio, participan de la gracia que he recibido.

Dios es testigo de que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús. Y en mi oración pido que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables en el Día de Cristo, llenos del fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Lc 3, 4. 6

Aleluia.

Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

Todos los hombres verán la Salvación de Dios.

 Aleluia.

Todos los hombres verán  la salvación de Dios

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas      3, 1-6

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías:

«Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos.

Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA


 IIº Domingo de Adviento – 6 de diciembre 2016- Ciclo C

Entrada: Que esta santa liturgia nos anime a humillarnos ante el Señor que viene para que El pueda manifestar en nosotros la grandeza de su misericordia.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:  Ba 5,1-9

Por la conversión nos despojamos del vestido del pecado, y nos vestimos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da.

Salmo Responsorial: 125

Segunda Lectura: Flp 1, 4-6. 8-1

En el día de la venida de Cristo seremos juzgados en el conocimiento y el amor de Dios.

Evangelio: Lc 3,1-6

El Evangelio de hoy nos exhorta a preparar adecuadamente nuestros corazones para recibir a Cristo que llega en la  Navidad.

Preces:

Llamados a mantenernos irreprochables para el día de Cristo, unámonos en la oración común a Dios Padre.

A cada intención respondemos cantando:

* Por las intenciones del Santo Padre para este mes que es que todos podamos experimentar la misericordia de Dios que no se cansa jamás de perdonar. Oremos.

* Por los gobernantes de nuestras naciones, para que permitan que el Señor dirija sus mentes y sus corazones de manera que todas sus iniciativas estén encaminadas hacia la paz y la justicia.

* Por todas las familias, de modo particular las que sufren, para que encuentren en la Sagrada Familia de Nazaret, un  modelo de vida y en el nacimiento de Jesús un signo seguro de esperanza. Oremos.

* Por todos aquellos que sufren por la falta de un empleo digno, para que el Señor les conceda la gracia de encontrar el puesto de trabajo que les permita trabajar con solicitud y sosiego para el mantenimiento de sus familias.

* Por las misiones populares que los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado realizarán en distintas partes del mundo, para que el Señor conceda abundantes frutos de conversión y de fidelidad a la llamada al seguimiento de su Hijo. Oremos.

Ayúdanos Señor con tu fuerza y concede que todos los hombres vean y experimenten tu salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:
En la Eucaristía tenemos la prueba de que Dios realiza cosas grandes y maravillosas. Nos hacemos pequeños para recibirla y presentamos:

* Incienso junto con entrega de nuestra vida haciendo de ella una oración continua.

* Los dones de pan y vino, esperando la venida del Señor siempre enriquecedora.

Comunión: La Eucaristía es la última expresión de la Encarnación. En ella Jesús viene a nosotros y nos da la gracia de prepararnos en la esperanza a su venida definitiva. .

Salida: Que María Santísima ayude a todos los cristianos a redescubrir la grandeza y la belleza de la conversión, mientras aguardamos la realización de las divinas promesas.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger.

Preparación a la actividad pública de Jesús

(Lc.3,1 – 4,13)

Una vez más se ven contrapuestos Juan y Jesús. Juan lleva a cabo su misión (3,1-20); se muestra la preparación de Jesús para su obra (3,21-4,13); Jesús es hijo de Dios, nuevo Adán, que opta decididamente por la voluntad de Dios.

Aquí, como en la historia de la infancia, se muestra que Jesús sobrepuja a Juan, pero ahora se añade algo nuevo. Juan lleva a cabo la última preparación para el tiempo de la salud, que está en puertas, pero él no pertenece todavía a este tiempo. Jesús está equipado para realizar el tiempo de la salud. Juan concluye su obra, Jesús comienza la suya. La actividad de Juan se cierra según la exposición de Lucas antes del relato del bautismo de Jesús, con el que comienza la actividad pública de Jesús. Lucas preferirá volver una vez más sobre lo narrado, antes que ligar la actividad de Jesús y la de su precursor. Con Juan termina el tiempo del preanuncio y de la promesa, y con Jesús comienza el tiempo del cumplimiento.

1. EL BAUTlSTA (3,1-20).

a) El comienzo (Lc/03/01-06).

En una hora bien determinada de la historia del mundo, en una situación que reclama liberación, en una zona del gran imperio romano (3,1-2), comienza la preparación para el tiempo de la salud por Juan (3,3-6).

1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, 2a durante el sumo sacerdocio de Anás y de Caifás…

La historia de la salvación transcurre dentro del ámbito y del acontecer de este mundo, pero sin identificarse con lo que nosotros llamamos historia del mundo o historia universal. La aparición y actuación de Juan es el preludio inmediato del acontecimiento salvífico que se inicia con la venida del Mesías. Las indicaciones cronológicas se hacen en el estilo de la Biblia. Ahora comienza historia sagrada. Análogamente indica Oseas el tiempo en que recibió la palabra del Señor: «Palabra de Yahveh dirigida a Oseas, hijo de Beri, en tiempos de Ozías…» (Ose_1:1).

El tiempo de la salvación comienza el año 15 del reinado del emperador romano Tiberio (14-37 d.C.), es decir, el año 28/29 de nuestra era. Entonces era Poncio Pilato procurador de Judea (26-36); Herodes Antipas, tetrarca de Galilea (4 a.C. – 39 d.C.); su hermano Filipo, tetrarca de Iturea y de la Traconítide, que están situadas al norte y al este del lago de Genesaret (4 a.C. 34 d.C.). Lisanias era tetrarca de Abilene al noroeste de Damasco, en el Antilíbano (Lisanias murió entre el 28 y el 37 d.C.). Las indicaciones de Lucas se han visto confirmadas por inscripciones y por historiadores antiguos. Además de las autoridades civiles se indican también las religiosas: el sumo sacerdote en funciones José Caifás (18-36 d.C.), junto al que gozaba de gran prestigio su suegro Anás, que le había precedido en el cargo.

Si Lucas hubiese querido únicamente fijar el tiempo, un dato hubiera sido más que suficiente. El primero, que es el más claro y más determinado. ¿Por qué, pues, añade los otros? Con ellos se trata de presentar las condiciones políticas y religiosas, el ambiente espiritual en que se cumplen las promesas de Dios. Palestina está bajo dominio extranjero. El soberano del país es el emperador Tiberio, del que los historiadores romanos trazaron -con razón o sin ella- el retrato de un soberano desconfiado, cruel, amigo del placer (Cf. TÁCITO, Anales Vl, 51). La parte meridional del país, Judea y Samaria, es desde el año 6 a.C. provincia romana. El gobierno del procurador Poncio Pilato era, según el parecer de los judíos, inflexible y sin consideraciones; se le achaca venalidad, violencia, rapiña, malos tratos, vejaciones, continuadas ejecuciones sin sentencia judicial y una crueldad sin límites e intolerable (FLAVIO JOSEFO, Bellum Iudaicum II, 169-177; FILON, Leg. ad Gaium 299-305). Los soberanos de la casa de Herodes eran idumeos, soberanos por la gracia de Roma. Los dos sumos sacerdotes se dieron maña para conservar largos años su posición mediante ardides diplomáticos. Se comprende que se suspire por el rey de la casa de David. También Zacarías aguardaba la liberación de las manos de todos los que nos odian (1,71).

El ámbito geográfico que delimita Lucas con sus indicaciones es el campo de acción de Jesús. En éste se desarrolla la historia sagrada: en Galilea y en Judea, y también al norte del lago de Genesaret. El imperio romano se había anexionado más o menos rigurosamente estas regiones. Por su parte, Jesús no traspasará sino muy raras veces los límites de Palestina, pero su mensaje conquistará toda la gran extensión sujeta a la soberanía del emperador romano Tiberio. Los Hechos de los apóstoles describen la carrera victoriosa de la palabra de Dios que había comenzado en Palestina.

2b…la palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. 3 Y él fue por toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.

La palabra de Dios fue dirigida a Juan, como sucedía a los profetas del Antiguo Testamento. El Bautista reanuda la acción de los grandes enviados de Dios del tiempo anterior y enlaza con la tradición profética, no con la literatura apocalíptica soñadora y fantástica, con la sabiduría humanística, con los rigorismos legalistas farisaicos, con tradiciones teológicas rabínicas ni con esperanzas de reinados propias de ambientes zelotas. La palabra de Dios lo llama, le confiere su ministerio y es la fuerza que domina su vida. «Llegóme la palabra de Yahveh, que decía: Antes que te formara en las entrañas maternas te conocía… irás a donde yo te envíe y dirás lo que yo te mande… Mira que pongo en tu boca mis palabras. Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir, arrancar, arruinar y asolar; de levantar, edificar y plantar» (Jer_1:4-10).

El campo de acción del Bautista es toda la zona del Jordán, la región de la depresión meridional del Jordán. En esta región es predicador itinerante. Su campo de acción es reducido; Jesús, en cambio, actuará en toda la región de Palestina. Los apóstoles llevarán más allá de este espacio, al mundo entero, la palabra de Dios. El ámbito de la palabra crece; ésta tiende a llenarlo todo…

Juan es pregonero; va por delante de su Señor y anuncia lo que va a suceder. El mensaje que él anuncia es el bautismo de conversión y perdón de los pecados. La conversión es el prerrequisito; con ella se vuelve el hombre hacia Dios, reconoce su realidad y su voluntad, se aparta de sus pecados y los reprueba; en esto consiste esencialmente la conversión y el arrepentimiento.

El bautismo, la inmersión en el Jordán, acompañada de una confesión de los pecados (Mar_1:5), sellará esta voluntad de conversión y al mismo tiempo otorgará el perdón de los pecados por Dios. Al que se convierte le da la certeza de que su conversión es valedera y es reconocida por Dios y consiguientemente tiene capacidad para salvar del juicio venidero. El que ha recibido el bautismo se halla pertrechado y preparado para formar parte del nuevo pueblo de Dios de los últimos tiempos. Desde luego, una cosa se requiere: que la conversión sea sincera y vaya acompañada de un cambio de vida. Lo que así anuncia Juan es algo nuevo y grande. Va a iniciarse lo que tanto se había esperado: Dios cumple sus promesas.

4 Como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas. 5 Todo barranco será rellenado, y todo montículo y colina serán rebajados; los caminos tortuosos se enderezarán y los escabrosos se nivelarán. 6 Porque toda carne ha de ver la salvación de Dios.

El profeta Isaías ve en una visión una espléndida procesión a través del desierto. Dios, el Señor, va en cabeza de su pueblo, que retorna en caravana de Babilonia a la patria. Una voz se levanta en el desierto por el que avanza la comitiva e invita a preparar un camino real. Esta palabra dirigida a los que regresan a la patria se entiende ahora en forma nueva. La voz del que clama en el desierto es Juan. El Señor -el Mesías- viene, y con él su pueblo. La preparación del camino se entiende en sentido religioso-moral; se llama a penitencia, conversión y retorno a Dios, bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. Obra verdaderamente gigantesca: trazar un camino por el desierto; transformar los corazones. Toda carne ha de ver la salvación de Dios. El tiempo de la salvación está alboreando. Dios lo prepara para «toda carne», para todos los hombres. Va a cumplirse el anuncio profético de Simeón: Una «luz para iluminar las naciones» (Mar_2:32). El predicador de penitencia y conversión, el precursor Juan tiene una misión para todos los tiempos. Hay que preparar con penitencia un camino a la salvación del Señor.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Marcos, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

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Comentario Teológico

·        Joseph María Lagrange, O.P.

 JUAN EL BAUTISTA Y JESÚS

TIEMPOS DE SALVACIÓN

Después de largos años pasados en la oscuridad de Nazaret, va a comenzar Jesús su ministerio en Israel. Pudiera creerse que era un nuevo empezar del Evangelio, y, en efecto, según san Marcos, es «El principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Hemos visto que para los soberanos de Oriente deificados había dos epifanías: la del nacimiento, a causa de su origen divino, y la de su toma de posesión del poder soberano. Jesús no será Rey de la gloria hasta el día de su resurrección, pero desde el principio de su vida pública debía ser de alguna manera entronizado por su Padre, lo que realizó en su bautismo.

Además, la dignidad de Hijo de Dios exigía un precursor que preparase sus caminos. Vemos cómo aquí se renuevan los designios de Dios, que había hecho encontradizos al hijo de Zacarías y al hijo de María. No son esta vez los ángeles los que van a visitar a las almas excelsas, acostumbradas a vivir en comunicación con el Altísimo, es una voz poderosa, que va a resonar y conmover todo el país de Israel.

La tierra de Israel, donde Jesús y Juan han nacido, no estaba, como ya sabemos, bajo el dominio de un solo príncipe. Judea había sido incorporada al imperio romano, heredero de todas las antiguas civilizaciones.

Roma, sucesora de los grandes imperios de Oriente, había establecido sobre las más diversas razas su más estable dominio. Los hombres de entonces o, más bien, la flor y nata que los gobernaba, podían creer que habían llegado a la cumbre, desde donde la civilización, penosamente adquirida, podía lucir con todo esplendor. La ciudad sentada sobre las siete colinas, con su Capitolio, su Foro y su Palatino, hubiera sido la más hermosa cosa del mundo si Atenas no hubiera monopolizado el arte y la belleza. La violencia de las armas se rendía ante la autoridad más alta de la inteligencia. Lo que se llamaba «tierra habitada», el mundo en adelante organizado, estaba animado por el mismo espíritu. Nadie pensaba sustraerse a esta fuerza que la razón dirigía, a la manera que lo está el Universo.

Nadie, excepto los judíos. Ridículo hubiera parecido hacer un paralelo entre Atenas, Roma o Alejandría, mirando hacia el mar, como para enviar lejos sus órdenes o sus ideas, con una ciudad mediocre edificada sobre las altas colinas de la Judea, pero aislada, mirando hacia el desierto, más bien que hacia las playas. Esta ciudad, sin embargo, tenía también su grandeza, tenía su historia, el convencimiento de estar más instruida que Atenas en los grandes, los únicos grandes problemas, los problemas del destino del hombre, del origen del mundo y de sus relaciones con Dios. La victoria de las armas romanas no le infundía temor, y el encanto divino de Homero sólo le inspiraba desprecio. Sabía que las estatuas modeladas por Fidias, llenas de austera majestad, eran tan condenables como las sensuales Afroditas de Praxiteles, ya que ellas no tenían derecho a los homenajes de los hombres, únicas imágenes fieles de Dios. Estaba segura, con ciencia cierta, con la ciencia misma de Dios que le revelara su secreto, que toda aquella gloria mundana era frágil, y precisamente porque el mal triunfante era el desorden llevado al colmo, ella estaba segura de que el reino de Dios iba a manifestarse. Pero nadie aún había tomado la palabra en su nombre para continuar la interrumpida serie de reproches, de amenazas, de juicios terribles suspendidos sobre las cabezas, y, en fin, de lejanas esperanzas, cuando pasada la tempestad, el cielo apareciese de color de zafiro. El yugo del extranjero era pesado, pero el honor de Dios violado era una afrenta más intolerable que la insolencia de los agentes del fisco. ¿Duraría siempre la paciencia de Dios? ¿Qué esperaba ya? ¡Entonces fue cuando la voz de Juan, el hijo de Zacarías, se oyó en el desierto!

MISIÓN DE JUAN BAUTISTA Y SU PREDICACIÓN

(Lc 3, 1-18; Mc 1, 8; Mt 3, 1-12)

«En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconitide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el gran sacerdote Anás y [bajo el gran sacerdote] Caifás, la palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3, 1-2).

¡Singular unión esta que pone en el mismo plano a Tiberio, emperador, omnipotente, y a Lisanias, principillo ignorado! Para comprenderlo es necesario ir a donde el evangelista nos lleva, al desierto, cerca de las riberas del Jordán. El valle en esta parte se ensancha, formando una especie de circo, pero está dominado de ambos lados por altas colinas. Es el único punto del globo que está aproximadamente 350 metros bajo el nivel del mar. Por el norte, el horizonte está cerrado por la Montaña del Viejo, el Djébel-ech-cheikh, el antiguo Hermón, cuyas nieves brillan en invierno y en primavera. Se diría que no hay nada detrás de esta montaña del Septentrión, donde los semitas ponían la morada de la corte divina. Al sur está el mar Muerto exhalando olores de betún y azufre en sus orillas. Con frecuencia aparece velado por una neblina, que se espesa hacia el mediodía, como si fueran jirones de la nube que derramó la destrucción sobre Sodoma y Gomorra. El Jordán no es, como otros ríos, un límite; es más bien un punto de unión, tanto para los habitantes de las dos riberas como para las aguas que descienden de sus colinas. Las dos riberas fueron dadas a Israel. Y he ahí por qué, después de nombrar al señor del mundo romano, cuyos años de imperio suministraba una fecha oficial que se imponía a todos, san Lucas enumera estos pequeños estados del país de uno y otro lado del Jordán, cuyo centro de gravedad era Jerusalén, situado en la ribera occidental.

Allí se halla Judea, reino propio de David, donde la vida religiosa y nacional volvió a resurgir después de la cautividad de Babilonia; de suerte que los israelitas se convirtieron en habitantes de Judea o, como nosotros los llamamos, judíos. Verdadero lugar del espíritu de toda la raza, es también el más vigilado, y Roma quiso que estuviese bajo su inmediata tutela, administrado por el romano Poncio Pilato. Al norte, la Galilea, a la que le habían anexionado una parte del otro lado del Jordán, la Perea, estaba bajo el cetro de Herodes, conservando una aparente independencia. El nombre de rey le hubiese venido demasiado grande a tan pequeño príncipe. Era tetrarca, es decir, estaba al frente de la cuarta parte del país, sin que se preocupase de saber si este término corriente resultaba en verdad de una división en cuatro partes. De hecho, no hallamos más que otros dos tetrarcas: a Filipo, que gobernaba frente a Herodes, al nordeste, del otro lado del Jordán, y a Lisanias, cuyo pequeño estado cierra la perspectiva de la dominación de Israel por el norte.

Pero fuera y por encima de estos príncipes temporales, san Lucas quiso nombrar al Sumo Sacerdote, único lazo que unía aún a los descendientes de Israel. Este Sumo Sacerdote era Caifás, elevado por el favor del procurador romano, Valerio Grato. El respeto debido al sucesor de Aarón alcanzaba aún a Anás, Sumo Sacerdote depuesto, que el mismo Caifás, su yerno, estaba obligado a reverenciar.

No hay ningún dato político que no esté sólidamente fundado en los documentos históricos y se podría decir sobre el terreno. Si la erudición contemporánea ha querido levantar un caramillo a san Lucas sobre el nombre de Lisanias, dos inscripciones descubiertas en la región de Abil, antigua Abilene, le han dado la razón.

Aunque esta misma ciencia no esté de acuerdo en el cómputo de los años de Tiberio, puede juzgarse razonablemente que su decimoquinto año había comenzado el 1 de octubre del año 27 de la era cristiana. Fue, sin duda, poco después de esta fecha cuando Juan apareció predicando en toda la región del Jordán. «Andaba vestido de pieles de camello y con un cinto de cuero alrededor de los lomos, y comía langostas y miel silvestre» (Mc 1, 6).

El romano, envuelto en su toga, reconocía al filósofo discípulo la visión del más ardiente profeta. En otro tiempo, los enviados del rey Ococías habían dicho a su señor: «Hemos encontrado a un hombre en nuestro camino, era velludo y un cinto de cuero ceñía su cintura (2R 1, 8). Y dijo el rey: «Es Elías, el Tesbita». Este aparato exterior, por mucho tiempo respetado, había caído en desprecio, a causa del descrédito que sobre sí habían atraído tantos falsos profetas. Cubrirse con manto de pieles era exponerse al sarcasmo: era aparecer como impostor. En otro tiempo había dicho Zacarías: «Y será que, cuando alguno profetizare, le dirán su padre y su madre: no vivirás porque has hablado mentira en nombre de Yahvé;… y acaecerá en aquel tiempo que todos los profetas se avergonzarán de su visión cuando profetizaren: ni nunca más se vestirán de manto velloso para mentir» (Za, 13, 3-4).

La profecía estaba muerta, y los falsos profetas cesaron de revestirse con su oropel mentiroso. Sólo después de largo silencio, en tiempos de elegancia y urbanidad, cerca de Jericó, la ciudad dada por Antonio a Cleopatra por la belleza de sus aromáticos jardines, redificada por Herodes para estación invernal en los confines de la suntuosidad y el desierto, se levanta Juan, nuevo Elías por sus hábitos y no menos audaz por la libertad de sus invectivas. Tan potente era su voz, que el desierto se conmovió, y sus rumores se extendieron hasta las ciudades de la tierra alta. ¿Será la hora de Dios? Se sabía, desde la profecía de Amós, que «el Señor no hará nada sin que revele sus secretos a sus siervos los profetas. Bramando el león, ¿quién no temerá? Hablando el Señor Yahvé, ¿quién no profetizará?» (Am 3, 7-8). En efecto, decía Juan: « ¡Haced penitencia porque el reino de Dios está cerca!» (Mt, 3, 2).

En otro tiempo, cuando de los labios de un profeta brotaba la llamada a penitencia, el pueblo se recogía: la nación entera había pecado, ya adorando los dioses extranjeros, ya asociando prácticas impuras al culto del Dios santísimo: se derruían los altares consagrados a Baal, se quemaban los árboles de Astarté y se limpiaba el santuario. Yahvé perdonaba y el pueblo quedaba libre.

Los tiempos habían cambiado. El mundo, antes de los sucesores de Alejandro, jamás había presenciado el extraño espectáculo de un pueblo que rehusaba postrarse ante los dioses del vencedor. Los Macabeos habían hecho esto y habían arrojado al muladar los dioses de Grecia. Por eso Dios les había dado la independencia frente al extranjero y el poder sobre sus hermanos. Después de la nueva dedicación del Templo, continuaba el culto según las ceremonias sagradas: cada día los sacerdotes hacían el sacrificio, y las solemnidades se celebraban con la pompa prescrita. La nación nada tenía que reprocharse, ¿por qué entonces este llamamiento a la penitencia?

Lo comprendían, sin embargo, las almas escogidas, porque la religión había llegado a ser, si no más interior, al menos más individual. Cada uno se sentía responsable delante de Dios, y era la superioridad manifiesta de la religión de Israel, su intransigencia moral, que ni el oro ni el poder habían logrado doblegar. Era ésta la tradición de los antiguos profetas, menos cuidadosos de atraer al Templo rebaños de víctimas que de excitar en el corazón de los israelitas sentimientos de compunción y de temor filial y más aún, tal vez, porque era el punto difícil, moverlos al amor a sus prójimos.

« ¿No sabéis cuál es el ayuno que yo quiero? Dice el Señor Yahvé: que panas tu pan con el hambriento, y a los pobres sin albergue recojas en tu casa; que cuando vieres al desnudo lo cubras y no te escondas de tu carne. Entonces nacerá tu luz como el alba» (Is 58, 6-8).

La conciencia de muchos israelitas estaba bastante despierta para que fueran insensibles a tales acentos, y los que se consideraban culpables sentían la necesidad de hacer penitencia. Los maestros sabían muy bien, y eran los primeros en proclamarlo, que la penitencia era la disposición esencial requerida antes de la llegada del Mesías, que debía por sí mismo fundar el reino de Dios.

El aspecto de un hijo de los antiguos profetas, austero, sobrio hasta abstenerse del modesto alimento del pan cotidiano, sus presentimientos que penetraban los síntomas del tiempo, su acento patético, todos esos rasgos que hoy harían sonreír a espíritus ligeros o fuertes, eran la expresión espontánea e impetuosa de los antiguos profetas de Israel. Aun entonces en las ciudades acaso hubieran tenido a Juan por un hombre pobre de espíritu; atemorizaba, conmovía y aterraba las almas cuando su voz se elevaba sobre las dunas estériles o a lo largo de los tamarindos del Jordán, sobre las rápidas aguas, sobre los recuerdos milagrosos, haciendo oír su llamamiento tradicional, ¡Penitencia!, por última vez antes que llegue la hora de Dios.

(…)

(Lagrange, Joseph. Vida de Jesucristo. Edibesa, Madrid, 2002. Pag. 55-60)

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Santos Padres

·        San Ambrosio

La predicación de San Juan Bautista

67. Vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. Antes de congregar a la Iglesia, el Hijo de Dios obra en su servidor. Bien ha hecho San Lucas al mostrar que la Palabra de Dios vino sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto; pues la Iglesia comenzó no por un hombre, sino por el Verbo. Ella misma es el desierto, pues los hijos de la desertada son más numerosos que los de la esposa (Is 54, 1). Por eso se le ha dicho: Alégrate, estéril (ibíd.) y alborózate, desierto (ibíd., 3, 9), pues no había sido cultivada todavía por el trabajo de un pueblo de extranjeros, y estos árboles que podrían dar frutos no habían llegado aún a la cima de sus méritos. No había venido todavía el que había de decir: Soy como un olivo fértil en la casa del Señor (Sal 51, 10); la viña celestial no garantizaba aún los frutos a sus sarmientos (Jn 15, 1) por el canal de sus palabras. Vino, pues, la Palabra, para que lo que antes era desierto produjese para nosotros frutos; vino la Palabra y siguió la voz; pues el Verbo (la Palabra) obra antes interiormente, y luego la voz hace su misión. Por esto David dice: He creído, puesto que he hablado (Sal 115, 1): ha creído primero para poder hablar.

68. Vino, pues, la Palabra, para que San Juan Bautista predicase la penitencia. Y de este hecho muchos aplican a San Juan la figura de la Ley, porque la Ley ha podido denunciar el pecado, pero no perdonarlo; pues la Ley, a los que van por los caminos de los gentiles, los aparta del error, los preserva del crimen, les aconseja la penitencia, para que consigan la gracia. Luego la Ley y los Profetas han durado hasta Juan (Lc 16, 16), y Juan es el Precursor de Cristo. Así la Ley anuncia a la Iglesia, como la penitencia a la gracia. Bien ha hecho San Lucas en ser breve para proclamar a Juan como profeta, al decir que sobre él descendió la palabra de Dios, sin añadir otra cosa : pues no hay ninguna necesidad de traer pruebas de uno mismo cuando abunda en él la palabra de Dios. No ha dicho más que una palabra que lo explica todo.

69. Por el contrario, San Mateo y San Marcos han querido mostrar al profeta en su vestido, en su cinto, en su comida, puesto que él tuvo un vestido de pieles de camellos, y un cinto de cuero sobre sus riñones, y se alimentaba de langostas y de miel silvestre. El Precursor de Cristo no soportaba dejar perder los despojos de las bestias inmundas y, por el signo de su propio vestido, presagiaba la venida de Cristo, que, tomando sobre sí la monstruosidad, impregnada de las manchas de nuestras acciones innobles, de los pecados de la gentilidad inmunda, se despojaría sobre el trofeo de la cruz del vestido de nuestra carne.

70. Mas ¿ qué quiere decir este cinto de cuero, sino que esta carne que hasta entonces había tenido la costumbre de gravar al alma, ha comenzado, después de la venida de Cristo, a ser, no un impedimento, sino un cíngulo? Pues, según David, hemos colgado en los sauces las liras (Sal 136, 2), y, según el Apóstol, no tenemos confianza en la carne y la tenemos en el cuerpo, no la tenemos en los placeres, la tenemos en los sufrimientos, estando animados por un sentimiento de fervor espiritual y preparados para ejecutar todos los mandamientos del cielo por la devoción del alma bien orientada y por la disposición del cuerpo bien equipado.

71. Aun el mismo alimento del profeta indica su misión y anuncia el misterio. ¿Existe algo tan inútil y vano para el hombre que buscar langostas, y algo tan fecundo al misterio del profeta? Cuanto las langostas son más desprovistas de utilidad, impropias para cualquier uso, fugaces al tacto, saltando de aquí para allá, y estridentes, tanto más convienen y son aptas para figurar al pueblo de las naciones que, sin trabajo útil, sin obra fructuosa, sin ponderación, emiten el sonido inarticulado de sus murmullos e ignoran la palabra de vida. Este pueblo es, pues, la comida de los profetas; pues cuanto más numeroso es el pueblo que se reúne, más crece y abunda la cosecha de los labios del profeta. La suavidad de la Iglesia es también prefigurada en la miel silvestre, que no se encuentra en las rocas de la Ley, como producida por el pueblo judío, sino esparcida por los campos y arbustos de las selvas por el error de los gentiles, según se ha dicho: La encontramos en los campos de las selvas (Sal 131,6).

72. Y éste comía la miel silvestre para anunciar que los pueblos serían saciados con la miel de roca, como está escrito: Y los sació con la roca de miel (Sal 80, 17). Así también los cuervos alimentaban a Elías en el desierto con un alimento que ellos le traían y con una bebida que ellos le procuraban, signo de que los pueblos de las naciones, repugnantes por la negrura de su conducta, que hasta entonces buscaban su comida en los cadáveres fétidos, ofrecerían ahora a los profetas su alimento; pues la comida de los profetas es el cumplimiento de la voluntad divina, como lo ha declarado el mismo Señor con estas palabras: Mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me ha enviado (Jn 3, 34).

         73. Una voz grita en el desierto. Está bien llamar voz a San Juan, el Precursor del Verbo. Pues el mismo Juan, a la pregunta: ¿Qué dices de ti mismo?, ha respondido: Yo soy la voz que clama en el desierto (Jn 1, 22). Y por eso dijo: el que viene en pos de mí ha sido hecho antes que yo, porque la voz, que es inferior precede; después viene el Verbo, que es superior. Por eso ha querido también ser bautizado por Juan, porque entre los hombres el Verbo tiene su consagración en la palabra del doctor. Puede ser también que Zacarías haya recobrado la voz por haber nombrado la voz.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.2, 67-73, BAC Madrid 1966, pág. 124-28

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

P. Alfredo Sáenz, SJ..

LA VOZ QUE CLAMA

Ya se aproxima el día y es precedido por la aurora. Ya las tinieblas se disipan, porque está cerca de nosotros la Luz. El presagio de este nuevo día es el Bautista. Es él quien se coloca entre los dos Testamentos, como síntesis del Antiguo y como alborada del Nuevo. Es en él donde parecen sintetizarse la Ley y los Profetas en la espera de algo nuevo y más perfecto: la Nueva Ley Evangélica. Es él como la voz de la conciencia del antiguo hombre que quiere levantarse en la expectativa de otra vida. Es la voz restauradora de la conciencia natural en busca de la perfección que obrarán en ella la gracia y la caridad.

Se acerca la Luz, se acerca la Palabra de Dios, y Juan el Bautista es su heraldo, su pregonero. Juan anuncia el Reino y prepara los corazones para ingresar en él por medio de la penitencia. Es el interlocutor entre Dios y cada una de las conciencias. Tiene a su favor, que toda la verdad que predica, se asienta beneficiosa en cada alma y produce un efecto contun­dente, ya que cada alma tiene la propia voz interior que grita el cambio de conducta. Sin ambages, el Predicador del Jordán habla de lo que es bueno y lo que es malo. No se deja guiar por respetos humanos, aunque no por ello deja de ser prudente. Tiene a su favor el tiempo de gracia que se acerca: la venida del Mesías…

Con todo, no hemos de confundimos, como muchos lo hicie­ron en su tiempo. El no es la Palabra, sino sólo su instrumento, mediante el cual Ella quiere ser predicada. La voz es el elemen­to transmisor de la palabra entre los hombres. Dice San Agustín: «El sonido de la voz conduce a tu espíritu la inteligencia de una idea mía, y cuando el sonido vocal te ha llevado a la compren­sión de la idea, se desvanece y pasa…». Una vez que la voz ha cumplido su cometido, una vez que ella ha servido de puente entre dos espíritus, desaparece. Es por eso que el Bautista dice: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya».

Juan es el amigo del esposo, que le presenta a la esposa reconvenida y purificada con la penitencia. Es él la voz clama-dora que quiere ver con cierta urgencia a las almas preparadas para lo que ha de venir. Una vez asentada la lejía de la peniten­cia en cada hombre, queda el camino expedito para el perdón que trae Cristo Jesús.

Predica en el desierto

El desierto es un lugar amplio, despojado de toda belleza y verdor. El desierto es austero, desolador y en él viven innumerables alimañas. Puede significarnos el campo de este mundo que se ha olvidado de vivir según Dios, Cuando los hombres no viven la vida de la gracia, se parecen A este lugar despejado, sin vida, sin verdura y sin frutos. Pero el Señor ha venido para hacer de nuestras almas otro paraíso donde El quiere recrearse. En este Adviento, tiempo de preparación para su presencia entre los hombres, nos preparamos para vivir su vida, no con una medi­da mezquina, sino para vivirla en abundancia, como Él quiere. El mundo, cuando se olvida de Dios, no sabe dar razón de sí, perdiendo su belleza y esplendor. Se parece a un páramo de­solado. Cuando el hombre se olvida de Dios, se convierte en al­go similar al desierto. Cuando las almas, plantíos del Señor, viña mística, cuidada y regada por el Divino Hortelano, se olvidan de su dignidad, se olvidan de vivir la vida divina, se transforman en viñas desoladas, en plantíos devastados. Con la presencia del Bautista, esa voz que dama en el desierto, la Iglesia nos viene a decir en este Adviento que hemos de preparamos para dejar lo que tengamos de desierto en nuestras vidas, y por la obra de Jesús, nos transformemos en paraísos vivientes, donde se des­cubre belleza, vida, gracia y frutos de buenas obras.

Hemos de preparar el camino para el Señor: «allanad sus senderos, los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas, serán enderezados los senderos sinuosos…» Es decir, todo aquello que no condiga con la voluntad amorosa de Dios, debe ser transformado. Nuestro amor propio debe ser abajado, los baches de nuestra pereza rellenados, las sendas tortuosas de nuestros malos hábitos cambiadas. Y hemos de estar seguros que Dios, Supremo Artífice de obras terminadas, acabará la obra comenzada.

La voz nos clama

El Bautista no ha dejado de predicar, lo sigue haciendo. Por eso la Iglesia nos lo presenta para nuestra reflexión. Hoy parece suponerse que la penitencia ha perdido su sentido. A veces se piensa en ella como si se tratase de una idea trasnochada, una idea propia de tiempos pasados, que hoy ya hemos superado. In­cluso se la considera como una práctica directamente mala, que atenta contra el cuerpo, una especie de masoquismo con visos de piedad. Otras veces se la concibe como algo contrario a la alegría de vivir, como contrario a la expansión licita del hombre. Nada más trasnochado y carente de verdad que todo esto. Al mundo de hoy le cuesta aceptar la enseñanza del Bautista acerca de la penitencia, posteriormente retomada por el mismo Señor Jesu­cristo, como condición para entrar en el Reino. Es cierto que la penitencia es como una puerta por la cual nos cuesta ingresar; pero si la abrimos, encontrarnos el Misterio del Reino de Cristo. Cuando el hombre entrando por ella se achica, se empequeñe­ce por la humildad, entonces recién le es posible descubrir el mundo sobrenatural que le concede la misericordia de Dios.

¿Por qué el mundo contemporáneo ha perdido la práctica de la penitencia? En primer lugar diríamos que el hombre de hoy se ha acostumbrado a vivir bajado de la Cruz; vive mirando hacia abajo, en el conformismo apetente de los bienes de consumo. Es un mundo hedonista, que busca la satisfacción en el placer por el placer mismo. A este hombre le costará hacer penitencia, porque la conciencia cauterizada ha perdido la noción de lo que es el pecado como ofensa a Dios. ¿Cómo hacer penitencia de algo que no me duele moralmente, y que me parece hasta na­tural, o si me duele, ya que la voz de la conciencia nunca se extingue del todo, me duele muy poco?

Una de las grandes conquistas del demonio es haber logrado que el hombre pierda el sentido del pecado. Pío XII lo decía de esta forma: «Tal vez hoy, el más grande pecado del mundo es que los hombres han comenzado a perder el sentido del pecado». La pérdida de la verdadera dimensión de este mal es que se ha perdido la noción de Dios. Vivimos en una crisis de fe, pero también de enfriamiento de la caridad. El que ama, se duele de ofender a aquel que ama. Por eso nos hemos de preguntar: ¿Quién es Dios para mí?, ¿quién soy yo delante de Él?, ¿me causa dolor realmente ofenderlo? Nos hemos alejado de una ubicación hu­milde y respetuosa frente al Todopoderoso de quien dependemos en todo. Bien decía Pablo VI que «con el olvido de Dios y dé’ nuestras relaciones con Dios, que nos urge mediante su ley moral(a obrar responsablemente ante Él, cae también el sentido del pecado».

Al perder la claridad sobre estas nociones: Dios, el pecado como ofensa, la gracia, el hombre va perdiendo también la noción de su verdadera dignidad de hijo de Dios. A lo mejor buscará exaltar su libertad diciendo que es libre de hacer lo que quiera, lo que a él se le venga en gana, pero al obrar lo malo, por libre que se crea, se va esclavizando y degradando en su ser íntimo. La mala valoración del pecado, lleva como de la mano a la falsa valoración de la libertad. Así se dilapidan los dones recibidos de Dios, como aquel hijo pródigo que se fue de la casa paterna en búsqueda de otros amores. Creyó haber encontrado lejos de Dios su felicidad, pero ésta era sólo engaño.

Nunca debemos abandonar la penitencia porque ella es salvífica. Cuando el pecador se anima a caminar por ella, doliéndose sinceramente de sus pecados, ya está caminando hacia el puente que lo conduce a la orilla de la misericordia y del perdón. Cuando falta este dolor, esta contrición, entonces da­mos rodeos sin acercamos al perdón. Dios quiso venir al hom­bre por medio de la Humanidad Salvadora de Cristo. Ella es la expresión máxima del amor que el Padre nos tiene a través de su Hijo. Ella es el «puente» que nos conduce por medio de la penitencia al Reino y sus realidades presentes y futuras.

Lo mejor que le podría suceder al hombre de hoy es que aparezcan otros predicadores como Jonás de Nínive y Juan del Jordán, que proclamen a viva voz la conversión. Porque el pecado es la peor miseria que subyace en el corazón. Hoy se op­ta por los pobres, los marginados sociales, los enfermos; todas opciones válidas, pero hemos de reconocer que el de peor con­dición es el pobre pecador. Por los pecadores se ha encarnado el Verbo y realizó su hecho salvífico. Con su pasión, muerte y resurrección, nos liberó de la culpa y la pena eterna.

Debemos animamos a abrir con el picaporte de la penitencia j la puerta que nos conduce al Reino. De nuestra parte se espera la acción de abrir, doliéndonos de nuestros pecados; por la otra esperamos la respuesta perdonadora de un Dios misericordioso. Esta es la manera de entrar al mundo de las realidades espiritua­les, al Reino de su amor y luz, al Reino de la alegría y de la paz de la conciencia.

Ojalá que otros Bautistas nos anuncien siempre las cosas del Reino con el rótulo que verdaderamente lo define, no con el ró­tulo que el hombre quiso ponerle. Ojalá que siempre se llame a la gracia, gracia y vida; y al pecado se lo llame por su nombre, significándonos la muerte. Ojalá se anuncie siempre la nece­sidad de la penitencia y el efecto que esta medicina produce en el alma. Es propio del coraje anunciar las cosas como son: «Aprended a pensar o a hablar y a obrar según los principios de la sencillez y claridad evangélica: «sí, sí, no, no». Aprended a lla­mar blanco al blanco y negro al negro; mal al mal y bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado y no llamarlo liberación y progreso, aunque toda la moda y la propaganda fueran contra­rias», les decía una vez Juan Pablo II a jóvenes universitarios. Salvar al pecador no es ocultarle la enfermedad del alma, sino procurar que la reconozca para que aplique la medicina ade­cuada.

El Bautista no sólo nos viene a enseñar con su predicación, sino también con todo el ejemplo de su vida. Todo en él es una voz que dama. La voz de su vida toda es para nosotros un ejemplo, puesto que toda su vida fue un crecer para perfeccio­narse en la vida de Dios. No en vano leemos que «el niño crecía y se fortalecía». Él nos intima a luchar por nuestra perfección y la de todo el mundo. Sigamos su ejemplo.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 13-18)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En este segundo domingo de Adviento, la liturgia propone el pasaje evangélico en el que san Lucas, por decirlo así, prepara la escena en la que Jesús está a punto de aparecer para comenzar su misión pública (cf. Lc 3, 1-6). El evangelista destaca la figura de Juan el Bautista, que fue el precursor del Mesías, y traza con gran precisión las coordenadas espacio-temporales de su predicación. San Lucas escribe: «En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3, 1-2). Dos cosas atraen nuestra atención. La primera es la abundancia de referencias a todas las autoridades políticas y religiosas de Palestina en los años 27 y 28 d.C. Evidentemente, el

evangelista quiere mostrar a quien lee o escucha que el Evangelio no es una leyenda, sino la narración de una historia real; que Jesús de Nazaret es un personaje histórico que se inserta en ese contexto determinado. El segundo elemento digno de destacarse es que, después de esta amplia introducción histórica, el sujeto es «la Palabra de Dios», presentada como una fuerza que desciende de lo alto y se posa sobre Juan el Bautista.

Mañana celebraremos la memoria litúrgica de san Ambrosio, el gran obispo de Milán. Tomo de él un comentario a este texto evangélico: «El Hijo de Dios —escribe—, antes de reunir a la Iglesia, actúa ante todo en su humilde siervo. Por esto, san Lucas dice bien que la palabra de Dios descendió sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto, porque la Iglesia no tiene su origen en los hombres sino en la Palabra» (Expos. del Evangelio de Luca s 2, 67). Así pues, este es el significado: la Palabra de Dios es el sujeto que mueve la historia, inspira a los profetas, prepara el camino del Mesías y convoca a la Iglesia. Jesús mismo es la Palabra divina que se hizo carne en el seno virginal de María: en él Dios se ha revelado plenamente, nos ha dicho y dado todo, abriéndonos los tesoros de su verdad y de su misericordia. San Ambrosio prosigue en su comentario: «Descendió, por tanto, la Palabra, para que la tierra, que antes era un desierto, diera sus frutos para nosotros» ( ib. ).

Queridos amigos, la flor más hermosa que ha brotado de la Palabra de Dios es la Virgen María. Ella es la primicia de la Iglesia, jardín de Dios en la tierra. Pero, mientras que María es la Inmaculada —así la celebraremos pasado mañana—, la Iglesia necesita purificarse continuamente, porque el pecado amenaza a todos sus miembros. En la Iglesia se libra siempre un combate entre el desierto y el jardín, entre el pecado que aridece la tierra y la gracia que la irriga para que produzca frutos abundantes de santidad. Pidamos, por lo tanto, a la Madre del Señor que nos ayude en este tiempo de Adviento a «enderezar» nuestros caminos, dejándonos guiar por la Palabra de Dios.

(Ángelus, II Domingo de Adviento, Plaza de San Pedro, 6 de diciembre de 2009)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

La conversión del corazón

Lc 3, 1-6

El mensaje del Evangelio es: preparad el corazón para recibir a Dios a través de Jesús en Belén. Es un encuentro con Jesús. Todo se manifiesta en Jesús. Todos ven la salvación de Dios que es Jesús, el Salvador, el que da la salud. “Todos” porque la salud de Jesús es para todos.

            Jesús no puede sanar al que no le entrega el corazón. La conversión se resume en esto: entregar el corazón a Dios. Él hará todo pero no puede hacer nada si no le entregamos el corazón.

            Allanar los valles de los corazones hinchados que no se quieren entregar porque se consideran llenos. Elevar los valles de los corazones que no se quieren entregar porque tienen miedo de sus miserias. Enderezar los corazones que no se quieren entregar porque están desviados hacia las criaturas.

            La misión de Juan será animar a los hombres para que pongan el corazón delante de Jesús-Niño y en una perspectiva escatológica delante de Jesús Juez.

            Todo el adviento es una exhortación a poner delante de Jesús nuestro corazón enfermo. Delante, sin decoros. Delante como es, con toda la veracidad del caso.

            Juan es el enviado para animarnos a manifestarnos delante de Jesús tal como somos. Juan será también cualquier persona que nos lleve hasta Jesús.

            Ver la salvación y abrazarse a ella. Asimilarla en nuestro corazón. Ver y conocer. Relacionarse con la salvación. Tener intimidad con Jesús Niño para que nos transforme, para que nos convierta, para que nos sane y para que nunca dejemos de vivir en la visión de la Salud que es anticipo de la vida eterna.

            Juan proclama “un bautismo de conversión para perdón de los pecados”.

            Mateo pone en boca de Juan “convertíos porque ha llegado el Reino de los cielos”[1], Lucas: “dad, pues, frutos dignos de conversión”[2].

            La conversión, cambio de mente, designa renuncia al pecado, una penitencia. Este pesar que mira al pasado, va acompañado normalmente de una conversión por la que el hombre se vuelve hacia Dios e inicia una nueva vida. Penitencia y conversión son la condición necesaria para recibir la salvación que trae el Reino de Dios[3].

            Juan Bautista pide la conversión en vistas a la venida de Jesús.

Si bien en nosotros ha habido una conversión cuando nos dimos cuenta de la necesidad de abrazar la religión, siempre es necesaria la conversión a Dios para mejorar en lo mal hecho y acercamos más a Jesús.

            Hay que tender a la segunda conversión que implica entregamos totalmente a la religión.

            Jesús es modelo de hombre religioso y estamos llamados a imitarlo. Jesús es el hombre totalmente entregado a las cosas de Dios, a la religión. Los santos lo han imitado. Cuando uno conoce a Jesús, que es la misericordia del Padre hecha carne, vive en permanente conversión[4].

El adviento es un tiempo propicio para la conversión. Es un tiempo para entrar en sí mismo y ver qué hay que cambiar, para ver cómo es mi relación con Jesús. Si soy perfecto no necesito conversión, pero no soy perfecto, entonces, qué tengo que cambiar.

            “En la oración se verifica la conversión del alma hacia Dios y la purificación del ojo interior”[5]. Como la conversión del hijo pródigo que se inicia cuando el joven reflexionó[6].

Quizá nos convertimos o comenzamos a venir a la Iglesia siendo jóvenes. Pero a pesar de los años si el alma se mantiene joven puede y debe seguir su conversión.

La conversión implica muerte a nosotros mismos, a nuestro modo de pensar para dejar lugar al querer de Dios. Por eso la primera señal de la conversión es humillarse, es decir, colocar antes que nosotros mismos, la soberanía de Dios[7].

Muchas veces se pide que las homilías sean algo concreto y está bien pero no se debe caer tampoco en venir a buscar una receta al problema particular. En el caso presente el Evangelio nos manda la conversión. En qué… cada uno tiene que volverse en sí, reflexionar, enfrentarse a la realidad de su alma frágil y pecadora y ver concretamente que hay que cambiar en vistas al encuentro con Jesús que viene.

_____________________________________
[1] 3, 2
[2] 3. 8
[3] Nota de la Biblia de Jerusalén a Mt 3, 2. Usamos la Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer Bilbao 19983. En adelante Jsalén.
[4] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Dives in misericordia nº 13, Paulinas Buenos Aires 1980, 56-7. En adelante DM
[5] Santo Tomás de Aquino, Catena Áurea, Mateo (I)…, San Agustín a Mt 6, 7-8, 170. En adelante Catena Áurea…
[6] Cf. Lc 15, 17
[7] Cf. Lagrange, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 20032, 63

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Directorio Homilético

Segundo domingo de Adviento

CEC 522 – 524, 711-716, 722: los profetas y la espera del Mesías

CEC 717-720: la misión de Juan Bautista

522    La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza»(Hb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además,  despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.

523    San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). «Profeta del Altísimo» (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22;Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo  y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3, 29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).

524    Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que El crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30).

La espera del Mesías y de su Espíritu

711    «He aquí que yo lo renuevo»(Is 43, 19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan en la esperanza la «consolación de Israel» y «la redención de Jerusalén» (cf. Lc 2, 25. 38).

          Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se refieren. A continuación se describen aquellas en que aparece sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.

712    Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12) («cuando Isaías tuvo la visión de la Gloria» de Cristo: Jn 12, 41), en particular en Is 11, 1-2:

            Saldrá un vástago del tronco de Jesé,

            y un retoño de sus raíces brotará.

            Reposará sobre él el Espíritu del Señor:

            espíritu de sabiduría e inteligencia,

            espíritu de consejo y de fortaleza,

            espíritu de ciencia y temor del Señor.

713    Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra «condición de esclavos» (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

714    Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):

            El Espíritu del Señor está sobre mí,

            porque me ha ungido.

            Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,

             a proclamar la liberación a los cautivos

            y la vista a los ciegos,

            para dar la libertad a los oprimidos

            y proclamar un año de gracia del Señor.

715    Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del «amor y de la  fidelidad» (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.

716    El Pueblo de los «pobres» (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor «un pueblo bien dispuesto» (cf. Lc 1, 17).

IV     EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

          Juan, Precursor, Profeta y Bautista

717    «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. (Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1, 68).

718    Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17).

719    Juan es «más que un profeta» (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): «Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo … Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios … He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36).

720    En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).

          “Alégrate, llena de gracia”

721    María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el trono de la «Sabiduría».

          En ella comienzan a manifestarse las «maravillas de Dios», que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:

722    El Espíritu Santo preparó  a María con su gracia . Convenía que fuese «llena de gracia» la madre de Aquél en quien «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la «Hija de Sión»: «Alégrate» (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo (cf. Lc 1, 46-55).

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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