Domingo XXVI Tiempo Ordinario

 

27
septiembre

Domingo XXVI

Tiempo Ordinario

 (Ciclo B) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

 

Domingo XXVI Tiempo Ordinario (B)

(Domingo 27 de Septiembre de 2015)

TEXTOS LITÚRGICOS

 

LECTURAS

 

¿Acaso estás celoso a causa de mí?

¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor!

Lectura del libro de los Números  11, 16-17a. 24-29

 

El Señor dijo a Moisés:

«Reúneme a setenta de los ancianos de Israel —deberás estar seguro de que son realmente ancianos y escribas del pueblo— llévalos a la Carpa del Encuentro, y que permanezcan allí junto contigo. Yo bajaré hasta allí, te hablaré, y tomaré algo del espíritu que tú posees, para comunicárselo a ellos».

Moisés salió a comunicar al pueblo las palabras del Señor. Luego reunió a setenta hombres entre los ancianos del pueblo, y los hizo poner de pie alrededor de la Carpa.

Entonces el Señor descendió en la nube y le habló a Moisés. Después tomó algo del espíritu que estaba sobre él y lo infundió a los setenta ancianos. Y apenas el espíritu se posó sobre ellos, comenzaron a hablar en éxtasis; pero después no volvieron a hacerlo.

Dos hombres —uno llamado Eldad y el otro Medad— se habían quedado en el campamento; y como figuraban entre los inscritos, el espíritu se posó sobre ellos, a pesar de que no habían ido a la Carpa. Y también ellos se pusieron a hablar en éxtasis.

Un muchacho vino corriendo y comunicó la noticia a Moisés, con estas palabras: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento».

Josué, hijo de Nun, que desde su juventud era ayudante de Moisés, intervino diciendo: «Moisés, señor mío, no se lo permitas».

Pero Moisés le respondió: « ¿Acaso estás celoso a causa de mí? ¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque Él les infunde su espíritu!»

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL       18, 8.10.12-14

 

R. Los preceptos del Señor alegran el corazón.

 

La ley del Señor es perfecta,

reconforta el alma;

el testimonio del Señor es verdadero,

da sabiduría al simple. R.

 

La palabra del Señor es pura,

permanece para siempre;

los juicios del Señor son la verdad,

enteramente justos. R.

 

También a mí me instruyen:

observarlos es muy provechoso.

Pero ¿quién advierte sus propios errores?

Purifícame de las faltas ocultas. R.

 

Presérvame, además, del orgullo,

para que no me domine:

entonces seré irreprochable

y me veré libre de ese gran pecado. R.

 

 

 

Las riquezas de ustedes se han echado a perder

Lectura de la carta de Santiago     5, 1-6

 

Ustedes, los ricos, lloren y giman por las desgracias que les van a sobrevenir. Porque sus riquezas se han echado a perder y sus vestidos están roídos por la polilla. Su oro y su plata se han herrumbrado, y esa herrumbre dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego.

¡Ustedes han amontonado riquezas, ahora que es el tiempo final! Sepan que el salario que han robado a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo.

Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y de placer, y se han cebado a sí mismos para el día de la matanza. Han condenado y han matado al Justo, sin que él les opusiera resistencia.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

ALELUIA         Cf. Jn 17, 17ba

 

Aleluia.

Tu palabra, Señor, es verdad;

conságranos en la verdad.

Aleluia.

 

El que no está contra nosotros está con nosotros.

Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos    9, 38-43. 45. 47-48

 

Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».

Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.

Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen Cristo.

Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.

Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies al infierno.

Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

 

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario- 27 de septiembre 2015- ciclo B

 

Entrada: La santa Misa nos permite unir nuestra propia vida al sacrificio de Cristo en la Cruz donde se hacen sagrados todos nuestros actos y deseos y donde somos purificados de nuestros vicios y defectos.

Primera Lectura:                                                                 Nm 11,25-29

Dios reparte sus dones gratuitamente para que sean empleados en bien de su pueblo.

 

Segunda Lectura:                                                                     St 5,1-6

Las riquezas que amontonan los hombres malvados será la causa de su ruina.

 

Evangelio:                                                           Mc 9,38-43. 45. 47-48

Nuestro Señor nos enseña a no impedir la intervención gratuita de Dios, y a evitar la envidia y el escándalo.

Preces:

 

Al Dios de las Misericordias imploremos hermanos, para que nos conceda sus dones.

A cada intención respondemos cantando:

 

* Por la Iglesia, para que alimentada con el Pan de Vida camine siempre en la unidad y la verdad, y fomente el bien en favor de todos los hombres. Oremos.

* Por todos los sacerdotes para que, dóciles al don recibido y fieles a su ministerio, enciendan en las almas la luz que es Cristo, que debe iluminar eficazmente todo el camino de la vida humana. Oremos.

* Por la renovación de las parroquias, para que sus miembros crezcan en comunión con Cristo, especialmente en la participación de la Eucaristía, y en solidaridad a ejemplo de los primeros cristianos. Oremos.

* Por los que sufren diversas necesidades, para que, mediante su buen ejemplo y su conformidad con la voluntad de Dios, enseñen cómo toda tribulación llevada a la sombra de la Cruz es siempre fecunda. Oremos.

* Por nosotros mismos, para que siempre encontremos en la Ley Nueva de la gracia la fuerza para guardar los mandamientos divinos y vivamos así la alegría de ser hijos de Dios. Oremos.

 

Danos Señor, la gracia de vivir el Evangelio y asístenos con tu fuerza. Por Jesucristo nuestro Señor.

 

Ofertorio:

Nos reunimos en torno a la mesa del Altar y presentamos:

Cirios junto con  las esperanzas de hacer que triunfe en el mundo el Amor de Cristo.

Pan y vino, materia del sacramento eucarístico, escogida para ser transformada en el alimento que nos nutre de Dios.

Comunión:

Para vivir la verdadera Vida recurrimos al Cuerpo y la Sangre de Cristo, conscientes de que nada podemos sin su presencia que restaura y da fuerzas.

 

Salida:

Virgen María, Madre nuestra, haz realidad nuestro deseo de vivir imbuidos del Espíritu Santo para hacer las obras de Dios tomando ejemplo de tu docilidad.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·             Rudolf Schuackernburg


Palabras sobre el escándalo

(Mc/09/42-48).

La nueva unidad sentencial está formada mediante la palabra nexo  scandalon («tropiezo»). Enlaza con lo que antecede a través de la palabra nexo «pequeños»; el versículo 42 forma contraste con el v. 41: al anuncio de una recompensa por el buen comportamiento en favor de los «pequeños» (los discípulos), sigue ahora una terrible amenaza para cuantos den ocasión de tropiezo a «cualquiera de estos pequeños». El enlace está, pues, justificado desde el punto de vista del contenido; pero la nueva trilogía acerca de los miembros del cuerpo que ocasionan tropiezo sólo tiene una vinculación externa con esa sentencia. El «tropiezo» que cualquiera ocasiona a un discípulo de Jesús, se trata de una sacudida a la fe, de un poner en peligro la salvación de otro, cosa que atraen sobre el autor el castigo más severo en el tribunal divino; de ahí la imagen drástica del anegamiento en el mar.

Con el tropiezo que procede de los miembros corporales, se piensa en las tentaciones de tipo moral que le vienen al hombre de su misma naturaleza y que debe superar radicalmente de raíz, mediante la «mutilación» de los miembros, a fin de no incurrir en la condenación. La palabra griega, que ha entrado en nuestra lengua bajo la forma de «escándalo», no tiene la resonancia sensacionalista que ha adquirido entre nosotros. No se trata de la conmoción que provoca en la opinión pública sino de un peligro interno que corre la persona a la que se escandaliza. El vocablo, cuyos orígenes no se han esclarecido plenamente, hace pensar en la caída ocasionada por un tropiezo o una trampa en el camino. En el contexto de la sagrada escritura, ese «tropiezo», cualquiera que sea su origen, representa un peligro para la salvación. En el entorno de Jesús había seguramente hombres que disuadían su seguimiento a los «pequeños», los discípulos sencillos, y querían destruir su fe y lealtad a Jesús. El Maestro ha observado lleno de cólera tales manejos y ha pronunciado esa terrible amenaza.

La «piedra de molino de las que mueven los asnos» era una piedra notablemente grande que -a diferencia del molino de mano-, en el tipo de molino fijo, descansaba sobre otra piedra y tenía un agujero en el centro. Esa clase de molino se llamaba «molino de asno», o bien porque era movido por un asno o bien porque la piedra inferior se llamaba «asno» a causa de su forma. Para un hombre que extravía a los otros en la fe sería preferible, según la palabra de Jesús, que le colgasen al cuello una de esas grandes piedras y lo hundiesen en lo profundo del mar. Es una imagen muy conforme al lenguaje vigoroso de Jesús y cuyo sentido es éste: mejor es la muerte y el exterminio que robar la fe a otro.

La forma de expresión recuerda las palabras de Jesús acerca del hombre que iba a traicionarle: «más le valiera a tal hombre no haber nacido» (Mar_14:21). No se trata de sentencias condenatorias inapelables, pero son palabras que pintan a la perfección la terrible realidad de un hecho. La imagen y el arcaísmo de la forma lingüística señalan su origen en el pensamiento judío y no permiten dudar de que bajo las mismas se esconde una palabra personal de Jesús. La comunidad (…) entiende, bajo aquéllos cuya fe sufrirá quebranto, a todos los creyentes que forman parte de la misma, y no (o no exclusivamente) a los niños, y de un modo muy especial a los mensajeros de la fe. (…). Siempre será algo terriblemente grave poner en peligro y destruir la fe en el corazón de los hombres sencillos.

En la tradición sentencial de Mateo y Lucas se agrega: «es imposible que no haya escándalos, ¡pero ay de aquel por quien vienen (los escándalos)!». Jesús contempla de un modo realista la situación del mundo; pero advierte a los seductores y está decidido a proteger a quienes creen en él. La fe de la gente sencilla -cf. los infantes de Mt 10,25- es un bien que ningún hombre puede robar sacrílegamente. En ningún caso hay que entender las palabras de Jesús como si uno no hubiese de reflexionar sobre la fe y solucionar sus problemas. Se piensa en los seductores malintencionados o irresponsables.

El grupo de sentencias relativas a los miembros del cuerpo que pueden convertirse en causa de ruina moral, muestra el carácter radical de las exigencias éticas de Jesús. Hablaba en serio cuando quería que se hiciese todo lo imaginable con tal de tener parte en el reino de Dios (cf. Luc_13:24). Cuando está de por medio el objetivo final no cabe indecisión alguna. En nuestro texto Jesús habla de «la vida» como el objetivo del hombre, que le proporciona la verdadera salvación, y después habla en el mismo sentido del «reino de Dios». (…) El «fuego» que «no se extingue» (…) como «el gusano» que «no muere»; (…) ya estaban unidas en un pasaje del Antiguo Testamento que se cita en este v. 48 (Isa_66:24). Allí se trata de los hombres ajusticiados por Dios, cuyos cadáveres se amontonan en el valle de Hinnom, junto a Jerusalén. Yacen insepultos, expuestos a la corrupción -¡el gusano!- o al fuego aniquilador.

Del valle de Hinnom, en hebreo Gehinnom, que desde tiempos antiguos en Israel pasaba por ser el lugar del juicio, se ha derivado la expresión griega gehenna para indicar el infierno. Del lugar histórico de castigo se ha forjado ya en Isa_66:24 el lugar de castigo escatológico; del fin temporal de los malvados, el tormento eterno. (…) No «entrar en la vida», en la vida eterna de Dios, no tener parte en su reino futuro, equivale para el hombre a fallar el objetivo transcendente que se le ha señalado, y esto es la pérdida más espantosa que puede sucederle a un hombre. Su vida terrena no tuvo sentido y con la muerte corporal cae para siempre en el absurdo, en la «muerte eterna», en la aniquilación de su humanidad que estaba destinada a la vida eterna.

No se dice en qué consisten las tentaciones de la «mano», el «pie» y el «ojo». Basta saber que el hombre encuentra ocasiones de pecar en su propia constitución psicofísica. Los miembros externos sólo se consideran como ocasión de pecado. En otro pasaje dice Jesús que los malos pensamientos y deseos nacen de dentro, del corazón del hombre (Mar_7:21 ss). En las palabras sobre los miembros corporales que son ocasión de pecado, se contiene la experiencia de que también en el hombre que aspira al bien surgen tentaciones que pueden llevarle a la caída, en razón, precisamente, de su capacidad de ser tentado. Es una advertencia a no sobrevalorar las propias fuerzas y una amonestación a resistir inmediatamente y con decisión el ataque del mal. En el sermón de la montaña, Mateo ha relacionado el ojo que extravía y la mano que induce al pecado con el adulterio (Mar_5:29s). Muestra así cómo la Iglesia primitiva interpretaba de un modo concreto y aplicaba las palabras de Jesús. De manera similar cada cristiano debe preguntarse dónde están para él las posibles ocasiones de caída en el pecado y los peligros para su salvación. La palabra del Señor le invita a una renuncia radical a las seducciones del pecado y al corte inmediato, y a menudo doloroso, cuando está amenazada la salvación de toda su persona.

 

(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

 


[1] Mateo habla a su comunidad de una forma nueva; para él el «reino de los cielos» tal vez está ya referido a la Iglesia, al menos en el sentido de que ella es la imagen presente y el campo de operaciones del reino futuro. Al niño se le presentó ya como símbolo del sentimiento humilde (v. 4).

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Comentario Teológico

·        Xavier Leon – Dufour

 

Escándalo

Escandalizar significa hacer caer, ser para alguien ocasión de caída. El escándalo es concretamente la trampa que se pone en el camino del enemigo para hacerle caer. En realidad, hay diferentes maneras de «hacer caer» a alguien en el terreno moral y religioso : la tentación que ejercen *Satán o los hombres, la *prueba en que pone Dios a su pueblo o a su hijo, son «escándalos». Pero siempre se trata de la fe en Dios.

I. CRISTO, ESCÁNDALO PARA EL HOMBRE. 1. Ya el AT muestra que Dios puede ser causa de ‘escándalo para Israel; «Él es la *piedra de escándalo y la *roca que hace caer a las dos casas de Israel… muchos tropezarán, caerán y serán quebrantados» (Is 8,14s). Es que Dios, por su manera de obrar, pone a prueba la fe de su pueblo.

Asimismo Jesús apareció a los hombres como signo de contradicción. En efecto, fue enviado para la salvación de todos y de hecho es ocasión de *endurecimiento para muchos: «Este niño está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción» (Lc 2,34). En su persona y en su vida todo origina escándalo. Es el hijo del carpintero de Nazaret (Mt 13,57); quiere salvar al mundo no mediante algún mesianismo vengador (11,2-5; cf. Jn 3,17) o político (Jn 6,15), sino por la pasión y la cruz (Mt 16,21); los discípulos mismos se oponen a ello como Satán (16,22s) y escandalizados abandonan a su maestro (Jn 6,66). Pero Jesús resucitado los reúne (Mt 26,31s).

2. Juan pone de relieve el carácter escandaloso del Evangelio : Jesús es en todo un hombre semejante a los otros (Jn 1,14), cuyo origen se cree saber (1,46; 6,42; 7,27) y cuyo designio redentor por la *cruz (6,52) y por la *ascensión (6,62) no se llega a comprender. Los oyentes todos tropiezan en el triple misterio de la encarnación, de la redención y de la ascensión; pero a unos los levanta Jesús, otros se obstinan: su pecado no tiene excusa (15,22ss).

3. Al presentarse Jesús a los hombres los puso en la contingencia de optar por él o contra él: «Bienaventurados los que no se escandalizaren en mí» (Mt 11,6 p). La comunidad apostólica aplicó también a Jesús en persona el oráculo de Isaías 8,14 que hablaba de Dios. Él es «la piedra de escándalo» y al mismo tiempo «la piedra angular» (1Pe 2,7s; Rom 9,32s; Mt 21,42). Cristo es a la vez fuente de vida y causa de muerte (cf. 2Cor 2,16).

4. Pablo debió afrontar este escándalo tanto en el mundo griego como en el mundo judío. Por lo demás, ¿no había él mismo pasado por esta experiencia antes de su conversión? Descubrió que Cristo, o si se prefiere, la *cruz, es «*locura para los que se pierden, pero para los que se salvan es el *poder de Dios» (1 Cor 1,18). En efecto, Cristo crucificado es «escándalo para los judíos y locura para los paganos» (ICor 1,23). La sabiduría humana no puede comprender que Dios quiera salvar al mundo por un Cristo humillado, *doliente, crucificado. Sólo el Espíritu de Dios da al hombre poder superar el escándalo de la cruz, o más bien reconocer en él la suprema *sabiduría (lCor 1.25; 2,11-16).

5. El mismo escándalo, la misma prueba de la fe continúa también a través de toda la historia de la Iglesia. La Iglesia es siempre en el mundo un signo de contradicción, y el odio, la *persecución son para muchos ocasión de caída (Mt 13,21; 24,10), aun cuando Jesús anunció todo esto para que los discípulos no sucumbieran (Jn 16,1).

II. EL HOMBRE, ESCÁNDALO PARA EL HOMBRE. El hombre es escándalo para su hermano cuando trata de arrastrarlo alejándolo de la *fidelidad a Dios. El que abusa de la debilidad de su hermano o del poder que ha recibido de Dios sobre él, para alejarlo de la alianza, es culpable para con su hermano y para con Dios. Dios detesta a los príncipes que retrajeron al pueblo de seguir a Yahveh: Jeroboán (IRe 14,16; 15,30. 34), Ajab o Jezabel (1 Re 21,22.25), y asimismo a los que quisieron arrastrar a Israel por la pendiente de la helenización, fuera de la verdadera fe (2Mac 4,7…). Por el contrario, son dignos de elogio los que resisten al escándalo para guardar la fidelidad a la alianza (Jer 35).

Jesús, cumpliendo la alianza de Dios, concentró en sí el poder humano del escándalo; es, pues, a sus discípulos a los que no se debe escandalizar. «¡Ay del que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí!, más le valiera que se le atase al cuello una muela de molino y se le arrojase en las profundidades del mar!» (Mt 18,6). Pero Jesús sabe que estos escándalos son inevitables: falsos doctores (2Pe 2,1) o seductores, como la antigua Jezabel (Ap 2,20), están siempre actuando.

Este escándalo puede incluso venir del discípulo mismo; por eso Jesús exige con vigor y sin piedad la renuncia a todo lo que pueda poner obstáculo al reino de Dios. «Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y lánzalo lejos de ti» (Mt 5,29s; 18,8s).

Pablo, a ejemplo de Jesús que no quería turbar a las almas sencillas (Mt 17,26), quiere que se evite escandalizar las conciencias débiles y poco formadas: «Guardaos de que la libertad de que vosotros usáis sea ocasión de caída para los débiles» (1Cor 8,9; Rom 14,13-15.20). La *libertad cristiana sólo es auténtica si está penetrada de caridad (Gál 5, 13); la fe sólo es verdadera si sostiene la, fe de los hermanos (Rom 14,1-23).

 

(LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)

 

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

 

HOMILIA 59

 

CÓMO HAY QUE ENTENDER LA NECESIDAD DE QUE HAYA ESCÁNDALOS

1. —Y si es forzoso que vengan escándalos, ¿por qué maldice Cristo al mundo—nos pudiera decir alguno de nuestros contrarios—, cuando debiera ayudarle y tenderle la mano? Eso sería obra de médico y bienhechor; lo otro está al alcance de cualquiera. —¿Qué podemos responder a una lengua tan desvergonzada? ¿Y qué remedio buscas tú comparable al que ha procurado Él al mundo? Siendo Dios, se hizo hombre por ti, tomó la forma de siervo, sufrió las mayores ignominias y nada omi-tió de cuanto a Él tocaba hacer. Mas ya que nada consigue con esos ingratos, los maldice, pues después de tantos cuidados se quedaron en su enfermedad. Es como si un médico, después de prodigar a un enfermo toda suerte de cuidados y que no ha querido someterse a las leyes de la medicina, dijera lamentándose: ¡Infeliz de fulano por su enfermedad, que él mismo ha agravado por su negligencia! Ahora, que el médico nada conseguiría con sus lamentos; más aquí, el lamentarse mismo, el predecir lo que ha de suceder y hasta las maldiciones son una especie de medicamento. Muchos, en efecto, que no hicieron caso alguno a los consejos, lo han hecho a las lágrimas. Ésa es la razón principal del ¡ay! del Señor. Lo que Él quiere es despertarlos, incitarlos a la lucha, hacerlos vigilantes. Juntamente con ello, muéstranos su benevolencia para con ellos mismos y su propia mansedumbre, pues llora por quienes le contradicen, y no sólo porque está disgustado, sino también porque quiere corregirlos con su llanto y con su predicción a fin de volvérselos a ganar. —¿Y cómo es eso posible?—me dirás—. Porque si es forzoso que vengan escándalos, ¿cómo será posible evitarlos? —Lo es ciertamente. Porque si es forzoso que vengan escándalos, no es forzoso absolutamente que hayamos de perdernos. Es como si un médico dijera (no hay inconveniente en valernos nuevamente del mismo ejemplo): Es forzoso que venga tal enfermedad; pero, con cuidado, no es absolutamente forzoso morir de ella. Al hablar así el Señor, entre otros fines, como ya he dicho, tenía el de despertar a sus discípulos. No quería que vivieran dormitando, como si los enviara a un mundo en paz y tranquilo; de ahí: el mostrarles las muchas guerras, de fuera y de dentro, que les esperaban. Que es lo que Pablo declaraba al decir: De fuera, luchas; de dentro, temores. Peligros de parte de los falsos hermanos . Y dirigiendo la palabra a los milesios, les decía: Se levantarán algunos de entre vosotros hablando cosas extraviadas . Y Cristo mismo decía: Los enemigos del hombre son los de su propia casa . Por lo demás, al hablar de necesidad, no quita lo espontáneo de nuestra voluntad ni la libertad de nuestra determinación. No; no dice el Señor que la vida esté sometida a una especie de fatalidad de las cosas, sino que predice simplemente lo que de todos modos ha de suceder. Es lo que Lucas expresa con otra expresión, cuando dice: Inevitable es que no vengan escándalos . ¿Y qué son los escándalos? Los tropiezos que se ponen en el camino recto. Así llaman en el teatro a los que son particularmente hábiles en armar a otros una zancadilla. No es, pues, la profecía del Señor la que trae los escándalos. ¡Dios nos libre de tal pensamiento! Ni suceden aquéllos porque Él los predijo. No. Él los predijo porque de todos modos habían de suceder. Porque si quienes los producen no quisieran obstinarse en su maldad, ni siquiera vendrían escándalos; y de no haber de venir escándalos, tampoco los hubiera el Señor predicho. Más como aquellos hombres se obstinaron en su maldad y su enfermedad se hizo incurable, los escándalos vinieron y el Señor predijo los que habían de venir. —Y si aquéllos—me dices—se hubieran corregido y no hubiera nadie que produjera un escándalo, ¿no quedaría convicta de mentira esta palabra del Señor? —¡De ninguna manera! Porque en tal caso no se hubiera dicho. Si todos habían de corregirse, no hubiera dicho: Es forzoso Que vengan escándalos. Más como Él sabía que de su cosecha eran incorregibles, de ahí que dijera que absolutamente vendrían escándalos. —¿Y por qué no los quitó Él mismo?—me dirás—. —¿Y por qué razón los había de quitar? ¿Por razón de los que reciben daño del escándalo? Más los que se pierden no es por daño que del escándalo reciban, sino por su propia negligencia. La prueba está en los que practican la virtud, que no sólo no reciben de ahí daño alguno, sino que sacan los mayores provechos. Tal Job, tal José, así todos los justos y apóstoles. Y si muchos han perecido, la culpa ha sido de su sueño. De no ser así, de depender la perdición exclusivamente de los escándalos, todos tendríamos que perdernos. Más puesto que hay quienes los huyen, el que no los huye, échese a sí mismo la culpa. Porque los escándalos, como ya he dicho, nos despiertan, nos hacen más penetrantes, nos afinan; lo que se aplica no sólo al que se guarda de ellos, sino al que, después de caer, se levanta rápidamente, pues le hacen andar con más cuidado y es más difícil que le sorprendan nuevamente. De manera que, si andamos vigilantes, no es pequeño el provecho que de ahí reportaremos: el estar constantemente alerta. Porque si aún en medio de los enemigos, cuando tantas tentaciones nos asedian, estamos dormidos, ¿qué haríamos en una vida de completa seguridad? Contemplad, si os place, al primer hombre. Muy poco tiempo, quizá ni un día entero, estuvo en el paraíso y gozó de sus delicias, y vino a dar en tanta maldad, que soñó en hacerse igual a Dios y tuvo por bienhechor al embustero, y no soportó ni un solo mandamiento. ¿Qué hubiera hecho si el resto de su vida lo hubiera pasado sin trabajo alguno?

EL MAL PROCEDE DE LA LIBRE VOLUNTAD

2. Más apenas resuelta esta dificultad, nos ponen otra, preguntándonos: —¿Y por qué Dios hizo así al hombre? —No hizo Dios así al hombre, ni mucho menos. En tal caso, no le hubiera castigado. Porque si nosotros no acusamos a nuestros esclavos de aquello en que tenemos la culpa nosotros mismos, mucho menos el Dios del universo. —Entonces—me replicas—. ¿De dónde le vino ser tal? —De sí mismo y de su negligencia. —¿Qué quiere decir de sí mismo? —Eso pregúntatelo a ti mismo. Porque si los malos no son malos de sí mismos, no castigues a tu esclavo ni reprendas a tu mujer en lo que peca, ni le pegues a tu hijo, ni te quejes de tu amigo, ni aborrezcas a tu enemigo que te ha hecho daño. Todos éstos, al no pecar de su cosecha, más bien son dignos de compasión que de castigo. —¡Yo no estoy para filosofías!—me contestas—. —Sin embargo, cuando te das cuenta que la culpa no es de ellos, sino que viene de extraña necesidad, sí que puedes filosofar. Así, cuando tu esclavo no cumple lo que le mandas por estar aquejado de enfermedad, no sólo no le culpas, sino que le tienes lástima y le perdonas. De esta manera, tú mismo eres testigo de que unas cosas dependen de él, y otras no. Luego también en el primer caso, si tú supieras que es malo por haber nacido así de naturaleza, no le culparías, sino que le perdonarías. Porque de haber nacido tal desde el principio, no iba a ser la enfermedad motivo suficiente para perdonarle y no lo sería también la obra misma de Dios. Por otro camino se les puede también cerrar la boca a los que así opinan. La verdad es rica en argumentos. —¿Por qué jamás has echado en cara a tu esclavo que no sea hermoso de rostro, que no sea alto de talla, que no tenga alas? —Porque todo eso es obra de la naturaleza. Luego no tiene él la culpa de lo que es cosa de la naturaleza, y no habrá quien esto contradiga. Luego cuando tú le acusas, por ahí demuestras que no se trata de un pecado de la naturaleza, sino de la libre voluntad. Porque si lo que no reprendemos atestiguamos por el mero hecho pertenecer enteramente a la naturaleza, es evidente que, cuando reprendemos, demostramos que es culpa de la libre voluntad. No me vengas, pues, con torcidos razonamientos, con sofismas y complicaciones más débiles que una tela de araña. Respóndeme más bien a esta pregunta: —¿Ha creado Dios a todos los hombres?—¡Evidentemente! Entonces, ¿cómo es que no todos son iguales respecto a la virtud y al vicio? ¿De dónde viene que unos son buenos, rectos y moderados, y otros malos y perversos? Si ello no depende de la voluntad, sino que es obra de la naturaleza, ¿cómo es que unos son una cosa y otros otra? Porque si todos son malos por naturaleza, es imposible que haya nadie bueno; y si todos por naturaleza son buenos, nadie puede ser malo. La naturaleza de todos los hombres es única; luego también en esto habían de ser todos únicos, ora en el sentido del bien, ora en el del mal. Y si quisiéramos decir que unos son naturalmente malos y otros naturalmente buenos—lo que ya hemos demostrado que no tiene sentido—, tendrían que ser también en ello inmutables, pues inmutables son las obras de la naturaleza. Mirad en efecto. Todos somos mortales y pasibles y nadie, por mucho que se empeñe, es impasible e inmortal. Más lo cierto es que vemos cómo muchos pasan de buenos a malos y de malos a buenos; los primeros, por su negligencia; los segundos, por su esfuerzo. Lo que es la prueba máxima de que eso no es obra de la naturaleza. Las cosas naturales ni se transforman ni necesitan para cumplirse del esfuerzo humano. Así como para ver y oír no necesitamos de trabajo, así tampoco tendríamos que sudar en la virtud si ésta fuera suerte y herencia de la naturaleza—Mas ¿por qué razón hizo Dios malos, cuando pudo haberlos hecho a todos buenos? —Dios no hizo a nadie malo. —¿De dónde, pues, viene el mal?—me replicas—. —Eso pregúntatelo a ti mismo. A mí lo que me tocaba demostrar era que no viene de la naturaleza ni de Dios. —Luego ¿viene automáticamente o por sí mismo? —¡De ninguna manera! —Luego ¿es eterno? —No blasfemes, hombre, y deja esa locura que te lleva a honrar con el mismo atributo—y el más alto de los atributos—a Dios y al mal. Porque si el mal es eterno, será fuerte, y no será posible ni arrancarlo y obligarle a que vuelva otra vez a la nada. Porque para todo el mundo es evidente que lo eterno es indestructible.

EL PECADO ES LA DESOBEDIENCIA A DIOS

3. Si el mal tuviera tanta fuerza, ¿de dónde vienen tantos buenos como aún hay? ¿Cómo los temporales han resultado más fuertes que el eterno? —Pero Dios—dices—destruirá un día el mal. —Mas ¿cómo destruirá lo que es igual a Él, tiene la misma fuerza que Él y hasta, como si dijéramos, su misma edad?

¡Oh malicia del diablo! ¡Qué grande mal ha inventado! ¡Qué blasfemia ha obligado a lanzar contra Dios! ¡Cómo, so capa de piedad, ha excogitado otra doctrina impía! Porque, queriendo esos teorizantes demostrar que el mal no viene de Dios, han introducido otro dogma perverso, al afirmar que el mal es eterno. —¿De dónde viene, pues, el mal?—me dices—. —El mal viene del querer y del no querer. —Y el mismo querer y no querer, ¿de dónde? —De nosotros mismos. Al preguntarme de este modo, estás haciendo lo mismo que si me preguntaras: ¿De dónde viene el ver y no ver? Y yo te respondiera: Del abrir y cerrar de los ojos. Y luego volvieras a preguntar: Y el mismo abrir y cerrar de los ojos, ¿de dónde? Y yo te respondiera: De nosotros mismos y de nuestra voluntad. Y tú buscaras todavía otra causa. No, el mal no es otra cosa que la desobediencia a Dios. —¿En dónde, pues—me dirás—, halló eso el hombre? —¿Es que tan difícil era hallar eso, dime por tu vida? —No digo yo que eso fuera o no difícil. Lo que pregunto es de dónde quiso el hombre desobedecer a Dios. —De su negligencia. Porque, siendo dueño de hacer una u otra cosa, se inclinó más bien a la desobediencia. Ahora bien, si todavía estás dudoso y hasta sientes vértigo oyendo todo esto, yo te voy a hacer una pregunta nada difícil ni complicada, sino muy sencilla y diáfana: ¿Has sido alguna vez malo? ¿Has sido también alguna vez bueno? Lo que quiero decir es esto: ¿No es así que unas veces dominaste una pasión y otras veces te dejaste vencer por ella? ¿Que unas veces caíste en la embriaguez y otras veces la dominaste? ¿Que un día te irritaste y otro día no te irritaste? ¿Qué despreciaste a un pobre y luego le atendiste? ¿Qué cometiste una impureza y luego fuiste casto?… ¿De dónde viene todo esto, dime, de dónde? Aun cuando tú no lo digas, lo diré yo: de que una vez pusiste empeño y te esforzaste; y luego decaíste y te descuidaste. Porque con los ya desesperados, que están total mente hundidos en el vicio, insensibles y ya locos; que no quieren ni oír hablar de corregirse, con ésos no quiero yo ni hablar de filosofía. Con vosotros, empero, que ora estáis del lado de la virtud, ora del vicio, sí que quiero hablar de buena gana. Una vez te llevaste lo que no te pertenecía; luego, movido a compasión, aun de lo tuyo diste al necesitado. ¿De dónde semejante transformación? ¿No es así que de tu libre voluntad y de tu libre determinación? ¡Evidentemente! Y nadie hay que pueda contradecirlo. Por eso yo os exhorto a que os esforcéis y os abracéis a la virtud y no tendréis necesidad aluna de semejantes cuestiones. Porque, si queremos, el mal se reducirá para nosotros a puro nombre. No discutas, pues, y andes caviloso sobre el origen del mal. Ya has averiguado que viene de tu negligencia; pues a evitarlo. Y si alguno te dice que eso no depende de nosotros, cuando le veas que se irrita con su esclavo o se enfada con su mujer, o que reprende su hijo, o que condena a los criminales, ve entonces y le dices: ¿No decías tú que el mal no depende de nosotros? Si no depende de nosotros, ¿a qué echas la culpa a nadie? Dile también: ¿Viene de ti que injuries e insultes? Si no viene de ti, no tiene nadie por qué enfadarse contigo al injuriarle; más si viene de ti, luego de ti y de tu negligencia, viene el mal. Dime ahora: ¿Crees que hay algún hombre bueno? Si no hay ninguno, ¿qué origen tiene ese nombre? ¿Qué razón de ser las alabanzas que a los buenos se tributan? Más si hay buenos, es evidente que reprenderán a los malos. Pero si nadie es voluntariamente malo ni el serlo depende de él, los buenos serán injustos en reprender a los malos, y en esto serán entonces ellos malos. Porque ¿qué puede haber peor que culpar a un inocente? Más si los buenos siguen siendo buenos aun reprendiendo a los malos, y ésta es aun para los muy necios la mejor prueba de su bondad, síguese de ahí también con evidencia que nadie jamás  es  malo por  necesidad.

DE DÓNDE VIENE EFECTIVAMENTE EL MAL

Más si, después de todo esto, aún sigues preguntando de dónde viene el mal, yo te respondo que de la negligencia, de 1a pereza, del trato con los malos, del desprecio de la virtud. De ahí viene el mal y de ahí también que algunos se pregunten de dónde viene el mal. Ninguno de los que practican la virtud, ninguno de los que se han decidido a vivir modesta y castamente, mueve semejantes cuestiones. No, eso se queda para los que se atreven a cometer el mal y que quieren por tales razonamientos justifica una negligencia sin provecho y tejen para ello sus telas de araña. Nosotros, empero, las desgarraremos, no sólo de palabra, sino de obra. No, no viene el mal de la necesidad. Si de la necesidad viniera, no hubiera dicho el Señor: ¡Ay del hombre por quien viene el escándalo! Pues aquí sólo se lamenta de los que son por propia voluntad malvados. Y no te sorprenda esa expresión: por quien. Porque no quiere decir que otro introduce el escándalo por medio de él, sino que es uno solo y el mismo quien lo hace todo. En la Escritura, la expresión por quien viene a ser lo mismo que «por acción de quien». Por ejemplo, cuando dice: He tenido un hombre por Dios , donde no se trata de la causa segunda, sino de la primera. Y en otro pasaje: ¿La interpretación de estos sueños no se ha hecho por Dios? . Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo .

«SI TU MANO O TU PIE TE ESCANDALIZAN…»

4. En fin, porque comprendáis que el escándalo no viene por necesidad, escuchad lo que sigue. Después de lanzar el Señor sus ayes, prosigue así: Si tu mano o tu pie te escandalizan, córtatelos y arrójalos de ti; porque mejor es que entres en la vida cojo y manco que no, con tus dos pies y tus dos manos, ser arrojado al fuego eterno. Y si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y échalo de ti; pues mejor es que entres con un solo ojo en la vida que no, con tus dos ojos, ser arrojado al horno de fuego. En todo esto no habla el Señor de los miembros del cuerpo, ni mucho menos. A quienes se refiere es a los amigos, a los allegados, que nos pudieran ser tan necesarios como un miembro de nuestro cuerpo. Lo mismo que antes había dicho, lo repite ahora. Nada hay, en efecto, más pernicioso que una mala compañía. Lo que no puede la violencia, muchas veces lo consigue la amistad, lo mismo para bien que para mal. De ahí la energía con que nos manda el Señor cortar de raíz a quienes nos dañan, dándonos bien a entender que ésos son los que nos traen los escándalos. Mirad, pues, cómo por el hecho de predecir que forzosamente han de venir escándalos, el Señor trató de prevenir el daño que podían producir. De este modo a nadie habían de sorprender en su tibieza. Puesto que hay que contar con ellos, hay que estar vigilantes, pues Él nos mostró cuán grandes males eran. Porque no dijo simplemente: ¡Ay del mundo por los escándalos!, sino que mostró también el grave daño que de ellos se sigue. Además, por el hecho de la-mentarse con un ¡ay! de aquel que da los escándalos, aun nos pone más patente cuán desastrosos son para las almas. Porque decir: Sin embargo, ¡ay de aquel hombre…!, bien claro da a entender el grande castigo que le espera. Y no es eso solo. Luego viene el ejemplo de la muela movida por un asno, que es otro modo de aumentar el temor. Más ni aun con eso se contenta el Señor, sino que nos muestra la manera como hay que huir de los escándalos. ¿Qué manera es ésa? «Corta—nos dice—toda amistad con los malos, por muy queridos que pudieran serte». Y nos presenta un razonamiento irrefutable. Porque si sigues en su amistad, a ellos no los ganarás, y, sobre perderse ellos, tú también te perderás. Más si cortas la amistad, por lo menos aseguras tu propia salvación. En conclusión, si alguien con su amistad te daña, córtalo de ti. Porque muchas veces cortamos uno de nuestros miembros por no tener el remedio y dañar, en cambio, a los otros, mucho más hay que hacer eso con los amigos. Ahora bien, si el mal fuera cosa natural, toda esta exhortación estaría de más; de más que el Señor nos aconseje y que nos ponga en guardia por medio de todo lo anteriormente dicho. Pero si nada de eso está de más, como realmente no lo está, síguese evidentemente que el mal depende de la voluntad.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), homilía 59, 1-4, BAC  

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E


P. Alfredo Sáenz, S.J.

EL ESCANDALO

El evangelio de hoy es la continuación precisa de aquel que comentáramos el domingo anterior, donde Jesús había dicho que si alguno quería ser el primero debía hacerse el último, el servidor de todos. Y había puesto como ejemplo de sencillez y de humildad a un niño que por allí estaba.

En el texto que se acaba de leer, luego de un breve paréntesis donde se narra cómo Jesús reprendió a sus discípulos por haberse mostrado envidiosos al ver que uno expulsaba demonios en nombre de Cristo sin que perteneciera a su círculo, se retoma el tema que dejáramos la semana pasada. Jesús vuelve a hablar de la sencillez de los niños. Y amonesta gravemente: «Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar». Palabras terribles del Señor, que nos enfrentan con el tema del escándalo.

1. EL ESCÁNDALO

¿Qué es el escándalo? Etimológicamente esta palabra signi­fica un obstáculo que se pone en el camino y que puede hacer tropezar al que se topa con él. Algo parecido significa en el plano teológico. Se da escándalo cuando, sin causa suficiente, se pone un acto exterior que constituye para el prójimo una ocasión de caída espiritual. No sería propiamente escándalo si la cosa quedara recluida en el ámbito interior, si se tratara de un pensamiento o de un deseo no manifestado, por malo que fuera. Debe ser algo exterior, una palabra, un gesto, una actitud, o incluso una omisión, que signifique para otro ocasión de pecado.

Pues bien, contra esto nos previene hoy el Señor. Nos dice que el que escandaliza a un pequeño que tiene fe merecería que lo arrojasen al mar. Quiere decir que se trata de algo grave. Y vaya si lo es. Porque cl que escandaliza, obra a la inversa de Cristo y de su designio redentor. Si el Verbo eterno, en su amor infinito por los hombres, resolvió encarnarse, sufrir por ellos las terribles ignominias de la pasión, y morir en una cruz innoble para reconciliar a la humanidad caída con su Padre celestial, obra evidentemente mal quien, mediante sus palabras o sus acciones, arrastra a los otros al pecado, poniendo así a los redimidos por Cristo en peligro de perderse. Es algo serio atentar contra la vida espiritual de olio; la caridad nos impone el deber primordial de amar a nuestro prójimo, de desearle la vida eterna, e incluso de facilitársela.

Examinemos, amados hermanos, nuestro comportamiento cotidiano. Y veamos si, en ocasiones, no incurrimos en faltas de este género.

Puede escandalizar un empresario si, llamándose católico, no ejerce la justicia social con sus asalariados, si los explota, equiparándolos a las máquinas, o pensando tan sólo en el lucro, olvida que son sus hermanos en la vida y en la fe. Si así se comportara, sus obreros correrían el peligro de confundir el cristianismo con la torcida actitud de su patrón. Y entonces la Conducta de éste constituiría probablemente para ellos ocasión de un j resquebraamiento en su fe. Recordemos las frases terribles que hoy hemos oído del apóstol Santiago contra los malos ricos, aquellos, dice, que han amontonado en vano riquezas sin cuento, aquellos que han retenido parte del salario Justo de sus obreros, aquellos que han llevado en este mundo una vida superficial de lujo y de placer, aquellos que han condenado al justo y al inocente. Su conducta ha sido, en verdad, un escándalo.

Puede también un obrero ser ocasión de escándalo, si incubando en su alma el odio y el resentimiento, enarbola injustamente falsas reivindicaciones sociales, y para hacerlas potables, las parapeta en el evangelio. Quien así se comportase sería también causa de escándalo, porque con su conducta haría odioso el cristianismo que dice profesar.

Asimismo podría escandalizar un gobernante que se presen­ta como católico, que hace gala de propiciar una política cristiana, y que de hecho se despreocupa del bien común, no trata de que los ciudadanos a su cargo cuenten con los medios necesarios para vivir, ni le interesa que obren de acuerdo a la virtud. Porque al llamarse cristiano haciendo una política no cristiana, podría hacer pensar a los incautos que cristianismo es sinónimo de injusticia, poniendo así a no pocos en ocasión de renegar de su fe.

Puede también escandalizar, y en alto grado, un sacerdote, si por ejemplo aprovecha su investidura en orden a fines subalter­nos, o para hacer triunfar ideologías políticas, económicas o sociales del todo ajenas a la doctrina católica. Tal actitud fácilmente puede provocar una verdadera crisis de fe en muchos cristianos, al ver que sus pastores esgrimen el evangelio con fines inconfesables.

En fin, todos podemos escandalizar con nuestras actitudes. Cuidémonos de ello, amados hermanos. No hemos sido llama­dos a ser ocasión de pecado sino, por el contrario, ocasión de gracia. De modo que aquellos que se topan con nosotros queden verdaderamente edificados con nuestro modo de comportarnos. Y si tenemos defectos —como, sin duda, los tendremos— al menos no los defendamos amparándolos en el evangelio o en la doctrina de Cristo. Debemos tratar de ser una gracia al paso de todos los que se cruzan con nosotros. Y no un obstáculo para que alguno tuerza el pie por culpa nuestra.

2. OCASION DE PECADO

 

El evangelio de hoy termina con una exhortación vigorosa del Señor: «Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la vida manco, que ir con tus dos manos a la gehena, al fuego inextinguible. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos en la gehena». Palabras que hacen temblar, amados hermanos.

Es cierto que no han sido dichas para que las tomemos tal cual, al pie de la letra, pero sí para que nos decidamos de una vez por todas a dar peso, a dar densidad, a lo que es el pecado en nuestra vida. Resulta preferible perder la mano, perder el pie, perder un ojo antes que ofender a Dios. Esto nos recuerda aquello que nos dijo Jesús en el evangelio de dos domingos atrás, y que, en su momento, hemos comentado: «El que quiere salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará». Es preciso tomar en serio el negocio de nuestra salvación. No hay términos medios: no se puede salvar la vida en esta tierra viviendo en el pecado, y al mismo tiempo el alma; en cambio, el que pierde la vida en este mundo, siendo fiel a Dios aun a costa de dolorosas «pérdidas» en el orden temporal, no dejará de salvarla en el otro. No hay vuelta de hoja: nuestra vida en la tierra es continua milicia.

Prosigamos ahora el Santo Sacrificio. En el curso de su Pasión, Jesús sufrió muchas «pérdidas» en el orden humano: golpes, heridas, sufrimientos de toda índole, difamación, aban­dono de los amigos, entrega de la propia vida para ser fiel hasta el fin a la obra que su Padre le había encomendado, la obra de nuestra salvación. Hoy renovará entre nosotros su heroico sacrificio. Cuando recibamos al Señor en la comunión pidámos­le que nos dé coraje para vivir un cristianismo consecuente, no dando ocasión de escándalo a nadie, prefiriendo ser despojados de todo antes que perder lo único necesario, que es la gracia.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 261-264)

 

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SS. Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo presenta uno de esos episodios de la vida de Cristo que, incluso percibiéndolos, por decirlo así, en passant, contienen un significado profundo (cf. Mc 9, 38-41). Se trata del hecho de que alguien, que no era de los seguidores de Jesús, había expulsado demonios en su nombre. El apóstol Juan, joven y celoso como era, quería impedirlo, pero Jesús no lo permite; es más, aprovecha la ocasión para enseñar a sus discípulos que Dios puede obrar cosas buenas y hasta prodigiosas incluso fuera de su círculo, y que se puede colaborar con la causa del reino de Dios de diversos modos, ofreciendo también un simple vaso de agua a un misionero (v. 41). San Agustín escribe al respecto: «Como en la católica —es decir, en la Iglesia— se puede encontrar aquello que no es católico, así fuera de la católica puede haber algo de católico» (Agustín, Sobre el bautismo contra los donatistas: pl 43, VII, 39, 77). Por ello, los miembros de la Iglesia no deben experimentar celos, sino alegrarse si alguien externo a la comunidad obra el bien en nombre de Cristo, siempre que lo haga con recta intención y con respeto. Incluso en el seno de la Iglesia misma, puede suceder, a veces, que cueste esfuerzo valorar y apreciar, con espíritu de profunda comunión, las cosas buenas realizadas por las diversas realidades eclesiales. En cambio, todos y siempre debemos ser capaces de apreciarnos y estimarnos recíprocamente, alabando al Señor por la «fantasía» infinita con la que obra en la Iglesia y en el mundo.

En la liturgia de hoy resuena también la invectiva del apóstol Santiago contra los ricos deshonestos, que ponen su seguridad en las riquezas acumuladas a fuerza de abusos (cf. St 5, 1-6). Al respecto, Cesáreo de Arlés lo afirma así en uno de sus discursos: «La riqueza no puede hacer mal a un hombre bueno, porque la dona con misericordia; así como no puede ayudar a un hombre malo, mientras la conserva con avidez y la derrocha en la disipación» (Sermones 35, 4). Las palabras del apóstol Santiago, a la vez que alertan del vano afán de los bienes materiales, constituyen una fuerte llamada a usarlos en la perspectiva de la solidaridad y del bien común, obrando siempre con equidad y moralidad, en todos los niveles.

Queridos amigos, por intercesión de María santísima, oremos a fin de que sepamos alegrarnos por cada gesto e iniciativa de bien, sin envidias y celos, y usar sabiamente los bienes terrenos en la continua búsqueda de los bienes eternos.

 

(Castelgandolfo, Domingo 30 de septiembre de 2012)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El escándalo

Mc 9, 38-43.45.47-48

           El escándalo es una piedra que está en el camino y nos hace tropezar. A veces, nos la pone otro para que tropecemos, otras, somos nosotros, los que la ponemos para que tropiece nuestro prójimo.

Hay que evitar el escándalo. Sea esquivando el que nos ponen sea no poniéndolo nosotros.

Muchas veces, el escándalo viene de fuera, sea por una persona que nos hace caer o por el ambiente que nos incita al pecado. Otras veces, el escándalo está en nosotros mismos, en las cosas que nos hacen caer, en nuestros afectos desordenados, en nuestros vicios, en las ocasiones de pecado no evitadas.

Debemos conocernos sinceramente. Saber qué cosas son en nosotros ocasión de pecado para extirparlas o para ordenarlas. Hay que ser lo suficientemente valiente para reconocer los escándalos en nosotros mismos y con sinceridad decidirse a eliminarlos. Echamos la culpa a otros de lo que somos culpables nosotros mismos, de lo que son culpables nuestros pecados. Si queremos evitar el escándalo tenemos que conocernos a nosotros mismos para no ser escándalo y para saber qué cosas nos pueden escandalizar debido a nuestra fragilidad.

Hay que ir cortando todo aquello que nos escandaliza y la mejor manera para esto es pensar en el premio eterno, en la vida eterna. Es una tontería pensar que podemos alcanzar el cielo y quedarnos con las cosas que nos hacen apartar del camino hacia el cielo, con lo que nos hace tropezar.

Nuestros afectos desordenados, nuestros vicios, no sólo son escándalo para nosotros sino también para el prójimo.

Hay que evitar los escándalos. Los nuestros para con el prójimo y los que nos vienen de fuera.

Una intensa vida interior nos llevará a ser fuertes y a estar firmes ante los muchos escándalos que proceden de nosotros mismos, del demonio y sobre todo del mundo.

Es duro el castigo que el Señor dará a los que escandalicen: “mejor es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar”, “ir a la gehena… donde su gusano no muere y el fuego no se apaga” y también es duro el remedio para evitar el escándalo: “cortar, arrancar, mutilar”.

¿Por qué Jesús nos amenaza con un gran castigo? ¿Por qué quiere que tomemos un remedio tan amargo? Para que alcancemos el Reino de Dios. Hay que privarse de cosas placenteras de la tierra, cosas que nos llevan al pecado, para ganar el cielo.

Nuestros hermanos son los “pequeños que creen”, los pequeños del Reino y escandalizarlos es obrar contra Jesús que se identifica con ellos[1].

Que el mundo escandalice no es de extrañar[2] ya lo advirtió Jesús a sus discípulos pero nuestra adhesión a Jesús nos librará de los escándalos del mundo porque El mismo dijo: “yo he vencido al mundo”[3]. Pero nuestros escándalos de cristianos son algo muy serio. Nosotros con nuestros escándalos hacemos tropezar a los que tienen fe, a los hijos del Reino y también a los que están fuera de él. Escandalizamos porque nos dejamos llevar del amor propio y nos separamos de Jesús.

Nuestras buenas obras deben confirmar a nuestros hermanos en la fe. ¡Cuántas personas están heridas y han perdido la fe o están en crisis de fe por los escándalos entre los creyentes!

El otro día iba por una carretera y encontré una piedra en el camino, la evité y seguí y los que venían detrás de mí hicieron lo mismo. Nadie quitaba la piedra. Tal vez más tarde u otro día alguien, si la piedra siguiese allí, se estrellaría con ella.

Muchas veces pasamos por la vida y no advertimos o no hacemos desaparecer los escándalos que pueden hacer caer a nuestros hermanos porque nosotros podemos evitarlos sin dificultad. Hay que tratar de eliminar los obstáculos que pueden causar caídas a nuestros hermanos y evitar nosotros mismos obstaculizar el camino arrojando piedras en él.

El camino es Jesús[4]. Cuanto más claro se vea a Jesús con más facilidad se avanzará por el buen camino, pero si vamos tirando piedras al camino o no sacamos las que otros tiran, el camino se dificulta, se lo desconoce, se lo evita y terminamos corriendo fuera de él con el consiguiente peligro de precipitarnos al fondo del barranco.

 

*          *          *

En el nombre de Jesús se puede expulsar al demonio. Cuando la tentación arrecia, cuando no tenemos fuerzas para salir del pecado llamemos a Jesús para que expulse al demonio. Jesús es el salvador, es el único salvador que puede librarnos del demonio, del mundo y de la carne.

Nuestras obras de caridad también toman una dimensión insospechadas si las hacemos en nombre de Jesús. Hasta dar un vaso de agua en su nombre será recompensado. En cada uno de nuestros prójimos tenemos que ver a Jesús y obrar para con él como si obráramos con Jesús.

Y si ni un vaso de agua queda sin recompensa también obrar contra nuestro prójimo escandalizándolo es obrar contra Jesús porque “al que escandalice a uno estos pequeños que creen” merece un gran castigo porque en los pequeños está Jesús.

El Señor da una solución realista al problema del escándalo. Hacer desaparecer el escándalo. Muchas veces nosotros somos escándalo para otras personas y por tanto debemos desaparecer del horizonte de aquellos que escandalizamos. También puede ser para nosotros escándalo una criatura y en consecuencia es necesario quitarla de nuestro horizonte. Cortar, sacar, arrancar. Parece dura la solución de Cristo pero es la única verdadera cuando las criaturas nos enseñorean de tal manera que nos hacen apartar del camino de la salvación.

Tenemos que pensar en la vida eterna. Ese debe ser el motivo de nuestra existencia y por alcanzarla tenemos que abandonar cosas que nos apetecen pero que nos apartan de ella.

San Ignacio en el Principio y Fundamento de sus Ejercicios Espirituales pone la ley del “tanto-cuanto” que enseña lo siguiente: hay que tomar las cosas tanto cuanto nos acerquen al fin último de nuestra vida que es el cielo aunque este tomar implique cosas que no nos gustan, que rechazamos según nuestro hombre natural y hay que dejar las cosas tanto cuanto nos alejen del fin último aunque este dejar repugne a nuestro hombre natural, a nuestra sensibilidad.

Jesús rechazó a Pedro y lo llamó Satanás cuando quiso apartarlo del camino de la cruz. Jesús ante el escándalo que le puso el diablo en el desierto supo sortearlo por amor a la voluntad de Dios.  Jesús en Getsemaní ante la repugnancia de su naturaleza humana de ir al Calvario se abandonó sin reservas a la voluntad del Padre y pudo salvar el escándalo que el diablo le ponía.

El escándalo lo salvamos por amor a Jesús, por amor a su voluntad. Es difícil cortarse la mano, arrancarse el ojo o separarse de un pie pero es mejor amputar un miembro, abandonar una criatura, para llegar a la vida eterna. ¿Pero es que no se puede seguir con una criatura y caminar a la vida eterna? Se puede mientras esa relación hacia la criatura se pueda ordenar, cuando hay posibilidades de curar el ojo, el pie o la mano pero cuando eso es imposible es necesario amputar.

            A todos nosotros se nos presentan cada día escándalos que nos hacen o nos pueden hacer tropezar. También nosotros tenemos cosas que nos escandalizan y que tenemos que arrancar para no apartarnos de Jesús. También debemos evitar por amor a Jesús y a nuestro prójimo lo que pueda hacerlo caer o apartarse del camino de Dios. ¡Cuántas veces llevados de nuestro egoísmo escandalizamos a hermanos que queremos mucho! Y ¿por qué? Porque nos amamos desordenadamente a nosotros mismos.

            No hay que temer perder un miembro, dejar una criatura, para alcanzar la vida eterna. Hemos sido creados para el cielo y aunque sea duro apartarnos de cosas que nos gustan pero que nos son escandalosas, debemos hacerlo para salvar nuestras almas. Es difícil, quien lo discute, pero vale la pena dejar un amor desordenado por el Amor que es Jesús. Jesús nos ayudará a evitar los escándalos si nos acogemos a Él. Debemos abandonarnos en sus manos que El nos ama y nos va a ayudar para salvar los escándalos del camino y para no ser nosotros escándalo de nuestros hermanos. Muchas veces, no queremos ser escándalo pero lo somos y tenemos que evitarlo. Para ello lo mejor es alejarnos de aquellos a quienes escandalizamos. Otras veces, serán las personas, los lugares, las actividades las que nos escandalicen y tendremos que evitarlas: no verlas, no frecuentarlas, no realizarlas.

 

 


[1] Mt 18, 5

[2] Cf. Mt 18, 7

[3] Jn 16, 33

[4] Jn 14, 6

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Directorio Homilético

 

Directorio Homilético

Vigésimo sexto domingo del Tiempo Ordinario 

CEC 821, 1126, 1636: el diálogo ecuménico

CEC 2445-2446, 2536, 2544-2446: el peligro del ansia exagerada de riqueza

CEC 1852: los celos

El diálogo ecuménico

821   Para responder adecuadamente a este llamamiento se exige:

— una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad mayor a su vocación. Esta renovación es el alma del movimiento hacia la unidad (UR 6);

— la conversión del corazón para «llevar una vida más pura, según el Evangelio» (cf UR 7), porque la infidelidad de los miembros al don de Cristo es la causa de las divisiones;

— la oración en común, porque «esta conversión del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, deben considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual» (cf UR 8);

— el fraterno conocimiento recíproco (cf UR 9);

— la formación ecuménica de los fieles y especialmente de los sacerdotes (cf UR 10);

— el diálogo entre los teólogos y los encuentros entre los cristianos de diferentes Iglesias y comunidades (cf UR 4, 9, 11);

—        la colaboración entre cristianos en los diferentes campos de servicio a los hombres (cf UR 12).

1126 Por otra parte, puesto que los sacramentos expresan y desarrollan la comunión de fe en la Iglesia, la lex orandi es uno de los criterios esenciales del diálogo que intenta restaurar la unidad de los cristianos (cf UR 2 y 15).

1636 En muchas regiones, gracias al diálogo ecuménico, las comunidades cristianas interesadas han podido llevar a cabo una pastoral común para los matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas parejas a vivir su situación particular a la luz de la fe. Debe también ayudarles a superar las tensiones entre las obligaciones de los cónyuges, el uno con el otro, y con sus comunidades eclesiales. Debe alentar el desarrollo de lo que les es común en la fe, y el respeto de lo que los separa.

            El peligro del ansia exagerada de riqueza

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

          Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446 S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: «No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos» (Laz. 1,6). «Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia» (AA 8):

            Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2536 El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado  nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

            Cuando la Ley nos dice: «No codiciarás», nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: «El ojo del avaro no se satisface con su suerte» (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

2544 Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14,33) por él y por el Evangelio (cf Mc 8,35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21,4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

2545 «Todos los cristianos…han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto» (LG 42).

2546 «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres de quienes es ya el Reino (Lc 6,20):

          El Verbo llama «pobreza en el Espíritu» a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el Apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: «Se hizo pobre por nosotros» (2 Co 8,9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).

2547   El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). «El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos» (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres:  ellos verán a Dios.

            Los celos

1852 La variedad de pecados es grande. La Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la carne al fruto del Espíritu: «Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios» (5,19-21; cf Rm 1,28-32; 1 Co 6,9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm 1, 9-10; 2 Tm 3, 2-5).

 

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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