Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

23
junio

Solemnidad del

Sagrado Corazón de Jesús 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (A)

(Viernes 23 de junio de 2017)

 Jornada Mundial de oración por la santificación de los sacerdotes

LECTURAS

El Señor se prendó de ustedes y los eligió

Lectura del libro del Deuteronomio     7, 6-11

Moisés habló al pueblo diciendo: «Tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios: él te eligió para que fueras su pueblo y su propiedad exclusiva entre todos los pueblos de la tierra.
El Señor se prendó de ustedes y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos. Al contrario, tú eres el más insignificante de todos. Pero por el amor que les tiene, y para cumplir el juramento que hizo a tus padres, el Señor los hizo salir de Egipto con mano poderosa, y los libró de la esclavitud y del poder del Faraón, rey de Egipto. Reconoce, entonces, que el Señor, tu Dios, es el verdadero Dios, el Dios fiel, que a lo largo de mil generaciones, mantiene su alianza y su fidelidad con aquellos que lo aman y observan sus mandamientos; pero que no tarda en dar su merecido a aquel que lo aborrece, a él mismo en persona, haciéndolo desaparecer.
Por eso, observa los mandamientos, los preceptos y las leyes que hoy te ordeno poner en práctica.»

Palabra de Dios.

SALMO     102, 1-2. 3-4. 6-8. 10

R. El amor del Señor a los que lo temen
permanece para siempre.

Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.

El perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.

El Señor hace obras de justicia
y otorga el derecho a los oprimidos;
él mostró sus caminos a Moisés
y sus proezas al pueblo de Israel. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

Dios nos amó primero

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan     4, 7-16

Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.
Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.
La señal de que permanecemos en él y él permanece en nosotros, es que nos ha comunicado su Espíritu. Y nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él.
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mt 11, 29ab

Aleluia.
Carguen sobre ustedes mi yugo
y aprendan de mí,
porque soy paciente y humilde de corazón.
Aleluia.

EVANGELIO

Soy paciente y humilde de corazón

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     11, 25-30

Jesús dijo:
«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús- Ciclo A-

Entrada: Celebramos hoy la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Participemos con encendido fervor de este Santo Sacrificio por el cual el amor del Corazón de Jesús nos revelará y comunicará la infinita misericordia del eterno Padre al entregarlo para nuestra redención.

Liturgia de la Palabra

1ª lectura:                                                   Deuteronomio 7, 6- 11

El Señor se prendó de su pueblo y lo eligió. ÉL es un Dios fiel que mantiene con Israel Alianza perpetua.

Salmo Responsorial: 102

2ª lectura:                              1Juan 4, 7- 16

Dios nos manifestó su amor enviando a su Hijo único al mundo para que viviéramos por Él.

Evangelio:                     Mateo 11, 25- 30

Jesús, que es manso y humilde, nos invita a entrar en su Corazón para encontrar en ese Corazón descanso para nuestras almas.

Preces:

El Padre celestial que por nosotros entregó a su propio Hijo, enviará por su medio, a todos los hombres, abundancia de gracias divinas. Pidámosle, pues, con confianza:

A cada intención respondemos cantando:

Ø  Por la Iglesia que nació del costado abierto de Cristo, para que transmita a todos los hombres el amor de Dios Padre. Oremos.

Ø  Por los frutos de la jornada de oración por la santificación de los sacerdotes y para que, entregados con entusiasmo al sagrado ministerio, redescubran en la Eucaristía que celebran, la belleza y la sublimidad de la vocación a la que han sido llamados. Oremos

Ø  Para que la vida de todos los religiosos de nuestros Institutos testimonie la primacía de Jesucristo, imitando sus virtudes, reparando por los pecados del mundo y ofreciendo la propia vida hasta el extremo de darla. Oremos.

Ø  Por los que sufren, para que en el manantial infinito de misericordia que es el Corazón de Jesús obtengan la valentía y la paciencia para comprender la voluntad de Dios en toda situación. Oremos.

Padre nuestro, no solo nos permites descubrir el amor del Corazón de tu divino Hijo, sino también hacerlo presente por medio de la celebración litúrgica; ayúdanos a vivir movidos únicamente por ese amor que dio vida a la Iglesia. Te lo pedimos por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

El Corazón de Jesús se ofreció por nosotros como una oblación agradable al Padre. Nosotros nos ofrecemos con Él, y presentamos:

+ Cirios, junto con nuestro compromiso por difundir el Evangelio a todas las naciones.

+ Pan y vino destinados a ser transformados en el divino Sacramento del Amor.

Comunión: Dulce Jesús de mi alma por este intercambio de amor con que me visitas en el Sacramento, transforma mi corazón para que sea en todo semejante a Ti.

Salida: Madre Santísima de Dios, que diste de tu carne al Verbo Divino, modela nuestro corazón formando en él las virtudes del Divino Corazón.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

CEC 210-211, 604: la misericordia y la piedad de Dios

CEC 430, 478, 545, 589, 1365, 1439, 1825, 1846: el amor de Cristo hacia el prójimo

CEC 2669: el Corazón de Cristo merece ser adorado

CEC 766, 1225: la Iglesia nace del costado abierto de Cristo

CEC 1432, 2100: el amor de Cristo conmueve nuestros corazones

“Dios misericordioso y clemente”

143Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cf. Ex 33,12-17). A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: “Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH” (Ex 33,18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y  proclama: “YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex 34,9).

El Nombre Divino “Yo soy” o “El es” expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, “mantiene su amor por mil generaciones” (Ex 34,7). Dios revela que es “rico en misericordia” (Ef 2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que él mismo lleva el Nombre divino: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy” (Jn 8,28)

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604      Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).

430    Jesús quiere decir en hebreo: “Dios salva”. En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”(Mc 2, 7), es él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

El Corazón del Verbo encarnado

478    Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: “El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), “es considerado como el principal indicador y símbolo…del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres” (Pio XII, Enc.”Haurietis aquas”: DS 3924; cf. DS 3812).

545    Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

589    Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).

1365  Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros” (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que “derramó por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1439  El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

1825  Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que amemos como él hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10,27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él mismo (cf Mt 25,40.45).

          El apóstol S. Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa. no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Co 13,4-7).

1846  El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

2669  La oración de la Iglesia venera y honra al Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados. La oración cristiana practica el Vía Crucis siguiendo al Salvador. Las estaciones desde el Pretorio, al Gólgota y al Sepulcro jalonan el recorrido de Jesús que con su santa Cruz nos redimió.

766    Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz. “El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento” (LG 3 .”Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia” (SC 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz (cf. San Ambrosio, Luc 2, 85-89).

1225  En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un “Bautismo” con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cf Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde entonces, es posible “nacer del agua y del Espíritu” para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5).

          Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: El padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado. (S. Ambrosio, sacr. 2,6).

1432  El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente  una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lc 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn 19,37; Za 12,10).

          Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento (S. Clem. Rom. Cor 7,4).

2100  El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu contrito…” (Sal 51,19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior (cf Am 5,21-25) o sin amor al prójimo (cf Is 1,10-20). Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero, que no sacrificio” (Mt 9,13; 12,7; cf Os 6,6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9,13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios.

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 Exégesis 

·        W. Trilling

Se revela la salvación

(Mt.11,25-27)

A continuación siguen tres versículos de gran alcance sobre la gloria de Dios. El evangelista los hace resaltar con la frase introductoria «en aquel tiempo». Los dos primeros versículos son una alabanza al gran Dios, que se ha revelado a los pequeños y a la gente sencilla (Mat_11:25 s). El tercer versículo da una profunda visión del íntimo misterio de Jesús (Mat_11:27).

25 En aquel tiempo tomó Jesús la palabra y exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. 26 Sí, Padre; así lo has querido tú.

En el evangelio solamente aquí encontramos el solemne tratamiento: Padre, Señor del cielo y de la tierra. Antes Jesús hablaba del Padre, de su Padre o de nuestro Padre, con el íntimo acento familiar que tiene este tratamiento. Aquí ahora se dice expresamente que el Padre también es el Creador omnipotente y el Señor del mundo. Es el Dios que «al principio creó» (Gen_1:1) el mundo, el cielo y la tierra, y ahora los conserva en su subsistencia. Fuera de él no hay otro Dios. Todo lo que todavía existe en el mundo universo, está subordinado a él, como a Señor supremo. El solemne tratamiento aquí muy significativo, porque nos hace apreciar en lo justo las siguientes palabras. En efecto, este Dios grande, que todo lo conserva, ha ofrecido su revelación a la gente sencilla. Dios no ha elegido la gente entendida y prudente. Jesús no dice lo que Dios ha dado a conocer, sino solamente «estas cosas». Por el Evangelio que hemos leído hasta ahora, sabemos que refiere todo el mensaje de Jesús anunciado con palabras y con milagros. Jesús ha dedicado la primera bienaventuranza a los pobres en el espíritu (5,3), ha buscado a los pequeños, a los desechados y despreciados, sobre todo a los incultos. A éstos ha llamado para ser sus discípulos, éstos han creído en él y le han rogado que hiciera milagros, como la mujer que padecía flujo de sangre, o los dos ciegos. Parece casi como una predilección de Dios, como una debilidad por los que no valen nada en el mundo.

Los sabios y entendidos se marchan vacíos. Ante ellos se oculta el misterio de Dios, de tal forma que no lo ven ni conocen, no lo oyen ni creen. Como en el Antiguo Testamento, así también aquí la aceptación o repudio se adjudica solamente a Dios. él es quien abre el corazón o bien lo endurece, como el caso del faraón. Pero eso no sucede sin la propia decisión del hombre, sino que en cierto modo es tan sólo la respuesta de Dios a su alma, ya cerrada, que se ha vuelto impenetrable para la palabra de Dios. Aunque por razón de sus dones espirituales, de sus conocimientos y de su inteligencia tendrían que ser especialmente adecuados para entender el lenguaje de Dios, se cierran ante este lenguaje, que permanece oculto para ellos. Jesús sobre todo ha de pensar en los escribas. Han utilizado su entendimiento para formarse una idea cerrada de Dios y del mundo, y no están dispuestos a oir y aprender de nuevo. Creen que conocen bien a Dios y que poseen la verdadera doctrina. Esta es la eterna tentación del espíritu humano desde el momento en que el tentador insinuó a Eva que se les abrirían los ojos y serían semejantes a Dios, si comieren del árbol del conocimiento… Así pues, Dios sólo puede contar con los sencillos que se descubren y creen con llaneza. ¡Qué singular trastorno del orden! Y sin embargo Dios elige este camino, porque es el único por el que puede llegar su mensaje. Este camino corresponde a su voluntad, le es muy agradable. ¡Cuántas cosas se entienden en el mundo, si se tienen en cuenta estas palabras!

27 Todo me lo ha confiado mi Padre. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.

Aquí se habla del conocimiento. No es una ciencia del entendimiento, una comprensión con sus ideas y consecuencias. Conocer en la Biblia tiene un significado mucho más extenso. La imagen del «árbol de la ciencia del bien y del mal» en el paraíso del Edén designaba unos conocimientos amplios, una inteligencia inmediata de las razones y causas de las cosas. Además el verbo conocer indica que se está familiarizado con otra cosa, designa la aceptación juiciosa y la apropiación amante de una cosa. Participan por igual en la acción de conocer la voluntad, los sentimientos y la inteligencia. Por eso la Escritura puede designar con el verbo «conocer» el encuentro más íntimo del hombre y de la mujer en el matrimonio. Si Dios conoce al hombre, lo penetra por completo con su espíritu y al mismo tiempo le abraza con amorosa propensión. Conocer y amar son entonces una misma cosa.

Dice Jesús: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, el mismo Padre, que acaba de ser ensalzado como Señor del cielo y de la tierra (11,25). El Hijo es el mismo Jesús, ya que llama a Dios su Padre. Aquí por primera vez nos enteramos de esta profunda relación entre Dios y Jesús, que aquí habla como un hombre entre los hombres. Las imágenes Padre e Hijo, tomadas de nuestra experiencia en el orden natural, soportan el misterio que hay en Dios. Sólo un ser comprende por completo al Hijo con un conocimiento amoroso, de tal forma que no quede nada por explorar: el Padre. Aún es más asombrosa la oración inversa: Y nadie conoce al Padre sino el Hijo. Jesús hasta ahora siempre había hablado de Dios con reverencia y humilde devoción, y así también lo continúa haciendo en adelante. También para él, que aquí habita como un hombre entre los hombres, Dios es el gran Dios y Padre bondadoso. Pero en la profundidad de su ser Jesús es igual al Padre, también le conoce plena y totalmente. Más aún, ni hubo ni hay nadie más en el mundo que tenga tales conocimientos, sino él. Jesús es Dios. Es el único pasaje en los evangelios sinópticos, en que esté tan claramente expresada la filiación divina del Mesías. Estas palabras están solitarias y grandiosas en este pasaje. Como a través de una rendija en las nubes estas palabras nos dejan dirigir la mirada a las profundidades del misterio de Dios. Debemos aceptar estas palabras respetuosamente y como «gente sencilla».

Pero el Hijo no posee este conocimiento para sí solo, sino que debe retransmitirlo. Su misión es revelar el reino de Dios. Lo que se acaba de decir de Dios, también es la obra del Hijo: Y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo. Se le ha encomendado esta revelación, ya que el Padre se lo ha confiado todo. En último término parece ser indiferente que se declare algo del Padre o del Hijo. El Padre se lo ha encomendado todo, toda la revelación, luego el Hijo puede disponer libremente de ello, y comunicarlo a quien lo quiera comunicar. Y no obstante sigue siendo siempre la palabra y la obra del Padre. Porque ellos son un solo ser en su recíproco conocimiento y amor. Lo que dice Jesús, incluso de sí mismo, es como un obsequio que viene a nosotros de las profundidades de Dios. No es fácil penetrar en ellas. Entonces los judíos se escandalizan. Este escándalo también está al acecho en nosotros. ¿Cómo puede hablar así un hombre? ¿No es el hijo del carpintero? No se entiende nada, si se procede en este particular con la comprensión crítica, como ya hicieron los adversarios en el primer tiempo del cristianismo. Se entiende tan poco como entendió aquella «generación», que no pudo emprender nada ni con Juan el Bautista ni con Jesús. Aquí sólo viene a propósito la abierta disposición de la «gente sencilla», no la arrogante seguridad de un «sabio» y «entendido». «Quien no recibe como un niño el reino de Dios, no entrará en él» (/Mc/10/15).

El yugo llevadero

(Mt 11,28-30)

28 Venid a mí todos los que estáis rendidos y agobiados por el trabajo, que yo os daré descanso. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vosotros; 30 porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

De nuevo Jesús tiene ante su vista las mismas personas a que estaba dedicado con todo el amor: los pobres y hambrientos, los ignorantes y la gente sencilla, los apenados y enfermos. Siempre le han rodeado, le han llevado sus enfermos, han escuchado sus palabras, y también han procurado tocar aunque sólo fuera una borla de su vestido. También ha ido a ellos por propio impulso y ha comido con los desechados. Ahora llama a sí a todos ellos y les promete aliviarlos. Son como ovejas sin pastor, están abatidos y desfallecidos (9,36). Están abrumados y gimen bajo el yugo. Esta es la carga de su vida agobiada y penosa, pero sobre todo la carga de una interpretación insoportable de la ley. Esta doble carga les cansa y les deja embotados. En cambio Jesús los quiere aligerar y darles alegría. Los escribas les imponen como yugo cruel y áspero las prescripciones de la ley, como un campesino impone el yugo al animal de tiro. Los escribas convierten en una carga insoportable de centenares de distintas prescripciones la ley que fue dada para la salvación y la vida (Eze_20:13). Nadie podía cumplir tantas prescripciones; ni ellos mismos eran capaces de cumplirlas.

Jesús tiene un yugo llevadero. Es un yugo que se adapta bien, se ciñe ajustado y se amolda fácilmente alrededor de la nuca. Aunque tiene exigencias duras, y enseña la ley de una forma mucho más radical (sermón de la montaña), este yugo de Jesús es provechoso al hombre. No le causa heridas con el roce, y el hombre no se desuella sangrando. «Sus mandamientos no son pesados» (/1Jn/05/03) porque son sencillos y sólo exigen entrega y amor. No obstante la voluntad de Dios es un yugo y una carga. Pero se vuelven ligeros si se hace lo que dice Jesús: Aprended de mí. Jesús también lleva las dos cosas: su misión para él es yugo y peso: Con todo, él los ha aceptado como siervo humilde de Dios. Se ha hecho inferior y cumple con toda sumisión lo que Dios le ha encargado, se hace servidor de todos. Aunque el Padre se lo ha entregado todo, se ha hecho como el ínfimo esclavo. Si se acepta así el yugo de la nueva doctrina, entonces se cumple la promesa: y hallaréis descanso para vosotros. Este descanso no es la tranquilidad adormecedora del bienestar burgués o la paz fétida con el mal (Jesús ha hablado de la espada [Eze_10:34]). Jesús promete el descanso para el lastre abrumador de la vida cotidiana, para el cumplimiento de la voluntad de Dios en todas las cosas pequeñas. El que vive entregándose a Dios, y ejercita incesantemente el amor, es levantado interiormente y se serena. Nuestra fe nunca puede convertirse en carga agobiante, en el yugo que nos cause heridas con el roce. Entonces se apreciaría la fe de una forma falsa. Si se procura realmente cumplir los mandamientos de Dios, entonces el yugo de Jesús nunca es una fuente menguante de consuelo y de apacible serenidad. En esto tendría que ser posible conocer al discípulo de Jesús.

(Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        Reginald Garrigou – Lagrange

La Cena y el corazón eucarístico de Jesús

Al referir lo que fue la última Cena, para completar lo que dicen los tres primeros Evangelios*1 San Juan*2 escribe: Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Un padre que va a morir quiere dejar a sus hijos un supremo testimonio de su amor. Con frecuencia, no encuentra la palabra capaz de expresárselo y a veces guarda un silencio más elocuente que todos los discursos. En el momento de morir, Jesús no sólo encontró las palabras, sino que realiza lo que éstas significan, la palabra transustanciadora. Como testamento nos dio la Eucaristía y en este sacramento se dejó a sí mismo en persona.

El don de sí mismo, expresión del amor

La mayor manifestación del amor es el perfecto don de sí mismo. La bondad es esencialmente comunicativa y el bien es naturalmente difusivo de sí mismo. Santo Tomás incluso dice: El bien no sólo es naturalmente difusivo de sí, sino que mientras es más perfecto, más se comunica abundante e íntimamente, y lo que procede de él le queda también más estrechamente unido.*3

Del mismo modo que el sol esparce la luz y un calor beneficioso, la planta y el animal adulto dan la vida a otra planta y a otro animal, el gran artista concibe y produce sus obras maestras, el sabio comunica sus intuiciones, sus descubrimientos, y da a sus discípulos su espíritu; así, el hombre virtuoso alcanza la virtud, y el apóstol, que tiene la santa pasión del bien, da a las almas lo mejor de sí mismo para llevarlas a Dios. La bondad es esencialmente comunicativa, y mientras más perfecto es el ser, más íntima y abundantemente se da.

Aquel que es el Bien Soberano, plenitud del ser, se comunica lo más plena e íntimamente posible por la eterna generación del Verbo y la espiración del Espíritu de amor, como nos enseña la Revelación. El Padre, engendrando a su Hijo, no sólo le comunica una participación en su naturaleza, en su inteligencia y en su amor, sino toda su naturaleza indivisible, sin multiplicarla de ningún modo; le da el ser Dios de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios de Dios verdadero, y el Padre y el Hijo comunican al Espíritu de amor, que procede de ellos, esta misma naturaleza divina indivisible y sus perfecciones infinitas. El bien es naturalmente difusivo de sí y mientras más perfecto, más plena e íntimamente se da.

En virtud del mismo principio convenía, ya lo hemos visto*4, que Dios no se contentase con crearnos, con darnos la existencia, la vida, la inteligencia, la gracia santificante, participación en su naturaleza, sino que se nos diese a sí mismo en persona por la Encarnación del Verbo.*5

Incluso después de la caída del primer hombre, Dios habría podido querer levantarnos de otro modo*6, enviándonos, por ejemplo, a un profeta que nos hubiese hecho conocer las condiciones del perdón. Pero ha hecho infinitamente más, ha querido darnos a su propio hijo en persona como Redentor, Sic Deus dilexit mundum ut Filium suum unigenitum daret.*7

Jesús, Sacerdote por toda la eternidad y Salvador de la humanidad, quiso también dársenos perfectamente Él mismo a lo largo de su vida terrena, sobre todo en la Cena, en el Calvario, y no cesa de hacerlo todos los días por la santa Misa y la santa Comunión. Nada puede mostrarnos mejor las riquezas del corazón sacerdotal y eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo que este don tan perfecto de sí mismo. Y nada puede motivarnos mejor la acción especial de gracias debida a Nuestro Señor por la institución de la Eucaristía y del sacerdocio.*8

El efecto que ha producido la Encarnación sobre el mundo entero o sobre la humanidad en general, la Eucaristía debe producirlo respecto de cada uno de nosotros a lo largo de las generaciones, pues por ella Jesús se nos da a cada uno.

El Corazón eucarístico de Jesús y el don de sí mismo en la institución de la Eucaristía

Tal como Dios Padre da toda su naturaleza en la generación eterna del Verbo y la espiración del Espíritu Santo, tal como Dios quiso darse en persona en la Encarnación del Verbo, así Jesús ha querido darse en persona en la Eucaristía. Y su corazón sacerdotal es llamado eucarístico precisamente porque nos dio la Eucaristía, como se dice del aire puro, que es sano en tanto que da la salud.

Nuestro Señor habría podido contentarse con instituir un sacramento, signo de la gracia, como el bautismo y la confirmación; sin embargo, ha querido darnos un sacramento que contiene no sólo la gracia, sino al Autor de la gracia.

La Eucaristía es, así, el más perfecto de los sacramentos, superior incluso al del orden.*9 Y Jesús instituyó en el mismo instante el sacerdocio con vistas a la consagración eucarística.*10

El verdadero y generoso amor por el que se quiere y se hace un bien a los demás, nos lleva a inclinarnos hacia ellos si son más pequeños que nosotros, a unirnos a ellos en una perfecta unión de pensamiento, de deseo, de querer, de consagrarnos a ellos, a sacrificarnos si es preciso, para hacerlos mejores, para llevarles a superarse a sí mismos y a alcanzar su destino.

En el momento de privarnos de su presencia sensible, Nuestro Señor quiso dejarse a sí mismo en persona entre nosotros bajo los velos eucarísticos. En su amor, no podía inclinarse aún más hacia nosotros, hacia los más pequeños, los más pobres, los más desamparados, unirse y darse aún más a nosotros y a cada uno en particular.

A veces desearíamos la presencia real de seres muy queridos que han desaparecido. El Corazón eucarístico del Salvador nos ha dado la presencia real de su cuerpo, de su sangre, de su alma y de su Divinidad. Por todas partes, en la tierra, hay una Hostia consagrada en un tabernáculo, hasta en las misiones más lejanas permanece con nosotros como el dulce compañero de nuestro exilio. Está en cada tabernáculo esperándonos pacientemente, con prisa por salvarnos, deseando que se le ruegue. Va incluso a los criminales arrepentidos que van a subir al cadalso.

El Corazón eucarístico de Jesús nos ha dado la Eucaristía como sacrificio para perpetuar en substancia el sacrificio de la Cruz en nuestros altares hasta el fin del mundo y para aplicarnos sus frutos. En la santa Misa, nuestro Señor, que es el Sacerdote principal, continúa ofreciéndose por nosotros.

Cristo siempre vive para interceder por nosotros, dice San Pablo*11. Lo hace sobre todo en la santa Misa en donde, según el Concilio de Trento, el mismo sacerdote continúa ofreciéndose por sus ministros de modo incruento después de haberse ofrecido cruentamente en la Cruz.*12

Esta oblación interior, siempre viva en el Corazón de Cristo, es como el alma del santo sacrificio de la Misa y le da su infinito valor. Cristo Jesús continúa, así, ofreciendo a su Padre nuestras adoraciones, nuestras súplicas, nuestras reparaciones y nuestras acciones de gracias. Pero, sobre todo, es siempre la misma Víctima, purísima, la que se ofrece, el mismo Cuerpo del Salvador que fue crucificado, y su preciosa Sangre está  sacramentalmente extendida en el altar para continuar borrando los pecados del mundo.

El Corazón eucarístico de Jesús, dándonos la Eucaristía como sacrificio, nos ha dado también el sacerdocio. Después de haber dicho a sus Apóstoles: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres*13, y: No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca,*14 les dio en la Cena el poder de ofrecer el sacrificio eucarístico diciendo: Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía.*15 Les dio el poder de la santa consagración que renueva sin cesar el sacramento de amor.*16 En efecto, la Eucaristía, sacramento y sacrificio, no puede ser perpetuada sin el sacerdocio, y por ello la gracia del Salvador hace germinar y florecer a lo largo de las generaciones desde hace cerca de dos mil años vocaciones sacerdotales, y será así hasta el fin del mundo.

Finalmente, el Corazón eucarístico de Jesús se nos da en la santa Comunión.

El Salvador se nos da en alimento no para que lo asimilemos, sino para que seamos cada vez más parecidos a Él, cada vez más vivificados, santificados por Él, incorporados a Él. A Santa Catalina de Siena le dijo un día: Tomo tu corazón y te doy el mío; era el símbolo sensible de lo que ocurre espiritualmente en una ferviente comunión en la que nuestro corazón muere a su estrechez, a su egoísmo, a su amor propio, para dilatarse y hacerse parecido al Corazón de Cristo por la pureza, la fuerza, la generosidad.

En otra ocasión el Salvador concedió a la misma santa la gracia de beber de la llaga de su Corazón: otro símbolo de una comunión ferviente, en donde el alma bebe espiritualmente, por así decirlo, del Corazón de Jesús, hogar de nuevas gracias, dulce refugio de la vida oculta, señor de los secretos de la unión divina, corazón de aquel que duerme, pero que vela siempre.

San Pablo había dicho: El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?, y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?*17 Y tal como lo señala Santo Tomás, en la santa Misa, cuando el sacerdote comulga con la preciosa Sangre, comulga por él y por los fieles.*18

El Corazón encáustico de Jesús y el don cotidiano e incesante de sí mismo

Finalmente, Jesús vuelve a darnos todos los días la Eucaristía como sacramento y como sacrificio. Habría podido querer que la Misa sólo fuese celebrada una o dos veces por año, en ciertos santuarios a los que se llegaría desde muy lejos. Por el contrario, incesantemente, en cada minuto del día se celebran numerosas misas en la superficie de la tierra, por doquiera que salga el sol. Es la incesante manifestación del Amor misericordioso de Cristo respondiendo a las necesidades espirituales de cada época y de cada alma. Cristo amó a la Iglesia, dice San Pablo*19, y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable.

Así, le concede, sobre todo por la santa Misa y la Comunión, las gracias que necesita en los diversos momentos de su historia. La Misa ha sido un foco de gracias siempre nuevas en las catacumbas, más tarde durante las grandes invasiones de los bárbaros, en las diversas épocas de la Edad Media, y lo es siempre hoy en día para darnos la fuerza de resistir a los grandes peligros que nos amenazan, a las ligas ateas que el bolchevismo propaga en el mundo para destruir toda religión. Pese a las tristezas de la hora presente, la vida interior de la Iglesia de nuestro tiempo, en lo que tiene de más excelso, es, ciertamente, bellísima, vista desde lo alto, como la ven Dios y los ángeles.

Todas las gracias nos vienen del Corazón eucarístico de Jesús, que nos ha dado la santa Misa y la Comunión, que nos da siempre su Sangre sacramentalmente derramada sobre el altar.

Esto lo comprendió profundamente hace algunos años Charles de Foucauld, al rezar y morir por la conversión del Islam o de los países musulmanes. Lo comprenden las almas que rezan hoy de todo corazón y hacen celebrar Misas por los países asolados por el materialismo y el comunismo. Una sola gota de la preciosa Sangre del Salvador puede regenerar millares de almas que se pierden y que arrastran a las otras en su perdición.*20

Ciertamente, no pensamos en esto suficientemente. El culto de la preciosa Sangre del Salvador y el sufrimiento profundo de verla manar en vano sobre las almas rebeldes puede contribuir mucho a inclinar el Corazón eucarístico de Jesús hacia sus pobres pecadores; sí, hacia sus pobres pecadores. Son los suyos, y apóstoles como San Pablo, San Francisco, Santo Domingo, Santa Catalina de Siena y tantos otros, aman lo suficiente al Salvador para bregar con Él por la salvación de esas almas.

Cuando se piensa en el amor de Cristo por nosotros, deberíamos agonizar al ver a las almas alejarse de su corazón, de la fuente de su preciosa sangre. La derramó por ellas, por todas, por muy alejadas que estén, por el comunista que blasfema y que quiere borrar su nombre de todas partes. Dígnese el Señor, que no desea la muerte del pecador, conceder, por la santa Misa, como una nueva efusión de la sangre de su Corazón y de todas sus santas llagas.

Algunos santos han visto a veces, al asistir a Misa, en el momento de la elevación del cáliz, desbordarse la preciosa Sangre, derramarse por los brazos del sacerdote, como si fuera a correr por el santuario y a los ángeles venir a recogerla en copas de oro para llevarla a distintos países del mundo, sobre todo a aquellos donde el Evangelio es poco conocido. Era el símbolo de las gracias que se derraman del Corazón de Cristo sobre las almas de los pobres infieles; puesto que también por ellos murió Cristo en la Cruz.

De aquí se sigue, prácticamente, que el Corazón eucarístico de Jesús, lejos de ser objeto de una mínima devoción, es el ejemplo eminente del don perfecto de sí mismo, don que debería ser en nuestra vida más generoso cada día. En la Misa y para el sacerdote, cada consagración debería marcar un aumento en el espíritu de fe, de confianza, de amor de Dios y de las almas. Y para los fieles, cada Comunión debería ser, en substancia, más ferviente que la anterior, puesto que cada una debe aumentarnos la caridad, hacer que nuestro corazón sea más parecido al de Nuestro Señor y, como consecuencia, disponernos a recibirle mejor al día siguiente. De la misma manera que la piedra cae tanto más de prisa cuanto más se acerca a la tierra que la atrae, las almas deben ir hacia Dios tanto más de prisa cuanto más se acercan a Él y Él más las atrae.

El Corazón eucarístico de Jesús quiere atraer nuestras almas. A menudo es humillado, abandonado, olvidado, despreciado, ultrajado, y sin embargo, es el Corazón que ama nuestros corazones, el Corazón silencioso que quiere hablar a las almas para mostrarles el precio de la vida escondida y el precio del don de sí mismo más generoso cada día.

El Verbo encarnado vino a los suyos y los suyos no le recibieron.*21 Bienaventurados los que reciben todo lo que su Amor misericordioso quiere darles y no se resisten a las gracias que, por medio de ellos, deberían brillar sobre otros menos favorecidos. Bienaventurados los que, después de haber recibido, y a ejemplo de Nuestro Señor, se dan siempre con más generosidad por Él, con Él y en Él.

Si incluso entre los infieles más alejados de la fe hay una sola alma en estado de gracia, verdaderamente fervorosa y sacrificada, como fue la de Charles de Foucauld, un alma que recibe todo lo que el Corazón eucarístico de Cristo quiere darle, antes o después el resplandor de esa alma transmitirá a los extraviados algo de lo que ha recibido. Es imposible que la preciosa Sangre no se desborde del cáliz en la santa Misa, para purificar un día u otro, por lo menos en el momento de la muerte, a los extraviados que no se resisten a las prevenciones divinas, a las gracias actuales que les impulsan a convertirse. Pensemos algunas veces en la muerte del musulmán, en la muerte del budista o, más cercano a nosotros, en la muerte del anarquista que, quizá, fue bautizado en su infancia. Todos tienen un alma inmortal por la que el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo dio toda su Sangre.

R. Garrigou-Lagrange, El Salvador y su amor por nosotros, Ediciones RIALP, Madrid 1977 pp. 379-391

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*1- Cfr. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 15, 20; 1 Cor 11, 23.
*2- 2 Jn 13, 1
*3- (III, q. 1, a. 1). (C. Gentes, I. IV, c. 11, initio.)
*4- Cfr. supra, I P., c. 6.
*5- III, q. 1, a. 1: Utrum conveniens fuerit Deum incarnari (es la cuestión de la posibilidad y de la conveniencia de la Encarnación, antes de la de su motivo del que se habla en los artículos 2 y 3).
*6- Cfr. III, q. 1, a. 2.
*7- Jn 3, 16.
*8- III, q. 79, a. 1
*9- Cfr. SANTO TOMÁS, III, q. 65, a. 3: Sacramentum Eucaristiae est potissimum omnium áliorum. El sacramento de la Eucaristía es el más perfecto de todos porque no sólo contiene la gracia, sino al mismo Autor de la gracia. Y el sacramento del Orden debe su grandeza a que está ordenado a la consagración de la Eucaristía. Cfr. ibidem ad 3um.
*10- La expresión Corazón eucarístico es superior a Corazón sacerdotal, pues este término está contenido en el anterior, ya que Jesús, al darnos la Eucaristía, ha instituido el sacerdocio. Además, se puede llamar corazón sacerdotal al del ministro de Cristo —así se habla, por ejemplo, del corazón sacerdotal del Cura de Ars—, mientras que el Corazón eucarístico sólo se puede decir del Corazón que nos ha dado la Eucaristía.
*11- Heb 7, 25.
*12- Cfr. C. Trid., ses. 22, cap. 2.
*13- Mc 1, 17.
*14- Jn 15, 16.
*15- Lc 22, 19.
*16- El oficio del Corazón eucarístico indica bien las diferentes manifestaciones del amor de Cristo por nosotros, manifestaciones que están íntimamente unidas.
*17- 1 Cor 10, 16
*18- Cfr. SANTO TOMÁS, III, q. .80, a. 12, ad 3
*19- Ef. 5, 26.
*20- Es lo que dice Santo Tomás en el Adoro te devote:

Me immundum mundo, tuo sanguine,

Cujus una stilla salvum faceré

Totum mundum quit ab omni scelere.

Purifica mis manchas con tu sangre, pues una gota sola basta para quitar todos los pecados del mundo.
*21- Jn 1, 11

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Santos Padres

·        San Agustín

La humildad

(Mt 11,28-30).

1. La lengua del Señor, trompeta de justicia y verdad, elevándose como en un concurso del género humano, llama y dice: Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis cargados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. Quien no esté fatigado, no escuche; quien, en cambio, esté fatigado del trabajo, escuche: Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis cargados. Quien no vaya cargado, no escuche; pero quien va cargado, escuche: Venid a mí todos los que trabajáis y vais cargados. ¿Para qué? Y yo os aliviaré. Todo el que trabaja y va cargado, busca alivio, desea el descanso. ¿Y quién no se fatiga en este siglo? Que me digan quién no trabaja, ya de obra, ya de pensamiento. Trabaja de obra el pobre y trabaja de pensamiento el rico; el pobre quiere tener lo que no tiene, y trabaja; el rico teme perder lo que tiene, y queriendo aumentar lo que tiene, trabaja más. Además, todos llevan sus cargas, todos sus pecados, que gravitan sobre la cerviz soberbia. Con todo, la soberbia se yergue bajo tan gran mole y aun abrumada de pecados se infla. Por eso, ¿qué dijo el Señor? Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí. ¿Qué, Señor, qué aprendemos de Ti? Sabemos que eres Verbo en el principio, Verbo en Dios y Dios Verbo. Sabemos que fueron creadas por Ti todas las cosas, visibles e invisibles. ¿Qué aprendemos de Ti? ¿A suspender el cielo, a consolidar la tierra, a extender el mar, a difundir el aire, a distribuir todos los elementos apropiados a los animales, a ordenar los siglos, a gobernar los tiempos? ¿Qué aprendemos de Ti? ¿Acaso quieres que aprendamos esas mismas cosas que hiciste en la tierra? ¿Quieres enseñarnos eso? ¿Aprendemos de Ti a curar a los leprosos, a arrojar los demonios, a cortar la fiebre, a mandar en el mar y en las olas, a resucitar muertos? No es eso, dice. Entonces, ¿qué? Que soy manso y humilde de corazón. ¡Avergüénzate ante Dios, soberbia humana! El Verbo de Dios dice, lo dice Dios, lo dice el Unigénito, lo dice el Altísimo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Tan gran excelsitud descendió a la humildad, y ¿el hombre se yergue? Recógete, refrénate, hombre, conforme al humilde Cristo, no sea que, al estirarte, te rompas.

2. Poco ha se cantaba un salmo, se cantaba el aleluya: ¿Quién como el Señor Dios nuestro, que habita en las alturas y contempla las cosas humildes? Que, al mirarte, te halle humilde, para que no te condene. Él lo dijo, él lo proclamó, él llamó al género humano a esta salvación: Aprended de mí, dijo, no a crear el mundo, aprended que soy manso y humilde de corazón. Existía en el principio; ¿hay algo más excelso? El Verbo se hizo carne; ¿hay algo más humilde? Manda en el mundo; ¿hay algo superior? Cuelga de un madero; ¿hay algo más humilde? Si él sufre por ti estas cosas, ¿por qué tú te yergues, te hinchas, fuelle inflado? Dios es humilde, y ¿tú eres soberbio? Quizá, ya que dijo Excelso es el Señor y mira las cosas humildes, dirás tú: a mí no me mira. ¿Habría mayor desgracia, si no te mira, sino que te desprecia? La mirada implica compasión, el desprecio desdén. O quizá, como el Señor mira las cosas humildes, piensas que pasas inadvertido, pues no eres humilde, eres grande, eres soberbio. Pero no te escondes a los ojos de Dios. Mira lo que dice allí: Excelso es el Señor. Sin duda es excelso. ¿Buscas escaleras para subir hasta El? Busca el madero de la humildad y ya llegaste. Excelso es el Señor y mira las cosas humildes. Y para que no pienses que pasas inadvertido porque eres soberbio, añade: y conoce desde lejos las cosas excelsas. Las conoce, pero de lejos. Lejos de los pecadores está la salvación. ¿Cómo conoce las humildes? De cerca. ¡Maravillosa industria del Omnipotente! Es excelso y mira las cosas humildes de cerca; los soberbios están altos y, sin embargo, el Excelso los conoce de lejos. Cerca está el Señor de aquellos que afligieron su corazón, y dará la salvación a los humildes de espíritu. Por lo tanto, hermanos, que la soberbia no quede en vosotros hinchada, sino podada. Sentid horror de ella y desterradla. Cristo busca al cristiano humilde. Cristo está en el cielo, está con nosotros, está en los infiernos, no aherrojado, sino liberador. Ese capitán tenemos. Está sentado a la diestra del Padre, pero nos recoge de la tierra, a uno de un modo y a otro de otro; al uno con una dádiva, al otro con un castigo; al uno con la alegría, al otro con la tribulación. Recoja el que recoge. Recoja, para que no perezcamos. Recójanos allá donde ya no hay perdición, en aquella región de los vivos en la que los méritos son reconocidos y la justicia es coronada.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos,  Sermón 70A, 1-2, BAC Madrid 1983, 302-05

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        Promesas del Sagrado Corazón

·        San Juan Pablo II

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

‘Abrió el costado’ y ‘salió sangre y agua’

(Jn 19,34)

            Introducción

            Nosotros conocemos las revelaciones privadas que recibió Santa Margarita María de Alacoque  en el siglo XVII (1673). Recordamos que allí se le reveló el Sagrado Corazón de Jesús, circundado de una corona de espinas y como un horno ardiente de amor.

            Pero podemos preguntarnos, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ¿es bíblica? Ciertamente que sí. ¿Y cuál es el argumento fundamental para decir que esa devoción es bíblica? El texto de Jn 19,34:  “Uno de los  soldados le traspasó el  costado con una lanza, y  al punto salió sangre y  agua”.  Tenemos en este versículo tanto el fundamento de la verdad dogmática del Sagrado Corazón de Jesús, como el fundamento de la verdadera devoción al Sagrado Corazón.

            La verdad dogmática del Sagrado Corazón y la devoción a ese corazón responden a dos movimientos que se dan en ese versículo, en donde el orden teológico es inverso al orden cronológico. El primer movimiento es de adentro hacia afuera: ‘salió sangre y agua’, y este es el fundamento dogmático, el fundamento de la teología dogmática del Sagrado Corazón. El segundo movimiento es de afuera hacia adentro: ‘el soldado traspasó con la lanza’, que es el fundamento de la devoción o teología espiritual del Sagrado Corazón.

            1. ‘Salió sangre y agua’: el fundamento dogmático *1

            Para aferrar el sentido dogmático de Jn 19,34 es necesario compararlo y ponerlo en paralelo con Jn 19,28 – 30, cuando Jesús entrega a María como Madre de Juan, es decir, como Madre de la Iglesia. Estos versículos tienen los siguientes elementos:

            a) En María y San Juan Apóstol está presente la Iglesia completa, la Iglesia creyente a pesar de la prueba máxima. Al entregar María a Juan como Madre, y a Juan a María como hijo, Jesús está fundando la Iglesia.

            b) En el v. 30 se dice que Jesús ‘entregó el espíritu’, señalando con eso su muerte. Pero también está en la intención del texto indicar que Jesús ‘comunicó el Espíritu’. Con una sola frase y un mismo gesto se expresan dos cosas: que murió y que entregó el Espíritu Santo a la Iglesia allí presente en María y Juan.

            La misma secuencia se da en Jn 19,34:

            a) La mención de la sangre y el agua saliendo del costado de Cristo, corresponde al nacimiento de la Iglesia. El agua representa el Bautismo, y la sangre la Eucaristía que son los dos sacramentos fundamentales de los que nace y sobre los que se asienta la Iglesia. La Iglesia es la nueva Eva que sale del costado del Nuevo Adán.

            b) Además, la sangre representa el sacrificio y la muerte de Cristo, mientras que el agua representa al Espíritu Santo*2. Por esta razón expresa la misma verdad que en el v. 19,30: por su muerte y su sacrificio entrega el Espíritu Santo a la Iglesia naciente.

            ¿De dónde surge la sangre que salió del costado de Cristo muerto? De su corazón. No queda ninguna duda que el texto evangélico quiere hacer mención que la sangre viene del corazón, porque la lanzada del soldado necesariamente tocó el corazón. Por eso, en este texto de Jn 19,34 sangre y corazón son una sola cosa. Por lo tanto, es del Corazón de Jesús de donde sale el Espíritu Santo, la Iglesia, el Bautismo y la Eucaristía, porque es el Corazón de Jesús el que ha sido sacrificado y ha dado hasta la última gota de sangre.

            Y así vemos cómo aquella frase del Cura de Ars, “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”*3, no es una mera frase piadosa sino que tiene su fundamento en el mismo texto del Evangelio.

            2. ‘Traspasó’: el fundamento espiritual

            Así como este versículo nos habla de la intención del Espíritu Santo de referirse al Corazón de Jesús, así también nos da indicaciones acerca de cómo debe ser nuestra devoción hacia Él, cuál es al camino que hay que recorrer para alcanzar esa fuente de donde brotó la Iglesia, la Eucaristía, el Bautismo y el mismo Espíritu Santo.

            La palabra que usa el texto griego original para expresar la acción del soldado con su lanza es ényxen. Ényxen es un aoristo del verbo nysso. El verbo nysso primariamente significa ‘perforar’, ‘abrir’*4. También significa ‘traspasar’, ‘infringir heridas severas o mortales’*5. También puede significar ‘herir con un puñal’*6. Como vemos, lo que quiere indicar el verbo es que se golpeó con cierta violencia y se abrió una herida. De hecho, la Vulgata de San Jerónimo traduce aperuit, es decir, ‘abrió’.

            Atento a este significado del verbo, San Agustín fue el primero en hacer notar que el hecho de que el texto evangélico diga ‘abrió’ indica una invitación a ‘entrar’. San Agustín fue el primero que habló de la herida del costado como una puerta que se abre invitando a entrar por ella para llegar hasta el corazón de Cristo. Y así da comienzo a la devoción de la llaga del costado de Cristo, que solamente tiene sentido si esa herida hace referencia al Corazón de Cristo. La teología de la herida del costado alcanzará su punto más alto en la Edad Media. Guillermo de Saint – Thierry, por ejemplo, dice: “Vuestro costado ha sido abierto para que a través de la puerta abierta, nosotros entremos todos enteros hasta vuestro Corazón, o Jesús, … hasta vuestra alma santa… Abrid, Señor, la puerta lateral de vuestra arca, para que entren allí todos aquellos que deben ser salvados…, abridnos el costado de vuestro cuerpo, para que entren aquellos que desean ver los secretos del Hijo, aquellos que desean recibir los sacramentos que brotan de allí y el precio de su redención”*7.

            Y Santa Gertrudis, en 1285, ve el Corazón de Jesús del cual caían gotas de sangre. Santa Gertrudis comprendió que la sangre significaba al Espíritu Santo. Y dice: “Recibí el consejo de honrar con una devoción constante el amor de tu Corazón, cuando estabas suspendido sobre la Cruz, y de beber de esta vertiente de caridad que hace nacer en mi alma, bajo el impulso de un amor inefable, el agua de la verdadera piedad”*8. En esta frase de Santa Gertrudis brillan los dos aspectos del versículo de Jn 19,34, el dogmático y el espiritual. El dogmático porque ve el Corazón goteando sangre y comprende que esa sangre es símbolo del Espíritu Santo que se dona. El espiritual porque es invitada a honrar el amor del Corazón y hacer nacer en ella la verdadera piedad hacia el Corazón de Jesús.

            Conclusión

            La devoción al Corazón de Jesús es devoción al Amor de Jesús. Así como en la Iglesia hay una constelación de devociones legítimas y fructuosas (devoción a la Misericordia, devoción a las llagas de Cristo, etc.) así también la solemnidad de hoy nos invita, a través de Santa Gertrudis, a “honrar con devoción constante el Amor del Corazón de Jesús”, manifestado en su sacrificio.

            Al honrar el Amor de Jesús manifestado en su sacrificio hasta la última gota de sangre, estaremos honrando a la fuente de la Iglesia, la fuente de la Eucaristía y la fuente de todas nuestras devociones.

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*1- Seguimos libremente a De la Potterie, I., Il Mistero del Cuore Trafitto, Edizione Dehoniane Bologna, Bologna, 1988, p. 89-120).
*2- Baste recordar Jn.7,37-39: “El último día, el  más solemne de la fiesta,  Jesús en pie y en voz  alta dijo: “El que tenga  sed, que venga a mí;  el que cree en mí  que beba. Lo dice la  Escritura: De sus  entrañas brotarán ríos de  agua viva”. Eso lo  dijo refiriéndose al  Espíritu que habrían de  recibir los que creyeran  en él. Pues aún no había  Espíritu, porque Jesús no  había sido aún  glorificado”.
*3- Citado por Benedicto XVI, Homilía en la celebración de las Vísperas de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, 19 de junio de 2009.
*4- Strong, y Swanson en Multiléxico, nº 3572.
*5- Vine, en Multiléxico, nº 3572.
*6- Swanson en Multiléxico, nº 3572.
*7- Meditativae orationes, 6: PL 180,225D-226A, citado en De La Poterie, I., Il mistero del cuore trafitto, Edizioni Dehoniane Bolgne, 1988, p. 91 nota 4.
*8- Santa Gertrudis, citado en De La Poterie, I., Il mistero del cuore trafitto, Edizioni Dehoniane Bolgne, 1988, p. 92; cursiva nuestra.

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Las Promesas del Sagrado Corazón

 

Las promesas del Sagrado Corazón

Promesas principales hechas por el Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita de Alacoque:

A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.
Daré la paz a las familias.
Las consolaré en todas sus aflicciones.
Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte
Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas
Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia
Las almas tibias se harán fervorosas
Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección
Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.
Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos
Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.

“Alegrémonos todos en el Señor al celebrar esta solemnidad en honor de todos los Santos, de la cual se alegran los ángeles y juntos alaban a1 Hijo de Dios”,

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San Juan Pablo II

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. El mes de junio se caracteriza, de modo particular, por la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Celebrar el Corazón de Cristo significa dirigirse hacia el centro íntimo de la persona del Salvador, el centro que la Biblia identifica precisamente con su corazón, sede del amor que ha redimido el mundo.

Si ya el corazón humano representa un misterio insondable que sólo Dios conoce, ¡cuánto más sublime es el Corazón de Jesús, en el que late la vida misma del Verbo! En él, como sugieren las hermosas letanías del Sagrado Corazón, haciéndose eco de las Escrituras, se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, y toda la plenitud de la divinidad.

Para salvar al hombre, víctima de su misma desobediencia, Dios quiso darle un “corazón nuevo”, fiel a su voluntad de amor (cf. Jr 31, 33; Ez 36, 26; Sal 50, 12). Este corazón es el Corazón de Cristo, la obra maestra del Espíritu Santo, que comenzó a latir en el seno virginal de María y fue traspasado por la lanza en la cruz, convirtiéndose de este modo, y para todos, en manantial inagotable de vida eterna. Ese Corazón es ahora prenda de esperanza para todo hombre.

2. ¡Cuán necesario es para la humanidad contemporánea el mensaje que brota de la contemplación del Corazón de Cristo! En efecto, ¿de dónde, si no es de esa fuente, podrá sacar las reservas de mansedumbre y de perdón necesarias para resolver los duros conflictos que la ensangrientan?

Al Corazón misericordioso de Jesús quisiera encomendarle hoy de modo especial a cuantos viven en Tierra Santa: judíos, cristianos y musulmanes. Ese Corazón que, colmado de afrentas, no albergó jamás sentimientos de odio y venganza, sino que pidió el perdón para sus asesinos, nos señala el único camino para salir de la espiral de la violencia: el de la pacificación de los ánimos, de la comprensión recíproca y de la reconciliación.

3. Junto con el Corazón misericordioso de Cristo veneramos el Corazón inmaculado de María santísima, mediadora de gracia y de salvación.

A ella nos dirigimos con confianza ahora para implorar misericordia y paz para la Iglesia y para el mundo entero.

Ángelus del San Juan Pablo II el domingo 23 de junio de 2002

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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