Domingo V de Cuaresma (A)

 

02
abril

Domingo V de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo V de Cuaresma (A)

(Domingo 2 de Abril de 2017)

LECTURAS

Yo pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis

Lectura de la profecía de Ezequiel     37, 12-14

Así habla el Señor:
Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor.
Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor-.

Palabra de Dios.

SALMO     129, 1-5-6c-8

R. En el Señor se encuentra la misericordia

Desde lo más profundo te invoco, Señor.
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria. R.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido. R.

Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor. R.

Porque en él se encuentra la misericordia
y la redención en abundancia:
él redimirá a Israel
de todos sus pecados. R.

El Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     8, 8-11

Hermanos:
Los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes.
El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo. Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO     Jn 11, 25a. 26

«Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí no morirá jamás», dice el Señor:

EVANGELIO

Yo soy la resurrección y la vida

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     11, 1-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo.»
Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.»
Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?»
Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.»
Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.»
Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.»
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dio a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?»
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!»
Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.»
Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     11, 1-7. 20-27. 33b-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo.»
Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.»
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
Jesús, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?»
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!»
Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.»
Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo V de Cuaresma-

Ciclo A- 2 de Abril 2017

Entrada:

Celebramos hoy el quinto domingo de Cuaresma, que es el domingo de la Vida sobrenatural. Quien se alimenta de la Eucaristía, no tiene que esperar al cielo para recibir la Vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura. Esto se realiza en cada santa Misa.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:          Ez. 37, 12- 14

El profeta Ezequiel nos habla de la resurrección de los cuerpos como signo de la resurrección espiritual.

Salmo Responsorial: 129

Segunda Lectura:          Rom. 8, 8- 11

San Pablo nos dice que debemos conservar el Espíritu Santo en nosotros para vivir como resucitados.

Evangelio:             Jn. 11, 1- 45 o bien 11, 1- 7. 20- 27. 32b- 45

San Juan nos narra el milagro de la resurrección de Lázaro. La gloria de Dios se manifiesta a los que creen que Cristo es el Mesías, el Hijo de Dios, el que da la Resurrección y la Vida.

Preces:

Por el Bautismo somos hijos de Dios. Dirijamos juntos nuestra oración al Padre que guía nuestros pasos en esta tierra.

A cada intención respondemos cantando:

*Pidamos por el Santo Padre para que confirme en la fe a todos sus hermanos según la orden de Nuestro Señor al Apóstol Pedro. Oremos

* Por los gobernantes, para que vivan y gobiernen según los criterios evangélicos. Oremos.

* Para que entre los cristianos brille la fe en la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesús, y la virtud de la esperanza por el deseo de las cosas del cielo. Oremos.

* Por los miembros de nuestra Familia religiosa, para que anunciando el misterio pascual de Cristo transformemos los criterios del mundo según la gracia de su Resurrección. Oremos.

Dios Eterno, te damos gracias porque siempre estás atento a nuestras súplicas y porque en tu Hijo nos das todo lo que precisamos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Ofrecemos la materia del sacrificio y nos ofrecemos a nosotros mismos. Llevamos al Altar:

* Pan y vino para la celebración eucarística, verdadera confesión y memoria de que Jesús ha muerto y ha vuelto a la vida.

Comunión: “El que me coma vivirá por Mí”. Acerquémonos a esta Santa comunión con corazón humilde y agradecido por la Vida divina que el Corazón herido de Jesús quiere comunicarnos.

Salida: Acojamos en nosotros a María Santísima para que Ella nos revele el infinito amor del Padre que nos ha dado a su Hijo y con Él la Vida Eterna.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Quinto domingo de Cuaresma

CEC 992-996: la revelación progresiva de la Resurrección

CEC 549, 640, 646: los signos mesiánicos que prefiguran la Resurrección de Cristo

CEC 2603-2604: la oración de Jesús antes de la resurrección de Lázaro

CEC 1002-1004: nuestra experiencia actual de la Resurrección

CEC 1402-1405, 1524: la Eucaristía y la Resurrección

CEC 989-990: la resurrección de la carne

I        LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA

          Revelación progresiva de la Resurrección

992    La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan:

          El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13).

993    Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y  muchos contemporáneos del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: «Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error» (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios  que «no es un Dios de muertos sino de vivos» (Mc 12, 27).

994    Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él. (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, El habla como del «signo de Jonás» (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).

995    Ser testigo de Cristo es ser «testigo de su Resurrección» (Hch 1, 22; cf. 4, 33), «haber comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los muertos» (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.

996      Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). «En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

549    Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

El sepulcro vacío

640      «¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). «El discípulo que Jesús amaba» (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir «las vendas en el suelo»(Jn 20, 6) «vio y creyó» (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).
646      La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena «ordinaria». En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es «el hombre celestial» (cf. 1 Co 15, 35-50).

2603  Los evangelistas han conservado dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de el las comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera (cf Mt 11, 25-27 y Lc 10, 21-23), Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los «pequeños» (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor «¡Sí, Padre!» expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el «Fiat» de Su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al «misterio de la voluntad» del Padre (Ef 1, 9).

2604  La segunda oración es narrada por San Juan (cf Jn 11, 41-42) en el pasaje de la resurrección de Lázaro. La acción de gracias precede al acontecimiento: «Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado», lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: «Yo sabía bien que tú siempre me escuchas», lo que implica que Jesús, por su parte, pide de una manera constante. Así, apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que la petición sea otorgada, Jesús se adhiere a Aquél que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el «tesoro», y en El está el corazón de su Hijo; el don se otorga como «por añadidura» (cf Mt 6, 21. 33).

            La oración «sacerdotal» de Jesús (cf. Jn 17) ocupa un lugar único en la Economía de la salvación. (Su explicación se hace al final de esta primera sección) Esta oración, en efecto, muestra el carácter permanente de la plegaria de nuestro Sumo Sacerdote, y al mismo tiempo contiene lo que Jesús nos enseña en la oración del Padrenuestro (la cual se explica en la sección segunda).

Resucitados con Cristo

1002  Si es verdad que Cristo nos resucitará en «el último día», también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:

          Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).

1003  Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece «escondida con Cristo en Dios» (Col 3, 3) «Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús» (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con El llenos de gloria» (Col 3, 4).

1004  Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser «en Cristo»; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:

El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… No os pertenecéis… Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).

VII    LA EUCARISTIA,  «PIGNUS FUTURAE GLORIAE»

1402  En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: «O sacrum convivium in quo Christus sumitur. Recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur» («¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!»). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados «de toda bendición celestial y gracia» (MR, Canon Romano 96: «Supplices te rogamus»), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.

1403  En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: «Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre» (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia «el que viene» (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: «Maran atha» (1 Co 16,22), «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20), «que tu gracia venga y que este mundo pase» (Didaché 10,6).

1404  La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía «expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi» («Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo», Embolismo después del Padre Nuestro; cf Tt 2,13), pidiendo entrar «en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro» (MR, Plegaria Eucarística 3, 128: oración por los difuntos).

1405    De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, «se realiza la obra de nuestra redención» (LG 3) y «partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre» (S. Ignacio de Antioquía, Eph 20,2).

 El Viático, último sacramento del cristiano

1524    A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Jn 13,1).

989    Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

          Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990      El término «carne» designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La «resurrección de la carne» significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros «cuerpos mortales» (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

EZEQUIEL 37, 12-14:

Es una de las más impresionantes visiones de Ezequiel, el Profeta que las tiene más lozanas y que las describe en estilo más crudo y audaz. Sus visiones no son sueños de poeta. Son mensajes de Profeta. Y por tanto debemos buscar en ellas el sentido teológico:

— El mensaje de la visión que hoy leemos es altamente consolador. La nación de Israel derrotada, depauperada, desterrada, es ya solamente una nación de espectros: un cementerio. Carece de vitalidad: «Estos huesos son la Casa toda de Israel. He aquí que dicen: Se han secado nuestros huesos; nuestra esperanza se ha desvanecido; ha llegado para nosotros el fin» (11). En lo humano así es. Pero el Señor Omnipotente ha mostrado en visión a Ezequiel (vv 1-10) lo que se propone realizar con el Pueblo Elegido.

— La Obra de Redención del cautiverio, de Repatriación, de Restauración de Israel, equivale a una «Resurrección»; «Mirad; así dice Yahvé: Abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestras tumbas, Pueblo mío; y os introduciré en la Tierra de Israel» (12). Israel reconocerá que sólo Dios ha podido obrar tal maravilla de poder y de amor: «Y sabréis que YO SOY YAHVE» (13).

— A la Promesa de Restauración nacional (Resurrección) va unida otra: Dios infundirá en el Pueblo redimido un nuevo espíritu: su Espíritu: «Infundiré en vosotros mi Espíritu y reviviréis» (14). Los acontecimientos posteriores a la repatriación orientarán a Israel a entender estas grandes Promesas de Dios en el único sentido digno de Él: en sentido del todo espiritual. No se trata de valores terrenos. En este plano los ingentes Imperios que rodean al minúsculo Israel le superarán siempre con creces. Se trata de valores celestiales: los del Espíritu de Dios: Emitte Spiritum tuum et crabuntur; et renovabis faciem terrae. El día de Pentecostés, cuando la Pasión y Resurrección de Cristo hagan descender sobre el «Nuevo Pueblo» de Dios el Espíritu Santo, comprendemos mejor el sentido, teológico de esta Visión-Profecía de Ezequiel.

ROMANOS 8, 8-11:

San Pablo nos va a dar la teología que encierra el mensaje de Ezequiel:

— Sin Cristo quedan los hombres en la zona del pecado. Y por tanto de la muerte. Pero por Cristo, tan luego como la fe y el Bautismo nos insertan en Él, llega a nosotros el «Espíritu», la Vida de Dios. Esta Vida de Dios es ya una verdadera «Resurrección» espiritual. Y es asimismo participación de la Inmortalidad de Dios: «Si en vosotros está Cristo, vuestro espíritu vive a causa de la justicia» (10). Es la nueva vida de hijos de Dios. La vivimos en Cristo-Hijo de Dios; en Él y por Él. Esta vida, que es la Gracia (justificación), nada tiene que temer de la muerte física o corporal. Esta vida física, la que heredamos de Adán, debe acabar. Pero tras ella prosigue la Vida Espiritual.

— Con todo, el Espíritu de Cristo que habita en nosotros debe llevar su obra vivificante hasta resucitar nuestros cuerpos: «Y si el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por obra de su Espíritu que habita en vosotros» (11). La Resurrección de Cristo implica la nuestra. Será completa nuestra Redención cuando el Espíritu de Cristo vivifique de Vida inmortal todos los cuerpos de los redimidos.

— Es una de las constantes en la doctrina de Pablo la relación entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La de Cristo es causa eficiente y ejemplar de la nuestra. La eficiencia de la Resurrección de Cristo obra ya actualmente en nosotros; la. Nueva Vida, Vida del Espíritu de Cristo, que nos hace hijos de Dios y nos dispone ya a la Resurrección; y la exige: Herederos con Cristo nos pertenece en derecho su Gloria y, por ende, la Resurrección. La Vida Eterna es, cierto, un bien escatológico, pero ya a los peregrinos, el Sacramento de la Vida, la Eucaristía, nos da su promesa, su pregusto, su garantía.

JUAN 11, 1-45:

Lo que el Profeta Ezequiel previó y anunció, queda superado por lo que Jesús-Mesías va a realizar: Cristo vivifica con Vida Divina a todos los redimidos. Ya no mera resurrección nacional (Ezequiel); ya no mera revivificación de un cadáver (Lázaro): Es diluvio de Vida-Divina-Eterna:

— Jesús se esfuerza en elevar a Marta, a María y a los Apóstoles a un Mesianismo superior al del tiempo. El que cree en Cristo tiene la Vida; Vida que vence a la muerte. La muerte física es un fenómeno que no afecta a esta Vida. Incluso, el dinamismo de esta Vida exige, a su hora, la Resurrección, a fin de que la Gloria de Cristo Resucitado la gocemos en alma y cuerpo.

— Como «signo» de la «Vivificación» que nos trae Cristo, Este resucita a Lázaro. Con este milagro se muestra el poder de Cristo sobre la muerte. Pero es sólo un «signo» de la Victoria definitiva. Lázaro redivivo tornará a morir. Mas la Vida que nos trae Cristo es Vida de Dios. Y una vez pagada la deuda del pecado que es la muerte, nos Resucitará Inmortales.

— Pero para alcanzar esta Vida debemos «creer» en Cristo (25). Lastimosamente era débil la fe de los discípulos y también la de las hermanas de Lázaro. Y los fariseos no sólo se negaban a creer en Él, sino que precisamente aquel gran milagro de resucitar a Lázaro será el detonador que hará estallar el odio de los escribas y fariseos, sacerdotes y saduceos. Odio que no se saciará sino con la muerte de Jesús. Jesús que todo eso ve y sabe, siente en aquel momento pena tan honda que nos dice el Evangelista: «Jesús se sintió agitado de indignación y se perturbó» (33). Pena y perturbación que estalla en lágrimas (35); corno en Lucas 19, 41. La falta de fe hace llorar a Jesús. Rindámonos con fe y amor al amor del Crucificado: Quia per Filii tui salutiferam passionem totus mundus sensum confitendae tuae majestatis accepit, dum ineffabili crucis potentia judicium mundi et potestas emicat Crucifixi (Pref. de Pasión I).

— Cristo es la «RESURRECCIÓN Y LA VIDA»: Vida eterna y divina; Resurrección que anegará nuestra carne mortal en la gloria de Dios. Para quien cree en Cristo la muerte es sólo un episodio, una dormición (v 11-14). Hay que pagar esta deuda del pecado; pero el Redentor, Cristo-Vida, nos vivificará plenamente, gloriosamente y eternamente. Y ya desde ahora, por la fe y el amor en Cristo, gozamos esta Vida Eterna. Se llama: Gracia de Dios.

SOLÉ ROMA, J. M.,  Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 89-92

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

Domingo V de Cuaresma (Ciclo A)

75. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo». La exhortación el domingo precedente de san Pablo, a despertar a los que se han dormido, encuentra una viva expresión en el último y más grande de los «signos» de Jesús en el cuarto Evangelio: la resurrección de Lázaro. La naturaleza definitiva de la muerte, enfatizada en el hecho de que Lázaro está muerto desde hace cuatro días, parece suponer un obstáculo todavía mayor que el de hacer brotar agua de una roca o devolver la vista a un ciego de nacimiento. No obstante Marta, puesta delante de esta situación, hace una profesión de fe similar a la de Pedro: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Su fe no está en lo que Dios podría cumplir en el futuro, sino en lo que Dios está cumpliendo ahora: «Yo soy la Resurrección y la vida». Aquel «yo soy», que recorre toda la narración de Juan, clara alusión a la auto-revelación de Dios a Moisés, aparece en los pasajes evangélicos de todos estos domingos. Cuando la samaritana habla del Mesías, Jesús le responde: «Yo soy, el que habla contigo». En la narración del ciego, Jesús dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo». Y hoy nos dice: «Yo soy la Resurrección y la vida». La clave para recibir esta vida es la fe: «¿Crees esto?». Pero incluso Marta duda después de su ardiente profesión de fe y, cuando Jesús pide que se quite la losa del sepulcro, pone como objeción que ya huele mal. Y es aquí, una vez más, que se recuerda cómo seguir a Cristo es un compromiso que dura toda la vida y, ya sea que nos preparamos a recibir los Sacramentos de la Iniciación dentro de dos semanas, como sea que hemos vivido tantos años como católicos, debemos luchar sin interrupción para reforzar y hacer más profunda nuestra fe en Cristo.

76. La resurrección de Lázaro es el cumplimiento de la promesa de Dios proclamada en la primera lectura por medio del profeta Ezequiel: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros». El corazón del Misterio Pascual consiste en el hecho de que Cristo ha venido para morir y resucitar de nuevo, para hacer por nosotros exactamente lo que ha hecho por Lázaro: «Desatadlo y dejadlo andar». Él nos libera, no solo de la muerte física sino de tantas otras muertes que nos afligen y nos convierten en ciegos: el pecado, las desventuras, las relaciones interrumpidas. Para nosotros los cristianos es, por tanto, esencial sumergirse de forma continua en su Misterio Pascual. Como proclama el prefacio de este día: «El cual, hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida, que lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una nueva vida». El encuentro semanal con el Señor crucificado y resucitado expresa nuestra fe en el hecho de que Él es, aquí y ahora, nuestra resurrección y nuestra vida. Esta convicción es la que nos hace capaces, el domingo siguiente, de acompañarle en su entrada en Jerusalén, diciendo con Tomás: «Vamos también nosotros y muramos con él».

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 78 – 79)

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Santos Padres

·        San Agustín

La resurrección de Lázaro

(Jn 11, 1-45)

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La resurrección de Lázaro

(Jn 11,1-45)

Introducción

La Iglesia ha querido que los tres últimos domingos de Cuaresma estén modelados según el catecumenado, es decir, el camino que recorren los adultos que pidieron el Bautismo. A cada uno de estos domingos se le ha asignado un evangelio en estrecha relación con ese sacramento, de manera que cada uno de estos domingos ha quedado identificado por un elemento que simboliza el Bautismo. En consecuencia, el tercer domingo de Cuaresma está identificado por el agua (evangelio de la Samaritana, Jn 4,5-42); el cuarto domingo está identificado por la luz (evangelio del ciego de nacimiento, Jn 9); el quinto domingo, el presente, está identificado por la vida (evangelio de la resurrección de Lázaro, Jn 11,1-45). Hay, entonces, una progresión en estos tres últimos domingos de Cuaresma: Agua – Luz – Vida.

En cada uno de estos domingos hay un escrutinio de los catecúmenos, que consiste en escrutar las disposiciones que tiene el bautizando para recibir el sacramento. Cada uno de estos escrutinios tiene dos oraciones, una de exorcismo y otra sobre los elegidos. Estas oraciones son las que expresan el nexo que hay entre el sacramento del Bautismo y el evangelio del domingo correspondiente. Las oraciones del tercer y último escrutinio, correspondiente a este quinto domingo de Cuaresma, son las siguientes:

Oración de Exorcismo: “Oh Padre de la vida eterna, que no eres Dios de muertos sino de vivos, y que enviaste a tu Hijo como mensajero de la vida, para arrancar a los hombres del reino de la muerte y conducirlos a la resurrección, te rogamos que libres a estos elegidos de la potestad del espíritu maligno, que arrastra a la muerte, para que puedan recibir la nueva vida de Cristo resucitado y dar testimonio de ella” *1.

Oración sobre los elegidos: “Señor Jesús, que, resucitando a Lázaro de la muerte, significaste que venías para que los hombres tuvieran vida abundante, libra de la muerte a éstos, que anhelan la vida de tus sacramentos, arráncalos del espíritu de la corrupción y comunícales por tu Espíritu vivificante la fe, la esperanza y la caridad, para que viviendo siempre contigo, participen de la gloria de tu resurrección”*2.

La idea central expresada en estas oraciones es que, así como Cristo resucitó a Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, así también el sacramento del Bautismo, que toma su fuerza de la muerte y resurrección de Cristo, da la vida de la gracia santificante al alma del cristiano. La resurrección física del cuerpo de Lázaro es un signo o un símbolo de la resurrección del alma del cristiano por el sacramento del Bautismo. Allí, el alma del cristiano pasa de la muerte del pecado a la vida de la gracia santificante.

1. El sentido principal del milagro de la resurrección de Lázaro

El sentido principal del milagro que narra el evangelio de hoy está manifestado en el versículo 4: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios (dóxa toû Theoû), para que el Hijo de Dios sea glorificado (verbo doxádsein en voz pasiva) por ella”. La palabra ‘gloria’ (dóxa) y el verbo ‘ser glorificado’ (doxádsein en voz pasiva) encierran toda la finalidad del milagro.

El evangelio de San Juan narra solamente siete milagros de Jesús. La resurrección de Lázaro es el último de ellos. El primero es la conversión del agua en vino en las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). En ese primer milagro se dice que Jesús “manifestó su gloria (dóxa) y creyeron en Él sus discípulos” (Jn 2,11). Esa su gloria que Jesús manifestó es su divinidad. En efecto, San Juan ya lo había dicho: “Nosotros hemos visto su gloria (dóxa), gloria (dóxa) como Unigénito que está junto al Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). La ‘gloria del Unigénito del Padre’ no puede ser otra que su divinidad.

Y ahora, en el evangelio de hoy, Jesús dice: “Esta enfermedad es para gloria (dóxa) de Dios” (Jn 11,4). Y en el momento en que Marta pone como obstáculo el hecho de que Lázaro lleva cuatro días muerto, Jesús responde: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria (dóxe) de Dios?” (Jn 11,40). La gloria del Padre es la gloria del Unigénito del Padre. Ver la gloria de Dios es aquí creer en la divinidad de Jesús. Este milagro tiene, por tanto, la finalidad de inducir a creer en la divinidad de Jesús.

Hay otras dos indicaciones en el trozo de hoy que nos hablan de un interés de San Juan de hacer notar que la divinidad de Jesús está en el centro de la polémica. La primera es la mención de sus discípulos del acontecimiento en el cual quisieron apedrear a Jesús (Jn 11,8). Ese acontecimiento está narrado inmediatamente antes del evangelio de hoy, en Jn 10,30-33. Allí los judíos quieren lapidar a Jesús y, ante la pregunta de Jesús acerca del ‘por qué’, ellos responden: “Porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33). La revelación de la divinidad de Jesús es tachada por parte de los judíos de blasfemia y merecedora de la muerte. Sin embargo, Jesús no retrocede y hace que la enfermedad y la muerte de Lázaro sean para manifestación de su gloria, es decir, de su divinidad.

La segunda indicación que hace notar que este milagro está ordenado a la revelación de la divinidad de Jesús es el hecho de que Jesús se aplique a sí mismo el nombre de Yahveh al decir: “Yo Soy”. “Yo Soy” es el nombre sagrado de YHWH, el tetragrama sagrado. Al decir: “Yo Soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25), Jesús se aplica a sí mismo el nombre de Dios*3.

Esta revelación de Jesús tendrá plena acogida en Marta quien confesará abiertamente que Jesús es el Mesías y es Dios: “Señor, yo creo que tú eres el Mesías*4, el Hijo de Dios, aquel que viene al mundo” (Jn 11,27). Con esta confesión Marta se hace parecida a Pedro (cf. Mt 16,16); sólo ella y el Príncipe de los Apóstoles expresarán su fe plena en Jesús con estas palabras*5.

La finalidad que Cristo busca con su milagro la logra con anticipación en un alma dócil, el alma de Marta. Pero esa finalidad queda frustrada en el alma de aquellos que su primer interés es el poder y el dinero: los fariseos. En efecto, después del milagro, ellos dijeron: “‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos milagros. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Templo y nuestra nación’. (…) Y desde ese día decidieron matarlo” (Jn 11,47-48.53)

De esta manera, se une la manifestación de la gloria de Jesús (su divinidad) con su glorificación, que consiste en su pasión, muerte, resurrección y exaltación a la diestra del Padre. Para San Juan, y no así para los sinópticos, el momento de la muerte de Jesús es el momento de su glorificación y de su exaltación.

Que el momento de su muerte es el momento de su glorificación se ve en Jn 12,23-24: “Jesús dijo: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto’”.  Esto queda confirmado cuando se está por consumar su pasión. Judas ya ha decidido entregar a su Maestro, sale del Cenáculo para traicionarlo y, entonces, el evangelista San Juan dice: “Cuando salió, dice Jesús: ‘Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto’” (Jn 13,31-32).

Que el momento de su muerte es también el momento de su exaltación se ve en Jn 12,31-33: “‘Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea exaltado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí’. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir”. La muerte en cruz es el polo de atracción de toda la humanidad. Y también: “Les dijo, pues, Jesús: ‘Cuando hayáis exaltado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8,28). Aquí la exaltación en la cruz es demostración de su divinidad, dado que el ‘Yo Soy’ es el nombre de Dios.

            Ahora se entiende perfectamente la finalidad del milagro de la resurrección de Lázaro: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11,4). Es para su gloria, porque es un signo de su divinidad. Por este milagro el Hijo de Dios es glorificado porque, a causa de este milagro, será llevado a la cruz*6.

            2. La resurrección de Lázaro y el Bautismo

            La relación entre la resurrección de Lázaro quedó expresada en la introducción con las oraciones del tercer escrutinio y sus consecuencias: la resurrección de Lázaro es un signo o un símbolo de lo que sucede con el que se bautiza: pasa de la muerte del pecado a la vida de la gracia santificante.

            Pero además hay una relación textual entre el Bautismo y este milagro. En efecto, la mención de los judíos acerca de que Jesús había curado al ciego de nacimiento (Jn 11,37) funciona como nexo entre este milagro y el del ciego de nacimiento, que tiene un claro significado bautismal.

            Lo esencial en la resurrección de Lázaro, al igual que en milagro de la curación del ciego de nacimiento, es la fe. En el caso del ciego de nacimiento, la fe del ciego curado alcanza la luz. En este caso, la fe de Marta y María alcanza la vida.

            En el bautizado (sea catecúmeno o sea que ya haya recibido el sacramento) es la fe lo principal para lograr que el efecto principal del Bautismo, es decir, la gracia santificante, la vida del alma se verifique efectivamente.

Por eso dice San Pablo: “Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 2,12; 3,1).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Si es verdad que Cristo nos resucitará en ‘el último día’, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo. (…) Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20)” (CEC, 1002-1003).

3. El amor, motor del milagro de Jesús

Tres veces se dice en Jn 11 que Jesús amaba a Lázaro: Jn 11,3: “Señor, aquel a quien tú amas (verbo philéo), está enfermo”. Jn 11,5: “Jesús amaba (verbo agapáo) a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Jn 11,36: “¡Mirad cómo le amaba!” (verbo philéo). Las repeticiones de tres veces indican, en el lenguaje bíblico, intensidad e intencionalidad manifiesta de subrayar y remarcar lo que se dice (cf. Jn 21,15-17)*7. Por lo tanto, se subraya la intensidad del amor de Jesús hacia Lázaro. Pero esto no es todo. Hay, además, una cuarta vez en que Jesús afirma su amor por Lázaro: “Nuestro amigo (philós) Lázaro duerme” (Jn 11,11). Esta cuarta vez indica una cierta sobreabundancia en el amor que Jesucristo tiene por Lázaro, un ‘rebalsar’ del amor y, si así se nos permitiera expresarnos, un cierta ‘exageración’ de amor.

            Además, es notable que San Juan, para expresar el amor de Cristo hacia Lázaro, use los dos verbos que el NT utiliza para designar el acto de amar: el verbo philéo (Jn 11,3.36) y el verbo agapáo (Jn 11,5). El verbo philéo expresa “el amor de amistad”*8; es un verbo que expresa el amor hacia el amigo y que implica el afecto. Por eso, tiene implicaciones y repercusiones “en el sentimiento y en la emotividad”*9, y “denota más bien un afecto entrañable”*10. Por eso se entiende que San Juan exprese tres veces distintas las repercusiones emotivas que ese amor (philía) de Jesús hacia Lázaro tiene en sus entrañas: “Se conmovió en su espíritu y se conturbó” (Jn 11,33)*11; “Jesús lloró” (Jn 11,35); “Entonces Jesús se conmovió profundamente de nuevo” (Jn 11,38)*12. Otra vez tres repeticiones expresando plenitud e intensidad.

El verbo agapáo incluye el amor de amistad expresado en el verbo philéo, pero implica algunas perfecciones más profundas. El verbo agapáo no sólo ansía el bien del amado, como el verbo philéo, sino que además “se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca”*13; agapáo es “el amor oblativo” y, por eso, es “la denominación del amor fundado en la fe y plasmado por ella”*14.

Amor de amistad, amor afectivo, amor que se conmueve hasta las entrañas, amor que se sacrifica y se ofrece en oblación, amor intensísimo, sobreabundante y, en cierto modo, ‘exagerado’: ese es el amor que Jesucristo tiene por Lázaro y por sus hermanas Marta y María. Ese amor es la causa principal del milagro.

Este mismo amor que Jesús tiene por Lázaro debemos aplicarlo a cada uno de nosotros. Ese amor tan señalado se ha verificado el día de nuestro Bautismo. Jesús nos llamó ‘nuestro amigo’ y lloró por la muerte que representan nuestros pecados, pero ese mismo amor lo llevó a resucitarnos dándonos la gracia bautismal.

Conclusión

En primer lugar, nosotros no debemos ser ingratos al amor que Jesucristo nos mostró dándonos el Bautismo.

En segundo lugar, debemos llevar a plenitud la gracia bautismal de la vida sobrenatural comulgando su Cuerpo y su Sangre dentro del Santo Sacrificio de la Misa dominical. En efecto, si el Bautismo es la resurrección a una nueva vida espiritual, la Eucaristía es el alimento indispensable para que esa vida no se corrompa y se acabe, desembocando en la muerte. Esto está expresado con gran claridad por el mismo Cristo en Jn 6,48-58 cuando nos habla de la Eucaristía, precisamente, como “el Pan que da la vida”: “Yo soy el pan de la vida. Y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo. En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,48.51.53-54).

Pidámosle a la Virgen María la gracia de ser fieles al amor de Cristo y de recibir la vida que Él quiere darnos a través de la Eucaristía.

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*1- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 78.
*2- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 78.
*3- Dice el Directorio Homilético: “Aquel «yo soy», que recorre toda la narración de Juan, clara alusión a la auto-revelación de Dios a Moisés, aparece en los pasajes evangélicos de todos estos domingos. Cuando la samaritana habla del Mesías, Jesús le responde: «Yo soy, el que habla contigo». En la narración del ciego, Jesús dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo». Y hoy nos dice: «Yo soy la Resurrección y la vida»” (Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 78).
*4- El verbo ‘creer’ en griego está en pretérito perfecto. Por lo tanto, habría que traducir ‘he creído’. Sin embargo, en este caso el verbo está en perfecto porque expresa una acción completa, terminada y (como el nombre lo indica), perfecta. Por eso es que Max Zerwick traduce: firmiter credo (Zerwick, M., Analysis philologica Novi Testamenti graeci, Romae, Sumptibus Pontificii Instituti Biblici, 19844, p. 233).
*5- Otras dos veces aparecen en los evangelios la afirmación que reúne los dos títulos de Jesús: Mesías e Hijo de Dios (lo que equivale, sencillamente, a Dios), pero no en forma de confesión de un hombre. Una de ellas es la que el mismo Jesús hace de sí mismo en Mt 26,64, en respuesta a la pregunta de Caifás en el versículo anterior. La otra es de San Juan evangelista, quien dice que su evangelio fue escrito “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn 20,31).
*6- Hay también una insinuación de su muerte en la observación de que María era aquella que ungió al Señor (Jn 11,2). Esa acción se narra en el capítulo siguiente (Jn 12,1-8) y la conclusión de Jesús es que ella está ungiendo su cuerpo adelantándose a la unción que recibirá Él mismo después de muerto.
*7- Respecto a esto Raymond Brown dice: “Ya el modo en el cual es formulada la noticia llevada a Jesús junto al Jordán revela su amor por Lázaro, un motivo que se repite continuamente” (Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 86; traducción nuestra).
*8- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 2. Dice textualmente el Papa Benedicto XVI: “De los tres términos griegos relativos al amor —eros, philia (amor de amistad) y agapé—, los escritos neotestamentarios prefieren este último, que en el lenguaje griego estaba dejado de lado. El amor de amistad (philia), a su vez, es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos” (cursiva del Papa).
*9- Tuggy, Multiléxico, nº 5368.
*10- Vine, Multiléxico, nº 5368.
*11- En griego: enebrimésato tô pneúmati kaì etáraxen heautón; Vulgata de San Jerónimo: “Fremuit spiritu et turbavit se ipsum”.
*12- En griego: Iesoûs oûn, pálin embrimómenos en heautô. Vulgata de San Jerónimo: “Iesus ergo rursum fremens in semet ipso”. Raymond Brown dice de una manera muy realista: “Jesús se turbó delante de tanto dolor. En realidad, el término griego parece implicar ira (quizá delante a la falta de fe de la mujer, o quizá frente a la presencia del dolor causado por el príncipe de la muerte”. Y refiriéndose al versículo 38, dice: “De nuevo Jesús se turba o se aíra delante de la muerte” (Brown, R., Il Vangelo…, p. 88; traducción nuestra). R. Brown dice esto porque el verbo embrimáomai y el verbo latino fremuit con que traduce San Jerónimo significan ‘indignarse’, ‘dar un suspiro de indignación o de ira’, etc. Ambos verbos implican la realización de un gesto que hace ruido o murmullo (cf. Multiléxico y Diccionario Vox). Es una cuestión ardua determinar exactamente en qué consistió la acción de Jesús expresada con la frase enebrimésato tô pneúmati. Pero, en líneas generales, se puede traducir con honestidad como ‘se turbó’.
*13- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 6.
*14- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 7.

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San Juan Pablo II

 

“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11,21,32). Estas palabras las pronunciaron primero Marta y luego María, las dos hermanas de Lázaro, e iban dirigidas a Jesús de Nazaret, que era amigo de ellas y de su hermano.

La liturgia de hoy presenta a nuestra atención el tema de la muerte. Se acerca el tiempo de la pasión de Cristo. El tiempo de la muerte y la resurrección. Hoy miramos ese hecho a través de la muerte y de la resurrección de Lázaro. Este evento desconcertante sirve de preparación a la Semana Santa y a la Pascua.

“…mi hermano no habría muerto”. En estas palabras resuena la voz del corazón humano, la voz de un corazón que ama y que da testimonio de lo que es la muerte. Sabemos que la muerte es un fenómeno común incesante. La muerte es un fenómeno universal y un hecho normal. La universalidad y la normalidad del hecho confirman la realidad de la muerte, lo inevitable de la muerte, pero al mismo tiempo, borran, en cierto modo, la verdad sobre la muerte, su penetrante elocuencia.

Aquí no basta el lenguaje de las estadísticas. Es necesaria la voz del corazón humano: la voz de una hermana, la voz de una persona que ama. La realidad de la muerte se puede expresar en toda su verdad sólo con el lenguaje del amor. Efectivamente, el amor se resiste a la muerte y desea la vida…

Cada una de las dos hermanas de Lázaro no dice “mi hermano ha muerto”, sino que dice: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. La verdad sobre la muerte sólo se puede expresar a partir de una perspectiva de vida, de un deseo de vida: esto es, desde la permanencia en la comunión amorosa de una persona.

La verdad sobre la muerte en la liturgia de hoy se expresa en relación con la voz del corazón humano.

Simultáneamente se expresa en relación con la misión de Cristo, el Redentor del mundo. Jesús de Nazaret era amigo de Lázaro y de sus hermanas. La muerte del amigo también se hizo sentir en su corazón con un eco particular. Cuando llegó a Betania, cuando oyó el llanto de las hermanas y de otras personas encariñadas con el difunto, Jesús “sollozó muy conmovido” (ib.,33), y con esta disposición interior preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?” (ib.).

Jesús de Nazaret es al mismo tiempo el Cristo. Aquél a quien el Padre ha enviado al mundo: es el eterno testigo del amor del Padre. Es el definitivo Portavoz de este amor ante los hombres. Es en cierto sentido su Rehén con relación a cada uno y a todos. En Él y por Él se confirma y se cumple el eterno amor del Padre en la historia del hombre, se confirma y se cumple de modo sobreabundante.

Y el amor se opone a la muerte y quiere la vida. La muerte del hombre, desde Adán, se opone al Amor: se opone al amor del Padre, el Dios de la Vida. La raíz de la muerte es el pecado, que se opone también al amor del Padre. En la historia del hombre la muerte va unida al pecado y, lo mismo que el pecado, se opone al Amor.

Jesucristo vino al mundo para redimir el pecado del hombre; cada uno de los pecados arraigados en el hombre. Por esto, Él se puso frente a la realidad de la muerte; efectivamente, la muerte va unida al pecado en la historia del hombre: es fruto del pecado. Jesucristo se convierte en Redentor del hombre mediante su muerte en cruz, la cual ha sido el sacrificio que ha reparado todo pecado.

En la muerte Jesucristo confirmó el testimonio del amor del Padre. El amor que se resiste a la muerte, y desea la vida, se ha expresado en la resurrección de Cristo, de Aquél que, para redimir los pecados del mundo, aceptó libremente la muerte de cruz.

Este acontecimiento se llama Pascua: el misterio pascual. Cada año nos preparamos a ella mediante la Cuaresma, y el domingo de hoy nos muestra ya cercano este misterio en el cual se nos revelan el Amor y la Potencia de Dios, porque la Vida ha traído la victoria sobre la muerte.

Lo que sucedió en Betania junto al sepulcro de Lázaro, fue como el último anuncio del misterio pascual. Jesús de Nazaret se detuvo junto al sepulcro de su amigo Lázaro, y dijo: “¡Lázaro ven fuera!” (Jn 11,43). Con estas palabras llenas de poder, Jesús lo resucitó a la vida y lo hizo salir de la tumba.

Antes de realizar este milagro, Cristo, “levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado” (ib.,41-42).

Ante el sepulcro de Lázaro se registró una particular confrontación de la muerte con la misión redentora de Cristo. Cristo era el testigo del eterno amor del Padre, de ese Amor que se resiste a la muerte y desea la vida. Al resucitar a Lázaro, dio testimonio de ese Amor. Dio testimonio también de la potencia exclusiva de Dios sobre la vida y la muerte.

Al mismo tiempo ante la tumba de Lázaro, Cristo fue el Profeta de su propio misterio: del misterio pascual, en el que la muerte redentora sobre la cruz se convierte en la fuente de la nueva Vida en la resurrección.

He aquí las palabras del Profeta Ezequiel: “Dice el Señor Dios:…Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor” (Ez 37,12-13). Estas palabras se realizaron ante el sepulcro de Lázaro en Betania. Se han realizado definitivamente ante el sepulcro de Cristo en el Calvario.

En la resurrección de Lázaro se manifestó la potencia de Dios sobre el espíritu y sobre el cuerpo del hombre. En la resurrección de Cristo fue otorgado el Espíritu Santo como fuente de la nueva Vida: la Vida divina. Esta vida es el destino eterno del hombre. Es su vocación recibida de Dios. En esta Vida se realiza el eterno amor del Padre. Efectivamente el amor desea la vida y se opone a la muerte.

¡Vivamos de esta vida! ¡Que en nosotros no domine el pecado! ¡Vivamos de esta Vida cuyo precio es la redención mediante la muerte de Cristo en la cruz!

“Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8,11).

Que el Espíritu Santo habite en vosotros por medio de la gracia de la redención de Cristo.

 (domingo 8 de abril de 1984)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: Ya sólo faltan dos semanas para la Pascua y todas las lecturas bíblicas de este domingo hablan de la resurrección. Pero no de la resurrección de Jesús, que irrumpirá como una novedad absoluta, sino de nuestra resurrección, a la que aspiramos y que precisamente Cristo nos ha donado, al resucitar de entre los muertos. En efecto, la muerte representa para nosotros como un muro que nos impide ver más allá; y sin embargo nuestro corazón se proyecta más allá de este muro y, aunque no podemos conocer lo que oculta, sin embargo, lo pensamos, lo imaginamos, expresando con símbolos nuestro deseo de eternidad.

El profeta Ezequiel anuncia al pueblo judío, en el destierro, lejos de la tierra de Israel, que Dios abrirá los sepulcros de los deportados y los hará regresar a su tierra, para descansar en paz en ella (cf. Ez 37, 12-14). Esta aspiración ancestral del hombre a ser sepultado junto a sus padres es anhelo de una «patria» que lo acoja al final de sus fatigas terrenas. Esta concepción no implica aún la idea de una resurrección personal de la muerte, pues esta sólo aparece hacia el final del Antiguo Testamento, y en tiempos de Jesús aún no la compartían todos los judíos. Por lo demás, incluso entre los cristianos, la fe en la resurrección y en la vida eterna con frecuencia va acompañada de muchas dudas y mucha confusión, porque se trata de una realidad que rebasa los límites de nuestra razón y exige un acto de fe. En el Evangelio de hoy —la resurrección de Lázaro—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: «Tu hermano resucitará», ella responde: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día» (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño (cf. Jn 11, 11).

Pero hay otra muerte, que costó a Cristo la lucha más dura, incluso el precio de la cruz: se trata de la muerte espiritual, el pecado, que amenaza con arruinar la existencia del hombre. Cristo murió para vencer esta muerte, y su resurrección no es el regreso a la vida precedente, sino la apertura de una nueva realidad, una «nueva tierra», finalmente unida de nuevo con el cielo de Dios. Por este motivo, san Pablo escribe: «Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).

Queridos hermanos, encomendémonos a la Virgen María, que ya participa de esta Resurrección, para que nos ayude a decir con fe: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (Jn 11, 27), a descubrir que él es verdaderamente nuestra salvación.

(Plaza de San Pedro, domingo 10 de abril de 2011)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

Jn 11, 1-45

            Esta es la última resurrección que Jesús realiza en su vida pública. Sucede en el tercer año ya cercano su pasión.

            La finalidad del milagro la hace constar Juan en tres ocasiones: en el v. 4, en el 15 y en el 42. La resurrección de Lázaro busca suscitar la fe en Jesús.

            Este milagro trasmite también una enseñanza clara: Jesús es la resurrección y la vida. Y la resurrección y la vida que posee Jesús se alcanza por la fe en Él: “el que cree en mí, aunque muera, vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás”.

            Jesús podría haber estado allí cuando Lázaro agonizaba y haberlo curado, salvándolo de la muerte, pero no, quiere que muera para resucitarlo.

            Su enseñanza: “Yo soy la resurrección y la vida” la prueba con la resurrección de Lázaro.

            Jesús habla con las dos hermanas de Lázaro al llegar a Betania. Primero con Marta.

La fe de Marta es imperfecta. Sus palabras son mezcla de confianza y a su vez de reproche. Ella cree que Jesús va a resucitar a Lázaro el último día, según lo enseñaba la doctrina de su tiempo, pero Jesús actualiza en sí mismo y en su poder la espera hasta el fin del tiempo “Yo soy”, no sólo la vida por esencia sino la vida eterna y puedo resucitar en cualquier tiempo que quiera*1. Es decir, que en Jesús podemos resucitar ya uniéndonos a Él por la fe. El que se une a Jesús por la fe tiene la vida eterna aunque necesariamente tendrá que gustar la muerte corporal. Jesús aparece como el único capaz de librar de la desesperación de la muerte. Marta se aferra a Jesús. Jesús es vida sin límites, vida esencial, fuente de vida. Él es la vida que vence a la muerte y al pecado.

            Jesús resucita a Lázaro que estaba puesto en el sepulcro hacía cuatro días*2 y a este hecho hace alusión Marta al decirle “Señor, ya huele”.

            La resurrección de Lázaro es un preludio de su propia resurrección y en ambas vencerá a la muerte. Será glorificado en ésta por el Padre concediéndole hacer el milagro y también en aquella por su resurrección*3.

            El milagro no es una exhibición extraordinaria de poder, quiero decir, que Cristo no aparece como exigiéndose enormemente, sino que con naturalidad y manifestando su divinidad y el poder de ella dijo: “¡Lázaro, sal fuera!” y el muerto salió resucitado.

            La fe de Marta confesó a Cristo como Mesías, aunque, como dijimos era una fe imperfecta. La fe de María era una fe superior. Ella creía que Jesús podía resucitar a su hermano ya y esto habla de una concepción mesiánica más profunda. Tiene una fe contra toda esperanza.

            ¿Qué habrá sido de la fe de estos tres hermanos, de los apóstoles y de los que presenciaron el milagro? De hecho el efecto sobre los bien dispuestos habrá sido creer que Cristo era el Enviado, el Mesías*4.

            Los discípulos y los tres hermanos creerían en la divinidad de Jesús porque apropiarse el nombre divino y hablar de la posesión de la vida por esencia ¿a quién puede caberle sino sólo a Dios?

            En los incrédulos surtió su efecto porque querían hacer desaparecer la prueba más contundente de que era el Mesías esperado. La prueba de su mesianidad, manifestada por el milagro, los escandalizó*5.

_________________________________________
*1- Cf. Jsalén. a v. 25b
*2- v. 17
*3- Cf. v. 4 y Jsalén.
*4- Cf. v. 42
*5- Cf. Jn 12, 9-10

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S.S. Francisco p.p.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma nos narra la resurrección de Lázaro. Es la cumbre de los «signos» prodigiosos realizados por Jesús: es un gesto demasiado grande, demasiado claramente divino para ser tolerado por los sumos sacerdotes, quienes, al conocer el hecho, tomaron la decisión de matar a Jesús (cf. Jn 11, 53).

Lázaro estaba muerto desde hacía cuatro días, cuando llegó Jesús; y a las hermanas Marta y María les dijo palabras que se grabaron para siempre en la memoria de la comunidad cristiana. Dice así Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 25-26). Basados en esta Palabra del Señor creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e inmortal. Como Jesús que resucitó con el propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quien está unido a Él.

Ante la tumba sellada del amigo Lázaro, Jesús «gritó con voz potente: “Lázaro, sal afuera”. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario» (vv. 43-44). Este grito perentorio se dirige a cada hombre, porque todos estamos marcados por la muerte, todos nosotros; es la voz de Aquel que es el dueño de la vida y quiere que todos «la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Cristo no se resigna a los sepulcros que nos hemos construido con nuestras opciones de mal y de muerte, con nuestros errores, con nuestros pecados. Él no se resigna a esto. Él nos invita, casi nos ordena salir de la tumba en la que nuestros pecados nos han sepultado. Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la que estamos encerrados, contentándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre. «Sal afuera», nos dice, «Sal afuera». Es una hermosa invitación a la libertad auténtica, a dejarnos aferrar por estas palabras de Jesús que hoy repite a cada uno de nosotros. Una invitación a dejarnos liberar de las «vendas», de las vendas del orgullo. Porque el orgullo nos hace esclavos, esclavos de nosotros mismos, esclavos de tantos ídolos, de tantas cosas. Nuestra resurrección comienza desde aquí: cuando decidimos obedecer a este mandamiento de Jesús saliendo a la luz, a la vida; cuando caen de nuestro rostro las máscaras —muchas veces estamos enmascarados por el pecado, las máscaras tienen que caer— y volvemos a encontrar el valor de nuestro rostro original, creado a imagen y semejanza de Dios.

El gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la gracia de Dios, y, por lo tanto, hasta dónde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio. Pero escuchad bien: no existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos. No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos, recordad bien esta frase. Y podemos decirla todos juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». Digámoslo juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». El Señor está siempre dispuesto a quitar la piedra de la tumba de nuestros pecados, que nos separa de Él, la luz de los vivientes.

(Plaza de San Pedro, domingo 6 de abril de 2014)

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Función de cada sección del Boletín

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Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

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Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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