Archivo por meses: junio 2017

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

23
junio

Solemnidad del

Sagrado Corazón de Jesús 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (A)

(Viernes 23 de junio de 2017)

 Jornada Mundial de oración por la santificación de los sacerdotes

LECTURAS

El Señor se prendó de ustedes y los eligió

Lectura del libro del Deuteronomio     7, 6-11

Moisés habló al pueblo diciendo: «Tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios: él te eligió para que fueras su pueblo y su propiedad exclusiva entre todos los pueblos de la tierra.
El Señor se prendó de ustedes y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos. Al contrario, tú eres el más insignificante de todos. Pero por el amor que les tiene, y para cumplir el juramento que hizo a tus padres, el Señor los hizo salir de Egipto con mano poderosa, y los libró de la esclavitud y del poder del Faraón, rey de Egipto. Reconoce, entonces, que el Señor, tu Dios, es el verdadero Dios, el Dios fiel, que a lo largo de mil generaciones, mantiene su alianza y su fidelidad con aquellos que lo aman y observan sus mandamientos; pero que no tarda en dar su merecido a aquel que lo aborrece, a él mismo en persona, haciéndolo desaparecer.
Por eso, observa los mandamientos, los preceptos y las leyes que hoy te ordeno poner en práctica.»

Palabra de Dios.

SALMO     102, 1-2. 3-4. 6-8. 10

R. El amor del Señor a los que lo temen
permanece para siempre.

Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.

El perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.

El Señor hace obras de justicia
y otorga el derecho a los oprimidos;
él mostró sus caminos a Moisés
y sus proezas al pueblo de Israel. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

Dios nos amó primero

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan     4, 7-16

Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.
Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.
La señal de que permanecemos en él y él permanece en nosotros, es que nos ha comunicado su Espíritu. Y nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él.
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mt 11, 29ab

Aleluia.
Carguen sobre ustedes mi yugo
y aprendan de mí,
porque soy paciente y humilde de corazón.
Aleluia.

EVANGELIO

Soy paciente y humilde de corazón

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     11, 25-30

Jesús dijo:
«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús- Ciclo A-

Entrada: Celebramos hoy la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Participemos con encendido fervor de este Santo Sacrificio por el cual el amor del Corazón de Jesús nos revelará y comunicará la infinita misericordia del eterno Padre al entregarlo para nuestra redención.

Liturgia de la Palabra

1ª lectura:                                                   Deuteronomio 7, 6- 11

El Señor se prendó de su pueblo y lo eligió. ÉL es un Dios fiel que mantiene con Israel Alianza perpetua.

Salmo Responsorial: 102

2ª lectura:                              1Juan 4, 7- 16

Dios nos manifestó su amor enviando a su Hijo único al mundo para que viviéramos por Él.

Evangelio:                     Mateo 11, 25- 30

Jesús, que es manso y humilde, nos invita a entrar en su Corazón para encontrar en ese Corazón descanso para nuestras almas.

Preces:

El Padre celestial que por nosotros entregó a su propio Hijo, enviará por su medio, a todos los hombres, abundancia de gracias divinas. Pidámosle, pues, con confianza:

A cada intención respondemos cantando:

Ø  Por la Iglesia que nació del costado abierto de Cristo, para que transmita a todos los hombres el amor de Dios Padre. Oremos.

Ø  Por los frutos de la jornada de oración por la santificación de los sacerdotes y para que, entregados con entusiasmo al sagrado ministerio, redescubran en la Eucaristía que celebran, la belleza y la sublimidad de la vocación a la que han sido llamados. Oremos

Ø  Para que la vida de todos los religiosos de nuestros Institutos testimonie la primacía de Jesucristo, imitando sus virtudes, reparando por los pecados del mundo y ofreciendo la propia vida hasta el extremo de darla. Oremos.

Ø  Por los que sufren, para que en el manantial infinito de misericordia que es el Corazón de Jesús obtengan la valentía y la paciencia para comprender la voluntad de Dios en toda situación. Oremos.

Padre nuestro, no solo nos permites descubrir el amor del Corazón de tu divino Hijo, sino también hacerlo presente por medio de la celebración litúrgica; ayúdanos a vivir movidos únicamente por ese amor que dio vida a la Iglesia. Te lo pedimos por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

El Corazón de Jesús se ofreció por nosotros como una oblación agradable al Padre. Nosotros nos ofrecemos con Él, y presentamos:

+ Cirios, junto con nuestro compromiso por difundir el Evangelio a todas las naciones.

+ Pan y vino destinados a ser transformados en el divino Sacramento del Amor.

Comunión: Dulce Jesús de mi alma por este intercambio de amor con que me visitas en el Sacramento, transforma mi corazón para que sea en todo semejante a Ti.

Salida: Madre Santísima de Dios, que diste de tu carne al Verbo Divino, modela nuestro corazón formando en él las virtudes del Divino Corazón.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

CEC 210-211, 604: la misericordia y la piedad de Dios

CEC 430, 478, 545, 589, 1365, 1439, 1825, 1846: el amor de Cristo hacia el prójimo

CEC 2669: el Corazón de Cristo merece ser adorado

CEC 766, 1225: la Iglesia nace del costado abierto de Cristo

CEC 1432, 2100: el amor de Cristo conmueve nuestros corazones

“Dios misericordioso y clemente”

143Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cf. Ex 33,12-17). A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: “Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH” (Ex 33,18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y  proclama: “YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex 34,9).

El Nombre Divino “Yo soy” o “El es” expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, “mantiene su amor por mil generaciones” (Ex 34,7). Dios revela que es “rico en misericordia” (Ef 2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que él mismo lleva el Nombre divino: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy” (Jn 8,28)

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604      Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).

430    Jesús quiere decir en hebreo: “Dios salva”. En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”(Mc 2, 7), es él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

El Corazón del Verbo encarnado

478    Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: “El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), “es considerado como el principal indicador y símbolo…del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres” (Pio XII, Enc.”Haurietis aquas”: DS 3924; cf. DS 3812).

545    Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

589    Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).

1365  Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros” (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que “derramó por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1439  El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

1825  Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que amemos como él hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10,27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él mismo (cf Mt 25,40.45).

          El apóstol S. Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa. no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Co 13,4-7).

1846  El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

2669  La oración de la Iglesia venera y honra al Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados. La oración cristiana practica el Vía Crucis siguiendo al Salvador. Las estaciones desde el Pretorio, al Gólgota y al Sepulcro jalonan el recorrido de Jesús que con su santa Cruz nos redimió.

766    Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz. “El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento” (LG 3 .”Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia” (SC 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz (cf. San Ambrosio, Luc 2, 85-89).

1225  En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un “Bautismo” con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cf Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde entonces, es posible “nacer del agua y del Espíritu” para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5).

          Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: El padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado. (S. Ambrosio, sacr. 2,6).

1432  El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente  una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lc 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn 19,37; Za 12,10).

          Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento (S. Clem. Rom. Cor 7,4).

2100  El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu contrito…” (Sal 51,19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior (cf Am 5,21-25) o sin amor al prójimo (cf Is 1,10-20). Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero, que no sacrificio” (Mt 9,13; 12,7; cf Os 6,6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9,13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios.

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 Exégesis 

·        W. Trilling

Se revela la salvación

(Mt.11,25-27)

A continuación siguen tres versículos de gran alcance sobre la gloria de Dios. El evangelista los hace resaltar con la frase introductoria «en aquel tiempo». Los dos primeros versículos son una alabanza al gran Dios, que se ha revelado a los pequeños y a la gente sencilla (Mat_11:25 s). El tercer versículo da una profunda visión del íntimo misterio de Jesús (Mat_11:27).

25 En aquel tiempo tomó Jesús la palabra y exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. 26 Sí, Padre; así lo has querido tú.

En el evangelio solamente aquí encontramos el solemne tratamiento: Padre, Señor del cielo y de la tierra. Antes Jesús hablaba del Padre, de su Padre o de nuestro Padre, con el íntimo acento familiar que tiene este tratamiento. Aquí ahora se dice expresamente que el Padre también es el Creador omnipotente y el Señor del mundo. Es el Dios que «al principio creó» (Gen_1:1) el mundo, el cielo y la tierra, y ahora los conserva en su subsistencia. Fuera de él no hay otro Dios. Todo lo que todavía existe en el mundo universo, está subordinado a él, como a Señor supremo. El solemne tratamiento aquí muy significativo, porque nos hace apreciar en lo justo las siguientes palabras. En efecto, este Dios grande, que todo lo conserva, ha ofrecido su revelación a la gente sencilla. Dios no ha elegido la gente entendida y prudente. Jesús no dice lo que Dios ha dado a conocer, sino solamente «estas cosas». Por el Evangelio que hemos leído hasta ahora, sabemos que refiere todo el mensaje de Jesús anunciado con palabras y con milagros. Jesús ha dedicado la primera bienaventuranza a los pobres en el espíritu (5,3), ha buscado a los pequeños, a los desechados y despreciados, sobre todo a los incultos. A éstos ha llamado para ser sus discípulos, éstos han creído en él y le han rogado que hiciera milagros, como la mujer que padecía flujo de sangre, o los dos ciegos. Parece casi como una predilección de Dios, como una debilidad por los que no valen nada en el mundo.

Los sabios y entendidos se marchan vacíos. Ante ellos se oculta el misterio de Dios, de tal forma que no lo ven ni conocen, no lo oyen ni creen. Como en el Antiguo Testamento, así también aquí la aceptación o repudio se adjudica solamente a Dios. él es quien abre el corazón o bien lo endurece, como el caso del faraón. Pero eso no sucede sin la propia decisión del hombre, sino que en cierto modo es tan sólo la respuesta de Dios a su alma, ya cerrada, que se ha vuelto impenetrable para la palabra de Dios. Aunque por razón de sus dones espirituales, de sus conocimientos y de su inteligencia tendrían que ser especialmente adecuados para entender el lenguaje de Dios, se cierran ante este lenguaje, que permanece oculto para ellos. Jesús sobre todo ha de pensar en los escribas. Han utilizado su entendimiento para formarse una idea cerrada de Dios y del mundo, y no están dispuestos a oir y aprender de nuevo. Creen que conocen bien a Dios y que poseen la verdadera doctrina. Esta es la eterna tentación del espíritu humano desde el momento en que el tentador insinuó a Eva que se les abrirían los ojos y serían semejantes a Dios, si comieren del árbol del conocimiento… Así pues, Dios sólo puede contar con los sencillos que se descubren y creen con llaneza. ¡Qué singular trastorno del orden! Y sin embargo Dios elige este camino, porque es el único por el que puede llegar su mensaje. Este camino corresponde a su voluntad, le es muy agradable. ¡Cuántas cosas se entienden en el mundo, si se tienen en cuenta estas palabras!

27 Todo me lo ha confiado mi Padre. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.

Aquí se habla del conocimiento. No es una ciencia del entendimiento, una comprensión con sus ideas y consecuencias. Conocer en la Biblia tiene un significado mucho más extenso. La imagen del «árbol de la ciencia del bien y del mal» en el paraíso del Edén designaba unos conocimientos amplios, una inteligencia inmediata de las razones y causas de las cosas. Además el verbo conocer indica que se está familiarizado con otra cosa, designa la aceptación juiciosa y la apropiación amante de una cosa. Participan por igual en la acción de conocer la voluntad, los sentimientos y la inteligencia. Por eso la Escritura puede designar con el verbo «conocer» el encuentro más íntimo del hombre y de la mujer en el matrimonio. Si Dios conoce al hombre, lo penetra por completo con su espíritu y al mismo tiempo le abraza con amorosa propensión. Conocer y amar son entonces una misma cosa.

Dice Jesús: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, el mismo Padre, que acaba de ser ensalzado como Señor del cielo y de la tierra (11,25). El Hijo es el mismo Jesús, ya que llama a Dios su Padre. Aquí por primera vez nos enteramos de esta profunda relación entre Dios y Jesús, que aquí habla como un hombre entre los hombres. Las imágenes Padre e Hijo, tomadas de nuestra experiencia en el orden natural, soportan el misterio que hay en Dios. Sólo un ser comprende por completo al Hijo con un conocimiento amoroso, de tal forma que no quede nada por explorar: el Padre. Aún es más asombrosa la oración inversa: Y nadie conoce al Padre sino el Hijo. Jesús hasta ahora siempre había hablado de Dios con reverencia y humilde devoción, y así también lo continúa haciendo en adelante. También para él, que aquí habita como un hombre entre los hombres, Dios es el gran Dios y Padre bondadoso. Pero en la profundidad de su ser Jesús es igual al Padre, también le conoce plena y totalmente. Más aún, ni hubo ni hay nadie más en el mundo que tenga tales conocimientos, sino él. Jesús es Dios. Es el único pasaje en los evangelios sinópticos, en que esté tan claramente expresada la filiación divina del Mesías. Estas palabras están solitarias y grandiosas en este pasaje. Como a través de una rendija en las nubes estas palabras nos dejan dirigir la mirada a las profundidades del misterio de Dios. Debemos aceptar estas palabras respetuosamente y como «gente sencilla».

Pero el Hijo no posee este conocimiento para sí solo, sino que debe retransmitirlo. Su misión es revelar el reino de Dios. Lo que se acaba de decir de Dios, también es la obra del Hijo: Y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo. Se le ha encomendado esta revelación, ya que el Padre se lo ha confiado todo. En último término parece ser indiferente que se declare algo del Padre o del Hijo. El Padre se lo ha encomendado todo, toda la revelación, luego el Hijo puede disponer libremente de ello, y comunicarlo a quien lo quiera comunicar. Y no obstante sigue siendo siempre la palabra y la obra del Padre. Porque ellos son un solo ser en su recíproco conocimiento y amor. Lo que dice Jesús, incluso de sí mismo, es como un obsequio que viene a nosotros de las profundidades de Dios. No es fácil penetrar en ellas. Entonces los judíos se escandalizan. Este escándalo también está al acecho en nosotros. ¿Cómo puede hablar así un hombre? ¿No es el hijo del carpintero? No se entiende nada, si se procede en este particular con la comprensión crítica, como ya hicieron los adversarios en el primer tiempo del cristianismo. Se entiende tan poco como entendió aquella «generación», que no pudo emprender nada ni con Juan el Bautista ni con Jesús. Aquí sólo viene a propósito la abierta disposición de la «gente sencilla», no la arrogante seguridad de un «sabio» y «entendido». «Quien no recibe como un niño el reino de Dios, no entrará en él» (/Mc/10/15).

El yugo llevadero

(Mt 11,28-30)

28 Venid a mí todos los que estáis rendidos y agobiados por el trabajo, que yo os daré descanso. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vosotros; 30 porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

De nuevo Jesús tiene ante su vista las mismas personas a que estaba dedicado con todo el amor: los pobres y hambrientos, los ignorantes y la gente sencilla, los apenados y enfermos. Siempre le han rodeado, le han llevado sus enfermos, han escuchado sus palabras, y también han procurado tocar aunque sólo fuera una borla de su vestido. También ha ido a ellos por propio impulso y ha comido con los desechados. Ahora llama a sí a todos ellos y les promete aliviarlos. Son como ovejas sin pastor, están abatidos y desfallecidos (9,36). Están abrumados y gimen bajo el yugo. Esta es la carga de su vida agobiada y penosa, pero sobre todo la carga de una interpretación insoportable de la ley. Esta doble carga les cansa y les deja embotados. En cambio Jesús los quiere aligerar y darles alegría. Los escribas les imponen como yugo cruel y áspero las prescripciones de la ley, como un campesino impone el yugo al animal de tiro. Los escribas convierten en una carga insoportable de centenares de distintas prescripciones la ley que fue dada para la salvación y la vida (Eze_20:13). Nadie podía cumplir tantas prescripciones; ni ellos mismos eran capaces de cumplirlas.

Jesús tiene un yugo llevadero. Es un yugo que se adapta bien, se ciñe ajustado y se amolda fácilmente alrededor de la nuca. Aunque tiene exigencias duras, y enseña la ley de una forma mucho más radical (sermón de la montaña), este yugo de Jesús es provechoso al hombre. No le causa heridas con el roce, y el hombre no se desuella sangrando. «Sus mandamientos no son pesados» (/1Jn/05/03) porque son sencillos y sólo exigen entrega y amor. No obstante la voluntad de Dios es un yugo y una carga. Pero se vuelven ligeros si se hace lo que dice Jesús: Aprended de mí. Jesús también lleva las dos cosas: su misión para él es yugo y peso: Con todo, él los ha aceptado como siervo humilde de Dios. Se ha hecho inferior y cumple con toda sumisión lo que Dios le ha encargado, se hace servidor de todos. Aunque el Padre se lo ha entregado todo, se ha hecho como el ínfimo esclavo. Si se acepta así el yugo de la nueva doctrina, entonces se cumple la promesa: y hallaréis descanso para vosotros. Este descanso no es la tranquilidad adormecedora del bienestar burgués o la paz fétida con el mal (Jesús ha hablado de la espada [Eze_10:34]). Jesús promete el descanso para el lastre abrumador de la vida cotidiana, para el cumplimiento de la voluntad de Dios en todas las cosas pequeñas. El que vive entregándose a Dios, y ejercita incesantemente el amor, es levantado interiormente y se serena. Nuestra fe nunca puede convertirse en carga agobiante, en el yugo que nos cause heridas con el roce. Entonces se apreciaría la fe de una forma falsa. Si se procura realmente cumplir los mandamientos de Dios, entonces el yugo de Jesús nunca es una fuente menguante de consuelo y de apacible serenidad. En esto tendría que ser posible conocer al discípulo de Jesús.

(Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        Reginald Garrigou – Lagrange

La Cena y el corazón eucarístico de Jesús

Al referir lo que fue la última Cena, para completar lo que dicen los tres primeros Evangelios*1 San Juan*2 escribe: Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Un padre que va a morir quiere dejar a sus hijos un supremo testimonio de su amor. Con frecuencia, no encuentra la palabra capaz de expresárselo y a veces guarda un silencio más elocuente que todos los discursos. En el momento de morir, Jesús no sólo encontró las palabras, sino que realiza lo que éstas significan, la palabra transustanciadora. Como testamento nos dio la Eucaristía y en este sacramento se dejó a sí mismo en persona.

El don de sí mismo, expresión del amor

La mayor manifestación del amor es el perfecto don de sí mismo. La bondad es esencialmente comunicativa y el bien es naturalmente difusivo de sí mismo. Santo Tomás incluso dice: El bien no sólo es naturalmente difusivo de sí, sino que mientras es más perfecto, más se comunica abundante e íntimamente, y lo que procede de él le queda también más estrechamente unido.*3

Del mismo modo que el sol esparce la luz y un calor beneficioso, la planta y el animal adulto dan la vida a otra planta y a otro animal, el gran artista concibe y produce sus obras maestras, el sabio comunica sus intuiciones, sus descubrimientos, y da a sus discípulos su espíritu; así, el hombre virtuoso alcanza la virtud, y el apóstol, que tiene la santa pasión del bien, da a las almas lo mejor de sí mismo para llevarlas a Dios. La bondad es esencialmente comunicativa, y mientras más perfecto es el ser, más íntima y abundantemente se da.

Aquel que es el Bien Soberano, plenitud del ser, se comunica lo más plena e íntimamente posible por la eterna generación del Verbo y la espiración del Espíritu de amor, como nos enseña la Revelación. El Padre, engendrando a su Hijo, no sólo le comunica una participación en su naturaleza, en su inteligencia y en su amor, sino toda su naturaleza indivisible, sin multiplicarla de ningún modo; le da el ser Dios de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios de Dios verdadero, y el Padre y el Hijo comunican al Espíritu de amor, que procede de ellos, esta misma naturaleza divina indivisible y sus perfecciones infinitas. El bien es naturalmente difusivo de sí y mientras más perfecto, más plena e íntimamente se da.

En virtud del mismo principio convenía, ya lo hemos visto*4, que Dios no se contentase con crearnos, con darnos la existencia, la vida, la inteligencia, la gracia santificante, participación en su naturaleza, sino que se nos diese a sí mismo en persona por la Encarnación del Verbo.*5

Incluso después de la caída del primer hombre, Dios habría podido querer levantarnos de otro modo*6, enviándonos, por ejemplo, a un profeta que nos hubiese hecho conocer las condiciones del perdón. Pero ha hecho infinitamente más, ha querido darnos a su propio hijo en persona como Redentor, Sic Deus dilexit mundum ut Filium suum unigenitum daret.*7

Jesús, Sacerdote por toda la eternidad y Salvador de la humanidad, quiso también dársenos perfectamente Él mismo a lo largo de su vida terrena, sobre todo en la Cena, en el Calvario, y no cesa de hacerlo todos los días por la santa Misa y la santa Comunión. Nada puede mostrarnos mejor las riquezas del corazón sacerdotal y eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo que este don tan perfecto de sí mismo. Y nada puede motivarnos mejor la acción especial de gracias debida a Nuestro Señor por la institución de la Eucaristía y del sacerdocio.*8

El efecto que ha producido la Encarnación sobre el mundo entero o sobre la humanidad en general, la Eucaristía debe producirlo respecto de cada uno de nosotros a lo largo de las generaciones, pues por ella Jesús se nos da a cada uno.

El Corazón eucarístico de Jesús y el don de sí mismo en la institución de la Eucaristía

Tal como Dios Padre da toda su naturaleza en la generación eterna del Verbo y la espiración del Espíritu Santo, tal como Dios quiso darse en persona en la Encarnación del Verbo, así Jesús ha querido darse en persona en la Eucaristía. Y su corazón sacerdotal es llamado eucarístico precisamente porque nos dio la Eucaristía, como se dice del aire puro, que es sano en tanto que da la salud.

Nuestro Señor habría podido contentarse con instituir un sacramento, signo de la gracia, como el bautismo y la confirmación; sin embargo, ha querido darnos un sacramento que contiene no sólo la gracia, sino al Autor de la gracia.

La Eucaristía es, así, el más perfecto de los sacramentos, superior incluso al del orden.*9 Y Jesús instituyó en el mismo instante el sacerdocio con vistas a la consagración eucarística.*10

El verdadero y generoso amor por el que se quiere y se hace un bien a los demás, nos lleva a inclinarnos hacia ellos si son más pequeños que nosotros, a unirnos a ellos en una perfecta unión de pensamiento, de deseo, de querer, de consagrarnos a ellos, a sacrificarnos si es preciso, para hacerlos mejores, para llevarles a superarse a sí mismos y a alcanzar su destino.

En el momento de privarnos de su presencia sensible, Nuestro Señor quiso dejarse a sí mismo en persona entre nosotros bajo los velos eucarísticos. En su amor, no podía inclinarse aún más hacia nosotros, hacia los más pequeños, los más pobres, los más desamparados, unirse y darse aún más a nosotros y a cada uno en particular.

A veces desearíamos la presencia real de seres muy queridos que han desaparecido. El Corazón eucarístico del Salvador nos ha dado la presencia real de su cuerpo, de su sangre, de su alma y de su Divinidad. Por todas partes, en la tierra, hay una Hostia consagrada en un tabernáculo, hasta en las misiones más lejanas permanece con nosotros como el dulce compañero de nuestro exilio. Está en cada tabernáculo esperándonos pacientemente, con prisa por salvarnos, deseando que se le ruegue. Va incluso a los criminales arrepentidos que van a subir al cadalso.

El Corazón eucarístico de Jesús nos ha dado la Eucaristía como sacrificio para perpetuar en substancia el sacrificio de la Cruz en nuestros altares hasta el fin del mundo y para aplicarnos sus frutos. En la santa Misa, nuestro Señor, que es el Sacerdote principal, continúa ofreciéndose por nosotros.

Cristo siempre vive para interceder por nosotros, dice San Pablo*11. Lo hace sobre todo en la santa Misa en donde, según el Concilio de Trento, el mismo sacerdote continúa ofreciéndose por sus ministros de modo incruento después de haberse ofrecido cruentamente en la Cruz.*12

Esta oblación interior, siempre viva en el Corazón de Cristo, es como el alma del santo sacrificio de la Misa y le da su infinito valor. Cristo Jesús continúa, así, ofreciendo a su Padre nuestras adoraciones, nuestras súplicas, nuestras reparaciones y nuestras acciones de gracias. Pero, sobre todo, es siempre la misma Víctima, purísima, la que se ofrece, el mismo Cuerpo del Salvador que fue crucificado, y su preciosa Sangre está  sacramentalmente extendida en el altar para continuar borrando los pecados del mundo.

El Corazón eucarístico de Jesús, dándonos la Eucaristía como sacrificio, nos ha dado también el sacerdocio. Después de haber dicho a sus Apóstoles: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres*13, y: No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca,*14 les dio en la Cena el poder de ofrecer el sacrificio eucarístico diciendo: Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía.*15 Les dio el poder de la santa consagración que renueva sin cesar el sacramento de amor.*16 En efecto, la Eucaristía, sacramento y sacrificio, no puede ser perpetuada sin el sacerdocio, y por ello la gracia del Salvador hace germinar y florecer a lo largo de las generaciones desde hace cerca de dos mil años vocaciones sacerdotales, y será así hasta el fin del mundo.

Finalmente, el Corazón eucarístico de Jesús se nos da en la santa Comunión.

El Salvador se nos da en alimento no para que lo asimilemos, sino para que seamos cada vez más parecidos a Él, cada vez más vivificados, santificados por Él, incorporados a Él. A Santa Catalina de Siena le dijo un día: Tomo tu corazón y te doy el mío; era el símbolo sensible de lo que ocurre espiritualmente en una ferviente comunión en la que nuestro corazón muere a su estrechez, a su egoísmo, a su amor propio, para dilatarse y hacerse parecido al Corazón de Cristo por la pureza, la fuerza, la generosidad.

En otra ocasión el Salvador concedió a la misma santa la gracia de beber de la llaga de su Corazón: otro símbolo de una comunión ferviente, en donde el alma bebe espiritualmente, por así decirlo, del Corazón de Jesús, hogar de nuevas gracias, dulce refugio de la vida oculta, señor de los secretos de la unión divina, corazón de aquel que duerme, pero que vela siempre.

San Pablo había dicho: El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?, y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?*17 Y tal como lo señala Santo Tomás, en la santa Misa, cuando el sacerdote comulga con la preciosa Sangre, comulga por él y por los fieles.*18

El Corazón encáustico de Jesús y el don cotidiano e incesante de sí mismo

Finalmente, Jesús vuelve a darnos todos los días la Eucaristía como sacramento y como sacrificio. Habría podido querer que la Misa sólo fuese celebrada una o dos veces por año, en ciertos santuarios a los que se llegaría desde muy lejos. Por el contrario, incesantemente, en cada minuto del día se celebran numerosas misas en la superficie de la tierra, por doquiera que salga el sol. Es la incesante manifestación del Amor misericordioso de Cristo respondiendo a las necesidades espirituales de cada época y de cada alma. Cristo amó a la Iglesia, dice San Pablo*19, y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable.

Así, le concede, sobre todo por la santa Misa y la Comunión, las gracias que necesita en los diversos momentos de su historia. La Misa ha sido un foco de gracias siempre nuevas en las catacumbas, más tarde durante las grandes invasiones de los bárbaros, en las diversas épocas de la Edad Media, y lo es siempre hoy en día para darnos la fuerza de resistir a los grandes peligros que nos amenazan, a las ligas ateas que el bolchevismo propaga en el mundo para destruir toda religión. Pese a las tristezas de la hora presente, la vida interior de la Iglesia de nuestro tiempo, en lo que tiene de más excelso, es, ciertamente, bellísima, vista desde lo alto, como la ven Dios y los ángeles.

Todas las gracias nos vienen del Corazón eucarístico de Jesús, que nos ha dado la santa Misa y la Comunión, que nos da siempre su Sangre sacramentalmente derramada sobre el altar.

Esto lo comprendió profundamente hace algunos años Charles de Foucauld, al rezar y morir por la conversión del Islam o de los países musulmanes. Lo comprenden las almas que rezan hoy de todo corazón y hacen celebrar Misas por los países asolados por el materialismo y el comunismo. Una sola gota de la preciosa Sangre del Salvador puede regenerar millares de almas que se pierden y que arrastran a las otras en su perdición.*20

Ciertamente, no pensamos en esto suficientemente. El culto de la preciosa Sangre del Salvador y el sufrimiento profundo de verla manar en vano sobre las almas rebeldes puede contribuir mucho a inclinar el Corazón eucarístico de Jesús hacia sus pobres pecadores; sí, hacia sus pobres pecadores. Son los suyos, y apóstoles como San Pablo, San Francisco, Santo Domingo, Santa Catalina de Siena y tantos otros, aman lo suficiente al Salvador para bregar con Él por la salvación de esas almas.

Cuando se piensa en el amor de Cristo por nosotros, deberíamos agonizar al ver a las almas alejarse de su corazón, de la fuente de su preciosa sangre. La derramó por ellas, por todas, por muy alejadas que estén, por el comunista que blasfema y que quiere borrar su nombre de todas partes. Dígnese el Señor, que no desea la muerte del pecador, conceder, por la santa Misa, como una nueva efusión de la sangre de su Corazón y de todas sus santas llagas.

Algunos santos han visto a veces, al asistir a Misa, en el momento de la elevación del cáliz, desbordarse la preciosa Sangre, derramarse por los brazos del sacerdote, como si fuera a correr por el santuario y a los ángeles venir a recogerla en copas de oro para llevarla a distintos países del mundo, sobre todo a aquellos donde el Evangelio es poco conocido. Era el símbolo de las gracias que se derraman del Corazón de Cristo sobre las almas de los pobres infieles; puesto que también por ellos murió Cristo en la Cruz.

De aquí se sigue, prácticamente, que el Corazón eucarístico de Jesús, lejos de ser objeto de una mínima devoción, es el ejemplo eminente del don perfecto de sí mismo, don que debería ser en nuestra vida más generoso cada día. En la Misa y para el sacerdote, cada consagración debería marcar un aumento en el espíritu de fe, de confianza, de amor de Dios y de las almas. Y para los fieles, cada Comunión debería ser, en substancia, más ferviente que la anterior, puesto que cada una debe aumentarnos la caridad, hacer que nuestro corazón sea más parecido al de Nuestro Señor y, como consecuencia, disponernos a recibirle mejor al día siguiente. De la misma manera que la piedra cae tanto más de prisa cuanto más se acerca a la tierra que la atrae, las almas deben ir hacia Dios tanto más de prisa cuanto más se acercan a Él y Él más las atrae.

El Corazón eucarístico de Jesús quiere atraer nuestras almas. A menudo es humillado, abandonado, olvidado, despreciado, ultrajado, y sin embargo, es el Corazón que ama nuestros corazones, el Corazón silencioso que quiere hablar a las almas para mostrarles el precio de la vida escondida y el precio del don de sí mismo más generoso cada día.

El Verbo encarnado vino a los suyos y los suyos no le recibieron.*21 Bienaventurados los que reciben todo lo que su Amor misericordioso quiere darles y no se resisten a las gracias que, por medio de ellos, deberían brillar sobre otros menos favorecidos. Bienaventurados los que, después de haber recibido, y a ejemplo de Nuestro Señor, se dan siempre con más generosidad por Él, con Él y en Él.

Si incluso entre los infieles más alejados de la fe hay una sola alma en estado de gracia, verdaderamente fervorosa y sacrificada, como fue la de Charles de Foucauld, un alma que recibe todo lo que el Corazón eucarístico de Cristo quiere darle, antes o después el resplandor de esa alma transmitirá a los extraviados algo de lo que ha recibido. Es imposible que la preciosa Sangre no se desborde del cáliz en la santa Misa, para purificar un día u otro, por lo menos en el momento de la muerte, a los extraviados que no se resisten a las prevenciones divinas, a las gracias actuales que les impulsan a convertirse. Pensemos algunas veces en la muerte del musulmán, en la muerte del budista o, más cercano a nosotros, en la muerte del anarquista que, quizá, fue bautizado en su infancia. Todos tienen un alma inmortal por la que el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo dio toda su Sangre.

R. Garrigou-Lagrange, El Salvador y su amor por nosotros, Ediciones RIALP, Madrid 1977 pp. 379-391

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*1- Cfr. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 15, 20; 1 Cor 11, 23.
*2- 2 Jn 13, 1
*3- (III, q. 1, a. 1). (C. Gentes, I. IV, c. 11, initio.)
*4- Cfr. supra, I P., c. 6.
*5- III, q. 1, a. 1: Utrum conveniens fuerit Deum incarnari (es la cuestión de la posibilidad y de la conveniencia de la Encarnación, antes de la de su motivo del que se habla en los artículos 2 y 3).
*6- Cfr. III, q. 1, a. 2.
*7- Jn 3, 16.
*8- III, q. 79, a. 1
*9- Cfr. SANTO TOMÁS, III, q. 65, a. 3: Sacramentum Eucaristiae est potissimum omnium áliorum. El sacramento de la Eucaristía es el más perfecto de todos porque no sólo contiene la gracia, sino al mismo Autor de la gracia. Y el sacramento del Orden debe su grandeza a que está ordenado a la consagración de la Eucaristía. Cfr. ibidem ad 3um.
*10- La expresión Corazón eucarístico es superior a Corazón sacerdotal, pues este término está contenido en el anterior, ya que Jesús, al darnos la Eucaristía, ha instituido el sacerdocio. Además, se puede llamar corazón sacerdotal al del ministro de Cristo —así se habla, por ejemplo, del corazón sacerdotal del Cura de Ars—, mientras que el Corazón eucarístico sólo se puede decir del Corazón que nos ha dado la Eucaristía.
*11- Heb 7, 25.
*12- Cfr. C. Trid., ses. 22, cap. 2.
*13- Mc 1, 17.
*14- Jn 15, 16.
*15- Lc 22, 19.
*16- El oficio del Corazón eucarístico indica bien las diferentes manifestaciones del amor de Cristo por nosotros, manifestaciones que están íntimamente unidas.
*17- 1 Cor 10, 16
*18- Cfr. SANTO TOMÁS, III, q. .80, a. 12, ad 3
*19- Ef. 5, 26.
*20- Es lo que dice Santo Tomás en el Adoro te devote:

Me immundum mundo, tuo sanguine,

Cujus una stilla salvum faceré

Totum mundum quit ab omni scelere.

Purifica mis manchas con tu sangre, pues una gota sola basta para quitar todos los pecados del mundo.
*21- Jn 1, 11

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Santos Padres

·        San Agustín

La humildad

(Mt 11,28-30).

1. La lengua del Señor, trompeta de justicia y verdad, elevándose como en un concurso del género humano, llama y dice: Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis cargados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. Quien no esté fatigado, no escuche; quien, en cambio, esté fatigado del trabajo, escuche: Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis cargados. Quien no vaya cargado, no escuche; pero quien va cargado, escuche: Venid a mí todos los que trabajáis y vais cargados. ¿Para qué? Y yo os aliviaré. Todo el que trabaja y va cargado, busca alivio, desea el descanso. ¿Y quién no se fatiga en este siglo? Que me digan quién no trabaja, ya de obra, ya de pensamiento. Trabaja de obra el pobre y trabaja de pensamiento el rico; el pobre quiere tener lo que no tiene, y trabaja; el rico teme perder lo que tiene, y queriendo aumentar lo que tiene, trabaja más. Además, todos llevan sus cargas, todos sus pecados, que gravitan sobre la cerviz soberbia. Con todo, la soberbia se yergue bajo tan gran mole y aun abrumada de pecados se infla. Por eso, ¿qué dijo el Señor? Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí. ¿Qué, Señor, qué aprendemos de Ti? Sabemos que eres Verbo en el principio, Verbo en Dios y Dios Verbo. Sabemos que fueron creadas por Ti todas las cosas, visibles e invisibles. ¿Qué aprendemos de Ti? ¿A suspender el cielo, a consolidar la tierra, a extender el mar, a difundir el aire, a distribuir todos los elementos apropiados a los animales, a ordenar los siglos, a gobernar los tiempos? ¿Qué aprendemos de Ti? ¿Acaso quieres que aprendamos esas mismas cosas que hiciste en la tierra? ¿Quieres enseñarnos eso? ¿Aprendemos de Ti a curar a los leprosos, a arrojar los demonios, a cortar la fiebre, a mandar en el mar y en las olas, a resucitar muertos? No es eso, dice. Entonces, ¿qué? Que soy manso y humilde de corazón. ¡Avergüénzate ante Dios, soberbia humana! El Verbo de Dios dice, lo dice Dios, lo dice el Unigénito, lo dice el Altísimo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Tan gran excelsitud descendió a la humildad, y ¿el hombre se yergue? Recógete, refrénate, hombre, conforme al humilde Cristo, no sea que, al estirarte, te rompas.

2. Poco ha se cantaba un salmo, se cantaba el aleluya: ¿Quién como el Señor Dios nuestro, que habita en las alturas y contempla las cosas humildes? Que, al mirarte, te halle humilde, para que no te condene. Él lo dijo, él lo proclamó, él llamó al género humano a esta salvación: Aprended de mí, dijo, no a crear el mundo, aprended que soy manso y humilde de corazón. Existía en el principio; ¿hay algo más excelso? El Verbo se hizo carne; ¿hay algo más humilde? Manda en el mundo; ¿hay algo superior? Cuelga de un madero; ¿hay algo más humilde? Si él sufre por ti estas cosas, ¿por qué tú te yergues, te hinchas, fuelle inflado? Dios es humilde, y ¿tú eres soberbio? Quizá, ya que dijo Excelso es el Señor y mira las cosas humildes, dirás tú: a mí no me mira. ¿Habría mayor desgracia, si no te mira, sino que te desprecia? La mirada implica compasión, el desprecio desdén. O quizá, como el Señor mira las cosas humildes, piensas que pasas inadvertido, pues no eres humilde, eres grande, eres soberbio. Pero no te escondes a los ojos de Dios. Mira lo que dice allí: Excelso es el Señor. Sin duda es excelso. ¿Buscas escaleras para subir hasta El? Busca el madero de la humildad y ya llegaste. Excelso es el Señor y mira las cosas humildes. Y para que no pienses que pasas inadvertido porque eres soberbio, añade: y conoce desde lejos las cosas excelsas. Las conoce, pero de lejos. Lejos de los pecadores está la salvación. ¿Cómo conoce las humildes? De cerca. ¡Maravillosa industria del Omnipotente! Es excelso y mira las cosas humildes de cerca; los soberbios están altos y, sin embargo, el Excelso los conoce de lejos. Cerca está el Señor de aquellos que afligieron su corazón, y dará la salvación a los humildes de espíritu. Por lo tanto, hermanos, que la soberbia no quede en vosotros hinchada, sino podada. Sentid horror de ella y desterradla. Cristo busca al cristiano humilde. Cristo está en el cielo, está con nosotros, está en los infiernos, no aherrojado, sino liberador. Ese capitán tenemos. Está sentado a la diestra del Padre, pero nos recoge de la tierra, a uno de un modo y a otro de otro; al uno con una dádiva, al otro con un castigo; al uno con la alegría, al otro con la tribulación. Recoja el que recoge. Recoja, para que no perezcamos. Recójanos allá donde ya no hay perdición, en aquella región de los vivos en la que los méritos son reconocidos y la justicia es coronada.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos,  Sermón 70A, 1-2, BAC Madrid 1983, 302-05

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        Promesas del Sagrado Corazón

·        San Juan Pablo II

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

‘Abrió el costado’ y ‘salió sangre y agua’

(Jn 19,34)

            Introducción

            Nosotros conocemos las revelaciones privadas que recibió Santa Margarita María de Alacoque  en el siglo XVII (1673). Recordamos que allí se le reveló el Sagrado Corazón de Jesús, circundado de una corona de espinas y como un horno ardiente de amor.

            Pero podemos preguntarnos, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ¿es bíblica? Ciertamente que sí. ¿Y cuál es el argumento fundamental para decir que esa devoción es bíblica? El texto de Jn 19,34:  “Uno de los  soldados le traspasó el  costado con una lanza, y  al punto salió sangre y  agua”.  Tenemos en este versículo tanto el fundamento de la verdad dogmática del Sagrado Corazón de Jesús, como el fundamento de la verdadera devoción al Sagrado Corazón.

            La verdad dogmática del Sagrado Corazón y la devoción a ese corazón responden a dos movimientos que se dan en ese versículo, en donde el orden teológico es inverso al orden cronológico. El primer movimiento es de adentro hacia afuera: ‘salió sangre y agua’, y este es el fundamento dogmático, el fundamento de la teología dogmática del Sagrado Corazón. El segundo movimiento es de afuera hacia adentro: ‘el soldado traspasó con la lanza’, que es el fundamento de la devoción o teología espiritual del Sagrado Corazón.

            1. ‘Salió sangre y agua’: el fundamento dogmático *1

            Para aferrar el sentido dogmático de Jn 19,34 es necesario compararlo y ponerlo en paralelo con Jn 19,28 – 30, cuando Jesús entrega a María como Madre de Juan, es decir, como Madre de la Iglesia. Estos versículos tienen los siguientes elementos:

            a) En María y San Juan Apóstol está presente la Iglesia completa, la Iglesia creyente a pesar de la prueba máxima. Al entregar María a Juan como Madre, y a Juan a María como hijo, Jesús está fundando la Iglesia.

            b) En el v. 30 se dice que Jesús ‘entregó el espíritu’, señalando con eso su muerte. Pero también está en la intención del texto indicar que Jesús ‘comunicó el Espíritu’. Con una sola frase y un mismo gesto se expresan dos cosas: que murió y que entregó el Espíritu Santo a la Iglesia allí presente en María y Juan.

            La misma secuencia se da en Jn 19,34:

            a) La mención de la sangre y el agua saliendo del costado de Cristo, corresponde al nacimiento de la Iglesia. El agua representa el Bautismo, y la sangre la Eucaristía que son los dos sacramentos fundamentales de los que nace y sobre los que se asienta la Iglesia. La Iglesia es la nueva Eva que sale del costado del Nuevo Adán.

            b) Además, la sangre representa el sacrificio y la muerte de Cristo, mientras que el agua representa al Espíritu Santo*2. Por esta razón expresa la misma verdad que en el v. 19,30: por su muerte y su sacrificio entrega el Espíritu Santo a la Iglesia naciente.

            ¿De dónde surge la sangre que salió del costado de Cristo muerto? De su corazón. No queda ninguna duda que el texto evangélico quiere hacer mención que la sangre viene del corazón, porque la lanzada del soldado necesariamente tocó el corazón. Por eso, en este texto de Jn 19,34 sangre y corazón son una sola cosa. Por lo tanto, es del Corazón de Jesús de donde sale el Espíritu Santo, la Iglesia, el Bautismo y la Eucaristía, porque es el Corazón de Jesús el que ha sido sacrificado y ha dado hasta la última gota de sangre.

            Y así vemos cómo aquella frase del Cura de Ars, “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”*3, no es una mera frase piadosa sino que tiene su fundamento en el mismo texto del Evangelio.

            2. ‘Traspasó’: el fundamento espiritual

            Así como este versículo nos habla de la intención del Espíritu Santo de referirse al Corazón de Jesús, así también nos da indicaciones acerca de cómo debe ser nuestra devoción hacia Él, cuál es al camino que hay que recorrer para alcanzar esa fuente de donde brotó la Iglesia, la Eucaristía, el Bautismo y el mismo Espíritu Santo.

            La palabra que usa el texto griego original para expresar la acción del soldado con su lanza es ényxen. Ényxen es un aoristo del verbo nysso. El verbo nysso primariamente significa ‘perforar’, ‘abrir’*4. También significa ‘traspasar’, ‘infringir heridas severas o mortales’*5. También puede significar ‘herir con un puñal’*6. Como vemos, lo que quiere indicar el verbo es que se golpeó con cierta violencia y se abrió una herida. De hecho, la Vulgata de San Jerónimo traduce aperuit, es decir, ‘abrió’.

            Atento a este significado del verbo, San Agustín fue el primero en hacer notar que el hecho de que el texto evangélico diga ‘abrió’ indica una invitación a ‘entrar’. San Agustín fue el primero que habló de la herida del costado como una puerta que se abre invitando a entrar por ella para llegar hasta el corazón de Cristo. Y así da comienzo a la devoción de la llaga del costado de Cristo, que solamente tiene sentido si esa herida hace referencia al Corazón de Cristo. La teología de la herida del costado alcanzará su punto más alto en la Edad Media. Guillermo de Saint – Thierry, por ejemplo, dice: “Vuestro costado ha sido abierto para que a través de la puerta abierta, nosotros entremos todos enteros hasta vuestro Corazón, o Jesús, … hasta vuestra alma santa… Abrid, Señor, la puerta lateral de vuestra arca, para que entren allí todos aquellos que deben ser salvados…, abridnos el costado de vuestro cuerpo, para que entren aquellos que desean ver los secretos del Hijo, aquellos que desean recibir los sacramentos que brotan de allí y el precio de su redención”*7.

            Y Santa Gertrudis, en 1285, ve el Corazón de Jesús del cual caían gotas de sangre. Santa Gertrudis comprendió que la sangre significaba al Espíritu Santo. Y dice: “Recibí el consejo de honrar con una devoción constante el amor de tu Corazón, cuando estabas suspendido sobre la Cruz, y de beber de esta vertiente de caridad que hace nacer en mi alma, bajo el impulso de un amor inefable, el agua de la verdadera piedad”*8. En esta frase de Santa Gertrudis brillan los dos aspectos del versículo de Jn 19,34, el dogmático y el espiritual. El dogmático porque ve el Corazón goteando sangre y comprende que esa sangre es símbolo del Espíritu Santo que se dona. El espiritual porque es invitada a honrar el amor del Corazón y hacer nacer en ella la verdadera piedad hacia el Corazón de Jesús.

            Conclusión

            La devoción al Corazón de Jesús es devoción al Amor de Jesús. Así como en la Iglesia hay una constelación de devociones legítimas y fructuosas (devoción a la Misericordia, devoción a las llagas de Cristo, etc.) así también la solemnidad de hoy nos invita, a través de Santa Gertrudis, a “honrar con devoción constante el Amor del Corazón de Jesús”, manifestado en su sacrificio.

            Al honrar el Amor de Jesús manifestado en su sacrificio hasta la última gota de sangre, estaremos honrando a la fuente de la Iglesia, la fuente de la Eucaristía y la fuente de todas nuestras devociones.

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*1- Seguimos libremente a De la Potterie, I., Il Mistero del Cuore Trafitto, Edizione Dehoniane Bologna, Bologna, 1988, p. 89-120).
*2- Baste recordar Jn.7,37-39: “El último día, el  más solemne de la fiesta,  Jesús en pie y en voz  alta dijo: “El que tenga  sed, que venga a mí;  el que cree en mí  que beba. Lo dice la  Escritura: De sus  entrañas brotarán ríos de  agua viva”. Eso lo  dijo refiriéndose al  Espíritu que habrían de  recibir los que creyeran  en él. Pues aún no había  Espíritu, porque Jesús no  había sido aún  glorificado”.
*3- Citado por Benedicto XVI, Homilía en la celebración de las Vísperas de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, 19 de junio de 2009.
*4- Strong, y Swanson en Multiléxico, nº 3572.
*5- Vine, en Multiléxico, nº 3572.
*6- Swanson en Multiléxico, nº 3572.
*7- Meditativae orationes, 6: PL 180,225D-226A, citado en De La Poterie, I., Il mistero del cuore trafitto, Edizioni Dehoniane Bolgne, 1988, p. 91 nota 4.
*8- Santa Gertrudis, citado en De La Poterie, I., Il mistero del cuore trafitto, Edizioni Dehoniane Bolgne, 1988, p. 92; cursiva nuestra.

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Las Promesas del Sagrado Corazón

 

Las promesas del Sagrado Corazón

Promesas principales hechas por el Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita de Alacoque:

A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.
Daré la paz a las familias.
Las consolaré en todas sus aflicciones.
Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte
Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas
Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia
Las almas tibias se harán fervorosas
Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección
Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.
Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos
Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.

“Alegrémonos todos en el Señor al celebrar esta solemnidad en honor de todos los Santos, de la cual se alegran los ángeles y juntos alaban a1 Hijo de Dios”,

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San Juan Pablo II

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. El mes de junio se caracteriza, de modo particular, por la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Celebrar el Corazón de Cristo significa dirigirse hacia el centro íntimo de la persona del Salvador, el centro que la Biblia identifica precisamente con su corazón, sede del amor que ha redimido el mundo.

Si ya el corazón humano representa un misterio insondable que sólo Dios conoce, ¡cuánto más sublime es el Corazón de Jesús, en el que late la vida misma del Verbo! En él, como sugieren las hermosas letanías del Sagrado Corazón, haciéndose eco de las Escrituras, se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, y toda la plenitud de la divinidad.

Para salvar al hombre, víctima de su misma desobediencia, Dios quiso darle un “corazón nuevo”, fiel a su voluntad de amor (cf. Jr 31, 33; Ez 36, 26; Sal 50, 12). Este corazón es el Corazón de Cristo, la obra maestra del Espíritu Santo, que comenzó a latir en el seno virginal de María y fue traspasado por la lanza en la cruz, convirtiéndose de este modo, y para todos, en manantial inagotable de vida eterna. Ese Corazón es ahora prenda de esperanza para todo hombre.

2. ¡Cuán necesario es para la humanidad contemporánea el mensaje que brota de la contemplación del Corazón de Cristo! En efecto, ¿de dónde, si no es de esa fuente, podrá sacar las reservas de mansedumbre y de perdón necesarias para resolver los duros conflictos que la ensangrientan?

Al Corazón misericordioso de Jesús quisiera encomendarle hoy de modo especial a cuantos viven en Tierra Santa: judíos, cristianos y musulmanes. Ese Corazón que, colmado de afrentas, no albergó jamás sentimientos de odio y venganza, sino que pidió el perdón para sus asesinos, nos señala el único camino para salir de la espiral de la violencia: el de la pacificación de los ánimos, de la comprensión recíproca y de la reconciliación.

3. Junto con el Corazón misericordioso de Cristo veneramos el Corazón inmaculado de María santísima, mediadora de gracia y de salvación.

A ella nos dirigimos con confianza ahora para implorar misericordia y paz para la Iglesia y para el mundo entero.

Ángelus del San Juan Pablo II el domingo 23 de junio de 2002

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Solemnidad de Corpus Christi

 

18
junio

Solemnidad del

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 

Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (A)

(Domingo 18 de junio de 2017)

LECTURAS

Te dio un alimento
que ni tú ni tus padres conocían

Lectura del libro del Deuteronomio     8, 2-3. 14b-16a

Moisés habló al pueblo diciendo:
«Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos. Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.
No olvides al Señor, tu Dios, que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud, y te condujo por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes abrasadoras y escorpiones. No olvides al Señor, tu Dios, que en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, y en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres.»

Palabra de Dios.

SALMO     147, 12-15. 19-20

R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

O bien:

Aleluia.

¡Glorifica al Señor, Jerusalén,
alaba a tu Dios, Sión!
El reforzó los cerrojos de tus puertas
y bendijo a tus hijos dentro de ti. R.

El asegura la paz en tus fronteras
y te sacia con lo mejor del trigo.
Envía su mensaje a la tierra,
su palabra corre velozmente. R.

Revela su palabra a Jacob,
sus preceptos y mandatos a Israel:
a ningún otro pueblo trató así
ni le dio a conocer sus mandamientos. R.

Hay un solo pan.
Todos nosotros, aunque somos muchos,
formamos un solo cuerpo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     10, 16-17

Hermanos:
La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.

Palabra de Dios.

SECUENCIA

Esta secuencia es optativa y puede decirse íntegra desde * Este es el pan de los ángeles.

Glorifica, Sión, a tu Salvador,
aclama con himnos y cantos
a tu Jefe y tu Pastor.

Glorifícalo cuanto puedas,
porque él está sobre todo elogio
y nunca lo glorificarás bastante.

El motivo de alabanza
que hoy se nos propone
es el pan que da la vida.

El mismo pan que en la Cena
Cristo entregó a los Doce,
congregados como hermanos.

Alabemos ese pan con entusiasmo,
alabémoslo con alegría,
que resuene nuestro júbilo ferviente.

Porque hoy celebramos el día
en que se renueva la institución
de este sagrado banquete.

En esta mesa del nuevo Rey,
la Pascua de la nueva alianza
pone fin a la Pascua antigua.

El nuevo rito sustituye al viejo,
las sombras se disipan ante la verdad,
la luz ahuyenta las tinieblas.

Lo que Cristo hizo en la Cena,
mandó que se repitiera
en memoria de su amor.

Instruidos con su enseñanza,
consagramos el pan y el vino
para el sacrificio de la salvación.

Es verdad de fe para los cristianos
que el pan se convierte en la carne,
y el vino, en la sangre de Cristo.

Lo que no comprendes y no ves
es atestiguado por la fe,
por encima del orden natural.

Bajo la forma del pan y del vino,
que son signos solamente,
se ocultan preciosas realidades.

Su carne es comida, y su sangre, bebida,
pero bajo cada uno de estos signos,
está Cristo todo entero.

Se lo recibe íntegramente,
sin que nadie pueda dividirlo
ni quebrarlo ni partirlo.

Lo recibe uno, lo reciben mil,
tanto éstos como aquél,
sin que nadie pueda consumirlo.

Es vida para unos y muerte para otros.
Buenos y malos, todos lo reciben,
pero con diverso resultado.

Es muerte para los pecadores y vida para los justos;
mira como un mismo alimento
tiene efectos tan contrarios.

Cuando se parte la hostia, no vaciles:
recuerda que en cada fragmento
está Cristo todo entero.

La realidad permanece intacta,
sólo se parten los signos,
y Cristo no queda disminuido,
ni en su ser ni en su medida.

* Este es el pan de los ángeles,
convertido en alimento de los hombres peregrinos:
es el verdadero pan de los hijos,
que no debe tirarse a los perros.

Varios signos lo anunciaron:
el sacrificio de Isaac,
la inmolación del Cordero pascual
y el maná que comieron nuestros padres.

Jesús, buen Pastor, pan verdadero,
ten piedad de nosotros:
apaciéntanos y cuídanos;
permítenos contemplar los bienes eternos
en la tierra de los vivientes.

Tú, que lo sabes y lo puedes todo,
tú, que nos alimentas en este mundo,
conviértenos en tus comensales del cielo,
en tus coherederos y amigos,
junto con todos los santos.

ALELUIA     Jn 6, 51

Aleluia.
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente», dice el Señor.
Aleluia.

EVANGELIO

Mi carne es la verdadera comida,
y mi sangre, la verdadera bebida

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     6, 51-58

Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión de la Solemnidad de Corpus Christi- Ciclo A- 18 de Junio 2017

Entrada:

Celebramos hoy la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. La Eucaristía es, al mismo tiempo, la presencia real y sustancial de Cristo, su sacrificio por el que redimió el mundo y el alimento sacramental de nuestras almas. Hoy debemos participar de una manera particular de este Santo Sacrificio de la Misa, ofreciendo a Cristo todos nuestros trabajos y sufrimientos y uniendo nuestro sacrificio al suyo.

Primera Lectura:             Deuteronomio 8, 2- 3. 14b- 16a

El Señor crea con su Palabra y da vida a su pueblo con los mandamientos de su boca y con el maná que hace descender del cielo.

Salmo Responsorial: 147, 12- 15. 19- 20

Segunda Lectura:                   1 Corintios 10, 16- 17

Nuestra unión con Cristo, que es don y gracia, hace que estemos asociados a la unidad de su Cuerpo que es la Iglesia.

Secuencia

Evangelio:                  Juan 6, 51- 58

Cristo nos ofrece vivir en El eternamente, porque comer su Cuerpo y beber su Sangre es tener la garantía de la resurrección futura.

Preces: Corpus Christi- 2017-
Elevemos nuestras súplicas a Nuestro Señor Jesucristo que ha querido quedarse con nosotros para ser nuestra ayuda y asistirnos. Digámosle con confianza.

A cada intención respondemos cantando:

Por el Papa, y todos los sacerdotes la Iglesia para que nunca pierdan de vista que su vocación sacerdotal es don y gracia que se alimenta en el misterio eucarístico. Oremos.

Por la paz del mundo, para que la adoración que se eleva hasta Dios en este día atraiga la misericordia que necesita la humanidad para vivir en santa concordia. Oremos.

Por los más necesitados entre nuestros hermanos; pedimos especialmente por los que están presos, para que puedan allí recibir los sacramentos y alcanzar la verdadera libertad en Cristo. Oremos.

Por todos nosotros, para que la Eucaristía consolide nuestra caridad para permanecer unidos, santificándonos los unos por los otros.  Oremos.

Señor nuestro, Tú que has hecho alianza con nosotros de manera tan admirable, escucha con benignidad las súplicas que te dirigimos y haz que te agrademos siempre viviendo en una perpetua acción de gracias. Te lo pedimos a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Ofertorio:

Presentamos:

*Cirios, para que la luz de la fe en Jesús vivo en la eucaristía brille en todos los hombres a quienes llevamos el Evangelio.

* Pan y vino, para que al ser consagrados nuestra fe reconozca, bajo las especies, a Cristo nuestro Cordero inmolado.

Comunión: Por la Eucaristía se realizan las bodas de Cristo con el alma. Celebremos con gozo esta unión de amor esponsal con nuestro Divino Rey y Señor.

Salida: La Virgen Santa, primera custodia y copón de Jesús eucarístico nos ayude a adorar su presencia en una prolongada y asidua acción de gracias.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

CEC 790, 1003, 1322-1419: la Sagrada Eucaristía

CEC 805, 950, 2181-2182, 2637, 2845: la Eucaristía y la comunión de los creyentes

CEC 1212, 1275, 1436, 2837: la Eucaristía, pan espiritual

Artículo 3                   EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA

1322  La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.

1323  “Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura” (SC 47).

I        LA EUCARISTIA – FUENTE Y CUMBRE DE LA VIDA ECLESIAL

1324  La Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). “Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5).

1325  “La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Igle sia es ella misma. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre” (CdR, inst. “Eucharisticum mysterium” 6).

1326  Finalmente, la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).

1327  En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: “Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar” (S. Ireneo, haer. 4, 18, 5).

II       EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO

1328  La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:

          –Eucaristía porque es acción de gracias a Dios. Las palabras “eucharistein” (Lc 22,19; 1 Co 11,24) y “eulogein” (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías que proclaman -sobre todo durante la comida- las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación.

1329  –Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20) porque se trata de la Cena  que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero (cf Ap 19,9) en la Jerusalén celestial.

          –Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf 1 Co 10,16-17).

          –Asamblea eucarística (synaxis), porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visibl e de la Iglesia (cf 1 Co 11,17-34).

1330  –Memorial  de la pasión y de la resurrección del Señor.

          – Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también santo sacrificio de la misa, “sacrificio de alabanza” (Hch 13,15; cf Sal 116, 13.17),  sacrificio espiritual (cf 1 P 2,5), sacrificio puro (cf Ml 1,11)  y santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.

          – Santa y divina Liturgia, porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también celebración  de los santos misterios. Se habla también del Santísimo Sacramento porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.

1331  – Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17); se la llama también  las cosas santas [ta hagia; sancta] (Const. Apost. 8, 13, 12; Didaché 9,5; 10,6) -es el sentido primero de la  comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles-,  pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (S. Ignacio de Ant. Eph 20,2), viático…

1332  – Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (missio)  a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

III     LA EUCARISTIA EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION

          Los signos del pan y del vino

1333  En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de él, hasta su retorno glorioso, lo que él hizo la víspera de su pasión: “Tomó pan…”, “tomó el cáliz lleno de vino…”. Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto “del trabajo del hombre”, pero antes, “fruto de la tierra” y “de la vid”, dones del Creador. La Iglesia ve en en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que “ofreció pan y vino” (Gn 14,18) una prefiguración de su propia ofrenda (cf MR, Canon Romano 95).

1334  En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Exodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El “cáliz de bendición” (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.

1335  Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (cf. Mt 14,13-21; 15, 32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná (cf Jn 2,11) anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (cf Mc 14,25) convertido en Sangre de Cristo.

1336  El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: “Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?” (Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67): esta pregunta del Señor, resuena a través de las edades, invitación de su amor a descubrir que sólo él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a él mismo.

          La institución de la Eucaristía

1337  El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, “constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento” (Cc. de Trento: DS 1740).

1338  Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han tran smitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

1339  Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

          Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos’…fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios’…Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros’ (Lc 22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

1340  Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

          “Haced esto en memoria mía”

1341  El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras “hasta que venga” (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

1342  Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:

          Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

1343  Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

1344  Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús “hasta que venga” (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante “camina por la senda estrecha de la cruz” (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

IV     LA CELEBRACION LITURGICA DE LA EUCARISTIA

          La misa de todos los siglos

1345  Desde el siglo II, según el testimonio de S. Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales  litúrgicas. He aquí lo que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:

          El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo.

          Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.

          Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.

          Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros…y por todos los demás donde quiera que estén a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna.

          Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros:

          Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados.

          El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.

          Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén.

          Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua “eucaristizados” y los llevan a los ausentes (S. Justino, apol. 1, 65; 67).

1346  La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:

          – La reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;

          – la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la comunión.

          Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas “un solo acto de culto” (SC 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).

1347  He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (cf Lc 24,13-35).

          El desarrollo de la celebración

1348  Todos se reúnen. Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. El es sumo sacerdote de la Nueva Alianza. El mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística. Como representante suyo, el obispo o el presbítero (actuando “in persona Christi capitis”) preside la asamblea, toma la palabra después de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística. Todos tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera: los lectores, los que presentan las ofrendas, los que dan la comunión, y el pueblo entero cuyo “Amén” manifiesta su participación.

1349  La liturgia de la Palabra comprende “los escritos de los profetas”, es decir, el Antiguo Testamento, y “las memorias de los apóstoles”, es decir sus cartas y los Evangelios; después la homilía que exhorta a acoger esta palabra como lo que es verdaderamente, Palabra de Dios (cf 1 Ts 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las intercesiones por todos los hombres, según la palabra del Apóstol: “Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad” (1 Tm 2,1-2).

1350  La presentación de las ofrendas (el ofertorio): entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena, “tomando pan y una copa”. “Sólo la Iglesia presenta esta oblación, pura, al Creador, ofreciéndole con acción de gracias lo que proviene de su creación” (S. Ireneo, haer. 4, 18, 4; cf. Ml 1,11). La presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. El es quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios.

1351  Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf 1 Co 16,1), siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2 Co 8,9):

          Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y él atiende a los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva de recursos, los presos, los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en necesidad (S. Justino, apol. 1, 67,6).

1352  La Anáfora: Con la plegaria eucarística, oración de acción de gracias y de consagración llegamos al corazón y a la cumbre de la celebración:

          – En el prefacio, la Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras , por la creación, la redención y la santificación. Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo;

1353  – En la epíclesis, la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición (cf MR, canon romano, 90) sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu (algunas tradiciones litúrgicas colocan la epíclesis después de la anámnesis);

          – en el relato de la institución, la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre;

1354  – en la anámnesis que sigue, la Iglesia hace memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con él;

          –  en las intercesiones, la Iglesia expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del cielo y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en comunión con los pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis, su presbiterio y sus diáconos y todos los obispos del mundo entero con sus iglesias.

1355  En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben “el pan del cielo” y “el cáliz de la salvación”, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó “para la vida del mundo” (Jn 6,51):

          Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua “eucaristizados”, “llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo” (S. Justino, apol. 1, 66,1-2).

V       EL SACRIFICIO SACRAMENTAL: ACCION DE GRACIAS,

          MEMORIAL, PRESENCIA.

1356  Si los cristianos celebran la Eucaristía desde los orígenes, y de forma que, en su substancia, no ha cambiado a través de la gran diversidad de épocas y de liturgias, sucede porque sabemos que estamos sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de su pasión: “haced esto en memoria mía” (1 Co 11,24-25).

1357  Cumplimos este mandato del Señor celebrando el memorial de su sacrificio. Al hacerlo,  ofrecemos al Padre lo que él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: Así Cristo se hace real y misteriosamente presente

1358  Por tanto, debemos considerar la Eucaristía

– como acción de gracias y alabanza al Padre

– como memorial del sacrificio de Cristo y de su Cuerpo,

– como presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su  Espíritu.

          La acción de gracias y la alabanza al Padre

1359  La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

1360  La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. “Eucaristía” significa, ante todo, acción de gracias.

1361  La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por  Cristo y con Cristo para ser aceptado en  él.

          El memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia

1362  La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial.

1363  En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Exodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos.

1364  El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual (cf Hb 7,25-27): “Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3).

1365  Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros” (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que “derramó por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1366  La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica  su fruto:

          (Cristo), nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio (Hb 7,24.27), en la última Cena, “la noche en que fue entregado” (1 Co 11,23), quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana), donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día (Cc. de Trento: DS 1740).

1367  El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer”: (CONCILIUM TRIDENTINUM, Sess. 22a., Doctrina de ss. Missae sacrificio, c. 2: DS 1743) “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz “se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento”; …este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibid).

1368  La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas alas generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

          En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos los hombres.

1369  Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo. Encargado del ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración de la Eucaristía en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la Iglesia universal. El obispo del lugar es siempre responsable de la Eucaristía, incluso cuando es presidida por un presbítero; el nombre del obispo se pronuncia en ella para significar su presidencia de la Iglesia particular en medio del presbiterio y con la asistencia de los diáconos. La comunidad intercede también por todos los ministros que, por ella y con ella, ofrecen el sacrificio eucarístico:

          Que sólo sea considerada como legítima la eucaristía que se hace bajo la presidencia del obispo o de quien él ha señalado para ello (S. Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1).

          Por medio del ministerio de los presbíteros, se realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador. Este, en nombre de toda la Iglesia, por manos de los presbíteros, se ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que el Señor venga (PO 2).

1370  A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

1371  El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos “que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados” (Cc. de Trento: DS 1743), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

          Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os acordéis de mi ante el altar del Señor (S. Mónica, antes de su muerte, a S. Agustín y  su hermano; Conf. 9,9,27).

          A continuación oramos (en la anáfora) por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima…Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores,… presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres (s. Cirilo de Jerusalén, Cateq. mist. 5, 9.10).

1372  S. Agustín ha resumido admirablemente esta doctrina que nos impulsa a una participación cada vez más completa en el sacrificio de nuestro Redentor que celebramos en la Eucaristía:

          Esta ciudad plenamente rescatada, es decir, la asamblea y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como un sacrificio universal por el Sumo Sacerdote que, bajo la forma de esclavo, llegó a ofrecerse por nosotros en su pasión, para hacer de nosotros el cuerpo de una tan gran Cabeza…Tal es el sacrificio de los cristianos: “siendo muchos, no formamos más que un sólo cuerpo en Cristo” (Rm 12,5). Y este sacrificio, la Iglesia no cesa de reproducirlo en el Sacramento del altar bien conocido de los fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece se ofrece a sí misma (civ. 10,6).

          La presencia de Cristo por el poder de su Palabra y del Espíritu Santo

1373  “Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas” (SC 7).

1374  El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos” (S. Tomás de A., s.th. 3, 73, 3). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente” el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Cc. de Trento: DS 1651). “Esta presencia se denomina `real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (MF 39).

1375  Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, S. Juan Crisóstomo declara que:

          No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6).

          Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:

          Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada…La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela (myst. 9,50.52).

1376  El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642).

1377  La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf Cc. de Trento: DS 1641).

1378  El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos  profundamente en señal de adoración al Señor. “La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión” (MF  56).

1379  El Sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos  y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

1380  Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado “hasta el fin” (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

          La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración. (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3).

1381  “La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios’. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros’, S. Cirilo declara: `No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente” (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF 18):

Adoro te devote, latens Deitas,

Quae sub his figuris vere latitas:

Tibi se cor meum totum subjicit,

Quia te contemplans totum deficit.

Visus, gustus, tactus in te fallitur,

Sed auditu solo tuto creditur:

Credo quidquod dixit Dei Filius:

Nil hoc Veritatis verbo verius.

(Adórote devotamente, oculta Deidad,

que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:

A ti mi corazón totalmente se somete,

pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.

La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;

sólo con el oído se llega a tener fe segura.

Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,

nada más verdadero que esta palabra de Verdad.)

VI     EL BANQUETE PASCUAL

1382  La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.

1383  El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da. “¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?”, dice S. Ambrosio (sacr. 5,7), y en otro lugar: “El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar” (sacr. 4,7). La liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora en su anáfora:

          Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición.

          “Tomad y comed todos de él”: la comunión

1384  El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: “En verdad en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53).

1385  Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y  santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

1386  Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión (cf Mt 8,8): “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. En la Liturgia de S. Juan Crisóstomo, los fieles oran con el mismo espíritu:

          Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

1387  Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

1388  Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones (cf CIC, can. 916), comulguen cuando participan en la misa (cf CIC, can 917. Los fieles, en el mismo día, pueden recibir la Santísima Eucaristía sólo una segunda vez: Cf PONTIFICIA COMMISSIO CODICI IURIS CANONICI AUTHENTICE INTERPRETANDO, Responsa ad proposita dubia, 1: AAS 76 (1984) 746): “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor” (SC 55).

1389  La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (cf OE 15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual (cf CIC, can. 920), preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.

1390  Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en el rito latino. “La comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo del banquete eucarístico” (IGMR 240). Es la forma habitual de comulgar en los ritos orientales.

          Los frutos de la comunión

1391  La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57):

          Cuando en las fiestas del Señor los fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva de que se dan las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María de Magdala: “¡Cristo ha resucitado!” He aquí que ahora también la vida y la resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol. I, Commun, 237 a-b).

1392  Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, vivificada por el Espíritu Santo y vivificante (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.

1393  La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es “entregado por nosotros”, y la Sangre que bebemos es “derramada por muchos para el perdón de los pecados”. Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados:

          “Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor” (1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio (S. Ambrosio, sacr. 4, 28).

1394  Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Cc. de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en él:

          Porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir crucificados para el mundo…y, llenos de caridad, muertos para el pecado vivamos para Dios (S. Fulgencio de Ruspe, Fab. 28,16-19).

1395  Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.

1396  La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13). La Eucaristía realiza esta llamada: “El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10,16-17):

          Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “Amén” (es decir, “sí”, “es verdad”) a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero (S. Agustín, serm. 272).

1397  La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):

          Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).

1398  La Eucaristía y la unidad de los cristianos. Ante la grandeza de esta misterio, S. Agustín exclama: “O sacramentum pietatis! O signum unitatis! O vinculum caritatis!” (“¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad!”, Ev. Jo. 26,13; cf SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen en él.

1399  Las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran amor. “Mas como estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún más con nosotros con vínculo estrechísimo” (UR 15). Una cierta comunión in sacris, por tanto, en la Eucaristía, “no solamente es posible, sino que se aconseja…en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica” (UR 15, cf CIC can. 844,3).

1400  Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, separadas de la Iglesia católica, “sobre todo por defecto del sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico” (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. Sin embargo, estas comunidades eclesiales “al conmemorar en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa” (UR 22).

1401  Si, a juicio del ordinario, se presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos (eucaristía, penitencia, unción de los enfermos) a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf CIC, can. 844,4).

VII    LA EUCARISTIA,  “PIGNUS FUTURAE GLORIAE”

1402  En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: “O sacrum convivium in quo Christus sumitur. Recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur” (“¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!”). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados “de toda bendición celestial y gracia” (MR, Canon Romano 96: “Supplices te rogamus”), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.

1403  En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: “Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: “Maran atha” (1 Co 16,22), “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20), “que tu gracia venga y que este mundo pase” (Didaché 10,6).

1404  La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía “expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi” (“Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”, Embolismo después del Padre Nuestro; cf Tt 2,13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3, 128: oración por los difuntos).

1405  De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, “se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3) y “partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre” (S. Ignacio de Antioquía, Eph 20,2).

RESUMEN

1406  Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre…el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna…permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 51.54.56).

1407  La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia.

1408  La celebración eucarística comprende siempre: la proclamación de la Palabra de Dios, la acción de gracias a Dios Padre por todos sus beneficios, sobre todo por el don de su Hijo, la consagración del pan y del vino y la participación en el banquete litúrgico por la recepción del Cuerpo y de la Sangre del Señor: estos elementos constituyen un solo y mismo acto de culto.

1409  La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, es decir, de la obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, obra que se hace presente por la acción litúrgica.

1410  Es Cristo mismo, sumo sacerdote y eterno de la nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico. Y es también el mismo Cristo, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico.

1411  Sólo los presbíteros válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

1412  Los signos esenciales del sacramento eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la última cena: “Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros…Este es el cáliz de mi Sangre…”

1413  Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad (cf Cc. de Trento: DS 1640; 1651).

1414  En cuanto sacrificio, la Eucaristía es ofrecida también en reparación de los pecados de los vivos y los difuntos, y para obtener de Dios beneficios espirituales o temporales.

1415  El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia.

1416  La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

1417  La Iglesia recomienda vivamente a los fieles que reciban la sagrada comunión cuando participan en la celebración de la Eucaristía; y les impone la obligación de hacerlo al menos una vez al año.

1418  Puesto que Cristo mismo está presente en el Sacramento del Altar es preciso honrarlo con culto de adoración. “La visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor” (MF).

1419    Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santa Virgen María y a todos los santos.

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 Exégesis 

·        Klemens Stock, S. J.

Vida que proviene del don de la propia vida

(Jn.6,51-59)

            En cuanto Hijo de Dios enviado por el Padre, Jesús nos llama a la comunión de vida con Él. Si tenemos fe en Él, entramos en la vida con Él, en la vida eterna. En la parte final del discurso sobre la multiplicación de los panes, Jesús explica a fondo de qué manera Él es para nosotros el pan de la vida. Aquí, en la parte final de este discurso, queda en claro que en su muerte en cruz Él se entrega como don para la vida del mundo, queda en claro que Él nos da su carne y su sangre como alimento y bebida. Jesús no solamente ha venido al mundo como Hijo de Dios, sino que además ha dado la propia vida por nosotros. Por esta razón Él es para nosotros el pan de la vida. De su muerte en cruz derivan los dones eucarísticos, su carne y su sangre. Si comemos y bebemos de ellos, recibimos y acogemos sus dones y confesamos nuestra fe en que Él está presente en ellos y que sólo a través de Él, el Exaltado y el Crucificado, nosotros tenemos la vida eterna.

            Con la expresión Yo soy el pan que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente (6,51a) Jesús resume el sentido que debe darse al signo de la multiplicación de los panes. Él en persona es fuerza de vida celestial y divina, absolutamente inagotable. El que entra en una correcta relación con Él tiene parte en la vida eterna.

            En la frase sucesiva El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (6,51b) están contenidos ulteriores elementos. El discurso, hasta aquí, se refería de manera general al hecho de que Jesús es el pan de la vida; pero ahora dice que en el futuro Él dará pan. Este pan es su carne, es decir, Jesús mismo en la plenitud de su propia existencia humana. Él puso en juego su humanidad para que el mundo tenga vida. Este compromiso suyo tiene valor para el mundo entero, para todos los hombres sin excepción alguna. Él vino a salvar el mundo (3,17), es el salvador del mundo (4,42). Arriesgando su propia vida, procura la vida del mundo. En cuanto a lo que de Él depende, ninguno es excluido de esta vida.

            Esto es explicado más precisamente en 6,53-56. Para tener parte en la vida eterna, es necesario comer la carne del Hijo del hombre y beber su sangre. Junto con la carne, de ahora en más, vendrá siempre mencionada la sangre. Distinguiendo sangre y carne, Jesús hace referencia a su propia muerte violenta: sobre la cruz Él derramó su sangre. En el pan, que es su carne, y en el vino, que es su sangre, Él hará don de sí mismo como aquel que sobre la cruz dio su propia vida. Esta carne y esta sangre son también la carne y la sangre del Hijo del hombre. Pero el Hijo del hombre es aquel que ha sido elevado sobre la cruz, el Hijo unigénito, que Dios expuso plenamente al riesgo de la muerte por amor al mundo (3,14-16). Los dones eucarísticos encuentran fundamento en la muerte en cruz de Jesús, en el hecho de donar su vida para la vida del  mundo, como prueba extrema del amor de Dios. Jesús, que dona su vida sobre la cruz, da también su carne como alimento y su sangre como bebida. Esta carne y esta sangre son una ulterior prueba de su amor y son prenda del amor que Él ha demostrado donando la vida.

            Jesús es el pan de la vida. Sólo quien cree en Él tiene la vida eterna. No hay un Jesús diverso de aquel que, sobre la cruz, ofreció la propia vida, y que se ofrece como alimento y bebida en los dones eucarísticos. Gozando y deleitándonos con fe en estos dones, nosotros confesamos al Crucificado en su amor y como fuente de vida, y obtenemos la gracia de tener parte en su vida: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (6,24).

            De nuevo se explica que vida eterna y comunión personal con Jesús son idénticas. A quien come su carne y bebe su sangre, Jesús promete: “Tiene la vida eterna” (6,54) “y permanece en mí y yo en él” (6,56). El permanecer el uno en el otro significa pleno intercambio recíproco y la más estrecha unión personal. A esto también pertenece la fundamental experiencia del amor de Aquel que dio la vida por nosotros. El significado de todo esto se verá esclarecido más adelante, con la parábola de la vid y los sarmientos (15,1-17).

            Jesús habló muchas veces del Padre como de aquel del cual proviene todo. El Padre manda al Hijo a los hombres como “pan de la vida” (6,32.44), pero también conduce a los hombres a Jesús en cuanto “pan de la vida” (6,37.44.65). Respecto al Padre, Jesús dice: “Esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo del hombre y cree en Él, tenga la vida eterna; yo lo resucitaré en el último día” (6,40). Al final Él declara, en la explicación del signo de la multiplicación de los panes y de los peces, que todo lo que ha anunciado como propio don, encuentra fundamento en Dios, en el Padre (6,57). Dios es el Padre vivo, la vida misma, la plenitud inagotable de fuerza vital, el Dios viviente. Jesús es enviado por Él y tiene la vida de Él. Es característico de la realidad del Padre donar la vida. Jesús, el Hijo, recibió la vida de Él; y en cuanto Él posee en sí mismo esta vida divina que le viene del Dios viviente, puede transmitir la vida. El pan vivo viene del Padre vivo y recibe de Él toda la propia fuerza vivificante. Todo depende del hecho que Jesús tiene su origen en Dios. La fe en Él es ante todo fe en que es plenamente Hijo de Dios y en su misión, y solamente en segundo lugar es fe en la absoluta importancia que esto tiene para nosotros los hombres.

            Dado que viene del Padre vivo, Jesús es el pan vivo, “el pan que ha bajado del cielo” (6,58). Por lo tanto, este pan es superior al maná, que los padres han comido. El maná decía relación solamente a la vida terrena y no tenía ninguna eficacia o importancia más allá de la muerte. El pan que Jesús es y da no es provechoso para sustentar la vida terrena, ni impide la muerte terrena. Jesús mismo muere, ofreciendo la carne y la sangre del Hijo del hombre elevado en lo alto. Pero Él, que es el pan de la vida, da la vida eterna, la cual no se hunde en la muerte y encuentra su realización perfecta en la resurrección.

(Stock, K., Gesù, il Figlio di Dio. Il messaggio di Giovanni, Edizioni ADP, Roma, 1993, p. 79-81) (Traducción del equipo de Homilética)

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Comentario Teológico

·        P. Carlos M. Buela, IVE

 SACRAMENTO Y SACRIFICIO

«La comunión pertenece a la razón de sacramento;

la oblación, a la de sacrificio»*1.

Santo Tomás

En este capítulo veremos cómo Santo Tomás entiende la Eucaristía como sacramento y como sacrificio. Y lo haremos leyendo y comentando algunos textos de la Suma Teológica, de tal manera que los vayamos penetrando y viendo poco a poco más luz.

En el tratado de Eucharistia unas cincuenta veces usa la palabra «sacrificio».

Podemos organizar los textos que he seleccionado en tres grupos, que serán los tres puntos a desarrollar:

1. ¿Qué es lo que distingue el sacramento del sacrificio eucarístico?;

2. Aquellos textos en los cuales se ve cómo se iluminan mutuamente: porque en la mente de Santo Tomás no son compartimentos estancos, sino que es la misma realidad de la Eucaristía que es sacramento y es sacrificio;

3. En tercer lugar, y es importante recalcarlo, en qué momento, según Santo Tomás, se realiza el sacramento y en cuál se realiza el sacrificio.

1. ¿Qué los distingue?

Comenzamos con uno de los textos de la Suma Teológica donde Santo Tomás hace esta distinción básica para la comprensión de lo que sigue: «[La Eucaristía] es simultáneamente sacrificio y sacramento –e inmediatamente da la razón por la cual es una cosa y la otra–; tiene razón de sacrificio en cuanto se ofrece, y tiene razón de sacramento en cuanto es recibido »*2. Hasta aquí este texto crucial para todo el tratado y para la comprensión de esta realidad tan misteriosa que es la Eucaristía. La misma es sacramento porque lo esencial del sacramento es la santificación del hombre, pero es también sacrificio, porque lo esencial del sacrificio es la glorificación de Dios. Como sacramento, la Eucaristía es una realidad permanente, como sacrificio es una actio transeuns, como dicen los teólogos.

Más adelante vuelve a insistir, recordando lo que había dicho: «como hemos dicho, este sacramento no sólo es sacramento, sino también es sacrificio»*3.

Y en la respuesta a la dificultad primera, donde hace una comparación con los otros sacramentos, con respecto a la Eucaristía responde Santo Tomás muy brevemente: «Este sacramento tiene por sobre los demás el hecho de que es sacrificio». Por lo tanto es más excelente que los demás.

Un poco más adelante trata Santo Tomás una cuestión muy interesante, y también muy actual hoy en día, sobre si el sacerdote tiene que comulgar en la Santa Misa, y respondiendo cita como argumento de autoridad el Concilio de Toledo. Pero apenas comienza con el cuerpo del artículo retoma nuevamente la idea que señalábamos antes: «Debe decirse, como hemos ya dicho, que la Eucaristía no sólo es sacramento, sino también sacrificio»*4. Y es entonces desde esta perspectiva que dará las razones por las cuales el sacerdote debe comulgar siempre en la Misa: «Todo el que ofrece un sacrificio debe hacerse partícipe de él, porque, como dice San Agustín, el sacrificio que exteriormente ofrece es signo del interior por el que alguien se entrega a sí mismo a Dios. Por el hecho de que participa del sacrificio, muestra que el sacrificio interior se refiere a él mismo. Además, al distribuir a los fieles el sacrificio muestra que él mismo es dispensador de lo divino al pueblo. […] Y por eso él debe recibirlo primero tomándolo antes de darlo al pueblo.

[…] “¿Qué sacrificio sería aquél del que ni siquiera quien sacrifica se reconoce partícipe?”»*5. Por eso la comunión es parte integrante del sacrificio, no es esencial como dicen algunos, pero es parte integrante realmente. Y no puede darse íntegramente el sacrificio si no hay comunión, tiene que darse para que haya signo pleno: «Se hace partícipe cuando come de él, conforme a lo que dice el Apóstol: “¿acaso los que comen de las víctimas no son partícipes del altar?” [1Cor 10,18]. Es necesario entonces que el sacerdote, cada vez que consagra, tome íntegramente el sacramento»*6.

Es hermoso ver cómo es la mente de Santo Tomás: es una cosa muy particular. No solamente lo descubrimos a partir del orden que se puede ver en las cuestiones que va tratando, o en el orden de los artículos de cada cuestión, sino que vemos su genialidad en cómo va llevando un hilo de pensamiento a través de las distintas cuestiones y artículos, en el cual no se contradice nunca, estableciendo una armonía perfecta en un tema dificilísimo como es el misterio de la Eucaristía. San Buenaventura dirá: «inter sacramenta cetera est difficillimum ad credendum, immo inter credibilia» («entre los sacramentos es el más difícil de creer, e incluso entre todas las cosas que debemos creer») *7.

En la respuesta a la 1ª dificultad del mismo artículo, cuando  afronta el tema de la relación con el crisma (y por tanto con cualquier otra materia de los otros sacramentos) dice Santo Tomás: «la consagración del crisma o de cualquier otra materia no es sacrificio, como lo es la consagración de la Eucaristía»*8.

En la cuestión siguiente Santo Tomás está haciendo una especie de catequesis sobre la celebración de la Eucaristía, y va a decir en el cuerpo del artículo: «Una vez preparado e instruido el pueblo [y luego de la preparación de los dones en el ofertorio], llega la celebración del misterio que se ofrece como sacrificio y se consagra y se toma como sacramento [y explica esto maravillosamente]: primeramente se lleva a cabo el ofertorio; en segundo lugar la consagración de la materia ofrecida; y en el tercero la recepción de la misma. Con respecto a lo primero se hacen dos cosas: la alabanza del pueblo […] y la oración del sacerdote que pide que la oblación del pueblo sea aceptada […]. Con respecto a la consagración, que se realiza por virtud sobrenatural, primero excita en el prefacio a la devoción del pueblo invitándolo a que levante los corazones al Señor»*9, porque solamente con los corazones levantados a Dios se puede comprender esa acción divina por excelencia que es el sacrificio de la cruz. Es lo que expresa también en la respuesta a la tercera dificultad, donde cita a San Cipriano: «El sacerdote, antes del prefacio, prepara el alma de los hermanos, diciendo “Levantemos el corazón”, para que respondiendo el pueblo “Lo tenemos levantado hacia el Señor”*10, sepa que no debe pensar en otra cosa más que en Dios»*11.

2. Cómo mutuamente se iluminan

He elegido sólo dos textos para ver cómo se iluminan mutuamente el sacramento con el sacrificio y el sacrificio con el sacramento, porque van indisolublemente unidos.

En la cuestión 79, artículo 7, la repuesta a la tercera dificultad es realmente muy hermosa: «La comunión pertenece a la razón de sacramento, la oblación a la de sacrificio. Por eso, del hecho de que alguno (o incluso muchos) tome el Cuerpo de Cristo, no se sigue que reciban los demás ayuda alguna. Y asimismo, aunque el sacerdote consagre muchas hostias en una Misa, no crece por ello el efecto del sacramento, porque no hay sino un solo sacrificio, y no hay más virtud en muchas hostias consagradas que en una, ya que, sea en todas o en cada una, no hay otra cosa que Cristo todo entero. Por eso, tampoco si consume alguien en una Misa muchas hostias consagradas tendrá mayor parte en el efecto del sacramento. En cambio en  múltiples Misas se multiplica la oblación sacrificial, y así se multiplica el efecto del sacrificio y del sacramento»*12. Es un tema que se podría aún desarrollar, son todas enseñanzas que valen meditaciones enteras.

Respondiendo a la primera dificultad del primer artículo de la q. 83, cita Santo Tomás a San Ambrosio, en un texto muy conocido por todos nosotros: «San Ambrosio dice: “La hostia”, que Cristo ofreció y que ofrecemos nosotros, “es una y la misma, y no muchas. Una vez para siempre se ofreció Cristo, y este sacrificio es imitación de aquél. Así como, sea donde sea que se ofrece, el Cuerpo es uno y no muchos, así también es uno el sacrificio”»*13.

Pablo VI enseña: «…Sacrificio y Sacramento pertenecen al mismo misterio y no se puede separar el uno del otro. El Señor se inmola de manera incruenta en el Sacrificio de la Misa, que representa el Sacrificio de la Cruz y nos aplica su virtud salvadora, cuando por las palabras de la consagración comienza a estar sacramentalmente presente, como alimento espiritual de los fieles, bajo las especies de pan y vino»*14.

Por eso se nos enseña en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor»*15.

El Compendio lo ve en el símbolo del altar: «El altar es el símbolo del mismo Cristo, presente como víctima sacrificial (altar-sacrificio de la Cruz) y como alimento celestial que senos da a nosotros (altar-mesa eucarística)»*16.

3. Momento en que se realiza

La oblación del sacrificio se realiza en el momento de la consagración de la Eucaristía, como hemos visto en el texto apenas citado de Pablo VI.

Es el momento de la plenitud de la realización del verbo ser, rey de los verbos: «Es mi Cuerpo… será entregado. Es el cáliz de mi Sangre… será derramada… Éste es el misterio de la fe». En ese momento «se une la palabra al elemento y se produce el sacramento», como dice San Agustín*17. Y «las palabras… [hacen] sólo lo significado»*18.

Es el momento de verbos a borbotones: allí, en ese preciso momento, se hace presente una cascada de verbos: consagrar, transustanciar (el pan y el vino), poder (por parte de Dios), inmolar (la Víctima), sacrificar, oblar, ofrecer, perpetuar (el memorial del sacrificio de la Cruz), obrar (in Persona Christi), presencializar, actualizar, rememorar, renovar, demostrar, profetizar, entregar, derramar, propiciar, impetrar, representar, memorar, aplicar, consumar, aceptar… el rey de los verbos nos lleva como de la mano al Verbo Rey, al que es Rey de reyes y Señor de señores [Ap 19,16], al Ipsum esse subsistens*19. Por ser verbo del mismo Verbo: «La consagración se hace con las palabras y frases del Señor Jesús […], la palabra de Cristo hace el Sacramento»*20.

El que sea sacrificio tiene también consecuencias pastorales:

«La oportunidad de ofrecer el sacrificio no se juzga sólo por relación a los fieles, […] sino también, y principalmente, por relación a Dios, a quien se ofrece el sacrificio al consagrar»*21.

Es uno de los temas discutidos hoy en día: «Si no hay pueblo no se celebra la Eucaristía». ¡Necios! La Misa que se ofrece se ofrece a Dios, y se aprovecha el pueblo. Si el pueblo está, ciertamente aprovecha más el pueblo que está. Pero si no está el pueblo, aprovecha el pueblo también, porque se ofrece por todo el pueblo, por eso estrictamente no hay Misa sin pueblo.

Siempre está el pueblo, aunque no esté presente corporalmente.

Además la Misa que se ofrece a Dios tiene un valor infinito, porque siempre se ofrece a Dios, porque es sacrificio. Aquellos que han perdido el valor de la Misa como sacrificio no celebran Misa si no está el pueblo, porque sólo es importante cuando está el pueblo ¡como si fuese el pueblo el que da el valor a la Misa! Cuando la Misa es principalmente importante por su relación a Dios, a quien se ofrece el sacrificio al consagrar*22.

En otra parte nos recuerda el Angélico: «Los demás sacramentos se confeccionan cuando se administran, pero éste se hace con la consagración de la Eucaristía, en la cual se ofrece el sacrificio a Dios, al que el sacerdote está obligado por la ordenación que ha recibido»*23. Y cita ese texto de la Escritura, del libro de los Macabeos (2Mac 4,14), referido a nosotros los sacerdotes y hoy día aplicable a tantos: «por eso lamenta la Escritura el proceder de ciertos sacerdotes que “al despreciar el Templo y los sacrificios no entendían ya en el oficio del altar”»*24.

(Buela, C., Pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación, EDIVI, Segni (Roma), 2006, p. 51-60)

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*1- S. Th., III, 79, 7, ad 3: «Sumptio pertinet ad rationem sacramenti, sed oblatio pertinet ad rationem sacrificii».
*2- S. Th., III, 79, 5, c.: «Respondeo dicendum quod hoc sacramentum simul est et sacrificium et sacramentum, sed rationem sacrificii habet inquantum offertur; rationem autem sacramenti inquantum sumitur».
*3- S. Th., III, 79, 7, c.: «sicut prius dictum est [a.5], hoc sacramentum non solum est sacramentum, sed etiam est sacrificium».
*4- S. Th., III, 79, 7, ad 1: «…quod hoc sacramentum prae aliis habet quod est sacrificium».
*5- S Th., III, 82, 4, c.: «Quicumque autem sacrificium offert, debet fieri sacrificii particeps. Quia exterius sacrificium quod offert, signum est interioris sacrificii quo quis seipsum offert Deo, ut Augustinus dicit, X De Civ. Dei S. Th., III, 82, 4, c.: «Respondeo dicendum quod, sicut supra dictum est [q.79, a.5 et 7], Eucharistia non solum est sacramentum, sed etiam sacrificium».
*6-  S Th., III, 82, 4, c.: «…per hoc autem fit particeps quod de sacrificio sumit, secundum illud Apostoli, I Cor. X, [18], “nonne qui edunt hostias, participes sunt altaris?”. Et ideo necesse est quod sacerdos, quotiescumque consecrat, sumat hoc sacramentum integre».. S Th., III, 82, 4, c.: «Quicumque autem sacrificium offert, debet fieri sacrificii particeps. Quia exterius sacrificium quod offert, signum est interioris sacrificii quo quis seipsum offert Deo, ut Augustinus dicit, X De Civ. Dei[c. 5: PL 41,282; c. 6: PL 41,283]. Unde per hoc quod participat sacrificio, ostendit ad se sacrificium interius pertinere. Similiter etiam per hoc quod sacrificium populo dispensat, ostendit se esse dispensatorem divinorum populo. […] Et ideo ipse ante sumere debet quam populo dispenset. […] “Quale est sacrificium cui nec ipse sacrificans particeps esse dignoscitur?”».
*7- S. Th., III, 82, 4, c.: «…per hoc autem fit particeps quod de sacrificio sumit, secundum illud Apostoli, I Cor. X, [18], “nonne qui edunt hostias, participes sunt altaris?”. Et ideo necesse est quod sacerdos, quotiescumque consecrat, sumat hoc sacramentum integre».
*8- In IV Sent., d. 8, pars 1, a. 1, q. 1: «Istud sacramentum praefiguratum est, et praefigurari debuit tum ratione suae dignitatis, tum ratione difficultatis […]. Ratione difficultatis, quia hoc inter sacramenta cetera est difficillimum ad credendum, immo inter credibilia: ideo debuerunt homines ad hoc assuefieri quadam figurarum manuductione», en Opera Theologica Selecta, ed. minor, t. IV: Liber IV Sententiarum, Firenze 1949, p. 168. ».
*9- S. Th., III, 82, 4, ad 1: «Consecratio chrismatis, vel cuiuscumque alterius materiae, non est sacrificium, sicut consecratio Eucharistiae».

*10- S. Th., III, 83, 4, c.: «Sic igitur populo praeparato et instructo, acceditur ad celebrationem mysterii. Quod quidem et offertur ut sacrificium, et consecrator et sumitur ut sacramentum, primo enim peragitur oblatio; secundo, consecratio materiae oblatae; tertio, perceptio eiusdem. Circa oblationem vero duo aguntur, scilicet laus populi […]; et oratio sacerdotis, qui petit ut oblatio populi sit Deo accepta […]. Deinde, circa consecrationem, quae supernaturali virtute agitur, primo excitatur populus ad devotionem in praefatione, unde et monetur sursum corda habere ad Dominum».
*11- De Orat. Domin., c. 31: PL 4,557: «sacerdos, praefatione praemissa, parat fratrum mentes, dicendo, “sursum corda”, ut, dum respondet plebs, “habemus ad Dominum”, admoneatur nihil aliud se cogitare quam Deum»
*12- S. Th., III, 79, 7, ad 3: «Sumptio pertinet ad rationem sacramenti, sed oblatio pertinet ad rationem sacrificii. Et ideo ex hoc quod aliquis sumit Corpus Christi, vel etiam plures, non accrescit aliis aliquod iuvamentum. Similiter etiam neque ex hoc quod sacerdos plures hostias consecrat in una Missa, non multiplicatur effectus huius sacramenti, quia non est nisi unum sacrificium, nihil enim virtutis plus est in multis hostiis consecratis quam in una, cum sub omnibus et sub una non sit nisi totus Christus. Unde nec si aliquis simul in una Missa multas hostias consecratas sumat, participabit maiorem effectum sacramenti. In pluribus vero Missis multiplicatur sacrificii oblatio. Et ideo multiplicatur effectus sacrificii et sacramenti».
*13- S. Th., III, 83, 1, ad 1: «Ambrosius ibidem dicit [cfr. Gratianum, Decretum, P. III De cons., d.2, can. 53 in Christo semel], “una est hostia”, quam scilicet Christus obtulit et nos offerimus, “et non multae, quia semel oblatus est Christus, hoc autem sacrificium exemplum est illius. Sicut enim quod ubique offertur unum est Corpus et non multa corpora, ita et unum sacrificium”».
*14- Carta encíclica Mysterium fidei (3-9-1965), 35: «…Sacrificium et Sacramentum, ad idem mysterium pertin eat et alterum ab altero separari non possit. Tunc Dominus incruente immolatur in Sacrificio Missae, Crucis sacrificium repraesentante et virtutem eius salutiferam applicante, cum per consecrationis verba sacramentaliter incipit praesens adesse, tamquam spiritualis fidelium alimonia, sub speciebus panis et vini» (en AAS 57 [1965] en Enchiridion delle Encicliche, EDB, Bologna 1994, v. 7, n. 878
*15- Catechismus Catholicae Ecclesiae, n. 1382: «Missa simul et inseparabiliter sacrificale est memoriale in quo crucis perpetuatur Sacrificium, et sacrum convivium Communionis Corporis et Sanguinis Domini».
*16- Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 288.
*17- Super Io., Trat. 80, super 15,2; PL 35,1840: «Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum».
*18- S. Th., III, 77, 1, c.: «Quia verba consecrationis hoc non significant; quae tamen non efficiunt nisi significatum».
*19- Cfr. S. Th., I, 3, 4.
*20- SAN AMBROSIO, De sacramentis, L. 4, c. 4: PL 16,459; cfr. S. Th., III, 78, 1, sc.: «Consecratio fit verbis et sermonibus Domini Iesu. Nam per reliqua omnia quae dicuntur, laus Deo defertur, oratione petitur pro populo, pro regibus, pro ceteris. Ubi autem sacramentum conficitur, iam non suis sermonibus sacerdos utitur, sed utitur sermonibus Christi. Ergo sermo Christi hoc conficit sacramentum».
*22- S. Th., III, 82, 10, c.: «Opportunitas autem sacrificium offerendi non solum attenditur per comparationem ad fideles Christi, […] sed principaliter per comparationem ad Deum, cui in consecratione huius sacramenti sacrificium offertur».
*23- S Th; III, 82, 10, c: « Alia sacramenta perficiuntur in usu fidelium. Et ideo in illis ministrare non tenetur nisi ille qui super fideles suscipit curam. Sed hoc sacramentum perficitur in consecration Eucharistiae, in qua sacrificium Deo offertur, ad quod sacerdos oligatur ex ordine iam suscepto».
*24- S Th. III, 82, 10, c: « Et hinc es quod II Machab. IV, [14]. Dicitur contra quosdam sacerdotes quod “ iam non circa altaris officia dediti erant, contempto et sacrificiis neglectis” ».

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Santos Padres

·        San Agustín

Discurso sobre el pan de vida

(Jn 6,56-57).

            1. Según hemos oído al leérsenos el santo evangelio, nuestro Señor Jesucristo nos exhortó a comer su carne y a beber su sangre, prometiéndonos la vida eterna. De los que habéis escuchado estas palabras, no todos las habéis entendido; pero los ya bautizados y fieles sabéis lo que dijo; en cambio, los que entre vosotros se llaman catecúmenos u oyentes, lo oyen leer; mas ¿acaso han podido entenderlo? A unos y otros se dirige hoy este sermón. Los que ya comen la carne del Señor y beben su sangre, mediten lo que comen y lo que beben, no vayan, según el Apóstol, a comer y beber su propia condenación. Los que todavía no comulgan, apresúrense a venir a este banquete, al que se hallan invitados. En estos días, los magistrados reparten víveres; Cristo lo hace a diario; su mesa es aquella que se alza en el centro de la iglesia. ¿Por qué razón, catecúmenos, no os llegáis al banquete de la mesa que tenéis a la vista? Tal vez ahora mismo, mientras se leía el evangelio, decíais dentro de vosotros: «¿Qué significan las palabras: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida? ¿Cómo se come la carne y cómo se bebe la sangre del Señor? ¿Entendemos nosotros lo que dice?» ¿Quién te cerró la puerta para que lo ignores? Está velado; mas, si quieres, te será revelado. Haz la profesión y tendrás resuelta la cuestión. Los fieles ya entienden lo que dijo el Señor; tú, en cambio, te llamas catecúmeno, te llamas oyente, y eres sordo. Tienes abiertos los oídos del cuerpo, pues oyes las palabras que se dijeron; pero aún tienes cerrados los oídos del corazón, pues no entiendes lo que se ha dicho. No discuto; expongo llanamente la verdad. La Pascua está ahí; inscríbete para el bautismo. Si la festividad no te mueve a ello, te mueva la curiosidad de saber lo que ha dicho: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Para saber lo mismo que yo, qué significa eso, llama, y se te abrirá. Y como te digo: «Llama, y se te abrirá», así llamo para que me abras; llamo a tu corazón haciendo sonar mis palabras en tus oídos.

            2. Si deben ser exhortados los catecúmenos, hermanos míos, a que no dilaten venir a la gracia inmensa de la regeneración, ¿cuánta mayor solicitud no desplegaremos en disponer a los fieles para que les aproveche aquello a que se llegan, y así no coman ni beban estos manjares para su propia condenación? Para no comer ni beber en daño irremediable suyo, vivan bien; exhortadlos a ello, no de palabra, sino con vuestras costumbres, y así los que aún no recibieron el bautismo se apresuren a seguiros; pero de modo que no mueran al imitaros. Los casados guardad la fe conyugal a vuestras mujeres y dadles lo que de ellas exigís. Exiges castidad a tu esposa; dale ejemplo, no consejos. Tú eres el guía, mira a dónde vas; debes ir por donde ella pueda seguirte sin peligro; aún más: debes andar por donde quieras ande tu mujer. Le pides fortaleza al sexo menos fuerte; ambos tenéis la concupiscencia de la carne; el más fuerte sea primero en vencerla. Sin embargo, doloroso es decir que muchos varones son aventajados por las mujeres. Guardan ellas castidad, y ellos no quieren guardarla; y en ese mismo no guardarla cifran ellos su dignidad de hombres, cual si la fortaleza del sexo consistiera en ser más fácilmente vencido por el enemigo. Es esto una lucha, un combate, una contienda. El varón es más fuerte que la mujer; el varón es la cabeza de la mujer; y la mujer lucha y vence, ¡y tú sucumbes ante el adversario! Se mantiene firme el cuerpo, ¡y la cabeza rueda por los suelos! Los que aún no tenéis mujer y, sin embargo, os acercáis a la mesa del Señor y coméis la carne de Cristo y bebéis su sangre, si habéis de casaros, reservaos para vuestras esposas. Tal como queréis vengan ellas a vosotros deben encontraros ellas. ¿Qué joven no quiere tomar una mujer casta? Y si ha de aceptar a una doncella, ¿quién no la desea intacta? La buscas intacta, sé tú intacto; la quieres pura, no seas tú impuro. No es ello posible para ella e imposible para ti; y de ser imposible para ti, también lo es para ella. Mas ella puede ser pura; luego su ejemplo te dice que no es imposible. Ella lo puede porque Dios la gobierna. Más glorioso fueras tú en hacer como ella. ¿Por qué más glorioso? Porque a ella la guarda la vigilancia de sus padres, el mismo rubor de su frágil sexo la refrena, y, en fin, teme las leyes que tú no temes. Luego, sí tú lo hicieras, serías más glorioso, porque, de hacerlo, es por temor de Dios. Ella tiene mucho que temer fuera de Dios, tú a Dios solamente, si bien ese a quien temes tú es mayor que todos. Y se ha de temer en público y en privado. ¿Sales? Te ve. ¿Entras? Te ve. ¿Alumbra la candela? Te ve. ¿Está apagada? Te ve; y te ve cuando entras en tu cuarto y cuando estás a solas en tu corazón. Teme, teme al que no te pierde de vista, y a lo menos sé casto por el temor; o bien, si quieres pecar, halla donde no te vea y haz allí tu voluntad.

            3. Los que habéis hecho voto de pureza, castigad más severamente el cuerpo y no le dejéis la rienda suelta ni aun para lo permitido; en tal modo que os abstengáis no sólo de la unión ilícita, sino también de las lícitas miradas. Sea cualquiera vuestro sexo, acordaos los hombres y las mujeres de hacer sobre la tierra vida de ángeles. Los ángeles no se casan ni toman mujer, y tales seremos nosotros después de resucitados. ¡Cuánto mejores vosotros empezando a ser antes de la muerte lo que serán los hombres después de la resurrección! Sed fieles a vuestro estado, porque Dios guarda para vosotros honores especiales. Se ha comparado la resurrección de los muertos a las estrellas del cielo. Una estrella del cielo se distingue de otra en el brillo, según el Apóstol; así también será la resurrección de los muertos. No brillarán, pues, igual la virginidad, la castidad conyugal y la santa viudez. Brillarán diversamente, pero todas estarán allí. Ni es idéntico el esplendor, más el cielo será común.

            4. Reflexionando, pues, sobre vuestra condición, guardando lo profesado, llegaos a la carne del Señor, acercaos a la sangre del Señor. Quien tenga conciencia de ser de otro modo, no se llegue. Compungíos más con mis palabras. Se congratulan los que saben guardar para su cónyuge lo que de su cónyuge exigen; y los que saben guardar una total continencia, si así lo han prometido a Dios; más quienes me oyen decir: «El que no guarde la castidad, no se llegue a este pan», se entristecen. Yo no querría decir esto; pero ¿qué hago? ¿He de silenciar la verdad por temor al hombre? Si esos siervos no temen al Señor, ¿voy a no temerle yo tampoco, cual si no supiera se ha dicho: Siervo inútil y perezoso, tenías obligación de dar, para recibir yo lo mío con sus réditos? Ya lo he dado, Señor y Dios mío; ya he dado tu dinero en tu presencia, y en presencia de tus ángeles y de todo el pueblo, porque temo tu juicio. Helo dado; exige tú. Aunque yo no lo diga, tú lo has de hacer. Yo mejor te digo: «Señor, lo he dado»; convierte tú, perdona tú… Haz castos a los que fueron impúdicos, para que juntos podamos alegrarnos delante de ti cuando vengas a juzgar al que dio y a los que lo recibieron. ¿Os agrada esto? Os agrade de veras. Todos los impúdicos enmendaos ahora que vivís. Yo puedo hablaros la palabra de Dios, más a los impúdicos que perseveren en su maldad, no podré librarlos del juicio y de la condenación de Dios.

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º) (t. XXIII), Sermón 132, 1-4, BAC Madrid 1983, 167-72

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Sacrificio, presencia y comunión

(Jn 6,51-58)

            Introducción

            El Cardenal Van Thuan fue un obispo vietnamita que dio testimonio de Cristo sufriendo la cárcel durante 13 años en su país*1. En un libro donde recoge sus recuerdos de sus años de cautiverio escribe: “ ‘¿Pudo usted celebrar la misa en la cárcel?’, es la pregunta que muchos me han hecho innumerables veces. Cuando les respondo que sí, ya sé cuál es la pregunta siguiente: ‘¿Cómo consiguió encontrar pan y vino?’.

“Cuando fui arrestado tuve que salir inmediatamente, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir y pedir las cosas más necesarias: ropa, pasta de dientes… Escribí a mis destinatarios: ‘Por favor, mándenme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago’. Los fieles entendieron lo que eso significaba: me mandaron una botellita de vino de Misa con una etiqueta que decía: ‘medicina contra el dolor de estómago’, y las hostias las ocultaron en un mechero que se usa para combatir la humedad. El policía me preguntó:

“– ¿Le duele el estómago?

“– Sí.

“– Aquí hay un poco de medicina para usted.

“Nunca podré expresar mi gran alegría: todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebraba la misa. De todos modos, dependía de la situación. En el barco que nos llevó al norte celebraba la misa por la noche y daba la comunión a los prisioneros que me rodeaban. A veces tenía que celebrar cuando todos iban al baño, después de la gimnasia.

“En el campo de reeducación nos dividieron en grupos de 50 personas; dormíamos en camas comunes; cada uno tenía derecho a 50 cm. Nos las arreglamos para que estuvieran cinco católicos conmigo. A las 21:30 hs. había que apagar la luz y todos debían dormir. Me encogía en la cama para celebrar la misa de memoria, repartía la comunión pasando la mano bajo el mosquitero.

“Fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento. Llevaba siempre a Jesús eucarístico en el bolsillo de la camisa. Recuerdo lo que escribí: ‘Tú crees en una sola fuerza: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor que te dará la vida’.

“Cada semana tiene lugar una sesión de adoctrinamiento en la que debe participar todo el campo. Durante el descanso, mis compañeros católicos y yo aprovechamos para pasar un paquetito para cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros; todos saben que Jesús está en medio de ellos; Él es el que cura todos los sufrimientos físicos y mentales. Durante la noche los presos se turnan en adoración; Jesús eucarístico ayuda inmensamente con su presencia silenciosa. Muchos cristianos vuelven al fervor de la fe durante esos días; hasta budistas y otros no cristianos se convierten.

“He pasado nueve años aislado. Durante ese tiempo celebré la misa todos los días hacia las 3 de la tarde, la hora en que Jesús estaba agonizando en la cruz. Llevé siempre conmigo la bolsita que contiene el Santísimo Sacramento. Han sido las misas más bellas de mi vida.

“Por la noche, entre las 9 y las 10, realizaba una hora de adoración.

“Ofrezco la misa junto con el Señor: cuando reparto la comunión me doy a mí mismo junto al Señor para hacerme alimento para todos. Esto quiere decir que estoy siempre al servicio de los demás. Han sido las misas más bellas de mi vida. Siento una singular paz de espíritu y de corazón, el gozo y la serenidad de la compañía de Jesús, de María y de José”*2.

1. Sacrificio

¿Qué es este sacramento? ¿Por qué hay hombres como Nguyen Van Thuan que para celebrarlo ponen en riesgo su vida? ¿Qué es este sacramento que devuelve la alegría y la esperanza a hombres condenados a trabajos forzados y morir lentamente en oscuros calabozos? Debe haber en este sacramento algo de grandioso para que tenga tales efectos.

Para responder a esta pregunta debemos analizar cómo y en qué circunstancias fue creado.

Dios había decretado la redención del mundo. Y fue preparando esa redención a través de sucesivas intervenciones en la historia de Israel y a través de algunas ceremonias que anunciaban la redención definitiva. La ceremonia principal que preparaba y anunciaba la salvación que Dios daba a los hombres era el sacrificio del Cordero Pascual. Esta ceremonia nace cuando los israelitas deben huir de Egipto para salvarse del faraón y por orden de Yahveh sacrifican un cordero. Con la sangre del cordero marcan las puertas de las casas y así se salvan de la muerte que el ángel traía a los primogénitos de los egipcios. Además, deben los israelitas comer de ese cordero sacrificado, antes de huir de Egipto salvándose del ejército enemigo pasando el Mar Rojo.

Este cordero sacrificado cuya sangre los salvó de la muerte es la figura de Cristo, que, muriendo en la cruz, derramó su sangre y nos salvó de la muerte eterna, es decir, de la condenación eterna. Jesús muere en la cruz el Viernes Santo en el Calvario y allí entrega su cuerpo y derrama su sangre.

Precisamente en el centro de estas dos acciones de Dios, el sacrificio del cordero judío y la muerte en cruz, es cuando Jesús decide instituir este sacramento que tan admirablemente dio fuerzas a hombres como el Card. Van Thuan. Efectivamente, durante la celebración del sacrificio del cordero, en la cena de la Pascua judía y a pocas horas de morir en la cruz, Jesús tomó pan, dio gracias y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros”. Luego tomó el cáliz con vino y dijo: “Tomad y bebed, porque esta es mi sangre, que será derramada para el perdón de los pecados”. Donde hay cuerpo entregado y sangre derramada siempre hay sacrificio.

Queda claro entonces que Jesús instituyó este sacramento en un contexto de sacrificio (el sacrificio del Cordero Pascual) y lo instituyó como sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre. Es el mismo sacrificio de la cruz, porque el Sacerdote de la eucaristía es el mismo sacerdote de la cruz, la Víctima de la eucaristía es la misma Víctima de la cruz, y el acto oblativo de la eucaristía es el mismo acto oblativo de la cruz. Ahí está la primera respuesta a nuestra pregunta. Es el sacrificio que da la vida al mundo, por eso hombres como el Card. Van Thuan fueron capaces de jugarse la vida con tal de poder celebrarlo.

2. Presencia

¿Hay alguna otra respuesta a la pregunta de por qué hombres como el Card. Van Thuan no quisieron dejar de celebrar la Eucaristía ni siquiera en situaciones infrahumanas? Sí, hay otra respuesta y dicha respuesta está en las mismas palabras de la consagración. Jesús dijo y el sacerdote ministerial repite: “Esto es mi cuerpo”, “ésta es mi sangre”. ¿Por qué dudar si Jesús no puede mentir? Está presente todo Cristo, tanto bajo las especies del pan como las del vino. Las sustancias del pan y del vino se convierten en la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Por este motivo, la conversión que se realiza de la sustancia de pan a la sustancia del Cuerpo de Cristo vivo y la conversión de la sustancia del vino a la sustancia de la Sangre de Cristo vivo se llama ‘transubstanciación’.

Bajo las especies del pan está el Cuerpo de Cristo, pero también están presente su sangre, su alma y su divinidad: todo Cristo. Bajo las especies del vino está presente la Sangre de Cristo, pero también están presentes su cuerpo, su alma y su divinidad: todo Cristo.

3. Comunión

El Card. Van Thuan y muchos hombres como él, además de saber que Cristo estaba realmente presente en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre y que se ofrecía realmente en sacrificio por los pecados del mundo, sabía que Jesús quería que fuera comido por él. Jesús mismo había dicho: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6,53-56). Y el mismo Van Thuan se repetía a sí mismo mientras estaba preso: ‘Tú crees en una sola fuerza: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor que te dará la vida’.

De esta comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo se siguen muchos efectos benéficos. “El efecto especial de la eucaristía en el alma es el de nutrir y de hacer crecer y robustecer en la gracia. (…) El misterio de la presencia real del Señor en el Sacramento de la Eucaristía nos dona el medio, el alimento y la bebida bajados del cielo, para alimentar esta vida y afrontar el camino hacia la vida eterna”*3. El alma entra en contacto con el mismo Dios hecho hombre.

“Con el más sobrio realismo teológico podemos decir que en la eucaristía nosotros somos colocados en el pecho del amor divino”*4. Así como San Juan Apóstol, en la Última Cena, reclinó su cabeza sobre el pecho del Salvador, así también nosotros, y de un modo mucho más real y profundo, al comulgar nos deleitamos reclinando nuestra cabeza sobre el pecho amoroso de Jesús.

“Mediante la eucaristía adviene entonces una nueva unión, más bien una incorporación del alma a Dios”*5. Nos fundimos en Dios y Dios se funde en nosotros. Se realiza como una transfusión de Sangre de Cristo en nuestro torrente sanguíneo.

4. Nuestra actitud

Ahora entendemos por qué estos hombres, contemporáneos nuestros, fueron capaces de poner en peligro la propia vida con tal de participar de este sacramento. Sabiendo lo que este sacramento contiene y viendo el ejemplo tan excelso que nos dan estos hombres, la solemnidad de hoy debe interpelarnos profundamente.

En primer lugar, ante el hecho de que la Misa es sacrificio de Cristo debemos ofrecernos nosotros como sacrificio. “La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con El, ella se ofrece totalmente”, dice el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC, 1368).

El sacrificio espiritual que ofrece el fiel cristiano es él mismo: su libertad, su inteligencia, su imaginación, sus sentidos, todo su cuerpo. Ofrecer el sacrificio espiritual significa desprenderse totalmente de todo eso para ponerlo sólo al servicio de Dios y de los hermanos. Ese es el modo de ejercer el sacerdocio común de los fieles. Y el acto supremo de ese sacerdocio común de los fieles es el martirio.

          Junto con el sacrificio que Cristo renueva y actualiza en cada Santa Misa el fiel cristiano debe ofrecerse como víctima para que sus sufrimientos colaboren con la redención del mundo hecha por Cristo. Dice el P. Carlos Buela que todos debemos perfeccionarnos “siendo en Cristo ‘una ofrenda eterna para Dios’, ‘una víctima viva y perfecta para alabanza de tu gloria’. Es la actitud sacerdotal propia del ‘tercer binario’ de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. (…) Actitud que hay que vivir permanentemente, sin disminuciones ni retractaciones, sin reservas ni condiciones, sin subterfugios ni dilaciones, sin repliegues ni lentitudes. Tanto en los empeños de lo íntimo, como en los altos empeños históricos: no es capaz de edificar imperios quien no es capaz de dar fuego a sus naves cuando desembarca. (…) Esta es la idea clamorosa: sacrificarse. Así se dirige la historia, aun silenciosa y ocultamente”*6.

En segundo lugar, debemos adorar su presencia eucarística, tanto durante la Santa Misa como en la adoración al Santísimo Sacramento expuesto en forma solemne. “Agradezcamos a nuestro Dios por la vida y el ser que nos ha dado, pero sobre todo por el don de la fe y en particular por el don hecho a la Iglesia con el Sacramento de la Eucaristía y por la visita que nos dona en estos pocos momentos”*7.

En tercer lugar, comulguemos de una manera consciente y concentrada. Quiera Dios que nuestras comuniones no sean un triste espectáculo desde hace varios años. En vez de un hambre y sed inexhausta de Jesús, estamos fríos; nos acercamos por pura costumbre de plazo periódico, quizás también por motivos de vanidad. Reservemos algunos minutos después de la Misa para agradecer la presencia de Cristo en nuestra alma. En el momento de la comunión debemos hacer “la impetración de las gracias, del alimento y de la bebida del alma ante todo: del amor a la virtud, de la fuga del pecado y de sus sofismas y engaños. Nunca debemos presentarnos delante de nuestro Dios con las manos vacías”*8.

Conclusión

“El progreso espiritual del alma se conoce del fervor que le tenemos a la Santa Comunión: del deseo de visitar a menudo nuestro Dios prisionero. (…) Como se lee de Santa Catalina de Siena que en un anochecer fue invadida por un secreto sentido de Dios que le hizo anhelar la mañana para correr a recibirlo como su esencial comida y consuelo”*9.

Hoy se realizará, Dios mediante, la procesión del Corpus Christi. “A los demasiados ausentes que no oyen la fragancia más espiritual de este celestial espectáculo de fe cristiana y prefieren hoy ir al mar y a las montañas o a esconderse en los cines, suplirán invisibles los hijos predilectos de la Santa Iglesia: los muchos Obispos, los sacerdotes y los fieles que languidecen todavía en las cárceles: ellos no pueden renovar hoy como una vez la procesión del Corpus Domini llevando en alto el Cuerpo de Cristo por las calles del mundo, pero lo portan en triunfo con las señales de su testimonio por las calles del cielo. Son los queridos enfermos que sienten subir de la calle el eco de los cantos y el perfume del incienso que suben a su Dios, ese Dios que muchas veces ha subido hasta ellos para mostrarles su predilección. Son los niños, hoy menos bulliciosos e inquietos que de costumbre, porque ellos están llamados a hacer la guardia de honor y a esparcir flores y gorjeos alrededor del trono del Verbo Encarnado. Y sobre todo los Ángeles, porque hoy es también su gran día”*10.

______________________________________________
*1- Francois – Xavier Nguyen Van Thuan nació en Vietnam en 1928. Fue ordenado sacerdote católico en 1953. Fue nombrado obispo en 1967. En 1975 fue nombrado arzobispo de Saigón. Pocos meses después, con la llegada del régimen comunista, fue arrestado. Pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en régimen de aislamiento. En 1988 fue liberado y puesto bajo régimen de arresto domiciliario en Hanoi, sin permitírsele regresar a su sede diocesana. En 1991 se le autorizó ir de visita a Roma, pero no se le permitió el regreso. Desde entonces vivió exiliado en esa ciudad. Fue creado Cardenal por el papa San Juan Pablo II en el año 2001. Falleció el 16 de septiembre de 2002 en Roma. Durante el papado de Benedicto XVI se inició su proceso de beatificación. El 4 de mayo de 2017, el Papa Francisco aprobó el decreto por el que se reconocen sus virtudes heroicas, el primer paso necesario para su beatificación. Escribió varios libros, algunos de ellos durante su período de cautiverio, otros durante su estadía en Roma. Sus dos libros más conocidos son: “Testigos de la Esperanza” (Ejercicios Espirituales predicados a la curia romana en el año 2000, en presencia de San Juan Pablo II), y “Cinco panes y dos peces. Testimonio de fe de un obispo vietnamita en la cárcel. 7 meditaciones dirigidas a los jóvenes” (primera edición: año 2000; este libro recoge sus recuerdos de sus años de cautiverio).
*2- Van Thuan, F. X. Nguyen, Cinco panes y dos peces, Editorial Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2001.
*3- Fabro, C., Vangeli delle Domeniche, Morcelliana, Brescia, 1959, 179-185; traducción nuestra.
*4- Fabro, C., ibidem.
*5- Fabro, C., ibidem.
*6- Buela, C., Directorio de Espiritualidad del Instituto del Verbo Encarnado, nº 73.146.
*7- Fabro, C., op. cit., ídem.
*8- Fabro, C., ibidem.
*9- Fabro, C., ibidem.
*10- Fabro, C., ibidem.

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S.S. Francisco p.p.

 

«El Señor, tu Dios, … te alimentó con el maná, que tú no conocías» (Dt 8, 2-3).

Estas palabras del Deuteronomio hacen referencia a la historia de Israel, que Dios hizo salir de Egipto, de la condición de esclavitud, y durante cuarenta años guió por el desierto hacia la tierra prometida. El pueblo elegido, una vez establecido en la tierra, alcanzó cierta autonomía, un cierto bienestar, y corrió el riesgo de olvidar los tristes acontecimientos del pasado, superados gracias a la intervención de Dios y a su infinita bondad. Así pues, las Escrituras exhortan a recordar, a hacer memoria de todo el camino recorrido en el desierto, en el tiempo de la carestía y del desaliento. La invitación es volver a lo esencial, a la experiencia de la total dependencia de Dios, cuando la supervivencia estaba confiada a su mano, para que el hombre comprendiera que «no sólo de pan vive el hombre, sino… de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

Además del hambre físico, el hombre lleva en sí otro hambre, un hambre que no puede ser saciado con el alimento ordinario. Es hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad. Y el signo del maná —como toda la experiencia del éxodo— contenía en sí también esta dimensión: era figura de un alimento que satisface esta profunda hambre que hay en el hombre. Jesús nos da este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo (cf. Jn 6, 51). Su Cuerpo es el verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es la verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciar nuestro cuerpo, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la esencia de este pan es el Amor.

En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor tan grande que nos nutre de sí mismo; un amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de regenerar las propias fuerzas. Vivir la experiencia de la fe significa dejarse alimentar por el Señor y construir la propia existencia no sobre los bienes materiales, sino sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo.

Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que existen muchas ofertas de alimento que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. Pero el alimento que nos nutre verdaderamente y que nos sacia es sólo el que nos da el Señor. El alimento que nos ofrece el Señor es distinto de los demás, y tal vez no nos parece tan gustoso como ciertas comidas que nos ofrece el mundo. Entonces soñamos con otras comidas, como los judíos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que esos alimentos los comían en la mesa de la esclavitud. Ellos, en esos momentos de tentación, tenían memoria, pero una memoria enferma, una memoria selectiva. Una memoria esclava, no libre.

Cada uno de nosotros, hoy, puede preguntarse: ¿y yo? ¿Dónde quiero comer? ¿En qué mesa quiero alimentarme? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer manjares gustosos, pero en la esclavitud? Además, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿cuál es mi memoria? ¿La del Señor que me salva, o la del ajo y las cebollas de la esclavitud? ¿Con qué memoria sacio mi alma?

El Padre nos dice: «Te he alimentado con el maná que tú no conocías». Recuperemos la memoria. Esta es la tarea, recuperar la memoria. Y aprendamos a reconocer el pan falso que engaña y corrompe, porque es fruto del egoísmo, de la autosuficiencia y del pecado.

Dentro de poco, en la procesión, seguiremos a Jesús realmente presente en la Eucaristía. La Hostia es nuestro maná, mediante la cual el Señor se nos da a sí mismo. A Él nos dirigimos con confianza: Jesús, defiéndenos de las tentaciones del alimento mundano que nos hace esclavos, alimento envenenado; purifica nuestra memoria, a fin de que no permanezca prisionera en la selectividad egoísta y mundana, sino que sea memoria viva de tu presencia a lo largo de la historia de tu pueblo, memoria que se hace «memorial» de tu gesto de amor redentor. Amén

(Atrio de la Basílica de San Juan de Letrán, jueves 19 de junio de 2014)

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San Juan Pablo II

 

1. “Lauda, Sion, Salvatorem, lauda ducem et pastorem  in  hymnis et canticis”:  “Alaba, Sión, al  Salvador, tu guía y tu pastor, con himnos y cánticos”.

Acabamos de cantar con fe y devoción estas palabras de la tradicional Secuencia, que forma parte de la liturgia del Corpus Christi.

Hoy es fiesta solemne, fiesta en la que revivimos la primera Cena sagrada. Mediante un acto público y solemne, glorificamos y adoramos el Pan y el Vino que se han convertido en verdadero Cuerpo y en verdadera Sangre del Redentor. “Es un signo lo que aparece” -subraya la secuencia-, pero “encierra en el misterio realidades sublimes”.

2. “Pan vivo que da la vida:  este es el tema de tu canto, objeto de tu alabanza”.

Celebramos hoy una fiesta solemne, que expresa el asombro del pueblo de Dios:  un asombro lleno de gratitud por el don de la Eucaristía. En el sacramento del altar Jesús quiso perpetuar su presencia viva en medio de nosotros, en la forma misma en que se entregó a los Apóstoles en el cenáculo. Nos deja lo que hizo en la última Cena, y nosotros, fielmente, lo renovamos.

Según tradiciones locales consolidadas, la solemnidad del Corpus Christi comprende dos momentos:  la santa misa, en la que se realiza la ofrenda del Sacrificio, y la procesión, que manifiesta públicamente la adoración del santísimo Sacramento.

3. “Obedientes a su mandato, consagramos el pan y el vino, hostia de salvación”. Se renueva, ante todo, el memorial de la Pascua de Cristo.

Pasan los días, los años, los siglos, pero no pasa este gesto santísimo en el que Jesús condensó todo su evangelio de amor. No deja de ofrecerse a sí mismo, Cordero inmolado y resucitado, por la salvación del mundo. Con este memorial la Iglesia responde al mandato de la palabra de Dios, que hemos escuchado también hoy en la primera lectura:  “Recuerda… No te olvides” (Dt 8, 2. 14).

La Eucaristía es nuestra Memoria viva. La Eucaristía, como recuerda el Concilio, “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da la vida a los hombres por medio de su carne vivificada por el Espíritu Santo. Así, los hombres son invitados y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo” (Presbyterorum ordinis, 5).

De la Eucaristía, “fuente y cumbre de toda evangelización” (ib.), también nuestra Iglesia de Roma debe tomar diariamente fuerza e impulso para su acción misionera y para toda forma de testimonio cristiano en la ciudad de los hombres.

4. “Buen pastor, verdadero pan, oh Jesús, ten piedad de nosotros:  aliméntanos y defiéndenos”. Tú, buen Pastor, recorrerás dentro de poco las calles de nuestra ciudad. En esta fiesta, toda ciudad, tanto la metrópoli como la más pequeña aldea del mundo, se transforman espiritualmente en la Sión, la Jerusalén que alaba al Salvador:  el nuevo pueblo de Dios, congregado de todas las naciones y alimentado con el único Pan de vida.

Este pueblo necesita la Eucaristía. En efecto, es la Eucaristía la que lo convierte en Iglesia misionera. Pero, ¿es posible esto sin sacerdotes que renueven el misterio eucarístico?

Por eso, en este día solemne, os invito a rezar por el éxito de la Asamblea eclesial diocesana, que se celebrará en la basílica de San Juan de Letrán a partir del lunes próximo, y que prestará particular atención al tema de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Muchachos romanos, os repito las palabras que dirigí, durante la Jornada mundial de la Juventud de 2000, a los jóvenes reunidos en Tor Vergata:  “Si alguno de vosotros (…) siente en su interior la llamada del Señor a entregarse totalmente a él para amarlo “con corazón indiviso” (cf. 1 Co 7, 34), no se deje paralizar por la duda o el miedo. Pronuncie con valentía su sí sin reservas, fiándose de Aquel que es fiel en todas sus promesas” (Homilía, 20 de agosto de 2000, n. 6:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de agosto de 2000, p. 12).

5. “Ave, verum Corpus, natum de Maria Virgine”.

“Te adoramos, oh verdadero Cuerpo nacido de la Virgen María”.

Te adoramos, santo Redentor nuestro, que te encarnaste en el seno purísimo de la Virgen María. Dentro de poco la solemne procesión nos conducirá al más insigne templo mariano de Occidente, la basílica de Santa María la Mayor. Te damos gracias, Señor, por tu presencia  eucarística en el mundo.

Por nosotros aceptaste padecer, y en la cruz manifestaste hasta el extremo tu amor a toda la humanidad. ¡Te adoramos, viático diario de todos nosotros, peregrinos en la tierra!

“Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra, conduce a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos”. Amén.

(Homilía de ordenación sacerdotal en Sión, Suiza, 17 de junio 1984)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

Después del tiempo fuerte del año litúrgico, que, centrándose en la Pascua se prolonga durante tres meses —primero los cuarenta días de la Cuaresma y luego los cincuenta días del Tiempo pascual—, la liturgia nos hace celebrar tres fiestas que tienen un carácter “sintético”:  la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y, por último, el Sagrado Corazón de Jesús.

¿Cuál es el significado específico de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos lo manifiesta la celebración misma que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales:  ante todo, nos hemos reunido alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia; luego, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; y, por último, arrodillarse ante el Señor, la adoración, que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postremos ante Aquel que se inclinó hasta nosotros y dio la vida por nosotros. Reflexionemos brevemente sobre estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

Así pues, el primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba “statio”. Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades a las que llegaba el mensaje evangélico:  en cada Iglesia particular había un solo obispo y en torno a él, en torno a la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues era uno solo el Cáliz bendecido y era uno solo el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol san Pablo en la segunda lectura (cf. 1 Co 10, 16-17).

Viene a la mente otra famosa expresión de san Pablo:  “Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 28). “Todos vosotros sois uno”. En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía:  aquí se reúnen, en la presencia del Señor, personas de edad, sexo, condición social e ideas políticas diferentes.

La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. Nosotros, esta tarde, no hemos elegido con quién queríamos reunirnos; hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, unidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas:  nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de él. Esta ha sido, desde los inicios, la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan de hecho en sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi ante todo nos recuerda que ser cristianos  quiere decir reunirse desde todas  las  partes para estar en la presencia del  único Señor y ser uno en él y con él.

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos después de la santa misa, como su prolongación natural, avanzando tras Aquel que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libra de nuestras “parálisis”, nos levanta y nos hace “pro-cedere”, es decir, nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo a sus enemigos, y había decidido dejarse morir (cf. 1 R 19, 1-4). Pero Dios lo despertó y le puso a su lado una torta recién cocida:  “Levántate y come —le dijo—, porque el camino es demasiado largo para ti” (1 R 19, 5. 7).

La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere librar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que resulta ejemplar para toda la humanidad.

De hecho, la expresión “no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor” (Dt 8, 3) es una afirmación universal, que se refiere a todo hombre en cuanto hombre. Cada uno puede hallar su propio camino, si se encuentra con Aquel que es Palabra y Pan de vida, y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que nos acompaña y nos indica la dirección. En efecto, no basta avanzar; es necesario ver hacia dónde vamos. No basta el “progreso”, si no hay criterios de referencia. Más aún, si nos salimos del camino, corremos el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarnos más rápidamente de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos:  se ha hecho él mismo “camino” y ha venido a caminar juntamente con nosotros a fin de que nuestra libertad tenga el criterio para discernir la senda correcta y recorrerla.

Al llegar a este punto, no se puede menos de pensar en el inicio del “Decálogo”, los diez mandamientos, donde está escrito:  “Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí” (Ex 20, 2-3). Aquí encontramos el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi:  arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad:  quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único (cf. Jn 3, 16).

Nos postramos ante Dios que primero se ha inclinado hacia el hombre, como buen Samaritano, para socorrerlo y devolverle la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, el cual da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística; en ella el alma sigue alimentándose:  se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquel ante el cual nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Por eso, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Haciendo nuestra la actitud de adoración de María, a la que recordamos de modo especial en este mes de mayo, oramos por nosotros y por todos; oramos por todas las personas que viven en esta ciudad, para que te conozcan a ti, Padre, y al que enviaste, Jesucristo, a fin de tener así la vida en abundancia. Amén.

(Atrio de la Basílica de San Juan de Letrán, jueves 22 de mayo de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

CORPUS CHRISTI

El hombre moderno como el hombre de todos los tiempos busca la felicidad pero la senda que ha tomado para encontrarla es el placer por el placer. Dice Chesterton que el hombre moderno “al buscar el placer, perdió su placer principal, pues el placer principal es la sorpresa”*1 o el asombro.

            Ustedes habrán notado que cuando nos gusta una cosa buscamos tenerla pero una vez alcanzada, al poco tiempo nos cansa y buscamos algo nuevo en ella, o buscamos simplemente otra cosa. En definitiva lo que buscamos es algo que nos asombre, que dé felicidad al espíritu.

            Pero el hombre moderno y también nosotros cristianos insertados en este mundo moderno vamos perdiendo la capacidad de asombro. Cuando el hombre busca sólo los placeres terrenales se embota su mente para las sorpresas del espíritu y por tanto la fe entra en crisis porque la fe es la que nos hace alcanzar lo sorprendente de la religión y de Dios que son los misterios.

            San Juan Pablo II ha querido suscitar este asombro respecto al sacramento de la Eucaristía en su encíclica Ecclesia de Eucharistia siguiendo a toda la tradición de la Iglesia, la cual, “no ha tenido miedo de derrochar, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía”*2.

            Intentaremos también suscitar este asombro recordando algunas verdades de este Sacramento:

Conociendo nuestra debilidad quiso Jesús instituir un Sacramento, a modo de alimento espiritual, que nos diese fuerza y vigor; rebozando su corazón de amor, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo”*3, quiso quedarse Él mismo presente en este Sacramento para estar con nosotros “hasta el fin del mundo”*4; más aún, quiso dejárnoslo como Sacrificio perpetuo ofrecido a Dios para reparar por nuestros pecados.

            La Iglesia en la liturgia de la Palabra nos habla de pan y vino que son los alimentos más comunes entre los hombres y que serán la materia del Sacramento de la Eucaristía.

            Melquisedec presentó pan y vino, San Pablo dice que Jesús en la Última Cena tomó pan y vino, el Evangelio nos relata la multiplicación de los panes y dice que Jesús tomó los panes y los multiplicó.

La multiplicación de los panes fue uno de los escalones por los cuales Jesús fue preparando a sus Apóstoles para instituir la Eucaristía. Comenzó con los milagros de la conversión del agua en vino*5 y de la multiplicación de los panes*6 como para que entendiesen que también tenía poder para convertir el vino en su Sangre y hacer presente su Cuerpo bajo la apariencia de pan en los miles y miles de lugares del mundo donde se celebra la Santa Misa; los preparó también por medio de su palabra, especialmente, en el Sermón del Pan de Vida*7. Luego de esta larga preparación, instituyó solemnemente la Eucaristía en la Última Cena, la consumó en el sacrificio en la cruz y mandó que se perpetuase sobre nuestros altares “hasta que Él vuelva”*8.

            Antes de la Consagración vemos sobre el altar pan y vino, pan de trigo y vino de uva. Después de la consagración vemos sobre el altar pan y vino, sin embargo, ¿son en realidad pan y vino? No. Allí está el Cuerpo, la Sangre, el alma y la divinidad de Jesús. Sólo permanecen las apariencias de pan y vino.

            Los que estuvieron en la multiplicación de los panes y comieron pan hasta saciarse buscan a Jesús para hacerlo rey y Jesús ha hecho el milagro para significar algo más profundo: Él es el verdadero pan que da vida al hombre, pero no vida temporal, sino vida eterna.

            Se equivoca la vista y los demás sentidos sobre lo que hay en el altar después de la consagración pero no se equivoca el oído porque ha escuchado lo que ha dicho Jesús: “Esto es mi Cuerpo”, “Esta es mi Sangre”*9 y el defecto de los sentidos es suplido por el oído que es el medio por el cual se suscita en nosotros la fe*10. Por eso a la Eucaristía la llamamos Sacramento de la fe o Misterio de la fe, palabras que dice el Sacerdote después de hacer la Eucaristía.

            Sólo la fe alcanza el misterio y se produce el asombro. Si el misterio lo queremos alcanzar por la sola inteligencia sin la fe se produce el rechazo y el escándalo como sucedió cuando el Señor les habló de este misterio a sus discípulos. Ellos tomaron al pie de la letra sus palabras, pensaron en un banquete de antropófagos cuando Jesús les dijo que debían comer su carne, y se fueron murmurando “duras son estas palabras”. En cambio, los doce tomaron otra actitud. Doblegaron la inteligencia ante las palabras de Jesús, creyeron en Él y dijeron: “¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”*11. La fe crucifica nuestra inteligencia y si el hombre acepta esta crucifixión resucita una inteligencia mayor enaltecida por la fe. El misterio es alcanzado y el misterio produce asombro y da felicidad.

            El cielo será un asombro infinito y permanente por la contemplación de Dios.

En la Eucaristía hay una Presencia Real de Cristo.  “Porque esto es mi cuerpo”, “porque esta es mi sangre”. Él mismo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, está presente en este Sacramento que no sólo nos da la gracia sino también al autor de la gracia: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna”*12

San Pablo recuerda la institución de la Eucaristía y su significado: la memoria de la muerte de Jesús. Cada vez que participamos de la Santa Misa y escuchamos las palabras de la Consagración se hace presente el momento de la muerte de Jesús y con ello nuestra Redención, por la cual, entramos nuevamente en comunión con Dios por medio de Jesús. Por eso la Eucaristía es Sacrificio. En la Consagración se habla de Cuerpo entregado y Sangre derramada. Es el momento en que Cristo se inmola para expiar nuestros pecados y así aplacar la justa ira de Dios, volviéndolo propicio y clemente, satisfaciendo –inclusive– por las almas del purgatorio. “El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo”*13. La Eucaristía es la renovación del Sacrificio de la Cruz y tiene por fin, como la cruz misma, la glorificación de Dios y santificación de los hombres.

            Pero esa comunión con Jesús que se da ya en el momento de la Consagración por la fe en el Sacramento se da físicamente cuando recibimos a Jesús sacramentado: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”*14.

La Eucaristía es Sacramento. “Tomad y comed”, “Tomad y bebed”. La Eucaristía es alimento espiritual, renovación de la última cena, banquete celestial, para nuestra santificación: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”*15.

            ¿Y Jesús que se sacrifica en la Misa nos da su carne inmolada? Jesús se nos da vivo tal cual está en el cielo y por eso nos da vida eterna*16. Jesús está vivo en el cielo y es la Vida en plenitud y por eso nos trasmite la vida en el Sacramento de la Eucaristía.

            Los tres elementos que he señalado: que la Eucaristía es Sacramento, Presencia Real y Sacrificio están contenidos en la fórmula de la Consagración. El Sacramento de la Eucaristía se hace en el Sacrificio de la Misa.

            Pero después de haber hablado de la Eucaristía quiero que piensen en esto: la Eucaristía es el sacramento del amor: Dios nos ama tanto que se hizo hombre por nosotros, es el Verbo Encarnado, Jesús. Jesús para demostrar el amor de Dios hacia nosotros quiso morir en una cruz y darnos su Cuerpo y su Sangre como alimento. Se quiso dar como alimento nuestro para poderse unir con nosotros, no sólo por la fe sino también físicamente. Dios se escondió bajo nuestra carne y escondió su carne bajo el pan y todo por amor. Este es el “asombro eucarístico” que quiere suscitar la Iglesia en nosotros porque fue Dios el que lo quiso suscitar. Este “asombro” nos enciende en amor y nos llena de felicidad, es el cielo.

__________________________________________________
*1- Chesterton, Ortodoxia, San Pablo Argentina 2008, 38
*2- Ecclesia de Eucharistia nº 48. Cf. nº 2
*3- Jn 13, 1
*4- Mt 28, 20
*5- Cf. Jn 2, 1-11
*6- Cf. Mt 14, 13-21; 15, 32-39
*7- Cf. Jn 6, 25-71
*8- 1 Co 11, 26
*9- Mt 26, 26
*10- Rm 10, 14
*11- Jn 6, 68-69
*12- Jn 6, 54
*13- Jn 6, 51
*14- Jn 6, 56
*15- Jn 6, 55
*16- Jn 6, 58

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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