Archivos mensuales: Junio 2017

Domingo XIII del Tiempo Ordinario

 

02
julio

Domingo II de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XIII del Tiempo Ordinario (A)

(Domingo 2 de julio de 2017)

LECTURAS

Ése es un santo hombre de Dios

Lectura del segundo libro de los Reyes     4, 8-11. 14-16a

Un día, Eliseo pasó por Sunám. Había allí una mujer pudiente, que le insistió para que se quedara a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba, él iba a comer allí. Ella dijo a su marido: «Mira, me he dado cuenta de que ese que pasa siempre por nuestra casa es un santo hombre de Dios. Vamos a construirle una pequeña habitación en la terraza; le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así, cuando él venga, tendrá donde alojarse».
Un día Eliseo llegó por allí, se retiró a la habitación de arriba y se acostó. Pero Eliseo insistió: «Entonces, ¿qué se puede hacer por ella?» Guejazí respondió: «Lamentablemente, no tiene un hijo y su marido es viejo». «Llámala», dijo Eliseo. Cuando la llamó, ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: «El año próximo, para esta misma época, tendrás un hijo en tus brazos».

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19 (R.: 2a)

R. Cantaré eternamente el amor del Señor.

Cantaré eternamente el amor del Señor,
proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.
PorqueTtú has dicho: «Mi amor se mantendrá eternamente,
mi fidelidad está afianzada en el cielo». R.

¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte!
Ellos caminarán a la luz de tu rostro;
se alegrarán sin cesar en tu Nombre,
serán exaltados a causa de tu justicia. R.

Porque Tú eres su gloria y su fuerza;
con tu favor, acrecientas nuestro poder.
Sí, el Señor es nuestro escudo,
el Santo de Israel es realmente nuestro rey. R.

Por el bautismo, sepultados con él
llevemos una vida nueva

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     6, 3-4, 8-11

Hermanos:
¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.
Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre Él. Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

ALELUIA     1Ped 2, 9

Aleluia.
Ustedes, son una raza elegida, un sacerdocio real,
una nación santa, un pueblo adquirido
para anunciar las maravillas de Aquél
que los llamó de las tinieblas a su admirable luz.
Aleluia.

EVANGELIO

El que no toma su cruz no es digno de mí
El que los recibe a ustedes me recibe a mí

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles:
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guion Domingo XIII Tiempo Ordinario- 2 de Julio 2017- Ciclo A

Entrada: Que esta Santa Eucaristía disponga nuestras almas para comprender la verdad de la radicalidad evangélica y encienda nuestros corazones en el amor a Dios y al prójimo.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:       2 Reyes 4, 8- 11. 14- 16a

La obra de caridad  hecha al santo profeta lleva su recompensa con creces.

Salmo Responsorial: 88

Segunda Lectura:          Romanos 6, 3- 4. 8- 11

Sepultados con Cristo en el bautismo debemos llevar una vida santa.

Evangelio:          Mateo 10, 37- 42

Jesucristo nos exhorta a ser valientes predicadores del Evangelio y a no recortar el mensaje de Cristo ni siquiera ante las amenazas de aquellos que se oponen al Reino de Dios.

Preces: XIII T. O

Imploremos, hermanos, la Misericordia de Dios Padre todopoderoso, de quien procede todo bien.

A cada intención respondemos cantando:……………

*Te pedimos Señor por las intenciones del Santo Padre, especialmente la que él nos propone para este mes de Julio: que pidamos por los hermanos alejados de la fe cristiana, para que vuelvan a ella por nuestra oración y testimonio de vida. Oremos…

*Para que toda la comunidad cristiana se sienta cerca de quienes viven la dolorosa condición de la pobreza material, de la enfermedad o de la vejez en soledad o abandonada y les ayude con todos los medios a su alcance y con el consuelo que viene de Cristo.  Oremos…

*Pidamos con fervor el don de la fe para que comprendamos que seguir a Cristo significa llevar su Cruz para que siguiéndole en la pena alcancemos con El compartir después su gloria. Oremos…

*Por todos nosotros para que crezcamos en la comprensión del misterio pascual de Cristo y así vivamos mejor cada santa misa dominical y cada comunión eucarística. Oremos…

Padre nuestro que conoces las necesidades de tus hijos, escucha los deseos de los que te suplicamos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Llevamos al Altar:

*el pan y el vino para que sean convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo Salvador nuestro.

Comunión: La Eucaristía es la victoria del amor de Cristo resucitado que se prolonga en mi por la comunión con su Vida.

Salida:

Después de haber celebrado los sagrados misterios somos enviados por Jesucristo al mundo para predicar con valentía la Palabra de Dios y recoger los frutos de conversión que esta predicación traerá.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Decimotercer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 2232-2233: la primera vocación del cristiano es seguir a Jesús

CEC 537, 628, 790, 1213, 1226-1228, 1694: el Bautismo, sacrificarse a sí mismo, vivir para Cristo

CEC 1987: la gracia nos justifica mediante el Bautismo y la fe

2232  Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par el hijo crece, hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cf Mt 16,25): “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi” (Mt 10,37).

2233  Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: “El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49).

          Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.

537    Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y “vivir una vida nueva” (Rm 6, 4):

          Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40, 9).

            Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios. (S. Hilario, Mat 2).

“Sepultados con Cristo … “

628      El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida: “Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4; cf Col 2, 12; Ef 5, 26).

“Un solo cuerpo”

790    Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y se hacen miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a Cristo: “La vida de Cristo se comunica a a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real” (LG 7). Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo (cf. Rm 6, 4-5; 1 Co 12, 13), y en el caso de la Eucaristía, por la cual, “compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con él y entre nosotros” (LG 7).

Artículo 1                   EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

1213    El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu (“vitae spiritualis ianua”) y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1): “Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo” (“El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra”, Cath. R. 2,2,5).

(…)

El bautismo en la Iglesia

1226  Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa”, declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: “el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos” (Hch 16,31-33).

1227  Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él:

          ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf Col 2,12).

          Los bautizados se han “revestido de Cristo” (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13).

1228    El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la “semilla incorruptible” de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín dirá del Bautismo: “Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum” (“Se une la palabra a la materia, y se hace el sacramento”, ev. Io. 80,3).

1694  Incorporados a Cristo por el bautismo (cf Rom 6,5), los cristianos están “muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rom 6,11), participando así en la vida del Resucitado (cf Col 2,12). Siguiendo a Cristo y en unión con él (cf Jn 15,5), los cristianos pueden ser “imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor” (Ef 5,1), conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con “los sentimientos que tuvo Cristo” (Flp 2,5) y siguiendo sus ejemplos (cf Jn 13,12-16).

Artículo 2                   GRACIA Y JUSTIFICACION

I        LA JUSTIFICACION

1987  La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos “la justicia de Dios por la fe en Jesucristo” (Rm 3,22) y por el Bautismo (cf Rm 6,3-4):

            Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6, 8-11).

 

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

Decisión en favor de Jesús

(Mt 10,34-39)

34 No creáis que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada.

En conmovida queja el profeta Miqueas había descrito la perdición de su pueblo: se quebrantaban las disposiciones del derecho, los ministros de la justicia se habían convertido en seres corruptibles, un desconcierto general había destruido los vínculos familiares. Cada hombre es el enemigo de su prójimo. Éste podría ser el título de la queja de Miqueas (/Mi/07/01-07). En este cuadro ve el profeta una actuación anticipada del tribunal de Dios. Los hombres llegan a conocer, en su propio cuerpo, las consecuencias de su apostasía de Yahveh.

Jesús tiene presentes las palabras del profeta. El juicio de Dios, cuyas consecuencias había visto Miqueas, ha llegado a su momento crítico, por efecto de la venida de Jesús, enviado para traer el mensaje del reino de Dios. Más aún: el reino llega con Jesús. Viene como separación, como espada. Es la espada del juicio, que separa lo malo de lo bueno, los creyentes de los que rehúsan creer, también es la espada de la decisión, ante la que se pone al hombre. Esto es lo primero que dice Jesús. Lo contrario de esta separación es la paz. Solamente puede ser una paz opuesta a este juicio de la decisión. Y sería una paz corrompida, que lo deja todo tal como estaba, que hace desaparecer los frentes, tapa y encubre la oposición entre Dios y Satán, y por tanto sería en último término la paz entre Dios y Satán, que nunca puede darse (Aquí Jesús no dice nada sobre la paz entre Dios y los hombres ni sobre la paz de los hombres entre sí. De ello habla extensamente la Escritura en otros pasajes, sobre todo en san Pablo, que designa a Jesús como «nuestra reconciliación», «nuestra paz»: cf. Rom 5,ll; 2Co_5:18 s; Efe_2:11-22).

35 Porque vine a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; 36 y serán enemigos del hombre los de su propia casa.

La palabra de Jesús es más aguda que una espada, como dice de la palabra de Dios en la carta a los Hebreos (/Hb/04/12). Penetra hasta los tuétanos y separa en nuestro interior las falsas concupiscencias del verdadero temor de Dios. También puede meterse dentro de la familia, y allí enfrentar a los padres y a los hijos, a la nuera y a la suegra. La frontera pasa siempre por donde es preciso decidir en favor o en contra de Dios. Esta decisión puede traer como consecuencia la separación de otros, incluso de los más queridos. Es una separación que no puede significar que el discípulo de Jesús deba adoptar una actitud hostil o irreconciliable. Pero el discípulo debe contar con que mediante su decisión también puede causar la enemistad de sus propios parientes. Ésta es probablemente la experiencia más penosa en el seguimiento. Nunca se puede abusar de estas palabras del Señor para falsear el mensaje de la paz, que anuncia la Iglesia, o para justificar el incumplimiento de las propias obligaciones con la familia incrédula.

37 El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y quien no toma su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí.

El que ha reflexionado bien sobre los precedentes versículos 34-36, también puede entender estas palabras. En primer lugar está Dios y la decisión en favor de Dios, pero aquí está el mismo Jesús, ante quien y por quien el discípulo tiene que decidirse. Él es el camino, por el que sólo encontramos a Dios. Digámoslo de otra manera: en la decisión en favor de Jesús se toma la decisión en favor de Dios. Ante esta decisión tiene que retroceder cualquier otro compromiso terreno, incluso con el padre y la madre y los propios hijos. No es que no deban amarse los padres o los hijos. Precisamente es a la inversa: el que sigue decididamente a Cristo, también queda libre de nuevo para el amor a su prójimo y a sus parientes. Pero es un amor nuevo, sobrenatural, que nos hace amar al prójimo en Dios y por amor de Dios. Antes de que el discípulo sea capaz de este amor, tiene que decidirse totalmente por Cristo. Quien no ha tomado esta decisión no es digno de Cristo. No se ha ganado nada con una decisión a medias o con un corazón dividido. Entonces ni Dios logra lo que le corresponde, a saber la plena entrega; ni Jesús logra lo que le corresponde, a saber la imitación incondicional; ni el discípulo consigue la realización de su vida. Quien ha entregado su corazón, lo recupera lleno de la fuerza del amor divino.

El siguiente versículo lo aclara todavía más: Y quien no tome su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí. El desprendimiento de sí mismo y la entrega a Dios tienen una medida extrema. Hay una frontera en la vida, en la cual se muestra con seguridad si la entrega es querida enteramente. Esta frontera es la muerte. Se ha decidido radicalmente quien en la empresa orientada hacia Dios también incluye la posible entrega de la vida terrenal. «Tomar su cruz» es una expresión metafórica de la disposición para morir. Cuando se está así dispuesto, se efectúa el movimiento «desde mí hacia Dios». Sólo cuando el discípulo ha incluido en la cuenta aquel extremo, y lo ha afirmado conscientemente, está de veras siguiendo a Jesús, y por tanto es digno del maestro.

No se pide a todos los discípulos que esta disposición también pruebe su eficacia en el trance de la muerte. Señaladamente Dios sólo conduce a algunos elegidos por este sendero. Pero cualquier entrega, si es tema de nuestra vida, tiene en sí algo de esta muerte. Un distintivo infalible de la veracidad de nuestra intención es si estamos o no estamos dispuestos a esta entrega.

39 El que haya encontrado su vida, la perderá; y el que haya perdido su vida por mi causa, la encontrará.

Aquí no se habla del alma en oposición al cuerpo. Para el Antiguo Testamento esta diferencia no tenía gran importancia. Tras la palabra vida está la unidad del cuerpo y del alma. Para el judío la vida es el bien supremo y con esta palabra se expresa con la máxima fuerza la última perfección. Se lleva a cabo el anhelo del judío, si tiene toda la vida, duradera e indestructiblemente, con una riqueza fluyente y con una posesión dichosa. Este profundo anhelo, que Dios ha dado al hombre, parece que lo niegue inesperadamente Jesús, cuando dice: El que haya encontrado su vida, la perderá. Esto quiere decir que el hombre piensa haber llegado ya aquí al descanso y gozar con la posesión de la vida. En el hombre se ha convertido el anhelo en deseo egoísta y violento de posesión, no quiere nada fuera de sí y en último término sólo se busca a sí mismo. El anhelo es él mismo, y su realización aparentemente también, pero los caminos son enteramente opuestos. Ciertamente la vida debe ser conquistada y a ello estamos llamados. Pero eso solamente tiene lugar cuando la perdemos. El que haya perdido su vida por mi causa. Esta frase puede primeramente aludir al verdadero martirio en favor de Jesús. Entonces se recibe el don de la vida eterna por la vida terrena que se ha entregado. «Encontraremos» lo que realmente hemos buscado. Pero en la vida del discípulo que no es llamado a la extrema verificación, también es una ley fundamental que todos tienen que renunciar primero a su vida, no han de quererla conseguir para sí mismos con ambición egoísta. Es preciso salir de sí mismo, tender más allá de sí mismo, pero no por así decir para entrenarse, en el sentido de los métodos de «vaciamiento interno». Porque esta tendencia en último término de nuevo sería un egoísmo, que busca la propia independencia de las pasiones del día y de las tentaciones de los instintos, y con ello una forma más elevada de perfección humana. Jesús alude a lo que siempre resonaba en el sermón de la montaña: el hecho de que el hombre se pierda a sí mismo ha de tener lugar con una orientación hacia Dios y dentro de Dios. Quien así se pierde, logra la plenitud de la vida, en último término la vida propia de Dios. Esta frase no es lúgubre, sino luminosa. Aquí ya se experimenta en gracia que cualquier individuo que se pierda a sí mismo entregándose a Dios (prácticamente de ordinario entregándose al prójimo), aumenta la vida. Esta vida es mucho más rica que cualquier vida terrena. Es la alegría, la paz interior, el estado de seguridad en Dios, el amor. Por tanto, esta vida tiene un significado opuesto al de Fausto: «Así me tambaleo de la concupiscencia al placer, y en el placer estoy a punto de desmayarme tras la concupiscencia». Antes bien: así vamos de la muerte a la vida, y en la vida a una abundancia siempre mayor mediante la muerte. Dice Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan exuberante» (Jua_10:10).

Misión y recompensa

(Mt 10,40-42)

40 Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me envió.

La primera frase despliega lo que los rabinos ya enseñaron como regla: el enviado es como el que envía. Aquí no solamente se habla de un envío, sino de dos, que actúan misteriosamente uno en otro. El mismo Jesús está enviado por el Padre, y además envía los apóstoles. Es un movimiento que partiendo del Padre llega hasta los mensajeros de Jesús. Su envío es un acontecimiento divino. Tal como los hombres acojan a los mensajeros de Jesús -con la adhesión o el rechazamiento*1, con la fe o la incredulidad-, así también le acogen a él y al Padre. No se puede apelar a Dios o a Cristo contra los mensajeros. Dios se humilla hasta ponerse al nivel de los mensajeros, se encubre con palabras y obras humanas. Cuando la fe ya no se escandalice con las formas quebradas de la actividad humana, entonces es auténtica, dirigida con seguridad a Dios y hecha efectiva con la obediencia…

41 Quien recibe a un profeta como profeta, recompensa de profeta tendrá, y quien recibe a un justo como justo, recompensa de justo tendrá. 42 Y quien da de beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, sólo por ser discípulo, os aseguro que no se quedará sin recompensa.

Tres grupos de miembros de la comunidad están aquí juntos. Los profetas son hombres de Dios, que han sido inspirados por él, y que por propio conocimiento y experiencia enseñan la fe, sin ser Apóstoles, ni discípulos de apóstol, ni ancianos (presbyteros), ni guardianes (episkopoi) con un cargo de jerarquía. Los justos son los que se han acreditado en la comunidad con su vida ejemplar, con su fe activa en el amor. No tienen ningún cargo de jerarquía ni tampoco tienen como los profetas una misión carismática para la enseñanza, sino un sentido ejemplar para la vida práctica. El tercer grupo son los pequeños, o sea los sencillos discípulos de Jesús, que no tienen una posición de primer orden en el cristianismo. En ellos el milagro de la fe es especialmente grande, ya que en apariencia no aportan condiciones exteriormente favorables: formación, estado distinguido, influencia y poder. Deben ser especialmente queridos por la comunidad, han de ser cuidados por ella con viva solicitud (Cf. lo que se dice sobre los «pequeños» en la explicación de 18,6).

En los dos primeros casos se mide con precisión la recompensa. Es difícil decir qué se ha de entender por recompensa de los profetas o de los justos. El pensamiento fundamental del versículo 40 continúa siendo efectivo, de tal forma que se puede decir: «El enviado es como el que envía» aquí significa que quien acoge hospitalariamente en su casa al profeta itinerante, es por ello equiparado al profeta y obtendrá la recompensa que corresponde al profeta. Lo mismo puede decirse del justo. La particular estima del pequeño se expresa por el hecho de que no se extravía ni siquiera la más insignificante obra que se hace por él. Porque el pequeño no viene a casa como un «pequeño», como un contemporáneo sin importancia, con el que no se requiere tratar durante largo tiempo, sino como discípulo. Se le ayuda «sólo por ser discípulo», quizás sólo se le da un vaso de agua. Puesto que tiene la alta dignidad de discípulo, el mismo Jesús viene con él, y por tanto también viene la recompensa. Con tales palabras se explica que se aprecie tanto en la Iglesia cristiana la hospitalidad: cuando viene a casa un hermano o un sacerdote, no lo recibamos sólo por cortesía, sino con fe, como a Jesús. Estas palabras concluyen la instrucción a los discípulos. En todo el fragmento didáctico se trata de la vocación y del envío del discípulo al mundo. Aquí el discurso también en su contenido llega a su apogeo. Todo lo precedente se ilumina una vez más con estas frases. Envío y encargo. Enseñanza y hechos milagrosos, persecuciones y confesión, perseverancia y muerte: todo eso hace al enviado como al que envía, al apóstol como a Jesús. Eso también corresponde a la realidad de hoy, pero el envío de Jesús prosigue más allá de los apóstoles, y llega a los obispos con el papa, a sus colaboradores, a todos los fieles. El que envía siempre es el Señor: en el curso de la historia mediante la orden dada en otro tiempo (la sucesión del papa y de los obispos) y con el llamamiento inmediato al individuo aquí y ahora. Siempre está en vigor que «quien a vosotros escucha, a mí me escucha» (Luc_10:16).

(Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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*1- Sí existe en castellano la palabra ‘rechazamiento’: rechazamiento. m. Acción y efecto de rechazar (DRAE).

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Comentario Teológico

·        P. Julio Meinvielle

El Mundo actual envuelve una razón especial de perversidad por la apostasía en que se ha caído frente al cristianismo

El Mundo, creado por Dios, desordenado por el pecado y rescatado por Jesucristo, aún continúa siendo preferentemente malo. Porque el hombre, aunque bautizado, pero destituido del don de la integridad, se deja arrastrar por el desorden de sus concupiscencias. Esto vale para cualquier mundo; y también para un mundo cristiano. Llamamos “mundo cristiano” a aquel que hace profesión pública de aceptación de la ley moral cristiana. Que quiere conformar sus instituciones y su vida pública al Mensaje cristiano. Que acepta en medida más o menos real, más o menos profunda, la influencia purificadora e iluminadora del Evangelio. Y decimos que este mundo, a pesar de su profesión pública de “cristianismo”, ha de ofrecer una preponderancia del mal que lo hace contagioso y peligroso. O sea, que el mundo, el mundo concreto de los hombres tal como se presenta hoy, aún en las mejores condiciones, debe decirse “malo” y, no “bueno”, porque en él, su protagonista principal, aún después del rescate de Cristo, se halla inclinado al mal y va a llevar de hecho una vida perversa. En este mundo, así caracterizado, podrá haber almas santas que ejerzan influencias bienhechoras y, saludables, pero éstas nunca lograrán una publicidad tan fuerte que alcance a neutralizar los poderes de la concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida. De aquí, que para el cristiano, aún en la época de esplendor cristiano, tengan vigencia aquellas palabras del Señor: “No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como no soy del mundo yo” (Jn 17,15).

Pero el mundo puede encerrar una “especial malicia” que puede provenir de circunstancias históricas determinadas. Vale decir que un pueblo, o aún una civilización, puede conocer un desarrollo tal de las fuerzas del mal que le adjudique una especial significación de perversidad. Tal es la condición de lo que se llama “mundo moderno”, “civilización moderna”, “cultura moderna”, “filosofía moderna” en los que “lo moderno” no encierra una connotación puramente cronológica sino valorativa, y que se refiere a un proceso determinado que tiene lugar en esa civilización.

(…)

La civilización moderna ha de entenderse como una toma de posición histórica frente a la civilización cristiana, a la que intenta suplantar. Representa otra concepción del hombre, con otra escala de valores. Pero esta escala de valores significa, a su vez, un valor más bajo que aquel que es suplantado. Lo divino es, reemplazado por lo humano. Hay, pues, una degradación. Pero una degradación sumamente peligrosa. Porque precisamente la teología de la gracia enseña que el hombre no puede guardar la ley moral natural en su integridad y de manera conveniente sino con el auxilio de lo sobrenatural. Una civilización que niega o simplemente ignora la gracia, no puede mantenerse por mucho tiempo en el plano humano, y ha de ir descendiendo hacia condiciones infrahumanas. Es el caso de la civilización moderna, que del naturalismo, o racionalismo, o humanismo en que se desarrolla durante los siglos XVI, XVII y XVIII ya bajando a un economismo, o animalismo, propio del siglo XIX. El hombre ya no busca la dignidad humana que procuran la política, la filosofía o la cultura de las letras, sino la abundancia de las riquezas. La preocupación “económica” viene a orientar la vida del hombre como si éste fuese sólo un animal confortable. Y el ideal humano no, es ya, no digamos el santo, pero ni siquiera el héroe; ahora lo es el burgués. El capitalismo rige la vida de las naciones.

(…)

El hombre hoy, después de un proceso de degradación que lleva cinco siglos, se halla en estado de impotencia frente a la “vida pública” que le presiona por todas partes y le empuja a situaciones cada vez más degradantes. Hablamos del empuje de la “vida pública” sobre el hombre individual. La “vida pública”, con su “ideario irreligioso”, con, su “filosofía de la contradicción”, con su política de mentiras con su economía agobiadora, con su publicidad y reclame de reflejos condicionados; una “vida pública” que persigue con su poderoso aparato tecnocrático a cada individuo, que ha sido quebrado anteriormente en sus estructuras morales y psíquicas.

(…)

El cristiano frente al mundo concreto que en la actualidad se le presenta

El cristiano debe tener una idea exacta y cabal del mundo concreto que en la actualidad se le presenta. Este no es sólo el mundo, salido bueno y muy bueno de la mano de Dios; no es tampoco este mundo perturbado luego por la culpa y el desorden del hombre; ni siquiera tampoco el mundo restaurado por Cristo. Es este mundo, sí, con todas estas dimensiones, y además con las series de dimensiones que aporta el devenir histórico y que pueden añadir una especial malicia.

Pero no se ha de olvidar que, en definitiva, el cristiano, en cuanto cristiano, se ha de encontrar, no precisamente frente al mundo, sino frente a otros hombres, colocados en el mundo, y cuya realidad es fundamentalmente buena; por inmensas que puedan ser las perversiones que le desfiguran, el hombre, en definitiva, es bueno y está llamado a un destino de Salvación. Cierto que esa Salvación no la puede obtener ni de sí ni por sí mismo. Cierto que esa Salvación habrá de curarle de esas deformaciones con que el mundo le envicia. Pero podrá e intentará curarle.

Cristo dijo: “No envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17). Esto ha de tenerlo presente sobre todo la Iglesia. “Cuando la Iglesia se distingue de la humanidad, dice Paulo VI en la Ecclesiam suam, no se opone a ella, antes bien se le une. Como el médico que, conociendo las insidias de una pestilencia, procura guardarse a sí y a los otros de tal infección, pero al mismo tiempo se consagra a la curación de los que han sido atacados, así la Iglesia no hace de la misericordia que la divina bondad le ha concedido un privilegio exclusivo, un motivo para desinteresarse de quien no la ha conseguido, antes bien convierte su salvación en argumento de interés y amor para quien quiera que esté junto a ella o a quien ella pueda acercarse con su esfuerzo comunicativo universal”.

Dentro de esta perspectiva ha de contemplarse también la “actitud de diálogo” con que quiere presentarse la Iglesia en su pastoral en este momento del mundo. Alguno puede pensar que tal actitud no corresponde. Porque el médico no dialoga con el enfermo. El diálogo supone de alguna manera cierta igualdad entre los interlocutores. Y entre el médico, como médico, y el enfermo, en cuanto enfermo, las distancias tienden a alargarse cuanto más infeccioso y grave el estado del enfermo. De aquí que si la Iglesia se acerca a la humanidad en un momento en que ésta se halla en gravísimo estado de infección parece que lo menos indicado pudiera ser el diálogo. Alguien pudiera pensar que habría que proceder como Santiago y Juan, cuando dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que los consuma?” (Lc 9,54).

Gravísimo error este último. Si la Iglesia tiene entrañas de misericordia y quiere la salud del mundo, y si el mundo se halla en un estado tal de soberbia que no acepta ninguna superioridad por parte de la Iglesia, será conveniente que ésta adopte una “actitud de diálogo”, si ello puede ser conveniente para que ejerza su influencia salvífica sobre el mundo. Porque justamente cuando un enfermo se halla peor, más difícil y reacio se hace para aplicar los remedios que le pueden curar. Más se ha de acercar entonces el médico al enfermo, cuya curación sobre todo interesa. De aquí, la bondad de la Iglesia en esta hora gravísima del mundo. Porque el estado del mundo es de extrema gravedad, porque el mundo en su soberbia se siente seguro de sí mismo, y cuando se halla a punto de deshacerse en su propia ruina, la Iglesia se acerca a él, le trata con gran miramiento, entabla diálogo, a ver si por allí puede producirse el comienzo de la salud.

Es claro que sería improcedente y necio sacar argumentos de esta actitud de benevolencia de la Iglesia frente al mundo para mostrarse indulgente con las lacras que inficionan al mundo en su actual situación, y aún más para tratar de justificar dichas lacras, como si ellas fuesen síntomas de madurez, lo que podría dar derecho a una actitud de igualdad y de diálogo. Mucho de esto se oculta en la actitud que los teólogos progresistas adoptan en este problema de la Iglesia y el Mundo, la que vamos a examinar a continuación.

(Meinvielle, J., La Iglesia y el mundo moderno, Ediciones Theoria, Buenos Aires, 1966, p. 78 – 84)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

AMOR SOBRE TODO AMOR

      El que ama a su padre o a su madre por encima de mí, no, es digno de mí. Y el que ama a su hijo o a su hija por en­cima de mí, no es digno de, mí. Y el que no toma su cruz y viene en pos de mí, no es digno de mí. Mirad la dignidad del Maestro. Mirad cómo se muestra a sí mismo hijo legítimo del Padre, pues manda que todo se abandone y todo se posponga a su amor. Y ¿qué digo—dice—, que no améis a amigos ni parientes por encima de mí? La propia vida que antepongáis a mi amor, estáis ya lejos de ser mis discípulos. — ¿Pues qué? ¿No está todo esto en contradicción con el Antiguo Testamento? — ¡De ninguna manera! Su concordia es absoluta. Allí, en efec­to, no Sólo aborrece Dios a los idólatras, sino que, manda que se los apedree; y en el Deuteronomio, admirando a los que así obran, dice Moisés: El que dice a su padre y a su madre: No os he visto; el que no conoce a sus hermanos y no sabe quiénes son sus hijos, ése es el que, guarda mis mandamientos*1. Y si es cierto que Pablo ordena muchas cosas acerca de los padres y manda que se les obedezca en todo, no hay que maravillarse de ello, pues sólo manda que se les obedezca en aquello que no va contra la piedad para con Dios. Y, a la verdad, fuera de eso, cosa santa es que se les tribute todo honor. Más, cuando exijan algo más del honor debido, no se les debe obedecer. De ahí que diga Lucas: El que viene a mí y no aborrece a su pa­dre, y a su madre, y a su mujer, y a sus hijos, y a sus hermanos, más aún, a su propia vida, no puede ser mi discípulo*2. Sin em­bargo, no nos manda el Señor que los aborrezcamos de modo absoluto, pues ello sería sobremanera inicuo. Si quieren—dice- ser amados por encima de mí, entonces, sí, aborrécelos en eso. Pues eso sería la perdición tanto del que es amado como del que ama.

HAY QUE ABORRECER LA PROPIA VIDA

      2. Con este modo de hablar quería el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos. Porque, viendo que su fuerza y poder era tan grande que podía separar de ellos a sus hijos, desistieran de oponérseles, como quienes in­tentaban una empresa imposible. Luego porque los padres mis­mos no se irritaran ni protestaran, mirad cómo prosigue el Señor su razonamiento. Después que dijo: El que no aborrece a su padre y a su madre, añadió: Y hasta a su propia vida. ¿A qué me hablas—dice—de padres y hermanos y hermanas y mujer? Nada hay más íntimo al hombre que su propia vida. Pues bien, si aún a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo lo contrario del que ama, será como si no me amaras. Y no nos manda sim­plemente que la aborrezcamos, sino que lleguemos hasta entre­garla a la guerra, a las batallas, a la espada y a la sangre. Por­que el que no lleva—dice—su cruz y sigue en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque no dijo simplemente que hay que estar preparado para la muerte, sino para la muerte violenta, y no sólo para la muerte violenta, sino también para la igno­minia. Nada, sin embargo, les dice todavía de su propia pa­sión, pues quería que, bien afianzados antes en estas enseñan­zas, se les hiciera luego más fácil de aceptar lo que sobre ella había de decirles. Ahora bien, ¿no es cosa de admirarse y pas­marse que, oyendo todo esto, no se les saliera a los apóstoles el alma de su cuerpo? Porque lo duro por todas partes se les venía a las manos; el premio, empero, estaba todo en esperan­za. — ¿Cómo es, pues, que no se les salió? —Porque era mucha la virtud del que hablaba y mucho también el amor de los que oían. De ahí que ellos, que oían cosas más duras y molestas que las que se mandaron a aquellos grandes varones, Moisés y Jeremías, permanecieron fieles al Señor y no le contradijeron.

EL QUE PIERDE SU VIDA, LA GANA

        El que hallare—dice—su vida, la perderá, y el que perdiere su vida por causa mía la encontrará. ¿Veis cuán grande es el daño de los que aman de modo inconveniente? ¿Veis cuán gran­de la ganancia de los que aborrecen? Realmente, los mandatos del Señor eran duros. Les mandaba declarar la guerra a padres, hijos, naturaleza, parentesco, a la tierra entera y hasta a la pro­pia vida. De ahí que tiene que ponerles delante el provecho de tal guerra, que es máximo. Porque no sólo—viene a decir­les—no os ha de venir daño alguno de ahí, sino más bien pro­vecho muy grande. Lo contrario, empero, sí que os dañaría. Es el procedimiento ordinario del Señor: por lo mismo que deseamos, nos lleva a lo que no pretende. ¿Por qué no quieres despreciar tu vida? Sin duda porque la quieres mucho. Pues por eso mismo debes despreciarla, ya que así le harás el mayor bien y le mostrarás el verdadero amor. Y considerad aquí la inefable sabiduría del Señor. No habla sólo a sus discípulos de los padres, ni sólo de los hijos, sino de lo que más íntimamente nos pertenece, que es la propia vida, y de lo uno resulta indubitable lo otro. Es decir, que quiere que se den cuenta cómo odiándolos les harán el mayor bien que pueden hacerles, pues así acontece también con tu vida, que es lo más necesario que tenemos.

PREMIOS A LA HOSPITALIDAD CON LOS ENVIADOS DEL SEÑOR

        Todo esto, ciertamente, eran motivos suficientes para per­suadir a ejercitar la hospitalidad con quienes venían a traer la salud a los mismos que los acogieran. Porque ¿quién no ha­bía de recibir con la mejor voluntad a tan generosos y valien­tes luchadores, a los que recorrían la tierra entera como leo­nes, a quienes todo lo suyo desdeñaban a trueque de llevar la salud a los demás? Sin embargo, aun pone el Señor otra re­compensa, haciendo ver que en esto se preocupa Él más de los que reciben que de quienes son recibidos. Y ante todo les con­cede el más alto honor, diciendo: El que a vosotros os recibe, a Mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. ¿Puede haber honor mayor que recibir juntamente al Padre y al Hijo? Pues aún promete el Señor otra recompen­sa juntamente con la dicha: Porque el que recibe—dice—a un profeta en nombre de profeta, recibirá galardón de profeta; y el que recibe a un justo en nombre de justo, recibirá galardón de justo. Antes había amenazado con el castigo a quienes les negaran hospitalidad; ahora señala los bienes que les ha de conceder. Y porque os deis cuenta que se preocupa más de quienes reciben que de sus propios apóstoles, notad que no dijo simplemente: El que recibe a un profeta; o el que recibe a un justo, sino que añadió: En nombre de profeta, o: En nombre de justo. Es decir, si no le recibe por alguna preeminencia mundana ni por otro motivo perecedero, sino porque es profeta o justo, recibirá galardón de profeta o galardón de justo. Lo que se ha de entender o que recibirá galardón de quien reciba a un profeta y a un justo, o el que corresponde al mismo profeta o justo. Es exactamente lo que decía Pablo: Que vuestra abundancia ayude a la necesidad de ellos, a fin de que también la abundancia de ellos ayude a vuestra necesidad*3.

       Luego, porque nadie pudiera alegar su pobreza, prosigue el Señor: El que diere un simple vaso de agua fría a uno de estos pequeños míos sólo porque son mis discípulos, yo os aseguro que no perderá su galardón. Un simple vaso de agua fría que des, que nada ha de costarte, aun de tan sencilla obra tienes señalada recompensa. Porque por vosotros, que acogéis a mis enviados, yo estoy dispuesto a hacerlo todo.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), homilía 35, 1-2, BAC Madrid 1955, 700-705

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*1- Dt 33, 9
*2- Lc 14, 26
*3- 2 Co 8, 14

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

He venido a traer la espada

(Mt 10,37-42)

Introducción

El evangelio que hemos leído hoy está constituido por los últimos seis versículos del capítulo 10 de San Mateo. La primera parte de este capítulo la hemos leído el domingo pasado. El tema fundamental de todo este capítulo 10 es el envío que Jesús hace de sus apóstoles a predicar el Reino de Dios.

El envío es un acto oficial y teológico que hace Jesucristo, ya que se trata del mismo envío que Jesucristo recibió del Padre (Jn 17,18). Todo bautizado es enviado a predicar el Evangelio. Es un deber que está incluido en la aceptación del Bautismo. Todos nosotros, no solamente los sacerdotes sino también los laicos, debemos decir junto con San Pablo: “¡Ay de mí sino evangelizare!” (1Cor 9,16).

Pero Jesús nos advierte con gran claridad que la predicación del Evangelio levanta la persecución del mundo. En algunos versículos anteriores a los que hemos leído hoy, los versículos 14-25, Jesús nos anuncia con anticipación quiénes y qué clase de hombres son los que perseguirán con odio al apóstol cristiano que predica el Reino de Dios. Serán lobos que buscarán despedazar al apóstol como a un cordero. Predicar el Evangelio será considerado un delito y será pasible de cárcel y condenaciones. Hasta dentro de la misma familia el apóstol cristiano recibirá rechazo y persecución. E, incluso, como lo hicieron con Jesucristo (Mt 12,24), considerarán al apóstol cristiano un endemoniado.

Pero la gran exhortación es “¡No tengan miedo!”. Lo repite tres veces Jesús en este capítulo (Mt 10,26.38.31). Y no sólo ‘no tengan miedo’ sino, además, pasen al ataque, ganen las alturas de las azoteas y desde allí prediquen el Evangelio a pleno día (Mt 10,27). Hacer esto es lo que el NT llama tener valentía y audacia, actitudes que en griego se expresan con una sola palabra: parresía (cf. Jn 18,20; Hech 4,29.31).

El evangelio de hoy retoma los dos temas principales del evangelio del domingo pasado, es decir, la hostilidad que el mundo opone al apóstol cristiano y esa valentía y audacia, o parresía, que el apóstol cristiano debe tener. De manera que con estos dos temas entronca el evangelio de hoy, que no puede ser entendido sino le agregamos los tres versículos anteriores y que el Leccionario no trae, los versículos 34-36.

1. La espada, símbolo de guerra

“No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10,34). La espada es el símbolo de la guerra. Además, la doble afirmación de Jesucristo de que no vino a traer la paz, confirma que Él usa la palabra ‘espada’ como una metáfora para significar la guerra. La guerra implica una gran hostilidad. Esta hostilidad, ¿la ha creado el enemigo? No, esta hostilidad la ha creado el mismo Dios. En efecto, en Gén 3,15 le dice Yahveh a la serpiente, es decir, al diablo: “Pondré hostilidad entre ti y la mujer, entre tu vástago y el suyo; él (el vástago de la mujer) te herirá la cabeza y tú le herirás a él el talón”*1. La palabra que en español hemos vertido como ‘pondré’ responde al original hebreo ‘ashyt, futuro indicativo del verbo @#!*% , primera persona del singular. Este verbo significa, sin lugar a dudas, ‘poner’. Exactamente la misma forma se usa en Salmo 110,1 donde habla el mismo Dios y dice al Mesías: “Pondré (‘ashyt) a tus enemigos como escabel de tus pies”. Por lo tanto, se ve que es una acción potestativa de Dios, quien se hace responsable absolutamente de su obrar. Por lo tanto, no cabe duda que cuando Dios dice a la serpiente: “Pondré hostilidad entre ti y la mujer”, está creando una enemistad y, por lo tanto, una hostilidad. La mujer, sin duda, es la Virgen María, y el vástago o linaje o descendencia de la mujer, es Cristo.

La hostilidad entre María y belial, entre Cristo y satanás, se extiende a los discípulos de Cristo e hijos de María. Esta hostilidad del demonio contra María, su hijo Jesús y los discípulos de Jesús será una constante a lo largo de toda la historia de la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Esta hostilidad es tema principal del capítulo 12 del Apocalipsis. El Dragón, símbolo del demonio, trata de tragar a la Mujer, símbolo de la Iglesia y de su miembro más eminente, la Virgen María*2. Pero no puede hacer nada ni contra la Mujer ni contra su Hijo. Y dice el texto sagrado: “Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Apoc 12,17), es decir, a nosotros.

Por esta razón, las palabras de Jesús “vine a traer la espada”, son casi un sinónimo de aquellas otras palabras pronunciadas por Yahveh al inicio de la historia humana “pondré hostilidad”. Lo que agregan las palabras del evangelio es una exhortación a tomar parte decidida en la lucha, empuñar la espada que nos ofrece Jesús y usar todas las armas, “las de la mano derecha y las de la mano izquierda”, como dice San Pablo (2Cor 6,7). Esto quiere decir que, en nuestro afán por predicar la Palabra de Dios, debemos blandir tanto las armas que sirven para defenderse (las de la mano izquierda, donde se lleva el escudo), como las armas que sirven para atacar (las de la mano derecha, donde se lleva la espada)*3.

San Luis María Grignion de Montfort traza, con palabras ardientes, el perfil perfecto de esta lucha y también el perfil perfecto de aquellos que aceptan involucrarse de lleno en esta lucha. Dice el santo: “Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable hostilidad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer. (…) Dios no puso solamente una hostilidad, sino hostilidades, y no sólo entre María y Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen y la del demonio. Es decir, Dios puso hostilidades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros”*4. Y los apóstoles que quieran predicar la Palabra de Dios con valentía y guiados por la Virgen María serán para sus enemigos “fuego encendido”, “flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos, ‘como saetas en manos de un guerrero’ (Sal 127,4)”*5. Estos apóstoles irán a donde Dios los envíe “sin asustarse ni inquietarse por nada”*6.

2. La espada, tajo que divide

La metáfora de la espada aplicada al ámbito social es símbolo de la guerra. La metáfora de la espada aplicada al ámbito individual es símbolo del tajo que divide, separa y distingue. Cristo no sólo blandió el azote dos veces sino que Él mismo se hizo azote; su cuerpo era nervio puro, como el nervio de un buey que se convierte en látigo y con el que se fustiga las mentiras y los vicios de los hombres. De la misma manera, Cristo no sólo blandió la espada sino que Él mismo se hizo espada tajante que corta, desune y discierne.

Jesucristo es, Él mismo, espada, porque es aquel de quien de su boca sale una espada de dos filos (cf. Apoc 1,16; 19,15.21). Por eso, las siguientes palabras de la carta a los Hebreos se aplican, en primer lugar, a la persona de Jesucristo, que es la Palabra de Dios en persona: “Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Heb 4,12).

¿Por qué Jesús es espada que taja y separa? Porque “el que no está conmigo, está contra mí” (Mt 12,30; Lc 11,23). Jesucristo obliga a los hombres a una decisión: o con Cristo o contra Cristo. Ese es el segundo significado de ser espada. Y los que están contra Cristo estarán también contra los discípulos de Cristo. De allí lo que Jesús dice en este mismo capítulo 10 de San Mateo: “Todos os odiarán a causa de mi Nombre” (Mt 10,22).

El ‘todos’ del versículo de Mt 10,22 incluye a los familiares directos: padre, madre, hermanos, hijos, yernos y nueras. La opción a favor o en contra de Jesucristo es una elección absolutamente libre que jamás está ligada a un parentesco de sangre. El que optó contra Jesucristo dentro de su familia combatirá al que optó por Jesucristo dentro de esa misma familia. Jesucristo es insoportable para aquel que no lo ha elegido. Jesús se convierte en espada cortante también dentro de una misma familia. Y de esta manera hemos entroncado con el evangelio leído hoy, que nos exhorta a amar a Jesucristo por sobre nuestro padre, nuestra madre y nuestros hijos (Mt 10,37).

También San Lucas pone en boca de Jesús palabras en las que Él se define como espada que divide incluso dentro de los íntimos lazos familiares: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12,49-53).

La espada, en cuanto divide y separa, es, propiamente, el instrumento del juicio. En el griego del NT ‘juicio’ se dice krísis (Jn 3,19), o también kríma (Jn 9,39). Ambas palabras provienen del verbo kríno, que significa, en primer lugar ‘separar’. Luego, del significado-base ‘separar’, se siguen otros significados derivados. En primero entre ellos, ‘distinguir’; luego, ‘escoger’; luego, ‘decidir’ y, finalmente, ‘juzgar’ y ‘condenar’*7. Jesucristo es la espada que separa al que ha optado por Él del que no ha optado por Él. Incluso, Él mismo se define así: “Para un juicio he venido a este mundo” (Jn 9,39), es decir, para una separación. Jesús, en cuanto espada que corta y separa y en cuanto juez, está expresado en esta frase de San Juan Bautista: “Él tiene en su mano el bieldo*8 y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero; en cambio, quemará la paja con un fuego que no se apaga” (Mt 3,12). Jesucristo es presentado como aquel que tiene la horquilla en la mano y con su acción separa los granos de trigo de la paja del trigo. Jesucristo es un ‘cernidor’ que ‘dis-cierne’ entre el bien y el mal.

Ésta será una de las misiones más importantes de Jesús, tanto que es proclamada ya a los pocos días de nacido, a través de las palabras del anciano Simeón el día de la presentación de Jesús en el templo. Ese día Simeón dice tres cosas de Jesús: 1. Que será ‘signo de contradicción’, es decir, que a causa de Jesús se entablará una lucha, habrá contradicción entre los hombres. 2. Que está puesto como ‘caída y levantamiento’ de muchos. Caída significa ruina personal, es decir, la condenación eterna. Levantamiento, significa la plena realización como personas, es decir, la salvación eterna. 3. Que a causa de Jesús muchos hombres dejarán al descubierto la maldad que llevan en lo recóndito de sus corazones. Y María será la víctima de esta lucha, pues sobre su corazón recaerá la hostilidad que el mundo haga a su Hijo. Todo esto es lo que significa la frase del anciano Simeón: “Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: ‘Este está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones’” (Lc 2,34-35).

Es en este contexto donde deben ubicarse los versículos 38 y 39 del evangelio de hoy, para poder entenderlos: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Estos versículos hacen referencia al testimonio que el apóstol debe dar en el mundo al predicar el Evangelio, en el marco de la hostilidad del mundo a Cristo y a los discípulos de Cristo. Así como María, que permaneció de pie al pie de la cruz, vio atravesada su alma por una espada por ser fiel a su Señor, quien era ferozmente combatido, así también el apóstol cristiano que predica el Evangelio debe prepararse para llevar la cruz que la predicación le acarreará y estar dispuesto a perder la vida antes que callar la predicación del Evangelio.

3. La consolación del apóstol

La predicación del Evangelio levantará una gran hostilidad. Pero la lucha contra los enemigos de la predicación del Evangelio no es un fin en sí mismo. Se lucha contra los enemigos de la predicación con el fin de quitar los obstáculos que impiden que el agua clara y limpia de la Palabra llegue al alma de aquellos que la aprovecharán. El fin de la lucha no es el sentirse superiores porque hemos hecho morder el polvo de la derrota a los enemigos del Evangelio. El fin último es que la Palabra sea recibida con un corazón dócil por muchas almas. En el envío a predicar la Palabra no todo será enemistad y hostilidad: habrá quienes aceptarán la Palabra y darán mucho fruto.

La palabra clave de los últimos tres versículos del evangelio de hoy y del capítulo 10, es, en efecto, el verbo ‘recibir’. En dos versículos se repite seis veces el verbo ‘recibir’ en el sentido de recibir la Palabra y al que anuncia la Palabra. El verbo usado aquí por San Mateo es el verbo déjomai (= recibir), que es, a su vez, el verbo que usa San Lucas para expresar el recibir la Palabra de Dios en la parábola del sembrador (Lc 8,13). Por eso aquí no se trata de la hospitalidad sino de la aceptación de la Palabra, es decir, de lo que San Pablo llama ‘la obediencia de la fe’ (Rm 1,5; 16,26).

Esto queda remarcado en la mención del profeta que es recibido como profeta. La profecía en el NT no es entendida en el sentido de la visión previa de sucesos futuros, sino que se entiende según la etimología de la palabra. Profeta viene del verbo pro-femí. La preposición pro en griego significa, fundamentalmente, ‘en lugar de’ y ‘delante de’; femí significa ‘hablar’. Por eso, profeta, en el NT, significa ‘el que habla en lugar de otro delante de los demás hombres’. “Así, el profeta sería el portavoz o el heraldo de alguien, y el término griego nos indicaría un predicador (forhthteller en alemán), uno que predica, más bien que uno que predice (foreteller)”*9. Ese ‘Otro’, ese ‘Alguien’ del cual es mensajero el profeta es Dios. El profeta, entonces, es aquel que ha escuchado la Palabra de Dios y habla al pueblo en nombre de Dios. En este sentido, todo apóstol es profeta, porque ha escuchado la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia y trata de transmitirla al pueblo*10. En el NT, recibir a un profeta en cuanto profeta significa aceptar el contenido de la predicación (encarnación del Verbo, pasión, muerte y resurrección) y sujetarse a ‘la obediencia de la fe’.

Si la oposición y hostilidad al predicador es mucha, también son muchos los que recibirán la Palabra y la harán fructificar, “unos el 30 por uno, otros el 60 por uno y otros el 100 por uno” (Mt 13,23). Los premios que Jesús promete para el que recibe la Palabra son un aliciente tanto para los que escuchan como para los que predican.

En los Hechos de los Apóstoles se narra con mucha sencillez la aceptación de la Palabra por parte de una mujer, aceptación que tendría repercusiones inmensas. Al llegar San Pablo a la ciudad de Filipos, en la región de Macedonia, pisaba por primera vez tierra europea. Una mujer, Lidia, recibe la Palabra y se bautiza con toda su familia (Hech 16,13-15). Es la primera persona europea que, según el NT, recibe el Evangelio. Ese es el punto inicial. El punto final fue la creación de la civilización cristiana occidental, sobre la cual todavía se asienta el mundo actual, a pesar de su profunda crisis de fe.

Conclusión

La confianza en la fuerza transformadora del Evangelio debe llevar al enviado, es decir, al apóstol cristiano a arrostrar todos los peligros y a arrollar todas las dificultades. La parresía, es decir, la audacia y la valentía en la predicación de la Palabra debe llevarlo a ser fuerte para resistir incluso los ataques que ponen en peligro su vida antes que callar el mensaje completo del Evangelio. Si su predicación tiene el sello de la parresía recibirá la consolación de ver cómo la Palabra llega a las almas dóciles y transforma, no sólo a las personas individuales, sino también a las estructuras sociales que brotan de la misma persona humana, es decir, a toda la realidad cultural.

Pidámosle a la Virgen María la gracia de predicar la Palabra sin miedo, con gran valentía, con la confianza plena de que de esa predicación, sin ningún lugar a dudas, se seguirá un gran fruto, lo veamos o no lo veamos: “Yo os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).

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*1- Traducción nuestra hecha directamente del original hebreo. Hay dos cuestiones difíciles en este versículo. En primer lugar, un error ancestral que proviene de la Vulgata, que no respeta el hú’ que significa ‘él’ y que se refiere al ‘vástago’ o al ‘linaje’ de la mujer. La Vulgata traducía ‘ella’, cambiando el sentido. El que hiere la cabeza de la serpiente es el vástago o el linaje de la mujer, no la mujer. En segundo lugar, el verbo que nosotros hemos traducido como ‘herir’ (en hebreo, shuph) es el usado por el texto hebreo tanto para expresar la acción del vástago sobre la cabeza de la serpiente como para expresar la acción de la serpiente sobre el talón del vástago. El texto hebreo dice así: “Él yeshupheká la cabeza, y tú teshuphénu el talón”. Es el mismo verbo shuph. Dado que el verbo shuph significa ‘aplastar’ y también ‘herir’ (Holladay dice ‘comprimir hiriendo’, Holladay, Hebrew and Aramaic Lexicon of the Old Testament), nos parece que aquí es necesario elegir ‘herir’ ya que debe aplicarse a la acción de ambos, mientras que aplastar puede sólo aplicarse a la acción del vástago sobre la cabeza de la serpiente pero no a la acción de la serpiente sobre el talón del vástago. La Biblia de las Américas está de acuerdo con nuestra traducción. Otras Biblias traducen: “Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”. La traducción del verbo shuph como ‘acechar’ no tiene ningún asidero en el vocabulario hebreo. De ninguna manera el verbo shuph puede significar ‘acechar’. Esta traducción proviene de la poco feliz traducción de la LXX que traduce ambas acciones, la del vástago como la de la serpiente, con el verbo teréo, que tiene, como uno de sus significados posibles, el de ‘acechar’. Pero es claro el paralelismo que el Espíritu Santo ha querido establecer en el original hebreo: la misma acción que el vástago hace sobre la cabeza de la serpiente es la que hace la serpiente sobre el talón del vástago. En el fondo, es una manifestación más de la idea principal: la hostilidad irreconciliable entre el diablo y Dios, entre satanás y Jesucristo. Además, el hecho de que la serpiente quiera hacer la misma acción que el vástago hace sobre su cabeza es expresión de la pretensión demoníaca de ser como Dios. Pero, al mismo tiempo, manifiesta la infinita superioridad que hay entre el vástago de la mujer y la serpiente, la misma que existe entre aquel que puede herir de muerte en la cabeza y aquel que sólo puede herir el talón.
*2- Cf. San Juan pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, nº 122-123.
*3- De hecho la Biblia del Pueblo de Dios, traducción de los argentinos Levoratti y Trusso, traduce así 2Cor 6,7: “Usando las armas ofensivas y defensivas”.
*4- San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María, nº 52.54.
*5- San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción…, nº 56.
*6- San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción…, nº 57. El P. Carlos Miguel Buela, IVE, tiene una expresión muy atrevida para expresar la actitud de parresía que debe tener el apóstol que se ha decidido a predicar el Evangelio; esta expresión es: el apóstol que predica la Palabra de Dios tiene que ‘mojarle la oreja al Anticristo’. ‘Mojar la oreja’ es un argentinismo que expresa el acto por el cual alguien se moja un dedo de la mano con la propia saliva y con esa saliva moja la oreja de la otra persona. Con ese gesto se expresa el desafío a pelear y la declaración de que no le tiene ningún miedo. Esa debería ser la actitud de todo apóstol ante todo enemigo, incluso el mismo Anticristo en persona. Las frases textuales del P. Buela son las siguientes. Hablando de los buenos apóstoles del pasado, dice: “Ellos no sólo no han muerto mientras viva aunque sea uno sólo de sus mesnadas, sino que están entre nosotros animándonos a mojarle la oreja al Anticristo” (Buela, C., El Arte del Padre, IVE Press, New York, 2015, p. 750). Y de San Juan Pablo II dice: “Le mojó la oreja al Anticristo” (Buela, C., Juan Pablo Magno, IVE Press, New York, 2011, p. 653). Y también: “Esto es lo que hoy se necesita, no buenistas sino ¡santos que le mojen la oreja al Anticristo!” (Buela, C., Mysterium tremendum et fascinans, 10 de mayo de 2014).
*7- Diccionario Vox Griego – Español.
*8- Bieldo: horca para aventar, mediante la cual se arroja el grano al aire contra el viento, a fin de separarlo del tamo después de la trilla. Tamo: Polvo o paja muy menuda de varias semillas trilladas, como el trigo, el lino, etc.
*9- Gelin, A. – Monloubou, L., Los libros proféticos posteriores, en Cazelles, H., Introducción Crítica al Antiguo Testamento, Editorial Herder, Barcelona, 1981, p. 375.
*10- Éste es el sentido de ‘profeta’ en el NT. Así, por ejemplo, San Pablo dice: “El que profetiza habla a los hombres para edificarlos, exhortarlos y reconfortarlos” (1Cor 14,3). En ese capítulo 14 de la primera carta a los Corintios se expresa bien el sentido de profeta para el NT.

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Ser discípulo de Jesús

Mt 10, 37-42

            Si yo preguntase a esta asamblea: ¿quién quiere ser discípulo de Cristo? Todos dirían yo. Y si preguntase: ¿quién estaría dispuesto a renunciar a su madre, padre, mujer, hijos, vida… por Cristo y por el Evangelio? Quizá los más jóvenes dirían sin titubear y en un arrojo de generosidad yo, pero los mayores, con miedo o dudas o con titubeos quizá dirían yo, o callarían.

            Pero, en la práctica, en la vida cotidiana, ¿somos discípulos de Jesús? Lo somos si renunciamos a lo que nos pide y si cargamos nuestra cruz de cada día. ¿Lo hacemos? Es difícil. Nos cuesta mucho renunciar por Jesús a los que amamos aunque nos separen de Él y más todavía a nosotros mismos aunque nos separemos de Él.

            “Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios”*1. Sólo la gracia puede obrar esta maravilla pero conjugada con nuestra libertad. La gracia que trae el poder de Dios y nuestra libertad que se abandona en el poder de la gracia aportando su pequeñez. La gracia que brota del amor de Dios y la libertad del hombre que entrega lo mejor de sí por amor a Dios.

            Disponerse a seguir a Cristo es aceptar la cruz. No sólo la cruz que Dios nos tiene preparada al comenzar a marchar tras de Él sino también la cruz al comenzar su seguimiento. Este comienzo implica, muchas veces, dejar padre, madre, olvidarse de sí mismo, amputar cosas queridas y dejarlas en el camino.

            Ser discípulo de Jesús no es cosa fácil. Serlo de verdad porque serlo nominalmente es fácil.

            Sin embargo, no podemos decir como los pioneros “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Jesús ya ha hecho el camino. Él ha hecho el camino y se ha hecho camino para nosotros “Yo soy el camino”*2. Nos dice “Sígueme”. Tengo que comer como Él, hablar como Él, rezar como Él, trabajar como Él… para que siguiéndolo en la pena también lo siga en la gloria*3.

            Y en los momentos duros de la vida, cuando se desgarre el corazón por tener que dejar por Cristo cosas que amamos, cuando se tienda en el horizonte una densa niebla o se haga la noche en nuestra alma, cuando arrecie la tempestad de la tentación o cuando el cansancio esté a punto de quebrarnos, Él nos dirá: “venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso”*4 y nos cargara sobre sus hombros como a la oveja errante porque es “manso y humilde de corazón”*5.

            ¡Cuánto nos duele el corazón! ¡Cómo se queja nuestra sensualidad cuando tenemos que decirle no a un ser querido por decirle sí a Jesús! ¡Cómo se resiste nuestro ser cuando tiene que arrancar un ojo, un brazo o una pierna para alcanzar a Jesús! Y ¿por qué? Porque todavía no hemos ordenado en nosotros el amor. Porque el amor a Jesús no ha llegado hasta el fondo de nuestras entrañas.

            Cuando los santos hablan del amor a Dios no es que se equivoquen porque usan términos del amor humano. Es que su amor a Dios ocupa todo su ser, desde su alma hasta el último rincón de su sensibilidad*6.

            Y ¿qué alimenta el amor a Jesús? Su conocimiento. Y ¿cómo conocemos a Jesús? Por la fe. La fe nos hace presente la revelación que es una vida que nos llega escrita u oralmente. “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”*7. Y es la esperanza la que nos mantiene en tensión para seguir caminando tras de Cristo.

            Hay que enamorarse de Jesús para que ocupe el primer lugar en nuestra vida, en nuestro corazón y así debe ser. Partamos de esto. ¿Soy consciente que Jesús debe ocupar el primer puesto en mi corazón? ¿Soy consciente que lo debo amar sobre todas las cosas y más que a todas las cosas porque Él me ha creado y me ha redimido? ¿Soy consciente que debo amar todas las demás cosas por Él? Es lo primero que debo tener claro. Es el principio.

            Para enamorarme de Jesús tengo que conocerlo y tratarlo frecuentemente porque en el trato frecuente se conocen las personas. ¿Cuántas veces al día me acuerdo de Jesús? ¿Qué cosas le digo? ¿Cómo es mi diálogo con Él? ¿Es una oración formal o una charla de amigos? ¿Le hablo cosas amorosas? ¿Tengo un trato con Él distante o cercano?

            Jesús no debe ser en mi vida un fantasma o un genio que aparece cuando froto la lámpara que llevo en el bolsillo o toco la medallita colgada al cuello. Jesús es por quién vivo. “Es más interior que lo más íntimo mío”*8-. Está en mí, lo llevo conmigo a donde quiera que vaya. Sólo basta voltear el pensamiento hacia Él para que Él me escuche o me hable. En esto está la clave para ser verdadero discípulo de Jesús para que nos llame “amigos”*9, en tener un trato íntimo y frecuente con Él, un trato actual y vital con Él, un trato existencial con Él.

___________________________________________
*1- Mc 10, 27
*2- Jn 14, 6
*3- Cf. San Ignacio de Loyola, Libro de los Ejercicios Espirituales nº 95.
*4- Mt 11, 28
*5- Mt 11, 29
*6- “Cuando un ser humano ama con TODA su alma (a Dios, incluso), ama también con sus pasiones y con sus instintos; pero los instintos están transformados; son como el fogón que mueve la locomotora, pero primero se ha convertido en vapor de agua” Castellani, Freud, Jauja Mendoza 1996, 70-71.
*7- Hb 11, 1
*8- San Agustín, Las Confesiones, III, 6, 11, O. C. (II), BAC Madrid 19746, 142
*9- Jn 15, 15

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XII del Tiempo Ordinario

 

25
junio

Domingo XII del Tiempo Ordinario

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XII del Tiempo Ordinario (A)

(Domingo 25 de junio de 2017)

LECTURAS

Libró la vida del indigente
del poder de los malhechores

Lectura del libro del profeta Jeremías     20, 10-13

Dijo el profeta Jeremías:
Oía los rumores de la gente:
«¡Terror por todas partes!
¡Denúncienlo! ¡Sí, lo denunciaremos!»
Hasta mis amigos más íntimos
acechaban mi caída:
«Tal vez se lo pueda seducir;
prevaleceremos sobre él
y nos tomaremos nuestra venganza».

Pero el Señor está conmigo
como un guerrero temible:
por eso mis perseguidores tropezarán
y no podrán prevalecer;
se avergonzarán de su fracaso,
será una confusión eterna, inolvidable.

Señor de los ejércitos, que examinas al justo,
que ves las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos!,
porque a ti he encomendado mi causa.

¡Canten al Señor, alaben al Señor,
porque Él libró la vida del indigente
del poder de los malhechores!

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 68, 8-10. 14y 17. 33-35(R.: 14c)

R. Respóndeme, Dios mío, por tu gran amor.

Por ti he soportado afrentas
y la vergüenza cubrió mi rostro;
me convertí en un extraño para mis hermanos,
fui un extranjero para los hijos de mi madre:
porque el celo de tu Casa me devora,
y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian. R.

Pero mi oración sube hasta ti, Señor,
en el momento favorable:
respóndeme, Dios mío, por tu gran amor,
sálvame, por tu fidelidad.
Respóndeme, Señor, por tu bondad y tu amor,
por tu gran compasión vuélvete a mí. R.

Que lo vean los humildes y se alegren,
que vivan los que buscan al Señor:
porque el Señor escucha a los pobres
y no desprecia a sus cautivos.
Que lo alaben el cielo, la tierra y el mar,
y todos los seres que se mueven en ellos. R.

No hay proporción entre el don y la falta

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     5, 12-15

Hermanos:
Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.
En efecto, el pecado ya estaba en el mundo, antes de la Ley, pero cuando no hay Ley, el pecado no se tiene en cuenta. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso en aquellos que no habían pecado, cometiendo una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que debía venir.
Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 15, 26b. 27a

Aleluia.
«El Espíritu de la Verdad dará testimonio de mí.
Y ustedes también dan testimonio», dice el Señor.
Aleluia.

EVANGELIO

No temáis a los que matan el cuerpo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 26-33

Jesús dijo a sus apóstoles:
No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo XII del Tiempo Ordinario- ciclo A- 25 de junio 2017

Entrada:

Terminado ya el tiempo pascual, retomamos hoy el tiempo ordinario dentro del ciclo litúrgico. Los mártires de Abiténe, en África, decían: “Sin la Misa del domingo no podemos vivir”. También nosotros debemos valorar en gran manera el poder participar semanalmente del Santo Sacrificio de la Misa. Dispongámonos adecuadamente para recibir todos sus frutos.

Liturgia de la Palabra

Primera lectura:         Jeremías 20, 10- 13

Cuando el hombre justo encomienda su causa al Señor, Él lo libra de sus enemigos.

Salmo Reponsorial:68

Segunda lectura:       Romanos 5, 12- 15

No hay proporción entre la falta de Adán y la sobreabundancia del don conferido por Cristo con su redención copiosa.

Evangelio:           Mateo 10, 26- 33

El cristiano enviado a predicar debe hacerlo con gran valentía, sin tener miedo de los que pueden matar el cuerpo pero no pueden matar el alma.

Preces:

Hermanos: confiemos nuestras peticiones a Dios Padre cuya providencia está atenta a nuestros ruegos.
A cada intención respondemos cantando:

* Por el papa, por todos los obispos de medio oriente y los patriarcas católicos de los demás ritos, para que experimenten la oración de todos los cristianos en el esfuerzo de trabajar por la paz. Oremos

* Por la extensión de la santa Madre Iglesia en aquellos lugares donde aún no ha llegado la predicación del Evangelio de Jesucristo. Oremos.

* Por los que sufren pruebas de toda índole, para que no se dejen llevar por el temor o el desaliento, sino que sepan vencer sostenidos por la fuerza del Amor redentor. Oremos.

* Por todos nosotros, para que sepamos valorar la misa dominical y los sacramentos y fortalecidos por estos auxilios divinos vivamos nuestra vocación cristiana con más convicción y valentía. Oremos.

Señor, cuya providencia es infalible en sus disposiciones, humildemente te pedimos que apartes de nosotros todo lo que nos hace daño y nos concedas cuanto necesitamos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Ofrecemos:

* Cirios, y el testimonio que queremos dar de Cristo en los países que aún no lo conocen.

* Pan y vino, materia que el Creador proveyó para el sacrificio eucarístico.

Comunión: Al acercarnos a recibir la santa comunión escuchemos a Nuestro Redentor “Mi Padre es quien os da el verdadero Pan del Cielo. El que come de este Pan vivirá eternamente.”

Salida:

Después de haber sido fortalecidos con el pan de la Palabra y el pan del Cuerpo eucarístico de Jesús, vayamos al mundo a predicar con gran valentía el Evangelio de Jesucristo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Duodécimo domingo del Tiempo Ordinario (A)

CEC 852: el Espíritu de Cristo sostiene la misión cristiana

CEC 905: evangelizar con el testimonio de la vida

CEC 1808, 1816: el valiente testimonio de la fe supera el miedo y la muerte

CEC 2471-2474: dar testimonio de la Verdad

CEC 359, 402-411, 615: Adán, el Pecado Original, Cristo el nuevo Adán

852      Los caminos de la misión. “El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial” (RM 21). Él es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión. Ella “continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres… impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección” (AG 5). Es así como la “sangre de los mártires es semilla de cristianos” (Tertuliano, apol. 50).

905    Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con “el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra”. En los laicos, esta evangelización “adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo” (LG 35):

          Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado  busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes … como a los fieles (AA 6; cf. AG 15).

1808  La fortaleza  es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor” (Sal 118,14). “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

1816  El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Por todo aquél que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32-33).

II       “DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD”

2471  Ante Pilato, Cristo proclama que había “venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1,8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una “conciencia limpia ante Dios y ante los hombres” (Hch 24,16).

2472  El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia los impulsa a actuar como testigos del evangelio y de las obligaciones que de ello se derivan. Este testimonio es trasmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18,16):

          Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (AG 11).

2473  El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (S. Ignacio de Antioquía, Rom 4,1).

2474  Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron al final para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre:

          No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta las extremidades de la tierra. Es a él a quien busco, a quien murió por nosotros. A él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…(S. Ignacio de Antioquía, Rom. 6,1-2).

            Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires…Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por él, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén. (S. Policarpo, mart. 14,2-3).

359    “Realmente, el el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22,1):

            San Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo…El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida. Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir… El segundo Adán es aquel que, cuando creó al primero, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, el primero, como él mismo afirma: “Yo soy el primero y yo soy el último”. (S. Pedro Crisólogo, serm. 117).

Consecuencias del pecado de Adán para la humanidad

402    Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán. S. Pablo lo afirma: “Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores” (Rm 5,19): “Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…” (Rm 5,12). A la universalidad del pecado y de la muerte, el Apóstol opone la universalidad de la salvación en Cristo: “Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la vida” (Rm 5,18).

403    Siguiendo a S. Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con que todos nacemos afectados y que es “muerte del alma” (Cc. de Trento: DS 1512). Por esta certeza de fe, la Iglesia concede el Bautismo para la remisión de los pecados incluso a los niños que no han cometido pecado personal (Cc. de Trento: DS 1514).

404    ¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el pecado de todos sus descendientes? Todo el género humano es en Adán “sicut unum corpus unius hominis” (“Como el cuerpo único de un único hombre”) (S. Tomás de A., mal. 4,1). Por esta “unidad del género humano”, todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cf. Cc. de Trento: DS 1511-12). Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto.

405    Aunque propio de cada uno (cf. Cc. de Trento: DS 1513), el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada “concupiscencia”). El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual.

406    La doctrina de la Iglesia sobre la transmisión del pecado original fue precisada sobre todo en el siglo V, en particular bajo el impulso de la reflexión de S. Agustín contra el pelagianismo, y en el siglo XVI, en oposición a la Reforma protestante. Pelagio sostenía que el hombre podía, por la fuerza natural de su voluntad libre, sin la ayuda necesaria de la gracia de Dios, llevar una vida moralmente buena: así reducía la influencia de la falta de Adán a la de un mal ejemplo. Los primeros reformadores protestantes, por el contrario, enseñaban que el hombre estaba radicalmente pervertido y su libertad anulada por el pecado de los orígenes; identificaban el pecado heredado por cada hombre con la tendencia al mal (“concupiscentia”), que sería insuperable. La Iglesia se pronunció especialmente sobre el sentido del dato revelado respecto al pecado original en el II Concilio de Orange en el año 529 (cf. DS 371-72) y en el Concilio de Trento, en el año 1546 (cf. DS 1510-1516).

          Un duro combate…

407    La doctrina sobre el pecado original -vinculada a la de la Redención de Cristo- proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña “la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo” (Cc. de Trento: DS 1511, cf. Hb 2,14). Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social (cf. CA 25) y de las costumbres.

408    Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de S. Juan: “el pecado del mundo” (Jn 1,29). Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres (cf. RP 16).

409    Esta situación dramática del mundo que “todo entero yace en poder del maligno” (1 Jn 5,19; cf. 1 P 5,8), hace de la vida del hombre un combate:

          A través de toda la historia del hombre se extiend e una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo (GS 37,2).

IV     “NO LO ABANDONASTE AL PODER DE LA MUERTE”

410    Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, Dios lo llama (cf. Gn 3,9) y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (cf. Gn 3,15). Este pasaje del Génesis ha sido llamado “Protoevangelio”, por ser el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta.

411      La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del “nuevo Adán” (cf. 1 Co 15,21-22.45) que, por su “obediencia hasta la muerte en la Cruz” (Flp 2,8) repara con sobreabundancia la descendencia de Adán (cf. Rm 5,19-20). Por otra parte, numerosos Padres y doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el “protoevangelio” la madre de Cristo, María, como “nueva Eva”. Ella ha sido la que, la primera y de una manera única, se benefició de la victoria sobre el pecado alcanzada por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado original (cf. Pío IX: DS 2803) y, durante toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna clase de pecado (cf. Cc. de Trento: DS 1573).

          Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia

615      “Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que “se dio a sí mismo en expiación”, “cuando llevó el pecado de muchos”, a quienes “justificará y cuyas culpas soportará” (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).

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 Exégesis 

·        W. Trilling

Exhortación a confesar la fe

(Mt 10,26-33)

26 Pero no les tengáis miedo; porque nada hay oculto que no se descubra, y nada secreto que no se conozca. 27 Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; lo que escucháis al oído, proclamadlo desde las terrazas.

A veces advierte el Señor: «Guardaos», «tened mucho cuidado» (7,15; 10,17). Aquí en cambio dice: «No tengáis miedo». Las dos cosas son necesarias. Por una parte la prudencia en el conocimiento del adversario y el juicio sereno de su riesgo; pero además la resistencia impertérrita en la tribulación. La fe expulsa el temor. El conocimiento de pertenecer al Mesías y de sufrir su propio destino da ufanía y valor. Son humildes los principios nuevos que trae Jesús. Todos creerán poder triturar fácilmente la débil semilla. Se revelará gloriosamente lo que ahora vive oculto y muy silencioso. Jesús hace su obra como el sencillo siervo de Yahveh, y luego se hará potente como la esperanza de las naciones (cf. 12,17-21). Ahora Jesús habla en la oscuridad, pero los apóstoles deben hablar a plena luz. Deben predicar ante todo oído y ojo lo que se les susurra al oído, a gran distancia del pueblo y de la vasta publicidad. Es indiferente que los hombres acepten a los apóstoles o los rechacen. Siempre es testificada por medio de los apóstoles la buena nueva, que en último término irradiará victoriosa como el sol por la mañana.

28 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Temed más bien a quien tiene poder para hacer que perezcan cuerpo y alma en la gehenna. 29 ¿Acaso no se venden por un as dos pajarillos? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin permitirlo vuestro Padre. 30 Y en vosotros, hasta los cabellos de la cabeza están todos contados. 31 Así que no tengáis miedo. Vosotros valéis más que muchos pajarillos.

No tengáis miedo. Esta frase se repite como un estribillo en este fragmento (10,26.28.31). El poder de los hombres está limitado, puede desfogarse en vosotros, pero sólo puede afectar la vida terrena (= el cuerpo). Ningún poder humano puede destruir lo que constituye vuestro verdadero valor, la esperanza en la vida celestial (= el alma). La destrucción de la vida terrena no está relacionada con la destrucción de la vida eterna, con la perdición en el infierno. Pero hay un ser que tiene poder sobre ambas vidas: Dios, el Señor. Él con la sentencia de su tribunal puede hacer las dos cosas: entregar todo el hombre al infierno o llamarlo a la bienaventuranza. Debemos temerle. ¿No es espantosa esta manera de representar a Dios? Aquí solamente se ilumina un aspecto en la representación de Dios: el otro aspecto se nombra a continuación en los próximos versículos: la solicitud paternal de Dios, su benévola proximidad al hombre. Con todo en ellos se alude también al poder soberano de Dios. Sólo cuando se ve a Dios tan grande y también se reconoce su omnipotencia sobre la propia vida, adquiere fuerza su paternidad. Pero si la fe expulsa el temor, ¿cómo se puede temer a Dios? ¿No es una contradicción? El temor tiene dos formas, según la persona ante la que se experimenta la sensación de temor. Si el temor se dirige al hombre, entonces rebaja al alma y la llena de preocupación e inseguridad angustiosas. Este temor destruye la fe. Pero si el temor se dirige a Dios, nos hace libres. Se funda en la dependencia de la criatura respecto al Creador y reconoce la sublimidad de Dios. No corroe el alma, sino que la cura, porque siempre produce la confianza en Dios. Sólo puede amar a Dios quien también le teme. Y viceversa el verdadero amor de Dios nunca carece de temor saludable. Los pajarillos tienen tan poco valor, porque pueden tenerse en cantidades enormes, así como también los lirios silvestres del campo (cf. 6,28-30).

Dios interviene aun en los más insignificantes acontecimientos, incluso en el hecho de que un gorrión caiga del nido o sea derribado de un tiro por un chicuelo. ¡Cuánto más estará Dios con vosotros y se preocupará por todo lo que os sobrevenga! Incluso están contados los cabellos de vuestra cabeza. Y si es exacto su conocimiento, no es menos solícito el amor que os tiene dedicado. Como el amante que conoce todos los pormenores de la persona amada y nota al instante cualquier cambio, así es Dios para nosotros. Realmente no hay ningún fundamento para angustiarse ante los hombres, que no pueden hacer nada sin que lo conozca el Padre…

32 Por tanto, a todo aquel que me confiese delante de los hombres, también yo lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. 33 Pero a aquel que me niegue delante de los hombres, también yo lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

El que está ante el tribunal -por causa de la fe en Jesús- también debe confesarlo allí. No solamente cuando no hay ninguna contradicción o no amenaza ningún peligro. La fe se acreditará precisamente en la decisión y en el fracaso. El que así se acredita ante el tribunal humano, puede estar confiado en el tribunal divino. Porque el mismo Jesucristo actuará en este tribunal como un abogado y defensor ante el Padre. Jesús dice con insistencia: delante de mi Padre. Se cambian los papeles. En cierto modo Jesús fue acusado ante el tribunal humano, pero fue defendido por sus testigos, ahora en cambio es a la inversa: el testigo es acusado ante el tribunal divino, y Jesús le defiende. Se efectúa un trueque misterioso entre los dos tribunales. ¡Qué manera tan elocuente de representar la mediación de Jesús! Lo mismo puede decirse a la inversa. Cristo no asiste ante el Padre en el cielo a quien se le declara contrario y le niega ante los hombres. Cristo también se le declarará contrario y le negará, quizás con palabras tan duras como las que se leen en el sermón de la montaña: «Pero entonces yo les diré abiertamente: Jamás os conocí; apartaos de mí, ejecutores de maldad» (7,23). Pero, el Padre ¿no ha transferido el juicio al Hijo? El papel de defensor ¿es el mismo que tiene Jesús como juez del tiempo final? (cf. 3,11s; 7,22s). Las imágenes cambian en la Escritura. Lo que antes correspondía al Padre, en otro pasaje lo hace el Hijo, y lo que se describe como obra del Hijo, a veces se atribuye al Espíritu Santo. Nunca se puede expresar por extenso en una frase o imagen los misterios de Dios. Jesús es al mismo tiempo el Señor, a quien el Padre lo ha entregado todo (cf. 28,18) y el siervo obediente, que solamente hace la voluntad del Padre (cf. 12,18). Aquí el veredicto se complementa con el que se lee en san Marcos: «Si alguno se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles» (Mar_8:38). En los dos textos está en vigor que la suerte eterna se decide por la actitud que se adopte con él, y sólo con él.

(Trilling, W., El evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        Santo Tomás de Aquino

El objeto de la virtud de la fortaleza son el temor y la audacia

            Dice Aristóteles: “La fortaleza tiene por objeto el temor y la audacia” (Ethic. II 17. III 18). En efecto, a la virtud de la fortaleza corresponde eliminar el obstáculo que retrae a la voluntad de seguir la razón. Pero el que uno se retraiga de algo difícil pertenece al temor, que implica el alejamiento de un mal difícil. Por tanto, se ocupa sobre todo del temor a las cosas difíciles, que pueden retraer a la voluntad de seguir la razón. Por otra parte, es necesario no sólo soportar con firmeza la embestida de estas dificultades reprimiendo el temor, sino también atacar moderadamente, por ejemplo, cuando sea necesario eliminar esas dificultades para tener seguridad en el futuro. Y esto parece propio de la audacia. Por tanto, la fortaleza tiene por objeto los temores y audacias en cuanto reprime los primeros y modera las segundas.

La fortaleza mira, sobre todo, a moderar el temor a perder la vida

            Dice Andrónico: “La fortaleza es una virtud del apetito irascible que no se arredra ante los temores de la muerte”. En efecto, es propio de la virtud de la fortaleza proteger la voluntad del hombre para que no se aparte del bien de la razón por temor a un mal corporal. Pero es preciso mantener con firmeza este bien de la razón contra cualquier clase de mal, porque ningún bien corporal puede compararse con el bien de la razón. Por tanto, es necesario que la virtud que llamamos fortaleza sea la que conserve la voluntad del hombre en el bien racional contra los males mayores: ya que quien se mantiene firme ante ellos, lógicamente resistirá los males menores, pero no viceversa; y también es propio del concepto de virtud tender a lo máximo. Pero entre los males corporales, el más terrible es la muerte, que suprime cualquier bien temporal. Por eso dice San Agustín: “El vínculo corporal sacude al alma con el temor del trabajo y del dolor, para verse libre de golpes y vejaciones; al alma, en cambio, con el temor a morir, para que no se separe del cuerpo y sobrevenga la muerte” (De Moribus Eccl., L. 1, c. 22). Por tanto, la virtud de la fortaleza tiene por objeto el temor a los peligros de muerte.

(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 123, a. 3 y 4 c)

La cobardía es pecado mortal

Por un solo pecado mortal uno merece la pena del infierno. Y esta pena se debe a los cobardes, según palabras de Apoc 21,8: “Los cobardes, los infieles, los abominables, etc., tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte”. Por tanto, la cobardía es pecado mortal. En efecto, el temor es pecado en cuanto desordenado, es decir, en cuanto rehuye lo que no debiera rehuir según la razón. Ahora bien: este desorden en el temor a veces consiste sólo en el apetito sensitivo, sin el consentimiento del apetito racional, y en este sentido no puede ser pecado mortal, sino sólo venial. Sin embargo, dicho desorden en el temor alcanza a veces al apetito racional, que llamamos voluntad, la cual, por su libre albedrío, rehuye algo en contra de la razón. Y tal desorden en el temor unas veces es pecado mortal y otras venial. Si, pues, por el temor que le hace huir del peligro de muerte, o de cualquier otro mal temporal, uno está dispuesto a hacer algo prohibido o a omitir algo preceptuado en la ley divina, tal temor es pecado mortal. En los otros casos será venial.

(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 125, a. 3 c)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

Nada hay oculto que no se revele

            Otro consuelo da seguidamente el Señor a sus discípulos no menor que el pasado. En realidad, éste era el más grande; pero como no estaban aún ellos muy hechos a su filosofía divina, necesitaban de otro que pudiera reanimarlos, y éste es el que les propone ahora. Aparentemente, lo que va a decir el Se­ñor tiene un carácter general; sin embargo, no habla ahí de todas las cosas en general, sino sólo del asunto de que entonces tra­taba. ¿Qué dice en efecto? No los temáis, porque nada hay oculto que no haya de revelarse; nada hay escondido que no haya de conocerse. Como si dijera: Para vuestro consuelo, basta que yo, que soy vuestro maestro y señor, haya recibido las mismas injurias que vosotros; mas, si todavía os duele oírlas, considerad también una cosa, y es que poco tiempo ha de pasar sin que os veáis libres de tales sospechas. ¿De qué os doléis, efectivamente? ¿De qué os llamen hechiceros y embau­cadores? Pues aguardad un poco, y todos a una voz os pro­clamarán por salvadores y bienhechores de toda la tierra. El tiempo saca a la luz cuanto se oculta en las sombras y él de­mostrará la calumnia de vuestros enemigos y hará patente vues­tra virtud. Porque cuando los hechos mismos demuestren que vosotros habéis sido los luminares y bienhechores del mundo y que practicasteis todas las virtudes, los hombres no aten­derán a las palabras de vuestros enemigos, sino a la verdad de los hechos. Y entonces ellos aparecerán como sicofantas, em­busteros y maldicientes, y vosotros más brillantes que el sol. El largo tiempo será el que os descubra y os proclame, él el que dará en favor vuestro una voz más clara que la de una trompeta y el que hará a todos los hombres testigos de vuestra virtud. No os abatáis, pues, por lo que ahora digan contra vosotros; levantad más bien la esperanza de los bienes por venir. Porque es imposible que vuestra virtud quede para siem­pre escondida.

LIBERTAD CON QUE HABÍAN DE PREDICAR LOS APÓSTOLES

      2. Una vez, pues, que hubo el Señor librado a sus após­toles de toda angustia, de todo temor y preocupación; una vez que los hubo hecho superiores a toda injuria, creyó venido el momento de hablarles de la libertad, con que habían de predi­car su doctrina: Lo que yo os digo—dice—en las sombras, de­cidlo vosotros en la luz; y lo que oís al oído, pregonadlo por los tejados. Realmente, ni había sombras cuando el Señor les hablaba ni tampoco conversaba con ellos al oído. Se trata de una hipérbole de lenguaje. Como conversaba con ellos solos y allá en un rincón de Palestina, de ahí que pudiera ahora ha­blar de cosas dichas entre sombras y al oído. Era comparar el modo como entonces los instruía con la libertad de palabra que luego habían de tener y que Él mismo les daría. Porque vosotros—les dice—no predicaréis a una, a dos o a tres ciuda­des, sino al mundo entero, recorriendo tierra y mar, lo habi­tado y lo inhabitado, hablando a cara descubierta y con toda libertad, a tiranos y pueblos, a filósofos y a oradores. Por eso dijo: Sobre los tejados. Y: En la luz, sin disimulo ninguno, con toda libertad. Y ¿por qué no dijo solo: Pregonadlo sobre los te­jados y decidlo en la luz, sino que puso antes lo de que les hablaba entre sombras y ellos oían al oído? Porque de este modo quería levantar sus pensamientos. Como les decía en otra oca­sión: El que cree en mí, las obras que yo hago también las hará él, y aún mayores que éstas hará*1; así también aquí les quiere dar a entender que todo lo ha de hacer por medio de ellos, y hasta más que por sí mismo. Los principios—les dice—y como los pre­ludios los he puesto yo, pero lo más importante lo quiero llevar a cabo por medio vuestro. Este lenguaje no es ya solo de uno que manda, sino de profeta que predice lo por venir y que infunde aliento con sus palabras y les hace ver a los suyos que en todo habían de salir vencedores. Y esto era también enterrar defini­tivamente toda su angustia por la maledicencia. Porque así como esta predicación, oculta al principio, había luego de in­vadirlo todo; así, por lo contrario, las calumnias de los judíos se desvanecerían rápidamente.

NO TEMER A QUIENES NO PUEDE MATAR EL ALMA

        Ya, pues, que ha animado el Señor y levantado a sus após­toles, nuevamente les profetiza los peligros por que habrían de pasar, y nuevamente también presta alas a sus almas y los levanta por encima de todas las cosas. Pues ¿qué les dice? No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. ¡Mirad cómo los pone .por encima de todo! Porque no les persuade a despreciar sólo toda solicitud, y la maledicen­cia, y los peligros, y las insidias, sino a la muerte misma, que parece ser lo más espantoso de todo. Y no sólo la muerte en general, sino hasta la muerte violenta. Y no les dijo simple­mente: “Se os matará”, sino que todo lo expresó con la magnificencia que dice con Él mismo: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Temed más bien al que puede echar alma y cuerpo en el infierno. Como lo hace siem­pre, también aquí lleva su razonamiento al extremo opuesto. Porque ¿qué es lo que viene a decir? ¿Teméis la muerte, y por eso vaciláis en predicar? Justamente porque teméis la muerte, tenéis que predicar, pues la predicación os librará de la verdadera muerte. Porque, aun cuando os hayan de quitar la vida, contra lo que es principal en vosotros, nada han de poder, por más que se empeñen y porfíen. De ahí que no dijo: “No temáis a los que no matan”, sino: a los que no pueden matar el alma. Es decir, que, aun cuando quieran, no han de lograrlo. De suerte que, si temes el suplicio, teme el que es mucho más grave que la muerte del cuerpo. Mirad cómo tampoco aquí les promete el Señor librarlos de la muerte. No, permite que mue­ran; pero les hace merced mayor que si no lo hubiera permi­tido.  Porque mucho más que librarlos de la muerte es persua­dirlos que desprecien la muerte.  Así, pues, no los arroja temerariamente a los peligros, pero los hace superiores a todo pel­igro. Y notad como con una breve palabra fija el Señor en sus almas el dogma de la inmortalidad del alma y cómo, plan­tada en ella esa saludable doctrina, pasa a animarlos por otros razonamientos.

LA CONFIANZA EN LA PROVIDENCIA DEL PADRE

       Y, en efecto, porque no pensasen que, si morían y se los pasaba a cuchillo, se debía a estar abandonados de Dios, nuevamente habla el Señor de su providencia, diciendo: ¿No es así que dos pajarillos se venden por un as? Y, sin embargo, ni uno de ellos caerá en el lazo sin permisión de vuestro Padre, que está en los cielos. En cuanto a vosotros, a n los cabellos de vuestra cabeza están contados todos. Como s dijera: ¿Qué cosa de menos valor que unos pajarillos? Y, sin embargo, ni ésos serán cogidos en el lazo sin conocimiento de vuestro Pa­dre. No dice que sea Dios quien los haga caer en el lazo, pues ello sería indigno de Dios, sino que nada de cuanto acontece le pasa inadvertido. Si, pues; Dios no ignora nada de cuanto acontece y a vosotros os ama con más sincero amor que el de un padre, y hasta tal punto os ama que tiene contados los cabellos de vuestra cabeza, no hay motivo para que temáis. Más tampoco quiso decir que Dios cuente realmente uno por uno nuestros cabellos. Con esas palabras quiso el Señor po­nerles de manifiesto el cabal conocimiento y la grande provi­dencia que de ellos tenía. Si, pues, Él sabe todo lo que os pasa y puede y quiere salvaros, sufráis lo que sufráis, no penséis que lo sufrís por estar de Él abandonados. Realmente, no quiere el Señor librar a los suyos de sufrir, sino enseñarles a menos­preciar el sufrimiento, pues ésta es sin duda la más cabal li­beración del sufrimiento. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. ¿Veis cómo ya el miedo se había apodera­do de los apóstoles? Bien conocía el Señor los secretos de su alma. De ahí que prosiguiera: No los temáis, pues. Aun cuando lleguen a dominaros, sólo dominarán lo que hay de inferior en vosotros, es decir, vuestro cuerpo. Y éste, aun cuando no lo mataran vuestros enemigos, la naturaleza vendrá sin remedio a arrebatároslo.

EXHORTACIÓN AL TEMOR DE DIOS

       3. De manera que ni aun en eso tienen vuestros enemigos verdadero poder, sino que se lo deben a la naturaleza. Y si eso temes, mucho más es razón que temas lo que es más que eso; que temas al que puede echar alma y cuerpo en el infier­no. No dice claramente el Señor ser Él quien tiene ese poder de echar cuerpo y alma en el infierno; pero por lo que ante­riormente ha afirmado, bien claramente da a entender que Él es el juez. Mas ahora sucede todo lo contrario: al que puede perder, es decir, castigar nuestra alma, no le tememos; en cambio, temblamos ante quienes tienen poder de matar el cuer­po. Y, sin embargo, Dios castiga juntamente alma y cuerpo; más los hombres, no ya al alma, al cuerpo mismo, no son ca­paces de castigarle. Le podrán infligir mil suplicios; pero con eso sólo conseguirán aumentar su gloria. ¿Veis cómo el Señor les hace fáciles los combates? Sin duda, el espectro de la muerte había abatido a los discípulos—una muerte que todavía respi­raba fiereza—, pues no había aún sido domada, y los que luego habían de despreciarla, no habían aún recibido la gracia del Espíritu Santo.

CONFESAR A JESÚS ANTE LOS HOMBRES

       Ahora, pues, que el Señor ha expulsado del alma de sus discípulos el miedo y la angustia que la agitaba, nuevamente los anima por lo que sigue, expulsando un temor por otro te­mor, si bien no sólo por temor, sino también por la esperanza de grandes bienes. Así, con gran autoridad les amenaza, y por uno y otro lado, por el temor y la esperanza, los incita a la libertad con que han de decir la verdad y les dice: Todo aquel que confesare por mí delante de los hombres, yo también le confesaré a él delante de mi Padre, que está en los cielos. No los exhorta, pues, solamente con la perspectiva del premio, sino también con la contraria, y de hecho termina por lo triste. Y notad la precisión de sus palabras, pues no dijo: “El que me confesare a mí”, sino: El que confesare por mí, con lo que dio a entender que el que confiesa, no confiesa por propia virtud, sino porque es ayudado de lo alto. En cambio, hablando del que le niega, ya no dijo: “El que negare por mí, sino: El que me negare a mí, porque el que niega, por estar abandonado de la gracia niega. —Entonces ­­­dirás— ¿qué culpa tiene el que niega, si nie­ga por haber sido abandonado? —Tiene culpa, porque el haber sido abandonado dependió del mismo que fue abandonado. —Mas ¿por qué razón no basta la fe interior, sino que nos exige también el Señor que le confesemos con la boca? —Es que quiere prepararnos para la libertad de palabra, para mayor amor y prontitud, para mayor elevación de nuestra alma. De ahí que ahora habla con todos sin excepción y no sólo personalmente a los apóstoles. No sólo a sus discípulos, sino también a los discí­pulos de éstos, trata el Señor de hacerlos generosos. Y es así que quien se penetre de esta palabra del Señor, no sólo enseñará con libertad, sino que todo lo sufrirá fácil y animosa­mente. De hecho, el haber creído esa palabra atrajo a muchos hacia los apóstoles. Y, en efecto, la dilación del castigo aumen­ta el suplicio; pero la dilación del premio aumenta la recom­pensa. Y es que, como con el tiempo gana el que hace bien, y el pecador cree también ganar por el aplazamiento del cas­tigo, el Señor vino a introducir un como equilibrio o, por mejor decir, una mayor ventaja, cual es el aumento de las recompen­sas. ¿Has ganado ya—parece decirte—por el hecho de haber­me confesado primero en el mundo? Pues aún te haré ganar yo más al darte mayor recompensa, e inefablemente mayor, pues yo te confesaré en el cielo. ¿Veis cómo bienes y males están reservados para la eternidad? ¿A qué, pues, corres y te apre­suras? ¿A qué buscar aquí recompensa, cuando es la esperanza la que te salva? No, si haces algún bien y no recibes el galar­dón en esta vida, no te turbes, pues te espera en la otra una recompensa con creces. Y si haces algún mal y no sufres el castigo, no por eso seas negligente, pues si no te conviertes y corriges, te espera el castigo en la eternidad. Si no lo crees, conjetura lo por venir por lo presente. En efecto, si en el tiem­po de los combates, tan gloriosos son los que confiesan a Cristo, considera cómo serán en la hora de las coronas. Y si ahora aplauden hasta los enemigos, ¿cómo no te admirará y procla­mará el que te ama con amor mayor que el de todos los pa­dres? Allí, allí están las recompensas de nuestras buenas obras; allí también los castigos de las malas. Aunque, a decir verdad, los que niegan a Cristo, sufren en ésta y en la otra vida: en ésta, porque viven con el torcedor de su mala conciencia, y, aunque de pronto no mueran, han de morir sin remedio; y en la otra, porque se los condenará a eterno suplicio. Los que le confiesan, en cambio, ganan aquí y en la eternidad. Aquí, por­que mueren, y su muerte los hace más gloriosos que los mismos que viven, y en la eternidad, porque gozarán de bienes inefables. Porque Dios no está dispuesto sólo a castigar, sino también a premiar, y más se inclina al premio que al castigo. Mas ¿por qué razón el premio sólo una vez lo puso el Señor, y el castigo dos? Porque sabía que sus oyentes se corregían mejor de ese modo. Por eso, después de haber dicho: Temed al que puede arrojar cuerpo y alma al infierno, todavía añadió: Yo también le negaré. Así hacía. También Pablo, que recuerda continuamente el infierno.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), homilía 34, 1-3, BAC Madrid 1955, 682-91

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*1- Jn 14,12

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Valentía y audacia ante un mundo hostil

(Mt 10,26-33)

Introducción

El capítulo 10 de San Mateo, al cual pertenecen los versículos presentados en el evangelio de hoy, constituye una unidad literaria en sí misma. En efecto, el bloque literario anterior a este capítulo 10 está constituido por los capítulos 8 y 9, donde se narran diez milagros en forma sucesiva. Y en 11,1 comienza claramente otra sección, ya que en ese versículo se dice que Jesús terminó de dar instrucciones a sus discípulos y se marchó a predicar a otras ciudades.

            El tema fundamental de este capítulo 10 de San Mateo es el envío que Jesús hace de sus Doce Apóstoles*1 a dar testimonio de Él y a predicar su Palabra. Con toda claridad lo dice San Mateo: “A estos Doce envió Jesús” (Mt 10,5). Y el mismo Jesús lo dice: “Yo os envío” (Mt 10,16).

El envío que Jesús hace es para predicar o anunciar el evangelio. Lo dice dos veces en este capítulo 10 de San Mateo: “Id y predicad: ‘El Reino de los Cielos está cerca’” (Mt 10,7). “Lo que escuchasteis al oído, predicadlo desde las azoteas” (Mt 10,27). Marcos también lo dice con toda claridad: “Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14).

            1. Enviados a predicar

El verbo griego que usa aquí el evangelista para expresar la acción de enviar es el verbo apostéllo. En la Biblia griega de los LXX, traducción autorizada de la Biblia hebrea del AT, se usa el verbo apostéllo para traducir el verbo hebreo salah. El verbo salah se usa en el AT para expresar el envío que Yahveh hace de los profetas a predicar. El verbo salah “no indicaba puramente el envío en sí, sino que subrayaba el encargo o investidura del enviado, que adquiría para aque­lla tarea concreta y determinada la misma autoridad que la persona mandante”*2. En este caso, la persona mandante era Yahveh. Se usa especialmente “para indicar con este verbo la mi­sión de los profetas de Israel para hablar en nombre de Dios”*3.

Por lo tanto, enviar, en sentido bíblico, significa:

– que se trata de una persona que ha sido llamada

– ha sido vinculada estrechamente al que va a enviar

– ha sido revestida con la autoridad del que envía y, por lo tanto…

– hace las veces del que envía;

– es enviado para una misión muy concreta asignada por el que envía y…

– tiene que volver a dar cuentas de su misión.

Todo esto se aplica a los Apóstoles de una manera más estricta todavía que a los profetas del AT, dado que la misma palabra ‘apóstol’ (en griego, apóstolos), el nombre con el que el mismo Cristo los llamó (Lc 6,13), es un término que proviene del verbo apostéllo y que, por lo tanto, significa, ‘enviado’.

Y la misión que Jesús les asigna a estos ‘Apóstoles’, a estos ‘enviados’ es la de predicar o anunciar el Reino de Dios, es decir, el Evangelio[4], tal como queda de manifiesto en los textos ya citados de Mt 10,7.27; Mc 3,14. Esta predicación los Apóstoles la harán con la misma autoridad de Jesucristo*5.

            Pero apóstoles no son solamente los Doce. Todo discípulo del Señor, el simple bautizado, también es enviado al mundo para predicar, anunciar y proclamar el Evangelio con la misma autoridad de Jesucristo. Esto queda claro en Lc 10,1, donde Jesucristo envía a 72 discípulos que se distinguen claramente de los Doce: “Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió (verbo apostéllo) de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir” (Lc 10,1). Al decir, ‘otros 72’ Lucas tiene la intención de diferenciarlos de los Doce apóstoles. Por lo tanto, los 72 también son apóstoles, no en el sentido jerárquico, pero sí en el sentido de que son enviados (= apóstoles) a predicar el Evangelio. San Pablo, al menos una vez, llama a simples bautizados, apóstoles. Y entre ellos se encuentra una mujer. Dice San Pablo: “Saludad a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles” (Rm 16,7). Y en el momento culmen de su partida al cielo, Jesucristo deja un mandato que, con toda evidencia, es para todo discípulo: “Y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad (verbo kerýsso) la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

            En el Ritual del Bautismo hay un rito conocido como el ‘Éfeta’ que representa el envío que todo bautizado recibe para predicar el evangelio. En este rito, que es la repetición de un gesto del mismo Jesús (cf. Mc 7,33-34), el celebrante toca al bautizado la boca y los oídos, y le dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permita, muy pronto, escuchar su Palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre”. De esta manera, hay en el Bautismo un envío claro a confesar la fe y a dar testimonio de Cristo con la predicación.

            Por lo tanto, cada uno de nosotros, cada bautizado ha sido enviado por Jesús al mundo a predicar el Evangelio con la misma autoridad de Jesucristo. Cada uno de nosotros es apóstol en sentido estricto. Por esta razón, todo lo dicho por Jesús en este capítulo 10 de San Mateo se aplica a la letra a cada uno de nosotros.

            2. No tener miedo ante la hostilidad del mundo

            Pero Jesucristo nos anuncia con muchísima claridad que el anuncio del Evangelio encontrará una gran hostilidad por parte del mundo.

Las primeras palabras del evangelio de hoy en el Leccionario de uso en Argentina dicen así: “No teman a los hombres”. La Iglesia ordena así estas palabras para poder hacer que el resto del texto evangélico sea entendible. Pero no se refiere a los hombres en general, sino a unos hombres concretos. En realidad, el texto original dice así: “Pero no tengáis miedo a aquellos”*6. ¿Quiénes son ‘aquellos’? Son los hombres que en los versículos anteriores se mencionan como enemigos y perseguidores del apóstol cristiano. Y el ‘pero’ hace mención al tipo de enemistad y persecución que recibirá el apóstol cristiano. El ‘pero’ significa: ‘A pesar de la hostilidad de aquellos hombres, no les tengáis miedo’.

¿Quiénes son, concretamente, los enemigos a los que no hay que tener miedo? Esos hombres están retratados sobre todo en los versículos 14-25, los más próximos al texto del evangelio que hemos leído hoy. Son aquellos que no van a recibir la Palabra de Cristo. Son aquellos que se comportarán con el apóstol como un lobo se comporta con un cordero. Son aquellos que considerarán al apóstol, por el solo hecho de predicar el Evangelio, como un delincuente digno de ser procesado y condenado. Incluso dentro de la misma familia habrá quienes considerarán al apóstol como un malhechor y no tendrán compasión de él, aun cuando fueran hermanos o padres del apóstol. Son éstos los hombres de los que Jesús habla y a los cuales no hay que tener miedo.

Jesús advierte con absoluta franqueza el destino que le espera al apóstol si quiere realmente predicar el Evangelio. El verdadero apóstol, que no esconde la doctrina de Jesucristo, será odiado por todos. Y correrá la misma suerte que su Maestro y Señor, Jesucristo, a quien acusaron de estar endemoniado (Mt 12,24). “A estos hombres, dice Jesús, no les tengáis miedo”.

El ‘¡No tengáis miedo!’ de Jesucristo se presenta como un ritornello o un estribillo en la exhortación que hace a los enviados a predicar, es decir, a los apóstoles, en este capítulo 10 de San Mateo. Y las tres veces comparecen en el evangelio del domingo de hoy (Mt 10,26.28.31). Por esta razón podemos afirmar que el mensaje central del evangelio que la Iglesia nos presenta hoy es la exhortación a no tener miedo de aquellos hombres que se oponen y persiguen a los apóstoles enviados a predicar el Reino de Dios. El hecho de que se repita tres veces esta exhortación indica insistencia por parte del Espíritu Santo, que es el autor principal del texto bíblico.

3. Parresía

Jesucristo no se contenta con exhortar a evitar el miedo, sino que les pide a los apóstoles algo más: audacia para predicar el evangelio. Por eso les dice: “Hablen a la luz del día y prediquen desde las azoteas” (Mt 10,27).

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, dice que al diablo no sólo hay que resistirle sino incluso derrocarlo, es decir, voltearlo de la roca en la que se hace fuerte*7. No sólo hay que tener la actitud firme del que se defiende y resiste, sino que se debe pasar al ataque para hacer huir al enemigo y, si es posible, aniquilarlo*8. Aquí es más cierto que nunca aquel axioma que se usa en los deportes: no hay mejor defensa que un buen ataque. El ‘predicar desde las azoteas’ del que habla Cristo suena parecido al ‘quitar de la roca’ del que habla San Ignacio. Para ‘predicar desde las azoteas’ primero hay que derrocar al enemigo que está en la azotea. El ganar las alturas es siempre un objetivo primario en el combate. Desde allí se domina al enemigo. Jesucristo exhorta no sólo a no tener miedo sino a pasar al ataque y conquistar la altura de las colinas para, desde allí, prevalecer sobre el enemigo.

San Ignacio tiene otra semejanza que expresa la misma idea. En la regla nº 12 de las Reglas de Discernimiento para la segunda semana dice que para poder vencer al diablo hay que hacer ‘lo diametralmente opuesto’ a lo que el diablo sugiere con su tentación*9. No basta con decirle que no a lo que sugiere, sino que, además, hay que hacer todo lo contrario de lo que insinúa. Si no se hace esto no sólo que se cede a la tentación, sino que el diablo se envalentona tanto que “no hay bestia tan fiera sobre la faz de la tierra como el enemigo de natura humana, en prosecución de su dañada intención con tan crecida malicia”, como dice San Ignacio textualmente en el lugar recién citado*10. Algo así pasa con el predicador: no sólo no debe tener miedo, no sólo debe resistir el ataque de ‘aquellos hombres’ perseguidores, sino que debe ganar las alturas (= las azoteas) y predicar a la vista de todos con una voz tan alta que a los enemigos no les quede otro remedio que retirarse derrotados. Si no se hace esto, no sólo estaremos callando el Evangelio, sino que estaremos ‘agrandando’ al enemigo y excitándolo para que nos persiga con mayor encarnizamiento.

Creo que debemos preguntarnos si los feroces ataques que está sufriendo la Iglesia Católica hoy, año 2017, sobre todo desde ‘las azoteas’ de los mass media, no se deben a una actitud timorata de nosotros, apóstoles de hoy, actitud que consiste en estar siempre a la defensiva, que no pasa al ataque, que no busca derrocar al enemigo, que no hace el oppósitum per diámetrum.

Sin duda que Jacques Maritain ha hecho mucho mal en este sentido exponiendo una doctrina según la cual el mundo actual es ‘vitalmente cristiano’ y camina, de modo necesario, según él, al progreso indefinido. Esto lo hace sobre todo en sus libros “Humanismo Integral” y “Cristianismo y democracia”*11. Si ni siquiera somos capaces de identificar al enemigo y lo confundimos con tropas amigas, mal podremos hacerle el agere contra o el oppósitum per diámetrum. Mucho de esta actitud indolente ante los ataques del mundo procede de esta actitud maritainiana de conformismo con el mundo.

Los Apóstoles comprendieron bien esta enseñanza de Jesús de subirse a las azoteas a plena luz del día y gritar con fuerza la consoladora verdad del Evangelio. La comprendieron y la pusieron en práctica de una manera egregia. El original griego del NT tiene una palabra específica para expresar esta valentía en el proclamar el Evangelio. Esa palabra es parresía. Los Apóstoles la pidieron insistentemente al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo se las dio: “Y ahora, Señor, ten en cuenta las amenazas de estos hombres y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía (parresía)*12 Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía (parresía)” (Hech 4,29.31)*13.

Los Apóstoles hicieron esto siguiendo el ejemplo del Maestro. En efecto, después de haber sido entregado, cuando el Sumo Sacerdote le pregunta acerca de su doctrina, Jesús responde: “Yo hablé al mundo con parresía” (Jn 18,20), es decir, valientemente, con toda claridad, a plena luz del día y públicamente.

La palabra parresía proviene de otras dos palabras griegas: pan, ‘todo’, y rema, ‘decir’, ‘hablar’. El sentido literal de este término, brotado inmediatamente de su etimología es ‘hablar o decir todo’ y quiere indicar, en primer lugar, el ‘decir todo’ en el sentido de ‘no guardarse nada’. Por eso, el significado primero de este sustantivo es ‘libertad plena en el hablar’. Hablar con parresía significa entonces, ‘hablar con total libertad interior, sin esconder ni callar nada de lo que se considera que hay que decir’. La palabra parresía implica desde su concepción etimológica el compromiso con la verdad. Por eso podemos decir que parresía en su sentido pleno es la ‘libertad de espíritu para decir la verdad’.

Dado que tener libertad de espíritu para decir la verdad requiere ‘valentía’ y ‘franqueza’, parresía también puede indicar estas dos virtudes. Incluso en algunos casos es usada como ‘audacia’. Hablar con franqueza también requiere ‘confianza’ y ‘seguridad’ y por eso en algunos casos también es usada con esos sentidos. La parresía así entendida traerá ciertamente peligros. Muchas veces se entiende, entonces, la parresía como la actitud del espíritu que pone a alguien en peligro de muerte, como es el caso de los Apóstoles en los textos de los Hechos de los Apóstoles recién citados (Hech 4,21-31).

Todos estos sentidos de la palabra parresía se aplican a Cristo en Jn 18,20 (y otros pasos) y a los Apóstoles en Hech 4,29.31. Libertad de espíritu para decir la verdad, franqueza, valentía, confianza en el hablar, seguridad en el modo de decir las cosas y ausencia de miedo ante el peligro de muerte que se cierne sobre ellos al decir la verdad: todo esto brilla en Cristo y los Apóstoles cuando deben predicar el Evangelio.

Y el agere contra y el oppósitum per diámetrum les dio resultado a los Apóstoles, porque dejaron boquiabiertos a los enemigos. En efecto, luego de haber sido aprehendidos y puestos en la cárcel, cuando los llaman a comparecer ante el Sanedrín en medio de amenazas, Pedro toma la palabra y les dice frontalmente que fueron ellos los que crucificaron a Jesucristo. Y entonces dice el narrador, San Lucas: “Viendo los miembros del Sanedrín la valentía (parresía) de Pedro y Juan, y sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura, estaban maravillados” (Hech 4,13). Fue la parresía y no la erudición lo que paralizó a los enemigos*14.

Conclusión

“No tengáis miedo, no tengáis miedo, no tengáis miedo”; tres veces nos dice Jesucristo estas palabras en el evangelio de hoy*15, en el corto lapso de 6 versículos. A los mismos Apóstoles, Jesucristo los va a reprender con franqueza por haber tenido miedo ante la tormenta que azotó la barca en medio del Mar de Galilea, y les dirá frontalmente: “¿Por qué sois cobardes?” (Mc 4,40).

El siglo XX, muy cercano todavía a nosotros, a causa de la persecución comunista al cristianismo, fue el siglo de la mayor persecución religiosa de la historia de la Iglesia, después de las persecuciones de los primeros tiempos. Y el siglo XXI en el cual vivimos no se diferencia mucho del siglo anterior.

Incluso, hay quienes piensan que la situación actual es peor que la de los cristianos de las persecuciones romanas y las persecuciones comunistas, como es el caso del ex – Arzobispo de Toledo y primado de España, Mons. Antonio Cañizares Llovera. Mons. Cañizares denunció las amenazas que sufre la Iglesia por parte de los poderes y medios de comunicación social, que “están incluso dispuestos a despedazar a la Iglesia”*16. Mons. Cañizares explicó que “la Iglesia en su pere­grinar a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI padeció muchas persecuciones y tuvo que lidiar dura batalla contra el poder de las tinieblas, pero nunca tal vez en la historia se vio acosada como en este período”. Pero, según el ex – Primado de España, lo que está pasando aho­ra la Iglesia en España es incluso más grave que lo que pasó la Iglesia durante la guerra civil e incluso las otras tribulaciones que ha tenido que pasar la Iglesia a lo largo de la historia.

Y el P. Buela concluye: “Las cosas no están nada bien y, tal vez, podría estar gestándose una persecución cruenta aquí en Europa. (…) Estamos realmente en una situación más difícil de lo que la inmensa mayoría piensa. Hay que prepararse para los momentos difíciles que nos puedan tocar, para ser fieles como los santos mártires, que fueron fieles a Cristo hasta el derramamiento de la sangre”*17.

Uno de los primeros en hablar de ‘cristofobia’ en Europa fue un estudioso norteamericano de religión judía, al ver el encarnizamiento con que los jefes de Estado europeos se oponían a la mención del cristianismo en la constitución europea*18.

Mons. Aguer denuncia con valentía (= parresía) la presencia de esta ‘cristofobia’ en el mundo actual: “Últimamente se ha desatado en todo el mundo una ola prepotente, impúdica, de desprecio y odio a Jesucris­to. No sólo a la Iglesia o a los cristianos, sino al mismo Cristo”. Y todo esto sostenido por “la flojedad, la desidia, la inacción de los cristianos, que sufren sin chistar que se insulte a su Señor y que se manoseen las realidades más santas de la religión” *19.

Un gran luchador de los valores cristianos, Alexander Solzhenytsin, que sobrevivió a la gran persecución comunista en Rusia, habla de ‘el declive de la valentía en Occidente’. Dice él: “La merma de coraje puede ser la característica más sobresaliente que un observador imparcial nota en Occidente en nuestros días. El mundo Occidental ha perdido en su vida civil el coraje, tanto global como individualmente. (…) Tal descenso de la valentía se nota particularmente en las élites gobernantes e intelectuales y causa una impresión de cobardía en toda la sociedad. (…) ¿Habrá que señalar que, desde la más remota antigüedad, la pérdida de coraje ha sido considerada siempre como el principio del fin?”*20.

La respuesta a esta realidad tiene una sola palabra: parresía. Los macabeos habían recibido también el don de la parresía y eso los llevó a pasar al ataque con un denuedo nunca visto. Dice el Espíritu Santo en el texto bíblico: “Todos a una bendijeron a Dios misericordioso; y sus almas se llenaron de valentía (parresía), de tal forma que se sentían capaces de acometer no sólo a hombres, sino a fieras y aun a penetrar los muros de hierro” (2Mac 11,9). Esta misma parresía es necesaria para el día de hoy.

Pidámosle a la Virgen María la gracia de tener la misma parresía que tenían los macabeos.

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*1- ‘Doce Apóstoles’ escrito con mayúsculas porque son el núcleo de la constitución jerárquica de la Iglesia.
*2- Leonardi, G., Voz Apóstol / Discípulo, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ediciones Paulinas, Madrid, 1990, p. 144 – 145.
*3- Leonardi, G., Voz Apóstol / Discípulo…, p. 145.
*4- El verbo que San Mateo y los otros evangelistas usan para decir ‘predicar’ o ‘anunciar’ es el verbo griego kerýsso. Éste verbo significa ‘predicar’, ‘anunciar’, ‘proclamar’. El diccionario de Swanson lo define con más exactitud: “1. Anunciar, en calidad de oficial (Apoc 5,2); 2. Decir, anunciar públicamente (Mc 5,20); 3. Prédica, prédica destinada a persuadir, instar, advertir sobre la necesidad del acatamiento de algo (Rm 10,14)”, en Multiléxico, nº 2784. De este verbo kerýsso proviene la palabra kérygma que expresa el mensaje o el contenido de la predicación. En el lenguaje técnico de la teología kérygma ha pasado a significar el núcleo fundamental del mensaje evangélico: encarnación – pasión y muerte – resurrección y ascensión a la derecha del Padre.
*5- Este envío a predicar que hace Jesucristo de los Apóstoles no es otra cosa sino un eco del envío que el Padre ha hecho del mismo Jesucristo. Jesucristo es el enviado del Padre ya en el seno de la Trinidad, ya que Él es la Palabra que procede del Padre. Pero, además, por la Encarnación, Jesús ha sido enviado al mundo por el Padre: “El Padre ha enviado al mundo a su Hijo” (Jn 3,17). Y, además, lo envió a decir una palabra, a predicar, a anunciar la Buena Nueva de la Encarnación: “Yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar” (Jn 12,48-49). Y Jesús cumplió perfectamente ese envío: “Desde entonces comenzó Jesús a predicar (verbo kerýsso), diciendo: ‘Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado’” (Mt 4,17). “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando (verbo kerýsso) la Buena Nueva del Reino” (Mt 9,35). El envío que Jesús hace a los Doce es un calco del envío que el Padre hace de Jesucristo: “Como tú, Padre, me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo” (Jn 17,18).
*6- En el original griego: mè oûn phobethête autoús.
*7- San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, nº 13.
*8- Un principio básico de toda doctrina de la guerra, sea antigua o moderna, es que su finalidad es la aniquilación del enemigo.
*9- Oppósito per diametrum, dice San Ignacio (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, nº 325).
*10- San Ignacio tiene una tercera expresión para significar la misma idea. Esta expresión, que él usa en latín, es agere contra, es decir, ‘obrar contra’, y la usa en el nº 13 de sus Ejercicios Espirituales. La aplica a los afectos desordenados del alma y por eso dice que “muy conveniente es moverse, poniendo todas sus fuerzas, para venir al contrario de lo que está mal afectada” (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, nº 16). Y en el nº 350 la usa para aplicarla al diablo: “La ánima que desea aprovecharse en la vida espiritual, siempre debe proceder contrario modo que el enemigo procede”.
*11- Cf. Meinvielle, J., Iglesia y mundo moderno, Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1966, p. 122 – 123.
*12- El texto griego dice: metà parresías páses laleîn tòn lógon sou, que literalmente significa: ‘con toda valentía decir tu Palabra’.
*13- Respecto a este paso de los Hechos, dice Benedicto XVI: “¿Qué pide a Dios la comunidad cristiana en este momento de prueba? No pide la incolumidad de la vida frente a la persecución, ni que el Señor castigue a quienes encarcelaron a Pedro y a Juan; pide sólo que se le conceda «predicar con valentía» la Palabra de Dios (cf. Hch 4, 29), es decir, pide no perder la valentía de la fe, la valentía de anunciar la fe” (Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia General, Plaza San Pedro, 18 de abril de 2012).
*14- Respecto a la parresía dice Monseñor Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata (Argentina): “Parresía es un concepto capital del Nuevo Testamento para comprender la misión de la Iglesia y del cristiano. Como que procede de pan-resía, connota la libertad total para hablar, no tanto en sentido objetivo, porque lo permiten las condiciones externas o la autorización de la ley, sino más bien en sentido subjetivo, es decir, una libertad que procede de la constancia de ánimo y de la firme persuasión de la verdad.

“La parresía ante los hombres es la actitud apostólica por excelencia en el desarrollo de la misión de predicar y de implantar la Iglesia. Es la libertad espontánea de hablar por la que no se teme decir algo claramente (lo opuesto a callar por timidez o a hablar crípticamente) y no se vacila en amonestar, si es preciso, con toda franqueza (ver Hch 4,13; 2,29; 4,31; 28,31; 2Cor 7,4; 3,12; Flm 8)” (Aguer, H., Parresía de la fe, audacia de la razón. Las trece encíclicas de Juan Pablo II, en Revista Espiritualidad y Vida).
*15- Las tres veces con exactamente la misma expresión griega: mè phobethête (Mt 10,26.28.31).
*16- Cañizares Llovera, A., en AICA (Agencia Informativa Católica Argentina, dependiente de la Conferencia Episcopal Argentina), n. 2496, 20 de Octubre 2004, edición impresa, p. 117, citado en Buela, C., Algunas señales de la apostasía de Europa, 21 de enero de 2015.
*17- Buela, C., Algunas señales de la apostasía de Europa, 21 de enero de 2015.
*18- Cf. Buela, C., Cristofobia europea, 25 de enero de 2015.
*19- Aguer, H., en AICA (Agencia Informativa Católica Argentina, dependiente de la Conferencia Episcopal Argentina) n. 2574, 19 de Abril 2006, p. 85, citado en Buela, C., Cristofobia europea, 25 de enero de 2015. Y nosotros nos preguntamos: ¿es éste el mundo ‘vitalmente cristiano’ del que habla Maritain?
*20- Solzhenitsyn, A., Un mundo dividido en pedazos, Discurso de graduación en Harvard, 8 de junio, 1978. de Dios”,

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Dar testimonio en nuestra vida diaria

Mt 10, 24-33

            Hay que estar siempre preparados para el testimonio si viniese alguna persecución. Pero aunque no haya persecución siempre debemos estar dispuestos a confesar a Cristo ante los hombres.

            En la realidad, a veces, no confesamos a Cristo delante de los hombres por miedo a la cruz y, a veces, ni siquiera lo confesamos ante nuestros hermanos religiosos por miedo al “qué dirán”, porque nos van a tachar de beatones, porque nos van a mirar como a escrupulosos, porque se van a burlar de nosotros, porque se van a enojar con nosotros… La cuestión es que tememos confesar a Cristo.

            Hay que prepararse para dar testimonio de Cristo. ¿Cómo? Con testimonio de cada día en nuestra vida común. “Todos los días muero”, decía San Pablo. Todos los días puedo y debo confesar a Cristo con mis obras delante de mis hermanos.

            Para dar testimonio de Cristo, si bien es una gracia, hay que prepararse por una vida pura. Pura en el sentido pleno de la palabra, una vida simple, que busque sólo a Dios.

            Esta vida pura es una vida de fe ortodoxa y profunda que esté dispuesta a perder todo antes de renegar de Cristo y una fe grande como para rechazar todas las criaturas y a nosotros mismos por Cristo. El mejor himno al martirio es una vida de fe profunda.

            El martirio y el dar testimonio cada día es una gracia pero de nuestra parte esa gracia pide fidelidad y la fidelidad en grado superlativo está en el abandono absoluto en Dios. Con razón el Señor pone ejemplos de su Providencia sobre nuestros cabellos y sobre los pájaros. Nada escapa a la Providencia del Señor. Nosotros estamos en manos de la Providencia de Dios. ¿Por qué preocuparnos de cómo vamos a dar testimonio? ¿Por qué temer lo que nos pueda suceder? No va a ocurrir sino lo que Dios disponga en su divina Providencia. Y la Providencia divina es sabia y amorosa, por lo cual, no debemos temer. Las cosas que pueden hacernos los hombres no serán mayores que las que sufrió Cristo porque el discípulo no está por sobre su Maestro pero si nos tratarán, si somos fieles, como lo trataron al Señor. Sin embargo, nos da fuerza el pensar en la vida eterna “porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”*1.

            No debemos temer a los hombres si estamos en manos de Dios pero si debemos temer a Dios si le somos infieles por temor a los hombres. El castigo a la infidelidad no sólo implica nuestro sufrimiento corporal, como el que podrían provocarnos los hombres y en su máximo grado la muerte corporal, sino el castigo de todo el hombre, alma y cuerpo. Debemos temer la infidelidad porque por causa de ella podemos condenarnos para siempre en el infierno.

            La fidelidad a Dios es la respuesta acertada a nuestro ser de hombres, a nuestra condición creatural. Por el contrario, la infidelidad nos coloca en una situación de inestabilidad existencial a la cual demos temer porque si somos infieles a Dios perdemos el fundamento último de nuestro ser y esto es temible. Además esta posibilidad es real en nuestra condición de viadores, es la posibilidad del pecado.

            El miedo a los hombres por la fidelidad a Dios también es real porque nos pueden infligir dolor y sufrimiento pero no más allá de lo que Dios permita y Dios nos dará la gracia de salir victoriosos en aquello que Él permita, si somos fieles. Estos sufrimientos dañan nuestro ser corporal pero no nuestro ser más profundo que sólo puede dañar Dios cuando se retira porque se lo pedimos.

            Las pequeñas infidelidades diarias nos hacen vulnerables a los hombres que nos odian porque van aflojando en nosotros la vida pura. Tenemos que tratar de evitar las infidelidades conscientes y abocarnos a crecer en la pureza de vida. El que es fiel en lo poco se prepara para ser fiel en lo mucho y el Señor al que es fiel lo bendice como bendijo al que tenía diez talentos.

            Las infidelidades van destruyendo nuestra recta conciencia. Al principio notamos que estamos obrando mal aunque sea por un pequeño rumor interior del Espíritu Santo. Si no somos fieles y decimos para nosotros: es de poca monta, esa infidelidad repetida va amortiguando la conciencia y le va haciendo perder rectitud. Cuando nos damos cuenta hemos concedido a nuestra conciencia una mala libertad. Si esto continúa nuestra conciencia se va retorciendo y finalmente llega a grandes infidelidades.

            El martirio sólo lo da el alma fiel. El alma reblandecida por las pequeñas infidelidades es probable que reniegue de la fe. De todas maneras el ser testigos es una gracia y Dios la concede a quien quiere como lo atestigua la historia de los mártires. Pero también Dios “mira el corazón” y se complace en los de conciencia recta, en los que le son fieles hasta en lo más pequeño, en los que tienen puesta su confianza totalmente en Él que esto es ser fiel.

            A medida que se aproxima el fin del tiempo la apostasía se hará más universal y la fe más rara. Por eso cada vez es necesaria una fe mayor. Tenemos que pedir a Cristo que acreciente nuestra fe. Quizá tengamos que sufrir persecución, quizá no, pero sí tenemos que sufrir la insidiosa persecución diaria de parte del demonio, “porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire”*2 que nos combate por él mismo y por su satélite el mundo y por su aliado en nosotros que es nuestra propia carne.

            El crecimiento en la fe es una gracia y este se consigue por la oración. Si rezamos más y mejor fortalecernos nuestra fe e iremos creciendo en ella. Pero “a Dios rogando y con el mazo dando”. Pidamos crecer en la fe y de nuestra parte busquemos ser fieles a Dios no sólo evitando lo que puede separarnos de Él sino también las pequeñas infidelidades y sobre todo confiando en Él “porque valemos mucho más que los pajarillos” y porque “los cabellos de nuestra cabeza están contados y ni uno sólo caerá sin el querer de Dios”.

            Estas cosas que Cristo nos ha dicho en lo secreto y que han hecho germinar en nosotros la confianza en Él, la fe, tenemos que proclamarlas a los cuatro vientos porque los hombres necesitan este testimonio más que nunca y proclamémoslo no sólo con palabras sino sobre todo con las obras para que este testimonio ante los hombres nos valga el reconocimiento de Jesús en el juicio final.

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*1- Rm 8, 18
*2- Ef 6, 12

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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