Archivos mensuales: mayo 2017

Solemnidad de Pentecostés (A)

 

04
junio

Solemnidad de Pentecostés

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Directorio Homilético

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de Pentecostés (A)

(Domingo 4 de junio de 2017)

LECTURAS

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo,
y comenzaron a hablar

Lectura de los Hechos de los apóstoles     2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.
Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían:
«¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.»

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34

R. Señor, envía tu Espíritu
y renueva la faz de la tierra.

O bien:

Aleluia.

Bendice al Señor, alma mía:
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
¡Qué variadas son tus obras, Señor!
la tierra está llena de tus criaturas! R.

Si les quitas el aliento,
expiran y vuelven al polvo.
Si envías tu aliento, son creados,
y renuevas la superficie de la tierra. R.

¡Gloria al Señor para siempre,
alégrese el Señor por sus obras!
que mi canto le sea agradable,
y yo me alegraré en el Señor. R.

Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu
para formar un solo Cuerpo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.
Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común.
Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.

Palabra de Dios.

SECUENCIA

Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.

Ven, Padre de los pobres,
ven a darnos tus dones,
ven a darnos tu luz.

Consolador lleno de bondad,
dulce huésped del alma
suave alivio de los hombres.

Tú eres descanso en el trabajo,
templanza de la pasiones,
alegría en nuestro llanto.

Penetra con tu santa luz
en lo más íntimo
del corazón de tus fieles.

Sin tu ayuda divina
no hay nada en el hombre,
nada que sea inocente.

Lava nuestras manchas,
riega nuestra aridez,
cura nuestras heridas.

Suaviza nuestra dureza,
elimina con tu calor nuestra frialdad,
corrige nuestros desvíos.

Concede a tus fieles,
que confían en tí,
tus siete dones sagrados.

Premia nuestra virtud,
salva nuestras almas,
danos la eterna alegría.

ALELUIA

Aleluia.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Aleluia.

EVANGELIO

Como el Padre me envió a mí,
yo también os envío a vosotros:
Reciban el Espíritu Santo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 19-23

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Palabra del Señor.

Donde los fieles deben o suelen asistir a Misa el lunes y martes después de Pentecostés, pueden utilizarse las lecturas del Domingo de Pentecostés, o las indicadas para la administración de la Confirmación

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Solemnidad de Pentecostés- Ciclo A- 4 de Junio 2017

Entrada: Participemos de la Santa Misa con gran docilidad al Espíritu de Dios que habla dentro de nosotros porque en nuestras almas se ha construido su Templo.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura:    Hechos 2, 1- 11

Cuando descendió el Espíritu Santo sobre los Apóstoles empezaron a hablar en distintas lenguas.

Salmo Responsorial: 103

2° Lectura:          1 Corintios 12, 3b- 7. 12- 13

Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo.

Evangelio:          Juan 20, 19- 23 o bien 14, 15- 16. 23b- 26
El envío de los Apóstoles a evangelizar es un envío en el Espíritu, que les hará capaces de llevar a cabo el mandato recibido.

Preces: Pentecostés 2017

Hermanos, dejémonos conducir por el Espíritu de Dios y pidamos con confianza por nuestras necesidades.
A cada intención respondemos cantando:

·         Por todos los bautizados en Cristo, para que busquemos incansablemente la unidad como Cuerpo místico del Señor Jesús, de la cual el Espíritu Santo es su principal artífice y animador. Recemos especialmente por esta causa en esta semana de oración por la unidad de los cristianos en el hemisferio sur. Oremos

·         Por la Iglesia, esparcida por todo el mundo para que impulsada por el viento de Pentecostés sepa inculturar el Evangelio en cada realidad humana. Oremos.

·         Por los cristianos que sufren persecución por causa de su fe, o están sobrellevando duras pruebas en tierras de misión, que experimenten la presencia del Maestro interior que fortalece y consuela. Oremos.

 _________

·         Por todos los miembros de nuestra Familia Religiosa, para que, dóciles a la acción del Espíritu Santo,  nos transformemos en imagen viviente del modo de ser y de vivir del Verbo Encarnado. Oremos.

Renovados por tu Espíritu, te presentamos nuestra oración confiada, recíbela y escúchanos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

En el Espíritu Santo presentamos las ofrendas y nos unimos al Sacrificio redentor.

Ofrecemos:

+ Incienso: suba ante la presencia de Dios las oraciones que realizamos mediante el Espíritu Consolador.

+ Flores: para unirnos a María en el Cenáculo, encomendándole la Iglesia de la que es Madre.

+ Pan y vino: que por el Espíritu vivificante se convertirán en Cristo nuestro Salvador.

Comunión: Ven Espíritu Santo, ven y enciende nuestros corazones para recibir dignamente el Corazón eucarístico abrasado de amor de Nuestro Redentor.

Salida: María Santísima, Señora nuestra, ejerce tu Maternidad sobre nosotros tus hijos y haznos dóciles, para que el Espíritu Santo irrumpa en nuestras almas y nos santifique.

 (Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

Directorio Homilético

 

Solemnidad de Pentecostés

CEC 696, 726, 731-732, 737-741, 830, 1076, 1287, 2623: Pentecostés

CEC 599, 597,674, 715: el testimonio apostólico en Pentecostés

CEC 1152, 1226, 1302, 1556: el misterio de Pentecostés continúa en la Iglesia

CEC 767, 775, 798, 796, 813, 1097, 1108-1109: la Iglesia, comunión del Espíritu

696    El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que “surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha” (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, “que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que “bautizará en el Espíritu Santo y el fuego” (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: “He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!” (Lc 12, 49). Bajo la forma de lenguas “como de fuego”, como el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). “No extingáis el Espíritu”(1 Te 5, 19).

726      Al término de esta Misión del Espíritu,  María se convierte en la “Mujer”, nueva Eva “madre de los vivientes”, Madre del “Cristo total” (cf. Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que “perseveraban en la oración, con un mismo espíritu” (Hch 1, 14), en el amanecer de los “últimos tiempos” que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.

V       EL ESPIRITU Y LA IGLESIA EN LOS ULTIMOS TIEMPOS

          Pentecostés

731    El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.

732    En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en El: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los “últimos tiempos”, el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:

            Hemos visto la verdadera Luz,  hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado (Liturgia bizantina, Tropario de Vísperas de Pentecostés; empleado también en las liturgias eucarísticas después de la comunión)

El Espíritu Santo y la Iglesia

737    La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den “mucho fruto” (Jn 15, 5. 8. 16).

738    Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):

          Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios ya que por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son distintos entre sí … y hace que todos aparezcan como una sola cosa en él . Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual (San Cirilo de Alejandría, Jo 12).

739    Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la segunda parte del Catecismo).

740    Estas “maravillas de Dios”, ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la tercera parte del Catecismo).

741      “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto de la  cuarta parte del Catecismo).

III     LA IGLESIA ES CATOLICA

          Qué quiere decir “católica”

830    La palabra “católica” significa “universal” en el sentido de “según la totalidad” o “según la integridad”. La Iglesia es católica en un doble sentido:

            Es católica porque Cristo está presente en ella. “Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica” (San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (cf Ef 1, 22-23), lo que implica que ella recibe de Él “la plenitud de los medios de salvación” (AG 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en este sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (cf AG 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía.

—————————————————

1076  El día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo (cf SC 6; LG 2). El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la “dispensación del Misterio”: el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, “hasta que él venga” (1 Co 11,26). Durante este tiempo de la Iglesia, Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama “la Economía sacramental”; esta consiste en la comunicación (o “dispensación”) de los frutos del Misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia “sacramental” de la Iglesia.

            Por ello es preciso explicar primero esta “dispensación sacramental” (capítulo primero). Así aparecerán más clarame nte la naturaleza y los aspectos esenciales de la celebración litúrgica (capítulo segundo).

1287    Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a  todo el pueblo mesiánico (cf Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu (cf Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Hch 1,8), promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf Hch 2,1-4). Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar “las maravillas de Dios” (Hch 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos (cf Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo (cf Hch 2,38).

2623    El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1), que lo esperaban “perseverando en la oración con un mismo espíritu” (Hch 1, 14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (cf Jn 14, 26), será también quien la formará en la vida de oración.

“Jesús entregado según el preciso designio de Dios”

599      La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: “fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han “entregado a Jesús” (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

Los Judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús

597    Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato) lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de las acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la conversión después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10; 5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a “la ignorancia” (Hch 3, 17) de los Judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Y aún menos, apoyándose en el grito del pueblo: “¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mt 27, 25), que significa una fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6), se podría ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el espacio y en el tiempo:

          Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: “Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy…no se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura” (NA 4).

            Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo

674      La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinad o de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por “todo Israel” (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que “una parte está endurecida” (Rm 11, 25) en “la incredulidad” respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: “Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del  Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas” (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: “si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?” (Rm 11, 5). La entrada de “la plenitud de los judíos” (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de “la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios “llegar a la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13) en la cual “Dios será todo en nosotros” (1 Co 15, 28).

715    Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del “amor y de la  fidelidad” (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los “últimos tiempos”, el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.

1152  Signos sacramentales. Desde Pentecostés, el Espíritu Santo realiza la santificación a través de los signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino purifican e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la vida social. Aún más, cumplen los tipos y las figuras de la Antigua Alianza, significan y realizan la salvación obrada por Cristo, y prefiguran y anticipan la gloria del cielo.

El bautismo en la Iglesia

1226    Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa”, declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: “el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos” (Hch 16,31-33).

III     LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACION

1302  De la celebración se deduce que el efecto del sacramento es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.

1556  “Para realizar estas funciones tan sublimes, los Apóstoles se vieron enriquecidos por Cristo con la venida especial del Espíritu Santo que descendió sobre ellos. Ellos mismos comunicaron a sus colaboradores, mediante la imposición de las manos, el don espiritual que se ha transmitido hasta nosotros en la consagración de los obispos” (LG 21).

La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo

767    “Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia” (LG 4). Es entonces cuando “la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la predicación” (AG 4). Como ella es “convocatoria” de salvación para todos los hombres, la Iglesia, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf. Mt 28, 19-20; AG 2,5-6).

775    “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano “(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres “de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es “signo e instrumento” de la plena realización de esta unidad que aún está por venir.

798      El Espíritu Santo es “el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del cuerpo” (Pío XII, “Mystici Corporis”: DS 3808). Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad(cf. Ef 4, 16): por la Palabra de Dios, “que tiene el poder de construir el edificio” (Hch 20, 32), por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12, 13); por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por “la gracia concedida a los apóstoles” que “entre estos dones destaca” (LG 7), por las virtudes que hacen obrar según el bien, y por las múltiples gracias especiales [llamadas “carismas”] mediante las cuales los fieles quedan “preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia” (LG 12; cf. AA 3).

796    La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del Cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación personal. Este aspecto es expresado  con frecuencia mediante la imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de Cristo esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (cf. Jn 3, 29). El Señor se designó a sí mismo como “el Esposo” (Mc 2, 19; cf. Mt 22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa “desposada” con Cristo Señor para “no ser con él más que un solo Espíritu” (cf. 1 Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27), a la que Cristo “amó y por la que se entregó a fin de santificarla” (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef 5,29):

            He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos … Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza [“ex persona capitis”] o en el de cuerpo [“ex persona corporis”]. Según lo que está escrito: “Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.”(Ef 5,31-32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: “De manera que ya no son dos sino una sola carne” (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal … Como cabeza él se llama “esposo” y como cuerpo “esposa” (San Agustín, psalm. 74, 4:PL 36, 948-949).

I        LA IGLESIA ES UNA

          “El sagrado Misterio de la Unidad de la Iglesia” (UR 2)

813    La Iglesia es una debido a su origen: “El modelo y principio supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas” (UR 2). La Iglesia es una debido a su Fundador: “Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios… restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo” (GS 78, 3). La Iglesia es una debido a su “alma”: “El Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia” (UR 2). Por tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una:

¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo Logos del universo y también un solo Espíritu Santo, idéntico en todas partes; hay también una sola virgen hecha madre, y me gusta llamarla Iglesia (Clemente de Alejandría, paed. 1, 6, 42).

1097  En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su unidad de la “comunión del Espíritu Santo” que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo. Esta reunión desborda las afinidades humanas, raciales, culturales y sociales.

La comunión del Espíritu Santo

1108  La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos (cf Jn 15,1-17; Ga 5,22). En la Liturgia se realiza la cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu de Comunión permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna (cf 1 Jn 1,3-7).

1109    La Epíclesis es también oración por el pleno efecto de la comunión de la Asamblea con el Misterio de Cristo. “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo” (2 Co 13,13) deben permanecer siempre con nosotros y dar frutos más allá de la celebración eucarística. La Iglesia, por tanto, pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad.

Volver Direc. Homil.

Inicio

 Exégesis 

·         P. Antonio Royo Marín, O. P.

El Espíritu Santo en la Sagrada Escritura

Acerca del Espíritu Santo y de las otras dos divinas personas de la Santísima Trinidad, nada sabemos fuera de los datos que nos proporciona la divina revelación. La razón natural, abandonada a sus propias fuerzas, puede demostrar con toda certeza la existencia de Dios, deducida, por vía de causalidad necesaria, de la existencia indiscutible de las cosas creadas.*1 El reloj reclama inevitablemente la existencia del relojero.

La demostración científica de la existencia de Dios nos lleva también al conocimiento científico de ciertos atributos divinos, tales como su simplicidad, inmensidad, bondad, eternidad, perfección infinita, etc. Pero de ningún modo nos puede llevar al conocimiento de las realidades divinas, que rebasan y trascienden la vía del conocimiento natural que el hombre puede obtener de la contemplación de los seres creados. Entre estas verdades infinitamente trascendentes figura, en primerísimo lugar, el inefable misterio de la trinidad de personas en Dios. Sin la divina revelación, la razón natural no hubiera podido sospechar jamás la existencia de tres distintas personas en la unidad simplicísima de Dios.

Veamos, pues, lo que la Sagrada Escritura, que contiene el tesoro de la divina revelación escrita, nos dice acerca de la divina persona del Espíritu Santo. Vamos a verlo, por separado, en el Antiguo y Nuevo Testamento.

1. Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento no aparece con claridad y distinción la persona divina del Espíritu Santo, como tampoco las del Padre y el Hijo. Sin embargo, hay multitud de indicios y vestigios que, a la luz del Nuevo Testamento, aparecen como claras alusiones al Espíritu de Amor.

La expresión hebrea ruah Yavé ( = espíritu de Dios) aparece en la Antigua Ley en diversos sentidos. Son cuatro los grupos principales que pueden establecerse:

a) En primer lugar, significa el viento, por el que Dios da a conocer su presencia, su fuerza o su ira. Así aparecerá incluso en el cenáculo el día de Pentecostés.

Es también, ya desde el principio, el soplo de vida que Dios inspira en el hombre y hasta en los animales. Cuando Dios lo retira, sobreviene la muerte, y, si se lo da a los muertos, resucitan.

Finalmente, en un sentido más amplio, es el soplo creador, el viento de Dios que hace salir al mundo de la nada.

b) A veces hay ciertos fenómenos de carácter específicamente religioso que se presentan en dependencia muy íntima del ruah Yavé. Tales son, principalmente, el arte de los obreros del tabernáculo, el poder de gobernar al pueblo recibido por Moisés y transmitido por el a los ancianos y a Josué, la fuerza guerrera y el valor de los libertadores de Israel y, sobre todo, la inspiración profética. Esta es recibida individual o colectivamente, de un modo transitorio o también permanente, con o sin fenómenos exteriores, por los jefes del pueblo y por los ancianos, o por individuos que no pertenecen a la jerarquía; y se transmite por contagio o se traspasa.

c) En un tercer grupo de textos, el ruah Yavé se nos muestra como un soplo de santidad. En el Miserere de David aparece por primera vez la expresión ≪Espíritu Santo ≫. Sus efectos son firmeza, buena voluntad, contrición y humildad, sumisión a la voluntad de Dios y enderezamiento de nuestro caminar, rectitud, justicia y paz, conocimiento de la voluntad divina y don de sabiduría. Los rebeldes, en cambio, los que forjan proyectos o establecen pactos sin ese Espíritu, acumulan pecados sobre pecados y contristan al Espíritu Santo de Dios.

d) Finalmente, el ruah Yavé se nos presenta como un fenómeno esencialmente mesiánico, primero parque d Mesías será poseído sin límites por d Espíritu de Dios, y, además, porque en la época de Mesías se producirá una intensa efusión de Espíritu de Yahvé.

2. Nuevo Testamento

Aquí es donde aparece la plena revelación del Espíritu Santo como tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu de Dios llena al Bautista antes de nacer, lleva a María el dinamismo del Altísimo, se transmite a Isabel, por contagio, y a Zacarías, descansa sobre Simeón.

Jesús tiene sobre sí el Espíritu de Dios, es «movido» por El, arrastrado por su dinamismo, con la plenitud que le confiere su doble cualidad de Mesías y de Hijo. Comienza su ministerio «lleno del Espíritu Santo», que posee como Hijo. Se lo enviará a sus apóstoles después de su ascensión y les comunicará el dinamismo y ardor necesarios para llevar su testimonio hasta los confines de la tierra.

Se realizó el día de Pentecostés con viento y fuego, según la profecía de Joel, el anuncio del Bautista y la promesa de Jesús. Efusión primera, renovada luego colectivamente en ocasiones diversas, bien por iniciativa divina, bien a petición de los apóstoles, como donación directa de Dios, y, más precisamente, de Jesús, o mediante el rito de imposición de las manos.

El Espíritu así recibido es un Espíritu profético, el que ha hablado por los profetas; es también un Espíritu de fe y de sabiduría o de dinamismo, como el de Cristo. Hace hablar en todas las lenguas y da la facultad de perdonar los pecados. Desciende de un modo permanente sobre todos los discípulos de Jesús, como sobre Jesús mismo; dirige constantemente a los apóstoles y a sus colaboradores como Maestro, pero también se le puede resistir.

En su maravilloso sermón de la Cena, Jesús les dice a sus apóstoles que el Espíritu Santo les ensenara todas las cosas y les traerá a la memoria todo lo que Él les ha dicho, les guiara hacia la verdad completa y les comunicara las cosas venideras; glorificara a Cristo, porque tomara de lo de Él y lo dará a conocer a los apóstoles.

San Pablo precisa maravillosamente la teología del Espíritu Santo. Es el Espíritu de Dios y de Cristo; su operación es la misma que la del Padre y del Hijo y hace a los justos templos de Dios y del propio Espíritu Santo. Para los fieles, es el principio de la vida en Cristo, si bien es cierto que vivir en Cristo y en el Espíritu son una misma cosa. Es el distribuidor de todo don; escudriña los secretos de Dios; es el don por excelencia; nos mueve de forma que agrademos a Dios y no debemos contristarle jamás.

Finalmente, la fórmula del bautismo, dictada por el mismo Cristo, coloca al Espíritu Santo en un plano de igualdad con el Padre y el Hijo; y en las epístolas de San Pablo aparecen sin cesar asociadas las tres personas divinas. De este modo, el Espíritu de Dios, que se cernía sobre el caos primitivo en la aurora de la creación, aparece después como un ser personal que se manifiesta en la promoción de las almas fieles y de la sociedad cristiana, y que nos hace invocar con gemidos inenarrables la revelación de los hijos de Dios y la redención de nuestros cuerpos. El será quien realice la venida definitiva de Cristo

Estos son los datos fundamentales que nos proporciona la Sagrada Escritura acerca de la persona del Espíritu Santo. A base de ellos y de los que suministra la tradición cristiana— fuente legítima de la divina revelación al igual que la Biblia, en las debidas condiciones— han construido los teólogos la teología completa del Espíritu Santo en la forma que iremos viendo en las páginas siguientes.

(Royo Marín, A., El gran desconocido, BAC, Madrid, 1987, p. 20 – 24)

___________________________
*1- Lo definió expresamente el concilio Vaticano I con las siguientes palabras: “Si alguno dijere que el Dios uno y verdadero, Creador y Señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema” (D 1806).

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        Gran Enciclopedia Rialp

Pentecostés en la Sagrada Escritura

Pentecostés etimológicamente significa quincuagésimo. Designa la fiesta que se celebra cincuenta días después de la Pascua (v.). Su origen se encuentra en el A. T., siendo allí una fiesta, al parecer, de origen agrícola. Su sentido, en el judaísmo extrabíblico, pasó a ser la conmemoración de la Alianza del Sinaí (v.). A partir del envío del Espíritu Santo en ese día por Cristo glorioso, la fiesta de P. tiene para los cristianos un sentido nuevo. En ella se celebra la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia cincuenta días después de la resurrección de Cristo.

1. La fiesta de Pentecostés en el Antiguo Testamento. En el A. T. esta fiesta recibe diversos nombres. Sólo tardíamente, y en los libros escritos en griego, se la denomina Pentecostés (Tob 2,1; 2 Mac 12,31 ss.; Act 2,1) debido al cómputo de tiempo con que se establecía (v. FIESTAS II, 2b).
a. La fiesta y el día de su celebración. En Ex 23,14-17, donde se enumeran las tres fiestas principales de los judíos, aparece, tras la fiesta de los Ázimos y con anterioridad a la fiesta de la recolección al término del año, la fiesta de la Siega. Esta designación indica, dentro del carácter religioso de tal fiesta, su origen agrícola: era la acción de gracias a Dios por la recogida de la cosecha. Ese día el verdadero israelita debía presentarse ante Yahwéh con las primicias de su trabajo, de lo que hubiese sembrado en el campo (Ex 23,16). También se la denomina fiesta de las Semanas (Ex 34,22; Dt 16,10; Num 28,26; 2 Par 8,13), nombre derivado del hecho de celebrarse siete semanas después que la hoz comience a cortar las espigas (Dt 16,9); así el día de la fiesta quedaría flotante, en dependencia del ritmo de la agricultura. Sin embargo, en Ley 23,15-16 se fija el día desde el que ha de empezarse a contar: «Contaréis siete semanas enteras a partir del día siguiente al sábado, desde el día en que habréis llevado la gavilla de la ofrenda mecida, hasta el día siguiente al séptimo sábado, contaréis cincuenta días…». Con todo, esta fijación reviste varias interpretaciones, según el sentido que se le dé a «sábado». Si éste se entiende como el día festivo -día de la Pascua-, se empezaría a contar al día siguiente (así Filón y Flavio Josefo); si se entiende como el séptimo día de la semana, se empezaría a contar el domingo siguiente a la Pascua (así los fariseos y una tradición samaritana). También queda la duda si se contaba a partir de la terminación de la semana de los Ázimos (Targúm Onqelos Lev 23,11.15) o a partir del domingo siguiente (libro de los Jubileos). Lo cierto es que el nombre de la fiesta, tal como ha prevalecido, procedente del griego, Pentecostés (Tob 2,1; 2 Mac 12,31-32; Act 2,1), indica que la fiesta guarda relación con el cómputo de las siete semanas o los cincuenta días después de la celebración de la Pascua, que venía a coincidir con el inicio de la siega.
b. Evolución del sentido de la fiesta en el judaísmo. La festividad daba, pues, un carácter religioso, al acontecimiento anual agrícola, la fiesta de la siega del trigo (Ex 23,16), explicable en el ambiente sedentario del pueblo de Israel en la tierra de Canaán. Las siete semanas marcan el tiempo transcurrido entre el inicio de la siega de la cebada y el fin de la siega del trigo. Este día se ofrecía a Yahwéh las primicias de la cosecha; de ahí que también reciba el nombre de «día de las primicias» (Num 28,26); éstas consistían en la presentación de los nuevos frutos: «Llevaréis de vuestra casa, para agitarlos, dos panes hechos con dos décimas de flor de harina, y cocidos con levadura. Son las primicias de Yahwéh» (Lev 23,17). Dado su carácter de fiesta de acción de gracias, los panes que se ofrecían eran fermentados y no los consumía el fuego, sino que únicamente se agitaban ante Yahwéh, junto con dos corderos de un año, como sacrificio de comunión de todo el pueblo, y se dejaban para los sacerdotes. Al mismo tiempo, se ofrecían también, como ofrenda de todo el pueblo, siete corderos de un año, un novillo y dos carneros como holocausto a Yahwéh, y un macho cabrío como sacrificio por el pecado. Era un día de descanso y alegría en el que se convocaba reunión sagrada (Lev 23,18-21; Dt 28,26-31).
Parece ser que fue en la época del destierro y a partir de ella cuando la fiesta de P. se relaciona con la Alianza (v.) del Sinaí (v.), adquiriendo el carácter de commemoración de un hecho histórico pasado de la historia sagrada. Un punto de apoyo para esta significación lo da Ex 19,1 que dice que los israelitas llegaron al Sinaí al tercer mes -aproximadamente cincuenta días- después de la salida de Egipto, pues ésta tuvo lugar a mitad del primer mes y llegaron a principios del tercer mes. En la S. E., no obstante, no se encuentra esta significación de la fiesta de P., pero sí en el libro de los Jubileos (s. II a. C.; v. APÓCRIFOS BÍBLICOS 1, 3,2), según el cual fue en esta fecha cuando se realizaron las Alianzas con Dios, y, por tanto, en esa misma fecha cuando había que celebrarlas. Otro indicio de esta tradición se encuentra en 2 Par 15,10-15, donde aparece la renovación de la Alianza y el juramento del pueblo de buscar a Yahwéh, que el Targúrn identifica con la fiesta de Pentecostés. (…)
En Qumrán (v.), la fiesta de las Semanas se celebraba en día fijo: el quince del tercer mes, y al mismo tiempo se celebraba también la renovación de la Alianza. Pero, por otra parte, tanto Filón como F. Josefo, testigos del judaísmo ortodoxo, no dan a P. otra significación que la religioso-agrícola. Es tras la destrucción del templo de Jerusalén en el a. 70, cuando la fiesta de P. celebra la entrega de la ley por Dios a Moisés en el Sinaí. Los rabinos y algunos escritos apócrifos judíos de ese tiempo afirman claramente que en P. fue dada la ley.
2. La fiesta de Pentecostés en el Nuevo Testamento. Para la Iglesia la fiesta de P. se llena de un significado distinto, pues es en ese día cuando le es enviado el Espíritu Santo. El relato del libro de los Hechos de los Apóstoles es, más que una narración minuciosa y detallada, un resumen significativo de lo ocurrido y de su repercusión para la Iglesia y para todo el mundo. Con el día de P. empieza la presencia activa del Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, en la vida de la Iglesia, infundiendo a ésta la fuerza de Cristo Salvador (V. ESPÍRITU SANTO II).
a. El acontecimiento del día de Pentecostés. Ese día se hallaban reunidos, al parecer en el Cenáculo (v.), losDoce y, sin duda, también María, la madre de Jesús (Act 1,13-14); ésta es la interpretación más aceptada del «todos» de Act 2,1. «De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa en que se encontraban» (Act 2,2). La primera de las señales de la presencia del Espíritu aparece en el viento; hay cierta identificación -incluso terminológica-, entre viento y Espíritu (ruaj, en hebreo; pneuma, en griego) (cfr. lo 3,8), y el viento aparece en el A. T. como una de las manifestaciones de la divinidad; a veces va investido del poder creador de Dios (Ps 104, 30; Gen 1,2; 2,7; Ps 33,6). «Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que dividiéndose se posaron sobre cada uno de ellos» (Act 2,3); también el fuego es uno de los signos teofánicos en el A. T. (cfr. Gen 15, 17; Ex 3,2; etc.); la forma de lenguas guarda cierta relación con el don de lenguas que entonces se les comunica (cfr. Is 5,24; 6,6-7). «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Act 2,4); este don de lenguas parece a primera vista similar al don de la glosolalia (v.) que aparece con frecuencia en otros lugares (Act 10,46; 19,6; 1 Cor 12,14; cfr. Mc 16,17), pero se distinguen en que el día de P. todos -partos, medos, elamitas, etc- entendían a los Apóstoles cada uno en su propia lengua, mientras que al que tenía el don de la glosolalia nadie le entendía, pues hablaba no para los hombres sino para Dios (1 Cor 14,2). En el milagro de P. el don de lenguas por el que todos los pueblos pueden oír hablar de las maravillas de Dios, además de ser una señal de la presencia del Espíritu Santo, encierra una honda significación; con ello se hace realidad la promesa del Señor (Act 1,8; Lc 24,47-48; Mt 28,10) de que los Apóstoles serán sus testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los extremos de la tierra; y se muestra así que la Iglesia fundada por Cristo está abierta a todos los pueblos; el entendimiento universal es a la vez el signo de la unidad de todos los pueblos en Cristo por el Espíritu, antítesis de la dispersión por la confusión de lenguas en Babel (Gen 11,1-9). La reacción de los que escuchan a los Apóstoles agraciados con este don es de admiración y sorpresa, aunque debido, sin duda, al entusiasmo y exaltación de sus palabras algunos piensan que están ebrios (Act 2,12-13). La fuerza del Espíritu Santo que han recibido impulsa a los Apóstoles a presentarse al pueblo y predicar, haciéndolo S. Pedro como cabeza de los once que le acompañan (Act 2,14).
El milagro de P. ha recibido diversas explicaciones. Puede pensarse que el Espíritu Santo comunica a los Apóstoles en aquel momento el conocimiento de otras lenguas que las propias y por eso pueden entenderles los oyentes; con ello les facilita la predicación del Evangelio a todas las gentes. Algunos exegetas piensan que el milagro se produjo en el escuchar de los oyentes; los Apóstoles habrían hablado una sola lengua, pero todos les comprendieron como si fuese en la propia de cada uno; esta opinión, sin embargo, no está de acuerdo con la afirmación de vers. 4 «se pusieron a hablar en otras lenguas». Representantes de la crítica liberal opinan que se trata de una leyenda inventada por el autor a imitación de otra existente en la literatura rabínica, según la cual, la voz de Dios cuando promulgó la ley en el Sinaí fue oída por todas las naciones, dividiéndose para ello en setenta lenguas, tantas como pueblos había; pero esta leyenda es, sin duda, posterior al libro de los Hechos de los Apóstoles, y nada tiene que ver con el relato de S. Lucas como muestran los testimonios rabínicos aducido por Strack Billerbeek, Kommentar zum Neuen Testament, II,605-606. Según el relato, se ha de aceptar el milagro de que en aquel momento, el Espíritu Santo comunicado a los Apóstoles les capacita para hablar diversas lenguas y de hecho las hablan, sin que ello suponga que este don de lenguas fuese permanente en lo sucesivo.
b. Significación del acontecimiento de Pentecostés. En primer lugar S. Pedro, en el discurso pronunciado el mismo día de P. (Act 2,14-36), es quien da su verdadero significado. Pentecostés ha sido el inicio de la efusión plena del Espíritu Santo, prometida por Dios para la plenitud de los tiempos: «Es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi espíritu sobre toda carne y profetizarán sus hijos y sus hijas… y Yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu… y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará» (Act 2,16-18; Ioel 3,1-5; cfr. Ez 36,27). Los tiempos «últimos» han empezado ya con la venida, muerte y resurrección de Cristo; señal de ello es la efusión del Espíritu que hace hablar a los Apóstoles como verdaderos profetas, de lo cual son testigos quienes les escuchan. Esta efusión había sido también profetizada por Juan Bautista hablando del bautismo en Espíritu Santo que realizaría el Mesías (Mc 1,8; lo 1,26. 33); y el mismo Jesús la había prometido para después de su resurrección y ascensión al cielo (lo 14,26; 16,7; Act 1,5). Con la efusión del Espíritu Santo en P. culmina la Pascua de Cristo: la Resurrección (v.) y Ascensión (v.) han sido la exaltación de Cristo y «exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo y ha derramado lo que veis y oís» (Act 2,33). S. Pedro prueba primero la resurrección de Cristo por las palabras del Ps 16,8-11, y por el testimonio de los que han sido sus discípulos (Act 2,22-32); en Cristo se han cumplido las promesas divinas de resurrección (Ps 118,16; 110,1), y también de donación del Espíritu (Ez 36,27), pues Cristo, ascendido a los cielos es quien concede el don del Espíritu Santo a los suyos (Eph 4,8; cfr. Ps 68,19), para la edificación de su Cuerpo, la Iglesia.
P. marca el comienzo del tiempo de la Iglesia (v.), comunidad mesiánica, anunciada por los profetas, en la que serán congregados todos los que estaban dispersos (Ez 36,24; Is 42,1; cfr. lo 11,51-52). El milagro de las lenguas, la variedad de los oyentes; y la promesa de Jesús en Act 1,8, muestran la catolicidad de esta Iglesia animada por el Espíritu, para quien no existen fronteras, pues la promesa es para judíos y gentiles (Act 2,38-39; 10,44-48). P. supone, por tanto, la manifestación pública y el comienzo de la actividad misional de la Iglesia, confirmado a lo largo de todo el libro de los Hechos de los Apóstoles por la presencia del Espíritu, que comunica la fuerza para anunciar a Jesucristo (Act 4,8.31; 5,32; 6,10; cfr. Philp 1,19) e interviene en las principales decisiones con respecto a los gentiles (Act 8,29.40; 10,19.44-47; 11,12-16; 15,8.28; 13,21; 16,6-7; 19,1).
Los Santos Padres han descubierto en el acontecimiento de P. además otras significaciones. Así establecen la relación entre P. cristiano y la donación de la Ley en el Sinaí. Escribe el Papa Siricio: «Fue en el mismo día, en el de Pentecostés, en el que se dio la Ley, y en el que el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos para que éstos se revistieran de autoridad y supieran predicar la Ley evangélica» (PL X,200). Esta relación hace de la Ley del Sinaí una figura de la predicación evangélica, lo mismo que el cordero pascual, era figura de la pasión del Señor. Aunque no aparece explícitamente en el relato de Act 2 una referencia a la entrega de la Ley en el Sinaí, hay vestigios que pueden apoyar esta interpretación de los Padres. Tales son: a) el paralelismo entre Cristo y Moisés, ambos ocultados por la nube (Act 1,9; Ex 19,9); b) el que cada uno de los asistentes oyese hablar a los Apóstoles en su propia lengua -recordar la tradición rabínica de que la Ley se escuchó en setenta lenguas-; c) el que viese lenguas de fuego, que puede guardar relación con Ex 20,18: «todo el pueblo vio las voces», al menos tal como interpreta esta frase una tradición midráshica conservada por Filón: «la flama se convirtió en una palabra articulada, en un lenguaje familiar al auditorio»; d) el que los Apóstoles proclamasen «las maravillas de Dios» que en el A. T. significan los prodigios obrados por Dios con su pueblo a la salida de Egipto. (…)
Otra significación que la patrística encontró en P. es su carácter de nueva creación en la Iglesia, cuya imagen fue la creación antigua en la que también intervino el Espíritu de Dios (Gen 1,2; cfr. Is 32,15; Ez 13,7). Igualmente se ve en P. la solemne investidura de la Iglesia para su tarea apostólica en el mundo, de modo parecido a como fue investido Jesús en su bautismo en el Jordán (Mt 3,16; lo 1,32).
c. Pentecostés en la Iglesia. P., como suceso histórico se determina en un tiempo concreto de la vida de la Iglesia; pero el don del Espíritu Santo, que entonces se le otorga, queda como algo permanente. Desde aquel día la Iglesia recibe constantemente el Espíritu Santo que la congrega en la unidad de la fe y de la caridad (2 Cor 3,3; Eph 4,3-4; Philp 2,1); suscita en ella los carismas para su edificación (1 Cor 12,4-11; Act 6,6; 8,17; 19, 2-6); habita en los creyentes llevándoles a confesar a Cristo y a alabar al Padre (1 Cor 12,3; Eph 1,17; Philp 2,1). El Espíritu Santo queda íntimamente unido a la comunidad de la Iglesia como el principio dinámico que le ha dado origen y por el que se realiza (v. 11, 2). Al mismo tiempo el Espíritu Santo, enviado en P. va llevando a la Iglesia a preparar el gran día de Yahwéh al final de los tiempos (Act 2,20). Ese día será el de la vuelta gloriosa de Jesucristo (Math 24,1 ss.), y entonces se salvarán todos los que hayan invocado su nombre (Act 2,21; Rom 10,9-13), lo cual nadie puede hacer sino bajo la fuerza del Espíritu Santo derramado en Pentecostés (1 Cor 12,3).

BIBL.: 1. RAMOS, Significación del fenómeno del Pentecostés apostólico, «Estudios Bíblicos» 3 (1944) 469-494; F. FERNÁNDEZ, Pentecostés, en Enc. Bibl. VI,1009-1014; M. DELCOR, Pentecóte, en DB (Suppl.) VIII,858-883; U. HotzMEISTER, Questiones pentecostales, «Verbum Domini» 20 (1940) 129-138; B. N. WAMBACQ, Pentecostés, en Diccionario Bíblico, dir. F. SPADAFORA, Barcelona 1959, 463-464.

            G. ARANDA PÉREZ – (Gran Enciclopedia Rialp, Editorial Rialp, 1991)

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Agustín

El Espíritu y el don de lenguas.

            1. La solemnidad del día de hoy nos trae a la memoria la grandeza del Señor Dios y de su gracia, que ha derramado sobre nosotros. Por esto precisamente se celebra la solemnidad: para que no se borre del recuerdo lo que acaeció una sola vez. Solemnitas proviene de solet in anno, es decir, solemnidad indica lo que suele acontecer cada año; del mismo modo, se habla de la perennidad de un río, porque no se seca en el verano, sino que fluye todo el año. Perenne significa per annum (a lo largo del año), como solemne lo que solet in anno (suele celebrarse una vez al año). Hoy celebramos la llegada del Espíritu Santo. En efecto, el Señor envió desde el cielo el Espíritu Santo prometido ya en la tierra. De esta manera había prometido enviarlo desde el cielo: Él no puede venir en tanto no me vaya yo; mas, una vez que yo me haya ido, os lo enviaré. Por eso padeció, murió, resucitó y ascendió; sólo le quedaba cumplir la promesa. Era lo que esperaban sus discípulos, ciento veinte personas, según está escrito; es decir, diez veces el número de los apóstoles. Eligió, en efecto, a doce y envió el Espíritu sobre ciento veinte. A la espera de esta promesa, estaban reunidos en una casa orando, puesto que deseaban ya con la misma fe lo mismo que con la oración y anhelo espiritual. Eran odres nuevos a la espera del vino nuevo del cielo que llegó. Aquel gran racimo había sido ya pisoteado y glorificado. Leemos, en efecto, en el evangelio: Aún no se había dado el Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado.

            2. Ya habéis escuchado cuál fue su respuesta: un gran milagro. Cada uno de los presentes no había aprendido más que una sola lengua. Vino el Espíritu Santo, fueron llenados de él, y comenzaron a hablar en las distintas lenguas de todos los pueblos que ni conocían ni habían aprendido. Se las enseñaba el que había venido; entró a ellos, y los llenó hasta rebosar. Y ésta era entonces la señal: todo el que recibía el Espíritu, nada más sentirse lleno de él, hablaba en las lenguas de todos. Y esto no sólo los ciento veinte. Las mismas Escrituras nos enseñan que luego creyeron otros hombres, quienes fueron bautizados, recibieron el Espíritu Santo y hablaron en las lenguas de todos los pueblos. Los presentes se asustaron, unos admirándose, otros burlándose, hasta el punto de decir: Esos están borrachos y llenos de vino. Lo decían en plan de burla, pero algo cierto decían: eran odres llenos de vino nuevo. Cuando se leyó el evangelio oísteis: Nadie echa el vino nuevo en odres viejos. El hombre carnal no comprende las cosas del espíritu. La carne es vetustez, la gracia novedad. Cuanto más se renueve el hombre para mejor, tanto más comprende, porque gusta lo verdadero. Borbotaba el mosto, y de ese borboteo fluían las lenguas de los pueblos.

            3. ¿Acaso, hermanos, no se otorga ahora el Espíritu Santo? Quien así piense no es digno de recibirlo. También ahora se da. « ¿Por qué entonces nadie habla en las lenguas de todos los pueblos, como hablaban los que entonces estaban llenos del Espíritu Santo? ¿Por qué?» Porque se ha cumplido lo significado mediante aquel hecho. ¿Qué cosa? Recordad que, cuando celebramos el día cuarenta después de Pascua, os indiqué que Jesucristo el Señor nos confió la Iglesia y luego ascendió a los cielos. Le preguntaron los discípulos cuándo tendría lugar el fin del mundo. Él les respondió: No os corresponde a vosotros conocer el tiempo, que el Padre se reservó en su poder. Entonces hacía aún la promesa que hoy cumplió: Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaría, y hasta los confines de la tierra. La Iglesia, reunida entonces en una casa, recibió el Espíritu Santo: constaba de pocos hombres, pero estaba presente en las lenguas del orbe entero. He aquí lo que se buscaba entonces. En efecto, el que aquella minúscula Iglesia hablase las lenguas de todos los hombres, ¿qué significaba sino que esta gran Iglesia habla las lenguas de todos los hombres desde la salida del sol hasta su ocaso? Ahora se cumple lo que entonces era una promesa. Escuchamos la promesa y vemos su cumplimiento. Escucha, hija; mira. A la reina misma se dijo: Escucha, hija; mira: escucha la promesa, mírala realizada. No te ha engañado tu Dios, no te ha engañado tu esposo, no te ha engañado quien dio como dote su propia sangre, no te ha engañado quien de fea te hizo hermosa, y de ramera, virgen. Tú has recibido una promesa que eres tú misma; promesa recibida cuando constabas de pocos y cumplida ahora que posees a tantos.

            4. Que nadie diga, pues: «He recibido el Espíritu Santo; ¿por qué no hablo las lenguas de todos los pueblos?» Si queréis poseer el Espíritu Santo, prestad atención, hermanos míos. Nuestro espíritu, gracias al cual vive todo hombre, se llama alma, y ya veis cuál es la función del alma respecto al cuerpo. Da vigor a todos los miembros; ella ve por los ojos, oye por los oídos, huele por las narices, habla por la lengua, obra mediante las manos y camina mediante los pies; está presente en todos los miembros al mismo tiempo para mantenerlos en vida; da vida a todos y a cada uno su función. No oye el ojo, ni ve el oído ni la lengua, ni habla el oído o el ojo; pero, con todo, viven: vive el oído, vive la lengua: son diversas las funciones, pero una misma la vida. Así es la Iglesia de Dios: en unos santos hace milagros, en otros proclama la verdad, en otros guarda la virginidad, en otros la castidad conyugal; en unos una cosa y en otros otra; cada uno realiza su función propia, pero todos viven la misma vida. Lo que es el alma respecto al cuerpo del hombre, eso mismo es el Espíritu Santo respecto al cuerpo de Cristo que es la Iglesia. El Espíritu Santo obra en la Iglesia lo mismo que el alma en todos los miembros de un único cuerpo. Más ved de qué debéis guardaros, qué tenéis que cumplir y qué habéis de temer. Acontece que en un cuerpo humano, mejor, de un cuerpo humano, hay que amputar un miembro: la mano, un dedo, un pie. ¿Acaso el alma va tras el miembro cortado? Mientras estaba en el cuerpo vivía; una vez cortado perdió la vida. De idéntica manera, el hombre cristiano es católico mientras vive en el cuerpo; el hacerse hereje equivale a ser amputado, y el alma no sigue a un miembro amputado. Por tanto, si queréis recibir la vida del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad para llegar a la eternidad. Amén.

SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 267, 1-4, BAC Madrid 1983, 731-35

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

P. Lic. José A. Marcone, I.V.E.

 

La persona y la misión del Espíritu Santo

(Hech 2,1-11)

            Introducción

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “En el día de Pentecostés se revela plenamente la Santísima Trinidad” (CEC, 732). Esta breve frase del Catecismo es el resumen más conciso y denso de significado de la Solemnidad que celebramos hoy. Podemos explanarla con otra frase del Catecismo: “El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2,36), derrama profusamente el Espíritu” (CEC, 731). Pentecostés es la revelación plena y definitiva del Espíritu Santo como tercera persona de la Santísima Trinidad y, al mismo tiempo, revelación de la misión que el Espíritu Santo debe cumplir en el mundo.

1. La revelación del Espíritu Santo como persona divina

En el AT no hubo una revelación explícita de la Santísima Trinidad*1 y, por lo tanto, tampoco del Espíritu Santo como persona divina. Pero sí hay en el AT claras insinuaciones que preparaban la revelación del Espíritu Santo como persona divina que se daría en el NT.

El Espíritu de Dios en el AT es un atributo de Dios. Este atributo de Dios actúa en el mundo y en el hombre, muchas veces usando un antropomorfismo como si el Espíritu fuera una persona. Al Espíritu de Dios se le atribuye en el AT la creación del mundo (cf. Gén 1,2; Sab 1,7; Sal 33,6); el poder del rey (Is 11,2-8); la protección del pueblo de Dios (Is 63,11-14), la educación de los hombres en la virtud (Neh 9,20; Zac 7,12)*2. Pero en Is 63,11-14 está claramente personificado como un pastor que cuida a su rebaño, el pueblo de Dios. Dice el profeta Isaías: “Entonces se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo. ¿Dónde está el que los sacó de la mar, el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso en él su Espíritu santo, el que hizo que su brazo fuerte marchase al lado de Moisés? (…). El Espíritu de Yahveh los llevó a descansar. Así guiaste a tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso” (Is 63,11-14; cf. también Is 11,2 y Sab 9,17). Todo esto preparaba la revelación del Espíritu Santo como persona divina.

La primera revelación explícita y pública del Espíritu Santo como persona divina se realiza en el Bautismo de Jesús, en el momento en que Jesús inicia su predicación. Allí los tres evangelistas sinópticos dicen que el Espíritu Santo se hizo presente en forma de paloma (Mt 3,16; Mc 1,10; Lc 3,22)*3. En la narración del Bautismo de Jesús Mateo lo llama ‘Espíritu de Dios’ (tò pneûma toû Theoû); Lucas lo llama ‘Espíritu Santo’ (tò pneûma tò hágion); y Marcos, simplemente ‘el Espíritu’ (tò pneûma). Allí se ponen en un mismo plano al Padre, presente en la voz que se oye desde el cielo; al Hijo, presente en la persona de Jesús y al Espíritu Santo, presente en forma de paloma.

Durante su vida pública Jesucristo hablará muchísimas veces del Espíritu Santo como una persona divina. Sin embargo, son dos los textos en los que el Espíritu Santo es presentado con toda intención como uno de la Trinidad. El primero de ellos es Jn 14,16. Después de afirmar su divinidad (“Creen en Dios y crean también mí”, Jn 14,1), Jesús les dice a sus discípulos: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito” (Jn 14,16). Al decir ‘otro’ Jesús está afirmando que el Espíritu Santo, el Paráclito, es Dios como lo es Jesús, sin que haya superioridad o inferioridad de uno a otro. Jesús, que es Dios Hijo recibe la misma adoración y gloria que el Espíritu Santo, ‘el otro Paráclito’.

El segundo texto, el más definitivo y absoluto de los cuatro evangelios se encuentra en Mt 28,19: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (eis tò ónoma toû Patròs kaì toû Hyioû kaì toû Hagíou Pneúmatos)”. El Espíritu Santo es revelado como uno de la Trinidad, sin que sea inferior ni al Padre ni al Hijo. Además, al decir ‘el’ nombre, en singular, se está afirmando la unidad de naturaleza. Y al repetir por tres veces la partícula ‘y’ (en griego: kaì) se está afirmando la distinción de personas.

En Pentecostés, la solemnidad que celebramos hoy, la revelación del Espíritu Santo como persona divina se hace de una manera pública. Los signos con los que el Espíritu Santo se revela son el fuego, el viento y el tremor del lugar (al cual acompaña un gran rumor). Pero el resultado real es que los discípulos “quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hech 2,4), lo cual no puede aceptarse sino se lo interpreta como una persona divina*4.

La predicación de Pedro el día de Pentecostés (Hech 2,14-40) servirá de interpretación del hecho de la venida del Espíritu Santo. La interpretación es la siguiente: Jesucristo es el Kýrios*5, el Señor, que, resucitado, envía a la tercera persona de la Santísima Trinidad para que los hombres crean en Jesús y se unan a Él. El Espíritu Santo es presentado otra vez como uno de la Trinidad: “Jesús, que fue exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hech 2,33). Es Jesús el que entrega a esta persona divina*6.

La revelación plena del Espíritu Santo como persona divina y el envío y don que Jesús hace de Él en Pentecostés tienen una razón de ser. Esa razón de ser es lo que configura la misión del Espíritu Santo en el hombre y en el mundo.

2. La misión del Espíritu Santo en el hombre y en el mundo

Jesús fundó la Iglesia, y el Espíritu Santo la continua, la extiende, la solidifica y la santifica. La obra de Jesús respecto a su Iglesia es la misma obra que la del Espíritu Santo. La misión del Hijo hecho hombre y la misión del Espíritu Santo es una sola misión conjunta. Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Este Designio Divino, que se consuma en Cristo, ‘primogénito’ y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los pecados (…)” (CEC, 686). Y también dice el Catecismo: “La misión conjunta y mutua se desplegará desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en él” (CEC, 690)*7.

Jesucristo fundó la Iglesia sobre tres pilares fundamentales: 1. Una profesión de fe recta en que Él, Jesucristo, es Dios hecho hombre, el Verbo hecho carne (Jn 1,14), la segunda persona de la Santísima Trinidad que asumió una naturaleza humana completa. 2. Una jerarquía clarísima manifestada en la institución de Pedro como Piedra y Cabeza de la comunidad, y en el Colegio Apostólico con Pedro como Cabeza. Esto lo hizo cuando ‘los hizo Doce’ (epoíese Dódeka, Mc 3,14) y cuando le anunció a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). 3. Los sacramentos como medios de salvación y santificación de los hombres, especialmente el Bautismo (Mt 28,19) y la Eucaristía (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,15-20; cf. Jn 6,51-58).

A partir de Pentecostés el Espíritu Santo continua, consolida y amplía la obra de Cristo. “ ‘Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia’ (LG 4). Es entonces cuando ‘la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la predicación’ (AG 4). (…) Para realizar su misión, el Espíritu Santo ‘la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos’ (LG 4).” (CEC, 767. 768). El Espíritu Santo viene en Pentecostés para “alimentar, sanar, vivificar y organizar en sus funciones mutuas” a los miembros de la Iglesia (CEC, 739)*8.

Por esta razón podemos considerar que hoy, día de Pentecostés, la Iglesia es presentada oficialmente al mundo y manifestada públicamente. Por lo tanto, se puede hablar del día de la fundación de la Iglesia Católica, siempre y cuando se entienda esto en continuidad con la obra de Cristo.

En Pentecostés, y a partir de ese momento hasta el fin de los tiempos, el Espíritu Santo fortalece y solidifica los tres elementos esenciales de la Iglesia Católica recién mencionados. En efecto, en primer lugar, en su discurso San Pedro afirma con fuerza la humanidad y la divinidad de Jesucristo cuando dice: “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hech 2,36). ‘Señor’ es el título de Kýrios que se atribuía solamente a Yahveh, como ya dijimos. En segundo lugar, Pedro, al dar su discurso se presenta como la Cabeza de la Iglesia*9. En tercer lugar, la venida del Espíritu Santo culmina con el Bautismo de tres mil personas (Hech 2,41) e inmediatamente, Hech 2,42, se menciona ‘la fracción del pan’ (klásis toû ártou), que es la Eucaristía*10.

          Para poder decir que alguien pertenece en sentido propio a la Iglesia Católica debe estar unido visiblemente a ella a través de estas tres cosas: a) a través de la profesión de fe, que está íntegramente expresada en el Credo; b) a través de la recepción de los sacramentos, primera y fundamentalmente del bautismo; c) a través de la subordinación y la obediencia a la jerarquía; en primer lugar al Papa, que “tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena, suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente”*11; en segundo lugar a los obispos: “Cuando la Iglesia católica afirma que la función del Obispo de Roma responde a la voluntad de Cristo, no separa esta función de la misión confiada a todos los Obispos, también ellos ‘vicarios y legados de Cristo’. El Obispo de Roma pertenece a su ‘colegio’ y ellos son sus hermanos en el ministerio”*12. Si faltara una de estas tres cosas no podría hablarse de pertenencia plena a la Iglesia Católica.

A esto debe ir unido un convencimiento pleno de que la única Iglesia verdadera es la Iglesia Católica porque es la única que conserva estas tres notas. Por eso dice el Concilio Vaticano II: “Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él”*13. Y otro importante documento de la Iglesia dice: “Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica -radicada en la sucesión apostólica- entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia Católica: ‘Es esta la única Iglesia de Cristo (…) que nuestro Salvador, después de la resurrección (cf. Jn 21,17), dio para apacentar a Pedro, confiándole a él y a los otros apóstoles su difusión y su guía (cf. Mt 28,18ss); Él la erigió para siempre como columna y fundamento de la verdad (cf. 1Tim 3,15). Esta Iglesia, constituida y organizada en este mundo como sociedad, subsiste (subsistit in) en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él’ (LG, 8)”*14.

Si la Iglesia Católica es la única verdadera ella es la que posee la verdad. A la acusación de que los católicos se creen dueños de la verdad porque son capaces de determinar dogmas hay que responder: “Nosotros los católicos no somos ni los creadores ni los dueños de la verdad; pero sí somos los depositarios de la Verdad”. A la Iglesia Católica Jesucristo, Dios y hombre, le entregó la verdad para que la custodie y la anuncie a todos los pueblos. “Yo pediré al Padre y os dará (…) el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros” (Jn 14,16.17). “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13). Los católicos no somos ni los creadores ni los dueños de la verdad, pero sí somos los únicos que poseemos ‘la verdad completa’ para custodiarla y anunciarla.

Por eso “aquellos que están incorporados a la Iglesia Católica deben considerarse privilegiados”*15. Y dice Pablo VI: “No es orgullo, no es presunción, no es obstinación, no es locura, sino luminosa certeza y gozosa convicción la que tenemos de haber sido constituidos miembros vivos y genuinos del Cuerpo de Cristo, de ser auténticos herederos del Evangelio de Cristo, de ser continuadores directos de los Apóstoles, de poseer el gran patrimonio de verdades y costumbres que caracterizan a la Iglesia Católica tal cual hoy es: la herencia intacta y viva de la tradición originaria apostólica”*16.

            Y San Juan Pablo Magno nos insta a tener ‘un santo orgullo’ de ser católicos: “Uno de los grandes dones (…) que los miembros de la Iglesia, especialmente los pastores, pueden ofrecer al Señor de la historia (…) es un ‘santo orgullo’ en la fidelidad constante de la Iglesia a lo que ha recibido, una nueva confianza en la gracia y en la misión perennes que la envían entre los pueblos del mundo como testigo del amor y de la misericordia salvíficos de Dios. Sólo si el pueblo de Dios reconoce el don que ha recibido en Cristo, será capaz de comunicarlo a los demás mediante el anuncio y el diálogo”*17.

            Conclusión

            En Hech 2,42, apenas terminado el relato de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, se dice: “Los bautizados acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones”. Benedicto XVI, como dijimos, ve en esto una “definición de Iglesia” porque están presentes la jerarquía de los apóstoles, la unión de todo el Cuerpo por obra de la Trinidad, la Eucaristía y la Liturgia. Pero otros autores, sin que su opinión implique una exclusión de lo que dice Benedicto XVI, dicen que se trata, en realidad, de la explicitación de lo que es la misma Misa. En efecto, en la Misa tenemos la Liturgia de la Palabra (explicación de las Sagradas Escrituras interpretadas por los Apóstoles), la recolección de bienes para los pobres (comunión), el sacrificio eucarístico (fracción del pan) y las oraciones litúrgicas que nos unen a todos en la comunión de santos. De esta manera, lo que Hech 2,42 querría significar es que la comunidad de los bautizados, por obra del Espíritu Santo venido en Pentecostés, se convirtió en una comunidad profundamente eucarística. La primitiva Iglesia era la fundamentalmente eucarística y esto por obra del Espíritu Santo enviado por Jesús*18. Concurriendo a Misa, participando del Santo Sacrificio, ofreciendo nuestras personas junto con la Víctima y comulgando el Cuerpo de Cristo realizamos plenamente en nosotros la acción fundamental que el Espíritu Santo vino a hacer en Pentecostés.

            Entre los discípulos que estaban reunidos en el Cenáculo y recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés estaba la discípula por excelencia, la Virgen María. Dice la Lumen Gentium: “Vemos que los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste» (Hch 1, 14), y que también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra”*19. La oración de María fue una de las causas más poderosas para impetrar la venida del Espíritu Santo. Así también, nuestro amor y recurso permanente a la Virgen María hará que Pentecostés se repita constantemente en nuestras vidas.

________________________________________________________
*1- Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 174, a. 6 c.
*2- Cf. Hulsboch, A., voz Sabiduría, en Hag, H.-Van der Born, a.-De Ausejo, s., Diccionario de la Biblia (DB), Ed. Herder, Barcelona, 1987, col. 1744.
*3- Dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto a la paloma como símbolo del Espíritu Santo: “Los símbolos del Espíritu Santo. La paloma. Al final del diluvio (cuyo simbolismo se refiere al Bautismo), la paloma soltada por Noé vuelve con una rama tierna de olivo en el pico, signo de que la tierra es habitable de nuevo(cf. Gén 8,8-12). Cuando Cristo sale del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, baja y se posa sobre él (cf. Mt 3,16 par.). El Espíritu desciende y reposa en el corazón purificado de los bautizados. En algunos templos, la santa Reserva eucarística se conserva en un receptáculo metálico en forma de paloma (el columbarium), suspendido por encima del altar. El símbolo de la paloma para sugerir al Espíritu Santo es tradicional en la iconografía cristiana” (CEC, nº 701).
*4- Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El Espíritu Santo es el ‘último’ en la revelación de las personas de la Santísima Trinidad. San Gregorio Nacianceno, ‘el Teólogo’, explica esta progresión por medio de la pedagogía de la ‘condescendencia’ divina: ‘El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace entrever la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho de ciudadanía entre nosotros y nos da una visión más clara de sí mismo. En efecto, no era prudente, cuando todavía no se confesaba la divinidad del Padre, proclamar abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era aún admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo suplementario si empleamos una expresión un poco atrevida … Así por avances y progresos ‘de gloria en gloria’, es como la luz de la Trinidad estalla en resplandores cada vez más espléndidos’ (San Gregorio Nacianceno, or. theol. 5, 26)” (CEC, nº 684).
*5- Kýrios = Señor, es el título con que la Biblia griega de los LXX traduce el término Yahveh.
*6- Recordemos que, en el misterio intra-trinitario, el Hijo procede del Padre; y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. El hecho que Jesús pueda enviar al Espíritu Santo al mundo es continuación de la procedencia del Espíritu Santo del Hijo dentro de la Trinidad. La misión del Espíritu Santo en el mundo es producto de la misión del Espíritu Santo a partir del Hijo y del Padre dentro de la Trinidad. El Padre y el Hijo son al modo de un único principio de espiración (cf. CEC, 246).
*7- Dice también el Catecismo: “Desde el comienzo y hasta de la consumación de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía siempre a su Espíritu: la misión de ambos es conjunta e inseparable” (CEC, 743).
*8- Dice el Concilio Vaticano II: “El Espíritu Santo guía la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,11-12; 1 Co 12,4; Ga 5,22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo” (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, nº 4).
*9- El Concilio Vaticano II, hablando de la institución de los Doce y de su misión de predicar el evangelio, de santificar a los fieles y de gobernar la Iglesia, dice: “En esta misión fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-36), según la promesa del Señor: «Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos así en Jerusalén como en toda la Judea y Samaría y hasta el último confín de la tierra» (Hch 1,8). Los Apóstoles, pues, predicando en todas partes el Evangelio (cf. Mc 16,20), recibido por los oyentes bajo la acción del Espíritu Santo, congregan la Iglesia universal que el Señor fundó en los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, siendo el propio Cristo Jesús la piedra angular (cf. Ap 21, 14; Mt 16, 18; Ef 2, 20)” (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, nº 19).
*10- Respecto a esto dice Benedicto XVI: “En los Hechos de los Apóstoles, San Lucas nos da una especie de definición de la Iglesia, entre cuyos elementos constitutivos enumera la adhesión a la ‘enseñanza de los Apóstoles’, a la ‘comunión’ (koinonia), a la ‘fracción del pan’ y a la ‘oración’ (cf. Hech 2,42).” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, nº 20).
*11- Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, nº 22.
*12- San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint, sobre el empeño ecuménico, año 1995, nº 95.
*13- Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, nº 8.
*14- Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, año 2000, nº 16.
*15- San Juan Pablo ii, Carta Encíclica Redemptoris Missio, sobre la permanente validez del mandato misionero, año 1990, nº 11.
*16- Pablo vi, Carta Encíclica Ecclesiam Suam, sobre los caminos por los cuales la Iglesia Católica tiene hoy que cumplir su mandato, año 1964, nº 22.
*17- San Juan Pablo ii, Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in Asia, año 1999, nº 31.
*18- Dice Joseph Jungmann: “O. Bauernfeind, Die Apostelgeschichte: ‘Theol. Handkomentar zum N. T.’, 5 (Leipzig 1939) 54, se muestra inclinado a darle una interpretación litúrgica a Hech 2,42: los cristianos escuchan la doctrina de los apóstoles, aportan su contribución, se parte el pan y se rezan las oraciones. ‘Lo que San Lucas propiamente quiere decir es que la comunidad de los cristianos fue esencialmente comunidad eucarística’” (Jungmann, J., El Sacrificio de la Misa. Tratado histórico – litúrgico, BAC, Madrid, 1963, nº 6, p. 27, nota 19).
*19- Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, nº 59.

Volver Aplicación

S.S. Francisco p.p.

 

«Se llenaron todos de Espíritu Santo» (Hch 2, 4).

Hablando a los Apóstoles en la Última Cena, Jesús dijo que, tras marcharse de este mundo, les enviaría el don del Padre, es decir, el Espíritu Santo (cf.Jn 15, 26). Esta promesa se realizó con poder el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos reunidos en el Cenáculo. Esa efusión, si bien extraordinaria, no fue única y limitada a ese momento, sino que se trata de un acontecimiento que se ha renovado y se renueva aún. Cristo glorificado a la derecha del Padre sigue cumpliendo su promesa, enviando a la Iglesia el Espíritu vivificante, que nos enseña y nos recuerda y nos hace hablar.

El Espíritu Santo nos enseña: es el Maestro interior. Nos guía por el justo camino, a través de las situaciones de la vida. Él nos enseña el camino, el sendero. En los primeros tiempos de la Iglesia, al cristianismo se le llamaba «el camino» (cf. Hch 9, 2), y Jesús mismo es el camino. El Espíritu Santo nos enseña a seguirlo, a caminar siguiendo sus huellas. Más que un maestro de doctrina, el Espíritu Santo es un maestro de vida. Y de la vida forma parte ciertamente también el saber, el conocer, pero dentro del horizonte más amplio y armónico de la existencia cristiana.

El Espíritu Santo nos recuerda, nos recuerda todo lo que dijo Jesús. Es la memoria viviente de la Iglesia. Y mientras nos hace recordar, nos hace comprender las palabras del Señor.

Este recordar en el Espíritu y gracias al Espíritu no se reduce a un hecho mnemónico, es un aspecto esencial de la presencia de Cristo en nosotros y en su Iglesia. El Espíritu de verdad y de caridad nos recuerda todo lo que dijo Cristo, nos hace entrar cada vez más plenamente en el sentido de sus palabras. Todos nosotros tenemos esta experiencia: un momento, en cualquier situación, hay una idea y después otra se relaciona con un pasaje de la Escritura… Es el Espíritu que nos hace recorrer este camino: la senda de la memoria viva de la Iglesia. Y esto requiere de nuestra parte una respuesta: cuanto más generosa es nuestra respuesta, en mayor medida las palabras de Jesús se hacen vida en nosotros, se convierten en actitudes, opciones, gestos, testimonio. En esencia, el Espíritu nos recuerda el mandamiento del amor y nos llama a vivirlo.

Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un cristiano a mitad de camino, es un hombre o una mujer prisionero del momento, que no sabe tomar en consideración su historia, no sabe leerla y vivirla como historia de salvación. En cambio, con la ayuda del Espíritu Santo, podemos interpretar las inspiraciones interiores y los acontecimientos de la vida a la luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sabiduría de la memoria, la sabiduría del corazón, que es un don del Espíritu. Que el Espíritu Santo reavive en todos nosotros la memoria cristiana. Y ese día, con los Apóstoles, estaba la Mujer de la memoria, la que desde el inicio meditaba todas esas cosas en su corazón. Estaba María, nuestra Madre. Que Ella nos ayude en este camino de la memoria.

El Espíritu Santo nos enseña, nos recuerda, y —otro rasgo— nos hace hablar, con Dios y con los hombres. No hay cristianos mudos, mudos en el alma; no, no hay sitio para esto.

Nos hace hablar con Dios en la oración. La oración es un don que recibimos gratuitamente; es diálogo con Él en el Espíritu Santo, que ora en nosotros y nos permite dirigirnos a Dios llamándolo Padre, Papá, Abbà (cf. Rm 8, 15; Gal 4, 6); y esto no es sólo un «modo de decir», sino que es la realidad, nosotros somos realmente hijos de Dios. «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8, 14).

Nos hace hablar en el acto de fe. Ninguno de nosotros puede decir: «Jesús es el Señor» —lo hemos escuchado hoy— sin el Espíritu Santo. Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en el diálogo fraterno. Nos ayuda a hablar con los demás reconociendo en ellos a hermanos y hermanas; a hablar con amistad, con ternura, con mansedumbre, comprendiendo las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías de los demás.

Pero hay algo más: el Espíritu Santo nos hace hablar también a los hombres en laprofecía, es decir, haciéndonos «canales» humildes y dóciles de la Palabra de Dios. La profecía se realiza con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones y las injusticias, pero siempre con mansedumbre e intención de construir. Llenos del Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, sirve y dona la vida.

Recapitulando: el Espíritu Santo nos enseña el camino; nos recuerda y nos explica las palabras de Jesús; nos hace orar y decir Padre a Dios, nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno y nos hace hablar en la profecía.

El día de Pentecostés, cuando los discípulos «se llenaron de Espíritu Santo», fue el bautismo de la Iglesia, que nace «en salida», en «partida» para anunciar a todos la Buena Noticia. La Madre Iglesia, que sale para servir. Recordemos a la otra Madre, a nuestra Madre que salió con prontitud, para servir. La Madre Iglesia y la Madre María: las dos vírgenes, las dos madres, las dos mujeres. Jesús había sido perentorio con los Apóstoles: no tenían que alejarse de Jerusalén antes de recibir de lo alto la fuerza del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 4.8). Sin Él no hay misión, no hay evangelización. Por ello, con toda la Iglesia, con nuestra Madre Iglesia católica invocamos: ¡Ven, Espíritu Santo!

(Basílica Vaticana Domingo 8 de junio de 2014)

Volver Aplicación



San Juan Pablo II

 

“Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”.

Así grita la Iglesia en la liturgia de la solemnidad de Pentecostés.

Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.

Potente es el soplo de Pentecostés. Eleva, con la fuerza del Espíritu Santo, la tierra y todo el mundo creado a Dios, por medio del cual existe todo lo que existe.

Por esto, cantamos con el Salmista: “¡Cuántas son tus obras, Señor!/ la tierra está llena de tus criaturas” (Sal 103/104,24).

Miramos el orbe terrestre, abarcamos la inmensidad de la creación y continuamos proclamando con el Salmista: “Les retiras el aliento y expiran,/ y vuelven a ser polvo;/ envías tu aliento y los creas,/ y repueblas la faz de la tierra” (Sal 103/104,29-30).

Profesamos la potencia del Espíritu Santo en la Obra de la creación: el mundo visible tiene su origen en la invisible Sabiduría, Omnipotencia y Amor. Y, por esto, deseamos hablar a las criaturas con las palabras que ellas oyeron a su Creador en el Comienzo, cuando vio que eran “buenas”, “muy buenas”. Y, por esto cantamos: “Bendice, alma mía, al Señor./ ¡Dios mío, qué grande eres!…/ Gloria a Dios para siempre,/ goce el Señor con sus obras” (Sal 103/104,1.31).

En el templo grande e inmenso de la creación queremos festejar hoy el nacimiento de la Iglesia. Precisamente por esto repetimos: “¡Señor, envía tu Espíritu, y renueva la faz de la tierra!”.

Y repetimos estas palabras reuniéndonos en el Cenáculo de Pentecostés: efectivamente, allí el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, reunidos con la Madre de Cristo, y allí nació la Iglesia para servir a la renovación de la faz de la tierra.

Al mismo tiempo, entre todas las criaturas, que han venido a ser obra de las manos humanas, elegimos el Pan y el Vino. Los llevamos al altar. En efecto, la Iglesia, que nació el día de Pentecostés de la potencia del Espíritu Santo, nace constantemente de la Eucaristía, donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Redentor. Y esto ocurre también gracias a la potencia del Espíritu Santo.

Nos encontramos en el Cenáculo de Jerusalén el día de Pentecostés. Pero simultáneamente la liturgia de esta solemnidad nos lleva al Cenáculo “la tarde de la resurrección”. Precisamente allí, a pesar de que las puertas estaban cerradas, vino Jesús a los discípulos reunidos y todavía atemorizados.

Después de mostrarles las manos y el costado, como prueba que era el mismo que había sido crucificado, les dijo: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y diciendo esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,21-23).

Así, pues, la tarde del día de la resurrección, los Apóstoles, encerrados en el silencio del Cenáculo, recibieron el mismo Espíritu Santo, que descendió sobre ellos cincuenta días después, a fin de que, inspirados por su fuerza, se convirtiesen en testigos del nacimiento de la Iglesia: “Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).

La tarde del día de la resurrección de los Apóstoles, con la fuerza del Espíritu Santo, confesaron con todo el corazón: “Jesús es el Señor”, la potencia del Espíritu Santo puso en sus manos la Eucaristía -El Cuerpo y la Sangre del Señor-; la Eucaristía que en el mismo Cenáculo, durante la última Cena, Jesús les había entregado, antes de su pasión.

Entonces dijo, mientras les daba el pan: “Tomad y comed todos de él: esto es mi cuerpo, entregado en sacrificio por vosotros”.

Y a continuación, dándoles el cáliz del vino dijo: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Y después de haber dicho esto, añadió: “Haced esto en memoria mía”.

Cuando llegó el día de Viernes Santo, y luego el Sábado Santo, las palabras misteriosas de la última Cena se cumplieron mediante la pasión de Cristo. He aquí que su Cuerpo había sido entregado. He aquí que su Sangre había sido derramada. Y, cuando Cristo resucitó, se colocó en medio de los Apóstoles la tarde de Pascua, sus corazones latieron, bajo el soplo del Espíritu Santo, con nuevo ritmo de fe.

¡He aquí que ante ellos está el Resucitado!

He aquí que Jesús es el Señor. He aquí que Jesús el Señor les ha dado su Cuerpo como pan y su Sangre como vino “para la remisión de los pecados”. Les ha dado la Eucaristía.

He aquí que el Resucitado dice: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

He aquí que los envía con la fuerza del Espíritu Santo con la palabra de la Eucaristía y con el signo de la Eucaristía, puesto que realmente ha dicho: “Haced esto en memoria mía”

“Jesucristo es Señor”.

He aquí que envía a sus Apóstoles con la memoria eterna de su Cuerpo y de su Sangre, con el sacramento de su muerte y de su resurrección: Él, Jesucristo, Señor y Pastor de su grey para todos los tiempos.

La Iglesia nace el día de Pentecostés. Nace bajo el soplo potente del Santísimo Espíritu, que ordena a los Apóstoles salir del Cenáculo y emprender su misión.

La tarde de la resurrección Cristo les dijo: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. La mañana de Pentecostés el Espíritu Santo hace que ellos emprendan esta misión. Y así ellos van a los hombres y se ponen en camino por el mundo.

Antes de que ocurriese esto, el mundo -el mundo humano- había entrado en el Cenáculo. Porque he aquí que: “Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hch 2,4). Con este don de lenguas entró a la vez en el Cenáculo en el mundo de los hombres, que hablan las diversas lenguas, y a los cuales hay que hablar en varias lenguas para ser comprendidos en el anuncio de las “maravillas de Dios” (Hch 2,11).

El día de Pentecostés nació la Iglesia, bajo el soplo potente del Espíritu Santo. Nació de cien maneras, en todo el mundo habitado por los hombres, que hablan diversas lenguas. Nació para ir a todo el mundo, enseñando a todas las naciones con las diversas lenguas.

Nació a fin de que, enseñando a los hombres y a las naciones, nazca siempre de nuevo mediante la palabra del Evangelio; para que nazca siempre de nuevo en ellos en el Espíritu Santo, por la potencia sacramental de la Eucaristía.

Todos los que acogen la palabra del Evangelio, todos los que se alimentan del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Eucaristía, bajo el soplo del Espíritu Santo, profesan: “Jesús es el Señor” (1 Cor 12,3).

Y así, bajo el soplo del Espíritu Santo, comenzando desde el Pentecostés de Jerusalén, crece la Iglesia.

En ella hay diversidad “de carismas”, y diversidad “de ministerios”, y diversidad “de operaciones”, pero “uno solo es el Espíritu”, pero “uno solo es el Señor”, pero “uno solo es Dios”, “que obra todo en todos” (1 Cor 12,4-6).

En cada hombre,/

en cada comunidad humana,/

en cada país, lengua y nación,/

en cada generación,/

La Iglesia es concebida de nuevo y de nuevo crece.

Y crece como cuerpo, porque, como el cuerpo une en uno muchos miembros, muchos órganos, muchas células, así la Iglesia une en uno con Cristo muchos hombres.

La multiplicidad se manifiesta, por obra del Espíritu Santo, en la unidad, y la unidad contiene en sí la multiplicidad: “Todos nosotros… hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo Cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12,13).

En la base de esta unidad espiritual que nace y se manifiesta cada día siempre de nuevo, está el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre, el gran memorial de la Cruz y de la Resurrección, el Signo de la Nueva y Eterna Alianza, que Cristo mismo ha puesto en las manos de los Apóstoles y ha colocado como fundamento de su misión.

En la potencia del Espíritu Santo se construye la Iglesia como Cuerpo mediante el Sacramento del Cuerpo. En la potencia del Espíritu Santo se construye la Iglesia como pueblo de la Nueva Alianza mediante la Sangre de la nueva Alianza.

Es inagotable en el Espíritu Santo la potencia vivificante de este Sacramento. La Iglesia vive de él, en el Espíritu Santo, con la vida misma de su Señor. “Jesús es Señor”.

Es el Cenáculo de Pentecostés, pero es, a la vez, el Cenáculo mismo del encuentro pascual de Cristo con los Apóstoles, es el Cenáculo mismo del Jueves Santo.

Un día llegó al Cenáculo de Pentecostés todo el mundo a través del don de lenguas: fue como un gran desafío para la Iglesia, grito por la Eucaristía y petición de la Eucaristía.

La Iglesia se convierte, mediante la Eucaristía, en la medida de la vida y en la fuente de la misión de todo el pueblo de Dios, que ha venido hoy al cenáculo hablando con la lengua de los hombres contemporáneos.

La vida del hombre se graba, mediante la Eucaristía, en el misterio del Dios viviente. En este misterio el hombre supera los límites de la contemporaneidad, encaminándose hacia la esperanza de la vida eterna. He aquí que la Iglesia del Verbo Encarnado hace nacer, mediante la Eucaristía, a los habitantes de la eterna Jerusalén.

¡Te damos gracias, oh Cristo! Te damos gracias, porque en la Eucaristía nos acoges a nosotros, indignos, mediante la potencia del Espíritu Santo en la unidad de tu Cuerpo y de tu Sangre, en la unidad de tu muerte y de tu resurrección.

¡Gratias agamus Domino Deo nostro!

¡Te damos gracias, oh Cristo!

Te damos gracias, porque permites a la Iglesia nacer siempre de nuevo en esta tierra, y porque le permites engendrar hijos e hijas de esta tierra como hijos de la adopción divina y herederos de los destinos eternos.

¡Gratias agamus Domino Deo nostro!

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo a vosotros” (Jn 20,21).

¡Y da a estas palabras el soplo potente de Pentecostés!

Haz que estemos dondequiera Tú nos envíes…, porque el Padre te envió a Ti.

 (Homilía en la clausura del XX Congreso Eucarístico Nacional de Italia, en Milán, 22 de mayo de 1982)

Volver Aplicación

Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

San Lucas pone en el capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles el relato del acontecimiento de Pentecostés, que hemos escuchado en la primera lectura. Introduce el capítulo con la expresión: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar» (Hch2, 1). Son palabras que se refieren al cuadro precedente, en el que san Lucas había descrito la pequeña comunidad de discípulos, que se reunía asiduamente en Jerusalén después de la Ascensión de Jesús al cielo (cf. Hch 1, 12-14). Es una descripción muy detallada: el lugar «donde vivían» —el Cenáculo— es un ambiente en la «estancia superior». A los once Apóstoles se les menciona por su nombre, y los tres primeros son Pedro, Juan y Santiago, las «columnas» de la comunidad. Juntamente con ellos se menciona a «algunas mujeres», a «María, la madre de Jesús» y a «sus hermanos», integrados en esta nueva familia, que ya no se basa en vínculos de sangre, sino en la fe en Cristo.

A este «nuevo Israel» alude claramente el número total de las personas, que era de «unos ciento veinte», múltiplo del «doce» del Colegio apostólico. El grupo constituye una auténtica qahal, una «asamblea» según el modelo de la primera Alianza, la comunidad convocada para escuchar la voz del Señor y seguir sus caminos. El libro de los Hechos subraya que «todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu» (Hch 1, 14). Por tanto, la oración es la principal actividad de la Iglesia naciente, mediante la cual recibe su unidad del Señor y se deja guiar por su voluntad, como lo demuestra también la decisión de echar a suerte la elección del que debía ocupar el lugar de Judas (cf. Hch 1, 25).

Esta comunidad se encontraba reunida en el mismo lugar, el Cenáculo, durante la mañana de la fiesta judía de Pentecostés, fiesta de la Alianza, en la que se conmemoraba el acontecimiento del Sinaí, cuando Dios, mediante Moisés, propuso a Israel que se convirtiera en su propiedad de entre todos los pueblos, para ser signo de su santidad (cf. Ex 19). Según el libro del Éxodo, ese antiguo pacto fue acompañado por una formidable manifestación de fuerza por parte del Señor: «Todo el monte Sinaí humeaba —se lee en ese pasaje—, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego. Subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia» (Ex 19, 18).

En el Pentecostés del Nuevo Testamento volvemos a encontrar los elementos del viento y del fuego, pero sin las resonancias de miedo. En particular, el fuego toma la forma de lenguas que se posan sobre cada uno de los discípulos, todos los cuales «se llenaron de Espíritu Santo» y, por efecto de dicha efusión, «empezaron a hablar en lenguas extranjeras» (Hch 2, 4). Se trata de un

verdadero «bautismo» de fuego de la comunidad, una especie de nueva creación. En Pentecostés, la Iglesia no es constituida por una voluntad humana, sino por la fuerza del Espíritu de Dios. Inmediatamente se ve cómo este Espíritu da vida a una comunidad que es al mismo tiempo una y universal, superando así la maldición de Babel (cf. Gn 11, 7-9). En efecto, sólo el Espíritu Santo, que crea unidad en el amor y en la aceptación recíproca de la diversidad, puede liberar a la humanidad de la constante tentación de una voluntad de potencia terrena que quiere dominar y uniformar todo.

En uno de sus sermones, san Agustín llama a la Iglesia «Societas Spiritus», sociedad del Espíritu (Serm. 71, 19, 32: PL 38, 462). Pero ya antes de él san Ireneo había formulado una verdad que quiero recordar aquí: «Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia, y el Espíritu es la verdad; alejarse de la Iglesia significa rechazar al Espíritu» y por eso «excluirse de la vida» (Adv. haer. III, 24, 1).

A partir del acontecimiento de Pentecostés se manifiesta plenamente esta unión entre el Espíritu de Cristo y su Cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Quiero comentar un aspecto peculiar de la acción del Espíritu Santo, es decir, la relación entre multiplicidad y unidad. De esto habla la segunda lectura, tratando de la armonía de los diversos carismas en la comunión del mismo Espíritu. Pero ya en el relato de los Hechos, que hemos escuchado, esta relación se manifiesta con extraordinaria evidencia.

En el acontecimiento de Pentecostés resulta evidente que a la Iglesia pertenecen múltiples lenguas y culturas diversas; en la fe pueden comprenderse y fecundarse recíprocamente. San Lucas quiere transmitir claramente una idea fundamental: en el acto mismo de su nacimiento la Iglesia ya es «católica», universal. Habla desde el principio todas las lenguas, porque el Evangelio que se le ha confiado está destinado a todos los pueblos, según la voluntad y el mandato de Cristo resucitado (cf. Mt 28, 19).

La Iglesia que nace en Pentecostés, ante todo, no es una comunidad particular — la Iglesia de Jerusalén—, sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. De ella nacerán luego otras comunidades en todas las partes del mundo, Iglesias particulares que son todas y siempre actuaciones de una sola y única Iglesia de Cristo. Por tanto, la Iglesia católica no es una federación de Iglesias, sino una única realidad: la prioridad ontológica corresponde a la Iglesia universal. Una comunidad que no fuera católica en este sentido, ni siquiera sería Iglesia.

A este respecto, es preciso añadir otro aspecto: el de la visión teológica de los Hechos de los Apóstoles sobre el camino de la Iglesia de Jerusalén a Roma. Entre los pueblos representados en Jerusalén el día de Pentecostés san Lucas cita a los «forasteros de Roma» (Hch 2, 10). En ese momento, Roma era aún lejana, era «forastera» para la Iglesia naciente: era símbolo del mundo pagano en general. Pero la fuerza del Espíritu Santo guiará los pasos de los testigos «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8), hasta Roma. El libro de los Hechos de los

Apóstoles termina precisamente cuando san Pablo, por un designio providencial, llega a la capital del imperio y allí anuncia el Evangelio (cf. Hch 28, 30-31). Así, el camino de la palabra de Dios, iniciado en Jerusalén, llega a su meta, porque Roma representa el mundo entero y por eso encarna la idea de catolicidad de san Lucas. Se ha realizado la Iglesia universal, la Iglesia católica, que es la continuación del pueblo de la elección, y hace suya su historia y su misión.

Llegados a este punto, y para concluir, el evangelio de san Juan nos presenta una palabra que armoniza muy bien con el misterio de la Iglesia creada por el Espíritu. La palabra que Jesús resucitado pronunció dos veces cuando se apareció en medio de los discípulos en el Cenáculo, al anochecer de Pascua: «Shalom», «Paz a vosotros» (Jn 20, 19. 21). La palabra shalom no es un simple saludo; es mucho más: es el don de la paz prometida (cf. Jn 14, 27) y conquistada por Jesús al precio de su sangre; es el fruto de su victoria en la lucha contra el espíritu del mal. Así pues, es una paz «no como la da el mundo», sino como sólo Dios puede darla.

En esta fiesta del Espíritu y de la Iglesia queremos dar gracias a Dios por haber concedido a su pueblo, elegido y formado en medio de todos los pueblos, el bien inestimable de la paz, de su paz. Al mismo tiempo, renovamos la toma de conciencia de la responsabilidad que va unida a este don: responsabilidad de la Iglesia de ser constitucionalmente signo e instrumento de la paz de Dios para todos los pueblos. Traté de transmitir este mensaje cuando visité recientemente la sede de la ONU para dirigir mi palabra a los representantes de los pueblos. Pero no se debe pensar sólo en estos acontecimientos «en la cumbre». La Iglesia presta su servicio a la paz de Cristo sobre todo con su presencia y su acción ordinaria en medio de los hombres, con la predicación del Evangelio y con los signos de amor y de misericordia que la acompañan (cf. Mc 16, 20).

Entre estos signos hay que subrayar, naturalmente, el sacramento de la Reconciliación, que Cristo resucitado instituyó en el mismo momento en el que dio a los discípulos su paz y su Espíritu. Como hemos escuchado en la página evangélica, Jesús exhaló su aliento sobre los Apóstoles y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 21-23).

¡Cuán importante y por desgracia no suficientemente comprendido es el don de la Reconciliación, que pacifica los corazones! La paz de Cristo sólo se difunde a través del corazón renovado de hombres y mujeres reconciliados y convertidos en servidores de la justicia, dispuestos a difundir en el mundo la paz únicamente con la fuerza de la verdad, sin componendas con la mentalidad del mundo, porque el mundo no puede dar la paz de Cristo. Así la Iglesia puede ser fermento de la reconciliación que viene de Dios. Sólo puede serlo si permanece dócil al Espíritu y da testimonio del Evangelio; sólo si lleva la cruz como Jesús y con Jesús. Precisamente esto es lo que testimonian los santos y las santas de todos los tiempos.

Queridos hermanos y hermanas, a la luz de esta Palabra de vida, ha de ser aún más ferviente e intensa la oración que hoy elevamos a Dios en unión espiritual con la Virgen María. Que la Virgen de la escucha, la Madre de la Iglesia, obtenga para nuestras comunidades y para todos los cristianos una renovada efusión del Espíritu Santo Paráclito.

«Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terrae», «Envía tu Espíritu, Señor, todo se volverá a crear y renovarás la faz de la tierra». Amén.

(Basílica de San Pedro Domingo 11 de mayo de 2008)

Volver Aplicación

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio

                                                                             

Solemnidad de la Ascensión del Señor (A)

 

28
mayo

Solemnidad de la

Ascensión del Señor 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Directorio Homilético

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de la Ascensión del Señor (A)

(Domingo 28 de mayo de 2017)

LECTURAS

Lo vieron elevarse

Lectura de los Hechos de los apóstoles     1, 1-11

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido.
Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios.
En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días.»
Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
El les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.»
Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.»

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 46, 2-3. 6-9

R. El Señor asciende entre aclamaciones.

O bien:

Aleluia.

Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra. R.

El Señor asciende entre aclamaciones,
asciende al sonido de trompetas.
Canten, canten a nuestro Dios,
canten, canten a nuestro Rey. R.

El Señor es el Rey de toda la tierra,
cántenle un hermoso himno.
El Señor reina sobre las naciones
el Señor se sienta en su trono sagrado. R.

Lo hizo sentar a su derecha en el cielo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     1, 17-23

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza.
Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro.
El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mt 28, 19a. 20b

Aleluia.
Dice el Señor:
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.
Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.
Aleluia.

EVANGELIO

Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Solemnidad de la Ascensión del Señor- Ciclo A- 28 de Mayo 2017
– Jornada mundial de las comunicaciones sociales-

Entrada: La Liturgia de este día de la Ascensión del Señor colma de esperanza y alegría nuestro peregrinar, pues el mismo Cristo ha ido a prepararnos una morada junto a Sí.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                  Hechos 1, 1- 11
Cristo, después de dar las últimas instrucciones a los Apóstoles se eleva a los cielos por su propia virtud.

Salmo Responsorial: 46

Segunda Lectura:                                Efesios 1, 17- 23

Dios Padre elevó a su Hijo constituyéndolo Cabeza de la Iglesia.

Evangelio:                                   Mateo 28, 16- 20

Antes de ascender a los cielos, Nuestro Señor se aparece a los Apóstoles en Galilea y les da la misión de bautizar y hacer discípulos para el Reino.

Preces:

Mientras permanecemos en esta tierra, pidamos a Dios Padre por las necesidades de la Iglesia y de todos los hombres.

A cada intención respondamos cantando:

* Para que el Espíritu Santo anime a todo el pueblo cristiano a orar continuamente por el sucesor de San Pedro y así el papa experimente consuelo y fortaleza en su ministerio. Oremos

* En este día en que la iglesia reza por las comunicaciones sociales, pedimos a Dios que nos haga valorar el sentido de nuestras relaciones fraternas con los principios del Evangelio. Oremos.

*Por todos los miembros de la Iglesia que han seguido al Señor en la vocación monástica, para que sean testigos de lo trascendente y del primado de los valores espirituales por el ejemplo de sus vidas. Oremos.

* Por todos los moribundos para que los últimos días de sus vidas en este mundo, los anime a peregrinar hasta el fin con la confianza de los hijos que van al encuentro definitivo del Padre. Remos

Padre del Cielo que manifestaste tu poder en Jesucristo y lo hiciste sentar a tu derecha, ayúdanos siempre en nuestro caminar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Presentamos nuestras ofrendas y nos unimos al Sacrificio redentor para la salvación de los hombres.

Llevamos al Altar:

Cirios, y en ellos el deseo de todas las almas que aspiran a estar con Cristo, Luz del mundo.

Pan y vino, para que por manos del Sacerdote sean transubstanciados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Comunión: Pidamos a Jesús en esta Santa comunión alimente con su gozo divino la esperanza que tenemos de poseerlo eternamente en el Cielo.

Salida:

María, Madre de la Esperanza, nos conceda un vehemente deseo del cielo, y la firme certeza de que el triunfo de Jesús es nuestro triunfo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

Directorio Homilético

 

Solemnidad de la Ascensión del Señor

CEC 659-672, 697, 792, 965, 2795: la Ascensión

Artículo 6  “JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”

659    “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo “como un abortivo” (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).

660    El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: “Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

661    Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que “salió del Padre” puede “volver al Padre”: Cristo (cf. Jn 16,28). “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre” (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (MR, Prefacio de la Ascensión).

662    “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no “penetró en un Santuario hecho por mano de hombre, … sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro” (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. “De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor”(Hb 7, 25). Como “Sumo Sacerdote de los bienes futuros”(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).

663    Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: “Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada” (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C).

664    Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

RESUMEN

665    La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde  a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).

666    Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo,  vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente.

667    Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

Artículo 7       “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y  MUERTOS”

I        VOLVERÁ EN GLORIA

          Cristo reina ya mediante la Iglesia …

668    “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669    Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).

670    Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la “última hora” (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). “El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

          … esperando que todo le sea sometido

671    El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no  haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672      Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

Los símbolos del Espíritu Santo

697    La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre “con su sombra” para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es El quien “vino en una nube y cubrió con su sombra” a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y “se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la misma nube la que “ocultó a Jesús a los ojos” de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).

965    Después de la Ascensión de su Hijo, María “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones” (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, “María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra” (LG 59).

2795    El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra “patria”. De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo “ha bajado del cielo”, solo, y nos hace subir allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13).

Volver Direc. Homil.

Inicio

 Exégesis 

·         J. Kurzinger

La ascensión

(Hech.1,9-11)

9 Dicho esto y viéndole ellos, se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos. 10 Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en El, que se iba, dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante, 11 y les dijeron: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo vendrá así, como le habéis visto ir al cielo.

Narra aquí San Lucas, con preciosos detalles, el hecho trascendental de la ascensión de Jesús al cielo. Ya lo había narrado también en su evangelio, aunque más concisamente (cf. Luc_24:50-52). Lo mismo hizo San Marcos (Mar_16:19). San Mateo y San Juan lo dan por supuesto, aunque explícitamente nada dicen (cf.  Mat_28:16-20; Jua_21:25).

Parece que la acción fue más bien lenta, pues los apóstoles están mirando al cielo mientras “se iba.” Evidentemente, se trata de una descripción según las apariencias físicas, sin intención alguna de orden científico-astronómico. Es el cielo atmosférico, que puede contemplar cualquier espectador, y está fuera de propósito querer ver ahí alusión a alguno de los cielos de la cosmografía hebrea o de la cosmografía helenística (cf. 2Co_12:2). Los dos personajes “con hábitos blancos” son dos ángeles en forma humana, igual que los que aparecieron a las mujeres junto al sepulcro vacío de Jesús (Luc_24:4; Jua_20:12).

En cuanto a la nube, ya en el Antiguo Testamento una nube reverencial acompañaba casi siempre las teofanías (cf. Exo_13:21-22; Exo_16:10; Exo_19:9; Lev_16:2; Sal_97:2; Isa_19:1; Eze_1:4). También en el Nuevo Testamento aparece la nube cuando la transfiguración de Jesús (Luc_9:34-35). El profeta Daniel habla de que el “Hijo del Hombre” vendrá sobre las nubes a establecer el reino mesiánico (Dan_7:13-14), pasaje al que hace alusión Jesucristo aplicándolo a sí mismo (cf. Mat_24:30; Mat_26:64). Es obvio, pues, que, al entrar Jesucristo ahora en su gloria, una vez cumplida su misión terrestre, aparezca también la nube, símbolo de la presencia y majestad divinas.

Los dos personajes de “hábito blanco,” de modo semejante a lo ocurrido en la escena de la resurrección (cf. Luc_24:4), anuncian a los apóstoles que Jesús reaparecerá de nuevo de la misma manera que lo ven ahora desaparecer, sólo que a la inversa, pues ahora desaparece subiendo y entonces reaparecerá descendiendo. Alusión, sin duda, al retorno glorioso de Jesús en la parusía, que desde ese momento constituye la suprema expectativa de la primera generación cristiana, y cuya esperanza los alentaba y sostenía en sus trabajos (cf. 3:20-21; 1Te_4:16-18; 2Pe_3:8-14).

Es claro que, teológicamente hablando, Jesús ha entrado en la Vida desde el momento mismo de la Resurrección, sin que haya de hacerse esa espera de cuarenta días hasta la Ascensión. Lo que se trata de indicar es que Jesús, aunque viviera ya en el mundo futuro escatológico, todavía se manifestaba en este mundo nuestro, a fin de instruir y animar a sus fieles 25.

(Kurzinger, J., Los Hechos de los Apóstoles, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        Ludwig Ott

La Ascensión de Cristo a los cielos

1. Dogma

Cristo subió en cuerpo y alma a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre (de fe).

Todos los símbolos de fe confiesan, de acuerdo con el símbolo apostólico : «Ascendit ad coelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis» (“Ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre omnipotente”). El capítulo Firmiter precisa todavía más: «Ascendit pariter in utroque» (sc. «in anima et in carne») (“Ascendió tanto con una como con otra, es decir, tanto con su alma como con su carne”); Dz 429.

Cristo subió a los cielos por su propia virtud: en cuanto era Dios, con su virtud divina; y en cuanto hombre, con la virtud de su alma glorificada, que es capaz de transportar al cuerpo glorificado como quiere. Pero, considerando la naturaleza humana de Cristo, podemos decir también con la Sagrada Escritura que Jesús fue llevado o elevado (por Dios) al cielo (Mc 16, 19; Lc 24, 51; Act 1, 9 y 11) ; cf. S.th. III 57, 3; Cat. Rom 17, 2.

Es contrario a este dogma el racionalismo, el cual pretende que la creencia en la ascensión se originó por analogías con el Antiguo Testamento (Gen 5, 24: desaparición de Enoc llevado por Dios ; 4 Reg 2, 11 subida de Elías al cielo) o por influencia de las mitologías paganas; pero desatiende en absoluto las diferencias esenciales que existen entre el dogma cristiano y todos los ejemplos aducidos. Aun concediendo que exista semejanza, ello no significa en modo alguno que exista dependencia. El testimonio claro de esta verdad en la época apostólica no deja espacio de tiempo suficiente para la formación de leyendas.

2. Prueba

Cristo había predicho su ascensión a los cielos (cf. Jn 6, 63 [G 62] ; 14, 2 ; 16, 28 ; 20, 17), y la realizó ante numerosos testigos a los cuarenta días de su resurrección ; Mc 16, 19: «El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos, fue elevado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios» ; cf. Lc 24, 51 ; Act 1, 9 ss ; Eph 4, 8 ss ; Hebr 4, 14; 9, 24; 1 Petr 3, 22.

Los santos padres dan testimonio unánime de la ascensión de Cristo a los cielos. Todas las reglas antiguas de fe hacen mención de ella juntamente con la muerte y resurrección; cf. SAN IRENEO, Adv. haer. 110, 1; III 4, 2; TERTULIANO, De praescr. 13; De virg. vel. 1; Adv. Prax. 2; ORIGENES, De princ. I praef. 4.

La expresión bíblica «estar sentado a la diestra de Dios», que sale por vez primera en Ps 109, 1, y es usada con frecuencia en las cartas de los Apóstoles (Rom 8, 34; Eph 1, 20; Col 3, 1; Hebr 1, 3; 8, 1; 10, 12; 112, 2; 1 Petr 3, 22), significa que Cristo, encumbrado en su humanidad por encima de todos los ángeles y santos, tiene un puesto especial de honor en el cielo y participa de la honra y majestad de Dios, y de su poder como soberano y juez del universo; cf. SAN JUAN DAMASCENO, De fide orth. Iv 2.

3. Importancia

En el aspecto cristológico, la ascensión de Cristo a los cielos significa la elevación definitiva de la naturaleza humana de Cristo al estado de gloria divina.

En el aspecto soteriológico, es la coronación final de toda la obra redentora. Según doctrina general de la Iglesia, con Cristo entraron en la gloria formando su cortejo todas las almas de los justos que vivieron en la época precristiana; cf. Eph 4, 8 (según Ps 67, 19); «Subiendo a lo alto llevó cautivos» («ascendens in altum captivam duxit captivitatem»). En el cielo prepara un lugar para los suyos (Jn 14, 2 s), hace de intercesor por ellos (Hebr 7, 25: «Vive siempre para interceder por ellos [Vulgata: nosotros]» ; Hebr 9, 24; Rom 8, 34; 1 Jn 2, 1) y les envía los dones de su gracia, sobre todo el Espíritu Santo (Jn 14, 16; 16, 7). Al fin de los tiempos, vendrá de nuevo rodeado de poder y majestad para juzgar al mundo (Mt 24, 30). I.a ascensión de Cristo a los cielos es figura y prenda de nuestra futura recepción en la gloria ; Eph 2, 6: «Nos resucitó y nos sentó en los cielos por Cristo Jesús» (es decir, por nuestra unión mística con Cristo, cabeza nuestra).

(Ott, L., Manual de Teología Dogmática, Herder, Barcelona, 19652)

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Agustín

La ascensión del Señor

            1. Hoy ha brillado el día santo y solemne de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo: exultemos y gocémonos en él. Al descender Cristo, los infiernos se abrieron; al ascender, se iluminaron los cielos. Cristo está en el madero: insúltenle los furiosos; Cristo está en el sepulcro: mientan los guardias; Cristo está en el infierno: sean visitados los que descansan; Cristo está en el cielo: crean todos los pueblos. El, pues, debe ser el tema de nuestro sermón, puesto que es quien nos otorga la salvación. No os hablamos de ninguno otro sino de aquel que ahora nos hablaba en el evangelio a todos nosotros y que a punto de ascender al Padre decía a sus discípulos: Esto es lo que os he dicho cuando estaba con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu de verdad que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os traerá a la memoria cuanto os he dicho. No se turbe ni tema vuestro corazón. Oísteis que os dije: «Voy a mi Padre, porque el Padre es mayor que yo.»

            2. Sabéis, hermanos, que nuestro Señor Jesucristo se hizo por nosotros lo que nosotros somos, y que, sin embargo, permaneció en la misma forma en la que es igual al Padre. Creemos, en efecto, que el Hijo de Dios se hizo partícipe de nuestra debilidad, pero sin perder su majestad. Esta es, por tanto, nuestra fe: es Dios sobre nosotros y él mismo es hombre entre nosotros. Muchas cosas hizo aquí, en la forma de humildad tomada por nosotros, para esconder la sustancia divina que en él se ocultaba y para manifestar solamente la humana que en él saltaba a la vista; quienes no fueron capaces de distinguir y comprender esto, dieron origen a las herejías. Dentro de ellos están, entre otros, los arrianos, quienes pretenden que Dios Padre es mayor que Dios hijo. Respóndales con brevedad y claridad la verdad católica.

            3. Les preguntamos sobre qué dicen que el Padre es mayor que el Hijo. Si dijeran que por la magnitud, o sea, por cierto volumen corporal, al igual que decimos, por ejemplo: «Este monte es mayor que aquél» o «Esta ciudad mayor que aquélla», les responderemos, con el evangelio en la mano, que Dios es espíritu y que las cosas corporales no admiten comparación con las espirituales. En efecto, sólo se podrá hablar de mayor y menor cuando en ambos casos se trabaja con formas corporales. Pero Dios ni es extenso por su volumen, ni se distingue por las formas corporales, ni se encierra en un lugar, ni sufre estrecheces, ni tiene límite alguno. Dios es grande no por su volumen, sino por su poder. Cesen, pues, y descansen las indignas fantasías del pensamiento que oprimen con sus imaginaciones las mentes de los fieles; desaparezca por completo también el habitual modo carnal de pensar: cuando reflexionemos acerca de Dios, no ha de presentarse a nuestros ojos figura alguna carnal.

            4. Pero vuelven a la carga diciendo que en el tiempo, es decir, en edad, el Padre es mayor; afirman, en efecto, que en ningún modo es posible que el que engendra y el engendrado sean coetáneos. Es necesario, dicen, que exista con anterioridad el que engendra, del cual pueda en su momento venir a la existencia el que nace. ¿De dónde proceden estos pensamientos sino de la carne? Esto lo han aprendido de lo que es habitual en la generación humana; no se dan cuenta de que, entre los hombres, donde hay un hijo más débil por la edad, allí hay también un padre más gastado por la vejez, y que, efectivamente, al crecimiento y fortalecimiento del hijo, menor en edad, corresponde el envejecimiento y decaimiento del padre. Por tanto, en la medida en que pretenden que el Padre es más antiguo, en esa misma medida han de confesar que el Hijo es más fuerte. Si el pensar esto acerca de Dios es absurdo, cesen de una vez de confiar los secretos divinos a los sentidos humanos.

            5. Pero es poco el convencerlos de esta manera si no podemos mostrarles un ejemplo de la creación visible donde el que nace sea coetáneo con quien lo engendra. Para expulsar las tinieblas de este error presentemos la comparación de una candela que expande la trémula llama alimentada por la mecha que arde. Ciertamente es el fuego el que arde; la sustancia es fuego, más lo que se ve es un resplandor, mas no se origina el fuego del resplandor, sino el resplandor del fuego. Pero, con todo, nunca existió el fuego sin su resplandor, aunque el resplandor se origine del fuego: desde el primer momento en que aquel pequeñito fuego comenzó a existir, se levantó ya con su resplandor, ciertamente coetáneo. Así, pues, el resplandor es contemporáneo con el fuego del que nace, y, si el fuego fuese eterno, el resplandor sería también, con toda certeza, eterno.

            6. Mas lejos de nosotros el dar siquiera la impresión de haber hecho una injuria a nuestro Señor mediante esta vilísima comparación. Debemos mostrar esto con el evangelio, donde el mismo Hijo se muestra ya en la forma en la que dijo ser inferior al Padre: haciéndose obediente hasta la muerte, en la que manifestó ya ser igual a quien lo engendró: Yo y el Padre somos una sola cosa. Ellos nos objetan: «Ved que el mismo Hijo dijo: El Padre es mayor que yo», sin entender que él dijo esto cuando existía en la carne, en la que no sólo era menor que el Padre, sino que también, según indica el salmo divino, fue hecho algo menor que los ángeles. Si esto es lo único que quieren escuchar con agrado, ¿por qué no consideran lo que también él dijo en otra ocasión: Yo y el Padre somos una sola cosa? Además, reflexionen por qué dijo: El Padre es mayor que yo. Cuando se hallaba para subir al Padre, se entristecieron los discípulos, porque los abandonaba en su forma corporal; entonces les dijo: Porque os dije que voy al Padre, la tristeza inundó vuestro corazón. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Lo que equivale a decir: «Sustraigo a vuestros ojos esta forma de siervo, en la que el Padre es mayor que yo, para que, apartada ella de los ojos de la carne, podáis ver al Señor espiritualmente.»

            7. Por tanto, en atención a la forma de siervo que había recibido, es verdad lo que dijo: El Padre es mayor que yo, porque ciertamente Dios es mayor que el hombre; y en atención a su verdadera forma de Dios, en la que permanecía con el Padre, dijo con verdad: Yo y el Padre somos una sola cosa. Ascendió, pues, al Padre en cuanto era hombre, pero permaneció en el Padre en cuanto era Dios, porque vino a nosotros en la carne sin apartarse de Dios. Repito: ascendió al Padre la Palabra que se hizo carne para habitar entre nosotros, pero volvió a prometernos su presencia con estas palabras: He aquí que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. El apóstol Juan dice de él según la forma divina: Él es el Dios verdadero y la vida eterna. Según su forma de siervo, dice de él el apóstol Pablo: Quien, existiendo en la forma de Dios, no juzgó una rapiña el ser igual a Dios; antes bien se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo. Según su forma de Dios, dice de sí mismo: Yo y el Padre somos una sola cosa; según la forma de siervo, dice: Mi alma está triste hasta la muerte. ¿De dónde procede aquel atrevimiento? ¿De dónde este temor? Las primeras palabras tienen su origen en la propiedad de la sustancia; las segundas, en la participación en la debilidad asumida.

            8. Amadísimos, distingamos estas dos cosas comprendiendo justamente lo que leemos en las Escrituras; pero mientras hacemos la distinción, para evitar caer en el error, pidamos la comprensión al mismo Señor.

SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 265A, 1-8, BAC Madrid 1983, 692-97

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Jesús asume la plena potestad regia

(Mt 28,16-20)

            Introducción

            El nombre que Dios Padre quiso que el Verbo Encarnado llevase en esta tierra fue el de ‘Jesús’ (Mt 1,21; 1,25; Lc 1,31; 2,21). El nombre con que sus discípulos lo llamaron fue el de ‘Jesús-Mesías’, es decir, ‘Jesucristo’ (Mt 1,1; Mc 1,1; etc.). Pero el nombre que el mismo Jesús se impuso a sí mismo fue el de ‘Hijo del hombre’. Jesucristo quiso resumir toda su identidad y toda su misión con este nombre tomado del profeta Daniel.

En efecto, la expresión ‘Hijo del hombre’ con la que Jesús especialmente se designa a sí mismo la tomó de Dan 7,13-14. Dice el profeta Daniel en esos versículos: “Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le adoraron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás”. Sin ningún lugar a dudas, esta profecía se refiere al Mesías.

            Este ‘Hijo del hombre’ de Daniel está revestido de prerrogativas divinas, lo cual se advierte en dos indicaciones: primero, en la nube en la cual viene el dicho Hijo del hombre, dado que la nube es símbolo de la divinidad*1. Segundo, en la frase del v. 14 que dice que todos los pueblos ‘le adoraron’*2.

            Toda la vida pública de Jesús fue desarrollar la misión del Hijo del hombre en cuanto verdadero hombre, es decir, en toda su debilidad: sufrió hambre, sed, se cansó, y al final de esa vida pública sufrió la pasión y la muerte.

            Pero hoy llega a su culminación la profecía de Daniel y la expresión ‘Hijo del hombre’ aplicada a Jesús alcanza toda su dimensión, incluida la divinidad de Cristo. Se cumplen hoy aquellos versículos de Daniel recién citados: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le adoraron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dan 7,14). Es precisamente esto lo que estamos celebrando hoy, el día de la Ascensión del Jesús a los cielos, cuarenta días después de su resurrección: Jesús, hombre verdadero y Dios verdadero, asume hoy su poder divino, es decir, su poder en cuanto rey absoluto y eterno y su poder en cuanto juez absoluto y eterno. Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre” (CEC, 664).

            Sin embargo, hay que tener en cuenta algo: “Cuando se habla de la Ascensión, normalmente nuestro pensamiento va al relato de Lucas (Hech 1,3.9) en el que se narra que Jesús sube al cielo cuarenta días después de la Pascua. Sin embargo, eso no es otra cosa sino una despedida visible del mundo, y el fin oficial de las apariciones post-pascuales, antes del envío (también visible) del Espíritu Santo en Pentecostés. La ascensión teológica, la glorificación de la humanidad de Jesús en la presencia del Padre, es algo invisible, es el cumplimiento de la resurrección, inseparable de la resurrección misma. Juan dice claramente que la elevación de Jesús, que comportó la salvación humana, implica la serie ininterrumpida de crucifixión, resurrección y ascensión (cf. Jn 12,32): estos tres datos constituyen su subida al Padre, que invierte el proceso de la encarnación, con el cual Él había descendido del Padre sobre la tierra (cf. Jn 3,13-15). (…) En la noche pascual y en las primeras apariciones a los apóstoles, las acciones de Jesús implican ya una glorificación completa, incluida la Ascensión. Esto es verdadero también para los dichos pronunciados por Jesús en los sinópticos después de la resurrección”*3.

            1. “Subió al cielo y se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19)

            Son tres los lugares del NT donde se narra la Ascensión de Jesús a los cielos: Mc 16,19; Lc 24,50-52 y Hech 1,9-11.

            La conjunción de las narraciones del evangelio de San Lucas y los Hechos nos dan el lugar exacto desde donde Jesús ascendió a los cielos: en el pueblo de Betania (Lc 24,50) que queda en el Monte de los Olivos (Hech 1,12). En ese lugar actualmente hay una capilla que es propiedad de los musulmanes, pero que los peregrinos cristianos pueden visitar. Dentro de la capilla hay una roca desde la cual, según la tradición, Jesús ascendió a los cielos. Hay en la roca la huella de un pie derecho que, también según la tradición, es la huella que dejó Jesús al subir a los cielos*4.

            La narración del evangelio San Lucas realiza perfectamente lo anunciado en la profecía de Daniel sobre el Hijo del hombre, porque dice que al momento que Jesús subía al cielo sus discípulos ‘lo adoraron’ (Lc 24,52)*5.

            También la narración de los Hechos de los Apóstoles, cuyo autor es también San Lucas, hace referencia al cumplimiento de la profecía del Hijo del hombre de Daniel, dado que hace mención a la nube que ocultó el cuerpo de Jesús a los ojos de los discípulos (Hech 1,9).

            Pero es San Marcos quien dará el sentido teológico profundo de la Ascensión: “Subió al cielo y se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19). Esta expresión pasará textualmente al Credo de la Iglesia Católica. En efecto, el sexto artículo del Credo dice: “Jesucristo subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso”.

            Si bien, como dijimos, la glorificación plena y definitiva de Jesús e, incluso, el envío del Espíritu Santo (cf. Jn 20,22), se da ya con su resurrección, sin embargo, la Ascensión de Jesús a los cielos es un hecho real de movimiento local por el cual Jesús va a ocupar en el cielo un lugar físico. Santo Tomás de Aquino explica por qué Jesús debía ascender a los cielos. La argumentación teológica es la siguiente: “Debe haber proporción entre el lugar y el que lo ocupa. Pero Cristo, por su resurrección, dio comienzo a una vida inmortal e incorruptible. Y el lugar en que nosotros habitamos es un lugar de generación y de corrupción, mientras que la morada del cielo es un lugar de incorrupción. Y, por tal motivo, no fue conveniente que Cristo, después de la resurrección, permaneciese en la tierra, sino que fue conveniente que subiera a los cielos”*6. Esto es exactamente lo que significa la expresión de San Marcos “subió a los cielos” (Mc 16,19).

            ¿Y qué significa la expresión de San Marcos “se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19)? La expresión ‘se sentó a la derecha del Padre’ es una expresión metafórica, porque en Dios no hay derecha ni izquierda. La ‘derecha del Padre’ significa: primero, la gloria de la divinidad del Padre; segundo, la bienaventuranza del Padre; tercero, la potestad judicial o regia del Padre*7. El que se diga que Jesús ‘se sentó’ significa: primero, que Jesús “permanece eternamente incorruptible”, porque el sentarse implica quietud; segundo, significa participación por naturaleza de las tres prerrogativas del Padre: participación en la gloria de la divinidad del Padre, participación en la bienaventuranza del Padre y participación en la potestad judicial o regia del Padre. Esta triple participación se expresa con la expresión ‘se sentó’ porque es el rey el que se sienta en el tribunal*8. Todo esto, en realidad, Cristo siempre lo poseyó en cuanto Dios. “Por lo cual, estar sentado a la derecha del Padre no es otra cosa que compartir junto con el Padre la gloria de la divinidad, la bienaventuranza, y la potestad judicial; y esto perpetuamente y como rey. Todo esto le conviene al Hijo en cuanto Dios”*9.

Ahora bien, todo esto que le corresponde a Cristo en cuanto Dios, le corresponde a Cristo también en cuanto hombre. ¿Por qué? Porque la humanidad de Cristo está unida hipostáticamente, es decir, personalmente a la persona divina del Hijo. Por lo tanto, Cristo en cuanto hombre también asumió y participa de la misma gloria divina del Padre, de la bienaventuranza del Padre y de la potestad regia y judicial del Padre*10. Respecto a esto el Catecismo de la Iglesia Católica es taxativo: “La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo” (CEC, 668)*11.

En cuanto al plan de salvación, la Ascensión es la coronación final de toda la obra redentora. De esta manera se consuma y llega a su perfección toda la misión de Cristo sobre la tierra y el mundo del hombre entra en su última etapa. “Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la ‘última hora’ (1Jn 2,18; cf. 1P 4,7). ‘El final de la historia ha llegado ya a nosotros’ (CEC, 670)”.

2. Su ausencia nos es más útil que su presencia corporal

“La Ascensión de Cristo al cielo, que nos sustrajo su presencia corporal, fue más útil para nosotros que si estuviese ahora con su presencia corporal”*12. Jesús, al subir al Padre, sustrae totalmente su presencia corporal a nuestros ojos. Queda totalmente fuera del alcance de nuestras manos. Sin embargo, es una gran verdad la expresada por Jesús: “Les conviene que yo me vaya” (Jn 16,7). ¿Cómo puede ser conveniente que Jesús se aleje de nosotros si todo nuestro anhelo es estar con Él y unirnos indisolublemente con Él? “Porque si no me voy no os enviaré mi Espíritu, pero si me voy os lo enviaré, y Él os conducirá a la verdad completa” (Jn 16,7.13) Y se podría agregar: ‘Nos conducirá a la verdad completa y a la unión completa’.

Toda la conveniencia de que Jesús se vaya, toda la riqueza de la subida de Jesús al Padre está en que nos enviará el Espíritu Santo. Y si no se va no puede enviárnoslo. La presencia del Espíritu Santo en nuestras almas requiere la ausencia corporal de Jesús ante nuestros ojos.

¿Por qué es necesaria la ausencia de Cristo como condición para que venga el Espíritu Santo? Porque la principal labor del Espíritu Santo es la de hacer presente en el alma al Cristo místico, cosa que no es posible si Cristo permanece corporalmente ante nuestros ojos. Dado que el Espíritu Santo tiene como función crear al Cristo místico en nuestras almas, es necesario que el Cristo ‘corporal’ desaparezca de ante nuestros ojos, suba al Padre. Si Cristo permanece corporalmente ante nuestros ojos no tiene sentido que venga el Espíritu Santo, porque no podrá cumplir con su labor esencial: crear al Cristo místico en nosotros y unirnos a Él.

3. Tiempo de lucha y de testimonio

La narración de la Ascensión de Cristo según los Hechos de los Apóstoles pone en relación dos dogmas de la Iglesia Católica: por un lado, la Ascensión a los cielos, pero, por otro la seguridad de la Segunda Venida de Jesucristo. En efecto, dos ángeles dicen a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo” (Hech 1,11). La segunda venida de N. S. Jesucristo es un dogma de fe: “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Pero mientras eso no suceda, este tiempo del cristiano es tiempo de lucha y de testimonio. “Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal” (CEC, 671), porque hasta que no venga Jesucristo por segunda vez, el misterio de iniquidad estará operante en actividad constante e intensa (cf. 2Tes 2,7). “La Iglesia misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios (LG 48)” (CEC, 671).

“Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hech 1,6-7) que, según los profetas (cf. Is 11,1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf. Hech 1,8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1Cor 7,26) y la prueba del mal (cf. Ef 5,16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1Pe 4,17) e inaugura los combates de los últimos días (1Jn 2,18; 4,3; 1Tm 4,1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25,1-13; Mc 13,33-37)” (CEC, 672)

Por esta razón es que la oración más sentida y anhelosa del cristiano es “¡Ven, Señor Jesús!” (Apoc 22,17-20).

Conclusión

La narración del evangelio de San Lucas señala un gesto muy significativo de Jesús al subir al cielo: “Alzando sus manos, los bendijo” (Lc 24,50). Este gesto de alzar las manos hacia el pueblo para bendecirlo es un gesto eminentemente sacerdotal. Solo el sacerdote podía hacerlo porque sólo el sacerdote podía bendecir. En Lev 9,22-24 se narra la bendición que Aarón, cabeza de todos los sacerdotes, imparte al pueblo extendiendo las manos hacia el pueblo*13. Pero además, esta bendición está en estrecha relación con el sacrificio del pueblo de Israel, ya que la bendición al pueblo era para que pudiera participar con pureza cultual del sacrificio. Hay, por lo tanto, en el gesto de Jesús una referencia a su sacerdocio eterno y a su sacrificio en la cruz. Sus discípulos, al igual que el pueblo de Israel ante Aarón, se purifican y se llenan de dones espirituales para poder participar dignamente en el Santo Sacrificio de la Misa, que es el mismo sacrificio de la cruz. El último gesto de Jesús antes de partir a los cielos recuerda su sacrificio y, por lo tanto, el Santo Sacrificio de la Misa.

Parece que el último mensaje de Jesús antes de ausentarse de la tierra haya sido éste: “Participen de mi sacrificio con corazón purificado; inmólense junto conmigo en cada Santa Misa; yo les dejo mi bendición para que puedan hacerlo”.

No olvidemos que el Santo Sacrificio de la Misa es la actualización no solamente de la muerte de Cristo en cruz sino también de su glorificación, que incluye su resurrección y su Ascensión. Cuando celebramos la Misa celebramos también la Ascensión de Cristo.

Durante la Santa Misa el sacerdote eleva en alto la Hostia y el Cáliz consagrados. Esto originalmente se comenzó a hacer para que el pueblo fiel pudiera verlos en el momento de la consagración. Pero tiene también un sentido teológico: significa su alzamiento sobre la cruz y su Ascensión a los cielos. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32); y el Catecismo de la Iglesia Católica comenta: “La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo” (CEC, 662). En el momento de la elevación de la Hostia y del Cáliz en la consagración del sacrificio eucarístico tenemos también una presencia de la Ascensión. Y de una manera muy significativa, inmediatamente después de elevar la Hostia y el Cáliz en la consagración, el pueblo aclama: “¡Ven Señor Jesús!”. La actualización de la Ascensión en la Eucaristía nos hace pedir que su retorno sea presto.

Pero hay aquí una particularidad: si bien esperamos que Jesucristo vuelva a restaurar todas las cosas en medio de nuestras luchas, sin embargo la respuesta de Jesucristo es inmediata ya que bajo las especies eucarísticas se hace presente entre nosotros de una manera verdadera, real y sustancial.

_____________________________________
*1- La nube pasó a ser símbolo de la divinidad fundamentalmente por dos motivos. En primer lugar, por la columna de nube que acompañaba al pueblo de Israel en el camino del éxodo y en la cual estaba Yahveh: “Yahveh iba de día en la columna de nube” (Éx 13,21). En segundo lugar, porque cuando se inauguró el Templo de Salomón la presencia de Dios llenó el Templo en forma de nube: “Al salir los sacerdotes del Santo, la nube llenó la Casa de Yahveh. Y los sacerdotes no pudieron continuar en el servicio a causa de la nube, porque la gloria de Yahveh llenaba la Casa de Yahveh. Entonces Salomón dijo: Yahveh quiere habitar en densa nube” (1Re 8,10-12). Cf. CEC, 697.
*2- La mayoría de las biblias traducen ‘le sirvieron’. Pero el verbo que se usa en el original arameo es el verbo phélaj que para Strong y Tuggy significa en primer lugar ‘adorar’ (cf. Multiléxico, nº 6399). Para Vogt tiene tres significados diferentes: 1. Cultivar la tierra; 2. Servir; 3. Rendir culto como a Dios (Vogt, E., Lexicon lingue aramaicae Veteris Testamenti, Pontificium Institutum Biblicum, Roma, 1971, p. 138; traducción nuestra). La LXX traduce con el verbo latréuo, que significa ‘adorar’. He elencado hasta ocho diccionarios diferentes que afirman que el significado primario de latréuo es ‘adorar’. Ellos son: Tuggy, Vine, Friberg, Louw-Nida, Liddell-Scott, Thayer, Moulton-Milligan y Danker. En el NT tenemos un testimonio notable en el ciego de nacimiento que cuando Jesús le pide que crea en el Hijo del hombre, el ciego, postrándose, lo adoró (Jn 9,38). San Jerónimo traduce ese versículo de la siguiente manera: “Et procidens adoravit eum” (Jn 9,38).
*3- Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 138 -139. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto al texto de Jn 12,32: “’Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí’ (Jn 12,32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo” (CEC, 662). Que con la resurrección de Cristo se consuma plenamente en su realidad ontológica la glorificación de Cristo (no en su manifestación a los hombres) está afirmado en varios textos de San Pablo. Citamos sólo uno: “Cristo Jesús fue constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” (Rm 1,4), es decir, Kýrios. Y el Catecismo de la Iglesia Católica habla de “una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre” (CEC, 660). Y Santo Tomás dice que ya a Cristo resucitado le convenía un lugar celestial pero que difirió su ascensión a los cielos con un movimiento local por nuestra utilidad. Esta utilidad es, fundamentalmente, la de mostrar signos evidentes de su resurrección (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1, ad 4).
*4- La expresión ‘según la tradición’ no se equipara a la expresión ‘según la leyenda’. La tradición respecto a los lugares bíblicos es algo serio y que tiene sustentos científicos. El principal sustento científico que tiene la tradición entendida en este sentido es el testimonio oral de testigos creíbles a través de los siglos.
*5- En el original griego se usa el verbo proskynéo que significa, en primer lugar, ‘adorar’. San Jerónimo traduce: “Et ipsi adorantes”. Varias biblias en castellano traducen: ‘lo adoraron’ entre ellas, por ejemplo, la Biblia de Martín Nieto y la Biblia de EUNSA.
*6- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1 c.
*7- Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 2 c.
*8- Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 1 c
*9- Santo Tomás de Aquino, III, q. 58, a. 2 c.
*10- Dice Santo Tomás: “Cristo, en cuanto hombre, es Hijo de Dios y, por consiguiente, está sentado a la derecha del Padre; de tal modo, sin embargo, que el ‘en cuanto’ no designe la condición de la naturaleza sino la unidad del supuesto (…). Así pues, si el ‘en cuanto’ designa la índole de la naturaleza, Cristo, en cuanto Dios, está sentado a la derecha del Padre, esto es, en igualdad con el Padre. (…) Pero, si el ‘en cuanto’ alude a la unidad del supuesto, también así Cristo, en cuanto hombre, está sentado a la derecha del Padre en igualdad de honor, es a saber: en cuanto que con el mismo honor veneramos al propio Hijo de Dios con la naturaleza que tomó” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 3 c).
*11- Dice también el Catecismo: “Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: ‘Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada’ (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C)” (CEC, 663).
*12- “Ipsa ascensio Christi in caelum, qua corporalem suam praesentiam nobis subtraxit, magis fuit utilis nobis quam praesentia corporalis fuisset” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1, ad 3).
*13- En Sir 50,20-21 se comenta esta bendición de Aarón.

Volver Aplicación

S.S. Francisco p.p.

 

Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Ascensión de Jesús al cielo, que tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua. Los Hechos de los apóstoles relatan este episodio, la separación final del Señor Jesús de sus discípulos y de este mundo (cf. Hch 1, 2.9). El Evangelio de Mateo, en cambio, presenta el mandato de Jesús a los discípulos: la invitación a ir, a salir para anunciar a todos los pueblos su mensaje de salvación (cf. Mt 28, 16-20). «Ir», o mejor, «salir» se convierte en la palabra clave de la fiesta de hoy: Jesús sale hacia el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo.

Jesús sale, asciende al cielo, es decir, vuelve al Padre, que lo había mandado al mundo. Hizo su trabajo, por lo tanto, vuelve al Padre. Pero no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, de una forma nueva. Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles —y también nuestra mirada— a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre. Él mismo había dicho que se marcharía para prepararnos un lugar en el cielo. Sin embargo, Jesús permanece presente y activo en las vicisitudes de la historia humana con el poder y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: aunque no lo veamos con los ojos, Él está. Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y cada mujer que sufre. Está cerca de todos nosotros, también hoy está aquí con nosotros en la plaza; el Señor está con nosotros. ¿Vosotros creéis esto? Entonces lo decimos juntos: ¡El Señor está con nosotros!

Jesús, cuando vuelve al cielo, lleva al Padre un regalo. ¿Cuál es el regalo? Sus llagas. Su cuerpo es bellísimo, sin las señales de los golpes, sin las heridas de la flagelación, pero conserva las llagas. Cuando vuelve al Padre le muestra las llagas y le dice: «Mira Padre, este es el precio del perdón que tú das». Cuando el Padre contempla las llagas de Jesús nos perdona siempre, no porque seamos buenos, sino porque Jesús ha pagado por nosotros. Contemplando las llagas de Jesús, el Padre se hace más misericordioso. Este es el gran trabajo de Jesús hoy en el cielo: mostrar al Padre el precio del perdón, sus llagas. Esto es algo hermoso que nos impulsa a no tener miedo de pedir perdón; el Padre siempre perdona, porque mira las llagas de Jesús, mira nuestro pecado y lo perdona.

Pero Jesús está presente también mediante la Iglesia, a quien Él envió a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, no es facultativo. La comunidad cristiana es una comunidad «en salida». Es más: la Iglesia nació «en salida». Y vosotros me diréis: ¿y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre «en salida» con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.

A sus discípulos misioneros Jesús dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (v. 20). Solos, sin Jesús, no podemos hacer nada. En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, incluso siendo necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, incluso bien organizado, resulta ineficaz. Y así vamos a decir a la gente quién es Jesús.

Y junto con Jesús nos acompaña María nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza.

(Regina Coeli, 1 de junio de 2014)

Volver Aplicación



San Juan Pablo II

 

1. “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo” (Jn 17, 1).

Así oró Jesús en el Cenáculo, el día precedente a su pasión y muerte en la cruz, mientras se acercaba no a la gloria, sino a la ignominia. Pero Él sabía que la infamia de la Cruz era el camino a la verdadera gloria.

Las palabras de la “oración sacerdotal”, que habló en el Cenáculo, manifiestan esta toma de conciencia. Contienen una maravillosa teología de la gloria de Dios: de aquella gloria que el Padre recibe del Hijo encarnado; de esa gloria que llena el universo, y que la Iglesia expresa todos los días con la bien conocida doxología: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos.”

La liturgia de la Palabra de hoy presenta un rico comentario a esta tradicional invocación cristiana.

2. “Gloria… como era en el principio …”. En este principio absoluto se refiere a Jesús en la “oración sacerdotal” cuando dice: “Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17,5). El Padre glorifica al Hijo, y el Hijo glorifica al Padre “en el Espíritu de la gloria” (Jn 7,39; 2 Corintios 3,8). La gloria pertenece, por lo tanto, al misterio íntimo de la vida trinitaria. Es un reflejo de la perfección infinita de Dios, de su infinita santidad, como la liturgia pone de manifiesto a través de las palabras del Gloria y del Sanctus.

La gloria de Dios manifiesta la verdad del Ser divino, que es por naturaleza la plenitud eterna de la Verdad. El hombre está llamado a participar en la vida divina, la cual abarca la eternidad: “Esta es la vida eterna – dice Jesús – que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

“Sea, pues, alabado Jesucristo”, que nos da la oportunidad de compartir la misma gloria de Dios: “Gloria Dei vivens homo”, “el hombre que ­vive es gloria de Dios” – dice San Ireneo – quien añade de inmediato: “vita autem hominis visio Dei “, “la vida del hombre consiste en la visión de Dios” (Adv Haer, IV, 20,7: SCh 1002, 648-649).

3. Queridos hermanos y hermanas! El hombre está llamado a la santidad, a ser artífice de una humanidad renovada por la gloria divina. Y el creyente, por el bautismo, se hace testigo de que la esperanza sobrenatural que sostiene la peregrinación del hombre sobre la tierra, a menudo marcada por pruebas y sufrimientos. En el Concilio Vaticano II la Iglesia ha reiterado que “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). Con su vida santa, los cristianos están invitados a ser luz para los demás en los caminos del mundo.

Nuestra época pareciera más un tiempo de sorprendentes descubrimientos científicos y tecnológicos, que una época de santos. Pero si el hombre no se realiza espiritualmente a sí mismo a través de la conformación interior con Cristo, todas sus conquistas resultan en última instancia insignificantes e incluso podrían llegar a ser peligrosas. El hecho de que hoy en día buscamos la realización personal plena, hay una mayor necesidad de santos. Nuestro tiempo reclama personas maduras que, después de haber entendido el valor de la santidad, buscan realizarla en la vida diaria.

Después de todo, la sociedad actual manifiesta una profunda necesidad de santos, es decir, de personas que, por su contacto más cercano con Dios, de alguna manera puedan percibir la presencia y mediar en las respuestas. Hay, por desgracia, jóvenes y adultos que, mal interpretando esta necesidad, se entregan al encanto oculto, o buscan en las estrellas del firmamento los signos de su propio destino. La superstición y la magia atraen a un buen número de personas en busca de respuestas inmediatas y sencillas a los complejos problemas de la existencia.

Es un riesgo del que debemos tener cuidado. Los santos, para estas almas búsqueda, son un punto de referencia fiable y accesible. Pueden señalar con el poder convincente, el camino a seguir para avanzar en la dirección correcta.

Hablo no sólo de los santos canonizados. Como fue el caso en el pasado, la santidad debe encarnarse de modo vivo y alegre incluso hoy. La santidad es la verdadera fuerza que puede transformar el mundo.

6. En la oración del Cenáculo, Jesús dice al Padre: “Yo te he glorificado en la tierra, cumpliendo la obra que me has dado hacer… He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo … y han guardado tu palabra … las palabras que me diste las he dado a ellos; ellos las han recibido y saben verdaderamente que salí de ti y han creído que tú me has enviado “(Jn 17,4.6.8).

Jesús dijo estas palabras el día antes de su pasión. Para nosotros, que las recordamos después de haber celebrado su ascensión al cielo, adquieren aún mayor actualidad, expresando su carácter permanente de oración de intercesión por la Iglesia, fundada sobre los Apóstoles: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos … yo no estoy más en el mundo, pero éstos están en el mundo, y yo voy a Ti” (Jn 17,9-11).

Cristo ora por la Iglesia de todas las edades y de todas partes del mundo. La primera lectura, tomada del libro de los Hechos, nos lleva de nuevo al Cenáculo donde, después de la Ascensión de Jesús al cielo, los apóstoles permanecen con María en la espera orante de la venida del Espíritu Santo. También nosotros estamos llamados a perseverar con María en la oración.

Al mismo tiempo, repetimos con el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? … Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (Sal 26,1,4).

Todos los días de la vida y para la eternidad. ¡Amén!

(Visita pastoral a Ischia, domingo 5 de mayo de 2002)

Volver Aplicación

Benedicto XVI

 

Hoy se celebra en varios países, entre los cuales Italia, la solemnidad de la Ascensión de Cristo al cielo, misterio de la fe que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa cuarenta días después de la resurrección (cf. Hch 1, 3-11); por eso, en el Vaticano y en algunas naciones del mundo ya se celebró el jueves pasado. Después de la Ascensión, los primeros discípulos permanecieron reunidos en el Cenáculo, en torno a la Madre de Jesús, en ferviente espera del don del Espíritu Santo, prometido por Jesús (cf. Hch 1, 14). En este primer domingo de mayo, mes mariano, también nosotros revivimos esta experiencia, experimentando más intensamente la presencia espiritual de María. La plaza de San Pedro se presenta hoy como un “cenáculo” al aire libre, lleno de fieles, en gran parte miembros de la Acción católica italiana, a los cuales me dirigiré después de la oración mariana del Regina caeli.

En sus discursos de despedida a los discípulos, Jesús insistió mucho en la importancia de su “regreso al Padre”, coronamiento de toda su misión. En efecto, vino al mundo para llevar al hombre a Dios, no en un plano ideal —como un filósofo o un maestro de sabiduría—, sino realmente, como pastor que quiere llevar a las ovejas al redil. Este “éxodo” hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó totalmente por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios.

Precisamente por eso, el Padre se complació en él y lo “exaltó” (Flp 2, 9), restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, “en ella tenemos como una ancla de nuestra alma” (Hb 6, 19), una ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido.

¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto: una sólida ancla para su vida? He aquí nuevamente el sentido estupendo de la presencia de María en medio de nosotros. Dirigiendo la mirada a ella, como los primeros discípulos, se nos remite inmediatamente a la realidad de Jesús: la Madre remite al Hijo, que ya no está físicamente entre nosotros, sino que nos espera en la casa del Padre. Jesús nos invita a no quedarnos mirando hacia lo alto, sino a estar juntos, unidos en la oración, para invocar el don del Espíritu Santo. En efecto, sólo a quien “nace de lo alto”, es decir, del Espíritu Santo, se le abre la entrada en el reino de los cielos (cf. Jn 3, 3-5), y la primera “nacida de lo alto” es precisamente la Virgen María. Por tanto, nos dirigimos a ella en la plenitud de la alegría pascual.

(Domingo de la Ascensión del Señor, 4 de mayo de 2008)

Volver Aplicación

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La Ascensión del Señor

Mt 28, 16-20

            Jesús después de resucitar estuvo cuarenta días en la tierra apareciéndose a sus discípulos para confirmar su fe. Hoy asciende al cielo para sentarse a la derecha del Padre como Señor del universo, porque “Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre”*1 y volverá por segunda vez al fin de los tiempos para juzgar a vivos y muertos.

            Los discípulos se quedaron estupefactos contemplando la ascensión. Como seguían mirando al cielo, dos ángeles los hicieron volver en sí: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo”*2. Como si les dijese: No se queden ahí, tienen que volver a la misión encomendada aunque sin olvidar el cielo.

Es muy importante mirar al cielo porque es el fin de nuestra existencia, “si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”*3.

Llama la atención que mucha gente, la mayoría diría, incluso gente muy cercana a la Iglesia,  no sepan responder cuando se les pregunta ¿cuál es el fin de nuestra existencia? Estamos hechos para el cielo y debemos empeñarnos con todo nuestro ser en esta tierra para alcanzar ese fin y debemos rezar unos por otros para que comprendamos el valor que tiene el cielo para cada uno de nosotros: “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos”*4. Dios quiere que todos los hombres se salven*5 pero la salvación depende del buen uso de nuestra libertad. Decía San Agustín: “quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti”*6.

La esperanza del cristiano es el cielo, la herencia del cristiano es el cielo. El poder de Dios manifestado en Cristo, que lo resucitó de entre los muertos, lo puso a su derecha y lo constituyó Señor, es nuestra garantía porque no hay nada imposible para Dios*7.

Y ¿qué es el cielo?

Se ha hecho del cielo una imagen irreal. Las pinturas pintan al cielo con angelitos con dos alas que tienen en una mano una palma y en la otra una cítara.

El cielo es Dios. Al cielo como a Dios no lo podemos ver en esta tierra por causa del cuerpo, por eso dice la Escritura que nadie puede ver a Dios sin morir. Separada el alma del cuerpo, sí lo veremos, con la ayuda de Dios mismo, por medio de la luz de la gloria. En la resurrección de los cuerpos también, pero con el cuerpo glorificado, es decir de otra condición, con un cuerpo sometido perfectamente al imperio del alma*8.

Para ver a Dios es necesario usar de la potencia más elevada del hombre que es la inteligencia y del acto más sublime del hombre que es la contemplación. El cielo consiste en ver a Dios cara a cara por una visión intelectual acompañada de un acto de gozo infinito porque la contemplación es un mirar amante.

El deseo de ver a Dios es innato en el hombre. Dios quiere la salvación de los hombres y nuestra alma es capaz de Dios. Luego no es un deseo cualquiera sino un deseo esencial y que tiene vocación de plenitud.

El cielo es la plenificación total del ser humano, de todas sus facultades y aspiraciones reales. Es la realización del ideal que ha estado detrás de todos los ideales de la vida. Ese ideal que se formulará al morir será colmado, cumplido, desbordado…

Jesús dijo que el cielo era como una perla de gran valor*9.

El cielo es la incorporación a una empresa de conquistas sobrehumanas que se extienden por los siglos y por universos en los que cada uno de nosotros tiene una tarea que no puede hacer otro y para la cual fuimos hechos cada uno distinto de los otros.

El cielo no es pasividad, sino actividad. No es placer, es más que placer y gozo, pero es inefable. No es un estado sin penas, porque así no es la vida y el cielo es vida eterna sino con penas que no se querrían perder por nada, penas de amor… como las de Jesús y los santos.

El cielo es el término de un movimiento esencial: el movimiento de nuestra naturaleza, que desea desde que existe ver a Dios. Allí nos transfiguraremos.

Y conocer el cielo lleva consigo una rendición total: “va vende todo lo que tiene”*10 y compra la perla. ¡Todo! Porque para que vuele el pajarito tiene que estar libre hasta de la atadura del hilo más delgado*11.

El que comprende esto comprende lo que dice Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”*12, “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará”*13, renuncias y renuncias… rendición total a cosas que valen menos que el cielo.

¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Cristo volverá, pero mientras estamos en la tierra trabajemos para ir donde Él está.

_______________________________________
*1- Flp 2, 9-11
*2- Hch 1, 11
*3- Col 3, 1
*4- Ef 1, 17-20
*5- 1 Tm 2, 4
*6- Sermón 169, 13, O.C. (23), BAC Madrid 1983, 660-61
*7- Lc 1, 37
*8- 1 Co 15, 42-44
*9- Mt 13, 45
*10- v. 46
*11- Sigo casi textualmente a Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 157-8
*12- Mt 16, 24
*13- Lc 9, 24

Volver Aplicación

Volver Eje. Predicables

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio