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Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (2017)

 

16
abril

Domingo de Pascua

de la Resurrección del Señor (A)

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A)

(Domingo 16 de abril de 2017)

LECTURAS

MISA DEL DÍA

Comimos y bebimos con Él, después de su resurrección

Lectura de los Hechos de los Apóstoles                                            10, 34a. 37-4

Pedro, tomando la palabra, dijo: «Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazareno con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo e bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de lo judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de ante mano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con Él, después de su resurrección.

Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que Él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profeta dan testimonio de Él, declarando que los que creen en Él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre».

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial                              117, 1-2. 16-17. 22-23

R.        Éste es el día que hizo el Señor:

alegrémonos y regocijémonos en él.

O bien:

Aleluia, aleluia, aleluia.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,

porque es eterno su amor!

Que lo diga el pueblo de Israel:

¡es eterno su amor! R.

La mano del Señor es sublime,

la mano del Señor hace proezas.

No, no moriré:

viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.

La piedra que desecharon los constructores

es ahora la piedra angular.

Esto ha sido hecho por el Señor

y es admirable a nuestros ojos. R.

Busquen los bienes del cielo, donde está Cristo

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Colosas              3, 1-4

Hermanos:

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es la vida de ustedes, entonces ustedes también aparecerán con Él, llenos de gloria.

Palabra de Dios.

O bien:

Despójense de la vieja levadura,

para ser una nueva masa

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto                  5, 6b-8

Hermanos:

¿No saben que «un poco de levadura hace fermentar toda la masa»? Despójense de la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que ustedes mismos son como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad.

Palabra de Dios.

Secuencia

Debe decirse hoy; en los días de la octava, es optativa

Cristianos,

Ofrezcamos al Cordero pascual

Nuestro sacrificio de alabanza.

El Cordero ha redimido a las ovejas:

Cristo el inocente,

Reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la vida se enfrentaron

en un duelo admirable:

el Rey de la vida estuvo muerto,

y ahora vive.

Dinos, María Magdalena,

¿qué viste en el camino?

He visto el sepulcro del Cristo viviente

y la gloria del Señor resucitado.

He visto a los ángeles,

testigos del milagro,

he visto el sudario y las vestiduras.

Ha resucitado Cristo, mi esperanza,

y precederá a los discípulos en Galilea.

Sabemos que Cristo resucitó realmente;

Tú, Rey victorioso,

ten piedad de nosotros.

Aleluia                                                                  1 Cor 5, 7b-8a

Aleluia.

Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Celebremos, entonces, nuestra Pascua.

Aleluia.

Evangelio

Él debía resucitar de entre los muertos

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan                            20, 1-9

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

En lugar de este Evangelio se puede leer el Evangelio de la vigilia del año que corresponda (A-B-C)

 

            Donde se celebre Misa vespertina, también puede leerse el siguiente Evangelio:

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas            24, 13-35

El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera Él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que Él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a Él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a El.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo de Pascua de Resurrección- Misa del Día- Ciclo A- 16 de abril 2017

Entrada:
Celebramos hoy el Domingo de Pascua de Resurrección del Señor. Hoy la liturgia entona el canto triunfal por la victoria de Cristo Redentor sobre el pecado, el demonio y la muerte. La Santa Misa es la renovación del Misterio Pascual completo: pasión, muerte y resurrección del Señor. Participemos con gran alegría de ella.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura:       Hch 10, 34ª. 37- 43

Los Apóstoles son testigos de la muerte y de la resurrección de Cristo para que nosotros, creyendo en Él según su anuncio, recibamos el perdón de los pecados.

Salmo Responsorial: 117

2° Lectura:    1 Cor 5, 6b- 8

Como fieles que hemos recibido la vida por la resurrección de Cristo, busquemos los bienes del cielo.

O bien    Col 3, 1- 4

El apóstol Pablo nos exhota a buscar los bienes de arriba, donde está Cristo, el Señor

Evangelio: (después de la Secuencia)           Jn 20, 1- 9

El Sepulcro está vacío. La Vida pudo más que la muerte. ¡Ha resucitado el Señor!

Preces:

Hermanos, Dios ha resucitado a Jesucristo y nos mostró las maravillas de su amor; con confianza renovada presentémosle nuestra oración.
A cada intención respondemos cantando…

+ Por el Santo Padre, los Obispos y sacerdotes, para que sean signo de esperanza por el feliz anuncio de la Resurrección del Señor. Oremos.

+ Pidamos a Jesucristo, luz esplendorosa que brilla en las tinieblas, la gracia de que todos los bautizados vivan durante este domingo y toda la pascua en espíritu de alabanza y agradecimiento. Oremos.

+ Por los enfermos y los que están solos o tristes, para que la celebración de la Pascua sea motivo auténtico de esperanza que oriente sus vidas hacia los bienes del cielo. Oremos.

+ Por todos nosotros, para que el Misterio Pascual sea motivo de una profunda alegría, y sepamos experimentar diariamente la victoria que Cristo nos ha alcanzado sobre la muerte y el pecado. Oremos.

Dios y Padre Nuestro reanima a todos tu hijos por quienes hemos pedido la vida nueva de Cristo resucitado. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Ofrecemos nuestra vida redimida por la Sangre preciosa de Cristo, y presentamos:

+ Incienso que nos invita a orar, para que los hombres busquen los bienes del cielo.

+ Cirios expresando la luz de nuestra fe en la resurrección.

+ Las especies de pan y vino para que se haga presente Cristo que dio su vida para recobrarla de nuevo.

Comunión: Jesús está en el Sagrario en estado glorioso y así quiso permanecer para que el alma que lo reciba participe de la alegría que vence al mundo, y vivamos ya como resucitados.

Salida:

Después de haber celebrado el sacramento de la resurrección de Cristo, vayamos a nuestros hogares y a nuestros ambientes de trabajo y de actividades diarias con la firme decisión de anunciar a todos la gran noticia de que Cristo ha resucitado.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

Directorio Homilético

Domingo de Pascua – Resurrección del Señor

CEC 638-655, 989, 1001-1002: la Resurrección de Cristo y nuestra resurrección

CEC 647, 1167-1170, 1243, 1287: la Pascua, el Día del Señor

CEC 1212: los Sacramentos de la iniciación cristiana

CEC 1214-1222, 1226-1228, 1234-1245, 1254: el Bautismo

CEC 1286-1289: la Confirmación

CEC 1322-1323: la Eucaristía

Párrafo 2         AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS

638    «Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:

            Cristo resucitó de entre los muertos.

            Con su muerte venció a la muerte.

            A los muertos ha dado la vida.

                        (Liturgia bizantina, Tropario de Pascua)

I        EL ACONTECIMIENTO HISTORICO Y TRANSCENDENTE

639    El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: «Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: «(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).

          El sepulcro vacío

640    «¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). «El discípulo que Jesús amaba» (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir «las vendas en el suelo»(Jn 20, 6) «vio y creyó» (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).

          Las apariciones del Resucitado

641    María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20, 11-18).Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24, 34).

642    Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular – en la  construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su  Iglesia. La fe de la primera comunidad de  creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643    Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos («la cara sombría»: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16, 14).

644    Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin  embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

          El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645    Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27)  y el compartir  la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o «bajo otra figura» (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646    La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena «ordinaria». En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es «el hombre celestial» (cf. 1 Co 15, 35-50).

          La resurrección como acontecimiento transcendente

647    «¡Qué noche tan dichosa, canta el ‘Exultet’ de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!». En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, «a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo» (Hch 13, 31).

II       LA RESURRECCION OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

648    La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que «ha resucitado» (cf. Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad – con su cuerpo – en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente «Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

649    En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf. Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: «doy mi vida, para recobrarla de nuevo … Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10, 17-18). «Creemos que Jesús murió y resucitó» (1 Te 4, 14).

650    Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo separados entre sí por la muerte: «Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas» (San Gregorio Niceno, res. 1; cf.también DS 325; 359; 369; 539).

III     SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA RESURRECCION

651    «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe»(1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

652    La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7). La expresión «según las Escrituras» (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo nicenoconstantinopolitano) indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

653    La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los Judíos: «La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros … al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: ‘Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy» (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

654    Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos … así también  nosotros vivamos una nueva vida» (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655      Por último, la Resurrección de Cristo – y el propio Cristo resucitado – es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron … del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5, 15).

989    Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

          Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

Cómo resucitan los muertos

997    ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

998    ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: «los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).

999    ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo» (Lc 24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El «todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora» (Cc de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será «transfigurado en cuerpo de gloria» (Flp 3, 21), en «cuerpo espiritual» (1 Co 15, 44):

          Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano…, se siembra corrupción, resucita incorrupción; … los muertos resucitarán incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).

1000  Este «cómo» sobrepasa nuestra  imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:

          Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección (San Ireneo de Lyon, haer. 4, 18, 4-5).

1001  ¿Cuándo? Sin duda en el «último día» (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); «al fin del mundo» (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

          El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo  resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).

          Resucitados con Cristo

1002  Si es verdad que Cristo nos resucitará en «el último día», también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:

          Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).

1003  Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece «escondida con Cristo en Dios» (Col 3, 3) «Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús» (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con El llenos de gloria» (Col 3, 4).

1004  Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser «en Cristo»; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:

            El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… No os pertenecéis… Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).

          La resurrección como acontecimiento transcendente

647    «¡Qué noche tan dichosa, canta el ‘Exultet’ de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!». En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, «a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo» (Hch 13, 31).

1167  El domingo es el día por excelencia de la Asamblea litúrgica, en que los fieles «deben reunirse para, escuchando loa palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los ‘hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos'» (SC 106):

          Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación…la salvación del mundo…la renovación del género humano…en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p.193b).

          El año litúrgico

1168  A partir del «Triduo Pascual», como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor. De esta fuente, por todas partes, el año entero queda transfigurado por la Liturgia. Es realmente «año de gracia del Señor» (cf Lc 4,19). La Economía de la salvación actúa en el marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo, el fin de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad.

1169  Por ello, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la «Fiesta de las fiestas», «Solemnidad de las solemnidades», como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). S. Atanasio la llama «el gran domingo» (Ep. fest. 329), así como la Semana santa es llamada en Oriente «la gran semana». El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado a la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía, hasta que todo le esté sometido.

1170    En el Concilio de Nicea (año 325) todas las Iglesias se pusieron de acuerdo para que la Pascua cristiana fuese celebrada el domingo que sigue al plenilunio (14 del mes de Nisán) después del equinoccio de primavera. Por causa de los diversos métodos utilizados para calcular el 14 del mes de Nisán, en las Iglesias de Occidente y de Oriente no siempre coincide la fecha de la Pascua. Por eso, dichas Iglesias buscan hoy un acuerdo, para llegar de nuevo a celebrar en una fecha común el día de la Resurrección del Señor.

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 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O. P.

EL SEPULCRO VACÍO

(Lc 24, 1-12; Mc 16, 1-8; Mt 18, 1-8; Jn 20, 1-10)

Cuentan los cuatro evangelistas, cada uno a su manera, cómo el sepulcro de Jesús fue hallado vacío, con extrañeza grande de los amigos de Cristo. San Mateo y san Marcos se parecen mucho, san Lucas se acerca ordinariamente más a san Marcos. En cuanto a san Juan, sigue su camino, de acuerdo, no obstante, con san Lucas respecto a la indagación de san Pedro. Se ha exagerado mucho la dificultad de conciliarlos, siendo cosa muy sencilla, si no se repara en minucias indiferentes y se atiende a la composición de cada Evangelio.

A la puesta del sol se daba por terminado el día del sábado, y con él la prescripción del reposo del día de Pascua. La fiesta duraba ocho días, pero sólo el primero y el último eran días no laborables (Dt 16, 8). Sin embargo, las mujeres adictas a Jesús no salieron de casa, donde estuvieron probablemente juntas hasta el día siguiente, pero muy de mañana. Estaban allí, según san Marcos, María de Magdala, María madre de Santiago y Salomé. En lugar de Salomé, nombra san Lucas a Juana, que sólo él ha dado a conocer (Lc 8, 3), en tanto que san Mateo no cita más que a María de Magdala y a otra María. Ninguno completó la enumeración: siguió cada cual sus propias enseñanzas sin ponerse de acuerdo con los demás. No obstante, hay que advertir que María de Magdala aparece en todos en primer lugar. San Juan sólo la citará a ella.

Para armonizar los hechos basta suponer que María de Magdala, más impetuosa, se dirigió directamente hacia el sepulcro. Las otras mujeres habían ya preparado, según san Lucas, los aromas y el aceite perfumado, desde el viernes por la tarde. ¿Tendrían cantidad suficiente en su provisional alojamiento? Es probable que san Lucas, según su método (Cf. 3, 20; 22, 19 s.), haya cerrado el relato de la sepultura y anticipado lo que san Marcos coloca después del sábado, es decir, la compra de los aromas. Se comprende muy bien que las mujeres, yendo muy de mañana, cuando aún estaba oscuro, hubiesen sufrido muchas dilaciones, mientras les abrían las tiendas para comprar sus especias. Así, según san Mateo, no llegaron a vista del monumento hasta después de salido el sol.

La Magdalena se les había adelantado, pues era todavía casi de noche cuando notó que la piedra había sido removida, es decir, rodada, de modo que el sepulcro estaba abierto. Los guardias habían desaparecido, cosa que nada le extrañó, ignorante como estaba de que los hubieran puesto. Una mirada furtiva le bastó para comprobar que el cuerpo no estaba allí. No vio ningún ángel, pues el mismo Jesús se había reservado informarla. Con toda presteza, dada su extremada inquietud, temiendo una profanación del cuerpo adorado de Jesús, tomó el camino y fue directamente a ver a Simón Pedro y al discípulo amado de Jesús. Estaba como fuera de sí, no dudando en afirmar: «Han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto». Dice «no sabemos» porque supone su propia convicción en las que con ella habían salido, pero que en aquel momento llegaban al sepulcro.

Estas mujeres, atendiendo sólo a los impulsos de sus corazones, no habían medido las dificultades de la empresa. Ignoraban lo de los guardias, pero ¿cómo entrar en el sepulcro para practicar las unciones fúnebres? La gruesa piedra que cerraba la entrada era un obstáculo infranqueable; ellas no se sentían con fuerzas para removerla. Un hombre tendría aun necesidad de una palanca, y tan de mañana era muy mala hora para poder encontrar a un alma de buena voluntad que se prestase a ello. Se comunicaban sus inquietos pensamientos cuando advirtieron que la piedra estaba ya removida y fue para ellas de grandísima satisfacción, por cuanto la piedra era, en verdad, enorme.

Entraron, pues, en el sepulcro y no encontraron el cuerpo. Su extrañeza fue grande. No habían sido, por tanto, los discípulos los que removieron la piedra, porque ellos no habrían profanado el cuerpo, turbando el reposo sagrado de un muerto. Entonces pudieron ver a un joven sentado a su derecha sobre el poyo*1, vestido de blanco. Aterradas, bajaron sus ojos. El joven les dijo: «No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret, crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde estuvo depositado. Id y decid a sus discípulos y a Pedro que Él os precede en Galilea; allí le veréis, como os ha dicho» (Mc 16, 6 s.)*2.

Según san Marcos, las santas mujeres huyeron y a nadie dijeron nada. ¡Tan asustadas iban! Era muy natural: temerían también no ser creídas. Sin duda, volvieron sobre su acuerdo, porque san Lucas y san Mateo dicen sumariamente que ellas cumplieron su mensaje con los apóstoles, lo cual no fue obra de un momento, ni sin que ocurrieran ciertas particularidades.

San Marcos, que aventajaba a los demás en contar las peripecias, nos habría dicho lo sucedido sobre este punto si el hilo de su discurso no hubiera sido cortado en este lugar. Cuando su Evangelio fue terminado por él o por otro*3, quedó sin llenar esta laguna.

Los apóstoles hubieran creído rebajarse dando fe a las habladurías de las mujeres. San Lucas, sin embargo, dice cómo san Pedro, que debió ser el primer avisado, siendo como era el jefe, corrió al sepulcro y lo halló vacío: no vio más que las fajas, lo cual le dio mucho en qué pensar*4.

Este punto lo ha descrito san Juan con todos los pormenores, pues tomó parte en esta ansiosa indagación, designándose a sí mismo por el «otro discípulo a quien Jesús amaba».

Juntos parece que estaban Pedro y él cuando la Magdalena fue a comunicarles la fatal nueva de la desaparición del cuerpo. Salieron inmediatamente y, afectados por la noticia, ambos corrían; pero Juan, como más joven, corrió más aprisa que Pedro y llegó primero. No entró, sin embargo, seguramente por deferencia a su compañero; se inclinó sólo para ver, y vio al otro lado de la antecámara las vendas en el suelo. Llegó san Pedro y entró resuelto en el sepulcro. También él vio, y con más claridad, las vendas, lo cual bien a las claras probaba que el cuerpo no había sido robado, porque de serlo, lo hubieran llevado como estaba. Aun se maravilló más al ver que el sudario colocado sobre la cabeza no estaba revuelto con las vendas; estaba envuelto aparte. El otro discípulo entró y vio lo mismo. Ambos guardaron silencio y, sobrecogidos y meditabundos, ni siquiera cambiaron impresiones. San Juan dice solamente que él desde entonces creyó que Jesús había resucitado, y ésta, de seguro, era también la convicción de san Pedro. Hasta aquel momento no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús había de resucitar, a pesar de que Él mismo se lo había anunciado a todos los apóstoles. El suceso les parecía tan fuera de lo probable, que sólo la evidencia del hecho pudo convencerlos, y les pareció entonces que esta consagración suprema del Mesías estaba ya predicha (Is 53, 11).

(Lagrange, J. M., La Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid, 1999, p. )

*1- Según San Mateo que lo cuenta muy rápidamente, pudiera creerse que el ángel que había removido la piedra estaba todavía sentado en ella. San Lucas ha distinguido mejor que San Marcos el hecho de que el sepulcro estaba vacío y la aparición. Hay dos hombres que llevaban un vestido resplandeciente, que hablan los dos, lo que debe entenderse de que uno hablaba en nombre de los dos.
*2- San Lucas no habla de citas tomando la determinación de contar sólo las apariciones de Judea.
*3- Fillion (III, p.515) dice del final de San Marcos: “Cualquiera que haya sido el autor de él”.
*4- San Lucas no dice que las mujeres hayan hablado inmediatamente a todos los apóstoles: esto no era verosímil.

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Comentario Teológico

·        Diresctorio Homilético

Lecturas del Antiguo Testamento en la Vigilia Pascual

48. «En la Vigilia pascual de la noche Sagrada, se proponen siete lecturas del Antiguo Testamento, que recuerdan las maravillas de Dios en la Historia de la Salvación, y dos lecturas del Nuevo, a saber, el anuncio de la Resurrección según los tres Evangelios sinópticos, y la lectura apostólica sobre el bautismo cristiano como sacramento de la Resurrección de Cristo» (OLM 99). La Vigilia Pascual, como viene indicado en el Misal Romano, «es la más importante y la más noble entre todas las Solemnidades» (Vigilia paschalis, 2). La larga duración de la Vigilia no permite un comentario extenso a las siete Lecturas del Antiguo Testamento, pero se tiene que notar que son centrales, siendo textos representativos que proclaman partes esenciales de la teología del Antiguo Testamento, desde la creación al sacrificio de Abrahán, hasta la lectura más importante, el Éxodo. Las cuatro lecturas siguientes anuncian los temas cruciales de los profetas. Una comprensión de estos textos, en relación con el Misterio Pascual, tan explícita en la Vigilia pascual, puede inspirar al homileta cuando estas o similares lecturas vienen propuestas en otros momentos del Año Litúrgico.

49. En el contexto de la Liturgia de esta noche, mediante estas lecturas, la Iglesia nos lleva a su momento culminante con la narración del Evangelio de la Resurrección del Señor. Estamos inmersos en el flujo de la Historia de la Salvación por medio de los Sacramentos de Iniciación celebrados en esta Vigilia, como recuerda el bellísimo pasaje de Pablo sobre el Bautismo. Son clarísimos, en esta noche, los vínculos entre la creación y la vida nueva en Cristo, entre el Éxodo histórico y el definitivo del Misterio Pascual de Jesús, al que todos los fieles toman parte por medio del Bautismo, entre las promesas de los profetas y su realización en los misterios litúrgicos celebrados. Estos vínculos a los que se puede siempre hacer referencia en el curso del Año Litúrgico.

50. Un riquísimo recurso para comprender el vínculo entre los temas del Antiguo Testamento y su cumplimiento en el Misterio Pascual de Cristo lo ofrecen las oraciones que siguen a cada lectura. Estas expresan, con simplicidad y claridad, el profundo significado cristológico y sacramental de los textos del Antiguo Testamento ya que hablan de la creación, del sacrificio, del Éxodo, del Bautismo, de la misericordia de Dios, de la alianza eterna, de la purificación del pecado, de la redención y de la vida en Cristo. Pueden servir de escuela de oración para el homileta, no solo en la preparación de la Vigilia Pascual, sino, también, durante el curso del año, cuando se encuentren textos similares a los que vienen proclamados en esta noche. Otro recurso útil para interpretar los textos de la Escritura es el Salmo responsorial que sigue a cada una de las siete Lecturas, poemas cantados por los cristianos que han muerto con Cristo y que ahora comparten con Él su vida resucitada. No deberían olvidarse los Salmos durante el resto del año ya que muestran cómo la Iglesia interpreta toda la Escritura a la luz de Cristo.

Evangelio de la Misa del día de Pascua

51. «Para la misa del día de Pascua, se propone la lectura del Evangelio de san Juan sobre el hallazgo del sepulcro vacío. También pueden leerse, si se prefiere, los textos de los Evangelios propuestos para la noche Sagrada, o, cuando hay misa vespertina, la narración de Lucas sobre la aparición a los discípulos que iban de camino hacia Emaús. La primera lectura se toma de los Hechos de los apóstoles, que se leen durante el tiempo pascual en vez de la lectura del Antiguo Testamento. La lectura del Apóstol se refiere al misterio de Pascua vivido en la Iglesia. Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. En los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena» (OLM 99100). La rica serie de lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento escuchadas en el Triduo representa uno de los momentos más intensos de la proclamación del Señor resucitado en la vida de la Iglesia, y pretende ser instructiva y formativa para el pueblo de Dios a lo largo de todo el año litúrgico. En el curso de la Semana Santa y del Tiempo de Pascua, basándose en los mismos textos bíblicos, el homileta tendrá variadas ocasiones para poner el acento en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como contenido central de las Escrituras. Este es el tiempo litúrgico privilegiado en el que el homileta puede y debe hacer resonar la fe de la Iglesia sobre lo que representa el corazón de su proclamación: Jesucristo murió por nuestros pecados «según las Escrituras» (1Cor 15,3), y ha resucitado el tercer día «según las Escrituras» (1Cor 15,4).

(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 48 – 51)

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Santos Padres

·        San Gregorio Magno

La resurrección del Señor

2. Hermanos, la lección del santo Evangelio que acabáis de oír es harto clara en su sentido histórico, pero debemos inquirir brevemente su sentido místico.

Cuando todavía estaba obscuro, fue María Magdalena al sepulcro. Según la historia, se hace notar la hora del suceso; pero, según el sentido místico, señala el estado en que se hallaba la inteligencia de la que buscaba, esto es, qué era lo que entendía María Magdalena. En efecto, María buscaba en el sepulcro al Creador de todo, al cual había visto muerto corporalmente, y al no encontrarle creyó que había sido robado. Todavía estaba obscuro cuando llegó al sepulcro, echó a correr apresurada y lo anunció a los discípulos. Pero, de éstos, se apresuraron más los que más amaban, a saber, Pedro y Juan. Los dos corrían igualmente, pero Juan corrió más aprisa que Pedro, llegó el primero al sepulcro, pero no se determinó a entrar; llegó, pues, Pedro tras él y entró.

¿Qué, hermanos, qué significa este correr? ¿Creeremos, acaso, que esta descripción del evangelista carece de misterio? No por cierto, que tampoco Juan diría que él llegó delante y que no entró, si creyera que en esa misma indecisión suya no hubiera misterio. Ahora bien, ¿qué se significa por Juan sino la Sinagoga, y qué por Pedro sino la Iglesia? Y no parezca cosa extraña el que se exponga que la Sinagoga está figurada por el más joven, y la Iglesia por el más viejo, puesto que, si bien la Sinagoga vino al culto de Dios primero que la Iglesia de los gentiles, con relación a la vida presente, la multitud de los gentiles fue primero que la Sinagoga, como lo atestigua San Pablo, que dice (1 Co 15,46): Pero no es el espiritual el que ha sido formado primero, sino el animal. De suerte que por Pedro, el más viejo, se significa la Iglesia de los gentiles, y por Juan, el más joven, la Sinagoga de los judíos.

Corren los dos igualmente, porque, desde el principio de la vida hasta el fin, la gentilidad y la Sinagoga corren por igual y común camino, mas no por igual y común sentido. La Sinagoga llegó la primera al sepulcro, pero no entró, porque ella, sí, recibió los preceptos de la Ley, oyó las profecías referentes a la encarnación y a la pasión del Señor, pero no quiso creer en El muerto; Juan, pues, vio los lienzos puestos en el suelo, pero no entró; lo cual significa que la Sinagoga conoció los misterios de la Sagrada Escritura y, con todo, difirió entrar, esto es, creer, en la fe de la pasión del Señor. Vio presente a aquel a quien había profetizado hacía mucho tiempo desde lejos y ampliamente, pero se negó a recibirle; tuvo a menos el que fuera hombre; no quiso creer en Dios hecho mortal en la carne. ¿Qué significa, por tanto, esto sino que corrió más aprisa y, con todo, permaneció vacua ante el sepulcro?

Y llegó tras él Pedro y entró en el sepulcro, porque la Iglesia de los gentiles, que llegó después, además de reconocer que el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, había muerto en la carne, le creyó Dios vivo. Vio los lienzos puestos en el suelo, y el sudario que había sido puesto sobre su cabeza, colocado, no junto con los demás lienzos, sino separadamente doblado en otro lugar.

¿Qué creemos, hermanos, que signifique el no estar el sudario de la cabeza junto con los demás lienzos sino que Dios, como dice San Pablo, es la cabeza de Cristo, y que los misterios incomprensibles de la divinidad están fuera de lo que alcanza a conocer nuestra pequeñez, y que su poder trasciende la naturaleza de la criatura?

Y es de notar que se dice que estaba no sólo separado, sino también doblado en otro lugar. Pues bien, del lienzo que se halla doblado no se ve el principio ni el fin; y así, con razón se halla doblado el sudario de la cabeza, porque la Majestad divina es sin principio ni fin, ni nace principiando ni está sujeta a concluir. Y rectamente se dice en otro lugar que Dios no se halla en las almas desacordes de los pastores, porque Dios está en la unidad y no merecen recibir su gracia los que unos de otros se hallan divididos por los escándalos de las sectas.

Ahora bien, como con el sudario suele enjugarse el sudor de los que trabajan, con el nombre de sudario puede también significarse el cansancio de Dios, que cierto es que en sí permanece siempre inmutable, pero, sin embargo, se muestra como cansado cuando soporta las crueles maldades de los hombres. Por eso dice también el profeta (Jr 6, 11): Me cansé de sufrir. Dios, pues, cuando apareció en la carne, padeció en nuestra flaqueza; a vista de cuya pasión, los incrédulos no quisieron venerarla, pues tuvieron a menos creer. Por eso Jeremías dice también (Lm 3, 64): Tú les darás, ¡oh Señor!, lo que merecen las obras de sus manos. Pondrás sobre su corazón, en vez de escudo, las aflicciones que les enviarás. Pues para que no llegaran a sus corazones las punzadas de la predicación, menospreciando los sufrimientos de su pasión, pusieron como escudo los mismos sufrimientos suyos, es a saber, que no permitieron que llegaran a ellos las palabras de El, por lo mismo que le vieron sufrir hasta la muerte.

Pero ¿qué somos nosotros sino miembros de nuestra cabeza, esto es, de Dios? De manera que por los lienzos de su cuerpo se significan las ligaduras de los sufrimientos que ahora oprimen a todos los elegidos, es decir, a sus miembros. Y se halla aparte el sudario que se había puesto sobre su cabeza, porque la pasión de nuestro Redentor dista mucho de nuestros sufrimientos, puesto que El soportó sin culpa lo que nosotros soportamos culpables. Él quiso sucumbir voluntariamente a la muerte, a la cual llegamos nosotros contra nuestra voluntad.

5. Prosigue: Entonces entró también el discípulo que había llegado el primero al monumento. Después de haber entrado Pedro, entró Juan también: éste, que había llegado primero, entró el último. Es de notar, hermanos, que al fin del mundo se acogerá también la Judea a la fe del Redentor, según lo atestigua San Pablo, que dice (Rm 51, 25): Hasta tanto que la plenitud de las naciones haya entrado en la Iglesia, y entonces se salvará todo Israel.

Y vio y creyó. ¿Qué es, hermanos, lo que os parece que creyó? ¿Acaso que el Señor a quien buscaban había resucitado? No por cierto, porque aún no se veía en el sepulcro y, además, porque lo contradicen las palabras que siguen, y que dicen: Y vio y creyó. ¿Qué es, pues, lo que vio y lo que creyó? Vió los lienzos que estaban en el suelo, y creyó lo que había dicho la mujer: que el Señor había sido robado del sepulcro. En lo cual debemos reconocer una gran providencia de Dios; porque así el corazón de los discípulos se encendió en deseos de buscarle y a la vez se les dilata el encontrarle, para que la debilidad de su espíritu, acosado por su misma tristeza, se robusteciera más al hallarle y con tanto mayor valor le retuviera después de hallado cuanto más había tardado en encontrarle.

6. Hermanos carísimos, hemos repasado brevemente todo esto en la exposición de la lección evangélica; ahora resta decir algo acerca de la grandeza de esta solemnidad. Y con razón digo la grandeza dé esta solemnidad, porque es la primera de todas las otras solemnidades; y así como en la Sagrada Escritura, por razón de su dignidad, se llaman el sancta sanctorum y el Cantar de los Cantares, así esta solemnidad puede llamarse la solemnidad de las solemnidades, puesto que en ella se nos muestra el ejemplo de nuestra resurrección, la esperanza segura de la patria celestial y la realidad de la gloria del reino celeste, que ya casi tocamos con las manos. Por ella son llevados ya a las amenidades del paraíso los justos que, si bien en el seno tranquilo de Abrahán, sin embargo estaban cerrados en los abismos de la muerte.

Lo que el Señor había prometido antes de su pasión, en la resurrección lo cumplió (Jn 52,32): Cuando fuere levantado en alto en la tierra, dijo, todo lo atraeré a mí; porque todo lo atrajo quien no dejó ninguno de sus elegidos en el infierno. Se llevó todos, claro que los elegidos, pues a ningún infiel, ni a los condenados a los suplicios eternos por sus delitos, los restituyó el Señor al perdón cuando resucitó, sino que sólo arrancó de las profundidades del infierno a los que reconoció como suyos por la fe y por las obras.

De ahí también se dice con razón por Oseas (53,54): ¡Oh muerte!, yo he de ser la muerte tuya; seré tu mordedura, ¡oh infierno!; pues aquello a lo que damos muerte hacemos que totalmente no sea, pero de lo que solamente mordemos, una parte substraemos y dejamos otra parte; luego porque a todos sus elegidos libró totalmente de la muerte, fue muerte para la muerte; pero como del infierno sacó una parte y dejó otra parte, no mató del todo al infierno, sino que le destruyó o le mordió; por eso dice: Yo he de ser la muerte tuya, ¡oh muerte!; como si claramente dijera: Porque acabo totalmente contigo en mis elegidos, seré tu muerte, ¡oh muerte!, y seré tu mordedura, ¡oh infierno!, porque, arrebatándote los elegidos, te dejo la otra parte.

¡Qué tal será, pues, esta solemnidad que ha destruido los abismos del infierno y nos ha dejado abiertas las puertas del reino de los cielos!

7. Analicemos detenidamente su nombre; preguntemos al apóstol San Pablo y veamos qué es lo que declara acerca de su valor. Dice, pues (1 Co 5, 7): Porque Jesucristo, que es nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado por nosotros. Ahora bien, si Cristo es la Pascua, debemos atender a lo que la Ley dice de la Pascua, para que indaguemos sutilmente si es que ello parece dicho de Cristo.

Dice Moisés (Ex. 52,7…): Y tomarán la sangre del cordero y rociarán con ella los dos postes y el dintel de las casas en que le comerán. Las carnes las comerán aquella noche asadas al fuego, y panes ázimos con lechugas silvestres. Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua, sino solamente asado al fuego. Comeréis también la cabeza, y los pies, y los intestinos. No quedará nada de él para la mañana siguiente; si sobrare alguna cosa, la quemaréis al fuego. Donde todavía se añade: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos y puesto el calzado en los pies y un báculo en la mano, y comeréis aprisa. Cosas todas ellas que nos causarán grande admiración si las exponemos en su significado místico. Porque cuál sea lo que significa la sangre del cordero, bebiéndola lo habéis aprendido mejor que oyéndolo. Y con esta sangre se rocían los dos postes cuando se bebe no sólo con la boca del cuerpo, sino también con la del corazón; se han rociado, pues, los dos postes cuando el sacramento de su pasión se toma por la boca para nuestra redención y con la mente atenta se la medita para su imitación; porque quien recibe la sangre de su Redentor de tal modo que, no obstante, no quiera imitar su pasión, pone en un solo poste la sangre que debe poner además en el dintel de las casas.

¿Y qué entendemos espiritualmente por las casas sino nuestras almas, en las cuales habitamos por el pensamiento?; el dintel de las cuales es la intención que preside nuestras acciones. Por tanto, quien dirige la intención de su alma a imitar la pasión del Señor, pone la sangre del Cordero en el dintel de la casa. O bien, nuestras casas son nuestros cuerpos, en los que habitamos mientras vivimos; y ponemos en el dintel de la casa la sangre del Cordero cuando llevamos en la frente la señal de la cruz de la pasión del Cordero.

Acerca del cual aún se dice: Las carnes las comerán de noche asadas al fuego. Efectivamente, comemos de noche el Cordero, porque en el sacramento recibimos el cuerpo del Señor ahora cuando todavía no vemos nuestras conciencias respectivas. Pero estas carnes deben asarse al fuego, sin duda porque el fuego deshace las carnes que se cuecen en agua, pero da mayor firmeza o consistencia a las que cuecen sin agua.

De manera que el fuego asó las carnes de nuestro Cordero, porque la misma virtud de su pasión le hizo más poderoso para resucitar y más resistente para la incorrupción; pues al fuego de la pasión se endurecieron las carnes de aquel que tomó a la vida después de muerto. De ahí lo que también el Salmista dice (Sal 21, 16): Todo mi verdor se ha secado como un vaso de barro cocido. Pues ¿qué es un vaso de barro antes de ponerse al fuego sino barro blando? Pero con el fuego se consigue solidificarle. Luego el verdor de su humanidad se secó como un vaso de barro cocido, porque con el fuego de la pasión adquirió la firmeza de la incorrupción.

8. Mas para la verdadera solemnidad del alma no es bastante con sólo entender los misterios de nuestro Redentor, sino que a ellos deben agregarse además las buenas obras; porque ¿qué aprovecha comer y beber su sangre y ofenderle con las malas acciones? Por eso todavía se añade cómo se ha de comer: con panes ácimos y lechugas silvestres. Y come los panes sin fermentar quien realiza las buenas obras sin el fermento de la vanagloria, quien practica las obras de misericordia sin mezcla de pecado, a fin de no desvirtuar malamente lo que al parecer dispensa rectamente. También habían mezclado a su buena acción el fermento del pecado aquellos a quienes el Señor, increpándolos, decía por el profeta (Am 4, 4): Id a Betel a continuar vuestras iniquidades; y poco después: Y ofreced el sacrificio de alabanza con pan fermentado; porque quien de la rapiña ofrece a Dios sacrificio inmola a los ídolos el sacrificio de alabanza.

Pero, como las lechugas silvestres son muy amargas, las carnes del cordero deben comerse con lechugas silvestres, para que, al recibir el cuerpo del Redentor, nos aflijamos llorando nuestros pecados, y de esa manera el mismo amargor de la penitencia purifique del humor de la mala vida el estómago del alma.

Además también allí se agrega: Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua. Ved que ahora las mismas palabras de la historia se oponen al sentido histórico. Pues qué, hermanos carísimos, ¿acaso aquel pueblo, cuando estaba asentado en Egipto, había tenido por costumbre comer el cordero crudo, para que la Ley diga: Nada de él comeréis crudo? También se añade: Ni cocido en agua. Pues ¿qué se significa por el agua sino la sabiduría humana, según esto que pone Salomón en boca de los herejes (Pr 9, 17): aguas hurtadas son más dulces ¿Qué significan las carnes crudas del cordero sino la falta de consideración a su humanidad, el pensar en ella con descuido e irreverencia?; pues todo lo que meditamos minuciosamente, como lo cocemos en el alma. Mas la carne del Cordero ni se ha de comer cruda ni cocida en agua, porque a nuestro Redentor ni hemos de tenerle por puro hombre ni la ciencia humana debe investigar cómo Dios pudo encarnarse; porque quien cree que nuestro Redentor es solamente hombre, ¿qué otra cosa hace sino comer crudas las carnes del Cordero, las cuales no ha querido cocer mediante el reconocimiento de su divinidad? Y todo el que se empeña en descubrir, mediante la ciencia humana, los misterios de su encarnación, quiere cocer en agua las carnes del Cordero, esto es, quiere penetrar el misterio de su providencia mediante una ciencia que le disuelve.

Por consiguiente, quien quiera celebrar la solemnidad del pozo pascual, no cueza en agua el Cordero ni le coma crudo; esto es, ni quiera penetrar lo misterioso de su encarnación con los recursos de la humana sabiduría, ni crea que Él es un puro hombre, sino que debe comer sus carnes asadas al fuego, esto es, debe saber que todo ello es obra providencial del poder del Espíritu Santo.

Y todavía se añade con respecto a ello: Comeréis la cabeza, y los pies, y los intestinos. Según dijimos antes, hermanos, hemos aprendido del testimonio de San Pablo que Cristo es la cabeza, porque nuestro Redentor es el alfa y la omega, esto es, Dios antes de los siglos y hombre hasta el fin de los siglos; comer, pues, la cabeza del Cordero es recibir por la fe su divinidad; y comer los pies del Cordero es investigar las huellas de su humanidad mediante el amor y la imitación. Y ¿qué son los intestinos sino los preceptos encerrados y ocultos en sus palabras, los cuales comemos cuando escuchamos con avidez sus palabras de vida? Y al decir: y comeréis de prisa, ¿qué otra cosa se condena sino la languidez de nuestra pereza cuando no buscamos por nosotros mismos sus palabras y sus misterios y lo oímos de mala gana cuando otros lo predican?

No quedará nada de él para el día siguiente; porque sus palabras deben meditarse con grande solicitud, a fin de que antes de que llegue el día de la resurrección, durante la noche de esta vida presente, todos sus mandatos sean entendidos y cumplidos. Mas, como es muy difícil poder entender toda la Escritura y penetrar sus misterios, oportunamente se agrega: Si sobrase alguna cosa, la quemaréis al fuego. Quemamos al fuego lo que resta del Cordero cuando humildemente atribuimos al Espíritu Santo lo que del misterio de la encarnación no podemos entender ni comprender; así que nadie se atreva, soberbio, ni a despreciar ni contradecir lo que no entiende, sino que, atribuyéndolo al Espíritu Santo, lo entregue al fuego.

9. Pues que ya sabemos cuál es la Pascua que se debe comer, aprendamos ahora cuáles deben ser los que deben comerla.

Prosigue: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos. ¿Qué se entiende por los lomos sino los deleites carnales? Por lo que el Salmista pide (Sal 25,2): Acrisola al fuego mis lomos o afectos; pues, si no supiera que el placer de la liviandad reside en los lomos, no pediría que se los acrisolase al fuego. De ahí que, como principalmente por el placer sensual prevaleció sobre el género humano el poder del diablo, de éste dice el Señor (Job 40, 55): Su fortaleza está en sus lomos. Luego quien come la Pascua debe tener ceñidos sus lomos; es decir, que quien celebre la solemnidad de la resurrección y de la incorrupción, no debe estar ya sujeto a la corrupción por vicio alguno; debe domar sus apetitos y apartar de la lujuria su carne.

Así es que no ha aprendido aún qué cosa sea la solemnidad de la incorrupción quien, por la incontinencia, es todavía esclavo de la corrupción.

Duras cosas son éstas para algunos, pero angosta es la puerta que conduce a la vida, y tenemos ya muchos ejemplos de continentes. De ahí que todavía se añade con acierto: Tendréis el calzado puesto en los pies. ¿Y qué son nuestros pies sino nuestras obras, y qué el calzado sino pieles de animales muertos? ¿Y cuáles son los animales muertos con cuyas pieles protegemos nuestros pies sino los Padres antiguos, que nos han precedido en la vida eterna? Cuando, pues, meditamos en sus ejemplos, protegemos los pies de nuestras obras. Luego tener puesto el calzado en los pies significa contemplar el camino que siguieron los muertos y evitar que a nuestras obras las hiera el pecado.

Teniendo un báculo en la mano. ¿Qué designa la Ley por el báculo sino la vigilancia pastoral? Y es de notar que primero se preceptúa tener ceñidos los lomos y después tener los báculos en la mano; porque los que ya saben dominar en sus cuerpos las inclinaciones de la lujuria, ésos son los que deben recibir el ministerio pastoral, para que, cuando predican a otros obligaciones fuertes, no caigan ellos flojamente en los suaves lazos de la molicie.

Y se añade rectamente: Y comeréis aprisa. Fijaos, hermanos carísimos, fijaos en que se dice: aprisa, apresurados. Aprended aprisa los mandamientos de Dios, los misterios del Redentor, los gozos de la patria celestial. Apresuraos a cumplir en seguida los preceptos que conducen a la vida, pues así como sabemos que hoy todavía se nos permite obrar, no sabemos si mañana nos será permitido. Por lo tanto, comed aprisa la Pascua, esto es, anhelad la solemnidad de la patria celeste. Ninguno sea perezoso en el camino de esta vida, no sea que pierda su puesto en la patria. Ninguno demore el cuidado de apetecerla, antes bien, lleve a cabo lo comenzado, no sea que luego no se le permita concluir lo que principió. Si no nos emperezamos en el amor de Dios, nos ayudará el mismo a quien amamos, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

SAN GREGORIO MAGNO, Homilía II (XXII), BAC Madrid 1958, pág. 637-44

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Vivir impregnados de la resurrección de Cristo

Introducción

            Los miembros de nuestras comunidades cristianas, a las cuales llega la Palabra de Dios y nuestra palabra sacerdotal en cada homilía, creen con firmeza en la resurrección de Cristo. Lo demuestran en muchísimos de los gestos diarios que hacen tanto en el ámbito profano de sus vidas como en el ámbito litúrgico.

            1. Nuestra fe en la resurrección de Cristo

            Uno de esos gestos que manifiestan la fe en la resurrección es el acto de hacer la genuflexión al entrar al templo. La genuflexión va dirigida a Jesucristo, que es Dios y hombre verdadero, y está real y sustancialmente presente en la Eucaristía que se reserva en el sagrario. Todo católico que hace esa genuflexión está haciendo una confesión de la resurrección de Cristo. Sabe perfectamente que esa genuflexión es a Alguien que está vivo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

            La oración dirigida a Cristo es otro acto de fe en su resurrección. Hablamos con Cristo, le hacemos pedidos, le contamos nuestra vida, nos desahogamos. Son todas cosas que se hacen con un ser humano de carne y hueso que está vivo. Y recibimos consuelo y nos alegramos, cosas que provienen de Alguien que está vivo.

            Mucho más todavía cuando nos acercamos a comulgar el Cuerpo de Cristo. Estamos absolutamente seguros que se trata de su Cuerpo vivo. Y entablamos con Él una relación de intimidad.

            Nuestra fe en la Eucaristía es, particularmente, un acto continuo de fe en la Resurrección de Cristo. Y creemos que es el mismo Cristo que nació en Belén, que predicó en toda Palestina y que murió en la cruz y, lógicamente, resucitó. Sabemos que comemos su cuerpo real, que está presente con sus llagas intercediendo perpetuamente por todos nosotros. No dudamos acerca de esta verdad ni mucho menos la negamos, como sí lo han hecho personas muy eruditas, con muchos estudios, pero que no creen en que Cristo ha resucitado o no creen que fuera el mismo Cristo.

Algunos han dicho, ¡y dicen!, que Cristo resucitó con un cuerpo “impalpable”, un cuerpo “más sutil que el aire”, y que dejó que los Apóstoles lo tocaran solamente para fortalecer la fe, pero estaba fingiendo. Eso lo dijo ya en el siglo VII un tal Euticio, y lo repiten ahora “grandes teólogos”, que de teólogos no tienen nada, porque son teólogos modernistas, teólogos progresistas, que, lamentablemente han caído en la herejía modernista. Nombramos algunos de esos teólogos, para poner en guardia acerca de su doctrina: Leon-Dufour, Pannenber, Bultmann, Schillebeck, Karl Rahner, etc.

Otros dicen que la Resurrección de Jesús significa que resucitó “espiritualmente”, es decir, que su alma vive, pero no su cuerpo, y que por eso está presente en medio de nosotros de un modo moral, como cuando decimos que una persona amada que murió está presente entre nosotros en el recuerdo de cada uno, en el amor de sus seres queridos, etc.

Nosotros, en cambio, creemos que Cristo resucitó realmente y con su propio cuerpo, el mismo cuerpo humano que tenía cuando murió, íntegro e idéntico al cuerpo que murió, pero viviendo una vida inmortal y gloriosa. Y creemos que ese cuerpo de Cristo y que está actualmente en el cielo “es naturalmente palpable, resistente al tacto, consistente o denso, que llena un lugar y posee estas disposiciones no sólo ahora, sino por toda la eternidad, ya que su cuerpo luego de resucitado no cambia (cf. Rm.6,9)”*1. Y esta fe la manifestamos cada vez que nos arrodillamos cuando entramos a una iglesia, cuando comulgamos o cuando en la oración nos dirigimos a Cristo.

2. Nuestro verdadero problema

Pero el problema de nuestras comunidades católicas es otro y se puede expresar con esta especie de pequeña alegoría de San Alberto Hurtado, santo chileno: “Los peces del océano viven en agua salada y a pesar del medio salado, tenemos que echarles sal cuando los comemos: se conservan insípidos, sosos. Así podemos vivir en la alegría de la resurrección sin empaparnos de ella: sosos. Debemos empaparnos, pues, en la resurrección”*2.

Así somos nosotros: creemos en la Resurrección de Cristo, vivimos en medio de ella, nos arrodillamos ante Cristo resucitado, ¡comulgamos a Cristo resucitado!, pero no nos empapamos de la resurrección de Cristo, no vivimos impregnados de ella, somos como peces en medio de un océano salado y sin embargo somos sosos, anodinos, insulsos, desabridos. No se nota al exterior que “nadamos” en resurrección, que nuestro “medio ambiente” natural o, mejor dicho, sobrenatural, es la resurrección de Cristo. No vivimos en el ambiente de Cristo resucitado, al menos como debiera ser.

¿Y cuáles son los signos de aquel que vive empapado en resurrección?

            Primero, el vivir en gracia de Dios, es decir, el resucitar espiritualmente. El que vive en pecado mortal tiene el alma muerta, muerta a la vida de Dios. El que realmente cree en la resurrección de Cristo y vive impregnado de ella, ¡se aprovecha de ella! Recibe la vida del alma, se confiesa, recibe los sacramentos. Resucita espiritualmente. Esto es lo que significa vivir como resucitados.

            El segundo signo es la esperanza en la vida eterna y la fe en la resurrección de los muertos, en la resurrección de nuestro propio cuerpo. El que cree que Cristo resucitó y vive habitualmente en gracia, mira la muerte sin temor. Al contrario, mira la muerte como el momento del encuentro eterno con Aquel que nos ama. Lo decimos cada vez que rezamos el Credo: “Creo en la resurrección de los muertos”. Y San Pablo dice: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe” (1Cor 15,13-14).

Así como Cristo resucitó, también vamos a resucitar nosotros, con nuestros propios cuerpos. Aquellos que se han condenado, es decir, se han ido al infierno, resucitarán para sufrir eternamente incluso con sus cuerpos. Pero los que han aceptado plenamente la salvación de Cristo y se fueron el cielo, resucitarán para gozar de Dios eternamente, incluso con sus cuerpos. Lo dice expresamente Jesucristo: “Los que hicieron  el bien resucitarán para  la vida, y los que  hicieron el mal  resucitarán para la  condenación” (Jn 5,29).

            Y esto está unido a uno de los errores más desgraciados de nuestro tiempo, que es el culto al cuerpo, el terror al envejecimiento, la falta de esperanza por el hecho de que nuestros cuerpos se van disolviendo. El que sabe que va a resucitar con su mejor cuerpo, sabe superar los momentos de angustia ante este tipo de tentaciones.

            Un hombre que vivió esta fe en la resurrección de su propio cuerpo fue San Juan Pablo II. Vivió su vejez con gran energía hasta el final y sabía reírse de su propio envejecimiento, como cuando en la Jornada de la Juventud en París, en 1998, agitaba su bastón y decía: “Este bastón me ha rejuvenecido”. O eludiendo cualquier falsa vergüenza de mostrar su enfermedad y su vejez al mundo, con el rostro siempre radiante a pesar del dolor. O exigiéndose hasta el último instante para predicar el evangelio, como cuando se lo vio por última vez desde la ventana de su cuarto, y en un gesto dramático quiso gritar el anuncio evangélico sin lograr que saliera una palabra de su garganta deteriorada.

El P. Buela, un artículo suyo que se llama “La Resurrección, ¿mito o realidad?”, tiene la siguiente dedicatoria: “A quienes en Cottolengos y Hogarcitos atienden a Cristo pobre y doliente en la persona de los ciegos, postrados, deformes, epilépticos, retardados… que resucitarán con su cuerpo íntegro, sin defecto, para recibir la plenitud del premio.” Eso significa vivir empapados de resurrección.

            El tercer signo del que vive impregnado de resurrección es el respeto por el día Domingo. Domingo viene de Dominus, que significa Señor. El Domingo es el día del Señor y es precisamente el día en que litúrgicamente celebramos la Resurrección de Cristo. Por eso el domingo tiene preeminencia sobre cualquier otra fiesta litúrgica: si cae en domingo una fiesta litúrgica importante, se traslada a otro día, porque hay que celebrar la resurrección del Señor. Por eso es un precepto el participar de la Santa Misa del Domingo, y es pecado mortal faltar a Misa sin un motivo serio. El que está impregnado de resurrección recibe a Cristo Resucitado en la comunión.

            La ausencia de respeto al día domingo como día de la resurrección del Señor es uno de los signos más claros y más elocuentes de que somos católicos sosos e insípidos, que no nos hemos dejado empapar de la sal de la resurrección, aun viviendo en un ambiente de fe.

            El cuarto signo del que está impregnado por la resurrección de Cristo es la alegría. Es una consecuencia casi necesaria en aquel que se esfuerza por vivir en gracia de Dios y tiene esperanza de la vida eterna, por la resurrección de Cristo. Si un hombre sabe que Cristo está realmente vivo y él está en gracia de Dios, es decir, tiene su alma resucitada, inmediatamente brota una alegría inmensa. Tan grande que no hay nada ni nadie que pueda quitarle esa alegría. ¡Y la manifiesta al exterior!

San Pablo era un hombre impregnado de resurrección. Por eso decía: “El Reino de Dios es alegría en el Espíritu Santo” (Rm 14,17). Y también: “Alegraos, os lo vuelvo a repetir, alegraos” (Filp 4,4). El que vive impregnado de resurrección se alegra incluso en los padecimientos, como San Pablo, que escribe: “Rebozo de alegría en todas mis tribulaciones” (2Cor 7,4).

            Por eso, un gran autor inglés y católico, Chesterton, decía: “La alegría es el secreto gigantesco del cristiano”. El mundo de hoy, como no tiene la alegría de la resurrección, busca la alegría en cosas superficiales.

            El quinto signo del que vive impregnado de resurrección es que tiene sentido de la fiesta, es decir, que sabe festejar, que sabe ‘hacer fiesta’. San Juan Crisóstomo define la fiesta de la siguiente manera: “Donde se alegra la caridad, allí hay fiesta”*3. La fiesta es el amor que se alegra. Y la resurrección es precisamente eso: es el triunfo del amor de Dios hacia los hombres. La muerte en cruz es la muestra de amor más grande. Y la resurrección es la alegría de la muerte en cruz, porque es el volver a la vida. El amor a Dios, el amor al prójimo, el amor a la familia, junto con la alegría de la resurrección deben hacer de nosotros hombres y mujeres profundamente festivos.

            Pidámosle a la Virgen la gracia de ser hombres y mujeres impregnados en resurrección, la gracia de dar esos signos de aquel que vive como resucitado.

____________________________________________
*1- Buela, C., La resurrección, ¿mito o realidad?.
*2- San Alberto Hurtado, Un disparo a la eternidad, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 20043, p. 315.
*3- En latín tiene un sonido especial: “Ubi cáritas gáudeat, íbi est festívitas”.

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S.S. Francisco p.p

 

El Evangelio de la resurrección de Jesucristo comienza con el ir de las mujeres hacia el sepulcro, temprano en la mañana del día después del sábado. Se dirigen a la tumba, para honrar el cuerpo del Señor, pero la encuentran abierta y vacía. Un ángel poderoso les dice: «Vosotras no tengáis miedo» (Mt 28,5), y les manda llevar la noticia a los discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea» (v. 7). Las mujeres se marcharon a toda prisa y, durante el camino, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (v. 10). «No tengáis miedo», «no temáis»: es una voz que anima a abrir el corazón para recibir este mensaje».

Después de la muerte del Maestro, los discípulos se habían dispersado; su fe se deshizo, todo parecía que había terminado, derrumbadas las certezas, muertas las esperanzas. Pero entonces, aquel anuncio de las mujeres, aunque increíble, se presentó como un rayo de luz en la oscuridad. La noticia se difundió: Jesús ha resucitado, como había dicho… Y también el mandato de ir a Galilea; las mujeres lo habían oído por dos veces, primero del ángel, después de Jesús mismo: «Que vayan a Galilea; allí me verán». «No temáis» y «vayan a Galilea».

Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó. Volver allí, volver al lugar de la primera llamada. Jesús pasó por la orilla del lago, mientras los pescadores estaban arreglando las redes. Los llamó, y ellos lo dejaron todo y lo siguieron (cf. Mt 4,18-22).

Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria; sin miedo, «no temáis». Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición;  releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor.

También para cada uno de nosotros hay una «Galilea» en el comienzo del camino con Jesús. «Ir a Galilea» tiene un significado bonito, significa para nosotros redescubrir nuestro bautismo como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de nuestra experiencia cristiana. Volver a Galilea significa sobre todo volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena.

En la vida del cristiano, después del bautismo, hay también otra «Galilea», una «Galilea» más existencial: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión. En este sentido, volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria viva de esta llamada, cuando Jesús pasó por mi camino, me miró con misericordia, me pidió seguirlo; volver a Galilea significa recuperar la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba.

Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? Se trata de hacer memoria, regresar con el recuerdo. ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? Búscala y la encontrarás. Allí te espera el Señor. He andado por caminos y senderos que me la han hecho olvidar. Señor, ayúdame: dime cuál es mi Galilea; sabes, yo quiero volver allí para encontrarte y dejarme abrazar por tu misericordia. No tengáis miedo, no temáis, volved a Galilea.

El evangelio es claro: es necesario volver allí, para ver a Jesús resucitado, y convertirse en testigos de su resurrección. No es un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, a todos los extremos de la tierra. Volver a Galilea sin miedo.

«Galilea de los gentiles» (Mt 4,15; Is 8,23): horizonte del Resucitado, horizonte de la Iglesia; deseo intenso de encuentro… ¡Pongámonos en camino!

(Basílica Vaticana
Sábado Santo, 19 de abril de 2014)

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San Juan Pablo II

 

1. «La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular» (Sal 117,22).

Esta noche, la liturgia nos habla con la abundancia y la riqueza de la palabra de Dios. Esta Vigilia es no sólo el centro del año litúrgico, sino de alguna manera su matriz. En efecto, a partir de ella se desarrolla toda la vida sacramental. Podría decirse que está preparada abundantemente la mesa en torno a la cual la Iglesia reúne esta noche a sus hijos; reúne, de manera particular, a quienes han de recibir el Bautismo.

Pienso directamente en vosotros, queridos Catecúmenos, que dentro de poco renaceréis del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5). Con gran gozo os saludo y saludo, al mismo tiempo, a los Países de donde venís: Albania, Cabo Verde, China, Francia, Marruecos y Hungría.

Con el Bautismo os convertiréis en miembros del Cuerpo de Cristo, partícipes plenamente de su misterio de comunión. Que vuestra vida permanezca inmersa constantemente en este misterio pascual, de modo que seáis siempre auténticos testigos del amor de Dios.

2. No sólo vosotros, queridos catecúmenos, sino también todos los bautizados están llamados esta noche a hacer en la fe una experiencia profunda de lo que poco antes hemos escuchado en la Epístola: «Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,3-4).

Ser cristianos significa participar personalmente en la muerte y resurrección de Cristo. Esta participación es realizada de manera sacramental por el Bautismo sobre el cual, como sólido fundamento, se edifica la existencia cristiana de cada uno de nosotros. Y es por esto que el Salmo responsorial nos ha exhortado a dar gracias: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia… La diestra del Señor… es excelsa. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor» (Sal 117,1-2.16-17). En esta noche santa la Iglesia repite estas palabras de acción de gracias mientras confesa la verdad sobre Cristo que «padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día» (cf. Credo).

3. «Noche en que veló el Señor… por todas las generaciones» (Ex 12,42).

Estas palabras del Libro del Éxodo concluyen la narración de la salida de los Israelitas de Egipto. Resuenan con una elocuencia singular durante la Vigilia pascual, en cuyo contexto cobran la plenitud de su significado. En este año dedicado a Dios Padre, ¿cómo no recordar que esta noche, la noche de Pascua, es la gran «noche de vigilia» del Padre? Las dimensiones de esta «vigilia» de Dios abarcan todo el Triduo pascual. Sin embargo, el Padre «vela» de manera particular durante el Sábado Santo, mientras el hijo yace muerto en el sepulcro. El misterio de la victoria de Cristo sobre el pecado del mundo está encerrado precisamente en el velar del Padre. Él «vela» sobre toda la misión terrena del Hijo. Su infinita compasión llega a su culmen en la hora de la pasión y de la muerte: la hora en que el Hijo es abandonado, para que los hijos sean encontrados; el Hijo muere, para que los hijos puedan volver a la vida.

La vela del Padre explica la resurrección del Hijo: incluso en la hora de la muerte, no desaparece la relación de amor en Dios, no desaparece el Espíritu Santo que, derramado por Jesús moribundo en la cruz, llena de luz las tinieblas del mal y resucita a Cristo, constituyéndolo Hijo de Dios con poder y gloria (cf. Rm 1,4).

4. «La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular» (Sal 117,22). A la luz de la Resurrección de Cristo, ¡cómo sobresale en plenitud esta verdad que canta el Salmista! Condenado a una muerte ignominiosa, el Hijo del hombre, crucificado y resucitado, se ha convertido en la piedra angular para la vida de la Iglesia y de cada cristiano.

«Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente» (Sal 117,23). Esto sucedió en esta noche santa. Lo pudieron constatar las mujeres que «el primer día de la semana… cuando aún estaba oscuro» (Jn 20,1), fueron al sepulcro para ungir el cuerpo del Señor y encontraron la tumba vacía. oyeron la voz del ángel: «No temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado» (cf. Mt 28,1-5).

Así se cumplieron las palabras proféticas del Salmista: «La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular». Ésta es nuestra fe. Ésta es la fe de la Iglesia y nosotros nos gloriamos de profesarla en el umbral del tercer milenio, porque la Pascua de Cristo es la esperanza del mundo, ayer, hoy y siempre. Amén.

(Vigilia Pascual, 3 de abril de 1999)

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Benedicto XVI

 

«Et resurrexit tertia die secundum Scripturas», «Resucitó al tercer día según las Escrituras». Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y se hace actual en cada celebración eucarística.

Sin embargo, existe un tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal e inagotable vitalidad, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad: es el tiempo pascual. Cada año, en el «santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado», como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al «tercer día», la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, debemos renovar constantemente nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado por nosotros: su Pascua es también nuestra Pascua, porque en Cristo resucitado se nos da la certeza de nuestra resurrección. La noticia de su resurrección de entre los muertos no envejece y Jesús está siempre vivo; y también sigue vivo su Evangelio.

«La fe de los cristianos —afirma san Agustín— es la resurrección de Cristo». Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: «Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17, 31). En efecto, no era suficiente la muerte para demostrar que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías esperado. ¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a una causa considerada justa y han muerto! Y han permanecido muertos.

La muerte del Señor demuestra el inmenso amor con el que nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros; pero sólo su resurrección es «prueba segura», es certeza de que lo que afirma es verdad, que vale también para nosotros, para todos los tiempos. Al resucitarlo, el Padre lo glorificó. San Pablo escribe en la carta a los Romanos: «Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10, 9).

Es importante reafirmar esta verdad fundamental de nuestra fe, cuya verdad histórica está ampliamente documentada, aunque hoy, como en el pasado, no faltan quienes de formas diversas la ponen en duda o incluso la niegan. El debilitamiento de la fe en la resurrección de Jesús debilita, como consecuencia, el testimonio de los creyentes. En efecto, si falla en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se paraliza, todo se derrumba. Por el contrario, la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos.

¿No es la certeza de que Cristo resucitó la que ha infundido valentía, audacia profética y perseverancia a los mártires de todas las épocas? ¿No es el encuentro con Jesús vivo el que ha convertido y fascinado a tantos hombres y mujeres, que desde los inicios del cristianismo siguen dejándolo todo para seguirlo y poniendo su vida al servicio del Evangelio? «Si Cristo no resucitó, —decía el apóstol san Pablo— es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe» (1Co 15, 14). Pero ¡resucitó!

El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es «el que vive» (Ap 1, 18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.

Incluso después de su Ascensión, Jesús siguió estando presente entre sus amigos, como por lo demás había prometido: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). El Señor está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Los miembros de la Iglesia primitiva, iluminados por el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar el anuncio pascual abiertamente y sin miedo. Y este anuncio, transmitiéndose de generación en generación, ha llegado hasta nosotros y resuena cada año en Pascua con una fuerza siempre nueva.

De modo especial en esta octava de Pascua, la liturgia nos invita a encontrarnos personalmente con el Resucitado y a reconocer su acción vivificadora en los acontecimientos de la historia y de nuestra vida diaria. Por ejemplo, hoy, miércoles, nos propone el episodio conmovedor de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Después de la crucifixión de Jesús, invadidos por la tristeza y la decepción, volvían a casa desconsolados. Durante el camino conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado en aquellos días en Jerusalén; entonces se les acercó Jesús, se puso a conversar con ellos y a enseñarles: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 25-26). Luego, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

La enseñanza de Jesús —la explicación de las profecías— fue para los discípulos de Emaús como una revelación inesperada, luminosa y consoladora. Jesús daba una nueva clave de lectura de la Biblia y ahora todo quedaba claro, precisamente orientado hacia este momento. Conquistados por las palabras del caminante desconocido, le pidieron que se quedara a cenar con ellos. Y él aceptó y se sentó a la mesa con ellos. El evangelista san Lucas refiere: «Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24, 30). Fue precisamente en ese momento cuando se abrieron los ojos de los dos discípulos y lo reconocieron, «pero él desapareció de su lado» (Lc 24, 31). Y ellos, llenos de asombro y alegría, comentaron: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).

En todo el año litúrgico, y de modo especial en la Semana santa y en la semana de Pascua, el Señor está en camino con nosotros y nos explica las Escrituras, nos hace comprender este misterio: todo habla de él. Esto también debería hacer arder nuestro corazón, de forma que se abran igualmente nuestros ojos. El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia. Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última Cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.

Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón. En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados. Cada domingo la comunidad revive así la Pascua del Señor y recibe del Salvador su testamento de amor y de servicio fraterno.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.

De nuevo os deseo a todos una feliz Pascua.

(Palatino, Viernes Santo, 21 de marzo de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El sepulcro vacío

Jn 20, 1-9

            Este evangelio no nos narra ninguna aparición de Jesús pero sí tres personajes que van a ver a Jesús resucitado. Nadie fue testigo de la resurrección de Jesús pero sí del sepulcro vacío y de la visión del Señor resucitado.

            ¿El sepulcro vacío es una prueba definitiva de la resurrección? No. Podría haber sucedido lo que dijeron las mujeres que se habían llevado su cuerpo o como difundieron los sacerdotes que lo habían robado los discípulos.

            Pedro y Juan, que es el que escribe, ven los lienzos por el suelo y el sudario plegado. Tampoco esta visión sumaba algo a la del sepulcro vacío. Podría haber sucedido que los que robaron el cuerpo doblasen el sudario.

            Juan vio y creyó, dice el evangelio. ¿Qué creyó? Creyó en la resurrección. ¿Por lo que vio? No. Por su conexión con la revelación. Juan recordó muchos pasajes de los profetas y principalmente de Jesús que les había preanunciado su resurrección.

(Los apóstoles Pedro y Juan) van allá sin fe. Sólo al ver comprobados los hechos, comienzan a brillar en su razón las primeras vislumbres de la fe*1.

Pero esta fe, como dice Bover, es insipiente. ¿Por qué? Porque cuando la Magdalena vuelve a contarles que ha visto al Señor resucitado y también las otras mujeres hacen otro tanto, ellos no les creen. Tampoco dieron crédito a los discípulos de Emaús. Finalmente por la tarde se les aparece a los diez sin Tomás, dándoles pruebas palpables de su cuerpo resucitado y recién allí comienzan a creer pero no con una fe muy grande.

¡Cuánto los escandalizó la cruz! Ellos no la asumían en sus cabezas por más que Cristo se las revelaba.

La cruz se chocó con sus fantasías mesiánicas y se impuso porque manifestaba la realidad. El mesianismo de Jesús les había parecido un fracaso pero ahora que lo ven resucitado comienzan a rondar nuevamente sus fantasías ¡qué no podrá hacer un hombre que se resucita a sí mismo y resucita a otros! todavía su fe era muy impura. Sólo la venida del Paráclito la iba a purificar totalmente.

Ellos van a ser testigos, desde Pentecostés, de la muerte y resurrección y del verdadero mesianismo, protagonizado por Jesús, que debía salvar al mundo.

Jesús no se les aparece una sola vez sino muchas y a los que Él quiso “a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros (dirá Pedro) que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos”*2.

Jesús se aparece resucitado muchas veces a los discípulos. No sólo a los apóstoles sino también a otros discípulos, una vez a quinientos a la vez y también se apareció a Pablo*3.

¿Por qué se aparece tantas veces?

+ Para fortalecer su fe.

+ Para que fueran testigos de su muerte y su resurrección.

+ Para consolarlos.

+ Para que adquieran virtudes.

            En este último punto quiero hacer resaltar que el Señor se apareció a los apóstoles para enseñarles a congratularse con el prójimo.

La dicha, que suele hacer egoístas a los hombres, hace a Jesús más comunicativo que nunca de su bien y de sus glorias*4.

Jesús hace esto para consolarlos pero también para que se congratulen con Él.

¿Qué es la congratulación? Es un sentimiento por el cual nos alegramos por la alegría del prójimo.

Jesús quiere que sus discípulos se alegren con su alegría. Las apariciones de Jesús sacan a los discípulos de sus estados de tristeza pero también los impulsan a comunicar la alegría que ellos experimentan.

En la pasión nos compadecíamos con Cristo lleno de dolor, sentíamos dolor con Cristo doloroso. En la resurrección nos debemos congratular por el gozo del Señor, alegrarnos con su alegría y aprender a ser comunicativos de la consolación y de la alegría con nuestros hermanos, especialmente aquellos que viven tristes, en definitiva, porque no saben que Cristo ha resucitado. Toda tristeza proviene de no saber esta verdad*5.

Ahora bien, el sentimiento de compasión es más fácil de adquirir que el sentimiento de congratulación. Es más fácil compadecerse con el que sufre que alegrarse con el que está alegre. Cristo al aparecerse quiere que ellos adquiera el sentimiento más difícil de adquirir, la congratulación.

¡Cuánto nos cuesta alegrarnos de la alegría del prójimo! Se ve en la Iglesia rivalidad entre los cristianos aún en obras buenas. Surge la envidia que es tristeza por el bien y la alegría del hermano. Perdemos la dimensión de la fraternidad. ¡Cómo si lo bueno que hace otra persona fuera en detrimento mío! Por el contrario, lo bueno que sucede en la Iglesia es para mi bien y lo malo es para mí mal. Somos un solo cuerpo. Distintos miembros de un mismo cuerpo.

Jesús murió por todos y resucitó por todos. La resurrección es alegría y gozo para todos. ¡Quién puede sentirse triste porque Cristo resucitó! Nadie. Y si nos congratulamos porque a nuestra Cabeza le fue bien por qué no nos congratulamos cuanto a nuestro cuerpo le va bien.

Jesús quiere que sus apóstoles, miembros eminentes del cuerpo de Cristo, aprendieran a congratularse con sus hermanos para que hubiera unión entre ellos. Jesús lo había pedido en la oración sacerdotal*6 y ahora les enseña a unirse por la congratulación. Ellos continuarán el Reino que Jesús trajo al mundo. Y así lo hicieron. Pues, los primeros cristianos tenían un solo corazón y una sola alma*7.

La envidia es causa de división, la congratulación es causa de unidad.

Cristo quiere que nos alegremos por lo bueno que sucede a nuestro alrededor, sea entre nuestros hermanos de la Iglesia, sea a los hombres en general, porque todos y cada uno de los hombres somos capaces de Dios y todo lo bueno que sucede en el mundo es participación de la bondad de Dios que es el bien por esencia.

______________________________________________

*1- Bover, El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, Balmes Barcelona 1943, 426
*2- Hch 10, 41
*3- Cf. Mc 16, 9s; 1 Co 15, 5s
*4- Bover, El Evangelio…, 424
*5- Cf. 1 Co 15, 14-18
*6- Cf. Jn 17, 20s
*7- Cf. Hch 2, 42-47

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Viernes Santo – Celebración de la Pasión del Señor (2017)

 

Estimados suscriptores del boletín Homilética:

 

            Les queríamos avisar de una errata en el boletín de Jueves Santo recientemente enviado. La homilía que aparece en primer lugar en la sección Aplicación y que lleva por título “Los amó hasta el fin” no pertenece al P. Alfredo Sáenz, S. J. Dicha homilía pertenece al P. José A. Marcone, IVE.

             Pedimos perdón por nuestro descuido.

             En Cristo y María Santísima,

             Equipo de Homilética

14
abril

Viernes Santo

Celebración de la Pasión del Señor

  (Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Textos Litúrgicos

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Viernes Santo

(Viernes 14 de abril de 2017)

 Celebración de la Pasión del Señor

LECTURAS

Él fue traspasado por nuestras rebeldías

Lectura del libro de Isaías                                  52, 13-53, 12

Sí, mi Servidor triunfará:

será exaltado y elevado a una altura muy grande.

Así como muchos quedaron horrorizados a causa de él,

porque estaba tan desfigurado

que su aspecto no era el de un hombre

y su apariencia no era más la de un ser humano,

así también él asombrará a muchas naciones,

y ante él los reyes cenarán la boca,

porque verán lo que nunca se les había contado

y comprenderán algo que nunca habían oído.

¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído

y a quién se le reveló el brazo Del Señor?

El creció como un retoño en su presencia,

como una raíz que brota de una tierra árida,

sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas,

sin un aspecto que pudiera agradamos.

Despreciado, desechado por los hombres,

abrumado de dolores y habituado al sufrimiento,

como alguien ante quien se aparta el rostro,

tan despreciado, que lo tuvimos por nada.

Pero él soportaba nuestros sufrimientos

y cargaba con nuestras dolencias,

y nosotros lo considerábamos golpeado,

herido por Dios y humillado.

Él fue traspasado por nuestras rebeldías

y triturado por nuestras iniquidades.

El castigo que nos da la paz recayó sobre él

y por sus heridas fuimos sanados.

Todos andábamos errantes como ovejas,

siguiendo cada uno su propio camino,

y el Señor hizo recaer sobre él

las iniquidades de todos nosotros.

Al ser maltratado, se humillaba

y ni siquiera abría su boca:

como un cordero llevado al matadero,

como una oveja muda ante el que la esquila,

él no abría su boca.

Fue detenido y juzgado injustamente,

y ¿quién se preocupó de su suerte?

Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes

y golpeado por las rebeldías de mi pueblo.

Se le dio un sepulcro con los malhechores

y una tumba con los impíos,

aunque no había cometido violencia

ni había engaño en su boca.

El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento.

Si ofrece su vida en sacrificio de reparación,

verá su descendencia, prolongará sus días,

y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él.

A causa de tantas fatigas, él verá la luz

y, al saberlo, quedará saciado.

Mi Servidor justo justificará a muchos

y cargará sobre sí las faltas de ellos.

Por eso le daré una parte entre los grandes

y él repartirá el botín junto con los poderosos.

Porque expuso su vida a la muerte

y fue contado entre los culpables,

siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial                                                                     30, 2-6.12-13.15-17.25

R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Yo me refugio en ti, Señor,

¡que nunca me vea defraudado!

Yo pongo mi vida en tus manos:

Tú me rescatarás, Señor, Dios fiel. R.

Soy la burla de todos mis enemigos

y la irrisión de mis propios vecinos;

para mis amigos soy motivo de espanto,

los que me ven por la calle huyen, de mí.

Como un muerto, he caído en el olvido,

me he convertido en una cosa inútil. R.

Pero yo confío en ti, Señor,

y te digo: «Tú eres mi Dios,

mi destino está en tus manos».

Líbrame del poder de mis enemigos

y de aquéllos que me persiguen. R.

Que brille tu rostro sobre tu servidor,

sálvame por tu misericordia.

Sean fuertes y valerosos,

todos los que esperan en el Señor. R.

Aprendió qué significa obedecer

y llegó a ser causa de salvación eterna

para lodos los que le obedecen

Lectura de la carta a los Hebreos                                                             4, 14-16; 5, 7-9

Hermanos:

Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.

Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.

Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquél que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, Él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Palabra de Dios.

Aclamación                                                                                         Flp 8-9

Cristo se humilló por nosotros

hasta aceptar por obediencia la muerte,

y muerte de cruz.

Por eso, Dios lo exaltó

y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan            18, 1-19, 42

¿A quién buscan?

C. Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar un huerto y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó:

+ «¿A quién buscan?»

C. Le respondieron:

S. «A Jesús, el Nazareno».

C. Él les dijo:

«Soy Yo».

C. Judas, el que lo entregaba estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente:

+..«¿A quién buscan?»

C. Le dijeron:

S. «A Jesús, el Nazareno».

C. Jesús repitió:

+..«Ya les dije que soy Yo. Si es a mí a quien buscan, dejen que estos se vayan».

C. Así debía cumplirse la palabra que Él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. Jesús dijo a Simón Pedro:

+..«Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?»

C. El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo».

¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?

C. Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:

S. «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»

C. Él le respondió:

S. «No lo soy».

C. Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió:

«He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho».

C. Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole:

S. «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?»

C. Jesús le respondió:

+ «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»

C. Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás. Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron:

S. «¿No eres tú también uno de sus discípulos?»

C. Él lo negó y dijo:

S. «No lo soy».

C. Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquél al que Pedro había cortado la oreja, insistió:

S. «¿Acaso no te vi con Él en la huerta?»

C. Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.

Mi realeza no es de este mondo

C. Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua. Pilato salió adonde estaban ellos y les preguntó:

S. «¿Qué acusación traen contra este hombre?»

C. Ellos respondieron:

S. «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado».

C. Pilato les dijo:

S. «Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen».

C. Los judíos le dijeron:

S. «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».

C. Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:

S. «¿Eres Tú el rey de los judíos?»

C. Jesús le respondió:

«¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?»

C. Pilato replicó:

S. «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»

C. Jesús respondió:

+ «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».

C. Pilato le dijo:

S. «¿Entonces Tú eres rey?»

C. Jesús respondió:

+  «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo:

para dar testimonio de la verdad.  El que es de la verdad, escucha mi voz».

C. Pilato le preguntó:

S. «¿Qué es la verdad?»

C. Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo:

S. «Yo no encuentro en Él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?»

C. Ellos comenzaron a gritar, diciendo:

S. «¡A Él no, a Barrabás!»

C. Barrabás era un bandido.

¡Salud, rey de los judíos!

C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo azotó. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto púrpura, y acercándose, le decían:

S. «¡Salud, rey de los judíos!»

C. Y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo:

S. «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en El ningún motivo de condena».

C. Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto púrpura. Pilato les dijo:

S. «¡Aquí tienen al hombre!»

C. Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron:

S. «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en Él ningún motivo para condenarlo».

C. Los judíos respondieron:

S. «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque Él pretende ser Hijo de Dios».

C. Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús:

S. «¿De dónde eres Tú?»

C. Pero Jesús no le respondió nada. Pilato le dijo:

S. «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?»

C. Jesús le respondió:

«Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si esta ocasión no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave».

¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!

C. Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban:

S. «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César».

C. Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo. «Gábata».

Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos:

S. «Aquí tienen a su rey».

C. Ellos vociferaban:

S. «¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «¿Voy a crucificar a su rey?»

C. Los sumos sacerdotes respondieron:

S. «No tenemos otro rey que el César».

C. Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y se lo llevaron.

Lo crucificaron, y con Él a otros dos

C. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con Él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la colocó sobre la cruz.

Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:

S. «No escribas: «El rey de los judíos», sino: «Este ha dicho: soy el rey de los judíos»».

C. Pilato respondió:

S. «Lo escrito, escrito está».

 Se repartieron mis vestiduras

C. Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:

S. «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca».

C. Así se cumplió la Escritura que dice:

«Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica».

Esto fue lo que hicieron los soldados.

¡Aquí tienes a tu hijo! ¡Aquí tienes a tu madre!

C. Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo:

«Mujer, aquí tienes a tu hijo».

C. Luego dijo al discípulo:

+   «Aquí tienes a tu madre».

C. Y desde aquella Hora, el discípulo la recibió como suya.

Todo se ha cumplido

C. Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo:

«Tengo sed».

C. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús:

  «Todo se ha cumplido».

C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

En seguida brotó sangre y agua

C. Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a Él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice:

«No le quebrarán ninguno de sus huesos».

Y otro pasaje de la Escritura, dice:

«Verán al que ellos mismos traspasaron».

Envolvieron con vendas el cuerpo de Jesús,

agregándole la mezcla de perfumes

C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús —pero secretamente, por temor a los judíos— pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.

Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.

En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Celebración de la Pasión del Señor _ Viernes Santo 2017

Entrada:

La agonía de Jesús en la Cruz nos introduce en la hora santa de la redención del mundo. La hora de la misericordia, en la que el Corazón de Cristo se abre de par en par para perdonar a todos los hombres bañándolos con su Divina Sangre.

Liturgia de la Palabra

Primera  Lectura:             Isaías 52, 13- 53, 12

La descripción del siervo sufriente profetizado por Isaías, representa los dolores físicos y espirituales de Nuestro Redentor.

Salmo Responsorial: 30

Segunda Lectura:      Hebreos 4, 14- 16; 5, 7- 9

Cristo aprendió sufriendo lo que significa obedecer, inmolando totalmente su voluntad al Padre.

Evangelio:                         Juan 18, 1- 19, 42

Juan, el apóstol del Corazón de Cristo nos relata la pasión del cordero de Dios, del verdadero Siervo Sufriente.

Oración Universal:

Subamos espiritualmente al Calvario y a los pies de Cristo crucificado hagamos nuestra oración universal, elevemos súplicas por los hombres de todo el mundo y por sus necesidades.

Adoración de la Cruz:

¡Oh árbol glorioso y esplendente, adornado con la púrpura del Rey! En tus brazos estuvo suspendido el precio de nuestra redención. Al adorar la Cruz adoramos los inescrutables designios de la Voluntad de Dios.

Nos arrodillamos al adorar la santa Cruz

Sagrada Comunión:

Recibimos a Cristo comulgando con sus padecimientos y haciéndonos partícipes de su Amor.

 (Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

Viernes Santo – La Pasión del Señor

CEC 602-618. 1992: la Pasión de Cristo

CEC 612, 2606, 2741: la oración de Jesús

CEC 467, 540, 1137: Cristo el sumo sacerdote

CEC 2825: la obediencia de Cristo y la nuestra

«Dios le hizo pecado por nosotros»

602    En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios «a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5, 21).

603    Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).

          Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

605    Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

III     CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

          Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

606    El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: … He aquí que vengo … para hacer, oh Dios, tu voluntad … En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).

607    Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).

          «El cordero que quita el pecado del mundo»

608    Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).

          Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

609    Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).

          Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

610    Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en «la noche en que fue entregado»(1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: «Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros» (Lc 22, 19). «Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

611    La Eucaristía que instituyó en este momento será el «memorial» (1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: «Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad» (Jn 17, 19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).

          La agonía de Getsemaní

612    El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose «obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz ..» (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida por la persona divina del «Príncipe de la Vida» (Hch 3, 15), de «el que vive» (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para «llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero» (1 P 2, 24).

          La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo

613    La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del «cordero que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29; cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8) reconciliándole con El por «la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).

614    Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.

          Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia

615    «Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará» (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).

           En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

616    El «amor hasta el extremo»(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

617    «Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justif icationem meruit» («Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación»)enseña el Concilio de Trento (DS 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna» (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «O crux, ave, spes unica» («Salve, oh cruz, única esperanza», himno «Vexilla Regis»).

          Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

618    La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre» (GS 22, 2), él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):

            Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo

                                               (Sta. Rosa de Lima, vida)

1992  La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS 1529):

          Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen -pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios- y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús (Rm 3,21-26).

2606  Todos los infortunios de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito del Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo. Así se realiza y se consuma el drama de la oración en la Economía de la creación y de la salvación. El salterio nos da la clave para su comprensión en Cristo. Es en el «hoy» de la Resurrección cuando dice el Padre: «Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra» (Sal 2, 7-8; cf Hch 13, 33).

            La carta a los Hebreos expresa en términos dramáticos cómo actúa la plegaria de Jesús en la victoria de la salvación: «El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hb 5, 7-9).

2741  Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre (cf Hb 5, 7; 7, 25; 9, 24). Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

467    Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de existir como tal  en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:

          Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y  cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb  4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302).

540    La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres (cf Mt 16, 21-23) le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al Tentador a favor nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.

          La celebración de la Liturgia celestial

1137    El Apocalipsis de S. Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que «un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono» (Ap 4,2): «el Señor Dios» (Is 6,1; cf Ez 1,26-28). Luego revela al Cordero, «inmolado y de pie» (Ap 5,6; cf Jn 1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero (cf Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc), el mismo «que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado» (Liturgia de San Juan Crisóstomo, Anáfora). Y por último, revela «el río de Vida que brota del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22,1), uno de los más bellos símbolos del Espíritu Santo (cf Jn 4,10-14; Ap 21,6).

2825  Jesús, «aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia» (Hb 5, 8). ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf Jn 8, 29):

          Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él, y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26).

            Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice ‘Que tu voluntad se haga’ en mí o en vosotros ‘sino en toda la tierra’: para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 19, 5).

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 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O. P.

LA CRUCIFIXIÓN. JESÚS, EN LA CRUZ

(Lc 23, 33-46a; Mc 15, 22-36; Mt 27, 33-49; Jn 19, 17-30a)

Era costumbre de los romanos levantar las cruces a la entrada de las ciudades, donde el espantoso espectáculo de los moribundos estaba expuesto a las miradas de cuantos entraban, o salían, o tomaban el aire. Allí, pues, se pararon, para crucificar a los tres condenados.

La vista de un crucifijo es siempre conmovedora, pero los artistas cristianos le han dado cierta dignidad. Cristo está levantado sobre un zócalo firme, los brazos extendidos, pero en perfecto equilibrio; las espinas de la corona están bien trenzadas sobre la cabeza, recta y sostenida contra el bien ajustado madero.

Los primeros cristianos sentían verdadero horror de representar a Jesucristo en la cruz, porque habían visto con sus propios ojos aquellos pobres cuerpos completamente desnudos, fijos a un basto madero cruzado en forma de T por otro transversal; las manos, clavadas en aquel patíbulo; los pies, fijos también con clavos; el cuerpo, hundiéndose con el propio peso; la cabeza, colgando; los perros, atraídos por el olor de la sangre, devorándoles los pies; los buitres, volando en derredor de aquel campo de carnicería (2Sm 21, 10 s.), y el pobre paciente, agotado de torturas, muerto de sed, llamando a la muerte con gritos inarticulados. Era el suplicio de esclavos y bandidos, y fue ese que sufrió Jesús. Según una costumbre que quería aparecer compasiva, último vestigio de humanidad en la barbarie, ofrecieron a Jesús vino aromatizado con mirra o con incienso. Creían que aquella mezcla era embriagante y hacía perder el conocimiento*1. Jesús humedeció los labios, pero no la quiso gustar: no era aquél el cáliz que a su Padre prometiera beber. Lo crucificaron, pues, clavando primero sus manos al patíbulo, que levantaban luego sobre el pie derecho, sacudiendo, sin cuidado alguno, su cuerpo dolorido. Los Santos Padres no se escandalizaron de la completa desnudez; sin embargo, como los judíos la evitaban en los sentenciados, es de creer que los romanos respetaran su costumbre. Cuando empezaron a crucificar a Jesús era hacia el mediodía*2.

Crucificaron también a los dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Ésta fue la última burla de los soldados para con el rey de los judíos: los salteadores de caminos reales tenían al lado de Jesús puestos de honor. Isaías había anunciado que sería contado entre los malvados (1s 53, 12)*3. No pudieran deducir de esto su exacto cumplimiento, pero muestra claramente el desprecio que inspiraba.

Pilato ideó la manera de burlarse de los judíos, más bien que del justo, a quien había condenado. Con toda solemnidad les había dicho si querían que fuese crucificado su rey y, aunque ellos contestaron que no tenían más rey que al César, prosiguieron en su demanda hasta conseguir la muerte de su compatriota. Cuando vinieron a preguntar a Pilato el motivo por qué se condenaba a Jesús a semejante suplicio, Pilato mandó escribir: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos». Redactaron el rótulo con esta inscripción, y fue fijado sobre la cabeza del condenado: estaba escrito en tres lenguas: en hebreo, la lengua del país; en latín, lengua del Gobierno, y en griego, lengua de la gente culta. Los judíos mostraban mayor interés que los demás en leer el rótulo, que atraía todas la miradas, y más estando tan cerca de la ciudad. Los Sumos Sacerdotes se dieron por ofendidos, y se quejaron a Pilato de aquella afrenta: no debía haber puesto rey de los judíos, sino que aquel desventurado se había dado a sí mismo el título de rey de los judíos. Era aún tiempo de enmendar la falta. No se había hecho aquello por casualidad. Pilato, satisfecho de ver que los había herido en lo más sensible, respondió fríamente: «Lo escrito, escrito está». Lo había hecho con toda intención.

La primera palabra que Jesús habló en la cruz fue de perdón « ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!» Los judíos creían saberlo, pero estaban cegados por el orgullo, y siendo aquella ceguera voluntaria en su origen, tenían gran necesidad de perdón. Jesús les concede el suyo y ahora, desde lo alto de la cruz, ruega a su Padre por ellos, ya que había venido a sufrir para obtener la gracia de los pecadores.

Otros eran más inconscientes: los soldados mercenarios que en aquellos momentos estaban ocupados en dividir los vestidos del condenado, y que la costumbre se los adjudicaba. Era la paga de su trabajo, lo único en que se fijaban, porque una crucifixión no se hacía por sí sola. Eran cuatro, y así hicieron cuatro partes de aquellos despojos. La túnica de Jesús era tejida de alto abajo, sin costura alguna; sería una lástima hacerla pedazos; y la echaron a suertes. Sin pensar en ello daban cumplimiento a la profecía del salmista que dice: «Dividieron mis vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes» (Sal 21, 19). Una túnica sin costura tenía su valor el Sumo Sacerdote llevaba una semejante. La habían tejido seguramente las manos de una mujer, que creía en Jesús, alguna de las ricas galileas que le seguían, tal vez había sido tejida por su Madre. Desde san Cipriano, los cristianos vieron en ella el símbolo de la Iglesia, que debe ser siempre una. ¡Ay de los culpables de cismas que la desgarran!

El cáliz de la Redención fue amarguísimo para Jesús. Atroces fueron sus sufrimientos en la cruz. Su corazón estaba herido por el abandono de sus discípulos, el desprecio de los jefes judíos, y sobre todo por la pesada indiferencia de la mayoría. Hasta allí, aun en este misterio doloroso, el Padre había derramado torrentes de alegría sobre el alma de Jesús por amor de su Madre. Allí estaba ella, sufriendo con Él, aumentando sus torturas y, sin embargo, consolándole en aquel doloroso abandono. Con ella estaba su hermana, o su prima, que sería la madre de Santiago y de José, María, mujer de Cleofás, María Magdalena, y, por fin, el discípulo amado*4. No hay ley que prohibiera a los parientes acercarse a los ajusticiados: los soldados hacían guardia a la cruz para evitar cualquier asalto, o impedir el excesivo alboroto; pero no apartaban a los curiosos, ni a los enemigos, ni menos a las personas amigas. Jesús, pues, viendo a su Madre y muy cerca al discípulo amado, dijo a su Madre: «Mujer he ahí a tu hijo». El nombre de mujer, suena más dulcemente a los oídos de un oriental que a los nuestros. Jesús, en el momento en que va a separarse de su Madre, no quiere darle este dulcísimo nombre; también esto era sacrificio para Él. Su pensamiento es concederla a quien más quiere, para que sea mejor comprendida cuando haya de hablar de su verdadero Hijo. Siendo muy joven, su afecto sería a la vez más respetuoso y más tierno. Deberá, pues, mirarla como su madre. Por eso le dice: «He ahí a tu Madre». Y desde aquel momento, el discípulo la tomó consigo. ¡Qué lazo de unión se creó entre aquellos dos corazones por aquellas palabras y aquel recuerdo! Todos los cristianos, hechos hermanos de Jesús por el bautismo, son por lo mismo hijos de María. Acercándose a la cruz oyen estas palabras: ¡He ahí a vuestra Madre! Lo saben, y lo experimentan, que María los trata verdaderamente como hijos.

Mientras estas cosas inefables eran dichas con voz lánguida por Jesús y oídas solamente por unas pocas almas amigas, los soldados se divertían con los chistes lanzados por los transeúntes. Tal vez gentes buenas a quienes bastaba que la condenación fuera dada por el Sanedrín para tenerla por justa, pasaban meneando sus cabezas como para subrayar más su burla: « ¡Ah! Tú que destruías el Templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo y desciende de la cruz». Se marchaban después a sus negocios, insensibles en presencia de un suplicio tan bien merecido, que procuraban hacer más odioso con sus sarcasmos.

Los Sumos Sacerdotes y los escribas estaban más interesados en contemplar aquel espectáculo. Estaban satisfechos de lo bien que había salido todo, y que Jesús no cambiaría nada. Es verdad que había hecho muchos milagros; pero ahora permanecía clavado en la cruz. Y se burlaban entre sí de aquel pretendido Mesías que había salvado a otros y que no podía salvarse a sí mismo. Éste sería el gran milagro. ¡Veamos ahora al Mesías, al rey de Israel, descender de la cruz, y creeremos en Él! No querían que Pilato denominara a Jesús en su cartel, rey de los judíos, pues era como autorizar la creencia de él y no causaría buena impresión, si bien ellos sabían a qué atenerse. ¡Aún faltaba la suprema injuria!

Se mofaban del amor de Jesús hacia su Padre. «Puso su confianza en Dios; líbrelo ahora, si es que confía en Él, pues Él ha dicho: Soy Hijo de Dios». Pero ellos estaban ciertos que Dios también lo había abandonado, o más bien castigaba su blasfemia por los cuidados y merced al celo de ellos. Estaban, pues, contentos y satisfechos de su obra. Podrían comer la Pascua con la conciencia bien tranquila y, sobre todo, seguros; su dominación espiritual sobre el pueblo nada tenía que temer ya de aquel innovador. De lejos creían oír la voz de los bandidos formando coro con la de ellos, aunque menos injuriosa, porque nada sabían y se contentaban con tomar parte en los ultrajes por hábito de maldecir y de blasfemar*5. Uno de aquellos desgraciados se burla aún estando en los últimos: « ¿No eres tú el Mesías?» –lo acababa de oír–. «Sálvate a ti mismo». –También lo acababan de decir los jefes–, después añadió por su cuenta, con risa forzada: «Y a nosotros contigo». El otro ladrón, menos endurecido, entra dentro de sí un momento antes de aparecer delante de Dios. Se hace justicia; su castigo es bien merecido. Aquel toque de la gracia tan certero le hizo comprender también que Jesús era inocente. Acaso otras veces había oído hablar de su compañero de suplicio, cuando, seguido de las turbas, predicaba el reino de Dios, que debía inaugurar como Mesías. Los sacerdotes acababan de reconocer sus milagros. Y, a pesar de esto, aquel Jesús callaba. Sin duda esperaba su hora, seguro de que soltaría después de aquellos sufrimientos, de que también había hablado. Esforzándose por volver hacia Él la cabeza, el ladrón balbució dulcemente estas palabras: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino » Admirable acto de fe, que Jesús quiere esclarecer aún más, reconcentrando todos los pensamientos del pecador arrepentido en su próxima llegada cerca de Dios. «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso». El buen ladrón, que era judío, habría oído hablar seguramente del paraíso. Transportando a lo alto el paraíso terrestre, los doctores hacían de él un lugar agradable, donde las almas esperaban el último juicio. En efecto, Jesús debía hallarse, con el ladrón perdonado, entre los justos del Antiguo Testamento, en el lugar que los cristianos llaman el limbo. Según los salmos de Salomón, los mismos santos son el paraíso de Dios y los árboles de la vida (Salmos de Salomón, 19, 3). Compañero de Jesús en la cruz, el dichoso ladrón, en adelante, bajo la salvaguardia de Jesús, estará cerca de Dios. El Salvador en su cruz era realmente el salvador de las almas.

Por tres horas una densa obscuridad se extendió sobre el país; el sol estaba velado: la atmósfera, pesada. Jesús guardó silencio hasta la hora nona: sufría. Rechazado por los jefes de la nación como blasfemo, entregado a los extraños, tratado por los romanos como un malhechor, escupido por el populacho, escarnecido por un bandido y abandonado por los suyos, sólo una pena le faltaba por sufrir a su alma, la más cruel de todas, el abandono de Dios. Ni podemos dudar de ello, lo dicen los evangelistas, y su testimonio es, sin duda, la prueba más indiscutible de veracidad. Los enemigos de Jesús acababan de insultarle por su confianza en Dios: No, que se desengañe. ¡Dios lo ha abandonado! Los cristianos debían tener este insulto como una blasfemia contra el objeto de su culto, contra Jesucristo, Hijo de Dios. Entonces, ¿por qué confesar que era verdad? Porque lo iba a confesar el mismo Jesús a gritos en su desamparo: « ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?» ¿No era esto invitar a sus lectores y a todos los siglos a sacudir la cabeza como los doctores de Israel, en señal de incredulidad? Lo dijeron, y lo dijeron sin atenuación, y sin explicación de alguna clase. En éste como en otros casos dijeron lo que sabían; pero es también el más claro testimonio de las fuertes razones que tenían para creer en Jesús. Conocían estas palabras, pero en nada atenuaban la profunda convicción de su alma. Eran misteriosas, pero no podían oscurecer la evidencia de los milagros y de la resurrección.

El misterio no se ha aclarado aún; pero en los momentos en que el alma de Jesús iba a abandonar el cuerpo, no debemos de suponer una especie de desdoblamiento de su personalidad. El que habla es siempre el Hijo de Dios. La voz humana, sin embargo, expresaba los sentimientos de su humanidad, los sentimientos de su alma desolada, como si Dios se hubiera apartado de ella. Declaración más completa que la de Getsemaní, pues aquí Jesús no dice: « ¡Padre mío!», sino sólo: «¡Dios mío!» ¡Eloi, Eloi! Como los demás dolores suyos, también éste debía ser aceptado por nosotros; y éste es el refugio de las grandes almas en las últimas purificaciones. Si alguien pudiera comprender esta frase de Jesús, serían estas almas; pero si pueden sentirla, no podrán jamás explicarla. Sólo san Pablo tuvo autoridad bastante para decir de Jesús una palabra, que aún parece más fuerte, y que de alguna manera explica aquel grito arrojado desde la cruz. Cargado en su patíbulo con todos los pecados del mundo, Jesús se hizo maldición por nosotros (Ga 3, 13). Él nos libró así de la maldición echándosela sobre sí, y la desolación se convirtió en gozo en los últimos versículos del salmo, cuyas primeras palabras Él pronunciaba (Sal 21, 1)*6. Las aflicciones del justo, del verdadero Mesías, tienen por término la gloria de Dios. El salmo reproducía por adelantado el reto irónico de los doctores: « ¡Que espere en Yahvé! ¡Que Él lo salve!» En efecto, el abandonado se abandona, sabe que a ese precio, de todas las extremidades de la tierra se volverán a Dios y todas la familias de las naciones se postrarán ante Él (Sal 22, 28)*7.

Entre los que allí estaban, sólo los doctores comprendieron que Jesús citaba un salmo. Los demás, menos ilustrados, no oyendo apenas las primeras palabras, imaginaron que Jesús llamaba a Elías. Pensaron que era la última alucinación de aquella cabeza extraviada por los sufrimientos. Porque Elías, según el sentir de los judíos, volvería para manifestar al Mesías, ¡pero no lo buscaría de seguro levantado en una cruz!

Jesús, sin embargo, dejó oír esta palabra: «Tengo sed». Los soldados, para apagar la sed, acostumbraban a llevar consigo un frasco de agua con vinagre, con que se contentaban a falta de cosa mejor. Uno de ellos, tomando una esponja, tal vez con la que tapaba la boca de su frasco, y fijándola empapada en la punta de una lanza, la acercó a los labios de Jesús. Lo hacía por compasión –daba lo que tenía–, pero los otros, divertidos por aquel llamamiento desesperado al profeta Elías, querían impedírselo. «Aguarda, le dicen, veamos si viene Elías a bajarlo»*8. Así, aquel valeroso joven no se atrevía a mostrarse bueno, a no ser participando de las burlas de los demás.

Diciendo: «Tengo sed» cumplía Jesús una palabra de un salmo sobre el justo paciente (Sal 68, 22). Ya había apurado el cáliz hasta la última gota. Entonces exclamó: «Todo está consumado», como buen obrero que terminó su tarea. Después, exclamó con gran voz: « ¡Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu!».

(Lagrange, J., Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid, 1999, p. 500 – 507)

*1- Talmud, de Babilonia, Sanh., 43°.
*2- Según San Juan (19,14), que dice que fue hacia la hora sexta la condenación. San Marcos señala la hora tercia, es decir, las nueve de la mañana, para la crucifixión. Ésta es una indicación aproximada, pues San Marcos parece haber repartido los tiempos según un esquema de tres en tres horas (15,1.25.33).
*3- Citado por San Lucas, 22,37, pero no por San Marcos, 15,28.
*4- Muchos comentaristas entienden el texto de San Juan, 19,25, de dos mujeres diferentes de la Madre de Jesús: nosotros persistimos en ver tres. No vemos en la hermana de Jesús a Salomé, sino más bien a otra María, madre de Santiago y de José (Mc.15,40). Hegesipo no da el mismo padre a Santiago, obispo de Jerusalén, llamado hermano del Señor, y a Simón su sucesor, hijo de Cleofás, hermano de José, padre putativo de Jesús.
*5- San Marcos y San Matero dicen que los dos ladrones blasfemaban. San Lucas ha precisado según un relato fiel, acaso de la Virgen.
*6- El salmo está en hebreo, como todos los otros, pero Jesús lo dijo en arameo.
*7- Acaso San Lucas y San Juan, que escribían especialmente para los gentiles convertidos, omitieron esta palabra porque es una cita que se sabe entender como tal.
*8- Según San Marcos. San Mateo lo redactó de un modo más claro, pero menos pintoresco.

 

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Comentario Teológico

·        Xavier Leon-Dufour

La Cruz

Jesús murió crucificado. La cruz, que fue el instrumento de la redención, ha venido a ser, juntamente con la *muerte, el *sufrimiento, la *sangre, uno de los términos esenciales que sirven para evocar nuestra salvación. No es una ignominia, sino un título de gloria, primero para Cristo, luego para los cristianos.

I. LA CRUZ DE JESUCRISTO.

1. El escándalo de la cruz. «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, *escándalo para los judíos y *locura para los paganos» (ICor 1,23). Con estas palabras expresa Pablo la reacción espontánea de todo hombre puesto en presencia de la cruz redentora. ¿Cómo podría venir la salvación al mundo grecorromano por la crucifixión, aquel suplicio reserva-do a los esclavos (cf. Flp 2,8), que no sólo era una muerte cruel, sino además una ignominia (cf. Heb 12, 2; 13,13)? ¿Cómo podría procurarse la redención a los judíos por un cadáver, aquella impureza de la que había que deshacerse lo antes posible (Jos 10,26s; 2Sa 21,9ss; Jn 19, 31), por un condenado colgado del patíbulo y marcado con el estigma de la *maldición divina (Dt 21,22s; Gál 3,13)? En el calvario era fácil a los presentes chancearse con él invitándole a bajar de la cruz (Mt 27, 39-44 p). En cuanto a los discípulos, podemos imaginarnos su reacción horrorizada. Pedro, que, sin embargo, acababa de reconocer en Jesús al Mesías, no podía tolerar el anuncio de su sufrimiento y ‘de su muerte (Mt 16,21ss p; 17,22s p): ¿cómo hubiera admitido su crucifixión? Así, la víspera de la pasión anunció Jesús que todos se escandalizarían a causa de él (Mt 26,31 p).

2. El misterio de la cruz. Si Jesús, y los discípulos después de él, no dulcificaron el escándalo de la cruz, es que un misterio oculto le confería sentido. Antes de pascua era Jesús el único que afirmaba su necesidad, para *obedecer a la *voluntad del Padre (Mt 16,21 p). Después de pentecostés los discípulos, (ilusionados por la gloria del resucitado), proclaman a su vez esta necesidad, situando el escándalo de la cruz en su verdadero puesto en el *designio de Dios. Si el *Mesías fue crucificado (Act 2,23; 4,10), «colgado del leño» (5,30; 10,39) en una forma escandalosa (cf. Dt 21,23), fue sin duda a causa del *odio de sus hermanos. Pero este hecho, una vez esclarecido por la profecía, adquiere una nueva dimensión: *realiza “lo que se había escrito acerca de Cristo» (Act 13,29). Por esto los relatos evangélicos de la muerte de Jesús encierran tantas alusiones a los salmos (Mt 27,33-60 p; Jn 19, 24.28.36s): «era necesario que el Mesías sufriera», conforme con las *Escrituras, como lo explicará el resucitado a los peregrinos de Emaús (Lc 24,25s).

3. La teología de la cruz. Pablo había recibido de la tradición primitiva que «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras” (1Cor 15,3). Este dato tradicional suministra un punto de partida a su reflexión teológica; reconociendo en la cruz la verdadera *sabiduría, no quiere conocer sino a Jesús crucificado (2,2). En ello, en efecto, resplandece la sabiduría del designio de Dios, anunciada ya en el AT (1,19s); a través de la debilidad del hombre se manifiesta la *fuerza de Dios (1,25). Desarrollando esta intuición fundamental descubre Pablo un sentido incluso en las modalidades de la crucifixión. Si Jesús fue «colgado del *árbol» como un maldito, era para rescatarnos de la maldición de la ley (Gál 3,13). Su cadáver expuesto sobre la cruz, «*carne semejante a la del *pecado», permitió a Dios «condenar el pecado en la carne» (Rom 8,3); la sentencia de la *ley ha sido ejecutada, pero al mismo tiempo Dios «la ha suprimido clavándola en la cruz, y ha despojado a los poderes» (Col 2,14s). Así, «por la sangre de su cruz» se ha *reconciliado Dios a todos los seres (1,20); suprimiendo las antiguas divisiones causadas por el pecado, ha restablecido la *paz y la *unidad entre judíos y paganos para que no formen ya sino un solo *cuerpo (Ef 2,14-18). La cruz se yergue, pues, en la frontera entre ‘las dos economías del AT y del NT.

4. La cruz, elevación a la gloria. En el pensamiento de Juan no es la cruz sencillamente un *sufrimiento, una humillación, que halla con todo cierto sentido por razón del designio de Dios y por sus efectos saludables; es ya la *gloria de Dios anticipada. Por lo demás, la tradición anterior no la mencionaba nunca sin invocar luego la glorificación de Jesús. Pero, según Juan, en ella triunfa ya Jesús. Utilizando para ‘designarla el término que hasta entonces indicaba la exaltación de Jesús al cielo (Act 2,33; 5,31), muestra el momento en que el *Hijo del hombre es «elevado» (Jn 8,28; 12,32s), como una nueva serpiente de bronce, signo de salvación (3,14; cf. Núm 21, 4-9). Se diría que en su relato de la pasión avanza Jesús hacia ella con majestad. Sube a ella triunfalmente, ya que allí funda su Iglesia «dando el *Espíritu» (19,30) y haciendo que mane de su costado la *sangre y el *agua (19,34). En adelante habrá que «mirar al que han atravesado» (19,37), pues la *fe se dirige al crucificado, cuya cruz es el signo vivo de la salvación. Parece que en el mismo espíritu vio el Apocalipsis a través de este «leño» salvador el «leño de la vida», a través del «árbol de la cruz» «el árbol de vida» (Ap 22,2.14.19).

II. LA CRUZ, MARCA DEL CRISTIANO.

1. La cruz de Cristo. El Apocalipsis, revelando que los dos testigos habían sido martirizados «allí donde Cristo fue crucificado» (Ap 11,8), identifica la suerte de los *discípulos con la del Maestro. Es lo que exigía ya Jesús: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me *siga» (Mt 16,24 p). El discípulo no sólo debe *morir a sí mismo, sino que la cruz que lleva es signo de que muere al *mundo, que ha roto todos sus lazos naturales (Mt 10,33-39 p), que acepta la condición de *perseguido, al que quizá se quite la vida (Mt 23, 34). Pero al mismo tiempo es también signo de su gloria anticipada (cf. Jn 12,26).

2. La vida crucificada. La cruz de Cristo que, según Pablo, separaba las dos economías de la *ley y de la *fe, viene a ser en el corazón del cristiano la frontera entre los dos mundos de la *carne y del *espíritu. Es la única *justificación y la única *sabiduría. Si se ha convertido, es porque ante sus ojos se han dibujado los rasgos de Jesucristo en cruz (Gál 3,1). Si es justificado, no lo es en absoluto por las *obras de la ley, sino por su fe en el crucificado; porque él mismo ha sido crucificado con Cristo en el *bautismo, tanto que ha muerto a la ley para vivir para Dios (Gál 2,19), y que ya no tiene nada que ver con el *mundo (6,14). Así pone su *confianza en la sola *fuerza de Cristo, pues de lo contrario se mostraría «enemigo de la cruz» (Flp 3,18).

3. La cruz, título de gloria del cristiano. En la vida cotidiana del cristiano, «el *hombre viejo es crucificado» (Rom 6,6), hasta tal punto que es plenamente liberado del pecado. Su juicio es transformado por la sabiduría de la cruz (1Cor 2). Por esta sabiduría se convertirá, a *ejemplo de Jesús, en humilde y «*obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,1-8). Mas en general, debe contemplar el «modelo» de Cristo que «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia» (1Pe 2,21-24). Finalmente, si bien es cierto que debe temer siempre la apostasía, que le induciría a «crucificar de nuevo por su cuenta al Hijo de Dios» (Heb 6,6), puede, sin embargo, exclamar con orgullo con san Pablo: «Cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14).

-> Árbol – Locura – Muerte – Persecución – Redención – Sabiduría – Sangre – Sufrimiento.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

 

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Santos Padres

·        San Agustín

La pasión del Señor.

1. Con toda solemnidad leemos y celebramos la pasión de quien con su sangre borró nuestras culpas para reavivar gozosamente nuestro recuerdo a través de estas prácticas anuales y hacer que, mediante la afluencia de gente, irradie mayor claridad nuestra fe. La solemnidad me pide hablaros, en la medida que el Señor quiera concedérmelo, de su pasión. Ciertamente, en cuanto sufrió de parte de sus enemigos, nuestro Señor se dignó dejarnos un ejemplo de paciencia para nuestra salvación, útil para esta vida por la que hemos de pasar; de manera que, si así él lo quisiere, no rehusemos el padecer lo que sea en bien del Evangelio. Puesto que aun lo que sufrió en esta carne mortal lo sufrió libremente y no por necesidad, es justo creer que también quiso simbolizar algo en cada uno de los hechos que tuvieron lugar y fueron escritos respecto a su pasión.

2. En primer lugar, en el hecho de que después de entregado para la crucifixión llevó él mismo la cruz, nos dejó una muestra de paciencia e indicó de antemano lo que ha de hacer quien quiera seguirle. Idéntica exhortación la hizo también verbalmente cuando dijo: Quien me ame, que tome su cruz y me siga. Llevar la propia cruz equivale, en cierto modo, a dominar la propia mortalidad.

3. Al ser crucificado en el Calvario, significó que en su pasión tuvo lugar el perdón de todos los pecados, de los que dice el salmo: Mis maldades se han multiplicado más que los cabellos de mi cabeza.

4. A su derecha y a su izquierda, respectivamente, fueron crucificados otros dos hombres, mostrando con ello que todos han de padecer, lo mismo si se hallan a su derecha que si están a su izquierda. De los primeros se dice: Dichosos los que sufren persecución por causa de la justicia; de los segundos, en cambio: Y aunque entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve.

5. Con el rótulo puesto sobre la cruz, en el que estaba escrito: Rey de los judíos, demostró que ni siquiera causándole la muerte pudieron conseguir los judíos que no fuera su rey quien con sublime potestad y a todas luces dará a cada uno lo que merezcan sus obras. Por esa razón se canta en el salmo: El me constituyó rey sobre Sión, su monte santo.

6. El que el rótulo estuviese escrito en tres lenguas: hebreo, griego y latín, indica que iba a reinar no sólo sobre los judíos, sino también sobre los gentiles. Por eso, después de haber dicho en el mismo salmo: El me constituyó rey sobre Sión, su monte santo, es decir, donde se hablaba la lengua hebrea,

añade a continuación, como refiriéndose a la griega y a la latina: El Señor me dijo: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy; pídemelo, y te daré los pueblos en herencia, y los confines de la tierra como tu posesión.» No porque el griego y el latín sean las únicas lenguas habladas por los gentiles, sino porque son las que más destacan; la griega, por su literatura, y la latina, por la habilidad de los romanos. Aunque en aquellas tres lenguas quedaba indicado que iba a someterse a Cristo la totalidad de los pueblos, no por eso se escribió allí también: «Rey de los gentiles», sino sólo: Rey de los judíos, para que ya el nombre manifestase el origen de la raza cristiana. Está escrito: La ley saldrá de Sión, y la palabra del Señor, de Jerusalén. ¿Quiénes son los que dicen en el salmo: Nos sometió a los pueblos y puso a los gentiles bajo nuestros pies, sino aquellos

de quienes dice el Apóstol: Si los gentiles participaron de sus bienes espirituales, deben servirles con sus bienes materiales?

7. Los príncipes de los judíos sugirieron a Pilato que en ningún modo escribiera que él era el rey de los judíos, sino que él decía serlo. De esta forma, Pilato simbolizaba al acebuche que iba a ser injertado en aquellas ramas quebradas; siendo gentil, mandó escribir la profesión de fe de los gentiles, de quienes con razón dijo el mismo Señor: Se os quitará a vosotros el reino y se le entregará a un pueblo que cumpla la justicia. Pero no por eso deja de ser rey de los judíos. Es la raíz la que sostiene al acebuche, no el acebuche a la raíz. Y no obstante aquellas ramas desgajadas por la infidelidad, Dios no repudió a su pueblo, al que conoció de antemano. También yo soy israelita, dice el Apóstol. Aunque los hijos del reino que no quisieron que el Hijo de Dios fuera su rey sean expulsados a las tinieblas exteriores, vendrán, no obstante, muchos de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa, no con Platón y Cicerón, sino con Abrahán, Isaac y Jacob, en el reino de los cielos. Pilato, en efecto, escribió: Rey de los judíos, no «Rey de los griegos» o «Rey de los latinos», aunque iba a reinar sobre los gentiles. Y lo que mandó escribir quedó escrito, sin que lograra cambiarlo la sugerencia de los que no lo creían. Mucho tiempo antes se le había ordenado en los salmos: No cambies la inscripción del rótulo. Todos los pueblos creen en el rey de los judíos; reina sobre todos los gentiles, pero es solamente rey de los judíos. Tanto vigor tuvo aquella raíz, que puede cambiar el ser del acebuche injertado en ella, mientras que el acebuche, en cambio, no puede cambiar ni el nombre del olivo.

8. Los soldados se quedaron con sus vestiduras después de haberlas dividido en cuatro lotes. Con ello se simbolizó a los sacramentos que iban a extenderse por las cuatro partes del orbe.

9. El hecho de que, en vez de partirla, echaron a suertes la única túnica inconsútil, demuestra con suficiencia que los sacramentos visibles, aunque también ellos son vestimenta de Cristo, puede tenerlos quienquiera, independientemente de que sea bueno o malo; en cambio, la fe pura, que obra la perfección de la unidad 1 mediante la caridad, dado que la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha otorgado, no pertenece a quien quiera, sino

a quien le sea donada como en suerte por una misteriosa gracia de Dios. Por eso dijo Pedro a Simón, que estaba en posesión del bautismo, pero no de la fe: No tienes lote ni parte en esta fe.

10. Reconociendo a su madre desde la cruz, la encomendó al cuidado de su discípulo amado: manifestación apropiada de su afecto humano en el momento en que moría como hombre. Aún no había llegado la hora de que había hablado a su madre cuando la conversión del agua en vino: ¿Qué nos va a ti y a mí, mujer? Aún no ha llegado mi hora. No había recibido de María lo que tenía en cuanto Dios, como había recibido de ella lo que pendía de la cruz.

11. Con las palabras Tengo sed reclama la fe de los suyos; pero como vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron, en lugar de la suavidad de la fe, le dieron el vinagre de la infidelidad, precisamente en una esponja. Hay motivos para compararlos con la esponja, pues no son macizos, sino hinchados; en vez de estar abiertos con libre acceso a la profesión de la fe, están llenos de escondrijos, de los tortuosos recodos de las insidias. Además, aquella bebida tenía consigo también el hisopo, hierba humilde de la que se dice que, mediante su poderosísima raíz, se adhiere a las piedras. Había gentes en aquel pueblo para quienes tal crimen serviría como humillación del alma, arrepintiéndose después de haberlo desechado. Bien los conocía quien recibía el hisopo junto con el vinagre. También por ellos oró, según testimonio de otro evangelista, cuando dijo desde la cruz: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.

12. Con las palabras: Todo está consumado, e, inclinada la cabeza, entregó su espíritu, mostró que su muerte no era fruto de necesidad, sino de libertad, al esperar a morir cuando estaba cumplido todo lo que habían profetizado sobre él. En efecto, también esto estaba escrito: Y en mi sed me dieron a beber vinagre. Todo lo hizo como quien tiene poder para entregar su vida, según él mismo había afirmado. Y entregó el Espíritu por humildad; es lo que significa el hacerlo con la cabeza inclinada; Espíritu que volvería a recibir después de la resurrección con la cabeza erguida. Aquel patriarca Jacob ya había anticipado, al bendecir a Judá, que esta muerte e inclinación de cabeza era consecuencia de un gran poder, con estas palabras: Te levantaste estando tumbado; dormiste como un león. Ese levantarse hace alusión a la muerte, y el león a su poder.

13. El mismo evangelio indicó por qué a aquellos dos se le quebrantaron las piernas, y a él, en cambio, no, dado que había muerto. Convenía, en efecto, manifestar también, mediante este hecho, que la pascua de los judíos se había establecido como profecía suya; estaba mandado que en ella no se rompiese ningún hueso del cordero.

14. De su costado, traspasado por la lanza, brotó sangre y agua hasta llegar a la tierra. En ello, sin duda alguna, hay que ver los sacramentos, que constituyen la Iglesia, semejante a Eva, que fue formada del costado de Adán, figura del Adán futuro, mientras él dormía. José y Nicodemo le dieron sepultura. Según algunos que han averiguado la etimología del nombre, José significa «aumentado»; en cambio, por tratarse de un nombre griego, son muchos los que saben que Nicodemo está compuesto de los términos «victoria» y «pueblo», puesto que niko significa victoria, y démos pueblo. ¿Quién fue aumentado al morir sino quien dijo: Si el grano de trigo no muere, se queda él solo; si, en cambio, muere, se multiplica? ¿Y quién al morir venció al pueblo que lo perseguía sino quien después de resucitar será su juez?

SAN AGUSTÍN, Sermones (4), Sermón 218, 1-14, BAC Madrid 1983, XXIV, pág. 207-14

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La cruz como exaltación y glorificación

(Jn 18,1 – 19,42)

            1. ‘La hora’ en los sinópticos y en S. Juan

            El evangelio de San Juan es el que centra todo su peso teológico en ‘la hora’ de Jesús. Es el evangelio de ‘la hora’ de Jesús.

            En los sinópticos también aparece la frase ‘la hora de Jesús’: para ellos ‘la hora de Jesús’ es el momento más oscuro y terrible de la pasión de Jesús: el momento de sus sufrimientos. Por ejemplo, al final del relato de la agonía de Jesús en Getsemaní, se dice: “Llegó la hora: el Hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores” (Mc 14,41). También Lucas, cuando se acerca la turba para arrestarlo, dice: “Esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas” (Lc 22,53).

            Pero en Juan ‘la hora’ tiene una connotación mucho más profunda, completa e integral. Él habla de la hora de Jesús desde el inicio del evangelio. “Podría decirse que toda la vida de Jesús está orientada hacia aquella ‘hora’ que será el ápice de su existencia terrena. Pero esa ‘hora’ no será, como en los sinópticos, la hora de las tinieblas -el Salvador entregado en las manos de los pecadores- sino la hora de la elevación sobre la cruz, y la hora de la glorificación”*1.

            Se habla de ‘la hora’ desde el inicio, como decíamos, para decir que no llegó. Por ejemplo, en las Bodas de Caná, donde Jesús le dice a su Madre: “Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,4). También se habla de que la hora no llegó en otros dos pasos (7,30 y 8,20), pero allí se refieren específicamente a la hora del sufrimiento y de la muerte.

            A partir del capítulo 12 comienza a hablarse que ‘la hora está cercana’ o ‘ha llegado’. Y precisamente en ese momento, cuando comienza a decirse que ‘la hora está cercana’ o ‘ha llegado’, comienza también a presentarse a ‘la hora de Jesús’ como ‘la hora de la glorificación’ y no solamente ‘la hora del sufrimiento o de la muerte’. Son tres los lugares donde se marca claramente este giro.

Durante la entrada triunfal a Jerusalén, el Domingo de Ramos, unos griegos querían hablar con Jesús,  y Él responde (Jn 12,23): “Llegó la hora en que el Hijo del hombre debe ser glorificado”.
En la solemne introducción de la cena (Jn 13,1), Jesús dice: “Había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”, lo cual implica su muerte, resurrección y ascensión, es decir, su glorificación. Es decir, ‘integra’ a la muerte, el triunfo de la resurrección y ascensión.
Las primeras palabras de la oración sacerdotal (Jn 17,1), que dicen: “Padre, llegó la hora, glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”. Y la oración sacerdotal de Jesús “es la oración de ‘la hora’, cuyo contenido es el profundo misterio de la indivisible unidad entre el sufrimiento y la glorificación”*2.

            Conclusión: para los sinópticos ‘la hora de Jesús’ es la hora del sufrimiento y la muerte en manos de los pecadores y el momento de triunfo de las tinieblas. Para S. Juan es el momento de la glorificación que está indivisiblemente unida con el sufrimiento. O, dicho de otra manera, el sufrimiento como glorificación.

            2. La exaltación (hypsothênai, exaltari)

            En los sinópticos se muestra cómo Jesús prepara a sus discípulos para la pasión y por eso se la anuncia. En ellos se encuentran tres anuncios de la pasión. Lo hace mostrando el lado más humillante de la pasión: Entregado a los sumos sacerdotes, condenado a muerte, entregado a los paganos, burlado, flagelado y crucificado (cf Mt 20,18-19).

            Estos anuncios de la pasión faltan en Juan, pero hay textos paralelos que cumplen la misma función, sobre todo porque son anunciados con una necesidad teológica: ‘debe’ (griego: deî, latín: oportet). Pero en lugar de decir, como los sinópticos, ‘debe ser entregado…etc.’, dice ‘debe ser elevado’. Se habla de la elevación o levantamiento de Jesús. Y esta expresión: ‘debe ser elevado’ se encuentra en Juan también tres veces (3,14-15; 8,28; 12,32). En griego ‘ser elevado’ se dice hypsothênai; en latín: exaltari.

Se encuentra ya en el Cántico del Siervo de Yahveh (Is 52,13, LXX*3). No hace referencia a la resurrección, sino que el término es usado en sentido metafórico. “No se trata ni mínimamente de hacer subir, de poner sobre una montaña, sino de poner sobre un trono”*4.

En el kerygma que anuncia Pedro, es decir, el núcleo del mensaje sobre Jesucristo, el verbo hypsothênai se refiere a la ascensión de Jesús y a su glorificación a la derecha del Padre (Hech 2,33). Y en el keryma que anuncia San Pablo se refiere a la resurrección, la ascensión y la glorificación a la derecha del Padre. Por esta exaltación la divinidad de Jesús quedará de manifiesto ante todos. Por eso podrá llevar el Nombre sobre todo nombre, es decir, el Nombre de Yahveh (Filp 2,9).

            Los tres textos donde Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección usando el verbo hypsothênai, ‘ser elevado’, ‘ser exaltado’ son los siguientes:

            Jn 3,14-15: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado (hypsothênai, exaltari) el Hijo del hombre”.

            Jn 8,28: “Cuando hayáis levantado (hypsothênai, exaltari) al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (8,28).

            Jn 12,32: “Y cuando yo sea levantado (hypsothênai, exaltari) de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (12,32).

            Comentando este último texto comprenderemos mejor lo que significa la pasión como glorificación en San Juan. En este texto de Jn 12,32 el hypsothênai debe ser entendido como se usa en otros contextos, tanto bíblicos como profanos, es decir, como ‘ser entronizado’, tal como dijimos respecto al texto de Is 52,13, según la traducción de la LXX. Este término hypsothênai, en estos contextos, “indicaba la potencia real, el triunfo (p. ej., 1Mac 8,13; 11,16); ejercitándolo sobre el pueblo, el rey era ‘elevado’, ‘levantado’. S. Juan tiene en mente esta imagen y la utiliza para evocar el tema del ejercicio del poder real de Jesús sobre la cruz”*5.

            Entonces, “Jesús en cruz ocupa una posición de dignidad, semejante a la del rey que reina sobre su pueblo. En Juan se opera entonces una transposición: al significado material de la elevación sobre la cruz, se agrega un significado simbólico del término ‘ser elevado’ para iluminar el tema de la realeza de Cristo, tan querido para el evangelista”*6. Esto, exegéticamente hablando, es indubitable. Sería muy largo enumerar todos los pasos en la narración de la pasión en que San Juan nos presenta a Jesús como rey. Basta para nuestra homilía recordar la pregunta de Pilato y la respuesta de Jesús: “Pilato le dijo: ‘¿Luego, tú eres Rey?’ Respondió Jesús: ‘Sí, como dices, yo soy Rey’ (basileús eimí egó)” (Jn 18,37).

3. ¿Porqué es exaltación?

            La razón por la cual la cruz es para S. Juan glorificación y exaltación es por el valor del sacrificio y del sufrimiento. Es porque por ese sacrificio y ese sufrimiento se nos da la redención. La obra aflictiva y humillante, y la glorificación y exaltación se encuentran en relación como la obra se encuentra en relación con el efecto. La obra es la cruz, el efecto es la redención.

Podríamos decir que San Juan ve más allá que los Sinópticos. Coincide con ellos en que se trata de sufrimiento y oscuridad, hora de las tinieblas. Pero alcanza a ver, con mirada penetrante y contemplativa (mirada de águila), la gloria, esplendor, dignidad y provecho de la cruz. Es gloria y esplendor porque la cruz es bella. Es dignidad porque es elevación, es decir, es reinar. Es provechosa porque ‘atrae a todos hacia sí’ (cf. Jn 12,32).

El gran Dante Alighieri, en el Cielo de su Divina Comedia, tiene una visión gloriosa de la cruz*7. En los versos 94 – 104 nos describe la visión central. En un momento dado, aparece ante él la cruz de Cristo, formada por dos rayos de luz, hermosísima y radiante. Estaba formada por algo así como dos regueros de estrellas grandes y pequeñas (parecidos a la Via Lactea cuando está en todo su esplendor) que se extendían de un polo al otro de la tierra, formando una cruz de brazos iguales (llamada cruz griega). Y en esa cruz estaba clavado Cristo y relampagueaba con inigualable esplendor, tanto que el Dante dice que no tiene ingenio ni arte para narrar lo que vio. La contemplación de esta visión le llenó el alma de gozo.

Al hacer esta descripción de la cruz vista desde el Cielo, Dante no hace otra cosa que prolongar las líneas de la teología joanea sobre la cruz, que la concibe como glorificación y exaltación. Vista desde el Cielo, vista cuando ya estemos gozando del triunfo definitivo, se verá con toda evidencia el fruto luminoso y gozoso del sufrimiento. Ese fruto será, nada más y nada menos, que la visión y la fruición directa de Dios. La cruz como algo luminoso, radiante y que es causa de gozo profundo será la cruz vista por aquellos que ya han llegado a la gloria.

Conclusión

Cada vez que aparece la cruz en nuestras vidas nos parece una derrota y todo se nos torna oscuro. Parece un triunfo de las tinieblas. Sin embargo, el hombre de fe ve más allá. Ve el enorme fruto que se sigue de cada cruz. Y ese fruto es la vida eterna.

Por eso, como para San Juan, también la cruz de nuestras vidas, la cruz concreta y cotidiana, es elevación en un trono, es exaltación. Una exaltación que llega hasta la derecha del Padre, es decir, hasta la resurrección de nuestros cuerpos.

Pidámosle a la Virgen María la gracia de llevar nuestras cruces con la seguridad de que son una elevación, una exaltación y una glorificación.

_________________________________________________
*1- De la Potterie, I., La Passione di Gesú secondo il vangelo di Giovanni, Edizione Paoline, Milano, 1988, p. 13-14; traducción nuestra. Al decir que toda la vida de Jesús está orientada hacia su ‘hora’ está diciendo que toda la vida de Jesús está en tensión hacia esa ‘hora’.
*2- George, A., en De la Potterie, I., La Passione di Gesú…, p. 14.
*3- “He aquí que mi siervo tendrá éxito, será muy exaltado y glorificado” (hypsothésetai kai doxasthésetai sfodra)
*4- De la Potterie, I., La Passione di Gesú…, p. 15 (cursiva nuestra).
*5- De la Potterie, I., La Passione di Gesú…, p. 17.
*6- De la Potterie, I., La Passione di Gesú…, p. 18.
*7- Alighieri, Dante, La Divina Comedia, Cielo, canto 14, versos 85 al 139, que es el fin del canto 14.

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S.S. Francisco p.p.

 

Dios puso en la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados, todas las injusticias perpetradas por cada Caín contra su hermano, toda la amargura de la traición de Judas y de Pedro, toda la vanidad de los prepotentes, toda la arrogancia de los falsos amigos. Era una Cruz pesada, como la noche de las personas abandonadas, pesada como la muerte de las personas queridas, pesada porque resume toda la fealdad del mal. Sin embargo, es también una Cruz gloriosa como el alba de una larga noche, porque representa en todo el amor de Dios que es más grande que nuestras iniquidades y nuestras traiciones. En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia.

Ante la Cruz de Jesús, vemos casi hasta tocar con las manos la medida en la que somos amados eternamente; ante la Cruz nos sentimos «hijos» y no «cosas» u «objetos», como afirmaba san Gregorio Nacianceno dirigiéndose a Cristo con esta oración: «Si no existieras Tú, mi Cristo, me sentiría criatura acabada. He nacido y me siento desvanecer. Como, duermo, descanso y camino, me enfermo y me curo. Me asaltan innumerables ansias y tormentos, gozo del sol y de cuanto fructifica la tierra. Después muero y la carne se convierte en polvo como la de los animales, que no tienen pecados. Pero yo, ¿qué tengo más que ellos? Nada sino Dios. Si no existieras Tú, oh Cristo mío, me sentiría criatura acabada. Oh Jesús nuestro, guíanos desde la Cruz a la resurrección, y enséñanos que el mal no tendrá la última palabra, sino el amor, la misericordia y el perdón. Oh Cristo, ayúdanos a exclamar nuevamente: “Ayer estaba crucificado con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer estaba muerto con Él, hoy estoy vivo con Él. Ayer estaba sepultado con Él, hoy he resucitado con Él”».

Por último, todos juntos, recordemos a los enfermos, recordemos a todas las personas abandonadas bajo el peso de la Cruz, a fin de que encuentren en la prueba de la Cruz la fuerza de la esperanza, de la esperanza de la resurrección y del amor de Dios.

(Palatino, Viernes Santo, 18 de abril de 2014)

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San Juan Pablo II

 

La cruz es una señal visible del rechazo de Dios por parte del hombre. El Dios vivo ha venido en medio de su pueblo mediante Jesucristo, su Hijo Eterno que se ha hecho hombre: hijo de María de Nazaret.

Pero “los suyos no le recibieron” (Jn 1,11).

Han creído que debía morir como seductor del pueblo. Ante el pretorio de Pilato han lanzado el grito injurioso: “Crucifícale, crucifícale” (Jn 19,6).

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del Hijo de Dios por parte de su pueblo elegido; la señal del rechazo de Dios por parte del mundo. Pero a la vez la misma cruz se ha convertido en la señal de la aceptación de Dios por parte del hombre, por parte de todo el Pueblo de Dios, por parte del mundo.

Quien acoge a Dios en Cristo, lo acoge mediante la cruz. Quien ha acogido a Dios en Cristo, lo expresa mediante esta señal: en efecto se persigna con la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho, para manifestar y profesar que en la cruz se encuentra de nuevo a sí mismo todo entero: alma y cuerpo, y que en esta señal abraza y estrecha a Cristo y su reino.

Cuando en el centro del pretorio romano Cristo se ha presentado a los ojos de la muchedumbre, Pilato lo ha mostrado diciendo: “Ahí tenéis al hombre” (Jn 19,5). Y la multitud responde: “Crucifícale”.

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del hombre en Cristo. De modo admirable caminan juntos el rechazo de Dios y el del hombre. Gritando “crucifícale”, la multitud de Jerusalén ha pronunciado la sentencia de muerte contra toda esa verdad sobre el hombre que nos ha sido revelada por Cristo, Hijo de Dios.

Ha sido así rechazada la verdad sobre el origen del hombre y sobre la finalidad de su peregrinación sobre la tierra. Ha sido rechazada la verdad acerca de su dignidad y su vocación más alta. Ha sido rechazada la verdad sobre el amor, que tanto ennoblece y une a los hombres, y sobre la misericordia, que levanta incluso de las mayores caídas.

Y he aquí que este lugar, donde -según una tradición- a causa de Cristo los hombres eran ultrajados y condenados a muerte -en el Coliseo-, ha sido puesta la cruz, desde hace mucho tiempo, como signo de la dignidad del hombre, salvada por la cruz; como signo de la verdad sobre el origen divino y sobre el fin de su peregrinar; como signo del amor y de la misericordia que levanta de la caída y que, cada vez, en cierto sentido, renueva el mundo.

He aquí la cruz: He aquí el leño de la cruz (“ecce lignum crucis”). Es ella el signo del rechazo de  Dios y el signo de su aceptación. Es ella el signo del vilipendio del hombre y el signo de su elevación. El signo de la victoria.

Cristo dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra (sobre la cruz), atraeré todos a mí” (Jn 12,32).

Nuestros pensamientos se detienen junto a la cruz, cuyo misterio permanece y cuya realidad se repite en circunstancias siempre nuevas.

Este rechazo de Dios por parte del hombre, por parte de los sistemas, que despojan al hombre de la dignidad que posee por Dios en Cristo, del amor que solamente el Espíritu de Dios puede difundir en los corazones, este rechazo -repito-, ¿quedará equilibrado por la aceptación, íntima y ferviente, de Dios que nos ha hablado en la cruz de Cristo?

¿Quedará equilibrado este rechazo por la aceptación del hombre de esta su dignidad y de este amor, cuyo comienzo está en la cruz?

Pero el Vía Crucis de Cristo y su cruz no son solamente un interrogante: son una aspiración, una aspiración perseverante e inflexible y un grito:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27,46).

“Padre, en tus manos entrego mí espíritu” (Lc 23,46).

Gritemos y oremos, como haciendo eco a las palabras de Cristo: Padre, acoge a todos en la cruz de Cristo; acoge a la Iglesia y a la humanidad, a la Iglesia y al mundo.

Acoge a aquellos que aceptan la cruz; a aquellos que no la entienden y a aquellos que la evitan; a aquellos que no la aceptan y a aquellos que la combaten con la intención de borrar y desenraizar este signo de la tierra de los vivientes.

Padre, ¡acógenos a todos en la cruz de tu Hijo!

Acoge a cada uno de nosotros en la cruz de Cristo.

Sin fijar la mirada en todo lo que pasa dentro del corazón del hombre; sin mirar a los frutos de sus obras y de los acontecimientos del mundo contemporáneo: ¡Acepta al hombre!

La cruz de tu Hijo permanezca como signo de la aceptación del hijo pródigo por parte del Padre.

Permanezca como signo de Alianza, de la Alianza nueva y eterna.

(Viernes Santo, 4 de abril de 1980)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

También este año hemos recorrido el camino de la cruz, el vía crucis, volviendo a evocar con fe las etapas de la pasión de Cristo. Nuestros ojos han vuelto a contemplar los sufrimientos y la angustia que nuestro Redentor tuvo que soportar en la hora del gran dolor, que marcó la cumbre de su misión terrena. Jesús muere en la cruz y yace en el sepulcro. El día del Viernes santo, tan impregnado de tristeza humana y de religioso silencio, se concluye en el silencio de la meditación y de la oración. Al volver a casa, también nosotros, como quienes asistieron al sacrificio de Jesús, nos golpeamos el pecho, recordando lo que sucedió (cf. Lc 23, 48). ¿Es posible permanecer indiferentes ante la muerte de un Dios? Por nosotros, por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz.

Hermanos y hermanas, dirijamos hoy a Cristo nuestra mirada, con frecuencia distraída por intereses terrenos superficiales y efímeros. Detengámonos a contemplar su cruz. La cruz es manantial de vida inmortal; es escuela de justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado. Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura: «Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

A través del camino doloroso de la cruz, los hombres de todas las épocas, reconciliados y redimidos por la sangre de Cristo, han llegado a ser amigos de Dios, hijos del Padre celestial. «Amigo», así llama Jesús a Judas y le dirige el último y dramático llamamiento a la conversión. «Amigo» nos llama a cada uno de nosotros, porque es verdadero amigo de todos. Por desgracia, los hombres no siempre logran percibir la profundidad de este amor infinito que Dios tiene a sus criaturas. Para él no hay diferencia de raza y cultura. Jesucristo murió para librar a toda la humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y venganza, de la esclavitud del pecado. La cruz nos hace hermanos.

Pero preguntémonos: ¿qué hemos hecho con este don?, ¿qué hemos hecho con la revelación del rostro de Dios en Cristo, con la revelación del amor de Dios que vence al odio? También en nuestra época, muchos no conocen a Dios y no pueden encontrarlo en Cristo crucificado. Muchos buscan un amor y una libertad que excluya a Dios. Muchos creen que no tienen necesidad de Dios.

Queridos amigos, después de vivir juntos la pasión de Jesús, dejemos que en esta noche nos interpele su sacrificio en la cruz. Permitámosle que ponga en crisis nuestras certezas humanas. Abrámosle el corazón. Jesús es la verdad que nos hace libres para amar. ¡No tengamos miedo! Al morir, el Señor salvó a los pecadores, es decir, a todos nosotros. El apóstol san Pedro escribe: «Sobre el madero llevó nuestros pecados en su cuerpo a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; por sus llagas habéis sido curados» (1 P 2, 24). Esta es la verdad del Viernes santo: en la cruz el Redentor nos devolvió la dignidad que nos pertenece, nos hizo hijos adoptivos de Dios, que nos creó a su imagen y semejanza. Permanezcamos, por tanto, en adoración ante la cruz.

Cristo, Rey crucificado, danos el verdadero conocimiento de ti, la alegría que anhelamos, el amor que llene nuestro corazón sediento de infinito. Esta es nuestra oración en esta noche, Jesús, Hijo de Dios, muerto por nosotros en la cruz y resucitado al tercer día. Amén.

(Palatino, Viernes Santo, 21 de marzo de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Caminemos con determinación hacia la cruz

Jn 18, 1-19, 42

            Jesús “se afirmó en su voluntad*1 de ir a Jerusalén”*2. Este versículo es exclusivo de Lucas.

            ¿A qué iba decidido Jesús? A cumplir el misterio pascual.

El evangelista nota la cercanía del momento aunque van a pasar varios meses para su última pascua, para resaltar la entrega voluntaria del Señor. Acaso, ¿aquí comienza la decisión del Señor? Claro que no, pues, esta voluntad es eterna y comienza en el tiempo en su Encarnación, según su querer humano: “¡He aquí que vengo – pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh Dios, tu voluntad!”*3.

Es clara la conciencia de Jesús sobre su misión. Su voluntad firme. La traducción literal del griego, poner rostro firme parece derivarse de dos expresiones hebreas que significan orientar el rostro en una dirección y endurecerlo en aquella dirección con disposición a afrontar lo que viniere*4. Jesús está dispuesto a cumplir la voluntad del Padre hasta lo último y de hecho así lo hizo. Dijo antes de morir, “todo está cumplido”*5.

            Jesús rostro firme*6 va hacia Jerusalén.

            Debemos imitar a Jesús en el seguimiento de la voluntad del Padre. Pero para tener una voluntad firme tenemos que conocer su voluntad. Su voluntad primera es que seamos santos, que seamos santos en tal ciudad, que seamos santos en tal familia y con tal vocación particular, desempeñando tal oficio, siendo fieles a nuestros propósitos anuales y a nuestro plan de vida concretado en el plan diario y finalmente que estemos atentos a su voluntad significada cuando se nos muestre, buscándola permanentemente y pidiéndole a Dios conocerla, y esto por medio de la oración.

Una vez conocida su voluntad, lo cual es fundamental, para no obrar improvisadamente o según nuestro querer hay que caminar rostro firme siguiéndolo: “Ahora pues, tomando a los que quieren bever de esta fuente de vida y quieren caminar hasta llegar a la mesma fuente, cómo han de comenzar, y digo que importa mucho, y el todo (y aunque en algún libro he leído lo bien que es llevar este principio, y aun en algunos, me aparece no se pierde nada en decirlo aquí) una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, travaje lo que se travajare, mormure quien mormurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino u no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo”*7. Teniendo claro el fin principal que es la búsqueda de Dios y con disposición a padecer lo que viniere en la empresa.

 Jesús rostro firme se refiere a su voluntad firme. Nosotros debemos ser caminar hacia el cielo como Jesús, con voluntad firme. Pero una voluntad firme sólo la podemos alcanzar por una gracia de Dios porque caminamos a un fin que no merecemos sino que es una gracia.

Debemos caminar rostro firme para alcanzar el cielo. Que no nos importen las críticas y murmuraciones de los que recriminan nuestra incapacidad, ni las acusaciones que nos señalan como pecadores, etc. Mantengamos el rostro firme y adelante… ¿Qué no estamos vestidos de fiesta? Recurramos al que nos puede vestir. ¿Qué no somos de esa clase social? Recurramos al que nos puede hacer de un “linaje elegido”*8.

Caminemos rostro firme como Jesús marchaba decidido a su pasión, lo cual, lograremos abandonándonos en Jesús, pues Él nos dará con su gracia la voluntad firme para seguir y alcanzar la Jerusalén del cielo.

¿De qué depende la dirección de nuestra voluntad? De nuestro consentimiento al Amor Absoluto, es decir, de nuestro amor a Dios y del deseo de cumplir su voluntad. La dirección de nuestra voluntad produce la estimación del fin y del fin depende la estimación de las cosas y de la estimación de las cosas depende nuestro obrar*9.

La encamación es una obra de amor y la obra de Jesús es por amor al Padre. De ahí que su voluntad se afirme en el amor al Bien Absoluto y por eso quiera ir a Jerusalén a consumar su obra y estime todo lo demás en vistas a ese fin y su obrar se enderece hacia la Ciudad Santa.

Todos los signos de Jesús se enderezan al Signo de Jonás. Todas sus enseñanzas se enderezan a la Pascua Eterna. Toda su vida se mueve hacia Jerusalén donde la consumará en la cruz y con ella toda su obra.

En el amor de Dios tenemos que afirmar nuestra voluntad, no en otras cosas, a no ser, que estén enderezadas a su voluntad en nosotros. Tenemos que tener bien en claro que nuestra vida debe ser un acto de amor a Dios y por tanto ese amor debe llevarnos a aceptar su voluntad sobre nosotros respecto del fin y de los medios que Él ha dispuesto para que alcancemos ese fin. Teniendo en cuenta esto consideraremos el valor de los medios que se nos presentan y esto determinará nuestro obrar o nuestra actitud frente a ellos.

No sirve afirmarnos en cosas que no están enderezadas al amor de Dios o al amor de nuestros hermanos en los que amamos a Dios.

Jesús no iba a tontas y a locas hacia Jerusalén. Sabía perfectamente que debía ir hacia allí y no iba con presura sino que esperaba la hora que el Padre había determinado, pero sí, su paso era firme y constante hacia Jerusalén. Deseaba ardientemente consumar su pasión, pero muchas veces, tuvo que esperar hasta que llegara su hora.

Nuestra voluntad muchas veces se afirma en senderos contrarios a Jerusalén, más bien, se endereza a camino de gentiles y paganos, en dirección contraria a Jerusalén y, a veces, corremos, voluntad firme, hacia esos lugares. ¡Cuántas carreras vanas en nuestra vida por falta de amor a Dios! ¡Cuántos caminos errados por falta de claridad en el conocimiento del querer divino para conmigo! ¡Cuántos esfuerzos inútiles ofrecidos al diablo por falta de discernimiento!

La voluntad es el motor de nuestra vida pero debe tener la luz de la inteligencia para que la ilumine. Primero debe la luz iluminar el camino para andar y la fuerza del motor hará que caminemos. Conocimiento de Dios para amarlo, amor para hacer su voluntad y aceptar los medios que Él nos da para alcanzarlo y firmeza con “determinada determinación”, como decía Santa Teresa.

Respecto de los medios tenemos que discernirlos (luz) para después si son convenientes obrarlos (fuerza). No obrarlos y después justificarlos.

El hombre moderno está impregnado de voluntarismo, tiene un constante movimiento y a veces movimiento enérgico, ímpetu formidable, pero sin dirección clara porque no conoce a Dios. El ímpetu hace olvidar, distrae, de la desesperación causada por el desconocimiento de Dios, pero no la remedia. Y la tentación del mundo nos puede hacer caer también a nosotros católicos en un vertiginoso obrar sin saber por qué o desviarnos del querer de Dios, que es activismo y a veces un necio activismo o un activismo perjudicial.

Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejando aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal (Mt 5, 13), que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios*10.

El hombre es luz y fuerza, pero ante todo es luz que encausa la fuerza que posee. Si no tenemos un conocimiento claro de Dios seremos remisos en nuestra voluntad o nuestro obrar será un obrar al margen del querer de Dios, o sea, inútil. Ese conocimiento de Dios no es un conocimiento teológico, manualístico, escolástico o dogmático solamente, sino un conocimiento sapiencial, un conocimiento vivencial.

Pidamos un conocimiento vivencial de Dios, conocimiento impregnado de amor y dispuesto a hacer su voluntad y así con voluntad firme dirijámonos a la Jerusalén celeste siguiendo el ejemplo de Jesús.

_________________________________________________
*1- El texto griego dice literalmente poner rostro firme.
*2- Lc 9, 51
*3- Hb 10, 7
*4- Leal, Sinopsis de los cuatro evangelios…, 154
*5- Jn 19, 30
*6- Sin ningún respeto humano, sin mirar la opinión de los demás, cf. Lc 20, 21
*7- Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, c. 35 (21), 2. O.C., BAC Madrid 19827, 260-1
*8- 1 Pe 2, 9
*9- Cf. Castellani, Psicología humana…, 238
*10- Cf. San Juan de la cruz, Cántico Espiritual (B), 29, 3, O.C, BAC Madrid 198211, 687.

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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