Archivos mensuales: Abril 2017

Domingo III de Pascua (A)

 

30
abril

Domingo III de Pascua

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Directorio Homilético

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo III de Pascua (A)

(Domingo 30 de abril de 2017)

LECTURAS

No era posible que la muerte
tuviera dominio sobre Él

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo:
«Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido. Israelitas, escuchen:
A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él.
En efecto, refiriéndose a él, dijo David: Veía sin cesar al Señor delante de mí, porque él está a mi derecha para que yo no vacile. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua canta llena de gozo. También mi cuerpo descansará en la esperanza, porque tú no entregarás mi alma al Abismo, ni dejarás que tu servidor sufra la corrupción. Tú me has hecho conocer los caminos de la vida y me llenarás de gozo en tu presencia.
Hermanos, permítanme decirles con toda franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como él era profeta, sabía que Dios le había jurado que un descendiente suyo se sentaría en su trono. Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismo ni su cuerpo sufrió la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos. Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen.»

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 15, 1-2a. 5. 7-11

R. Señor, me harás conocer el camino de la vida.

O bien:

Aleluia.

Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Señor, tú eres mi bien.»
El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,
¡tú decides mi suerte! R.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
¡hasta de noche me instruye mi conciencia!
Tengo siempre presente al Señor:
él está a mi lado, nunca vacilaré. R.

Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas
y todo mi ser descansa seguro:
porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. R.

Me harás conocer el camino de la vida,
saciándome de gozo en tu presencia,
de felicidad eterna
a tu derecha. R.

Ustedes fueron rescatados con la sangre preciosa de Cristo,
el Cordero sin mancha

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro     1, 17-21

Queridos hermanos:
Ya que ustedes llaman Padre a Aquél que, sin hacer acepción de personas, juzga a cada uno según sus obras, vivan en el temor mientras están de paso en este mundo.
Ustedes saben que «fueron rescatados» de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes.
Por él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Cf. Lc 24, 32

Aleluia.
Señor Jesús, explícanos las Escrituras.
Haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas.
Aleluia.

EVANGELIO

Lo reconocieron al partir el pan

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     24, 13-35

El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Guión del Domingo III de Pascua- Ciclo A- 30 de abril 2017

Entrada:

Celebramos hoy el tercer domingo de Pascua. Escucharemos la Palabra de Dios que nos anuncia que Jesús resucitó ‘según las Escrituras’. Pero también celebraremos el Sacrificio de Cristo sobre el altar, la Eucaristía, que nos hace profundizar más sobre el misterio de la resurrección de Jesús. Participemos con atención y alegría.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:  Hechos 2, 14. 22- 33

Cristo, no sufrió la corrupción, sino que después de morir resucitó y fue exaltado por el poder de Dios. Esta es nuestra fe.

Segunda Lectura:          1 Pedro 1, 17- 21

Fuimos rescatados a precio muy alto: con la Sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha.

Evangelio:        Lucas 24, 13- 35

Escuchemos la narración del encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús. Jesús les cambia la tristeza en gozo explicándoles la Sagrada Escritura que habla de su resurrección, y les abre las inteligencias haciendo ‘la fracción del pan’, es decir, celebrando la Eucaristía.

Preces:

A Dios nuestro Padre que resucitó a Jesús de entre los muertos, presentémosle nuestra oración confiada.

A cada intención respondemos cantando.

* Por el Santo Padre, los obispos, sacerdotes y religiosos, para que por su predicación y su acción pastoral la Iglesia se renueve en la alegría de vivir como hombres nuevos, regenerados por el divino Redentor.. Oremos.

* Para que la paz de Cristo Resucitado se extienda a todas las naciones; pidamos especialmente por la paz en Siria, para que todas las naciones del mundo coadyuven al proceso de paz que ya se ha iniciado y no lo entorpezcan. Oremos.

* Por nuestra Patria, los que la gobiernan y por sus ciudadanos, para que fieles a las exigencias del Evangelio sepamos conducirnos según los valores cristianos. Oremos.

* Por todos aquellos que sufren y que están solos, por los que no tienen trabajo, por los que no tienen techo, por los que se encuentran en situaciones de depresión y angustia, para que Cristo resucitado los llene de esperanza. Oremos

Atiende Padre bueno nuestra oración y ayúdanos a cumplir tu voluntad, para que el amor que nos mostraste en Jesucristo llegue a su plenitud. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

En la Eucaristía el Sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo.

Ofrecemos:

* Las especies de pan y vino, para que en la consagración Cristo se ofrezca al Padre por la salvación de todos los hombres.

Comunión:

Al dirigirnos a comulgar el Cuerpo de Cristo digámosle lo mismo que le dijeron los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día declina”. Quédate y aumenta en nosotros el deseo de permanecer junto a Ti.

Salida:

La escucha de la Palabra de Dios en las Sagradas Escrituras y la participación en la fracción del pan nos ha llenado el corazón de consolación y el entendimiento de inteligencia del misterio de la resurrección. Vayamos ahora a nuestros propios ambientes para anunciar al mundo la alegría de la resurrección de Cristo.

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

Directorio Homilético

 

Tercer domingo de Pascua

CEC 1346-1347: la Eucaristía y la experiencia de los discípulos en Emaús

CEC 642-644, 857, 995-996: los Apóstoles y los discípulos testigos de la Resurrección

CEC 102, 601, 426-429, 2763: Cristo, la clave para interpretar las Escrituras

CEC 457, 604-605, 608, 615-616, 1476, 1992: Jesús, el cordero ofrecido por nuestros pecados

1346  La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:

          – La reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;

          – la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la comunión.

          Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas “un solo acto de culto” (SC 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).

1347    He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (cf Lc 24,13-35).

642    Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular – en la  construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su  Iglesia. La fe de la primera comunidad de  creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643    Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

644      Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin  embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

IV     LA IGLESIA ES APOSTÓLICA

857    La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:

– Fue y permanece edificada sobre “el fundamento de los apóstoles” (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).

– Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).

– Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia” (AG 5):

Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).

995    Ser testigo de Cristo es ser “testigo de su Resurrección” (Hch 1, 22; cf. 4, 33), “haber comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los muertos” (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.

996    Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). “En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne” (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

102    A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3):

Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103,4,1).

          “Muerto por nuestros pecados según las Escrituras”

601      Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber “recibido” (1 Co 15, 3) que “Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras” (ibidem: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

En el centro de la catequesis: Cristo

426    “En el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre, que ha sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros… Catequizar es … descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios… Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por El mismo” (CT 5). El fin de la catequesis: “conducir a la comunión con Jesucristo: sólo El puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad”. (ibid.).

427    “En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a El; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca… Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: ‘Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado’ (Jn 7, 16)” (ibid., 6)

428    El que está llamado a “enseñar a Cristo” debe por tanto, ante todo, buscar esta “ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo”; es necesario “aceptar perder todas las cosas … para ganar a Cristo, y ser hallado en él” y “conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 8-11).

429      De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de “evangelizar”, y de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe. Con este fin, siguiendo el orden del Símbolo de la fe, presentaremos en primer lugar los principales títulos de Jesús:  Cristo,  Hijo de Dios, Señor (Artículo 2). El Símbolo confiesa a continuación los principales misterios de la vida de Cristo: los de su encarnación (Artículo 3), los de su Pascua (Artículos 4 y 5), y, por último, los de su glorificación (Artículos 6 y 7).

2763  Toda la Escritura (la Ley, los Profetas, y los Salmos) se cumplen en Cristo (cf Lc 24, 44). El evangelio es esta “Buena Nueva”. Su primer anuncio está resumido por San Mateo en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7). Pues bien, la oración del Padre Nuestro está en el centro de este anuncio. En este contexto se aclara cada una de las peticiones de la oración que nos dio el Señor:

          La oración dominical es la más perfecta de las oraciones… En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad. (Santo Tomás de A., s. th. 2-2. 83, 9).

457    El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: “Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10).”El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). “El se manifestó para quitar los pecados” (1 Jn 3, 5):

            Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdida la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).

605    Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: “De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18, 14). Afirma “dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: “no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo” (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

“El cordero que quita el pecado del mundo”

608    Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: “Servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia

615    “Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que “se dio a sí mismo en expiación”, “cuando llevó el pecado de muchos”, a quienes “justificará y cuyas culpas soportará” (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).

          En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

616      El “amor hasta el extremo”(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). “El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron” (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

1476  Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, “que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención (cf Hb 7,23-25; 9, 11-28)” (Pablo VI, Const. Ap. “Indulgentiarum doctrina”, ibid).

1992  La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS 1529):

          Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen -pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios- y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús (Rm 3,21-26).

Volver Direc. Homil.

Inicio

 Exégesis 

·         PMiguel Ángel Fuentes, I.V.E.

Aparición en el Cenáculo (24,33-43)

33b …Y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, 34 que decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” 35 Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. 36 Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. 37 Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. 38 Pero él les dijo: “¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? 39 Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. 40 Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies. 41 Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: “¿Tenéis aquí algo de comer?” 42 Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. 43 Lo tomó y comió delante de ellos.

(i) El apurado camino de regreso a Jerusalén no les ha tomado tantísimo tiempo (lo que apunta a favor de una ubicación de Emaús no tan distante de la capital), porque al llegar ―encontraron a los Once‖ reunidos y a otros que estaban con ellos, quizá algunas de las mujeres y otros discípulos.

(ii) Según san Lucas, que sintetiza notablemente los hechos para transmitirnos solo lo esencial, los discípulos que habían permanecido en Jerusalén ya se habían rendido ante la verdad de la resurrección, al menos la mayoría, habiéndose aparecido el Señor también a Pedro. Pero san Marcos nos dice que, en realidad, ―tampoco le creyeron a estos‖ (Mc 16,13), lo que significa que las cosas anduvieron un poco más despacio y se han omitido ciertos sucesos intermedios. Al parecer, pues, cuando estos llegan, los Once seguían en su tesitura de no dar crédito a todos estos relatos. Al referirse a los Once, san Lucas no alude a la cantidad de apóstoles, sino al colegio apostólico, por lo que puede ser que no estuviesen allí todos.

(iii) En algún momento posterior a la llegada de los de Emaús, tuvo lugar la aparición de Jesús a Pedro. Esta no debía haber tenido lugar antes de la llegada, por lo que hemos referido de san Marcos, según el cual no les creyeron inicialmente. Por tanto, la expresión de los demás discípulos: ―se ha aparecido a Simón‖, es una afirmación dicha posteriormente, pero que san Lucas adelanta aquí con su método de superponer planos históricos para resumir todo el hecho. De esta aparición a Pedro solo tenemos alusiones aquí y en san Pablo (1Co 15,5). No debe llamarnos la atención que san Marcos, amanuense de Pedro, no hable de este hecho, si suponemos que Cefas, al predicar sobre la Resurrección de Cristo no hablaba de su privilegio personal, aunque este fuera, por otra parte, imborrable de su memoria. Ignoramos cuándo tuvo lugar este episodio, ni dónde, ni qué le dijo. Pero, con certeza, este encuentro transformó totalmente a Pedro. No solo afectó su fe, sino también su humildad, su dolor por haberlo negado y por haber perjurado en su negación. Jesús regaló a Simón una aparición personal, no ya para que viera al Hombre al que, por miedo a los gritos de una portera, había dicho ignorar, sino para traerle su perdón y su consuelo. Si debemos dar por indudable que Jesús dijo en esa oportunidad cosas importantes a Pedro, sin embargo, podemos suponer que Pedro no debe haber dicho nada limitándose a llorar, o a lo sumo a repetir lo que le dijo en el mar de Galilea: ―¡Señor, sálvame!‖ (Mt 14,30).

(iv) Es en este momento que san Lucas coloca la primera aparición del Señor al colegio apostólico: ―Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos‖. Jesús se presenta ―en medio de ellos‖; significa que lo hace estando las puertas cerradas, como afirma otro de los evangelistas. Se alude así a una cualidad del cuerpo resucitado del Señor que los teólogos llamarían más tarde sutileza (subtilitas), palabra que designa, dice santo Tomás, ―el poder de penetración‖63. El cuerpo resucitado del Señor es verdadero cuerpo, y aunque se diga cuerpo espiritualizado no es espíritu, de lo contrario, dice el Aquinate, no habría resucitado como verdadero hombre sino en forma fantasmal. La sutileza le viene al cuerpo de Cristo de su perfección que consiste en el perfecto dominio del alma glorificada sobre él; el cuerpo está, pues, totalmente sujeto a su alma. También san Gregorio habla en este sentido: ―el cuerpo glorioso se dice sutil por efecto del poder espiritual‖.

(v) Lo primero que le dice es: ―la paz con vosotros‖, que no es, en labios del Señor, un mero saludo sino una verdadera transmisión de la paz del alma, efecto de la Resurrección. ―Él es nuestra paz‖, dirá luego san Pablo (Ef 2,14). Jesús es el ―hacedor de paz‖, el ―reconciliador‖ o ―pacificador‖ (Col 1,20; Ef 2,16). La paz que trae el Señor a sus apóstoles es, ante todo, la de sus conciencias, que aún viven en la angustia causada por su huida durante la Pasión. Pero también es la paz como capacidad de perdonar y, por tanto, de reconciliarse con los que nos hacen el mal y de buscar su conversión. Las palabras de san Pedro a los asesinos de Jesús, relatadas en los Hechos de los Apóstoles a propósito del juicio y castigo que aquellos les infligen a él y a Juan por predicar el Nombre de Jesús, manifiestan valentía y claridad, pero no resentimiento.

(vi) La reacción de los discípulos es la propia de quienes son poco inclinados a la credulidad, o quizá sería mejor decir, de almas que han sufrido ya una gran decepción y no quieren correr el riesgo de volver a ilusionarse para desilusionarse nuevamente. La desilusión, en efecto, es un gran dolor para quien la padece. De ahí que los discípulos se asusten y crean estar ante un fantasma. Jesús habla de turbación y de dudas en sus corazones. Por eso les ofrece pruebas tangibles y visibles: ―mirad mis manos y mis pies‖, porque allí están las cicatrices de sus heridas. Por eso añade ―soy yo mismo‖. Jesús hace fuerza en su identidad corporal. Está resucitado y esto otorga a su cuerpo una perfección del todo singular porque la fuerza de su alma lo compenetra totalmente, pero es su cuerpo, el mismo de antes, y el mismo que padeció. Por eso lleva las huellas de su dolor, convertidas ahora en trofeo de victoria. No solo se ofrece a sus miradas, sino que añade: ―palpadme… un espíritu no tiene carne y huesos‖. Eso es lo que tocan y comprueban: la realidad de la carne y de los huesos del Señor. San Lucas no habla de la herida del costado, como sí hará, completando estos relatos, san Juan, al referirse a la aparición estando presente el incrédulo Tomás, ausente en la primera.

(vii) Aun así no terminaban de convencerse ―a causa de la alegría‖, dice el evangelista. Parecía, en efecto, demasiado bueno como para ser una realidad y no un sueño. Pero era la realidad, y por eso el Señor les da una ulterior prueba pidiéndoles algo de comer y comiendo ante ellos un trozo de pescado asado. Jesús no come por necesidad, pues su cuerpo glorioso no necesita ya este modo de manutención. Pero lo hace para ayudar al convencimiento de aquellos rudos amigos que solo se rendirían ante pruebas de este tipo.

Jesús explica las Escrituras (24, 44-49)

44 Después les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”45. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, 46 y les dijo: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día 47 y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de estas cosas. 49 Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto”.

(i) Una vez más Jesús se hace maestro de las Escrituras abriendo a sus discípulos su sentido. Y les recuerda que ya les había hablado de esto durante su vida apostólica. Pero esta vez ilustrando sus inteligencias para que puedan comprenderlas. San Lucas usa aquí una fórmula más completa al referirse a los textos aludidos por el Señor: ―lo que está escrito [de Jesús] en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos‖; añade, pues, la alusión a los Salmos, que no había mencionado en el episodio de Emaús.

(ii) Agrega también otro detalle importante al referir que lo que ―estaba escrito‖ no solo se refería a la ―pasión y resurrección‖ del Cristo, sino también ―que se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén‖. Con esta intención de conversión comenzó la predica del Señor: ―convertíos‖; ahora la delega a sus discípulos y le da un sentido universal: ―a todas las naciones‖. Jerusalén es solo el punto de partida. Con estas palabras convierte a sus discípulos (al grupo más amplio, no restringido a los Once apóstoles) en misioneros universales.

(iii) ―Vosotros sois testigos de estas cosas‖. Su predicación habrá de ser un testimonio de lo que han visto y oído. No van a enseñar teología, sino a contar aquello que han visto con sus propios ojos y que han tocado con sus manos, como dirá luego san Juan en su primera epístola. La ―tradición‖ es la transmisión de un testimonio de primera mano, de generación en generación. Nuestra fe se funda en este testimonio de los apóstoles y de los demás discípulos del Señor.

(iv) Pero para esto sus discípulos necesitarán una fuerza del todo especial, divina, que ya ha sido prometida por el Padre. La ha prometido por boca de Jesús durante la Última Cena, en el sermón que nos ha reportado san Juan. Es la Promesa por excelencia: el Espíritu Santo. Por eso les manda que permanezcan en la ciudad hasta que los revista el ―poder de lo alto, la dýnamis, que significa específicamente poder milagroso. La acción transformadora de esa dýnamis será el objeto del relato de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, que narrará la acción de hombres que, a la vez que mantienen una misma identidad sustancial con los discípulos del Señor que hemos conocido por los Evangelios, también son totalmente otros en muchos aspectos, transformados por el Espíritu Santo; en particular Pedro, que será uno de los dos grandes protagonistas, junto a Pablo, del libro de los Hechos.

(Fuentes, M., Comentario al Evangelio de San Lucas, Editorial Apostolado Bíblico, Libro Digital, San Rafael, 2015, p. 556 – 560)

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        San Juan Pablo II

Mane nobiscum, Domine

1. «Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf.Lc 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.

2. El icono de los discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía. En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20).

3. La «fracción del pan» —como al principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo hace presente a lo largo de los siglos el misterio de su muerte y resurrección. En ella se le recibe a Él en persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna, merced a la cual se pregusta el banquete eterno en la Jerusalén celeste. (…).

            (…)

«Les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (Lc 24,27)

11. El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?

Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina. En una feliz intuición, el célebre icono de la Trinidad de Rublëv pone la Eucaristía de manera significativa en el centro de la vida trinitaria.

12. La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental de su misterio a la declaración de la dimensión propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos de Emaús Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (cf. Lc24,29).

13. Los Padres del Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, establecieron que la «mesa de la Palabra» abriera más ampliamente los tesoros de la Escritura a los fieles.[9] Por eso permitieron que la Celebración litúrgica, especialmente las lecturas bíblicas, se hiciera en una lengua conocida por todos. Es Cristo mismo quien habla cuando en la Iglesia se lee la Escritura.[10] Al mismo tiempo, recomendaron encarecidamente la homilía como parte de la Liturgia misma, destinada a ilustrar la Palabra de Dios y actualizarla para la vida cristiana.[11] Cuarenta años después del Concilio, el Año de la Eucaristía puede ser una buena ocasión para que las comunidades cristianas hagan una revisión sobre este punto. En efecto, no basta que los fragmentos bíblicos se proclamen en una lengua conocida si la proclamación no se hace con el cuidado, preparación previa, escucha devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra de Dios toque la vida y la ilumine.

«Lo reconocieron al partir el pan» (Lc 24,35)

14. Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo de la «fracción del pan». Una vez que las mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados, los signos «hablan». La Eucaristía se desarrolla por entero en el contexto dinámico de signos que llevan consigo un mensaje denso y luminoso. A través de los signos, el misterio se abre de alguna manera a los ojos del creyente.

Como he subrayado en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, es importante que no se olvide ningún aspecto de este Sacramento. En efecto, el hombre está siempre tentado a reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del Misterio. «La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones».[12]

15. No hay duda de que el aspecto más evidente de la Eucaristía es el de banquete. La Eucaristía nació la noche del Jueves Santo en el contexto de la cena pascual. Por tanto, conlleva en su estructura el sentido del convite: «Tomad, comed… Tomó luego una copa y… se la dio diciendo: Bebed de ella todos…» (Mt 26,26.27). Este aspecto expresa muy bien la relación de comunión que Dios quiere establecer con nosotros y que nosotros mismos debemos desarrollar recíprocamente.

Sin embargo, no se puede olvidar que el banquete eucarístico tiene también un sentido profunda y primordialmente sacrificial.[13] En él Cristo nos presenta el sacrificio ofrecido una vez por todas en el Gólgota. Aun estando presente en su condición de resucitado, Él muestra las señales de su pasión, de la cual cada Santa Misa es su «memorial», como nos recuerda la Liturgia con la aclamación después de la consagración: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…». Al mismo tiempo, mientras actualiza el pasado, la Eucaristía nos proyecta hacia el futuro de la última venida de Cristo, al final de la historia. Este aspecto «escatológico» da al Sacramento eucarístico un dinamismo que abre al camino cristiano el paso a la esperanza.

«Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20)

16. Todos estos aspectos de la Eucaristía confluyen en lo que más pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia «real». Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas está realmente presente Jesús. Una presencia —como explicó muy claramente el Papa Pablo VI— que se llama «real» no por exclusión, como si las otras formas de presencia no fueran reales, sino por antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de su sangre.[14] Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia da a los diversos aspectos —banquete, memorial de la Pascua, anticipación escatológica— un alcance que va mucho más allá del puro simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo.

Celebrar, adorar, contemplar

17. ¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas establecidas, con la participación del pueblo, la colaboración de los diversos ministros en el ejercicio de las funciones previstas para ellos, y cuidando también el aspecto sacro que debe caracterizar la música litúrgica. Un objetivo concreto de este Año de la Eucaristía podría ser estudiar a fondo en cada comunidad parroquial la Ordenación General del Misal Romano. El modo más adecuado para profundizar en el misterio de la salvación realizada a través de los «signos» es seguir con fidelidad el proceso del año litúrgico. Los Pastores deben dedicarse a la catequesis «mistagógica», tan valorada por los Padres de la Iglesia, la cual ayuda a descubrir el sentido de los gestos y palabras de la Liturgia, orientando a los fieles a pasar de los signos al misterio y a centrar en él toda su vida.

18. Hace falta, en concreto, fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, los movimientos y todo el modo de comportarse. A este respecto, las normas recuerdan —y yo mismo lo he recordado recientemente[15]— el relieve que se debe dar a los momentos de silencio, tanto en la celebración como en la adoración eucarística. En una palabra, es necesario que la manera de tratar la Eucaristía por parte de los ministros y de los fieles exprese el máximo respeto.[16] La presencia de Jesús en el tabernáculo ha de ser como un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón. «¡Gustad y ved qué bueno es el Señor¡» (Sal 33 [34],9).

La adoración eucarística fuera de la Misa debe ser durante este año un objetivo especial para las comunidades religiosas y parroquiales. Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal y comunitaria en la adoración, con la ayuda de reflexiones y plegarias centradas siempre en la Palabra de Dios y en la experiencia de tantos místicos antiguos y recientes. El Rosario mismo, considerado en su sentido profundo, bíblico y cristocéntrico, que he recomendado en la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, puede ser una ayuda adecuada para la contemplación eucarística, hecha según la escuela de María y en su compañía.[17]

Que este año se viva con particular fervor la solemnidad del Corpus Christi con la tradicional procesión. Que la fe en Dios que, encarnándose, se hizo nuestro compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición.

(San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine, nº 1-3. 11-18)

 

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Agustín

Los discípulos de Emaús

(Lc 24, 13-35).

            1. Ayer, en la noche, se leyó la resurrección del Salvador según el evangelio de Mateo. Hoy, como habéis oído de boca del lector, se nos ha leído de nuevo, pero según el relato del evangelista Lucas. Frecuentemente hay que advertiros, cosa que no debéis olvidar, que no tiene por qué preocuparos el que un evangelista diga algo que otro pasa por alto, puesto que quien pasa por alto ésa, dice otra que había omitido el primero. Pero hay cosas que sólo las narra un evangelista, callándolas los otros tres; otras las consignan dos, guardando silencio los otros dos; algunas las encontramos en tres de ellos, faltando sólo en uno. Puesto que en los cuatro evangelistas habla un único espíritu, la autoridad del santo evangelio es tan grande que es verdadero hasta lo dicho por uno solo. Lo que acabáis de oír, que el Señor, después de resucitado, encontró de viaje a dos de sus discípulos, charlando sobre lo que había acontecido, y les preguntó: ¿Cuál es el tema de conversación que os ocupa?, etc., sólo lo narra el evangelista Lucas. Marcos lo menciona brevemente al decir que se apareció a dos que iban de viaje, pero pasó por alto tanto lo que ellos dijeron al Señor como lo que el Señor les respondió.

            2. ¿Qué nos ofrece esta lectura a nosotros? Algo verdaderamente grande, si la comprendemos. Se les apareció Jesús. Le veían con los ojos, pero no lo reconocían. El maestro caminaba con ellos durante el camino y él mismo era el camino. Aquellos discípulos aún no iban por el camino, pues los halló fuera de él. Estando con ellos antes de la pasión, les había predicho todo: que había de sufrir la pasión, que había de morir y que al tercer día resucitaría. Todo lo había predicho, pero su muerte se lo borró de la memoria. Cuando lo vieron colgando del madero quedaron tan trastornados que se olvidaron de lo que les había enseñado; no les pasó por la mente la resurrección ni se acordaron de sus promesas. Nosotros, dicen, esperábamos que fuera a redimir a Israel. Lo esperabais, ¡oh discípulos!, ¿es que ya no lo esperáis? Ved que Cristo vive: ¿ha muerto la esperanza en vosotros? Cristo vive ciertamente. Cristo, vivo, encuentra muertos los corazones de los discípulos, a cuyos ojos se apareció y no se apareció. Lo veían y permanecía oculto para ellos. En efecto, si no lo veían, ¿cómo lo oían cuando preguntaba y cómo le respondían? Iba con ellos como compañero de camino y él mismo era el guía. Sin duda, lo veían, pero no lo reconocían. Sus ojos, como escuchamos, estaban enturbiados, lo que les impedía reconocerlo. No estaban turbados para verlo, sino para reconocerlo.

            3. Atención, hermanos; ¿dónde quiso que lo reconocieran? En la fracción del pan. No nos queda duda: partimos el pan y reconocemos al Señor. Pensando en nosotros, que no le íbamos a ver en la carne, pero que íbamos a comer su carne, no quiso que lo reconocieran más que allí. La fracción del pan es causa de consuelo para todo fiel, quienquiera que sea; para todo el que lleva el nombre de cristiano, pero no en vano; para todo el que entra a la iglesia, pero con un porqué; para todo el que escucha la palabra de Dios con temor y esperanza. La ausencia del Señor no es ausencia. Ten fe, y estará contigo aquel a quien no ves. Cuando el Señor hablaba con aquéllos, no tenían ni siquiera fe, puesto que no creían que hubiese resucitado, ni tenían esperanza de que pudiera hacerlo. Habían perdido la fe y la esperanza. Muertos ellos, caminaban con el vivo; los muertos caminaban con la vida misma. La vida caminaba con ellos, pero en sus corazones aún no residía la vida. También tú, pues, si quieres poseer la vida, haz lo que hicieron ellos para reconocer al Señor. Lo recibieron como huésped. El Señor tenía el aspecto de uno que iba lejos, pero lo retuvieron. Cuando llegaron al lugar al que se dirigían, le dijeron: Quédate aquí con nosotros, pues el día ya declina. Dale hospitalidad, si quieres reconocerlo como salvador. La hospitalidad les devolvió aquello de lo que les había privado la incredulidad. Así, pues, el Señor se hizo presente a sí mismo en la fracción del pan. Aprended dónde debéis buscar al Señor, dónde podéis hallarlo y reconocerlo: cuando lo coméis. Los fieles saben algo, gracias a lo cual comprenden esta lectura mejor que los que no lo saben.

            4. El señor fue reconocido por aquellos discípulos, y desde ese momento ya no se dejó ver en ningún lado. Se alejó de ellos corporalmente, a la vez que lo tenían consigo mediante la fe. He aquí el motivo por el que nuestro Señor se ausentó de toda Iglesia y subió al cielo: para edificar la fe. Si no conoces más que lo que ves, ¿dónde está la fe? Si, en cambio, crees hasta lo que no ves, cuando lo veas te llenarás de gozo. Se edifica la fe, porque después se recompensará con la visión. Llegará lo que no vemos; llegará, hermanos, llegará. Atento a cómo vaya a encontrarte. Llegará también el momento por el que preguntan los hombres: « ¿Dónde, cuándo, cómo será?» « ¿Cuándo sucederá eso?» « ¿Cuándo ha de venir?» Ten la seguridad: llegará. Llegará, aunque tú no lo quieras. ¡Ay de los que no lo creyeron! ¡Qué gozo para quienes lo creyeron! ¡Se llenarán de alegría los fieles, y de confusión los infieles! Los fieles dirán: «Te damos gracias, Señor; lo que escuchamos era verdad, verdad lo que creímos, verdad lo que esperamos y verdad lo que ahora vemos.» Los infieles, en cambio, dirán: « ¿Dónde queda el no haber creído? ¿Dónde queda el haber considerado como falsedades lo que leíamos?» Y sucederá que a la confusión se añadirá el tormento, y a la alegría se la recompensará con el premio. En efecto, aquéllos irán al fuego eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna.

SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 235, 1-4, BAC Madrid 1983, 419-22

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Benedicto XVI

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Los discípulos de Emaús

(Lc 24,13-35)

              Introducción

“Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia nos hizo nacer de nuevo para una esperanza viva a causa de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (1Pe 1,3). Esta afirmación de San Pedro expresa bien el contenido y la consecuencia principal del evangelio de hoy, el evangelio de San Lucas que narra el encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús. Expresa bien el contenido del evangelio de hoy porque dicho contenido no es otro que el anuncio de la resurrección de Jesucristo. Y expresa bien la consecuencia principal de este evangelio porque los discípulos de Emaús estaban con el semblante triste (skythropoí, Lc 24,17) y pálido, sin esperanza, como muertos de tristeza, y el encuentro con Cristo “los hizo renacer de nuevo para una esperanza viva a causa de la resurrección de Jesucristo”.

Toda la fuerza del evangelio de hoy se encuentra en esta expresión: ‘según las Escrituras’. Jesucristo, ante los discípulos de Emaús, pone mucha insistencia en que su muerte y resurrección estaba revelada y anunciada en el Pentateuco y en los Profetas, en suma, “en todas las Escrituras” (en pásais taîs graphaîs, Lc 24,27). La expresión ‘según las Escrituras’ revela que tanto el sufrimiento y muerte del Mesías como su resurrección sucedieron de acuerdo a un plan previo de Dios y según la voluntad de Dios. Jesucristo logra encender la esperanza en esos rostros apagados porque puede demostrarles que el Mesías ‘según las Escrituras’ debía padecer y debía al tercer día resucitar.

El recurso a la revelación sobrenatural de Dios, es decir, a las Escrituras es el argumento por excelencia para explicar todo el misterio pascual: pasión, muerte y resurrección. A él recurrirán los Apóstoles para dar por absolutamente ciertos todos los acontecimientos pascuales. Dice San Pablo: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras (katà tàs graphás); que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras (katà tàs graphás)” (1Cor 15,3-4).

Y aún hoy, para el cristiano, el simple bautizado, el recurso a las Escrituras sigue siendo el argumento de mayor fuerza y lo proclama como una confesión de fe. En efecto, en el Credo Niceno-constantinopolitano, el llamado Credo ‘largo’, decimos: “Padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras”.

La esperanza, entonces, renació en el corazón y el rostro de los discípulos de Emaús porque las Escrituras son eficaces y porque Jesucristo supo cómo explicarlas (dierméneusen, Lc 24,27).  Esta esperanza cobró una mayor firmeza y convicción cuando Jesucristo celebró la Eucaristía en la casa de estos discípulos. Entonces, “se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc 24,27).

Por lo tanto, los tres puntos principales del evangelio de hoy son los siguientes. Primero, el Mesías, es decir, el Cristo debía padecer ‘según las Escrituras’. Segundo, el Cristo debía resucitar ‘según las Escrituras’. Tercero, al terminar su explicación exegética, ya en casa de los discípulos, Jesús celebró la Eucaristía y esa Eucaristía celebrada les abrió los ojos a los discípulos y lo reconocieron, y creyeron firmemente en la resurrección de Jesucristo.

1. El Cristo debía padecer según las Escrituras

Una de las distorsiones más flagrante y dolosa de la teología farisaica fue haber desconocido que el Mesías era el Siervo Sufriente de Isaías, sobre todo de Isaías capítulo 53. Los fariseos, que corrompieron la revelación divina pública y oficial, amputaron una parte de las Escrituras para poder modelar una figura del Mesías según su propia ideología. Su ambición política y su amor al dinero (cf. Lc 16,14) los había llevado a forjar la imagen de un Mesías plenamente humano, con un horizonte solamente temporal, humanamente exitoso y espectacular. La imagen del Siervo Sufriente de Isaías debía ser suprimida; los fariseos decretaron que no era mesiánica. Sin embargo, dicha profecía pintaba con los rasgos exactos al Mesías doliente y redentor de los pecados. El libro de Isaías es llamado ‘el quinto evangelio’. “Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable (…). Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados” (Is 53,3-4). Nada de esto congeniaba con el concepto de Mesías de los fariseos y por eso lo borraron de un plumazo.

Y ese concepto de Mesías farisaico había cundido por todo el pueblo de Israel. Incluso en caracteres fuertemente religiosos como el de San Pedro: “¡Dios te libre, Señor! De ninguna manera sufrirás mucho de parte de los sacerdotes y los escribas, y de ninguna manera morirás asesinado” (cf. Mt 16,22). Por eso era tan necesario explicar que, ‘según las Escrituras’, el Mesías debía padecer. Para los fariseos y para el pueblo que, necesariamente, seguía su línea teológica, el Mesías, ‘según las Escrituras’, NO debía padecer.

Pero Moisés, Isaías y “todas las Escrituras” dicen otra cosa: “Era maltratado, y no se resistía ni abría su boca; como cordero llevado al matadero. Con violencia e injusticia fue apresado. Fue arrancado de la tierra de los vivos, herido de muerte por los pecados de mi pueblo. Se le preparó una tumba entre los criminales, en su muerte se le juntó con malhechores. El Señor quiso destrozarlo con padecimientos” (Is 53,7-10).

Esto lo repite explícitamente el Catecismo de la Iglesia Católica: “Este designio divino de salvación a través de la muerte del ‘Siervo, el Justo’ (Is 53,11;cf. Hch 3,14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53,11-12). (…) La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8,32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20,28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24,44-45)” (CEC, nº 601).

2. El Cristo debía resucitar ‘según las Escrituras’

Del hecho de negar que el Mesías había venido para salvar al mundo de sus pecados a través del sufrimiento se sigue una consecuencia obvia: no resucitaría. Sin embargo, el mensaje de las Escrituras es completo: el Siervo Doliente sufre por los pecados del mundo, pero resucitará. Incrustado en medio de la narración de los sufrimientos del Mesías, está también el anuncio de su resurrección: “Al darse a sí mismo en expiación, verá descendencia y prolongará sus días, y por él se cumplirá la voluntad del Señor” (Is 53,10).

Los Apóstoles se sirvieron de las Escrituras para anunciar la resurrección de Jesús, para explicar su significado y narrar sus consecuencias y efectos en la vida de la comunidad cristiana. Entre ellos, Pedro el primero. En efecto, el día de Pentecostés, Pedro usará el Sal 16 para demostrar que el Cristo, ‘según las Escrituras’, debía resucitar. Pedro, en la primera lectura de hoy, cita Sal 16,10: “Tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu fiel amigo vea la corrupción” (Hech 2,27). David, quien compuso dicho salmo, no podía hablar de sí mismo, dado que la tumba de David estaba allí entre ellos. David se refería a Jesús, el Cristo e Hijo de Dios.

San Pablo, en Antioquía de Pisidia, anunciará la resurrección de Jesucristo usando el Salmo 2: “Nosotros os anunciamos la buena nueva de que la promesa hecha a nuestros padres la ha cumplido Dios en nosotros, sus hijos, al resucitar a Jesús, como estaba escrito en el Salmo segundo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Hech 13,32-33, cf. Sal 2,7).

Y el profeta Oseas lo dice aun con más detalles: “Venid, volvamos a Yahveh, pues él ha desgarrado y él nos curará, él ha herido y él nos vendará. Dentro de dos días nos dará la vida, al tercer día nos hará resurgir y en su presencia viviremos” (Os 6,1-2).

Los judíos deberían haber creído que el Mesías iba a sufrir para expiar los pecados del pueblo, pero también deberían haber creído que iba a resucitar. Estaba escrito.

El cercenar la revelación acerca de los sufrimientos del Mesías los lleva, necesaria y obviamente, a negar la resurrección. Y el negar la resurrección los priva del acceso a la fe en la divinidad de Jesucristo. En efecto, dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: ‘Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy’ (Jn 8,28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era ‘Yo Soy’, el Hijo de Dios y Dios mismo” (CEC, nº 653). La resurrección de Jesucristo demuestra que Él es Dios.

3. Todo culmina en la “fracción del pan”

En los discípulos de Emáus hay un cambio notable que es consignado por el mismo texto del evangelio. De tener unos rostros tristes (Lc 24,17) pasan a tener unos corazones llenos del fuego de la consolación (Lc 24,32). Y todo esto a causa de la explicación exegética de Jesús. Pero, sin embargo, la transformación definitiva no se produce sino cuando Jesús ‘parte el pan’. En ese momento, completando la dulzura y el ardor de la consolación de los corazones, sus inteligencias alcanzan la comprensión perfecta del misterio: sus ojos se abren y lo reconocen como el Cristo resucitado (Lc 24,31).

No cabe dudas que esta acción sobre el pan que Jesús hace en casa de los discípulos de Emaús es la celebración de la Eucaristía. El primer argumento para afirmar esto es que los gestos hechos por Jesús en Lc 24,30 con los discípulos de Emaús son exactamente los mismos que hizo cuando consagró por primera vez el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre en la Última Cena, según los tres evangelistas que lo narran (Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,19). Además de ser exactamente los mismos gestos, están narrados en el mismo orden y usando los mismos términos griegos. Esos gestos son: 1. Tomar el pan; 2. Bendecir*1; 3. Partir el pan; 4. Dar el pan*2.

El segundo argumento es que la expresión ‘partir el pan’ es explícitamente usada por San Pablo para expresar la consagración del Cuerpo y Sangre de Cristo dentro de la celebración eucarística, sin que pueda caber la menor duda: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos (klômen), ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1Cor 10,16). Éste argumento se ve fortalecido porque en, al menos, tres lugares más del NT se usa la expresión verbal ‘partir el pan’ (klân tón árton) refiriéndose, sin ninguna duda, a la celebración de la Eucaristía. Esos lugares son: Hech 2,46; Hech 20,7 y Hech 20,11 *3.

El tercer argumento es que el verbo kláo da origen a un sustantivo (klásis) que expresa la acción de partir o fraccionar y que puede traducirse por ‘partición’ o, mejor, ‘fracción’. Pues bien, la frase ‘fracción del pan’ (klásis toû ártou) expresará, sin lugar a dudas, la Eucaristía. Hasta tal punto esto es verdad que ‘la fracción del pan’ se convertirá en una de las cuatro columnas esenciales de la Iglesia, tal como lo narra San Lucas en los Hechos de los Apóstoles: el magisterio de la Iglesia, la vida fraterna en común, la Eucaristía y la oración litúrgica: “Perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan (klásis toû ártou) y en las oraciones” (Hech 2,42)*4. La Eucaristía entra dentro de la definición de Iglesia.

Con exactamente estas mismas palabras se expresarán los discípulos de Emaús cuando relaten a los demás discípulos su encuentro con Jesús: “Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan (klásis toû ártou)” (Lc 24,35).

San Juan Pablo II confirma que la acción que Jesús hizo sobre el pan en casa de los discípulos de Emaús es la celebración de la Eucaristía. Dice el Papa Magno: “En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20).

“La «fracción del pan» —como al principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo hace presente a lo largo de los siglos el misterio de su muerte y resurrección. En ella se le recibe a Él en persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna, merced a la cual se pregusta el banquete eterno en la Jerusalén celeste”*5.

La expresión verbal ‘partir el pan’ y el sustantivo ‘fracción del pan’ son un nombre apropiadísimo de la Eucaristía porque expresan de manera inmejorable lo esencial de la Eucaristía, es decir, el hecho de que se trata del mismo Sacrificio de Cristo. El pan partido es el cuerpo de Cristo roto por sus padecimientos y por su muerte. El pan fraccionado es el pan que se rompe para ser comido por los demás, como Cristo que muere para dar vida a otros. Se trata de la misma lógica del trigo que debe morir para germinar y dar fruto.

En las reacciones de los discípulos de Emaús vemos cómo hay un movimiento circulatorio o una retroalimentación entre Escrituras y Eucaristía. La explicación de las Escrituras nos conduce a la participación del Sacrificio de Cristo. Pero al mismo tiempo, la Eucaristía nos abre los ojos para que nuestras inteligencias vean y crean que, ‘según las Escrituras’, el Cristo debía padecer y resucitar. La Eucaristía abre los ojos para reconocer a Jesús resucitado (Lc 24,31) y abre las inteligencias para comprender las Escrituras (Lc 24,45).

De esta manera queda en evidencia que la comprensión de las Escrituras es un don que no depende solamente de la lectura y del esfuerzo personal por penetrar en ellas. La comprensión plena de las Escrituras solamente la alcanza aquel que entra en comunión personal con el Sacrificio de Cristo y se une íntimamente a Cristo comulgando su Cuerpo sacramental*6.

Conclusión

Dentro de algunos momentos nosotros vamos a ‘partir el pan’, vamos a actualizar el mismo sacrificio que Cristo hizo sobre la cruz, pero ahora sobre el altar, es decir, de manera sacramental. En esta Santa Misa que estamos celebrando se repite el mismo dinamismo que vemos en el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús. Hemos leído la Escritura, nuestros corazones ardieron al escuchar que el Cristo resucitó ‘según las Escrituras’. Y en seguida Jesús nos partirá el pan para que se abran nuestros ojos y nuestras inteligencias y lleguemos a una comprensión plena, profunda y personal de Cristo resucitado.

Sin la participación en la Santa Misa dominical, que incluye el ofrecimiento de nuestra persona a Dios y la comunión del Cuerpo de Cristo, nunca llegaremos a ese objetivo tan anhelado de conocer y comprender las Escrituras. Por el contrario, aquel que persevera en ‘la fracción del pan’, como lo hacían los primeros cristianos (cf. Hech 2,42), poco a poco va penetrando en la revelación de Dios y en el conocimiento de Cristo, y va teniendo una mayor inteligencia de los misterios cristianos.

Pidámosle esa gracia a María Santísima.

___________________________________________________
*1- En Lc 24,30 y en la narración de la institución de la Eucaristía de Mt y Mc se usa el verbo eulogéo. En la narración de la institución de la Eucaristía en Lc se usa el verbo eujaristéo.
*2- Exactamente los mismos gestos, en el mismo orden y con los mismos verbos en Mt 14,19, donde se narra la multiplicación de los panes. Esto indica que el milagro de la multiplicación de los panes está ordenado a figurar la Eucaristía. Esto se ve con evidencia en Jn 6, donde al milagro de la multiplicación de los panes sigue el Discurso del Pan de Vida.
*3- Cf. Cipriani, S., Eucaristía, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ediciones Paulinas, Madrid, 1990, p. 579.
*4- Respecto a esto dice Benedicto XVI: “En los Hechos de los Apóstoles, San Lucas nos da una especie de definición de la Iglesia, entre cuyos elementos constitutivos enumera la adhesión a la ‘enseñanza de los Apóstoles’, a la ‘comunión’ (koinonia), a la ‘fracción del pan’ y a la ‘oración’ (cf. Hch 2,42).” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, nº 20).
*5- San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine, año 2004, nº 2-3. Dice también el Papa santo: “Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo de la «fracción del pan». Una vez que las mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados, los signos «hablan». La Eucaristía se desarrolla por entero en el contexto dinámico de signos que llevan consigo un mensaje denso y luminoso. A través de los signos, el misterio se abre de alguna manera a los ojos del creyente” (San Juan Pablo II, ídem, nº 14).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas un solo acto de culto’ (SC 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21). He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, ‘tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio’ (cf Lc 24,13-35)” (CEC, nº 1346-1347).

Y un buen exégeta piensa lo mismo: “Retengamos como lección de este pasaje evangélico de Lc 24,13-35: En el Sacramento de la «Fracción del Pan» se iluminan nuestros ojos y se vigoriza nuestro corazón. Es el Sacramento «viático» de los peregrinos”. (Solé – Roma, J. M., Ministros de la Palabra, Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, p. 116).

Si nos pareciera extraño que Jesucristo celebrara la Eucaristía en el contexto de una cena normal, recordemos que ése fue el modo en que se celebró la Eucaristía en la primera Iglesia. Esta verdad está atestiguada en 1Cor 11,20-30, donde S. Pablo corrige los abusos que provenían del hecho de dar más importancia a los manjares que a la recepción digna del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sólo con el correr de los siglos la Iglesia ordenó los ritos de la Santa Misa tal como los tenemos ahora (cf. Jungmann, J., El Sacrificio de la Misa. Tratado histórico – litúrgico, BAC, Madrid, 19634, parágrafo 10, p. 31).
*6- Respecto a esto dice Benedicto XVI: “El relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús nos permite una reflexión ulterior sobre la unión entre la escucha de la Palabra y el partir el pan (cf. Lc 24,13-35). Jesús salió a su encuentro el día siguiente al sábado, escuchó las manifestaciones de su esperanza decepcionada y, haciéndose su compañero de camino, «les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (24,27). Junto con este caminante que se muestra tan inesperadamente familiar a sus vidas, los dos discípulos comienzan a mirar de un modo nuevo las Escrituras. Lo que había ocurrido en aquellos días ya no aparece como un fracaso, sino como cumplimiento y nuevo comienzo. Sin embargo, tampoco estas palabras les parecen aún suficientes a los dos discípulos. El Evangelio de Lucas nos dice que sólo cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (24,31), mientras que antes «sus ojos no eran capaces de reconocerlo» (24,16). La presencia de Jesús, primero con las palabras y después con el gesto de partir el pan, hizo posible que los discípulos lo reconocieran, y que pudieran revivir de un modo nuevo lo que antes habían experimentado con él: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (24,32).

“Estos relatos muestran cómo la Escritura misma ayuda a percibir su unión indisoluble con la Eucaristía. «Conviene, por tanto, tener siempre en cuenta que la Palabra de Dios leída y anunciada por la Iglesia en la liturgia conduce, por decirlo así, al sacrificio de la alianza y al banquete de la gracia, es decir, a la Eucaristía, como a su fin propio». Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico. La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico. En efecto, sin el reconocimiento de la presencia real del Señor en la Eucaristía, la comprensión de la Escritura queda incompleta” (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Post-Sinodal Verbum Domini, año 2010, nº 54-55).

Volver Aplicación

S.S. Francisco p.p.

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo, que es el tercer domingo de Pascua, es el de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Estos eran dos discípulos de Jesús, los cuales, tras su muerte y pasado el sábado, dejan Jerusalén y regresan, tristes y abatidos, hacia su aldea, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino Jesús resucitado se les acercó, pero ellos no lo reconocieron. Viéndoles así tristes, les ayudó primero a comprender que la pasión y la muerte del Mesías estaban previstas en el designio de Dios y anunciadas en las Sagradas Escrituras; y así vuelve a encender un fuego de esperanza en sus corazones.

Entonces, los dos discípulos percibieron una extraordinaria atracción hacia ese hombre misterioso, y lo invitaron a permanecer con ellos esa tarde. Jesús aceptó y entró con ellos en la casa. Y cuando, estando en la mesa, bendijo el pan y lo partió, ellos lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista, dejándolos llenos de estupor. Tras ser iluminados por la Palabra, habían reconocido a Jesús resucitado al partir el pan, nuevo signo de su presencia. E inmediatamente sintieron la necesidad de regresar a Jerusalén, para referir a los demás discípulos esta experiencia, que habían encontrado a Jesús vivo y lo habían reconocido en ese gesto de la fracción del pan.

El camino de Emaús se convierte así en símbolo de nuestro camino de fe: las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. También nosotros llegamos a menudo a la misa dominical con nuestras preocupaciones, nuestras dificultades y desilusiones… La vida a veces nos hiere y nos marchamos tristes, hacia nuestro «Emaús», dando la espalda al proyecto de Dios. Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos explica las Escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza, y en la Comunión nos da fuerza. Palabra de Dios, Eucaristía. Leer cada día un pasaje del Evangelio. Recordadlo bien: leer cada día un pasaje del Evangelio, y los domingos ir a recibir la comunión, recibir a Jesús. Así sucedió con los discípulos de Emaús: acogieron la Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres. Siempre, queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios y la Eucaristía nos llenan de alegría. Recordadlo bien. Cuando estés triste, toma la Palabra de Dios. Cuando estés decaído, toma la Palabra de Dios y ve a la misa del domingo a recibir la comunión, a participar del misterio de Jesús. Palabra de Dios, Eucaristía: nos llenan de alegría.

Por intercesión de María santísima, recemos a fin de que cada cristiano, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, especialmente en la misa dominical, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor, con el Señor resucitado, que está siempre con nosotros. Siempre hay una Palabra de Dios que nos da la orientación después de nuestras dispersiones; y a través de nuestros cansancios y decepciones hay siempre un Pan partido que nos hace ir adelante en el camino.

(Regina Caeli, 4 de mayo de 2014)

Volver Aplicación



San Juan Pablo II

 

“Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se le abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc 24,30-31).

Acabamos de escuchar estas palabras del evangelio de san Lucas, que narran el encuentro de Jesús con dos de sus discípulos en camino hacia la aldea de Emaús, el mismo día de su resurrección. Ese encuentro inesperado alegra el corazón de los dos viandantes desconsolados, y les devuelve la esperanza. El evangelio dice que, después de reconocerlo, “al momento se volvieron a Jerusalén” (Lc 24,33). Sentían necesidad de comunicar a los Apóstoles “lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24,35).

Del encuentro personal con Jesús brota, en el corazón de los creyentes, el deseo de dar testimonio de Él. (…). Escucharon las palabras de Jesús y cultivaron su compañía, sintiendo arder su corazón en el pecho. ¡Qué fascinación tan indescriptible ejerce la presencia misteriosa del Señor en los que le acogen! Es la experiencia de los santos. Es la misma experiencia espiritual que podemos hacer nosotros, peregrinos por los caminos del mundo hacia la patria celestial. El Resucitado también sale a nuestro encuentro con su palabra, revelándonos su amor infinito en el sacramento del Pan eucarístico, partido por la salvación de toda la humanidad. Que los ojos de nuestro espíritu se abran a su verdad y a su amor…

”Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos” (Hch 2,32).

“Todos nosotros somos testigos”: el que habla es Pedro, en nombre de los Apóstoles. En su voz reconocemos la de los innumerables discípulos, que a lo largo de los siglos han hecho de su vida un testimonio del Señor muerto y resucitado… Estamos invitados a dar el máximo relieve a la virtud de la caridad… Al ideal evangélico de la caridad hacia el prójimo, especialmente hacia los humildes, los enfermos y los abandonados… El amor a Jesús exige el servicio generoso a los hermanos. En efecto, en su rostro, especialmente en el de los más necesitados, resplandece el rostro de Cristo.

En la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar, leemos que fuimos rescatados “no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,19). La certeza del valor infinito de la sangre de Cristo, derramada por nosotros, induce a responder al amor de Dios con un amor igualmente generoso e incondicional, manifestado mediante el servicio humilde y fiel a los “queridos pobres”.

 “Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída” (Lc 24,29). Los dos viandantes, cansados, pidieron a Jesús que se quedara con ellos en su casa para compartir su mesa.

Quédate con nosotros, Señor resucitado. Ésta es también nuestra aspiración diaria. Si tú te quedas con nosotros, nuestro corazón está en paz.

Acompáñanos, como hiciste con los discípulos de Emaús, en nuestro camino personal y eclesial.

Ábrenos los ojos, para que sepamos reconocer los signos de tu presencia inefable.

Haz que seamos dóciles a las inspiraciones de tu Espíritu. Aliméntanos todos los días con tu Cuerpo y tu Sangre, pues así sabremos reconocerte y te serviremos en nuestros hermanos.

María, Reina de los santos, ayúdanos a poner en Dios nuestra fe y nuestra esperanza (cf. 1 Pe 1,21).

 (Homilía en la Misa de canonización, 18 de abril de 1999)

Volver Aplicación

Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este domingo —el tercero de Pascua— es el célebre relato llamado de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). En él se nos habla de dos seguidores de Cristo que, el día siguiente al sábado, es decir, el tercero desde su muerte, tristes y abatidos dejaron Jerusalén para dirigirse a una aldea poco distante, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino, se les unió Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron. Sintiéndolos desconsolados, les explicó, basándose en las Escrituras, que el Mesías debía padecer y morir para entrar en su gloria. Después, entró con ellos en casa, se sentó a la mesa, bendijo el pan y lo partió. En ese momento lo reconocieron, pero él desapareció de su vista, dejándolos asombrados ante aquel pan partido, nuevo signo de su presencia. Los dos volvieron inmediatamente a Jerusalén y contaron a los demás discípulos lo que había sucedido.

La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Hay diversas hipótesis, y esto es sugestivo, porque nos permite pensar que Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna.

En la conversación de los discípulos con el peregrino desconocido impresiona la expresión que el evangelista san Lucas pone en los labios de uno de ellos: «Nosotros esperábamos…» (Lc 24, 21). Este verbo en pasado lo dice todo: Hemos creído, hemos seguido, hemos esperado…, pero ahora todo ha terminado. También Jesús de Nazaret, que se había manifestado como un profeta poderoso en obras y palabras, ha fracasado, y nosotros estamos decepcionados.

Este drama de los discípulos de Emaús es como un espejo de la situación de muchos cristianos de nuestro tiempo. Al parecer, la esperanza de la fe ha fracasado. La fe misma entra en crisis a causa de experiencias negativas que nos llevan a sentirnos abandonados por el Señor. Pero este camino hacia Emaús, por el que avanzamos, puede llegar a ser el camino de una purificación y maduración de nuestra fe en Dios.

También hoy podemos entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra. También hoy, él parte el pan para nosotros y se entrega a sí mismo como nuestro pan. Así, el encuentro con Cristo resucitado, que es posible también hoy, nos da una fe más profunda y auténtica, templada, por decirlo así, por el fuego del acontecimiento pascual; una fe sólida, porque no se alimenta de ideas humanas, sino de la palabra de Dios y de su presencia real en la Eucaristía.

Este estupendo texto evangélico contiene ya la estructura de la santa misa: en la primera parte, la escucha de la Palabra a través de las sagradas Escrituras; en la segunda, la liturgia eucarística y la comunión con Cristo presente en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La Iglesia, alimentándose en esta doble mesa, se edifica incesantemente y se renueva día tras día en la fe, en la esperanza y en la caridad. Por intercesión de María santísima, oremos para que todo cristiano y toda comunidad, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor resucitado.

(Regina Caeli, 6 de abril de 2008)

Volver Aplicación

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Los discípulos de Emáus

Lc 24, 13-35

“Y les dijo: ¡oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer!”*1.

“Se les abrieron los ojos y le reconocieron”*2.

            En estos dos versículos aparecen tres elementos esenciales de la fe. La fe es el fin que busca Lucas al escribir este Evangelio. Quiere suscitar en sus lectores la fe en la resurrección de Cristo.

            “Creer es un acto de entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia”, dice Santo Tomás de Aquino*3.

            Los de Emaús no creían porque no conocían las Escrituras “hombres sin inteligencia” y tenían debilitada la voluntad por la tristeza. Es la gracia de Dios, finalmente, la que les abrirá los ojos para reconocer a Cristo resucitado, para creer en Él.

            “Tardos de corazón”. A pesar de haber recibido testimonios de otras personas*4 no creen.

            “Sin inteligencia” porque además de desconocer las Escrituras*5 no habían meditado en ellas, es decir les faltó inteligencia de la fe.

            La fe es una gracia. Es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad”*6.

La fe y la inteligencia

            El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos. “Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación”*7. Son los motivos de credibilidad… En éste caso los discípulos tuvieron un sentimiento de ardor en el corazón y también gestos majestuosos de parte de su acompañante, la fracción del pan y luego el milagro de la desaparición que fue un hecho sobrenatural para ellos aunque no milagroso en cuanto al cuerpo de Cristo que poseía la dote de agilidad espiritual. Estos tres elementos se suman y producen una conmoción intelecto afectiva en los discípulos que movidos por la gracia de Dios reconocen a Jesús*8. Los motivos muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu*9.

La fe trata de comprender*10

            Es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una mayor fe, cada vez más encendida de amor: “¿no estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”*11. La gracia de la fe abre “los ojos del corazón”*12 para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, el conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del misterio revelado. Ahora bien para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones*13: “Se les abrieron los ojos y le reconocieron”*14.

            La actividad intelectual natural precede, acompaña y sigue al acto de fe […] lo que es objeto de fe no puede al mismo tiempo y con el mismo título ser objeto de la ciencia; lo que es objeto de la ciencia no puede al mismo tiempo y con el mismo título ser objeto de la fe: “le reconocieron, pero él desapareció de su lado”*15, volvieron a Jerusalén y contaron lo que les había pasado confirmando a los demás en la fe en la resurrección.

Creo para comprender

            La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia […] Jesús se hizo un compañero de camino. Es Jesucristo el que ha redimido la razón de su debilidad a la cual fue sometida por nuestros primeros padres. “Yo soy la luz del mundo”*16

Entiendo para creer

            El hombre busca la verdad con la ayuda de su razón pero también puede encontrarla mediante el abandono confiado en otras personas y especialmente el abandono confiado en Jesús “habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús”*17. Él es la Palabra Eterna, en quien todo ha sido creado y a la vez es la Palabra encarnada que en toda su persona revela al Padre. Lo que la razón humana busca puede encontrarlo por medio de Cristo porque Él revela la verdad plena*18 de todo ser.

___________________________________________________
*1- v. 25
*2- v. 31
*3- II-II, 2, 9
*4- v., 24. Probablemente Pedro, Juan, las mujeres. Cf. Jn 20, 3-10
*5- Quizá las conocieran pero sin penetrar en ellas.
*6- Concilio Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislación posconciliar. Constitución Apostólica Dei Verbum, 5 (D.V. 5)…, 162-3
*7- Concilio Vaticano I, De la fe, c. 3. Dz 1789
*8- v. 31
*9- Cf. C. V. I, De la fe, c. 3. Dz 1791
*10- San Anselmo. C. Ig. Cat. nº 158
*11- v. 32
*12- Cf. Ef 1, 18
*13- Cf. D.V. 5
*14- v. 31
*15- Ibíd.
*16- Jn 8, 12
*17- Ef 4, 21; Cf. Col 1, 15-20
*18- Cf. Jn 1, 14

Volver Aplicación

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio

                                                                             

Domingo II de Pascua (A)

 

23
abril

Domingo II de Pascua  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Directorio Homilético

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

.         Notas sobre las Lecturas

Domingo II de Pascua (A)

(Domingo 23 de abril de 2017)

 Domingo de la Divina Misericordia

LECTURAS

Todos los creyentes se mantenían unidos
y ponían lo suyo en común

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     2, 42-47

Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.
Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno.
Intimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24

R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!

O bien:

Aleluia.

Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón:
íes eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor! R.

Me empujaron con violencia para derribarme,
pero el Señor vino en mi ayuda.
El Señor es mi fuerza y mi protección;
él fue mi salvación.
Un grito de alegría y de victoria
resuena en las carpas de los justos. R.

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él. R.

Nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo,
a una esperanza viva

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro     1, 3-9

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo. Porque gracias a la fe, el poder de Dios los conserva para la salvación dispuesta a ser revelada en el momento final.
Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo. Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 20, 29

Aleluia.
Ahora crees, Tomás, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!, dice el Señor.
Aleluia.

EVANGELIO

Ocho días más tarde, apareció Jesús

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 19-31

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Guión Domingo de la Octava de Pascua- Ciclo A- 23 de Abril 2017

Entrada:

Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, llamado por la Iglesia ‘Domingo de la Divina Misericordia’. Hoy Jesús entrega a sus apóstoles el grandioso poder de perdonar los pecados y se derrama sobre el mundo la misericordia de Dios. Participemos de esta Misa con atención y devoción.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura:                                       Hechos, 2, 42- 47

En los Hechos de los Apóstoles se nos dice que la unidad y la solidaridad entre los miembros de la Iglesia es fruto del misterio pascual.

Salmo Responsorial: 117

2ª Lectura:                                               1 Pedro 1, 3- 9

El Apóstol Pedro nos anuncia que la resurrección de Jesucristo es, para nosotros, causa de una esperanza viva, que consiste en acceder a la vida eterna.

Evangelio:                                                      Juan 20, 19- 31

San Juan nos narra cómo Jesús, apareciéndose una semana después de su resurrección, entrega a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados a quienes se arrepienten: “A quienes ustedes les perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes ustedes se los retengan, les serán retenidos”.

Preces, octava de pascua.

Con la confianza renovada por las maravillas que hace el Señor, presentémosle nuestras intenciones y la de todos nuestros hermanos.
A cada intención respondamos cantando:

+ Pidamos al Señor que guíe y fortalezca al Santo Padre en su misión de llevar al mundo entero la alegría del Evangelio, la Resurrección de Cristo, nuestro Redentor. Oremos.

+ Para que el triunfo de Cristo llegue a los confines de la tierra por la extensión de la Iglesia católica y el ejemplo de santidad de sus miembros vivos. Oremos

+ Para que este domingo llamado “de la misericordia”, nos adentremos en el Corazón misericordioso de Dios Padre y nos hagamos semejantes a Él al ejercitarla con nuestro prójimo. Oremos.

+ Por nuestras familias, amigos y benefactores, que en este tiempo pascual intensifiquen la fe en la presencia viva, operante y permanente de Jesucristo, y que esta certeza los inunde de alegría. Oremos.

+ Por las benditas almas del purgatorio, para que puedan ver el rostro de Cristo redentor eternamente en el cielo. Oremos.

Padre Santo, estas son las necesidades de tu pueblo que peregrina en esta Pascua. Te pedimos, por tu gran amor, que atiendas nuestras súplicas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Te damos, Señor, todo lo que somos y tenemos para unirnos a Cristo nuestra Pascua, y ofrecemos:

+ En estos alimentos el deseo de ayudar a los que más necesitan de nuestra solidaridad.

+ En estos cirios entregamos nuestra adhesión a la fe en el poder de la Resurrección.

+ Con el pan y el vino queremos entregarnos junto a Cristo como oblación acepta a Dios.

Comunión: “Señor mío y Dios mío” Aumenta mi fe, mi esperanza y amor cuando vengas a mi alma y me introduzcas en tus sagradas llagas abiertas por amor mío.

Salida:

Después de haber experimentado en la celebración de la Eucaristía la misericordia de Dios, vayamos al mundo con seguridad y confianza para anunciar las maravillas del evangelio.

Volver Textos Litúrgicos

 

Nota sobre las Lecturas del Tiempo Pascual

Respecto a las lecturas de los domingos del Tiempo Pascual, dicen los Prenotanda del Leccionario:

“Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. Los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena.

“La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, en el ciclo de los tres años, de modo paralelo y progresivo; de este modo, cada año se ofrecen algunas manifestaciones de la vida, testimonio y progreso de la Iglesia primitiva.

“Para la lectura apostólica, el año A se lee la primera carta de san Pedro, el año B la primera carta de san Juan, el año C el Apocalipsis; estos textos están muy de acuerdo con el espíritu de una fe alegre y una firme esperanza, propio de este tiempo.” (Prenotanda del Leccionario, nº 100)

Para tener en cuenta entonces: en el Tiempo Pascual los evangelios de los domingos son los mismos para los tres ciclos. Las que sí varían según cada ciclo son la primera y la segunda lectura. La primera es siempre (para los tres ciclos) tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, pero en cada ciclo se presentan textos diferentes de ese mismo libro. La segunda lectura se toma, para el Ciclo A, de la primera carta de San Pedro; para el Ciclo B, de la primera carta de San Juan; para el Ciclo C, del Apocalipsis. Es necesario prestar atención al comentario que hacen los Prenotanda a estos tres libros del Nuevo Testamento: presentan una fe alegre y una firme esperanza, propias de este Tiempo Pascual. Por lo tanto, en el momento de preparar la homilía, esta indicación puede ser muy útil, ya que de esta segunda lectura pueden tomarse elementos que sirvan al oyente para captar el espíritu de este tiempo.

Respecto a las ferias del Tiempo Pascual dicen los Prenotanda del Leccionario:

“La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, como los domingos, de modo semi-continuo.

“En el Evangelio, dentro de la octava de Pascua, se leen los relatos de las apariciones del Señor. Después, se hace una lectura semi-continua del Evangelio de san Juan, del cual se toman ahora los textos de índole más bien pascual, para completar así la lectura ya empezada en el tiempo de Cuaresma. En esta lectura pascual ocupan una gran parte el discurso y la oración del Señor después de la cena”. (Prenotanda del Leccionario, nº 101).

El nº 102 de los Prenotanda explica en detalle la distribución de las lecturas para las solemnidades de la Ascensión y de Pentecostés.

Es necesario prestar atención al hecho de que tanto en los domingos como en las ferias del Tiempo Pascual se le da un lugar preferencial al discurso y oración del Señor después de la cena, que San Juan consignó en su evangelio. El estudio de este texto será un instrumento privilegiado para la preparación de las homilías del Tiempo Pascual.

P. Lic. José Antonio Marcone, I.V.E.

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

Directorio Homilético

 

Segundo domingo de Pascua

CEC 448, 641-646: la aparición del Resucitado

CEC 1084-1089: la presencia santificante de Cristo resucitado en la Liturgia

CEC 2177-2178, 1342: la Eucaristía dominical

CEC 654-655, 1988: nuestro nacimiento a una vida nueva en la Resurrección de Cristo

CEC 976-984, 1441-1442: “Creo en el perdón de los pecados”

CEC 949-953, 1329, 1342, 2624, 2790: la comunión de los bienes espirituales

448    Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: “¡Es el Señor!” (Jn 21, 7).

Las apariciones del Resucitado

641    María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

642    Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular – en la  construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su  Iglesia. La fe de la primera comunidad de  creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643    Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano (cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

644    Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin  embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

          El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645    Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27)  y el compartir  la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646      La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

II       LA OBRA DE CRISTO EN LA LITURGIA

          Cristo glorificado…

1084  “Sentado a la derecha del Padre” y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.

1085  En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los  demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.

          …desde la Iglesia de los Apóstoles…

1086  “Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (SC 6)

1087  Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles, les confía su poder de santificación (cf Jn 20,21-23); se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta “sucesión apostólica” estructura toda la vida litúrgica de la Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del Orden.

          …está presente en la Liturgia terrena…

1088  “Para llevar a cabo una obra tan grande” -la dispensación o comunicación de su obra de salvación-“Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, `ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es El mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: `Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ (Mt 18,20)” (SC 7).

1089  “Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por El rinde culto al Padre Eterno” (SC 7)

          …que participa en la Liturgia celestial.

La eucaristía dominical

2177  La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. “El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC, can. 1246,1).

          “Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos” (CIC, can. 1246,1).

2178  Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: “no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente” (Hb 10,25).

            La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: “Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración…Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida…Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).

1342  Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:

          Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

654    Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) “a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos … así también  nosotros vivamos una nueva vida” (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: “Id, avisad a mis hermanos” (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655    Por último, la Resurrección de Cristo – y el propio Cristo resucitado – es principio y fuente de nuestra resurrección futura: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron … del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos “saborean los prodigios del mundo futuro” (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15).

Artículo10                  “CREO EN EL PERDON DE LOS PECADOS”

976    El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a su apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23).

          (La IIª parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el Sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos).

I        UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS PECADOS

977    Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que “vivamos también una vida nueva” (Rm 6, 4).

978    “En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de Fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas… Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal” (Catech. R. 1, 11, 3).

979    En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado? “Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder de perdonar los pecados, también hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el único medio de servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había recibido de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a todos los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento de su vida” (Catech. R. 1, 11, 4).

980    Por medio del sacramento de la penitencia el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:

          Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia “un bautismo laborioso” (San Gregorio Nac., Or. 39. 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672).

II       EL PODER DE LAS LLAVES

981    Cristo, después de su Resurrección envió a sus apóstoles a predicar “en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones” (Lc 24, 47). Este “ministerio de la reconciliación” (2 Co 5, 18), no lo cumplieron los apóstoles y sus sucesores anunciando solamente a los hombres el perdón de Dios merecido para nosotros por Cristo y llamándoles a la conversión y a la fe, sino comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo:

          La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado (San Agustín, serm. 214, 11).

982    No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. “No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero” (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).

983    La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la fe en la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los apóstoles y de sus sucesores:

          El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1, 34).

          Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles, ni a los arcángeles… Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo, sac. 3, 5).

            Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don (San Agustín, serm. 213, 8).

Sólo Dios perdona el pecado

1441  Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina,  Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

1442    Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado “en nombre de Cristo”, y “es Dios mismo” quien, a través de él, exhorta y suplica: “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Co 5,20).

Volver Direc. Homil.

Inicio

 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O. P.

El resucitado

Este gran día de la Resurrección tocaba a su fin, pero no terminó sin que Jesús se manifestase a un grupo fiel, impaciente por demás de satisfacer sus miradas con su presencia. Sin embargo, cuando súbitamente le vieron en medio de ellos, sin que nadie le abriera las puertas, cerradas por temor a los judíos, un terror sagrado los sobrecogió de momento. Reconocían a Jesús, pero creían ver un espíritu. Cristo les dice: « ¿Por qué estáis turbados? La paz sea con vosotros». Y les mostró sus manos y sus pies, que habían sido clavados y su costado herido por una lanza*1.

San Lucas, que era médico, buen psicólogo y sabía el valor de los hechos materiales comprobados, añade que el exceso de alegría turbaba su convicción; porque, sin duda, temían tomar por realidad sus deseos. Bien lo comprendió Jesús, y, para devolver a los suyos el sosiego con la más familiar de las realidades, les pidió si tenían algo que darle de comer: comió a continuación delante de ellos parte de un pez asado. No porque hubiese vuelto a la vida vegetativa cotidiana, sino solamente para probar la realidad de la resurrección.

De este modo, plenamente convencidos, vueltos en sí esperaban una palabra nueva de su Maestro, y le oyeron decir otra vez: «La paz sea con vosotros». Esta vez la paz estaba conquistada. Entonces les habla de su misión, dándoles el mandato augusto que les abre el mundo. «Como me envió mi Padre, así también Yo os envío». Después sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonareis los pecados, le serán perdonados, y a los que los retuviereis, les serán retenidos». No fue ésta todavía la gran manifestación del Espíritu prometido en la tarde de la última Cena*2; vendrá su hora, pero desde este momento, luego de la resurrección, los constituyó en un gobierno espiritual. Desde entonces tendrán poder sobre las almas, y este poder se dejará sentir especialmente, o por el perdón de los pecados, concedido sin duda en nombre de Dios, o por la denegación del perdón, a causa de las malas disposiciones del pecador, porque a los sinceramente arrepentidos, Dios perdona siempre. Los dispensadores de esta gracia serán jueces en estos casos; deberán, pues, conocerlos. Con razón la Iglesia ha visto aquí en esta actitud, y con estas memorables palabras, la institución del sacramento de la Penitencia.

Jesús resucitado no debía hacer vida común con los apóstoles como otras veces. Eran las apariciones un hecho excepcional: ni san Juan ni esta vez san Lucas tuvieron necesidad de decir que había desaparecido después de esta gran manifestación del domingo de resurrección. Este gran día se ha convertido en la verdadera fiesta de la Pascua de los cristianos.

Un apóstol no estaba presente aquella tarde: era Tomás, que probablemente fue convocado con los otros después de la aparición hecha a Pedro; pero que juzgaría prudente abstenerse, ya que no creía más a Pedro que los otros habían creído a las mujeres. Rehusó dar crédito al testimonio de sus hermanos.

Nuestro tiempo es poco dado a creer en milagros, pero no es menos crédulo, sobre todo cuando se le habla en nombre de la ciencia. En esto consistió la habilidad de Renán al afirmar, como si lo hubiera comprobado en Oriente, que los orientales están siempre al acecho de lo sobrenatural para, con alegría, adherirse a ello. Las disposiciones de ánimo de los judíos de entonces no eran ciertamente diferentes de los judíos de hoy. Desde las alturas en donde estaban, lo habían relegado a una trascendencia majestuosa. Dios no se mezclaba en el curso de las cosas humanas, si no era para darles un impulso regular. No se mostraron los apóstoles en toda la historia de Jesús muy dispuestos para las cosas sobrenaturales. Sin duda esperaban la gran manifestación mesiánica, pero no había llegado. La Pasión, cuya sola idea era rechazada con horror, los había hecho desconfiar y, no comprendiendo las afirmaciones de Jesús en este punto, el glorioso desquite que conseguiría mediante su resurrección, trascendía sus previsiones.

Cuando fueron convencidos todos por la misma realidad, Tomás permaneció recalcitrante. Seguramente los discípulos habían sido víctimas de una alucinación, y lo que vieran sólo era un fantasma. Y como le objetasen que habían visto las heridas del crucificado, respondió que en tales casos no bastaba ver, era preciso tocar. Por tanto, él no se fiaba más que de sí mismo: «Si no veo en sus manos las señales de los clavos, y no meto mis dedos en el lugar de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Aprendamos aquí a tener la misma indulgencia que Cristo con los que dudan. Dejó a Tomás en sus dudas durante siete días. Habiendo visto los apóstoles a Jesús en Jerusalén, no se daban prisa a volver a Galilea. Se reunieron el octavo día, bien para orar juntos por última vez, bien para decidir el camino que debían seguir juntos. Las puertas estaban cerradas: súbitamente, Jesús se halló en medio de ellos y los saludó: «La paz sea con vosotros». Después dice a Tomás: «Pon tu dedo aquí y mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel».

Tomás ¿dejó a Cristo que se apoderase de su mano y la llevase a la herida del costado o, renunciando a su lógica, se rindió a la evidencia de lo que veía? Fueron los labios de este incrédulo de quienes salió el primer acto explícito de fe en la divinidad del Resucitado. Gritó: « ¡Señor mío y Dios mío!» Jesús, con una sonrisa de perdón: « ¿Porque me has visto has creído?» Eso no es de maravillar, ni muy meritorio. « ¡Dichosos los que creen sin haber visto!»

Se había excedido rehusando creer en la resurrección de su Maestro, no dando crédito al testimonio de sus hermanos, cuya sinceridad conocía. Es lo que con dulzura hace resaltar Jesús. Él había querido ver con sus ojos el cuerpo resucitado y, habiéndolo visto, no tenía que remitirse a otros para este hecho. Pero, como muy bien nota san Gregorio, viendo la humanidad gloriosa creyó en la divinidad, haciendo así un verdadero acto de fe. Este acto exigía ya, como al presente, la adhesión de la inteligencia a una verdad revelada por el mismo Jesucristo y, por tanto, revelada por Dios. Esta adhesión era más fácil a los apóstoles, porque la afirmación de Jesús estaba confirmada por su resurrección. Más dichosos eran ellos creyendo en su divinidad que gozando de la presencia sensible de su humanidad. Ésta dicha, preludio de la bienaventuranza eterna, es también la parte escogida de los que creen sin haber gustado la misma consolación. No deben ellos olvidar que Jesús les ha prometido que su presencia interior, en compañía del Padre y del Espíritu Santo (Jn 14,23,17), no les faltaría, presencia que hace la fe más fácil y más dulce.

(LAGRANGE, Joseph. Vida de Jesucristo. Edibesa, Madrid, 2.002. Pag. 524-526)

_________________________________________________
*1- San Lucas y San Juan se completan mutuamente aquí, sin tener que forzar la armonía.
*2- No es solamente porque San Lucas cuenta de otra manera la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, es porque el mismo San Juan consideraba esta misión solemne del Espíritu como un don del Hijo subido ya al Padre y para consolar y fortalecer a los suyos en su ausencia (14,16-26; 16,7-13).

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

Las lecturas del Tiempo Pascual

51. (…) Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. En los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena» (OLM 99100). La rica serie de lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento escuchadas en el Triduo representa uno de los momentos más intensos de la proclamación del Señor resucitado en la vida de la Iglesia, y pretende ser instructiva y formativa para el pueblo de Dios a lo largo de todo el año litúrgico. En el curso de la Semana Santa y del Tiempo de Pascua, basándose en los mismos textos bíblicos, el homileta tendrá variadas ocasiones para poner el acento en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como contenido central de las Escrituras. Este es el tiempo litúrgico privilegiado en el que el homileta puede y debe hacer resonar la fe de la Iglesia sobre lo que representa el corazón de su proclamación: Jesucristo murió por nuestros pecados «según las Escrituras» (1Cor 15,3), y ha resucitado el tercer día «según las Escrituras» (1Cor 15,4).

52. En primer lugar existe la oportunidad, en especial durante los tres primeros domingos, de transmitir las diversas dimensiones de la lex credendi de la Iglesia en un tiempo privilegiado como este. Los párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica que tratan de la Resurrección (CEC 638- 658) son, en sí mismos, la explicación de muchos de los diversos textos bíblicos claves proclamados en el tiempo Pascual. Estos párrafos pueden ser una guía segura para el homileta que tiene la tarea de explicar al pueblo cristiano, sobre la base de los textos de la Escritura, lo que el Catecismo, por su parte llama, en diversos capítulos, «el acontecimiento histórico y trascendente» de la Resurrección, el significado «de las apariciones del Resucitado», «el estado de la humanidad resucitada de Cristo» y «la Resurrección – obra de la Santísima Trinidad».

53. En segundo lugar, en los domingos del Tiempo de Pascua la primera lectura no está tomada del Antiguo Testamento sino de los Hechos de los Apóstoles. Muchos pasajes narran ejemplos de la primera predicación apostólica, en los que podemos reconocer que los propios Apóstoles emplearon las Escrituras para anunciar el significado de la muerte y la Resurrección de Jesús. Otros narran las consecuencias de esta última y sus efectos en la vida de la comunidad cristiana. A partir de estos pasajes, el homileta tiene en su mano algunos de sus más fuertes y fundamentales instrumentos. Observa cómo los Apóstoles se han servido de las Escrituras para anunciar la muerte y Resurrección de Jesús y se comporta del mismo modo, no solo a propósito del pasaje que está tratando sino adoptando un estilo similar para todo el año litúrgico. Reconoce, además, la potencia de la vida del Señor resucitado, que actúa en las primeras comunidades, y proclama con fe al pueblo que la misma potencia está todavía operante entre nosotros.

54. En tercer lugar, la intensidad de la Semana Santa con el Triduo Pascual, seguido de la gozosa celebración de los cincuenta días que culminan en Pentecostés, es para los homiletas un tiempo excelente para tejer vínculos entre las Escrituras y la Eucaristía. Justamente en el gesto de «partir el pan» – recuerda la entrega total de sí por parte de Jesús en la Última Cena y después en la Cruz – los discípulos se dan cuenta de cuánto ardía su corazón mientras el Señor les abría la mente para comprender las Escrituras. Todavía hoy es deseable un esquema análogo de comprensión. El homileta se prepara con diligencia para explicar las Escrituras pero el significado más profundo de cuanto dice emergerá del «partir el pan» en la misma Liturgia, siempre que haya sabido resaltar esta conexión (cf. VD 54). La importancia de tales vínculos ha sido mencionada claramente por el Papa Benedicto XVI en la Verbum Domini: «Estos relatos muestran cómo la Escritura misma ayuda a percibir su unión indisoluble con la Eucaristía. “Conviene, por tanto, tener siempre en cuenta que la Palabra de Dios leída y anunciada por la Iglesia en la Liturgia conduce, por decirlo así, al sacrificio de la alianza y al banquete de la gracia, es decir, a la Eucaristía, como a su fin propio”. Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico. La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (VD 55).

(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 51 – 54)

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

Bienaventurados los que creen sin ver

            Así como el creer con simplicidad y sin motivo es propio de la ligereza, así el andar investigando y examinando con exceso es propio de una cabeza muy dura. Y de esto se acusa a Tomás. Pues como los apóstoles le dijeran: Hemos visto al Señor, él no les creyó. No únicamente a ellos no les dio fe, sino que pensó ser la resurrección de los muertos cosa imposible. Porque no dijo: Yo no os creo, sino: Si no meto mi mano no creo.

            ¿Cómo es que estando ya todos juntos sólo él estaba ausente? Es verosímil que aún no regresara de la dispersión precedente. Pero tú cuando ves al discípulo que no cree, fíjate en la clemencia del Señor, y cómo por sola una alma manifiesta las llagas que recibió; y acude a la salvación de sola ella, aun teniendo Tomás un ánimo más cerrado que otros. Y esta fue la causa de que buscara la fe por el testimonio del más craso de los sentidos y ni a sus ojos diera su asentimiento. Porque no dijo únicamente si no veo, sino además: Si no palpo, si no toco; temiendo que lo que viera se redujera simple fantasía.

            Los discípulos que le anunciaban la resurrección y también el Señor que había prometido resucitar eran fidedignos. Y sin embargo, aun habiendo él exigido muchas más pruebas, Cristo no se las negó. Mas ¿por qué no se le apareció inmediatamente, sino hasta ocho días después? Para que instruido y enseñado por los otros discípulos, cobrara mayor anhelo y quedara para lo futuro más confirmado. ¿Cómo supo que a Cristo le había sido abierto el costado? Lo oyó de los otros discípulos. Entonces ¿por qué una cosa sí la creyó y otra no? Porque lo segundo sobre todo era admirable. Advierte además con cuánto amor a la verdad hablan los apóstoles y no ocultan sus propios defectos ni los ajenos, sino que escriben sumamente apegados a lo que era verdad.

            Se presenta de nuevo Jesús y no espera a que Tomás le ruegue ni a oír lo que quería decirle; sino que cuando Tomás aún nada decía se le adelanta y le llena sus anhelos, dándole a entender que estaba presente cuando Tomás decía lo que les dijo a los discípulos; puesto que usó de sus mismas palabras y con vehemencia lo increpa y lo instruye para adelante. Pues habiéndole dicho: Trae acá tu dedo y mira mis manos; y mete tu mano en mi costado, añadió: Y no seas incrédulo sino fiel. ¿Adviertes cómo Tomás dudaba por falta de fe? Pero esto sucedió antes de que recibieran el Espíritu Santo. Después de recibido ya no procedieron así, pues habían llegado a la perfección.

Y no lo increpó únicamente de esa manera, sino también en lo que luego añadió. Como el apóstol, una vez certificado del hecho, se arrepintiera y exclamara: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me viste has creído. Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Esto es lo propio de la fe: dar su asentimiento a lo que no se ha visto. Es pues fe la seguridad de las cosas que se esperan, la demostración de las que no se ven*1. De modo que por aquí llama bienaventurados no sólo a los discípulos, sino además a los que luego habían de creer.

            Dirás que los discípulos vieron y creyeron. Pero ellos no anduvieron en esas inquisiciones, sino que por aquello de los lienzos al punto creyeron en la resurrección y antes de ver el cuerpo resucitado tuvieron fe plena. De modo que si alguno llegara a decir: Yo hubiera querido vivir en aquel tiempo y ver a Cristo haciendo milagros, ese tal que reflexione en aquellas palabras: Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Lo que sí tenemos que investigar es cómo un cuerpo incorruptible conservó las cicatrices de los clavos y pudo ser palpado por manos mortales.

            Pero no te burles. Fue cosa propia de Cristo, que así se abajaba. Su cuerpo tan tenue, tan leve que entró en el cenáculo estando cerradas las puertas, ciertamente carecía de espesor; pero con el objeto de que se le diera fe a la resurrección, se mostró tangible. Y para que conocieran que era el mismo que había sido crucificado y que no resucitaba otro en su lugar, resucitó con las señales de la cruz; y por eso mismo comía con los discípulos. Y esto sobre todo exaltaban en su predicación los apóstoles, diciendo: Nosotros, los que con El comimos y bebimos*2. Así como antes de la crucifixión lo vemos andando sobre las olas y sin embargo no afirmamos que su cuerpo sea de naturaleza distinta de la nuestra, así cuando después de la resurrección lo vemos con las cicatrices, no por eso decimos que su cuerpo sea corruptible. Él se muestra en esa forma por el bien de los discípulos.

            Muchos otros milagros hizo ciertamente Jesús. Lo dice el evangelista porque él ha referido muchos menos milagros que los otros; aunque tampoco esos otros habían referido todos los milagros obrados por Jesús, sino solamente los necesarios para que creyeran los oyentes. Y después continúa: Si se escribieran todos, creo yo que ni en todo el mundo cabrían los libros que se habían de escribir. Consta por aquí que los evangelistas no escribían por lucimiento, sino para utilidad. Quienes pasaron en silencio tantas cosas ¿cómo puede ser que escribieran por jactancia? Pero entonces ¿por qué no refieren todos los milagros? Sobre todo porque son muchísimos y además porque no pensaban que quienes no creyeran con los referidos creerían si se les refirieran muchos más; y en cambio quienes con esos creyeran ya no necesitaban de otros para su fe.

            Yo pienso que aquí el evangelista se refiere a los milagros verificados después de la resurrección. Por lo cual dice: En presencia de sus discípulos. Así como antes de la resurrección fueron necesarios muchos milagros para que creyeran ser Jesús el Hijo de Dios, así después de la resurrección fueron necesarios para que se persuadieran de que había resucitado. Por eso dijo el evangelista: En presencia de sus discípulos, pues con solos ellos había conversado después de la resurrección. Por eso dijo Jesús: El mundo ya no me ve. Y para que entiendas que los milagros fueron en bien de los discípulos, continuó: Y para que creyendo tengáis vida eterna en su nombre. Hablaba en general a toda la naturaleza humana; y para que se vea que lo hace en bien de aquel en quien se cree, sino de nosotros mismos, como un don excelente.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LXXXVII (LXXXVI), Tradición México 1981, p. 375-78

______________________________________________________
*1- Hb 11, 1
*2- Hech 10, 41

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        Sor Ma. Elizbieta Siepak

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Jesús de la Divina Misericordia

(Jn 20,19-31)

Introducción

A partir del día 30 de abril de 2000, día de la canonización de Santa Faustina Kowalska, el segundo domingo de Pascua que celebramos hoy ha adquirido una significación especial y un peso teológico mayor aún que el que ya tenía. La causa de esto es que a partir de ese día comienza a hacerse efectivo uno de los deseos que Jesús le expresó a Santa Faustina: que en este domingo se celebre la Fiesta de la Divina Misericordia.

En ocho ocasiones distintas Jesús le dice a Santa Faustina Kowalska que quiere que el primer domingo después de Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Divina Misericordia. Sus palabras textuales son: “Deseo que el primer domingo después de la Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia” (Diario, nº 299)*1.

El gran papa San Juan Pablo II ya como obispo de Cracovia había seguido de cerca y promovido la causa de canonización de Sor Faustina Kowalska. Luego, como Sumo Pontífice, la beatificó y la canonizó. El día de su canonización, domingo posterior al domingo de Pascua de Resurrección de aquel año hizo efectivo el mandato que Jesús le dio a Santa Faustina e instituyó la Fiesta de la Divina Misericordia, como dijimos. Durante la misa de canonización el pontífice santo dijo: “En todo el mundo, el segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar con confianza en la benevolencia divina las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”*2.

Jesucristo expresó también a Santa Faustina un deseo particular dirigidos a los sacerdotes homiletas de ese domingo: “Ese día los sacerdotes han de hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita” (Diario, nº 570).

Desde tiempos inmemoriales se leía en este domingo el evangelio que hemos leído hoy: Jn 20,19-31. En los versículos 22-23 se proclama el don del Espíritu a los Apóstoles que los hace ministros del perdón de los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

1. Jesús entrega verdadera y propiamente el Espíritu Santo a la Iglesia

San Juan narra que la primera aparición de Cristo resucitado en la mañana del domingo de Pascua fue a María Magdalena (Jn 20,14-18). Ella fue enviada por Jesús a avisar a los Apóstoles que Él había resucitado. Dado que ‘apóstol’ significa ‘enviado’, Santo Tomás de Aquino llamó a María Magdalena ‘la Apóstola de los Apóstoles’*3, es decir, ‘la enviada a los Enviados’.

Pero al atardecer del mismo día de Pascua, Jesús resucitado se apareció a todos los Apóstoles reunidos en el Cenáculo con las puertas cerradas por temor a los judíos. Lo primero que hizo Jesús al encontrarse con ellos fue cumplir su promesa de que les iba a dar su paz. Durante la Última Cena les había dicho: “Mi paz les doy, mi paz les dejo; no se las doy como la da el mundo. No se turbe el corazón de ustedes ni se acobarde” (Jn 14,27). Por eso, al entrar al Cenáculo les dice: “La paz esté con vosotros” (Jn 20,19).

Y les da también la alegría prometida en la Última Cena. Allí les había dicho: “Ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se la podrá quitar” (Jn 16,22; cf. 17,13). Por eso San Juan narra en el evangelio de hoy: “Los discípulos se alegraron al ver al Señor” (Jn 20,20).

Pero, además cumple la promesa de todas las promesas o “la promesa de la Promesa”, porque les entrega una Persona de la Santísima de la Trinidad que el mismo Cristo la llama “la Promesa de mi Padre” (Lc 24,49; Hech 1,4), es decir, el Espíritu Santo (Hech 2,33). También durante la Última Cena Jesús les había prometido cinco veces que les iba a enviar el Espíritu Santo (Jn 14,16; 14,26; 15,26; 16,7-8; 16,13), y ahora cumple lo prometido.

En efecto, soplando sobre ellos les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22). A menudo sucede que a esta entrega del Espíritu Santo que hace Jesucristo la tarde misma del día de su resurrección se le asigna una categoría menor que a la entrega del Espíritu Santo echa en Pentecostés. Sin embargo, la Iglesia declaró solemnemente que fue una entrega real que cumplía las promesas solemnes hechas durante la Última Cena. En efecto, dice el Concilio II de Constantinopla: “Si alguno defiende al impío Teodoro de Mopsuesta que se atrevió a decir que después de la resurrección, cuando el Señor sopló sobre sus discípulos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’ (Jn 20,22), no les dio el Espíritu Santo, sino que sopló sobre ellos en apariencia, sea anatema”*4. Por esta razón R. Brown dice que “aquí sucedió un verdadero y propio don del Espíritu Santo”*5.

Cuando se habla del don del Espíritu Santo se suele pensar inmediatamente en Pentecostés, “pero en aquella ocasión se trató de la venida pública y oficial del Espíritu para guiar la misión de la Iglesia en el mundo”*6. El don del Espíritu Santo a la Iglesia completa, con su cabeza, Pedro, sucede realmente la tarde del domingo de Pascua.

Hay una razón muy clara para afirmar esto. Para San Juan el don del Espíritu Santo por parte de Cristo brota de la glorificación de Jesús. La glorificación de Jesús para San Juan “implica la serie ininterrumpida de crucifixión, resurrección y ascensión: estos tres datos constituyen su subida al Padre”*7. Pero la ascensión de Jesús a la derecha del Padre no es algo que sucedió a los cuarenta días de su resurrección (cf. Hech 1,3.9). La ascensión de Jesús a la derecha del Padre es algo contemporáneo a su resurrección. “La ascensión teológica, la glorificación de la humanidad de Jesús a la presencia del Padre, es algo invisible, la consumación de la resurrección, inseparable de ella”*8. Por eso, Jesús desde el momento mismo de su resurrección completó absolutamente todos los misterios referidos a su glorificación y, por lo tanto, estaban dadas ya todas las condiciones para que entregara el Espíritu a la Iglesia. Y así lo hace en la tarde del domingo de Pascua, como narra el evangelio de hoy.

Al entregarles el Espíritu a los Apóstoles Jesús hace el mismo gesto que hizo Yahveh cuando le infundió el alma Adam formado de la arcilla de la tierra. Incluso más, la traducción griega de la biblia hebrea, la LXX, usa el mismo verbo en la misma forma verbal que usa San Juan para narrar la acción de Cristo. San Juan relata: “Jesús sopló (enephýsesen, en griego*9) sobre ellos” (Jn 20,22). Y el Génesis dice: “Entonces Yahveh Dios formó al hombre del polvo del suelo, y sopló (enephýsesen, LXX) aliento de vida sobre su rostro, y el hombre se convirtió en ser viviente” (Gén 2,7). De esta manera, el evangelio está haciendo notar que se trata de una nueva creación: así como Dios creó al primer hombre, Adam, con el alma espiritual, ahora re-crea al hombre nuevo, al cristiano, con el Espíritu Santo*10.

2. La institución del sacramento de la Penitencia

Pero esta entrega verdadera y propia del Espíritu Santo en la tarde del domingo de Pascua está hecha en relación con el perdón de los pecados. Podríamos glosar las palabras de Jesús para entender mejor su sentido exacto: “Les hago una entrega verdadera y propia del Espíritu Santo con el fin de que puedan perdonar los pecados a quienes ustedes se los perdonen, y con el fin de que queden retenidos a quienes ustedes se los retengan”.

No cabe ninguna duda de que estas palabras de Cristo constituyen la institución del sacramento de la Confesión, también llamado sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia. Así como no cabe ninguna duda de que en el Última Cena Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía con las palabras que ya conocemos, así tampoco cabe ninguna duda que estas palabras de Cristo la tarde del domingo de Pascua constituyen la institución del sacramento de la Penitencia, Reconciliación o Confesión. Esta verdad fue sancionada solemnemente por la Iglesia en el Concilio de Trento. Dice textualmente dicho Concilio: “El Señor instituyó principalmente el Sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados, y a quienes se los retuviereis, les son retenidos’ (Jn 20,22-23)”*11.

De esta manera se refuta la opinión de algunos que decían que las palabras de Jesús se referían al perdón del pecado original en el Bautismo y no a los pecados cometidos después del Bautismo.

El Espíritu Santo está en relación con el perdón de los pecados porque, por un lado, como dijimos, re-crea a los ministros del perdón y los hace capaces de absolver los pecados. Pero, por otro, lava al pecador arrepentido y lo purifica de todo pecado.

Esta relación del Espíritu Santo con el perdón de los pecados también está señalada en el evangelio de hoy de una manera muy singular.

En efecto, el Espíritu Santo es el agua que lava del pecado porque está íntimamente unido a la redención realizada por Cristo, es decir, al derramamiento de sangre que hizo Cristo en la cruz. Esta unión entre Espíritu Santo y sangre de Cristo derramada para el perdón de los pecados está expresada en el evangelio de hoy por la insistencia con que Cristo nos habla de las llagas de su pasión, particularmente de la llaga de su costado. Tres veces se menciona la llaga del costado de Jesús en el evangelio de hoy. En 20,20 Jesús se presenta y lo primero que hace es mostrar la llaga de su costado. Si bien no lo dice el evangelio, sin duda que los discípulos cuentan a Tomás, ausente, que vieron esa llaga. Tomás, en 20,25, dice explícitamente que, para creer, necesita meter su mano en la llaga del costado. Y, finalmente, Jesús mismo, en 20,27, le indica a Tomás que meta su mano en la llaga de su costado.

La llaga del costado de Jesús es aquella de la cual salió sangre y agua, o, mejor, agua mezclada con sangre (Jn 19,34). El agua que sale de la llaga del costado de Cristo es el Espíritu Santo. Lo dice explícitamente el Catecismo de la Iglesia Católica: “El Espíritu es, pues, (…) personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19,34; 1Jn 5,8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4,10-14; 7,38)” (CEC, 694). Y la sangre que sale junto con el agua o mezclada con el agua, es la redención obrada por Cristo para el perdón de los pecados*12.

Éste es precisamente el significado de las palabras que el mismo San Juan dice en su primera carta: “Este es el que vino por el agua y por la sangre: Jesucristo; no solamente en el agua, sino en el agua y en la sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la Verdad. Pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres convienen en lo mismo” (1Jn 1,5-8). ‘Los tres convienen en lo mismo’, es decir, en el perdón de los pecados.

Conclusión

Las explicaciones que acabamos de hacer coinciden perfectamente con la teología que el mismo Jesucristo explicó a Santa Faustina Kowalska y que ha quedado como plasmada (teología hecha ícono) en la imagen que Jesús mandó pintar o hacer pintar a la santa. La imagen de Jesús de la Divina Misericordia muestra el costado abierto de Jesús de donde salen dos rayos, uno de color rojo y otro de color blanco, que significan la sangre y el agua que salieron de la llaga del costado de Jesús.

Hoy, en el siglo XXI, en el tercer milenio, la llaga del costado de Jesús de donde brota el agua que es el Espíritu Santo y la sangre que es la redención, sigue siendo para nosotros el signo más claro de la misericordia de Dios, el signo más claro de la voluntad amorosa de Dios que quiere perdonar todos los pecados, por enormes que sean, de aquel que se ha arrepentido.

En efecto, el Jesús de la Divina Misericordia le dijo a Santa Faustina: “Los dos rayos significan la Sangre y el Agua.  El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas. Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza. Estos rayos protegen a las almas de la indignación de Mi Padre.  Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios.

“(…) Pide a Mi siervo fiel*13 que en aquel día hable al mundo entero de esta gran misericordia Mía; que quien se acerque ese día a la Fuente de Vida, recibirá el perdón total de las culpas y de las penas. La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia.

“Oh, cuánto Me hiere la desconfianza del alma.  Esta alma reconoce que soy santo y justo, y no cree que Yo soy la Misericordia, no confía en Mi bondad.  También los demonios admiran Mi justicia, pero no creen en Mi bondad. Mi Corazón se alegra de este título de misericordia. Proclama que la misericordia es el atributo más grande de Dios.  Todas las obras de Mis manos están coronadas por la misericordia”*14.

Pidámosle a la Virgen María la gracia de conocer y, sobre todo, confiar en la misericordia de Jesús, Dios y hombre verdadero.

______________________________________________
*1- Santa Faustina Kowalska, Diario, nº 299. Los otros siete lugares donde Cristo le manifiesta explícitamente a la Santa que quiere que se instituya la Fiesta de la Divina Misericordia son los siguientes números del Diario: nº 49. 88. 341. 420. 570. 699. 742.  Además, en el nº 280 dice la Santa: “Jesús me ordena celebrar la Fiesta de la Divina Misericordia el primer domingo después de la Pascua de Resurrección”. Y en el nº 1073 dice la Santa: “4 IV 1937.  Domingo in Albis, es decir, la Fiesta de la Misericordia”. Por lo tanto, sumando todos los párrafos citados, son diez las ocasiones en que Santa Faustina Kowalska expresa la voluntad de Jesús de que se celebre la Fiesta de la Divina Misericordia el domingo siguiente al domingo de Resurrección.
*2- En el año 2002 la Iglesia enriqueció esta fiesta con indulgencias plenarias (Penitenciaría Apostólica, Decreto sobre las indulgencias recibidas en la Fiesta de la Divina Misericordia, Roma, 29 de junio de 2002).
*3- «Facta est Apostolorum Apostola per hoc quod ei committitur ut resurrectionem dominicam discipulis annuntiet» (S. Tomás de Aquino, In loannem Evangelistam Expositio, c. XX, L. III, 6 (Sancti Thomae Aquinatis Comment. in Matthaeum et Ioannem Evangelistas) Ed. Parmens. X, 629; citado por San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, 1988, nº 16, nota 38.
*4- Concilio II de Constantinopla, Decretos sobre la tradición eclesiástica, año 553, canon 12; Dz.-Sch., 434.
*5- Brown, R., Il Vangelo e le Lettere di Giovanni. Breve Commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 140; traducción nuestra.
*6- Brown, R., Il Vangelo…, ibidem.
*7- Brown, R., Il Vangelo…, p. 138-139.
*8- Brown, R., Il Vangelo…, p. 138.
*9- Del verbo emphysáo, ‘soplar’.
*10- Cf. Brown, R., Il Vangelo…, p. 139. En hebreo se usa el verbo naphaj (nun – peh – het), que significa ‘soplar’. De naphaj proviene la palabra néphesh que significa ‘alma’ (= principio de vida). En Gén 9,5 se usa néphesh para el alma del hombre en cuanto principio de vida del cuerpo; ‘yo reclamaré el néphesh ha’adam = el alma del hombre = la vida del hombre’.

En Ez 37,9 Dios le dice al profeta: “Profetiza al Espíritu, profetiza, hijo de hombre. Dirás al Espíritu: ‘Así dice el Señor Yahveh: Ven, Espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan’”. En hebreo, para decir ‘soplar’ se usa el verbo naphaj. Y la versión de la LXX traduce con el verbo emphysáo. Por lo tanto, también este texto de Ezequiel confirma la explicación de Jn 20,22: se trata del Espíritu que, soplado, insuflado o inspirado sobre el hombre, le da nueva vida, lo resucita y lo re-crea.
*11- Concilio de Trento, Doctrina sobre el sacramento de la Penitencia, cap. 1; Dz.-Sch., 1670. Y luego lo vuelve a repetir en forma negativa y anatematizadora: “Si alguno dijere que las palabras del Señor Salvador nuestro: ‘Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos’ (Jn 20,22-23), no han de entenderse del poder de perdonar y retener los pecados en el Sacramento de la Penitencia, como la Iglesia Católica lo entendió siempre desde el principio, sino que las torciere, contra la institución de este Sacramento, diciendo que se refieren a la autoridad de predicar el Evangelio, sea anatema” (Concilio de Trento, Cánones sobre el sacramento de la penitencia, canon 3; Dz-Sch., 1703; cursiva nuestra).
*12- “Durante su vida Jesús había hablado del agua de la vida que Él iba a dar; y había dicho de sí: ‘De su interior (dal suo intimo) brotarán ríos de agua viva” (Jn 7,38; cf. Jn 4,10). Ahora que ha sido glorificado, elevado sobre la cruz, el agua que brota de Él, mezclada con la sangre de la donación de sí mismo, es verdaderamente el agua de la vida, que trae la salvación al pueblo” (Brown, R., Il Vangelo…, p. 134).
*13- Se refiere al director espiritual de Santa Faustina, el actual Beato Padre Miguel Sopócko, beatificado por Benedicto XVI el 26 de septiembre de 2008.
*14- Santa Faustina Kowalska, Diario, nº 299-301

Volver Aplicación



San Juan Pablo II

 

Homilía  con motivo de la Canonización de Sor Faustina

(Domingo 30 de abril de 2000)

Confitemini Domino quoniam bonus, quoniam in saeculum misericordia eius. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal. 118, 1). Así canta la Iglesia en la octava de Pascua, casi recogiendo de labios de Cristo estas palabras del Salmo; de labios de Cristo resucitado, que en el Cenáculo da el gran anuncio de la misericordia divina y confía su ministerio a los Apóstoles: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. (…) Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.” (Jn 20, 21-23)

Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra sus manos y su costado. Es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De este corazón sor Faustina Kowalska, la beata que a partir de ahora llamaremos santa, verá salir dos haces de luz que iluminan el mundo: “Estos dos haces -le explicó Jesús mismo- representan la sangre y el agua” (Diario, 299).

1 ¡Sangre y agua! Nuestro pensamiento va al testimonio del evangelista San Juan, quien, cuando un soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir “sangre y agua” (Jn 19, 34). Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, en la simbología joánica, no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39).

La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado: “(…) Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia Mismos” pedirá Jesús a sor Faustina (Diario, 1074). Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un “segundo nombre” del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?

Hoy es verdaderamente grande mi alegría al proponer a toda la Iglesia, como don de Dios a nuestro tiempo, la vida y el testimonio de sor Faustina Kowalska. La Divina Providencia unió completamente la vida de esta humilde hija de Polonia a la historia del siglo XX, el siglo que acaba de terminar. En efecto, entre la primera y la segunda guerra mundial, Cristo le confió su mensaje de misericordia. Quienes recuerdan, quienes fueron testigos y participaron en los hechos de aquellos años y en los horribles sufrimientos que produjeron a millones de hombres, saben bien cuán necesario era el mensaje de la misericordia.

Jesús dijo a sor Faustina: “(…) La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia” (Diario, 300). A través de la obra de la religiosa polaca, este mensaje se ha vinculado para siempre al siglo XX, último del segundo milenio y puente hacia el tercero. No es un mensaje nuevo, pero se puede considerar un don de iluminación especial, que nos ayuda a revivir más intensamente el evangelio de la Pascua, para ofrecerlo como un rayo de luz a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

2 ¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio.

Pero, como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también la humanidad de hoy acoja en el cenáculo de la historia a Cristo resucitado, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: “Paz a vosotros”. Es preciso que la humanidad se deje penetrar e impregnar por el Espíritu que Cristo resucitado le infunde. El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros, y nos devuelve la alegría del amor del Padre y la de la unidad fraterna.

3 Así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de “domingo de la Misericordia Divina”. A través de las diversas lecturas, la liturgia parece trazar el camino de la misericordia que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de solidaridad fraterna. Cristo nos enseñó que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a “usar misericordia” con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Dives in misericordia, 14). Y nos señaló, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de todas las necesidades de los hombres. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia el hombre que sufre. Así lo vio y lo anunció a los hombres de todos los continentes sor Faustina, que, escondida en su convento de Lagiewniki, en Cracovia, hizo de su existencia un canto a la misericordia: “Misericordias Domini in aeternum cantabo”.

4 La canonización de sor Faustina tiene una elocuencia particular: con este acto quiero transmitir hoy este mensaje al nuevo milenio. Lo transmito a todos los hombres para que aprendan a conocer cada vez mejor el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro de los hermanos.

El amor a Dios y el amor a los hermanos son efectivamente inseparables, como nos lo ha recordado la primera carta del apóstol san Juan: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor, indicándonos que su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos.

En efecto, no es fácil amar con un amor profundo, constituido por una entrega auténtica de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en él, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de gratuidad y comunión, de generosidad y perdón. ¡Todo esto es misericordia!

En la medida en que la humanidad aprenda el secreto de esta mirada misericordiosa, será posible realizar el cuadro ideal propuesto por la primera lectura: “En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía” (Hch 4, 32). Aquí la misericordia del corazón se convirtió también en estilo de relaciones, en proyecto de comunidad y en comunión de bienes. Aquí florecieron las “obras de la misericordia”, espirituales y corporales. Aquí la misericordia se transformó en hacerse concretamente “prójimo” de los hermanos más indigentes.

5 Sor Faustina Kowalska dejó escrito en su Diario: “Experimento un dolor tremendo cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo”. ¡Hasta ese punto de comunión lleva el amor cuando se mide según el amor a Dios!

En este amor debe inspirarse la humanidad hoy para afrontar la crisis de sentido, los desafíos de las necesidades más diversas y, sobre todo, la exigencia de salvaguardar la dignidad de toda persona humana. Así el mensaje de la misericordia divina es, implícitamente, también un mensaje sobre el valor de todo hombre. Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece el acceso a su intimidad.

6 Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en su vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que parten de su corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación “Jesús, en Ti confío” (Diario, 47), que la Providencia sugirió a través de sor Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno.

7 “Misericordias Domini in aeternum cantabo” (Sal 89,2). A la voz de María santísima, la “Madre de la Misericordia”, a la voz de esta nueva santa, que en la Jerusalén celestial canta la misericordia junto con todos los amigos de Dios, unamos también nosotros, Iglesia peregrina, nuestra voz.

Y tú, Faustina, don de Dios a nuestro tiempo, don de la tierra de Polonia a toda la Iglesia, concédenos percibir la profundidad de la Misericordia Divina, ayúdanos a experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos. Que tu mensaje de luz y esperanza se difunda por todo el mundo, mueva a los pecadores a la conversión, elimine las rivalidades y los odios, y abra a los hombres y las naciones a la práctica de la fraternidad. Hoy, nosotros, fijando, juntamente contigo, nuestra mirada en el rostro de Cristo resucitado, hacemos nuestra tu oración de abandono confiado y decimos con firme esperanza:

“Cristo, Jesús, en Ti confío”.

(San Juan Pablo II, Homilía  con motivo de la Canonización de Sor Faustina, Domingo 30 de abril de 2000)

Volver Aplicación

Sor Ma. Elizbieta Siepak


Santa Faustina Kowalska y la devoción a la Divina Misericordia

La misión de Sor Faustina consiste, en resumen, en recordar una verdad de la fe, conocida desde siempre, pero olvidada, sobre el amor misericordioso de Dios al hombre y en transmitir nuevas formas de culto a la Divina Misericordia, cuya práctica ha de llevar a la renovación religiosa en el espíritu de confianza y misericordia cristianas.

            El Diario que Sor Faustina escribió durante los últimos 4 años de su vida por un claro mandato del Señor Jesús, es una forma de memorial, en el que la autora registraba, al corriente y en retrospectiva, sobre todo los “encuentros” de su alma con Dios.  Para sacar de estos apuntes la esencia de su misión, fue necesario un análisis científico.  El mismo fue hecho por el conocido y destacado teólogo, Padre profesor Ignacy Rózycki.  Su extenso análisis fue resumido en la disertación titulada “La Divina Misericordia.  Líneas fundamentales de la devoción a la Divina Misericordia.”  A la luz de este trabajo resulta que todas las publicaciones anteriores a él, dedicadas a la devoción a la Divina Misericordia transmitida por Sor Faustina, contienen solamente algunos elementos de esta devoción, acentuando a veces cuestiones sin importancia para ella.  Por ejemplo, destacan la letanía o la novena, haciendo caso omiso a la Hora de la Misericordia.  El mismo Padre Rózycki hace referencia a ese aspecto diciendo:  “Antes de conocer las formas concretas de la devoción a la Divina Misericordia, cabe decir que no figuran entre ellas las conocidas y populares novenas ni letanías.”

La base para distinguir éstas y no otras oraciones o prácticas religiosas como nuevas  formas de culto a la Divina Misericordia, lo son las concretas promesas que el Señor Jesús prometió cumplir bajo la condición de confiar en la bondad de Dios y practicar misericordia para con el prójimo.  El Padre Rózycki distingue cinco formas de la devoción a la Divina Misericordia.

a.  La imagen de Jesús Misericordioso.   El esbozo de la imagen le fue revelado a Sor Faustina en la visión del 22 de febrero de 1931 en su celda del convento de Plock.  “Al anochecer, estando yo en mi celda – escribe en el Diario – ví  al Señor Jesús vestido con una túnica blanca.  Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho.  De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos:  uno rojo y otro pálido.  ( …)  Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma:  Jesús, en Ti  confío  (Diario 47).  Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”  Diario, 49).

El contenido de la imagen se relaciona, pues, muy estrechamente con la liturgia de ese domingo.  Ese día la Iglesia lee el Evangelio según San Juan sobre la aparición de Cristo resucitado en el Cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia (Jn 20, 19-29).  Así, la imagen presenta al Salvador resucitado que trae la paz a la humanidad por medio del perdón de los pecados, a precio de su Pasión y muerte en la cruz.  Los rayos de la Sangre y del Agua que brotan del Corazón (invisible en la imagen) traspasado por la lanza y las señales de los clavos, evocan los acontecimientos del Viernes Santo (Jn 19, 17-18, 33-37).  Así pues, la imagen de Jesús Misericordioso une en sí estos dos actos evangélicos que hablan con la mayor claridad del amor de Dios al hombre.

Los elementos más característicos de esta imagen de Cristo son los rayos.  El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó:  “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….).  Bienaventurado quien viva a la sombra  de ellos”  (Diario, 299).   Purifican el alma los sacramentos del bautismo y de la penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía.  Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo.

A la imagen de Jesús Misericordioso se le da con frecuencia el nombre de imagen de la divina Misericordia.  Es justo porque la Misericordia de Dios hacia el hombre se reveló con la mayor plenitud en el misterio pascual de Cristo.

            La imagen no presenta solamente la Misericordia de Dios, sino que también es una señal que ha de recordar el deber cristiano de confiar en Dios y amar activamente al prójimo.  En la parte de abajo – según la voluntad de Cristo – figura la firma:  “Jesús, en Ti  confío”.  “Esta imagen ha de recordar las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil”  (Diario, 742).

            Así comprendido el culto a la imagen, a saber, la actitud cristiana de confianza y misericordia, vinculó el Señor Jesús promesas especiales de: la salvación eterna, grandes progresos en el camino hacia la perfección cristiana, la gracia de una muerte feliz, y todas las demás gracias que le fueren pedidas con confianza.  “Por medio de esta imagen colmare a las almas con muchas gracias.  Por eso quiero, que cada alma tenga acceso a ella” (Diario, 570).

            b.  La Fiesta de la Misericordia.   De entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia reveladas por Sor Faustina, ésta es la que tiene mayor importancia.  El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen:  “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia.  Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”  (Diario, 49).

            La elección del primer domingo después de la Pascua de Resurrección para la Fiesta de la Misericordia, tiene su profundo sentido teológico e indica una estrecha relación entre el misterio pascual de redención y el misterio de la Divina Misericordia.  Esta relación se ve subrayada aún más por la novena de coronillas a la Divina Misericordia que antecede la Fiesta y que empieza el Viernes Santo.

            La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas.  “Deseo – dijo el Señor Jesús – que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699).  Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión.  Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia.  Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965).

            Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculo a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma.  “Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida – dijo Cristo – recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300).  “Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia.  Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia;  (….)  que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata”  (Diario, 699).

            Para poder recibir estos grandes dones hay que cumplir las condiciones de la devoción a la Divina Misericordia (confiar en la bondad de Dios y amar activamente al prójimo), estar en el estado de gracia santificante (después de confesarse) y recibir dignamente la Santa Comunión.  “No encontrará alma ninguna la justificación – explicó Jesús – hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia y por eso el primer domingo después de la Pascua ha de ser la Fiesta de la Misericordia.  Ese día los sacerdotes deben hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita”  (Diario, 570).

            c.  La coronilla a la Divina Misericordia.  El Señor Jesús dictó esta oración a Sor Faustina entre el 13 y el 14 de septiembre de 1935 en Vilna, como una oración para aplacar la ira divina (vea el Diario, 474 – 476).

            Las personas que rezan esta coronilla ofrecen a Dios Padre “el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad” de Jesucristo como propiciación de sus pecados, los pecados de sus familiares y los del mundo entero.  Al unirse al sacrificio de Jesús, apelan a este amor con el que Dios Padre ama a Su Hijo y en El a todas las personas.

            En esta oración piden también “misericordia para nosotros y el mundo entero” haciendo, de este modo, un acto de misericordia.  Agregando a ello una actitud de confianza y cumpliendo las condiciones que deben caracterizar cada oración buena (la humildad, la perseverancia, la sumisión a la voluntad de Dios), los fieles pueden esperar el cumplimiento de las promesas de Cristo que se refieren especialmente a la hora de la muerte:  la gracia de la conversión y una muerte serena.  Gozarán de estas gracias no solo las personas que recen esta coronilla, sino también los moribundos por cuya intención la recen otras personas.   “Cuando la coronilla es rezada junto al agonizante – dijo el Señor Jesús – se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma”  (Diario, 811).  La promesa general es la siguiente:  “Quienes recen esta coronilla, me complazco en darles todo lo que me pidan (Diario, 1541, (…….) si lo que me pidan esté conforme con Mi voluntad”  (Diario, 1731).  Todo lo que es contrario a la voluntad de Dios no es bueno para el hombre, particularmente para su felicidad eterna.

            “Por el rezo de esta coronilla – dijo Jesús en otra ocasión – Me acercas la humanidad (Diario, 929).  A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá ( …….) de vida y especialmente a la hora de la muerte” (Diario, 754).

            d. La Hora de la Misericordia.  En octubre de 1937, en unas circunstancias poco

aclaradas por Sor Faustina, el Señor Jesús encomendó adorar la hora de su muerte:  “Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma” (Diario, 1572).

            El Señor Jesús definió bastante claramente los propios modos de orar de esta forma de culto a la Divina Misericordia.   “En esa hora – dijo a Sor Faustina – procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan tus deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de misericordia.  Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante” (Diario, 1572).

            El Padre Rózycki habla de tres condiciones para que sean escuchadas las oraciones de esa hora:

1.      La oración ha de ser dirigida a Jesús.

2.      Ha de ser rezada a las tres de la tarde.

3.      Ha de apelar a los valores y méritos de la Pasión del Señor.

            “En esa hora – prometió Jesús – puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás.  En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero:  la misericordia triunfó sobre la justicia”  (Diario, 1572).

            e. La propagación de la devoción a la Divina Misericordia.   Entre las formas de devoción a la Divina Misericordia, el Padre Rózycki distingue además la propagación de la devoción a la Divina Misericordia, porque con ella también se relacionan algunas promesas de Cristo.  “A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas el Juez, sino el Salvador Misericordioso” (Diario, 1075).

            La esencia del culto a la Divina Misericordia consiste en la actitud de confianza hacia Dios y la caridad hacia el prójimo.  El Señor Jesús exige que “sus criaturas confíen en El”  (Diario, 1059) y hagan obras de misericordia:  a  través de sus actos, sus palabras y su oración.  “Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes.  No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte” (Diario, 742).  Cristo desea que sus devotos hagan al día por lo menos un acto de amor hacia el prójimo.

            La propagación de la devoción a la Divina Misericordia no requiere necesariamente muchas palabras pero sí, siempre, una actitud cristiana de fe, de confianza en Dios, y el propósito de ser cada vez más misericordioso.  Un ejemplo de tal apostolado lo dio Sor Faustina durante toda su vida.

            f.  El culto a la Divina Misericordia tiene como fin renovar la vida religiosa en la Iglesia en el espíritu de confianza cristiana y misericordia.  En este contexto hay que leer la idea de “la nueva Congregación” que encontramos en las páginas del Diario.  En la mente de la propia Sor Faustina este deseo de Cristo maduró poco a poco, teniendo cierta evolución:  de la orden estrictamente contemplativa al movimiento formado también por Congregaciones activas, masculinas y femeninas, así como por un amplio círculo de laicos en el mundo.  Esta gran comunidad multinacional de personas constituye una sola familia unida por Dios en el misterio de su misericordia, por el deseo de reflejar este atributo de Dios en sus propios corazones y en sus obras y de reflejar su gloria en todas las almas.  Es una comunidad de personas de diferentes estados y vocaciones que viven en el espíritu evangélico de confianza y misericordia, profesan y propagan con sus vidas y sus palabras el inabarcable misterio de la Divina Misericordia e imploran la Divina Misericordia para el mundo entero.

            La misión de Sor Faustina tiene su profunda justificación en la Sagrada Escritura y en algunos documentos de la Iglesia.  Corresponde plenamente a la encíclica Dives in misericordia del Santo Padre Juan Pablo II.

            ¡Para mayor gloria de la Divina Misericordia!

Sor Ma. Elizbieta Siepak, de la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia

(Cracovia – Lagiewniki)

(Santa María Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, Editorial de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Maria, Edición cuarta autorizada, Stockbridge, Massachussets, 2001, tomado de la Introducción)

Volver Aplicación

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Paz, perdón y fe

Jn 20, 19-31

            Podemos considerar tres temas en el evangelio:

1.      Jesús es nuestra paz.

2.      Jesús trasmite el poder de perdonar los pecados.

3.      La fe.

Jesús es nuestra paz

Tres veces en el evangelio Jesús les da la paz a los apóstoles.

            Los apóstoles tenían miedo. El miedo es la pasión que nace ante un peligro presente. Los apóstoles tenían miedo de morir en manos de los judíos, por eso están encerrados en el Cenáculo.

            Jesús se aparece ante ellos y les muestra las señales de su pasión ahora transfiguradas. Ellos se alegran de verlo resucitado y pierden el miedo. El Maestro ha vencido la muerte, es decir, tiene poder sobre la vida y la muerte. Los puede librar de la muerte o los puede hacer resucitar. Desaparece el miedo que conturbaba sus corazones y vuelve la paz. Jesús resucitado tiene oficio de consolador y de pacificador. Se alegraron al verlo y pasaron de su estado de tristeza y desesperanza a un estado de alegría y esperanza. De la desolación a la consolación.

            Sólo se alegra con una alegría verdadera el alma que está en paz.

            Jesús con su presencia ordena sus pasiones y les da el poder de dar la paz.

            La paz sólo nace de una conciencia tranquila.

            Han recibido la paz y les da el poder de perdonar los pecados, es decir, de tranquilizar las conciencias para que tengan paz.

Jesús trasmite el poder de perdonar los pecados

Los apóstoles y sus sucesores tienen el poder de perdonar los pecados.

Los sacerdotes son los portadores de la misericordia de Dios.

La misericordia de Dios es infinita y quiere llegar a los hombres directamente. Cada uno conoce las manifestaciones de la misericordia de Dios en su vida. Pero, también, quiere derramarse en los hombres a través del sacramento de la penitencia y quiere darla por medio de los sacerdotes.

La misericordia de Dios se manifiesta en el evangelio sobre todo en las parábolas de la oveja perdida, de la dracma perdida y del hijo pródigo.

Dios siempre perdona cuando estamos arrepentidos y quiere que confiemos en su misericordia por más extraviados que andemos.

Hoy celebramos el día de la misericordia pero la misericordia de Dios tenemos que celebrarla todos los días porque todos los días el Señor derrama en nuestra vida su misericordia.

Muchas veces creemos que la misericordia de Dios obra negativamente, p. ej. perdonando los pecados pero también obra positivamente dándonos fuerzas para no caer en el pecado.

Respecto del día de hoy:

            El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen:

“Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49).

            La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas.

“Deseo – dijo el Señor Jesús – que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699). Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965).

            Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculo a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma.

            “Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida – dijo Cristo – recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300). “Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; (…) que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (Diario, 699).

La fe

            Jesús se apareció estando Tomás presente y le hizo meter los dedos en los agujeros de sus clavos y su mano en el costado abierto. ¡Qué paciencia la del Señor! Y le dijo: “no seas incrédulo sino creyente”. Tomás confesó: ¡Señor mío y Dios mío! La confesión de Tomás es muy importante para nosotros porque Tomás “tocó a un hombre y conoció a Dios—comenta San Agustín—, palpó la carne y creyó en el Verbo”. Una cosa vio, y otra creyó. Y gracias a Tomás tenemos una confesión de la divinidad de Cristo muy importante.

            Luego Jesús dijo: “porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. Y con esto nos felicita a nosotros que no hemos visto a Cristo resucitado pero creemos en Él. Creemos en Él por otros ojos que han visto: los ojos de los apóstoles. Nosotros creemos a los testigos. Y son una multitud. Los testigos que vieron, tocaron y oyeron: Los doce apóstoles. Pero también creemos a los testigos que a lo largo de la historia dieron su vida por creer en Cristo.

            Hay una definición de la fe que es muy ilustrativa al respecto: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”*1.

            La fe es la garantía de lo que se espera. Es como el anticipo, el germen de lo que esperamos. El que vive en la fe vive ya el cielo, vive en Dios.

            La fe es la prueba de las realidades que no se ven. Qué debo responder al que me pregunta: ¿por qué Cristo está bajo las apariencias de pan o por qué creo en la resurrección o en el cielo? Por la fe. ¿La fe en quién? En los testigos de lo que no veo. El principal testigo es Dios que no puede mentir. Él me ha revelado cosas que yo no veo, cosas que espero. Pero además como antes dijimos un montón de testigos que también me hablan de esas cosas y que han vivido de la fe. “Mi justo vivirá por la fe”*2.

            Y en la lectura de la primera carta de San Juan leemos dos afirmaciones muy importantes sobre la fe:

            “La victoria sobre el mundo es nuestra fe”*3.

            “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”*4.

_____________________________________________
*1- Hb 11, 1
*2- Hb 10, 38
*3- 1 Jn 5, 4
*4- 1 Jn 5, 5

Volver Aplicación

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio