Archivo por meses: marzo 2017

Domingo III de Cuaresma (A)

 

19
marzo

Domingo III de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo III de Cuaresma (A)

(Domingo 19 de Marzo de 2017)

LECTURAS

Danos agua para beber

Lectura del libro del Exodo     17, 1-7

Toda la comunidad de los israelitas partió del desierto de Sin y siguió avanzando por etapas, conforme a la orden del Señor. Cuando acamparon en Refidim, el pueblo no tenía agua para beber. Entonces acusaron a Moisés y le dijeron:
«Danos agua para que podamos beber».
Moisés les respondió:
«¡Por qué me acusan? ¡Por qué provocan al Señor?»
El pueblo, torturado por la sed, protestó contra Moisés diciendo: «¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?»
Moisés pidió auxilio al Señor, diciendo: «¿Cómo tengo que comportarme con este pueblo, si falta poco para que me maten a pedradas?»
El Señor respondió a Moisés: «Pasa delante del pueblo, acompañado de algunos ancianos de Israel, y lleva en tu mano el bastón con que golpeaste las aguas del Nilo. Ve, porque yo estaré delante de ti, allá sobre la roca, en Horeb. Tú golpearás la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo.»
Así lo hizo Moisés, a la vista de los ancianos de Israel.
Aquel lugar recibió el nombre de Masá -que significa «Provocación»- y de Meribá -que significa «Querella»- a causa de la acusación de los israelitas, y porque ellos provocaron al Señor, diciendo: «¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?»

Palabra de Dios.

SALMO     94, 1-2. 6-9

R. Cuando escuchen la voz del Señor,
no endurezcan el corazón.

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor! R.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que él apacienta,
las ovejas conducidas por su mano. R.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá,
como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras.» R.

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     5, 1-2. 5-8

Hermanos:
Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores.
Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor.
Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO     Cf Jn 4, 42. 15

Señor, Tú eres verdaderamente el Salvador del mundo;
dame agua viva para que no tenga más sed.

EVANGELIO

El manantial que brotará hasta la vida eterna

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     4, 5-42

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.»
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva.»
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla.»
Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí.»
La mujer respondió: «No tengo marido.»
Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.»
La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.»
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.»
La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo.»
Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo.»
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?»
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?»
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro.» Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen.»
Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer?»
Jesús les respondió:
«Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra. Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: «Uno siembra y otro cosecha.» Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos.»
Muchos samaritanos de esa ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice.»
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan     4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.»
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: «íCómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva.»
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla.» «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.»
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.»
La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo.»
Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo.»
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él. Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

III Domingo de Cuaresma

Ciclo A (19-03-17)

Entrada:

            Celebramos hoy el tercer domingo de Cuaresma. Jesucristo promete a la Samaritana darle de beber agua viva, que es el Espíritu Santo. En el Santo Sacrificio de la Misa que nos disponemos a celebrar nosotros podemos beber del costado abierto de Jesús esa agua que es el Espíritu Santo.

1ºLectura:             Éxodo 17,1-7

            Al pueblo judío que peregrina por el desierto y está sediento, Dios le da a beber agua que brota de una dura roca. Cristo es la roca espiritual y es el único que puede calmar la sed de vida eterna de todo hombre.

2ºLectura:                     Rom. 5,1-2.5-8

            San Pablo nos anuncia que el Espíritu Santo es entregado al bautizado para el perdón de los pecados.

Evangelio:                Jn. 4,5-42

San Juan nos narra el encuentro de Jesús con la Samaritana. Jesús le promete a la Samaritana el agua viva, que es el Espíritu Santo y que llega a nosotros a través del agua del Bautismo.

Preces:

Hermanos, el Espíritu de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, nos mueve a suplicar a Dios por nuestras necesidades.

A cada intención respondemos….

-Por el Santo Padre, los Obispos y los sacerdotes para que en medio de las dificultades de la Iglesia, sepan difundir el evangelio de Cristo Señor. Oremos

-Por los que sufren el  flagelo de la guerra, especialmente por la paz en Medio Oriente, para que las autoridades competentes resuelvan los conflictos mediante un  diálogo pacífico y coherente. Oremos.

-Por los enfermos, en especial por los pobres, para que se les proporcionen atenciones y cuidados médicos dignos de su condición humana. Oremos.

-Por todos los cristianos, para que en éste tiempo, fieles al llamado a la conversión  se acerquen a la confesión confiando en la misericordia de Dios, que es rico en perdón.Oremos.

Señor escucha nuestra oración, y ayúdanos a identificarnos con Cristo crucificado de modo especial en éste sagrado tiempo de Cuaresma. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

            -Ofrecemos alimentos, junto con nuestras oraciones por los más necesitados.

            –Pan y vino para el Sacrificio, unido al esfuerzo para hacer de nuestra vida un continuo acto de amor a Dios.

Comunión:

            “Sólo el agua, que nos da el Señor, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, hasta que descanse en Dios”.

Salida:

            Después de haber bebido de la roca espiritual que es Cristo y de habernos alimentado con su Cuerpo y con sus Sangre, salgamos gozosos al mundo para anunciar la Buena Nueva de la salvación.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Tercer domingo de Cuaresma

CEC 1214-1216, 1226-1228: el Bautismo, renacer por medio del agua y del Espíritu

CEC 727-729: Jesús revela al Espíritu Santo

CEC 694, 733-736, 1215, 1999, 2652: el Espíritu Santo, el agua viva, un don de Dios

CEC 604, 733, 1820, 1825, 1992, 2658: Dios toma la iniciativa; la esperanza del Espíritu

I          EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO

1214    Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa «sumergir», «introducir dentro del agua»; la «inmersión» en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El (cf Rm 6,3-4; Col 2,12) como «nueva criatura» (2 Co 5,17; Ga 6,15).

1215    Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5), porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual «nadie puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

1216    «Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado…» (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), el bautizado, «tras haber sido iluminado» (Hb 10,32), se convierte en «hijo de la luz» (1 Ts 5,5), y en «luz» él mismo (Ef 5,8):

            El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios…lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).

El bautismo en la Iglesia

1226    Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa», declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: «el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos» (Hch 16,31-33).

1227    Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él:

            ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf Col 2,12).

            Los bautizados se han «revestido de Cristo» (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13).

1228    El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la «semilla incorruptible» de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín dirá del Bautismo: «Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum» («Se une la palabra a la materia, y se hace el sacramento», ev. Io. 80,3).

Cristo Jesús

727      Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de  los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.

            Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo a la luz de esto. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del Espíritu Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se refiere a la promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado por el Señor glorificado.

728      Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo (cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo sugiere también a Nicodemo (cf. Jn 3, 5-8), a la Samaritana (cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los que participan en la fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39). A sus discípulos les habla de él abiertamente a propósito de la oración (cf. Lc 11, 13) y del testimonio que tendrán que dar (cf. Mt 10, 19-20).

729      Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

Los símbolos del Espíritu Santo

694    El agua. El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero «bautizados en un solo Espíritu», también «hemos bebido de un solo Espíritu»(1 Co 12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex 17, 1-6; Is 55, 1; Za 14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).

El Espíritu Santo, El Don de Dios

733      «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es  el primer don, contiene todos los demás. Este amor «Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

734      Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.

735      El nos da entonces las «arras» o las «primicias» de nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la Vida misma de la Santísima Trinidad que es amar «como él nos ha amado» (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor (la caridad de 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos «recibido una fuerza, la del Espíritu Santo» (Hch 1, 8).

736      Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza»(Ga 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más «obramos también según el Espíritu» (Ga 5, 25):

            Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir. 15,36).

1215    Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5), porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual «nadie puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

1999    La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para curarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o deificante, recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación (cf Jn 4,14; 7,38-39):

            Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo (2 Co 5,17-18).

2652    El Espíritu Santo es el «agua viva» que, en el corazón orante, «brota para vida eterna» (Jn 4, 14). El es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo.

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

1820    La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en «la esperanza que no falla» (Rom 5,5). La esperanza es «el ancla del alma», segura y firme, «que penetra…adonde entró por nosotros como precursor Jesús» (Hb 6,19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: «Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación» (1 Ts 5,8). Nos procura el gozo en la prueba misma: «Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación» (Rm 12,12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

1825  Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que amemos como él hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10,27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él mismo (cf Mt 25,40.45).

            El apóstol S. Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa. no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Co 13,4-7).

1992  La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS 1529):

            Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen -pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios- y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús (Rm 3,21-26).

2658  «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como El nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien saca el agua de ella, alcanza la cumbre de la oración:

          Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente amable, y prefiero morir amándote a vivir sin amarte. Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente… Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro (S. Juan María Bautista Vianney, oración).

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

Éxodo 17, 3-7

La lectura de hoy nos presenta un episodio muy denso de contenido, no sólo por sus enseñanzas, sino sobre todo por el significado Mesiánico que en él late:

— Israel, una vez más, sucumbe a la tentación de desconfianza e infidelidad para con Dios, de rebeldía contra Moisés. A la prueba de la sed, prueba ciertamente muy dura en el desierto, responde con el propósito de volverse a Egipto, abandonar para siempre su vocación a la Tierra Prometida.

— Moisés, fiel siempre a Dios y misericordioso con su pueblo, realiza la maravilla: Al golpe de su vara, de las entrañas de la Roca fluyen ríos de agua límpida. El pueblo ante el milagro, desiste de sus planes de deserción. Pero deberá hacer penitencia y ser purificado del enorme pecado cometido al desconfiar de Dios, despreciar su vocación y soliviantarse contra Moisés.

— Al leer la Biblia nunca debemos olvidar que todo debe interpretarse en clave de Historia Salvífica. En esta página se nos ofrece, bajo el «signo» de esta Roca que brota agua, uno de los dones Mesiánicos o Salvíficos más claros y ricos. En efecto, cuidará el N. T. de decirnos que tanto la «Roca» (1 Cor 10, 4) como «Agua» (Jn 7, 37) simbolizan, preanuncian y prometen a Cristo. Mientras peregrinamos camino a la Patria nos acosará como a los israelitas la tentación de la desconfianza e infidelidad, la tremenda tentación de despreciar los bienes invisibles y eternos para saciarnos de los caducos y sensibles. Pero tenemos siempre con nosotros la Roca de la que mana Agua de Vida Eterna. Recordemos el sermón de Jesús en la Fiesta de los Tabernáculos: «El último día de la Fiesta, el más solemne, Jesús, de pie y en alta voz, decía: «Quien tenga sed venga a Mí, y beba quien cree en Mí.» Como dice la Escritura, «fluirán de sus entrañas avenidas de agua viva» (Jn 7, 37). Y comenta el mismo Evangelista: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu Santo que habían de recibir los que creerían en Él» (Jn 7, 39). A eso nos orienta la lección de la Roca de Agua del Desierto: Quien cree en Cristo, tiene Vida Divina. Vida saciativa. «Bebe a Cristo. Es la fuente de la Vida» (Amb in Ps. 1, 33). La Eucaristía, máxima presencia de Cristo en nuestra etapa de viadores (Desierto) es Sacramento de fe y Fuente de Vida Divina.

ROMANOS 5, 1-2. 5-8:

Israel, peregrinante del destierro a la Tierra Prometida, prefiguraba al Israel de Dios, el Pueblo cristiano, la Iglesia Peregrina. San Pablo nos traza el programa que ahora, viadores, debemos cumplir los renacidos del Agua Bautismal, vigorizados en la Fuente de Agua Viva (Eucaristía).

— Firmes y perseverantes en la Fe (1). A la «Fe» en Cristo van anejas todas nuestras riquezas: la Gracia, que es paz y reconciliación con Dios; que es Vida Divina en nosotros (2).

— La Fe debe tener un fuerte latido de «Confianza». Peregrinos, vamos a ser sometidos a pruebas y tentaciones. Pero nosotros, que nos «gloriamos en la esperanza de la Gloria de Dios, nos gloriamos asimismo en las tribulaciones» (5). Las tribulaciones no nos hacen zozobrar. Miramos siempre a la Patria. Nuestro destino es la Gloria de Dios. Cristo nos ha hecho «Herederos, coherederos con Él en la Gloria del Padre» (R 8, 17). Y de esta gloria tenemos ya las más preciosas arras. Como garantía y testigo del amor de Dios y del destino eterno que nos ha señalado, tenemos el Espíritu Santo que inhabita nuestros corazones. Realmente «esta esperanza no defrauda. Pues el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, dado a nosotros» (5). El Espíritu Santo que nos inhabita es a la vez testigo y garante del amor que el Padre nos tiene, y latido filial del amor que nosotros tenemos al Padre.

— Otro testimonio aún del amor que el Padre nos tiene: Testimonio que debe tornar firme nuestra fe, inconmovible nuestra esperanza, urente nuestra caridad: El Hijo de Dios ha muerto por quienes éramos enemigos de Dios. Argumenta Pablo: Si cuando éramos enemigos tanto nos amó Dios que envió su propio Hijo a que nos redimiera del pecado; ahora que estamos ya plenamente en paz y amor con Dios: «mucho más al presente seremos por Cristo salvados y en Cristo amados» (11). Acaba Pablo de proponernos el mejor itinerario para nuestra vida peregrina: Fe-Esperanza-Caridad. Y para que los viadores no erremos el camino, la Iglesia nos insiste: Qui nos per abstinentiam tibi gratias referre voluisti, ut ipsa et nos peccatores ab insolentia mitigaret, et, egentium proficiens alimento, imitatores tuae benignitatis efficeret (Pref.)

JUAN 4, 5-42:

San Juan enmarca en el episodio del encuentro de Jesús con la Samaritana preciosas enseñanzas:

— Jesús se revela a la Samaritana: a) Como Fuente de Agua Viva. Poco a poco Jesús conduce a la Samaritana a desear otra Agua; la de verdad saciativa; manantial en la misma entraña del alma (14). b) Como Templo único, espiritual y verdadero. Los otros templos, incluso el de Jerusalén, son materiales, rituales, transitorios (23). c) Y sobre todo se le revela como Mesías: «Yo Soy; contigo habla» (26). Precisamente porque es el Mesías nos puede dar Agua Viva y nos puede transformar en adoradores en espíritu. Es el Mesías que nos va a saciar de Espíritu Santo. En el Espíritu de Cristo viviremos; adoraremos y amaremos al Padre: «Cuando Jesús pide agua a la Samaritana, ya crea en ella el don de fe; y se digna tener sed de su fe para encender en ella el fuego del amor divino» (Pref.).

— Jesús hace también en este momento revelaciones importantísimas a los Apóstoles: a) Jesús hace la «Obra» del Padre. Esta Obra es nuestra Salvación. Realizar esta Obra divina es su misión y su manjar (34). b) Pero Él deberá retornar al Padre; y quedarán ellos como continuadores de esa Obra (35). Tienen, pues, que estar muy gozosos de que los haya asociado a su Obra. Él ha sembrado. Ellos cultivarán y segarán las mieses. Un mismo gozo debe unirlos, ya que los une una misma Obra y Premio (38).

— Ante sus ojos tienen un espectáculo consolador: la fe de los samaritanos (40). Samaria ha sido el campo de cosecha más generosa. Oleadas y más oleadas de samaritanos proclaman a voz en grito: «Creemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo» (42). Precisamente también en Samaria cosecharán Pedro y Juan su más rica siega de almas (Act 8, 14-17).

José María Solé Roma, CMF Ministrros de la Palabra, Editorial Herder pp 81-84

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

III, IV y V domingo de Cuaresma

69. (…) La fuerza catequética del Tiempo de Cuaresma es evidenciada por las lecturas y las oraciones de los domingos del Ciclo A. Es manifiesta la conexión de los temas del agua, de la luz y de la vida con el Bautismo: a través de estos pasajes bíblicos y de las oraciones de la Liturgia, la Iglesia guía a los elegidos hacia la Iniciación Sacramental en la Pascua. Su preparación final es de fundamental importancia, como muestran los textos de la oración empleados en los Escrutinios.

¿Y para los demás? Es útil que el homileta invite a los que le escuchan a ver la Cuaresma como un tiempo para fortalecer la gracia del Bautismo y para purificar la fe que han recibido. Este proceso puede ser explicado a la luz de la comprensión que Israel ha tenido de la experiencia del éxodo. Un acontecimiento crucial para la formación de Israel como pueblo de Dios, para el descubrimiento de los propios límites e infidelidades pero, también, del amor fiel e inmutable de Dios. Ha servido de paradigma interpretativo del camino con Dios a lo largo de toda la historia siguiente de Israel. De este modo, la Cuaresma es para nosotros el tiempo en el que en el desierto de nuestra existencia presente, con sus dificultades, miedos e infidelidades, descubrimos la cercanía de Dios que, a pesar de todo, nos está guiando hacia nuestra tierra prometida. Es un momento fundamental para la vida de fe, verdadero reto para nosotros. Las gracias del Bautismo, recibidas poco después de nacer, no pueden ser olvidadas, aunque sí los pecados acumulados y los errores humanos, que pueden hacer pensar en su ausencia. El desierto es el lugar donde se pone a prueba nuestra fe pero, también, donde se purifica y se refuerza, si aprendemos a confiar en Dios, a pesar de las experiencias contradictorias. El tema de base, en estos tres domingos, se centra en el modo en que la fe es continuamente alimentada a pesar del pecado (la samaritana), la ignorancia (el ciego) y la muerte (Lázaro). Son estos los «desiertos» que atravesamos en el curso de la vida y en los que descubrimos que no estamos solos, porque Dios está con nosotros.

70. El nexo entre los que se preparan para el Bautismo y los demás fieles intensifica el dinamismo del Tiempo de Cuaresma y el homileta tendría que esforzarse en relacionar al conjunto de la comunidad con el camino de preparación de los elegidos. (…). Nosotros los creyentes, estamos llamados, como la samaritana, a compartir nuestra fe con los demás. Por ello, en Pascua, los nuevos iniciados podrán anunciar al resto de la comunidad: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

71. El III domingo de Cuaresma nos traslada al desierto con Jesús y con Israel, en una etapa precedente. Los israelitas tienen sed, y sufrir la sed les lleva a dudar de la eficacia del viaje iniciado por invitación de Dios. La situación parece sin esperanza, pero la ayuda llega de una fuente más sorprendente que nunca: ¡en el momento en el que Moisés golpea la dura roca de ella brota el agua! Aún existe una materia todavía más dura e inflexible: el corazón humano. El salmo responsorial hace una llamada elocuente a todos los que lo cantan y escuchan: «Ojalá escuchéis la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón”». En la segunda lectura, Pablo anuncia cómo la fe es el apoyo en el que poner el fundamento; ella, por medio de Cristo, da acceso a la gracia de Dios, precursora a su vez de esperanza. Esta esperanza después no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, haciéndolos capaces de amar. Este amor divino no se nos ha dado como recompensa a nuestros méritos, ya que se nos ha concedido cuando todavía éramos pecadores, ya que Cristo ha muerto por nosotros pecadores. En estos pocos versículos, el Apóstol nos invita a contemplar tanto el misterio de la Trinidad como las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.

En este ámbito es donde se produce el encuentro de Jesús con la samaritana, una conversación profunda porque habla de las realidades fundamentales de la vida eterna y del culto verdadero. Es una conversación iluminante, ya que manifiesta la pedagogía de la fe. Al comienzo, Jesús y la mujer discuten en distintos niveles. El interés práctico y concreto de la mujer se centra en el agua y el pozo. Jesús, sin atender a su preocupación concreta, insiste en hablar del agua viva de la gracia. Hasta que sus discursos llegan a encontrarse. Jesús aborda el hecho más doloroso de la vida de la mujer: su situación matrimonial irregular. El haber reconocido su fragilidad le abre inmediatamente la mente al misterio de Dios y, entonces, hace preguntas sobre el culto. Cuando acepta la invitación a creer en Jesús como el Mesías, se llena de gracia y se apresura a compartir todo lo que ha aprendido con sus vecinos.

La fe, nutrida por la Palabra de Dios, por la Eucaristía y el poner en práctica la voluntad del Padre, abre al misterio de la gracia, ilustrado con la imagen del «agua viva». Moisés golpeó la roca y de ella brotó el agua; el soldado traspasó el costado de Cristo y de él brotó sangre y agua. En su recuerdo, la Iglesia pone estas palabras en los labios de cuantos se encaminan en procesión para recibir la Comunión: «El que beba del agua que yo le daré – dice el Señor –, no tendrá más sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

72. No somos los únicos que estamos sedientos. El prefacio de la Misa de este día dice: «Quien al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino». Aquel Jesús que estaba sentado al lado del pozo, estaba cansado y sediento. (El homileta, de suyo, podría destacar cómo los pasajes evangélicos de estos tres domingos resaltan la humanidad de Cristo: su cansancio mientras está sentado cerca del pozo, el hacer una pasta con el barro y la saliva para curar al ciego y sus lágrimas en la tumba de Lázaro). La sed de Jesús alcanzará el momento culminante en los últimos instantes de su vida, cuando desde la Cruz, grita: «¡Tengo sed!». Esto significa para Jesús hacer la voluntad de Aquel que le ha enviado y cumplir su obra. Después, de su corazón traspasado, brota la vida eterna que nos alimenta en los sacramentos, donándonos, a nosotros que adoramos en Espíritu y en verdad, el alimento que necesitamos para avanzar en nuestra peregrinación.

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 69 – 72)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

HOMILIA XXXII (XXXI)

Jesús le respondió y dijo: Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo; pero el que bebiere del agua que yo le daré, ya nunca jamás en lo sucesivo tendrá sed, sino que el agua que yo le daré se tornará en él un manantial que mana agua de vida eterna (Juan IV, 13-14).

LA SAGRADA ESCRITURA unas veces llama fuego a la gracia del Espíritu Santo y otras agua, demostrando con esto que ambos nombres son aptos para designar no la substancia de la gracia, sino sus operaciones. El Espíritu Santo no consta de diversas substancias, puesto que es indivisible y simple. Lo primero lo indicó el Bautista al decir: Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Lo segundo lo indicó Cristo: Fluirán de sus entrañas avenidas de agua viva*1. También aquí, hablando con la sama­ritana, al Espíritu lo llama agua: El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá ya jamás en lo sucesivo sed. Llama pues al Espíritu fuego para significar la fuerza y fervor de la gracia y el perdón de los pecados; y lo llama agua para indicar la purificación que viene a quienes por su medio renacen en el alma.

Y con razón. Pues a la manera de un huerto frondoso de árboles fructíferos y siempre verdes, así adorna el alma empe­ñosa y no la deja percibir ni sentir tristezas ni satánicas ase­chanzas, sino que fácilmente apaga los dardos de fuego del Maligno. Considera aquí la sabiduría de Cristo y en qué forma tan suave va elevando el alma de aquella humilde mujer. Pues no le dijo desde un principio: Si supieras quién es el que te dice: Dame de beber; sino hasta después de haberle dado oca­sión de llamarlo judío y acusarlo; y en esa forma rechazó la acusación. Y luego, una vez que le hubo dicho: Si supieras quién es el que te dice: Dame de beber, quizá tú le habrías pedido agua; y una vez que mediante magníficas promesas la había inducido a traer al medio el nombre del patriarca, por estos caminos le abrió los ojos de la mente.

Y como ella replicara: ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Israel? no le contestó Jesús: Así es; yo soy mayor; pues hubiera parecido que lo decía por jactancia, no habiendo aún dado demostración ninguna de eso. Sin embargo con lo que le dice la va preparando para llegar a esa afirmación. No le dijo sencillamente: Yo te daré de esa agua; sino que callando lo de Jacob, declaró lo que era propio suyo, manifestando la dife­rencia de personas por la naturaleza del don y la diversidad de los regalos; y al mismo tiempo su excelencia por encima del patriarca. Como si le dijera: Si te admiras de que él os ha dado esta agua ¿qué dirás cuando yo te diere otra mucho mejor? Ya anteriormente casi confesaste que yo soy mayor que Jacob, con preguntarme: ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob?, puesto que prometes una agua mejor. De modo que si recibes esta agua, abiertamente confesarás que yo soy mayor.

¿Adviertes el juicio que hace esta mujer, sin acepción de personas, dando su parecer basado en las cosas mismas, acerca del patriarca y de Cristo? No lo hicieron así los judíos. Al ver que arrojaba los demonios lo llamaban poseso; es decir, mucho menos que llamarlo menor que el patriarca. La mujer va por otro camino; y profiere su parecer partiendo de donde Cristo quería, o sea, de la demostración por las obras. El mismo sobre ese fundamento basa su juicio cuando dice: Si no hago las obras de mi Padre no me creáis; más si las hago, ya que no me creéis a mí, creed en las obras*2. Por ese medio la samaritana es conducida a la fe.

Jesús, cuando la oyó decir: ¿Acaso eres tú mayor que nues­tro padre Jacob?, dejando a un lado al patriarca, le habla de nuevo del agua, y le dice: Todo el que bebiere de esa agua tendrá sed de nuevo. Hace caso omiso de la acusación y lleva la comparación a la preeminencia. No le dice: Esta agua de nada sirve y todo eso hay que despreciarlo; sino que declara lo que la naturaleza misma testimonia: Todo el que bebiere de esta agua tendrá sed de nuevo. Pero el que bebiere del agua que yo le daré, ya no tendrá jamás en adelante sed. La mujer había oído ya eso del agua viva, pero no lo había entendido. Creía que se trataba del agua que se llama viva por ser irres­tañable, y si no se la corta, brota continuamente del manantial.

Por tal motivo, enseguida con mayor claridad Jesús se lo declara; y mediante la comparación sigue demostrando la ex­celencia de esta otra agua: El que bebiere del agua que yo le daré ya no tendrá jamás en adelante sed. Como ya dije, por aquí le demuestra la excelencia de esta agua; pero también por lo que sigue, pues el agua ordinaria no posee semejantes cua­lidades. Y ¿qué es lo que sigue?: Se hará en él manantial que mana agua de vida eterna. Del mismo modo que quien lleva en sí la fuente de las aguas no padecerá sed, así quien tuviere esta agua nunca padecerá sed. Y la mujer al punto dio su asen­timiento, mucho mejor ella en esto que Nicodemo; y lo hizo no sólo con más prudencia, sino con mayor fortaleza. Nico­demo, tras de largas explicaciones, ni convocó a otros ni se fio él mismo. En cambio esta mujer al punto desempeña el oficio de apóstol anunciándoles a todos, llamándolos a Cristo y arras­trando a Él la ciudad entera. Nicodemo, tras de escuchar a Cristo decía: ¿Cómo puede ser eso? y ni siquiera cuando Cristo le puso el ejemplo tan claro del viento, aceptó sus afirma­ciones.

De otro modo procedió esta mujer. Porque primero dudaba. Luego, sin andar con tantas cautelas, sino recibiendo lo que se le decía como si fuera una sentencia ya dictada, al punto se deja llevar al acto de fe. Y como había oído a Jesús decir: Se tornará en él manantial que mana agua de vida eterna, al punto le dice: Dame de esa agua para ya no tener sed en adelante ni que venir acá a sacarla. ¿Observas en qué forma la va conduciendo a lo más alto de la verdad? Primero, creyó ella que Jesús era un transgresor de la ley y un judío cualquie­ra. Enseguida, pues Jesús rechazó semejante recriminación —ni convenía que quedara con sospecha de eso quien venía para enseñar a aquella mujer—, creyendo ella que se trataba del agua ordinaria y sensible, lo manifestó así. Finalmente, como oyera que lo que se le decía todo era espiritual, creyó que aquella otra agua podía acabar con la sed, aunque no sabía a punto fijo qué sería esa agua, y así todavía dudaba. Juzgaba en verdad que eran aquellas cosas más excelentes y levantadas de lo que pueden percibir los sentidos; pero aún no sabía de cierto qué eran. Ya veía mejor, pero aún no acertaba del todo.

Porque dice: Dame de esa agua para que no tenga yo más sed, ni tenga que venir acá a sacarla. De manera que ya lo estimaba superior a Jacob, como si dijera: Si yo recibo de ti esa agua, ya no necesito de esta fuente. ¿Observas cómo lo an­tepone al patriarca? Es esto indicio de un alma honrada y sincera. Manifestó la opinión que tenía de Jacob; pero vio a uno más excelente que Jacob, y ya no la cautivó su antece­dente opinión. No sucedió, pues, que fácilmente creyera ni que aceptara a la ligera lo que se le decía, puesto que tan cui­dadosamente investigó; ni se mostró incrédula ni querellosa, como lo demostró finalmente con su petición.

En cambio a los judíos les dijo Cristo: El que comiere mi carne; y el que cree en mí jamás padecerá sed*3, pero no sólo no creyeron sino que incluso se escandalizaron. La samaritana, por el contrario, espera y pide. A los judíos les decía Jesús: El que cree en Mí jamás padecerá sed. A esta mujer no le dice así, sino de un modo más material y nido: El que bebiere de esta agua no tendrá jamás sed en adelante. Porque la prome­sa era de cosas espirituales y no visibles, Jesús, levantando el ánimo de aquella mujer mediante las promesas, todavía se de­tiene en las cosas sensibles, puesto que ella no podía compren­der con exactitud las espirituales.

Si Jesús le hubiera dicho: Si crees en mí ya no padecerás sed, ella no lo habría entendido, porque no sabía quién era el que le hablaba, ni de qué sed se trataba. Mas ¿por qué a los judíos no les habló así? Porque éstos ya habían visto muchos milagros, mientras que la samaritana no había visto ninguno, sino que era la primera vez que oía semejantes discursos. Por esto, mediante una profecía le demuestra su poder y no la reprende al punto, sino ¿qué le dice?: Anda, llama a tu ma­rido y vuelve acá. Le responde la mujer: No tengo marido. Verdad has dicho, le replica Jesús, que no tienes marido. Pues cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido.

En esto has hablado verdad. Le dice la mujer: Señor, veo que eres profeta.

¡Válgame Dios! ¡Qué virtud tan grande la de esta mujer! ¡Con cuánta mansedumbre recibe la reprensión! Preguntarás: pero ¿qué razón había para no recibirla? ¿Acaso no reprendió Jesús muchas veces con mayor dureza? No es propio de un mismo poder el revelar los secretos pensamientos del alma y el revelar una cosa que se ha hecho a ocultas. Lo primero es propio y exclusivo de Dios, puesto que nadie lo sabe sino sólo el mismo que lo piensa… Lo segundo puede ser cosa conocida a lo menos para los de la misma familia. Pero aquí el caso es que los judíos llevan a mal el ser reprendidos. Diciéndoles Jesús: ¿Por qué queréis darme muerte? no sólo se admiran, como la samaritana, sino que lo colman de denuestos e inju­rias, a pesar de tener ya en favor de Jesús el argumento de otros milagros. En cambio la samaritana no conocía sino éste.

Por lo demás, los judíos no únicamente no se admiraron, sino que injuriaron a Jesús y le dijeron: Estás endemoniado. ¿Quién trata de matarte?*4 La samaritana no sólo no lo inju­ria, sino que se admira y queda estupefacta y lo tiene por profeta; y eso que a ella la ha reprendido ahora más dura­mente que a los judíos entonces. Puesto que el pecado de ella era particular y suyo, mientras que el de los judíos era colec­tivo y de todos. Y no solemos molestarnos tanto cuando se acusan pecados comunes, como cuando se nos recriminan los propios. Los judíos creían hacer una gran obra si mataban a Cristo. En cambio, a los ojos de todos lo que había hecho la samaritana era manifiesto pecado. Y sin embargo, la mujer no llevó a mal la reprensión, sino que quedó admirada y estupefacta.

Igualmente procedió Cristo en el caso de Natanael. No co­menzó por la profecía, ni le dijo: Te vi bajo la higuera; sino que, hasta cuando aquél le preguntó: ¿Dónde me conociste? Jesús le respondió eso otro. Quería que las profecías y los milagros partieran de ocasiones dadas por los que se le acer­caban, tanto para mejor atraerlos, como para evitar cualquier sospecha de vana gloria. Lo mismo procede en el caso de la samaritana. Juzgaba que sería molesto y además superfluo el acusarla inmediatamente y decirle: No tienes marido. Era más conveniente corregirle su pecado una vez que ella diera oca­sión, con lo que al mismo tiempo hacía a la oyente más mansa y suave.

Preguntarás: pero ¿a qué venía decirle: Anda, llama a tu marido y vuelve acá? Se trataba de un don espiritual y de un favor que sobrepasaba la humana naturaleza. Instaba la mujer procurando alcanzarlo. Él le dijo: Anda, llama a tu marido y vuelve acá, dándole a entender que también él debía participar de aquellos bienes. Ella, ansiosa de recibirlos, oculta su vergüenza; y pensando que hablaba con un puro hombre, le responde: No tengo marido. Cristo de aquí toma ocasión para reprenderla oportunamente, aclarando ambas cosas: porque enumeró a todos los anteriores y reveló al que ella ocultaba.

¿Qué hace la mujer? No lo llevó a mal; no abandonó a Cristo y se dio a huir, no pensó que él la injuriaba, sino que más bien se llenó de admiración y perseveró en su deseo. Porque le dice: Veo que eres profeta. Tú advierte su prudencia. No se entrega inmediatamente, sino que aún considera las cosas y se admira. Porque ese veo quiere decir: Me parece que eres profeta. Y ya bajo esta sospecha, no pregunta nada terreno, ni suplica la salud corporal o riquezas, y haberes, sino inmediatamente pregunta acerca del dogma y la verdad. ¿Qué es lo que dice?: Nuestros padres dieron culto a Dios en este monte, significando a Abraham, pues se decía que a ese monte llevó su hijo Isaac. ¿Cómo decís vosotros que Jerusalén es el sitio en donde le debe dar culto? Advierte cuánto se ha elevado su pensamiento. La que antes sólo cuidaba de mitigar su sed, ya se interesa y pregunta sobre el dogma. ¿Qué hace Cristo? No le responde resolviendo la cuestión (pues él no tenía interés en ir contestando exactamente las preguntas, cosa que habría sido inútil), sino que lleva a la mujer a mayores elevaciones. Sólo que no le trató de estas cosas hasta que la mujer lo confesó como profeta, para que así luego ella diera mayor crédito a sus palabras. Puesto que una vez que eso creyera, ya no ponen duda lo que se le dijera.

Avergoncémonos y confundámonos. Esta mujer que había tenido cinco maridos, que era una samaritana, demuestra tanto empeño en conocer la verdad y no la aparta de semejante búsqueda ni la hora del día ni otra alguna ocupación o negocio, mientras que nosotros no sólo no investigamos acerca de los dogmas, sino que en todo nos mostramos perezosos y llenos de desidia. Por tal motivo, todo lo descuidamos. Pre­gunto: ¿quién de vosotros allá en su hogar toma un libro de la doctrina cristiana, lo examina, o escruta las Sagradas Escritu­ras? ¡Nadie, a la verdad, podría responderme afirmativamente!

En cambio encontraremos en el hogar de la mayor parte de vosotros cubos y dados para juegos, pero libros o ninguno o apenas en pocos hogares. Y estos pocos que los poseen se portan como si no los tuvieran, pues los guardan bien cerrados y aun abandonados en su escritorio. Todo el cuidado lo ponen en que las membranas sean muy finas, o los caracteres muy lin­dos, pero no en leerlos. Es que no los adquieren en busca de la utilidad, sino para poner manifiesta su ambiciosa opulencia. ¡Tan grande fausto les exige la vanagloria! De nadie oigo que ambicione entender los libros; pero en cambio sí se jactan mu­chos de poseer libros con letras de oro escritos. ¿Qué utilidad se saca de eso?

Las Sagradas Escrituras no se nos han dado para eso, o sea para tenerlas únicamente en los libros, sino para que las gra­bemos en nuestros corazones. Semejante forma de poseer los Libros santos es propia de la ostentación judaica; quiero decir, cuando los preceptos divinos se quedan en los escritos. No se nos dio al principio así la ley, sino que se nos grabó en nuestros corazones de carne. Y no digo esto como para prohibir la adquisición de los Libros. Más aún, la alabo y anhelo que se realice. Pero quisiera que sus palabras y sentido de tal modo los traigamos en nuestra mente que quede ella purificada con la inteligencia de lo escrito.

Si el demonio no se atreve a entrar en una casa en donde tienen los evangelios, mucho menos se atreverán ni el demonio ni el pecado a acercarse a un alma compenetrada con las sentencias de los evangelios. Santifica, pues, tu alma, santifica tu cuerpo; y para esto continuamente revuelve estas cosas en tu mente y acerca de ellas conversa. Si las palabras torpes manchan y atraen a los demonios, es claro con toda certeza que la lectura espiritual santifica y atrae las gracias del Espí­ritu Santo. Son las Escrituras cantares divinos. Cantemos en nuestro interior y pongamos este remedio a las enfermedades del alma. Si cayéramos en la cuenta del valor que tiene lo que leemos, lo escucharíamos con sumo empeño.

Constantemente repito esto y no dejaré de repetirlo. ¿Acaso no sería absurdo que mientras los hombres sentados en la plaza refieren los nombres de los bailarines y de los aurigas y aun describen cuál sea el linaje, la ciudad, la educación y aun los defectos y las cualidades de los corceles, los que acá acuden a estas reuniones nada sepan de lo que aquí se hace y aun igno­ren el número de los Libros sagrados? Y si me objetas que en referir aquellas cosas se experimenta grande deleite, yo demos­traré que mayor se obtiene de las Sagradas Escrituras. Porque pregunto: ¿qué hay más suave, qué hay más admirable? ¿Acaso el contemplar cómo un hombre lucha con otro, o más bien el ver cómo un hombre lucha contra el demonio, y cómo com­batiendo uno que tiene cuerpo contra otro incorpóreo, sin embargo, aquél supera y vence a éste?

Pues bien: contemplemos estas batallas; éstas, digo, que es honroso y útil imitar y quienes las imitan reciben la corona; y no aquellas otras cuyo anhelo cubre de ignominia a quienes las imitan. Esas las contemplarás en compañía de los demonios, si te pones a verlas; aquellas otras, en compañía de los ángeles y del Señor de los ángeles. Dime: si pudieras tú disfrutar de los espectáculos sentado entre los príncipes y los reyes ¿no lo tendrías como sumamente honorífico? Pues bien, acá, viendo tú al diablo cómo es castigado en las espaldas, mientras te sientas con el Rey; y cómo forcejea y procura vencer pero en vano ¿no correrás a contemplar este espectáculo?

Preguntarás: ¿cómo puede ser eso? Pues con sólo que ten­gas en tus manos el Libro Sagrado. Porque en él verás los fosos y límites de la palestra y las solemnes carreras y las oportuni­dades de dominar al adversario y artificio que usan las almas justas. Si tales espectáculos contemplas, aprenderás el modo de combatir y vencerás a los demonios. Aquellos otros espectácu­los profanos son festivales diabólicos y no reuniones de hom­bres. Si no es lícito entrar en los templos de los ídolos, mucho menos lo será entrar a esas solemnidades satánicas.

No cesaré de decir y repetir estas cosas, hasta ver que cam­biáis de costumbres. Porque decirlas, afirma Pablo, a mí no me es gravoso y a vosotros os es salvaguarda*5. Así pues, no llevéis a mal nuestra exhortación. Si fuera cuestión de no molestarse, más bien me tocaría a mí, puesto que no se me hace caso, que no a vosotros, que continuamente las oís pero nunca las obe­decéis. Mas ¡no! ¡lejos de mí que me vea obligado a siempre acusaros! Haga el Señor que libres de semejante vergüenza, os hagáis dignos de los espirituales espectáculos y gocéis además de la gloria futura, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria en unión con el Padre y el Es­píritu santo, por los siglos de los siglos.—Amén.

San Juan Crisóstomo, Explicación del Evangelio de San Juan (1), Homilía XXXII (XXXI), EDITORIAL TRADICIÓN, S.A., MEXICO, 1981, 264-72

________________________________________________________

*1- Jn 7, 38-39
*2- Jn 10, 37
*3- Jn 6, 35
*4- Jn 7
*5- Flp 3, 1

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Aplicación

·        P. José A. Marcone I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La Samaritana

(Jn 4,5-42)

Introducción

La Iglesia ha dado a cada domingo de Cuaresma un sentido particular. Los tres últimos domingos de Cuaresma tienen como temática principal el Bautismo. Se reasume así lo que fue en el antiguo catecumenado (y en el catecumenado actual restaurado*1) el ‘segundo orden de la iniciación cristiana’, el ‘tiempo de purificación e iluminación’, que duraba las tres últimas semanas de Cuaresma. Al tercer domingo de Cuaresma, el domingo de hoy, se le asignaba el evangelio de la Samaritana (Jn 4,5-42).

El tercer domingo de Cuaresma se hacía el primer examen de los elegidos al Bautismo, examen llamado ‘escrutinio’*2. Ese escrutinio consta de una oración de exorcismo y una oración sobre los elegidos. Ambas oraciones explican el sentido bautismal que tiene el evangelio de la Samaritana.

Oración de exorcismo: “Oh Dios, que nos enviaste como Salvador a tu Hijo, concédenos que estos catecúmenos, que desean sacar agua viva como la Samaritana, convertidos como ella con la palabra del Señor, se confiesen cargados de pecados y debilidades. No permitas, te suplicamos, que con vana confianza en sí mismos, sean engañados por la potestad diabólica, mas líbralos del espíritu pérfido, para que, reconociendo sus maldades, merezcan ser purificados interiormente para comenzar el camino de la salvación” *3.

Oración sobre los elegidos: “Señor Jesús, tú eres la fuente a la que acuden estos sedientos y el maestro al que buscan. Ante ti, que eres el único santo, no se atreven a proclamarse inocentes. Confiadamente abren sus corazones, confiesan su suciedad, descubren sus llagas ocultas. (…). Domina al espíritu maligno, derrotado cuando resucitaste. Por el Espíritu Santo muestra el camino a tus elegidos para que, caminando hacia el Padre, le adoren en la verdad”*4.

Como podemos ver, ambas oraciones están impregnadas de referencias al evangelio de la Samaritana. En esta homilía trataremos de explicitar y explicar dichas referencias.

1. El agua que da Jesús es el Espíritu Santo

El comienzo del capítulo 4 de San Juan marca un momento importante de la vida de Jesús. En efecto, es el momento clave del inicio de la segunda etapa de su vida pública, la etapa que se desarrollará durante 21 meses en Galilea. Para ir hacia allí, procedente de Judea, debe atravesar Samaría. Sin embargo, normalmente los judíos que iban a Galilea evitaban pasar por Samaría debido a una fuerte rivalidad religiosa y daban un rodeo atravesando el Jordán a la altura de Jericó, caminando por la Transjordania y volviendo a cruzar el Jordán ya en tierra galilea.

Esta fuerte rivalidad religiosa se debía al hecho de que los samaritanos eran descendientes de antiguos colonos persas (cf. 2Re 17,5-41) que habían abrazado a medias la religión judía, quedándose sólo con el Pentateuco y rechazando todos los demás libros de la Sagrada Escritura judía. Para los judíos la religión samaritana era una despreciable herejía de su religión. El samaritano era profundamente despreciado por el judío y viceversa. En el AT y en el mismo evangelio hay muchos testimonios de este desprecio mutuo entre judíos y samaritanos (cf. Esd 4,1-24; Sir 50,25-26; Lc 9,52-56; Jn 8,48).

Jesús hace caso omiso a esa rivalidad y desafía abiertamente las tradiciones humanas que amenazaban anquilosar la religión pura. Por eso comete tres ‘infracciones’: atraviesa el territorio de Samaría, conversa amistosamente sobre religión con un hereje, y ese hereje es nada más y nada menos que una mujer, que no estaban autorizadas a recibir lecciones de un rabí. El ‘escandalo’ por las dos últimas ‘infracciones’ está atestiguado en el mismo texto de hoy: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?” (Jn 4,9). “En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer” (Jn 4,27).

La conversación se desarrolla en la antigua ciudad de Siquem (llamada Sicar en tiempos de Jesús), al pie del Monte Garizim, donde los samaritanos habían levantado un templo, rival del de Jerusalén.

Jesús tiene una doble sed. En primer lugar, una sed natural, porque está realmente cansado y hace calor. Pero más sed tiene todavía del alma de la Samaritana. Cuando decimos que Jesús tiene sed del alma de la Samaritana queremos decir los siguiente: tiene sed de anunciarle la verdadera revelación respecto a la verdadera religión, tiene sed de hacer la voluntad de Dios anunciando dicha revelación (Jn 4,34), tiene sed de que la Samaritana se bautice y adquiera la gracia santificante, tiene sed de que la Samaritana beba del Espíritu Santo, tiene sed de que la Samaritana se una a Él, verdadero Esposo del alma, a través de la gracia santificante.

Jesús va a estructurar todo su anuncio de la verdadera religión partiendo de su sed natural, pero queriendo llegar a conquistar el alma de la Samaritana. Hablará abiertamente de su sed natural, pero en esas palabras esconderá su sed de beber el alma de la Samaritana. Inicia de su propia sed natural pero, a través de la manifestación de su propia sed natural, logrará que la Samaritana tenga sed del agua viva, el Espíritu Santo.

Por eso es que Jesús habla en un doble sentido. Y esto es común en el evangelio de San Juan. San Juan es el evangelista que mejor ha transparentado este modo de hablar de Jesús con doble sentido. En efecto, “en el cuarto evangelio, no raramente el autor pretende que su lector sepa individuar diversos niveles de significado en el mismo relato o en la misma metáfora (lenguaje figurado)”*5. Esto se debe a que “Jesús proviene de otro mundo, del alto. Sin embargo, habla el lenguaje de este mundo. Inevitablemente, todos los que se encuentran con Él, con una experiencia a un nivel más bajo, cuando Él habla del agua, del pan, de la carne, etc. mal entienden el sentido que Él intenta darle a estas palabras”*6. Así sucede con la Samaritana.

Jesús pasa de su propia sed natural de agua material a la sed sobrenatural que la Samaritana debe tener de un agua sobrenatural. Esta es la finalidad de su lenguaje de doble sentido. Notemos entonces el punto de partida y el punto de llegada. El punto de partida es: 1. Sed de Jesús; 2. Sed natural; 2. Sed de agua material. El punto de llegada, intentado por Jesús es: 1. Sed de la Samaritana; 2. Sed sobrenatural; 3. Sed de agua sobrenatural.

Los dos versículos claves del evangelio de hoy son Jn 4,14-15: “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna. Le dice la mujer: Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla”. En estos dos versículos está escondido todo el sentido bautismal y cuaresmal del evangelio de hoy.

El agua que Jesús da y que se convierte en fuente que brota para vida eterna es, en el evangelio de San Juan, claramente, el Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad. Así lo dice explícitamente, en otro lugar, el mismo evangelista San Juan: “El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí’; como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,37-39). En la conversación que Jesús tiene con Nicodemo se hace la misma afirmación: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5).

Esto lo confirma San Juan Crisóstomo: “La Sagrada Escritura unas veces llama fuego a la gracia del Espíritu Santo y, otras, agua, demostrando con esto que ambos nombres son aptos para designar no la substancia de la gracia, sino sus operaciones. (…) También aquí, hablando con la sama­ritana, al Espíritu lo llama agua: El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá ya jamás en lo sucesivo sed. (…) Llama pues al Espíritu fuego para significar la fuerza y fervor de la gracia y el perdón de los pecados; y lo llama agua para indicar la purificación que viene a quienes por su medio renacen en el alma”*7.

También lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los símbolos del Espíritu Santo. El agua. El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo” (CEC, 694, cf. también CEC, 2652).

Por lo tanto, Nuestro Señor Jesucristo, al hablar del agua que Él quiere dar a la Samaritana se refiere al Espíritu Santo y al agua del Bautismo que borra el pecado original, perdona todos los pecados de una persona adulta, da la gracia santificante y otorga el Espíritu Santo para que habite en el alma del justo. Dado que el Bautismo sólo tiene eficacia por la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, dentro de esta agua que Jesucristo quiere dar a la Samaritana está incluida la redención que Él llevará a cabo. De hecho, la fe terminal de la Samaritana acabará en esta afirmación: “Éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4,42). Éste es el sentido exacto del agua de la que habla Jesús en su conversación con la Samaritana.

El sentido del agua que da Jesús se completa, en la conversación con la Samaritana, con otras dos afirmaciones importantísimas: 1. Él es el Mesías (Jn 4,26); 2. Una insinuación notable de su divinidad: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad” (Jn 4,23-24). Pero Jesús dijo: “Yo soy la verdad” (Jn 14,6). Por lo tanto, la adoración a Dios se da en la persona de Jesús.

2. El agua viva del Espíritu y el cristiano de hoy

Queda clarísimo, entonces, tal como lo han hecho notar los Santos Padres y lo ha indicado la antigua Iglesia en su ritual del catecumenado, que en su conversación con la Samaritana Jesucristo ha anunciado la eficacia del Bautismo, el agua que destruye el pecado y da el Espíritu Santo.

Tal como lo indica el Directorio Homilético, “el homileta tendría que esforzarse en relacionar al conjunto de la comunidad con el camino de preparación de los elegidos”*8. Por lo tanto, la intención de la Iglesia es que los fieles que escuchan este evangelio, aun cuando ya estén bautizados, recuerden la virtualidad del Bautismo y sus exigencias.

La primera ayuda para recordar la virtualidad del Bautismo y sus exigencias nos viene del hecho de que las oraciones del escrutinio de hoy nos ponen claramente a la Samaritana como ejemplo de buena disposición frente al Bautismo. Dice San Juan Crisóstomo: “La Samaritana antepone a Cristo al patriarca Jacob. Es esto indicio de un alma honrada y sincera”*9. Y refiriéndose a la reprensión que le hace Cristo a causa de sus desórdenes matrimoniales y a la respuesta de la Samaritana (“Señor, veo que eres profeta”, Jn 4,19), dice San Juan Crisóstomo: “¡Válgame Dios! ¡Qué virtud tan grande la de esta mujer! ¡Con cuánta mansedumbre recibe la reprensión!”*10. “¿Qué hace la mujer? No lo llevó a mal; no abandonó a Cristo y se dio a huir, no pensó que él la injuriaba, sino que más bien se llenó de admiración y perseveró en su deseo. (…) Y ya bajo la sola sospecha de que Jesús es profeta, no pregunta nada terreno, ni suplica la salud corporal o riquezas, y haberes, sino inmediatamente pregunta acerca del dogma y la verdad. (…) Avergoncémonos y confundámonos”*11. Esta actitud de humildad y contrición es la correcta de aquel que quiere recibir el perdón de sus pecados. Si imitamos a la Samaritana pondremos en práctica la oración de exorcismo correspondiente al escrutinio de hoy y citada más arriba.

Otra cosa necesaria para recordar la virtualidad del Bautismo y sus exigencias es hacer que se verifique en nosotros lo que se verificó en la Samaritana, es decir, que nazca en nosotros una gran sed del Bautismo y del Espíritu Santo, representados en el agua viva. “Dame de esa agua para que no tenga más sed”, dice la Samaritana a Cristo (Jn 4,15). Tanto el adulto que se prepara para el Bautismo como todos nosotros que ya estamos bautizados, debemos desear el agua viva de la purificación de los pecados y de la comunión con el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es, al mismo tiempo, agua que ahoga y destruye los pecados, y agua que alimenta y hace reverdecer, es decir, da la gracia santificante. El Espíritu Santo es una y la misma agua que produce los dos efectos. Eso es lo que San Pablo quiere decir cuando dice: “Todos fuimos bautizados (o sumergidos) en un mismo Espíritu” (1Cor 12,13). Fuimos sumergidos en el Espíritu Santo para que nuestros pecados sean destruidos. Pero al mismo tiempo y en el mismo versículo dice San Pablo: “Y todos hemos bebido de un mismo Espíritu” (1Cor 12,13), lo cual significa que nos alimentamos del Espíritu Santo que nos da la gracia y la resurrección del alma.

Al decir ‘dame de esa agua viva para que no tenga más sed’ estamos diciendo:

a. Señor, envía sobre mí el diluvio de agua que destruya el pecado original y todos mis pecados y maldades y debilidades. Al igual que el diluvio universal acabó con los malos de la tierra o el mar Rojo aniquiló el ejército egipcio, símbolo del mal, así también, Señor, destruye todos mis pecados. Señor, que me sumerja en el agua que acaba con mis pecados. Señor, que en el Sacramento de la Confesión, donde está realmente presente el agua que es tu Espíritu (cf. Jn 20,22-23), encuentre el perdón de mis pecados y la paz para el alma.

b. Señor, que yo resurja del agua y vuelva a tomar aire y ver el sol, es decir, que mi alma resucite de la muerte, que me vea revestido de la gracia santificante, la cual me hace justo y me hace hijo de Dios.

c. Señor, dame el agua que es el Espíritu Santo, para que mi alma no tenga nunca más sed. Que en el contacto íntimo con vos a través de la oración silenciosa delante de tu Sagrario o delante del Santísimo Sacramento expuesto, beba yo el Espíritu Santo (cf. 1Cor 12,13) y me sacie de tal manera que no vuelva nunca más a tener sed … hasta que necesite otra vez volver a beberlo en la oración. Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El Espíritu Santo es el «agua viva» que, en el corazón orante, «brota para vida eterna» (Jn 4,14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo” (CEC, 2652).

Y esta petición, que es la misma que la de la Samaritana debe ser hecha con gran confianza: “Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?” (Lc 11,13).

3. El agua que brota de Jesús y la Eucaristía

Además, este ‘dame de beber’ de la Samaritana tiene también una aplicación muy concreta al Santo Sacrificio de la Misa. Se trata de una conexión no acomodada ni figurada, sino literal y textual. El razonamiento es el siguiente.

Dijimos que el agua viva que Jesucristo da a la Samaritana es, sin duda, el Espíritu Santo. Esto se confirma con Jn 7,38 donde se dice que del seno de Jesús correrán ríos de agua viva, y San Juan aclara, en el v. 39, que esa agua es el Espíritu Santo. Además, en ese mismo versículo de Jn 7,39 San Juan dice que se trata del Espíritu Santo que iban a ‘recibir’ (lambánein) los que creyeran en Cristo. Resaltamos esta palabra: ‘recibir’. Además, allí mismo dice que “todavía no había Espíritu Santo porque Jesús todavía no había sido glorificado”.

Ahora bien, estando Jesús en la cruz, los evangelistas narran de distinta manera la muerte de Jesús. Mateo (27,50) dice que Jesús ‘dejó’ o ‘abandonó’ (afêke, verbo afíemi) el espíritu. Marcos no nombra al espíritu ni al Espíritu (con mayúsculas) en la muerte de Jesús. San Lucas dice que Jesús ‘puso’ o ‘encomendó’ (paratíthemai, verbo paratíthemi) su espíritu en manos del Padre. Pero San Juan usa un verbo que significa ‘entregar algo a otro’, el verbo paradídomi; dice: ‘entregó su Espíritu’ (parédoke tò Pneûma, Jn 19,30). E inmediatamente el discípulo amado, San Juan, narra algo que no está en los sinópticos: la perforación del costado de Jesús muerto de dónde salió, dice textualmente, “sangre y agua” (Jn 19,34). Por lo tanto, otra vez tenemos el binomio agua y Espíritu que brota del seno de Jesús y es entregado a un discípulo que ha creído en Él. En realidad, se trata de un tri-nomio, porque el agua salió mezclada con sangre. Esto indica aún con más claridad la realidad del Bautismo, el cual dona el Espíritu Santo (agua) como fruto de la donación redentora de Cristo (sangre). La donación redentora de Cristo, significada literal y textualmente en la sangre, significa la Eucaristía: “Esta es mi sangre, derramada para el perdón de los pecados” (Mt 26,28)*12.

Respecto a esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Bautizados en un solo Espíritu, también «hemos bebido de un solo Espíritu» (1Cor 12,13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19,34; 1Jn 5,8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4,10-14; 7, 38; Ex 17,1-6; Is 55,1; Zac 14,8; 1Co 10,4; Ap 21,6; 22,17)” (CEC, 694).

Por lo tanto, el mejor modo de poner en práctica el evangelio de hoy y de actualizar nuestro Bautismo es acercarnos, con el alma en gracia de Dios, libre de pecado, a comulgar el Cuerpo de Cristo luego que ha perfeccionado su sacrificio sobre el altar durante la consagración del pan y del vino. De una manera real, el participar del Santo Sacrificio de la Misa y el comulgar de su Cuerpo y su Sangre, es acercar los labios al costado traspasado de Jesús y de allí beber el Espíritu Santo, que brota del seno de Jesús en forma de agua viva y de sangre mezclada con el agua.

Pidámosle esta gracia a la Santísima Virgen.

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*1- Conferencia Episcopal Española, Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, reformado según los decretos del Concilio Vaticano II, promulgado por mandato de Pablo VI, aprobado por el Episcopado Español y confirmado por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Barcelona, 1976.
*2- Escrutinio. (Del lat. scrutinĭum). m. Examen y averiguación exacta y diligente que se hace de algo para formar juicio de ello (DRAE).
*3- Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, nº 164.
*4- Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, nº 164.
*5- Brown, R., Il Vangelo e le Lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 20.
*6- Brown, R., Il Vangelo…, p. 21
*7- San Juan Crisóstomo, Explicación del Evangelio de San Juan (I), Homilía XXXII (XXXI), Editorial Tradición, México, 1981, p. 264 – 272.
*8- Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 70.
*9- San Juan Crisóstomo, ibídem.
*10- San Juan Crisóstomo, ibídem.
*11- San Juan Crisóstomo, ibídem.
*12- Cf. Brown, R., Il Vangelo…, p. 133 – 134; traducción nuestra.

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San Juan Pablo II

 

«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed» (Jn 4, 15; cf. Aleluya). La petición de la samaritana imprime un giro decisivo al largo e intenso diálogo con Jesús, que se desarrolla junto al pozo de Jacob, cerca de la ciudad de Sicar. Nos lo narra san Juan en la página evangélica de hoy. Cristo dice a la mujer: «Dame de beber» (Jn 4, 7).

Su sed material es signo de una realidad mucho más profunda: expresa el deseo ardiente de que su interlocutora y los paisanos de ella se abran a la fe. Por su parte, la mujer de Samaría, cuando le pide agua, manifiesta en el fondo la necesidad de salvación presente en el corazón de toda persona. Y el Señor se revela como el que ofrece el agua viva del Espíritu, que sacia para siempre la sed de infinito de todo ser humano.

La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma nos propone un espléndido comentario del episodio joánico, cuando en el Prefacio se dice que Jesús «quiso estar sediento» de la salvación de la samaritana, para «encender en ella el fuego del amor divino».

El episodio de la samaritana delinea el itinerario de fe que todos estamos llamados a recorrer. También hoy Jesús «está sediento», es decir, desea la fe y el amor de la humanidad. Del encuentro personal con él, reconocido y acogido como Mesías, nace la adhesión a su mensaje de salvación y el deseo de difundirlo en el mundo.

Esto es lo que sucede en la continuación del relato del evangelio de san Juan. El vínculo con Jesús transforma completamente la vida de la mujer que, sin demora, corre a comunicar la buena noticia a la gente del pueblo vecino: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?» (Jn 4, 29). La revelación acogida con fe impulsa a transformarse en palabra proclamada a los demás y testimoniada mediante opciones concretas de vida. Esta es la misión de los creyentes, que brota y se desarrolla a partir del encuentro personal con el Señor.

«La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 5). También estas palabras del apóstol san Pablo, proclamadas en la segunda lectura, se refieren al don del Espíritu, simbolizado por el agua viva prometida por Jesús a la samaritana. El Espíritu es la «prenda» de la salvación definitiva que Dios nos ha prometido. El hombre no puede vivir sin esperanza. Sin embargo, muchas esperanzas naufragan contra los escollos de la vida. Pero la esperanza del cristiano «no defrauda», porque se apoya en el sólido fundamento de la fe en el amor de Dios, revelado en Cristo.

A María, Madre de la esperanza, le encomiendo vuestra parroquia y el camino cuaresmal hacia la Pascua. María, que siguió a su Hijo Jesús hasta la cruz, nos ayude a todos a ser discípulos fieles de aquel que hace saltar en nuestro corazón agua para la vida eterna (cf. Jn 4, 14).

 (Parroquia romana de San Gelasio, domingo 3 de marzo de 2002)

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Benedicto XVI

 

A través del símbolo del agua, que encontramos en la primera lectura y en el pasaje evangélico de la samaritana, la palabra de Dios nos transmite un mensaje siempre vivo y actual: Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que encontremos en él la fuente de nuestra auténtica felicidad. Todo creyente corre el peligro de practicar una religiosidad no auténtica, de no buscar en Dios la respuesta a las expectativas más íntimas del corazón, sino de utilizar más bien a Dios como si estuviera al servicio de nuestros deseos y proyectos.

En la primera lectura vemos al pueblo hebreo que sufre en el desierto por falta de agua y, presa del desaliento como en otras circunstancias, se lamenta y reacciona de modo violento. Llega a rebelarse contra Moisés; llega casi a rebelarse contra Dios. El autor sagrado narra: «Habían tentado al Señor diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»» (Ex 17, 7). El pueblo exige a Dios que salga al encuentro de sus expectativas y exigencias, más bien que abandonarse confiado en sus manos, y en la prueba pierde la confianza en él. ¡Cuántas veces esto mismo sucede también en nuestra vida! ¡En cuántas circunstancias, más que conformarnos dócilmente a la voluntad divina, quisiéramos que Dios realizara nuestros designios y colmara todas nuestras expectativas! ¡En cuántas ocasiones nuestra fe se muestra frágil, nuestra confianza débil y nuestra religiosidad contaminada por elementos mágicos y meramente terrenos!

En este tiempo cuaresmal, mientras la Iglesia nos invita a recorrer un itinerario de verdadera conversión, acojamos con humilde docilidad la recomendación del salmo responsorial: «Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras»» (Sal 94, 7-9).

El simbolismo del agua vuelve con gran elocuencia en la célebre página evangélica que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en Sicar, junto al pozo de Jacob. Notamos enseguida un nexo entre el pozo construido por el gran patriarca de Israel para garantizar el agua a su familia y la historia de la salvación, en la que Dios da a la humanidad el agua que salta hasta la vida eterna. Si hay una sed física del agua indispensable para vivir en esta tierra, también hay en el hombre una sed espiritual que sólo Dios puede saciar. Esto se refleja claramente en el diálogo entre Jesús y la mujer que había ido a sacar agua del pozo de Jacob.

Todo inicia con la petición de Jesús: «Dame de beber» (Jn 4, 7). A primera vista parece una simple petición de un poco de agua, en un mediodía caluroso. En realidad, con esta petición, dirigida por lo demás a una mujer samaritana —entre judíos y samaritanos no había un buen entendimiento—, Jesús pone en marcha en su interlocutora un camino interior que hace surgir en ella el deseo de algo más profundo. San Agustín comenta: «Aquel que pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer» (In Io. ev. Tract. XV, 11: PL35, 1514). En efecto, en un momento determinado es la mujer misma la que pide agua a Jesús (cf. Jn 4, 15), manifestando así que en toda persona hay una necesidad innata de Dios y de la salvación que sólo él puede colmar. Una sed de infinito que solamente puede saciar el agua que ofrece Jesús, el agua viva del Espíritu. Dentro de poco escucharemos en el prefacio estas palabras: Jesús, «al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino».

Queridos hermanos y hermanas, en el diálogo entre Jesús y la samaritana vemos delineado el itinerario espiritual que cada uno de nosotros, que cada comunidad cristiana está llamada a redescubrir y recorrer constantemente. Esa página evangélica, proclamada en este tiempo cuaresmal, asume un valor particularmente importante para los catecúmenos ya próximos al bautismo. En efecto, este tercer domingo de Cuaresma está relacionado con el así llamado «primer escrutinio», que es un rito sacramental de purificación y de gracia.

Así, la samaritana se transforma en figura del catecúmeno iluminado y convertido por la fe, que desea el agua viva y es purificado por la palabra y la acción del Señor. También nosotros, ya bautizados, pero siempre tratando de ser verdaderos cristianos, encontramos en este episodio evangélico un estímulo a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, el verdadero deseo de Dios que vive en nosotros. Jesús quiere llevarnos, como a la samaritana, a profesar con fuerza nuestra fe en él, para que después podamos anunciar y testimoniar a nuestros hermanos la alegría del encuentro con él y las maravillas que su amor realiza en nuestra existencia. La fe nace del encuentro con Jesús, reconocido y acogido como Revelador definitivo y Salvador, en el cual se revela el rostro de Dios. Una vez que el Señor conquista el corazón de la samaritana, su existencia se transforma, y corre inmediatamente a comunicar la buena nueva a su gente (cf. Jn 4, 29).

Queridos hermanos y hermanas de la parroquia de Santa María Liberadora, la invitación de Cristo a dejarnos implicar por su exigente propuesta evangélica resuena con fuerza esta mañana para cada miembro de vuestra comunidad parroquial. San Agustín decía que Dios tiene sed de nuestra sed de él, es decir, desea ser deseado. Cuanto más se aleja el ser humano de Dios, tanto más él lo sigue con su amor misericordioso.

Santa María Liberadora, tan amada y venerada por vosotros, que juntamente con su esposo san José educó a Jesús niño y adolescente, proteja a las familias, a los religiosos y a las religiosas en su tarea de formadores y les dé la alegría, como deseaba don Bosco, de ver crecer en este barrio «buenos cristianos y ciudadanos honrados». Amén.

(Parroquia romana de Santa María Libertadora, domingo 24 de febrero de 2008)

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S.S.Francisco p.p.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, acaecido en Sicar, junto a un antiguo pozo al que la mujer iba cada día a sacar agua. Ese día encontró allí a Jesús, sentado, «fatigado por el viaje» (Jn 4, 6). Y enseguida le dice: «Dame de beber» (v. 7). De este modo supera las barreras de hostilidad que existían entre judíos y samaritanos y rompe los esquemas de prejuicio respecto a las mujeres. La sencilla petición de Jesús es el comienzo de un diálogo franco, mediante el cual Él, con gran delicadeza, entra en el mundo interior de una persona a la cual, según los esquemas sociales, no habría debido ni siquiera dirigirle la palabra. ¡Pero Jesús lo hace! Jesús no tiene miedo. Jesús cuando ve a una persona va adelante porque ama. Nos ama a todos. No se detiene nunca ante una persona por prejuicios. Jesús la pone ante su situación, sin juzgarla, sino haciendo que se sienta considerada, reconocida, y suscitando así en ella el deseo de ir más allá de la rutina cotidiana.

Aquella sed de Jesús no era tanto sed de agua, sino de encontrar un alma endurecida. Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: dirige a Jesús esos interrogantes profundos que todos tenemos dentro, pero que a menudo ignoramos. También nosotros tenemos muchas preguntas que hacer, ¡pero no encontramos el valor de dirigirlas a Jesús! La cuaresma, queridos hermanos y hermanas, es el tiempo oportuno para mirarnos dentro, para hacer emerger nuestras necesidades espirituales más auténticas, y pedir la ayuda del Señor en la oración. El ejemplo de la samaritana nos invita a expresarnos así: «Jesús, dame de esa agua que saciará mi sed eternamente».

El Evangelio dice que los discípulos quedaron maravillados de que su Maestro hablase con esa mujer. Pero el Señor es más grande que los prejuicios, por eso no tuvo temor de detenerse con la samaritana: la misericordia es más grande que el prejuicio. ¡Esto tenemos que aprenderlo bien! La misericordia es más grande que el prejuicio, y Jesús es muy misericordioso, ¡mucho! El resultado de aquel encuentro junto al pozo fue que la mujer quedó transformada: «dejó su cántaro» (v. 28) con el que iba a coger el agua, y corrió a la ciudad a contar su experiencia extraordinaria. «He encontrado a un hombre que me ha dicho todas las cosas que he hecho. ¿Será el Mesías?» ¡Estaba entusiasmada! Había ido a sacar agua del pozo y encontró otra agua, el agua viva de la misericordia, que salta hasta la vida eterna. ¡Encontró el agua que buscaba desde siempre! Corre al pueblo, aquel pueblo que la juzgaba, la condenaba y la rechazaba, y anuncia que ha encontrado al Mesías: uno que le ha cambiado la vida. Porque todo encuentro con Jesús nos cambia la vida, siempre. Es un paso adelante, un paso más cerca de Dios. Y así, cada encuentro con Jesús nos cambia la vida. Siempre, siempre es así.

En este Evangelio hallamos también nosotros el estímulo para «dejar nuestro cántaro», símbolo de todo lo que aparentemente es importante, pero que pierde valor ante el «amor de Dios». ¡Todos tenemos uno o más de uno! Yo os pregunto a vosotros, también a mí: ¿cuál es tu cántaro interior, ese que te pesa, el que te aleja de Dios? Dejémoslo un poco aparte y con el corazón escuchemos la voz de Jesús, que nos ofrece otra agua, otra agua que nos acerca al Señor. Estamos llamados a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, iniciada en el bautismo y, como la samaritana, a dar testimonio a nuestros hermanos. ¿De qué? De la alegría. Testimoniar la alegría del encuentro con Jesús, porque he dicho que todo encuentro con Jesús nos cambia la vida, y también todo encuentro con Jesús nos llena de alegría, esa alegría que viene de dentro. Así es el Señor. Y contar cuántas cosas maravillosas sabe hacer el Señor en nuestro corazón, cuando tenemos el valor de dejar aparte nuestro cántaro.

(Basílica Vaticana, domingo 23 de marzo de 2014)

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo II de Cuaresma (A)

 

12
marzo

Domingo II de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo II de Cuaresma (A)

(Domingo 12 de Marzo de 2017)

LECTURAS

Vocación de Abraham, padre del pueblo de Dios

Lectura del libro del Génesis     12, 1-4a

El Señor dijo a Abrám:
«Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga, y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra.»
Abrám partió, como el Señor se lo había ordenado.

Palabra de Dios.

SALMO     32, 4-5. 18-20. 22

R. Señor, que descienda tu amor sobre nosotros.

La palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor. R.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia. R.

Nuestra alma espera en el Señor:
él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti. R.

Dios nos llama e ilumina

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo     1, 8b-10

Querido hijo:
Comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios. El nos salvó y nos eligió con su santo llamado, no por nuestras obras, sino por su propia iniciativa y por la gracia: esa gracia que nos concedió en Cristo Jesús, desde toda la eternidad, y que ahora se ha revelado en la Manifestación de nuestro Salvador Jesucristo.
Porque él destruyó la muerte e hizo brillar la vida incorruptible, mediante la Buena Noticia.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO

Desde la nube resplandeciente se oyó la voz del Padre:
«Este es mi Hijo amado; escúchenlo»

EVANGELIO

Su rostro resplandecía como el sol

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     17, 1-9

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

II DOMINGO DE CUARESMA (A)

ENTRADA:

Celebramos hoy el segundo domingo de Cuaresma. La Iglesia nos invita a participar del Santo Sacrificio de la Misa donde Jesucristo glorioso se hará real y sustancialmente presente bajo las especies del pan y del vino. Veremos su gloria como la vieron sus apóstoles en el Monte de la Transfiguración. Pero también participaremos de su sacrificio. Dispongámonos convenientemente para sacar el mayor fruto posible de él.

LITURGIA DE LA PALABRA:

1º LECTURA:           Gén. 12,1-4a

Dios hace Abraham las grandes promesas que finalmente se cumplirán en Cristo.

2º LECTURA:                    2Tim 1,8-10

San Pablo exhorta a Timoteo a afrontar con valentía los sufrimientos teniendo la mirada fija en la gloria que recibirá como premio.

EVANGELIO:        Mt 17,1-9

San Mateo nos narra la Transfiguración de Cristo. El Señor revela su gloria a sus apóstoles más íntimos para que no retrocedan ante el escándalo de la cruz.

PRECES:

Hermanos, en este domingo en que la Iglesia nos hace pregustar la transfiguración del Señor, la Pascua eterna, roguemos al Padre con un corazón filial.

A cada intención respondemos cantando…

* Por el Papa y todas sus intenciones, para que el Señor lo fortalezca y lo ilumine en su misión de ser cabeza y pastor de la Iglesia. Oremos.

* Pidamos por aquellos cristianos que son perseguidos, discriminados y asesinados por el nombre de Cristo. Que Dios les dé la fortaleza y constancia para que perseveren hasta el fin. Oremos.

* Por todas las familias del mundo, especialmente las de nuestra patria, para que fortalecidas en la fe puedan vencer los ataques que el mundo moderno hace contra ellas. Pidamos a Dios que las proteja y les dé la sabiduría de ayudarse mutuamente en las dificultades. Oremos

* Por nuestra patria y sus gobernantes, para que sean dóciles a las inspiraciones de Dios y sepan guiar la nación según la ley natural, para que la Iglesia goce de la libertad necesaria para desarrollar su misión. Oremos.

* Por los que participamos de esta Santa Misa, para que aprendamos a unir nuestros dolores diarios a los sufrimientos del Señor, abrazando con confianza su voluntad amorosa. Oremos

Dios omnipotente y misericordioso, escucha nuestras oraciones y haz que contemplando sin cesar el rostro de Cristo, seamos configurados a su imagen. Por Jesucristo nuestro Señor.

LITURGIA DE LA EUCARISTÍA

OFERTORIO: Nos ofrecemos al Señor y presentamos:

Incienso y con él nuestras oraciones y sacrificios por la Iglesia en este tiempo de conversión.

Pan y Vino: que se convertirán en el sacratísimo Cuerpo del Señor.

COMUNIÓN:

Al acercarnos a comulgar el Cuerpo de Cristo volvamos a escuchar las palabras que el Padre nos dijo en el evangelio: “Este es mi Hijo, el amado. Escuchadlo”

SALIDA:

Luego de haber estado en el Monte de la Transfiguración y haber gozado de la presencia de Cristo, bajemos del monte y dirijámonos a nuestros ambientes ordinarios a anunciar la alegría del evangelio.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Segundo domingo de Cuaresma

CEC 554-556, 568: la Transfiguración

CEC 59, 145-146, 2570-2571: la obediencia de Abrahán

CEC 706: la promesa de Dios a Abrahán se cumple en Cristo

CEC 2012-2014, 2028, 2813: la llamada a la santidad

Una visión anticipada del Reino: La Transfiguración.

554    A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir … y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio (cf. Mt 16, 22-23), los otros no lo comprendieron mejor (cf. Mt 17, 23; Lc 9, 45). En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús (cf. Mt 17, 1-8 par.: 2 P 1, 16-18), sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén» (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle» (Lc 9, 35).

555    Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria» (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios (cf. Is 42, 1). La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine, Spiritus in nube clara» («Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa» (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2):

          Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado Tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que Tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre (Liturgia bizantina, Kontakion de la Fiesta de la Transfiguración,)

556    En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es es sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2). Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hch 14, 22):

            Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña (cf. Lc 9, 33). Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir? (S. Agustín, serm. 78, 6).

568      La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un «monte alto» prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: «la esperanza de la gloria» (Col 1, 27) (cf. S. León Magno, serm. 51, 3).

59    Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abraham llamándolo «fuera de su tierra, de su patria y de su casa» (Gn 12,1), para hacer de él «Abraham», es decir, «el padre de una multitud de naciones» (Gn 17,5): «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra» (Gn 12,3 LXX; cf. Ga 3,8).

145 La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció  y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba» (Hb 11,8; cf. Gn 12,1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio (cf. Hb 11,17).

146 Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11,1). «Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia» (Rom 4,3; cf. Gn 15,6). Gracias a esta «fe poderosa» (Rom 4,20), Abraham vino a ser «el padre de todos los creyentes» (Rom 4,11.18; cf. Gn 15,15).

La Promesa y la oración de la fe

2570 Cuando Dios le llama, Abraham parte «como se lo había dicho el Señor» (Gn 12, 4): todo su corazón se somete a la Palabra y obedece. La obediencia del corazón a Dios que llama es esencial a la oración, las palabras tienen un valor relativo. Por eso, la oración de Abraham se expresa primeramente con hechos: hombre de silencio, en cada etapa construye un altar al Señor. Solamente más tarde aparece su primera oración con palabras: una queja velada recordando a Dios sus promesas que no parecen cumplirse (cf Gn 15, 2-3). De este modo surge desde los comienzos uno de los aspectos de la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en la fidelidad a Dios.

2571  Habiendo creído en Dios (cf Gn 15, 6), marchando en su presencia y en alianza con él (cf Gn 17, 2), el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa (cf Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38). Desde entonces, habiéndole confiado Dios su Plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (cf Gn 18, 16-33).

706    Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo (cf. Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm 4, 16-21). En ella serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12, 3). Esta descendencia será Cristo (cf. Ga 3, 16) en quien la efusión del Espíritu Santo formará «la unidad de los hijos de Dios dispersos» (cf. Jn 11, 52). Comprometiéndose con juramento (cf. Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32;Jn 3, 16) y al don del «Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda … para redención del Pueblo de su posesión» (Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).

2012  «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman…a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a )sos también los glorificó» (Rm 8,28-30).

2013  «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (LG 40). Todos son llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48):

          Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40).

2014  El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama «mística», porque participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos -«los santos misterios»- y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para así manifestar el don gratuito hecho a todos.

2028  «Todos los fieles…son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (LG 40). «La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite» (S. Gregorio de Nisa, v. Mos.).

2813 En el agua del bautismo, hemos sido «lavados, santificados, justificados en el Nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6, 11). A lo largo de nuestra vida, nuestro Padre «nos llama a la santidad» (1 Ts 4, 7) y como nos viene de él que «estemos en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros santificación» (1 Co 1, 30), es cuestión de su Gloria y de nuestra vida el que su Nombre sea santificado en nosotros y por nosotros. Tal es la exigencia de nuestra primera petición.

          ¿Quién podría santificar a Dios puesto que él santifica? Inspirándonos nosotros en estas palabras ‘Sed santos porque yo soy santo’ (Lv 20, 26), pedimos que, santificados por el bautismo, perseveremos en lo que hemos comenzado a ser. Y lo pedimos todos los días porque faltamos diariamente y debemos purificar nuestros pecados por una santificación incesante… Recurrimos, por tanto, a la oración para que esta santidad permanezca en nosotros (San Cipriano, Dom orat. 12).

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 Exégesis 

·        W. Trilling

Transfiguración de Jesús

(Mt 17,1-9)

1 Seis días después, toma Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los conduce a un monte alto, aparte. 2 Y allí se transfiguró delante de ellos: su rostro resplandeció como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3 En aquel momento se les aparecieron Moisés y Elías, que conversaban con él. 4 Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: ¡Señor, qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

De nuevo en la vida de Jesús se habla de un monte, el lugar de la proximidad de Dios y del encuentro con Dios. Jesús toma consigo a tres de los primeros apóstoles que fueron llamados. Esta vez quiere tener testigos, a diferencia del coloquio nocturno entre el Padre y el Hijo (14,23). En la obscuridad de la noche se transfigura ante ellos. La palabra griega (metamorphei) designa una transformación, un cambio de la apariencia visible. Los apóstoles perciben otra figura de su Maestro, de una forma semejante como sucederá más tarde después de la resurrección. Su rostro brilla como el sol y los vestidos son blancos como la luz. La gloria de Dios resplandece en él y luce a través de él. «Porque es Dios que dijo: De entre las tinieblas brille la luz, él es quien hizo brillar la luz en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo» (2Co_4:6). La gloria refulgente de Dios que dio origen a la luz de la creación, irradia en el rostro de Jesucristo. En él se reconoce la gloria de Dios. Cuando Moisés después del encuentro con Dios bajó de la montaña, brillaba su semblante, de tal forma que los hijos de Israel no lo podían mirar, no podían soportar el fulgor luminoso y tenían miedo (Exo_34:29 s). El semblante de Moisés reflejaba la gloria de Dios. Aquí la gloria de Dios es sumamente intensa y brillante, ya que en ninguna parte Dios está tan próximo, más aún, corporalmente presente como en Jesús. La gloria de Dios no solamente hace que el rostro resplandezca sino que atraviesa con sus rayos todo el cuerpo, de tal forma que éste aparece sumergido en la gloria de Dios y absorbido por ella. ¿No es una respuesta a la confesión de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente» (Exo_16:16)? «La gloria que me has dado, yo se la he dado a ellos» (Jua_17:22a). En el reino del Padre los justos también «resplandecerán como el sol» (Mt_13:43) y los rayos de la gloria se transparentarán en ellos como en Jesús en este monte. Además se hacen visibles Moisés y Elías, el primer legislador y el primer profeta. Están al lado de Jesús como dos testigos. Moisés ha dado la ley que el Mesías ha llevado a la última perfección. Elías ha renovado la verdadera adoración de Dios, que Jesús perfecciona. Los dos «conversan» con Jesús. No hay ninguna grieta entre la antigua alianza y la nueva, no hay solución de continuidad con el gran tiempo pasado.

5 Todavía estaba él hablando, cuando una nube luminosa los envolvió y de la nube salió una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle. 6 Al oír esto los discípulos, cayeron rostro en tierra y quedaron sobrecogidos de espanto. 7 Entonces se acercó Jesús, los tocó y les dijo: Levantaos y no tengáis miedo 8 y cuando ellos alzaron los ojos, no vieron a nadie, sino a él, a Jesús solo. 9 Y mientras iban bajando del monte, les mandó Jesús: No digáis a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

Sobre el monte desciende una nube luminosa, la nube de la presencia divina. Se puso sobre el Sinaí, como se dice en el libro del éxodo: cuando «Moisés subió al monte, lo cubrió luego una nube. Y la gloria del Señor se manifestó en el Sinaí, cubriéndolo con la nube por seis días…» (Exo_24:15 s). La gloria de Dios llena el templo: «Al salir los sacerdotes del santuario, una niebla llenó la casa del Señor; de manera que los sacerdotes no podían estar allí para ejercer su ministerio por causa de la niebla; porque la gloria del Señor llenaba la casa del Señor» (1Re_8:10 s). La nube indica y al mismo tiempo encubre. Dios permanece en escondido y encubierto. Desde la nube resuena una voz que dice lo mismo que en el bautismo del Jordán: Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Ahora el mismo Padre testifica lo que Pedro había confesado por divina revelación (Mt_16:17). El camino hacia Jerusalén ya está tomado y el objetivo de la muerte ya está ante la mirada. Sobre este camino resuena la voz del Padre. Al Hijo ha dado el Padre su gloria, que no se destruye ni extingue en la muerte. Irradiará con el más intenso fulgor en la más profunda obscuridad. Y así Jesús puede decir en el Evangelio de san Juan que «tiene que ser levantado» (Jua_3:14). La más profunda humillación en realidad será el más alto ensalzamiento. Los enemigos injurian a Jesús y blasfeman contra él incluso en las horas de la pasión, en las que se le golpea, se hace burla de él y se le humilla. En toda circunstancia descansará sobre él la complacencia de Dios. Jesús es el siervo obediente, que recorre el camino de la pasión y de la expiación vicaria. Esta obediencia y esta humillación voluntaria son muy agradables a Dios. La unidad y el amor entre el Padre y el Hijo no se alteran, sino que se profundizan. Como conclusión, la voz exhorta: Escuchadle.

Cuando Jesús anunció la pasión, encontró oídos sordos y corazones embotados (Mt_16:23). Los pensamientos de Dios todavía son extraños y están cerrados para los pensamientos de los hombres, ¿Logrará Jesús formar a los hombres y hacerles penetrar en los pensamientos divinos? La voz del cielo confirma la doctrina del Mesías, sobre todo la necesidad de padecer la pasión (Mt_16:21), e invita a rechazar la tentación satánica salida de labios de Pedro (Mt_16:23). Lo que dirá Jesús, otra vez lleva el sello de la confirmación divina. Jesús había exhortado a «oir» (Mt_13:9) y «escuchar» (Mt_13:18); ahora Dios interviene, y manda escuchar con autoridad todavía superior. Los discípulos caen atemorizados rostro en tierra y tienen que ser alentados por Jesús: «Levantaos y no tengáis miedo.» Cuando se ponen en pie, solamente está Jesús. Han desaparecido los dos testigos, la nube y el fulgor luminoso de la figura de Jesús. Parece haber sido un sueño y sin embargo fue una realidad. El velo del mundo de Dios se dejó por un momento a un lado, y los testigos contemplaron la gloria descubierta. Dios se revela por medio de la palabra y de la figura. Da testimonio de sí a nuestros principales sentidos, el oído y la vista.

El camino normal de Dios es el camino que conduce a nuestro oído y, mediante el oído, a la obediencia del corazón. Pero a algunos elegidos Dios también se ofrece por medio de la visión. En el reino consumado la visión cabrá en suerte a todos: «Y nosotros todos, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, su imagen misma, nos vamos transfigurando de gloria en gloria…» (2Co_3:18). «Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es» (1Jn_3:2)… Al descender del monte Jesús ordena a los testigos que a nadie digan nada de la visión, antes que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos (Mt_17:9). Así como deben mantener oculta la mesianidad de Jesús (Mt_16:20), así también han de mantener oculto lo que acaban de ver. La razón es la misma. Los hombres deben obtener la salvación escuchando y obedeciendo, por medio del conocimiento de las señales y de la inteligencia creyente, y no por medio de noticias sensacionales. Sólo cuando Dios haya hablado definitiva y públicamente, y la mesianidad haya triunfado, en la resurrección de entre los muertos, se puede hablar de estos acontecimientos. Entonces la obra de Jesús queda concluida, y el alma creyente podrá descubrir y clasificar en Jesús los caminos de Dios. Así lo han hecho para nuestra fe los evangelistas en sus libros.

(Trilling, W., Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

Evangelio del II domingo de Cuaresma

64. El pasaje evangélico del II domingo de Cuaresma es siempre la narración de la Transfiguración. Es curioso cómo la gloriosa e inesperada transfiguración del cuerpo de Jesús, en presencia de los tres discípulos elegidos, tiene lugar inmediatamente después de la primera predicación de la Pasión. (Estos tres discípulos – Pedro, Santiago y Juan – también estarán con Jesús durante la agonía en Getsemaní, la víspera de la Pasión). En el contexto de la narración, en cada uno de los tres Evangelios, Pedro acaba de confesar su fe en Jesús como Mesías. Jesús acepta esta confesión, pero inmediatamente se dirige a los discípulos y les explica qué tipo de Mesías es él: «empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Sucesivamente pasa a enseñar qué implica seguir al Mesías: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Es después de este evento, cuando Jesús toma a los tres discípulos y los lleva a lo alto de un monte, y es allí donde su cuerpo resplandece de la gloria divina; y se les aparecen Moisés y Elías, que conversaban con Jesús. Estaban todavía hablando, cuando una nube, signo de la presencia divina, como había sucedido en el monte Sinaí, le envolvió junto a sus discípulos. De la nube se elevó una voz, así como en el Sinaí el trueno advertía que Dios estaba hablando con Moisés y le entregaba la Ley, la Torah. Esta es la voz del Padre, que revela la identidad más profunda de Jesús y la testimonia diciendo: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9,7).

65. Muchos temas y modelos puestos en evidencia en el presente Directorio se concentran en esta sorprendente escena. Ciertamente, cruz y gloria están asociadas. Claramente, todo el Antiguo Testamento, representado por Moisés y Elías, afirma que la cruz y la gloria están asociadas. El homileta debe abordar estos argumentos y explicarlos.

Probablemente, la mejor síntesis del significado de tal misterio nos la ofrecen las bellísimas palabras del prefacio de este domingo. El sacerdote, iniciando la oración eucarística, en nombre de todo el pueblo, da gracias a Dios por medio de Cristo nuestro Señor, por el misterio de la Transfiguración: «Él, después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la Resurrección». Con estas palabras, en este día, la comunidad se abre a la oración eucarística.

66. En cada uno de los pasajes de los Sinópticos, la voz del Padre identifica en Jesús a su Hijo amado y ordena: «Escuchadlo». En el centro de esta escena de gloria trascendente, la orden del Padre traslada la atención sobre el camino que lleva a la gloria. Es como si dijese: «Escuchadlo, en él está la plenitud de mi amor, que se revelará en la cruz». Esta enseñanza es una nueva Torah, la nueva Ley del Evangelio, dada en el monte santo poniendo en el centro la gracia del Espíritu Santo, otorgada a cuantos depositan su fe en Jesús y en los méritos de su cruz. Porque él enseña este camino, la gloria resplandece del cuerpo de Jesús y viene revelado por el Padre como el Hijo amado. ¿Quizá no estemos aquí adentrándonos en el corazón del misterio trinitario? En la gloria del Padre vemos la gloria del Hijo, inseparablemente unida a la cruz. El Hijo revelado en la Transfiguración es «luz de luz», como afirma el Credo; este momento de las Sagradas Escrituras es, ciertamente, una de las más fuertes autoridades para la fórmula del Credo.

67. La Transfiguración ocupa un lugar fundamental en el Tiempo de Cuaresma, ya que todo el Leccionario Cuaresmal es una guía que prepara al elegido entre los catecúmenos para recibir los sacramentos de la iniciación en la Vigilia pascual, así como prepara a todos los fieles para renovarse en la nueva vida a la que han renacido. Si el I domingo de Cuaresma es una llamada particularmente eficaz a la solidaridad que Jesús comparte con nosotros en la tentación, el II domingo nos recuerda que la gloria resplandeciente del cuerpo de Jesús es la misma que él quiere compartir con todos los bautizados en su Muerte y Resurrección. El homileta, para dar fundamento a esto, puede justamente acudir a las palabras y a la autoridad de san Pablo, quien afirma que “Cristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa” (Fil 3,21). Este versículo se encuentra en la segunda lectura del ciclo C, pero, cada año, puede poner de relieve cuanto hemos apuntado.

68. En este domingo, mientras los fieles se acercan en procesión a la Comunión, la Iglesia hace cantar en la antífona las palabras del Padre escuchadas en el Evangelio: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Lo que los tres discípulos escogidos escuchan y contemplan en la Transfiguración viene ahora exactamente a converger con el acontecimiento litúrgico, en el que los fieles reciben el Cuerpo y la Sangre del Señor. En la oración después de la Comunión damos gracias a Dios porque «nos haces partícipes, ya en este mundo, de los bienes eternos de tu reino». Mientras están allí arriba, los discípulos ven la gloria divina resplandecer en el Cuerpo de Jesús. Mientras están aquí abajo, los fieles reciben su Cuerpo y Sangre y escuchan la voz del Padre que les dice en la intimidad de sus corazones: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo».

(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 64 -68)

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Santos Padres

·        San Agustín

La transfiguración

(Mt 17,1-9).

            1. Hermanos amadísimos, debemos contemplar y comentar esta visión que el Señor hizo manifiesta en la montaña. En efecto, a ella se refería al decir: En verdad os digo que hay aquí algunos de los presentes que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino. Con estas palabras comenzó la lectura que ha sido proclamada. Después de seis días, mientras decía esto, tomó a tres discípulos, Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña. Estos tres eran de los que había dicho hay aquí algunos que no gustarán la muerte hasta que no vean al Hijo del hombre en su reino. No es una cuestión sencilla. Pues no ha de tomarse la montaña como si fuese el reino. ¿Qué es una montaña para quien posee el cielo? Esto no solamente lo leemos, sino que en cierto modo lo vemos con los ojos del corazón. Llama reino suyo a lo que en muchos pasajes denomina reino de los cielos. El reino de los cielos es el reino de los santos. Los cielos, en efecto, proclaman la gloria de Dios. De esos cielos se dice a continuación en el salmo: No hay discurso ni palabra de ellos que no se oiga. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los confines de la tierra su lenguaje. ¿De quiénes, sino de los cielos? Por tanto, de los apóstoles y de todos los fieles predicadores de la palabra de Dios. Reinarán los cielos con aquel que hizo los cielos. Ved lo que hizo para manifestar esto.

            2. El mismo Señor Jesús resplandeció como el sol; sus vestidos se volvieron blancos como la nieve y hablaban con él Moisés y Elías. El mismo Jesús resplandeció como el sol, para significar que él es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Lo que es este sol para los ojos de la carne, es aquél para los del corazón; y lo que es éste para la carne, lo es aquél para el corazón. Sus vestidos, en cambio, son su Iglesia. Los vestidos, si no tienen dentro a quienes los llevan, caen. Pablo fue como la última orla de estos vestidos. El mismo dice: Yo, ciertamente, soy el más pequeño de los Apóstoles, y en otro lugar: Yo soy el último de los Apóstoles. La orla es la parte última y más baja de un vestido. Por eso, como aquella mujer que padecía flujo de sangre y al tocar la orla del Señor quedó salvada, así la Iglesia procedente de los gentiles se salvó por la predicación de Pablo. ¿Qué tiene de extraño señalar a la Iglesia en los vestidos blancos, oyendo al profeta Isaías que dice: Y si vuestros pecados fueran como escarlata, los blanquearé como nieve? ¿Qué valen Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, si no hablan con el Señor? Si no da testimonio del Señor, ¿quién leerá la ley? ¿Quién los profetas? Ved cuan brevemente dice el Apóstol: Por la ley, pues, el conocimiento del pecado; pero ahora sin la ley se manifestó la justicia de Dios: he aquí el sol. Atestiguada por la ley y los profetas: he aquí su resplandor.

            3. Ve esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo humano, dice: Señor, es bueno estarnos aquí. Sufría el tedio de la turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a Cristo, pan del alma. ¿Para qué salir de allí hacia las fatigas y los dolores, teniendo los santos amores de Dios y, por tanto, las buenas costumbres? Quería que le fuera bien, por lo que añadió: Si quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Nada respondió a esto el Señor, pero Pedro recibió, sí, una respuesta. Pues mientras decía esto, vino una nube refulgente y los cubrió. El buscaba tres tiendas. La respuesta del cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el sentido humano quería dividir. Cristo es el Verbo de Dios, Verbo de Dios en la ley, Verbo de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir, Pedro? Más te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la unidad.

            4. Al cubrirlos a todos la nube y hacer en cierto modo una sola tienda, sonó desde ella una voz que decía: Este es mi Hijo amado. Allí estaba Moisés, allí Elías. No se dijo: «Estos son mis hijos amados». Una cosa es, en efecto, el Único, y otra los adoptados. Se recomendaba a aquél de donde procedía la gloria a la ley y los profetas. Este es, dice, mi hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle, puesto que en los profetas a él escuchasteis y lo mismo en la ley. Y ¿dónde no le oísteis a él? Oído esto, cayeron a tierra. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de Dios. En ella está el Señor, la ley y los profetas; pero el Señor como Señor; la ley en Moisés, la profecía en Elías, en condición de servidores, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban.

            5. El Señor extendió su mano y levantó a los caídos. A continuación no vieron a nadie más que a Jesús solo. ¿Qué significa esto? Oísteis, cuando se leía al Apóstol, que ahora vemos en un espejo, en misterio, pero entonces veremos cara a cara. Hasta las lenguas desaparecerán cuando venga lo que ahora esperamos y creemos. En el caer a tierra simbolizaron la mortalidad, puesto que se dijo a la carne: Eres tierra y a la tierra irás. Y cuando el Señor los levantó, indicaba la resurrección. Después de ésta, ¿para qué la ley, para qué la profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés. Te queda el que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Te queda el que Dios es todo en todo. Allí estará Moisés, pero no ya la ley. Veremos allí a Elías, pero no ya al profeta. La ley y los profetas dieron testimonio de Cristo, de que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de entre los muertos y entrase en su gloria. Allí se realiza lo que Dios prometió a los que lo aman: El que me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le vas a dar?» Y me mostraré a él. ¡Gran don y gran promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico; pero si no tienes a Dios, ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a Dios, ¿qué no tiene?

            6. Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña, pero desciende, predica la palabra, insta oportuna e importunamente, arguye, exhorta, increpa con toda longanimidad y doctrina. Trabaja, suda, sufre algunos tormentos para poseer en la caridad, por el candor y la belleza de las buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor. Cuando se lee al Apóstol, oímos en elogio de la caridad: No busca lo propio. No busca lo propio, porque entrega lo que tiene. Y en otro lugar dijo algo que, si no lo entiendes bien, puede ser peligroso; siempre con referencia a la caridad, el Apóstol ordena a los fieles miembros de Cristo: Nadie busque lo suyo, sino lo ajeno. Oído esto, la avaricia, como buscando lo ajeno a modo de negoció, maquina fraudes para embaucar a alguien y conseguir, no lo propio, sino lo ajeno. Reprímase la avaricia y salga adelante la justicia; escuchemos y comprendamos. Se dijo a la caridad: Nadie busque lo propio, sino lo ajeno. Pero a ti, avaro, que ofreces resistencia y te amparas en este precepto para desear lo ajeno, hay que decirte: «Pierde lo tuyo». En la medida en que te conozco, quieres poseer lo tuyo y lo ajeno. Cometes fraudes para obtener lo ajeno; sufre un robo que te haga perder lo tuyo tú que no quieres buscar lo tuyo, sino que quitas lo ajeno. Si haces esto, no obras bien. Oye, ¡oh avaro!; escucha. En otro lugar te expone el Apóstol con más claridad estas palabras: Nadie busque lo suyo, sino lo ajeno. Dice de sí mismo: “Pues no busco mi utilidad, sino la de muchos, para que se salven”. Pedro aún no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Ahora, no obstante, dice: «Desciende a trabajar a la tierra, a servir en la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió la vida para encontrar la muerte; bajó el pan para sentir hambre; bajó el camino para cansarse en el camino; descendió el manantial para tener sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas. Ten caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad».

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 78, 1-6, BAC Madrid 1983, 430-435

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Benedicto XVI

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La Transfiguración

(Mt 17,1-9)

            Introducción

Los evangelios que se leen en los cinco domingos de Cuaresma están claramente divididos en dos grupos. Por un lado, los dos primeros domingos; y por otro, los tres últimos. Los dos primeros domingos están tendientes a resaltar la realidad de que es necesario sufrir voluntariamente a través de la penitencia interior y la penitencia exterior para llegar a gozar de la resurrección de Cristo. Por eso en el primer domingo se lee el evangelio que narra el ayuno de cuarenta días de Jesús en el desierto y las gravísimas tentaciones a las que el diablo lo sometió, tentaciones de apostasía y de adoración satánica. Ese evangelio representa el camino de cruz de Jesús, anticipado en su vida pública, y que todo cristiano debe recorrer para llegar a la resurrección. Y en el segundo domingo, el domingo de hoy, se lee la Transfiguración del Señor, que es un anticipo de la resurrección de Cristo. Por eso dice un autor: “En este doble episodio emblemático de los dos primeros domingos cuaresmales, encontramos el doble rostro del misterio pascual, anticipado en la vida de Jesús y, por lo tanto, en la celebración de la Iglesia”*1.

Los evangelios de los tres últimos domingos de Cuaresma están ordenados a resaltar el camino bautismal del cristiano, ya sea para aquellos que son efectivamente catecúmenos, ya sea para que lo recuerden aquellos que ya están bautizados.

Por lo tanto, la Transfiguración tiene como fin mostrar el fin hacia el que se dirige la Cuaresma: la resurrección del Señor. Pero haciendo notar que es imposible llegar a esa resurrección sin pasar por la cruz. Cruz y resurrección se entrelazan admirablemente en el misterio de la Transfiguración.

            1. El sentido primero y fundamental de la Transfiguración

            Digámoslo rápidamente y de una sola vez: la finalidad primera y fundamental de la Transfiguración de Cristo es mostrar, en la vida presente, la gloria de su divinidad resplandeciendo en su cuerpo mortal. Lo dice Santo Tomás de Aquino: “Aquel resplandor que Cristo asumió en la Transfiguración, fue el resplandor de su gloria en cuanto a la esencia (…). En efecto, el resplandor de los cuerpos gloriosos se deriva del resplandor del alma (…). De la misma manera, el resplandor del cuerpo de Cristo en la Transfiguración se deriva de su divinidad (…) y de la gloria de su alma. El hecho que la gloria del alma de Cristo no redundara en el cuerpo desde el principio de la concepción, se debió a una dispensa divina para que pudieran cumplirse los misterios de nuestra redención en un cuerpo pasible. Sin embargo, no por esto fue quitada a Cristo la potestad de derivar la gloria del alma al cuerpo. Y esto, precisamente, es lo que hizo en la Transfiguración”*2.

            Y el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Por un instante, Jesús muestra su gloria divina” (CEC, 555).

            No faltan los teólogos que niegan que Cristo haya tenido la visión beatífica. Para estos teólogos la Transfiguración no tiene explicación. Algunos, incluso, hablan de la fe de Cristo. Creen que de este modo construyen un Cristo más humano, más cercano al hombre de la calle. Pero así también destruyen la Encarnación del Verbo y, por lo tanto, la teología católica expresada en el Magisterio de la Iglesia.

            Es necesario en esto ser clarísimos: la luz y el resplandor con el que brilló el cuerpo físico de Cristo en el monte de la Transfiguración es la luz y el resplandor propios de un cuerpo que está unido hipostáticamente, es decir, personalmente, a la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, el Verbo. Si esa luz y ese resplandor no brilló en cada instante de la vida de Cristo fue porque Dios dispensó de esa redundancia a Cristo para que pudiera sufrir y morir por nosotros.

            Por lo tanto, lo que Jesucristo quiso hacer con sus tres apóstoles en el monte de la Transfiguración fue mostrar su divinidad, hasta donde un hombre puede ver la divinidad en esta vida presente.

            De este hecho primero y fundamental se siguen todas las demás consecuencias de la Transfiguración, tanto para la vida de los discípulos de Cristo como para los cristianos de hoy, incluido el sentido de la Cuaresma que estamos recorriendo en este momento.

            2. Por la cruz a la luz: la relación entre cruz y Transfiguración

            La Transfiguración, en los tres sinópticos, se encuentra en el punto exacto entre la primera predicción de su pasión, muerte y resurrección y el inicio de su subida a Jerusalén para morir en la cruz. En efecto, en Lc 9,51, después de la Transfiguración, se dice: “Habiéndose cumplido los días de su asunción (análempsis), Jesús endureció su rostro para ir a Jerusalén”. Su asunción o subida es el camino que Jesús hace desde Galilea hacia las alturas de Judea, siguiendo hasta la altura del monte Sión, Jerusalén, siguiendo hasta la altura del monte Calvario, donde es subido todavía más arriba, en la cruz. Y luego su resurrección y su subida a los cielos. Análempsis implica todo ese movimiento: Galilea – Jerusalén – Calvario – Asunción a los cielos. Es la misma realidad teológica que San Juan expresa con la palabra ‘exaltación’ o ‘elevación’ (Jn 3,14; 8,28; 12,32.34). Y ‘endureció su rostro’ es la expresión que usa San Lucas para expresar la firme decisión de Jesús de afrontar su cruz por propia voluntad.

Podríamos decir, entonces, que la Transfiguración se encuentra entre cruz y cruz: la cruz anunciada y la cruz vivida concretamente. Y los apóstoles están en medio de esas revelaciones impresionantes que los deja perplejos. La finalidad principal de la Transfiguración, entonces, es la de animar y alentar a los apóstoles ante el escándalo de la cruz, rasgando un poquito el velo de su cuerpo y mostrándoles por esa rasgadura un vislumbre de su divinidad. Lo dice San Juan Crisóstomo: “Ut neque in Domini morte iam doleant”, “para que ya no se afligieran a causa de la muerte del Señor”*3. Lo dice también el prefacio de la Misa de hoy: “Él mismo, después de anunciar su muerte a sus discípulos, les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa, para mostrar, que, por la pasión, debían llegar a la gloria de la resurrección”.

El escándalo experimentado por Pedro cuando Jesucristo le habló de su cruz (Mc 8,31-32), ahora se ve atenuado por la revelación de su divinidad y de su gloria. La revelación de sus sufrimientos y su muerte en cruz, es algo tan fuerte y tan impresionante que debe ser contrarrestado con la manifestación explícita de su divinidad. Pedro y los discípulos deben mantener unidas tres cosas que son aparentemente contradictorias: la divinidad de Jesucristo, su mesianidad y su muerte en cruz. Deben evitar a toda costa lo que San Pablo llama ‘el escándalo de la cruz’: “Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor 1,22-24). A Pedro y los discípulos les cuesta mucho adquirir y abrazar esta ‘sabiduría de Dios’. Por eso Jesucristo se transfigura delante de ellos.

La Transfiguración es la manifestación de la divinidad de Jesucristo, pero, al mismo tiempo, es la confirmación de que ese Hombre-Dios redimirá al mundo a través de la cruz. En la Transfiguración, la manifestación de la divinidad de Cristo se entrelaza con varios elementos que nos hablan de la cruz de Cristo.  Ya mencionamos dos: el anuncio de la pasión y la decisión de Cristo para ir a Jerusalén a cumplir su análempsis.

Pero además hay, por lo menos, otras cinco clarísimas indicaciones a la pasión de Cristo en la Transfiguración. En primer lugar, los tres apóstoles elegidos para que sean testigos de la Transfiguración: Pedro, Santiago y Juan. En efecto, ellos mismos serán los que estarán delante de la más grande humillación moral de Cristo en el Huerto de los Olivos: su kénosis*4 más profunda, su angustia hasta la muerte (Mc 14,33-34) y su sudor de sangre (Lc 22,44). El paralelismo textual, es decir, literal entre la presencia de esos tres apóstoles en el monte de la Transfiguración y su presencia en el Huerto de los Olivos queda reforzada y asegurada por el hecho de que Jesucristo siempre quiere rezar solo (Mt 14,23; Lc 3,21; Lc 6,12), salvo esas dos veces: en el monte de la Transfiguración (Lc 9,28) y en el Huerto (Mt 26,36-37), cuyos únicos compañeros y testigos serán los mismos: Pedro, Santiago y Juan. Refuerza también esta afirmación el hecho de que Jesús les diga que no cuenten a nadie la visión que tuvieron (Mt 17,9), lo cual indica que Jesús tenía una intención particular de realizar esta Transfiguración para los dichos tres apóstoles.

En segundo lugar, el motivo de la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. San Lucas dice textualmente: “Hablaban acerca de la partida (éxodos) de Él, la cual debía cumplirse en Jerusalén” (Lc 9,31). No cabe ninguna duda que el éxodos que Cristo debía cumplir en Jerusalén es su muerte. San Lucas dice explícitamente que Moisés y Elías, en la Transfiguración, se aparecieron glorificados (en dóxe, ‘en gloria’). Jesucristo glorificado, Moisés glorificado, Elías glorificado, pero… ¿de qué hablan? Del éxodos de Jesús: de su cruz.

En tercer lugar, el hecho de que Mateo y Marcos digan que Jesús subió a un ‘monte alto’ es una referencia al monte Calvario y, por lo tanto, a su cruz. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La subida a un ‘monte alto’ prepara la subida al Calvario” (CEC, 568).

En cuarto lugar, la presencia de Moisés y Elías representan a la Ley y los Profetas. Jesucristo va a decir a los discípulos de Emaús que son, precisamente, la Ley y los Profetas los que describen los sufrimientos del Mesías: “¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera esas cosas para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés, y continuando por todos los profetas, les fue interpretando todos los pasajes de la Escritura que se referían a él” (Lc 24,26-27). Por lo tanto, la sola presencia de Moisés y Elías están haciendo mención a la cruz de Cristo. Respecto a esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24,27)” (CEC, 555).

En quinto lugar, Moisés y Elías son dos personajes bíblicos que tuvieron el enorme privilegio de encontrarse con Dios y tener una experiencia personal de Dios. “Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña” (CEC, 555). Pero antes de ver la gloria de Dios se entregaron a una mortificación y penitencia generosísima: ayunaron durante cuarenta días y cuarenta noches (Éx 24,18; 34,28; 1Re 19,8). La presencia de Moisés y Elías en la Transfiguración también anuncia este mensaje: antes de gozar de la gloria de Dios es necesario pasar por el camino de la penitencia y de la cruz; antes de llegar a la gloria de la Pascua hay que pasar por la penitencia de la Cuaresma. Por la cruz a la luz.

Conclusión

Hoy, a través de la palabra de Dios, hemos contemplado el misterio de la Transfiguración del Señor. Parecería que ya estamos preparados para afrontar el escándalo de la cruz sin escandalizarnos. Sin embargo, no confiemos en nuestras propias fuerzas. Estamos necesitados perentoriamente de la gracia de Dios para que nos permita aceptar completamente su mensaje. Para los apóstoles no fue fácil aceptar el mensaje de un Cristo crucificado ni siquiera después de la Transfiguración. En efecto, las tinieblas de las dudas y de la confusión, aún después de la Transfiguración, seguían gobernando las inteligencias de los discípulos.

Esto queda de manifiesto en dos ocasiones. En primer lugar, luego del segundo anuncio de la pasión, muy poco después de la Transfiguración. Entonces, San Lucas comenta: “Ellos no comprendían tales cosas, pues les parecían tan obscuras que no captaban su sentido; pero les daba miedo preguntarle acerca de ellas” (Lc 9,45). Y más tarde, cuando anuncie por tercera vez su pasión y muerte, Lucas aclarará: “Sin embargo, ellos nada de esto comprendieron; estas palabras les quedaban ocultas y no entendían lo que decía” (Lc 18,34).

            No es fácil quitar de nosotros el escándalo de la cruz, tanto de la cruz de Cristo como las cruces de nuestra vida. El domingo de hoy es un domingo privilegiado para adentrarse en el misterio de Cristo y pedir la gracia de entender y aceptar el misterio de la cruz como camino necesario hacia la resurrección.

En este segundo domingo de Cuaresma debemos hacer una experiencia muy singular: debemos caminar a través del ayuno, de la limosna y de la oración con la cabeza levantada y con la mirada fija en la gloria que nos espera en la Pascua (cf. Heb 12,2). Así lo hicieron Moisés y Elías. Y así lo hizo, sobre todo, Jesucristo, quien sufrió valientemente los sufrimientos de la pasión para alcanzar la gloria que lo esperaba. La siguiente frase de San Pedro es muy apropiada para este segundo domingo de Cuaresma y debe servirnos de aliciente para seguir recorriendo el camino de la mortificación: “Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria” (1Pe 4,13).

El Santo Sacrificio de la Misa es la experiencia perfecta de la Transfiguración de Cristo y de su sacrificio en la cruz. En la Hostia consagrada y elevada por las manos del sacerdote en la consagración se nos hace presente Cristo glorioso y radiante, lleno de luz, en lo alto del monte que forman los brazos del sacerdote. Pero en la consagración de su Sangre, se completa, se perfecciona y, por lo tanto, se actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz. La separación entre Cuerpo y Sangre que se hace en el altar es un verdadero sacrificio. La participación activa en la Santa Misa es el mejor modo de estar presentes en el misterio de la Transfiguración y el mejor modo de prepararse para el Triduo Pascual, la muerte y la resurrección del Señor.

*1- Augé, M., Liturgia: Storia, Celebrazione, Teologia, Spiritualitá, Edizioni San Paolo, Milano, 1992, p. 278; traducción nuestra.
*2- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 45, a. 2 c.; traducción nuestra. Santo Tomás reafirma esto con la autoridad de San Jerónimo y San Juan Crisóstomo. San Jerónimo dice: “Jesús se apareció a sus apóstoles en la Transfiguración tal cual será el día del juicio final”. Y San Juan Crisóstomo: “Jesús se reveló a los apóstoles en la vida presente para mostrar aquella gloria con la cual Él vendrá después, según les era posible a ellos captarla” (sed contra, traducción nuestra).
*3- San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, nº 56, MG 58,549, citado en Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 45, a. 2 s.c.
*4- Kénosis significa ‘vaciamiento’, ‘humillación’, ‘abajamiento’ (Filp 2,7).

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San Juan Pablo II

 

«Este es mi Hijo, el amado; escuchadle».

Con el apóstol san Pedro, yo también digo: «¡Qué hermoso es estar aquí!» (Mt 17, 4), reunidos, como sucede ahora, en torno al Señor Jesús. Su rostro resplandece como la luz que penetra en esta antigua basílica de Santa Pudenciana. Al proseguir la peregrinación cuaresmal hacia la Pascua, nos sentimos como envueltos por una nube luminosa. El Padre nos dice desde lo alto del cielo: Escuchad a Jesús. Sin embargo, como Pedro, Santiago y Juan, también nosotros a veces tenemos miedo. Preferimos otras voces, voces de la tierra, puesto que es más fácil escucharlas y parecen tener más sentido. Pero sólo Jesús puede conducirnos a la vida. Sólo su palabra es palabra de vida eterna. Con gratitud acojamos su invitación: ¡No tengáis miedo! ¡Escuchad mi voz!

Esta mañana, Jesús nos habla de bendición. Señala la bendición suprema de la Pascua, y evoca la bendición prometida a Abraham y a sus descendientes.

En la primera lectura, tomada del libro del Génesis, Dios promete a Abraham dos cosas que parecen imposibles: un hijo y una tierra. Abraham era rico, pero, sin la promesa del Señor, su vida hubiera terminado simplemente con la muerte. Al bendecir a Abraham con un hijo y una tierra, Dios le ofrece una vida que es más grande que la muerte. Dios asegura a «nuestro padre en la fe» que no será la muerte, sino la vida, la que dirá la última palabra. Esta promesa encuentra su cumplimiento definitivo en la Pascua, cuando Cristo resucita de entre los muertos. No basta que el seno estéril de Sara dé a luz a Isaac, porque la muerte seguirá dominando. La promesa hecha a Abraham sólo se cumple cuando la muerte misma es destruida; y la muerte es destruida cuando Cristo resucita a una vida nueva.

4. Debemos recordar, asimismo, que la promesa no sólo se hizo a Abraham, sino también a su descendencia, es decir, ¡a nosotros! Por eso, durante la Cuaresma presentamos a Dios todo lo que hay de estéril y muerto en nosotros, todos nuestros sufrimientos y pecados, confiando en que Dios, que dio a Sara un hijo y que resucitó a Jesús de entre los muertos, transformará todo lo que hay de estéril y muerto en nuestra existencia en una vida nueva y maravillosa. Pero esto significa que debemos renunciar a muchas cosas familiares.

Dios dice a Abraham: «¡Sal de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre!». Muchos de vosotros habéis hecho precisamente eso: habéis dejado vuestro hogar y vuestra familia a fin de llegar a ser, a vuestro modo, una bendición para vuestros seres queridos que están en Filipinas, contribuyendo a su sustento y ofreciendo mayores oportunidades culturales y sociales a vuestros hijos y a vuestras familias. La separación es dolorosa y el precio es elevado, pero es un precio que estáis dispuestos a pagar en un mundo difícil y, a menudo, injusto.

Dado que vivimos en un mundo pecaminoso, también la Cuaresma debe llegar a ser una especie de separación. Estamos llamados a dejar atrás nuestros antiguos caminos de pecado, que hacen estéril nuestra vida y nos condenan a la muerte espiritual. Sin embargo, a menudo esos caminos pecaminosos están tan profundamente enraizados en nuestra vida, que es doloroso dejarlos para ir a la tierra de bendición que promete Dios. Este arrepentimiento es difícil; pero es el precio que se debe pagar, si queremos recibir la bendición que el Padre promete a los que escuchan la voz de Jesús.

Recordad también la promesa de Dios según la cual en Abraham «serán bendecidas todas las familias de la tierra». La bendición de vida abrazará al mundo entero. Por tanto, en estos días de Cuaresma y en estos tiempos tan difíciles, presentemos a Dios todo lo hay de estéril y muerto en el mundo. Presentémosle el azote de las guerras, la violencia, las enfermedades, el hambre, la pobreza y la injusticia al Dios de toda bendición. Pidámosle que toque estos males y los transforme en vida.

5. Al escuchar a Jesús, nos disponemos a lo que san Pablo llama «la fuerza de Dios, que nos ha salvado». Esta fuerza nos capacita para encontrarlo. Entonces, podemos dar testimonio de él con nuestra vida, en virtud de la gracia que nos transfigura interiormente. Resplandeceremos como el sol, «no por nuestras obras, sino por su propia determinación [de Dios] y por su gracia», como el Apóstol escribe a Timoteo (2 Tm 1, 9).

Amadísimos hermanos y hermanas, este es el significado de la Cuaresma: nuestra existencia, renovada mediante la oración, la penitencia y la caridad, se abre a la escucha de Dios y a la fuerza de su misericordia. Así, en la Pascua podremos bajar de la montaña santa y disipar las tinieblas del mundo con la luz gloriosa que resplandece en la faz de Cristo (cf. 2 Co 4, 6).

Esta es la promesa del Señor. Que Aquel que inició en nosotros la obra buena, la lleve a término (cf. Flp 1, 6). Nos lo obtenga la Virgen María, Mujer de la escucha dócil y modelo de santidad diaria.

 (Misa en la Iglesia de Santa Pudenciana, domingo 24 de febrero de 2002)

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Benedicto XVI

 

Hoy, segundo domingo de Cuaresma, prosiguiendo el camino penitencial, la liturgia, después de habernos presentado el domingo pasado el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad. De este modo, podríamos decir que estos dos domingos son como dos pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, más aún, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.

El monte —tanto el Tabor como el Sinaí— es el lugar de la cercanía con Dios. Es el espacio elevado, con respecto a la existencia diaria, donde se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en la presencia del Señor, como Moisés y Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del «éxodo» que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua.
La Transfiguración es un acontecimiento de oración: orando, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a él, se adhiere con su voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y así la luz lo invade y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. También el vestido de Jesús se vuelve blanco y resplandeciente. Esto nos hace pensar en el Bautismo, en el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (cf. Ap 7, 9. 13).

Aquí está el punto crucial: la Transfiguración es anticipación de la resurrección, pero esta presupone la muerte. Jesús manifiesta su gloria a los Apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios. La voz del Padre, que resuena desde lo alto, proclama que Jesús es su Hijo predilecto, como en el bautismo en el Jordán, añadiendo: «Escuchadlo» (Mt 17, 5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirlo por el camino de la cruz, llevando en el corazón, como él, la esperanza de la resurrección. Spe salvi, salvados en esperanza. Hoy podemos decir: «Transfigurados en esperanza».

Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconozcamos en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de Cristo, y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, domingo 17 de febrero de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Transfiguración y cruz

Mt 17, 1-9

            La palabra de este domingo nos exhorta a abrazar la cruz, paso necesario de nuestra vida cristiana, puestos los ojos en el final feliz de nuestra historia, si somos fieles, la gloria del cielo.

            Abraham confiado en Dios deja su tierra y sufre duros trabajos para llegar a la tierra prometida. San Pablo alienta a su discípulo Timoteo a afrontar los duros trabajos del Evangelio para alcanzar la promesa que Cristo le ha revelado, la vida inmortal. Nuestro Señor manifiesta a sus apóstoles predilectos (…) su gloria futura para que sigan sus huellas hacia el monte Calvario.

            El misterio sólo se alcanza por la fe. La fe nos dice que la cruz es necesaria para alcanzar el cielo, la gloria. La fe nos dice que es el mejor camino, porque es el que abrazó Dios para abrir las puertas del cielo. Pero así como la fe alcanza el misterio de la cruz, también alcanza el misterio de la gloria que suaviza el duro misterio de la cruz, al menos para nosotros hombres imperfectos y que todavía no hemos alcanzado la sabiduría de la cruz, el sabor y la alegría de abrazarla como lo hicieron los santos.

            Dios a Abraham le consuela con la promesa de una descendencia numerosa y un nombre que será la bendición de muchos pueblos. Una bendición de perpetuación a través de las generaciones, figura de la gloria que también recibiría el Santo Patriarca, por su fidelidad a Dios.

            Timoteo también es consolado por San Pablo por medio del recuerdo de su predestinación y su vocación a la santidad, a través también de la gracia de la buena nueva revelada por el mismo Cristo que contiene la promesa de la vida futura manifestada ya en Él por su triunfo sobre la muerte.

            También Jesús consuela a sus Apóstoles más cercanos transfigurándose ante ellos. Esta consolación espiritual tiene la finalidad de ayudarlos a sobrellevar el escándalo de la cruz. ¡Qué mal llevaron el misterio del Calvario! Sin embargo, perseveraron, aunque con tropiezos y cobardías ¿Qué hubiese sido si no hubiesen tenido este consuelo del final de la historia, la gloria del cielo manifestada por el cuerpo transfigurado de Jesús? Les entusiasmó el momento que vivieron, quisieron eternizarlo pero Jesús los sacó de allí y los trajo a la realidad de su vida mortal.

            Nos entusiasmamos con las consolaciones, queremos que nunca falten y está bien, pero todavía no es el momento de la consolación permanente, aunque podemos irla acrecentando… ¿Cómo? Aprovechando cada consolación para crecer en el amor a Dios.

            Nuestra vida terrena es luz y sombra, consolación y desolación. No nos abandona el Señor en una desolación perpetua sino que nos consuela. Y tampoco nos consuela permanentemente para que no nos ensoberbezcamos, para que lo amemos también en las malas, en la cruz.

            En la desolación hay que tener paciencia y pedir al Señor que nos consuele, en la consolación hay que tomar fuerza como los apóstoles en el monte de la Transfiguración para el tiempo de la desolación.

            En la medida que crecemos en el amor de Dios todo se vuelve consuelo, hasta la cruz, porque vivimos con Dios en comunión plena de voluntades y lo que Él quiere nosotros lo queremos.

            Cada vez que nos abrumen los trabajos y se nos haga pesada la cruz pensemos en el cielo y acerquémonos a Jesús para que nos consuele, en un abandono total en sus palabras “venid a Mí los que estáis cansados y agobiados que Yo os aliviaré”*1.

            Jesús no prometió librarnos de la cruz, es más, cuando Pedro fue nombrado fundamento de la Iglesia y quiso disuadir a Cristo de la cruz, el Señor lo llamó Satanás.

La Transfiguración fue un corto tiempo en la vida de los Apóstoles y Jesús nunca dijo que ya no habría cruz. Les mandó guardasen el recuerdo de la consolación y no lo contasen hasta después de su resurrección*2. Jesús nunca nos promete quitarnos la cruz sino que dice que crucificarse como Él es necesario para todos los que quieran ser verdaderamente discípulos suyos y quieran alcanzar el cielo. También nos recuerda que su consuelo está presto y que nunca va a permitir una cruz mayor que la que podemos llevar. Este es el mensaje de la Transfiguración que, aunque ocurrió hace mucho tiempo, sigue ocurriendo hoy en nuestras vidas en esos rayos de luz que nos vienen del rostro de Cristo y que se abren paso fácilmente en las tinieblas que nos rodean, llenándonos de gozo, de paz y de fervor y dando muerte al tiempo de desolación.

El diablo, como usó a Pedro para apartar a Cristo de la cruz, nos tienta para que rechacemos la cruz. El organiza el mal y la oscuridad, de tal manera que toma dimensiones casi infinitas, más infladas por la fantasía que la consistencia de verdad que tienen. Por otra parte, intenta hacer surgir en nuestro interior miedos infundados para que rechacemos la cruz siendo precisamente ella el medio por el cual nos salvaremos, el camino por el cual transitó Jesús para llegar al cielo y que deberemos transitar nosotros, sus discípulos para estar con Él, para llegar a la vida eterna.

*1- Mt 11, 28
*2- Cf. 2 P 1, 18

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S.S. Francisco p.p.

Hoy el Evangelio nos presenta el acontecimiento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, el domingo pasado; la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto» (Mt 17, 1). La montaña en la Biblia representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el sitio de la oración, para estar en presencia del Señor. Allí arriba, en el monte, Jesús se muestra a los tres discípulos transfigurado, luminoso, bellísimo; y luego aparecen Moisés y Elías, que conversan con Él. Su rostro estaba tan resplandeciente y sus vestiduras tan cándidas, que Pedro quedó iluminado, en tal medida que quería permanecer allí, casi deteniendo ese momento. Inmediatamente resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo: «Escuchadlo» (v. 5). ¡Esta palabra es importante! Nuestro Padre que dijo a los apóstoles, y también a nosotros: «Escuchad a Jesús, porque es mi Hijo predilecto». Mantengamos esta semana esta palabra en la cabeza y en el corazón: «Escuchad a Jesús». Y esto no lo dice el Papa, lo dice Dios Padre, a todos: a mí, a vosotros, a todos, a todos. Es como una ayuda para ir adelante por el camino de la Cuaresma. «Escuchad a Jesús». No lo olvidéis.

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como hacían las multitudes del Evangelio que lo seguían por los caminos de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le había dado el Padre, a lo largo de los caminos, recorriendo trayectos no siempre previsibles y a veces poco libres de obstáculos. Seguir a Jesús para escucharle. Pero también escuchamos a Jesús en su Palabra escrita, en el Evangelio. Os hago una pregunta: ¿vosotros leéis todos los días un pasaje del Evangelio? Sí, no… sí, no… Mitad y mitad… Algunos sí y algunos no. Pero es importante. ¿Vosotros leéis el Evangelio? Es algo bueno; es una cosa buena tener un pequeño Evangelio, pequeño, y llevarlo con nosotros, en el bolsillo, en el bolso, y leer un breve pasaje en cualquier momento del día. En cualquier momento del día tomo del bolsillo el Evangelio y leo algo, un breve pasaje. Es Jesús que nos habla allí, en el Evangelio. Pensad en esto. No es difícil, ni tampoco necesario que sean los cuatro: uno de los Evangelios, pequeñito, con nosotros. Siempre el Evangelio con nosotros, porque es la Palabra de Jesús para poder escucharle.

De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida. Y esto es curioso. Cuando oímos la Palabra de Jesús, escuchamos la Palabra de Jesús y la tenemos en el corazón, esa Palabra crece. ¿Sabéis cómo crece? ¡Donándola al otro! La Palabra de Cristo crece en nosotros cuando la proclamamos, cuando la damos a los demás. Y ésta es la vida cristiana. Es una misión para toda la Iglesia, para todos los bautizados, para todos nosotros: escuchar a Jesús y donarlo a los demás. No olvidarlo: esta semana, escuchad a Jesús. Y pensad en esta cuestión del Evangelio: ¿lo haréis? ¿Haréis esto? Luego, el próximo domingo me diréis si habéis hecho esto: llevar un pequeño Evangelio en el bolsillo o en el bolso para leer un breve pasaje durante el día.

Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para continuar con fe y generosidad este itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y escuchar a Jesús y a «bajar» con la caridad fraterna, anunciando a Jesús.

(Basílica Vaticana, domingo 9 de marzo de 2014)

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