Archivos mensuales: marzo 2017

Domingo V de Cuaresma (A)

 

02
abril

Domingo V de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo V de Cuaresma (A)

(Domingo 2 de Abril de 2017)

LECTURAS

Yo pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis

Lectura de la profecía de Ezequiel     37, 12-14

Así habla el Señor:
Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor.
Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor-.

Palabra de Dios.

SALMO     129, 1-5-6c-8

R. En el Señor se encuentra la misericordia

Desde lo más profundo te invoco, Señor.
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria. R.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido. R.

Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor. R.

Porque en él se encuentra la misericordia
y la redención en abundancia:
él redimirá a Israel
de todos sus pecados. R.

El Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     8, 8-11

Hermanos:
Los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes.
El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo. Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO     Jn 11, 25a. 26

«Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí no morirá jamás», dice el Señor:

EVANGELIO

Yo soy la resurrección y la vida

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     11, 1-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo.»
Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.»
Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?»
Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.»
Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.»
Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.»
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dio a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?»
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!»
Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.»
Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     11, 1-7. 20-27. 33b-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo.»
Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.»
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
Jesús, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?»
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!»
Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.»
Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo V de Cuaresma-

Ciclo A- 2 de Abril 2017

Entrada:

Celebramos hoy el quinto domingo de Cuaresma, que es el domingo de la Vida sobrenatural. Quien se alimenta de la Eucaristía, no tiene que esperar al cielo para recibir la Vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura. Esto se realiza en cada santa Misa.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:          Ez. 37, 12- 14

El profeta Ezequiel nos habla de la resurrección de los cuerpos como signo de la resurrección espiritual.

Salmo Responsorial: 129

Segunda Lectura:          Rom. 8, 8- 11

San Pablo nos dice que debemos conservar el Espíritu Santo en nosotros para vivir como resucitados.

Evangelio:             Jn. 11, 1- 45 o bien 11, 1- 7. 20- 27. 32b- 45

San Juan nos narra el milagro de la resurrección de Lázaro. La gloria de Dios se manifiesta a los que creen que Cristo es el Mesías, el Hijo de Dios, el que da la Resurrección y la Vida.

Preces:

Por el Bautismo somos hijos de Dios. Dirijamos juntos nuestra oración al Padre que guía nuestros pasos en esta tierra.

A cada intención respondemos cantando:

*Pidamos por el Santo Padre para que confirme en la fe a todos sus hermanos según la orden de Nuestro Señor al Apóstol Pedro. Oremos

* Por los gobernantes, para que vivan y gobiernen según los criterios evangélicos. Oremos.

* Para que entre los cristianos brille la fe en la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesús, y la virtud de la esperanza por el deseo de las cosas del cielo. Oremos.

* Por los miembros de nuestra Familia religiosa, para que anunciando el misterio pascual de Cristo transformemos los criterios del mundo según la gracia de su Resurrección. Oremos.

Dios Eterno, te damos gracias porque siempre estás atento a nuestras súplicas y porque en tu Hijo nos das todo lo que precisamos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Ofrecemos la materia del sacrificio y nos ofrecemos a nosotros mismos. Llevamos al Altar:

* Pan y vino para la celebración eucarística, verdadera confesión y memoria de que Jesús ha muerto y ha vuelto a la vida.

Comunión: “El que me coma vivirá por Mí”. Acerquémonos a esta Santa comunión con corazón humilde y agradecido por la Vida divina que el Corazón herido de Jesús quiere comunicarnos.

Salida: Acojamos en nosotros a María Santísima para que Ella nos revele el infinito amor del Padre que nos ha dado a su Hijo y con Él la Vida Eterna.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

Directorio Homilético

 

Quinto domingo de Cuaresma

CEC 992-996: la revelación progresiva de la Resurrección

CEC 549, 640, 646: los signos mesiánicos que prefiguran la Resurrección de Cristo

CEC 2603-2604: la oración de Jesús antes de la resurrección de Lázaro

CEC 1002-1004: nuestra experiencia actual de la Resurrección

CEC 1402-1405, 1524: la Eucaristía y la Resurrección

CEC 989-990: la resurrección de la carne

I        LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA

          Revelación progresiva de la Resurrección

992    La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan:

          El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13).

993    Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y  muchos contemporáneos del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: “Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error” (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios  que “no es un Dios de muertos sino de vivos” (Mc 12, 27).

994    Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él. (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, El habla como del “signo de Jonás” (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).

995    Ser testigo de Cristo es ser “testigo de su Resurrección” (Hch 1, 22; cf. 4, 33), “haber comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los muertos” (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.

996      Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). “En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne” (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

549    Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

El sepulcro vacío

640      “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo”(Jn 20, 6) “vio y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).
646      La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

2603  Los evangelistas han conservado dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de el las comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera (cf Mt 11, 25-27 y Lc 10, 21-23), Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los “pequeños” (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor “¡Sí, Padre!” expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el “Fiat” de Su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al “misterio de la voluntad” del Padre (Ef 1, 9).

2604  La segunda oración es narrada por San Juan (cf Jn 11, 41-42) en el pasaje de la resurrección de Lázaro. La acción de gracias precede al acontecimiento: “Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado”, lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: “Yo sabía bien que tú siempre me escuchas”, lo que implica que Jesús, por su parte, pide de una manera constante. Así, apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que la petición sea otorgada, Jesús se adhiere a Aquél que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el “tesoro”, y en El está el corazón de su Hijo; el don se otorga como “por añadidura” (cf Mt 6, 21. 33).

            La oración “sacerdotal” de Jesús (cf. Jn 17) ocupa un lugar único en la Economía de la salvación. (Su explicación se hace al final de esta primera sección) Esta oración, en efecto, muestra el carácter permanente de la plegaria de nuestro Sumo Sacerdote, y al mismo tiempo contiene lo que Jesús nos enseña en la oración del Padrenuestro (la cual se explica en la sección segunda).

Resucitados con Cristo

1002  Si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día”, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:

          Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).

1003  Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 3) “Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos “manifestaremos con El llenos de gloria” (Col 3, 4).

1004  Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser “en Cristo”; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:

El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… No os pertenecéis… Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).

VII    LA EUCARISTIA,  “PIGNUS FUTURAE GLORIAE”

1402  En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: “O sacrum convivium in quo Christus sumitur. Recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur” (“¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!”). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados “de toda bendición celestial y gracia” (MR, Canon Romano 96: “Supplices te rogamus”), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.

1403  En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: “Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: “Maran atha” (1 Co 16,22), “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20), “que tu gracia venga y que este mundo pase” (Didaché 10,6).

1404  La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía “expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi” (“Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”, Embolismo después del Padre Nuestro; cf Tt 2,13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3, 128: oración por los difuntos).

1405    De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, “se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3) y “partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre” (S. Ignacio de Antioquía, Eph 20,2).

 El Viático, último sacramento del cristiano

1524    A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Jn 13,1).

989    Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

          Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990      El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

EZEQUIEL 37, 12-14:

Es una de las más impresionantes visiones de Ezequiel, el Profeta que las tiene más lozanas y que las describe en estilo más crudo y audaz. Sus visiones no son sueños de poeta. Son mensajes de Profeta. Y por tanto debemos buscar en ellas el sentido teológico:

— El mensaje de la visión que hoy leemos es altamente consolador. La nación de Israel derrotada, depauperada, desterrada, es ya solamente una nación de espectros: un cementerio. Carece de vitalidad: «Estos huesos son la Casa toda de Israel. He aquí que dicen: Se han secado nuestros huesos; nuestra esperanza se ha desvanecido; ha llegado para nosotros el fin» (11). En lo humano así es. Pero el Señor Omnipotente ha mostrado en visión a Ezequiel (vv 1-10) lo que se propone realizar con el Pueblo Elegido.

— La Obra de Redención del cautiverio, de Repatriación, de Restauración de Israel, equivale a una «Resurrección»; «Mirad; así dice Yahvé: Abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestras tumbas, Pueblo mío; y os introduciré en la Tierra de Israel» (12). Israel reconocerá que sólo Dios ha podido obrar tal maravilla de poder y de amor: «Y sabréis que YO SOY YAHVE» (13).

— A la Promesa de Restauración nacional (Resurrección) va unida otra: Dios infundirá en el Pueblo redimido un nuevo espíritu: su Espíritu: «Infundiré en vosotros mi Espíritu y reviviréis» (14). Los acontecimientos posteriores a la repatriación orientarán a Israel a entender estas grandes Promesas de Dios en el único sentido digno de Él: en sentido del todo espiritual. No se trata de valores terrenos. En este plano los ingentes Imperios que rodean al minúsculo Israel le superarán siempre con creces. Se trata de valores celestiales: los del Espíritu de Dios: Emitte Spiritum tuum et crabuntur; et renovabis faciem terrae. El día de Pentecostés, cuando la Pasión y Resurrección de Cristo hagan descender sobre el «Nuevo Pueblo» de Dios el Espíritu Santo, comprendemos mejor el sentido, teológico de esta Visión-Profecía de Ezequiel.

ROMANOS 8, 8-11:

San Pablo nos va a dar la teología que encierra el mensaje de Ezequiel:

— Sin Cristo quedan los hombres en la zona del pecado. Y por tanto de la muerte. Pero por Cristo, tan luego como la fe y el Bautismo nos insertan en Él, llega a nosotros el «Espíritu», la Vida de Dios. Esta Vida de Dios es ya una verdadera «Resurrección» espiritual. Y es asimismo participación de la Inmortalidad de Dios: «Si en vosotros está Cristo, vuestro espíritu vive a causa de la justicia» (10). Es la nueva vida de hijos de Dios. La vivimos en Cristo-Hijo de Dios; en Él y por Él. Esta vida, que es la Gracia (justificación), nada tiene que temer de la muerte física o corporal. Esta vida física, la que heredamos de Adán, debe acabar. Pero tras ella prosigue la Vida Espiritual.

— Con todo, el Espíritu de Cristo que habita en nosotros debe llevar su obra vivificante hasta resucitar nuestros cuerpos: «Y si el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por obra de su Espíritu que habita en vosotros» (11). La Resurrección de Cristo implica la nuestra. Será completa nuestra Redención cuando el Espíritu de Cristo vivifique de Vida inmortal todos los cuerpos de los redimidos.

— Es una de las constantes en la doctrina de Pablo la relación entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La de Cristo es causa eficiente y ejemplar de la nuestra. La eficiencia de la Resurrección de Cristo obra ya actualmente en nosotros; la. Nueva Vida, Vida del Espíritu de Cristo, que nos hace hijos de Dios y nos dispone ya a la Resurrección; y la exige: Herederos con Cristo nos pertenece en derecho su Gloria y, por ende, la Resurrección. La Vida Eterna es, cierto, un bien escatológico, pero ya a los peregrinos, el Sacramento de la Vida, la Eucaristía, nos da su promesa, su pregusto, su garantía.

JUAN 11, 1-45:

Lo que el Profeta Ezequiel previó y anunció, queda superado por lo que Jesús-Mesías va a realizar: Cristo vivifica con Vida Divina a todos los redimidos. Ya no mera resurrección nacional (Ezequiel); ya no mera revivificación de un cadáver (Lázaro): Es diluvio de Vida-Divina-Eterna:

— Jesús se esfuerza en elevar a Marta, a María y a los Apóstoles a un Mesianismo superior al del tiempo. El que cree en Cristo tiene la Vida; Vida que vence a la muerte. La muerte física es un fenómeno que no afecta a esta Vida. Incluso, el dinamismo de esta Vida exige, a su hora, la Resurrección, a fin de que la Gloria de Cristo Resucitado la gocemos en alma y cuerpo.

— Como «signo» de la «Vivificación» que nos trae Cristo, Este resucita a Lázaro. Con este milagro se muestra el poder de Cristo sobre la muerte. Pero es sólo un «signo» de la Victoria definitiva. Lázaro redivivo tornará a morir. Mas la Vida que nos trae Cristo es Vida de Dios. Y una vez pagada la deuda del pecado que es la muerte, nos Resucitará Inmortales.

— Pero para alcanzar esta Vida debemos «creer» en Cristo (25). Lastimosamente era débil la fe de los discípulos y también la de las hermanas de Lázaro. Y los fariseos no sólo se negaban a creer en Él, sino que precisamente aquel gran milagro de resucitar a Lázaro será el detonador que hará estallar el odio de los escribas y fariseos, sacerdotes y saduceos. Odio que no se saciará sino con la muerte de Jesús. Jesús que todo eso ve y sabe, siente en aquel momento pena tan honda que nos dice el Evangelista: «Jesús se sintió agitado de indignación y se perturbó» (33). Pena y perturbación que estalla en lágrimas (35); corno en Lucas 19, 41. La falta de fe hace llorar a Jesús. Rindámonos con fe y amor al amor del Crucificado: Quia per Filii tui salutiferam passionem totus mundus sensum confitendae tuae majestatis accepit, dum ineffabili crucis potentia judicium mundi et potestas emicat Crucifixi (Pref. de Pasión I).

— Cristo es la «RESURRECCIÓN Y LA VIDA»: Vida eterna y divina; Resurrección que anegará nuestra carne mortal en la gloria de Dios. Para quien cree en Cristo la muerte es sólo un episodio, una dormición (v 11-14). Hay que pagar esta deuda del pecado; pero el Redentor, Cristo-Vida, nos vivificará plenamente, gloriosamente y eternamente. Y ya desde ahora, por la fe y el amor en Cristo, gozamos esta Vida Eterna. Se llama: Gracia de Dios.

SOLÉ ROMA, J. M.,  Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 89-92

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

Domingo V de Cuaresma (Ciclo A)

75. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo». La exhortación el domingo precedente de san Pablo, a despertar a los que se han dormido, encuentra una viva expresión en el último y más grande de los «signos» de Jesús en el cuarto Evangelio: la resurrección de Lázaro. La naturaleza definitiva de la muerte, enfatizada en el hecho de que Lázaro está muerto desde hace cuatro días, parece suponer un obstáculo todavía mayor que el de hacer brotar agua de una roca o devolver la vista a un ciego de nacimiento. No obstante Marta, puesta delante de esta situación, hace una profesión de fe similar a la de Pedro: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Su fe no está en lo que Dios podría cumplir en el futuro, sino en lo que Dios está cumpliendo ahora: «Yo soy la Resurrección y la vida». Aquel «yo soy», que recorre toda la narración de Juan, clara alusión a la auto-revelación de Dios a Moisés, aparece en los pasajes evangélicos de todos estos domingos. Cuando la samaritana habla del Mesías, Jesús le responde: «Yo soy, el que habla contigo». En la narración del ciego, Jesús dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo». Y hoy nos dice: «Yo soy la Resurrección y la vida». La clave para recibir esta vida es la fe: «¿Crees esto?». Pero incluso Marta duda después de su ardiente profesión de fe y, cuando Jesús pide que se quite la losa del sepulcro, pone como objeción que ya huele mal. Y es aquí, una vez más, que se recuerda cómo seguir a Cristo es un compromiso que dura toda la vida y, ya sea que nos preparamos a recibir los Sacramentos de la Iniciación dentro de dos semanas, como sea que hemos vivido tantos años como católicos, debemos luchar sin interrupción para reforzar y hacer más profunda nuestra fe en Cristo.

76. La resurrección de Lázaro es el cumplimiento de la promesa de Dios proclamada en la primera lectura por medio del profeta Ezequiel: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros». El corazón del Misterio Pascual consiste en el hecho de que Cristo ha venido para morir y resucitar de nuevo, para hacer por nosotros exactamente lo que ha hecho por Lázaro: «Desatadlo y dejadlo andar». Él nos libera, no solo de la muerte física sino de tantas otras muertes que nos afligen y nos convierten en ciegos: el pecado, las desventuras, las relaciones interrumpidas. Para nosotros los cristianos es, por tanto, esencial sumergirse de forma continua en su Misterio Pascual. Como proclama el prefacio de este día: «El cual, hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida, que lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una nueva vida». El encuentro semanal con el Señor crucificado y resucitado expresa nuestra fe en el hecho de que Él es, aquí y ahora, nuestra resurrección y nuestra vida. Esta convicción es la que nos hace capaces, el domingo siguiente, de acompañarle en su entrada en Jerusalén, diciendo con Tomás: «Vamos también nosotros y muramos con él».

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 78 – 79)

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Santos Padres

·        San Agustín

La resurrección de Lázaro

(Jn 11, 1-45)

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La resurrección de Lázaro

(Jn 11,1-45)

Introducción

La Iglesia ha querido que los tres últimos domingos de Cuaresma estén modelados según el catecumenado, es decir, el camino que recorren los adultos que pidieron el Bautismo. A cada uno de estos domingos se le ha asignado un evangelio en estrecha relación con ese sacramento, de manera que cada uno de estos domingos ha quedado identificado por un elemento que simboliza el Bautismo. En consecuencia, el tercer domingo de Cuaresma está identificado por el agua (evangelio de la Samaritana, Jn 4,5-42); el cuarto domingo está identificado por la luz (evangelio del ciego de nacimiento, Jn 9); el quinto domingo, el presente, está identificado por la vida (evangelio de la resurrección de Lázaro, Jn 11,1-45). Hay, entonces, una progresión en estos tres últimos domingos de Cuaresma: Agua – Luz – Vida.

En cada uno de estos domingos hay un escrutinio de los catecúmenos, que consiste en escrutar las disposiciones que tiene el bautizando para recibir el sacramento. Cada uno de estos escrutinios tiene dos oraciones, una de exorcismo y otra sobre los elegidos. Estas oraciones son las que expresan el nexo que hay entre el sacramento del Bautismo y el evangelio del domingo correspondiente. Las oraciones del tercer y último escrutinio, correspondiente a este quinto domingo de Cuaresma, son las siguientes:

Oración de Exorcismo: “Oh Padre de la vida eterna, que no eres Dios de muertos sino de vivos, y que enviaste a tu Hijo como mensajero de la vida, para arrancar a los hombres del reino de la muerte y conducirlos a la resurrección, te rogamos que libres a estos elegidos de la potestad del espíritu maligno, que arrastra a la muerte, para que puedan recibir la nueva vida de Cristo resucitado y dar testimonio de ella” *1.

Oración sobre los elegidos: “Señor Jesús, que, resucitando a Lázaro de la muerte, significaste que venías para que los hombres tuvieran vida abundante, libra de la muerte a éstos, que anhelan la vida de tus sacramentos, arráncalos del espíritu de la corrupción y comunícales por tu Espíritu vivificante la fe, la esperanza y la caridad, para que viviendo siempre contigo, participen de la gloria de tu resurrección”*2.

La idea central expresada en estas oraciones es que, así como Cristo resucitó a Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, así también el sacramento del Bautismo, que toma su fuerza de la muerte y resurrección de Cristo, da la vida de la gracia santificante al alma del cristiano. La resurrección física del cuerpo de Lázaro es un signo o un símbolo de la resurrección del alma del cristiano por el sacramento del Bautismo. Allí, el alma del cristiano pasa de la muerte del pecado a la vida de la gracia santificante.

1. El sentido principal del milagro de la resurrección de Lázaro

El sentido principal del milagro que narra el evangelio de hoy está manifestado en el versículo 4: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios (dóxa toû Theoû), para que el Hijo de Dios sea glorificado (verbo doxádsein en voz pasiva) por ella”. La palabra ‘gloria’ (dóxa) y el verbo ‘ser glorificado’ (doxádsein en voz pasiva) encierran toda la finalidad del milagro.

El evangelio de San Juan narra solamente siete milagros de Jesús. La resurrección de Lázaro es el último de ellos. El primero es la conversión del agua en vino en las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). En ese primer milagro se dice que Jesús “manifestó su gloria (dóxa) y creyeron en Él sus discípulos” (Jn 2,11). Esa su gloria que Jesús manifestó es su divinidad. En efecto, San Juan ya lo había dicho: “Nosotros hemos visto su gloria (dóxa), gloria (dóxa) como Unigénito que está junto al Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). La ‘gloria del Unigénito del Padre’ no puede ser otra que su divinidad.

Y ahora, en el evangelio de hoy, Jesús dice: “Esta enfermedad es para gloria (dóxa) de Dios” (Jn 11,4). Y en el momento en que Marta pone como obstáculo el hecho de que Lázaro lleva cuatro días muerto, Jesús responde: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria (dóxe) de Dios?” (Jn 11,40). La gloria del Padre es la gloria del Unigénito del Padre. Ver la gloria de Dios es aquí creer en la divinidad de Jesús. Este milagro tiene, por tanto, la finalidad de inducir a creer en la divinidad de Jesús.

Hay otras dos indicaciones en el trozo de hoy que nos hablan de un interés de San Juan de hacer notar que la divinidad de Jesús está en el centro de la polémica. La primera es la mención de sus discípulos del acontecimiento en el cual quisieron apedrear a Jesús (Jn 11,8). Ese acontecimiento está narrado inmediatamente antes del evangelio de hoy, en Jn 10,30-33. Allí los judíos quieren lapidar a Jesús y, ante la pregunta de Jesús acerca del ‘por qué’, ellos responden: “Porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33). La revelación de la divinidad de Jesús es tachada por parte de los judíos de blasfemia y merecedora de la muerte. Sin embargo, Jesús no retrocede y hace que la enfermedad y la muerte de Lázaro sean para manifestación de su gloria, es decir, de su divinidad.

La segunda indicación que hace notar que este milagro está ordenado a la revelación de la divinidad de Jesús es el hecho de que Jesús se aplique a sí mismo el nombre de Yahveh al decir: “Yo Soy”. “Yo Soy” es el nombre sagrado de YHWH, el tetragrama sagrado. Al decir: “Yo Soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25), Jesús se aplica a sí mismo el nombre de Dios*3.

Esta revelación de Jesús tendrá plena acogida en Marta quien confesará abiertamente que Jesús es el Mesías y es Dios: “Señor, yo creo que tú eres el Mesías*4, el Hijo de Dios, aquel que viene al mundo” (Jn 11,27). Con esta confesión Marta se hace parecida a Pedro (cf. Mt 16,16); sólo ella y el Príncipe de los Apóstoles expresarán su fe plena en Jesús con estas palabras*5.

La finalidad que Cristo busca con su milagro la logra con anticipación en un alma dócil, el alma de Marta. Pero esa finalidad queda frustrada en el alma de aquellos que su primer interés es el poder y el dinero: los fariseos. En efecto, después del milagro, ellos dijeron: “‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos milagros. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Templo y nuestra nación’. (…) Y desde ese día decidieron matarlo” (Jn 11,47-48.53)

De esta manera, se une la manifestación de la gloria de Jesús (su divinidad) con su glorificación, que consiste en su pasión, muerte, resurrección y exaltación a la diestra del Padre. Para San Juan, y no así para los sinópticos, el momento de la muerte de Jesús es el momento de su glorificación y de su exaltación.

Que el momento de su muerte es el momento de su glorificación se ve en Jn 12,23-24: “Jesús dijo: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto’”.  Esto queda confirmado cuando se está por consumar su pasión. Judas ya ha decidido entregar a su Maestro, sale del Cenáculo para traicionarlo y, entonces, el evangelista San Juan dice: “Cuando salió, dice Jesús: ‘Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto’” (Jn 13,31-32).

Que el momento de su muerte es también el momento de su exaltación se ve en Jn 12,31-33: “‘Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea exaltado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí’. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir”. La muerte en cruz es el polo de atracción de toda la humanidad. Y también: “Les dijo, pues, Jesús: ‘Cuando hayáis exaltado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8,28). Aquí la exaltación en la cruz es demostración de su divinidad, dado que el ‘Yo Soy’ es el nombre de Dios.

            Ahora se entiende perfectamente la finalidad del milagro de la resurrección de Lázaro: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11,4). Es para su gloria, porque es un signo de su divinidad. Por este milagro el Hijo de Dios es glorificado porque, a causa de este milagro, será llevado a la cruz*6.

            2. La resurrección de Lázaro y el Bautismo

            La relación entre la resurrección de Lázaro quedó expresada en la introducción con las oraciones del tercer escrutinio y sus consecuencias: la resurrección de Lázaro es un signo o un símbolo de lo que sucede con el que se bautiza: pasa de la muerte del pecado a la vida de la gracia santificante.

            Pero además hay una relación textual entre el Bautismo y este milagro. En efecto, la mención de los judíos acerca de que Jesús había curado al ciego de nacimiento (Jn 11,37) funciona como nexo entre este milagro y el del ciego de nacimiento, que tiene un claro significado bautismal.

            Lo esencial en la resurrección de Lázaro, al igual que en milagro de la curación del ciego de nacimiento, es la fe. En el caso del ciego de nacimiento, la fe del ciego curado alcanza la luz. En este caso, la fe de Marta y María alcanza la vida.

            En el bautizado (sea catecúmeno o sea que ya haya recibido el sacramento) es la fe lo principal para lograr que el efecto principal del Bautismo, es decir, la gracia santificante, la vida del alma se verifique efectivamente.

Por eso dice San Pablo: “Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 2,12; 3,1).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Si es verdad que Cristo nos resucitará en ‘el último día’, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo. (…) Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20)” (CEC, 1002-1003).

3. El amor, motor del milagro de Jesús

Tres veces se dice en Jn 11 que Jesús amaba a Lázaro: Jn 11,3: “Señor, aquel a quien tú amas (verbo philéo), está enfermo”. Jn 11,5: “Jesús amaba (verbo agapáo) a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Jn 11,36: “¡Mirad cómo le amaba!” (verbo philéo). Las repeticiones de tres veces indican, en el lenguaje bíblico, intensidad e intencionalidad manifiesta de subrayar y remarcar lo que se dice (cf. Jn 21,15-17)*7. Por lo tanto, se subraya la intensidad del amor de Jesús hacia Lázaro. Pero esto no es todo. Hay, además, una cuarta vez en que Jesús afirma su amor por Lázaro: “Nuestro amigo (philós) Lázaro duerme” (Jn 11,11). Esta cuarta vez indica una cierta sobreabundancia en el amor que Jesucristo tiene por Lázaro, un ‘rebalsar’ del amor y, si así se nos permitiera expresarnos, un cierta ‘exageración’ de amor.

            Además, es notable que San Juan, para expresar el amor de Cristo hacia Lázaro, use los dos verbos que el NT utiliza para designar el acto de amar: el verbo philéo (Jn 11,3.36) y el verbo agapáo (Jn 11,5). El verbo philéo expresa “el amor de amistad”*8; es un verbo que expresa el amor hacia el amigo y que implica el afecto. Por eso, tiene implicaciones y repercusiones “en el sentimiento y en la emotividad”*9, y “denota más bien un afecto entrañable”*10. Por eso se entiende que San Juan exprese tres veces distintas las repercusiones emotivas que ese amor (philía) de Jesús hacia Lázaro tiene en sus entrañas: “Se conmovió en su espíritu y se conturbó” (Jn 11,33)*11; “Jesús lloró” (Jn 11,35); “Entonces Jesús se conmovió profundamente de nuevo” (Jn 11,38)*12. Otra vez tres repeticiones expresando plenitud e intensidad.

El verbo agapáo incluye el amor de amistad expresado en el verbo philéo, pero implica algunas perfecciones más profundas. El verbo agapáo no sólo ansía el bien del amado, como el verbo philéo, sino que además “se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca”*13; agapáo es “el amor oblativo” y, por eso, es “la denominación del amor fundado en la fe y plasmado por ella”*14.

Amor de amistad, amor afectivo, amor que se conmueve hasta las entrañas, amor que se sacrifica y se ofrece en oblación, amor intensísimo, sobreabundante y, en cierto modo, ‘exagerado’: ese es el amor que Jesucristo tiene por Lázaro y por sus hermanas Marta y María. Ese amor es la causa principal del milagro.

Este mismo amor que Jesús tiene por Lázaro debemos aplicarlo a cada uno de nosotros. Ese amor tan señalado se ha verificado el día de nuestro Bautismo. Jesús nos llamó ‘nuestro amigo’ y lloró por la muerte que representan nuestros pecados, pero ese mismo amor lo llevó a resucitarnos dándonos la gracia bautismal.

Conclusión

En primer lugar, nosotros no debemos ser ingratos al amor que Jesucristo nos mostró dándonos el Bautismo.

En segundo lugar, debemos llevar a plenitud la gracia bautismal de la vida sobrenatural comulgando su Cuerpo y su Sangre dentro del Santo Sacrificio de la Misa dominical. En efecto, si el Bautismo es la resurrección a una nueva vida espiritual, la Eucaristía es el alimento indispensable para que esa vida no se corrompa y se acabe, desembocando en la muerte. Esto está expresado con gran claridad por el mismo Cristo en Jn 6,48-58 cuando nos habla de la Eucaristía, precisamente, como “el Pan que da la vida”: “Yo soy el pan de la vida. Y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo. En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,48.51.53-54).

Pidámosle a la Virgen María la gracia de ser fieles al amor de Cristo y de recibir la vida que Él quiere darnos a través de la Eucaristía.

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*1- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 78.
*2- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 78.
*3- Dice el Directorio Homilético: “Aquel «yo soy», que recorre toda la narración de Juan, clara alusión a la auto-revelación de Dios a Moisés, aparece en los pasajes evangélicos de todos estos domingos. Cuando la samaritana habla del Mesías, Jesús le responde: «Yo soy, el que habla contigo». En la narración del ciego, Jesús dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo». Y hoy nos dice: «Yo soy la Resurrección y la vida»” (Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 78).
*4- El verbo ‘creer’ en griego está en pretérito perfecto. Por lo tanto, habría que traducir ‘he creído’. Sin embargo, en este caso el verbo está en perfecto porque expresa una acción completa, terminada y (como el nombre lo indica), perfecta. Por eso es que Max Zerwick traduce: firmiter credo (Zerwick, M., Analysis philologica Novi Testamenti graeci, Romae, Sumptibus Pontificii Instituti Biblici, 19844, p. 233).
*5- Otras dos veces aparecen en los evangelios la afirmación que reúne los dos títulos de Jesús: Mesías e Hijo de Dios (lo que equivale, sencillamente, a Dios), pero no en forma de confesión de un hombre. Una de ellas es la que el mismo Jesús hace de sí mismo en Mt 26,64, en respuesta a la pregunta de Caifás en el versículo anterior. La otra es de San Juan evangelista, quien dice que su evangelio fue escrito “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn 20,31).
*6- Hay también una insinuación de su muerte en la observación de que María era aquella que ungió al Señor (Jn 11,2). Esa acción se narra en el capítulo siguiente (Jn 12,1-8) y la conclusión de Jesús es que ella está ungiendo su cuerpo adelantándose a la unción que recibirá Él mismo después de muerto.
*7- Respecto a esto Raymond Brown dice: “Ya el modo en el cual es formulada la noticia llevada a Jesús junto al Jordán revela su amor por Lázaro, un motivo que se repite continuamente” (Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 86; traducción nuestra).
*8- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 2. Dice textualmente el Papa Benedicto XVI: “De los tres términos griegos relativos al amor —eros, philia (amor de amistad) y agapé—, los escritos neotestamentarios prefieren este último, que en el lenguaje griego estaba dejado de lado. El amor de amistad (philia), a su vez, es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos” (cursiva del Papa).
*9- Tuggy, Multiléxico, nº 5368.
*10- Vine, Multiléxico, nº 5368.
*11- En griego: enebrimésato tô pneúmati kaì etáraxen heautón; Vulgata de San Jerónimo: “Fremuit spiritu et turbavit se ipsum”.
*12- En griego: Iesoûs oûn, pálin embrimómenos en heautô. Vulgata de San Jerónimo: “Iesus ergo rursum fremens in semet ipso”. Raymond Brown dice de una manera muy realista: “Jesús se turbó delante de tanto dolor. En realidad, el término griego parece implicar ira (quizá delante a la falta de fe de la mujer, o quizá frente a la presencia del dolor causado por el príncipe de la muerte”. Y refiriéndose al versículo 38, dice: “De nuevo Jesús se turba o se aíra delante de la muerte” (Brown, R., Il Vangelo…, p. 88; traducción nuestra). R. Brown dice esto porque el verbo embrimáomai y el verbo latino fremuit con que traduce San Jerónimo significan ‘indignarse’, ‘dar un suspiro de indignación o de ira’, etc. Ambos verbos implican la realización de un gesto que hace ruido o murmullo (cf. Multiléxico y Diccionario Vox). Es una cuestión ardua determinar exactamente en qué consistió la acción de Jesús expresada con la frase enebrimésato tô pneúmati. Pero, en líneas generales, se puede traducir con honestidad como ‘se turbó’.
*13- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 6.
*14- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 7.

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San Juan Pablo II

 

“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11,21,32). Estas palabras las pronunciaron primero Marta y luego María, las dos hermanas de Lázaro, e iban dirigidas a Jesús de Nazaret, que era amigo de ellas y de su hermano.

La liturgia de hoy presenta a nuestra atención el tema de la muerte. Se acerca el tiempo de la pasión de Cristo. El tiempo de la muerte y la resurrección. Hoy miramos ese hecho a través de la muerte y de la resurrección de Lázaro. Este evento desconcertante sirve de preparación a la Semana Santa y a la Pascua.

“…mi hermano no habría muerto”. En estas palabras resuena la voz del corazón humano, la voz de un corazón que ama y que da testimonio de lo que es la muerte. Sabemos que la muerte es un fenómeno común incesante. La muerte es un fenómeno universal y un hecho normal. La universalidad y la normalidad del hecho confirman la realidad de la muerte, lo inevitable de la muerte, pero al mismo tiempo, borran, en cierto modo, la verdad sobre la muerte, su penetrante elocuencia.

Aquí no basta el lenguaje de las estadísticas. Es necesaria la voz del corazón humano: la voz de una hermana, la voz de una persona que ama. La realidad de la muerte se puede expresar en toda su verdad sólo con el lenguaje del amor. Efectivamente, el amor se resiste a la muerte y desea la vida…

Cada una de las dos hermanas de Lázaro no dice “mi hermano ha muerto”, sino que dice: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. La verdad sobre la muerte sólo se puede expresar a partir de una perspectiva de vida, de un deseo de vida: esto es, desde la permanencia en la comunión amorosa de una persona.

La verdad sobre la muerte en la liturgia de hoy se expresa en relación con la voz del corazón humano.

Simultáneamente se expresa en relación con la misión de Cristo, el Redentor del mundo. Jesús de Nazaret era amigo de Lázaro y de sus hermanas. La muerte del amigo también se hizo sentir en su corazón con un eco particular. Cuando llegó a Betania, cuando oyó el llanto de las hermanas y de otras personas encariñadas con el difunto, Jesús “sollozó muy conmovido” (ib.,33), y con esta disposición interior preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?” (ib.).

Jesús de Nazaret es al mismo tiempo el Cristo. Aquél a quien el Padre ha enviado al mundo: es el eterno testigo del amor del Padre. Es el definitivo Portavoz de este amor ante los hombres. Es en cierto sentido su Rehén con relación a cada uno y a todos. En Él y por Él se confirma y se cumple el eterno amor del Padre en la historia del hombre, se confirma y se cumple de modo sobreabundante.

Y el amor se opone a la muerte y quiere la vida. La muerte del hombre, desde Adán, se opone al Amor: se opone al amor del Padre, el Dios de la Vida. La raíz de la muerte es el pecado, que se opone también al amor del Padre. En la historia del hombre la muerte va unida al pecado y, lo mismo que el pecado, se opone al Amor.

Jesucristo vino al mundo para redimir el pecado del hombre; cada uno de los pecados arraigados en el hombre. Por esto, Él se puso frente a la realidad de la muerte; efectivamente, la muerte va unida al pecado en la historia del hombre: es fruto del pecado. Jesucristo se convierte en Redentor del hombre mediante su muerte en cruz, la cual ha sido el sacrificio que ha reparado todo pecado.

En la muerte Jesucristo confirmó el testimonio del amor del Padre. El amor que se resiste a la muerte, y desea la vida, se ha expresado en la resurrección de Cristo, de Aquél que, para redimir los pecados del mundo, aceptó libremente la muerte de cruz.

Este acontecimiento se llama Pascua: el misterio pascual. Cada año nos preparamos a ella mediante la Cuaresma, y el domingo de hoy nos muestra ya cercano este misterio en el cual se nos revelan el Amor y la Potencia de Dios, porque la Vida ha traído la victoria sobre la muerte.

Lo que sucedió en Betania junto al sepulcro de Lázaro, fue como el último anuncio del misterio pascual. Jesús de Nazaret se detuvo junto al sepulcro de su amigo Lázaro, y dijo: “¡Lázaro ven fuera!” (Jn 11,43). Con estas palabras llenas de poder, Jesús lo resucitó a la vida y lo hizo salir de la tumba.

Antes de realizar este milagro, Cristo, “levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado” (ib.,41-42).

Ante el sepulcro de Lázaro se registró una particular confrontación de la muerte con la misión redentora de Cristo. Cristo era el testigo del eterno amor del Padre, de ese Amor que se resiste a la muerte y desea la vida. Al resucitar a Lázaro, dio testimonio de ese Amor. Dio testimonio también de la potencia exclusiva de Dios sobre la vida y la muerte.

Al mismo tiempo ante la tumba de Lázaro, Cristo fue el Profeta de su propio misterio: del misterio pascual, en el que la muerte redentora sobre la cruz se convierte en la fuente de la nueva Vida en la resurrección.

He aquí las palabras del Profeta Ezequiel: “Dice el Señor Dios:…Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor” (Ez 37,12-13). Estas palabras se realizaron ante el sepulcro de Lázaro en Betania. Se han realizado definitivamente ante el sepulcro de Cristo en el Calvario.

En la resurrección de Lázaro se manifestó la potencia de Dios sobre el espíritu y sobre el cuerpo del hombre. En la resurrección de Cristo fue otorgado el Espíritu Santo como fuente de la nueva Vida: la Vida divina. Esta vida es el destino eterno del hombre. Es su vocación recibida de Dios. En esta Vida se realiza el eterno amor del Padre. Efectivamente el amor desea la vida y se opone a la muerte.

¡Vivamos de esta vida! ¡Que en nosotros no domine el pecado! ¡Vivamos de esta Vida cuyo precio es la redención mediante la muerte de Cristo en la cruz!

“Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8,11).

Que el Espíritu Santo habite en vosotros por medio de la gracia de la redención de Cristo.

 (domingo 8 de abril de 1984)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: Ya sólo faltan dos semanas para la Pascua y todas las lecturas bíblicas de este domingo hablan de la resurrección. Pero no de la resurrección de Jesús, que irrumpirá como una novedad absoluta, sino de nuestra resurrección, a la que aspiramos y que precisamente Cristo nos ha donado, al resucitar de entre los muertos. En efecto, la muerte representa para nosotros como un muro que nos impide ver más allá; y sin embargo nuestro corazón se proyecta más allá de este muro y, aunque no podemos conocer lo que oculta, sin embargo, lo pensamos, lo imaginamos, expresando con símbolos nuestro deseo de eternidad.

El profeta Ezequiel anuncia al pueblo judío, en el destierro, lejos de la tierra de Israel, que Dios abrirá los sepulcros de los deportados y los hará regresar a su tierra, para descansar en paz en ella (cf. Ez 37, 12-14). Esta aspiración ancestral del hombre a ser sepultado junto a sus padres es anhelo de una «patria» que lo acoja al final de sus fatigas terrenas. Esta concepción no implica aún la idea de una resurrección personal de la muerte, pues esta sólo aparece hacia el final del Antiguo Testamento, y en tiempos de Jesús aún no la compartían todos los judíos. Por lo demás, incluso entre los cristianos, la fe en la resurrección y en la vida eterna con frecuencia va acompañada de muchas dudas y mucha confusión, porque se trata de una realidad que rebasa los límites de nuestra razón y exige un acto de fe. En el Evangelio de hoy —la resurrección de Lázaro—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: «Tu hermano resucitará», ella responde: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día» (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño (cf. Jn 11, 11).

Pero hay otra muerte, que costó a Cristo la lucha más dura, incluso el precio de la cruz: se trata de la muerte espiritual, el pecado, que amenaza con arruinar la existencia del hombre. Cristo murió para vencer esta muerte, y su resurrección no es el regreso a la vida precedente, sino la apertura de una nueva realidad, una «nueva tierra», finalmente unida de nuevo con el cielo de Dios. Por este motivo, san Pablo escribe: «Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).

Queridos hermanos, encomendémonos a la Virgen María, que ya participa de esta Resurrección, para que nos ayude a decir con fe: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (Jn 11, 27), a descubrir que él es verdaderamente nuestra salvación.

(Plaza de San Pedro, domingo 10 de abril de 2011)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

Jn 11, 1-45

            Esta es la última resurrección que Jesús realiza en su vida pública. Sucede en el tercer año ya cercano su pasión.

            La finalidad del milagro la hace constar Juan en tres ocasiones: en el v. 4, en el 15 y en el 42. La resurrección de Lázaro busca suscitar la fe en Jesús.

            Este milagro trasmite también una enseñanza clara: Jesús es la resurrección y la vida. Y la resurrección y la vida que posee Jesús se alcanza por la fe en Él: “el que cree en mí, aunque muera, vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás”.

            Jesús podría haber estado allí cuando Lázaro agonizaba y haberlo curado, salvándolo de la muerte, pero no, quiere que muera para resucitarlo.

            Su enseñanza: “Yo soy la resurrección y la vida” la prueba con la resurrección de Lázaro.

            Jesús habla con las dos hermanas de Lázaro al llegar a Betania. Primero con Marta.

La fe de Marta es imperfecta. Sus palabras son mezcla de confianza y a su vez de reproche. Ella cree que Jesús va a resucitar a Lázaro el último día, según lo enseñaba la doctrina de su tiempo, pero Jesús actualiza en sí mismo y en su poder la espera hasta el fin del tiempo “Yo soy”, no sólo la vida por esencia sino la vida eterna y puedo resucitar en cualquier tiempo que quiera*1. Es decir, que en Jesús podemos resucitar ya uniéndonos a Él por la fe. El que se une a Jesús por la fe tiene la vida eterna aunque necesariamente tendrá que gustar la muerte corporal. Jesús aparece como el único capaz de librar de la desesperación de la muerte. Marta se aferra a Jesús. Jesús es vida sin límites, vida esencial, fuente de vida. Él es la vida que vence a la muerte y al pecado.

            Jesús resucita a Lázaro que estaba puesto en el sepulcro hacía cuatro días*2 y a este hecho hace alusión Marta al decirle “Señor, ya huele”.

            La resurrección de Lázaro es un preludio de su propia resurrección y en ambas vencerá a la muerte. Será glorificado en ésta por el Padre concediéndole hacer el milagro y también en aquella por su resurrección*3.

            El milagro no es una exhibición extraordinaria de poder, quiero decir, que Cristo no aparece como exigiéndose enormemente, sino que con naturalidad y manifestando su divinidad y el poder de ella dijo: “¡Lázaro, sal fuera!” y el muerto salió resucitado.

            La fe de Marta confesó a Cristo como Mesías, aunque, como dijimos era una fe imperfecta. La fe de María era una fe superior. Ella creía que Jesús podía resucitar a su hermano ya y esto habla de una concepción mesiánica más profunda. Tiene una fe contra toda esperanza.

            ¿Qué habrá sido de la fe de estos tres hermanos, de los apóstoles y de los que presenciaron el milagro? De hecho el efecto sobre los bien dispuestos habrá sido creer que Cristo era el Enviado, el Mesías*4.

            Los discípulos y los tres hermanos creerían en la divinidad de Jesús porque apropiarse el nombre divino y hablar de la posesión de la vida por esencia ¿a quién puede caberle sino sólo a Dios?

            En los incrédulos surtió su efecto porque querían hacer desaparecer la prueba más contundente de que era el Mesías esperado. La prueba de su mesianidad, manifestada por el milagro, los escandalizó*5.

_________________________________________
*1- Cf. Jsalén. a v. 25b
*2- v. 17
*3- Cf. v. 4 y Jsalén.
*4- Cf. v. 42
*5- Cf. Jn 12, 9-10

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S.S. Francisco p.p.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma nos narra la resurrección de Lázaro. Es la cumbre de los «signos» prodigiosos realizados por Jesús: es un gesto demasiado grande, demasiado claramente divino para ser tolerado por los sumos sacerdotes, quienes, al conocer el hecho, tomaron la decisión de matar a Jesús (cf. Jn 11, 53).

Lázaro estaba muerto desde hacía cuatro días, cuando llegó Jesús; y a las hermanas Marta y María les dijo palabras que se grabaron para siempre en la memoria de la comunidad cristiana. Dice así Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 25-26). Basados en esta Palabra del Señor creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e inmortal. Como Jesús que resucitó con el propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quien está unido a Él.

Ante la tumba sellada del amigo Lázaro, Jesús «gritó con voz potente: “Lázaro, sal afuera”. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario» (vv. 43-44). Este grito perentorio se dirige a cada hombre, porque todos estamos marcados por la muerte, todos nosotros; es la voz de Aquel que es el dueño de la vida y quiere que todos «la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Cristo no se resigna a los sepulcros que nos hemos construido con nuestras opciones de mal y de muerte, con nuestros errores, con nuestros pecados. Él no se resigna a esto. Él nos invita, casi nos ordena salir de la tumba en la que nuestros pecados nos han sepultado. Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la que estamos encerrados, contentándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre. «Sal afuera», nos dice, «Sal afuera». Es una hermosa invitación a la libertad auténtica, a dejarnos aferrar por estas palabras de Jesús que hoy repite a cada uno de nosotros. Una invitación a dejarnos liberar de las «vendas», de las vendas del orgullo. Porque el orgullo nos hace esclavos, esclavos de nosotros mismos, esclavos de tantos ídolos, de tantas cosas. Nuestra resurrección comienza desde aquí: cuando decidimos obedecer a este mandamiento de Jesús saliendo a la luz, a la vida; cuando caen de nuestro rostro las máscaras —muchas veces estamos enmascarados por el pecado, las máscaras tienen que caer— y volvemos a encontrar el valor de nuestro rostro original, creado a imagen y semejanza de Dios.

El gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la gracia de Dios, y, por lo tanto, hasta dónde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio. Pero escuchad bien: no existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos. No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos, recordad bien esta frase. Y podemos decirla todos juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». Digámoslo juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». El Señor está siempre dispuesto a quitar la piedra de la tumba de nuestros pecados, que nos separa de Él, la luz de los vivientes.

(Plaza de San Pedro, domingo 6 de abril de 2014)

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo IV de Cuaresma (A) – (Lætare)

 

26
marzo

Domingo IV de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo IV de Cuaresma (A)

(Domingo 26 de Marzo de 2017)

LECTURAS

David es ungido rey sobre Israel

Lectura del primer libro de Samuel     16, 1b. 5b-7. 10-13a

El Señor dijo a Samuel: «¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey.»
Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: «Seguro que el Señor tiene ante él a su ungido.»
Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón.»
Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a ninguno de estos.»
Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿Están aquí todos los muchachos?»
El respondió: «Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño.»
Samuel dijo a Jesé: «Manda a buscarlos, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí.»
Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo, porque es este.»
Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David.

Palabra de Dios.

SALMO     22, 1-6

R. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.

Levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     5, 8-14

Hermanos:
Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia. Es verdad que resulta vergonzoso aun mencionar las cosas que esa gente hace ocultamente. Pero cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz, porque todo lo que se pone de manifiesto es luz.
Por eso se dice: Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO     Jn 8, 12

«Yo soy la luz del mundo,
el que me sigue tendrá la luz de la Vida», dice el Señor.

EVANGELIO

Fue, se lavó y vio

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     9, 1-41

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»
«Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.»
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos opinaban: «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»
El decía: «Soy realmente yo.»
Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos?»
El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi.»
Ellos le preguntaron: «¿Dónde está?»
El respondió: «No lo sé.»
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.
El les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El hombre respondió: «Es un profeta.»
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.»
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.»
Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»
«Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.»
Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»
El les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»
Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.»
El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»
Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»
Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él.
Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven.»
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?»
Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece.»

Palabra del Señor

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.»
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos opinaban: «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»
El decía: «Soy realmente yo.»
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.
El les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El hombre respondió: «Es un profeta.»
Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»
Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

IV Domingo de Cuaresma (Lætare)

Ciclo A- (26-03-17)

Entrada:

            En este cuarto domingo de Cuaresma, llamado Domingo de “Laetare”, es decir, “Alégrate”, la Liturgia nos invita a alegrarnos porque se acerca la Pascua, el día de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Dispongámonos a celebrar convenientemente el Santo Sacrificio de la Misa.

1ºLectura:        I Samuel 16,1b.5b-7.10-13a

            El profeta Samuel unge a David como rey de Israel.

2ºLectura:       Efesios 5,8-14

            El apóstol San Pablo nos exhorta a vivir en  la Luz. El Señor es nuestra Luz.

Evangelio:     Jn.9,1-41

            El evangelio de hoy nos narra la curación del ciego de nacimiento en la piscina de Siloé. Cristo es la luz del mundo y es Él el que nos da el don de la fe y de la verdad. Escuchemos atentamente.

Preces:

Hermanos, al acercarse  la solemnidad de la Pascua, oremos con más insistencia a Dios para que todos nosotros, la multitud de los  bautizados, y también el mundo entero nos preparemos a participar  dignamente de éste sagrado misterio.

A cada intención respondemos…

-Por las intenciones del Santo Padre, para que anunciando el Evangelio a todas las naciones, muestre el rostro misericordioso de Dios Padre. Oremos

-Por los Consagrados, para que  viviendo en intimidad con el Señor se entreguen con valentía a la salvación de las almas. Oremos

-Por los pueblos que sufren la guerra, para que el Señor  bendiga sus esfuerzos y les conceda el  ansiado don de la paz. Oremos

-Por las familias cristianas, para que vivan unidas por un amor sincero, y abiertas a las necesidades espirituales y materiales del prójimo. Oremos

Ten misericordia, Señor,  de tu Iglesia suplicante y atiende a quienes vuelven hacia ti los corazones, para que, al celebrar tus misterios, gocen siempre de tu ayuda. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio:

            Ofrecemos nuestros dones a la Víctima divina.

Incienso, junto con  él suba nuestra oración por  las necesidades de la Santa Iglesia.

            –Pan y vino y nuestro deseo de inmolarnos con el Señor en el Santo Sacrifico.

Comunión:

            Señor Jesús, aumenta nuestra fe, para que siempre sepamos reconocerte oculto en las especies sacramentales.

Salida:

            Que la Virgen María, Causa de nuestra alegría, nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado y nos convierta  en tabernáculo viviente de Dios.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Cuarto domingo de Cuaresma

CEC 280, 529, 748, 1165, 2466, 2715: Cristo, luz de las naciones

CEC 439, 496, 559, 2616: Jesús es el Hijo de David

CEC 1216: el Bautismo es iluminación

CEC 782, 1243, 2105: los cristianos están llamados a ser la luz del mundo

280    La creación es el fundamento de “todos los designios salvíficos de Dios”, “el comienzo de la historia de la salvación” (DCG 51), que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin en vista del cual, “al principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1): desde el principio Dios preveía la gloria de la nueva creación en Cristo (cf. Rom 8,18-23).

529    La Presentación de Jesús en el templo (cf.Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también “signo de contradicción”. La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado “ante todos los pueblos”.

748    “Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el evangelio a todas las criaturas”. Con estas palabras comienza la “Constitución dogmática sobre la Iglesia” del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

1165  Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este “hoy” del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la “Hora” de la Pascua de Jesús que es eje de toda la historia humana y la guía:

          La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito, pasc. 1-2).

I        VIVIR EN LA VERDAD

2465  El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es verdad (cf Pr 8,7; 2 S 7,28). Su ley es verdad (cf Sal 119, 142). “Tu verdad, de edad en edad” (Sal 119,90; Lc 1,50). Porque Dios es el “Veraz” (Rm 3,4), los miembros de su Pueblo son llamados a vivir en la verdad (cf Sal 119,30).

2466  En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. “Lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14), él es la “luz del mundo” (Jn 8,12), la Verdad (cf Jn 14,6). El que cree en él, no permanece en las tinieblas (cf Jn 12,46). El discípulo de Jesús, “permanece en su palabra”, para conocer “la verdad que hace libre” (cf Jn 8,31-32) y que santifica (cf Jn 17,17). Seguir a Jesús es vivir del “Espíritu de verdad” (Jn 14,17) que el Padre envía en su nombre (cf Jn 14,26) y que conduce “a la verdad completa” (Jn 16,13). Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional de la Verdad: “Sea vuestro lenguaje: `sí, sí’; `no, no'” (Mt 5,37).

2467  El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y testimoniarla: “Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas… se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias” (DH 2).

2468  La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

2469  “Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad” (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 109, 3 ad 1). La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, “un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad” (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 109,3).

2470  El discípulo de Cristo acepta “vivir en la verdad”, es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. “Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad” (1 Jn 1,6).

II       “DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD”

2471  Ante Pilato, Cristo proclama que había “venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1,8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una “conciencia limpia ante Dios y ante los hombres” (Hch 24,16).

2472  El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia los impulsa a actuar como testigos del evangelio y de las obligaciones que de ello se derivan. Este testimonio es trasmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18,16):

          Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (AG 11).

2473  El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (S. Ignacio de Antioquía, Rom 4,1).

2474  Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron al final para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre:

          No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta las extremidades de la tierra. Es a él a quien busco, a quien murió por nosotros. A él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…(S. Ignacio de Antioquía, Rom. 6,1-2).

            Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires…Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por él, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén. (S. Policarpo, mart. 14,2-3).

(Tener en cuenta el resto de los títulos y párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la verdad: III. Las ofensas a la verdad (nº 2475-2487). IV El respeto de la verdad (nº 2488-2492). V El uso de los medios de comunicación social (nº 2493-2499). VI Verdad, Belleza y arte sacro (nº 2500-2503)

2715  La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a El es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarle y seguirle (cf San Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).

439    Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico “hijo de David” prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).

496    Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido “absque semine ex Spiritu Sancto” (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

          Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): “Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro  Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, …Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato … padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente” (Smyrn. 1-2).

          La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559    ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de “David, su Padre” (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación (“Hosanna” quiere decir “¡sálvanos!”, “Danos la salvación!”). Pues bien, el “Rey de la Gloria” (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad “montado en un asno” (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación “Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el “Sanctus” de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

          Jesús escucha la oración

2616  La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!” (Mt 9, 27) o “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: “¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!” Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: “Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!”.

            San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: “Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis” (“Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros”, Sal 85, 1; cf IGLH 7).

1216  “Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado…” (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), el bautizado, “tras haber sido iluminado” (Hb 10,32), se convierte en “hijo de la luz” (1 Ts 5,5), y en “luz” él mismo (Ef 5,8):

          El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios…lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).

          Las características del Pueblo de Dios

782    El Pueblo de Dios tiene características que le  distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la Historia:

– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero El ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: “una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa” (1 P 2, 9).

– Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el “nacimiento de arriba”, “del agua y del Espíritu” (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.

– Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es “el Pueblo mesiánico”.

– “La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo”.

– “Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos amó (cf. Jn 13, 34)”. Esta es la ley “nueva” del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).

– Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). “Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano”.

– “Su destino es el Reino de Dios, que el mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección” (LG 9).

1243  La  vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha “revestido de Cristo” (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son “la luz del mundo” (Mt 5,14; cf Flp 2,15).

          El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Unico. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.

2105. El deber de dar a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente. Esa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, enc. “Inmortale Dei”; Pío XI “Quas primas”).

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

Samuel 16, 1. 6-7. 10-13:

David hace su entrada en el escenario de la Historia bíblica. Va a tener en ella un puesto trascendental y un nombre inmortal.

— Como todas las elecciones divinas, la de David parte no de méritos humanos, sino del beneplácito de Dios. Samuel debe ir por orden de Dios a buscar Rey para Israel en la familia de Isaí en Belén. Han desfilado siete hijos de Isaí. Samuel no ve en ninguno de ellos la elección divina. Y llaman al pequeño; está apacentando las ovejas; es rubio, agraciado, ingenuo (12).

— «Úngele. Este es» (13). Israel ya tiene Rey. Del pastoreo de ovejas, David, por orden de Dios, pasa a pastorear el Pueblo de Dios. La Unción hace descender sobre él el Espíritu de Yahvé. Y David queda tan enriquecido del Espíritu de Dios, que será el Rey y Profeta por antonomasia.

— Pero no es ésa la mejor gloria que nimba a David. Sobre este pastorcito ungido por Samuel se irán acumulando las esperanzas y promesas Mesiánicas. La traducción hebrea de «Ungido» es Mesías; y la griega, es Cristo. «Elegí a David mi siervo. Le ungí con óleo santo» (Sal 88, 20). Israel, cierto, ungía a sus reyes. Y hacía de cada Rey un Cristo. Pero desde David, en virtud de la Profecía de Natán, cada Rey de Israel, hijo de David, lleva en su frente la esperanza, la promesa del «Cristo»; el Rey-Davídico; el Ungido; el Mesías que instauraría el Reino de Dios. Mirando a este hijo de David quedan todos los ojos. Y todas las voces piden a Dios envíe a su «Cristo». El N. T. nos dará como equivalentes: Jesús-Cristo-Hijo de Dios. Al llegar Jesús nos ha llegado el Ungido, el Cristo que esperaba Israel; el Hijo de David, Cristo por antonomasia. «Jesús, tu Santo Hijo a quien Tú ungiste» (Act 4, 27); «Le ungió Dios de Espíritu Santo» (ib 10, 38). Jesús, que por ser el Hijo de David en quien convergen todas las esperanzas, es ya el Cristo, lo es con infinita mayor verdad y plenitud por ser a la vez el Hijo de Dios. Jesús es el Hijo de Dios en sentido propio y ontológico. Y por esto su esencia, su misión y su función es ser «Cristo» = «Ungido». Tanto, que dirá Pablo: In Christo unxit nos Deus (2 Cor 1, 21). En Cristo = Ungido nos ungió Dios. En Cristo somos cristianados. El rezuma unción. Y todos somos por Él ungidos.

Efesios 5, 8-14:

San Pablo traza un programa al que deben procurar ajustarse todos los cristianos:

— Contrapone las dos condiciones: Luz-Tinieblas; antes del Bautismo éramos tinieblas y noche. Ahora somos «Luz»; «Luz en el Señor» (8). Al modo que la unción de Cristo nos deja ungidos y nos convierte en «cristos», así la Luz del que es Luz nos inunda a nosotros y nos deja radiantes.

— La verdad y riqueza de la vida debe irradiar y expresarse en las obras. Según la conducta tenemos Obras de Luz y Obras de Tinieblas. Las de la Luz, propias, pues, del cristiano, son: fructificar en toda suerte de bondad, justicia y verdad; y en este camino cabe aún escoger lo que sea más grato al Señor (9). Por tanto, todo en el cristiano debe ser luz y aroma de su gracia bautismal. Respecto a las obras de las tinieblas o pecaminosas, recomienda Pablo: a) No os solidaricéis con los que se portan mal; b) Reconvenced a los pecadores; c) Por mucho que se disimule y se disfrace el pecado, llamadle siempre por su propio nombre (11). Una de las mejores maneras de luchar contra el mal es desenmascararlo. Y una de las más eficaces maneras de favorecerlo es encubrirlo. Nuestra hipocresía y la hipocresía general nos induce a justificar con sofismas lo más infame. Los Profetas no conocían estas cobardes connivencias con el mal. Ni nunca las han usado los auténticos mensajeros evangélicos. «Los pecados reprendidos quedan ya a plena luz» (13). El pecado no reprendido vegeta. Puesto a la luz, muere.

— La doctrina del Bautismo como «Iluminación» es frecuente en el N. T. y en la Patrística. De modo especial en la Carta a los Hebreos (6, 4; 10, 32). El bautizado vive y ve a una nueva luz; luz de la fe. Ve a la luz de Cristo: Hanc lucem amemus, ipsam sitiamus; ut ad ipsam, ipsa duce veniamus et in illa vivamos (Ag In Jn 34). Por eso San Juan de Ávila llama a Jesús: «Luz mía, clara claridad mía, resplandeciente resplandor mío, alegre alegría mía» (BAC-OC. I 1.082). Luz vivificante, Vida lumínica de la que personal y comunitariamente nos saciamos en la fuente de la Eucaristía: Pan de Vida-Agua de Vida-Maná de Vida-Luz de Vida.

Juan 9, 1-41:

El milagro de la curación del cieguecito es la revelación de Cristo-Luz del mundo:

— La piscina con el nombre simbólico: Siloé = Enviado, la acción simbólica de lavarse en ella (7) y quedar iluminado el ciego, le sirven a San Juan para recordarnos cómo Cristo, Enviado del Padre, nos dejó el Sacramento de la Iluminación. Con el Bautismo quedamos lavados y purificados, curados de nuestras tinieblas y ceguera de pecado: Iluminados. La iluminación de los ojos del ciego significa, pues, que Cristo es Luz de las almas (4. 5. 35. 38).

 — Para que Cristo nos ilumine es necesario que recibamos su luz. Es necesario que creamos en Él. Cristo-Luz ilumina a los humildes (Fe); y deja ciegos a los orgullosos (incrédulos). Los orgullosos tienen ya «su» luz. ¿Para qué necesitan la de Cristo? (39-41).

— Cada hombre, pues, se pone él mismo en la zona de la Luz o en la de las tinieblas. Si humilde como el cieguecito le pide a Cristo: ¡Señor, que vea! Cristo le envuelve en luz. Si orgulloso como los fariseos rechaza a Cristo, queda en su propia luz: «Vosotros decís: vemos. Vuestro pecado persiste» (41). El castigo del orgullo es quedarse con el vacío, las tinieblas, la nada de su autosuficiencia. Se impone, pues, la penitencia del orgullo y de la sensualidad: Deus qui corporali jejunio vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et proemia (Pref.).

SOLÉ ROMA, J. M.,  Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 85-88

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

El domingo IV de Cuaresma (Ciclo A)

73. El IV domingo de Cuaresma está irradiado de luz, una luz evidenciada en este domingo «Laetare» por las vestiduras litúrgicas de tonalidad más clara y por las flores que adornan la iglesia. La relación entre el Misterio Pascual, el Bautismo y la luz, viene acogida sintéticamente por un versículo de la segunda lectura: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz». Esta relación resuena y encuentra una elaboración posterior en el prefacio: «Que se hizo hombre para  conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el Bautismo, transformándolos en hijos adoptivos del Padre». Esta iluminación, inaugurada con el Bautismo, viene fortalecida cada vez que recibimos la Eucaristía, momento enfatizado por las palabras del ciego referidas en la antífona de comunión: «El Señor me puso barro en los ojos, me lavé y veo, y he empezado a creer en Dios».

74. Todavía no es un cielo sin nubes, lo que contemplamos en este domingo. El proceso del «ver» es, en la práctica, mucho más complejo de cómo viene descrito en la concisa narración del ciego. La primera lectura nos advierte: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura … porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón». Se trata de una advertencia salvadora tanto para los elegidos, en los que crece la espera mientras se acercan a la Pascua, como para el resto de la comunidad. La oración después de la comunión afirma que Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo, pero el reto proviene del hecho que, de modo más o menos intenso, nos dirijamos a la luz o, por el contrario, nos alejemos de ella. El homileta puede invitar a quien le escucha a notar cómo el hombre nacido ciego comienza a ver progresivamente y la creciente ceguera de los adversarios de Jesús. El hombre curado inicia la descripción de su sanador como «ese hombre que se llama Jesús»; después profesa que es un profeta; y finalmente proclama: «¡Creo, Señor!», y adora a Jesús. Los fariseos, por su parte, se convierten poco a poco en más ciegos; inicialmente admiten que se ha producido el milagro, después llegan a negar que se haya tratado de un milagro y, finalmente, expulsan fuera de la sinagoga al hombre que se ha curado. A lo largo de la narración, los fariseos afirman con seguridad lo que saben, mientras el ciego admite su propia ignorancia. El pasaje del Evangelio se cierra con Jesús que advierte cómo su venida ha generado una crisis en el sentido literal del término, es decir, un juicio; Él otorga la vista al ciego pero los que ven se convierten en ciegos. En respuesta a la objeción de los fariseos, él dice: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis. Vuestro pecado persiste». La iluminación recibida en el Bautismo tiene que expandirse entre las luces y sombras de nuestra peregrinación y, de este modo, después de la Comunión, rezamos: «Señor Dios … ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de ti y aprendamos a amarte de todo corazón».

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 73 – 74)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

El ciego de nacimiento

            Los QUE DESEAN sacar alguna utilidad de lo que se va leyendo, no pasan de prisa ni aun lo más mínimo. Pues por esto se nos ordena escrutar las Escrituras; porque muchas cosas que a primera vista parecen fáciles y sencillas, encierran oculta en sí grande profundidad de ciencia. Observa, por ejemplo, lo que al presente se nos propone: Dicho esto, escupió en tierra. ¿Por qué lo hace? Para que se manifieste la gloria de Dios y que conviene que Yo haga la obra de Aquel que me envió. No sin motivo trajo al medio esto el evangelista, y añadió que Él la había escupido; sino para declarar que Jesús confirmaba sus palabras con sus obras.

            ¿Por qué no usó el agua sino la saliva para hacer el lodo? Porque lo iba a enviar a Siloé, de manera que no se achacara la curación a la fuente; sino que de la boca de El procedió el poder que hizo los ojos del ciego y los abrió: para esto escupió en tierra. Esto significa el evangelista al decir: E hizo lodo con la saliva. Y para que tampoco pareciera que la virtud y poder procedían de la tierra, ordenó al ciego que fuera y se lavara. Mas ¿por qué no obró el milagro al punto, sino que envió al ciego a Siloé? Para que tú conocieras la fe del ciego y quedara confundida la tosudez de los judíos. Porque es verosímil que todos vieron al ciego cuando hacia allá se encaminaba y llevaba el lodo ungido en los ojos. Pues aquel suceso inesperado hizo que todas las miradas se volvieran a él; y así los que lo vieron y sabían lo hecho por Jesús y también los que lo ignoraban, estaban atentos para ver en qué terminaba el negocio.

            Como no era cosa fácilmente creíble que un ciego recobrara la vista, Jesús prepara por estos largos rodeos a muchos testigos y muchos que contemplaran caso tan insólito; de modo, que habiendo atendido, ya no pudieran decir: Es el mismo, no es el mismo. Además, quiere Jesús demostrar que no es contrario a la Antigua Ley, pues remite al ciego a Siloé. Tampoco había peligro de que el milagro se atribuyera a la piscina y su virtud, pues muchos se habían lavado en ella los ojos sin haber conseguido bien alguno. Aquí todo lo hace el poder de Cristo. Por lo cual el evangelista añadió la interpretación de la palabra.

            Porque una vez que dijo Siloé, añadió: que quiere decir enviado. Lo hizo para que entiendas que fue curado el ciego por Cristo, como ya lo dijo Pablo: Bebían de una roca espiritual que los acompañaba. La roca que era Cristo*1. Así como Cristo era la roca espiritual, así también espiritualmente era Siloé. Por, mi parte creo que esa repentina presencia del agua en el relato nos está indicando un misterio profundo. ¿Cuál? Una aparición inesperada y fuera de la expectación de todos.

            Advierte la obediencia del ciego, que todo lo pone en práctica. No dijo: Si el lodo o la saliva me vuelven la vista ¿qué necesidad tengo de ir a Siloé? Y si es Siloé lo que me cura ¿qué necesidad tengo de la saliva? ¿Por qué me ungió así y me mandó que me lavara? Nada de eso dijo ni le pasó por el pensamiento; sino que en sola una cosa estaba fijo su propósito: en obedecer al que se le mandaba. Y nada lo detuvo, de nada se escandalizó.

            Y si alguno preguntara: ¿cómo sucedió que al quitarse el lodo recobró la vista? no le responderemos otra cosa, sino que nosotros no lo sabemos. Pero ¿cómo ha de ser admirable que no lo sepamos cuando ni el evangelista mismo lo sabe, ni tampoco el ciego que recibió la salud? Sabía lo que había sucedido, pero ignoraba el modo, y no lo comprendía. Cuándo le preguntaban respondía: Me puso lodo en los ojos y me lavé y veo. Mas no sabía decir el modo como aquello se verificó, aun cuando millares de veces se lo preguntaran.

            Dice el evangelista: Los vecinos y cuantos lo conocían de antes que pedía limosna, decían: ¿No es éste aquel que sentado pedía limosna? Y unos decían: ¡Sí, es él! Lo insólito de la cosa los llevaba a la incredulidad a pesar de todo lo que se había previsto para que creyeran. Otros decían: ¿No es éste el que pedía limosna? ¡Oh Dios! ¡Cuán inmenso es el amor de Dios a los hombres! Hasta dónde se abaja cuando con benevolencia tan grande cura a los mendigos y por este medio impone silencio a los judíos, extendiendo su providencia no únicamente a los príncipes, ilustres y preclaros, sino también a los hombres oscuros y humildes. Es que vino para salvarlos a todos.

            Lo que había acontecido cuando lo del paralítico se repite ahora. Tampoco aquél sabía quién era el que lo había curado, lo mismo que este ciego. Sucedió así por haberse apartado Cristo de aquel sitio. Pues cuando curaba, luego se apartaba para que ninguno sospechara acerca del milagro. Quienes ni siquiera lo conocían ¿cómo iban a fingir los milagros por adularlo o favorecerlo? Por otra parte, este ciego no era un vagabundo, sino que se sentaba a la puerta del templo.

            Como todos dudaran acerca de su identidad, él ¿qué les dice?: Yo soy. No se avergonzó de su anterior ceguera, ni temió la cólera de la plebe, ni tembló de presentarse ante todos para proclamar a su bienhechor. Le preguntan: ¿cómo se te abrieron los ojos? Les responde: El hombre que se llama Jesús hizo lodo y me ungió. Observa la veracidad del ciego. No afirma cómo lo hizo Jesús; no afirma sino lo que vio. No había visto a Jesús escupir en tierra; pero por el sentido del tacto conoció que lo había ungido. Y me dijo: Anda, lávate en la piscina de Siloé. Todo esto lo testificaba por haberlo oído.

            Pero ¿cómo conoció la voz de Cristo? Por el coloquio de Cristo con sus discípulos. Cuenta todo eso y pone como testimonio las obras, aun cuando no pueda decir cómo se llevaron a cabo. Ahora bien, si en las cosas que por el tacto se perciben es necesaria la fe, mucho más lo será en las que no se ven ni pueden percibirse. Le preguntan: ¿dónde está él? Respondió: No lo sé. Le preguntaban en dónde estaba El, con el ánimo de matarlo. Observa cuán ajeno está Cristo del fausto y cómo no estaba presente cuando le fue restituida la vista al ciego. Es que no buscaba la gloria vana ni los aplausos del pueblo. Observa también con cuánta sinceridad responde a todo el ciego. Buscaban a Cristo para llevarlo ante los sacerdotes; pero como no lo encontraron se llevaron al ciego ante los fariseos, para que éstos más apretadamente lo interrogaran. Por lo cual el evangelista advierte que aquel día era sábado, dando a entender la mala disposición de ánimo de los fariseos y cómo andaban buscando ocasión de calumniar el milagro, pues parecía que Cristo había quebrantado la ley del sábado.

            Por aquí queda manifiesto el porqué de que apenas vieron al ciego, lo primero que le preguntaron fue: ¿Cómo te abrió, los ojos? Nota cómo no le preguntaron: ¿cómo has vuelto a ver?, sino: ¿Cómo te abrió los ojos?, ofreciéndole así una oportunidad para calumniar a Jesús por lo que había hecho. El ciego lo refiere con brevedad como a gente que no lo ignora. No les declaró el nombre. No les refirió lo de: Anda, lávate. Sino solamente: Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo. Lo hace como a quienes ya grandemente habían calumniado a Jesús y habían exclamado: ¡Ved cuán grandes obras hace en sábado: hasta unge con lodo!

            Por tu parte, advierte y pondera cómo el ciego no se turba. Cuando fue interrogado la primera vez y respondió sin que hubiera peligro alguno, no parece que fuera tan eximia cosa confesar la verdad. Pero esto segundo es verdaderamente digno de admiración. Puesto en ocasión de mayor miedo y terror, nada niega, nada contradice de lo que ya había afirmado. ¿Qué dicen los fariseos y aun otros? Habían llevado ante ellos al ciego esperando que negaría el hecho. Pero sucedió lo contrario de lo que esperaban, de modo que conocieron el milagro con mayor exactitud: cosa que continuamente les acontecía en lo referente a los milagros. En lo que sigue lo demostraremos con mayor claridad.

            ¿Qué dicen, pues, los fariseos? Dijeron algunos (no todos sino los más petulantes): Este hombre no viene de Dios, pues no guarda el sábado. Otros decían: ¿cómo puede un hombre pecador hacer tales milagros? ¿Adviertes cómo los milagros los atraían? Pues aquellos que habían sido enviados para traer al ciego, oye ahora lo que dicen, aunque no todos. Como eran ellos los príncipes, cayeron en la incredulidad por el ansia de vanagloria. Sin embargo muchos de esos príncipes creyeron en El, aunque en público no lo confesaban.

            En cuanto al pueblo, se le desprecia porque nada notable aportaba en las sinagogas. Pero en cuanto a los príncipes, profesaban tener mayor dificultad en creer, unos por amor al principado obstaculizados, otros por el temor de los demás. Por lo cual Cristo les había dicho: ¿Cómo podéis creer vosotros que captáis la gloria de los hombres?*2 Los que injustamente se empeñaban en asesinarlo, se decían ser de Dios; y en cambio de aquel que curaba a los ciegos decían que no podía ser de Dios, pues no guardaba el sábado.

            A quienes así se expresaban, los otros les oponían que un pecador no podía hacer tales milagros. Pero aquéllos, omitiendo astutamente el milagro, lo llamaban transgresión, porque no decían cura en sábado, sino: No guarda el sábado. Estos otros flojamente proceden, ya que lo conveniente era demostrar que no se violaba el sábado, pero ellos se detenían en lo del milagro y de él argumentaban; y con razón procedían así, pues aún juzgaban a Jesús sólo hombre. Podían haberlo defendido de otro modo, y decir que era Señor del sábado y su autor; pero todavía no lo pensaban así.

            Por lo menos ninguno de ellos se atrevía a profesar abiertamente lo que interiormente juzgaba, sino que proponían la cosa en forma de duda y se sentían cohibidos unos por el Amor al principado y otros por el miedo. De modo que: Había desacuerdo entre ellos. Ese fenómeno que primero se dio entre el pueblo, ahora pasa también a los príncipes. Los del pueblo, unos decían: Es bueno; otros: No, sino que seduce a las turbas*3 ¿Adviertes cómo los príncipes, más discordantes entre sí que el pueblo mismo, andan divididos? Y una vez así divididos, ya no mostraron nobleza alguna, pues veían que los fariseos los apuraban. Si se hubiera hecho la división total y se hubieran apartado unos de otros, muy pronto habrían encontrado la verdad. Porque puede darse una discusión correcta. Por lo cual decía Cristo: Yo no he venido a traer paz a la tierra, sino espada*4.

Porque hay una concordia que es mala y una discordia que es buena. Los que edificaban la torre de Babel concordes andaban, pero en daño suyo; y a su pesar, pero para provecho de los mismos fueron divididos. Coré malamente concordaba con sus compañeros y por esto justamente fueron separados del pueblo. También Judas malamente se avino con los judíos. De modo que puede haber una discordia buena y una concordia mala. Por lo mismo dijo Cristo: Si tu ojo te escandaliza, sácalo y arrójalo; y a tu pie córtalo*5. Ahora bien, si es necesario cortar un miembro malamente discordante ¿acaso no es más conveniente apartarse y arrancarse de amigos malamente concordes? En resumidas cuentas, que no siempre es buena la concordia ni siempre es mala la discordia. Digo esto para que huyamos de los malos y nos unamos a los buenos. Si cortamos los miembros podridos que ya no tienen curación para que no destruyan el resto del cuerpo; y no lo hacemos por desprecio del miembro, sino para conservar sanos los demás ¿cuánto más debemos hacerlo con los que malamente nos están unidos?

            Si pudiéramos no recibir de ellos daño porque se enmendaran, deberíamos intentarlo con todo empeño; pero si son incorregibles y nos dañan, es indispensable cortarlos y arrojarlos de nosotros. Con esto ellos mismos sacarán con frecuencia mayor ganancia. Por lo cual Pablo exhorta: Quitad al malo de entre vosotros, a fin de que se aparte de entre vosotros, el que hizo eso*6. Porque es pernicioso, sí, pernicioso es el comercio con los perversos. No se propaga la peste con tanta presteza, ni la roña, entre los afectados, como la maldad de los perversos; porque: Malas compañías corrompen las buenas costumbres*7. Y el profeta dice: Salid de en medio de ellos y separaos*8.

            En consecuencia, que nadie tenga algún amigo perverso. Si a los hijos perversos los desheredamos, sin tener en cuenta las leyes de la naturaleza ni los parentescos, mucho más conviene huir de los parientes y amigos si son perversos. Aun cuando ningún daño nos viniera de ellos, no podremos evitar la mala fama. Porque los demás no investigan nuestra vida sino que nos juzgan por los compañeros. Lo mismo ruego a las casadas y a las doncellas. Pues dice Pablo: Solícitos en hacer lo bueno no solamente delante de Dios sino también de los hombres*9. Pongamos, pues, todos los medios para no escandalizar a los prójimos. Aunque nuestra vida sea correctísima, si escandaliza, todo lo pierde. ¿Cómo puede suceder que una vida correcta escandalice? Cuando la compañía de los malos engendra mala fama. Cuando convivimos confiadamente con los perversos, aunque no recibamos daño pero escandalizamos a otros.

            Esto lo digo para los varones, las mujeres, las doncellas; y dejo a su conciencia examinar cuán graves males se sigan de eso. Por mi parte, nada malo sospecho, ni quizá otro más perfecto que yo; pero tu hermano, que es más sencillo, se ofende de tu perfección; y es necesario tener en cuenta su debilidad. Por otra parte, aun cuando él no se escandalice, pero se escandaliza el gentil; y Pablo nos manda no escandalizar ni a judíos ni a griegos ni a la Iglesia de Dios. Yo nada malo sospecho de la doncella, pues amo y estimo la virginidad; y la caridad nada malo piensa*10. Yo amo sobremanera esa forma de vivir y no puedo pensar nada malo. Pero ¿cómo lo persuadiremos a los infieles? Porque es necesario tener cuenta también con ellos. Ordenemos nuestra vida en tal forma que ningún infiel halle ocasión de escándalo. Así como quienes viven correctamente glorifican al Señor, los que así no proceden son causa de que se le blasfeme.

            ¡Lejos tal cosa, que los haya entre nosotros! Sino que así luzcan nuestras obras que sea glorificado el Padre que está en los Cielos y nosotros disfrutemos de su gloria. Ojalá que todos la obtengamos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. —Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LVII (LVI), Tradición México 1981, p. 108-14

_______________________________________
*1- 1 Co 10, 4
*2- Jn 5, 44
*3- Jn 7, 12
*4- Mt 10, 34
*5- Mt 5, 20; 18, 8
*6- 1 Co 8, 13 y 2
*7- 1 Co 15, 33
*8- Jr 51, 45
*9 Rm 12, 17
*10- 1 Co 13, 5-7

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

El ciego de nacimiento

(Jn 9,1-41)

            Introducción

            Los evangelios de los tres últimos domingos de Cuaresma han sido elegidos de acuerdo al último tramo del itinerario del catecumenado bautismal. En efecto, esos tres domingos están reservados para la última preparación del catecúmeno. Y a cada uno de estos domingos le corresponde un escrutinio, es decir, el acto de la Iglesia por el cual escruta las disposiciones del adulto que ha pedido el Bautismo. A este cuarto domingo de Cuaresma corresponde el segundo escrutinio.

            Cada escrutinio tiene dos oraciones importantes: una oración de exorcismo y una oración sobre los elegidos. Estas oraciones son las que expresan el nexo que existe entre el evangelio de la Misa y el Bautismo. A este cuarto domingo de Cuaresma corresponde el evangelio de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9). Y las dichas oraciones son las siguientes:

Oración de Exorcismo: “Padre clementísimo, que concediste al ciego de nacimiento que creyera en tu Hijo, y que por esta fe alcanzara la luz de tu reino, haz que tus elegidos, aquí presentes, se vean libres de los engaños que les ciegan, y concédeles que, firmemente arraigados en la verdad, se transformen en hijos de la luz, y así pervivan por los siglos”*1.

Oración sobre los elegidos: “Señor Jesús, luz verdadera, que iluminas a todo hombre, libra por el Espíritu de la verdad a todos los tiranizados bajo el yugo del padre de la mentira, y a los que has elegido para recibir tus sacramentos, llénalos de buena voluntad, a fin de que, disfrutando con el gozo de tu luz, como el ciego que recobró de tu mano la claridad, lleguen a ser testigos firmes y valientes de la fe” *2.

Vemos, entonces, que en el evangelio de la curación del ciego de nacimiento hay una clara correlación: la luz de los ojos físicos del ciego alcanzada por el contacto con el agua de la piscina de Siloé es símbolo de la fe y de la verdad sobre Cristo, que son la luz del alma, la cual se alcanza a través del contacto con el agua del Bautismo.

Este evangelio se aplica especialmente a aquellos adultos que se preparan para el Bautismo, pero se aplica igualmente a todos aquellos que ya han sido bautizados y que deben recordar la virtualidad del Bautismo y sus exigencias*3.

1. El milagro de la curación y su relación con el Bautismo

Si en el evangelio de la Samaritana Jesucristo quiso manifestar la virtud del Bautismo en cuanto da el Espíritu Santo que perdona los pecados y confiere la gracia, aquí, en el evangelio del ciego de nacimiento, Jesucristo ha querido realizar un milagro para manifestar la virtud del Bautismo en cuanto ilumina el alma y da la luz de la fe.

Es indudable que Jesucristo ha querido realizar un gesto específicamente sacramental, es decir, un gesto donde hay un signo sensible que, informado por la palabra, logra eficazmente la luz del alma, que es la fe sobrenatural y la convicción de la verdad sobre Cristo.

El gesto de hacer barro con su saliva ya tenía un antecedente sacramental, pues en Mc 7,33-34 Jesús toca con su saliva la lengua de un sordomudo y diciendo la palabra ‘¡ábrete!’ (effatá), lo cura de su sordera y su mudez. Éste gesto pasará luego al rito del Bautismo, gesto que se realiza incluso en el rito actual. De la misma manera, en el evangelio de hoy, el hacer barro con su propia saliva y cubrir los ojos con ese barro tiene un claro significado sacramental*4.

Pero el gesto clave que pone en relación la curación del ciego con el Bautismo es el hecho de que Jesús le ordene lavarse en la piscina y que, efectivamente, el ciego lo haga. Y una aclaración aparentemente secundaria del evangelista es importantísima para darle el sentido real y verdadero al gesto: la piscina*5 se llamaba Siloé, que en hebreo significa ‘enviado’ (Jn 9,7). ‘Enviado’ es, precisamente, uno de los nombres de Jesús: ‘el enviado del Padre’ (Jn 5,6; 6,29.38.39.44.57; 7,16; etc.). Por lo tanto, el acto de lavarse los ojos en la piscina ‘Enviado’ para adquirir la vista es símbolo de que es Cristo quien, a través del Bautismo, da la iluminación del alma, es decir, la fe en Dios y la fe en la divinidad del propio Cristo.

Dice Raymond Brown: “Este significado simbólico de la piscina en el cuarto evangelio ha inducido a Tertuliano y Agustín a ver en nuestra página una referencia bautismal, además del significado obvio de la luz que sana la ceguera. En el arte antiguo de las catacumbas la curación del ciego es, en efecto, un símbolo del Bautismo”*6.

El hecho de que el ciego lo sea de nacimiento*7, cosa que San Juan se preocupa en subrayar, es un signo del pecado original. En efecto, San Agustín relacionaba la ceguera de nacimiento con el pecado original que lleva el hombre desde su concepción. “Este ciego es el género humano”, decía San Agustín*8. La pasta cenagosa que el mismo Jesús puso sobre sus ojos y que fue removida por el agua de la piscina viene a significar la destrucción del pecado original y de todo pecado por obra del Bautismo.

Pero, como decíamos, el matiz que Jesucristo quiere subrayar al hacer este milagro es la consecuencia que se sigue de la destrucción del pecado y la donación de la gracia por obra del Bautismo, es decir, la iluminación que llega al alma por la virtud teologal de la fe y la convicción plena en la verdad sobre Jesucristo. Por eso, precisamente, es que, antes de hacer el milagro, en Jn 9,5, Jesucristo dice: “Yo soy la luz del mundo”. De esta manera, antes de hacer el milagro, Jesucristo quiere dar el sentido y la significación del milagro que va a hacer.

2. El ciego curado, modelo de bautizado

Las oraciones del segundo escrutinio de la última etapa del catecumenado, transcritas más arriba, ponen al ciego de nacimiento como ejemplo en el modo de recepción del Bautismo y, por lo tanto, es también un ejemplo para todo ya bautizado.

En efecto, es, sobre todo, un ejemplo de discernimiento acerca de la procedencia de Jesús. Para él, al revés que para los fariseos, es imposible que Jesús sea un pecador “porque Dios no escucha a los pecadores” (Jn 9,31). Y su conclusión es definitiva: “Este hombre es de Dios” (cf. Jn 9,33)*9. Los fariseos llegan a una conclusión totalmente opuesta: “Éste hombre no es de Dios” (Jn 9,16)*10.

El discernimiento del ciego lo lleva todavía más lejos y hace un juicio certero acerca de la identidad específica de Jesús: “Es un profeta” (Jn 9,17). De esta manera lo pone a la altura de los grandes profetas de Israel: Elías, Isaías, Jeremías, etc.

            Sin embargo, donde el ciego se alza como ejemplo modélico para todo bautizado es cuando su mente se abre al reconocimiento de la divinidad de Jesucristo, que es, precisamente, la finalidad del milagro y el fruto más preciado del Bautismo. Este reconocimiento se realiza en la conversación con Jesús al final del capítulo. Jesús le revela y le anuncia que Él es el Hijo del hombre y el ciego afirma que cree con fe sobrenatural en esa verdad. En esa fe del ciego está incluida la fe en la divinidad de Jesucristo.

            En efecto, la expresión ‘Hijo del hombre’ con la que Jesús especialmente se designa a sí mismo la tomó de Dan 7,13-14. Dice el profeta Daniel en esos versículos: “Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás”. Sin ningún lugar a dudas, esta profecía se refiere al Mesías. Pero, además, el hecho de que este ‘Hijo de hombre’ venga ‘en las nubes del cielo’ da a este personaje rango divino, si bien no es una afirmación taxativa de su divinidad. La nube en el AT es símbolo de la divinidad. Pero lo que es más específico es el verbo que la mayoría de las biblias españoles traducen como ‘le sirvieron’ o ‘le servían’.

            Ese verbo es el verbo arameo pheláj, que significa ‘adorar’*11. Esto queda confirmado por la traducción que de esta forma verbal hace la biblia griega de los LXX. Esta biblia traduce con el verbo griego latréuo, que significa ‘adorar’*12.

            Por lo tanto, en donde la Biblia de Jerusalén traduce ‘le sirvieron’ (Dan 7,14), habría que traducir ‘le adoraron’. Hay dos biblias en castellano, “La Biblia al día” y “Nueva Versión Internacional de la Biblia” (1984), que traducen de este modo: ‘Le adoraron’.

            Por esta razón, todo judío bien instruido, como evidentemente lo estaba el ciego, sabía que el ‘Hijo del hombre’ tenía prerrogativas divinas y merecía un trato como el trato que se da a Dios. Por eso es que cuando el ciego dice “Creo”, está haciendo un acto de fe en la divinidad de Cristo.

            Esto queda confirmado por el gesto que inmediatamente hace el ciego y que la Biblia de Jerusalén traduce: “Y se postró ante Él” (Jn 9,38). San Juan usa el verbo proskynéo que significa, en primer lugar, ‘adorar’*13. Pero el dato más impresionante quizá sea el hecho de que San Jerónimo, en la Vulgata, traduzca así: “Et procidens adoravit eum”, “y, postrándose, lo adoró” (Jn 9,38).

            “Creo que eres el Hijo del hombre que anunció el profeta Daniel”, y, postrándose, lo adoró. He aquí la finalidad del milagro de Jesús perfectamente consumada. He aquí la realización del simbolismo del milagro: el agua de la piscina ‘Enviado’ es símbolo de Cristo que, a través del Bautismo, otorga la gracia de poder creer en Él como Dios hecho hombre.

            Pero el ciego curado no se contentó con hacer una profesión de fe perfecta en la divinidad de Jesucristo. También supo luchar para oponerse al error contrario. En efecto, sin ningún temor a la amenaza de ser expulsado de la Sinagoga (cf. Jn 9,22), les echó en cara a los fariseos sus incongruencias, sin temer usar una ironía que no era sino una corrección fraterna para hacerles notar el encarnizamiento que se escondía atrás de su escrupulosa investigación sobre Jesús: “¿Acaso ustedes también quieren hacerse sus discípulos?” (Jn 9,27).

            Y, de hecho, será expulsado de la Sinagoga por su adhesión a Jesús, como lo dice el versículo 9,34*14. Se cumple así, por anticipado, la profecía de Jesús sobre sus discípulos: “Los expulsarán de la Sinagoga” (Jn 16,2).

            ¡Qué distinta es la actitud del ciego de nacimiento a la actitud de sus mismos padres! En efecto, ellos, por temor a ser expulsados de la Sinagoga, mintieron diciendo que no sabían cómo había sido curado su hijo y mandan al frente, literalmente, a su propio hijo (Jn 9,20-23), para que, en todo caso, sea a él a quien expulsen de la Sinagoga.

            ¡Qué distinta es la actitud del ciego de nacimiento a la actitud de aquel otro ‘miracolato’ del capítulo 5 de San Juan! En aquella ocasión, en un acontecimiento muy parecido al de hoy, un paralítico es curado en la piscina de Betesda. Pero este paralítico no se hace la más mínima pregunta acerca de la identidad o procedencia de Jesús. No tiene ningún interés religioso. Aún más, se pone del lado de los fariseos, denunciándolo por haber hecho una curación en sábado (Jn 5,15). Esto hace brillar aún más la valentía y la virtud del ciego de nacimiento.

            Por eso, el cristiano bautizado de hoy, en el siglo XXI, debe confrontarse con la actitud del ciego de nacimiento y ver si tiene esas mismas virtudes. ¿Es el Bautismo para mí un motivo de iluminación de mi mente para afirmar con convicción la divinidad de Jesucristo? ¿Me preocupo por investigar minuciosamente acerca de la persona de Jesús y acerca de los principios de mi religión católica? ¿Soy capaz de defender con valentía a Jesús delante de los modernos fariseos, es decir, aquellos que niegan que Jesús provenga de Dios? ¿Soy capaz de hacerlo aun cuando me expulsen de sus ‘sinagogas’, es decir, de sus ambientes de opinión y de adulación?

            3. Los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas

            La oración sobre los elegidos del segundo escrutinio, el correspondiente a este domingo, dice claramente que aquellos que niegan que Jesús procede de Dios son “los tiranizados bajo el yugo del padre de la mentira”, es decir, del diablo. El ciego de nacimiento, a través del milagro operado en él, creyó en la procedencia divina de Jesús y de esa manera el Espíritu de la verdad lo libró de la tiranía y del yugo del padre de la mentira.

La expresión ‘padre de la mentira’ aplicada al diablo fue acuñada por el mismo Cristo refiriéndose precisamente, a los fariseos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

Esta referencia al diablo, ‘padre de la mentira’ termina de cerrar el simbolismo del milagro y, por ende, del mismo Bautismo. Así como la iluminación que recibió el ciego es símbolo de la verdad, así también las tinieblas o la oscuridad son signo de la mentira.

Jesucristo hace mención a esta oposición luz – tinieblas, verdad – mentira en el evangelio de hoy cuando dice: “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9,4-5). La noche y las tinieblas están en relación con el diablo y sus hijos, porque las tinieblas significan la mentira. También Judas es hijo de las tinieblas e hijo del padre de la mentira. En la última cena traicionó a Jesús por instigación del padre de la mentira: “Y entonces, tras el bocado entró en él Satanás. (…) En cuanto tomó Judas el bocado salió. Era de noche” (Jn 13,27.30). Con una delicada pincelada literaria el evangelista San Juan pone en contacto a Satanás y Judas con las tinieblas: ‘Era de noche’. Y en el momento en que lo apresan en el huerto, Jesús dice: “Esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas” (Lc 22,53; cf. también Jn 3,19-21).

Y la primera lectura, tomada de San Pablo y elegida especialmente por la Iglesia para que sirva de interpretación del evangelio, insiste sobre este tema: “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia” (Ef 5,8-11). Estas palabras de San Pablo parecen una descripción de la actitud valiente y creyente del ciego de nacimiento. Cada una de las exhortaciones hechas por San Pablo fueron puestas en práctica con escrupulosidad por ciego de nacimiento curado por Jesús. Y por esta razón son también una exhortación para nosotros.

Vivimos en un mundo en el que la mentira ha ganado ya derechos de ciudadanía. Los grandes medios de comunicación social, los mass media, encargados de la sacra misión de administrar la palabra para que llegue en toda su verdad a los hombres, se han convertido, en su inmensa mayoría, en hijos del padre de la mentira. Como dice el poeta: “El aire lleva mentiras / y el que dice que no, miente; / que diga que no respira”.

El bautizado de hoy debe hacerle caso a San Pablo e imitar al ciego de nacimiento; debe, por lo tanto, saber desenmascarar con valentía las obras estériles de las tinieblas, la primera entre ellas, la mentira. El bautizado de hoy debería darse cuenta el volumen de mentira que inunda los mass media. Debería tener el criterio y el discernimiento necesario para darse cuenta que están bajo el dominio del padre de la mentira y que, por lo tanto, no puede guiarse por ellos. Hacer esto es ser hijo de la luz, es decir, hijo de la verdad.

Pidámosle esta gracia a la Virgen María.

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*1- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 171.
*2- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 171.
*3- El Directorio Homilético dice: “El homileta tendría que esforzarse en relacionar al conjunto de la comunidad con el camino de preparación de los elegidos” (Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 70).
*4- Raymond Brown, incluso llega a preguntarse si el gesto de hacer barro con su saliva y ponerlo en los ojos del ciego no estará directamente relacionado con la unción del crisma en el rito del Bautismo (Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 76).
*5- ‘Piscina’, en griego se dice kolymbéthra. Esta palabra proviene del verbo kolymbáo, que significa ‘hundirse en el agua’ y por eso, también ‘nadar’ (Strong, Multiléxico, nº 2860). Por lo tanto, kolymbéthra es el lugar para sumergirse en el agua, precisamente lo que sucede en el Bautismo: la inmersión en el agua que destruye el pecado y da la gracia.
*6- Brown, R., Il Vangelo…, p. 77; traducción nuestra.
*7- A diferencia del ciego de Mc 8.
*8- Cf. Brown, R., Il Vangelo…, p. 76.
*9- Usa aquí San Juan el verbo eimí (ser) y la preposición pará seguida de la palabra ‘Dios’ en genitivo (Theoû). El sentido propio de la preposición pará es ‘al lado de’, pero sin contacto con la cosa. Pero cuando pará está seguido de un sustantivo en genitivo, entonces expresa origen y punto de partida (cf. Fontoynont, V., Vocabulario griego, Editorial Sal Terrae, Santander, 1966, p. 32. 34). Por eso, cuando el ciego de nacimiento dice: “Si este no fuera de Dios, no podría hacer nada”, ese ‘de’ que ponemos en castellano no indica pertenencia sino procedencia. Para ilustrar esto podríamos decir que en inglés no habría que usar el ‘of’ sino el ‘from’; o en italiano no habría que usar del ‘di’, sino el ‘da’. En castellano no tenemos dos palabras diferentes para expresar pertenencia y procedencia. El ‘de’ castellano expresa ambos conceptos, que son muy distintos entre sí.
*10- En griego, hoûtos ho ánthropos ouk ésti parà Theoû. La misma construcción sintáctica que en Jn 9,33.
*11- Para Strong y Tuggy este verbo significa en primer lugar ‘adorar’ (cf. Multiléxico, nº 6399). Para Vogt tiene tres significados diferentes: 1. Cultivar la tierra; 2. Servir; 3. Rendir culto como a Dios (Vogt, E., Lexicon lingue aramaicae Veteris Testamenti, Pontificium Institutum Biblicum, Roma, 1971, p. 138).
*12- He elencado hasta ocho diccionarios diferentes que afirman que el significado primario de latréuo es adorar. Ellos son: Tuggy, Vine, Friberg, Louw-Nida, Liddell-Scott, Thayer, Moulton-Milligan y Danker.
*13- Esto lo afirman, entre otros, Tuggy, Vine y Swanson (cf. Multilexico, nº 4352). San Juan usa, aparte de en este lugar, nueve veces más este verbo, las nueve veces en el sentido de ‘adorar a Dios’ (Jn 4,20.21.22.23; 12,20). La concentración del verbo proskynéo (ocho veces en cuatro versículos) y el significado indubitable que tiene en esos versículos de Jn 4, durante la conversación con la Samaritana, debería bastar para convencerse que el sentido primario de proskynéo en San Juan es ‘adorar’.
*14- En efecto, en 9,34 se dice: “Y lo arrojaron fuera” (en griego, exébalon autòn èxo). Esto no puede referirse a un movimiento local, como quien echa a alguien de una habitación o de una casa, porque el versículo siguiente dice: “Escuchó Jesús que lo arrojaron fuera…” (ékousen ho Iesoûs hóti exébalon autòn éxo), e inmediatamente se narra la conversación con Jesús. Si lo hubieran simplemente echado de una casa o recinto no hubiera sido motivo para que se convierta en noticia y mucho menos para que Jesús lo busque para conversar con él. Se trata de la expulsión de la Sinagoga, tal como lo anunciaba el versículo 22. La traducción de Martín Nieto dice: “Y lo expulsaron de la Sinagoga”. Brilla aquí también la misericordia de Jesús que no deja ‘en la estacada’ al ciego que fue expulsado de la Sinagoga por hacer una recta confesión de Él.

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San Juan Pablo II

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. “Laetare, Jerusalem…”. Con estas palabras del profeta Isaías la Iglesia nos invita hoy a la alegría, en la mitad del itinerario penitencial de la Cuaresma. La alegría y la luz son el tema dominante de la liturgia de hoy. El evangelio narra la historia de “un hombre ciego de nacimiento” (Jn 9, 1). Al verlo, Jesús hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa “Enviado”). Él fue, se lavó, y volvió con la vista” (Jn 9, 6-7).

El ciego de nacimiento representa al hombre marcado por el pecado, que desea conocer la verdad sobre sí mismo y sobre su destino, pero se ve impedido por una enfermedad congénita. Sólo Jesús puede curarlo: él es “la luz del mundo” (Jn 9, 5). Al confiar en él, todo ser humano espiritualmente ciego de nacimiento tiene la posibilidad de “volver a la luz”, es decir, de nacer a la vida sobrenatural.

2. Además de la curación del ciego, el evangelio da gran relieve a la incredulidad de los fariseos, que se niegan a reconocer el milagro, dado que Jesús lo ha realizado en sábado, violando, a su parecer, la ley de Moisés. Se manifiesta así una elocuente paradoja, que Cristo mismo resume con estas palabras: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos” (Jn 9, 39).

Para quien encuentra a Jesús, no hay términos medios: o reconoce que lo necesita a él y su luz, o elige prescindir de él. En este último caso, tanto a quien se considera justo ante Dios como a quien se considera ateo, la misma presunción les impide abrirse a la conversión auténtica.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, nadie debe cerrar su corazón a Cristo. A quien lo acoge, él le da la luz de la fe, una luz capaz de transformar los corazones y, por consiguiente, las mentalidades y las situaciones sociales, políticas y económicas dominadas por el pecado. “Creo, Señor” (Jn 9, 38). Cada uno de nosotros, como el ciego de nacimiento, debe estar dispuesto a profesar humildemente su adhesión a él.

Nos lo obtenga la Virgen santísima, totalmente envuelta en el resplandor de la gracia divina.

 (Ángelus, domingo 10 de marzo de 2002)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas: El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare», nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66, 10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38). Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo.

(Plaza de San Pedro, domingo 3 de abril de 2011)

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S.S. Francisco p.p.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio del hombre ciego de nacimiento, a quien Jesús le da la vista. El largo relato inicia con un ciego que comienza a ver y concluye —es curioso esto— con presuntos videntes que siguen siendo ciegos en el alma. El milagro lo narra Juan en apenas dos versículos, porque el evangelista quiere atraer la atención no sobre el milagro en sí, sino sobre lo que sucede después, sobre las discusiones que suscita. Incluso sobre las habladurías, muchas veces una obra buena, una obra de caridad suscita críticas y discusiones, porque hay quienes no quieren ver la verdad. El evangelista Juan quiere atraer la atención sobre esto que ocurre incluso en nuestros días cuando se realiza una obra buena. Al ciego curado lo interroga primero la multitud asombrada —han visto el milagro y lo interrogan—, luego los doctores de la ley; e interrogan también a sus padres. Al final, el ciego curado se acerca a la fe, y esta es la gracia más grande que le da Jesús: no sólo ver, sino conocerlo a Él, verlo a Él como «la luz del mundo» (Jn 9, 5).

Mientras que el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la ley, al contrario, se hunden cada vez más en su ceguera interior. Cerrados en su presunción, creen tener ya la luz; por ello no se abren a la verdad de Jesús. Hacen todo lo posible por negar la evidencia, ponen en duda la identidad del hombre curado; luego niegan la acción de Dios en la curación, tomando como excusa que Dios no obra en día de sábado; llegan incluso a dudar de que ese hombre haya nacido ciego. Su cerrazón a la luz llega a ser agresiva y desemboca en la expulsión del templo del hombre curado.

El camino del ciego, en cambio, es un itinerario en etapas, que parte del conocimiento del nombre de Jesús. No conoce nada más sobre Él; en efecto dice: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos» (v. 11). Tras las insistentes preguntas de los doctores de la ley, lo considera en un primer momento un profeta (v. 17) y luego un hombre cercano a Dios (v. 31). Después que fue alejado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo encuentra de nuevo y le «abre los ojos» por segunda vez, revelándole la propia identidad: «Yo soy el Mesías», así le dice. A este punto el que había sido ciego exclamó: «Creo, Señor» (v. 38), y se postró ante Jesús. Este es un pasaje del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de mucha gente, también la nuestra porque nosotros algunas veces tenemos momentos de ceguera interior.

Nuestra vida, algunas veces, es semejante a la del ciego que se abrió a la luz, que se abrió a Dios, que se abrió a su gracia. A veces, lamentablemente, es un poco como la de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los demás, incluso al Señor. Hoy, somos invitados a abrirnos a la luz de Cristo para dar fruto en nuestra vida, para eliminar los comportamientos que no son cristianos; todos nosotros somos cristianos, pero todos nosotros, todos, algunas veces tenemos comportamientos no cristianos, comportamientos que son pecados. Debemos arrepentirnos de esto, eliminar estos comportamientos para caminar con decisión por el camino de la santidad, que tiene su origen en el Bautismo. También nosotros, en efecto, hemos sido «iluminados» por Cristo en el Bautismo, a fin de que, como nos recuerda san Pablo, podamos comportarnos como «hijos de la luz» (Ef 5, 9), con humildad, paciencia, misericordia. Estos doctores de la ley no tenían ni humildad ni paciencia ni misericordia.

Os sugiero que hoy, cuando volváis a casa, toméis el Evangelio de Juan y leáis este pasaje del capítulo 9. Os hará bien, porque así veréis esta senda de la ceguera hacia la luz y la otra senda nociva hacia una ceguera más profunda. Preguntémonos: ¿cómo está nuestro corazón? ¿Tengo un corazón abierto o un corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna cerrazón que nace del pecado, de las equivocaciones, de los errores. No debemos tener miedo. Abrámonos a la luz del Señor, Él nos espera siempre para hacer que veamos mejor, para darnos más luz, para perdonarnos. ¡No olvidemos esto!

A la Virgen María confiamos el camino cuaresmal, para que también nosotros, como el ciego curado, con la gracia de Cristo podamos «salir a la luz», ir más adelante hacia la luz y renacer a una vida nueva.

(Plaza de San Pedro, domingo 30 de marzo de 2014)

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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