Archivo por meses: enero 2017

Domingo II Tiempo Ordinario (A)

 

15
enero

Domingo II Tiempo Ordinario 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Directorio Homilético

#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo II del Tiempo Ordinario (A)

(Domingo 15 de enero de 2017)

LECTURAS

Yo te destino a ser la luz de las naciones

Lectura del libro del profeta Isaías     49, 3-6

El Señor me dijo:

«Tú eres mi Servidor, Israel,
por ti Yo me glorificaré».
Pero yo dije: «En vano me fatigué,
para nada, inútilmente, he gastado mi fuerza».
Sin embargo, mi derecho está junto al Señor
y mi retribución, junto a mi Dios.
Y ahora, habla el Señor,
el que me formó desde el vientre materno
para que yo sea su Servidor,
para hacer que Jacob vuelva a Él
y se le reúna Israel.
Yo soy valioso a los ojos del Señor
y mi Dios ha sido mi fortaleza.
Él dice: «Es demasiado poco que seas mi Servidor
para restaurar a las tribus de Jacob
y hacer volver a los sobrevivientes de Israel;
Yo te destino a ser la luz de las naciones,
para que llegue mi salvación
hasta los confines de la tierra».

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 39, 2 y 4ab. 7-8. 9. 10 (R.: 8 y 9c)

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé confiadamente en el Señor:
Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
Puso en mi boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.
 
Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: «Aquí estoy». R.
 
«En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón». R.
 
Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor. R.

Llegue a ustedes la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre,
y del Señor Jesucristo

Principio de la primera carta del apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto     1, 1-3

Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, saludan a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro.
Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 1, 14a. 12a

Aleluia.
La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
A todos los que la recibieron
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Aleluia.

EVANGELIO

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería, cuando dije:
Después de mí viene un hombre que me precede,
porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel».
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo».
Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Guión del II Domingo – Tiempo Ordinario- Ciclo A-

Entrada:

Damos inicio hoy al Tiempo Ordinario, es decir, al tiempo litúrgico común, luego de haber festejado convenientemente el Nacimiento de Jesucristo. Este tiempo durará hasta fines de noviembre de este año. Que la participación en el Santo Sacrificio de la Misa dominical llene toda nuestra semana de alegría y paz.

Primera Lectura:     Isaías 49, 3-6

Cristo es la Luz de las naciones, el destinado por el Padre para llevar la salvación al mundo entero.

Segunda Lectura:        1 Cor 1, 1-3

A todos los que invocan a Jesucristo como Señor, el Apóstol les desea la gracia y la paz que de Él procede.

Evangelio:    Juan 1, 29-34

Juan bautiza con agua. Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, bautiza en el Espíritu Santo.

Preces:

Dirijamos nuestras súplicas a Dios, Señor de todos los seres, con verdadera humildad y el más puro abandono.

A cada intención respondemos cantando:

* Por el Santo Padre y por su actividad apostólica, para que su testimonio de Padre y Pastor sea ocasión de conversión para quienes aún no creen. Oremos.

* Por todos los consagrados, para que fieles a la invitación del Señor a vivir radicalmente el compromiso bautismal, permanezcan siempre junto a Él en el amor. Oremos.

* Por todos los gobernantes, para que trabajando con justicia y amor sean en todo ejemplo de prudencia, fortaleza y fidelidad. Oremos.

* Por todos los que sufren espiritual o físicamente, para que abiertos al amor de Dios puedan experimentar la alegría dada a luz en el dolor. Oremos.

* Por todos nosotros que nos hemos reunido junto al altar, para que dóciles a la gracia que viene de lo alto podamos ser siempre verdaderos templos del Espíritu Santo. Oremos.

Padre Santo, escucha nuestras oraciones y hazlas una con la oración de tu Hijo, Jesucristo Nuestro Señor.

Ofertorio:

Recibe Señor, la ofrenda de nuestra vida y el deseo sincero de hacer el bien a todos.

* Ofrecemos incienso y con él nuestras oraciones que se elevan a diario por el bien de todos los hombres.

*Presentamos el pan y el vino. Con ellos nos unimos a la Alianza que Cristo selló con su Sangre.

Comunión:

Cristo obra nuestra reconciliación através de su Sacrificio. Cuando comulgamos somos uno con Él y con nuestros hermanos.

Salida:

La Madre de Jesús nos señala a su Hijo y nos conduce a Él. Que Ella nos ayude a llevar la Buena Nueva a todas las naciones.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

 Exégesis 

·         Manuel de Tuya

Segundo testimonio oficial mesiánico del Bautista ante un grupo de sus discípulos

(Mt 1,29-34)

Cristo por estos días vivía en las proximidades del Jordán (v.39). Acaso en la misma región de Betabara, pues no dice que haya cambiado de lugar. “Al día siguiente,” sea por referencia a la escena anterior, sea (…) en orden a situar las primeras actividades de Cristo en siete días, desde el primer testimonio de Juan (v. 19-28), hasta el primer milagro en las bodas de Cana (Mat_2:1-11), contraponiendo así el comienzo de esta obra recreadora de Cristo con la obra septenaria del comienzo del Génesis, lo que sería un caso particular del “simbolismo” del cuarto evangelio. (…).

¿A qué auditorio se va a dirigir? No se precisa. No es la delegación venida de Jerusalén la que desapareció de escena (v.27). Los discípulos del Bautista, ante los que también va a dar testimonio, entran explícitamente en escena más tarde (v. 35). Acaso sean parte de las turbas que venían a él para ser bautizadas (Mat_3:5.6; Luc_3:7. 21). En todo caso, el tono íntimo, expansivo, gozoso que usa, en fuerte contraste con las secas respuestas a los representantes del Sanedrín (v.20.21), hace pensar que sitúa la escena en un auditorio simpatizante y probablemente reducido.

Viendo el Bautista que Cristo se acerca en dirección a él, aunque podría referirse al momento en que Cristo se acerca para recibir el bautismo, y acaso después del mismo bautismo, hace ante este auditorio otro anuncio oficial de quién es Cristo, diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, el que quita (aíron) el pecado del mundo.”

Esta frase (es) de gran importancia mesiánica, (…). Dos son las preguntas que se hacen a este propósito: 1) ¿Qué significa aquí, o por qué se llama aquí a Cristo “el Cordero de Dios”? 2) ¿Y en qué sentido quita “el pecado del mundo”? ¿Por su inocencia, por su sacrificio, o en qué forma?

En primer lugar, conviene precisar que el verbo usado aquí por “quitar” (aíro) significa estrictamente quitar, hacer desaparecer, y no precisamente “llevar,” lo que, en absoluto, también puede significar este verbo. Las razones que llevan a esto son las siguientes: el sentido de “quitar” es el sentido ordinario de este verbo en Jn. Pero la razón más decisiva es su paralelo conceptual con la primera epístola de San Juan: “Sabéis que (Cristo) apareció para quitar (áre) los pecados” (1Jn_3:5).

Cristo aquí es, pues, presentado como el “Cordero de Dios” que quita el pecado del mundo. En qué sentido lo haga, ha de ser determinado por las concepciones (…) siguientes:

            1) El Bautista querría referir así a Cristo al cordero pascual (Ex 12,6) (…); o con el doble sacrificio cotidiano en el templo (Exo_29:38-39). También llevaría a esto el uso que en el Apocalipsis se hace de Cristo como el Cordero, y “sacrificado” (Rev_5:6-14; Rev_13:8; Rev_14:1-5; Rev_15:3-4, etc.). Pues aunque primitivamente el sacrificio cotidiano del templo sólo tuvo un sentido latréutico, más tarde, en el uso popular, vino a considerársele con valor expiatorio[1].

            2) Se refería al “Siervo de Yahvé” de Isaías, que va a la muerte “como cordero llevado al matadero,” que “llevó sobre él” los pecados de los hombres (Isa_53:6-8).

            3) Querría indicarse la inocencia de Cristo. El cordero, como símbolo de inocencia, es usado en este ambiente (1Pe_1:18.19; Sal. de Salomón VIII 28). Además, se pone esto en función de la primera epístola de San Juan, donde se dice: “Sabéis que (Cristo) apareció para quitar los pecados y que en El no hay pecado” (1Jn_3:5).

            ¿No sería posible que el evangelista pensara, como ocurre a veces, en más de una figura del A.T.? (B. Vawter o.c., p.426).

            (…)

            Otra interpretación aceptable e incluso, plausible es la siguiente:

            Varios textos de los apócrifos presentan al Mesías como debiendo ponerse al frente del pueblo santo para llevarlo a la Salud. Por otra parte, en el Apocalipsis es este mismo el papel que se atribuye al Cordero (Rev_7:17; cf. 14:1-5; 17:14-16). Por tanto, la expresión “Cordero de Dios” de Jua_1:29 sería un título mesiánico (Dodd), semejante a “Rey de Israel” (Jn 1:41-49). Pero no consta la existencia ambiental de este título.

(De Tuya, M., Evangelio de San Juan, en Profesores de Salamanca, Biblia Comentada, Tomo Vb, BAC, Madrid, 1977)

________________________________________________________
[1] Esta es la concepción más acertada de Manuel de Tuya, como puede verse por la relación con los textos del Apocalipsis recién citados, y que conviene leer para ver la relación que hay entre el término “Cordero” y su adjetivo verbal “degollado” (Nota del Editor)

 

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        Xavier Leon – Dufour

Cordero de Dios

En diversos libros del NT (Jn, Act, lPe y, sobre todo, Ap) se identifica a Cristo con un cordero; este tema proviene del AT según dos perspectivas distintas.

1. El siervo de Yahveh. El profeta Jeremías, perseguido por sus enemigos, se comparaba con un «cordero, al que se lleva al matadero» (Jer 11,19). Esta imagen se aplicó luego al siervo de Yahveh, que muriendo para expiar los pecados de su pueblo, aparece «como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores» (Is 53,7). Este texto, que subraya la humildad y la resignación del siervo, anunciaba de la mejor manera el destino de Cristo, como lo explica Felipe al eunuco de la reina de Etiopía (Act 8,31.35). Al mismo texto se refieren los evangelistas cuando recalcan que Cristo «se callaba» delante del sanedrín (Mt 26,63) y no respondía a Pilato (Jn 19,9). Es posible que también Juan Bautista se refiera a él cuando, según el cuarto evangelio, designa a Jesús como «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29; cf. Is 53,7.12; Heb 9,28). La Vulgata, cuyo texto ha pasado al ecce agnus Dei de la misa, acentúa la afinidad con Isaías sustituyendo el singular por el plural: «…los pecados del mundo».

2. El cordero pascual. Cuando decidió Dios libertar a su pueblo cautivo de los egipcios, ordenó a los hebreos inmolar por familia un cordero «sin mancha, macho, de un año» (Ex 12,5), comerlo al anochecer y marcar con su sangre el dintel de su puerta. Gracias a este «signo»; el ángel exterminador los perdonaría cuando viniera a herir de muerte a los primogénitos de los egipcios. En lo sucesivo la tradición judía, enriqueciendo el tema primitivo dio un valor redentor a la sangre del cordero : «A causa de la sangre de la alianza, y a causa de la sangre de la pascua, yo os he libertado de Egipto» (Pirque R. Eliezer, 29; cf. Mekhilta sobre Éx 12). Gracias a la sangre del cordero pascual fueron los hebreos rescatados de la esclavitud de Egipto y pudieron en consecuencia venir a ser una «nación consagrada», «reino de sacerdotes» (Éx 19,6), ligados con Dios por una *alianza y regidos por la ley de Moisés.

La tradición cristiana ha visto en Cristo «al verdadero cordero» pascual (prefacio de la misa de pascua), y su misión redentora se describe ampliamente en ‘la catequesis bautismal que está ‘implícita en la ‘epístola ‘de Pedro, a la que hacen eco los escritos joánnicos y la ep. a los Hebreos. Jesús es el cordero (IPe 1,19; Jn 1,29; Ap 5,6) sin tacha (Éx 12,5), es decir, sin pecado (lPe 1,19; Jn 8,46; Un 3,5; Heb 9,14), que rescata a los hombres al precio de su sangre (lPe 1,18s; Ap 5,9s; Heb 9,12-15). Así los ha liberado de la «tierra» (Ap 14,3), del *mundo malvado entregado a la perversión moral que proviene del culto de los ídolos (lPe 1,14.18; 4,2s), de manera que en adelante puedan ya evitar el pecado (IPe 1,15s; Jn 1,29; lJn 3,5-9) y formar el nuevo «reino de sacerdotes», la verdadera «nación consagrada» (lPe 2,9; Ap 5,9s; cf. Éx 19,6), ofreciendo a Dios el *culto espiritual de una vida irreprochable (lPe 2,5; Heb 9,14). Han abandonado las tinieblas del paganismo pasando a la luz del *reino de Dios (IPe 2,9): ése es su *éxodo’ espiritual. Habiendo, gracias a la sangre del cordero (Ap 12,11), vencido a Satán, cuyo tipo era el faraón, pueden entonar «el cántico de Moisés y del cordero» (Ap 15,3: 7,9s.14-17; cf. Éx 15), que exalta su liberación.

Esta tradición, que ve en Cristo al verdadero cordero pascual, se remonta a los orígenes mismos del cristianismo. Pablo exhorta a los fieles de Corinto a vivir como ázimos, «en la pureza y la verdad», puesto que «nuestra *pascua, Cristo, se ha inmolado» (1Cor 5,7). Aquí no propone una enseñanza nueva sobre Cristo cordero, sino que se refiere a las tradiciones litúrgicas de la pascua cristiana, muy anteriores, por tanto, a 55-57, fecha en que escribía el Apóstol su carta. Si prestamos fe a la cronología joánnica, el acontecimiento mismo ‘de la muerte de Cristo habría suministrado el fundamento de esta tradición. Jesús fue entrega-do a muerte la víspera de la fiesta de los ázimos (Jn 18,28; 19,14.31), por tanto, el día de pascua por la tarde (19,14), a la hora misma en que, según las prescripciones de la ley, se inmolaban en el templo los corderos. Después de su muerte no le rompieron las piernas como a los otros ajusticiados (19,33), y en este hecho ve el evangelista la realización de una prescripción ritual concerniente al cordero pascual (19,36; cf. Éx 12,46).

3. El cordero celestial. El Apocalipsis, aun conservando fundamentalmente el tema de Cristo cordero pascual (Ap 5,9s), establece un impresionante contraste entre la debilidad del cordero inmolado y el *poder que le confiere su exaltación en el cielo. Cordero en su muerte redentora, Cristo es al mismo tiempo un león, cuya *victoria libertó al pueblo de Dios, cautivo de los poderes del mal (5,5s; 12,11). Compartiendo ahora el trono de Dios (22,1.3), recibiendo con él la adoración de los seres celestiales (5,8.13; 7,10), aparece investido de poder divino. Él es quien ejecuta los decretos de Dios contra los impíos (6,1…), y su *ira los estremece (6,16); él es quien emprende la *guerra escatológica contra los poderes del mal coligados, y su victoria, le ha de consagrar «rey de los reyes y señor de los señores» (17,14; 19,16…). Sólo volverá a recobrar su primera mansedumbre cuando se celebren sus nupcias con la Jerusalén celestial, que simboliza a la Iglesia (19,7.9; 21,9). El cordero se hará entonces *pastor para conducir a los fieles hacia las fuentes de *agua viva de ‘la bienaventuranza celeste (7,17; cf. 14,4).

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

 

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo 

El Cordero de Dios

            Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: He aquí al Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo. Dividieron el tiempo los evangelistas. Mateo, tras de tocar brevemente el que precedió al encarcelamiento del Bautista, se apresura a referir los sucesos subsiguientes, y en ellos se detiene largamente. El evangelista Juan no sólo no narra brevemente lo de ese tiempo, sino que en ello se alarga. Mateo, después que Jesús regresó del desierto, omitió los sucesos intermedios, por ejemplo lo que dijo el Bautista, lo que dijeron los enviados de los judíos y todo lo demás; y al punto pasa al encarcelamiento, y dice: Habiendo oído Jesús que Juan había sido aprisionado, se apartó de ahí .

            No procede así el evangelista Juan, sino que omite la ida al desierto, pues ya Mateo la había referido y narró lo sucedido después que Jesús bajó del monte; y pasando en silencio muchas cosas, continuó: Pues Juan aún no había sido encarcelado . Preguntarás: ¿por qué ahora Jesús viene a Juan el Bautista no una sino dos veces? Porque Mateo por fuerza tenía que decir que vino para ser bautizado; y así lo declaró Jesús diciendo: Así conviene que cumplamos toda justicia . Y Juan afirma que de nuevo fue Jesús al Bautista, después del bautismo. Así lo declara éste con las palabras Yo he visto al Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre El. Pregunto yo: ¿Por qué vino de nuevo al Bautista? Porque no solamente vino, sino que se le hizo presente. Pues dice el evangelista: Como viniera a él, lo vio. ¿Por qué, pues, vino? Como el Bautista había bautizado a Jesús que se hallaba mezclado con la turba, de manera de que nadie pusiera sospecha en que El por la misma causa que los otros se había acercado a Juan, o sea para confesar sus pecados y con el bautismo en el río lavarlos para penitencia, ahora de nuevo se acerca a Juan para darle oportunidad de corregir semejante opinión y sospecha.

            Porque al exclamar Juan: He aquí al Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo, deshace toda esa imaginación. Puesto que quien es tan puro que puede lavar los pecados de todos los demás, como es manifiesto, no se acerca para confesar pecados suyos, sino para dar ocasión al eximio pregonero de que por segunda vez repita lo dicho en la primera, y así más profundamente se grabe en el ánimo de los oyentes. Y también para que añadiera otras cosas más.

            Profirió la expresión: He aquí porque muchos y muchas veces y desde mucho tiempo antes, por lo que él había dicho, andaban en busca de Jesús. Por esto lo indica ahí presente y dice: He aquí, declarando ser aquel a quien de tiempo atrás andaban buscando. Este es el Cordero. Lo llama Cordero para recordar a los judíos la profecía de Isaías y también la sombra y figura del tiempo de Moisés; y así, mediante una figura mejor, llevarlos a la verdad. Aquel cordero antiguo no tomó sobre sí ningún pecado de nadie; mientras que éste otro cargó con todos los pecados de todo el orbe. Este arrancó rápidamente de la ira de Dios el mundo que ya peligraba.

            A éste me refería cuando anunciaba: Viene en pos de mí un hombre que ha sido constituido superior a mí, porque existía antes que yo. ¿Observas cómo de nuevo interpreta aquí aquella palabra antes? Pues habiendo dicho: El Cordero, y que éste cargaba sobre sí el pecado del mundo, luego añadió: Ha sido constituido superior a mí, declarando de este modo que aquel antes se ha de entender en el sentido de superior, pues carga sobre sí el pecado del mundo y bautiza en el Espíritu Santo. Como si dijera: mi venida no tiene más valor que el haber predicado al común bienhechor del universo y haber administrado el bautismo de agua. En cambio la venida de Este tiene como empresa el limpiar a todos los hombres y darles a todos la operación del Espíritu Santo.

            Fue constituido superior a mí, o sea, ha aparecido más resplandeciente que yo. Porque existía antes que yo. ¡Cúbranse de vergüenza todos cuantos siguen el loco error de Pablo de Samosata, el cual tan abiertamente pugna contra la verdad! Yo no lo conocía. Observa cómo con este testimonio quita toda sospecha, declarando que su discurso no ha dimanado de favoritismo ni de amistad, sino de divina revelación. Dice: Yo no lo conocía. Pero entonces ¿cómo puedes ser testigo digno de fe? ¿Cómo enseñarás a otros lo que tú ignoras? Es que no afirma: No lo conocí, sino: Yo no lo conocía, de manera que por aquí sobre todo aparece ser digno de fe. Porque ¿cómo iba a expresarse favorablemente y por favoritismo acerca de quien no conocía? Pero vine yo con mi bautismo de agua para preparar su manifestación a Israel.

            De modo que no necesitaba Cristo semejante bautismo, ni hubo otro motivo para preparar ese baño, sino el que se facilitara a todos el camino para creer en Cristo. Pues no dijo: Para tornar puros a los bautizados; ni tampoco: He venido a bautizar para librar de los pecados, sino: Para preparar su manifestación a Israel. Por mi parte pregunto: entonces ¿qué? ¿Acaso sin ese bautismo no se podía predicar a Cristo y atraerle el pueblo? Sí se podía, pero no tan fácilmente. Si la predicación se hubiera hecho sin el bautismo, no habrían concurrido así todos, ni habrían comprendido, mediante la comparación, la preeminencia de Cristo. Porque aquella multitud iba a Juan no para escuchar su predicación, sino ¿para qué? Para confesar sus pecados y ser bautizados. Una vez así reunidos, se les enseñaba lo referente a Cristo y la diferencia de ambos bautismos. Porque el de Juan era superior a los lavatorios de los judíos, y por esto todos acudían a Juan; y sin embargo el bautismo de éste aún era imperfecto.

            Pero ¡oh Juan! ¿Cómo conociste a Jesús? Por la bajada del Espíritu Santo, nos responde. Mas, para que nadie sospeche que Cristo necesitaba del Espíritu Santo, como lo necesitamos nosotros, oye cómo deshace semejante opinión, declarando que la bajada del Espíritu Santo fue únicamente para anunciar a Cristo. Pues habiendo dicho: Yo no lo conocía, añadió: Pero el que me envió a bautizar con agua me previno: Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu Santo y reposar sobre El, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. ¿Observas cómo para esto vino el Espíritu Santo, para manifestar a Cristo? Tampoco el testimonio de Juan era sospechoso; pero para hacerlo aún más digno de fe, lo añadió al de Dios y al del Espíritu Santo.

            Habiendo Juan predicado algo tan grande y tan admirable, y tal que podía dejar estupefactos a los oyentes, como fue que Cristo y sólo El cargaría con el pecado del mundo, y que la grandeza del don bastaría para tan excelsa y universal redención, lo confirma de ese modo. Y lo confirma por tratarse del Hijo de Dios, que no necesita del Bautismo; de modo que el Espíritu Santo únicamente desciende para darlo a conocer. Juan no podía dar el Espíritu Santo; y lo declaran así los mismos que habían recibido el bautismo de Juan diciendo: Pero ni siquiera hemos oído que exista el Espíritu Santo . De manera que Cristo no necesitaba de bautismo alguno, ni del de Juan ni de ningún otro; más bien era el bautismo el que necesitaba de la virtud de Cristo. Puesto que le faltaba precisamente al bautismo de Juan lo que era lo principal de todos los bienes y origen de ellos; o sea que al bautizado le confiriera el Espíritu Santo. Este don del Espíritu Santo lo añadió Cristo cuando vino.

            Y dio testimonio Juan: He visto al Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre El. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me previno: Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu Santo y reposar sobre El, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. Con frecuencia usa Juan de esa expresión: Y yo no lo conocía. Y no es sin motivo, sino porque era pariente suyo según la carne. Pues dice el evangelista Lucas: He aquí que Isabel tu parienta ha concebido también ella un hijo . De modo que para que no pareciera que hablaba movido por el parentesco, frecuentemente dice: Y yo no lo conocía. Así era en efecto, pues por toda su vida había morado en el desierto, fuera de la casa paterna. Pero entonces ¿cómo es que, si antes de la venida del Espíritu Santo no lo conocía, sino que entonces por vez primera lo conoció, ya antes de bautizarlo se negaba y decía: Yo debo ser bautizado por ti? Esto parece demostrar que ya lo conocía bien.

            Sin embargo, no lo conocía de mucho tiempo atrás, y con razón. Porque los milagros hechos durante la infancia de Jesús, cuando la visita de los Magos y otros semejantes, habían acontecido muchos años antes, cuando también Juan era un niño. Y a causa de ese largo lapso, Jesús era desconocido de todos. Si todos lo hubieran conocido, no habría dicho Juan: Para que se manifieste El a Israel, yo vine a bautizar. Y por aquí queda manifiesto que los milagros que se atribuyen a Cristo niño son falsos e inventados por alguien. Si Cristo niño hubiera hecho milagros, Juan lo habría conocido; y tampoco la demás multitud habría necesitado de Juan, como maestro que se lo mostrara. Ahora bien: el mismo Bautista afirma haber venido: Para que Cristo se manifestara a Israel. Por la misma causa decía: Yo debo ser bautizado por ti. Después, por haberlo conocido con mayor claridad, lo anunciaba a las turbas diciendo: Este es aquel de quien os dije: Viene detrás de mí un hombre que ha sido constituido superior a mí. Porque el que me envió a bautizar en agua, y por lo mismo me envió para que Él se manifestara a Israel, ese mismo, antes de la bajada del Espíritu Santo, a él se lo reveló. Por tal motivo decía Juan antes de que Cristo llegara: Viene detrás de mí un hombre que ha sido constituido superior a mí.

            De manera que Juan no conocía a Jesús antes de que Este bajara al Jordán y de que Juan bautizara a las turbas. En el momento en que Jesús iba a bautizarse lo conoció por revelación del Padre al profeta; y porque al tiempo de su bautismo el Espíritu Santo lo manifestó a los judíos, en favor de los cuales descendía. Para que no se menospreciara el testimonio de Juan que decía: Fue constituido superior a mí y que bautiza en el Espíritu y que juzgará al orbe de la tierra, el Padre da voces proclamando a Jesús por Hijo suyo; y el Espíritu Santo llega y habla sobre la cabeza de Cristo. Y pues Juan lo bautizaba y Cristo era bautizado, para que ninguno de los presentes pensara que la voz se refería a Juan, se presentó el Espíritu Santo, quitando así toda falsa opinión. Así que cuando Juan dice: Yo no lo conocía, esto debe entenderse del tiempo pasado y no del próximo al bautismo. De otro modo ¿cómo podía decir Juan: Yo debo ser bautizado por ti, apartándolo del bautismo? ¿Cómo habría podido decir de El cosas tan excelentes?

            Preguntarás: entonces ¿por qué no creyeron los judíos? Pues no fue solamente Juan quien vio al Espíritu Santo en forma de paloma. Fue porque aun cuando también ellos lo habían visto, este género de cosas no necesita únicamente de los ojos corporales, sino mucho más de los ojos de la mente, para que se entienda que no se trata de simples fantasmagorías. Si viéndolo más tarde hacer milagros y tocando El con sus manos los cuerpos de los enfermos y de los muertos y dándoles por este medio la vida y la salud, andaban aquéllos tan presos de la envidia que se atrevían a afirmar lo contrario de lo que veían ¿cómo iban a dejar su incredulidad por el solo hecho de la bajada del Espíritu Santo?

            Hay quienes afirman que no todos lo vieron, sino solamente Juan y los mejor dispuestos. Pues aun cuando el Espíritu Santo al descender en figura de paloma, pudiera ser visto sensiblemente por cuantos estuvieran dotados de ojos, sin embargo no había necesidad de que aquello se hiciera manifiesto a todos. Zacarías vio muchas cosas en figuras sensibles y lo mismo Daniel y Ezequiel, más sin compañero alguno en la visión. Moisés vio también muchas cosas, y tales cuales nunca nadie había visto. Tampoco en la transfiguración del Señor en el monte se concedió a todos los discípulos el contemplar aquella visión. Más aún: no todos participaron en ver la resurrección, como lo dice claramente Lucas: A los testigos de antemano escogidos por Dios .

            Y yo lo vi y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios. ¿Cuándo dio semejante testimonio de que Cristo era el Hijo de Dios? Lo llamó Cordero y dijo que bautizaría en el Espíritu Santo; pero en ninguna parte afirmó ser Cristo el Hijo de Dios. Y para después del bautismo, ninguno de los evangelistas escribe que lo haya dicho; sino que omitiendo todo eso que sucedió en el intermedio, pasan a referir los milagros obrados por Jesús tras del encarcelamiento de Juan. Lo que de aquí podemos deducir conjeturando es que tanto ese dicho de Juan como otras muchas cosas las pasaron en silencio, como lo significó nuestro evangelista al fin de su evangelio. Pues tan lejos están de inventar de El cosas grandes, que todos concordes y cuidadosamente narran lo que parecía ser oprobio; y no encontrarás que alguno de ellos haya callado nada de eso. En cambio, omitieron muchos milagros, refiriendo unos unos y otros otros; pero todos a la vez callaron muchos otros.

            Y no sin motivo digo estas cosas, sino para rebatir la impudencia de los gentiles. Pues a la verdad, aun sólo esto es ya suficiente para demostrar la exactitud de los evangelistas en la materia, y que nada escribieron por simple favoritismo. Y vosotros, carísimos, armados de estos argumentos y de otros parecidos, podéis combatir contra los dichos gentiles. Pero… ¡atended! Sería un absurdo que el médico tan activamente luchara según su arte, lo mismo que el peletero y el tejedor y los demás profesionistas; y que en cambio el que es cristiano y como tal se profesa, no pudiera decir ni siquiera una palabra en defensa de su fe. Y eso que las artes de esos profesionistas, si se echan a un lado, solamente causan daño en el dinero; mientras que estas otras, si se desatienden, ponen en peligro el alma y la matan. Y sin embargo, tan míseros somos que todos los cuidados los ponemos en aquellas artes y en cambio despreciamos como cosas de ningún valor estas otras que son necesarias y operan nuestra salvación.

            Esto es lo que impide que los gentiles fácilmente desprecien sus errores. Ellos, apoyados en mentiras, echan mano de todos los medios para encubrir la vergüenza de sus afirmaciones; y nosotros, los que profesamos la verdad, no nos atrevemos ni aun a abrir la boca. Resulta de aquí que ellos arguyen y condenan nuestros dogmas como cosas sin fundamento. Y tal es el motivo de que sospechen que lo nuestro se reduce a falacias y necedades. Por eso blasfeman de Cristo y lo tratan de engañador y charlatán, que se valió de la necedad de muchos para sus fraudes. Nosotros tenemos la culpa de semejante blasfemia, pues no queremos despertar para defender la religión con argumentos, sino que los hacemos a un lado como inútiles y nos ocupamos exclusivamente de los negocios terrenos.

            Los encariñados con un bailarín o con un auriga o con uno que combate con las fieras, ponen todos los medios para que su preferido no salga vencido ni sea inferior en los certámenes; y lo colman de alabanzas y se preparan para defenderlo contra quienes lo vituperan, y a los contrarios los cargan de mil vituperios. Y cuando se trata de defender el cristianismo, todos agachan la cabeza, muestran flojedad, dudan; y si se les recibe con bromas y risas, se alejan. ¿De cuán grande indignación no es digno esto? Tenéis a Cristo en menos que a un bailarín, pues para defender a éste, preparáis miles de razones, aun cuando sea él hasta lo sumo desvergonzado; y cuando se trata de los milagros de Cristo que atrajeron la admiración del orbe todo, parece que ni aun pensáis en ellos ni para nada os cui-dáis de ellos.

            Creemos en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, en la resurrección de los cuerpos y en la vida eterna. De modo que si alguno de los gentiles pregunta: ¿Quién es ese Padre, quién es ese Hijo, quién es ese Espíritu Santo para que a nosotros nos acuséis de admitir multitud de dioses, qué le responderéis? ¿Cómo resolveréis esta cuestión? Y ¿qué si callando nosotros proponen ellos otra pregunta y dicen: En qué consiste esa resurrección? ¿Resucitaremos en nuestro cuerpo o en otro? Si en el nuestro ¿qué necesidad hay de que muera? ¿Qué res-ponderéis a esto? Y ¿qué si se os objeta: por qué Cristo no vino en los tiempos anteriores? ¿Es que le pareció estar bien el acudir al género humano y cuidar de él ahora, pero lo descuidó en todos los siglos anteriores? Y ¿qué si el gentil os examina en otras muchas cosas semejantes? Porque no conviene aquí ahora amontonar otras muchas dificultades y pasar en silencio las respuestas, no sea que esto haga daño a las almas más sencillas. Las que acabamos de proponer son suficientes para sacudir vuestro sueño.

            En fin ¿qué sucederá si os pregunta esas cosas a vosotros que ni siquiera queréis escuchar las que nosotros os decimos? Pregunto yo: ¿Acaso nos espera un castigo pequeño siendo nosotros causa tan señalada del error para quienes yacen sentados en las tinieblas? Quisiera yo, si me lo permitiera el tiempo de que disponéis, traer aquí un execrable libro de un filósofo gentil, escrito contra nosotros; y aun el de otro más antiguo aún, para por este medio suscitar vuestra atención y sacudir esa tan gran desidia vuestra. Pues si esos filósofos anduvie-ran tan despiertos para atacarnos ¿qué perdón mereceremos si ignoramos el modo de redargüir y rechazar los dardos en contra nuestra lanzados?

            Mas ¿por qué nos hemos alargado en eso? ¿No escuchas al apóstol que dice: Siempre dispuestos a dar razón a quienes preguntan acerca de la esperanza que profesáis?   Y la misma exhortación usa Pablo: Que la palabra de Cristo resida en vosotros opulentamente . Pero ¿qué objetan a esto los hombres más desidiosos que los zánganos?: ¡Bendita sea toda alma sencilla! Y también: Quien camina con sencillez va seguro . Esta es la causa de todos los males: que muchos no saben usar oportunamente los textos de la Sagrada Escritura. Pues en ese sitio no se entiende de un necio ni de un ignorante que nada sabe, sino de aquel que no es perverso ni doloso, sino prudente. Porque si el sentido fuera aquel otro, en vano nos diría: Sed prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas .

            Mas ¿para qué continuar en este tema que de nada aprovechará? Porque aparte de lo ya indicado, hay otras cosas pertinentes a las costumbres y modo de vivir en que procedemos mal. En realidad, en todos aspectos somos míseros, somos ridículos. Siempre dispuestos a corregir a los demás, somos perezosos para enmendar aquello en que somos reprochables. Os ruego, pues, que atendiendo a nosotros mismos, no nos detengamos en sólo lanzar reproches. No basta eso para aplacar a Dios. Esforcémonos en mostrar en todos nuestros procederes un cambio en forma excelentísima; de modo que viviendo para glorificar a Dios, gocemos de la gloria futura también nosotros. Ojalá a todos nos acontezca conseguirla, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sean la gloria y el poder por los siglos de los siglos. —Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (1), Homilía XVII (XVI), Tradición México 1981, p. 137-46

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Francisco, p.p.

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        Enciclopedia Católica

P. Lic. José A. Marcone, I.V.E.

 

El testimonio del Bautista

(Jn.1,29-34)

            Introducción

El evangelio de hoy nos presenta una hermosa escena de amor a Cristo, humildad y magnanimidad. El protagonista de esta escena es Juan Bautista. Amor a Cristo, porque en sus palabras se trasluce una alegría emocionada al señalarlo a Cristo a sus discípulos, al hacerlo conocer a Cristo, al nombrarlo con los títulos con que lo nombra. Humildad, porque sus discípulos van a dejarlo para seguir a Cristo; y porque su figura va a eclipsarse con la aparición de Cristo. Magnanimidad, porque se requiere grandeza de alma para reconocer con tanta convicción las virtudes de los demás, como en este caso hace Juan Bautista de Cristo.

El quicio, gozne o pernio sobre el que se mueve todo el evangelio de hoy es el testimonio que Juan Bautista hace de Cristo[1].

1.      El Cordero de Dios

Ahora bien, concretamente, ¿cuál es el testimonio que Juan Bautista da de Jesús? Lo dice claramente: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. ¿Por qué Jesús es cordero y por qué quita el pecado?

En primer lugar, Juan Bautista llama a Jesús ‘cordero que quita el pecado del mundo’ en relación con el cordero que comieron los israelitas la noche en que fueron liberados de la esclavitud de Egipto. Con la sangre de ese cordero los israelitas marcaron sus puertas para que el ángel exterminador no los tocara, salvaran sus vidas y pudieran liberarse de Egipto. Este rito de marcar la puerta con sangre para salvarse es el símbolo de la sangre de Cristo que con su sangre los libera del pecado y nos da la salvación eterna (Éx 12,6-14).

Luego ese ritual se  va a realizar en el desierto y la simbología se verá reforzada. En el desierto, el sacerdote entraba dentro de la Tienda de Reunión, que hacía las veces de Santuario, con la sangre de un novillo, rociaba con sangre el altar y luego hacía lo mismo con el pueblo. Es el símbolo de la sangre de Cristo que lava del pecado (Éx 24,5-8; cf. Mt 26,27-28). Luego el sacerdote soltaba vivo un macho cabrío y lo ofrecía en holocausto fuera del campamento. Es símbolo de Cristo que se ofrece en sacrificio y murió crucificado fuera la ciudad santa, Jerusalén (Éx 29,10-21).

            Toda la fuerza y la eficacia de los sacrificios ofrecidos por el pueblo de Israel en Egipto y en el desierto les vienen del sacrificio de Cristo, ya que el sacrificio del cordero pascual era una figura del verdadero sacrificio que Cristo iba a realizar en la cruz. El mismo San Juan se va a encargar de hacer notar esta relación cuando diga de Cristo en cruz lo mismo que el libro del Éxodo decía del Cordero Pascual: “No se le quebrará hueso alguno” (Éx 12,46; Jn 19,36).

            El sacrifico de Cristo en la cruz, que había sido prefigurado por el sacrificio del Cordero Pascual, será anticipado la noche del Jueves Santo, en la Última Cena, cuando Jesucristo instituya el Santo Sacrificio de la Eucaristía. Aquella última cena de Jesús se desarrolló durante la fiesta de Pascua y en el mismo momento en que se sacrificaba el cordero pascual. La Eucaristía, la Santa Misa es la actualización del mismo sacrificio de Cristo en la cruz y allí Jesús lava con su sangre el pecado de los hombres. Y por eso, en el Rito de Comunión de la Santa Misa, el sacerdote, de la misma manera que Juan el Bautista en el evangelio de hoy, señala a Cristo con aquellas palabras: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

            Todo esto que acabamos de decir queda demostrado y corroborado por el uso que del término “Cordero” se hace en el libro del Apocalipsis. Efectivamente, numerosas veces se nombra a Cristo como el “Cordero degollado” en relación con la purificación del pueblo a través de la sangre, es decir, el perdón de los pecados a causa del sacrificio de Cristo. El texto más claro es el siguiente: “Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado; (…) Los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. (…). Y cantan un cántico nuevo diciendo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, y reinan sobre la tierra.» Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era = miríadas de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos.» Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar” (Apoc 5,6-14). Como puede verse con las palabras y frase que hemos puesto en cursiva y subrayado, toda la gloria del Cordero proviene del hecho que ha sido degollado y con su sangre compró un pueblo numeroso, es decir, redimió, lo cual quiere decir alcanzar para el pueblo el perdón de los pecados. De hecho, la palabra ‘redimir’ proviene del término latino ‘redempto’ que, etimológicamente significa ‘volver a comprar’ (ver también otras citas del Apocalipsis: Apoc 13,8; 14,1-5; 15,3-4, etc.).

            En segundo lugar, Juan Bautista llama a Cristo ‘el cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ haciendo referencia a la imagen del Siervo de Yahveh presentada por el profeta Isaías. Isaías presenta al Mesías como aquel que carga los pecados del mundo sobre sí y los redime siendo sacrificado como un cordero. Dice  textualmente Isaías respecto al Mesías: “El Señor hizo recaer sobre él la culpa de todos nosotros. Siendo maltratado y humillado, no abrió su boca. Era como un cordero llevado al matadero; y como una oveja delante de los que la trasquilan, no abrió su boca. Llevó las culpas de muchos e intercedió por los pecadores” (Is 53,6-7.12)

            Jesucristo es ese Mesías-cordero que es llevado al matadero de la cruz y cuyo sacrificio nos redimirá de nuestros pecados. Jesús es aquel que sufre por nosotros, en las dos acepciones de la preposición por: sufre a favor de nosotros y sufre en lugar de nosotros.

“A la acción del Siervo del Señor corresponde la obra de Jesús, que entrega su vida por mandato del Padre: ‘Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida (…). Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre’ (Jn 10,17-18). Levantado sobre la cruz se va a convertir en signo de salvación (cf. Jn 3,14-15). Por lo tanto, la palabra referida al Cordero de Dios hace alusión desde el inicio a la muerte de Jesús y a su significado salvífico para el mundo entero”[2].

La primera lectura de hoy, tomada precisamente del profeta Isaías, se refiere a este Siervo de Yahveh con estas palabras: “Y ahora, habla el Señor, el que me formó desde el vientre materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a Él y se le reúna Israel. (…) Él dice: «Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; Yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra»” (Is 49,5.6)[3].

Dice el P. Buela: “Pero, ¿por qué había elegido el Cordero como símbolo privilegiado? ¿Por qué se mostró incluso de ese modo en el Trono de la eterna gloria? Porque él estaba libre de pecado y era humilde como un cordero; y porque él había venido para dejarse llevar como cordero al matadero (Is 53,7)”[4].

2.      El Hijo de Dios

Pero el testimonio de Juan Bautista no se reduce a decir que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan Bautista completa su testimonio con esta frase: “Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios” (Jn 1,34).

Al decir ‘Hijo de Dios’, Juan Bautista se refiere a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es decir, al Verbo. De esta manera está haciendo referencia a la divinidad de Jesucristo. Para Juan Bautista es muy importante reafirmar la divinidad de Jesucristo y por eso es que lo subraya diciendo: “Él existía antes que yo” (Jn 1,30). Juan Bautista sabía que él era seis meses mayor que Jesús en su nacimiento humano, pero Jesús existía antes que él porque Jesús es Dios.

 De esta manera completa el título de ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Este Cordero quita el pecado del mundo de un modo muy particular. No es simplemente un hombre que sufre en lugar de otros. No es solamente alguien que alcanza la misericordia para los demás. Es la misma misericordia, porque es Dios. Eso significa que Juan Bautista lo llame Hijo de Dios. Precisamente porque es Dios tiene poder para quitar el pecado del mundo.

“ ‘Yo vi y he dado testimonio que éste es el Hijo de Dios’ (Jn 1,34). De esta manera Juan Bautista explica el fundamento de todo cuanto ha dado a conocer con precedencia acerca de la posición y la obra de Jesús. Por el hecho de que Jesús es el Hijo de Dios y vive desde la eternidad en comunión de igual dignidad con Dios, en cuanto Cordero de Dios puede quitar el pecado de todo el mundo y donar, por medio del bautismo en el Espíritu, la participación en la misma y propia vida con el Padre”[5].

            Conclusión

            “Al inicio y al final del cuarto Evangelio se pone de relieve el significado irrenunciable del testimonio para poder acercarse y llegar a unirse a Jesús, el cual no llega a ser conocido por medio de visiones, de inspiraciones interiores o de pruebas externas (cfr Jn 1,41: Andrés a Pedro: “hemos encontrado el Mesías”; 1,45, Felipe a Natanael; 19,35 “el que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido”, sobre la sangre y el agua del costado) y son enviados para dar testimonio (cfr 17,18: “yo los envío” ; 20,21: “yo los envío”)”[6].

            Jesús quiere ser conocido no a través de inspiraciones interiores o visiones, sino a través del testimonio que los cristianos den de Jesús, a imitación de Juan Bautista. Es imposible que el mundo conozca hoy a Jesús sin el testimonio de los cristianos.

Pero ese testimonio es imposible hacerlo sin la experiencia de Jesús. Primero debemos conocer a Jesús, experimentarlo y luego entonces estaremos en capacidad de dar testimonio de Jesús.

            ¿Cómo se hace esa experiencia de Jesús? En primer lugar a través de la fe, creyendo firmemente la frase del Credo: “Creo en Jesucristo su único Hijo, Nuestro Señor, …”

En segundo lugar, a través del cumplimiento de su voluntad, cumpliendo con exactitud sus diez mandamientos.

En tercer lugar, a través  de la  comunión de su Cuerpo en la Santa Misa. Es en ese momento donde nosotros renovamos el mismo testimonio de Juan Bautista: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Es en ese momento donde nosotros nos unimos a Jesús estrechamente y hacemos una verdadera experiencia de Cristo.

En cuarto lugar, a través de la oración, sobre todo la oración hecha en silencio delante del Sagrario donde se guarda su Cuerpo o delante de la custodia cuando su Cuerpo está expuesto para ser adorado. A través de la oración entramos en relación con Jesús, conversamos con Él, adquirimos una vida de intimidad con Él y de esa manera adquirimos un conocimiento que nos permitirá testimoniarlo.

La palabra ‘testigo’, en griego, se dice ‘mártir’. Solamente podemos ser verdaderos testigos de Cristo si somos mártires. En el mundo de hoy que apostata de Cristo e incluso se genera una ‘cristofobia’, solamente seremos verdaderos testigos si estamos dispuestos a ser mártires.

_____________________________________________________________
[1] En un buen castellano también podría decirse: “Todo el evangelio de hoy está enquiciado, engoznado o empernado alrededor del testimonio que Juan Bautista hace de Cristo” (cf. DRAE).
[2] Stock, K., Gesù, il Figlio di Dio, Edizioni ADP, Roma, 1993, p. 28 – 29.
[3] Dice la Biblia de Jerusalén en nota a Jn 1,29: “Uno de los símbolos principales de la cristología joánica, cf. Ap.5,6.12, etc. funde en una sola realidad la imagen del ‘Siervo’ de Is. 53 que carga con el pecado de los hombres y se ofrece como ‘cordero expiatorio (Lv 14), y el rito del cordero pascual (Ex.12,1+; cf. Jn.19,36: ‘No  se le quebrará hueso alguno’), símbolo de la redención de Israel. Cf. Hech 8,31-35: el eunuco y Felipe Is 53; 1Cor 5,7: ‘Nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado’; 1Pe 1,18-20: ‘Habéis sido rescatados (…) con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla’”. Y en nota a Apoc 5,6 dice la misma Biblia de Jerusalén: “Después de los títulos mesiánicos del v.5 (León de la tribu de Judá y retoño de David), aparece aquí el título de Cordero que en el Apoc. se le dará a Cristo unas treinta veces. Es el Cordero que ha sido inmolado para salvación del pueblo elegido, cf. Jn 1,29+; Is 53,7. Lleva las huellas de su suplicio, pero está de pie, triunfante, cf. Hech 7,55 (Esteban: “…vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios”), vencedor de la muerte, 1,18 (“Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos”), y por esto asociado a Dios como dueño de toda la humanidad, v. 13 (todos los seres de la tierra aclaman: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, etc.”), etc.; cf. cap. 21-22; Rm.1,4+ (“constituido Hijo de Dios con poder”; nota B. de J.: es Kyrios por su resurrección), etc. “El Mesías, León para vencer, se hizo Cordero para sufrir” (Victorino de Pettau)”.
[4] Buela, C., Las Bodas del Cordero, homilía pronunciada el 22 de febrero de 2006 en el Monasterio «Beata Maria Gabriela de la Unidad», Roma.
[5] Stock, K., Gesù, il Figlio…, p. 30.
[6] Stock, K., Gesù, il Figlio…, p. 31.

Volver Aplicación



San Juan Pablo II

 

«La gracia y la paz delante de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» (1 Cor 1,3).

El tiempo de Navidad, que hemos vivido hace poco, ha renovado en nosotros la conciencia de que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Esta conciencia no nos abandona jamás; sin embargo, en este período se hace particularmente viva y expresiva. Se convierte en el contenido de la liturgia, pero también en el contenido de la vida cristiana, familiar y social. Nos preparamos siempre para esta santa noche del nacimiento temporal de Dios mediante el Adviento, tal como lo proclama hoy el Salmo responsorial: «Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y escuchó mi grito»(Sal 39/40,2).

Es admirable este inclinarse del Señor sobre los hombres. Haciéndose hombre, y ante todo como Niño indefenso, hace que más bien nos inclinemos sobre Él, igual que María y José, como los pastores, y luego los tres Magos de Oriente. Nos inclinamos con veneración, pero también con ternura. ¡En el nacimiento terreno de su Hijo, Dios se «adapta» al hombre tanto, que incluso se hace hombre!

Y precisamente este hecho se nos recuerda ahora, si seguimos el hilo del Salmo: nos «puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios» (Sal 39/40,4). ¡Qué candor se trasluce en nuestros cantos navideños! ¡Cómo expresan la cercanía de Dios, que se ha hecho hombre y débil niño! ¡Que jamás perdamos el sentido profundo de este misterio! Que lo mantengamos siempre vivo, tal como lo han transmitido los grandes santos.

Lo expresa también el Profeta Isaías cuando proclama hoy en la primera lectura: «Mi Dios fue mi fuerza» (Is 49,5). Y en la segunda lectura San Pablo se dirige a los Corintios -y al mismo tiempo indirectamente a nosotros- como a «los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que Él llamó» (1 Cor 1,2).

El reciente Concilio nos ha recordado la vocación de todos a la santidad. ¡Esta es precisamente nuestra vocación en Jesucristo! Y es don esencial del nacimiento temporal de Dios. ¡Al nacer como hombre el Hijo de Dios confiesa la dignidad del ser humano, y a la vez le hace una nueva llamada, la llamada a la santidad!

¿Quién es Jesucristo?

El que nació la noche de Belén. El que fue revelado a los pastores y a los Magos de Oriente. Pero el Evangelio de este domingo nos lleva una vez más a las riberas del Jordán, donde después de 30 años de su nacimiento, Juan Bautista prepara a los hombres para su venida. Y cuando ve a Jesús, «que venía hacia él», dice: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Juan afirma que bautiza en el Jordán «con agua para que -Jesús de Nazaret- sea manifestado a Israel» (Jn 1,31).

Nos habituamos a las palabras: «Cordero de Dios». Y, sin embargo, éstas son simplemente palabras maravillosas, misteriosas, palabras potentes. ¡Cómo podían comprenderlas los oyentes inmediatos de Juan, que conocían el sacrificio del cordero ligado a la noche del éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto!

¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

Los versos siguientes del Salmo responsorial de hoy explican más plenamente lo que se reveló en el Jordán y a través de las palabras de Juan Bautista, y que ya había comenzado la noche de Belén. El salmo se dirige a Dios con las palabras del Salmista, pero indirectamente nos trae de nuevo las palabras del Hijo eterno hecho hombre: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero» (Sal 39/40,7-9).

Así habla, con las palabras del Salmo, el Hijo de Dios hecho hombre. Juan capta la misma verdad en el Jordán, cuando señalándolo, grita: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Hemos sido, pues, «santificados en Cristo Jesús». Y estamos «llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro» (1 Cor 1,2).

Jesucristo es el Cordero de Dios, que dice de Sí mismo: «Dios mío, quiero hacer tu voluntad, y llevo tu ley en las entrañas» (cf. Sal. 39/40, 9).

¿Qué es la santidad? Es precisamente la alegría de hacer la voluntad de Dios.

El hombre experimenta esta alegría por medio de una constante acción profunda sobre sí mismo, por medio de la fidelidad a la ley divina, a los mandamientos del Evangelio. E incluso con renuncias.

El hombre participa de esta alegría siempre y exclusivamente por medio de Jesucristo, Cordero de Dios. ¡Qué elocuente es que escuchemos las palabras pronunciadas por Juan en el Jordán, cuando debemos acercarnos a recibir a Cristo en nuestros corazones y en la comunión eucarística!

Viene a nosotros el que trae la alegría de hacer la voluntad de Dios. El que trae la santidad.

Escuchamos las palabras: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Y continuamente sentimos la llamada a la santidad.

Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y continuamente nos da la fuerza de la santificación. Continuamente nos da «el poder de llegar a ser hijos de Dios», como lo proclama la liturgia de hoy en el canto del Aleluya.

Esta potencia de santificación del hombre, potencia continua e inagotable, es el don del Cordero de Dios. Juan señalándolo en el Jordán, dice: «Éste es el Hijo de Dios» (Jn 1,34), «Ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo» (Jn 1,33), es decir, nos sumerge en ese Espíritu al que Juan vio, mientras bautizaba, «que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él» (Jn 1,32). Éste fue el signo mesiánico. En este signo, Él mismo, que está lleno de poder y de Espíritu Santo, se ha revelado como causa de nuestra santidad: el Cordero de Dios, el autor de nuestra santidad.

¡Dejemos que Él actúe en nosotros con la potencia del Espíritu Santo!

¡Dejemos que Él nos guíe por los caminos de la fe, de la esperanza, de la caridad, por el camino de la santidad!

¡Dejemos que el Espíritu Santo -Espíritu de Jesucristo- renueve la faz de la tierra a través de cada uno de nosotros!

De este modo, resuene en toda nuestra vida el canto de Navidad.

(Domingo 18 de enero de 1981)

Volver Aplicación

S.S. Frncisco p.p.

 

Es hermoso este pasaje del Evangelio. Juan que bautizaba; y Jesús, que había sido bautizado antes —algunos días antes—, se acercaba, y pasó delante de Juan. Y Juan sintió dentro de sí la fuerza del Espíritu Santo para dar testimonio de Jesús. Mirándole, y mirando a la gente que estaba a su alrededor, dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Y da testimonio de Jesús: éste es Jesús, éste es Aquél que viene a salvarnos; éste es Aquél que nos dará la fuerza de la esperanza.

Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que…, no puedo cargarlo ni siquiera con un camión…». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre. Y escuchando lo que dice Juan Bautista, quien da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús.

Muchas veces tenemos confianza en un médico: está bien, porque el médico está para curarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, las hermanas, nos pueden ayudar. Está bien tener esta confianza humana, entre nosotros. Pero olvidamos la confianza en el Señor: ésta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor, confiémonos al Señor. «Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado…»; todo lo que tenemos: «Mira esto: yo me confío a ti». Y ésta es una apuesta que debemos hacer: confiarnos a Él, y nunca decepciona. ¡Nunca, nunca! Oíd bien vosotros muchachos y muchachas que comenzáis ahora la vida: Jesús no decepciona nunca. Jamás. Éste es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero, muerto. Sin gritar. Él vino para salvarnos, para quitar el pecado. El mío, el tuyo y el del mundo: todo, todo.

Y ahora os invito a hacer una cosa: cerremos los ojos, imaginemos esa escena, a la orilla del río, Juan mientras bautiza y Jesús que pasa. Y escuchemos la voz de Juan: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Miremos a Jesús en silencio, que cada uno de nosotros le diga algo a Jesús desde su corazón. En silencio.

Que el Señor Jesús, que es manso, es bueno —es un cordero—, y vino para quitar los pecados, nos acompañe por el camino de nuestra vida. Así sea.

(Visita pastoral a la parroquia romana «Sacro Cuore di Gesù a castro pretorio»,

Domingo 19 de enero de 2014)

Volver Aplicación

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Cordero y Siervo y de Yahveh

Jn 1, 29-34

Jerusalén es el monte donde Dios provee[1].

Abrahán tuvo un hijo que se llamó Isaac, hijo de Sara, hijo de la promesa. Dios mandó a Abrahán sacrificar en su honor a su único hijo en el monte Moria[2]. Yendo Abrahán con su hijo hacia el monte le preguntó Isaac dónde estaba el cordero para el holocausto y Abrahán le respondió: Dios proveerá. Cuando Abrahán iba a degollar a su hijo, siguiendo el mandato de Dios, el ángel lo detuvo y Dios se complació en la obediencia del Patriarca. Encontraron providencialmente en aquel lugar un cordero para el sacrificio.

Isaac es figura de Cristo. Isaac cargó con la leña para el holocausto como Cristo con la cruz, pero Isaac fue perdonado, Cristo no. El holocausto de Isaac no aplacaría a Dios como tampoco los millones de corderos que Israel inmolaría en su historia. No aplacan porque no cumplen las condiciones de la verdadera víctima que tiene que ser de la misma naturaleza que los rescatados, estar libre de pecado y ofrecerse voluntariamente.

El cordero de la pascua también es figura de Cristo. Su sangre libró a los israelitas del ángel exterminador en Egipto y liberó al pueblo de la esclavitud[3] pero esta era una liberación terrenal figura de la verdadera liberación. La Pascua instituida conmemoraba el paso del mar rojo y la liberación.

Dios proveyó la víctima y la víctima se entregó en holocausto en el monte de Dios provee. Esa víctima fue Jesús, el Hijo Único del Padre, que voluntariamente se entregó por nosotros siendo inocente.

En el Evangelio de hoy Juan da testimonio de este Cordero que Dios provee a los hombres. “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Juan lo señala porque lo conocía. El que envió a bautizar a Juan[4] le dio la señal “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y “he visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él”. Juan da testimonio de Jesús y testifica también lo que ha oído al bautizar, que es el Hijo de Dios.

Juan lo llama ese día Cordero de Dios y hará lo mismo al día siguiente. “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”[5].

Señala este nombre dos aspectos de Jesús: primero, el de cargar con los pecados del mundo y segundo, el de liberar a los hombres del pecado.

El primero es señalado en los cantos del Siervo de Yahvé de Isaías: “como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores”[6], señalando el aspecto de mansedumbre de Jesús durante su vida y en especial en su Pasión “Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros”, sacrificio vicario de Cristo para renovar la definitiva y eterna alianza.

El segundo es figurado en el cordero pascual cuya sangre liberó a los israelitas de la esclavitud. Jesús es el cordero inocente que nos libera del pecado. Es el que nos hace salir de las tinieblas para entrar al reino de la luz, aspecto también profetizado por Isaías respecto al Siervo de Yahvé: “te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”[7].

En Cristo, el Cordero de Dios que carga los pecados del mundo, se unen ambos aspectos, pues, cargó con nuestros pecados como Isaac con la leña del holocausto y fue ofrecido en sacrificio por nuestra libertad, “él soportó” el castigo que nos trae la paz; “con sus cardenales hemos sido curados”[8]. “Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido”[9]. Por su luz iluminó nuestras vidas. Iluminación por su enseñanza y también por su muerte en cruz, pues el pecado oscurece la mente.

Dios proveyó la víctima y el monte Moria, luego del sacrificio de Abraham, fue “monte de Dios proveyó” y finalmente después del sacrificio de Cristo es el “monte de la visión de paz”, pues allí nace la Nueva Jerusalén.

En el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo hay una respuesta al problema del mal en el mundo. El inocente que muere por amor a otros. El Hijo Único y amado del Padre es entregado, por amor, a los hijos rebeldes y malos, desagradecidos. En la muerte del cordero inocente hay un augurio de final feliz. El dolor es vencido por el gozo. A la muerte sucede la resurrección. A las tinieblas sigue la luz.

Así obra Dios, aunque el porqué de su obrar se encuentra, en el misterio de su sabiduría infinita.

_________________________________________________
[1] Gn 22, 14; Cf. v. 8
[2] Gn 22, 2. Colina donde se levantó el templo de Jerusalén. Nota de Jsalén.
[3] Ex 12, 29 s
[4] Lc 3, 2
[5] Jn 1, 36
[6] Is 53,7
[7] Is 49, 6
[8] Is 53, 5
[9] Is 53, 8

Volver Aplicación

Enciclopedia Católica

Cordero (en el Simbolismo Cristiano Primitivo)

Uno de los pocos símbolos Cristianos procedentes del primer siglo es el del Buen Pastor llevando sobre sus hombros un cordero o una oveja, con otras dos ovejas a su lado. Entre los siglos primero y cuarto fueron pintados ochenta y ocho frescos de este tipo en las Catacumbas Romanas. Según la interpretación de Wilpert, el significado que puede ser asociado a este símbolo, es el que sigue. El cordero u oveja sobre los hombros del Buen Pastor es un símbolo del alma de los difuntos llevada por Nuestro Señor al cielo; mientras que las dos ovejas que acompañan al Pastor representan los santos que ya gozan de la felicidad eterna. Esta interpretación está en armonía con una antigua oración litúrgica por los difuntos del siguiente tenor: «Te rogamos Dios . . . que seas misericordioso con él en el juicio, habiéndolo redimido por tu muerte, líbralo del pecado, y reconcílialo con el Padre. Se para él el Buen Pastor y llévalo sobre tus hombros [al redil] Recíbelo en el Reino venidero, y concédele participar en el gozo eterno de la Sociedad de los santos» (Muratori, «Lit. Rom. Vet.», I, 751). En los frescos de las catacumbas esta petición está representada como ya cumplida; el difunto está en compañía de los santos.

(…)

El cordero, u oveja, símbolo, entonces, del primer tipo descrito, tiene siempre, en todas las pinturas de catacumbas y en sarcófagos del siglo cuarto, un significado asociado con la condición del difunto después de muerto. Pero en la nueva era iniciada por Constantino el Grande, el cordero aparece en el arte de las basílicas con un significado totalmente nuevo. El esquema general de la decoración absidal con mosaico en las basílicas que se construyen por todas partes tras la conversión de Constantino, se asemeja en lo fundamental a lo descrito por San Paulino como existente en la Basílica de San Felix de Nola. «La Trinidad resplandece en su misterio pleno», el santo nos dice: «Cristo es representado mediante la figura de un cordero; la voz del Padre truena desde el cielo; y el Espíritu Santo es derramado a través de la paloma. La Cruz está rodeada por un círculo de luz como por una corona. La corona de esta corona son los mismos apóstoles, que son representados por un coro de palomas. La Divina unidad de la Trinidad es resumida en Cristo. La Trinidad tiene al mismo tiempo sus propias representaciones; Dios es representado por la voz paternal, y por el Espíritu; la Cruz y el Cordero significan la Víctima Santa. El fondo de púrpura y las palmas significan la realeza y el triunfo. Sobre la roca está de pie aquel que es la Roca de la Iglesia, de la que fluyen las cuatro fuentes murmurantes, los Evangelistas, ríos vivos de Cristo» (San Paulino, «Ep. xxxii, ad Severum», sect. 10, P. L. LXI, 336). El Divino Cordero era normalmente representado en los mosaicos absidales de pie sobre el monte místico desde donde fluyen los cuatro arroyos del Paraíso simbolizando a los Evangelistas; doce ovejas, seis a cada lado, eran además representadas, viniendo desde las ciudades de Jerusalén y Belén (indicadas por pequeñas casas en los extremos de la escena) y marchando hacia el cordero. La zona inferior, no existente en la actualidad, del famoso mosaico del siglo cuarto de la iglesia de Sta. Pudenciana de Roma, originalmente representaba el cordero sobre la montaña y probablemente también las doce ovejas; el mosaico absidal del siglo sexto de los Sts. Cosme y Damián existente en Roma, da una buena idea de la manera en que se representaba este tema.

Según el «Liber Pontificalis», Constantino el Grande regaló al baptisterio Laterano, que él fundó, una estatua de oro de un cordero derramando agua que fue emplazada entre dos estatuas de plata de Cristo y San Juan Bautista; el Bautista estaba representado portando un rollo inscrito con las palabras: «Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi.» Desde el siglo quinto, la cabeza del cordero empezó a ser rodeada por la aureola. Diversos monumentos también muestran al cordero con su cabeza coronada por varias formas de Cruz; un monumento descubierto por de Vogüé en la Siria Central muestra al cordero con la Cruz sobre sus espaldas.

El siguiente paso en el desarrollo de la idea de asociar la Cruz con el cordero aparece en un mosaico del siglo sexto de la Basílica Vaticana que representaba al cordero sobre un trono, a los pies de una Cruz adornada con gemas. Del costado traspasado de este cordero, fluía sangre en un cáliz desde donde a su vez se distribuía en cinco chorros, recordando las cinco llagas de Cristo. Finalmente, otro monumento del siglo sexto, formando parte en la actualidad del ciborio de San Marcos, en Venecia, presenta una escena de crucifixión con los dos ladrones crucificados, mientras que Cristo es representado como un cordero, permaneciendo erguido sobre la unión de los maderos. Uno de los más interesantes monumentos mostrando al Divino Cordero de variadas maneras es el sarcófago de Junius Bassus (m. 358). En cuatro de los tímpanos entre los nichos aparece levantando a Lázaro, por medio de un bastón, desde la tumba; siendo bautizado por otro cordero, con una paloma sobrevolando la escena; multiplicando los panes, en dos cestos, mediante el toque con un bastón; unido a otros tres corderos. Otras dos escenas muestran un cordero recibiendo las Tablas de la Ley en el Monte Sinaí y golpeando una roca de la que fluye un chorro de agua. Por tanto en esta serie, el cordero es un símbolo, no sólo de Cristo, sino también de Moisés, del Bautista, y de los tres Jóvenes en el horno ardiente. El fresco del cementerio de Praetextatus, mostrando a Susana como un cordero entre dos lobos (los ancianos), es otro ejemplo del cordero como símbolo de un creyente ordinario.

Traducido por Juan I. Cuadrado

Volver Aplicación

Inicio

Directorio Homilético

 

Segundo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 604-609: Jesús, el Ángel de Dios que quita el pecado del mundo

CEC 689-690: la misión del Hijo y del Espíritu Santo

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

605    Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

III     CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

 

          Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

606    El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: … He aquí que vengo … para hacer, oh Dios, tu voluntad … En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).

607    Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).

          «El cordero que quita el pecado del mundo»

608    Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).

          Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

609    Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).

I        LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU

689    Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el Espíritu de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es realmente Dios. Consubstancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad vivificante, consubstancial e individible, la fe de la Iglesia profesa también la distinción de las Personas. Cuando el Padre envía su Verbo, envía también su aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela.

690    Jesús es Cristo, «ungido», porque el Espíritu es su Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud (cf. Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: El les comunica su Gloria (cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (cf. Jn 16, 14). La misión  conjunta y mutua se desplegará desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en él:

          La noción de la unción sugiere …que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu… de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu desde todas partes delante de los que se acercan por la fe (San Gregorio Niceno, Spir. 3, 1).

Volver Direc. Homil.

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio

                                                                     

Fiesta del Bautismo del Señor

 

08
enero

Fiesta del Bautismo del Señor  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Directorio Homilético

#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Fiesta del Bautismo del Señor (A)

(Domingo 8 de Enero de 2017)

LECTURAS

Este es mi servidor en quien se complace mi alma

Lectura del libro de Isaías     42, 1-4. 6-7

Así habla el Señor:
Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad; no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley.
Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé
y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.

Palabra de Dios.

SALMO     28, 1a. 2. 3ac-4. 3b. 9c-10

R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

¡Aclamen al Señor, hijos de Dios!
¡Aclamen la gloria del nombre del Señor
adórenlo al manifestarse su santidad!
El Señor bendice a su pueblo con la paz. R.

¡La voz del Señor sobre las aguas!
el Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es majestuosa! R.

El Dios de la gloria hace oír su trueno:
En su Templo, todos dicen: «¡Gloria!»
El Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales,
el Señor se sienta en su trono de Rey eterno. R.

Dios lo ungió con el Espíritu Santo

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     10, 34-38

Pedro, tomando la palabra, dijo:
«Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él.
El envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos.
Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.»

Palabra de Dios.

ALELUIA     Cf. Mc 9, 7

Aleluia.
Los cielos se abrieron y se oyó la voz del Padre:
Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.
Aleluia.

EVANGELIO

Apenas fue bautizado Jesús
vio el Espíritu de Dios descender sobre él

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     3, 13-17

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!»
Pero Jesús le respondió: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Fiesta del Bautismo del Señor 2017 (A)

Entrada:

Celebramos hoy la Fiesta del Bautismo del Señor. Dos son los misterios fundamentales que se nos presentan: en primer lugar, Jesucristo es presentado como la segunda persona de la Santísima Trinidad; en segundo lugar, Jesucristo se sumerge en el agua como símbolo del bautismo de sangre con el que lavará al mundo entero en la cruz. Participemos con atención y devoción de esta Santa Misa.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                  Isaías 42, 1- 4. 6- 7

El Verbo de Dios al encarnarse hace alianza eterna con el hombre, y se constituye en Luz para todas las naciones de la tierra.

Salmo Responsorial: 28, 1ª. 2- 3ac. 4. 3b. 9c- 10

Segunda Lectura:     Hechos 10, 34- 38

Cristo, ungido con el Espíritu Santo, es el Señor de todos.

Evangelio:         Mateo 3, 13- 17

Jesús en su humildad quiere ser bautizado. De esta manera se somete a la Voluntad del Padre y el Espíritu de Dios desciende sobre Él.

Preces:

Presentamos las necesidades de todos los hombres a Jesús, que viene del cielo para revelarnos su gloria.

A cada intención respondemos cantando:

+ Por el Santo Padre Francisco para que, ungido con la fuerza de lo alto, sea siempre una luz en el camino de cuantos buscan al Señor. Oremos.

+ Agradecemos inmensamente al Niño de Belén que haya otorgado la paz a la martirizada ciudad de Alepo, en Siria. Al mismo tiempo le pedimos que fortalezca la paz y que la extienda a toda la nación siria. Oremos.

+ Por los consagrados, para que viviendo con generosa radicalidad la fe, la esperanza y el amor recibidos en el bautismo, sean para el mundo un reflejo del amor del Padre. Oremos.

+ Por todos los fieles laicos, para que vivan las promesas bautismales con la alegría de saberse hijos de Dios en Jesucristo. Oremos.

+ Por las naciones, para que abiertas a la manifestación del Señor reinen en ellas el derecho, la justicia y la paz. Oremos.

+ Por todos nosotros, que en este tiempo de navidad hemos contemplado el misterio escondido desde toda la eternidad, para que guardándolo en el corazón demos frutos dignos de conversión. Oremos.

Con la confianza de los hijos, te presentamos Señor estas oraciones sabiendo que no seremos defraudados. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Recibe Señor, la ofrenda de nuestra vida y el deseo sincero de hacer el bien a todos.

*Ofrecemos incienso y con él nuestras plegarias por las necesidades de la Iglesia.

*Presentamos el pan y el vino y con ellos nuestra comunión con los que sufren y comparten la Pasión de Cristo.

Comunión: La Eucaristía nos hace “hombres nuevos”, “criaturas nuevas”, y suscita en nuestras almas el deseo de entregarnos a Dios sin reservas.

Salida: María engendró para nosotros al Salvador que quita los pecados del mundo. Vivamos con gozosa radicalidad la fe, la esperanza y el amor recibidos en el bautismo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

 Exégesis 

·         W. Trilling

BAUTISMO DE JESÚS

(Mt/03/13-17)

13 Entonces Jesús llega de Galilea al Jordán, y se presenta a Juan para que lo bautice. 14 Pero Juan quería impedírselo, diciendo: Soy yo quien debería ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? 15 Pero Jesús le contestó: Permítelo por ahora; porque es conveniente que así cumplamos toda justicia. Entonces Juan se lo permitió.

Jesús viene como uno de tantos, y con la intención expresamente mencionada de ser bautizado. Esto no se había dicho tan claramente de los fariseos y saduceos (3,7), es bastante singular, e inmediatamente suscita la pregunta: ¿Cómo puede humillarse entre los más débiles el que fue designado como «el que es más fuerte» y a quien se han atribuido tales facultades? ¿Cómo es posible que el juez de los demás aquí juzgue, al parecer, su propia vida? El que debía bautizar con el Espíritu Santo ¿se deja ahora lavar con agua? Tales preguntas probablemente se han formulado muy pronto en el tiempo misional de la primitiva Iglesia, cuando se informaba del bautismo de Jesús. Los demás evangelistas pasan por alto la dificultad y no le dan ninguna respuesta. En san Mateo, el Bautista y Jesús dan ya la respuesta en su encuentro. Juan debió de reconocer en seguida a Jesús. La escena no se describe con pormenores, como en el Evangelio de san Juan (Jua_1:29-37). El Bautista tampoco lo da a conocer al pueblo. Procura disuadirle de su propósito con la pregunta desconcertada: Soy yo quien debería ser bautizado por ti, ¿y tu vienes a mí? Juan aún no ha sido bautizado con el bautismo del espíritu, que acaba de anunciar, y pide a Jesús este bautismo, que una vez más se describe como superior, como la revelación de su propio bautismo, y de este modo el tiempo antiguo es separado del nuevo. La línea divisoria queda trazada, por así decir, a través de la figura de Juan. Es verdad que entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie mayor que él, pero también se dice que «el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él» (Mat_11:11). Su pregunta no es ante todo una señal de humildad personal o del deseo de la propia salvación, sino que es la consecuencia de su predicación: ahora viene el tiempo del «más fuerte»; el que bautiza con Espíritu y fuego no tiene nada que ver con mi bautismo de penitencia. Jesús le contesta: Permitemelo por ahora. No te opongas y deja que ocurra lo que es necesario. Porque es conveniente que así cumplamos toda justicia. Es curioso que Jesús se solidarice con el Bautista y use la primera persona del plural «cumplamos». Los que tienen un rango tan desigual (Juan no se siente capaz de prestar el más insignificante servicio de esclavo) están unidos en un respecto: ahora nos está encomendado a nosotros dos algo a lo que no podemos sustraernos. Se trata de «toda justicia». ¿Qué significa esto? ¿No es la justicia una conducta personal dentro del ámbito de la perfección, como fue atribuida a José? Aquí también se hace referencia a esta conducta: en todo tenemos que hacer dócilmente lo que Dios ahora quiere. Los dos estamos subordinados a una orden superior. Es el «camino de la justicia», el camino que conduce a la verdadera vida, por el cual vino Juan (Mat_21:32). El Mesías toma el mismo camino, el cual le conducirá por la obediencia a la muerte. El Mesías ya desde el principio indica a todos los imitadores lo que es la «justicia» que debe aventajar mucho la de los escribas y fariseos (Mt 5,20): mortificar la propia voluntad, identificarse profunda e interiormente con la voluntad de Dios…

16 Apenas bautizado Jesús, salió en seguida del agua, y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios descender, como una paloma, y venir sobre él, 17 mientras de los cielos salió una voz que decía: éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido.

Esta escena casi parece una respuesta a la dicción «toda justicia». Jesús sale del agua, el cielo se hiende y Jesús ve al Espíritu de Dios descender, como una paloma, y venir sobre él. San Mateo describe el acontecimiento como una experiencia personal del Señor; el gran público parece que no nota nada (Así también Mar_1:10; de otra manera hablan Lc 3,21s, y Jua 1:32-34, que no menciona el bautismo). Es algo que ocurre entre el Padre y él, es un misterio dentro de la esfera divina. De nuevo se habla del «Espíritu de Dios», el cual ya actuó en la concepción milagrosa en el seno de la virgen (1,18.20). Es obra del Espíritu el principio de la vida, y también lo es el comienzo de la actividad. Cuando el Espíritu desciende «sobre él», toma posesión de él. Así también hablaban los hombres de Dios en el Antiguo Testamento, y sobre todo Isaías anuncia acerca del Mesías: «Está sobre mí el espíritu del Señor; porque el Señor me ha ungido, y me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres» (Isa_61:1). Toda misión procede de Dios nuestro Señor, pero la realización es llevada a cabo e impulsada por su Espíritu Santo. Así también sucede en el Mesías… A la señal silenciosa del Espíritu que desciende, sobreviene la palabra del Padre, que resuena desde el cielo: éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido. He aquí una revelación que quita el aliento. Dios muestra su predilección por este hombre, que está a la orilla del Jordán como un hombre del pueblo, discreto e inadvertido. A este hombre Dios le llama su «Hijo amado». El adjetivo tiene el significado de «el único», pero aquí también resuena la viveza y la proximidad del amor, que experimentamos en primer lugar. En la antigua alianza también se habla de los «hijos de Dios». Especialmente los reyes de Israel son designados así. Están particularmente cerca de Dios, ya que representan su dominio y su gloria en la tierra. Pero antes Dios a nadie había llamado nunca «mi hijo amado». Se denota un misterio nuevo e incomparable, conocido por Jesús, ignorado entonces por los circunstantes, proclamado más tarde jubilosamente por la fe de la Iglesia. El Padre no designa a Jesús como su Hijo, para presentarlo al mundo o para revelarse a él personalmente, sino para mostrar su predilección por él. «En quien me he complacido» quiere decir: me complace en todo lo que dice y hace, en su vida y en sus sufrimientos. La actividad, que pronto ha de empezar, lleva expresamente y desde un principio el sello del divino reconocimiento. Ya de antemano está resuelto lo que Dios hará con la resurrección del crucificado. Principio y fin se corresponden mutuamente como dos pilares, en los que descansa el presente…

(Trilling, W., El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

EL BAUTISMO DE JESÚS

La vida pública de Jesús comienza con su bautismo en el Jordán por Juan el Bautista. Mientras Mateo fecha este acontecimiento sólo con una fórmula convencional —«en aquellos días»—, Lucas lo enmarca intencionalmente en el gran contexto de la historia universal, permitiendo así una datación bien precisa.

(…)

En los relatos de la infancia, Lucas ya había dado dos datos temporales importantes. Sobre el comienzo de la vida del Bautista nos dice que habría que datarlo «en tiempos de Herodes, rey de Judea» (1, 5). Mientras que el dato temporal sobre el Bautista queda así dentro de la historia judía, el relato de la infancia de Jesús comienza con las palabras: «Por entonces salió un decreto del emperador Augusto.» (2,1). Aparece como trasfondo, pues, la gran historia universal representada por el imperio romano.

Este hilo conductor lo retoma Lucas en la introducción a la historia del Bautista, en el comienzo de la vida pública de Jesús. Nos dice en tono solemne y con precisión: «El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes virrey de Galilea, su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anas y Caifas…»(3, ls). Con la mención del emperador romano se indica de nuevo la colocación temporal de Jesús en la historia universal: no hay que ver la aparición pública de Jesús como un mítico antes o después, que puede significar al mismo tiempo siempre y nunca; es un acontecimiento histórico que se puede datar con toda la seriedad de la historia humana ocurrida realmente; con su unicidad, cuya contemporaneidad con todos los tiempos es diferente a la intemporalidad del mito.

No se trata sin embargo sólo de la datación: el emperador y Jesús representan dos órdenes diferentes de la realidad, que no tienen por qué excluirse mutuamente, pero cuya confrontación comporta la amenaza de un conflicto que afecta a las cuestiones fundamentales de la humanidad y de la existencia humana. «Lo que es del César, pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios» (Mc 12,17), dirá más tarde Jesús, expresando así la compatibilidad esencial de ambas esferas. Pero si el imperio se considera a sí mismo divino, como se da a entender cuando Augusto se presenta a sí mismo como portador de la paz mundial y salvador de la humanidad, entonces el cristiano debe «obedecer antes a Dios que a los hombres» (Hch 5, 29); en ese caso, los cristianos se convierten en «mártires», en testigos del Cristo que ha muerto bajo el reinado de Poncio Pilato en la cruz como «el testigo fiel» (Ap 1,5). Con la mención del nombre de Poncio Pilato se proyecta ya desde el inicio de la actividad de Jesús la sombra de la cruz. La cruz se anuncia también en los nombres de Herodes, Anas y Caifas.

Pero, al poner al emperador y a los príncipes entre los que se dividía la Tierra Santa unos junto a otros, se manifiesta algo más. Todos estos principados dependen de la Roma pagana. El reino de David se ha derrumbado, su «casa» ha caído (cf. Am 9, lis); el descendiente, que según la Ley es el padre de Jesús, es un artesano de la provincia de Galilea, poblada predominantemente por paganos. Una vez más, Israel vive en la oscuridad de Dios, las promesas hechas a Abraham y David parecen sumidas en el silencio de Dios. Una vez más puede oírse el lamento: ya no tenemos un profeta, parece que Dios ha abandonado a su pueblo. Pero precisamente por eso el país bullía de inquietudes.

(…)

La aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan. El cuarto Evangelio nos dice que el Bautista «no conocía» a ese más Grande a quien quería preparar el camino (cf. Jn 1, 30-33). Pero sabe que ha sido enviado para preparar el camino a ese misterioso Otro, sabe que toda su misión está orientada a Él.

En los cuatro Evangelios se describe esa misión con un pasaje de Isaías: «Una voz clama en el desierto: » ¡Preparad el camino al Señor! ¡Allanadle los caminos!»» (Is 40, 3). Marcos añade una frase compuesta de Malaquías 3, 1 y Éxodo 23, 20 que, en otro contexto, encontramos también en Mateo (11, 10) y en Lucas (1, 76; 7, 27): «Yo envío a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino» (Mc 1,2). Todos estos textos del Antiguo Testamento hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a Él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino. Con la predicación del Bautista se hicieron realidad todas estas antiguas palabras de esperanza: se anunciaba algo realmente grande.

Podemos imaginar la extraordinaria impresión que tuvo que causar la figura y el mensaje del Bautista en la efervescente atmósfera de aquel momento de la historia de Jerusalén. Por fin había de nuevo un profeta cuya vida también le acreditaba como tal. Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia. Juan bautiza con agua, pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego, está al llegar. Por eso, no hay que ver las palabras de san Marcos como una exageración: «Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (1,5). El bautismo de Juan incluye la confesión: el reconocimiento de los pecados. El judaísmo de aquellos tiempos conocía confesiones genéricas y formales, pero también el reconocimiento personal de los pecados, en el que se debían enumerar las diversas acciones pecaminosas (Gnilka I, p. 68). Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente. Esto se simboliza en las diversas fases del bautismo. Por un lado, en la inmersión se simboliza la muerte y hace pensar en el diluvio que destruye y aniquila. En el pensamiento antiguo el océano se veía como la amenaza continua del cosmos, de la tierra; las aguas primordiales que podían sumergir toda vida. En la inmersión, también el río podía representar este simbolismo. Pero, al ser agua que fluye, es sobre todo símbolo de vida: los grandes ríos —Nilo, Eufrates, Tigris— son los grandes dispensadores de vida. También el Jordán es fuente de vida para su tierra, hasta hoy. Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y de un nuevo comienzo, es decir, de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo. Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollará expresamente sólo en la teología bautismal cristiana, pero está ya incoado en la inmersión en el Jordán y en el salir después de las aguas.

Toda Judea y Jerusalén acudía para bautizarse, como acabamos de escuchar. Pero ahora hay algo nuevo: «Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán» (Mc 1, 9). Hasta entonces, no se había hablado de peregrinos venidos de Galilea; todo parecía restringirse al territorio judío. Pero lo realmente nuevo no es que Jesús venga de otra zona geográfica, de lejos, por así decirlo. Lo realmente nuevo es que Él —Jesús— quiere ser bautizado, que se mezcla entre la multitud gris de los pecadores que esperan a orillas del Jordán. El bautismo comportaba la confesión de las culpas (ya lo hemos oído). Era realmente un reconocimiento de los pecados y el propósito de poner fin a una vida anterior malgastada para recibir una nueva. ¿Podía hacerlo Jesús? ¿Cómo podía reconocer sus pecados? ¿Cómo podía desprenderse de su vida anterior para entrar en otra vida nueva? Los cristianos tuvieron que plantearse estas cuestiones. La discusión entre el Bautista y Jesús, de la que nos habla Mateo, expresa también la pregunta que él hace a Jesús: «Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (3, 14). Mateo nos cuenta además: «Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan lo permitió» (3, 15).

No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra «justicia»: debe cumplirse toda «justicia». En el mundo en que vive Jesús, «justicia» es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del «yugo del Reino de Dios», según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo.

Puesto que este bautismo comporta un reconocimiento de la culpa y una petición de perdón para poder empezar de nuevo, este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables, pero que tienden a la justicia. Sólo a partir de la cruz y la resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento. Al entrar en el agua, los bautizandos reconocen sus pecados y tratan de liberarse del peso de sus culpas. ¿Qué hizo Jesús? Lucas, que en todo su Evangelio presta una viva atención a la oración de Jesús, y lo presenta constantemente como Aquel que ora —en diálogo con el Padre—, nos dice que Jesús recibió el bautismo mientras oraba (cf. 3, 21). A partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz. Es, por así decirlo, el verdadero Jonás que dijo a los marineros: «Tomadme y lanzadme al mar» (cf. Jon 1, 12). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir «toda justicia», se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo —«Este es mi Hijo amado» (Mc 3,17)— es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (cf. Mc 10, 38; Lc 12, 50).

Sólo a partir de aquí se puede entender el bautismo cristiano. La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús. Aceptar la invitación al bautismo significa ahora trasladarse al lugar del bautismo de Jesús y, así, recibir en su identificación con nosotros nuestra identificación con Él. El punto de su anticipación de la muerte es ahora para nosotros el punto de nuestra anticipación de la resurrección con Él. En su teología del bautismo (cf. Rm 6), Pablo ha desarrollado esta conexión interna sin hablar expresamente del bautismo de Jesús en el Jordán.

Mediante su liturgia y teología del icono, la Iglesia oriental ha desarrollado y profundizado esta forma de entender el bautismo de Jesús. Ve una profunda relación entre el contenido de la fiesta de la Epifanía (proclamación de la filiación divina por la voz del cielo; en Oriente, la Epifanía es el día del bautismo) y la Pascua. En las palabras de Jesús a Juan: «Está bien que cumplamos así toda justicia» (Mt 3, 15), ve una anticipación de las palabras pronunciadas en Getsemaní: «Padre. .. no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39); los cantos litúrgicos del 3 de enero corresponden a los del Miércoles Santo, los del 4 de enero a los del Jueves Santo, los del 5 de enero a los del Viernes Santo y el Sábado Santo.

La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: «Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso» (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén. Juan Crisóstomo escribe: «La entrada y la salida del agua son representación del descenso al infierno y de la resurrección». Los troparios de la liturgia bizantina añaden otro aspecto simbólico más: «El Jordán se retiró ante el manto de Elíseo, las aguas se dividieron y se abrió un camino seco como imagen auténtica del bautismo, por el que avanzamos por el camino de la vida» (Evdokimov, p. 246).

El bautismo de Jesús se entiende así como compendio de toda la historia, en el que se retoma el pasado y se anticipa el futuro: el ingreso en los pecados de los demás es el descenso al «infierno», no sólo como espectador, como ocurre en Dante, sino con-padeciendo y, con un sufrimiento transformador, convirtiendo los infiernos, abriendo y derribando las puertas del abismo. Es el descenso a la casa del mal, la lucha con el poderoso que tiene prisionero al hombre (y ¡ cómo es cierto que todos somos prisioneros de los poderes sin nombre que nos manipulan!). Este poderoso, invencible con las meras fuerzas de la historia universal, es vencido y subyugado por el más poderoso que, siendo de la misma naturaleza de Dios, puede asumir toda la culpa del mundo sufriéndola hasta el fondo, sin dejar nada al descender en la identidad de quienes han caído. Esta lucha es la «vuelta» del ser, que produce una nueva calidad del ser, prepara un nuevo cielo y una nueva tierra. El sacramento —el Bautismo— aparece así como una participación en la lucha transformadora del mundo emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso.

Con esta interpretación y asimilación eclesial del bautismo de Jesús, ¿nos hemos alejado demasiado de la Biblia? Conviene escuchar en este contexto el cuarto Evangelio, según el cual Juan el Bautista, al ver a Jesús, pronunció estas palabras: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (1, 29). Mucho se ha hablado sobre estas palabras, que en la liturgia romana se pronuncian antes de comulgar. ¿Qué significa «cordero de Dios»? ¿Cómo es que se denomina a Jesús «cordero» y cómo quita este «cordero» los pecados del mundo, los vence hasta dejarlos sin sustancia ni realidad?

Joachim Jeremías ha aportado elementos decisivos para entender correctamente esta palabra y poder considerarla —también desde el punto de vista histórico— como verdadera palabra del Bautista. En primer lugar, se puede reconocer en ella dos alusiones veterotestamentarias. El canto del siervo de Dios en Isaías 53,7 compara al siervo que sufre con un cordero al que se lleva al matadero: «Como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca». Más importante aún es que Jesús fue crucificado durante una fiesta de Pascua y debía aparecer por tanto como el verdadero cordero pascual, en el que se cumplía lo que había significado el cordero pascual en la salida de Egipto: liberación de la tiranía mortal de Egipto y vía libre para el éxodo, el camino hacia la libertad de la promesa. A partir de la Pascua, el simbolismo del cordero ha sido fundamental para entender a Cristo. Lo encontramos en Pablo (cf. 1 Co 5, 7), en Juan (cf. 19, 36), en la Primera Carta de Pedro (cf. 1,19) y en el Apocalipsis (cf. por ejemplo, 5,6).

Jeremías llama también la atención sobre el hecho de que la palabra hebrea talja significa tanto «cordero» como «mozo», «siervo» (ThWNT I 343). Así, las palabras del Bautista pueden haber hecho referencia ante todo al siervo de Dios que, con sus penitencias vicarias, «carga» con los pecados del mundo; pero en ellas también se le podría reconocer como el verdadero cordero pascual, que con su expiación borra los pecados del mundo. «Paciente como un cordero ofrecido en sacrificio, el Salvador se ha encaminado hacia la muerte por nosotros en la cruz; con la fuerza expiatoria de su muerte inocente ha borrado la culpa de toda la humanidad» (ThWNT 1343s). Si en las penurias de la opresión egipcia la sangre del cordero pascual había sido decisiva para la liberación de Israel, Él, el Hijo que se ha hecho siervo —el pastor que se ha convertido en cordero— se ha hecho garantía ya no sólo para Israel, sino para la liberación del «mundo», para toda la humanidad.

Con ello se introduce el gran tema de la universalidad de la misión de Jesús. Israel no existe sólo para sí mismo: su elección es el camino por el que Dios quiere llegar a todos. Encontraremos repetidamente el tema de la universalidad como verdadero centro de la misión de Jesús. Aparece ya al comienzo del camino de Jesús, en el cuarto Evangelio, con la frase del cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

La expresión «cordero de Dios» interpreta, si podemos decirlo así, la teología de la cruz que hay en el bautismo de Jesús, de su descenso a las profundidades de la muerte. Los cuatro Evangelios indican, aunque de formas diversas, que al salir Jesús de las aguas el cielo se «rasgó» (Mc), se «abrió» (Mt y Lc), que el espíritu bajó sobre Él «como una paloma» y que se oyó una voz del cielo que, según Marcos y Lucas, se dirige a Jesús: «Tú eres…», y según Mateo, dijo de él: «Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto» (3, 17). La imagen de la paloma puede recordar al Espíritu que aleteaba sobre las aguas del que habla el relato de la creación (cf. Gn 1, 2); mediante la partícula «como» (como una paloma) ésta funciona como «imagen de lo que en sustancia no se puede describir.» (Gnilka, I, p. 78). Por lo que se refiere a la «voz», la volveremos a encontrar con ocasión de la transfiguración de Jesús, cuando se añade sin embargo el imperativo: «Escuchadle». En su momento trataré sobre el significado de estas palabras con más detalle.

Aquí deseo sólo subrayar brevemente tres aspectos. En primer lugar, la imagen del cielo que se abre: sobre Jesús el cielo está abierto. Su comunión con la voluntad del Padre, la «toda justicia» que cumple, abre el cielo, que por su propia esencia es precisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios. A ello se añade la proclamación por parte de Dios, el Padre, de la misión de Cristo, pero que no supone un hacer, sino su ser: Él es el Hijo predilecto, sobre el cual descansa el beneplácito de Dios. Finalmente, quisiera señalar que aquí encontramos, junto con el Hijo, también al Padre y al Espíritu Santo: se preanuncia el misterio del Dios trino, que naturalmente sólo se puede manifestar en profundidad en el transcurso del camino completo de Jesús. En este sentido, se perfila un arco que enlaza este comienzo del camino de Jesús con las palabras con las que el Resucitado enviará a sus discípulos a recorrer el «mundo»: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). El bautismo que desde entonces administran los discípulos de Jesús es el ingreso en el bautismo de Jesús, el ingreso en la realidad que El ha anticipado con su bautismo. Así se llega a ser cristiano.

Una amplia corriente de la teología liberal ha interpretado el bautismo de Jesús como una experiencia vocacional: Jesús, que hasta entonces había llevado una vida del todo normal en la provincia de Galilea, habría tenido una experiencia estremecedora; en ella habría tomado conciencia de una relación especial con Dios y de su misión religiosa, conciencia madurada sobre la base de las expectativas entonces reinantes en Israel, a las que Juan había dado una nueva forma, y a causa también de la conmoción personal provocada en El por el acontecimiento del bautismo. Pero nada de esto se encuentra en los textos. Por mucha erudición con que se quiera presentar esta tesis, corresponde más al género de las novelas sobre Jesús que a la verdadera interpretación de los textos. Éstos no nos permiten mirar la intimidad de Jesús. Él está por encima de nuestras psicologías (Romano Guardini). Pero nos dejan apreciar en qué relación está Jesús con «Moisés y los Profetas»; nos dejan conocer la íntima unidad de su camino desde el primer momento de su vida hasta la cruz y la resurrección. Jesús no aparece como un hombre genial con sus emociones, sus fracasos y sus éxitos, con lo que, como personaje de una época pasada, quedaría a una distancia insalvable de nosotros. Se presenta ante nosotros más bien como «el Hijo predilecto», que si por un lado es totalmente Otro, precisamente por ello puede ser contemporáneo de todos nosotros, «más interior en cada uno de nosotros que lo más íntimo nuestro» (cf. San Agustín, Confesiones, III, 6,11).

(Ratzinger, J. – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Tomo I, Ed. Planeta, 2007, Santiago de Chile, p. 31-47)

 

  

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Agustín

El bautismo de Jesús por Juan. El árbol y su fruto

 (Mt 7,17).

            3. Así, pues, Juan fue enviado delante para bautizar al Señor humilde. El Señor quiso ser bautizado por humildad, no porque tuviese alguna iniquidad. ¿Por qué fue bautizado Cristo el Señor? ¿Por qué fue bautizado Cristo el Señor, el Hijo unigénito de Dios? Investiga por qué nació, y entonces hallarás por qué fue bautizado. Allí encontrarás la vía de la humildad, que no puedes emprender con pie soberbio; vía que, si no pisas con pie humilde, no podrás llegar a la excelsitud a la que conduce. Quien descendió por ti fue bautizado por ti. Advierte cuan pequeño se hizo a pesar de ser tan grande: Quien, existiendo en la forma de Dios, no juzgó una rapiña el ser igual a Dios. La igualdad del Hijo con el Padre no era rapiña, sino naturaleza. En Juan sí hubiese sido una rapiña el querer ser considerado como el Cristo. Por tanto, no juzgó una rapiña el ser igual a Dios. Sin que fuera resultado de una rapiña, era coeterno con el eterno, de quien había nacido. Sin embargo, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, es decir, tomando la forma de hombre. Quien, existiendo en la forma de Dios, se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo. Asumió lo que no era sin perder lo que era. Permaneciendo Dios, asumió al hombre. Tomó la forma de siervo, y se hizo Dios hombre aquel por quien en su ser divino fue hecho el hombre. Considerad, pues, qué majestad, qué poder, qué grandeza, qué igualdad con el Padre; llegó hasta revestirse por nosotros de la forma servil; advierte también la vía de la humildad enseñada por tan gran maestro. Más digno de mención es que haya querido hacerse hombre que su voluntad de ser bautizado por un hombre.

            4. Así, pues, repito, Juan bautiza a Cristo, el siervo al Señor, la voz a la Palabra. Recordad: Yo soy la voz del que clama en el desierto; recordad también: ha Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Juan, vuelvo a repetir, bautiza a Cristo, el siervo al Señor, la voz a la Palabra, la criatura al Creador, la lámpara al Sol, pero al Sol que creó a este sol; el Sol de quien se dijo: Ha salido para mí el sol de justicia, y mi salud está en sus alas. De él han de decir los impíos, con tardío arrepentimiento, en el día del juicio de Dios: ¿De qué nos sirvió la soberbia? ¿O qué nos aportó el jactarnos de nuestras riquezas? Todas aquéllas cosas pasaron como una sombra, y, con las sombras, los que se fueron tras las sombras. Por tanto, dirán: Nos extraviamos del camino de la verdad y no brilló para nosotros el sol de justicia; no salió para nosotros el sol. Cristo no ha nacido para aquellos que no lo reconocen. Él, sol de justicia, sin nube alguna, no sale para los malos ni para los impíos o infieles. A este sol corporal, en efecto, lo hace salir cada día sobre los buenos y sobre los malos. Así, pues, como dije, la criatura bautiza al Creador, la lámpara al Sol, y no por eso se enorgulleció quien bautizaba, sino que se sometió al que iba a ser bautizado. A Cristo, que se le acercaba, le dijo: ¿Vienes tú a ser bautizado por mí? Soy yo quien debe ser bautizado por ti. ¡Gran confesión! ¡Segura profesión de la lámpara al amparo de la humildad! Si ella se hubiese envalentonado contra el sol, rápidamente la hubiera apagado el viento de la soberbia. Esto es lo que el Señor previo y lo que nos enseñó con su bautismo. El, tan grande, quiso ser bautizado por uno tan pequeño; para decirlo en breves palabras, el salvador por el necesitado de salvación. A pesar de su grandeza, quizá Juan se acordó de alguna dolencia suya. ¿De dónde procede, si no, aquel Soy yo quien debe ser bautizado por ti? Ciertamente, el bautismo del Señor aporta la salud, porque la salud es del Señor, pues vana es la salud de los hombres. ¿A qué vienen, pues, las palabras: Soy yo quien ha de ser bautizado por ti, si no tenía nada que necesitase curación? ¡Admirable medicina la humildad de nuestro Señor! Uno bautizaba y el otro sanaba. Cristo, pues, es él salvador de todos, especialmente de los creyentes; es una afirmación apostólica y verídica que Cristo es el salvador de todos los hombres. Que nadie diga: «Yo no tengo necesidad de ser salvado. Quien esto dice no se humilla ante el médico, sino que perece en su enfermedad. Si es el salvador de todos los hombres, lo es también de Juan, pues un hombre era Juan. Cristo es el salvador de todos los hombres: Juan, por tanto, lo reconoce como su salvador. En efecto, no se puede pensar que Cristo no fuese el salvador de Juan. No es eso lo que él dice haciendo esta humilde confesión: Soy yo quien debe ser bautizado por ti. Y el Señor responde: Deja por un momento que se cumpla toda justicia. ¿Qué es toda justicia? En la humildad encareció la justicia. Es, sobre todo, en la humildad donde nuestro maestro celestial y verdadero Señor nos intimó la justicia. El hecho de ser bautizado caía dentro de su enseñanza de la humildad, y como lo que iba a hacer era con vistas a enseñar esa virtud, dijo: Cúmplase toda justicia. […]

            8. Te será mejor escuchar a Juan, ¡oh hereje!; te será mejor retornar y escuchar al Precursor; mejor es para ti, ¡oh soberbio!, escuchar al humilde; mejor para ti, ¡oh lámpara apagada!, escuchar a la lámpara encendida. Escucha a Juan. A los que se acercaban a él les decía: Yo os bautizo con agua. También tú, si te conoces, eres ministro del agua. Yo, dijo, os bautizo con agua; pero el que ha de venir es mayor que yo. ¿En qué medida? No soy digno de desatar la correa de su calzado. ¡Cuánto no se habría humillado aunque se hubiese declarado digno de tal cosa! Pero ni siquiera se consideró digno de desatar la correa de su calzado. Él es quien bautiza en el Espíritu Santo. ¿Por qué suplantas la persona de Cristo? Él es quien bautiza en el Espíritu Santo. Él es, pues, quien justifica. « ¿Qué dices tú?» «Soy yo quien bautiza en el Espíritu Santo; yo quien justifica.» Es cierto que no dices: «Yo soy el Cristo.» ¿Es cierto que no eres de aquellos de quienes se dijo: Vendrán muchos en mi nombre, diciendo: «Yo soy el Cristo»? Estás cogido. ¡Ojalá seas hallado ahora, una vez capturado, tú que antes de serlo te habías perdido! Hermosa cosa es ser capturado en las redes de la verdad para alimento del gran rey. Cesa ya, pues, de decir: «Yo soy quien justifica, yo quien santifica, para que nadie pueda demostrarte que dices también: «Yo soy el Cristo.» Di, más bien, lo que el amigo del esposo, sin pretender jactarte de hacerte pasar por el esposo: Ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el incremento. Escucha también al amigo del esposo de quien estamos hablando. Ciertamente, él tenía discípulos, igual que Cristo, pero no era discípulo de Cristo; escúchale confesarse discípulo de Cristo. Mírale entre los discípulos de Cristo, y tanto más adicto cuanto más humilde, y tanto más humilde cuanta mayor era su grandeza. Mírale cumpliendo lo que está escrito. Por grande que seas, humíllate en todo, y encontrarás gracia a los ojos de Dios. Ya había dicho: No soy digno de desatar la correa de su calzado, pero aquí no se mostró discípulo suyo. Quien viene del cielo, está escrito, es superior a todos. Todos nosotros hemos recibido de su plenitud. Así, pues, también se hallaba entre los discípulos de Cristo quien, como él, buscaba discípulos. Escucha una confesión más clara de que él es discípulo: El esposo es el que tiene la esposa; el amigo del esposo, en cambio, se mantiene en pie a su lado y le escucha. Y está en pie precisamente porque lo escucha. Está en pie y escucha, puesto que, si no escucha, se cae. Con razón dijo aquel otro: Darás gozo y alegría a mi oído. ¿Qué quiere decir: a mí oído? Escucharle a él, no querer ser escuchado en lugar de él. Y para que sepamos que nos recomienda la humildad en la persona de aquel que le escucha, después de haber dicho: Darás gozo y alegría a mi oído, añadió luego: y exultarán los huesos humillados. Está en pie y le escucha. Exultarán los huesos humillados, porque serán quebrantados si se envanecen. Por tanto, que ningún siervo se atribuya a sí mismo el poder de Dios. Gócese de pertenecer a su familia, y, si está al frente de ella, dé a sus consiervos el alimento a su debido tiempo, alimento del que vive él también, no a sí mismo para que vivan ellos. Pues ¿qué quiere decir «dar el alimento a su debido tiempo» sino ofrecerle a Cristo, alabarlo, encarecerlo y anunciarlo? Esto significa «ofrecer el alimento a su debido tiempo». En efecto, para que Cristo fuese alimento de sus jumentos, nada más nacer fue puesto en un pesebre.

SAN AGUSTÍN, Sermones (5º) (t. XXV), Sobre los mártires, Sermón 292, 3-4.8, BAC Madrid 1984, 172-175.182-184

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Jesé A. Marcone, I.V.E.

 

El Bautismo del Señor

El bautismo de Juan era un bautismo de conversión para los pecadores. Por eso nos admiramos muchísimo cuando el mismo Verbo Encarnado se pone en la fila de los pecadores para ser bautizado por Juan. Y también nos admiramos de que la Iglesia festeje este hecho, estableciendo para eso una gran solemnidad litúrgica.

¿Cómo es posible que Cristo haya querido ser bautizado por Juan con un bautismo de conversión? Jesús es el Puro por excelencia; es Dios. Y el mismo San Juan Bautista lo reconoce así y tiene varias expresiones que afirman la divinidad de Jesús. Así, Juan Bautista dice: “Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1,34). Además, dice de Cristo: “Él se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo” (Jn 1,30). Con esta frase está confesando su divinidad. Está confesando su divinidad porque Juan sabía perfectamente que la existencia humana de Jesús había sido posterior a la suya, sabía perfectamente que Jesús había sido concebido en el seno de su madre después que él, y no antes. Pero a pesar de todo dice que Jesús existía antes que él; dice esto porque sabe y proclama que Jesús es Dios, sin principio ni fin. Además, también había dicho que él, Juan, bautizaba con agua pero que Jesús iba a bautizar con el Espíritu Santo (Jn 1,33). También que él, Juan, no era digno ni de desatarle la correa de las sandalias (Jn 1,27). Son todas expresiones clarísimas de que Juan veía entre él y Jesús una distancia infinita: la misma distancia que va de un mero hombre (Juan) a Dios (Jesús).

            Es verdaderamente desconcertante que Jesús quiera bautizarse. Y el mismo Juan Bautista manifiesta este desconcierto (Mt 3,14). ¿Cuáles son las razones por las cuales Jesucristo quiere ser bautizado por Juan? Fundamentalmente por dos razones.

En primer lugar, para hacerse solidario con el hombre pecador. Su solidaridad no podía concretarse en la penitencia, porque estaba “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). Su solidaridad se concreta en asumir sobre sí la condena y el castigo que por el pecado merecía el hombre. Cristo se pone conscientemente en la fila de los pecadores[1]. Por eso dice San Pablo: “Ha destruido el acta que había contra nosotros con sus acusaciones legales, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col 2,14). Y también: “Al que no conoció pecado, le hizo pecado en lugar nuestro, para que nosotros seamos en él justicia de Dios” (2Cor.5,21). Y también: “Cristo nos liberó de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros, como dice la Escritura: Maldito el que está colgado en un  madero” (Gál.3,13).

Por esta razón, porque el primer sentido del Bautismo de Cristo es hacerse solidario con el pecador, con el fin de quitar el pecado, es que el Bautismo de Cristo está estrechamente relacionado con la pasión y con la muerte en la cruz. El Bautismo de agua de Cristo en el río Jordán es símbolo del bautismo de sangre de Cristo en el monte Calvario. De hecho, Jesucristo va a decir ya adentrada su vida pública, es decir, mucho después de su Bautismo de agua: “Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (Lc.12,50). Y también dice dirigiéndose a los apóstoles Juan y Santiago: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» (Mc.10,38). En estas dos  frases Jesucristo se refiere al bautismo de sangre; se refiere a la sangre derramada durante su pasión bajo la cual quedará sumergido como en un bautismo.

Por lo tanto, para poder entender bien el sentido del Bautismo de agua del Señor  es necesario interpretarlo según estos dos textos donde habla del bautismo, pero del bautismo que es la cruz. ‘Bautizar’ en griego significa ‘sumergirse’. Cristo se va a sumergir en su propia sangre para poder hacer que los hombres alcancen el perdón. Por eso, visto desde esta perspectiva, el Bautismo del Señor tiene como primer y principal sentido anticipar el misterio de la cruz.

Por esta razón dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf. Mt 26, 39)” (nº 536).

            En segundo lugar, Jesús se bautiza para dar inicio a una nueva etapa. El Bautismo de Cristo da inicio a la nueva etapa de la salvación, revela a la Trinidad y la Encarnación del Verbo, y da por finalizado el AT.

            a) Da inicio a la nueva etapa de la salvación, porque allí comienza la vida pública del Verbo Encarnado, etapa absolutamente nueva en el plan de salvación. Aquí comienza su obra de apostolado que culminará en la cruz y la resurrección.

            b) Revela a la Trinidad porque hasta entonces no había habido una revelación explícita de ese primordial misterio cristiano. Esta revelación la hace a través de la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo muy querido en quien tengo puesta toda mi predilección” (Lc.3,22). A través de la paloma: “Se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal, como una paloma” (Lc.3,22). Y a través de la presencia corporal de Cristo.

            c) Revela la Encarnación del Verbo: al escucharse la voz del Padre que lo llama ‘Hijo’ se está realizando la revelación de que ese hombre que se encuentra allí, Jesucristo, es también la segunda persona de la Santísima Trinidad.

            d) Da por finalizado el AT: San Juan Bautista, con su bautismo de conversión, era la línea del horizonte entre dos mundos, el del Antiguo y el del Nuevo Testamento. Con su bautismo preparaba los corazones de los israelitas para que aceptaran al Verbo Encarnado. Cuando Jesús se hace bautizar une en sí los dos testamentos, confluyen en Él la preparación (el bautismo de Juan) y la realidad (su humanidad unida al Verbo). Con el Bautismo de Jesús comienza ‘oficialmente’ el Nuevo Testamento.

e) Prefigurar y preparar el bautismo cristiano. El bautismo de Juan no era un sacramento que perdonaba los pecados por su mismo poder. El bautismo de Juan es un símbolo del arrepentimiento de cada persona que se bautizaba. Pero Jesucristo aprovecha este bautismo de Juan para preparar el bautismo que Él iba a instituir como sacramento para el perdón de los pecados y la incorporación a sí mismo.

            Toda su obra apostólica se abre con un claro reconocimiento glorioso por parte de Dios Padre y de Dios Espíritu Santo. En efecto, en el momento del Bautismo de Jesús el Espíritu Santo se posa sobre él en forma de paloma y el Padre desde el cielo dice: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (cf. Mt.3,13-17; Lc.3,21-22). De esa manera toda la obra apostólica que recién comienza queda recomendada y sellada por el mismo Dios.

            El Directorio de Espiritualidad del Instituto del Verbo Encarnado dice que “toda la hondura teológica de (…) nuestra profesión religiosa, (…) sólo es captable a la luz del bautismo del Señor” (nº 95). Y esto es así porque nuestra profesión religiosa “radica íntimamente en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud” (ídem).[2]

            Además, el mismo Directorio dice: El Bautismo del Señor “nos recuerda que hemos de entregarnos incesantemente al Padre que en el Hijo nos ha dicho: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias (Mt 3,17), al Hijo de quien somos hechos discípulos y por el cual nos llamamos cristianos y al Espíritu Santo que descendió sobre nosotros en el Hijo -en forma corporal, como una paloma sobre El (Lc 3,22)-, y todo ello, sacramentalmente, se obró en nosotros el día del bautismo.

          “Nos recuerda la obligación grave de permanecer fieles a las promesas del santo Bautismo por el que nos comprometemos a renunciar al demonio y a confesar la santa fe católica, y a las de la profesión religiosa.

          “Debe ser, además, acicate para vivir en plenitud la virtud de la humildad ya que no tuvo temor de pasar por un pecador más (…). Asimismo, nos dejó ejemplo de ejercicio de la virtud de la justicia: …conviene que cumplamos toda justicia (Mt 3,15)”. (nº 96-98).

__________________________________________________________
[1] Juan Pablo II dice que Cristo “toma su lugar entre los pecadores, (…) en el Jordán, para servirles a todos de ejemplo” (San Juan Pablo II, El Espíritu Santo en la experiencia del desierto, Audiencia General del día sábado 21 de julio de 1990, nº 5). Y Benedicto XVI dice: “El relato de las tentaciones guarda una estrecha relación con el relato del Bautismo, en el que Jesús se hace solidario con los pecadores” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I), Ed. Planeta, Santiago de Chile, 2007, p. 51).
[2] Sobre la profesión religiosa como expresión perfecta de la consagración bautismal ver también Constituciones del IVE, nº 49.

Volver Aplicación



San Juan Pablo II

 

1. «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto» (Mt 3, 17).

Acabamos de escuchar de nuevo en el evangelio las palabras que resonaron en el cielo cuando Jesús fue bautizado por Juan en el río Jordán. Las pronunció una voz desde lo alto: la voz de Dios Padre. Revelan el misterio que celebramos hoy, el bautismo de Cristo. El Hombre sobre el que desciende, en forma de paloma, el Espíritu Santo es el Hijo de Dios, que tomó de la Virgen María nuestra carne para redimirla del pecado y de la muerte.

¡Grande es este misterio de salvación! Misterio en el que se insertan hoy los niños que presentáis, queridos padres, padrinos y madrinas. Al recibir en la Iglesia el sacramento del bautismo, se convierten en hijos de Dios, hijos en el Hijo. Es el misterio del «segundo nacimiento».

2. Queridos padres, me dirijo con afecto especialmente a vosotros, que habéis dado la vida a estas criaturas, colaborando en la obra de Dios, autor de la vida y, de modo singular, de toda vida humana. Los habéis engendrado y hoy los presentáis a la fuente bautismal, para que vuelvan a nacer por el agua y por el Espíritu Santo. La gracia de Cristo transformará su existencia de mortal en inmortal, liberándola del pecado original. Dad gracias al Señor por el don de su nacimiento y del nuevo nacimiento espiritual de hoy.

Pero ¿cuál fuerza permite a estos inocentes e inconscientes niños realizar un «paso» espiritual tan profundo? Es la fe, la fe de la Iglesia, profesada en particular por vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas. Precisamente en esta fe son bautizados vuestros hijos. Cristo no realiza el milagro de regenerar al hombre sin la colaboración del hombre mismo, y la primera cooperación de la criatura humana es la fe, con la que, atraída interiormente por Dios, se abandona libremente en sus manos.

Estos niños reciben hoy el bautismo sobre la base de vuestra fe, que dentro de poco os pediré profesar. ¡Cuánto amor, amadísimos hermanos, cuánta responsabilidad implica el gesto que realizaréis en nombre de vuestros hijos!

3. En el futuro, cuando sean capaces de comprender, ellos mismos deberán recorrer, personal y libremente, un camino espiritual que, con la gracia de Dios, los llevará a confirmar, en el sacramento de la confirmación, el don que reciben hoy.

Pero ¿podrán abrirse a la fe si los adultos que los rodean no les dan un buen testimonio? Estos niños os necesitan, ante todo, a vosotros, queridos padres; os necesitan también a vosotros, queridos padrinos y madrinas, para aprender a conocer al verdadero Dios, que es amor misericordioso. A vosotros os corresponde introducirlos en este conocimiento, en primer lugar a través del testimonio de vuestro comportamiento en las relaciones con ellos y con los demás, relaciones que se han de caracterizar por la atención, la acogida y el perdón. Comprenderán que Dios es fidelidad si pueden reconocer su reflejo, aunque sea limitado y débil, ante todo en vuestra presencia amorosa.

Es grande la responsabilidad de la cooperación de los padres en el crecimiento espiritual de sus hijos. Eran muy conscientes de esa responsabilidad los beatos esposos Luis y María Beltrame Quattrocchi, a los que recientemente tuve la alegría de elevar al honor de los altares y que os exhorto a conocer mejor y a imitar. Si ya es grande vuestra misión de ser padres «según la carne», ¡cuánto más lo es la de colaborar en la paternidad divina, dando vuestra contribución para modelar en estas criaturas la imagen misma de Jesús, Hombre perfecto!

4. Nunca os sintáis solos en esta misión tan comprometedora. Os conforte, ante todo, la confianza en el ángel de la guarda, al que Dios ha encomendado su singular mensaje de amor para cada uno de vuestros hijos. Además, toda la Iglesia, a la que tenéis la gracia de pertenecer, está comprometida a asistiros: en el cielo velan los santos, en particular aquellos cuyos nombres tienen estos niños y que serán sus «patronos». En la tierra está la comunidad eclesial, en la que es posible fortalecer la propia fe y la propia vida cristiana, alimentándola con la oración y los sacramentos. No podréis dar a vuestros hijos lo que vosotros no habéis recibido y asimilado antes.

Además, todos tenemos una Madre según el Espíritu: María santísima. A ella le encomiendo a vuestros hijos, para que lleguen a ser cristianos auténticos; a María os encomiendo también a vosotros, queridos padres, queridos padrinos y madrinas, para que transmitáis siempre a estos niños el amor que necesitan para crecer y para creer. En efecto, la vida y la fe caminan juntas. Que así sea en la existencia de cada bautizado con la ayuda de Dios.

 (Domingo 13 de enero de 2002)

Volver Aplicación

Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: Me alegra daros una cordial bienvenida, en particular a vosotros, padres, padrinos y madrinas de los 21 recién nacidos a los que, dentro de poco, tendré la alegría de administrar el sacramento del Bautismo. Como ya es tradición, también este año este rito tiene lugar en la santa Eucaristía con la que celebramos el Bautismo del Señor. Se trata de la fiesta que, en el primer domingo después de la solemnidad de la Epifanía, cierra el tiempo de Navidad con la manifestación del Señor en el Jordán.

Según el relato del evangelista san Mateo (3, 13-17), Jesús fue de Galilea al río Jordán para que lo bautizara Juan; de hecho, acudían de toda Palestina para escuchar la predicación de este gran profeta, el anuncio de la venida del reino de Dios, y para recibir el bautismo, es decir, para someterse a ese signo de penitencia que invitaba a convertirse del pecado. Aunque se llamara bautismo, no tenía el valor sacramental del rito que celebramos hoy; como bien sabéis, con su muerte y resurrección Jesús instituye los sacramentos y hace nacer la Iglesia. El que administraba Juan era un acto penitencial, un gesto que invitaba a la humildad frente a Dios, invitaba a un nuevo inicio: al sumergirse en el agua, el penitente reconocía que había pecado, imploraba de Dios la purificación de sus culpas y se le enviaba a cambiar los comportamientos equivocados, casi como si muriera en el agua y resucitara a una nueva vida.

Por esto, cuando Juan Bautista ve a Jesús que, en fila con los pecadores, va para que lo bautice, se sorprende; al reconocer en él al Mesías, al Santo de Dios, a aquel que no tenía pecado, Juan manifiesta su desconcierto: él mismo, el que bautizaba, habría querido hacerse bautizar por Jesús. Pero Jesús lo exhorta a no oponer resistencia, a aceptar realizar este acto, para hacer lo que es conveniente para «cumplir toda justicia». Con esta expresión Jesús manifiesta que vino al mundo para hacer la voluntad de Aquel que lo mandó, para realizar todo lo que el Padre le pide; aceptó hacerse hombre para obedecer al Padre. Este gesto revela ante todo quién es Jesús: es el Hijo de Dios, verdadero Dios como el Padre; es aquel que «se rebajó» para hacerse uno de nosotros, aquel que se hizo hombre y aceptó humillarse hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2, 7). El bautismo de Jesús, que hoy recordamos, se sitúa en esta lógica de la humildad y de la solidaridad: es el gesto de quien quiere hacerse en todo uno de nosotros y se pone realmente en la fila con los pecadores; él, que no tiene pecado, deja que lo traten como pecador (cf. 2 Co 5, 21), para cargar sobre sus hombros el peso de la culpa de toda la humanidad, también de nuestra culpa. Es el «siervo de Dios» del que nos habló el profeta Isaías en la primera lectura (cf. 42, 1). Lo que dicta su humildad es el deseo de establecer una comunión plena con la humanidad, el deseo de realizar una verdadera solidaridad con el hombre y con su condición. El gesto de Jesús anticipa la cruz, la aceptación de la muerte por los pecados del hombre. Este acto de anonadamiento, con el que Jesús quiere uniformarse totalmente al designio de amor del Padre y asemejarse a nosotros, manifiesta la plena sintonía de voluntad y de fines que existe entre las personas de la santísima Trinidad. Para ese acto de amor, el Espíritu de Dios se manifiesta como paloma y baja sobre él, y en aquel momento el amor que une a Jesús al Padre se testimonia a cuantos asisten al bautismo, mediante una voz desde lo alto que todos oyen. El Padre manifiesta abiertamente a los hombres —a nosotros— la comunión profunda que lo une al Hijo: la voz que resuena desde lo alto atestigua que Jesús es obediente en todo al Padre y que esta obediencia es expresión del amor que los une entre sí. Por eso, el Padre se complace en Jesús, porque reconoce en las acciones del Hijo el deseo de seguir en todo su voluntad: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3, 17). Y esta palabra del Padre alude también, anticipadamente, a la victoria de la resurrección y nos dice cómo debemos vivir para complacer al Padre, comportándonos como Jesús.

Queridos padres, el Bautismo que hoy pedís para vuestros hijos los inserta en este intercambio de amor recíproco que existe en Dios entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; por este gesto que voy a realizar, se derrama sobre ellos el amor de Dios, y los inunda con sus dones. Mediante el lavatorio del agua, vuestros hijos son insertados en la vida misma de Jesús, que murió en la cruz para librarnos del pecado y resucitando venció a la muerte. Por eso, inmersos espiritualmente en su muerte y resurrección, son liberados del pecado original e inicia en ellos la vida de la gracia, que es la vida misma de Jesús resucitado. «Él se entregó por nosotros —afirma san Pablo— a fin de rescatarnos de toda iniquidad y formar para sí un pueblo puro que fuese suyo, fervoroso en buenas obras» (Tt 2, 14).

Queridos amigos, al darnos la fe, el Señor nos ha dado lo más precioso que existe en la vida, es decir, el motivo más verdadero y más bello por el cual vivir: por gracia hemos creído en Dios, hemos conocido su amor, con el cual quiere salvarnos y librarnos del mal. La fe es el gran don con el que nos da también la vida eterna, la verdadera vida. Ahora vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, pedís a la Iglesia que acoja en su seno a estos niños, que les dé el Bautismo; y esta petición la hacéis en razón del don de la fe que vosotros mismos, a vuestra vez, habéis recibido. Todo cristiano puede repetir con el profeta Isaías: «El Señor me plasmó desde el seno materno para siervo suyo» (cf. 49, 5); así, queridos padres, vuestros hijos son un don precioso del Señor, el cual se ha reservado para sí su corazón, para poderlo colmar de su amor. Por el sacramento del Bautismo hoy los consagra y los llama a seguir a Jesús, mediante la realización de su vocación personal según el particular designio de amor que el Padre tiene pensado para cada uno de ellos; meta de esta peregrinación terrena será la plena comunión con él en la felicidad eterna.

Al recibir el Bautismo, estos niños obtienen como don un sello espiritual indeleble, el «carácter», que marca interiormente para siempre su pertenencia al Señor y los convierte en miembros vivos de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Mientras entran a formar parte del pueblo de Dios, para estos niños comienza hoy un camino que debería ser un camino de santidad y de configuración con Jesús, una realidad que se deposita en ellos como la semilla de un árbol espléndido, que es preciso ayudar a crecer. Por esto, al comprender la grandeza de este don, desde los primeros siglos se ha tenido la solicitud de dar el Bautismo a los niños recién nacidos. Ciertamente, luego será necesaria una adhesión libre y consciente a esta vida de fe y de amor, y por esto es preciso que, tras el Bautismo, sean educados en la fe, instruidos según la sabiduría de la Sagrada Escritura y las enseñanzas de la Iglesia, a fin de que crezca en ellos este germen de la fe que hoy reciben y puedan alcanzar la plena madurez cristiana. La Iglesia, que los acoge entre sus hijos, debe hacerse cargo, juntamente con los padres y los padrinos, de acompañarlos en este camino de crecimiento. La colaboración entre la comunidad cristiana y la familia es más necesaria que nunca en el contexto social actual, en el que la institución familiar se ve amenazada desde varias partes y debe afrontar no pocas dificultades en su misión de educar en la fe. La pérdida de referencias culturales estables y la rápida transformación a la cual está continuamente sometida la sociedad, hacen que el compromiso educativo sea realmente arduo. Por eso, es necesario que las parroquias se esfuercen cada vez más por sostener a las familias, pequeñas iglesias domésticas, en su tarea de transmisión de la fe.

Queridos padres, junto con vosotros doy gracias al Señor por el don del Bautismo de estos hijos vuestros; al elevar nuestra oración por ellos, invocamos el don abundante del Espíritu Santo, que hoy los consagra a imagen de Cristo sacerdote, rey y profeta. Encomendándolos a la intercesión materna de María santísima, pedimos para ellos vida y salud, para que puedan crecer y madurar en la fe, y dar, con su vida, frutos de santidad y de amor. Amén.

(Domingo 9 de enero de 2011)

Volver Aplicación

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El Bautismo del Señor

En la segunda aparición vino el Salvador a las aguas del bautismo, no ciertamente para ser lavado en ellas, sino más bien para recibir el testimonio del Padre. En estas aguas se representan las lágrimas de la devoción, en las cuales no se busca la indulgencia de los pecados, sino el beneplácito de Dios Padre. Entonces desciende sobre nosotros el Espíritu de la adopción de hijos, dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, de suerte que nos parece oír la dulcísima voz del cielo, que nos dice que verdaderamente Dios Padre se complace en nosotros. Ni hay poca distancia entre estas lágrimas de devoción y de una edad, por decirlo así, varonil y las que derramó la edad primera en los sollozos de la infancia, que fueron sin duda las lágrimas de penitencia y confesión[1].

            Esta es la segunda epifanía. Epifanía de Jesús como Salvador de los hombres. En el Jordán donde bautizaba Juan “sucedió la primera revelación del último Tramo de la Religión, el definitivo, tras el cual no hay ya que esperar otro, revelación que el mismo Juan necesitaba, pues Aquel sobre quien descendiera el Espíritu, Ese es, le había sido dicho por el Espíritu en el desierto”[2].

También se manifiesta la Santísima Trinidad, el Hijo es bautizado por Juan, el Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma y se escucha la voz del Padre que se complace en el Hijo.

            El bautismo de Jesús es como la presentación oficial a Israel del Mesías. Para el pueblo y para la autoridad religiosa que celosamente preguntaba al precursor por qué bautizaba como luego preguntaría a Jesús por qué llamaba al templo la casa de su Padre. “No se entiende nada del Bautismo de Cristo si no se atiende a esta necesidad de la autoridad religiosa. Yo no me he enviado, Dios me ha enviado debe poder decir el Apóstol; y eso significa Apóstol: Enviado. Tú no tienes necesidad de bautismo, dijo Juan a Jesús; Deja eso aho­ra, le replicó éste. Necesitábamos nosotros ese nexo de la autoridad religiosa”[3]. Allí en el Jordán comienza la misión de Jesús como recordará tiempo después Pedro: “Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo”[4].

Jesús es el siervo y a la vez Hijo porque así debía ser el Mesías.  Condición de Siervo, revelada en Isaías que se manifiesta al presentarse como un pecador más para ser bautizado por Juan, porque así lo quería el Padre y así era la misión que le había encomendado, la de dar su vida por todos los hombres. Humillación voluntaria que es como un compendio de lo que será su vida, “el cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre”[5]. Por otra parte, su condición de Hijo manifestada, al salir del agua, por la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Hijo de Dios en virtud de su eterna generación y Cabeza de una raza pecadora cuya naturaleza ha asumido y a la cual tiene que rescatar.

            Jesús al ser bautizado con agua no es santificado porque no tiene pecado pero si santifica las aguas con la que nosotros seremos santificados.

            En la epifanía de los reyes magos contemplábamos nuestra vocación al Reino de Dios. Llorábamos lágrimas de penitencia y conversión junto al Emmanuel, Dios con nosotros, que se ha hecho hombre para morir por nuestros pecados. Las lágrimas del Niño manifiestan su misión de cruz y sufrimiento por todos nosotros y a sus lágrimas debemos unir nuestro llanto por nuestros pecados pasados. En la visita al Emmanuel dejábamos el camino por donde vinimos y volvíamos por otro camino. Se nos manifestaba la alegre noticia de nuestra redención y llorábamos nuestra mala vida.

            En la epifanía del Bautismo contemplamos nuestra filiación divina que tuvo inicio el día de nuestro bautismo, aunque su origen remoto es en el Bautismo de Jesús donde se instituyó el bautismo cristiano. Recordar este misterio nos invita a configurarnos cada día más con el Hijo amado del Padre. “Despojados del hombre viejo con sus obras, os habéis revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador”[6]. Esta nueva vestidura que nos configura con el “hombre nuevo”, Jesús, nos la da en el bautismo.

            Jesús es el Hijo eterno del Padre pero Dios lo hizo Siervo para cumplir su misión redentora. A nosotros nos dice como a Isaías “poco es que seas mi siervo”[7] y nos hace hijos suyos por la Pascua del Mesías. Su amor se manifiesta en elevarnos de siervos a hijos y en prometernos la herencia eterna, “mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Por eso el mundo no nos conoce porque no le reconoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es”[8].

            La ocupación primera de nuestra vida, como renacidos de Dios por el bautismo, “hombres nuevos”, imágenes de Jesús “el Hijo amado”, debe ser el crecimiento en la imitación de Jesús. Ya hemos muerto al hombre adámico en el bautismo ahora tenemos que vivir la vida del Nuevo Adán Jesucristo. ¿Cómo? En primer lugar debemos conocer a Jesús nuestro modelo, debemos tener un trato personal con Él, conocer lo que hizo en su vida, a qué se dedicó. La escucha de su Palabra y la participación en la Eucaristía nos ayudan a conocerlo. Pero no basta eso. Hay que poner por obra lo que escuchamos. El mismo Jesús nos ayudará a vivir como Él, si se lo pedimos. Dios tiene que encontrar su complacencia en nuestra vida como la encontró en nuestro modelo Jesús.

            Esta vocación de ser hijos de Dios es una vocación sublime, es lo más grande que tenemos los cristianos. Manifestar en nuestras palabras y obras nuestra filiación divina es una tarea urgente hoy. Mostrarnos como cristianos, es decir, como otros cristos, hijos por el Hijo.

El bautismo nos abre las puertas del cielo. Así como se abrieron los cielos en el bautismo de Jesús así en el nuestro se abren los cielos porque al recibir la filiación divina junto con ella recibimos la herencia del Padre. Desde el bautismo nuestra relación con Dios adquiere dimensiones insospechadas porque ya es una participación de la vida del cielo. Aquí lo conocemos por la fe y nos unimos con Él por el amor. En el cielo lo veremos como Él es.

Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, Él les reveló este gran misterio de la filiación divina: “Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro…”[9].

__________________________________________________________________
[1] San Bernardo, Sermones de Navidad,  Rialp Madrid 1956, 239-250
[2] Castellani, El Evangelio de Jesucristo…, 407-8
[3] Ibíd., 408
[4] Hch 10, 37-38
[5] Flp 2, 6-7
[6] Col 3, 9-10
[7] Is 49, 6
[8] 1 Jn 3, 1-2
[9] Mt 6, 9

Volver Aplicación

Inicio

Directorio Homilético

 

El Bautismo de Jesús

535    El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar por él. «Entonces aparece Jesús». El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es «mi Hijo amado» (Mt 3, 13-17). Es la manifestación («Epifanía») de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

536    El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se  deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22; Is 42, 1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él (Jn 1, 32-33; cf. Is 11, 2). De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

 537   Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y «vivir una vida nueva» (Rm 6, 4):

          Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40, 9).

            Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios. (S. Hilario, Mat 2).

I        UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS PECADOS

977    Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que «vivamos también una vida nueva» (Rm 6, 4).

978    «En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de Fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas… Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal» (Catech. R. 1, 11, 3).

979    En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado? «Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder de perdonar los pecados, también hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el único medio de servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había recibido de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a todos los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento de su vida» (Catech. R. 1, 11, 4).

980    Por medio del sacramento de la penitencia el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:

          Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia «un bautismo laborioso» (San Gregorio Nac., Or. 39. 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672).

Artículo 1                   EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

1213  El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu («vitae spiritualis ianua») y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1): «Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo» («El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra», Cath. R. 2,2,5).

I        EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO

1214  Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa «sumergir», «introducir dentro del agua»; la «inmersión» en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El (cf Rm 6,3-4; Col 2,12) como «nueva criatura» (2 Co 5,17; Ga 6,15).

1215  Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5), porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual «nadie puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

1216  «Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado…» (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), el bautizado, «tras haber sido iluminado» (Hb 10,32), se convierte en «hijo de la luz» (1 Ts 5,5), y en «luz» él mismo (Ef 5,8):

          El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios…lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).

II       EL BAUTISMO EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION

          Las prefiguraciones del Bautismo en la Antigua Alianza

1217  En la Liturgia de la Noche Pascual, cuando se bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes acontecimientos de la historia de la salvación que prefiguraban ya el misterio del Bautismo:

          ¡Oh Dios!, que realizas en tus sacramentos obras admirables con tu poder invisible, y de diversos modos te has servido de tu criatura el agua para significar la gracia del bautismo (MR, Vigilia Pascual, bendición del agua bautismal, 42)

1218  Desde el origen del mundo, el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios «se cernía» sobre ella (cf. Gn 1,2):

          ¡Oh Dios!, cuyo espíritu, en los orígenes del mundo, se cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces concibieran el poder de santificar (MR, ibid.).

1219  La Iglesia ha visto en el Arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. En efecto, por medio de ella «unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua» (1 P 3,20):

          ¡Oh Dios!, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad (MR, ibid.).

1220  Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la Cruz. Por este simbolismo el bautismo significa la comunión con la muerte de Cristo.

1221  Sobre todo el paso del Mar Rojo, verdadera liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la liberación obrada por el bautismo:

          ¡Oh Dios!, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo s los hijos de Abraham, para que el pueblo liberado de la esclavitud del faraón fuera imagen de la familia de los bautizados (MR, ibid.).

1222  Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza.

          El Bautismo de Cristo

1223  Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública después de hacerse bautizar por S. Juan el Bautista en el Jordán (cf. Mt 3,13 ), y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20; cf Mc 16,15-16).

1224  Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para «cumplir toda justicia» (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su «anonadamiento» (Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su «Hijo amado» (Mt 3,16-17).

1225  En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cf Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5).

          Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: El padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado. (S. Ambrosio, sacr. 2,6).

          El bautismo en la Iglesia

1226  Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa», declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: «el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos» (Hch 16,31-33).

1227  Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él:

          ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf Col 2,12).

          Los bautizados se han «revestido de Cristo» (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13).

1228  El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la «semilla incorruptible» de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín dirá del Bautismo: «Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum» («Se une la palabra a la materia, y se hace el sacramento», ev. Io. 80,3).

III     LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

          La iniciación cristiana

1229  Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística.

1230  Esta iniciación ha variado mucho a lo largo de los siglos y según las circunstancias. En los primeros siglos de la Iglesia, la iniciación cristiana conoció un gran desarrollo, con un largo periodo de catecumenado, y una serie de ritos preparatorios que jalonaban litúrgicamente el camino de la preparación catecumenal y que desembocaban en la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana.

1231  Desde que el bautismo de los niños vino a ser la forma habitual de celebración de este sacramento, ésta se ha convertido en un acto único que integra de manera muy abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana. Por su naturaleza misma, el Bautismo de niños exige un catecumenado postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior al Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona. Es el momento propio de la catequesis.

1232  El Concilio Vaticano II ha restaurado para la Iglesia latina, «el catecumenado de adultos, dividido en diversos grados» (SC 64). Sus ritos se encuentran en el Ordo initiationis christianae adultorum (1972). Por otra parte, el Concilio ha permitido que «en tierras de misión, además de los elementos de iniciación contenidos en la tradición cristiana, pueden admitirse también aquellos que se encuentran en uso en cada pueblo siempre que puedan acomodarse al rito cristiano» (SC 65; cf. SC 37-40).

1233  Hoy, pues, en todos los ritos latinos y orientales la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante en una sola celebración de los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía (cf. AG 14; CIC can.851.865.866). En los ritos orientales la iniciación cristiana de los niños comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente por la Confirmación y la Eucaristía, mientras que en el rito romano se continúa durante unos años de catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima de su iniciación cristiana (cf. CIC can.851, 2º; 868).

          La mistagogia de la celebración

1234  El sentido y la gracia del sacramento del Bautismo aparece claramente en los ritos de su celebración. Cuando se participa atentamente en los gestos y las palabras de esta celebración, los fieles se inician en las riquezas que este sacramento significa y realiza en cada nuevo bautizado.

1235  La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz.

1236  El anuncio de la Palabra de Dios ilumina con la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de la fe, inseparable del Bautismo. En efecto, el Bautismo es de un modo particular «el sacramento de la fe» por ser la entrada sacramental en la vida de fe.

1237  Puesto que el Bautismo significa la liberación del pecado y de su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios exorcismos sobre el candidato. Este es ungido con el óleo de los catecúmenos o bien el celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente a Satanás. Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia, a la cual será «confiado» por el Bautismo (cf Rm 6,17).

1238  El agua bautismal es entonces consagrada mediante una oración de epíclesis (en el momento mismo o en la noche pascual). La Iglesia pide a Dios que, por medio de su Hijo, el poder del Espíritu Santo descienda sobre esta agua, a fin de que los que sean bautizados con ella «nazcan del agua y del Espíritu» (Jn 3,5).

1239  Sigue entonces el rito esencial del sacramento: el Bautismo propiamente dicho, que significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración con el Misterio pascual de Cristo. El Bautismo es realizado de la manera más significativa mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser también conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato.

1240  En la Iglesia latina, esta triple infusión va acompañada de las palabras del ministro: «N, Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». En las liturgias orientales, estando el catecúmeno vuelto hacia el Oriente, el sacerdote dice: «El siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». Y mientras invoca a cada persona de la Santísima Trinidad, lo sumerge en el agua y lo saca de ella.

1241  La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, «ungido» por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (cf OBP nº 62).

1242  En la liturgia de las Iglesias de Oriente, la unción postbautismal es el sacramento de la Crismación (Confirmación). En la liturgia romana, dicha unción anuncia una segunda unción del santo crisma que dará el obispo: el sacramento de la Confirmación que, por así decirlo, «confirma» y da plenitud a la unción bautismal.

1243  La  vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha «revestido de Cristo» (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son «la luz del mundo» (Mt 5,14; cf Flp 2,15).

          El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Unico. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.

1244  La primera comunión eucarística. Hecho hijo de Dios, revestido de la túnica nupcial, el neófito es admitido «al festín de las bodas del Cordero» y recibe el alimento de la vida nueva, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Las Iglesias orientales conservan una conciencia viva de la unidad de la iniciación cristiana por lo que dan la sagrada comunión a todos los nuevos bautizados y confirmados, incluso a los niños pequeños, recordando las palabras del Señor: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis» (Mc 10,14). La Iglesia latina, que reserva el acceso a la Sagrada Comunión a los que han alcanzado el uso de razón, expresa cómo el Bautismo introduce a la Eucaristía acercando al altar al niño recién bautizado para la oración del Padre Nuestro.

1245  La bendición solemne cierra la celebración del Bautismo. En el Bautismo de recién nacidos, la bendición de la madre ocupa un lugar especial.

IV     QUIEN PUEDE RECIBIR EL BAUTISMO

1246  «Es capaz de recibir el bautismo todo ser humano, aún no bautizado, y solo él» (CIC, can. 864: CCEO, can. 679).

          El Bautismo de adultos

1247  En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del evangelio está aún en sus primeros tiempos, el Bautismo de adultos es la práctica más común. El catecumenado (preparación para el Bautismo) ocupa entonces un lugar importante. Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el catecumenado debe disponer a recibir el don de Dios en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

1248  El catecumenado, o formación de los catecúmenos, tiene por finalidad permitir a estos últimos, en respuesta a la iniciativa divina y en unión con una comunidad eclesial, llevar a madurez su conversión y su fe. Se trata de una «formación y noviciado debidamente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro. Por lo tanto, hay que iniciar adecuadamente a los catecúmenos en el misterio de la salvación, en la práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que deben celebrarse en los tiempos sucesivos, e introducirlos en la vida de fe, la liturgia y la caridad del Pueblo de Dios» (AG 14; cf OICA 19 y 98).

1249  Los catecúmenos «están  ya unidos a la Iglesia, pertenecen ya a la casa de Cristo y muchas veces llevan ya una una vida de fe, esperanza y  caridad» (AG 14). «La madre Iglesia los abraza ya con amor tomándolos a sus cargo» (LG 14; cf CIC can. 206; 788,3)

          El Bautismo de niños

1250  Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios (cf Col 1,12-14), a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento (cf CIC can. 867; CCEO, can. 681; 686,1).

1251  Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha confiado (cf LG 11; 41; GS 48; CIC can. 868).

1252  La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando «casas» enteras recibieron el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños (cf CDF, instr. «Pastoralis actio»: AAS 72 [1980] 1137-56).

          Fe y Bautismo

1253  El Bautismo es el sacramento de la fe (cf Mc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta: «¿Qué pides a la Iglesia de Dios?» y él responde: «¡La fe!».

1254  En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la noche pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana.

1255  Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la  madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf CIC can. 872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial (officium; cf SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo.

V       QUIEN PUEDE BAUTIZAR

1256  Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono (cf CIC, can. 861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar (Cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria. La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La Iglesia ve la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la necesidad del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16).

VI     LA NECESIDAD DEL BAUTISMO

1257  El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la  salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer «renacer del agua y del espíritu» a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos.

1258  Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento.

1259  A los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el bautismo unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento.

1260  «Cristo murió por todos y la vocación última del hombre en realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual» (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad.

1261  En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis» (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo.

VII    LA GRACIA DEL BAUTISMO

1262  Los distintos efectos del Bautismo son significados por los elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua evoca los simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también los de la regeneración y de la renovación. Los dos efectos principales, por tanto, son la purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (cf Hch 2,38; Jn 3,5).

          Para la remisión de los pecados…

1263  Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios.

1264  No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o «fomes peccati»: «La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien `el que legítimamente luchare, será coronado'(2 Tm 2,5)» (Cc de Trento: DS 1515).

          “Una criatura nueva”

1265  El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito «una nueva creación» (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho «partícipe de la naturaleza divina» ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).

1266  La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que :

          – le hace capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo mediante las virtudes teologales;

          – le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;

          – le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.

          Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo.

          Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo

1267  El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto…somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12,13).

1268  Los bautizados vienen a ser «piedras vivas» para «edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo» (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles.

1269  Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los demás (Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn 13,12-15) en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Ts 5,12-13). Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia (cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).

1270  Los bautizados «por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23).

          El vínculo sacramental de la unidad de los cristianos

1271  El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica: «Los que creen en Cristo y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica… justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia Católica como hermanos del Señor» (UR 3). «Por consiguiente, el bautismo constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él» (UR 22).

          Un sello espiritual indeleble…

1272  Incorporado a Cristo por el Bautismo, el bautizado es configurado con Cristo (cf Rm 8,29). El Bautismo imprime en el cristiano  un sello espiritual indeleble (character)  de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación (cf DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.

1273  Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra para el culto religioso cristiano (cf LG 11). El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz (cf LG 10).

1274  El «sello del Señor» (Dominicus character: S. Agustín, Ep. 98,5), es el sello con que el Espíritu Santo nos ha marcado «para el día de la redención» (Ef 4,30; cf Ef 1,13-14; 2 Co 1,21-22). «El Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna» (S. Ireneo, Dem.,3). El fiel que «guarde el sello» hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado con «el signo de la fe» (MR, Canon romano, 97), con la fe de su Bautismo, en la espera de la visión bienaventurada de Dios –consumación de la fe– y en la esperanza de la resurrección.

RESUMEN

1275  La iniciación cristiana se realiza mediante el conjunto de tres sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación que es su afianzamiento; y la Eucaristía que alimenta al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en El.

1276  «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20).

1277  El Bautismo constituye el nacimiento a la vida nueva en Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario para la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el Bautismo.

1278  El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza, pronunciando la invocación de la Santísima Trinidad, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

1279  El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.

1280  El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble, el carácter, que consagra al bautizado al culto de la religión cristiana. Por razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado (cf DS 1609 y 1624).

1281  Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y todos los hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden salvarse aunque no hayan recibido el Bautismo (cf LG 16).

1282  Desde los tiempos más antiguos, el Bautismo es dado a los niños, porque es una gracia y un don de Dios que no suponen méritos humanos; los niños son bautizados en la fe de la Iglesia. La entrada en la vida cristiana da acceso a la verdadera libertad.

1283  En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la liturgia          de la Iglesia nos invita a tener confianza en la misericordia divina y a orar por su salvación.

1284  En caso de necesidad, toda persona puede bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza del candidato diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

III     EL NOMBRE CRISTIANO

2156  El sacramento del Bautismo es conferido «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). En el bautismo, el nombre del Señor santifica al hombre, y el cristiano recibe su nombre en la Iglesia. Este puede ser el de un santo, es decir, de un discípulo que vivió una vida de fidelidad ejemplar a su Señor. Al ser puesto bajo el patrocinio de un santo, se le ofrece un modelo de caridad y se le asegura su intercesión. El «nombre de bautismo» puede expresar también un misterio cristiano o una virtud cristiana. «Procuren los padres, los padrinos y el párroco que no se imponga un nombre ajeno al sentir cristiano» (CIC, can. 855).

2157  El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones con la señal de la cruz, «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén». El bautizado consagra la jornada a la gloria de Dios e invoca la gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu como hijo del Padre. La señal de la cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades.

2158  Dios llama a cada uno por su nombre (cf Is 43,1; Jn 10,3). El nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona. Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva.

2159  El nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino, el carácter misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará en plena luz. «Al vencedor…le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe» (Ap 2,17). «Miré entonces y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre» (Ap 14,1).

Volver Direc. Homil.

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio