Archivos mensuales: Diciembre 2016

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios – 2017

 

01
enero

Solemnidad de Santa María,

Madre de Dios

2017

 

Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

(Domingo 1 de Enero de 2017)

LECTURAS

Invocarán mi Nombre sobre los israelitas, y Yo los bendeciré

Lectura del libro de los Números   6, 22-27

El Señor dijo a Moisés:

«Habla en estos términos a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas. Ustedes les dirán: “Que el Señor te bendiga y te proteja.

Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.

Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz”. Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y Yo los bendeciré».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL      66, 2-3. 5-6. 8

R. ¡El Señor tenga piedad y nos bendiga!

El Señor tenga piedad y nos bendiga,

haga brillar su rostro sobre nosotros,

para que en la tierra se reconozca su dominio,

y su victoria entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones,

porque gobiernas a los pueblos con justicia

y guías a las naciones de la tierra.

El Señor tenga piedad y nos bendiga. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,

que todos los pueblos te den gracias!

Que Dios nos bendiga,

y lo teman todos los confines de la tierra. R.

Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Galacia   4, 4-7

Hermanos:

Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos.

Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Cf. Heb. 1, 1-2

Aleluia.

Después de haber hablado a nuestros padres

por medio de los Profetas,

en este tiempo final,

Dios nos habló por medio de su Hijo.

Aleluia.

Encontraron a María, a José y al recién nacido.

Ocho días después se le puso el nombre de Jesús

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas        2, 16-21

Los pastores fueron rápidamente adonde les había dicho el Ángel del Señor, y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Guión Solemnidad de Santa María Madre de Dios- 1° enero 2017- Ciclo A

Entrada: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso María es Madre de Dios, porque es la madre de Jesucristo. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristiana. Para toda la eternidad Jesús será el nacido de Mujer, el hijo de María.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                              Números 6, 22- 27

Dios en su Hijo nos bendice con su gracia y nos concede la paz.

Salmo Responsorial: 66

Segunda Lectura:                                                                          Gálatas 4, 4- 7

Somos hijos de Dios; la prueba de esto está en que nos infundió el Espíritu de su Hijo.

Evangelio:                                                 Lucas 2, 16- 21

María conservaba en su Corazón todo lo referente al Hijo de sus entrañas, Jesús el Salvador.

Preces:

Dirijamos nuestras súplicas al Padre eterno, que ha enviado al mundo a su Hijo nacido de Mujer, para redimirnos y traernos la paz.

A cada intención respondemos cantando:..

1)      Te pedimos que protejas al Santo Padre, para que su pontificado, bajo la protección de María Santísima dé abundantes frutos en todo el mundo. Oremos.

2)      Te suplicamos Señor que mirando a tu Madre, Reina de la paz, concedas al mundo este don a la humanidad, y que las naciones encuentren, mediante el diálogo, soluciones pacíficas a sus conflictos. Oremos.

3)      Te rogamos por todas las familias, para que encuentren en María la guía y la protección para sus hogares  y los padres sepan dar a sus hijos una sana educación cristiana. Oremos.

4)      Por María, madre de los consagrados, te pedimos especialmente por los sacerdotes y misioneros para que fieles al servicio de Dios sepan hacer de la Santa misa el fin de sus actividades apostólicas. Oremos…

5)      Por intercesión de la Inmaculada Virgen de Luján te pedimos que protejas a nuestra patria en este nuevo año que inicia, concedas luz y consejo a los gobernantes y santidad a nuestros pastores y pueblo fiel. Oremos…

Padre Bueno, acoge las súplicas que te dirigimos por intercesión de María Santísima y concede a la humanidad la paz que el mundo no puede dar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Renovamos nuestro ofrecimiento a Dios uniéndonos al Sacrificio de Cristo.

*Traemos flores para la Madre de Dios junto con nuestro reconocimiento y amor.

*Ofrecemos incienso como símbolo de las oraciones que elevamos por la paz del mundo.

*Llevamos al Altar el pan y el vino para el banquete eucarístico, en el cual nos uniremos a Cristo, el Señor.

Comunión: Recibamos a Jesús de manos de María y adoremos al Dios anonadado y escondido en el Santo Sacramento del Amor Divino.

Salida: A ti, Madre de Dios y Madre nuestra te dirigimos nuestras alabanzas. Aurora del mundo nuevo, a ti te confiamos la causa de la paz.

 (Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Jesús anunciado por los pastores

(/Lc/02/15-20).

15 Y cuando los ángeles los dejaron y se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: Pasemos a Belén, a ver eso que ha sucedido, lo que el Señor nos ha dado a conocer. 16 Fueron con presteza y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

El mensaje que transmitió Dios no es sólo palabra, sino, al mismo tiempo, acontecimiento: Mensaje que sucedió. Al acontecimiento sigue la palabra notificante. Pablo confiesa: «A mí, el menor de todo el pueblo santo, se me ha dado esta gracia: la de anunciar a los gentiles el Evangelio de la insondable riqueza de Cristo y dar luz sobre la economía del misterio escondido desde los siglos en Dios» (Efe_3:8s). La misma ley vige para Pablo que para los pastores. «A mí, el menor… el Evangelio de la insondable riqueza de Cristo… la economía del misterio» (la salvación que se da en Cristo); esto se aplica a todos los mensajeros que dan a conocer la economía y la realización de los divinos designios salvadores.

Una vez que los pastores hubieron recibido la buena nueva, habían de ser también testigos de lo que vieron. Creyeron y pudieron luego ver con sus propios ojos lo que habían creído. «Bienaventurada tú, que has creído…» Van con presteza, como María, a cumplir el encargo de Dios. La oferta de la salvación no sufre dilaciones. Los hombres comienzan a volverse hacia el niño en el pesebre. En Jesús está la salvación y la gloria de Dios.

Los pastores encontraron lo que buscaban conforme al signo y mediante la guía de Dios, que siempre guía de tal manera, que el hombre encuentra. Lo que vieron con los ojos fue a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Esto y nada más: nada de la madre virgen, nada de las grandezas que había expresado acerca de este niño el mensaje del ángel. Pero vieron a este niño, iluminados por la revelación de Dios. El signo de que la revelación de Dios se ha hecho realidad histórica, está delante de ellos en María y José, y en el niño acostado en el pesebre. El esplendor del Evangelio de navidad viene de la interpretación divina del nacimiento histórico de Jesús, pero el portador de este esplendor es el niño que ha nacido.

17 Al verlo, refirieron lo que se les había dicho acerca de este niño. 18 Y todos los que lo oyeron quedaron admirados de lo que les contaban los pastores. 19 María, por su parte, conservaba todas estas palabras en su corazón y las meditaba.

¿Qué efecto produce la vista con fe del hecho salvador? Los pastores han visto y refieren, dan a conocer lo que han visto. El contenido de su anuncio es éste: Lo que se les había dicho acerca de este niño; el hecho histórico del nacimiento de Jesús y las palabras que se les habían dicho acerca de este niño. Así se efectúa siempre el anuncio, la proclamación del Evangelio: «Os doy a conocer… el Evangelio…, que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras» (1Co_15:1-5).

No todos pueden ver con sus ojos el acontecimiento: sólo los testigos predestinados por Dios (Cf. Hec_10:40-43). Los otros oyen el mensaje de estos testigos. Como fruto inmediato del oír se recoge la admiración. Lucas es el evangelista que con más frecuencia hace notar que los hechos y palabras de Jesús despertaban admiración. El que experimenta la revelación de lo divino, se admira, sea que con fe y temor reverencial se asombre ante lo divino, o que admire lleno de presentimientos, o que rechace con crítica y sin comprensión. El que se asombra cuando se le presenta la revelación divina, todavía no cree: está en el atrio de la fe: ha recibido un impulso que puede suscitar fe, pero también provocar duda. ¿Puede originar más que asombro la predicación de los mensajeros de la fe? La decisión de creer es asunto personal de cada uno.

También María recibe de los pastores un mensaje sobre su hijo. Lo que le había dicho al ángel Gabriel y había sido confirmado por Isabel, es ahora profundizado por los pastores. No sólo se asombra, sino que conserva todas estas palabras en el corazón. Oyó la palabra de la manera que Dios quiere. En ella cae la semilla en buena tierra. La semilla que cae en «la tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón noble y generoso, la retienen y por su constancia dan fruto» (8,15). Constantemente oye María algo nuevo sobre su niño. ¿Quién puede decir de una vez todas las riquezas que encierra este niño, de modo que el hombre comprenda? La riqueza que está contenida en la revelación de Cristo, sólo puede comunicarse cada vez por partes. Pero las partes deben compararse y combinarse. La fe madura combina los diferentes elementos, ordena y encuadra lo nuevo en lo que ya se posee. Lo que experimentó María en la anunciación, en la visita a Isabel y en el momento del nacimiento, fue para ella fuente inagotable de meditación, de sus decisiones, de oración, de alabanza, de gratitud, de gozo y de fidelidad. María es el prototipo de todos los que perciben la palabra y la acogen como es debido, el prototipo de los creyentes y consiguientemente el prototipo de la Iglesia, que acoge a Cristo con la fe y lo lleva en sí.

20 Y los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, tal como se les había anunciado.

Dios había elegido a éstos, los más pobres de todos, que estaban en vela, para que recibieran el mensaje del nacimiento del Salvador. Los constituyó en testigos del Mesías recién nacido y los pertrechó para que fueran heraldos de la buena nueva. Ahora los hace volver a su vida cotidiana. Los pastores se volvieron.

A partir de entonces glorifican y alaban al Señor. Dios actúa mediante la venida y la acción de Jesús; pues Dios está con él. Realiza prodigios, milagros y signos por medio de Jesús. El asombro por los grandes hechos de Dios acompaña la entera vida de Jesús, en quien se reconoce la acción de Dios. Cuando Jesús recorre Palestina irrumpe un júbilo de alabanza de Dios (Luc_5:25s; Luc_7:16; Luc_9:43; Luc_13:13; Luc_17:15; Luc_18:42s). Incluso cuando muere en la cruz y clama con gran voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», glorifica a Dios el centurión que lo había oído (Luc_23:47). Con tal glorificación de Dios comienza y termina el Evangelio. Después de la ascensión volvieron los discípulos a Jerusalén llenos de alegría y glorificaban a Dios continuamente en el templo (Luc_24:53). Cuando en la primitiva liturgia cristiana se hacían presentes los hechos de Jesús mediante la palabra y la fracción del pan, los creyentes terminaban respondiendo con alabanzas a Dios (Hec_2:47).

Una vez más se dejan notar los efectos de esta liturgia de la alabanza y de la glorificación. Lo que habían visto y oído, tal como se les había anunciado. Los hechos salvíficos y su interpretación divina, que forman el centro del culto cristiano, llevan a la glorificación y a la alabanza de Dios. Para esto se escribió el Evangelio de Lucas: para que Teófilo y con él la Iglesia se persuadan de la certeza de aquello sobre lo que se les había instruido y que en el culto cristiano se hace presente y se celebra: Dios que causa la salud por Jesús.

Imposición del nombre

(Lc.2,21)

Con el niño Jesús se procede conforme a las disposiciones de la ley (Cf.2,21.22-24.27.39). «Nació de mujer, nació bajo la ley» (Gal_4:4). En la observancia de la obediencia a la ley se hace patente su gloria en la circuncisión (Gal_2:21) y en el templo (Gal_2:22-39).

El camino del niño Jesús en el seno de su madre va de Nazaret, la pequeña e insignificante ciudad de Galilea, donde fue concebido, a Belén, la ciudad de David, donde nació -en pobreza y gloria-, y de allí a Jerusalén, a la ciudad de su «elevación» (Gal_9:51). Con esto se llega al punto culminante del relato de la infancia. La actividad pública de Jesús seguirá el mismo camino: de Galilea a Jerusalén, donde muere y es glorificado.

Como Juan, en el momento de la imposición del nombre, es celebrado en las palabras proféticas de su padre, así también Jesús adquiere todavía mayor esplendor gracias al Espíritu Santo, que habla por boca del profeta y de la profetisa. Juan es celebrado en casa de Zacarías, Jesús, en cambio, en el templo. Jesús es mayor que Juan.

21 Cuando se cumplieron ocho días y hubo que circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno materno.

Con su nacimiento fue introducido Jesús en la existencia humana («lo envolvió en pañales»), en la estirpe de José, en el pueblo israelita, en la historia de los pobres y de los pequeños, en la obligación de la ley…

La ley mosaica regula la vida del israelita, por días, semanas y años. Cuando se cumplieron ocho días y hubo que circuncidar al niño, recayó sobre Jesús por primera vez la obligación de la ley: Jesús era «obediente» (Flp_2:8).

El Evangelio no dice expresamente que se efectuó en Jesús la circuncisión. El orden de la ley y su cumplimiento es el marco en que se desarrolla la vida entera de Jesús. Con él se cumple la ley, se realiza su pleno sentido. Con esta obediencia irrumpe lo nuevo y grande. A la circuncisión está ligada la imposición del nombre. Dios mismo fijó el nombre de este niño pequeño. Se le llamó como había dicho el ángel. Con el nombre fija Dios también la misión de Jesús: Dios es Salvador. En Jesús trae Dios la salvación. «Jesús pasó haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hec_10:38).

(Stöger, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Inicio

Comentario Teológico

·        P. Antonio Royo Marín, O.P.

María, Madre de Dios

Doctrina de fe

Vamos a exponer la doctrina dogmática de la maternidad divina de María en una conclusión sencilla y clara, al alcance de todas las fortunas intelectuales. Hela aquí:

La Santísima Virgen María es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado. (Dogma de fe expresamente definido por la Iglesia.)

He aquí las pruebas:

a) LA SAGRADA ESCRITURA.

En la Sagrada Escritura no se emplea explícitamente la fórmula María Madre de Dios, pero ello se deduce con toda certeza y evidencia de dos verdades expresamente contenidas en la misma revelación, a saber: que María es la Madre de Jesús, y que Jesús es Dios.

En efecto: la Sagrada Escritura nos dice repetidas veces que la Virgen María es la Madre de Jesús (Mt 1,16; 2,11; Lc 2,37‑48; Jn 2,1; Act 1,14, etc.). Jesús es presentado como concebido (Lc 1,31) y nacido (Lc 2,7‑12) de la Virgen. Y que Jesús es Dios, lo dice expresamente San Juan en el prólogo de su evangelio (Jn 1,1‑14) Y consta por el expreso testimonio del mismo Cristo (cf. Mt 26,63‑64), confirmado por sus deslumbradores milagros, hechos en nombre propio (cf. Lc 7,14; Jn 11,43, etc.), y por la prueba definitiva de su propia resurrección (Mt 28,5‑6, etc.), anunciada por El antes de su muerte (Mt 17,22‑23, etc.).

Ahora bien, del hecho de que María sea la Madre de Jesús y de que Jesús sea Dios, ¿se sigue necesariamente que María sea propia, real y verdaderamente Madre de Dios?

Lo negó terminantemente Nestorio, monje de Antioquía y más tarde patriarca de Constantinopla (+ 451), al afirmar que en Cristo no solamente hay dos naturalezas (como enseña la fe), sino también dos personas perfectamente distintas: divina y humana (lo que es herético, como veremos en seguida). La Virgen, según Nestorio, fue Madre de la persona humana de Cristo (Cristotokos), pero no Madre de su persona divina (Theotokos). Luego no se la debe llamar Madre de Dios, sino únicamente Madre de Cristo (en cuanto persona humana).

La doctrina de Nestorio ‑dos personas en Cristo‑ fue expresamente condenada por la Iglesia como herética. En Cristo ‑como veremos en seguida al exponer la doctrina de la Iglesia‑ no hay más que una sola persona ‑la persona divina del Verbo‑, aunque haya en él dos naturalezas perfectamente distintas: divina y humana. Y como María fue Madre de la persona de Jesús ‑como todas las madres lo son de la persona de sus hijos‑ y Jesús es personalmente el Hijo de Dios, el Verbo divino, síguese con toda lógica que la Santísima Virgen es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado.

b) LA DOCTRINA DE LA IGLESIA.

La doctrina que hemos recogido en nuestra conclusión fue expresamente definida por la Iglesia como dogma de fe, contra la herejía de Nestorio. Es lástima que no podamos detenernos aquí en exponer la historia de las controversias entre San Cirilo de Alejandría ‑el gran campeón de la maternidad divina de María‑ y el heresiarca Nestorio, que ocasionaron la reunión del concilio de Éfeso ‑celebrado el año 431, bajo el pontificado de San Celestino I‑, donde se condenó en bloque la doctrina de Nestorio y se proclamó la personalidad única y divina de Cristo bajo las dos naturalezas, y, por consiguiente, la maternidad divina de María. El pueblo cristiano de Éfeso, que aguardaba fuera del templo el resultado de las deliberaciones de los obispos reunidos en concilio, al enterarse de la proclamación de la maternidad divina de María, prorrumpió en grandes vítores y aplausos y acompañó a los obispos por las calles de la ciudad con antorchas encendidas en medio de un entusiasmo indescriptible.

He aquí el texto principal de la carta segunda de San Cirilo a Nestorio, que fue leída y aprobada en la sesión primera del concilio de Éfeso:

‘No decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; ni tampoco que se transmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; afirmamos, más bien, que el Verbo, habiendo unido consigo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado Hijo del hombre, no por sola voluntad o por la sola asunción de la persona. Y aunque las naturalezas sean diversas, juntándose en verdadera unión, hicieron un solo Cristo e Hijo; no porque la diferencia de naturalezas fuese suprimida por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad, por misteriosa e inefable unión en una sola persona, constituyeron un solo Jesucristo e Hijo.

Porque no nació primeramente un hombre cualquiera de la Virgen María, sobre el cual descendiera después el Verbo, sino que, unido a la carne en el mismo seno materno, se dice engendrado según la carne, en cuanto que vindicó para si como propia la generación de su carne. Por eso (los Santos Padres) no dudaron en llamar Madre de Dios a la Santísima Virgen’ (D IIIª).

En el año 451, o sea veinte años más tarde del concilio de Éfeso, se celebró bajo el pontificado de San León Magno el concilio de Calcedonia, donde se condenó como herética la doctrina de Eutiques, que afirmaba -por error extremo contrario al de Nestorio‑ que en Cristo no había más que una sola naturaleza, la divina (monofisismo). El concilio definió solemnemente que en Cristo hay dos naturalezas ‑divina y humana‑ en una sola persona o hipóstasis: la persona divina del Verbo (cf. D 148).

Un siglo más tarde, el concilio II de Constantinopla (quinto de los ecuménicos), celebrado el año 553 bajo el pontificado del papa Vigilio, alabó e hizo suyos en fórmula dogmática los doce anatematismos de San Cirilo contra la doctrina de Nestorio, considerándolos como parte de las actas del concilio de Éfeso (cf. D 113‑124 226‑227). He aquí los principales anatematismos de San Cirilo relativos a la cuestión que nos ocupa:

‘Si alguno no confiesa que Dios es verdaderamente el Emmanuel y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios, pues dio a luz según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anaterna’ (D 1 13).

‘Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios Padre se unió a la carne según hipóstasis y que Cristo es uno con su propia carne, a saber, que es Dios y hombre al mismo tiempo, sea anaterna’ (D 114).

‘Si alguno distribuye entre dos personas o hipóstasis las expresiones contenidas en los escritos apostólicos o evangélicos, o dichas sobre Cristo por los santos, o por el propio Cristo hablando de sí mismo; y unas las acomoda al hombre, entendiéndolo aparte del Verbo de Dios, y otras, como dignas de Dios, las atribuye al solo Verbo de Dios Padre, sea anatema’ (D 116).

‘Si alguno se atreve a decir que Cristo es hombre teóforo o portador de Dios, y no, más bien, Dios verdadero, como Hijo único y natural, por cuanto el Verbo se hizo carne y participó de modo semejante a nosotros en la carne y en la sangre (Heb 2,14, sea anatema)’ (D 117).

Son, pues, dogmas de fe expresamente definidos por la Iglesia que en Cristo hay dos naturalezas ‑divina y humana‑, pero una sola persona, la persona divina del Verbo. Y como María fue Madre de la persona de Jesús, hay que llamarla y es en realidad propia, real y verdaderamente Madre de Dios.

c) EXPLICACIÓN TEOLÓGICA.

Todo el quid de la cuestión está en este sencillo razonamiento. Las madres son madres de la persona de sus hijos (compuesta de alma y cuerpo) aunque ellas proporcionen únicamente la materia del cuerpo, al cual infunde Dios el alma humana, convirtiéndola entonces en persona humana. Pero Cristo no es persona humana, sino divina, aunque tenga una naturaleza humana desprovista de personalidad humana, que fue sustituida por la personalidad divina del Verbo en el mismísimo instante de la concepción de la carne de Jesús. Luego María concibió realmente y dio a luz según la carne a la persona divina de Cristo (única persona que hay en El), y, por consiguiente, es y debe ser llamada con toda propiedad Madre de Dios. No importa que María no haya concebido la naturaleza divina en cuanto tal (tampoco las demás madres conciben el alma de sus hijos), ya que esa naturaleza divina subsiste en el Verbo eternamente y es, por consiguiente, anterior a la existencia de María. Pero María concibió una persona ‑como todas las demás madres‑, y como esa persona, Jesús, no era humana, sino divina, síguese lógicamente que María concibió según la carne a la persona divina de Cristo y es, por consiguiente, real y verdaderamente Madre de Dios.

Escuchemos a Santo Tomás exponiendo admirablemente esta doctrina.

‘Como en el instante mismo de la concepción de, Cristo la naturaleza humana se unió a la persona divina del Verbo, síguese que pueda decirse con toda verdad que Dios es concebido y nacido de la Virgen. Se dice -en efecto‑ que una mujer es madre de una persona porque ésta ha sido concebida y ha nacido de ella. Luego se seguirá de aquí que la bienaventurada Virgen pueda decirse verdaderamente Madre de Dios. Sólo se podría negar que la bienaventurada Virgen sea Madre de Dios en estas dos hipótesis: o que la humanidad de Cristo hubiese sido concebida y dada a luz antes de que se hubiera unido a ella el Verbo de Dios (como afirmó el hereje Fotino), o que la humanidad de Cristo no hubiese sido tomada por el Verbo de Dios en unidad de persona o hipóstasis (como enseñó Nestorio). Pero ambas hipótesis son erróneas; luego es herético negar que la bienaventurada Virgen sea Madre de Dios’.

Y al solucionar la objeción de que Cristo se llama y es Dios por su naturaleza divina y ésta no comenzó a existir cuando se encarnó en María, sino que ya existía desde toda la eternidad, y, por lo mismo, no debe llamarse Madre de Dios a la Virgen, responde el Doctor Angélico magistralmente:

‘Se dice que la bienaventurada Virgen es Madre de Dios no porque sea madre de la divinidad (o sea, de la naturaleza divina, que es eternamente anterior a Ella), sino porque es Madre según la humanidad de una Persona que tiene divinidad y humanidad’.

Aunque lo dicho hasta aquí es muy suficiente para dejar en claro la maternidad divina de María, vamos a recoger ‑para mayor abundamiento‑ la clarísima exposición de un mariólogo contemporáneo:

‘Sabemos por la Sagrada Escritura y por la tradición que Jesús, el Hijo de María, es el Unigénito Hijo de Dios. Tiene naturaleza humana, que recibió de su Madre, y es, por consiguiente, hombre como nosotros. Pero no es persona humana; es persona divina y hombre a la vez, que subsiste no sólo en la naturaleza divina, que recibe por toda la eternidad de su Padre Eterno, sino también en la naturaleza humana, que ha recibido, en el tiempo, de su Madre humana. María, al engendrar a su Hijo, no engendró una. persona humana. Mas el hecho de dar una naturaleza humana a la segunda persona de la Santísima Trinidad nos dará derecho a decir que María engendró a la persona divina y que es Madre de Dios.

Ya hemos visto que el objeto de la generación, el ser que es engendrado, no es una parte del hijo, sino todo el ser que existe, completo en sí al completarse la generación. Si el producto tiene naturaleza intelectual, como es el caso en toda generación humana, entonces es una persona. De aquí que la maternidad de una mujer se refiere siempre a la persona de su hijo; el objeto de su maternidad, lo que ella engendra o concibe, es una persona.

La misma manera de hablar que empleamos aclara esta verdad: por ejemplo, decimos que Santa Mónica fue madre de San Agustín. San Agustín es una persona, y preguntamos: ‘¿Quién es su madre?’, o ‘¿De quién es madre?’ Quién y de quién solamente se refieren a personas. Así, pues, vemos que nuestra manera ordinaria de hablar acerca de una madre y su hijo indica que la relación de madre a hijo es relación de persona a persona. Dicho de otro modo: el ser concebido por una mujer es una persona.

Sin embargo, es verdad que una madre no es la causa del alma o de la personalidad de su hijo sino en tanto en cuanto proporciona la materia, de tal manera dispuesta que exija la creación del alma de su hijo inmediatamente por Dios. Más: aunque la madre no sea la causa total de su hijo, aun cuando lo que le de por su propia adecuada actividad no es el alma ni la personalidad del hijo, sino la carne de su naturaleza humana, no obstante es verdaderamente su madre, la madre de la persona de su hijo. Aun cuando lo que ella da es sólo parte del hijo, ella es la madre del hijo entero.

Si María hizo por Jesús tanto como cualquier madre humana hace por su hijo, entonces María es tan madre de la persona de Jesús como cualquier mujer es madre de su hijo. El hecho de que Jesús no tuviera padre humano no hace a María menos madre. La diferencia esencial entre maternidad puramente humana y maternidad divina no es que Maria hizo algo más o algo diferente en la concepción de su Hijo. Es simplemente esto: que el Hijo de María es una persona divina, mientras que el hijo de una mujer ordinaria es una persona humana.

Sabemos que sólo Dios puede crear el alma de un niño y hacer al alma y al cuerpo existir como una naturaleza humana completa en sí misma; en otras palabras: sólo Dios hace a la naturaleza humana existir en la persona humana. La personalidad es el término de la generación humana, como don de Dios más bien que producida en virtud de dicha generación. De aquí que la maternidad humana no queda lesionada ni comprometida si Dios crea al alma en la carne proporcionada por la actividad materna, de tal manera que la naturaleza humana resultante no exista completamente en sí como tal persona humana, sino asumida por una persona divina. Si, en lugar de dar una personalidad humana como término de la actividad materna, Dios da la persona divina de su propio Hijo para ser envuelta en la carne de una mujer, entonces, lejos de lesionar su maternidad, este acto de Dios eleva esa maternidad a una ‘dignidad casi infinita’, porque tal madre lleva en su seno al Hijo más perfecto que pudiera nacer.

La divina maternidad nos lleva directamente al corazón del misterio cristiano: la insondable verdad de que Jesucristo es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre, en quien la naturaleza humana, recibida de su Madre humana, y la naturaleza divina, recibida de su Padre Eterno, se unen en la única persona del Hijo de Dios. Si Jesús no es verdadero hombre, María no puede ser verdadera madre; si el Niño Jesús, nacido de María, no es persona divina y Dios mismo, María no puede ser llamada Madre de Dios’ (P. Gerald Van Ackeren).

En resumen: la Santísima Virgen María es real y verdaderamente Madre de Dios porque concibió en sus virginales entrañas y dio a luz a la persona de Jesús, que no es persona humana, sino divina.

(Royo Marín, A., La Virgen María, BAC, Madrid, pp. 94-100)

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Santos Padres

·        San Bernardo

María, la Madre de Dios

“Y dijo María al ángel: ¿cómo puede ser esto, sino conozco varón? Y respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo y por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez, porque no hay cosa alguna imposible para Dios. Y dijo María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.”

“Y dijo María al ángel: ¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?” Primero, sin duda, María calló como prudente, cuando todavía dudosa pensaba entre sí, qué salutación sería ésta, queriendo más por su humildad no responder que temerariamente hablar lo que no. sabía. Pero ya confortada, y habiéndolo premeditado bien, hablándole en lo exterior el ángel, pero persuadiéndola interiormente Dios -que estaba con ella según lo que dice el ángel: “El Señor es contigo”-, expeliendo sin duda la fe al temor, la alegría al empacho, dijo al ángel: “¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?”

No duda del hecho, sino que pregunta acerca del modo y del orden, no pregunta si se hará esto, sino cómo se hará. Al modo que si dijera: sabiendo mi Señor que su esclava tiene hecho voto de virginidad, ¿con qué disposición, con qué orden le agradará que se haga esto? Si Su Majestad ordena otra cosa, si dispensa este voto para tener tal Hijo, me alegro del Hijo que me da, pero me duele la dispensa del voto; sin embargo, hágase su voluntad en todo; pero si he de concebir virgen y virgen también he de alumbrar, lo cual ciertamente no es imposible, entonces ciertamente conoceré que miró la humildad de su esclava.

“¿Cómo pues se hará esto, ángel del Señor, si no conozco varón?” Y respondiendo el ángel le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo”. Había dicho antes que estaba llena de gracia; pues ¿cómo dice ahora “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo?” ¿Por ventura podría estar llena de gracia y no tener todavía al Espíritu Santo, siendo Él el dador de todas las gracias? Y si el Espíritu Santo estaba en ella, ¿cómo se le vuelve a prometer que vendrá sobre ella nuevamente? Por esto sin duda no se dijo vendrá “a ti”, sino que vendrá “sobre ti”, porque aunque a la verdad primero estuvo con María por su copiosa gracia, ahora se le anuncia que vendrá sobre ella por la más abundante plenitud de la gracia que en ella ha de derramar.

Pero estando ya llena, ¿cómo podría caber en ella algo más? Y si todavía puede caber más en ella, ¿cómo se ha de entender que antes estaba ya llena de gracia? La primera gracia había llenado solamente su alma y la siguiente había de llenar también su seno a fin de que la plenitud de la Divinidad, que ya habitaba en ella antes espiritualmente como en muchos de los Santos, comenzase también a habitar corporalmente corno en ninguno de los mismos.

            Dice “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo”-. Y ¿qué quiere decir “y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo?” El que pueda entender, que entienda. Porque exceptuada acaso la que sola mereció experimentar en sí esto felicísimamente, ¿quién podrá percibir con el entendimiento y discernir con la razón de qué modo aquel esplendor inaccesible del Verbo eterno se infundió en las virginales entrañas, y para que pudiese sostener que el inaccesible se acercase a ella, de la partecia del mismo cuerpo a la cual se unió Él mismo, hiciera sombra a todo lo demás? Quizá por esto principalmente se dijo: “Te cubrirá con su sombra”, pues sin duda este hecho era un misterio, y lo que la Trinidad sola por sí misma en sola y con sola la Virgen quiso obrar, sólo se concedió saberlo a quien sólo se concedió experimentarlo. Dígase “el Espíritu Santo vendrá sobre ti”, el cual con su poder te hará fecunda, “y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo”, esto es, aquel modo con que concebirás del Espíritu Santo a Cristo, virtud y sabiduría de Dios, lo encubrirá y ocultará en su secretísimo consejo haciendo sombra, de suerte que sólo será conocido de Él y de ti.

            Como si el ángel respondiera a la Virgen: ¿por qué me preguntas a mí lo que experimentarás en ti dentro de poco? Lo sabrás, lo sabrás y felicísimamente lo sabrás, siendo tu Doctor el mismo que es el Autor. Yo he sido enviado a anunciar la concepción virginal, no a crearla. Ni puede ser enseñada sino por quien la da, ni puede ser aprendida sino por quien la recibe. “Y por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”, esto es, no sólo el que viniendo del seno del Padre a ti te cubrirá con su sombra, sino también lo que de tu sustancia unirá en sí, desde aquel instante, se llamará Hijo de Dios, y el que es engendrado por el Padre antes de todos los siglos, se reputará desde ahora Hijo tuyo. De tal suerte lo que nació del mismo Padre será tuyo y lo que nacerá de ti será suyo, que no serán dos hijos, sino uno solo. Y aunque ciertamente una cosa es de ti y otra cosa es de Él, sin embargo, ya no será de cada uno lo suyo, sino que un solo Hijo será de los dos.

            “Por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”. Atiende, oh hombre, con cuánta reverencia dijo el ángel: “lo santo que nacerá de ti”. Dice lo santo absolutamente sin añadir otra cosa, y esto sin duda porque no encontraba palabras con que nombrar propia y dignamente aquello tan singular, aquello tan magnífico, aquello tan venerable, que formado de la purísima carne de la Virgen, se había de unir con su alma al único del Padre. Si dijera carne santa u hombre santo, o cualquiera cosa semejante, le parecería poco. Por eso dijo “santo” indefinidamente, porque cualquiera cosa que sea lo que la Virgen engendró, es santo sin duda y singularmente santo, así por la santificación del Espíritu como por la asunción del Verbo.

            “Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez”. ¿Qué necesidad había de anunciar a la Virgen la concepción de esta estéril? ¿Por ventura por estar dudosa todavía e incrédula la quiso asegurar el ángel con este prodigio? Nada de eso. Leemos que la incredulidad de Zacarías fue castigada por este mismo ángel, pero no leemos que María fuese reprendida en cosa alguna, antes bien, reconocemos alabada su fe en lo profetizado por Isabel: “Bienaventurada eres por haber creído, porque todo lo que te ha sido dicho de parte del Señor será cumplido en ti.” Se participa a la Virgen la concepción de su prima para que añadiéndose un milagro a otro milagro se aumente su gozo con otro gozo. Ciertamente era preciso fuese inflamada anticipadamente con un no pequeño incendio de amor y. alegría, la que había de concebir luego al Hijo del amor paterno en el gozo del Espíritu Santo. Ni podía caber si en un devotísimo y alegrísimo corazón tanta afluencia de dulzura y de gozo.

            O tal vez se notifica esto a María porque era razón que un prodigio que se debía divulgar después por todas partes, lo supiera la Virgen por el ángel antes que lo oyese de los hombres, para que no pareciese que la Madre de Dios estaba apartada de los consejos de su Hijo, si permanecía ignorante en las cosas que tanto le interesaban.

            0 bien para que siendo instruida, así de la venida del Salvador corno de la venida del Precursor, y fijando en la memoria el tiempo y el orden de las cosas, refiera después mejor la verdad a los Escritores y Predicadores del Evangelio, como quien ha sido informada desde el principio por noticias que el cielo le ha comunicado de todos los misterios.

            0 quizá para que oyendo hablar de una parienta suya anciana y estado avanzado, piense ella que es joven en obsequiarla, y dándose prisa a visitarla, se dé de este modo lugar y ocasión al niño Profeta de ofrecer las primicias de su servicio a su Señor, y fomentándose mutuamente la devoción de ambas madres, excitada por uno y otro infante, se haga más admirable un milagro con otro milagro.

            Pero mira cristiano, estas cosas tan magníficas que escuchas anunciadas por el ángel, no las esperes cumplidas por él. Y si preguntas por quién, oye al mismo tiempo que te dice: “para Dios nada es imposible”. Como si dijera: Esto que tan firmemente prometo, lo presumo en el poder de quien me envió, no en el mío, “porque para Dios nada es imposible.” ¿Qué será imposible para aquel Señor que hizo todas las cosas con el poder de su palabra? Y fíjate que llaman la atención las palabras, el no decir expresamente “porque no será imposible para Dios” todo hecho sino “toda palabra” [“quia non est impossibile apud Deum omne verbum” = “para Dios nada es imposible”]. Tal vez se dijo “toda palabra” porque así como pueden hablar los hombres tan fácilmente lo que quieren, aún aquello que de ningún modo pueden hacer, así también y aún sin comparación con mayor facilidad puede Dios cumplir con la obra todo lo que ellos pueden explicar con las palabras. Lo diré más claramente: si fuera tan fácil a los hombres hacer como decir lo que quieren, tampoco para ellos sería imposible toda palabra. Más porque como dice el proverbio, del dicho al hecho hay un gran trecho, no respecto de Dios sino respecto de los hombres, para solo Dios, en quien es lo mismo hacer que hablar y lo mismo hablar que querer, no será imposible toda palabra.

            Pudieron prever y predecir los Profetas que la Virgen o la estéril habían de concebir y alumbrar, ¿pero pudieron hacer por ventura que concibiese y alumbrase? Mas Dios les dio a ellos el poder de predecirlo, con la facilidad con que entonces pudo predecirlo por medio de ellos, pudo ahora, cuando quiso, cumplir por sí mismo lo que había prometido. Porque en Dios ni la palabra se diferencia de la intención porque es Verdad, ni el hecho de la palabra, porque es Poder, ni el modo del hecho, porque es Sabiduría, y por eso no será imposible para Dios toda palabra.

            Oísteis, oh Virgen, el hecho, oísteis también el modo. Lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa agradable. Gozáos, pues, hija de Sión, alegraos, hija de Jerusalén. Ya que ha dado el Señor a vuestros oídos gozo y alegría, oigamos de vuestra boca la respuesta que deseamos, para que con ella entre la alegría y gozo en nuestros huesos afligidos y humillados. Oísteis, vuelvo a decir, el hecho y lo creísteis: creed lo que oísteis también acerca del modo. Oísteis que concebiréis y daréis a luz un hijo; oísteis que no será por obra de varón sino por obra del Espíritu Santo. Mirad que el ángel aguarda vuestra respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió.

            Esperamos también nosotros, Señora, esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenado a muerte la divina sentencia, de la que seremos librados por vuestra palabra. Ved que se pone en vuestras manos el precio de nuestra salud, al punto seremos librados si consentís. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos creados y con todo eso morimos, pero por vuestra breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Os suplica esto, oh piadosa Virgen, el triste Adán desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Abraham y David con todos los otros Santos Padres, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte. Esto mismo os pide el mundo todo postrado a vuestros pies.

SAN BERNARDO, Las grandezas de María, c. 5.

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Aplicación

·        P. Miguel A. Fuentes, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Emilio Sauras, O.P.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

 

La Santísima Virgen María, Madre de Dios

             Por este dogma la Iglesia afirma que la Virgen María es Madre de Dios en sentido propio y verdadero.

             La Virgen María fue predestinada desde la eternidad para ser Madre del Redentor, y esto, propia y verdaderamente, o sea no sólo en algún sentido impropio como alguna mujer se dice madre del arquitecto o madre del pintor; sino porque verdaderamente engendró a Dios, es decir, una persona divina, pues el Hijo engendrado por Ella es simplemente Dios. Esta verdad es de fe divina y católica definida.

             La prueba principal la tenemos en lo que dice san Lucas (1,35): “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. Lo que nacerá de María es Hijo de Dios en sentido propio y por tanto Dios; pero lo que nacerá de María es hijo de María; por tanto, el hijo de María es Dios, o sea María es Madre de Dios.

             Y lo mismo viene a enseñar san Pablo en Gal 4,4: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. El Hijo de Dios se dice hecho (es decir, nacido) de mujer (o sea, de María).

             También Isabel, llena del Espíritu Santo, la llama Madre del Señor (Lc 1,43): “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” “Señor” (Kyrios) es nombre divino, incluso en el mismo contexto; por tanto, el sentido que le da Isabel es el de Madre de Dios.

             La misma certeza recorre toda la tradición de la Iglesia. El antiquísimo uso de la palabra Theotokos (Madre de Dios) se encuentra en Alejandría en la antífona “Bajo tu amparo”, que es probablemente del siglo III. En ese mismo siglo, consideran y defienden a María como Madre de Dios san Alejandro, san Atanasio; al siglo siguiente hacen otro tanto autores tan distantes como Tito de Bostra en Arabia; san Basilio, san Gregorio Nacianceno y san Gregorio Niceno, en Capadocia; Eusebio y san Cirilo de Jerusalén en Palestina; Eustaquio y Severiano en Antioquía… En Occidente, San Ambrosio, Prudencio, Casiano, San Agustín. Este último escribía: “¿Cómo había de dejar de ser Dios cuando empezó a ser hombre, Él que concedió a su Madre que no dejase de ser virgen cuando lo dio a luz?”.

             La doctrina era ya tradicional antes del Concilio de Éfeso, como lo testimonian autores del siglo II como san Ignacio, san Justino, san Ireneo, etc. Sedulio exclamaría: “Salve, Sancta Parens…”, ¡Salve, santa Madre!

             Santo Tomás enseña (Suma Teológica, III, 35, 4) que se dice verdadera y propiamente madre de alguno de la mujer que lo concibió y dio a luz. Y no otra cosa es lo que ha hecho María: concibió y dio a luz a Dios. Por tanto, es Madre de Dios.

             Y esta maternidad divina Dios la hizo depender del libre consentimiento de María. Así dice San León Magno: “Es elegida la Virgen de la real estirpe de David que, debiendo concebir fruto sagrado, concibió su prole divina y humana antes con el pensamiento que con el cuerpo (Sermón 21,1).

             Y lo mismo San Gelasio: “Se dignó (hacerse hombre) por el consentimiento de la Santísima Virgen cuando dijo al ángel: He aquí la esclava del señor…” (Epístola 2).

            Y del mismo modo Inocencio III: “Hechas estas cosas, enseguida el Espíritu Santo vino y preparó una triple vía ante la faz del Señor. La primera fue el consentimiento virginal… Porque como el ángel hubiese indicado a la Virgen admirada del modo y orden de la concepción, enseguida Ella, inflamada en un sumo ardor de deseo, consintió, y por inspiración del Espíritu Santo respondió: «He aquí la esclava del Señor»… Bienaventurada la que ha creído. Porque el autor de la fe no pudo ser concebido por una incrédula; y por tanto convino que se preparase la primera vía, a saber, el consentimiento de la Virgen” (Sermón 12).

             Y León XIII: “El Hijo eterno de Dios se inclina a los hombres, hecho hombre; pero asintiendo María y concibiendo del Espíritu Santo”. (Encíclica “Iucunda semper”).

             Pero María es madre sin dejar de ser virgen. La maternidad divina es una maternidad completamente especial no sólo por el hecho de tener como término una persona divina, sino también por el modo milagroso y singular con que se ha realizado, a saber, virginalmente. Plenamente virginal quiere decir que María, de tal manera fue Madre de Dios, que conservó siempre la plena virginidad.

             Por su singular privilegio de la Maternidad, María Santísima queda asociada a toda la Trinidad de un modo único e irrepetible. Con relación al Padre María en primer lugar fue asociada en la generación del mismo Hijo. “Ella sola con Dios Padre puede decir al Hijo: Hijo mío eres Tú” (Santo Tomás, Suma Teológica, III, 30, 1). Y con cierta especial razón se la llama Hija del Padre; título que es frecuente en los Santos Padres (Hija única, primogénita y predilecta). La razón es que María en su maternidad perfectísima muestra una semejanza con Dios Padre: el Padre engendra en una sola naturaleza, así Ella; el Padre engendra solo sin madre, Ella sola sin padre; el Padre engendra sin ninguna mutación, Ella sin lesión de la virginidad. Ahora bien, es propio del hijo proceder del padre como imagen y semejanza personal de él. De donde María, en la cual no sólo se tiene esta semejanza, sino a quien se ha dado el ser para mostrar esta semejanza, es de modo especialísimo Hija del Padre.

            Con relación al Hijo es madre con una razón sobresaliente. Y también se la puede llamar esposa del mismo, título que es tradicional en los Padres y en la Liturgia. La razón puede ser la semejanza y analogía máxima que se da entre la unión de la Madre de Dios con Dios y la unión hipostática; ésta suele llamarse desposorio por los Padres. De donde también Santo Tomás dice que María, en nombre de toda la naturaleza humana dio su consentimiento para este matrimonio, lo cual es propio de la esposa (Santo Tomás, Suma Teológica, III, 30, 1).

            Con relación al Espíritu Santo, María se dice, ya desde la antigüedad cristiana, templo del Espíritu Santo. Lo cual ciertamente lo obtiene no sólo por el título de la gracia santificante, sino por un título completamente especial; en cuanto protegida por la sombra del Espíritu Santo, bajo su acción fue madre del Verbo. Más recientemente se la llama Esposa del Espíritu Santo, título infrecuente en la antigüedad pero la Iglesia ha asumido en sus alabanzas a María Santísima.

(Fuentes, M., Cuarto mes de la novena de meses en preparación para el centenario de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, subsidio nº 7, 1 de noviembre de 2016)

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San Juan Pablo II


1. Otro año termina. Con viva conciencia de la fugacidad del tiempo, nos encontramos reunidos esta tarde para dar gracias a Dios por todos los dones que nos ha concedido durante el 2004. Lo hacemos con el canto tradicional del Te Deum.

2. Te Deum laudamus! Te damos gracias, Padre, porque, en la plenitud de los tiempos, enviaste a tu Hijo (cf. Ga 4, 4), no para juzgar al mundo, sino para salvarlo con inmenso amor (cf. Jn 3, 17). Te damos gracias, Señor Jesús, nuestro Redentor, porque quisiste asumir de María, Madre siempre Virgen, nuestra naturaleza humana. En este Año de la Eucaristía, queremos agradecerte con fervor más intenso el don de tu Cuerpo y de tu Sangre en el Sacramento del altar. Te alabamos y te damos gracias, Espíritu Santo Paráclito, porque nos haces tomar conciencia de nuestra adopción filial (cf. Rm 8, 16) y nos enseñas a dirigirnos a Dios llamándolo Padre, “Abbá” (cf. Jn 4, 23-24; Ga 4, 6).

3. Amadísimos hermanos y hermanas de la comunidad diocesana de Roma, a vosotros os dirijo ahora mi cordial saludo, en este encuentro de fin de año. Saludo ante todo al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los miembros del pueblo cristiano. Saludo con deferencia al presidente de la región, al alcalde de Roma, al presidente de la provincia y a las demás autoridades civiles presentes. Queridos hermanos y hermanas, agradezcamos juntos a Dios las manifestaciones de bondad y misericordia con que ha acompañado, durante estos meses, el camino de nuestra ciudad. Que él lleve a cabo todos los proyectos apostólicos y todas las iniciativas de bien.

4. “Salvum fac populum tuum, Domine”, “Salva a tu pueblo, Señor”. Te lo pedimos esta tarde, por medio de María, al celebrar las primeras Vísperas de la fiesta de su Maternidad divina. Santa Madre del Redentor, acompáñanos en este paso al nuevo año. Obtén para Roma y para el mundo entero el don de la paz. Madre de Dios, ruega por nosotros.

(Viernes 31 de diciembre de 2004)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: Todavía inmersos en el clima espiritual de la Navidad, en la que hemos contemplado el misterio del nacimiento de Cristo, con los mismos sentimientos celebramos hoy a la Virgen María, a quien la Iglesia venera como Madre de Dios, porque dio carne al Hijo del Padre eterno. Las lecturas bíblicas de esta solemnidad ponen el acento principalmente en el Hijo de Dios hecho hombre y en el «nombre» del Señor. La primera lectura nos presenta la solemne bendición que pronunciaban los sacerdotes sobre los israelitas en las grandes fiestas religiosas: está marcada precisamente por el nombre del Señor, que se repite tres veces, como para expresar la plenitud y la fuerza que deriva de esa invocación. En efecto, este texto de bendición litúrgica evoca la riqueza de gracia y de paz que Dios da al hombre, con una disposición benévola respecto a este, y que se manifiesta con el «resplandecer» del rostro divino y el «dirigirlo» hacia nosotros. La Iglesia vuelve a escuchar hoy estas palabras, mientras pide al Señor que bendiga el nuevo año que acaba de comenzar, con la conciencia de que, ante los trágicos acontecimientos que marcan la historia, ante las lógicas de guerra que lamentablemente todavía no se han superado totalmente, sólo Dios puede tocar profundamente el alma humana y asegurar esperanza y paz a la humanidad. De hecho, ya es una tradición consolidada que en el primer día del año la Iglesia, presente en todo el mundo, eleve una oración coral para invocar la paz. Es bueno iniciar un emprendiendo decididamente la senda de la paz. Hoy, queremos recoger el grito de tantos hombres, mujeres, niños y ancianos víctimas de la guerra, que es el rostro más horrendo y violento de la historia. Hoy rezamos a fin de que la paz, que los ángeles anunciaron a los pastores la noche de Navidad, llegue a todos los rincones del mundo: «Super terram pax in hominibus bonae voluntatis» (Lc 2, 14). Por esto, especialmente con nuestra oración, queremos ayudar a todo hombre y a todo pueblo, en particular a cuantos tienen responsabilidades de gobierno, a avanzar de modo cada vez más decidido por el camino de la paz. En la segunda lectura, san Pablo resume en la adopción filial la obra de salvación realizada por Cristo, en la cual está como engarzada la figura de María. Gracias a ella el Hijo de Dios, «nacido de mujer» (Ga 4, 4), pudo venir al mundo como verdadero hombre, en la plenitud de los tiempos. Ese cumplimiento, esa plenitud, atañe al pasado y a las esperas mesiánicas, que se realizan, pero, al mismo tiempo, también se refiere a la plenitud en sentido absoluto: en el Verbo hecho carne Dios dijo su Palabra última y definitiva. En el umbral de un año nuevo, resuena así la invitación a caminar con alegría hacia la luz del «sol que nace de lo alto» (Lc 1, 78), puesto que en la perspectiva cristiana todo el tiempo está habitado por Dios, no hay futuro que no sea en la dirección de Cristo y no existe plenitud fuera de la de Cristo. El pasaje del Evangelio de hoy termina con la imposición del nombre de Jesús, mientras María participa en silencio, meditando en su corazón sobre el misterio de su Hijo, que de modo completamente singular es don de Dios. Pero el pasaje evangélico que hemos escuchado hace hincapié especialmente en los pastores, que se volvieron «glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2, 20). El ángel les había anunciado que en la ciudad de David, es decir, en Belén había nacido el Salvador y que iban a encontrar la señal: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc 2, 11-12). Fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño. Notemos que el Evangelista habla de la maternidad de María a partir del Hijo, de ese «niño envuelto en pañales», porque es él —el Verbo de Dios (Jn 1, 14)— el punto de referencia, el centro del acontecimiento que está teniendo lugar, y es él quien hace que la maternidad de María se califique como «divina». Esta atención predominante que las lecturas de hoy dedican al «Hijo», a Jesús, no reduce el papel de la Madre; más aún, la sitúa en la perspectiva correcta: en efecto, María es verdadera Madre de Dios precisamente en virtud de su relación total con Cristo. Por tanto, glorificando al Hijo se honra a la Madre y honrando a la Madre se glorifica al Hijo. El título de «Madre de Dios», que hoy la liturgia pone de relieve, subraya la misión única de la Virgen santísima en la historia de la salvación: misión que está en la base del culto y de la devoción que el pueblo cristiano le profesa. En efecto, María no recibió el don de Dios sólo para ella, sino para llevarlo al mundo: en su virginidad fecunda, Dios dio a los hombres los bienes de la salvación eterna (cf. Oración Colecta). Y María ofrece continuamente su mediación al pueblo de Dios peregrino en la historia hacia la eternidad, como en otro tiempo la ofreció a los pastores de Belén. Ella, que dio la vida terrena al Hijo de Dios, sigue dando a los hombres la vida divina, que es Jesús mismo y su Santo Espíritu. Por esto es considerada madre de todo hombre que nace a la Gracia y a la vez se la invoca como Madre de la Iglesia. En el nombre de María, Madre de Dios y de los hombres, desde el 1 de enero de 1968 se celebra en todo el mundo la Jornada mundial de la paz. La paz es don de Dios, como hemos escuchado en la primera lectura: «Que el Señor (…) te conceda la paz» (Nm 6, 26). Es el don mesiánico por excelencia, el primer fruto de la caridad que Jesús nos ha dado; es nuestra reconciliación y pacificación con Dios. La paz también es un valor humano que se ha de realizar en el ámbito social y político, pero hunde sus raíces en el misterio de Cristo (cf. Gaudium et spes, 77-90). En esta celebración solemne, con ocasión de la 44ª Jornada mundial de la paz, me alegra dirigir mi deferente saludo a los ilustres embajadores ante la Santa Sede, con mis mejores deseos para su misión. Asimismo, dirijo un saludo cordial y fraterno a mi secretario de Estado y a los demás responsables de los dicasterios de la Curia romana, con un pensamiento particular para el presidente del Consejo pontificio «Justicia y paz» y sus colaboradores. Deseo manifestarles mi vivo reconocimiento por su compromiso diario en favor de una convivencia pacífica entre los pueblos y de la formación cada vez más sólida de una conciencia de paz en la Iglesia y en el mundo. Desde esta perspectiva, la comunidad eclesial está cada vez más comprometida a actuar, según las indicaciones del Magisterio, para ofrecer un patrimonio espiritual seguro de valores y de principios, en la búsqueda continua de la paz. En mi Mensaje para la Jornada de hoy, que lleva por título «Libertad religiosa, camino para la paz» he querido recordar que: «El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden social e internacional justo y pacífico» (n. 15). Por tanto, he subrayado que «la libertad religiosa (…) es un elemento imprescindible de un Estado de derecho; no se puede negar sin dañar al mismo tiempo los demás derechos y libertades fundamentales, pues es su síntesis y su cumbre» (n. 5). La humanidad no puede mostrarse resignada a la fuerza negativa del egoísmo y de la violencia; no debe acostumbrarse a conflictos que provoquen víctimas y pongan en peligro el futuro de los pueblos. Frente a las amenazadoras tensiones del momento, especialmente frente a las discriminaciones, los abusos y las intolerancias religiosas, que hoy golpean de modo particular a los cristianos (cf. ib., 1), dirijo una vez más una apremiante invitación a no ceder al desaliento y a la resignación. Os exhorto a todos a rezar a fin de que lleguen a buen fin los esfuerzos emprendidos desde diversas partes para promover y construir la paz en el mundo. Para esta difícil tarea no bastan las palabras; es preciso el compromiso concreto y constante de los responsables de las naciones, pero sobre todo es necesario que todas las personas actúen animadas por el auténtico espíritu de paz, que siempre hay que implorar de nuevo en la oración y vivir en las relaciones cotidianas, en cada ambiente. En esta celebración eucarística tenemos delante de nuestros ojos, para nuestra veneración, la imagen de la Virgen del «Sacro Monte di Viggiano», tan querida para los habitantes de Basilicata. La Virgen María nos da a su Hijo, nos muestra el rostro de su Hijo, Príncipe de la paz: que ella nos ayude a permanecer en la luz de este rostro, que brilla sobre nosotros (cf. Nm 6, 25), para redescubrir toda la ternura de Dios Padre; que ella nos sostenga al invocar al Espíritu Santo, para que renueve la faz de la tierra y transforme los corazones, ablandando su dureza ante la bondad desarmante del Niño, que ha nacido por nosotros. Que la Madre de Dios nos acompañe en este nuevo año; que obtenga para nosotros y para todo el mundo el deseado don de la paz. Amén.

(Sábado 1 de enero de 2011)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

            Tres consideraciones acerca de esta solemnidad introducidas por sendas oraciones.

+ Admiración: Alma Redemptoris Mater

            “Ante la admiración de cielo y tierra engendraste a tu propio Creador y permaneces siempre virgen”.

            La admiración surge de la contemplación.

            ¿Qué contemplamos? Lo que dice el Evangelio. Que los pastores fueron a Belén y encontraron a un Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre según le habían anunciado los ángeles. Y con el Niño estaban María y José.

            Ese Niño es el Salvador, Cristo el Señor, les habían dicho también los ángeles a los pastores. Es Jesús, el Hijo del Altísimo, el heredero del trono de David, el rey de la casa de Jacob, cuyo reinado no tendrá fin, le dijo Gabriel a María. Este Niño es el Emmanuel de Isaías.

            María ha dado a luz a Dios siendo virgen. Ese Niño posee una naturaleza humana como la nuestra y su cuerpo se lo ha dado María. Ese Niño es el Verbo eterno, la Palabra, es Dios y se ha hecho carne en el seno de María. Hoy contemplamos al Verbo hecho Niño en el pesebre de Belén y a su Madre que es la Madre de Dios.

            María ha dado a luz a Dios y ha dado a luz permaneciendo virgen.

            La solemnidad de hoy nos debe causar una gran admiración porque las obras de Dios son admirables.

            Dios ha elegido una mujer, una representante de nuestra naturaleza humana para ser su Madre.

            La Virgen María es una obra maestra de Dios.

            Madre y Virgen. Madre por obra y gracia del Espíritu Santo y Virgen porque no conoció varón.

            Jesús ha sido engendrado eternamente de Padre sin madre y ha nacido en el tiempo de Madre sin padre.

            María da a luz en Belén a su Creador.

+ Glorificación: Magnificat

            “Mi alma canta la grandeza del Señor… porque ha hecho obras grandes por mí”

            Dios ha exaltado al género humano.

            Lo ha exaltado al asumir una naturaleza humana.

            Lo ha exaltado al nacer de una Madre humana.

            La Virgen es una obra maestra de Dios. Es la “llena de gracias”. Así la llamó el ángel en la anunciación. Es admirable la obra de Dios en María. Desde toda la eternidad Dios se preparó una madre para que fuera la mejor de las madres, para su misión peculiar de ser Madre de Dios. La llenó de gracias y la hizo perfecta como todas las obras de Dios pero en ésta Dios “se esmeró”.

            Es cierto que María posee la gracia de Dios de un modo singular pero Dios también nos quiere colmar de gracias a cada uno de nosotros como a ella. ¿Qué nos pide? La fidelidad. Ella es grande porque Dios la hizo grande pero es más grande por su fe. Porque ante la embajada del ángel supo decir sí a Dios entregándose sin reservas a la misión para la cual fue predestinada.

            No sintamos celos por las gracias de María sino admirémonos de ella y de la obra que Dios ha hecho en ella.

            El tres veces santo eligió nacer de una madre pura, santa y para ello escogió una virgen.

            María nos trajo a Jesús que es el Hijo de Dios hecho hombre y por Él, por su rescate también nosotros hemos sido exaltados. Somos hijos de Dios, tenemos por madre a la Madre de Dios, somos hermanos de Jesús, el hombre Dios.

            La celebración de hoy debe ser un canto de gloria a la gracia de Dios, a su misericordia y a su omnipotencia.

+ Consagración: Sub tuum presidium

            “Bajo tu amparo nos acogemos Santa Madre de Dios”

            La Iglesia pone al comienzo del año la solemnidad de Santa María Madre de Dios y la pone para que lo consagremos a ella. Pongamos pues este año bajo el amparo de María.

            Porque es la Madre de Dios. Ha engendrado al Hijo de Dios según la naturaleza humana. Le ha dado un cuerpo a su Santísima Humanidad.

            Nos confiamos a ella porque es Madre de Dios, es la omnipotencia suplicante. Dios todo lo puede, para Él nada es imposible y nada niega Dios a su madre en el cielo como nada le negó en la tierra. María por ser Madre de Dios se apropia de la omnipotencia divina y su súplica ante Dios en favor nuestro es infalible.

            Porque es nuestra Madre. Desde el Calvario también María es nuestra Madre. Tenemos por madre a la Santísima Virgen María, a la Madre de Dios. Y María quiere cuidarnos porque ese fue el encargo que le hizo el mismo Cristo antes de morir “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y María esta empeñada en cuidarnos y quiere llevarnos al cielo.

            Que mejor que comenzar el año admirándonos de la grandeza de Dios y de su Madre, de corresponder glorificándolos y cantando su grandeza y de consagrarnos a ellos para que nos santifiquen. A Jesús por María. Por eso ponemos este año que comienza en tus manos madre.

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P. Emilio Sauras, O.P.

La maternidad divina de María en los Sermones de san Vicente Ferrer

             San Vicente profesaba este misterio como lo profesan todos los fieles. En definitiva se trata de un dogma de fe. Es interesante ver cómo explica una verdad tan alta utilizando metáforas y comparaciones ingeniosas. El uso de la metáfora y de la analogía es legítimo, no sólo en la predicación y en la catequesis, sino en la misma teología. Para la comprensión de las verdades de fe, dice el Vaticano I que recurramos a la analogía (Constitución dogmática De fide catholica, cf. Denz. 1796). De hecho, el Vaticano II ha hecho la teología de la Iglesia a base de metáforas, como vemos en los dos primeros capítulos de la constitución Lumen Gentium (particularmente abundan las metáforas sobre la Iglesia en el nº 6. Pero la teología está hecha en el nº 7 a base de la metáfora paulina del cuerpo y en todo el capítulo segundo a base de la metáfora de pueblo). Y el propio San Pablo nos habla del misterio de la encarnación utilizando la metáfora del vestido (Filipenses, 2,6-7).

             El santo expone la maternidad divina de María con metáforas muy expresivas. Vamos a recoger cuatro:

–La esclavina del peregrino.

–El cristal cromado.

–El vellón de lana y la tierra fecunda.

–El pergamino escrito.

A) La esclavina del peregrino.- Comenta en un sermón las palabras que los discípulos de Emaús dirigieron al caminante que se les hizo el encontradizo. “¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no conoce lo sucedido allí?” Cristo, dice, es el peregrino. Vistió como los peregrinos; caminó por caminos parecidos a los suyos; se hospedó en alojamientos, sorteó peligros y llevó insignias parecidas a los alojamientos, a los caminos y a las insignias de los peregrinos. Justifica cada uno de estos capítulos haciendo comparaciones ingeniosas entre lo que significan y la analogía que tienen con determinados detalles de la vida del Señor.

             Interesa a nuestro propósito el detalle del vestido. El peregrino tiene una manera característica de vestir. Tiene su atuendo especial, del que forman parte la esclavina, el bolso, el báculo y el sombrero. La esclavina y el sombrero le sirven para defenderse de las inclemencias del frío, de la lluvia y, del sol; el bolso, para guardar su elemental equipo de viaje; el báculo, para caminar un poco menos cansadamente. El Señor “se dice peregrino por el hábito que vistió. Llevó esclavina, bolso, báculo y sombrero”. Cada una de estas cosas corresponde a un momento de su vida. La esclavina, a la encarnación. La esclavina cubre el cuerpo del peregrino y la carne que le dio María cubrió la divinidad del Verbo.

             «La esclavina, sigue el texto del sermón, es su carne, que le fue dada en las entrañas de la bienaventurada Virgen. Porque, como dice Santo Tomás en la tercera parte de la Suma y, en el libro tercero de las Sentencias, la Virgen María tuvo parte activa en la preparación de la materia, aunque la concepción, como se dice en el mismo lugar, se atribuye eficientemente al Espíritu Santo; si bien fue toda la trinidad o fueron las tres personas las que la hicieron. Esta esclavina fue purísima en su principio, como formada de la purísima sangre de la Virgen, limpia de todo pecado. Por eso dice el Señor de sí mismo en el apocalipsis y de cuantos visten esclavinas o cuerpos puros: caminarán conmigo vestidos de blanco porque son puros» (Segundo sermón del día de Pascua).

             Sigue luego el texto desarrollando la metáfora de la esclavina que Cristo recibió de María, y dice que cambió de color a lo largo de su existencia. Y así, en la cruz se hizo roja, porque fue bañada en su sangre. Y trae a propósito un texto de Isaías. Luego, al morir, se hizo negra. Porque el sol, que es Cristo, tomó el color de saco hecho de pelo de cabra cuando el cordero abría el sexto sello, según se lee en el apocalipsis.

             La explicación del misterio de la encarnación es cabal; como la de la maternidad divina de María. Ella engendró la humanidad con la que el Verbo se revistió; humanidad sujeta durante la vida a muchas mudanzas. Es, pues, madre del Verbo encarnado. Y quien la fecundó para hacer efectiva esta maternidad fue, por atribución, el Espíritu Santo; y de hecho, toda la Trinidad. Recoge en esto la doctrina del undécimo Concilio de Toledo (Denz. 284), que Santo Tomás recuerda también en la tercera parte de la Suma (Suma Teológica, III, 3,4).

B) El cristal cromado.- En un sermón que predicó el día de la vigilia de Pentecostés habla de la maternidad divina de María, explicándola con la metáfora del cristal cromado. Aquí la imaginación se desborda. En esta metáfora, que es muy compleja, no sólo queda apresada la Virgen. Quedan también las tres personas trinitarias, que fueron el principio fecundador de su maternidad. En la analogía del cristal cromado caben con justeza todo el misterio de la encarnación y el de la virginidad. Juegan en esta exposición cuatro elementos. Tres divinos: el sol, que es el Padre; el calor procedente del sol, que es el Espíritu Santo, y el rayo, procedente asimismo del sol, que es el Verbo. Y uno humano, María, que es el cristal en el que actúan los tres. Pero para que la comparación sirva al caso que el santo se propone, que es manifestar la maternidad de María, el cristal es cromado (Sermón de la vigilia de Pentecostés). Más adelante veremos que la metáfora sirve también para explicar la virginidad en el alumbramiento del Señor y el embellecimiento que esta virginidad confiere a la madre.

             El sol, el calor y el rayo actúan sobre el cristal cromado. En María, que es este cristal, actúan las tres personas de la trinidad, aunque la intervención se atribuya por apropiación sólo al Espíritu Santo. El único de los tres que traspasa el cristal tomando de él su color es el rayo. En este caso, el Verbo, quien, utilizando términos clásicos, decimos que intervino activamente, junto con el Padre y con el Espíritu, en la asunción de la naturaleza humana, pero sólo Él se quedó tomando y apropiándose lo que era propio del cristal, el color, con una intervención que se llama terminativa. En otras palabras. Él solo, y no los otros, se quedó con nuestra naturaleza, donada por María y significada por el color del cristal. Color del que no participan ni el sol ni el calor, pero sí el rayo que lo atraviesa. La Virgen, que es el cristal, da al Verbo, que es el rayo, la naturaleza humana; y con ello resulta que se ha convertido en madre del Verbo encarnado.

             Pero hay aquí un detalle más que conviene tener en cuenta, porque enriquece el concepto de la divina maternidad. Es cierto que el rayo toma el color del cristal, y que el Verbo toma la naturaleza humana de María. Pero es cierto también que el cristal cromado se embellece cuando lo atraviesa el rayo de luz. Su color cobra vida, y diríase que se perfecciona. Así sucedió en este caso, porque cuando el Verbo tomó carne en las entrañas de Santa María, quedó ella sobrenaturalmente embellecida con la gracia de la divina maternidad. Esta no es solamente una maternidad física, biológica y material, que dejaría a la madre en su estado natural. En ella va implicada una perfección sobrenatural, una gracia que la eleva, convirtiéndola en divina.

C) El vellón y la tierra fecunda.- Hace San Vicente una glosa de los textos de David y del profeta Ageo en los que la Virgen está representada por el vellón de lana y por la tierra fecunda. Bajará el rocío sobre el vellón y la lluvia sobre la tierra, dice David. Y Ageo añade: conmoveré la tierra, el cielo y el mar, y vendrá el deseado de las naciones. El rocío que cala y penetra secreta y silenciosamente en el vellón de lana y la conmoción del cielo, de la tierra y del mar en la venida del Señor le dan pie para afirmar la fecundidad divina de María y algunas circunstancias que rodearon el proceso de su maternidad.

             «Ved, dice, cómo la encarnación fue oculta y secreta. De ella habla así David: “Descenderá como rocío sobre el vellón. A María la llama vellón, porque, como de la lana blanca se hace vestido para vestir, de la carne pura y limpia de la Virgen recibió su carne Cristo. Luego añade el profeta que caerá como lluvia que penetra en la tierra; porque, como la tierra fructifica, la Virgen María nos dio un fruto que es el hijo de Dios hecho hombre. El rocío cae sobre el vellón de lana sin sentirlo, y, como en secreto. Y así el Hijo de Dios descendió secretamente cuando lo anunció el ángel, hasta el punto que nadie supo nada de esto entonces más que el propio ángel y María. Es clara la diferencia que hay entre la encarnación y el nacimiento» (Sermón de la vigilia de Navidad).

             Esta diferencia la da a conocer en el sermón del día siguiente, explicando el oráculo de Ageo. «Dentro de poco conmoveré el cielo, la tierra, el desierto y el mar; y vendrá el deseado de las gentes. Dice Ageo que conmoverá el cielo; y se explica porque, como asegura Santo Tomás en la primera parte de la Suma [Teológica], cuando un ángel recibe de Dios alguna revelación la comunica a los demás, de donde resulta que allí no hay nada que se mantenga secreto. Por eso el arcángel Gabriel, una vez que la trinidad le reveló la encarnación y el nacimiento del Señor, hechos de los que iba a ser nuncio, los dio a conocer a los demás; y así todo el cielo se conmovió de gozo y alegría. Y los malos también, porque veían en esto la reparación de la ruina por ellos causada. También se conmovió la tierra. La tierra era la Virgen, que iba a fructificar dándonos el fruto de la vida, y que se había conmovido al recibir el anuncio del ángel, como nos dice San Lucas. Se conmovieron así mismo el mar y el desierto, cuando, por el edicto del emperador, todas las gentes acudían a sus ciudades respectivas, unas por mar y otras por tierra. Así vino el deseado de todas las gentes» (Sermón del día de Navidad).

             Las dos metáforas, unidas en el texto de David, el vellón sobre el que cae silenciosamente el rocío y la tierra en la que cae el agua para fecundarla, tierra que a su vez se conmueve en el texto de Ageo, dan pie al santo para exponer con toda sencillez y claridad los misterios de la encarnación silenciosa, del nacimiento acaecido en medio de una conmoción universal y de la fecundidad divina de María en la que el Verbo se encarnó siendo fruto benéfico para nosotros.

D) El pergamino escrito.- San Vicente suele hacer en sus sermones escapadas marianas, aunque no cuadre bien ni parezca oportuno hablar de la Virgen en el tema que está desarrollando. Así sucede con la analogía que ahora vamos a referir: es la metáfora de la página, en la que el Padre escribió su palabra eterna. Esta página es María. Está predicando el evangelio de la mujer adúltera, y versa el sermón sobre las muchas enseñanzas que se desprenden del hecho y de las palabras que el Señor dirigió a los acusadores. Pero hay un detalle: Jesús escribía en tierra. Al santo le viene a la mente que Jesús es la palabra del Padre; que la palabra se escribe; y que el libro o la página en la que el Padre la escribió es María. Ya ha encontrado oportunidad, aunque sea una digresión en el desarrollo de la homilía, para hablar de la divina maternidad de la Señora.

             «Jesús es la palabra eterna de Dios Padre, y no es una palabra transitoria, como la que nosotros decimos con la boca. El Padre escribió esta palabra en una membrana virginal, en las entrañas de la Virgen María, porque leemos en San Juan que la palabra se hizo carne. Y en Isaías: “Toma un libro grande y, escribe en él”. Este libro es la Virgen María, más grande que el cielo y la tierra, De ella dice el bienaventurado Bernardo en una homilía sobre el evangelio “missus”: “¡Oh entrañas, más grandes que el cielo, porque quien en el cielo no cabía se encerró en vosotras!”. En este libro escribió el Padre su palabra eterna en el mismo instante en que 1a Virgen consintió a las palabras del ángel diciendo: “he aquí la esclava del Señor”. Porque en ese mismo instante la Palabra asumió la naturaleza humana para salvarnos y no para condenarnos» (Sermón del tercer domingo de Cuaresma).

             Partiendo del hecho de que el Hijo, al proceder del Padre por vía de entendimiento, tiene razón y ser de palabra mental, y de que San Juan dice en el prólogo del evangelio que Jesús es precisamente Palabra, parece normal que a la Virgen, que es su madre, se la llame página o libro en el que el Padre escribió su Verbo. Y tenemos aquí otra imagen de la maternidad. Sin embargo hay que decir que esta metáfora, aunque muy bella, expresa la maternidad con menos exactitud que las tres anteriores. En las anteriores se veía a María ejerciendo la función activa de dar al Verbo la naturaleza humana. Bien porque cubría al peregrino (al Verbo) con la esclavina (con su carne); bien porque daba al rayo de luz el color que ella tiene (su carne también); bien porque hacía germinar el fruto de esa tierra que era ella misma. Aquí, en cambio, en esta metáfora del libro o de la página, su función sólo aparece pasiva. Es el Padre quien escribe. Ella recibe la escritura. El Padre manda o envía al Verbo, y ella lo recibe. Es cierto que el Padre no envía al Verbo hecho ya carne; y que quien se la da es María. Pero esto no queda reflejado en la metáfora utilizada aquí, como se reflejaba en las tres metáforas anteriores.

(Sauras, E., La maternidad divina de María en los Sermones de san Vicente Ferrer, Rev. Teología Espiritual, Valencia 1972, vol. XVI, nº 46)

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P. Jorge Loring, S.J.

1.- Celebramos hoy la Fiesta de María Madre de Dios.

2.- Los Testigos de Jehová que van engañando a los ingenuos que les escuchan les dicen: «¿Cómo María va a ser Madre de Dios si Dios es antes que María? Dios es eterno y María no. ¿Puede un hijo ser anterior a su madre?

3.- Con falacias como ésta quitan la fe a muchos católicos.

4.- Cuando sabes la solución, no te influyen; pero muchos no saben qué responder y su fe se tambalea.

5.- María es MADRE DE DIOS porque es madre de Jesús, y si Jesús es Dios, Ella es Madre de Dios.

6.- Como si a uno le hacen alcalde: su madre es madre del alcalde. Ella no le dio la alcaldía, pero como él es alcalde y ella es su madre, con todo derecho es madre del alcalde.

7.- María no le da la divinidad, pero como lo que nace de Ella es Dios, con todo derecho se la puede llamar MADRE DE DIOS.

8.- Al ser madre de Dios, Es la joya de la humanidad, la perla de la creación, pues Dios la proyectó para ser su Madre.

9.- Pío XII la llamó sol de la Iglesia, lo mismo que la madre es el sol de la familia; pues la madre calienta con su amor, la ilumina con su luz orientándola a la unión y la paz, y en su ocaso se oculta para que brillen otras estrellas: sus hijos.

10.- Y Juan Pablo II la presenta como modelo de fe. Por eso Isabel la llama bienaventurada, porque creyó. Al revés que Zacarías. Las dos respuestas son similares. Pero María no dudó del hecho. Preguntó sobre el modo, aclara San Agustín.

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Directorio Homilético

 

Solemnidad de María Santísima Madre de Dios

CEC 464-469: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

CEC 495, 2677: María es la Madre de Dios

CEC 1, 52, 270, 294, 422, 654, 1709, 2009: nuestra adopción como hijos de Dios

CEC 527, 577-582: Jesús observa la Ley y la perfecciona

CEC 580, 1972: la Ley nueva nos libra da las restricciones de la Ley antigua

CEC 683, 689, 1695, 2766, 2777-2778: por medio del Espíritu Santo podemos llamar a Dios

“Abba”

CEC 430-435, 2666-2668, 2812: el nombre de Jesús

III     VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE

464    El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.

465    Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, “venido en la carne” (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El primer concilio ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es “engendrado, no creado, de la misma substancia [‘homoousios’] que el Padre” y condenó a Arrio que afirmaba que “el Hijo de Dios salió de la nada” (DS 130) y que sería “de una substancia distinta de la del Padre” (DS 126).

466    La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que “el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre” (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: “Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne” (DS 251).

467    Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de existir como tal  en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:

          Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y  cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb  4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302).

468    Después del concilio de Calcedonia, algunos concibieron la naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto personal. Contra éstos, el quinto concilio ecuménico, en Constantinopla el año 553 confesó a propósito de Cristo: “No hay más que una sola hipóstasis [o persona], que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad” (DS 424). Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuído a su persona divina como a su propio sujeto  (cf. ya Cc. Efeso: DS 255), no solamente los milagros sino también los sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: “El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima Trinidad” (DS 432).

469    La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:

            “Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit” (“Permaneció en lo que era y asumió lo que no era”),  canta la liturgia romana (LH, antífona de laudes del primero de enero; cf. S. León Magno, serm. 21, 2-3). Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: “Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin  mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, sálvanos! (Tropario “O monoghenis”).

La maternidad divina de María

495    Llamada en los Evangelios “la Madre de Jesús”(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [“Theotokos”] (cf. DS 251).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Solemnidad de la Natividad del Señor 2016

 

25
diciembre

Solemnidad de la

Natividad del Señor   

2016

 

Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa (Noche BuenaNavidad)

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de la Natividad del Señor

(Domingo 25 de Diciembre de 2016)

LECTURAS

MISA DE MEDIANOCHE

Un hijo nos ha sido dado

Lectura del libro de Isaías      9, 1-6

El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.

Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia, como se goza en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín.

Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián. Porque las botas usadas en la refriega y las túnicas manchadas de sangre, serán presa de las llamas, pasto del fuego.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz». Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre.

El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL  95, 1-3. 11-13

R. Hoy nos ha nacido un Salvador:

 el Mesías, el Señor

Canten al Señor un canto nuevo,

cante al Señor toda la tierra;

canten al Señor, bendigan su Nombre. R.

Día tras día, proclamen su victoria,

anuncien su gloria entre las naciones,

y sus maravillas entre los pueblos. R.

Alégrese el cielo y exulte la tierra,

resuene el mar y todo lo que hay en él;

regocíjese el campo con todos sus frutos,

griten de gozo los árboles del bosque. R.

Griten de gozo delante del Señor,

porque Él viene a gobernar la tierra:

Él gobernará al mundo con justicia,

y a los pueblos con su verdad. R.

La gracia de Dios se ha manifestado para todos los hombres

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a Tito 2, 11-14

La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien.

Palabra de Dios.

ALELULA     Lc. 2, 10-11

Aleluia.

Les traigo una buena noticia, una gran alegría:

hoy les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.

Aleluia.

Hoy les ha nacido un Salvador

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas        2, 1-14

Apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque donde se alojaban no había lugar para ellos.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: « ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por Él!»

Palabra del Señor.

 
 

MISA DEL DÍA

Los confines de la tierra

 verán la salvación de nuestro Dios

Lectura del libro de Isaías      52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación y dice a Sión: «¡Tu Dios reina!»

¡Escucha! Tus centinelas levantan la voz, gritan todos juntos de alegría, porque ellos ven con sus propios ojos el regreso del Señor a Sión.

¡Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su Pueblo, El redime a Jerusalén!

El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL        97. 1-6

R. Los confines de la tierra han contemplado

el triunfo de nuestro Dios.

Canten al Señor un canto nuevo,

porque Él hizo maravillas:

su mano derecha y su santo brazo

le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria,

reveló su justicia a los ojos de las naciones:

se acordó de su amor y su fidelidad

en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado

el triunfo de nuestro Dios.

Aclame al Señor toda la tierra,

prorrumpan en cantos jubilosos. R.

Canten al Señor con el arpa

y al son de instrumentos musicales;

con clarines y sonidos de trompeta

aclamen al Señor, que es Rey. R.

Dios nos habló por medio de su Hijo

Lectura de la carta a los Hebreos   1, 1-6

Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo.

Él es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser. Él sostiene el universo con su Palabra poderosa, y después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha del trono de Dios en lo más alto del cielo. Así llegó a ser tan superior a los ángeles, cuanto incomparablemente mayor que el de ellos es el Nombre que recibió en herencia.

¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»?

¿Y de qué ángel dijo: «Yo seré un padre para él y él será para mí un hijo»?

Y al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice: «Que todos los ángeles de Dios lo adoren».

Palabra de Dios.

ALELUIA

Aleluia.

Nos ha amanecido un día sagrado;

vengan, naciones, adoren al Señor,

porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.

Aleluia.

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan      1, 1-18

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él, al declarar: «Éste es Aquél del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Misa de la Noche de la Natividad del Señor

Entrada: La gracia de Dios Nuestro salvador irrumpe en la Historia y se hace visible en el Niño de Belén que nos da a conocer su salvación. En esta Santa Misa alegrémonos y regocijémonos por su presencia.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:        Isaías 9, 1- 6

El profeta Isaías anuncia que un Niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

Salmo Responsorial: 95, 1- 3. 11- 13

Segunda Lectura:          Tito 2, 11- 14

La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado.

Evangelio:        Lucas 2, 1- 14

Los ángeles anuncian llenos de gozo el nacimiento del Salvador.

Preces: Misa de la noche

De todas las obras que Dios ha realizado en el tiempo y fuera de sí, la más grande es la Encarnación redentora del Verbo, pidámosle atienda nuestras súplicas para hacernos partícipes de ella.

A cada intención respondemos cantando:

* Pidamos por las intenciones del santo Padre sobre todo las referidas a esta Navidad, para que todos los hombres encuentren en Cristo la salvación que esperan. Oremos.

* Por la paz del mundo, para que cada hombre reciba con buena voluntad el mensaje de Paz que los ángeles difunden por todo el orbe. Oremos

* Para que en todos los cristianos crezcan en la valoración y el amor al Verbo Encarnado presente en la sagrada Eucaristía. Oremos.

* Pidamos especialmente por todos los hombres que están solos, enfermos; por los presos y los más pobres, para que Cristo en su nacimiento les traiga la alegría de saberse por El amados y acompañados en el misterio de la solidaridad del Hombre-Dios. Oremos.

* Por nuestros familiares, amigos y bienhechores, que el divino Niño nazca en los corazones de todos nuestros seres queridos. Oremos.

Dios Padre Nuestro, con profundo agradecimiento por que nos has dado todo en tu Hijo, te pedimos escuches benigno las plegarias que te hemos dirigido. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Hoy toda la creación exulta y la naturaleza entera se estremece de alegría. Hoy los hombres te salimos al encuentro pues eres nuestro Dios y Salvador.

*Este ramo de flores los ponemos a los pies de María Santísima como ofrenda nuestra en honor de su maternidad.

*Presentamos un ajuar para el Sacrificio de la Misa y con él todo nuestro trabajo diario que unimos a la cruz de Cristo.

*El pan y el vino que llevamos hasta el Altar sirva para concebir sacramentalmente al Verbo recibiendo su Cuerpo y su Sangre.

Comunión:

“La Eucaristía es una prolongación de la Encarnación en clave sacramental”. Hagamos de nuestra alma un Belén para acoger al Niño Dios.

Salida: Te felicitamos Virgen María porque engendraste al Salvador del mundo. Rogad por nosotros para que seamos dignos de sus promesas.

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Natividad del Señor- Misa del día

Entrada: ¡Qué Bondad la de Dios! Para que llegásemos a conocerlo a El que es invisible, quiso que su Hijo se hiciese visible,  para poder entregarse por amor entregó a su Hijo en Sacrificio para salvación de todos.

Liturgia de la Palabra

Primera lectura:      Isaías 52, 7-10

Con su venida, el Señor consuela a su pueblo y todas las naciones al contemplarlo en la salvación anunciada.

Salmo Responsorial: 97, 1- 6

Segunda:        Hebreos 1, 1-6

En su divino Hijo, Dios Padre pronuncia la Palabra de salvación.

Evangelio:     Juan 1, 1-18 o bien 1, 1- 5. 9- 14

El Verbo es la luz verdadera que al venir a este mundo ilumina a todos los hombres.

Preces: Misa del día

En este día Santo en que el Señor da a conocer su salvación, adoremos al Emmanuel, Dios con nosotros, y pidamos por las necesidades de todos lo hombres.

A cada intención respondamos cantando:

* Por la Iglesia, que gozosa contempla en el Pesebre el misterio escondido por los siglos y ahora manifestado en Cristo Jesús, para que lo sepa proclamar hasta los confines de la tierra por la Palabra y el testimonio de la santidad. Oremos.

* Por las misiones ad-gentes, para que en estos días de navidad la Iglesia reciba en su seno a muchos hijos renacidos por el agua del bautismo. Oremos.

* Por los cristianos que rezan y trabajan por la unidad, para que alcancen del Dios hecho Hombre lo que desea su corazón. Oremos.

* Por todos los pueblos, para que escuchando el anuncio de los ángeles, emprendan nuevos caminos de concordia. Oremos.

* Por todos los miembros de nuestra Familia religiosa, para que vivamos el estilo de vida que Jesús inauguró con su presencia, y siendo fieles a nuestro carisma sepamos manifestarle a los hombres de hoy. Oremos.

Recibe, Señor, nuestras súplicas, y junto con ellas la ofrenda de nuestros corazones, para que los colmes de paz, alegría y santidad. Te lo pedimos a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Queremos honrar al Niño Dios llevando al Altar  nuestros dones:

*Alimentos, con que expresamos nuestra solidaridad con los pobres como Jesús lo hizo al encarnarse dándose a Sí mismo;

* Cirios, y nuestro deseo de que la Luz de Cristo resplandezca en todo el orbe.

* Pan y vino para que sean transubstanciados en su Cuerpo y Sangre, y así unirnos al Sacrificio.

Comunión:

Al revestirse de la flaqueza de nuestra carne, el Verbo Encarnado en la Eucaristía nos da a gustar cuán bueno es el Señor.

Salida:  Contemplemos con María la claridad de misterio tan admirable, y adoremos a Aquel cuyo nombre es Consejero Admirable, Dios poderoso, Padre perpetuo y Príncipe de la paz.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O.P

NACIMIENTO DE JESÚS EN BELÉN

Lc 2, 1-20

       María y José, en adelante inseparables, tuvieron que hacer un viaje a Belén, en donde había de nacer Jesús según lo anunciado por las pro­fecías. A decir verdad, ellas sólo afirman una cosa: que el Mesías había de salir de Belén, que era la ciudad de origen de David. Siendo hijo de David, ya se podía decir que procedía de Belén.

       Sin embargo, una profecía de Miqueas se tomaba en un sentido más estricto, y el nacimiento de Jesús en Belén debía tomarse más a la letra.

       Una crítica que se precia de perspicaz y elevada presenta la difi­cultad de que sólo para ver el cumplimiento de una profecía se ha dicho que el nacimiento fue en Belén. Renán ha escrito, sin inmutarse, como si todo el mundo estuviera conforme: «Jesús nació en Nazaret»’. Cuanto escribió san Lucas sobre el empadronamiento que obligó a José y a María a ir a Belén, sería una pura ficción.

       Se reconoce hoy que dicho relato debió haber enseñado a los eru­ditos ciertas precisiones que se desprenden poco a poco de textos recientemente descubiertos.

       La afirmación de san Lucas es que el emperador Augusto ordenó que se hiciera el empadronamiento en todo el imperio romano, nombre que se daba a toda la tierra habitada. Esta operación catastral fue apli­cada a Palestina en tiempo de Herodes, y fue el motivo de ir a Belén José y María. Tuvo algo que ver en ella Quirino, que fue legado en Siria.

      Este último punto no está aun completamente dilucidado. Nosotros hemos traducido así: «Este empadronamiento fue anterior a aquel que mandó hacer Quirino siendo gobernador de Siria». Así no hay ninguna dificultad. Es cierto que este gran personaje hizo el empa­dronamiento de Judea cuando fue incorporada a la provincia romana de Siria por los años 6-7 después de Jesucristo, conservando su ma­gistrado propio, que recibía el nombre de procurador. Este empadro­namiento, que consagraba el dominio de los señores adoradores de los falsos dioses, dio motivo a una terrible insurrección religiosa. Es céle­bre en la historia, y para evitar toda confusión, san Lucas habría distinguido el empadronamiento general de este particular de incorpora­ción al imperio.

            Otros prefieren admitir que Quirino, que fue dos veces gobernador de Siria, mandó hacer el primer empadronamiento cuando la primera legación; pero es difícil fijar la fecha y aún más hacerla concordar con la que supone san Lucas. De todos modos, hay que reconocer que una dificultad, o más bien una incertidumbre sobre un punto particular, no da derecho a ningún historiador a poner en duda un hecho por otra parte            plausible. Si es cierto que Augusto tuvo cuidado de hacer el censo de su imperio, y si concibió el designio de comprender en él el reino de Herodes, cuya anexión estaba cercana, no es de creerse que lo deja­rían de hacer por consideración a un viejo y desconsiderado tirano.

        Cómo procedían los romanos en estas descripciones de personas y bienes, aun en las provincias, nos lo enseña maravillosamente un papi­ro hace poco descubierto. Se hacía por familias, es decir, por tribus, de suerte que se veían obligados, para inscribirse, a ir al lugar de su origen.

        Cayo Vibio Máximo, prefecto de Egipto, ordenó que para hacer el censo por casas, los que se habían alejado, fuera cualquiera el motivo, volviesen a sus hogares para llenar las formalidades que el censo requería. Si esto se hacía así ciento tres años después de Jesucristo, con más razón es de creer que se haría cuando las antiguas costumbres no se habían amoldado a los usos del derecho romano.

        En Egipto, sólo a los sacerdotes se les exigía que presentasen sus títulos genealógicos debidamente arreglados. Entre los semitas, las familias, aun las de más humilde condición, sentían legítimo orgullo de conocer a sus antepasados. Aun hoy, el emigrante maronita en Jerusalén o en los Estados Unidos sabe muy bien a qué tribu pertene­ce y a qué pueblo debía volver para inscribirse si esto le fuera exigido.

        José, por tanto, como descendiente de David, debía ir a Belén. Que llevase consigo a María, se comprende, por no querer dejarla sola. ¿Y por qué no habían de pensar en permanecer algún tiempo en Belén, habiendo sido avisados de que Jesús sería el restaurador del trono de David?

        Así, por un decreto del señor del Imperio que obligaba a salir de su casa a humildes personas, se cumple una profecía. «¿Qué hacéis príncipes del mundo…? Pero Dios tiene designios divinos que vosotros ejecutáis, cuando pensáis en vuestros caminos humanos».

        De la mano de la erudición más detallista, podemos saborear tran­quilos el encanto de esta narración, que llena de alegría los corazones de los niños y más aún los de las madres. José y María tomaron el camino que va de Nazaret a Jerusalén y de allí a Belén, distancia muy larga dado el estado de María, porque nosotros debemos pensar, a menos de seguir a los apócrifos, que para ella no serían pocas las inco­modidades. Los romanos aún no habían trazado sus admirables vías de comunicación, y aunque el viaje podía hacerse en carro o aún más cómodamente en literas, era muchísimo lujo para aquella pareja tan pobre. En Belén no encontraron alojamiento en las grandes posadas, a las que hoy llaman jans, donde se instalaban personas y bestias, unas al lado de otras, como podían. La oficina del censo, abierta entonces en Belén, atraía a mucha gente. Hallaron, sin embargo, albergue en una de las grutas que sirven para habitación de personas y para cuadra de animales. Tal vez estarían allí muchos días, teniendo José que esperar su turno para la inscripción, cuando María dio a luz a su hijo primo­génito. San Lucas, que emplea esta expresión —primogénito—, sabía muy bien que ningún cristiano de su tiempo la interpretaría mal. Jamás habla de otros hermanos y hermanas de Jesús: nadie ignoraba que este primogénito permaneció único. Preparaba solamente, como escritor previsor, lo que había de decir de la presentación en el Templo referente a los primogénitos. En esta habitación o establo había natu­ralmente un pesebre en forma de navecilla, donde se echaba el pienso a las bestias de carga, y sirvió de cuna para acostar al niño, que María misma envolvió en pañales. El nacimiento de este fruto divino, como antes su concepción, en nada lesionaron su virginidad: uno y otro se realizaron de una manera inefable, digna, como debemos suponer, de Dios y digna de la Madre que había escogido para su Hijo.

      El lugar del tradicional Pesebre, según lo distinguía una antigua tradición’, estaba un poco al este, en la parte baja del pueblo, y corres­ponde ahora a la parte más alta de la ciudad actual. Bajando hacia el oriente, pronto hallamos los límites de las tierras cultivadas. Belén era, con más razón que Jerusalén, la reina del desierto. Aun hoy van allá las tribus nómadas a comprar trigo y a vender sus tejidos y sus quesos. Muy cerca de allí estaban los pastores guardando sus rebaños. En invierno, a fines de diciembre, fecha que señaló la liturgia, los rebaños de los pueblos probablemente estaban encerrados en los establos para pasar la noche, pero los verdaderos pastores permanecían en el desier­to, donde la temperatura era más suave a medida que se baja hacia el mar Muerto. Un grupo de estos nómadas, que no eran de Belén, velaban aquella noche conversando sin duda para ahuyentar el sueño y guardar su rebaño. De repente se les apareció un ángel y una luz los envolvió. Este resplandor los llenó de espanto: les parecía sobrenatu­ral. El ángel les dice: «No temáis.» Venía a anunciarles la buena nueva. El Evangelio es ante todo un mensaje del cielo a la tierra. La revelación es hecha a Israel y es objeto de un grande regocijo porque en la ciudad de David ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor, a quien se le debe rendir todo homenaje. Ellos deben buscarlo y con­vencerse de que aquello no es una ilusión: hallarán un niño en un pese­bre, no abandonado en su desnudez, según se podía pensar viéndolo en aquella extraña cuna, sino envuelto en pañales.

       Y, como si el cielo tomase parte en aquella alegría, un numeroso ejército celestial se apareció también, alabando al Dios de Israel, que quiso ser llamado Iahvé de los ejércitos celestiales, el cual iba a ser reconocido como único Dios del mundo:

Gloria a Dios en las alturas

y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor.

       Dios recogerá así la gloria, la gloria del perdón concedido a los hombres que quieran con voluntad recta recibir a aquel que ha venido a salvarlos y traerles la paz.

       Tal es el Evangelio anunciado a estos hombres sencillos, que ha­bían conservado en su desierto el antiguo ideal de Abrahán, llegado como nómada de Caldea y cobijado en la única tienda en que se con­servaba entonces el culto del verdadero Dios. En tanto que los israelitas de las ciudades sólo evitaban el contacto de los gentiles por su aisla­miento moral, en lo cual había mucho de orgullo, estos pastores, mori­gerados, de costumbres estrictamente regladas, habituados a la presen­cia de Dios a que continuamente les convidaban aquellas soledades, se mostraron dóciles a la voz del cielo. «Vayamos, pues, hasta Belén y vea­mos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado». Fueron de prisa, vieron la señal que el Señor les había dado, anunciaron por aquellas cercanías la buena nueva y volvieron a cuidar de sus rebaños.

       El eco más fiel de todas estas palabras, la penetración más íntima de todas estas cosas, era el corazón de María donde convergían los designios de Dios.

Lagrange, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 1999, 37-41

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Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani (Misa de la Noche Misa del Dia)

Misa de la noche

EVANGELIO DEL NACIMIENTO

(Lc.2,1-14)

            En la noche de Navidad la Iglesia lee en las dos primeras misas la mitad del Capítulo II de San Lucas; y en la ter­cera, el Prólogo del Evangelio de San Juan, que se lee también al final de todas las misas del año. En San Lucas están los pormenores tan conocidos del nacimien­to del Salvador, que el arte cristiano ha popularizado en todo el mundo.

            Primero está marcado el tiempo: fue en el tiempo del gran Censo o empadronamiento general ordenado por Augusto César en todo el Imperio; y en la Siria –de que era gobernante–, por el Propretor Quirinius en el año 42 del César[1]. Por este orden, debió bajar de Nazareth José con su esposa encinta a la ciudad‑cabeza Bethleem, patria del Rey David, de quien ambos descendían; para que se cumpliera la Escritura:

                        Mas tu, Bethleem de Ephratah

                        pequeña entre los millares de Judá,

                        De ti me saldrá el que señoreará a Israel

                        y su origen de muy antiguo,

                        de Los días de mayor antigüedad.

                        El Jahué los entregará [a los judíos] hasta el tiempo

                        en que la que ha de parir parirá

                        y los demás hermanos volverán a Israel.

                        Y se robustecerá con la fortaleza de Jahué

                        con la majestad del nombre de su Dios Jahué

                        Y entonces habrá seguridad

                        porque su prestigio irá hasta los fines de la tierra

(Miqueas V, 1-3)

            Dante Alighieri dice muy alegre que Cristo es romano, porque eligió nacer en el Imperio Romano y obedeciendo a una orden del Emperador… Sí, nació en el Imperio para pagar un nuevo impuesto, y para no encontrar una alcoba donde nacer; y al fin de su vida, los soldados imperiales lo crucificarán. Cristo es de todo el mundo, así como antes de encarnarse no era deste mundo. Pareja­mente el P. Lombardi dice que Dios ha prometido a Italia el “primado religioso” en el mundo, porque los vicarios de Cristo viven en Roma. Son cuentos; cuentos patrió­ticos, como el del negro Falucho… un negro que no existió.

            El lugar fue una caravanera y un pesebre. “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre; porque no había para ellos lugar en la posada”. No hubo para Cristo recién nacido ni un cubículo de fonda; y este rasgo asombroso y de tan gran patetismo está puesto por Lucas de paso, en una frase incidental. ¡Si habrán decantado sobre él los predica­dores!

            Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacemos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enter­nece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aun­que hubiese nacido en el Palatino, en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante El, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el Universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y de verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los mis­terios de la Fe. Bueno es que los niños se enternezcan ante las pajas del pesebre, la mula y el buey; que los poetas canten:

                        Caído se le ha un clavel

                        Hoy a la Aurora del seno

                        ¡Qué glorioso que está el heno!

                        Porque ha caído sobre él.

                        …………………………………..

                        Las pajas del pesebre

                        Niño de Belén

                        Hoy son flores y rosas

                        Mañana serán hiel;

y que los predicadores derramen lágrimas sobre la po­breza del Verbo Encarnado; pero los adultos han de hacerse capaces de la grandeza del misterio y han de espantarse no tanto de que Dios sea un niño pobre, sino simplemente de que sea un niño.

            La herejía contemporánea, que consiste en una especie de naturalización del dogma, no tiene inconveniente en celebrar la “Fiesta de la Familia” y en enternecerse ante el “niño divino”; con tal que sea divino como todos los otros niños son “divinos”. El cristiano debe estar atento: no es un niño como los otros niños. El profeta Miqueas dice en el mismo capítulo del nacimiento:

                        Aquel día te quitaré los caballos

                        dice Jahué, y destruiré tus carros

                        Y abatiré las ciudades de tu tierra

                        y arruinaré todos tus fortines

                        Y te quitaré de las manos las hechicerías

                        y no habrá cabe ti agorerías

                        Destruiré tus ídolos y tus cipos

                        y no te postrarás ante la obra de tus manos

                        Y arrancaré del medio tus lucos sacros,

                        y derribaré tus árboles idolátricos.

                        Y en ira y furor haré venganza en tus gentes

                        que no quisieron escucharme.

            Los paganos de hoy celebran “el día del Niño” y des­pués se vuelven a sus espiritismos; cuando no lo celebran con hechicerías o con excesos paganos o animales. El cristiano celebra la Noche‑Buena con santa alegría, pero con profundo sobrecogimiento.

                        Os anuncio una gran alegría

                        Que será para todos los pueblos:

                        Hoy os nació en la ciudad de David

                        Un Salvador, el Mesías y el Señor.

                        Y ésta es la señal: encontraréis un niñito

                        envuelto en pañales

                        y reclinado en un pesebre,

                       dijo el Ángel a los pastores.

            El acontecimiento de los acontecimientos fue anuncia­do antes que a todos a unos pobres pastores que velaban en tomo de una hoguera en la noche helada. Ellos cre­yeron, y corrieron, y hallaron “lo que el Señor les había hecho saber”; aunque al ver al espíritu luminoso “te­mieron grandemente”; mas no pudieron temer al rey de los ángeles hecho niño pequeño. Ellos fueron los pri­meros ciudadanos del Reino, y sus primeros evangelistas. Ellos presenciaron el júbilo de los “ejércitos celestiales” sobre la caravanera, después de María y José, y antes que los Magos. Salieron contando el suceso y hubo pas­mo y una gran esperanza entre la pobre gente. “Pero María conservaba todas estas palabras rumiándolas en su corazón”. De ella sin duda las obtuvo muchos años después el médico griego meturgemán de San Pablo llamado Lucas, el evangelista de la niñez de Cristo y de la virginidad de María, de quien se dice también que hizo una pintura de Nuestra Señora; porque era tan mal médico y mal pintor como excelente “recitador”.

                        Tunc prius ignaris pastoribus ille creatus

                        Emicuit, quia Pastor erat. ..,

canta el poeta latino Sedulius:

                        Por eso primero que a todos a pobres pastores

                        Mostróse; porque era Pastor….

            La palabra “primogénito” que pone San Lucas, ha dado pie a muchos herejes (Joviniano, Hevidio, Ebión y Euno­mio; así como algunas sectas protestantes) para aseverar que la Santísima Virgen Nuestra Señora tuvo después de Cristo otros hijos; cosa que reproduce el judío Schalom Asch en su pesado novelón que como “historia de Cris­to” escribió con el título de El Nazareno. Pero la pala­bra griega protótokon significa tanto primogénito, como unigénito, según los peritos. Es como la palabra prime­riza que usan los libros de Medicina, que se refiere al primer parto sin determinar si es único; o uno seguido de otros.

            El cántico de los ángeles sobre el khan de Belén (“Glo­ria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”[2]) ha sido traducido diversamente y dado pie a muchas discusiones. La traducción más exacta es:

                        Gloria

                        en el cielo

                        a Dios; paz

                        en la tierra

                        a los hombres del beneplácito.

            Tés eudokías significa en griego a los hombres bien enseñados; es decir, a los creyentes; de los cuales los primeros fueron los Pastores; que si fueron tres pastores –como dice San Agustín– o doce pastores –como dice Teofilacto– no lo sabemos.

            San Lucas dice que María “dio a luz su hijo, lo fajó y lo reclinó en el pesebre”, sin ayuda de obstétricas o comadronas: el nacimiento de Cristo fue milagroso y virginal. “Los pañales –escribe San Cipriano de África– están en lugar de las púrpuras, y las fajas en lugar de las holandas de los reyes. La misma madre que da a luz es la obstetriz que presta al recién nacido sus cuidados: lo toca, lo abraza, lo besa, lo amamanta; todo ello inun­dada de gozo. No hay en este parto dolor ni lesión alguna… Por sí mismo se desprendió del árbol este fruto maduro”.

            La tradición del pueblo cristiano ha retenido desde los primeros tiempos que había en el khan de Belén una mula y un buey: los Santos Padres antiguos se han com­placido en aplicar a los dos humildes animales el ver­sículo de Isaías, I, 3: “Conocerá el buey a su dueño – Y el asno el pesebre de su Señor”. La tradición española tiene que San José llevaba el buey para pagar el tributo al Déspota Imperial, y la mula para cabalgadura de Ma­ría; puesto que de Nazareth a Belén hay cuatro días de camino a pie. El bueno de Maldonado se opone a esta tradición, diciendo que si tenían una mula no eran tan pobres, y no les hubieran negado lugar en la fonda. Pero ¿no se puede ser pobre y tener una pobre mula?

            Para mí que la mula fue prestada.

            Y así pasó esa noche que habría de ser recordada como Buena por excelencia en todo el mundo por siglos sin fin, sin que nada pasara en el mundo fuera de un movi­miento de pastores y una nueva estrella desconocida que vieron tres astrónomos caldeos en el cielo de Oriente. El Verbo de Dios se hizo hombre, y los periodistas de aquel tiempo no se enteraron de nada. Pasó la noche y vino el Alba y un nuevo día. “Caído se le ha un clavel – Hoy a la Aurora del seno…”.

            “Y pecaron los hombres como todos los días”, dijo el poeta Paúl Fort. Esto se puede poner en verso ¿por qué no? por lo menos para no aparecer como enemigo de los “villancicos”.

                        Hoy ha nacido un niño y hay un gran parabién

                        Hay cánticos de ángeles y hay luces en Belén.

                        Hoy ha nacido un niño: una mula lo aceza

                        Un obrero lo adora y una virgen lo besa.

                        Hoy ha nacido un niño; y unos pobres pastores

                        Vienen de prisa a verlo con corderos y flores.

                       Gloria a Dios en los cielos, paz a los que han creído

                        ¿Cuál pensáis será el nombre de este recién nacido?

                        Paz a los que han creído y a los que han de creer

                        ¿Quién pensáis será Este nacido de mujer?

                        Hoy ha nacido un niño muy antiguo de días

                        Más que el Hermón nevado con su testa de armiño

                        Que viene de las últimas místicas lejanías

                        Hoy ha nacido un niño y es Dios que se ha hecho niño

                        Y pecaron los hombres como todos los días.

            El pueblo judío era un buey pesado y bruto; y era cabezudo como una mula y tan ignorante y mistificado como el pueblo argentino: tenía que haber pensado que si Dios se hacía hombre –si se realizaba en el mundo la perfección de la Humanidad en un hombre– ese hombre iba a pasar desapercibido, y que había que abrir bien los ojos. Así que el buey reconoció a su Señor; y el Pueblo Elegido pasó la Noche Buena como todas las otras noches; y sigue pasándola.

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 426 – 432)

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Misa del día

EVANGELIO DEL ADVENIMIENTO

            El Prólogo del Evangelio de San Juan, cuya estructura lingüística hemos ilustrado someramente, contiene la doc­trina de Logos, o Verbo de Dios. Es una palabra griega original en el Evangelio, que Jesucristo no usó; pero que corresponde a la palabra sophía o sapiencia, que Jesús usó y que entronca en los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Cristo, dice San Juan, es el Lo­gos, o la Sabiduría, del Padre; y es Dios y es hombre; y es la vida del hombre.

            Logos significaba en ese tiempo para los griegos “pa­labra, razón, conocimiento, comprensión, sentido, ciencia, cordura, sabiduría…”. Era un concepto sumamente com­presivo y sumamente prestigioso –cuasi mágico– en los medios helenísticos, cultivados en la filosofía de Herá­clito, de Platón y de Filón de Alejandría.

            La escuela de crítica racionalista, que nace en el siglo pasado del protestantismo –con Lessing– y desemboca en el ateísmo –con Wrede, Brandes– pretendió que San Juan se había apoderado del concepto de Logos di­vino de la filosofía panteísta griega y lo había injertado en la tradición evangélica; haciendo así de Cristo un Dios, cosa que a Cristo y sus primeros discípulos no se les habría ocurrido nunca. Y para eso identifican el Lo­gos de San Juan con el Logos de Philón: filósofo judío del siglo I, que construyó un sistema de filosofía plató­nica sobre la base de los libros mosaicos, fuertemente teñida de panteísmo.

            La verdad es que entre el Logos de Juan y el de Philón media un abismo: el Logos de Philón–tomado de la fi­losofía estoica, que a su vez lo recibiera de Heráclito y Anaxágoras–es la Razón de Dios, la cual es el instrumento de la creación del mundo, a la manera de la razón operativa o la técnica del artista, por intermedio de la cual el artista crea la obra de arte. Mas el Logos de San Juan es una persona divina que se encarna en un hombre; y que no solamente está en –el seno de– Dios sino que está con o cabe Dios; puesto que el verbo era (eén) significa identidad en griego y la preposición cabe (pará) significa una distinción. La inteligencia de Dios tiene en Dios una vida personal, tanto que pudo bajar a la tierra y hacerse hombre: “y el Verbo se hizo carne y habitó entre [y en] nosotros”.

            Juan tomó el término del vocabulario filosófico de su tiempo; y también su sentido principal, concretándolo y aplicándolo al “Hijo del Hombre” e “Hijo de Dios” de los Sinópticos; entre otros motivos, para significar un modo de generación enteramente espiritual, no asimilable a la generación carnal que conocemos: “Los que no de las sangres, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del varón; sino que de Dios son nacidos”. Los musul­manes actuales, lo mismo que los gnósticos antiguos, no pueden acordar –y con razón– que Dios haya tenido un Hijo‑carnal. Mas la generación del Verbo no es carnal.

            La generación eterna del Verbo no puede compararse –y aun así permanece arcana– sino con la formación misteriosa del conocer en el alma del Hombre. Dios se conoce a sí mismo, y en sí a todas las cosas, y ese cono­cimiento es su “Hijo”. Esta es la última palabra que el intelecto humano, bajo el influjo de la Revelación, pue­de pronunciar sobre el misterio de la vida divina, inacce­sible naturalmente a sus alcances.

            ¿Qué era el Logos para la cultura helénica? Era. para algunos, un ser intermediario entre Dios y el mundo (Plotino); para otros (Philón) era la razón divina es­parcida por la creación, distinguiendo a los seres y or­ganizándolos; pero era también otra cosa, pues el tér­mino no había llegado a esos sentidos técnicos sino acom­pañado por una nube de asociaciones que lo matizaban. Todo lo que hay de serio de razonable, de ordenado (lo bello, lo regulado, lo conveniente, lo legítimo), todo lo que era universal, armonioso y musical se agrupaba para el espíritu griego en torno del Logos, que era como la medida y el ideal de las cosas. Para formarse una idea piénsese en lo que significaba para los hombres del si­glo XVIII el nombre mágico de Razón: liberamiento, sapiencia, virtud, progreso, luces; todo lo que inspira, desde hace cien años, la palabra Ciencia; lo que sugiere a nuestros contemporáneos el término Vida; palabras-­símbolo de significado indeterminado y fuerte carga afec­tiva: los talismanes o banderines de la época. Son como resúmenes del ideal de una época, llenos de sugestión por su misma vaguedad; indicadores de una solución que todo el mundo busca, pero no la solución misma, a no ser como silueta y como germen… La solución que tendrá más chances de triunfar será aquella que hará tomar cuerpo de la manera más clara a un mayor número de nociones apuntadas y de aspiraciones inquie­tas, que vivían como en difusión en la Gran Palabra. Ahora bien, San Juan respondió maravillosamente a ese movimiento de gestación aplicando la Palabra Magné­tica en forma precisa a Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios –fiel a la tradición bíblica del Libro de la Sabiduría–; y así respondió a los deseos de las almas grie­gas, a las cuales la teoría de un Logos nebuloso, difun­dido impersonalmente en las cosas, intermedio más bien que mediador, sombra de Dios más bien que Dios, no podía llenar perfectamente. Juan “evangeliza” a la vez para los judíos y para los gentiles.

            Después de haber señalado a Cristo como el Verbo del Padre, Juan lo hace sucesivamente la Vida, la Luz la Gloria, la Gracia y la Verdad de Dios; Engendrador a su vez de una nueva vida en “todos cuantos lo reci­bieren”. El comienza por ser la luz de todos los nacidos, porque imprime en toda alma mortal la imagen de Dios en forma de razón y de conciencia; y es después el prin­cipio de la luz sobrenatural de la fe, por la cual el hom­bre es levantado a una nueva filiación, la adopción di­vina. La gracia y la verdad son sus dones, de cuya ple­nitud todos recibimos; una verdad trascendente que sólo se da por la gracia, gratuitamente.

            La doctrina del Logos en Juan se resume por tanto así: el Cristo, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios son uno, y ese uno es uno con su Padre, y se ha unido a la natu­raleza humana tomando su carne y alma; él llama a to­dos los hombres a la verdad, y por ella a la unidad. Pero la unidad del Verbo con el Hombre siendo en la carne, y permaneciendo los discípulos en el mundo, esa unidad debe volverse y hacerse sensible; y se vuelve sensible en una sociedad humana, simbolizada en la imagen del Rebaño y el Pastor. Y como el Buen Pastor natural y primogénito se aleja por un tiempo de este mundo, ha designado un Sub‑Pastor en la persona de Pedro. Cuan­do Juan escribía, Pedro había seguido ya a su Maestro; pero esto no turba a Juan: sabe que la Providencia ha proveído a la necesidad de la clave de estructura de la sociedad cristiana en la persona de los sucesores de Pe­dro. Como está repetido tantas veces en el largo Sermón-­Despedida de Cristo antes de su Pasión, esta unidad de la sociedad cristiana está asegurada; y ella se verifica en la fe y en la caridad.

            Los que sienten tan fuertemente hoy día la necesidad de la unión de los discípulos de Cristo, deben advertir que esa unión sólo es posible en la fe y en la caridad. Hoy día hay algunos que, dejando de lado la fe, insisten en efectuar la unión en la caridad: es imposible. El protestantismo hoy día –no así en sus comienzos– ago­tado en la discusión interminable de las variaciones dog­máticas producidas por el “libre examen”, ha acabado por arrojar “los dogmas” por la borda y forcejea por uni­ficar a los cristianos en una vaga adhesión personal a Cristo, que se vuelve un puro sentimentalismo. Pero el primer lazo de unión es la verdad, y la verdad no puede ser diferente y contradictoria dentro de sí misma. Otros en cambio pretenden mantener la unión sobre la fe sola.

            Este es el estado de las iglesias católicas cuando de­caen: sus fieles creen todos lo mismo así media a bulto (recitan el mismo Credo de memoria) pero no están unidos entre sí en hermandad real: ni se conocen entre ellos a veces; oyen misa codo con codo en un gran edi­ficio –que fácilmente puede ser quemado– reciben la “comunión” cada uno por su lado, y después se van a sus negocios; y quiera Dios que no a tirarse, unos a otros, flechazos o coces. No es esta una “iglesia” propia­mente hablando; no hay Iglesia de Cristo sin caridad. La fe sin obras es muerta, y la obra por excelencia de la fe es la caridad, la comunión de las almas. “obras obras!” decía Santa Teresa; en el mismo tiempo en que Lutero clamaba “¡Fe, fe!” y declaraba a las obras (a las obras exteriores al principio, después a todas en general) como inútiles para la salvación. Y realmente, si hubiesen estado vigentes las “obras” de Santa Teresa (obras de verdadera caridad, externas e internas a la vez) en la Alemania de Lutero, el renegado sajón no se hubiese le­vantado, o hubiese caído de inmediato, sin separar de la Iglesia un medio mundo.

            El sifilítico Enrique VIII escribió una obra en defensa de la fe en el Santísimo Sacramento contra Lutero, que le mereció de la Santa Sede el título honorífico de “Defen­sor fidei”, que aún llevan los Reyes de Inglaterra; pero eso no le impidió quebrar el vínculo de la Iglesia inglesa con la Iglesia Universal, y precipitar a Inglaterra y con ella a media Europa en el cisma primero y luego en la herejía. Nunca renegó de la fe; pero se divorció de la caridad. (Y, entre paréntesis, inventó el divorcio).

            Porque la fe debe engendrar caridad, y la caridad debe vivir de la fe; y sin eso, no hay unidad. Roguemos por la Iglesia Argentina[3].

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 144-150)

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[1]Según las fechas que pone Josefo en sus Antiguedades Judaicas, el Propretor Cirino o Quirinus fue enviado a hacer esta “capitación” de la Siria, muerto ya Herodes y desterrado a las Galias su hijo Arquelao; lo cual pone una discrepancia de 11 años con la cronología de Lucas. Lo probable es que Flavio Josefo haya confundido las fechas más bien que Lucas. Otros resuelven la dificultad diciendo que había dos legados de Augusto, uno para el empadronamiento y otro jefe del ejército: Saturnino y Quirino; y que Lucas nombró solamente a Quirino, como al jefe principal, omitiendo a Saturnino, que es el legado mencionado por el historiador judío.

[2]Vulgata latina.
[3]Estas homilías se acabaron de escribir el día del Sagrado Corazón de Jesús de 1955. Laus Deo.

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SERMON I

De la Natividad del Señor. (21)

            Nuestro Salvador, amadísimos, hoy ha nacido: alegrémonos. Pues no es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la vida, que acabando con el temor de la muerte nos llenó de gozo con la eternidad prometida. Nadie se crea excluido de participar en este contento; una misma es la causa de la común alegría, porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como a nadie halló libre de culpa, así vino a librar a todos del pecado. Exulte el Santo, porque se acerca al premio. Alégrese el pecador, porque se le invita al perdón. Anímese el gentil, porque es llamado a la vida. Ya que el Hijo de Dios, al llegar la plenitud de los tiempos dispuestos por los inescrutables designios del divino consejo, tomó la naturaleza humana para reconciliarla con su autor, a fin de que el diablo, inventor de la muerte, fuese vencido por la misma (naturaleza) que él había dominado. En esta lucha, emprendida por nosotros, se peleó según las mejores y maravillosas reglas de la equidad, pues el Señor todopoderoso combatió con el crudelísimo enemigo, no en su majestad, sino en nuestra humildad, oponiéndole la misma forma y la misma naturaleza, la que participa, desde luego, de nuestra mortalidad, aunque libre en todo de pecado. Lejos estuvo de este nacimiento, lo que de todos los demás leemos: nadie está limpio de mancha, ni el niño que sólo lleva un día de vida sobre la tierra (Job., 14, 4). Nada contrajo en este singular nacimiento de la concupiscencia carnal, en nada participó de la ley del pecado. Es elegida una Virgen de la real estirpe de David, que debiendo concebir fruto sagrado, antes concibió su divina y humana prole con el pensamiento que con el cuerpo. Y para que no se asustara por los efectos inusitados del designio divino, supo por las palabras del ángel lo que en ella iba a obrar el Espíritu Santo, y así no reputó en daño de su virginidad el llegar a ser Madre de Dios. ¿Cómo había de admirarse ante la nueva de tal concepción quien recibe promesa cierta del poder del Altísimo? Además, se confirma la fe de la que cree con la prueba de un anterior milagro, y se aduce la inesperada fecundidad de Isabel, para que no se dude de que quien hizo concebir a la estéril hará otro tanto con la virgen.

            Así, pues, el Verbo de Dios; Dios, Hijo de Dios, que en el principio estaba con Dios, por quien han sido hechas todas las cosas y sin él nada se ha hecho, para librar al hombre de la muerte eterna, se hizo hombre, de tal manera bajándose a revestirse de nuestra humildad, aunque sin disminución de su majestad, que permaneciendo como era y tomando lo que no era, unió la verdadera forma de siervo a aquella otra forma por la que es igual a Dios Padre; y con tan estrecha alianza cosió una y otra naturaleza, que, ni la inferior la absorbió la glorifica-ción ni a la superior la disminuyó la asunción. Quedando a salvo la propiedad de cada sustancia y aglutinándose en una sola persona, es tomada por la majestad la humildad; por la fortaleza, la debilidad; por la eternidad, la mortalidad, y para pagar la deuda de nuestra condición, una naturaleza inviolable (inatacable, inasequible al daño) es unida a una naturaleza pasible, y un Dios verdadero y hombre verdadero se plasman en un solo Señor (en Jesucristo); para que, conforme convenía a nuestro remedio, uno e idéntico mediador entre Dios y los hombres pudiese morir por un lado y resucitar por otro. Con razón, pues, no ocasionó corrupción alguna a la integridad virginal el parto de salvación, porque fue guarda del pudor el nacimiento de la verdad. Tal nacimiento, carísimos, era el que convenía a la fortaleza de Dios y a la sabiduría de Dios, que es Cristo, por el cual se hiciese semejante a nosotros por la humanidad y nos aventajase por la divinidad. De no haber sido Dios no nos hubiera proporcionado remedio: de no haber Sido hombre no nos hubiera dado ejemplo. Por eso es anunciado por los ángeles, que cantan de gozo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Luc., 2, 14). Puesto que ven a la celestial Jerusalén, que es fabricada con gentes de todo el mundo. De obra tan inefable de la divina misericordia, ¿cuánto no debe gozarse la pequeñez de los hombres, cuando tanto se alegra la sublimidad de los ángeles?

            Por tanto, amadísimos hermanos, demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, el cual, por la excesiva misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros; y estando muerto por los pecados nos resucitó a la vida de Cristo (Ef., 2, 18), para que tuviéramos en él una nueva vida y un nuevo ser. Así que dejemos el hombre viejo con sus acciones, y hechos participantes del nacimiento de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, oh Cristiano, tu dignidad, pues participas de la divina naturaleza, y no quieras volver a la antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Ten presente que habiendo sido arrancado del poder de las tinieblas has sido transportado al reino y claror de Dios. Por el sacramento del Bautismo fuiste hecho templo del Espíritu Santo; no ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas sometiéndote otra vez a la esclavitud del demonio, porque has costado la sangre de Cristo, quien te juzgará conforme a la verdad, quien te redimió según su misericordia, el que con el Padre y el Espíritu Santo reina por los siglos de los siglos. Amén.

SAN LEÓN MAGNO, Sermones Escogidos, Sermón I: De la Natividad del Señor. (21), Apostolado Mariano España 1990, 12-14

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San Juan Pablo II

 

Natividad del Señor

1. “Populus, quí ambulabat in tenebris, vidit lucem magnam – El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 9, 1).

Todos los años escuchamos estas palabras del profeta Isaías, en el contexto sugestivo de la conmemoración litúrgica del nacimiento de Cristo. Cada año adquieren un nuevo sabor y hacen revivir el clima de expectación y de esperanza, de estupor y de gozo, que son típicos de la Navidad.

Al pueblo oprimido y doliente, que caminaba en tinieblas, se le apareció “una gran luz”. Sí, una luz verdaderamente “grande”, porque la que irradia de la humildad del pesebre es la luz de la nueva creación. Si la primera creación empezó con la luz (cf. Gn 1, 3), mucho más resplandeciente y “grande” es la luz que da comienzo a la nueva creación: ¡es Dios mismo hecho hombre!

La Navidad es acontecimiento de luz, es la fiesta de la luz: en el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo de la humanidad y despeja las nubes del pecado. El fulgor del triunfo definitivo de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza.

2. “Habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló” (Is 9, 1).

El anuncio gozoso que se acaba de proclamar en nuestra asamblea vale también para nosotros, hombres y mujeres en el alba del tercer milenio. La comunidad de los creyentes se reúne en oración para escucharlo en todas las regiones del mundo. Tanto en el frío y la nieve del invierno como en el calor tórrido de los trópicos, esta noche es Noche Santa para todos.

Esperado por mucho tiempo, irrumpe por fin el resplandor del nuevo Día. ¡El Mesías ha nacido, el Emmanuel, Dios con nosotros! Ha nacido Aquel que fue preanunciado por los profetas e invocado constantemente por cuantos “habitaban en tierras de sombras”. En el silencio y la oscuridad de la noche, la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.

Pero, ¿no contrasta quizás esta certeza de fe con la realidad histórica en que vivimos? Si escuchamos las tristes noticias de las crónicas, estas palabras de luz y esperanza parecen hablar de ensueños. Pero aquí reside precisamente el reto de la fe, que convierte este anuncio en consolador y, al mismo tiempo, exigente. La fe nos hace sentirnos rodeados por el tierno amor de Dios, a la vez que nos compromete en el amor efectivo a Dios y a los hermanos.

3. “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tt 2, 11).

En esta Navidad, nuestros corazones están preocupados e inquietos por la persistencia en muchas regiones del mundo de la guerra, de tensiones sociales y de la penuria en que se encuentran muchos seres humanos. Todo buscamos una respuesta que nos tranquilice.

El texto de la Carta a Tito que acabamos de escuchar nos recuerda cómo el nacimiento del Hijo unigénito del Padre “trae la salvación” a todos los rincones del planeta y a cada momento de la historia. Nace para todo hombre y mujer el Niño llamado “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz” (Is 9, 5). Él tiene la respuesta que puede disipar nuestros miedos y dar nuevo vigor a nuestras esperanzas.

Sí, en esta noche evocadora de recuerdos santos, se hace más firme nuestra confianza en el poder redentor de la Palabra hecha carne. Cuando parecen prevalecer las tinieblas y el mal, Cristo nos repite: ¡no temáis! Con su venida al mundo, Él ha derrotado el poder del mal, nos ha liberado de la esclavitud de la muerte y nos ha readmitido al convite de la vida.

Nos toca a nosotros recurrir a la fuerza de su amor victorioso, haciendo nuestra su lógica de servicio y humildad. Cada uno de nosotros está llamado a vencer con Él “el misterio de la iniquidad”, haciéndose testigo de la solidaridad y constructor de la paz. Vayamos, pues, a la gruta de Belén para encontrarlo, pero también para encontrar, en Él, a todos los niños del mundo, a todo hermano lacerado en el cuerpo u oprimido en el espíritu.

4. Los pastores “se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho” (Lc 2, 17).

Al igual que los pastores, también nosotros hemos de sentir en esta noche extraordinaria el deseo de comunicar a los demás la alegría del encuentro con este “Niño envuelto en pañales”, en el cual se revela el poder salvador del Omnipotente. No podemos limitarnos a contemplar extasiados al Mesías que yace en el pesebre, olvidando el compromiso de ser sus testigos.

Hemos de volver de prisa a nuestro camino. Debemos volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En Él se nos ha dado el amor.

5. “Un Niño nos ha nacido…”

Te acogemos con alegría, Omnipotente Dios del cielo y de la tierra, que por amor te has hecho Niño “en Judea, en la ciudad de David, que se llama Belén” (cf. Lc 2, 4).

Te acogemos agradecidos, nueva Luz que surges en la noche del mundo.

Te acogemos como a nuestro hermano, “Príncipe de la paz”, que has hecho “de los dos pueblos una sola cosa” (Ef 2, 14).

Cólmanos de tus dones, Tú que no has desdeñado comenzar la vida humana como nosotros. Haz que seamos hijos de Dios, Tú que por nosotros has querido hacerte hijo del hombre (cf. S. Agustín, Sermón 184).

Tú, “Maravilla de Consejero”, promesa segura de paz; Tú, presencia eficaz del “Dios poderoso”; Tú, nuestro único Dios, que yaces pobre y humilde en la sombra del pesebre, acógenos al lado de tu cuna.

¡Venid, pueblos de la tierra y abridle las puertas de vuestra historia! Venid a adorar al Hijo de la Virgen María, que ha venido entre nosotros en esta noche preparada por siglos.

Noche de alegría y de luz.

¡Venite, adoremus!

Homilia del beato Juan Pablo II en la Noche Buena del 24 diciembre de 2001

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Benedicto XVI


Natividad del Señor

Queridos hermanos y hermanas:

«A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono —la Cruz— corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo? Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s). Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada. Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico —siempre según los Padres— tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: “Padre nuestro que estás en los cielos”, él se pregunta: ¿qué es esto del cielo? Y ¿dónde está el cielo? Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: “El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado” (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado “tierra”, así, por el contrario, el justo puede llamarse “cielo”» (Serm. in monte II 5,17). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Basílica Vaticana 25 de diciembre de 2007

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S.S. Francisco p.p.

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).

Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.

Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. Porque es fiel, «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y momentos de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). Pueblo en camino, sobre todo pueblo peregrino que no quiere ser un pueblo errante.

2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.

3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Es condición del peregrino velar, y ellos estaban en vela. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como dijeron los ángeles a los pastores: “No teman”.  Y también yo les repito a todos: “No teman”. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre nos perdona siempre. Y Él es nuestra paz. Amén.

(24 de diciembre de 2013)

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Directorio Homilético

Solemnidad de la Navidad

CEC 456-460, 566: “¿Por qué el Verbo se hizo carne?”

CEC 461-463, 470-478: la Encarnación

CEC 437, 525-526: el misterio de la Navidad

CEC 439, 496, 559, 2616: Jesús es el Hijo de David

CEC 65, 102: Dios ha dicho todo en su Verbo

CEC 333: Cristo encarnado es adorado por los ángeles

CEC 1159-1162, 2131, 2502: la Encarnación y las imágenes de Cristo

I        POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE

456    Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos co nfesando: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.

457    El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: “Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10).”El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). “El se manifestó para quitar los pecados” (1 Jn 3, 5):

          Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdida la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).

458    El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dio s al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

459    El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí … “(Mt 11, 29). “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: “Escuchadle” (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

460    El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1, 4): “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (S. Atanasio, Inc., 54, 3). “Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus homo” (“El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres”)  (Santo Tomás de A., opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).

II       LA ENCARNACION

461    Volviendo a tomar la frase de San Juan (“El Verbo se encarnó”: Jn 1, 14), la Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:

          Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp 2, 5-8; cf. LH, cántico de vísperas del sábado).

462    La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:

          Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo … a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).

463    La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: “Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios” (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta “el gran misterio de la piedad”: “El ha sido manifestado en la carne” (1 Tm 3, 16).

IV     COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS

470    Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación “la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida” (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a “uno de la Trinidad”. El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente  las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14, 9-10):

          El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22, 2).

          El alma y el conocimiento humano de Cristo

471    Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo había sustituído al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana (cf. DS 149).

472    Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar “en sabiduría, en estatura y en gracia” (Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.). Eso … correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario en “la condición de esclavo” (Flp 2, 7).

473    Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf. S. Gregorio Magno, ep 10,39: DS 475). “La naturaleza humana del Hijo de Dios, no por ella m isma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que conviene a Dios” (S. Máximo el Confesor, qu. dub. 66 ). Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba también la penetración divina que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.).

474    Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34; 14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13,32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7).

          La voluntad humana de Cristo

475    De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en el año 681) que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La voluntad humana de Cristo “sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad omnipotente” (DS 556).

          El verdadero cuerpo de Cristo

476    Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede “pintar la faz humana de Jesús (Ga 3,2). El séptimo Concilio ecuménico (Cc. de Nicea II, en el año 787: DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas.

477    Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios “que era invisible en su naturaleza se hace visible” (Prefacio de Navidad). En efecto, las particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su imagen, “venera a la persona representada en ella” (Cc. Nicea II: DS 601).

          El Corazón del Verbo encarnado

478      Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: “El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), “es considerado como el principal indicador y símbolo…del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres” (Pio XII, Enc.”Haurietis aquas”: DS 3924; cf. DS 3812).

437    El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 11). Desde el principio él es “a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo”(Jn 10, 36), concebido como “santo” (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para “tomar consigo a María su esposa” encinta “del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo” (Mt 1, 20) para que Jesús “llamado Cristo” nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8; Ap 22, 16).

El Misterio de Navidad

525    Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia  pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo (cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche:

                        La Virgen da hoy a luz al Eterno

                        Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.

                        Los ángeles y los pastores le alaban

                        Y los magos avanzan con la estrella.

                        Porque Tú has nacido para nosotros,

                        Niño pequeño, ¡Dios eterno!

                        (Kontakion, de Romanos el Melódico)

526    “Hacerse niño” con relación a Dios es la condición para  entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario “nacer de lo alto” (Jn 3,7), “nacer de Dios” (Jn 1, 13) para “hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo “toma forma” en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es el Misterio de este “admirable intercambio”:

          O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad (LH, antífona de la octava de Navidad).

439    Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico “hijo de David” prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).

La virginidad de María

496    Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido “absque semine ex Spiritu Sancto” (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

          Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): “Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro  Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, …Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato … padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente” (Smyrn. 1-2).

          La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559    ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de “David, su Padre” (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación (“Hosanna” quiere decir “¡sálvanos!”, “Danos la salvación!”). Pues bien, el “Rey de la Gloria” (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad “montado en un asno” (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación “Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el “Sanctus” de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

Jesús escucha la oración

2616  La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!” (Mt 9, 27) o “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: “¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!” Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: “Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!”.

          San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: “Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis” (“Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros”, Sal 85, 1; cf IGLH 7).

          Dios ha dicho todo en su Verbo

65    “De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo” (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. S. Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1,1-2:

Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 2,22,3-5: Biblioteca Mística Carmelitana, v. 11 (Burgos 1929), p. 184.).

102    A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3):

Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103,4,1).

333 De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce “a su Primogénito en el mundo, dice: ‘adórenle todos los ángeles de Dios”‘ (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: “Gloria a Dios…” (Lc 2, 14). Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús en el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43), cuando E1 habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29‑30; 11,8). Son también los ángeles quienes “evangelizan” (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2, 8‑14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5‑7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1, 10‑11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; 25, 31 ; Lc 12, 8‑9).

Imágenes sagradas

1159  La imagen sagrada, el icono litúrgico, representa principalmente a Cristo. No puede representar a Dios invisible e incomprensible; la Encarnación del Hijo de Dios inauguró una nueva “economía” de las imágenes:

          En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura no podía de ningún modo ser representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios…con el rostro descubierto contemplamos la gloria del Señor (S. Juan Damasceno, imag. 1,16).

1160  La iconografía cristiana transcribe mediante la imagen el mensaje evangélico que la Sagrada Escritura transmite mediante la palabra. Imagen y Palabra se esclarecen mutuamente:

          Para expresar brevemente nuestra profesión de fe, conservamos todas las tradiciones de la Iglesia, escritas o no escritas, que nos han sido transmitidas sin alteración. Una de ellas es la representación pictórica de las imágenes, que está de acuerdo con la predicación de la historia evangélica, creyendo que, verdaderamente y no en apariencia, el Dios Verbo se hizo carne, lo cual es tan útil y provechoso, porque las cosas que se esclarecen mutuamente tienen sin duda una significación recíproca (Cc. de Nicea II, año 787: COD 111).

1161  Todos los signos de la celebración litúrgica hacen referencia a Cristo: también las imágenes sagradas de la Santísima Madre de Dios y de los santos. Significan, en efecto, a Cristo que es glorificado en ellos. Manifiestan “la nube de testigos” (Hb 12,1) que continúan participando en la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental. A través de sus iconos, es el hombre “a imagen de Dios”, finalmente transfigurado “a su semejanza” (cf Rm 8,29; 1 Jn 3,2), quien se revela a nuestra fe, e incluso los ángeles, recapitulados también en Cristo:

          Siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos Padres y la tradición de la Iglesia católica (pues reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda exactitud y cuidado que las venerables y santas imágenes, como también la imagen de la preciosa y vivificante cruz, tanto las pintadas como las de mosaico u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las casas y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como las de nuestra Señora inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos (Cc. de Nicea II: DS 600).

1162  “La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios” (S. Juan Damasceno, imag. 127). La contemplación de las sagradas imágenes, unida a la meditación de la Palabra de Dios y al canto de los himnos litúrgicos, forma parte de la armonía de los signos de la celebración para que el misterio celebrado se grabe en la memoria del corazón y se exprese luego en la vida nueva de los fieles.

2131  Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo Concilio ecuménico (celebrado en Nicea en 787), justificó contra los iconoclastas el culto de las imágenes: las de Cristo, pero también las de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos. Encarnándose, el Hijo de Dios inauguró una nueva “economía” de las imágenes.

2502  El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza Sobreeminente Invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, “Resplandor de su gloria e Impronta de su esencia” (Hb 1,3), en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9), belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, los Angeles y los Santos. El arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador.

 

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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