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Domingo XXIX Tiempo Ordinario (C)

 

16
octubre

Domingo XXIX Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXIX Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 16 de Octubre de 2016)

LECTURAS

Mientras Moisés tenía los brazos levantados, vencía Israel

Lectura del libro del Éxodo                       17, 8-13

            Los amalecitas atacaron a Israel en Refidim. Moisés dijo a Josué: «Elige a algunos de nuestros hombres y ve mañana a combatir contra Amalec. Yo estaré de pie sobre la cima del monte, teniendo en mi mano el bastón de Dios».

            Josué hizo lo que le había dicho Moisés, y fue a combatir con­tra los amalecitas.

            Entretanto, Moisés, Aarón y Jur habían subido a la cima del monte. Y mientras Moisés tenía los brazos levantados, vencía Israel; pero cuando los dejaba caer, prevalecía Amalec.

            Como Moisés tenía los brazos muy cansados, ellos tomaron una piedra y la pusieron donde él estaba. Moisés se sentó sobre la piedra, mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sus brazos se mantuvieron firmes hasta la puesta del sol.

            De esa manera, Josué derrotó a Amalec y a sus tropas al filo de la espada.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial                                                      120, 1-8

R. Nuestra ayuda está en el Nombre del Señor.

Levanto mis ojos a las montañas:

¿de dónde me vendrá la ayuda?

La ayuda me viene del Señor,

que hizo el cielo y la tierra. R.

Él no dejará que resbale tu pie:

¡tu guardián no duerme!

No, no duerme ni dormita

el guardián de Israel. R.

El Señor es tu guardián,

es la sombra protectora a tu derecha:

de día, no te dañará el sol,

ni la luna de noche. R.

El Señor te protegerá de todo mal

y cuidará tu vida.

Él te protegerá en la partida y el regreso,

ahora y para siempre. R.

El hombre de Dios sea perfecto y esté preparado

para hacer siempre el bien

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a Timoteo          3, 14-4, 2

            Querido hijo:

            Permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido: tú sabes de quiénes la has recibido.

         Recuerda que desde la niñez conoces las Sagradas Escritu­ras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien.

         Yo te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su Manifesta­ción y de su Reino: proclama la Palabra de Dios, insiste con oca­sión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansa­ble y con afán de enseñar.

Palabra de Dios.

ALELUIA                                                                                                  Hb 4, 12

Aleluia.

La Palabra de Dios es viva y eficaz,

discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

Aleluia.

Evangelio

Dios hará justicia a sus elegidos que claman a Él

† Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas         18 , 1 -8

            Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:

            «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le impor­taban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recu­rría a él, diciéndole: «Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario».

            Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: «Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme»».

            Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a El día y noche, aun­que los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia.

         Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe so­bre la tierra?»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XXIX

Ciclo C

Entrada:

La Eucaristía es centro y culmen de la vida de la Iglesia. En este sacrificio Cristo se ofrece por nosotros al Padre, como ofrenda agradable. Participemos con fe y devoción para configurarnos a la Víctima.

1 Lectura:                             Ex. 17, 8-13                                       

Por la oración constante de Moisés, Dios concedió la victoria al pueblo de Israel.

2 Lectura:                             2Tim. 3,14 – 4,2

El apóstol San Pablo nos exhorta a proclamar la Palabra de Dios, con insistencia y en todo momento.

Evangelio:                        Lc. 18, 1-8

La oración del que clama a Dios con pureza de corazón y fe ardiente, siempre es atendida, pues sólo busca hacer su voluntad.

Preces:

Nos hemos reunidos, aquí, hermanos, para conmemorar el misterio de nuestra redención, roguemos por lo tanto, a Dios todopoderoso para que todo el mundo se llene de bendiciones.

A cada intención respondemos…

-Por la Santa Iglesia de Dios, para que Él la custodie y la defienda siempre de los modernos ataques del adversario. Oremos.

-Octubre es el mes dedicado a las misiones; pidamos, entonces, por todos los bautizados, para que se comprometan a la aventura misionera y lleven la Buena Noticia a todas las naciones, para que los hombres abrazándola se salven. Oremos

– Por los responsables de las naciones: para que la paz entre los pueblos sea la prioridad entre sus objetivos y que se comprometan a trabajar con empeño por el cese del terrorismo y la carrera armamentística. Oremos.

-Por los niños y jóvenes que se preparan para recibir la Primera Comunión y la Confirmación, para que asuman con decisión el compromiso de ser fieles a Jesús hasta la muerte.

– Por los que sufren la soledad y la enfermedad sin la asistencia necesaria, para que la solidaridad entre los hombres sea una realidad vivida y un compromiso en este año jubilar de la Misericordia. Oremos.

Sé propicio, Señor, con tu pueblo suplicante, para que reciba con prontitud lo que te pide bajo tu inspiración. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

-Ofrecemos cirios que simbolizan nuestra vida entregada y consumada para sólo Dios, único Señor que merece ser servido.

Pan y vino para el sacrificio que se convertirán en el cuerpo, sangre, alma y divinidad del Señor, “Pan de vida eterna”.

Comunión:

-Acerquémonos a recibir al Señor sacramentado con espíritu humilde y pidámosle la gracia de que encienda nuestro corazón en su amor.

Salida:

A María Santísima, elevamos nuestro corazón filial ya que Ella es la Madre que nos acoge y nos refugia para que no temamos mal alguno y nos lancemos con confianza a trabajar por la construcción del reino de Dios.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Orar incesantemente

(Lc.18,1-8)

1 Luego les propuso una parábola sobre la necesidad que tenían de orar siempre y no cansarse nunca.

La venida del Hijo del hombre se hace esperar. Los aprietos son grandes (17,22), las persecuciones atormentan, amenaza la tentación de apostasía. En los labios está la pregunta acuciante: «¿Hasta cuándo, Señor?» (Rev_6:10). Sólo la venida del Hijo del hombre proporciona la salvación.

Para que Dios cumpla ésta, que es la más grande de todas las promesas, hay que forzarle con una oración infatigable y perseverante. La venida del día de Dios se acelera mediante una vida moral (2Pe_3:12), mediante penitencia (Hec_3:19) y mediante la oración perseverante. Jesús enseñó a sus discípulos a orar, a implorar que venga el reino de Dios (Lc_11:2). Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria, alboreará la tan suspirada liberación (Lc_21:28). En todo tiempo, sin cejar, hay que rogar que venga el Hijo del hombre, incluso cuando parece que la oración no es escuchada y cuando la fatiga y el hastío pueden inducir a suspenderla.

2 En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni tenía consideración alguna con los hombres. 3 Había también en aquella ciudad una viuda, que acudía a él para decirle: Hazme justicia contra mi adversario. 4 Pero él no quiso durante mucho tiempo. Sin embargo, luego pensó para sus adentros: Aunque no temo a Dios ni tengo consideración alguna con los hombres, 5 por estar esta viuda molestándome le haré justicia, para que no me fastidie más con tanto venir.

El juez es impío, proverbialmente malo, «no temía a Dios ni tenía consideración alguna con los hombres». Desempeñaba su función judicial a su arbitrio, como si no hubiera Dios a quien tuviera que rendir cuentas, y se comporta exactamente como no debe. El encargo de Dios al juez reza así: «Haced justicia al pobre y al huérfano, tratad justamente al desvalido y al menesteroso. Librad al pobre y al necesitado, sacadle de las garras del impío» (Sal_82:3 s). La viuda es el tipo de la pobre mujer, sin protección de marido, oprimida e inerme. La Escritura exhorta con frecuencia a cuidar de las viudas: «Haced justicia al huérfano, amparad a la viuda» (Isa_1:17). «La religión pura y sin mancha delante de Dios y Padre, es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación, y conservarse limpio del contagio del mundo» (Stg_1:27).

Cuando se trata de un pleito por una deuda o por una herencia, puede intervenir un perito judicial, reconocido como tal, y juzgar como único juez. El juez no quiere salir por el derecho de la viuda; es un hombre indiferente, caprichoso, maligno, sordo a la voz de Dios y de los hombres. La viuda está convencida de que se dará sentencia en su favor, con tal que se celebre el proceso. Pero ¿cómo inducir a ello al juez? Ella no tiene para dar regalos ¿Qué otra solución le queda, sino volver una y otra vez, presentar su solicitud insistentemente y con perseverancia? Así lo hace, hasta que el juez acaba por hastiarse.

El monólogo del juez descubre sus pensamientos. No le importan lo que se dice de él: así es él y así quiere ser. Lo que le mueve a hacer justicia a la viuda es de lo más bajo que se puede imaginar: quiere que lo deje en paz, estar tranquilo. Comprende que la mujer no tiene intención de ceder y al fin se harta de verse molestado continuamente. Al fin me va a hacer una de las suyas, «me echará los perros a la cara», se dice irónicamente. Lo que le mueve a obrar no es el temor, sino el deseo de acabar con tanta importunidad y con tanta molestia.

6 Entonces dijo el Señor: Considerad bien lo que decía este juez inicuo. 7 Y Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que claman a él día y noche, aunque les haga esperar? 8a Yo os digo: les hará justicia prontamente.

La explicación empalma con las palabras del juez inicuo, no con los ruegos perseverantes de la viuda. El quid, la moraleja de la parábola, no es la perseverancia de la viuda, sino la certeza de ser escuchados. Si un hombre tan impío y tan sin consideraciones como este juez, por puro egoísmo, para que lo dejen en paz, se deja mover a hacer justicia por los ruegos de la viuda, ¿cuánto más escuchará el Señor los gritos de socorro de sus elegidos? Al fin y al cabo Dios es muy distinto del juez impío.

El evangelista desplaza el acento; se fija ante todo en los ruegos insistentes de la viuda. Ya en la introducción de la parábola se dejaba oír este motivo: Hay que orar siempre sin cansarse nunca. Dios hace justicia a sus elegidos que día y noche claman a él. «EI que sirve al Señor devotamente halla acogida, y su oración subirá hasta las nubes. La oración del pobre traspasa las nubes y no descansa hasta llegar a Dios, ni se retira hasta que el Altísimo fija en ella su mirada, y el justo juez le hace justicia» (Eco_35:20 s).

La Iglesia oprimida puede esperar con toda seguridad que su oración será escuchada. Ella es, en efecto, la comunidad de los elegidos de Dios. Acerca de ellos ha demostrado ya Dios su misericordia, pues precisamente eligió a los que menos títulos podían invocar para ello (Lc_14:16-24). En ellos ama la imagen de su Hijo, el elegido (Lc_9:35), el ungido de Dios, elegido (Lc_23:35). Aunque la oración de los afligidos no sea escuchada inmediatamente y ellos tengan que perseverar soportando la opresión y el sufrimiento, pueden cobrar nuevos ánimos pensando en la suerte del elegido, del Hijo y ungido de Dios. Jesús no recibe sin la cruz el título de elegido. Es manifestado como elegido, cuando en la transfiguración se proclama su camino de la gloria a través de la cruz; con este título es motejado Cristo en la cruz, porque a los judíos les parece imposible que el elegido sea un crucificado (Lc_23:35). Jesús es el elegido porque por la pasión va a la gloria. El camino del elegido deben seguirlo también los elegidos.

La oración perseverante de los elegidos oprimidos no deja de ser escuchada. Dios les hace justicia prontamente sin dilación; por los elegidos abrevia Dios los días difíciles (Mar_13:20-23). No se demora en prestar ayuda a sus elegidos (…). Llega la acción salvadora de Dios, la cual consiste en la nueva presencia de Jesús. No carece de sentido el que la Iglesia ore infinitas veces y sin desfallecer: «Venga a nosotros tu reino», el que cada año celebre el Adviento, el que se mantenga en vela en la celebración de la eucaristía, hasta que él venga (1Co_11:26).

……………

8b Sin embargo, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará acaso la fe sobre la tierra?

La Iglesia, en sus aprietos, invoca la venida del Hijo del hombre. Él vendrá; la oración es escuchada. Con la venida del Hijo del hombre se aguarda la redención. Que esta venida sea para salvación o para perdición, dependerá de la fe que el Hijo del hombre halle en los hombres cuando venga. La gran tentación en el tiempo de la tribulación es la de apostatar de la fe; esta tentación amenaza también a los elegidos. La elección no comunica una seguridad perezosa, sino que exige constantemente que se vuelva a tomar partido por el Dios que elige. Pablo aguarda con segura confianza la muerte y el juicio porque sabe que ha conservado la fe (2Ti_4:7). La palabra con que se cierra la exposición de la parábola es una pregunta seria dirigida a nosotros: Por Dios no queda, pero ¿y vosotros? Viene la salvación, pero no se otorga sin dura lucha (Lc_13:24), sin el mayor esfuerzo, sin perseverante fidelidad.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani –  1 y 2

(1) – PARÁBOLAS DE LA ORACIÓN PERTINAZ

«Orad siempre y sin cansaros… ¿Creéis que Dios no os hará justicia, aun no sea más que de cansado? (Lc. XVIII, 1).

Hemos visto en otra parte (Paráb. 25) las parábolas de la Oración Eficaz, y resuelto pro módulo la dificultad que suscitan; la dificultad insistente e insidiosa no es otra que su aparente contradicción con la experiencia. Estas dos parábolas del Amigo Insistente y la Viuda Fastidiosa tratan de la Oración Pertinaz, o sea Constante; que Cristo graciosamente equipara a la Pertinacia; como equipara el acceder a Dios, al cansancio; humanizando humorísticamente a Dios para uso nuestro. Con exageración sublime Cristo indica (y manda) que el hombre debe incluso «cansar a Dios» si fuera posible -y no cansarse él mismo de orar.

Estas dos típicas y graciosas anécdotas orientales refuerzan la solución de la dificultad: «a veces no se cumple la promesa de la Oración Eficaz». A veces no se cumple porque no oramos bastantemente constantes. Es obvio que no se tiene que cumplir cuando «pedimos mal»: cuando pedimos una piedra creyéndola un pan, o bien una sierpe creyéndola un pez, ya está dicho:

Si non asequistes, decíroslo he gratis

Fue, dissol’Sant’Yago, quia male petatis.

Así, uno de nuestros clásicos. Santiago el Menor dice en su Epístola (IV, 3) Pedís y no recibís, a causa de que pedís mal: quia male petatis; y este inciso en latín cita Cayetano Fernández en los versos ele sus «Fábulas Ascéticas» que he transcrito.

Después del Padrenuestro pone Lucas esta parábola:

– ¿Quién de vosotros no tiene un amigo, y va a su casa a medio noche y le dice: «Amigo, préstame tres panes, dos sábanas y una lata de «paté-de-foie» grande, porque me ha venido un huésped a casa ahora mismo y me agarró sin perros: ya sabes que aquí se viaja más bien de noche por el bárbaro calor del día; y éste es socio viejo y anda de viaje: y no se rehusa nunca entre nosotros hospitalidad a un viajero, más a un amigo; así que tengo que molestarte». Y el otro respondió: «¡Cuándo no! Tenías que ser vos. No hace quince días que te presté una tinaja de vino, y hasta ahora, tururú. Estoy durmiendo, querido». Mas el atribulado comenzó a batir la puerta, no ya con la palma, con un pedrusco, a decir: -¡Vamos, no seas haragán! Te aseguro que no tengo qué ponerle delante, mi mujer le está dando conversación, pero eso es poco para un hambriento, todavía si te pidiera un colchón o un cabrito, qué te cuesta levantarte y darme tres libretas; reduzco mi petición a tres panecillos». Y el otro: «A esta hora vaya despertar a los chicos que ni siquiera alcanzan a abrir la puerta que está con tranca y todo por tu maldita imprevisión; te lo he dicho mil veces, gaucho prevenido nunca fue vencido, y hace un fresquete de la madona y yo estoy refriado. ¿A esta hora se te ocurre venir?» Y el primero: «Justamente, el frío me está calando y no me voa ir de aquí hasta que me abras; y si me muero de frío, peor para vos, pues yo no tengo cara para presentarme de nuevo en casa sin nada; y te vaya picar la puerta a golpes». Y el otro: «¿No hay otro en esta calle que tenga panes y más que yo, para que me vengas a escorchar a estas horas?» Y el primero: «Ya siento que te estás levantando, menos mal, tus chicos ya los despertaste de todos modos con tus gritos, arrieros somos y en la senda estamos, déjate de rezuengos, mañana vaya hacer por vos lo mismo o más… si viene a mano». -«Pero vos sos lo que no hay: al amigo y al caballo, no cansallo. -Cállate, vago: que también hay otro refrán que dice: Amigo que no presta cuchillo que no corta, perderlo poco importa. Bueno, gracias por todo y perdón por la molestia… «

«De verdad os digo, -concluye Cristo- que si no se levanta y le presta por su amistad, por su improbidad se levantará y le dará todo lo necesario… » Y después añadió el sermoncito sobre la Oración Eficaz, con la parábola de la Sierpe y la Piedra, que hemos visto en otro lugar: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá …

Dicen los exégetas sutiles que el sermoncito es otra «perícopa» y que la parábola de la insistencia en el pedir se tiene por sí misma; pero no pueden negar que es el mismo tema y se complementan ambas. Yo creo que NO es otra perícopa.

La otra parábola es igualmente típica de las costumbres orientales, la moraleja es la misma, aunque más amplia al final y más clara al principio, y Dios es tipificado no ya en un amigo perezoso sino ¡en un juez inicuo! -que es como Él aparece a ratos a los ojos humanos; ¡y ha habido alguien que ha negado a Cristo «sentido del humor»! Ella dice así:

Había en una región (no en la Argentina, que allí no hay tal) un juez inicuo, acomodado y cínico «que no respetaba ni a Dios ni a los hombres», dice el texto y había una pobre viuda que iba cada día a pedirle justicia en su pleito. «Vindícame de mi adversario: soy una pobre viuda, me faltó mi hombre, tengo chicos, no sé administrar; y los «amigos» que tenía mi marido, en vez de ayudar cayeron a su muerte sobre nosotros como banda de buitres: esto quiero, esto no quiero, esto le presté y esto me lo debía. Y el que se daba por más amigo de mi finado se quedó con el maizalito y quiere quitarme la casa, alegando contrato de retrovendencia, enfiteusis y laudemia, que no existe, aunque no sé lo que es; y dejarme en la santa vía; y hace ya un mes que vengo aquí, y ésto es la muerte. En qué nación vivimos dónde se ha visto mire cómo son ustedes parece mentira para éso sirven los juzgados y ustedes dijeron que cuando subiera el Partido todo iba a andar bien y Moisés dice que hay que socorrer a las viudas y los «güérfanos», 86 veces nombra a las viudas en la Ley, y esa es la única religión verdadera, ayudar a las viudas y «güérfanos» en su tribulación y mantenerse inmaculado de este siglo; cosa que no hacen ni usté ni ninguno de los «pherizim», o sea «intransigentes»… El juez la mandó a echar de la sala al comenzar la soflama, que si pudo acabarla, fue porque el milico le tuvo lástima y el juez dijo a la sala: «Esa mala pécora zaparrastrosa, me ha dado una bofetada moral»; y ella le gritó desde la puerta: «Y te voy a dar otra; y esa no va a ser moral». Al otro día el milico por orden superior no la dejó entrar, y ella desde la puerta no más recitó hasta no dar más su cantilena. Al tercer día le cerraron la puerta y se las pasó golpeando con una muleta que traía. Así que el Mal Juez dijo: «Yo soy una persona que no teme a Dios ni al diablo tan siquiera; pero si ésta sigue, al final me va a dar knock-out, o me va a dejar groggy, porque es peor que el diablo. Le vaya fallar en pro aunque quede mal con el comité y se me enoje el mismo Embajador de Bélgica. También ese Síndaco se está abusando, un poco está bien, pero ya es por demás, hay límites; podía dejarle al menos la casa. Le vaya hacer devolver todo y sin mirar siquiera el expediente».

Eso del «knock-out» no es chiste mío sino del griego Lucas, que usa el verbo «ypoopspiatzo», término pugilístico que significa» derechazo en el ojo» (y la Vulgata traduce «sugellet», me va a señalar) que el pueblo usaba en el sentido de» dejar fuera de combate, quebrar la cabeza, pudrir la sangre». Por lo cual, doté a la viudita de una muleta, porque a mano limpia no es de creer lo pudiera al Juez.

He reconstruido la parábola al uso nápoli porque así lo recomienda un gran escriturista, el francés Buzy, pero no es nada probable que haya contenido más pormenores que los sobrios del Evangelista, aunque es cierto que esas pocas frases de Cristo evocaban en los oyentes toda la escena con mil detalles, pues les era familiar, y a nosotros no, porque en nuestro país no pasa eso: aquí si una viuda protesta, se va a lo mejor «a disposición del Poder Ejecutivo». «Y les decía esta parábola porque se debe siempre orar y nunca cansarse», dice Lucas al principio, y al final inesperadamente dice Cristo: «¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos que lo claman día y noche? Os aseguro que les hará pronto justicia. Empero, cuando el Hijo del Hombre vuelva, ¿creéis que hallará fe en la tierra? Este último versículo inesperado y como ilógico, amplía de golpe la perspectiva y lo proyecta a la situación más apretada de la Humanidad, a la Parusía.

Ningún intérprete católico deja de ver en este último versículo una referencia al fin del mundo; y bien está, pues entonces la oración importunando a Dios tendrá que ser casi desesperada. El racionalista Jülicher, que hace acerca de las parábolas una cantidad de facecias[1] sosas (es decir, chistes alemanes) escribe aquí: «Si en el fin del mundo ya no habrá fe ¿cómo van a orar con constancia? Es contradictorio». Habrá fe verdadera en pocos, los cuales orarán a toda furia y habrá en la mayoría falta de fe y adulteración de la fe, herejía y apostasía. El texto griego dice: ¿Pensáis que, viniendo, encontraré LA FE sobre la tierra? La fe estará como desaparecida; pero los pocos «escogidos» que quedarán han de orar de tal modo que lo harán retornar a Cristo.

Dios es pues como las mujeres, quiere ser importunado. Dice san Agustín: «Pulsa, dare vult. Et quod dare vult, differt, ut amplius desideres dilatum, me vilescat cito datum. Plus vult Ille dare quam nos accípere: Golpea, Él quiere dar, y lo que quiere dar lo dilata, para que desees más lo dilatado, y no se desprecie pronto dado. Más quiere Él dar que nosotros recibir». Y así, fuera del primer caso de oración no cumplida, porque se pide mal, hay el segundo caso, en que se pide poco. Cristo les dice a los Apóstoles la noche de la Pasión: «Hasta ahora no me habéis pedido nada» -y le habían pedido por lo menos tres cosas; pero no buenas: una tener los primeros asientos en su (soñado) Reino temporal; otra, que hiciese llover fuego del cielo sobre los samaritanos; tercia, que huyese de «su cáliz», de ir a Jerusalén a la muerte. «Hasta ahora no habéis pedido nada; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido».

Hay un tercer caso de petición no cumplida, en que se pide cosas buenas, y se pide con constancia y se pide toda la vida, inútilmente al parecer; es caso extraordinario. Es el caso de los puestos por Dios en la «noche oscura» de los místicos, que es una especie de purgatorio en vida. Hay dos noches oscuras en el camino místico, la noche oscura «del sentido», y la «del espíritu», que es mucho más dura, y no solamente se parece al purgatorio, sino que puramente lo es; y lo que en ella sufre el alma, según Juan de la Cruz, es indecible; y algunos (como pienso yo fue Soeren Kierkegaard) no salen nunca de ella. «¿Por qué? Dios lo sabe, yo no lo sé», dice el santo. También santa Teresa lo nota; que a algunos Dios los entra un paso en el camino místico pasivo y no los lleva más allá. Esta sí que fue perseverante en orar; y Dios la llevó más que más allá; me figuro que aun ahora está rezando por Buenos Aires, la ciudad pantanosa que co-fundó su hermano menor Rodrigo, «el más querido», el cual dejó sus huesos en esta tierra; y quizá descendientes, los Cepeda. Ahora sí que hay noche oscura aquí en Buenos Aires.

De suyo Dios da esa especie de «contemplación negra» para que el alma purgada salga a los grados supremos de la contemplación, que es como un anticipo leve del cielo; así como «la noche» lo es del Purgatorio. Naturalmente, los que están en esa oscuridad viva, como Jonás en el vientre de la ballena, piden a Dios salir de ella, piden la luz; y algunos como hemos visto, mueren pidiéndola. Mas no es vana su oración, pues cada paso que han de dar, lo ven, aunque no ven ni el sol ni el horizonte ni todo el camino: chispazos fugitivos los atraviesan, como dijo el otro poeta:

Estoy contento con mi mal destino

Y esta del corazón tan mala estrella

Que sin embargo alumbra mi camino

Y siempre indica una inmediata huella…

Kirkegor que fue un perpetuo Orante decía: «Cristo me curará de mi melancolía y podré ser párroco», y jamás lo curó, ni fue párroco. Pero un día escribe: «He tenido una suspensión de amor de Dios que no lo sé explicar, que no la podría. escribir, del todo extraordinaria e inesperada; que si dura, mi vida será un Paraíso». No duró. Son esos «chispazos» que dije.

Hoy día parecería que la noche oscura de la fe esté de moda en el mundo: así opinan los autores de una encuesta de «Les Etudes Carmelitaines» acerca de la vida de oración en los conventos de su Orden. También fuera de los conventos; además del nombrado arriba, me parece ver la señal de este estado místico (a veces no aceptado ni correspondido) en grandes ejemplos actuales, como Baudelaire, Rimbaud, Laforgue, Kafka, Nietzsche, quizá también en Bjorson, en León Bloy, en Van del’ Merck.

Siendo grandes poetas o escritores, expresaron el estado de su alma, que parece a las presas con algo sobrehumano, sitiada por una incomprensible ausencia y obsesión de Dios. La noche oscura es solamente el llamado a los estados místicos, a la «contemplación infusa», y de ella se puede no usar, o no usar bastante, o usar mal-como de toda gracia; lo que no se puede hacer es salir sin que Dios lo haga, como ni tampoco entrar.

He querido poner un ejemplo extremo de oración pertinaz a un Dios que se hace el Amigo Dormido, y aun el Juez Inicuo; pues los que entran en estas tinieblas vivas oran siempre y cumplen literalmente la orden de san Pablo: «Sin intermisión orad», que parece no hacedero en lo humano; y aunque a veces les parece que están ya condenados y dejados de la mano de Dios, aman a Dios también sin intermisión y claman a Él sordamente y a veces hasta con cuasi blasfemias, (libro de Job) desde el vientre tenebroso del monstruo.

¿Cómo sé yo esto? No solamente por los grandes místicos españoles, sino por Cristo mismo: Cristo oró toda la vida a su Padre que «apartase de Él ese cáliz» como lo hizo ostensible y tremendamente en el Huerto. Se puede decir que el hacerse hombre fue su noche oscura. Eso se ve en varios rasgos de su vida, por ejemplo, cuando le dijo a los dos Zebedeos: ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo?; en el enojo contra Pedro cuando lo exhortaba a huir de su Cáliz; y en la irritación que lo tomaba a veces y lo hacía decir: ¡Dios mío! ¿Hasta cuándo tendré que aguantar a esta generación bastarda y degradada? Su naturaleza humana repugnaba al dolor como cualquiera de las nuestras; y el Padre no lo escuchó hasta la Resurrección.

Oremos, pues, sin desesperar y sin cansarnos a santa Rita para que venga algún gobierno bueno a la Argentina.

(Castellani, Las parábolas de Cristo, Jauja Mendoza 1994, 215-21)

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[1] facecia. (Del lat. facetĭa). Chiste, donaire o cuento gracioso (DRAE).

(2)- PARÁBOLA DEL PAN Y LA PIEDRA (Mt. VII, 9)

«¿Quién de vosotros si le pide su hijo un pan le da una piedra; o si le pide un pez le da un áspid? Y si vosotros, siendo malos sabéis dar a vuestros hijos bienes, ¿cuánto más el Padre que está en los cielos?» (Mt. VII, 9)

Esta parábola, que está repetida y acompañada de otra graciosa parábola sobre la oración, en Lucas, indica la condición fundamental del orar cristiano, que es la plena confianza en Dios como en un Padre, mayor que los padres terrenos. Es menester, por un lado, que aquel a quien rogamos, quiera favorecernos; y por otro, que pueda; y la bondad y el poder no pueden fallar en Dios, si es el Padre Celeste; si ni siquiera fallan en la imperfecta paternidad humana. Eso dice aquí Cristo -y otra cosa más: Dios no nos va a dar a comer una piedra si se la pedimos creyéndola un pan; ni una víbora, si la creemos un pescado. El pan y la piedra se parecen y un miope, como somos todos, puede confundirse. No se parecen un pescado y una víbora; mas parece ser que en el mar de Galilea hay una culebra de agua, «tropidonatus tesselatus», que se parece a los peces y sale a veces entre ellos de las redes.

Sin oración no hay salvación: esta es una proposición absoluta y sin restricciones ni excepciones; pues no podemos salvarnos sin la gracia de Dios, dijo Cristo (“ni siquiera decir el nombre de Jesús con eficacia», dijo san Pablo) y la gracia se da únicamente por la oración. Es claro que Dios no niega a nadie al menos la gracia de orar. Es claro también que se puede orar de muchas maneras, y algunos incluso oran sin saberlo: sin ir a misa y sin decir el Padrenuestro; como oró el mártir musulmán Al Hallaj. «Es imposible que Dios deje suicidarse a uno que ora» -dije yo a un afligido y aterrorizado. Y es verdad «Dios aprieta pero no ahoga», dice… el Evangelio; pues ese refrán nació de la médula misma del Evangelio.

La oración es el eje de toda la vida cristiana; y ella postula e implica las otras dos partes de toda religión conocida, que son el dogma y la moral. Algunos filósofos añaden un cuarto integrante de la religión: el sacrificio. Pero el sacrificio es una parte de la oración, como veremos más tarde… si nos animamos; pues el sacrificio es un misterio inmenso. ¿Cómo se les pudo ocurrir a los humanos que destruir una cosa puede ser agradable a la Deidad; y cómo pudo surgir esa aberración de los sacrificios humanos, destruir una vida de hombre? Mas para nosotros el sacrificio está representado por la Eucaristía y la Misa; donde sólo se destruye (o más bien se sustituye) la sustancia del pan. Es el sacrificio incruento y manso de Melquisedec. Sin embargo, pende místicamente de la pasión y la transformación real del cuerpo de Cristo: parece ser que una destrucción real es la esencia del sacrificio, después de la Caída.

Además de la confianza, la oración demanda la perseverancia; como veremos en otra parte, simbolizada en otras dos parábolas de Lucas. Lucas es el Evangelista que más insiste sobre la oración, se complace en mostrarnos a Cristo orando, a Cristo saliendo de noche a orar, trepando una montaña para orar, enseñando a orar, exhortando a orar, y postrado bajo el peso de su tremenda oración en el Huerto; y es el que trae más oraciones vocales: el «magníficat», la oración de la Virgen; el cántico de Zacarías; la oración de Elizabeth y de Simeón; el laude de los Angeles en Belén; y varias breves oraciones exclamatorias o «jaculatorias» de Cristo. Y es el que pone en esta parábola una palabrita diferente que resuelve el tremendo enigma de la «oración eficaz».

Porque Cristo promete que la oración siempre será eficaz; y la experiencia parece no darnos eso. Todas las religiones, como está dicho, incluyen la oración; de modo que si Cristo se hubiese limitado a eso, no habría dificultad. Cristo dijo que orásemos constantemente e incluso sin intermisión (en cuanto es posible), que orásemos alegremente, que orásemos insistentemente e incluso imperfectamente, como la Viuda Fastidiosa y Amigo Porfiado. Hasta aquí no hay nada: Buda, Moisés y Mahoma dijeron lo mismo. El asunto comienza cuando Cristo dice: «De verdad os digo que todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, será hecho» y «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid pues para que recibáis, y vuestro gozo sea cumplido».

Estas promesas concretan demasiado para nuestro gusto (o poca fe) las otras indeterminadas que preceden esta parábola, a saber: «Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo aquel que pide recibe (alguna cosa), el que busca halla (algo) y al que llama le abren (a veces). En esta generalidad está bien: no dudamos de que Dios que hizo los oídos, tiene oídos, que no es malo, y que si le hablamos como a un padre, ALGO saldrá de eso, y eso no será inútil. Pero que «todo lo que pida será hecho», es patraña -dice nuestro sentido humano. ¡Si le habré pedido yo cosas que no salieron; y otras que salieron al revés! Incluso le pedía estos días sacar la lotería; que si Dios hiciese caso a cuantos le piden sacar la lotería, se acabaría la lotería; y quizá también se acaba el pueblo argentino, cuya fe parece estar puesta actualmente en interminables loterías, que llevan nombre raros: (por ejemplo, «golpe») en vez de poner fe en Dios, en la luz y en el esfuerzo. El pueblo argentino pide a Dios actualmente (o el porteño al menos) le resuelva las dificultades políticas y también las deficiencias morales (de las que dependen las otras) por medio de una inconmensurable lotería.

Estamos seguros que ha habido cristianos que han llevado una vida dura y requetedura hasta el fin, sin remisión: que han orado con fe, confianza, constancia, con «gemidos inenarrables» como san Pablo y aun con insolencias, como Job; que no veían por qué padecían, los motivos, el fruto el provecho de esos suplicios en la noche, que nadie habría de saber jamás; y que no levantaban, ennoblecían ni iluminaban sus almas, como dicen los libros de los filósofos… devotos, que hace SIEMPRE (y no es verdad) el sufrimiento; corno Ludwine o Ludovina o Luduina de Schiedsam -o sea Holanda- que fue canonizada; corno Kierkegaard que no será canonizado; como Baudelaire, que se salvó raspando y está aún en el Purgatorio, como se puede píamente conjeturar; y es «descanonizado» por medio mundo, comenzando por los doctores, que lo tienen por perverso y maldito. ¿De qué les valió la oración? En 1864 escribía Baudelaire al final de su palpitante diario «Mon coeur mis à nu» (Mi corazón desnudado): «Me juro a mí mismo tomar desde hoy las reglas siguientes por reglas eternas de mi vida:

«Hacer cada mañana mi oración a Dios, depósito de toda fuerza y toda justicia, a mi padre, a Marieta y a Poe, como intercesores; rogarles que me comuniquen la fuerza necesaria para llenar todos mis deberes y otorguen a mi madre una vida bastante para que goce de mi transformación; trabajar todo el día, o al menos, hasta donde alcancen mis fuerzas; confiar en Dios, es decir, en la Justicia misma, para el éxito de mis proyectos; hacer todas las tardes otra oración pidiendo a Dios la vida y las fuerzas para mi madre y para mí; hacer de todo lo que gane cuatro partes: -una para gastos cotidianos, una para mis acreedores, una para mis amigos, y la cuarta para mi madre-; obedecer a las normas de la más estricta sobriedad, la primera de las cuales es la supresión de todos los excitantes, sean los que fueren». Hasta aquí la última página del librito del genio, del albatros con las alas rotas.

«¡Reglas eternas! ¡Trabajar todo el día! ¡Todo lo que gane!…» Estaba herido de muerte y no escribió una línea más. Sus altivos proyectos eran humo: «Trabaja seis horas sin afloje. Para hallar temas, gnothe seautón (conócete a ti mismo). Sé siempre poeta, incluso en prosa. Gran estilo (nada hay más hermoso que el lugar común). Comienza por doquiera; y después sírvete de la lógica y el análisis. Cualquier hipótesis pide su conclusión. Encontrar el frenesí cotidiano… » ¡Qué ilusiones! ¡Pobre hombre! Estaba herido de parálisis general treponémica; y si realmente ella fue heredada y no culpable (como quieren ahora Fumet, Gonzaga Reynolds, y otros) el más grande de los poetas franceses fue quizás el más grande de todos los «Injusticiados» del mundo -menos Cristo.

¿De qué le sirvió la oración, dicen?

El había respondido de antemano, un tiempo antes, al escribir: «Se puede ser discreto y sin embargo buscar en Dios el cómplice y el amigo que siempre nos faltan. Dios es el eterno «confidente» en esta tragedia en que cada uno es el «héroe». Hay quizá asesinos y usureros que dicen al Señor: «Haced que mi próxima operación sea un éxito». Pero la oración de estos villanos no mancha el honor y el gozo de la mía…»

¿Y cuál era la suya?

Unos días antes: «No me castiguéis, Señor, en mi madre; y no castiguéis a mi madre por causa mía. Os encomiendo las almas de mi padre y de Marieta. Dadme la fuerza de hacer inmediatamente mi deber todos los días y de volverme así un héroe y un santo…» y después de esto, pide inspiración, poemas, productos, dinero, salud, si todo esto va bien con esa otra petición fundamental del Espíritu de Dios (que es preciso para ser «un héroe y un santo»). No iba bien con eso. No se le dio. Por lo cual hemos de creer que lo otro, el Espíritu Santo, sí se le dio. Para mí, se salvó seguro.

Esa es la palabrita iluminadora que pone san Lucas diferente de san Mateo. Mateo dice: «Si vosotros siendo malos sabéis dar bienes a vuestros hijos ¿no os dará el Padre de los cielos COSAS BUENAS, si se las pedís?» Pero Lucas, literalmente igual en lo otro, dice aquí: «No os dará el Padre Celeste SU ESPÍRITU BUENO, si se lo pedís?» Lo esencial, y que condiciona todo el resto, y por lo cual se ha de pedir el resto (todas las otras COSAS BUENAS, que al fin no son más que COSAS), es el Espíritu Santo, la gracia, la salvación. El resto es el «pan cotidiano» del Padrenuestro que también hay que pedir… después: en la cuarta petición. Si el Espíritu Santo mora en nosotros, entonces «Él rogará a Dios desde el fondo con gemidos inenarrables», y obtendremos todo lo que pidamos en Él: -lo que pida Él en realidad para nosotros; lo cual se hará infaliblemente: pues entonces Dios pide a Dios, y sabe lo que pide.

Si Dios escuchase materialmente todos nuestros caprichos, ocurrencias, deseos aun lícitos, e incluso santos, nos tendría que dar muchísimas veces una piedra en vez de un pan, y un áspid, que nosotros creemos pez. «Aut dabit quod petis aut quod nóverit melius»: todo está en cifra en esta fórmula de san Agustín: «O te dará lo que pides, o lo que Él sabe mejor». La verdad es que ese MEJOR que Dios da, a veces es terriblemente duro y oscuro. Yo creo que esa promesa de Cristo a los «apóstoles» coevos y futuros: «El que dejare por mí: padre, madre, bienes, mujer e hijos, yo le daré el ciento por uno en este siglo y después la vida eterna» (Mc. X, 28) es una regla general que tiene excepciones; que a algunos, como los que mencioné arriba, Cristo simplemente no les devuelve el ciento por uno en esta vida, porque los ve fuertes como para pasarlos sin más a la otra vida: «los hace hacer el purgatorio en esta vida», como dice santa Teresa de las monjas neurasténicas -y buenas; porque las neurasténicas malas, esas hacer pasar el Purgatorio a las demás. En suma, creo que existe el misterio de la Conjugación a la Pasión de Cristo, que han pasado muchos en este mundo, que lo han pedido o lo han aceptado, y han dado a Dios gracias… a la que salga y como podían. Esto no invalida la promesa de la «oración eficaz». Dios respondió a sus oraciones, lo mismo que a san Pablo: «Bástate mi gracia» -y la gracia basta y SOBRA. «Medida llena y colmada y sobrante y redundante y rebosante, os darán por vuestras buenas obras» -dice en otro lugar.

San Pablo padeció en su vida algo tremendo que él llama «aguijón en mi carne» y «bofetada de Satanás». Estas expresiones sugieren tentaciones carnales; no de las leves o de las medianas, sino de las «supremas», como sufrió san Alfonso Rodríguez lego jesuita y otro san Alfonso, el de Liguori, doctor de la Iglesia y fundador de órdenes, en sus últimos días, cuando era viejo, e incluso en su lecho de muerte: netamente diabólico, «bofetón de Satanás». Mas todos los escritores devotos del mundo se horrorizan de que san Pablo nientedimeno haya podido tener hambre de mujer, como si fuese culpa de él; y han inventado que el «aguijón en la carne» era la vergüenza y la timidez que le daba ser petiso -o bien, eran ataques epilépticos- o que sufría de reuma; o de sarna, si vamos a imaginar. Sea lo que fuere, la cuestión es que de ESO tan feo que es llamado «licencia de Dios al ángel de Satanás para que me abofetee», Pablo le pidió a Dios «con gemidos inenarrables» tres veces que se lo quitara; y el Señor le respondió tres veces: «Te basta mi gracia; pues la virtud en la enfermedad se robustece» -o como dice el texto griego «en la flaqueza se perfecciona».

Me dan ganas de hacer una parábola yo también: hubo un hombre que se pasó la vida pidiendo a Dios una cosa que era buena para él y los demás; o muchas cosas, mejor dicho. Oraba con constancia, pues hacía novenas tras novenas a los santos más reputados de la Corte Celestial; oraba con confianza, pues había sido abandonado por su padre y por su madre, y se había refugiado en Dios, de acuerdo a aquello: «Pater meus et mater mea dereliquerunt me, Deus autem suscepit me; que se puede traducir: mi Rector y mi Provincial me abandonaron, pero Dios me adoptó; -oraba con reverencia, porque componía continuamente prosa y verso para loar el nombre de Dios y hacerlo conocer; y resulta que nunca obtenía lo que pedía y siempre le iba de mal en peor; hasta que un día, ya viejo y cansado, pensó «¿ Qué le costaba a Dios haberme dado siquiera el dormir bien, que es una cosa que da a todos? Si Dios nos habla, y Dios se hizo hombre, tiene que hablarnos el lenguaje de los hombres; y en el lenguaje de los hombres yo debo decirle que conmigo no ha cumplido sus promesas. Las cumplirá en la otra vida, bien; pero yo estoy en esta vida y no en la otra; y ahora no tengo más remedio que pensar así». Se compadeció de él Dios; y esa noche le mandó un ángel en sueños que le mostró todo el mapa de su larga vida pasada; y él vio con asombro que todo lo que había pedido en serio a Dios, se había realizado de una manera secreta pero real. Estaba allí mirando estupefacto una cosa después de otra, como lechuza en jaula; y le dijo al Ángel: «¿Cómo es que no me he dado cuenta?» Dijo el Ángel sin enojo alguno: «Porque vos pedías como hombre, y Dios concedía como Dios». Dijo el soñador: «Jesucristo vino al mundo a salvar a los desagradecidos, de los cuales yo soy el principal». Después de lo cual, se murió; como les pasa a todos los que ven un Ángel.

Este fue Charles Baudelaire al fin de su vida: lo que le pidió en serio a Dios, Dios se lo había concedido. Le pidió hacer con sus negros días, su vida de «monje haragán» (Le Mauvais Maine) e incluso con sus pecados, un libro extraño y único, erizado y profundo. Y con sus días de «poeta maldito» escribió en efecto «Las flores del Mal» -un libro inmortal que no recomendamos a todos, sino a muy pocos; pero que a pesar de su título y de todos los pesares, es una gran libro católico comparable al «Infierno» de Dante, más un Infierno moderno.

Pues el saber fundamental del hombre lo da solamente la oración. Como dijo un frondizista:

En esta vida embromada

Sin chicha y sin limonada

El buen saber es la clave:

Quien sabe salvarse, sabe;

Y el que no, no sabe nada.

(Castellani, Las parábolas de Cristo, Jauja Mendoza 1994, 90-96)

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Homilía sobre la oración

1. Por dos razones conviene que admiremos a los siervos de Dios y los reputemos felices: porque pusieron la esperanza de su salvación en las santas oraciones, y porque conservando por escrito los himnos y adoraciones que con temor y gozo tributaron a Dios, nos transmitie­ron también a nosotros su tesoro, para poder arrastrar a su imitación a la posteridad. Porque es natural que pasen a los discípulos las costum­bres de los maestros, y que los discípulos de los profetas brillen como imitadores de su justicia, de suerte que en todo tiempo meditemos, roguemos, adoremos a Dios, y ésta tengamos por nuestra vida, ésta por nuestra salud y alegría; éste por el colmo y término de todos nuestros bienes, el rogar a Dios con el alma pura e incontaminada. Porque como a los cuerpos da luz el sol, así al alma la oración. Si, pues, para un ciego es grave daño el no ver el sol, ¿qué tal daño será para un cristiano el no orar constantemente, e introducir en el alma por la oración la lumbre de Cristo? ¿Y quién hay que no se espante y admire del amor que Dios manifiesta a los hombres cuando liberal­mente les concede tan grande honor, que no se desdeña de escuchar sus preces y trabar con ellos conversación amigable? Pues no con otro, sino con el mismo Dios hablamos en el tiempo de la oración, por medio de la cual nos unimos con los ángeles y nos separamos inmen­samente de lo que hay en nosotros común con los brutos irracionales. Que de ángeles es propia la oración, y aun sobrepuja a su dignidad, puesto que mejor que la dignidad angélica es el hablar con Dios; y que, como digo, sea mejor, ellos mismos nos lo enseñan, al ofrecerles las súplicas con grande temor, haciéndonos ver y aprender de este modo que es razón que cuantos se acercan a Dios lo hagan con gozo sí, pero también con temor; con temor, temblando no seamos indignos de la oración, y llenos al mismo tiempo de gozo por la grandeza del honor recibido: pues de tan extraña y singular providencia se reputa digno el género humano, que podemos gozar continuamente de la conversación con Dios, por medio de la cual hasta dejamos de ser mortales y caducos, mientras por una parte permanecemos mortales por naturaleza, y por otra con la conversación con Dios nos traslada­mos a una vida inmortal.

2. En efecto; es necesario que el que conversa con Dios llegue a ser superior a la muerte y a toda corrupción; y como es absolutamente preciso que quien goza de los rayos del sol esté alejado de las tinie­blas, así es absolutamente necesario que quien disfruta del trato divi­no no sea ya mortal, porque la misma grandeza del honor le traspasa a la inmortalidad; pues si es imposible que los que hablan con el rey y son de él estimados sean pobres, muchísimo más lo es que los que ruegan a Dios y le hablan tenga almas expuestas a la muerte; pues la muerte de las almas es la impiedad y la vida sin ley; como al contra­rio, su vida es el servicio de Dios, y el modo de obrar conforma a él; y la vida santa y conforme al servicio de Dios, claro es que la oración la produce y maravillosamente la guarda como un tesoro en nuestras almas; porque sea que uno ame la virginidad; sea que se esfuerce por guardar la moderación propia del matrimonio, o por superar la ira, o por familiarizarse con la mansedumbre, o por vencer la envidia, o por cumplir cualquiera otro deber, teniendo por guía a la oración que le vaya allanando la senda del modo de vivir que haya escogido, hallará expedita y fácil la carrera de la piedad. No es posible, no, que los que piden a Dios el don de la templanza, de la justicia, de la mansedumbre, de la benignidad, no consigan su súplica; porque pedid, dice, y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama a la puerta se le abrirá (Mt., 7, 7); y en otra parte de nuevo: ¿Quién de vosotros hay, dice, que si su hijo le pide pan le dé una piedra? ¿O si le pide un pez le dé una serpiente? Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos dones buenos, ¿cuánto más vuestro Padres celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? (Lc., 11, 11-13).

Con tales palabras y esperanzas nos exhortó a la oración el Señor de todo lo criado; y a nosotros nos conviene vivir siempre obedientes a Dios, ofreciéndole himnos de alabanza y oraciones con mayor cui­dado del culto divino que de nuestra propia alma; porque así podre­mos vivir siempre una vida digna de hombres; que el que no ruega a Dios, ni ansía constantemente gozar de la divina conversación, está muerto y sin alma, y no tiene del todo sano el seso; porque esta misma es ya la mayor señal de insensatez, el no conocer la grandeza de este honor, ni amar la oración, ni tener por muerte del alma el no postrarse delante de Dios. Pues claro está, que así como este nuestro cuerpo, cuando le falta el alma, queda muerto y fétido, así cuando el alma no se mueve a si misma a la oración, muerta está ya, y misera­ble, y fétida. Y que se deba tener por más acerbo que cualquiera muerte el verse privado de la oración, hermosamente nos lo enseña el gran Profeta Daniel, al elegir antes la muerte, que estar por tres solos días privado de la oración; pues no le mandó el rey de los persas cometer ninguna impiedad, sino quiso ver tan sólo [si en el espacio de tres (treinta) días se hallaba alguno que pidiese nada a ninguno de los dioses, si no era al mismo rey] (Dan., 4). Porque si Dios no se inclina hacia nosotros, ningún bien descenderá a nuestras almas; pero el incli­narse Dios a nosotros maravillosamente alivia nuestros trabajos, si nos ve amar la oración y rogar constantemente a su Majestad, y tener puesta nuestra esperanza en que de allí han de descender a nosotros todos los bienes.

3. Por esto, cuando veo a alguno que no ama la oración, y que no siente hacia ella un afecto encendido y vehemente, ya para mí es cosa manifiesta, que el tal no abriga en su alma nada de grande y generoso; pero cuando veo a uno que no se harta de dar culto a Dios, y juzga el no orar continuamente por el mayor de los daños, conjeturo que el tal es un fiel y firme practicador de todas las virtudes, y templo de Dios. Porque si el vestido del hombre, y el caminar de sus pies, y la risa de sus dientes dicen ya quién es, según el sabio Salomón (Ecle. 19, 29), mucho más la oración y culto de Dios es señal de toda justicia, sien­do, como es, una vestidura espiritual y divina, que presta a nuestras mentes mucha hermosura y belleza, modera la vida de cada uno, no permite que nada malo ni impertinente se apodere del alma y nos persuade que reverenciemos a Dios y estimemos el honor que nos concede, nos enseña a arrojar lejos de nosotros todas las seducciones del malvado (enemigo), desecha todos los pensamientos torpes y ne­cios, y hace a nuestras almas despreciadoras del deleite. Porque éste es el único orgullo que conviene a los adoradores de Cristo, el no ser esclavos de nada torpe, sino conservar el ánimo en libertad y vida inmaculada. Y que sin oración sea imposible pasar y terminar virtuo­samente la vida, creo verdad a todos manifiesta.

4. Porque ¿cómo habrá de ejercitar la virtud, no acudiendo y rindien­do adoración constantemente al suministrador y dador de ella? Y ¿cómo habrá de desear uno ser templado y justo, no conversando dulcemente con el que de nosotros pide esto y mucho más? Y ahora quiero brevemente demostraros que, aunque al orar estemos llenos de pecados, la oración nos limpiará de ellos en breve. Porque, ¿qué cosa puede haber o mayor o más divina que la oración, que no parece sino un como contraveneno para los que tienen el alma enferma? Los ninivitas son los primeros que se nos presentan absueltos, por medio de la oración, de muchos pecados contra Dios; porque una misma cosa fue apoderarse de ellos la oración, y hacerles justos, y corregir al punto la ciudad hecha ya a la liviandad, y a la maldad, y a la vida sin freno, venciendo la antigua costumbre, llenando a la ciudad de leyes celestiales, y llevando consigo la templanza, y la caridad y la mansedumbre, y el cuidado de los pobres; porque no sufre habitar en las almas sin estas virtudes; antes cualquier alma en que reside la llena de toda justicia, adiestrándola para la virtud, y expulsando de ella la maldad. Y cierto, que si entonces hubiera entrado en la ciudad de Nínive alguno que la conociera bien de antes, no la reconocería: tan repentino fue el salto que dio del vicio a la virtud.

Así como a una mujer pobre y vilmente vestida no la reconocería uno si la viera después adornada con vestidura de oro, así, quien viera primero aquella ciudad mendigando y vacía de tesoros espirituales, la desconocería por completo, después que de tal suerte la logró trans­formar la oración, dirigiendo a la virtud sus costumbre y vida viciosa.

Hubo asimismo una mujer que, habiendo empleado todo el tiempo en la intemperancia y lascivia, apenas se postró a los pies de Cristo cuando alcanzó la salvación. (Lc., 7, 37).

Fuera de esto, no solamente limpia la oración el alma de pecados, sino que además aleja de muchos peligros. Así es que aquel rey y al mismo tiempo profeta admirable David ahuyentó con la oración mu­chas y temibles guerras, poniendo este sólo resguardo para el ejército, y logrando de este modo para sus soldados juntamente la paz y la victoria.

Así como otros reyes suelen poner la esperanza de su salvación en la pericia de los militantes, en el arte de la guerra, en los saeteros, en los soldados de a pie y de a caballo; así el admirable David rodeó a su ejército por toda defensa con la muralla de la oración, ni reparaba en el valor de los generales, tribunos y centuriones; antes sin recoger dinero, sin preparar armas, lograba con la oración las armas del cielo. Porque verdaderamente es armadura celestial la oración que se derra­ma delante de Dios, y es la única que defiende por completo a los que se ponen en sus divinas manos. Puesto que la robustez y la destreza en sorprender al enemigo muchas veces quedan fallidas y frustradas, o por los lances de la guerra, o por la seguridad de los adversarios, o por otras muchas causas; pero la oración es armadura inexpugnable y segurísima, y nunca hace traición, y tan fácilmente rechaza a un ene­migo como a innumerables millares. Y, en efecto, el admirable David, de quien acabamos de hablar, cuando se lanzó sobre él, como un formidable demonio, aquel gigante Goliat (1 Re, 7), le derribó, no con armas y espadas, sino con oraciones; tan poderosa arma es la oración para los reyes en las batallas, contra los enemigos. Pues bien; el mismo poder tiene esta arma para nosotros contra los demonios.

Así mismo el rey Ezequías triunfó en la guerra de los Persas, no ciertamente armando al ejército, sino oponiendo solamente la oración a la muchedumbre de sus enemigos. Así también evitó la muerte postrándose ante Dios con la debida reverencia; y sólo la oración concedió al rey la gracia de la vida.

Y que al alma pecadora fácilmente purifica la oración, nos lo demuestra el publicano que pidió a Dios la remisión de sus culpas y la consiguió; nos lo demuestra el leproso, que apenas se postró ante Dios, cuando quedó limpio; que si Dios curó al punto al que tenía corrupción en su cuerpo, ¿cuánto más benignamente dará la salud a una alma enferma? porque cuanto el alma es más de estimar que el cuerpo, tanto es más conforme que Dios muestre mayor cuidado de ella. Mil otras cosas se pudieran decir, tanto de las historias antiguas como modernas, si se pretendiera enumerar a todos los que por la oración han sido salvos.

5. Pero quizás alguno de los más perezosos y de los que no quieren orar con cuidado y empeño, se persuadirá que Dios dijo también aquellas palabras: No todo el que dice Señor, Señor entrará en el reino los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt., 7, 21). Cierto, si yo juzgara que la oración por si sola basta para nuestra salvación, con razón podría alguno hacer uso contra mí de esas palabras; pero diciendo, como digo, que la oración es como la cabeza de todos los bienes, y fundamento y raíz de una vida provechosa, nadie por pretexto de su pereza se defienda con semejantes palabras; porque no sólo la temperancia puede salvarnos sin los otros bienes, ni el cuidado de los pobres, ni la bondad, ni cosa alguna de las que se pueden desear, sino que conviene que todas juntas entren en nuestras almas; pero la oración está debajo de todas como raíz y base; y así como a una nave y a una casa las partes que están debajo las consolidan y sostienen, de la misma manera las ora­ciones fortalecen nuestra vida, y sin ellas nada habría en nosotros de bueno y saludable.

6. Por esto San Pablo nos urge constantemente, exhortándonos y diciéndonos: Perseverad en la oración, velando en ella en acción de gracias (Col., 7); y en otro lugar: Orad sin intermisión dando gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios (1 Tes., 5, 17, 18). Y en otra parte de nuevo: Orad en toda ocasión en espíritu, velando en él con toda perseverancia y súplicas (Ef. 6, 18). Con tantas y tan divinas voces nos exhortaba a la oración continuamente aquel caudillo de los apóstoles.

Conviene, pues, que amaestrados por él pasemos la vida en ora­ción, y demos continuamente este riego a nuestras almas, pues no menos necesitamos de la oración los hombres que de agua los árboles; porque ni estos pueden producir sus frutos si no beben por las raíces, ni nosotros podremos dar los preciosísimos frutos de la piedad, si no recibirnos el riego de la oración. Conviene, pues, que al levantarnos del lecho nos adelantemos siempre al sol en dar culto a Dios, y que al sentarnos a la mesa y al irnos a acostar, y mejor todavía cada hora, ofrezcamos a Dios una oración, y corramos de esta manera la misma carrera que el día; y que en tiempo de invierno empleemos la mayor parte de la noche en oraciones, y doblando las rodillas, con gran temor instemos en la oración, y nos juzguemos felices en dar culto a Dios.

Dime: ¿cómo verás al sol, sin adorar al que envía a tus ojos su dulcísima lumbre? ¿Cómo disfrutarás de la mesa, sin adorar al que te da y regala tantos bienes? ¿Con qué esperanza llegarás al tiempo de la noche? ¿Con qué sueños piensas ocuparte, no amurallándote con la oración, y yendo a dormir desprevenido? Despreciable y fácil presa parecerás a los demonios que andan siempre alrededor acechando una ocasión en nuestro daño, y mirando a quien podrán hallar privado de la oración, para en seguida arrebatarle.

Pero si nos viere defendidos con oraciones, huyen al punto, como los ladrones y malvados cuando ven pender sobre sus cabezas la espada del soldado; pero quien se encuentra desnudo de la oración, arrebatado por los demonios, es arrastrado y empujado a los pecados y calamidades y todo mal. Conviene, pues, que nosotros, temerosos de tan grave daño, siempre nos defendamos con himnos y oraciones, para que compadecido Dios de todos, nos haga dignos del reino de los cielos por su Hijo Unigénito, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Crisóstomo, Homilía primera sobre la oración, 1-6, Homilías Selectas, II, Apostolado Mariano Sevilla 1991, 109-115

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.        San Agustín

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA ORACIÓN DE SÚPLICA

En la parábola que acabamos de escuchar el Señor compara el tesón de una pobre viuda que, una y otra vez, solicitaba justicia ante el juez prevaricador, con la perseverancia que debemos tener cuando pedimos algo en la oración.

Se trata de la oración de súplica, por la cual peticionamos algu­na gracia que esperamos de la bondad de Dios. En su espléndido comentario al Padre nuestro, que es la oración por excelencia, el modelo de toda plegaria, enseña Santo Tomás que este modo de orar ha de estar revestido de algunas cualidades ineludibles, si queremos de veras ser escuchados favorablemente por Dios. La oración deberá ser «confiada, recta, ordenada, devota y humil­de». Expliquemos sucintamente algunas de estas condiciones.

Ante todo, nuestra plegaria habrá de ser confiada, es decir que, como enseña San Agustín, la hemos de dirigir a Dios con «cierta confianza de que vamos a alcanzar lo que pedimos». El mismo Jesucristo nos exhortó a ello al decimos: «Cuando pidáis algo en la oración, creed que ya lo tenéis y la conseguiréis». Pero esta confianza que nos recomienda el mismo Hijo de Dios -el que mejor conoce al Padre a quien nuestra plegaria se dirige-, no es un voluntarismo ciego, como la fe fiducial de los protestantes, sino que se basa sólidamente en lo que sabemos acerca de Dios, tal cual El mismo se nos ha manifestado. En efecto, la revelación nos enseña que uno de los atributos divinos es la bondad, y que la bondad de Dios se complace en difundirse entre los hombres a quienes tanto ama. Asimismo, no podemos olvidar otro de los calificativos con que nombramos a Dios, a quien no en vano lo invocamos como Todopoderoso u Omnipotente, indicando así la fuerza infinita de su poder, que todo lo que quiere lo hace. La bondad divina, conjugada con su inmenso poder, nos muestra que confiar en el otorgamiento de sus favores no constituye nin­gún acto de temeridad infundada, sino una actitud muy razona­ble y conforme con el ser de Dios.

La oración ha de ser también ordenada. Por esto quiere sig­nificarse que en nuestras peticiones a Dios hemos de atender el orden de la caridad. Debemos asegurarnos, por sobre todo, los bienes eternos, y entre ellos, antes que nada, la perseverancia final, que es condición indispensable para la felicidad del cielo. Luego hemos de pedir las virtudes y las gracias actuales que ne­cesitamos para vivir conforme a la voluntad de Dios, induyendo dentro de este pedido el rechazo de las tentaciones y el consi­guiente triunfo sobre las pasiones desordenadas.

También podemos pedir, claro está, cosas materiales, pero con tal de que su obtención sea conforme a la voluntad de Dios y, sobre todo, constituya un verdadero bien para nosotros. Qui­zás uno de los bienes materiales que más se suele pedir es el bienestar económico. Ello no siempre será conveniente ya que, como el mismo Jesucristo nos enseña en el Evangelio, con fre­cuencia las riquezas son ocasión de pecado, según advertimos en la parábola del hijo pródigo. Otra de las cosas muy solicitadas es la salud. La experiencia nos enseña el poder santificador de la enfermedad y del dolor que muchas veces nos acercan a Dios y producen la conversión del alma. No deja de ser elocuente el ejemplo de San Ignacio de Loyola, hombre dado a las vanidades del mundo, que en una larga y penosa convalecencia encontró el camino de la conversión, llegando a ser el santo que la Iglesia venera. Por eso cuando en la oración pedimos algo material, siempre ha de ser con la condición implícita de que ello sea conforme al plan divino y de que aceptemos plenamente, con santa indiferencia, que el Señor difiera o niegue lo que pedimos.

Pero la oración ha de ser sobre todo perseverante y esto es lo que principalmente quiere mostrarnos la parábola de hoy. La perseverancia es el hábito que vigoriza la voluntad para que no abandone el camino del bien, en este caso, de la oración. An­tídoto contra el cansancio y la rutina espirituales que pueden esterilizar las mejores intenciones, nos ayuda a permanecer inquebrantablemente en el esfuerzo emprendido uno y otro día, sin desfallecer jamás.

Considerando esta virtud, es lícito que nos preguntemos cuál es la causa del retardo divino que hace necesaria la perseveran­cia. ¿Acaso no hemos dicho que Dios es Bueno y Todopodero­so? ¿Por qué, entonces, nos hace esperar? Ciertamente que es Bueno y Omnipotente. La demora que a veces debemos sopor­tar no se debe a alguna imperfección divina sino a nuestro propio bien espiritual. Insistiendo en la oración, encontramos un motivo para prolongar nuestro trato con el Señor, para hacer asidua nuestra relación amistosa con Él y, en definitiva, para que ya en el acto mismo de pedir, y aun antes de concedida la gracia, comencemos a experimentar los efectos santificadores de la bondad divina porque, como bien enseña Santo Tomás, «la oración nos hace por sí misma amigos de Dios».

Otra razón que podemos descubrir en esta pausa que a veces se nos impone es el deseo que Dios tiene de que sepamos valorar debidamente lo que solicitamos. Refiriéndose a este tema, decía San Agustín: «Difiere darte lo que quiere darte, para que más apetezcas lo diferido; que suele no apreciarse lo aprisa concedi­do». Por último, también hemos de tener en cuenta que en algunos casos Dios nos hace esperar siempre, sin concedemos nunca lo que pedimos, no porque no nos oiga, como fácilmente suponemos, sino porque lo que pedimos no nos conviene, sea porque nos facilitará algún mal, sea porque impedirá la consecu­ción de algún bien mayor que Él tiene dispuesto para nosotros. «Vosotros no tenéis porque no pedís. O bien, pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasio­nes», dice el apóstol Santiago.

Cuando recordábamos poco antes qué cosas debemos pedir, pusimos ante todo los bienes espirituales. Un lugar preponde­rante entre ellos lo ocupa la fe, a que se refiere el Señor al cerrar el texto de hoy: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?». Profecía tremenda, que nos ubica frente al misterio magnífico y terrible de la Parusía, la segunda venida de Cristo, que esperamos ansiosos para que se haga patente el triun­fo total y absoluto del misterio pascual sobre todos los enemigos de la Cruz. En el Apocalipsis, San Juan nos adelanta que una de las características de los últimos tiempos será la apostasía gene­ralizada. Sometidos a las terribles presiones del poder del Anticris­to y sus secuaces, muchos hombres perderán la fe, abandonando al verdadero Dios. Pero junto a este desolador panorama espiri­tual, debemos recordar las esperanzadoras palabras de Jesucris­to, que aseguran su asistencia permanente a la Iglesia: «Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos», «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Habrá entonces grandes peligros para la fidelidad, pero el Señor acompañará con su gracia a los que sepan resistir hasta el fin en medio de los adversarios. Com­prendemos ahora muy bien por qué en el evangelio de hoy se nos habla de las pruebas que sufrirá la fe, al mismo tiempo que se nos recomienda orar sin interrupción. La plegaria perseverante, que golpea el corazón de nuestro Padre, una y otra vez, nos va a asegurar la gracia para «permanecer fieles a la doctrina», como hemos escuchado en la segunda lectura. No se trata, pues, de una mera recomendación para mejorar nuestra vida espiritual, sino de una verdadera necesidad para llegar a la unión con Dios.

Como enseña San Alfonso María de Ligorio: «El que reza se salva, y el que no se condena». Vamos ahora a continuar la Santa Misa que traerá en medio de nosotros al que es «ayer, hoy y siempre», al que no se retira, no se acobarda ni flaquea, presa del cansancio, porque como Dios que es, está siempre y constantemente presente en todas las cosas y en todas las almas. Le vamos a pedir al Señor que nos mantenga inquebrantablemente unidos a Él, sin desfallecer ni claudicar, para que de esta vida terrenal, donde lo seguimos en la obscuridad de la fe, nos lleve a la gloria celestial, donde lo veremos cara a cara, tal cual es, y seremos felices para siempre.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 286-290)

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Juan Pablo II

 

«Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8). Las palabras pronunciadas por Cristo, al formular esta pregunta, contienen una especie de desafío a la Iglesia de todos los tiempos. La Iglesia es misionera cuando acoge con fe, con esperanza y con caridad la Palabra de Dios: esta palabra que es «viva, eficaz y escruta los sentimientos y los pensamientos del corazón» (cfr. Hb 4,12).

La Iglesia vive a la luz de esta Palabra. Vive y se renueva con el poder de esta Palabra. El poder de la Palabra de Dios se funda en la Verdad -en la Verdad definitiva, porque es también la primera-. En la Verdad absoluta, es decir, en una verdad en la que «se recapitulan» todas las verdades que derivan de ella, las verdades humanas. En la verdad como tal, absolutamente sencilla y límpida, que resulta accesible a los «pequeños», que se revela a todos los hombres «puros de corazón» y de buena voluntad, como Jesús nos ha enseñado en su Evangelio… ¡El poder de la Palabra de Dios está en la verdad y está en la misión!

Aunque está por encima de las inteligencias y de los corazones, ella es la verdad salvífica, es la Buena Nueva. Dios llega con ella hasta la Creación. Llega hasta el hombre. Dios confía esta verdad salvífica al Hijo y al Espíritu Santo, que son de la misma naturaleza que el Padre, y enviados por Él. La Iglesia permanece «in statu missionis» encontrándose incesantemente con esta divina Mensajera -es decir, la Verdad- y con la misión del Hijo en el Espíritu Santo de parte del Padre.

La santidad es ese «levantar los ojos hacia los montes», de que habla el Salmo responsorial (cfr. Sal 120/121,1): es la intimidad con el padre que está en los cielos; la intimidad con el Espíritu Santo mediante Cristo. En esta intimidad vive el hombre, consciente de su camino, que tiene sus límites y sus dificultades: el hombre que mira con confianza hacia Dios.

Santidad es la conciencia de estar «custodiados». Custodiados por Dios. El Santo conoce muy bien su fragilidad, la precariedad de su existencia, de sus capacidades. Pero no se asusta. Se siente igualmente seguro. Confía en el hecho de que Dios «no permitirá que resbale su pie, que lo guardará a su sombra, que lo guardará de todo mal» (cfr. Sal 120/121,3.5.7.8). No obstante, los santos sienten muchas tinieblas en sí mismos, sienten que están hechos para la Verdad. Para Dios-Verdad. Y ciertamente, en su vida dan cada día más espacio a esta Verdad.

De aquí nace esta seguridad que los distingue: donde los otros vacilan, ellos resisten. Donde los otros dudan, ellos ven claro. La santidad quiere decir también tener las manos alzadas en plegaria a Dios, mientras alrededor se desarrolla un combate, mientras continúa la lucha entre el bien y el mal. A primera vista puede parecer que el compromiso de la contemplación y de la oración nos aleja de las luchas de la vida, como si fuese una renuncia a combatir. Pero quien piensa así no conoce el poder de la oración, tal como aparece claramente en la Primera lectura de la Misa.

(Homilía en la beatificación de Teresa María de la Cruz, Florencia, 19 de octubre de 1086)

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Francisco p.p.

 

En el Evangelio de hoy Jesús relata una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin cansarnos. La protagonista es una viuda que, a fuerza de suplicar a un juez deshonesto, logra que se le haga justicia en su favor. Y Jesús concluye: si la viuda logró convencer a ese juez, ¿pensáis que Dios no nos escucha a nosotros, si le pedimos con insistencia? La expresión de Jesús es muy fuerte: «Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante Él día y noche?» (Lc 18, 7).

«Clamar día y noche» a Dios. Nos impresiona esta imagen de la oración. Pero preguntémonos: ¿por qué Dios quiere esto? ¿No conoce Él ya nuestras necesidades? ¿Qué sentido tiene «insistir» con Dios?

Esta es una buena pregunta, que nos hace profundizar en un aspecto muy importante de la fe: Dios nos invita a orar con insistencia no porque no sabe lo que necesitamos, o porque no nos escucha. Al contrario, Él escucha siempre y conoce todo sobre nosotros, con amor. En nuestro camino cotidiano, especialmente en las dificultades, en la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos, está a nuestro lado; nosotros luchamos con Él a nuestro lado, y nuestra arma es precisamente la oración, que nos hace sentir su presencia junto a nosotros, su misericordia, también su ayuda. Pero la lucha contra el mal es dura y larga, requiere paciencia y resistencia —como Moisés, que debía tener los brazos levantados para que su pueblo pudiera vencer (cf. Ex 17, 8-13). Es así: hay una lucha que conducir cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe. Por ello Jesús nos asegura la victoria, pero al final se pregunta: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Si se apaga la fe, se apaga la oración, y nosotros caminamos en la oscuridad, nos extraviamos en el camino de la vida.

Por lo tanto, aprendamos de la viuda del Evangelio a orar siempre, sin cansarnos. ¡Era valiente esta viuda! Sabía luchar por sus hijos. Pienso en muchas mujeres que luchan por su familia, que rezan, que no se cansan nunca. Un recuerdo hoy, de todos nosotros, para estas mujeres que, con su actitud, nos dan un auténtico testimonio de fe, de valor, un modelo de oración. ¡Un recuerdo para ellas! Rezar siempre, pero no para convencer al Señor a fuerza de palabras. Él conoce mejor que nosotros aquello que necesitamos. La oración perseverante es más bien expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, en cada momento, para vencer el mal con el bien.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 20 de octubre de 2013)

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San Agustín


La oración continua

1. La lectura del santo Evangelio nos impulsa a orar y a creer y a no presumir de nosotros, sino del Señor. ¿Qué mejor exhortación a la oración que el que se nos haya propuesto esta parábola sobre el juez inicuo? Un juez inicuo, que ni temía a Dios ni respetaba al hombre, escuchó, sin embargo, a una viuda que le importunaba, vencido por el hastío, no movido por la piedad. Si, pues, escuchó quien no soportaba el que se le suplicase, ¿de qué manera escuchará quien nos exhorta a que oremos? Después de habernos persuadido el Señor mediante esta comparación, con un argumento por contraste, de que conviene orar siempre y no desfallecer, añadió lo siguiente: Sin embargo, ¿crees que cuando venga el Hijo del hombre encontrará fe en la tierra? Si la fe flaquea, la oración perece. ¿Quién hay que ore si no cree? Por esto, el bienaventurado Apóstol, exhortando a orar, decía: Cualquiera que invocare el nombre del Señor, será salvo. Y para mostrar que la fe es la fuente de la oración y que no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua, añadió: ¿Cómo van a invocar a Aquel en quien no creyeron? Creamos, pues, para poder orar. Y para que no decaiga la fe mediante la cual oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye suplica firmeza para la misma fe. Para que la fe no decayese en medio de las tentaciones, dijo el Señor: Vigilad y orad para que no entréis en tentación. Vigilad, dijo, y orad para que no entréis en tentación. ¿Qué es entrar en tentación sino salirse de la fe? En tanto avanza la tentación en cuanto decae la fe. En tanto decae la tentación en cuanto avanza la fe. Más para que vuestra caridad vea más claramente que el Señor dijo: Vigilad y orad para que no entréis en tentación, refiriéndose a la fe, para que no decayese ni pereciese, dice el Evangelio en el mismo lugar: Esta noche pidió Satanás ahecharos como trigo; yo he rogado por ti, Pedro, para que tu fe no decaiga. ¿Ruega quien defiende, y no ruega quien se halla en peligro? Las palabras del Señor: ¿Creéis que cuando venga el Hijo del hombre encontrará fe en la tierra? se refieren a la fe perfecta. Esta apenas se encuentra en la tierra. La Iglesia de Dios está llena de ella; si no existiese fe ninguna, ¿quién se acercaría a ella? ¿Quién no trasladaría los montes si la fe fuese plena? Pon tu atención en los mismos apóstoles. No hubiesen seguido al Señor, tras haber abandonado todo y pisoteado toda esperanza humana, si no hubiesen poseído una gran fe. Por otra parte, si hubiesen tenido una fe plena, no habrían dicho al Señor: Auméntanos la fe. Piensa también en aquel otro que confesaba respecto a sí mismo una y otra cosa; considera su fe y la no plenitud de la misma. Habiendo presentado a su hijo al Señor para que se lo sanase, al ser interrogado si creía, contestó afirmando: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad. Creo, dijo; creo, Señor: luego existe la fe. Pero ayuda mi incredulidad: luego no es plena la fe.

San Agustín, Obras Completas, X-2º, Sermones, BAC, Madrid, 1983, Pág. 868-70

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Rezar bien

Lc 18, 1-8

            La oración es esencial en la vida del hombre. Tiene ciertas condiciones: que sea humilde, confiada, que se pidan cosas buenas y que sea perseverante.

El Evangelio de hoy nos enseña una de las condiciones de la oración: la perseverancia. Dice el evangelista Lucas que les propuso una parábola “para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer”, la parábola del juez inicuo y la viuda inoportuna. En otra ocasión les enseñó esta condición de la perseverancia por medio de otra parábola: la del amigo inoportuno[1].

La oración es fundamental para nuestra vida espiritual. Nos libra de las dificultades, nos consigue lo que necesitamos, nos ayuda a unirnos con Dios.

Moisés oraba con las manos en alto[2].

Orar con las manos en alto y mirando al cielo… Es reconocer el señorío de Dios. Dios, nuestro Creador, es merecedor de nuestra confianza y por eso a Él acudimos pidiendo ayuda y también a Él agradecemos por tantos bienes recibidos.

            La oración es un acto de humildad por el que reconocemos nuestra indigencia y la necesidad de Dios.

            La oración es un acto de religión. “Que mi oración sea como incienso para ti, mis manos alzadas, como ofrenda de la tarde”[3]. La oración en el Antiguo Testamento se equiparaba al sacrificio y era como el incienso aromático ofrecido a Dios. Es decir, es un acto de religión. Por la oración el hombre se somete a Dios y confiesa la necesidad que tiene de Él, como de autor de todos sus bienes[4].

            Orar con las manos en alto: para vencer a nuestros enemigos y para salir victoriosos en la tentación. No sólo es necesario orar cuando vemos que la tentación se acerca sino también mientras estamos tentados. Mientras dure la tentación tenemos que pedir ayuda a Dios. Decirle muchas veces “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del Malo”. No bajemos los brazos hasta que nuestros enemigos sean vencidos. La oración perseverante nos ayuda a vencer la tentación, “velad y orad, para que no caigáis en tentación”[5], les decía el Señor a sus discípulos, porque cuando no oramos caemos en la tentación y corre riesgo nuestra fe. El hombre de fe que no reza bien termina perdiendo la fe. Por eso nos es muy necesaria la oración en todo tiempo y lugar, pero también, la perseverancia en la oración para conseguir los dones de Dios.

            No bajar los brazos aunque Dios se haga esperar. No sabemos cuánto quiere Dios que le pidamos, es decir, cuántas veces quiere que le pidamos lo mismo. Quizá años como sucedió con Santa Mónica con la conversión de su hijo Agustín. Pedía y pedía y una vez un poco cansada de rezar y no ver los resultados fue angustiada a San Ambrosio y se lo dijo. San Ambrosio le dijo: “un hijo de tantas lágrimas no puede perderse”. Tenemos que ser pacientes e insistir y llorar suplicando por las cosas que necesitamos, en especial, para vencer nuestros vicios o conseguir una virtud.

Si a veces tarda en dar, encarece sus dones, no los niega. La consecución de algo largamente esperado es más dulce; lo que se nos da de inmediato se envilece. Pide, busca, insiste. Pidiendo y buscando obtienes el crecimiento necesario para recibir el don. Dios te reserva lo que no te quiere dar de inmediato para que aprendas a desear vivamente las cosas grandes. Por tanto, conviene orar siempre y no desfallecer[6].

            Hay que discernir lo que pedimos. A veces no somos escuchados porque no pedimos cosas buenas, aunque nos parezcan que son buenas. A veces también nos falta humildad.

            No bajar los brazos, a ejemplo de Moisés, pidiendo la conversión de los pecadores, intercediendo por las necesidades de la Iglesia, por los cristianos, aunque a veces la realidad se manifieste contraria. La oración todo lo puede porque se dirige al Omnipotente. Para Dios nada hay imposible.

            Y si nos reunimos dos o tres en nombre de Jesús para pedir, la oración es más eficaz aún. ¡Es incalculable la eficacia de la oración pública, en especial, de la Santa Misa! En ella nos unimos en oración con Jesús el mediador entre Dios y los hombres que se ofrece como sacrificio perpetuo por las necesidades de todos los hombres. Nuestra oración unida a la de Él es poderosa ante Dios que no puede dejar de oír a su Hijo. Moisés y sus ayudantes estaban sobre el monte orando juntos.

            Orar con los brazos en alto acrecienta nuestra fe. Hay una relación muy estrecha entre la fe y la oración. Una ayuda a la otra. La fe nos hace orar porque sabemos por ella que Dios es nuestro auxilio y aquel que puede llenar nuestra limitación creatural y nuestra sed de infinito. Pero la oración nos hace crecer en la fe porque es Dios el autor del crecimiento de nuestra fe y la fe como su aumento son don de Dios que alcanzamos por la oración. “¡Creo, ayuda a mi poca fe!”[7], “auméntanos la fe”[8], oraciones dirigidas a Jesús para que Él aumente la fe.

Si falta la fe, perece la oración, pues ¿quién pide lo que no cree? Creemos, pues, para orar, y para que no desfallezca la fe con que oramos, oremos. La fe hace manar la oración, y la oración, en manando, alcanza la firmeza de la fe[9].

            La oración es un regalo de Dios. Los hombres podemos comunicarnos con Dios, conocerlo y amarlo, y escuchar lo que nos dice. Esto es extraordinario.

            No bajar los brazos cuando las cosas no nos salen como las pedimos. A veces nos enojamos con Dios porque no nos ha dado lo que le pedíamos. A veces pedimos una piedra creyendo que es un pan, o pedimos un escorpión creyendo que es un huevo, o pedimos una serpiente creyendo que es un pez. ¿Qué sería de nosotros si el Señor nos concediera esas cosas malas que le pedimos? A veces, sin embargo, nos las da, no para que nos dañemos, sino, permitiendo una buena intoxicación para que aprendamos a no pedir sin un total abandono en su voluntad.

            La oración aquieta el alma, la pone en paz, apaga las pasiones y nos llena de Dios, ilumina y fortalece.

            Hay cosas que parece que nunca las vamos a alcanzar. Sobre todo me refiero a la superación de nuestros defectos o al deseo de alcanzar una virtud. Cuántas veces nos chocamos con la realidad de nuestra impotencia. Hay que pedir insistentemente. Así como el enemigo una y otra vez nos tienta y no hay tiempo, lugar, ni estrategia que deje de usar para hacernos caer en pecado así nosotros debemos pedir sin desfallecer. Seamos tozudos en insistir a Dios que nos conceda la gracia que necesitamos.

Hemos experimentado que en un momento sucede aquel milagro de superar una dificultad que parecía imposible de superar. Nuestra oración e insistencia cansó a Dios. Él tenía pensado un número de veces que pidiéramos y nos concedió su gracia.

            La perseverancia en la oración dilata el corazón y acrecienta el deseo. La inconstancia en la oración, por el contrario, nos vuelve pesimistas, nos desalienta, nos entristece y nos vuelve de alma pequeña.

            Hay que perseverar en la oración, confiados en que Dios nos dará lo que le pedimos y que nunca truncará un deseo sincero y una oración confiada sino que la colmará abundantemente.

            ¿Por qué nos cansamos de rezar? Porque nos falta confianza. Porque nos dejamos engañar por el enemigo que quiere que nos abandonemos y dejemos la vida del espíritu. Él nos perturba, nos desalienta porque sabe muy bien que Dios es un Padre bueno que no niega nada a sus hijos que en Él confían acudiendo a Él día y noche sin desfallecer.

La parábola de este domingo nos presenta a Dios en un juez inicuo, comparación bastante extravagante, por cierto, pero así suele parecernos a los hombres cuando le pedimos y se hace esperar[10]. El buen cristiano en su oración se presenta como una viuda inoportuna. Dios quiere ser importunado con la oración para dar lo que se le pide pues a veces no da las cosas prontamente para que el alma desee más lo que pide y lo valore más, aunque, está más dispuesto Él a darnos bienes que nosotros a pedírselos.

            La viuda es desoída una y otra vez pero no por eso deja de insistir y al final consigue que el mal juez le haga justicia. El juez se muestra fastidiado por la insistencia de la viuda y al final cede a su pedido para que lo deje de molestar.

            Jesús concluye: “Oíd lo que dice el juez injusto; pues ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche?”

______________________________________________
[1] Lc 11, 5-8
[2] Ex 17, 8-13
[3] Sal 140, 2
[4] Cf. Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 83, a.3
[5] Lc 26, 41
[6] San Agustín, Sermones 61, 6, O.C. (X), BAC Madrid 1983, 181

 [7] Lc 9, 24
[8] Lc 17, 5
[9] San Agustín, Sermones 115, 1, O.C. (VII), BAC Madrid 1964, 395
[10] Cf. Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 217

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P. Jorge Loring,S.J.

Vigésimo Noveno Domingo del Tiempo Ordinario – Año C Lc. 18:1-8

1.- El Evangelio de hoy nos habla de la perseverancia en la oración.

2.- Pero no hay que confundir la perseverancia con largas oraciones.

3: Es preferible rezar poco y bien que mucho y mal. Conocí un señor que iba todos los días a rezarle a un Cristo TREINTA Y TRES CREDOS. Es imposible hacer esto bien. Yo le dije: rece uno despacio y bien, que eso vale más.

4.- Y pedir con confianza de que si conviene, Dios lo otorgará.

5.- Pero no empeñarnos en querer conseguir lo que queremos, pues quizás no convenga. Como la madre que no da a su niño el cuchillo de cocina que él quiere porque se puede cortar.

6.- Dios sabe más que nosotros, y como es nuestro Padre buscará nuestro bien. Saber esto da mucha paz y confianza.

7.- A veces no entendemos a Dios, como el niño no entiende a su madre que le va a poner una inyección, y le dice: «Mami, no me quieres porque me vas a pinchar con esa aguja». «Si te quiero, hijo, pero te pincho para curarte.

8.- Pero sobre todo pedir nuestra salvación eterna. Eso es seguro que nos conviene, por lo tanto pedir esto es infalible.

9.- Dice San Alfonso Mª de Ligorio que quien pide con constancia su salvación, se salvará si además pone de su parte.

10.- Deberíamos pedirlo todos los días. Por ejemplo en la santa Misa en la elevación de la Sagrada Forma y del cáliz: DIOS MÍO, QUE TU SANTA REDENCIÓN consiga mi salvación eterna y la de todos los que van a morir hoy. Amén.

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra celebración eucarística se inició con la exhortación «Alegrémonos todos en el Señor». La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría. viembre de 2006

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Gloria

¡Verdaderamente que mil años en tu presencia son como el día de ayer que ya pasó!

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Vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario

CEC 2574-2577: Moisés y la oración de intercesión

CEC 2629-2633: la oración de petición

CEC 2653-2654: la Palabra de Dios, fuente de oración

CEC 2816-2821: “Venga tu Reino”

CEC 875: la necesidad de la predicación

Moisés y la oración del mediador

2574  Cuando comienza a realizarse la promesa (Pascua, Exodo, entrega de la Ley y conclusión de la Alianza), la oración de Moisés es la figura cautivadora de la oración de intercesión que tiene su cumplimiento en «el único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo-Jesús» (1 Tm 2, 5).

2575  También aquí, Dios interviene, el primero. Llama a Moisés desde la zarza ardiendo (cf Ex 3, 1-10). Este acontecimiento quedará como una de las figuras principales de la oración en la tradición espiritual judía y cristiana. En efecto, si «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» llama a su servidor Moisés es que él es el Dios vivo que quiere la vida de los hombres. El se revela para salvarlos, pero no lo hace solo ni contra la voluntad de los hombres: llama a Moisés para enviarlo, para asociarlo a su compasión, a su obra de salvación. Hay como una imploración divina en esta misión, y Moisés, después de debatirse, acomodará su voluntad a la de Dios salvador. Pero en este diálogo en el que Dios se confía, Moisés aprende también a orar: se humilla, objeta, y sobre todo pide y, en respuesta a su petición, el Señor le confía su Nombre inefable que se revelará en sus grandes gestas.

II       LA ORACION DE PETICION

2629  El vocabulario neotestamentario sobre la oración de súplica está lleno de matices: pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso «luchar en la oración» (cf Rm 15, 30; Col 4, 12). Pero su forma más habitual, por ser la más espontánea, es la petición: Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación con Dios: por ser criaturas,  no somos ni nuestro propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos, que nos apartamos de nuestro Padre. La petición ya es un retorno hacia El.

2630  El Nuevo Testamento no contiene apenas oraciones de lamentación, frecuentes en el Antiguo. En adelante, en Cristo resucitado, la oración de la Iglesia es sostenida por la esperanza, aunque todavía estemos en la espera y tengamos que convertirnos cada día. La petición cristiana brota de otras profundidades, de lo que S. Pablo llama el gemido: el de la creación «que sufre dolores de parto» (Rm 8, 22), el nuestro también en la espera «del rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza» (Rm 8, 23-24), y, por último, los «gemidos inefables» del propio Espíritu Santo que «viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8, 26).

2631  La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición (cf el publicano: «ten compasión de mí que soy pecador»: Lc 18, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1 Jn 1, 7-2, 2): entonces «cuanto pidamos lo recibimos de El» (1 Jn 3, 22). Tanto la celebración de la eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón.

2632  La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús (cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica (cf Hch 6, 6; 13, 3). Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4. 12). Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

2633  Cuando se participa así en el amor salvador de Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf Jn 14, 13). Con esta seguridad, Santiago (cf St 1, 5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión (cf Ef 5, 20; Flp 4, 6-7; Col 3, 16-17; 1 Ts 5, 17-18).

2576  Pues bien, «Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33, 11). La oración de Moisés es típica de la oración contemplativa gracias a la cual el servidor de Dios es fiel a su misión. Moisés «habla» con Dios frecuentemente y durante largo rato, subiendo a la montaña para escucharle e implorarle, bajando hacia el pueblo para transmitirle las palabras de su Dios y guiarlo. «El es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo con él, abiertamente» (Nm 12, 7-8), porque «Moisés era un hombre humilde más que hombre alguno sobre la haz de la tierra» (Nm 12, 3).

2577    De esta intimidad con el Dios fiel, tardo a la cólera y rico en amor (cf Ex 34, 6), Moisés ha sacado la fuerza y la tenacidad de su intercesión. No pide por él, sino por el pueblo que Dios ha adquirido. Moisés intercede ya durante el combate con los amalecitas (cf Ex 17, 8-13) o para obtener la curación de Myriam (cf Nm 12, 13-14). Pero es sobre todo después de la apostasía del pueblo cuando «se mantiene en la brecha» ante Dios (Sal 106, 23) para salvar al pueblo (cf Ex 32, 1-34, 9). Los argumentos de su oración (la intercesión es  también un combate misterioso) inspirarán la audacia de los grandes orantes tanto del pueblo judío como de la Iglesia. Dios es amor, por tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones maravillosas, su Gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo que lleva su Nombre.

La Palabra de Dios

2653  La Iglesia «recomienda insistentemente todos sus fieles… la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8)… Recuerden que a la lectura de la Santa Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues ‘a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras’ (San Ambrosio, off. 1, 88)» (DV 25).

2654  Los Padres espirituales parafraseando Mt 7, 7, resumen así las disposiciones del corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: «Buscad leyendo, y encontraréis meditando ; llamad orando, y se os abrirá por la contemplación» (cf El Cartujano, scala: PL 184, 476C).

II       VENGA A NOSOTROS TU REINO

2816  En el Nuevo Testamento, la palabra «basileia» se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

          Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos (San Cipriano, Dom. orat. 13).

2817  Esta petición es el «Marana Tha», el grito del Espíritu y de la Esposa: «Ven, Señor Jesús»:

          Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ‘¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?’ (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

2818  En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2, 13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor «a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo» (MR, plegaria eucarística IV).

2819  «El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre «la carne» y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25):

          Solo un corazón puro puede decir con seguridad: ‘¡Venga a nosotros tu Reino!’. Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: ‘Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal’ (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: ‘¡Venga tu Reino!’ (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 13).

2820  Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (cf GS 22; 32; 39; 45; EN 31).

2821    Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús (cf Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 13-16; 6, 24; 7, 12-13).

 

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XXVIII Tiempo Ordinario (C)

 

09
octubre

Domingo XXVIII Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXVIII Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 9 de Octubre de 2016)

LECTURAS

 

Volvió Naamán adonde estaba el hombre de Dios
y alabó al Señor

Lectura del segundo libro de los Reyes     5, 10. 14-17

El profeta Eliseo mandó un mensajero para que dijera a Naamán, el leproso: «Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio».
Naamán bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio.
Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él y le dijo: «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor». Pero Eliseo replicó: «Por la vida del Señor, a quien sirvo, no aceptaré nada». Naamán le insistió para que aceptara, pero él se negó. Naamán dijo entonces: «De acuerdo; pero permite al menos que le den a tu servidor un poco de esta tierra, la carga de dos mulas, porque tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses, fuera del Señor».

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 97, 1-4 (R.: cf. 2b)

R. El Señor manifestó su victoria.

Canten al Señor un canto nuevo,
porque Él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.

Si somos constantes, reinaremos con Cristo

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo     2, 8-13

Querido hermano:
Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos y es descendiente de David. Ésta es la Buena Noticia que yo predico, por la cual sufro y estoy encadenado como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso soporto estas pruebas por amor a los elegidos, a fin de que ellos también alcancen la salvación que está en Cristo Jesús y participen de la gloria eterna.
Esta doctrina es digna de fe:
Si hemos muerto con Él, viviremos con Él.
Si somos constantes, reinaremos con Él.
Si renegamos de Él, Él también renegará de nosotros.
Si somos infieles, Él es fiel,
porque no puede renegar de sí mismo.

Palabra de Dios.

ALELUIA     1Tes 5, 18

Aleluia.
Den gracias a Dios en toda ocasión:
esto es lo que Dios quiere de todos ustedes,
en Cristo Jesús.
Aleluia.

EVANGELIO

Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     17, 11-19

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?» Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo XXVIII- TIEMPO ORDINARIO

CICLO C

Entrada:

En esta Eucaristía dominical, acción de gracias por excelencia, unámonos al sacrificio redentor de Cristo con espíritu agradecido por todos los bienes con que el Padre nos bendice en cada momento, y vivamos en alabanza continua a la Santísima Trinidad.

1º Lectura:

2 Reyes 5,10.14-17

La lepra del cuerpo, en el Antiguo Testamento, era símbolo del pecado del alma. Así como el profeta Eliseo limpia de la lepra al sirio Naamán, Dios limpia del pecado al que se arrepiente.

2º Lectura:   

 2 Tim. 2,8-13

La Palabra de Dios goza de libertad y nos exhorta continuamente a la fidelidad.

Evangelio:   

Lc. 17,11-19

Jesucristo cura a diez leprosos y así manifiesta su divinidad. De esta manera también manifiesta su misericordia para con las miserias del cuerpo y la miseria del alma, el pecado.

Preces:

Reunidos, hermanos para recordar los beneficios de nuestro Dios, pidámosle que inspire nuestras plegarias, para que merezcan ser atendidas.

A cada intención respondemos:

-Por el Santo Padre, los obispos y los presbíteros para que fieles al mandato del Señor conduzcan al rebaño, confiado a su solicitud pastoral, hacia el único Señor que tiene Palabras de vida eterna. Oremos.

-Por nuestros hermanos afligidos por la falta de trabajo, la soledad, la guerra y violencia, para que confiando en la Providencia divina, su tristeza se convierta en gozo. Oremos.

-Por los cristianos que fieles a la escucha de la Palabra de Dios sean sembradores infatigables de la Buena Noticia y que en medio del mundo sean faros que resplandezcan en santidad de vida. Oremos.

-Por la unidad en las familias, especialmente por los matrimonios que están pasando dificultades, para que la mutua comprensión sea lo que los empuje a vivir según el Evangelio del amor y del perdón. Oremos.

-Por nosotros que estamos reunidos en torno al altar, en la fe y la caridad nos reunamos un día en el reino eterno. Oremos.

Que te sean gratos, Señor, los deseos de tu Iglesia suplicante, para que tu misericordia nos conceda lo que no podemos esperar por nuestros méritos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

-Ofrecemos  incienso como oración de alabanza al Dios Santo, Uno y Trino.

-Juntamente con el pan y  el vino ofrecidos para el sacrificio, unimos todo nuestro ser para participar plenamente en la inmolación del Señor.

Comunión:

-Acerquémonos a recibir a Jesús sacramentado diciendo las palabras del apóstol S. Pedro: “Señor a dónde iremos sólo Tú tienes palabras de vida eterna”.

Salida:

Que  como María Santísima, ejemplo de alma agradecida, cantemos el Magníficat en medio de nuestras actividades diarias.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

El samaritano agradecido

(Lc.17,11-19)

11 Y mientras él iba de camino a Jerusalén, atravesaba por Samaria y Galilea.

Jesús va de camino; una vez más vuelve a recordarse la marcha (Rom_9:51; Rom_13:22). La meta de la marcha es Jerusalén. El camino va por Samaría y Galilea. Jesús venía de Galilea, pasaba por Samaría y continuaba hacia Jerusalén. Sólo quien, como Lucas, mira hacia atrás al camino, puede escribir así: Por Samaría y Galilea. La marcha y la acción están tan dominadas por Jerusalén, que sólo desde aquí se puede ver el camino. Sólo en función de Jerusalén, donde aguarda la elevación de Jesús, puede comprenderse su camino, su marcha y su acción.[1]

El relato había comenzado con un hecho acontecido en Samaría; otro hecho que trae a la memoria a Samaría inicia la última parte de la marcha. Samaría es el puente por el que la palabra de Dios va de Galilea a Jerusalén, y por el que va de Jerusalén a los gentiles. El encargo del Resucitado era de este tenor: «Seréis testigos míos en Jerusalén, y en toda Judea y Samaría, y hasta en los confines de la tierra» (Hec_1:8). En el camino de Jesús está diseñado el camino de su Iglesia; su camino es fruto de los caminos de Jesús.

12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia, 13 y levantaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! 14 Cuando él los vio, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

También ahora va el camino de ciudad en ciudad y de aldea en aldea (Mat_13:22). La enfermedad y la miseria reúnen a los hombres y hacen olvidar los odios nacionales entre judíos y samaritanos (Mat_9:53; Jua_4:4-9). A los leprosos les estaba permitido entrar en aldeas, pero no en ciudades amuralladas, no digamos en la santa ciudad de Jerusalén. «El leproso, manchado de lepra, llevará rasgadas sus vestiduras, desnuda la cabeza, y cubrirá su barba, e irá clamando: ¡Inmundo, inmundo! Todo el tiempo que le dure la lepra será inmundo. Es inmundo y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada» (Lev_13:45 s).

Jesús es llamado Maestro. Hasta ahora sólo le habían hablado así los apóstoles, subyugados por su poder (Lc_5:5; Lc_9:49), llenos de asombro por su gloria (Lc_9:33), o cuando esperaban ayuda en su desamparo (Lc_8:24). A esta interpelación añaden los leprosos una invocación implorando misericordia.

Jesús es maestro de la ley, lleno de poder y de misericordia. En él ha amanecido el reino de Dios, que se revela en poder y misericordia a todos los hombres.

A los leprosos dirige Jesús la instrucción de cumplir la ley relativa a la purificación de la lepra, todavía antes de que hayan quedado limpios. «Esta será la ley del leproso para el día de su purificación» (Lev_14:2). En la obediencia a la ley, que les indica Jesús, hallarán salvación los leprosos. El que oye a Moisés y a los profetas, se salva (Lc_16:29). También el samaritano, que es un extraño para los judíos, halla la salvación por este camino. Por Jesús viene de los judíos al samaritano la salud (Jua_4:22).

15 Entonces uno de ellos, al verse curado, volvió atrás, glorificando a Dios a grandes voces, 16 y se postró ante los pies de Jesús, para darle las gracias. Precisamente éste era samaritano.

Probablemente se efectúa la curación mientras los leprosos estaban todavía en camino hacia el sacerdote. Uno de los curados regresa de inmediato. Glorifica a Dios alabándolo y dándole gracias. Dios actúa por Jesús. El curado pronuncia su alabanza de Dios delante de Jesús, postrándose a sus pies. Dios causa la salvación por Jesús. La gracia de Dios apareció en él. Esto se reconoce mediante la acción de gracias.

La proximidad de Dios causa profunda emoción. Quien experimenta la proximidad de Dios clama a grandes voces: los demonios (Jua_4:33; Jua_8:28), el pueblo a la entrada de Jesús en Jerusalén (Jua_19:37), Jesús mismo al morir (Jua_23:23; cf. Hec_7:60). Igualmente se postra de hinojos ante Jesús quien rinde homenaje a Dios presente en él: el padre de la hija moribunda (Lc_8:41); el leproso que implora su curación (Lc_5:12). En Jesús se hace visible el poder y la misericordia de Dios. Jesús es la epifanía de Dios. En él está presente el reino de Dios.

El curado que vuelve a Jesús es un samaritano. Como el samaritano compasivo estaba en el camino del Evangelio y del reino de Dios con sus buenos servicios llenos de compasión, así también lo está este samaritano por medio de su gratitud. La sencillez y los nobles sentimientos humanos son un camino hacia la salvación si van unidos a la fe en la palabra de Jesús, en la que se encierran la ley y los profetas. La palabra da fruto si se acoge en un «corazón noble y generoso» (Lc_8:15). En el samaritano se diseña el camino del Evangelio hacia los paganos.

17 Y Jesús replicó: ¿Pues no han quedado limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino sólo este extranjero? 9 Luego le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

Jesús había esperado que volvieran todos y dieran gloria a Dios, por él. Por él vienen las gracias de Dios, por él se da gloria a Dios. «No hay salvación en otro hombre» (Hec_4:12). Sólo el extranjero regresa. El samaritano, que, como extranjero, no cuenta entre los hijos de Israel, no osa formular exigencias a Dios. Lo que recibe lo toma como presente de la gracia de Dios y da gracias. Los judíos no dan gracias porque son judíos y consideran como debidos los dones de Dios. Reciben del enviado de Dios lo que, según ellos, les corresponde. Les falta la actitud fundamental necesaria para recibir la salvación. En el extranjero se hallan actitudes que facilitan el acceso a ella: gratitud, alabanza, confesión de la propia pobreza delante de Dios. El camino de la salvación está abierto a todos, incluso a los extranjeros, a los pecadores, a los gentiles. Lo que salva es la fe, la decisión y entrega a la palabra de Jesús y a la acción salvífica de Dios a través de él.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

_________________________________________________

[1] Las palabras «por Samaria y Galilea» crean desde antiguo dificultades para su explicación, como lo muestran la tradición manuscrita y las tentativas de explicación. «Por Samaria y Galilea» se explica con frecuencia: «entre Samaria y Galilea», por la zona limítrofe de estas dos fajas de tierra (cf. Mar_10:1; Mat_19:1). Hay quien, haciendo historia, lo explica así: «Jesús, viniendo del oeste, caminaría algún tiempo siguiendo la línea divisoria entre Galilea y Samaría, para llegar al Jordán; río abajo iba el camino directo hacia Jerusalén» (F. ZEHRER).

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Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani

El paso augusto de Dios

            El evangelio de este Domingo relata la curación de diez leprosos, y se podría llamar “el Evangelio de la Ingratitud”, tomando ese título de un gran sermón de San Bernardo, el XLIII. Aparentemente no hay nada que comentar en él: el Salvador o Salud-Dador -que esto significa Salvador­- curó a los leprosos, uno de ellos dio la vuelta a darle las gracias y el Salvador reprendió la ingratitud de los otros nueve. El gran exégeta Maldonado dice: “el que quiera interpretaciones alegóricas, que lea San Agustín, Teofilacto o San Bernardo”; la interpretación literal no tiene dificultad ninguna, es un relato simple, uno de tantos entre los milagros que hizo Nuestro Señor… La gratitud y la ingratitud todos saben lo que son: al Samaritano curado que volvió a agradecer, Jesucristo le dijo: “Tu fe te ha sanado”, como lo hubiera dicho a los otros nueve judíos si hubieran venido; porque fe aquí (pistis en griego) significa simplemente confianza, fiarse de alguno, que es el significado primitivo de esa palabra, dice Maldonado. Y ellos tuvieron confianza en Cristo que les dijo: “Vayan a mostrarse a los sacerdotes”, que era lo que el Levítico, capítulo XIV, mandaba a los leprosos ya curados; ellos se pusieron en camino confiadamente: y en la mitad del camino se sintieron sanos…

            No hay nada que comentar. No hay enseñanzas profundas… Listo.

            En cualquier trozo del Evangelio hay una enseñanza profunda: sucede sin embargo que no la vemos: no somos capaces de desentrañarla a veces.

            Lástima que Maldonado murió hace casi cuatro siglos: me gustaría hablar con él.

            –¡Che, andaluz! –le diría–. ¿No te parece que Cristo hizo aquí una andaluzada? ¿Te parece tan sencillo lo que dijo Cristo? Dime un poco, gachó: los leprosos curados ¿fueron todos al sacerdote, recibieron su certificado que los restituía a la vida social, y entonces el Samaritano volvió a dar gracias a Cristo, y los demás se fueron a sus casas? ¿No es así?

            –¡No! De ninguna manera. El Evangelio no dice eso…

            –¡Qué lástima! Porque si lo dijera tendrías razón tú: no habría nada que comentar: menos trabajo para mí.

            –El Evangelio dice expresamente que apenas se sintió curado, el Samaritano volvió grupas y vino a “magnificar a Dios con grandes voces”; de los demás no dice dónde fueron; pero es más que probable que fueron a presentarse a los Sacerdotes, como la Ley se los mandaba, y como a ellos les convenía tremendamente; porque has de saber que –diría Maldonado con su gran erudición– por la ley de Moisés –y muy prudente ley higiénicamente hablando– los leprosos eran separados (que es como todavía se dice “leproso” en lengua alemana Aussaetzige), eran denominados impuros y debían gritar esa palabra y agitar unas campanillas o castañetas cuando alguien se les acercaba; no podían vivir en los pueblos, y solían juntarse en grupitos para ayudarse unos a otros los pobres –cosas todas que se ven en este evangelio– y para ser liberados de estas imposiciones legales en caso de curarse –pues la lepra es curable en sus primeros pasos, y además existe la falsa lepra– debían ser reconocidos y testificados por los sacerdotes… De modo que es claro lo que pasó: uno volvió a Cristo y los demás siguieron su camino adonde debían y adonde además los había mandado el mismo Cristo…, me diría Maldonado.

            –Por lo tanto –habría de decirle yo– si es así, aquí Cristo estuvo un poco mal, pues reprendió a los nueve judíos que no hacían sino lo que él les había dicho; y los reprendió antes de saberse si iban a volver o no después, a darle las gracias. Su conducta es bastante inexplicable. Parecería que pecó de apresurado en condenar de ingratos a los nueve judíos; y de presuntuoso en pretender le diesen las gracias a Él antes de cumplir con la Ley. Los que estaban allí debieron de haberse asombrado; y uno de ellos podía haberle dicho: “No te apresures, Maestro, en reprender a los otros; al contrario, éste es el que parece merecer reproche, porque ha obrado impulsivamente, irrefrenablemente…”.

            –Yo soy un teólogo de gran fama, conocido en toda Europa, por lo menos en los dominios de la Sacra Cesárea Real Majestad de nuestro Amo y Señor Carlos V de Alemania y Primero de España; he enseñado en la Universidad de París, donde desbordaban mis aulas de alumnos, y de donde tuve que salir por la malquerencia y envidia de los profesores franceses, y retirarme a Bourges a componer mi Comentario a los Evangelios, que es lo mejor que ha producido la ciencia de la Contrarreforma; y a mi se me ha aparecido dos veces en sueños el Apóstol San Juan, como cuenta el Menologio de Varones Ilustres de la Compañía de Jesús. Tú eres un pobre cura, que no se sabe bien si pertenece al clero regular o irregular, de una nación ignorante y chabacana, sin educación, sin tradición y sin solera. De modo que es mejor que ni hablemos más –me figuro me diría Maldonado si estuviera vivo: que era bastante vivo de genio.

            Por suerte está muerto. Si él ha visto en sueños al Apóstol San Juan, yo he visto al demonio innumerables veces; y si él tiene el derecho de no asombrarse del Evangelio, yo tengo el derecho de asombrarme todo cuanto puedo. No es exacto que Jesucristo es profundo, como dije arriba, me equivoqué. Platón es profundo, San Agustín es profundo; Jesucristo no dice nada más que lo que dice el seminarista Sánchez o el peor profesor de Teología; pero lo que dice es infinito, y hasta el fin del mundo encontrarán los hombres allí cosas nuevas. Platón tiene una teoría profunda sobre la inmortalidad del alma; Jesucristo no hace más que afirmar la inmortalidad del alma. Pero …

            La conducta con el Leproso Samaritano significa simplemente que, según Cristo, las cosas de Dios están primero y por encima de todos los mandatos de los hombres; una nota que resuena en todo el Evangelio continuamente; y que en realidad define al Cristianismo.

            Dios está inmensamente por encima de todas las cosas. Delante de Él todo lo demás desaparece; la relación con Él invalida todas las otras relaciones. El leproso samaritano que en el momento de sentirse curado sintió el paso augusto de Dios y se olvidó de todo lo demás, hizo bien; los demás hicieron mal. Y la palabra con que Cristo cerró este episodio: “Levántate, tu fe te ha hecho salvo”, no se refiere solamente a la confianza común que tuvo al principio en Él –la cual no fue la que lo sanó, a no ser a modo de condicionamiento– sino también a otra divina confianza que nació en su alma al ser limpiado; y que limpió su alma con ocasión de ser limpiado su cuerpo; y que importa mucho más que la salud del cuerpo. Porque lo que hizo este forastero al volver a Cristo, no fue gritarle como antes desde lejos “¡Maestro!”, sino tirarse en el suelo con el rostro ante sus pies, postrarse panza a tierra, que es el gesto que en Oriente significa la adoración de la Divinidad. Por lo tanto: “levanta y vete tranquilo, tu Fe te ha salvado”, cuerpo y alma.

            Dios está inmensamente por encima de todas las cosas. ¿Eso lo ensenó Cristo? Eso lo dijo mucho antes el Bhuda, Sidyarta Gautama. Sí, pero en Cristo hay una palabrita diferente, una palabrita terrible. “Por Dios debes dejarlo todo”, dijo el Bhuda. Cristo dijo lo mismo: “Por “Mí” debes dejarlo todo”.

            Esa palabrita diferente resuena en todo el Evangelio:

            “El que ama a su padre y a su madre más que a Mi, no es digno de mí”.

            “El que deja por Mi, padre, madre, esposa, hijos y todos sus bienes”…

            “Os perseguirán por Mi nombre”…

            “Os darán la muerte por causa Mía”…

            “Deja todo lo que tienes y sígueme”…

            “Deja a los muertos que entierren a los muertos”…

            “La vida eterna es conocerme a Mi”… Y así sucesivamente.

            De manera que en este evangelio hay también una paradoja, que no vio Maldonado –lo cual no le quita nada al buen Maldonado– que es la eterna paradoja de la fe; y en la manera de obrar de Cristo con el leproso Samaritano está afirmada –como en cada una de las páginas de cada uno de estos cuatro folletos– lo que constituye la originalidad y por decirlo así la monstruosidad del cristianismo; que es una cosa sumamente simple por otro lado: “Dieu premier serví”, como decía Juana de Arco: Dios es el Absolutamente Primero; Dios es el Excluyente, el Celoso; y… Cristo es Dios.

            Mas si pide de nosotros gratitud –o si quieren llamarla correspondencia–, no es porque El la necesite sino porque nosotros la necesitamos. La ingratitud seca la fuente de las mercedes, y hace imposible a veces los beneficios; como podemos constatar a veces en nuestra pequeña experiencia que a pesar de desearlo no podemos hacer bien a alguna persona; porque por su falta de disposición, no recibirá bien el bien; de modo que lo convertirá en mal.

            –¿Por qué no viene usted más a visitarme?

            –Porque no le puedo hacer ningún bien.

            –¿Y por qué no me puede hacer ningún bien?

            –Porque una vez le hice un bien… y usted me tomó por sonso.

            Dios a veces no nos hace nuevos beneficios, porque no le hemos agradecido bastante los beneficios pasados. No los hemos tomado como beneficios de Dios, sino como cosas que nos son debidas; lo cual es tomarlo a Dios por sonso.

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 144-150)

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Santos Padres

·        San Agustín

Jesús viene a salvar y a curar a los leprosos

(1 Tim 1,15-16; Lc 17,12-19)

1. Escuchad con atención, hermanos, lo que el Señor se digne advertirnos a través de las divinas lecturas. Quien da es él; yo sólo sirvo. Acabamos de escuchar la primera lectura, tomada del Apóstol: Es palabra fiel y digna de todo crédito que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, el primero de los cuales soy yo. Pero he conseguido misericordia para que Cristo mostrase en mí toda su longanimidad para enseñanza de quienes han de creer en él para la vida eterna. Esto lo hemos escuchado en la lectura del Apóstol. Luego hemos cantado el salmo y nos hemos exhortado mutuamente al decir a una sola voz y con corazón unánime: Venid, adorémosle, postrémonos en su presencia y lloremos ante el Señor que nos hizo, y allí acerquémonos a su rostro con alabanzas y aclamémosle con salmos. A continuación, la lectura del Evangelio nos mostró a los diez leprosos que habían sido curados y al único de ellos, un extranjero, que se volvió a dar las gracias a quien lo había limpiado. En la medida que el tiempo nos lo permita, comentemos estas tres lecturas diciendo un poco de cada una, esforzándonos, dentro de nuestras posibilidades y con la ayuda de Dios, en no detenernos en ninguna de ellas tanto que impida considerar las otras dos.

2. El Apóstol nos presenta la ciencia del agradecimiento. Recordad lo que hemos oído en la lectura evangélica: cómo el Señor Jesús alaba al agradecido, reprueba a los ingratos, limpios en la piel, pero leprosos en el corazón. ¿Qué dice el Apóstol? Es palabra fiel y digna de todo crédito. ¿De qué palabra se trata? Que Jesucristo vino al mundo. ¿Para qué? Para salvar a los pecadores. ¿Qué dices de ti? El primero de los cuales soy yo. Quien dice: «No soy pecador» o «No lo fui» es ingrato para con el Salvador. No hay hombre de esta masa de los mortales que proceden de Adán, no hay absolutamente ninguno, que no esté enfermo; ninguno está sano sin la gracia de Cristo. ¿Por qué miras a los niños? También ellos están enfermos en Adán, pues también son llevados a la Iglesia; y si no pueden correr hacia allí con sus propios pies, corren con los de otros para ser sanados. La madre Iglesia pone a su disposición los pies de otros para que lleguen, el corazón de otros para que crean, la lengua de otros para que hagan la profesión de fe; para que, como están enfermos a consecuencia del pecado de otros, así también, cuando hay otros sanos, se salven por la confesión que éstos hacen en su nombre. Que nadie susurre a vuestros oídos doctrinas extrañas. Así lo pensó y lo mantuvo siempre la Iglesia, así lo recibió de la fe de los antepasados y así lo conservará con constancia hasta el final. La razón: porque no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. ¿Qué necesidad tiene el niño de Cristo, si no está enfermo? Si está sano, ¿por qué busca al médico mediante aquellos que lo aman? Si se dice que cuando son llevados a la Iglesia carecen absolutamente del pecado original y, no obstante, vienen a Cristo, ¿por qué no se les indica en la Iglesia a quienes lo llevan: «Quitad de aquí a estos inocentes; no tienen necesidad de médico los sanos, sino los pecadores; Cristo no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores»? Nunca se ha dicho tal cosa y nunca se dirá. Hermanos, que cada cual hable lo que pueda en favor de quien no puede hablar por sí. Con gran solicitud se encomienda a los obispos el patrimonio de los huérfanos; ¡cuánto más la gracia de los niños! El obispo protege al huérfano para que no sea oprimido por los extraños tras la muerte de sus padres. Grite con mayor vehemencia por el niño al que teme den muerte sus padres; clame con el Apóstol: Es palabra fiel y digna de todo crédito que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores y no por alguna otra causa. Quien se acerca a Cristo es porque tiene algo que necesita curación; quien nada tiene, tampoco tiene razón para ser presentado al médico. Elijan los padres una de estas dos cosas: o confesar que sus hijos reciben la curación del pecado, o dejar de presentarlos al médico, pues equivale a querer presentarle una persona sana. « ¿Qué le presentas?» — «Un bautizando». — « ¿Quién es ése?» — «Un niño». — « ¿A quién lo presentas?» — «A Cristo». — « ¿A aquel precisamente que vino al mundo?» — «Así es», dice. — « ¿A qué vino al mundo?» — «A salvar a los pecadores». — «Entonces, el que presentas, ¿tiene algo de qué ser sanado?» — «Si respondes que sí, con tu confesión lo haces desaparecer; si contestas que no, con tu negación lo mantienes».

3. A salvar a los pecadores, dijo, el primero de los cuales soy yo. ¿No hubo pecadores antes de Pablo? Es indudable que los hubo; antes que nadie el mismo Adán; la tierra estaba llena de pecadores cuando fue destruida por el diluvio; y después ¡cuántos no hubo! ¿Cómo, pues, es cierto que el primero soy yo? Dijo que él era el primero no por el orden cronológico, sino por la magnitud del pecado. Consideró la gravedad de su culpa y por ello dijo ser el primer pecador. De idéntica manera se dice entre los abogados, por ejemplo: «Este es el primero»; no porque haya comenzado a ejercer la profesión antes que los demás, sino porque ha superado a los otros en el tiempo que lleva ejerciéndola. Díganos, pues, el Apóstol en otro lugar por qué es el primero de los pecadores: Yo, dice, soy el último de los apóstoles y no soy digno de ser llamado así, pues perseguí a la Iglesia de Dios. Ningún perseguidor fue más cruel; en consecuencia, él es el primero entre los pecadores.

4. Pero, dice, he alcanzado misericordia. Y expone por qué la ha alcanzado: A fin de que Jesucristo mostrara en mí toda su longanimidad, para instrucción de quienes han de creer en él para la vida eterna. Cristo, dice, que iba a conceder el perdón a los pecadores, incluso a sus enemigos, que se convirtieron a él, comenzó eligiéndome a mí, el enemigo más cruel, para que una vez sanado yo, nadie pierda la esperanza para los demás. Esto es lo que hacen los médicos: cuando llegan a un lugar en que nadie los conoce, eligen primero para curar casos desesperados; de esta forma, a la vez que ejercen en ellos la misericordia, hacen publicidad de su ciencia, para que unos a otros se digan en aquel lugar: «Vete a tal médico; ten confianza, que te sanará». Y a la pregunta: « ¡Que me va a sanar! ¿No ves la enfermedad que padezco?», escuchará esta respuesta: «También yo he conocido una situación parecida; lo que tú padeces también lo padecí yo». De modo semejante dice Pablo a todo enfermo que está a punto de perder la esperanza: «Quien me curó a mí, me envió a ti, diciéndome: ‘Acércate a aquella persona sin esperanza y cuéntale lo que tuviste, lo que curé en ti y la rapidez con que lo hice. Te llamé desde el cielo; con una palabra te herí y postré en tierra, con otra te levanté y elegí, con una tercera te llené y te envié y con una cuarta te liberé y te coroné. Ve, dilo a los enfermos, grítalo a los desesperados: Es palabra fiel y digna de todo crédito que Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores’. ¿Por qué teméis? ¿Por qué os asustáis? El primero de los cuales soy yo. Yo, yo que os hablo; yo sano, a vosotros enfermos; yo, que estoy en pie, a vosotros caídos; yo ya seguro, a vosotros sin esperanza. Pues he alcanzado misericordia a fin de que Jesucristo mostrara en mí toda su longanimidad. Soportó mucho tiempo mi enfermedad y de esta forma la hizo desaparecer; como médico bueno toleró con paciencia al demente, me soportó aunque le hería a él y me concedió el ser herido en favor suyo. Mostró, dijo, toda su longanimidad en mí, para instrucción de quienes han de creer en él para la vida eterna».

5. No perdáis, pues, la esperanza. Si estáis enfermos, acercaos a él y recibid la curación; si estáis ciegos, acercaos a él y sed iluminados. Los que estáis sanos, dadle gracias, y los que estáis enfermos corred a él para que os sane; decid todos: Venid, adorémosle, postrémonos ante él y lloremos en presencia del Señor, que nos hizo no sólo hombres, sino también hombres salvados. Pues si él nos hizo hombres y la salvación, en cambio, fue obra nuestra, algo hicimos nosotros mejor que él. En efecto, mejor es un hombre salvado que un cualquiera. Si, pues, Dios te hizo hombre y tú te hiciste bueno, tu obra es superior. No te pongas por encima de Dios; sométete a él, adórale, póstrate ante él, confiesa a quien te hizo, pues nadie re-crea sino quien crea, ni nadie re-hace sino quien hizo. Esto mismo se dice en otro salmo: Él nos hizo y no nosotros mismos. Ciertamente, cuando él te hizo nada podías hacer tú; pero ahora que ya existes, también tú puedes hacer algo: correr hacia el médico, que está en todas partes, e implorarle. Y para que le implores, ha despertado tu corazón; don suyo es el que puedas implorarle: Dios es, dice, quien obra en nosotros el querer y el obrar según la buena voluntad, pues para que tuvieras buena voluntad, te precedió su llamada. Clama: Dios mío; su misericordia me prevendrá. Su misericordia te previene para que existas, sientas, escuches y consientas. Te previene en todo; prevén también tú en algo su ira. « ¿En qué, dices, en qué?» Confiesa que todo el bien que tienes procede de Dios y de ti todo el mal. No le desprecies alabándote a ti en tus bienes, ni le acuses en tus males excusándote a ti: en esto consiste la auténtica confesión. El que con tantos bienes te previene, vendrá a ti e inspeccionará sus dones y tus males; examinará el uso que has hecho de sus bienes. Por tanto, dado que él te previene con todos estos dones, ve en qué puedes tú prevenir al que ha de llegar; escucha el salmo: Prevengamos su rostro con la confesión. Prevengamos su rostro: antes de que venga, hagámosle propicio; aplaquémosle antes de que se haga presente. Tienes, en efecto, un sacerdote a través del cual puedes aplacar a tu Dios: el mismo que con relación a ti es Dios con el Padre, es hombre por ti. Así, previniendo su rostro en la confesión, exultarás de gozo con los salmos. Exulta con el salmo: previniendo su rostro con la confesión, acúsate; exultando con las palabras del salmo, alábale. Acusándote a ti y alabando a quien te hizo, cuando venga quien murió por ti, te vivificará.

6. Retened esto y perseverad en ello. Que nadie cambie; que nadie sea leproso. La doctrina inconstante, que cambia de color, simboliza la lepra de la mente; también ésta la limpia Cristo. Quizá pensaste distintamente en algún punto, reflexionaste y cambiaste para mejor tu opinión, y de este modo lo que era variado pasó a ser de un único color. No te lo atribuyas, no sea que te halles entre los nueve que no le dieron las gracias. Sólo uno se mostró agradecido; los restantes eran judíos; él, extranjero, y simbolizaba a los pueblos extraños; aquel número entregó a Cristo el diezmo. A él, por tanto, le debemos la existencia, la vida y la inteligencia; a él debemos el ser hombres, el haber vivido bien y el haber entendido con rectitud. Nuestro no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Pues ¿qué tienes que no hayas recibido? Así, pues, vosotros, sobre todo quienes entendéis lo que oís: que es preciso curarse de la enfermedad, elevad a lo alto vuestro corazón purificado de la variedad y dad gracias a Dios.

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º) (t. XXIII), Sermón 176, 1-6, BAC Madrid 1983, 717-24

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA VIRTUD DEL AGRADECIMIENTO

 Nos relata el evangelio el milagro que Cristo realizara en favor de diez leprosos suplicantes. Mientras se dirigían a presentarse a los sacerdotes, como lo prescribía la Ley y Jesús se los había recordado, se encontraron súbitamente curados. Sólo uno de ellos, y para colmo un extranjero, volvió sobre sus pasos con el objeto de agradecerle al Señor su curación. En concordancia con el evangelio, la primera lectura, tomada del libro de los Reyes, nos trajo el recuerdo de otro milagro semejante, el del sirio Naamán, también él leproso, también él extranjero, que se vio libre de su mácula, sumergiéndose en las aguas del Jordán.

Todos nosotros nos sentimos de alguna manera representa­dos en aquellos diez enfermos del evangelio, enfermos realmente dignos de lástima, todos nosotros tenemos algo de leprosos, todos nosotros debemos repetir cada día, y lo decimos en la Santa Misa: «Señor, ten piedad de nosotros».

Los beneficios de Dios

Como aquellos leprosos, también nosotros hemos experi­mentado los beneficios de Dios. Él es el único que sabe dar en plenitud; sus dones no presuponen nada previo, da por pura generosidad. Buena es hoy la ocasión para reavivar el recuerdo, la memoria de los beneficios de Dios. Beneficios divinos son las maravillas que el Señor obró ya para nosotros desde las remo­tas épocas del Antiguo Testamento, liberando a su pueblo de la servidumbre de Egipto, alimentándolo en su caminar por el desierto, guiándole en su entrada en la tierra prometida… Be­neficios divinos son también para nosotros las maravillas que Dios obró en el Nuevo Testamento, la Encamación del Verbo, sobre todo, pero también la enseñanza de su doctrina, la instauración de los sacramentos para la santificación de los hombres… Beneficios que no por generales se pierden en las brumas del anonimato, no por universales dejan de atañernos personalmente.

«Me amó y se entregó por mí», dijo San Pablo. Cristo no hubiera rehusado hacer por mí solo lo que hizo por todos. Más aún, porque era Dios, se acordó de mí en particular, me tuvo presente, me curó en los leprosos, cargó mis pecados sobre sus hombros en Getsemaní, clavado en la cruz se ofreció por mí de manera personal, al dejar caer agua y sangre de su costado atravesado por la lanza pensó concretamente en el agua de mi bautismo (así como en el Antiguo Testamento, cuando Naamán se bañaba en las aguas del Jordán estaba preanunciado el bautismo cristiano), pensó en el agua de mi bautismo y en la sangre de mi Eucaristía. A ese cúmulo de beneficios generales que hemos recibido de Dios, agreguemos los intransferiblemente individuales: la familia que nos dio, esta patria generosa que nos regaló, las cualidades peculiares con que nos dotó… Es una larga historia de amor, una historia de generosidad sobreabundante. Lo que pasa es que fácilmente nos acostumbramos a sus be­neficios, nos acostumbramos a ver salir el sol todos los días, perdemos el sentido de lo original, de la novedad de los dones cotidianamente reiterados, cada uno de ellos frescos y rozagan­tes como el rocío de la mañana.

Generosidad suya es que, siendo pecadores, hayamos sido llamados a recibir la justificación; generosidad suya es que, una vez rehabilitados, nos haya sostenido con su poder para perse­verar hasta el fin; generosidad suya será que este mismo cuerpo que hoy es tan precario, resucite un día; generosidad suya, que seamos coronados después de la resurrección; generosidad suya será que en el cielo podamos alabarlo sin desfallecer. Si queremos practicar la gratitud con Dios, hagamos cada tanto un recorrido de la lista de los beneficios que de Él hemos recibido, beneficios de creación, de redención, de dones particulares. Nunca olvidamos, nunca perder la memoria. Estamos en la ca­sa del Señor, en su santa Iglesia. Recordemos dónde yacíamos, de dónde se nos ha recobrado, de nuestra lepra original. Dios nos buscaba aun cuando nosotros le habíamos vuelto las espal­das.

La gratitud

De los diez leprosos, nueve no supieron agradecer. No hay cosa peor que la ingratitud. Escribe Chesterton que el ateo mide su abismo cuando siente que tiene que dar gracias por algo y no sabe a quién dirigirse. Nosotros sabemos a quién, pero con facilidad dejamos de hacerlo. «Se hartaron en sus pastos, dice el Señor por boca de Oseas, y por eso me olvidaron». Dios nos da el pasto, nosotros lo aprovechamos pero olvidamos al benefac­tor. Para pedir somos fáciles; no tanto para dar gracias. Pero la petición del que no sabe agradecer mueve poco el corazón de Dios. «La esperanza del ingrato se derrite como el hielo», dice la Escritura. Somos capaces de organizar grandes actos, aun públi­cos, para pedir favores. Pocas veces se organizan actos de agradecimiento. «Los restantes, ¿dónde están?», preguntó Jesús al leproso agradecido. Qué desproporción: de nueve a uno; es la desproporción misma de nuestras ingratitudes.

Propio es de corazones nobles, de espíritus magnánimos, sa­ber dar gracias. Cristo pasó su vida en la tierra dando gracias al Padre. Frecuentemente levantaba sus ojos al cielo, alababa, ben­decía, decía bien. Imitémoslo también en esto. San Pablo nos lo recomendó de manera reiterada: «Todo cuanto hacéis, de pa­labra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por él»; «ya comáis, ya bebáis, o ya hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios»; «por­que todo lo que Dios ha creado es bueno y nada es despreciable si se lo recibe con acción de gracias». Hagamos de nuestros días una acción de gracias ininterrumpida. Cuando Dios nos obse­quia, cuando nos consuela, cuando nos prueba, e incluso cuando nos niega lo que le pedimos, aun entonces, digamos con el Apóstol: «Doy continuas gracias por todas las cosas a Dios nuestro Padre por nuestro Señor Jesucristo».

Dios nos ofrece sus dones. Y nosotros no tenemos otra cosa que devolverle que nuestras gracias, el reconocimiento de sus propios dones. Con no disimulada ironía decía San Agustín: «Devuélvele algo de lo tuyo, si puedes; pero no, no lo hagas, no devuelvas nada tuyo; Dios no lo quiere. Si devolvieses algo de lo tuyo, devolverías sólo pecados. Todo lo que tienes lo has recibido de Él; lo único tuyo es el pecado. No quiere que le des nada tuyo, quiere lo que es suyo. Si devuelves al Señor las semillas de tu tierra le devolverás lo que Él sembró, si le das espinas le ofreces cosa tuya». No nos queda, pues, sino darle gracias por sus gracias, alabarlo por sus dones. A Dios le agrada que lo alabemos, no para ensalzarse Él, sino para que aproveche­mos nosotros. Lo que recoge no es para sí, sino para ti. Y además, dando gracias por los dones que recibes, te harás digno de mayores beneficios.

Aprendamos entonces a dar gracias. No siempre es fácil, ya que supone salir de nuestro egoísmo, de nuestra oración intere­sada. Pongámonos para ello en la escuela de la liturgia. Allí se nos enseñará a orar como la Santísima Virgen: «Mi alma engrandece al Señor»; allí se nos enseñará a aclamar con desinterés: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo»; allí se nos enseñará a decir: «Por tu inmensa gloria te damos gracias»; no sólo por tus favores, sino por lo que eres en ti mismo, porque eres grande, porque eres glorioso. El entero Sacrificio de la Misa es una sublime acción de gracias, una elevada contemplación admirativa. Uno de los textos que como sacerdote más me conmovían cuando celebra­ba mis primeras Misas es el que se decía antes de comulgar la Sangre de Cristo: «¿Qué devolveré al Señor por todo lo que me ha dado? Tomaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor».

Pronto nos acercaremos a recibir esa Sangre de Jesús. Recordémosle entonces aquello que Dios profetizara por boca de Isaías: «Los que hagan la cosecha comerán, alabando al Señor; los que hagan la vendimia beberán el vino en los atrios de mi santuario». Hoy se cumple esa promesa en la cosecha del Cuerpo de Cristo y en la vendimia de su Sangre. Que nunca olvidemos sus favores. Que permanezcamos siempre en acción de gracias para que toda nuestra vida no sea sino un permanente himno de alabanza, una eucaristía duradera. Él ha venido a la tierra para glorificar a su Padre en nombre de toda la humanidad; que con­tinúe en nuestro interior esa eucaristía, para que cada vez nos hagamos dignos de mayores dones, y así, debidamente ejercita­dos durante nuestra vida terrena en la alabanza, podamos un día incorporarnos al coro de los ángeles en el ininterrumpido Sanctus de la eternidad. Allí descansaremos y veremos, veremos y ama­remos, amaremos y alabaremos. Tal será el fin sin fin.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 275-279)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este domingo presenta a Jesús que cura a diez leprosos, de los cuales sólo uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve a darle las gracias (cf. Lc 17, 11-19). El Señor le dice: «Levántate, vete: tu fe te ha salvado» (Lc 17, 19). Esta página evangélica nos invita a una doble reflexión.

Ante todo, nos permite pensar en dos grados de curación: uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el «corazón», y desde allí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la «salvación». Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre «salud» y «salvación», nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva.

Además, aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión: «Tu fe te ha salvado». Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: «gracias»!

Jesús cura a los diez enfermos de lepra, enfermedad en aquel tiempo considerada una «impureza contagiosa» que exigía una purificación ritual (cf. Lv 14, 1-37). En verdad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia. Esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es Amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal.

«Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Jesús inició su vida pública con esta invitación, que sigue resonando en la Iglesia, hasta el punto de que también la santísima Virgen, especialmente en sus apariciones de los últimos tiempos, ha renovado siempre esta exhortación. Hoy pensamos, de modo particular, en Fátima donde, exactamente hace 90 años, desde el 13 de mayo hasta el 13 de octubre de 1917, la Virgen se apareció a los tres pastorcillos: Lucía, Jacinta y Francisco.

Pidamos a la Virgen para todos los cristianos el don de una verdadera conversión, a fin de que se anuncie y se testimonie con coherencia y fidelidad el perenne mensaje evangélico, que indica a la humanidad el camino de la auténtica paz.

(Ángelus, Plaza San Pedro, domingo 14 de octubre de 2007)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El agradecimiento

Lc 17, 11-19

            El leproso que vuelve a agradecer a Jesús la curación venía por el camino glorificando a Dios.

            Debemos glorificar a Dios por sí mismo y por todos los medios que nos da para alcanzar la salud. Especialmente hay que glorificar a Dios por su enviado Jesús, autor de nuestra Salud.

            En la primera lectura se nos narra que Naamán, el sirio, glorificó al Dios verdadero por causa de su enviado Eliseo que le dio el remedio a su lepra.

            En el Evangelio el samaritano glorifica a Dios por Jesús.

            Glorifican a Dios por su bondad. Están agradecidos ambos por la bondad de Dios que los ha curado.

            La curación de la enfermedad es un beneficio que procede de la bondad de Dios y hay que agradecerlo. ¿Cómo agradecerlo? Viviendo en adelante como Dios quiere y cuidándonos para no caer nuevamente en la enfermedad.

La salud física es un don que hay que agradecer y mucho más la salud espiritual. ¡Qué poco agradecemos la misericordia de Dios en nuestra vida! ¡Qué poco gozamos su gracia! Nos acostumbramos a la gracia y recién nos damos cuenta de su valor cuando la perdemos.

Si valoramos la gracia y la felicidad que ella nos trae necesariamente la vamos a valorar en los demás y agradeceremos las gracias que nuestros hermanos reciben de Dios.

El agradecimiento dispone nuestra alma para nuevas gracias porque el Señor se complace en los agradecidos como escuchamos en el Evangelio. El leproso vino a agradecer su salud física y Jesús le concedió la salud espiritual también.

El agradecimiento es un signo de humildad. Van juntas en el Evangelio la glorificación de Dios, la postración y la acción de gracias. La glorificación de Dios es un deber que tenemos si somos siervos veraces. Es el reconocimiento externo de los beneficios que nos ha dado y principalmente el de nuestra existencia.

Los judíos por ser hijos, por ser del pueblo elegido, se creían con el derecho a recibir los beneficios de Dios y por eso no los agradecían. Es cierto que sobre los elegidos Dios tiene una providencia especial pero de allí a creerse con derechos ante Dios es tergiversar la realidad.

Dios es infinitamente libre y da sus dones a los que quiere. Bendice al que quiere. Él es infinitamente soberano para elegir al que quiera y nosotros no tenemos derecho de reclamar nada. ¿Cuándo se ha visto que la arcilla diga al alfarero cómo la debe formar? Dios es el Señor. Nosotros somos creaturas. Dios no necesita nada ni necesita de nadie porque Él es “el que es”, lo es todo. Dios no se ve obligado a actuar por ningún condicionamiento.

Lo que paso con Naamán, lo que pasó con los leprosos pasó contrariamente en Nazaret cuando Jesús visitó su patria. Se creían con derecho a reclamarle signos. Y Jesús no los hizo. ¿Por qué? Por su incredulidad. De hecho en aquella ocasión puso como ejemplo de beneficiarios de su bondad a Naamán, sirio, y a la viuda de Sarepta. Dos extranjeros, dos paganos.

Para hacerse beneficiario de la bondad de Dios hay que creer que Dios puede hacernos el beneficio que le pedimos. Dios o su representante. En el Evangelio, Jesús.

¿Cómo a Yahveh podré pagar

todo el bien que me ha hecho?

La copa de salvación levantaré,

e invocaré el nombre de Yahveh.

Cumpliré mis votos a Yahveh,

¡sí, en presencia de todo su pueblo![1]

Así lo hizo David, también Naamán que rebosante de salud invocaba únicamente a Yahvé después de ser curado.

Tengo que agradecer mi Salud glorificando a Dios con las palabras pero sobre todo con las obras. El leproso glorificaba a Dios por el camino pero también puso por obra el reconocimiento de sus labios al postrarse ante Jesús y agradecerle.

La mejor manera de agradecer es con las obras porque estas manifiestan el amor al benefactor. Porque debemos amar a nuestros benefactores. Las palabras son importantes pero más las obras. Las obras hablan mejor que las palabras y son un agradecimiento más auténtico. En las palabras pueden resbalar fácilmente otros intereses que llevan a pronunciar palabras mendaces.

La prontitud en el agradecimiento también tiene sus ventajas.

Primero, que no tenemos por qué dilatar algo bueno y que es una obligación moral, más bien, un acto de amor.

Segundo, porque dilatar el agradecimiento nos puede llevar a olvidarnos de dar gracias.

Tercero, porque el amor que no se obra se enfría. Y las obras de amor que nos proponemos en correspondencia a los beneficios divinos prontamente nos pueden llevar a no ponerlas nunca por obra y dejar pasar, en consecuencia, una buena oportunidad para crecer en el amor a Dios.

Y si no somos agradecidos con Dios probablemente no lo seamos con el prójimo. Porque así como no podemos decir que amamos a Dios sino amamos a nuestros hermanos lo mismo ocurre con el agradecimiento.

Y ese sentirnos con derecho nos hace olvidar muchas veces el agradecimiento. Tenemos que agradecer efectivamente a nuestros bienhechores principalmente rezando por ellos y brindándoles todos los beneficios espirituales y humanos que estén a nuestro alcance.

San Ignacio de Loyola nos presenta en sus Ejercicios una contemplación “para alcanzar amor”[2]. Y para hacer brotar el amor en el alma le hace recordar todos los beneficios que ha recibido de su principal bienhechor que es Dios.

Recordar los beneficios recibidos nos hace reconocerlos, es decir, actualizar las cosas buenas que nos ha dado Dios y también los hombres.

Hay muchos beneficios que reconocemos haberlos recibido de Dios pero hay otros que nos ha concedido y que no reconocemos. Algunos porque no nos parecen beneficios siéndolos: cruces, desolaciones, sufrimientos, molestias; otros que nosotros no llegamos a alcanzar pero que la providencia de Dios nos hace y que conoceremos únicamente en el cielo. Algunos de ellos que llegan al corazón por ejemplo la paciencia que el Señor nos tiene por nuestros pecados, también la paciencia para esperarnos a que nos volvamos sinceramente a Él y también por lo tardo que somos para reconocer su amor.

“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único”[3]. Dios nos ama aunque somos indignos, nos ama aunque somos pecadores. Y la mayor prueba de su amor la dio muriendo en la cruz por nosotros siendo aún pecadores. También nos amó quedándose en la Eucaristía.

Y cuando hemos reconocido cuanto ha manifestado Dios su amor para con nosotros a través de sus beneficios hay que recompensar de algún modo al bienhechor que es lo propio de la gratitud. San Ignacio dice que el mejor agradecimiento es dar de lo poco o mucho que uno tiene al bienhechor[4].

Dios quiere que le devolvamos amor por amor. Es el mejor agradecimiento. Y el amor está más en las obras que en las palabras[5].

Y la mejor manera de manifestar nuestro amor a Dios es cumpliendo su voluntad.

            ¿Qué implica cumplir su voluntad? Glorificarlo reconociéndolo Señor, agradecerle por nuestra Salud y humillarse cumpliendo su Palabra. Es lo que hizo el leproso cuando llegó ante Jesús.

            ¿Qué le podemos entregar a Dios por sus beneficios? Todo. ¿Podríamos dejar de entregarle algo y dejarlo para nosotros si todo lo que somos y tenemos nos lo ha dado Él? San Ignacio pone un hermoso ofrecimiento que es la respuesta agradecida a tantos bienes recibidos por Dios:

Toma, Señor y recibe, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad, todo lo que soy y tengo. Tú me lo diste, a Ti, Señor lo devuelto, todo es tuyo, disponlo según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que estas me bastan[6].

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[1] Sal 116, 12-14
[2] Ejercicios Espirituales nº 230-237
[3] Jn 3, 16
[4] Ejercicios Espirituales nº 231
[5] Ibíd.
[6] Ejercicios Espirituales nº 234

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Directorio Homilético

 

Vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 1503-1505, 2616: Cristo, el médico

CEC 543-550, 1151: los signos del Reino de Dios

CEC 224, 2637-2638: la acción de gracias

CEC 1010: el sentido cristiano de la muerte

Cristo, médico

1503  La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús

no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.

1504  A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf Mc 5,34.36; 9,23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (cf Mc 7,32-36; 8, 22-25), barro y ablución (cf Jn 9,6s). Los enfermos tratan de tocarlo (cf Mc 1,41; 3,10; 6,56) «pues salía de él una fuerza que los curaba a todos» (Lc 6,19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.

1505  Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17; cf Is 53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal (cf Is 53,4-6) y quitó el «pecado del mundo» (Jn 1,29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con él y nos une a su pasión redentora.

Jesús escucha la oración

2616  La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9, 27) o «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: «¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!» Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: «Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!».

          San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: «Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis» («Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros», Sal 85, 1; cf IGLH 7).

El anuncio del Reino de Dios

543    Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

          La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544    El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para «anunciar la Buena Nueva a los pobres» (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara bienaventurados porque de «ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3); a los «pequeños» es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).

545    Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

546    Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera» (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

          Los signos del Reino de Dios

547    Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (cf, Lc 7, 18-23).

548    Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34; 10, 52; etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3, 22).

549    Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

550      La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): «Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo» (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: «Regnavit a ligno Deus» («Dios reinó desde el madero de la Cruz», himno «Vexilla Regis»).

1151  Signos asumidos por Cristo. En su predicación, el Señor Jesús se sirve con frecuencia de los signos de la Creación para dar a conocer los misterios el Reino de Dios (cf. Lc 8,10). Realiza sus curaciones o subraya su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos (cf Jn 9,6; Mc 7,33-35; 8,22-25). Da un sentido nuevo a los hechos y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al Exodo y a la Pascua (cf Lc 9,31; 22,7-20), porque él mismo es el sentido de todos esos signos.

224 Es vivir en acción de gracias: Si Dios es el Unico, todo lo que somos y todo lo que poseemos vienen de él: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co 4,7). «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal 116,12).

IV     LA ORACION DE ACCION DE GRACIAS

2637  La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y  de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias de los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.

2638  Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. Las cartas de San Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. «En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros» (1 Ts 5, 18). «Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col 4, 2).

 

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

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Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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