Archivos mensuales: Octubre 2016

Domingo XXXI Tiempo Ordinario (C)

 

30
octubre

Domingo XXXI Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXXI Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 30 de Octubre de 2016)

LECTURAS

Te compadeces de todos, porque amas todo lo que existe

Lectura del libro de la Sabiduría     11, 22-12,2

Señor, el mundo entero es delante de ti
como un grano de polvo que apenas inclina la balanza,
como una gota de rocío matinal que cae sobre la tierra.
Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes,
y apartas los ojos de los pecados de los hombres
para que ellos se conviertan.
Tú amas todo lo que existe
y no aborreces nada de lo que has hecho,
porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado.
¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras?
¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado?
Pero tú eres indulgente con todos,
ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida,
porque tu espíritu incorruptible está en todas las cosas.
Por eso reprendes poco a poco a los que caen,
y los amonestas recordándoles sus pecados,
para que se aparten del mal y crean en ti, Señor.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 144, 1-2. 8-11. 13c-14 (R.: cf. 1)

R. Bendeciré al Señor siempre y en todo lugar.

Te alabaré, Dios mío, a ti, el único Rey,
y bendeciré tu Nombre eternamente;
día tras día te bendeciré,
y alabaré tu Nombre sin cesar. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder. R.

El Señor es fiel en todas sus palabras
y bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que caen
y endereza a los que están encorvados. R.

El nombre del Señor Jesús será glorificado en ustedes,
y ustedes en Él

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica     1, 11-2, 2

Hermanos:
Rogamos constantemente por ustedes a fin de que Dios los haga dignos de su llamado, y lleve a término en ustedes, con su poder, todo buen propósito y toda acción inspirada en la fe. Así el nombre del Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en Él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.
Acerca de la Venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, les rogamos, hermanos, que no se dejen perturbar fácilmente ni se alarmen, sea por anuncios proféticos, o por palabras o cartas atribuidas a nosotros, que hacen creer que el Día del Señor ya ha llegado.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 3, 16

Aleluia.
Dios amó tanto al mundo,
que entregó a su Hijo único;
todo el que cree en Él tiene Vida eterna.
Aleluia.

EVANGELIO

El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar
lo que estaba perdido

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador». Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más».
Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo XXXI Tiempo Ordinario

Ciclo C

Entrada:

“La santa Iglesia vive de la Eucaristía”.., y agradecida por tal inmenso  don, se reúne cada domingo en torno al altar para renovar el misterio de la fe, allí encuentra luz y gracia en su peregrinar hacia la vida eterna. Dispongámonos a participar del Santo Sacrificio con un corazón humilde.

1-Lectura:                    Sab. 11,22-12,2

El libro de la Sabiduría nos revela el amor de Dios, Padre todopoderoso, que se compadece de nuestras debilidades.

2-Lectura:                        2 Test. 1,11-2,2

El Apóstol de los gentiles, ruega por los cristianos de Tesalónica, para que por su fidelidad, el Nombre del Señor Jesús sea glorificado.

Evangelio:                          Lc. 19,1-10

El Señor Jesús concede la conversión a Zaqueo que lo buscaba con sincero corazón; de la misma manera actúa con nosotros.

Preces:

Hermanos, acudamos al Señor que sacia de bienes nuestros anhelos y oremos por las necesidades del mundo.

A cada intención respondemos…

-Por el Santo Padre Francisco, para que  Dios le conceda la fortaleza necesaria para llevar el peso de todas las iglesias. Oremos…

-Por el aumento y santificación de las vocaciones sacerdotales y religiosas, para que por su predicación y apostolados el Señor Jesús sea conocido, alabado y glorificado en todos los pueblos. Oremos…

-Por las familias para que acogiendo la Palabra de Dios, la transmitan con fidelidad y coherencia de vida, siendo instrumentos de evangelización en el hogar. Oremos…

-Por los cristianos perseguidos, especialmente en Siria, para que sean fortalecidos por la gracia y perseveren firmes en la confesión de Cristo, el Señor. Oremos…

-Por todos los enfermos para que, a imitación del Señor en la pasión, lleven sus dolores en conformidad a la voluntad de Dios, que es Padre bondadoso. Oremos…

Padre bondadoso, tu misericordia llega a tus fieles de generación en generación; mira a tu pueblo suplicante y concédenos lo  que te pedimos con corazón filial. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

-Ofrecemos alimentos, expresando con ello nuestro deber de caridad hacia los más necesitados.

Pan y vino, manifestando nuestras alegrías y sufrimientos unidos al sacrifico del Redentor.

Comunión:

“La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento…” conscientes  de ello, acerquémonos a recibir al Señor que ha querido quedarse con nosotros.

Salida:

Que María Santísima, Madre de misericordia, nos conceda la gracia de un corazón solícito en el servicio de Dios y  a  las necesidades del prójimo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Zaqueo

(Lc.19,1-10)

1 Entró en Jericó y atravesaba la ciudad. 2 Y había allí un hombre, llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y muy rico, 3 el cual trataba de ver quién era Jesús, pero no podía por causa de la multitud, ya que él era pequeño de estatura. 4 Y echó a correr hacia delante y se subió a un sicómoro para ver a Jesús, pues tenía que pasar por allí.

Jesús va por la ciudad. Hay gran aglomeración. Un hombre de estatura pequeña, al que nadie hace sitio, se abre paso por entre la multitud. Echa a correr delante de la gente. Trepa a un sicómoro que se halla junto al camino. El hombrecillo se llama Zaqueo («Dios se ha acordado» = Zacarías). El hombre era jefe de publicanos. Tiene arrendados los impuestos de la aduana y del mercado y los recauda por medio de ayudantes. Jericó era ciudad aduanera lindante con la provincia de Arabia, era ciudad exportadora de bálsamo. En su calidad de publicano, era Zaqueo, para los judíos, pecador; como rico que era, presentaba también un «caso difícil» para el mensaje de Jesús (18,24).

En este hombre, que aparentemente sólo vive para el dinero, que ha prostituido su fidelidad al pueblo de Dios y su honor de pertenecerle, arde el deseo de ver a Jesús. El ciego quiere oír, el publicano quiere ver. Por la vista y por el oído llega la salvación al hombre. Los mensajeros del Bautista recibieron de Jesús el encargo: «Id a contar a Juan lo que habéis visto y oído» (7,22). Como el ciego tiene que superar el obstáculo de la multitud que acompaña a Jesús, así también el jefe de publicanos. El ciego grita, el publicano trepa al árbol, que tiene sus ramas extendidas. Zaqueo no se cuida de su dignidad, no teme el ridículo de su parapeto ni las miradas sarcásticas y hostiles de los que lo conocen. Entrar en contacto con Jesús le importa ante todo.

5 Cuando llegó Jesús a aquel sitio, miró hacia arriba y le dijo: Zaqueo, baja de prisa; porque conviene que hoy me quede en tu casa. 6 Bajó de prisa, y lo recibió en su casa muy contento.

Jesús, como profeta que es, conoce los corazones. Conoce también el deseo de Zaqueo. Mientras Jesús le mira hacia arriba, alborea para él el gran hoy de historia de la salvación. Hoy se cumple para él la Escritura que promete la buena nueva a los pobres y a los indigentes (4,18), hoy se le ha acercado el Salvador (2,11), hoy se encuentra en Jesús con la acción paradójica de Dios, que obtiene resultado allí donde humanamente no se esperaba (5,26).

El publicano es llamado por su nombre. Ahora se cumple en él lo que este nombre significa; Dios se acuerda de él y se compadece. Ha tomado bajo su amparo a su siervo, acordándose de su misericordia (1,55). En él se realiza lo que conviene, lo que ha sido decretado por la voluntad salvífica de Dios, que Jesús tiene que cumplir. Todo acontece con rapidez: la visita de Dios tiene que realizarse a su tiempo (1,39). La prisa, Jesús como huésped, la buena hospitalidad dispensada en casa del pecador, la alegría, la inesperada elección de Dios, el hacerse pequeño el grande… todo esto es indicio de lo que ha de aportar la subida a Jerusalén. Cuando Jesús sea «elevado», exaltado, se multiplicará lo que ahora tiene lugar en Jericó. Los apóstoles lo experimentarán constantemente en sus marchas apostólicas.

7 Al ver esto, todos murmuraban, comentando que había ido a hospedarse en casa de un pecador. 8 Pero Zaqueo se levantó y dijo al Señor: Mira, Señor; voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más.

El judío piadoso no se sienta a la mesa con publicanos y pecadores públicos (15,2). Todos se escandalizan y murmuran (5,30; 15,2). Israel murmura en el desierto cuando Dios no responde a sus exigencias. La voluntad salvífica de Dios tropieza con incomprensión y murmuración. Jesús cumple la voluntad de Dios y pasa por encima de las murmuraciones de los hombres. «Bienaventurado aquel que en mí no encuentre ocasión de tropiezo» (7,23); conviene recordarlo, cuando él no procede como se había esperado.

El publicano captó el «hoy» del tiempo de la salvación, con su oferta divina (Deu_30:15-20), y se convirtió. Su sinceridad se manifiesta en su voluntad de cumplir radicalmente las prescripciones de la ley. No sólo restituyó el 120 % del valor que ha adquirido injustamente (Lev_5:20-26), sino que además piensa dar una compensación del cuádruplo (cf. Exo_21:37). Los doctores de la ley exigen que se dé también una cierta suma de dinero a los pobres si el arrepentimiento ha de mostrarse sincero. Ellos proponían un quinto del capital como primera prestación y la misma proporción de los ingresos anuales como prestación sucesiva (cf. Num_5:6 s). También esto tiene intención de cumplir el publicano. Esto ante todo, pues no consta si ha perjudicado a alguien con extorsión, que era el pecado de los publicanos. Como él ha oído interiormente el mensaje de la salvación, pone en práctica lo que exige la ley y todavía más. Como el amor de Dios le ha alcanzado en Jesús, rebasa él lo que exige la ley y lo que quiere la exposición de la ley. Dios santifica a su pueblo cuando Jesús se interesa por los pecadores.

9 Entonces le dijo Jesús: Hoy ha llegado la salvación a esta casa; pues también éste es hijo de Abraham. 10 Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Hoy ha llegado la salvación a la casa de Zaqueo. Lo que en el nacimiento de Jesús fue anunciado a los pastores, que entre la gente piadosa eran tenidos por pecadores, se realiza en el jefe de los publicanos por la palabra de Jesús. En efecto; allí se dijo: «Hoy os ha nacido un Salvador» (Lc_2:11). En el camino hacia Jerusalén se lleva a cabo lo que se había anunciado en el comienzo del tiempo de salvación. Al publicano no se le reconocía ya que era hijo de Abraham, pero su fe y su acogida por Jesús lo ha acreditado como verdadero hijo de Abraham. Él «espera contra toda esperanza» cuando le alcanza la oferta salvadora de Dios (Rom_4:18 ss). La descendencia de Abraham es ampliada, de modo que tengan participación en las promesas de Abraham incluso los que no son de su sangre. La misión de Jesús se cumple mediante la acogida de los pecadores. Dios lo envió para que aportara salvación, no perdición; salud, no condenación; vida, no muerte. «Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores» (1Ti_1:15). Por él se cumple lo que el profeta había anunciado acerca del tiempo de salvación: «Buscaré la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré la perniquebrada y curaré la enferma; guardaré y apacentaré con justicia las justas y robustas» (Eze_34:16). En Jesús sale Dios al encuentro a su pueblo como buen pastor: «Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y las reuniré» (Eze_34:11). Lo que se significó en las parábolas relativas al amor a los pecadores, se efectúa en la realidad de la vida. Jesús es el salvador de los que estaban perdidos.

En el relato de la conversión de Zaqueo están reunidas todas las palabras y conceptos preferidos del Evangelio de los pobres: hoy, salvación; para salvar lo que estaba perdido; pequeño, pecador, publicano; el «convenía» de la voluntad salvadora de Dios, la prisa, la acogida en la casa, la alegría. Gracia rebosante de Dios y buena voluntad rebosante del hombre se manifiestan en Jericó, ciudad sobre la que pesaba una antigua maldición (Jos_6:26), en casa del jefe de los publicanos y pecador, que es rico. Jericó es la ciudad de donde Jesús emprende la subida a Jerusalén, es como la puerta para la ciudad en la que aguarda la consumación de la historia de la salud, de la que proviene la salvación.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        Xavier Leon-Dufour

Penitencia, conversión

Dios llama a los hombres a entrar en comunión con él. Ahora bien, se trata de hombres pecadores. Pecadores de nacimiento (Sal 51,7): por la falta del primer padre entró el *pecado en el mundo (Rom 5.12) y desde entonces habita en lo más íntimo de su “yo” (7,20). Pecadores por culpabilidad personal, pues cada uno de ellos, “vendido al poder del pecado” (7,14), ha aceptado voluntariamente este yugo de las pasiones pecadoras (cf. 7,5). La respuesta al llamamiento de Dios les exigirá por tanto en el punto de partida una conversión, y luego, a todo lo largo de la vida, una actitud penitente. Por esto la conversión y la penitencia ocupan un lugar considerable en la revelación bíblica..

Sin embargo, el vocabulario que las expresa adquirió sólo lentamente su plenitud de sentido a medida que se iba profundizando la noción del pecado. Algunas fórmulas evocan la actitud del hombre que se ordena deliberadamente a Dios: “buscar a Yahveh” (Am 5,4; Os 10,12), “buscar su rostro” (Os 5,15; Sal 24,6; 27, 8), “humillarse delante de él” (lRe 21,29; 2Re 22,19), “fijar su corazón en él” (ISa 7,3)… Pero el término más empleado, el verbo silb, traduce la idea de cambiar de rumbo, de volver, de hacer marcha atrás, de volver uno sobre sus pasos. En contexto religioso significa que uno se desvía de lo que es malo y se vuelve a Dios. Esto define lo esencial de la conversión, que implica un cambio de conducta, una nueva orientación de todo el comportamiento. En época tardía se distinguió más entre el aspecto interior de la penitencia y los actos exteriores que determina. Así la Biblia griega emplea conjuntamente el verbo epistrephein, que connota cambio de la conducta práctica, y el verbo metanoein, que atiende más a la vuelta interior (la metanoia es el arrepentimiento, la penitencia). Analizando los textos bíblicos hay que considerar estos dos aspectos distintos, pero estrechamente complementarios.

(…)

NT. I. EL ÚLTIMO DE LOS PROFETAS. En el umbral del NT el mensaje de conversión de los profetas reaparece en toda su pureza en la predicación de *Juan Bautista, el último de ellos. Lucas resume así su misión: “reducirá numerosos hijos de Israel al Señor su Dios” (Lc 1,16s; cf. Mal 3,24). Una frase condensa su mensaje: Convertíos, pues el reino de los cielos está cerca” (Mt 3,2). La venida del reino abre una perspectiva de esperanza; pero Juan subraya sobre todo el *juicio que debe precederla. Nadie podrá sustraerse a la *ira que se manifestará el *día de Yahveh (Mt 3,7.10.12). De nada servirá pertenecer a la raza de *Abraham (Mt 3,9). Todos los hombres deben reconocerse pecadores, producir un *fruto que sea digno del arrepentimiento (Mt 3,8), adoptar un comportamiento nuevo apropiado a su estado (Lc 3,10-14). Como signo de esta conversión da Juan un *bautismo de agua, que debe preparar a los penitentes para el bautismo de fuego y del Espíritu Santo que dará el Mesías (Mt 3,11 p).

II. CONVERSIÓN Y ENTRADA EN EL REINO DE DlOS. 1. Jesús no se contenta con anunciar la proximidad del *reino de Dios. Comienza por realizarla con poder: con él se inaugura el reino, si bien está todavía orientado hacia misteriosas realizaciones. Pero el llamamiento a la conversión lanzado por el Bautista no pierde por esto nada de su actualidad: Jesús lo reasume en propios términos al comienzo de su ministerio (Mc 1,15; Mt 4,17). Si ha venido, ha sido para “llamar a los pecadores a la conversión” (Lc 5,32); éste es un aspecto esencial del Evangelio del reino. Por lo demás, el hombre que toma conciencia de su estado de pecador, puede volverse a Jesús con confianza, pues “el *Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados” (Mt 9,6 p). Pero el mensaje de conversión tropieza con la suficiencia humana bajo todas sus formas, desde el apego a las *riquezas (Mc 10,21-25) hasta la soberbia seguridad de los *fariseos (Lc 18,9). Jesús se alza como el “signo de Jonás” en medio de una *generación mala, con disposiciones menos buenas para con Dios que en otro tiempo Nínive (Lc 11, 29-32 p). Así eleva contra ella una requisitoria llena de amenazas; los hombres de Nínive la condenarán el día del juicio (Lc 11,32); Tiro y Sidón tendrán una suerte menos rigurosa que las ciudades del Lago (Lc 10,13ss p). La impenitencia actual de Israel es, en efecto, señal del *endurecimiento de su corazón (Mt 13, 15 p; cf. Is 6,10). Si los oyentes impenitentes de Jesús no cambian de conducta, perecerán (Lc 13,1-5) a semejanza de la higuera *estéril (Lc 13,6-9; cf. Mt 21,18-22 p).

2. Cuando Jesús reclama la conversión no hace alusión alguna a las liturgias penitenciales. Hasta desconfía de los signos demasiado vistosos (Mt 6,16ss). Lo que cuenta es la conversión del corazón que hace que uno vuelva a ser como un *niño pequeño (Mt 18,3 p). Luego, el esfuerzo continuo por “buscar el reino de Dios y su *justicia” (Mt 6,33). es decir, por regular la propia vida según la *nueva ley. El acto mismo de la conversión se evoca con palabras muy expresivas. Si bien Implica una voluntad de transformación moral, es, sobre todo, llamamiento humilde, acto de confianza : “Dios mío, tened piedad de mí, que soy pecador” (Lc 18,13). La conversión es una *gracia preparada siempre por la iniciativa divina, por el *pastor que sale en busca de la oveja perdida (Lc 15,4ss; cf. 15,8). La respuesta humana a esta gracia se analiza concretamente en la parábola del hijo pródigo, que pone en estupendo relieve la *misericordia del Padre (Lc 15,11-32). En efecto, el Evangelio del reino implica esta revelación desconcertante: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencian (Lc 15,7.10). Así también Jesús manifiesta a los pecadores una actitud acogedora que escandaliza a los fariseos (Mt 9,10-13 p; Lc 15,2), pero provoca conversiones; y el Evangelio de Lucas se complace en referir en detalle algunas de estas vueltas a Dios, como la de la pecadora (Lc 7,36-50) y la de Zaqueo (19,5-9).

III. CONVERSIÓN Y BAUTISMO, Mientras vivía Jesús había ya enviado a sus *apóstoles a predicar la conversión anunciando el Evangelio del reino (Mc 6,12). Después de su resurrección les renueva esta *misión: irán a proclamar en su nombre el arrepentimiento a todas las naciones con miras a la remisión de los pecados (Lc 24,47), pues los pecados serán remitidos a los que ellos los remitan (Jn 20,23). Los Hechos y las Epístolas nos hacen asistir al cumplimiento de esta orden. Pero, con todo, la conversión adopta diferente cariz según se trate de judíos o de paganos. 1. Lo que se exige a los judíos es ante todo la conversión moral, a la que los había llamado ya Jesús. A este arrepentimiento (metanoia) responderá Dios otorgando el *perdón de los pecadores (Act 2,38; 3,19: 5,31); la misma quedará sellada con la recepción del *bautismo y el don del Espíritu Santo (Act 2,38). Sin embargo, la conversión debe incluir, al mismo tiempo que una transformación moral, un acto positivo de *fe en Cristo: los judíos se volverán (epistrephein) hacia el Señor (Act 3. 19; 9,35). Ahora bien, como lo experimenta bien san Pablo, tal adhesión a Cristo es la cosa más difícil de obtener. Los judíos tienen un velo sobre el corazón. Si se convirtieran, caería el velo (2Cor 3,16). Pero, conforme al texto de Isaías Os 6,9s), su *endurecimiento los clava en la *incredulidad (Act 28,24-27). Pecadores al igual que los paganos, amenazados como ellos por la *ira divina, no comprenden que Dios da prueba de *paciencia para inducirlos al arrepentimiento (Rom 2,4). Sólo un *resto responde a la predicación apostólica (Rom 11,1-5).

2. El Evangelio halla mejor acogida en las *naciones paganas. Desde el bautismo del centurión Cornelio los cristianos de origen judío comprueban con sorpresa que “el arrepentimiento que conduce a la vida se ofrece a los paganos lo mismo que a ellos” (Act 11,18; cf. 17,30). En realidad se anuncia con éxito en Antioquía y en otras partes (Act 11. 21; 15,3.19); hasta es ése el objeto especial de la misión de Pablo (Act 26.18.20). Pero en este caso, la conversión exige, al mismo tiempo que el arrepentimiento moral (rnetanoia), abandono de los *ídolos para volverse (epistrephein) hacia el Dios vivo (Act 14,15; 26,18; ITes 1,9), según un tipo de conversión que contemplaba ya el segundo Isaías. Una vez dado este primer paso, los paganos como los judíos son inducidos a “volverse a Cristo, pastor y guardián de sus almas” (IPe 2,25).

IV. PECADO Y PENITENCIA EN LA IGLESIA. 1. El acto de conversión sellado con el bautismo se cumple de una vez para siempre; su gracia no se puede renovar (Heb 6,6). Ahora bien, los bautizados pueden todavía recaer en el pecado: la comunidad apostólica no tardó en experimentarlo. En este caso el arrepentimiento es todavía necesario si, a pesar de todo, se quiere tener parte en la salvación. Pedro invita a ello a Simón mago (Act 822), Santiago apremia a los cristianos fervientes para que hagan volver a los pecadores de su extravío (Sant 5,19s). Pablo se regocija de que se hayan arrepentido los corintios (2Cor 7,9s), al mismo tiempo que teme que no lo hayan hecho ciertos pecadores (12,21). Urge a Timoteo para que corrija a los recalcitrantes, esperando que Dios les otorgue la gracia del arrepentimiento (2Tim 2,25). En fin, en los mensajes a las siete Iglesias que abren el Apocalipsis se leen claras invitaciones al arrepentimiento, que suponen destinatarios decaídos del primitivo fervor (Ap 2,5.16.21s; 3;3.19). Sin hablar explícitamente del sacramento de penitencia muestran estos textos que la virtud de penitencia debe tener un lugar en la vida cristiana como prolongación de la conversión bautismal.

2. En efecto, sólo la penitencia prepara al hombre para afrontar el *juicio de Dios (cf. Act 17,30s). Ahora bien, la historia está en marcha hacia este juicio. Si su llegada parece tardar, es únicamente porque Dios “usa de *paciencia. Queriendo que no perezca nadie y que todos, si es posible, lleguen al arrepentimiento” (2Pe 3,9). Pero así como Israel se endureció en la impenitencia en tiempo de Cristo y frente a la predicación apostólica, así también, según el Apocalipsis, los hombres se obstinarán en no comprender el significado de las *calamidades que atraviesa su historia y que anuncian el *día de la ira: también ellos se endurecerán en la impenitencia (Ap 9,20s), *blasfemando el nombre de Dios en lugar de arrepentirse y de darle gloria (16,9.11). No se trata de los miembros de la Iglesia, sino únicamente de los paganos y de los renegados (cf. 21,8). Sombría perspectiva, que el juicio de Dios vendrá a cerrar. Así también urge que los cristianos, por la penitencia, “se salven de esta *generación extraviada” (Act 2,40).

-> Bautismo – Buscar – Confesión – Endurecimiento – Expiación – Incredulidad – Enfermedad – Curación – Misericordia – Perdón – Pecado.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

  

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Santos Padres

·        San Agustín

Zaqueo

3. Pero vas a decir: «Si soy como Zaqueo no podré ver a Jesús a causa de la muchedumbre». No te entristezcas, sube al árbol del que Jesús estuvo colgado por ti y verás. ¿Y a qué clase de árbol subió Zaqueo? A un sicómoro. En nuestra región o no existe o es muy raro que surja en algún lugar, pero en aquella zona se da mucho este tipo de árbol y fruto. Reciben el nombre de sicómoros ciertos frutos semejantes a los higos, pero que se diferencian bastante, como saben quienes los han visto y gustado. Por lo que indica la etimología del nombre, los sicómoros son higueras necias. Pon ahora los ojos en mi Zaqueo, mírale, te suplico, queriendo ver a Jesús en medio de la muchedumbre sin conseguirlo. Él era humilde, mientras que la turba era soberbia; y la misma turba, como suele ser frecuente, se convertía en impedimento para ver bien al Señor. Se levantó sobre la muchedumbre y vio a Jesús sin que ella se lo impidiese. En efecto, a los humildes, a los que siguen el camino de la humildad, a los que dejan en manos de Dios las injurias recibidas y no piden venganza para sus enemigos, a ésos los insulta la turba y les dice: « ¡Inútil, que eres incapaz de vengarte! » La turba te impide ver a Jesús; la turba, que se gloría y exulta de gozo cuando ha podido vengarse, impide la visión de quien, pendiente de un madero, dijo: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Por eso Zaqueo, que quería verle, simbolizando a las personas humildes, no pone su mirada en la turba, que es impedimento, sino que sube a un sicómoro, como al árbol de fruto necio. Pues nosotros, dice el Apóstol, predicamos a Cristo crucificado, escándalo ciertamente para los judíos y —contempla el sicómoro— necedad, en cambio, para los gentiles. Finalmente, los sabios de este mundo nos insultan a propósito de la cruz de Cristo y dicen: «¿Qué corazón tenéis quienes adoráis a un Dios crucificado?» «¿Qué corazón tenemos?», preguntas. Ciertamente, no el vuestro. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos, pues, un corazón como el vuestro. Decís que nuestro corazón es necio. Decid lo que queráis; nosotros subimos al sicómoro para ver a Jesús. Vosotros no podéis ver a Jesús porque os avergonzáis de subir al sicómoro. Alcance Zaqueo el sicómoro, suba el humilde a la cruz. Poca cosa es subir; para no avergonzarse de la cruz de Cristo, póngala en la frente, donde está el asiento del pudor; allí precisamente donde antes se nota el rubor; póngala allí para no avergonzarse de ella, Pienso que te ríes del sicómoro, pero también él me hizo ver a Jesús. Tú te ríes del sicómoro porque eres hombre, pero lo necio de Dios es más sabio que la sabiduría de los hombres.

4. También el Señor vio a Zaqueo. Fue visto y vio; pero si no hubiese sido visto, no hubiera visto. Pues a los que predestinó los llamó. Él es quien dijo a Natanael que con su testimonio prestaba ayuda al Evangelio al preguntar: ¿Puede salir algo bueno de Nazaret? Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas bajo la higuera. Sabéis de qué se hicieron sus túnicas los primeros pecadores, Adán y Eva. Cuando pecaron se hicieron unos cinturones de hojas de higuera y con ellos cubrieron las partes vergonzosas, siendo el pecado el causante de esa vergüenza. Por tanto, si los primeros pecadores de quienes descendemos y en quienes habíamos perecido, de forma que vino él a buscar y salvar lo que había perecido, se hicieron esos cinturones de hojas de higuera para cubrir las partes vergonzosas, ¿qué otra cosa se indicaba con las palabras: Te vi cuando estabas bajo la higuera, sino que no hubieras venido a quien quita el pecado si antes no te hubiese visto él bajo la sombra del pecado? Fuimos vistos para que pudiésemos ver; para que amáramos, fuimos amados. Él es mi Dios y su misericordia irá delante de mí.

5. El Señor, que había recibido a Zaqueo en su corazón, se dignó ser recibido en casa de él. Le dice: Zaqueo, apresúrate a bajar, pues conviene que yo me quede en tu casa. Gran dicha consideraba él ver a Cristo. Quien tenía por grande e inefable dicha el verle pasar, mereció inmediatamente tenerle en casa. Se infunde la gracia, actúa la fe por medio del amor, se recibe en casa a Cristo, que habitaba ya en el corazón. Zaqueo dice a Cristo: Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado le devolveré el cuádruplo. Como si dijera: «Me quedo con la otra mitad, no para poseerla, sino para tener con qué restituir». He aquí, en verdad, en qué consiste recibir a Jesús, recibirle en el corazón. Allí, en efecto, estaba Cristo; estaba en Zaqueo, y por su inspiración se decía a sí mismo lo que escuchaba de su boca. Es lo que dice el Apóstol: Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe.

6. Como se trataba de Zaqueo, el jefe de los publícanos y gran pecador, aquella turba, que se creía sana y le impedía ver a Jesús, se llenó de admiración y encontró reprochable el que Jesús entrase en casa de un pecador, que equivale a reprochar al médico el que entre en casa del enfermo. Puesto que Zaqueo se convirtió en objeto de burla en cuanto pecador v se mofaban de él, ya sano, los enfermos, respondió el Señor a esos burlones: Hoy ha llegado la salvación a esta casa. He aquí el motivo de mi entrada: Hoy ha llegado la salvación. Ciertamente, si el Salvador no hubiese entrado no hubiese llegado la salvación a aquella casa. ¿De qué te extrañas, enfermo? Llama también tú a Jesús, no te creas sano. El enfermo que recibe al médico es un enfermo con esperanza; pero es un caso desesperado quien en su locura da muerte al médico. ¡Qué locura la de aquel que da muerte al médico! En cambio, ¡qué bondad y poder el del médico que de su sangre preparó la medicina para su demente asesino! No decía sin motivo: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen, quien había venido a buscar y salvar lo que había perecido. «Ellos son dementes, yo soy el médico; se enfurecen, los soporto con paciencia; cuando me hayan dado muerte, entonces los curaré». Hallémonos entre aquellos a quienes sana. Es palabra humana y digna de todo crédito que Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores. A salvar a los pecadores, sean grandes o pequeños. Vino el hijo del hombre a buscar y salvar lo que había perecido.

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º) (t. XXIII), Sermón 174, 3-6, BAC Madrid 1983, 700-704

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA CONVERSIÓN

La Redención, fruto de la Misericordia de Dios, es la obra divina por excelencia. En ella se manifiesta no sólo el poder y la sabiduría de Dios sino su amor sin medida, amor en que consiste el ser mismo de Dios, según dice San Juan: “Dios es Amor”.

Lo que la Redención es en el plano general, lo es la conversión en el orden individual: la convergencia de la iniciativa divina y de la aceptación del hombre.

El evangelio de hoy nos muestra, precisamente, cómo obra la gracia divina en la regeneración del corazón humano.

La misericordia de Cristo

Lo que primero se destaca en este relato es la misericordia del Señor, el Buen Pastor, como Él mismo quiso llamarse, venido en pos de la oveja perdida. Rodeado por la multitud que se amon­tonaba a su paso, su Corazón sabía descubrir al necesitado. Así como al entrar en la ciudad de Jericó había devuelto la vista a un pobre ciego, va ahora a otorgar la salud del alma a un rico publicano.

Y es precisamente en el perdón de los pecados donde mejor se manifiesta la omnipotencia de Dios, como lo dice la primera lectura, del libro de la Sabiduría: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan”.

Nunca se agradecerá demasiado a Dios la inconmensurable obra de misericordia que realizara con la Redención. La vida de cada uno de los que han sido regenerados por la sangre de Cristo debiera ser un canto de alabanza y gratitud a la infinita bondad del Padre para con nosotros. Pero esta actitud de agradecimiento no debe quedar recluida en lo íntimo de nuestra experiencia individual. Sólo manifiesta haber recibido con fruto los benefi­cios del amor de Dios y comprender su corazón paterno, quien se esfuerza por testimoniar ante los demás lo que Dios ha hecho con él, invitándolos a acercarse “confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia”, como se exhorta en la epístola a los Hebreos. ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!

Quien conoce de veras a Dios, sabe cuánto ansía derramar el torrente de sus gracias sobre las almas que se han vuelto áridas y estériles por el pecado. Por eso, si verdaderamente la gracia ha obrado en su interior, debe también él tener entrañas de miseri­cordia, no sucumbiendo a la tentación de aprovechar para sí solo el perdón de Dios, como ocurrió con el siervo implacable de la parábola. Por el contrario, el recuerdo del perdón de las propias faltas es el mejor remedio contra aquel nocivo celo indiscreto que aleja de Cristo a quienes más necesitados andan de Él. Pero para esto es necesario el humilde reconocimiento de las propias miserias: “No son los sanos los que necesitan de médico”.

La conversión

El efecto de la obra de Cristo es la conversión. Por el pecado, el hombre da las espaldas a Dios y se vuelve sobre sí y hacia las creaturas. El perseverar en esta actitud lo expone al endureci­miento de corazón, inhabilitándolo para cumplir con su voca­ción. Sin embargo, la gracia de Dios puede vencer esa obstina­ción, irrumpiendo con su luz, y venciendo las tinieblas del pecado. Con la conversión, Dios da al hombre una nueva opor­tunidad de responder a su vocación, o como dice San Pablo, le ofrece su poder “para llevar a término todo buen propósito y toda acción inspirada en la fe”.

Pero la acción de la gracia de Dios pide necesariamente el concurso del hombre. Entra aquí en juego la libertad de éste. Nunca dejará de ser un misterio la iniciativa divina, que precede siempre a todo movimiento del corazón humano. Sin embargo, es innegable que se trata, de parte del hombre, de una acepta­ción: quien se salva o quien se condena es porque él libremente así lo ha querido. Estremece pensar las honduras de la ingratitud de la creatura, que a causa de su crecida soberbia, puede labrarse su propia perdición. El mismo Dios ha dicho en la Escritura: “El corazón es lo más retorcido: no tiene arreglo. ¿Quién lo conoce? Yo, el Señor, exploro el corazón”.

Hay, entonces, un remedio para superar la eterna fluctuación de nuestro espíritu: acudir humildemente a Quien conoce nues­tro mal, al único Médico que puede curamos, y entregamos total­mente a Él. Justamente eso es la conversión: la donación total. Cierto que es este carácter de extremosidad lo que retrae nuestra alma de lanzarse al abismo del Amor de Dios. Quien habla de conversión habla de desasimiento, de renuncia, de transforma­ción; habla de dar la espalda a lo que no es Dios, de abrir lo íntimo del corazón, descubrir sus llagas y orientar toda la existencia hacia la eternidad. En esto consiste la radicalidad de la conver­sión, de la cual tenemos un hermoso modelo en la figura del publicano Zaqueo.

El ejemplo de Zaqueo

San Lucas, el evangelista de la mansedumbre del Salvador (scriba mansuetudinis Christi), como lo llamó San Jerónimo, es el único que nos ha conservado el retrato del publicano Zaqueo así como el relato de su conversión, de la cual es modelo.

Modelo, en primer lugar, por su fe. No se instala en la como­didad de su bienestar material, sino que, acicateado por la fama del Maestro, manso con los pecadores, exigente con sus discípu­los, e implacable con los fariseos hipócritas, quiere ver a Jesús.

Modelo también en la audacia de su amor incipiente. No teme exponerse a las probables burlas e insultos del gentío por su doble condición de hombre de baja estatura y de jefe de los publicanos. Al contrario, dice el evangelio que se adelantó corriendo y trepó como un niño, él, hombre mayor y con familia, a un sicómoro. Quizá este rasgo casi infantil es el que sedujo el corazón del Divino Maestro, que se complacía en hallar almas sedientas del tesoro de sus misericordias.

Modelo, finalmente, por su liberalidad y magnificencia. Reco­nociendo haber obrado injustamente, repara abundantemente los daños inferidos, devolviendo “cuatro veces más”; no conten­to con eso, extiende los frutos de su conversión a las necesidades de los pobres, dándoles “la mitad de sus bienes”.

Hay dos conversiones que deben darse en la vida de todo hom­bre: de lo malo a lo bueno y de lo bueno a lo perfecto. Muchos hay que se detienen en la primera, y creen haber hecho un gran favor a Dios. Tal fue la actitud del joven rico, que San Lucas nos describe en el capítulo anterior: se acercó a Cristo para pregun­tarle qué había de hacer para heredar la vida eterna. Pero ante la invitación del Señor a venderlo todo y seguirlo, “se entristeció, porque era muy rico”.

¡Qué contraste con la actitud de Zaqueo, el cual “bajó rápidamente [del sicómoro] y lo recibió [a Jesús] con alegría”! Y estando ya el Salvador en su casa, “resueltamente”, como señala el texto evangélico, hace su generosa oferta, que tiene como respuesta esas palabras de Cristo que son una bienaventuranza: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham”. Así manifiesta que Zaqueo, de un solo salto —y a pesar de su estatura— ha pasado de la primera a la segunda conversión. Probablemente, si Cristo hubiese previsto que Zaqueo no habría de dar este paso, no se habría molestado en mirar hacia el sicómoro e invitarse a su casa. Con lo del joven rico bastaba para escarmiento.

Mirando hacia lo alto, dice San Ambrosio, el Señor vio a Za­queo en la rama, como el fruto entre las hojas, fruto maduro para la conversión. “Zaqueo en el sicómoro es esa figura del fruto nuevo del nuevo tiempo”.

Por el Bautismo nosotros hemos sido injertados en Cristo, y mientras no pongamos el obstáculo del pecado grave, recibimos constantemente la savia de su vida divina. Sin embargo, esta adhesión habitual del alma a Dios, de ninguna manera nos dispensa de la tarea de convertimos; al contrario, la hace más apremiante, si cabe. De una manera especial, cada encuentro con Cristo en la Eucaristía debe imprimir a nuestra vida una nueva corrección en la orientación hacia Él. Pidamos a Nuestra Señora que cuando recibamos el Cuerpo de su Hijo, nuestro corazón se sienta impelido al progreso espiritual, hasta alcanzar la plena identificación con Él.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 296-300)

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Juan Pablo II


El fragmento del Evangelio de San Lucas, que la liturgia de hoy propone para meditar recuerda el episodio que tuvo lugar mientras Jesús estaba atravesando la ciudad de Jericó. Fue un acontecimiento tan significativo que, aunque ya lo sabemos de memoria, es preciso meditar otra vez con atención en cada uno de sus elementos. Zaqueo era no sólo un publicano (igual que lo había sido Leví, después el Apóstol Mateo), sino un “jefe de publicanos”, y era muy “rico”. Cuando Jesús pasaba cerca de su casa, Zaqueo, a toda costa, “hacía por ver a Jesús” (Lc 19,3), y para ello -por ser pequeño de estatura- ese día se subió a un árbol (el Evangelista dice a un sicómoro), “para verle” (Lc 19,4).

Cristo vio de este modo a Zaqueo y se dirigió a él con las palabras que nos hacen pensar tanto. Efectivamente, Cristo no sólo le dio a entender que le había visto (a él, jefe de publicanos, por lo tanto, hombre de una cierta posición) sobre el árbol, sino que además manifestó ante todo que quería “hospedarse en su casa” (Cf. Lc 19,5). Lo que suscitó alegría en Zaqueo y, a la vez, murmuraciones entre aquellos a quienes evidentemente no agradan estas manifestaciones de las relaciones del Maestro de Nazaret con “los publicanos y pecadores”.

Esta es la primera parte de la perícopa, que merece una reflexión. Sobre todo, es necesario detenerse en la afirmación de que Zaqueo “hacía por ver a Jesús” (Lc 19,3). Se trata de una frase muy importante que debemos referir a cada uno de nosotros aquí presentes. Más aún, indirectamente, a cada uno de los hombres. ¿Quiero yo “ver a Cristo”? ¿Hago todo para “poder verlo”? Este problema, después de dos mil años, es tan actual como entonces, cuando Jesús atravesaba las ciudades y los poblados de su tierra. Es el problema actual para cada uno de nosotros personalmente: ¿quiero?, ¿quiero verdaderamente? O, quizá más bien, ¿evito el encuentro con Él? ¿Prefiero no verlo o prefiero que Él no me vea (al menos a mi modo de pensar y de sentir)? Y si ya lo veo de algún modo, ¿prefiero entonces verlo de lejos, no acercándome demasiado, no poniéndome ante sus ojos para no llamar la atención demasiado…, para no tener que aceptar toda la verdad que hay en Él, que proviene de Él, de Cristo?

Esta es una dimensión del problema que encierran las palabras del Evangelio de hoy sobre Zaqueo.

En la segunda lectura de la Misa, tomadas de la Carta de San Pablo a los Tesalonicenses: Hermanos… “rogamos en todo tiempo por vosotros: que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y lleve a término con su poder todo vuestro deseo de hacer el bien y la actividad de la fe, para que así, el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo” (2 Tes 1,11-12). Es decir -hablando con el lenguaje del pasaje evangélico de hoy-, oremos para que vosotros tratéis de ver a Cristo (Cf. Lc 19,3), para que vayáis a su encuentro, como Zaqueo… y que, si sois pequeños de estatura, subáis, por este motivo, un árbol.

Y Pablo continúa desarrollando su oración, pidiendo a los destinatarios de su carta que no se dejen demasiado fácilmente confundir y turbar, por supuestas inspiraciones de este mundo… (Cf. 2 Tes 2,2). ¿Por qué “inspiraciones”? Acaso sencillamente por las “inspiraciones de este mundo”. Digámoslo con lenguaje de hoy: por una oleada de secularización e indiferencia respecto a los mayores valores divinos y humanos. Después dice Pablo: “ni por palabras”. Efectivamente, no faltan hoy palabras que tienden a “confundir” o a “turbar” a los cristianos.

Zaqueo no se dejó confundir ni turbar. No se asustó de que la acogida de Cristo en la propia casa pudiera amenazar, por ejemplo, su carrera profesional o hacer difíciles algunas acciones, ligadas con su actividad de jefe de publicanos. Acogió a Cristo en su casa y dijo: “Señor doy la mitad de mis bienes a los pobres y, si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo el cuádruplo” (Lc 19,8).

En este punto se hace evidente que no sólo Zaqueo “ha visto a Cristo”, sino que, al mismo tiempo, Cristo ha escrutado su corazón y su conciencia; lo ha radiografiado hasta el fondo. Y he aquí que se realiza lo que constituye el fruto propio de “ver” a Cristo, del encuentro con Él en la verdad plena: se realiza la apertura del corazón, se realiza la conversión. Se realiza la obra de la salvación. Lo manifiesta el mismo Cristo cuando dice: “Hoy ha venido la salud a tu casa, por cuanto éste es también hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,9-10). Y ésta es una de las expresiones más bellas del Evangelio.

Estas últimas palabras tienen una importancia particular. Descubren el universalismo de la misión salvífica de Cristo. De la misión que permanece en la Iglesia. Sin estas palabras sería difícil comprender la enseñanza del Vaticano II y en particular sería difícil comprender la Constitución dogmática sobre la Iglesia “Lumen gentium”.

Hoy escuchamos con una emoción especial las palabras del Evangelio de San Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3,16).

Renovemos la fe y la esperanza de la vida eterna: porque “el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: El evangelista san Lucas presta una atención particular al tema de la misericordia de Jesús. De hecho, en su narración encontramos algunos episodios que ponen de relieve el amor misericordioso de Dios y de Cristo, el cual afirma que no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (cf. Lc 5, 32). Entre los relatos típicos de san Lucas se encuentra el de la conversión de Zaqueo, que se lee en la liturgia de este domingo. Zaqueo es un «publicano», más aún, el jefe de los publicanos de Jericó, importante ciudad situada junto al río Jordán. Los publicanos eran los recaudadores de los impuestos que los judíos debían pagar al emperador romano y, por este motivo, ya eran considerados pecadores públicos. Además, aprovechaban con frecuencia su posición para sacar dinero a la gente mediante chantaje. Por eso Zaqueo era muy rico, pero sus conciudadanos lo despreciaban. Así, cuando Jesús, al atravesar Jericó, se detuvo precisamente en casa de Zaqueo, suscitó un escándalo general, pero el Señor sabía muy bien lo que hacía. Por decirlo así, quiso arriesgar y ganó la apuesta: Zaqueo, profundamente impresionado por la visita de Jesús, decide cambiar de vida, y promete restituir el cuádruplo de lo que ha robado. «Hoy ha llegado la salvación a esta casa», dice Jesús y concluye: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Dios no excluye a nadie, ni a pobres y ni a ricos. Dios no se deja condicionar por nuestros prejuicios humanos, sino que ve en cada uno un alma que es preciso salvar, y le atraen especialmente aquellas almas a las que se considera perdidas y que así lo piensan ellas mismas. Jesucristo, encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador, ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse. En otro pasaje del Evangelio Jesús afirma que es muy difícil para un rico entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 19, 23). En el caso de Zaqueo vemos precisamente que lo que parece imposible se realiza: «Él — comenta san Jerónimo— entregó su riqueza e inmediatamente la sustituyó con la riqueza del reino de los cielos» (Homilía sobre el Salmo 83, 3). Y san Máximo de Turín añade: «Para los necios, las riquezas son un alimento para la deshonestidad; sin embargo, para los sabios son una ayuda para la virtud; a estos se les ofrece una oportunidad para la salvación; a aquellos se les provoca un tropiezo que los arruina» (Sermones, 95).

Queridos amigos, Zaqueo acogió a Jesús y se convirtió, porque Jesús lo había acogido antes a él. No lo había condenado, sino que había respondido a su deseo de salvación. Pidamos a la Virgen María, modelo perfecto de comunión con Jesús, que también nosotros experimentemos la alegría de recibir la visita del Hijo de Dios, de quedar renovados por su amor y transmitir a los demás su misericordia.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 31 de octubre de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Zaqueo

Lc 19, 1-10

            La escena sucede en Jericó.

            Zaqueo era publicano y rico.

            No podía ver a Jesús porque era pequeño de estatura.

            Los hombres como Zaqueo que viven en las cosas del mundo son cortos de estatura para ver a Jesús.

            Para ver a Jesús hay que elevar la mirada de las cosas materiales a las espirituales.

Hay que levantarse sobre las cosas del mundo para poder ver bien a Jesús y para que Él nos llame. En el mundo, entre la gente de mundo, no se puede ver bien a Jesús, se ve otro Jesús. En el mundo y entre las cosas del mundo nos volvemos bajos de estatura, bajamos y hasta perdemos el tono espiritual.

Zaqueo se da cuenta de esto y procura elevarse sobre las cosas del mundo. Prevé la forma de ver a Jesús y corre más adelante para subirse a un sicómoro. Hay que prever, en la medida de lo posible, la forma de crecer en la vida espiritual, sabiendo que es gracia de Dios el que nos mire y nos llame. Dios ve nuestra buena voluntad.

            No podía ver a causa de la gente que lo rodeaba. Para ver a Jesús hay que vencer los obstáculos, principalmente el obstáculo del afecto desordenado a las creaturas que nos distraen y nos ciegan para ver las cosas celestiales.

            Zaqueo se sube a un árbol. Hace un esfuerzo voluntario y levanta la mirada de las cosas terrenas y ve a Jesús.

            Zaqueo ha dispuesto su alma para que Jesús entre en contacto con él.

            Jesús lo ve (ve su alma dispuesta) y le dice que va a ir a su casa. Jesús entra en la casa de Zaqueo y con El la salvación. Zaqueo dispuso su alma y la Gracia entró en su alma.

La Providencia no está reñida con la previsión. Tenemos que prever, en lo natural y especialmente en nuestra vida espiritual.

La previsión sobre lo espiritual, a modo dispositivo, la tenemos que hacer en los momentos de consolación, cuando el alma es movida por Dios, en especial en los retiros o ejercicios espirituales, cuando el alma está libre de apegos, de afectos desordenados, cuando el alma también movida por la gracia actual se ha subido al sicómoro, elevándose sobre los obstáculos que le impiden el encuentro con el Señor.

La gracia actual que llevó a Zaqueo a subirse al árbol manifiesta la iniciativa de Dios en la conversión. Zaqueo secunda la moción divina. Así nosotros encontremos a Cristo que pasa por nuestras vidas y proyectamos, en la medida de lo posible, la perseverancia en la unión con Él. Zaqueo, cuando Cristo lo llamó, bajó para alojarlo en su casa y de camino proyectó su cambio que comenzó en el umbral de su casa haciendo limosna y restableciendo la justicia.

            Le recibió con alegría. Es que la presencia de Cristo alegra y da paz, mucho más, si lo recibimos en el alma.

            Jesús transforma el alma de Zaqueo, pues, restituye lo que había conseguido injustamente, se arrepiente y cambia de vida.

            Por eso Cristo dijo: “hoy ha entrado la salvación a esta casa”.

Zaqueo previó el encuentro con el Señor y previó su cambio de vida y su perseverancia en el estado de salud.

Todo es gracia, pero Dios también cuenta con nuestra inteligencia y voluntad para darnos algunas gracias porque así lo tiene predeterminado. La previsión de los momentos críticos de nuestra vida espiritual, el conocimiento de nuestras flaquezas y los remedios sobrenaturales que Dios nos pone, la aplicación práctica y protegida de nuestros propósitos para que no se transformen en veleidades, el aprovechamiento de los obstáculos que se nos presentan que por experiencia conocemos que pueden ser buenos si nos disponemos, etc., son de mucha ayuda para perseverar.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio nos ayudan a proyectar nuestra vida espiritual, “son medios eficaces para procurarse a designio profundas y poderosas resoluciones para cumplir la voluntad de Dios” decía San Francisco de Sales[1] y que ordenar la vida es tomar una “resolución crucial y durable en la medida en que se pueda hacer y prever”[2]

En los encuentros con Cristo, en los momentos de consolación donde nos conocemos a nosotros mismos tenemos que proyectar las tácticas para vencer el hombre viejo y crecer en la vida del hombre nuevo según Cristo.

Jesús dice delante de todos que Zaqueo también es hijo de Abrahán a pesar de la profesión que ejerce porque la salvación que trae Jesús es para todos los hombres. Superando la actitud farisea contra los publicanos Jesús enseña a la gente que Él ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

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[1] Cf. Castellani, La Catarsis Católica en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, Epheta Buenos Aires 1991, 43
[2] Castellani, La Catarsis Católica…, 21

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Directorio Homilético

 

Trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 293-294, 299, 341, 353: el universo ha sido creado para gloria de Dios

CEC 1459, 2412, 2487: la reparación

III     “EL MUNDO HA SIDO CREADO PARA LA GLORIA

          DE DIOS”

293    Es una verdad fundamental que la Escritura y la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar: “El mundo ha sido creado para la gloria de Dios” (Cc. Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas las cosas, explica S. Buenaventura, “non propter gloriam augendam, sed propter gloriam manifestandam et propter gloriam suam communicandam” (“no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla”) (sent. 2,1,2,2,1). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: “Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt” (“Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas”) (S. Tomás de A. sent. 2, prol.) Y el Concilio Vaticano primero explica:

          En su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio , en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal (DS 3002).

294    La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros “hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad,  para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,5-6): “Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios” (S. Ireneo, haer. 4,20,7). El fin último de la creación es que Dios , “Creador de todos los seres, se hace por fin `todo en todas las cosas’ (1 Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad” (AG 2).

Dios crea un mundo ordenado y bueno

299      Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: “Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sb 11,20). Creada en y por el Verbo eterno, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gn 1,26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cf. Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cf. Jb 42,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad (“Y vio Dios que era bueno…muy bueno”: Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cf. DS 286; 455-463; 800; 1333; 3002).

341 La belleza del universo: el orden y la armonía del mundo creado derivan de la diversidad de los seres y de las relaciones que entre ellos existen. El hombre las descubre progresivamente como leyes de la naturaleza que causan la admiración de los sabios. La belleza de la creación refleja la Infinita belleza del Creador. Debe inspirar el respeto y la sumisión de la inteligencia del hombre y de su voluntad.

353    Dios quiso la diversidad de sus criaturas y la bondad pe­culiar de cada una, su interdependencia y su orden. Desti­nó todas las criaturas materiales al bien del género huma­no. El hombre, y toda la creación a través de él, está des­tinado a la gloria de Dios.

1459  Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó (cf Cc. de Trento: DS 1712). Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe “satisfacer” de manera apropiada o “expiar” sus pecados. Esta satisfacción se llama también “penitencia”.

2412  En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario:

          Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: “si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo” (Lc 19,8). Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en el robo, o se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto.

2487  Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no pude ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación concierne también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XXX Tiempo Ordinario (C)

 

23
octubre

Domingo XXX Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXX Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 23 de Octubre de 2016)

LECTURAS

La súplica del humilde atraviesa las nubes

Lectura del libro del Eclesiástico     35, 12-14. 16-18

El Señor es juez y no hace distinción de personas:
no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido;
no desoye la plegaria del huérfano, ni a la viuda, cuando expone su queja.

El que rinde el culto que agrada al Señor, es aceptado, y su plegaria llega hasta las nubes.
La súplica del humilde atraviesa las nubes y mientras no llega a su destino, él no se consuela:
no desiste hasta que el Altísimo interviene, para juzgar a los justos y hacerles justicia.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 33, 2-3. 17-19. 23 (R.: 7ab)

R. El pobre invocó al Señor, y Él lo escuchó.

Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el señor:
que lo oigan los humildes y se alegren. R.

El Señor rechaza a los que hacen el mal
para borrar su recuerdo de la tierra.
Cuando ellos claman, el Señor los escucha
y los libra de todas sus angustias. R.

El Señor está cerca del que sufre
y salva a los que están abatidos.
El Señor rescata a sus servidores,
y los que se refugian en Él no serán castigados. R.

Está preparada para mí la corona de justicia

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo     4, 6-8. 16-18

Querido hermano:
Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación.
Cuando hice mi primera defensa, nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron. ¡Ojalá que no les sea tenido en cuenta!
Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas, para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y llegara a oídos de todos los paganos. Así fui librado de la boca del león.
El Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial. ¡A Él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Palabra de Dios.

ALELUIA     2Cor 5, 19

Aleluia.
Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
confiándonos la palabra de la reconciliación.
Aleluia.

EVANGELIO

El publicano volvió a su casa justificado, pero no el fariseo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas».
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!»
Les aseguro que este último volvió a sus casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Entrada:

 “La Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo”. Dispongámonos, pues a participar del Santo Sacrificio en que el Hijo nos reconcilia con el Padre.

Primera lectura:           Eclesiástico 35, 12-14.16-18

            Este trozo del libro del Eclesiástico nos enseña que la oración humilde y confiada llega siempre al corazón de Dios

Segunda lectura:                                 2 Tim.4,6-8.16-18 

            San Pablo habla del premio que Dios le dará por haber llevado con entereza los sufrimientos a causa de la Palabra

Evangelio:                     Lc. 18,9-14 

      En este evangelio Jesús nos enseña que, para ser perdonados, debemos reconocer humildemente nuestras miserias y pecados, y no despreciar a los demás.

Preces:

Acerquémonos con confianza a nuestro Padre del cielo, para alcanzar misericordia y gracia para nosotros y en  favor de nuestros hermanos.

A cada intención respondemos….

-Por el Santo Padre, Francisco, sus necesidades e intenciones en favor de la Santa Iglesia. Oremos.

-Por los que se preparan para recibir las órdenes sagradas diaconado y presbiterado para que lo hagan con solicitud y perseverancia filial.  Oremos.

-Por las misiones Ad gentes, la re-evangelización de los pueblos y la fortaleza de los misioneros. Oremos.

-Por los cristianos que sufren persecución, para que confiando en el auxilio divino sean constantes en dar testimonio de su fe. Oremos.

-Por la paz en las familias para que cada uno de los miembros sepan brindar al otro el amor y la acogida que necesitan para la mutua concordia. Oremos.

Dios de inmensa bondad, recibe nuestras peticiones y las de todos los que te buscan con sincero corazón.  Por Jesucristo nuestro Señor.
 

Ofertorio:

– Ofrecemos incienso, con ello nuestras oraciones y sacrificios que se elevan a Dios.

-Junto con el pan y el vino, vaya el vivo deseo de una participación activa y gozosa en la inmolación del Señor.

Comunión:

Acerquémonos a recibir a Jesús Sacramentado, que se nos ofrece una vez más como alimento de vida eterna.

Salida:

Que María Santísima nos conceda la gracia de vivir con espíritu de fe en medio de nuestras actividades diarias, abandonados a la Providencia divina.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

El fariseo y el publicano

Introducción: condiciones para entrar en el reino (Lc.18,9-30)

¿En qué casos será saludable la venida del Hijo del hombre? ¿Quién saldrá triunfante en el juicio? ¿Quién entrará en el reino definitivo de Dios? La respuesta a estas preguntas se da en tres relatos: la parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18:9-14), el relato de la amable acogida dispensada a los niños (Lc_18:15-17), y el encuentro con un hombre rico que no tuvo valor para seguir a Jesús (Lc_18:18-30). En el trasfondo de los tres relatos se halla la pobreza como condición para entrar en el reino de Dios. El publicano se siente pobre en lo religioso y moral, el rico tiene que hacerse pobre en sentido económico, el niño es pobre en todos los sentidos, tiene que contar absolutamente con los mayores. Vuelven otra vez las bienaventuranzas y las condiciones formuladas al comienzo del sermón de la Montaña. Mateo, que habla de los pobres «en el espíritu», se fija principalmente en la actitud moral y religiosa. Lucas habla de la pobreza material. «Es posible que Jesús dirigiera su llamamiento a la salvación a determinados sectores del pueblo, pero no por razón de su situación inferior, sino por la apertura religiosa y la buena disposición moral que halló en ellos. Para Mateo, estos sectores encarnan la actitud moral y religiosa que se exige a todos, también a los futuros creyentes en Cristo; para Lucas, en cambio, son en gran parte el recuerdo vivo del mensaje salvífico de Jesús dirigido a los pobres, y de las amenazas dirigidas a los ricos que no quieren convertirse».

a) El fariseo y el publicano (Lc/18/09-14)

9 Dijo también, para algunos que presumían de ser justos y menospreciaban a los demás, esta parábola:

Los rasgos con que se caracteriza a «algunos» que confían en sí mismos, están tomados del retrato de los fariseos. Los fariseos han pasado ya a la historia; no se los menciona; sin embargo, también en la Iglesia existe la propensión velada a presentar a Dios los propios méritos en el cumplimiento de la ley, a invocar las propias obras y a afirmar los propios derechos frente a Dios.

La seguridad con que los fariseos pretenden ser justos, agradar a Dios y dar por descontada su entrada en el reino de Dios, se basa en el propio rendimiento, en la confianza en sí mismos. Quien así piensa, menosprecia a los que no pueden invocar tales méritos. E1 fariseo desprecia al pueblo ordinario, porque no cumple la ley, dado que no conoce la ley y no tiene idea de su interpretación (Jua_7:49). La propia justicia se constituye en medida y criterio para examinar a los otros, para exhortarlos, alabarlos, despreciarlos y reprobarlos. La condena de los otros se convierte en condena de uno mismo (Lc_6:37).

10 Dos hombres subieron al templo para orar: el uno era fariseo y el otro publicano. 11 El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios! Gracias te doy, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 12 Ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todas las cosas que poseo.

Hay un craso contraste entre estos dos hombres que suben al templo. Los dos tienen una misma meta: el templo; una misma voluntad: la de orar; un mismo deseo profundo: ser justificados en el juicio de Dios, poder salir airosos del juicio de Dios. Y sin embargo, ¡qué contraste tan grande!

Los dos oran. Oran en su interior, a media voz (cf.lSam 1,13). Lo que expresan en la oración, lo dicen con plena convicción. El orante está delante de Dios, que todo lo sabe (Mat_6:8). El fariseo está erguido; en el judaísmo se ora de pie (Mar_11:25). Ora en su interior, para sí, como cuchicheando, no a grandes voces delante de los hombres, con alguna exageración. Lo que dice revela su estado de ánimo interior. La oración judía es ante todo acción de gracias y alabanza; su oración es tal como lo exige su doctrina. El fariseo es «justo».

En su acción de gracias se hace patente la confianza en su propia justicia y su desprecio de los otros. Yo no soy como los demás hombres. El fariseo no es ladrón, injusto, adúltero, observa la ley. Va más allá de la ley y hace buenas obras, obras de supererogación. La ley impone el ayuno sólo el día de la expiación (Lev_16:29); el fariseo ayuna dos veces por semana, el lunes y el jueves, a fin de expiar por las transgresiones de la ley por el pueblo. Ni siquiera viola la «cerca de la ley»; por eso da el diezmo de todo lo que posee (Mat_23:23), aunque no está obligado a pagar diezmo por la compra de trigo, mosto y aceite; los que estaban obligados eran los cultivadores (Deu_12:17). Quiere estar seguro de no hacer nada que le exponga a traspasar los límites de la ley. Hubo también salmistas devotos que enumeraron en la oración sus buenas obras (Sal 17[16],2-5); pero en la oración del fariseo pasa pronto Dios a segundo término: el fariseo lo olvida; lo que importa es el yo: Yo no soy como los demás hombres, yo ayuno, yo pago el diezmo… Los demás hombres son el fondo oscuro del espléndido autorretrato. En esta oración se revela uno que se tiene por justo y menosprecia a los otros.

13 En cambio, el publicano, quedándose a distancia, no quería levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios! Ten misericordia de mí, que soy pecador.

Quien se llama fariseo se constituye orgullosamente en un ser aparte: «Yo te doy gracias, Señor, Dios mío, porque me has dado participación entre los que se sientan en la casa de la doctrina (en la sinagoga), y no con los que andan por los rincones de las calles… Yo corro, y ellos corren; yo corro con vistas a la obra del mundo futuro, y ellos corren con vistas al pozo del foso.» También el publicano es un ser aparte, es un segregado, esquivado y repudiado como pecador por los buenos. Se queda lejos, pues no merece presentarse entre las personas religiosas. No osa levantar los ojos a Dios, pues el que no es santo no soporta la mirada del Dios santo. Se golpea el pecho, donde tiene la sede su conciencia, pues se lamenta de su propia culpa. Su oración consta de muy pocas palabras, de la invocación «¡Oh Dios!», de la súplica «Ten misericordia de mí» -que recuerda el salmo miserere (Sal 51[50],3)- y de la confesión de que es pecador. La situación del publicano era desesperada. Según las enseñanzas de los fariseos, debía restituir lo que había adquirido injustamente, y además dar un quinto de la propiedad, si quería esperar perdón. El publicano sólo podía esperar que Dios aceptara su «corazón contrito» (Sal_51:19) y por su misericordia le perdonara su pecado.

14 Yo os digo que éste descendió a su casa justificado, y aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado.

¿Quién es justo en el juicio de Dios? El fariseo es de una exactitud escrupulosa en el cumplimiento de los muchos y difíciles preceptos de la ley, el publicano es colaborador con los enemigos del pueblo y engañadores. Jesús conoce el juicio de sus oyentes y le contrapone su juicio sorprendente, desconcertante e inaudito: Yo os digo. Él es profeta de Dios. Su juicio es juicio de Dios. El publicano es declarado justo delante de Dios, y así, justificado, se va a su casa.

¿Y el fariseo? El publicano se va a casa, justificado, no como aquél. ¿Es que con esto se compara la justicia del fariseo y la del publicano y se antepone la justicia del publicano a la del fariseo? ¿O es que Jesús va más hondo? ¿Rehúsa acaso absolutamente al fariseo la justicia que atribuye al publicano? Ya el primer juicio sería bastante escandaloso, pues esto querría decir que Dios se complace más en el pecador arrepentido que en el justo con sus muchos méritos y su seguridad de sí mismo. Pero si rehúsa la justicia al fariseo, este juicio sólo puede aterrorizar. ¿De qué sirven entonces los méritos adquiridos? Cristo entendió así sus palabras. «Aquello que es alto entre los hombres, es abominación ante Dios» (Sal_16:15). El hombre alcanza la justicia no por su propio esfuerzo, sino por un don de Dios. El hambre y sed de justicia es saciado por el don del reino de Dios (Mat_5:3). ¡Qué frágil es, pues, toda justicia y santidad humana (Mat_5:20) si no interviene Dios y otorga su justicia! Quien se hace cargo de esto deja de despreciar a los demás.

La parábola del fariseo y del publicano se cierra con una sentencia que aparece en el Evangelio una vez aquí, otra vez allá (Mat_14:11; Mat_23:12). El hombre que pone su confianza en sí mismo, se ensalza; el juicio de Cristo, que anticipa el juicio definitivo de Dios, lo humilla. El que se humilla, reconoce su insuficiencia y se pone por debajo de los demás, es ensalzado por el juicio de Jesús. Dios mismo lo justifica cuando sobreviene el juicio.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        S.S. Francisco p.p.

El fariseo es la imagen del corrupto que finge rezar

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El miércoles pasado hemos escuchado la parábola del juez y la viuda, sobre la necesidad de rezar con perseverancia. Hoy, con otra parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud correcta para rezar e invocar la misericordia del Padre; cómo se debe rezar; la actitud correcta para orar. Es la parábola del fariseo y del publicano (cf. Lc 18, 9-14).

Ambos protagonistas suben al templo para rezar, pero actúan de formas muy distintas, obteniendo resultados opuestos. El fariseo reza «de pie» (v. 11), y usa muchas palabras. Su oración es, sí, una oración de acción de gracias dirigida a Dios, pero en realidad es una exhibición de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», a los que califica como «ladrones, injustos, adúlteros», como, por ejemplo, —y señala al otro que estaba allí— «este publicano» (v. 11). Pero precisamente aquí está el problema: ese fariseo reza a Dios, pero en realidad se mira a sí mismo. ¡Reza a sí mismo! En lugar de tener ante sus ojos al Señor, tiene un espejo. Encontrándose incluso en el templo, no siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, casi como si fuese él el dueño del templo. Él enumera las buenas obras realizadas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga el «diezmo» de todo lo que posee. En definitiva, más que rezar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. Pero sus actitudes y sus palabras están lejos del modo de obrar y de hablar de Dios, que ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Al contrario, ese fariseo desprecia a los pecadores, incluso cuando señala al otro que está allí. O sea, el fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo.

No es suficiente, por lo tanto, preguntarnos cuánto rezamos, debemos preguntarnos también cómo rezamos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar arrogancia e hipocresía. Pero, pregunto: ¿se puede rezar con arrogancia? No. ¿Se puede rezar con hipocresía? No. Solamente debemos orar poniéndonos ante Dios así como somos. No como el fariseo que rezaba con arrogancia e hipocresía. Estamos todos atrapados por las prisas del ritmo cotidiano, a menudo dejándonos llevar por sensaciones, aturdidos, confusos. Es necesario aprender a encontrar de nuevo el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es allí donde Dios nos encuentra y nos habla. Sólo a partir de allí podemos, a su vez, encontrarnos con los demás y hablar con ellos. El fariseo se puso en camino hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber extraviado el camino de su corazón.

El publicano en cambio —el otro— se presenta en el templo con espíritu humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» (v. 13). Su oración es muy breve, no es tan larga como la del fariseo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!». Nada más. ¡Hermosa oración! En efecto, los recaudadores de impuestos —llamados precisamente, «publicanos»— eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y en general se los asociaba con los «pecadores». La parábola enseña que se es justo o pecador no por pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y sencillas palabras del publicano testimonian su consciencia acerca de su mísera condición. Su oración es esencial Se comporta como alguien humilde, seguro sólo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque ya lo tenía todo, el publicano sólo puede mendigar la misericordia de Dios. Y esto es hermoso: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose «con las manos vacías», con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final, precisamente él, así despreciado, se convierte en imagen del verdadero creyente.

Jesús concluye la parábola con una sentencia: «Os digo que este —o sea el publicano — bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (v. 14). De estos dos, ¿quién es el corrupto? El fariseo. El fariseo es precisamente la imagen del corrupto que finge rezar, pero sólo logra pavonearse ante un espejo. Es un corrupto y simula estar rezando. Así, en la vida quien se cree justo y juzga a los demás y los desprecia, es un corrupto y un hipócrita. La soberbia compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja de Dios y de los demás. Si Dios prefiere la humildad no es para degradarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser levantados de nuevo por Él, y experimentar así la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos. Si la oración del soberbio no llega al corazón de Dios, la humildad del mísero lo abre de par en par. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los humildes. Ante un corazón humilde, Dios abre totalmente su corazón. Es esta la humildad que la Virgen María expresa en el cántico del Magníficat: «Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. […] su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen» (Lc 1, 48.50). Que nos ayude ella, nuestra Madre, a rezar con corazón humilde. Y nosotros, repetimos tres veces, esas bonita oración: «Oh Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador».

(Papa Francisco, La parábola del fariseo y el publicano, Audiencia General del miércoles 1 de junio de 2016)

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Santos Padres

·        San Agustín

No quiso rogar a Dios, sino alabarse a sí mismo

(…)

2. Dado que la fe no es propia de los soberbios, sino de los humildes, a algunos que se creían justos y despreciaban a los demás, propuso esta parábola: Subieron al templo a orar dos hombres. Uno era fariseo, el otro publicano. El fariseo decía: Te doy gracias, ¡oh Dios!, porque no soy como los demás hombres. ¡Si al menos hubiese dicho «como algunos hombres»! ¿Qué significa como los demás hombres, sino todos a excepción de él? «Yo, dijo, soy justo; los demás, pecadores». No soy como los demás hombres, que son injustos, ladrones, adúlteros. La cercana presencia del publicano te fue ocasión de mayor hinchazón. Como este publicano, dijo. «Yo, dijo, soy único; ése es de los demás». «Por mis acciones justas no soy como ése. Gracias a ellas no soy malvado». Ayuno dos veces en semana y doy la décima parte de cuanto poseo. ¿Qué pidió a Dios? Examina sus palabras y encontrarás que nada. Subió a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino alabarse a sí mismo; más aún, subió a insultar al que rogaba. El publicano, en cambio, se mantenía en pie a lo lejos, pero el Señor le prestaba su atención de cerca. El Señor es excelso y dirige su mirada a las cosas humildes. A los que se exaltan, como aquel fariseo, los conoce, en cambio, desde lejos. Las cosas elevadas las conoce desde lejos, pero en ningún modo las desconoce. Escucha aun la humildad del publicano. Es poco decir que se mantenía en pie a lo lejos. Ni siquiera alzaba sus ojos al cielo. Para ser mirado rehuía el mirar él. No se atrevía a levantar la vista hacia arriba; le oprimía la conciencia y la esperanza lo levantaba. Escucha aún más: Golpeaba su pecho. El mismo se aplicaba los castigos. Por eso el Señor le perdonaba al confesar su pecado: Golpeaba su pecho diciendo: Señor, seme propicio a mí que soy un pecador. Pon atención a quien ruega. ¿De qué te admiras de que Dios perdone cuando el pecador se reconoce como tal? Has oído la controversia sobre el fariseo y el publicano; escucha la sentencia. Escuchaste al acusador soberbio y al reo humilde; escucha ahora al juez: En verdad os digo. Dice la Verdad, dice Dios, dice el juez: En verdad os digo que aquel publicano descendió del templo justificado, más que aquel fariseo. Dinos, Señor, la causa. Veo que el publicano desciende del templo más justificado; pregunto por qué. ¿Preguntas el por qué? Escúchalo: Porque todo el que se exalta será humillado, y todo el que se humilla será exaltado. Escuchaste la sentencia. Guárdate de que tu causa sea mala. Digo otra cosa: Escuchaste la sentencia, guárdate de la soberbia.

3. Abran, pues, los ojos; escuchen estas cosas no sé qué charlatanes y óiganlas quienes, presumiendo de sus fuerzas, dicen: «Dios me hizo hombre, pero soy yo quien me hago justo» ¡Oh hombre, peor y más detestable que el fariseo! Aquel fariseo, con soberbia, es cierto, se declaraba justo, pero daba gracias a Dios por ello. Se declaraba justo, pero, con todo, daba gracias a Dios. Te doy gracias, ¡oh Dios!, porque no soy como los demás hombres. Te doy gracias, ¡oh Dios! Da gracias porque no es como los demás hombres y, sin embargo, es reprendido por soberbio y orgulloso. No porque daba gracias a Dios, sino porque daba la impresión de que no quería que le añadiese nada. Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son injustos. Luego tú eres justo; luego nada pides; luego ya estás lleno; luego ya vives en la abundancia, luego ya no tienes motivo para decir: Perdónanos nuestras deudas. ¿Qué decir, pues, de quien impíamente ataca a la gracia, si es reprendido quien soberbiamente da gracias?

(…)

(San Agustín, Obras Completas, X-2º, Sermones, BAC, Madrid, 1983, Pág. 870-872)

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        P.Leonardo Castellani

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

El fariseo y el publicano

La parábola del fariseo y el publicano nos confronta, amados hermanos, con una actitud que incesantemente aflora a lo largo de nuestra vida. El fariseos autoestima, crecida valoración de las propias virtudes, conciencia de superioridad. Su oración es una profesión de soberbia, nauseabunda de orgullo: “yo no soy co­mo los demás hombres…, ni tampoco como ese publicano”. Nada le pide a Dios. Desde el primer puesto del templo, su presunta acción de gracias es una introspección autoadmirativa. El publi­cano, en cambio, se mantiene a distancia, y ni siquiera a levantar los ojos se anima: “¡Dios mío, dice, ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Ambos están de pie, pero uno delante de todos, mirando sobradoramente al cielo; el otro detrás, inclinado, sus ojos fijos en el suelo. No subió a orar el fariseo, sino a alabarse. El publicano estaba lejos, y sin embargo se había aproximado a Dios. Estaba lejos, mas Dios lo miraba muy de cerca. “Excelso es Dios, dice el salmo, y ve al humilde, al soberbio lo conoce desde lejos”. Lo conoce, pero no lo reconoce. El publicano no levan­taba sus ojos: para no ser mirado, no miraba; golpeaba su pecho, para ser perdonado, él mismo se castigaba. “Este último volvió a su casa justificado —nos dice el evangelio—, no el primero”. Qué bien se cumple acá lo que escuchamos en la primera lectura: “El Señor es juez y no hace acepción de personas; no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido; no desoye la plegaria del huérfano, ni a la viuda, cuando expone su queja”. Lo que confirma San Pedro al decir que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.

Señala San Agustín que lo que el hombre hace de malo es propiedad suya; lo que hace de bueno, en cambio, se lo debe a Dios. Por eso, agrega, cuando comiences a obrar bien, no lo atribuyas a ti mismo, y al reconocer que no es de ti, dale gracias a Dios que te ha concedido obrar así. Y cuando te creas justo, como el fariseo, no increpes a quienes no lo son, ni te ensalces sobre ellos; las gracias de Dios no se han agotado en ti, y todavía han de sobrar algunas para esos pobres.

Abundemos un tanto en la consideración de la actitud de ambos personajes. “Te doy gracias, dice el fariseo, porque no soy como los demás hombres, que son injustos”. Por consiguiente tú eres justo, luego ya no pides nada, luego estás satisfecho, luego no es una tentación tu vida sobre la tierra, luego sobreabundas, luego ya no necesitas decir: “Perdónanos nuestras deudas”. La soberbia religiosa es la corrupción más grande de la verdad más grande, que es el primado de Dios y de la gracia. En el momento en que nos adjudicamos las virtudes, las perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, pasa a ser de nadie, si es que no se vuelve propiedad del demonio. El gesto religioso, cuando toma conciencia orgullosa de sí mismo, se vuelve mueca.

Si nos juzgamos, Dios no nos juzgará; si nos miramos para avergonzarnos, Dios quitará sus ojos de nuestros pecados. O, como dice San Agustín si tú te condenas, Dios te salvará; y si te acusas, Él te excusa. El fariseo era soberbio en sus buenas obras, humilde era el publicano en sus malas acciones. A Dios le agrada más la humildad en las malas acciones que la soberbia en las buenas obras. Examinemos hoy si no anidamos algo de espíritu farisaico en nuestro interior, si no nos relamemos demasiado en “nuestras” buenas obras.

La soberbia, amados hermanos, he ahí la raíz que corroe nuestra vida espiritual, la raíz de todo pecado. Es soberbio quien se erige con autosuficiencia delante de Dios, delante del Rey de cielos y tierras. Jesús lo estigmatiza con frase terrible: “Y tú, Ca­farnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? Hasta el infierno te hundirás”.

La humildad, por el contrario, es el fundamento de la vida espiritual, la piedra basal de todas las virtudes. La palabra humildad proviene de humus, tierra, ya que implica sabernos oriundos de la llanura, inclinados sobre el polvo, desvalidos, co­mo los niños que dependen en todo de sus padres. Sólo posee­remos esta virtud fontal cuando reconozcamos que, de nosotros mismos, no somos nada, y que todo lo que tenemos de bueno procede de la bondad de Dios, máxime en el orden sobrenatural. No en vano decía San Pablo que “nadie puede decir Señor Jesús si no es en el Espíritu”. Si por acaso resulto grato a Dios es porque Él primero me ha amado gratuitamente. Porque “me ama” es porque soy “amable”.

Debemos ser fáciles en olvidar nuestras buenas obras. La memoria nos suele fallar cuando se trata de nuestras ofensas a Dios. No les damos importancia. Si cometemos un gran pecado, fácilmente lo olvidamos; si damos algo de limosna, por poco que sea, jamás dejaremos de recordarlo. Si al caminar hacemos ostentación de nuestras joyas, enseguida aparecerán los ladro­nes. No seamos demasiado proclives a ostentar nuestras buenas obras, como el fariseo que las llevaba siempre en los labios, y por eso el demonio se las arrebató. Cuanto más laudables sean las cosas que hagamos, menos hablemos de ellas, y así merecere­mos gloria delante de Dios e incluso delante de los hombres. En cierta ocasión, San Agustín envió a un amigo suyo, San Paulino de Nola, el magnífico libro de las “Confesiones”. “Verás en este libro –le dijo– muchas cosas buenas y otras defectuosas o malas. Las buenas son de Dios, las malas de Agustín”. Podríase decir que cuando obramos bien, merecemos ante Dios sólo por nues­tras buenas obras, pero cuando además de obrar bien no nos re­lamemos en lo realizado, entonces Dios es deudor no tanto por nuestras buenas obras cuanto por el afecto con que hemos obra­do. También nosotros nos comportamos así con los que nos han hecho algún favor: tanto más lo apreciamos cuanto menos im­portancia da a su acción, cuanto menos piensa que hizo un beneficio.

Eso es la humildad. “Humildad es andar en verdad”, dijo Santa Teresa. “Conocerte a Ti, conocerme a mí”, enseñó San Agustín. Para conocerme a mí, nada mejor que conocer a Dios. Jamás acabaré de conocerme, si no procuro conocer a Dios. Mirando su grandeza, mediré el abismo de mi miseria, conside­rando su santidad, comprenderé la magnitud de mi pecado. Humildad que no es pusilanimidad, humildad que no es el reverso de la magnanimidad, sino al contrario, su presupuesto fundamental. Aspirar a cosas grandes confiando en las propias fuerzas puede ser contrario a la humildad, pero no lo es que tendamos a ellas poniendo nuestra confianza en el auxilio divi­no. El hombre es rey y súbdito a la vez, rey del cosmos y súbdito de Dios. Cada uno de sus actos de soberanía es un acto de humildad. Tanto más rey, tanto más señorial y magnánimo es el hombre, cuanto más se somete a Dios por la humildad. Quien ante Él se postra, por Él es exaltado; quien se declara autosufi­ciente e intenta obviar a Dios, por Él es derribado.

Humildad es, como enseña Santa Teresa, “quitar de nosotros y poner”. Hacer en nuestro interior un vacío de nosotros mismos para que Dios pueda llenarlo con su plenitud. Es lo contrario de lo que hizo el fariseo de la parábola. No creo que exista una figura más contrapuesta a la suya que la de la Virgen María. El fariseo habla en primera persona: “Te doy gracias”. María habla en tercera persona: “Hizo en mí grandes cosas el que es poderoso”. El lenguaje de Nuestra Señora es el lenguaje de la humildad. Sise anima a cantar y a magnificar, es porque sabe que Dios consideró la humildad de su esclava. Por eso puede exclamar, sin sombra de soberbia: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada”. ¡ Cómo nos cuesta la humildad! María, llena de gracia, era humilde; nosotros, llenos de pecados, somos sober­bios. Si nos creernos ricos es que en realidad somos pobres. “Mi alma odia al pobre soberbio”, dice Dios.

El ejemplo de la Santísima Virgen es admirable. Pero mucho más lo es el del mismo Jesucristo, un ejemplo verdaderamente paradigmático, la antípoda del fariseo. Este se vanagloriaba de no ser como los demás, que son ladrones y pecadores. Cristo, en cambio, manso y humilde de corazón, se hizo en todo como los demás, menos en el pecado; se anonadó, humillándose en su pasión, en su muerte y sepultura, en su descenso a los infiernos. Por eso fue gloriosamente exaltado en su resurrección y ascen­sión. En ninguno como en El se cumple aquello con que termina la parábola: “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. A diferencia del fariseo, que se absolvía a sí mismo y juzgaba a los demás, el Señor fue juzgado por los hombres, pero al fin de los tiempos vendrá majestuosamente sobre la nube para ser juez de los individuos y de las naciones.

Dentro de algunos momentos nos acercaremos a recibir el cuerpo glorioso de Cristo, velado por las humildes apariencias eucarísticas. Digámosle entonces que nuestra alma es demasia­do pequeña para albergar su grandeza. Nada le podemos ofrecer fuera de nuestra mezquindad. Desde ese abismo de miseria queremos invocarlo, mirando al suelo y golpeándonos el pecho, como el publicano. Sólo le diremos una cosa: “Ten piedad de mí, que soy un pecador”. El Señor nos dejó dicho en la Escritura que “la oración del humilde traspasa las nubes y no descansa hasta llegar a Dios, ni se retira hasta que el Altísimo fija en ella su mirada”. Que cuando Cristo penetre en nuestro interior contem­ple el espectáculo de nuestra nada, experimente el vértigo de nuestro abismo, y llene nuestro vacío con su plenitud.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 291-295)

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P. Leonardo Castellani

El Fariseo y el Publicano

            Este Domingo (…) se lee la conocida parábola del Fariseo y el Publicano, conocida incluso por los poetas, que la han glosado en diversas formas –recuerdo ahora una novela amarga y heterodoxa de John Galsworthy llamada El primero y el último, de la que sacaron un film los yanquis–.

                        Lejos del tabernáculo, que ceñían de un velo

                        de humo espeso, diez lámparas de cobre desde el suelo

                        lejos del tabernáculo que ceñían de un velo;

                        estaba el paralítico y estaba el Publicano

                        y el hidrópico estaba y el buen samaritano

                        estaba el paralítico y estaba el Publicano…

                        Más allá, sobre un lecho de mullidas alfombras

                        y entre un brillo de sedas y lejos de las sombras

                        más allá, sobre un lecho de mullidas alfombras,

                        estaba el Fariseo que ante el Señor se exalta

                        rezando los versículos de David en voz alta

                        estaba el Fariseo, que ante el Señor se exalta…

etcétera. Esto es de un poeta argentino, Horacio Caillet-Bois.

            Como está colocada después de la parábola de la Viuda Molesta, San Agustín y otros muchos dicen que versa sobre la oración, y que recomienda la humildad al orar.

            Es eso; hay eso desde luego; pero hay otra cosa: hay un retrato de la soberbia religiosa, que había de ser, y ya era, el principal enemigo de Cristo; retrato breve pero enérgicamente incisivo, como un medallón o un aguafuerte. Jesucristo no vaciló en contraponer entre sí a la clase social más respetada con la más repelida, ni en nombrar por su nombre a esa clase social eminente, al denunciarla como infatuado religiosamente: Fariseo y Publicano. Si nos preguntaran cómo habría que traducir hoy día esas palabras para que sonaran parecido a aquellos tiempos, habría que decir la parábola del Sacerdote y el Ciruja, o algo por el estilo: o, hablando con perdón, la parábola del Sacristán y la Prostituta.

            La palabra fariseo no significaba entonces lo que significó después de Cristo, así como la palabra sofista no significaba en el siglo de Platón lo mismo que significó después –y por obra– de Platón. Los fariseos eran los separados –eso significa la palabra en arameo–, los puros, los distinguidos. No existe hoy un grupo social enteramente idéntico a los fariseos –aunque existe mucho fariseísmo desde luego–, por lo cual no se pueden definir con una sola palabra. Si digo que los fariseos eran el alto clero, los clericales, los jesuitas, los nazis, los oligarcas, los devotos, los puritanos, los ultramontanos, miento: aunque tenían algo de todo eso. Algunos los han comparado con los Sinn-feiners de Irlanda; otros con los Puritanos de Oliver Cromwell. Eran a la vez una especie de cofradía religiosa, de grupo social y de poder político; es todo lo que se puede decir brevemente; pero lo formal y esencial en ellos era lo religioso: el culto, el estudio y el celo de la Torah, de la Ley de Moisés, que había proliferado entre sus manos, como un pedazo de gorgonzola. Preguntado un ham-haréss (hombre del pueblo) israelita, hubiera dicho: “Son unos hombres muy religiosos, muy sabios y muy poderosos”, más o menos lo que cree el pueblo hoy día de los frailes. El Evangelista al principio de la parábola los define: “Unos hombres que se tenían a sí mismos por santos y despreciaban a los demás”; es decir, soberbia religiosa. Queda entendido que no siempre fueron así los fariseos: fue un ceto social que se corrompió. En tiempo de Jesucristo eran así. Antes de Jesucristo habían sido la fracción política que mantuvo la tradición nacionalista y antihelenística de los Macabeos. Después de Cristo, fueron el espíritu que inspiró el Talmud y organizó la religión judaica actual: puesto que la destrucción y la Diáspora, que acabó con los Saduceos, no acabó con los fariseos. Éstos son indestructibles.

            Los Publicanos eran receptores de rentas o cobradores de impuestos, pero no como los nuestros. Los romanos ponían a subasta pública los impuestos de una Provincia; y el “financiero” que ganaba el remate quedaba facultado para cobrar a la gente como pudiera –y, bajo mano, lo más que pudiera–; lo cual hacía por medio de cobradores terribles, los publicanos, cordialmente odiados, como todo cobrador: y mucho más por servir en definitiva a los romanos, los odiosos extranjeros. En suma, decir publicano era peor que decir ladrón; prácticamente era decir traidor o vendepatria…

            “Palabra de honor os digo –dijo Cristo– que el Publicano volvió a su casa justificado, y el otro no”…[1]. El que se llamó a sí mismo pecador, volvió a su casa justo; el que se llamó santo volvió con un pecado más. El fariseo se tenía a sí por santo y al otro por miserable; y Dios no fue de la misma opinión.

            La oración del fariseo, proferida en voz alta, de pie, cerca del santuario es una obra maestra. Cristo no exagera ni se queda corto: la oración parece no contener nada malo; pero está penetrada del peor mal que existe, que es el orgullo religioso: “Gracias te doy, oh Dios, de que no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros –ni como este publicano…–; ayuno dos veces cada Sábado, pago los diezmos de todo lo que poseo…”. ¿Acaso es un pecado conocer que uno no hace crímenes y dar gracias a Dios por ello?, dice el reverendo George Herbert Box M A., profesor de Estudios Bíblicos y Rector del Templo de Southton Bede, en el artículo “Pharisee” de la Enciclopedia Británica, donde se halla una curiosa defensa de los fariseos que prueba que su raza no ha desaparecido del mundo. ¡Dichoso el que tiene un hijo que lo defienda después de muerto!

            Toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: fue el Mesías y luchó contra el fariseísmo; o quizás más brevemente todavía: luchó con los fariseos. Ése fue el trabajo que personalmente se asignó Cristo como hombre: su Empresa.

            Todas las biografías de Cristo que recuerdo (Luis Veuillot, Grandmaison, Ricciotti, Lebreton, Papini) construyen su vida sobre otra fórmula: Fue el Hijo de Dios, predicó el Reino de Dios, y confirmó su prédica con milagros y profecías. Sí, pero ¿y su muerte? Esta fórmula amputa su muerte, que fue el acto más importante de su vida.

            El drama de Cristo queda así escamoteado. La vida de Cristo no fue un idilio ni un cuento de hadas ni una elegía, sino un drama. No hay drama sin antagonista. El antagonista de Cristo fue el fariseísmo, vencedor en apariencia, derrotado en realidad.

            Sin el fariseísmo, toda la historia de Cristo fuera cambiada; y también la del mundo entero. Su Iglesia no hubiera sido como es ahora; y el mundo todo hubiese seguido otro derrotero, con Israel a la cabeza: triunfante y no deicida y errante; derrotero enteramente inimaginable para nosotros.

            Sin el fariseísmo, Cristo no hubiera muerto en la cruz; y la Humanidad no sería esta Humanidad; ni la Religión, esta Religión. El fariseísmo es el gusano de la religión; y parece ser un gusano ineludible, pues no hay en este mundo fruta que no tenga gusano, ni institución sin su corrupción específica. Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, decae. El fariseísmo es el decay de la religión, míster George Box… perdone usted, profesor de religión.

            Es la soberbia religiosa, es la corrupción más grande de la verdad más grande: la verdad de que los valores religiosos son los más grandes. Eso es verdad; pero en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. El gesto religioso, cuando toma conciencia de sí mismo, se vuelve mueca. No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo. El publicano decía: “Oh Dios, apiádate de mí, pecador.” El fariseo pensaba: “Estoy rezando: conviene que rece bien porque yo soy yo; y hay que dar buen ejemplo a toda esta canalla.” “No oréis a gritos, como los fariseos, ni digáis a Dios muchas cosas, como los paganos; vosotros cerrad la puerta y orad en lo escondido; y vuestro Padre, que está en lo escondido, os escuchará.”

            Decía don Benjamín Benavides que el fariseísmo, tal como está escrito en los Evangelios, tiene como siete grados: 1) La religión se vuelve exterior y ostentatorio; 2) la religión se vuelve rutina y oficio; 3) la religión se vuelve negocio o “granjería”; 4) la religión se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo; 5) aversión a los que son auténticamente religiosos; 6) persecución a los que son religiosos de veras; 7) sacrilegio y homicidio. Esto me fue dicho, ahora recuerdo, en San Juan, la noche de Navidad de 1940, tres o cuatro años antes del Terremoto, cuando yo sabía teóricamente que existía el fariseísmo, pero todavía no me había topado con él en cuerpo y alma. De modo que en suma, el fariseísmo abarca desde la simple exterioridad (añadir a los 613 preceptos de la Ley de Moisés como 6.000 preceptos más y olvidarse de lo interior, de la misericordia y la justicia) hasta la crueldad (es necesario que Éste muera, porque está haciendo muchos prodigios y la gente lo sigue; y que muera del modo más ignominioso y atroz, condenado por la justicia romana), pasando por todos los escalones del fanatismo y la hipocresía. Éste es el pecado contra el Espíritu Santo, el cual de suyo no tiene remedio. Aquel que no vea la extrema maldad del fariseísmo –que realmente es fácil de ver–, que considere solamente esto: la religión suprimiendo la misericordia y la justicia. ¿Puede darse algo más monstruo?

            Yo le envidio a Jesucristo el coraje que tuvo para luchar contra los fariseos. Yo, excepto en un solo caso, cada vez que me topé con un fariseo grande, me he quedado alelado y yerto, como un estúpido; es decir, estupefacto.

            Sin embargo, siento simpatía por el fariseo Simón, Simón el Leproso, aquel a quien Cristo le reprochó: “No me besaste”, el que invitó a comer a Cristo y al final de la comida se le colaron sin billete ¡la Magdalena y Judas! No todos los fariseos eran malos: algunos eran santulones, pero no hipócritas. De entre ellos salieron algunos buenos cristianos: San Pablo, por ejemplo.

            La parábola termina con esta frase: “Todo el que se exalta será humillado y todo el que se humilla será exaltado”, cuyo sentido es obvio.

            Pero ella comienza con otra frase, que es misteriosa: “Cuando vuelva el Hijo del Hombre ¿creéis que encontrará fe sobre la tierra?”. Cristo conecta proféticamente su Primera y Segunda Venida, indicando que el estado de la religión será parecido en ambos momentos, el Primero y el Ultimo.

            Aquí hay que corregir otra vez con todo respeto a San Agustín; el cual, viendo en el siglo IV “las iglesias llenas” (sermón 115) y la fe creciendo día a día, no se podía imaginar una crisis de la fe como, por ejemplo, la nuestra; y en consecuencia dice: “¿De qué fe habla el Salvador? Habla de la fe plena, de la fe que hace milagros, de la fe que mueve las montañas, de la fe perfecta, de la fe que es siempre muy rara y de muy pocos”… No. Cristo habla de la fe en seco. Viendo el estado de la religión en su tiempo en que por causa del fariseísmo, en los campos la gente andaba “como ovejas que no tienen pastor”; y en las ciudades “con pastores que eran lobos con piel de oveja” –los cuales iban a derramar la sangre del buen Pastor–, se acordó repentinamente del otro período agónico de la religión, en que la situación religiosa habría de ser parecida o peor; y exhaló ese tremendo gemido.

            Con razón anota monseñor Juan Straubinger comentando este versículo: “Obliga a una detenida meditación este impresionante anuncio que hace Cristo, no obstante haber prometido su asistencia a la Iglesia hasta la consumación del siglo. Es el gran “Misterio de Iniquidad” y la “gran apostasía” que dice San Pablo en II Tesalonicenses 2, y que el mismo Señor describe varias veces, sobre todo en su discurso escatológico.”

            Hay pues dos profecías en el Evangelio que parecen inconciliables: una es que “las Puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”; otra es que cuando vuelva Cristo “apenas encontrará fe sobre la tierra”. Y la conciliación debe de estar en el principio o norma que dio Cristo a los suyos respecto a la Sinagoga ya desolada y contaminada: “En la cátedra de Moisés se sentaron y enseñaron los Escribas y Fariseos: vosotros haced todo lo que os dijeren, pero no hagáis conforme a sus obra.” La Iglesia no fallará nunca porque nunca enseñará mentira; pero la Iglesia será un día desolada, porque los que enseñan en ella hablarán y no harán, mandarán y no servirán; y mezclando enseñanzas santas y sacras con ejemplos malos o nulos, harán a la Iglesia repugnante al mundo entero, excepto a los poquísimos heroicamente constantes.

            Los cuales tendrán, sí, oh Agustín, una fe más grande que las montañas.

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 294 – 300)

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[1]Hay un error de traducción en la Vulgata y en muchos evangelios castellanos que dan la siguiente frase absurda: “Volvió a su casa más justificado que el otro”, o bien: “justificado en parangón con el otro”; frases con las cuales luchan inútilmente San Agustín y Maldonado, por no poseer entonces un texto griego críticamente depurado.

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Directorio Homilético

 

Trigésimo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 588, 2559, 2613, 2631: la humildad es el fundamento de la oración

CEC 2616: Jesús satisface la oración de la fe

CEC 2628: la adoración, la disposición del hombre que se reconoce criatura delante del Señor

CEC 2631: la oración de perdón es el primer motivo de la oración de petición

588    Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente como con ellos mismos (cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los “que se tenían por justos y despreciaban a los demás” (Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34), Jesús afirmó: “No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores” (Lc 5, 32). Fue  más lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8, 33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).

QUE ES LA ORACION

          Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría (Santa Teresa del Niño Jesús, ms autob. C 25r).

          La oración como don de Dios

2559  “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”(San Juan Damasceno, f. o. 3, 24). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos?  ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene”(Rom 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (cf San Agustín, serm 56, 6, 9).

2613  S. Lucas nos ha trasmitido tres parábolas principales sobre la oración:

          La primera, “el amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13), invita a una oración insistente: “Llamad y se os abrirá”. Al que ora así, el Padre del cielo “le dará todo lo que necesite”, y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los dones.

          La segunda, “la viuda importuna” (cf Lc 18, 1-8), está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe. “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?”

          La tercera parábola, “el fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), se refiere a la humildad del corazón que ora. “Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador”. La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: “¡Kyrie eleison!”.

2631  La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición (cf el publicano: “ten compasión de mí que soy pecador”: Lc 18, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1 Jn 1, 7-2, 2): entonces “cuanto pidamos lo recibimos de El” (1 Jn 3, 22). Tanto la celebración de la eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón.

Jesús escucha la oración

2616  La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!” (Mt 9, 27) o “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: “¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!” Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: “Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!”.

          San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: “Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis” (“Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros”, Sal 85, 1; cf IGLH 7).

2628  La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humill ar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor” (S. Agustín, Sal. 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

2631  La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición (cf el publicano: “ten compasión de mí que soy pecador”: Lc 18, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1 Jn 1, 7-2, 2): entonces “cuanto pidamos lo recibimos de El” (1 Jn 3, 22). Tanto la celebración de la eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón.

 

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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