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Domingo XXV Tiempo Ordinario (C)

 

18
septiembre

Domingo XXV Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXV Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 18 de Septiembre de 2016)

LECTURAS

Contra los que compran a los débiles con dinero

Lectura de la profecía de Amós     8, 4-7

Escuchen esto, ustedes, los que pisotean al indigente
para hacer desaparecer a los pobres del país.
Ustedes dicen: «¿Cuándo pasará el novilunio
para que podamos vender el grano,
y el sábado, para dar salida al trigo?
Disminuiremos la medida, aumentaremos el precio,
falsearemos las balanzas para defraudar;
compraremos a los débiles con dinero
y al indigente por un par de sandalias,
y venderemos hasta los desechos del trigo».
El Señor lo ha jurado por el orgullo de Jacob:
Jamás olvidaré ninguna de sus acciones.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 112, 1-2. 4-8(R.: cf. 1a y 7b)

R. ¡Alaben al Señor, que alza al pobre!

Alaben, servidores del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
desde ahora y para siempre. R.

El Señor está sobre todas las naciones,
su gloria se eleva sobre el cielo.
¿Quién es como el Señor, nuestro Dios, que tiene su morada en las alturas,
y se inclina para contemplar el cielo y la tierra? R.

El levanta del polvo al desvalido,
alza al pobre de su miseria,
para hacerlo sentar entre los nobles,
entre los nobles de su pueblo. R.

Que se hagan oraciones por todos los hombres,
porque Dios quiere que todos se salven

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo     2, 1-8

Querido hijo:
Ante todo, te recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los soberanos y por todas las autoridades, para que podamos disfrutar de paz y de tranquilidad, y llevar una vida piadosa y digna. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, porque Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre Él también, que se entregó a sí mismo para rescatar a todos. Este es el testimonio que Él dio a su debido tiempo, y del cual fui constituido heraldo y Apóstol para enseñar a los paganos la verdadera fe. Digo la verdad, y no miento.
Por lo tanto, quiero que los hombres oren constantemente, levantando las manos al cielo con recta intención, sin arrebatos ni discusiones.

Palabra de Dios.

ALELUIA     2Cor 8, 9

Aleluia.
Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros,
a fin de enriquecernos con su pobreza.
Aleluia.

EVANGELIO

No se puede servir a Dios y al dinero

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     16, 1-13

Jesús decía a los discípulos:
«Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Que es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto”.
El administrador pensó entonces: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!”
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” “Veinte barriles de aceite”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez”.
Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” “Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos”.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.
Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero».

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     16, 10-13

Jesús decía a sus discípulos:
«El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XXV del Tiempo Ordinario– Ciclo C

Entrada: Sólo Jesucristo es el Mediador entre Dios y los hombres. Su mediación se consuma en el Sacrificio de la Cruz, al que nos asocia en virtud de su Sacerdocio real por medio de la liturgia.

Liturgia de la Palabra

1º Lectura:                                         Amós 8, 4- 7

La voz del Profeta se alza contra la injusticia del ambicioso: Dios no se olvida del pobre.

Salmo Responsorial: 112, 1- 2. 4- 6. 7- 8

2º Lectura:                    1 Timoteo 2, 1- 8

La salvación nos llega mediante el conocimiento de la verdad contenida en la Palabra del Padre que nos fue revelada por el Hijo.

Evangelio:             Lucas 16, 1- 13 ó bien 16, 10- 13 (forma breve)

La verdadera riqueza consiste en servir a Dios con todo el corazón, para así ganar el Cielo.

Preses

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Confiémosle, pues, los anhelos de toda la humanidad.

A cada intención respondemos cantando:

* Pidamos por el Santo Padre, los obispos y sacerdotes del mundo entero, para que perseveren hasta el fin en el empeño apostólico, manifestando y comunicando la caridad de Dios a todos los hombres y pueblos. Oremos.

* Pidamos por la paz del mundo, especialmente entre los pueblos de medio Oriente, para que erradiquen de sus corazones todo odio y resentimiento, y que la paz llegue a esos pueblos. Oremos.

* Para que los jóvenes busquen la verdad como sentido profundo de la existencia humana, y que sin desaliento ante las dificultades que les presenta el mundo de hoy, den testimonio del evangelio aspirando siempre a la santidad. Oremos.

* Por todos los misioneros, para que su dedicación paciente y sacrificada a las almas sea signo elocuente de la voluntad amorosa y salvífica de Dios para todos los hombres. Oremos.

Señor, escucha a tu Iglesia suplicante, y acoge con misericordia nuestras plegarias. Por Jesucristo, Nuestro Señor.

Liturgia eucarística

Ofertorio: Llevamos al Altar nuestros deseos de servir a Dios con santidad y nos ofrecemos con Cristo para la salvación de los hombres.

* Junto con el pan y el vino, presentamos nuestra propia oblación, hecha a conformidad con la voluntad del Padre.

Comunión: Acerquémonos a recibir con fe inconmovible el Sacramento del Amor, que se entrega por la salvación de todos los hombres.

Salida: María, Madre de la Iglesia, acompañe al pueblo rescatado por su Hijo, para que llegue al festín dichoso de las bodas del Cordero.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Hijos de este mundo

(Lc.16,1 – 17,10)

El pecado no impide salvarse, supuesto que se efectúe la conversión ¿Cuáles son, pues, los obstáculos para salvarse? Esta sección parece dar la respuesta a esta pregunta. Se divide en dos subsecciones de análoga estructura: 16,1-18 y 16,19-17,10. Cada subsección comienza con un relato seguido de aplicaciones. La primera subsección se cierra con palabras dirigidas a los fariseos, que exigen un cumplimiento radical de la ley (16,14-18); la segunda termina con palabras dirigidas a los apóstoles relativas a la fe (17,5-10). El primero de los dos relatos muestra cómo puede el hombre servirse de sus bienes para la salvación, la segunda muestra cómo con los mismos puede acarrearse la ruina. En cada uno de los dos aparecen tres figuras. En la primera el terrateniente, el administrador y los deudores; en la segunda el rico, el pobre y Abraham. En la primera, el administrador da, y de esta manera se prepara un porvenir; en la segunda, el rico no da, y así se acarrea la ruina.

La propiedad y el hecho de tomar esposa impidieron a los invitados acudir al gran banquete a la hora señalada. El seguimiento radical de Jesús es renuncia a la propiedad y a la familia (14,25-34). Sin embargo, no a todos se exige este seguimiento radical. De todos modos, sin renunciar a algo es imposible ser verdadero discípulo de Cristo. Esta nueva sección doctrinal puede llevar por título: Hijos de este mundo (16,8), ya que se trata de la cuestión: ¿Cómo puede el discípulo de Jesús -cuyos pensamientos deben estar en lo alto, donde reina Cristo (Col_3:1)- defenderse contra los asaltos del mundo, que quiere apartarlo totalmente? «Todo lo que hay en el mundo -los deseos de la carne, los deseos de los ojos y el alarde de la opulencia (la ilusión de creer que toda salvación depende solamente del hombre) no proviene del Padre, sino que procede del mundo» (1Jn_2:16). A estas tres cosas se opone el orden en la administración de los propios bienes (los dos relatos con sus aplicaciones), la nueva ordenación de la ley del matrimonio (Lc.16:18), la humildad (Lc.17:10). Una composición análoga se halla también en Mateo (Mt.19:2-20). Allí tenemos el mismo problema, la misma manera de tratarlo y la misma conclusión: La salvación es don de Dios, al que el hombre no tiene derecho alguno, aun cuando haya cumplido con lo exterior; en ambos casos se emplea diferente material de tradición.

a) El administrador infiel (Lc/16/01-13)

1a Decía también a los discípulos:…

En presencia de los fariseos y de los escribas (Lc.15:2) se habla del gozo de Dios por el retorno y conversión de los pecadores. Los publicanos y los pecadores oyen esta buena nueva. Están presentes también muchos que marchan con Jesús. Ahora se dirige Jesús a los discípulos, a los que están resueltos a aceptar su palabra y a seguirla. También éstos tienen necesidad de instrucción que les ponga en claro lo que es necesario para alcanzar la gloria que se halla al final de la marcha.

1b Había un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue denunciado ante su dueño como malversador de sus bienes. 2 Lo llamó, pues, y le dijo: ¿Qué es lo que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu gestión, porque ya no podrás seguir administrando mis bienes.

El rico es terrateniente, probablemente extranjero. Explota sus bienes por medio de un administrador nativo, que está autorizado a obrar con gran margen de autonomía, pero que tiene que rendir cuentas al dueño. A este administrador lo han denunciado -con razón o sin ella- ante su señor como malversador de sus bienes. Para el señor es esta denuncia más que razón suficiente para pedirle cuentas al administrador. Hay que entregar documentos, recibos, facturas, pues entonces no se conocía una contabilidad en regla. Al mismo tiempo se notifica su cese al administrador. La pregunta que le dirige el dueño da claramente a entender que está muy disgustado y que ha decidido despedirlo. Al administrador se le presenta una situación nada halagüeña.

3 El administrador dijo entonces para sí: ¿Qué voy u hacer, ahora que mi señor me quita la administración? Para cavar, ya no tengo fuerzas; pedir limosna, me da vergüenza. 4 Ya sé lo que tengo que hacer, para que, cuando quede destituido de la administración, las gentes me reciban en sus casas.

El diálogo que entabla el administrador consigo mismo revela el apuro en que se halla. Ha perdido el buen nombre. No puede ni pensar en «una buena colocación». Para trabajos pesados le faltan ya las fuerzas, el decoro no le permite mendigar. Se pone a considerar como el que quería construir la torre y como el rey amenazado por una guerra. Decide «perdonar», y así le darán buen trato a él. ¿Qué hay que hacer para asegurarse el porvenir? La gran cuestión en la peregrinación de la vida.

Al administrador no le atormentan escrúpulos de conciencia. Todavía tiene en la mano la posibilidad de crearse amigos que le queden obligados, que le ofrezcan albergue. Todavía es administrador, que puede negociar con lo que se le había confiado. Sólo le preocupa salvar su existencia futura.

No pierde un minuto; el momento crítico impone una acción rápida. La proclamación del tiempo final pone el sello a la parábola.

5 Y llamando uno por uno a los deudores de su señor, preguntó al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? 6 éste contestó: Cien medidas de aceite. Entonces le dijo él: Pues toma tu recibo, siéntate ahí y escribe en seguida que son cincuenta. 7 Después preguntó a otro: Y tú, ¿cuánto debes? éste contestó: Cien medidas de trigo. él le dice: Toma tu recibo y escribe que son ochenta.

Los deudores son mayoristas, que tienen facturas atrasadas. En la parábola sólo se presenta a dos deudores. El trigo y el aceite eran los principales productos de la tierra en Palestina. Cien medidas (bat, en el texto original) de aceite eran la cosecha de 140-160 olivos, una cantidad de unos 365 litros. Cien medidas (cor) de trigo se pueden cosechar poco más o menos en 42 hectáreas de tierra, es decir, unos 360 hectolitros. Al primero le rebaja el administrador el 50% de la deuda, al segundo el 20%. En cuanto al valor, la suma es bastante parecida, unos 500 denarios. El denario de plata era el jornal ordinario de un trabajador del campo (Mat_20:2-13). El estilo narrativo oriental tiene preferencia por los grandes números. Dado que el administrador quiere asegurarse un largo porvenir, no puede contentarse con poco, tiene que atreverse a mucho.

8 Y alabó el señor al administrador infiel, por haber obrado con tanta sensatez. Pues los hijos de este mundo son más sensatos en el trato con los suyos que los hijos de la luz.

¿Quién es el señor que alaba al administrador? ¿El terrateniente? ¿Será éste tan poco egoísta, será capaz de tanto humorismo que se permita alabar la sagacidad del administrador infiel? El señor es Jesús (7,6; 11,39). Ahora bien, ¿cómo puede Jesús alabar por su sagacidad a este estafador tan redomado y tan ladino? La narración no es una historia, sino una parábola, ¿Dónde está su quid, su moraleja?

El objeto de la alabanza no es la taimada pillería y la desvergüenza del estafador, sino la audacia y la resolución con que se saca partido del presente con vistas al futuro; no lo es el fraude en cuanto tal, sino la ponderada previsión para el futuro, mientras todavía hay tiempo. Al administrador se le llama administrador «infiel», administrador fraudulento, injusto, sin conciencia. Las parábolas tratan de despertar la atención, de forzar a plantearse problemas.

Es sensato el discípulo que cuenta con que el Señor ha de venir y ha de pedir cuentas (12,42-46), el que no vive sencillamente al día, sino que conoce el imperativo del momento, el que procede con valor y decisión a fin de poder triunfar al fin, el que perdona a fin de poderse asegurar el porvenir. La parábola es un llamamiento escatológico: sé prevenido, y en esta última hora piensa en tu futuro de1 tiempo final.

Como una acusación suenan las palabras de Jesús cuando declara: Los hijos de este mundo son más sensatos que los hijos de la luz. «Este mundo» está bajo la influencia y el dominio de Satán, príncipe (Jua_12:31) y dios de este mundo (2Co_4:4). Los hijos de este mundo sólo se dejan guiar por los principios y los intereses de los hombres distanciados de Dios. No se preocupan de Dios y de su voluntad, ni de sus promesas y amenazas para el futuro. Para ellos la vida no tiene más objeto que este mundo. Se ponen bajo el influjo de Satán y constituyen su séquito y su reino. En cambio, los hijos de la luz se dejan guiar por la luz en su modo de pensar y de obrar. «Mientras tenéis luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz» (Jua_12:36). Luz es Dios (1Jn_1:5), luz es Cristo (Jua_8:12), luz es la gloria de Dios (Mat_17:2). Los cristianos son hijos de la luz. «Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas» (1Te_5:5). «En otro tiempo erais tinieblas; mas ahora, luz en el Señor» (Ef S,8). El administrador infiel es un hijo de este mundo. Se deja guiar por el cuidado de su existencia terrena. Con valor, con resolución y sin escrúpulos aprovecha lo que le puede proporcionar ventaja para su vida de la tierra. Los hijos de la luz tienen ojos que ven lo que es la vida, el hombre, el mundo delante de Dios. En la fe en la palabra de Dios reconocen el mundo futuro que se descubre tras el presente, el reino de Dios con todas sus promesas, la vida eterna. En cambio, los hijos de la luz, comparados con los hijos de este mundo, son irresolutos y flojos en su acción cuando se trata de cuidar de su espléndido futuro. Jesús tiene razón de quejarse. No en todos los sentidos son los hijos de este mundo más sensatos que los hijos de la luz. Son más sensatos… en el trato con los suyos, con la generación que es la suya, en la esfera de los asuntos de la tierra, en la vida económica y de los negocios, dondequiera que se trate de procurarse una vida vivible. En una cosa no son sagaces: su mirada no se extiende más allá de lo de la tierra, no reconocen el mundo futuro. Sagaz, tal como lo entiende Cristo, sólo es aquel que no se sumerge de tal modo en la existencia terrena que olvide que se acerca el reino de Dios. Es sagaz «el criado a quien su señor, al volver, lo encuentra haciendo así» (es decir, dedicado fielmente a su servicio) (1Te_12:42 ss).

9 Y yo os digo: mediante el Mamón injusto procuraos amigos, para que, cuando éste deje de existir, os reciban en las tiendas eternas.

El administrador infiel se aprovecha de los bienes que administra para hacerse amigos que se interesen por él cuando ya no pueda ser administrador. El discípulo de Cristo debe también, como el administrador, procurar, con sus bienes, ganar amigos que intervengan en su favor a la hora de la muerte, en la cual los bienes de la tierra pierden su valor (Lc.12:20). Gana amigos, con sus bienes, el que los emplea para hacer limosnas. «Vended vuestros bienes para darlos en limosna. Haceos de bolsas que no se desgastan, de un tesoro inagotable en los cielos, donde no hay ladrón que se acerque ni polilla que corroa» (Lc.12:33). Las limosnas y las obras de caridad son intercesores cerca de Dios, hacen al hombre digno de ver la faz de Dios y dan participación en el mundo futuro. Así se pensaba en el pueblo de Jesús.

La riqueza se llama Mammón («lo que es seguro y da seguridad») (…). Los hombres creen que con el dinero y los bienes pueden asegurar su existencia (Lc.12:15 s). Pero la riqueza no cumple lo que promete. Jesús la llama «Mamón injusto» también (Lc.16:11). Con frecuencia su adquisición y su empleo van acompañados de injusticia. «Entre el comprar y el vender se incrusta el pecado» (Eco_27:2). Para adquirir las posesiones y para aumentarlas se perjudica al otro. El que confía en las posesiones se hace su esclavo y no puede ya servir a Dios (Mat_6:24), incurre en «injusticia», en pecado.

Dios recibe en las tiendas o tabernáculos eternos a los que practican el bien. «En casa del Padre celestial hay muchas moradas» (Jua_14:2). Cuando habla Jesús de la vida del más allá se expresa con frecuencia en el lenguaje de su ambiente, en el que también se decía: «Vi otra visión: las moradas de los justos y los lugares de reposo de los santos. Aquí vi yo con mis propios ojos sus moradas con sus ángeles justos y sus lugares de reposo con los santos, y éstos imploraban, intercedían y oraban por los hombres» (Henoc 39,4s).

10 El que es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y el que es infiel en lo poco, también lo es en lo mucho. 11 Si, pues, no habéis sido fieles en el Mamón injusto, ¿quién os confiará el verdadero bien? 12 Y si no habéis sido fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo nuestro?

Al administrador se le exige que sea fiel (1Sa_12:42; 1Co_4:2). El administrador de la parábola no era fiel, sino injusto. Despilfarró los bienes que le había confiado su señor y los utilizó para sus propios fines con perjuicio de su dueño. El Señor no alaba la infidelidad del administrador, como si tal proceder rufianesco fuera sensato. El que tiene posesiones no es en todo caso más que administrador, puesto que el propietario de nuestros bienes es Dios. Los bienes que nos han sido encomendados deben administrarse fielmente, conforme a la voluntad de Dios.

Los bienes de la tierra no son el don supremo que Dios nos confía. Es solamente lo poco, no mucho. Mucho es lo auténtico, en lo que podemos basarnos y apoyarnos, lo venidero, la participación en el reino de Dios, la vida nueva, eterna. Los bienes de la tierra son sólo poco; no pueden asegurar verdaderamente la vida. No pueden impedir la muerte (12,22-31), ni siquiera añadir lo más insignificante a la duración de la vida y a la estatura (12,25). Sólo al que sabe administrar debidamente lo poco, se le confía lo mucho. Si no sois fieles en lo pequeño, ¿quién os dará lo grande? (cf. Mat_25:21). Dios da los futuros bienes celestiales sólo al que administra fielmente los bienes de la tierra conforme a su voluntad. El Mamón es lo ajeno; el reino de Dios, la nueva vida, es lo nuestro.[1] Nosotros los hombres, que sólo existimos una vez, no confiamos lo nuestro, a lo que está apegado nuestro corazón, y lo que nos es caro y precioso, a un hombre que ni siquiera sabe administrar lo extraño, que no tiene profunda relación con nosotros. Si Dios nos da su reino y participación en su vida, nos da de lo suyo, en lo que él mismo, para hablar de Dios en términos humanos, está interesado. El Mamón le es ajeno, no tiene con él ninguna relación personal. Si nosotros no administramos fielmente lo ajeno, ¿cómo nos confiará Dios lo nuestro, como él lo llama? Mediante la fidelidad en la administración de los bienes terrenos se prueba al discípulo, para ver si es apto para recibir los bienes del mundo futuro.

13 Ningún criado puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No podéis servir a Dios y a Mamón.

El discurso sobre el reino y el capital se cierra con una palabra de amonestación. El servicio de Dios y el culto a la riqueza son dos cosas incompatibles. Dios y las riquezas reclaman al hombre entero. Cada uno por su lado. Dios quiere ser amado «con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Mat_10:27). Como muestra la experiencia, también la riqueza absorbe al hombre entero. Dinero, propiedad, ganancia encadenan al hombre, absorben sus fuerzas, lo dominan. ¿Cómo se puede conciliar tal servicio a dos señores, cada uno de los cuales exige entrega completa? ¿Puede un esclavo servir como esclavo a dos amos? Cada uno de los dos amos puede a cada momento exigir un servicio total. Nadie es capaz de prestar tal servicio simultáneo a dos señores. Las palabras de Jesús tienen por imposible un compromiso doble: servir a Dios y servir a Mamón; exigen una decisión; servir a Dios o servir a Mamón.

¿Qué elección se ha de hacer, qué decisión se ha de tomar? Dios es una realidad que no admite concurrencia (competencia). El que se halla ante la alternativa de decidirse por Dios o por el Mamón, debe decidir entre estas dos cosas: amar a Dios u odiarlo, despreciarlo o adherirse a él. Ahora bien, ¿quién querrá postergar a Dios, despreciarlo, odiarlo? Las palabras de Jesús invitan a reflexionar, causan inquietud, quitan la «bienaventuranza» de poseer. En el poseer hay peligro de que esto quite al hombre la libertad de seguir la llamada y la palabra de Dios: «Lo que cayó en zarzas son los que oyeron; pero con las preocupaciones y las riquezas y los placeres de la vida, se van ahogando y no llegan a madurar» (Lc.8:14).

Lo que Jesús dijo sobre la administración de los bienes y de las posesiones halla eco y explicación en las palabras de la primera carta a Timoteo: «A los ricos de este mundo, recomiéndales que no sean altivos, ni pongan su esperanza en cosa tan insegura como la riqueza, sino en Dios, que nos provee de todo espléndidamente para nuestra satisfacción; que practiquen el bien, que se hagan ricos en buenas obras, que sean generosos, dadivosos, atesorando así para sí mismos un buen capital para el futuro, hasta lograr la auténtica vida» (1Ti_6:17 ss).

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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[1] Hay manuscritos en que se lee «lo mío», otros «lo vuestro»; lo mío es lo que pertenece a Jesús y lo que él da, el reino de Dios (Mat_22:28 s); lo vuestro es también el reino de Dios, la vida eterna, que verdaderamente nos pertenece a nosotros, cuando Dios nos la da; estos dones son, en efecto, inamisibles (vida «eterna»).

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Comentario Teológico

·        San Alberto Hurtado

Uso del dinero

El choque más vehemente entre el espíritu de Cristo y el espíritu del “mundo” se realiza en el terreno de las riquezas. Sus puntos de vista son irreconciliables. El uno pone su confianza y su amor en las riquezas de la tierra, a las que aspira como el supremo bien; el otro aspira a los bienes eternos y se sirve de los bienes de esta tierra como de medios para alcanzar los eternos, como de un instrumento de colaboración con Cristo.

El valor cristiano del dinero, es el de un instrumento y nada más, instrumento necesario ya que toda obra grande supone dinero. ¿Cómo trabajarían los obreros si no hubiese grandes capitales que crearan industrias y ofrecieran trabajo? ¿Cómo prosperaría la ciencia sin medios abundantes consagrados a la investigación que procuren el pan cotidiano a los sabios y les permitan disponer de amplios recursos para la búsqueda e investigación científicas? ¿Cómo se solucionaría los problemas sociales más urgentes, como el de la vivienda, la higiene popular, la sanidad, sin grandes fortunas? La educación ¿no requiere acaso millones y millones invertidos en escuelas, sueldos de maestros, material escolar, sin hablar de la cifra fabulosa que requiere una enseñanza universitaria seria? La Iglesia misma ¿cómo podría realizar su labor apostólica, educacional, moralizadora sin los medios humanos? ¿Cómo viajarían sus misiones, de qué vivirían, cómo haría vivir a sus colaboradores sin dinero propio o suministrado por la generosidad de los fieles? ¿Cómo puede fundarse un hogar sin un mínimun de recursos? ¿Cómo puede un matrimonio cumplir las normas de la Iglesia sobre la vida matrimonial sin recursos suficientes para alimentar a sus hijos? ¿Cómo puede darse educación cristiana si los padres no tienen una renta suficiente? ¿Quién podrá negar la verdad de estas afirmaciones? Son demasiado evidentes; y por tanto sería infantil una predicación contra el dinero, contra la riqueza, contra la existencia de capitales…

La predicación de un régimen de universal despreocupación de los bienes de este mundo de imprevisión en lo que respecta al futuro, convertida en ley universal sería perniciosa y lo menos que podemos decir, cándida. Sería temeridad negarse al trabajo serio, despreocuparse del futuro, descuidar el pan de los hijos. La Iglesia nunca ha sido ilusa ni extremista sino profundamente realista, como realista fue Jesús que vivió toda su existencia en Nazareth del trabajo de sus manos, escogió como Apóstoles a quienes antes de su consagración apostólica se ganaban la vida con la pesca o construyendo tiendas como Pablo.

PELIGROS DEL DINERO

Jesús fue el gran predicador contra los abusos de las riquezas y nadie como El nos ha puesto en guardia contra los peligros del dinero.

¡Ay de vosotros ricos que ya tuvisteis vuestra recompensa!

“Mammona iniquitatis”, llama Jesús al dinero (Lucas, XVI, 9).

Y en un lugar que no podemos leer sin temblor, dice con palabras de fuego: “En verdad os digo que más fácilmente pasará un camello por el ojo de una aguja, que no un rico entrará en el reino de los cielos” (Mateo, XX, 24). Podemos pretender suavizar la frase cuanto se quiera, pero allá está ella con toda su fuerza aplastante, como una amenaza eterna para los ricos como Epulón que nos describe el propio Jesús, que pasaba su tiempo en banquetes y festines y fue sepultado en el infierno.

Es por otra parte, un hecho indiscutible en la vida de Jesús que lo siguen algunos ricos; otros ricos que se acercaron a Cristo se empobrecieron voluntariamente dejándolo todo como Mateo, o parte como Zaqueo, atraídos por su ejemplo. En cambio, la gran mayoría de los poderosos que aparecen en el Evangelio, o están unidos en su contra desde los sumos sacerdotes, escribas, fariseos, hasta Herodes y Pilatos, o por lo menos no figuran entre los seguidores de Cristo, rebaño de los pobres de este siglo.

¿Por qué la riqueza no suele figurar al lado de Jesús? ¿Por qué Jesús nos pone tan en guardia contra la riqueza?

Es un hecho que el dinero ejerce una extraña seducción, y ante el deseo de poseerlo, se sacrifican muchos principios. Con demasiada frecuencia en el origen de las grandes fortunas, hay acumuladas muchas injusticias: juego, especulación, usura, guerras… ¡Cuántas riquezas amasadas con la sangre de pueblos que son llevados a la guerra para hacer la fortuna de un grupo de especuladores sin conciencia! Bourdaloue decía: “Con frecuencia el origen de las grandes fortunas, hace temblar; hay quienes no tienen ningún escrúpulo cuando se trata de acumular dinero: todos los medios parecen lícitos” (nota 28).

Una vez que se ha gozado de las comodidades que traen consigo las riquezas, resulta muy duro desprenderse de ellas. Hemos conocido a varios excelentes católicos que no han trepidado en abandonar todo cuanto poseían por cumplir sus obligaciones y, aún a veces, la apariencia de una obligación, pero, con frecuencia la tentación de seguir poseyendo, a cualquier precio, es más fuerte y se sucumbe a ella.

La riqueza tiene el gran peligro de endurecer a quien la posee: vive rodeado del dolor y con frecuencia parece no verlo; si lo ve, no lo comprende; y si lo comprende, se niega a remediarlo por razones que no se comprenden o sencillamente por la sola razón de seguir incrementando bienes. Con cuanta frecuencia viven juntos los que nadan en la abundancia y los que se ahogan en la miseria. ¿Acaso los primeros no la ven? ¿Pues cómo cierran sus ojos?

La riqueza suele traer orgullo de la vida. Cuando se tiene fortuna se recibe adulaciones. Todo lo del rico parece bien, y hasta “talento” se le reconoce, que le es muy pronto negado, si tiene la desgracia de perder su fortuna. Eso engendra vanidad. El rico no está acostumbrado a ser contrariado; todos se inclinan ante él; sus órdenes son al punto ejecutadas y eso engendra orgullo… El rico es independiente: ambas palabras han pasado a ser sinónimas; el rico no depende, (depende menos) de los demás, y tiende a actuar como si no dependiera tampoco de Dios. Sus propios medios le proporcionan lo que el pobre ha de pedir a Dios en su humilde plegaria de cada día.

El que nunca ha experimentado el dolor no conoce su amargura, y si ha tiempo que goza de la riqueza se ha olvidado fácilmente de su sabor. Esa es tal vez la causa porque cierra sus ojos y sus oídos al sufrimiento. Llega a pensar que hay una clase que está curtida para el dolor y a la cual no hace mella el sufrimiento. De ahí ese penoso contraste de quienes no pueden soportar en sí la más mínima molestia y presencia impasible los más grandes dolores ajenos.

El rico tiende a hacerse sensible, demasiado sensible al dolor físico, su vida suele ser más regalada, y de ahí que la pereza, la inacción sean con frecuencia el patrimonio de los hijos de ricos que dilapidan rápidamente lo que con tanto afán reunieron sus padres. Burham, en su libro La revolución de los directores, afirma el desinterés por los negocios generalizado entre los hijos de los grandes reyes de la industria norteamericana; y en nuestra propia patria no tenemos más que ver el cambio de mano de la antiguas fortunas y la creación de nuevos ricos en los que hay nuevas energías, que tal vez no serán el patrimonio de sus hijos o de sus nietos.

El rico suele también ser más sensible al dolor moral, a la crítica, al desaire, porque se cree con mayor derecho a la estimación de todos, y tiene más tiempo para vivir dentro de sí mismo. Por eso la neurosis, lo ronda con mayor frecuencia que al pobre que no tiene tiempo para pensar en sus penas y que las estima su patrimonio natural.

El rico tiene menos amigos hondos y verdaderos, aunque sean más los que lo rodean, pues mientras más se sube, más sinceramente solo se está, como las cumbres de las montañas a las que pocos llegan. Habrá muchos aduladores, pero ¿amigos?

Por eso no es de extrañar que la Iglesia que reconoce la legitimidad de la riqueza, más aún, su necesidad, ponga en guardia a sus fieles, contra sus peligros.

San Ignacio en una meditación central en sus Ejercicios, quiere precaver al ejercitante contra los escollos que ofrece la riqueza para una vida de perfección y a fin de darle colorido a su doctrina introduce, hablando a Lucifer que incita a otros demonios a que vayan y tienten a cada hombre primero de codicia de riquezas, para que de ahí venga a vano honor del mundo, luego a crecida soberbia y de ahí, a todos los otros vicios.

(…)

LA MODERACION EN LA RIQUEZA

Un concepto fundamental en el uso de los bienes es la recomendación de la “medida” en la prosecución de la fortuna. El “auri sacra fames”, sed del oro, esteriliza la vida para toda idea espiritual, para toda obra de caridad.

La fortuna para cumplir su misión, ha de guardar ojos, corazón, interés y tiempo para las causas desinteresadas agregándoles la posibilidad de realizarlas. El rico ha de aspirar a “poseer”, no a “ser poseído”; a ser “dueño”, no “esclavo” de sus bienes.

De aquí la sobriedad de vida, la moderación en el uso del confort, el hábito del trabajo continuado en medio de la fortuna. Riqueza y sencillez; riqueza y modestia, son el verdadero sello de las almas nobles, que no miden su grandeza por la exhibición de tesoros comprados, sino por las cualidades de su espíritu, el refinamiento de sus virtudes y de su cultura.

Gracias a Dios podemos decirlo, con profunda verdad, hemos conocido y seguimos viendo en Chile ejemplos muy numerosos de esa verdadera nobleza, distinción de maneras, cultura refinada, sencillez de costumbres, servicialidad, espíritu fraternal con los pobres, sin asomo de proteccionismo, frugalidad, trabajo, sacrificio al par de sus inquilinos, y junto a eso una generosidad ilimitada para distribuir a los pobres y a las obras de bien el dinero que rehusan gastar en su persona; y todo esto con humildad exquisita, sin que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha.

Estas personas forman parte del grupo de los pobres de espíritu de que habla Cristo; son los continuadores de la misión de los ricos que fueron sus amigos: de Lázaro, Marta y María que hospedaban a Jesús, del Centurión que edificó un templo, de Mateo, que dejó sus bienes por Jesús; de Nicodemo que le dio sepultura. Los ejemplos de estos pudientes, verdaderos católicos, son poco conocidos. El bien, no hace ruido; y estos hombres tampoco lo hacen. Se juzga a toda una clase social por la vida superficial, con frecuencia escandalosa de quienes no tienen dinero y corazón sino para las diversiones, de quienes no tienen jamás bastante dinero para gastos en sus personas; y se condena junto con ellos a quienes felizmente mucho más numerosos de lo que se piensa no tienen otra preocupación que el servicio de Dios, su familia y la gran familia de los abandonados.

Con la misma entereza con que merecen censura los malos ricos, son acreedores a la admiración y a la gratitud de Chile estos soldados desconocidos de la virtud, símbolo de una sociedad que hemos de impedir que se extinga, pues representa una tradición de lo mejor que ha producido la Patria, vestigio de sus mejores épocas de grandeza moral. No podemos recordar algunos nombres porque es muy larga la lista que debería citarse en esta página de honor.

Frente a estos ejemplos florecidos en tierra chilena se puede pedir un mayor esfuerzo para no perder una tradición de sobriedad de vida. Hay derecho a pedir sencillez en el vestido de las señoras que piensan en adornarse con todos los animales raros que han existido en la creación, cualquiera que sea su precio; sobriedad de vida a los hombres que derrochan fortunas en bebidas dispendiosas, en el juego de las carreras… cuando no en el espectáculo mil veces más deprimente de amores ilícitos en que se dilapidan millones extraídos de los pobres y devorados en el vicio. Estos son los verdaderos revolucionarios. Hay entre ellos quienes gritan contra el comunismo, pero sus clamores no nacen como los del Papa de un deseo de justicia y defensa de los valores espirituales, sino del temor de ver cercenada su ilimitada libertad de gozar de la vida. Estos son los más peligrosos propagandistas de ese comunismo que rechazan con sus palabras, pero confirman con sus hechos. Se es responsable de una revolución, no sólo cuando se la hace, sino también cuando se la provoca.

Ojalá que todo el que posee fortuna se recogiera con frecuencia a hacer esta sencilla reflexión: ¿Qué pensaría yo si me encontrara un día sirviente, inquilino, trabajador de un patrón igual a mí? ¿Qué bulliría en mi mente? ¿Qué aspiraciones querría ver satisfechas?… Es bien dificil que haya muchos que se resuelvan a poner en práctica este consejo, pues, nada hay más difícil que ahondar en la propia conciencia. La sinceridad es una virtud muy difícil; pero si, al menos uno, se resolviera a pensar y a obrar conforme a las luces de su reflexión ¡cuánto bien hubiera hecho!

LA CARIDAD QUE COMPLETA LA JUSTICIA

En el banco de la justicia siempre hay un lugarcito para la caridad. Por mejor organizadas que estén las instituciones sociales de un país “siempre habrá pobres con nosotros”, según las palabras de Jesús, que constituyen un precioso llamado a la caridad.

La caridad actúa en el dominio de la plena espontaneidad: lo que no se puede reclamar con título de derecho es lo que se otorga por caridad. Esto no quiere decir que la caridad sea una virtud no obligatoria. Es tan obligatoria como la justicia, aunque por motivo diferente.

La caridad nos mueve a socorrer con generosidad de nuestros bienes a los pobres: lo que es superfluo para nosotros, la caridad lo pone al servicio de los pobres y a veces la caridad llega aún más lejos, participa a los menesterosos, aún de lo que uno ha menester para sí. El verdadero cristiano da y da hasta que duela. Mientras la limosna no nos cuesta, vale poco.

La caridad no se contenta con la limosna; ésa para tener valor debe ser el fruto de un sentimiento interno de respeto y de amor al pobre. Por eso dice San Pablo: aunque distribuya en limosnas toda mi fortuna, si no tengo caridad de nada me aprovecha.

En Chile felizmente se da mucho y se da con amor. Exponentes de esta caridad los encontramos en todas las clases sociales, sobre todo entre los pobres. En el barco en que escribimos estas líneas sirve un marinero náufrago tres veces. Tiene cinco hijos propios y cuatro huérfanos a su cargo. A todos les ha dado una formación y a los nueve quiere como si fueran hijos propios.

El hondo sentido social del pueblo chileno se ve en la facilidad con que comparte su pobre vivienda y su modesta comida con los que tienen menos que ellos. El que no tiene donde vivir puede estar seguro que al recorrer el campo no le faltará un corazón amigo que lo reciba como “allegado”, a pesar de que esta caridad crea muchas veces problemas de muy difícil solución. Hemos conocido el caso de una pobre mujer, madre de ocho hijos, que recibió por lastima a los siete huerfanitos hijos de una vecina, al morir su madre. No tenía ella cómo alimentar los propios, pero su corazón no pudo cerrarse al abandono de esos huachitos.

Pasados los instantes trágicos de la noche del 24 de enero de 1939 en los alrededores de Cauquenes, el camino en otras ocasiones muy traficado estaba desierto; de pronto en lo alto asomó una carreta que conducía un humilde campesino del Maule. Vestía pobremente y calzaba las clásicas ojotas de la tierra. Con una picana de coligüe al hombro se dirigió a uno de los habitantes de Cauquenes, y aquel modesto campesino, padre de cinco hijos, le preguntó: “en donde se recibían las mantenciones para los que tenían hambre en la ciudad”. El pobre agregó: “Señor, en el campo hemos sabido que en el pueblo ha pasado una gran desgracia; nos contaron que la gente lloraba ayer de hambre. Dios me dio este año una buena cosecha: quince sacos de trigo rindió uno que sembré. Yo he cargado cinco en mi carreta, señor, para entregarlo sin pago, a la olla de los pobres. De los diez restantes sembraré uno ese año, y los demás para pan de mis huachitos”.

He aquí un hombre con sentido social, que hizo profundo contraste con los que sin necesidad ninguna fueron a buscar el trigo donado para los pobres, y mayor aún, con los muchos explotadores de terremotos, carentes de todo sentido de solidaridad humana.

Entre las personas pudientes hay muchas felizmente que tienen “la inteligencia del pobre” de que habla la Sagrada Escritura. Hemos conocido personas que disponían de cuantiosa renta y no gastaban un centavo en el arreglo de su persona. Una de ellas en cierta ocasión debió pedir prestado un sombrero para salir de su casa, pues, no lo tenía y no quería disminuir en un centavo el presupuesto de sus pobres.

Estas personas, aunque sean pudientes, forman parte del grupo de los pobres de espíritu a quienes Cristo prometió el Reino de los cielos. En cambio aquellos que amontonan una fortuna que a nadie sirve, sino a lo más a satisfacer sus caprichos, deberían sentirse avergonzados ante los hombres, y temerosos ante Dios a quien darán cuenta del talento escondido. Carnegie llega a decir que los que mueren en posesión de una fortuna inútil deberían considerarse deshonrados.

(San Alberto Hurtado, Humanismo social, en Obras Completas, Fundación Padre Hurtado, Santiago de Chile, tomo II, p. 303-305; 309-312)

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·        San Agustín

Verdaderas y falsas riquezas

(Lc 16,9).

1. La amonestación que se nos hace a nosotros debemos hacerla llegar a los demás. La reciente lectura evangélica nos invitó a hacernos amigos con la mammona de iniquidad, para que éstos reciban en los tabernáculos eternos a quienes los hacen. ¿Quiénes son los que han de poseer los tabernáculos eternos, sino los santos de Dios? ¿Y quiénes son los que han de ser recibidos por ellos en tales tabernáculos, sino quienes socorren su indigencia y suministran con alegría lo que les es necesario? Recordemos, pues, que en el último juicio Dios ha de decir a quienes estén a su derecha: Tuve hambre y me disteis de comer y las demás cosas que sabéis. Al preguntarle éstos cuándo le ofrecieron tales servicios, responderá: Cuando lo hicisteis con uno de mis pequeños, conmigo lo hicisteis. Estos pequeños son quienes reciben en los tabernáculos eternos. Eso lo dijo a los de la derecha, que lo habían hecho, y eso mismo dijo a los de la izquierda, que no lo habían realizado. Pero ¿qué recibieron o, mejor, qué recibirán los de la derecha que lo hicieron? Venid, dijo, recibid el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Tuve hambre y me disteis de comer. Cuando lo hicisteis con uno de mis pequeñuelos, conmigo lo hicisteis. ¿Quiénes son, pues, los pequeños de Cristo? Aquellos que abandonaron todas sus cosas y le siguieron, distribuyendo a los pobres cuanto poseían, para servir a Dios libres de todo impedimento secular y, exonerados de las cargas del mundo, como aves, levantar hacia arriba sus hombros. Estos son los pequeños. ¿Por qué pequeños? Porque son humildes, no inflados ni soberbios. Levanta a estos pequeños y encontrarás cuán grande es su peso.

2. Pero ¿qué significa que ellos se hacen amigos con la mammona de la iniquidad? ¿Qué es la mammona de iniquidad? Antes aún, ¿qué es la mammona? No es una palabra latina. Pertenece a la lengua hebrea, pariente de la púnica. Estas lenguas son allegadas entre sí por cierta semejanza de significación. Lo que los púnicos llaman mammón, los latinos lo denominan lucro. Lo que los hebreos llaman mammona, en latín recibe el nombre de riquezas. Para expresarlo en nuestra lengua, esto es lo que dice nuestro Señor Jesucristo: Haceos amigos con las riquezas de iniquidad. Algunos, entendiendo mal esta sentencia, roban lo ajeno y de lo robado reparten a los pobres, pensando que así cumplen lo mandado. Dicen, pues: la mammona de iniquidad consiste en robar las cosas ajenas; dar algo de ello especialmente a los santos necesitados, equivale a hacerse amigos con la mammona de iniquidad. Esta manera de entender el texto ha de corregirse; más aún, ha de borrarse totalmente de las tablas de vuestro corazón. No quiero que lo comprendáis de ese modo. Haced limosnas con lo ganado en vuestros dignos trabajos; dad de aquello que poseéis justamente. No podréis corromper al juez Cristo de modo que sólo os oiga a vosotros y no también a los pobres a quienes se lo arrebatáis. Si tú, más fuerte y poderoso, robases a un inválido y aquí en la tierra fueseis los dos a cualquier juez humano con cierta potestad para juzgar y aquél quisiera encausarte; si de lo robado al pobre dieses algo al juez para que sentenciase a favor tuyo, ¿sería tal juez de tu agrado? Ciertamente sentenció a favor tuyo y, sin embargo, es tan grande la fuerza de la justicia, que también a ti te desagrada el hecho. No te imagines así a Dios; no coloques tal ídolo en el templo de tu corazón. Tu Dios no es tal cual no debes ser ni tú. Aunque tú no juzgares de ese modo, sino que actuases rectamente, aun así tu Dios es mejor que tú; no te es inferior; es más justo, es la fuente de la justicia. Cuanto de bueno has hecho, de él lo has recibido, y cuanto de bueno eructaste, de él lo bebiste. ¿Alabas el vaso porque contiene algo de agua, y vituperas a la fuente? No hagáis limosnas con dinero procedente de la usura. Lo digo a los creyentes, a aquellos a quienes se distribuye el cuerpo de Cristo. Temed, corregíos para que no tenga que deciros después: «Tú y tú lo estáis haciendo». Y creo que, si lo hiciere, no deberíais airaros conmigo, sino con vosotros para corregiros. A esto se aplica lo que dice el salmo: Airaos y no pequéis. Quiero que os airéis, pero no que pequéis. Para no pecar, ¿con quiénes debéis airaros sino con vosotros mismos? ¿Qué hombre es penitente sino quien se aíra consigo mismo? El mismo se impone el castigo para recibir el perdón, y con razón dice a Dios: Aparta tus ojos de mis pecados, porque reconozco que he obrado mal. Si tú lo reconoces, él te perdona. No hagáis lo que hacíais; no está permitido.

3. Pero si ya lo hicisteis y conserváis tales riquezas y con ellas llenasteis vuestras carteras y amontonasteis tesoros, lo que poseéis procede del mal. No añadáis otro mal; haceos amigos con la mammona de iniquidad. ¿Acaso Zaqueo poseía justamente sus riquezas? Leed y ved. Era el jefe de los publicanos, es decir, aquel a quien se entregaban los tributos públicos. De allí sacó sus riquezas. Había oprimido a muchos; a muchos se las había quitado, mucho había almacenado. Entró Cristo en su casa y le llegó la salvación, pues así dice el Señor: Hoy llegó la salvación a esta casa. Contemplad ahora en qué consiste la salvación. Primeramente deseaba ver al Señor porque era de estatura pequeña. Como la muchedumbre se lo impedía, se subió a un sicómoro y le vio cuando pasaba. Jesús le miró y le dijo: Zaqueo, baja; conviene que yo me detenga en tu casa. Estás pendiente, pero no te mantengo en vilo, es decir, no doy tiempo al tiempo. Querías verme al pasar; hoy me encontrarás habitando en tu casa. Entró en ella el Señor. Lleno de gozo dijo Zaqueo: Daré a los pobres la mitad de mis bienes. Ved cómo corre quien se apresura a hacerse amigos con la mammona de iniquidad. Y para no hallarse reo por cualquier otro capítulo, dice: Si a alguno quité algo, le devolveré el cuádruplo. Se infligió a sí mismo una condena para no incurrir en la condenación. Por tanto, con lo que tenéis que procede del mal, haced el bien. Quienes nada hayáis adquirido injustamente, no queráis adquirirlo y, cuando comenzares a hacer el bien con aquello, no permanezcas tú siendo malo. ¿Se convierten en bien tus monedas y tú vas a seguir siendo malo?

4. Se puede entender también de otra manera. No la callaré. La mammona de iniquidad son las riquezas del mundo, procedan de donde procedan. De cualquier forma que se acumulen, son riquezas de iniquidad. ¿Qué significa «son riquezas de iniquidad»? Es al dinero a lo que la iniquidad llama con el nombre de riquezas. Si buscas las verdaderas riquezas, son otras. En ellas abundaba Job aunque estaba desnudo, cuando tenía el corazón lleno de Dios y, perdido todo, profería alabanzas a Dios, cual piedras preciosas. ¿De qué tesoro si nada poseía? Esas son las verdaderas riquezas. A las otras sólo la iniquidad las denomina así. Si las tienes, no te lo reprocho: llegó una herencia, tu padre fue rico y te las legó. Las adquiriste honestamente. Tienes tu casa llena como fruto de tus sudores; no te lo reprocho. Con todo, no las llames riquezas, porque, si lo haces así, las amarás y, si las amares, perecerás con ellas. Piérdelas, para no perecer tú; dónalas, para adquirirlas; siémbralas, para cosecharlas. No las llames riquezas, porque no son las verdaderas. Están llenas de pobreza y siempre sometidas a infortunios. ¿Cómo llamar riquezas a lo que te hace temer al ladrón, te lleva a sentir temor de tu siervo, temor de que te dé muerte, las coja y huya? Si fueran verdaderas riquezas, te darían seguridad.

5. Por tanto, son auténticas riquezas aquellas que, una vez poseídas, no podemos perder. Y para no temer al ladrón por causa de ellas, estén allí donde nadie las arrebata. Escucha al Señor: Acumulad vuestros tesoros en el cielo, a donde el ladrón no tiene acceso. Entonces serán auténticas riquezas: cuando las cambies de lugar. Mientras están en la tierra, no son riquezas. Pero el mundo, la iniquidad, las denomina riquezas. Por eso Dios las llama mammona de iniquidad, porque es la iniquidad quien las denomina riquezas. Escucha al salmo: Señor, líbrame de la mano de los hijos de los extraños, cuya boca habló vanidad y cuya diestra es diestra de iniquidad. Sus hijos son como viñas plantadas en su juventud; sus hijas ataviadas, adornadas a semejanza del templo. Sus graneros están llenos rebosando de uno para otro. Sus bueyes están cebados, sus ovejas son fecundas, multiplicándose en sus viajes. No existe ruina en su tapia, ni acceso, ni clamor en sus plazas. Has visto la felicidad que describe el salmo; pero escucha lo que es y a quienes propuso como hijos de la iniquidad. Su boca habló vanidad y su diestra es diestra de iniquidad. De éstos habló, y su felicidad, tal como la presenta, es solamente terrena. ¿Pero qué añadió? Declararon dichoso al hombre que tiene estas cosas. ¿Quiénes dijeron esto? Los hijos extraños, los alienígenas y quienes no pertenecían a la semilla de Abrahán; éstos declararon dichoso al pueblo que tiene estas cosas. ¿Quiénes lo dijeron? Aquellos cuya boca habló vanidad. Por tanto, es una vanidad decir que son dichosos quienes poseen estas cosas. Y, no obstante ser una vanidad, lo dicen aquellos cuya boca habló vanidad. Ellos llaman riquezas a estas cosas que reciben el nombre de mammona de iniquidad.

6. Aquellos hijos extraños, aquellos cuya voz habló vanidad, proclamaron dichoso al pueblo que tiene estas cosas; ¿qué dices tú? Esas riquezas son falsas, dame las verdaderas. Desapruebas éstas, muéstrame eso que tú alabas. Deseas que desprecie esto, indícame qué he de preferir. Dígalo el mismo salmo. El que dijo proclamaron dichoso al pueblo que tiene estas cosas, él mismo nos da la respuesta, como si le hubiéramos dicho nosotros a él, es decir, al salmo: «Esto nos has quitado; ¿qué es lo que nos has dado? Mira que despreciamos esto y aquello, ¿con qué vivimos?, ¿con qué lograremos la felicidad? Quienes hablaron la recibirán de sus mismas cosas. Dijeron que los hombres que poseían riquezas eran felices. Tú, ¿qué dices?» Como si se le hubiera interrogado de esa forma, responde y dice: «Aquellos proclaman dichosos a los ricos; pero yo digo: Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor». Acabas de escuchar cuáles son las auténticas riquezas; haz amigos con la mammona de iniquidad y serás el pueblo dichoso cuyo Dios es el Señor. A veces pasamos por un camino, vemos fincas frondosísimas y fértiles y preguntamos de quién es tal finca. De su propietario se dice y decimos nosotros también: «Dichoso ese hombre». Estamos hablando vanidad. Dichoso el dueño de aquella casa, de aquella finca, de aquel ganado; dichoso el amo de aquel siervo, dichoso quien tiene aquella familia. Elimina la vanidad si quieres escuchar la verdad. Es dichoso aquel cuyo Dios es el Señor. No lo es aquel que posee esta finca, sino quien posee a Dios. Más para proclamar manifiestamente la felicidad que producen las cosas, dices que aquella finca te hizo feliz. ¿Por qué? Porque vives de lo que te da ella. Cuando quieres alabar sobremanera tu finca, dices: «De ella me alimento, de ella traigo mi sustento». Mira de dónde traes tu sustento. Lo traes de aquel a quien dices: En ti está la fuente de la vida. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor. ¡Oh Señor, Dios mío! ; ¡Oh Señor, Dios nuestro!; para que lleguemos a ti, haznos felices con tu felicidad. No queremos la que procede del oro, ni de la plata, ni de las fincas; no queremos la que procede de estas cosas terrenas, vanísimas y pasajeras, propias de esta vida caduca. Que nuestra boca no hable vanidad. Haznos dichosos de no perderte a ti. Si te poseemos a ti, ni te perdemos, ni perecemos. Haznos dichosos con la dicha que procede de ti, porque dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor. Tampoco él se aíra si llegamos a decir que él es nuestra finca, nuestra posesión. Leemos que Dios es la parte de mi heredad. Cosa sublime, hermanos; somos su heredad y es nuestra heredad, porque nosotros le adoramos a él y él nos cultiva a nosotros. No significa para él ninguna afrenta el cultivarnos, porque si nosotros le adoramos a él como nuestro Dios, él nos cultiva a nosotros como campo suyo. Y para que sepáis que él nos cultiva, escuchad a aquel que nos envió: Yo soy, dijo, la vid y vosotros los sarmientos; mi padre es el agricultor. Luego nos cultiva. Si damos fruto, prepara el hórreo; si, por el contrario, quisiéramos permanecer estériles con tan experto agricultor, y en lugar de trigo produjéramos espinas… No quiero decir lo que sigue; terminemos con gozo. Vueltos al Señor…

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 113, 1-6, BAC Madrid 1983, 818-26

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

NO SE PUEDE SERVIR A DIOS Y AL DINERO

Aparece muy fuertemente en esta parábola la necesidad de la pobreza, si queremos alcanzar la salvación. El Señor nos dice hoy con toda claridad que “no se puede servir a Dios y al dinero”. Para concedemos sus dones, y principalmente para lograr la unión con Él, Dios nos quiere despojados de todo apoyo mate­rial, renunciando voluntariamente a la seguridad aparente que nos brindan las riquezas, de modo que pongamos la confianza solamente en el amor de nuestro Padre. Por supuesto que este desasimiento debe ser bien interpretado, si deseamos acertar justamente con lo que aquí se nos pide. La clave para ello la encontramos en el texto de las bienaventuranzas, cuando el Señor alaba a los “pobres de espíritu”.

La pobreza que elogia el evangelio no es tanto la efectiva carencia de bienes cuanto la inexistencia de apego a las riquezas. Yo puedo vivir miserablemente, falto de casi todas las cosas, y estar fuertemente adherido a lo poco que tengo, deseando cada vez más. Al contrario, a ejemplo de algunos santos que gozaban de abundancia material, vivir desasido a las cosas que están, sí, a mi alcance, pero que sin embargo no se me pegan al corazón. Desde ya que esta distinción señala realidades complementarias, dado que como decía hace poco Juan Pablo II, hablando a los religiosos, es necesario también sentir a veces “el mordisco de la pobreza” para poder vivir auténticamente esta virtud.

De cualquier modo, esta alternativa no es solamente para vivir mejor nuestra vida de hijos de Dios. La exigencia es mucho más radical, ya que Jesucristo, tras afirmar que no se puede servir a dos señores, servir a la vez a Dios y al dinero, agrega: “abo­rrecerá a uno y amará al otro”. El dilema es de hierro, puesto que si entregamos el corazón a las riquezas, nuestra alma quedará, vacía de Dios y nos será imposible llegar hasta Él. Los bienes materiales ocuparán entonces en nuestro interior el lugar del amor divino, que ya no podremos alcanzar plenamente, al punto que nuestra salvación eterna quedará comprometida. No está de más recordar aquí que cuando en los Ejercicios Espirituales nos indica San Ignacio de Loyola, al exponer la meditación de las dos banderas, cuáles son los ardides de Lucifer, comienza poniendo “la codicia de riquezas, para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo y después a crecida soberbia… y de estos tres escalones induce a todos los vicios”.

Debemos, pues, tener claro que si preferimos las riquezas, renunciamos a Dios.

Esto sentado, podemos ahora volver al texto evangélico y considerar lo que allí se enseña. Porque frente a la riqueza y la pobreza caben diversas actitudes, así como caben varias mane­ras de vivir la pobreza.

Tenemos, primero que nada, la pobreza evangélica, que todos debemos practicar según el estado de vida al que hemos sido llamados. Es evidente que no puede ser idéntica la pobreza de un cartujo, de un obispo o de un padre de familia, pero todos deben vivir el precepto de Jesucristo, que es universal. A algunos se los llama a un despojo total, como al joven a quien Cristo aconsejó “Vende todo cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo”. A otros Dios les permite conservar sus bienes y disfrutar de ellos, pero esta utilización no ha de olvidar el carácter de administrador que tiene el hombre respecto a los bienes de la tierra –”dame cuenta de tu administración”, dijo el dueño de la parábola a su administrador–, y del papel de la divina providencia en la existencia humana.

Los bienes materiales, necesarios para la vida terrenal, no deben ser más que peldaños de una escala que nos lleve a la gloria. No podemos detenernos en ellos, ya que nuestro fin está arriba, en la cumbre. Cultivando esa santa indiferencia, que proviene de la confianza en el amor paternal del Señor y en la sabiduría de su Providencia, la relación con el dinero de aquel que por su propia vocación no está llamado a la renuncia total que implica el voto de pobreza debe caracterizarse por el desa­pego y el auténtico abandono en los designios de Dios.

Además de esta concepción evangélica de la pobreza en sus diversos grados, que está de algún modo dominada por la ca­ridad, ya que es por amor a Dios que nos desapegamos de las otras cosas, resulta preciso considerar también el modo como la virtud de la justicia debe presidir nuestra relación con la rique­za. Con mucha fuerza la lectura de hoy fustiga los pecados con­tra aquella virtud. “Disminuiremos la medida… falsearemos las balanzas”, son los propósitos que el profeta Amós pone en boca de los que manejan los bienes ilícitamente. Dios contestó: “Ja­más olvidaré ninguna de sus acciones”. El cuidado más delicado debe reinar en las transacciones comerciales, para que no cai­gamos en la tentación de apoderarnos arbitrariamente de lo ajeno.

Dar a cada uno lo suyo, no dañar a nadie, son principios de la ley natural que los libros sagrados nos reiteran con gran vigor, imponiendo el deber de la restitución cuando la equidad de las contraprestaciones ha sido vulnerada,

Pero no solamente la rapiña evidente que implica el fel­seamiento de las pesas y medidas constituye una falta. El texto de Amós que hemos escuchado nos previene también contra loa que dicen: “Aumentaremos el precio”. La doctrina moral de la Iglesia nos enseña que hay un “justo precio”, calculado sella parámetros objetivos, que no podemos soslayar sin mengua de la justicia. i Cuán ajustada es esta advertencia para el mundo actual! Vemos cotidianamente cómo se hace alarde de “buenos negocios”; en el fondo lo que hay debajo no es más que un apro­vechamiento de las circunstancias para sacar ventajas excesivas e injustas sobre el prójimo. Hoy puede ser una posición de mono­polio que influye poderosamente en el mercado. Mañana, la si­tuación privilegiada que surge de un tratamiento fiscal singular y arbitrario. Tal vez en otra ocasión el otorgamiento injusto de una concesión que permite manejar a designio el precio de bienes y servicios. En uno u otro caso se trata de imponer abusivamente un valor que se aleja de los criterios objetivos del “justo precio”.

Y no creamos que esto es de menguada importancia para nuestra salvación: “Si no sois fieles con lo ajeno, ¿quién os con­fiará lo que os pertenece?, nos dice el Señor en el evangelio. Más todavía, nos exhorta a tener sumo cuidado en esta materia, incluso en las cosas pequeñas —”el que es fiel en lo poco…”—, porque de todo se pedirá estrecha cuenta.

Una última advertencia. Sería falso a todas luces pensar que la alabanza que el Señor hace en la parábola de la conducta del administrador infiel significa un encomio de la injusticia. Lo que el evangelio elogia es el ingenio, la aptitud para encontrar cami­nos aptos para lograr el fin, pero, por supuesto, y esto es claro al leer los versículos posteriores, no hay aquí más que una condena clara y sin atenuantes de la injusticia. Lo que sí se nos recuerda es cómo muchas veces la diligencia que ponen los malos en lograr sus objetivos no encuentra parangón en la actividad de los “hijos de la luz”. Y esto es una admonición seria. Muchas veces Jesucristo nos ha exhortado a ser vigilantes y activos, pero no siempre, en verdad, encuentra en nosotros la lucidez y sagacidad que percibe en sus enemigos.

Desterremos lejos de nosotros esa falsa humildad que cree que es virtud la pusilanimidad y que, para vivir la sencillez del Evangelio, el verdadero cristiano debe ser torpe, ineficaz y estéril en su apostolado.

Prosigamos el Santo Sacrificio de la Misa, donde se actualiza el despojo total de Cristo en la Cruz. Desnudo, abandonado por sus amigos, careciendo del consuelo sensible de la paternidad de Dios, el Señor nos muestra con su ejemplo él camino del des­prendimiento que hoy nos enseña con la palabra. Desprendi­miento que es soberanamente eficaz ya que, como canta la Igle­sia en el himno “Adoro te devote”, una sola gota de la bendita sangre del Redentor basta y sobra para salvar al mundo entero de sus crímenes.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 265-269)

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Benedicto XVI


En los domingos pasados, san Lucas, el evangelista que más se preocupa de mostrar el amor que Jesús siente por los pobres, nos ha ofrecido varios puntos de reflexión sobre los peligros de un apego excesivo al dinero, a los bienes materiales y a todo lo que impide vivir en plenitud nuestra vocación y amar a Dios y a los hermanos. También hoy, con una parábola que suscita en nosotros cierta sorpresa porque en ella se habla de un administrador injusto, al que se alaba (cf. Lc 16, 1-13), analizando a fondo, el Señor nos da una enseñanza seria y muy saludable. Como siempre, el Señor toma como punto de partida sucesos de la crónica diaria: habla de un administrador que está a punto de ser despedido por gestión fraudulenta de los negocios de su amo y, para asegurarse su futuro, con astucia trata de negociar con los deudores. Ciertamente es injusto, pero astuto: el evangelio no nos lo presenta como modelo a seguir en su injusticia, sino como ejemplo a imitar por su astucia previsora. En efecto, la breve parábola concluye con estas palabras: “El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido” (Lc 16, 8).

Pero, ¿qué es lo que quiere decirnos Jesús con esta parábola, con esta conclusión sorprendente? Inmediatamente después de esta parábola del administrador injusto el evangelista nos presenta una serie de dichos y advertencias sobre la relación que debemos tener con el dinero y con los bienes de esta tierra. Son pequeñas frases que invitan a una opción que supone una decisión radical, una tensión interior constante.

En verdad, la vida es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. Es incisiva y perentoria la conclusión del pasaje evangélico: “Ningún siervo puede servir a dos amos: porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo”. En definitiva —dice Jesús— hay que decidirse: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). La palabra que usa para decir dinero —”mammona”— es de origen fenicio y evoca seguridad económica y éxito en los negocios. Podríamos decir que la riqueza se presenta como el ídolo al que se sacrifica todo con tal de lograr el éxito material; así, este éxito económico se convierte en el verdadero dios de una persona.

Por consiguiente, es necesaria una decisión fundamental para elegir entre Dios y “mammona”; es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad y la lógica del compartir y de la solidaridad. Cuando prevalece la lógica del lucro, aumenta la desproporción entre pobres y ricos, así como una explotación dañina del planeta. Por el contrario, cuando prevalece la lógica del compartir y de la solidaridad, se puede corregir la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo, para el bien común de todos.

En el fondo, se trata de la decisión entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la injusticia; en definitiva, entre Dios y Satanás. Si amar a Cristo y a los hermanos no se considera algo accesorio y superficial, sino más bien la finalidad verdadera y última de toda nuestra vida, es necesario saber hacer opciones fundamentales, estar dispuestos a renuncias radicales, si es preciso hasta el martirio. Hoy, como ayer, la vida del cristiano exige valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz.

Así pues, parafraseando una reflexión de san Agustín, podríamos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas. En efecto, si existen personas dispuestas a todo tipo de injusticias con tal de obtener un bienestar material siempre aleatorio, ¡cuánto más nosotros, los cristianos, deberíamos preocuparnos de proveer a nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra! (cf. Discursos 359, 10).

Ahora bien, la única manera de hacer que fructifiquen para la eternidad nuestras cualidades y capacidades personales, así como las riquezas que poseemos, es compartirlas con nuestros hermanos, siendo de este modo buenos administradores de lo que Dios nos encomienda. Dice Jesús: “El que es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho” (Lc 16, 10).

De esa opción fundamental, que es preciso realizar cada día, también habla hoy el profeta Amós en la primera lectura. Con palabras fuertes critica un estilo de vida típico de quienes se dejan absorber por una búsqueda egoísta del lucro de todas las maneras posibles y que se traduce en afán de ganancias, en desprecio a los pobres y en explotación de su situación en beneficio propio (cf. Am4, 5).

El cristiano debe rechazar con energía todo esto, abriendo el corazón, por el contrario, a sentimientos de auténtica generosidad. Una generosidad que, como exhorta el apóstol san Pablo en la segunda lectura, se manifiesta en un amor sincero a todos y en la oración.

En realidad, orar por los demás es un gran gesto de caridad. El Apóstol invita, en primer lugar, a orar por los que tienen cargos de responsabilidad en la comunidad civil, porque —explica— de sus decisiones, si se encaminan a realizar el bien, derivan consecuencias positivas, asegurando la paz y “una vida tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad” para todos (1 Tm 2, 2). Por consiguiente, no debe faltar nunca nuestra oración, que es nuestra aportación espiritual a la edificación de una comunidad eclesial fiel a Cristo y a la construcción de una sociedad más justa y solidaria.

Queridos hermanos y hermanas, oremos, en particular, para que vuestra comunidad diocesana, que está sufriendo una serie de cambios, a causa del traslado de muchas familias jóvenes procedentes de Roma, al desarrollo del sector “terciario” y al establecimiento de muchos inmigrantes en los centros históricos, lleve a cabo una acción pastoral cada vez más orgánica y compartida, siguiendo las indicaciones que vuestro obispo va dando con elevada sensibilidad pastoral.

A este respecto, ha sido muy oportuna su carta pastoral de diciembre del año pasado con la invitación a ponerse a la escucha atenta y perseverante de la palabra de Dios, de las enseñanzas del concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia.

Pongamos en manos de la Virgen de las Gracias, cuya imagen se conserva y venera en esta hermosa catedral, todos vuestros propósitos y proyectos pastorales. Que la protección maternal de María acompañe el camino de todos los presentes y de quienes no han podido participar en esta celebración eucarística. Que la Virgen santísima vele de modo especial sobre los enfermos, sobre los ancianos, sobre los niños, sobre aquellos que se sienten solos y abandonados, y sobre quienes tienen necesidades particulares.

Que María nos libre de la codicia de las riquezas, y haga que, elevando al cielo manos libres y puras, demos gloria a Dios con toda nuestra vida (cf. Colecta). Amén.

(Plaza San Clemente, Segni, Domingo 23 de septiembre de 2007)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

“Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”

Lc 16, 1-13

La lectura del profeta Amós[1] dice que Dios no se olvida de las malas acciones contra el pobre. De la explotación por parte del poderoso. La injusticia contra el pobre es un pecado que clama al cielo. ¡Cuántas personas hoy día tienen que trabajar sin oponer alguna condición por el riesgo de perder el trabajo! ¡Cuánto perjuicio que acarrea esta manera de obrar! Problemas en la vida familiar, en la salud, imposibilidades de rendir culto a Dios, turbaciones sicológicas, etc. Claro que a veces se trabaja como un burro para poder gozar de todos los placeres que nos ofrece el mundo moderno y esto no es justificable. El que trabaja con perjuicio propio para poder darse todos los gustos no pretenda la ayuda de Dios. Sin embargo, cuidado los que abusan del trabajador para lucrar sin medida y se olvidan del sufrimiento que ocasionan al pobre. Dios será su juez porque la voz del pobre alcanza la morada celeste.

El Evangelio de éste domingo nos habla del peligro latente que existe en la solicitud terrena. En nuestras asambleas, dice el Apóstol, no hay poderosos. Los ricos de la tierra no vienen a Misa y si vienen puede ser porque quieran mantener un cierto estatus ante la sociedad que no deja de ser hipocresía o porque no son ricos en el espíritu. De estos también hay aunque sean personas extraordinarias. Gente con mucho dinero pero desapegados de sus riquezas y súper dadivosos para con los necesitados.

            ¿Tenemos que ocuparnos de las cosas de la tierra? Claro que sí sino perecemos. ¿Tenemos que tener y usar del dinero? Claro que sí para poder proveernos de las cosas necesarias para vivir. Y también es necesario si uno quiere emprender alguna empresa grande por el bien del prójimo tener mucho dinero. Se critica a la Iglesia por tener que usar dinero. ¿Piensan que las misiones en todo el mundo y sobre todo en los países pobres, las grandes obras de caridad, los hospitales, casas para ancianos, orfanatos, etc. se mantienen sin dinero? Es necesario el dinero y a veces es necesario mucho dinero.

            La parábola habla de la astucia de un administrador que se granjeó la amistad de los deudores de su amo rebajando la deuda. No era su dinero. Lo administraba. Y lo administró en su provecho para ganarse la seguridad futura. Previene un futuro seguro y hace lo posible para alcanzarlo mientras tiene tiempo. Antes que lo despidan totalmente.

            Nada dice el Evangelio si había administrado bien o mal. Lo que dice es que lo habían delatado delante del amo que administraba mal. Lo que hizo fue tomarse la atribución de rebajar el interés que él cobraba por lo prestado. Probablemente lo que cobraba como ganancia propia. Sin embargo, dejando de lado el dilema de si fue injusto o no, fue astuto en asegurarse el porvenir y el amo se sorprendió de su inteligencia y lo alabó. Termina diciendo el Señor: “los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz”. El Señor alabo su astucia no su injusticia si es que la hubo.

            La gente del mundo que no piensa en Dios ni le interesa buscar la vida del cielo se afana con gran solicitud, con solicitud admirable, a veces, por las cosas temporales. Por el contrario, nosotros cristianos somos remisos por las cosas del cielo, para buscar nuestra salvación, por preocuparnos de entregar todo nuestro ser a Dios.

            Creo que la única explicación posible a esta situación es la falta de fe. Las cosas temporales son tangibles, palpables, en cambio, las cosas eternas las alcanzamos sólo por la fe.

            ¿Qué hay que hacer para asegurarse el porvenir? La gran cuestión en la peregrinación de la vida. La respuesta a este interrogante la da la parábola: lo importante es que sepamos usar bien de las cosas temporales para alcanzar el cielo. Una buena administración implica usar de lo necesario para una vida buena. Comida y vestido necesario. Educación de los hijos. La casa y alguna movilidad en lo posible. Todas cosas necesarias, pero lo demás, si es que sobra algo, hay que usarlo en obras de caridad. Los pobres serán nuestros abogados en el día del juicio[2].

            Muchas veces decimos que no podemos ayudar a los pobres. Creo que no queremos. He conocido mucha gente pobre que ayuda a otros pobres. San Isidro, que era campesino, de su sueldo daba la tercera parte a los pobres. La viuda del Evangelio dio limosna de lo poco que tenía, dio lo que tenía para vivir. Si pensáramos menos en nosotros mismos y más en los demás podríamos ayudar al prójimo.

            A esto se refiere el Señor al decir de hacernos amigos con los bienes en administración. Las cosas que poseemos nos las ha dado Dios para que administrándolas bien nos ganemos el cielo.

            ¿Quién es el administrador fiel y prudente? El que encuentra el amo a su regreso cumpliendo bien con su administración. Hay que administrar los bienes terrenos pero no apropiárnoslo para hacer de ellos lo que queramos sino lo que Dios quiere. Todo lo ha dado Dios al hombre para que lo administre bien y por esa buena administración alcance la vida eterna. El fin de nuestra vida es la vida eterna pero en esta vida se nos presentan un montón de cosas para administrar. Hay que usarlas bien para que bien usadas nos lleven al cielo.

            Las cosas que se nos han dado son pequeñas en comparación con las cosas del cielo, con la vida eterna, de la cual, dice San Pablo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre… porque es algo grandioso, inefable.

            Si somos fieles en lo poco iremos creciendo en fidelidad y alcanzaremos con la gracia de Dios la vida eterna.

            En este uso de las cosas terrenas no sólo hablamos de dinero sino también de los talentos, las gracias particulares que Dios nos ha dado para que transformemos este mundo en un Edén. Debemos aprovechar todas las oportunidades para administrar bien nuestros talentos y contribuir a la edificación del Reino de Jesús.

            El Señor finaliza el Evangelio diciendo que es imposible servir a Dios y al dinero. Hoy día la solicitud terrena nos absorbe y todo el conjunto de placeres y de confort que nos presenta el mundo actual como una necesidad nos hace olvidar a Dios y cambiarlo por el papel manoseado. Se ven atrocidades que hace la gente por el dinero. La mayoría de la gente no duerme porque está debiendo dinero que ha utilizado en comprar un montón de cosas inútiles que cree son necesarias. Muchos buscan afanosamente dinero para pagar las deudas y una vez canceladas se endeudan nuevamente. ¡Qué manera de pasar la vida quemándola en inquietudes y falta de paz!

            Hay otras cosas peores. Gente que por el dinero mata a su prójimo. No sólo me refiero a los que venden armas para las guerras sino también a los que venden o comercializan con la droga. Cuántas personas venden su dignidad por el dinero. Cuántos escándalos a nivel de nuestros dirigentes por el maldito dinero. ¡Cuántos robos al pobre para llenarse los bolsillos!

            Y el afán de dinero cuando logra su fin, que la mayoría de las veces queda en el deseo, engendra vanidad y luego soberbia. La persona soberbia ha dado el paso a la muerte porque la soberbia es la madre de todos los vicios.

            Nuestra seguridad no está en el dinero aunque lo aparente. La gente dice: el que tiene dinero hace lo que quiere. Hay cosas que el dinero no puede comprar: el amor verdadero, la salud y la vida. Porque cuando llega la enfermedad que es el mensajero de la muerte el dinero muchas veces no puede solucionar el problema y cuando llega la muerte el dinero es inútil.

            El que tiene a Dios por Señor y lo sirve siendo fiel tiene la seguridad de estar unido a Él y por tanto de arrostrar la enfermedad y la muerte con una esperanza que las deja en la sombra, la esperanza de la vida eterna.

            La gente del mundo es astuta para procurarse dinero y sus negocios le salen bien casi siempre. A nosotros los católicos que pensamos en las cosas del cielo, ¿necesariamente nos tienen que salir mal los negocios del mundo? No. Aunque tenemos muchas veces ese pensamiento e incluso nos excusamos cuando nos salen mal los negocios terrenales diciendo: “es que somos católicos y pensamos en las cosas del cielo”. No es así. También nosotros tenemos que ser astutos en los negocios de esta tierra. No debemos ser bobos y no nos deben considerar bobos por servir a Dios. Muchas cosas se nos van a presentar en la vida para que las negociemos bien y tenemos el deber de negociarlas bien. Dios muchas veces nos pondrá en las manos, porque es su voluntad, negocios temporales que tendremos que hacer bien porque son para que alcancemos el fin último.

            La Iglesia y los católicos casi siempre vamos en el furgón de cola en el uso de los bienes temporales. Hay diez páginas web católicas por diez mil de los enemigos de Dios. Hay una editorial católica buena por quinientas malas, hay un gobernante católico bueno por diez mil gobernantes que no les importa nada de Dios ni de los hombres. Y así en todo lo demás. No crean ustedes que por ser católicos debemos ser tontos en el trabajo por las cosas temporales. El que tenga talentos para estas cosas que las ponga al servicio de Dios y del prójimo.

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[1] 8, 4-7
[2] Mt 25, 34s

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P. Jorge Loring, S.J.

Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Año C Lc. 16:1-13

1.- La parábola de hoy se presta a mala interpretación.

2.- Cristo alaba al administrador infiel, pero como es lógico Cristo no alaba el fraude, lo que alaba es la sagacidad en asegurarse el futuro. Hay que ser previsor del futuro.

3.- Cristo nos recomienda que nos preparemos para la vida eterna. Muchos viven en este mundo como si aquí se acabara todo, y va a llegar el día en que nos van a pedir cuentas de lo que hicimos aquí. Y de nuestra conducta en la vida de la tierra va a depender nuestra vida eterna.

4.- Cristo advierte de los que adoran el dinero: «No podéis servir a dos señores». Los que adoran el dinero no AMAN A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS, como está mandado.

5.- Lo de adorar el dinero es algo sutil. El dinero es necesario para vivir. Preocuparnos por él es lógico y necesario. Lo desordenado es la preocupación excesiva, ponerlo por encima de todo, subordinarle a él valores superiores.

6.- Otra idea del Evangelio de hoy es que «los hijos de las tinieblas son más diligentes que los hijos de la luz». Esto me recuerda la diligencia de los enemigos de la Iglesia en atacarla continuamente en los Medios de Comunicación Social, en la política, en las manifestaciones públicas, etc.

7.- Me da pena ver lo que luchan por una causa perdida, pues la Iglesia durará hasta el fin del mundo porque así se lo ha prometido Cristo-Dios, y contra Dios no puede nadie.

8.- Pero me da más pena la inactividad de muchos católicos, que lamentan estos ataques en privado, pero actúan poco públicamente para defender la VERDAD. ¿Hacemos lo que podemos para defender a Cristo y a su Iglesia?

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Directorio Homilético

 

Vigésimo quinto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 2407-2414: el respeto de los bienes ajenos

CEC 2443-2449: el amor a los pobres

CEC 2635: orar en favor del otro, no por los propios intereses

CEC 65-67, 480, 667: Cristo, nuestro Mediador

CEC 2113, 2424, 2848: nadie puede servir a dos señores

CEC 1900, 2636: la intercesión por las autoridades

II       EL RESPETO DE LAS PERSONAS Y DE SUS BIENES

2407  En materia económica el respeto de la dignidad humana exige la práctica de la virtud de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad, siguiendo la regla de oro y según la liberalidad del Señor, que “siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (2 Co 8,9).

          El respeto de los bienes ajenos

2408  El séptimo mandamiento prohíbe el robo, es decir, la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño. No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es el caso de la necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido…) es disponer y usar de los bienes ajenos (cf GS 69,1).

2409  Toda forma de tomar o retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento. Así, retener deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos, defraudar en el ejercicio del comercio (cf Dt 25, 13-16), pagar salarios injustos (cf Dt 24,14-15; St 5,4), elevar los precios especulando con la ignorancia o la necesidad ajenas (cf Am 8,4-6).

          Son también moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la apropiación y el uso privados de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas es contrario a la ley moral y exige reparación.

2410  Las promesas deben ser cumplidas, y los contratos rigurosamente observados en la medida en que el compromiso adquirido es moralmente justo. Una parte notable de la vida económica y social depende del valor de los contratos entre personas físicas o morales. Así, los contratos comerciales de venta o compra, los contratos de alquiler o de trabajo. Todo contrato debe ser hecho y ejecutado de buena fe.

2411  Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios entre las personas y entre las instituciones, en el respeto exacto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la salvaguarda de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y la prestación de obligaciones libremente contraídas. Sin justicia conmutativa no es posible ninguna otra forma de justicia.

          La justicia conmutativa se distingue de la justicia legal, que se refiere a lo que el ciudadano debe equitativamente a la comunidad, y de la justicia distributiva  que regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades.

2412  En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario:

          Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: “si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo” (Lc 19,8). Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en el robo, o se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto.

2413  Los juegos de azar (de cartas, etc.) o las apuestas no son en sí mismos contrarios a la justicia. No obstante, resultan moralmente inaceptables cuando privan a la persona de lo que le es necesario para atender a sus necesidades o las de los demás. La pasión del juego corre peligro de convertirse en una grave servidumbre. Apostar injustamente o hacer trampas en los juegos constituye una materia grave, a no ser que el daño infligido sea tan leve que quien lo padece no pueda razonablemente considerarlo significativo.

2414  El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conduce a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a un objeto de consumo o a una fuente de beneficio. S. Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano “no como esclavo, sino…como un hermano…en el Señor” (Flm 16).

VI     EL AMOR DE LOS POBRES

2443  Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: “a quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5,42). “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10,8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25,31-36). La buena nueva “anunciada a los pobres” (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo.

2444  “El amor de la Iglesia por los pobres…pertenece a su constante tradición ” (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6,20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8,20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12,41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de “hacer partícipe al que se halle en necesidad” (Ef 4,28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

2445  El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

          Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446  S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos” (Laz. 1,6). “Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (AA 8):

          Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2447  Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4):

          El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17).

2448  “Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o síquicas y, por último, la muerte- la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los `más pequeños de sus hermanos’ . También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables” (CDF, instr. “Libertatis conscientia” 68).

2449  En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) responden a la exhortación del Deuteronomio: “Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra” (Dt 15,11). Jesús hace suyas estas palabras: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis” (Jn 12,8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: “comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias…” (Am 8,6), sino nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (cf Mt 25,40):

            El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: “cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús”.

2635  Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino el de los demás” (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal (recuérdese a Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc 23, 28. 34).

2113  La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia” (cf Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf Gál 5,20; Ef 5,5).

2424  Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden social (cf GS 63,3; LE 7; CA 35).

          Un sistema que “sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción” es contrario a la dignidad del hombre (cf GS 65). Toda práctica que reduce a las personas a no ser más que medios de lucro esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y contribuye a difundir el ateísmo. “No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mt 6,24; Lc 16,13).

2425  La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al “comunismo” o “socialismo”. Por otra parte, ha reprobado en la práctica del “capitalismo” el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano (cf CA 10, 13.44). La regulación de la economía únicamente por la planificación centralizada pervierte en la base los vínculos sociales; su regulación únicamente por la ley de mercado quebranta la justicia social, porque “existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado” (CA 34).  Es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas, según una justa jerarquía de valores y atendiendo al bien común.

2448  “Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o síquicas y, por último, la muerte- la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los `más pequeños de sus hermanos’ . También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables” (CDF, instr. “Libertatis conscientia” 68).

 

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Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XXIV Tiempo Ordinario

 

11
septiembre

Domingo XXIV Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXIV Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 11 de Septiembre de 2016)

LECTURAS

El Señor se arrepintió del mal con que había amenazado

Lectura del libro del Éxodo     32, 7-11. 13-14

El Señor dijo a Moisés:
«Baja en seguida, porque tu pueblo, ese que hiciste salir de Egipto, se ha pervertido. Ellos se han apartado rápidamente del camino que Yo les había señalado, y se han fabricado un ternero de metal fundido. Después se postraron delante de él, le ofrecieron sacrificios y exclamaron: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto”».
Luego le siguió diciendo: «Ya veo que este es un pueblo obstinado. Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación».
Pero Moisés trató de aplacar al Señor con estas palabras: «¿Por qué, Señor, arderá tu ira contra tu pueblo, ese pueblo que tú mismo hiciste salir de Egipto con gran firmeza y mano poderosa?
Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: “Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia”».
Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 50, 3-4. 12-13. 17.19 (R.: Lc 15, 18)

R. Iré a la casa de mi Padre.

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,
por tu gran compasión, borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado! R.

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu. R.

Abre mis labios, Señor,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Mi sacrificio es un espíritu contrito,
Tú no desprecias el corazón contrito y humillado. R.

Jesucristo vino para salvar a los pecadores

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo     1, 12-17

Querido hijo:
Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús.
Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en Él para alcanzar la Vida eterna.
¡Al Rey eterno y universal, al Dios incorruptible, invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Palabra de Dios.

ALELUIA     2Cor 5, 19

Aleluia.
Dios estaba en Cristo
reconciliando al mundo consigo,
confiándonos la palabra de la reconciliación.
Aleluia.

 
EVANGELIO

Habrá alegría en el cielo por un pecador que se convierta

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     15, 1-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”.
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».
Y les dijo también: «Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido”.
Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».
Jesús dijo también: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde”. Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”. Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”.
Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
Él le respondió: “Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.
Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: “Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!”.
Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”».

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     15, 1-10

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”.
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».
Y les dijo también: «Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido”.
Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XXIV Tiempo Ordinario
Ciclo C

Entrada         La pasión y muerte de Cristo renovada sacramentalmente en la Eucaristía es llamada Sacrificio de reconciliación, pues por él hemos sido liberados del pecado para vivir la comunión de gracia con Dios.

1° Lectura          Éx 32, 7-11. 13-14

La historia de la salvación es la historia admirable de la reconciliación por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo.

2° Lectura                          1Tim 1, 12-17

            El infinito misterio de la piedad que es Cristo, es capaz de suscitar nuestra conversión, para que alcancemos la vida eterna.

Evangelio                                 Lc 15, 1-32

Jesús refleja en su parábola la acogida festiva y amorosa de Dios Padre, que está siempre dispuesto a perdonar con misericordia a sus hijos.

Preces Domingo XXIV

Acogiendo el don del Padre, que ha querido reconciliarnos consigo por la muerte de Cristo, acudamos a Él, llenos de fe.
A cada invocación respondemos…

+ Por la salud e intenciones del Santo Padre, especialmente por los frutos de  este año jubilar de la Misericordia para que todos os hombres acojan su mensaje de salvación. Oremos.

+ Para que crezca en los fieles de la Iglesia el deseo de buscar a Dios y conocer su voluntad, en la lectura atenta y meditada de las Sagradas Escrituras. Oremos.

+ Para que reconciliados con Dios y entre sí en un solo cuerpo y un solo espíritu, puedan los cristianos revivir la experiencia gozosa de la plena comunión. Oremos…

+ Para que la paciencia y misericordia de Dios se muestre en aquellos que violan los derechos de etnias y pueblos, despreciando sus culturas y tradiciones religiosas, y les otorgue la conversión. Oremos…

+ Para que poniendo nuestra confianza en Aquel que tiene el poder de “escrutar el corazón y la mente” seamos obradores de paz y misericordia con nuestros pensamientos, palabras y obras. Oremos…

            Señor Dios, Padre nuestro, que por medio de tu Hijo nos has pedido amar a todos los hombres, perdona nuestras culpas y concédenos la gracia de ayudar a curar las heridas presentes en los hombres a causa del pecado, participando así en la obra de Cristo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio

Presentamos ante el altar del Señor:

+ Incienso, y en él nuestra oración por todos los enfermos, de cuerpo y alma.

+ El pan y el vino que significan la unión que supera todas las divisiones por la caridad.

Comunión      Jesús nos dice en cada Eucaristía: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

Salida             Que la presencia materna de María, nos haga experimentar que no estamos solos cuando anunciamos y vivimos el Evangelio de la caridad.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

Gozo por hallar al descarriado

a) El escándalo (Lc/15/01-02)

1 Íbanse acercando a él, para escucharlo, todos los publicanos y pecadores. 2 y tanto los fariseos como los escribas murmuraban, diciendo: ¡Este hombre acoge a los pecadores y come con ellos!

Grandes multitudes del pueblo acompañan a Jesús, pero también se le acercan todos los publicanos y pecadores. Los publicanos se cuentan entre la gente más despreciable. Se enumeran juntos: el publicano y el ladrón; el publicano y el bandido; el publicano y el gentil; cambistas y publicanos; publicanos y meretrices; bandidos, engañadores, adúlteros y publicanos; asesinos, bandidos y publicanos. Son designados como pecadores todos aquellos cuya vida inmoral es notoria y los que ejercen una profesión nada honorable o que induce a faltar a la honradez, como los jugadores de dados, los usureros, los pastores, arrieros, buhoneros curtidores. También pasa por pecador el que no conoce la interpretación farisea de la ley, pues si no conoce la interpretación de la ley, tampoco la observa.

Jesús es profeta, poderoso en obras y palabras (24,19). Los publicanos y los pecadores han visto sus obras y le han visto a él. Vienen a él para escucharlo. Lo que han visto se hace comprensible por la palabra. Jesús ofrece la salud y exige conversión, reforma de las costumbres. Escuchar es el comienzo de la fe, y la fe es el comienzo de la conversión y del perdón. La coronación del hecho de escuchar es la obediencia que se cifra en la fe, y la fe que se cifra en obedecer. Los pecadores se acercan a Jesús y por él, el profeta, a Dios. El profeta es portador del oráculo de Dios. Se acercan para oír a Dios. De ellos se puede decir: «Buscadme y me hallaréis. Sí. Cuando me busquéis de todo corazón, yo me mostraré a vosotros… y trocaré vuestra suerte, y os reuniré de entre todos los pueblos y de todos los lugares a que os arrojé… y os haré volver a este lugar del que os eché» (Jer_29:12 ss).

Los fariseos y los escribas hablan despectivamente de Jesús: Este hombre. Lo observan en toda ocasión, pues se sienten responsables de la santidad del pueblo. Descontentos, murmuran: Tolera que se le acerquen los pecadores, los acoge y se sienta con ellos a la mesa (Lc.5:29). Con tal manera de proceder hace vano el empeño que tienen por la santidad del pueblo escogido.

Su lema es: «El hombre no debe mezclarse con los impíos.» Hay que aislar a los transgresores de la ley y a los pecadores. Hay que expulsarlos de la comunidad del pueblo santo de Dios. Así es como se ha de castigar el pecado, estigmatizar el vicio, proscribir al pecador, restaurar el orden y conservar la santidad. Lo que hace Jesús debe parecer necesariamente escandaloso. Además él se presenta como profeta que pretende obrar y hablar en nombre de Dios.

Jesús responde a los fariseos con una trilogía de parábolas. Las dos primeras responden al reproche de que acoge a los pecadores; la tercera, que culmina en el banquete festivo, responde al reproche de que Jesús come con ellos. Jesús tiene conciencia de proclamar el mensaje de Dios y no tiene nada de qué retractarse. Los pobres reciben la buena nueva, el Evangelio, y entre los pobres se cuentan también los pecadores que están dispuestos a convertirse.

b) Gozo por hallar al extraviado (Lc/15/03-10)

3 Entonces les propuso esta parábola: 4 ¿Quién de vosotros, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no abandona las noventa y nueve en el desierto, y va en busca de la que se le ha perdido, hasta encontrarla? 5 Y cuando la encuentra, se la pone sobre los hombros, lleno de alegría, 6 y apenas llega a casa, reúne a los amigos y vecinos, y les dice: Alegraos conmigo, que ya encontré la oveja que se me había perdido. 7 Os digo que igualmente habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión.

Palestina es una tierra en que abundan los rebaños de ovejas y de cabras. Todo el mundo conoce al pastor y su género de vida. Lo que Jesús enfoca e ilustra en el ejemplo del pastor es su solicitud por el rebaño y su amor a los animales. Desde antiguo, en el pueblo de Israel, es presentado Dios bajo la imagen del pastor por profetas, poetas y sabios (Isa_40:11; Isa_49:10; Zac_10:8; Sal_13:1-4; Sal_78:52; Eco_18:13.).

La parábola comienza con una pregunta (cf. 14,28.31). El que la oye juzgará por su propia experiencia. El pastor obra como dice Jesús. Toma sobre sí toda solicitud y fatiga por cada animal descarriado de su rebaño, como si no tuviera otro, como si no contaran los otros noventa y nueve. Ninguno le es indiferente, no quiere perder ni uno solo. Que le queden noventa y nueve no le resarce de la pérdida de uno. El pastor pone sobre sus hombros la oveja hallada. Esto está observado de la vida misma. Cuando la oveja se extravía del rebaño, va corriendo sin meta de una parte a otra, se echa al suelo sin fuerzas y es preciso cargar con ella. El pastor la trata con más delicadeza que a las otras. Sin embargo, la búsqueda por un terreno montañoso y pedregoso le impone esfuerzos y fatigas. Pero todo lo olvida cuando recobra la oveja perdida.

Su alegría es tan grande que no puede guardarla para sí. La anuncia a los amigos y vecinos. Una y otra vez tiene que repetir: Ya encontré la oveja que se me había perdido.

Como se alegra el pastor por una única oveja que se había perdido y se ha vuelto a encontrar, así se alegra Dios por uno solo que era pecador y se convierte. Así es Dios. Ni un solo pecador le es indiferente. No se consuela con los muchos justos. Busca al pecador, también éste es suyo; nunca lo abandona. Le causa preocupación y dolor, aun cuando va por caminos extraviados.

Cuando el pecador extraviado se convierte y se deja encontrar, no le aguardan reproches, recelos ni duras prescripciones. Dios salva, perdona, recibe en casa con alegría y con toda clase de demostraciones de amor. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que el que cree en él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jua_3:16). Habrá alegría en el cielo, cerca de Dios. La alegría se pone en futuro. Dios se alegrará en el juicio final cuando a uno de los más pequeños notifique su sentencia de absolución. Dios se goza en perdonar, no en condenar. La historia de la salvación hasta el juicio final está penetrada de la misericordia de Dios.

Más alegría habrá por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión. También los doctores judíos contraponen a los «hombres de la conversión» (que hacen penitencia y se convierten) los «justos perfectos». Unos y otros pueden decir: «Bien haya el que no ha pecado y aquel a quien se ha perdonado el pecado.» Jesús dice más. También el Antiguo Testamento sabe que Dios no se complace en la muerte del pecador, sino más bien en que se convierta y viva (Eze_18:23). Jesús se esfuerza por hallar palabras cuando quiere describir el amor de Dios que perdona y que salva. Los hombres hablamos de mayor alegría cuando ésta viene de donde no se esperaba. El pecador se había perdido y ha sido encontrado. Grande, serio, incomprensible es el amor de Dios, su voluntad de perdonar. La mayor alegría celebra la omnipotencia creadora del amor cuando éste pone un nuevo comienzo.

Dado que a Dios causa alegría perdonar a los pecadores y volverlos al hogar, también Jesús debe cuidarse de los pecadores y sentarse a la mesa con ellos. El tiempo de salvación que él anuncia es tiempo de misericordia y de alegría. Dios se alegra cuando perdona, los pecadores se alegran cuando son perdonados; ¿habrán de murmurar los «buenos»? ¿Repudiarán ellos cuando Dios busca? ¿Se amargarán cuando alborea el tiempo de júbilo? Jesús justifica su amor a los pecadores al justificar el amor que les tiene Dios. Defensa paradójica: tener que defender al Dios santo contra los reproches de los hombres… Sólo el que cree que se ha inaugurado el reino de Dios y que Dios reina por su misericordia, puede creer que el amor a los pecadores puede santificar al pueblo. Los fariseos no comprenden que ha llegado la gran mutación de los tiempos, porque no aceptan el mensaje de Jesús.

8 ¿O qué mujer que tenga diez dracmas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa, y la busca cuidadosamente hasta encontrarla? 9 Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: Alegraos conmigo, que ya encontré la dracma que se me había perdido. 10 Igualmente -os digo- hay gran alegría entre los ángeles del cielo por un solo pecador que se convierte.

Hay un cambio de escena. Al lado del hombre aparece la mujer, al lado del que posee bienes, la pobre. Así piensa y obra el ser humano, ya sea hombre o mujer, rico o pobre. Dos testigos confirman la verdad cuando concuerda su testimonio (Deu_19:15). E1 inaudito amor de Dios a los pecadores es verdad, no es exageración, no es un error. Lo que se ha dicho se ve ahora confirmado. El que recita dos veces los mismos versos los graba más hondamente en el oyente, induce a recapacitar. Las canciones repiten el tema en diferentes estrofas. Dios es con toda seguridad tal como Jesús lo pinta. No como creen saberlo y lo dicen los piadosos, los doctores de la ley, los sabios de Israel. Una dracma tiene el valor de un denario de plata, que es el jornal de un trabajador (Mat_20:2). Diez dracmas no representan un capital, pero para la pobre mujer eran mucho. La mujer no dispone de dinero para los gastos de la casa, pues el que compra es el hombre. Quizá tenía cariño a aquella moneda porque formaba parte de las arras de su boda, que durante largos años llevaba cosidas en una especie de turbante para no perderlas. Ahora se le ha perdido una dracma.

La mujer busca con gran diligencia. Faena difícil en una casa de Palestina. En una habitación estaba reunido todo. Había poca luz. La mujer enciende una lámpara, alumbra todos los rincones, barre la casa, busca por todas partes hasta que aparece la moneda. La alegría es grande y no se puede contener: tiene que comunicarse. Los que han participado de su aflicción tienen también que conocer su alegría. Una y otra vez repite la mujer lo que en aquel momento la emociona: «Ya encontré la dracma que se me había perdido.»

Así se alegra Dios por un pecador que se convierte. La alegría de Dios se hace visible en la alegría de los ángeles, en el gozo de la corte celestial. Su alegría es el reflejo de la alegría de Dios. En la primera parábola se decía: Habrá alegría en el cielo; ahora se dice: Hay alegría entre los ángeles. No se pronuncia el nombre de Dios. Las palabras de Jesús sobre la alegría de Dios por los pecadores que se convierten, son atrevidas y al mismo tiempo reservadas, revelan y velan a la vez. El amor misericordioso de Dios no ha de borrar la soberana santidad de Dios…

En las dos parábolas se dice que Dios se alegra por el pecador que se convierte. No se suprime la distinción entre pecador y justo, no se pasa expresamente por alto, y menos aún se trata irónicamente, Jesús no habló nunca como si el pecado no fuera pecado. Si también, como los profetas, reclama conversión y penitencia. La exige más radicalmente que cualquier profeta de los que le precedieron. Llamar a la conversión lo considera como la razón de su misión: «El reino de Dios está cerca, haced penitencia» (Mar_1:15). Todos deben hacer penitencia, porque todos son pecadores delante de Dios. Al llamar a penitencia y conversión amenaza con el juicio y la perdición. También la predicación del amor de Dios a los pecadores es predicación de conversión, predicación de salud y predicación de penitencia.

Jesús anuncia el alborear del tiempo de salvación: «El reino de Dios está cerca.» De este reino de Dios que se inicia forma parte la gozosa misericordia de Dios con todos los que se vuelven a su gracia salvadora. El rasgo más original e incomparable del anuncio del reino de Dios por Jesús es la revelación del amor que Dios tiene a los pecadores.

Los doctores de la ley pretenden saber que el pecador no era amado por Dios antes de su conversión. Sólo cuando ha abandonado las malas obras y las ha reparado, le otorga Dios su amor. «Convertíos, y os acogeré… Si una persona se convierte perfectamente, entonces le perdona Dios.» Jesús habla de otra manera: La iniciativa parte de Dios. El pastor va en busca de la oveja perdida, la mujer busca la moneda. La alegría se expresa así: «Encontré lo que se me había perdido.» «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que el nos amó y envió a su Hijo como sacrificio de purificación por nuestros pecados… Nosotros amamos porque él fue el primero en amarnos» (/1Jn/04/10/19). El pecador no puede volver por sí mismo, sino que Dios debe volverlo al hogar (Jer_24:7).

c) El hijo pródigo (Lc/15/11-32)

11 Añadió luego: Un hombre tenía dos hijos. 12 Y el más joven de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Entonces el padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo más joven lo reunió todo, se fue a un país lejano y allí despilfarró su hacienda, viviendo licenciosamente.

Las dos parábolas relativas a la búsqueda de lo que se había perdido han puesto de manifiesto el proceder de Dios con los pecadores; la parábola del hijo pródigo mostrará también lo que pasa en el que se ha perdido. Antes se habían perdido una oveja y una moneda, aquí se ha perdido el hijo… Anteriormente se ha hablado de retorno, de conversión, pero sin decir lo que ésta significa. Ahora se descubre el sentido de esta palabra. En ambos casos se trata de defender Jesús el proceder misericordioso de Dios con los pecadores.

El hombre que tiene dos hijos es un labrador hacendado: tiene muchos jornaleros, a los que no les falta nada (v. 17) y criados (v. 22); tiene inmediatamente a su disposición un becerro cebado (v. 23). Los dos hijos son solteros, aún no han cumplido veinte años. El padre mismo explota su granja. El hijo menor ruega -así habrá que entender el imperativo después de la cordial interpelación como «padre»- que le sea entregada la parte de la herencia que le corresponde por la ley. La granja misma, siendo bien inmueble, era inalienable y debía recaer en el hijo mayor (Lev_25:23 ss). De los bienes muebles recibe el primogénito dos terceras partes, el resto, por partes iguales, los demás (Deu_21:17). En esta narración el hijo menor pidió la tercera parte de los bienes muebles. Aunque la parte de los bienes que correspondía a cada uno se transmitía ya en vida del padre, esto no implica, sin embargo -además del derecho de propiedad-, derecho de disposición y de usufructo. El padre otorga la petición. Reparte el capital entre los hijos. El mayor es designado como propietario futuro absoluto (v. 31), pero el padre ejerce el usufructo (v. 22s.29). El hijo menor pide la propiedad y el derecho de disponer, pues quiere ser independiente. Ambos derechos le son otorgados. El padre no lo trata ya como menor de edad. Es un riesgo que se afronta.

La vida en la casa paterna, con sus reglamentos y obligaciones, ha venido a ser una carga para el hijo, que aspira a la autonomía y quiere vivir a su arbitrio. Pocos días después el hijo menor lo reúne todo, lo liquida y se va al extranjero, a la tierra al este del Jordán. Palestina no podía alimentar a sus habitantes. Quien quisiera prosperar, tenía que abandonar el país. En la diáspora vivían cuatro millones de judíos, en la patria, en Palestina, medio millón. La patria es una atadura, el extranjero promete una libertad e independencia que seduce. En el extranjero acaba pronto por gastarse el capital en una vida de libertinaje y despilfarro. «EI que ama la sabiduría alegra a su padre, el que frecuenta rameras pierde su hacienda» (Pro_29:3).

14 Después de haberlo malgastado todo, sobrevino un hambre muy grande por toda aquella región, y él comenzó a sufrir privaciones. 15 Y fue a ponerse al servicio de uno de los ciudadanos de aquella región, que lo mandó a sus campos para apacentar puercos. 16 Y ansiaba llenar su estómago siquiera de algunas algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.

En períodos de hambre y de carestía lo pasa mal incluso quien posee capital. ¿Qué decir del que no tiene nada? ¿Qué haría el hijo que se lo había gastado todo y no le quedaba ya nada? Los doctores judíos de la ley dirían que debía andar hasta destrozarse los pies para llegar a la próxima comunidad judía e implorar allí ayuda y trabajo. ¿Qué hace, en cambio, el «hijo pródigo»?. Lo más insoportable para un judío piadoso. Se presenta a un ciudadano de aquel país pagano y se agarra a él como un pordiosero importuno. Quiere trabajar para poder vivir, quiere hacer todo lo posible para no perecer, quiere sacrificarlo todo para poder siquiera «ir tirando», y nada más. Se halla en una tierra pagana, en la que no existe el reposo sabático, no hay comidas rituales, no se observan leyes de pureza. Vive en medio de pecadores y de gentes sin ley. El trabajo que asume es intolerable para un judío piadoso: «Maldito el hombre que cría puercos.» Tiene que tratar constantemente con animales impuros (Lev_11:7), con lo cual reniega de su religión. El hijo pródigo se vuelve pecador, apóstata, impío. ¿Qué le queda ya?

En el hijo pródigo se demuestra la verdad del proverbio: «El bebedor y el comilón empobrecerán» (Pro_23:21). Se ve privado de todo lo que necesita el hombre para poder vivir como hombre. Pasa hambre. La comida que se le da es tan escasa, que suspira por el pienso de los puercos. Ansiaba llenarse el estómago con las algarrobas a medio madurar que se daban a los puercos. él vale menos que los animales; nadie le da de ese pienso; es un forastero. Tiene que vivir como bajo la maldición de Dios… «El Altísimo aborrece a los pecadores y les hará experimentar su venganza» (Eco_12:6). ¿Los odia Dios siempre y para siempre?

17 Entrando entonces dentro de sí mismo, se dijo. ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo estoy aquí muriéndome de hambre! 18 Ahora mismo iré a casa de mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti; 19 ya no soy digno de llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros.

Los judíos tienen un refrán que dice: «Cuando los israelitas tienen necesidad de algarrobas, entonces se vuelven (a Dios).» En el hijo pródigo se verifica el refrán. Entra dentro de sí mismo, recapacita. Todo lo que se arremolinaba en torno a él, se le ha escapado. Su miseria le trae a la memoria la casa paterna con su abundancia. Las algarrobas de los puercos le hacen pensar en el pan de los jornaleros, el extranjero tan poco acogedor le traslada a la casa de su padre. No quiere consumirse, sino vivir. Ni Dios ni su padre ocupan el centro de sus reflexiones, sino en primer lugar salir con vida del hambre que padece en país extranjero. «Si el impío entra dentro de sí» -hacen decir a Dios los doctores judíos de la ley- «le ceñiré una corona a la hora de la muerte (la corona de la vida eterna)… Si el impío entra dentro de sí, podrá entrar cada vez más (en la proximidad del Santo).» El camino del que entra dentro de sí conduce a Dios…

El hijo pródigo entra dentro de sí, se vuelve a su padre y va a acabar en Dios. Las palabras de su conversión están inspiradas en la Sagrada Escritura: «El faraón llamó en seguida a Moisés y Aarón, y dijo: He pecado contra Yahveh, vuestro Dios, y contra vosotros» (Exo_10:16). Y en los Salmos se hallan estas palabras: «Contra ti, sólo contra ti he pecado, he hecho lo malo a tus ojos para que sea reconocida la justicia de tus palabras y seas vencedor en el juicio» (Sal_51:6). El recuerdo de la casa paterna, de su abundancia, de su vida religiosa -y el recuerdo del que está por encima de todo, el padre- le hace acordarse de Dios, despierta en él la conciencia del pecado y le mueve a volverse a Dios. La imagen del padre amoroso hace nacer en él la seguridad del perdón. De lo contrario, ¿cómo se resolvería a emprender la marcha hacia su padre? A través de la imagen de su padre se le ofrece la imagen de Dios. «Vuelve, apóstata Israel, palabra de Yahveh, que quiero dejar de mostrarte rostro airado, porque soy misericordioso…, que no es eterna mi cólera, siempre que reconozcas tu maldad al pecar contra Yahveh» (Jer_3:12 s). El hijo pródigo se da cuenta de su culpa y reconoce que con su modo de vivir ha perdido sus derechos de hijo. Sólo quiere ser tratado como uno de los jornaleros.

20 Partió, pues, y volvió a la casa de su padre. Todavía estaba lejos, cuando su padre lo vio venir y, hondamente conmovido, corrió a abrazarse a su cuello y lo besó repetidamente. 21 El hijo le dijo entonces: Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo.

La reflexión se traduce en acción. La conversión interior reclama «frutos de penitencia», ruptura con la vida pasada, retorno a Dios. El padre sale al encuentro a su hijo. El amor y la nostalgia del hijo aguza su vista. Se siente hondamente conmovido cuando ve su miseria. Corre a su encuentro, cosa nada corriente e indigna para los antiguos orientales. El padre olvida su dignidad y le prodiga todas las muestras de su amor paterno. Besándolo en la mejilla lo acoge como hijo antes de que él haya podido pronunciar sus palabras de arrepentimiento. Comienza la «frasecita» de confesión, pero no la termina. El padre no aguarda para perdonar a que se cumplan todos los requisitos de la penitencia. A través de la imagen de este padre se nos presenta la imagen del Padre celestial, que nos ama anticipadamente.

22 Pero el padre ordenó a sus criados: Inmediatamente, traed el vestido más rico y ponédselo; ponedle también un anillo en su mano y sandalias en sus pies. 23 Luego traed el becerro cebado, matadlo, y vamos a comer y a celebrar alegremente la fiesta. 24 Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron a celebrar la fiesta con alegría.

Hasta aquí había guardado silencio el padre. Ahora comienza él a hablar. Antes había estado lleno de solicitud vigilante y amorosa, ahora estallan sus palabras rebosantes de alegría. No pide cuentas, no pone condiciones, no fija período alguno de prueba. No se pronuncian palabras de perdón, pero más significativas que estas palabras son las obras de perdón. El padre restituye al hijo pródigo sus derechos de hijo. El vestido mas rico lo constituye en huésped de honor, el anillo lo capacita de nuevo para proceder como hijo.

Las sandalias lo declaran hombre libre; es otra vez hijo libre de un labrador libre, no uno de los jornaleros que van con los pies descalzos. Sacrificando el becerro cebado se inicia una fiesta de alegría; el hijo es admitido de nuevo en la comunidad de mesa de la casa paterna. La alegría festiva en el corazón del padre no puede contenerse y llena toda la casa.

La alegría de la fiesta desborda de las palabras: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.» Este júbilo festivo es el júbilo del tiempo de salvación. El Evangelio de la misericordia es el Evangelio de la alegría. Jesús salva de la perdición y de la muerte, puesto que vino para «iluminar a los que yacen en tinieblas y sombra de muerte» (1,79). Las palabras cierran como un estribillo la primera y la segunda parte de la parábola, a saber: la narración de la magnanimidad amorosa del padre y la narración de la severidad sin piedad y de la estrechez de espíritu del hijo mayor. Dios es como el primero, el fariseo como el segundo. «Sed misericordiosos, como misericordioso es vuestro Padre» (6,36).

25 Pero el hijo mayor estaba en el campo. Y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó música y danzas, 26 y llamando a uno de los criados le preguntó qué significaba aquello. 27 El criado le respondió: Es que ha vuelto tu hermano, y tu padre, como lo ha recobrado sano y salvo, ha mandado matar el becerro cebado. 28a Entonces él se enfadó y no quería entrar.

El hijo mayor es fiel en el servicio, día tras día. Ahora vuelve a casa del trabajo del campo. El banquete ha terminado, y ha comenzado la alegre danza. Desde fuera se oye la música y el rumor de la danza. El hijo que se dedica al cumplimiento escrupuloso del deber se ve envuelto en el júbilo festivo y en la algazara. El criado que le explica la razón del júbilo, ve sólo lo exterior: el regreso del hermano, el sacrificio del becerro cebado, la salud del que ha vuelto a casa. Pero ¿cómo podía ver también lo que había sucedido en el interior del padre y del hijo vuelto al hogar? Este drama del retorno, de la conversión, la transformación que había tenido lugar, la resurrección del muerto… ¡cuántas cosas habían sucedido! La penitencia es un comienzo de los acontecimientos escatológicos. Lo que allí sucede entre el hombre y Dios es imagen del acontecimiento que abarca al mundo entero, que se había aguardado y que ahora se produce. El tiempo de salvación es tiempo de alegría.

Lo que siente el hijo mayor tiene también lugar con los fariseos. Su imagen es la imagen de los piadosos de Israel. Enfadado se revela contra el proceder de su padre. Protesta contra el peligro en que se pone el orden moral, murmura contra esta increíble misericordia. El día de Dios, en el que se erigirá el reino de Dios, es sin embargo «día de ira», en el que los transgresores de la ley recibirán su castigo. ¿Entrar en la sala del festín? Esto sería entrar en comunión con un pecador, sentarse a la mesa con uno que se ha contaminado con meretrices, con paganos y con puercos… El hijo mayor se comporta como los «justos», los piadosos, los fariseos… «Este hombre acoge a los pecadores y come con ellos» (15,2).

28b Pero su padre salió para llamarlo. 29 El contestó a su padre: De modo que hace ya tantos años que te vengo sirviendo, sin haber quebrantado jamás ninguna orden tuya, y nunca me diste un cabrito para que yo celebrara alegremente una fiesta con mis amigos; 30 pero, cuando llega ese hijo tuyo que ha devorado tus bienes con meretrices, has mandado matar para él el becerro cebado.

El padre sale a ver a su hijo mayor; éste no le es indiferente. Le habla con ruegos y exhortaciones. Sin embargo, del alma del hijo mayor irrumpe como una corriente impetuosa que ha roto la presa que la contenía. Lo que está sucediendo en casa le parece provocador: el justo es preterido, el pecador desencadena la alegría. A sus ojos se contraponen «tantos años» de servicio fiel y «devorar tus bienes»; «no haber quebrantado jamás ninguna orden» y despilfarrar «con meretrices»; «nunca me diste un cabrito para celebrar alegremente una fiesta con mis amigos» y «matar para él el becerro cebado». También la misericordia de Dios y su amor son misterios que no se pueden apreciar con criterios humanos. Jesús anuncia el reino de Dios que se acerca, que trae perdón y salvación, y lo anuncia revelando a Dios como Padre misericordioso.

31 Pero el padre le contestó: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas; 32 pero había que hacer fiesta y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado.

El padre se justifica. ¿Ha considerado el mayor lo que tiene recibido de su padre? Es para él un hijo querido -«hijito» se dice en el texto original-, ha gozado siempre del amor del padre, ha vivido en comunión con él. él no pierde nada de la parte que le corresponde, se le ratifica la propiedad de lo que era de su padre. ¿Se le hace acaso injusticia porque el padre sea bondadoso con el otro hijo? (Mat_20:15) ¿Pierde él acaso algo con esta bondad?

Por los tres bienes que enumera el padre se deja entrever la alianza de Dios con su pueblo: hijo mío, pueblo mío; yo contigo, tú conmigo; comunidad de bienes. La nueva economía de la salud que trae Jesús vuelve a restaurar la primera, ahondándola y perfeccionándola. Su sangre establece la nueva alianza (Mat_22:20) que confiere el perdón de los pecados: «Les perdonaré sus maldades, de las que no me acordaré más» (Jer_31:34). La voluntad de Dios exige que se celebre la fiesta con júbilo. Se trata del hermano. El mayor sólo se preocupa por la ley, pero carece de amor fraterno. Ahora bien, según el mensaje de Jesús, este amor es el núcleo de la ley y de la voluntad de Dios. Una vez más vuelve a emerger lo que habían descubierto ya los conflictos sabáticos (Jer_14:5). Los fariseos guardan el reposo sabático, pero descuidan el amor fraterno. Dios, en cambio se glorifica con las obras de misericordia y de amor.

Si se perdona demasiado fácilmente el pecado, ¿no se impondrá éste como una oleada que todo lo inunda? El anuncio del gozo del Señor por la conversión del pecador ¿no será una catástrofe para la moralidad? ¿No es cierto que la predicación de Jesús que proclama la misericordia de Dios con los pecadores representa una amenaza para el orden moral? En las palabras de Jesús se muestran dos poderes de orden: la conversión y el amor fraterno. El hijo pródigo efectúa la conversión, el retorno al padre; el hijo mayor es conducido al amor fraterno. En la conversión y en el amor fraterno se revela el comienzo del reino de Dios y del tiempo de la salud. La predicación de los apóstoles, bajo el impulso del Espíritu Santo, lleva a la conversión e incorpora a la comunidad de los que están congregados en el nombre de Jesús y forman un solo corazón y una sola alma (cf. Hec_2:37-47). La conversión a Dios y el amor fraterno son las fuerzas fundamentales del orden moral.

También la antigua Iglesia hubo de preocuparse por esta cuestión: ¿Cómo hay que tratar a los pecadores en el santo pueblo de Dios? En el Evangelio de Mateo hay un orden de este procedimiento, que es de naturaleza jurídica: corrección fraterna en privado, presentación de testigos, juicio ante la comunidad reunida, exclusión de la comunidad (Mat_18:15-17). Lucas muestra el camino de la misericordia y de la bondad con amor. Ambos caminos tienen en común que se remontan a Jesús, ambos están arraigados en la proclamación del alborear del reino de Dios. La realeza de Dios es juicio y misericordia. En la parábola del hijo pródigo se menciona tres veces el banquete festivo. Cuando la comunidad se congrega para celebrar el banquete eucarístico hace memoria de la acción salvadora y perdonadora de Dios por Jesús (Mat_22:10; 1Co_11:26) en el júbilo de la salvación (Hec_2:46). La comunidad era una vez «no pueblo», ahora en cambio es pueblo de Dios; una vez estaba sin gracia, ahora en cambio está agraciada (1Pe_2:10). En el banquete del Señor se da la sangre del Señor «para el perdón de los pecados» (Mat_26:28) y con gozosa acción de gracias se celebra la nueva economía salvadora y la reintegración en la filiación divina.

La narración de la parábola se interrumpe sin decir lo que piensa hacer el padre con el hijo mayor. Jesús no celebra juicio, sino que ofrece la salvación. Quiere también salvar a los fariseos. Todos tienen necesidad de conversión, los pecadores y también los que se tienen por justos (Mat_18:9-14). «Todos estamos bajo pecado» (Rom_3:9).

(GH El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

La parábola de los dos hermanos

(el hijo pródigo y el hijo que se quedó en casa) y del padre bueno (Lc 15, 11-32)

Esta parábola de Jesús, quizás la más bella, se conoce también como la «parábola del hijo pródigo». En ella, la figura del hijo pródigo está tan admirablemente descrita, y su desenlace —en lo bueno y en lo malo— nos toca de tal manera el corazón que aparece sin duda como el verdadero centro de la narración. Pero la parábola tiene en realidad tres protagonistas. Joachim Jeremías y otros autores han propuesto llamarla mejor la «parábola del padre bueno», ya que él sería el auténtico centro del texto.

Pierre Grelot, en cambio, destaca como elemento esencial la figura del segundo hijo y opina —a mi modo de ver con razón— que lo más acertado sería llamarla «parábola de los dos hermanos». Esto se desprende ante todo de la situación que ha dado lugar a la parábola y que Lucas presenta del siguiente modo (15, ls): «Se acercaban a Jesús los publícanos y pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”». Aquí encontramos dos grupos, dos «hermanos»: los publícanos y los pecadores; los fariseos y los letrados. Jesús les responde con tres parábolas: la de la oveja descarriada y las noventa y nueve que se quedan en casa; después la de la dracma perdida; y, finalmente, comienza de nuevo y dice: «Un hombre tenía dos hijos» (15, 11). Así pues, se trata de los dos.

El Señor retoma así una tradición que viene de muy atrás: la temática de los dos hermanos recorre todo el Antiguo Testamento, comenzando por Caín y Abel, pasando por Ismael e Isaac, hasta llegar a Esaú y Jacob, y se refleja otra vez, de modo diferente, en el comportamiento de los once hijos de Jacob con José. En los casos de elección domina una sorprendente dialéctica entre los dos hermanos, que en el Antiguo Testamento queda como una cuestión abierta. Jesús retoma esta temática en un nuevo momento de la actuación histórica de Dios y le da una nueva orientación. En el Evangelio de Mateo aparece un texto sobre dos hermanos similar al de nuestra parábola: uno asegura querer cumplir la voluntad del padre, pero no lo hace; el segundo se niega a la petición del padre, pero luego se arrepiente y cumple su voluntad (cf. Mt 21,28-32). También aquí se trata de la relación entre pecadores y fariseos; también aquí el texto se convierte en una llamada a dar un nuevo sí al Dios que nos llama.

Pero tratemos ahora de seguir la parábola paso a paso. Aparece ante todo la figura del hijo pródigo, pero ya inmediatamente, desde el principio, vemos también la magnanimidad del padre. Accede al deseo del hijo menor de recibir su parte de la herencia y reparte la heredad. Da libertad. Puede imaginarse lo que el hijo menor hará, pero le deja seguir su camino.

El hijo se marcha «a un país lejano». Los Padres han visto aquí sobre todo el alejamiento interior del mundo del padre —del mundo de Dios—, la ruptura interna de la relación, la magnitud de la separación de lo que es propio y de lo que es auténtico. El hijo derrocha su herencia. Sólo quiere disfrutar. Quiere aprovechar la vida al máximo, tener lo que considera una «vida en plenitud». No desea someterse ya a ningún precepto, a ninguna autoridad: busca la libertad radical; quiere vivir sólo para sí mismo, sin ninguna exigencia. Disfruta de la vida; se siente totalmente autónomo.

¿Acaso nos es difícil ver precisamente en eso el espíritu de la rebelión moderna contra Dios y contra la Ley de Dios? ¿El abandono de todo lo que hasta ahora era el fundamento básico, así como la búsqueda de una libertad sin límites? La palabra griega usada en la parábola para designar la herencia derrochada significa en el lenguaje de los filósofos griegos «sustancia», naturaleza. El hijo perdido desperdicia su «naturaleza», se desperdicia a sí mismo.

Al final ha gastado todo. El que era totalmente libre ahora se convierte realmente en siervo, en un cuidador de cerdos que sería feliz si pudiera llenar su estómago con lo que ellos comían. El hombre que entiende la libertad como puro arbitrio, el simple hacer lo que quiere e ir donde se le antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza forma parte de una reciprocidad, su libertad es una libertad que debe compartir con los otros; su misma esencia lleva consigo disciplina y normas; identificarse íntimamente con ellas, eso sería libertad. Así, una falsa autonomía conduce a la esclavitud: la historia, entretanto, nos lo ha demostrado de sobra. Para los judíos, el cerdo es un animal impuro; ser cuidador de cerdos es, por tanto, la expresión de la máxima alienación y el mayor empobrecimiento del hombre. El que era totalmente libre se convierte en un esclavo miserable.

Al llegar a este punto se produce la «vuelta atrás». El hijo pródigo se da cuenta de que está perdido. Comprende que en su casa era un hombre libre y que los esclavos de su padre son más libres que él, que había creído ser absolutamente libre. «Entonces recapacitó», dice el Evangelio (15, 17), y esta expresión, como ocurrió con la del país lejano, repropone la reflexión filosófica de los Padres: viviendo lejos de casa, de sus orígenes, dicen, este hombre se había alejado también de sí mismo, vivía alejado de la verdad de su existencia. Su retorno, su «conversión», consiste en que reconoce todo esto, que se ve a sí mismo alienado; se da cuenta de que se ha ido realmente «a un país lejano» y que ahora vuelve hacia sí mismo. Pero en sí mismo encuentra la indicación del camino hacia el padre, hacia la verdadera libertad de «hijo». Las palabras que prepara para cuando llegue a casa nos permiten apreciar la dimensión de la peregrinación interior que ahora emprende. Son la expresión de una existencia en camino que ahora —a través de todos los desiertos— vuelve «a casa», a sí mismo y al padre. Camina hacia la verdad de su existencia y, por tanto, «a casa». Con esta interpretación «existencial» del regreso a casa, los Padres nos explican al mismo tiempo lo que es la «conversión», el sufrimiento y la purificación interna que implica, y podemos decir tranquilamente que, con ello, han entendido correctamente la esencia de la parábola y nos ayudan a reconocer su actualidad.

El padre ve al hijo «cuando todavía estaba lejos», sale a su encuentro. Escucha su confesión y reconoce en ella el camino interior que ha recorrido, ve que ha encontrado el camino hacia la verdadera libertad. Así, ni siquiera le deja terminar, lo abraza y lo besa, y manda preparar un gran banquete. Reina la alegría porque el hijo «que estaba muerto» cuando se marchó de la casa paterna con su fortuna, ahora ha vuelto a la vida, ha revivido; «estaba perdido y lo hemos encontrado» (15, 32).

Los Padres han puesto todo su amor en la interpretación de esta escena. El hijo perdido se convierte para ellos en la imagen del hombre, el «Adán» que todos somos, ese Adán al que Dios le sale al encuentro y le recibe de nuevo en su casa. En la parábola, el padre encarga a los criados que traigan enseguida «el mejor traje». Para los Padres, ese «mejor traje» es una alusión al vestido de la gracia, que tenía originalmente el hombre y que después perdió con el pecado. Ahora, este «mejor traje» se le da de nuevo, es el vestido del hijo. En la fiesta que se prepara, ellos ven una imagen de la fiesta de la fe, la Eucaristía festiva, en la que se anticipa el banquete eterno. En el texto griego se dice literalmente que el hermano mayor, al regresar a casa, oye «sinfonías y coros»: para los Padres es una imagen de la sinfonía de la fe, que hace del ser cristiano una alegría y una fiesta.

Pero lo esencial del texto no está ciertamente en estos detalles; lo esencial es, sin duda, la figura del padre. ¿Resulta comprensible? ¿Puede y debe actuar así un padre? Pierre Grelot ha hecho notar que Jesús se expresa aquí tomando como punto de referencia el Antiguo Testamento: la imagen original de esta visión de Dios Padre se encuentra en Oseas (cf. 11, 1-9). Allí se habla de la elección de Israel y de su traición: «Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí; sacrificaban a los Baales, e incensaban a los ídolos» (11,2). Dios ve también cómo este pueblo es destruido, cómo la espada hace estragos en sus ciudades (cf. 11, 6). Y entonces el profeta describe bien lo que sucede en nuestra parábola: «¿Cómo te trataré, Efraín? ¿Acaso puedo abandonarte, Israel?… Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti.» (11, 8ss). Puesto que Dios es Dios, el Santo, actúa como ningún hombre podría actuar. Dios tiene un corazón, y ese corazón se revuelve, por así decirlo, contra sí mismo: aquí encontramos de nuevo, tanto en el profeta como en el Evangelio, la palabra sobre la «compasión» expresada con la imagen del seno materno. El corazón de Dios transforma la ira y cambia el castigo por el perdón.

Para el cristiano surge aquí la pregunta: ¿dónde está aquí el puesto de Jesucristo? En la parábola sólo aparece el Padre. ¿Falta quizás la cristología en esta parábola? Agustín ha intentado introducir la cristología, descubriéndola donde se dice que el padre abrazó al hijo (cf. 15, 20). «El brazo del Padre es el Hijo», dice. Y habría podido remitirse a Ireneo, que describió al Hijo y al Espíritu como las dos manos del Padre. «El brazo del Padre es el Hijo»: cuando pone su brazo sobre nuestro hombro, como «su yugo suave», no se trata de un peso que nos carga, sino del gesto de aceptación lleno de amor. El «yugo» de este brazo no es un peso que debamos soportar, sino el regalo del amor que nos sostiene y nos convierte en hijos. Se trata de una explicación muy sugestiva, pero es más bien una «alegoría» que va claramente más allá del texto.

Grelot ha encontrado una interpretación más conforme al texto y que va más a fondo. Hace notar que, con esta parábola, con la actitud del padre de la parábola, como con las anteriores, Jesús justifica su bondad para con los pecadores, su acogida de los pecadores. Con su actitud, Jesús «se convierte en revelación viviente de quien El llamaba su Padre». La consideración del contexto histórico de la parábola, pues, delinea de por sí una «cristología implícita». «Su pasión y su resurrección han acentuado aún más este aspecto: ¿cómo ha mostrado Dios su amor misericordioso por los pecadores? Haciendo morir a Cristo por nosotros “cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5,8). Jesús no puede entrar en el marco narrativo de su parábola porque vive identificándose con el Padre celestial, recalcando la actitud del Padre en la suya. Cristo resucitado está hoy, en este punto, en la misma situación que Jesús de Nazaret durante el tiempo de su ministerio en la tierra» (pp. 228s). De hecho, Jesús justifica en esta parábola su comportamiento remitiéndolo al del Padre, identificándolo con Él. Así, precisamente a través de la figura del Padre, Cristo aparece en el centro de esta parábola como la realización concreta del obrar paterno.

Y he aquí que aparece el hermano mayor. Regresa a casa tras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera del motivo y se enoja. Simplemente, no considera justo que a ese haragán, que ha malgastado con prostitutas toda su fortuna —el patrimonio del padre—, se le obsequie con una fiesta espléndida sin pasar antes por una prueba, sin un tiempo de penitencia. Esto se contrapone a su idea de la justicia: una vida de trabajo como la suya parece insignificante frente al sucio pasado del otro. La amargura lo invade: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos» (15,29). El padre trata también de complacerle y le habla con benevolencia. El hermano mayor no sabe de los avatares y andaduras más recónditos del otro, del camino que le llevó tan lejos, de su caída y de su reencuentro consigo mismo. Sólo ve la injusticia. Y ahí se demuestra que él, en silencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior de amargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténtica libertad que tiene como hijo. «Hijo, tú estás siempre conmigo —le dice el padre—, y todo lo mío es tuyo» (15, 31). Con eso le explica la grandeza de ser hijo. Son las mismas palabras con las que Jesús describe su relación con el Padre en la oración sacerdotal: «Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío» (Jn 17, 10).

La parábola se interrumpe aquí; nada nos dice de la reacción del hermano mayor. Tampoco podría hacerlo, pues en este punto la parábola pasa directamente a la situación real que tiene ante sus ojos: con estas palabras del padre, Jesús habla al corazón de los fariseos y de los letrados que murmuraban y se indignaban de su bondad con los pecadores (cf. 15, 2). Ahora se ve totalmente claro que Jesús identifica su bondad hacia los pecadores con la bondad del padre de la parábola, y que todas las palabras que se ponen en boca del padre las dice El mismo a las personas piadosas. La parábola no narra algo remoto, sino lo que ocurre aquí y ahora a través de El. Trata de conquistar el corazón de sus adversarios. Les pide entrar y participar en el júbilo de este momento de vuelta a casa y de reconciliación. Estas palabras permanecen en el Evangelio como una invitación implorante. Pablo recoge esta invitación cuando escribe: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co5, 20).

Así, la parábola se sitúa, por un lado, de un modo muy realista en el punto histórico en que Jesús la relata; pero al mismo tiempo va más allá de ese momento histórico, pues la invitación suplicante de Dios continúa. Pero, ¿a quién se dirige ahora? Los Padres, muy en general, han vinculado el tema de los dos hermanos con la relación entre judíos y paganos. No les ha resultado muy difícil ver en el hijo disoluto, alejado de Dios y de sí mismo, un reflejo del mundo del paganismo, al que Jesús abre las puertas a la comunión de Dios en la gracia y para el que celebra ahora la fiesta de su amor. Así, tampoco resulta difícil reconocer en el hermano que se había quedado en casa al pueblo de Israel, que con razón podría decir: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya». Precisamente en la fidelidad a la Torá se manifiesta la fidelidad de Israel y también su imagen de Dios.

Esta aplicación a los judíos no es injustificada si se la considera tal como la encontramos en el texto: como una delicada tentativa de Dios de persuadir a Israel, tentativa que está totalmente en las manos de Dios. Tengamos en cuenta que, ciertamente, el padre de la parábola no sólo no pone en duda la fidelidad del hijo mayor, sino que confirma expresamente su posición como hijo suyo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo». Sería más bien una interpretación errónea si se quisiera transformar esto en una condena de los judíos, algo de lo no se habla para nada en el texto.

Si bien es lícito considerar la aplicación de la parábola de los dos hermanos a Israel y los paganos como una dimensión implícita en el texto, quedan todavía otras dimensiones. Las palabras de Jesús sobre el hermano mayor no aluden sólo a Israel (también los pecadores que se acercaban a Él eran judíos), sino al peligro específico de los piadosos, de los que estaban limpios, «en regle» con Dios como lo expresa Grelot (p. 229). Grelot subraya así la breve frase: «Sin desobedecer nunca una orden tuya». Para ellos, Dios es sobre todo Ley; se ven en relación jurídica con Dios y, bajo este aspecto, a la par con Él. Pero Dios es algo más: han de convertirse del Dios-Ley al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces no abandonarán su obediencia, pero ésta brotará de fuentes más profundas y será, por ello, mayor, más sincera y pura, pero sobre todo también más humilde.

Añadamos ahora otro punto de vista que ya hemos mencionado antes: en la amargura frente a la bondad de Dios se aprecia una amargura interior por la obediencia prestada que muestra los límites de esa sumisión: en su interior, también les habría gustado escapar hacia la gran libertad. Se aprecia una envidia solapada de lo que el otro se ha podido permitir. No han recorrido el camino que ha purificado al hermano menor y le ha hecho comprender lo que significa realmente la libertad, lo que significa ser hijo. Ven su libertad como una servidumbre y no están maduros para ser verdaderamente hijos. También ellos necesitan todavía un camino; pueden encontrarlo sencillamente si le dan la razón a Dios, si aceptan la fiesta de Dios como si fuera también la suya. Así, en la parábola, el Padre nos habla a través de Cristo a los que nos hemos quedado en casa, para que también nosotros nos convirtamos verdaderamente y estemos contentos de nuestra fe.

Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (1), Planeta Chile 2007, 243-53

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Santos Padres

·        San Agustín

El hijo pródigo

(Lc 15,11-32)

1. No es necesario detenernos en las cosas ya expuestas. Más, aunque no es necesario demorarnos en ellas, sí conviene recordarlas. No ha olvidado vuestra prudencia que el domingo anterior tomé a mi cargo hablaros en el sermón sobre los dos hijos de que hablaba el Evangelio de hoy, pero no pude terminar. Dios nuestro Señor ha querido que, pasada aquella tribulación, también hoy os pueda hablar. He de saldar la deuda del sermón, puesto que hay que mantener la deuda del amor. Quiera el Señor que mi poquedad llene los deseos de vuestro anhelo.

2. El hombre que tuvo dos hijos es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el gentil. La herencia recibida del padre es la inteligencia, la mente, la memoria, el ingenio y todo aquello que Dios nos dio para que le conociésemos y alabásemos. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a una región lejana. Lejana, es decir, hasta olvidarse de su creador. Disipó su herencia viviendo pródigamente; gastando y no adquiriendo, derrochando lo que poseía y no adquiriendo lo que le faltaba; es decir, consumiendo todo su ingenio en lascivias, en vanidades, en toda clase de perversos deseos a los que la Verdad llamó meretrices.

3. No es de admirar que a este despilfarro siguiese el hambre. Reinaba el hambre en aquella región: no hambre de pan visible, sino hambre de la verdad invisible. Impelido por la necesidad, cayó en manos de cierto príncipe de aquella región. En este príncipe ha de verse el diablo, príncipe de los demonios, en cuyo poder caen todos los curiosos, pues toda curiosidad ilícita no es otra cosa que una pestilente carencia de la verdad. Apartado de Dios por el hambre de su inteligencia, fue reducido a servidumbre y le tocó ponerse a cuidar cerdos; es decir, la servidumbre última e inmunda de que suelen gozarse los demonios. No en vano permitió el Señor a los demonios entrar en la piara de los puercos. Aquí se alimentaba de bellotas, que no le saciaban. Las bellotas son, a nuestro parecer, las doctrinas mundanas, que alborotan, pero no nutren, digno alimento para puercos, pero no para hombres; es decir, con las que se gozan los demonios e incapaces de justificar a los hombres.

4. Al fin se dio cuenta en qué estado se encontraba, qué había perdido, a quién había ofendido y en manos de quién había caído. Y volvió en sí; primero el retorno a sí mismo y luego al Padre. Pues quizá se había dicho: Mi corazón me abandonó, por lo cual convenía que ante todo retornase a sí mismo, conociendo de este modo que se hallaba lejos del padre. Esto mismo reprocha la Sagrada Escritura a ciertos hombres diciendo: Volved, prevaricadores, al corazón. Habiendo retornado a sí mismo, se encontró miserable: Encontré la tribulación y el dolor e invoqué el nombre del Señor. ¡Cuántos mercenarios de mi padre, dice, tienen pan de sobra y yo perezco aquí de hambre! ¿Cómo le vino esto a la mente, sino porque ya se anunciaba el nombre de Dios? Ciertamente, algunos tenían pan, pero no como era debido, y buscaban otra cosa. De éstos se dijo: En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. A los tales se les debe considerar como mercenarios, no como hijos, pues a ellos señala el Apóstol cuando escribe: Anúnciese a Cristo, no importa si por oportunismo o por la verdad. Quiere que se vea en ellos a algunos que son mercenarios porque buscan sus intereses y, anunciando a Cristo, abundan en pan.

5. Se levantó y retornó. Había permanecido o bien en tierra, o bien con caídas continuas. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro. Su voz está en el salmo: Conociste de lejos mis pensamientos. ¿Cuáles? Los que tuvo en su interior: Diré a mi padre: pequé contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo, hazme como uno de tus mercenarios. Aunque ya pensaba decirlo, no lo decía aún; con todo, el padre lo oía como si lo estuviera diciendo. A veces se halla uno en medio de una tribulación o una tentación y piensa orar; con el mismo pensamiento reflexiona sobre lo que ha de decir a Dios en la oración, como hijo que por serlo solicita la misericordia del padre. Y dice en su corazón: «Diré a mi Dios esto y aquello; no temo que al decirle esto, al gemirle así, tapone sus oídos mi Dios». La mayor parte de las veces ya le está oyendo mientras dice esto, pues el mismo pensamiento no se oculta a los ojos de Dios. Cuando él se disponía a orar, estaba ya presente quien iba a estarlo una vez que empezase la oración. Por eso se dice en otro salmo: Dije, declararé al Señor mi delito. Ved cómo llegó a decir algo en su interior; ved su propósito. Y al momento añadió: Y tú perdonaste la impiedad de mi corazón. ¡Cuán cerca está la misericordia de Dios de quien se confiesa! No está lejos Dios de los contritos de corazón. Así lo tienes escrito: Cerca está el Señor de los que atribularon su corazón. Este ya había atribulado su corazón en la región de la miseria; a él había retornado para quebrantarle. Por soberbia había abandonado su corazón y lleno de ira había retornado a él. Se airó para castigar su propia maldad; había retornado para merecer la bondad del padre. Habló airado conforme a aquellas palabras: Airaos y no pequéis. Todo penitente que se aíra contra sí mismo, precisamente porque está airado, se castiga. De aquí proceden todos aquellos movimientos propios del penitente que se arrepiente y se duele de verdad. De aquí el tirarse de los cabellos, el ceñirse los cilicios y los golpes de pecho. Todas estas cosas son, sin duda, indicio de que el hombre se ensaña y se aíra contra sí mismo. Lo que hace externamente la mano, lo hace internamente la conciencia; se golpea en el pensamiento, se hiere y, para decirlo con verdad, se da muerte. Y dándose muerte ofrece a Dios el sacrificio del espíritu atribulado. Y Dios no desprecia el corazón contrito y humillado. Por tanto, angustiando, humillando e hiriendo su corazón le da muerte.

6. Aunque aún estaba en preparativos para hablar a su padre, diciendo en su interior: Me levantaré, iré y le diré, éste, conociendo de lejos su pensamiento, salió a su encuentro. ¿Qué quiere decir salir a su encuentro sino anticiparse con su misericordia? Estando todavía lejos, dice, le salió al encuentro su padre movido por la misericordia. ¿Por qué se conmovió de misericordia? Porque el hijo había confesado ya su miseria. Y corriendo hacia él se le echó al cuello. Es decir, puso su brazo sobre el cuello de su hijo. El brazo del Padre es el Hijo; le dio, por tanto, el llevar a Cristo, carga que no pesa, sino que alivia. Mi yugo es suave, dijo, y mi carga ligera. Se apoyaba sobre el erguido y apoyándose en él no le permitía caer de nuevo. Tan ligera es la carga de Cristo, que no sólo no oprime, sino que alivia. Y no como las cargas que se llaman ligeras: aunque ciertamente son menos pesadas, con todo, tienen su peso. Una cosa es llevar una carga pesada, otra llevarla ligera y otra no llevar carga alguna. A quién lleva una carga pesada se le ve oprimido; quien lleva una ligera, se siente menos oprimido, pero siempre oprimido; a quien, en cambio, no lleva carga alguna se le ve que anda con los hombros desembarazados. No es de este estilo la carga de Cristo. Conviene que la lleves, para sentirte aligerado; si te la quitas de encima te encontrarás oprimido. Y, hermanos, no os parezca esto cosa imposible. Quizá encontremos algún ejemplo que haga palpable lo dicho. Tiene las dos cosas: maravilloso e increíble. Vedlo en las aves. Toda ave lleva sus alas. Mirad y ved cómo las pliega cuando desciende para descansar y cómo en cierto modo las coloca sobre los costados. ¿Crees que le son un peso? Quítaselo y caerán; cuanto menos peso de ese lleve el ave, tanto menos volará. Tú, pensando ser misericordioso, le quitas ese peso; pero si verdaderamente quieres ser misericordioso con ella, ahórrale tal cosa; o si ya le quitaste las alas, aliméntala para que crezca esa su carga y vuele sobre la tierra. Carga como ésta deseaba tener quien decía: ¿Quién me dará alas como de paloma y así volaré y descansaré? El haber echado el padre el brazo sobre el cuello del hijo le sirvió de alivio, no de opresión; le honró, no le abrumó. ¿Cómo, pues, es el hombre capaz de llevar a Dios, a no ser porque le lleva Dios, que es a su vez llevado?

7. El padre manda que se le ponga el primer vestido, el que había perdido Adán al pecar. Tras haber recibido en paz al hijo y haberlo besado, ordena que se le dé un vestido: la esperanza de la inmortalidad que confiere el bautismo. Manda asimismo que se le ponga anillo, prenda del Espíritu Santo, y calzado para los pies como preparación para el Evangelio de la paz, para que sean hermosos los pies del anunciador del bien. Todo esto lo hace Dios mediante sus siervos, es decir, a través de los ministros de la Iglesia. Pues ¿acaso dan los ministros el vestido, el anillo y los zapatos de su propio haber? Ellos cumplen su ministerio, se entregan a su oficio, pero quien otorga es aquel de cuya despensa y tesoro se toman estas cosas. También mandó matar un becerro bien cebado, es decir, se le admitió a la mesa en la que el alimento es Cristo muerto. A todo el que viene a parar a la Iglesia desde una región lejana se le mata el becerro cuando se le predica la muerte de Jesús y se le admite a participar de su cuerpo. Se mata un becerro bien cebado porque quien había perecido ha sido hallado.

8. El hermano mayor, cuando vuelve del campo, no quiere entrar, airado como está. Simboliza al pueblo judío que mostró esa animadversión incluso contra los que ya habían creído en Cristo. Porque los judíos se indignaban de que viniesen los gentiles desde tanta simplicidad, sin la imposición de las cargas de la ley, sin el dolor de la circuncisión carnal, a recibir en pecado el bautismo salvador y, por lo mismo, se negaron a comer del becerro cebado. Ciertamente, ya ellos habían creído, y explicándoseles el motivo, se tranquilizaron. Pensad ahora en cualquier judío que haya guardado en su corazón la ley de Dios y vivido sin tacha en el judaísmo, como dijo que había vivido Saulo, Pablo para nosotros, tanto mayor cuanto más pequeño se hizo y tanto más ensalzado cuanto en menos se tuvo—Pablo, en efecto, significa poco, pequeño; de aquí que digamos: «Poco después te hablaré o poco antes». Ved lo que significa paulo ante: un poco antes. ¿Qué significa, pues, Pablo? El mismo lo dijo: Yo soy el menor de los apóstoles—. Este judío, pues, quienquiera que sea, que se tenga por tal y sea consciente de ello, que haya adorado desde su juventud al único Dios, al Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios anunciado por la ley y los profetas, y que haya observado los preceptos de la ley, comienza a pensar en la Iglesia al ver que el género humano corre tras el nombre de Cristo. El pensar en la Iglesia equivale a acercarse a casa desde el campo. Así está escrito: Al venir el hermano mayor del campo y acercarse a casa. Del mismo modo que el hijo menor aumenta diariamente entre los paganos que creen, así el hijo mayor, aunque raramente, vuelve a casa entre los judíos. Piensan en la Iglesia y se llenan de admiración ante ella: ven que la ley es suya y nuestra; que los profetas son suyos y nuestros; que ellos carecen de sacrificios y entre nosotros se ofrece el sacrificio cotidiano; ven que estuvieron en el campo del padre y, sin embargo, no comieron del becerro cebado.

9. Oyen asimismo la sinfonía y el coro que suena y canta en la casa. ¿Qué es la sinfonía? La concordia de las voces. Quienes no tocan al unísono, disuenan; los que concuerdan, tocan a la vez. Esta es la sinfonía que enseñaba el Apóstol cuando decía: Os ruego, hermanos, que digáis todos lo mismo y que no haya entre vosotros divisiones. ¿A quién no deleita esta sinfonía santa, es decir, el ir de acuerdo las voces, no cada una por su lado, sin nada inadecuado o fuera de tono que pueda ofender el oído de un entendido? La concordia pertenece a la esencia del coro. En el coro lo que agrada es la única voz que es el resultado de muchas otras, que, procediendo de todas, guarda la unidad, sin disonancias ni tonalidades discordantes.

10. El hijo mayor, al oír esa música en casa, enojado, no quería entrar. ¿No es frecuente que un judío, benemérito entre los suyos, se pregunte cómo pueden tanto los cristianos? «Nosotros tenemos las leyes paternas; Dios habló a Abrahán, de quien hemos nacido. Y la ley la recibió Moisés, quien nos libró de la tierra de Egipto, conduciéndonos a través del mar Rojo. Y he aquí que éstos, con nuestras Escrituras, cantan nuestros salmos por todo el mundo y ofrecen a diario un sacrificio, mientras que nosotros perdimos no sólo el sacrificio, sino también el templo». Pregunta a un siervo: «¿Qué sucede aquí?» Pregunte el judío a cualquier siervo, abra los profetas, abra al Apóstol, pregunte a quien quiera: ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento callaron sobre la vocación de los gentiles. Veamos en el siervo al que pregunta el libro examinado. Ahí encontrarás la Escritura que te dice: Tu hermano volvió y tu padre mató un becerro bien cebado, porque lo recobró sano. Dígale esto el siervo. ¿A quién recibió con salud el padre? A quien había muerto y revivió: a éste recibió para salvarle. Se debía la matanza de un becerro cebado a quien se marchó a una región lejana, pues habiéndose apartado de Dios se había convertido en un impío. Responde el siervo, el apóstol Pablo: En efecto, Cristo murió por los impíos. Malhumorado y airado, no entra; pero ante la invitación del padre entra quien no quiso hacerlo ante la respuesta del siervo. En verdad, hermanos míos, también ahora acontece esto. Con frecuencia, sirviéndonos de las Escrituras, convencemos de error a los judíos, pero quien habla es todavía el siervo; se enoja el hijo, y de esta forma, a pesar de estar vencidos, no quieren entrar. «¿Qué es todo esto?» Las voces de la sinfonía te han afectado, el coro te toca el corazón, la fiesta de la casa, el banquete y el becerro cebado te han conmovido. Nadie te excluye. Más ¿a quién dices esto? Mientras el siervo habla, se enfada el hijo y no quiere entrar.

11. Vuelve al Señor, que dice: Nadie viene a mí sino aquel a quien el Padre lo atrajere. Sale, pues, el padre y suplica al hijo; esto significa atraer. El superior puede más suplicando que obligando. Esto es lo que sucede, amadísimos, cuando algunos hombres, entregados al estudio de las Escrituras, oyen esto y, teniendo conciencia de sus buenas obras, llegan a decir al padre: Padre, no traspasé tu mandato. Entonces, al quedar convictos por las Escrituras y no teniendo qué responder, se aíran y oponen resistencia como queriendo vencer. Luego les dejas solos con sus pensamientos, y Dios comienza a hablarles interiormente. Esto es salir el padre y decir al hijo: «Entra y come».

12. Con todo, el hijo le responde: Mira, tantos años ha que te sirvo y jamás traspasé tu mandato y nunca me diste un cabrito para comerlo con mis amigos. Más he aquí que viene este hijo tuyo que malgastó su patrimonio con meretrices y le mataste un becerro cebado. Son pensamientos interiores en los que ya Dios habla de ocultas maneras; él reacciona y en su interior responde, no ya contestando al siervo, sino la súplica del padre que le amonesta con dulzura: «¿Qué es esto? Nosotros poseemos las Escrituras de Dios y no nos hemos apartado del único Dios; a ningún dios extraño hemos elevado nuestras manos. Siempre le hemos reconocido como el único, siempre hemos adorado al mismo: al que hizo el cielo y la tierra, y, sin embargo, no hemos recibido el cabrito». ¿Dónde encontramos el cabrito? Entre los pecadores. ¿Por qué se queja este hijo mayor de que no se le dio un cabrito? Buscaba pecar y tomar el pecado como alimento; de aquí su amargura. Esto es lo que duele a los judíos: que volviendo en sí comprenden que no se les dio a Cristo porque le juzgaron cabrito. Reconocen su propia voz en el Evangelio, en la de los judíos sus antepasados, que decían: Sabemos que éste es pecador. Era becerro, pero al tomarle por cabrito, te quedaste sin ese alimento. Jamás me diste un cabrito: porque el padre no tenía por cabrito a quien sabía que era un becerro. Te hallas fuera; y dado que no has recibido el cabrito, entra ya al festín del becerro.

13. ¿Qué le responde el padre? Hijo, tú siempre estás conmigo. El padre atestiguó que los judíos siempre estuvieron con él, ya que siempre adoraron al único Dios. Tenemos el testimonio del Apóstol, que dice que los judíos estaban cerca y los gentiles lejos. Pues hablando a los gentiles, dice: Al venir Cristo os anunció la paz a vosotros que estabais lejos y también a los que estaban cerca. A los que estaban lejos como si fuera al hijo menor, mostrando que los judíos, puesto que no huyeron lejos a cuidar puercos, no abandonaron al único Dios, no adoraron a los ídolos ni sirvieron a los demonios. No hablo de la totalidad de los judíos; no penséis, pues, en los perdidos y sediciosos, sino en aquellos que son reprendidos por estos otros que guardan los preceptos de la ley y, aunque todavía no han entrado al festín del becerro cebado, ya pueden decir: No traspasé tu precepto; aquel a quien, cuando comience a entrar, dirá el padre: «Tú estás siempre conmigo. Ciertamente estás conmigo, ya que no marchaste lejos, pero, sin embargo, para tu mal, estás fuera de casa. No quiero que estés ausente de mi festín. No envidies al hermano menor. Tú estás siempre conmigo». Dios no confirmó lo que, quizá con más jactancia que prudencia, aseguró: Nunca traspasé tu precepto, sino que le dijo: Tú estás siempre conmigo. No le dice: «Tú jamás traspasaste mi precepto». Lo que Dios le dijo es verdad; no, en cambio, aquello de lo que él temerariamente se jactó. Pues, aunque quizá traspasó algunos de los mandamientos, no se apartó del único Dios. Es, por tanto, verdad lo dicho por el padre: Tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. ¿Acaso porque es tuyo no es también de tu hermano? ¿Cómo es tuyo? Poseyéndolo en unión con él y no dividiéndolo con disputas. Todo lo mío, dijo, es tuyo. Al decir que es suyo, parece indicar como que se lo dio en posesión. ¿Acaso le sometió el cielo y la tierra o las excelencias angélicas? No conviene entenderlo así, pues nunca se nos someterán los ángeles a cuya igualdad hemos de llegar, según promesa de la generosidad del Señor: Serán, dijo, iguales a los ángeles de Dios. Hay, sin embargo, otros ángeles a quienes juzgarán los santos. ¿No sabéis, dice el Apóstol, que juzgaremos a los ángeles? Hay ángeles santos desde siempre, pero también los hay pecadores. Seremos iguales a los ángeles buenos y juzgaremos a los malos. ¿Cómo puede decir todo lo mío es tuyo? Ciertamente, todo lo de Dios es nuestro, pero no todo nos está sometido. Una cosa es decir: «Mi siervo» y otra diferente decir: «Mi hermano». Al decir «mío» afirmas algo verdadero, puesto que aquello de lo que lo dices es tuyo, pero no puedes decirlo de la misma forma aplicado al hermano que al siervo. Una cosa es decir: «Mi casa» y otra «Mi mujer», como una cosa es decir: «Mi hijo», otra decir «Mi padre» o «Mi madre». Excluido yo, oigo decir todo es tuyo… «Dios mío», dices. Pero ¿es lo mismo decir «Dios mío» que decir «Siervo mío»? Digo «Dios mío» igual que «Señor mío». Tenemos, pues, a alguien superior: nuestro Señor, de quien podemos gozar, y tenemos las cosas inferiores, de las que somos dueños. Todo, por tanto, es nuestro si nosotros somos de él.

14. Todo lo mío, dijo, es tuyo. Si fueres obrador de paz, si te calmas, si gozas del regreso del hermano, si nuestro festín no te entristece, si no permaneces fuera de casa, aunque vengas del campo, todo lo mío es tuyo. Nos conviene, pues, festejarlo y alegrarnos, ya que Cristo ha muerto por los impíos y ha resucitado. Este es el significado de: Pues tu hermano estaba muerto y revivió; se había perdido y fue recuperado.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 112A, 1-14, BAC Madrid 1983, 805-17

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·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA MISERICORDIA DE DIOS

El evangelio de hoy nos ofrece las tres “parábolas de la mi­sericordia” de Dios para con los hombres, que ocupan el capítulo 15 del evangelio de San Lucas, “el escritor de la mansedumbre de Cristo”, como lo llamó San Jerónimo. Son las parábolas de la oveja perdida, de la dracma extraviada y del hijo pródigo. Las tres coinciden en exaltar la misericordia de un Dios que no se cansa de buscar a los pecadores para exhortarlos a la conversión. Bien se ha elegido como primera lectura, a modo de umbral de la perícopa evangélica, aquel texto del Éxodo en que Dios mues­tra su indignación frente al pueblo sobre el que había derramado tantos beneficios, y que ahora se fabrica un becerro de oro para prosternarse delante de él y ofrecerle sacrificios, como si ese becerro fuese el que los hubiera sacado de Egipto y la consiguien­te esclavitud. Dios pide a Moisés que “le permita” enojarse con ellos y destruirlos. Pero Moisés logra aplacar al Señor recordán­dole sus antiguos y abundantes favores. Podríamos decir que esa “paciencia” de Dios con su pueblo prevaricador, tal cual se manifestó en el Antiguo Testamento, reflorece ahora en Cristo, en su inmensa misericordia.

Oveja, dracma, hijo pródigo: he aquí tres semejanzas que nos propone el Señor para visibilizar, por así decirlo, la misericordia de Dios. Las tres parábolas concluyen con una especie de estribillo, prácticamente idéntico, donde siempre aparecen los términos “perdido” y “encontrado”: “encontré a la oveja que se me había perdido”, “encontré la dracma que había perdido”, “tu hermano estaba perdido y ha sido encontrado”. No es extraño, ya que, como lo afirmara el mismo Cristo en otra ocasión, si el Hijo de Dios vino al mundo, fue para “buscar y salvar lo que se había perdido”.

La parábola de la oveja perdida describe con toda naturali­dad una escena pastoril bien conocida por los oyentes de Jesús. Todos los días, los habitantes de Palestina veían cómo los pastores conducían su rebaño hacia los pastos; fácilmente alguna oveja se extraviaba en esos terrenos salpicados de espinosos matorrales, y plagados de rocas y de cuevas. Igualmente familiar era la imagen de la moneda perdida: un accidente doméstico frecuente en cualquier hogar humilde de Palestina, en aquellas casitas compuestas de una sola habitación, iluminada únicamen­te por la puerta de entrada, y que tenían por suelo la roca o tierra apisonada. La pobre mujer, presa del sobresalto, busca minucio­samente su moneda; la oscuridad de la habitación explica que encendiera en pleno día la lámpara de tierra cocida; luego barre, metro por metro, cambiando de lugar los muebles y enseres de la casa para ver si la moneda se hallaba debajo de alguno de ellos. No es improbable que al relatar esta escena tan familiar, Jesús se acordase de su propia Madre, en Nazaret… Y qué decir de la parábola del hijo pródigo, una escena quizás más infrecuente, pero no menos impactante y conmovedora, que podía suceder en cualquier familia. Allí resalta la figura del padre, siempre a la espera del hijo perdido, siempre dispuesto a ofrecerle el abrazo de la reconciliación.

Dios ha extraviado una moneda, un alma, ha perdido su imagen. Porque así como la moneda romana llevaba represen­tada la efigie del César, de manera semejante el alma lleva en sí la imagen del Señor. Para encontrarla, Dios prende la lámpara, encendiendo en el barro de nuestra humanidad el fuego del Verbo que en ella se encarna. Y de este modo se ilumina de nuevo la imagen empañada por el polvo del piso.

Asimismo el Señor ha querido compararse con un pastor que, perdiendo una de sus ovejas, deja a las noventa y nueve restantes en el redil para abocarse a su búsqueda. Y también con un padre que sale todos los días a la puerta de la casa solariega, para ver si en lontananza llega a vislumbrar la figura del hijo que retorna.

El tema de la misericordia de Dios es uno de los llamados “temas bíblicos”, es decir, uno de esos temas que se reiteran a lo largo de toda la Sagrada Escritura. Como nos lo mostró el texto del Éxodo que hoy hemos escuchado, ya en el Antiguo Testa­mento se revela “rico en misericordia”. Con inmensa ternura habla así de su pueblo a través del profeta Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Yo le enseñé a caminar, lo tuve en mis brazos, lo atraje con cuerdas humanas, con lazos de amor; fui para él como quien alza una creatura hasta tocar sus mejillas, y me inclinaba hacia él para darle de comer”. Más que padre parece casi una madre, o mejor, es padre y ma­dre a la vez. No en vano en una de las parábolas de la perícopa evangélica que nos ocupa, el Señor se personifica en un hombre que pierde una oveja, y en otra en una mujer que busca su moneda. Dios no tiene sexo, tiene algo de padre y algo de madre. Asimismo quiso revelarse bajo la forma del pastor que apacienta a su pueblo elegido: “Los conducirá el que ha tenido misericordia de ellos —dice Isaías— y a manantiales de agua los guiará”. Y también bajo la imagen del esposo que se compadece de su esposa, adúltera y pecadora, que es Israel.

Todo esto resulta ya advertible en el Antiguo Testamento. Pero es en Cristo en quien Dios revela sin ambages sus entrañas de misericordia, en ese Cristo que no disimula su predilección por los humildes, en ese Cristo que se muestra amigo de los publicanos y pecadores. Precisamente las tres parábolas que integran el texto evangélico de hoy fueron pronunciadas a raíz de que los fariseos y escribas murmuraban al ver cómo acogía a los publi­canos y pecadores que se acercaban a Él para oírle. Cuando el Evangelio quiere destacar la bondad de Jesús, sobre todo cuan­do describe las acciones misericordiosas que proceden de su misión mesiánica, emplea con frecuencia la expresión “se con­movió hasta las entrañas, tuvo piedad”, como por ejemplo al ver a las multitudes que lo seguían como ovejas sin pastor. En la parábola del deudor sin entrañas, Él es el que se apiadó; pastor., es el Buen Samaritano que “se movió a compasión”; El es el padre que, al ver regresar a su hijo pródigo, se “conmovió profunda­mente” y corrió a abrazarlo. ¡Admirable filantropía divina, increí­ble amor de Dios por el hombre!

El poeta inglés Francis Thompson, en su poesía “El lebrel del cielo”, uno de los poemas más geniales de la lengua inglesa, concibe a Dios al modo de un galgo que persigue al pecador fugitivo. Dios corre tras él con la perseverancia de un lebrel. A veces la liebre se cree segura pero, al escuchar los ladridos que se acercan, retoma su huida. El lebrel no abandona la presa, una presa que propiamente no es tal, ya que huye sin darse cuenta de que quien la persigue busca su propio bien, inconsciente de la felicidad que la acosa. Así busca el Señor a su oveja, a su moneda, hasta cansarse, hasta el extremo, hasta llegar incluso a dar la vida por ella.

Admiremos la comprensión que el Señor muestra por el pecador, por la oveja perdida, por el hijo pródigo que retorna. No es, por cierto, una comprensión como la nuestra. Nosotros úni­camente comprendemos bien a aquellos que obran como noso­tros mismos obramos o como seríamos susceptibles de obrar. Comprendemos la flaqueza de los demás porque tenemos expe­riencia de la nuestra. Nuestras compasiones encubren una suerte de complicidad más o menos declarada. En cambio la misericor­dia de Cristo está libre de estas turbias inferencias, porque Él no conoció el pecado. Por eso nadie es capaz de comprender como Él, con mayor fuerza que Él. Así es el Cristo que me comprende, me busca, me carga sobre sus hombros, me da el abrazo de la re­conciliación. Pero sólo con una condición: que yo no me resista. No quiere forzarme. A un padre no le agrada forzar la voluntad de su hijo. De mi parte debo convertirme, es decir, darme vuelta, enfilar en otra dirección, volverme totalmente hacia Él.

Si así lo hago, el Señor no vacilará en cargarme sobre sus hombros. Y se alegrará intensamente, dispondrá una fiesta con el becerro. Es el misterio de la Alegría de Dios, al que hace eco la liturgia, al cantar gozosamente: O felix culpa, quae talen ac tantum meruit redemptorem (Oh feliz culpa, que nos mereció un Redentor tal y tan grande). Alegría y gloria en el cielo: gloria del Padre porque ve que su imagen, grabada en la moneda, ha recuperado su prístino esplendor; gloria del Hijo, porque en la oveja encontrada triunfa su obra redentora; gloria del Espíritu, porque ha florecido el amor entre el padre y el pródigo. Gloria universal, gozo cósmico.

Dentro de pocos instantes nos acercaremos a la mesa de la Eucaristía, para recibir a Jesucristo, provocando la alegría de los ángeles de Dios. Pidámosle entonces que nos afirme sólidamen­te sobre los hombros de su misericordia, para que ya desde ahora podamos entonar el cántico de la gratitud que perdurará por una eternidad, repitiendo una y otra vez con el salmista: Misericordias Domini in aeternum cantabo, cantaré eternamente las misericor­dias del Señor.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 260-264)

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S.S. Francisco p.p.

En la liturgia de hoy se lee el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y después la más larga de las parábolas, típica de san Lucas, la del padre y los dos hijos, el hijo «pródigo» y el hijo que se cree «justo», que se cree santo. Estas tres parábolas hablan de la alegría de Dios. Dios es alegre. Interesante esto: ¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio! ¡Aquí! ¡Aquí está todo el Evangelio, está todo el cristianismo! Pero mirad que no es sentimiento, no es «buenismo». Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del «cáncer» que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios.

Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Cada uno de nosotros, cada uno de nosotros, es esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada uno de nosotros es ese hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo. Pero Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona nunca. Es un padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como a hijos, en su casa, porque jamás deja, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor. Y su corazón está en fiesta por cada hijo que regresa. Está en fiesta porque es alegría. Dios tiene esta alegría, cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón.

¿El peligro cuál es? Es que presumamos de ser justos, y juzguemos a los demás. Juzguemos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarles a muerte, en lugar de perdonar. Entonces sí que nos arriesgamos a permanecer fuera de la casa del Padre. Como ese hermano mayor de la parábola, que en vez de estar contento porque su hermano ha vuelto, se enfada con el padre que le ha acogido y hace fiesta. Si en nuestro corazón no hay la misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, aunque observemos todos los preceptos, porque es el amor lo que salva, no la sola práctica de los preceptos. Es el amor a Dios y al prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y éste es el amor de Dios, su alegría: perdonar. ¡Nos espera siempre! Tal vez alguno en su corazón tiene algo grave: «Pero he hecho esto, he hecho aquello…». ¡Él te espera! Él es padre: ¡siempre nos espera!

Si nosotros vivimos según la ley «ojo por ojo, diente por diente», nunca salimos de la espiral del mal. El Maligno es listo, y nos hace creer que con nuestra justicia humana podemos salvarnos y salvar el mundo. En realidad sólo la justicia de Dios nos puede salvar. Y la justicia de Dios se ha revelado en la Cruz: la Cruz es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre este mundo. ¿Pero cómo nos juzga Dios? ¡Dando la vida por nosotros! He aquí el acto supremo de justicia que ha vencido de una vez por todas al Príncipe de este mundo; y este acto supremo de justicia es precisamente también el acto supremo de misericordia. Jesús nos llama a todos a seguir este camino: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36). Os pido algo, ahora. En silencio, todos, pensemos… que cada uno piense en una persona con la que no estamos bien, con la que estamos enfadados, a la que no queremos. Pensemos en esa persona y en silencio, en este momento, oremos por esta persona y seamos misericordiosos con esta persona.

Invoquemos ahora la intercesión de María, Madre de la Misericordia.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 15 de septiembre de 2013)

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Juan Pablo II


“Me levantaré e iré a mi padre” (Lc 15,18). En esta profunda parábola de Cristo se contiene de hecho todo el eterno problema del hombre: el drama de la libertad, el drama de la libertad mal utilizada.

El hombre ha recibido de su Creador el don de la libertad. Con su libertad puede organizar y configurar esta tierra, realizar las maravillosas obras del espíritu humano de las cuales está lleno este país y todo el mundo.

Pero la libertad tiene un precio. Todos los que son libres deberían preguntarse: ¿hemos conservado nuestra dignidad en la libertad? Libertad no significa capricho. El hombre no puede hacer todo lo que puede o le agrada. No hay libertad sin lazos. El hombre es responsable de sí mismo, de los hombres y del mundo. Es responsable ante Dios. Una sociedad que convierte en bagatela la responsabilidad, la ley y la conciencia hace tambalear los fundamentos de la vida humana. El hombre sin responsabilidad se precipitará en los placeres de esta vida y, como el hijo pródigo, caerá en dependencias, perdiendo su patria y su libertad. Abusará con egoísmo desconsiderado de los otros hombres o se aferrará insaciablemente a bienes materiales. Donde no se reconocen el ligamen con los valores últimos, fracasan el matrimonio y la familia, se minusvalora la vida del otro, sobre todo de los que aún no han nacido, de los ancianos y de los enfermos. De la adoración a Dios se pasa a adorar el dinero, el prestigio o el poder.

¿No es también toda la historia de la humanidad una historia de la libertad mal usada? ¿No siguen muchos también hoy el camino del hijo pródigo? Se encuentran ante una vida rota, amores traicionados, miseria culpable, llenos de miedo y de dudas. “Han pecado y han perdido la gloria de Dios” (Rom 3,23). Se preguntan: ¿Donde he caído? ¿Dónde hay una salida?

En la parábola de Cristo, el hijo pródigo es el hombre que ha utilizado mal su libertad -es decir, ha pecado-: las consecuencias que pesan sobre las conciencias del individuo así como las que van en perjuicio de la vida de las diferentes comunidades humanas y en su entorno, en perjuicio, incluso, de los pueblos y de la entera humanidad (cfr. G et S 13). El pecado significa una depreciación del hombre: contradice su auténtica dignidad y deja, además, heridas en la vida social. Ambas oscurecen la visión del bien y arrebatan a la vida humana la luz de la esperanza.

Con todo, la parábola de Cristo no permite que nos quedemos en la triste situación del hombre caído en pecado con toda la postración que ello comporta. Las palabras “me levantaré e iré a mi padre” nos permiten percibir en el corazón del hijo pródigo el ansia del bien y la luz de la esperanza infalible. En esas palabras se le abre la perspectiva de la esperanza. Tal perspectiva se presenta siempre ante nosotros, dado que todo hombre y la entera humanidad pueden levantarse conjuntamente e ir al Padre. Esta es la verdad que está en el núcleo de la Buena Nueva.

Las palabras “Me levantaré e iré a mi padre” revelan la conversión interior. Pues el hijo pródigo continúa: “Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15,18). En el centro de la Buena Nueva aparece la verdad sobre la metanoia, la conversión: la conversión es posible; y la conversión es necesaria.

¿Y por qué esto es así? Porque aquí se revela lo que hay en lo más profundo del alma de cada hombre y que, a pesar del pecado, incluso mediante el pecado, continúa vivo y en acción: Ese hambre insaciable de verdad y de amor que testimonia cómo el espíritu del hombre tiende hacia Dios por encima de todo lo creado. Este es el punto de partida de la conversión por parte del hombre.

A él corresponde el punto de partida por parte de Dios. En la parábola se presenta ese punto de partida con una sencillez impresionante y, al mismo tiempo, con una gran fuerza de convicción. El padre espera. Espera la vuelta del hijo pródigo como si estuviera ya seguro de que tendría que volver. El padre sale a las calles por donde podría regresar el hijo. Quiere salir a su encuentro.

En esa misericordia se revela el amor con que Dios ha amado al hombre desde el principio en su Hijo eterno (cfr. Ef 1,4-5). El amor que, oculto desde toda la eternidad en el corazón del Padre, se ha manifestado en nuestros días a través de Jesucristo. La cruz y la resurrección constituyen el punto culminante de esa revelación.

En el signo de la cruz continúa siempre presente el punto de partida divino en cada una de las conversiones que acontezcan en la historia del hombre y de la humanidad. Pues en la cruz ha descendido a la humanidad de una vez para siempre el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; un amor que nunca se agota. Convertirse significa entrar en contacto con ese amor y acogerlo en el propio corazón; significa construir sobre la base de ese amor nuestra conducta futura.

Es esto precisamente lo que ocurrió en la vida del hijo pródigo cuando decidió: “Me levantaré e iré a mi padre”. Pero al propio tiempo tuvo conciencia clara de que, al volver al padre, debía reconocer su falta: “Padre he pecado” (Lc 15,18). Convertirse es reconciliarse. Y la reconciliación se realiza únicamente cuando se reconocen los propios pecados. Reconocer los propios pecados significa dar testimonio de la verdad de que Dios es Padre; un padre que perdona. A quien testimonia esta verdad al reconocer su pecado lo vuelve a acoger el Padre como hijo suyo. El hijo pródigo es consciente de que sólo el amor paternal de Dios puede perdonarle los pecados. En esta parábola la perspectiva de la esperanza está estrechamente unida al camino de la conversión. Meditad todo aquello que forma parte de este camino: examinar la conciencia -el arrepentimiento acompañado del firme propósito de cambiar-, la confesión y la penitencia. Renovad en vosotros la valoración de este sacramento, denominado también “sacramento de la reconciliación”. Se halla estrechamente unido al sacramento de la Eucaristía, sacramento del amor: la confesión nos libera del mal; la Eucaristía nos otorga el don de la comunión con el bien supremo.

Tomad en serio la invitación que os dirige la Iglesia con carácter obligatorio a participar todos los domingos en la Santa Misa. Aquí debéis encontrar continuamente, en medio de la comunidad, al Padre y recibir el don de su amor, la santa comunión, el pan de nuestra esperanza. Configurad todo el domingo con esa fuente de energía como un día consagrado al Señor. Pues a Él pertenece nuestra vida; a Él se debe nuestra adoración. Así podrá permanecer viva en la existencia cotidiana vuestra unión con Dios y convertirse todas vuestras acciones en testimonio cristiano.

Todo esto significan también las palabras: “Me levantaré e iré a mi padre”. Un programa de nuestra esperanza, más profundo y simple que el cual no puede imaginarse otro (cfr. “Dives in Misericordia” 5 y 6).

(Homilía en el Parque del Danubio, Viena 11 de Septiembre de 1983)

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Benedicto XVI


Hoy la liturgia vuelve a proponer a nuestra meditación el capítulo XV del evangelio de san Lucas, una de las páginas más elevadas y conmovedoras de toda la sagrada Escritura. Es hermoso pensar que en todo el mundo, dondequiera que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía dominical, resuena hoy esta buena nueva de verdad y de salvación: Dios es amor misericordioso. El evangelista san Lucas recogió en este capítulo tres parábolas sobre la misericordia divina: las dos más breves, que tiene en común con san Mateo y san Marcos, son las de la oveja perdida y la moneda perdida; la tercera, larga, articulada y sólo recogida por él, es la célebre parábola del Padre misericordioso, llamada habitualmente del “hijo pródigo”.

En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa.

Jesús narró las tres parábolas de la misericordia porque los fariseos y los escribas hablaban mal de él, al ver que permitía que los pecadores se le acercaran, e incluso comía con ellos (cf. Lc 15, 1-3). Entonces explicó, con su lenguaje típico, que Dios no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y que su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte.

La verdadera religión consiste, por tanto, en entrar en sintonía con este Corazón “rico en misericordia”, que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad. El camino que Jesús muestra a los que quieren ser sus discípulos es este: “No juzguéis…, no condenéis…; perdonad y seréis perdonados…; dad y se os dará; sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36-38). En estas palabras encontramos indicaciones muy concretas para nuestro comportamiento diario de creyentes.

En nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios. El amado Juan Pablo II, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina, intuyó de modo profético esta urgencia pastoral. Dedicó al Padre misericordioso su segunda encíclica, y durante todo su pontificado se hizo misionero del amor de Dios a todos los pueblos. Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo.

La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien ayer contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos.

(Ángelus, Domingo 16 de septiembre de 2007)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

LA OVEJA PERDIDA

Mt 18, 12-14 (Lc 15, 4-7)

Esta parábola aparece en Mateo y Lucas.

La parábola resalta la misericordia de Jesús.

            Mateo la incluye en un diálogo de Jesús con sus discípulos, en cambio, Lucas como réplica a las murmuraciones de los fariseos. Mateo dice que el hombre deja las noventa y nueve ovejas en los montes y se va a buscar la descarriada y si la llega a encontrar se alegrará más que por las otras. Lucas dice que las deja en el desierto y busca a la descarriada hasta encontrarla y la carga sobre sus hombros. Ambos evangelistas hacen referencia a la alegría por haberla encontrado y Lucas agrega que llamó a sus vecinos y amigos para que se congratulasen con él. Mateo concluye diciendo “no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”, en cambio, Lucas “hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión”.

            Mateo la pone después de hablar del escándalo, Lucas como refutación a la crítica de los fariseos, además, le agrega dos parábolas más: la de la dracma y la del hijo pródigo.

            Analicemos la parábola. Hay rasgos que parecen ilógicos, por ejemplo, Cristo da como algo común el dejar noventa y nueve ovejas solas para ir a buscar una y no la más tranquila supuestamente. La busca muchísimo por lo que se deduce del Evangelio. Con alegría la carga sobre los hombros. Tiene más alegría por encontrar la oveja perdida (Mt), convoca a los amigos para decirles la nueva.

            La lógica divina es muy distinta de nuestra lógica. Los caminos de Dios son distintos de los caminos del hombre[1].

            Jesús habla con un lenguaje indirecto.

En Mateo dirigiéndose a sus discípulos les habla con humor para que dejen de ser mezquinos en la confianza para con Él. Les enseña una confianza sin límites en Él que por misericordia se ha hecho hombre para salvar a los hombres. Están hablando con Jesús de que hay que hacerse como niños y el que se haga como un niño es el mayor en el reino. Quiere que se hagan como niños confiando totalmente en Él y aprendan de Él el amor a las almas.

En Lucas dirigiéndose a los fariseos que murmuran porque acoge a los publicanos y pecadores les habla irónicamente, juntando a esta parábola la de la dracma y la del hijo pródigo. La ironía quiere hacerles ver que Él ha venido como Salvador a perdonar los pecados y a rescatar del extravío a los pecadores y que Dios se regocija por la conversión del pecador y todo el cielo también se alegra con Dios. Tienen que dejar de ver según sus pensamientos humanos y carnales apegados a la letra para dejarse llevar por el Espíritu. Cristo es la misericordia de Dios hecha hombre. Jesús es la divina misericordia.

Jesús nos llama a la conversión. Se presenta como el pastor que recorre infinidad de caminos para buscar a la oveja descarriada, quiere que nos volvamos a Él. Ningún hombre sobre la tierra en estado de viador está seguro como las noventa y nueve ovejas de la parábola, esas no necesitan conversión, todos nosotros sí. De alguna manera, en esta vida todos somos ovejas descarriadas.

            Sobre la conclusión de Mateo: “no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”.

            “Llama pequeños a los imperfectos en el conocimiento”[2].

“Hay un tiempo para perder y un tiempo para salvar[3]. Hubo un tiempo en que el diablo echó a perder al hombre: pero de nuevo vino el tiempo en que el Hijo de Dios salvó al linaje humano para la vida”[4].

“Son pequeñitos aquellos que hace poco tiempo que han nacido en Cristo, o aquellos, que no pudiendo avanzar, están como si acabaran de nacer. No tuvo el Señor necesidad de mandar que no se despreciase a los fieles más perfectos, sino a los pequeñitos, como ya lo había mandado antes: Si alguno escandalizare a alguno de estos pequeñitos (Mt 18, 6), etc. Además, bajo la palabra pequeñitos quizá quisiera comprender aquí también a los perfectos, según el modo que tuvo de expresarse en otro lugar (Lc 9, 48): El que fuere más pequeño entre vosotros, éste será el mayor, etc.”[5].

“O también, porque los que son perfectos, son mirados por muchos como pequeñitos, es decir, pobres y despreciables”[6].

“Debemos considerar por qué confiesa el Señor, que se alegra más por la conversión de los pecadores, que por la estabilidad de los justos. Es porque los que tienen seguridad de no haber cometido pecados graves, están perezosos muchas veces para cumplir los deberes más elevados, mientras que, por el contrario, a los que tienen conciencia de haber obrado mal, el sentimiento de su dolor los inflama más en el amor divino y como ven que han andado errantes lejos de Dios, recompensan con las ganancias posteriores las pérdidas anteriores; de esta manera el general prefiere al soldado, que después de huir, vuelve al enemigo y le acomete con valor, a aquel que no ha vuelto jamás la espalda, pero que jamás ha acometido ni ha hecho cosa alguna con valor. Pero también hay algunos justos que causan tanta alegría, que bajo ningún concepto se les puede posponer a ningún penitente; éstos, aunque no les arguya su conciencia de falta alguna, sin embargo, desprecian hasta lo que les es permitido y son humildes en todas las ocasiones. ¿Cuán grande alegría, pues, no proporciona el justo cuando llora en la humillación, siendo tan grande la que causa el pecador cuando condena el mal que ha hecho?”[7].

“Lo mismo puede exceder un inocente a un penitente que éste a aquél, porque, sea inocente o penitente, el mejor y más amado es el que mayor caudal de gracia tiene. Sin embargo, en igualdad de condiciones, la más digna y más amada es la inocencia. Y si, a pesar de esto, se dice que Dios se alegra más por el penitente que por el inocente, es debido a que, de ordinario, los pecadores arrepentidos son más cautos, más humildes y más fervorosos […] Puede decirse también que un mismo don de gracia representa más para el penitente, que mereció castigo, que para el inocente, que no lo mereció; como la misma cantidad de dinero constituye un don mayor cuando se da a un mendigo que cuando se entrega a un rey”[8].

*          *          *

¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños.

            “¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento del Señor?”[9].

            “La Ciencia (de Dios) es misteriosa para mí, harto alta, no puedo alcanzarla […] Mas para mí ¡qué arduos son tus pensamientos, oh, Dios, qué incontable su suma!”[10].

            “¿Quién abarcó el espíritu de Yahveh, y como consejero suyo le enseñó?”[11].

“Cuya inteligencia es inescrutable”[12].

“Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres”[13].

“¿Quién conoció la mente del Señor para instruirle?”[14].

No podemos saber la razón última de los pensamientos y del obrar de Dios, ¿Por qué obra de esta manera o de aquella? Nuestra mente es limitada, sólo podemos conocer lo que nos supera por su revelación misericordiosa. Sólo podemos conocer su manera de obrar y quizá podemos dar razones de conveniencia de su obrar pero siempre desde el punto de vista de nuestra razón limitada.

Así podemos constatar su obrar en esta parábola de la oveja perdida y en muchos pasajes del Evangelio, un obrar un tanto extraño al nuestro.

¿Por qué ir a buscar una oveja extraviada dejando noventa y nueve en los montes? Se nota una solicitud extrema del pastor por cada una de las ovejas, es la solicitud de Dios por cada alma. Dios quiere que todos los hombres se salven[15] y se salvan en el redil de Dios o por el redil de Dios. No hay salvación fuera de la Iglesia[16].

¿De dónde nace esa solicitud de Dios? Nace de su amor. Él por amor nos creó y ama la obra de sus manos, en especial a los hombres. Su amor es eterno y gratuito. Elige a los que Él quiere para que sean y los llama a la vida eterna[17].

Valemos mucho para Dios. Valemos la Sangre de su Hijo único, “nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados”[18]. Dios nos conserva en el ser por su providencia y trabaja en todas las cosas y en nosotros mismos, sin violentar nuestra libertad, para que nos santifiquemos, para que no nos perdamos lejos de Él[19].

Para Dios ninguno está perdido del todo en esta vida.

            Dios busca a las almas. A lo largo de la vida de cada alma Dios se muestra un pastor tras la oveja descarriada. Siempre la busca hasta que la encuentra, o más bien, el alma a Él. Pero la conversión es una búsqueda de Dios hasta que el alma se da cuenta que lo que ella busca es Dios. El alma extraviada se topa con Dios. Muchas veces huye hasta que agotada y purificado su egoísmo se vuelve a Dios.

Hay almas que definitivamente se cierran a Dios, quieren voluntariamente estar extraviadas, perdidas y Dios respeta su libertad.

Nosotros muchas veces damos por perdidos a los hombres, nos cansamos en seguida de buscarlos porque nuestros criterios son mezquinos, pusilánimes. Los dejamos perdidos, total… tenemos noventa y nueve ovejas. ¿Por qué esa falta de solicitud? Por falta de amor. Lo que no cuesta no se valora y no cuesta lo que no se ama.

Se valora más la ardua conquista, aunque sea pequeña, que la cómoda posesión aunque sea grande, y la conquista ardua produce más gozo, “y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas”.

Ese arremeter con fuerzas para conquistar, aquí la búsqueda sacrificada de la oveja extraviada, es generado por el amor al objeto amado que se quiere poseer. En el caso de Dios para que el alma perdida se encuentre con Él que es el Bien que busca.

Dios parece interesadísimo por cada una de las almas y eso que nada le agrega la criatura a Dios. Él es perfecto y quiere ser el objeto de amor de todos los hombres para que los hombres alcancen la felicidad y la perfección que buscan. Ese amor es el que lo lleva a desvivirse por nosotros y quiere que nosotros hagamos lo mismo con nuestros hermanos.

            Un detalle interesante en esta parábola y en todas las de la misericordia es que los que son encontrados se han quedado solos, situación del pecador y de los condenados.

            La parábola de la oveja perdida manifiesta el fin de la Encarnación: la salvación de los hombres y el nombre del encarnado: Jesús, el Salvador.

Jesús quiere salvar a todos y le importa mucho salvar al descarriado dejando para ello a las ovejas que están en el redil. ¿Por qué? Porque “no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”.

Nosotros, si queremos ser como Jesús “Buen Pastor”, tenemos que buscar a los pecadores, ayudarlos a salir de su pecado sin ahorrar esfuerzos ni fatigas, en especial, a los más necesitados de la misericordia divina y no tenemos que hacer difícil su retorno al redil trayéndolos a los golpes, regañando y con improperios porque ya es difícil el volver y es una gracia quererlo. Aprendamos de Jesús. El cargó sobre sus hombros a la oveja descarriada, cargó parte de su pecado o todo, aunque falta cargar en cada una de las ovejas descarriadas su cruz[20], y la trajo alegremente de regreso.

Esta actitud divina choca a nuestra lógica humana, la aniquila, porque debemos empezar a pensar, querer y vivir como Dios y no querer que Dios piense, quiera y viva como nosotros.

Ayudémonos unos a otros a llevar nuestras cargas, busquémonos entre nosotros para vivir juntos en el redil de Jesús, no nos desentendamos de las ovejas errantes, de los pecadores, porque si estamos entre las noventa y nueve ovejas del redil todavía no estamos confirmados en ese estado, además, alguna o muchas veces nos trajeron en hombros porque errábamos alejados ¿o acaso hay alguno que no fue oveja errante? ¿Y de las noventa y nueve cuál no fue rescatada por la Sangre de Jesús?

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[1] Cf. Is 55, 8
[2] Teodoro de Heraclea, La Biblia Comentada por los Padres de la Iglesia, Nuevo Testamento (1 b), Ciudad Nueva Madrid 2006, 104.
[3] Si 3, 6
[4] Cromacio de Aquileya, La Biblia Comentada por los Padres de la Iglesia, Nuevo Testamento (1 b)…, 105.
[5] S. Tomás, Catena Áurea…, Orígenes a Mt 18, 10-14
[6] S. Tomás, Catena Áurea…, San Juan Crisóstomo a Mt 18, 10-14
[7] S. Tomás, Catena Áurea…, San Gregorio a Mt 18, 10-14
[8] I, 20, 4 ad 4.
[9] Rm 11, 33-34
[10] Sal 138, 6.17
[11] Is 40, 13
[12] Is 40, 28
[13] 1 Co 1, 25
[14] 1 Co 2, 16
[15] 1 Tm 2, 3
[16] Catecismo de la Iglesia Católica nº 846. Asociación de Editores del Catecismo Bilbao 19979. En adelante Cat. Igl. Cat.
[17] Rm 9, 29-30
[18] 1 Jn 4, 10
[19] Cf. E.E. nº 235-6
[20] Cf. Col 1, 24

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Directorio Homilético

 

Vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 210-211: Dios de la misericordia

CEC 604-605, 1846-1848: Dios tiene la iniciativa de la Redención

CEC 1439, 1700, 2839: el hijo pródigo, ejemplo de conversión

CEC 1465, 1481: el hijo pródigo y el Sacramento de la Penitencia

“Dios misericordioso y clemente”

143Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cf. Ex 33,12-17). A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: “Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH” (Ex 33,18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y  proclama: “YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex 34,9).

144El Nombre Divino “Yo soy” o “El es” expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, “mantiene su amor por mil generaciones” (Ex 34,7). Dios revela que es “rico en misericordia” (Ef 2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que él mismo lleva el Nombre divino: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy” (Jn 8,28)

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).

605    Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: “De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18, 14). Afirma “dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: “no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo” (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

I        LA MISERICORDIA Y EL PECADO

1846  El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1847  “Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín, serm. 169,11,13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos: `no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1,8-9).

1848  Como afirma S. Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

          La conversión exige la convicción del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: “Recibid el Espíritu Santo”. Así, pues, en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una “doble dádiva”: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (DeV 31).

1439  El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

1700. La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo 1); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artícul o 2). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo 3). Por sus actos deliberados (artículo 4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo 5). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo 6). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si lo cometen, recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo 8). Así acceden a la perfección de la caridad.

Perdona nuestras ofensas

2839  Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).

1465  Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

1481  La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón: “Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando derramó lágrimas sobre sus pies, y al publicano, y al pródigo, que este mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El que es bendito por los siglos de los siglos. Amén.”

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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