Archivos mensuales: septiembre 2016

Domingo XXVII Tiempo Ordinario (C)

02
octubre

Domingo XXVII Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

 DescargarPDF - ive

Texto Litúrgico

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Directorio Homilético

#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXVII Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 2 de Octubre de 2016)

LECTURAS

El justo vivirá por su fidelidad

Lectura de la profecía de Habacuc     1, 2-3; 2, 2-4

¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio
sin que tú escuches,
clamaré hacia ti: «¡Violencia!»,
sin que tú salves?
¿Por qué me haces ver la iniquidad
y te quedas mirando la opresión?
No veo más que saqueo y violencia,
hay contiendas y aumenta la discordia.

El Señor me respondió y dijo:
Escribe la visión,
grábala sobre unas tablas
para que se la pueda leer de corrido.
Porque la visión aguarda el momento fijado,
ansía llegar a término y no fallará;
si parece que se demora, espérala,
porque vendrá seguramente, y no tardará.
El que no tiene el alma recta, sucumbirá,
pero el justo vivirá por su fidelidad.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 94, 1-2. 6-9 (R.: 8)

R. ¡Ojalá hoy escuchen la voz del Señor!

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta Él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor! R.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que él apacienta, las ovejas conducidas por su mano. R.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras». R.

No te avergüences del testimonio de nuestro Señor

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo     1, 6-8. 13-14

Querido hermano:
Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad.
No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios.
Toma como norma las saludables lecciones de fe y de amor a Cristo Jesús que has escuchado de mí. Conserva lo que se te ha confiado, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

Palabra de Dios.

ALELUIA     1Ped 1, 25

Aleluia.
La Palabra del Señor permanece para siempre.
Ésta es la Palabra que les ha sido anunciada: el Evangelio.
Aleluia.

EVANGELIO

Si tuvieras fe

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     17, 3b-10

Dijo el Señor a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo».
Los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Él respondió: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería.
Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: “Ven pronto y siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”».

Palabra del Señor

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XXVII Tiempo Ordinario
Ciclo C

Entrada        

Debemos concurrir con fe al sacrificio de la Cruz y unirnos vitalmente en la ofrenda y en el espíritu sacrificial de Cristo. De este modo, la Santa Misa es también nuestro sacrificio.

1° Lectura                  Hab 1, 2-3; 2, 2-4     

El justo vivirá por la fe, y sin ella es imposible agradar a Dios.

2° Lectura       2Tim 1, 6-8.13-14                             

Conservemos el precioso depósito de la fe, bajo la acción del Espíritu Santo que mora en nosotros.

Evangelio             Lc 17, 3-10

La fe es fundamento de las cosas que se esperan; la fe es prueba de las cosas que no se ven. El hombre se salvará por su fe en Cristo.

Preces

            Elevemos nuestras súplicas a Cristo, quien por la fe habita en nuestros corazones, y digámosle confiadamente.

A cada intención respondemos…

+ Por nuestro Santo Padre Francisco, para que el depósito de la fe a él confiado se extienda hasta los confines del mundo. Oremos…

+ Por los ministros del altar, para que la oración y la unión fraterna entre los sacerdotes, alivie su cansancio, los conforte en sus tristezas y no decaigan ante las tribulaciones. Oremos…

+ El mes de octubre está dedicado a la promoción de las misiones en tierras donde todavía no conocen a Cristo. Pidamos a Dios que envíe abundantes misioneros que difundan el nombre de Jesús por todo el orbe y pidamos que fortalezca a los misioneros católicos que se gastan y desgastan por el Evangelio. Oremos.

+ Para que las Universidades católicas sean cada vez más lugares donde, gracias a la luz del Evangelio, sea posible experimentar la armónica unidad que hay entre razón y fe. Oremos.

+ Por todas las familias, para que los esposos, unidos en vínculos de estrecha caridad, ejerzan un espíritu de verdadera paternidad para con sus hijos. Oremos…

+ Para que, al comienzo del mes dedicado al Santo Rosario, comprendamos el valor inmenso de esta oración y hagamos de este mes una gran plegaria a Dios por intercesión de la Santísima Virgen. Oremos…

Recibe, Señor, nuestra oración y con ella a nosotros que en esta Eucaristía alimentamos el deseo de seguirte. Tú que vives y reines por los siglos de los siglos.

Ofertorio       

Llevemos al altar nuestras ofrendas, manifestando nuestra fe y devoción para participar en el Sacrificio eucarístico.

–          Ofrecemos cirios para el servicio del altar

–          En el pan y el vino que ofrecemos y que se convertirán en el Cuerpo y Sangre de Jesús, le pedimos a Dios que acepte toda nuestra vida.

Comunión     

Jesús, tú eres esperanza de los arrepentidos. ¡Qué tierno eres con los que te desean! ¡Qué bueno eres con los que te buscan! ¿Qué no serás, entonces, para el que te encuentra?

Salida

Que María, la Estrella que guía nuestro caminar hacia la Patria, acompañe los pasos de la Iglesia peregrina en la fe.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Tres indicaciones para los discípulos

3b Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente perdónalo. 4 Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces vuelve hacia ti para decirte: Me arrepiento, lo has de perdonar.

¿Cómo se ha de restablecer y mantener la paz? Los discípulos son una comunidad de hermanos. Si tu hermano peca… Hermanos se llamaban los compatriotas y correligionarios judíos; este título pasó a los cristianos. Deben proceder como hermanos que tienen solicitud por la santificación de los hermanos. La comunidad fraterna de los discípulos no es una comunidad de santos exenta de faltas. Cuando peca el hermano, cuando peca contra el hermano, éste no debe permanecer impasible; se trata, en efecto, de la salvación del hermano. Lo primero que hay que hacer es reprenderlo. El que lo deja obrar a su talante sin preocuparse de su pecado, se hace culpable: «No odies en tu corazón a tu hermano, pero repréndelo para no cargarte tú por él con un pecado» (Lev_19:17). La palabra de amonestación inducirá al hermano a corregirse. Si éste reconoce su culpa y se convierte, entonces debe el hermano perdonar al hermano.

La comunidad de los discípulos se santifica cuando un hermano perdona al otro, le perdona una y otra vez a pesar de las recaídas, siete veces al día, siempre que haga falta, sin límite alguno. Si el discípulo perdona a su hermano, también Dios le perdonará a él su propia culpa (Lev_11:4). Con la solicitud de todos por la salvación del hermano y con el perdón de todas las ofensas personales y de todos los agravios experimentados viene a ser el pueblo de Dios un pueblo santo. También aquí, como en el caso del perdón de Dios, el arrepentimiento y conversión es la base de todo.

d) Bienaventurado el pobre (/Lc/17/05-10)

5 Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe. 6 Respondió el Señor: Si tenéis una fe del tamaño de un granito de mostaza, podéis decir a este sicómoro: Desarráigate y plántate en el mar, y os obedecerá.

¿Quién puede cumplir las exigencias radicales de Jesús? ¿Su exposición y superación de la ley? ¿La decisión radical en favor de Dios contra el asalto del Mamón? Una vez que Jesús, en otra ocasión, expuso sus exigencias radicales, dijeron sus oyentes: «¿y quién podrá salvarse?» Pero él explicó que lo que es imposible al hombre es posible a Dios (Lev_18:26). Ahora hablan los apóstoles. Han comprendido que a su fe hay que añadirle fe si han de cumplir lo que exige Jesús. Aguardan de Jesús la fuerza de cumplir lo que él les pide. Jesús anuncia la salvación y también sus condiciones, y da la fuerza para cumplirlas. él es poderoso en obras y en palabras.

El don salvífico fundamental es la fe. Con la fe se domina lo más difícil; a la fe se ha prometido la salvación. El grano de mostaza es la más pequeña de todas las semillas (Mar_4:31). apenas tan grande como una cabeza de alfiler.

La fuerza de las raíces del sicómoro negro es tan grande que este árbol puede estar en pie en la tierra 600 años, pese a todas las inclemencias del tiempo. sin embargo, una sola palabra proferida con el mínimo de verdadera confianza en Dios podría hacer que tal árbol se arrancara y se transplantara al mar. Por mar se entiende aquí el lago de Genesaret. Dios da fuerza divina para cumplir los imperativos de Jesús, si el que sigue a Jesús cree que con él se ha inaugurado el tiempo de salvación y si pone toda su confianza en lo que él anuncia. Jesús anuncia el reino misericordioso de Dios.

Quien reconoce su propia pobreza e incapacidad mediante una confianza sin límites en la obra salvífica de Dios por Jesús, alcanza algo sobrehumano, la nueva vida. En él se glorifica Dios. Lázaro, el pobre mendigo que, con su nombre, anuncia la misericordia de Dios, descansa en el seno de Abraham. La fe da participación en la poderosa vida de Dios la cual no tiene límites. Si el discípulo ha de perdonar siete veces al días, esto es efecto de la infinita misericordia de su amor que perdona, representado por las parábolas relativas al amor de Dios, a los pecadores.

7 ¿Quién de vosotros que tenga un criado arando o guardando el ganado, le dirá al llegar éste del campo: Anda, ponte en seguida a la mesa, 8 y no le dirá más bien: Prepárame de cenar, y disponte a servirme hasta que yo coma y beba; que luego comerás y beberás tú? 9 ¿Acaso tiene que dar las gracias al criado, por haber hecho éste lo que se le mandó?

Al igual que este labrador procederían todos aquellos de los que habla Jesús. El criado trabaja en el campo, contratado por un año. Por ello tiene el labrador derecho a toda su capacidad de trabajo. El criado tiene que arar, cuidar del ganado y desempeñar en la casa todos los servicios, ocuparse de la cocina y de la mesa. Las exigencias del labrador, que por cierto es de los pequeños -sólo tiene un criado para todas las labores-, son irritantes. El criado ha trabajado en el campo, mientras el labrador se estaba en casa; el criado vuelve a casa fatigado, y el labrador está a la mesa y se deja servir por él; el criado tiene hambre tras una jornada de trabajo, pero tiene que aguardar hasta que haya comido su amo. El labrador no le da las gracias; hace sencillamente valer sus derechos. En efecto, el criado es eso, criado, y tiene que hacer lo que se le mande. Jesús no se pronuncia sobre esta situación social, irritante para nuestro modo de sentir; la toma sencillamente como imagen para una parábola.

10 Pues igualmente vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer.

La parábola no trata de ofrecer un retrato de Dios, sino únicamente hablar de la actitud del hombre ante Dios. El servicio de Dios es un servicio de criados. Dios da el encargo, el hombre tiene que cumplirlo. El deber pesa sobre el hombre como la responsabilidad civil sobre el deudor. Dios no le debe nada, él lo debe todo a Dios. él no tiene exigencias que formular a Dios; Dios no le debe la menor recompensa, ni siquiera gratitud. Incluso si el criado ha hecho todo lo que se le había encargado, no ha hecho sino cumplir su deber. El criado es, en efecto, eso, criado, pobre criado, que no sirve para otra cosa sino para ser su criado, simple criado y nada más. El discurso profético de Jesús sostiene sin miramientos los derechos de Dios, aunque se ve rebajado casi hasta la nada aquel a quien afectan estos derechos. Así, el hombre viene a ser precisamente libre, vaciándose y dilatándose, para que Dios le otorgue los bienes del reino. Bienaventurados los pobres, pues de ellos es el reino de Dios.

Los doctores de la ley entre los fariseos conciben la relación entre Dios y el hombre como una relación contractual: yo doy para que tú des, prestación por prestación. Si se cumple la ley, si se hace lo que Dios tiene encargado, entonces debe Dios recompensa. La parábola de Jesús descarta tal mentalidad. Dios no debe nada, ni siquiera las gracias. El hombre no es sino un simple criado. En Lucas va dirigida la parábola a los apóstoles. Lo han dejado todo y han seguido a Jesús (5,11), han cumplido con sus exigencias radicales. ¿Pueden hacer valer su prestación? ¿Pueden invocar derechos ante Dios? Según san Mateo, san Pedro dirige a Jesús la pregunta: «Mira: nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué habrá, pues, para nosotros?» (Mat_19:27). Pedro aguarda su recompensa. Este pensar en la recompensa se descarta mediante la parábola de los trabajadores de la viña (Mat_20:1-16). La recompensa de Dios no corresponde a la prestación del hombre. Lo que nosotros llamamos recompensa es don de la bondad divina. Lucas cierra su composición relativa a las exigencias radicales de Jesús con esta parábola del pobre criado. Los apóstoles que lo han dejado todo sólo pueden decir: Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer. Son criados de Dios que erige su reino, otorga su misericordia proclamándola, hace visible por ellos su magnificencia. En este servicio no pasan ellos nunca de ser simples criados, que sólo hacen aquello a que están obligados. Pablo escribe: «Anunciar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es necesidad que pesa sobre mí. ¡Y ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Co_9:16). El cristiano que cree haberlo hecho todo, no tiene derecho a formular exigencias a Dios. La actitud que pinta Jesús conserva la paz en la comunidad, pese a todas las diferencias entre las personas (Rom_15:1-2).

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        Xavier Leon – Dufour

Fe

Para la Biblia es la fe la fuente de toda la vida religiosa. Al designio que realiza Dios en el tiempo, debe el hombre responder con la fe. Siguiendo las huellas de Abraham, “padre de todos los creyentes” (Rom 4, 11), los personajes ejemplares del AT vivieron y murieron en la fe (Heb 11), que Jesús “lleva a su perfección” (Heb 12,2). Los discípulos de Cristo son “los que han creído” (Act 2,44) y “que creen” (lTes 1,7).

La variedad del vocabulario hebreo de la fe refleja la complejidad de la actitud personal del creyente. Dos raíces dominan sin embargo : aman (cf. *amen) evoca la solidez y la seguridad; hatah, la seguridad y la *confianza. El vocabulario griego es todavía más diverso. La religión griega, en efecto, no dejaba prácticamente lugar para la fe ; los LXX, que no disponían por tanto de palabras apropiadas para reproducir el hebreo, procedieron a tientas. A la raíz hatah corresponden sobre todo: elpis, elpizo, pepoitha (Vulg.: spes, sperare, confido); a la raíz aman: pistis, pisteuo, aletheia (Vulg.: fides, credere, veritas). En el NT las últimas palabras griegas, relativas a la esfera del conocimiento, resultan netamente predominantes. El estudio del vocabulario revela ya que la fe según la Biblia tiene dos polos: la confianza que se dirige a una persona “fiel” y reclama al hombre entero; y por otra parte un proceso de la inteligencia, a la que una palabra o signos sirven para acercarse a realidades que no se ven (Heb 11,1).

Abraham, padre de los creyentes. Yahveh llama a *Abraham, cuyo padre “servía a otros dioses” en Caldea (los 24,2; cf. Jdt 5,6ss), y le promete una tierra y una descendencia numerosa (Gén 12,1s). Contra toda verosimilitud (Rom 4,19), Abraham “cree en Dios” (Gén 15,6) y en su palabra, obedece a esta *vocación y pone toda su existencia en función de esta *promesa. El día de la *prueba su fe será capaz de sacrificar al hijo, en el que se está realizando ya la promesa (Gén 22); en efecto, para ella la *palabra de Dios es todavía más verdadera que sus frutos: Dios es *fiel (cf. Heb 11,11) y todo *poderoso (Rom 4,21).

Abraham es desde ahora el tipo mismo del creyente (Eclo 44,20). Es el precursor de los que descubrirán al verdadero Dios (Sal 47,10; cf. Gál 3,8) o a su Hijo (Jn 8,31-41.56), a los que para su salud se remitirán únicamente a Dios y a su palabra (1Mac 2,52-64; Heb 11,8-19). Un día se cumplirá la promesa en la resurrección de Jesús, descendencia de Abraham (Gál 3,16; Rom 4,18-25). Abraham será entonces el “padre de una multitud de pueblos” (Rom 4, 17s; Gén 17,5): todos los que en la fe se unirán con Jesús.

AT. La fe de Israel tiene por objeto primero un acontecimiento : la liberación de Egipto, y se expresa en una serie de fórmulas. Con ocasión de las grandes fiestas del año, el israelita recuerda su Credo (Dt 26,5-10) y lo transmite a sus hijos (Ex 12, 26; 13,8; Dt 6,20). Israel no cree más que en su Dios : su historia es la de las vicisitudes y del desarrollo de su fe.

I. LA FE, EXIGENCIA DE LA ALIANZA. El Dios de Abraham *visita en Egipto a su infortunado pueblo (Éx 3, 16). Llama a Moisés, se le revela y le promete “estar con él” para llevar a Israel a su *tierra (Ex 3,1-15). Moisés, “como si viera lo invisible”, responde a este gesto divino con una fe que “se mantendrá firme” (Heb 11, 23-29) pese a eventuales flaquezas (Núm 20,1-12; Sal 106,32s). Como *mediador comunica al pueblo el designio de Dios, mientras que sus *milagros indican el origen de su *misión. Israel es así llamado a “creer en Dios y en Moisés, su servidor” (E 14,31; Heb 11 19) con absoluta confianza (Núm 14,11; Éx 19,9).

La *alianza consagra esta implicación de Dios en la historia de Israel. En cambio, pide a Israel que *obedezca a la *palabra de Dios (Éx 19,3-9). Ahora bien, “*escuchar a Yahveh” es ante todo “creer en él” (Dt 9,23; Sal 106,24s); la alianza exige, pues, la fe (cf. Sal 78,37). La vida y la muerte de Israel de-penderán en adelante de su libre *fidelidad (Dt 30,15-20; 28; Heb 11,33) en mantener el amén de la fe (cf. Dt 27,9-26) que ha hecho de él el *pueblo de Dios. A pesar de las innumerables infidelidades de que está entretejida la historia de la travesía del desierto, de la conquista de la tierra prometida y del estable-cimiento en Canaán, esta epopeya pudo resumirse así: “Por la fe cayeron las murallas de Jericó… y me falta tiempo para hablar de Gedeón, Baraq, Sansón, Jefté, David” (Heb 11,30ss).

Según las promesas de la alianza (Dt 7,17-24; 31,3-8), la omnipotente fidelidad de Yahveh se había manifestado siempre al servicio de Israel, cuando Israel había tenido fe en ella. Así pues, proclamar estas maravillas del pasado como la gesta del Dios invisible era para Israel *confesar su fe (Dt 26,5-9; cf. Sal 78; 105) conservando la *memoria del amor de Yahveh (Sal 136).

II. LOS PROFETAS DE LA FE DE ISRAEL EN PELIGRO. Las dificultades de la existencia de Israel hasta su ruina fueron una dura *tentación para su fe. Los profetas denunciaron la *idolatría (Os 2,7-15; Jer 2,5-13) que suprimía la fe en Yahveh, el formalismo cultual (Am 5,21; Jer 7,22s) que limitaba mortalmente sus exigencias, la prosecución de la salud por la fuerza de las armas (Os 1,7; Is 31,1ss).

Isaías fue el más señalado de estos heraldos de la fe (Is 30,15). Llama a Ajaz del *temor a la *confianza tranquila en Yahveh (7,4-9; 8,5-8) que mantendrá sus promesas a la casa de David (2Sa 7; Sal 89,21-38). Inspira a Ezequías la fe que permitirá a Yahveh salvar a Jerusalén (2Re 18-20). Por la fe descubre él la paradójica *sabiduría de Dios (Is 19,11-15; 29,13-30,6; cf. 1Cor 1,19s).

La fe de Israel estuvo especialmente amenazada en la ocasión de la toma de Jerusalén y del *exilio. Israel, “miserable y pobre” (Is 41, 17), corría peligro de atribuir su suerte a la impotencia de Yahveh y de volverse hacia los dioses de Babilonia victoriosa. Los profetas proclaman entonces la omnipotencia del Dios de Israel (Jer 32,27; Ez 37,14), creador del mundo (Is 40,28s; cf. Gén 1), señor de la historia (Is 41, 1-7; 44,24s), *roca de su pueblo (44,8; 50,10). Los *ídolos no son nada (44,9-20). “No hay dios fuera de Yahveh” (44,6ss; 43,8-12; cf. Sal 115,7-11): pese a todas las apariencias, merece siempre una confianza total (Is 40,31; 49,23).

III. Los PROFETAS Y LA FE DEL ISRAEL FUTURO. En conjunto, Israel no escuchó el llamamiento lanzado por los profetas (Jer 29,19). Para oirlo hubiera debido primero creer en los profetas (Tob 14,4), como en otro tiempo en Moisés (Ex 14,31). Pero también le hablaban falsos profetas (Jer 28,15; 29,31): ¿cómo discernir los verdaderos de los falsos (23,9-32; Dt 13,2-6; 18,9-22)? Sin embargo, la verdadera dificultad se hallaba en la fe misma, por razón de su contenido, de su objeto, de sus exigencias.

1. La fe personal de los profetas. En primer lugar en los *profetas mismos se transmite la autenticidad de la fe. El fracaso de su predicación los forzaba a renovar su fe en la *vocación y en la *misión recibidas de Dios (cf. Heb 11,33-40). A veces se mantenía inquebrantable desde los orígenes (Is 6; ‘8.17; 12,2; 30,18); a veces vacilaba antes de afirmarse frente a un llamamiento exigente (Jer 1) o era probada por una aparente ausencia de Dios (1Re 19; Jer 15,10-21; 20,7-18), antes de llegar a una tranquila firmeza (Jer 26; 37-38). Esta fe irradiaba en un grupo más o menos amplio de *discípulos (Is 8,16; Jer 45), que constituía por adelantado el resto prometido.

2. La fe del pueblo venidero. El fracaso del llamamiento a arrastrar a Israel entero por el camino de la fe induce a los profetas a profundizar las promesas del Dios fiel y a aguardar en el futuro la fe perfecta. El Israel futuro será reunido por la fe en la *piedra misteriosa de Sión (Is 28,16; cf. lPe 2,6s); el *resto de Israel será un pueblo de *pobres a los que reúne su *confianza en Dios (Miq 5,6s; Sof 3,12-18). En efecto, sólo “el justo vivirá, por su fidelidad (LXX = su fe)” (Hab 2,4); la salvación es para los que superan la *prueba (Mal 3,13-16). En estas visiones del futuro la fe se llama *conocimiento (Jer 31,33s), y supone que Dios ha renovado definitivamente los *corazones (32,39s; Ez 36, 26) haciéndolos perfectamente *obedientes (36,27). Supone finalmente el sacrificio del *siervo de Yahveh: en una prueba que va hasta la muerte (Is 50,6; 53), la fe “endurece su rostro” en una confianza absoluta en Dios (50,7ss; cf. Lc 9,51), que el porvenir justificará plenamente (Is 53,I4ss; cf. Sal 22).

Ahora bien, el pueblo venidero no comprende solamente al Israel histórico, sino que se extiende incluso a las *naciones. La *misión del siervo las alcanza efectivamente (Is 42, 4; 49,6). El Israel futuro, pueblo de la fe, se abre a todos los que reconocen al Dios único (43,10), lo *confiesan (45,14; 52,15s; cf. Rom 10, 16) y cuentan con su poder para ser salvos (Is 51,5s).

IV. HACIA LA REUNIÓN DE LOS CREYENTES. En los siglos que siguen al exilio la comunidad judía tiende a configurarse al Israel futuro anunciado por los profetas, aunque sin llegar a vivir en una verdadera “asamblea de creyentes” (lMac 3,13).

1. La fe de los sabios, de los pobres y de los mártires. Como los profetas, también los sabios de Israel sabían hacía tiempo que para ser “salvos” sólo podían contar con Yahveh (Prov 20,22). Cuando toda salvación resulta inaccesible en el plano visible, la *sabiduría requiere una confianza total en Dios (Job 19,25s), con una fe que sabe que Dios es siempre omnipotente (Job 42,2). En esto están los sabios muy cerca de los *pobres que cantaron su confianza en los salmos.

El salterio entero proclama la fe de Israel en Yahveh, Dios único (Sal 18,32; 115), creador (8; 104) todo-poderoso (29), señor fiel (89) y misericordioso (136) para con su pueblo (105), rey universal del futuro (47; 96-99). No pocos salmos expresan la confianza de Israel en Yahveh (44; 74; 125). Pero los más altos testimonios de fe son *oraciones, en las que la fe de Israel se expansiona en una confianza individual de rara calidad. Fe del justo perseguido, en Dios que lo salvará tarde o temprano (7; 11; 27; 31; 62); confianza del pecador en la misericordia de Dios (40, 13-18; 51; 130); seguridad apacible en Dios (4; 23; 121; 131) más fuerte que la muerte (16; 49; 73): tal es la oración de los pobres, reunidos por la certeza de que por encima de toda prueba (22) les reserva Dios la buena nueva (Is 61,1 ; cf. Lc 4,18) y la posesión de la tierra (Sal 37,11; cf. Mt 5,4).

Por primera vez sin duda en su historia (cf. Dan 3) se enfrenta Israel después del exilio con una sangrienta *persecución religiosa (IMac 1,62ss; 2,29-38; cf. Heb 11,37s). Los *mártires mueren no sólo a pesar de su fe, sino por causa de la misma. Sin embargo, la fe de los mártires no flaquea al afrontar esta suprema ausencia de Dios (IMac 1,62); incluso se profundiza hasta esperar, por la fidelidad de Dios, la *resurrección (2Mac 7; Dan 12,2s) y la inmortalidad (Sab 2,19s; 3,1-9). Así la fe personal, afirmándose cada vez más, reúne poco a poco el *resto, beneficiario de las promesas (Rom 11,5).

2. La fe de los paganos convertidos. Por la misma época pasa por Israel una corriente misionera. Como en otro tiempo Naamán (2Re 5), no pocos paganos creen en el Dios de Abraham (cf. Sal 47,10). Entonces se escribe la historia de los ninivitas, a los que la predicación de un solo profeta, para vergüenza de Israel, induce a “creer en Dios” (Ion 3,4s; cf. Mt 12(41); la de la conversión de Nabucodonosor (Dan 3-4) o de Ajior, que “cree y entra en la casa de Israel” (Jdt 14,10; cf. 5,5-21): Dios deja a las *naciones el tiempo de “creer en él” (Sab 12,2; cf. Eclo 36,4).

3. Las imperfecciones de la fe de Israel. La persecución suscita mártires, pero también combatientes que se niegan a morir sin luchar (IMac 2,39ss) para liberar a Israel (2,11). Contaban con Dios para que les procurase la *victoria en una lucha desigual (2,49-70; cf. Jdt 9,11-14). Fe, admirable en sí misma (cf. Heb 11,34.39), pero que coexistía con una cierta confianza en la *fuerza humana.

Otra imperfección amenazaba a la fe de Israel. Mártires y combatientes habían muerto por fidelidad a Dios y a la *ley (IMac 1,52-64). Israel, en efecto, había acabado por comprender que la fe implicaba la *obediencia a las exigencias de la alianza. En esta línea estaba amenazada por el peligro al que sucumbirán no pocos *fariseos: el formalismo que se interesaba más por las exigencias rituales que por los llamamientos religiosos y morales de la *Escritura (Mt 23,13-30), *soberbia que se fiaba más del hombre y de sus *obras para su justificación, que de Dios sólo (Lc 18,9-14).

La confianza de Israel en Dios no era, pues, pura, en parte porque seguía subsistiendo un velo entre su fe y el designio de Dios anunciado por la Escritura (2Cor 3,14). Por lo de-más, la verdadera fe sólo se había prometido al Israel futuro. Por su parte los paganos podían compartir difícilmente una fe que por lo pronto desembocaba en una *esperanza nacional o en exigencias rituales demasiado pesadas. Además, ¿qué hubieran ganado con ello (Mt 23, 23)? Finalmente, adherirse a la fe de los pobres no podía hacer a los paganos participar en una salvación que no era todavía más que una esperanza. Así pues, Israel, y las naciones, no tenían otra salida sino esperar a aquel que llevaría la fe a su perfección (Heb 12,2; cf. 11, 39s) y recibiría el Espíritu “objeto de la promesa” (Act 2,33).

NT. 1. LA FE EN EL PENSAMIENTO Y EN LA VIDA DE JESÚS. 1. Las preparaciones. La fe de los *pobres (cf. Le 1,46-55) es la que acoge el primer anuncio de la salvación. Imperfecta en Zacarías (1,18ss; cf. Gén 15,8), ejemplar en María (Lc 1,35ss.45; cf. Gén 18,4), compartida poco a poco por otros (Lc 1-2 p). no se deja ocultar la iniciativa divina por la humildad de las apariencias. Los que creen en Juan Bautista son también pobres, conscientes de su pecado, y no *fariseos soberbios (Mt 21,23-32). Esta fe los reúne sin que ellos se percaten alrededor de Jesús, venido en medio de ellos (3, 11-17 p), y los orienta hacia la fe en él (Act 19,4; cf. Jn 1,7).

2. La fe en Jesús y en su palabra. Todos podían “oir y ver” (Mt 13,13 p) la *palabra y los *milagros de Jesús, que proclamaban la venida del reino (11,3-6 p: 13,16-17 p). Pero “escuchar la palabra” (11,15 p; 13,19-23 p) y “hacerla” (7,24-27 p ; cf. Dt 5, 27), *ver verdaderamente, en una palabra: creer (Mc 1,15; Lc 8,12; cf. Dt 9,23), fue cosa propia de los *discípulos (Lc 8,20 p). Por otra par-te, palabra y milagros planteaban la cuestión: “¿Quién es éste?” (Mc 5, 41; 6,1-6.14ss p). Esta cuestión fue una *prueba para *Juan Bautista (Mt 11,2s) y un *escándalo para los fariseos (12,22-28 p; 21,23 p). La fe requerida para los milagros (Lc 7, 50; 8,48) sólo respondía a esta cuestión parcialmente reconociendo la omnipotencia de Jesús (Mt 8,2; Mc 9,22s). Pedro dio la verdadera respuesta : “Tú eres el Cristo” (Mt 16,13-16 p). Esta fe en Jesús une ya desde ahora a los discípulos con él y entre sí haciéndoles compartir el secreto de su persona (16,18-20 p).

En torno a Jesús que es *pobre (11,20) y se dirigió a los pobres (5, 2-10 p; 11,5 p) se constituyó así una comunidad de pobres, de “pequeños” (10,42), cuyo vínculo, más precioso que nada, es la fe en él y en su pa-labra (18,6-10 p). Esta fe viene de Dios (11,25 p; 16,17) y será compartida un día por las *naciones (8, 5-13 p; 12,38-42 p). Las profecías se cumplen.

3. La perfección de la fe. Cuando Jesús, el siervo, emprende el camino de Jerusalén para *obedecer hasta la *muerte (Flp 2,7s), “endurece su rostro” (Lc 9,51 ; cf. Is 50,7). En presencia de la muerte “lleva a su *perfección” la fe (Heb 12,2) de los pobres (Le 23,46 = Sal 31,6; Mt 27,46 p = Sal 22), mostrando una confianza absoluta en “el que podía”, por la resurrección, “salvarle de la muerte” (Heb 5,7).

Los discípulos, a pesar de su conocimiento de los *misterios del reino (Mt 13,11 p), se lanzaron con dificultad por el camino, per el que debían *seguir en la fe al *Hijo del hombre (16,21-23 p). La confianza que excluye todo *cuidado y todo *temor (Lc 12,22-32 p) no les era habitual (Mc 4,35-41; Mt 16,5-12 p). Consiguientemente, la *prueba de la pasión (Mt 26,41) será para ellos un *escándalo (26,33). Lo que entonces ven exige mucho a la fe (cf. Mc 15, 31s). La misma fe de Pedro, aunque no desapareció, pues Jesús había orado por ella (Lc 22,32), no tuvo el valor de afirmarse (22,54-62 p). La fe de los discípulos tenía todavía que dar un paso decisivo para llegar a ser la fe de la Iglesia.

II. LA FE DE LA IGLESIA. 1. La fe pascual. Este paso lo dieron los discípulos cuando, después de no pocas vacilaciones (Mt 28,17; Mc 16,11-14; Le 24,11), creyeron en la *resurrección de Jesús. *Testigos de todo lo que había dicho y hecho Jesús (Act 10,39), lo proclaman “Señor y Cristo”, en quien se cumplen invisiblemente las promesas (2,33-36). Su fe es ahora capaz de ir “hasta la sangre” (cf. Heb 12,4). Hacen llamamiento a sus oyentes para que la compartan a fin de participar de la promesa obteniendo la remisión de sus pecados (Act 2,38s; 10,43). Ha nacido la fe de la Iglesia.

2. La fe en la palabra. Creer es, en primer lugar, acoger esta *predicación de los testigos, el *Evangelio (Act 15,7; lCor 15,2), la *palabra (Act 2,41; Rom 10,17; IPe 2,8), *confesando a Jesús como *señor (ICor 12,3; Rom 10,9; cf. lJn 2,22). Este mensaje inicial, transmitido como una *tradición (lCor 15,1-3), podrá enriquecerse y precisarse en una *enseñanza (lTim 4,6; 2Tim 4,1-5): esta palabra humana será siempre para la fe la palabra misma de Dios (ITes 2,13). Recibirla es para el pagano abandonar los *ídolos y volverse hacia el *Dios vivo y verdadero (1Tes 1,8ss), y para todos es reconocer que el *Señor Jesús realiza el designio de Dios (Act 5,14; 13,27-37; cf. lJn 2,24). Es *confesar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo recibiendo el *bautismo (Mt 28,19).

Esta fe, como lo verá Pablo, abre a la inteligencia “los tesoros de la *sabiduría y de *conocimiento” que hay en Cristo (Col 2,3): la sabiduría misma de Dios revelada por el Espíritu (lCor 2), tan diferente de la sabiduría humana (lCor 1,17-31; cf. Sant 2,1-5; 3,13-18; cf. Is 29,14) y el conocimiento de Cristo y de su amor (Flp 3,8; Ef 3,19; cf. IJn 3,16).

3. La fe y la vida del bautizado. El que ha creído en la palabra, introducido en la Iglesia por el bautismo, participa en la enseñanza, en el espíritu, en la “liturgia” de la Iglesia (Act 2,41-46). En efecto, en ella realiza Dios su *designio obrando la salvación de los que creen (2,47; lCor 1,18): la fe se desarrolla en la ‘obediencia a este designio (Act 6,7; 2Tes 1,8). Se despliega en la actividad (1Tes 1,3; Sant 1,21s) de una vida moral fiel a la *ley de Cristo (Gál 6,2; Rom 8,2; Sant 1,25; 2, 12); actúa por medio del *amor fraterno (Gál 5,6; Sant 2,14-26). Se mantiene en una *fidelidad capaz de afrontar la muerte a ejemplo de Jesús (Heb 12; Act 7,55-60), en una *confianza absoluta en aquel “en quien ha creído” (2Tim 1,12; 4,17s). Fe en la palabra, obediencia en la confianza : tal es la fe de la Iglesia, que separa a los que se pierden de los que se salvan (2Tes 1,3-10; lPe 2,7s; Mc 16,16).

III. SAN PABLO Y LA SALVACIÓN POR LA FE. Para la Iglesia naciente como para Jesús, la fe era un don de Dios (Act 11,21ss; 16,14; cf. lCor 12,3). Cuando se convertían paganos, era, pues, Dios mismo quien “purificaba su corazón por la fe” (Act 11,18; 14,27; 15,7ss). “Por haber creído” recibían el mismo Espíritu que los judíos creyentes (11,17). Fueron por tanto acogidos en la Iglesia.

1. La fe y la ley judía. Pero no tardó en surgir un problema : ¿había que someterlos a la circuncisión y a la *ley judía (Act 15,5; Gál 2,4)? Pablo, de acuerdo con los responsables (Act 15; Gál 2,3-6), estima absurdo forzar a los paganos a “judaizar”, pues la fe en Jesucristo es la que ha salvado a los judíos mismos (Gál 2,15s). Así pues, cuando se quiso imponer la circuncisión a los cristianos de Galacia (5,2; 6,12), comprendió Pablo fácilmente que aquello era anunciar otro *Evangelio (1,6-9). Esta nueva crisis fue para él ocasión de una reflexión en profundidad acerca del carácter de la *ley y de la fe en la historia de la salvación.

Desde Adán (Rom 5,12-21) todos los hombres, paganos o judíos, son culpables delante de Dios (1,18-3, 20). La ley misma, hecha para la vida, no ha engendrado sino el *pecado y la *muerte (7,7-10; Gál 3, 10-14.19-22). La venida (Gál 4,4s) y la muerte de Cristo ponen fin a esta situación manifestando la *justicia de Dios (Rom 3,21-26; Gál 2,19ss) que se obtiene por la fe (Gál 2,16; Rom 3,22; 5,2). Ha terminado, pues, la’ función de la ley (Gál 3,23-4,11). Se vuelve al régimen de la *promesa – realizada ahora en Jesús (Gál 3, 15-18) -: como Abraham, los cristianos son justificados por la fe, sin la ley (Rom 4; Gál 3,6-9; cf. Gén 15, 6; 17,11). Además, según los profetas, el justo debía vivir por la fe (Hab 2,4 = Gál 3,11; Rom 1,17), y el *resto de Israel (Rom 11,1-6) debía salvarse por la sola fe en la *piedra asentada por Dios (Is 28, 16 = Rom 9,33; 10,11), lo cual le permitía abrirse a las *naciones (Rom 10,14-21; I Pe 2,4-10).

2. La fe y la ,gracia. “El hombre es justificado por la fe sin las *obras de la ley” (Rom 3,28; Gál 2,16). Esta afirmación de Pablo descarta la ley judía; pero, todavía más profundamente, significa que la salvación no es nunca algo debido, sino una *gracia de Dios acogida por la fe (Rom 4,4-8). Cierto que Pablo no ignora que la fe debe “obrar” (Gál 5,6; cf. Sant 2,14-26) en la docilidad al Espíritu recibido en el bautismo (Gál 5,13-26; Rom 6; 8,1-13). Pero subraya enérgicamente que el creyente no puede ni “gloriarse” de “su propia justicia” ni apoyarse en sus obras, como lo hacía Saulo el fariseo (Flp 3,4.9; 2Cor 11,16-12,4). Aun cuando “su conciencia no le reproche nada” delante de Dios (ICor 4,4), cuenta sólo con Dios, que “obra en él el querer y el hacer” (Flp 2, 13). Realiza, pues, su salvación “con temor y temblor” (F1p 2,12), pero también con una gozosa esperanza (Rom 5,1-11; 8;14-39): su fe le asegura “el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rom 8,38s; Ef 3, 19). Gracias a Pablo la fe pascual, vivida por la comunidad primitiva, adquirió clara conciencia de sí misma. Se deshizo de las impurezas y de los límites que afectaban a la fe de Israel. Es plenamente la fe de la Iglesia.

IV. LA FE EN EL VERBO HECHO CARNE. Al final del NT la fe de la Iglesia medita con san Juan sobre sus orígenes. Como para mejor afrontar el porvenir, vuelve a aquel que le ha dado su perfección. La fe de que habla Juan es la misma de los sinópticos. Agrupa a la comunidad de los discípulos en torno a Jesús (Jn 10, 26s; cf. 17,8). Orientada por Juan Bautista (1,34s; 5,33s), descubre la gloria de Jesús en Caná (2,11). “Recibe sus palabras” (12,46s) y “escucha su voz” (10,26s; cf. Dt 4,30). Se afirma por la boca de Pedro en Cafarnaum (6,70s). La pasión es para ella una prueba (14,1.28s ; cf. 3,14s) y la resurrección su objeto decisivo (20,8.25-29).

Pero el cuarto evangelio es, mucho más que los sinópticos, el evangelio de la fe. Por lo pronto en él está la fe explícitamente centrada en Jesús y en su *gloria divina. Hay que creer en Jesús (4,39; 6,35) y en su *nombre (1,12; 2,23). Creer en Dios v en Jesús es una misma cosa (12,44: 14,1; cf. 8,24 = Éx 3,14). Porque Jesús y el Padre son uno (10,30; 17,21); esta misma *unidad es objeto de fe (14,10s). La fe debería llegar a la realidad invisible de la gloria de Jesús sin tener necesidad de *ver los signos (*milagros) que la manifiestan (2,11s; 4,48; 20, 29). Pero si en realidad tiene necesidad de ver (2,23; 11,45) y de tocar (20,27), esto no quita que esté llamada a explayarse en el *conocimiento (6,69; 8,28) y en la contemplación (1,14; 11,40) de lo invisible.

Juan insiste además en el carácter actual de las consecuencias invisibles de la fe. Para el que crea no habrá *juicio (5,24). Ya ha resucitado (11, 25s; cf. 6,40), camina en la luz (12, 46) y posee la vida eterna (3,16; 6,47). En cambio, “el que no cree, ya está condenado” (3,18). La fe reviste así la grandeza trágica de una opción apremiante entre la muerte y la vida, entre la *luz y las tinieblas; y de una opción tanto más difícil cuanto que depende de las cualidades morales de aquel al que se propone (3,19-21).

Esta insistencia de Juan en la fe, en su objeto propio, en su importancia, se explica por el fin mismo de su evangelio: inducir a sus lectores a compartir su fe creyendo “que Jesús es Cristo, el Hijo de Dios (20,30) a venir a ser hijos de Dios por la fe en el Verbo hecho carne (1,9-14). La opción de la fe es posible a través del testimonio actual de Juan (lJn 1,2s). Esta fe es la fe tradicional de la Iglesia : confiesa a Jesús como *Hijo en la fidelidad a la enseñanza recibida (1Jn 2,23-27; 5,1) y debe dilatarse en una vida limpia de pecado (3,9s) animada por el amor fraternal (4, 10ss; 5,1-5). Como Pablo (Rom 8, 31-39); Ef 3,19) estima Juan que la fe induce a reconocer el amor de Dios a los hombres (1Jn 4,16).

Frente a los combates que vienen, el Apocalipsis exhorta a los creyentes a “la *paciencia y a la fidelidad de los santos” (Ap 13,10) hasta la muerte. Como fuente de esta fidelidad está siempre la fe pascual en el que puede decir: “Estaba muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos” (1,18), el Verbo de Dios que establece irresistiblemente su *reinado (19,11-16; cf. Act 4,24-30).

El *día en que, acabándose la fe, “veamos a Dios como es” (1Jn 3,2), todavía se proclamará la fe de pascua: “Tal es la victoria que ha triunfado del mundo; nuestra fe” (5,4).

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Agustín

El perdón de las ofensas

(Lc 17,3-4)

1. El santo Evangelio, tal como lo escuchamos cuando se leyó, nos hace una advertencia respecto al perdón de los pecados. Nuestra exhortación tendrá, por tanto, el mismo objeto. Somos servidores de la palabra, no de la nuestra, sino de la de Dios y Señor nuestro, a la cual nadie sirve sin que ello le reporte gloria y nadie desprecia sin que le acompañe el castigo. El mismo Jesucristo, nuestro Señor, que nos hizo cuando permanecía junto al Padre y que nos rehízo aceptando ser hecho él también en beneficio nuestro; el mismo Dios nuestro Señor nos dice, según acabamos de oír: Si tu hermano pecare contra ti, corrígele; y si hiciera penitencia, perdónale. Y aunque pecare siete veces al día contra ti y acercándose te dijera «Me arrepiento», perdónale. Al decir «siete veces al día» quiso que se entendiese «cuantas veces»; no sea que peque ocho veces y no quieras perdonarle. ¿Qué significa, pues, siete veces? Siempre, cuantas veces pecare y se arrepintiere. Del mismo modo, la frase Te alabaré siete veces al día equivale a ésta de otro salmo: Su alabanza está siempre en mi boca. La razón por la que se expresa «siete veces» en lugar de «siempre» es clarísima: la totalidad del tiempo se completa con el ir y venir de siete días.

2. Quienquiera que seas tú que tienes tu mente puesta en Cristo y deseas alcanzar lo que prometió, no sientas pereza en cumplir lo que ordenó. ¿Qué prometió? La vida eterna. ¿Y qué ordenó? «Concede el perdón a tu hermano». Como si te dijera: «Tú, hombre, concede el perdón a otro hombre, para que también yo, Dios, vaya hacia Ti». Pero omitamos o, mejor, pasemos por alto aquellas otras promesas divinas más sublimes, según las cuales nuestro Creador nos ha de hacer iguales a sus ángeles para que vivamos eternamente en él, con él y de él; dejemos de lado por el momento todo esto; ¿no quieres recibir de tu Dios eso mismo que se te ordena otorgar a tu hermano? ¿No quieres recibir, digo, del Señor, tu Dios, eso mismo que se te ordena que des a tu hermano? Dime que no quieres, y no se lo des. ¿Qué significa esto sino que perdones a quien te lo pide, si tú mismo pides que se te perdone? O también, me atrevo a decir, si no tienes nada que te deba ser perdonado, no perdones. Aunque reconozco que no debí haber dicho esto. Aunque nada tengas de que ser perdonado, debes perdonar, porque también perdona Dios, que nada tiene que haya de serle perdonado.

3. Dirás: «Pero yo no soy Dios, soy un hombre pecador». ¡Gracias al Señor, que confiesas tener pecados! Perdona, pues, para que se te perdone. Nuestro mismo Dios nos exhorta a que le imitemos. En primer lugar, el mismo Cristo, de quien dijo el apóstol Pedro: Cristo sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. El que ciertamente no tenía pecado alguno, murió por los nuestros y derramó su sangre para el perdón de los mismos. Recibió por nosotros lo que no le era debido, para librarnos de la deuda. Ni él debía morir, ni nosotros vivir. ¿Por qué? Porque éramos pecadores. Ni a él le correspondía la muerte, ni a nosotros la vida. Tomó para sí lo que no le correspondía; lo que no se nos debía nos lo dio. Más, puesto que se habla del perdón de los pecados, para que no juzguéis que es mucho para vosotros imitar a Cristo, escuchad lo que dice el Apóstol: Perdonándoos mutuamente, como también Dios os perdonó en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios. Son palabras del Apóstol, no mías. ¿Es acaso de soberbios imitar a Dios? Imitadores de Dios. Ciertamente, es algo soberbio. Como hijos amadísimos. Tú te llamas hijo; si rechazas la imitación, ¿cómo aspiras a obtener la herencia?

4. Esto es lo que te diría, si no tuvieras ningún pecado para el cual deseases el perdón. Más he aquí que, seas quien seas, eres hombre; aunque seas justo, eres hombre; aunque seas seglar, o monje, o clérigo, u obispo, o apóstol, hombre eres. Escucha la voz de un apóstol: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. ¿Quién dijo esto? Aquel, aquel, aquel Juan, el evangelista, a quien el Señor amaba más que a los otros, el que reposaba en su pecho; aquél se expresa así: Si dijéramos. No escribió: «Si dijerais que no tenéis pecado», sino: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no existe en nosotros la verdad. Se asoció en la culpa, para hallarse asociado también en el perdón. Si dijéramos. Considerad de quién son estas palabras. Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no existe en nosotros verdad. Si, por el contrario, confesamos nuestros pecados, él es justo y fiel para perdonárnoslos y purificarnos de toda iniquidad. ¿Cómo «purificarnos»? Mediante el perdón; no se trata de que no halle qué perdonar, sino que, hallándolo, lo perdona. Por tanto, hermanos, si tenemos pecados, perdonemos a quienes nos lo piden, perdonemos a quienes se arrepienten. Que las enemistades no permanezcan en nuestro corazón. Cuanto más las retengamos, más viciarán nuestro mismo corazón.

5. Quiero, pues, que perdones tú, porque mi perdón lo exige. Te suplican perdón, concédelo. Te lo suplican y lo suplicarás. Te lo suplican, perdona; también tú suplicas que se te perdone. Mira que llegará el momento del Padrenuestro. Te cogeré en las palabras que irás a decir. Son éstas: Padre nuestro, que estás en los cielos. No te contarás en el número de los hijos si no dices Padre nuestro. Por tanto has de decirlo. Sigue: Santificado sea tu nombre. Di todavía: Venga tu reino. Continúa aún: Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Pon atención a lo que añades: Danos hoy nuestro pan de cada día. ¿Dónde están tus riquezas? Advierte que estás mendigando. Con todo, y a esto quería llegar, di todavía lo que sigue después de Danos hoy nuestro pan de cada día Perdónanos nuestras deudas. Llegaste a las palabras en que pensaba: Perdónanos, dice, nuestras deudas. Haz, por tanto, lo que sigue. Perdónanos nuestras deudas. ¿Con qué derecho? ¿Por qué pacto? ¿En virtud de qué acuerdo? ¿Qué autógrafo presentas? Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Por si fuera poco el hecho de no perdonar, todavía mientes a Dios. Se ha establecido la condición; se trata de una determinación fija. «Perdóname, como yo perdono». En consecuencia, no te perdona si tú no perdonas. Perdóname, como yo perdono. Quieres que se te conceda el perdón cuando lo pides, concédelo cuando se te pide. Estas súplicas las ha dictado el jurisperito celeste. No te engaña. Pide en conformidad con el derecho celeste; di: Perdónanos, así como nosotros perdonamos. Y haz lo que dices. Quien miente en las súplicas, carecerá del beneficio. Quien miente en las súplicas, además de perder la propia causa, hallará un castigo. Y si alguien miente al emperador, cuando se haga presente será declarado culpable por mentir. Cuando tú mientes en la oración, con tu misma oración te declaras culpable. Dios no necesita testigos a tu lado para convencerte de ello. Quien te redactó las súplicas, ése es tu abogado; si mientes, él es tu testigo; si no te corriges, él será tu juez. Por tanto, dilo y hazlo; porque si no lo dices, no consigues nada pidiendo en forma contraria a como marca la ley; si lo dices y no lo haces, serás además reo de haber dicho una mentira. No hay forma de salvar esta petición sino cumpliendo lo que se dice. ¿Acaso podemos eliminar este versillo de nuestra oración? ¿O queréis que permanezca lo primero: Perdónanos nuestras deudas, y que se borre la segunda parte: Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores? No lo borrarás, no sea que seas borrado tú antes. En la oración dices, pues: «Da»; dices: «Perdona», para recibir lo que no tienes, para que se te perdone aquello en que pecaste. ¿Quieres recibir? Da. ¿Quieres que se te perdone? Perdona. El dilema es sencillo. Escucha lo que dice el mismo Cristo en otro lugar: Perdonad y se os perdonará; dad y se os dará. Perdonad y se os perdonará. ¿Qué habéis de perdonar? Las ofensas que otros os hicieron. ¿Qué se os perdonará? Vuestros pecados. Y vosotros dad y se os dará. Los que deseáis la vida eterna, servid de apoyo para los pobres en la vida temporal; dadles sustento en esta vida y, en recompensa, de semilla tan pequeña y terrena recibiréis como cosecha la vida eterna. Amén.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 114, 1-5, BAC Madrid 1983, 854-59

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Francisco p.p.

·        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

La fuerza de la fe

Las lecturas de este domingo nos colocan frente al tema de la fe, de su eficacia suprema. Jesucristo enseña a sus Apóstoles, y a través de ellos a los cristianos de todos los tiempos, que por la fe Dios comunicó al hombre un extraordinario vigor sobrenatural que es, de algún modo, participación en su omnipotencia. Escuchemos el elogio de esta virtud, que está en el principio de nuestro camino hacia Dios, según lo enuncia San Buenaventura cuando dice: “Es imposible penetrar en el conocimiento de las Escrituras si no se tiene previamente infundida en sí la fe en Cristo…; mientras vivimos en el destierro, lejos del Señor, la fe es el fundamento estable, la luz directora y la puerta de entrada de toda iluminación sobrenatural”.

La fe es, ante todo, una gracia. Lo reconocen los Apóstoles que piden a Jesucristo: “Auméntanos la fe”, y lo reitera San Pablo al hablar del “don de Dios… recibido”. Nunca podríamos mantenemos firmes y estables en lo que el Señor espera de nosotros si Él mismo no nos acompañara con la fuerza de su amor. Creer en Dios es gracia, aceptar su ley y vivir conforme a ella es gracia, ser perseverantes un día y otro día en el camino del bien es gracia, mantener la constancia en las tribulaciones es gracia. Un gran escritor católico, George Bemanos, al describir la muerte del protagonista del Diario de un cura rural, le hace exclamar en su agonía: “Qué más da, todo es ya gracia”.

Pero la gracia se injerta en el alma y requiere de nuestra colaboración. Nada puede hacer Dios si el hombre no secunda su acción. Ante todo debemos remover los obstáculos para recibir el don divino. El salmo 94 nos invita hoy a no endurecer el corazón. Dios es omnipotente, y todo lo que quiere lo hace suyo con un movimiento de su voluntad. Sin embargo, la misma voluntad potentísima de Dios se detiene ante un límite que Él mismo quiere respetar: la libertad humana. El dueño del cielo y de la tierra no quiere violentar al hombre; su llamado es una invitación, una sugerencia que cada uno resuelve o no seguir, decidiéndolo en el santuario interior de la conciencia. Dios desea fervientemente ser escuchado —”ojalá hoy escuchéis la voz del Señor”—, pero acepta imperturbable la negativa o el silencio.

Sin embargo cuando el hombre abre las avenidas de su interior a la gracia no habrá proeza que no sea capaz de realizar.

Las palabras de la Sagrada Escritura que hoy leemos abun­dan en referencias a lo arduo y difícil. Habacuc nos pinta el cuadro desolador consiguiente el asedio y toma de Jerusalén por parte de Nabucodonosor, uno de los momentos más trágicos de la historia de Israel. Y ante la desgracia nacional, surge el lamen­to del que no entiende esta calamidad y, menos todavía, la inacción de Dios: “¿Por qué me haces ver la iniquidad y te que­das mirando la opresión?”. La respuesta no se hace esperar: “El justo vivirá por su fidelidad”. El hombre, por su fe, aunque esté a ciegas, debe entrar en el plan de Dios, plan misterioso y oculto pero inexorable. Plan que pocas veces coincide con nuestras expectativas y que a menudo parece inalcanzable pero que encierra el mayor bien, aunque no lo veamos ahora, y es perfectamente posible para los designios eternos de la provi­dencia.

Veamos, si no, lo que ha ocurrido en los primeros tiempos de la historia del cristianismo, cuando un puñado de hombres indoctos y llenos de miserias humanas, como fueron los apósto­les, lograron aquella extraordinaria difusión de la Iglesia, que hizo exclamar a Tertuliano, dos siglos después, “somos de ayer y lo llenamos todo”. La conversión de los pueblos bárbaros, la subsistencia de la cultura antigua en los monasterios, la cristian­dad medieval, los grandes emprendimientos misioneros en América y en el extremo Oriente, el heroísmo de los mártires y la sabiduría de los doctores de la Iglesia, no pueden tener otra explicación creíble que la providencia divina y su gobierno del universo. Y esto es misterio de fe. También lo es hacer de ella algo vivo y operante. Convertirnos en un testimonio patente de este Cristo que llevamos dentro, en medio de un mundo apóstata, no es fácil. Exige decisión y abandono total en Dios. Es lo que quiere decimos el evangelio con la parábola del grano de mostaza. En la desproporción que existe entre la pequeña semilla y el poder ardiente que lleva en su interior, capaz de transformar con una pizca el alimento más desabrido, Jesucristo quiere mostrarnos que las obras de Dios no hay que apreciarlas con la estrecha mira de nuestra mente y de nuestras limitadas posibilidades, sino con la fuerza incontenible del poder de Dios. “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, podréis ordenar a los árboles, les dijo el Señor a los apóstoles en el evangelio de hoy.

Otro aspecto que puede ser óbice para que el apóstol des­pliegue su fe es el desprecio que el mundo le manifiesta. Así ha sido en todos los tiempos, pero más en nuestra época, que hace gala de poder vivir como si Dios no existiera. Proclamar el misterio conlleva muchas veces la irrisión de los que nos rodean, y por eso es preciso estar firmemente afirmados en la fe. “No te avergüences”, dice San Pablo a Timoteo en la segunda lectura de hoy, señalando este otro aspecto que exige la fidelidad a Dios. Si somos suyos, hemos de hacemos portadores y difusores del tesoro que llevamos dentro. Sin embargo, cuántas veces nos embarga la timidez, la vergüenza de publicar las riquezas del Evangelio, de hablar de Dios.

La fe, además de aceptar los designios ocultos de Dios y de luchar valerosamente contra los adversarios y las adversidades, supone también creer en las verdades que nos son reveladas. Es la adhesión a estas verdades, “credere Deum” decía San Agustín, y el firme convencimiento que el misterio de Dios está presente allí, lo que nos dará la fortaleza a que antes aludíamos. Conserva el depósito, “lo que se te ha confiado”, exhorta San Pablo a Timoteo. Escuchemos a San Vicente de Lerins que nos enseña qué es un depósito: “Es lo que te ha sido confiado, no encontrado por ti; tú lo has recibido, no lo has excogitado con tus propias fuerzas. No es el fruto de ingenio personal, sino de la doctrina; no está reservado para un uso privado, sino que pertenece a una tradición pública. No salió de ti, sino que a ti vino: a su respecto, tú no puedes comportarte como si fueras su autor, sino como su simple custodio. No eres tú quien lo ha iniciado, sino que eres su discípulo; no te corresponderá dirigirlo, sino que tu deber es seguirlo. Guarda el depósito, dice San Pablo, es decir, conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que te ha sido confiado es lo que debes custodiar junto a ti y transmitir. Has recibido oro; devuelve, pues, oro. No puedo admitir que sustitu­yas una cosa por otra”.

¿Significa esto, acaso, que no puede haber ningún adelanto en la presentación de la doctrina? ¿El apóstol debe limitarse a repetir siempre las mismas palabras de Cristo? Claro que no. Puede y debe haber novedades, cuanto menos contestando a los desafíos que se oponen a la fe a lo largo de los siglos. A nuevos cuestionamientos, nuevas respuestas. La doctrina puede ir evo­lucionando, siempre que lo haga de modo homogéneo, como nos dice otra vez San Vicente de Lerins: “Quizá alguien diga: ¿ningún progreso de la religión es entonces posible en la Iglesia de Cristo? Ciertamente que debe haber progreso, ¡y grandísimo! ¿Quién podría ser tan hostil a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación. Es característica del progreso el que una cosa crezca, permanecien­do siempre idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se transforme en otra. Así pues, crezcan y progresen de todas las maneras posibles la inteligen­cia, el conocimiento, la sabiduría, tanto de la comunidad como del individuo, de toda la Iglesia, según las edades y los siglos; con tal de que eso suceda exactamente según su naturaleza peculiar, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según una misma interpretación”.

El padre Leonardo Castellani al comentar las parábolas de los patrones, dice que lo que el Señor les pide a ellos es la prudencia, y en las de los siervos lo que les exige es la fidelidad. Fidelidad a Jesucristo, que murió por nosotros, y cuya redención, ilumina­dos por la fe, debemos contribuir a aplicar. Fidelidad a su doctrina, que no es nuestra sino suya. Somos solamente heral­dos del Evangelio y debemos transmitirlo fielmente. Si lo cambia­mos, traicionamos la confianza que puso en nosotros el Señor al participarnos los misterios de la vida divina. Fidelidad siempre y en todo.

La perseverancia en la fe no debe llevamos a la vanagloria. Para quitar esta tentación nos compara Jesucristo a los “simples servidores” que no hacen más que cumplir con su deber si llenan satisfactoriamente sus obligaciones. Si realizamos acciones esforzadas por amor a Dios, si aportamos nuestro esfuerzo para colaborar en la difusión del Evangelio no creamos que hacemos algo extraordinario; no estamos más que cumpliendo fielmente nuestro compromiso bautismal.

Al continuar el Santo Sacrificio de la Misa pongamos nuestra mirada confiada en María Santísima, quien junto a la Cruz de su Hijo y perseverando hasta el fin, se ganó el título de Virgo fidelis, virgen fiel. Que ella nos asista para no traicionar la fe recibida y mantenernos firmes hasta que la fe ya no sea necesaria porque veremos a Dios tal cual es.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 275-279)

Volver Aplicación



S.S. Francisco p.p.


Hoy, el pasaje del Evangelio comienza así: «Los apóstoles le dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”» (Lc 17, 5). Me parece que todos nosotros podemos hacer nuestra esta invocación. También nosotros, como los Apóstoles, digamos al Señor Jesús: «Auméntanos la fe». Sí, Señor, nuestra fe es pequeña, nuestra fe es débil, frágil, pero te la ofrecemos así como es, para que Tú la hagas crecer.

Y, ¿qué nos responde el Señor? Responde: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería» (v. 6). La semilla de la mostaza es pequeñísima, pero Jesús dice que basta tener una fe así, pequeña, pero auténtica, sincera, para hacer cosas humanamente imposibles, impensables. ¡Y es verdad! Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una fe muy firme, que de verdad mueven montañas. Pensemos, por ejemplo, en algunas mamás y papás que afrontan situaciones muy difíciles; o en algunos enfermos, incluso gravísimos, que transmiten serenidad a quien va a visitarles. Estas personas, precisamente por su fe, no presumen de lo que hacen, es más, como pide Jesús en el Evangelio, dicen: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10). Cuánta gente entre nosotros tiene esta fe fuerte, humilde, que hace tanto bien.

En este mes de octubre, dedicado en especial a las misiones, pensemos en los numerosos misioneros, hombres y mujeres, que para llevar el Evangelio han superado todo tipo de obstáculos, han entregado verdaderamente la vida; como dice san Pablo a Timoteo: «No te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios» (2 Tm 1, 8). Esto, sin embargo, nos atañe a todos: cada uno de nosotros, en la propia vida de cada día, puede dar testimonio de Cristo, con la fuerza de Dios, la fuerza de la fe. Con la pequeñísima fe que tenemos, pero que es fuerte. Con esta fuerza dar testimonio de Jesucristo, ser cristianos con la vida, con nuestro testimonio.

¿Cómo conseguimos esta fuerza? La tomamos de Dios en la oración. La oración es el respiro de la fe: en una relación de confianza, en una relación de amor, no puede faltar el diálogo, y la oración es el diálogo del alma con Dios. Octubre es también el mes del Rosario, y en este primer domingo es tradición recitar la Súplica a la Virgen de Pompeya, la Bienaventurada Virgen María del Santo Rosario. Nos unimos espiritualmente a este acto de confianza en nuestra Madre, y recibamos de sus manos el Rosario: el Rosario es una escuela de oración, el Rosario es una escuela de fe.

(Ángelus, Plaza San Pedro, domingo 6 de octubre de 2013)

Volver Aplicación

P. Jorge Loring, S.J.


1.- Del Evangelio que acabo de leer voy a comentar la frase de los apóstoles: «Auméntanos la fe».

2.- La fe tiene dos elementos: uno natural y otro sobrenatural.

3.- El natural es la razón. Como dice la Biblia, para creer en Dios basta tener sentido común. Dice la Biblia «el que viendo la naturaleza ignora a Dios es un necio».

4. Efectivamente, viendo las maravillas de la naturaleza tenemos que admirar el talento del autor de la naturaleza. Nadie con sentido común puede pensar que las leyes de la naturaleza sean obra de la casualidad: leyes matemáticas en el movimiento de las estrellas, leyes fisico-químicas en la función clorofílica de las plantas, y leyes biológicas en la evolución de la vida.

5.- Donde hay leyes, organización y técnica, hay detrás una inteligencia. Un libro no sale tirando al suelo un millón de letras contenidas en un cubo. Un reloj y un teléfono encontrados en una isla desierta es porque alguien los dejó allí, no salieron por generación espontánea.

6.- Para conocer al autor de una obra de arte no necesito verle a él, me basta ver su obra. Contemplando la PIEDAD de Miguel Ángel veo el talento del artista que de un bloque de piedra ha sacado esa belleza de mujer. No necesito ver a Miguel Ángel, me basta ver su obra para admirar su talento.

7.- Viendo las maravillas de la naturaleza caigo en la cuenta del talento y el poder del autor de la naturaleza.

8.- El otro elemento de la fe es sobrenatural. Es la fuerza para vivirla. La fe tiene sus compromisos y para vivirlos hace falta fuerza. No basta una información intelectual. Los fumadores saben que el tabaco mata y siguen fumando. Hace falta fuerza para ser consecuente con la fe.

Volver Aplicación

Inicio

Directorio Homilético

 

Vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 153-165, 2087-2089: la fe

CEC 84: el depósito de la fe confiado a la Iglesia

CEC 91-93: el sentido sobrenatural de la fe

III       LAS CARACTERISTICAS DE LA FE

          La fe es una gracia

143Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él, “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a todos gusto en aceptar y creer la verdad'” (DV 5).

          La fe es un acto humano

144Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra dignidad “presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela” (Cc. Vaticano I: DS 3008) y entrar así en comunión íntima con El.

145En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: “Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia” (S. Tomás de A., s.th. 2-2, 2,9; cf. Cc. Vaticano I: DS 3010).

          La fe y la inteligencia

146El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos “a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos”. “Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación” (ibid., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (cf. Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad “son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos”, “motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu” (Cc. Vaticano I: DS 3008-10).

147La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero “la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural” (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 171,5, obj.3). “Diez mil dificultades no hacen una sola duda” (J.H. Newman, apol.).

148″La fe trata de comprender” (S. Anselmo, prosl. proem.): es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre “los ojos del corazón” (Ef 1,18) para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, “para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones” (DV 5). Así, según el adagio de S. Agustín (serm. 43,7,9), “creo para comprender y comprendo para creer mejor”.

149Fe y ciencia. “A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero” (Cc. Vaticano I: DS 3017). “Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nuca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son” (GS 36,2).

La libertad de la fe

150″El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza” (DH 10; cf. CIC, can.748,2). “Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados…Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús” (DH 11). En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, él no forzó jamás a nadie jamás. “Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino…crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él” (DH 11).

          La necesidad de la fe

151Creer en Cristo Jesús y en aquél que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (cf. Mc 16,16; Jn 3,36; 6,40 e.a.). “Puesto que `sin la fe… es imposible agradar a Dios’ (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que `haya perseverado en ella hasta el fin’ (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna” (Cc. Vaticano I: DS 3012; cf. Cc. de Trento: DS 1532).

          La perseverancia en la fe

152La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: “Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe” (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe “actuar por la caridad” (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

          La fe, comienzo de la vida eterna

153La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios “cara a cara” (1 Cor 13,12), “tal cual es” (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna:

Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día ( S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th. 2-2,4,1).

154Ahora, sin embargo, “caminamos en la fe y no en la visión” (2 Cor 5,7), y conocemos a Dios “como en un espejo, de una manera confusa,…imperfecta” (1 Cor 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.

155Entonces  es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que creyó, “esperando contra toda esperanza” (Rom 4,18); la Virgen María que, en “la peregrinación de la fe” (LG 58), llegó hasta la “noche de la fe” (Juan Pablo II, R Mat 18) participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos de la fe: “También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hb 12,1-2).

La fe

2087  Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. S. Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1,5; 16,26) como de la primera obligación. Hace ver en el “desconocimiento de Dios” el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1,18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en él y dar testimonio de él.

2088  El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

          La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y que la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones ligadas a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si es cultivada deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu.

2089  La incredulidad es la menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. “Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos” (CIC, can. 751).

El depósito de la fe confiado a la totalidad de la Iglesia

84    “El depósito sagrado” (cf. 1 Tm 6,20; 2 Tm 1,12-14) de la fe (depositum fidei), contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura fue confiado por los apóstoles al conjunto de la Iglesia. “Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración, y así se realiza una maravillosa concordia de pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida” (DV 10).

El sentido sobrenatural de la fe

91    Todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye (cf. 1 Jn 2,20.27) y los conduce a la verdad completa (cf. Jn 16,13).

92    “La totalidad de los fieles … no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando ‘desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos’ muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral” (LG 12).

93    “El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio…se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida” (LG 12).

 

Volver Direc. Homil.

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio

Domingo XXVI Tiempo Ordinario (C)

 

25
septiembre

Domingo XXVI Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

 DescargarPDF - ive

Texto Litúrgico

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Directorio Homilético

#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXVI Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 25 de Septiembre de 2016)

LECTURAS

 

Se terminará la orgía de los libertinos

Lectura de la profecía de Amós     6, 1a. 4-7

¡Ay de los que se sienten seguros en Sión!
Acostados en lechos de marfil
y apoltronados en sus divanes,
comen los corderos del rebaño
y los terneros sacados del establo.
Improvisan al son del arpa,
y como David, inventan instrumentos musicales;
beben el vino en grandes copas
y se ungen con los mejores aceites,
pero no se afligen por la ruina de José.
Por eso, ahora irán al cautiverio al frente de los deportados,
y se terminará la orgía de los libertinos.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 145, 7-10 (R.: 1b)

R. ¡Alaba al Señor, alma mía!
O bien:
Aleluia.

El Señor hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados.
El Señor ama a los justos R.

El Señor protege a los extranjeros.
sustenta al huérfano y a la viuda
y entorpece el camino de los malvados. R.

El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión,
a lo largo de las generaciones. R.

Observa lo que está prescrito,
hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo     6, 11-16

Hombre Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la Vida eterna, a la que has sido llamado y en vista de la cual hiciste una magnífica profesión de fe, en presencia de numerosos testigos.
Yo te ordeno delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y delante de Cristo Jesús, que dio buen testimonio ante Poncio Pilato: observa lo que está prescrito, manteniéndote sin mancha e irreprensible hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo, Manifestación que hará aparecer a su debido tiempo
el bienaventurado y único Soberano,
el Rey de los reyes y Señor de los señores,
el único que posee la inmortalidad
y habita en una luz inaccesible,
a quien ningún hombre vio ni puede ver.
¡A él sea el honor y el poder para siempre! Amén.

Palabra de Dios.

ALELUIA     2Cor 8, 9

Aleluia.
Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros,
a fin de enriquecernos con su pobreza.
Aleluia.

EVANGELIO

Has recibido bienes y Lázaro recibió males;
ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     16, 19-31

Jesús dijo a los fariseos:
Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan».
«Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí».
El rico contestó: «Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento».
Abraham respondió: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen».
«No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán».
Pero Abraham respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán».

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Guion Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Entrada

Nos reunimos hoy en la Casa de Dios para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. En él hacemos confluir todos nuestros trabajos, preocupaciones y sufrimientos, y de él tomamos la fuerza para caminar con confianza y alegría en los caminos de esta vida.

1º Lectura               Amós 6, 1a. 4-7

                        Por medio del Profeta, Dios anuncia el castigo a los que viven según el espíritu del mundo y no se compadecen del mal de sus hermanos.

2º Lectura          1Tim 6, 11-16

                        Debemos obrar virtuosamente en todo tiempo, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

Evangelio                            Lc 16, 19-31  

            El que busca la felicidad en esta vida solamente, no se hace apto para la vida eterna.

Preces

            A Dios, fuente de justicia y misericordia, acudamos confiadamente por medio de nuestro único Mediador y Salvador, Jesucristo.
A cada intención respondemos…

* Por todos los Obispos, para que, fieles al Magisterio petrino, sean guardianes diligentes de la integridad de la fe y de la unidad de la Iglesia. Oremos…

* Por los jóvenes, para que sean capaces de dar testimonio de Dios en este mundo contrario a los criterios evangélicos y que con el entusiasmo  propio de la juventud respondan a la llamada que Dios les hace. Oremos…

* Por la paz y la libertad religiosa, especialmente en los países de mayoría musulmana, por los que han muerto por su fe y por la fortaleza de los refugiados. Oremos.

* Por todos los que no tienen fe, para que descubran en la Cruz de Cristo la respuesta que los conduzca a la verdad plena. Oremos…

* Para que el pensamiento de la vida eterna oriente las decisiones y el comportamiento de nuestros gobernantes y de todos los habitantes de nuestra Patria. Oremos.

            Dios nuestro, que por medio de la Cruz ofreces consuelo a la humanidad que sufre, mira con bondad a tus hijos, y concédeles lo que te piden con confianza. Por Jesucristo, Nuestro Señor.

Ofertorio

En nuestras ofrendas queremos hacer presente la bondad de Dios que en su providencia se ocupa del hombre obra de sus manos.

* Al ofrecer estos alimentos, testimoniamos nuestra esperanza en los bienes eternos, que no pasan.

* Junto con el pan y con el vino, hacemos oblación de nuestra vida entera.

Comunión:

El sacrificio de la Misa se convierte en banquete sacrificial cuando comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, real y sustancialmente presente bajo los accidentes del pan y del vino. Acerquémonos a comulgar con un corazón confiado y jubiloso.

Salida:

La Misa es el sacramento que nos da fuerzas para caminar por el desierto de esta vida. Vayamos a nuestros lugares habituales y a nuestros ambientes decididos a comunicar a todos, la alegría del Evangelio.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Los ricos de corazón y los pobres de corazón

b) Los fariseos aficionados al dinero (Lc/16/14-18)

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que son aficionados al dinero, y se burlaban de él. 15 Pero él les dijo: Vosotros os presentáis como justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestro corazón; porque aquello que es alto entre los hombres, es abominación ante Dios.

Los fariseos pasaban por aficionados al dinero. Jesús les echa en cara que devoran las casas de las viudas (Lc.20:47). En la secta de Qumrán se los llama «gente embustera, que tiene puesta la mira en pasarlo bien y vivir en la abundancia». Del doctor de la ley Jokcanán (+287) se ha transmitido esta sentencia: «Los miembros dependen del corazón, el corazón depende de la bolsa.» Entre los fariseos, la pobreza es mirada como una maldición. La riqueza es premio de la religiosidad, la pobreza es castigo por el pecado. «Riquezas, honra y (larga) vida son premio de la humildad y del temor de Yahveh» (Pro_22:4). Quien impugna la riqueza de los fariseos, pone también en duda su fidelidad a la ley y su moralidad. Jesús osa hacerlo y trastorna su doctrina. Él va de una parte a otra como pobre (Lc.8:1), predica la renuncia a las posesiones y declara bienaventurados a los pobres, mientras que lanza conminaciones -«¡ay de vosotros!»- contra los ricos. En favor de ellos hay una larga tradición. Se burlan de él y lo desprecian.

Los fariseos, aficionados al dinero, aseguran su vida mediante las riquezas, y su existencia delante de Dios mediante «obras de justicia»: no olvidan la ley y hacen buenas obras. Se tienen por justos y están convencidos de que también Dios aprueba este dictamen. Por sus riquezas reconocen que Dios confirma su parecer. Jesús, en cambio, desbarata este juicio y este modo de pensar, destruye su seguridad, reduce a escombros su construcción religiosa, tras la que se atrincheran. Dios mira al corazón, a las intenciones de que proceden las obras. No buscan a Dios, sino su honra, se buscan a sí mismos (Mat_16:1-18). Al que Dios hace justo, ese es justo en verdad. Ahora bien, Dios sólo hace justo al que es pequeño ante Dios. Lo que es alto entre los hombres, es abominación ante Dios, impuro y repugnante como un ídolo. «El hombre será humillado, abatidos los varones, y bajados los ojos altivos» (Isa_15:5). Por Jesús invierte Dios el juicio de los fariseos: «Gloríese el hermano humilde en su exaltación, y el rico en su humillación, porque pasará como flor de heno» (Stg_1:9 s). La primera bienaventuranza del sermón de la montaña resuena en estas palabras: «Bienaventurados los pobres» (Lc.6:20), «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mat_5:3).

(…)

c) El rico epulón (Lc/16/19-31)

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. 20 A su puerta yacía un pobre, llamado Lázaro, lleno de llagas, 21 el cual deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros se acercaban para lamerle las llagas. 22 Sucedió, pues, que el pobre murió, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Pero murió también el rico, y fue sepultado. 23 Y en el abismo, estando en medio de tormentos, levantó los ojos y vio desde lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. 24 Entonces gritó: Padre Abraham, ten compasión de mí, y envía a Lázaro para que, mojando en agua la punta del dedo, venga a refrescarme la lengua; que estoy sufriendo horrores en estas llamas. 25 Pero Abraham le contestó: Hijo, acuérdate de que ya recibiste tus bienes en tu vida, mientras Lázaro, en cambio, los males; ahora, pues, él tiene aquí el consuelo, mientras tú el tormento. 26 Y además de todo esto, entre nosotros y vosotros ha quedado establecido un inmenso vacío, de suerte que los que quieren pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni tampoco atravesar de ahí a nosotros.

Se ha alcanzado ya la primera cima de la narración. Con una imagen de gran dramatismo se representa lo que significan las conminaciones lanzadas a los ricos que están hartos y que ríen, así como las bienaventuranzas de los desheredados, de los que tienen hambre y de los que lloran (Lc.6:20 ss). Lo que aquí se relata es una amonestación a los ricos y un consuelo para los pobres. Para el rico cada día es una fiesta regocijada, un espléndido banquete. Todos los días se viste de fiesta: la indumentaria exterior es de lana adornada de púrpura fenicia, la interior, de lino finísimo importado de Egipto a Palestina. Las comidas son de fiesta. Este rico puede permitirse aquello con que soñaba para el futuro el rico labrador: «Descansa, come, bebe, y pásalo bien» (Lc.12:19). El reverso de la medalla, la contrapartida, es el pobre. Cubierto de llagas está echado a la puerta que lleva al palacio del rico; allá es llevado todos los días. El hambre lo atormenta. En las casas acomodadas se utilizan en la comida las migajas para limpiarse las manos y luego se tiran debajo de la mesa. El pobre suspira por ellas con avidez, pero nadie se las da. Los perros medio salvajes que vagan por las calles le lamen las llagas, sin que el pobre hombre pueda impedirlo. El nombre del pobre es Lázaro, el-azar, que quiere decir: Dios ayuda. Es uno de esos pobres que llevan su miseria con paciencia y confianza en Dios, que sólo pueden soportar su existencia porque se fían de Dios; es uno de esos que en los salmos y en las palabras de los profetas son consolados con las promesas de Dios, de esos a quienes van dirigidas las bienaventuranzas del sermón de la montaña.

El rico vive como si no existiera Dios. Lo tiene todo. ¿Qué falta le hace Dios? No ve a Dios, no ve al pobre. Vive a sus anchas, nadando en el placer y en la abundancia. No está contra Dios, ni tampoco oprime al pobre. Únicamente está ciego para no ver a Dios, al pobre, «a Moisés y a los profetas». El relato hace hincapié en lo que viene después de la muerte. Ambos mueren, el rico y el pobre. Del pobre y del rico se dice la misma palabra: «murió»; esto es común a los dos. En la muerte son los dos iguales. Sigue el entierro. Todavía una última diferencia. El rico es sepultado con pompa y fasto. El entierro del pobre no se cuenta, ni se menciona, porque ni siquiera era digno de mención. Sin embargo, ha comenzado ya la gran mutación. Los ángeles se lo llevan. «Cuando un justo pasa de este mundo al otro, le salen al encuentro tres coros de ángeles puestos a su servicio.» Llevan al pobre al banquete celestial. Allí recibe un puesto honorífico a la derecha del padre de familia, Abraham (Mat_8:11). El rico va después de su muerte al mundo inferior (el hades), que aquí se entiende como lugar de castigo y de tormento. Los muertos se hallan en lugares diferentes, según que en su vida terrena cumplieran o no la voluntad de Dios. La existencia del hombre no se restringe a la vida de la tierra, sino que perdura todavía después de la muerte. La historia narrada traza las líneas que van del ahora al entonces, indicando lo que significa lo presente para el futuro. Hay todavía algo más que el bienestar de la vida de la tierra.

El rico se halla en el lugar del tormento, Lázaro sentado a la mesa del banquete celestial, en el seno de Abraham (se comía recostado), en el lugar de la felicidad y bienaventuranza. «Tras el juicio aparece el foso de los tormentos, y enfrente el lugar de refrigerio, se hace visible el horno del infierno, y enfrente la dicha del Edén (del Paraíso)», así se expresa el cuarto libro de Esdras (7,36). De un lugar al otro se pueden ver y hablar los unos con los otros. En el mundo inferior puede el rico levantar los ojos y ver a Abraham desde lejos. Según el libro mencionado, las almas de los réprobos se ven atormentadas porque observan cómo hay ángeles que en profundo silencio guardan las moradas de las otras almas (4Esd_7:85). Lo que dice Jesús en esta narración acerca de la vida de ultratumba se inspira en las ideas de su ambiente. (…). Jesús utiliza las imágenes tradicionales para anunciar su doctrina de forma más gráfica y penetrante. El pobre está sentado a la mesa del banquete; el rico, lejos, está atormentado; el pobre goza del puesto de honor, el rico sufre una sed terrible, el pobre está harto, el rico ansía poder humedecer su lengua seca con un poco de agua. A los impíos les aguardan «sed y tormentos» (4Esd_8:59). El que sufrió en su vida terrena es consolado, el que gozó es atormentado. Esto suena como si en el más allá todo se redujera a un reajuste de las suertes de la tierra. Ahora bien, ¿por qué es atormentado el rico? ¿Sólo porque fue rico? ¿Por qué es dichoso el pobre? ¿Sólo porque fue pobre? La primera parte de la narración necesita ser completada. La primera cima reclama la segunda.

La suerte del rico en el más allá es desesperada. Los judíos estaban convencidos de que su padre Abraham podía con su intercesión librarlos incluso del infierno. «Los que caminan por el valle de lágrimas son los que en esa hora son juzgados en el Gehinnon (el infierno); luego viene nuestro padre Abraham, los hace subir y los acoge.» El rico avariento clama en su tormento a su padre Abraham. ¡En vano! Entre el lugar del tormento y el lugar de la bienaventuranza hay un foso infranqueable: no hay intercesión que salve, no se puede esperar cambio de morada. Está desbaratada toda esperanza.

27 El rico respondió: Ruégote siquiera, padre, que lo envíes a casa de mi padre -28 porque tengo cinco hermanos-, con el fin de prevenirlos, para que ellos no vengan también a este lugar de tormento. 29 Pero Abraham le replica: Ya tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen. 30 él insistió: No, padre Abraham; si, en cambio, se presenta a ellos alguno de entre los muertos, se convertirán. 31 Pero Abraham le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, ni aunque resucite uno de entre los muertos se dejarán persuadir.

Ahora aparece claro por qué es atormentado el rico. Disfrutó de la riqueza, se sentía seguro, no tenía órgano para percibir la constancia y el consuelo que se nos da por la Escritura (Rom_15:4), era sordo a la palabra de Dios y a su llamamiento. La riqueza y la vida en la abundancia habían vuelto ciego al rico, ciego para no ver a Dios, ciego para no ver al pobre, ciego para la otra vida; lo hicieron refractario al otro mundo. A las bienaventuranzas de los que por su aflicción ponen su esperanza en Dios y por ello tienen el corazón abierto a Dios, siguen las bienaventuranzas de los que son accesibles a los hombres y a su miseria (cf. Mat_5:3-6; Mat_5:7-10). Lázaro, que en su aflicción pone su esperanza en Dios, es admitido en el banquete del reino. La riqueza encierra peligros…

En Moisés y en los profetas, en la Sagrada Escritura, Dios nos dejó consignada su palabra, que quiere amonestarnos, apercibirnos, iluminarnos y guiarnos para que no vayamos a dar en el lugar de los tormentos. «Y tenemos así más confirmada la palabra profética, a la que hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que brilla en lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga el lucero de la mañana en vuestro corazón» (2Pe_1:19). Esta palabra lleva a reformar los pensamientos conforme a los pensamientos de Dios, es el comienzo del retorno a Dios y a la penitencia. El contenido de la Escritura es Jesucristo, su muerte y su resurrección (2Pe_24:27.46). El que oye la palabra de Jesús y la sigue es preservado de la suerte del rico, ya que el fruto del anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús es la penitencia y la conversión (Hec_2:37 s).

El que no escucha la Sagrada Escritura, tampoco se deja convencer aunque venga un mensajero del otro mundo. Incluso el mayor milagro, la resurrección de un muerto, sería en vano. Lázaro de Betania fue resucitado, y con ello se consumó el endurecimiento de los judíos hostiles a Cristo (Jua_11:46 ss). Dios satisfizo el deseo del rico resucitando a Jesús de entre los muertos. En él dio a los doctores de la ley y a los fariseos la señal que exigían al igual que el rico: «Esta generación perversa y adúltera reclama una señal, pero no se le dará más señal que la del profeta Jonás. Porque así como estuvo Jonás en el vientre del monstruo marino tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches» (Mat_12:39 s).

El rico, que está en peligro de apoyarse en su riqueza y de fiarse de ella, tiene que cambiar de dirección y buscar la voluntad de Dios. Fruto genuino de tal cambio de dirección y de tal retorno a Dios es el amor al prójimo con obras (Mat_3:10 s): «¿Sabéis qué ayuno quiero yo?, dice el Señor, Yahveh: Romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar ir libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo; partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano» (Isa_58:6 s). La comunidad en la que pensaba ante todo Lucas tenía necesidad de la amonestación, como la consignó Santiago en una situación semejante: «Escuchad, hermanos míos queridos: ¿No escogió Dios a los pobres según el mundo, pero ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman? ¡Y vosotros habéis afrentado al pobre!… Hablad y actuad como quienes han de ser juzgados por una ley de libertad. Pues habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó misericordia» (Stg_2:5.6.12s).

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        S.S. Benedicto XVI

La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro

(Lc 16, 19-31)

De nuevo nos encontramos en esta historia dos figuras contrastantes: el rico, que lleva una vida disipada llena de placeres, y el pobre, que ni siquiera puede tomar las migajas que los comensales tiran de la mesa, siguiendo la costumbre de la época de limpiarse las manos con trozos de pan y luego arrojarlos al suelo. En parte, los Padres han aplicado a esta parábola el esquema de los dos hermanos, refiriéndolo a la relación entre Israel (el rico) y la Iglesia (el pobre Lázaro), pero con ello han perdido la tipología completamente diversa que aquí se plantea. Esto se ve ya en el distinto desenlace. Mientras los textos precedentes sobre los dos hermanos quedan abiertos, terminan con una pregunta y una invitación, aquí se describe el destino irrevocable tanto de uno como del otro protagonista.

Como trasfondo que nos permite entender este relato hay que considerar la serie de Salmos en los que se eleva a Dios la queja del pobre que vive en la fe en Dios y obedece a sus preceptos, pero sólo conoce desgracias, mientras los cínicos que desprecian a Dios van de éxito en éxito y disfrutan de toda la felicidad en la tierra. Lázaro forma parte de aquellos pobres cuya voz escuchamos, por ejemplo, en el Salmo 44: «Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean… Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como ovejas de matanza» (vv. 14.23; cf. Rm 8, 36). La antigua sabiduría de Israel se fundaba sobre el presupuesto de que Dios premia a los justos y castiga a los pecadores, de que, por tanto, al pecado le corresponde la infelicidad y a la justicia la felicidad. Esta sabiduría había entrado en crisis al menos desde el exilio. No era sólo el hecho de que Israel como pueblo sufriera más en conjunto que los pueblos de su alrededor, sino que lo expulsaron al exilio y lo oprimieron; también en el ámbito privado se mostraba cada vez más claro que el cinismo es ventajoso y que, en este mundo, el justo está destinado a sufrir. En los Salmos y en la literatura sapiencial tardía vemos la búsqueda afanosa para resolver esta contradicción, un nuevo intento de convertirse en «sabio», de entender correctamente la vida, de encontrar y comprender de un modo nuevo a Dios, que parece injusto o incluso del todo ausente.

Uno de los textos más penetrantes de esta búsqueda, el Salmo 73, puede considerarse en este sentido como el trasfondo espiritual de nuestra parábola. Allí vemos como cincelada la figura del rico que lleva una vida regalada, ante el cual el orante —Lázaro— se lamenta: «Envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas ni sufren como los demás. Por eso su collar es el orgullo… De las carnes les rezuma la maldad… su boca se atreve con el cielo… Por eso mi pueblo se vuelve a ellos y se bebe sus palabras. Ellos dicen: “¿Es que Dios lo va a saber, se va a enterar el Altísimo?”» (Sal 73, 3-11).

El justo que sufre, y que ve todo esto, corre el peligro de extraviarse en su fe. ¿Es que realmente Dios no ve? ¿No oye? ¿No le preocupa el destino de los hombres? «¿Para qué he purificado yo mi corazón… ? ¿Para qué aguanto yo todo el día y me corrijo cada mañana…? Mi corazón se agriaba.» (Sal 73, 13s.21). El cambio llega de repente, cuando el justo que sufre mira a Dios en el santuario y, mirándolo, ensancha su horizonte. Ahora ve que la aparente inteligencia de los cínicos ricos y exitosos, puesta a la luz, es estupidez: este tipo de sabiduría significa ser «necio e ignorante», ser «como un animal» (cf. Sal73, 22). Se quedan en la perspectiva del animal y pierden la perspectiva del hombre que va más allá de lo material: hacia Dios y la vida eterna.

En este punto podemos recurrir a otro Salmo, en el que uno que es perseguido dice al final: «De tu despensa les llenarás el vientre, se saciarán sus hijos… Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante» (Sal 17, 14s). Aquí se contraponen dos tipos de saciedad: el hartarse de bienes materiales y el llenarse «de tu semblante», la saciedad del corazón mediante el encuentro con el amor infinito. «Al despertar» hace referencia en definitiva al despertar a una vida nueva, eterna; pero también se refiere a un «despertar» más profundo ya en este mundo: despertar a la verdad, que ya ahora da al hombre una nueva forma de saciedad.

El Salmo 73 habla de este despertar en la oración. En efecto, ahora el orante ve que la felicidad del cínico, tan envidiada, es sólo «como un sueño al despertar»; ve que el Señor, al despertar, «desprecia sus sombras» (cf. Sal 73, 20). Y entonces el orante reconoce la verdadera felicidad: «Pero yo siempre estaré contigo, tú agarras mi mano derecha… ¿No te tengo a ti en el cielo?; y contigo, ¿qué me importa la tierra?… Para mí lo bueno es estar junto a Dios.» (Sal 73, 23.25.28). No se trata de una vaga esperanza en el más allá, sino del despertar a la percepción de la auténtica grandeza del ser humano, de la que forma parte también naturalmente la llamada a la vida eterna.

Con esto nos hemos alejado de la parábola sólo en apariencia. En realidad, con este relato el Señor nos quiere introducir en ese proceso del «despertar» que los Salmos describen. No se trata de una condena mezquina de la riqueza y de los ricos nacida de la envidia. En los Salmos que hemos considerado brevemente está superada la envidia; más aún, para el orante es obvio que la envidia por este tipo de riqueza es necia, porque él ha conocido el verdadero bien. Tras la crucifixión de Jesús, nos encontramos a dos hombres acaudalados —Nicodemo y José de Arimatea— que han encontrado al Señor y se están «despertando». El Señor nos quiere hacer pasar de un ingenio necio a la verdadera sabiduría, enseñarnos a reconocer el bien verdadero. Así, aunque no aparezca en el texto, a partir de los Salmos podemos decir que el rico de vida licenciosa era ya en este mundo un hombre de corazón fatuo, que con su despilfarro sólo quería ahogar el vacío en el que se encontraba: en el más allá aparece sólo la verdad que ya existía en este mundo. Naturalmente, esta parábola, al despertarnos, es al mismo tiempo una exhortación al amor que ahora debemos dar a nuestros hermanos pobres y a la responsabilidad que debemos tener respecto a ellos, tanto a gran escala, en la sociedad mundial, como en el ámbito más reducido de nuestra vida diaria.

En la descripción del más allá que sigue después en la parábola, Jesús se atiene a las ideas corrientes en el judaísmo de su tiempo. En este sentido no se puede forzar esta parte del texto: Jesús toma representaciones ya existentes sin por ello incorporarlas formalmente a su doctrina sobre el más allá. No obstante, aprueba claramente lo esencial de las imágenes usadas. Por eso no carece de importancia que Jesús recurra aquí a las ideas sobre el estado intermedio entre muerte y resurrección, que ya se habían generalizado en la fe judía. El rico se encuentra en el Hades como un lugar provisional, no en la «Gehenna» (el infierno), que es el nombre del estado final (Jeremías, p. 152). Jesús no conoce una «resurrección en la muerte», pero, como se ha dicho, esto no es lo que el Señor nos quiere enseñar con esta parábola. Se trata más bien, como Jeremías ha explicado de modo convincente, de la petición de signos, que aparece en un segundo punto de la parábola.

El hombre rico dice a Abraham desde el Hades lo que muchos hombres, entonces como ahora, dicen o les gustaría decir a Dios: si quieres que te creamos y que nuestras vidas se rijan por la palabra de revelación de la Biblia, entonces debes ser más claro. Mándanos a alguien desde el más allá que nos pueda decir que eso es realmente así. El problema de la petición de pruebas, la exigencia de una mayor evidencia de la revelación, aparece a lo largo de todo el Evangelio. La respuesta de Abraham, así como, al margen de la parábola, la que da Jesús a la petición de pruebas por parte de sus contemporáneos, es clara: quien no crea en la palabra de la Escritura tampoco creerá a uno que venga del más allá. Las verdades supremas no pueden someterse a la misma evidencia empírica que, por definición, es propia sólo de las cosas materiales.

Abraham no puede enviar a Lázaro a la casa paterna del rico epulón. Pero hay algo que nos llama la atención. Pensemos en la resurrección de Lázaro de Betania que nos narra el Evangelio de Juan. ¿Qué ocurre? «Muchos judíos… creyeron en él», nos dice el evangelista. Van a los fariseos y les cuentan lo ocurrido, tras lo cual se reúne el Sanedrín para deliberar. Allí se ve la cuestión desde el punto de vista político: se podía producir un movimiento popular que alertaría a los romanos y provocar una situación peligrosa. Entonces se decide matar a Jesús: el milagro no conduce a la fe, sino al endurecimiento (cf. Jn 11, 45-53).

Pero nuestros pensamientos van más allá. ¿Acaso no reconocemos tras la figura de Lázaro, que yace cubierto de llagas a la puerta del rico, el misterio de Jesús, que «padeció fuera de la ciudad» (Hb 13, 12) y, desnudo y clavado en la cruz, su cuerpo cubierto de sangre y heridas, fue expuesto a la burla y al desprecio de la multitud?: «Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 22, 7).

Este Lázaro auténtico ha resucitado, ha venido para decírnoslo. Así pues, si en la historia de Lázaro vemos la respuesta de Jesús a la petición de signos por parte de sus contemporáneos, estamos de acuerdo con la respuesta central que Jesús da a esta exigencia. En Mateo se dice: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo, pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra» (Mt 12, 39s). En Lucas leemos: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación» (Lc 11, 29s).

No necesitamos analizar aquí las diferencias entre estas dos versiones. Una cosa está clara: la señal de Dios para los hombres es el Hijo del hombre, Jesús mismo. Y lo es de manera profunda en su misterio pascual, en el misterio de muerte y resurrección. Él mismo es el «signo de Jonás». Él, el crucificado y resucitado, es el verdadero Lázaro: creer en Él y seguirlo, es el gran signo de Dios, es la invitación de la parábola, que es más que una parábola. Ella habla de la realidad, de la realidad decisiva de la historia por excelencia.

Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I), Planeta Chile 2007, 253-60

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Agustín

El rico epulón y el pobre Lázaro

(Lc 16, 19-31)

1. Si la lectura santa nos llena de terror saludable en esta vida, nadie nos atemorizará después de ella. El fruto del temor es la corrección. No dije solamente «si nos llena de terror la lectura divina», sino «si nos llena de saludable terror». Son muchos los que saben temer y no saben convertirse. ¿Qué existe de más estéril que el temor infructuoso? ¡Cómo se asustaron y temblaron todos nuestros corazones al escuchar que aquel rico soberbio, despreciador del pobre que yacía a su puerta, era atormentado en el infierno, de modo que ni siquiera las preces de súplica podían servirle de nada, y cuando se le respondió, no con crueldad, sino con justicia, que no se podía acudir en su auxilio! En el tiempo en que la misericordia de Dios le hubiese venido en ayuda si se hubiese convertido, se descuidó al amparo de la impunidad y mereció el tormento. Se le perdonaba cuando era soberbio y gozaba jactándose de sus riquezas, sin pensar en los tormentos futuros en los que aquella soberbia le impedía creer y a los que tampoco temía. Pero, al fin, llegó a ellos. ¿Qué significa «al fin»? ¿Cuál fue la duración de su dignidad y de su soberbia? La misma que la de la flor del heno, como habéis escuchado ahora al leer la carta del apóstol Pedro recogiendo un testimonio profético: Toda carne es heno, y la nobleza del hombre como la flor del heno. El heno se secó y la flor cayó. La palabra del Señor, en cambio, permanece para siempre.

2. Aunque esta carne se vista de púrpura y lino, ¿qué otra cosa es sino carne y sangre y heno que se seca? Y por más que los hombres le tributen dignidad y honores, es ciertamente flor, pero flor de heno. Una vez seco el heno, no puede permanecer la flor; como el heno se seca, así la flor cae. Tenemos, pues, a qué agarrarnos para no caer, puesto que la palabra del Señor permanece para siempre. ¿Acaso no despreció la palabra de Dios, hermanos? ¿Acaso miró con desdén esta nuestra fragilidad y mortalidad y dijo «es carne, es heno; que se seque el heno y caiga su flor; no se venga en su ayuda»? Al contrario, tomó nuestro heno para hacernos oro. La palabra del Señor, que permanece para siempre, no consideró indigno de sí hacerse temporalmente heno, no para sufrir ella misma cambio alguno, sino para otorgar al heno un cambio en mejor: La Palabra se hizo carne y habitó en medio de nosotros. El Señor padeció por nosotros, y fue sepultado, y resucitó, y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, no ya como heno, sino como oro incorrupto e incorruptible. Hermanos amadísimos, se nos promete un cambio. Sin embargo, hasta que lleguemos a él ha de pasar este heno; es decir, toda dignidad de la carne pasa con el mundo, toda esta fragilidad envejece. Había pasado en aquel rico el heno; había pasado también la flor, pero si en el tiempo de su heno y en el de la flor del heno hubiera comprendido la Palabra del Señor que permanece para siempre, y depuestas y allanadas las alturas de la soberbia se hubiese postrado ante Dios y, en el caso de que no hubiese querido arrojar sus riquezas, hubiese al menos dado algo de ellas a los pobres que yacían a su puerta, se le hubiese socorrido después del tiempo de este heno. No sin motivo pedía misericordia quien cuando pudo no la ejercitó.

3. Por tanto, hermanos míos, al escuchar cuando se leía el Evangelio aquella voz: Padre Abrahán, envía a Lázaro que moje su dedo en agua y gotee sobre mi lengua, porque me atormento en esta llama, ¡cómo fuimos sacudidos todos en el corazón por si nos acaeciera algo semejante a nosotros después de esta vida y nuestras súplicas fueran vanas! Cuando esta vida haya transcurrido, no habrá lugar para la corrección. Esta vida es como un estadio; o vencemos en él o somos vencidos. ¿Acaso quien ha sido vencido en el estadio busca luchar fuera de él aspirando a la corona que perdió? ¿Qué hacer, pues? Si hemos sentido temor, o terror, si se estremecieron nuestras vísceras, cambiémonos mientras es tiempo. Este es el más fructuoso temor. Nadie puede, hermanos, cambiar sin el temor, sin la tribulación, sin temblor. Golpeamos el pecho cuando nos punza la conciencia de nuestros pecados. Lo que golpeamos es algo que está dentro, algún mal pensamiento; salga fuera en confesión y tal vez no habrá nada que nos punce. Salgan fuera en confesión todos los pecados. Pues aquel rico, inflado en medio del lino, tenía dentro algo que ojalá hubiera saltado fuera mientras vivía. Tal vez no hubiese sido enviado a la llama perpetua. Pero como entonces era soberbio, aquel humor le había causado un tumor, no una erupción. El pobre Lázaro, en cambio, yacía a la puerta lleno de úlceras. Nadie, hermanos, se avergüence de confesar sus pecados. El yacer es propio de la humildad. Sin embargo, ved cómo se vuelven las tornas. Una vez pasada la tribulación del reconocerse pecadores, viene el descanso de los merecimientos: vendrán los ángeles, tomarán a este ulceroso y lo pondrán en el seno de Abrahán, es decir, en el descanso sempiterno, en el lugar secreto del Padre. Seno, en efecto, significa lugar secreto donde descanse el fatigado.

4. Este yacía a la puerta lleno de úlceras; el rico le miraba con desprecio. Deseaba aquél saciarse con las migas que caían de la mesa de éste; él, que alimentaba a los perros con sus úlceras, no era alimentado por el rico. Considerad, hermanos, que se trata de un pobre que siente necesidad. Dichoso, dijo, quien se preocupa del necesitado y del pobre. Prestadle atención y no lo despreciéis como al ulceroso que yacía a la puerta. Da al pobre, porque quien recibe es aquel que quiso sentir necesidad en la tierra y enriquecer desde el cielo. Dice, en efecto, el Señor: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui huésped y me recibisteis, etc. Y ellos: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento o desnudo o huésped? Y él: Cuando lo hicisteis a uno de mis pequeñuelos, a mí me lo hicisteis. Misericordiosamente quiso que en cierto modo su persona estuviera en los pequeñuelos que están fatigados en la tierra, viniendo desde el cielo en su socorro. Das, pues, a Cristo cuando das a un necesitado. ¿O temes que o bien tal guardián pierda algo, o bien tal rico no recompense? Omnipotente es Dios, omnipotente es Cristo; nada puedes perder. Confíaselo a él y nada perderás. ¿Cuándo se lo confías? Cuando lo das a un pobre. Tales riquezas no pasarán, aun cuando la carne haya pasado como heno y la nobleza del hombre como flor de heno. Por tanto, hermanos, si unánimemente nos hemos sentido llenos de terror, corrijámonos ahora, mientras es tiempo, para no sufrir después de esta vida las penas y los tormentos de la llama ardiente, como los que sufrió el rico soberbio e inmisericorde; entonces no será el tiempo de venir en ayuda, porque no es el tiempo de la corrección. Se acude en socorro de alguno en el momento en que se le corrige. Esta vida es la de la corrección, esta vida es la del auxilio y del socorro. Vueltos al Señor…

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 113B, 1-4, BAC Madrid 1983, 649-53

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL INFIERNO

Pocas verdades han sido enseñadas con más claridad en el Santo Evangelio que la existencia del infierno, del cual el Señor nos habla hoy con tanta fuerza, según acabamos de oírlo. Sin embargo, inexplicablemente, es una de las afirmaciones más controvertidas, no sólo por los que no tienen el don de la fe o han caído en la herejía, sino también dentro de la Iglesia. Hoy se predica poco sobre este asunto, y fácilmente se deja caer en el olvido una verdad tan saludable. No se reflexiona suficientemen­te que el temor del infierno es el principio de la prudencia y conduce a la conversión. En este sentido se puede decir que la consideración del infierno ha salvado a muchas almas. Pío XII, en su momento, dirigiéndose a los párrocos y predicadores de Roma, les decía que “la Iglesia tiene el sagrado deber de anun­ciarla (la verdad sobre el infierno), de enseñarla sin ninguna atenuación, como Cristo la ha revelado… y esto obliga en concien­cia a todo sacerdote”. Juan Pablo II, por su parte, en la exhorta­ción apostólica Reconciliado et Paenitentia, enseña que “la Igle­sia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradi­cional designa como los cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria”.

Concentrémonos ahora en el mensaje de este domingo. Ante todo advertimos cómo el destino del hombre después de lamuerte se encuentra en estrecha relación con su modo de vivir en la tierra. Ello no es más que una aplicación concreta de la ense­ñanza que Jesucristo nos impartió en otro lugar sobre la “puerta estrecha” y el “ancho camino”, que conducen la una a la gloria y el otro a la perdición. En este sentido, podríamos decir que es el mismo hombre quien elige el cielo o el infierno. No que ne­guemos, por supuesto, el juicio de Jesucristo y su consiguiente sentencia; lo que queremos afirmar es que cuando alguien se condena, es porque consciente y libremente ha elegido un modo de vida contrario a la ley divina. El infierno no será para él otra cosa que continuar eternamente separado de ese Dios a quien despreció en la tierra. Contrariamente, el que vive unido a Dios por el amor, seguirá amándolo para siempre, y ese será su gozo eterno en el cielo. Epulón prefirió gozar en la tierra. Contraria­mente, el que vive unido a Dios por el amor, seguirá amándolo para siempre, y ese será su gozo eterno en el cielo. Epulón prefirió gozar en la tierra, ofreciendo a sus sentidos placeres incesantes –”recuerda que has recibido tus bienes en la vida”, le dice Abraham–, y así renunció al cielo; Lázaro, en cambio, recibió con abnegación y soportó con paciencia el hambre, las privaciones y la enfermedad, y así pudo ser feliz para siempre.

Enseñan los teólogos que el primer y más terrible suplicio es la llamada “pena de daño”, que consiste en la privación de la vis­ta de Dios. Así como hay un abismo entre el Creador y la creatura, que la redención de Cristo logra superar, los que se han apartado de Dios para volverse a las cosas de la tierra, que eso es el pecado, y no se han arrepentido, encontrarán también en la otra vida un abismo que los separa de los bienes eternos que el mismo Dios tiene destinados a los que le aman. Pena terrible, que causará una aflicción definitiva en los condenados, quienes verán con toda claridad la magnitud de lo que han perdido por los fútiles placeres que entonces les parecerán bien insignificantes.

Para entender la intensidad de este tormento, debemos recordar que el hombre ha sido creado para Dios. Su perfección es la unión con Él. Aun cuando se intente negar esto y vivir como si Dios no existiera, permanece en el alma esa tendencia al ab­soluto, imposible de suprimir, a pesar de todos los sustitutos que el hombre se busque para saciar su sed de infinito. Los ídolos mo­dernos no son más que una caricatura supletoria para canalizar el ansia de absoluto del que ha renegado del verdadero Dios.

En esta vida, asimismo, las pasiones ofrecen al alma múltiples motivos de ocupación, pero después de la muerte, separada del cuerpo, imposibilitada de gozar con los sentidos, se enfrentará con la realidad de estar hecha para Dios, sin atenuantes que la distraigan. Por un lado, el condenado podrá ver claramente que su existencia no tiene otra finalidad que la unión con Dios, y por otro comprobará aterrado y sin sombra de duda que lo ha perdi­do para siempre. Ello será causa de una suerte de desgarramiento interior que lo hará sufrir enormemente: “Perecer para el reino de Dios, expatriarse de la ciudad de Dios, enajenarse de la vida de Dios, carecer de la dulzura de Dios… es una pena tan grande, que no puede haber tormento alguno entre los conocidos que se le pueda comparar”, dice San Agustín.

Además de la pérdida irreparable que implica la “pena de daño”, los réprobos sufrirán también la llamada “pena de sentido”, que atormenta el alma de los condenados desde el momento de la muerte, y que después de la resurrección va a afligir también a sus cuerpos.

Así como el pecado es un apartamiento de Dios, que se castiga con la pena de daño, es también un goce desordenado de las creaturas, que será reprimido con la pena de sentido, merced a la cual se restablece el orden vulnerado por la mala conducta; si antes el pecador disfrutó injustamente, debe ahora sufrir justa­mente. Esta pena es designada en el Evangelio con la palabra fuego, que vemos aquí cómo tortura al rico Epulón: “estas llamas me atormentan”. Aunque no podemos determinar la naturaleza de este fuego, podemos sí afirmar que existe realmente, y que significa un verdadero padecimiento para los condenados.

Todo lo que podemos imaginar del suplicio del infierno se ve enormemente agravado por el hecho de tratarse de penas eternas. Es, sin duda, uno de los aspectos más impresionantes de esta verdad: el condenado queda fijado definitivamente y para siempre en esa penosísima situación. Dice el Dante en su Divina Comedia que en la puerta del infierno se puede leer esta inscripción: “Abandonad toda esperanza los que entráis aquí”. Cuando el Señor describe el juicio final, al referirse a los condenados afirma con claridad que la eternidad es inseparable del infierno: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. Ahora, en la parábola, hace decir a Abraham: “Los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí”, indicando con estas palabras la imposibilidad de la rehabilitación de los condenados al infierno. Aunque diversos herejes sostuvieron alguna vez la reconciliación al fin de los tiempos, o el aniquilamiento de los condenados, la Iglesia ha enseñado claramente lo equivocado de estas afirmaciones, reiterando la eternidad de las penas del infierno.

Decíamos al principio cómo esta verdad es silenciada a veces en la catequesis y la predicación, so pretexto de combatir lo que llaman “la religión del temor”. Con absoluto menosprecio de la doctrina expresa del Evangelio, pretenden algunos enmendarle la plana al mismo Jesucristo, soslayando estas enseñanzas que Él transmitió tan claramente. Por supuesto que es más perfecto bus­car a Dios pura y solamente en razón de su bondad, pero no puede desconocerse la saludable influencia del santo temor a la justicia divina. Ante todo, porque viendo la magnitud del castigo, capta­rnos mejor la generosidad del perdón y la misericordia de Dios, lo que nos mueve a amarlo más. Y asimismo, como recuerda San Ignacio en el libro de los Ejercicios Espirituales, “para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado”.

Continuaremos ahora el Santo Sacrificio de la Misa. En ella, el pan y el vino se convertirán en el Cuerpo y Sangre de Cristo, quien se hará presente sobre el altar, entre otros fines, para ofrecer al Padre un digno desagravio por los pecados del mundo. Cuando se eleven la hostia y el cáliz, pensemos que el sacerdote los presenta para aplacar la cólera de Dios, e impedir así que el rayo de su divina justicia caiga sobre nosotros con el merecido castigo por nuestras ofensas.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 270-274)

Volver Aplicación



San Juan Pablo II


El infierno como rechazo definitivo de Dios

1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en «un infierno».

Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.

2. Para describir esta realidad, la sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico, que se precisará progresivamente. En el Antiguo Testamento, la condición de los muertos no estaba aun plenamente iluminada por la Revelación. En efecto, por lo general, se pensaba que los muertos se reunían en el sheol, un lugar de tinieblas (cf. Ez 28, 8; 31, 14; Jb 10, 21 ss; 38, 17; Sal 30, 10; 88, 7. 13), una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7, 9), un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18; Sal 6, 6).

El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.

Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será juzgado «de acuerdo con sus obras» (Ap 20, 13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde «será el llanto y el rechinar de dientes» (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como la gehenna de «fuego que no se apaga» (Mc 9, 43). Todo ello es expresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, en la que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Lc 16, 19-31).

También el Apocalipsis representa plásticamente en un «lago de fuego» a los que no se hallan inscritos en el libro de la vida, yendo así al encuentro de una «segunda muerte» (Ap 20, 13ss). Por consiguiente, quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a «una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder» (2 Ts 1, 9).

3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n. 1033).

Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.

4. La fe cristiana enseña que, en el riesgo del «sí» y del «no» que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya «no». Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios (cf. concilio IV de Letrán: DS 800-801). Para nosotros, los seres humanos, esa historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo «sí» a Dios.

La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, cuáles seres humanos han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento del infierno -y mucho menos la utilización impropia de las imágenes bíblicas no debe crear psicosis o angustia; pero representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar «Abbá, Padre» (Rm 8, 15; Ga 4, 6).

Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano. Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia, como lo atestiguan, por ejemplo, las palabras del Canon Romano: «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa (…), líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos».

San Juan Pablo II, Audiencia del día miércoles 28 de julio de 1999

Volver Aplicación

Benedicto XVI


Queridos hermanos y hermanas: Hoy el evangelio de san Lucas presenta la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31). El rico personifica el uso injusto de las riquezas por parte de quien las utiliza para un lujo desenfrenado y egoísta, pensando solamente en satisfacerse a sí mismo, sin tener en cuenta de ningún modo al mendigo que está a su puerta. El pobre, al contrario, representa a la persona de la que solamente Dios se cuida: a diferencia del rico, tiene un nombre, Lázaro, abreviatura de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente “Dios le ayuda”. A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor. La narración muestra cómo la iniquidad terrena es vencida por la justicia divina: después de la muerte, Lázaro es acogido “en el seno de Abraham”, es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba “en el infierno, en medio de los tormentos”. Se trata de una nueva situación inapelable y definitiva, por lo cual es necesario arrepentirse durante la vida; hacerlo después de la muerte no sirve para nada.

Esta parábola se presta también a una lectura en clave social. Sigue siendo memorable la que hizo hace precisamente cuarenta años el Papa Pablo VI en la encíclica Populorum progressio. Hablando de la lucha contra el hambre, escribió: “Se trata de construir un mundo donde todo hombre (…) pueda vivir una vida plenamente humana, (…) donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la misma mesa que el rico” (n. 47). Las causas de las numerosas situaciones de miseria son —recuerda la encíclica—, por una parte, “las servidumbres que le vienen de la parte de los hombres” y, por otra, “una naturaleza insuficientemente dominada” (ib.). Por desgracia, ciertas poblaciones sufren por ambos factores a la vez. ¿Cómo no pensar, en este momento, especialmente en los países de África subsahariana, afectados durante los días pasados por graves inundaciones? Pero no podemos olvidar otras muchas situaciones de emergencia humanitaria en diversas regiones del planeta, en las que los conflictos por el poder político y económico contribuyen a agravar problemas ambientales ya serios. El llamamiento que en aquel entonces hizo Pablo VI: “Los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos” (Populorum progressio, 3), conserva hoy toda su urgencia. No podemos decir que no conocemos el camino que hay que recorrer: tenemos la ley y los profetas, nos dice Jesús en el Evangelio. Quien no quiere escucharlos, no cambiará ni siquiera si alguien de entre los muertos vuelve para amonestarlo.

La Virgen María nos ayude a aprovechar el tiempo presente para escuchar y poner en práctica esta palabra de Dios. Nos obtenga que estemos más atentos a los hermanos necesitados, para compartir con ellos lo mucho o lo poco que tenemos, y contribuir, comenzando por nosotros mismos, a difundir la lógica y el estilo de la auténtica solidaridad.

(Ángelus, Domingo 30 de septiembre de 2007)

Volver Aplicación

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El rico Epulón y el pobre Lázaro

Lc 16, 19-31

            El rico Epulón, estando ya condenado en el infierno, quiso ayudar a sus hermanos para que no cayesen en el infierno como él. Pero este deseo del rico Epulón es algo imposible en un condenado. El condenado no puede querer algo bueno, está confirmado en el mal.

            Quería que Abrahán les diera una señal extraordinaria para que se convirtieran: enviar a Lázaro desde el cielo para prevenirlos, para que se convirtieran al ver a Lázaro resucitado. Abrahán le respondió que bastaba con lo que decía Moisés y los profetas, es decir, con la revelación de la Escritura. En ellas estaba contenido todo lo necesario para la salvación.

            Los signos extraordinarios los puede o no dar Dios si Él lo ve conveniente como al rey Ajaz[1] pero normalmente los medios ordinarios son suficientes para la salvación.

            Cuando uno se obstina en el pecado por malicia o cuando las cosas mundanas lo enceguecen no ve los signos ordinarios que Dios da para salvarse pero ni siquiera los extraordinarios.

            Así sucedía con los fariseos. Tenían una concepción tal de las riquezas que los llevaba a amarlas intensamente. Para ellos el ser ricos era un signo de predestinación y salvación. Esa concepción asimilada se estrelló con la enseñanza de Cristo sobre la pobreza aceptada y se ofuscaron en su mal obrar. Se burlaban de lo que Cristo dijo[2] sobre las riquezas. Para ellos no existía ninguna contradicción entre la adoración a Dios y el culto a las riquezas; al contrario, para ellos las riquezas eran un signo de la bendición de Dios. Para Jesucristo o se ama a Dios o se ama a las riquezas, o se rinde culto a Dios o se rinde culto a las riquezas: “No se puede servir a dos señores”. Servir a las riquezas es servir al diablo.

¿Cuántos signos presenciaron los fariseos y no les sirvieron para convertirse? Vieron milagros hechos por Cristo sobre las enfermedades, vieron a Cristo resucitar a muertos, conocieron su misma resurrección y no creyeron. ¿Por qué? Porque antes habían sido infieles a la enseñanza de Moisés y de los profetas.

Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. ¿Pero si no creéis en sus escritos, cómo vais a creer en mis palabras?[3]

Y por eso los fariseos ofuscados en su pecado se habían enceguecido también para los signos de Jesús. Un día que Jesús curó un ciego de nacimiento ellos se cerraron voluntariamente a aceptar el milagro y Jesús terminó diciendo:

Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos”. Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: “¿Es que también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: “Vemos” vuestro pecado permanece[4].

La vida mundana también ciega y embota para las cosas espirituales. Hace desagradable el trato con Dios que era lo que ocurría con los fariseos y con los hermanos del Epulón. La vida mundana está regida por los placeres carnales: los placeres de la mesa y los placeres sexuales. La gula y la lujuria. Y estos pecados hacen torpe para entender las cosas que trascienden lo sensible o directamente ciegan para las cosas del espíritu.

San Ignacio de Loyola quiere, en sus Ejercicios Espirituales, que al terminar la repetición de pecados propios se haga un coloquio a la Virgen, a Jesús y al Padre pidiendo entre otras cosas: “conocimiento del mundo, para que, aborreciéndolo, aparte de mí las cosas mundanas y vanas”[5].

Quizá nosotros no vivamos como el Epulón y sus hermanos en banquetes y vida totalmente mundana que nos ponga en riesgo de condenación eterna pero sí puede ser que haya cosas mundanas en nosotros que no advirtamos y vayan ellas socavando nuestra fe porque el embotamiento y la ceguera espiritual atentan contra la fe. Además nosotros tenemos que tratar no sólo de evitar los pecados mortales que nos ponen en riesgo de condenarnos sino los veniales que van oscureciendo el alma.

            También las cosas mundanas dificultan que la Palabra de Dios dé fruto en nosotros. Y así dice el Señor en la parábola del Sembrador:

Las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto.

“Tienen a Moisés y a los profetas; que los oigan”, decía Abrahán al Epulón. Cristo, sin embargo, hablaba a los fariseos que escuchaban su palabra.

La Palabra de Jesús:

Es poderosa para conmover. “¿No es así mi palabra, como el fuego, y como un martillo golpea la peña?”[6]. Y por eso “enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas”[7].

Es sabrosa para producir consolación. “Déjame oír tu voz; porque tu voz es dulce, y gracioso tu semblante[8]; “¡Cuán dulce al paladar me es tu promesa, más que miel a mi boca!”[9].

Es útil para atrapar y no dejar ir al que las escucha[10]. “Yo, Yahvé, tu Dios, te instruyo en lo que es provechoso y te marco el camino por donde debes ir” (Is 48, 17)[11].

Es un poder que opera, pues con su palabra realiza los milagros que son los signos del Reino de Dios[12]. Con su palabra produce en los corazones los efectos espirituales cuyos símbolos son los milagros como el perdón de los pecados[13]. Con su palabra trasmite a los doce sus poderes[14] e instituye los signos de la nueva alianza[15]. Por su palabra se obra la salvación entre los hombres.

Es luz que revela, por su palabra anuncia el Evangelio del Reino[16] dando a conocer sus misterios por parábolas[17]. En apariencia es un profeta[18] o un doctor que enseña en nombre de Dios[19]. En realidad habla “con autoridad” como de su propio fondo, con la certeza de que “sus palabras no pasarán”[20]. Esta actitud deja entrever un misterio, al que el cuarto Evangelio se asoma con predilección. Jesús “dice las palabras de Dios”[21], dice “lo que el Padre le ha enseñado”[22]. Por eso “sus palabras son espíritu y vida” (Jn 6, 63)[23].

La respuesta a la palabra de Cristo, a su revelación es nuestra adhesión por la fe. El hombre que se alimenta de la palabra de Dios va creciendo en la fe día a día.

(En el Evangelio) se revela la justicia de Dios, de fe en fe, como dice la Escritura: El justo vivirá por la fe[24].

Y es la fe la que va haciendo morir en nosotros las cosas mundanas[25].

Lázaro estaba echado a los pies del rico cada día. Era un signo de Dios que lo llamaba a la conversión: “porque tuve hambre y me distéis de comer”.

Nos pasa a nosotros que esperamos un signo extraordinario, un momento especial, ideal, diría yo, para convertirnos, para dejar las cosas del mundo, para decidirnos a caminar sinceramente el camino de Jesús.

Si cumplimos los mandamientos con perfección alcanzaremos la salvación ¿Pero que nos dificulta cumplir los mandamientos? Los pequeños apegos a las criaturas o a nosotros mismos.

Los apegos nos quitan libertad, oscurecen nuestros ojos y nos hacen ver las cosas distorsionadas.

También para quitar los apegos nos ayuda la palabra de Dios porque ella es espada del Espíritu[26], más cortante que espada alguna de dos filos. Ella discierne sentimientos y pensamientos del corazón[27], reengendra de un germen no corruptible sino incorruptible[28], es “viva y permanente”[29], “es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia”[30], “es fuerza de Dios para salvación de todo el que cree”[31].

Y es curioso que el Evangelio nos muestre que el que se obstina en no adherirse al Evangelio no cambiará ni siquiera viendo signos extraordinarios y también se dispone a las penas eternas del infierno.

Pidamos la gracia de conocer nuestros apegos mundanos, las cosas mundanas que se nos han pegado y por medio de la lectura y meditación del Evangelio y nuestra adhesión a él por la fe podamos vencer al mundo.

El que desea y suspira por la perfección de la vida cristiana, el que quiere ser grande en el reino de los cielos, el que desea ser verdadero discípulo de Cristo y el que quiere ser perfecto como su Padre, que está en los cielos, lo es, ponga los ojos en este espejo del Evangelio y en todos los consejos y palabras de Cristo, porque allí hallará toda la perfección que se puede desear[32].

________________________________________________
[1] Cf. Is 7, 13-14
[2] Lc 16, 14
[3] Jn 5, 45-47
[4] Jn 9, 39-41
[5] E.E. nº 63s
[6] Jr 23, 29
[7] Mt 7, 29
[8] Ct 2, 14
[9] Sal 118, 103
[10] Cf. Jn 6, 69
[11] Fuentes, Inri…, 89
[12] Mt 8,8.16; Jn 4, 50-53
[13] Mt 9, 1-7 p
[14]Mt 18, 18; Jn 20, 23
[15] Mt 26, 26-29 p
[16] Mt 4, 33
[17] Mt 13, 11 p
[18] Jn 6, 14
[19] Mt 22, 16 p
[20] Mt 24, 35 p
[21] Jn 3, 34
[22] Jn 8, 28
[23] Cf. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica…, 633-4
[24] Rm 1, 17
[25] Cf. Jn 5, 4
[26] Ef 6, 17
[27] Hb 4, 12-13
[28] 1Pe 1, 23
[29] Ibíd.
[30]2 Tm 3, 16
[31] Rm 1, 16
[32] Fray Luis de Granada, O.P., Obra Selecta, BAC Madrid 1947, 784

Volver Aplicación

Inicio

Directorio Homilético

 

Vigésimo sexto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 1939-1942: la solidaridad humana

CEC 2437-2449: la solidaridad entre las naciones, el amor a los pobres

CEC 2831: el hambre en el mundo, solidaridad y oración

CEC 633, 1021, 2463, 2831: Lázaro

CEC 1033-1037: el Infierno

III     LA SOLIDARIDAD HUMANA

1939  El principio de solidaridad, enunciado también con el nombre de “amistad” o “caridad social”, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana (cf SRS 38-40; CA 10):

          Un error, “hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora” (Pío XII, enc. “Summi pontificatus”).

1940  La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.

1941  Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.

1942  La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6,33):

            Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano (Pío XII, discurso de 1 Junio 1941).

V       JUSTICIA Y SOLIDARIDAD ENTRE LAS NACIONES

2437  En el plano internacional la desigualdad de los recursos y de los medios económicos es tal que crea entre las naciones un verdadero “abismo” (SRS 14). Por un lado están los que poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro, los que acumulan deudas.

2438  Diversas causas, de naturaleza religiosa, política, económica y financiera, confieren hoy a la cuestión social “una dimensión mundial” (SRS 9). La solidaridad es necesaria entre las naciones cuyas políticas son ya interdependientes. Es todavía más indispensable cuando se trata de acabar con los “mecanismos perversos” que obstaculizan el desarrolla de los países menos avanzados (cf SRS 17; 45). Es preciso sustituir los sistemas financieros abusivos, si no usureros (cf CA 35), las relaciones comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de armamentos, por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia objetivos de desarrollo moral, cultural y económico “fijando de nuevo las prioridades y las escalas de valores” (CA 28).

2439  Las naciones ricas  tienen una responsabilidad moral grave respecto a las que no pueden por sí mismas asegurar los medios de su desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por trágicos acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de caridad; es también una obligación de justicia si el bienestar de las naciones ricas procede de recursos que no han sido pagados justamente.

2440  La ayuda directa constituye una respuesta apropiada a necesidades inmediatas, extraordinarias, causadas por ejemplo por catástrofes naturales, epidemias, etc. Pero no basta para reparar los graves daños que resultan de situaciones de indigencia ni para remediar de forma duradera las necesidades. Es preciso también reformar las instituciones económicas y financieras internacionales para que promuevan mejor relaciones equitativas con los países menos desarrollados (cf SRS 16). Es preciso sostener el esfuerzo de los países pobres que trabajan por su crecimiento y su liberación (cf CA 26). Esta doctrina exige ser aplicada de manera muy particular en el ámbito del trabajo agrícola. Los campesinos, sobre todo en el Tercer Mundo, forman la masa preponderante de los pobres.

2441  Acrecentar el sentido de Dios y el conocimiento de sí mismo constituye la base de todo desarrollo completo de la sociedad humana. Este multiplica los bienes materiales y los pone al servicio de la persona y de su libertad. Disminuye la miseria y la explotación económicas. Hace crecer el respeto de las identidades culturales y la apertura a la transcendencia (cf SRS 32; CA 51).

2442  No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos. La acción social puede implicar una pluralidad de vías concretas. Deberá atender siempre al bien común y ajustarse al mensaje evangélico y a la enseñanza de la Iglesia. Pertenece a los fieles laicos “animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia” (SRS 47; cf 42).

VI     EL AMOR DE LOS POBRES

2443  Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: “a quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5,42). “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10,8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25,31-36). La buena nueva “anunciada a los pobres” (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo.

2444  “El amor de la Iglesia por los pobres…pertenece a su constante tradición ” (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6,20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8,20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12,41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de “hacer partícipe al que se halle en necesidad” (Ef 4,28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

2445  El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

          Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446  S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos” (Laz. 1,6). “Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (AA 8):

          Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2447  Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4):

          El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17).

2448  “Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o síquicas y, por último, la muerte- la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los `más pequeños de sus hermanos’ . También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables” (CDF, instr. “Libertatis conscientia” 68).

2449  En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) responden a la exhortación del Deuteronomio: “Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra” (Dt 15,11). Jesús hace suyas estas palabras: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis” (Jn 12,8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: “comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias…” (Am 8,6), sino nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (cf Mt 25,40):

            El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: “cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús”.

2831  Pero la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el mundo, llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16, 19-31) y del juicio final (cf Mt 25, 31-46).

633    La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf. Sal 89, 49;1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el “seno de Abraham” (cf. Lc 16, 22-26). “Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos” (Catech. R. 1, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados (cf. Cc. de Roma del año 745; DS 587) ni para destruir el infierno de la condenación (cf. DS 1011; 1077) sino para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Cc de Toledo IV en el año 625; DS 485; cf. también Mt 27, 52-53).

1021  La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiv a del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno con consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.

2463  En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola (cf Lc 16,19-31). En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: “Cuanto dejásteis de hacer con uno de estos, también conmigo dejásteis de hacerlo” (Mt 25,45).

IV     EL INFIERNO

1033  Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.

1034  Jesús habla con frecuencia de la “gehenna” y del “fuego que nunca se apaga” (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que “enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad…, y los arrojarán al horno ardiendo” (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:” ¡Alejaos de Mí malditos al fuego eterno!” (Mt 25, 41).

1035  La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036  Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14) :

          Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera  que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes’ (LG 48).

1037  Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegari as diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9):

          Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88)

Volver Direc. Homil.

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio