Archivo por meses: agosto 2016

Domingo XXI Tiempo Ordinario (C)

21
agosto

Domingo XXI Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXI Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 21 de Agosto de 2016)

LECTURAS

 

Traerán a todos los hermanos
de entre todas las naciones

Lectura del libro del profeta Isaías     66, 18-21

Así habla el Señor:
Yo mismo vendré a reunir a todas las naciones y a todas las lenguas, y ellas vendrán y verán mi gloria. Yo les daré una señal, y a algunos de sus sobrevivientes los enviaré a las naciones: a Tarsis, Put, Lud, Mésec, Ros, Tubal y Javán, a las costas lejanas que no han oído hablar de mí ni han visto mi gloria. Y ellos anunciarán mi gloria a las naciones.
Ellos traerán a todos los hermanos de ustedes, como una ofrenda al Señor, hasta mi Montaña santa de Jerusalén. Los traerán en caballos, carros y literas, a lomo de mulas y en dromedarios -dice el Señor- como los israelitas llevan la ofrenda a la Casa del Señor en un recipiente puro. Y también de entre ellos tomaré sacerdotes y levitas, dice el Señor.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 116, 1-2 (R.: Mc 16, 15)

R. Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio.

O bien:

Aleluia.

¡Alaben al Señor, todas las naciones,
glorifíquenlo, todos los pueblos! R.

Es inquebrantable su amor por nosotros,
y su fidelidad permanece para siempre. R.

El Señor corrige al que ama

Lectura de la carta a los Hebreos     12, 5-7. 11-13

Hermanos:
Ustedes se han olvidado de la exhortación que Dios les dirige como a hijos suyos:
Hijo mío,
no desprecies la corrección del Señor,
y cuando te reprenda, no te desalientes.
Porque el Señor corrige al que ama
y castiga a todo aquel que recibe por hijo.
Si ustedes tienen que sufrir es para su corrección; porque Dios los trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre?
Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella.
Por eso, «que recobren su vigor las manos que desfallecen y las rodillas que flaquean. Y ustedes, avancen por un camino llano», para que el rengo no caiga, sino que se sane.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 14, 6

Aleluia.
«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre, sino por mí», dice el Señor.
Aleluia.

EVANGELIO

Vendrán muchos de Oriente y de Occidente,
a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     13, 22-30

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.
Una persona le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?»
Él respondió: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos». Y él les responderá: «No sé de dónde son ustedes».
Entonces comenzarán a decir: «Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas». Pero él les dirá: «No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!»
Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.
Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XXI Tiempo Ordinario
Ciclo C

Entrada        

Nos reunimos hoy en el templo para cumplir con el mandato de Dios de santificar el día del Señor. El domingo es el día del Señor por excelencia y lo celebramos participando activa, digna y fructuosamente del Santo Sacrificio de la Misa.

1° Lectura                                                                                                    Is 66, 18-21

El Señor envía mensajeros para anunciar su gloria y para hacer de las naciones una ofrenda al Señor en Jerusalén.

2° Lectura                                                                                        Heb 12, 5-7.11-13

El Señor trata a sus hijos como un padre misericordioso, corrigiendo a los que ama y alentando a caminar por el sendero de la verdadera santidad.

Evangelio                                                                                          Lc 13, 22-30

El Evangelio exige la sincera conversión del corazón y las obras que siguen a la penitencia. De entre todos los pueblos de la tierra saldrán hijos que se sentarán a comer del banquete del Reino de Dios.

Preces
Invoquemos a Dios Padre, que envió a su Hijo como salvador y modelo supremo de su pueblo.
A cada intención respondemos…

+ Por el Santo Padre y sus próximos viajes apostólicos, que el impulso de su caridad pastoral produzca frutos especialmente para la unidad de todos los cristianos. Oremos…

+ Por los sacerdotes, para que viviendo de los misterios que celebran, ofrezcan ante el mundo el testimonio de la salvación realizada en Cristo. Oremos…

+ Por los religiosos y religiosas de Oriente Medio, que el sacrificio que realizan trabajando en condiciones de guerra y odios religiosos, fructifique en la conversión de todos los que no conocen al verdadero Dios. Oremos…

+ Por nuestra Patria, para que la Virgen de Luján conceda la conversión a los que yerran, fortaleza a los que sufren  y su amorosa protección sobre todos. Oremos…

+ Por todos aquellos que se encuentran en alguna situación de sufrimiento: por los que no tienen trabajo, por los que no tienen techo, por aquellos que se encuentran bajo la esclavitud de los vicios, la droga o el alcohol; para que Cristo los consuele y encuentren en Él la libertad de sus espíritus. Oremos…

Oh Dios, fuerza de los que en Ti esperan, escucha nuestras súplicas, y puesto que el hombre es frágil y sin Ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio

Con espíritu humilde, ofrecemos ante el altar del Señor:

+ Incienso, para que junto con él suba la alabanza ofrecida a nuestro Dios.

+ Junto con el pan y el vino, ponemos sobre el altar a todos nuestros afanes y preocupaciones            para que sean unidos a la ofrenda del Redentor.

Comunión     

La comunión del Cuerpo de Cristo nos reconforta el alma y nos da la fuerza necesaria para nuestro camino hacia la vida eterna.

Salida            

Después de haber llenado nuestra alma con la alegría de la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, salgamos resueltos al mundo a predicar el evangelio en los ambientes en los cuales nos movemos.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

La salvación ofrecida a todos

La vida itinerante de Jesús es renuncia. Así debe ser por disposición divina. Como tal, ha de ser modelo para los que le sigan, y muy en particular para sus discípulos. La primera sección del relato del viaje comenzó con el llamamiento a seguir a Jesús en su marcha hacia Jerusalén (9,51-62), la segunda muestra claramente adónde se va: a Jerusalén, a la ciudad de la glorificación de Jesús, pero también a la ciudad de su muerte. Quien quiera ser glorificado con él, debe estar también resuelto a tomar en serio su seguimiento como discípulo y a elegir. La tercera sección del relato del viaje conducirá cerca de Jerusalén: el reino de Dios está ya presente, el Hijo del hombre ha de venir. ¿Cuáles son las condiciones para que la venida no acabe en condenación, sino en salvación (17,11-19,27)? Lo que tiene lugar durante la marcha de Jesús hacia Jerusalén servirá de enseñanza a la Iglesia, que entra en la gloria mediante una labor itinerante de misión y pasando por persecuciones y sufrimientos. (…)

a) La ciudad de la glorificación (Lc/13/22-30).

22 Y atravesaba ciudades y aldeas, enseñando y siguiendo su camino a Jerusalén.

Jesús está en camino. Su viaje es viaje de misión, su caminar es acción, su acción es enseñar (Cf.4,15.31; 5,3.17; 6,6; 13,10; 19,47; 20,1.21; 21,37; 23,5). Enseña que las promesas divinas de salvación, contenidas en la Escritura, se están cumpliendo ahora por medio de él (4,21); enseña el camino de Dios (20,21), la forma de vida que aguarda Dios de los hombres; enseña los caminos de salvación (Hec_16:17), lo que es necesario para alcanzar la salvación eterna (cf. 13,23).

Expone su doctrina en ciudades y aldeas; a todos se ofrece la salvación que él anuncia. Todos son llamados a tomar una decisión, a optar por la voluntad de Dios o contra ella en este tiempo de salvación, que se inaugura. Los dos escritos de Lucas están llenos de una dinámica apostólica sin reposo, impuesta por la necesidad de la misión divina (13,33), la voluntad salvadora de Dios. Jesús, que camina de un lugar a otro, es modelo de los apóstoles itinerantes, su camino prepara el testimonio apostólico. De los apóstoles se dice: «Después de dar pleno testimonio y de predicar la palabra del Señor… iban evangelizando muchas aldeas de samaritanos» (Hec_8:25). «Felipe se encontró en Azoto y de paso iba evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea» (Hec_8:40). Sobre todo Pablo es, según los Hechos de los apóstoles, el viajero infatigable. La aparición de Jesús en Israel indica la futura misión de la Iglesia y es su presupuesto histórico. La meta de la marcha de Jesús es Jerusalén (Lc_9:51). Allí le aguarda la «elevación»: pasión y glorificación, muerte y ascensión al cielo. El término de su peregrinación es el cielo; los apóstoles le miraban mientras «se iba» al cielo (Hec_1:10). Lo que Jesús experimenta y enseña en su marcha indica a los discípulos el camino de la resurrección personal y de la salvación. Los apóstoles son «siervos del Dios Altísimo, que anuncian el camino de salvación» (Hec_16:17). «Confirman los ánimos de los discípulos, exhortándolos a permanecer en la fe y diciéndoles que por muchas tribulaciones tenemos que pasar para entrar en el reino de Dios» (Hec_14:22).

23 Uno le preguntó: Señor, ¿son pocos los que se salvan?

¿Quién se salva? ¿Quién va al cielo? ¿Quién entra en el reino de Dios? Estas son preguntas candentes que se presentan en el camino de la vida. ¿A quién no le escuece en el alma la cuestión de la salvación y de la salud? Uno le pregunta por el número de los que se salvan. ¿Son pocos? Aquel hombre se dirige a Jesús como al Señor. Para él es Jesús una autoridad destacada en cuestiones de la salvación al final de los tiempos. Le hacían estas preguntas: «¿Qué haría yo para heredar la vida eterna?» (Lc_18:18), «¿Cuándo vendrá el reino de Dios?» (Lc_17:20), «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?» (Hec_1:6). Como Señor que es, dispone del reino, porque el Padre se lo ha confiado (Lc_22:29).

La doctrina de los fariseos dominante en la época de Jesús decía: «Todo Israel tiene participación en el mundo venidero» (Mishna, Sanhedrín 10,1) En otros círculos se pensaba en forma más pesimista: «Sólo a pocos traerá alivio el mundo venidero, a muchísimos, en cambio, fatiga» (4Esd_5:47). ¿Qué decir? Jesús no zanja la cuestión, no quiere zanjarla. ¿Por qué pregunta el hombre por el número? ¿No busca ocultamente seguridad en el número? Si todo Israel se ha de salvar, entonces está uno seguro. Si el número es pequeño, ¿para qué, pues, molestarse? Los números son un impedimento para lo que quiere Jesús con su predicación. Jesús llama a tomar partido por el actual ofrecimiento de Dios. Esto es lo que importa, no saber el número…

23b él les contestó: 24 Esforzaos por entrar por la puerta estrecha; que muchos -os lo digo yo- intentarán entrar, pero no lo conseguirán.

La salvación al final de los tiempos se asemeja a un banquete que se celebra en una sala cuya puerta es estrecha. Hay que imaginársela muy estrecha. Con una imagen un tanto atrevida dice Jesús en una ocasión que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios (Lc_18:25). Delante de la puerta se produce gran aglomeración. Todos quieren entrar y participar en el banquete. Sólo el que emplea la fuerza puede abrirse paso entre la multitud apiñada. Sólo el que se impone las fatigas de una competición puede lograr entrar.

El deportista pone en juego en los últimos minutos todas las fuerzas que han de decidir la victoria. Para salvarse es necesario emplear todas las fuerzas. Jesús invita: Esforzaos. Los escritos apocalípticos, que por los días de Jesús hablaban mucho del tiempo final y de la gloria, contaban entre las mayores satisfacciones de los que iban por los caminos del Altísimo, «el haber combatido en dura pelea para sofocar la malicia ingénita, de modo que ésta no los lleve de la vida a la muerte» (4Esd_7:92). Jesús mismo combatió de esta manera en el huerto de los Olivos y poniendo en tensión todas sus fuerzas tomó en su mano el cáliz de la pasión y la muerte que le estaba reservada (Lc_22:44). Para llegar a su elevación al cielo tiene que pasar por esta tensión y por este forcejeo. E1 camino de la salvación es el seguimiento de Jesús por el camino de Getsemaní y del Calvario, por la aceptación de la muerte y por la muerte misma (Lc_9:57-62). De estos esfuerzos y de este combate escribe Pablo: «Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, para la que fuiste llamado y cuya profesión hiciste en una hermosa confesión ante muchos testigos» (1Ti_6:12). Y otra vez: «He combatido el buen combate, he realizado plenamente la carrera, he guardado la fe. Y ahora está ya preparada para mí la corona de justicia, con la que me retribuirá en aquel día el Señor, el juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan mirado con amor su aparición» (/2Tm/04/07s).

La puerta estrecha sólo está abierta por cierto tiempo. Desde que Jesús anunció el tiempo de salvación, está abierta la puerta (Lc_4:21). El plazo vencerá cuando venga el Señor a juzgar. ¿Cuándo será esta hora? ¿Cuándo se cerrará la puerta? Nadie lo sabe. Aun cuando el tiempo se «extienda» hasta el fin, permanece incierto el momento en que se ha de cerrar la puerta. Se ha inaugurado el tiempo de salvación, ahora es el tiempo final. El llamamiento de Jesús impele a tomar una decisión, que no se puede diferir.

Muchos… no lo conseguirán. Los discípulos, a quienes el Padre ha tenido a bien dar el reino, son sólo un pequeño rebaño (Lc_12:32). «Es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que dan con ella» (/Mt/07/14). Así pues, Jesús, con estas palabras, ¿indica, con todo, un número y resuelve la cuestión de aquel hombre innominado con el pesimismo del libro cuarto de Esdras? Jesús no quiere indicar ningún número; lo que sí quiere es poner en guardia, urgir, estimular a emplear todas las fuerzas, llamar a una decisión.

25 Después que el amo de casa se haya levantado a cerrar la puerta, vosotros os quedaréis fuera y comenzaréis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. Pero él os responderá: No sé de dónde sois vosotros.

La situación ha cambiado. El amo de casa se ha levantado, el banquete comienza, se cierra la puerta. El que no haya entrado todavía tendrá que quedarse fuera. Los que están fuera llaman. Por un agujero de la puerta hablan con el amo de casa. Él había enseñado por sus calles. Ellos eran sus contemporáneos. El amo de casa es Jesús. Todo llamar y todo rogar (Lc_11:9 s) resulta inútil. No se utilizó la puerta que estaba abierta. Se ha perdido definitivamente el «ahora» para entrar. La llamada de Jesús no consiente dilaciones; es la llamada del profeta que prepara para el tiempo final, es la llamada de última hora. Una vez que ha pasado el tiempo de salvación, sólo queda el juicio. El que no aceptó la salvación ofrecida, queda excluido y no es reconocido por Jesús, amo de la casa (cf. 12,9).

26 Entonces os pondréis a decir: Hemos comido y bebido en tu presencia, y en nuestras plazas enseñaste. 27 Pero él os repetirá: No sé de dónde sois; alejaos de mí todos los ejecutores de injusticia.

Los que quedan excluidos recuerdan al amo de la casa sus pasadas relaciones con él. Le recuerdan la comunidad de mesa: Hemos comido y bebido en tu presencia; le recuerdan la comunidad de maestro y discípulos: en nuestras plazas enseñaste. El Señor había entrado con ellos en la comunión del dar y recibir. Había vivido en su pueblo, había ejercido su actividad en medio de ellos. Todas las invocaciones de esta comunidad son ahora en vano. Su palabra no fue tomada en serio, no se procedió según la voluntad de Dios por él anunciada. Son ejecutores de injusticia.

Es voluntad de Dios que se oiga y se ponga en práctica el llamamiento de Jesús, que se siga su doctrina, que se acepte el ofrecimiento hecho por Dios por medio de él. No aprovecha el haber sido del mismo pueblo que Jesús, y ni siquiera el haber sido discípulo suyo, si no se pone en práctica lo que él proclama. «No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (/Mt/07/21).

No salva la comunidad de mesa con Jesús y el bautismo, ni el haber oído su palabra como discípulo, si todo esto no va unido con la obediencia de obra a las palabras de Jesús, con la decisión personal en su favor. Aunque nosotros, cristianos, tengamos comunidad de mesa con Jesús que mora entre nosotros, aunque oigamos su palabra en la liturgia y aunque comamos su carne y bebamos su sangre, todo esto no nos salva si no le obedecemos, si no cumplimos la voluntad de Dios anunciada por él, si no nos decidimos por él (cf. 1Co_10:1-11).

28 Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios y vosotros echados fuera. 29 En cambio, habrá quienes vengan de oriente y de occidente, del norte y del sur, a ponerse a la mesa en el reino de Dios. 30 Porque mirad que hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos.

Allí, delante de la puerta cerrada, habrá llanto y rechinar de dientes. Es el conocido dolor de la desesperación, tantas veces expresado (Mat_8:12; Mat_13:42.50 ; Mat_22:13; Mat_24:51; Mat_25:30). Los que se han quedado fuera, los que han sido excluidos, descubren que rechazaron a la ligera la gracia de Dios y que ahora están irremisiblemente perdidos. Lloran. El remordimiento desesperado sacude todo su ser, su alma y su cuerpo, les rechinan los dientes. Ellos mismos se atormentan pensando que no aprovecharon el momento oportuno ni pusieron en juego todas sus fuerzas para alcanzar la salvación ofrecida.

Su dolor y los reproches que se hacen son tanto mayores, por cuanto ven en los patriarcas y profetas la espléndida salvación que también para ellos estaba preparada, que les estaba destinada especialmente, porque Abraham, Isaac y Jacob eran sus patriarcas e intercesores, porque ellos tenían la enseñanza de los profetas, que conduce a la salvación. «Lanzan gritos los pecadores cuando ven cómo resplandecen aquéllos (los justos)» (Henoc 108,15). Les es especialmente doloroso ver la recompensa que está reservada a los que creyeron en los testimonios del Altísimo (4Esd_7:83). Jesús habla de las suertes escatológicas en el estilo de la apocalíptica de la época, pero lo nuevo de su predicación está en que la decisión sobre salvación o perdición se pronuncia en razón del cumplimiento de su palabra, del seguimiento de Jesús, de la decisión personal en su favor.

Nadie puede culpar a Dios si no logra salvarse, pues hasta los gentiles pueden entrar en el reino de Dios. Ahora se cumple la predicción profética de la peregrinación escatológica a la montaña de Dios: «Yahveh Sebaot preparará a todos los pueblos, sobre este monte, un festín de vinos generosos, de manjares grasos y tiernos, de vinos selectos y clarificados… Y destruirá a la muerte para siempre, y enjugará el Señor las lágrimas de todos los rostros, y alejará el oprobio de su pueblo, lejos de toda la tierra» (Isa_25:6-8). Los que se hayan salvado cantarán el cántico de acción de gracias a que aluden las palabras del texto: De oriente y de occidente, del norte y del sur: «Alabad a Yahveh, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Digan así los rescatados de Yahveh, los que él redimió de mano del enemigo, y los que reunió de entre las tierras de oriente y de occidente, del aquilón y del austro» (Sal_106:1-3).

Los últimos tiempos invierten las condiciones presentes: Hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos. Hay paganos que entrarán en el reino de Dios, y judíos que serán excluidos de él. Los judíos habían sido privilegiados en la historia de la salvación. Por sus antepasados habían recibido las promesas llenas de bendiciones de Dios, y por los profetas la palabra y la guía de Dios; pero esta posición privilegiada no basta para salvarlos. Los gentiles estaban privados de los privilegios del pueblo de Dios, pero son admitidos en la celebración del banquete que es imagen del reino de Dios. Se salva el que acepta el mensaje de Jesús, se decide por él y le sigue.

En el tiempo de salvación, que se ha inaugurado con Jesús, ofrece Dios a los judíos como a los gentiles la salvación, de la que se decide según la posición adoptada frente a Jesús. Su palabra exige esfuerzo y lucha, seguimiento en el camino de Jerusalén, donde le aguarda la muerte y la ascensión al cielo. ¿Serán sólo pocos los que se salven? Nadie puede hacer valer derecho alguno a la salvación, pero en Jesús ha ofrecido Dios la salvación a todos.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        Xavier Leon-Dufour

Salvación

La idea de salvación (fig. sozo y derivados) se expresa en hebreo con toda una serie de raíces que se refieren a la misma experiencia fundamental: salvarse uno es verse sustraído a un peligro en que estaba expuesto a perecer. Según la naturaleza del peligro, el acto de salvar tiene afinidad con la protección, la liberación, el rescate, la curación, y la salvación la tiene con la victoria, la vida, la paz… A partir de tal experiencia humana y utilizando los términos mismos que la expresaban, explicó la revelación los aspectos más esenciales de la acción de Dios en la tierra : Dios salva a los hombres, Cristo es nuestro salvador (Lc 2,11), el Evangelio aporta la salvación a todo creyente (Rom 1,16). Hay, pues, aquí un término clave en el lenguaje bíblico; pero sus resonancias finales no nos deben hacer olvidar el lento proceso de elaboración.

(…)

NT. I. LA REVELACIÓN DE LA SALVACIÓN.

1. Jesús, salvador de los hombres.

a) En primer lugar se revela Jesús salvador mediante actos significativos. Salva a los *enfermos curándolos (Mt 9,21 p; Me 3,4; 5.23; 6,56); salva a Pedro caminando sobre las aguas y los dos discípulos sorprendidos por la tempestad (Mt 8,25; 14,30). Lo esencial es creer en él: la *fe es la que salva a los enfermos (Lc 8,48; 17,19; 18,42), y los discípulos se ven reprochar el haber dudado (Mt 8,26; 14,31). Estos hechos muestran ya cuál es la economía de la salvación. Sin embargo, no hay que limitarse a la salud corporal.

Jesucristo aporta a los hombres una salvación mucho más importan-te: la pecadora se salva porque le perdona sus pecados (Le 7,48ss), y la salvación entra en casa de Zaqueo penitente (Lc 19,9). Para ser salvo es necesario, pues, acoger con fe el Evangelio del Reino (cf. Lc 8,12). En cuanto a Jesús, la salvación es el objetivo de su vida; vino acá abajo para salvar lo que se había perdido (Lc 9,56; 19,10), para salvar al mundo y no para condenarlo (Jn 3,17; 12,47). Si habla, es para salvar a los hombres (Jn 5,34). Él es la *puerta: quien entre por ella será salvo (Jn 10,9).

b) Estas palabras dan a entender que el gran asunto es la salvación de los hombres. El pecado los pone en peligro de perdición. *Satán está ahí, pronto a intentarlo todo para perderlos y para impedir que se salven (Le 8,12). Son ovejas perdidas (Le 15,4.7); pero Jesús ha sido enviado precisamente por ellas (Mt 15, 24): ya no se volverán a perder si entran en su rebaño (Jn 10,28; cf. 6,39; 17,12; 18,9). Sin embargo, la salvación que ofrece tiene una contrapartida: para quien no aproveche la oportunidad, es inminente e irreparable el riesgo de perdición. Hay que hacer *penitencia a tiempo, si no quiere uno perderse (Le 13,3.5). Hay que entrar por la puerta estrecha si se quiere pertenecer al número de los salvados (Le 13,23s). Hay que perseverar por este camino hasta el fin (Mt 24,13). La obligación de desasimiento es tal que los discípulos se preguntan : «Entonces ¿quién podrá salvarse?» Efectivamente, para los hombres es imposible, precisa un acto de la omnipotencia (*poder) de Dios (Mt 19,25s p). Finalmente, la salvación que ofrece Jesús se presenta bajo la forma de una paradoja: Quien quiera salvarse se perderá, quien consienta en perderse, se salvará para la vida eterna (Mt 10, 39; Le 9,24; Jn 12,25). Tal es la ley, y Jesús mismo se somete a ella: él, que ha salvado a los otros, no se salva a sí mismo a la hora de la *cruz (Mc 15,30s). Cierto que el Padre podría salvarle de la muerte (Heb 5,7); pero precisamente por razón de esta *hora vino acá abajo (Jn 12,27). Así pues, quien busque la salvación en la fe en él, deberá *seguirle hasta este punto.

2. El Evangelio de la salvación.

a) Después de la resurrección y pentecostés, el mensaje de la comu-nidad apostólica tiene por objeto la salvación realizada conforme a las Escrituras. Por su *resurrección fue Jesús establecido por Dios «cabeza y, salvador» (Act 5,31; cf. 13,23). Los *milagros operados por los apóstoles confirman el mensaje: si se salvan enfermos por la virtud del *nombre de Jesús, es que no hay otro nombre por el que hayamos de ser salvos (Act 4,9-12; cf. 14,3). Así el *Evangelio se define como la «pa-labra de la salvación» (Act 13,26; cf. 11,14), dirigida primero a los judíos (Act 13,26), luego a las otras naciones (Act 13,47; 28,28). A cambio, se invita a los hombres a creer «para salvarse de esta *generación extraviada» (Act 2,40). La condición de la salvación es la *fe en el Se-ñor Jesús (Act 16,30s; cf. Mc 16, 16), la invocación de su nombre (Act 2,21; cf. Jl 3,5). Judíos y paganos se hallan en este sentido en posición idéntica. No se salvan ellos mismos: la *gracia del Señor es la que los salva (Act 15,11). Los apóstoles aportan, pues,. a los hombres la única «vía de salvación» (Act (6,17). Los convertidos tienen tal conciencia de ello que se consideran a sí mismos como el *resto que se ha de salvar (Act 2,47).

b) Esta importancia del tema de la salvación en la predicación primitiva explica que los evangelistas Mateo y Lucas quisieran subrayar des-de la infancia de Jesús su futuro papel de salvador. Mateo pone este papel en relación con su nombre, que significa «Yahveh salva» (Mt 1, 21). Lucas le da el título de Salvador (Lc 2,11). Hace saludar por boca de Zacarías el próximo alborear de la salvación prometida por los profetas (1,69.71.77), y por Simeón su aparición en la tierra en una perspectiva de universalismo total (2,30). Finalmente, la predicación de Juan Bautista, según las Escrituras, prepara las vías del Señor para que «toda carne vea la Salvación de Dios» (3,2-6; cf. Is 40,3ss; 52,10). Los recuerdos conservados en la sucesión de los evangelios presentan en forma concreta esta manifestación de la salvación que culminará en la cruz y en la resurrección.

II. TEOLOGÍA CRISTIANA DE LA SALVACIÓN. Aunque los escritos apostólicos recurren a un vocabulario variado para describir la obra *redentora de Jesús, se puede intentar construir una síntesis de la doctrina cristiana en torno a la idea de la salvación.

1. Sentido de la vida de Cristo. «Dios quiere la salvación de todos los hombres» (lTim 2,4; cf. 4,10). Por eso envió a su Hijo como salvador del *mundo (Un 4,14). Cuando apareció acá en la tierra «nuestro Dios y salvador» (Tit 2,13), que venía para salvar a los pecadores (iTim 1.15), entonces se manifestaron la gracia y el amor de Dios nuestro salvador (Tit 2,11; 3,4); porque por su muerte y su resurrección vino a ser Cristo para nosotros «principio de salvación eterna» (Heb 5,9), salvador del *cuerpo que es la *Iglesia (Ef 5,23). El título de salvador conviene lo mismo al Padre (iTim 1,1; 2,3; 4, 10; Tit 1,3; 2,10) que a Jesús (Tit 1,4; 2,13; $3,6; 2Pe 1,11; 2,20; 3, 2.18). Por esto el Evangelio, que refiere todos estos hechos, es «una *fuerza de Dios para la salvación de todo creyente» (Rom 1,16). Al anunciarlo un *apóstol no tiene otro fin que la salvación de los hombres (lCor 9,22; 10,33; lTim 1,15), ya se trate de paganos (Rom 11,11) o de judíos, de los cuales por lo menos un *resto se salvó (Rom 9,27; 11,14) antes de que finalmente se salve todo Israel (Rom 11,26).

2. Sentido de la vida cristiana. Una vez que se ha propuesto a los hombres el Evangelio por la palabra apostólica, éstos tienen que hacer una elección que determinará su suerte: la salvación o la pérdida (2Tes 2,10; 2Cor 2,15), la *vida o la *muerte. Los que creen y *confiesan su fe se salvan (Rom 10,9s.13), siendo, por lo demás, sellada su *fe por la recepción del *bautismo, que es una verdadera experiencia de la salvación (lPe 3,21). Dios los salva por pura *misericordia, sin considerar sus obras (2Tim 1,9; Tit 3,5), por *gracia (Ef 2,5.8), dándoles el Espíritu Santo (2Tes 2,13; Ef 1,13; Tit 3,5s). A partir de este momento debe el cristiano guardar con fidelidad la *palabra que puede salvar su *alma (Sant 1,21); debe alimentar su fe con el conocimiento de las Escrituras (2Tim 3,15) y hacerla fructificar en buenas *obras (Sant 2,14); debe trabajar con *temor y temblor para «realizar su salvación» (Flp 2,12). Esto supone un ejercicio constante de las virtudes saludables (1Tes 5,8), gracias a las cuales *crecerá con vistas a la salvación (IPe 2,2). No está permitida la menor negligencia; la salvación se ofrece a cada instante de la vida (Heb 2,3); «ahora es el *día de la salvación» (2Cor 6,2).

3. La espera de la salvación final. Si somos así herederos de la salvación (Heb 1,14) y estamos plenamente *justificados (Rom 5,1), sin embargo, todavía no estamos salvados más que en *esperanza (Rom 8,24). Dios nos tiene reservados para la salvación (1 Tes 5,9), pero se trata de una *herencia que sólo se revelará al final del *tiempo (IPe 1,5). El esfuerzo de la vida cristiana se impone porque cada día que pasa aproxima este final (Rom 13,11). La salvación, en el sentido fuerte de la palabra, se debe, pues, considerar en la perspectiva escatológica del *día del Señor (lCor 3,lss; 5,5). *Reconciliados ya con Dios por la muerte de su Hijo y *justificados por su *sangre, seremos entonces salvados por él de la *ira (Rom 5,9ss). Cristo aparecerá para darnos la salvación (Heb 9,28). Por eso aguardamos esta manifestación final del salvador, que acabará su obra transformando nuestro *cuerpo (F1p 3,20s); en esto es nuestra salvación objeto de esperanza (Rom 8,23ss). Entonces seremos salvados de la *enfermedad, del *sufrimiento, de la *muerte; todos los males de que pedían ser librados los salmistas y de los que Jesús, durante su vida, triunfaba por el milagro, serán abolidos definitivamente. El cumplimiento de tal obra será la *victoria por excelencia de Dios y de Cristo. En este sentido testimonian las aclamaciones litúrgicas del Apocalipsis: «La salvación es de nuestro Dios y del cordero» (Ap 7,10; 12,10; 19,1).

-> Gracia – Justicia – Liberación Enfermedad – Curación – Paz – Redención – Victoria.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

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Santos Padres I y II

 

(I) San Agustín

El pequeño número de los elegidos

(Lc 13, 21-24)

3. Ciertamente son pocos los que se salvan. Aún recordáis la cuestión que hace poco nos propuso el Evangelio. Se preguntó al Señor: ¿Son pocos los que se salvan? ¿Qué respondió a esto el Señor? No dijo: «No son pocos, sino muchos los que se salvarán». No dijo eso. ¿Qué dijo, pues, al oír son pocos los que se salvarán? Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Habiendo oído el Señor la pregunta: ¿Son pocos los que se salvan?, confirmó lo oído. Por una puerta estrecha entran pocos. El mismo Señor dijo en otro lugar: Estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida, y pocos entran por él. Ancho y espacioso es el que conduce a la perdición, y son muchos los que caminan por él: ¿Por qué sentimos alegría frente a las multitudes? Oídme vosotros los pocos. Sé que sois muchos, pero obedecéis pocos. Veo la era, pero busco el grano. Cuando se trilla en la era, el grano apenas se ve; pero llegará el tiempo de la bielda. Pocos son, pues, los que se salvan en comparación de los muchos que se pierden. Pero estos pocos han de constituir una gran masa. Cuando venga el aventador trayendo en su mano el bieldo, limpiará su era, recogiendo el trigo en el granero, y la paja la quemará en fuego inextinguible. No se burle la paja del trigo. Esto es hablar la verdad y no engañar a nadie. Sed muchos entre los muchos, pero sabiendo que en comparación de cierta clase de muchos sois pocos. Porque de esta era ha de salir tanto grano que llene los graneros del cielo. Pero no puede contradecirse quien dijo que son pocos los que entran por la puerta estrecha y muchos los que perecen por el camino ancho. ¿Puede contradecirse quien en otra ocasión dijo: Muchos vendrán de oriente y de occidente? Vendrán muchos pero en otro sentido pocos. Pocos y muchos. ¿Unos serán los pocos y otros los muchos? No, sino que los mismos pocos que son muchos, son pocos en comparación con los condenados y muchos en la compañía de los ángeles. Oíd, amadísimos, lo que está escrito: después de estas cosas, vi una multitud que nadie podía contar, de toda lengua y nación y pueblo, que venían con estolas blancas y palmas en sus manos. Esta es la multitud de los santos. Cuando haya sido aventada la era, cuando haya sido separada la turba de los impuros y de los malos y falsos cristianos y, separada la paja, enviados al fuego eterno estos que oprimen y no tocan —cierta mujer tocaba la orla de Cristo, mientras que la turba le oprimía—; en fin, cuando se haya consumado la separación de todos los réprobos, ¡cuán clara no será la voz con que diga esta multitud de pie a la derecha, purificada, sin temor a que se mezcle algún malo y sin miedo a que se pierda alguno bueno, reinando ya con Cristo; con cuánta confianza ha de decir: Yo conocí que el Señor es grande!

4. Hermanos míos, si hablo a granos, si los predestinados a la vida eterna comprenden lo que digo, hablen con los hechos, no con las bocas. Me veo obligado a hablaros lo que no debía. Pues debía encontrar en vosotros algo que alabar y no preocuparme de qué amonestaros. Con todo, os lo diré en pocas palabras; no me demoraré. Reconoced la hospitalidad; por ella alguien llegó a Dios. Recibes al peregrino de quien también tú eres compañero de viaje, puesto que todos somos peregrinos. Pues cristiano es el que en su propia casa y en su propia patria se reconoce peregrino. Nuestra patria se halla arriba; allí no seremos huéspedes, mientras que aquí todos, incluso en su casa, son huéspedes. Si no es huésped, que no salga de ella; y si ha de salir, entonces es huésped. No se engañe, es huésped. Quiera o no, es huésped. Y si deja la casa a sus hijos, se trata de un huésped que la deja a otros huéspedes. Si te encontrases en una posada, ¿no marcharías al llegar otro a ella? Esto lo haces hasta en tu casa. Tu padre te cedió el sitio; tú lo has de ceder a tus hijos. Ni tú has de permanecer siempre en tu casa, ni tampoco aquellos a quienes se la dejas. Por tanto, si todos pasamos, realicemos algo que no puede pasar, a fin de que, cuando hayamos pasado y llegado al lugar de donde no hemos de pasar, encontremos nuestras buenas obras. Cristo es el guardián; ¿por qué temes, entonces, perder lo que das? Vueltos al Señor…

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 111, 3-4, BAC Madrid 1983, 791-4

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(II) San Juan Crisóstomo

La senda es estrecha, pero el premio es el cielo

Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; pero estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida y pocos son los que la encuentran. La verdad es que más adelante dice el Señor: Mi yugo es suave y mi carga ligera[1]. Y en lo que poco antes nos ha dicho, nos dio a entender lo mismo. ¿Cómo habla, pues, aquí de puerta estrecha y de camino angosto? Más aquí particularmente, si bien lo miramos, nos hace ver el Señor que su doctrina es ligera, fácil y hacedera. —Y ¿cómo —me dirás— puede ser fácil una puerta estrecha y un camino angosto? —Pues justamente porque son camino y puerta. Uno y otra, lo mismo si son anchos que estrechos, puerta son y camino. En definitiva, nada de esto es permanente; todo son cosas, lo mismo lo triste que lo alegre de la vida, por donde hay que pasar de largo. Y ya por esta sola consideración es fácil la virtud, y más fácil aún si se mira al fin a que conduce. No es el solo consuelo —y fuera suficiente consuelo— de los que luchamos el pasar de largo por los trabajos y sudores, sino el término feliz a que nos llevan, pues ese término es la vida eterna. Por una parte, pues, lo pasajero de los trabajos y, por otra, la eternidad de la corona, no menos que la consideración de que aquéllos son los primeros y ésta la que les sigue, puede ser el mayor aliento en nuestros sufrimientos. De ahí es que Pablo mismo llamó ligera a la tribulación, no porque lo sea en sí misma, sino por la generosa voluntad de los que luchan y por la esperanza de los bienes futuros. Porque una ligera tribulación —dice— nos produce un peso eterno de gloria sobre toda ponderación, como no miremos nosotros a lo visible, sino a lo invisible[2]. Porque, si a los marineros se les hacen ligeros y soportables las olas y el alta mar, a los soldados las matanzas y heridas, a los labradores los inviernos con sus hielos y a los púgiles los ásperos golpes por la esperanza de las recompensas, perecederas al fin y deleznables, ¿cuánta más razón hay para que no sintamos nosotros trabajo alguno, cuando se nos propone por premio el cielo, los bienes inefables y las recompensas inmortales?

La estrechez del camino, motivo para andarlo con fervor

Más si todavía hay quienes siguen creyendo que el camino es trabajoso, ello es sólo invención de su tibieza. Mirad, si no, cómo nos lo hace fácil por otro lado, al mandarnos que no nos mezclemos con los perros, ni nos entreguemos a los cerdos, ni nos fiemos de los falsos profetas. Por todas partes nos arma para el combate. Y hasta el hecho mismo de llamarlo estrecho, contribuye de modo especialísimo a hacerlo fácil, pues nos dispone a estar alerta. También Pablo nos dice que nuestra lucha no es contra la carne y la sangre[3]. Mas no habla así porque quiera desanimar a sus soldados, sino justamente para levantar sus pensamientos. Así aquí el Señor llamó áspero al camino justamente para sacudir la soñolencia de los caminantes. Y no sólo de ese modo nos dispuso a estar alerta, sino añadiendo también que son muchos los que tratan de echarnos la zancadilla. Y lo peor es que no atacan abiertamente, sino con disimulo. Tal es la casta de los falsos profetas. Sin embargo —dice el Señor—, no miréis que el camino es áspero y estrecho, sino adónde va a parar; ni que el camino contrario es ancho y dilatado, sino adónde os despeña. Todo esto lo dice para despertar nuestro fervor, al modo que en otra ocasión dijo: Los violentos arrebatan el reino de los cielos[4]. Porque, cuando el atleta ve que el presidente de los juegos admira lo trabajoso de los combates, cobra nuevo ánimo en la lucha. No nos desalentemos, pues, cuando de ahí nos resulten muchas molestias. Porque, si es estrecha la puerta y angosto el camino por donde vamos, pero no así la ciudad adónde vamos. No hemos de esperar aquí descanso; pero tampoco hay que temer allí tristeza.

Por lo demás, al decir el Señor que pocos son los que lo encuentran, una vez más puso patente la desidia del vulgo, a par que enseñó a sus oyentes a seguir no las comodidades de los más, sino los trabajos de los menos. Porque los más —nos dice— no sólo no caminan por ese camino, sino que no quieren caminar. Lo que es locura suma. Pero no hay que mirar a los más ni hay que dejarse impresionar por su número, sino imitar a los menos y, pertrechándonos bien por todas partes, emprender así decididamente la marcha. Porque, aparte ser camino estrecho, hay muchos que quieren echarnos la zancadilla para que no entremos por él.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 23, 5-6, BAC Madrid 1955, pág. 482-85

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[1] Mt 11, 30
[2] 2 Co 4, 17-18
[3] Ef 6, 12
[4] Mt 11, 12

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. José A. Marcone, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

El amor a la cruz

Mientras iba Jesucristo predicando por campos y aldeas, bien sea porque su doctrina parecía dura a sus oyentes o bien por la referencia a las cosas últimas del cielo y del infierno, que acababa de hacer, le proponen la delicadísima cuestión del número de los que se salvan. La pregunta puramente teórica era ociosa y de simple curiosidad. Jesús hubiera preferido, sin duda, que le preguntaran: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para salvarme?», como lo hizo el joven rico. Sin responder directamente, para no satisfacer la solicitud indiscreta de sus oyentes, lo hace de una manera verdadera pero práctica, indicando el camino que debemos seguir para llegar al cielo. De esta manera, a partir de una cuestión abstracta e inútil, hace entrar a los oyentes dentro de sí mismos, para excitar en ellos un vivo interés por la propia salvación y dejarles un mensaje bien provechoso: el camino del cielo es arduo y difícil.

Para evocar esta dificultad se nos habla hoy de la «puerta estrecha», como otras veces habló del «camino angosto», del «ojo de la aguja» o de la necesidad de tomar la cruz y llevarla detrás suyo. En uno y otro caso está presente la dificultad que supone ante todo un auténtico espíritu de mortificación para domar nuestras inclinaciones desordenadas y sujetar nuestra voluntad a la de Dios. Aceptar la puerta estrecha significa también recibir los sinsabores que nos ofrece la vida como regalos del amor de Dios que quiere conducimos como buen Padre al destino feliz de la gloria: «Si tenéis que sufrir es para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre?», hemos oído en la segunda lectura. La dificultad que nos recuerda el evangelio de hoy supone finalmente una convicción firme, profundamente arraigada en nuestra alma, de que no llegaremos al cielo si no es sobre las huellas sangrantes de Jesucristo, llevando detrás suyo la cruz de cada día.

Esta puerta estrecha se abre ante nosotros cotidianamente. En alguna ocasión la encontramos en alguna dificultad, en una enfermedad grave y dolorosa, en un revés económico, en la muerte de alguien que queremos. Más frecuentemente consistirá en pequeñas contrariedades que se atraviesan en el trabajo, en la convivencia diaria, en un acontecimiento imprevisto con el que no contábamos y que arruina nuestros planes.

De un modo u otro la cruz siempre estará presente en nuestra vida. Aceptarla, o mejor todavía, abrazarla ansiosamente en unión a Jesús, es el secreto del acceso al reino que nos espera. Al igual que Él, llegaremos a la gloria de la resurrección si antes pasamos por los misterios de su pasión y muerte llevando la «cruz de cada día».

¡Qué enseñanza tan contradictoria para el mundo de hoy! El hombre del siglo XXI, que es el fruto de un paulatino alejamiento de su condición de creatura, de hijo de Dios, y que se ha endiosado cada vez más, no sólo vive en su persona la caricatura del Padre Eterno, creyéndose igual a Él, sino que también ha inventado un remedo del cielo reemplazando la gloria sobrenatural por un presunto paraíso en la tierra. La sed insaciable de gozar, el hedonismo, el materialismo, el confort, son las metas supremas de la vida humana, metas que se deberán lograr aquí, en este mundo de la vida terrenal. Aceptada esta cosmovisión, es absurdo siquiera pensar en la posibilidad de que la cruz tenga un lugar en la vida del hombre. Esta felicidad inmanente necesita desalojar del todo la idea del dolor y del sacrificio, que vendrían a arruinar el proyecto de gozar sin límites en que el hombre ha puesto hoy su esperanza, y por eso vemos en nuestra época el reemplazo del amor a la cruz por un verdadero horror al sufrimiento. Esta aversión al dolor corre pareja con la secularización del mundo contemporáneo. A medida que la persona pierde la fe y se aleja de Dios, más incomprensible se torna el plan divino que nos conduce por la cruz a la luz inaccesible del cielo.

Y no pensemos que esto se da sólo entre aquellos que no tienen fe. También dentro de la Iglesia encontraremos esta aversión a la cruz que incapacita para la vida eterna. La encontramos en los cristianos que están convencidos de que es fácil llegar al cielo, que podremos alcanzarlo cómodamente al precio de una vaga adhesión a Dios: «hemos comido y bebido contigo». Con frecuencia escuchamos: «Soy amigo del padre tal o de Monseñor cual, pertenezco a esta o aquella asociación y he leído las lecturas en la misa de los domingos, soy ministro de la comunión». Pero si todo esto no va acompañado de una entrega total, hasta la abnegación y la cruz, no impedirá que también hoy escuchemos la sentencia terrible de Jesús: «No sé de dónde sois». Hay personas que se plantean la vida cristiana como un excelente negocio, donde no hay nada que perder: a cambio de rezar un poco, de ir a misa los domingos y de evitar los pecados más graves, Dios me tiene que conceder todo lo mejor en esta vida, salud, bienestar económico, eximición de todo disgusto o dolor y, después, la vida eterna. Evidentemente un plan muy conveniente para el espíritu mundano, pero que nada tiene que ver con el Evangelio, donde se reitera una y otra vez que no iremos al cielo si no aceptamos la cruz.

Dentro de un momento se actualizará en nuestro altar el sacrificio del Calvario, en que el mismo Jesucristo murió crucificado por nosotros. Adorándole presente en la Eucaristía, obtendremos la fortaleza necesaria para abrazarnos al sagrado leño. A ello nos ayudará el presente soneto del poeta Rafael Sánchez Mazas:

Delante de la cruz, los ojos míos

Quédense, Señor, así mirando,

Y sin ellos quererlo, estén llorando,

Porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos,

Quédenseme, Señor, así cantando,

Y sin ellos quererlo estén rezando,

Porque pecaron mucho y son impíos.

Y así con la mirada en Vos prendida,

Y así con la palabra prisionera,

Como la carne a vuestra Cruz asida

Quédeseme, Señor, el alma entera;

Y así clavada en vuestra Cruz mi vida,

Señor, así, cuando queráis me muera.

ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed.Gladius, 1994, pp. 248-251.

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Juan Pablo II


En el Evangelio Jesús recuerda que todos estamos llamados a la salvación y a vivir con Dios, porque frente a la salvación no hay personas privilegiadas. Todos deben pasar por la puerta estrecha de la renuncia y de la donación de sí mismos. La lectura profética expone con vivas imágenes el designio que Dios tiene de recoger en la unidad a todos los hombres para hacerles partícipes de su gloria. La extraída del Nuevo Testamento exhorta a soportar las pruebas como purificación procedente de las manos de Dios, “porque el Señor, a quien ama, le reprende” (Hb 12,6; Prov 3,12). Pero los motivos de esas dos lecturas, puede decirse que se hallan concentrados en el pasaje del Evangelio.

La interrogación en torno al problema fundamental de la existencia: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (Lc 13,23), no nos puede dejar indiferentes. A esa pregunta, Jesús no responde directamente, sino que exhorta a la seriedad de los propósitos y de las decisiones: “Esforzaos a entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos serán los que busquen entrar y no podrán” (Lc 13,24). El grave problema adquiere en los labios de Jesús una perspectiva personal, moral, ascética. Jesús afirma con vigor que el conseguir la salvación requiere sufrimiento y lucha. Para entrar por esa puerta estrecha, es necesario, como dice literalmente el texto griego, “agonizar”, es decir, luchar vigorosamente con todas las fuerzas, sin pausa y con firmeza de orientación. El texto paralelo de Mateo parece todavía más categórico. Entrad por la puerta, estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida y cuán pocos los que dan con ella!” (Mt 7,13-14).

El amor salva La puerta estrecha es, ante todo, la aceptación humilde, en la fe pura y en la confianza serena, de la Palabra de Dios, de sus perspectivas sobre nuestras personas, y sobre el mundo y sobre la historia; es la observancia de la ley moral, como manifestación de la voluntad de Dios, en vista de un bien superior el que realiza nuestra verdadera felicidad; es la aceptación del sufrimiento como medio de expiación y de redención, para sí y para los demás, y como expresión suprema del amor; la puerta estrecha es, en una palabra, la aceptación de la mentalidad evangélica, que encuentra en el sermón de la montaña su más pura explicación.

Es necesario, en fin de cuentas, recorrer el camino trazado por Jesús y pasar por esa puerta, que es Él mismo: “Yo soy la puerta; el que por Mí entrare, se salvará” (Jn 10,9). Para salvarse, hay que tomar como Él nuestra cruz, negarnos a nosotros mismos en las aspiraciones contrarias al ideal evangélico y seguirle en su camino: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame” (Lc 9,23).

Es el amor lo que salva, el amor que, ya en la tierra, es felicidad interior para quien se olvida de sí mismo y se entrega en los más diferentes modos: en la mansedumbre, en la paciencia, en la justicia, en el sufrimiento y en el llanto. ¿Puede el camino parecer áspero y difícil, puede la puerta aparecer demasiado estrecha? Como dije ya al principio, semejante perspectivas supera las fuerzas humanas, pero la oración perseverante, la confiada súplica, el íntimo deseo de cumplir la voluntad de Dios, conseguirán de nosotros que amemos lo que Él manda.

(Castelgandolfo, 24 de agosto 1980)

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Benedicto XVI


Queridos hermanos y hermanas:

También la liturgia de hoy nos propone unas palabras de Cristo iluminadoras y al mismo tiempo desconcertantes. Durante su última subida a Jerusalén, uno le pregunta: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Y Jesús le responde: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (Lc 13, 23-24). ¿Qué significa esta «puerta estrecha»? ¿Por qué muchos no logran entrar por ella? ¿Acaso se trata de un paso reservado sólo a algunos elegidos?

Si se observa bien, este modo de razonar de los interlocutores de Jesús es siempre actual: nos acecha continuamente la tentación de interpretar la práctica religiosa como fuente de privilegios o seguridades. En realidad, el mensaje de Cristo va precisamente en la dirección opuesta: todos pueden entrar en la vida, pero para todos la puerta es «estrecha». No hay privilegiados. El paso a la vida eterna está abierto para todos, pero es «estrecho» porque es exigente, requiere esfuerzo, abnegación, mortificación del propio egoísmo.

Una vez más, como en los domingos pasados, el evangelio nos invita a considerar el futuro que nos espera y al que nos debemos preparar durante nuestra peregrinación en la tierra. La salvación, que Jesús realizó con su muerte y resurrección, es universal. Él es el único Redentor, e invita a todos al banquete de la vida inmortal. Pero con una sola condición, igual para todos: la de esforzarse por seguirlo e imitarlo, tomando sobre sí, como hizo él, la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos. Así pues, esta condición para entrar en la vida celestial es única y universal.

En el último día —recuerda también Jesús en el evangelio— no seremos juzgados según presuntos privilegios, sino según nuestras obras. Los «obradores de iniquidad» serán excluidos y, en cambio, serán acogidos todos los que hayan obrado el bien y buscado la justicia, a costa de sacrificios. Por tanto, no bastará declararse «amigos» de Cristo, jactándose de falsos méritos: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas» (Lc 13, 26). La verdadera amistad con Jesús se manifiesta en el modo de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, con la mansedumbre y la misericordia, con el amor por la justicia y la verdad, con el compromiso sincero y honrado en favor de la paz y la reconciliación. Podríamos decir que este es el «carné de identidad» que nos distingue como sus «amigos» auténticos; es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna.

Queridos hermanos y hermanas, si también nosotros queremos pasar por la puerta estrecha, debemos esforzarnos por ser pequeños, es decir, humildes de corazón como Jesús, como María, Madre suya y nuestra. Ella fue la primera que, siguiendo a su Hijo, recorrió el camino de la cruz y fue elevada a la gloria del cielo, como recordamos hace algunos días. El pueblo cristiano la invoca como Ianua caeli, Puerta del cielo. Pidámosle que, en nuestras opciones diarias, nos guíe por el camino que conduce a la «puerta del cielo».

 (Ángelus, Domingo 26 de agosto de 2007)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Aceptar la corrección de Dios

Lc 13, 22-30 y Heb 12,5-7.11-13

            El Evangelio habla del rechazo de los judíos infieles al plan de Dios manifestado en Jesús y por otra parte la aceptación de la enseñanza de Jesús por parte de los gentiles[1]. De la misma doctrina nos habla Isaías[2] y el Salmo[3].

            ¿Cuál es la situación de los judíos hoy? La Iglesia, que está formada hoy en su mayor parte por los gentiles, produce celo en los judíos porque las bendiciones de los padres han pasado a ella. Este celo es motivado en el fondo por el dolor del rechazo por parte de Dios y es, en cierto modo, un castigo de Dios. Dios está motivando la conversión de los judíos por una gran ironía: el traspaso de la herencia del pueblo judío a la Iglesia de los gentiles. Y este castigo permitido por Dios a su pueblo elegido busca su conversión y salvación.

Dios quiere que todos los hombres se salven y para eso ha enviado a Jesús al mundo, para traer la salvación a todos. La condición para salvarse es aceptar a Jesús.

Y el plan de salvación de Dios tiene una pedagogía. Jesús es el Sembrador que viene a sembrar la semilla de la palabra de Dios y la siembra suavemente en todos los terrenos posibles. Algunos dan fruto, otros no. Pero la pedagogía divina no se detiene allí en su celo por la salvación de los hombres sino que manda que el Sembrador en ciertas ocasiones se conviertan en Arador y are el terreno para sembrar la semilla. Este último aspecto de la pedagogía divina lo tenemos un tanto ignorado.

            De este aspecto de la pedagogía divina nos habla la Carta a los Hebreos[4].

            Dice que no despreciemos la corrección de Dios porque procede de su amor que quiere el bien para sus hijos. En un primer momento la corrección es desagradable y muchas veces la tomamos como algo negativo. La gente dice: “Dios castiga”. Lo dice en un sentido negativo: castiga porque hemos obrado mal y para reivindicar su justicia. Esto es cierto. Pero hay un aspecto positivo. Dios corrige por amor y para que seamos fieles, para que nos convirtamos y en definitiva para llevarnos al cielo.

            Es fácil ver la mano de Dios en la bendición, es decir, cuando todo anda bien. Quizá con más dificultad vemos la mano de Dios providente en las pruebas que tenemos que pasar sin culpa nuestra, por ejemplo, en las enfermedades corporales o en los sufrimientos morales que Dios permite, difamaciones, humillaciones, calumnias, persecuciones, marginaciones, etc. Pero se nos hace muy difícil y a veces no vemos la mano de Dios en las correcciones que Dios nos hace por causa de nuestras malas obras.

            En la historia sagrada se nos relata esta constante: el pueblo cuando es fiel recibe la bendición de Dios y cuando se aparta de Dios Él lo corrige por la mano de sus enemigos o por catástrofes como el hambre, la peste, la sequía, etc. Ellos a causa del sufrimiento se vuelven nuevamente a Dios.

            En nuestra vida espiritual sucede algo semejante. Cuando pecamos contra Dios Él permite que suframos las consecuencias de nuestros pecados y nos manda humillaciones y dolores buscando nuestra corrección. Si vemos en estas situaciones la mano de Dios el resultado es saludable. Si no la vemos probablemente nos endurezcamos en nuestra situación de pecado y el final puede ser muy triste.

Decía San Francisco de Sales que hay dos maneras de practicar los abatimientos: la una es pasiva y se refiere al beneplácito divino, y constituye uno de los objetos del abandono; la otra activa, y entra en la voluntad de Dios significada. La mayor parte de las personas no quieren sino ésta, llevando muy a mal la otra; consienten en humillarse, y no aceptan el ser humilladas[5].

            Debemos tener claro que también la Providencia de Dios permite nuestros pecados y nuestras caídas y corrigiéndonos con el sufrimiento nos va purificando y llevando por el camino de la salvación. Dios no quiere el pecado pero lo permite. También el respeto a nuestra libertad está incluido en la pedagogía divina. Dios permite que nos desviemos de la senda recta respetando nuestra libertad y teniendo paciencia con nosotros. Pero también la pedagogía divina quiere castigarnos para que nos corrijamos y volvamos a retomar el camino de salvación porque quiere que lleguemos al cielo.

            ¿Cómo tomar la corrección de Dios? Con humildad, sin excusas, en un completo abandono a su pedagogía. También es parte de su plan el corregirnos y sus correcciones a lo largo de nuestra vida son parte de nuestra historia como también nuestros pecados y nuestras desviaciones del camino recto y es necesario que las aceptemos.

            Las correcciones implican una humillación. Humillación vivida en nuestra intimidad pero a veces también acompañada de una sanción social. Si aceptamos las correcciones de Dios con humildad nos serán saludables pero si orgullosamente las rechazamos puede que nos conduzcan a la desesperación y al desatino. Porque al rechazar la corrección de Dios nos salimos en cierta forma de los planes de Dios y en definitiva no queremos entrar por la puerta estrecha.

            En nuestra vida religiosa vamos a tener muchos tropiezos y Dios nos va a corregir con sus castigos. Amorosos castigos, los llamaría yo. Pero si no advertimos en ellos su mano podemos, desesperados, hasta dejar la religión. Muchos hombres religiosos, quizá la mayoría o todos, han pasado por esta situación de apartarse de Dios. La diferencia está en la resolución del problema: los que aceptaron la corrección de Dios volvieron al camino recto no sin dolores y sufrimientos. Los que no aceptaron la corrección de Dios por la humillación que conllevaba lamentablemente no retomaron la senda del Señor o quizá la retomaron pero saliéndose, en cierta forma, de los planes de Dios, por ejemplo, abandonando su vocación.

Dice Dom Vital Lehodey que existe, en efecto, el arte de utilizar nuestras faltas, y consiste el gran secreto en soportar con sincera humildad, no la falta misma, ni la injuria hecha a Dios, sino la humillación interior, la confusión impuesta a nuestro amor propio; de suerte que nos abismemos en la humildad confiada y tranquila. La humillación bien recibida produce la humildad, y la humildad a su vez, recordándonos sin cesar ya sea el tiempo que hemos de recuperar, ya las faltas cuyo perdón necesitamos implorar, alimenta la compunción de corazón, estimula la actividad espiritual y nos torna misericordiosos para con los demás[6].

El hombre ético del que habla Kierkegaard es el hombre sin tacha que nunca se salió del camino de Dios en forma considerable. Su fin es mantenerse fiel a Dios considerando un honor no tener ninguna mancha en su prontuario. Y este es su orgullo. No está mal. Pero no es lo más profundo de la relación con Dios. Sólo trascenderá el hombre ético al hombre religioso cuando encuentre que la búsqueda del honor no es el máximo valor porque tiene mucho de humano y poco de divino. Quizá el salto lo dé cuando la mancha visite su historia, cuando reciba la corrección de Dios, porque comenzará a buscar el fundamento último de su vida espiritual en Dios y en Él sólo buscará el apoyo. Quizá será al que más le cueste ver la mano de Dios en la corrección porque su santidad es para él más de elaboración propia que para el hombre que ha anclado su fortaleza sólo en Dios.

            El hombre religioso vive abandonado en Dios y muchas veces sufrirá el embate de sus miserias, pero sabrá salir a flote confiado en Dios. Conocerá en la corrección la mano de Dios y bendecirá su sabia pedagogía que por amor actúa de manera tan singular. La vida de los santos ha sido así. Los santos han sido pecadores pero supieron ver la misericordia de Dios en todo. También en sus correcciones. La aceptaron y se abandonaron más en Dios.

            En muchas etapas de la vida estaremos protegidos y como en invernadero y nuestro mayor orgullo será la impecabilidad pero en otras en los que estemos en la lucha abierta nuestro mayor orgullo será bendecir la misericordia de Dios que nos corrige. La clave está en abandonarse en las manos de Dios.

            Dios nos corrige humillándonos pero también con suavidad nos ayuda a sobrellevar las humillaciones y aún más las hace cortas y livianas.

            Somos nosotros los que imaginamos muchas veces insuperable la corrección de Dios. Primero imaginamos que será tan pesado el sufrir la humillación y será tan largo el regreso a la senda de Dios que a veces la imaginación nos deja aferrados en el pantano de nuestros pecados. A esto se suma un aspecto que puede ser real pero que la mayoría de las veces es una fantasía nuestra y es la sanción social. El pensar que nos critican, que nos marginan, que ya no nos quieren como antes.

En el Evangelio hay un pasaje en que Jesús va a comer en casa de un fariseo y se presenta una mujer que unge los pies de Jesús. Esta mujer era la adúltera. Jesús la había perdonado en privado y aquí lo hace en público liberándola de la sanción social[7].

No siempre Dios permite que seamos liberados de la sanción social. Muchas veces perdemos la fama delante de los hombres al margen de haber sido perdonados por Jesús. La liberación de la sanción social es importante y es una ayuda para superar con prontitud la humillación de haber perdido la fama que teníamos delante de los hombres, pero no siempre se da. En realidad, lo importante es que volvamos a estar en paz con Dios y retornemos a la senda de la salvación.

El alma (que se abandona en Dios), despojándose de su reputación, se eleva por encima de la opinión de los hombres hasta Dios para servirle con absoluta pureza de intención. La humildad toma fuerza y se arraiga profundamente, cuando acepta esta dura prueba; entonces es cuando el justo se desprecia realmente y acepta ser despreciado por los demás[8].

Respecto de la sanción social no siempre es real. Muchas veces fantaseamos que la hemos perdido. Nos sentimos juzgados por todos y en todas partes y eso dificulta superar nuestros fracasos y volver a integrarnos sin reparos a la vida social. En definitiva, esto denota poca confianza en Dios, falta de abandono en Él. Para Jesús toda nuestra vida pasada con sus pecados y faltas queda totalmente olvidada. Es una hoja que cae en una gran hoguera.

(El alma santa es) indiferente a las alabanzas y a los desprecios, se abandona en manos de la Providencia, dispuesta a cumplir su obligación con buena o mala fama, y no deseando otra reputación, sino la que Dios juzgara conveniente que disfrutara para los intereses de su servicio[9].

Somos nosotros los que no acabamos de liberarnos de nuestras faltas aunque hayan sido perdonadas y es porque no comprendemos la densidad del perdón de Dios, de su misericordia. Nuestra vida tiene un solo Juez que nos debe importar y es Jesús, juez infinitamente justo pero también infinitamente misericordioso. Nuestras obras debemos realizarlas delante de sus ojos y convencidos de que sólo a Él debemos agradar.

En cuanto a las consecuencias penales del pecado, dice Dom Vital Lehodel, si Dios permite que no las podamos evitar, hemos de recibirlas con humilde aquiescencia al divino beneplácito. Dios no ha querido el pecado, pero quiere sus consecuencias; nos hace sufrir para curarnos, y nos hiere aquí abajo, a fin de no verse precisado a castigarnos en el otro mundo.

Con esta misma filial tranquilidad aceptaremos las consecuencias penales de nuestras imprudencias. Una sencilla imprudencia que lleva consigo consecuencias desagradables, patentes a la vista de todos, he aquí sin género de duda la más humillante de las humillaciones, y ved ahí, por consiguiente, una excelente ocasión para herir de muerte al amor propio, y que jamás habremos de desperdiciar. Una sola prueba así aceptada hace progresar a un alma más que numerosos actos de virtud[10].

Sepamos ver por tanto también en las correcciones que Dios nos haga, por el medio que a Él le parezca, su amor misericordioso que quiere salvarnos y sin titubeos abandonémonos absolutamente en sus manos.

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[1] Cf. Nota de la Biblia de Jerusalén a Lc 13, 22
[2] 66, 18-21
[3] 116, 1-2
[4] 12, 5-7.11-13
[5] Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, c. 3, 5, 2
[6] Cf. Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, c.3, 8, 4
[7] Cf. Castellani, Las Parábolas de Cristo, Jauja Mendoza 1999, Parábola de los dos deudores
[8] Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, c. 3, 5, 1
[9] Idem
[10] Cf. Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, c. 3, 8, 4

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P. José A. Marcone, I.V.E.

La salvación eterna

(Lc.13,22-30)

 

            Introducción

El evangelio de San Lucas tiene una característica muy particular: a partir de fines del capítulo 9 hasta el capítulo 22 todo está narrado como un camino que Jesús hace subiendo a Jerusalén. A partir de 9,51 Jesús comienza a subir con mucha decisión a Jerusalén para sufrir la cruz. A partir de ese momento hasta el capítulo 22 se presenta toda la vida de Jesús como un solo camino hacia Jerusalén. Y cada tanto S. Lucas va recordando esta subida hacia la cruz: el evangelio de hoy es una de esas veces. En efecto, en el texto de hoy, que es del capítulo 13,22-30, dice: “Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén”. Con esta pincelada S. Lucas nos recuerda que Cristo no olvida ni un instante su deseo de morir en cruz por nosotros. Y unos pocos versículos más adelante, en el v.33 de este capítulo, vuelve a recordar su muerte en Jerusalén: “No es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén”.

Jesús no deja que nada lo aparte de su objetivo de morir en Jerusalén. Ni siquiera las amenazas de Herodes. Precisamente, la frase recién mencionada, la dice a los amigos que vienen a decirle que Herodes lo busca para matarlo. Él responde con mucha firmeza: “Id a decir a ese zorro: Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén” (Lc.13,32-33).

            En este contexto, una persona le hace una pregunta a Jesús: “¿Señor, es verdad que son pocos los que se salvan?”. La persona que pregunta está llevada más que nada de curiosidad por un lado, y de una cuestión teórica por otro. Jesús no da pábulo a la curiosidad del que pregunta, pero responde a una cuestión mucho más necesaria y mucho más concreta que saber el número de los que se salvan: lo que cada uno debe hacer para salvarse.

            Al responder de esta manera es como si dijera: “No te preocupes de cosas que no son útiles; no te preocupes de cosas que sacian solamente tu curiosidad; no te preocupes de cosas que dependen de otros (la salvación de los otros depende de los otros y de Dios). Preocúpate de algo que te toca muy de cerca: tu propia salvación. En vez de andar preguntando cuántos son los que se salvan, preocúpate de trabajar por tu propia salvación.” Y a partir de aquí le empezará a explicar cosas que tienen que ver con su salvación.

            La pregunta es abstracta y teórica, impersonal y muy poco útil. Jesús, ejercitando la caridad y sin rechazar de plano la pregunta, da una respuesta concreta, personal y muy útil. Con su respuesta Jesús le está diciendo al que preguntó: “Tu pregunta debiera ser más bien la siguiente: ‘Señor, ¿yo me puedo condenar?’”. De hecho la pregunta que responde Jesús es esa: ¿yo me puedo condenar?

            1. La primera respuesta: sí, tú te puedes condenar

            La respuesta que da Jesús suena así: “Estate atento porque eres tú el que se puede condenar”. Flota hoy en el ambiente, aún en ambientes católicos, la idea de que no existe la condenación eterna, de que no existe el infierno. Un profesor de teología en la Universidad Católica de Chile, en el año 2010, les dijo a los alumnos que la teología de antes hablaba del infierno; ahora se habla de un solo camino que lleva a la salvación a todos.

            Dicen que si uno hace la opción fundamental por Dios y luego peca por debilidad, aun cuando se trate de pecados graves, no se condena. Otros directamente niegan la existencia del infierno. Santa Faustina Kowalska fue llevada al infierno que hubiera merecido y vio que la mayoría de los condenados eran los que no creían en la existencia del infierno. También a Santa Teresa de Jesús Dios le mostró el lugar del infierno que le correspondía.

            Sin embargo, Jesucristo, muchas veces habla en el evangelio acerca de la existencia del infierno. Una de ellas es el evangelio de hoy. Dice que aquellos que han obrado el mal serán echados afuera de la sala del banquete y será el llanto y el rechinar de dientes. El rechinar de dientes es la acción propia del desesperado.

            Otra vez, en el capítulo 25 de San Mateo, Jesús dice a los que no tuvieron caridad con su prójimo: “Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”.

            El infierno existe y es una posibilidad para cada uno de nosotros. ¿Y qué es el infierno? El infierno es principalmente la privación de la visión de Dios; es estar eternamente separado de Dios. Eso es lo que se conoce como la pena de daño.

            Pero después de nuestra resurrección, aquel que se ha condenado, sufrirá en el infierno también penas corporales. También el cuerpo será sometido al fuego que no se apaga. En el infierno cada condenado sufrirá el mal correspondiente a su pecado.

            ¿Qué hace falta para irse al infierno? Morir con un pecado mortal. Un solo pecado mortal es suficiente para condenarse.

            2. La segunda respuesta: salvarse es muy difícil

            Jesús compara la salvación eterna con un banquete nupcial. Entrar al banquete y gozar de la fiesta significa salvarse. Pero la puerta del salón donde se realiza la fiesta es sumamente pequeña y estrecha. Es incómodo entrar por esa puerta al banquete. San Mateo, completa la frase de Jesucristo con una imagen todavía más gráfica: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas, ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran” (Mt.7,13-14).

            Por lo tanto, la imagen es la siguiente: en lo alto de un monte hay un salón donde se da un gran banquete; para ir allí hay que hacer un camino que es estrecho y escarpado, muy incómodo y esforzado; al llegar al salón la puerta es pequeña y estrecha, para entrar hay que agacharse muchísimo y entrar casi en cuclillas. Adentro está el Novio y todos los invitados festejando una gran fiesta de casamiento.

            En el otro extremo, abajo, en la llanura, hay un camino con suave pendiente en bajada, ancho, liso, sombreado, muy cómodo. Este camino termina en una gran puerta donde se puede entrar sin ninguna dificultad. Pero inmediatamente después de la puerta está el abismo y la muerte.

            Por lo tanto, los dos caminos son muy diferentes y los dos puntos de llegada son muy diferentes. El camino al cielo es muy difícil y esforzado.

            ¿Por qué el camino al cielo es muy difícil y esforzado? En primer lugar, porque debemos cumplir los diez mandamientos. Sin cumplir los diez mandamientos nadie se puede salvar. Por eso es que hoy Jesucristo dice: “No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!”. Los que hacen el mal son los que no cumplen los diez mandamientos.

            En segundo lugar, el camino al cielo es muy estrecho porque es necesario cumplir las obras de misericordia: ocuparse de los pobres, de los enfermos, de los necesitados, de los presos. Sin cumplir la obra fundamental del amor al prójimo no nos podemos salvar.

            En tercer lugar, el camino al cielo es muy estrecho porque dentro nuestro conviven las tres concupiscencias que nos inclinan más al mal que al bien. Estas tres concupiscencias son tres deseos que nos dejó el pecado original: el deseo de los placeres carnales, el deseo de poseer cosas materiales y el deseo de prevalecer sobre los demás. Por lo tanto nuestra vida es una continua lucha contra esos tres deseos. El que no quiera luchar contra esos malos deseos que viven en nosotros no podrá salvarse.

            En cuarto lugar, el camino al cielo es muy estrecho y difícil porque tenemos un enemigo externo, que es el diablo, que odia nuestra salvación eterna y que busca de mil maneras hacernos pecar para que nos condenemos.

            Aquel que lucha con valentía y al momento de su muerte está en gracia de Dios, entra al cielo.

            3. El cielo

Jesús compara el cielo con un banquete de bodas. Entrar al banquete de bodas, gozar de la presencia del Esposo (que es Dios), gozar de la presencia de los invitados, alegrarse continuamente, significa salvarse, significa entrar al cielo. Podríamos decir, en una sola palabra, que el Reino de los Cielos es fiesta permanente. Así como en una fiesta nos sentamos alrededor de una mesa para compartir los alimentos en un clima de gozo y alegría, así también el cielo es comunión con Dios y con los hombres en una plenitud de gozo, alegría y fiesta. La esencia del cielo es esta comunión gozosa con Dios por toda la eternidad.

La eternidad del cielo es lo que hace que el gozo sea perfecto. Siendo Santa Teresa de Jesús una niña supo que los que mueren mártires se van directamente al cielo. En la España de su tiempo había todavía varias regiones que pertenecían a los musulmanes. Para poder morir mártir decidió irse de su casa en busca de musulmanes que la matasen. En su ansiedad arrastró también a su hermano. Y mientras se alejaban de la casa repetía: “para siempre, para siempre, para siempre con Dios”.

Conclusión

            El salón del banquete tiene una puerta muy estrecha. Y pasado el tiempo oportuno, el Señor cierra la puerta. Sin embargo, este salón tiene una ventana al costado que, cuando la puerta está cerrada, puede abrirse para dejar entrar al que todavía tiene fuerzas para entrar. Esa ventana del costado es la Virgen María.

            Se cuenta la siguiente anécdota. En tiempos del Cura de Ars, en Francia, había un hombre que vivía alejado de los sacramentos pero que tenía una gran devoción a la Virgen María. Todos los años, para una de sus fiestas, él se encargaba de prepararle el arreglo floral. Un día, este hombre, llevado de una gran angustia, decidió suicidarse arrojándose desde un puente altísimo hacia las aguas del río. La esposa de este hombre fue desesperada a ver al Cura de Ars, para contarle su desgracia, que su marido se había suicidado y así merecido la condenación eterna. El Cura de Ars la consoló diciéndole: “Tu  marido no se condenó; alcanzó la salvación eterna, porque entre el puente y el río estaba la Virgen María, quien hizo que se arrepintiera y pidiera perdón antes de morir”. En este caso, María fue la ventana del costado para una puerta que ya estaba prácticamente cerrada.

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Directorio Homilético

 

Vigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 543-546: todos los hombres estamos llamados a entrar en el Reino de Dios

CEC 774-776: la Iglesia, sacramento universal de la salvación

CEC 2825-2827: seguir la voluntad del Padre para entrar en el Reino de los cielos

CEC 853, 1036, 1344, 1889, 2656: el camino estrecho

El anuncio del Reino de Dios

543    Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

          La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544    El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para «anunciar la Buena Nueva a los pobres» (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara bienaventurados porque de «ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3); a los «pequeños» es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).

545    Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

546      Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera» (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

La Iglesia, sacramento universal de la salvación

774    La palabra griega «mysterion» ha sido traducida en latín por dos términos: «mysterium» y «sacramentum». En la interpretación posterior, el término «sacramentum» expresa mejor el signo visible de la realidad oculta de la salvación, indicada por el término «mysterium». En este sentido, Cristo es El mismo el Misterio de la salvación: «Non est enim aliud Dei mysterium, nisi Christus» («No hay otro misterio de Dios fuera de Cristo») (San Agustín, ep. 187, 34). La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el sacramento de la salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también «los santos Misterios»). Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la  gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia contiene por tanto y comunica la gracia invisible que ella significa. En este sentido analógico ella es llamada «sacramento».

775    «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano «(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres «de toda nación, raza, pueblo y lengua» (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es «signo e instrumento» de la plena realización de esta unidad que aún está por venir.

776      Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo «como instrumento de redención universal» (LG 9), «sacramento universal de salvación» (LG 48), por medio del cual Cristo «manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre» (GS 45, 1). Ella «es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad» (Pablo VI, discurso 22 junio 1973) que quiere «que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo» (AG 7; cf. LG 17).

2825  Jesús, «aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia» (Hb 5, 8). ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf Jn 8, 29):

          Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él, y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26).

          Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice ‘Que tu voluntad se haga’ en mí o en vosotros ‘sino en toda la tierra’: para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 19, 5).

2826  Por la oración, podemos «discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2; Ef 5, 17) y obtener «constancia  para cumplirla» (Hb 10, 36). Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no mediante palabras, sino «haciendo la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21).

2827  «Si alguno cumple la voluntad de Dios, a ese le escucha» (Jn 9, 31; cf 1 Jn 5, 14). Tal es el poder de la oración de la Iglesia en el Nombre de su Señor, sobre todo en la Eucaristía; es comunión de intercesión con la Santísima Madre de Dios (cf Lc 1, 38. 49) y con todos los santos que han sido «agradables» al Señor por no haber querido más que su Voluntad:

            Incluso podemos, sin herir la verdad, cambiar estas palabras: ‘Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’ por estas otras: en la Iglesia como en nuestro Señor Jesucristo; en la Esposa que le ha sido desposada, como en el Esposo que ha cumplido la voluntad del Padre (San Agustín, serm. Dom. 2, 6, 24).

853Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también «hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio» (GS 43, 6). Sólo avanzando por el camino «de la conversión y la renovación» (LG 8; cf 15) y «por el estrecho sendero de Dios» (AG 1) es como el Pueblo de Dios puede extender el reino de Cristo (cf RM 12-20). En efecto, «como Cristo realizó la obra de la redención en la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación» (LG 8).

1036  Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran» (Mt 7, 13-14) :

          Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera  que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes’ (LG 48).

1344  Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús «hasta que venga» (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante «camina por la senda estrecha de la cruz» (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

1889  Sin la ayuda de la gracia, los hombres no sabrían «acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava» (CA 25). Es el camino de la caridad, es decir, del amor de Dios y del prójimo. La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: «Quien intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará» (Lc 17,33)

          Las virtudes teologales

2656  Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar.

 

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

15
agosto

Solemnidad de la Asunción

de la Virgen María

(Ciclo C) – 2016

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Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

(Lunes 15 de Agosto de 2016)

LECTURAS

Una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies

Lectura del libro del Apocalipsis     11, 19a; 12, 1-6a. 10ab

Se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza.
Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.
Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz.
Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera.
La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono, y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio.
Y escuché una voz potente que resonó en el cielo: «Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías.»

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 44, 10bc. 11-12. 15b-16 (R.: 10b)

R. Es la reina, adornada con tus joyas
y con oro de Ofir.

Una hija de reyes está de pie a tu derecha:
es la reina, adornada con tus joyas
y con oro de Ofir. R.

¡Escucha, hija mía, mira y presta atención!
Olvida tu pueblo y tu casa paterna,
y el rey se prendará de tu hermosura.
El es tu señor: inclínate ante él. R.

Las vírgenes van detrás, sus compañeras la guían,
con gozo y alegría entran al palacio real. R.

Cristo, el primero de todos,
luego, aquellos que estén unidos a él

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     15, 20-27a

Hermanos:
Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección.
En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su Venida.
En seguida vendrá el fin, cuando Cristo entregue el Reino a Dios, el Padre, después de haber aniquilado todo Principado, Dominio y Poder. Porque es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será vencido es la muerte, ya que Dios todo lo sometió bajo sus pies.

Palabra de Dios.

ALELUIA

Aleluia.
María fue llevada al cielo;
se alegra el ejército de los ángeles.
Aleluia.

EVANGELIO

El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
elevó a los humildes

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     1, 39-56

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:
«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»
María dijo entonces:
«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.»
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen

(2016)

Misa del día

Entrada

Celebramos hoy la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos en cuerpo y alma. María goza eternamente de Dios no solamente con su alma espiritual sino también con su cuerpo físico. En ella, la humanidad entera se llena de esperanza teológica de alcanzar la bienaventuranza eterna y la resurrección definitiva en Dios.

1ª  Lectura                        Apoc 11, 19ª; 12, 1-6ª. 10ab   

La Virgen revestida de sol y con la luna bajo sus pies, es el signo de la presencia de Dios y de su gracia.

2ª Lectura                      1Co 15, 20-27     

Cristo, el primero de todos, vive eternamente en el cielo. Luego, todos aquellos que están unidos a Él.

Evangelio                  Lc 1, 39-56         

La Virgen proclama la grandeza del Señor, que obra maravillas en los humildes de corazón.

 PRESES

A Dios nuestro Padre, presentamos nuestras súplicas.

A cada intención respondemos…

+ Por la Iglesia, para que encuentre en María Santísima el modelo y la imagen de su vocación divina expresada en el triunfo sobre el mal, el pecado y la muerte. Oremos.

+ Por la salud e intenciones del santo Padre, en especial por los frutos de sus próximos viajes apostólicos. Oremos.

+ Por los jóvenes, para que descubran en María la dicha indescriptible de saberse amados por Dios, y cultiven el encuentro personal con Cristo, único Amor que nunca falla ni termina. Oremos.

+ Por quienes sufren y sienten el peso de la fatiga cotidiana, para que la luz del misterio de María, fortalezca sus corazones en la esperanza de compartir, algún día, su misma bienaventuranza. Oremos.

+ Por todos los miembros de nuestra familia religiosa para que seamos fieles a nuestro cuarto voto de esclavitud mariana y podamos, mediante María, llegar a la unión con Cristo. Oremos.

Oh Dios, que coronaste los privilegios de la Madre de tu Hijo con la gloria de la Asunción, por su intercesión apiádate de nosotros, y concédenos lo que te pedimos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

OFERTORIO  

Llevamos al altar las ofrendas para el Santo Sacrificio de la Misa, con el mismo espíritu con que lo hacía María, es decir, ofreciéndonos nosotros también en sacrificio.

* Junto con estas flores, ofrecemos la alegría de toda la Iglesia por la glorificación de su Santísima Madre.

* Con el pan y el vino, ofrecemos nuestras vidas, para que uniéndonos al sacrificio de Cristo, participemos un día de su gloria.

COMUNIÓN   El Señor nos da un Pan celestial, su Cuerpo y su Sangre, alimento de inmortalidad.

SALIDA        Que la contemplación de la Virgen María y la confianza en su intercesión, alimenten nuestra esperanza de alcanzar la Patria del cielo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         P.Severiano del Páramo, S.J.

El «Magnificat»

Sobre el Magnificat se ha escrito mucho, como puede verse en Laurentin. Nosotros ponemos en nota algunos títulos que más pueden interesar. Los problemas que plantea el Magnificat, además de su interpretación, son los siguientes:

1. ¿Hay que atribuirlo a María o a Isabel? La respuesta hoy día es segura: no existe argumento serio ninguno contra la unanimidad de la tradición manuscrita, que lo pone en labios de María. La tesis de Harnack está totalmente superada y no vale la pena refutarla.

2. ¿Es obra personal de María o hay que atribuir su composición a un judío-cristiano de mayor cultura? El cántico en sustancia nada contiene que supere la formación religiosa de una joven hebrea inteligente, reflexiva, conocedora de la historia de su pueblo, asidua oyente de las lecciones sinagogales. Hay que tener presente la memoria de los pueblos semitas y la del pueblo judío, concentrado en su Biblia. También se pueden admitir algunos toques redaccionales de Lucas o de su fuente. Lo que sí es cierto es la paternidad mariana del cántico. Todo su contenido responde a la psicología interior de María y, por cierto, anterior a las vivencias de la vida, pasión y resurrección de su hijo. Nada hay aquí de tonos cristianos. Estamos justamente en el puente. Las promesas se empiezan a realizar, pero Jesús no ha nacido aún.

3. ¿Está el Magnificat en su momento histórico? Con Zerwick respondemos afirmativamente. Las razones que aduce Gaechter para situarlo después del nacimiento de Jesús y en una entrevista posterior de María con Isabel son subjetivas. El cántico responde perfectamente al misterio que llevaba María desde el coloquio con el ángel y al momento en que Isabel, inspirada, celebra la grandeza de «la madre de su Señor». Nótese que María solamente canta para Dios lo, que ella lleva en su alma, y delante de Isabel, a quien Dios mismo le ha revelado el misterio.

4. El Magníficat entra en el género literario común a todos los himnos o salmos de acción de gracias. Las particularidades no exigen un género propio y se pueden explicar por la psicología particular de la autora. Se trata de una especie de mosaico de alusiones y frases del AT. La forma es la corriente de la poesía hebrea con el paralelismo de los miembros, bien sinónimo (v.47), bien progresivo (48-51.54.55), bien antitético (52.53). Sobre las estrofas se discute. Es corriente admitirlas, aunque hay discrepancia sobre el número. Se admiten tres, cuatro y hasta cinco. La ilación de las ideas, que se mantiene en todo el himno, puede dificultar la di­visión en estrofas.

5. La originalidad hay que ponerla en la asimilación personal de María de las grandes ideas bíblicas: misericordia de Yahvé, preferencia por los pobres y humildes, poder y santidad, fidelidad; promesas hechas a los, patriarcas. Directa e inmediatamente María canta la gracia de Dios para con ella; en un plano segundo canta el poder y misericordia de Dios como se revela en la historia. La poesía del himno no se debe poner en las imágenes, sino en la verdad y profundidad de las ideas, en la verdad y sentimiento con que se exponen, en la finura y agudeza de la visión histórica, en el conocimiento exacto de los caminos misteriosos de Dios, en la alegría tranquila y bien fundada que se respira. Si no se revela la imaginación poética de María, sí se revela su visión profunda de la historia, de los hombres y de Dios; su sensibilidad exquisita a los beneficios, su realismo y vida en verdad, que reconoce las grandezas propias, pero hasta en sus raíces, que son la gracia de Dios. La alegría, como toda la composición, es tranquila, serena, equilibrada, propia de quien sabe reflexionar y callar, de quien ve el fondo de las cosas. Ella sabe retirarse detrás y poner en el primer plano de su vida y de la historia al Invisible, al Creador. Hay aquí una poesía auténtica, la expresión de la suprema verdad, descubierta con sentimiento y dramatismo. Aparece Dios en escena como protagonista en la vida de María y en la historia; aparece María en momentos de luz, de juventud, de maternidad feliz, de bendiciones universales futuras; aparece Israel como pueblo escogido; aparecen los humildes y los soberbios, cada uno con su merecido propio, con su suerte distinta ante Dios aparece la fila venerable de los patriarcas amigos de Yahvé.

6. El himno lo podemos dividir así:

a) Introducción: 46-47 (alegría de María).

b) Estrofa 1ª: la mirada graciosa de Yahvé (48-50).

c) Estrofa 2ª: el poder justo de Yahvé (51-53).

d) Estrofa 3ª: la fidelidad de Yahvé para con Israel (54-55),

46-47. Nótese la correspondencia de los términos: alma = espíritu; magnifica = salta de gozo; Señor = Dios mi Salvador. Salta de gozo, hjgall’isasen: es verbo de mucho afecto. El aoristo equivale al presente por razón del paralelismo. Dios es Salvador, más que por la liberación de males, porque da «la salvación», la vida. Este sentido positivo es el que se desarrolla en los v.48.49 (ha hecho en mí cosas grandes).

Alma (anima, nefesh) era el principio de la vida corporal, sede de las emociones sensibles. Pero puede ser también todo el ser humano.

Espíritu (ruah), la parte superior del alma, sede de la vida inte1ectual, religiosa; pero puede ser también todo el ser humano. Aquí, por la ley del paralelismo, hay que identificarlos y designan todo el ser, la persona de María, que alaba y se goza. Magnifica, hace grande, alaba, reconoce y expresa su grandeza. Es lo que hace luego llamando a Dios poderoso, santo, misericordioso. Es el máximo sentido de la vida humana y cristiana: reconocer la grandeza de Dios. Salta de gozo, exultavit: el griego expresa gran afecto. Este paso al pretérito es un hebraísmo. Tal vez un wayyictol, que tiene el mismo sentido que el presente (magnifica). Salvador: atributo del nombre divino frecuente en el AT; expresa idea familiar a 1os judíos y tiene esencialmente sentido positivo, pues comprende cualquier beneficio o ayuda de Dios. Mi: este adjetivo expresa cariño, amor a Dios bienhechor. La salvación otorgada a María no debe explicarse negativamente (males de que la ha librado), sino positivamente, como ella la explica en 48.49.

48-49. Estos versos explican (oti, porque) la obra de Dios en María y la razón de su alegría. Ha mirado: la mirada frecuente en los salmos, que expresa el amor de Dios eficiente para con los suyos (cf. Sal 32,13ss). La pequeñez: es la explicación más corriente del griego tapeinwsin, que se encuentra en Ecli 11,9-13 en el sentido de pequeñez social. En el ánimo de la Virgen puede ser muy bien la pequeñez humana con respecto a la grandeza de Dios. Coincide este sentir con la frase «he aquí la esclava del Señor». Coincide también antitéticamente con la obra de Dios en ella: va a ser llamada, bienaventurada, Dios ha hecho cosas grandes en ella. María se coloca en la línea de todos los pequeños, los pobres, los humildes, los hambrientos, de Israel, siervo de Yahvé. Esta exégesis corriente se inspira en la amplificación misma que hace. Por esto no nos parece aceptable la exegesis de Gaechter, que  ve en esta pequeñez la opresión de María por parte de los nazarenos; ni la de Lyonnet, que ve una alusión a la liberación de la esterilidad virginal y voluntaria, pues esta esterilidad fue abrazada con gozo y la hubiera conservado con gozo. Si aceptó la maternidad mesiánica, no fue porque la esterilidad virginal se considerara un oprobio, sino por la voluntad de Dios. Y he aquí, idou gar: se aplica a todo lo que precede. Es una nueva razón que justifica la alegría y gratitud de María. Desde ahora: frase del estilo de Lucas (5,10; 12,52; 22,18.69; Act 18,6), y señala las alabanzas de Isabel como el principio de un himno eterno. Las letanías marianas empiezan aquí. La Virgen, inspirada, prevé su futuro culto, basado en la maternidad del Mesías (cf. 11,27).

El v.49 podía empezar una nueva frase, pero se une mejor con el 48. Cosas grandes: el griego de los LXX corresponde al hebreo ghedholoth, prodigios. Como la Virgen habla de sí (ha hecho a mí), se debe referir a su maternidad, a su concepción virginal y cuanto de ella se deriva

        El Poderoso: este nombre es el que da a Dios el AT, y corresponde muy bien con «las cosas grandes» que ha hecho en María (cf. Sal 23,8; Sof 3,17). Y su nombre = él. El nombre equivale a nuestra «persona». Santo: en el lenguaje bíblico, la santidad es la absoluta trascendencia de Dios. Santificar el nombre de Dios es reconocer su suprema y absoluta trascendencia. Esta segunda parte se puede unir muy bien como una oración relativa con el sujeto de la primera: El Poderoso, cuyo nombre es santo. Mi también se puede unir el v.50 con Maldonado, Zorell, Dausch, Dorado. Otros unen 49b-50 como proposiciones coordinadas: porque ha hecho en mí cosas grandes, (porque) su nombre es santo y (porque) su misericordia… (Marchal, Joüon, Plummer). Otros (Lagrange, Prat, Valensin-Huby) unen el v.50 con los siguientes, separándolo del v.49.

50. En el AT, temer a Dios, servirle y obedecerle son sinónimos. El temor se confunde frecuentemente con la piedad, porque es el afecto que domina la vida religiosa. Aquí María se remonta a la conducta universal de Dios.

51-53. Estos versos no se deben entender del futuro (Plummer) Cuando la Virgen se refiere al futuro, ha usado el futuro (v.48). Algunos aplican el aoristo a los hechos históricos concretos de Israel como si María pensara en Faraón, cananeos, Saúl… Parece mejor el aoristo gnómico, que expresa el modo o ley ordinaria de proceder. Dios obra siempre así, favoreciendo a los humildes y pobres de Israel y castigando a los grandes y opresores. En el AT, y en particular en los Salmos, pobre no es precisamente el que carece de dinero. Pobre por antonomasia en los Salmos es David perseguido, oprimido, pero que pone su confianza en Dios. Ricos son los se bastan; pobres, los que necesitan de Dios. No obstante su dolor y necesidad, el pobre bíblico no maldice ni envidia; se vuelve siempre a Dios, y su esperanza nunca le falla. El rico, en cambio, .sólo confía en sí, piensa y habla soberbiamente, practica el engaño, la calumnia, condena al pobre, declara culpable al inocente; es enemigo de Dios, se vuelve contra él y sus preceptos, desprecia y blasfema al Santo; en su corazón dice que no existe Dios, que Dios no se ocupa de los humanos y que podemos hacer lo que queramos, sin que Dios nos vea. En suma: rico y malo son sinónimos; pobre y bueno también.

La metáfora del brazo expresa el poder de Dios (cf. Is 51, Sal 88,11.14.22). Grandes en el sentir…: se refiere a una disposición moral interior, propia del soberbio (cf. Ecli 10,7.14-18). Para la antítesis del v.52 recuérdese la elevación del humilde José, de David pastor (cf. Sab 2,17-3,12). Para la antítesis del v.53 recuérdese la costumbre áulica de los reyes orientales: los ricos van a palacio con presentes para el rey, que tiene que superar en generosidad. Cuanto más le traen, más da. Los pobres, que no pueden presentarse con ningún regalo, no pueden entrar en palacio y se quedan hambrientos en la calle (Lagrange). Esta idea está en Sal 71,4.12-14.

54-55 Aquí empieza una dirección nueva y nacional. La misericordia de Yahvé con Israel, siervo (Is 41,8; 42,1; 44,1; Act 3,13.26). Amparó: tomar el cuidado de uno, ayudar. Etimológicamente tomar a uno que está en oposición o frente a mí. Dios, grande, toma a Israel, pequeño. El pretérito, más que a la historia general de Israel, hay que referirlo al hecho inmediato de la encarnación. Dios acaba de socorrer, de amparar a Israel, haciéndole la misericordia de enviarle al Mesías. Dios se acuerda de su misericordia cuando hace uso de ella, cuando salva y ayuda. La misericordia se ejercita con Abraham y su descendencia eterna. Esta misericordia es estrictamente mesiánica. Dios prometió misericordiosamente la bendición mesiánica a Abraham y a su descendencia (Gén 12,3). La bendición misericordiosa fue objeto de sucesivas promesas a los patriarcas, empezando por Abraham, Isaac, Jacob, David… 55b se une con 54b (Tol., Knab., Fill.). Otros (Mald.) hacen depender del verbo «prometió» tanto los padres como Abraham. Joüon, Marchal, explican la construcción por un hebraísmo: como prometió a nuestros padres en favor de Abraham y su descendencia. Nosotros hemos unido «Abraham» con «la misericordia», y 55a, «como prometió», la consideramos como proposición modal de «acordarse». Dios se acordó = realizó, como había prometido.

56. Con este verso termina el episodio de la visitación; pero, aunque la conclusión se anticipa a la narración del nacimiento, se trata de anticipación literaria, no real e histórica. Es modo ordinario de Lucas, como decimos en la Introducción (cf. 3,20). La mención misma de los tres meses, tiempo que faltaba para el nacimiento, nos inclina a pensar que María se quedó con Isabel hasta el mismo nacimiento de Juan. Psicológicamente es esto también más aceptable: la Virgen fue para felicitar a Isabel. Y el momento de máxima alegría y felicitación era la fiesta del nacimiento y circuncisión. Un argumento también puede ser que con el v.56 termina una fuente o documento independientemente de la narración del nacimiento. Lucas ha podido incorporar la narración siguiente sin prejuzgar el orden (Gaechter). Por lo demás, ya desde antiguo los autores se dividen: unos creen que María se quedó hasta el nacimiento, otros que se marchó antes por modestia (Prat).

(DEL PÁRAMO S., La Sagrada Escritura, Evangelios, BAC Madrid 1964, I, p. 559-64. Todos los derechos reservados)

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Comentario Teológico

·        P. Gabriel Roschini, O. S. M.

El fin del destierro

 1. – ¿Dónde sucedió?

(…)

2. — ¿Cómo sucedió?

¿De qué modo terminó su destierro terreno María Santísima? Este problema, digámoslo inmediatamente, no es menos oscuro que el precedente.

No se comprende bien, en efecto, cómo pudo morir la Virgen. Para nosotros es fácil, demasiado fácil morir. Pero para María no sucede lo mismo. Se muere, efectivamente, o por violencia externa, es decir, porque se nos da muerte, o por enfermedad, o por vejez, la cual no es otra cosa que una enfermedad. Ahora bien, ninguno de estos tres modos es posible admitir para María. Ella no murió por violencia extrínseca, o sea por la espada, como pensó alguien, interpretando en un sentido demasiado material la profecía del santo anciano Simeón, porque la espada que traspasó a María fue espiritual, no material; espada que traspasó el alma, no el cuerpo.

No murió y no pudo morir la Virgen Santísima por enfermedad, porque ello se oponía a su perfecta constitución orgánica, haciéndola inmune de toda molestia física.

No murió y no pudo morir de vejez (aparte de que no sabemos exactamente nada de cierto acerca de si llegó o no a una edad avanzada), porque a ello se oponía el hecho de que la misma vejez, en cuanto es capaz de causar la muerte, es una enfermedad, o sea, un debilitamiento general de todo el organismo y de todas sus facultades, llamada decrepitud senil. Consiguientemente, la Virgen Santísima así como no pudo fallecer por enfermedad, tampoco dejó de existir por vejez.

Hasta aquí, todos están o debieran estar de acuerdo, Si, pues, la Virgen no murió por violencia externa, ni por enfermedad, ni por vejez, ¿de qué modo murió? Bossuet, San Francisco de Sales, San Alfonso María de Ligorio y, en general, todos los autores, afirman que María murió de amor, en un acto de intenso afecto que rompió las ataduras del cuerpo. He aquí sus palabras: “Si me creéis, oh almas cristianas, dice Bossuet, admitiréis que la causa de la muerte de la Santísima Virgen no fue otra que el amor. Su amor, fuerte, ardiente, abrasador, no podía lanzar ningún suspiro sin que despedazase los lazos de ese cuerpo de muerte: ni un ansia, ni una pena que no pudiese turbar, romper su armonía; ningún deseo se elevaba al cielo sin que arrastrase consigo al alma. “Os he dicho, oh cristianos, que su muerte fue un prodigio, pero debo ser más sincero y cambiar francamente de parecer: la muerte no fue el milagro, el prodigio, sino el fin del prodigio. El milagro continuo fue que María pudiese vivir separada de su Amado. Vivía… porque era designio de Dios Padre que Ella fuese copia perfecta de su Jesús Crucificado, en el martirio insoportable de una vida tan larga y penosa como necesaria para la Iglesia. El amor divino reinó soberano absoluto en su corazón, y cuando Ella amaba el amor aumentaba día a día, alcanzando así tal magnitud que la tierra no era ya capaz de contenerlo” (BOSSUET: “Sermón II sobre la Asunción”). “Cuando el amor de la Virgen, dice en otro lugar el mismo príncipe de los Oradores, no pudo estar más en su cuerpo mortal, Ella entregó su alma en los brazos de su Hijo. No hubo necesidad para esto de un esfuerzo especial, Así como un ligero soplo arranca en otoño la hoja seca y hace que la llama se dirija hacia lo alto, así su alma fue separada del cuerpo para ser transportada a los cielos: así murió la Virgen, en un acto de amor divino y su alma fue llevada al cielo en alas de santos deseos. Fue entonces que los espíritus celestiales se preguntaron maravillados: ¿Quién es Esta que sube del desierto, como una nubecilla de humo de mirra y de incienso quemado? Figura, similitud maravillosa que nos pinta al vivo el modo tranquilo y dichoso de este morir. Una nube de humo perfumado… como nos sería dado gustar mediante perfumes quemados; una nube que se alza tranquila, no arrancada ni impulsada con violencia, sino delicadamente vaporizada por un dulce y templado calor que la hace subir espontáneamente. No fue una sacudida violenta que arrancó el alma de María: fue el calor de la caridad lo que la separó dulcemente del cuerpo enviándola al Paraíso envuelta en una onda de deseo ardiente de su Amado” (BOSSUET: “Sermón I sobre la Asunción”). Otro tanto repite sustancialmente, San Francisco de Sales: “Habiendo recogido la Santísima Virgen en su espíritu, con una vivísima y continua memoria, todos los más amables misterios de la vida y de la muerte de su divino Hijo y recibiendo siempre directamente de estos recuerdos las más ardientes aspiraciones que Jesucristo, Sol de justicia, derramaba sobre los hombres en el colmo del mediodía de su caridad, y viviendo Ella de su parte en un movimiento continuo de contemplación; el fuego sagrado del amor divino la consumió totalmente, como holocausto de suavidad, dándole muerte, mientras su alma, extasiada, era transportada entre los brazos de dilección de su Hijo. ¡Oh muerte amorosamente vital! ¡Oh amor vitalmente mortal!”. “Los santos que murieron de amor, prosigue con fino análisis el mismo Santo Doctor, antes de morir experimentaron, en efecto, una gran variedad de accidentes y de síntomas de dilección, muchos transportes, muchos raptos, muchos éxtasis, muchos desfallecimientos, muchas agonías: se diría que su amor engendraba, con esfuerzo y con progresivos intervalos, la muerte bienaventurada; ello fue a causa de la debilidad de su amor, aún no bastante perfecto, y que no podía con igual firmeza continuar su dilección. Pero muy otra cosa sucedió en la Santísima Virgen, porque así como la hermosa alba del día no crece a intervalos o con trémulos sacudimientos, sino con cierto continuo dilatamiento y aumento que es casi insensiblemente sensible, viéndosela crecer en esplendor, pero con tanta igualdad que nadie puede advertir, en los crecimientos de ella, interrupción, separación o discontinuidad; así también en el virginal corazón de nuestra gloriosa Señora crecía en todo momento el amor divino, pero con crecimientos siempre dulces, pacíficos y continuados, sin agitaciones, repercusiones o violencias de ninguna clase… De modo que la muerte de esta Virgen fue más dulce de lo que podamos pensar: por una parte, suavemente trayéndola su Hijo al olor de sus perfumes, y por la otra dejándose Ella llevar tras la sagrada fragancia al seno de la bondad de su mismo Hijo… En efecto, si el amor había hecho experimentar a esta divina Esposa al pie de la Cruz los supremos dolores de la muerte, era muy conveniente y razonable que la muerte le hiciese experimentar, finalmente, las supremas delicias del amor” (SAN FRANCISCO DE SALES: “Teotimo”, p. 11).

Por su parte, el P. Terrien se expresa así: “Para comprender bien cómo murió María, es necesario recordar antes la diferencia que existe entre estas tres expresiones: morir en el amor, morir por amor, y morir de amor. Morir en el amor es la común alegría de los amigos y de los elegidos de Dios, porque morir fuera de la caridad sería morir fuera de la gracia. Morir por amor es dar la vida por un fin de caridad, como hicieron los mártires. Morir de amor es tener como causa próxima de la propia muerte al mismo amor, a este amor de quien el Cantar de los Cantares ha dicho que es fuerte como la muerte.

“Que María haya muerto en el seno del amor sería blasfemia y locura dudarlo. Nadie lo ha negado jamás entre los cristianos, como tampoco fue negado que haya muerto por amor. ¿Habría rehusado Nuestro Señor a su Madre un privilegio que ha concedido a muchos Santos, y el fuego del amor, encendido día y noche en el altar de su corazón, se habría extinguido en el preciso momento en que la visión beatífica debía comunicarle sus ardores? Algunos Opinaron que María murió no solamente en el ejercicio actual del amor, sino también, como los mártires y como su propio Hijo, el Rey de los mártires, por la defensa y el reinado del amor. Pretendían que Ella también hubiese sufrido el martirio de sangre, tomando por una espada material la que, según la profecía de Simeón, debía traspasarle el corazón.

“Sabemos ya que esta profecía se cumplió de muy otra manera, y de qué modo María soportó por amor, sobre el Calvario, un dolor capaz de arrancarle mil veces la vida, si la mano de Dios no la hubiese sostenido. Ello bastaba para que Ella hubiese muerto por amor. Pero es preciso decir todavía que ha muerto de amor. Es del amor de donde debe venir el golpe que destruirá los lazos por los cuales el alma está unida al cuerpo, o para decir mejor, los soltará por un tiempo solamente” (TERRIEN: “La Mère de Dieu”, t. II, ed. IV, París, sin fecha, p. 327 y sgtes.).

Todos estos autores, por otra parte respetabilísimos, nos dicen en sustancia que la Virgen Santísima murió en consecuencia de un acto de amor, superior en intensidad a la capacidad de un alma todavía unida al cuerpo. Mas es obvio que tal solución, aparentemente tan clara, no puede satisfacer. En efecto, en virtud del don de integridad, es decir, del pleno dominio que María Santísima tenía sobre todas sus pasiones, así como sobre el dolor y el amor, ningún acto de caridad, por intenso que fuese, habría sido capaz de romper los lazos que unían su alma con su cuerpo virginal.

Así como la intensidad del dolor no fue capaz de matar o ni siquiera turbar a la Virgen Santísima sobre el Calvario, durante la agonía y la muerte de su Hijo, así también la intensidad del amor no fue capaz de darle muerte al término de su existencia terrestre. Por tanto, sigue siempre en pie la pregunta: ¿de qué modo la Madre de Dios abandonó su destierro aquí abajo? Nos parece que la muerte de María fue una lógica y natural consecuencia de su pasibilidad. El término natural de la pasibilidad ¿no es acaso la mortalidad? Si la Virgen fue pasible —cosa indudable— fue también mortal. Murió, pues. Pero ¿de qué manera?

Nos agrada inmensamente entre todas las demás, la aguda respuesta dada por el P. Dourche, Servita. Héla aquí: “La clave del secreto, la única según nuestro parecer, es ésta: además de la unión habitual de su espíritu con Dios, además de los ordinarios éxtasis de que nos ha hablado S. Francisco (de Sales), más de una vez la Virgen Santísima, ya antes de la Pasión, en los momentos más solemnes de la vida, fue elevada a la contemplación de aquellos bienescelestiales que San Pablo no pudo describir aún después de haberlos gustado. Recordemos cuanto hemos dicho en otra parte sobre la ciencia de María. ¿Iba Dios a negarle, después de la resurrección, aquello que entonces, y aún antes le había concedido? Evidentemente, no. Por el contrario, nos parece que esos divinos momentos llegaron a ser cada vez menos raros con los años, a fin de compensar así a nuestra buena Madre de la prolongación del destierro. Esas momentáneas elevaciones, aunque pasajeras, no ocasionaban la muerte. Mas, ¿serían ellas siempre pasajeras? ¿Quedaría María siempre alejada de su Amado? ¿No tendría Jesús compasión de su Madre, y la dejaría desfallecer y anhelarle, como el ciervo sediento anhela la fuente de agua viva? No. La hora tan ansiada de la unión definitiva sonó finalmente. Y precisamente cuando esta hora llegó, cuando Jesucristo estrechó contra su corazón a su Madre divina en un supremo abrazo que era la comunicación plena, entera, eterna de la vida del mismo Dios, María, embriagada por las celestiales delicias, abandonó la tierra para volar al cielo.

Esta muerte, motivada en último análisis por el deseo de entrar en la posesión de una vida superior, apenas si merece el nombre de muerte. Por lo cual, de acuerdo con los antiguos textos litúrgicos, preferimos llamarla tránsito, Transitus, y sueño (Dormitio); pero un sueño divino, llegado inesperadamente, en el tiempo y en el lugar elegidos por Dios y que, invisible en la realidad, era el verdadero despertar. En efecto, ¿abrir los ojos a los esplendores de la Patria para cesar de contemplar las tristezas del destierro quiere decir acaso morir?” (“La Tutta Santa”, p. 207 y sgtes.).

(Roschini, G., La Vida de la Virgen María)

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Santos Padres

·        San Juan Damasceno

Muerte y Asunción de la Santísima Virgen María

No existe mortal que pueda alabar dignamente el tránsito de la Madre de Dios. Sin embargo, siendo agradable a Dios cuanto redunde en honor de su Madre, y complaciendo a ésta cuanto sea dar gusto a su Hijo, cumplamos la deuda de alabar a María, que cuanto más se paga, más crece. Séanos propicia Ella  misma.

Hoy descansa en el templo divino, no fabricado por mano alguna, la que fue también templo del Señor. Hoy el Edén recibe a1 paraíso del nuevo Adán, donde fue otra vez plantado el árbol de la vida y remediada nuestra desnudez. Desde hoy la Virgen Inmaculada, que no tuvo jamás afectos terrenos, sino celestiales, ha dejado de habitar en la tierra, y como cielo animado es colocada en las mansiones celestes.

Dios arrojó del paraíso a los primeros hombres., porque desobedecieron. ¿Y ahora? ¿No recibirá el paraíso la que rechazó todo pecado y dio sólo frutos de obediencia, enseñando la vida al género humano? ¿No abrirá el cielo sus fronteras? Eva escuchó a la serpiente engañadora, y halagados sus sentidos acarreó la sentencia de amargura y de dolor en el parto. ¿Osará la serpiente devorar a María que, sumisa a Dios, concibió sin deleite, ni varón, por obra del Espíritu Santo?».

¿Cómo puede la corrupción apoderarse de un cuerpo que es fuente de la vida?».

El que es camino y verdad, dijo: Donde yo esté estará también mi servidor (Io. 12,26) ¿Con cuánta mayor razón no ha de vivir. Jesucristo junto a María?»

«María descansa como en lecho humilde en la ciudad de Jerusalén… Al llegar a este punto, siento arder en mi pecho las llamas de amor ferviente, y anegado en lágrimas dulcísimas, beso este lecho feliz…, que recibió al tabernáculo de la vida».

«¿Qué honores no le tributará el que decretó honrar a los progenitores?»

«Los discípulos, dispersos por la tierra, fueron, por mandato divino, reunidos en Jerusalén… Testigos oculares, ministros de la palabra, llegaron para servir, cual era su obligación, a la Madre de Cristo y pedirle su bendición. Los sucesores de los apóstoles quisieron participar de ella. Tampoco faltaron las legiones angélicas y cuanto obedece al sumo Rey… Todos ponían sus ojos en María con toda reverencia y temor filial».

«¡Adán y Eva exclamarían jubilosos: Bienaventurada tú, hija, que nos has librado de las penas merecidas por nosotros!… Cerramos la puerta del cielo y tú nos has abierto el camino del árbol de la vida».

“Oíd el coro de los santos: Tú cumpliste nuestras profecías y nos trajiste el júbilo que anhelábamos. Y la muchedumbre de los santos circunstantes le rogaban: Quédate con nosotros, consuelo nuestro y ayuda nuestra. No nos desampares huérfanos, tú que eres la Madre del más misericordioso Señor. Se el descanso en nuestras fatigas, el refugio en los trabajos. Si te alejas, llévanos contigo a los que somos tu pueblo y heredad».

«Y cuando, el mismo Rey vino a recibir entre sus manos aquella alma santa e incontaminada de toda mancha, la Virgen le diría a su Hijo: En tus manos encomiendo mi espíritu. Recibe este alma, a quien amas y has preservado de toda corrupción. A ti y no al sepulcro entrego mi cuerpo. Guárdalo salvo, ya que te dignaste nacer de él. Trasládame contigo, para que contigo viva, ¡oh fruto de mi vientre! Consuela también a estos mis hijos y hermanos tuyos. Aumenta el valor de mi bendición con bendiciones tuyas… Y luego se oyó la respuesta: Ven a mi descanso, bendita Madre mía, levántate, ven, amiga mía, la más hermosa de las mujeres. Porque el invierno ha pasado y ha llegado el tiempo de la recompensa (Cant. 2,10)»

El Santo describe el cuidado con que amortajarían a la Virgen, empleando aguas que, en vez de limpiar, quedaron ellas más puras, el cortejo funerario y el santo entierro.

«Colocado en el sepulcro, aquel cuerpo permanece allí tres días y al cabo de los cuales es conducido al paraíso, pues no convenía que quedase oculta en la tierra aquella divina habitación, mina inagotable, no arado campo de pan celestial, nunca regada viña de frutos inmortales, oliva emblemática de la compasión del Padre. Sino que del mismo modo que el cuerpo santo formado por la Virgen resucitó al tercer día, era justo que esta Señora fuese sacada del sepulcro y que la Madre fuera a reunirse con el Hijo, y puesto que Él bajó hasta María, Ella fuera conducida hasta el cielo».

«Convenía… que si el Señor había dicho que debía ocuparse en las cosas de su Padre (Lc. 2,19), habitara la Madre en la casa real del Hijo… Convenía que fuera reservado incólume después de la muerte el cuerpo que en el parto conservó íntegra su virginidad y que habitara en los eternos tabernáculos la que había llevado en su seno al Creador, bajo el aspecto de infante. Convenía que habitara en las mansiones celestes la esposa prometida por el Padre. Convenía que la que había visto (con sus ojos corporales) a su Hijo en la cruz, y cuyo pecho había sido traspasado con la espada del dolor, le viera ahora sentado con su Padre. Convenía, finalmente, que la Madre de Dios poseyera lo que era propiedad de su Hijo y fuera venerada por todas las criaturas».

«Ensalcemos este día con cánticos sagrados… Honremos a María con visitas nocturnas. Agrademos con nuestra limpieza de alma y cuerpo a Ella, la verdaderamente pura y limpia. Es natural que la semejanza alegre a los que son semejantes. Si ninguna cosa es más oportuna para dar culto a Dios que la misericordia, ¿podremos negar que le agradara también a su bendita Madre? (cf. n.15).

¡Oh sepulcro entre todos el más sagrado! ¿Por qué buscar en ti a la que ha sido elevada a los cielos?»…

(Cf. SAN JUAN DAMASCENO, Hom. 1 y 2 in Dormit.: PG 96,715 ss. y 741 ss.)

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Aplicación

·        S.S. Francisco p.p.

 

S.S. Francisco p.p.

 

Queridos hermanos y hermanas

El Concilio Vaticano II, al final de la Constitución sobre la Iglesia, nos ha dejado una bellísima meditación sobre María Santísima. Recuerdo solamente las palabras que se refieren al misterio que hoy celebramos. La primera es ésta: «La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo» (n. 59). Y después, hacia el final, ésta otra: «La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (n. 68). A la luz de esta imagen bellísima de nuestra Madre, podemos considerar el mensaje que contienen las lecturas bíblicas que hemos apenas escuchado. Podemos concentrarnos en tres palabras clave: lucha, resurrección, esperanza.

El pasaje del Apocalipsis presenta la visión de la lucha entre la mujer y el dragón. La figura de la mujer, que representa a la Iglesia, aparece por una parte gloriosa, triunfante, y por otra con dolores. Así es en efecto la Iglesia: si en el Cielo ya participa de la gloria de su Señor, en la historia vive continuamente las pruebas y desafíos que comporta el conflicto entre Dios y el maligno, el enemigo de siempre. En esta lucha que los discípulos de Jesús han de sostener – todos nosotros, todos los discípulos de Jesús debemos sostener esta lucha –, María no les deja solos; la Madre de Cristo y de la Iglesia está siempre con nosotros. Siempre camina con nosotros, está con nosotros. También María participa, en cierto sentido, de esta doble condición. Ella, naturalmente, ha entrado definitivamente en la gloria del Cielo. Pero esto no significa que esté lejos, que se separe de nosotros; María, por el contrario, nos acompaña, lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal. La oración con María, en especial el Rosario – pero escuchadme con atención: el Rosario. ¿Vosotros rezáis el Rosario todos los días? No creo [la gente grita: Sí] ¿Seguro? Pues bien, la oración con María, en particular el Rosario, tiene también esta dimensión «agonística», es decir, de lucha, una oración que sostiene en la batalla contra el maligno y sus cómplices. También el Rosario nos sostiene en la batalla.

La segunda lectura nos habla de la resurrección. El apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, insiste en que ser cristianos significa creer que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos. Toda nuestra fe se basa en esta verdad fundamental, que no es una idea sino un acontecimiento. También el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma se inscribe completamente en la resurrección de Cristo. La humanidad de la Madre ha sido «atraída» por el Hijo en su paso a través de la muerte. Jesús entró definitivamente en la vida eterna con toda su humanidad, la que había tomado de María; así ella, la Madre, que lo ha seguido fielmente durante toda su vida, lo ha seguido con el corazón, ha entrado con él en la vida eterna, que llamamos también Cielo, Paraíso, Casa del Padre.

María ha conocido también el martirio de la cruz: el martirio de su corazón, el martirio del alma. Ha sufrido mucho en su corazón, mientras Jesús sufría en la cruz. Ha vivido la pasión del Hijo hasta el fondo del alma. Ha estado completamente unida a él en la muerte, y por eso ha recibido el don de la resurrección. Cristo es la primicia de los resucitados, y María es la primicia de los redimidos, la primera de «aquellos que son de Cristo». Es nuestra Madre, pero también podemos decir que es nuestra representante, es nuestra hermana, nuestra primera hermana, es la primera de los redimidos que ha llegado al cielo.

El evangelio nos sugiere la tercera palabra: esperanza. Esperanza es la virtud del que experimentando el conflicto, la lucha cotidiana entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, cree en la resurrección de Cristo, en la victoria del amor. Hemos escuchado el Canto de María, el Magnificat es el cántico de la esperanza, el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia. Es el cántico de tantos santos y santas, algunos conocidos, otros, muchísimos, desconocidos, pero que Dios conoce bien: mamás, papás, catequistas, misioneros, sacerdotes, religiosas, jóvenes, también niños, abuelos, abuelas, estos han afrontado la lucha por la vida llevando en el corazón la esperanza de los pequeños y humildes. María dice: «Proclama mi alma la grandeza del Señor», hoy la Iglesia también canta esto y lo canta en todo el mundo. Este cántico es especialmente intenso allí donde el Cuerpo de Cristo sufre hoy la Pasión. Donde está la cruz, para nosotros los cristianos hay esperanza, siempre. Si no hay esperanza, no somos cristianos. Por esto me gusta decir: no os dejéis robar la esperanza. Que no os roben la esperanza, porque esta fuerza es una gracia, un don de Dios que nos hace avanzar mirando al cielo. Y María está siempre allí, cercana a esas comunidades, a esos hermanos nuestros, camina con ellos, sufre con ellos, y canta con ellos el Magnificat de la esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, unámonos también nosotros, con el corazón, a este cántico de paciencia y victoria, de lucha y alegría, que une a la Iglesia triunfante con la peregrinante, nosotros; que une el cielo y la tierra, que une nuestra historia con la eternidad, hacia la que caminamos. Amén

(Santo Padre Francisco, Solemnidad  de la Asunción de la Virgen María, Castelgandolfo, 15 de agosto de 2013)

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Directorio Homilético

 

15 de agosto: Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María

CEC 411, 966-971, 974-975, 2853: María, la nueva Eva, es ascendida a los cielos

CEC 773, 829, 967, 972: María, imagen escatológica de la Iglesia

CEC 2673-2679: en oración con María

411    La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del «nuevo Adán» (cf. 1 Co 15,21-22.45) que, por su «obediencia hasta la muerte en la Cruz» (Flp 2,8) repara con sobreabundancia la descendencia de Adán (cf. Rm 5,19-20). Por otra parte, numerosos Padres y doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el «protoevangelio» la madre de Cristo, María, como «nueva Eva». Ella ha sido la que, la primera y de una manera única, se benefició de la victoria sobre el pecado alcanzada por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado original (cf. Pío IX: DS 2803) y, durante toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna clase de pecado (cf. Cc. de Trento: DS 1573).

… también en su Asunción …

966    «Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte» (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

          En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto]).

          … ella es nuestra Madre en el orden de la gracia

967    Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra re dentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es «miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia» (LG 53), incluso constituye «la figura» [«typus»] de la Iglesia (LG 63).

968    Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. «Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (LG 61).

969    «Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (LG 62).

970    «La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres … brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia» (LG 60). «Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente» (LG 62).

II       EL CULTO A LA SANTISIMA VIRGEN

971    «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): «La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano» (MC 56). La Santísima Virgen «es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de `Madre de Dios’, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades… Este culto… aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente» (LG 66); encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf. SC 103) y en la oración mariana, como el Santo Rosario, «síntesis de todo el Evangelio» (cf. Pablo VI, MC 42).

974    La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo.

975    «Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo (SPF 15).

2853  La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está «echado abajo» (Jn 12, 31; Ap 12, 11). «El se lanza en persecución de la Mujer» (cf Ap 12, 13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, «llena de gracia» del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). «Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos» (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22, 17. 20) ya que su Venida nos librará del Maligno.

En comunión con la Santa Madre de Dios

2673  En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo Unico, en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella, nuestra oración filial comulga en la Iglesia con la Madre de Jesús (cf Hch 1, 14).

2674  Desde el sí dado por la fe en la anunciación y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, «que son peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias» (LG 62). Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre es pura transparencia de él: María «muestra el Camino» [«Hodoghitria»], ella es su «signo», según la iconografía tradicional de Oriente y Occidente.

2675  A partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno «engrandece» al Señor por las «maravillas» que ha hecho en su humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos (cf Lc 1, 46-55); el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de los hijos de Dios ya que ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.

2676  Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una expresión privilegiada en la oración del Ave María:

          «Dios te salve, María [Alégrate, María]». La salutación del Angel Gabriel abre la oración del Ave María. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava (cf Lc 1, 48) y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en ella (cf So 3, 17b)

          «Llena de gracia, el Señor es contigo»: Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquél que es la fuente de toda gracia. «Alégrate…  Hija de Jerusalén… el Señor está en medio de ti» (So 3, 14, 17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es «la morada de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3). «Llena de gracia», se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al mundo.

          «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. «Llena del Espíritu Santo» (Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48): «Bienaventurada la que ha creído… » (Lc 1, 45): María es «bendita entre todas las mujeres» porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las «naciones de la tierra» (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

2677  «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros… » Con Isabel, nos maravillamos y decimos: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora para nosotros como oró para sí misma: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: «Hágase tu voluntad».

          «Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte». Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores  y nos dirigimos a la «Madre de la Misericordia», a la Virgen Santísima. Nos ponemos en sus manos «ahora», en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, «la hora de nuestra muerte». Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra (cf Jn 19, 27) para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.

2678  La piedad medieval de Occidente desarrolló la oración del Rosario, en sustitución popular de la Oración de las Horas. En Oriente, la forma litánica del Acathistós y de la Paráclisis se ha conservado más cerca del oficio coral en las Iglesias bizantinas, mientras que las tradiciones armenia, copta y siríaca han preferido los himnos y los cánticos populares a la Madre de Dios. Pero en el Ave María, los theotokia, los himnos de San Efrén o de San Gregorio de Narek, la tradición de la oración es fundamentalmente la misma.

2679    María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos (cf Jn 19, 27) a la madre de Jesús, hecha madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y a ella. La oración de la Iglesia está sostenida por la oración de María. Le está unida en la esperanza (cf LG 68-69).

 

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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