Archivos mensuales: Julio 2016

Domingo XVIII Tiempo Ordinario (C)

31
julio

Domingo XVIII Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XVIII Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 31 de Julio de 2016)

LECTURAS

¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo?

Lectura del libro del Eclesiastés     1, 2; 2. 21-23

¡Vanidad, pura vanidad!, dice el sabio Cohélet.
¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!

Porque un hombre que ha trabajado
con sabiduría, con ciencia y eficacia,
tiene que dejar su parte
a otro que no hizo ningún esfuerzo.
También esto es vanidad y una grave desgracia.

¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo
y todo lo que busca afanosamente bajo el sol?
Porque todos sus días son penosos,
y su ocupación, un sufrimiento;
ni siquiera de noche descansa su corazón.
También esto es vanidad.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 89, 3-6. 12-14. 17 (R.: 1)

R. Señor, Tú has sido nuestro refugio.

Tú haces que los hombres vuelvan al polvo,
con sólo decirles: «Vuelvan, seres humanos».
Porque mil años son ante tus ojos como el día de ayer, que ya pasó,
como una vigilia de la noche. R.

Tú los arrebatas, y son como un sueño,
como la hierba que brota de mañana:
por la mañana brota y florece,
y por la tarde se seca y se marchita. R.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que nuestro corazón alcance la sabiduría.
¡Vuélvete, Señor! ¿Hasta cuándo…?
Ten compasión de tus servidores. R.

Sácianos en seguida con tu amor,
y cantaremos felices toda nuestra vida.
Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor;
que el Señor, nuestro Dios, haga prosperar la obra de nuestras manos. R.

Busquen los bienes del cielo, donde está Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas    3, 1-5. 9-11

Hermanos:
Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con Él, llenos de gloria.
Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría. Tampoco se engañen los unos a los otros.
Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador. Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todos.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mt 5, 3
 
Aleluia.
Felices los que tienen alma de pobres,
porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Aleluia.

EVANGELIO

¿Para quién será lo que has amontonado?

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     12, 13-21

Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia».
Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas».
Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”.
Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”
Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XVIII

Entrada:        La Eucaristía es el Tesoro precioso en el que se encuentra la suma de todo aquello que hace posible nuestra bienaventuranza. Penetremos en este misterio con una fe viva y llenos de confianza.

1º Lectura                                                                                         Qo 1,2; 2, 21-23

¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo?: Bendito quien confía en el Señor.

2º Lectura                                                                                         Col 3, 1-5. 9-11

San Pablo nos invita a buscar los bienes del cielo, donde está Cristo Jesús.

Evangelio                                                                                                     Lc 12, 13-21

 La verdadera riqueza es la del alma desprendida de todo lo terreno y afianzada solo en Dios.

Preces

Dios, nuestro Padre, esta siempre cerca de aquellos que lo invocan. Pidamos confiados por nuestras necesidades y por las de nuestros hermanos.

A cada intención respondemos…

Por la salud y las intenciones del Papa Francisco, para que todas sus iniciativas apostólicas encuentren eco entre los miembros de la Iglesia. Oremos.

Por los gobernantes y por quienes ejercen el poder; para que su autoridad esté orientada al servicio humilde y no a la ambición humana del progreso personal o sectorial. Oremos.

Para que en nuestra Patria se avive la conciencia de la sacralidad de la vida, sin la cual se minan los verdaderos fundamentos de una sociedad civilizada. Oremos.

Para que cuantos atraviesan momentos de dificultad interior y de prueba encuentren en Cristo la luz y el apoyo que los conduzcan a la verdadera felicidad. Oremos.

Por todos nosotros para que crezcamos cada vez más en el conocimiento de Dios y demos testimonio de que fuera de Él nada tiene valor. Oremos.

Atiende, Padre del Cielo, las necesidades que te encomendamos y ayúdanos a nosotros a esperar y confiar siempre en tu Providencia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
 

Ofertorio

Nos abandonamos en las manos de Dios, uniéndonos a Cristo en el sacrificio que da la vida eterna. Presentamos:

+ Incienso, para que sea acepto junto a nuestra oración, y la de todos los que sufren.

+ Ofrecemos pan y vino y con ellos entregamos toda nuestra vida a Dios nuestro único tesoro.

Comunión: Sácianos, Señor nuestro, con tu amor, y cantaremos felices toda nuestra vida.

Salida: Que María Santísima nos bendiga para que nunca nos cansemos de proclamar nuestra fe en Cristo, el verdadero Tesoro de las almas.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

Desapego de los bienes

(Lc.12,13-21)

El hombre no deja de ser hombre por el hecho de seguir a Cristo; como hombre, está amenazado por la preocupación por los bienes de la tierra. Por eso el discípulo de Jesús debe adoptar la debida posición frente a estos bienes. Jesús se niega a hacer de árbitro en una cuestión de repartición de herencia (Lc.12:14), pone en guardia contra la avidez y la codicia (Lc.12:15) y con una parábola muestra cómo se asegura verdaderamente la vida ( Lc.12:16-21).

13 Díjole uno de la multitud: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. 14 Pero él le contestó: ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros?

El derecho sucesorio judío estaba regulado por la ley mosaica. Se supone una situación agrícola, en la cual el hermano mayor hereda los bienes raíces y dos tercios de los bienes muebles (Deu_21:17). En el caso que se propone a Jesús, parece ser que el hijo mayor no quiere entregar absolutamente nada. Dado que el derecho sucesorio estaba regulado por la ley, fácilmente se recurriría al dictamen y a la decisión de los doctores de la ley. El hombre del pueblo acude a Jesús, al que trata como a doctor de la ley, a fin de que en el asunto de su herencia dé un dictamen y con su autoridad ejerza influjo sobre su hermano injusto. Jesús es considerado como acreditado doctor de la ley, que se presenta y actúa con autoridad.

Cuando el pueblo acude a Jesús con sus miserias del cuerpo y del alma, lo halla dispuesto a socorrerle. En cambio, el hombre que se presenta con su pleito hereditario tropieza con una repulsa. ¡Hombre! Aquí esta palabra suena áspera y dura. Jesús no quiere ser juez ni árbitro en los asuntos de los hombres. Las palabras con que lo expresa traen a la memoria las que fueran respondidas a Moisés cuando quiso dirimir una querella entre dos hebreos: «¿Y quién te ha puesto a ti como jefe y juez entre nosotros?» (Exo_2:14). En su obrar se inspira Jesús en las decisiones expresadas por la palabra de Dios en la Sagrada Escritura. La palabra de la Escritura le muestra también los inconvenientes que tiene el constituirse árbitro en tales asuntos.

Con su palabra se niega Jesús a intervenir para poner orden en las condiciones perturbadas de este mundo y a decidir con su autoridad en favor de este o del otro orden social. Su misión y la conciencia de su vocación que le da la voluntad de Dios, la dejó ya bien establecida reiteradamente al comienzo de su actividad en Nazaret y todavía antes en la tentación en el desierto. Ha sido enviado para anunciar a los pobres el Evangelio, para llamar a los pecadores (Lc.5:32), para salvar a los que estaban perdidos (Lc.19:10), para dar su vida en rescate (Mar_10:45), para traer al mundo la vida divina (Jua_10:10).

15 Entonces les dijo: Guardaos muy bien de toda avidez, pues no por estar uno en la abundancia, depende su vida de los bienes que posee.

Toda ansia de aumentar los bienes es enjuiciada como un peligro del que han de guardarse bien los discípulos. El ansia de poseer descubre la ilusión de creer que la vida se asegura con los bienes o con la abundancia de los mismos. La vida es un don de Dios, no es fruto de la posesión o de la abundancia de bienes de la tierra y de la riqueza. De hecho, no es el hombre el que dispone de la vida, sino Dios.

16 Luego les dijo esta parábola: Un hombre muy rico tenía una finca que le dio una gran cosecha. 17 Y discurría para sí de esta forma. ¿Qué voy a hacer si ya no tengo dónde almacenar mis cosechas? 18 Y añadió: Voy a hacer esto: derribaré mis graneros para edificar otros mayores; así podré almacenar allí todo mi trigo y mis bienes. 19 Y diré a mi alma: Alma mía, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años; ahora descansa, come, bebe y pásalo bien. 20 Entonces le dijo Dios: ¡Insensato! Esta misma noche te van a reclamar tu alma, y todo lo que has preparado, ¿para quién va a ser? 21 Así sucederá con aquel que atesora riquezas para sí, pero no se hace rico ante Dios.

La narración de un ejemplo presenta gráficamente lo que se ha expresado con la sentencia: la vida no se asegura con los bienes. El rico labrador revela su ideal de vida en el diálogo que entabla consigo mismo: vivir es disfrutar de la vida: comer, beber y pasarlo bien; vivir es disponer de una larga vida: para muchos años; vivir es tener una vida asegurada: ahora descansa ¡ética del bienestar! ¿Cómo puede alcanzarse este ideal de vida? Almacenaré: hay que asegurar el porvenir. Varían las formas de esta seguridad. El labrador edifica graneros. ¿El moderno hombre de negocios…? La economía de este labrador no tiene otro sentido que el de asegurar la propia vida.

La entera forma humana de proyectar flaquea. El hombre no tiene en su mano la vida como dueño y señor. No puede contentarse con hablar consigo mismo: Dios interviene también en el diálogo. Este hombre debería también tratar con otros hombres, pero le importan tan poco como Dios mismo. El hombre es insensato si piensa así, como si la seguridad de su vida estuviera en su mano o en sus posesiones. El que no cuenta con Dios, prácticamente lo niega, y es insensato (/Sal/013/014/01). Que nuestra vida no se asegura con la propiedad y con los bienes lo pone al descubierto la muerte. Te van a reclamar tu alma: los ángeles de la muerte, Satán por encargo de Dios. ¡Esta misma noche! El rico había contado con muchos años…

La riqueza que el hombre acumula para sí, con la que quiere asegurarse la existencia terrena, no le aprovecha nada. Tiene que dejársela aquí, en manos de otros. «Muévese el hombre cual un fantasma, por un soplo solamente se afana; amontona sin saber para quién» (Sal_39:7). Sólo el que se hace rico ante Dios, el que acumula tesoros que Dios reconoce como verdadera riqueza del hombre, saca provecho. El querer el hombre asegurar nerviosamente su vida por sí mismo lleva a perder la vida, sólo quien la entrega a Dios y a su voluntad la preserva. ¿Cuáles son los tesoros que se acumulan con vistas a Dios?

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        P. Julio Meinvielle

La avaricia, esencia del capitalismo

Hay una perversidad esencial en el capitalismo, cualquiera sea su especie, pues es éste un sistema fundado sobre un vicio capital que los teólogos llaman avaricia. Busca el acrecentamiento sin límites de las riquezas como si fuese éste un fin en sí, como si su pura posesión constituyese la felicidad del hombre. “Y es imposible -como enseña textualmente el Angélico (I-II, q. 2, a.1) – que la felicidad del hombre consista en las riquezas. Dos son las clases de riquezas, a saber: las naturales y las artificiales. Las naturales son aquellas que remedian las necesidades naturales del hombre, tales como el vestido, el alimento, los vehículos, la habitación y las otras cosas semejantes. Artificiales son aquellas que de por sí no remedian ninguna necesidad natural, como el dinero, sino que la industria del hombre la ha adoptado como medida de las cosas venales, para facilitar el cambio. Ahora bien -prosigue el Angélico, la felicidad del hombre no puede consistir en las riquezas naturales, ya que éstas se emplean para sustentar la naturaleza del hombre; son medio y no fin; de donde todas las riquezas naturales han sido creadas para provecho del hombre y colocadas debajo de sus pies, como dice el Salmista, VIII”.

Con mucha menor razón puede consistir en las riquezas artificiales, ya que éstas no tienen otra finalidad que la de servir de medio para adquirir las riquezas naturales necesarias para la vida.

Ahora bien, (dice el Santo Doctor) si tanto las riquezas naturales como las artificiales tienen por finalidad satisfacer las necesidades materiales del hombre, según la condición de cada uno, su adquisición sólo es buena en la medida en que sirve para satisfacer estas necesidades; luego su posesión y producción debe estar regulada. Si se quebranta esta medida y se las quiere retener y poseer sin limitación ninguna, se comete un pecado llamado avaricia, que consiste en “un deseo inmoderado de poseer las cosas exteriores” (II-II, q.118, a. 2).

Precisamente, es esta concupiscencia del lucro la que constituye la esencia de la economía moderna. No que la avaricia sólo haya existido en ella; siempre ha habido avaros, y el Espíritu Santo dice por boca de Salomón que “al dinero obedecen todas las cosas”; pero nunca como en ella, este impulso perverso que anida en la carne pecadora del hombre se ha organizado en un sistema económico, nadie como ella ha hecho de un pecado una babélica construcción.

Y, como la avaricia es un vicio capital con muchas hijas -según explica el Doctor Angélico (II-II, q.118, a.8)-, el Capitalismo ha erigido consigo una prole de pecados, sistemas que los economistas denominan leyes económicas.

“Porque, como consiste la avaricia en un amor superfluo de las riquezas, hay en ella un doble desorden: porque, o se las retiene indebidamente, o se las adquiere en forma ilícita. Hay desorden en su retención, en el caso de inhumanidad o de endurecimiento, cuando el corazón no se ablanda de misericordia en presencia de los necesitados, y así el capitalismo, como, todo avaro, cierra sus entrañas a las miserias del pobre; al capital, monstruo anónimo con mil atribuciones y sin ninguna responsabilidad, no le interesa la caridad, ni la piedad, ni la misma equidad, ni siquiera se cree con deberes: para con los individuos a quienes emplea, o en todo caso este deber es del mismo orden que el que se tiene respecto al capital máquina, a saber: un mantenimiento escrupuloso y metódico, mientras este mantenimiento produce negocio: el paro o la desocupación cuando las cifras lo exigen o lo prefieren”. (Marcel Malcor. Nova et Vetera, Julio 1931). Hay además desorden en la avaricia, porque se adquieren las riquezas, o con afección desordenada, o recurriendo a medios ilícitos. Porque la avaricia engendra una “inquietud morbosa y una febril preocupación de lo superfluo”, que hace decir al Eclesiastés, V. 9, que el avaro nunca se hartará de dinero; y así, el capitalismo, dinámico, vertiginoso, insaciable, emplea todos los minutos (“el tiempo es oro”) para acelerar el lucro, y con él, la producción y el consumo; la vida, es una carrera sin descanso en prosecución del oro; no se busca la riqueza para vivir sino que se vive para enriquecerse. ¡Cuán lejos estamos de la economía católica, regida por la procuración del pan de cada día!

La avaricia engendra, asimismo, como tantas otras hijas, la violencia, la falacia, el perjurio, el fraude y la traición. Y el capitalismo peca de violencia, porque, con su hambre de concentración, devora la pequeña industria y la pequeña propiedad; peca de falacia, porque promete la liberación de todo el género humano y cada día le sumerge profundamente en la miseria, pues a la concentración por un lado corresponde la desolación por el otro; peca de perjurio, cuando a la falacia se une el juramento, y el capitalismo rubrica con el crédito su engaño, como se explicará en el 4º capítulo; peca de fraude, porque con el crédito o préstamo a interés se apodera de los ahorros del género humano y los maneja como si fuese propietario, porque somete al obrero a la ley del hambre, y porque asegura un consumo malo y caro; peca, finalmente, de traición, porque aniquila a la persona humana, haciendo del hombre un mero individuo, una simple rueda en la maquinaria gigantesca del edificio económico, porque hace añicos la familia, hacinando en las fábricas como en tropilla a hombres y mujeres, porque destruye la educación con la estandardización de la escuela y la supresión del aprendizaje. En resumen, que el capitalismo es como la erupción de toda una familia de pecados, es el reino de Mammon. Y esto se aplica tanto al capitalismo liberal como al marxista.

La economía católica

La economía, en cambio, la única economía posible, está fundada sobre la virtud que Santo Tomás llama liberalidad, la cual nos enseña el buen uso de los bienes de este mundo concedidos para nuestra sustentación (II-II, q.117).

¿Acaso las riquezas artificiales y naturales deben ser producidas y acumuladas porque sí? Sin duda que no. Son cosas destinadas al provecho del hombre, para su uso; digamos la palabra: “para el consumo”. Resultan bienes y no simplemente cosas en la medida que aprovechan o pueden aprovechar al hombre. Luego, todo el proceso económico, por la exigencia de la misma economía, debe estar orientado hacia el consumo. De aquí una doble falla antieconómica en el capitalismo, cualquiera sea su especie, porque se consume para producir y se produce para lucrar. La finanza regula la producción, y la producción regula el consumo.

Y los bienes, ¿para qué se consumen?, a sea, el proceso económico total, ¿a dónde se orienta? A satisfacer las necesidades de la vida corporal del hombre. Y como ésta no tiene un fin en sí, sino que su integridad es requerida para asegurar la vida espiritual del hombre, que culmina en el acto de amor a Dios, toda la economía debe estar al servicio del hombre para que éste se ponga al servicio de Dios.

“Santo Tomás enseña que para llevar una vida moral, para desarrollarse en la vida de las virtudes, el hombre tiene necesidad de un mínimun de bienestar y de seguridad material. Esta enseñanza significa, -dice Maritain- que la miseria es socialmente, como lo han visto claramente León Bloy y Péguy, una especie de infierno; significa asimismo que las condiciones sociales que coloca a la mayor parte de los hombres en la ocasión próxima de pecar, exigiendo una especie de heroísmo de los que quieren practicar la ley de Dios, son condiciones que en estricta justicia deben ser denunciadas sin descanso y que debe esforzarse uno por cambiar” (Religion et Culture).

Santo Tomás ha expuesto en la “Summa contra Gentiles” el lugar de la economía en una jerarquía de valores. “Si se consideran bien las cosas, dice, todas las operaciones del hombre están ordenadas al acto de la divina contemplación como a su propio fin. Pues, ¿para qué son los trabajos serviles y el comercio, si no para que el cuerpo, estando provisto de las cosas necesarias a la vida, esté en el estado requerido para la contemplación? ¿Para qué las virtudes morales y la prudencia, sino para procurar la paz interior y la calma de las pasiones de que tiene necesidad la contemplación? ¿Para qué el gobierno civil, sino para asegurar la paz exterior necesaria a la, contemplación? De donde, si se considera bien, todas las funciones de la vida humana parecen estar al servicio de los que contemplan la verdad” (L. IV, cap. 37).

Mientras no se admita esta jerarquía de valores, no se habrá superado el capitalismo, porque o se sirve a Dios o se sirve a Mammon, el dios de las riquezas.

La economía, una ética

De lo expuesto resulta que la economía es una ética (contra la concepción mecánica de Descartes) que tiene por objeto específico la procuración de los bienes materiales útiles al hombre; digo bienes, esto es: que respondan a las exigencias de la naturaleza humana, no a sus caprichos o concupiscencias. De ahí que todas aquellas cosas que sobran, una vez satisfechas las necesidades del propio estado, son superfluas  y no resultan bienes si se mantienen acumulados o se usan para satisfacer la sed de placeres. Hay obligación grave, según determinaremos en la próxima lección, de participar de su uso a todos los miembros de la comunidad social, para que resulten bienes útiles al hombre, esto es: bienes materiales humanos, que sólo deben utilizarlo en cuanto conduzcan a la plenitud racional y a la destinación sobrenatural del hombre. Debemos servirnos de la riqueza como hijos de Dios que nos llamamos y somos.

Luego la economía es una parte de la prudencia, como enseña Santo Tomás (II-II, q. 51, a. 3), que tiene por objeto el recto orden de las acciones humanas encaminadas a procurar la sustentación propia o de la familia o de la sociedad.

Y como en la ley de gracia en que vivimos no puede haber virtud perfecta – según enseña el Angé-lico – sino por la ordenación de todo a “Dios amado por encima de todas las cosas”, es necesario que la prudencia, y con ello la economía, se subordinen perfectamente a la caridad, que es la más excelente de las virtudes, y sin la cual no puede haber verdadera virtud.

De lo dicho resulta que “las leyes económicas no son leyes puramente físicas como las de la mecánica o de la química, sino leyes de la acción, humana, que implican valores morales. La justicia, la liberalidad, el recto amor del prójimo forman parte esencial de la realidad económica. La opresión de los pobres y la riqueza tomada como un fin en sí no están solamente prohibidas por la moral individual, sino que son cosas económicamente malas, que van contra el fin mismo de la economía, porque este fin es un fin humano” (Maritain, Religion et Culture, pág. 46).

De aquí la justificación de los elementos y valores económicos haya que buscarla en las exigencias de la acción humana, y, que sea su moralidad, su moralidad intrínseca, la condición de sus efectos benéficos para el hombre.

Trascendencia de la economía católica

No sé si habrá quedado expuesta con claridad la oposición fundamental de la economía (porque sólo puede llamarse simplemente economía la verdaderamente humana) y la Economía moderna o Capita-lismo. Una está fundada sobre un pecado, y la otra descansa sobre una virtud. La una, como todo pecado, bajo maravillosos disfraces, esclaviza al hombre, porque el que comete el pecado es esclavo del pecado, según dice el Apóstol. La otra, humildemente, sin ostentación, le liberta, porque la verdad nos hace libres, según enseñaba Cristo.

Si la economía moderna nace del pecado, es esencialmente perversa y nefasta. Podrá haber en ella muchos elementos materiales buenos, pero la conformación de los mismos es intrínsecamente satánica.

De aquí que la doctrina económica de la Iglesia, nacida de una virtud, es una doctrina que está in-finitamente por encima de todas las otras doctrinas económicas, llámense socialistas o liberales. No se la puede ni se la debe parangonar con ellas. No está en el centro de ellas. Como la cima de un elevado mon-te, recoge, transcendiendo, todos los puntos de verdad contenidos en las distintas escuelas económicas; porque, como no existe el mal o error absoluto, así toda escuela, por desvariada que sea, tiene en su seno muchas verdades adulteradas. El liberalismo, por ejemplo, insiste en el carácter individual de la posesión de los bienes terrenos; el socialismo en carácter social; y el fascismo quiere equilibrar a ambos. Pero sólo la Iglesia, que se apoya en la eternidad del cielo, puede obtener verdadero equilibrio del hombre y de la riqueza, porque incorporada a Cristo, y por Cristo unida a Dios, puede someter la riqueza al hombre y el hombre a Dios. El hombre está colocado en un medio, entre las riquezas y Dios. Jamás puede gobernar. Por esto, si no quiere venir a Dios, si rehúsa aceptar el gobierno de Dios, tendrá que caer bajo el gobierno de las riquezas. O Dios o Mammon. No se puede servir a dos señores. Pero tiene que servir: si rehúsa el gobierno paternal de Dios, caerá bajo la esclavitud del becerro de oro.

Sólo hay dos economías verdaderamente opuestas: la cristiana, que usa de las riquezas para subir a Dios, y la moderna o capitalista (sea liberal o marxista), que abandona a Dios para esclavizarse en la riqueza. Parece que la misericordia divina, apiadada de la espantosa suerte del hombre, que ha perdido el paraíso sobrenatural y vive en un infierno terrestre, quiere en esta hora libertarnos de la opresión capitalista. Este es el sentido de la crisis profunda que pesa sobre el mundo.

Pero hay dos caminos para que la liberación se realice. Porque, si entendiendo el hombre el plan de Dios que quiere libertarnos de la opresión burguesa, de la esclavitud del oro, se presta a los deseos divinos y, con espíritu de penitencia, renuncia a lo superfluo y para expiar su perversa codicia aún se priva de lo necesario, el Señor, que perdonó a Nínive, devolverá al hombre el sentido de la economía y, con ella, el sentido de la Vida. La liberación se habrá entonces realizado en la paz del Señor.

Si en cambio no entiende el plan de Dios, o hace como si no lo entendiese, el Señor le libertará, es cierto, pero después de purificarle en una espantosa catástrofe de terror y de anarquía.

Meinvielle, J., Concepción Católica de la Economía, Edición de los Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1936, p. 7-11.

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Santos Padres

·        San Agustín

El desapego de las riquezas

(Lc 13,13-21).

1. No dudo que quienes teméis a Dios oís con temor su palabra y con gozo la ponéis por obra para esperar ahora y recibir después lo que prometió. Acabamos de oír el mandato de Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Quien nos da órdenes es la Verdad, que ni engaña ni es engañada; oigamos, temamos, precavámonos. ¿Qué nos manda? Os digo que os abstengáis de toda avaricia. ¿Qué significa de toda avaricia? ¿Qué quiere decir de toda? ¿Por qué añadió de toda? Hubiera podido decir: «Guardaos de la avaricia». Pero le correspondía a él añadir de toda y proclamar guardaos de toda avaricia.

2. El Evangelio nos indica por qué dijo esto, que fue como la ocasión que dio origen a este sermón. Cierto individuo interpeló al Señor contra un hermano suyo que había huido con todo el patrimonio y se negó a darle la parte que le correspondía. Os dais cuenta de cuan justa era su causa. No pretendía arrebatar lo que no era suyo; sólo pedía los bienes que sus padres le habían dejado. No otra cosa pedía al acudir al Señor como a un juez. Tenía un hermano malvado, pero contra ese hermano injusto había encontrado un juez justo. ¿Debería perder esta ocasión en causa tan buena? Por otra parte, ¿quién iba a decir a su hermano: «Da a tu hermano su parte», si Cristo no lo hacía? ¿Iba a decirlo otro juez a quien el hermano raptor y más rico tal vez hubiera corrompido con dádivas? Este hombre, miserable y despojado de los bienes paternos, habiendo encontrado tan buen juez, se acerca a él, le interpela, le ruega y expone su causa en pocas palabras. ¿Qué necesidad tenía de palabrería cuando hablaba a quién podía ver también el corazón? Señor, dice, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. El Señor no le contesta «Que venga tu hermano»; ni le envió a decirle que se presentase, ni en su presencia dijo a quien le había interpelado: «Prueba lo que has dicho». Pedía la mitad de la herencia; solicitaba la mitad, pero en la tierra, y el Señor se la ofrecía toda en el cielo. Le daba el Señor más de lo que pedía.

3. Di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. La causa es justa y su exposición breve. Pero oigamos al juez y maestro. Hombre, le dice; hombre, tú que tienes por cosa grande esta herencia, ¿qué eres sino hombre? Hacerlo algo más que hombre: he aquí lo que deseaba el Señor. ¿Qué pretendía hacer de más a quien deseaba apartarle de la avaricia? ¿Qué más le quería hacer? Os lo diré: Yo dije, sois dioses y todos hijos del Altísimo. He aquí lo que deseaba que fuera: contar entre los dioses a quien no tiene avaricia. Hombre, ¿quién me ha constituido en divisor entre vosotros? Tampoco San Pablo, siervo de Cristo, deseaba para sí este oficio, cuando decía: Os ruego, hermanos, que digáis todos lo mismo y no haya entre vosotros cismas. Y a quienes al amparo de su nombre dividían a Cristo, decía: Cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Es que acaso está dividido Cristo? ¿Por ventura fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O es que vuestro bautismo fue en el nombre de Pablo? Ved, pues, cuan perversos son los hombres que quieren que exista dividido quien no quiso ser divisor. ¿Quién, dice, me ha constituido a mí en divisor entre vosotros?

4. Pediste un favor, escucha ahora el consejo: Yo os digo: guardaos de toda avaricia. Quizá tú tildes de avaro y codicioso a quien va en busca de lo ajeno; yo te digo más: «No apetezcas codiciosa o avaramente ni siquiera tus propios bienes». Este es el significado de de toda. Guardaos de toda avaricia, dice. ¡Gran peso éste! Si tal vez es a personas débiles a quienes se impone, pídase que quien lo impone se digne otorgar las fuerzas. No ha de tenerse por cosa leve, hermanos míos, el que nuestro Señor, Redentor y Salvador, que murió por nosotros, que dio su sangre como precio de nuestro rescate, que es nuestro abogado y juez, diga: Guardaos. No es cosa ligera. Él sabe de qué inmenso mal se trata; nosotros, que no lo sabemos, creámosle, Guardaos, dice. ¿Por qué? ¿De qué? De toda avaricia. «Guardo lo mío, no robo lo ajeno». Guardaos de toda avaricia. No sólo es avaro quien roba lo que no es suyo, sino también quien guarda lo suyo avaramente. Si de esta forma es inculpado quien guarda lo suyo con avaricia, ¿cuál será la condena del que roba lo ajeno? Guardaos, dice, de toda avaricia, porque no consiste la vida del hombre en tener abundancia de las cosas que posee en este mundo. El que almacena mucho, ¿cuánto toma de ello para vivir? Tomando y en cierto modo separando mentalmente lo que necesita para vivir, considere para quién deja lo restante, no sea que, quizá al guardar para tener con qué vivir, acumule con qué morir. Atiende a Cristo, atiende a la Verdad, atiende a la severidad. Guardaos, dice la Verdad. Guardaos, dice la severidad. Si no amas la verdad, teme al menos la severidad. No consiste la vida del hombre en la abundancia de las cosas que tiene. Cree a Cristo, que no te engaña. ¿Dices tú lo contrario? «La vida del hombre consiste en lo que tiene». Te engañas a ti mismo; él no te engaña.

5. Del hecho de haber pedido su parte el interpelante, sin deseo de tocar la ajena, se originó el que en esta frase el Señor no dijera sólo: «Guardaos de la avaricia», sino que añadiese: De toda avaricia. Aun esto era poco. Le propuso un ejemplo tomado de cierto rico a quien sus campos habían producido una gran cosecha. Hubo un hombre rico a quien sus campos habían proporcionado éxito. ¿Qué significa: Le habían proporcionado éxito? Que la finca que poseía le produjo una extraordinaria cosecha. ¿De qué magnitud? Tan abundante que no tenía dónde colocarla. Por la abundancia se convirtió rápidamente en estrecho, siendo ya desde antes avaro. ¡Cuántos años habían transcurrido y, no obstante, le habían bastado sus graneros! Pero tanto trigo había cosechado que no le bastaban los graneros que antes eran suficientes. Y el miserable cavilaba no sobre cómo repartir lo que había recogido en exceso, sino sobre cómo guardarlo. Y a fuerza de pensar encontró una solución, que le hizo tenerse por sabio. ¡Cuán prudente fue en pensarlo y cuan sabio en descubrirlo! Pero ¿qué fue lo que le pareció de sabios? Derrumbaré los graneros antiguos y haré otros nuevos más amplios y los llenaré, y diré a mi alma. ¿Qué dirás a tu alma? Alma mía, tienes muchos bienes almacenados para muchos años, descansa, come, bebe y banquetea. Esto dijo a su alma el sabio inventor de esta solución.

6. Y Dios, que no desdeña hablar con los necios, le dijo… Quizá alguno de vosotros diga: « ¿Cómo habló Dios con un necio?» ¡Oh hermanos, con cuántos necios no habla ahora cuando se lee el Evangelio! ¿No son necios quienes lo escuchan cuando se lee y no obran en consecuencia? ¿Qué dice el Señor? Al avaro que se había tenido por sabio debido a la invención de tal proyecto le llamó Necio. Necio, que te tienes por sabio; necio, tú que dijiste a tu alma: Tienes abundancia de bienes almacenados para muchos años. Hoy se te exigirá tu alma. Hoy se te reclamará el alma a la que dijiste: Tienes muchos bienes; y se quedará sin bien alguno. Sea buena despreciando estos bienes para que cuando la llamen salga segura. ¿Hay alguien más estúpido que el hombre que desea tener muchos bienes y no quiere ser él bueno? Eres indigno de tenerlo tú que no quieres ser lo que deseas tener. ¿Por ventura quieres tener una finca mala? No, por cierto; la quieres buena. ¿O acaso quieres tener una mujer mala? No, la quieres buena. O, para concluir, ¿quieres poseer una casita mala o zapatos malos? ¿Por qué, pues, sólo quieres tener el alma mala? En esta ocasión no dijo a aquel necio que soñaba vanidades, que construía hórreos, ciego para ver el estómago del pobre; no dijo: «Hoy será arrojada a los infiernos tu alma»; no le dijo nada de esto, sino: Se te exigirá. No digo adónde irá tu alma; lo único cierto es que, quieras o no, saldrá de este lugar donde le reservas tantas cosas. ¡Oh necio!, pensaste en llenar nuevos y más amplios almacenes, como si no hubiera más que hacer con las riquezas.

7. Quizá aquél no era aún cristiano. Oigámoslo, hermanos, nosotros, a quienes por ser creyentes se nos lee el Evangelio, que adoramos a quien nos dijo estas cosas y llevamos su señal en el corazón y en la frente. Interesa sobremanera saber dónde lleva el hombre la señal de Cristo, si sólo en la frente o en la frente y el corazón. Oísteis lo que decía hoy el santo profeta Ezequiel; cómo Dios, antes de enviar al exterminador del pueblo malvado, mandó delante a quien había de sellar diciéndole: Vete y señala en la frente a quienes gimen y se afligen por los pecados de mi pueblo que se cometen en medio de ellos. No dijo que se cometen fuera de ellos, sino en medio de ellos. Pero gimen y se duelen y por ello son señalados en la frente, en la frente del hombre interior, no en la del exterior. Pues hay una frente en el rostro y otra en la conciencia. A veces, cuando se toca la frente interior, se ruboriza la exterior, enrojeciéndose por el pudor o palideciendo por el temor. Luego el hombre tiene una frente interior; en ella fueron sellados los elegidos para evitar el exterminio, pues aunque no corregían los pecados que se cometían en medio de ellos, se dolían y ese mismo dolor los separaba de los culpables. Estaban separados a los ojos de Dios y mezclados a los de los hombres. Son señalados ocultamente para no ser dañados abiertamente. A continuación se envía al exterminador y se le dice: Vete, extermina, no perdones ni a pequeños ni a grandes, ni a mujeres ni a varones; pero no te acerques a quienes tienen la señal en la frente. ¡Cuán gran seguridad se os ha dado, hermanos míos, a vosotros que gemís en este pueblo y os doléis de las iniquidades que se cometen en medio de vosotros, sin cometerlas vosotros!

8. Para no perpetrar esas iniquidades, guardaos de toda avaricia. Os diré más todavía. ¿Qué significa de toda avaricia? Es avaro por lo que respecta a la sensualidad aquel a quien no le basta su mujer. Incluso a la idolatría se llamó avaricia, porque es avaro, en lo que toca a la divinidad, aquel a quien no le basta el único Dios verdadero. Pues ¿quién se procura muchos dioses sino el alma avariciosa? ¿Y quién hace falsos mártires sino también el alma avariciosa? Guardaos de toda avaricia. Amas tus cosas y te jactas porque no vas en pos de las ajenas. Advierte el mal que haces no oyendo a Cristo que dice: Guardaos de toda avaricia. Amas tus bienes; no usurpas lo ajeno; son fruto de tu trabajo; los posees con justicia; resultaste ser heredero; te lo dio alguien porque lo habías merecido. Navegaste, afrontaste peligros, no defraudaste a nadie, no juraste en falso, adquiriste lo que Dios quiso y lo guardas ávidamente, al parecer con buena conciencia porque no lo adquiriste por malos caminos y no te preocupan los bienes ajenos. Pero escucha cuántos males puedes hacer a causa de tus bienes si no obedeces a quien dijo: Guardaos de toda avaricia. Suponte, por ejemplo, que llegas a ser juez. Puesto que no buscas lo ajeno, no te dejas corromper. Nadie te dará un regalo diciéndote al mismo tiempo: «Juzga contra mi enemigo». «No lo haré», sería tu respuesta. ¿Cómo podría convencérsete a hacerlo, a ti, hombre que no buscas lo ajeno? Pero advierte el mal que podrías cometer en defensa de tus bienes. Quien te pide que juzgues mal y que sentencies a su favor y en contra de su enemigo, es quizá un hombre poderoso y con sus calumnias puede hacer que pierdas tus bienes. Contemplas su poder e influencia; piensas en ella y también en tus bienes que guardas y amas; no precisamente en los que poseíste, sino en los que se apoderaron de tu corazón. Atiendes a esta atadura tuya por la que no tienes libres las alas de la virtud y dices en tu interior: «Si ofendo a este hombre tan poderoso en este mundo, levantará contra mí una calumnia, seré desterrado y perderé cuanto tengo». Entonces juzgarás mal, no por buscar lo ajeno, sino por conservar lo tuyo.

9. Preséntame un hombre que escuchó a Cristo, preséntame un hombre que oyó con temor: Guardaos de toda avaricia. Y no me diga: «Yo soy un hombre pobre, plebeyo, mediocre, vulgar, ¿cuándo he de esperar yo llegar a ser juez? No me preocupa esa tentación cuyo peligro has puesto ante mis ojos». Ve que también digo al pobre lo que debe temer. Te llama el rico y todopoderoso para que digas en favor suyo un falso testimonio. ¿Qué has de hacer en tal circunstancia? Dímelo. Tienes unos buenos ahorros; trabajaste, los adquiriste y los has conservado. Él te insta: «Di en mi favor un falso testimonio y te daré tanto y cuanto». Tú que no buscas lo ajeno dices: «Lejos de mí tal cosa; no busco lo que Dios no quiso darme, no lo recibo, apártate de mí». « ¿No quieres recibir lo que te doy? Te privo de lo que tienes». Ahora pruébate, examínate. ¿A qué me miras? Entra en tu interior, mírate dentro, examínate interiormente. Siéntate al lado de ti mismo, ponte en tu presencia y extiéndete sobre el potro del precepto de Dios, atorméntate con el temor y no te halagues. Respóndete. ¿Qué harás si alguien te amenaza de esa forma? «Te arrebato lo que con tanto trabajo adquiriste si no profieres un falso testimonio en favor mío». Dale este testimonio: Guardaos de toda avaricia. « ¡Oh siervo mío, a quien redimí e hice libre te dirá el Señor; a quien siendo siervo adopté por hermano, a quien injerté como miembro en mi cuerpo, escúchame: ‘Que te arrebate lo que adquiriste; no te privará de mí’! ¿Guardas tus bienes para no perecer? ¿No te dije: Guardaos de toda avaricia?»

10. Veo que te turbas, que dudas. Tu corazón, como una nave, es azotado por las tempestades. Cristo duerme; despierta al durmiente y no padecerás la enfurecida tempestad. Despierta a quien nada quiso tener aquí y tendrás íntegramente a quien llegó por ti hasta la cruz y cuyos huesos fueron contados por los burlones cuando, desnudo, pendía del madero, y guárdate de toda avaricia. Poco es guardarse de la avaricia del dinero; guárdate de la avaricia de la vida. ¡Espantosa y temible avaricia! A veces el hombre desprecia lo que tiene y dice: «No proferiré falso testimonio». « ¿Te atreves a decirme que no lo proferirás? Te quitaré lo que tienes». «Quítame lo que tengo, pero no me privarás de lo que llevo dentro». En efecto, no había quedado empobrecido quien dijo: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Como a Dios le agradó, así se hizo; sea, pues, bendito el nombre del Señor. Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré a la tierra. Desnudo por fuera, vestido, por dentro. Desnudo por fuera de vestidos que se pudren, pero vestido por dentro. ¿Con qué? Vístanse de justicia tus sacerdotes. Pero, una vez despreciado lo que posees, ¿qué harías si te dijese: «Te daré muerte»? Si has escuchado a Cristo, respóndele: « ¿Darme muerte? Es preferible que tú des muerte a mi carne, antes de que yo la dé a mi alma con la lengua mentirosa. ¿Qué has de hacerme? Matarás mi carne, y mi alma quedará libre y al fin del mundo recibirá la misma carne que despreció. ¿Qué has de hacerme? Sin embargo, si yo dijese un falso testimonio en favor tuyo, con mi misma lengua me daría muerte, pues la boca que miente mata al alma». Tal vez no digas esto. ¿Por qué? Porque quieres vivir. ¿Quieres vivir más de lo que Dios ha fijado para ti? ¿Te guardas en este caso de toda avaricia? Dios ha querido que vivas hasta el momento en que este hombre se acercó a ti. Quizá te va a dar muerte haciendo de ti un mártir. No tengas la avaricia de la vida y no tendrás la eternidad de la muerte. ¿No veis que la avaricia nos hace pecar cuando deseamos más de lo ordinario? Guardémonos de toda avaricia, si queremos gozar de la sabiduría eterna.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 107, 1-10, BAC Madrid 1983, 747-57

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Francisco p.p.

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring,S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL ABANDONO EN LA PROVIDENCIA

La parábola del rico necio y sus graneros tiene una acuciante actualidad. ¡Cuántos son los que viven como aquel hombre, que sólo piensan en tener más y más —en aquel caso, más graneros—, en insaciable carrera con la muerte que los acecha! Aquel rico no preparó graneros permanentes, sino caducos, y lo que es más necio, prometiéndose una larga vida. Bien decía San Atanasio que si uno viviera como si hubiese de morir todos los días, cosa nada ridícula dado que nuestra vida es incierta por naturaleza, si uno así viviera, ciertamente no pecaría, ya que el temor extingue el atractivo de la mayor parte de las voluptuosidades; y, al con­trario, el que fatuamente se promete una larga vida, aspira in­coerciblemente a aquellos placeres.

La parábola que estamos comentando coincide perfectamen­te con las palabras de Cohélet, hijo de David, que escuchamos en la primera lectura: “¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!… ¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol? Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad”. Tal es la actitud del hombre que vive enfrascado en la inmanencia, que ha puesto en esta tierra su morada permanente, que niega la existencia ultraterrena soñando sólo con el “paraíso en la tierra”. Hombre pobre y vacío, siempre fatigado y nunca saciado, aspirando permanentemente a nuevos y más amplios graneros.

No deja de resultar aleccionador lo que al término de la parábola que hemos leído, sigue diciendo Jesús. Si bien es cierto que dichas palabras no se incluyen en la perícopa de hoy, nos parece que constituyen su mejor comentario, máxime que es el mismo Cristo el que habla: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… Mirad los pájaros del cielo, ni siembran ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!”. Y más adelante: “Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos… Así pues, vosotros, no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura”.

Esto parece demasiado poético, y hasta algunos han creído ver allí una peligrosa exhortación a la holgazanería. Mas lo que Cristo quiere fustigar es la solicitud excesiva, la “inquietud” que trae consigo la voracidad de las riquezas, origen de males innu­merables. En el corazón de cada cual hay un señor sentado: o allí se sienta Cristo o, si no, el dinero. El uno nos invita al despren­dimiento de las cosas, el otro nos incita a atesorar.

Es cierto que todos venimos a la vida con cierto desasosiego. El desasosiego no se puede suprimir. Se lo puede, en cambio, convertir en una de tres cosas: o en inquietud religiosa, la cual es buena y espuela de salvación eterna; o en angustia demoníaca, la cual es pésima; o en solicitud terrena, la cual es mala y nos aparta de Cristo. La solicitud terrena es la más común, es, en cierto modo, natural; y el mundo moderno, que se cierra a lo sobre­natural, está como sumergido en ella. En este mundo de la tecnocra­cia, un mundo de confort, afincado en la tierra, todo debe estar “asegurado”; hay “seguro” para todas las cosas. También las con­cepciones políticas hoy dominantes se mueven en ese mismo ambiente: el capitalismo es una concreción sociológica de la ava­ricia en los ricos; el socialismo es una concreción sociológica del resentimiento en los pobres. Porque la “solicitud terrena” puede dominar tanto a los ricos sin Cristo como a los pobres sin Cristo.

Poderoso caballero es don Dinero, decía el poeta español. ¡Cuántos se han esclavizado en busca de tesoros terrenos! ¡Cuántos han hecho del “negocio” el alma de todas sus acciones! ¡Cuántos viven con su corazón exclusivamente puesto en los bienes temporales! El tiempo es oro, reza un refrán nefasto. Y bien, amados hermanos, el Señor nos dice hoy, a través de la parábola del rico necio, que no podemos conciliar el amor apasionado de los bienes de la tierra con el amor de Dios. No podemos servir a dos señores.

Con facilidad la pasión del dinero puede irse apoderando del alcázar de nuestra alma. “Son los gentiles del mundo los que se afanan por esas cosas”, nos dice el Señor. Da pena ver a un hombre, creatura llena de nobleza y dignidad, imagen de Dios, semejante a los ángeles, a la zaga de unos billetes más, juguetes de niño. En el fondo, no son cosas verdaderas, no traen la abundancia sino la indigencia, porque crean en nosotros un mayor número de necesidades, siempre más y más grandes graneros, siempre más. En realidad, el hombre es tanto más rico cuanto de menos cosas necesita para quedar satisfecho. Señal de que su riqueza es interior. Para las cosas eternas hemos nacido. Nos deshonramos sobremanera consumiendo nuestro deseo de infinito en cosas perecederas.

No hemos sido creados para comer, beber y vestirnos, sólo preocupados por la coyuntura del futuro. Hemos sido creados para agradar a Dios y alcanzar así la felicidad eterna. Ni fuimos hechos para el mañana receloso de nuestra desconfianza, sino para el hoy generoso de nuestra entrega. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana no es, así la trata Dios, ¿cómo podrá olvidarse de nosotros, amados hermanos? No vivamos, pues, excesivamente ansiosos; ocupémonos, sí, en los asuntos de nuestra vida cotidiana. Nuestro trabajo es un deber de estado e incluso un medio de santificación. Tenemos el deber de hacer fructificar a la tierra. Pero no lo hagamos con congoja, ni con espíritu de avaricia. Cuán fácilmente invertimos el orden de Dios. Él nos dice: No os afanéis parlas cosas terrestres, y nosotros no nos cansamos de anhelarlas con pasión. Él nos dice: Buscad las cosas celestiales, y nosotros apenas nos interesamos por ellas. Recapacitemos hoy cuánto ponemos de afán por las cosas de esta vida, y cuánto decaimiento tenemos por las cosas eternas.

Inquietamos en exceso constituye una suerte de injuria a la Providencia de Dios. No se preocupa en demasía por el alimento del viaje quien ha sido llamado a un espléndido banquete; ni quien se encamina a la fuente de vida eterna se interesa morosa­mente por la bebida del camino. Somos peregrinos. No hagamos como aquel hombre que habiendo sido desterrado por sólo dos meses a un lugar apartado, construyó en ese lugar un lujoso palacio. Así es el hombre que se dedica a atesorar en este mundo. Tales tesoros, por valiosos que parezcan, están a merced de la polilla, de los ladrones y, en última instancia, de la muerte. Si nuestro cuidado son sólo riquezas de la tierra, si como el necio del evangelio decimos: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”, necesariamente nuestro corazón se volverá terreno. Porque donde está el tesoro, allí está el corazón.

El evangelio de hoy es una incitación a la confianza en la Providencia, al abandono en las manos de Dios. En ocasiones, podemos sentimos perdidos, como un chico que en el tumulto de la gran ciudad inadvertidamente se ha soltado de la mano de su padre; como un pajarito sacudido por el huracán y enceguecido por los relámpagos. En esos momentos trágicos, confiemos rotundamente en Dios, o, como recomienda San Pedro, “confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros”. Confiemos en ese Señor que, contra toda esperanza, dio un hijo a Abraham en su senectud; en ese Señor que cuando vio a su pueblo acosado por los egipcios, supo abrirle un camino en el mar; en ese Señor capaz de caminar sobre las crestas del mar enfurecido. Dios conoce mejor que nosotros nuestras necesida­des más apremiantes. Él quiere solucionarlas: es Padre. Puede hacerlo: es Todopoderoso.

Pronto nos acercaremos a recibir al mismo Señor que nos ha hablado por este espléndido evangelio, al mismo Señor que nos impulsa al abandono en la Providencia divina. Pidámosle, según nos lo recomendó el Apóstol en la segunda lectura de hoy, que ya que hemos resucitado con El, busquemos seriamente las cosas de arriba, aspiremos a las cosas de lo alto, no a las de la tierra. Levantemos, pues, los corazones, como la liturgia de la Misa nos exhorta a hacerlo antes de introducimos en el canon o gran plegaria eucarística. Que nunca coloquemos fuera de Cristo nuestra suficiencia. Que nuestras almas destilen despreocupa­damente el rocío refrescante de los lirios del campo y se dirijan hacia Él con la ligereza confiada de los pajaritos del cielo.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 234-238)

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Juan Pablo II


En el conjunto de las lecturas de la liturgia de hoy está contenida una profunda paradoja, la paradoja entre “la vanidad y el valor”. Las primeras palabras del libro del Cohelet hablan de la vanidad de todas las cosas; en cierto sentido, de la vanidad de los esfuerzos, de las actividades del hombre en esta vida, de la vanidad de todas las criaturas en cierto modo; de la vanidad del hombre, él también una criatura a pasar y a la muerte.

En este Salmo que cantamos en la liturgia de hoy, escuchamos, inmediatamente después, el elogio a lo creado. Por otra parte, ese elogio es un lejano eco primogénito contenido en todo el Génesis, del elogio a la creación: cuando Dios dijo que toda su obra fue un bien, o más aún, vio que fue un bien del hombre, creado a su imagen y semejanza, dijo que era muy bueno. Vio que era muy bueno. Por tanto nos encontramos ante un interrogante: ¿por qué la vanidad y por qué el valor? ¿Qué relación los une entre sí? La respuesta, al menos la principal, se encuentra en el Evangelio que hemos leído hoy. No se trata de dar un juicio sobre lo creado. Se trata del camino de la sabiduría. No olvidemos que el Génesis es, ante todo, un libro (tengo presente sus primeros capítulos). Es pues un libro sobre el mundo, en cierto sentido un libro-manual teológico sobre la cosmología y la creación. El libro del Cohelet, en cambio, es un libro sobre la sabiduría. Enseña cómo vivir. Y lo que dice Cristo en el Evangelio de hoy es una prolongación de esa sabiduría del Antiguo Testamento. Cristo habla a través de ejemplos y parábolas: habla del hombre que ha limitado el sentido de su vida a los bienes de este mundo. Los ha poseído en tan cantidad que ha tenido que construir nuevos graneros para poder contenerlos todos. El programa de la vida, pues, es acumular y usar. Y a esto debe limitarse la felicidad. A un hombre así, Cristo le contesta: “necio, esta misma noche pedirán tu alma”.

Si has interpretado así el sentido del valor, entonces se volverá contra ti la ley de la vanidad. Y ésta es ya una respuesta. No se trata, pues, de juicio sobre el mundo, sino de sabiduría del hombre; de su manera de actuar. Es necesario establecer, en la propia vida, una jerarquía de valores. Cristo, a través de todo lo que ha dicho y, sobre todo, a través de todo lo que Él ha sido, a través de todo el misterio pascual, ha establecido la jerarquía de valores en la vida del hombre.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo enlaza precisamente con esta Jerarquía cuando dice que debemos buscar lo que está en lo alto. Por tanto, el hombre no puede encerrar el horizonte de su vida en la temporalidad; no puede reducir el sentido de su vida al usufructo de los bienes que le han sido concedidos por la naturaleza, por la creación, que lo rodean y se encuentran también dentro de él. No puede encerrar así la primacía de su existencia, sino que tiene que ir más allá de sí mismo. Estando hecho a imagen y semejanza de Dios, debe verse a sí mismo en un lugar más alto y debe buscar para sí mismo un sentido en aquello que está por encima de él.

El Evangelio contiene la verdad sobre el hombre porque contiene todo aquello que está por encima del hombre y que, al mismo tiempo, el hombre puede alcanzar en Cristo colaborando con la acción de Dios que actúa dentro del hombre. Este es el camino de la sabiduría. Y sobre este camino de la sabiduría se resuelve la paradoja entre la vanidad y el valor; la paradoja que a menudo vive el hombre.

Muchas veces el hombre es propenso a mirar su vida desde el punto de vista de la vanidad. Sin embargo Cristo quiere que la veamos desde el punto de vista del valor, pero teniendo siempre cuidado de utilizar la justa jerarquía de valores, la justa escala de valores.

Y cuando la liturgia de hoy, junto con la palabra aleluya, nos recuerda también la bienaventuranza “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”, resume en ella ese programa de vida.

Cristo ha exhortado al hombre a la pobreza, a adquirir una actitud que no le haga encerrarse en la temporalidad, que no le haga ver en ella el fin último de la propia existencia y no le haga basar todo en el consumo, en el goce. Un hombre así es pobre en este sentido, porque está continuamente abierto. Abierto a Dios y abierto a estos valores que nos vienen de su acción, de su gracia, de su creación, de su redención y de su Cristo.

Es éste el breve resumen de los pensamientos encerrados en la liturgia de hoy; pensamientos siempre importantes. Nunca pierden su significado; permanecen perpetuamente actuales.

En cierto sentido buscábamos siempre una contestación a la pregunta: ¿qué quiere decir ser un cristiano? ¿Qué quiere decir ser un cristiano en el mundo moderno?: ¿ser cristiano cada día, siendo, al mismo tiempo, un profesor de universidad, un ingeniero, un médico, un hombre contemporáneo y, antes aún, un o una estudiante?

¿Qué quiere decir ser cristiano? Y descubriendo este valor y, sobre todo, este contenido de la palabra “cristiano” y el valor congénito en ella, encontrábamos también la alegría. No sólo un consuelo inmediato, sino una afirmación continua. Y aquí encuentra su afirmación una respuesta a la pregunta sobre si vale la pena vivir. Con tal comprensión de la jerarquía de valores vale la pena vivir. Y vale la pena esforzarse y padecer, porque la vida humana no está libre de ello.

En esta perspectiva vale la pena esforzarse y padecer, porque “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

“Así se formaba la Iglesia en sus comienzos, así empezó a formarla Cristo mismo, y así ella se formaba gracias al ministerio de los Apóstoles y de sus Sucesores, y así se forma aún hoy. Construid la Iglesia en esta dimensión de la vida de la que sois partícipes”.

(Castelgandolfo, 3 de agosto de 1980)

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S.S. Francisco p.p.


Hoy en la liturgia resuena la palabra provocadora de Qoèlet: «¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!» (1, 2). Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de valores que a menudo les rodea. Y lamentablemente pagan las consecuencias.

En cambio, el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, colma el corazón de alegría, porque lo llena de vida auténtica, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto en los rostros de los jóvenes en Río. Pero esta experiencia debe afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestras sociedades basadas en la ganancia y en el tener, que engañan a los jóvenes con el consumismo.

El Evangelio de este domingo nos alerta precisamente de la absurdidad de fundar la propia felicidad en el tener. El rico dice a sí mismo: Alma mía, tienes a disposición muchos bienes… descansa, come, bebe y diviértete. Pero Dios le dice: Necio, esta noche te van a reclamar la vida. Y lo que has acumulado, ¿de quién será? (cf. Lc 12, 19-20).

Queridos hermanos y hermanas, la verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos. Ese amor que viene de Dios y que hace que lo compartamos entre nosotros y nos ayudemos.

Quien experimenta esto no teme la muerte, y recibe la paz del corazón. Confiemos esta intención, la intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María.

(Ángelus, Plaza San Pedro, domingo 4 de agosto de 2013)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El rico necio

Lc 12, 13-21

            El Evangelio nos presenta la realidad cruda del existir terreno: “¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”[1].

            Por más dinero que tenga un hombre no puede prolongar su vida cuando llega la muerte. Por más medicinas y médicos expertos, por más avanzada que esté la ciencia, cuando llega la muerte estas cosas humanas manifiestan su impotencia. La plata asegura un vivir confortable pero no un buen vivir. Por otra parte, la plata no asegura la vida. Es la experiencia cotidiana…

            El libro del Cohelet habla de la vanidad del vivir terreno. La vanidad de los esfuerzos del hombre para adquirir sabiduría y ciencia[2].

            El Salmista[3] canta al Señor de la vida confesando su poder sobre ella y por otra parte manifiesta la caducidad y cortedad de la vida humana, la cual, hay que aprovechar obrando sensatamente.

            La enseñanza de Jesús se da con ocasión de que un hombre le pide que dirima un altercado por una cuestión de herencia. Jesús no se mete en el asunto y advierte de cuidarse de la avaricia. Luego ilustra su enseñanza con una parábola y concluye exhortando a buscar las riquezas celestiales.

            La avaricia consiste en el deseo desmedido de poseer.

            Es pecado grave cuando falta a la justicia, es decir, cuando perjudica al prójimo reteniendo lo que le corresponde en justicia. Y, por otra parte, también es pecado si el amor a las riquezas es tan intenso que uno no tiene reparo por tal amor en obrar contra la caridad de Dios y del prójimo.

            Aquí podemos denunciar muchas injusticias sociales respecto de la primera gravedad señalada. Respecto de la segunda el descuido de las personas por las cosas de Dios y del prójimo. Por un lado, el desinterés del culto a Dios y por otro, el descuido de las necesidades del prójimo: de la propia familia y de los necesitados.

            La avaricia es un pecado capital de donde nacen varias hijas: la traición, el fraude, la mentira, el perjurio, la inquietud, la violencia y la dureza de corazón[4]. De aquí podemos sacar muchísimos ejemplos…

            Detengámonos a considerar nuestra vida, ¿dónde tenemos puesto el corazón? “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”[5].

            El corazón del cristiano tiene que tener por tesoro a Dios, el cielo, y para el cielo debe trabajar.

            ¿Creemos que hay una vida eterna o no? Si creemos que hay vida eterna busquemos alcanzarla. Esta vida presente es linda pero no es la definitiva. Esta vida presente tenemos que usarla para conseguir un tesoro en el cielo.

            ¿Por qué tanto afán en las cosas de la tierra? Hay que pasar una buena vida aquí, es cierto, pero sin descuidar el amor a Dios y al prójimo, sin ocuparnos y matarnos de tal manera para tener cosas materiales que nos olvidamos de la familia, del amor matrimonial, de la educación de los hijos, del cuidado de nuestros mayores y también de ir a Misa, de vivir una vida cristiana.

            El amor desordenado a los bienes materiales nos lleva a la vanidad y luego a la soberbia y de allí a todos los pecados, dice San Ignacio de Loyola.

            El Sabio habla de la vanidad de buscar la ciencia y la sabiduría, las cuales, son encomiables. ¡Cuánto más vano será buscar los bienes materiales! ¡Cuántos desvelos, cuanta preocupación para cubrir los créditos antes de fin de mes!

            Vivimos en un mundo consumista que se ha dejado ganar por considerar necesarias las cosas superfluas. No nos alcanza el dinero porque queremos tener cosas superfluas, cosas que en verdad no son necesarias para un buen vivir, cosas vanas.

            Los esposos salen a trabajar para tener un buen pasar y descuidan la educación de los hijos. Verdaderamente hay necesidad de que los dos trabajen y dejar de educar a los hijos. Hay que considerarlo. Quizá con menos confort pueda quedarse la esposa a criar los hijos.

            ¿Qué modelos familiares estamos siguiendo?

            Es verdad que se suma al consumismo la injusticia social porque no se paga lo suficiente al empleado para que pueda vivir bien pero hay que hacer un balance de valores: que cosas debo sacrificar o postergar y cuales no y por cuales me debo preocupar más y por cuales debo preocuparme menos.

            El Señor nos dice: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”[6]. Primero debemos buscar la salvación del alma y después las demás cosas.

___________________________________
[1] Mt 16, 26
[2] Qo 1, 2; 2, 21-23
[3] Sal 89, 3-6. 12-14. 17
[4] San Gregorio, Morales XXXI
[5] Lc 12, 34
[6] Mt 6, 33

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P. Joege Loring, S.J.

Décimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Año C Lc 12: 13-21

1.- La parábola de hoy hace pensar.

2.- Aquel rico se prometía una buena vida por las riquezas que había acumulado, y aquella misma noche se murió.

3.- La muerte repentina es algo que nadie se espera. Todos pensamos que vamos a seguir viviendo, y cuando menos lo esperamos nos sorprende la muerte.

4.- Tenemos casos recientes de personas que han muerto repentinamente, bien por un ataque de corazón bien por un accidente.

5.- La única manera de vivir tranquilos es la de estar siempre preparados. Vivir siempre en gracia de Dios.

6.- Vivir en pecado es jugar a la ruleta rusa: puede ser que no haya bala, pero si la hay, se acabó.

7.- La otra lección de este Evangelio es que no debemos estar apegados al dinero. Hoy se vive un ambiente muy materialista. Todo el mundo quiere tener mucho dinero para vivir mejor.

8.- Pero el bienestar material no da la felicidad. La felicidad es algo que está dentro de la persona. Con dinero no se puede comprar. Lo mismo que con el dinero no se puede comprar la paz o el amor. Y mucho menos la virtud, que es lo que nos da la felicidad.

9.- Valemos por lo que somos, no por lo que tenemos. Por eso en lugar de preocuparnos tanto de acumular dinero deberíamos preocuparnos más de acumular virtudes.

10.- Al más allá no podemos llevarlos nada, pero podemos mandar anticipadamente buenas obras.

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Directorio Homilético

 

Decimoctavo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 661, 1042-1050, 1821: la esperanza en los cielos nuevos y la tierra nueva

CEC 2535-2540, 2547, 2728: el desorden de las concupiscencias

661    Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que “salió del Padre” puede “volver al Padre”: Cristo (cf. Jn 16,28). “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre” (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (MR, Prefacio de la Ascensión).

 
VI     LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS

          Y DE LA TIERRA NUEVA

1042  Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

          La Iglesia … sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo…cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48)

1043  La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10).

1044  En este “universo nuevo” (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. “Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045  Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento” (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), “la Esposa del Cordero” (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046  En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

          Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios … en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción … Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047  Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, “a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048  “Ignoramos el momento de la consumación  de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres”(GS 39, 1).

1049  “No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39, 2).

1050  “Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

            La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 18, 29).

1821  Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8,28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7,21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” (cf Mt 10,22; cf Cc de Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que “todos los hombres se salven” (1 Tm 2,4). Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo:

            Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin (S. Teresa de Jesús, excl. 15,3).

I        EL DESORDEN DE LA CODICIA

2535  El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no tenemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otro.

2536  El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado  nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

          Cuando la Ley nos dice: “No codiciarás”, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: “El ojo del avaro no se satisface con su suerte” (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

2537  No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por justos medios. La catequesis tradicional señala con realismo “quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas” y a los que, por tanto, es preciso “exhortar más a observar este precepto”:

          Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles…Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos… (Cat. R. 3,37).

2538  El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (cf 2 S 12,1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4,3-7; 1 R 21,1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2,24).

          Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros…Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo…Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Co, 28,3-4).

2539  La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

          San Agustín veía en la envidia el “pecado diabólico por excelencia” (ctech. 4,8). “De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad” (s. Gregorio Magno, mor. 31,45).

2540  La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

          ¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3).

2547  El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). “El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos” (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres:  ellos verán a Dios.

2728 Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos “muchos bienes” (cf Mc 10, 22), decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad, herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, alergia a la gratuidad de la oración… La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XVII Tiempo Ordinario

24
julio

Domingo XVII Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XVII Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 24 de Julio de 2016)

LECTURAS

Que mi Señor no me tome a mal si continúo insistiendo

Lectura del libro del Génesis     18, 20-21. 23-32

El Señor dijo: «El clamor contra Sodoma y Gomorra es tan grande, y su pecado tan grave, que debo bajar a ver si sus acciones son realmente como el clamor que ha llegado hasta mí. Si no es así, lo sabré».
Entonces Abraham se le acercó y le dijo: «¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y Tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no va a hacer justicia?»
El Señor respondió: «Si encuentro cincuenta justos en la ciudad de Sodoma, perdonaré a todo ese lugar en atención a ellos».
Entonces Abraham dijo: «Yo, que no soy más que polvo y ceniza, tengo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Quizá falten cinco para que los justos lleguen a cincuenta. Por esos cinco ¿vas a destruir toda la ciudad?» «No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco», respondió el Señor.
Pero Abraham volvió a insistir: «Quizá no sean más de cuarenta».
Y el Señor respondió: «No lo haré por amor a esos cuarenta».
«Por favor, dijo entonces Abraham, que mi Señor no lo tome a mal si continúo insistiendo. Quizá sean solamente treinta».
Y el Señor respondió: «No lo haré si encuentro allí a esos treinta».
Abraham insistió: «Una vez más, me tomo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Tal vez no sean más que veinte».
«No la destruiré en atención a esos veinte», declaró el Señor.
«Por favor, dijo entonces Abraham, que mi Señor no se enoje si hablo por última vez. Quizá sean solamente diez».
«En atención a esos diez, respondió, no la destruir».

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 137, 1-3. 6-7a. 7c-8 (R.: 3a)

R. ¡Me escuchaste, Señor, cuando te invoqué!

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque has oído las palabras de mi boca,
te cantaré en presencia de los ángeles.
Me postraré ante tu santo Templo. R.

Y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad,
porque tu promesa ha superado tu renombre.
Me respondiste cada vez que te invoqué
y aumentaste la fuerza de mi alma. R.

El Señor está en las alturas,
pero se fija en el humilde
y reconoce al orgulloso desde lejos.
Si camino entre peligros, me conservas la vida. R.

Tu derecha me salva.
El Señor lo hará todo por mí.
Tu amor es eterno, Señor,
¡no abandones la obra de tus manos! R.

Nos hizo revivir con Él,
perdonando todas nuestras faltas

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas     2, 12-14

Hermanos:
En el bautismo, ustedes fueron sepultados con Cristo, y con Él resucitaron, por la fe en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos.
Ustedes estaban muertos a causa de sus pecados y de la incircuncisión de su carne, pero Cristo los hizo revivir con Él, perdonando todas nuestras faltas. Él canceló el acta de condenación que nos era contraria, con todas sus cláusulas, y la hizo desaparecer clavándola en la cruz.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Rom 8, 15bc

Aleluia.
Han recibido el espíritu de hijos adoptivos,
que nos hace llamar a Dios «¡Abba!», es decir, Padre.
Aleluia.

EVANGELIO

Pidan y se les dará

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     11, 1-13

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan:
Padre, santificado sea tu Nombre,
que venga tu Reino,
danos cada día nuestro pan cotidiano;
perdona nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos
a aquellos que nos ofenden;
y no nos dejes caer en la tentación».
Jesús agregó: «Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”.
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guion Domingo XVII (C)

Entrada  

Al participar de la Santa Misa estamos participando del Sacrificio de Cristo sobre la cruz, gozamos de la presencia real de Jesucristo y podemos comulgar su Cuerpo y su Sangre, que son el pan súper sustancial que pedimos en el Padre Nuestro.

1º Lectura                                                                                                     Gén 18, 20-32

El diálogo entre Dios y Abraham enseña cómo Dios detiene su ira por el amor  y la intercesión de los santos.

2º Lectura                                                                                                    Col 2, 12-14

             El Bautismo nos hace revivir con Cristo, perdonando nuestros pecados y dándonos la gracia de ser hijos en el Hijo.

Evangelio                                                                                                     Lc 11, 1-13

Los discípulos atraídos por la intimidad que muestra Jesús con el Padre, viéndolo en oración le dicen: “Enséñanos a orar”.

Preces

Por el Bautismo hemos sido injertados en Cristo. Unimos nuestra oración a la suya, para pedir a Dios Padre por las necesidades de todos los hombres.
A cada intención respondemos…

·         Por el Santo Padre Francisco, por sus intenciones, y por todos los Obispos y sacerdotes de la Iglesia, para que sean siempre testigos de Cristo por la santidad de sus vidas. Oremos.

Por todos los que sufren en el cuerpo y en el alma, que experimenten la cercanía  de Jesús y aprendan a ofrecer sus dolores unidos a Él. Oremos.
·         Por los que en la sociedad tienen el papel de educar, para que sean conscientes de la importancia de su labor y sean valientes para enseñar la ley natural y  los mandamientos de Dios. Oremos.

Para que los cristianos acojamos en toda su riqueza el sentido de la oración dominical, es decir, el Padre Nuestro como encuentro fecundo con Dios Padre que nos ha hecho participar de la filiación adoptiva. Oremos.

(Para los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado:

Por el P. Buela, fundador de nuestra Familia Religiosa, y por todas sus intenciones, y por todos los miembros de nuestra Familia Religiosa, para que sean fieles al carisma fundacional recibido por el P. Buela. Oremos)

Padre de clemencia, escucha las súplicas de tu Iglesia, y concede a todos los hombres entrar un día en tu luz maravillosa. Te lo pedimos por Jesucristo, Nuestro Señor.

Ofertorio Al infinito amor de Dios entregamos nuestras vidas, nuestras alegrías y dolores; y junto a este ofrecimiento presentamos:

* Estos cirios, significando la fe de la Iglesia, que por la predicación se extienda por todo el mundo.

* Con el pan y el vino, ofrecemos nuestra disposición de participar de la Pasión de Cristo.

Comunión:

La comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo es el pan super sustancial que nos une a Él y nos da las fuerzas necesarias para caminar por esta vida hacia la vida eterna.

Salida: Que María Santísima, modelo de mujer orante, nos enseñe a hablar con Dios con la confianza de un hijo hacia su Padre.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

La nueva oración

(Lc.11,1-13)

Hasta 13,22 no se vuelve ya a hablar del viaje. En el relato del viaje están intercaladas enseñanzas de Jesús. Jesús trae el nuevo mensaje del Padre y del Espíritu Santo, y con ello una nueva oración (11,1-13); se anuncia a sí mismo como nuevo portador de salud, que es ciertamente otro y enseña de manera distinta de lo que habían imaginado los dirigentes en Israel (11, 14-54); el seguimiento de este Mesías cobra nueva y propia forma, de la que se habla en un conjunto de palabras y sentencias de Jesús (12,1-53). El nuevo tiempo que aporta Jesús exige a todos la conversión (12,54-13,21).

a) La oración de los discípulos (Lc/11/01-04)

1 Un día estaba él orando en cierto lugar. Cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.

Por lo regular ora Jesús en la soledad (Mar_1:35; Luc_5:16; Mat_14:23.), en un monte (Lc_6:12; 9:28.29), separado de sus discípulos (Lc.9:18). No se nos dice cuándo y dónde oró Jesús en el caso presente; la mirada no debe distraerse de lo esencial: la doctrina sobre la oración.

Juan Bautista había enseñado a orar a sus discípulos. La oración había de corresponder a la novedad de su predicación, había de ser un distintivo que uniera a sus discípulos entre sí y los separara de los demás. También los discípulos de Jesús quieren poseer una oración que fluya de la proclamación del reino de Dios y esté marcada por el hecho salvífico, cuyos testigos han venido a ser ellos. La palabra de Jesús abría nuevas perspectivas, creaba nuevas esperanzas, anunciaba una nueva ley. ¿No deberá también transformar la oración? La oración es la expresión de la fe y de la esperanza, de la vida religiosa.

2 él les dijo: Cuando vayáis a orar, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino.

La oración[1] comienza con la invocación: Padre, abba. Así habló Jesús en la oración a Dios (Mar_14:36), así podían también hablar a Dios sus discípulos (Gal_4:6; Rom_8:15). Jesús introduce a sus discípulos en su relación con Dios. La invocación abba, padre querido, empalma quizá con oraciones de los niños judíos. Un judío no osaba nunca decir la palabra abba hablando con Dios; caso que llamara a Dios Padre se servía de la palabra ab o abi (padre mío), que no pertenecía al arameo corriente, sino que estaba tomada del lenguaje solemne de la oración en la liturgia. La palabra abba ilustra la singularísima relación de Jesús con Dios. El tiempo de la salvación aporta también esto: «Yo me preguntaba: ¿Cómo voy a contarte entre mis hijos y a darte una tierra escogida, una magnífica heredad, preciosa entre las preciosas de todas las gentes? Pensaba yo que me llamarías «Padre mío» y no volverías a apartarte de mí» (Jer_3:19). «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mat_5:9).

Santificado sea tu nombre. Estas palabras no son deseo, sino ruego. Se invoca a Dios rogándole que santifique su nombre. Mediante la fórmula impersonal se atrae la atención más al obrar de Dios que a la persona del orante. El ruego es expresión de un anhelo ilimitado de la santificación definitiva del nombre divino. El nombre es Dios, en cuanto él mismo se revela, Dios en su obrar salvífico, Dios para nosotros. Dios se santifica cuando mediante la revelación de su poder se manifiesta como el completamente otro. «Yo santificaré mi nombre grande, profanado entre las gentes, profanado por vosotros en medio de ellas, y sabrán las gentes que yo soy Yahveh, dice el Señor, Yahveh, cuando yo me santificare a sus ojos por causa de vosotros» (Eze_36:23). Dios se santifica cuando mediante la revelación de su misericordia se manifiesta como Padre, cuando se revela a los pequeños y los convierte en niños pequeños, cuando alborea el reino de Dios.

Venga tu reino. La petición de que sea santificado el nombre es preparación para esta otra petición. La petición de que venga el reino es la verdadera petición del padrenuestro, así como la doctrina del reino de Dios ocupa el centro de la predicación de Jesús. El reino de Dios es el señorío de Dios. Cuando Dios se posesione de su reino, cuando imponga su señorío, quedará vencido Satán y habrá comenzado el tiempo de salvación. Esta revelación ha aparecido ya en Jesús. El «año de gracia del Señor» ha llegado ya (Lc.4:19). Los discípulos son llamados dichosos porque están viendo lo que con tanta ansia habían aguardado los profetas y los reyes (Lc.10:23 s). Sin embargo, Jesús enseña a orar y a pedir que venga el reino, el señorío de Dios. Lo que ha traído Jesús es tiempo de salvación pero a su vez no es sino comienzo de lo que ha de venir. Lo que es el reino se puede ver por lo que Jesús trajo con su vida; la vida de Jesús es, en efecto, la manifestación de la salud en un determinado lugar en el transcurso de la historia de la salvación. La magnificencia de lo que ya se ha descubierto hace que sea tanto más ardiente el ruego de que venga el reino de Dios. El reino vendrá cuando venga Jesús mismo. El ruego de que venga el reino se identifica con el ruego de que venga Jesús. «Ven, Señor nuestro», Marana tha (1Co_16:22).

3 Danos cada día nuestro pan cotidiano; 4 y perdónanos nuestros pecados, pues también nosotros perdonamos a todo el que nos debe; y no nos lleves a la tentación.

Los discípulos viven en el período intermedio entre el tiempo de salvación, inaugurado por Jesús, y su segunda venida. En este tiempo intermedio están todavía oprimidos por la angustia de la existencia, por la culpa y por la tentación. Cuando se inicie plenamente el tiempo de salvación con la venida de Jesús, pasará toda angustia y toda aflicción. Así también estas peticiones de la segunda parte del padrenuestro son, en definitiva, peticiones de que venga el reino de Dios.

Danos cada día nuestro pan cotidiano. El pan significa todo lo necesario para la vida en la tierra. Pedimos el pan, porque es un don de Dios. «En gracia, amor y misericordia da él (Dios) pan a toda carne, porque su gracia permanece eternamente… él da de comer y provee a todos, y otorga bienes a todos, y prepara manjares para todas sus criaturas. Seas alabado, Señor, que nos alimentas» (oración judía para antes de las comidas). El discípulo pide nuestro pan, el pan que tanto necesita el hombre, él y la comunidad; no ora en la estrechez del yo, sino en la amplitud de los hijos del Padre. El pan cotidiano es el pan necesario para cada día. El discípulo sólo pide lo necesario. «No me des pobreza ni riqueza, dame aquello de que he menester» (Pro_30:8). Cada día: El discípulo ha de confesar cada día ante el Padre su necesidad y pedirle cada día su pan cotidiano. Debe orar incesantemente (Pro_18:1).

Perdónanos nuestros pecados. El discípulo sabe que es pecador. Aun cuando lo haya hecho todo, no es todavía más que un siervo inútil (Pro_17:10). Tiene que confesar: Tenga Dios misericordia de mí (Pro_18:13). E1 pecado es en la Biblia desobediencia contra Dios: «Contra ti solo he pecado» (Sal_51:6). Por eso también sólo por Dios puede ser perdonado. Dado que el tiempo de salvación proclamado por Jesús, es tiempo de perdón y de misericordia, por eso podemos pronunciar con confianza esta petición. Precisamente en el Evangelio de Lucas, el gozo de Dios en perdonar es rasgo incomparable y sumamente característico de la proclamación del reino de Dios por Jesús.

Jesús proclamó: Perdonad y seréis perdonados (Lc.6:37). Quien perdona a su hermano puede esperar que también Dios le perdone a él. La voluntad de perdonar al hermano es condición de la misericordia de Dios en el juicio. Los discípulos son tales si están penetrados de la misericordia del Padre. «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc.6:36). Por eso, cuando el discípulo pide perdón de sus pecados, añade: pues también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. El que peca contra otro se carga con una deuda que tiene que saldar. Tiene que reparar, restituir. Esto lo hace perdonando a los que se han hecho culpables contra él.

No nos lleves a la tentación. En la explicación de la parábola del sembrador habla Lucas de algunos que durante algún tiempo creen, pero luego decaen en el tiempo de la tentación, cuando irrumpen tribulaciones y persecuciones por la palabra de Dios (Lc.8:13). La tentación es amenaza para la fe, peligro de apostasía. La petición brota del conocimiento de la propia debilidad y de la prepotencia del mal. Las tres peticiones de liberación de la miseria humana son también confesión de esta miseria. El hombre que confiesa su miseria ante Dios, tiene la promesa de que le alcanzará el reino de Dios. Bienaventurados los pobres, los hambrientos, los que lloran… El padrenuestro es la oración de aquellos en quienes ha alboreado y alborea el reino de Dios.

La entera existencia humana se presenta a Dios como una existencia angustiosa. El presente: danos cada día; el pasado: perdónanos; el futuro: no nos lleves a la tentación. El reino de Dios produce una gran mutación, y ésta tiene su garantía en Dios, que se santifica y muestra su poder, que, como abba, es Dios para nosotros.

b) El amigo importuno (/Lc/11/05-08).

5 Y les añadió: Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a medianoche para decirle: Amigo, préstame tres panes, 6 porque un amigo mío ha llegado de viaje a mi casa, y no tengo qué ofrecerle; 7 y que el otro desde dentro le responde: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos en la cama; no puedo levantarme para dártelos. 8 Os digo que, aunque no se levante a dárselos por ser amigo suyo, se levantará al menos por su importunidad y le dará cuantos necesita.

En Palestina se viaja con frecuencia de noche, porque durante la noche hace fresco. Cada día, antes de la salida del sol, la mujer cuece el pan (en forma de delgadas tortas) para el consumo del día; por eso no hay allí panaderías. Tres panes son la comida para una persona. En las pequeñas aldeas se sabe quién tiene pan de repuesto. Atender al huésped es un deber sagrado. El hombre al que se pide el favor se disgusta. Se le llama «amigo», pero él no responde en los mismos términos. La casa sólo tiene una habitación. La puerta está atrancada con una gran viga. De lecho sirve una estera que se extiende por la noche. Los niños duermen con los padres. Abrir por la noche es muy fatigoso y ruidoso: todos tienen que levantarse. No sin razón se habla varias veces de levantarse. El decir «no puedo» significa: no tengo gana.

Al fin no tendrá más remedio que levantarse y dar lo que le pide el amigo. Jesús da la razón de ello: Si ya no por la amistad, al menos por la molestia y la importunidad. No por amor al vecino, sino por amor al descanso nocturno. Así somos los hombres. Y Dios ¿cómo es? Si el discípulo reflexiona sobre su propio comportamiento, se le ocurrirá cómo se comportará Dios con él. Como el amigo, después de todo, acaba por atender al amigo que le pide con insistencia e importunidad, así Dios también escucha al que le pide sin cejar, importunamente. Un doctor de la ley dice: «El importuno vence al Maligno, ¡cuánto más al Dios todo bondad!». Se ha prometido que será escuchada la oración perseverante y confiada, que no cede aunque no sea escuchada inmediatamente. Dios es bondadoso: no hay hombre que se le pueda comparar. Da no sólo lo que se le pide, sino todo lo que uno necesite. De esta manera procedió también Jesús con la mujer cananea (Mat_15:21 ss) y con el ciego de Jericó (Lc.18:33 ss).

c) Certeza de ser escuchados (Lc/11/09-13)

9 Pues bien, yo os digo: Pedid y os darán; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán. 10 Porque todo el que pide, recibe, y el que busca, encuentra, y al que llama, le abren.

Jesús asegura que Dios escucha la oración. Al pedir responde el recibir, al buscar el encontrar, al llamar el abrir. Dios no se muestra sordo al hombre, no se le esconde. Dios ama a los hombres.

El que ora pide, busca y llama. El hombre recurre a Dios como pobre, como extraviado, como sin hogar. El que se sabe y se siente pobre, extraviado, sin hogar, halla el camino de la oración y de Dios. El bien que, según la predicación de Jesús, puede saciar todas las ansias del hombre, que ocupa el centro de todas las promesas, es el reino de Dios. La primera condición para entrar en el reino de Dios es la confesión de la propia pobreza. En la oración se abre el reino de Dios.

En este pasaje no se dice qué es lo que se pide, qué es lo que se busca, por qué y dónde se llama. Lo importante es la actitud de pedir, de buscar, de llamar. Todo el que adopta esta actitud halla lo que pide, lo que busca y lo que desea cuando llama. La oración pone al hombre en la actitud de conversión, lo hace consciente de la propia insuficiencia, le hace poner su esperanza en Dios. La oración convierte al hombre en un hombre que, por razón de su consciente pequeñez, espera ser agraciado con lo mayor.

11 Pues ¿hay entre vosotros algún padre, que, si su hijo le pide un pescado, en lugar de un pescado le dé una serpiente? 12 O, si pide un huevo, ¿le dará un escorpión? 13 Y si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿con cuánta más razón el Padre que está en el cielo dará Espíritu Santo a los que le piden?

Es inconcebible que un padre no responda con cosas buenas a los ruegos de su hijo. Tanto más habrá que decir esto de Dios. Los hombres son malos, Dios es bueno. Si un padre de la tierra es bueno con su hijo que le pide, ¡cuánto más habrá de serlo Dios! Al fin y al cabo, el padre no se burla de su hijo necesitado, no le hace un mal juego, no comete con él un atentado criminal. Dar una piedra en lugar de pan es una burla, dar una serpiente en lugar de un pescado es un mal juego, dar un escorpión en lugar de un huevo es un atentado criminal. Un padre no abusa del desvalimiento de su hijo pequeño, que no sabe distinguir todavía (a la vista) entre una piedra y un pan, entre un pescado parecido a una serpiente (por ejemplo, una anguila) y una serpiente, entre un escorpión apelotonado y un huevo. Precisamente porque el niño es pequeño e indefenso, le prodiga el padre todo cuidado y cariño.

El buen don que da el Padre al que le pide, es el Espíritu Santo. Este don lo envía el Padre desde el cielo. El Espíritu Santo es el presente celestial. Por el actúa Jesús. Convierte a los discípulos en lo que deben ser. Toma su pensar y su obrar bajo su dirección. Por él cumplen ellos la voluntad de Dios. Según Mateo, da Dios cosas buenas (/Mt/07/11), los bienes de salvación; según Lucas el Espíritu Santo. El don que se da a los discípulos que viven en el período intermedio entre el tiempo de salvación de Jesús y su venida al fin de los tiempos, es el Espíritu Santo. éste es el don salvífico en el tiempo de la Iglesia. Para poder alcanzarlo se necesita la oración.

Hay estrecha conexión entre oración, Padre (abba) y Espíritu Santo. Lo nuevo que enseña Jesús sobre la oración está relacionado con su proclamación del reino de Dios. Es Padre de todos los hombres, lo es para todo el que ora. Pero esto nuevo está relacionado también con el carácter del tiempo de salvación; éste es un tiempo que lleva la impronta del Espíritu Santo. El portador de la salvación está ungido con el Espíritu Santo, su potente obra es causada por el Espíritu; su don, que contiene todos los demás dones, es el Espíritu Santo. La oración está sostenida por el Espíritu Santo, y como oración así influida por el Espíritu, está marcada por la confianza en el Padre. «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad. Porque no sabemos cómo pedir para orar como es debido; sin embargo, el Espíritu mismo intercede con gemidos intraducibles en palabras» (Rom_8:26).

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

_______________________________________
[1] La oración que enseña Jesús a sus discípulos se nos ha transmitido en dos formas, en la forma de Mat_6:9-13, y en la de Luc_11:2-4. Cada uno de los evangelistas la reproduce según la fórmula que en su tiempo se usaba en una u otra de las comunidades cristianas que ellos conocían. Ambas formas son copia fiel, aunque no literal, de la oración de Jesús. La forma de Mt es más solemne, formalmente más acompasada, más litúrgica; la de Lc es más breve y personal. (…).

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Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

Danos hoy nuestro pan de cada día

La cuarta petición del Padrenuestro nos parece la más «humana» de todas: el Señor, que orienta nuestra mirada hacia lo esencial, a lo «único necesario», sabe también de nuestras necesidades terrenales y las tiene en cuenta. Él, que dice a sus Apóstoles: «No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer» (Mt 6, 25), nos invita no obstante a pedir nuestra comida y a transmitir a Dios esta preocupación nuestra. El pan es «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», pero la tierra no da fruto si no recibe desde arriba el sol y la lluvia. Esta combinación de las fuerzas cósmicas que escapa de nuestras manos se contrapone a la tentación de nuestro orgullo, de pensar que podemos darnos la vida por nosotros mismos o sólo con nuestras fuerzas. Este orgullo nos hace violentos y fríos. Termina por destruir la tierra; no puede ser de otro modo, pues contrasta con la verdad, es decir, que los seres humanos estamos llamados a superarnos y que sólo abriéndonos a Dios nos hacemos grandes y libres, llegamos a ser nosotros mismos. Podemos y debemos pedir. Ya lo sabemos: si los padres terrenales dan cosas buenas a los hijos cuando las piden, Dios no nos va a negar los bienes que sólo Él puede dar (cf. Lc 11, 9-13).

En su explicación de la oración del Señor, san Cipriano llama la atención sobre dos aspectos importantes de esta petición. Así como en la invocación «Padre nuestro» había subrayado la palabra «nuestro» en todo su alcance, también aquí destaca que se habla de «nuestro» pan. También aquí oramos en la comunión de los discípulos, en la comunión de los hijos de Dios, y por eso nadie puede pensar sólo en sí mismo. De esto se deriva un segundo aspecto: nosotros pedimos nuestro pan, es decir, también el pan de los demás. El que tiene pan abundante está llamado a compartir. San Juan Crisóstomo, en su comentario a la Primera Carta a los Corintios —a propósito del escándalo que daban los cristianos en Corinto—, subraya «que cada pedazo de pan es de algún modo un trozo del pan que es de todos, del pan del mundo». El padre Kolvenbach añade: «¿Cómo puede alguien, invocando al Padre nuestro en la mesa del Señor, y durante la celebración eucarística en su conjunto, eximirse de manifestar su firme voluntad de ayudar a todos los hombres, sus hermanos, a obtener el pan de cada día?» (p. 98). Cuando pedimos «nuestro» pan, el Señor nos dice también: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37).

También es importante una segunda observación de Cipriano. El que pide el pan para hoy es pobre. La oración presupone la pobreza de los discípulos. Da por sentado que son personas que a causa de la fe han renunciado al mundo, a sus riquezas y a sus halagos, y ya sólo piden lo necesario para vivir. «Con razón pide el discípulo lo necesario para vivir un solo día, pues le está prohibido preocuparse por el mañana. Para él sería una contradicción querer vivir mucho tiempo en este mundo, pues nosotros pedimos precisamente que el Reino de Dios llegue pronto» (De dom. or., 19). En la Iglesia ha de haber siempre personas que lo abandonan todo para seguir al Señor; personas que confían radicalmente en Dios, en su bondad que nos alimenta; personas que de esta manera ofrecen un testimonio de fe que nos rescata de la frivolidad y de la debilidad de nuestro modo de creer.

Las personas que confían en Dios hasta el punto de no buscar ninguna otra seguridad también nos interpelan. Nos alientan a confiar en Dios, a contar con Él en los grandes retos de la vida. Al mismo tiempo, esa pobreza motivada totalmente por la dedicación a Dios y a su reino es un gesto de solidaridad con los pobres del mundo, un gesto que ha creado en la historia nuevos modos de valorar las cosas y una nueva disposición para servir y para comprometerse en favor de los demás.

Pero la petición de pan, del pan sólo para hoy, nos recuerda también los cuarenta años de marcha por el desierto, en los que el pueblo de Israel vivió del maná, del pan que Dios le mandaba del cielo. Cada uno podía recoger sólo lo que necesitaba para cada día; sólo al sexto día podía acumular una cantidad suficiente para dos días, para respetar así el precepto del sábado (cf. Ex 16, 16-22). La comunidad de discípulos, que vive cada día de la bondad del Señor, renueva la experiencia del pueblo de Dios en camino, que era alimentado por Dios también en el desierto.

De este modo, la petición de pan sólo para hoy abre nuevas perspectivas que van más allá del horizonte del necesario alimento cotidiano. Presupone el seguimiento radical de la comunidad más restringida de los discípulos, que renuncia a los bienes de este mundo y se une al camino de quienes estimaban «el oprobio de Cristo como una riqueza mayor que todos los tesoros de Egipto» (Hb 11, 26). Aparece el horizonte escatológico, las realidades futuras, que son más importantes y reales que las presentes.

Con esto llegamos ahora a una expresión de esta petición que en nuestras traducciones habituales parece inocua: danos hoy nuestro pan «de cada día». El «cada día» traduce la palabra griega epioúsios que, según uno de los grandes maestros de la lengua griega —el teólogo Orígenes (t c. 254)—, no existía antes en el griego, sino que fue creada por los evangelistas. Es cierto que, entretanto, se ha encontrado un testimonio de esta palabra en un papiro del s. V d.C. Pero por sí solo tampoco puede explicar con certeza el significado de esta palabra, en cualquier caso extraña y poco habitual. Por tanto, hay que recurrir a las etimologías y al estudio del contexto.

Hoy existen dos interpretaciones principales. Una sostiene que la palabra significa «[el pan] necesario para la existencia», con lo que la petición diría: Danos hoy el pan que necesitamos para poder vivir. La otra interpretación defiende que la traducción correcta sería «[el pan] futuro», el del día siguiente. Pero la petición de recibir hoy el pan para mañana no parece tener mucho sentido, dado el modo de vivir de los discípulos. La referencia al futuro sería más comprensible si se pidiera el pan realmente futuro: el verdadero maná de Dios. Entonces sería una petición escatológica, la petición de una anticipación del mundo que va a venir, es decir, que el Señor nos dé «hoy» el pan futuro, el pan del mundo nuevo, El mismo. Entonces la petición tendría un sentido escatológico. Algunas traducciones antiguas apuntan en esta dirección, como la Vulgata de san Jerónimo, por ejemplo, que traduce la misteriosa palabra con super-substantialis, interpretándola en el sentido de la «sustancia» nueva, superior, que el Señor nos da en el santísimo Sacramento como verdadero pan de nuestra vida.

De hecho, los Padres de la Iglesia han interpretado casi unánimemente la cuarta petición del Padrenuestro como la petición de la Eucaristía; en este sentido, la oración del Señor aparece en la liturgia de la santa Misa como si fuera en cierto modo la bendición de la mesa eucarística. Esto no quiere decir que con ello se reduzca en la petición de los discípulos el sentido simplemente terrenal, que antes hemos explicado como el significado inmediato del texto. Los Padres piensan en las diversas dimensiones de una expresión que parte de la petición de los pobres del pan para ese día, pero precisamente de ese modo —mirando al Padre celestial que nos alimenta— recuerda al pueblo de Dios errante, al que Dios mismo alimentaba. El milagro del maná, a la luz del gran sermón de Jesús sobre el pan, remitía a los cristianos casi automáticamente más allá, al nuevo mundo en el que el Logos —la palabra eterna de Dios— será nuestro pan, el alimento del banquete de bodas eterno.

¿Se puede pensar en estas dimensiones o es una «teologización» errónea de una palabra que tan sólo tiene un sentido terrenal? Estas «teologizaciones» provocan hoy un cierto temor que no resulta del todo infundado, aunque tampoco se debe exagerar. Pienso que en la interpretación de la petición del pan hay que tener en cuenta todo el contexto de las palabras y obras de Jesús, en el que desempeñan un papel muy importante ciertos contenidos esenciales de la vida humana: el agua, el pan y —como signo del júbilo y belleza del mundo— la vid y el vino. El tema del pan ocupa un lugar importante en el mensaje de Jesús, desde la tentación en el desierto, pasando por la multiplicación de los panes, hasta la Ultima Cena.

El gran sermón sobre el pan, en el sexto capítulo del Evangelio de Juan, revela el amplio espectro del significado de este tema. Inicialmente se describe el hambre de las gentes que han escuchado a Jesús y a las que no despide sin darles antes de comer, esto es, sin el «pan necesario» para vivir. Pero Jesús no permite que todo se quede en esto, no permite que la necesidad del hombre se reduzca al pan, a las necesidades biológicas y materiales. «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4; Dt 8,3). El pan multiplicado milagrosamente recuerda de nuevo el milagro del maná en el desierto y, rebasándolo, señala al mismo tiempo que el verdadero alimento del hombre es el Logos, la Palabra eterna, el sentido eterno del que provenimos y en espera del cual vivimos. Si esta primera superación del mero ámbito físico se refiere inicialmente a lo que también ha descubierto y puede descubrir la gran filosofía, inmediatamente después llega la siguiente superación: el Logos eterno se convierte concretamente en pan para el hombre sólo porque Él «se ha hecho carne» y nos habla con palabras humanas.

A esto se añade la tercera y esencial superación, pero que ahora constituye un escándalo para la gente de Cafarnaún: Aquel que se ha hecho hombre se nos da en el Sacramento, y sólo así la Palabra eterna se convierte plenamente en maná, el don ya hoy del pan futuro. Después, el Señor reúne todos los aspectos una vez más: esta extrema materialización es precisamente la verdadera espiritualización: «El Espíritu es quien da vida: la carne no sirve de nada» (Jn 6, 63). ¿Habría que suponer que en la petición del pan Jesús ha excluido todo lo que nos dice sobre el pan y lo que quería darnos como pan? Si tomamos el mensaje de Jesús en su totalidad, no se puede descartar la dimensión eucarística de la cuarta petición del Padrenuestro. La petición del pan de cada día para todos es fundamental precisamente en su concreción terrenal. Pero nos ayuda igualmente a superar también el aspecto meramente material y a pedir ya ahora lo que pertenece al «mañana», el nuevo pan. Y, rogando hoy por las cosas del «mañana», se nos exhorta a vivir ya ahora del «mañana», del amor de Dios que nos llama a todos a ser responsables unos de otros.

Llegados a este punto, quisiera volver a dar la palabra una vez más a Cipriano, el cual subraya el doble sentido de la petición. Sin embargo, él relaciona la palabra «nuestro», de la que hablábamos antes, precisamente también con la Eucaristía, que en un sentido especial es pan «nuestro», el pan de los discípulos de Jesucristo. Dice: nosotros, que podemos recibir la Eucaristía como pan nuestro, tenemos que pedir también que nadie quede fuera, excluido del Cuerpo de Cristo. «Por eso pedimos que “nuestro” pan, es decir, Cristo, nos sea dado cada día, para que quienes permanecemos y vivimos en Cristo no nos alejemos de su fuerza santificadora de su Cuerpo» (De dom. or, 18).

(Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret (I), Editorial Planeta, Santiago de Chile, 2007, p. 186-193)

 _________________________________

NOTA: Hemos publicado solamente la cuarta petición del Padre Nuestro explicada por Benedicto XVI. Se puede leer con fruto la explicación de todo el Padre Nuestro que hace dicho Pontífice en el mismo libro recién citado, p. 161 – 205)

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Santos Padres

·        San Agustín

La oración

(Lc ll,9ss).

2. […]

Dinos ya, insistes, qué tenemos que pedir. Dejo de lado los muchísimos circunloquios, puesto que mencionaré el testimonio evangélico: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Pedid esta buena voluntad. ¿Acaso os harán buenos las riquezas, los honores o cosas semejantes? Son bienes, sí, pero bienes mínimos. De ellos usan bien los buenos y mal, en cambio, los malos. La buena voluntad, por el contrario, te hace bueno. Si esto es así, ¿no te avergüenzas de querer poseer cosas buenas y ser tú malo? Tienes muchos bienes: oro, plata, piedras preciosas, hacienda, servidumbre, grandes rebaños de ganado mayor y menor. Avergüénzate de tus bienes; sé tú bueno. ¿Quién más desdichado que tú si es buena tu quinta, tu túnica, tu oveja e incluso tu gallina? ¿Y tu alma es mala? Aprende a pedir el bien bonifico, por así decir, esto es, el bien que hace buenos. Si poseéis bienes de los que usan bien los buenos, pedid el bien teniendo el cual seáis buenos. La buena voluntad os hace buenos. Los bienes terrenos son ciertamente bienes, pero no hacen a los hombres buenos. Para que veáis que son bienes, se encuentran entre ellos los que mencionó el Señor: el pan, el pez y el huevo. Para que sepáis que son bienes, el mismo Señor dijo: Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos. Sois malos y, sin embargo, dais cosas buenas. Pedid, pues, el ser buenos. El Señor nos lo advirtió y dijo: Si vosotros siendo malos; de esta forma os daba a conocer qué debíamos pedir, a saber: el no ser malos, sino ser buenos. Sea él, pues, quien nos enseñe qué debemos pedir. Escuchad las palabras que siguen en el mismo capítulo del Evangelio: Si vosotros, dice, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, y a pesar de ello continuaréis siendo malos. Con todo, para que no permanezcáis siendo malos, oíd lo que sigue: Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará el espíritu bueno a los que se lo pidan. ¡He aquí el bien por el que sois buenos! El espíritu bueno de Dios produce en los hombres la buena voluntad. El valor de esta posesión que se llama vida eterna es el mismo Dios. ¿Qué habrá de más valor para nosotros que la vida eterna? ¿Qué habrá, repito, de más valor una vez que nuestra posesión sea Dios? ¿He blasfemado al decir que Dios será nuestra posesión? No. Sé bien lo que dije. Topé con un santo varón que en su oración decía: Señor, tú eres la parte de mi heredad. Ensancha, ¡oh avaro!, el saco de tu codicia y halla otra cosa mayor, algo más precioso o algo mejor que Dios. ¿Qué no tendrás teniéndole a él? Acumula cuanto oro y plata te sea posible; excluye a tus vecinos; ensancha tu heredad hasta llegar al confín de la tierra. Adquirida la tierra, añade los mares. Es tuyo todo lo que ves y también lo que no ves. Supuesta la posesión de todas estas cosas, ¿a qué se reduce, si no posees a Dios? Si teniendo a Dios el pobre es rico, y no teniéndolo, el rico es un mendigo, no le pidas otra cosa distinta de él. ¿Y qué no te dará cuando él mismo se da? ¿Y qué te dará, si él mismo no se da? Pedid, pues, el espíritu bueno. Habite en vosotros y seréis buenos. Los que son conducidos por el espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. ¿Cómo sigue el Apóstol? Y si sois hijos de Dios, sois también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo. ¿Qué sentido tenía el desear tan ardientemente las riquezas? ¿Será pobre el heredero de Dios? Eres rico siendo el heredero de un opulentísimo senador, y ¿serás pobre siendo heredero de Dios? ¿Serás pobre siendo coheredero con Cristo? ¿Vas a ser pobre cuando el mismo Padre sea tu herencia? Pide, pues el espíritu bueno, porque el pedir el espíritu bueno procede del mismo espíritu bueno. Algo posees ya de este espíritu cuando lo pides. Si nada poseyeres de él, no lo pedirías. Pero como no tienes cuanto necesitas, lo tienes y lo pides, hasta que se cumpla lo escrito: El que sacia de bienes tus deseos; hasta que se cumpla lo consignado en otro lugar: Me saciaré cuando se manifieste tu gloria. Por tanto, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia; hambre no de este pan terreno, sed no de esta agua terrena, no de este vino de la tierra, sino de justicia, porque ellos serán saciados.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 105A, 2, BAC Madrid 1983, 739-42

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

.        P. Leonardo Castellani

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

CRISTO REVELA EL AMOR DEL PADRE

El domingo pasado hemos comentado el pasaje de Marta y María, tratando de poner de relieve el valor de la oración. No hay duda de la importancia de la oración y de la urgencia que tene­mos hoy de ser más contemplativos, de volver a la vida interior. En el pasaje evangélico de hoy contemplamos a Nuestro Señor Jesucristo enseñando Él mismo a rezar a sus discípulos y a todos aquellos que lo seguían. El mismo Hijo de Dios nos enseña a quién debemos rezar, cómo hay que rezar y cuándo rezar. Una tradición que se remonta al siglo IV dice que este episodio sucedió en el Huerto de los Olivos, lugar donde se ha construido un monasterio de carmelitas que tiene escrito sobre varias de sus paredes el Padrenuestro en cincuenta idiomas y dialectos.

Antes de enseñarnos cómo deberíamos rezar, Jesús nos dio ejemplo con su propia vida. Sobre la conducta y las palabras nos instruye sabiamente San Gregorio Magno: “La manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras”.

1. A quién debemos rezar

En el Antiguo Testamento, los miembros del pueblo elegido aprendieron a venerara Dios y a temerle. No en vano se les había revelado como “el Dios de los ejércitos”, y también “el Altísimo”. A Moisés se le manifestó diciéndole: “Yo soy el que soy”. Era el tres veces “Santo” del profeta Isaías… Todo lo que se relacionaba con “el nombre de Dios” estaba impregnado de misterio, de respeto, de secreto.

Cuando el Verbo se hizo carne nos reveló mejor los grandes misterios de Dios, corriendo el velo para que lo conociésemos y amásemos más. Nos reveló la paternidad divina y nos explicó en qué consiste nuestra verdadera filiación. Dios es un Padre dispuesto a abrazar a su hijo, aunque haya sido un gran pecador, como en la parábola del hijo pródigo. Cristo quiso prolongar y expresar el espíritu paternal de Dios tocando con su mano al leproso, dando la salud a la hemorroísa, sentándose a la mesa con los pecadores, compadeciéndose de los miembros de su rebaño cuando vagaban como ovejas sin pastor o cuando la multitud no tenía qué comer. Se compadeció con el que sufría y fue capaz de devolver la vida a quien la había perdido.

Ningún nombre del Antiguo Testamento se puede comparar al revelado por Jesús. Ninguno encierra todo lo que se dice en la palabra “Padre”, la primera palabra de la oración que nos enseñó el Señor.

Quizás sea ésta la revelación más trascendente que nos hizo Cristo, la que nos permitió atrevemos a decir “Padre nuestro”. Es verdad que somos hijos adoptivos y no por naturaleza. ¡He aquí la gran prueba del amor de Dios! Los padres por naturaleza aman a sus hijos porque son carne de su carne y sangre de su sangre; hay un cierto “deber” de amar a los propios hijos. En el caso de la adopción, el amor es mucho más meritorio, porque no hay obligación de adoptar ni de amar. Dios nos ha amado y adoptado gratuitamente, por puro amor, sin mérito alguno de nuestra parte.

Leía en cierta oportunidad que uno de los mayores dramas del mundo moderno, es la llamada “muerte del padre”. Miles de jóvenes ya no creen en sus padres; muchos padres no tienen coraje para serlo; algunos, más que padres, son abuelos o com­pinches de sus hijos. A veces también algunos sacerdotes nos olvidamos que somos “padres”, aunque nos llamen así, y ce­demos a la tentación de convertimos en simples compañeros o amigos de nuestros fieles…

Pero más grave que esto es la pérdida de la paternidad divina. En consecuencia de ello, el mundo se va convirtiendo en un gran orfanato de hijos que han dejado de creer y de amar a su Padre del cielo.

2.   Cómo rezar

El mismo Cristo nos exhorta a rezar: “Pedid, buscad, llamad…” La necesidad de la oración para nuestra vida espiritual, para la perseverancia en la fe, para la santidad, es semejante a la que tenemos con respecto al aire o los alimentos para seguir viviendo.

Rezar es reconocer lo que somos delante de Dios. Un autén­tico acto de humildad. No podemos todo, no tenemos todo. Santa Teresa decía que en el juego del ajedrez hay muchas fichas, pero cada una tiene su valor, siendo la Dama la más importante. Ella comparaba esta pieza con la humildad en la oración.

Además debemos rezar con fe. Dios ha empeñado su palabra: “Pedid y se os dará”. La fe nos enseña que aquel a quien pedimos tiene entrañas de Padre. Con la oración conmovemos el amor misericordioso de un Dios que cuida de todos, buenos y malos, justos e injustos. Él mismo lo aseguró: “Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre del cielo os dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan”.

3.   Cuándo rezar

¿En qué ocasiones rezar? Siempre. Sin cesar. “Velad y orad”, aconsejó Jesús. La parábola que hemos leído en el evangelio de hoy nos enseña que debemos rezar con insistencia hasta conse­guir lo que pedimos. Hay que “cansar” a Dios, como aquella viuda pobre de la parábola, quien acudió al juez tantas veces que éste, para sacársela de encima, a pesar de ser inicuo le hizo justicia.

Lamentablemente no somos perseverantes en la oración. Cuando no vemos frutos inmediatos, con facilidad abandona­mos la oración. Por otra parte, no siempre Dios nos dará lo que le pedimos, sea porque El sabe que no nos conviene, sea porque solicitamos cosas malas. “No sabéis lo que pedís”, respondió el Señor a la demanda de aquellos que querían ocupar los cargos más importantes según sus propios criterios y no los de Dios.

El secreto de la oración está en la perseverancia. Ciertamente que es lo que más nos cuesta: somos muy impacientes, rezamos con poca fe… Además rezamos muy poco, porque llevamos una vida muy desorganizada y extrovertida. A Dios no le damos el lugar que le corresponde en nuestro día. Resulta significativo que personas jóvenes o incluso ya mayores se limiten a rezar, como los niños, un Padre Nuestro y un Ave María cuando se retiran a dormir. Han crecido biológicamente, han madurado, son quizás profesionales conocidos, pero no han dejado de ser “almas enanas”, como las llamaba Santa Teresa.

Recemos sin cansarnos. Aprovechemos la Santa Misa porque es el “lenguaje divino”, decía el Cura de Ars. Es el momento para glorificar a Dios y también para pedirle lo que necesitamos, sabiendo, que Dios nos lo dará si es para nuestro bien, nos lo dará cuando El así lo disponga.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 230-233)

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Juan Pablo II


“Señor enséñanos a orar”: estas palabras dirigidas directamente a Cristo y que hoy nos recuerda la lectura del Evangelio, no pertenecen sólo al pasado. Son palabras repetidas constantemente por los hombres, es un problema siempre actual: el problema de la oración.

¿Qué quiere decir rezar? ¿Cómo hay que rezar? Por eso la respuesta que dio Cristo es siempre actual. ¿Y qué respuesta dio Cristo? En cierto sentido, Él enseñó, a los que le preguntaban, las palabras que debían pronunciar para rezar, para dirigirse al Padre.

Cristo, pues, enseñó las palabras de la oración; las palabras más perfectas, las palabras más completas; en ellas se encierra todo.

¿Qué quiere decir rezar? Rezar significa sentir la propia insuficiencia, sentir la propia insuficiencia a través de las diversas necesidades que se presentan al hombre, las necesidades que constantemente forman parte de su vida. Como, por ejemplo, la necesidad de pan a que se refiere Cristo, poniendo como ejemplo al hombre que despierta a su amigo a media noche para pedirle pan. Tales necesidades son numerosas. La necesidad de pan, es en cierto sentido, el símbolo de todas las necesidades materiales, de las necesidades del cuerpo humano, de las necesidades de esta existencia que nacen del hecho de que el hombre es el cuerpo.

A la respuesta de Cristo, en la liturgia de hoy, pertenece también ese maravilloso pasaje del Génesis, cuyo personaje principal es Abraham. Y el principal problema es el de Sodoma y Gomorra; o también, en otras palabras, el del bien y el del mal, del pecado y de la culpa; es decir, el problema de la justicia y de la misericordia. Espléndido es ese coloquio entre Abraham y Dios, en que se demuestra que rezar quiere decir moverse continuamente en la obra de la justicia y de la misericordia, es un introducirse entre una y otra en Dios mismo.

Rezar, por tanto, quiere decir ser consciente de todas las necesidades del hombre, de toda la verdad sobre el hombre y, en nombre de esa verdad, cuyo sujeto directo soy yo mismo, pero también mi prójimo, todos los hombres, la humanidad entera…, en nombre de esa verdad, dirigirse a Dios como al Padre.

Ahora bien, según la respuesta de Cristo a la pregunta “enséñanos a orar” todo se reduce a este singular concepto: aprender a rezar quiere decir “aprender quién es el Padre”. Si nosotros aprendemos, en el sentido pleno de la palabra, en su plena dimensión, la realidad “Padre”, hemos aprendido todo. Aprender quién es el Padre quiere decir aprender la respuesta a la pregunta cómo se debe rezar, porque rezar quiere decir también encontrar la respuesta a una serie de preguntas ligadas, por ejemplo, al hecho de que yo rezo y a veces no soy escuchado.

Cristo da respuestas indirectas a estas preguntas también en el Evangelio de hoy. Las da en todo el Evangelio y en toda la experiencia cristiana. Aprender quién es el Padre quiere decir aprender lo que es la confianza absoluta. Aprender quién es el Padre quiere decir adquirir la certeza de que Él no podrá absolutamente rechazar nada. Todo esto se dice en el Evangelio de hoy. Él no te rechaza ni siquiera cuando todo, material y psicológicamente, parece indicar el rechazo. Él no te rechaza jamás.

Por tanto, aprender a rezar quiere decir “conocer al Padre” de ese modo; aprender a estar seguros de que el Padre no te rechaza jamás nada, sino que, por el contrario, da el Espíritu Santo a quienes lo piden.

Los dones que pedimos son diversos como lo son nuestras necesidades. Pedimos según nuestras exigencias y no puede ser de otro modo. Cristo confirma esa nuestra actitud; sí, así es; debéis pedir según vuestras exigencias, tal como las sentís. El Padre nos da el Espíritu Santo. Y lo da en consideración de su Hijo. Por esto ha dado a su Hijo, ha dado a su Hijo por los pecados del mundo, ha dado a su Hijo saliendo al encuentro de todas las necesidades del mundo, de todas las necesidades del hombre, para poder siempre, en este Hijo crucificado y resucitado dar el Espíritu Santo. Este es su don.

Aprender a rezar quiere decir aprender quién es el Padre y adquirir una confianza absoluta en Aquel que nos ofrece este don cada vez más grande y, ofreciéndonoslo, jamás nos engaña. Y si a veces o incluso frecuentemente no recibimos directamente lo que pedimos, en este don tan grande -cuando se nos ofrece- se hallan encerrados todos los otros dones; aunque no siempre nos damos cuenta de ello.

El ejemplo que más me ha impresionado es el de un hombre que encontré en un hospital. Estaba gravemente enfermo a consecuencia de las lesiones sufridas durante la insurrección de Varsovia. En aquel hospital me habló de su extraordinaria felicidad. Este hombre llegó a la felicidad por cualquier otro camino, ya que juzgando visiblemente su estado físico desde el punto de vista médico, no había motivo para ser tan feliz, sentirse tan bien y considerarse escuchado por Dios. Y sin embargo había sido escuchado en otra dimensión de su humanidad. Recordó el don en que encontró la felicidad, aún siendo tan infeliz.

El hombre, defraudado de tantos programas, de tantas ideologías ligadas a la dimensión del cuerpo, a la temporalidad, al orden de la materia, se somete a la acción del espíritu y descubre en sí el deseo de lo que es espiritual. Creo que, realmente, hoy pasa una revolución así por el mundo. Son muchas las comunidades que rezan, rezan quizá como nunca se rezó antes, de modo diverso, más completo, más rico, con una más amplia apertura a ese don que nos da el Padre; y también con una nueva expresión humana de esa apertura. Diría que con un nuevo programa cultural de la oración nueva. Deseo unirme con ellas por dondequiera se encuentren.

Esta gran revolución de la oración es el fruto del don y es también el testimonio de las inmensas necesidades del hombre moderno y de las amenazas que pesan sobre él y sobre el mundo contemporáneo. Creo en la oración de Abraham y su contenido es muy actual en los tiempos en que vivimos. Es tan necesaria una oración así, para tratar con Dios por cada hombre justo; para rescatar al mundo de la injusticia. Es indispensable una oración que se introduzca, diríamos en el corazón de Dios entre lo que en Él es la justicia y lo que en Él es la misericordia.

La respuesta de Cristo a la pregunta “enséñanos a orar” es siempre actual; debemos descifrarla en su contenido original.

(Castelgandolfo, 27 de julio de 1980)

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Benedicto XVI


Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús recogido en oración, un poco apartado de sus discípulos. Cuando concluyó, uno de ellos le dijo: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1). Jesús no puso objeciones, ni habló de fórmulas extrañas o esotéricas, sino que, con mucha sencillez, dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre…”», y enseñó el Padre Nuestro (cf. Lc 11, 2-4), sacándolo de su propia oración, con la que se dirigía a Dios, su Padre. San Lucas nos transmite el Padre Nuestro en una forma más breve respecto a la del Evangelio de san Mateo, que ha entrado en el uso común. Estamos ante las primeras palabras de la Sagrada Escritura que aprendemos desde niños. Se imprimen en la memoria, plasman nuestra vida, nos acompañan hasta el último aliento. Desvelan que «no somos plenamente hijos de Dios, sino que hemos de llegar a serlo más y más mediante nuestra comunión cada vez más profunda con Cristo. Ser hijos equivale a seguir a Jesús» (Benedicto XVI,Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 172).

Esta oración recoge y expresa también las necesidades humanas materiales y espirituales: «Danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados» (Lc 11, 3-4). Y precisamente a causa de las necesidades y de las dificultades de cada día, Jesús exhorta con fuerza: «Yo os digo: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá» (Lc 11, 9-10). No se trata de pedir para satisfacer los propios deseos, sino más bien para mantener despierta la amistad con Dios, quien —sigue diciendo el Evangelio— «dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan» (Lc 11, 13). Lo experimentaron los antiguos «padres del desierto» y los contemplativos de todos los tiempos, que llegaron a ser, por razón de la oración, amigos de Dios, como Abraham, que imploró al Señor librar a los pocos justos del exterminio de la ciudad de Sodoma (cf. Gn 18, 23-32). Santa Teresa de Ávila invitaba a sus hermanas de comunidad diciendo: «Debemos suplicar a Dios que nos libre de estos peligros para siempre y nos preserve de todo mal. Y aunque no sea nuestro deseo con perfección, esforcémonos por pedir la petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos al Todopoderoso?» (Camino de Perfección 42, 4: Obras completas, Madrid, 1984, p. 822). Cada vez que rezamos el Padre Nuestro, nuestra voz se entrelaza con la de la Iglesia, porque quien ora jamás está solo. «Todos los fieles deberán buscar y podrán encontrar el propio camino, el propio modo de hacer oración, en la variedad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia… cada uno se dejará conducir… por el Espíritu Santo, que lo guía, a través de Cristo, al Padre» (Congregación para la doctrina de la fe, Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 15 de octubre de 1989, 29:L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de diciembre de 1989, p. 8).

Que la Virgen María nos ayude a redescubrir la belleza y la profundidad de la oración cristiana.

 (Ángelus, Palacio Apostólico de Castelgandolfo, Domingo 25 de julio de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Lc 11, 1-13

             El Padrenuestro es una oración de esperanza.

Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor, el gusto en la oración, […] y también la esperanza de obtener lo que vamos a pedir […] ¿Qué puede Él, en efecto, negar a la oración de sus hijos, cuando ya previamente les ha permitido ser sus hijos?[1]

            Jesús nos ha enseñado a rezar esta oración como abandono absoluto en las manos de su Padre.

            Las oraciones de todo el Antiguo Testamento iban dirigidas a un Dios fuerte y santo, a Dios Señor de todo, ante el cual el hombre, se sentía como un esclavo temeroso ante su amo.

La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás a nadie. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era Él, oyó otro nombre. A nosotros este nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el nuevo nombre del Padre[2].

Pero con la oración que nos enseñó Jesús nuestra alma exulta diciendo: “¡Abbá, Padre!”[3]. Sin embargo, este conocimiento no se alcanza sino por la humildad. La humildad permite que Cristo nos revele al Padre: “nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”[4].

            Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado. Los apóstoles fueron testigos de este orar al Padre cuando vieron a Jesús orar. Ellos pudieron contemplar al Hijo entrar en el misterio del Padre en una comunión íntima. Ahora Jesús los exhorta a realizar esta experiencia. Quiere que tengan una experiencia íntima con el Padre y que trasmitan esta experiencia a todos los cristianos.

Es una mirada a Dios nada más, un gran fuego de amor. El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad entrañable[5]

Esta relación del hijo con el Padre que es llamada parresía[6], es simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado[7]. Y la parresía se da en el corazón humilde y confiado que nos asemeja a los niños[8].

Todo el Padrenuestro con sus peticiones se concentra en la palabra Padre. En esta palabra está contenido todo lo demás porque todo lo que pidamos al Padre Él nos lo concederá. Lo difícil es confiar en Dios como Padre. Si logramos una relación real y verdadera con el Padre tendremos todo lo necesario para salvarnos.

Si nuestra oración está bien hecha es infalible.

Porque si nosotros rogamos es necesario que aquel a quien rogamos quiera favorecernos y por otro lado que pueda; y la bondad y el poder no pueden fallar en Dios.

            La eficacia se debe a la gracia de Dios y además está condicionada a ciertas disposiciones del hombre[9]. Debe ser: humilde, confiada y perseverante.

La humildad nos da confianza en el Padre Bueno, para el cual, no hay nada imposible. Lucas dice que Dios dará además de estas cosas buenas que señala el Evangelio, pan, pez y huevo, el Espíritu Santo, fuente de todo lo bueno.

            Siempre la humildad de la oración se presenta como un conocimiento de nuestra indigencia y la manifestación de esta indigencia al que puede solucionarla.

– Que se pida lo conveniente

            A veces pedimos en vez de pan una piedra y en vez de un pescado una serpiente y por tanto el Padre no lo concede, “pedís y no recibís, a causa de que pedís mal”[10].

            Hay que pedir principalmente la salvación, la vida eterna y lo demás se dará por añadidura. Si Dios escuchase materialmente todos nuestros caprichos nos tendría que dar muchísimas veces una piedra en vez de un pan, y una serpiente, que nosotros creemos pez. O nos da lo que le pedimos o nos da lo que a Él le parece mejor darnos. La verdad es que ese MEJOR, que Dios da, a veces es terriblemente duro y oscuro. Es cruz.

– Que se pida con perseverancia y para sí

            Oremos siempre y sin cansarnos[11] y tengamos por cierto que Dios nos hará justicia, aunque no sea más que de cansado, como relatan la parábola de la viuda[12] y el amigo importuno[13].

            Hay que cansar a Dios si fuera posible y no cansarnos de pedir. Si nos cansamos de pedir no se consigue la eficacia en la oración[14].

El Señor con la parábola del amigo importuno nos señala una condición importantísima para la oración eficaz: la perseverancia.

Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca halla; y al que llama, se le abrirá[15].

            Dios quiere lo mejor para nosotros. Quiere que todos los hombres lleguen al cielo y nos da los medios para salvarnos pero nosotros debemos pedirlos.

            A veces, es necesario insistir para conseguirlos. Otras veces, no nos concede lo que le pedimos porque no es bueno para nuestra salvación.

            Dios es infinitamente sabio y conoce bien lo que nos hace falta. Por su providencia va disponiendo todo para nuestra salvación.

            Jesús nos enseña a buscar en el fondo de cada petición que hacemos a nuestro Padre, su bondad. Dios nos va a conceder lo que le pedimos siempre y cuando nos convenga, de lo contrario, no sería bueno. En el hombre importunado, rezongón, que se hace rogar, se esconde una bondad infinita incapaz de dejar al pedigüeño con las manos vacías. Y así lo hace notar Lucas unos versículos después de la parábola: “Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”[16].

Por medio de esta enseñanza Jesús nos lleva a desprendernos en nuestras peticiones “de añadiduras” o de nuestras peticiones erradas como cuando pedimos una piedra en vez de un pan o una serpiente en vez de un pez. También a ser insistidores y no inconstantes ni orgullosos, a no dudar de la infalibilidad de la oración bien hecha. Nos enseña a pedir cosas grandes. A pedir que venga a nosotros el Espíritu Santo, que una vez recibido, nos dirá las cosas verdaderas que debemos pedir y no las equivocadas.

            Hay que dar un salto, que es una gracia del mismo Dios, y abandonarse absolutamente en la Bondad de Dios, en su divina providencia sobre nosotros. Él es el verdadero Padre que quiere lo mejor para sus hijos, que jamás va a darles cosas que los perjudiquen.

            Pero, muchas veces, cuando le pedimos un escorpión creyendo que es un huevo nos lo da… ¿qué clase de Padre es ese? Nos lo da para que sepamos lo dañino que es un escorpión pero fundamentalmente para que tomemos experiencia y Él, si lo dejamos, va a saber sacar un bien mayor para nosotros de la indigestión de la pestilente comida.

            Dios quiere que todas nuestras oraciones lo pidan a Él solamente, porque si tenemos a Dios tenemos todo. El verdadero hombre religioso no busca y pide sino solamente a Dios porque lo demás es añadidura y vendrá o no de acuerdo al querer del que lo sabe todo.

            Si nos quedamos en la petición de las añadiduras, la mayoría de las veces pediremos mal y no seremos oídos.

            No pidamos pan, ni peces, ni huevos sino después que el Espíritu Santo nos diga que lo pidamos. Pero entonces primero insistamos pidiendo al Espíritu Divino e infaliblemente seremos oídos, pero no olvidemos ser fastidiosos e insistidores como el amigo importuno.

Jesús nos dice más o menos así en el Evangelio: para que piden tanto si ya se lo que necesitan[17].  “Vosotros, pues, orad así: Padre…”[18].

La santidad no está en tal o cual práctica, sino que consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad, y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre[19].

*          *          *

Lc 11, 5-13

            La parábola habla sobre la perseverancia en la oración: “es preciso orar siempre sin desfallecer”[20], “orad constantemente”[21]. Hay que cansar a Dios por las rogativas. Él tiene un número de oraciones determinado para concedernos lo que le pedimos.

            Es una de las condiciones para la buena oración junto con la confianza y la humildad.

            Por la perseverancia se aquilata nuestra esperanza. Nosotros, por el contrario, cansados muchas veces dejamos de pedir. ¿Y qué logramos? Que se achique nuestro corazón.

            Si pedimos cosas buenas Dios las va a conceder. Una oración más que hacemos es una menos que falta para alcanzar lo que pedimos. Debe crecer la esperanza en vez de decrecer.

            Cuando uno quiere alcanzar algo con sinceridad, con eficacia, los obstáculos y las dilaciones aumentan el deseo de alcanzarlo y dilatan la fuerza que se pone en conseguir lo que se quiere. Es cierto que los obstáculos y la lucha, a veces, cansan pero más razón para no volver atrás después de tanta fatiga.

            El de la parábola venía dispuesto a llevarse los panes. Ya el salir de noche a pedir e ir a molestar a los que estaban acostados es una muestra. La insistencia a pesar de las negativas, es otra.

            Dios accede por la insistencia. Cuando se cumple el número de peticiones pero sobre todo por su bondad. Dios es un Padre bueno que quiere darnos cosas buenas. No nos dará lo que nos pueda perjudicar porque así hacen los padres de la tierra aunque no sean tan buenos. No dan nada malo a sus hijos. Aunque a veces sí, porque ellos mismos no saben discernir lo bueno de lo malo; el pez de la serpiente, el huevo del escorpión, el pan de la piedra…

            Dios quiere darnos el Espíritu Santo que es lo bueno por excelencia y teniendo el Espíritu Santo sabremos pedir las cosas buenas sin temor a equivocarnos.

            El hombre que va a pedir pan a su amigo sale confiado sabiendo que su amigo le va a dar lo que le pide porque sabe que es bueno.

            No nos cansemos de insistir en nuestras oraciones aunque siempre dejemos todo en manos de Dios, en suplica confiada. Él sabrá darnos lo que nos conviene. Siempre nos dará lo bueno y a veces cosas mejores que las que les pedimos.

___________________________________
[1] San Agustín, serm. Dom. 2, 4, 16
[2] Tertuliano, or, 3
[3] Rm 8, 15
[4] Mt 11, 27
[5] San Juan Casiano, coll. 9, 18
[6] parrhsiva  (παν = todo + ρησις / ρημα = locución / discurso) que significa literalmente “decirlo todo” y, por extensión, “hablar libremente”, “hablar atrevidamente” o “atrevimiento”.
[7] Cat. Ig. Cat. nº 2778
[8] Cf. Mt 18, 3
[9] Cf. II-II, 83
[10] St 4, 3
[11] Cf. Lc 18, 1
[12] Cf. Lc 18, 2-8
[13] Cf. Lc 11, 5-8
[14] Cf. Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 215ss
[15] Mt 7, 7-8
[16] Cf. Lc 11, 13; Mt 7, 11
[17] Cf. Mt 6, 8
[18] Mt 6, 9
[19] Santa Teresita del Niño Jesús, O.C., últimas conversaciones, 3 de agosto, 139. Cit. Eugenio del Niño Jesús, O.C.D., Quiero ver a Dios, El Carmen España 19512, 1063.
[20] Lc 18, 1
[21] 1 Ts 5, 17

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P. Jorge Loring, S.J.

Décimo Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Año C Lc. 11:1-13

1.- Hay que orar con perseverancia.

2.- Queremos que Dios nos escuche siempre a «botepronto».

3.- Dios tiene sus planes. Pensar que lo que queremos es mejor que lo que Dios quiere es no creer en el amor de Dios.

4.- La oración nunca vuelve vacía. Si Dios no concede lo que se le pide, concederá otra cosa. Como la madre que cuando el niño le pide el cuchillo de cocina, ella le da un sonajero, pues con el cuchillo se puede cortar.

5.- Cuántas veces pedimos a Dios lo que no nos conviene. Queremos una cosa y Dios no nos la da porque no nos conviene.

6.- Cuantas veces pedimos a Dios dinero, y quizás ese dinero que queremos va a ser nuestra desgracia. Una noticia de periódico. Del DIARIO DE CÁDIZ. A una familia de pescadores de EL PUERTO DE SANTA MARÍA les tocó el PREMIO GORDO de la Lotería. Con el dinero se compraron un yate. El día que estrenaban el yate naufragaron y se ahogaron el padre de familia y tres hijos. Sin ese dinero hubieran seguido siendo una normal familia de pescadores. El PREMIO GORDO fue su ruina.

7.-Otras veces el dinero ha sido la ruina moral de los hijos, etc., etc.

8.- Por eso la oración debe llevar siempre esta condición: «si me conviene». Dios, que sabe más, decidirá sobre la conveniencia de lo que pido

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P. Leonardo Castellani

PADRE NUESTRO

El Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos.

Porque él no dice “Padre mío” que estás en el cielo, sino “Padre nuestro”,

a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia

(San Juan Crisóstomo, hom. in Mt. 19, 4).

“Señor —me dijo el viejo—, perdón, pero Ud. yerra;

la suerte de los hombres no es más o menos una:

reina desigualdad espantosa en la tierra

y nos marca un destino fatal desde la cuna”.

Era en un hospital olvidado y antiguo

aunque con gran fachada y un buen portón helénico,

donde entre pobres sábanas y de color ambiguo

yacían pobres seres oliendo a ácido fénico.

Y era un extraño enfermo con unos ojos trágicos

que ardían de dolores, de fiebre y de misterio,

que conocía el mundo con sus placeres mágicos

y el dolor infinito de aquel otro hemisferio.

“Por aquella ventana… Pasan los automóviles

yo desde aquí los veo sin volver la cabeza

y los hombres gallardos, distinguidos, inmóviles

y mujeres radiantes de salud y belleza.

“Yo, Señor, no me quejo, pero yo nací enfermo;

 mis deleites más hondos son los que el dolor no arrecie;

para ellos es el mundo jardín; para mí, yermo;

somos de dos distintas, no de una misma especie.

“Y así tiene que ser y así es… ¡Siempre fue!

Cierto que a veces ellos padecen y yo río;

pero sumado todo y hecho un balance a fe

¡qué enorme diferencia nos arroja, Dios mío!”

Delante aquel filósofo de voz humilde y grave

y triste, yo temblaba de lástima, y le digo:

“—No se abandone a ideas malas. ¡Ud. que sabe

lo que otros sufren! ¡Resignación, amigo!”

El me detuvo alzando la flaca mano: “¡No!

no me quejo —me dice— ni hay envidia en mi pecho.

Para juzgar el orden del mundo ¿quién soy yo?…

¡Señor, es que es un hecho, y yo constato el hecho!

“Es la desigualdad ante el dolor… ¡Qué cosa

fatal! ¡Los que prometen la igualdad que me sanen,

que me alegren, que saquen de la tumba a mi esposa

y mi hijo el asesino que lo enmienden y ganen!

“Pero yo no blasfemo, sé que hay un Infinito

Director de las cosas, que hay una Voluntad

que así como del caos las levantó de un grito,

no quiere que en la nada se vuelvan a tumbar…

“Yo sé que si padezco sin cesar, hay razón,

que si yo me retuerzo de tristeza, es por algo,

que si parece ciego, no es ciego el aguijón

y sabe por qué punza, dónde voy, cuánto valgo…

“Pero aquellos que pasan coronados de rosas

y aguzando su vista nuestro dolor siniestro

aquellos… ¿piensan mucho, Señor, en estas cosas?

y si piensan, ¿dirán, al rezar, Padre Nuestro?

“Padre de ellos será pues les da la guirnalda

que ellos solos se ciñen… Que arrimen al sombrío

fardo de sus hermanos afligidos la espalda,

o callen y no mientan…¡o digan Padre Mío!

“Mas el pobre que aguanta su agonía suprema

se resigna y perdona de innumerables modos

ese sí es el que dice verdad y no blasfema

y al decir Padre Nuestro, ya es hermano de todos…

“¿Y no tiemblan, si creen que hay justicia, los otros

mientras tragan los bienes que Tú, Señor, les diste,

y pasan por la vida como jóvenes potros

pisoteando la sangre de nosotros los tristes?

“¿No hay una cosa en ellos misteriosa y helada?

¿No hay un vago, un incógnito temor en sus alcores?[1]

¿No sienten en sus cielos una nube cargada

con el rayo de todos los ajenos dolores?

“Yo pienso hace mil años en este enigma grande…

Da el dolor a los hombres cierta clarividencia…

Yo pido a Dios sus luces; y si no, que me mande

una ciega, infinita, dulce y triste paciencia…”

Castellani, El libro de las oraciones, Cintra Buenos Aires 1951, 47- 49.

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[1] alcor. (Del ár. hisp. alqúll, y este del lat. collis). m. Colina o collado.

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CEC 537, 628, 1002, 1227: sepultados y resucitados en el Bautismo

III     LA ORACION DE INTERCESION

2634  La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. El es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular (cf Rm 8, 34; 1 Jn 2, 1; 1 Tm 2. 5-8). Es capaz de “salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hb 7, 25). El propio Espíritu Santo “intercede por nosotros… y su intercesión a favor de los santos es según Dios” (Rm 8, 26-27).

2635  Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino el de los demás” (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal (recuérdese a Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc 23, 28. 34).

2636    Las primeras comunidades cristianas vivieron intensamente esta forma de participación (cf Hch 12, 5; 20, 36; 21, 5; 2 Co 9, 14). El Apóstol Pablo les hace participar así en su ministerio del Evangelio (cf Ef 6, 18-20; Col 4, 3-4; 1 Ts 5, 25); él intercede también por ellas (cf 2 Ts 1, 11; Col 1, 3; Flp 1, 3-4). La intercesión de los cristianos no conoce fronteras: “por todos los hombres, por todos los constituídos en autoridad” (1 Tm 2, 1), por los perseguidores (cf Rm 12, 14), por la salvación de los que rechazan el Evangelio (cf Rm 10, 1).

2566. El hombre busca a Dios. Por la creación Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. “Coronado de gloria y esplendor” (Sal 8, 6), el hombre es, después de los ángeles, capaz de reconocer “¡qué glorioso es el Nombre del Señor por toda la tierra!” (Sal 8, 2). Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquél que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio de esta búsqueda esencial de los hombres (cf Hch. 17, 27).

2567    Dios es quien primero llama al hombre. Olvide el hombre a s u Creador o se esconda lejos de su Faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, el caminar del hombre es siempre una respuesta. A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y de actos, tiene lugar un trance que compromete el corazón humano. Este se revela a través de toda la historia de la salvación.

Artículo 1                   “RESUMEN DE TODO EL EVANGELIO”

2761  “La oración dominical es en verdad el resumen de todo el Evangelio” (Tertuliano, or. 1). “Cuando el Señor hubo legado esta fórmula de oración, añadió: ‘Pedid y se os dará’ (Lc 11, 9). Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue siendo la oración fundamental” (Tertuliano, or. 10).

I        CORAZON DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

2762  Después de haber expuesto cómo los salmos son el alimento principal de la oración cristiana y confluyen en las peticiones del Padre Nuestro, San Agustín concluye:

          Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no  esté incluido en la oración dominical (ep. 130, 12, 22).

2763  Toda la Escritura (la Ley, los Profetas, y los Salmos) se cumplen en Cristo (cf Lc 24, 44). El evangelio es esta “Buena Nueva”. Su primer anuncio está resumido por San Mateo en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7). Pues bien, la oración del Padre Nuestro está en el centro de este anuncio. En este contexto se aclara cada una de las peticiones de la oración que nos dio el Señor:

          La oración dominical es la más perfecta de las oraciones… En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad. (Santo Tomás de A., s. th. 2-2. 83, 9).

2764  El Sermón de la Montaña es doctrina de vida, la oración dominical es plegaria, pero en uno y otra el Espíritu del Señor da forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida. Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña a pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en El.

II       “LA ORACION DEL SEÑOR”

2765  La expresión tradicional “Oración dominical” [es decir, “oración del Señor”] significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es “del Señor”.  Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado (cf Jn 17, 7): él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración.

2766  Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico (cf Mt 6, 7; 1 R 18, 26-29). Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en nosotros “espíritu y vida” (Jn 6, 63). Más todavía: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre “ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ‘¡Abbá, Padre!'” (Ga 4, 6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros deseos ante Dios, es también “el que escruta los corazones”, el Padre, quien “conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión en favor de los santos es según Dios” (Rm 8, 27). La oración al Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.

III     ORACION DE LA IGLESIA

2767  Este don indisociable de las palabras del Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes ha sido recibido y vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras comunidades recitan la Oración del Señor “tres veces al día” (Didaché 8, 3), en lugar de las “Dieciocho bendiciones” de la piedad judía.

2768  Según la Tradición apostólica, la Oración del Señor está arraigada esencialmente en la oración litúrgica.

          El Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque él no dice “Padre mío” que estás en el cielo, sino “Padre nuestro”, a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt. 19, 4).

          En todas las tradiciones litúrgicas, la Oración del Señor es parte integrante de las principales Horas del Oficio divino. Este carácter eclesial aparece con evidencia sobre todo en los tres sacramentos de la iniciación cristiana:

2769  En el Bautismo y la Confirmación, la entrega [“traditio”] de la Oración del Señor significa el nuevo nacimiento a la vida divina. Como la oración cristiana es hablar con Dios con la misma Palabra de Dios, “los que son engendrados de nuevo por la Palabra del Dios vivo” (1 P 1, 23) aprenden a invocar a su Padre con la única Palabra que él escucha siempre. Y pueden hacerlo de ahora en adelante porque el Sello de la Unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleble en sus corazones, sus oídos, sus labios, en todo su ser filial. Por eso, la mayor parte de los comentarios patrísticos del Padre Nuestro están dirigidos a los catecúmenos y a los neófitos. Cuando la Iglesia reza la Oración del Señor, es siempre el Pueblo de los “neófitos” el que ora y obtiene misericordia (cf 1 P 2, 1-10).

2770  En la Liturgia eucarística, la Oración del Señor aparece como la oración de toda la Iglesia. Allí se revela su sentido pleno y su eficacia. Situada entre la Anáfora (Oración eucarística) y la liturgia de la Comunión, recapitula por una parte todas las peticiones e intercesiones expresadas en el movimiento de la epíclesis, y, por otra parte, llama a la puerta del Festín del Reino que la comunión sacramental va a anticipar.

2771  En la Eucaristía, la Oración del Señor manifiesta también el carácter escatológico de sus peticiones. Es la oración propia de los “últimos tiempos”, tiempos de salvaci ón que han comenzado con la efusión del Espíritu Santo y que terminarán con la Vuelta del Señor. Las peticiones al Padre, a diferencia de las oraciones de la Antigua Alianza, se apoyan en el misterio de salvación ya realizado, de una vez por todas, en Cristo crucificado y resucitado.

2772    De esta fe inquebrantable brota la esperanza que suscita cada una de las siete peticiones. Estas expresan los gemidos del tiempo presente, este tiempo de paciencia y de espera durante el cual “aún no se ha manifestado lo que seremos” (1 Jn 3, 2; cf Col. 3, 4). La Eucaristía y el Padrenuestro están orientados hacia la venida del Señor, “¡hasta que venga!” (1 Co. 11, 26).

2609  Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que “busquemos” y que “llamemos” porque él es la puerta y el camino (cf Mt 7, 7-11. 13-14).

2610  Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: “todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido” (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, “todo es posible para quien cree” (Mc 9, 23), con una fe “que no duda” (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la “poca fe” de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la “gran fe” del centurión romano (cf Mt 8, 10) y de la cananea (cf Mt 15, 28).

2613  S. Lucas nos ha trasmitido tres parábolas principales sobre la oración:

          La primera, “el amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13), invita a una oración insistente: “Llamad y se os abrirá”. Al que ora así, el Padre del cielo “le dará todo lo que necesite”, y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los dones.

          La segunda, “la viuda importuna” (cf Lc 18, 1-8), está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe. “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?”

          La tercera parábola, “el fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), se refiere a la humildad del corazón que ora. “Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador”. La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: “¡Kyrie eleison!”.

I        ACERCARSE A EL CON TODA CONFIANZA

2777  En la liturgia romana, se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padre Nuestro con una audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: “Atrevernos con toda confianza”, “Haznos dignos de”. Ante la zarza ardiendo, se le dijo a Moisés: “No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies” (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina, sólo lo podía franquear Jesús, el que “después de llevar a cabo la purificación de los pecados” (Hb 1, 3), nos introduce en presencia del Padre: “Hénos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio” (Hb 2, 13):

          La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos empujasen a proferir este grito: ‘Abbá, Padre’ (Rm 8, 15) … ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto? (San Pedro Crisólogo, serm. 71).

2778  Este poder del Espíritu que nos introduce en la Oración del Señor se expresa en las liturgias de Oriente y de Occidente con la bella palabra, típicamente cristiana: “parrhesia”, simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado (cf Ef 3, 12; Hb 3, 6; 4, 16; 10, 19; 1 Jn 2,28; 3, 21; 5, 14).

II       “¡PADRE!”

2779  Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de “este mundo”. La humildad nos hace reconocer que “nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”, es decir “a los pequeños” (Mt 11, 25-27). La purificación del corazón concierne a imágenes paternales o maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, y que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre transciende las categorías del mundo creado. Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como El es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado:

          La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás a nadie. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era El, oyó otro nombre. A nosotros este nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el nuevo nombre del Padre (Tertuliano, or. 3).

2780  Podemos invocar a Dios como “Padre” porque él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Lo que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever, es decir, la relación personal del Hijo hacia el Padre (cf Jn 1, 1), he aquí que el Espíritu del Hijo nos hace participar de esta relación a quienes creemos que Jesús es el Cristo y que hemos nacido de Dios (cf 1 Jn 5, 1).

2781  Cuando oramos al Padre estamos en comunión con El y con su Hijo, Jesucristo (cf 1 Jn 1, 3). Entonces le conocemos y lo reconocemos con admiración siempre nueva. La primera palabra de la Oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la Gloria de Dios es que nosotros le reconozcamos como “Padre”, Dios verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su Nombre, por habernos concedido creer en él y por haber sido habitados por su presencia.

2782  Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de su Cristo, y, por la Unción de su Espíritu que se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros “cristos”:

          Dios, en efecto, que nos ha destinado a la adopción de hijos, nos ha conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por tanto, de ahora en adelante, como participantes de Cristo, sois llamados “cristos” con justa causa. (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 3, 1).

          El hombre nuevo, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, dice primero: “¡Padre!”, porque ha sido hecho hijo (San Cipriano, Dom. orat. 9).

2783  Así pues, por la Oración del Señor, hemos sido revelados a nosotros mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el Padre (cf GS 22, 1):

          Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo, te has convertido en buen hijo… Eleva, pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro… Pero no reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por medio de la gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo (San Ambrosio, sacr. 5, 19).

2784  Este don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:

          El deseo y la voluntad de asemejarnos a él. Creados a su imagen, la semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella.

          Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios ‘Padre nuestro’, de que debemos comportarnos como hijos de Dios (San Cipriano, Dom. orat. 11).

          No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tenéis en vosotros la señal de la bondad del Padre celestial (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 7, 14).

          Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma (San Gregorio de Nisa, or. dom. 2).

2785  Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños (cf Mt 18, 3); porque es a “los pequeños” a los que el Padre se revela (cf Mt 11, 25):

          Es una mirada a Dios nada más, un gran fuego de amor. El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad entrañable (San Juan Casiano, coll. 9, 18).

          Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor, el gusto en la oración, … y también la esperanza de obtener lo que vamos a pedir …¿Qué puede El, en efecto, negar a la oración de sus hijos, cuando ya previamente  les ha permitido ser sus hijos? (San Agustín, serm. Dom. 2, 4, 16).

2654  Los Padres espirituales parafraseando Mt 7, 7, resumen así las disposiciones del corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: “Buscad leyendo, y encontraréis meditando ; llamad orando, y se os abrirá por la contemplación” (cf El Cartujano, scala: PL 184, 476C).

 

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Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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