Archivo por meses: junio 2016

Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

29
junio

Solemnidad de

los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

 

(Ciclo C) – 2016

 DescargarPDF - ive cepia

Texto Litúrgico

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Directorio Homilético

#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

(Miércoles 29 de Junio de 2016)

LECTURAS

Ahora sé que realmente el Señor me libró
de las manos de Herodes

Lectura de los Hechos de los apóstoles     12, 1-11

Por aquel entonces, el rey Herodes hizo arrestar a algunos miembros de la Iglesia para maltratarlos. Mandó ejecutar a Santiago, hermano de Juan, y al ver que esto agradaba a los judíos, también hizo arrestar a Pedro. Eran los días de «los panes Acimos.»
Después de arrestarlo, lo hizo encarcelar, poniéndolo bajo la custodia de cuatro relevos de guardia, de cuatro soldados cada uno. Su intención era hacerlo comparecer ante el pueblo después de la Pascua. Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él.
La noche anterior al día en que Herodes pensaba hacerlo comparecer, Pedro dormía entre los soldados, atado con dos cadenas, y los otros centinelas vigilaban la puerta de la prisión.
De pronto, apareció el Angel del Señor y una luz resplandeció en el calabozo. El Angel sacudió a Pedro y lo hizo levantar, diciéndole: «¡Levántate rápido!» Entonces las cadenas se le cayeron de las manos.
El Angel le dijo: «Tienes que ponerte el cinturón y las sandalias» y Pedro lo hizo. Después de dijo: «Cúbrete con el manto y sígueme.»
Pedro salió y lo seguía; no se daba cuenta de que era cierto lo que estaba sucediendo por intervención del Angel, sino que creía tener una visión.
Pasaron así el primero y el segundo puesto de guardia, y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. La puerta se abrió sola delante de ellos. Salieron y anduvieron hasta el extremo de una calle, y en seguida el Angel se alejó de él.
Pedro, volviendo en sí, dijo: «Ahora sé que realmente el Señor envió a su Angel y me libró de las manos de Herodes y de todo cuanto esperaba el pueblo judío.»

Palabra de Dios.

SALMO    Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 5)

R. El Señor me libró de todos mis temores.

Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que lo oigan los humildes y se alegren. R.

Glorifiquen conmigo al Señor,
alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: él me respondió
y me libró de todos mis temores. R.

Miren hacia él y quedarán resplandecientes,
y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor:
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.

El Ángel del Señor acampa
en torno de sus fieles, y los libra.
¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!
¡Felices los que en él se refugian! R.

Está preparada para mí la corona de justicia

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo     4, 6-8.17-18

Querido hermano:
Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación.
Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas, para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y llegara a oídos de todos los paganos. Así fui librado de la boca del león.
El Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial. ¡A él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Palabra de Dios.

ALELUIA    Mt 16, 18

Aleluia.
Tú eres Pedro,
y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.
Aleluia.

EVANGELIO

Tú eres Pedro,
y te daré las llaves del Reino de los Cielos

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     16, 13-19

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.»
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Guión Solemnidad Santos Pedro y Pablo
29 de junio 2016

Entrada        
Celebramos hoy la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, universalmente conocido como el ‘día del Papa’. Unidos en la elección al apostolado y en su amor ardiente a Cristo y a las almas, Pedro Primado universal, y Pablo Apóstol de las naciones, dieron un común testimonio de Cristo derramando su sangre. Son los cimientos de la Iglesia.

1° Lectura               Hech 12, 1- 11

Librando a Pedro de la cárcel, Nuestro Señor muestra su especial asistencia sobre él mientras toda Iglesia perseveraba en la oración.

2° Lectura         2Tim 4, 6-8,17-18      Jesucristo eligió a Pablo, Maestro de los gentiles, y lo asoció a su misión hasta el derramamiento de su sangre.

Evangelio               Mt 16, 13-19

En la elección de Pedro como Cabeza de los Doce, Nuestro Señor dio a su  Iglesia una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino.

Preces Santos Pedro y Pablo

            Invoquemos a Dios Padre, que por medio de los Apóstoles nos ha dado parte en la herencia de los elegidos.
A cada intención respondemos…

Para que el Santo Padre, fortalecido por la fe del Apóstol Pedro y animado del celo del Apóstol Pablo, guíe al rebaño de Dios  con solicitud paterna y caridad ardiente. Oremos…

Para que los hijos de la Iglesia crezcan en la conciencia de que el testimonio de una auténtica vida cristiana es la primera e insustituible forma de misión. Oremos…

Para que a imitación de los Santos Pedro y Pablo, los sacerdotes vivan su ministerio como expresión de la íntima transformación en Cristo. Oremos…

Para que el diálogo interreligioso y ecuménico encuentre en la vida y enseñanzas apostólicas el criterio de discernimiento y dé frutos abundantes. Oremos…

Para que el mundo crea, y los pueblos se abran con sinceridad a la luz de la fe derramada sobre la tierra por el Espíritu Santo a través de los numerosos mártires y confesores de nuestra época. Oremos…

Oremos.

                        Padre de bondad, que Te has complacido con el sacrificio de los santos Pedro y Pablo, acoge las plegarias que te presentamos junto al propósito de vivir con todas nuestras fuerzas nuestra propia vocación en la Iglesia. Por Cristo, nuestro Señor.

Ofertorio       
El Espíritu Santo inspira en las almas el deseo de vivir  la fe apostólica hasta el heroísmo. Movidos por Él presentamos:

Incienso y en él las oraciones de todos los que sufren por causa de la fe.

-El pan y el vino signos de la unidad de la Iglesia, que ofrece el sacrificio de Cristo en el Sacramento del altar.

Comunión      Al recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor somos transformados en aquello que recibimos para que reproduzcamos su vida en nosotros.

Salida             Que María Reina de los Apóstoles confirme nuestra fe, y fortalezca nuestro testimonio con su maternal presencia.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

 Exégesis 

·         W. Trilling

Profesión de fe de Pedro

13 Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? 14 Ellos respondieron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que Jeremías o uno de los profetas.

Ahora llega un momento importante en la vida de Jesús. Los evangelistas pueden indicar el lugar en que ocurrió la siguiente escena, es decir, Cesarea-de-Filipo. Filipo, un hijo de Herodes, hizo construir esta Cesarea en el monte Hermón, al norte de Palestina. A esta ciudad se la llamó Cesarea de Filipo para distinguirla de la más antigua Cesarea, que estaba junto al mar. Jesús pregunta a los discípulos quién opina la gente que es él. El Hijo del hombre también se emplea en arameo como circunlocución para expresar la idea de «hombre», por tanto aquí sustituye el pronombre «yo». Naturalmente la pregunta en labios de Jesús no es una encuesta efectuada por interés. La pregunta pretende lograr que respondan los discípulos; según la intención del evangelista pretende, sobre todo, destacar de las falsas apreciaciones esta acertada comprensión de la persona de Jesús. La gente son todavía de los que están «fuera» (Mar_4:11), los discípulos deberían haber «comprendido» (Mar_16:12). Ya hemos oído de labios de Herodes que Jesús era tenido por Juan el Bautista resucitado (cf. 14,2). Elías era muy venerado en el pueblo, se esperaba su regreso como precursor del Mesías (cf. Mal_4:5 s), ya que fue arrebatado de una manera prodigiosa para ir a Dios. El profeta Jeremías también gozó de gran reputación; se formó una corona de leyendas alrededor de su figura y de su vida. O uno de los profetas. Esta enumeración muestra en qué categoría se incluía a Jesús. Casi es la categoría más excelsa que se podía tener según la manera de pensar de Israel. Sólo era posible una elevación, a saber la persona y la llegada del mismo Mesías de Dios. Todas las personas nombradas son premesiánicas y submesiánicas. Incluso Juan el Bautista, que pertenece al tiempo presente, fue considerado como profeta (cf. 14,5; 21,26). Los tres primeros evangelios no dejan reconocer que se haya tenido a Juan por el Mesías. Los discípulos sólo deben decir la opinión de la gente, no lo que piensan los enemigos declarados de Jesús. Ya hemos oído lo que éstos pensaban: «éste no arroja los demonios sino por arte de Beelzebul, príncipe de los demonios» (12,24s). En la pregunta ya no se trata de comprender una señal, una frase o parábola. En esta pregunta sobre quién es él, recae la decisión en favor o en contra del reino de Dios. Es una pregunta decisiva de extrema gravedad.

15 Díceles él: Y vosotros, ¿quién decís que soy? 16 Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.

No es una novedad que Pedro actúe como portavoz. Aquí se pregunta a todos los discípulos, pero sólo uno responde. En esta contestación no debe manifestarse el conocimiento personal y la confesión propia de Pedro (a pesar de 16,17), sino la opinión de los discípulos en total. Pedro confiesa que Jesús es el Mesías. Eso es lo propio y decisivo, y es lo único que se dice en san Marcos (cf /Mc/08/29b). El Mesías es el plenipotenciario de Dios, el último enviado después de todos los profetas. Después de él no puede venir nadie más que le supere. Su palabra es la última palabra de Dios, el Mesías según la fe de los rabinos trae la válida interpretación de la torah. La presentación del Mesías determina el tiempo de empezar el último tiempo. Es la gran y concluyente señal que Dios pone en el mundo. A la confesión se añade: el Hijo del Dios viviente. Eso también lo hemos oído antes (14,33), no nos sorprende en el Evangelio de san Mateo. Lo que allí resplandeció súbitamente durante la noche y lo que se dijo a propósito de la sujeción de los elementos, ahora es de dominio público y viene a ser como una confesión oficial de los discípulos. Por esta profundidad de las relaciones con el Padre, Jesús ya había dicho: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (11,27). Ahora se da la respuesta desde fuera: Tú eres el Hijo del Dios viviente.

17 Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Pero yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi lglesia, y las puertas del reino de la muerte no podrán contra ella.

Aunque Pedro ha hablado en nombre de los discípulos, Jesús ahora dirige la palabra a él personalmente. Su confesión podía aplicarse a todos, la siguiente distinción sólo puede aplicarse a él. Jesús empieza con una bienaventuranza. Ya hemos oído decir: «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (5,3); «bienaventurado aquel que en mí no encuentre ocasión de tropiezo» (11,6); «dichosos vuestros ojos, porque ven» (13,16). Ahora Jesús llama bienaventurado a uno solo, al primero de los apóstoles, por las palabras que acaba de pronunciar. El conocimiento de la verdadera dignidad de Jesús y del misterio de su persona no procede de abajo, sino de lo alto. «La carne y la sangre», es decir la capacidad terrena del hombre débil no ha dado origen a este conocimiento.[1] El mismo Dios se lo ha inspirado desde lo alto. A quien tiene, aún se le añade más (d. 13,12). Pedro había dado el paso desde la audición a la fe, se había atrevido a ir sobre las aguas. Aunque su fe fuera «pequeña», estaba en el camino que lleva a la plenitud de la fe. A quien se encuentra en este camino, se le añade el pleno conocimiento y la verdadera ciencia. Es realmente bienaventurado quien anda por este sendero, porque conoce el misterio más íntimo del reino de Dios (cf. 13,11). La bienaventuranza también es una glorificación de Dios, que ha dado a conocer sus misterios a la gente sencilla, y los ha ocultado a sabios y entendidos (cf. 11,25). Así es como Dios quiso hacerlo, como se prueba en esta ocasión. Jesús llama Pedro a Simón. Petros es la traducción griega de la voz aramea Cefas y significa «piedra», «roca». En otros pasajes del Nuevo Testamento también se encuentra este nombre arameo Cefas, que hace referencia al cargo que desempeñó Pedro.[2] San Mateo prefiere usar el vocablo Pedro, a menudo también se encuentra la doble forma Simón Pedro, un enlace del nombre personal con la designación de su función, como el nombre «Jesucristo». D/ROCA «Tú eres Pedro» no significa en primer término que Pedro adquiera este nombre, sino que él es o debe ser piedra; esta frase significa que la función de Pedro, el encargo que se le confió es ser piedra. Al Antiguo Testamento, especialmente al libro de los salmos[3], le gusta llamar roca al mismo Dios. Dios es la roca de Israel, su castillo roquero, el apoyo seguro, el fundamento permanente, garantía de fidelidad y firmeza. Nos podemos refugiar en la roca, cuando irrumpe súbitamente la tormenta y el agua se precipita en el valle, o cuando el enemigo ha ocupado los valles y sólo queda la posibilidad de huir al castillo roquero situado en la cumbre. Roca es una expresión corriente, como «pastor y rebaño», «cosecha» y «alianza». La seguridad y consistencia de un fundamento rocoso deben ser representadas por este hombre Simón. La próxima frase dice para qué Símón debe ser una roca. Jesús quiere edificar su Iglesia sobre esta roca o sobre esta piedra. También está transmitida la metáfora de construir y edificar. En efecto, Dios promete por medio del profeta que restaurará la cabaña de David que está por tierra (Amo_9:11); el salmista confiesa que los albañiles trabajarán en vano, si el Señor no edifica la casa (Sal_126:1). Ante todo había elegido Dios una roca y un edificio para residir allí y estar cerca del pueblo: el monte de Sión y sobre éste el santo templo. Así como Dios se hizo construir en este monte una santa casa, así también Jesús quiere edificar en el tiempo futuro sobre la roca de Simón la casa de su Iglesia. No será una casa de piedras y vigas, sino de hombres vivos.[4] La voz Ekklesia (Iglesia) dice que se trata de hombres vivos. Ekklesia es traducción del vocablo hebreo kahal, que en primer lugar significa «asamblea», luego en particular la comunidad reunida para el culto divino y, en general, la comunidad de Dios. Jesús quiere construir esta comunidad. Las imágenes no coinciden, ya que con el verbo «edificar» hace juego otro complemento, como «casa» o «torre» o «templo». Y viceversa: con el sustantivo ekklesia (=asamblea) enlaza mejor un verbo como «juntar», «reunir» u otros semejantes. La palabra ekklesia quiere decir que se trata de una comunidad, se trata de seres humanos, quiere decir que se debe edificar la comunidad de Dios en Israel, aunque de una forma completamente nueva.[5]

Este nuevo modo de edificar se expresa con el posesivo mi. No será la antigua comunidad de Yahveh, sino la nueva comunidad del Mesías. La diferencia entre la nueva y la antigua ha de consistir en que la comunidad nueva hace profesión de fe en Jesús el Mesías y mediante esta confesión está unida. En él y en su persona, en su dignidad como Hijo de Dios recaerá la decisión de quién pertenece y quién no pertenece a esta comunidad. Jesús también es y sigue siendo el Mesías de Israel y no revoca la antigua ley, sin embargo su obra mesiánica será la fundación de algo nuevo, que se diferencia claramente de la antigua comunidad. No obstante no se coloca lo nuevo al lado de lo antiguo dejando entre los dos una separación radical, sino que en la nueva fundación se perfecciona la antigua alianza de Dios. Porque en la Iglesia vive y gobierna el Dios de Israel y de todos los pueblos, que es «Dios con nosotros» (cf. 1,23). Jesús es la verdadera habitación de Dios en su pueblo, mucho más próxima y real que la que antes había tenido Dios incluso en los momentos más propicios. A esta fundación Jesús le promete una duración estable. Las puertas del reino de la muerte[6]  están abiertas de par en par para los que son devorados por la muerte, están cerradas con cerrojo y definitivamente para los que ya están en el reino de la muerte y no pueden salir. Por tanto las puertas son la imagen más vigorosa del poder invencible de la muerte, del que todos son víctimas. Pero el poder de la muerte no tendrá ningún dominio sobre la institución de Jesús. Así como la «muerte ya no tiene dominio sobre él» (Rom_6:9), tampoco lo tiene sobre la comunidad.

La muerte es una consecuencia del pecado (Rom_5:12), pero Jesús vencerá el pecado, dará su sangre como rescate del género humano para perdón de los pecados (cf. 20,28; 26,28). El fundamento rocoso sobrevivirá a la muerte, las energías vitales del resucitado ya no pueden ser superadas por la muerte. Son unas palabras victoriosas de Jesús. No son las únicas palabras de Jesús en el Evangelio, pero también están en él. En esta promesa la Iglesia no tienen ningún motivo para hacer ostentación de una supremacía triunfalista, pero en cambio tiene motivo para sentir una confianza ilimitada en Dios, la roca fiel y acreditada de Israel, y en su Cristo «primicias de los que están muertos» (1Co_15:20)…

…………..

19 Te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra, atado será en los cielos; y todo lo que desates en la tierra, desatado será en los cielos.

La segunda parte de la promesa que Jesús hizo a Pedro, habla de las «llaves del reino de los cielos» y de «atar y desatar». Con ello acude a nuestra consideración el tema principal del mensaje de Jesús, el reino de Dios. Aquí parece que se lo compare con una ciudad, que se cierra por medio de portones, o con una casa, en la que se tiene que entrar por las puertas. Se necesita una llave para abrir o para cerrar. Un portero o mayordomo es quien se encarga de la llave. Este mayordomo debe ser Pedro. Dios o el Mesías ¿pueden desprenderse de este cargo? Y si Dios o el Mesías así lo hacen, ¡qué poder se confiere a un hombre! Empezamos a estremecernos ante estas palabras. Ha de ser un profundo misterio el que hace hablar así a Jesús, un nuevo orden de la salvación que toma al hombre todavía mucho más en serio.

Las expresiones atar y desatar provienen de la terminología rabínica (*). Con ellas se entendía que alguien tiene el poder de declarar verdadera o falsa una doctrina. Un segundo significado alude al poder de excluir a alguien de la comunidad de Israel (de excomulgar) o de acogerlo en la misma. La excomunión podría ser fulminada como medida disciplinar por algún tiempo o como exclusión total para siempre. Los dos significados guardan una relación interna entre sí, porque este poder está derivado de la Sagrada Escritura, que es proclamada con autoridad y se emplea con valor discriminatorio. Con tales palabras se abría o se cerraba a la comunidad de Israel el acceso al reino de Dios. Es de suponer que en las palabras de Jesús también tienen validez los dos significados en su relación interna. Pedro debe tener el poder de decidir qué ha de estar en vigor como verdadera doctrina y quién puede participar en la salvación del reino de Dios siendo recibido en la Iglesia de Cristo. Hay, pues, que concebir la facultad de atar y desatar como amplia facultad para comunicar la salvación en sus más distintas modalidades. Este veredicto de Pedro tiene ahora validez en el cielo, es decir, ante Dios. Esta sentencia es confirmada por Dios, más aún, está en vigor ante él desde el momento en que se dicta, exactamente igual como si él mismo la hubiese dictado. Se confía a Pedro una tarea realmente divina. Su veredicto tiene esta fuerza y validez divinas. Entonces ¿qué son las llaves del reino de los cielos? Tienen que ser una imagen de este santo poder judicial del apóstol, que se ejerce aquí en este mundo, pero que está en vigor ante Dios «en los cielos». Al juez del tiempo final está reservada la última y definitiva decisión de quién entra en este reino de Dios. Este juez ha de separar los cabritos de las ovejas (25,32). Pero durante el tiempo anterior al juicio final hay decisiones previas en virtud de un poder judicial ejercido en la Iglesia. Permanece oculto en los decretos de Dios quién pertenece al número de los predestinados para el reino consumado de Dios. Pero se deja en manos de Pedro quién pertenece ahora o no pertenece a la comunidad de salvación que se prepara para este reino de Dios y a él se dirige. (…)

El poder de atar y desatar es transferido a todos, así como también personalmente a Pedro, como primero de los apóstoles. Si el cargo apostólico sigue ejerciéndose en la Iglesia, también tiene que seguir ejerciéndose en ella el cargo de Pedro. De lo contrario la Iglesia no hubiese permanecido fiel a la orden que Jesús dio a la Iglesia. (…)

(TRILLING, W., El Nuevo Testamento y su mensaje, Editorial Herder, Barcelona, 1969)

___________________________________
[1] Es un modismo estereotipado, Cf. «la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios» (1Co_15:50). Después que san Pablo recibió la vocación de apóstol, no acudió en seguida a «la carne y la sangre», es decir «a los apóstoles, mis predecesores» (Gal_1:16 s). Se necesita la armadura de Dios, porque no es una lucha contra «carne y sangre», es decir, contra hombres, sino contra potestades celestes (Efe_6:12).
[2] Especialmente importante es aquí el testimonio del apóstol san Pablo, sobre todo en sus primeras cartas: Gal_1:18; Gal_2:9.11.14; 1Co_1:12; 1Co_3:22, etc.
[3] Por ejemplo Sal_18:3; Sal_31:4; Sal_71:3.
[4] Cf. Amo_9:11; Sal_127:1; Sal_68:17, etc.
[5] La imagen de la construcción se extiende por todo el Nuevo Testamento; cf. un «sagrado templo» (Efe_2:21). una «casa espiritual» (1Pe_2:5); en la última perfección «la ciudad santa, Jerusalén» (Rev_21:10), el templo que Jesús quiere levantar de nuevo en tres días en lugar del antiguo (Jua_2:19).
[6] Las «puertas del reino de la muerte» también es una expresión corriente en la Biblia: cf. Isa_38:10;  Job_38:17; Sal 9a(9) 14.

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        San Juan Pablo II – (VER NOTA AL FINAL)

La misión doctrinal del sucesor de Pedro

            1. De los pasajes del Nuevo Testamento que hemos analizado varias veces en las catequesis anteriores se deduce que Jesús manifestó su intención de dar a Pedro las llaves del reino, como respuesta a una profesión de fe. En ella Pedro habló, en nombre de los Doce, en virtud de una revelación que venia del Padre. Expresó su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Esta adhesión de fe a la persona de Jesús no es una simple actitud de confianza, sino que incluye claramente la afirmación de una doctrina cristológica. La función de piedra fundamental de la Iglesia que Jesús confirió a Pedro comporta, por consiguiente, un aspecto doctrinal (cfr. Mt 16,18-19). La misión de confirmar a sus hermanos en la fe, que también le confió Jesús (cfr. Lc 22,32), va en la misma dirección. Pedro goza de una oración especial del Maestro para desempeñar este papel de ayudar a sus hermanos a creer. Las palabras Apacienta mis corderos, Apacienta mis ovejas, (Jn 21,15-17) no enuncian explícitamente una misión doctrinal, pero sí la implican. Apacentar el rebaño es proporcionarle un alimento sólido de vida espiritual, y en este alimento está la comunicación de la doctrina revelada para robustecer la fe.

            De ahí se sigue que, según los textos evangélicos, la misión pastoral universal del Romano Pontífice, sucesor de Pedro comporta una misión doctrinal. Como pastor universal, el Papa tiene la misión de anunciar la doctrina revelada y promover en toda la Iglesia la verdadera fe en Cristo. Es el sentido integral del ministerio petrino.

            2. El valor de la misión doctrinal confiada a Pedro resulta del hecho de que, siempre según las fuentes evangélicas, se trata de una participación en la misión pastoral de Cristo. Pedro es el primero de los Apóstoles, a quienes Jesús dijo: Como el Padre me envió, también yo os envío (Jn 20,21; cfr. 17,18). Como pastor universal, Pedro debe actuar en el nombre de Cristo y en sintonía con él en toda la amplia área humana en la que Jesús quiso que se predicara su evangelio y se anunciara la verdad salvífica: al mundo entero. El sucesor de Pedro en la misión de pastor universal es, pues, heredero de un munus doctrinal, en el que está íntimamente asociado, con Pedro, a la misión de Jesús.

            Esto no quita nada a la misión pastoral de los obispos que, según el concilio Vaticano II, tienen entre sus deberes principales el de la predicación del Evangelio, pues “son los pregoneros de la fe… que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida” (Lumen Gentium, 25).

            Con todo, el obispo de Roma, como cabeza del colegio episcopal por voluntad de Cristo, es el primer pregonero de la fe, al que corresponde la tarea de enseñar la verdad revelada y mostrar sus aplicaciones al comportamiento humano. El es quien tiene la primera responsabilidad de la difusión de la fe en el mundo. Eso es lo que afirma el segundo concilio de Lión (1274) acerca del primado y la plenitud de potestad del obispo de Roma, cuando subraya que “como tiene el deber de defender la verdad de la fe, así también por su juicio deben ser definidas las cuestiones que acerca de la fe surgieren” (DS 861). En la misma línea, el concilio de Florencia (1439) reconoce en el Romano Pontífice al “padre y maestro de todos los cristianos” (DS 1307).

            3. El sucesor de Pedro cumple esta misión doctrinal mediante una serie continuada de intervenciones, orales y escritas, que constituyen el ejercicio ordinario del magisterio como enseñanza de las verdades que es preciso creer y traducir a la vida (fidem et mores). Los actos que expresan ese magisterio pueden ser más o menos frecuentes y tomar formas diversas, según las necesidades de los tiempos, las exigencias de las situaciones concretas, las posibilidades y los medios de que se dispone, las metodologías y las técnicas de la comunicación; pero, al derivar de una intención explícita o implícita de pronunciarse en materia de fe y costumbres, se remiten al mandato recibido por Pedro y se revisten de la autoridad que Cristo le confirió.

            El ejercicio de ese magisterio puede realizarse también de modo extraordinario, cuando el sucesor de Pedro (solo o con el concilio de los obispos, en calidad de sucesores de los Apóstoles) se pronuncia ex cathedra sobre un punto determinado de la doctrina o la moral cristiana. Pero de esto hablaremos en las próximas catequesis. Ahora debemos concentrar nuestra atención en la forma acostumbrada y ordinaria del magisterio papal, que tiene una extensión mucho más vasta y una importancia esencial para el pensamiento y la vida de la comunidad cristiana.

            4. A este respecto, conviene ante todo subrayar el valor positivo de la misión de anunciar y difundir el mensaje cristiano, de dar a conocer la doctrina auténtica del Evangelio, respondiendo a los interrogantes antiguos y nuevos de los hombres ante los problemas fundamentales de la vida con las palabras eternas de la revelación. Reducir el magisterio papal sólo a la condena de los errores contra la fe sería limitarlo demasiado; más aún, sería una concepción equivocada de su función. Ese aspecto, en cierto modo negativo, está sin duda presente en la responsabilidad de difundir la fe, dado que es necesario defenderla contra los errores y las desviaciones. Pero la tarea esencial del magisterio papal consiste en exponer la doctrina de la fe, promoviendo el conocimiento del misterio de Dios y de la obra de la salvación y poniendo de manifiesto todos los aspectos del plan divino que se está realizando en la historia humana bajo la acción del Espíritu Santo.

            Este es el servicio a la verdad, confiado principalmente al sucesor de Pedro, que ya en el ejercicio ordinario de su magisterio actúa no como persona privada, sino como maestro supremo de la Iglesia universal, según la aclaración del concilio Vaticano II sobre las definiciones ex cathedra (cfr. Lumen Gentium, 25). Al cumplir esta tarea, el sucesor de Pedro expresa de forma personal, pero con autoridad institucional, la regla de la fe, a la que deben atenerse los miembros de la Iglesia universal -simples fieles, catequistas, profesores de religión, teólogos- al buscar el sentido de los contenidos permanentes de la fe cristiana también en relación con las discusiones que surgen dentro y fuera de la comunidad eclesial acerca de los diversos puntos o de todo el conjunto de la doctrina.

            Es verdad que en la Iglesia todos, y especialmente los teólogos, están llamados a realizar este trabajo de continuo esclarecimiento y explicitación. Pero la misión de Pedro y sus sucesores consiste en establecer y reafirmar autorizadamente lo que la Iglesia ha recibido y creído desde el principio, lo que los Apóstoles enseñaron, lo que la sagrada Escritura y la tradición cristiana han fijado como objeto de la fe y norma cristiana de vida.

            También los demás pastores de la Iglesia, los obispos sucesores de los Apóstoles, son confirmados por el sucesor de Pedro en su comunión de fe con Cristo y en el cumplimiento fiel de su misión. De ese modo, el magisterio del obispo de Roma señala a todos una línea de claridad y unidad que, especialmente en tiempos de máxima comunicación y discusión, como el nuestro, resulta imprescindible.

            5. El sucesor de Pedro lleva a cabo su misión fundamentalmente de tres maneras: ante todo con la palabra. Como pastor universal, el obispo de Roma se dirige a todos los cristianos y a todo el mundo, cumpliendo de modo pleno y supremo la misión confiada por Cristo a los Apóstoles: haced discípulos a todas las gentes (Mt 28, 19). Hoy que los medios de comunicación le permiten hacer llegar su palabra todas las gentes, cumple ese mandato divino mejor que nunca. Además, gracias a los medios de transporte que le permiten llegar personalmente incluso a los lugares más lejanos, puede llevar el mensaje de Cristo a los hombres de todos los países, realizando de modo nuevo -imposible de imaginar en otros tiempos- el «id» que forma parte de ese mandato divino: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes.

            El sucesor de Pedro cumple, también, su misión con sus escritos: mediante sus discursos, que suelen publicarse, para que sea conocida y quede documentada su enseñanza; mediante todos los demás documentos emanados directamente (y aquí conviene recordar, en primer lugar, las encíclicas, que también formalmente tienen el valor de enseñanza universal); y, aunque indirectamente, mediante los dicasterios de la Curia romana que actúan bajo sus órdenes.

            El Papa cumple, por último, su misión de pastor mediante iniciativas autorizadas e institucionales de orden científico y pastoral: por ejemplo, impulsando o favoreciendo actividades de estudio, santificación, evangelización, caridad y asistencia, etc… en toda la Iglesia; promoviendo institutos autorizados y garantizados para la enseñanza de la fe (seminarios, facultades de teología y de ciencias religiosas, asociaciones teológicas, academias, etc…). Mediante toda esa gama de intervenciones formativas y operativas cumple su misión el sucesor de Pedro.

            6. Para concluir, podemos decir que el contenido de la enseñanza del sucesor de Pedro (como de los demás obispos), en su esencia, es un testimonio de Cristo, del acontecimiento de la Encarnación y de la Redención, así como de la presencia y acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en la historia. En su forma de expresión puede variar según las personas que lo ejercen, según sus interpretaciones acerca de las necesidades de los tiempos, y según sus estilos de pensamiento y comunicación. Pero la relación con la Verdad viva, Cristo, ha sido, es y será siempre su fuerza vital.

            Precisamente en esta relación con Cristo se halla la explicación definitiva de las dificultades y las oposiciones que el magisterio de la Iglesia siempre ha encontrado desde los tiempos de san Pedro hasta hoy. Para todos los obispos y pastores de la Iglesia, y en especial para el sucesor de Pedro, valen las palabras de Jesús: No está el discípulo por encima del maestro (Mt 10,24; Lc 6,40). Jesús mismo desempeñó su magisterio en medio de la lucha entre las tinieblas y la luz, que constituye el ambiente de la encarnación del Verbo (cfr. Jn 1,1.14). Esa lucha era viva en los tiempos de los Apóstoles, como les había advertido el Maestro: Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros (Jn 15,20). Por desgracia esa lucha también se libraba en el ámbito de algunas comunidades cristianas, hasta el punto de que san Pablo sintió la necesidad de exhortar a Timoteo, su discípulo: ‘Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana’ (2Tim 4,2.3). Lo que Pablo recomendaba a Timoteo vale también para los obispos de hoy, y especialmente para el Romano Pontífice, que tiene la misión de proteger al pueblo cristiano contra los errores en el campo de la fe y la moral, y el deber de conservar el depósito de la fe (cfr. 2Tim 4,7). ¡Ay de él si se asustase ante las críticas y las incomprensiones! Su consigna es dar testimonio de Cristo, de su palabra, de su ley y de su amor. Pero a la conciencia de su responsabilidad en el campo doctrinal y moral, el Romano Pontífice debe añadir el compromiso de ser, como Jesús, ‘manso y humilde de corazón’ (Mt 11,29). Orad para que lo sea y para que llegue a serlo cada vez más.

(San Juan Pablo II, Audiencia General del día miércoles 10 de marzo de 1993)

NOTA: San Juan Pablo II desarrolló el tema del ministerio petrino en diez catequesis, desde el 25 de noviembre de 1992 hasta el 24 de marzo de 1993, según la secuencia expuesta a continuación. En Homilética del año 2011 publicamos el primero. En Homilética del año 2012 publicamos el número 6. En Homilética del año 2014 publicamos el número 7. Ahora publicamos el número 8. El predicador puede acceder fácilmente en la página www.vatican.va a las otras catequesis.

1. Pedro y sus sucesores, cimiento de la Iglesia de Cristo

(Audiencia General 25.XI.92)

2. Misión de Pedro: confirmar a sus hermanos (AG 2.XII.92)

3. Misión pastoral de Pedro (AG 9.XII.92)

4. La autoridad de Pedro en los inicios de la Iglesia (AG 16.XII.92)

5. La autoridad de Pedro en la apertura de la Iglesia a los paganos (AG 13.I.93)

6. El obispo de Roma sucesor de Pedro (AG 27.I.93)

7. El “munus petrinum” del Obispo de Roma como pastor universal (AG 24.II.93)

8. La misión doctrinal del sucesor de Pedro (AG 10.III.93)

9. La asistencia divina en el magisterio del sucesor de Pedro (I)

(AG 17.III.93)

10. La asistencia divina en el magisterio del sucesor de Pedro (II) (AG 24.III.93)

(San Juan Pablo II, Audiencia General del día miércoles 10 de marzo de 1993)

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Agustín

La victoria de los santos Pedro y Pablo.

1. La celebración de la fiesta de tan grandes mártires, es decir, de los santos apóstoles Pedro y Pablo, requería una mayor afluencia de gente. En efecto, si es tan grande la asistencia para la celebración del nacimiento de los corderos, ¡cuál no debe ser para la de los carneros! De los fieles que los apóstoles ganaron con su predicación se ha dicho: Presentad al Señor los hijos de los carneros. Para que luego pudieran pasar los fieles, los apóstoles se convirtieron en guías en las estrecheces de la pasión, en el camino cubierto de zarzas y en la tribulación de las persecuciones. Los bienaventurados Pedro y Pablo, primero y último de los apóstoles, quienes adoraron como era debido a Dios, que dijo: Yo soy el primero y el último, se encontraron en el mismo día de su pasión. Pedro fue quien ordenó a San Esteban. Cuando el mártir Esteban fue ordenado diácono, entre otros apóstoles estaba también el apóstol Pedro. Pedro fue su ordenador, Pablo su perseguidor. Mas no nos detengamos en los primeros hechos de Pablo; deleitémonos con los últimos de quien fue el último; pues, si buscamos los primeros, ni siquiera los de Pedro nos agradarán lo suficiente. He dicho que Pablo fue el perseguidor de Esteban; veamos en Pedro al negador del Señor. Pedro lavó con sus lágrimas el haber negado al Señor; Pablo expió con la ceguera el haber perseguido a Esteban. Lloró Pedro antes del castigo; Pablo sufrió también el castigo. Ambos fueron buenos, santos, piadosísimos; todos los días se leen sus cartas a los pueblos. ¿A qué pueblos? ¿A cuántos? Escuchad el salmo: Su sonido se extendió por toda la tierra, y sus palabras hasta el confín del orbe de la tierra. También nosotros somos prueba de ello. También hasta nosotros llegaron sus palabras, nos despertaron del sueño y de la locura de la incredulidad y nos hicieron pasar a la salvación de la fe.

2. Os digo esto, amadísimos, porque en el día de hoy me encuentro alegre por la gran festividad, pero un tanto triste, porque veo que no ha acudido tanta gente como debía para celebrar el nacimiento de los santos apóstoles. Si no lo supiéramos, no se nos podría echar en cara; pero, si todos lo saben, ¿a qué se debe tanta pereza? ¿No amáis a Pedro y a Pablo? Hablándoos a vosotros, me estoy dirigiendo a aquellas personas que no están presentes, pues a vosotros os agradezco el que hayáis venido. ¿Y puede el alma de un cristiano, sea quien sea, no amar a Pedro y a Pablo? Si aún se siente frío frente a ellos, léalos y ámelos; si aún no los ama, reciba en el corazón la saeta de su palabra. De los mismos apóstoles, en efecto, se dijo: Tus saetas son agudas y muy poderosas. Gracias a ellas se realizó lo que dice a continuación: Los pueblos caerán bajo ti. Buenas son tales heridas. La herida del amor es saludable. La esposa de Cristo canta en el Cantar de los Cantares: Estoy herida de amor. ¿Cuándo sana ésta herida? Cuando se sacie nuestro deseo de bienes. Se habla de herida cuando deseamos algo y no lo tenemos todavía. Así es el amor: no está sin dolor. Cuando lleguemos, cuando nos adueñemos de él, pasará el dolor, pero no desfallecerá el amor.

3. Escuchasteis la palabra de la carta de Pablo a su discípulo Timoteo: Yo estoy ya a punto de ser inmolado. Veía la inminencia de su pasión; la veía, pero no la temía. ¿Por qué no la temía? Porque antes había dicho: Deseando ser desatado y estar con Cristo. Yo, dijo, estoy ya a punto de ser inmolado. Nadie dice que va a comer, que va a disfrutar de un gran banquete, con tanto gozo como él dice que va a padecer. Yo estoy ya a punto de ser inmolado. —¿Qué significa que estás a punto

de ser inmolado? —Que seré un sacrificio. —¿Sacrificio para quién? —Para Dios, puesto que es preciosa a los ojos del Señor la muerte de sus santos.—Yo, dijo, estoy a punto de ser inmolado. Me encuentro seguro: arriba tengo al sacerdote que me ofrecerá a Dios. Tengo como sacerdote al mismo que antes fue víctima por mí. Estoy ya a punto de ser inmolado y está cerca el tiempo de mi partida. Se refiere a la partida del cuerpo. El cuerpo es como un dulce lazo con el que está atado el hombre, y no quiere ser desatado. El que decía: Deseando ser desatado y estar con Cristo, se alegraba de que alguna vez hubiesen de desatarse estos lazos, los lazos de los miembros carnales, para recibir la vestimenta y los adornos de las virtudes eternas. Tranquilo se despojaba de su carne el que iba a recibir la corona. ¡Trueque dichoso! ¡Viaje feliz! ¡Dichosa morada! Es la fe quien la ve, no aún el ojo, puesto que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre lo que Dios ha preparado para quienes le aman. ¿Dónde pensamos que están estos santos? Allí donde se está bien. ¿Qué más quieres saber? No conoces tal lugar, pero piensa en sus méritos. Dondequiera que estén, están con Dios. Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no los tocará ningún tormento. Fue pasando por tormentos como llegaron al lugar sin tormento; pasando estrecheces llegaron al lugar espacioso. Quien desee tal patria no tema el camino fatigoso. El tiempo de mi partida, dijo, está cercano. He combatido el buen combate, he concluido la carrera, he mantenido la fe; por lo demás, ahora me aguarda la corona de justicia. Con razón tienes prisa; con razón te gozas de ser inmolado: te está reservada la corona de justicia. Aún queda la amargura de la pasión, pero el pensamiento de quien ha de sufrirla pasa por ella pensando en lo que hay detrás de ella; no le preocupa el por dónde, sino el adonde se va. Y como es grande el amor con que se piensa en el lugar adonde se va, se pisotea con gran fortaleza el camino por donde se va.

4. Después de haber dicho: Me aguarda la corona de justicia, añadió: que en aquel día me dará el Señor, juez justo. Siendo justo, la dará como retribución, cosa que no hizo antes. Pues, ¡oh Pablo!, antes Saulo, si, cuando perseguías a los santos de Cristo, cuando guardabas los vestidos de los lapidadores de Esteban, hubiera ejercitado sobre ti su justo juicio el Señor, ¿dónde estarías? ¿Qué lugar podría encontrarse en lo más hondo del infierno proporcionado a la magnitud de tu pecado? Pero entonces no te retribuyó como merecías para hacerlo ahora. En tu carta hemos leído lo que dices sobre tus primeras acciones; gracias a ti las conocemos. Tú dijiste: Pues yo soy el último de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol. No eres digno, pero él te hizo. No te retribuyó como merecías, puesto que concedió un honor a quien era indigno de él, merecedor más bien del suplicio. No soy digno, dice, de ser llamado apóstol. ¿Por qué? Porque perseguí a la Iglesia de Dios. Si perseguiste a la Iglesia de Dios, ¿cómo es que eres apóstol? Por la gracia de Dios soy lo que soy. Yo no soy nada. Lo que soy, lo soy por la gracia de Dios. Lo que soy ahora: apóstol, pues lo que era antes lo era yo: Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no fue estéril en mí, sino que trabajé más que todos ellos. ¿Qué es esto, apóstol Pablo? Da la impresión de haberte envanecido; parece que lo dicho procede de la presunción: Trabajé más que todos ellos. Reconócelo, pues. «Lo reconozco, dijo; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.» No se le olvidaba, sino que reservaba para los últimos lo que les iba a agradar en él, el último: Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

5. Entonces no se le retribuyó en justicia; ahora, ¿qué? He concluido la carrera, he mantenido la je. Por lo demás, me aguarda la corona de justicia que me dará en aquel día el Señor, juez justo. Combatiste el buen combate. Pero ¿a quién se debió que lo ganaras? Te leo a ti, que dices: Doy gracias a Dios, que nos otorga la victoria por Jesucristo nuestro Señor. ¿De qué hubiera servido el haber luchado si no hubieras podido vencer? Así, pues, en tu haber está el haber combatido, pero fue Cristo quien te dio la victoria. Sigue adelante: He concluido la carrera. Y esto, ¿quién lo hizo en ti? ¿No habías dicho tú: No es ni del que quiere ni del que corre, sino de Dios que se compadece? Sigue adelante: He mantenido la fe. ¿De dónde te ha llegado esto? Escucha tus propias palabras: He alcanzado misericordia, dijo, para creer. Así, pues, mantuviste la fe por misericordia de Dios, no por fortaleza tuya. Por lo demás, te aguarda la corona de justicia que en aquel día te dará el Señor, juez justo. Te la dará en atención a tus méritos; por eso es juez justo. Pero no por esto has de levantar tu cerviz, porque tus méritos son dones suyos. Lo que he dicho a Pablo, de él lo he aprendido, y conmigo también vosotros, asistentes a esta escuela. Estamos sentados delante y en un lugar más elevado para enseñar, pero en esta única escuela tenemos un maestro común que está en el cielo.

(San Agustín, SERMÓN 298)

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        San Juan Pablo II

·        P. José A. Marcone, I.V.E.



Juan Pablo II


La ‘Piedra’ y el ‘instrumento elegido’

1. En este día, en que la Iglesia celebra la memoria de los Santos Pedro y Pablo, nos encontramos en Roma, última etapa del camino terrestre de los dos Apóstoles. Y, contemporáneamente, nos vamos con el pensamiento y con el corazón en peregrinación a los diversos lugares que conocemos por el Evangelio, por los Hechos de los Apóstoles y por las Cartas. Entre todos esos lugares (diseminados por el radio de casi todo el Mediterráneo, del Oriente hacia el Norte) el más importante es ciertamente el de las cercanías de Cesarea de Filipo, que se recuerda en el Evangelio de hoy. El más importante no sólo para la historia de Pedro, sino también, en cierto sentido, para la historia de Pablo, para la historia de la Iglesia y del cristianismo, para la historia de la salvación.

Jesús pregunta a sus Apóstoles: ¿»Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre»? (Mt 16, 13). Se recogen diversas opiniones que ciertamente circulaban entonces entre la gente de Palestina. Y cuando Jesús pregunta por segunda vez: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» (Mt 16, 15), responde Pedro. Y precisamente su respuesta es la respuesta clave. Es la respuesta clave por lo que respecta a su contenido y, al mismo tiempo, con mayor motivo aún, por lo que respecta a la fuente de la que procede.

Ese contenido lo pronuncia Pedro con las palabras «Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Y el mismo Cristo anuncia de qué fuente procede esa verdad, de qué fuente ha surgido esa confesión, sobre la cual, de ahora en adelante, se va a construir la Iglesia, Cristo dice: «No es la carne, ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos» (Mt 16, 17).

2. En la liturgia de la Misa vespertina de ayer, que es prólogo de la solemnidad de los dos Apóstoles, Pablo dice así en la Carta a los Gálatas: …»cuando plugo al que me segregó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, para revelar en mí a su Hijo… al instante, sin consultar a ningún hombre… partí para Arabia y de nuevo volví a Damasco… Pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, a cuyo lado permanecí quince días…» (Gál 1, 15-18).

El Apóstol de los gentiles resume en estas palabras su itinerario. Se ha encontrado con Pedro en Jerusalén, después en Antioquía y solo más tarde en Roma, donde a ambos les esperaba la última prueba. Sin embargo, estuvo siempre unido con Pedro, y Pedro con él, en esto: en que Dios se complació en revelar en él a su Hijo. Por primera vez, junto a las puertas de Damasco, cuando estaba caído en tierra y cegado por una luz del cielo, tras la pregunta, ¿»Quién eres, Señor»?, había oído esta respuesta: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Act 9, 5). Entonces se cumplió en Pablo lo mismo que se había cumplido en Pedro junto a Cesarea de Filipo, cuando confesó: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo». El Padre le reveló en Cristo al Mesías, su Hijo. El Hijo de Dios vivo. Y Pablo aceptó interiormente las palabras del Padre «sin consultar a ningún hombre», al igual que Pedro, el cual había oído de boca de Cristo: «Ni la carne ni la sangre te lo han revelado».

3. Nos encontramos en el punto clave de la Economía divina. Dios da a su Hijo y al mismo tiempo revela su Hijo ante todo a Pedro, que primero se llamaba Simón y era hijo de Juan y hermano de Andrés, y luego —a su tiempo— a Pablo, que primero se llamaba Saulo de Tarso. Gracias a la potencia de esta revelación del Hijo por parte del Padre, Pedro, que ha creído y confesado su fe, debe ser «piedra». Y yo te digo: Tú eres Pedro, «la piedra» y «sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Gracias a la potencia de la misma revelación del Hijo por parte del Padre, Pablo, que había creído y confesado su fe en Cristo con el mismo fervor de ánimo con que antes había perseguido a los confesores de Cristo, debía convertirse en el «instrumento elegido» para llevar el nombre del Señor ante los pueblos (cf. Act 9, 15).

La Iglesia de Roma celebra hoy la memoria de ambos. La «Piedra» y el «instrumento elegido» se encontraron definitivamente aquí. Aquí realizaron su ministerio apostólico, aquí lo sellaron definitivamente con el testimonio de su sangre por ellos derramada, con el testimonio del sacrificio total de la vida.

Previendo ese día, Pablo escribía a Timoteo, como leemos en la liturgia de hoy: «A punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, ya me está preparada la corona de la justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo juez, y no sólo a mí sino a todos los que aman su manifestación» (2 Tim 4, 6-8).

Al igual que Pablo, podría Pedro escribir de sí lo mismo. De cada uno de ellos se puede decir que amaron de modo especial la manifestación del Señor. Que lo acogieron con todo el corazón, que dieron testimonio de El con toda la vida y con la muerte. Dieron testimonio no de lo que «la carne y la sangre» pueden revelar al hombre, sino de lo que «ha revelado el Padre». La verdad y la potencia de esta revelación permanece en la Iglesia y aumenta en ella constantemente por la raíz de la fe de ambos Apóstoles: Pedro, que es la «piedra» y Pablo que es el «instrumento elegido».

4. Al festejar hoy el día de su nacimiento definitivo, la Iglesia romana y, al mismo tiempo, la Iglesia toda se mira a sí misma. Se ve a sí misma tal cual es en el año del Señor 1980.

Y viéndose a sí misma tal cual es, pensando en Pedro a quien el Señor llamó la «piedra», reza para tener una fuerza tal de fe en el Hijo de Dios vivo —fe revelada por el Padre— que le permita perdurar y desarrollarse como la Iglesia del Dios vivo y, al mismo tiempo, como la «piedra» angular del mundo y de los hombres en el mundo contemporáneo.

Pensando después en Pablo, a quien el Señor llamó el «instrumento elegido», la Iglesia no deja de rezar para tener una fuerza tal de fe en Cristo, que no le permita jamás abandonar el cumplimiento y el desarrollo de su misión. Más aún; que le «obligue» a llevar cada vez más a Cristo a todas las partes del globo y en toda dimensión de la existencia humana, precisamente como hacía aquel a quien el Señor llamó el «instrumento elegido».

Y, en fin, la Iglesia escucha las palabras, que por primera vez oyó Pedro junto a Cesarea de Filipo: «Yo te daré las llaves del reino de los cielos y todo cuanto atares en la tierra, atado será en los cielos y cuanto desatares en la tierra, desatado será en los cielos» (Mt 16, 19). Y escuchando esas palabras, toda la Iglesia reza para ser la siervo fiel y vigilante a cada venida del Señor, histórica y definitiva, así como para prepararse a sí misma y preparar a toda la familia humana, para esa venida.

Como la preparaban los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Que la Iglesia aspire a esta venida con todas las fuerzas. Igual que aspiraban ellos.

Hoy, nuestra alegría por esta fiesta de los Santos Pedro y Pablo se ve aumentada por la presencia de la Delegación enviada por el Patriarca Ecuménico Dimitrios I y por su Sínodo. Saludo con estima y afecto a esa Delegación, que se ha querido unir a nuestras oraciones. Esperamos que tal comunión nos lleve a la plena unidad y a la celebración común de la Eucaristía. Y aquel será un día de gozo pleno. Pero ya hoy nuestro gozo es grande. Demos gracias a Dios. Amén.

(San Juan Pablo II, Homilía en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, Domingo 29 de junio de 1980)

Volver Aplicación

P. José A. Marcone, I.V.E.

Dos vidas entrelazadas

            Hoy es un día de gran alegría porque es el día del Papa. Y por ser el día del Papa es, consecuentemente, el día de la Iglesia universal. Y está bien elegido este día para representar  a la Iglesia universal, porque San  Pedro y San Pablo, cada uno individualmente y ambos juntos representan bien a la Iglesia universal. San Pedro es el Pastor universal, el vicario de Jesucristo; él solo es el resumen de toda la Iglesia, él solo representa a toda la Iglesia. Pedro y Pablo juntos representan a la Iglesia porque Pedro representa a los judíos, y Pablo representa a los gentiles, a los paganos. San Pablo individualmente representa también a la Iglesia universal porque él fue el misionero que abrazó todo el mundo conocido con su predicación.

            ¿Cuál ha sido la relación entre dos grandes santos que representan la Iglesia? Veámoslo en los datos de la tradición y la Sagrada Escritura. Es hermoso contemplar cómo la Providencia divina ha entrelazado estas dos vidas para el bien de la Iglesia.

            1. La primera relación entre Pedro y Pablo fue una relación de enemigos. En efecto, dice San Agustín: “Pedro y Pablo (…) se encontraron en el mismo día de la pasión de San Esteban. Pedro fue quien ordenó diácono a San Esteban (…). Pedro fue su ordenador, Pablo su perseguidor”[1]. En la persona de Esteban lapidado se encuentran Pedro y Pablo. Pablo se relaciona con Pedro como el perseguidor con el perseguido.

            2. Primera visita de Pablo a Jerusalén. En Gál.1,18-19 San Pablo narra su conversión y dice: “Al cabo de tres años fui a Jerusalén para  conocer a Pedro, y estuve  con él quince días. Y no vi a ningún  otro apóstol fuera de  Santiago, el hermano del  Señor”. De esta manera San Pablo demuestra la autenticidad e independencia de su vocación a ser apóstol, que proviene directamente de Cristo. La apostolicidad de San Pablo es tan genuina como la de los otros once, dado que fue Jesucristo en persona que lo llamó y él puede ser testigo de su resurrección igual que los demás.

            3. Segunda visita a Jerusalén. Esta visita sucede catorce años después de la primera. “El mismo Dios  que hizo a Pedro apóstol  de los judíos me ha hecho  a mí apóstol de los  paganos; y Santiago,  Pedro y Juan, que eran  considerados como  columnas, reconocieron  que Dios me ha dado este  privilegio, y nos dieron  la mano a mí y a Bernabé  en señal de que estaban  de acuerdo en que  nosotros nos dedicáramos  a los paganos” (Gál.2,8-9). Comienza a gestarse la grandeza de la Iglesia Católica por la concordia y armonía de estos dos gigantes.

            4. El Concilio de Jerusalén. Falsos hermanos habían puesto inquietud entre los cristianos de Antioquía, diciéndoles que había que circuncidarse y cumplir la ley mosaica. Pablo y Bernabé van a Jerusalén y se reúnen con los apóstoles y  los presbíteros. Allí Pedro defiende ardorosamente el punto de vista de Pablo (Hech.15,7-11), y envían una carta a los cristianos de Antioquía (la primera encíclica de la historia) donde los declaran libres de la ley mosaica. Sólo les piden que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos y de la fornicación. Otra vez la concordia entre los dos apóstoles forja y construye la Iglesia.

            5. Reprensión en Antioquía. Pedro, por “temor” a los judaizantes (los que querían que los cristianos cumplan con la ley de Moisés), se apartó de los cristianos que venían de la gentilidad, del paganismo. Esto fue una “hipocresía” y una “simulación” (Gál.2,11-21). Temor, hipocresía y simulación son palabras textuales del texto inspirado, y son las faltas que por debilidad Pedro cometió. Otra vez Pedro cae en falta por fragilidad. Otra vez tenemos a los dos gigantes, uno frente al otro, el uno corrigiendo abiertamente al otro; el otro aceptando humildemente la reprensión.

            6. San Pedro escribe sobre las epístolas de San Pablo: “Tened en cuenta que  la paciencia de nuestro  Señor es nuestra  salvación, como ya os lo  escribió nuestro  querido hermano  Pablo, con la sabiduría  que Dios le ha dado; de hecho, así se  expresa en todas las  cartas cuando trata de  este tema. Es cierto que  en éstas se encuentran  algunos puntos difíciles,  que los ignorantes e  inestables tergiversan  para su propia perdición,  lo mismo que hacen con el  resto de la Sagrada  Escritura” (2Pe.3,15-16). Pedro, el anteriormente corregido públicamente, ahora expresa su humildad y manifiesta su amor hacia Pablo: ‘mi querido hermano’. Y ejerce en toda su propiedad y especificidad su carisma petrino, pues manifestando su carisma profético le da a los escritos de San Pablo el máximo reconocimiento que puede darse a un escrito: el estar inspirado con Inspiración Bíblica, el que sus escritos pertenezcan formalmente a la Sagrada Escritura.

            7. El martirio. Dice San Agustín: “Ambos apóstoles fueron martirizados el mismo día. Ambos a dos no eran sino una sola cosa, y aunque hubieran padecido en fechas distintas, no hubieran dejado de serlo”[2]. Esta afirmación, que fueron martirizados el mismo día, es la que da razón de que se festeje su fiesta el mismo día[3]. Los distintos itinerarios de estos dos grandes terminan en una misma culminación: el martirio por Jesucristo.

            Conclusión

            Pidámosle a la Virgen María la gracia de amar cada vez más a estos dos grandes apóstoles.

______________________________________________________
[1] SAN AGUSTÍN, Sermón 298, t. XXV, BAC Madrid 1984, pág. 295ss
[2] SAN AGUSTÍN, Sermón 295, t. XXV, BAC Madrid 1984.
[3] En el oficio de lectura del 29 de junio se lee este mismo sermón 295 de San Agustín. Pero se hace una restricción: se quita la frase “ambos apóstoles fueron martirizados el mismo día”, y la cambian por “En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles”. Y la frase concesiva de San Agustín: “aunque hubieran padecido en fechas distintas”, la cambian por una afirmativa: “Es que ambos eran en realidad una sola cosa, aunque fueran martirizados en días diversos”. San Agustín afirma que fueron martirizados el mismo día, y deja abierta la posibilidad a que no haya sido así. Si fue así, si realmente murieron en días diferentes, nada cambia, dice, porque eran uno. Traduttore traditore.

Volver Aplicación

Inicio

Directorio Homilético

 

29 de junio: Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo

CEC 153, 424, 440, 442, 552, 765, 880-881: San Pedro

CEC 442, 601, 639, 642, 1508, 2632-2633, 2636, 2638: San Pablo

San Pedro

 

La fe es una gracia

143Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido «de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él, «Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a todos gusto en aceptar y creer la verdad'» (DV 5).

424    Movidos por la gracia del Espíritu Santo y     atraídos por el Padre nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Sobre la roca de esta fe, confesada por San Pedro, Cristo ha construido su Iglesia (cf. Mt 16, 18; San León Magno, serm. 4, 3;51, 1;62, 2;83, 3).

440      Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).

441    Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado «hijo de Dios» (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no  quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47).

442    No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16) porque este le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: «Cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles…» (Ga 1,15-16). «Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las  sinagogas: que él era el Hijo de Dios» (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).

552    En el colegio de los doce Simón Pedro ocupa el primer lugar (cf. Mc 3, 16; 9, 2; Lc 24, 34; 1 Co 15, 5). Jesús le confía una misión única. Gracias a una revelación del Padre , Pedro había confesado: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Entonces Nuestro Señor le declaró: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Cristo, «Piedra viva» (1 P 2, 4), asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos (cf. Lc 22, 32).

765    El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf. Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 12-14). Los Doce (cf. Mc6, 7) y los otros discípulos (cf. Lc 10,1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte (cf. Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia.

El colegio episcopal y su cabeza, el Papa

880    Cristo, al instituir a los Doce, «formó una especie de Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él» (LG 19). «Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles «(LG 22; cf. CIC, can 330).

881    El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). «Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro» (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

          San Pablo

442    No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16) porque este le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: «Cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles…» (Ga 1,15-16). «Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las  sinagogas: que él era el Hijo de Dios» (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).

601    Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Co 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras» (ibidem: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

639    El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: «Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: «(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).

642    Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular – en la  construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su  Iglesia. La fe de la primera comunidad de  creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

1508  El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación (cf 1 Co 12,9.28.30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor que «mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Co 12,9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

2632  La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús (cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica (cf Hch 6, 6; 13, 3). Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4. 12). Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

2633  Cuando se participa así en el amor salvador de Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf Jn 14, 13). Con esta seguridad, Santiago (cf St 1, 5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión (cf Ef 5, 20; Flp 4, 6-7; Col 3, 16-17; 1 Ts 5, 17-18).

2636  Las primeras comunidades cristianas vivieron intensamente esta forma de participación (cf Hch 12, 5; 20, 36; 21, 5; 2 Co 9, 14). El Apóstol Pablo les hace participar así en su ministerio del Evangelio (cf Ef 6, 18-20; Col 4, 3-4; 1 Ts 5, 25); él intercede también por ellas (cf 2 Ts 1, 11; Col 1, 3; Flp 1, 3-4). La intercesión de los cristianos no conoce fronteras: «por todos los hombres, por todos los constituídos en autoridad» (1 Tm 2, 1), por los perseguidores (cf Rm 12, 14), por la salvación de los que rechazan el Evangelio (cf Rm 10, 1).

IV     LA ORACION DE ACCION DE GRACIAS

2637  La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y  de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias de los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.

2638  Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. Las cartas de San Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. «En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros» (1 Ts 5, 18). «Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col 4, 2).

Volver Direc. Homil.

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio

Domingo XIII Tiempo Ordinario (C)

26
junio

Domingo XIII Tiempo Ordinario

 (Ciclo C) – 2016

 DescargarPDF - ive

Texto Litúrgico

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Directorio Homilético

#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XIII Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 26 de Junio de 2016)

LECTURAS

Eliseo partió y fue detrás de Elías

Lectura del primer libro de los Reyes             19, 16b. 19-21

El Señor dijo a Elías: «A Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, lo ungirás profeta en lugar de ti». Elías partió y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Delante de él había doce yuntas de bueyes, y él iba con la última. Elías pasó cerca de él y le echó encima su manto.

Eliseo dejó sus bueyes, corrió detrás de Elías y dijo: «Déjame besar a mi padre y a mi madre; luego te seguiré».

Elías le respondió: «Sí, puedes ir. ¿Qué hice yo para impedírtelo?» Eliseo dio media vuelta, tomó la yunta de bueyes y los inmoló. Luego, con los arneses de los bueyes, asó la carne y se la dio a su gente para que comieran. Después partió, fue detrás de Elías y se puso a su servicio.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial                                                             15, 1-2a.5.7-11

R. Señor, Tú eres la parte de mi herencia.

Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

Yo digo al Señor: «Señor, Tú eres mi bien».

El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,

¡Tú decides mi suerte! R.

Bendeciré al Señor que me aconseja,

¡hasta de noche me instruye mi conciencia!

Tengo siempre presente al Señor:

Él está a mi lado, nunca vacilaré. R.

Por eso mi corazón se alegra,

se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro:

porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. R.

Me harás conocer el camino de la vida,

saciándome de gozo en tu presencia,

de felicidad eterna a tu derecha. R.

Ustedes han .sido llamadas para vivir en libertad

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Galacia           5, 1.13-18

Hermanos: Ésta es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud. Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor. Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros.

Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren. Pero si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley.

Palabra de Dios.

Aleluia                1Sam 3, 9; Jn 6, 68c

Aleluia.

Habla, Señor, porque tu servidor escucha;

Tú tienes palabras de Vida eterna.

Aleluia.

EVANGELIO

Se encaminó decididamente hacia Jerusalén.

Te seguiré adonde vayas

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según San Lucas              9, 51-62

 

Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de Él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero Él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!» Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza».

Y dijo a otro: «Sígueme». Él respondió: «Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XIII Tiempo Ordinario

Ciclo C

Entrada         La Eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia. En ella, Cristo se ofrece al Padre por nosotros, haciéndonos partícipes de su mismo sacrificio, y se nos da como Pan de vida para nuestro camino por las sendas del mundo.

1º Lectura                 1Re 19, 16b. 19-21

El llamado de Eliseo nos recuerda la vocación de los apóstoles  y su docilidad al llamado divino.

2º Lectura                 Gál 5, 1. 13-18          

La fidelidad  al Espíritu de Cristo, que es espíritu de filiación, nos conduce a la verdadera libertad.

Evangelio                 Lc 9, 51-62

 El llamado de Cristo interpela a todo hombre, pero los que viven absortos en las preocupaciones mundanas no tienen inteligencia del Reino de Dios.

Preces

Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, escucha también nuestras súplicas en favor de ellos. A Él nos dirigimos con confianza filial.
A cada intención respondemos…

*Por la santa Iglesia, para que mediante el apostolado y el testimonio de vida de los fieles se extienda a todas las culturas y a los nuevos campos de la evangelización. Oremos…

* Por los que se dedican a la investigación de la verdad, que con espíritu recto la busquen y la encuentren y se esfuercen en transmitirla a sus contemporáneos. Oremos…

* Por todos los que se sienten llamados por Cristo a su seguimiento en la vida consagrada, que venzan las dificultades con generosidad y respondan con alegría a la invitación del Señor. Oremos…

(Para los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado:

* Por los frutos del Capítulo General de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará y por el Capítulo General del Instituto del Verbo Encarnado, para que el Espíritu Santo ilumine a los capitulares y los conduzca en el momento de tomar decisiones importantes para la marcha de los institutos. Oremos…)

Señor y Padre de todos, que al llamarnos a la vida de la gracia nos privilegias con la filiación adoptiva, no dejes que tus hijos desprecien tus dones y se extravíen por los caminos del mundo. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio        En cada Eucaristía nos unimos más a Dios por Jesucristo. Presentamos:

* Incienso, símbolo de nuestras plegarias,  que subirá hasta el Padre como intercesión por todos los hombres.

* Junto con el pan y el vino, ponemos sobre el altar nuestras propias vidas.

Comunión      Jesús viene a nuestro corazón, para que nosotros aprendamos a reclinar  nuestra cabeza sobre el Suyo.

Salida             En María Santísima contemplamos el modelo perfecto de seguimiento de Cristo. Ella nos enseña a llevar el Evangelio a todos los hombres.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina) 

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Parte tercera del Evangelio de San Lucas

Camino a Jerusalén

(Lc.9,51-10,27)

Introducción

Jesús abandona Galilea y se pone en marcha hacia Jerusalén, donde sufrirá y será glorificado. En este camino se muestra Jesús como maestro profético, que a la vista de su muerte proclama su mensaje, que será confirmado por Dios mediante la resurrección. En tres pasajes se menciona principalmente el viaje a Jerusalén. Jesús toma la decisión irrevocable de ir a Jerusalén (9,51). Iba de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, enseñando y encaminándose hacia Jerusalén (13,22). Mientras caminaba hacia Jerusalén, pasó por Galilea y Samaria (17,11). En Jerusalén se desarrolla la fase decisiva del hecho salvífico; la pasión y la resurrección están ligadas inseparablemente. Para expresar esta asociación usa Lucas el término «elevación» (9,51). Con los relatos del viaje (9,51-10,42; 13,22-35; 17,11-l9) van asociadas enseñanzas de Jesús (11,1-13,21; 14,1-17,10; 17,20-19,27), que por tener un marco general sin determinación de lugar ni de tiempo, poseen un significado permanente. En el camino hacia su meta muestra Jesús a sus discípulos «caminos de vida» (Hec_2:28).

1. EL MAESTRO EN MARCHA, Y SUS DlSCÍPULOS (9,51-62).

 

a) Recusación de alojamiento (Lc/09/51-56)

51 Y sucedió que, al cumplirse el tiempo de su elevación, tomó la decisión irrevocable de ir hacia Jerusalén.

Dios asignó a Jesús una medida determinada de días en la tierra. Esta medida se va cumpliendo con el flujo del tiempo. La vida de Jesús termina con su elevación.[1] La palabra significa ascensión y muerte; precisamente esta ambigüedad es apropiada para expresar lo que aguarda a Jesús en Jerusalén: la pasión y la glorificación, sufrimientos y muerte, resurrección y ascensión. Jerusalén prepara a Jesús la muerte, pero, por designio de Dios, también la gloria.

Jesús tomó la decisión irrevocable de ir hacia Jerusalén. Nada puede apartarle de este camino de la muerte. «El Señor, Yahveh, me ha socorrido, y por eso no cedí ante la ignominia e hice mi rostro como de pedernal, sabiendo que no sería confundido» (Isa_50:7). Jesús va hacia Jerusalén fortalecido con la fuerza de Dios, como fue fortalecido el profeta cuando le encargó Dios anunciar sus amenazas contra Jerusalén: «Tú, hijo de hombre, no los temas ni tengas miedo a sus palabras, aunque te sean cardos y zarzas y habites en medio de escorpiones. No temas sus palabras, no tengas miedo de su cara, porque son gente rebelde» (Eze_2:6). Jesús sabe también la glorificación que allí le aguarda. Sigue su camino con confianza.

52 Y envió por delante unos mensajeros. Fueron éstos y entraron en una aldea de samaritanos, con el fin de prepararle alojamiento. 53 Pero no lo quisieron recibir, porque su aspecto era como de ir hacia Jerusalén.

Jesús va hacia Jerusalén como profeta y Mesías por medio del cual Dios visita misericordiosamente a su pueblo. Por eso se dice en estilo solemne: Envió por delante unos mensajeros, detrás de los cuales va él. Su expedición es camino hacia la gloria, el camino real de la cruz.

El camino más corto de Galilea a Jerusalén pasa por Samaría. Jesús escoge este camino y pone la mira en Jerusalén.

Los mensajeros tienen que prepararle alojamiento. Jesús va acompañado de un grupo bastante grande: con él iban los doce, muchas mujeres, cierto número de discípulos, entre los cuales elige los setenta.

Entre los samaritanos y los judíos existían tensiones religiosas y nacionales. Los samaritanos son descendientes de tribus asiáticas, que se asentaron allí cuando el reino del norte, Israel, fue conquistado por los asirios (722 a.C.), y de la población autóctona que se había quedado en el país. Habían adoptado la religión israelita de Yahveh, pero edificaron un templo propio sobre el monte Garizim y se distinguen de los judíos también en otras muchas cosas (cf. 2Re_17:24-41). Los judíos despreciaban a los samaritanos como pueblo semipagano y evitaban el trato con ellos (Jua_4:9). Entre ambos pueblos hubo repetidas veces fricciones. Cuando oyeron los samaritanos que Jesús se dirigía hacia Jerusalén, despertó la oposición y rehusaron el alojamiento a Jesús.

Al comienzo de su camino en este mundo, al comienzo de la actividad galilea en Nazaret, al comienzo del camino hacia Jerusalén «no había lugar para él en la posada». Los caminos de Jerusalén en este mundo terminarán cuando tenga que salir de la ciudad de Jerusalén para ser crucificado, pero esta salida será a la vez el comienzo de su gloria.

54 Cuando vieron esto los discípulos Santiago y Juan, le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que los consuma? 55 Pero Jesús, volviéndose hacia ellos, los reprendió. 56 Y se fueron a otra aldea.

A Santiago y Juan exaspera la negativa dada a Jesús. Se acuerdan de que Elías pidió que bajara fuego del cielo sobre los que lo despreciaban y el fuego cayó del cielo y los consumió (2Re_1:10-14). Jesús es más que Elías (Lc.9:19.30). ¿No se debía castigar este desprecio de Jesús por la aldea samaritana? Están convencidos de que su maldición será escuchada inmediatamente por Dios, puesto que Jesús les ha conferido poder (Lc.9:5).

¿Puede Dios tolerar que el Mesías, el Santo de Dios, se vea expuesto al repudio y a la arbitrariedad de los hombres? Los discípulos muestran cuánto trabajo les cuesta entender al Mesías sufriente. De todos modos, preguntan a Jesús si han de formular la maldición. La oposición humana contra los sufrimientos del Mesías es vencida por la palabra de Jesús. Sólo ésta puede esclarecer y hacer soportable el misterio del repudio del Santo de Dios por los hombres.

Jesús reprende a los discípulos. El reproche se explica en algunos manuscritos con estas palabras añadidas: ¿No sabéis de qué espíritu sois? Los discípulos debían tener los sentimientos de Jesús. Él ha sido ungido para traer a los pobres la buena nueva, a los ciegos la vista… (Lc.4:18). El Hijo del hombre no ha venido para perder, sino para salvar (Lc.19:10). Los apóstoles son enviados para que salven, no para que destruyan; para que perdonen, no para que castiguen, para que rueguen por los enemigos en el espíritu de Jesús, no para que los maldigan (Lc.23:34).

Se fueron a otra aldea. No se dice si era una aldea samaritana o galilea. Lo decisivo no es el camino, sino la meta, no el repudio por parte de los hombres, sino la acogida por Dios, no el alojamiento en este mundo, sino la patria en Dios.

b) Llamamientos de discípulos (Lc/09/57-62)

 

57 Mientras ellos iban siguiendo adelante, uno le dijo por el camino: Te seguiré a dondequiera que vayas. 58 Y Jesús le contestó: Las zorras tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.

Este desconocido elige por su cuenta su maestro, al igual que los discípulos de los rabinos. Su decisión de hacerse discípulo de Jesús en el momento en que éste se ve repudiado en su camino hacia Jerusalén, es incondicional y magnánima. Te seguiré a dondequiera que vayas. Ha entrevisto el elemento fundamental del seguimiento exigido por Jesús: la absoluta disponibilidad.

Jesús se encamina hacia su «elevación», hacia su muerte violenta. Es un repudiado, descartado por los hombres, sin hogar, un caminante que actúa sin reposo. El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. La condición de discípulo significa comunión de suertes con Jesús. Esto merece consideración. Para el hombre es duro carecer de patria y de hogar, no tener un albergue donde reposar tranquilo. Hasta los animales más inquietos, las zorras y las aves, tienen donde acogerse y lo buscan. «Ninguna zorra acaba al borde de su guarida», reza un proverbio judío.

El discípulo de Jesús debe estar dispuesto a peregrinar, a ser expulsado, a renunciar al abrigo del hogar.

59 A otro le dijo: Sígueme. éste respondió: Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. 60 Pero Jesús le replicó: Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú, vete a anunciar el reino de Dios.

El llamamiento para ser discípulo viene de Jesús mismo. Esto es lo corriente. «Llamaba a los que quería» (Mar_3:14). «No me habéis elegido vosotros, sino que yo os elegí» (Jua_15:16). El que aquí es llamado está pronto, pero no inmediatamente. Quiere tan sólo acabar todavía lo que tiene entre manos: enterrar a su padre. Enterrar a los muertos es en Israel un deber riguroso. Hasta a los sacerdotes y levitas se les impone en el caso de sus parientes, aunque les estaba severamente prohibido contaminarse con un cadáver. Este deber dispensa de todos los preceptos que imponía la ley. Parece por tanto plenamente justificado el permiso que pide este hombre.

Sin embargo, Jesús no permite la dilación. Quiere que se le siga incondicionalmente. La respuesta parece falta de piedad, completamente ajena a los sentimientos, poco menos que impía para la religiosidad de los judíos. Jesús explica su negativa con una frase áspera y penetrante: Deja que los muertos entierren a sus muertos. El llamamiento a seguir a Jesús como discípulo lleva de la muerte a la vida. El que no es discípulo de Jesús, que no ha aceptado su mensaje del reino y de la vida eterna, está en la muerte. El que se ha adherido a Jesús ha pasado a la vida por su palabra del reino de Dios. Dos mundos que no tienen ya nada que ver entre sí.

El discípulo sólo tiene una cosa que hacer: Anunciar el reino de Dios. Esto está por encima de todo. La proclamación del reino precede a todo lo demás y no consiente dilación. Jesús está en camino; su misión de proclamar el reino de Dios no sufre verse postergada. Él tiene puesta la mira firmemente en la «elevación». La gloria que le espera lo dispensa de todas las obligaciones de la piedad. Más importante es anunciar la vida y resucitar a los muertos en el espíritu que enterrar a los muertos corporalmente.

61 También dijo otro: Te seguiré, Señor; pero permíteme que vaya primero a despedirme de los míos. 62 Pero Jesús le respondió: Ninguno que ha echado la mano al arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.

También este tercero, como el primero, se ofrece espontáneamente como discípulo. Llama Señor a Jesús y se muestra dispuesto a reconocer el pleno derecho de Jesús a disponer de él; está pronto a seguirle incondicionalmente. El primer discípulo quiere seguir a Jesús a dondequiera que vaya, el segundo oye el llamamiento de la fuerza que resucita y reanima, el tercero reconoce a Jesús como Señor. El que quiera ser discípulo de Jesús debe ir tras él, debe estar poseído por el llamamiento creador de Dios y ponerse plenamente a disposición de Jesús.

También este tercero que está dispuesto a seguir a Jesús pide que se le haga una concesión. Quiere despedirse de los suyos. Pide lo que también Eliseo pidió a Elías: «Déjame ir a abrazar a mi padre y a mi madre, y te seguiré. Elías respondió: Vuélvete, pues ya ves lo que he hecho contigo. Alejóse de Elías, y cuando volvió cogió el par de bueyes y los ofreció en sacrificio; con el yugo y el arado de los bueyes coció la carne e invitó a comer al pueblo, y levantándose, siguió a Elías y se puso a su servicio» (lRe 19,20s). Jesús no exige más que lo que el profeta exigía a su discípulo. No le permite que vaya a despedirse. La proclamación de Dios no sufre «si» ni «pero», reclama desprendimiento de los familiares, despego hasta de lo que exige el corazón.

Al discípulo no sólo se le muestra de qué debe separarse, sino también adónde debe dirigirse. El discípulo debe entregarse completamente a la obra de Jesús, sin reservarse nada para sí. Con un proverbio se muestra gráficamente esta plena disponibilidad sin la menor restricción. El arado palestino es difícil de guiar, y todavía más en la tierra laborable en los alrededores del lago de Genesaret. La faena de arar exige plena entrega a la tarea. La proclamación del reino de Dios sólo puede ser confiada a aquel que por razón de la comunión de vida con Jesús se separa de la propia familia, se desprende de todo aquello a que antes estaba apegado su corazón y vive enteramente, sin dividirse, la obra de que se ha encargado. El reino de Dios plantea al hombre la exigencia de la entrega total del pensar y del querer, sin divisiones.

La plena sumisión al Señor es sumisión a la palabra del reino de Dios. A esta palabra sirve el Señor, a la misma sirve el discípulo del Señor. La palabra del reino encierra también la muerte y la gloria de Jesús. Quien vive para esta palabra, debe representarla en su vida y con ésta dar testimonio de la misma. En las tres sentencias de Jesús se exige una y otra vez que se renuncie a tener hogar en este mundo. El hogar ofrece dónde reclinar la cabeza, el hogar está marcado por la piedad con el padre y la madre, el hogar implica abrigo y protección de los que están en su casa. El discípulo de Cristo debe, como Jesús, despedirse, caminar, sin dilación ni interrupción, pues Jesús tiene puesta la mira en Jerusalén, donde le aguarda la muerte, pero también la gloria de Dios, donde uno se halla verdaderamente en su casa.

La docilidad y disponibilidad incondicional es la base del seguimiento exigido por Jesús. Ya no se entiende en función de la relación entre maestro y discípulo vigente entre los doctores de la ley. Aquí llama el Señor con omnímoda autoridad, autoridad que no tiene igual, autoridad que no poseyó ninguno de los profetas, sino únicamente aquel a quien Dios ha dado todo poder. En los discípulos ha de hacerse visible este Señor; con su seguimiento, su obediencia incondicional y su entrega total dan los discípulos testimonio de que Jesús es el anunciador del reino de Dios en los últimos tiempos. Porque el reino de Dios viene con Jesús, y Jesús con el reino de Dios. Lo que exige en concreto esta docilidad y disponibilidad incondicional, lo fija en los tres llamamientos la situación particular y el llamamiento de Dios.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

Un rostro marcado por la decisión de morir en cruz

(Lc.9,51-62)

            Introducción

            San Lucas divide claramente la vida pública de Jesús en tres etapas: I. Preparación del Ministerio de Jesús (Lc.3,1 – 4,13). II. Ministerio de Jesús en Galilea (Lc.4,14 – 9,50). III. La subida a Jerusalén (Lc.9,51 – 19,27).[1]

            Por lo tanto, podemos notar que con el evangelio de hoy comienza la tercera etapa de la vida pública de Jesús. Es una etapa que durará siete meses y que culminará con el Misterio Pascual: Pasión, Muerte, Resurreción y Ascensión a los Cielos.

            1. ‘Endureció su rostro’

            El v. 51  dice textualmente: “Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su ascensión, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén”. La frase ‘se afirmó en su voluntad’ de ir a Jerusalén es una buena traducción de una frase que en griego dice textualmente: “Jesús endureció el rostro” para encaminarse a Jerusalén (en griego: autos tò prósopon estérisen). Ese endurecer el rostro indica la firmísima voluntad de Jesucristo de querer ser clavado en la cruz.

En efecto, el querer ser clavado en la cruz está significado en las primeras palabras de la frase: “cuando se iban cumpliendo los días de su ascensión”. ‘Ascensión’ aquí se entiende en un doble sentido: en sentido local y en sentido teológico. En sentido local, ‘ascensión’ significa el inicio de un camino material que va desde Galilea hasta Jerusalén subiendo las montañas de la zona de Judea. En sentido teológico, significa el Misterio Pascual, que implica, ante todo, una ‘subida’ a la cruz y luego, después de la resurrección, una ‘subida’ a la diestra del Padre. San Juan también usa un término semejante con una significación semejante: el término ‘exaltación’ para expresar la subida a la cruz y la ascensión a la derecha del Padre, previa resurrección (cf. Jn.3,14-15; 8,28; 12,32).

            Resumiendo entonces: Cristo tiene una firme voluntad de ser clavado en la cruz para cumplir la voluntad de Dios y salvar a los hombres. Y por eso se encamina con decisión irretractable hacia Jerusalén. El que quiera ser su discípulo debe ir detrás de él con la misma actitud del rostro, es decir, con la misma actitud de la voluntad de ser clavado en la cruz, y con la misma dirección: el Monte Calvario que está en Jerusalén.

            A partir de aquí todo lo que narre San Lucas acaecerá ‘en camino a Jerusalén’, y el evangelista irá marcando como jalones que recuerdan este versículo 9,51 y que vuelven a repetir que Jesús caminaba hacia Jerusalén. En 9,53 se recuerda que no los recibieron ‘porque tenían intención de ir a Jerusalén’. En 9,57 se narran los tres episodios de vocación ‘mientras iban caminando’. Y así de forma parecida en 10,1; 13,22; 13,33 y 17,11. Todo culminará con la entrada triunfal en Jerusalén (Lc.19,28ss). Aunque Mateo y Marcos también narran este camino de una forma muchos más resumida (Mt.19,1 – 20,34; Mc.10,1-52), por ser propio de Lucas se lo llama el ‘iter lucanum’, es decir, el camino propio de Lucas.

            2. ‘Envió mensajeros delante de sí’

            Inmediatamente después de describir la firmeza de los gestos del rostro de Jesús en su decisión de ir a morir a Jerusalén, San Lucas nos dice que ‘envió mensajeros delante de sí’. Nos sorprende que Jesús envíe mensajeros delante de sí cuando muy pocos versículo antes había dicho que para ser su discípulo había que marchar detrás de Él: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame” (Lc.9,23). ¿Qué significa este nuevo matiz que Jesús agrega para sus discípulos? ¿Por qué Jesús pide primero que sus discípulos vayan detrás de sí y luego los envía delante de Él? Para responder a estas preguntas analicemos un poquito qué significa ‘enviar mensajeros delante de sí’ en relación con esa fuerte decisión de dirigirse a la crucifixión.

            En primer lugar vamos a hacer notar un pequeño dato del texto que nos aclara qué tipo de mensajeros son los que envía. El texto griego dice textualmente: “Envió mensajeros delante de su rostro” (en griego: apésteilen angélous prò prosópou autoû). Quiere decir que los mensajeros que envía están en relación directa con la actitud de su rostro, es decir, con la decisión de su voluntad. Es decir, envía mensajeros que ya habían aprendido a tener en su rostro el mismo gesto recio de quien ama y busca la cruz. No se puede ser mensajeros delante de un rostro si antes no se ha reproducido en los propios gestos faciales la actitud del rostro que es la causa del anuncio. Envía mensajeros que ya habían aprendido a tener la misma firme voluntad de Cristo de caminar hacia el Calvario para ser clavados en la cruz. Es decir, se trata de enviados, mensajeros que ya habían recorrido con Jesús buena parte de su camino y conocían cuál era el querer de Jesús, cuál era la meta hacia la cual se dirigía y cuál era el camino para llegar a ella. Eran, podríamos decir, discípulos adelantados llamados no sólo ya a llevar la cruz detrás de Jesús sino incluso a anunciar la cruz de Jesús.

            Todo esto ciertamente de una manera muy imperfecta porque los deseos de ser fieles a su Maestro estaban todavía asediados por las debilidades propias y los contra-deseos de grandeza humana (cf. Mc.10,35-41). De hecho, San Marcos, hablando de esta misma subida a Jerusalén y con una frase que se ajusta perfectamente a la letra y al espíritu del ‘iter lucanum’, hace notar cómo el gesto adusto y serio de Jesucristo que marcha con decisión a la cruz causaba miedo en los discípulos: “Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo” (Mc.10,32). Pero esto no impedía que fueran mensajeros idóneos de la cruz que ya se dibujaba en el rostro de Cristo.

            Y esta es la segunda característica de este envío: los discípulos que Jesús envía delante de sí los envía para que busquen a otras personas que quieran abrazar el mismo ideal: caminar atrás, junto y delante de Jesús con un solo objetivo: ser clavados en la cruz. La palabra que usa el texto griego para decir ‘mensajeros’ es la palabra ‘ángelos’. El verbo angélo, en griego, significa anunciar. Y de ahí viene la palabra ‘evangelio’, es decir, ‘eu-angelion’, que significa ‘el buen mensaje’, ‘la buena noticia’, ‘el buen anuncio’. Estos mensajeros que Jesús envía delante de su rostro son enviados a anunciar el evangelio de la cruz, la buena noticia de que Jesús está decidido a morir por la salvación eterna de los hombres.

            Por lo tanto, el enviar mensajeros delante de sí, es decir, el enviar anunciadores delante de su rostro, significa enviar discípulos preparados no sólo para llevar la cruz detrás de Jesús, sino preparados también para anunciar la cruz delante de Jesús.

            Y esta acción de anunciar la cruz delante de Jesús implica una dificultad y una aventura mayor que llevar la cruz detrás de Jesús. El que va detrás de Jesús tiene dos grandes ayudas: en primer lugar tiene a las huellas de Jesús; y en segundo lugar tiene al mismo Jesús, que, aunque vaya un poco adelante, nunca se pierde de vista. En cambio el que va delante de Jesús anunciando la cruz de Jesús, debe seguir llevando su cruz, pero ya no tiene puntos de referencia. Jesús los ha enviado por un lugar por donde Él todavía no ha andado. Los manda por un lugar sin caminos. Los mismos mensajeros tienen que hacer camino, como dice el poeta: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Es como lanzarse a alta mar donde no hay ningún camino hecho, sólo las estrellas sirven de guía. Por eso, el enviar anunciadores delante de sí, se parece mucho a la misión a la que Cristo envía cuando les dice a los discípulos: “Naveguen mar adentro” (Lc.5,4). De alguna manera esos anunciadores tienen que alejarse de Cristo, ya no lo ven, ya no lo tienen cerca, deben guiarse por la fe pura.

            Por todo esto que acabamos de describir, podemos decir que aquellos llamados a llevar la cruz detrás de Jesús, aquellos llamados a ser sus discípulos llevando la cruz de su día a día, la cruz cotidiana de su vida son los discípulos llamados consagrar el mundo a través de su consagración bautismal. Son los fieles laicos, que están llamados a vivir los mandamientos y a consagrar el mundo viviendo dentro de él.

            En cambio aquellos que han sido especialmente preparados no sólo para llevar la cruz sino para ser anunciadores de la cruz y del Crucificado, para andar por caminos que nadie ha caminado, para abrir brechas en el agua salada del mar, para guiarse sólo por las estrellas, para caminar lejos de la presencia visible de Cristo son los llamados a la vida consagrada: los sacerdotes, los religiosos y las religiosas. Sobre todo los misioneros. Son enviados delante del rostro de Jesús aquellos que se internan en un país pagano para anunciar la salvación por la cruz. Son enviadas delante del rostro de Jesús las hermanas religiosas que atienden un leprosario o un hospital en medio de una cultura totalmente diferente a la propia y, en cuanto a religión, pagana.

            Hay un nexo textual entre los embajadores que van delante del rostro de Jesús, marcado por la decisión de morir en cruz, y el llamado a una misión de especial consagración. En efecto, la Iglesia ve en la lectura de hoy un fuerte matiz vocacional y por eso es que pone como primera lectura el llamado a la vida de consagración a Dios de Eliseo por parte del profeta Elías. De esta manera la Iglesia da su interpretación acerca del texto del evangelio: debemos ver en él un trozo orientado a mostrar la vocación de total consagración a Dios.

            Se trata de tres llamadas diferentes. Una sola de ellas, la segunda, se hace por boca de Jesús. Las otras dos es el Maestro Interior, el Espíritu Santo quien las sugirió. Pero las respuestas de Jesús confirman que se trata de llamadas efectivas a seguirlo. Y con sus respuestas Jesús está explicitando qué características deben tener los que serán enviados delante de su rostro para anunciar su muerte en cruz.

            En el primer caso Jesús le indica que para tomar la decisión de ir con Él a Jerusalén a morir en cruz es necesario vivir en una pobreza absoluta, al punto de no tener donde descansar. A los otros dos les hace ver que el seguimiento de Jesús requiere un corte neto, y las relaciones vividas hasta ahora no pueden continuar en el mismo modo, incluso las familiares.

            Conclusión

            Debemos interpretar todo el trozo de hoy, e incluso todo el resto de esta sección de Lc.9,51 – 19,27, bajo la llave maestra del rostro de Jesús marcado por la firme decisión de morir en cruz. O dicho de otro modo: esta subida de Jesús a Jerusalén, que implica su subida a la cruz, es la clave de interpretación del trozo de hoy y de toda la sección. Los que son enviados delante de Él deben tener una decisión parecida y deben anunciar que Jesús es el salvador por la muerte en cruz. El rechazo de los samaritanos es una confirmación de la decisión de Jesús: a pesar de que no le quieren dar alojamiento, Él no renuncia a su subida a Jerusalén. Los tres hombres que han sido llamados deben tener ya una firme decisión de morir a sí mismos para poder formar parte del grupo que junto con Jesús se encamina a Jerusalén para el acontecimiento Pascual: pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo.

_____________________________________
[1] Así por ejemplo, la Biblia de Jerusalén.

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Agustín

La renuncia

(Lc 9,57-62)

1. Escuchad lo que Dios me ha inspirado sobre este capítulo del Evangelio. En él se lee cómo el Señor se comportó distintamente con tres hombres. A uno que se ofreció a seguirlo lo rechazó; a otro que no se atrevía lo animó a ello; por fin, a un tercero que lo difería lo censuró. ¿Quién más dispuesto, más resuelto, más decidido ante un bien tan excelente como es seguir al Señor a donde quiera que vaya que aquel que dijo: Señor, te seguiré adondequiera que vayas? Lleno de admiración, preguntas: ¿Cómo es esto; cómo desagradó al Maestro bueno, nuestro Señor Jesucristo, que va en busca de discípulos para darles el reino de los cielos, hombre tan bien dispuesto? Como se trataba de un maestro que preveía el futuro, entendemos que este hombre, hermanos míos, si hubiera seguido a Cristo, hubiera buscado su propio interés y no el de Jesucristo. Pues el mismo Señor dijo: No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Este era uno de ellos; no se conocía a sí mismo como lo conocía el médico que lo examinaba. Porque si ya se veía mentiroso, si ya se conocía falaz y doble, no conocía a quien hablaba. Pues él es de quien dice el evangelista: No necesitaba que nadie le informase sobre el hombre, pues él sabía lo que había en el hombre. ¿Y qué le respondió? has zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Pero, ¿dónde no tiene? En tu fe. Las zorras tienen escondites en tu corazón; eres falaz. Las aves del cielo tienen nidos en tu corazón: eres soberbio. Siendo mentiroso y soberbio no puedes seguirme. ¿Cómo puede seguir la doblez a la simplicidad?

2. En cambio, a otro que está siempre callado, que no dice nada y nada promete, le dice: Sígueme. Cuanto era el mal que veía en el otro, tanto era el bien que veía en éste. Al que no quiere le dice Sígueme. Tienes un hombre dispuesto—Te seguiré adondequiera que vayas—y dices Sígueme a quien no quiere seguirte. «A éste, dice, le excluyo porque veo en él madrigueras, veo en él nidos». Pero ¿por qué molestas a este que invitas y se excusa? Mira que le impeles y no viene, le ruegas y no te sigue, pues ¿qué dice? Iré primero a enterrar a mi padre. Mostraba al Señor la fe de su corazón, pero le retenía la piedad. Cuando nuestro Señor Jesucristo destina los hombres al Evangelio, no quiere que se interponga excusa alguna de piedad carnal y temporal. Ciertamente, la ley ordena esta acción piadosa, y el mismo Señor acusó a los judíos de echar abajo este mandato de Dios. También San Pablo dice en su carta: Este es el primer mandamiento de la promesa. ¿Cuál? Honra a tu padre y a tu madre. No hay duda de que es mandato de Dios. Este joven quería, pues, obedecer a Dios dando sepultura a su padre. Pero hay lugares, tiempos y asuntos apropiados a este asunto y a este lugar. Ha de honrarse al padre, pero ha de obedecerse a Dios; ha de amarse al progenitor, pero ha de anteponerse al Creador. Yo, dice Jesús, te llamo al Evangelio; te llamo para otra obra más importante que la que tú quieres hacer. Deja a los muertos que entierren a sus muertos. Tu padre ha muerto. Hay otros muertos que pueden enterrar a los muertos. ¿Quiénes son los muertos que sepultan a los muertos? ¿Puede ser enterrado un muerto por otros muertos? ¿Cómo le amortajarán si están muertos? ¿Cómo transportarán el cadáver si están muertos? ¿Cómo le llorarán si están muertos? Le amortajan, le llevan a enterrar y le lloran a pesar de estar muertos, porque aquí se trata de los infieles. Aquí nos ordenó el Señor lo que está escrito en el Cantar de los Cantares al decir la Iglesia: Ordenad en mí la caridad. ¿Qué significa Ordenad en mí la caridad? Estableced una jerarquía, un orden y dad a cada uno lo que se le debe. No sometáis lo primario a lo secundario. Amad a los padres, pero anteponed a Dios. Contemplad a la madre de los Macabeos: Hijos, no sé cómo aparecisteis en mi seno. Pude concebiros y daros a luz, pero no pude formaros. Luego oíd a Dios, anteponedle a mí, no os importe el que me quede sin vosotros. Se lo indicó y lo cumplieron. Lo que la madre enseñó a los hijos, eso enseñaba nuestro Señor Jesucristo a aquel a quien decía: Sígueme.

3. Ahora entra en escena otro que quiere ser discípulo, que sin nadie haberle dicho nada confiesa: Te seguiré, Señor, pero antes voy a comunicárselo a los de mi casa. En mi opinión, el sentido de las palabras es el siguiente: «Avisaré a los míos, no sea que, como suele acontecer, me busquen». Pero el Señor le replicó: Nadie que pone las manos en el arado y mira atrás es apto para el reino de los cielos. Te llama el oriente y tú miras al occidente. Esto nos enseña el presente capítulo: que el Señor eligió a los que quiso. Eligió, pues, como dice el Apóstol, según su gracia y conforme a la justicia de ellos. Las palabras del Apóstol suenan así: Atended, pues, a lo que dice Elías: Señor, mataron a tus profetas, destruyeron tus altares y he quedado yo sólo y aún buscan mi alma. Pero ¿qué respondió el oráculo divino? Me reservé siete mil hombres que no doblaron su rodilla ante Baal. Piensas que eres el único siervo que trabajas bien; pero hay más, y no pocos, que me temen, pues tengo siete mil. Y añadió el Apóstol: Así acontece también en este tiempo. Aunque algunos judíos creyeron, muchos fueron reprobados al estilo del que llevaba en el corazón madrigueras de raposas. Así, pues, en este tiempo, dice, el resto se salvó por elección gratuita. Es decir, ahora existe el mismo Cristo que entonces, el que decía a Elías: Me reservé. ¿Qué significa me reservé? Yo los elegí, porque vi que sus pensamientos se apoyaban en mí, no en sí mismos ni en Baal. Son como yo los hice, no han cambiado. Y tú que hablas, ¿dónde te hallarías si no tuvieses mi apoyo? Si no estuvieses lleno de mi gracia, ¿no doblarías también tu rodilla ante Baal? Estás lleno de mi gracia, porque no confiaste en tu propia virtud, sino por entero en mi gracia. No te gloríes, pues, juzgando que en tu servicio no tienes compañeros o consiervos. Los hay elegidos por mí, como tú; también ellos presumen de mí, como lo asegura el Apóstol: También ahora se salvó el resto por elección gratuita.

4. Guárdate, ¡oh cristiano!, guárdate de la soberbia. Aunque imites a los santos, atribuye siempre todo a la gracia, porque el que formes parte de ese resto se debe a la gracia de Dios, no a tu propio mérito. Ya dijo el profeta Isaías recordando a ese resto: Si el Señor Sabaot no nos hubiese dejado un resto de nuestro linaje, seríamos como Sodoma y nos hubiéramos asemejado a Gomorra. Y así dice el Apóstol: Igualmente en este tiempo se salvó un resto por elección gratuita; y si es por gracia, ya no es por las obras. Es decir, no te vanaglories ya de ningún mérito tuyo, pues de otro modo la gracia ya no es gracia. Si presumes de tus obras, se te da la recompensa y ya no es gratuito lo que se te concede. Si, pues, es gracia, se da gratuitamente. Y ahora te pregunto: «¿Crees, ¡oh pecador!, en Cristo?» «Creo», dices. ¿Qué crees? ¿Que por él se te pueden perdonar gratuitamente todos los pecados? Posees lo que creíste. ¡Oh gracia, otorgada gratuitamente! Y tú, ¡oh justo!, ¿por qué crees que sin Dios no puedes mantener la justicia? Atribuye entonces de forma absoluta a su piedad el ser justo, y el ser pecador atribúyelo a tu maldad. Sé tú el acusador y él será tu indultar. Todo crimen, todo delito, todo pecado se debe a nuestra negligencia, y toda virtud, toda santidad, a la divina clemencia. Vueltos al Señor…

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 100, 1-4, BAC Madrid 1983, 677-82

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

El rechazo de los samaritanos

El texto evangélico que se lee en este domingo contiene dos momentos que vamos a tratar de comentar. En primer lugar advertimos cómo los samaritanos rechazan a Jesús y luego se nos señala cuáles son las exigencias de la vocación de Cristo. Parecerían dos cosas totalmente independientes y hasta contradictorias: por un lado los samaritanos dan las espaldas al Señor, y por otro Jesucristo invita a seguirlo al tiempo que pone las condiciones para hacerlo como corresponde.

Cristo se encuentra en el último año de su vida pública y se dirige animosamente hacia Jerusalén. Es esta la ciudad predileccionada por Dios, la sede del Templo, el lugar de la presencia divina. Allí será donde el Señor llevará a cabo su anhelo de salvar a los hombres. Por eso marcha con decisión y coraje, con absoluta firmeza. Nadie le quitará la vida, la dará libremente.

A lo largo de su vida, Jesús afrontó las más diversas y variadas humillaciones. Éstas no fueron sino preparación para la máxima de ellas, la de la Cruz. En el texto evangélico que hoy nos ocupa, lo vemos soportando el rechazo público de los samaritanos. Otra vez le cierran las puertas al Salvador. ¿No había sido acaso rechazado en la posada, antes de nacer?

Los samaritanos estaban malquistados con los judíos por cuestiones religiosas. Se habían apartado de la Verdad creyendo tener ellos «la verdad» o «su verdad». Pretendían que el Dios verdadero se manifestaba en su ciudad y no en Jerusalén.

Fue su apartamiento de la Verdad revelada lo que los llevó a distanciarse de los miembros del pueblo que Dios había elegido para engendrar de su seno al Mesías. Tal actitud se prolonga en la historia misma de la Iglesia, a lo largo de los siglos, principalmente a través de las herejías que, al negar toda la Verdad o parte de ella, introducen divisiones y polémicas desgastantes dentro de la Iglesia. Aun hoy no son pocos los que niegan la Verdad o parte de ella. Advertimos asimismo divisiones y enfrentamientos en las familias, en las parroquias, en la patria.

Nos relata el evangelio que al ver la actitud de los samaritanos, dos de los discípulos, Santiago y Juan, llamados «los hijos del trueno”, le sugirieron a Cristo que les permitiese destruir a los que así lo estaban repudiando. Tal reacción no era sino el fruto de su amor por el Maestro. No podían mantenerse indiferentes, «no les daba lo mismo» que aquéllos recibiesen o no al Señor. Reaccionaban con ardor, pero desmedido, no tolerando el agravio. Por eso quisieron hacer caer fuego del cielo, como antaño lo había hecho Elías con los emisarios del rey Ocozías.

Cristo los reprendió, no porque hubiesen reaccionado, sino por el modo como lo hicieron. Quería que entendiesen que había llegado la hora de morir por la Verdad, no de matar por ella. Él mismo sería el primer mártir de la Verdad.

También el rechazo a Cristo y a la verdad por Él revelada se prolonga en el curso de la historia. Y ello tanto en el nivel personal como en el social. Muchas personas individuales y muchos Estados nacionales se niegan a cobijar al Señor. Para muchos individuos, Dios no es más que un objeto a quien se recurre en casos de necesidad apremiante. Para muchos Estados, Dios es alguien que se puede rechazar o se lo puede sustituir por cualquier ídolo del momento. Juan Pablo II ha dicho que el gran mal del mundo moderno es el «secularismo», que cierra las puertas al Redentor, un mundo sin Dios.

Frente al rechazo de los samaritanos, Cristo se confirmó en su propósito de seguir a Jerusalén y morir allí por todos, aun por aquellos que le negaban alojamiento. Si ellos lo rechazan, Él no los rechazaría. Y así se sigue comportando también ahora con nosotros, a pesar de nuestras miserias y pecados, a pesar de que a veces lo expulsamos de nuestras vidas, entregándose cada día en los altares por nosotros, para curar nuestras enfermedades.

Tras haber sido rechazado por los samaritanos, señala el evangelio que Cristo siguió su camino, durante el cual invitó a varios a seguirlo, al tiempo que les declaraba las exigencias requeridas para ello.

El primero de ellos se le ofreció espontáneamente. «Te seguiré adonde vayas», le dijo. Según el texto paralelo de San Mateo se trataba de un escriba. La respuesta de Jesús fue absolutamente franca, para que aquél no se hiciera ilusiones: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza». El seguimiento de Cristo supone el «desprendimiento» de todas las cosas. No sólo de las materiales, que no es lo más difícil, sino sobre todo de las espirituales: el amor propio, la búsqueda de honores, de fama, de poder; es decir, la renuncia a la codicia, la vanidad, la ambición, el anhelo de ser reconocido y premiado por los demás. Dejar los propios criterios: he ahí el gran acto de pobreza, que nos llevará a seguir con humildad y obediencia al Señor adonde quiera que vaya.

Al segundo, Cristo le dice simplemente: «Sígueme». Aquí la iniciativa no proviene del llamado sino del Señor. Su invitación es personal, clara y concreta. El joven le responde: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre» . Manifestaba, por cierto, rectitud de corazón. Y el motivo que aduce para demorar el seguimiento parece muy razonable. Pero Cristo le replica de manera tajante, como sólo Él tiene derecho a hacerlo: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios». El seguimiento de Cristo supone una renuncia total, que incluye el abandono de cosas buenas y santas, en aras de un ideal trascendente. Dios se ocupará de todo. Lo que implica de parte del convocado la entrega incondicional en sus designios providentes.

El llamado de Cristo comporta siempre un gran sacrificio. Invita el Señor a dejarlo todo y en cambio de ello entrega una cruz. No acepta excusas que dilaten la respuesta, ni razones humanas que rechacen o pospongan el seguimiento. «Tú ve a anunciar el reino de Dios». Quiere personas generosas, dispuestas a dejarlo «todo» para ganar «todo» para Dios.

El tercero le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Algo semejante encontramos en la primera lectura, cuando Eliseo, a quien Dios había elegido para que fuese ungido como profeta, le pidió a Elías que le permitiera primero despedirse de sus padres y que luego lo seguiría. Elías accedió. Pero Cristo no. Es que estamos en el Nuevo Testamento, infinitamente más exigente que el Antiguo. La entrega debe ser más radical. El enamoramiento de Cristo implica la renuncia de los afectos más santos.

La respuesta de Jesús es también categórica: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás no sirve para el Reino de Dios». Cuando el Señor llama, quiere que se mire para adelante. Mirar para atrás es quedarse en el pasado, instalarse en él. Muchos son los que lloran por el pasado y nada hacen para repararlo. El futuro es lo que está a nuestro alcance. El pasado ya es historia irrepetible, que nunca más volveremos a vivir. Cristo nos llama desde nuestras miserias, como lo hizo con Santa María Magdalena, San Pablo, San Agustín, y tantos otros. Y quiere que le respondamos pronta y generosamente, sin reservamos nada, quiere que pongamos nuestras manos en el arado, juntamente con Él, y así abramos el surco del Evangelio y de la propia santidad.

Pronto nos acercaremos a recibir el Cuerpo del Señor. Pidámosle entonces que nos contagie algo del celo que mostraron los apóstoles Santiago y Juan, pero purificado por la caridad, que sepamos reaccionar de manera condigna cuando la gloria de Dios es conculcada, pero amando al que se comporta mal y deseándole su conversión. Que no seamos indiferentes a los llamados del Señor, dispuestos a renunciar a lo que sea, con tal de seguirlo como Él nos lo pida.

ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994, pp. 209-213

Volver Aplicación

Benedicto XVI

Libertad y seguimiento de Cristo

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas bíblicas de la misa de este domingo nos invitan a meditar en un tema fascinante, que se puede resumir así: libertad y seguimiento de Cristo. El evangelista san Lucas relata que Jesús, «cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, se dirigió decididamente a Jerusalén» (Lc 9, 51). En la palabra «decididamente» podemos vislumbrar la libertad de Cristo, pues sabe que en Jerusalén lo espera la muerte de cruz, pero en obediencia a la voluntad del Padre se entrega a sí mismo por amor. En su obediencia al Padre Jesús realiza su libertad como elección consciente motivada por el amor. ¿Quién es más libre que él, que es el Todopoderoso? Pero no vivió su libertad como arbitrio o dominio. La vivió como servicio. De este modo «llenó» de contenido la libertad, que de lo contrario sería sólo la posibilidad «vacía» de hacer o no hacer algo. La libertad, como la vida misma del hombre, cobra sentido por el amor. En efecto, ¿quién es más libre? ¿Quien se reserva todas las posibilidades por temor a perderlas, o quien se dedica «decididamente» a servir y así se encuentra lleno de vida por el amor que ha dado y recibido? El apóstol san Pablo, escribiendo a los cristianos de Galacia, en la actual Turquía, dice: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para vivir según la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Ga 5, 13). Vivir según la carne significa seguir la tendencia egoísta de la naturaleza humana. En cambio, vivir según el Espíritu significa dejarse guiar en las intenciones y en las obras por el amor de Dios, que Cristo nos ha dado. Por tanto, la libertad cristiana no es en absoluto arbitrariedad; es seguimiento de Cristo en la entrega de sí hasta el sacrificio de la cruz. Puede parecer una paradoja, pero el Señor vivió el culmen de su libertad en la cruz, como cumbre del amor. Cuando en el Calvario le gritaban: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz», demostró su libertad de Hijo precisamente permaneciendo en aquel patíbulo para cumplir a fondo la voluntad misericordiosa del Padre. Muchos otros testigos de la verdad han compartido esta experiencia: hombres y mujeres que demostraron que seguían siendo libres incluso en la celda de una cárcel, a pesar de las amenazas de tortura. «La verdad os hará libres». Quien pertenece a la verdad, jamás será esclavo de algún poder, sino que siempre sabrá servir libremente a los hermanos.

Contemplemos a María santísima. La Virgen, humilde esclava del Señor, es modelo de persona espiritual, plenamente libre por ser inmaculada, inmune de pecado y toda santa, dedicada al servicio de Dios y del prójimo. Que ella, con su solicitud materna, nos ayude a seguir a Jesús, para conocer la verdad y vivir la libertad en el amor.

BENEDICTO XVI ÁNGELUS Plaza de San Pedro Domingo 1 de julio de 2007

Volver Aplicación

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Tres conductas para seguir a Cristo

(…)

+ San Ignacio, al estudiar la correspondencia a la vocación y los obstáculos que nuestro propio gusto pude presentar divide a los hombres en tres[1].

            El primero “querría” quitar el afecto al impedimento para seguir a Cristo y así hallar la paz en el Señor y salvar su alma. No pone los medios hasta la hora de la muerte.

            El segundo “quiere” quitar el afecto pero quiere quedarse con la cosa, quiere que Dios venga donde él quiere y no se determina a dejar la cosa para ir a Dios, aunque fuese lo mejor para él.

            El tercero “quiere” quitar el afecto y renuncia a las cosas. Quiere únicamente lo que Dios quiere.

            Cumplir la voluntad de Dios y sólo eso.

            Servir al Señor teniendo la cosa o dejándola según lo quiera Dios.

+ El primer modo de seguir al Señor (Mt 8, 13; Lc 9, 57; Mt 19, 16; Lc 18, 18; Mc 10, 17)

Un escriba se acerca a Jesús y quiere seguirle. Ha oído la llamada de la vocación. El Señor le expone cuál ha de ser su vida: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.

            Un joven que ha cumplido todos los mandamientos y que merece que el Señor le mire con agrado, oye la invitación tan clara: “si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes dalo a los pobres y sígueme”

            El escriba se queda atónito. El joven se marcha triste.

            Uno y otro sintieron la llamada, y ambos quisieran. Pero con tal de que no se opusiera a sus gustos.

            La comunidad ató al escriba, las riquezas al joven y pensando en seguir a Cristo en la hora de su muerte o en seguirle sólo de lejos, se volvieron a sus casas.

            Quisieron escoger el medio más seguro para su salvación pero no pusieron los medios. ¿El resultado?

            Presumiblemente triste, porque el Señor comentó la dificultad que tienen los ricos para salvarse.

La lección

            Comodidades y riquezas, ¿no son estos los impedimentos comunes en el seguimiento de Cristo?

            La comodidad sensual, las riquezas con su cortejo de vanidades, ambiciones, etc., son incompatibles con la perfección y muchas veces con la salvación.

            ¿Verdad que no somos más perfectos sola y exclusivamente porque no hemos querido romper con estas ataduras? ¿Mis bienes son escasos? No importa. Tan atado está un pájaro por un cabello mientras no lo rompa como por una cadena, dice San Juan de la Cruz.

+ Segundo modo de oír el llamamiento (Lc 9, 59; Mt 8, 21)

Otros dos se acercan al Señor y son admitidos o llamados. ¡Cuántos apóstoles hubiese tenido Jesús si le hubieran escuchado todos los llamados! ¡Si doce obraron tales maravillas! No precede la voluntad buena a la vocación, sino la vocación a la buena voluntad, atribúyese rectamente a Dios el que queramos; es Dios quien llama, y a nosotros no se nos puede atribuir el que seamos llamados (San Agustín).

Pero uno contesta: “permitidme que antes vaya a enterrar a mi padre”, esto es, que viva con él sus últimos años. Y el otro “déjame que vaya a disponer los negocios de mi casa”.

“Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”.

Estos son dos ejemplos de la segunda clase de hombres de San Ignacio. Querían seguir al Señor pero no querían abandonar sus cariños o negocios. Querían dejar el afecto a las cosas pero no las cosas.

¿No es este un medio de engañarse? ¿Qué dejar el afecto es ese, si no está dispuesto a dejar la cosa si Dios lo ordenase?

+ Tercera manera de oír el llamamiento del Señor

Nuestro fin es Dios. Las cosas son medio para llegar a Dios.

            El apegarse a ellas con el afecto es alterar el orden de nuestros fines. Pero, si Dios determina que lo abandonemos, entonces ellas mismas, y no sólo su afecto, es un estorbo.

            Por lo tanto cuando Cristo llama hay que escuchar con atención, dispuestos de antemano a dejar en el acto cuanto nos pida.

            ¿Qué hemos hecho? ¿Verdad que hemos querido contemporizar con Dios y el mundo, mintiéndonos a nosotros mismos con pretextos especiosos, cuando en realidad era el afecto a lo creado, a nuestras pasiones, más o menos larvadas, lo que nos detenía?

            Los apóstoles lo dejaron todo. Sin regateos. Poco o mucho. El corazón también se apega a unas redes. Los lazos familiares son tan fuertes o más en el pobre que deja los suyos confiados a la Providencia.

            La verdadera vocación más que un sentimiento del corazón o una sensible atracción se revela en la rectitud de intención del aspirante.

Quien aspira a seguir a Cristo por el noble fin de consagrarse al servicio de Dios y salvación de las almas, y juntamente tiene, o a menos procura seriamente conseguir, una sólida piedad y santidad de vida, este tal da pruebas de haber sido llamado por Dios[2].

            Lo dejaron todo inmediatamente, en cuanto entendieron que era la voluntad del Señor. Su premio fue el apostolado, el ciento por uno, el ser jueces de las naciones. Es fácil aplicarme la generosidad de los apóstoles. ¿La tengo?

________________________________________________
[1] San Ignacio de Loyola, Libro de los Ejercicios Espirituales nº 153-155
[2] Cf. Pío XI, Ad catholici sacerdotii nº 55

Volver Aplicación

Inicio

Directorio Homilético

 

Decimotercer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 557: la subida de Jesús a Jerusalén para su Muerte y Resurrección

CEC 2052-2055: “Maestro, ¿qué tengo que hacer…?

CEC 1036, 1816: la necesidad del discipulado

La subida de Jesús a Jerusalén

557    «Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13, 33).

“Maestro, ¿qué he de hacer…?”

2052  «Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?» Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como «el único Bueno», como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor del prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre». Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,16-19).

2053  A esta primera respuesta se añade una segunda: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19,21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida (cf Mt 5,17), sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos la llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la pobreza y a la castidad (cf Mt 19,6-12. 21. 23-29). Los consejos evangélicos son inseparables de los mandamientos.

2054  Jesús recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la «justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos» (Mt 5,20), así como la de los paganos (cf Mt 5,46-47). Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos: «habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás…Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5,21-22).

2055  Cuando le hacen la pregunta «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22,36), Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,37-40; cf Dt 6,5; Lv 19,18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley:

          En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud (Rm 13,9-10).

1036  Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran» (Mt 7, 13-14) :

          Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera  que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes’ (LG 48).

1816  El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: «Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: «Por todo aquél que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32-33).

Volver Direc. Homil.

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio