Archivos mensuales: junio 2016

Domingo XV Tiempo Ordinario (C)

10
julio

Domingo XV Tiempo Ordinario 

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XV Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 10 de Julio de 2016)

LECTURAS

La palabra está muy cerca de ti, para que la practiques

Lectura del libro del Deuteronomio     30, 9-14

Moisés habló al pueblo, diciendo:
El Señor, tu Dios, te dará abundante prosperidad en todas tus empresas, en el fruto de tus entrañas, en las crías de tu ganado y en los productos de tu suelo. Porque el Señor volverá a complacerse en tu prosperidad, como antes se había complacido en la prosperidad de tus padres.
Todo esto te sucederá porque habrás escuchado la voz del Señor, tu Dios, y observado sus mandamientos y sus leyes, que están escritas en este libro de la Ley, después de haberte convertido al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.
Este mandamiento que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo, para que digas: «¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?» Ni tampoco está más allá del mar, para que digas: «¿Quién cruzará por nosotros a la otra orilla y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?» No, la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 68, 14. 17. 30-31. 36-37 (R.: cf. 33)

R. Busquen al Señor, y vivirán.

Mi oración sube hasta ti, Señor,
en el momento favorable:
respóndeme, Dios mío, por tu gran amor,
sálvame, por tu fidelidad. R.

Respóndeme, Señor, por tu bondad y tu amor,
por tu gran compasión vuélvete a mí;
Yo soy un pobre desdichado, Dios mío, que tu ayuda me proteja:
así alabaré con cantos el nombre de Dios, y proclamaré su grandeza dando gracias. R.

Porque el Señor salvará a Sión
y volverá a edificar las ciudades de Judá:
el linaje de sus servidores la tendrá como herencia,
y los que aman su Nombre morarán en ella. R.

O bien:

Sal 18, 8-11 (R.: 9a)

R. Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón.

La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple. R.

Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos. R.

La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos. R.

Son más atrayentes que el oro,
que el oro más fino;
más dulces que la miel,
más que el jugo del panal. R.

Todo fue creado por medio de Él y para Él

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas     1, 15-20

Cristo Jesús es la Imagen del Dios invisible,
el Primogénito de toda la creación,
porque en Él fueron creadas todas las cosas,
tanto en el cielo como en la tierra,
los seres visibles y los invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades:
todo fue creado por medio de Él y para Él.

Él existe antes que todas las cosas
y todo subsiste en Él.
Él es también la Cabeza del Cuerpo,
es decir, de la Iglesia.

Él es el Principio,
el Primero que resucitó de entre los muertos,
a fin de que Él tuviera la primacía en todo,
porque Dios quiso que en Él residiera toda la Plenitud.

Por Él quiso reconciliar consigo
todo lo que existe en la tierra y en el cielo,
restableciendo la paz por la sangre de su cruz.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Cf. Jn 6, 63c. 68c

Aleluia.
Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida;
Tú tienes palabras de Vida eterna.
Aleluia.

EVANGELIO

¿Quién es mi prójimo?

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     10, 25-37

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»
Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»
Él le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo».
«Has respondido exactamente, -le dijo Jesús-; obra así y alcanzarás la vida».
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?»
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”.
¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?»
«El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor.
Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo XV Tiempo Ordinario
Ciclo C

Entrada        

Una vez más nos reunimos alrededor del altar para participar de la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Unamos a este Santo Sacrificio todos nuestros trabajos, preocupaciones, sufrimientos y angustias. Todos ellos, “en Cristo se agigantan y por su medio alcanzan valor de redención”.

1° Lectura                                                                                                    Dt 30, 9-14

            Cumpliendo las palabras de la Escritura, mantengamos firme la esperanza.

2° Lectura                                                                                                    Col 1, 15-20

            Por medio de Cristo y para Él fueron creadas todas las cosas. En Él reside toda plenitud.

Evangelio                                                                                                     Lc 10, 25-37

            La parábola del Buen Samaritano nos enseña quién es nuestro prójimo y de qué modo debemos amarlo.

Preces Domingo XV

            Como miembros de un pueblo sacerdotal, presentemos nuestra oración a Dios por medio de Jesucristo.

A cada intención respondemos…

+ Por las intenciones del Santo Padre, para que se haga realidad su deseo de que todos los hombres vivan en la unidad y en el respeto por los verdaderos valores, y para que la Iglesia refleje el Amor de Jesucristo. Oremos.

+ Para que los sacerdotes y religiosos sean imagen viva de la misericordia del Padre para con los más necesitados en el alma y en el cuerpo. Oremos.

+ Por la unidad de los cristianos, para que todos los que han recibido un mismo bautismo tengan una misma fe y reconozcan en el Vicario de Cristo al principio de unidad de todos ellos. Oremos.

+ Por todos los que hoy nos reunimos en esta Eucaristía, para que a imitación del Buen Samaritano, prolonguemos la Misa en nuestras obras cotidianas. Oremos.

(Para los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado:

+ Por los frutos de los Capítulos Generales del Instituto del Verbo Encarnado y de las Servidoras del Señor y la Virgen de Matará, para que el Espíritu Santo bendiga abundantemente estas reuniones y todos los capitulares sean dóciles a la efusión de este Espíritu. Oremos)

Padre Santo, escucha las oraciones de tu Iglesia y concédele cuanto te pide en nombre de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio

                        Acerquemos al altar los dones recibidos de Dios que son también nuestra ofrenda.

–          Ofrecemos incienso; que en él suba nuestra oración por el apostolado que realiza la Iglesia Católica en todo el mundo.

–          Ofrecemos los dones del pan y el vino, que, gracias a la Transustanciación, se convertirán en el cuerpo y sangre de Jesús.

Comunión     

Recibiendo el sacramento de la caridad, somos colmados de todos los dones de Dios.

Salida            

Que María Santísima nos impulse a vivir la caridad con todos por medio de la oración, de las obras y de la alegría fraterna.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

OBRAS Y PALABRAS

(Lc.10:25-42).

Jesús va por el país dispensando beneficios y anunciando la palabra de Dios. Los discípulos sólo están pertrechados con el amor al prójimo, que se extiende al mundo entero (Lc.10:25-37), y en la palabra, que se recibe escuchando a Jesús.

a) Amor al prójimo (Lc/10/25-37)

25 Entonces se levantó un doctor de la ley que, para tentarlo, le pregunta: Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? 26 él le contestó: ¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Cómo lees tú? 27 Y él le respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Jesús le dijo: Bien has respondido; haz esto y vivirás.

Jesús ha hablado de la victoria sobre Satán, los discípulos mismos han experimentado el reino de Dios, sus nombres están inscritos en las listas de ciudadanos del cielo, son llamados dichosos porque están viviendo el tiempo de la salvación: nada más normal que preguntar qué hay que hacer para entrar en la vida eterna. Asunto serio, cuestión candente, que el rico planteó a Jesús (/Mc/10/17) y que dirigían a los doctores de la ley sus discípulos. «Rabí, enséñanos los caminos de la vida, para que por ellos alcancemos la vida del mundo futuro».

El doctor de la ley preguntó a Jesús para tentarlo. Lo interpela como maestro y doctor, y quiere probarlo y ver qué puede responder a su pregunta candente. Hace la pregunta como la hacían los judíos y pregunta por las obras. Las obras exigidas por la ley, salvan; lo que se tiene en cuenta son las obras, no la actitud interior. ¿Qué obras y qué preceptos son los que importan? Los doctores de la ley hablaban de seiscientos trece preceptos (doscientos cuarenta y ocho mandamientos y trescientas sesenta y cinco prohibiciones).

La respuesta a la pregunta del doctor de la ley indica la ley misma, la ley escrita de la Sagrada Escritura. Jesús halla la respuesta en la ley, en la que se da a conocer la voluntad de Dios. La ley muestra el camino para la vida eterna. Los doctores de la ley habían tratado de compendiar los mandamientos y prohibiciones tan numerosos, reduciéndolos a unas cuantas leyes. Un medio de lograrlo era la «regla áurea»: Lo que a ti no te agrada, no lo hagas a tu prójimo; esto es toda la ley, todo lo demás es explicación (rabí Hilel, hacia el año 20 a.C.). Otro doctor de la ley indicaba el precepto del amor al prójimo (Lev_19:18). El doctor de la ley que interrogó a Jesús resumía toda la ley en los mandamientos del amor de Dios (Deu_6:5) y del amor del prójimo (Lev_19:18), al igual que Jesús (Mar_12:28). Esta manera de compendiar la ley no debía de ser conocida para el judaísmo del tiempo de Jesús. Jesús da la razón al doctor de la ley por hallar compendiada la ley en estos dos mandamientos. Las verdades de la revelación necesitan ser compendiadas y presentadas sistemáticamente a fin de que sirvan para la vida religiosa.

El precepto del amor a Dios (/Dt/06/05) con entrega de todas las potencias del alma a Dios, con una existencia dedicada a él sin reserva, era formulado diariamente mañana y tarde por los judíos del tiempo de Jesús en su profesión de monoteísmo. Este precepto liga al hombre con Dios hasta en lo más profundo de su ser. Con este precepto está asociado el precepto del amor al prójimo (Lev_19:18). E1 amor a uno mismo se presenta como medida del amor al prójimo.

Con esto se dice mucho. La actitud fundamental del hombre debe ser el amor. El hombre que cumple la voluntad de Dios y corresponde a su imagen, no es el que piensa únicamente en sí sino el que existe para Dios y para el prójimo. Dios es el centro del hombre, pues lo ama con toda su alma y con todas sus fuerzas. El amor a sí y el amor al prójimo está absorbido por esta entrega total a Dios. En el amor del prójimo se ha de expresar el amor a sí mismo y la entrega a Dios.

Todas las leyes dadas por Dios arrancan de este precepto del amor y desembocan en él como en su meta. El amor es el precepto más importante, el que todo lo abarca y todo lo anima. El amor es el sentido de la ley. Si se expone la ley de tal manera que se viole el amor o no se le permita desarrollarse, se comete un error. Toda ley, incluso las establecidas en la Iglesia, debe servir al amor. Para llegar a la vida no basta el conocimiento del mandamiento más importante y decisivo. Se requieren también las obras. Haz esto y vivirás.

23 Pero él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

Los fariseos cuidaban mucho de su prestigio. Se justificaban. «El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios! Gracias te doy, porque no soy como los demás hombres…» (18,11). Jesús les echa en cara que se justifican delante de los hombres (16,15). ¿Merecía reproche el doctor de la ley cuando preguntaba, aunque sabía lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna? ¿No había todavía bastantes preguntas que reclamaban solución, aunque eran claros los mandamientos más importantes? El doctor de la ley hace una pregunta que no había hallado todavía una solución clara y decisiva. ¿Quién es mi prójimo? ¿Dónde están los límites del precepto del amor? La ley extiende el amor a los compatriotas y a los extranjeros que viven en Israel (Lev_19:34). En el judaísmo tardío se restringió el amor de los extranjeros a los verdaderos prosélitos (gentiles que habían aceptado la fe en un solo Dios, se circuncidaban y observaban la ley). Los fariseos excluían también del amor al pueblo ignorante de la ley. Se negaba el amor a los contrarios al partido. La ley de Dios deja por tanto cuestiones pendientes. Sólo el espíritu de Dios puede resolverlas en la debida forma.

30 Jesús continuó diciendo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, que, además de haberlo despojado de todo y molido a golpes, se fueron, dejándolo medio muerto».

Jesús cuenta un relato. El Evangelio de Lucas narra cuatro más de este estilo. Las parábolas comparan el obrar divino con el humano. La acción de Dios se hace comprensible a partir de lo que hace el hombre. En cambio, en estos relatos se presenta el hombre a los hombres para que examinen su comportamiento tomando como norma al hombre mostrado por Jesús.

Jericó (350 m bajo el nivel del mar) está mil metros más bajo que Jerusalén (740 metros sobre el nivel del mar). El camino solitario y rocoso (unos 27 kilómetros) va por una región en que abundan los barrancos. Asaltos de ladrones se refieren desde la antigüedad hasta la edad moderna. Un hombre bajaba a Jericó. No se menciona su nacionalidad ni su religión. Era un hombre. Esto basta para el amor. Es posible que los ladrones fueran guerrilleros celotas fanáticos que se ocultaban en las grutas y escondrijos de aquella región y vivían de la rapiña, pero que no quitaban a sus compatriotas más que lo que necesitaban para vivir y, sobre todo, no atentaban contra la vida si ellos mismos no se veían atacados. Aquí aparece la víctima de los ladrones en un estado lastimoso: despojado de todo, molido a golpes, medio muerto. El hombre debió sin duda defenderse cuando se vio asaltado por los ladrones.

31 Casualmente, bajaba un sacerdote por aquel camino, y, al verlo, cruzó al otro lado y pasó de largo. 32 Igualmente, un levita que iba por el mismo sitio, al verlo, cruzó al otro lado y pasó de largo. 33 Pero un samaritano que iba de camino, llegó hasta él, y, al verlo, se compadeció; 34 se acercó a él, le vendó las heridas, ungiéndolas con aceite y vino, lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a la posada y se ocupó de cuidarlo. 35 Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciéndole: Ten cuidado de él; y lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando vuelva.

Jericó era una ciudad sacerdotal. Sacerdotes y levitas (servidores del templo, cantores) habían desempeñado su ministerio en el templo y volvían a casa. Con gran efecto se repite: Al verlo cruzó al otro lado y pasó de largo. Por qué pasaron de largo sacerdotes y levitas no se dice en la narración. Quizá porque les pareció que el hombre tan malherido estaba muerto y no quisieron tocarlo, pues el contacto con un cadáver causaba impureza legal (Lev_21:1). ¿Quizá porque temían caer también en manos de los ladrones? ¿O porque no querían detenerse? En todo caso les movía más su propio interés que la compasión por el miserable, si es que la sentían. En su calidad de sacerdotes y levitas servían a Dios. Eran personas que encarnaban el precepto del amor a Dios. Pero ¿el amor al prójimo? Se establecía separación entre culto y misericordia

Los samaritanos son enemigos del pueblo judío. No hay contacto entre unos y otros. Se odia por las dos partes. Una vez más vuelve a decirse: Al verlo. Pero inmediatamente viene la mutación: Se compadeció. Esta compasión no es estéril. El samaritano obra como se debe obrar en esta situación. Cuidadosamente se describen los seis actos de amor que se practican con la mayor sencillez y naturalidad, no sólo en el momento presente, sino hasta la curación del herido. Los dos denarios dados al posadero era lo que se pagaba a los jornaleros por dos días de trabajo. No es mucho. En efecto, en Italia, hacia el año 140 a.C. se pagaba 1,32 denarios al día por la pensión completa. Lo que hace el samaritano no es precisamente un acto heroico, pero sí todo lo que era necesario para salvar al desgraciado.

36 ¿Cuál de estos tres te parece que vino a ser prójimo del que había caído en manos de los ladrones? 37 El doctor de la ley respondió: El que practicó la misericordia con él. Díjole Jesús: Pues anda, y haz tú lo mismo.

La pregunta de Jesús suena como algo inesperado. El doctor de la ley había preguntado: ¿Quién es mi prójimo? Jesús le pregunta: ¿Cuál de estos tres te parece que vino a ser prójimo del que había caído en manos de los ladrones? En la pregunta del doctor de la ley ocupa el centro el que pregunta, en la pregunta de Jesús, el necesitado de socorro. Según el precepto de la ley, tal como lo interpreta Jesús, es prójimo todo el que tiene necesidad de ayuda. Nada tienen que ver aquí la nación, la religión, el partido. Todo hombre es prójimo. Donde la necesidad llama a la misericordia, también llama a la acción el precepto del amor del prójimo.

Jesús no dio una respuesta abstracta, teorética. No dijo: El prójimo es cualquier persona que se halla en estrechez y necesita ayuda. Da más bien una indicación práctica. La pregunta de Jesús se refiere a la acción, y la acción se rige conforme a las circunstancias. Al responder el doctor de la ley no pudo menos de confesar: El que practicó la misericordia con él. Jesús invita a obrar: Haz tú lo mismo. El amor al prójimo es amor de obrar. «Hijitos, no amemos de palabra ni con la lengua, sino de obra y de verdad» (/1Jn/03/018). «Si un hermano o hermana se encuentran desnudos y carecen del alimento diario, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y hartaos, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué servirá esto?» (/St/02/15 ss).

Los dos ministros del culto divino solemne sirvieron ciertamente a Dios, pero no al prójimo que se hallaba en la necesidad. El samaritano los aventaja en el cumplimiento de la ley… Jesús echa mano de la doctrina profética: «Misericordia quiero, y no sacrificio» (Ose_6:6). La mejor preparación para el cumplimiento del precepto del amor al prójimo es un corazón accesible a la miseria, el sentir misericordia o, como lo expresa la sencilla psicología de la Biblia: el «conmoverse las entrañas» a la vista de la miseria humana. Cuando un hombre se siente mal al ver la miseria, está preparado para el amor. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mat_5:7). El mayor impedimento es el corazón endurecido. La misericordia debe convertirse en amor de obras, tal como lo exige el momento. El precepto del amor no puede desmenuzarse en artículos. Lo que la realidad muestra, exige y hace posible, eso debe hacerse. Así obró el samaritano en su situación. Así se pone en práctica la entrega a la voluntad de Dios. En efecto, el que ama prácticamente y sabe responder a todo llamamiento de la miseria humana, ése es obediente a Dios.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        Catecismo de la Igesia Católica

El turquito y el judío

 (Lc 10, 25-37)

            La parábola del Buen Samaritano, que trae Lucas en X, 23, y se lee hoy, está henchida de conclusiones cristianas. Todas las parábolas lo están, naturalmente; pero en ésta las enseñanzas son no sólo diversas sino como opuestas al Talmud; al judaísmo específicamente judaico, no al mosaísmo. De ellas retendremos solamente tres, la caridad con el prójimo como una “obligación” capital y necesaria; la extensión del concepto de prójimo a todos los hombres; y una alusión poco sabrosa a los Sacerdotes y Levitas, que se le ha de haber escapado a Cristo… ¿Por qué diablos no habrá puesto como ejemplos de inmisericordes a un Banquero y a una Actriz, y no a un Sacerdote y un Levita? ¿Y por qué tengo que explicar yo delante de toda mi feligresía esta parábola que les puede dar malos pensamientos, sin poder cambiarle una sola palabra?

            No sé si peco de irreverencia transcribiendo aquí el “arreglo” moderno de esta parábola hecho en 1945 por un poeta de estos reinos; de esta nación ubérrima y feliz, tierra de promisión para todos los vivos que quieran habitar en ella, como dice el Locutor. Dice así: “Un hombre bajaba una vez de Jerusalén a Jericó, el cual cayó en manos de bandoleros que a tiros lo dejaron por muerto. Y sucedió que pasó por el mismo camino un Político, y no lo vio; pasó después un Militar, y le encajó un balazo más. Pero pasó un pobre Turco y se llenó de compasión; y dijo “Aunque éste no es mi prójimo, sin embargo me voy a bajar, y lo voy a curar…”. Pero en ese momento recapacitó y dijo: “–¿Y si me encuentra aquí la policía, qué pasa?”. Y metiendo todo el acelerador disparó a todo lo que daba… Moraleja: guárdate de los ladrones; pero guárdate más de la policía…”

            Esto es humorismo, y por cierto muy barato; la parábola es seria, aunque hay unos toques de humorismo en la manera un poco oblicua y socarrona con que Cristo responde a las tres preguntas que el Doctor de la Ley le pone, que eran batallonas[1] preguntas entre aquellos doctores; y fueron puestas, dice el Evangelio, “con intención de embromar”:

            “¿Qué hay que hacer en suma para salvarse?”. “¿Cuál es el mandato en que se suman todos los mandatos?” y “¿Quién es mi prójimo?”. Esta última pregunta, Cristo la responde reiterándola, es decir, mandándola de rebote, después de haber contado su intencionado cuentito. “¿Decid ahora vos mismo quién es el prójimo aquí? Es claro que es el que hizo misericordia…”. Y entonces Cristo en vez de contestarle: “¡Muy bien habéis respondido!” como le había dicho en la segunda pregunta, le dijo: “Andad y haced vos lo mismo.” Porque: está bien saber la Ley, / predicarla está mejor; / mas cumplirla sí que es ser… / entre doctores, Doctor.

            Lo que hizo el Turco de la Parábola –que no era un pobre Turco, porque tenía por lo menos una mula propia (“jumentum suum”) que pudo ser también caballo, y dos denarios de sobra, que le dio al posadero– es muy diverso de lo dicho arriba: se bajó y cuidó tan solícitamente al herido como si fuese su hermano –Cristo detalla allí la cura–, lo puso en su cabalgadura y volvió atrás desde el desierto de Judá a la Parada que hoy llaman del Buen Samarita y en aquel tiempo llamaban Casteldesangre; y confiándolo al posadero con sus dos monedas de plata, le prometió pagar todos los gastos si acaso pasaban de dos dólares –es decir “yo corro con todo”. Gesto noble. “¡Yo turquita buenita; turquito buena yo, butrón, turquita ortodoxa griega muy buenito, butrón!”.

            Los moralistas cristianos han deducido de esta parábola que yo tengo obligación grave de ayudar al que está en necesidad grave, pudiendo hacerlo, sin más averiguaciones que haber topado con él, aunque sea por azar; y aunque el lazrado[2] no sea ni siquiera primo tercero de mi cuñado, sino un judío cualquiera, que ni se pueden ver con los turcos. “Hace ya miles de años –escribe Simona Weil–, ya los egipcios pensaban que nadie puede ser justificado después de morir, si su alma no puede decir a Dios: “no he dejado sufrir hambre a ninguno”[3]. Todos los pueblos del mundo han creído lo mismo. Todos los cristianos nos sabemos expuestos a que Cristo mismo nos diga: “Tuve hambre y no me diste de comer.” Nadie osará afirmar que sea inocente un hombre cualquiera que, teniendo medios, consintiera que otro se muera de hambre… si se le plantea la cuestión en términos generales; aunque en términos concretos, quizás él mismo esté dejando morir de hambre a su madre, si a mano viene; porque así es la flaqueza humana; y el mismo Doctor de la Ley, a juzgar por la manera como Cristo le responde, sabía muy bien la Ley, pero no sabemos si la sabía para los demás solamente o para él mismo también; porque una cosa es predicar, y otra cosa es dar trigo, aymé; y yo que predico tan lindo, trigo no tengo por suerte; que si lo tuviera, quién sabe lo que haría.

            De manera que mi prójimo es el que raye, sea turco, judío, protestante o colectivero; aunque con esto no se niega que a mi madre le debo yo más que al Padre Trabi; y en caso de naufragio y no tener más que un bote, primero debo salvar a mi madre que al Padre Trabi; porque la caridad es universal, pero es también ordenada; y más quiero a mis dientes que a mis parientes; y más a mis parientes que a las otras gentes, como dicen los gallegos. Los talmudistas en tiempo de Cristo, a fuerza de disputar, habían llegado –Hillel y algunos otros– a una conclusión que no está en el Deuteronomio, y que Cristo aprobó grandemente; que el Mandato Máximo, en el cual se resumía toda la Ley de Moisés, es éste: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y [por ese mismo amor] al prójimo como a ti mismo.” Esto no está escrito así en Moisés, pero ellos habían llegado a eso a través de la meditación de los Profetas. Sólo que era un poco demasiado grande tanta belleza, y la echaban a perder enseguida poniendo en cuestión “¿quien es mi prójimo?”, a la cual Shamái y su escuela respondían que solamente los parientes próximos y quizás algunos amigos; Hillel y su escuela, que eran todos los judíos y quizá también algunos gohím de los mejores, de los que estaban a punto de convertirse al judaísmo, como el Centurión Romano de Cafarnaúm; pero ninguno que se sepa en aquel tiempo se abrevió a extender el precepto de la caridad a los extranjeros, los herejes, los enemigos. Eran enemigos los judíos y los samaritanos; y el Buen Samaritano no se fijó en que el herido era judío. Eran despreciados y abominados como herejes los samaritanos por los judíos. El Escriba sin embargo, guiado por Jesucristo, confesó la verdad cristiana, que había que querer incluso a los herejes y a los enemigos, cuanto más a los extraños y extranjeros. Cuando se dijeron esas palabras, nació en el mundo la Cristiandad; ahora que se han retirado y nos estamos volviendo extranjeros unos a otros, la Cristiandad periclita[4] y muere. La convivencia se vuelve en el mundo de más en más difícil; y en un legajo de correspondencia diplomática secreta que tengo yo en este cajón llamada Cartas de un Demonio a Otro, la principal instrucción que les da Satanás a los dos demonios que manda de nuncios al Río de la Plata, llamados Juan Conrropa y Añang-Mandinga, es la de que “destruyan la convivencia”.

            La tercera observación es que Cristo escogió irónica o humorísticamente como ejemplos de inmisericordes a dos miembros del “Clero”; lo cual prueba que eso ocurría de hecho en aquel tiempo, porque Cristo era demasiado buen artista para poner en sus cuentos cosas inverosímiles; y por tanto, si pasara también en nuestros tiempos, no habría que desesperarse en demasía. Tengo un amigo que anda enloquecido con este “problema”, como lo llama él: “en el clero argentino no hay nobleza: carece de nobleza el clero argentino. ¿Cómo puede ser eso? ¿Las virtudes sobrenaturales destruyen las virtudes naturales? De suyo el oficio de sacerdote no es vil. ¿Cómo es que el clero argentino es vil, hablando en general; o por lo menos es servil?”. Con esta cuestión el hombre, que también es clérigo, se enloquece literalmente; porque, según él, esta cuestión está de tal modo conectada con su fe, que resolverla es para él “cuestión de vida o muerte”, dice con énfasis.

            Yo le respondo: “–¿De dónde sacás que no hay nobleza en el clero? ¿De que ningún sacerdote hizo hacia vos un gesto noble, cuando te hallaste según relatas en peligro de perder la vida y aun el alma, lo cual tengo por exagerado? Ese argumento no prueba. Porque había que ver “si podían” hacer ese gesto noble… El argumento probaría, si constara que no lo hicieron “pudiendo” hacerlo.”

            Él dice: “–Monseñor Mandinga no lo hizo pudiendo y aun debiendo hacerlo.”

            Yo digo: “–Monseñor Mandinga no es “todo” el clero argentino.”

            Pero supongamos que por un imposible todo el clero argentino perteneciera a la raza de los que Jesús llamó Dicen-y-no-Hacen; eso no invalidaría para nada lo que dicen. Porque Cristo en su parábola no concluyó: “los de nuestro clero han dejado a un lado por sus ceremonias la misericordia y la justicia; por tanto, la Sinagoga ha caducado”. Al contrario, dijo: “Haced todo lo que predican; no hagáis lo que practican.” La Sinagoga caducó, ciertamente; pero no entonces: la Sinagoga caducó en el momento en que Caifás, con su autoridad de Sumo Pontífice, conjuró a Cristo que contestara si era o no el Mesías. A lo cual Cristo obedeció y contestó, sabiendo que le costaba la vida, que sí lo era. Y Caifás, en nombre de la Sinagoga lo rechazó como Mesías, gritándole “¡Blasfemo!” y “¡Reo de Muerte!”; rechazo que reiteró el pueblo al escoger un rato después a Barrabás, y al decir a Pilato: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No tenemos más Rey que el César.”

            Aunque todo el clero junto no hiciera lo que dice, yo lo había de hacer. Pero por suerte, aquello no es verdad. Hay turquitos buenos. Hay gente que aún da testimonio, a veces donde menos se pensaría salta gente así. Algo hay. Unos se limitarán a curar a un herido, otros prestarán la mula, y los terceros darán los dos o los veinte denarios: un tercio del gesto total, nobleza terciada, como vino rebajado; pero siempre es algo en un país bastardeado. Y debe existir el noble entero en alguna parte ¿Cómo se puede admitir lo contrario? ¡Oh Dios! ¿cuándo saldrá y lo veremos?

            Sea como fuere, de lo que no hay duda es de que existe en Cristo el Buen Samaritano entero y no terciado. Él recogió a la humanidad herida, que había caído en manos de ladrones; echó en sus llagas aceite, que significa paciencia, y vino, que significa amor; la vendó lo mejor posible, la confió a un estabulario[5] que hiciese sus veces, y se fue a sus asuntos, prometiendo volver y ajustar la cuenta. Cuando hizo la parábola y puso como héroe de ella al Turquito, quizás recordó que varias veces los fariseos le habían gritado a él mismo en son de escarnio la palabra “¡Samaritano!”; es imposible que no lo haya recordado (samaritano, para los judíos era como si dijéramos turco; y mucho peor todavía).

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 306 – 311)

____________________________________________________
[1] Cuestión batallona. f. (coloq.) La muy reñida y a la que se da mucha importancia (Diccionario de la Real Academia Española).
[2] lazrar. (De lacerar). (intr. desus). Padecer y sufrir trabajos y miserias (Diccionario de la Real Academia Española).
[3]Libro de los Muertos, ERE, V, 478.
[4] periclitar. (Del lat. periclitāri). intr. Peligrar, estar en peligro. || 2. Decaer, declinar (Diccionario de la Real Academia Española).
[5] estabular. (Del lat. stabulāre). tr. Meter y guardar ganado en establos (Diccionario de la Real Academia Española).

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Santos Padres

·        San Ambrosio

El buen samaritano

Lc 10, 30-37

71. Un hombre baja de Jerusalén a Jericó. Con objeto de explicar más claramente el pasaje que nos hemos propuesto, repasemos la historia antigua de la ciudad de Jericó. Recordemos, pues, que Jericó, como leemos en el libro que escribió Josué, hijo de Nave, era una gran ciudad amurallada, inexpugnable a las armas e inatacable; en ella vivía la prostituta Rahab, que fue la que hospedó a los exploradores que envió Josué, les ayudó con sus consejos, respondió, cuando la preguntaron sus conciuda­danos, que ya se habían ido, los escondió en su casa y, para sus­traerse ella y los suyos a la destrucción de la ciudad, ató el cordón de hilo de púrpura a la ventana; pero los inexpugnables muros de esa ciudad rodaron por el suelo al sonido de las siete trompetas de los sacerdotes a los que acompañaba el estruendo jubiloso del pueblo.

72. Mirad cómo cada uno tiene su propio quehacer: el ex­plorador, la vigilancia; la meretriz, el secreto; el vencedor, la fidelidad; el sacerdote, la religión; los primeros desprecian el riesgo con tal de ganar honras; aquélla ni aun en medio de pe­ligros traiciona a quienes ha recibido; el vencedor, más pre­ocupado en conservar la fidelidad que en vencer, manda ante­poner la salud de la prostituta a la ruina de la ciudad; y, por fin, el arma propia del sacerdote, que no es otra que la fuerza de la religión. ¿Quién no se admirará, y con razón, al ver que de toda la ciudad sólo se salvará el que fue ayudado por la me­retriz?

73. He aquí, pues, la escueta verdad histórica, que, consi­derada más profundamente, nos revela admirables misterios. En efecto, Jericó es figura de este mundo, a la cual descendió Adán arrojado del paraíso, es decir, de aquella Jerusalén celeste, por su prevaricadora caída, pasando de la vida a la muerte; destierro este de su naturaleza que le ocasionó un cambio, no ciertamente de lugar, pero sí de costumbres. Y así quedó un Adán bien distinto de aquel primero que gozaba de una felicidad sin ocaso, pero que tan pronto como se lanzó a los pecados de este mundo, cayó en manos de los ladrones, a los que no habría venido a parar si no se hubiese apartado del mandato divino. ¿Quiénes son estos ladrones sino los ángeles de la noche y de las tinieblas, que se transforman a veces en ángeles de luz (2 Co 11, 14), aunque es un hecho que no puedan permanecer mucho tiempo en ese es­tado? Estos primero nos despojan del vestido de la gracia espiri­tual que recibimos, y así es como de ordinario logran sus primeros impactos; pero, si guardamos intactos los vestidos recibidos, no sentiremos los golpes de los ladrones. Ten, pues, cuidado para no ser despojado, como lo fue Adán, de la protección del precepto celestial y privado del vestido de la fe, ya que a eso se debió que él fuera herido mortalmente, herida mortal que se habría contagiado a todo el género humano si aquel Buen Samaritano, bajando del cielo, no hubiese curado esas peligrosas llagas.

74. Y no es un samaritano cualquiera este que no des­preció a aquel que había sido preterido por el sacerdote y el levita. No desprecies a aquel que lleva el nombre de una secta cuya interpretación te va a llenar de admiración; en efecto, el vocablo “samaritano” significa guardián. Demos ahora una inter­pretación a todo esto. En verdad, ¿quién es un custodio verda­dero, sino aquel de quien se ha escrito: El Señor guarda a los pequeños? (Sal 114, 6). Pues del mismo modo que hay un judío que es tal según la letra y otro que lo es por el espíritu, así también se da una manera de ser samaritano que se ve y otra que yace oculta. Mientras bajaba, pues, este samaritano —¿quién es este que bajó del cielo, sino el que sube al cielo, el Hijo de Dios que está en el cielo? (Jn 3, 13)—, habiendo visto a un hom­bre medio muerto, al que nadie había querido curar (el mismo caso que la que padecía de flujo de sangre y había gastado en médicos toda su hacienda), se llegó a él, es decir, compadecido de nuestra miseria, se hizo íntimo y prójimo nuestro para ejercitar su misericordia con nosotros.

75. Y vendó sus heridas untándolas con aceite y vino. Este médico tiene infinidad de remedios, mediante los cuales lleva a cabo, de ordinario, sus curaciones. Medicamento es su palabra; ésta, unas veces, venda las heridas; otras sirve de aceite, y otras actúa como vino; venda las heridas cuando expresa un mandato de una dificultad más que regular; suaviza perdonando los pecados, y actúa como el vino anunciando el juicio.

76. Y lo puso —continúa el texto— sobre su cabalgadura. Observa cómo realiza esto contigo: Él tomó sobre sí nuestros pecados y cargó con nuestros dolores (Is 53, 4). Otra confirmación es la del Buen Pastor, que puso sobre sus hombros a la oveja cansada (Lc 15, 5). En efecto, el hombre se ha convertido en un ser semejante a un jumento (Sal 48,13), pero Él nos ha colocado sobre su cabalgadura para que no fuésemos como el caballo y el mulo (Sal 31, 9) y ha tomado nuestro mismo cuerpo para suprimir las debilidades de nuestra carne.

77. Y, al fin, a nosotros, que éramos como jumentos, nos conduce a una posada. Una posada, como se sabe, no es más que un lugar donde suelen descansar los que se encuentran desfallecidos por un largo camino. Y por eso, el Señor, que es el que levanta del polvo al pobre y alza del estiércol al desvalido (Sal 112, 7), nos ha llevado a un mesón.

78. Y se preocupa con cuidado de él para que ese enfermo pueda observar los mandatos que había recibido. Pero este sa­maritano no tenía tiempo de hacer una permanencia larga en la tierra; debía volver al lugar de donde había bajado.

79. Y al día siguiente —pero, ¿cuál es este otro día, sino el domingo de la resurrección del Señor, del que fue dicho: este es el día que hizo el Señor? (Sal 117, 24)— tomó dos denarios y se los dio al mesonero, diciéndole: Cuídale.

80. ¿Qué significan estos dos denarios sino los dos testa­mentos que llevan impresa la efigie del eterno Rey y con los que nuestras heridas obtienen su curación? Porque hemos sido redi­midos a precio de sangre (1 P 1, 19) para no ser víctimas de las heridas de la última muerte.

81. El mesonero recibió los dos denarios (no creo que sea absurdo entender esto con relación a los cuatro libros). Y ¿quién es este hostelero? Tal vez pueda ser aquel que dijo: Todas las cosas me parecen estiércol en comparación de ganar a Cristo (Flp 3, 8), y por este mismo Cristo tendría cuidado del hombre herido. El hostelero es, en realidad, aquel que dijo: Cristo me envió a evangelizar (1 Co 1, 17). Los hosteleros son esos hombres a los que se ha dicho: Id por el mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura, y el que creyere y se bautizare será salvo (Mc 15, 16), salvo verdaderamente de la muerte y salvo de las heri­das que le pudieran infligir los ladrones.

82. ¡Bienaventurado ese mesonero que puede curar las he­ridas del prójimo!, y ¡bienaventurado aquel a quien dice Jesús: Lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta! El buen dispensador da siempre en demasía. Buen dispensador fue Pablo, cuyos ser­mones y epístolas son como algo que rebosa a lo que había re­cibido, cumpliendo el mandato explícito del Señor de trabajar sin descanso corporal ni espiritual, a fin de obtener, por medio de la predicación de su palabra, el preservar a muchos de la grave flaqueza del espíritu. He aquí el dueño del mesón en el que el asno conoció el pesebre de su amo (Is 1, 3) y en el cual hay un lugar seguro para los rebaños de ovejas, con el fin de que, a esos lobos rapaces que braman alrededor de los apriscos, no les resulte fácil llevar a cabo sus ataques a las ovejas.

83. Pero El, además, promete una recompensa. Y ¿cuándo vas a venir, Señor, a darla sino en el día del juicio? Porque, aun­que Tú estés siempre y en todo lugar y vivas entre nosotros, si bien no te vemos, con todo, llegará un momento en el que todo hombre te verá volver. Paga, pues, lo que debes. ¡Bienaventu­rados aquellos hombres a los que debe Dios! ¡Ojalá que nos­otros pudiéramos ser deudores dignos para poder pagar todo lo que hemos recibido, sin que nos ensoberbezca el don del sacer­docio o del ministerio! ¿Cómo pagas Tú, Señor Jesús? Pro­metiste que a los buenos les darías un premio abundante en el cielo, y lo cumples cuando dices: Muy bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor (Mt 25, 21).

84. Por tanto, puesto que nadie es tan verdaderamente nues­tro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémosle, viendo en él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro pró­jimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la ca­beza. Y amemos también al que es imitador de Cristo, y a todo aquel que se asocia al sufrimiento del necesitado por la unidad del cuerpo. No es, pues, la relación de parentesco la que hace a otro hombre nuestro prójimo, sino la misericordia, porque ésta se hace una segunda naturaleza; ya que nada hay tan conforme con la naturaleza como ayudar al que tiene nuestra misma reali­dad natural.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 71-84, BAC Madrid 1966, p. 379-84

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Francisco p.p.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL BUEN SAMARITANO

Dos amores constituyen la esencia de nuestra vida cristiana, dos amores que resumen el contenido de los diez mandamien­tos que Dios intimara a su pueblo en el Antiguo Testamento, aquellos mandamientos a que aludía la primera lectura, “que no son superiores a nuestras fuerzas ni están fuera de nuestro alcance”: el amor a Dios y el amor al prójimo. Una dimensión vertical: el amor a Dios. Y una dimensión horizontal: el amor a los pobres. Por cierto que no es fácil llevar, sin disociarlos, el travesaño vertical y el travesaño horizontal del amor que se encarna en una cruz donde se encuentran, uno en dependencia del otro, los dos mandamientos de la caridad. Pero en el evangelio de hoy, el Señor ha querido limitarse a explicar en qué consiste el amor al prójimo. Y lo hace con la famosa parábola del buen samaritano.

Esta parábola ha recibido dos interpretaciones. Una interpre­tación cósmica, que abarca el conjunto de la historia de la salvación, y que fue la predileccionada por los Padres de la Iglesia, y otra más individualizada, que mira a cada uno de nosotros, cual hacedores de la caridad.

Cristo como buen samaritano

Según la primera de ellas, el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó es un símbolo de la entera humanidad que, en Adán pecador, se degradó, decayó del paraíso al mundo, como con­secuencia del pecado de origen. Queriendo el hombre exaltarse, ambicionando ser como Dios, lo que de hecho sucedió fue que descendió, que bajó a esta tierra, valle de lágrimas. Y entonces “cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto”. Porque a raíz del pecado, el hombre se vio acosado por los poderes enemigos, quedando arrojado y lleno de heridas, desnudo y dolorido. Nuestros prime­ros padres —y en ellos toda la humanidad— no sólo se vieron despo­jados de los dones sobrenaturales con que Dios los había honrado supererogatoriamente, sino que también quedaron heridos en sus mismos dones naturales; comenzaron a experimentar en carne propia la rebelión de los instintos contra la razón, su inteligencia había de esforzarse para vencer la ignorancia, su voluntad se encontraba profundamente debilitada, su memoria olvidaba con facilidad los recuerdos del cielo para volcarse a la vanidad de lo efímero, su sensibilidad original estaba maculada con la gran llaga de las concupiscencias. Y en el horizonte: la terrible muerte. Así se encontraba el hombre, la humanidad, a raíz del pecado original tirado en el camino, despojado, medio muerto.

Junto al enfermo pasaron entonces un sacerdote y un levita, el sacerdote representando al Culto y el levita la Ley, es decir, pasó todo el Antiguo Testamento. El Culto vio al herido, ese culto veterotestamentario con sus reiteradas hecatombes de sangre animal, con sus sacrificios de becerros y corderos, pero sólo hizo más patentes las heridas del enfermo; la sangre de animales era incapaz de restañadas: las heridas eran mortales y la unción superficial. Pasó, pues, el Culto, vio al enfermo… y siguió de largo. Pasó luego la Ley, vio al herido, advirtió sus llagas, conoció el mal en que el mundo yacía por el pecado, pero nada hizo, porque era incapaz de justificar; dice San Pablo que “la ley intervino para que abundara el delito”; miró, así, al hombre despojado, pero no supo darle el remedio oportuno, no supo darle la gracia, lo mantuvo en sus pecados…, siguió también de largo.

Pasó, por fin, un samaritano, es decir, el mismo Jesucristo, que bajó, El también, pero no ya de Jerusalén a Jericó, sino del cielo a la tierra. Era forastero, era extranjero, porque siendo Dios, se había dignado penetrar en nuestros confines, se había humi­llado haciéndose hombre por nosotros, emprendiendo el camino de nuestra vida. Miró entonces al mundo enfermo y se conmovió en sus entrañas, se allegó al herido, cubrió sus llagas con aceite y vino, y las vendó; se acercó a los pecadores, se aproximó a Zaqueo, a la adúltera, al buen ladrón, y curó sus heridas, como lo sigue haciendo hasta hoy mediante los sacramentos, aceite y vino que curan las llagas del pecado.

Entonces Jesús, “ese samaritano”, como lo llamarían los fariseos, pero en son de escarnio, cargó al herido sobre su propia montura, sobre su humanidad, sobre sus hombros, como buen pastor que era, y lo llevó hasta el albergue de la Iglesia, albergue que recibe a todos los hombres, albergue especialmente cons­truido por Él para que allí reparen sus fuerzas los viajeros náu­fragos que peregrinan hacia la patria. Mí entregó al enfermo, para que a lo largo de la historia la Iglesia cuidara de él mediante la enseñanza, el gobierno y los sacramentos, encargando que lo atendieran hasta su vuelta, es decir, hasta el día de su Parusía final, al término de la historia. Entonces quedará consumada la cura de la humanidad, entonces volverá el Divino Samaritano para llevarse consigo a los convalecientes.

“Vé y procede tú de la misma manera”

Tal es la interpretación que los Padres dieron a esta magnífica parábola. Pero cabe otra interpretación, de índole más personal. A imitación de Cristo, también nosotros hemos sido llamados a ser los buenos samaritanos de nuestros hermanos, hemos sido llamados al ejercicio del amor. Pero nuestro amor al prójimo, precisamente por ser una virtud teologal, no es una virtud natu­ral, una forma de filantropía, sino que proviene de Dios. Porque Dios nos amó primero, nos amó cuando aún éramos enemigos, y reíamos en nuestra suficiencia. Para suscitar nuestro amor, Dios no perdonó recurso alguno, ni siquiera perdonó a su propio Hijo, que nos amó hasta el extremo, según aquello de que nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos. Pues bien, ese amor, que viene de Dios, y que nos atraviesa, debemos prolon­garlo hasta nuestros hermanos. “El que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve”, dice la Escritura. Y así como la caridad, por ser virtud teologal, proviene de Dios, por ser tal, concluye también en Dios: quien ama a su prójimo con amor de caridad, en él últimamente ama a Dios.

¿Quién es nuestro prójimo? Todos los hombres. Todos tene­mos un Padre común, o, como afirma San Agustín, “todos somos parientes en Dios Padre”. Nadie es, en adelante, un simple “extraño”, todos han sido hechos a imagen de Dios, como no­sotros. Amor, pues, a todos los hombres. Pero un amor especial a nuestros hermanos en la fe. En la Iglesia todo nos une: un mismo Espíritu, una misma fe, una común esperanza, un solo bautismo, un idéntico alimento eucarístico. Miremos cuánto se aman los parientes. ¿Por qué? Por un poco de carne y sangre común. ¿Por qué no amar también a los que se alimentan con la misma carne y sangre que nosotros, con la carne y sangre de Jesús? Debemos confundimos de que en nosotros no pueda más la gracia que la naturaleza.

Sin duda que es difícil la caridad. Es difícil crear en nosotros un corazón benévolo para con el prójimo. A duras penas nos interesamos por los demás. Nos cuesta ver en el otro a un miembro de nuestro propio cuerpo, aun miembro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Con todo, no hay cristianismo si no hay caridad. No es cristiano el que “pasa de largo”, aunque lleve escapularios y figure en todas las procesiones. El samaritano vio al enfermo, se conmovió, se apeó del caballo. También nosotros, al ver al necesitado, debemos apeamos de nuestro egoísmo y acercarnos a él. No pasar de largo ante el indigente, ante quien vive en la miseria, sea corporal o espiritual.

Pronto nos acercaremos a recibir el Cuerpo de Aquel que dijo: “Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como Yo os he amado”. Cuando lo sintamos palpitar en nuestro interior, recapacitemos en nuestra indigencia y digámosle: “También nosotros hemos caído, Señor, en manos de ladrones, hemos sufrido los asaltos del mundo, del demonio y de la carne. Hemos sido despojados de tu gracia, y llagas sin cuenta han cubierto nuestra pobre alma. Pero tú, Señor, como se dice en el libro de los salmos, haces brotar de la tierra el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite que da brillo a nuestra vida y el pan que fortifica nuestras entrañas. Pasa a nuestro lado, Señor, pero no sigas de largo, allégate a nosotros, venda nuestras heridas, colócanos sobre tus hombros, e introdúcenos siempre más en el albergue de tu Iglesia hasta el día de tu vuelta victoriosa”. Así sea.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 219-223)

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S.S. Francisco p.p.


El Evangelio de hoy —estamos en el capítulo 10 de Lucas— es la famosa parábola del buen samaritano. ¿Quién era este hombre? Era una persona cualquiera, que bajaba de Jerusalén hacia Jericó por el camino que atravesaba el desierto de Judea. Poco antes, por ese camino, un hombre había sido asaltado por bandidos, le robaron, golpearon y abandonaron medio muerto.

Antes del samaritano pasó un sacerdote y un levita, es decir, dos personas relacionadas con el culto del Templo del Señor. Vieron al pobrecillo, pero siguieron su camino sin detenerse. En cambio, el samaritano, cuando vio a ese hombre, «sintió compasión» (Lc 10, 33) dice el Evangelio. Se acercó, le vendó las heridas, poniendo sobre ellas un poco de aceite y de vino; luego lo cargó sobre su cabalgadura, lo llevó a un albergue y pagó el hospedaje por él… En definitiva, se hizo cargo de él: es el ejemplo del amor al prójimo.

Pero, ¿por qué Jesús elige a un samaritano como protagonista de la parábola? Porque los samaritanos eran despreciados por los judíos, por las diversas tradiciones religiosas. Sin embargo, Jesús muestra que el corazón de ese samaritano es bueno y generoso y que —a diferencia del sacerdote y del levita— él pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere la misericordia más que los sacrificios (cf. Mc 12, 33).

Dios siempre quiere la misericordia, y no la condena hacia todos. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y sabe comprender bien nuestras miserias, nuestras dificultades y también nuestros pecados. A todos nos da este corazón misericordioso. El Samaritano hace precisamente esto: imita la misericordia de Dios, la misericordia hacia quien está necesitado.

(Basílica Vaticana, Domingo 7 de julio de 2013)

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Benedicto XVI


El Evangelio de este domingo se abre con la pregunta que un doctor de la Ley plantea a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Lc 10, 25). Sabiéndole experto en Sagrada Escritura, el Señor invita a aquel hombre a dar él mismo la respuesta, que de hecho este formula perfectamente citando los dos mandamientos principales: amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. Entonces, el doctor de la Ley, casi para justificarse, pregunta: «Y ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10, 29).

Esta vez, Jesús responde con la célebre parábola del «buen samaritano» (cf. Lc 10, 30-37), para indicar que nos corresponde a nosotros hacernos «prójimos» de cualquiera que tenga necesidad de ayuda. El samaritano, en efecto, se hace cargo de la situación de un desconocido a quien los salteadores habían dejado medio muerto en el camino, mientras que un sacerdote y un levita pasaron de largo, tal vez pensando que, al contacto con la sangre, de acuerdo con un precepto, se contaminarían.

La parábola, por lo tanto, debe inducirnos a transformar nuestra mentalidad según la lógica de Cristo, que es la lógica de la caridad: Dios es amor, y darle culto significa servir a los hermanos con amor sincero y generoso. Este relato del Evangelio ofrece el «criterio de medida», esto es, «la universalidad del amor que se dirige al necesitado encontrado “casualmente” (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea» (Deus caritas est, 25). Junto a esta regla universal, existe también una exigencia específicamente eclesial: que «en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad». El programa del cristiano, aprendido de la enseñanza de Jesús, es un «corazón que ve» dónde se necesita amor y actúa en consecuencia (cf. ib, 31).

Confiemos a la Virgen María nuestro camino de fe y, en particular, este tiempo de vacaciones, a fin de que nuestros corazones jamás pierdan de vista la Palabra de Dios y a los hermanos en dificultad.

(Ángelus, Palacio Apostólico de Castelgandolfo, Domingo 11 de julio de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

EL BUEN SAMARITANO

Lc 10, 30-37

Un legista “para ponerlo a prueba” le pregunta que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna y Él a su vez le pregunta que dice la Ley, a lo cual, el legista responde acertadamente. Jesús le dice “haz eso y vivirás”.

            Pero el legista “queriendo justificarse” le pregunta quién es el prójimo. Es cierto que el evangelista deja clara la intención torcida del legista tanto al preguntar como al querer justificar su pregunta, cosas ambas que Cristo conocía porque conocía los pensamientos de los hombres no sólo por su ciencia divina sino también por su ciencia beatífica.

            “¿Quién es mi prójimo?” es el motivo de la parábola del buen samaritano.

            Pero antes de hablar de ella vamos a reflexionar sobre la actitud del legista.

            Quizá no tengamos en común con el legista el que pequemos con tan mala voluntad, con obstinación, como los judíos, pero sí suele suceder que busquemos justificar nuestros pecados o nuestros yerros y nuestras equivocaciones porque siempre queremos quedar bien parados. El legista quedó sorprendido en una pregunta superflua. Preguntó sobre algo cuya respuesta sabía y el Señor, con mucha delicadeza, le respondió. Luego, le preguntó sobre el prójimo, para justificarse, pero aquí el Señor aprovechó la ocasión para zanjar una cuestión que no estaba tan clara entre los rabinos. El prójimo no es sólo el de la misma nación y el de la misma religión sino que prójimo es todo hombre necesitado de misericordia.

            No tenemos ningún derecho a justificarnos cuando cometemos, voluntariamente, errores y sufrimos las consecuencias de esos errores. El legista tendría que haberse quedado callado y sufrir con paciencia y humildemente el bochorno que él mismo provocó por su pregunta superflua. También nosotros tenemos que ser lo suficientemente valientes para sufrir en silencio y sin quejarnos, sin culpar a otros, sin acusar circunstancias ni lugares, sin señalar culturas o gentes, las consecuencias de nuestros pecados, errores y fallas, de nuestras superficialidades e imprudencias. Y tenemos que llegar a ser lo suficientemente hombres de fe que no nos justifiquemos ni nos excusemos cuando suframos algo sin culpa propia. ¡Qué hermoso sacrificio es el callarse ante una acusación falsa en perjuicio propio, no de otros! El ejemplo de Nuestro Señor en su pasión. El silencio de María al volver de Ain Karin. Confianza absoluta en Dios. El arreglará el asunto. El ejemplo de tantos santos que callaban ante las falsas acusaciones.

            Tenemos que aprender a no justificarnos. A no justificarnos cuando vamos a la confesión, cuando vamos a hablar con el Director Espiritual, ante nuestros superiores, cuando nos corrigen, cuando un hermano, sea el que sea, nos acusa falsamente o nos recrimina algo que no hemos hecho o nos juzga por algo.

            El no justificarme ante los juicios falsos o las correcciones o acusaciones erradas también me enseña a no juzgar precipitadamente porque veo la ligereza del juicio de los hombres y la falibilidad de sus juicios. Por el contrario, me hará ser benigno en los juicios, pues, es mejor equivocarse juzgando bien, porque así no se peca, que juzgando mal, ya que si me equivoco, peco.

            Jesús después de decirle la parábola le preguntó sobre quién era el prójimo del hombre herido y el escriba respondió acertadamente una vez más. Jesús lo exhortó a imitar al samaritano.

Textualmente no dice el evangelista que sea una parábola pero todas las versiones de la Biblia, los exégetas y es común para todos, hablar de la parábola del buen samaritano.

Jesús la dice en respuesta a la pregunta de un legista que lo interroga sobre ¿quién es mi prójimo?

Jesús se refiere a un hombre que baja de Jerusalén a Jericó, seguramente judío, que vendría de dar culto a Dios y cae en manos de salteadores que le roban y lo dejan medio muerto. Justamente pasa por allí, en la misma dirección primero un sacerdote y luego un levita que vendrían probablemente de oficiar en el templo y de regreso a sus casas, también ellos judíos. Ven a su compatriota herido y pasan de largo. Ellos eran los más obligados a usar de caridad[1].

Pasaba por ese camino un samaritano. Los samaritanos y los judíos no se trataban[2] debido a que los judíos consideraban a los samaritanos extranjeros y herejes[3]. Sin embargo, el samaritano lo atendió hasta que se recuperó y se ocupó de pagar todos los gastos.

El prójimo del mal herido fue el que practicó la misericordia con él.

Jesús quiere enseñar en esta parábola que prójimo nuestro es todo aquel que necesita de nuestra misericordia. Todo aquel que está próximo, que encontramos casualmente en el camino y que sufre alguna miseria que podemos mitigar usando de misericordia. Ese es nuestro prójimo. No importa quien sea. No importa su raza, su religión, su nación, sus ideas, sólo importa que sea miserable y que nosotros podamos usar de misericordia con él. A veces, nuestra misericordia únicamente llegará a ser una palabra o una oración y nada más. Otras veces, quizá será algo más, un plato de comida, una ropa, una limosna. En la parábola se cumple el dicho popular: haz el bien sin mirar a quién.

Jesús pone sabiamente los personajes de la parábola. El hombre herido, un judío muy probablemente, porque venía de Jerusalén e iba a Jericó, dos ciudades de Judea. Dos personajes que representaban la autoridad religiosa de Israel, los modelos de hombres religiosos, por otra parte, el samaritano.

El sacerdote y el levita de quién se hubiese esperado ayuda pasan de largo. Podríamos excusarlos diciendo que ya habían terminado sus tareas pastorales, que lo creyeron muerto y no querían contaminarse, que tenían mucho que hacer en sus casas… aunque también podríamos decir que les faltó misericordia con su prójimo.

El samaritano era un extranjero y un hereje para los judíos. Solamente nombrarlo debe haber producido malestar en el auditorio. El samaritano al ver al hombre caído se compadeció, se movió a compasión y dejó de lado el resentimiento racial y religioso venciéndolo con la generosidad del servicio. Lo curó y corrió con todos los gastos. Si nombrar al samaritano produjo malestar, cuánto más habrá producido ponerlo como ejemplo de misericordia, pero así fue, el que se compadeció fue el samaritano.

El legista tuvo que reconocer que el samaritano obró como prójimo porque tuvo misericordia del miserable y en consecuencia quedó claro el campo que abarcaba la palabra prójimo ya no sólo se extendía a los de la propia raza y religión sino a todo hombre necesitado de misericordia.

Los Santos Padres enseñan que esta parábola se refiere a Cristo y la humanidad caída. Jesús vino a curar la humanidad herida.

Y en verdad Jesús ha usado de misericordia con cada uno de nosotros y ha cargado nuestras heridas. Él ha pagado nuestro rescate muriendo en la cruz.

Si queremos ser también buenos samaritanos como el hombre de la parábola tenemos nuestro modelo en Jesús. Él durante toda su vida supo compadecerse de las miserias de los hombres y uso de su misericordia para subsanarlas. Él se hizo prójimo nuestro por la Encarnación para compartir nuestra miseria y así librarnos de nuestra miseria, se hizo pobre para enriquecernos, murió para darnos vida, sufrió para que nos alegremos, se humilló para exaltarnos, se hizo hombre para hacernos dioses y viniendo a la tierra llevarnos al cielo y viviendo vida temporal darnos la vida eterna.

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[1] Jsalén. a Lc 10, 33
[2] Cf. Jn 4, 9
[3] Jsalén. a Lc 10, 33

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Directorio Homilético

 

Decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 299, 381: el hombre ha sido creado a imagen de Dios; el primogénito

CEC 1931-1933: el prójimo tiene que ser considerado como “otro yo”

CEC 2447: las obras de misericordia corporal

CEC 1465: en la celebración del Sacramento de la Penitencia el sacerdote es como el buen Samaritano

CEC 203, 291, 331, 703: el Verbo y la creación, visible e invisible

299      Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: “Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sb 11,20). Creada en y por el Verbo eterno, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gn 1,26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cf. Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cf. Jb 42,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad (“Y vio Dios que era bueno…muy bueno”: Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cf. DS 286; 455-463; 800; 1333; 3002).

381    El hombre es predestinado a reproducir la imagen del Hijo de Dios hecho hombre -“imagen del Dios invisible” (Col 1,15)-, para que Cristo sea el primogénito de una multitud de hermanos y de hermanas (cf. Ef 1,3-6; Rm 8,29).

1931  El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: “que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como ‘otro yo’, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente” (GS 27,1). Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un “prójimo”, un hermano.

1932  El deber de hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana. “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

1933  Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5,43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.

2447  Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4):

          El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17).

1465      Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

203        A su pueblo Israel Dios se reveló dándole a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente.

291        “En el principio existía el Verbo… y el Verbo era Dios…Todo fue hecho por él y sin él nada ha sido hecho” (Jn 1,1-3). El Nuevo Testamento revela que Dios creó todo por el Verbo Eterno, su Hijo amado. “En el fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra…todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia” (Col 1, 16-17). La fe de la Iglesia afirma también la acción creadora del Espíritu Santo: él es el “dador de vida” (Símbolo de Nicea-Constantinopla), “el Espíritu Creador” (“Veni, Creator Spiritus”), la “Fuente de todo bien” (Liturgia bizantina, tropario de vísperas de Pentecostés).

331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles…” (Mt 25, 31). Le pertenecen porque fueron creados por y para E1: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él” (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hb 1, 14).

703    La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo 3, 20-21; Ez 37, 10):

          Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo … A El se le da el poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre por el Hijo (Liturgia bizantina, Tropario de maitines, domingos del segundo modo).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XIV Tiempo Ordinario

03
julio

Domingo XIV Tiempo Ordinario

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XIV Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 3 de julio de 2016)

LECTURAS

Yo haré correr hacia ella la paz como un río

Lectura del libro de Isaías                                                                    66, 10-14

¡Alégrense con Jerusalén y regocíjense a causa de ella, todos los que la aman!

¡Compartan su mismo gozo los que estaban de duelo por ella, para ser amamantados y saciarse en sus pechos consoladores, para gustar las delicias de sus senos gloriosos!

Porque así habla el Señor:

Yo haré correr hacia ella la prosperidad como un río, y la riqueza de las naciones como un torrente que se desborda. Sus niños de pecho serán llevados en brazos y acariciados sobre las rodillas. Como un hombre es consolado por su madre, así Yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén. Al ver esto, se llenarán de gozo, y sus huesos florecerán como la hierba. La mano del Señor se manifestará a sus servidores, y a sus enemigos, su indignación.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial                                                                 65, 1-3a.4-7a.16.20

R.        ¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Canten la gloria de su Nombre!

Tribútenle una alabanza gloriosa,

digan al Señor: «¡Qué admirables son tus obras!» R.

Toda la tierra se postra ante ti,

y canta en tu honor, en honor de tu Nombre.

Vengan a ver las obras del Señor,

las cosas admirables que hizo por los hombres. R.

Él convirtió el mar en tierra firme,

a pie atravesaron el Río.

Por eso, alegrémonos en Él,

que gobierna eternamente con su fuerza. R.

Los que temen al Señor, vengan a escuchar,

yo les contaré lo que hizo por mí.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración

ni apartó de mí su misericordia. R.

Yo llevo en Mi cuerpo las cicatrices de Jesús

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Galacia                 6, 14-18

Hermanos:

Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.

Estar circuncidado o no estarlo, no tiene ninguna importancia: lo que importa es ser una nueva criatura. Que todos los que practican esta norma tengan paz y misericordia, lo mismo que el Israel de Dios.

Que nadie me moleste en adelante: yo llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús.

Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo permanezca con ustedes. Amén.

Palabra de Dios.

ALELUIA                                                                                  Col 3, 15a. 16a

Aleluia.

Que la paz de Cristo reine en sus corazones;

que la Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza.

Aleluia.

Evangelio

Esa paz reposará sobre él

† Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas                          10, 1-12. 17-20

El Señor designó a otros setenta y dos, además de los Doce, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir.

Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni provisiones, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario.

No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; sanen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”. Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca”.

Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad».

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre».

Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo».

Palabra del Señor.

O bien más breve:

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas                              10, 1-9

El Señor designó a otros setenta y dos, además de los Doce, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir.

Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni provisiones, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a uste­des. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario.

No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; sanen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

                    Guión Domingo XIV Tiempo Ordinario
Ciclo C

Entrada        
La Santa Misa es el mismo sacrificio que Cristo realizó en la cruz en el monte Calvario, realizado sacramentalmente sobre el altar. Por este sacrificio el hombre alcanzó la reconciliación con Dios y recibió la gracia santificante. Participemos dignamente de él de manera que podamos recibir todos sus frutos.

1° Lectura                                                                                        Is 66, 10-14c

La Iglesia es la nueva Jerusalén a quien el Señor promete el consuelo, la paz y la alegría.

2° Lectura                                                                                        Gál 6, 14- 18

Cristo ha hecho de nosotros una nueva creatura, y por eso participar en su cruz es fuente de paz y misericordia.

Evangelio                                                                                         Lc 10, 1-12.17-20
La misión de los discípulos de Cristo lleva consigo el don de la paz de Cristo para todo el que cree.

Preces Domingo XIV

 Pidamos con insistentes súplicas al Divino Redentor, la paz que Él mismo nos trajo.
A cada intención respondemos…

+ Ilumina a tu Iglesia para que proclame a todas las naciones el gran misterio de piedad manifestado en tu encarnación. Oremos.

+ Para que la Iglesia sea escuchada en su intervención a favor de la paz en Siria y en Irak y para que los cristianos que sufren la persecución encuentren en los demás miembros de la Iglesia el apoyo y la solidaridad. Oremos.

+ Para que el Señor ayude a los que unió con la gracia del matrimonio, y por todas las familias, sobre todo por las que tienen miembros que sufren o están enemistados, para que a través del perdón vivan en concordia. Oremos.

+ Por todos nosotros para que sepamos aprovechar las gracias que Dios nos concede a través de la recepción de los sacramentos y para que vivamos con confianza este año jubilar de la Misericordia. Oremos.

(Para los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado:

+ Por los trabajos que se están realizando durante los Capítulos Generales y por los Padres y Madres capitulares para que, dóciles al Espíritu Santo, sepan discernir lo que es mejor para el bien de los Institutos. Oremos.)

Señor Jesucristo, que has reconciliado al mundo con tu Padre en el altar de la cruz, renueva en todos los hombres el compromiso por la paz como fruto de la unión con Dios. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Ofertorio

            Llevemos hasta el altar nuestras ofrendas y en ellas nuestra vida para que Dios se digne aceptarla, bendecirla y santificarla por Jesucristo.

– Ofrecemos alimentos para nuestros hermanos más necesitados.

– Traemos el pan y el vino, que mediante la efusión del Espíritu serán el Cuerpo y la Sangre de Cristo Jesús.

Comunión      Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acerca a Él.

Salida             Confiados en María y colmados de los dones del Cielo, volvemos a nuestra vida cotidiana con el gozo de la resurrección del Señor.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

MISIÓN DE LOS SETENTA

(Lc.10,1-24).

a) Designación y misión (Lc/10/01-16)

1 Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y lugares adonde él tenía que ir. 2 Y les decía. Mucha es la mies, pero pocos los obreros; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

La misión de los Doce va dirigida a Israel. Jesús designó además públicamente a otros setenta,[1] que fueron enviados también. Para la antigua Iglesia tenía la mayor importancia saber que además de los Doce había otro grupo que tenía encargo misionero. Además de los Doce tienen también otros el nombre de apóstoles y llevan a cabo la misión de Jesús. La elección del número setenta hace referencia a los setenta pueblos de que se compone la humanidad según la tabla etnográfica de la Biblia (Gén 10). Jesús y su mensaje llaman a la humanidad. Los doctores de la ley estaban convencidos de que la ley se había ofrecido primeramente a todos los pueblos, pero sólo Israel la había aceptado. El tiempo final realiza y lleva a término el plan primigenio de Dios. El Señor designó e invistió a los mensajeros, con lo cual les dio encargo oficial y dio a su misión carácter jurídico. Son enviados de dos en dos, pues tienen que actuar como testigos.

Si dos testigos están de acuerdo sobre una cosa, entonces su testimonio tiene plena fuerza y validez jurídica (Deu_19:15; Mat_18:16). Los discípulos van delante del Señor; son sus pregoneros y tienen que preparar su llegada. Van por delante de él a todas las ciudades y lugares. Se traspasan los límites de Galilea, pero la acción está todavía restringida a Palestina. Sin embargo, estos límites se borrarán cuando el Señor haya subido al cielo. La cosecha es mucha. Los hombres son comparados con una cosecha que ha de recogerse en el reino de Dios. El campo de misión que tiene delante Jesús en Palestina, es el comienzo de un campo de recolección mucho más vasto, que se extiende al mundo entero. Jesús conoce a los muchos que tienen buena voluntad. Para el grande y apremiante trabajo hay sólo pocos obreros. Los llamamientos de discípulos han mostrado que hasta en hombres llenos de fervor y de buena voluntad se echa de menos la entrega total.

Dios es el dueño de la cosecha. Dispone de todo lo relativo a la cosecha. La acogida en el reino de Dios es obra y gracia suya. Él da también las vocaciones de los discípulos. Por eso invita Jesús a orar para que despierte Dios en el hombre el espíritu de los discípulos que con entrega total e indivisa ayuden a introducir a los hombres en el reino de Dios. La oración por los obreros de la mies mantiene constantemente despierta en los apóstoles y discípulos la conciencia de haber sido llamados y enviados por la gracia de Dios. «Por la gracia de Dios soy lo que soy» (1Co_15:10). «Lo que cuenta no es el que planta ni el que riega, sino el que produce el crecimiento, Dios… Porque somos colaboradores con Dios; y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia que Dios me ha dado… puse yo los cimientos» ( 1Co_3:7-10).

3 Id. Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. 4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; ni saludéis a nadie por el camino.

Id. Con esto se expresa la misión. Es misión, encargo de partir, caminar y obrar. El aprovisionamiento es sorprendente. Sencillamente: Id. Lo primero y principal de este aprovisionamiento es el hecho de ser enviados por Jesús mismo, lo cual implica que el poder de Dios también los acompañará y armará.

Se retira a los discípulos todo aprovisionamiento y toda defensa humana. Son enviados indefensos, como corderos en medio de lobos. Israel se conoce como «oveja entre setenta lobos», pero confía también en que su gran pastor lo salva y lo custodia. Los setenta enviados por Jesús son el núcleo del nuevo Israel. A los sufridos e inermes se promete el reino de Dios (Mat_5:3 ss). Jesús envía a los discípulos como pobres. Cuando no se tiene bolsa, alforja ni sandalias, es uno totalmente pobre. La pobreza es condición para entrar en el reino de Dios (Mat_6:20) y distintivo de los que lo anuncian. Los discípulos deben tener constantemente ante los ojos su misión y no dejarse distraer por nada. No saludéis a nadie por el camino. La entrega total a la misión no consiente las complicadas y largas fórmulas de cortesía de Oriente. En Lucas todos los mensajeros tienen prisa: María, los pastores, Felipe (Hec_8:30).

Jesús mismo y los tres llamamientos de discípulos al comienzo del relato del viaje han mostrado ya lo que caracteriza a los discípulos: desvalimiento y mansedumbre frente a la hostilidad, falta de hogar y pobreza, entrega total a la misión de anunciar el reino de Dios. Las figuras primigenias de este anuncio son Jesús, los doce, los setenta discípulos.

5 Y en cualquier casa en que entréis, decid primero: Paz a esta casa, 6 y si allí hay alguien que merece la paz, se posará sobre él vuestra paz; pero de lo contrario, retornará a vosotros. 7 Permaneced, pues, en aquella casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan; porque el obrero merece su salario. Y no os mudéis de una casa a otra.

El método de misionar es natural y sencillo. Los misioneros van de casa en casa. La misión cristiana se extiende de la casa a la ciudad. Paz a esta casa: esto es saludo y don. El anuncio y la proclamación comienza con deferencia y cortesía. Un consejo rabínico reza: «Adelántate en saludar a todos.» La paz que aporta el misionero de la salvación no da sólo salud y bienestar, que es lo que se sobrentiende en el saludo cotidiano «paz», sino el don de la salvación de los últimos tiempos. Los enviados cumplen la misión de Jesús, de la que se dice: «Tal es el mensaje que ha enviado (Dios) a los hijos de Israel anunciando el Evangelio de paz por medio de Jesucristo» (Hec_10:36).

Las palabras de saludo producen lo que expresan, si topan con alguien que ha sido elegido por Dios para la salvación, alguien que «merece la paz». El nacimiento de Jesús trae la paz a los hombres, objeto del amor de Dios. La paz se posa sobre aquel que la recibe, como el espíritu sobre los setenta ancianos, a los que lo había comunicado Moisés: Descendió Yahveh en la nube y habló a Moisés: tomando del espíritu que residía en él, lo puso sobre los setenta ancianos, y cuando sobre ellos se posó el espíritu, pusiéronse a profetizar y no cesaban» (Num_11:26). «Los hijos de los profetas, habiéndole visto (a Eliseo), dijeron: El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo» (2Re_2:15). La paz y el espíritu son los dos grandes dones saludables de los últimos tiempos. Aun cuando no se encuentre nadie que se abra a la salvación y se muestre digno de ella, no por eso carece de eficacia la palabra de saludo; la paz retorna a los mensajeros. «Por mí lo juro: sale la verdad de mi boca y es irrevocable mi palabra» (Isa_45:23). El saludo de paz no es una fórmula vana. Al don que aportan los predicadores corresponden los hijos de la paz con hospitalidad. La primera casa en que sean acogidos los discípulos, debe ser para éstos como su propia casa. Permaneced, pues, en aquella casa. No os mudéis de una casa a otra. El gran objetivo de los misioneros es el mensaje del reino de Dios. Lo decisivo no debe ser el bienestar personal, el buen trato y los cuidados de la hospitalidad. El que cambia de alojamiento muestra que el valor supremo no es para él la palabra de Dios, sino su propia persona. Perjudica y se perjudica. Desacredita a su huésped y se desacredita él mismo. No debe violarse la ley sagrada de la hospitalidad.

Los discípulos deben comer y beber de lo que se les ofrezca. No deben preocuparse pensando que molestan indebidamente a quien les da hospitalidad. El quehacer de los enviados no debe verse entorpecido por preocupaciones de la tierra. Lo que reciben es justa compensación por lo que ellos aportan: su don es mayor. «El obrero merece su salario» (1Ti_5:18). «Si nosotros hemos sembrado para vosotros lo espiritual, ¿qué de extraño tiene que recojamos nosotros vuestros bienes materiales?» (1Co_9:11). Pero los discípulos deben también contentarse con lo que se les dé.

8 En cualquier ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os presenten, 9 curad los enfermos que haya en ella, y decidles: Está cerca de vosotros el reino de Dios. 10 Pero, en cualquier ciudad donde entréis y no quieran recibiros, salid a la plaza y decid: 11 Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos pegó a los pies, lo sacudimos sobre vosotros. Sin embargo, sabedlo bien: ¡el reino de Dios está cerca! 12 Os aseguro que habrá menos rigor para Sodoma en aquel día que para esa ciudad.

La actividad de los discípulos es misión en las casas y en las ciudades. Una ciudad que los acoge muestra buena disposición. Los discípulos deben realizar aquello para que han sido enviados. Comed lo que os presenten. Los discípulos no deben preocuparse de si los alimentos son cultualmente puros o impuros. (…). Para la misión entre los gentiles era de gran importancia esta libertad de conciencia (Cf.1Co_10:27; Act 15). La curación de los enfermos que se encargaba a los discípulos debe preparar para la hora de la historia de la salvación que ellos anuncian, debe demostrar en la práctica su poderoso alborear. Deben proclamar con la palabra eso a que preparan las obras: Está cerca el reino de Dios. El acercarse Jesús es acercarse el reino de Dios. Por eso dice Jesús: «Si yo arrojo los demonios por el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (1Co_11:20). «El reino de Dios está en medio de vosotros» (1Co_17:21). Jesús mismo es el reino de Dios.

¿Y si una ciudad no acoge a los discípulos? Entonces han de expresar públicamente (por las calles) y solemnemente su separación y su anatema. Los judíos sacuden el polvo de sus pies cuando vienen de tierra de gentiles y ponen los pies en la tierra santa de Palestina. Con esto se quiere significar que no existe vínculo alguno entre Israel y los gentiles. Una ciudad que no acoge a los enviados de Cristo rompe los vínculos que la unen con el pueblo de Dios, desconoce la gran hora que ha sonado: Habéis de saber que el reino de Dios está cerca y que con él se acerca el juicio. Los mensajeros no anuncian que el reino de Dios está presente, sino que se acerca. Todavía es posible dar marcha atrás, pero ésta es ya la última posibilidad.

El que rechaza el anuncio del reino de Dios y así se cierra a Jesús, se atrae la sentencia de condenación. El desenlace de este juicio es más terrible que la condenación que se pronunció contra Sodoma. El juicio sobre esta ciudad nefanda ha venido a ser proverbial. La culpa de quien rechaza a Jesús y los bienes del reino de Dios es mayor que la culpa de Sodoma. La proclamación de los mensajeros de Jesús ofrece la gracia más grande y sitúa ante una decisión de conciencia cuya última consecuencia es la salvación o la sentencia condenatoria.

(…)

b) Regreso (Lc/10/17-20)

17 Volvieron, pues, los setenta llenos de alegría diciendo: ¡Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre! 18 él les dijo: Yo estaba viendo a Satán caer del cielo como un rayo.

De todo lo que experimentaron los setenta en su viaje de misión, sólo destacan una cosa: el poder sobre los poderes demoníacos. Hasta los demonios nos obedecen. No sólo las enfermedades se les sometían, no sólo los hombres obedecían la palabra de Dios; el colmo era la sumisión de las fuerzas satánicas. Volvieron llenos de alegría, porque habían experimentado el reino de Dios, que se había iniciado con Jesús. Los discípulos interpelan a Jesús con el nombre de Señor; al pronunciar su nombre habían recibido señorío sobre los demonios. Gracias al Señor alcanza el poder de los enviados hasta el mismo reino de los poderes y potestades que ejercen invisiblemente su influjo pernicioso sobre este mundo. El poder de Jesús y de sus discípulos domina no sólo sobre lo terreno, sino también sobre la esfera que influye en la determinación del curso de lo terreno.

En las expulsiones de demonios practicadas por los discípulos se hace visible el triunfo del reino de Dios sobre los poderes satánicos. Yo estaba viendo a Satán caer del cielo como un rayo. En las expulsiones de demonios veía constantemente Jesús que había quebrantado el poder de Satán. ¿Cuándo sucedió esto? De esto no dice nada la palabra. Pero sí da a entender que es imponente el triunfo sobre Satán. La exposición recuerda las palabras de Isaías sobre la imponente caída de Nabucodonosor, rey de Babilonia. «Tú… dominador de las naciones… al sepulcro has bajado, a las profundidades del abismo» (Isa_14:12.15). Esta victoria sobre Satán es fruto de la muerte de cruz de Cristo y de su glorificación: «Este es el momento de la condenación de este mundo; ahora el jefe de este mundo será arrojado fuera» (Jua_12:31). Es posible que Lucas pensara en las tentaciones en que fue derrotado el demonio. Con esta victoria de Jesús quedó sacudido para siempre el poder de Satán, aunque todavía no definitivamente. Definitivamente quedará despojado de su poder en el tiempo final, pero ya ha comenzado lo que era la gran esperanza del tiempo final: «Entonces aparecerá su reino en toda su creación, y entonces se acabará con Satán y se quitará la tristeza».

19 Mirad que os he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones, y contra toda la fuerza del enemigo, sin que nada pueda haceros daño. 20 Sin embargo, no os alegréis de eso: de que los espíritus se os sometan; sino alegraos más bien de que vuestros nombres están ya inscritos en los cielos.

También los Doce toman parte en el triunfo de Jesús sobre Satán; lo que se aplica a los Doce quiere extenderlo Lucas también a los setenta, a todos los que colaboran en la obra de Jesús. Tienen poder sobre serpientes y escorpiones. Precisamente estos animales taimados, que constituyen una amenaza para la vida, se consideran en la Biblia y en el lenguaje influido por la Biblia, como instrumentos de Satán. El Salvador que se espera salvará de serpientes y de escorpiones, y de malos espíritus. El Mesías, protegido por el ángel de Dios, camina sobre víboras y áspides y huella al león y al dragón (Sal_91:13). Cuando envió Jesús a los Doce les dio también participación en este poder; de esta investidura les queda como resultado permanente el no estar ya a merced del poder de Satán, sino bajo la soberanía de Dios.

Lo que se dice sobre el poder de caminar sobre serpientes y escorpiones se amplía con la explicación que sigue: Los Doce tienen poder contra toda fuerza del enemigo. Satán utiliza su fuerza para dañar a los hombres; su hostilidad no puede ya dañar, una vez que asoma el reino de Dios. Hay aquí un poder más grande y más fuerte. ¿Qué puede, pues, ya dañar? El canto triunfal de san Pablo tiene aquí su explicación: «Sin embargo, en todas estas cosas vencemos plenamente por medio de aquel que nos amó. Pues estoy firmemente convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni potestades, ni altura ni profundidad, ni ninguna otra cosa podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom_8:37-39). La inauguración del reino de Dios es un motivo de gozo todavía más profundo que el poder sobre los malos espíritus y el quebrantamiento del señorío de Satán. Para los discípulos, la suprema razón de alegrarse es su elección y predestinación a la vida eterna. Las ciudades de la antigüedad tienen listas de ciudadanos. El que está inscrito en la lista goza de todas las ventajas que ofrece la ciudad. También en el cielo, donde se representa la morada de Dios, se imaginan tales listas de ciudadanos, en las que están inscritos los elegidos de Dios; seguramente se identifican con lo que se llama el libro de la vida.[2] El motivo de alegría que está por encima de todo es el hecho de poder participar en el reino de Dios, de alcanzar la vida eterna y de estar en comunión con Dios.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

________________________________________
[1] La tradición textual vacila entre 70 y 72; en todo caso es exacta la referencia a la tabla etnográfica (de que se habla a continuación), pues también en Gén 10 existe la misma inseguridad: el texto hebreo dice 70 pueblos, los Setenta leen 72.
[2] Sal_69:29 : «Sean borrados del libro de la vida, no sean inscritos entre los justos»; cf. Ex 32.52s; Isa_4:3; Isa_56:5; Dan_12:1; Rev_3:5; 13.8, etc.

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Comentario Teológico

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

La misión de los 72 discípulos

            Es de máxima importancia el saber que el nombre de ‘apóstol’ no se aplica solamente a los Doce que conforman el Colegio Apostólico sino que Jesús lo aplicó también a todo aquel que Él envía con una finalidad misionera. En efecto, apenas Jesús inicia la última etapa de su vida pública, su subida a Jerusalén, envía delante de Él a setenta y dos discípulos. En Lc 10,1ss se narra: “Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Id; mirad que yo os envío”. Dos veces se usa en este texto el verbo enviar, y una vez en boca de Jesús, quien ejerce con autoridad la función del que envía.

            Se usa aquí el mismo verbo que se usó cuando envió a los Doce, el verbo apostéllo. Es necesario recordar aquí lo que significa el verbo apostéllo porque las mismas exigencias que tuvo este verbo para con los Doce la tendrá para con estos ‘otros’ discípulos que son enviados. El evangelio aclara que se trata de ‘otros’ discípulos para resaltar la distinción entre los Doce y estos discípulos que forman parte de un círculo más amplio de seguidores de Jesús. El verbo apostéllo traduce el verbo hebreo salah, que en el AT se usa para indicar la misión de los profetas de Israel, que eran enviados para hablar en nombre de Dios[1]. Este verbo hebreo no indica puramente el envío en sí, sino que subraya el encargo o investidura del enviado, el cual adquiría para aque­lla tarea concreta y determinada la misma autoridad que la persona mandante[2]. De ahí que enviar, en sentido bíblico, significa:

– que se trata de una persona que ha sido llamada

– ha sido vinculada estrechamente al que va a enviar

– ha sido revestida con la autoridad del que envía y, por lo tanto…

– hace las veces del que lo envía;

– es enviado para una misión muy concreta asignada por el que envía y…

– tiene que volver a dar cuentas de su misión

            Todas estas exigencias de la palabra ‘enviar’ se cumplen en el envío de los 72 discípulos. En efecto, hay un llamamiento muy claro de Cristo ya que se dice que Jesús “los designó” (v. 1); además explícitamente Jesús dice: “Yo os envío” (v. 3). Queda muy claro también que los apóstoles enviados hacen las veces de Cristo, según se dice en el v. 16: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. Y finalmente se verifica también la vuelta de los apóstoles para rendir cuentas a Jesús de su misión. Normalmente se conoce este envío de Jesús como ‘la misión de los 72 discípulos’; nunca tan bien usada la palabra misión como en este caso ya que la palabra misión proviene de la palabra latina mitto, que significa ‘enviar’. San Pablo nos recuerda la necesidad de este envío: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!” (Rm 10,14-15)

Queda claro ahora porqué decíamos que era de máxima importancia saber que no sólo los Doce han sido enviados a predicar la verdad del Reino, sino que Jesús envió también a otros discípulos, que no pertenecían al Colegio Apostólico, a anunciar el Evangelio. Esto implica que no sólo los obispos y los sacerdotes, sino también todo bautizado es enviado en el sentido jurídico del término, y este envío es para anunciar la Buena Nueva al mundo. Esto no significa disminuir en nada la dignidad jerárquica que tiene el Colegio Apostólico de los Doce, con su cabeza, Pedro, jerarquía que siempre conservarán, sino que significa que el envío en sentido estricto y jurídico alcanza también a todo bautizado, de modo especial a aquellos que, como discípulos, se equiparan a lo que hoy conocemos como religiosos.

Hay una vinculación muy notoria entre esta etapa de la vida de Jesús, que sube decididamente a Jerusalén para sufrir la cruz, y este envío de los 72 discípulos.  El primer signo que nos manifiesta esta vinculación es el modo en que empieza la frase del envío: “Después de esto…”. Éste “después de esto…” se refiere a la firme decisión de Jesús de ir a Jerusalén para cumplir su análepsis, es decir, su subida, su asunción, que no es otra que su asunción a la cruz. Pero signo más evidente todavía de su vinculación con su subida es el hecho de que San Lucas dice que “los envió (…) delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir” (Lc 10,1). De manera que Jesús los envía con la expresa finalidad de preparar el camino que Él estaba haciendo y que tenía como culminación su subida a la cruz. Por lo tanto, Jesucristo pone a sus discípulos en el mismo camino que Él, es decir, que también a ellos los encamina hacia la cruz. Si el discípulo quiere ser verdaderamente fiel a la intención de Jesús, debe salir a anunciar la verdad del Reino caminando al mismo tiempo hacia la cruz. Y esto implica una decisión igual a la que Jesús había tomado, una decisión firme que se expresa con esa frase tan expresiva: “endureció su rostro” (Lc 9,51). La misión es cruz y solamente tiene sentido si se acepta con decisión esa característica: se misiona mientras se camina hacia la cruz, a semejanza del Maestro.

            Hay en este evangelio otro dato muy importante que mira a la esencia del texto. La elección del número setenta y dos hace referencia a los setenta y dos pueblos de que se compone la humanidad según la tabla etnográfica que menciona el libro del Génesis, capítulo 10. Esto lo hace con motivo de la mención de la descendencia de los hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. De esta manera, con la elección de los setenta y dos discípulos Jesús quiere significar que la misión es universal y abraza a todos los pueblos, abraza a toda la humanidad. No hay ningún pueblo que deba excluirse en el llamado a pertenecer al Reino de Dios. El evangelio del Reino tiene capacidad para adaptarse a todo pueblo. Este número setenta y dos es un preanuncio de aquello que luego Cristo dirá explícitamente, antes de subir al cielo: “Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Y San Marcos lo dice con palabras semejantes: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15)[3].

Los discípulos son enviados en el nombre y con el poder de Cristo, y deben poner en juego todas sus capacidades para anunciar el Reino de Dios. Sin embargo, deben saber que el dueño del sembrado es Dios. La palabra ‘mies’ con que se traduce la palabra griega therismós significa, según del Diccionario de la Real Academia Española, ‘tiempo de la siega y cosecha de granos’. Dios es el dueño del campo y de la cosecha y, por tanto, a Él también le cabe enviar los trabajadores a la cosecha. A raíz de esta prioridad absoluta de Dios en el anuncio del Reino, el discípulo enviado debe tener dos convicciones. En primer lugar, la seguridad y la conciencia de haber sido llamado y enviado por la gracia de Dios. Nadie puede arrogarse el derecho a ser anunciador del Reino si Dios no lo ha llamado. En segundo lugar, el aprovisionamiento de colaboradores para alzar la cosecha no es algo que dependa de medios humanos, sino de la voluntad del dueño del campo y la cosecha, es decir, de Dios. Y por esta razón, el medio más apropiado para lograr que haya colaboradores consagrados al anuncio del Reino es la petición al dueño del campo y del sembrado. Tocamos aquí un tema muy sensible para la Iglesia de todos los tiempos: la necesidad de vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio. En este envío de los setenta y dos discípulos queda claro que la principal causa de las vocaciones no es la propaganda entendida en sentido mundano, sino la voluntad de Dios. Y para que Dios, con su voluntad, envíe vocaciones, el principal medio es la oración.

No podemos comentar todos los detalles de este rico evangelio. Simplemente digamos que Jesucristo envía a sus apóstoles como profetas inermes, sin armas, totalmente indefensos ante los poderes humanos: como corderos en medio de lobos (v. 3). Los envía también desvinculados totalmente de cualquier apoyo humano, confiando solamente en los auxilios de la Providencia: sin bolsa, sin alforjas, sin sandalias (v. 3). Y los envía con el aviso de que tienen que tener una máxima concentración en su tarea apostólica: “no saludéis a nadie en el camino” (v. 4)[4].

_________________________________________________
[1] Cf Éx 3,10; Jue 6,8.14; Is 6,8; Jer 1,7; Ez 2,3; Ag 1,12; Zac 2,15; 4,9; Mal 3,23.
[2] Cf Jos 1,16; 1Re 20,8; 21,10; 2Re 19,4.
[3] Se podrá observar que el número de los discípulos en el texto de Lc 10 varía: algunas Biblias ponen setenta y dos, otras Biblias ponen setenta. Esto se debe a que los manuscritos vacilan entre setenta y setenta y dos. Hay manuscritos importantes que abogan tanto por uno como por otro número. De todas maneras, siempre será exacta la referencia a la tabla etnográfica de Gen 10, de la que hablamos recién, dado que en la tradición textual de Gen 10 se presenta la misma vacilación: el texto hebreo dice setenta pueblos, la Setenta lee setenta y dos. Aún más, podríamos decir que el hecho de que exista la misma vacilación tanto en los manuscritos de Lc como en los manuscritos del libro del Génesis es una prueba más que el número de los discípulos está en relación con Gen 10.
[4] En el Directorio de Misiones Populares del Instituto del Verbo Encarnado, nº 14 – 42, se hace un comentario bastante detallado a este texto de Lc 10,1-42.

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Santos Padres

·        San Agustín

Comentario a Mt 10,16.

1. La solemnidad de los mártires, en la que celebramos el recuerdo de su pasión, se nos propone, amadísimos, para que, si tal vez nos sobreviniere alguna prueba dura, perseveremos hasta el final, para poder ser salvados según lo leído en el Evangelio, que hemos escuchado todos juntos: Quien persevere hasta el final, ése se salvará. El final de este mundo temporal quizá esté lejos o quizá esté cerca’. El Señor quiso que permaneciese oculto cuándo iba a tener lugar, para que los hombres esperen siempre preparados aquello que no saben cuándo va a venir. Pero, esté cercano o esté lejano, como dije, el final de este mundo temporal, el fin de cada hombre en particular, por el que se ve obligado a pasar de esta vida a otra adecuada a sus méritos, pensando en la brevedad de esta nuestra mortalidad, no puede estar lejos. Cada uno de nosotros debe prepararse para cuando llegue su fin. El último día, en efecto, no acarreará mal alguno a quien, pensando que cada día es el último para él, vive en forma de morir tranquilo; a aquel que muere día a día para no morir eternamente. Pensando en estas cosas, ¡cómo oyeron los santos mártires la palabra del Señor que decía: ¡He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos! ¡Cuán firmemente habían sido robustecidos para que no sintiesen temor ante esto! De donde resulta cuan numerosos eran los lobos y cuan pocas las ovejas, pues no fueron enviados los lobos en medio de las ovejas, sino las ovejas en medio de los lobos. No dice el Señor: «Mirad que os envío como leones en medio de jumentos». Al hablar de ovejas en medio de lobos mostró suficientemente el pequeño número de ovejas y los rebaños de lobos. Y aunque un solo lobo acostumbra a espantar a un rebaño por grande que sea, las ovejas enviadas en medio de innumerables lobos iban sin temor, porque quien las enviaba no las abandonaba. ¿Por qué iban a temer el ir en medio de lobos aquellos con quienes estaba el Cordero que venció al lobo?

2. En la misma lectura escuchamos: Cuando os hayan entregado, no penséis lo que vais a decir; no seréis vosotros quienes habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. Por esto dice en otro lugar: Mirad que estoy con vosotros hasta la consumación del mundo. ¿Acaso iban a permanecer aquí hasta la consumación del mundo quienes escuchaban entonces estas palabras del Señor? El Señor pensaba no sólo en aquellos que iban a abandonar este mundo, sino también en los demás, y en nosotros mismos, y en quienes nos han de suceder a nosotros en esta vida: a todos nos veía dentro de su único Cuerpo. Estas palabras: Yo estoy con vosotros hasta la consumación del mundo, no sólo las oyeron ellos, también nosotros las oímos. Y sí no las oíamos entonces en nuestra ciencia, las oíamos en su presciencia. Por tanto, para vivir seguros como ovejas en medio de lobos, guardemos los mandamientos de quien nos exhorta a ser simples como las palomas y astutos como las serpientes. Simples como palomas: a nadie hagamos daño; astutos como serpientes: cuidémonos de que nadie nos dañe. Pero no podrás tomar precauciones para no ser dañado, a no ser que conozcas en qué puedes recibir daño. Hay quienes luchan con gran resistencia por cosas temporales. Y si les reprochan el que ofrecen demasiada resistencia, siendo así que, como el mismo Señor ordenó, más bien deben no ofrecer resistencia al malo, responden que ellos cumplen lo dicho: Sed astutos como serpientes. Pongan, pues, atención a lo que hace la serpiente: cómo en lugar de la cabeza presenta su cuerpo enroscado a los golpes de quienes lo hieren para defender aquélla, en la que la experiencia les dice que reside su vida; cómo menosprecia lo restante de su largo cuerpo para que su cabeza no sea herida por quien la persigue. Por tanto, si quieres imitar la astucia de la serpiente, protege tu cabeza. Está escrito: La cabeza del varón es Cristo. Mira dónde tienes a Cristo, puesto que por la fe habita en ti: Cristo, dice el Apóstol, habita por la fe en vuestros corazones. Para que tu fe permanezca íntegra, a quien te persigue opón todo lo demás para que se mantenga incólume aquello de donde traes la vida. Pues Cristo mismo, nuestro Señor, el Salvador, la Cabeza de toda la Iglesia, que está sentado a la derecha del Padre, ya no puede ser herido por quienes le persiguen; no obstante, asociándose a nuestros padecimientos y demostrando que él vive en nosotros, desde el cielo llamó a aquél Saulo, que luego se convirtió en el apóstol Pablo, con estas palabras: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? A él en persona nadie le tocaba, pero en cuanto cabeza clamó desde el cielo en favor de sus miembros pisoteados en la tierra. Si Cristo habita por la fe en el corazón cristiano, para que la fe quede a salvo, es decir, para que Cristo permanezca en el creyente, ha de despreciarse cualquier cosa que el perseguidor pueda herir o quitar, de modo que ella perezca en favor de la fe y no la fe en beneficio de ella.

3. Los mártires, imitando esta astucia de la serpiente, dado que Cristo es la cabeza del varón, ofrecieron cuanto de mortal poseían a los perseguidores, en beneficio de Cristo, considerado por ellos como su cabeza, para no encontrar la muerte allí de donde les venía la vida. Cumplieron el precepto del Señor que les exhortaba a ser astutos como serpientes, para que no creyesen, cuando se les condenaba a ser decapitados, que entonces perdían la cabeza; antes bien, cortada la cabeza de carne, mantuviesen íntegra la Cabeza: Cristo. Cualquiera que sea el modo como el verdugo se ensañe contra los miembros del cuerpo; cualquiera que sea la crueldad con que, una vez rasgados los costados y despedazadas las entrañas, llegue a las partes más internas del cuerpo, no puede llegar a nuestra Cabeza, que ni siquiera se le permite ver. Puede acercarse a ella, si quiere; pero no ensañándose contra nosotros, sino creyendo lo mismo que nosotros. ¿Cómo pudieron imitar las mujeres esta astucia de la serpiente, hasta alcanzar la corona del martirio? 2 Cristo, en efecto, fue denominado cabeza del varón y el varón cabeza de la mujer. No sufrieron lo que sufrieron por sus maridos, ellas que, para padecerlo, hasta tuvieron que vencer los halagos de los mismos, que las invitaban a apostatar. También ellas son miembros de Cristo por la misma fe. En consecuencia, Cristo, que es Cabeza de la Iglesia entera, es Cabeza de todos sus miembros. A la Iglesia en su totalidad se la denomina tanto mujer como varón. Es mujer, pues se la llama virgen. El Apóstol dice: Os he entregado a un solo varón para presentaros a Cristo como virgen casta. Entendemos que es varón por lo que dice el mismo Apóstol: Hasta que lleguemos todos a la unidad de la je, al conocimiento del Hijo de Dios, al varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo. Si es mujer, Cristo es su varón; si es varón, Cristo es su cabeza. Si, pues, el varón es cabeza de la mujer, y Cristo es el varón de la Iglesia, puesto que también las mujeres sufrieron por Cristo, lucharon por su Cabeza con la astucia de la serpiente. Protejamos, pues, nuestra cabeza contra los perseguidores, imitemos la astucia de la serpiente. Gimamos ante Dios también por nuestros perseguidores, para tener la inocencia de las palomas. Concluye el sermón sobre aquellas palabras: Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 64A, 1-3, BAC Madrid 1983, 235-40

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LOS ENVIÓ DE DOS EN DOS

El evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a Je­sucristo enviando delante suyo a setenta y dos discípulos para anunciar la salvación por los pueblos y campos de Palestina. Ya había elegido a los doce, que serían sus apóstoles, y hoy vemos que a ese grupo original quiso agregar este nuevo, más numeroso.

Con este gesto el Señor va anunciando su intención de esta­blecer una categoría de hombres que colaborará más estrecha­mente en la obra de la redención, actuando por delegación suya y en su nombre, “para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir”. Es clara su voluntad de que esta ins­titución se extienda, para que la obra de la salvación cuente con la ayuda inestimable del sacerdocio. Estos hombres debían prepa­rar la llegada de Jesucristo, ocupar su lugar, hacerse instrumentos de la redención que Él vino a traer al mundo, ser como “otros Cristos”, para decirlo al modo como lo enseñan los teólogos.

Si el sacerdote actúa en el nombre y en el lugar de Cristo, será conveniente recordar, aunque sea someramente, cuál es la misión del Redentor, para poder entender y explicar mejor la función de sus enviados. Él ha bajado desde el cielo para salvar al mundo mediante el misterio de su muerte y resurrección, o lo que llamamos el misterio pascual. Al ser hombre verdadero, representa auténticamente a toda la humanidad, y el hecho de ser Dios verdadero, otorga a su acto redentor el mérito infinito de la persona que lo lleva a cabo. Por eso su sacrificio nos aprovecha a todos, ese sacrificio aceptado por Dios Padre como ofrenda agradable para la salvación del mundo. La redención obrada por Cristo está marcada por la exuberancia, por el exceso, podría­mos decir, tan propio de las obras de Dios. Por eso hoy el Señor nos habla de una “cosecha abundante”, así como en otro lugar nos dice que vino a la tierra “para que tuviésemos vida y la tuviésemos en abundancia”. El amor redentor del Verbo Encar­nado no se derrama sobre el mundo con cuentagotas sino a raudales, en consonancia con la generosidad divina. Pero esta siembra copiosa de dones salvíficos que debe producir esta también abundante recolección, necesita llegara cada uno de los hombres, de todos los sitios y de todos los tiempos.

De ahí entonces la necesidad proclamada hoy de que existan muchos “trabajadores”, para que el fruto maduro pueda ser recogido. Si bien la redención está viva y operante desde que Jesucristo murió en el Calvario, es necesario que se concrete en cada ser humano, es menester que se “aplique” a cada hombre, y para eso el Señor dispuso la intervención mediadora de los sacerdotes que llevan por todas partes la palabra divina, la gracia y el perdón. El sacerdocio es un misterio que sólo tiene razón de ser en el amor insondable de Dios que quiere expandirse por todo el mundo, actuar por todas partes y llegar a cada alma. El sacerdote hace presente a Jesucristo a lo largo de la historia, para prolongar su acción redentora siempre y en todas partes, para que los hombres puedan experimentar sin interrupción la fuerza bienhechora de Aquel que pasó curando enfermos, perdonando los pecados y enseñando las verdades arcanas de la vida misma de Dios.

Ya sabemos qué es el sacerdocio y con qué finalidad ha sido instituido. Veamos ahora cómo quiere Jesucristo a sus sacerdo­tes, según el evangelio de este domingo.

Nos dice hoy, ante todo, que los envía como a “ovejas en medio de lobos”, dando a entender de este modo el peligro y lucha constantes que son inherentes a la vida apostólica del sacerdote. Así como el Señor quiere que todos los hombres se salven y lleguen al cielo, el demonio trabaja incesantemente para hacer estéril la redención y lograr, oponiéndose a la voluntad salvífica de Dios, que muchas almas se pierdan para siempre. Esto engendra una lucha permanente y sin tregua, que comenzó con la rebelión de los ángeles malos, y culminará con el triunfo definitivo de Jesucristo en la Parusía. Mientras llega ese momen­to, la lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, no se detiene, es algo que va acompañando siempre la vida de la Iglesia y el apostolado de los sacerdotes.

“Como ovejas en medio de lobos”. Encargo singular, comen­ta San Agustín, contrario a lo que normalmente haría un general que busca la victoria. En lugar de ofrecer todos los medios para el triunfo, el Señor envía a su ejército inerme y débil, frente a la fuerza y ferocidad del enemigo. Los vasallos de Jesucristo están llamados a participar de una obra grandiosa, cual no hay otra en toda la historia: el rescate del género humano de su destino de condenación. Sin embargo, esta gran obra se realiza con medios humanamente pobres, porque la fuerza de la redención reside en el poder oculto del amor de Dios. Toda su eficacia proviene de la cruz de Cristo, que en términos puramente humanos puede considerarse un verdadero fracaso. Del mismo modo que el Señor triunfó desde la ignominia, el anonadamiento y el despo­jo, quiere que sus sacerdotes lleven adelante su obra desde la precariedad y la desproporción de fuerzas naturales, para que así brille solamente el poder de Dios, a quien es igual “dar la victoria, sea con muchos o con pocos” (1 Sam. 14, 6).

Esta confianza en la potestad divina está en consonancia con otra característica de los enviados de Cristo, según nos lo pre­senta el evangelio: su total abandono en las manos de la Pro­videncia. Los sacerdotes deberán marchar por el mundo, libres de excesivos cuidados temporales: “No llevéis dinero, ni alforja… donde entréis, comed lo que os sirvan”. Como parte de esta pobreza de espíritu, el Señor quiere que renuncien también al gozo legítimo de ver los frutos de su apostolado. Si ellos se hacen visibles, el sacerdote deberá dar gracias a Dios y referir a su bondad y gracia el éxito en las almas, pero si no se advierten dichos frutos no habrá por ello de caer en el desánimo o en la tristeza. El mismo Jesucristo les previene hoy que a veces su predicación caerá en saco roto: “Cuando no os reciban… sacu­did hasta el polvo de vuestros pies”. Quiere advertirles que a veces podrán experimentar “fracasos apostólicos”, pero ello no habrá de sumergirlos en el abatimiento. No necesariamente se deberán a deficiencias de su acción. La palabra de Dios siempre necesita de la aceptación del hombre que es evangelizado, y este hombre es libre, y puede rehusar su respuesta al amor divino. La predicación más elocuente, y el ejemplo incluso de una vida de gran santidad, pueden chocar con un alma endurecida que rechazada conversión, y en eso no hay culpa alguna del apóstol.

El Señor pide la lucha, el esfuerzo generoso, pero no exige la victoria. Él la da cuando quiere y como quiere.

La distinción entre la acción evangelizadora y los frutos de la misma resplandece con la mayor claridad en el evangelio de hoy. Allí les dice a sus discípulos que si en alguna ciudad se los rechaza, no por ello deben desesperarse; eso sí, en el día de la rendición de cuentas, “Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad”. Supuesta la diligencia del apóstol, Dios hace fructificar la predicación según su voluntad, sin mengua para el mérito del enviado. No perdáis la paz, les dice a sus enviados, porque “vuestros nombres están escritos en el cielo”.

Todos nosotros, sacerdotes y laicos, si bien cada uno en su grado, hemos sido llamados al apostolado. Aquella cierta indife­rencia respecto a los resultados, no debe hacemos perder el estado habitual de confianza y la alegría consiguiente. La espe­ranza, particularmente del sacerdote, se funda en él, poder recibido de Jesucristo, que no es algo puramente humano sino que brota del mismo Dios. Los discípulos enviados de nuestro evangelio se asombraron por la eficacia que pudieron experi­mentar -“hasta los demonios se nos someten en tu nombre”-, y el Señor, al tiempo que los confirma en su seguridad, les anuncia mayor pujanza todavía, ya que les daría poder “para vencer todas las fuerzas del enemigo”. En el Calvario se ha logrado la victoria sustancial. Las alternativas que vendrán luego, a lo largo de los siglos, no son más que escaramuzas de una batalla que ya está ganada. Poco importa que algún soldado aislado muera o sea hecho prisionero, cuando la vanguardia ya ha coronado la posición. Nosotros pertenecemos a la Iglesia fundada por Jesu­cristo, cuya cabeza ha vencido definitivamente al demonio, al pecado y a la muerte con la fuerza del misterio pascual. Es indiferente que nosotros, individualmente, seamos escuchados o desoídos, perseguidos o no. Unidos al Señor por la gracia y la caridad, ya participamos de su triunfo que legítimamente es también el nuestro.

Vamos ahora a continuar el Santo Sacrificio de la Misa, que actualiza el misterio soberana y definitivamente eficaz de la Cruz. Ella es la fuente inexhausta de la fecundidad espiritual de los sacerdotes y el firme fundamento de nuestra esperanza. Que Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote, conceda una y otra a su Iglesia, con la abundancia propia de su generoso amor.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 209-213)

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S.S. Francisco p.p.


Queridos hermanos y hermanas: Ya ayer tuve la alegría de encontrarme con ustedes, y hoy nuestra fiesta es todavía mayor porque nos reunimos de nuevo para celebrar la Eucaristía, en el día del Señor. Ustedes son seminaristas, novicios y novicias, jóvenes en el camino vocacional, provenientes de todas las partes del mundo: ¡representan a la juventud de la Iglesia! Si la Iglesia es la Esposa de Cristo, en cierto sentido ustedes constituyen el momento del noviazgo, la primavera de la vocación, la estación del descubrimiento, de la prueba, de la formación. Y es una etapa muy bonita, en la que se ponen las bases para el futuro. ¡Gracias por haber venido!

Hoy la palabra de Dios nos habla de la misión. ¿De dónde nace la misión? La respuesta es sencilla: nace de una llamada que nos hace el Señor, y quien es llamado por Él lo es para ser enviado. ¿Cuál debe ser el estilo del enviado? ¿Cuáles son los puntos de referencia de la misión cristiana? Las lecturas que hemos escuchado nos sugieren tres: la alegría de la consolación, la cruz y la oración.

1. El primer elemento: la alegría de la consolación. El profeta Isaías se dirige a un pueblo que ha atravesado el periodo oscuro del exilio, ha sufrido una prueba muy dura; pero ahora, para Jerusalén, ha llegado el tiempo de la consolación; la tristeza y el miedo deben dejar paso a la alegría: “Festejad… gozad… alegraos”, dice el Profeta (66,10). Es una gran invitación a la alegría. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo de esta invitación a la alegría? Porque el Señor hará derivar hacia la santa Ciudad y sus habitantes un “torrente” de consolación, un torrente de consolación –así llenos de consolación-, un torrente de ternura materna: “Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán” (v. 12). Como la mamá pone al niño sobre sus rodillas y lo acaricia, así el Señor hará con nosotros y hace con nosotros. Éste es el torrente de ternura que nos da tanta consolación. “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (v. 13). Todo cristiano, y sobre todo nosotros, estamos llamados a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos. Pero sólo podremos ser portadores si nosotros experimentamos antes la alegría de ser consolados por Él, de ser amados por Él. Esto es importante para que nuestra misión sea fecunda: sentir la consolación de Dios y transmitirla. A veces me he encontrado con personas consagradas que tienen miedo a la consolación de Dios, y… pobres, se atormentan, porque tienen miedo a esta ternura de Dios. Pero no tengan miedo. No tengan miedo, el Señor es el Señor de la consolación, el Señor de la ternura. El Señor es padre y Él dice que nos tratará como una mamá a su niño, con su ternura. No tengan miedo de la consolación del Señor. La invitación de Isaías ha de resonar en nuestro corazón: “Consolad, consolad a mi pueblo” (40,1), y esto convertirse en misión. Encontrar al Señor que nos consuela e ir a consolar al pueblo de Dios, ésta es la misión. La gente de hoy tiene necesidad ciertamente de palabras, pero sobre todo tiene necesidad de que demos testimonio de la misericordia, la ternura del Señor, que enardece el corazón, despierta la esperanza, atrae hacia el bien. ¡La alegría de llevar la consolación de Dios!

2. El segundo punto de referencia de la misión es la cruz de Cristo. San Pablo, escribiendo a los Gálatas, dice: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (6,14). Y habla de las “marcas”, es decir, de las llagas de Cristo Crucificado, como el cuño, la señal distintiva de su existencia de Apóstol del Evangelio. En su ministerio, Pablo ha experimentado el sufrimiento, la debilidad y la derrota, pero también la alegría y la consolación. He aquí el misterio pascual de Jesús: misterio de muerte y resurrección. Y precisamente haberse dejado conformar con la muerte de Jesús ha hecho a San Pablo participar en su resurrección, en su victoria. En la hora de la oscuridad, en la hora de la prueba está ya presente y activa el alba de la luz y de la salvación. ¡El misterio pascual es el corazón palpitante de la misión de la Iglesia! Y si permanecemos dentro de este misterio, estamos a salvo tanto de una visión mundana y triunfalista de la misión, como del desánimo que puede nacer ante las pruebas y los fracasos. La fecundidad pastoral, la fecundidad del anuncio del Evangelio no procede ni del éxito ni del fracaso según los criterios de valoración humana, sino de conformarse con la lógica de la Cruz de Jesús, que es la lógica del salir de sí mismos y darse, la lógica del amor. Es la Cruz –siempre la Cruz con Cristo, porque a veces nos ofrecen la cruz sin Cristo: ésa no sirve–. Es la Cruz, siempre la Cruz con Cristo, la que garantiza la fecundidad de nuestra misión. Y desde la Cruz, acto supremo de misericordia y de amor, renacemos como “criatura nueva” (Ga 6,15).

3. Finalmente, el tercer elemento: la oración. En el Evangelio hemos escuchado: “Rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies” (Lc 10,2). Los obreros para la mies no son elegidos mediante campañas publicitarias o llamadas al servicio de la generosidad, sino que son “elegidos” y “mandados” por Dios. Él es quien elige, Él es quien manda, Él es quien manda, Él es quien encomienda la misión. Por eso es importante la oración. La Iglesia, nos ha repetido Benedicto XVI, no es nuestra, sino de Dios; ¡y cuántas veces nosotros, los consagrados, pensamos que es nuestra! La convertimos… en lo que se nos ocurre. Pero no es nuestra, es de Dios. El campo a cultivar es suyo. Así pues, la misión es sobre todo gracia. La misión es gracia. Y si el apóstol es fruto de la oración, encontrará en ella la luz y la fuerza de su acción. En efecto, nuestra misión pierde su fecundidad, e incluso se apaga, en el mismo momento en que se interrumpe la conexión con la fuente, con el Señor.

Queridos seminaristas, queridas novicias y queridos novicios, queridos jóvenes en el camino vocacional. Uno de ustedes, uno de sus formadores, me decía el otro día: évangéliser on le fait à genoux, la evangelización se hace de rodillas. Óiganlo bien: “la evangelización se hace de rodillas”. ¡Sean siempre hombres y mujeres de oración! Sin la relación constante con Dios la misión se convierte en función. Pero, ¿en qué trabajas tú? ¿Eres sastre, cocinera, sacerdote, trabajas como sacerdote, trabajas como religiosa? No. No es un oficio, es otra cosa. El riesgo del activismo, de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a Jesús, vemos que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se recogía en oración intensa y prolongada. Cultivemos la dimensión contemplativa, incluso en la vorágine de los compromisos más urgentes y duros. Cuanto más les llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón a Cristo, lleno de misericordia y de amor. ¡Aquí reside el secreto de la fecundidad pastoral, de la fecundidad de un discípulo del Señor!

Jesús manda a los suyos sin “talega, ni alforja, ni sandalias” (Lc 10,4). La difusión del Evangelio no está asegurada ni por el número de personas, ni por el prestigio de la institución, ni por la cantidad de recursos disponibles. Lo que cuenta es estar imbuidos del amor de Cristo, dejarse conducir por el Espíritu Santo, e injertar la propia vida en el árbol de la vida, que es la Cruz del Señor.

Queridos amigos y amigas, con gran confianza les pongo bajo la intercesión de María Santísima. Ella es la Madre que nos ayuda a tomar las decisiones definitivas con libertad, sin miedo. Que Ella les ayude a dar testimonio de la alegría de la consolación de Dios, sin tener miedo a la alegría; que Ella les ayude a conformarse con la lógica de amor de la Cruz, a crecer en una unión cada vez más intensa con el Señor en la oración. ¡Así su vida será rica y fecunda! Amén.

(Basílica Vaticana, Domingo 7 de julio de 2013)

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San Juan Pablo II

“La gracia y la paz sea con vosotros de parte de Dios Padre y de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 1,3).

En la narración del evangelista San Lucas que acabamos de oír, el Señor designa y envía setenta y dos discípulos a todos los pueblos y lugares donde Él pensaba ir. Además de los Apóstoles y siguiendo su testimonio, muchos otros son llamados y enviados por el Señor para que, a lo largo de los siglos y hasta nuestros días, fueran precursores, mensajeros y testigos que anuncien la presencia y llegada de Cristo y proclamen el advenimiento del Reino de Dios.

Vosotros formáis parte de esa multitud ininterrumpida de discípulos que, de generación en generación, y en todos los pueblos y ciudades, en todas las culturas, ambientes y naciones, son testigos y pregoneros de la cercanía de ese reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (cfr. Lumen Gentium, 36).

“La mies es mucha y los obreros pocos” (Lc 10,2). El campo de labor que se abre hoy ante los ojos del Apóstol es inmenso. No faltan las ciudades que, ayer como hoy, no escuchan y rechazan a los discípulos del Señor, enviados “como corderos en medio de lobos” (Lc 10,3). El materialismo, el consumismo, el secularismo han obnubilado y endurecido el corazón de muchos hombres. Pero hay muchas casas y ciudades que viven en la ley del Señor, que reciben “como río de paz”, según las palabras del profeta Isaías (Is 66,12). ¡La mies es abundante! ¡Se necesitan muchos brazos que trabajen en la construcción del reino de Dios!

Por eso el Concilio Vaticano II destacó con claridad y fuerza particulares, que toda vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (cfr. Apostolicam actuositatem,3), invitando a todos los laicos a redescubrir su dignidad bautismal de discípulos del Señor, de obreros de la mies, y a reavivar su responsabilidad apostólica ante la magnitud de la tarea.

Por el bautismo y la confirmación, por la participación en el sacerdocio de Cristo, como miembros vivos de su Cuerpo, los laicos participan en la comunión y en la misión de la Iglesia. La Iglesia quiere y necesita laicos santos que sean discípulos y testigos de Cristo, constructores de comunidades cristianas, transformadores del mundo según los valores del Evangelio.

La formación cristiana de los laicos requiere una pedagogía pastoral que ilumine y oriente con la luz y la fuerza de la fe. La fe profesada tiene que convertirse en vida cristiana. “Desead la paz a Jerusalén” (Sal 122,6) rezábamos en el Salmo responsorial; que la nueva Jerusalén, que es la iglesia, sea “como una ciudad bien unida y compacta” (Sal 122,3) en la fraternidad y el amor.

(Bucaramanga, Colombia, 6 de julio de 1986)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La alegría del cristianno

Lc 10, 17-20

Quiero reflexionar sobre la más profunda y verdadera alegría que se da en todo religioso, sea apóstol o no.

            En el Evangelio de este domingo los discípulos se llenan de alegría porque los demonios se les sometían en nombre de Jesús. Jesús se congratula con ellos y manifiesta su ciencia beatífica al decirles que Él veía la derrota de Satanás.

            Escucha atentamente su apostolado y alienta su entusiasmo y su alegría, pero, los invita a una alegría mayor: la alegría de glorificar a Dios y de ir realizando la santificación personal por el cumplimiento de su voluntad: “alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos”. Cada obra que realizamos por la gloria de Dios se va escribiendo en el libro de la vida.

            Luego, el Evangelio narra el gozo de Jesús porque ellos, los pequeños, han recibido la gracia de conocer a Dios y poder glorificarlo. Es la obra que realiza Jesús revelando a los discípulos quién es el Padre y cómo agradarle.

            Las obras de apostolado nos llenan de alegría, es una experiencia que todos hemos tenido o tenemos. Qué gran alegría experimenta el apóstol después de un día de misión, el sacerdote después de confesar o de predicar, etc. y nos llenan de alegría porque hacemos entrar a las almas en relación con Dios, pero sobre todo porque hemos realizado una misión y eso nos une con Dios a nosotros.

            La base de la alegría, el fundamento, es el contento. Y ¿qué es el contento? La aceptación de nuestro destino, es decir, la aceptación del plan eterno que Dios tiene sobre mí. En el contento no hay grados. Se está contento o se está amargado. Se está contento si uno acepta, aunque sea con resignación, la voluntad de Dios. Si no se acepta la voluntad de Dios, podríamos decir, su destino, el hombre vive sin felicidad, vive triste. Y la voluntad de Dios sobre todo apóstol es que ejercite la caridad pastoral y se santifique con esta obra.

            Pero para crecer en el camino de la alegría hay que aceptar la voluntad de Dios con más libertad. No sólo con resignación sino con amor. Las paredes del edificio de la felicidad están formadas por actos de amor. De ahí la alegría que experimentamos cuando amamos la voluntad de Dios y la que experimentamos cuando amamos al prójimo. En definitiva, la esencia de la felicidad está en darse, en salir de sí mismo. Experimentaremos mayores alegrías en la medida que nos demos a los demás y en especial a Dios. El amor al prójimo y el amor a Dios son un mismo mandamiento por eso amamos a Dios cuando amamos al prójimo. Y la cumbre de la felicidad se da cuando vivimos en Dios, sólo haciendo lo que Él quiere. Y esta felicidad en su grado máximo se llama júbilo. Él júbilo nos hace salir de nosotros mismos para vivir en Dios, nos hace por la unión con Dios olvidarnos de nuestra limitación.

            Jesús tenía razón al decir que más alegría tenían ellos por tener los nombres inscriptos en el cielo o lo que es lo mismo por vivir en Dios.

            Jesús fue el hombre más alegre de la tierra porque vivió en Dios durante toda su vida. No sólo porque era uno con Dios sino porque también se identificó desde la encarnación con la voluntad de Dios. Sin embargo, casi siempre, ocultó su alegría.

Él refrenó algo. Lo digo con reverencia; en esa personalidad violenta había un rasgo que debe ser timidez. Hubo en Él algo que es­condió a todos los hombres cuando subió a orar en la montaña. Había algo que constantemente ocultó con un silencio repentino, o con un impetuoso aislamiento. Cuando caminó sobre nuestra tierra, había en Él algo demasiado grande para que Dios nos lo mostrara; y algunas veces imaginé que era su alegría[1].

La alegría fue la pequeña publicidad del paganismo, pero para el cristianismo es el gran secreto[2]. La publicidad que hace el paganismo de su alegría no es auténtica porque la alegría del pagano se produce por un ensimismamiento, por una búsqueda insaciable de su ego y esta alegría es tan fugaz como un meteoro que entra a la atmósfera y lo peor es que termina en desesperación, es decir, en tristeza sin límites. El secreto del cristiano que es la alegría auténtica Cristo la enseñó con sus palabras y con su vida. Su vida fue un servicio ininterrumpido a las almas, servicio que llevó a la cumbre en el Calvario. No hay mayor amor, no hay mayor servicio que dar la vida por el amigo.  Y en el Evangelio de hoy la enseña a los setenta y dos discípulos que vuelven de la misión. La alegría consiste en salir de sí mismo para glorificar a Dios.

Los discípulos no llegaron a ver en su profundidad el motivo de la verdadera alegría. Sintieron la alegría del dar pero no llegaron al fondo que consiste en darse y hacerlo totalmente. La alegría en su máxima expansión consiste en vivir en Dios sea amándolo directamente como el que entrega su vida para contemplarlo, sea amándolo en el prójimo o ambas.

En el cielo donde la felicidad será perfecta y eterna viviremos en Dios. Y en esta vida la felicidad se dará en la medida en que vivamos en Dios. Ese anhelo que tiene todo hombre pero en particular todo apóstol de vivir en Dios lo hacemos presente en la contemplación. La contemplación unifica nuestra voluntad con la voluntad de Dios porque ordena todas las tendencias que nos separan de su voluntad.

Los apóstoles estaban contentos por los frutos apostólicos pero los frutos apostólicos pueden desviarnos de lo más importante que es Dios. La contemplación ayuda a unificar todo en la búsqueda de la gloria de Dios.

Hay una alegría cuando el alma experimenta la victoria sobre las criaturas, en este caso sobre satanás, pero hay un vencimiento mayor y que es más profundo y que da mucha más alegría y es el vencimiento de sí mismo para hacer la voluntad de Dios. Al vencernos a nosotros mismos para hacer la voluntad de Dios nos desprendemos incluso de nuestra libertad. El que obedece a Dios renuncia a la libertad de su propia voluntad y la pone en la voluntad de Dios.

La renuncia a las criaturas y a nosotros mismos nos da libertad para entregarnos totalmente a Dios, para salir de nosotros mismos y de nuestras afecciones y vivir en Dios y esto nos llena de alegría.

Al principio dijimos que Dios se alegra por la alegría de los discípulos, este alegrarse con el que se alegra se llama congratulación y es propio de las almas grandes que están tan olvidadas de sí mismas que saben alegrarse por las cosas buenas que les suceden a otros. La congratulación es un sentimiento del alma que ama con un amor verdadero. El alma que sabe congratularse lo hace en definitiva porque se hace la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Jesús les enseñó en el Padrenuestro esta verdad y también en algunas parábolas como la de la oveja perdida en la que el buen pastor se alegra porque encontró la oveja perdida y es la alegría de los bienaventurados por la conversión de un pecador.

La congratulación nace en nosotros porque la fe nos enseña la comunión de los santos. El gozo de los bienaventurados en el cielo lo viven las almas que están en gracia de una forma participada. Y las almas que tienen a Dios se alegran mutuamente porque en definitiva Dios reina sobre ellas en el cielo y en la tierra, porque sus nombres están escritos en el cielo, porque pertenecen a los ciudadanos del Reino.

Considerando la esencia de la alegría cristiana que consiste en la gloria de Dios los éxitos pastorales pasan a un segundo plano.

Jesús mismo ha enseñado esta verdad cuando algunos que realizaron milagros en su vida fueron excluidos del Reino porque la grandeza del alma está en hacer las obras de Dios que él quiere, es decir, cumplir su voluntad. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!”[3].

Los éxitos pastorales muchas veces se los apropia el apóstol y esto lo perjudica. Las cosas buenas que hacemos las hacemos por la gracia de Dios. Los apóstoles somos siervos inútiles. Por eso Dios permite a veces que fracasemos para que conozcamos nuestra debilidad en las cosas de Dios y nos apoyemos en su poder. Lo bueno que hagamos debemos saber que lo hacemos por ser instrumentos dóciles de Dios pero en definitiva es Él que hace la obra por medio nuestro. Esta verdad también produce en nosotros una gran libertad que consiste en el desapego de los éxitos o de los fracasos y el abandono total en las manos de Dios.

Los apóstoles se entristecieron en una ocasión porque no pudieron expulsar un demonio de un niño y la razón última de su tristeza era que se habían apegado a los dones carismáticos que Dios les había dado en orden a la misión y en definitiva en orden a su gloria[4].

            La mayor gloria del misionero y de todo hombre santo será no lo que él haya hecho por sí mismo sino lo que Dios ha hecho por medio de él. La mayor gloria de un apóstol es la docilidad. Es cierto que tenemos que ser los instrumentos más aptos que podamos ser, pero es más cierto que el que hace la obra es el que maneja el instrumento. En las obras de Dios somos instrumentos y es Dios el que realiza la obra que Él eternamente tiene pensada. Cuando nos olvidamos que sólo somos instrumentos impedimos la obra de Dios. Cuando somos instrumentos dóciles la obra da muchos frutos. Frutos que quizá no se manifiesten por el éxito, pero sí porque se ha cumplido la voluntad de Dios y porque nosotros hemos crecido en santidad.

            Alegrémonos hoy porque Dios ha escrito por su gracia nuestros nombres en el cielo y pidámosle la gracia de la perseverancia en su servicio para que nos dé el nombre nuevo que tiene pensado eternamente para nosotros en el cielo, nombre que es el resultado de nuestra fidelidad a la misión a la cual estamos llamados desde siempre por Dios.

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[1] Cf. Chesterton, Ortodoxia, Porrúa México 1998, 88-9
[2] Ibíd.
[3] Mt 7, 21-23
[4] Cf. Mt 17, 14-20

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P. Jorge Loring, S.J.

Décimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Año C Lc 10:1-12. 17-20

1.- En el Evangelio de hoy Jesucristo nos dice que es necesario enviar obreros a la mies, porque la mies es mucha y los operarios pocos.

2.- Evidentemente se refiere a las vocaciones sacerdotales.

3.- Hay que pedir mucho a Dios que haya muchas y buenas vocaciones sacerdotales.

4.- La peor tragedia para una nación es la falta de sacerdotes.

5.- Muy lamentable es que falten médicos e instalaciones sanitarias, pero peor es que falten sacerdotes.

6.- Los médicos, esos grandes bienhechores de la humanidad, lo más que pueden hacer es retrasar la hora de la muerte. Pero ningún médico puede garantizarnos una vida eterna.

7.- El sacerdote es el mayor bienhechor de la humanidad porque es el único que puede garantizarnos una vida eterna.

8.- Es una pena que muchos jóvenes no son capaces de descubrir los valores del sacerdocio.

9.- El materialismo de nuestra época hace que sólo piensen en el dinero y en los placeres de la vida.

10.- Pero se les escapa lo más importante: la felicidad del servicio.

11.- Como dice un autor: «Soñé que la vida era la felicidad. Me desperté y vi que la vida era servicio. Me puse a servir y encontré que en el servicio estaba la felicidad».

12.- Pidamos a Dios que muchos jóvenes valoren la felicidad del servicio a Dios y las almas.

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Directorio Homilético

 

Decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 541-546: el Reino de Dios está cerca

CEC 787, 858-859: los Apóstoles están asociados a la misión de Cristo

CEC 2122: “el operario tiene derecho a su salario”

CEC 2816-2821: “Venga tu Reino”

CEC 555, 1816, 2015: el camino para seguir a Cristo pasa por la cruz

“El Reino de Dios está cerca”

541    “Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). “Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos” (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es “elevar a los hombres a la participación de la vida divina” (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra “el germen y el comienzo de este Reino” (LG 5).

542    Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como “familia de Dios”. Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan el reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf. LG 3).

          El anuncio del Reino de Dios

543    Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

          La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544    El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3); a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).

545    Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

546      Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los cielos” (Mt 13, 11). Para los que están “fuera” (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

La Iglesia es comunión con Jesús

787    Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida (cf. Mc. 1,16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf. Mt 13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf. Lc 10, 17-20) y en sus sufrimientos (cf. Lc 22, 28-30). Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre él y los que le sigan: “Permaneced en Mí, como yo en vosotros … Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él” (Jn 6, 56).

La misión de los apóstoles

858      Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, “llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus “enviados” [es lo que significa la palabra griega “apostoloi”]. En ellos continúa su propia misión: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe”, dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).

859      Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como “el Hijo no puede hacer nada por su cuenta” (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él (cf Jn 15, 5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como “ministros de una nueva alianza” (2 Co 3, 6), “ministros de Dios” (2 Co 6, 4), “embajadores de Cristo” (2 Co 5, 20), “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4, 1).

2122  “Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza” (CIC, can. 848). La autoridad competente puede fijar estas “ofrendas” atendiendo al principio de que el pueblo cristiano debe subvenir al sostenimiento de los ministros de la Iglesia. “El obrero merece su sustento” (Mt 10,10; cf Lc 10,7; 1 Co 9,5-18; 1 Tm 5,17-18).

II       VENGA A NOSOTROS TU REINO

2816  En el Nuevo Testamento, la palabra “basileia” se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

          Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos (San Cipriano, Dom. orat. 13).

2817  Esta petición es el “Marana Tha”, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”:

          Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ‘¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?’ (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

2818  En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2, 13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo” (MR, plegaria eucarística IV).

2819  “El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre “la carne” y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25):

          Solo un corazón puro puede decir con seguridad: ‘¡Venga a nosotros tu Reino!’. Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: ‘Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal’ (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: ‘¡Venga tu Reino!’ (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 13).

2820  Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (cf GS 22; 32; 39; 45; EN 31).

2821    Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús (cf Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 13-16; 6, 24; 7, 12-13).

555    Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios (cf. Is 42, 1). La nube indica la presencia del Espíritu Santo: “Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine, Spiritus in nube clara” (“Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa” (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2):

          Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado Tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que Tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre (Liturgia bizantina, Kontakion de la Fiesta de la Transfiguración,)

1816  El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Por todo aquél que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32-33).

2015  El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:

          El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8).

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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