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Domingo V de Pascua (C)

24
abril

Domingo V de Pascua

(Ciclo C) – 2016

 

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo V de Pascua

(Domingo 24 de Abril de 2016)

LECTURAS

Contaron a la Iglesia todo lo que Dios había hecho con ellos

Lectura de los Hechos de los Apóstoles       14, 21b-27

Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseve­rar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tri­bulaciones para entrar en el Reino de Dios.

            En cada comunidad establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído.

Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir.

A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial                                144, 8-13a

R. Bendeciré tu Nombre eternamente, Dios mío, el único Rey.

O bien:

Aleluia.

El Señor es bondadoso y compasivo,

lento para enojarse y de gran misericordia;

el Señor es bueno con todos

y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

Que todas tus obras te den gracias, Señor,

y tus fieles te bendigan;

que anuncien la gloria de tu reino

y proclamen tu poder. R.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza

y el glorioso esplendor de tu reino:

tu reino es un reino eterno,

y tu dominio permanece para siempre. R.

Dios secará todas sus lágrimas

Lectura del libro del Apocalipsis                21, 1-5a

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más.

Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para reci­bir a su esposo.

Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó».

Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».

Palabra de Dios.

Aleluia                Jn 13, 34

Aleluia.

«Les doy un mandamiento nuevo:

ámense los unos a los otros, como Yo los he amado»,

dice el Señor.

Aleluia.

Evangelio

Les doy un mandamiento nuevo:

ámense unos a otros

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan                  13, 31-33a.33-35

Durante la Última Cena, después que Judas salió, Jesús dijo:

Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado

y Dios ha sido glorificado en Él.

Si Dios ha sido glorificado en Él,

también lo glorificará en sí mismo,

y lo hará muy pronto.

Hijos míos,

ya no estaré mucho tiempo con ustedes.

Les doy un mandamiento nuevo:

ámense los unos a los otros.

Así como Yo los he amado,

ámense también ustedes los unos a los otros.

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:

en el amor que se tengan los unos a los otros.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Domingo V de Pascua

Ciclo C

Entrada: Al unir en la Eucaristía nuestra oblación a la de Cristo, somos total y permanentemente colmados de Dios, a quien sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús.

1º Lectura                                                                                        Hech 14, 21b-27

            Pablo y Bernabé son los instrumentos elegidos por Dios para abrir la puerta de la fe a los paganos, fe que nos dice que por la cruz se llega a la vida eterna.

2° Lectura                                                                                        Apoc  21, 1-5a

            La vida eterna es la Jerusalén celeste, en la cual Dios mismo secará las lágrimas de sus hijos y embellecerá a la Iglesia, su Esposa, entre cantos de alegría.

Evangelio                                                                                         Jn 13, 31-33ª. 34-35

            La glorificación de Cristo será nuestra propia glorificación si vivimos Su amor en plenitud.

Preces

Al Señor que hace nuevas todas las cosas presentémosle nuestra oración.

A cada intención respondemos…

* Por la Iglesia en todo el mundo, para que asistida por el Espíritu Santo, se consolide en la unidad y en el temor del Señor. Oremos.

* Por las intenciones del Santo Padre, especialmente por el cese de los conflictos bélicos y para que todos los cristianos sepan dar testimonio de su amor y fe en Jesucristo. Oremos.

* Por todos los sacerdotes, para que su vida y sus enseñanzas reflejen los Misterios que celebran, y sean fuente de abundantes vocaciones consagradas. Oremos.

* Por todos los que se dedican a la catequesis, para que con fortaleza y constancia anuncien la verdad completa contenida en las Escrituras e interpretada por el Magisterio de la Iglesia. Oremos.

* Por todos nosotros, para que reconociendo en el rostro de toda persona, sin distinción de razas y culturas, el rostro luminoso de Cristo, testimoniemos concretamente el amor de Dios por cada ser humano. Oremos.

Ayúdanos, Señor a crecer en el amor mutuo y concédenos lo que con fe te hemos pedido. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio

            La celebración de la Eucaristía nos impulsa a presentar nuestros dones con un espíritu humilde y agradecido:

– Llevamos ante el altar incienso, junto con la oración de toda la Iglesia por el don de la paz y la libertad religiosa.

– Ofrecemos el Pan y el Vino, y con ellos a nosotros mismos, para que por la unción del Espíritu Santo seamos hechos una víctima viva y perfecta para alabanza de Dios.

Comunión: Esto os mando: que como Yo os amé, así os améis unos a otros.

Salida: Que la Virgen, Madre de Jesús Eucaristía, nos enseñe a vivir las exigencias del amor perfecto.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Manuel De Tuya

Comienzo de los discursos de despedida

(Jn.13,31-35)

31 Así que salió, dijo Jesús: Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en El. 32 Si Dios ha sido glorificado en El, Dios también le glorifícala a El, y le glorificará en seguida.33 Hijitos míos, un poco estaré todavía con vosotros: me buscaréis, y como dije a los judíos: A donde Yo voy vosotros no podéis venir, también os lo digo a vosotros ahora. 34 Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado, que os améis mutuamente. 35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos para con otros.

Con estas palabras, sólo interrumpidas por la situación en que Jn pone la predicción de Pedro, comienza el gran discurso de despedida. (Como Jn no relata la institución de la Eucaristía, no se puede saber el momento histórico a que corresponden estas palabras.)

            La salida de Judas significa la “glorificación” de Cristo y del Padre.

            Glorificación del Hijo, porque va a dar comienzo en seguida su prisión y muerte, lo que es paso para su resurrección triunfal. Así decía a los de Emaús: “¿No era necesario que el Mesías padeciese tales cosas y así entrase en su gloria?” (Luc_24:26). Frente a “glorificaciones” parciales que tuvo en vida con sus milagros (Jua_2:11; Jua_1:14, etc.), con esta obra entra en su glorificación definitiva (Flp_2:8-11). El ponerse la glorificación como un hecho pasado en aoristo (edoxásthe) es que, al estilo de usarse un presente por un futuro inminente, se considera tan inminente esta glorificación — “en seguida” (v.33) — que se da ya por hecha: “escatología realizada.” (Si no es debido a la redacción de Jn, que lo ve a la hora de los sucesos ya pasados.)

            Esta “glorificación” del Hijo aquí va a ser “en seguida,” por lo que es el gran milagro de su resurrección. Va a ser obra que el Padre hace “en El.” ¿Cómo? La gloria de su resurrección descorrerá el velo de lo que El es, oculto en la humanidad; con lo que aparecerá “glorificado” ante todos. Así San Cirilo de Alejandría. Sería, pues, la glorificación del Hijo por su exaltación a la diestra del Padre, la que se acusaría en los milagros. Es lo que El pide en la “oración sacerdotal” (Jua_17:5.24).

            Pero, si el Padre glorifica al Hijo, el Padre, a su vez, es glorificado en el Hijo. Pues El enseñó a los hombres el “mensaje” del Padre (Jua_17:4-6), y le dio la suprema gloria con el homenaje de su muerte; que era también el mérito para que todos los hombres conociesen y amasen al Padre.

            Y con ello les anuncia, algún tanto veladamente, tan del gusto oriental, su muerte. Les vuelca el cariño con la forma con que se dirige a ellos: “Hijitos” (τεκνíα ). En arameo no existe este diminutivo en una sola palabra. Pero Cristo debió de poner tal afecto en ella, que se lo vierte por esta forma griega diminutiva.

            El va a la muerte. Por eso estará un “poco” aún con ellos. Pero ellos no pueden “ir” ahora. Las apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles fueron transitorias y excepcionales. Si la forma literaria en que El se refiere a lo mismo que dijo a los judíos es literariamente igual, conceptualmente es distinta, ya que aquéllos lo buscaban para matarle, por lo que morirán en sus pecados (Jua_8:21), mientras que a los apóstoles va a “prepararles” un lugar en la casa de su Padre (Jua_14:2).

            Y Cristo les deja, no un consejo, sino un “mandamiento” y “nuevo”: el amor al prójimo.

            Acaso surge aquí, evocado por las ambiciones de los apóstoles por los primeros puestos en el reino, lo que hizo que, con la “parábola en acción” del lavatorio de los pies, les enseñase la caridad.

            Y este mandato de Cristo es “nuevo,” porque no es el amor al simple y exclusivo prójimo judío, cómo era el amor en Israel (cf. Lev_19:18), sino que es amor universal y basado en Dios: amor a los hombres “como Yo (Cristo) os he amado.” Y será al mismo tiempo una señal para que todos conozcan que “sois mis discípulos.” ¡Los discípulos del Hijo de Dios! Pues, siendo tan arraigado el egoísmo humano, la caridad al prójimo hace ver que viene del cielo: que es don de Cristo. Y así la caridad cobra, en este intento de Cristo, un valor apologético. Tal sucedía entre los primeros cristianos jerosolimitanos, que “tenían un solo corazón y una sola alma” (Hec_4:32). Tertuliano refiere que los paganos, maravillados ante esta caridad, decían: “¡Ved cómo se aman entre sí y cómo están dispuestos a morir unos por otros!” Y Minucia Félix dice en su Octavius, reflejando este ambiente que la caridad causaba en los gentiles: “Se aman aun antes de conocerse”.

(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, Tomo Vb, BAC, Madrid, 1977)

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Comentario Teológico

·        P. Antonio Royo Marín O.P.

Amor a Dios, amor al prójimo

Conclusión: La perfección de la vida cristiana se identifica con la perfección del doble acto de caridad; pero primariamente con relación a Dios, y secundariamente con relación al prójimo.

151. Es elemental en teología que no hay más que una sola virtud, un solo hábito infuso de caridad, con el cual amamos a Dios por sí mismo y al prójimo y a nosotros mismos por Dios[1]. Todos los actos procedentes de la caridad, cualquiera que sea el término donde recaigan, se especifican por un mismo objeto o motivo formal, a saber: la bondad infinita de Dios en sí misma considerada. Ya sea que amemos directamente a Dios en sí mismo, ya que amemos directamente al prójimo o a nosotros mismos, si se trata de verdadero amor de caridad, siempre el motivo formal es el mismo: la infinita bondad de Dios. No se puede dar verdadera caridad hacia el prójimo o hacia nosotros mismos si no procede del motivo sobrenatural del amor a Dios; y es preciso distinguir bien este acto formal de caridad de cualquier inclinación hacia el servicio del prójimo nacida de una compasión puramente humana o de cualquier otra forma de amor producida por algún motivo puramente natural.

Siendo esto así, es evidente que el crecimiento del hábito infuso de la caridad determinará una mayor capacidad con relación a su doble acto. No se puede aumentar en el alma la capacidad de amar a Dios sin que se aumente correlativamente, y en el mismo grado, la capacidad de amar al prójimo. Esta verdad constituye el argumento central de la sublime epístola primera del apóstol San Juan, donde se pone de manifiesto la íntima conexión e inseparabilidad de ambos amores.

Sin embargo, en el ejercicio del amor hay un orden y jerarquía exigidos por la naturaleza misma de las cosas. En virtud de ese orden, la perfección de la caridad consiste primariamente en el amor de Dios, infinitamente amable por sí mismo, y secundariamente en el amor del prójimo y de nosotros mismos por Dios. Y aun entre nosotros mismos y el prójimo hay que establecer un orden, que se toma de la mayor o menor relación con Dios de los bienes de que se participa. Y así hay que amar antes el bien espiritual propio que el bien espiritual del prójimo, pero hay que amar más el bien espiritual del prójimo que nuestro propio bien corporal.

La razón de esta jerarquía o escala de valores es porque—como explica Santo Tomás—a Dios se le ama como principio del bien sobre el que se funda el amor de caridad; el hombre se ama a sí mismo con amor de caridad en cuanto que participa directamente de ese mismo bien, y al prójimo se le ama con ese mismo amor en cuanto socio y copartícipe de ese bien. Luego es evidente que hay que amar en primer lugar a Dios, que es el manantial y la fuente de ese bien; en segundo lugar, a nosotros mismos, que participamos directamente de él; y, por último, al prójimo, que es nuestro socio y compañero en la participación de ese bien[2]. Pero como el cuerpo participa de la bienaventuranza únicamente por cierta redundancia del alma, síguese que, en cuanto a la participación de esa bienaventuranza, está más próximo a nuestra alma el alma del prójimo que nuestro mismo cuerpo; de donde hay que anteponer el bien espiritual del prójimo a nuestro propio bien corporal.

Caridad afectiva, caridad efectiva

Conclusión: La perfección cristiana consiste en la perfección de la caridad afectiva y efectiva; primariamente de la afectiva, y secundariamente de la efectiva.

152. Es preciso, ante todo, distinguir cuidadosamente ambas maneras de ejercitar la caridad. He aquí cómo lo explica San Francisco de Sales:

«Dos son los principales ejercicios de nuestro amor a Dios: uno afectivo y otro efectivo o activo, como dice San Bernardo. Por el primero nos aficionamos a Dios y a todo lo que a El place; por el segundo servimos a Dios y hacemos lo que El ordena. Aquél nos une a la bondad de Dios, éste nos hace cumplir su voluntad. El uno nos llena de complacencia, de benevolencia, de aspiraciones, de deseos, de suspiros, de ardores espirituales, de tal modo que nuestro espíritu se infunde en Dios y se mezcla con El; el otro pone en nosotros el firme propósito, el ánimo decidido y la inquebrantable obediencia para cumplir los mandatos de su voluntad divina y para sufrir, aceptar, aprobar y abrazar todo cuanto proviene de su beneplácito. El uno hace que nos complazcamos en Dios; el otro, que le agrademos»[3].

Ahora bien: presupuesto lo que hemos sentado más arriba de que la perfección cristiana será tanto mayor a medida que la caridad produzca más intensamente su propio acto elícito e impere el de las demás virtudes de una manera más intensa, actual y universal, es evidente que la perfección depende primariamente de la caridad afectiva, y sólo secundariamente de la efectiva. Porque:

Sin la influencia de la caridad informando de algún modo e1 alma, los actos internos o externos de cualquier virtud adquirida, por muy perfectos que sean en su género, no tienen ningún valor sobrenatural, no sirven para nada en orden a la vida eterna.

Los actos sobrenaturales procedentes de cualquier virtud infusa realizados con un afecto de caridad débil y remiso tienen un valor meritorio igualmente débil y remiso por muy duros y penosos que puedan ser en sí mismos. No olvidemos que, como enseña Santo Tomás, la mayor o menor dificultad de un acto no añade per se ningún valor al mérito esencial del mismo—que depende exclusivamente del grado de caridad con que se hace—, aunque puede añadirle per accidens por el mayor ímpetu de caridad que ordinariamente llevará consigo[4].

En cambio, los actos de cualquier virtud infusa, por muy fáciles y sencillos que sean en sí mismos, realizados con un afecto de caridad intensísima, tienen un gran valor meritorio y son de altísima perfección. De este modo, la más pequeña acción de Cristo, el simple cocinar y barrer la casita de Nazaret realizado por María, tenía un valor incomparablemente superior al martirio de cualquier santo.

Esto mismo se desprende del hecho de que la perfección cristiana consista especialmente en el acto propio o elícito de la misma caridad (caridad afectiva) y sólo integralmente en los actos de las demás virtudes imperados por la caridad (caridad efectiva).

Todo esto de suyo o en el orden objetivo.

Sin embargo, subjetivamente, la perfección del amor divino se manifiesta mejor en el ejercicio de la caridad efectiva, o sea, en la práctica por amor de Dios de las virtudes cristianas, sobre todo si hay que superar para ello grandes dificultades, tentaciones o trabajos. El amor afectivo, aunque más excelente de suyo, se presta a grandes ilusiones y falsificaciones. Es muy fácil decirle a Dios que le amamos con todas nuestras fuerzas, que desearíamos ser mártires, etc., etc., sin perjuicio de faltar inmediatamente al silencio—que cuesta bastante menos que el martirio–o de mantener, con una terquedad ribeteada de amor propio, un punto de vista incompatible con aquella plenitud del amor tan rotundamente formulada. En cambio, la legitimidad de nuestro amor a Dios se hace mucho menos sospechosa cuando nos impulsa a practicar callada y perseverantemente, a pesar de todos los obstáculos y dificultades, el penoso y monótono deber de cada día. El mismo Cristo nos enseña que por sus frutos se conoce el árbol (Mt 7, 15-20) y que no entrarán en el cielo los que se limiten a decir: “¡Señor, Señor!”, sino los que cumplan la voluntad de su Padre celestial (Mt 7,21). Y esto mismo se pone de manifiesto en la parábola de los dos hijos (Mt 21, 28-32).

(ROYO MARÍN, Teología de la perfección cristiana, BAC Madrid 2008)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

La caridad, madre de todos los bienes

Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en El. ¿Qué significa: Dios lo glorificó en Sí mismo? Es decir por Sí mismo y no mediante otro. Y muy presto lo glorificará, o sea, juntamente con la cruz. Como si dijera: No después de mucho tiempo ni mucho después de la resurrección, lo tornará brillante; sino que al punto y en la cruz misma aparecerán cosas notables. En efecto, el sol se oscureció, las rocas se rompieron, el velo del templo se rasgó y resucitaron muchos que ya habían muerto. El sepulcro de Jesús estaba sellado. Junto a él estaban los guardias. Y estando así cerrado con la piedra, sin embargo el cuerpo resucitó; y cuarenta días después se les dio el Espíritu Santo a los discípulos, y desde luego todos lo predicaron. Esto significa: Lo glorificará en Sí mismo y al punto lo glorificará. No por medio de ángeles ni por otra Potestad alguna, sino por Sí mismo. ¿Cómo lo glorificó por Sí mismo? Haciendo todo a gloria de su Hijo. Pero ¿es el caso que todo lo hizo el Hijo? ¿Adviertes cómo todas las obras del Hijo son referidas al Padre?

Hijitos míos: poco tiempo estaré ya con vosotros. Me buscaréis y no me encontraréis. Y como dije a los judíos: a donde Yo voy vosotros no podéis venir; lo mismo os digo a vosotros. Tras de la cena, comienza ahora la tristeza. Cuando Judas salió no era por la tarde, sino ya de noche. Convenía, pues, ahora hacerles todas las recomendaciones, para que las guardaran en la memoria, pues muy luego vendrían los que lo iban a prender. O por mejor decir, el Espíritu Santo les sugeriría entonces todo. Y es verosímil que muchas cosas las hayan olvidado, puesto que por primera vez las oían, y hubieron de sufrir luego pruebas tan numerosas.

En efecto, ¿cómo habrían podido retener exactamente todo en la memoria hombres que, como dice otro evangelista, cayeron en somnolencia a causa de la tristeza; y de quienes el mismo Cristo dice: Más porque os he dicho estas cosas la tristeza ha llenado vuestro corazón? Pero entonces, ¿por qué se les decían? Porque de todos modos obtenían no pequeña ganancia espiritual, para gloria de Cristo, puesto que más tarde entenderían todo claramente, recordando que ya lo habían oído de Cristo.

¿Por qué comenzó por quitarles ánimos diciendo: Poco tiempo estaré ya con vosotros? A los judíos bien estaba decirles eso por ingratos; pero a nosotros ¿por qué nos mezclas con ellos? Respóndeles: De ninguna manera os mezclo. Entonces ¿por qué dice: Como dije a los judíos? Se lo trae a la memoria porque no lo decía a causa de los males presentes, sino que de mucho antes lo tenía previsto y ellos mismos eran testigos, pues lo habían oído cuando lo dijo a los judíos. De modo que no lo dice ahora para abatirlos, sino para consolarlos y para que los inesperados trabajos no los conturben.

A donde Yo voy no podéis venir vosotros. Les declara con esto que su muerte es un paso y tránsito a cosas mejores y a sitios que no admiten cuerpos corruptibles. También lo dice para excitarles el amor a su persona y hacerlos más ardorosos. Sabéis vosotros por experiencia que cuando vemos que algunos que nos son amadísimos se apartan, entonces nos sentimos más encendidos en su cariño; sobre todo si vemos que van a una región a donde nosotros no podemos ir. De modo que dijo eso Cristo tanto para ponerles temor a los judíos, como para inflamar en su amor a los discípulos. Como si les dijera: el sitio a donde voy es tal por su naturaleza que no sólo no pueden ir ellos, pero tampoco vosotros, aun siendo amicísimos míos. Por otra parte, con esto les declara su dignidad.

Y ahora os lo digo a vosotros. ¿Por qué ahora? Es decir, en un sentido lo dije a los judíos y en otro os lo digo ahora a vosotros; o sea, que no os mezclo con ellos. ¿Cuándo lo buscaron los judíos y cuándo los discípulos? Los discípulos cuando huyeron; los judíos cuando cayeron en tremendas desgracias nunca oídas, capturada ya su ciudad y rodeándolos por todas partes la ira de Dios. De modo que a los judíos lo decía entonces a causa de su incredulidad; pero ahora os lo digo a vosotros para que no deis en una desdicha inesperada.

Un mandato nuevo os doy. Siendo verosímil que ellos, tras de oír esas cosas, se perturbaran, como si fueran a quedar del todo abandonados, los consuela y los fortifica para su seguridad con lo que es la raíz de todos los bienes, o sea la caridad. Como si les dijera: ¿Os doléis de que yo me vaya? Pues si os amáis los unos a los otros, seréis más fuertes aún. Pero ¿por qué no se lo dijo con esas palabras? Porque lo hizo diciéndoles otra cosa, que era con mucho más útil. En esto conocerán que sois mis discípulos. Les significa que su grupo jamás se disolvería, una vez que les había dado la contraseña para conocerse. Y lo dijo cuando ya el traidor se había apartado de ellos. ¿Por qué llama nuevo este mandamiento? Pues ya estaba en el Antiguo Testamento. Lo hizo nuevo por el modo como lo ordenó. Puesto que lo propuso diciendo: Tal como Yo os he amado. Yo no he pagado vuestra deuda por méritos anteriores que vosotros tuvierais, les dice; sino que Yo fui el que comenzó. Pues bien, del mismo modo conviene que vosotros hagáis beneficios a vuestros amigos, sin que ellos tengan deuda alguna con vosotros. Haciendo a un lado los milagros que obrarían, les pone como distintivo la caridad.

¿Por qué motivo? Porque ella es ante todo indicio y argumento de los santos, ya que ella constituye la señal de toda santidad. Por ella, sobre todo, alcanzamos la salvación. Como si les dijera: en ella consiste ser mi discípulo. Por ella os alabarán todos, cuando vean que imitáis mi caridad. Pero ¿acaso no son los milagros los que sobre todo distinguen al discípulo? De ningún modo: Muchos me dirán: ¡Señor! ¿Acaso no en tu nombre echamos los demonios?  Y cuando los discípulos se alegraban de que hasta los demonios los obedecían, les dijo: No os gocéis de que los demonios se os sujetan, sino de que vuestros nombres están escritos en el cielo . Fue la caridad la que atrajo al orbe, pues los milagros ya antes se daban. Aunque sin éstos tampoco aquélla hubiera podido subsistir.

La caridad los hizo desde luego buenos y virtuosos y que tuvieran un solo corazón y una sola alma. Si hubiera habido disensiones entre ellos mismos, todo se habría arruinado. Y no dijo esto Jesús únicamente para ellos sino para todos los que después habían de creer. Y aun ahora nada escandaliza tanto a los infieles como la falta de caridad. Dirás que también nos, arguyen porque ya no hay milagros. Pero no ponen en eso tanta fuerza. ¿En qué manifestaron su caridad los apóstoles? ¿No ves a Pedro y Juan que nunca se separan y cómo suben al templo? ¿No ves qué actitud observa Pablo para con ellos? ¿Y todavía dudas? Dotados estuvieron de otras virtudes, pero mucho más lo estuvieron de la que es madre de todos los bienes. Ella germina en toda alma virtuosa enseguida; pero en donde hay perversidad, al punto se marchita: Cuando abunde la maldad, se resfriará la caridad de muchos .

Ciertamente a los gentiles no los mueven tanto los milagros –como la vida virtuosa. Y nada hace tan virtuosa la vida como la caridad. A los que hacen milagros con frecuencia se les tiene como engañadores; en cambio, nunca pueden reprender una vida virtuosa. Allá cuando la predicación aún no se había extendido tanto, con todo derecho los gentiles admiraban los milagros; pero ahora conviene que seamos admirables por nuestro modo de vivir. No hay cosa que más atraiga a los gentiles que la virtud; y nada los retrae tanto como la perversidad; y nada los escandaliza tanto, y con razón. Cuando vean a un avaro, a un ladrón que ordena lo contrario de la avaricia; y al que tiene por ley amar a sus enemigos, encarnizado como una fiera contra sus semejantes, llamarán vaciedades a tales preceptos. Cuando vean a uno lleno de terror por la muerte ¿cómo van a creer en la inmortalidad? Cuando vean a los ambiciosos y a los cautivos de otras enfermedades espirituales, más bien se aferrarán en sus propios pareceres y nos tendrán a nosotros en nada.

Nosotros, ¡sí, nosotros! tenemos la culpa de que ellos permanezcan en sus errores. Han repudiado ya sus dogmas; admiran ya los nuestros; pero los repele nuestro modo de vivir. Ser virtuoso de palabra es cosa fácil, pues muchos de ellos así lo practicaban; pero exigen además las obras buenas, como una demostración. Dirás: ¡que piensen en los que nos precedieron! No les darán fe, si observan a los que ahora vivimos. Nos dicen: muéstrame tu fe en las obras. Tales buenas obras por ninguna parte aparecen. Cuando nos ven destrozar a nuestros prójimos peor que si fuéramos bestias salvajes, nos llaman ruina del universo. Esto es lo que detiene a los gentiles para no pasarse a nosotros.

En consecuencia nosotros sufriremos el castigo no solamente porque obramos mal, sino además porque por ahí el nombre de Dios es blasfemado. ¿Hasta cuándo viviremos entregados al anhelo de dineros, de placeres y de otros vicios? Por fin abstengámonos de ellos. Oye lo que dice el profeta acerca de algunos insensatos: Comamos y bebamos; mañana moriremos . Por lo que mira a los presentes, ni siquiera eso podemos asegurar: en tal forma muchos absorben los bienes de todos. Reprendiéndolos decía el profeta: ¿Acaso habitaréis vosotros solos la tierra?

Por todo eso, temo que nos acontezca alguna desgracia y que atraigamos sobre nosotros alguna gran venganza de parte de Dios. Para que esto no suceda, ejercitemos toda clase de virtudes, de modo que así consigamos los bienes futuros, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.—Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LXXII (LXXI), Tradición México 1981, p. 241-5

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL MANDAMIENTO NUEVO

Siempre que escuchamos el presente texto evangélico, viene a nuestro recuerdo aquella anécdota que cuentan del apóstol San Juan. Siendo éste anciano, se le acercaban sus discípulos para pedirle algún consejo, y el Apóstol reiteradamente respon­día: «Amaos los unos a los otros». Un día le preguntaron por qué siempre respondía lo mismo, a lo que contestó: «Porque ese es el mandato del Señor y su solo cumplimiento basta». Al parecer, había quedado muy grabado en su mente aquel mandamiento nuevo que Cristo promulgó en la Última Cena.

No deja de llamar la atención que el Señor diga que se trata de un mandamiento «nuevo». El mandamiento del amor al pró­jimo ya existía en el Antiguo Testamento, ya tenía vigencia en el pueblo de Israel. ¿En qué consistía, pues, la novedad de este mandamiento? En el modo o la manera con que se debe amar. Por eso Jesús aclara: «Así como Yo os he amado, amaos tam­bién vosotros los unos a los otros». Eso es lo nuevo: amar al prójimo hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por él, si así fuera preciso.

El mandato de la caridad quedó tan grabado en el corazón no sólo de los discípulos sino también de los primeros cristianos, que su ejercicio constituyó el factor decisivo que hizo crecer la Iglesia naciente, según lo atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles, hasta terminar por convertir al Imperio Romano al cristia­nismo. De allí la famosa expresión que los paganos empleaban refiriéndose a los cristianos: «Mirad cómo se aman».

Y es que la caridad, esa virtud sobrenatural que infunde Dios en nuestras almas, por la que amamos a Dios sobre todas las cosas, y a nosotros y al prójimo por Dios, es, a la vez, una fuerza de cohesión, ya que tiende a unificar el cuerpo de la Iglesia, y una fuerza de expansión o irradiación, ya que a lo largo de los siglos no deja de atraer a los hombres al seno de la Iglesia. Por eso la caridad fue una originalidad del cristianismo, dado que el mundo disperso por el pecado original y sus consecuencias no era capaz de establecer una sólida cohesión entre sus miembros.

Si la caridad es una fuerza, nada más opuesto a ella que la debilidad malsana. Bien decía San Agustín que «hay que amar al prójimo porque Dios está en él o para que Dios esté en él». Si se lo quiere amar para tratar de que Dios esté en él, se requiere que en el que ama haya esa fortaleza divina que busca el bien en el otro y que es la caridad. Muchas veces la debilidad de los buenos es por falta de caridad. La caridad no es complaciente ni permisivista a ultranza. Si así lo fuera, no sería verdadera caridad. Si un padre no corrige a su hijo que va por mal camino, en realidad no estaría buscando su bien. Es cierto que la corrección deberá brotar de la caridad y no del encono, y deberá hacerse buscando el modo y el momento, pero deberá hacerse.

Tampoco debe confundirse el amor sobrenatural con el amor puramente pasional, que fácilmente se desorbita y desordena. La caridad no es solamente afectiva sino, por sobre todo, efec­tiva, buscando el bien natural del amado pero considerándolo desde la óptica del bien sobrenatural.

Asimismo la caridad ha de evitar el error del ilusionismo, es decir, del amor puramente abstracto, amando a los que están lejos sin tener en cuenta a aquellos que nos rodean. Sería una evasión engañosa del verdadero concepto de la caridad, ya que si bien la caridad es universal y debe extenderse a todos, ne­cesariamente habrá de concretarse en los que están más cerca, aquel con el cual comparto el tiempo y el lugar.

De este modo la caridad tendrá las características que seña­lara San Pablo: «es paciente, es servicial, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe, es decorosa, no busca su interés…» Podríase decir que el amor de caridad concretado en el prójimo es algo así como el termómetro o el pulso de nuestro amor a Dios. Bien ha escrito San Juan: «El que dice que ama a Dios a quien no ve, pero odia a su hermano a quien ve, es un mentiroso». La caridad es efectiva, operante. Debemos amar «no de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad», como afirma el mismo San Juan. Si nuestra caridad con el prójimo se acrecienta, señal es de que ha aumentado en nosotros el amor a Dios.

Será preciso que tengamos especial cuidado por evitar todo lo que se oponga a la verdadera caridad, como el odio, el rencor, la calumnia, la difamación, el juicio temerario, la murmuración, el desear el mal a los demás…

Dentro de todas las posibles formas de caridad, el apostolado es la más eminente, ya que no se limita a atender las necesidades materiales del prójimo, sino que se dirige a subvenir su necesidad más apremiante que es la sobrenatural, busca darle a Dios, llevarlo a la gracia, conducirlo a Jesucristo. Precisamente en la primera lectura de este domingo hemos escuchado cómo el apóstol San Pablo y su compañero Bernabé, encendidos por el celo apostólico, recorrían pueblo tras pueblo, y retornaban una y otra vez a las ciudades donde ya habían predicado, para confesar y exhortar a sus discípulos a perseverar en la fe. Todo ello es una expresión de la caridad apostólica que los caracterizaba.

El apostolado es una exigencia para el cristiano, exigencia derivada del carácter bautismal. No se trata, por cierto, de un mero impulso proselitista o propagandístico, sino que debe cons­tituir una verdadera expresión de la caridad, debe ser una especie de desborde de la caridad, de la contemplación, que vuelca en el prójimo aquello de lo que se ha tenido experiencia. Así lo entendía San Juan cuando escribía al comienzo de su primera epístola: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… eso es lo que os anunciarnos». El celo apostólico es como un fuego interior. San Pablo, el apóstol por antonomasia, se lan­zaba a la labor apostólica sin importarle las dificultades, amena­zas, torturas, peligros de muerte, con tal de predicar a Cristo.

Para terminar, aludamos a lo que nos refiere San Juan, en la segunda lectura de hoy, tomada del Apocalipsis. Allí nos muestra cuál es el desemboque de la caridad: el cielo. «Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su espo­so». El discípulo amado nos muestra ese término para animarnos a practicar aquí la caridad, para que las dificultades del camino no nos desalienten o enfríen nuestra caridad. Al término de la carrera está el cielo. Al fin y al cabo, ¿qué es la caridad sino el cielo que comienza aquí en la tierra? Allí, nos sigue diciendo el Apocalipsis, «Dios secará toda lágrima, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó». Lo de «antes» es lo de la tierra, cuando todavía vivimos en las penum­bras de la fe, y en las ansiedades de la esperanza. Lo de allí sería el triunfo de la caridad. Como lo ha enseñado San Pablo: «Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad». La fe será reemplazada por la visión, la esperanza por la posesión, pero la caridad permanecerá en el cielo, jamás perecerá.

Dentro de algunos instantes recibiremos el Amor de los Amores, a aquel que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin». Pidámosle que nos dé la gracia para nos vayamos ejercitando en el amor al prójimo, para que hagamos nuestro su mandamiento y logremos amar a los demás como El nos ha amado.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 159-162)

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S.S. Francisco p.p.

 

Queridos hermanos y hermanas:

Quisiera proponeros tres simples y breves pensamientos sobre los que reflexionar.

1. En la segunda lectura hemos escuchado la hermosa visión de san Juan: un cielo nuevo y una tierra nueva y después la Ciudad Santa que desciende de Dios. Todo es nuevo, transformado en bien, en belleza, en verdad; no hay ya lamento, luto… Ésta es la acción del Espíritu Santo: nos trae la novedad de Dios; viene a nosotros y hace nuevas todas las cosas, nos cambia. ¡El Espíritu nos cambia! Y la visión de san Juan nos recuerda que estamos todos en camino hacia la Jerusalén del cielo, la novedad definitiva para nosotros, y para toda la realidad, el día feliz en el que podremos ver el rostro del Señor, ese rostro maravilloso, tan bello del Señor Jesús. Podremos estar con Él para siempre, en su amor.

Veis, la novedad de Dios no se asemeja a las novedades mundanas, que son todas provisionales, pasan y siempre se busca algo más. La novedad que Dios ofrece a nuestra vida es definitiva, y no sólo en el futuro, cuando estaremos con Él, sino también ahora: Dios está haciendo todo nuevo, el Espíritu Santo nos transforma verdaderamente y quiere transformar, contando con nosotros, el mundo en que vivimos. Abramos la puerta al Espíritu, dejemos que Él nos guíe, dejemos que la acción continua de Dios nos haga hombres y mujeres nuevos, animados por el amor de Dios, que el Espíritu Santo nos concede. Qué hermoso si cada noche, pudiésemos decir: hoy en la escuela, en casa, en el trabajo, guiado por Dios, he realizado un gesto de amor hacia un compañero, mis padres, un anciano. ¡Qué hermoso!

2. Un segundo pensamiento: en la primera lectura Pablo y Bernabé afirman que «hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios» (Hch 14,22). El camino de la Iglesia, también nuestro camino cristiano personal, no es siempre fácil, encontramos dificultades, tribulación. Seguir al Señor, dejar que su Espíritu transforme nuestras zonas de sombra, nuestros comportamientos que no son según Dios, y lave nuestros pecados, es un camino que encuentra muchos obstáculos, fuera de nosotros, en el mundo, y también dentro de nosotros, en el corazón. Pero las dificultades, las tribulaciones, forman parte del camino para llegar a la gloria de Dios, como para Jesús, que ha sido glorificado en la Cruz; las encontraremos siempre en la vida. No desanimarse. Tenemos la fuerza del Espíritu Santo para vencer estas tribulaciones.

3. Y así llego al último punto. Es una invitación que dirijo a los que se van a confirmar y a todos: permaneced estables en el camino de la fe con una firme esperanza en el Señor. Aquí está el secreto de nuestro camino. Él nos da el valor para caminar contra corriente. Lo estáis oyendo, jóvenes: caminar contra corriente. Esto hace bien al corazón, pero hay que ser valientes para ir contra corriente y Él nos da esta fuerza. No habrá dificultades, tribulaciones, incomprensiones que nos hagan temer si permanecemos unidos a Dios como los sarmientos están unidos a la vid, si no perdemos la amistad con Él, si le abrimos cada vez más nuestra vida. Esto también y sobre todo si nos sentimos pobres, débiles, pecadores, porque Dios fortalece nuestra debilidad, enriquece nuestra pobreza, convierte y perdona nuestro pecado.

¡Es tan misericordioso el Señor! Si acudimos a Él, siempre nos perdona. Confiemos en la acción de Dios. Con Él podemos hacer cosas grandes y sentiremos el gozo de ser sus discípulos, sus testigos. Apostad por los grandes ideales, por las cosas grandes. Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Hemos de ir siempre más allá, hacia las cosas grandes. Jóvenes, poned en juego vuestra vida por grandes ideales.

Novedad de Dios, tribulaciones en la vida, firmes en el Señor. Queridos amigos, abramos de par en par la puerta de nuestra vida a la novedad de Dios que nos concede el Espíritu Santo, para que nos transforme, nos fortalezca en la tribulación, refuerce nuestra unión con el Señor, nuestro permanecer firmes en Él: ésta es una alegría auténtica. Que así sea.

(Plaza San Pedro, V Domingo de Pascua, 28 de abril de 2013)

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San Juan Pablo II

 

Meditemos juntos sobre lo que nos dice la Iglesia en este domingo V de Pascua. Nos habla de la resurrección de Cristo, y al mismo tiempo nos hace ver nuestra vida a la luz de la resurrección. La resurrección de Cristo es su glorificación en Dios. Jesús habla a sus Apóstoles de esta glorificación la víspera de la pasión. La glorificación se cumplirá en la cruz y será confirmada por la resurrección. Mediante la cruz, Dios será glorificado en Cristo: “Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará en Sí mismo: pronto lo glorificará” (Jn 13,32). Esto se realiza mediante la resurrección.

En el momento en que Cristo dice estas palabras a los Apóstoles -y es la tarde del Jueves Santo- éstos todavía están con el Maestro. Pero son ya los últimos momentos en que están todos juntos. Cristo se lo anuncia claramente: “A donde yo voy, vosotros no podéis venir” (Jn 13,33). El camino de la cruz y de la resurrección será la senda por la que Cristo irá completamente solo.

La resurrección tuvo lugar en Jerusalén, en la antigua ciudad israelita. Mediante la resurrección de Cristo comenzó a realizarse lo que el autor del Apocalipsis, Juan Apóstol, ve en su primera visión: “Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo” (21,2). La antigua Jerusalén se ha renovado. Juntamente con la resurrección de Cristo se ha hecho nueva, con una total novedad de vida. Se ha convertido en el comienzo del nuevo cielo y de la nueva tierra. En ella -en Jerusalén- se ha revelado el comienzo de los últimos tiempos. Todo esto sucedió mediante la gloriosa resurrección de Cristo.

A la luz de la resurrección nuestra vida cristiana se construye sobre el fundamento de la esperanza que se abre en la historia de la humanidad con la nueva Jerusalén del Apocalipsis de Juan: “Esta es la morada de Dios con los hombres:/ acampará entre ellos./ Ellos serán su pueblo/ y Dios estará con ellos”(21,3). La esperanza que la resurrección de Cristo lleva consigo es esperanza de la morada de Dios con los hombres. La esperanza del eterno Emmanuel. Los hombres serán abrazados por Dios. Dios será todo en todos (cfr. Col 3,11).

La esperanza que se abre ante la humanidad con la resurrección de Cristo es esperanza de la resurrección definitiva y perfecta, que se manifestará mediante la victoria sobre la muerte: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.» Entonces dijo el que está sentado en el trono: “Mira que hago un mundo nuevo”. Y añadió: “Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas”. A la luz de la resurrección de Cristo nuestra vida cristiana se construye sobre el fundamento de la esperanza de la vida nueva, que se abre ante el hombre por encima de los límites de la muerte y de la temporalidad. Sin embargo, la luz de la resurrección del Señor no sólo llega a la esperanza del mundo futuro. Penetra simultáneamente nuestra vida y nuestra peregrinación terrena. La penetra ante todo con el mandamiento del amor. En el Cenáculo del Jueves Santo Cristo recuerda a los Apóstoles este mandamiento y lo pone ante ellos como un compromiso principal: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13:34-35). La separación de Cristo, mediante la cruz y la resurrección debe, de una manera nueva, acercar recíprocamente a sus Apóstoles entre sí. El testimonio del amor supremo, dado en la cruz, debe hacer brotar en ellos un amor parecido. La resurrección proyecta sobre la vida cristiana la luz del amor. Si se dejan guiar por esta luz, los cristianos dan un auténtico testimonio de Cristo crucificado y resucitado.

Al dar este testimonio, entran en el camino de la misión cristiana, o sea, del apostolado. De este camino nos habla la primera lectura del domingo actual, tomada de los Hechos de los Apóstoles, haciendo referencia a los trabajos apostólicos de Pablo y Bernabé en diversos lugares de Oriente Medio. Entre estos trabajos nacía la Iglesia y surgían las primeras comunidades cristianas. Efectivamente, Dios actuaba por medio de sus Apóstoles y abría “a los gentiles la puerta de la fe” (14,27). Cuando la luz de la resurrección del Señor cae sobre nuestra vida, logra ciertamente que también ella se haga “apostólica”. “Pues la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado”, como enseña el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el apostolado de los laicos (n.2). El apostolado es fruto de este amor que nace en nosotros mediante la intimidad con la cruz de Cristo resucitado. Ayuda también a la esperanza del mundo futuro en el reino de Dios. Nosotros mantenemos esta esperanza incluso en medio de los sufrimientos, porque “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”, como leemos en la liturgia de hoy (Hch 14,22). “Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,/ que te bendigan tus fieles;/ que proclamen la gloria de tu reinado,/ que hablen de tus hazañas” (Sal 144/145,10-11).

La potencia del reino de Dios en la tierra se ha manifestado en la resurrección de Cristo crucificado. Nosotros, como confesores de Cristo, queremos vivir y obrar en esa luz, que nos viene de la resurrección del Señor.

Roguemos a María, Madre del Resucitado, Madre de la Misericordia, a fin de que nos acompañe en todas las partes por los caminos de la fe, la esperanza y la caridad.

(Roma, parroquia Santa María de la Misericordia)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El mandamiento nuevo

Jn 13, 34

            Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado.

            ¿Mandamiento nuevo? Pero si ya existía en el Antiguo Testamento en el libro del Levítico[1].

            Es nuevo porque Cristo le dio notas nuevas: lo hizo universal y lo extendió hasta el extremo. Universal porque se extiende a todos los hombres, hasta el extremo porque implica dar la vida si es necesario, como lo hizo el Señor.

La novedad se manifiesta en el amor de Cristo hacia nosotros. Cristo nos amó a todos y dio su vida por todos, aun siendo nosotros enemigos suyos por el pecado.

            El amor cristiano es una novedad absoluta. Sobrepasa al amor del pueblo elegido y al amor que enseñaron Buda, Confucio y todas las otras religiones orientales.

            Este amor al prójimo es el que distingue al cristiano. “En esto conocerán que sois discípulos míos”. En éste mandamiento se sintetizan todos los mandamientos, toda la dogmática y la moral cristiana. San Pablo formula esta enseñanza diciendo: “todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”[2].

            ¿Cómo cumplimos este mandamiento? Jesús nos ha dado ejemplo del cumplimiento de este precepto durante toda su vida y por eso nos dice “como Yo os he amado”. Si leemos los Evangelios encontramos en todos ellos que nuestro Señor ejercitó este amor en toda su vida y en especial muriendo en la cruz. San Pedro resume la vida de Jesús diciendo: “pasó haciendo el bien”. Jesús paso haciendo el bien a todos sin excepción. Por eso cuando los judíos le preguntaron quién era el prójimo, les enseñó quién era con la parábola del buen samaritano. El prójimo es nuestro hermano necesitado, el que encontramos en el camino de nuestra vida.

            Miremos a Cristo y aprenderemos a amar a nuestro prójimo. A todos los hombres debemos amar porque todos son nuestros prójimos y en ellos se incluyen los que nos tratan mal, los que nos hacen mal, nuestros enemigos. Todos los hombres… pero en especial los más próximos.

Entre todos los hombres, hay algunos a quienes me ligan vínculos más particulares; son mis más próximos, prójimos, aquellos a quienes por voluntad divina he de consagrar más especialmente mi vida. Mi primera misión, conocerlos exactamente, saber quiénes son. Me debo a todos, sí; pero hay quienes lo esperan todo, o mucho, de mí: el hijo para su madre, el discípulo para su maestro, el amigo para el amigo, el obrero para su patrón, el compañero para el compañero. ¿Cuál es el campo de trabajo que Dios me ha confiado? Delimitarlo en forma bien precisa; no para excluir a los demás, pero sí para saber la misión concreta que Dios me ha confiado, para ayudarlos a pensar su vida humana[3].

Él envío que hace Jesús a sus discípulos después de su ascensión a los cielos consiste en hacer de este mundo la civilización del amor y es la misión de cada uno de los cristianos. Debemos comenzar a crear esta civilización alrededor nuestro, en el ambiente en que Dios nos ha puesto.

¿Cuántos hombres a mi alrededor sufren y yo estoy indiferente? El sufrimiento puede ser espiritual o material. Los dos son importantes. Hay personas que carecen de lo necesario en el alma y en el cuerpo. Otros sólo en el alma. Otros únicamente en el cuerpo. Hay mucho sufrimiento alrededor mío y lo desconozco. Lo desconozco porque vivo muy ensimismado. El egoísmo se opone al amor y es la causa de mi despreocupación por el prójimo. El mundo necesita mucho amor y debo preguntarme cada día cuánto amor pongo en el mundo.

Y Jesús quiere amor pero amor concreto. Porque lo que hacemos por nuestro prójimo lo hacemos a Jesús mismo. Es Jesús que se nos presenta en nuestro prójimo mendigando especialmente amor. Y el amor vence al egoísmo porque el amor es entrega, olvido de sí mismo para darse.

San Juan en su primera carta dice claramente que es un mentiroso el que dice amar a Dios a quien no ve sino ama al prójimo a quién ve[4]. Nuestra verdadera religiosidad se manifiesta en el amor que tenemos al prójimo. Nuestro distintivo de cristianos no es la medallita, la crucecita, el rosario, la peregrinación, todas cosas buenas si son hechas por amor, sino que el distintivo del cristiano es la caridad. El amor al prójimo.

Amarlos para que adquieran conciencia de su destino, para que se estimen en su valor de hombres llamados por Dios al más alto conocimiento, para que estimen a Dios en su valor divino, para que estimen cada cosa según su valor frente al plan de Dios.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que el parecido divino progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se expansione en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (Cf. Col 1, 24)[5]

Pensemos en nuestra propia familia. ¿Cuánto amor pongo en ella? ¿Cuánto reclamo el amor de los demás y cuánto amor pongo? Es más feliz el que da que el que recibe. Por eso busquemos poner amor a nuestro alrededor. Olvidándonos de nosotros mismos amemos a los demás pero no tanto con las palabras cuanto con las obras.

Hay mucha gente que necesita de nuestro amor y no hace falta que la busquemos muy lejos nuestro. Cuántos pobres y necesitados de todo tipo que podemos socorrer. El amor es nuestro distintivo de cristianos. Y si bien debemos amar principalmente a los cristianos nuestro amor debe extenderse a todos los hombres.

_________________________________________
[1] 19, 18
[2] Rm 13, 9
[3] San Alberto Hurtado, La búsqueda de Dios, Ediciones de la Universidad Católica de Chile Santiago 2005, 59
[4] 1 Jn 4, 20
[5] San Alberto Hurtado, La búsqueda de Dios…, 63

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Directorio Homilético

 

Quinto domingo de Pascua

CEC 2746-2751: la oración de Cristo en la Última Cena

CEC 459, 1823, 2074, 2196, 2822, 2842: “como yo os he amado”

CEC 756, 865, 1042-1050, 2016, 2817: los cielos nuevos y la tierra nueva (segunda lectura, lectura del Apocalipsis)

LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida «una vez por todas», permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la «hora de Jesús» sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747 La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración «sacerdotal» de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su «paso» [pascua] hacia el Padre donde él es «consagrado» enteramente al Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo está «recapitulado» en El (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, la humillación y la Gloria. Es la oración de la unidad.

2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la «hora de Jesús» llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrator. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que él nos enseña: «Padre Nuestro». La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padrenuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la Gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751   Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el «conocimiento» indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

459   El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí … «(Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

1823   Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13,34). Amando a los suyos «hasta el fin» (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Y también: «Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

«Sin mí no podéis hacer nada»

2074 Jesús dice: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

2196 En respuesta a la pregunta que le hacen sobre cuál es el primero de los mandamientos, Jesús responde: «El primero es: `Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: `Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que estos» (Mc 12,29-31).

2822   La voluntad de nuestro Padre es «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2, 3-4). El «usa de paciencia, no queriendo que algunos perezcan» (2 P 3, 9; cf Mt 18, 14). Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que «nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado» (Jn 13, 34; cf 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37).

2842 Este «como» no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos ‘como’ es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sed misericordiosos, ‘como’ vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que ‘como’ yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra Vida» (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente ‘como’ nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).

VI      LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS

          Y DE LA TIERRA NUEVA

1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

          La Iglesia … sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo…cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48)

1043 La Sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10).

1044 En este «universo nuevo» (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era «como el sacramento» (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), «la Esposa del Cordero» (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

          Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios … en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción … Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, «a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos», participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048 «Ignoramos el momento de la consumación  de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres»(GS 39, 1).

1049 «No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios» (GS 39, 2).

1050 «Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal» (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces «todo en todos» (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

          La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 18, 29).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo IV de Pascua (C)

17
abril

 Domingo IV de Pascua

Domingo del Buen Pastor

 (Ciclo C) – 2016

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones Sacerdotales

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo IV de Pascua (C)

(Domingo 17 de Abril de 2016)

 Domingo del Buen Pastor

 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones Sacerdotales

LECTURAS

Nos dirigimos ahora a los paganos

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     13, 14. 43-52

Pablo y Bernabé continuaron su viaje, y de Perge fueron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron.
Cuando se disolvió la asamblea, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé. Estos conversaban con ellos, exhortándolos a permanecer fieles a la gracia de Dios.
Casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra de Dios. Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron:
«A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos. Así nos ha ordenado el Señor: Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra.»
Al oír esto, los paganos, llenos de alegría, alabaron la Palabra de Dios, y todos los que estaban destinados a la Vida eterna abrazaron la fe. Así la Palabra del Señor se iba extendiendo por toda la región.
Pero los judíos instigaron a unas mujeres piadosas que pertenecían a la aristocracia y a los principales de la ciudad, provocando una persecución contra Pablo y Bernabé, y los echaron de su territorio. Estos, sacudiendo el polvo de sus pies en señal de protesta contra ellos, se dirigieron a Iconio.
Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 99, 1b-3. 5

R. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

O bien:

Aleluia.

Aclame al Señor toda la tierra,
sirvan al Señor con alegría,
lleguen hasta él con cantos jubilosos. R.

Reconozcan que el Señor es Dios:
él nos hizo y a él pertenecemos;
somos su pueblo y ovejas de su rebaño. R.

¡Qué bueno es el Señor!
Su misericordia permanece para siempre,
y su fidelidad por todas las generaciones. R.

El Cordero será su pastor
y los conducirá hacia los manantiales de agua viva

Lectura del libro del Apocalipsis     7, 9. 14b-17

Yo, Juan, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano.
Y uno de los ancianos me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le rinden culto día y noche en su Templo.
El que está sentado en el trono habitará con ellos: nunca más padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol o el calor. Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva. Y Dios secará toda lágrima de sus ojos.»

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 10, 14

Aleluia.
Dice el Señor: Yo soy el buen Pastor:
conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí.
Aleluia.

EVANGELIO

Yo doy Vida eterna a mis ovejas

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     10, 27-30

En aquel tiempo, Jesús dijo:
«Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guion Domingo IV de Pascua
Del Buen Pastor

Jornada mundial de oración por las Vocaciones

Entrada          La Iglesia ofrece a los hombres el Evangelio principalmente en la Eucaristía. No podemos dejar de proclamar que Jesús, como Buen Pastor,  vino a revelar el rostro de Dios y se hizo Puerta del redil, Pasto de sus ovejas, Guardián de nuestras almas.

1° Lectura                                                                                        Hech 13, 14. 43-52

La salvación que nos trae Jesucristo debe llegar hasta los confines de la tierra, y la Iglesia es la portadora de este anuncio.

2° Lectura                                                                                        Apoc 7, 9. 14b-17

El Cordero de Dios es a la vez nuestro Buen Pastor. Él salva a los suyos, los consuela y conduce a la verdadera vida.

Evangelio                                                                                                     Jn 10, 27-30

            Hemos sido colocados en las manos del Buen Pastor. Él nos conoce íntimamente y nos manifiesta su unidad con el Padre celestial.

Preces
            Elevemos nuestra voz al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús que vive siempre para interceder por nosotros.

A cada invocación respondemos…

+ Por el Santo Padre, Francisco, que el Espíritu Santo lo fortalezca en su misión y experimente que toda la Iglesia está cercana a él con la oración y la acogida de su mensaje. Oremos.

+ Por todos los Obispos y sacerdotes del mundo, que viviendo en íntima unión con el Pastor de los pastores, den a los fieles el alimento de la Palabra de Dios y de los sacramentos. Oremos.

+ Por el aumento de fe en los cristianos, que los impulse a la misión de anunciar las insondables riquezas de Cristo y su infinita Misericordia. Oremos.

+ Por el aumento y santidad de las vocaciones consagradas,  que muchos hombres y mujeres quieran seguir a Cristo más de cerca y vivan la alegría de esta entrega. Oremos.

+ Por nuestros familiares, amigos y bienhechores, que vivan cada día más cerca de Jesús, meditando su vida, alimentándose de la Eucaristía y siguiendo su ejemplo. Oremos.

            Atiende, Señor, las súplicas que te dirigimos, y danos la gracia de escuchar siempre tu voz y seguir tus pasos, para contarnos un día entre aquellos que coronan tu victoria. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Ofertorio
Toda nuestra vida debe ser ofrecida a Dios. Lo hacemos en la Eucaristía y presentamos:

+ Alimentos, ofreciendo el ejercicio de nuestra caridad.

+ Incienso, elevando el sacrificio de nuestra oración y adoración.

+ Las especies de pan y vino y en ellas, los dones recibidos de Dios que se hacen nuestra ofrenda.

Comunión      Recibamos a Jesús, cuyo amor por las ovejas lo llevó a la entrega total de sí mismo.

Salida             Que María Santísima nos enseñe a oír y seguir con fidelidad la voz y los pasos de Jesús, como rebaño que corre a poseer Su reino.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

 

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 Exégesis 

·         Manuel De Tuya

Enseñanza en la fiesta de la Dedicación

(Jn.10,22-39)

            El relato que pone Jn a continuación responde a un tiempo bastante alejado de los últimos acontecimientos. Va a tener lugar en los días de la fiesta de la Dedicación o de las Encenias. Los discursos anteriores debieron de estar más próximos de la fiesta de los Tabernáculos (Jua_7:2; c.9). De ser así, entre ambas fiestas tenían que transcurrir unos dos meses, ya que la fiesta de la Dedicación se celebraba el 25 de Kasleu (nov.dic.), y la de los Tabernáculos en el mes de Tishri (sept.-oct.).

22 Se celebraba entonces en Jerusalén la Dedicación; era invierno, 23 y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. 24 Le rodearon, pues, los judíos y le decían: ¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si eres el Mesías, dínoslo claramente. 25 Respondióles Jesús: Os lo dije y no lo creéis; las obras que Yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí; 26 pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. 27 Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, 28 y yo les doy la vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. 29 Lo que mi Padre me dio es mejor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre. 30 Yo y el Padre somos una sola cosa. 31 De nuevo los judíos trajeron piedras para apedrearle. 32 Jesús les respondió: Muchas obras os he mostrado de parte de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? 33 Respondiéronle los judíos: Por ninguna obra buena te apedreamos, sino por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios. 34 Jesús les replicó: ¿No está escrito en vuestra Ley: “Yo digo: Dioses sois”? 35 Si llama dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y la Escritura no puede fallar, 36 de aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo decís vosotros: “Blasfemas,” porque dije: “Soy Hijo de Dios”? 37 Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; 38 pero si las hago, ya que no me creéis a mí, creed a las obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí, y Yo en el Padre.39 De nuevo buscaban cogerle, pero El se deslizó de entre sus manos.

La escena pasa en Jerusalén, en los días en que se celebraba la fiesta de la Dedicación. El término griego significa “innovar,” y, en sentido derivado, “consagrar” o “dedicar.” En hebreo se llama la fiesta hanukkah (Esd_6:16ss; Dan_3:2), del verbo hanak, “innovar,” “dedicar.”

            Esta fiesta tenía por objeto conmemorar anualmente la purificación del templo por Judas Macabeo, en el año 148 de los Seléucidas, que corresponde al 165  a.C.,  después de la gran profanación que de él había hecho Antíoco IV Epífanes (1Ma_4:36-59; 2Ma_1:2-19; 2Ma_10:1-8).

            Comenzaba esta festividad el día 25 del mes de Kasleu (nov.-dic.). La fiesta duraba ocho días (2Ma_10:6). Tenía un ceremonial calcado en el de la fiesta de los Tabernáculos (2Ma_1:9; 2Ma_10:6). Más tarde vino a caracterizarse por las luminarias (2Ma_1:19-22), tanto que se la llamó, por antonomasia, la fiesta de las Luminarias 12. Pero no tanto por las “luminarias” cuanto por la luz de la libertad, según Josefo.

            Para la fiesta de la Dedicación no era obligatoria la peregrinación a Jerusalén, como en las otras tres grandes fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos 13.

            La escena tiene lugar cuando Cristo “se paseaba” en el templo, por el llamado “pórtico de Salomón.” Así se llamaba a “una sección del pórtico oriental” 14. “Estaba situado este pórtico en la parte exterior oriental del templo y dominaba un profundo valle, el Cedrón; sus muros medían 400 codos (sobre 200 metros), y estaba construido con blanquísimas piedras de sillería, cada una de las cuales medía 20 codos de largo (sobre 10 metros) y seis de alto (unos tres metros); era la obra del rey Salomón,” 15 y el pórtico más antiguo de los conservados.

            Probablemente, al referir que se estaba en invierno y que se paseaba Cristo por este pórtico, es que sería lugar acogedor en esta estación del año. Es además una indicación para los lectores de la gentilidad, para precisarles la época de esta fiesta.

            En este escenario, un día de la fiesta de la Dedicación, los “judíos,” que son indudablemente, por su argumentación, los fariseos, lo “rodean,” lo estrechan así en un “círculo” para forzarle a una respuesta. Es lo que parece seguirse de todo el episodio, del tipo de argumentación farisaica insidiosamente usada y de su emplazamiento literario en este preludio final yoanneo de la muerte de Cristo. Las ideas, fundamentalmente, se repiten. Así le dicen y preguntan:

            “¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso?”; literalmente: “¿Hasta cuándo (tendrás) levantada nuestra alma?”; es decir: le preguntan hasta cuándo los va a tener en incertidumbre sobre algo que les interesa grandemente. Por eso concluyen: “Si eres el Mesías, dínoslo claramente”; y por el término griego usado aquí y en otros pasajes de Jn, probablemente significa, no sólo “claramente,” sino dicho con plena libertad (Jua_7:13.26; Jua_18:20).

            Lagrange notó muy bien que “Juan está, por eso, aquí perfectamente de acuerdo con los sinópticos sobre el secreto mesiánico, tan notable, sobre todo, en Marcos.” 16

            La respuesta de Cristo es que ya se lo dijo repetidas veces, no tomando la misma palabra de Mesías, pero sí “con las obras,” que, hechas “en nombre de mi Padre,” dan, por lo mismo, testimonio de El. Pero, a pesar de todo, ellos no creen. ¿Por qué? Cristo va a dar la razón honda de esto, al tiempo que, con este motivo, va a hacer una declaración terminante de su divinidad. El razonamiento se puede sintetizar así:

No creen porque no son de sus ovejas,

pues éstas oyen su voz, por lo que se sigue

que por eso no perecerán, [El las conoce, ellos le siguen.

  El les da la vida eterna]

pues “nadie las arrebatará de mi mano.”

Y como “esto” (éstas) es don del Padre a Cristo,

nadie puede arrebatar nada del Padre.

Y el Padre y Cristo son “una misma cosa” en esto.

Varios son los puntos doctrinales de este pasaje. Son los siguientes:

            1) En la fe en Cristo, y, por tanto, en sus “obras,” que son “signos,” si inmediatamente hay causas diversas, v.gr., malas disposiciones, temor de la “luz” (Jua_3:19-21), espíritu terreno (Jua_8:23), en el fondo de ello existe una “predestinación.” Braun ha escrito, comentando este pasaje: “La doctrina de la predestinación no tiene que hacer nada aquí.” 17 Pero esta afirmación va en contra del contexto del evangelio de Jn, en donde ya se dijo, a propósito de la incredulidad en Cristo, que “nadie puede venir a mí si el Padre no le trae” (Jua_6:44; cf. 8:47), y contra el contexto inmediato, en donde se dice que los que creen en El es don del Padre (v.29).

            2) Cristo se presenta con un “conocimiento” sobrenatural y universal de sus ovejas; con un oficio de Pastor que llama a sus ovejas de modo real, aunque misterioso, porque aquéllas “oyen su voz”; con un poder vitalizador, pues les da “la vida eterna” (v.28); y se presenta dotado de un poder trascendente, pues nadie puede “arrebatar de su mano” estas ovejas.

            3) Todo este rebaño espiritual es un “don” del Padre a El. Pero la formulación de este hemistiquio tiene una dificultad clásica de lectura y de interpretación. Son las siguientes:

a) “Mi Padre, el que (hos) me dio a mi

es más grande que todo.”

b) “Mi Padre, lo que (hos) me dio,

es más grande que todo.”

Críticamente, la primera lectura es admitida por muchos, apoyada en los siguientes manuscritos: Β  S L W, Vet. lat., Vulg., Tert., HiL, Ag. 18. Por crítica interna se ve que es lectura más fácil. Además deja sin complemento lo que el Padre dio a Cristo. La segunda es la ordinariamente admitida. En ella puede ser traducido el “más grande” por “más precioso” (Mat_23:17.19). Así, su lectura es:

“Lo que el Padre me dio es más precioso que todo.”

¿Qué es eso que el Padre dio a Cristo? A tres pueden reducirse las posiciones.

            a) La naturaleza divina. — San Agustín es el primer representante de esta posición. 19. Entre los exegetas que le han seguido están Cornelio A., Knabenbauer, Patrizi, Lebreton. Con esta posición parece concordar lo que se dice en el concilio IV de Letrán (a. 1215): “El Padre, generando eternamente al Hijo, le da — dedit — su sustancia, conforme a lo que El mismo dice: Lo que me dio el Padre es más grande que todo.” 20 Pero, como nota oportunamente Prat, “se sabe que la prueba escrituraria no es definida con la doctrina que ella ilustra” 21, y los autores católicos lo interpretan diversamente.

            b) El poder divino. — Sería el poder divino que el Padre le había comunicado, tanto para hacer milagros como para conducir las ovejas y darles la vida eterna. Así Belser, Schanz, Tillmann.

            Pero el contexto, como se verá, exige otra interpretación, distinta de estas dos propuestas. Cristo no iba a decir algo incoherente. Pues si aludiese a que este don del Padre era la naturaleza divina o el poder divino, ¿quién pretendería “arrebatar” del Hijo la naturaleza divina o el poder divino de que estaba dotado?

            c) Las “ovejas” que oyen su voz. — Esta interpretación es exigencia del ritmo conceptual progresivo del pasaje. La garantía de que las ovejas que oyen su voz no perecerán es:

a) “Que nadie las arrebatará de mi mano,” o poder.

            b) Porque es un “don” que le dio el Padre, el cual “don” es “más precioso que todas las cosas.” Nada es comparable a la “vida eterna,” que Cristo dispensa (Jua_17:1-4). El mismo lo dijo en otra ocasión: “¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mat_16:26; Luc_9:25) 22.

            c) Y de la misma manera que nadie puede “arrebatar nada de la mano de mi Padre,” que aquí son las “ovejas,” así tampoco se las puede arrebatar de las suyas.

            d) Porque, en definitiva, “Yo y el Padre somos una sola cosa.”

            Así, el pensamiento tiene un ritmo de desarrollo progresivo perfectamente lógico. Y conceptualmente encuentra otros pasajes paralelos en el mismo cuarto evangelio (Jua_6:37.39; Jua_17:24; compárese con Jua_17:24).

            4) Por último, Cristo, como garantía de este poder salvífico que tiene para sus ovejas, proclama su divinidad, diciendo: “Yo y el Padre somos una cosa” (εν  έσμεν ).

            Directamente se expresa esta unidad entre el Padre y el Hijo en el poder. El Padre y el Verbo encarnado son “una sola cosa.” Pero lo son no sólo como un profeta, en el plan, conocimiento y actividad de Cristo para su obra salvadora. Sino también, por razón de la persona divina, tiene una “unión” ontológica divina con el Padre.

            Esta expresión encuentra su clarificación en la “oración sacerdotal,” en la que Cristo pide al Padre que le glorifique con “la gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo existiese” (Jua_17:5.24), lo mismo que en el “prólogo,” en el que se enseña abiertamente que el Verbo, que se va a encarnar, “era Dios.”

            Y que éste es el intento del evangelista no cabe dudarlo después de lo que enseña en el “prólogo,” en la tesis de su evangelio, y por la reacción que recoge de los “judíos” fariseos que le oyeron, pues “trajeron piedras” de las que había allí mismo en el templo aún en construcción, y de las que se sirvieron los judíos en más de una ocasión para apedrear a la guarnición romana 23, “para apedrearle” como blasfemo, pues dijeron que “tú, siendo hombre, te haces Dios” (v.31-33).

            Al argumentarle los fariseos, sacando la conclusión que encerraba su enseñanza, que se “hacía Dios,” quisieron “apedrearle,” puesto que este tipo de pena era el que correspondía a los blasfemos. Y el argumento que Cristo va a esgrimir contra ellos es éste:

            En la Ley 23, que son los Salmos, pero que Jn cita así en otras ocasiones la Escritura (Jua_7:49; Jua_12:34; Jua_15:25), se lee la siguiente personificación escenográfica: Dios cita a su juicio a los jueces inicuos, y para nombrarles y constituirles como tales, les dice: “Yo dije: Sois dioses — Elohím athem — , todos vosotros hijos del Altísimo” (Sal_82:6). A los jueces, por recibir su poder de Dios (Rom_13:1) y porque “el juicio es de Dios” (Deu_1:17; cf. Deu_19:17), se los llama, en esta mentalidad semita, “dioses,” por participadores de este poder divino (Gen_1:27).

            Partiendo de esto, Cristo va a usar un argumento “a fortiori,” de tipo rabínico, llamado “del ligero y de grave” (qal washomer) 24. Y así les argumenta: Si la Escritura, palabra de Dios, que “no puede fallar,” llama “dioses” a unos hombres por participar un simple poder judicial, no puede ser blasfemia que El, a quien el Padre “consagró” y envió al mundo, y la prueba de lo que dice son los milagros, diga que es Hijo de Dios.

            Si los fariseos no negaban las obras milagrosas de Cristo, y aquí no las atribuían, como en otras ocasiones, a Satanás (Mat_12:24 par.), el argumento era incontrovertible. Y que no podían hacerlo es lo que decía el ciego de nacimiento: que Dios no oye a los pecadores (Jua_9:31); y los milagros suyos eran tan evidentes, que aquí mismo los alega como testimonios inexcusables; precisamente los milagros fueron lo que hizo creer en El a Nicodemo y a otros grupos de fariseos (Jua_2:23; Jua_3:1-2). Pero no por negarlos desvirtuaban su valor objetivo; tanto que esto les hacía a ellos inexcusables (Jua_9:39-41; Jua_12:37ss; Jua_15:24). Más que un simple juez — “dios” — era el que el Padre envió al mundo como su Mesías, y que, proclamándose el Hijo de Dios, lo rubricaba apologéticamente con milagros.

            Por eso alega esto, como en otras ocasiones (Jua_5:36; Jua_10:25; Jua_14:10.11), para que “sepáis y conozcáis” que “el Padre está en mí, y yo en el Padre.”

            Si Dios estaba jurídicamente presente en los jueces, tenía que estarlo realmente en el que se decía su Hijo.

            Esta presencia mutua del Padre y del Hijo no es sólo una presencia moral, ni aun simplemente física por la acción del milagro, del cual Cristo es instrumento, sino que es más profunda. La presencia moral de Dios, y viceversa, la tenía todo judío piadoso; la física parecería explicarlo. Sería la profunda presencia y unión con el Padre en sus obras, ya que El nada hacía sin el Padre (Jua_5:30). Pero la lógica de la argumentación es que, no habiendo retirado nada de su proposición primera, por la que querían lapidarle, puesto que “tú, siendo hombre, te haces Dios” (Jua_10:33), aquí la conclusión abocaba a lo mismo. Si inmediatamente indica la absoluta “unión” (v.30) y “presencia” (v.38) del Padre y del Hijo en el obrar, está expresándose esta “unión” íntima y total — ontológica — de Cristo con el Padre — el Hijo de Dios encarnado — , que se expuso a propósito del v.30. Esto es lo que entienden los judíos, pues quieren volver a apoderarse de El, sin duda para lapidarle. Pero esto es a lo que lleva por necesidad, además, el intento del evangelista, por la semejanza conceptual con otros pasajes de Cristo y de Juan.

            De Cristo basta ver los atributos divinos que reclamó para sí en el capítulo 5 (Jua_5:19-30) 25.

            En el capítulo 14 dirá Cristo: “El que me ha visto a mí (como Hijo), ha visto al Padre. El Padre, que mora en mí, hace sus obras. Creedme, que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; al menos, creedlo por las obras” (Jua_14:9-11; cf. Jua_17:21).

            Y el evangelista dice del Verbo encarnado que “el Verbo estaba en Dios (en el Padre) 26, y el Verbo era Dios” (Jua_1:1).

            Y queriendo apoderarse de El, “se salió de sus manos.” No había llegado su “hora,” tema que tanto cuenta en el evangelio de Jn (Jua_7:30; Jua_8:20, etc.). El mismo logró evadir aquello ¿Cómo? No se dice. “¿Es que la lapidación no había sido más que una amenaza? ¿O acaso el pueblo se puso de su parte?” 27. Acaso, una vez más, la grandeza de Cristo, sin aparatosidad, se impone.

(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, Tomo Vb, BAC, Madrid, 1977)

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Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

Las grandes imágenes del evangelio de Juan: el pastor

            (…)

Volvamos al sermón sobre el pastor del capítulo 10. Sólo en el segundo párrafo aparece la afirmación: «Yo soy el buen pastor» (10, 11). Toda la carga histórica de la imagen del pastor se recoge aquí, purificada y llevada a su pleno significado. Destacan sobre todo cuatro elementos fundamentales. El ladrón viene «para robar, matar y hacer estragos» (10, 10). Ve las ovejas como algo de su propiedad, que posee y aprovecha para sí. Sólo le importa él mismo, todo existe sólo para él. Al contrario, el verdadero pastor no quita la vida, sino que la da: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (10, 10).

Esta es la gran promesa de Jesús: dar vida en abundancia. Todo hombre desea la vida en abundancia. Pero, ¿qué es, en qué consiste la vida? ¿Dónde la encontramos? ¿Cuándo y cómo tenemos «vida en abundancia»? ¿Es cuando vivimos como el hijo pródigo, derrochando toda la dote de Dios? ¿Cuando vivimos como el ladrón y el salteador, tomando todo para nosotros? Jesús promete que mostrará a las ovejas los «pastos», aquello de lo que viven, que las conducirá realmente a las fuentes de la vida. Podemos escuchar aquí como un eco las palabras del Salmo 23: «En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas… preparas una mesa ante mí… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida.» (2.5s). Resuenan más directas las palabras del pastor en Ezequiel: «Las apacentaré en pastizales escogidos, tendrán su dehesa en lo alto de los montes de Israel.» (34, 14).

Ahora bien, ¿qué significa todo esto? Ya sabemos de qué viven las ovejas, pero, ¿de qué vive el hombre? Los Padres han visto en los montes altos de Israel y en los pastizales de sus camperas, donde hay sombra y agua, una imagen de las alturas de la Sagrada Escritura, del alimento que da la vida, que es la palabra de Dios. Y aunque éste no sea el sentido histórico del texto, en el fondo lo han visto adecuadamente y, sobre todo, han entendido correctamente a Jesús. El hombre vive de la verdad y de ser amado, de ser amado por la Verdad. Necesita a Dios, al Dios que se le acerca y que le muestra el sentido de su vida, indicándole así el camino de la vida. Ciertamente, el hombre necesita pan, necesita el alimento del cuerpo, pero en lo más profundo necesita sobre todo la Palabra, el Amor, a Dios mismo. Quien le da todo esto, le da «vida en abundancia». Y así libera también las fuerzas mediante las cuales el hombre puede plasmar sensatamente la tierra, encontrando para sí y para los demás los bienes que sólo podemos tener en la reciprocidad.

En este sentido, hay una relación interna entre el sermón sobre el pan del capítulo 6 y el del pastor: siempre se trata de aquello de lo que vive el hombre. Filón, el gran filósofo judío contemporáneo de Jesús, dijo que Dios, el verdadero pastor de su pueblo, había establecido como pastor a su «hijo primogénito», al Logos (Barrett, p. 374). El sermón sobre el pastor en Juan no está en relación directa con la idea de Jesús como Logos; y sin embargo —precisamente en el contexto del Evangelio de Juan— es éste su sentido: que Jesús, como palabra de Dios hecha carne, no es sólo el pastor, sino también el alimento, el verdadero «pasto»; nos da la vida entregándose a sí mismo, a El, que es la Vida (cf. 1, 4; 3, 36; 11, 25).

Con esto hemos llegado al segundo motivo del sermón sobre el pastor, en el que aparece el nuevo elemento que lleva más allá de Filón, no mediante nuevas ideas, sino por un acontecimiento nuevo: la encarnación y la pasión del Hijo. «El buen pastor da la vida por las ovejas» (10, 11). Igual que el sermón sobre el pan no se queda en una referencia a la palabra, sino que se refiere a la Palabra que se ha hecho carne y don «para la vida del mundo» (6, 51), así, en el sermón sobre el pastor es central la entrega de la vida por las «ovejas». La cruz es el punto central del sermón sobre el pastor, y no como un acto de violencia que encuentra desprevenido a Jesús y se le inflige desde fuera, sino como una entrega libre por parte de Él mismo: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente» (10, 17s). Aquí se explica lo que ocurre en la institución de la Eucaristía: Jesús transforma el acto de violencia externa de la crucifixión en un acto de entrega voluntaria de sí mismo por los demás. Jesús no entrega algo, sino que se entrega a sí mismo. Así, El da la vida. Tendremos que volver de nuevo sobre este tema y profundizar más en él cuando hablemos de la Eucaristía y del acontecimiento de la Pascua.

Un tercer motivo esencial del sermón sobre el pastor es el conocimiento mutuo entre el pastor y el rebaño: «El va llamando a sus ovejas por el nombre y las saca fuera… y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz» (10, 3s). «Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas» (10, 14s). En estos versículos saltan a la vista dos interrelaciones que debemos examinar para entender lo que significa ese «conocer». En primer lugar, conocimiento y pertenencia están entrelazados. El pastor conoce a las ovejas porque éstas le pertenecen, y ellas lo conocen precisamente porque son suyas. Conocer y pertenecer (en el texto griego, ser «propio de»: ta ídiá) son básicamente lo mismo. El verdadero pastor no «posee» las ovejas como un objeto cualquiera que se usa y se consume; ellas le «pertenecen» precisamente en ese conocerse mutuamente, y ese «conocimiento» es una aceptación interior. Indica una pertenencia interior, que es mucho más profunda que la posesión de las cosas.

Lo veremos claramente con un ejemplo tomado de nuestra vida. Ninguna persona «pertenece» a otra del mismo modo que le puede pertenecer un objeto. Los hijos no son «propiedad» de los padres; los esposos no son «propiedad» uno del otro. Pero se «pertenecen» de un modo mucho más profundo de lo que pueda pertenecer a uno, por ejemplo, un trozo de madera, un terreno o cualquier otra cosa llamada «propiedad». Los hijos «pertenecen» a los padres y son a la vez criaturas libres de Dios, cada uno con su vocación, con su novedad y su singularidad ante Dios. No se pertenecen como una posesión, sino en la responsabilidad. Se pertenecen precisamente por el hecho de que aceptan la libertad del otro y se sostienen el uno al otro en el conocerse y amarse; son libres y al mismo tiempo una sola cosa para siempre en esta comunión.

De este modo, tampoco las «ovejas», que justamente son personas creadas por Dios, imágenes de Dios, pertenecen al pastor como objetos; en cambio, es así como se apropian de ellas el ladrón o el salteador. Ésta es precisamente la diferencia entre el propietario, el verdadero pastor y el ladrón: para el ladrón, para los ideólogos y dictadores, las personas son sólo cosas que se poseen. Pero para el verdadero pastor, por el contrario, son seres libres en vista de alcanzar la verdad y el amor; el pastor se muestra como su propietario precisamente por el hecho de que las conoce y las ama, quiere que vivan en la libertad de la verdad. Lc pertenecen mediante la unidad del «conocerse», en la comunión de la Verdad, que es Él mismo. Precisamente por eso no se aprovecha de ellas, sino que entrega su vida por ellas. Del mismo modo que van unidos Logos y encarnación, Logos y pasión, también conocerse y entregarse son en el fondo una misma cosa.

Escuchemos de nuevo la frase decisiva: «Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas» (10, 14s). En esta frase hay una segunda interrelación que debemos tener en cuenta. El conocimiento mutuo entre el Padre y el Hijo se entrecruza con el conocimiento mutuo entre el pastor y las ovejas. El conocimiento que une a Jesús con los suyos se encuentra dentro de su unión cognoscitiva con el Padre. Los suyos están entretejidos en el diálogo trinitario; volveremos a tratar esto al reflexionar sobre la oración sacerdotal de Jesús. Entonces podremos comprender cómo la Iglesia y la Trinidad están enlazadas entre sí. La compenetración de estos dos niveles del conocer resulta de suma importancia para entender la naturaleza del «conocimiento» de la que habla el Evangelio de Juan.

Trasladando esto a nuestra experiencia vital, podemos decir: sólo en Dios y a través de Dios se conoce verdaderamente al hombre. Un conocer que reduzca al hombre a la dimensión empírica y tangible no llega a lo más profundo de su ser. El hombre sólo se conoce a sí mismo cuando aprende a conocerse a partir de Dios, y sólo conoce al otro cuando ve en él el misterio de Dios. Para el pastor al servicio de Jesús eso significa que no debe sujetar a los hombres a él mismo, a su pequeño yo. El conocimiento recíproco que le une a las «ovejas» que le han sido confiadas debe tender a introducirse juntos en Dios y dirigirse hacia Él; debe ser, por tanto, un encontrarse en la comunión del conocimiento y del amor de Dios. El pastor al servicio de Jesús debe llevar siempre más allá de sí mismo para que el otro encuentre toda su libertad; y por ello, él mismo debe ir también siempre más allá de sí mismo hacia la unión con Jesús y con el Dios trinitario.

El Yo propio de Jesús está siempre abierto al Padre, en íntima comunión con El; nunca está solo, sino que existe en el recibirse y en el donarse de nuevo al Padre. «Mi doctrina no es mía», su Yo es el Yo sumido en la Trinidad. Quien lo conoce, «ve» al Padre, entra en esa su comunión con el Padre. Precisamente esta superación dialógica que hay en el encuentro con Jesús nos muestra de nuevo al verdadero pastor, que no se apodera de nosotros, sino que nos conduce a la libertad de nuestro ser, adentrándonos en la comunión con Dios y dando Él mismo su propia vida.

Llegamos al último gran tema del sermón sobre el pastor: el tema de la unidad. Aparece con gran relieve en la profecía de Ezequiel. «Recibí esta palabra del Señor: «hijo de hombre, toma una vara y escribe en ella ‘Judá’ y su pueblo; toma luego otra vara y escribe ‘José’, vara de Efraín, y su pueblo. Empálmalas después de modo que formen en tu mano una sola vara». Esto dice el Señor: «Voy a recoger a los israelitas de las naciones a las que se marcharon, voy a congregarlos de todas partes… Los haré un solo pueblo en mi tierra, en los montes de Israel… No volverán ya a ser dos naciones ni volverán a desmembrarse en dos reinos»» (Ez 37, 15-17.21s). El pastor Dios reúne de nuevo en un solo pueblo al Israel dividido y disperso.

El sermón de Jesús sobre el pastor retoma esta visión, pero ampliando de un modo decisivo el alcance de la promesa: «Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (10, 16). La misión de Jesús como pastor no sólo tiene que ver con las ovejas dispersas de la casa de Israel, sino que tiende, en general, «a reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (11, 52). Por tanto, la promesa de un solo pastor y un solo rebaño dice lo mismo que aparece en Mateo, en el envío misionero del Resucitado: «Haced discípulos de todos los pueblos» (28, 19); y que además se reitera otra vez en los Hechos de los Apóstoles como palabra del Resucitado: «Recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo» (1, 8).

Aquí se nos muestra con claridad la razón interna de esta misión universal: hay un solo pastor. El Logos, que se ha hecho hombre en Jesús, es el pastor de todos los hombres, pues todos han sido creados mediante aquel único Verbo; aunque estén dispersos, todos son uno a partir de Él y en vista de El. La humanidad, más allá de su dispersión, puede alcanzar la unidad a partir del Pastor verdadero, del Logos, que se ha hecho hombre para entregar su vida y dar, así, vida en abundancia (10, 10).

La figura del pastor se convirtió muy pronto —está documentado ya desde el siglo III— en una imagen característica del cristianismo primitivo. Existía ya la figura bucólica del pastor que carga con la oveja y que, en la ajetreada sociedad urbana, representaba y era estimada como el sueño de una vida tranquila. Pero el cristianismo interpretó enseguida la figura de un modo nuevo basándose en la Escritura; sobre todo a la luz del Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por días sin término». En Cristo reconocieron al buen pastor que guía a través de los valles oscuros de la vida; el pastor que ha atravesado personalmente el tenebroso valle de la muerte; el pastor que conoce incluso el camino que atraviesa la noche de la muerte, y que no me abandona ni siquiera en esta última soledad, sacándome de ese valle hacia los verdes pastos de la vida, al «lugar del consuelo, de la luz y de la paz» (Canon romano). Clemente de Alejandría describió esta confianza en la guía del pastor en unos versos que dejan ver algo de esa esperanza y seguridad de la Iglesia primitiva, que frecuentemente sufría y era perseguida: «Guía, pastor santo, a tus ovejas espirituales: guía, rey, a tus hijos incontaminados. Las huellas de Cristo son el camino hacia el cielo» (Paed., III 12, 101; van der Meer, 23).

Pero, naturalmente, a los cristianos también les recordaba la parábola tanto del pastor que sale en busca de la oveja perdida, la carga sobre sus hombros y la trae de vuelta a casa, como el sermón sobre el pastor del Evangelio de Juan. Para los Padres estos dos elementos confluyen uno en el otro: el pastor que sale a buscar a la oveja perdida es el mismo Verbo eterno, y la oveja que carga sobre sus hombros y lleva de vuelta a casa con todo su amor es la humanidad, la naturaleza humana que Él ha asumido. En su encarnación y en su cruz conduce a la oveja perdida —la humanidad— a casa, y me lleva también a mí. El Logos que se ha hecho hombre es el verdadero «portador de la oveja», el Pastor que nos sigue por las zarzas y los desiertos de nuestra vida. Llevados en sus hombros llegamos a casa. Ha dado la vida por nosotros. Él mismo es la vida.

(Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Parte I, Editorial Planeta, Santiago de Chile, 2007, p. 326 – 335)

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Santos Padres

·        San Agustín

El Buen Pastor

5. Mis ovejas oyen mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. Recordaréis que antes había dicho: Y entrarán, y saldrán y hallarán pastos. Hemos entrado creyendo y salimos muriendo. Y así como hemos entrado por la puerta de la fe, así salgamos del cuerpo con la misma fe, y de este modo salimos por la misma puerta, para poder hallar los pastos. Buen pasto es la vida eterna, donde la hierba no se seca, siempre está toda verde y lozana. Hay una hierba que se llama siempreviva; sólo allí se encuentra. Yo, dice, les daré la vida eterna a mis ovejas. Vosotros sólo maquináis calumnias, porque sólo pensáis en la vida presente.

6. Y no perecerán eternamente, como si quisiera decirles: Vosotros pereceréis eternamente porque no sois de mis ovejas. Nadie las arrebatará de mi mano. Escuchad con mayor atención: Lo que mi Padre me ha dado, sobrepuja a todo. ¿Qué podrán el lobo, el ladrón y el salteador? No perderán sino a los predestinados a la muerte. Pero de aquellas ovejas de las cuales dice el Apóstol: Conoce el Señor quiénes son los suyos. A quienes previo, los predestinó; a quienes predestinó, los llamó; a quienes llamó, los justificó, y a quienes justificó, a estos mismos glorificó; de estas ovejas ni el lobo arrebata, ni el ladrón roba, ni el salteador mata. Seguro está de su número, porque sabe lo que dio por ellas. Por eso dice que nadie las arrebatará de sus manos; y, dirigiéndose al Padre, dice que lo que el Padre le dio supera a todo. ¿Qué es lo que el Padre le dio que vale más que todo? El ser su Hijo unigénito. ¿Qué quiere significar el vocablo dio? ¿Existía ya aquel a quien daba, o lo dio con la generación? Porque, si existía aquel a quien daba el ser Hijo, hubo un tiempo en que no era Hijo. Jamás tengáis el pensamiento de que en algún tiempo Cristo existiera sin ser Hijo. De nosotros bien puede decirse, pues en algún tiempo éramos hijos de los hombres, pero no éramos hijos de Dios. A nosotros la gracia de Dios nos hizo hijos suyos; a Él, la naturaleza, porque así ha nacido. Ni te asiste razón para decir que no existía antes de nacer, porque nunca nació quien era coeterno del Padre. El que lo vea que lo entienda, y quien no lo entienda, que lo crea; nútrase con la fe y lo entenderá. El Verbo de Dios estuvo siempre con el Padre, y siempre fue Verbo; y porque es Verbo, es Hijo. Siempre Hijo y siempre igual. No es igual por haber crecido, sino por haber nacido es igual, porque siempre nace el Hijo del Padre, Dios de Dios, coeterno del eterno. El Padre no tiene del Hijo el ser Dios; el Hijo tiene del Padre el ser Dios, porque el Padre le dio el ser Dios engendrándole, y en la misma generación le dio el ser coeterno a Él y el ser igual a Él. Esto es lo que es más que todo. ¿Cómo el Hijo es la Vida y tiene la vida? Lo que Él tiene, eso es. Una cosa es lo que tú eres y otra cosa es lo que tienes. Tienes, por ejemplo, sabiduría, ¿eres tú la sabiduría? Y porque tú no eres lo que tienes, si pierdes lo que tienes, te haces no poseedor, y así unas veces lo pierdes, otras veces lo recuperas. Nuestros ojos no son inseparables de la luz: la reciben cuando se abren, la pierden cuando se cierran. No es Dios de este modo el Hijo de Dios, el Verbo del Padre. No es el Verbo de tal forma que no sea cuando deja de sonar, sino que permanece desde su nacimiento. Tiene la sabiduría de modo que Él es la sabiduría y hace a otros sabios. Tiene la vida de modo que Él es la vida y hace que otros sean seres vivos. Esto es lo que es mayor que todo. Queriendo hablar del Hijo de Dios el evangelista San Juan, mira al cielo y a la tierra, los mira y se remonta sobre ellos. Sobre el cielo contempla los millares de ejércitos angélicos, contempla con la mente a todas las criaturas, como el águila contempla las nubes, y, remontándose sobre todas ellas, llega a aquello, que es mayor que todo, y dice: En el principio era el Verbo. Pero, como aquel de quien Él es Verbo no procede del Verbo, y el Verbo procede de aquel cuyo es el Verbo, dice: Lo que me dio el Padre, esto, es el ser su Verbo, el ser su Hijo unigénito y esplendor de su luz, es mayor que todas las cosas. Nadie, por lo tanto, arrebata a mis ovejas de mis manos. Nadie puede arrebatarlas de las manos de

mi Padre.

7. De mis manos, de las manos de mi Padre. ¿Qué quiere significar diciendo: Nadie las arrebata de mis manos, nadie las arrebata de las manos de mi Padre? ¿Por ventura es la misma la mano del Padre y la del Hijo, o acaso el Hijo es la mano del Padre? Si por la mano entendemos el poder, uno es el poder del Padre y del Hijo, porque una es la divinidad; pero, si por mano entendemos lo que dijo el profeta: ¿A quién ha sido revelado el brazo del Señor?, entonces la mano del Padre es el mismo Hijo. Mas no se dicen estas cosas como si Dios tuviese forma humana y como miembros corporales, sino que indican que por ese brazo han sido hechas todas las cosas. También los hombres suelen llamar brazos suyos a otros hombres, por medio de los cuales hacen lo que ellos quieren. Y algunas veces se llama mano del hombre a la obra que ejecutaron sus manos; por ejemplo, cuando uno dice que conoce su mano al ver un escrito suyo. Entendiéndose, pues, de varios modos la mano del hombre, que propiamente la posee entre los miembros de su cuerpo, ¿por qué se le ha de dar una sola interpretación a la mano de Dios, que no tiene forma corporal alguna? Por lo cual, en este lugar, con mejor acuerdo, por la mano del Padre y del Hijo entendemos el poder del Padre y del Hijo para evitar que, al oír decir aquí que el Hijo es la mano del Padre, pueda surgir el pensamiento carnal de buscar al Hijo un hijo suyo, del cual se diga que es la mano de Cristo. Luego nadie las arrebata de mis manos significa que nadie me las arrebata a mí.

8. Pero, para que alejes de ti toda clase de duda, escucha lo que sigue: Yo y el Padre somos una sola cosa. Hasta aquí pudieron tolerar los judíos; pero cuando oyeron: Yo y el Padre somos una sola cosa, no pudieron contenerse, y, persistiendo en su acostumbrada dureza, apelaron a las piedras. Cogieron piedras para apedrearle. Y el Señor, que no padecía cuando no quería, y que no padeció sino lo que quiso padecer, sigue aun hablando a quienes intentaban apedrearle. Cogieron piedras los judíos para apedrearle. Respondióles Jesús: Muchas obras buenas os he manifestado acerca de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis? Y ellos replicaron: No te apedreamos por ninguna obra buena, sino por la blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces Dios. Contestaron a lo que Él había dicho: Yo y el Padre somos una sola cosa. Ved cómo los judíos entendieron lo que no comprenden los arrianos. Por eso se enfurecieron, porque entendieron que, cuando no hay igualdad entre el Padre y el Hijo, no se puede decir: Yo y el Padre somos una sola cosa.

SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 48, 5-9, BAC Madrid 19652, 164-68

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Alberto Hutado

·        Directorio de Vocaciones I.V.E.

·        San Juan Pablo II

.        S.S. Benedicto XVI

.        S.S. Francisco p.p.

.        P. Gustavo Pascual I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL BUEN PASTOR

En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia pone ante nuestros ojos la figura de Cristo bajo el aspecto de un pastor. No lo hace arbitrariamente, ya que el mismo Cristo dijo de sí: «Yo soy el buen pastor».

El tema del pastor es un tema muy tradicional, que aparece ya en el Antiguo Testamento. Allí Dios quiso presentarse como Pastor, y su pueblo lo reconoce por tal. Así en el salmo 76: «Tú guiaste a tu pueblo, como un rebaño, por la mano de Moisés y Aarón»; y en el salmo 22 el pueblo canta agradecido: «El Señor es mi pastor, nada me puede faltar». Este tema se encuentra también muy frecuentemente en la predicación de los profetas. La autocalificación de Cristo como «el buen pastor», se encuentra íntimamente ligada con su proclamación como Mesías e Hijo de Dios, y Dios como el Padre. La Iglesia primitiva mostró gran devoción por este nombre de Cristo, e iconográficamente lo representó a menudo llevando una oveja sobre sus hombros.

En el evangelio de hoy, el Señor nos dice que conoce a sus ovejas: «yo las conozco», afirma taxativamente. No se trata, por cierto, de un conocimiento frío, descarnado, sino de un conocimiento personal, ya que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las ama entrañablemente, cargándolas, si es menester, sobre sus propios hombros, con un amor sacrificado que lo lleva a cuidarlas, protegerlas, alimentarlas, y hasta a dar su vida por ellas.

Tal es la relación que el Pastor divino quiere tener con sus ovejas. Pero en el evangelio de hoy el Señor también nos quiere hacer entender cuál es el trato que deben tener las ovejas respecto de su Pastor, o en otras palabras, cuáles son las condiciones requeridas para pertenecer a su rebaño: «mis ovejas escuchan mi voz… y ellas me siguen».

Como puede verse, dos son las condiciones que pone el Señor: escuchar su voz y seguido. También podríamos decir: oír su enseñanza y ponerla en práctica. Lo primero se dirige a la inteligencia y lo segundo a la voluntad. Conocerlo con nuestra inteligencia y así poder amarlo, tendiendo a Él con todo el impulso de nuestra voluntad.

Toda la Escritura es una reiterada invitación a escuchar. Así, cuando en el Antiguo Testamento el Señor se preparaba para dar a conocer sus mandamientos al pueblo elegido, comenzó diciendo: «Escucha, Israel». Sólo luego los enumeró uno por uno. Primero el pueblo tenía que disponerse a «escuchar». A menudo retomaría Dios aquella exhortación, como lo advertimos por ejemplo en uno de los salmos: «Ojalá escuchéis hoy mi voz, no endurezcáis vuestro corazón». Dios bien sabe que quien se resiste a escuchado, camina decididamente hacia su propia perdición.

También en el Nuevo Testamento, Dios nos sigue exhortando a lo mismo. Cuando Cristo se transfiguró en el monte Tabor, el Padre celestial dejó oír su voz diciendo: «Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo». Dios espera que nos pongamos en la actitud del «discípulo», del que aprende. Se trata de un mandato. Pertenecer al rebaño de Cristo implica, pues, oírlo con atención para poner por obra lo escuchado.

En la Sagrada Escritura varios son los personajes que nos dan ejemplo de esta actitud acogedora. Por ejemplo el profeta Samuel, que al ser llamado por Dios, le respondió: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». En el Nuevo Testamento vemos cómo María, la hermana de Lázaro, estaba a los pies de Jesús escuchando al Maestro. El Señor elogió esa actitud acogedora y contemplativa y la puso por encima de la vida activa. Escuchar con atención la Palabra de Dios para luego llevarla a la práctica: he aquí la actitud requerida para pertenecer realmente al rebaño del Señor.

Tal actitud parece incluir tres exigencias ineludibles. Ante todo la humildad, para ser capaces de reconocer la Verdad divina, dejarse medir por ella, y acomodarse a sus requerimientos. Quien no la posea, no puede pertenecer al rebaño del Señor. Ese y no otro fue el pecado de los fariseos que clausuraron su corazón para no ver lo que veían. Su soberbia les impidió reconocer, a pesar de tantos milagros, que estaban en presencia del Hijo de Dios. Es el pecado contra la luz, del que habla nuestro Señor, el pecado contra el Espíritu Santo. En la primera lectura, hemos encontrado las dos actitudes opuestas, con motivo de la predicación de Pablo y Bernabé en Antioquía. La actitud propia del discípulo, según lo revelan los antioquenos que se reunieron «para escuchar la palabra de Dios», y la de los judíos, que «instigaron a unas mujeres piadosas que pertenecían a la aristocracia y a los principales de la ciudad, provocando una persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron de su territorio». Es la soberbia que les domina la inteligencia, los obnubila y no les permite ver.

Para escuchar la voz del Pastor y seguirlo se requiere, en segundo lugar, el silencio. Sólo así se estará en condiciones de percibir con mayor diafanidad la voz del maestro interior. El silencio parece pedir tanto serenidad de espíritu, como aleja-miento del ruido, exterior e interior. No es ello fácil, ya que el mundo moderno vive en el mido, volcado como está a las cosas exteriores para tapar su vacío interior. Cuán actual parece la recomendación del salmo: «aquietaos, y reconoced que Yo soy Dios».

Mientras no le demos al silencio el tiempo que le corresponde en nuestra vida cotidiana, mientras no busquemos la quietud, el reposo, el sosiego, no podremos seguir de cerca al Pastor, no podremos encontrar a Dios, ya que allí es donde generalmente se manifiesta, como se mostró cuando el profeta Elías no halló a Dios en el terremoto ni en el viento huracanado, sino en la brisa apacible. Refiriéndose a Israel, su esposa infiel, que se había prostituido con los ídolos, dijo el Señor por el profeta Oseas: «Yo voy a seducirla, la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón». Allí es donde habla Dios, en el silencio del desierto, no en el mido.

Finalmente, el seguimiento del Pastor exige docilidad, para dejarse moldear por su doctrina, volviéndose cera blanda en sus manos. Será preciso mostrarse sumisos a las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo, que siempre está tratando de modelar en nosotros la imagen de Jesucristo, exhortándonos a salir de aquel vicio o pecado, de la mediocridad, de la tibieza, en fin, a desprendernos del hombre terreno y aspirar a las cosas celestiales.

Humildad, silencio, docilidad, he aquí las tres cosas que parecen imprescindibles si queremos oír la voz del Buen Pastor y poner en obra lo escuchado.

El texto del Apocalipsis que constituyó la segunda lectura de este domingo, nos muestra al rebaño en las praderas eternas, en el cielo. Allí se nos describe una enorme muchedumbre, imposible de contar, «formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas». Todos están de pie, ante el trono del Cordero, con túnicas blancas y palmas en las manos, alabándole de manera incesante. Dios ha secado toda lágrima de sus ojos. Ya no hay sufrimiento ni dolor, «ya no padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol y el calor». Sólo habrá dicha, y ésta será indeficiente, eterna. Todos ellos oyeron la voz del Pastor y lo siguieron. Por eso ahora son felices por una eternidad. Ya el Señor lo había preanunciado: «Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la practican».

No basta, pues, con exclamar «Señor, Señor», como nos lo advirtió el mismo Jesús. Es preciso seguir al Pastor, es preciso seguir al Cordero dondequiera que vaya, haciendo nuestras sus palabras. Si así lo hiciéramos, se cumplirá en nosotros lo que en el evangelio de hoy dijo el Señor de sus ovejas: «Yo les doy la vida eterna; ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y Yo somos uno». Si somos realmente ovejas del Señor, si oímos sus palabras y lo seguimos, Él nos dará la Vida eterna y nadie nos arrebatará de sus manos.

Dentro de algunos instantes recibiremos en la Eucaristía al Pastor de nuestras almas, que se hace alimento de sus propias ovejas. Pidámosle entonces que siempre escuchemos su voz y nunca dejemos de seguirlo, para que un día podamos ser acogidos en los pastos eternos. Que la Virgen Santísima, la Madre del Buen Pastor, nos obtenga esta gracia.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 154-158)

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San Alberto Hurtado

 

Cómo remediar el problema de la falta de vocaciones

Es necesario ante todo que los fieles, los sacerdotes, y los miembros de la Acción Católica, se posesionen bien de la importancia extrema de este problema.

«La obra de las obras» llamó Pío XI al cultivo de las vocaciones. «La causa misma de Dios y de la Iglesia», la llamó el actual Pontífice siendo cardenal, el cual como Secretario de Estado dirigió un documento personal a nuestros prelados instándolos a trabajar en Chile en este sentido, pues es la más urgente necesidad de la Iglesia en nuestra Patria. S.E. el Cardenal Pizzardo como presidente del Oficio de la Acción Católica escribió al Episcopado Chileno, «sobre la necesidad de laborar con decidido empeño y constancia en la obra de las vocaciones eclesiásticas… porque a ella va indisolublemente ligada la salvación de las almas, redimidas con la Sangre inmaculada de Jesucristo».

Los señores Obispos de Chile en innumerables ocasiones se han dirigido a los fieles sobre este tema en cartas pastorales. El 15 de noviembre de 1939, lo han hecho en un documento colectivo. «Hemos creído que era nuestro primordial deber dirigirnos colectivamente a nuestro clero y a nuestros diocesanos para hablarles sobre este tema, interesarlos en él y pedirles en todas las formas posibles su entusiasta y decidida cooperación. Nos urge más el hacerlo tanto cuanto que hace mucho tiempo su Santidad el Papa Pío XI de venerada memoria, justamente alarmado ante la situación de la Iglesia de Chile, en lo que se refiere a este problema nos exhorta por medio de su digno representante ante nosotros a buscar con decisión los medios inmediatos y mediatos a fin de ponerle eficaz remedio. Y en la visita ad limina que varios de nosotros hemos hecho este año a Roma el Pontífice gloriosamente reinante nos ha reiterado estos mismos sentimientos».

Es, pues, incuestionable que el celo por ver incrementarse las vocaciones sacerdotales ha de ser característico de todo católico que ame a su Madre la Iglesia. No es más que el eco de la sublima enseñanza del Maestro que nos ordenó rogar al Señor de la mies que envíe operarios a la mies.

¿Qué ha de hacerse?

Es necesario comenzar por conocer lo que es la vocación al sacerdocio para poder orientar las almas que sientan el llamamiento del Señor.

La vocación es un llamamiento que Cristo dirige al fondo de la conciencia de un joven para que consagre su vida al apostolado o a la práctica de la perfección cristiana. Es un renovarse en el transcurso de los siglos de las palabras de Cristo al joven del evangelio. «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres, sígueme y tendrás un tesoro en el Reino de los Cielos». La vocación no es en general un llamamiento obligatorio para el joven sino una invitación a su generosidad que no compromete directamente la salvación eterna de su alma en caso de no seguirla. Más que el problema de qué me exige Dios, la vocación me plantea este otro: ¿Qué quiero darle yo a Cristo? ¿Qué quiero hacer por Jesús para manifestarle la sinceridad de mi adhesión a El?

Ahora bien, ¿cómo se manifiesta esta elección personal? Algunos han creído erróneamente que no podía haber vocación al sacerdocio sin una moción sensible del Espíritu Santo, sin un don místico extraordinario como el que tuvieron San Luis Gonzaga o Estanislao de Kostka. Otros erróneamente también han pensado que para tener vocación se necesita tener atractivo por el sacerdocio, gusto natural por la vida y ministerios del sacerdote.

La enseñanza oficial de la Iglesia es muy diferente. Pío XI en un documento oficial sobre el sacerdocio destinado a los católicos del mundo, dice: «La vocación se revela más que en un sentimiento del corazón o en un sensible atractivo que a veces puede faltar, en la recta intención de quien aspira al sacerdocio unido a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que lo hacen idóneo para tal estado. Quien se dirige al sacerdocio únicamente por el noble motivo de consagrarse al servicio de Dios y a la salvación de las almas, y juntamente, a lo menos con el fin de alcanzar seriamente una sólida piedad, una pureza de vida a toda prueba, una ciencia suficiente, éste muestra que ha sido llamado por Dios al estado sacerdotal». El documento es bien preciso. El Sumo Pontífice con su autoridad de Maestro supremo de la cristiandad enseña que no se necesita atractivo sensible, ni un sentimiento del corazón, sino cualidades y recta intención.

La misma doctrina había sido sostenida en el Código de Derecho Canónico (Canon 538): «Todo católico que no tenga impedimento legítimo y que sea impulsado por una recta intención y se encuentre apto para llevar la carga de la vida religiosa, puede ser admitido en religión». Para entrar en la vida religiosa se necesita vocación; y el Código no exige para que un sujeto tenga vocación, sino la ausencia de legítimos impedimentos, recta intención y aptitud para la vida religiosa.

Pío X había aprobado la misma doctrina al aceptar oficialmente las siguientes proposiciones contenidas en la obra del Canónigo José Lahitton: «La vocación sacerdotal»: «La condición que hay que examinar de parte del ordenando y que se llama también vocación sacerdotal, no consiste en ningún modo, al menos necesariamente o por regla ordinaria en cierto atractivo interior del sujeto, o invitaciones del Espíritu, para que el ordenado sea regularmente llamado por el Obispo. No se exige de él más que la intención recta y la idoneidad que consiste en tales dotes de naturaleza y gracia y en tan comprobada probidad de vida y suficiencia de doctrina que hagan concebir la esperanza fundada de que el sujeto sea capaz de cumplir las funciones del sacerdocio y guardar santamente sus obligaciones».

La opinión, pues, de que es necesaria una atracción sensible, fue rechazada de plano por esta decisión de Pío X. Es indudable que en la mayor parte de las mejores vocaciones no hay tal atracción, antes bien el sujeto experimenta una repulsión natural, un deseo espontáneo de la naturaleza que lo aleja del sacerdocio y lo inclina al matrimonio o a la vida del mundo. En la época ruda y materialista que vivimos, es normal sentir una fuerte repugnancia a una vida que toda ella es sacrificio, negación de sí mismo, a veces hasta el heroísmo. La parte animal del hombre no deja de hablar a pesar del llamamiento sobrenatural de Dios, y a veces estas voces animales resuenan con más fuerza que la suave voz de Dios que se hace oír en el silencio y recogimiento tan raros en este siglo de ruido y movimiento. Pero junto a estas mociones espontáneas de la naturaleza hay en los escogidos por Dios un deseo de la voluntad de hacer lo que Dios quiera, de ser generosos con su Redentor.

Estas condiciones generales de la vocación: cualidades y recta intención de servir a Dios son el único requisito de cuya existencia ha de cerciorarse el Obispo al ordenar a un sujeto, el director espiritual para aprobar una consulta sobre vocación, el propio interesado para saber si puede o no ingresar en el camino del sacerdocio. Pero hay siempre algo que hace que un joven se proponga el problema de su vocación, y es, podríamos decirlo, la condición previa e indispensable para resolver una vocación. No se ha de examinar como la vocación misma, pero es lo que plantea el problema, y es la manifestación primera de la elección divina de un sujeto. Esta condición consiste en una preocupación interior que lleva al joven escogido por Dios a proponerse el problema del sacerdocio: una inquietud de ánimo que lo mueve a mirar al cielo; una predicación que lo hace aspirar a mayor perfección; la muerte de una persona querida que le enseña la vanidad de la vida; un libro que cae en sus manos; unos ejercicios que lo mueven a buscar la santidad, y hacen que conciba como algo posible para él, aunque con grandes repugnancias a veces, la idea del sacerdocio o de la vida religiosa. Estos medios externos existen siempre en el comienzo de una vocación, y son la condición previa para que ella exista, como el aire es condición para la vida, sin que sea la vida misma. La elección divina de un joven para el sacerdocio o para la vida religiosa se manifiesta, pues, primero dotándolo de las cualidades que lo hacen idóneo para el estado sacerdotal, luego poniéndolo en tales circunstancias que se le presente el sacerdocio como posible para él; y luego ayudándolo a formar una voluntad sobrenatural actual de abrazar ese estado por un fin recto: la mayor gloria de Dios, la salvación de su alma, el apostolado entre los demás. Esto y no más es la salvación divina al sacerdocio o a la vida religiosa.

Hemos hablado de las cualidades requeridas para el sacerdocio ¿de qué cualidades se trata? De las que lo hacen idóneo para los ministerios y género de vida que va a seguir: aptitudes intelectuales, el talento suficiente para los estudios que son necesarios para el sacerdocio, o bien para la vida religiosa; aptitudes físicas, salud suficiente para llevar la vida que va a abrazar, que no exige fuerzas físicas extraordinarias, pero sí un equilibrio de facultades, una salud mental y nerviosa, la ausencia de taras neuróticas; independencia económica, de modo que no sea absolutamente necesario para la vida de sus padres o de las personas que Dios ha puesto a su cuidado; una ausencia de dificultades invencibles para las cosas de piedad; y sobre todo las cualidades morales; la posibilidad con la gracia de Dios de seguir guardando la castidad o de recuperarla si la ha perdido, y si se trata de la vida religiosa, el poder también con la ayuda divina, guardar los votos de obediencia y pobreza, lo que supone que se trata de una persona con la docilidad necesaria para seguir las instrucciones de su superior y que pueda adaptarse a la austeridad de la vida religiosa, que no es la miseria, pero sí el trabajo personal y un marco sencillo de vida.

¡Cuántos jóvenes católicos han recibido de Dios estas cualidades y si encontrasen la cooperación humana podrían ser santos sacerdotes!

La cooperación humana

Dos graves errores se cometen al juzgar la cooperación humana a la vocación divina. Uno que condena S.S. Pío XI es el de aquellos que inficionados de errores positivistas y naturalistas tratan la vocación sacerdotal con el mismo criterio que los fenómenos naturales que pueden ser sujetos a experimentación, como si la gracia no interviniese para nada en esta materia.

Se acercan a este error aquellos que en su proceder no confían en los medios sobrenaturales, sino que creen que la vocación es un asunto de pura propaganda humana, como si se tratase de reclutar voluntarios para una empresa comercial.

Al otro extremo están los que a pesar de las reiteradas y solemnes declaraciones de la Iglesia que piden y reclaman con insistencia la cooperación humana no quieren prestarla, o no se atreven a intervenir en un asunto en el que creen ellos que no tienen ninguna ingerencia, pues no harían sino estorbar la acción del Espíritu Santo, el único maestro y director de las conciencias.

La Iglesia, con todo, en repetidas ocasiones ha manifestado un sentir contrario: En el Código de D.C. (canon 1353) exhorta a todos los sacerdotes y especialmente a los párrocos «a apartar con peculiares cuidados de los contagios del siglo a aquellos niños que dan indicios de vocación eclesiástica, a formarlos en la piedad y cultivar en ellos el germen de la vocación divina».

S.S. Pío XI en su encíclica sobre el sacerdocio dice: «Es necesario no olvidar las diligencias humanas, y por consiguiente cultivar la preciosa semilla de la vocación que Dios deposita largamente en los corazones generosos de tantos jovenes; y por consiguiente, alabamos y recomendamos con toda nuestra alma aquellas obras saludables que en mil formas y con mil santas industrias surgidas por «el Espíritu Santo, miran a custodiar y promover y a ayudar las vocaciones sacerdotales».

El Cardenal Pizzardo en la carta al Episcopado chileno insiste en que «es evidente la necesidad de laborar con noble constancia y decidido entusiasmo por la obra de las vocaciones eclesiásticas… Porque si bien es cierto que la vocación sacerdotal es don gratuito de la infinita bondad de Dios, de quien desciende todo don perfecto… no es menos cierto que como toda gracia ésta de la vocación exige ordinariamente para su eficacia la cooperación del hombre. Y este grave y dulce deber de fomentar, asistir, cuidar y educar las vocaciones eclesiásticas con acendrada diligencia y maternal asiduidad incumbe en primer lugar y de manera principal a los pastores que deberán rendir cuenta al Señor de las almas que les confiara, y a los párrocos y sacerdotes que con aquellos comparten la asistencia espiritual del pueblo fiel. No están exentos de este deber de coadyuvar los simples fieles, ya que como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, deben concurrir a la edificación del mismo… Pero toca de manera singular a la amada Acción Católica ponerse enteramente a las órdenes del Episcopado y del Clero para la obra de las vocaciones eclesiásticas. Ella, en efecto, ha sido llamada oficialmente por la Iglesia a colaborar en el apostolado de la Jerarquía para la difusión del Reino de Cristo, mediante la formación de fervientes cristianos, que en todas las circunstancias, todos los estados y profesiones, vivan íntegramente la vida católica. Y sin el sacerdote es imposible la formación de cristianos íntegros y aun es imposible la Acción Católica misma, de la cual el sacerdote es el inspirador y animador, pues, es él quien forma espiritualmente a sus miembros y los sostiene, guía y dirige en su apostolado. Aprovecho esta propicia oportunidad para dirigir, en mi calidad de Presidente del «Oficio Central de la A.C.» un cordial y caluroso llamamiento a la misma para que colabore celosamente en tan santa empresa. Abrigo la fundada esperanza de que todas y cada una de las ramas responderán a mi sentida aspiración y a la del Venerable Episcopado y se harán un honroso deber de prestar su decidida cooperación, a la obra de las vocaciones eclesiásticas» (nota 30).

El Episcopado chileno en documento colectivo afirma la misma idea: «Necesitamos muchos y santos sacerdotes. Para ello es menester emprender un trabajo intenso y constante a fin de resolver este problema de la escasez de operarios en la viña del Señor… Trabajo de sacerdotes y fieles, de grandes y chicos. Suele pensarse, erradamente, que sólo a los obispos y a lo más a los sacerdotes, corresponde resolver este problema. Por el contrario: a todos interesa sobre manera y por lo tanto, todos deben tener su parte de labor decidida. ¿No son acaso los mismos fieles que abnegadamente trabajan en las obras católicas, especialmente en la Acción Católica, los que están palpando esta necesidad al verse sin maestros, sin guías, sin asesores» (nota 31).

Para un católico, no cabe, pues, dudar sobre si los fieles y más aún los sacerdotes deben colaborar positivamente a la obra de las vocaciones. Están obligados a hacerlo y deberán dar cuenta al Señor de no haberlo hecho, sobre todo en los gravísimos tiempos que estamos corriendo, de abandono espiritual de las masas.

Y si de la región de los principios que nos recuerdan los documentos pontificios y episcopales, bajamos al orden de las realidades veremos que como afirma el Padre Doncoeur: «Se puede decir que los grandes renacimientos de vocaciones tienen todos por origen el corazón de un obispo» (nota 32) o de un celoso sacerdote que impresionado por el problema de la escasez de operarios en la viña lanza un vibrante llamado a los católicos y consagra su vida a tan noble causa. La obra maravillosa del P. Delbrel, S.J. en Francia, suscitó un intenso movimiento vocacional continuado ahora por el P. Doncoeur. No es la gracia la que falta: es la colaboración humana. Pues, como muy bien dice el P. Doncoeur: «No hemos comprendido aún bastante que Dios pide la colaboración humana para el llamamiento y para la respuesta».

¿Cómo colaborar?

La primera colaboración es la que enseñó explícitamente el Maestro: Rogad al Señor de la mies, que envíe operarios a la mies, porque la mies es mucha y los operarios pocos. La vocación sacerdotal es obra de Dios, ya que como Nuestro Señor dijo a sus apóstoles: «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que yo soy quien os ha elegido a vosotros». Hay, pues, que pedir al Maestro que multiplique sus luces y dé más y más gracias a los llamados para que se dejen escoger.

Debiera, pues, elevarse sin interrupción en toda nuestra Patria una verdadera cruzada de oraciones públicas y privadas; un verdadero clamor de plegarias en los centros de Acción Católica, en los hogares, en los colegios y en las comunidades religiosas. La oración por las vocaciones debiera rezarla todo cristiano. La primera oración vocacional debería ser el Santo Sacrificio de la Misa, acompañado de nuestro propio sacrificio en unión de la Víctima divina para que su sangre redima más y más almas.

Junto a la oración debe unirse la predicación frecuente de lo que es el sacerdote, su misión, la colaboración de la familia. ¡Cuántos jóvenes podrían ser excelentes sacerdotes si se les abriera el campo de posibilidades y comprendieran que también ellos pueden ser sacerdotes. Los directores espirituales tienen un campo inmenso de trabajo en este sentido, elevando el nivel espiritual de los jóvenes, mostrándoles los amplios horizontes del cristianismo integral, de la perfección que propone Cristo, sugiriéndoles lecturas apropiadas en particular, biografías de sacerdotes apóstoles que pueden hacer concretar muchos ideales.

Los centros de Acción Católica tienen una misión especial en materia de vocaciones. A ellos les toca orar por los sacerdotes, formar ambiente a esta idea, dedicar cada año por lo menos una jornada de retiro, de oración, de estudio a esta materia. La Acción Católica especialmente en Italia ha sido una escuela fecunda de numerosísimas vocaciones sacerdotales. En Argentina, país que sufre aún más que el nuestro del problema de la crisis sacerdotal, en los últimos 10 años la A.C. ha dado más de 450 vocaciones a los seminarios y congregaciones religiosas. Muchos de estos jóvenes son profesionales distinguidos, y todos ellos se han formado en las filas de la Acción Católica, la mayor parte como instructores de aspirantes: allí han comprendido la sublimidad del apostolado cristiano y se han decidido a entregarse ellos mismos.

Todos los grandes movimientos de juventudes católicas de estos últimos años han florecido con vocaciones sacerdotales y religiosas. Nueva Alemania en 15 años dio más de 2.000 vocaciones. El movimiento iniciado entre los 570 alumnos del politécnico de París, de los cuales hace unos 30 años apenas 4 se declaraban católicos llegando ahora a ser unos 440 católicos, ha dado más de un centenar de vocaciones.

Los católicos están comprendiendo su responsabilidad para con la Iglesia y así, en Estados Unidos hay 23.579 seminaristas; 3.114 sobre el año anterior; 1 seminarista por cada 870 católicos. En Indochina, 2.600 seminaristas indígenas: 1 por cada 270 católicos. En China, 6.727 seminaristas; 1 por cada 420 católicos.

¿Y en Chile? Unos 500 de los cuales sólo 155 en seminarios mayores, o sea, 1 por cada 10.000 chilenos.

Los propagandistas en España apenas formados comenzaron a dar magníficas vocaciones entre ellas algún diputado, el director de «El Debate» el gran periódico católico español, y muchos otros. Un movimiento de juventudes que no da vocaciones es señal de que no ha captado el espíritu cristiano: sus miembros no se han penetrado de lo que es la Iglesia, y no se han empapado en los grandes dogmas de nuestra vida sobrenatural; cuerpo místico, gracia santificante, santo sacrificio de la misa, perdón de los pecados, salvación de las almas.

Es natural que no todos los buenos aspiren al sacerdocio. Joven bueno no es sinónimo de candidato al seminario, pues entonces ¿acaso sólo los malos o los flojos se habían de quedar para formar los futuros hogares?, ¿qué resultaría entonces del mundo? La gracia divina se distribuye con sabiduría infinita para que todos los estados de la vida puedan contar con miembros santos de este Cuerpo místico que es la Iglesia. Pero no hay ningún peligro de que se exagere entre nosotros la necesidad de pensar en el sacerdocio ya que las vocaciones escasean tanto. Esperamos confiados, sin embargo, en que éstas han de aumentar, ya que como dice Santo Tomás «Dios nunca abandona su Iglesia hasta el punto que carezca de ministros idóneos».

Un trabajo muy propio de la Acción Católica y muy necesario para el aumento del sacerdocio es la cristianización del hogar. Si escasean tanto los sacerdotes en nuestro tiempo es particularmente porque el ambiente materialista, mundano y hasta pagano impide que germine la vocación. Y si germina, el materialismo de muchos padres lo ahoga, sin darse cuenta de la responsabilidad gravísima que contrae del alma de su hijo, y de aquellos que su hijo pudo haber salvado si hubiera seguido los impulsos de la gracia.

Una vocación florece de ordinario en un hogar cristiano: el primer seminario es el regazo de una madre piadosa que sabe orar, y descubre el silencioso trabajo de la gracia en el alma de su hijo y colabora con ella y la protege hasta llevarla a feliz término. Ojalá las madres le oyeran el lindo relato de Pierre Lhande, S.I. Mon Petit Pretre, traducido al castellano con el título de Mi Curita; o la correspondencia de madres como la señora Amalia Errázuriz de Subercaseaux, que han sabido comprender lo que significa ¡ser madre de un sacerdote!

La ayuda económica

Absolutamente necesaria es la cooperación económica a la obra de las vocaciones. Es necesario ayudar a los noviciados y seminarios a hacer frente a la educación de los futuros sacerdotes, lo que demanda cuantiosos gastos. Dar educación completa, y si se trata de los religiosos, vestir y alimentar a los jóvenes que durante 7 a 15 años han de seguir una formación concretada exclusivamente a los estudios que conducen al sacerdocio supone un inmenso sacrificio económico. Hay que correr con todos los gastos de los futuros sacerdotes y para esta obra no cuentan de ordinario los seminarios y noviciados con recursos suficientes.

Con frecuencia se presenta también el caso de jóvenes de grandes cualidades que aspiran al sacerdocio pero no pueden seguir la voz de Dios porque son el sostén de sus familias.

La mejor manera de realizar esta ayuda consistiría en fundar una beca con cuyos intereses pueda estar continuamente formándose un joven aspirante al sacerdocio.

¡Qué consuelo mayor para un corazón que haber contribuido con su dinero, economizado tal vez a costa de grandes sacrificios, a mantener perpetuamente un Ministro del Señor, que le deba a él la realización de su vocación, que sin su ayuda habría sido frustrada! Esa hostia santa que un sacerdote y después otro y otro… irá elevando cada día al Altísimo… es él quien la ofrece… Es también por él, su bienhechor, por quien la ofrece. Esos millares de absoluciones, esas almas arrancadas al infierno es él quien con su limosna habrá contribuido a salvarlas y esto perpetuamente… ¡Qué uso más digno puede un hombre hacer de los bienes que el Señor le ha dado!

Si alguien no tiene dinero, que ofrezca sus sufrimientos al Señor porque El aumente el número de sus ministros y santifique a los que ha llamado al sacerdocio.

Oremos para que el Señor de la mies envíe muchos operarios a su mies.

(San Alberto Hurtado, ¿Es Chile un país católico?, Editorial Los Andes, Santiago de Chile, 1992, p. 122 – 131)

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Directorio de Vocaciones del Instituto del Verbo Encarnado


Capítulo 1: Los llamados

Artículo 1: Los llamados de Dios

            2. Dentro del plan de Dios, que conduce todas las cosas y especialmente al hombre de modo libre hacia el fin, hay distintos llamados o vocaciones. “La palabra vocación cualifica muy bien las relaciones de Dios con cada ser humano en la libertad del amor, porque «cada vida es vocación»”[1].

Tres son los llamados principales, a saber:

            – El llamado a ser, a la existencia. Nos es común con todo lo que existe: pájaros, plantas, astros, flores, peces, estrellas, etc. Este llamado es el paso del no-ser al ser.

            – El llamado a la santidad, a la vida eterna. Nos es común con todos los hombres, porque Dios…quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). Esta llamada es el paso del pecado a la gracia.

            – El llamado a un estado de vida, por el cual a unos llama al matrimonio y a unos otros a la vida consagrada. Esta llamada es el paso a una vida de perfección.

            2. a. Dice, al respecto, Juan pablo II: “En este armonioso conjunto de dones, se confía a cada uno de los estados de vida fundamentales la misión de manifestar, en su propia categoría, una u otra de las dimensiones del único misterio de Cristo”[2].

Artículo 2: Los llamados a la vida consagrada

            3. Cinco son hasta ahora, las distintas vocaciones a la vida consagrada[3], a saber:

                                   – Vocación al sacerdocio,

                                   – Vocación al diaconado permanente,

                                   – Vocación religiosa,

                                   – Vocación misionera y

                                   – Vocación a la secularidad consagrada.

Capítulo 2: El llamado en sí

Artículo 1: Naturaleza de la vocación consagrada

            4. Los elementos esenciales de la vocación a la vida consagrada son dos:

                                    1º El llamado de Dios y

                                    2º El llamado de la Iglesia.

Artículo 2: Dios llama

            5. Que Dios llama a los hombres a determinada vocación se conoce por innumerables testimonios de la Sagrada Escritura, como ser, la vocación del Pueblo de Dios, la de Abraham, Moisés, Josué, Samuel, David, Jeremías, Isaías, Oseas, etc., y en el Nuevo Testamento con las vocaciones de Jesús, de los primeros discípulos, Leví-Mateo, los doce Apóstoles, el joven rico, San Pablo, de la Virgen María, etc. Él ha dicho: No sois vosotros los que me habéis elegido, sino yo el que os he elegido a vosotros (Jn 15, 16).

5. a. “Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn 15, 16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y exclusiva… debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus manos… totalidad… equiparable a un holocausto”[4].

            6. “Los que sienten en su corazón el deseo de abrazar este estado de perfección y de santidad, pueden creer, sin duda alguna, que tal deseo viene del cielo, porque es demasiado generoso y está muy por encima de los sentimientos de la naturaleza”, decía San Juan Bosco[5].

“Él llama continuamente a nuevos discípulos, hombres y mujeres, para comunicarles, mediante la efusión del Espíritu (cf. Ro 5, 5), el ágape divino, su modo de amar, apremiándolos a servir a los demás en la entrega humilde de sí mismos, lejos de cualquier cálculo interesado”[6].

Artículo 3: La Iglesia llama

            7. “La vocación divina debe recibir confirmación, aceptación y dirección oficial por parte de la suprema jerarquía, a la que el mismo Dios confía el gobierno de la Iglesia”[7]. De modo tal que nadie puede sentirse llamado definitivamente a pesar de las dotes que lo puedan adornar y de la recta intención, si no lo llama la Iglesia.

Artículo 4: La idoneidad

            8. Hay un tercer elemento que es efecto del llamado de Dios, y, a su vez, es condición para que la Iglesia llame: es la idoneidad. La idoneidad que el candidato debe tener debe ser triple: Física (y psíquica), intelectual y moral (que implica tener recta intención)[8]. Si no hay idoneidad es señal de que Dios no llama y, por tanto, la Iglesia no debe llamar.

            (…)

Capítulo 3: ¿Cómo llama Dios?

            12. El llamado de Dios ordinariamente es interior. Es Dios quien desde dentro inspira a las almas el deseo de abrazar un estado tan alto y excelso como es el de la vida consagrada. Podemos reconocer dos pasos.

Artículo 1: Dios nos hace conocer el bien del estado religioso

            13. Hay quienes dicen que para que haya auténtica vocación es necesario ser llamados directamente por la voz del Señor de modo extraordinario como cuando llamó a Pedro o Andrés, y entonces ahí sí no hay que demorar e ingresar de inmediato. Pero cuando el hombre es llamado sólo interiormente, entonces sí que es necesaria una larga deliberación y el consejo de muchos para conocer si el llamado procede realmente de una inspiración divina.

            A estos les decimos con Santo Tomás: “Réplica llena de errores”[9]. El deseo interior y desinteresado de abrazar el estado religioso es auténtico llamado divino, por ser un deseo que supera la naturaleza, y debe ser seguido al instante; hoy como ayer son válidas las palabras de Jesús en la Escritura. El consejo si quieres ser perfecto ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres (Mt 19, 21) lo dirigía Cristo a todos los hombres de cualquier tiempo y lugar: cualquiera que haya dejado casa o hermanos… por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá la vida eterna. Y así todos, aún hoy, deben recibir este consejo como si lo oyesen de los mismos labios del Señor. Y quien por éste se determine puede pensar lícitamente que ha recibido la auténtica vocación religiosa. “Habiendo oído -dice a este propósito San Jerónimo- la sentencia del Salvador si quieres ser perfecto, ve vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y luego ven y sígueme: traduce en obras estas palabras y siguiendo desnudo la Cruz desnuda subirás con más prontitud la escala de Jacob”[10].

            Este consejo que Cristo dio, es un consejo divino para todos. Lo que a vosotros digo a todos lo digo (Mc 13, 37) dijo a la multitud, porque todas las cosas que han sido escritas, para nuestra enseñanza han sido escritas (Ro 15, 4). Es un error pensar que estas cosas sólo tuvieron valor en su época[11]. “Si todas estas cosas se hubiesen predicado sólo para los contemporáneos, nunca se hubiesen escrito. Por eso fueron predicadas para ellos y escritas para nosotros”[12].

Artículo 2: Dios nos incita a abrazar ese bien por un llamado interior

            14. El modo ordinario como Dios suscita las vocaciones es interior, por las divinas insinuaciones del Espíritu Santo al alma. Modo que precede a toda palabra externa ya que “el Creador no abre su boca para enseñar al hombre sin haberle hablado antes por la unción del Espíritu”[13]. Por tanto el llamado interior[14] es auténtico llamado de Dios y debe ser obedecido al instante, como si lo oyéramos de la voz del Señor.

            Es característico del llamado divino, impulsar a los hombres a cosas más altas. Por eso nunca el deseo de vida religiosa, al ser tan excelso y elevado, puede provenir del demonio o de la carne; “muy ajena cosa a los sentidos de la carne es esta escuela en la que el Padre es escuchado y enseña el camino para llegar al Hijo. Y eso no lo obra por los oídos de la carne, sino por los del corazón”[15].

            15. Tal llamado de Dios es el fundamento mismo sobre el que se apoya todo el edificio pues como decía Pío XII “la vocación religiosa y sacerdotal, que brilla con excelencia tan sublime y se halla repleta de tantas distinciones naturales y sobrenaturales (…), no puede tener otro origen sino el Padre de las luces, de quien viene todo don excelente y toda gracia perfecta (Cf. St 1, 17)”[16].

            16. “Debemos obedecer sin vacilar un momento y sin resistir por ningún motivo, las voces interiores con que el Espíritu Santo mueve al alma”[17], el Señor me abrió el oído y yo no me resistí ni me volví atrás (Is 50, 5), recordando que todos los que se rigen por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios pues son los “regidos por el impulso de la gracia”[18]. Hay que advertir el consejo de San Pablo proceded según el espíritu (Ga 5, 25) y ser hombres de principios sobrenaturales que sólo se dejen conducir por el espíritu de Jesucristo que es el Espíritu Santo, realizando con prontitud su llamado. Que no debamos lamentarnos como lo hizo San Agustín “convencido ya de la verdad, no tenía nada más absolutamente que responder, sino unas palabras lánguidas y soñolientas: luego, sí, luego: y el ‘déjame otro poco’ se hacía ya demasiado largo… yo me avergonzaba mucho porque oía el murmullo de aquellas fruslerías (mundanas y carnales) que me tenían indeciso”[19].

            17. Los que desconfiando irracionalmente del llamado divino alejan una vocación, deben cuidarse como si se tratase de un gran crimen, pues apartan a un alma del consejo divino; estos tales deben hacerse eco de la advertencia de San Pablo No apaguéis el Espíritu (1 Tes 5, 19): “Si el Espíritu Santo quiere revelar algo a alguno en cualquier momento, no impidáis a ese tal hacer lo que siente”[20]. Por consiguiente cuando un hombre es impulsado por inspiración del Espíritu Santo a entrar en religión, no se lo debe detener, sino que al instante se lo debe alentar y acompañar para que concrete ese impulso. Es totalmente censurable y deplorable la conducta de quienes retardan una vocación interior, esos tales resisten al Espíritu Santo, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo (Hch 7, 5).

Artículo 3: Cuándo y a quién se ha de consultar sobre la vocación

            18. No deben dudar de su vocación aquellos a quienes ha sido inspirado el deseo de entrar en religión[21]. Sólo les cabe pedir consejo en dos casos: uno, con respecto al modo de entrar, y otro, con respecto a alguna traba especial que les sugiera el tomar el estado religioso. En tales casos, siempre se debe consultar a hombres prudentes que con juicio sobrenatural (y no movidos por la pasión), puedan ayudar al discernimiento de la voluntad de Dios. Nunca a los parientes, pues no entran en este caso en la categoría de amigos, sino más bien en la de enemigos de la vocación, según aquello del profeta Miqueas los enemigos del hombre son sus familiares (7, 6), frase que cita nuestro Señor en San Mateo (10, 36). Sólo se debe consultar con un sabio y prudente director o confesor. Ve a tratar de santidad con un hombre sin religión y de justicia con un injusto… No tomes consejos de éstos sobre tal cosa, sino más bien trata de continuo con el varón piadoso (Qo 38, 12), al cual se ha de pedir consejo si hubiese en este caso algo que se necesite consultar.

Artículo 4: Adversarios de las vocaciones

            19. Si siempre hubo enemigos de las vocaciones a la vida consagrada, con mayor razón los habrá en estos tiempos de crudo ateísmo, de ateísmo militante y por ser las vocaciones una de las maravillas de Dios. Hubo dos herejías en este asunto: Una, la de Joviniano (vivió en Roma y murió en el 406) que equiparaba el matrimonio a la virginidad; otra, la de Vigilancio (vivió en las Galias y murió en el 490) que equiparaba las riquezas a la pobreza. Ambos tienen este común denominador: apartan a los hombres de lo espiritual, esclavizándolos a las cosas terrenas. Esto hace el diablo por medio de hombres carnales: impedir que los hombres sean transformados en vista a la vida eterna.

            20. Surgen nuevos Jovinianos y Vigilancios que de mil maneras y con toda astucia alejan a los hombres de la vida religiosa y de las vocaciones a la vida consagrada. Perverso intento que tiene un antecedente en la actitud del Faraón que reprendió a Moisés y a Aarón que querían sacar de Egipto al pueblo elegido: ¿Cómo es que vosotros… distraéis al pueblo de sus tareas? (Ex 5, 4). A lo que comenta Orígenes: “Hoy también si Moisés y Aarón, es decir, una voz profética y sacerdotal, indujese a un alma al servicio de Dios, a salir del mundo, a renunciar a todo lo que posee, a consagrarse al estudio de la ley de la palabra de Dios, al punto oiréis decir a los amigos del Faraón que piensan como él: Ved cómo seducen a los hombres y pervierten a los adolescentes. Estas eran entonces las palabras del Faraón; éstas repiten hoy sus amigos”[22].

Artículo 5: Características de la respuesta al llamado

            21. Las principales son tres:

                        Con prontitud,

                        Con generosidad y,

                        Con heroísmo.

            22. Con prontitud es decir, ejecutando con rapidez lo que Dios quiere, no aplazando la ejecución, “los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu Santo”[23]. Hay que responder sin dilación. Ya enseña la sabiduría popular “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Como dice José María Pemán en el Divino Impaciente:

“Las grandes resoluciones,

para su mejor acierto,

hay que tomarlas al paso

y hay que cumplirlas al vuelo…

Soy más amigo del viento,

señora, que de la brisa,

y hay que hacer el bien de prisa,

que el mal no pierde un momento”.

            La ocasión es como el fierro hay que machacar en caliente.

            Los que aplazan constantemente el seguir la llamada de Dios, se encuentran en el lamentable estado del alma que tan bien describe Lope de Vega:

“¡Cuantas veces el ángel me decía:

Alma asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía,

Y ¡cuantas, oh Hermosura soberana,

mañana le abriremos, respondía,

para lo mismo responder mañana!”[24].

            Los santos respondieron con prontitud. Tal el caso de Abraham[25], tal el caso de Samuel: Habla Señor que tu siervo escucha (1 Sam 3, 10). En San Mateo se lee que Pedro y Andrés, no bien fueron llamados por el Señor al instante dejando las redes le siguieron (4, 29). En su alabanza dice San Juan Crisóstomo: “Estaban en pleno trabajo; pero al oír al que les mandaba, no se demoraron, no dijeron: Volvamos a casa y consultémoslo con nuestros amigos, sino que dejando todo lo siguieron… Cristo quiere de nosotros una obediencia semejante, de modo que no nos demoremos un instante”; con prontitud como Santiago y Juan que dejando al instante las redes y a su padre en la barca fueron tras Él; como San Mateo que al escuchar el llamado del Señor se levantó y le siguió (9,9); como San Pablo, instantáneamente… al instante, sin pedir consejo a hombre alguno (Ga 1, 17); como la Santísima Virgen al conocer la voluntad de Dios: Hágase en mi según tu palabra (Lc 1, 38), dirigiéndose rápidamente (Lc 1, 39) a casa de Isabel.

            En el tema de la vocación hay que seguir el consejo de San Jerónimo “te ruego que te des prisa, antes bien cortes que desates la cuerda que detiene la nave en la playa”[26].

            23. Con generosidad, es decir, con perfección dejadas todas las cosas (Lc 5, 11). Y dejadas con decisión: Ninguno que, después de haber puesto la mano en el arado vuelve los ojos atrás, es apto para el Reino de Dios (Lc 9, 62).

            Algunos dicen querer servir al Señor, pero ponen condiciones: Señor, permíteme que antes vaya a dar sepultura a mi padre. Más Jesús le respondió: Sígueme tú, y deja que los muertos entierren a sus muertos (Mt 8, 21-22).

            Dios quiere la entrega total. Quiere nuestro corazón irrestricto e indiviso.

            24. El heroísmo es la disposición de los que desean de verdad seguir a Cristo, de modo tal que, como dice San Pablo, desean morir para estar con Cristo[27], y como dice Santo Tomás: “no se echan atrás delante de las empresas difíciles, pero que conducen a la gloria de Dios y salvación de las almas”.

(Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Vocaciones, nº 2-8; 12-24)

[1] Juan Pablo II, Mensaje para la 38 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (2001) 1.
[2] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita Consecrata (1996) 32.
[3] Cfr. Desarrollo de la pastoral de las vocaciones en las Iglesias particulares Documento conclusivo, II Congreso internacional de obispos y otros responsables de las vocaciones eclesiásticas (1981) n. 32-36.
[4] Juan Pablo II, Vita Consecrata, 17.
[5] Obras Fundamentales (Madrid 1974) 644.
[6] Juan Pablo II, Vita Consecrata, 75. El subrayado es nuestro.
[7] Cf. Sedes sapientiae, 13.
[8] La señal más característica, indispensable de la vocación Sacerdotal es «indudablemente la recta intención, es decir, la voluntad clara y decidida de consagrarse por entero al servicio del Señor» (Pablo VI, Summi Dei Verbum, 23).
[9] Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión (Buenos Aires 1946) 81.
[10] Cit. por Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, cap. 9.; en Opuscula Theologica, t. 2. (Turín 1972) 173.
[11] Cf. Hb 12, 5.
[12] San Juan Crisóstomo, cit. por Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 81.
[13] San Gregorio Magno, Homilía sobre Pentecostés, cit. por Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 83.
[14] El llamado interior es nombrado «impulso» por Pío XI, Rerum Ecclesiae, 6. «No es raro que (los jóvenes) oigan en su corazón la misteriosa voz de Dios que los llama a los sagrados misterios» (Pío XI, Mens nostra, 17).
[15] San Agustín, Tratado de la predicación de los santos, cit. por Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 86.
[16] Sedes sapientiae, 2.
[17] Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 83.
[18] San Agustín, cit. por Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 84.
[19] San Agustín, Conf. VIII 6, cit. por Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 85.
[20] Glossa cit. por Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 84.
[21] Dice San Juan Bosco: «Me parece un grave error decir que la vocación es difícil de conocer. El Señor nos pone en tales circunstancias, que nosotros no tenemos más que ir adelante, solamente hay que corresponderle. Es difícil conocerla cuando no se quiere seguir, cuando se rechazan las primeras inspiraciones. Es ahí donde se embrolla la madeja… Mirad, cuando uno está indeciso sobre hacerse o no religioso, os digo abiertamente que éste ya tuvo vocación; no la ha seguido inmediatamente y se encuentra ahora embrollado e indeciso» (R. Fierro, Biografía y Escritos de San Juan Bosco (Madrid 1967) 557).
[22] Cit. por Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 18.
[23] San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, (Madrid 1966) 96, l. 2, n. 19
[24] Rimas Sacras, Soneto XVIII.
[25] Cf. Gn 12, 4; 17, 3; 22, 2-3.
[26] Cit. por Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, 189, 10.
[27] Cf. Flp 1, 23.

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San Juan Pablo II

La liturgia de este domingo está llena de alegría pascual, cuya fuente es la resurrección de Cristo. Todos nosotros nos alegramos de ser “su pueblo y ovejas de su rebaño”. Nos alegramos y proclamamos “las grandezas de Dios” (Hch 2,11).

“Sabed que el Señor es Dios, que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño” (Sal 99(100),3).

Toda la Iglesia se alegra hoy porque Cristo resucitado es su Pastor: el Buen Pastor. De esta alegría participa cada una de las partes de este gran rebaño del Resucitado, cada una de las falanges del pueblo de Dios, en toda la tierra.

“Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos…, porque el Señor es bueno…, su fidelidad por todas las edades” (Sal 99(100),4s).

Nosotros somos suyos.

La Iglesia, varias veces, propone a los ojos de nuestra alma la verdad sobre el Buen Pastor. También hoy escuchamos las palabras que Cristo dijo de Sí mismo: “Yo soy el Buen Pastor…, conozco mis ovejas y ellas me conocen” (Canto antes del Evangelio).

Cristo crucificado y resucitado ha conocido, de modo particular, a cada uno de nosotros y conoce a cada uno. No se trata sólo de un conocimiento “exterior”, aunque sea muy esmerado, que permita describir e identificar un objeto determinado.

Cristo, Buen Pastor, nos conoce a cada uno de nosotros de manera distinta. En el Evangelio de hoy dice, a tal propósito, estas palabras insólitas: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,27-30).

Miremos hacia el Calvario donde fue alzada la cruz. En esta cruz murió Cristo, y después fue colocado en el sepulcro. Iremos hacia la cruz, en la que se ha realizado el misterio del divino “legado” y de la divina “heredad”. Dios, que había creado al hombre, restituyó a ese hombre, después de su pecado -a cada hombre y a todos los hombres-, de modo particular, a su Hijo. Cuando el Hijo subió a la cruz, cuando en ella ofreció su sacrificio, aceptó simultáneamente al hombre confiándole a Dios, Creador y Padre. Aceptó y abrazó, con su sacrificio y con su amor al hombre: a cada uno de los hombres y a todos los hombres. En la unidad de la Divinidad, en la unión con su Padre, este Hijo se hizo Él mismo hombre, y de aquí que ahora en la cruz, se hace “nuestra Pascua” (1 Cor 5,7), nos ha devuelto al Padre como a Aquel que nos creó a su imagen y semejanza de este propio Hijo eterno, nos ha predestinado “a la adopción de hijos suyos por Jesucristo” (Ef 1,5).

Y para esta adopción mediante la gracia, para esta heredad de la vida divina, para esta prenda de la vida eterna, luchó hasta el fin Cristo, “nuestra Pascua”, en el misterio de su pasión, de su sacrificio y de su muerte. La resurrección se ha convertido en la confirmación de su victoria: victoria del amor del Buen Pastor que dice: “ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

Nosotros somos suyos.

La Iglesia quiere que miremos durante todo este tiempo pascual, hacia la cruz y la resurrección, y que midamos nuestra vida humana con el metro de ese misterio, que se realizó en la cruz y en la resurrección.

Cristo es el Buen Pastor porque conoce al hombre: a cada uno y a todos. Lo conoce con este conocimiento único pascual. Nos conoce porque nos ha redimido. Nos conoce porque ha pagado por nosotros: hemos sido rescatados a gran precio.

Nos conoce con el conocimiento y con la ciencia más interior, con el mismo conocimiento con que Él, Hijo, conoce y abraza al Padre y, en el Padre, abraza la verdad infinita y el amor. Y, mediante la participación en esta verdad y este amor, Él hace nuevamente de nosotros, en Sí mismo, los hijos de su eterno Padre; obtiene, de una vez para siempre, la salvación del hombre: de cada uno de los hombres y de todos, de aquellos que nadie arrebatará de su mano… En efecto, ¿quién podría arrebatarlos?

¿Quién puede aniquilar la obra de Dios mismo, que ha realizado el Hijo en unión con el Padre? ¿Quién puede cambiar el hecho de que estemos redimidos?, ¿un hecho tan potente y tan fundamental como la misma creación?

A pesar de toda la inestabilidad del destino humano y de la debilidad de la voluntad y del corazón humano, la Iglesia nos manda hoy mirar a la potencia, a la fuerza irreversible de la redención, que vive en el corazón y en las manos y en los pies del Buen Pastor.

De Aquel que nos conoce…

Hemos sido hechos de nuevo la propiedad del Padre por obra de este amor, que no retrocedió ante la ignominia de la cruz, para poder asegurar a todos los hombres: “Nadie os arrebatará de mi mano” (cfr. Jn 10,28).

La Iglesia nos anuncia hoy la certeza pascual de la redención. La certeza de la salvación.

Y cada uno de los cristianos está llamado a la participación de esta certeza: ¡Realmente ha sido comprado a gran precio! ¡Realmente ha sido abrazado por el Amor, que es más fuerte que la muerte, y más fuerte que el pecado! Conozco a mi Redentor. Conozco al Buen Pastor de mi destino y de mi peregrinación.

Con esta certeza de fe, certeza de la redención revelada en la resurrección de Cristo, partieron los Apóstoles, como lo testifican, por lo demás, en la primera lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, Pablo y Bernabé por los caminos de su primer viaje a Asia Menor. Se dirigen a los que profesan la Antigua Alianza, y cuando no son aceptados, se dirigen a los paganos, se dirigen a los hombres nuevos y a los pueblos nuevos.

En medio de estas experiencias y de estas fatigas comienza a fructificar el Evangelio. Comienza a crecer el Pueblo de Dios de la Nueva Alianza.

¿Cuántos hombres han respondido con gozo al mensaje pascual? ¿A cuántos hombres y pueblos ha llegado y llega siempre el Buen Pastor?

En el Apocalipsis se narra la visión de Juan:

“Yo Juan vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: ‘La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero’. Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: ‘Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén’. Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: ‘Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?’ Yo le respondí: ‘Señor mío, tú lo sabrás’. Me respondió: ‘Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero’”.

Confesamos la resurrección de Cristo, renovamos la certeza pascual de la redención, renovamos la alegría pascual, que brota del hecho de que nosotros somos “su Pueblo y ovejas de su rebaño” (Sal 99(100),3).

(Roma, Parroquia de Santa María “in Trastevere”, domingo 27 de abril de 1980)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas: En este cuarto domingo de Pascua, llamado «del Buen Pastor», se celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones, que este año tiene como tema: «El testimonio suscita vocaciones», tema «estrechamente unido a la vida y a la misión de los sacerdotes y de los consagrados» (Mensaje para la XLVII Jornada mundial de oración por las vocaciones, 13 de noviembre de 2009: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de febrero de 2010, p. 5). La primera forma de testimonio que suscita vocaciones es la oración (cf. ib.), como nos muestra el ejemplo de santa Mónica que, suplicando a Dios con humildad e insistencia, obtuvo la gracia de ver convertido en cristiano a su hijo Agustín, el cual escribe: «Sin vacilaciones creo y afirmo que por sus oraciones Dios me concedió la intención de no anteponer, no querer, no pensar, no amar otra cosa que la consecución de la verdad» (De Ordine II, 20, 52: ccl 29, 136). Invito, por tanto, a los padres a rezar para que el corazón de sus hijos se abra a la escucha del buen Pastor, y «hasta el más pequeño germen de vocación… se convierta en árbol frondoso, colmado de frutos para bien de la Iglesia y de toda la humanidad» (Mensaje citado). ¿Cómo podemos escuchar la voz del Señor y reconocerlo? En la predicación de los Apóstoles y de sus sucesores: en ella resuena la voz de Cristo, que llama a la comunión con Dios y a la plenitud de vida, como leemos hoy en el Evangelio de san Juan: «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10, 27- 28). Sólo el buen Pastor custodia con inmensa ternura a su grey y la defiende del mal, y sólo en él los fieles pueden poner absoluta confianza. En esta Jornada de especial oración por las vocaciones, exhorto en particular a los ministros ordenados, para que, estimulados por el Año sacerdotal, se sientan comprometidos «a un testimonio evangélico más intenso e incisivo en el mundo de hoy» (Carta de convocatoria). Recuerden que el sacerdote «continúa la obra de la Redención en la tierra»; acudan «con gusto al sagrario»; entréguense «totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa»; estén disponibles a la escucha y al perdón; formen cristianamente al pueblo que se les ha confiado; cultiven con esmero la «fraternidad sacerdotal» (cf. ib.). Tomen ejemplo de sabios y diligentes pastores, como hizo san Gregorio Nacianceno, quien escribió a su amigo fraterno y obispo san Basilio: «Enséñanos tu amor a las ovejas, tu solicitud y tu capacidad de comprensión, tu vigilancia…, la severidad en la dulzura, la serenidad y la mansedumbre en la actividad…, las luchas en defensa de la grey, las victorias… conseguidas en Cristo» (Oratio IX, 5: PG 35, 825ab). Expreso mi agradecimiento a todos los presentes y a cuantos con la oración y el afecto sostienen mi ministerio de Sucesor de Pedro, y sobre cada uno invoco la protección celestial de la Virgen María, a la que nos dirigimos ahora en oración.

(Regina Coeli, Plaza de San Pedro, Domingo 25 de abril de 2010)

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S.S. Francisco p.p.

Queridos hermanos y hermanas: El cuarto domingo del tiempo de Pascua se caracteriza por el Evangelio del Buen Pastor, que se lee cada año. El pasaje de hoy refiere estas palabras de Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 27-30). En estos cuatro versículos está todo el mensaje de Jesús, está el núcleo central de su Evangelio: Él nos llama a participar en su relación con el Padre, y ésta es la vida eterna.

Jesús quiere entablar con sus amigos una relación que sea el reflejo de la relación que Él mismo tiene con el Padre: una relación de pertenencia recíproca en la confianza plena, en la íntima comunión. Para expresar este entendimiento profundo, esta relación de amistad, Jesús usa la imagen del pastor con sus ovejas: Él las llama y ellas reconocen su voz, responden a su llamada y le siguen. Es bellísima esta parábola. El misterio de la voz es sugestivo: pensemos que desde el seno de nuestra madre aprendemos a reconocer su voz y la del papá; por el tono de una voz percibimos el amor o el desprecio, el afecto o la frialdad. La voz de Jesús es única. Si aprendemos a distinguirla, Él nos guía por el camino de la vida, un camino que supera también el abismo de la muerte.

Pero, en un momento determinado, Jesús dijo, refiriéndose a sus ovejas: «Mi Padre, que me las ha dado…» (cf. 10, 29). Esto es muy importante, es un misterio profundo, no fácil de comprender: si yo me siento atraído por Jesús, si su voz templa mi corazón, es gracias a Dios Padre, que ha puesto dentro de mí el deseo del amor, de la verdad, de la vida, de la belleza… y Jesús es todo esto en plenitud. Esto nos ayuda a comprender el misterio de la vocación, especialmente las llamadas a una especial consagración. A veces Jesús nos llama, nos invita a seguirle, pero tal vez sucede que no nos damos cuenta de que es Él, precisamente como le sucedió al joven Samuel. Hay muchos jóvenes hoy, aquí en la plaza. Sois muchos vosotros, ¿no? Se ve… Eso. Sois muchos jóvenes hoy aquí en la plaza. Quisiera preguntaros: ¿habéis sentido alguna vez la voz del Señor que, a través de un deseo, una inquietud, os invitaba a seguirle más de cerca? ¿Le habéis oído? No os oigo. Eso… ¿Habéis tenido el deseo de ser apóstoles de Jesús? Es necesario jugarse la juventud por los grandes ideales. Vosotros, ¿pensáis en esto? ¿Estáis de acuerdo? Pregunta a Jesús qué quiere de ti y sé valiente. ¡Pregúntaselo! Detrás y antes de toda vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, está siempre la oración fuerte e intensa de alguien: de una abuela, de un abuelo, de una madre, de un padre, de una comunidad… He aquí porqué Jesús dijo: «Rogad, pues, al Señor de la mies —es decir, a Dios Padre— para que mande trabajadores a su mies» (Mt 9, 38). Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y sólo en la oración pueden perseverar y dar fruto. Me complace ponerlo de relieve hoy, que es la «Jornada mundial de oración por las vocaciones». Recemos en especial por los nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma que tuve la alegría de ordenar esta mañana. E invoquemos la intercesión de María. Hoy hubo diez jóvenes que dijeron «sí» a Jesús y fueron ordenados sacerdotes esta mañana… Es bonito esto. Invoquemos la intercesión de María que es la Mujer del «sí». María dijo «sí», toda su vida. Ella aprendió a reconocer la voz de Jesús desde que le llevaba en su seno. Que María, nuestra Madre, nos ayude a reconocer cada vez mejor la voz de Jesús y a seguirla, para caminar por el camino de la vida.

(Regina Coeli, Plaza de San Pedro, IV Domingo de Pascua, 21 de abril de 2013)

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P. Gustavo Pascual I.V.E.

Jn 10, 27-30

            La lectura del Apocalipsis que escuchamos en este domingo[1] se nos habla de la santidad consumada: que es la corte celestial. El Evangelio también nos habla del mismo tema, pero de la santidad incoada que son las verdaderas ovejas de Cristo. Con el Evangelio que acabamos de leer Cristo concluye una conversación con los fariseos que no querían creer que Él era el Cristo y por tanto no eran sus ovejas. Sin embargo, los llama a ser de sus ovejas y para esto les dice “mis ovejas oyen mi voz” como dice Teófilo[2].

            Y ¿qué dice la voz de Cristo?. “El que perseverare hasta el fin, ese se salvará”[3], o sea, perseverar en las buenas obras, dice San Agustín[4] porque es fácil seguir a Cristo de a ratos.

            ¿Y cómo saber si somos ovejas de Cristo?. Por la fe y el amor que le tenemos. Lo cual lo demostramos cumpliendo lo que Él quiere: “el que dice haber conocido a Dios y no observa sus mandamientos es un mentiroso” y el ejemplo nos lo da el mismo Cristo que conoce al Padre y le ama demostrándolo al dar su vida por nosotros, sus ovejas[5].

            Por eso como dice Santo Tomás la señal de las buenas ovejas esta en la obediencia a los mandamientos “y oirán mi voz”[6]; la unidad en la caridad “un solo rebaño”[7], lo cual, quiere decir que debemos distinguirnos, “sus ovejas”, por el amor que nos tenemos. Finalmente, la unidad de fe “un sólo pastor”, en las enseñanzas de Cristo que nos enseña el Papa[8].

Cristo nos llama hoy por medio del Papa a ser de “sus ovejas”

En la Carta Apostólica del Papa San Juan Pablo II: “Al comienzo del nuevo Milenio” del 2001 el Papa nos exhorta a la santidad.

            Recuerda el pasaje de Juan donde unos griegos le dicen a Felipe “queremos ver a Jesús”[9] y nos dice el Papa que debemos reflejar su rostro y para ello primero es necesario contemplar a Jesús [16][10].

            Y ¿donde contemplar a Jesús?. En la Sagrada Escritura. Por eso debemos leer la Escritura para ser como Jesús. “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo” dice San Jerónimo. Especialmente leer y meditar los evangelios. Y leerlos con espíritu de fe porque “sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro” [19] y siendo fieles al poder de Dios porque “a la contemplación plena de aquel rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia” [20].

            La santidad es,  según el Papa, la respuesta cristiana al comienzo de este milenio. Y “para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo por la participación dominical de la eucaaristía [36] y también en la frecuente recepción del “sacramento de la reconciliación” [37]. En nuestra vida lo principal debe ser la amistad con Dios y esta se da por la oración que “nos recuerda contantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacía de la vida interior y de la santidad” [38] y esta primacía recordada y vivida en la oración se da por una “renovada escucha de la palabra de Dios”. [39].

            Debemos ser “testigos del amor”. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros”[11]. Si contemplamos el rostro de Cristo debemos amarnos entre nosotros [42]. Este es el testimonio de la voluntad de Dios y la respuesta a las esperanzas del mundo. [cf. 43].

            Que la Virgen nos conceda la gracia de ser santos, es decir, de las ovejas de Cristo. Lo pedimos con un soneto de Lópe de Vega:

“El Pastor Divino”

Pastor que con tus silbos amorosos

me despertaste del profundo sueño;

tú, que hiciste cayado dese leño

en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,

pues te confieso por mi amor y dueño,

y la palabra de seguirte empeño,

tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, que por amores mueres:

no te espante el rigor de mis pecados,

pues tan amigo de rendiros eres;

espera, pues, y escucha mis cuidados;

pero ¿cómo te digo que me esperes,

si estas para esperar los pies clavados?[12].

[1] Ap 7, 9.14b-17
[2]Cf. Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, comentario a Jn 10, 27-30.
[3] Mt 10, 22
[4]Cf. Ms. Dr. Ángel Herrera, La palabra de Cristo -Verbum vitae- T.4, BAC. Madrid 1957, 2a, nº 695, p. 410.
[5] San Gregorio magno, cf. Ángel Herrera, La palabra de Cristo…, nº 705, p. 415.
[6] Jn 10, 16; cf. 10, 27
[7] Jn 10, 16
[8] Cf. Ángel Herrera, La palabra de Cristo…, nº 714, p. 422
[9] 12, 21
[10] Estos números corresponden a la Carta Apostólica de Juan Pablo II: “Novo Millennio Ineunte”, enero de 2001.
[11] Jn 13, 35
[12] Cf. Ángel Herrera, La palabra de Cristo…, nº 830, p. 484.

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Directorio Homilético

 

Cuarto domingo de Pascua

CEC 754, 764, 2665: Cristo, pastor de las ovejas y puerta del corral

CEC 553, 857, 861, 881, 896, 1558, 1561, 1568, 1574: el Papa y los obispos como pastores

CEC 874, 1120, 1465, 1536, 1548-1551, 1564, 2179, 2686: los presbíteros como pastores

CEC 60, 442, 543, 674, 724, 755, 775, 781: la Iglesia está compuesta de judíos y gentiles

CEC 957, 1138, 1173, 2473-2474: la comunión con los mártires

754   «La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo(Jn 10, 1-10). Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11-31). Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores (cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11-15)».

764   «Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo» (LG 5). Acoger la palabra de Jesús es acoger «el Reino» (ibid.). El germen y el comienzo del Reino son el «pequeño rebaño» (Lc 12, 32), de los que Jesús ha venido a convocar en torno suyo y de los que él mismo es el pastor (cf. Mt 10, 16; 26, 31; Jn 10, 1-21). Constituyen la verdadera familia de Jesús (cf. Mt 12, 49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva «manera de obrar», sino también una oración propia (cf. Mt 5-6).

553   Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, «el Buen Pastor» (Jn 10, 11)  confirmó este encargo después de su resurrección:»Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-17). El poder de «atar y desatar» significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles (cf. Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien él confió explícitamente las llaves del Reino.

IV      LA IGLESIA ES APOSTÓLICA

857   La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:

– Fue y permanece edificada sobre «el fundamento de los apóstoles» (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).

– Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).

– Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, «a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia» (AG 5):

Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).

Los obispos sucesores de los apóstoles

861     «Para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio» (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor. 42; 44).

881   El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). «Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro» (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

896   El Buen Pastor será el modelo y la «forma» de la misión pastoral del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo «puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que cuida como verdaderos hijos … Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre» (LG 27):

          Seguid todos al obispo como Jesucristo (sigue) a su Padre, y al presbiterio como a los apóstoles; en cuanto a los diáconos, respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del obispo nada en lo que atañe a la Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1)

1558 «La consagración episcopal confiere, junto con la función de santificar, también las funciones de enseñar y gobernar… En efecto…por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y queda marcado con el carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (in eius persona agant)» (ibid.). «El Espíritu Santo que han recibido ha hecho de los obispos los verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores» (CD 2).

1561 Todo lo que se ha dicho explica por qué la Eucaristía celebrada por el obispo tiene una significación muy especial como expresión de la Iglesia reunida en torno al altar bajo la presidencia de quien representa visiblemente a Cristo, Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia (cf SC 41; LG 26).

1568 «Los presbíteros, instituidos por la ordenación en el orden del presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad del sacramento. Forman un único presbiterio especialmente en la diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la dirección de su obispo» (PO 8). La unidad del presbiterio encuentra una expresión litúrgica en la costumbre de que los presbíteros impongan a su vez las manos, después del obispo, durante el rito de la ordenación.

1574 Como en todos los sacramentos, ritos complementarios rodean la celebración. Estos varían notablemente en las distintas tradiciones litúrgicas, pero tienen en común la expresión de múltiples aspectos de la gracia sacramental. Así, en el rito latino, los ritos iniciales – la presentación y elección del ordenando, la alocución del obispo, el interrogatorio del ordenando, las letanías de los santos – ponen de relieve que la elección del candidato se hace conforme al uso de la Iglesia y preparan el acto solemne de la consagración; después de ésta varios ritos vienen a expresar y completar de manera simbólica el misterio que se ha realizado: para el obispo y el presbítero la unción con el santo crisma, signo de la unción especial del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio; la entrega del libro de los evangelios, del anillo, de la mitra y del báculo al obispo en señal de su misión apostólica de anuncio de la palabra de Dios, de su fidelidad a la Iglesia, esposa de Cristo, de su cargo de pastor del rebaño del Señor; entrega al presbítero de la patena y del cáliz, «la ofrenda del pueblo santo» que es llamado a presentar a Dios; la entrega del libro de los evangelios al diácono que acaba de recibir la misión de anunciar el evangelio de Cristo.

874   El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. El lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad:

          Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que está ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que posean la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios…lleguen a la salvación (LG 18).

1120 El ministerio ordenado o sacerdocio ministerial (LG 10) está al servicio del sacerdocio bautismal. Garantiza que, en los sacramentos, sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la Iglesia. La misión de salvación confiada por el Padre a su Hijo encarnado es confiada a los Apóstoles y por ellos a sus sucesores: reciben el Espíritu de Jesús para actuar en su nombre y en su persona (cf Jn 20,21-23; Lc 24,47; Mt 28,18-20). Así, el ministro ordenado es el vínculo sacramental que une la acción litúrgica a lo que dijeron y realizaron los Apóstoles, y por ellos a lo que dijo y realizó Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos.

1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

1536 El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

          (Sobre la institución y la misión del ministerio apostólico por Cristo ya se ha tratado en la primera parte. Aquí sólo se trata de la realidad sacramental mediante la que se transmite este ministerio)

In persona Christi Capitis…

1548 En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa «in persona Christi Capitis» (cf LG 10; 28; SC 33; CD 11; PO 2,6):

          El ministro posee en verdad el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús. Si, ciertamente, aquel es asimilado al Sumo Sacerdote, por la consagración sacerdotal recibida, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo a quien representa (virtute ac persona ipsius Christi) (Pío XII, enc. Mediator Dei).

          «Christus est fons totius sacerdotii; nan sacerdos legalis erat figura ipsius, sacerdos autem novae legis in persona ipsius operatur» («Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues el sacerdote de la antigua ley era figura de EL, y el sacerdote de la nueva ley actúa en representación suya» (S. Tomás de A., s.th. 3, 22, 4).

1549 Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes. Según la bella expresión de San Ignacio de Antioquía, el obispo es typos tou Patros, es imagen viva de Dios Padre (Trall. 3,1; cf Magn. 6,1).

1550 Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia.

1551   Este sacerdocio es ministerial. «Esta Función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio» (LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento del Orden comunica «un poder sagrado», que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos (cf. Mc 10,43-45; 1 P 5,3). «El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a él» (S. Juan Crisóstomo, sac. 2,4; cf. Jn 21,15-17)

1564 «Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y dependan de los obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto divino» (LG 28).

2179 «La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio» (CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía. La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida litúrgica, la congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas:

            No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes (S. Juan Crisóstomo, incomprehens. 3,6).

2686 Los ministros ordenados son también responsables de la formación en la oración de sus hermanos y hermanas en Cristo. Servidores del buen Pastor, han sido ordenados para guiar al pueblo de Dios a las fuentes vivas de la oración: la Palabra de Dios, la liturgia, la vida teologal, el hoy de Dios en las situaciones concretas (cf PO 4-6).

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Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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