Archivos mensuales: Abril 2016

Solemnidad de la Ascensión del Señor (C)

08
mayo

Solemnidad 

de la Ascensión del Señor

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de la Ascensión del Señor (C)

(Domingo 8 de mayo de 2016)

LECTURAS

Lo vieron elevarse

Lectura de los Hechos de los apóstoles     1, 1-11

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido.
Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios.
En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días.»
Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
El les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.»
Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.»

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 46, 2-3. 6-9

R. El Señor asciende entre aclamaciones.

O bien:

R. Aleluia.

Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra. R.

El Señor asciende entre aclamaciones,
asciende al sonido de trompetas.
Canten, canten a nuestro Dios,
canten, canten a nuestro Rey. R.

El Señor es el Rey de toda la tierra,
cántenle un hermoso himno.
El Señor reina sobre las naciones
el Señor se sienta en su trono sagrado. R.

Lo hizo sentar a su derecha en el cielo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     1, 17-23

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza.
Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro.
El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de Aquél que llena completamente todas las cosas.

Palabra de Dios.

O bien:

Cristo entró en el cielo

Lectura de la carta a los Hebreos     9, 24-28; 10, 19-23

Cristo, en efecto, no entró en un Santuario erigido por manos humanas -simple figura del auténtico Santuario- sino en el cielo, para presentarse delante de Dios en favor nuestro. Y no entró para ofrecerse así mismo muchas veces, como lo hace el Sumo Sacerdote que penetra cada año en el Santuario con una sangre que no es la suya. Porque en ese caso, hubiera tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. En cambio, ahora él se ha manifestado una sola vez, en la consumación de los tiempos, para abolir el pecado por medio de su Sacrificio. Y así como el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, aparecerá por segunda vez, ya no en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan.
Por lo tanto, hermanos, tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne. También tenemos un Sumo Sacerdote insigne al frente de la casa de Dios. Acerquémonos, entonces, con un corazón sincero y llenos de fe, purificados interiormente de toda mala conciencia y con el cuerpo lavado por el agua pura. Mantengamos firmemente la confesión de nuestra esperanza, porque aquel que ha hecho la promesa es fiel.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mt 28, 19a. 20b

Aleluia.
Dice el Señor:
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.
Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.
Aleluia.

EVANGELIO

Mientras los bendecía, fue llevado al cielo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     24, 46-53

Jesús dijo a sus discípulos:
«Así esta escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.»
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo de la Ascensión del Señor
Ciclo C

Entrada          Celebramos hoy la Solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. El Santo Sacrificio de la Misa que vamos a celebrar ahora es memoria de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, y también memoria de su Ascensión a los cielos. Participemos de este sacrificio ofreciendo nuestros cuerpos como ofrenda de agradable olor y anhelando los bienes del cielo.

1° Lectura                                                                                                    Hech 1, 1-11

            Contemplar a Cristo glorioso da sentido pleno a nuestra vida y nos estimula a ser sus testigos con la fuerza del Espíritu.

2° Lectura                                                                                                     Ef. 1, 17-23

            Dios Padre hizo sentar a su derecha en el Cielo a Jesús. Allí están nuestros tesoros de gloria, nuestra herencia.

(O bien)

Heb 9, 24-28; 10, 19-23

            Cristo entró en el cielo, Sacerdote nuestro, para presentarse delante de Dios en favor de sus hermanos.

Evangelio                                                                                                     Lc 24, 46-53

            Los Apóstoles contemplan y adoran a nuestro Señor que sube a los cielos, y fortalecidos con su bendición se llenan de alegría.

Preces

La Ascensión de Cristo permanece estrechamente unida a la encarnación, pues sólo el que salió del Padre puede volver al Padre.  A Cristo, que está delante del Padre para interceder por nosotros presentémosle nuestra oración.

A cada intención respondemos…

+ Te damos gracias Señor, por darnos en el Papa Francisco una muestra de tu solicitud paterna y cuidado amoroso de tu grey, y te pedimos por sus intenciones. Oremos.

+Te damos gracias Señor, por el don del sacerdocio, y te pedimos por todos aquellos que has elegido para perpetuar tu Sacrifico en el altar a favor de tus hermanos. Oremos.

+ Te damos gracias Señor, que precedes a los cristianos con tu ascensión a los cielos, y te pedimos fortalezcas a la Iglesia perseguida: que los que sufren tengan en el misterio que hoy celebramos la esperanza del triunfo del bien sobre el mal. Oremos…

+ Te damos gracias Señor por quedarte con nosotros, y te pedimos para que todos los cristianos sepan vivir el sentido verdadero del domingo participando en la Eucaristía. Oremos.

(Para los miembros del Instituto del Verbo Encarnado:

+ Te damos gracias Señor, por las bendiciones con que nos has favorecido, y te pedimos por el fundador de nuestra Familia Religiosa y por todos sus miembros, para que seamos fieles al carisma fundacional. Oremos).

            Mientras peregrinamos en esta tierra, como miembros tuyos te hemos presentado, Señor, nuestras necesidades y deseos. Concédenos lo que te hemos pedido conforme a tu voluntad. Tú que vives y reinas junto al Padre, por los siglos de los siglos.

Ofertorio

Cada vez que celebramos la Eucaristía, anunciamos el triunfo del Señor, y por eso ofrecemos:

–         Cirios, ofreciendo en ellos el testimonio apostólico de la vida consagrada.

–         Incienso, ofreciendo la oración de los religiosos contemplativos.

–         Las especies de pan y vino, unión de muchos granos de trigo y de vid, y en ellas la unión de nuestra familia religiosa en torno al altar.

Comunión       En Cristo, en su cuerpo glorificado, habita toda la plenitud de la divinidad; e incorporados a Él, alcanzamos esa plenitud en Él.

Salida             Que  María Madre nuestra nos enseñe a poner nuestro corazón en las cosas del cielo donde Jesús nos prepara una morada.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

        

.           Alois Stöger

.          Joseph Kurzinger

Alois Stöger

Últimas apariciones e instrucciones a los apóstoles

(Lc.24,44-49)

44 Les dijo: Esto es lo que yo os decía estando aún con vosotros: que era preciso que se cumpliera todo lo que está escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos de mí. 45 Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, 46 y les dijo: Que así estaba escrito que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, 47 y que se predicase en su nombre la conversión y la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. 48 Vosotros daréis testimonio de esto. 49 Pues yo os envío la promesa de mi Padre; pero habéis de permanecer en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder de lo alto.

Este pasaje, sin conexión necesaria con lo anterior, y en forma corporal, quiere responder, en su fondo, a las conversaciones de Cristo con los apóstoles en los 40 días en que les habló del reino (Hec_1:3). Al menos a esto responden, de hecho, las sentencias de este “sumario.”

            En su exposición hay una síntesis del kérigma: el “cumplimiento” (v.44; cf. Hec_2:16; Hec_3:18; Hec_3:24; el sufrimiento del Mesías y su resurrección al tercer día (Hec_2:23ss; Hec_3:13-15; Hec_4:10); junto con el arrepentimiento de los pecados. Tal viene a ser, amplificado, el discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia (Hec_13:26-41).

            Varios son los puntos que recoge Lc:

            Hacerles ver por la Escritura que enuncia en sus tres partes, y sobre todo al especificar los Salmos — quizá por su gran valor mesiánico, ya que, generalmente, sólo se citaban la Ley y los Profetas — , que el plan del Padre no era el mesianismo ambiental, nacionalista y político, sino que el Mesías había de morir y resucitar. Y entonces “les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo que así estaba escrito que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos.”

            La frase de “abrirles la inteligencia para que entendiesen las Escrituras,” podría tener dos sentidos: o que Cristo les concede un carisma para que ellos penetren este sentido de las Escrituras, a diferencia de los de Emaús, a los que él abiertamente se las explicaba (Luc_24:26.27), o que se trate de una frase fundamentalmente equivalente a la de los de Emaús, aunque la redacción literaria sea algo distinta, pues aquí mismo dice Lc que después de “abrirles la inteligencia,” que es hacer comprender, “les dijo que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos.” Es decir, explicación hecha por él mismo. Probablemente este segundo sentido sea preferible. Se les capacitó para que tuviesen una visión nueva — la auténtica — del A.T. Que se predicase en “su nombre,” del Cristo muerto y resucitado, la “penitencia” (μετάνοια ) para la remisión de los pecados. Esta “penitencia” es cambiar el modo de ser, y de ver en El, con su mesianismo de cruz y de resurrección, al único Salvador que Dios puso para la salvación. En los Hechos de los Apóstoles dirá San Pedro ante el Sanedrín: “En ningún otro (Cristo) hay salud, pues ningún otro nombre (semitismo por persona) nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos” (Hec_4:12). Con la “conversión” a este Mesías y a su doctrina, se tiene la remisión de los pecados.

            Esta predicación de Cristo Mesías y la salvación aneja a su fe es para “todas las naciones.” Es el universalismo de la fe (Mat_28:19.20). Pero en el plan de Dios será irradiada esta Buena Nueva comenzando por Jerusalén (Hec_1:8). Era todavía la bendición del Mesías al pueblo que lo crucificó, y como gran beneficio, al tiempo que pasaba el privilegio de Israel a las gentes. El mismo San Pablo reconocerá estas “primacías” privilegiadas de Israel.

            Los apóstoles serán “los testigos” de toda esta verdad y enseñanza. La expresión “a todas las gentes,” vocabulario del Ν. Τ., pero que es el mesianismo profético, refleja también, redaccionalmente, la Iglesia primitiva ya en marcha (cf. Mar_16:20).

            Pero van a ser preparados con la gran fuerza renovadora y fortalecedora de Pentecostés. Van a recibir el Espíritu Santo, de cuyo envío y obras tanto habló Jn en los discursos de la cena. El complemento de esto lo expone Lc en los Hechos de los Apóstoles (Hec_1:48; c.2).

            La enseñanza — orden (Mat_28:19-20) — de que se “predique” a “todas las gentes” la salvación en “su nombre,” tema frecuente en Hechos de los Apóstoles (Mat_2:38; Mat_3:6; Mat_4:10.30), es la proclamación de la divinidad de Cristo, pues tiene dos poderes de Yahvé: el perdón de los pecados y el “enviar” la promesa del Padre: el Espíritu Santo.

La ascensión

(Lc.24,50-53)

50 Los llevó hasta cerca de Betania, y, levantando sus manos, les bendijo, 51 y mientras los bendecía, se alejaba de ellos y era elevado al cielo. 52 Ellos se postraron ante El y se volvieron a Jerusalén con grande gozo. 53 Y estaban de continuo en el templo bendiciendo a Dios.

 La parte deuterocanónica de Mc sólo consigna el hecho de la ascensión del Señor en presencia de los apóstoles. Lc describe algo más. Acaso sólo pone un resumen de lo que pudiera ser ya en su propósito la escritura del libro de los Hechos, en donde da una más amplia descripción de la ascensión. El relato no tiene conexión cronológica con lo anterior.

            Lleva un día a los apóstoles hacia Betania, en el monte de los Olivos (Act). La tradición señala un lugar en la cima del monte de los Olivos como lugar de la ascensión.

            En su ascensión, Cristo, “levantando sus brazos” al modo de los sacerdotes en el templo, “los bendecía” (cf. Lev_29:22ss; Eco_50:22-23). (…). El v. 51 evoca casi literalmente la “ascensión” de Elías (cf. 2Re_2:11).

            Ellos “se postraron” ante El. (…). Era el acto de acatamiento ante la majestad de Cristo, que así subía a los cielos. Cuando, ante la pesca milagrosa (Luc_5:8ss), Pedro, admirado, “se postró” a los pies de Jesús, diciéndole que se apartase de él porque era pecador, ahora era la reacción espontánea ante Cristo subiendo a los cielos. (…)

            Volvieron a Jerusalén. Se comprende el “gozo” de ellos al ver este término apoteósico del Cristo crucificado. Lc, que comienza su evangelio en el templo con el oficio sacerdotal de Zacarías, lo termina igualmente en el templo con la asidua oración de los apóstoles. Es una amplia construcción literaria de “inclusión semita.” “Continuamente” y en Lc es una forma ordinaria totalitaria para indicar una gran frecuencia, asistían a los actos de culto en el templo. El cristianismo no rompió de golpe con ciertas prácticas judaicas. El templo era el lugar de la oración, y allí, siguiendo el plan de Dios, asistían asiduamente, preparándose para la recepción del Espíritu Santo prometido. Ya se espera el nuevo culto en el antiguo templo. El “gozo” es tema característico de Lc.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Joseph Kurzinger

 Últimos días de Jesucristo en la tierra

(Hech.1,4-8)

4 Y comiendo con ellos, les mandó no apartarse de Jerusalén, sino esperar la promesa del Padre, que de mí habéis escuchado; 5 porque Juan bautizó en agua, pero vosotros, pasados no muchos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo. 6 Ellos, pues, estando reunidos, le preguntaban: Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel? 7 El les dijo: No os toca a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder soberano; 8 pero recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra.

Es normal que Jesús, después de su resurrección, aparezca a sus apóstoles en el curso de una comida y coma con ellos (cf.  Mar_16:14; Luc_24:30.43; Jua_21:9-13; Hec_10:41). De esa manera, la prueba de que estaba realmente resucitado era más clara. En una de estas apariciones, al final ya de los cuarenta días que median entre resurrección y ascensión, les da un aviso importante: que no se ausenten de Jerusalén hasta después que reciban el Espíritu Santo. Quería el Señor que esta ciudad, centro de la teocracia judía, fuera también el lugar donde se inaugurara oficialmente la Iglesia, adquiriendo así un hondo significado para los cristianos (cf. Gal_4:25-26; Rev_3:12; Rev_21:2-22). Jerusalén será la iglesia-madre, y de ahí, una vez recibido el Espíritu Santo, partirán los apóstoles para anunciar el reino de Dios en el resto de Palestina y hasta los extremos de la tierra (cf. 1:8). Es probable que Lucas, para hacer resaltar esa idea, haya omitido en su evangelio la referencia a las apariciones en Galilea (cf. Luc_24:6-7 = Mat_16:7).

Llama al Espíritu Santo “promesa del Padre,” pues repetidas veces había sido prometido en el Antiguo Testamento para los tiempos mesiánicos (Isa_44:3; Eze_36:26-27; Joe_2:28-32), como luego hará notar San Pedro en su discurso del día de Pentecostés, dando razón del hecho (cf. 2:16). También Jesús lo había prometido varias veces a lo largo de su vida pública para después de que él se marchara (cf. Luc_24:49; Jua_14:16; Jua_16:7). Ni se contenta con decir que recibirán el Espíritu Santo, sino que, haciendo referencia a una frase del Bautista (cf. Luc_3:16), dice que “serán bautizados” en él, es decir, como sumergidos en el torrente de sus gracias y de sus dones 24. Evidentemente alude con ello a la gran efusión de Pentecostés (cf. 11:16), que luego se describirá con detalle (cf. 2:1-4).

La pregunta de los apóstoles de si iba, por fin, a “restablecer el reino de Israel” no está claro si fue hecha en la misma reunión a que se alude en el v.4, o más bien en otra reunión distinta. Quizá sea más probable esto último, pues la reunión del v.4 parece que fue en Jerusalén y estando en casa, mientras que ésta del v.6 parece que tuvo lugar en el monte de los Olivos, cerca de Betania (cf. v.9-12; Luc_24:50). Con todo, la cosa no es clara, pues la frase “dicho esto” del v.9, narrando a renglón seguido la ascensión, no exige necesariamente que ésta hubiera de tener lugar en el mismo sitio donde comenzó la reunión. Pudo muy bien suceder que la reunión comenzara en Jerusalén y luego salieran todos juntos de la ciudad por el camino de Betania, llegando hasta la cumbre del monte Olivete, donde habría tenido lugar la ascensión. La distancia no era larga, sino el “camino de un sábado” (Luc_1:12), es decir, unos dos mil codos, que era lo que, según la enseñanza de los rabinos, podían caminar los israelitas sin violar el descanso sagrado del sábado. En total, pues, poco menos de un kilómetro, si se entiende el codo vulgar (= 0:450 m.), o poco más de un kilómetro, si se entiende el codo mayor o regio (= 0:525 m.). La misma pregunta de si era “ahora cuando iba a restablecer el reino de Israel,” parece estar sugerida por la anterior promesa del Señor de que, pasados pocos días, serían bautizados en el Espíritu Santo.

Hay autores, particularmente entre los que suponen un solo volumen original que incluía tercer evangelio y Hechos, que dicen ser este v.6 el que recoge el hilo de la narración interrumpida en Lc_24:49. Mas sea de eso lo que fuere, es interesante hacer notar cómo los discípulos, después de varios años de convivencia con el Maestro, seguían aún ilusionados con una restauración temporal de la realeza davídica, con dominio de Israel sobre los otros pueblos. Así interpretaban lo dicho por los profetas sobre el reino mesiánico (cf. Isa_11:12; Isa_14:2; Isa_49:23; Eze_11:17;  Ose_3:5; Amo_9:11-15; Sal_2:8; Sal_110:2-5), a pesar de que ya Jesús, en varias ocasiones, les había declarado la naturaleza espiritual de ese reino (cf. Mat_16:21-28; Mat_20:26-28; Luc_17:20-21; Luc_18:31-34; Jua_18:36). No renegaban con ello de su fe en Jesús, antes, al contrario, viéndole ahora resucitado y triunfante, se sentían más confiados y unidos a él; pero tenían aún muy metida esa concepción político-mesiánica, que tantas veces se deja traslucir en los Evangelios (cf. Mat_20:21; Luc_24:21; Jua_6:15) y que obligaba a Jesús a usar de suma prudencia al manifestar su carácter de Mesías, a fin de no provocar levantamientos peligrosos que obstaculizasen su misión (cf. Mat_13:13; Mat_16:20; Mar_3:11-12; Mar_9:9). Sólo la luz del Espíritu Santo acabará de corregir estos prejuicios judaicos de los apóstoles, dándoles a conocer la verdadera naturaleza del Evangelio. De momento, Jesús no cree oportuno volver a insistir sobre el particular, y se contenta con responder a la cuestión cronológica, diciéndoles que el pleno establecimiento del reino mesiánico, de cuya naturaleza él ahora nada especifica, es de la sola competencia del Padre, que es quien ha fijado los diversos “tiempos y momentos” de preparación (cf. 17:30; Rom_3:26; 1Pe_1:11), inauguración (Mar_1:15; Gal_4:4; 1Ti_2:6), desarrollo (Mat_13:30; Rom_11:25; Rom_13:11; 2Co_6:2; 1Te_5:1-11) y consumación definitiva (Mat_24:36; Mat_25:31-46; Rom_2:5-11; 1Co_1:7-8; 2Te_1:6-10). En tal ignorancia, lo que a ellos toca, una vez recibida la fuerza procedente del Espíritu Santo, es trabajar por ese restablecimiento, presentándose como testigos de los hechos y enseñanzas de Jesús, primero en Jerusalén, luego en toda la Palestina y, finalmente, en medio de la gentilidad.

Tal es la consigna dada por Cristo a su Iglesia con palabras que son todo un programa: “recibiréis la virtud del Espíritu Santo y seréis mis testigos..,” lo que viene a significar que la Iglesia es concebida como una realización jerárquico-carismática, que descansa en el principio del envío. El testimonio de esos “testigos” será testimonio del Espíritu Santo (cf. 2:4; 4:31; 5:32; 15:28). Es un mandato y una promesa. Al reino de Israel, limitado a Palestina, opone Jesús la universalidad de su Iglesia y de su reino, predicha ya por los profetas (cf. Sal_87:1-7; Isa_2:2-4; Isa_45:14; Isa_60:6-14; Jer_16:19-21, Sof_3:9-10; Zac_8:20-23) y repetidamente afirmada por él (cf. Mat_8:11; Mat_24:14; Mat_28:19; Luc_24:47).

La ascensión

(Hech.1,9-11)

9 Dicho esto y viéndole ellos, se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos. 10 Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en El, que se iba, dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante, 11 y les dijeron: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo vendrá así, como le habéis visto ir al cielo.

Narra aquí San Lucas, con preciosos detalles, el hecho trascendental de la ascensión de Jesús al cielo. Ya lo había narrado también en su evangelio, aunque más concisamente (cf. Luc_24:50-52). Lo mismo hizo San Marcos (Mar_16:19). San Mateo y San Juan lo dan por supuesto, aunque explícitamente nada dicen (cf.  Mat_28:16-20; Jua_21:25).

Parece que la acción fue más bien lenta, pues los apóstoles están mirando al cielo mientras “se iba.” Evidentemente, se trata de una descripción según las apariencias físicas, sin intención alguna de orden científico-astronómico. Es el cielo atmosférico, que puede contemplar cualquier espectador, y está fuera de propósito querer ver ahí alusión a alguno de los cielos de la cosmografía hebrea o de la cosmografía helenística (cf. 2Co_12:2). Los dos personajes “con hábitos blancos” son dos ángeles en forma humana, igual que los que aparecieron a las mujeres junto al sepulcro vacío de Jesús (Luc_24:4; Jua_20:12).

En cuanto a la nube, ya en el Antiguo Testamento una nube reverencial acompañaba casi siempre las teofanías (cf. Exo_13:21-22; Exo_16:10; Exo_19:9; Lev_16:2; Sal_97:2; Isa_19:1; Eze_1:4). También en el Nuevo Testamento aparece la nube cuando la transfiguración de Jesús (Luc_9:34-35). El profeta Daniel habla de que el “Hijo del Hombre” vendrá sobre las nubes a establecer el reino mesiánico (Dan_7:13-14), pasaje al que hace alusión Jesucristo aplicándolo a sí mismo (cf. Mat_24:30; Mat_26:64). Es obvio, pues, que, al entrar Jesucristo ahora en su gloria, una vez cumplida su misión terrestre, aparezca también la nube, símbolo de la presencia y majestad divinas. Los dos personajes de “hábito blanco,” de modo semejante a lo ocurrido en la escena de la resurrección (cf. Luc_24:4), anuncian a los apóstoles que Jesús reaparecerá de nuevo de la misma manera que lo ven ahora desaparecer, sólo que a la inversa, pues ahora desaparece subiendo y entonces reaparecerá descendiendo. Alusión, sin duda, al retorno glorioso de Jesús en la parusía, que desde ese momento constituye la suprema expectativa de la primera generación cristiana, y cuya esperanza los alentaba y sostenía en sus trabajos (cf. 3:20-21; 1Te_4:16-18; 2Pe_3:8-14).

Es claro que, teológicamente hablando, Jesús ha entrado en la Vida desde el momento mismo de la Resurrección, sin que haya de hacerse esa espera de cuarenta días hasta la Ascensión. Lo que se trata de indicar es que Jesús, aunque viviera ya en el mundo futuro escatológico, todavía se manifestaba en este mundo nuestro, a fin de instruir y animar a sus fieles 25.

(Kurzinger, J., Los Hechos de los Apóstoles, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

Subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios Padre,

y de nuevo vendrá con gloria

Los cuatro Evangelios, y también san Pablo en su narración sobre la resurrección en 1 Corintios15, presuponen que las apariciones del Resucitado tuvieron lugar en un periodo de tiempo limitado. Pablo es consciente de que a él, como el último, se le ha concedido todavía un encuentro con Cristo resucitado. También el sentido de las apariciones está claro en toda la tradición: se trata ante todo de agrupar un círculo de discípulos que puedan testimoniar que Jesús no ha permanecido en el sepulcro, sino que está vivo. Su testimonio concreto se convierte esencialmente en una misión: han de anunciar al mundo que Jesús es el Viviente, la Vida misma.

Tienen la tarea de intentar, una vez más, congregar primero a Israel en torno a Jesús resucitado. También para Pablo el anuncio comienza siempre con el testimonio ante los judíos, como primeros destinatarios de la salvación. Pero la meta última de los enviados de Jesús es universal: «Se me ha dado poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,18s). «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y en Samaria, y hasta los confines del mundo» (Hch 1,8). «Ponte en camino —dice el Resucitado a Pablo— porque yo te voy a enviar lejos, a los gentiles» (Hch 22,21).

También forma parte del mensaje de los testigos anunciar que Jesús vendrá de nuevo para juzgar a vivos y muertos, y para establecer definitivamente el Reino de Dios en el mundo. Una gran corriente de la teología moderna ha sostenido que este anuncio es el contenido principal, si no el único núcleo del mensaje. Se afirma así que Jesús mismo habría pensado exclusivamente en categorías escatológicas. La «espera inminente» del Reino habría sido el verdadero elemento específico de su mensaje y el primer anuncio apostólico no habría sido diferente.

Si esto fuera cierto —cabe preguntarse—, ¿cómo podría haber persistido la fe cristiana una vez comprobado que la esperanza inminente no se cumplió? De hecho, esta teoría contrasta con los textos y también con la realidad del cristianismo naciente, que experimentó la fe como una fuerza que actúa en el presente y, a la vez, como esperanza.

Los discípulos han hablado ciertamente del retorno de Jesús, pero, sobre todo, han dado testimonio de que Él es el que ahora vive, que es la Vida misma, en virtud de la cual también nosotros llegamos a ser vivientes (cf. Jn 14,19). Pero ¿cómo puede ser esto? ¿Dónde lo encontramos? El, el Resucitado, el «ensalzado a la derecha de Dios» (cf. Hch 2,33), ¿acaso no está precisamente por eso completamente ausente? O, por el contrario, ¿es de algún modo accesible? ¿Podemos adentrarnos nosotros hasta «la derecha del Padre»? ¿Existe, no obstante, en la ausencia también una presencia real? ¿No volverá a nosotros sólo en un último día desconocido? ¿Puede venir también hoy?

Estas preguntas caracterizan el Evangelio de Juan, y también las Cartas de san Pablo ofrecen una respuesta. Pero lo esencial de dicha respuesta está trazado también en las narraciones sobre la «ascensión», con las que se concluye el Evangelio de Lucas y comienzan los Hechos de los Apóstoles.

Vayamos, pues, a la conclusión del Evangelio de Lucas. Allí se habla de cómo Jesús se aparece a los apóstoles que, junto a los dos discípulos de Emaús, están reunidos en Jerusalén. Él come con ellos y da algunas instrucciones. Las últimas frases del Evangelio dicen: «Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (24,50-53).

Esta conclusión nos sorprende. Lucas nos dice que los discípulos estaban llenos de alegría después de que el Señor se había alejado de ellos definitivamente. Nosotros nos esperaríamos lo contrario. Nos esperaríamos que hubieran quedado desconcertados y tristes. El mundo no había cambiado, Jesús se había separado definitivamente. Habían recibido una tarea aparentemente irrealizable, una tarea que superaba sus fuerzas. ¿Cómo podían presentarse ante la gente en Jerusalén, en Israel, en todo el mundo, diciendo: «Aquel Jesús, aparentemente fracasado, es sin embargo el Salvador de todos nosotros»? Todo adiós deja tras de sí un dolor. Aunque Jesús había partido como persona viviente, ¿cómo es posible que su despedida definitiva no les causara tristeza? No obstante, se lee que volvieron a Jerusalén llenos de alegría y alababan a Dios. ¿Cómo podemos entender nosotros todo esto?

En todo caso, lo que se puede deducir de ello es que los discípulos no se sienten abandonados; no creen que Jesús se haya como disipado en un cielo inaccesible y lejano. Evidentemente, están seguros de una presencia nueva de Jesús. Están seguros de que el Resucitado (como Él mismo había dicho, según Mateo), está presente entre ellos, precisamente ahora, de una manera nueva y poderosa. Ellos saben que «la derecha de Dios», donde Él está ahora «enaltecido», implica un nuevo modo de su presencia, que ya no se puede perder; el modo en que únicamente Dios puede sernos cercano.

La alegría de los discípulos después de la «ascensión» corrige nuestra imagen de este acontecimiento. La «ascensión» no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera.

Así, la conclusión del Evangelio de Lucas nos ayuda a comprender mejor el comienzo de los

Hechos de los Apóstoles en el que se relata explícitamente la «ascensión» de Jesús. Aquí, a la partida de Jesús precede un coloquio en el que los discípulos —todavía apegados a sus viejas ideas— preguntan si acaso no ha llegado el momento de instaurar el reino de Israel.

A esta idea de un reino davídico renovado Jesús contrapone una promesa y una encomienda. La promesa es que estarán llenos de la fuerza del Espíritu Santo; la encomienda consiste en que deberán ser sus testigos hasta los confines del mundo.

Se rechaza explícitamente la pregunta acerca del tiempo y del momento. La actitud de los discípulos no debe ser ni la de hacer conjeturas sobre la historia ni la de tener fija la mirada en el futuro desconocido. El cristianismo es presencia: don y tarea; estar contentos por la cercanía interior de Dios y —fundándose en eso— contribuir activamente a dar testimonio en favor de Jesucristo.

En este contexto se inserta luego la mención de la nube que lo envuelve y lo oculta a sus ojos.  La nube nos recuerda el momento de la transfiguración, en que una nube luminosa se posa sobre Jesús y sobre los discípulos (cf. Mt 17,5; Mc 9,7; Lc 9,34s). Nos recuerda la hora del encuentro entre María y el mensajero de Dios, Gabriel, el cual le anuncia que el poder del Altísimo la «cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). Nos hace pensar en la tienda sagrada del Señor en la Antigua Alianza, en la cual la nube es la señal de la presencia de JHWH (cf. Ex 40,34s), que, también en forma de nube, va delante de Israel durante su peregrinación por el desierto (cf. Ex 13,21s). La observación sobre la nube tiene un carácter claramente teológico. Presenta la desaparición de Jesús no como un viaje hacia las estrellas, sino como un entrar en el misterio de Dios. Con eso se alude a un orden de magnitud completamente diferente, a otra dimensión del ser.

El Nuevo Testamento —desde los Hechos de los Apóstoles hasta la Carta a los Hebreos—, haciendo referencia al Salmo 110,1 describe el «lugar» al que Jesús se ha ido con una nube como un «sentarse» (o estar) a la derecha de Dios. ¿Qué significa esto? Este modo de hablar no se refiere a un espacio cósmico lejano, en el que Dios, por decirlo así, habría erigido su trono y en él habría dado un puesto también a Jesús. Dios no está en un espacio junto a otros espacios. Dios es Dios. Él es el presupuesto y el fundamento de toda dimensión espacial existente, pero no forma parte de ella. La relación de Dios con todo lo que tiene espacio es la del Dios y Creador. Su presencia no es espacial sino, precisamente, divina. Estar «sentado a la derecha de Dios» significa participar en la soberanía propia de Dios sobre todo espacio.

En una disputa con los fariseos, Jesús mismo da al Salmo 110 una nueva interpretación que ha orientado la comprensión de los cristianos. A la idea del Mesías como nuevo David con un nuevo reino davídico —idea que hace poco hemos encontrado en los discípulos—, Él contrapone una visión más grande de Aquel que ha de venir: el verdadero Mesías no es el hijo de David, sino el Señor de David; no se sienta sobre el trono de David, sino sobre el trono de Dios (cf. Mt 22,41-45).

El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (14,28). Aquí está sintetizada maravillosamente la peculiaridad del «irse» de Jesús, que es al mismo tiempo su «venir», y con eso queda explicado también el misterio acerca de la cruz, la resurrección y la ascensión. Su irse es precisamente así un venir, un nuevo modo de cercanía, de presencia permanente, que Juan pone también en relación con la «alegría», de la que antes hemos oído hablar en el Evangelio de Lucas.

Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión»; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.

(…)

Desde otro punto de vista totalmente distinto puede verse algo parecido en el relato de la primera aparición del Resucitado a María Magdalena, teológica y antropológicamente muy denso. Quisiera hacer notar aquí solamente un detalle.

Después de las palabras de los dos ángeles vestidos de blanco, María se dio media vuelta y vio a Jesús, pero no lo reconoció. Entonces Él la llama por su nombre: «¡María!». Ella tiene que volverse otra vez, y ahora reconoce con alegría al Resucitado, al que llama «Rabbuní»,su Maestro. Quiere tocarlo, retenerlo, pero el Señor le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre» Un 20,17). Esto nos sorprende. Es como decir: Precisamente ahora que lo tiene delante, ella puede tocarlo, tenerlo consigo. Cuando habrá subido al Padre, eso ya no será posible. Pero el Señor dice lo contrario: Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible.

Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2 Corintios 5,16s: «Si conocimos a Cristo según los criterios humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva». El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús «junto al Padre». Únicamente se le puede tocar subiendo. Él nos resulta accesible y cercano de manera nueva: a partir del Padre, en comunión con el Padre.

Esta nueva capacidad de acceder presupone también una novedad por nuestra parte: por el bautismo, nuestra vida está ya escondida con Cristo en Dios; en nuestra verdadera existencia ya estamos «allá arriba», junto a Él, a la derecha del Padre (cf. Col 3,lss). Si nos adentramos en la esencia de nuestra existencia cristiana, entonces tocamos al Resucitado: allí somos plenamente nosotros mismos. El tocar a Cristo y el subir están intrínsecamente enlazados. Y recordemos que, según Juan, el lugar de la «elevación» de Cristo es su cruz, y que nuestra «ascensión» —que siempre es necesaria cada vez—, nuestro subir para tocarlo, ha de ser un caminar junto con el Crucificado.

El Cristo junto al Padre no está lejos de nosotros; si acaso, somos nosotros los que estamos lejos de Él; pero la senda entre Él y nosotros está abierta. De lo que se trata aquí no es de un recorrido de carácter cósmico-geográfico, sino de la «navegación espacial» del corazón, que lleva de la dimensión de un encerramiento en sí mismo hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo.

Volvamos todavía al primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Hemos dicho que la existencia cristiana no consiste en escudriñar el futuro, sino, de un lado, en el don del Espíritu Santo y, de otro, en el testimonio universal de los discípulos en favor de Jesús crucificado y resucitado (cf. Hch 1,6-8). Y la desaparición de Jesús a través de la nube no significa un movimiento hacia otro lugar cósmico, sino su asunción en el ser mismo de Dios y, así, la participación en su poder de presencia en el mundo.

Luego el texto prosigue. Al igual que antes, junto al sepulcro (cf. Lc 24,4), también ahora aparecen dos hombres vestidos de blanco y dirigen un mensaje: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hch 1,11). Con eso queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

La fe en el retorno de Cristo es el segundo pilar de la confesión cristiana. Él, que se ha hecho

carne y permanece Hombre sin cesar, que ha inaugurado para siempre en Dios el puesto del ser humano, llama a todo el mundo a entrar en los brazos abiertos de Dios, para que al final Dios se haga todo en todos, y el Hijo pueda entregar al Padre al mundo entero asumido en Él (cf. 1 Co 15,20-28). Esto implica la certeza en la esperanza de que Dios enjugará toda lágrima, que nada quedará sin sentido, que toda injusticia quedará superada y establecida la justicia. La victoria del amor será la última palabra de la historia del mundo.

Como actitud de fondo para el «tiempo intermedio», a los cristianos se les pide la vigilancia. Esta vigilancia significa, de un lado, que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose a las cosas tangibles, sino que levante la mirada más allá de lo momentáneo y sus urgencias.

De lo que se trata es de tener la mirada puesta en Dios para recibir de Él el criterio y la capacidad de obrar de manera justa.

Por otro lado, vigilancia significa sobre todo apertura al bien, a la verdad, a Dios, en medio de un mundo a menudo inexplicable y acosado por el poder del mal. Significa que el hombre busque con todas las fuerzas y con gran sobriedad hacer lo que es justo, no viviendo según sus propios deseos, sino según la orientación de la fe. Todo eso está explicado en las parábolas escatológicas de Jesús, particularmente en la del siervo vigilante (cf. Lc 12,42-48) y, de otra manera, en la de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes (cf. Mt 25,1-13).

Pero ¿cuál es la situación de la existencia cristiana respecto al retorno del Señor? ¿Lo esperamos de buena gana o no? Ya Cipriano de Cartago († 258) se vio en la necesidad de exhortar a sus lectores a que el temor ante las grandes catástrofes o ante la muerte no les alejara de la oración por el retorno de Cristo. ¿Debemos acaso apreciar más el mundo que está declinando que al Señor que, no obstante, esperamos?

El Apocalipsis termina con la promesa del retorno del Señor e implorando que se cumpla: «El que atestigua esto responde: “Sí, vengo enseguida”. Amén. ¡Ven, Señor Jesús!» (22,20). Es la oración de la persona enamorada que, en la ciudad asediada y oprimida por tantas amenazas y los horrores de la destrucción, espera necesariamente con afán la llegada del Amado, que tiene el poder de romper el asedio y traer la salvación. Es el grito lleno de esperanza que anhela la cercanía de Jesús en una situación de peligro, en la que sólo Él puede ayudar.

Pablo pone al final de la Primera Carta a los Corintios la misma oración según la formulación aramea, pero que puede ser dividida y, por tanto, también entendida de dos maneras diferentes: «Marana tha» («Ven, Señor»), o bien, «Marana tha» («El Señor viene»). En este doble modo de lectura se puede ver claramente la peculiaridad de la espera cristiana de la llegada de Jesús. Es al mismo tiempo el grito: «Ven»; y la certeza llena de gratitud: «Él viene».

Sabemos por la Didaché (ca. 100) que este grito formaba parte de las plegarias litúrgicas de la celebración eucarística de los primeros cristianos; aquí se encuentra también concretamente la unidad de los dos modos de lectura. Los cristianos invocan la llegada definitiva de Jesús y ven al mismo tiempo con alegría y gratitud que ya ahora Él anticipa esta llegada: ya ahora viene a estar entre nosotros.

La oración cristiana por el retorno de Jesús contiene siempre también la experiencia de su presencia. Esta plegaria nunca se refiere exclusivamente al futuro. Sigue siendo válido precisamente lo que ha dicho el Resucitado: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Él está con nosotros ahora, y de modo particularmente denso en la presencia eucarística. Pero, viceversa, la experiencia cristiana de la presencia lleva también en sí misma la tensión hacia el futuro, hacia la presencia definitivamente cumplida: la presencia de ahora no es todavía completa. Impulsa más allá de ella misma. Nos pone en camino hacia lo definitivo.

(…)

Volvamos una vez más a la conclusión del Evangelio de Lucas. Jesús llevó a los suyos cerca de Betania, se nos dice. «Levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo» (24,50s). Jesús se va bendiciendo, y permanece en la bendición. Sus manos quedan extendidas sobre este mundo. Las manos de Cristo que bendicen son como un techo que nos protege. Pero son al mismo tiempo un gesto de apertura que desgarra el mundo para que el cielo penetre en él y llegue a ser en él una presencia. En el gesto de las manos que bendicen se expresa la relación duradera de Jesús con sus discípulos, con el mundo. En el marcharse, Él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Ésta es la razón permanente de la alegría cristiana.

(Ratzinger, J. – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (II), Editorial Planeta, Madrid, 2011, p. 323-39)

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·        San Agustín

La ascensión del Señor

1. El Señor Jesús, hijo unigénito del Padre y coeterno al que lo engendró, como él invisible, inmutable, omnipotente y Dios, se hizo hombre por nosotros, como sabéis, habéis recibido y creéis, tomando la forma humana sin perder la divina, ocultamente poderoso y manifiestamente débil. Como sabéis, nació para que nosotros renaciéramos; murió para que nosotros no muriéramos eternamente. De inmediato, es decir, al tercer día, resucitó y nos prometió para el final la resurrección de nuestra carne. Se presentó ante sus discípulos para que lo viesen con sus ojos y lo tocasen con sus manos, convenciéndoles de que había sido hecho sin perder lo que era desde siempre. Gimo habéis oído, vivió con ellos cuarenta días, entrando y saliendo, comiendo y bebiendo; no porque lo necesitase, sino porque estaba en su poder hacerlo, y manifestándoles la verdad de su carne, su debilidad en la cruz y su inmortalidad desde que salió del sepulcro.

2. Hoy celebramos, pues, el día de su ascensión. Coincide que esta iglesia celebra también otra festividad local. Hoy es la deposición de San Leoncio, el fundador de esta basílica, más permita la estrella ser eclipsada por el sol. Así, pues, hablemos del Señor, como habíamos comenzado. El buen siervo goza cuando se alaba a su señor.

3. En este día, es decir, cuarenta después de su resurrección, el Señor ascendió al cielo. No lo vimos, más creámoslo. Quienes lo vieron, lo anunciaron, y llenaron el orbe de la tierra. Sabéis quiénes lo vieron y quiénes nos lo indicaron: aquellos de quienes se dijo: No hay idioma ni lengua en los que no se oigan sus voces. Su voz se extendió por toda la tierra, y sus palabras hasta los confines del orbe de la tierra. Llegaron, pues, hasta nosotros y nos despertaron del sueño: ved que el presente día se celebra en toda la tierra.

4. Recordad el salmo. ¿A quién se dijo: Levántate sobre los cielos, oh Dios? ¿A quién se dijo? ¿Acaso podría decirse: Levántate, a Dios Padre, que nunca se abajó? Levántate tú, tú que estuviste encerrado en el seno de tu madre; tú que fuiste hecho en la que tú hiciste; tú que yaciste en un pesebre; tú que, como cualquier niño, tomaste el pecho de carne; tú que, a la vez que llevabas el mundo, eras llevado por tu madre; tú a quien el anciano Simeón reconoció cuando eras niño y alabó tu grandeza; tú a quien la viuda Ana te vio tomando el pecho y reconoció tu omnipotencia; tú que por nosotros sufriste hambre y sed y por nosotros te fatigaste en el camino —¿acaso padece hambre el pan, sed la fuente o se fatiga el camino?—; tú que padeciste todo esto por nosotros; tú que te dormiste y, sin embargo, no duermes, en cuanto guardián de Israel; finalmente, tú a quien vendió Judas, a quien compraron los judíos y no te poseyeron; tú que fuiste apresado, atado, flagelado, coronado de espinas, colgado del madero, perforado por una lanza; tú muerto, tú sepultado, levántate sobre los cielos, ¡oh Dios! Levántate, dijo; levántate sobre los cielos, porque eres Dios. Pon tu trono en el cielo, tú que pendiste del madero. Eres esperado como juez, tú a quien esperaron para poder juzgarte. ¿Quién creería todo esto de no ser su autor el que levanta de la tierra al indigente y de la basura al pobre? El mismo levanta su carne indigente y la coloca junto a los príncipes de su pueblo, en compañía de los cuales ha de juzgar a vivos y muertos. Colocó su carne junto a aquellos a quienes dice: Os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

5. Levántate, pues, sobre los cielos. Ya ha tenido lugar, ya se ha cumplido. Lo que decimos ahora es esto: como se predijo que iba a suceder: Levántate sobre los cielos, ¡oh Dios!, y, aunque no lo vimos, lo creemos; ved que ante nuestros ojos está lo que sigue: Levántate sobre los cielos, ¡oh Dios!, y sobre toda la tierra tu gloria. Que no crea lo primero quien no vea lo segundo. ¿Qué significa, pues: y sobre toda la tierra tu gloria, sino sobre toda la tierra tu Iglesia, sobre toda la tierra tu noble mujer, sobre toda la tierra tu esposa, tu amada, tu paloma, tu mujer. Ella es tu gloria, pues dice el Apóstol: El varón no debe cubrir la cabeza, puesto que es la imagen y gloria de Dios; la mujer, en cambio, es la gloria del varón. Si la mujer es la gloria del varón, la Iglesia es la gloria de Cristo.

(SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 262, 1-5, BAC Madrid 1983, 653-56; sermón predicado en Hipona en la Solemnidad de la Ascensión, el día 4 de mayo del 411)

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Jubilosamente celebra hoy la Iglesia la Ascensión del Señor. La vida pública de Cristo estuvo enmarcada por dos cuarentenas: primero en el desierto, donde se preparó con la oración y el ayuno para entrar en la vida pública; y ahora, después de su resurrección, antes de retornar al Padre celestial. Como relata el evangelio, reunido con sus discípulos, les prometió el Espíritu Santo, luego los bendijo y comenzó a elevarse. Cuando la nube lo ocultó, aparecieron los ángeles, quienes anunciaron la segunda venida del Señor, para cerrar la historia.

El Señor completa así su ciclo: salió de Dios y ahora vuelve a Dios. Es lo que El mismo dijo: “Salí del Padre y vine al mundo, ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”.

Primero fue el descendimiento, la kénosis, la humillación, el anonadamiento, tal como lo declara San Pablo cuando escribe a los filipenses: “Se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo”, y aún siguió descendiendo más, cuando fue en busca de los justos del Antiguo Testamento que estaban en los infiernos. Pero allí comienza la otra cara de su misterio, su exaltación, su glorificación. Después de haberse levantado de entre los muertos y de convivir con los discípulos, que atónitos pudieron contemplar su cuerpo glorioso durante cuarenta días, ascendió hacia su Padre celestial para tomar posesión de la gloria, “gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

La Ascensión es la consumación de la Resurrección y el cumplimiento de toda justicia, ya que, como el mismo Señor lo declaró, “el que se humilla, será exaltado”. La Ascensión es la contrapartida de su humillación. Por eso al llegar al cielo, el Padre le dio “el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble”.

“Dios asciende entre aclamaciones”, dice la Escritura. Cristo vino a luchar un combate y, luego de vencer, a semejanza de un Rey victorioso que es aclamado por su pueblo al retornar a su ciudad habiendo derrotado al enemigo, así ingresa en el cielo entre los vítores de los coros angélicos.

Jesús venció al demonio con la espada de la Cruz y le arrebató el botín, la humanidad caída, ya que “éramos hijos de la ira por naturaleza”.

Pero el ascenso de Cristo no fue sólo su propia victoria, sino también la nuestra, la victoria de toda la humanidad, ya que en Cristo toda la naturaleza humana está sentada en el cielo. El Señor había dicho: “Una vez elevado, todo lo atraeré hacia mí”. De ahí lo que afirma San Pablo: “Tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús”.

Por eso la Ascensión del Señor es para la Iglesia un motivo de gozo y de esperanza, así como el fundamento de la alegría cristiana. Al ascender a los cielos, Cristo fue a prepararnos un lugar para nosotros. “Cuando me haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros”, había dicho en su discurso de despedida.

De allí lo que San Pablo se anima a decirle a los romanos: “Considero que los padecimientos de la vida presente no son nada comparados con la gloria futura que se nos va a descubrir”. Y esto San Pablo lo dice con legítima autoridad, ya que él, ciertamente, tuvo experiencia de lo que es soportar padecimientos. Él mismo se encargaría de enumerarlos en su carta a los corintios. En medio de sus sufrimientos, el Apóstol entrevió “la gloria futura que se nos va a descubrir”. El Señor le mostró un destello de lo que le destinaba, y ello le pareció tan extraordinario que lo encontró inefable: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni sospechó la mente del hombre lo que Dios ha preparado para aquellos que le aman”.

El misterio que hoy celebramos inflama nuestra esperanza. En In resurrección de Cristo está en germen nuestra propia resurrección. Con su ascensión hemos ya penetrado en el Santuario ce-leste. Que no nos abatan, pues, las cruces, los sufrimientos terrenos, ya que “no son nada comparados con la gloria futura que se nos va a descubrir”. Tal pensamiento nos da ánimo, nos da fortaleza para perseverar a pesar de las dificultades. En medio de ellas, ya vislumbramos el final del camino. También fundamenta nuestra alegría cristiana, así como nuestra confianza: “No temáis, yo he vencido al mundo”. Nos alienta asimismo a perseverar en la fe y a seguir aspirando a la santidad, para continuar sin descanso nuestra ascensión hacia Dios.

La Ascensión de Cristo es figura de nuestro progreso espiritual. Así como el Señor tuvo que batallar para ascender glorioso, también nosotros debemos luchar “el buen combate de la fe”, si queremos recibir la “corona de gloria que no se marchita”.

Cristo ha salido de Dios y ahora vuelve a Dios. También nosotros, que hemos nacido de Dios, debemos retornar a Él. Debemos completar nuestro ciclo, ese círculo sagrado. Y debemos ir completándolo cada día. Ascender cada día. Unirnos más a Dios cada día por la virtud, por la oración, los sacramentos, y el cumplimiento del deber de estado. Ascender cada día hasta la cul-minación de nuestra peregrinación, hasta tomar posesión, con la gracia de Dios, de la morada que el Señor nos tiene preparada.

Pero para ascender, es preciso no mirar hacia atrás, ya que la ley en la vida espiritual es clara: “quien no avanza, retrocede”. El estancarse es ya un retroceso. “Aspirad a los bienes celestiales, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”, escribe San Pablo a los colosenses. Tal debe ser la actitud de nuestra alma. Estar en tensión hacia Dios, dilatar permanentemente nuestra alma, para hacerla más capaz de Dios.

Digamos finalmente que nuestra vida deberá modelarse en la actitud de los discípulos cuando asciende el Señor. Ante todo, deberemos estar, como ellos, “con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía”, es decir, tratar de que nuestra alma y nuestro corazón se anclen en el cielo, en la eternidad. Y en segundo lugar apoyar los pies sobre la tierra, para trabajar en la construc-ción del Reino, siendo testigos del Señor resucitado “en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra”.

Nuestro Capitán ya ha triunfado y está en el cielo. Sólo nos queda completar nuestra parte en el combate. El triunfo radical es de Cristo. Él va delante, y “si perseveramos con Él, reinaremos también con Él”.

Dentro de algunos instantes el Señor descenderá sacra-mentalmente para alimentarnos. Pidámosle entonces que nos dé la gracia de ascender con Él, de elevar con Él nuestros corazones para que desde ya se pongan junto al Señor que ascendió a las cumbres del cielo.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 169-172)

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Juan Pablo II

 

Homilía en la fiesta de la Ascensión (12-V-1983)

 “¡Asciende el Señor entre aclamaciones!”.

Para la Iglesia entera y también para la humanidad es motivo de alegría profunda la celebración litúrgica del misterio de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, que fue exaltado y glorificado solemnemente por Dios. A Cristo que vuelve al Padre aplica hoy la liturgia las palabras jubilosas que dedica el Salmista al Eterno:

“Dios desciende entre aclamaciones,/ El Señor al son de trompetas./ Pueblos todos, batid palmas,/ aclamad a Dios con gritos de júbilo./ Porque Dios es el rey del mundo,/ Dios reina sobre las naciones,/ Dios se sienta en su trono sagrado” (Sal 46(47),6-9).

En este “misterio de la vida de Cristo” meditamos, por una parte, la glorificación de Jesús de Nazaret muerto y resucitado, y, por otra, también su marcha de esta tierra y su vuelta al Padre.

Esta glorificación, incluido su aspecto cósmico, San Pablo la acentúa cuando nos habla de la grandeza extraordinaria del poder de Dios respecto de nosotros, que se manifiesta en Cristo “resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado y potestad… y de todo nombre conocido no sólo en este mundo, sino en el futuro” (Ef 1,20).

La Ascensión de Cristo constituye una de las etapas fundamentales de la “historia de la salvación”, es decir, del plan misericordioso y salvífico de Dios para la humanidad. Santo Tomás de Aquino, en sus meditaciones sobre los “misterios de la vida de Cristo”, subraya maravillosamente, con su precisión neta y profunda, que la Ascensión es causa de nuestra salvación bajo dos aspectos. De parte nuestra, porque la mente se centra en Cristo a través de la fe, esperanza y caridad; y de su parte, en cuanto al subir nos prepara el camino para ascender nosotros también al cielo; siendo Él nuestra Cabeza, es necesario que los miembros le sigan allí donde Él les ha precedido. “La Ascensión de Cristo al cielo es directamente causa de nuestra ascensión, pues se incoa en nuestra Cabeza y a ésta deben unirse los miembros” (S. Th. III, 57,6,ad 2).

La Ascensión no es sólo la glorificación definitiva de Jesús de Nazaret, sino también la prenda y garantía de la exaltación, de la elevación de la naturaleza humana. Nuestra fe y esperanza de cristianos se refuerzan y corroboran hoy, pues nos invita a meditar en nuestra pequeñez, sí, en nuestra fragilidad y miseria, pero también en la “transformación” más maravillosa aún que la propia creación, transformación que Cristo actúa en nosotros al estar unidos a Él por los sacramentos y la gracia. “Recordamos y celebramos litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza ha sido elevada en Cristo por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre -nos dice San León Magno-. Hemos sido establecidos y glorificados por este modo de obrar divino y así resplandece más maravillosamente la gracia de Dios…, y la fe se mantiene firme, la esperanza no vacila y el amor sigue encendido. En esto reside el vigor de los espíritus realmente grandes, esto es lo que realiza la luz de la fe en las almas fieles de verdad: creer sin vacilación lo que nuestros ojos no ven, tener fijo el deseo en lo que no puede alcanzar la mirada” (Sermo LXXIV,1; PL 54,597).

En el momento de separarse de los Apóstoles, Jesús les confiere el mandato de dar testimonio de Él en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines lejanos de la tierra (cfr. Hch 24,47).

…Todos somos pecadores y todos necesitamos “ese cambio radical de espíritu, mente y vida que en la Biblia se llama metánoia, conversión. Esta actitud es suscitada y alimentada por la Palabra de Dios que es revelación de la misericordia del Señor (cfr. Mc 1,15), se actúa sobre todo por vía sacramental y se manifiesta en múltiples formas de caridad y servicio a los hermanos” (Aperite portas Redemptori,5).

Este es el rico significado litúrgico, teológico y espiritual de la solemnidad de hoy. A este propósito deseo hacer mías las palabras que otro gran predecesor mío, San Gregorio Magno, dirigía a los fieles de Roma reunidos en San Pedro en esta fiesta: “Debemos seguir a Jesús de todo corazón allí donde sabemos por fe que subió con su cuerpo. Rehuyamos los deseos de tierra, no nos contentemos con ninguno de los vínculos de aquí abajo, nosotros que tenemos un Padre en los cielos… Aunque os debatáis en el torbellino de los quehaceres, echad el ancla de la esperanza en la patria eterna ya desde ahora. No busque vuestra alma otra luz, sino la verdadera. Hemos oído que el Señor ascendió al cielo, pues reflexionemos con seriedad sobre aquello que creemos. No obstante la debilidad de la naturaleza humana, que todavía nos retiene aquí, dejémonos atraer por el amor en pos de Él, pues estamos bien seguros de que Aquel que nos ha infundido este deseo, Jesucristo, no defraudará nuestra esperanza” (In Evang, Homilia XXIX,11; PL 76,1219).

(Ostia, parroquia de Santa Mónica, 8 de mayo de 1983)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia se narra el episodio de la última vez que el Señor Jesús se separó de sus discípulos (cf. Lc 24, 50-51; Hch 1, 2.9); pero no se trata de un abandono, porque él permanece para siempre con ellos —con nosotros— de una forma nueva. San Bernardo de Claraval explica que la Ascensión de Jesús al cielo se realiza en tres grados: «El primero es la gloria de la resurrección; el segundo, el poder de juzgar; y el tercero, sentarse a la derecha del Padre» (Sermo de Ascensione Domini, 60, 2: Sancti Bernardi Opera, t. VI, 1, 291, 20-21).

Inmediatamente antes de este acontecimiento tuvo lugar la bendición de los discípulos, que los preparó a recibir el don del Espíritu Santo, para que la salvación fuera proclamada en todas partes. Jesús mismo les dijo: «Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre» (Lc 24, 48-49). El Señor atrae la mirada de los Apóstoles —nuestra mirada— hacia el cielo para indicarles cómo recorrer el camino del bien durante la vida terrena. Sin embargo, él permanece en la trama de la historia humana, está cerca de cada uno de nosotros y guía nuestro camino cristiano: acompaña a los perseguidos a causa de la fe, está en el corazón de los marginados, se halla presente en aquellos a los que se niega el derecho a la vida. Podemos escuchar, ver y tocar al Señor Jesús en la Iglesia, especialmente mediante la palabra y los sacramentos. A este propósito, exhorto a los muchachos y jóvenes que en este tiempo pascual reciben el sacramento de la Confirmación a permanecer fieles a la Palabra de Dios y a la doctrina que han aprendido, como también a acercarse asiduamente a la Confesión y a la Eucaristía, conscientes de haber sido elegidos y constituidos para testimoniar la Verdad. Renuevo también mi invitación especial a los hermanos en el sacerdocio a que «con su vida y sus obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico» (Carta de convocatoria del Año sacerdotal) y sepan utilizar con sabiduría también los medios de comunicación, para dar a conocer la vida de la Iglesia y ayudar a los hombres de hoy a descubrir el rostro de Cristo (cf.Mensaje para la 44ª Jornada mundial de las comunicaciones sociales, 24 de enero de 2010).

Queridos hermanos y hermanas, el Señor, al abrirnos el camino del cielo, nos permite saborear ya en esta tierra la vida divina. Un autor ruso del siglo XX, en su testamento espiritual, escribió: «Observad más a menudo las estrellas. Cuando tengáis un peso en el alma, mirad las estrellas o el azul del cielo. Cuando os sintáis tristes, cuando os ofendan, … deteneos a mirar el cielo. Así vuestra alma encontrará la paz» (N. Valentini – L. Žák (ed.), Pavel A. Florenskij. Non dimenticatemi. Le lettere dal gulag del grande matematico, filosofo e sacerdote russo, Milán 2000, p. 418).

Doy gracias a la Virgen María, a quien en los días pasados pude venerar en el santuario de Fátima, por su materna protección durante la intensa peregrinación a Portugal. A ella, que vela por los testigos de su Hijo amado, dirigimos con confianza nuestra oración.

(REGINA CAELI, Solemnidad de la Ascensión del Señor, Domingo 16 de mayo de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La ascensión del Señor

Lc 24, 43-53

            Hay algo que llama la atención en el Evangelio de hoy. Jesús se va a los cielos y dice el Evangelio que los discípulos “volvieron a Jerusalén con gran alegría”.

            ¿Cómo pueden volver con gran alegría si su amigo los deja y se va? La ausencia del amigo no produce alegría sino tristeza. ¿Por qué la alegría? Porque Jesús les ha prometido un Consuelo que es el Espíritu Santo pero también les ha prometido que va a poner su morada en ellos si lo siguen amando y habitará en ellos junto con el Padre y con el Espíritu Santo.

            Jesús se va a la derecha del Padre para tener una presencia junto a los discípulos mucho más profunda, una compañía mayor que la que tenía cuando caminaba junto a ellos en su vida mortal y también en su vida gloriosa. La nueva compañía es la presencia de Jesús en su corazón sentado a la derecha del Padre.

            ¿Qué quiere decir que Jesús está a la derecha del Padre? Quiere decir que está junto al Padre con el mismo poder y soberanía que el Padre. No es un estar espacial sino un estar potestativo. Jesús por su muerte y resurrección ha sido enaltecido con el mismo poder divino. Por eso la compañía de Jesús después de la Ascensión no se limita a un lugar sino que está en todos los lugares y junto a todos los discípulos y con una profundidad y poder como el del mismo Dios. Jesús vive en nosotros como vive el Padre y el Espíritu Santo.

            ¿Y qué produce en nosotros la Ascensión? Alegría. Por saber que Jesús esta junto a nosotros de una manera extraordinaria y que su compañía nos da una seguridad total. ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?, decía San Pablo. Desde su Ascensión ya nada puede separarnos de Él si no dejamos de amarlo. Además produce en nosotros un deseo de subir para encontrarnos con Él. Y ¿cómo subimos a donde Él está? ¿Acaso no necesitamos un medio de navegación para llegar a Él? Sí, pero no se trata de una nave que recorra espacios siderales o cósmicos sino que nuestra nave es el corazón. Un corazón desapegado de las cosas de la tierra y enamorado solo de Jesús es la más idónea nave para subir hasta donde está Jesús. Él había enseñado que era necesaria su Ascensión porque cuando fuera elevado conoceríamos que era Dios pero también que para sus amantes la elevación sería como un imán que los atraería. Para subir a los cielos a la derecha del Padre donde está Jesús hay que caminar su camino de cruz porque la elevación de la cruz es necesaria para su Ascensión a los cielos. Caminemos con nuestra cruz renunciando a las cosas terrenas para vivir de las cosas celestiales donde Jesús nos espera.

            Pero, ¿tenemos que estar mirando al cielo sin ocuparnos de lo terreno? No. Miremos el cielo porque ese Jesús que subió y fue ocultado por la nube volverá sobre ella para juzgar a vivos y muertos pero esa esperanza que nos hace vigilar mirando al cielo no es óbice sino al contrario es motivo para trabajar en éste mundo. En los Hechos de los Apóstoles[1] se nos narra que los ángeles llamaron la atención a los discípulos porque se habían quedado mirando el cielo. La partida de Jesús es un don y una tarea. Es un don porque cuando Jesús se vaya junto al Padre enviará el Espíritu Santo sobre ellos y porque Él vivirá entre ellos hasta su segunda venida de una forma extraordinaria, junto al Padre, en la presencia del Padre. Es tarea porque les encarga el testimonio de su Pascua. Testimonio universal a todos y a todas partes.

            Tenemos que esperar la Segunda Venida de Jesús pero tenemos que vivir la Venida presente, llamada por San Bernardo venida intermedia y que se extiende hasta la Parusía, como imitación de su primera Venida.

            Esta tarea consiste esencialmente en el testimonio. Testimonio que se trasmite principalmente con la vida. Para ser perfectos testigos debemos encarnar lo que testificamos. El verdadero testigo tiene una relación íntima con los hechos que testifica y sobre todo con la persona sobre la que testifica. Su testimonio es una convicción tan profunda que está dispuesto a dejarse matar antes que negar aquello que testifica. Finalmente el testigo manifiesta a los demás su testimonio. Hace conocer la persona y los hechos de quien es testigo, de tal manera, que engendra nuevos testigos.

            Jesús se elevó a los cielos y con las manos extendidas los bendijo. Este gesto de bendición trasmite esa nueva presencia de Jesús. Su protección poderosa sobre sus discípulos y sobre todo la creación. El que vino del cielo desde Dios ha vuelto a Dios pero recapitulando y redimiendo por su Pascua todo la creación[2].

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[1] 1, 10-11
[2] Cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (II), Planeta México 2011, 323-39

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Directorio Homilético

 

Solemnidad de la Ascensión del Señor

CEC 659-672, 697, 792, 965, 2795: la Ascensión

Artículo 6  “JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”

659    “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo “como un abortivo” (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).

660    El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: “Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

661    Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que “salió del Padre” puede “volver al Padre”: Cristo (cf. Jn 16,28). “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre” (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (MR, Prefacio de la Ascensión).

662    “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no “penetró en un Santuario hecho por mano de hombre, … sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro” (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. “De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor”(Hb 7, 25). Como “Sumo Sacerdote de los bienes futuros”(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).

663    Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: “Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada” (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C).

664    Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

RESUMEN

665    La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde  a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).

666    Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo,  vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente.

667    Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

Artículo 7         “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y  MUERTOS”

I        VOLVERÁ EN GLORIA

          Cristo reina ya mediante la Iglesia …

668    “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669    Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).

670    Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la “última hora” (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). “El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

          … esperando que todo le sea sometido

671    El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no  haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672      Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

Los símbolos del Espíritu Santo

697    La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre “con su sombra” para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es El quien “vino en una nube y cubrió con su sombra” a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y “se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la misma nube la que “ocultó a Jesús a los ojos” de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).

965    Después de la Ascensión de su Hijo, María “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones” (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, “María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra” (LG 59).

2795  El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra “patria”. De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo “ha bajado del cielo”, solo, y nos hace subir allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13).

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¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo VI de Pascua

01
mayo

Domingo VI de Pascua

Ciclo C) – 2016

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo VI de Pascua (C)

(Domingo 1 de mayo de 2016)

LECTURAS

Cuando la Ascensión del Señor se celebra el domingo siguiente, en este domingo VI de Pascua pueden leerse la segunda lectura y el Evangelio asignados al séptimo domingo:

El Espíritu Santo, y nosotros mismos,
hemos decidido no imponernos ninguna carga más
que las indispensables

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     15, 1-2. 22-29

Algunas personas venidas de Judea a Antioquía enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar según el rito establecido por Moisés, no podían salvarse. A raíz de esto, se produjo una agitación: Pablo y Bernabé discutieron vivamente con ellos, y por fin, se decidió que ambos, junto con algunos otros, subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los Apóstoles y los presbíteros.
Entonces los Apóstoles, los presbíteros y la Iglesia entera, decidieron elegir a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, hombres eminentes entre los hermanos, y les encomendaron llevar la siguiente carta:
«Los Apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de origen pagano, que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. Habiéndonos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto, hemos decidido de común acuerdo elegir a unos delegados y enviárselos junto con nuestros queridos Bernabé y Pablo, los cuales han consagrado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por eso les enviamos a Judas y a Silas, quienes les transmitirán de viva voz este mismo mensaje.
El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables, a saber: que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales muertos sin desangrar y de las uniones ilegales. Harán bien en cumplir todo esto. Adiós.»

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 66, 2-3. 5-6. 8

R. A Dios den gracias los pueblos,
alaben los pueblos a Dios.

O bien:

Aleluia.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio,
y su victoria entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
Que Dios nos bendiga,
y lo teman todos los confines de la tierra. R.

Me mostró la ciudad santa,
que descendía del cielo

Lectura del libro del Apocalipsis     21, 10-14. 22-23

El ángel me llevó en espíritu a una montaña de enorme altura, y me mostró la Ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios. La gloria de Dios estaba en ella y resplandecía como la más preciosa de las perlas, como una piedra de jaspe cristalino.
Estaba rodeada por una muralla de gran altura que tenía doce puertas: sobre ellas había doce ángeles y estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas miraban al este, otras tres al norte, tres al sur, y tres al oeste. La muralla de la Ciudad se asentaba sobre doce cimientos, y cada uno de ellos tenía el nombre de uno de los doce Apóstoles del Cordero.
No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 14, 23

Aleluia.
Dice el Señor: El que me ama será fiel a mi palabra,
y mi Padre lo amará e iremos a él.
Aleluia.

EVANGELIO

El Espíritu Santo les recordará
lo que les he dicho

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     14, 23-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guion Domingo VI de Pascua

Entrada          En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte de aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos. En la Misa tenemos el cielo en la tierra.

1° Lectura                                                                                        Hech 15, 1-2. 22-29

            En las decisiones de la Iglesia primitiva actúa el Espíritu Santo inspirando a los apóstoles lo que más conviene a la fe de los fieles.

2° Lectura                                                                                        Apoc 21, 10-14.22-23

                        La gloria de Dios ilumina a la Iglesia y los apóstoles del Cordero son sus cimientos.

Evangelio                                                                                                     Jn 14, 23-29

                        La docilidad al Espíritu Santo es garantía de la inhabitación trinitaria en nuestra alma.

Preces

            Elevemos nuestras súplicas a nuestro Padre por medio de Cristo, nuestro victorioso Redentor.

 A cada intención respondamos con fe:

+ Por las intenciones del Santo Padre, especialmente a favor de la paz en Medio Oriente, que el misterio pascual de Cristo fortalezca a quienes dan testimonio de Cristo en esas tierras. Oremos.

+ Por todos los que trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia, para que se distingan por su dedicación al prójimo, y los hombres experimenten su caridad y su riqueza de humanidad. Oremos.

+ Por los que rigen los destinos de las naciones, para que se dejen guiar por el Espíritu de Cristo. Oremos.

+ Por todos los miembros de nuestra familia religiosa, especialmente por aquellos que colaboran en la misión ad gentes y los que están en lugares de conflictos y guerra. Oremos.

+ Para que todos los miembros de nuestra Tercera Orden profundicen cada vez más su vocación de pueblo sacerdotal llamado a cantar las alabanzas de Cristo, y den un testimonio vigoroso ante el mundo. Oremos.

            Oh Dios, que conoces los corazones de tus hijos, conságranos en la verdad bajo la acción de tu Espíritu, para que permanezcamos en tu amor y el mundo crea en la palabra de tu Hijo Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Ofertorio

                        El Espíritu nos enseña lo que hemos de ofrecer ante el altar. Presentamos:

Incienso, suave aroma que eleva nuestra alabanza a la Trinidad.

Pan y Vino, las especies que serán transformadas en Cristo, con quien formamos un solo Cuerpo.

Comunión
Nuestra Pascua inmolada es Cristo el Señor, a Él nos acercamos para ser transformados por su Presencia eucarística.

Salida 

            Que María Santísima nos enseñe a permanecer unidos a Dios y a perseverar en el amor mientras peregrinamos hacia el cielo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O.P.

JESÚS PROMETE A SUS DISCÍPULOS SU PRESENCIA, LA DEL PADRE Y LA DEL ESPÍRITU SANTO

(Jn 14, 1-31)

Era costumbre, como hemos dicho, entre los judíos continuar charlando de sobremesa una vez terminada la cena pascual. Los griegos y los romanos, terminados sus banquetes, continuaban bebiendo, y entonces entraban los tañedores y tañedoras de flauta, y eran aquellos momentos muchas veces de extremada licencia, y aun para los que eran tenidos por buenos, de conversaciones escabrosas. Los doctores judíos, para evitar aquellos desórdenes, habían prohibido beber entre la tercera copa y la última, la que precedía al Hallel, pues no comiendo no había pretexto para seguir bebiendo. Las conversaciones, sin embargo, no tenían carácter religioso, como no fuese la lección que daba el padre de familia sobre la Pascua en los momentos en que era presentado en la mesa el cordero pascual. Probablemente también se cantaba.

En la última cena, fue Jesús quien tomó la palabra, como para comentar la institución de la nueva alianza, revelando altísimos misterios. San Juan nos ha conservado esa expansión, el secreto más elevado y más profundo de su corazón. Y si trajo a colación algunas instrucciones dadas en otros tiempos, como que las impregnó de la melancolía y de la tristeza de los adioses, de suerte que aparecerán siempre en aquel tono de luz mitigada por las sombras de la última noche.

El primer discurso o plática forma un todo completo: les habla Jesús de su partida y de la esperanza de volver a verlo. La separación era necesaria para que los discípulos empezasen su obra; pero en cierto modo era sólo aparente, gracias a la presencia espiritual del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el corazón de los que en Él creen y le aman. Por tanto, no hay por qué turbarse, sino por qué alegrarse.

El discípulo amado había penetrado más íntimamente que ningún otro en el pensamiento de su Maestro, y vio cómo se cumplían sus promesas. Sería asombroso que este cumplimiento no diese algún nuevo colorido a la expresión de la predicción misma. Sin embargo, no se sintió impresionado, porque los hechos, no sólo habían sido anunciados, sino que habían sido puestos en su luz sobrenatural por Aquel que era el único que estaba autorizado para prometer el don del Espíritu Santo.

El primer pensamiento es que se volverían a encontrar cerca del Padre, gracias a Jesús que es uno con Él (Jn 14, 1-11). Se aparecerá a sus discípulos después de su resurrección, pero por pocos días. A lo que atiende ahora es a la situación en que se encontrarán sus apóstoles al verse privados de su presencia sensible, que debe ser reemplazada por la fe. Creían ya en el Padre, creador de todo, y debían creer en su Maestro: esta fe sería la base de toda su vida.

Al modo que un amigo, encargado de buscar alojamiento después de una jornada para otros amigos, se adelanta, así Jesús vuelve a la casa de su Padre, donde tantas moradas hay; bien lo sabe Él, pues va a prepararles el lugar. Después volverá y los llevará para estar en su compañía. Es necesario, sin embargo, que aprendan el camino. Tomás duda: interpreta todo esto como si se tratara de un viaje ordinario. ¿A dónde, pues, va Jesús? Y si lo ignora, ¿cómo dar con el camino? El camino, acababa de decirlo, era la fe en Él, que es Camino, pues por Él se conoce al Padre. Es, además, camino para la inteligencia y se anda por él, aprendiendo la verdad: Él es la Verdad. Y esta verdad es vida del alma, siempre en Él, pues Él es la Vida. Sus discípulos le han visto, y viéndole a Él, ven al Padre.

Le han visto, pero en la oscuridad de la fe que les dice que el Hijo es el mismo que el Padre. Felipe desearía saber más: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta». La visión perfecta está reservada a la eternidad. Felipe debía contentarse con creer en lo que en la última enseñanza de la Dedicación había ya revelado Jesús a los judíos (Jn 10, 30) y que ahora les anuncia de un modo más claro. « ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» Esta extraña sentencia, considerada como blasfemia por los judíos, es también la afirmación del Padre, viviendo en Jesús. Porque si la mejor razón de creer en su palabra, al menos no podrán recusar el testimonio de las obras, de los milagros, que son en Él la obra del Padre.

Esta fe no debía permanecer inactiva en los discípulos; los fieles no deben turbarse, muy al contrario, deben obrar, y su Maestro les dará los recursos necesarios. Ésta es la segunda exhortación.

El mejor recurso será la oración, siempre favorablemente despachada, porque los discípulos rogarán al Padre en nombre de Jesús, y es tal la unión entre el Padre y el Hijo, que el Hijo hará lo que le piden, y el orden será en adelante que el Padre sea glorificado en el Hijo. Y el hombre de fe, armado con esta oración, hará las mismas obras, y aún mayores que Jesús. En efecto, Él no salió de Israel, y a ellos los enviará a convertir a los gentiles.

Para esta obra es necesario el amor de Dios, el amor que guarda sus mandamientos. La fe sola no basta para obtener el don que la oración de Jesús conseguirá del Padre, el don del Paráclito, defensor, protector, grande amigo, que no es otro que el Espíritu de la verdad. Éste asistirá a los discípulos en sus caminos como luz, que disipa las tinieblas de muerte, y les anima a seguir su marcha y a obrar. Pero esta luz es interior. El mundo no puede gozar de este beneficio, porque la busca fuera y allí no se deja sentir: los discípulos gozarán de ella, porque la hallarán dentro de sí mismos.

El mismo Jesús vendrá a ellos. El mundo no lo verá, porque su vida es espiritual: lo verán los discípulos que viven la vida de Él y conocerán el secreto de esta unión que los une al Padre. Jesús está en ellos, ellos en Jesús y Jesús en el Padre. Y esta unión no sólo la realizará actualmente la fe. Si el fiel ama de verdad al Hijo y le ama y guarda sus mandamientos —precioso consuelo para las almas timoratas—, será amado del Padre y del Hijo, y el Hijo se le manifestará. Así indicaba Jesús aquella visión casi intuitiva, por el contacto íntimo de la inteligencia con la verdad infinita, conocimiento claro y más fecundo que el conseguido por la razón, aunque no logre disipar todas las oscuridades de esta vida.

Los discípulos todavía tenían la cabeza llena de grandiosos proyectos suscitados en su fantasía de judíos. La palabra manifestación evoca la presencia radiante del Mesías, que pondría fin a todas sus dudas y arrojaría el mundo a sus pies. Judas, no el Iscariote, esperaba ese golpe teatral, que era parte del programa: «Señor, ¿qué ha ocurrido para que te hayas de manifestar a nosotros y no al mundo?»

Jesús le da a entender que esta íntima manifestación exige amor y amor grande: consistirá en la venida del Padre y del Hijo al corazón del que ama, que convertirán en morada suya. Otra vez el Maestro les testifica que no hace más que transmitirles las enseñanzas del Padre. Así debía ser: Él instruiría a sus discípulos mientras estuviera con ellos —san Juan testifica la realidad de la afirmación del Salvador—. Pero Él sabía que sólo sería comprendido por la acción del Espíritu Santo, enviado por el Padre, para traerles a la mente cuanto les había dicho, con una luz más clara, y con las declaraciones y acentos necesarios para que la doctrina quedase grabada en el corazón de quienes serían depositarios heraldos de esa doctrina.

Jesús terminó como había comenzado: «No se turbe vuestro corazón». Les deja la paz, no al modo cómo lo hacían sus compatriotas, siguiendo la costumbre de saludar a la llegada y a la despedida: ¡Paz!, sino como un legado valiosísimo de su amistad. Si en verdad eran sus amigos, su amor les llevaría hasta alegrarse con Él, porque va al Padre, que es mayor que Él. El que se va no es el Hijo Eterno, que jamás abandonó el reino de su Padre, sino este Hijo en el estado de hombre, unido a Dios, pero también inferior a Él por aquella naturaleza humana que tomó y que va a llevar a la gloria. Su partida no tardará, porque el príncipe de este mundo, Satanás, que reina en él por el pecado, ya está en el mundo; y aunque ningún poder tenga sobre él, Jesús acepta soportar sus maquinaciones porque ama a su Padre y le obedece en todo amorosamente.

Después, como si ya nada le quedase por decir: «Levantaos, vamos de aquí». Continuará, no obstante, conversando con sus discípulos. Hay aquí una grave dificultad. Pudiera haber tenido la conversación que sigue a lo largo de las sendas que van a Galilea, en la soledad o sentados bajo algún terebinto; pero era muy difícil por las calles de la ciudad, o yendo por sus arrabales. La oración solemne por la unidad sólo pudo ser hecha a puerta cerrada. A decir verdad, nada tiene esto de difícil. Muy bien se concibe que Jesús se hubiera levantado y hubiera bebido con los otros la cuarta copa; después del Hallel, o para reemplazarle, habría pronunciado esta oración de pie antes de salir. Pero las alocuciones que precedieron a la oración ocupan no menos de dos capítulos. ¿Habrían sido pronunciadas así antes de dar la señal de la partida?

Nos inclinamos, pues, a creer que esta interrupción anunciaba el último acto de los convidados, una acción de gracias —distinta entre los judíos de la que seguía a la cena— y llamada Hallel, es decir, las alabanzas dadas a Dios por la fiesta y por la liberación en el pasado y en el porvenir.

Juan, después de haber compuesto así su libro, quiso en seguida añadir aun el contenido de los capítulos 15 y 16 y los intercaló o los hizo intercalar donde nosotros los leemos, sin cambiar nada: tal vez fue una ingeniosa manera de indicar su carácter suplementario.

(LAGRANGE, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 1999, pág. 455-59)

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Comentario Teológico

·        Antonio Royo Marín, O.P.

LA INHABITACIÓN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD EN EL ALMA DEL JUSTO[1]

Vamos a examinar las siguientes cuestiones fundamentales: existencia, naturaleza, finalidad y modo de vivir el sublime misterio de la inhabitación divina en nuestras almas.

1. Existencia.—La inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo es una de las verdades más claramente manifestadas en el Nuevo Testamento 1. Con insistencia que muestra bien a las claras la importancia soberana de este misterio, vuelve una y otra vez el sagrado texto a inculcarnos esta sublime verdad. Recordemos algunos de los testimonios más insignes:

Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos nuestra morada» (Io 14,23).

«Dios es caridad, y el que vive en caridad permanece en Dios y Dios en él» (i Io 4,26).

« ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (1 Cor 3,16-17).

« ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis?>> (I Cor 6,19).

«Pues vosotros sois templo de Dios vivo» (2 Cor 6,16).

«Guarda el buen depósito por la virtud del Espíritu Santo, que mora en nosotros» (2 Tim 1,14).

Como se ve, la Sagrada Escritura emplea diversas fórmulas para expresar la misma verdad: Dios habita dentro del alma en gracia. Con preferencia se atribuye esa inhabitación al Espíritu Santo, no porque quepa una presencia especial del Espíritu Santo que no sea común al Padre y al Hijo, sino por una muy conveniente apropiación, ya que es ésta la gran obra del amor de Dios al hombre y es el Espíritu Santo Amor esencial en el seno de la Trinidad Santísima.

Los Santos Padres, sobre todo San Agustín, tienen página bellísimas comentando el hecho inefable de la divina inhabitación en el alma del justo.

2. Naturaleza. —Mucho han escrito y discutido los teólogos acerca de la naturaleza de la inhabitación de las divinas personas en el alma del justo. Nosotros vamos a recoger aquí las principales opiniones sustentadas por los teólogos, sin pretender dirimir una cuestión que sólo secundariamente afecta al objeto y finalidad de nuestra obra. He aquí esas opiniones:

1. La inhabitación consiste formalmente en una unión física y amistosa entre Dios y el hombre realizada por la gracia, en virtud de la cual

Dios, uno y trino, se da al alma y está personal y substancialmente presente en ella, haciéndola participante de su vida divina.

He aquí cómo explica esta doctrina el P. Galtier, que es uno de sus devotos partidarios. La gracia es corno un sello en materia fluida. Y así como es indispensable para la permanencia de la sigilación en la materia fluida la permanente aplicación del sello, ya que de lo contrario desaparecería la sigilación, de manera semejante para que permanezca la gracia en el alma —que es como la sigilación asimilativa del alma a la divina naturaleza—es menester que permanezca siempre esta divina naturaleza físicamente presente.

Esta interpretación es rechazada por muchos teólogos por cuanto no parece trascender el modo común de existir que Dios tiene por esencia en todas las cosas creadas.

2. Otros teólogos, desde el siglo xiv en adelante, interpretaron el pensamiento del Angélico Doctor como si hubiera puesto la causa formal de la inhabitación en el solo conocimiento y amor sobrenaturales, independientemente de la presencia de inmensidad, esto es, en la sola presencia intencional. Suárez quiso completar esta doctrina con la de la amistad sobrenatural, que establece la caridad entre Dios y el alma, y que reclama y exige, según él, la presencia real—no sólo intencional—de Dios en el alma; de tal manera—dice—, que por la fuerza de esa amistad Dios vendría realmente al alma aunque no estuviera ya en ella por ningún otro título (verbigracia, por la presencia de inmensidad) .

Pero esta explicación suareciana no ha satisfecho a la mayor parte de los teólogos; porque la amistad, como quiera que pertenezca al orden afectivo, no se comprende cómo pueda hacer formalmente presentes a las personas divinas. El amor en cuanto tal no puede hacer físicamente presente al amado, ya que es de orden puramente intencional.

3. Un sector de la escuela tomista, a partir de Juan de Santo Tomás, interpreta al Angélico Doctor en el sentido de que, presupuesta ante todo la presencia de inmensidad, la gracia santificante, por razón de las operaciones . de conocimiento y amor procedentes de la fe y la caridad, es la causa formal de la inhabitación de las divinas personas en el alma del justo. Según esta sentencia, el conocimiento y el amor no constituyen la presencia de Dios en nosotros, sino que, presupuesta esta presencia por la general de inmensidad, la presencia especial de las personas divinas consiste en su conocimiento y amor sobrenaturales, o sea en las operaciones provenientes de la gracia.

Esta teoría, mucho más aceptable que la anterior, parece tener en contra, sin embargo, una dificultad insuperable. Si las operaciones de conocimiento y amor provenientes de la gracia santificante fueran la causa formal de la inhabitación trinitaria, habría que negar el hecho de la inhabitación en los niños bautizados antes del uso déla razón, en los justos dormidos o simplemente distraídos y en toda alma santa que dejara de pensar y de amar, en un momento dado, en las divinas personas. A esta dificultad replican los partidarios de esta teoría que aun en esos casos se daría cierta presencia permanente de la Trinidad por la posesión de los hábitos sobrenaturales de la fe y la caridad, capaces de producir esa presencia. Pero esta respuesta no satisface a muchos teólogos, por cuanto la posesión de esos hábitos sobrenaturales nos daría únicamente la facultad o poder de producir la inhabitación al reducirlos al acto, pero siempre sería verdad que mientras tanto no tendríamos inhabitación propiamente dicha.

4. Otros teólogos, finalmente, propugnan la unión de`la primera y tercera de estas teorías para explicar adecuadamente el hecho de la divina inhabitación. Según ellos, las personas divinas se hacen presentes de algún modo por la eficiencia y conservación de la gracia santificante, ya que esta gracia nos da verdaderamente una participación física y formal de la naturaleza divina en cuanto tal—cosa que no ocurre en la eficiencia y conservación de las cosas puramente naturales—y, por lo mismo, nos da una participación en el misterio de la vida íntima de Dios, aun conservando intacto el principio teológico certísimo de que en las operaciones ad extra obra Dios como uno y no como trino. Presente ya de algún modo la Trinidad en el alma por la gracia, el justo entra en contacto con ella por las operaciones de conocimiento y amor que brotan de la misma gracia. Por la producción de la gracia, Dios se une al alma como principio; y por las operaciones de conocimiento y amor, el alma se une a las divinas personas como término de esas mismas operaciones. De donde la inhabitación trinitaria es un hecho ontológico y psicológico; en primer lugar ontológico (por la producción y conservación de la gracia) y en segundo lugar psicológico (por el conocimiento y amor sobrenaturales).

Como se ve, las opiniones son muchas, y acaso ninguna de ellas nos dé una explicación enteramente satisfactoria del modo misterioso como se realiza la presencia real de las divinas personas en el alma del justo. En todo caso, para la vida de piedad y adelantamiento en la perfección, más que el modo como se realiza, interesa el hecho de la inhabitación, en el cual están absolutamente de acuerdo todos los teólogos católicos.

Prescindiendo, pues, de las diversas teorías formuladas para explicar el modo de la divina inhabitación, vamos a señalar en qué se distingue la presencia de inhabitación de las otras presencias de Dios que señala la teología.

Pueden distinguirse, en efecto, hasta cinco presencias de Dios completamente distintas:

1. PRESENCIA PERSONAL E HIPOSTÁTICA. Es la propia y exclusiva de Jesucristo-hombre. En él la persona divina del Verbo no reside como en un templo, sino que constituye su  propia personalidad, aun en cuanto hombre. En virtud de la  unión hipostática Cristo-hombre es una persona divina, de  ningún modo una persona humana.

2. PRESENCIA EUCARÍSTICA. En la Eucaristía está presente Dios de una manera especial que solamente se da en ella.  Es el ubi eucarístico, que, aunque de una manera directa e inmediata afecta únicamente al cuerpo de Cristo, afecta también  indirectamente a las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad: al Verbo por su unión personal con la humanidad de  Cristo, y al Padre y al Espíritu Santo por la circuminsesión o  presencia mutua de las tres divinas Personas entre sí, que las  hace absolutamente inseparables.

3. PRESENCIA DE VISIÓN. Dios está presente en todas  partes—como veremos en seguida—, pero no en todas se deja  ver. La visión beatífica en el cielo puede considerarse como  una presencia’ especial de Dios distinta de las demás. En el  cielo está Dios dejándose ver.

4. PRESENCIA DE INMENSIDAD. Uno de los atributos de Dios es su inmensidad, en virtud de la cual Dios está realmente presente en todas partes, sin que pueda existir criatura o lugar alguno donde no se encuentre Dios. Y esto por tres capítulos:

POR ESENCIA, en cuanto que Dios está dando el ser a todo cuanto  existe sin descansar un instante, de manera parecida a como la fábrica de

electricidad está enviando sin cesar el fluido eléctrico que mantiene encendida la bombilla. Si Dios suspendiera un solo instante su acción conservadora sobre cualquier ser, desaparecería ipso facto ese ser en la nada, como  la lámpara eléctrica se apaga instantáneamente cuando le cortamos la corriente. En este sentido Dios está presente incluso en un alma en pecado

mortal y en el mismísimo demonio, que no podrían existir sin esa presencia divina.

POR PRESENCIA, en cuanto que Dios tiene continuamente ante sus

ojos todos los seres creados, sin que ninguno de ellos pueda substraerse un  solo instante a su mirada divina.

POR POTENCIA, en cuanto que Dios tiene sometidas a su poder todas las criaturas. Con una sola palabra las creó y con una sola podría aniquilarlas.

5. PRESENCIA DE INHABITACIÓN. Es la presencia especial que establece Dios, uno y trino, en el alma justificada por  la gracia.

¿En qué se distingue esta presencia de inhabitación de la  presencia general de inmensidad?

Ante todo hay que decir que la presencia especial de inhabitación supone y preexige la presencia general de inmensidad,  sin la cual no sería posible. Pero añade a esta presencia general  dos cosas fundamentales, a saber: la paternidad y la amistad divinas, la primera fundada en la gracia santificante y la segunda en la caridad.

Vamos a explicar un poco estas realidades inefables.

LA PATERNIDAD. Propiamente hablando, no puede decirse que  Dios sea Padre de las criaturas en el orden puramente natural. Es verdad  que todas han salido de sus manos creadoras, pero este hecho constituye a  Dios Autor o Creador de todas ellas, pero de ningún modo le hace Padre  de las mismas. El artista que esculpe una estatua en un trozo de madera o  de mármol es el autor de la estatua, pero de ningún modo su padre. Para  ser padre es preciso transmitir la propia vida, esto es, la propia naturaleza  específica, a otro ser viviente de la misma especie.

Por eso, si Dios quería ser nuestro Padre, además de nuestro Creador,  era preciso que nos transmitiese su propia naturaleza divina en toda su  plenitud—y éste es el caso de Jesucristo, Hijo de Dios por naturaleza’~-o, al  menos, una participación real y verdadera de la misma: y éste es el caso del  alma justificada. En virtud de la gracia santificante, que nos da una participación misteriosa, pero muy real y verdadera de la misma naturaleza divina 7, el alma justificada se hace verdaderamente hija de Dios, por una  adopción intrínseca muy superior a las adopciones humanas puramente jurídicas y extrínsecas. Y desde ese momento, Dios, que ya residía en el alma  por su presencia general de inmensidad, comienza a estar en ella como Padre  y a mirarla como verdadera hija suya. Este es el primer aspecto de la presencia de inhabitación, incomparablemente superior, como se ve, a la simple presencia de inmensidad. La presencia de inmensidad es común a todo  cuanto existe (incluso a las piedras y a los mismos demonios). La de inhabitación, en cambio, es propia y exclusiva de los hijos de Dios. Supone siempre la gracia santificante y, por lo mismo, no podría darse sin ella.

LA AMISTAD. Pero la gracia santificante no va nunca sola. Lleva  consigo el maravilloso cortejo de las virtudes infusas, entre las que destaca,  como la más importante y principal, la caridad sobrenatural. Como explicaremos en su lugar, la caridad establece una verdadera y mutua amistad  entre Dios y los hombres: es su esencia misma 8. Por eso al infundirse en  el alma, juntamente con la gracia santificante, la caridad sobrenatural, Dios  comienza a estar en ella de una manera enteramente nueva: ya no está simplemente como autor, sino también como verdadero amigo. He ahí el segundo entrañable aspecto de la divina inhabitación.

Presencia íntima de Dios, uno y trino, como Padre y como  Amigo. Este es el hecho colosal, que constituye la esencia misma de la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma justificada por la gracia y la caridad.

3. Finalidad.—La inhabitación trinitaria en nuestras  almas tiene una finalidad altísima, como no podía menos de  ser así. Es el gran don de Dios, el primero y el mayor de todos los  dones posibles, puesto que nos da la posesión real y verdadera del mismo Ser infinito de Dios. La misma gracia santificante, con ser un don de valor inapreciable, vale infinitamente menos que la divina inhabitación. Esta última recibe en teología el nombre de gracia increada, a diferencia de la gracia habitual o santificante, que se designa con el de gracia creada. Hay un abismo entre una criatura—por muy perf€ cta que sea—y el mismo Creador.

La inhabitación equivale en el cristiano a la unión hipostática en la persona de Cristo, aunque no sea ella, sino la gracia habitual, la que nos constituye formalmente hijos adoptivos de Dios. La gracia santificante penetra y empapa formalmente nuestra alma divinizándola. Pero la divina inhabitación es como la encarnación o inserción en nuestras almas de lo absolutamente divino: del mismo ser de Dios, tal como es en sí mismo, uno en esencia y trino en personas.

Dos son las principales finalidades de la divina inhabitación en nuestras almas. Vamos a exponerlas en otras tantas conclusiones.

Conclusión 1ª: La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para hacernos participantes de su vida íntima divina y transformarnos en Dios.

La vida íntima de Dios consiste, como ya dijimos, en la procesión de las divinas personas—el Verbo, del Padre por vía de generación intelectual; y el Espíritu Santo, del Padre y del Hijo por vía de procedencia afectiva—y en la infinita complacencia que en ello experimentan las divinas personas entre sí.

Ahora bien: por increíble que parezca esta afirmación, la inhabitación trinitaria en nuestras almas tiende, como meta suprema, a hacernos participantes del misterio de la vida íntima divina asociándonos a él y transformándonos en Dios, en la medida en que es posible a una simple criatura, Escuchemos a San Juan de la Cruz—doctor de la Iglesia universal—explicando esta increíble maravilla 9:

«Este aspirar del aire es una habilidad que el alma dice que le dará allí en la comunicación del Espíritu Santo; el cual, a manera de aspirar, con aquella su aspiración divina muy subidamente levanta el alma y la informa y habilita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo que a ella le aspira en el Padre y el Hijo en la dicha transformación, para unirla consigo. Porque no sería verdadera y total transformación si no se transformase   el alma en las tres personas de la Santísima Trinidad en revelado y manifiesto grado.

Y esta tal aspiración del Espíritu Santo en el alma, con que Dios la transforma en sí, le es a ella de tan subido y delicado y profundo deleite, que no hay que decirlo por lengua mortal, ni el entendimiento humano en cuanto tal puede alcanzar algo de ello…

Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿que increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y\ amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad? Pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma; porque esto es estar transformada en las tres personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza…

¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!,‛ ¿qué hacéis? ¿En qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que en tanto que buscáis grandezas y gloria os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos! r

Hasta aquí, San Juan de la Cruz. Realmente el apóstrofe final del sublime místico fontivereño está plenamente justificado. Ante la perspectiva soberana de nuestra total transformación en Dios, el cristiano debería despreciar radicalmente todas las miserias de la tierra y dedicarse con ardor incontenible a intensificar cada vez más su vida trinitaria hasta remontarse poco a poco a las más altas cumbres de la unión mística con Dios. Es lo que sor Isabel de la Trinidad pedía sin cesar a sus divinos huéspedes:

«Que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de Vos, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de vuestro misterio>.

No se vaya a pensar, sin embargo, que esa total transformación en Dios de que hablan los místicos experimentales como coronamiento supremo de la inhabitación trinitaria tiene un sentido panteísta de absorción de la propia personalidad en el torrente de la vida divina. Nada más lejos de esto. La unión panteísta no es propiamente unión, sino negación absoluta de la unión, puesto que uno de los dos términos—la criatura—desaparece al ser absorbido por Dios. La unión mística no es esto. El alma transformada en Dios no pierde jamás su propia personalidad creada. Santo Tomás pone el ejemplo, extraordinariamente gráfico y expresivo, del hierro candente que, sin perder su propia naturaleza de hierro, adquiere las propiedades del fuego y se hace fuego por participación.

Comentando esta divina transformación a base de la imagen del hierro candente escribe con acierto el P. Ramiére:

Es verdad que en el hierro abrasado está la semejanza del fuego, mas no es tal que el más hábil pintor pueda reproducirla sirviéndose de los más vivos colores; ella no puede resultar sino de la presencia y acción del mismo fuego. La presencia del fuego y la combustión del hierro son dos cosas distintas; pues ésta es una manera de ser del hierro, y aquélla una relación del mismo con una substancia extraña. Pero las dos cosas, por distintas que sean, son inseparables una de otra; el fuego no puede estar unido al hierro sin abrasarle, y la combustión del hierro no puede resultar sino de su unión con el fuego.

Así el alma justa posee en sí misma una santidad distinta del Espíritu Santo; mas ella es inseparable de la presencia del Espíritu Santo en esa alma, y, por tanto, es infinitamente superior a la más elevada santidad que pudiera alcanzar un alma en la que no morase el Espíritu Santo. Esta última alma no podría ser divinizada sino moralmente, por la semejanza de sus disposiciones con las de Dios; elocristiano, por el contrario, es divinizado físicamente, y, en cierto sentido, substancialmente, puesto que sin convertirse en una misma substancia y en una misma persona con Dios, posee en sí la substancia de Dios y recibe la comunicación de su vida>.’

Conclusión 2ª: La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para darnos la plena posesión de Dios y el goce fruitivo de las divinas personas.

Dos cosas se contienen en esta conclusión, que vamos a examinar por separado:

a) PARA DARNOS LA PLENA POSESIÓN DE DIOS. Decíamos al hablar de la presencia divina de inmensidad que, en virtud de la misma, Dios estaba íntimamente presente en todas las cosas—incluso en los mismos demonios del infierno—por esencia, presencia y potencia. Y, sin embargo, un ser que no tenga con Dios otro contacto que el que proviene únicamente de esta presencia de inmensidad, propiamente hablando no posee a Dios, puesto que este tesoro infinito no le pertenece en modo alguno. Escuchemos de nuevo al P. Ramiére 12:

«Podemos imaginarnos a un hombre pobrísimo junto a un inmenso tesoro, sin que por estar próximo a él se haga rico, pues lo que hace la riqueza no es la proximidad, sino la posesión del oro. Tal es la diferencia entre el alma justa y el alma del pecador. El pecador, el condenado mismo, tienen a su lado y en sí mismos el bien infinito, y, sin embargo, permanecen en su indigencia, porque este tesoro no les pertenece; al paso que el cristiano en estado de gracia tiene en sí el Espíritu Santo, y con El la plenitud de las gracias celestiales como un tesoro que le pertenece en propiedad y del cual puede usar cuando y como le pareciere

¡Qué grande es la felicidad del cristiano! ¡Qué verdad, bien entendida por nuestro entendimiento, para ensanchar nuestro corazón! ¡Qué influjo en nuestra vida entera si la tuviéramos constantemente ante los ojos! La persuasión que tenemos de la presencia real del cuerpo de Jesucristo en el copón nos inspira el más profundo horror a la profanación de ese vaso de metal. ¡Qué horror tendríamos también a la menor profanación de nuestro cuerpo, si no perdiéramos de vista este dogma de fe, tan cierto como el primero, a saber, la presencia real en nosotros del Espíritu de Jesucristo! ¿Es por ventura el divino Espíritu menos santo que la carne sagrada del Hombre-Dios? ¿O pensamos que da El a la santidad de esos vasos de oro y templos materiales más importancia que a la de sus templos vivos y tabernáculos espirituales?»

Nada, en efecto, debería llenar de tanto horror al cristiano como la posibilidad de perder este tesoro divino por el pecado mortal. Las mayores calamidades y desgracias que podamos imaginar en el plano puramente humano y temporal—enfermedades, calumnias, pérdida de todos los bienes materiales, muerte de los seres queridos, etc., etc.—son cosa de juguete y de risa comparadas con la terrible catástrofe que representa para el alma un solo pecado mortal. Aquí la pérdida es absoluta y rigurosamente infinita.

b) PARA DARNOS EL GOCE FRUITIVO DE LAS DIVINAS PERSONAS. Por más que asombre leerlo, es ésta una de las finali1 dades más entrañables de la divina inhabitación en nuestras i almas.

El príncipe de la teología católica, Santo Tomás de Aquino, escribió en su Suma Teológica estas sorprendentes palabras:

«No se dice que poseamos sino aquello de que libremente podemos usar y disfrutar. Ahora bien, sólo por la gracia santificante tenemos la potestad 1 de disfrutar de la persona divina («potestatem fruendi divina persona»).)

Por el don de la gracia santificante es perfeccionada la criatura racio- C. nal, no sólo para usar libremente de aquel don creado, sino para gozar de t< la misma persona divina («ut ipsa persona divina fruatur»)».

Los místicos experimentales han comprobado en la práctica la profunda realidad de estas palabras. Santa Catalina de Siena, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, sor Isabel de la Trinidad y otros muchos hablan de experiencias trinitarias inefables. Sus descripciones desconciertan, a veces, a los teólogos especulativos, demasiado aficionados, quizá, a medir las grandezas de Dios con la cortedad de la pobre razón humana, aun iluminada por la fe.

Escuchemos algunos testimonios explícitos de los místicos experimentales:

SANTA TERESA. «Quiere ya nuestro buen Dios quitarle las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le hace, aunque es por una manera extraña; y metida en aquella morada por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres personas una substancia y un poder y un saber y un solo Dios. De manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendrían El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos.

¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma; en lo muy muy interior, en una cosa muy honda—que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras—siente en sí esta divina compañía».

SAN JUAN DE LA CRUZ. Ya hemos citado en la conclusión anterior un texto extraordinariamente expresivo. Oigámosle ponderar el deleite inefable que el alma experimenta en su sublime experiencia trinitaria:

«De donde la delicadez del deleite que en este toque se siente, es imposible decirse; ni yo querría hablar de ello, porque no se entienda que aquello no es más de lo que se dice, que no hay vocablos para declarar cosas tan subidas de Dios como en estas almas pasan, de las cuales el propio lenguaje es entenderlo para sí y sentirlo para sí, y callarlo y gozarlo el que lo tiene… y así sólo se puede decir, y con verdad, que a vida eterna sabe; que aunque en esta vida no se goza perfectamente como en la gloria, con todo eso, este toque, por ser toque de Dios, a vida eterna sabe» 16.

SOR ISABEL DE LA TRINIDAD. «He aquí cómo yo entiendo ser la «casa de Dios»: viviendo en el seno de la tranquila Trinidad, en mi abismo interior, en esta fortaleza inexpugnable del santo recogimiento, de que habla San Juan de la Cruz.

David cantaba: «Anhela mi alma y desfallece en los atrios del Señor» (Ps 83,3). Me parece que ésta debe ser la actitud de toda alma que se recoge en sus atrios interiores para contemplar allí a su Dios y ponerse en contacto estrechísimo con El. Se siente desfallecer en un divino desvanecimiento ante la presencia de este Amor todopoderoso, de esta majestad infinita que mora en ella. No es la vida quien la abandona, es ella quien desprecia esta vida natural y quien se retira, porque siente que no es digna de su esencia tan rica, y que se va a morir y a desaparecer en su Dios».

Esta es, en toda su sublime grandeza, una de la finalidades más entrañables de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nuestras almas: darnos una experiencia inefable del gran misterio trinitario, a manera de pregusto y anticipo de la bienaventuranza eterna. Las personas divinas se entregan al alma para que gocemos de ellas, según la asombrosa terminología del Doctor Angélico, plenamente comprobada en la práctica por los místicos experimentales. Y aunque esta inefable experiencia constituye, sin duda alguna, el grado más elevado y sublime de la unión mística con Dios, no representa, sin embargo, un favor de tipo «extraordinario» a la manera de las gracias «gratis dadas»; entra, por el contrario, en el desarrollo normal de la gracia santificante, y todos los cristianos están llamados a estas alturas y a ellas llegarían, efectivamente, si fueran perfectamente fieles a la gracia y no paralizaran con sus continuas resistencias la acción santificadora progresiva del Espíritu Santo. Escuchemos a Santa Teresa proclamando abiertamente esta doctrina;

«Mirad que convida el Señor a todos; pues es la misma verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque nos llamara, no dijera: «Yo os daré de beber» (Io 7,37). Pudiera decir: venid todos, que, en fin, no perderéis nada; y a los que a mí me pareciere, yo los daré de beber. Mas como dijo, sin esta condición, a todos, tengo por cierto que a todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará este agua viva».

Vale la pena, pues, hacer de nuestra parte todo cuanto podamos para disponernos con la gracia de Dios a gozar, aun en este mundo, de esta inefable experiencia trinitaria. Vamos a recordar los principales medios para ello.

4. Modo de vivir el misterio de la divina inhabitación

Exponiendo la espiritualidad eminentemente trinitaria de sor Isabel de la Trinidad, señala con mucho acierto el P. Philipon la manera con que vivía este misterio la célebre carmelita de Dijon. Sus rasgos esenciales pueden reducirse a estos cuatro: fe viva, caridad ardiente, recogimiento profundo y actos fervientes de adoración. Vamos a examinarlos brevemente uno por uno.

a) Fe viva

Escuchemos al P. Philipon en el lugar citado:

«Para avanzar con seguridad en «esta ruta magnífica de la Presencia de Dios», la fe es el acto esencial, el único que nos da acceso al Dios vivo pero oculto. «Para acercarse a Dios es preciso creer» (Hebr I1,6); es San Pablo quien habla así. Y añade todavía: «La fe es la firme seguridad de lo que esperamos, la convicción de lo que no vemos» (Hebr II,I). Es decir, que la fe nos hace de tal manera ciertos y presentes los bienes futuros, que por ella cobran realidad en nuestra alma y subsisten en ella antes de que los gocemos. San Juan de la Cruz dice que ella

Esta fe viva nos ha de empujar incesantemente a recordar el gran misterio permanente en nuestras almas. El ejercicio de la presencia de Dios—cuya gran eficacia santificadora nos parece ocioso ponderar—cobra aquí toda su fuerza y su razón de ser. Es preciso recordar, con la mayor frecuencia que la debilidad humana nos permita, que «somos templos de Dios» y que «el Espíritu de Dios habita dentro de nosotros mismos». En realidad, éste debería ser el pensamiento único, la idea fija y obsesionante de toda alma que aspire de verdad a santificarse. Este es el punto de vista verdaderamente básico y esencial. Todo lo que nos distraiga o aparte de este ejercicio fundamental representa para nosotros la disipación y el extravío de la ruta directa que conduce a Dios.

No es preciso, para ello, sentir a Dios. La fe es enteramente suprasensible e incluso suprarracional. En el mejor de los casos, nos deja entrever a Dios en un misterioso claroscuro y, con frecuencia, no es otra cosa que un cara a cara en las tinieblas. El alma que quiera santificarse de veras ha de prescindir en absoluto de sus sensibilidades y caminar hacia Dios, valiente y esforzada, en medio de todas las soledades y tinieblas. Así lo practicaba la carmelita de Dijon.

Este espíritu de fe viva es el mejor procedimiento y el camino más rápido y seguro para llevarnos a una vida de ardiente amor a Dios, que vale todavía mucho más.

b) Caridad ardiente

La caridad, en efecto, es mejor y vale más que la fe. En absoluto es posible tener fe sin caridad, aunque se trataría de una fe informe, sin valor santificarte alguno. La caridad, en cambio, es la reina de todas las virtudes y va unida siempre, inseparablemente, a la divina gracia y a la presencia inhabitante de Dios.

La caridad nos une más íntimamente a Dios que ninguna otra virtud. Es ella la única que tiene por objeto directo e inmediato al mismo Dios como fin último sobrenatural. Y como Dios es la santidad por esencia y no hay ni puede haber otra santidad posible que la que de El recibamos, síguese que el alma será tanto más santa cuanto más de cerca se allegue a Dios por el impulso de su caridad. La fórmula tan conocida: la santidad es amor, expresa una auténtica y profunda realidad. Por eso el primero y el más grande de los preceptos de Dios tenía que ser forzosamente éste: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deut 6,4; Mc 12,3o).

La Sagrada Escritura y la tradición cristiana universal a través de los Padres de la Iglesia, los doctores y los santos están de acuerdo unánimemente en conceder a la caridad la primacía sobre todas las virtudes. Ella es «la plenitud de la ley» en frase lapidaria de San Pablo (Rom 13,10). San Agustín pudo escribir, sin que nadie le desmintiera, aquella frase simplificadora: «Ama y haz lo que quieras». San Bernardo decía que «la medida del amor a Dios es amarle sin medida». Y el gran teólogo de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, escribió rotundamente: «El amor es formalmente la vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo» 21.

San Juan de la Cruz expresó en un pensamiento sublime la primacía del amor: «A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar a Dios como Dios quiere ser amado y deja tu condición» 22.

He aquí una breve exégesis del espléndido pensamiento:

A LA TARDE, esto es, al declinar el día de nuestra vida mortal.

TE EXAMINARÁN EN EL AMOR: la caridad constituirá la asignatura única—o, al menos, la más importante—de la que habremos de responder ante el supremo examinador (cf. Mt 25,34-40).

APRENDE A AMAR A DIOS COMO DIOS QUIERE SER AMADO, esto es, “con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deut 6,4).

Y DEJA TU CONDICIÓN: Deja ya tu condición humana, tus miras egoístas, tu manera de conducirte puramente natural. Deja ya tu vida de hijo de los hombres, para empezar a vivir de veras tu vida de hijo de Dios.

Lo cual no quiere decir que para santificarse deba el cristiano ingresar en una orden religiosa de vida contemplativa para vivir lejos de las cosas de la tierra. Sería un gran error. La santidad es para todos, y en todos los estados y modos de vida se puede de hecho alcanzar. La clave del secreto está en hacer todas las cosas por amor—»ora comáis, ora bebáis…», decía San Pablo

(I Cor 10,3 I )—, aunque se trate de un vivir sin brillo y sin apariencia humana alguna. Este fue el último pensamiento que sor Isabel de la Trinidad ofreció a sus hermanas que recitaban junto a ella las oraciones de los agonizantes: «A la tarde de la vida todo pasa; sólo permanece el amor. Es preciso hacerlo todo por amor». Y Santa Teresita de Lisieux, la víspera de su muerte, dijo a su hermana Celina que le pedía una palabra de adiós: Ya lo he dicho todo: lo único que vale es el amor.

«Aquí comienza—escribe a este propósito el P. Philipon 23—la diferencia entre los santos y nosotros. En sus acciones los santos buscan la gloria de su Dios, , mientras que muchas almas cristianas no saben encontrar a Dios ni siquiera en la oración, porque se imaginan que la vida espiritual es cierta cosa inaccesible, reservada a un pequeño número de almas privilegiadas, llamadas «místicas», y lo complican todo. La verdadera mística es la del bautismo, en vistas a la Trinidad y bajo el sello del Crucificado, esto es, en la trivialidad de todos los renunciamientos cotidianos>.

c) Recogimiento profundo

Es preciso, sin embargo, evitar la disipación del alma y el derramarse al exterior inútilmente. En cualquier género de vida en que la divina Providencia haya querido colocarnos, se impone siempre la necesidad de recogerse al interior de nuestra alma para entrar en contacto y conversación íntima con nuestros divinos huéspedes. Es inútil tratar de santificarse en medio del bullicio del mundo, sin renunciar a la mayor parte de sus placeres y diversiones, por muy honestos e inocentes que sean. Ni la espiritualidad monástica, ni la llamada «espiritualidad seglar», podrán conducir jamás a nadie a la cima de la perfección cristiana si el alma no renuncia, al precio que sea, a todo lo que pueda disiparla o derramarla al exterior. Sin recogimiento, sin vida de oración, sin trato íntimo con la Santísima Trinidad presente en el fondo de nuestras almas, nadie se santificará jamás, ni en el claustro ni en el mundo. Deberían tener presente este principio indiscutible los que propugnan con tanto entusiasmo una espiritualidad perfectamente compatible con todas las disipaciones de la vida mundana, so pretexto de que «hay que santificarlo todo» y de que el seglar «no puede santificarse a la manera de los monjes» y de que «no puede ni debe renunciar a nada de lo que lleva consigo la vida ordinaria en el mundo», a excepción, naturalmente, del pecado. Los que así piensan pueden tener la seguridad de que no llegarán jamás a la cumbre de la perfección cristiana. Cristo se dirigió a todos los cristianos, y no solamente a los monjes, cuando pronunció aquellas palabras que no perderán jamás su actualidad: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Le 9,23).

d) Actos fervientes de adoración

El recogimiento hacia el interior de nuestra alma ha de impulsarnos a practicar con frecuencia fervientes actos de adoración a nuestros divinos huéspedes. Como es sabido, el mérito sobrenatural no consiste en la mera posesión de los hábitos infusos, sino en su ejercicio o actualización 24. Y cada nuevo aumento de gracia santificante lleva consigo una nueva presencia de la Santísima Trinidad, o sea, una radicación más profunda en lo más hondo de nuestras almas.

Para ello, practiquemos con ferviente espíritu, llenándolas de sentido, nuestras devociones trinitarias:

a) EL «GLORIA PATRI ET FILIO»..., que tantas veces recitamos distraídos, es un excelente acto de adoración y de alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima. Dom Columba Marmión tenía adquirida la costumbre de asociar a cada Gloria Patri del final de los salmos la petición de sentirse y vivir cada vez más intensamente su filiación adoptiva. Es una excelente práctica, altamente santificadora.

b) EL «GLORIA IN EXCELSIS DEO» de la misa es una magnífica plegaria trinitaria, impregnada de alabanza y de amor. Muchas almas interiores hacen consistir su oración mental en irlo recorriendo lentamente, empapando su alma de los sublimes pensamientos que encierra, y dejando arder suavemente su corazón en el fuego del amor.

c) EL «SANCTUS, SANCTUS, SANCTUS», que oyeron cantar en el cielo a los bienaventurados el profeta Isaías (Is 6,3) y el vidente del Apocalipsis (Apoc 4, 8), debería constituir para el cristiano, ya desde esta vida, su himno predilecto de alabanza y de gloria de la Trinidad Beatísima.

El símbolo «Quicumque» es otro motivo bellísimo de santa y fecunda meditación del misterio trinitario.

LA MISA VOTIVA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD era celebrada con frecuencia por San Juan de la Cruz, «porque estoy firmemente persuadido—decía con gracia—que la Santísima Trinidad es el santo más grande del cielo».

En fin: hay otros muchos medios de fomentar en nosotros los actos de adoración a la Trinidad Beatísima. A muchas almas les va muy bien la meditación sosegada y afectiva de la sublime «elevación» de sor Isabel de la Trinidad: «¡Oh Dios mío, Trinidad que adoro!…» Otras se preocupan de multiplicar los actos de adoración, reparación, petición y acción de gracias que son los propios y específicos del sacrificio como supremo acto de culto y veneración a Dios. Otras siguen otros procedimientos y emplean otros métodos que el Espíritu Santo les sugiere. Lo importante es intensificar, como quiera que sea, nuestro contacto íntimo con las divinas personas que están inhabitando con entrañas de amor en lo más hondo de nuestras almas.

(Royo Marín, A., Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 200812, p. 55 – 70)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

El que me ama guardará mis palabras

El que no me ama no guarda mis enseñanzas. Y la doctrina que habéis oído no es mía, sino del Padre que me ha enviado. De modo que quien no guarda mis mandamientos no me ama a Mí ni a mi Padre. Si el signo del amor es guardar los mandamientos, y éstos son también del Padre, quien los guarda ama no solamente al Hijo sino también al Padre. Pero, Señor: ¿cómo tu enseñanza es tuya y no es tuya? Quiere decir: Yo no hablo nada fuera de lo que el Padre quiere que hable; y no hablo nada de Mí mismo, fuera de su voluntad.

Estas cosas os he dicho estando con vosotros. Como esas cosas eran oscuras y otras no las entendían los discípulos, y en muchas andaban dudosos, para que no se conturbaran de nuevo ni dijeran: ¿De qué preceptos se trata?, les quita toda ansiedad diciendo: El Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, Él os lo enseñará todo. Como si les dijera: Ahora se os dicen muchas cosas quizá oscuras; pero ese Maestro os aclarará todo. Con la expresión: El permanecerá con vosotros, les daba a entender que Él se marcharía. Más luego, para que no se entristezcan dice que mientras El permanezca con ellos y no venga el Espíritu Santo, no serán capaces de entender nada elevado y sublime.

Les habla así preparándolos para que lleven su partida con magnanimidad, ya que ella les acarreará grandes bienes. Y con frecuencia lo llama Paráclito, o sea Consolador, a causa, de las tristezas que entonces los afligían oyendo tales cosas y pensando en las dificultades y luchas y en la partida de Él. Y así los con-suela de nuevo diciendo: La paz os dejo. Como si dijera: ¿Qué daño puede veniros de las mundanas perturbaciones si estáis en paz conmigo? Porque esta paz no es como la otra. La paz exterior con frecuencia es dañosa e inútil y en nada aprovecha. Yo, en cambio, os doy una paz que guardaréis entre vosotros mismos, y os hará más fuertes. Pero como de nuevo repitiera la expresión: Os dejo, que es propia de quien se ausenta y esto podía perturbarlos, nuevamente les dice: No tengáis ya más el corazón angustiado y pusilánime. ¿Adviertes cómo ellos en parte por el amor y en parte por el miedo se hallaban conturbados?

Habéis oído que os dije: Me voy al Padre y vuelvo a vosotros. Si me amáis, os gozaríais en verdad de que me vaya al Padre, porque el Padre es mayor que Yo. Pero esto ¿qué consuelo o qué gozo podía proporcionarles? Entonces ¿qué es lo que les quiere decir? Nada sabían aún ellos de lo que era la resurrección ni tenían de Cristo la debida opinión; ¿ni cómo la podían tener cuando ni siquiera sabían que Él había de resucitar? En cambio, del Padre tenían una gran idea. Es pues como si les dijera: Si teméis por Mí como si no pudiera defenderme; si no confiáis en que Yo después de la crucifixión pueda volver a veros, a pesar de todo eso convenía que os alegrarais oyendo que voy al Padre, pues voy a quien es mayor y desde allá puedo remediarlo todo.

Habéis oído que os dije. ¿Por qué añadió esto? Fue como decirles: De tal manera confío en la empresa llevada a cabo, que no temo predecirlo. Así os he dicho esto y lo que luego sucederá: Os lo he dicho antes de que suceda para que cuando, suceda creáis que Yo soy. Es decir: ¿podíais acaso saberlo si, Yo no os lo dijera, o podía Yo decirlo si no confiara en que sucederá? ¿Observas cómo atempera su lenguaje a la capacidad de los oyentes? Lo mismo cuando dijo: ¿Pensáis acaso que no puedo rogar a mi Padre y al punto pondría a mi disposición doce legiones de ángeles? , habló conformándose con la opinión de sus oyentes. Pues nadie que esté en su juicio asevera que no pudo defenderse y que necesitó del auxilio de los ángeles. Sino que, pues lo tenían como solo hombre, dijo: Doce legiones de ángeles. Y sin embargo le bastó con una pregunta para echar por tierra al enemigo.

Si alguno afirmara que el Padre es mayor en cuanto es principio del Hijo, no le contradiremos. Pero esto no hace que el Hijo sea de otra substancia. Es como si dijera: Mientras Yo estuviere acá, es justo que vosotros penséis que me encuentro en peligro; pero si voy al Padre, confiad, pues ya estaré seguro, puesto que a Él nadie puede vencerlo. Pero todo eso lo decía abajándose a la rudeza de los discípulos. Como si dijera: Por mi parte, Yo confío y para nada me preocupa la muerte. Por lo cual añade: Estas cosas os he dicho antes de que sucedan. Puesto que vosotros no podéis aún comprender lo que os digo acerca de eso, os traigo el consuelo haciendo referencia al Padre, al cual vosotros llamáis grande.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LXXV (LXXIV), Tradición México 1981, p. 265-67

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO Y LA INHABITACIÓN TRINITARIA

En este sexto domingo de Pascua la Iglesia nos propone para nuestra reflexión este riquísimo pasaje tornado del largo sermón de despedida de Nuestro Señor a los Apóstoles durante la Última Cena, y que sólo narra San Juan Evangelista.

Ubiquémonos primero en el contexto. Cristo, de cara a su inminente Pasión, y ante la consternación y aturdimiento de sus discípulos, que perciben claramente el final próximo y trágico, abre a éstos los tesoros ocultos de su corazón y les transmite los secretos más profundos de la sabiduría que el Padre le ordenó manifestar a los hombres.

Ante todo, Cristo nos exhorta al amor, a la caridad, la más grande de las virtudes teologales, y el vínculo de la perfección. Pero Nuestro Señor es realista. Sabe que es muy fácil al ser humano, que depende en gran medida de la sensibilidad y de su imaginación, ilusionarse y creer efectivamente que ama con amor de caridad, sin que esto pase en muchos casos de un mero estado afectivo y sensible.

Dios no se mueve en el plano ilusorio sino en la realidad, pues Él es el que es; por consiguiente, lo que Él pide no es tanto un amor afectivo, que en algunas ocasiones puede faltar, sino sobre todo efectiva “El que me ama será fiel a mi palabra”, nos dice en este evangelio; y en otra oportunidad: “El que me ama cumplirá mis mandamientos”. El tema de la caridad efectiva es muy caro a San Juan Evangelista, el Apóstol del amor, quien sabía bien en qué consiste la caridad, y que ha gustado repetir hasta el cansancio esta verdad fundamental: “Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad”.

Todas estas cosas parecen muy evidentes y sabidas, pero es necesario repetirlas siempre, tal como lo hace la Sagrada Escritura, por la fragilidad del hombre caído, inherente al estado en que se encuentra la humanidad, y también por las características especiales de la época que nos toca vivir, en la cual, so capa de un sedicente amor cristiano, se cometen las más grandes aberraciones en medio de una descarada hipocresía. Esta es tal vez la nota más característica del mundo moderno, la hipocresía de aquellos que a pesar de las categóricas enseñanzas de Cristo, tratan de tergiversar de todas maneras el mensaje del Señor. No por nada este mundo se ve poblado de eufemismos. Así, por ejemplo, no se duda en llamar “planificación familiar” al crimen horrendo del aborto, o “adultez” y “madurez” al desenfreno de las pasiones más bajas del ser humano, o “amor amplio y sin barreras” a la aceptación de la homosexualidad y el lesbianismo, etc.

Pero no nos quedemos en lo bajo y negativo. Levantemos la mirada, y pasemos a considerar las maravillas que Dios tiene prometidas a aquellos que lo aman.

Para decirlo de entrada y en bloque: a aquel que lo ama, Nuestro Señor le promete no sólo una cierta benevolencia o condescendencia por parte de la divinidad, lo cual ya ubicaría al Cristianismo muy por encima de toda religión pagana; ni siquiera le promete simplemente su amor. A lo que se compromete es a enviarle el Amor, así con mayúscula, o sea el amor substancial y personal, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Amor de Dios en Dios, el Espíritu Santo.

Tratase de una doctrina elevadísima, que constituye el corazón y el núcleo del Cristianismo. Para que se pueda apreciar en alguna medida su importancia, relataremos un episodio que desde la primera vez que lo leímos nos causó una profunda Impresión, y que creemos arroja abundante luz sobre todo esto.

En el siglo pasado vivió en Rusia un santo monje, o staretz, como allí les denominan, llamado Serafín de Sarov. Este santo, canonizado luego de su muerte por la Iglesia Ortodoxa Rusa, luego de décadas de soledad y penitencia, abandonó su retiro en los últimos años de su vida para dedicarse a atender a los numerosísimos peregrinos que de todas partes acudían para recibir de él una palabra de vida, e incluso para ser curados milagrosamente de diversas dolencias y males. Un buen día fue a visitar a San Serafín un laico llamado Motovilov, quien desde su juventud se había visto atormentado por la siguiente pregunta: ¿cuál es el sentido y el fin de la vida cristiana? Acicateado por esta cuestión recorrió toda Rusia, consultando a los más diversos personajes y dignatarios eclesiásticos, sin encontrar la respuesta que lo satisficiera. Hasta que un día, cansado de tanto recorrer, decidió ir a ver al santo eremita de Sarov. San Serafín no necesitó que Motovilov le formulase la pregunta, sino que simplemente le dijo poco más o menos lo siguiente: “Querido hijo, sé qué es lo que te trae por aquí. La respuesta a la cuestión que te has planteado es ésta: el fin y el objeto de la vida cristiana no consiste en los ayunos, las vigilias o las penitencias, sino en la adquisición del Espíritu Santo”. San Serafín pasó del dicho al hecho, y tomando a Motovilov por los hombros, lo hizo participar experimental-mente de la inhabitación del Santo Espíritu, así como del gozo y de la paz que Él trae al alma.

Tal es el fin y el objeto de nuestras vidas, adquirir el Espíritu Santo, al Dios vivo y verdadero, inhabitante en lo más profundo de nuestras almas. Y si el Espíritu Santo nos inhabita, también lo harán las otras dos Personas de la Santísima Trinidad, pues donde está una están las tres: “Iremos a él y habitaremos en él”, nos dice Jesús en el evangelio de hoy. Ésta es la doctrina de la inhabitación trinitaria, la cúspide y culminación de la revelación cristiana, y la razón de ser de la Encarnación del Verbo: “Yo he venido para que tengáis vida, y la tengáis en abundancia”.

Si la inhabitación trinitaria nos comunica la vida divina, su efecto inmediato no puede ser sino uno: la divinización del hombre, o theosis, como la llaman los Padres griegos. Ésta parece una expresión arriesgada para nosotros, cristianos de finales del siglo XX, mucho más acostumbrados a una religión de pequeñas devociones sensibles y de un mero cumplimiento de preceptos negativos. Sin embargo, es absolutamente verdadera. Como enseñan los Padres, Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera llegar a ser Dios. Dios por participación y por gracia, no por naturaleza, como el Increado, se sobreentiende.

Ésta es, en consecuencia, la verdadera imagen del cristiano, la de un ser que recibió en el bautismo la semilla de la divinidad en su alma, y que procura por medio de sus actos libres, y mediante esa misma gracia, hacerla crecer y desarrollarse hasta convertirse en un árbol frondoso y divino “donde anidan los pájaros del cielo”.

Dada esta verdad fundamental, se comprenden las restantes palabras de Nuestro Señor en el presente evangelio: “El Paráclito… os enseñará todo”. El Espíritu Santo es el Paráclito, o sea el co-estante, el sostén, como traduce el P. Castellani, el soporte personal y divino que acompaña al cristiano en gracia durante toda su vida. Es, por lo tanto, el Maestro divino, el Maestro por antonomasia, que ilumina interiormente el alma y le recuerda todo lo que Cristo enseñó, muchas veces con palabras inefables. Esto no significa, por supuesto, que el cristiano pneumatizado se in-dependiza del Magisterio y de los buenos pastores, sino todo lo contrario: ese sello divino e interior es el que le permitirá discernir entre la verdad y el error, entre el buen y el mal pastor, y reconocer en aquél la voz del Divino Maestro. Los aspectos pneumático y jerárquico de la Iglesia no se oponen dialécticamente, como a muchos les gusta pensar, sino que se complementan, e interpenetran incluso, a semejanza de las divinas Personas de las que son participación.

La consecuencia inmediata de todo esto no puede ser otra que la alegría, la paz y la serenidad de un alma poseída por Dios, y radicalmente separada de lo mundano, más cerca de la eternidad que del tiempo: “Os dejo la paz, os doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No os inquietéis ni temáis!” A esta altura sería ya redundante hablar, como arriba lo hemos indicado, de la falsificación que el mundo moderno ha hecho de la palabra paz, convirtiéndola en sinónimo de aburguesamiento y de comodidad, cuando no de cobardía, en el plano individual, e incluso del más burdo imperialismo u opresión camuflada de una nación sobre otra, en el plano social. La paz verdadera es algo esencialmente interior al hombre, fruto de su amistad con Dios, y que sólo en un segundo momento se irradia hacia el exterior e impregna lo social.

Finalmente, reflexionemos por un instante en las misteriosas palabras que dice el Señor en nuestro texto evangélico, palabras que han hecho correr ríos de tinta… y de sangre, por tratarse de uno de los apoyos escriturísticos de la más grande herejía aparecida en los primeros siglos de la Iglesia, el arrianismo, que no está tan muerta como puede parecer. Nos referimos evidentemente a las palabras: “El Padre es más grande que yo”.

¿Cómo deben interpretarse? Evidentemente, si se saca la frase de contexto, recurso tan caro a los protestantes y racionalistas bíblicos de todas las épocas, llegaremos a una conclusión herética, negadora de la Trinidad y de la divinidad de Cristo. La solución no resulta difícil si se aplican dos principios elementales de la sana exégesis: la Escritura debe comprenderse en su conjunto, y el texto más oscuro ha de interpretarse a la luz del más claro. Si Cristo había dicho poco antes que el Padre está en Él y que Él es en el Padre, más aún, que el Padre y Él son uno, el texto que nos ocupa debe entenderse a la luz de aquellas palabras, y de enseñanza constante de la Iglesia acerca de la igualdad de las Personas en la Trinidad.

¿Qué quiso entonces decir Nuestro Señor? Según señal acertadamente el P. Castellani, Cristo está aquí hablando como Dios-hombre, por lo tanto “anonadado”, como dice San Pablo velando su gloria divina. Ése es el precio que el Verbo pagó por redimirnos. Pero ese ocultamiento de la divinidad duraría poco más. Cuando el Señor profiere estas palabras, ya está en el umbral de su Pasión. Pronto moriría y vencería a la muerte resucitando con su cuerpo glorioso, para luego ascender con éste al seno de la Santísima Trinidad, que como Verbo nunca dejó.

Ahora sí se entienden las palabras del Señor: “Si me amarais os alegraríais de que vuelva junto al Padre, porque el Padre e mayor que yo”. Si me amarais, os alegraríais de que cumpla ni misión, venza al demonio y a la muerte y manifieste toda ni gloria, incluso en mi naturaleza humana. También la gloria de cristiano, a semejanza del divino Maestro, es morir y resucitar por su nombre, y así glorificar a Dios.

Que por la iluminación de su Paráclito, el Señor nos conceda profundizar en estas verdades y hacerlas vida en nosotros de modo que así podamos alcanzar la gloria que Él predestinó pan los suyos desde toda la eternidad.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 163-168)

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Juan Pablo II

 

La lectura de hoy del Evangelio de San Juan hace referencia al discurso de adiós del Cenáculo el Jueves Santo, cuando Cristo anunció su partida a los Apóstoles para prepararles a este hecho.

Al anunciar su marcha de esta tierra a los Apóstoles, Cristo dice así: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Pensad en el significado y fuerza de la enseñanza que transmitió Cristo durante su misión mesiánica en la tierra. Dicha enseñanza nos une perennemente no sólo a nuestro Redentor, sino también al Padre: “La palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn 14,24).

Por tanto, con la fuerza de esta enseñanza el Padre viene a quienes la siguen, viene a la Iglesia el Hijo junto con el Padre y el Padre junto con el Hijo.

La fidelidad a la enseñanza que nos ha transmitido Cristo es la fuente de la relación vivificante con el Padre a través del Hijo.

Dejada la tierra, Cristo sigue en unión constante con su Iglesia a través de la enseñanza transmitida a los Apóstoles.

Por esto precisamente es tan fundamental para la Iglesia observar con fidelidad dicha enseñanza. De este empeño rinde testimonio el primer Concilio Apostólico. El afán de los sucesores de los Apóstoles no es otro que el de que la Iglesia se mantenga en la enseñanza que Cristo le transmitió y que a través de la fidelidad a la enseñanza “moren” en la comunidad de los fieles el Padre junto con el Hijo.

El segundo pensamiento del Evangelio de hoy está relacionado con el Espíritu Santo: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26).

De modo que por segunda vez oímos hablar de “enseñanza”. Sabemos ya cuál es el significado de esta enseñanza verdadera transmitida por Cristo a la Iglesia a fin de unirla con el Padre y el Hijo. Esta enseñanza y esta doctrina han sido confiadas a los Apóstoles y a sus sucesores. Pero al mismo tiempo el Espíritu Santo que manda el Padre en nombre del Hijo custodia a la manera divina la misma doctrina y su misma enseñanza. El Espíritu enseña a la Iglesia de modo invisible y conserva en la memoria y en la enseñanza de la Iglesia todo lo que Cristo transmitió a los hombres de parte del Padre.

Por medio de lo que es el Espíritu Santo junto a la Iglesia y a través de la ayuda que El presta a su enseñanza, el Padre y el Hijo pueden “morar” siempre en las almas de los fieles.

El tercer pensamiento del Evangelio nos habla de la marcha del Maestro que podía levantar inquietud y temor en el corazón de los Apóstoles. Cristo sale al encuentro de tal inquietud y temor diciendo: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27). Y al mismo tiempo les da seguridad: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27).

Les da la paz cuando son ya inminentes los acontecimientos que les iban a sacudir hondamente. Les da esa paz que el “mundo no puede dar”, precisamente gracias al hecho de que Él se va al Padre. Esta marcha es el comienzo de la nueva venida del Espíritu Santo: “Habéis oído que os he dicho: “Me voy y volveré a vosotros.” Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo” (Jn 14,28).

Esta separación marca el comienzo de la venida permanente de Cristo en el Espíritu Santo. A quien sigue sus enseñanzas viene el Padre junto con el Hijo y ambos establecen su morada en ellos. Y el Espíritu Santo, custodiando esta enseñanza en la inteligencia y en el corazón de los discípulos, hace que Cristo esté siempre con su Iglesia. Y el Padre está siempre con ella por medio de Cristo.

Precisamente en esto reside la fuente de la paz de la Iglesia aun en las experiencias, sobresaltos y persecuciones más fuertes. A veces el corazón humano se altera y teme, pero la Iglesia se mantiene en la paz divina que le dio Cristo a la hora de partir.

Y todos los días en la Santa Misa, la Iglesia recuerda esta paz. Pide esta paz para sí y para los hombres. Esta paz es también un gustar anticipado de la paz perfecta y felicidad de la Ciudad Santa de que se habla en la segunda lectura. Dicha Ciudad Santa, la Jerusalén que desciende de Dios, contiene en sí la plenitud de la gloria divina. Es asimismo el destino eterno del hombre y la realización cumplida de la Iglesia terrena.

Oremos ardientemente con las palabras del Salmista: “El Señor tenga piedad y nos bendiga,/ ilumine su rostro sobre nosotros;/ conozca la tierra tus caminos,/ todos los pueblos tu salvación” (Sal 66(67)).

(Ostia, parroquia de Santa Mónica, 8 de mayo de 1983)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La presencia de Cristo en el alma

            Cuando Cristo les dice a sus discípulos que se va nace en ellos una tentación de futuro: ¿qué será de nosotros sin el Maestro? Tentación que los lleva a la inseguridad, al miedo y a la tristeza. Y Cristo compadecido de ellos sale al paso de la tentación prometiéndoles acompañarlos.

            Todo el capítulo 14 de San Juan es una consolación a los discípulos por medio de promesas para disipar el estado en el que quedaron después de revelarles su partida.

            Comienza el capítulo diciendo “no se turbe vuestro corazón” y en esta frase se resume todo lo que Cristo va a decir en el resto del capítulo.

            En el pasaje que estamos meditando es la promesa de seguir viviendo espiritualmente con ellos.

            Jesús va a quedarse con ellos. Es el tiempo que va desde su resurrección y ascensión hasta su segunda venida. Es la presencia de Cristo en la Iglesia y en cada alma. Presencia reservada a los fieles. Presencia real pero no sensible, sino, espiritual, vital y mística.

            ¡Qué seguridad y que consuelo inmenso tener a Dios uno y trino habitando en nosotros y que Cristo no se vaya de nuestro lado! Ahora Cristo está junto a nosotros con una presencia más poderosa que cuando vivía en la tierra y en su condición mortal. Esta sentado a la diestra del Padre, es decir, Cristo, el hombre-Dios, tiene la misma dignidad y poder que el Padre.

En todo caso, lo que se puede deducir de ello es que los discípulos no se sienten abandonados; no creen que Jesús se haya como disipado en un cielo inaccesible y lejano. Evidentemente, están seguros de una presencia nueva de Jesús. Están seguros de que el Resucitado (como Él mismo había dicho, según Mateo), está presente entre ellos, precisamente ahora, de una manera nueva y poderosa. Ellos saben que “la derecha de Dios”, donde Él está ahora “enaltecido”, implica un nuevo modo de su presencia, que ya no se puede perder; el modo en que únicamente Dios puede sernos cercano.

La alegría de los discípulos después de la “ascensión” corrige nuestra imagen de este acontecimiento. La “ascensión” no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera[1].

Por eso San Pablo exclamaba sabiéndose junto a Cristo y amado por Él: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? […] en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro”[2].

            Cuando los miedos y las tristezas nos atormenten pensemos en esta verdad que no es promesa como fue para los apóstoles sino realidad presente. Cristo, junto con el Padre y el Espíritu Santo moran en nosotros.

            Cristo sólo deja de manifestarse y vivir en nosotros cuando dejamos de amarlo, cuando dejamos de cumplir sus mandamientos, cuando nos dejamos atrapar por el mundo.

*          *          *

El que ama a Cristo cumple sus mandamientos y escucha sus enseñanzas.

            El que ama a Cristo es amado por Cristo y por el Padre.

            Al que ama a Cristo, Cristo se le manifiesta y hace su morada en él junto con el Padre.

            El amor está en las obras. Se manifiesta cumpliendo lo que Cristo manda. Y para obrar lo que Cristo manda hay que escuchar a Cristo.

            Los Evangelios narran lo que Cristo enseñó y mandó.

            El amor a Cristo surge de una relación íntima con Él, de un conocimiento profundo de su vida. Conocimiento que se da por la lectura y meditación de las Sagradas Escrituras y sobre todo por un conocimiento personal con Jesús en la oración.

            El amor a Jesús, nos dice el Evangelio, trae dos gracias: Jesús se manifiesta al que lo ama y hace su morada en él. Viene a él junto con el Padre y el Espíritu Santo.

            Cada obra hecha por amor, cada acto de amor en la oración, da luz al hombre y produce una nueva venida de la Santísima Trinidad.

            Lo que dificulta el amor a Dios y al prójimo es nuestro egoísmo. Por eso al darnos sus mandamientos Dios nos da la herramienta para vencer nuestro egoísmo que nos mueve a hacer lo que queremos. Los mandamientos nos encaminan, aunque sea por el temor, a vencer nuestro egoísmo y a someternos al querer de Dios. Hay un primer paso para salir de nosotros mismos y es vivir en Dios porque cumplir los mandamientos es someter nuestra voluntad a la de Dios.

            Y el cumplimiento de los mandamientos nos lleva al amor de Cristo. Y cuando Cristo es amado nos ilumina y se da a conocer y viene a nosotros y esto produce en nosotros un crecimiento en el amor y nos saca de nosotros.

            Cuando nos enamoramos de Cristo y vivimos en comunicación con Él, y con el Padre y el Espíritu Santo que habitan en nosotros, sucede lo siguiente: cada vez vamos saliendo más de nosotros mismos para vivir en Dios y cuando vivimos en Dios vivimos en el amor y el amor expulsa el temor y el amor reemplaza a los mandamientos.

            Es paradójico, pero salir de nosotros es entrar en nosotros. Dejar el egoísmo es renunciar al yo exterior para vivir en el yo más profundo que es donde mora Dios uno y trino.

            El verdadero amor al prójimo que es el que nos hace salir de nosotros mismos nace de la unión con Dios en nuestro interior y sólo será verdadero amor al prójimo cuando nazca de ese amor que hay entre Dios y nosotros. El verdadero acto de amor al prójimo es un impulso que produce un acto de amor a Dios en nuestro interior. Ese acto es una chispa que nos hace encendernos al exterior en un fuego inextinguible que abraza a nuestros hermanos.

            Esos actos de amor no son tan razonados cuanto impulsivos sin negar que sean más voluntarios aún que los razonados. Unos son más humanos, los primeros, los otros más divinos, son movidos por el Espíritu Santo.

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[1] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (II),
[2] Rm 8, 35-39

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Directorio Homilético

 

Sexto domingo de Pascua

CEC 2746-2751: la oración de Cristo en la Última Cena

CEC 243, 388, 692, 729, 1433, 1848: el Espíritu Santo, abogado/consolador

CEC 1965-1974: la nueva Ley perfecciona la Ley antigua

CEC 865, 869, 1045, 1090, 1198, 2016: la Jerusalén celeste

LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la “hora de Jesús” sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747 La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en El (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, la humillación y la Gloria. Es la oración de la unidad.

2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la “hora de Jesús” llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrator. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que él nos enseña: “Padre Nuestro”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padrenuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la Gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751   Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

243                       Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de “otro Paráclito” (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y “por los profetas” (Credo de Nicea-Constantinopla), estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos “hasta la verdad completa” (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

388   Con el desarrollo de la Revelación se va iluminando también la realidad del pecado. Aunque el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento conoció de alguna manera la condición humana a la luz de la historia de la caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el significado último de esta historia que sólo se manifiesta a la luz de la Muerte y de la Resurrección de Jesucristo (cf. Rm 5,12-21). Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado. El Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien vino “a convencer al mundo en lo referente al pecado” (Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.

692   Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el “Paráclito”, literalmente “aquél que es llamado junto a uno”, “advocatus” (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7). “Paráclito” se traduce habitualmente por “Consolador”, siendo Jesús el primer consolador (cf. 1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo “Espíritu de Verdad” (Jn 16, 13).

729   Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

1433 Después de Pascua, el Espíritu Santo “convence al mundo en lo referente al pecado” (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador (cf Jn 15,26) que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2,36-38; Juan Pablo II, DeV 27-48).

1848 Como afirma S. Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

          La conversión exige la convicción del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: “Recibid el Espíritu Santo”. Así, pues, en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una “doble dádiva”: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (DeV 31).

III       LA LEY NUEVA O LEY EVANGELICA

1965 La ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y se expresa particularmente en el Sermón de la montaña. Es también obra del Espíritu Santo, y por él viene a ser la ley interior de la caridad: “Concertaré con la casa de Israel una alianza nueva…pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Hb 8,8-10; cf Jr 31,31-34).

1966 La ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Obra por la caridad, utiliza el Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para comunicarnos la gracia de hacerlo:

          El que quiera meditar con piedad y perspicacia el Sermón que nuestro Señor pronunció en la montaña, según lo leemos en el Evangelio de S. Mateo, encontrará en él sin duda alguna la carta perfecta de la vida cristiana…Este Sermón contiene todos los preceptos propios para guiar la vida cristiana (S. Agustín, serm. Dom. 1,1):

1967 La Ley evangélica “da cumplimiento” (cf Mt 5,17-19), purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En las “Bienaventuranzas” da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al “Reino de los Cielos”. Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.

1968 La Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella las virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro (cf Mt 15,18-19), donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre celestial (cf Mt 5,48), mediante el perdón de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la generosidad divina (cf Mt 5,44).

1969 La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al “Padre que ve en lo secreto” por oposición al deseo “de ser visto por los hombres” (cf Mt 6,1-6. 16-18). Su oración es el Padre Nuestro (Mt 6,9-13).

1970 La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre “los dos caminos” (cf Mt 7,13-14) y la práctica de las palabras del Señor (cf Mt 7,21-27); está resumida en la regla de oro: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque esta es la Ley y los profetas” (Mt 7,12; cf Lc 6,31).

          Toda la Ley evangélica está contenida en el “mandamiento nuevo” de Jesús (Jn 13,34): amarnos los unos a los otros como él nos ha amado (cf Jn 15,12).

1971 Al Sermón del monte conviene añadir la catequesis mora l de las enseñanzas apostólicas, como Rm 12-15; 1 Co 12-13; Col 3-4; Ef 4-5, etc. Esta doctrina trasmite la enseñanza del Señor con la autoridad de los apóstoles, especialmente exponiendo las virtudes que se derivan de la fe en Cristo y que anima la caridad, el principal don del Espíritu Santo. “Vuestra caridad se sin fingimiento…amándoos cordialmente los unos a los otros…con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad” (Rm 12,9-13). Esta catequesis nos enseña también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra relación con Cristo y con la Iglesia (cf Rm 14; 1 Co 5-10).

1972 La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad (cf St 1,25; 2,12), porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo “que ignora lo que hace su señor”, a la de amigo de Cristo, “porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15), o también a la condición de hijo heredero (cf Gál 4,1-7. 21-31; Rm 8,15).

1973 Más allá de los preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos de Dios y consejos evangélicos se establece por relación a la caridad, perfección de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar loo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad (cf S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 184,3).

1974 Los consejos evangélicos manifiestan la plenitud viva de una caridad que nunca se sacia. Atestiguan su fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo. Los consejos indican vías más directas, medios más apropiados, y han de practicarse según la vocación de cada uno:

          (Dios) no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas leyes y de todas las acciones cristianas, la que da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor (S. Francisco de Sales, amor 8,6).

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Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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