Archivos mensuales: marzo 2016

Domingo II de Pascua (C)

03
abril

Domingo II de Pascua (C)

 

 Domingo de la Divina

Misericordia

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Nota sobre las Lecturas del Tiempo Pascual

Respecto a las lecturas de los domingos del Tiempo Pascual, dicen los Prenotanda del Leccionario:

“Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. Los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena.

“La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, en el ciclo de los tres años, de modo paralelo y progresivo; de este modo, cada año se ofrecen algunas manifestaciones de la vida, testimonio y progreso de la Iglesia primitiva.

“Para la lectura apostólica, el año A se lee la primera carta de san Pedro, el año B la primera carta de san Juan, el año C el Apocalipsis; estos textos están muy de acuerdo con el espíritu de una fe alegre y una firme esperanza, propio de este tiempo.” (Prenotanda del Leccionario, nº 100)

Para tener en cuenta entonces: en el Tiempo Pascual los evangelios de los domingos son los mismos para los tres ciclos. Las que sí varían según cada ciclo son la primera y la segunda lectura. La primera es siempre (para los tres ciclos) tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, pero en cada ciclo se presentan textos diferentes de ese mismo libro. La segunda lectura se toma, para el Ciclo A, de la primera carta de San Pedro; para el Ciclo B, de la primera carta de San Juan; para el Ciclo C, del Apocalipsis. Es necesario prestar atención al comentario que hacen los Prenotanda a estos tres libros del Nuevo Testamento: presentan una fe alegre y una firme esperanza, propias de este Tiempo Pascual. Por lo tanto, en el momento de preparar la homilía, esta indicación puede ser muy útil, ya que de esta segunda lectura pueden tomarse elementos que sirvan al oyente para captar el espíritu de este tiempo.

Respecto a las ferias del Tiempo Pascual dicen los Prenotanda del Leccionario:

“La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, como los domingos, de modo semi-continuo.

“En el Evangelio, dentro de la octava de Pascua, se leen los relatos de las apariciones del Señor. Después, se hace una lectura semi-continua del Evangelio de san Juan, del cual se toman ahora los textos de índole más bien pascual, para completar así la lectura ya empezada en el tiempo de Cuaresma. En esta lectura pascual ocupan una gran parte el discurso y la oración del Señor después de la cena”. (Prenotanda del Leccionario, nº 101).

El nº 102 de los Prenotanda explica en detalle la distribución de las lecturas para las solemnidades de la Ascensión y de Pentecostés.

Es necesario prestar atención al hecho de que tanto en los domingos como en las ferias del Tiempo Pascual se le da un lugar preferencial al discurso y oración del Señor después de la cena, que San Juan consignó en su evangelio. El estudio de este texto será un instrumento privilegiado para la preparación de las homilías del Tiempo Pascual.

Una última acotación sobre este Domingo II de Pascua. Dice San Juan Pablo II: “Este segundo domingo de Pascua a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de “domingo de la Misericordia Divina”” (Homilía en la canonización de Santa Faustina, 30 de abril de 2000). Por lo tanto, el título de “Domingo de la Divina Misericordia” es un título litúrgico y canónico, no meramente piadoso y devocional. Por lo tanto, esto es también una clara indicación para la preparación y realización de la homilía de este domingo.

P. Lic. José Antonio Marcone, I.V.E.

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo II de Pascua (C)

(Domingo 3 de abril de 2016)

 Domingo de la Divina Misericordia

LECTURAS

Aumentaba cada vez más

el número de los que creían en el Señor;

tanto hombres como mujeres

Lectura de los Hechos de los Apóstoles                         5, 12-16

Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón, pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos.

Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres. Y hasta sacaban a los enfer­mos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuan­do Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jeru­salén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y to­dos quedaban sanados.

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial              117, 2-4. 22-27a

R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,

porque es eterno su amor!

Que lo diga el pueblo de Israel:

¡es eterno su amor!

Que lo diga la familia de Aarón:

¡es eterno su amor!

Que lo digan los que temen al Señor:

¡es eterno su amor! R.

La piedra que desecharon los constructores

es ahora la piedra angular.

Esto ha sido hecho por el Señor

y es admirable a nuestros ojos.

Éste es el día que hizo el Señor:

 alegrémonos y regocijémonos en él. R.

Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:

el Señor es Dios, y Él nos ilumina. R.

Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre

Lectura del libro del Apocalipsis                    1.9-11a. 12-13. 17-19

Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tri­bulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: «Es­cribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias que están en Asia».

Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien seme­jante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro.

Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándo­me con su mano derecha, me dijo: «No temas: Yo soy el Pri­mero y el Último, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo. Es­cribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro».

Palabra de Dios.

Evangelio

Ocho días más tarde, apareció Jesús

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan          20, 19-31

 

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cenadas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo:

«¡La paz esté con ustedes!

Como el Padre me envió a mí,

Yo también los envío a ustedes».

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:

«Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados

a los que ustedes se los perdonen,

y serán retenidos

a los que ustedes se los retengan».

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»

Él les respondió: «Sí no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».

Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo:

«Ahora crees, porque me has visto.

¡Felices los que creen sin haber visto!»

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo II de Pascua

De la Divina Misericordia

Entrada         

Celebramos hoy el domingo de la Divina Misericordia, precisamente en el año jubilar de la Misericordia. Hoy todos debemos participar del Santo Sacrificio de la Misa pidiendo la gracia de creer profundamente en el amor de Dios que nos invita a reconciliarnos con Él.

Primera Lectura                                                                                          Hech 5, 12-16

El Señor confirmó la predicación de los Apóstoles por medio de signos y así aumentaba el número de los creyentes en Jesús.

Segunda Lectura                                                                  Apoc 1, 9-11a. 12-13. 17-19 Juan es llamado a ser testigo de Cristo, lo cual significa ser testigo de Aquel que murió, pero ahora vive para siempre.

Antes del Evangelio: Secuencia Victimae Paschali Laudes (optativa)

Evangelio                                                                                                     Jn 20, 19-31

A los ocho días de la Resurrección, Jesús aparece en medio de  sus discípulos y proclama la bienaventuranza de la fe para tener vida en su nombre.

Preces
Invoquemos a Dios, que resucitó a Jesús, y por su amor incomparable por nosotros, nos resucitará también con Él mediante su poder.

A cada intención respondemos cantando…

+  Por todos los fieles de la Iglesia, que, como los primeros discípulos, hoy se alegran por la Resurrección de Cristo, para que esa alegría sea un signo de esperanza para los hombres de nuestro tiempo. Oremos…

+ En unión a nuestro Papa Francisco, y en el marco de este año jubilar de la Misericordia, pidamos por todos los bautizados, para que acojan con humildad el ofrecimiento de perdón que les hace Cristo y encuentren ese perdón en el Sacramento de la Confesión. Oremos…

+ Por la paz en el mundo y por todas las naciones que sufren la guerra, pidiendo la gracia de que cada pueblo abra las puertas a Cristo venciendo el odio y el temor. Oremos…

+ Por nuestra Patria, por sus gobernantes, para que la familia, la vida humana y la dignidad de cada persona sean defendidas en una perspectiva auténticamente cristiana, favoreciendo la evangelización de los que no creen. Oremos.

Oremos. Concédenos Padre santo, aquellos bienes que Jesucristo nos ha obtenido por su muerte en cruz y gloriosa resurrección, y ya que sin él nada podemos, haz que vivamos siempre unidos a la Fuente inextinguible de la misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio
Ofrezcamos nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, y presentemos:

–         En este incienso, el testimonio de fe y caridad de todos nuestros misioneros.

–         En estas flores para la Madre de la Misericordia, presentamos nuestras súplicas por los enfermos, los ancianos y los que viven solos.

–         Ofrecemos finalmente el pan y el vino en los cuales obrará el Amor infinito de Dios, convirtiéndolos en su Cuerpo y en su Sangre.

Comunión
Al recibir al Señor en la Eucaristía experimentamos la inagotable fuente de su bondad y la expresión máxima de su ternura infinita.

Salida: Que María Santísima aumente nuestra confianza filial y haga que nuestras vidas sean agradables por una fe firme y perseverante.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

 

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Inicio

 Exégesis 

·         Manuel De Tuya

Apariciones a los discípulos

(Jn.20,19-29)

19 La tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban reunidos los discípulos por temor de los judíos, vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros. 20 Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor. 21 Díjoles otra vez: La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío Yo. 22 Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. 24 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. 25 El les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré. 26 Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús cerradas las puertas y, puesto en medio de ellos, dijo: La paz sea con vosotros. 27 Luego dijo a Tomás: Alarga acá tu dedo y mira mis manos, y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. 28 Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío! 29 Jesús le dijo: Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron.

Estas apariciones a los apóstoles son destacadas en Jn por su excepcional importancia.

            La primera tiene lugar en la “tarde” del mismo día de la resurrección, cuyo nombre de la semana era llamado por los judíos como lo pone aquí Jn: “el primer día de la semana.”

            Los once apóstoles están juntos; acaso hubiese con ellos otras gentes que no se citan. No se dice el lugar; verosímilmente podría ser en el cenáculo (Hec_1:4.13). Los sucesos de aquellos días, siendo ellos los discípulos del Crucificado, les tenían medrosos. Por eso les hacía ocultarse y cerrar las puertas, para evitar una intromisión inesperada de sus enemigos. Pero la consignación de este detalle tiene también por objeto demostrar el estado “glorioso” en que se halla Cristo resucitado cuando se presenta ante ellos.

            Inesperadamente, Cristo se apareció en medio de ellos. Lc, que narra esta escena, dice que quedaron “aterrados,” pues creían ver un “espíritu” o un fantasma. Cristo les saludó deseándoles la “paz.” Con ello les confirió lo que ésta llevaba anejo (cf. Luc_24:36-43).

            Jn omite lo que dice Lc: cómo les dice que no se turben ni duden de su presencia. Aquí, al punto, como garantía, les muestra “las manos,” que con sus cicatrices les hacían ver que eran las manos días antes taladradas por los clavos, y “el costado,” abierto por la lanza; en ambas heridas, mostradas como títulos e insignias de triunfo, Tomás podría poner sus dedos. En Lc se cita que les muestra “sus manos y pies,” y se omite lo del costado, sin duda porque se omite la escena de Tomás. (….) Esta, como la escena en Lc, es un relato de reconocimiento: aquí, de identificación del Cristo muerto y resucitado; en Lc es prueba de realidad corporal, no de un fantasma, contra griegos y docetistas. Naturalmente, el interés apologético en nada desvirtúa la realidad histórica. Sin ésta fallaría la otra.

            Bien atestiguada su resurrección y su presencia sensible, Jn transmite esta escena de trascendental alcance teológico.

            Les anuncia que ellos van a ser sus “enviados,” como El lo es del Padre. Es un tema constante en los evangelios. Ellos son los “apóstoles” (Mat_28:19; Jua_17:18, etc.).

            El, que tiene todo poder en cielos y tierra, les “envía” ahora con una misión concreta. Van a ser sus enviados con el poder de perdonar los pecados. Esto era algo insólito. Sólo Dios en el A.T. perdonaba los pecados. Por eso, de Cristo, al considerarle sólo hombre, decían los fariseos escandalizados: Este “blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Mar_2:7 par.).

            Al decir esto, “sopló” sobre ellos. Es símbolo con el que se comunica la vida que Dios concede (Gen_2:7; Eze_37:9-14; Sab_15:11). Por la penitencia, Dios va a comunicar su perdón, que es el dar a los hombres el “ser hijos de Dios” (Jua_1:12): el poder de perdonar, que es dar vida divina. Precisamente en Génesis, Dios “insufla” sobre Adán, el hombre de “arcilla,” y le “inspiró aliento de vida” (Gen_2:7) Por eso, con esta simbólica insuflación explica su sentido, que es el que “reciban el Espíritu Santo.” Dios les comunica su poder y su virtud para una finalidad concreta: “A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos.”

Este poder que Cristo confiere personalmente a los apóstoles no es ni Pentecostés ni la promesa del Espíritu Santo del Sermón de la Cena.

            1) No es Pentecostés. Esta donación del Espíritu en Pentecostés es la que recoge Lc en la aparición de Cristo resucitado (Luc_24:49), preparando la exposición de su cumplimiento en los Hechos (Hec_1:4-8; c.2). Pero esta “promesa” es en Lc — Evangelio y Hechos — , junto con la transformación que los apóstoles experimentaron, la virtud de la fortaleza en orden a su misión de “apóstoles” “testigos.”

            2) No es La “promesa” del Espíritu Santo que les hace en el evangelio de Jn, en el Sermón de la Cena (Jua_14:16.17.26; Jua_16:7-15), ya que en esos pasajes se les promete al Espíritu Santo, que se les comunicará en Pentecostés, una finalidad “defensora” de ellos e “iluminadora” y “docente.” Jn no puede estar en contradicción consigo mismo.

            3) En cambio, aquí la donación del Espíritu Santo a los apóstoles tiene una misión de “perdón.” Los apóstoles se encuentran en adelante investidos del poder de perdonar los pecados. Este poder exige para su ejercicio un juicio. Si han de perdonar o retener todos los pecados, necesitan saber si pueden perdonar o han de retener. Evidentemente es éste el poder sacramental de la confesión.

            De este pasaje dio la Iglesia dos definiciones dogmáticas. La primera fue dada en el canon 12 del quinto concilio ecuménico, que es el Constantinopolitano II, de 552, y dice así, definiendo:

            “Si alguno defiende al impío Teodoro de Mopsuestia, que dijo… que, después de la resurrección, cuando el Señor insufló a los discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jua_20:22), no les dio el Espíritu Santo, sino que tan sólo se lo dio figurativamente., sea anatema.” 12

            La segunda definición dogmática la dio el concilio de Trento, cuando, interpretando dogmáticamente este pasaje de Jn, dice en el canon 3, “De sacramento paenitentiae”:

            “Si alguno dijese que aquellas palabras del Señor Salvador: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jua_20:22ss), no han de entenderse de la potestad de perdonar y retener los pecados en el sacramento de la penitencia, como la Iglesia católica, ya desde el principio, siempre lo entendió así, sino que lo retorciese, contra la institución de este sacramento, a la autoridad de predicar el Evangelio, sea anatema.” 13

            En este pasaje de Jn es de fe: a) que Cristo les comunicó el Espíritu Santo (quinto concilio ecuménico); b) y que se lo comunicó al instituir el sacramento de la penitencia (concilio de Trento).

(…)

En esta aparición del Señor a los apóstoles no estaba el apóstol Tomás, de sobrenombre Dídimo (= gemelo, mellizo). Si aparece, por una parte, hombre de corazón y de arranque (Jua_11:16), en otros pasajes se le ve un tanto escéptico, o que tiene un criterio un poco “positivista” (Jua_14:5). Se diría que es lo que va a reflejarse aquí. No solamente no creyó en la resurrección del Señor por el testimonio de los otros diez apóstoles, y no sólo exigió para ello el verle él mismo, sino el comprobarlo “positivamente”: necesitaba “ver” las llagas de los clavos en sus manos y “meter” su dedo en ellas, lo mismo que su “mano” en la llaga de su “costado,” abierta por el golpe de lanza del centurión. Sólo a este precio “creerá.”

            Pero a los “ocho días” se realizó otra vez la visita del Señor. Estaban los diez apóstoles juntos, probablemente en el mismo lugar, y Tomás con ellos. Y vino el Señor otra vez, “cerradas las puertas.” Jn relata la escena con la máxima sobriedad. Y después de desearles la paz — saludo y don — se dirigió a Tomás y le mandó que cumpliese en su cuerpo la experiencia que exigía. No dice el texto si Tomás llegó a ello. Más bien lo excluye al decirle Cristo que creyó porque “vio,” no resaltándose, lo que se esperaría en este caso, el hecho de haber cumplido Tomás su propósito para cerciorarse. Probablemente no. La evidencia de la presencia de Cristo había de deshacer la pertinacia de Tomás. Su exclamación encierra una riqueza teológica grande. Dice: “¡Señor mío y Dios mío!”

            La frase no es una exclamación; se usaría para ello el vocativo (Rev_11:17; Rev_15:3). Es un reconocimiento de Cristo: de quién es El. Es, además, lo que pide el contexto (v.29). Esta formulación es uno de los pasajes del evangelio de Jn, junto con el “prólogo,” en donde explícitamente se proclama la divinidad de Cristo (1Jn_5:20).

            (…)

La expresión binomio “Señor y Dios” (Κύριος -θεός ) es la traducción que hacen los LXX de Yahvé ‘Eíohím. Este nombre pasará a la primitiva tradición cristiana (Hec_2:36). Acaso Jn lo toma del ambiente. El Κύριος  era confesión ordinaria para proclamar la divinidad de Cristo.

            En el evangelio de Jn se dice de Cristo que se “ha de ir” (muerte/resurrección), que ha de “subir” al Cielo” — “ascensión” — como plan del Padre para “enviar” el E. S. Y aquí, ¿antes de la “ascensión” ya “envía” el Espíritu para el “perdón de los pecados”? Una vez que el alma de Cristo se separó del cuerpo, entró en su gloria: estaba en el cielo; al resucitar Cristo en su integridad gloriosa, estaba en el cielo. Las “apariciones” de los “cuarenta días,” de las que se habla en los Hechos de los Apóstoles, en nada impiden esta vida celestial y la “ascensión” de Cristo en su gloria. Jn ve toda una unidad — muerte-resurrección/ ascensión/venida del E.S., enviado por Cristo — por su profundo enfoque teológico de estos hechos. (…)

            La respuesta de Cristo a esta confesión de Tomás acusa el contraste, se diría un poco irónico, entre la fe de Tomás y la visión de Cristo resucitado, para proclamar “bienaventurados” a los que creen sin ver. No es censura a los motivos racionales de la fe y la credibilidad (cf. Rom), como tampoco lo es a los otros diez apóstoles, que ocho días antes le vieron y creyeron, pero que no plantearon exigencias ni condiciones para su fe: no tuvieron la actitud de Tomás, que se negó a creer a los “testigos” para admitir la fe si él mismo no veía. El ‘ver’ no sería posible a todos: tanto por razón de la lejanía en el tiempo, como por no haber sido de los “elegidos” por Dios para ser “testigos” de su resurrección (Hec_2:32; Hec_10:40-42). Es la bienaventuranza de Cristo a los fieles futuros, que aceptan, por tradición ininterrumpida, la fe de los que fueron “elegidos” por Dios para ser “testigos” oficiales de su resurrección y para transmitirla a los demás. Es lo que Cristo pidió en la “oración sacerdotal”: “No ruego sólo por éstos (por los apóstoles), sino por cuantos crean en mí por su palabra” (Jua_17:20).

            Interesaba destacar bien esto en la comunidad primitiva y como lección para el futuro en la Iglesia. El tiempo pasado en que está redactado el texto — lección mejor sostenida — supone una cierta queja o deseo insatisfecho en la comunidad cristiana por no haber visto a Cristo resucitado. Era una respuesta oportuna a esta actitud.

Conclusión,Jua_20:30-31.

30 Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; 31 y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Estos versículos tienen la característica de ser el final del Evangelio de Jn. Pero al insertarse luego el c.21, con otra terminación (Jua_21:24.25), dio lugar a tres hipótesis: 1) el c.21 sería un suplemento añadido a la obra primitiva por un redactor muy antiguo (Schmiedel, Réville, Mollat); 2) habría sido añadido por el mismo evangelista después de la primera redacción (Harnack, Bernard, ordinariamente los comentadores católicos); 3) el c.21 se uniría al c.20, y los v.30 y 31 del c.20 habrían sido traspuestos después del c.20, a continuación de la adición de un segundo epílogo (Jua_21:24-25), por un grupo de cristianos, probablemente los ancianos de Efeso (Lagrange, Durand, Vaganay) 16.

            El evangelista confiesa que Cristo hizo “otras muchas señales,” milagros (Jua_21:25), que son “señales” probativas de su misión. No sólo fueron hechos y recibidos como dichos, sino “presenciados” por sus “discípulos.” Esta confesión hace ver que los milagros referidos por Jn en su evangelio son una selección deliberada de los mismos en orden a su tesis y a la estructura, tan profunda y “espiritual,” de su evangelio.

            Están ordenados a probar que Jesús es el “Mesías” y es el “Hijo de Dios.”

            Esta es la confesión de fe en El, pero esta fe es para que, “creyendo, tengáis vida en su nombre.”

            Para Jn la fe es fe con obras. Es la entrega — fe y obras — a Cristo, para así tener “vida,” todo el tema del Evangelio, especialmente destacado en el de Jn. Pero esta “vida” sólo se tiene en “su nombre.” Para el semita, el nombre está por la persona. Aquí la fe es, por tanto, en la persona de Cristo, como el verdadero Hijo de Dios. Todo el tema del evangelio de Jn.

(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)

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Comentario Teológico

·        Papa Francisco

Misericordiae Vultus

BULA DE CONVOCACIÓN

DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO

DE LA MISERICORDIA

 

FRANCISCO

OBISPO DE ROMA

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

A CUANTOS LEAN ESTA CARTA

GRACIA, MISERICORDIA Y PAZ

1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico en misericordia » (Ef  2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios.

2. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado.

3. Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.

El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.

El domingo siguiente, III de Adviento, se abrirá la Puerta Santa en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia. A juicio del Ordinario, ella podrá ser abierta también en los Santuarios, meta de tantos peregrinos que en estos lugares santos con frecuencia son tocados en el corazón por la gracia y encuentran el camino de la conversión. Cada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia.

4. He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.

Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: « En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella ».[2] En el mismo horizonte se colocaba también el beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta manera: « Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas … Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades ».[3]

Con estos sentimientos de agradecimiento por cuanto la Iglesia ha recibido y de responsabilidad por la tarea que nos espera, atravesaremos la Puerta Santa, en la plena confianza de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que continua sosteniendo nuestra peregrinación. El Espíritu Santo que conduce los pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por Cristo, sea guía y apoyo del Pueblo de Dios para ayudarlo a contemplar el rostro de la misericordia.[4]

5. El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.

6. « Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia ».[5] Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios. Es por esto que la liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: « Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón ».[6] Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso.

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los Salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: « Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia » (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: « Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados » (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: « El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas. […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo » (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.

7. “Eterna es su misericordia”: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. Repetir continuamente “Eterna es su misericordia”, como lo hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande  hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes.

Antes de la Pasión Jesús oró con este Salmo de la misericordia. Lo atestigua el evangelista Mateo cuando dice que « después de haber cantado el himno » (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: “Eterna es su misericordia”.

8. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.

Jesús, ante la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, pérdidas y sin guía, sintió desde lo profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte (cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado de Gerasa, le confía esta misión: « Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo » (Mc 5,19). También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando esta escena del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió: miserando atque eligendo.[7] Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema.

9. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Provocado por la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces fuese necesario perdonar, Jesús responde: « No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete » (Mt  18,22) y pronunció la parábola del “siervo despiadado”. Este, llamado por el patrón a restituir una grande suma, le suplica de rodillas y el patrón le condona la deuda. Pero inmediatamente encuentra otro siervo como él que le debía unos pocos centésimos, el cual le suplica de rodillas que tenga piedad, pero él se niega y lo hace encarcelar. Entonces el patrón, advertido del hecho, se irrita mucho y volviendo a llamar aquel siervo le dice: « ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? » (Mt 18,33). Y Jesús concluye: « Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos » (Mt 18,35).

La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: « No permitan que la noche los sorprenda enojados » (Ef 4,26). Y sobre todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. « Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia » (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo.

Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.

10. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia ».[8] Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.

(Papa Francisco, Bula Misericordiae Vultus, nº 1-10)

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Santos Padres

·        San Agustín

Segundo domingo de Pascua

4. “Vino María Magdalena anunciando a los discípulos: Vi al Señor y me dijo estas cosas. Aquel mismo día, primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde estaban reunidos los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús y se puso de pie en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado”. Los clavos taladraron sus manos, y la lanza abrió su costado, y en ellos conservó las señales de sus heridas para curar la duda de sus corazones. Las puertas cerradas no fueron obstáculos a la mole de aquel cuerpo, en el cual estaba la divinidad. Sin abrirlas solamente pudo entrar Aquel que en su nacimiento conservó intacta la integridad de la Virgen. Gozáronse los discípulos con la vista del Señor. Díjoles, pues, otra vez: La paz sea con vosotros. Esta repetición es la confirmación. El mismo dio la paz sobre la paz, prometida por el profeta. Luego dice: Así como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Ya sabemos que el Hijo es igual al Padre, más aquí reconocemos las palabras del Mediador. Él se ha puesto en el medio, diciendo: El a mí y yo a vosotros. Y habiendo dicho esto, sopló y díjoles: Recibid al Espíritu Santo. Con ese soplo manifestó que el Espíritu Santo es no sólo Espíritu del Padre, sino también suyo. A quienes perdonareis los pecados les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. La caridad de la Iglesia, que por el Espíritu Santo es infundida en nuestros corazones, perdona los pecados de quienes de ella participan, reteniéndoselos a quienes de ella no participan; y por eso, después de decir: Recibid al Espíritu Santo, inmediatamente añadió esto sobre la remisión y retención de los pecados.

5. “Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. Más él les dijo: Si no viere en sus manos las hendiduras de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no lo creeré. Y, pasados ocho días, de nuevo hallábanse dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, se puso de pie en medio de ellos y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y ve mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y dijo: Señor mío y Dios mío”. Veía y tocaba al hombre y confesaba a Dios, a quien no veía ni tocaba; pero, arrancada ya la duda, por esto que veía creía aquello. Dícele Jesús: Porque me has visto, has creído. No le dice: Porque me has tocado, sino: Porque me has visto, ya que la vista es en cierta manera un sentido general. Así suele emplearse ése por otro sentido, como cuando decimos: Escucha y ve qué bien suena, huele y ve qué bien huele, gusta y ve qué bien sabe, toca y ve qué caliente está. En todos estos casos se dice ve, aunque no negamos que la vista es propia de los ojos. Por eso aquí también el Señor dice: Mete aquí tu dedo y ve mis manos; ¿qué otra cosa quiere decir, sino toca y ve? No tenía ojos en los dedos. Luego, sea viendo, sea tocando, porque me has visto, has creído. Aunque bien pudiera decirse que el discípulo no se atrevió a tocarle cuando para esto se le ofrecía, porque no está escrito que Tomás le tocó. Más, bien sea viéndole solamente, bien sea también tocándole, que vio y creyó; lo que sigue ensalza y recomienda más la fe de las gentes: Bienaventurados quienes no vieron y creyeron. Usa los verbos en pretérito, como quien en su predestinación conocía como ya hecho lo que aún era futuro. Más hay que cortar ya la extensión de este sermón. Dios nos concederá poder discutir lo que resta en otras ocasiones.

SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 121, 4-5, BAC Madrid 19652, 604-606

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        Sor Maria Elizbieta Siepak

·        S.S. Papa Francisco

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Benedicto XVI

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

RESURRECCIÓN Y SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

El evangelio de hoy nos relata la primera aparición de Jesús a sus discípulos. Sucedió en el día mismo de su resurrección, de su Pascua, pero por la tarde, “al atardecer de ese mismo día”, nos dice el relato sagrado.

Cristo acaba de llevar a cabo su Pascua. Será conveniente, tras haber recorrido los misterios de la muerte y resurrección de Cristo, decir algunas palabras sobre el sentido general del Miste­rio Pascual. Como se sabe, la palabra “Pascua” significa “paso”. Se trata de un paso de la muerte a la vida en virtud del poder de Dios. La Pascua de Cristo encuentra su antecedente más prefi­gurativo en el Antiguo Testamento, en la Pascua del pueblo elegi­do, cuando éste logró evadirse de la esclavitud a que los egipcios lo tenían sometido. Hubo allí una situación de muerte (cuando atraviesan milagrosamente el Mar Rojo, dejando un tendal de perseguidores en sus olas), de donde surgió una vida (la de los perseguidos que se salvan), y todo ello por obra del brazo pode­roso de Dios. La Pascua judía fue, como lo acabamos de decir, una preparación de la pascua definitiva de Cristo, de su Misterio Pascual.

Cristo retorna, así, la vieja Pascua judía, que los miembros del pueblo elegido debían recordar litúrgicamente todos los años, pero en un nivel infinitamente superior. El Señor muere el Viernes Santo y se levanta triunfalmente el Domingo de Gloria. He ahí la muerte y la vida. Y el paso de una a otra se realiza por el poder milagroso de Dios. Tal es el sentido de la Pascua cristia­na. Cristo ha vencido a la muerte, Cristo se ha levantado triunfa­dor de su sepulcro, y es justamente en ese clima de victoria donde el Señor hace su primera aparición a sus discípulos, es allí donde Instituye el sacramento de la Penitencia. No fue ello una ocurren­cia de Cristo, ni una casualidad. Cristo es Dios, y en Dios no hay casualidad, sino causalidad. Como Dios que era, desde toda la eternidad pensó y eligió este momento para hacer su aparición a los discípulos e instituir allí el sacramento de la Penitencia. ¿Por qué? Porque el sacramento de la Reconciliación es un sacramen­to eminentemente pascual. Todos nosotros, es cierto, ya hemos hecho nuestra pascua, el día de nuestro Bautismo. Pero Dios sabía perfectamente que por la debilidad que nos caracteriza, y también por nuestra malicia, lamentablemente íbamos a recaer en el pecado. Tal fue la razón por la que el Señor nos dejó esta segunda tabla de salvación, donde poder amarramos, y arribar así al deseado puerto de salvación que es el cielo.

Ya en el Antiguo Testamento podemos encontrar ciertos antecedentes remotos de la Confesión. Así, por ejemplo, en el libro llamado de los Números, advertimos que Dios exhorta al pecador a “confesar”, o sea, a reconocer públicamente el pecado cometido, y en el libro del Levítico se explica cómo debe hacerse la confesión de los pecados del pueblo. Asimismo, si vamos al Nuevo Testamento, se observa cómo los miembros del pueblo de Israel acudían a Juan Bautista para hacerse bautizar “confe­sando sus pecados”. Según puede verse, la institución por parte de Cristo del sacramento de la Penitencia no es una novedad absoluta, sino que cuenta con antecedentes de siglos.

Sea lo que fuere de todo ello, el hecho es que la confesión pasó a formar parte sustancial de la vida de la Iglesia, ya desde sus comienzos. En el Concilio de Trento el Magisterio de la Iglesia declaró formalmente que integraba el conjunto de los sacramen­tos instituidos por Cristo.

El evangelio de hoy nos dice que Jesús, “poniéndose en medio de los discípulos, les dijo: «La paz esté con vosotros»”. No es en vano que el Señor alude a la paz, ya que uno de los efectos del sacramento de la confesión es traer la paz al corazón del penitente. El pecado es el mal en el alma, y al convivir con el mal, el alma se turba, se llena de tristeza. Por eso cuando el pecador se reconoce como tal, cuando le pide perdón a Dios y se confiesa, recobrando así la amistad con el Señor, la paz invade su alma y la llena de gozo. No resulta, pues, extraño lo que dice el evangelio a renglón seguido: “los discípulos se llenaron de alegría”. Es la alegría de la humildad, el gozo de quien ha sabido reconocer cabalmente sus miserias, yendo al encuentro de la Misericordia del Cristo resucitado, la alegría de haber recuperado la gracia, de haber vuelto a ser hijo de Dios.

Cuando el sacerdote imparte la absolución está continuando la obra salvífica del Hijo que vino a reconciliar a los hombres con el Padre celestial. El Hijo fue enviado por el Padre para la obra de la redención, y ahora el sacerdote, que en cierta manera encarna la misión salvadora de la Iglesia, es enviado por Cristo para hacerla efectiva. Por eso hemos oído en el evangelio lo que el Señor dijo a sus discípulos: “Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros”. Si el sacerdote puede continuar la misión salvífica del Redentor no es en razón de sus méritos personales, sino porque –en la Iglesia– ha sido enviado por Cristo para restablecer las relaciones entre Dios y los hombres.

Nos dice luego el evangelio que el Señor “sopló sobre ellos”, o sea, sobre los discípulos allí presentes. Este soplo nos recuerda el soplo inicial de la creación, cuando Dios creó a nuestros primeros padres, infundiéndoles el alma, la vida. Con el sacra­mento de la Penitencia sucede algo similar. El pecado mata la vida del alma, que es la gracia, y la Confesión la devuelve, Le Iglesia ha recibido el poder de resucitar muertos. En la Confesión rehace, recrea al hombre. En última instancia, no es el sacerdote el que perdona, sino Cristo quien absuelve a través de él, Insu­flando el hálito de vida en las almas.

Tras soplar sobre los discípulos relata el evangelio que les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. ¿En orden a qué? Para perdonar eficazmente los pecados: “Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis, y serán retenidos a quienes voso­tros se los retengáis”. Dios podría haber hecho que los hombree nos confesáramos directamente con Él, que es la suma santidad, como sostienen generalmente los protestantes, o también con un ángel, que es de naturaleza superior a la nuestra y en quien no mora el pecado, pero quiso que fuera con un hombre, que es de nuestra misma naturaleza, y además es pecador. Quiso ligar su perdón a la confesión y a un instrumento humano. Quiso ne­cesitar de un ministro deficiente, como es el sacerdote, para continuar de ese modo la obra salvífica. Por ser de su Miga naturaleza, los fieles pueden encontrar en él un padre compren­sivo, un amigo fiel, un juez benévolo, un consejero imparcial que los oriente de acuerdo con los principios eternos del Evangelio. Podríase decir que así como el artista se vale de un pincel pera pintar un cuadro, de manera semejante Dios quiso valerse del sacerdote para seguir dibujando la historia de la salvación, Lo cierto es que cuando el sacerdote dice “yo te absuelvo”, tenemos la certeza de que es Dios quien por medio de él perdona.

Uno de los grandes beneficios del sacramento de la Penitencia es que nos ayuda a practicar la humildad al reconocemos pecadores. El hombre, como consecuencia del pecado original, ha quedado herido, su amor a sí mismo se ha desordenado, y le cuesta reconocer sus miserias. El Señor, pedagogo divino, con el sacramento de la Confesión lo corrige en sus fibras más íntimas, logrando que humille su arrogancia.

Muchos hombres de nuestro tiempo se han alejado del sacramento de la misericordia, acudiendo en cambio al psicoa­nalista. La auténtica religión siempre tiene sus sucedáneos. Pe­ro la diferencia es que en el psicoanálisis no reciben el perdón de Dios y, además, con frecuencia allí oyen consejos provenientes de principios que no conducen a la salvación, ni solucionan realmente sus problemas de fondo.

Pero volvamos a los Apóstoles. La alegría que manifiestan, no la alegría superficial y mundana, sino la alegría profunda que deriva de la fe en Cristo resucitado, una fe capaz de vencer la duda de Tomás, inspirándole la espléndida invocación “¡Señor mío y Dios mío!”, nos muestra que todos ellos han resucitado espiritualmente con Cristo, han hecho su Pascua, se han prepa­rado para el momento en que Cristo les diga: “Id a todas las naciones y predicad el Evangelio”.

Dentro de unos instantes, el pan y el vino harán, ellos también, su Pascua, dejando así de ser tales y convirtiéndose en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Quedarán los accidentes, lo exterior, pero su sustancia será transformada. Quiera el Señor que algo similar suceda en nosotros, es decir, que también nosotros hagamos nuestra Pascua, nuestro paso de la muerte del pecado a la vida de la gracia, y que ella cale muy hondo en nuestra alma, que arraigue en nosotros, volviéndose desbordante y operosa.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 144-148)

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Sor Ma. Elizbieta Siepak

Santa Faustina Kowalska y la devoción a la Divina Misericordia

 

La misión de Sor Faustina consiste, en resumen, en recordar una verdad de la fe, conocida desde siempre, pero olvidada, sobre el amor misericordioso de Dios al hombre y en transmitir nuevas formas de culto a la Divina Misericordia, cuya práctica ha de llevar a la renovación religiosa en el espíritu de confianza y misericordia cristianas.

            El Diario que Sor Faustina escribió durante los últimos 4 años de su vida por un claro mandato del Señor Jesús, es una forma de memorial, en el que la autora registraba, al corriente y en retrospectiva, sobre todo los “encuentros” de su alma con Dios.  Para sacar de estos apuntes la esencia de su misión, fue necesario un análisis científico.  El mismo fue hecho por el conocido y destacado teólogo, Padre profesor Ignacy Rózycki.  Su extenso análisis fue resumido en la disertación titulada “La Divina Misericordia.  Líneas fundamentales de la devoción a la Divina Misericordia.”  A la luz de este trabajo resulta que todas las publicaciones anteriores a él, dedicadas a la devoción a la Divina Misericordia transmitida por Sor Faustina, contienen solamente algunos elementos de esta devoción, acentuando a veces cuestiones sin importancia para ella.  Por ejemplo, destacan la letanía o la novena, haciendo caso omiso a la Hora de la Misericordia.  El mismo Padre Rózycki hace referencia a ese aspecto diciendo:  “Antes de conocer las formas concretas de la devoción a la Divina Misericordia, cabe decir que no figuran entre ellas las conocidas y populares novenas ni letanías.”

La base para distinguir éstas y no otras oraciones o prácticas religiosas como nuevas  formas de culto a la Divina Misericordia, lo son las concretas promesas que el Señor Jesús prometió cumplir bajo la condición de confiar en la bondad de Dios y practicar misericordia para con el prójimo.  El Padre Rózycki distingue cinco formas de la devoción a la Divina Misericordia.

a.  La imagen de Jesús Misericordioso.   El esbozo de la imagen le fue revelado a Sor Faustina en la visión del 22 de febrero de 1931 en su celda del convento de Plock.  “Al anochecer, estando yo en mi celda – escribe en el Diario – ví  al Señor Jesús vestido con una túnica blanca.  Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho.  De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos:  uno rojo y otro pálido.  ( …)  Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma:  Jesús, en Ti  confío  (Diario 47).  Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”  Diario, 49).

El contenido de la imagen se relaciona, pues, muy estrechamente con la liturgia de ese domingo.  Ese día la Iglesia lee el Evangelio según San Juan sobre la aparición de Cristo resucitado en el Cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia (Jn 20, 19-29).  Así, la imagen presenta al Salvador resucitado que trae la paz a la humanidad por medio del perdón de los pecados, a precio de su Pasión y muerte en la cruz.  Los rayos de la Sangre y del Agua que brotan del Corazón (invisible en la imagen) traspasado por la lanza y las señales de los clavos, evocan los acontecimientos del Viernes Santo (Jn 19, 17-18, 33-37).  Así pues, la imagen de Jesús Misericordioso une en sí estos dos actos evangélicos que hablan con la mayor claridad del amor de Dios al hombre.

Los elementos más característicos de esta imagen de Cristo son los rayos.  El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó:  “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….).  Bienaventurado quien viva a la sombra  de ellos”  (Diario, 299).   Purifican el alma los sacramentos del bautismo y de la penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía.  Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo.

A la imagen de Jesús Misericordioso se le da con frecuencia el nombre de imagen de la divina Misericordia.  Es justo porque la Misericordia de Dios hacia el hombre se reveló con la mayor plenitud en el misterio pascual de Cristo.

            La imagen no presenta solamente la Misericordia de Dios, sino que también es una señal que ha de recordar el deber cristiano de confiar en Dios y amar activamente al prójimo.  En la parte de abajo – según la voluntad de Cristo – figura la firma:  “Jesús, en Ti  confío”.  “Esta imagen ha de recordar las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil”  (Diario, 742).

            Así comprendido el culto a la imagen, a saber, la actitud cristiana de confianza y misericordia, vinculó el Señor Jesús promesas especiales de: la salvación eterna, grandes progresos en el camino hacia la perfección cristiana, la gracia de una muerte feliz, y todas las demás gracias que le fueren pedidas con confianza.  “Por medio de esta imagen colmare a las almas con muchas gracias.  Por eso quiero, que cada alma tenga acceso a ella” (Diario, 570).

            b.  La Fiesta de la Misericordia.   De entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia reveladas por Sor Faustina, ésta es la que tiene mayor importancia.  El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen:  “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia.  Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”  (Diario, 49).

            La elección del primer domingo después de la Pascua de Resurrección para la Fiesta de la Misericordia, tiene su profundo sentido teológico e indica una estrecha relación entre el misterio pascual de redención y el misterio de la Divina Misericordia.  Esta relación se ve subrayada aún más por la novena de coronillas a la Divina Misericordia que antecede la Fiesta y que empieza el Viernes Santo.

            La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas.  “Deseo – dijo el Señor Jesús – que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699).  Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión.  Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia.  Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965).

            Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculo a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma.  “Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida – dijo Cristo – recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300).  “Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia.  Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia;  (….)  que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata”  (Diario, 699).

            Para poder recibir estos grandes dones hay que cumplir las condiciones de la devoción a la Divina Misericordia (confiar en la bondad de Dios y amar activamente al prójimo), estar en el estado de gracia santificante (después de confesarse) y recibir dignamente la Santa Comunión.  “No encontrará alma ninguna la justificación – explicó Jesús – hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia y por eso el primer domingo después de la Pascua ha de ser la Fiesta de la Misericordia.  Ese día los sacerdotes deben hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita”  (Diario, 570).

            c.  La coronilla a la Divina Misericordia.  El Señor Jesús dictó esta oración a Sor Faustina entre el 13 y el 14 de septiembre de 1935 en Vilna, como una oración para aplacar la ira divina (vea el Diario, 474 – 476).

            Las personas que rezan esta coronilla ofrecen a Dios Padre “el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad” de Jesucristo como propiciación de sus pecados, los pecados de sus familiares y los del mundo entero.  Al unirse al sacrificio de Jesús, apelan a este amor con el que Dios Padre ama a Su Hijo y en El a todas las personas.

            En esta oración piden también “misericordia para nosotros y el mundo entero” haciendo, de este modo, un acto de misericordia.  Agregando a ello una actitud de confianza y cumpliendo las condiciones que deben caracterizar cada oración buena (la humildad, la perseverancia, la sumisión a la voluntad de Dios), los fieles pueden esperar el cumplimiento de las promesas de Cristo que se refieren especialmente a la hora de la muerte:  la gracia de la conversión y una muerte serena.  Gozarán de estas gracias no solo las personas que recen esta coronilla, sino también los moribundos por cuya intención la recen otras personas.   “Cuando la coronilla es rezada junto al agonizante – dijo el Señor Jesús – se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma”  (Diario, 811).  La promesa general es la siguiente:  “Quienes recen esta coronilla, me complazco en darles todo lo que me pidan (Diario, 1541, (…….) si lo que me pidan esté conforme con Mi voluntad”  (Diario, 1731).  Todo lo que es contrario a la voluntad de Dios no es bueno para el hombre, particularmente para su felicidad eterna.

            “Por el rezo de esta coronilla – dijo Jesús en otra ocasión – Me acercas la humanidad (Diario, 929).  A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá ( …….) de vida y especialmente a la hora de la muerte” (Diario, 754).

            d. La Hora de la Misericordia.  En octubre de 1937, en unas circunstancias poco

aclaradas por Sor Faustina, el Señor Jesús encomendó adorar la hora de su muerte:  “Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma” (Diario, 1572).

            El Señor Jesús definió bastante claramente los propios modos de orar de esta forma de culto a la Divina Misericordia.   “En esa hora – dijo a Sor Faustina – procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan tus deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de misericordia.  Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante” (Diario, 1572).

            El Padre Rózycki habla de tres condiciones para que sean escuchadas las oraciones de esa hora:

1.      La oración ha de ser dirigida a Jesús.

2.      Ha de ser rezada a las tres de la tarde.

3.      Ha de apelar a los valores y méritos de la Pasión del Señor.

            “En esa hora – prometió Jesús – puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás.  En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero:  la misericordia triunfó sobre la justicia”  (Diario, 1572).

            e. La propagación de la devoción a la Divina Misericordia.   Entre las formas de devoción a la Divina Misericordia, el Padre Rózycki distingue además la propagación de la devoción a la Divina Misericordia, porque con ella también se relacionan algunas promesas de Cristo.  “A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas el Juez, sino el Salvador Misericordioso” (Diario, 1075).

            La esencia del culto a la Divina Misericordia consiste en la actitud de confianza hacia Dios y la caridad hacia el prójimo.  El Señor Jesús exige que “sus criaturas confíen en El”  (Diario, 1059) y hagan obras de misericordia:  a  través de sus actos, sus palabras y su oración.  “Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes.  No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte” (Diario, 742).  Cristo desea que sus devotos hagan al día por lo menos un acto de amor hacia el prójimo.

            La propagación de la devoción a la Divina Misericordia no requiere necesariamente muchas palabras pero sí, siempre, una actitud cristiana de fe, de confianza en Dios, y el propósito de ser cada vez más misericordioso.  Un ejemplo de tal apostolado lo dio Sor Faustina durante toda su vida.

            f.  El culto a la Divina Misericordia tiene como fin renovar la vida religiosa en la Iglesia en el espíritu de confianza cristiana y misericordia.  En este contexto hay que leer la idea de “la nueva Congregación” que encontramos en las páginas del Diario.  En la mente de la propia Sor Faustina este deseo de Cristo maduró poco a poco, teniendo cierta evolución:  de la orden estrictamente contemplativa al movimiento formado también por Congregaciones activas, masculinas y femeninas, así como por un amplio círculo de laicos en el mundo.  Esta gran comunidad multinacional de personas constituye una sola familia unida por Dios en el misterio de su misericordia, por el deseo de reflejar este atributo de Dios en sus propios corazones y en sus obras y de reflejar su gloria en todas las almas.  Es una comunidad de personas de diferentes estados y vocaciones que viven en el espíritu evangélico de confianza y misericordia, profesan y propagan con sus vidas y sus palabras el inabarcable misterio de la Divina Misericordia e imploran la Divina Misericordia para el mundo entero.

            La misión de Sor Faustina tiene su profunda justificación en la Sagrada Escritura y en algunos documentos de la Iglesia.  Corresponde plenamente a la encíclica Dives in misericordia del Santo Padre Juan Pablo II.

            ¡Para mayor gloria de la Divina Misericordia!

Sor Ma. Elizbieta Siepak, de la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia

(Cracovia – Lagiewniki)

(Santa María Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, Editorial de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Maria, Edición cuarta autorizada, Stockbridge, Massachussets, 2001, tomado de la Introducción)

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Papa Francisco

 

La valentía de volver a Dios

1. Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.

2. En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.

Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús – cuánta ternura –. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios.

Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.

A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había

dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto!

Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (cf.Glaubenserkenntnis, Würzburg 1949, 28). Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que si lo hacemos, nos da esperanza.

3. Quisiera subrayar otro elemento: la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: «A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (cf. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sermón 61, 4. Sobre el libro del Cantar de los cantares). Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero «mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos» (ibid, 5). Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: «Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia (Rm 5,20)» (ibid.).Tal vez alguno de nosotros puede pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él.

Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: «Padre, tengo muchos pecados»; y la invitación que he hecho siempre es: «No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo». Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa. Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: «Adán, ¿dónde estás?», lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado. Acordaos de lo de san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor.

(Basílica de San Juan de Letrán, II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia,

7 de abril de 2013)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Segundo domingo de Pascua

Jn 20, 19-31

            Podemos considerar tres temas en el evangelio:

1.      Jesús es nuestra paz.

2.      Jesús trasmite el poder de perdonar los pecados.

3.      La fe.

Jesús es nuestra paz

Tres veces en el evangelio Jesús les da la paz a los apóstoles.

            Los apóstoles tenían miedo. El miedo es la pasión que nace ante un peligro presente. Los apóstoles tenían miedo de morir en manos de los judíos, por eso están encerrados en el Cenáculo.

            Jesús se aparece ante ellos y les muestra las señales de su pasión ahora transfiguradas. Ellos se alegran de verlo resucitado y pierden el miedo. El Maestro ha vencido la muerte, es decir, tiene poder sobre la vida y la muerte. Los puede librar de la muerte o los puede hacer resucitar. Desaparece el miedo que conturbaba sus corazones y vuelve la paz. Jesús resucitado tiene oficio de consolador y de pacificador. Se alegraron al verlo y pasaron de su estado de tristeza y desesperanza a un estado de alegría y esperanza. De la desolación a la consolación.

            Sólo se alegra con una alegría verdadera el alma que está en paz.

            Jesús con su presencia ordena sus pasiones y les da el poder de dar la paz.

            La paz sólo nace de una conciencia tranquila.

            Han recibido la paz y les da el poder de perdonar los pecados, es decir, de tranquilizar las conciencias para que tengan paz.

Jesús trasmite el poder de perdonar los pecados

Los apóstoles y sus sucesores tienen el poder de perdonar los pecados.

Los sacerdotes son los portadores de la misericordia de Dios.

La misericordia de Dios es infinita y quiere llegar a los hombres directamente. Cada uno conoce las manifestaciones de la misericordia de Dios en su vida. Pero, también, quiere derramarse en los hombres a través del sacramento de la penitencia y quiere darla por medio de los sacerdotes.

La misericordia de Dios se manifiesta en el evangelio sobre todo en las parábolas de la oveja perdida, de la dracma perdida y del hijo pródigo.

Dios siempre perdona cuando estamos arrepentidos y quiere que confiemos en su misericordia por más extraviados que andemos.

Hoy celebramos el día de la misericordia pero la misericordia de Dios tenemos que celebrarla todos los días porque todos los días el Señor derrama en nuestra vida su misericordia.

Muchas veces creemos que la misericordia de Dios obra negativamente, p. ej. perdonando los pecados pero también obra positivamente dándonos fuerzas para no caer en el pecado.

Respecto del día de hoy:

            El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen:

“Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49).

            La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas.

“Deseo – dijo el Señor Jesús – que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699). Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965).

            Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculó a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma.

            “Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida – dijo Cristo – recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300). “Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; (….) que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (Diario, 699).

La fe

            Jesús se apareció estando Tomás presente y le hizo meter los dedos en los agujeros de sus clavos y su mano en el costado abierto. ¡Qué paciencia la del Señor! Y le dijo: “no seas incrédulo sino creyente”. Tomás confesó: ¡Señor mío y Dios mío! La confesión de Tomás es muy importante para nosotros porque Tomás “tocó a un hombre y conoció a Dios—comenta San Agustín—, palpó la carne y creyó en el Verbo”. Una cosa vio, y otra creyó. Y gracias a Tomás tenemos una confesión de la divinidad de Cristo muy importante.

            Luego Jesús dijo: “porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. Y con esto nos felicita a nosotros que no hemos visto a Cristo resucitado pero creemos en Él. Creemos en Él por otros ojos que han visto: los ojos de los apóstoles. Nosotros creemos a los testigos. Y son una multitud. Los testigos que vieron, tocaron y oyeron: Los doce apóstoles. Pero también creemos a los testigos que a lo largo de la historia dieron su vida por creer en Cristo.

            Hay una definición de la fe que es muy ilustrativa al respecto: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”[1].

            La fe es la garantía de lo que se espera. Es como el anticipo, el germen de lo que esperamos. El que vive en la fe vive ya el cielo, vive en Dios.

            La fe es la prueba de las realidades que no se ven. Qué debo responder al que me pregunta: ¿por qué Cristo está bajo las apariencias de pan o por qué creo en la resurrección o en el cielo? Por la fe. ¿La fe en quién? En los testigos de lo que no veo. El principal testigo es Dios que no puede mentir. Él me ha revelado cosas que yo no veo, cosas que espero. Pero además como antes dijimos un montón de testigos que también me hablan de esas cosas y que han vivido de la fe. “Mi justo vivirá por la fe”[2].

            Y en la lectura de la primera carta de San Juan leemos dos afirmaciones muy importantes sobre la fe:

            “La victoria sobre el mundo es nuestra fe”[3].

            “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”[4].

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[1] Hb 11, 1
[2] Hb 10, 38
[3] 1 Jn 5, 4
[4] 1 Jn 5, 5

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo cierra la Octava de Pascua como un único día «en que actuó el Señor», caracterizado por el distintivo de la Resurrección y de la alegría de los discípulos al ver a Jesús. Desde la antigüedad este domingo se llama «in albis», del término latino «alba», dado al vestido blanco que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua y se quitaban a los ocho días, o sea, hoy. El venerable Juan Pablo II dedicó este mismo domingo a la Divina Misericordia con ocasión de la canonización de sor María Faustina Kowalska, el 30 de abril de 2000.

De misericordia y de bondad divina está llena la página del Evangelio de san Juan (20, 19-31) de este domingo. En ella se narra que Jesús, después de la Resurrección, visitó a sus discípulos, atravesando las puertas cerradas del Cenáculo. San Agustín explica que «las puertas cerradas no impidieron la entrada de ese cuerpo en el que habitaba la divinidad. Aquel que naciendo había dejado intacta la virginidad de su madre, pudo entrar en el Cenáculo a puerta cerrada» (In Ioh.121, 4: CCL 36/7, 667); y san Gregorio Magno añade que nuestro Redentor se presentó, después de su Resurrección, con un cuerpo de naturaleza incorruptible y palpable, pero en un estado de gloria (cfr. Hom. in Evang., 21, 1: CCL141, 219). Jesús muestra las señales de la pasión, hasta permitir al incrédulo Tomás que las toque. ¿Pero cómo es posible que un discípulo dude? En realidad, la condescendencia divina nos permite sacar provecho hasta de la incredulidad de Tomás, y de la de los discípulos creyentes. De hecho, tocando las heridas del Señor, el discípulo dubitativo cura no sólo su desconfianza, sino también la nuestra.

La visita del Resucitado no se limita al espacio del Cenáculo, sino que va más allá, para que todos puedan recibir el don de la paz y de la vida con el «Soplo creador». En efecto, en dos ocasiones Jesús dijo a los discípulos: «¡Paz a vosotros!», y añadió: «Como el Padre me ha enviado, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos». Esta es la misión de la Iglesia perennemente asistida por el Paráclito: llevar a todos el alegre anuncio, la gozosa realidad del Amor misericordioso de Dios, «para que —como dice san Juan— creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (20, 31).

A la luz de estas palabras, aliento, en particular a todos los pastores a seguir el ejemplo del santo cura de Ars, quien «supo en su tiempo transformar el corazón y la vida de muchas personas, pues logró hacerles percibir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio semejante y un testimonio tal de la verdad del amor» (Carta de convocatoria del Año sacerdotal). De este modo haremos cada vez más familiar y cercano a Aquel que nuestros ojos no han visto, pero de cuya infinita Misericordia tenemos absoluta certeza. A la Virgen María, Reina de los Apóstoles, pedimos que sostenga la misión de la Iglesia, y la invocamos exultantes de alegría: Regina caeli…

(Regina Caeli, Castelgandolfo, Domingo 11 de abril de 2010)

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P. Jorge Loring, S.J.

Segundo Domingo de Pascua – Año C Jn 20:19-31

1.- El Evangelio que acabo de leer me sugiere hacer tres consideraciones.

2.- Primero, Cristo entra en el Cenáculo estando las puertas cerradas. El cuerpo resucitado no está sometido a las leyes físicas. El cuerpo glorioso no está sometido a la impenetrabilidad de la materia. Yo sólo puedo entrar en una habitación si la puerta está abierta. El cuerpo glorioso atraviesa las paredes.

3.- Los Apóstoles se asustan y creen que es un fantasma. Cristo les tranquiliza de que no es un fantasma, y les pide algo de comer, y come con ellos para demostrar que no es un fantasma. Esta aparición confirma la resurrección de Cristo.

4.- Y Cristo les da poder de perdonar los pecados: «A quienes perdonéis sus pecados, Yo les perdono; y a quienes no les perdonéis, Yo tampoco». Cristo delega el perdón de los pecados a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores que son los sacerdotes.

5.- Muchos se saltan a la torera el sacramento del perdón y piden a Dios perdón directamente, sin confesarse. No vale. El modo de alcanzar el perdón de Dios es el que Él ha dispuesto, no lo que a mí me parezca, me guste o me convenga.

6.- La tercera consideración es sobre el acto de fe de Santo Tomás: «Señor mío y Dios mío».

7.- Es muy bonita costumbre decirlo en la ELEVACIÓN DE LA SAGRADA HOSTIA Y DEL SAGRADO CÁLIZ. Y yo suelo añadir: «Que tu SANTA REDENCIÓN que estamos celebrando en esta SANTA MISA consiga mi salvación eterna y la de todos los que van a morir hoy. Amén».

8.- Hoy pido por los moribundos de hoy, y mañana por los de mañana. El momento de la muerte es el más importante de la vida, pues de él depende la vida eterna.

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Directorio Homilético

 

Segundo domingo de Pascua

CEC 448, 641-646: las apariciones de Cristo resucitado

CEC 1084-1089: la presencia santificante de Cristo resucitado en la Liturgia

CEC 2177-2178, 1342: la Eucaristía dominical

CEC 654-655, 1988: nuestro nacimiento a una nueva vida en la Resurrección de Cristo

CEC 926-984, 1441-1442: “Creo en el perdón de los pecados”

CEC 949-953, 1329, 1342, 2624, 2790: la comunión de los bienes espirituales

CEC 612, 625, 635, 2854: Cristo, “el Viviente” posee las llaves de la muerte

448    Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: “¡Es el Señor!” (Jn 21, 7).

Las apariciones del Resucitado

641    María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20, 11-18).Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

642    Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular – en la  construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su  Iglesia. La fe de la primera comunidad de  creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643    Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

644    Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin  embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

          El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645    Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27)  y el compartir  la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646      La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

II       LA OBRA DE CRISTO EN LA LITURGIA

          Cristo glorificado…

1084  “Sentado a la derecha del Padre” y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.

1085  En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los  demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.

          …desde la Iglesia de los Apóstoles…

1086  “Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (SC 6)

1087  Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles, les confía su poder de santificación (cf Jn 20,21-23); se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta “sucesión apostólica” estructura toda la vida litúrgica de la Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del Orden.

          …está presente en la Liturgia terrena…

1088  “Para llevar a cabo una obra tan grande” -la dispensación o comunicación de su obra de salvación-“Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, `ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es El mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: `Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ (Mt 18,20)” (SC 7).

1089  “Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por El rinde culto al Padre Eterno” (SC 7)

          …que participa en la Liturgia celestial.

La eucaristía dominical

2177  La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. “El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC, can. 1246,1).

          “Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos” (CIC, can. 1246,1).

2178  Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: “no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente” (Hb 10,25).

            La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: “Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración…Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida…Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).

1342  Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:

          Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

654    Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) “a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos … así también  nosotros vivamos una nueva vida” (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: “Id, avisad a mis hermanos” (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655    Por último, la Resurrección de Cristo – y el propio Cristo resucitado – es principio y fuente de nuestra resurrección futura: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron … del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos “saborean los prodigios del mundo futuro” (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15).

Artículo10                   “CREO EN EL PERDON DE LOS PECADOS”

976    El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a su apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23).

          (La IIª parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el Sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos).

I        UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS PECADOS

977    Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que “vivamos también una vida nueva” (Rm 6, 4).

978    “En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de Fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas… Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal” (Catech. R. 1, 11, 3).

979    En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado? “Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder de perdonar los pecados, también hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el único medio de servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había recibido de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a todos los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento de su vida” (Catech. R. 1, 11, 4).

980    Por medio del sacramento de la penitencia el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:

          Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia “un bautismo laborioso” (San Gregorio Nac., Or. 39. 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672).

II       EL PODER DE LAS LLAVES

981    Cristo, después de su Resurrección envió a sus apóstoles a predicar “en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones” (Lc 24, 47). Este “ministerio de la reconciliación” (2 Co 5, 18), no lo cumplieron los apóstoles y sus sucesores anunciando solamente a los hombres el perdón de Dios merecido para nosotros por Cristo y llamándoles a la conversión y a la fe, sino comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo:

          La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado (San Agustín, serm. 214, 11).

982    No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. “No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero” (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).

983    La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la fe en la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los apóstoles y de sus sucesores:

          El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1, 34).

          Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles, ni a los arcángeles… Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo, sac. 3, 5).

            Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don (San Agustín, serm. 213, 8).

Sólo Dios perdona el pecado

1441  Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina,  Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

1442    Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado “en nombre de Cristo”, y “es Dios mismo” quien, a través de él, exhorta y suplica: “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Co 5,20).

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo de Pascua de Resurrección 2016 (C)

27
marzo

 

Domingo de Pascua

de Resurrección

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo de Pascua de Resurrección

(Domingo 27 de Marzo de 2016)

LECTURAS

            MISA DEL DÍA

Comimos y bebimos con Él, después de su resurrección

Lectura de los Hechos de los Apóstoles         10, 34a. 37-4

Pedro, tomando la palabra, dijo: «Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazareno con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo e bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de lo judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de ante mano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con Él, después de su resurrección.

Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que Él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profeta dan testimonio de Él, declarando que los que creen en Él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre».

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial                                                                          117, 1-2. 16-17. 22-23

R.        Éste es el día que hizo el Señor:

alegrémonos y regocijémonos en él.

O bien:

Aleluia, aleluia, aleluia.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,

porque es eterno su amor!

Que lo diga el pueblo de Israel:

¡es eterno su amor! R.

La mano del Señor es sublime,

la mano del Señor hace proezas.

No, no moriré:

viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.

La piedra que desecharon los constructores

es ahora la piedra angular.

Esto ha sido hecho por el Señor

y es admirable a nuestros ojos. R.

Busquen los bienes del cielo, donde está Cristo

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Colosas            3, 1-4

Hermanos:

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es la vida de ustedes, entonces ustedes también aparecerán con Él, llenos de gloria.

Palabra de Dios.

O bien:

Despójense de la vieja levadura,

para ser una nueva masa

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto      5, 6b-8

Hermanos:

¿No saben que «un poco de levadura hace fermentar toda la masa»? Despójense de la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que ustedes mismos son como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad.

Palabra de Dios.

Secuencia

Debe decirse hoy; en los días de la octava, es optativa

Cristianos,

Ofrezcamos al Cordero pascual

Nuestro sacrificio de alabanza.

El Cordero ha redimido a las ovejas:

Cristo el inocente,

Reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la vida se enfrentaron

en un duelo admirable:

el Rey de la vida estuvo muerto,

y ahora vive.

Dinos, María Magdalena,

¿qué viste en el camino?

He visto el sepulcro del Cristo viviente

y la gloria del Señor resucitado.

He visto a los ángeles,

testigos del milagro,

he visto el sudario y las vestiduras.

Ha resucitado Cristo, mi esperanza,

y precederá a los discípulos en Galilea.

Sabemos que Cristo resucitó realmente;

Tú, Rey victorioso,

ten piedad de nosotros.

Aleluia                                                                  1 Cor 5, 7b-8a

Aleluia.

Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Celebremos, entonces, nuestra Pascua.

Aleluia.

 

Evangelio

Él debía resucitar de entre los muertos

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan                     20, 1-9

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

En lugar de este Evangelio se puede leer el Evangelio de la Vigilia del año que corresponda, es decir, año C.

Donde se celebre Misa vespertina, también puede leerse el siguiente Evangelio:

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas                     24, 13-35

El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera Él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que Él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a Él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a El.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISAS

Guion para la Vigilia Pascual 2016

 (El guión de entrada es reemplazado por la monición que el sacerdote dice del Misal)

1. Lucernario

(Optativo – preguntar al sacerdote) Mientras se pone el Cirio sobre el pie y se encienden las luces:

Guión: El Cirio Pascual simboliza a Cristo, Luz verdadera que ilumina a todo hombre, Sol que ilumina esta Noche Santa, clara como el día, en que se une lo humano con lo divino.

(Pregón Pascual)

2. Liturgia de la Palabra: Palabras introductorias del sacerdote (Misal)

(Luego del primer salmo responsorial indicar:” De pie”).

Después de la última lectura del Antiguo Testamento (del profeta Ezequiel) con su salmo y la oración, Gloria con campanas. (se encienden cirios del altar)

Oración colecta.

Lectura de la Epístola (Rom 6, 3-11)                                                                    

Guion: Nuestro Señor disipa con la luz de su resurrección las tinieblas de nuestros pecados, y con la fuerza de su amor surge victorioso del abismo.

Después de la lectura:

Guión: Nos ponemos de pie. (se canta el Alleluia, y el salmo).

Se proclama el Evangelio sin guion.

3. Liturgia bautismal

Bendición del agua: (guion optativo – preguntar al sacerdote)

Guion: Dios en su bondad crea el agua para que fecunde la tierra, restaure nuestros cuerpos y sea instrumento en virtud de la redención de Cristo, de nuestra renovación espiritual.

Renovación de promesas Bautismales

Guión: Encendemos nuestros cirios para renovar las promesas bautismales.

Preces

Por Cristo suba hasta el Padre en el Espíritu Santo, nuestra alabanza y el agradecimiento de todo el Pueblo de Dios por la resurrección del Señor. 

A cada intención respondemos cantando:

– Por el pueblo Santo de Dios, para que crezca en la certeza de que el sepulcro vacío es signo de la victoria definitiva de la verdad sobre la mentira, del bien sobre el mal, de la misericordia sobre el pecado. Oremos.

– Por el Papa Francisco, los obispos y sacerdotes, para que revestidos de tan brillante luz, anuncien a todos los pueblos el Evangelio de Cristo. Oremos.

– Por los miembros del cuerpo Místico de Cristo que han sido incorporados por las aguas bautismales, para que, se mantengan fieles bajo la bandera victoriosa del Señor Resucitado. Oremos.

– Por todos los misioneros, para que no se cansen de transmitir al mundo esta verdad fundamental de nuestra fe: Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de todos los que han muerto. Oremos.

– Por los que sufren a causa de la enfermedad, la guerra, el desamparo y la muerte, para que el Señor, alegría de los tristes, haga brillar la Luz Pascual en sus almas. Oremos.

– Por todos nosotros, para que la Resurrección de Cristo encienda en nosotros un gran amor y deseo del Cielo. Oremos.

Oremos.

Dios nuestro, que en la triunfante victoria de tu Hijo sobre el pecado y la muerte has hecho renacer a tus hijos, acepta la alabanza que te dirigimos y transfórmanos en imágenes vivientes del Señor Resucitado. Por Cristo nuestro Señor.
 

4. Liturgia Eucarística

Ofertorio:

            Llenos de gratitud, presentamos ante el altar

Incienso y con él nuestro homenaje al Redentor de los hombres.

Flores a María, compartiendo con ella la alegría de la resurrección de su Hijo.

Pan y el vino que serán transformados en la presencia del Señor en nosotros

Comunión:

La Eucaristía es ágape de amor, en ella Jesucristo está glorioso en medio de nosotros, lleno de misericordia, para alentarnos y exhortarnos a vivir Su vida.

Bendición final.

Saludo a la Santísima Virgen (del Misal). Mientras el sacerdote inciensa la imagen de la Virgen se canta el Regina coeli  (sin tocar las campanas).

Luego el sacerdote dice “Podéis ir en paz, alleluia”.

Salida:

Que el amor de la Santísima Virgen por su Hijo y por nosotros nos impulse a vivir la vida nueva que Cristo nos comunica.

————————

Guion Domingo de Resurrección, Misa del día

Entrada         
Es el amor lo que Nuestro Señor manifiesta al salir victorioso del sepulcro, porque Su victoria es nuestra victoria.
 

1ª Lectura        Hech 10, 34. 37-43

La predicación de los Apóstoles se centra en Jesús, manifestado a ellos luego de su resurrección.

2ª Lectura          Col 3, 1-4

El corazón de Nuestro Señor se ha abierto para ocultarnos en Él y así busquemos los bienes del cielo.

O bien:           1Cor 5, 6b-8

Cristo, nuestra Pascua, nos incorpora a Sí para renovar nuestra vida.

Secuencia Victimae hoy obligatoria

Evangelio    Jn 20, 1-9

            Sólo la fe y el amor de los discípulos les hacen penetrar el misterio del Señor resucitado.

Preces

            Pidamos al Padre eterno nos alcance de su Hijo resucitado todo lo que confiadamente le pedimos. 

A cada intención respondemos cantando…

+ Para que  los cristianos expresen plenamente la identidad misma de la Iglesia participando en la celebración eucarística del Domingo. Oremos.

+ Por los sacerdotes, para que la experiencia de comunión con el Señor los santifique, los llene de gozo y los fortalezca en su misión. Oremos.

+ Por todas las religiosas, que a imitación de las santas mujeres, sepan transmitir a los hombres la alegría del mensaje pascual. Oremos.

+ Por todos aquellos que han realizado Ejercicios espirituales, que lo contemplado se exprese en obras de santidad y perseverante fidelidad a las mociones del Espíritu Santo, oremos…

+ Por las familias, que experimenten la alegría y la fuerza del Señor resucitado y esto los mantenga unidos en la caridad. Oremos.

Padre de misericordia, que has hecho brotar del acontecimiento de la Pascua la salvación del mundo, concédenos el don de la verdadera alegría nacida de participar en  la muerte y resurrección de tu Hijo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio

            Convencidos de la bondad que Dios nos manifiesta a cada instante, le ofrecemos nuestras vidas y presentamos:

Cirios y en ellos la luz de nuestra fe que se acrecienta con el gozo pascual.

– En este incienso ponemos nuestra obediencia como la de Cristo en manos del Padre.

– Llevamos al Altar pan y vino para el sacrificio eucarístico, por el que nos asociamos a la muerte y resurrección de Cristo.

Comunión      

            El amor del Señor lo impulsa a entrar en nosotros para que vivamos por Él.

Salida             Que María Santísima sostenga nuestra fe y esperanza en Jesús, que vive en medio de nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.

 (Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Manuel De Tuya

Capitulo 20.

Magdalena va al Sepulcro, 20:1-2 (Mat_28:1; Mar_16:1-8; Luc_24:1-11).

Cf. comentario a Mat_28:1.

1 El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al monumento, y vio quitada la piedra del monumento. 2 Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde lo han puesto.

Los cuatro evangelistas recogen esta ida de Magdalena al sepulcro. Pero lo ponen con rasgos y perspectivas literarias distintas.

            Jn sitúa esta ida con el término técnico judío: “el primer día de la semana.” Es decir, al día siguiente del sábado, que, en este mismo año, cayó la Pascua. Los judíos nombraban los días de la semana por el primero, segundo, etc., excepto el último, que, por el descanso, lo llamaban “sábado” (shabbath = descanso) l.

            La hora en que viene al sepulcro es de “mañana” (πρωϊ ), pero cuando aún hay “alguna oscuridad” (skotías heti oúses). Es en la hora crepuscular del amanecer, que en esta época sucede en Jerusalén sobre las seis de la mañana 2.

            Por los sinópticos se sabe que esta visita de María al sepulcro no la hace ella sola, sino que viene en compañía de otras mujeres, cuyos nombres se dan: María, la madre de Santiago, y Salomé, la madre de Juan y Santiago el Mayor (Mar_16:1) y otras más (Luc_24:10).

            Al ver, desde cierta distancia, “quitada” la piedra rotatoria o golel, dejó a las otras mujeres, que llevaban aromas para acabar de preparar el “embalsamamiento” del cuerpo de Cristo, ya que su enterramiento había sido cosa precipitada a causa del sábado pascual que iba a comenzar (Jua_19:42), — este tema de divergencias “embalsamatorias” se indicó antes — y, “corriendo,” vino a dar la noticia a Pedro y “al otro discípulo,” que, por la confrontación de textos, es, con toda probabilidad, el mismo Jn.

            Naturalmente, como ella no entró en el sepulcro, supuso la noticia que da a estos apóstoles: que el cuerpo del Señor fue “quitado” del sepulcro, y no “sabemos” dónde lo pusieron. El plural con que habla: no “sabemos” (ουκ  οΐδαμεν ), entronca fielmente la narración con lo que dicen los sinópticos de la compañía de las otras mujeres que allí fueron (Mt 28,lss; Mc 16ss; Luc_24:1ss; cf. Luc_24:10).

            Seguramente, al ver, a cierta distancia, removida la piedra de cierre, cuya preocupación de cómo la podían rodar para entrar temían (Mar_16:3), cambiaron, alarmadas, sus impresiones, y Magdalena, más impetuosa, se dio prisa en volver, para poner al corriente a Pedro y al anónimo Jn.

            La preeminencia de Pedro se acusa siempre, en formas distintas, en los evangelios, como en este caso.

            Lo que no deja de extrañar, pero con valor apologético aquí, es cómo, después de haberse anunciado por Cristo su resurrección al tercer día, ni estas mujeres piensan, al punto, en el cumplimiento de la profecía de Cristo. La verdad se iba a imponer sobre toda antidisposición a ella. Lo mismo que en los sinópticos, si el “anuncio” de Cristo no hubiese sido primitivo, no se hubiese puesto, pues venía a ser desmentido por estos hechos, tanto en los sinópticos como en Jn. Dicho en forma “profética,” ¿qué habrían captado los apóstoles y estas “mujeres”? Aparte, que el shock de la muerte de Cristo los tuvo que haber desmoronado moralmente.

Pedro y Juan van al sepulcro,Mar_20:3-10.

3 Salió, pues, Pedro y el otro discípulo y fueron al monumento. 4 Ambos corrían; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al monumento, 5 e inclinándose, vio los lienzos; pero no entró. 6 Llegó Simón Pedro después de él, y entró en el monumento y vio los lienzos allí colocados, 7 y el sudario que habían estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino envuelto aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo que vino primero al monumento, y vio y creyó; 9 porque aún no se habían dado cuenta de la Escritura, según la cual era preciso que él resucitase de entre los muertos. 10 Los discípulos se fueron de nuevo a casa.

Pedro y Juan debieron de salir enseguida de recibir esta noticia, pues ambos “corrían.” Pero el evangelista dejará en un rasgo su huella literaria. Este “discípulo” corría más que Pedro. En efecto, Pedro debía de estar sobre la mitad de su edad, sobre los cincuenta años (Jua_21:18.19), y, según San Ireneo, vivió hasta el tiempo de Trajano (98-117) 3. Esto hace suponer que Jn pudiese tener entonces sobre veinticinco o treinta años.

            Jn, por su juventud y su fuerte ímpetu de amor a Cristo, “corrió más aprisa” y llegó primero al sepulcro. Pero “no entró.” Sólo se “inclinó” para ver el interior. Teniendo el sepulcro la entrada en lo bajo y teniendo que agacharse para entrar, Jn, para poder echar una ojeada al interior, tenía que “inclinarse.”

            Jn no entró, esperando a Pedro. ¿Por qué esto? ¿Acaso un cierto temor a una cámara sepulcral, máxime en aquellas condiciones de “desaparición” del cadáver? No parece que sea ésta la razón.

            Pedro es el primero que entra en el sepulcro. El evangelista insiste en lo que vio: los “lienzos” 4 en que había sido envuelto estaban allí; y el “sudario” en que se había envuelto su cabeza no estaba con los “lienzos,” sino que estaba “enrollado” y puesto aparte. El evangelista, al recoger estos datos, pretende, manifiestamente, hacer ver que no se trata de un robo; de haber sido esto, los que lo hubiesen robado no se hubiesen entretenido en llevar un cuerpo muerto sin su mortaja, ni en haber cuidado de dejar “lienzos” y “sudario” puestos cuidadosamente en sus sitios respectivos (Luc_24:12). A este propósito, el caso de Lázaro al salir del sepulcro, “fajado” de pies y manos y envuelta su cabeza en el “sudario,” antes descrito por el evangelista, era aleccionador (Jua_11:44).

            Jn pone luego el testimonio de fe. También él entró “y vio, y creyó.” Vio el sepulcro vacío, sin que hubiese habido robo. Y “creyó.”

            Pero el evangelista destaca su fe en las enseñanzas proféticas sobre la resurrección. A la hora en que escribe el evangelio, ya con la luz de Pentecostés, había penetrado los vaticinios proféticos sobre la resurrección de Cristo. Y ve en los hechos los cumplimientos proféticos (Sal_2:7; Sal_16:8-11; cf. Hec_2:24-31; Hec_13:32-37; 1Co_15:4). ¿Por qué no citan, junto con la “profecía” de la Escritura sobre la resurrección de Cristo, el “vaticinio” que éste les había hecho? Acaso porque el testimonio de la Escritura era de un valor ambiental indiscutido (cf. 1Co_15:3.4; cf. Hec_10:40-42).

            A la vuelta, seguramente se reunieron con los otros apóstoles. Pues si la frase usada en el texto puede significar que Pedro y Juan van al alojamiento propio 5, de hecho, en la tarde del mismo día aparecen todos los apóstoles reunidos en el mismo lugar (Jua_21:19).

            (…)

            Se destaca que Juan llegó al sepulcro “antes” que Pedro; que vio y “creyó”; que es el “discípulo al que amaba el Señor”; que Pedro, para preguntar a Cristo quien es el traidor, recurre a Juan; que éste “descansó sobre el pecho del Señor”; que para entrar en casa de Caifás, Pedro tiene necesidad de la recomendación de Jn, y que es el primero que lo reconoce en el lago, lo mismo que la respuesta que le da Cristo a Pedro a propósito de Juan (cf. Jua_13:23-26; Jua_18:15-16; Jua_20:2-8; Jua_21:7-8; Jua_21:21-23).

(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)

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Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

La resurrección de Jesús de entre los muertos

            Qué sucede en la resurrección de Jesús

«Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo.

Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros, porque en nuestro testimonio le

atribuimos falsamente haber resucitado a Cristo» (1 Co 15,14s). San Pablo resalta con estas

palabras de manera tajante la importancia que tiene la fe en la resurrección de Jesucristo para

el mensaje cristiano en su conjunto: es su fundamento. La fe cristiana se mantiene o cae con la

verdad del testimonio de que Cristo ha resucitado de entre los muertos.

Si se prescinde de esto, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas

interesantes sobre Dios y el hombre, sobre su ser hombre y su deber ser —una especie de

concepción religiosa del mundo—, pero la fe cristiana queda muerta. En este caso, Jesús es

una personalidad religiosa fallida; una personalidad que, a pesar de su fracaso, sigue siendo

grande y puede dar lugar a nuestra reflexión, pero permanece en una dimensión puramente

humana, y su autoridad sólo es válida en la medida en que su mensaje nos convence. Ya no es

el criterio de medida; el criterio es entonces únicamente nuestra valoración personal que elige

de su patrimonio particular aquello que le parece útil. Y eso significa que estamos

abandonados a nosotros mismos. La última instancia es nuestra valoración personal.

Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la

situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos.

Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente.

Por esta razón, en nuestra investigación sobre la figura de Jesús la resurrección es el punto

decisivo. Que Jesús sólo haya existido o que, en cambio, exista también ahora depende de la

resurrección. En el «sí» o el «no» a esta cuestión no está en juego un acontecimiento más

entre otros, sino la figura de Jesús como tal.

Por tanto, es necesario escuchar con una atención particular el testimonio de la resurrección

que nos ofrece el Nuevo Testamento. Pero, para ello, antes de nada debemos ciertamente

dejar constancia de que este testimonio, considerado desde el punto de vista histórico, se nos

presenta de una manera particularmente compleja, suscitando muchos interrogantes.

¿Qué pasó allí? Para los testigos que habían encontrado al Resucitado esto no era ciertamente

nada fácil de expresar. Se encontraron ante un fenómeno totalmente nuevo para ellos, pues

superaba el horizonte de su propia experiencia. Por más que la realidad de lo acontecido se les

presentara de manera tan abrumadora que los llevara a dar testimonio de ella, ésta seguía

siendo del todo inusual. San Marcos nos dice que los discípulos, cuando bajaban del monte de

la Transfiguración, reflexionaban preocupados sobre aquellas palabras de Jesús, según las

cuales el Hijo del hombre resucitaría «de entre los muertos». Y se preguntaban entre ellos lo

que querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos» (9,9s). Y, de hecho, ¿en qué

consiste eso? Los discípulos no lo sabían y debían aprenderlo sólo por el encuentro con la

realidad.

Quien se acerca a los relatos de la resurrección con la idea de saber lo que es resucitar de

entre los muertos, sin duda interpretará mal estas narraciones, terminando luego por

descartarlas como insensatas. Rudolf Bultmann ha objetado a la fe en la resurrección que,

aunque Jesús hubiera salido de la tumba, se debería decir no obstante que «un

acontecimiento milagroso de esta naturaleza, como es la reanimación de un muerto» no nos

ayudaría para nada y, desde el punto de vista existencial, sería irrelevante (cf. Neues

Testament und Mythologie, p. 19).

Efectivamente, si la resurrección de Jesús no hubiera sido más que el milagro de un muerto

redivivo, no tendría para nosotros en última instancia interés alguno. No tendría más

importancia que la reanimación, por la pericia de los médicos, de alguien clínicamente muerto.

Para el mundo en su conjunto, y para nuestra existencia, nada hubiera cambiado. El milagro de

un cadáver reanimado significaría que la resurrección de Jesús fue igual que la resurrección del

joven de Naín (cf. Lc 7,1117), de la hija de Jairo (cf. Mc 5,22-24.35-43 par.) o de Lázaro (cf. Jn

11,1-44). De hecho, éstos volvieron a la vida anterior durante cierto tiempo para, llegado el

momento, antes o después, morir definitivamente.

Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la «resurrección del

Hijo del hombre» ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha

consistido en un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida

que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una

vida que ha inaugurado una nueva dimensión de ser hombre. Por eso, la resurrección de Jesús

no es un acontecimiento aislado que podríamos pasar por alto y que pertenecería únicamente

al pasado, sino que es una especie de «mutación decisiva» (por usar analógicamente esta

palabra, aunque sea equívoca), un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado

una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un

futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad.

Por eso Pablo, con razón, ha vinculado inseparablemente la resurrección de los cristianos con

la resurrección de Jesús: «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó… ¡Pero no!

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos» (1 Co 15,16.20). La resurrección de

Cristo es un acontecimiento universal o no es nada, viene a decir Pablo. Y sólo si la

entendemos como un acontecimiento universal, como inauguración de una nueva dimensión

de la existencia humana, estamos en el camino justo para interpretar el testimonio de la

resurrección en el Nuevo Testamento.

Desde aquí puede entenderse la peculiaridad del testimonio neotestamentario. Jesús no ha

vuelto a una vida humana normal de este mundo, como Lázaro y los otros muertos que Jesús

resucitó. Él ha entrado en una vida distinta, nueva; en la inmensidad de Dios y, desde allí, Él se

manifiesta a los suyos.

Esto era algo totalmente inesperado también para los discípulos, ante lo cual necesitaron un

cierto tiempo para orientarse. Es cierto que la fe judía conocía la resurrección de los muertos

al final de los tiempos. La vida nueva estaba unida al comienzo de un mundo nuevo y, en esta

perspectiva, resultaba también comprensible: si hay un mundo nuevo, entonces existe en él un

modo de vida nuevo. Pero la resurrección a una condición definitiva y diferente, en pleno

mundo viejo, que todavía sigue existiendo, era algo no previsto y, por tanto, tampoco

inteligible al inicio. Por eso, la promesa de la resurrección resultaba incomprensible para los

discípulos en un primer momento.

El proceso por el que se llega a ser creyente se desarrolla de manera análoga a lo ocurrido con

la cruz. Nadie había pensado en un Mesías crucificado. Ahora el «hecho» estaba allí, y este

hecho requería leer la Escritura de un modo nuevo. Hemos visto en el capítulo anterior cómo,

partiendo de lo inesperado, la Escritura se ha desvelado de un modo nuevo y, así, también el

hecho ha adquirido su propio sentido. Obviamente, la nueva lectura de las Escrituras sólo

podía comenzar después de la resurrección, porque únicamente por ella Jesús quedó

acreditado como enviado de Dios. Ahora había que identificar ambos eventos —cruz y

resurrección— en la Escritura, entenderlos de un modo nuevo y llegar así a la fe en Jesús como

el Hijo de Dios.

Pero esto significa que, para los discípulos, la resurrección era tan real como la cruz. Presupone

que se rindieron simplemente ante la realidad; que, después de tanto titubeo y asombro

inicial, ya no podían oponerse a la realidad: es realmente Él; vive y nos ha hablado, ha

permitido que le toquemos, aun cuando ya no pertenece al mundo de lo que normalmente es

tangible.

La paradoja era indescriptible: por un lado, Él era completamente diferente, no un cadáver

reanimado, sino alguien que vivía desde Dios de un modo nuevo y para siempre; y, al mismo

tiempo, precisamente El, aun sin pertenecer ya a nuestro mundo, estaba presente de manera

real, en su plena identidad. Se trataba de algo absolutamente sin igual, único, que iba más allá

de los horizontes usuales de la experiencia y que, sin embargo, seguía siendo del todo

incontestable para los discípulos. Así se explica la peculiaridad de los testimonios de la

resurrección: hablan de algo paradójico, algo que supera toda experiencia y que, sin embargo,

está presente de manera absolutamente real.

Pero ¿puede haber sido realmente así? ¿Podemos —especialmente en cuanto personas

modernas— dar crédito a testimonios como éstos? El pensamiento «ilustrado» dice que no.

Para Gerd Lüdemann, por ejemplo, es evidente que después del «cambio de la imagen

científica del mundo… las ideas tradicionales sobre la resurrección de Jesús» han de

«considerarse obsoletas» (citado según Wilckens, I, 2, p. 119s). Ahora bien, ¿qué significa

propiamente «la imagen científica del mundo»? ¿Hasta dónde alcanza su normatividad?

Hartmut Gese, en su importante contribución Die Frage des Weltbildes, al que quisiera

remitirme aquí, describe con precisión los límites de dicha normatividad.

Naturalmente no puede haber contradicción alguna con lo que constituye un claro dato

científico. Ciertamente, en los testimonios sobre la resurrección se habla de algo que no figura

en el mundo de nuestra experiencia. Se habla de algo nuevo, de algo único hasta ese

momento; se habla de una dimensión nueva de la realidad que se manifiesta entonces. No se

niega la realidad existente.

Se nos dice más bien que hay otra dimensión más de las que conocemos hasta ahora. Esto,

¿está quizás en contraste con la ciencia?¿Puede darse sólo aquello que siempre ha existido?

¿No puede darse algo inesperado, inimaginable, algo nuevo? Si Dios existe, ¿no puede acaso

crear también una nueva dimensión de la realidad humana, de la realidad en general? La

creación, en el fondo, ¿no está en espera de esta última y suprema «mutación», de este salto

cualitativo definitivo? ¿Acaso no espera la unificación de lo finito con lo infinito, la unificación

entre el hombre y Dios, la superación de la muerte?

En la historia de todo lo que tiene vida, los comienzos de las novedades son pequeños, casi

invisibles; pueden pasar inadvertidos. El Señor mismo dijo que el «Reino de los cielos» en este

mundo es como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas (cf. Mt 13,31s

par.). Pero lleva en sí la potencialidad infinita de Dios. Desde el punto de vista de la historia del

mundo, la resurrección de Jesús es poco llamativa, es la semilla más pequeña de la historia.

Esta inversión de las proporciones es uno de los misterios de Dios. A fin de cuentas, lo grande,

lo poderoso, es lo pequeño. Y la semilla pequeña es lo verdaderamente grande. Así es como la

resurrección ha entrado en el mundo: sólo a través de algunas apariciones misteriosas a unos

elegidos. Y, sin embargo, fue el comienzo realmente nuevo; aquello que, en secreto, todo

estaba esperando. Ypara los pocos testigos —precisamente porque ellos mismos no lograban

hacerse una idea— era un acontecimiento tan impresionante y real, y se manifestaba con

tanta fuerza ante ellos, que desvanecía cualquier duda, llevándolos al fin, con unvalor

absolutamente nuevo, a presentarse ante el mundo para dar testimonio: Cristo ha resucitado

verdaderamente.

Los dos tipos diferentes de testimonios

Ocupémonos ahora de cada uno de los testimonios sobre la resurrección en el Nuevo

Testamento. Al examinarlos, se verá ante todo que hay dos tipos diferentes de testimonios,

que podemos calificar como tradición en forma de confesión y tradición en forma de

narración.

La tradición en forma de confesión

La tradición en forma de confesión sintetiza lo esencial en enunciados breves que quieren

conservar el núcleo del acontecimiento. Son la expresión de la identidad cristiana, la

«confesión» gracias a la cual nos reconocemos mutuamente y nos hacemos reconocer ante

Dios y ante los hombres. Quisiera proponer tres ejemplos.

El relato de los discípulos de Emaús concluye refiriendo que los dos encuentran en Jerusalén a

los once discípulos reunidos, que los saludan diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34). Según el contexto,

esto es ante todo una especie de breve narración, pero ya destinada a convertirse en una

aclamación y una confesión que afirma lo esencial: el acontecimiento y el testigo que es su

garante.

En el capítulo 10 de la Carta a los Romanos encontramos una combinación de dos fórmulas: «Si

tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás» (v.

9). La confesión —análogamente al relato de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe (cf.

Mt 16,13ss)— tiene aquí dos partes: se afirma que Jesús es «el Señor» y, con ello, teniendo en

cuenta el sentido veterotestamentario de la palabra «Señor», se evoca su divinidad. A ello se

asocia la confesión del acontecimiento histórico fundamental: Dios loha resucitado de entre

los muertos. Se dice también qué significado tiene esta confesión para el cristiano: es causa de

la salvación. Nos introduce en la verdad que es salvación. Tenemos aquí una primera

formulación de las confesiones bautismales, en las que el señorío de Cristo se vincula cada vez

con la historia de su vida, de su pasión y su resurrección. En el Bautismo el hombre se confía a

la nueva existencia del resucitado. La confesión se convierte en vida.

La confesión más importante en absoluto de los testimonios sobre la resurrección se

encuentra en el capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios. De manera similar a como lo

hace en el relato de la Última Cena (cf. 1 Co 11,23-26), Pablo subraya aquí con gran vigor que

no propone palabras suyas: «Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido,

fue esto» (15,3). Con elloPablo se inserta conscientemente en la cadena del recibir y trasmitir.

En esto, tratándose de algo esencial, de lo que todo lo demás depende, se requiere sobre todo

fidelidad. Y Pablo, que recalca siempre con vigor su testimonio personal del Resucitado y su

apostolado recibido del Señor, insiste aquí con gran vigor en la fidelidad literal de la

transmisión de lo que ha recibido, en que se trata de la tradición común de la Iglesia ya desde

los comienzos.

El «Evangelio» del que aquí habla Pablo es aquel «en el que estáis fundados y por el cual os

salvaréis, si es que lo conserváis tal como os lo he proclamado» (15,1s). De este mensaje

central no sólo interesa el contenido, sino también la formulación literal, a la que no se puede

añadir ninguna modificación. De esta vinculación con la tradición que proviene de los

comienzos se derivan tanto su obligatoriedad universal como la uniformidad de la fe: «Tanto

ellos como yo, esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído» (15,11). En su núcleo,

la fe es una sola incluso en su misma formulación literal: ella une a todos los cristianos.

A este respecto, la investigación ha seguido preguntándose cuándo y de quién exactamente ha

recibido Pablo dicha confesión, así como también la tradición sobre la Última Cena. En

cualquier caso, todo esto forma parte de la primera catequesis que, una vez convertido,

recibió tal vez ya en Damasco; pero una catequesis que en su núcleo provenía sin duda de

Jerusalén, y que se remontaba por tanto a los años treinta. Es, pues, un verdadero testimonio

de los orígenes.

En la versión de 1 Corintios, Pablo ha ampliado el texto transmitido en el sentido de que ha

añadido la referencia a su encuentro personal con el Resucitado. Me parece importante el

hecho de que Pablo, por la idea que tenía de sí mismo y por la fe de la Iglesia naciente, se

sintiera legitimado a unir con el mismo carácter vinculante la confesión original y la aparición

que tuvo del Resucitado, así como la misión de apóstol que ello comportaba. Él estaba

claramente convencido de que esta revelación del Resucitado entraba también a formar parte

de la confesión: que formaba parte de la fe de la Iglesia universal, como elemento esencial y

destinado a todos.

Escuchemos ahora el texto en su conjunto, tal como se encuentra en Pablo:

«3 Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras;

4 que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;

5 que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce.

6 Después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven

todavía…

7Después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles;

8por último, como a un aborto, se apareció también a mí» (1 Co 15,3-8).

Según la opinión de la mayor parte de los exegetas, la verdadera confesión original acaba con

el versículo 5, es decir con la aparición a Cefas y a los Doce. Tomándolo de tradiciones

sucesivas, Pablo ha añadido a Santiago, a los más de quinientos hermanos y a «todos» los

apóstoles, usando obviamente un concepto de «apóstol» que va más allá del círculo de los

Doce. Santiago es importante, porque con él la familia de Jesús, que antes había manifestado

alguna reticencia (cf. Mc 3,20s.31-35; Jn 7,5), entra en el círculo de los creyentes, y también

porque luego es él quien asumirá la guía de la Iglesia madre en la Ciudad Santa, tras la huida

de Pedro de Jerusalén.

(…)

La cuestión del sepulcro vacío

En esta confesión de fe se afirma a continuación, escuetamente y sin comentarios: «Fue

sepultado». Con eso se hace referencia a una muerte real, a la plena participación en la suerte

humana de tener que morir. Jesús ha aceptado el camino de la muerte hasta el final, amargo y

aparentemente sin esperanza, hasta el sepulcro. Obviamente el sepulcro de Jesús era

conocido. Y, naturalmente, aquí se plantea de inmediato la pregunta: ¿Acaso permaneció en el

sepulcro? O, después de su resurrección, ¿quedó vacío el sepulcro?

Esta pregunta ha dado lugar a muchas discusiones en la teología moderna. La conclusión más

común es que el sepulcro vacío no puede ser una prueba de la resurrección. Eso, en el caso de

que fuera un dato de hecho, podría explicarse también de otras maneras. Se llega así a la

convicción de que la cuestión sobre el sepulcro vacío es irrelevante y que, por tanto, se puede

dejar de lado este punto; además, esto implica frecuentemente la suposición de que

probablemente el sepulcro no quedó vacío, evitando así al menos una controversia con la

ciencia moderna acerca de la posibilidad de una resurrección corpórea. Sin embargo, en la

base de todo eso hay un planteamiento distorsionado de la cuestión.

Naturalmente, el sepulcro vacío en cuanto tal no puede ser una prueba de la resurrección.

Según Juan, María Magdalena lo encontró vacío y supuso que alguien se había llevado el

cuerpo de Jesús (cf. 20,1-3). El sepulcro vacío no puede, de por sí, demostrar la resurrección;

esto es cierto. Pero cabe también la pregunta inversa: ¿Es compatible la resurrección con la

permanencia del cuerpo en el sepulcro? ¿Puede haber resucitado Jesús si yace en el sepulcro?

¿Qué tipo de resurrección sería ésta? Hoy se han desarrollado ideas de resurrección para las

que la suerte del cadáver es irrelevante. En dicha hipótesis, sin embargo, también el sentido de

resurrección queda tan vago que obliga a preguntarse con qué género de realidad se enfrenta

un cristianismo así.

Sea como sea, Thomas Söding, Ulrich Wilckens y otros hacen notar con razón que en la

Jerusalén de entonces el anuncio de la resurrección habría sido absolutamente imposible si se

hubiera podido hacer referencia al cadáver que permanece en el sepulcro. Por eso, partiendo

de un planteamiento correcto de la cuestión, hay que decir que, si bien el sepulcro vacío de

por sí no puede probar la resurrección, sigue siendo un presupuesto necesario para la fe en la

resurrección, puesto que ésta se refiere precisamente al cuerpo y, por él, a la persona en su

totalidad.

En el Credo de san Pablo no se afirma explícitamente que el sepulcro estuviera vacío, pero se

da claramente por supuesto. Los cuatro Evangelios hablan de ello ampliamente en sus relatos

sobre la resurrección.

Para la comprensión teológica del sepulcro vacío me parece importante un pasaje del discurso

de san Pedro en Pentecostés, en el cual anuncia abiertamente por primera vez la resurrección

de Jesús a la muchedumbre reunida. No lo hace con palabras suyas, sino mediante una cita del

Salmo 16,9-11, donde se dice: «Mi carne descansa en la esperanza, porque no abandonarás mi

alma en el lugar de los muertos, ni permitirás que tu Santo sufra la corrupción. Me has

enseñado el sendero de la vida…» (Hch 2,26ss). Pedro cita a este respecto el texto del Salmo

según la versión de la Biblia griega, que se distingue del texto hebreo en que leemos: «No

abandonarás mi vida en los infiernos, ni dejarás a tu fiel ver la fosa. Me enseñarás el camino de

la vida» (Sal 16,10s). Según esta versión, el orante habla seguro de que Dios lo protegerá y lo

salvará de la muerte, incluso en la situación de amenaza en que claramente se encuentra, es

decir, en la certeza de que puede descansar seguro: no verá la fosa. La versión que cita Pedro

es distinta: en ella se dice que el orante no permanecerá en los infiernos, no conocerá la

corrupción.

Pedro presupone a David como el orante originario de este Salmo, y ahora puede constatar

que en David no se ha cumplido esta esperanza: «David murió y lo enterraron, y conservamos

su sepulcro hasta el día de hoy» (Hch 2,29). El sepulcro con el cadáver es la prueba de que no

ha habido resurrección. Sin embargo, la palabra del Salmo es verdadera, en cuanto vale para el

David definitivo; más aún, Jesús se demuestra aquí como el verdadero David, precisamente

porque en Él se ha cumplido la palabra de la promesa: no «dejarás a tu fiel conocer la

corrupción».

No es necesario discutir aquí sobre si este discurso es de Pedro o fue redactado por otro, y por

quién, como tampoco sobre cuándo y dónde fue compuesto exactamente. En todo caso, se

trata de un tipo antiguo de anuncio de la resurrección, cuya autoridad en la Iglesia de los

inicios se demuestra por el hecho de que se le atribuyó a Pedro mismo y fue considerado el

anuncio original de la resurrección.

Cuando en el Credo de Jerusalén, que se remonta a los orígenes y es transmitido por Pablo, se

dice que Jesús ha resucitado según las Escrituras, se mira indudablemente al Salmo 16 como a

un testimonio bíblico decisivo para la Iglesia naciente. Aquí se encontró claramente expresado

que Cristo, el David definitivo, no habría conocido la corrupción, que Él debió ser realmente

resucitado.

«No conocer la corrupción»: ésta es precisamente la definición de resurrección. Sólo la

corrupción era considerada como la fase en la que la muerte era definitiva. Con la

descomposición del cuerpo que se disgrega en sus elementos —un proceso que disuelve al

hombre y lo devuelve al universo—, la muerte ha vencido. Ahora, aquel hombre ya no existe

más como hombre; sólo puede permanecer tal vez como una sombra en los infiernos. En esta

perspectiva, era fundamental para la Iglesia antigua que el cuerpo de Jesús no hubiera sufrido

la corrupción. Sólo en ese caso estaba claro que no había quedado en la muerte, que en Él la

vida había vencido efectivamente a la muerte.

Lo que la Iglesia antigua dedujo de la versión de los Setenta del Salmo 16,10 ha determinado

también la visión compartida durante todo el periodo de los Padres. En dicha visión la

resurrección implica esencialmente que el cuerpo de Jesús no sufra la corrupción. En este

sentido, el sepulcro vacío como parte del anuncio de la resurrección es un hecho estrictamente

conforme a la Escritura. Las especulaciones teológicas, según las cuales la corrupción y la

resurrección de Jesús serían compatibles una con otra, pertenecen al pensamiento moderno y

están en clara contradicción con la visión bíblica. Según eso se confirma también que un

anuncio de la resurrección habría sido imposible si el cuerpo de Jesús hubiera permanecido en

el sepulcro.

(Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (II), Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 281-299)

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Santos Padres

·        San León Magno

RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

En nuestro discurso anterior, oh carísimos, os hablábamos, no sin causa, a lo que pienso, de la participación en la cruz de Cristo, a fin de que los misterios pascuales tengan vida para los fieles y lo que en la fiesta se honra con santas costumbres se celebre. La utilidad de tal sistema vosotros mismos la habéis experimentado, y vuestra misma devoción os ha enseñado lo mucho que aprovechan así al alma como al cuerpo los prolongados ayunos, las plegarias frecuentes, las limosnas espléndidas. Difícil será que exista alguien que con tales ejercicios no adelante y, que en el fondo de su conciencia no esconda con qué poder regocijarse. Más tales ganancias hay que guardarlas con perseverante vigilancia, no pase que al convertirse en desidia el trabajo, lo que nos dio la gracia divina, nos lo arrebate la envidia del diablo. Siendo nuestro objeto en la guarda del ayuno de los cuarenta días sentir algo de la cruz al tiempo de la pasión del Señor, también ahora debemos esforzarnos para hacernos participantes de la resurrección de Cristo, y pasar así de la muerte a la vida, mientras estemos sujetos a este cuerpo. Cada hombre se propone al pasar, mediante un cambio, de una cosa a otra, dejar lo que era y transformarse en lo que no era; aunque importa saber a qué vamos a morir o cuál vida vamos a tomar, porque existen muertes que son el origen de la vida y vidas que producen muerte. Y precisamente en este mundo ambas cosas pueden sobrevenir y de la diversa clase de nuestras acciones temporales depende el premio de la vida eterna. Hay que morir al diablo y vivir para Dios, renunciar a la iniquidad para resucitar a la justicia. Húndase lo viejo y surja lo nuevo, y puesto que dice la Verdad que nadie puede servir a dos señores (Mt 6, 24), sea para nosotros el Señor no quien empuja a los que están de pie para que caigan, sino el que ayuda a los caídos para subir a la gloria.

Al decir el Apóstol: El primer hombre por ser de la tierra era terreno, y el segundo hombre que es del cielo, es celestial; como es el terreno así son los otros terrenos y como lo es el celestial así son los celestiales; como hubimos llevado la imagen del hombre terreno así llevemos la imagen de aquel que es del cielo (1 Co 15, 47): justo es que muchos nos alegremos de semejante cambio, por el que de la ignominia terrena pasamos a la dignidad celestial gracias a la inefable misericordia de quien, para llevarnos consigo, bajó hasta nosotros, no tomando únicamente nuestra naturaleza, sino también la condición pecadora de nuestro ser, hasta sufrir tales cosas la divina impasibilidad que únicamente el hombre mortal experimenta en su miseria. Al objeto de que una prolongada tristeza no se apoderase de los ánimos desconsolados de los discípulos, de tal manera supo abreviar los tres días de la tardanza predicha, que al juntarse al día segundo, que fue entero, la última parte del primero y la primera del último fue posible quitar algo al tiempo señalado sin que por eso desapareciera el número de tres. La resurrección del Salvador no dejó por mucho tiempo su alma en el infierno (seno de Abraham), ni su cuerpo en el sepulcro; y fue tan rápida la vuelta a la vida de la carne incorrupta que más puede compararse a sueño que a muerte, porque la Divinidad, que nunca llegó a estar separada de ninguna de las dos sustancias que integran al hombre (alma y cuerpo), lo que con su poder separó con su mismo poder volvió a juntar.

A continuación vinieron muchas pruebas con que poder autorizar la fe que iba a ser predicada por todo el mundo. Y aunque la piedra quitada, el sepulcro vacío, los lienzos doblados y los mismos Ángeles con la narración del hecho prueban sobradamente la verdad de la resurrección del Señor, quiso además dejarse ver de las mujeres y aparecerse a los Apóstoles, no sólo hablando con ellos, sino también conviviendo y comiendo y llegando a permitir que le tocara con diligencia y curiosidad aquellos que eran presa de la duda. Por eso entraba con las puertas cerradas donde estaban los Apóstoles, y con su soplo les daba el Espíritu Santo, y proporcionándoles la luz a su inteligencia les abría el sentido oculto de la Escritura, y nuevamente les mostraba la llaga del costado, las desgarraduras de las manos y las otras más recientes señales de su pasión, para que reconociesen que permanecía intacta en él la propiedad de ambas naturaleza (divina y humana), y supiésemos que el Verbo no es igual que la carne (que la naturaleza humana), y que en el Hijo de Dios hay que admitir al Verbo y al hombre.

No disiente de esta creencia, mis amados, el Maestro de los gentiles, el Apóstol Pablo, cuando dice: Aunque conocimos según la carne a Cristo, más ya no le vemos (2 Co 5, 16). La resurrección del Señor no fue el fin de su carne (de su humanidad), sino su transformación, ni por adquirir mayor virtud se destruyó la sustancia humana. Las apariencias son las que pasan, pero la naturaleza no se destruye: y se convirtió en cuerpo impasible el que antes pudo ser crucificado, se cambió en inmortal el que pudo ser muerto, se hizo incorruptible el que pudo ser llagado. Y con razón se dice (por San Pablo) que la carne de Cristo en aquel primitivo estado en que existió, actualmente no está, por que nada hay ya en ella posible, nada quedó en la misma de debilidad, siendo la misma por su esencia, y no la misma por la gloria. ¿Qué extraño, pues, que proclame esto del cuerpo de Cristo, quien dice de todos los cristianos: Así ya nosotros desde ahora a nadie conocemos según la carne? (2 Co 5, 16). Desde ahora, dice, ha tenido comienzo nuestra resurrección en Cristo, desde que nos precedió la forma de nuestra esperanza, en aquel que murió por todos nosotros. No dudamos con desconfianza ni estamos pendientes con incierta expectación, sino que habiendo recibido ya los comienzos de nuestra promesa con los ojos de la fe empezamos a ver las cosas futuras, y alegrándonos de la exaltación de nuestra naturaleza, lo que creemos ya es como si lo tuviéramos.

No nos distraigan, por tanto, las apariencias de las cosas temporales, ni nos deleite la contemplación de lo terreno apartándonos de lo celestial. Demos aquellas cosas por pasadas, ya que muchas en gran parte ni existen, y el alma englobada en los bienes permanentes, allí fije su deseo donde es eterno lo que se le promete. Aunque por la fe hemos alcanzado la salvación y aunque todavía llevemos esta carne mortal y corruptible, rectamente decimos que no vivimos en carne humana si los afectos carnales no nos dominan, y bien podemos dejar el nombre de aquella cosa, de la cual no seguimos el querer. Cuando dice el Apóstol: No tengáis cuidado de la carne conforme a todos sus deseos (Rm 13, 14), entendemos que no se nos prohíben aquellos que ayudan a la salvación y que la humana flaqueza precisa. Más como no podemos servir a todos los deseos ni lo que la carne ansía podemos satisfacerlo, hemos de estar avisados para usar de una razonable templanza, no concediendo a la carne, que debe estar sometida al juicio de la razón, cosas superfluas ni negándole las necesarias. Por donde el mismo Apóstol dice en otro lugar: Ninguno tuvo jamás odio a su carne, sino que la alimenta y favorece (Ef 5, 29), pero es lógico que se la deba proteger y recrear no para los vicios, ni para la lujuria, sino para que sirva razonablemente, para que guarde el orden que tiene asignado con renovado fervor, sin prevalecer pervertida y deshonradamente las potencias inferiores sobre las superiores o sucumbiendo éstas ante aquellas, más venciendo el alma a los vicios, comenzando allí la carne a servir donde la razón debe dominar.

Reconozca, pues, el pueblo de Dios que es nueva criatura en Cristo, y entienda con claridad por quién ha sido elevado y a quién se ha consagrado. Lo que ha sido creado de nuevo no vuelva ya a la caduca vejez, ni abandone su obra quien puso la mano en el arado, sino más bien esté atento a su oficio de sembrador sin preocuparse de aquello que dejó. Nadie recaiga en aquello de lo cual ya resucitó; aunque si por la debilidad corporal yace postrado a causa de algunas enfermedades, desee sobre todo levantarse cuanto antes. Este es el camino de la salvación, y la manera de imitar la resurrección comenzada en Cristo, y puesto que en el resbaladizo itinerario de esta vida no faltan las caídas y los tropezones, las pisadas de los caminantes vayan progresando del sendero fangoso al seguro, porque, según está escrito, el Señor dirige los pasos del hombre y busca su bien; tanto que al caerse el justo no se dañará, porque el Señor le sostendrá con su mano (Sal 36, 23). Este pensamiento, queridos hermanos, hemos de rumiarlo no sólo con motivo de la solemnidad pascual, sino que debemos conservarlo para santificar toda nuestra vida y dirigirlo a nuestra diaria lucha, a fin de que habiendo deleitado el ánimo de los fieles con la experiencia de su breve observancia, se convierta después en costumbre, guardándolo sin tacha, y de introducirse alguna sombra de culpa, borrarla con ligero arrepentimiento. Más como es difícil y lenta la curación de las enfermedades arraigadas, tanto más rápidamente hay que tomar los remedios, cuanto más recientes son las heridas, para poder levantarnos siempre por completo de cualquier caída y merecer llegar a la incorruptible resurrección de la carne glorificada en Cristo Jesús Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

San León Magno, Sermones Escogidos, Sermón I: De la Resurrección del Señor. (71), Apostolado Mariano España 1990, 77-80

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Aplicación – VIGILIA PASCUAL

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

 

Aplicación – DOMINGO DE RESURRECCIÓN

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Papa Francisco

·        P. Carlos M. Buela, I.V.E.

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL MISTERIO DE LA RESURRECCIÓN

Queridos hermanos: si en el tiempo de Cuaresma la Iglesia nos ha llamado a la conversión, es decir, al cambio de vida, a una vida definitivamente orientada hacia Cristo; si en el tiempo cuaresmal la Iglesia nos ha incitado al arrepentimiento y a la penitencia por nuestros pecados y rebeldías, a partir de esta santa noche nos exhorta a la alegría, a la santa alegría, y a perseverar en ella, porque Cristo ha resucitado. Alegría no mundana, no carnal, sino espiritual, sobrenatural, que nace de la victoria de Cristo sobre la muerte y de la gracia del Señor en nuestras almas.

La liturgia de esta solemne celebración es muy rica y variada en símbolos. Detengámonos en algunos de ellos.

Hemos comenzado con la bendición solemne del fuego nue­vo. Fuera de la iglesia, y en un lugar adecuado, se ha encendido una fogata, y en torno a ella se congregaron los fieles. El sa­cerdote, acompañado de los ministros, se ha acercado, llevando el cirio pascual, y ha bendecido el fuego, rociándolo con agua bendita. El fuego bendecido representa a Cristo. Es figura del amor de Cristo, de la caridad del Señor, que desea arder como una antorcha encendida en cada alma. Es como una llamarada divina que desea abrazar a todas las almas para encenderlas en el deseo de las cosas eternas, pero es también un fuego que debe quemar nuestras miserias, un fuego abrasador que nos purifique de nuestro amor propio, que nos vacíe de nosotros mismos para llenarnos de Dios. “Fuego he traído a la tierra y cuánto deseo que arda”, dijo Jesucristo. Este fuego es figura también de Nuestro Señor que resurgió victorioso del sepulcro.

Con la llama del fuego nuevo se ha encendido el Cirio Pas­cual. Es el cirio más bello de nuestros templos, imagen también del Redentor. Tiene una cruz grabada con dos letras griegas, la primera y la última de su abecedario, alfa y omega, aludiendo al libro del Apocalipsis, donde Jesús es presentado como el princi­pio y el fin de nuestra salvación. También aparecen los números correspondientes al año actual, indicándose con ello que a Cristo le pertenece el tiempo y la eternidad, y en consecuencia a Él le corresponde el poder y la gloria por los siglos de los siglos. En el cirio se insertan, asimismo, cinco granos de incienso, que repre­sentan las cinco llagas del Señor. Son las llagas que nos han curado del pecado, que nos han merecido el perdón de Dios y el derecho a la vida eterna. Llagas que nos predican el valor del sufrimiento cuando se une al de Cristo. Llagas, en último térmi­no, santas y gloriosas, para que en ellas nos sintamos protegidos, escondidos, y en ellas Cristo nos conserve fieles en el seguimien­to de sus pasos. Estos cinco granos de incienso nos predican lo que el mundo rechaza: el valor del dolor cristiano, que unido a la cruz del Redentor, se convierte en dolor purificador, redentor, santificador.

Con el cirio encendido y las luces del templo apagadas, hemos entrado en procesión. Nos dice la Sagrada Escritura que cuando los judíos, de la mano de Moisés, huyeron del Faraón a través del desierto, en dirección a la tierra prometida, de noche eran guiados por una luz milagrosa, una columna de fuego que precedía al pueblo elegido, iluminando el camino. Dicho pueblo es imagen de la Iglesia, del pueblo cristiano, el desierto lo es de nuestras vidas, la luz es figura de Cristo, y la tierra prometida, imagen del cielo, de la vida eterna.

La liturgia retorna, por así decirlo, todos estos simbolismos. El cirio encendido que encabeza la procesión nos recuerda, pues, a Cristo, que en el desierto de esta vida nos conduce hacia la eternidad. Por eso, todas las luces han permanecido apagadas, queriendo significarse con ello que la única luz que nos salva es la del Redentor resucitado. Cristo nos trae la luz de la gracia, la luz de la fe, la luz de sus enseñanzas. Cristo nos trae la claridad en medio de este mundo que vive en tinieblas, en las tinieblas que ocasiona el pecado. “Yo soy la luz —nos dice el Señor—, quien me sigue no camina en las tinieblas”. Esta sociedad, que pretende brillar con luz propia, se sumerge cada vez más en las penumbras. Por eso los errores pululan con tanta facilidad, sembrando la confusión y destruyendo las almas. Cristo es la única y verdadera luz capaz de iluminar nuestras inteligencias para conocer la verdad y seguirla, la única capaz de iluminar nuestros corazones para amar la verdad pura y transparente que nos trae el Señor resucitado. Sólo en El se halla la claridad que disipa las tinieblas del error. Cristo es el Señor de la historia, el principio y el fin, el alfa y la omega, el Rey de reyes y el Señor de los señores, que ha resucitado glorioso del sepulcro, y marcha con paso victorioso y lleno de majestad delante de nosotros. Es un Rey triunfador que nos comunica su victoria sobre la muerte y el pecado, que nos trae su gracia y sus ejemplos. Es luz celestial que da sentido a nuestra existencia, guiándonos por el camino de la virtud y de la santidad. Luz radiante que nos impregna y nos contagia para que con ella también nosotros brillemos, glorificando de este modo a Dios con nuestras vidas.

Así como para la vida material, la luz que proviene del sol disipa las tinieblas de la noche, trae seguridad para el viajero, hermosea la creación, y en cierta manera aporta vida, así el Señor, que es luz, disipa para nosotros las tinieblas del error, de la Ignorancia y del pecado; nos ofrece seguridad en nuestro peregrinar hacia el cielo; embellece el alma comunicándonos su propia vida. Sin Cristo, peregrinamos en penumbras, carecemos de vida sobrenatural, nuestro andar se toma vacilante, nuestras almas permanecen horriblemente afeadas por el pecado. “Todo lo puedo en aquel que me conforta”, decía el gran Apóstol San Pablo. También nosotros podemos repetir lo mismo. Por eso hemos encendido nuestras velitas en el Cirio, como diciéndole a Cristo: “Señor, haz que vea…, que la oscuridad de la tentación y del pecado no me invadan”.

Al llegar al altar, el sacerdote entona el Exsultet o Pregón Pas­cual, bellísimo himno que se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Es un cántico impregnado de júbilo por la resurrec­ción gloriosa del Redentor. Júbilo del cielo, de la tierra, de la Iglesia. En él se proclama el misterio de la Resurrección, sobre el telón de fondo del pecado del hombre y la misericordia de Dios.

A continuación tuvo lugar la liturgia de la palabra. Varias lecturas nos propone la Iglesia esta noche, que resumen las maravillas de Dios en favor de los hombres, culminando con la del evangelio de la Resurrección que nos relata San Lucas. En el Antiguo Testamento, Dios nos hablaba por medio de los profe­tas; en el Nuevo Testamento, nos habla por medio de su propio Hijo, el Verbo encarnado, que se ha hecho hombre verdadero, sin dejar de ser Dios. Son, pues, las lecturas puestas a nuestra consideración para meditar las hazañas de Dios que provienen de su amor infinito y que tienen por destino al hombre. Palabras sagradas a las que debemos recurrir con frecuencia para alimen­tar el alma, para saciar su sed de eternidad. Palabras que brotan del Señor como de su fuente para esclarecer nuestra inteligencia, tan poco ilustrada, y encender en nosotros el entusiasmo por las cosas celestiales. ¡Cuántas palabras vanas escuchamos diaria-nonio, cuánto palabrerío inútil, cuánto tiempo dedicado a lecturas superficiales, cuando no a lecturas frívolas, irreverentes, vacías de contenido! ¡Y qué poco tiempo le dedicamos a la lectura de los Libros Sagrados, a esa carta que Dios ha enviado a los hombres y que se llama Sagrada Escritura!

Por el Bautismo hemos sido injertados en Cristo. Fue nuestra resurrección espiritual, pues gracias a él pasamos de la muerte a la vida. Por la providencia de Dios, ya hemos dado ese paso, ya hemos hecho esa pascua del pecado original a la vida de la gracia. Tránsito incomparable, nuevo milagro que contemplaron los ángeles exultantes de gozo. En esta tercera parte de la Vigilia Pascual, la liturgia bautismal, invocamos a Dios para que con su poder santifique el agua con que serán bautizados los cate­cúmenos. Recurrimos para ello a la Iglesia triunfante, a la Iglesia del cielo, a través de las letanías, rogando a los ángeles y a los santos que intercedan ante el trono de Dios por nosotros y por los que serán bautizados. Al bendecir el agua, el sacerdote introduce en ella el cirio pascual, imagen de Cristo, a cuyo con­tacto adquiere su virtud santificadora. El agua recibe de Cristo resucitado el poder de sanar el alma cuando se junta con las palabras que el sacerdote pronuncia al bautizar. Nosotros ya hemos tenido la dicha de haber sido bautizados. Merced a dicho Bautismo, hemos sido resucitados con Cristo, y por tanto, como dice San Pablo, debemos buscar las cosas de arriba. Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Habitamos en este mundo no para enquistarnos en él sino para ganamos la verdadera tierra prometida: la Vida eterna. Nuestra lucha deberá ser constante si queremos mantener siempre el alma resucitada por la gracia.

Queridos hermane, en esta noche, “la más santa de todas” en que conmemoramos la gloriosa resurrección de Nuestro Señor, pidámosle que, por medio de su Madre Santísima, nos alcance la gracia de la verdadera alegría para que, en medio de las vicisitudes de esta vida, nos dirijamos sin vacilar hacia los gozos de la Vida eterna.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 134-138)

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San Juan Pablo II

 

“¿Buscáis a Jesús el crucificado?” (Mt 28, 5).

Es la pregunta que oirán las mujeres cuando, “al alborear el primer día de la semana” (ib., 28,1), lleguen al sepulcro.

¡Crucificado!

Antes del sábado fue condenado a muerte y expiró en la cruz clamando: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23, 46).

Colocaron, pues, a Jesús en un sepulcro, en el que nadie había sido enterrado todavía, en un sepulcro prestado por un amigo, y se alejaron. Se alejaron todos, con prisa, para cumplir la norma de la ley religiosa. Efectivamente, debían comenzar la fiesta, la Pascua de los judíos, el recuerdo del éxodo de la esclavitud de Egipto: la noche antes del sábado.

Luego, pasó el sábado pascual y comenzó la segunda noche.

2. Y he aquí que hemos venido todos a este templo, igual que tantos hermanos y hermanas nuestros en la fe, a los diversos templos en todo el globo terrestre, para que descienda a nuestras almas y a nuestros corazones la noche santa: la noche después del sábado.

Os encontráis. aquí, hijos e hijas de la Iglesia que está en Roma, hijos e hijas de la Iglesia extendida por los diversos países y continentes, huéspedes y peregrinos. Juntos hemos vivido el Viernes Santo: el vía crucis entre los restos del Coliseo —y la adoración de la cruz hasta el momento en que una gran piedra fue puesta a la puerta del sepulcro— y en ella fue colocado un sello.

¿Por qué habéis venido ahora?

¿Buscáis a Jesús el crucificado?

Sí. Buscamos a Jesús crucificado. Lo buscamos esta noche después del sábado, que precedió a la llegada de las mujeres al sepulcro, cuando ellas con gran estupor vieron y oyeron: “No está aquí…” (Mt 28, 6).

Hemos venido, pues, aquí, pronto, ya entrada la noche, para velar junto a su tumba. Para celebrar la Vigilia pascual.

Y proclamamos nuestra alabanza a esta noche maravillosa, pronunciando con los labios del diácono el “Exsultet” de la Vigilia. Y escuchamos las lecturas sagradas que comparan a esta noche única con el día de la Creación, y sobre todo, con la noche del éxodo, durante la cual, la sangre del cordero salvó a los hijos primogénitos de Israel de la muerte y los hizo salir de la esclavitud de Egipto. Y, luego, en el momento en que se renovaba la amenaza, el Señor los condujo por medio del mar a pie enjuto.

Velamos, pues, en esta noche única junto a la tumba sellada de Jesús de Nazaret, conscientes de que todo lo que ha sido anunciado por la Palabra de Dios en el curso de las generaciones se cumplirá esta noche, y que la obra de la redención del hombre llegará esta noche a su cénit.

Velamos, pues, y, aun cuando la noche es profunda y el sepulcro está sellado, confesamos que ya se ha encendido en ella la luz y avanza a través de las tinieblas de la noche y de la oscuridad de la muerte. Es la luz de Cristo: Lumen Christi.

3. Hemos venido para sumergirnos en su muerte; tanto nosotros que, hace tiempo, hemos recibido ya el bautismo, que sumerge en Cristo, como también los que recibirán el bautismo esta noche.

Son nuestros nuevos hermanos y hermanas en la fe; hasta ahora eran catecúmenos, y esta noche podemos saludarlos en la comunidad de la Iglesia de Cristo, que es: una, santa, católica y apostólica. Son nuestros nuevos hermanos y hermanas en la fe y en la comunidad de la Iglesia, y provienen de diversos países y continentes: Corea, Japón, Italia, Nigeria, Holanda, Ruanda, Senegal y Togo.

Los saludamos cordialmente y proclamamos con alegría el “Exsultet” en honor de la Iglesia, nuestra Madre, que los ve reunidos aquí en la plena luz de Cristo: Lumen Christi.

Y juntamente con ellos proclamamos la alabanza del agua bautismal, a la cual, por obra de la muerte de Cristo, descendió la potencia del Espíritu Santo: la potencia de la vida nueva que salta hasta la eternidad, hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14).

4. Así, todavía antes de que despunte el alba y las mujeres lleguen a la tumba de Jerusalén, hemos venido aquí para buscar a Jesús crucificado, porque:

“Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con El, para que… no seamos más esclavos del pecado…” (Rom 6, 6), porque nosotros nos consideramos “muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (ib., 6, 11); efectivamente: “Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios” (ib., 6, 10);

porque: “Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (ib., 6, 4);

porque: “Si nuestra existencia está unida a El en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (ib., 6, 5);

porque creemos que “si hemos muerto con Cristo…, también viviremos con El” (ib., 6, 8);

y porque creemos que “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre El” (ib., 6, 9).

5. Precisamente por esto estamos aquí.

Por esto velamos junto a su tumba.

Vela la Iglesia. Y vela el mundo.

La hora de la victoria de Cristo sobre la muerte es la hora más grande de su historia.

(Sábado Santo, 18 de abril de 1981)

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P. Alfredo Sáenz, S.J.

CONFIANZA Y CONVOCATORIA

“Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos”. Hemos vivido la Semana Santa, y en ella contemplamos el misterio del Amor de Dios Padre por la obra de su Creación; hemos palpado la medida del Amor sin medida del Verbo Encamado, que “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”; hemos saboreado la obra santificadora del Espíritu Santo en la economía de la salvación, ya que a El se le atribuye la fecundación de las entrañas purísimas de Nuestra Señora, dando origen a la carne redentora del Salvador. Sin embargo podemos correr el riesgo de que, como Pedro y Juan, no lleguemos a comprender que Jesús debía resucitar; que para que la obra de la redención alcanzara su perfección, el que se “hizo pecado” debía vencer totalmente al Oponente con la frustración de la muerte en su naturaleza asumida; que para que nosotros nos pudiésemos gloriar del “varón de dolores”, éste debía vencer el dolor de la separación de Dios con la Vida sin fin de la resurrección.

La profundidad del Amor de Dios y la frialdad de nuestros corazones han venido lidiando durante estos días de la Cuares­ma y, como en un último encuentro, en la Semana Santa. Quizás nuestro corazón buscó ardor junto al Crucificado, pero su cuerpo frío, “sin apariencia ni presencia, despreciable y varón de dolo­res”, no nos hizo sino recordar nuestra infidelidad, y entonces, abatidos, vimos hacerse noche nuestras vidas. Quizás corrimos presurosos a consolar a María, pero su corazón atravesado con “una espada de dolor”, nos recordó ser nosotros quienes la desenvainamos, y entonces nuestros pasos retrocedieron por no saber que decir a Aquella que nos dice “mirad si hay dolor semejante a mi dolor”. Por momentos nuestros corazones que­daron inmóviles para poder compartir la muerte de Aquel Corazón Sagrado que en la Cruz nos dio su Sangre y su Agua.

Pero la noche en que hemos estado sumergidos desde el Viernes Santo ha desaparecido. El “sol de justicia” ha amanecido desde lo profundo del sepulcro. Cristo, sin dejar sus llagas redentoras, abandonando, sí, el abismo, volvió a la Vida, para que nuestra vida no conozca nunca más la oscuridad de la muerte. El Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas, la vuelve a tomar, para conducir a su rebaño hasta los manantiales de la Vida Eterna; el que a sí mismo se llamó Puerta, destruyó la piedra del sepulcro para que a través de la muerte podamos llegar al reino de la luz; el que es Pan de Vida se dejó moler en el granero del patíbulo, para que nuestra vida fermentara al calor de su Resurrección; por fin, el Camino, que es la Verdad, peregrinó hacia la muerte que le preparaban los mentirosos, para que la realidad de su resurrección constituyese la cumbre de nuestro peregrinar.

Miramos a Cristo resucitado, y en Él nos miramos a nosotros mismos. Ha resucitado la Cabeza, por tanto también resucitará el Cuerpo; venció a la muerte el Dios de los Ejércitos, por tanto, también sus vasallos; conquistó el reino de la luz el Sol de Justicia, por tanto no experimentaremos la oscuridad y la frialdad de la muerte. Mirara Cristo Resucitado es consolar nuestros corazones afligidos; es dar calor a nuestra alma para que se entusiasme nuevamente en el desandar la vida de pecado y seguir las huellas del divino Maestro; es correr en busca de la Madre de los Dolores no ya para consolarla, sino para contemplarla gloriosa en la gloria de su divino Hijo; es sintonizar nuestros corazones con al Corazón del resucitado, para que latan al unísono en el Amor de la redención. Contemplar la resurrección de Cristo es dar seguridad a nuestra fe, avivar nuestra esperanza, enardecer nuestra caridad. Contemplar la resurrección del Señor es dar descanso y consuelo a nuestro corazón.

“Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes del cielo, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios”, hoy nos exhorta San Pablo. Si la resurrección de Cristo ha sido un consuelo para nuestros corazones, si ha sido la luz gloriosa que disipó la oscuridad del pecado y de la muerte, si ha sido el calor que fermenta en nuestras almas la esperanza de la bienaventuranza final, la resurrección del Señor implica también la exigencia de un nuevo estilo de vida. Tras la victoria de nuestra Cabeza, debemos mirar hacia el cielo; viviendo en la tierra, debemos tender hacia lo alto. En la parábola del hijo pródigo, Cristo comparé la situación del pecador con la de los cerdos. Como éstos escondan su hocico en el barro del chiquero, buscando saciar su hambre de inmundicia, quizás hemos vivido en un ambiente fangoso buscando saciar nuestra hambre de placer, egoísmo, mentira y ambición.

Cristo resucitado ennoblece nuestra naturaleza caída, Ya no podemos seguir obrando como seres irracionales. Se nos llama a erguimos, a levantar nuestra cabeza, a vivir la nobleza de ser cristianos. Se nos llama a “aspirar a las cosas de arriba”, a buscar lo trascendental por sobre lo caduco, lo que permanece por sobra lo superfluo de las modas y los estilos, lo que pertenece al reino da la luz, por su claridad y belleza, por sobre lo oscuro, intrigante y deforme. Se nos llama, en definitiva, a elevar y transfigurar nues­tro estilo de vida; a recordar que es más importante ser que tener; a darnos cuenta que exigirnos es mejor que reclamar derechos; que vivir con recogimiento es más digno que derramarse en mil actividades distractivas. La resurrección de Cristo nos invita a vivir del Resucitado, de la gracia, de su Iglesia, de la belleza de su doctrina. Nos invita a resucitar con Él, a inaugurar un nuevo tipo de vida, muriendo a la vida animalizante del pecado.

Cristo resucitado se nos ofrece así como consuelo para nues­tros corazones al tiempo que cual convocatoria a una nueva vida.

Su resurrección sucedió “el primer día de la semana”, según lo escuchamos de San Juan. Ese “primer día” fue y es el do­mingo. Por ello los cristianos cada “día del Señor” –que eso significa “domingo”– nos reunimos a celebrar los misterios del Dios que, haciéndose hombre y habiendo resucitado, se vuelve Eucaristía para alimento de su Cuerpo Místico, la Iglesia que peregrina hacia la resurrección final. Pero el domingo es, a la vez, el “octavo día” en que Cristo, tras su reposo del gran sábado –el reposo de la obra redentora que retorna el reposo de la obra creadora– inaugura el día “que hizo el Señor”, el “día que no conoce ocaso”. Porque la resurrección de Cristo es, en cierta manera, el comienzo de la Vida Eterna, el principio de una era nueva sin fin. Vivir la resurrección de Cristo es incorporarse a este nuevo estado, preparándose así a la vuelta gloriosa del Señor. De ahí lo que nos anuncia San Pablo en la segunda lectura de hoy: “Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, entonces vo­sotros también apareceréis con Él, llenos de gloria”. Nos toca, pues, vivir la resurrección de Cristo, y pregustar su triunfo defi­nitivo. Mientras tanto, seguimos peregrinando en esta vida mor­tal, con nuestros defectos y limitaciones, con nuestros pecados y tentaciones. Mas, a pesar de todo, en el fragor de la lucha nos anima saber que nuestra Cabeza ya ha triunfado. Lo que nos resta es tan sólo librar la batalla y alcanzar la victoria en el interior de nuestro corazón.

Demos rienda suelta a nuestra alegría. ¡Cristo ha resucitado! Pero no olvidemos que para resucitar tuvo primero que haber una muerte. Justamente nos gozamos por la Pascua de Resurrec­ción, pero antes hubo un Viernes Santo de Pasión. Cada día Cristo quiere resucitar en nuestro corazón por el ardor de la caridad, pero ello no sucederá si antes nuestra voluntad no tiene su pasión y muerte, si cada día no abdicamos un poco más a nuestros criterios y juicios mundanos, “porque vosotros estáis muertos–dice San Pablo–, y vuestra vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios”. La resurrección exige una previa postración; postración de nuestra voluntad ante la voluntad soberana de Dios. Postración que nos haga capaces de repetir, día tras día, con la Madre del Resucitado: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra”.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 139-143)

 

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Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo: ¡Feliz Pascua! ¡Feliz Pascua!

Es una gran alegría para mí poderos dar este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles…

Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La misericordia de Dios siempre vence.

También nosotros, como las mujeres discípulas de Jesús que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, podemos preguntarnos qué sentido tiene este evento (cf. Lc 24,4). ¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón. Y esto lo puede hacer el amor de Dios.

Este mismo amor por el que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, y ha ido hasta el fondo por la senda de la humildad y de la entrega de sí, hasta descender a los infiernos, al abismo de la separación de Dios, este mismo amor misericordioso ha inundado de luz el cuerpo muerto de Jesús, y lo ha transfigurado, lo ha hecho pasar a la vida eterna. Jesús no ha vuelto a su vida anterior, a la vida terrenal, sino que ha entrado en la vida gloriosa de Dios y ha entrado en ella con nuestra humanidad, nos ha abierto a un futuro de esperanza.

He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el hombre vivo (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4,20,5-7).

Queridos hermanos y hermanas, Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos (cf. Ez 37,1-14).

He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz.

Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

Paz para Oriente Medio, en particular entre israelíes y palestinos, que tienen dificultades para encontrar el camino de la concordia, para que reanuden las negociaciones con determinación y disponibilidad, con el fin de poner fin a un conflicto que dura ya demasiado tiempo. Paz para Irak, y que cese definitivamente toda violencia, y, sobre todo, para la amada Siria, para su población afectada por el conflicto y los tantos refugiados que están esperando ayuda y consuelo. ¡Cuánta sangre derramada! Y ¿cuánto dolor se ha de causar todavía, antes de que se consiga encontrar una solución política a la crisis?

Paz para África, escenario aún de conflictos sangrientos. Para Malí, para que vuelva a encontrar unidad y estabilidad; y para Nigeria, donde lamentablemente no cesan los atentados, que amenazan gravemente la vida de tantos inocentes, y donde muchas personas, incluso niños, están siendo rehenes de grupos terroristas. Paz para el Este la República Democrática del Congo y la República Centroafricana, donde muchos se ven obligados a abandonar sus hogares y viven todavía con miedo.

Paz en Asia, sobre todo en la península coreana, para que se superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación.

Paz a todo el mundo, aún tan dividido por la codicia de quienes buscan fáciles ganancias, herido por el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia; egoísmo que continúa en la trata de personas, la esclavitud más extendida en este siglo veintiuno: la trata de personas es precisamente la esclavitud más extendida en este siglo veintiuno. Paz a todo el mundo, desgarrado por la violencia ligada al tráfico de drogas y la explotación inicua de los recursos naturales. Paz a esta Tierra nuestra. Que Jesús Resucitado traiga consuelo a quienes son víctimas de calamidades naturales y nos haga custodios responsables de la creación.

Queridos hermanos y hermanas, a todos los que me escuchan en Roma y en todo el mundo, les dirijo la invitación del Salmo: «Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / “Eterna es su misericordia”» (Sal117,1-2).

(Domingo 31 de marzo de 2013)

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P. Carlos M. Buela, I.V.E.

La Resurrección sin el Resucitado

1. La resurrección sin milagro

Para el idealismo moderno y el progresismo cristiano, la resurrección surge de la idealización póstuma de Jesús muerto. La gloria nace de una derrota. De este modo se altera la narración evangélica para la cual la fe nace de la percepción real del Resucitado, de Aquel que ha derrotado a la muerte. Así dice Andrés Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, recientemente traducido al italiano [2] , en la frase de portada que comenta el texto: «No solamente la resurrección no es un milagro, sino que ni siquiera es un acontecimiento empírico. Y la fe en la resurrección no depende del hecho de que se acepte o rechace la realidad histórica del sepulcro vacío». El opúsculo es interesante en la medida en que es la expresión culminante de una tendencia que, después de Bultmann, se ha vuelto hegemónica en los estudios exegéticos y teológicos: según la cual la resurrección es una piedra errante, un peñasco errático que la crítica debe quitar para hacer comprensible al hombre moderno el contenido de la fe cristiana. Es la enseñanza progresista que expresa el nuevo gnosticismo cristiano.

a. No a la interpretación de siempre

Pretenden que no se dé una lectura realista de la resurrección y que sólo se admita la interpretación “simbólica”, negando así la fe católica en la resurrección. En una singular inversión de los procesos cognitivos la fe no presupone el sepulcro vacío y la experiencia tangible del Resucitado; al contrario, es el Cristo resucitado que “aparece” en cuanto tal sólo en la precomprensión de la fe. De este modo una parte conspicua de la literatura teológica –la que da por descontado la oposición entre el “Cristo histórico” y el “Cristo de la fe”– abandona la posición realista y se encuentra, necesariamente, con el punto de vista idealista. Para éste no es la realidad, lo que acontece concretamente, lo que mueve y explica la “persuasión”; al contrario, es la “visión del mundo”, la fe preliminar, la que hace que sean evidentes, “visibles”, hechos que de otro modo no subsisten. La fe, privada de toda racionabilidad, ya no es “juicio” sino “pre-juicio” que “ve” de manera deforme de la realidad, lugar de una experiencia “mística”, afectiva, idealizante. La fe idealiza, gracias a la mediación imaginativa, su objeto. En el caso del cristianismo esto significa que Cristo “aparece” como el resucitado en la fe, gracias a la fe. Fuera de la fe hay sólo el ‘misterio’ de una tumba vacía, de un cadáver desaparecido. Un problema que no le interesa a la fe, para la cual lo que importa es solamente el Cristo ideal, divino. La resurrección no necesita la carne de Jesús de Nazaret, su persona singular; basta la idea, el símbolo del Hombre-Dios. La fe vive de la idea, no de la realidad.

Este presupuesto, verdadero y propio a priori conceptual, es patente en el texto de Torres Queiruga. Para el filósofo de Santiago de Compostela las adquisiciones «irreversibles» de la exégesis y de la cultura actual hacen que ya no se pueda concebir «la presencia activa de Dios como una injerencia puntual, es decir, física y comprensible para los sentidos, en la trama del mundo»[3]. Una definición perfecta de la Encarnación que el autor suprime con una simple tachadura de su pluma. Al igual que Bultmann, para quien es «mitológica la concepción en que lo no-mundano, lo divino, aparece como mundano y como humano, el más allá como el más acá»[4], tampoco para Torres Queiruga Dios puede obrar sensiblemente en este mundo. Por esto «el tratamiento de la resurrección de Jesús como “milagro” –el más espectacular– ha desaparecido definitivamente de los tratados serios. Hasta tal punto que incluso en los tratados más “ortodoxos” puede leerse la afirmación que la resurrección no sólo no es un milagro, sino que ni siquiera es un acontecimiento “histórico”»[5]. La “experiencia” del Resucitado debe alejar toda presencia de tipo empírico. «Si el Resucitado fuera tangible o comiera, necesariamente estaría limitado por las leyes del espacio, es decir, no habría resucitado. Y lo mismo sucedería si fuera visible»[6]. Pensar diversamente significaría someterse al «imperialismo del principio empirista»[7], hacer imposible «la racionabilidad razonable de la fe en la resurrección»[8].

b. Según el A., los discípulos ni lo vieron ni lo tocaron, sólo lo imaginaron

Para el autor «los discípulos no vieron con sus ojos al Resucitado ni lo tocaron con sus manos, porque esto era imposible estando él fuera del alcance de sus sentidos»[9]. Lo que ellos “vieron” «no puede conservar ninguna relación material con un cuerpo espacio-temporal»[10]. Por lo demás, «ni siquiera para la vida en el espacio-tiempo puede tomarse sin más el cuerpo como soporte de la identidad», ni «se ve qué es lo que podría aportar la transformación (?) del cuerpo muerto, es decir, del cadáver»[11]. Para el “idealista” Torres Queiruga la “realidad” de Cristo resucitado no presupone su realidad sensible, corpórea, sino que se funda en la subjetividad del creyente, en las «experiencias psíquicas, de visualizaciones o imaginaciones de convicciones íntimas. Convicciones que pueden tener un referente real –el místico en su visión se conecta realmente a Cristo- sin que lo sea la forma en que se presenta»[12]. La “visión” presupone la experiencia interior, la condición personal y ambiental peculiar, a partir de la cual la «mediación imaginativa»[13] –que el autor evoca citando a Kant– se concretiza dando forma al objeto de su aspiración. En el caso de los discípulos, «dentro de la cultura del tiempo, abierta a las manifestaciones extraordinarias y empíricas de lo sobrenatural, podía funcionar con toda naturalidad el esquema imaginativo de la resurrección como una especie de vuelta a la vida»[14]. Los discípulos creyeron verlo porque estaban predispuestos a ello por un contexto, un ámbito espiritual. Dentro de este horizonte el elemento decisivo, la chispa, la provoca la experiencia fundamental de la muerte de Jesús: «El contexto vivísimamente emotivo causado por el drama del Calvario»[15]. Es aquí, en el drama de la desaparición del ser querido, donde madura «lo que podríamos llamar kantianamente el “esquema imaginativo” para comprender la resurrección como ya acontecida»[16]. En el contexto mesiánico-escatológico de Israel la muerte de Jesús provoca un vacío desgarrador, una experiencia de dolor que empuja hacia su resolución. La cruz de Cristo se “transmuta” en la resurrección: «La resurrección tiene lugar en la misma cruz»[17]. Cristo, el muerto, vuelve a la vida en la fe. Torres Queiruga sigue a la letra, sin citarlo, a Rudolf Bultmann: «Cruz y resurrección como acontecimiento “cósmico” son todo uno»[18] . La resurrección no es un acontecimiento real que sigue a la muerte de Jesús en la cruz. Es, simbólicamente, la transfiguración ideal de Cristo inducida por la experiencia trágica de su fin. Con una forma paradójica, que está en el centro del modelo idealista, la ausencia produce la presencia, el vacío da lugar a una plenitud, la privación se trueca en victoria. Esto requiere que se quite de la cruz el aspecto de escándalo, en sentido paulino: el Hijo de Dios colgado en lo que para los modernos es la horca. Este aspecto sería, en los Evangelios, una construcción literaria, no un elemento histórico. Torres Queiruga reconoce que «una costumbre inveterada, que se apoya con fuerza en la letra de los Evangelios, ha llevado a ver la cruz como un lugar de “escándalo”, que decretaba el fin de la fe de los discípulos, los cuales a este punto huyeron, negando y traicionando a su Maestro. Para explicar la recuperación de la fe por parte de los discípulos tuvo que suceder algo extraordinario y milagroso que, con su evidencia irrefutable, los devolvió a la fe. Este algo sería la resurrección, que así obtiene una auténtica “demostración” histórica. No cabe negar que el tema tenga su fuerza, y de hecho sigue siendo el más corriente en los tratados en uso. Sin embargo, una reflexión más atenta ha mostrado, cada vez con más claridad y mayor aceptación entre los estudiosos, su naturaleza de “dramatización” literaria de corte apologético»[19]. Comprobaría esta conclusión el hecho de que la «hipótesis de una traición o de una negación resulta profundamente incomprensible e injusta para con los discípulos»[20]. Estos traicionaron a Jesús en el momento de la prueba suprema, fueron ingratos y sin corazón. Algo inadmisible para el autor. Por otra parte, el escándalo es válido para los romanos, no para los judíos: «Los criminales de Roma eran los héroes del pueblo sometido por ella»[21].

La cruz de Cristo, en la óptica totalmente positiva perfilada por Torre Queiruga, no es lo que aleja, el lugar de la soledad. Todo lo contrario, es el punto coagulante de la fe: «La crucifixión, con el horrible escándalo de su injusticia, aparece como el más decisivo catalizador para comprender que lo sucedido en la cruz no podía ser el final definitivo»[22]. La cruz no es un punto de huida, sino de “cambio”. Conclusión obligada, la de Torres Queiruga, en la medida en que entre la muerte de Jesús y la fe de la Iglesia naciente no sucede nada. El idealismo, como filosofía del no-acontecimiento, comporta un cortocircuito por el que la fe debe preceder al acontecimiento, no seguirlo. El argumento según el cual los discípulos huyen, aterrados y desmoralizados, tiene una “fuerza propia”, como reconoce el autor, y, sin embargo, no puede admitirse. El vacío debe producir lo lleno, la muerte hacerse idea del Resucitado, y no generar escándalo, huida, desorientación. De otro modo sería “apologética”, no historia. En su efectualidad el muerto es una bandera, el símbolo de una vida que no podía acabar.

Todo lo cual es ‘tomar el rábano por las hojas’, poner el carro adelante y los caballos atrás. Es un axioma que operari sequitur esse. Es negar el principio de no-contradicción afirmar que esse sequitur operari, como lo es hacer del primo posterior, o de lo posterior primo. Como sería que el A. comiera por el ano y defecara por la boca.

2. En la órbita del perverso e impío pensamiento hegeliano

a. La revelación inmanente

Es singular que Torres Queiruga cite varias veces a Kant –por la mediación imaginativa de la fe– y no cite en cambio a Hegel. Es singular porque su reflexión se sitúa, de manera perfecta, dentro del horizonte especulativo idealista, siguiendo su cristología a la hegeliana, con discordancias que, por el tema tratado, son totalmente marginales [23] . Como para Hegel, también para el filósofo español, la revelación «no consiste en la irrupción de algo exterior, sino en el descubrimiento de una presencia que, quizás ignorada o tal vez presentida, ya está dentro y trata de darse a conocer»[24]. El cristianismo concierne a la ontología, no a la historia. Revela lo que está presente desde siempre, aunque velado, en la interioridad del yo; es una relación inmanente, no inducida desde fuera. «No es que en un determinado momento Dios “entra” en el mundo para revelar algo con una intervención extraordinaria. Él siempre está presente y es activo en el mundo, en la historia y en la vida de los individuos, y siempre está tratando de hacer conocer su presencia, para que consigamos interpretarla de manera correcta»[25]. Por esto «lo que hace falta no es que el sol comience a brillar, sino que tengamos limpias y abiertas las ventanas»[26]. La Revelación no es Dios que se “revela”, puesto que lo hace siempre, sino el descubrimiento humano «que constituye revelación en sentido estricto»[27]. Torres Queiruga deshistoriza radicalmente el cristianismo. Lo resuelve en una estructura ideal, en una concepción gnóstico-panteísta según la cual el Dios-en-el-mundo anhela hacerse cognoscible perforando el velo de sombra de la humana ignorancia. El Cristo histórico, como en Hegel, es solamente la “ocasión” del despertarse, en la conciencia, del conocimiento del Cristo ideal. A la par de Sócrates Él es la “comadrona” cuya arte mayéutica trae a la luz al Dios-en-nosotros según la «rica y profunda tradición del magister interior»[28].

b. Negación de la dimensión empírica de la fe

Esta perspectiva, la idea de una revelación inmanente, respecto a la cual el Cristo histórico es solamente una provocación contingente, aclara el segundo punto de contacto entre Hegel y Torres Queiruga: la negación de la dimensión empírica de la fe. En sus Lecciones sobre la filosofía de la religión Hegel distingue una doble fe: la fe exterior y la fe interior. La fe “exterior” se basa en el Cristo histórico, en su persona y autoridad. Para Hegel, sin embargo, ésta es una fe limitada, contingente. Es «un modo exterior, accidental de la fe. La fe verdadera y propia reposa en el espíritu de verdad. La otra aún concierne a una relación con la presencia sensible inmediata. La fe verdadera y propia es espiritual, está en el espíritu: tiene por fundamento la verdad de la idea»[29]. Respecto a ella «la fe exterior, pues, ha de ser considerada sólo como un medio para alcanzar la verdadera fe; en cuanto exterior está sometida a la contingencia y el espíritu alcanza su verdad no según la contingencia, sino según el libre testimonio»[30]. La fe interior descansa sobre la idea eterna, sobre el ideal inmanente del espíritu, no sobre los milagros o sobre una revelación empírica. Esta es la fe que, según el idealista Hegel, “produce” la idea del Hombre-Dios, transforma al muerto en un resucitado. La fe interior realiza la metamorfosis del Cristo histórico, un utopista judío con un mensaje revolucionario, en el Cristo “teológico”, divino. Gracias a ella la figura de Jesús de Nazaret es destinada a la memoria, al pasado, a la primera aparición no espiritual de lo divino.

c. La sublimación de la derrota de la Cruz

El término que media el paso entre las dos imágenes de Cristo, la empírica y la ideal y es el tercer elemento que une la cristología de Torres Queiruga a la hegeliana– es la muerte de Cristo. La muerte es la resurrección: este topos de la cristología idealista, desde Hegel a Bultmann, es el verdadero nudo en torno al cual se mueve gran parte de la exégesis histórico-crítica. Es un nudo que se sustenta, a nivel especulativo, sólo si vale la aserción de la dialéctica, según la cual lo positivo procede necesariamente de lo negativo. Como escribe el propio Torres Queiruga: «El pensamiento moderno, tanto filosófico como teológico, sabe de la capacidad reveladora de este tipo de experiencia, pues la propia contradicción interna de la misma obliga a buscar la síntesis superior que la reconcilie»[31]. En el caso de la muerte de Jesús «sólo la resurrección y la exaltación permitían superar este terrible contraste, que amenazaba con hundirlo todo en lo absurdo»[32]. De la muerte, de lo negativo, surge la necesidad de lo positivo. Una necesidad ideal: Cristo resucita en la idea, en la concepción de la comunidad, en la fe interior. No en la realidad factual. De ese modo, como escribe Hegel: «Esta muerte es el punto central en torno al cual gira todo, en su concepción reside la diferencia entre la concepción exterior y la fe, es decir, la mediación con el espíritu»[33]. Resulta, como consecuencia, que la fe auténtica se funda en la muerte de Jesús, no en su resurrección, surge del Cristo muerto, no del Cristo resucitado. El Cristo resucitado no funda la fe, es más bien “fundado”, idealizado por la fe. El idealismo, que subyace en la oposición entre el Cristo de la fe y el Cristo de la historia, cambia los términos con que, en la concepción de la Iglesia, se presenta la relación entre fe y realidad. En la medida en que el Resucitado presupone ya la fe en el Hombre-Dios, esa fe debe surgir, necesariamente, de la sublimación de una derrota. El cristianismo, como dogma, surge de la idealización de un fracaso, no del empirismo joaneo basado en lo que fue «visto, oído, tocado con la mano».

3. Una muerte incomprensible y una fe sin resurrección

El idealismo histórico-crítico, basado en la dialéctica de lo negativo, hace difícil no sólo la comprensión de la resurrección –obra de “visionarios”–, sino también la de la muerte de Cristo. Si Jesús no fue condenado a muerte por haberse proclamado Dios, ¿por qué fue crucificado? Se niega la autoproclamación divina en nombre de la oposición entre el Cristo histórico y el Cristo de la fe. Solamente la comunidad de los creyentes diviniza a Jesús que de por sí nunca se concibió como Dios. Para explicar el motivo de la condena no queda otra alternativa que la hipótesis política: Jesús como posible zelote que, peligroso para el orden romano, fue crucificado. Es el leitmotiv del Jesús “judío” que guía la Inchiesta su Gesù de Corrado Augias y Mauro Pesce [34] . Una prueba más de una investigación, curiosa y a veces no banal, que, sin embargo, no consigue, por los presupuestos una vez más idealistas, aportar nada nuevo. El Jesús judío no cristiano[35] de Augias-Pesce es un utopista, cercano al grupo de Juan Bautista, caracterizado por una confianza total en Dios y por una atención especial por los últimos. Un radical, pero sin utopía social organizada, que, más allá del tono y del testimonio, no muestra nada original, en la moral, respecto de la ley hebrea. ¿Por qué, entonces, este soñador, impolítico e inofensivo, fue condenado a muerte? Pesce declara que el poder romano no condenó a muerte a Jesús por motivos religiosos, sino políticos. Las responsabilidades de los miembros de Sanedrín son obra de la reconstrucción, posterior, de los redactores de los Evangelios, filorromanos. Pero ¿cuáles son los motivos políticos por los que Jesús fue condenado? Se trata de sospechas sobre la naturaleza de un movimiento, surgidas en quien «no ha captado las intenciones reales de la acción de Jesús. Por parte de los romanos se trató de un burdo y grave error de valoración política»[36]. Una consideración sorprendente de verdad, que deja pendiente los motivos de la condena a muerte de Jesús. Motivos, que por lo demás, no conciernen, y también esto resulta extraño, a sus discípulos. Igualmente misteriosa es la resurrección, que no fue afirmada por testigos oculares sino por videntes que “veían” dentro de los esquemas cultural-religiosos de Israel. Es asimismo enigmático, en el libro Inchiesta su Gesù, el nacimiento del cristianismo. Pesce no está de acuerdo «con la idea de que el cristianismo nace con la fe en la resurrección de Jesús, ni que nazca gracias a Pablo […]. Pablo como Jesús, no es un cristiano, sino un judío que permanece en el hebraísmo»[37]. El cristianismo nacería, más tarde, en la segunda mitad del siglo II en un proceso de helenización de la posición originaria hebrea. Respecto a Hegel y a Torres Queiruga, Augias y Pesce añaden otra fractura que hace que sea aún más enigmático el nacimiento de la fe cristiana. En el marco hegeliano el cristianismo está mediado por la muerte de Jesús, cuyo producto es la idea del resucitado. En Inchiesta su Gesù surge mucho después de la visión de la resurrección, fruto no de la fe sino de una tardía elaboración teológico-filosófica de impronta helenística. Lo que permanece firme es el topos dominante: la fe no se funda en la resurrección, la precede o la sigue sin tener ninguna relación con ella. Un planteamiento que, en vez de simplificar el problema, lo complica enormemente. Si el Cristo histórico es que el describen Augias y Pesce, un judío observante que carece de originalidad, no se entiende cómo puede ser «el hombre que ha cambiado el mundo». No se comprende por qué fue condenado. Si este hombre terminó su vida derrotado, no se comprende, para quien no acepta la necesidad lógica de la dialéctica, cómo de un muerto puede surgir, en la primitiva comunidad, la fe en un vivo. No se comprende, por último, cómo el “Cristo de la fe” puede prescindir de la resurrección, sea real o imaginaria, y formarse sólo en el siglo II, como pretende Pesce. Un destino singular para el racionalismo histórico-crítico: nacido con la intención de dar claridad al contexto, consigue delinear un cuadro de conjunto lleno de zonas de sombra y saltos en el vacío. El modelo idealista demuestra todos sus límites. Partiendo del prejuicio que el hecho no puede haber acontecido –que Dios no puede hacerse hombre y resucitar de la muerte– debe justificar la fe como idealización. Pero así la narración evangélica se vuelve incomprensible. Si las descripciones del Cristo resucitado constituyen el gran enigma, para el lector antiguo y moderno, su anulación, sin embargo, produce una serie de interrogantes sin respuesta. El Cristo “histórico” se vuelve incomprensible. Hallado, arqueológicamente, bajo los estratos de la fe, aparece como un soñador, radical e ingenuo al mismo tiempo, que no motiva el incendio que embistió la historia. Las conclusiones del racionalismo crítico –sacar a un vivo de un muerto, una revolución espiritual de un utopista análogo a muchos más– son profundamente irrazonables. El fracaso de esta postura es la premisa “crítica” para una reanudación de una postura realista que no tiene la pretensión de demostrar el dogma, sino la de reconocer que va contra toda evidencia racional, humana, afirmar que la vista desolada de un crucificado pueda generar la idea, gloriosa, de un resucitado.

El A. no cree en la Revelación, no cree en Dios Omnipotente y Omnisciente, no cree en la Encarnación, no cree en la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo… y es un perfecto sofista. Todo un ejemplo de lo que no debe ser un teólogo católico. Sólo y únicamente suma a favor de la ideología gnóstica.

(BUELA, C., http://www.padrebuela.com.ar)

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[1] Seguimos, libremente, a Massimo Borghesi, 30Días, n. 10, 2006, 56-65.

[2] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, tr. it., Edizioni La Meridiana, Molfetta (Ba) 2006. El texto, del que no se indica el original español, es una síntesis de la obra mayor, Repensar la resurrección. La diferencia cristiana en la continuidad de las religiones y de la cultura, Trotta, Madrid 2003.

[3] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, cit., p. 8.

[4] R. Bultmann, Neues Testament und Mythologie. Das Problem der Entmythologisierung der neutestamentlichen Verkündigun, Herbert Reich Verlag, Hamburg-Bergsted 1948, tr. it., Nuovo Testamento e mitologia. Il problema della demitizzazione del messaggio neotestamentario, en: R. Bultmann, Nuovo Testamento e mitologia, Queriniana, Brescia 1973, p.119.

[5] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, cit., p. 8.

[6] Ibid., p.42.

[7] Ibid., p. 48.

[8] Ibid., p. 47.

[9] Ibid., pp. 46-47.

[10] Ibid., p. 49.

[11] Ibid., p. 54. De manera idéntica Kant afirma: «A la razón no le interesa arrastrar en la eternidad a un cuerpo que (admitido que la personalidad se asiente en la identidad del cuerpo) debe siempre, por purificado que sea, estar compuesto por la misma materia que se encuentra en la base del nuestro organismo y a la que el hombre mismo no se ha unido nunca durante la vida; ni se comprende qué puede tener en común con el cielo esta tierra calcárea de la que está formado el hombre »(I. Kant, La religione nei limiti della semplice ragione, tr. it. in: I. Kant, Scritti morali, Utet, Turín, 1970, p. 457, nota a). [Jamás fue cadáver el cuerpo muerto de Jesús, porque estuvo siempre unido a su única Persona divina, la del Verbo].

[12] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, cit., p.42.

[13] Ibid, p. 65.

[14] Ibid, p. 41.

[15] Ibid., p. 23.

[16] Ibid.

[17] Ibid., p. 53. Este disparate ya nos lo enseñaba un profesor del Seminario en la década del 60.

[18] R. Bultmann, Nuovo Testamento e mitologia. Il problema della demitizzazione del messaggio neotestamentario, cit., p.165.

[19] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, op. cit., pp. 26-27. El subrayado es nuestro.

[20] Ibid., p. 26.

[21] Ibid., p. 29.

[22] Ibid., p. 30.

[23] Sobre la cristología hegeliana véase M. Borghesi, La figura di Cristo in Hegel, Studium, Roma 1983; Idem, L’età dello Spirito in Hegel. Dal Vangelo “storico” al Vangelo “eterno”, Studium, Roma 1995.

[24] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, op. cit., p. 59.

[25] Ibid., p. 36.

[26] Ibid., p. 36.

[27] Ibid., p. 37.

[28] Ibid., p. 38.

[29] G.F.W. Hegel, Lezioni sulla filosofia della religione, tr. it., 2 vols., Zanichelli, Bolonia 1974, vol.II, pp. 388-389.

[30] Ibid., vol.I, p. 283.

[31] A. Torres Queiruga, La risurrezione senza miracolo, cit., p. 30. Subrayado nuestro.

[32] Ibid., p. 31.

[33] G.F.W. Hegel, Lezioni sulla filosofia della religione, cit., vol.II, p. 372.

[34] C. Augias – M. Pesce, Inchiesta su Gesù. Chi era l’uomo che ha cambiato il mondo, Mondadori, Milán, 2006.

[35] Cf. Ibid., pp. 221 y 237.

[36] Ibid., pp.168-169.

[37] Ibid., p. 201.

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

DOMINGO PRIMERO DE PASCUA

La resurrección es el misterio de los misterios, sin el cual, la cadena de la doctrina católica queda abierta y le falta el eslabón fundamental, el que cierra la cadena.

            “Si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe”[1].

Todos los aspectos del mensaje cristiano y de la correspondiente aceptación creyente, carece de sentido, si se niega su referencia a la realidad central: el Cristo resucitado. Sin ello todo se desploma[2].

            Cuando San Pablo fue a Atenas y comenzó a hablar a los atenienses del dios desconocido le prestaron atención pero cuando dijo: “Dios, pues, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos.

            Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: sobre esto ya te oiremos otra vez”[3].

            De la resurrección tenemos datos rigurosamente históricos. Es un hecho histórico cierto, pero es un hecho que está más allá de lo histórico, es trascendente, es un misterio de fe.

            El dato histórico no se puede negar. Están los datos que me dicen que, en tal tiempo, sucedió este hecho, pero el hecho sólo lo puede afirmar la fe. Hay que dar un salto. Un salto obligatorio, porque los datos históricos son ciertos y negarlos sería inhonestidad intelectual, pero también un salto libre: la fe. El dato histórico del hecho es natural, el hecho que narra el dato histórico es sobrenatural. Es un milagro.

            Ese salto de la fe es difícil de dar y por eso muchos prefieren empantanarse en el absurdo: hemos encontrado la tumba de Cristo, hemos conocido su historia verdadera, la resurrección es una alucinación colectiva de los apóstoles, inventaron ese mito, o como dicen los judíos, robaron el cuerpo y dijeron que había resucitado [4].

            Algunos dicen: “Increíble que Cristo haya resucitado de entre los muertos; increíble es que el mundo entero haya creído ese increíble; más increíble de todo es que unos pocos hombres, rudos débiles e iletrados, hayan persuadido al mundo entero, incluso a los sabios y filósofos, ese increíble. El primer increíble, no lo quieren creer; el segundo no tienen más remedio que verlo; de donde no queda más remedio que admitir el tercero”. La existencia de la Iglesia, sin la resurrección de Cristo, es otro absurdo más grande[5].

            Todos deseamos la resurrección. Experimentamos día a día como se nos va derrumbando esta casa de nuestro cuerpo y como se dirige inexorablemente a la muerte. Queremos un nuevo cuerpo que no muera, pero, si queremos un cuerpo nuevo, este debe morir y resucitar transformado: “el primer hombre fue de la tierra, terreno; el segundo hombre fue del cielo. Cual es el terreno, tales son los terrenos; cual es el celestial, tales son los celestiales. Como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial[6].

            Nuestra naturaleza pide la resurrección. Somos hombres: cuerpo y alma. La separación que produce la muerte es temporal porque el hombre es por naturaleza cuerpo y alma.

            Las ideologías persiguen una resurrección del mundo, un mundo de hombres resucitados donde todo esté bien pero lo quieren por sus propias fuerzas y no por obra de Dios. En definitiva quieren una resurrección sin muerte, lo cual, es una utopía. Si se quiere un cuerpo nuevo, el actual tiene que morir.

            Y la primera muerte es la fe. Creer que Dios lo realizará como lo realizó en Cristo y esto no es utopía sino verdad. Dios es el único capaz de resucitar el mundo pero este mundo tiene que morir: “cielos nuevos y tierra nueva” dice San Pedro y esto es obra de Dios.

            El neopaganismo de hoy se esfuerza por crear un superhombre por sus solas fuerzas como en Babel, un hombre divino, y esto es imposible. Nosotros creemos que seremos hombres nuevos, celestiales, como Cristo, el primer resucitado. Pero lo creemos porque antes hemos muerto a nuestros propios juicios por la fe y sabemos que vamos a morir a este cuerpo terrenal por la experiencia diaria pero creemos que resucitaremos con un cuerpo celestial: ágiles, impasibles, luminosos, sutiles, inmortales.

            (…)

Si no hay fe se pierde la esperanza y la desesperanza es muerte aunque no se quiera morir. El mundo neopagano vive muerto o está muerto en vida ¿por qué? Porque ha perdido la esperanza en la resurrección y ¿por qué? Porque ha perdido la fe.

            Los que no creen como los que creemos vemos la injusticia social y vemos el mal en el mundo. Ambos trabajamos por solucionar lo que se pueda. Ellos sin fe, sin querer morir, van tras la utopía y mueren en el intento, desesperados. Nosotros, muertos por la fe, esperamos con certeza un mundo nuevo, en donde no existirá el mal. Ellos en un esfuerzo colosal no alcanzan el fruto que esperan porque es imposible al esfuerzo humano. Nosotros reconociendo la pequeñez de nuestra limitación nos apoyamos en Dios y alcanzaremos el fruto, que es obra sobrenatural: “Si Yahveh no construye la casa, en vano se afanan los constructores; si Yahveh no guarda la ciudad, en vano vigila la guardia. En vano madrugáis a levantaros, el descanso retrasáis, los que coméis pan de fatigas, cuando él colma a su amado mientras duerme”[7].

La resurrección es un hecho histórico que todos podemos comprobar, está documentado. El hecho, la resurrección, es un acto de fe. Acto de fe clave para el resto de la revelación: Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe, vana nuestra predicación, estamos todavía en nuestros pecados, somos los más desdichados de los hombres.

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[1] 1 Co 15,  14
[2] Jsalén. a 1 Co 15, 14
[3] Hch 17, 30-32
[4] Cf. Mt 28, 11-15
[5] Castellani, El Evangelio de Jesucristo…, 203
[6] 1 Co 15, 48-49
[7] Sal 127, 1-2

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P. Jorge Loring, S.J.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor – Año C

1.-La resurrección de Cristo es uno de la principales dogmas de la fe católica.

2.- Cristo, resucitando por su propio poder confirmaba su divinidad, pues así lo había profetizado.

3.- La resurrección de Cristo es prenda de nuestra propia resurrección.

4.- Nuestra resurrección no tiene nada que ver con la reencarnación del budismo y del hinduismo, hoy tan de moda.

5.-Es de fe que el hombre muere una sola vez (Carta a los Hebreos, 9:27). No se reencarnará ni en otro hombre ni en un animal.

6.- Resucitaremos con nuestro propio cuerpo y en la plenitud de nuestra existencia.

7.- No importa que al final de nuestra vida nuestro cuerpo haya sido decrépito, o que hayamos sido devorados por los tiburones.

8.- El que no entendamos el cómo puede suceder esto no quita que será una realidad, pues es dogma de fe.

9.- Si nos dicen que en cinco minutos separemos las limaduras de hierro de un montón de aserrín nos parecerá imposible. Pero si tenemos un imán la solución es fácil. Somos las mismas personas que cuando teníamos diez años, sin embargo todas las células del cuerpo (incluidas las neuronas como se sabe hoy) se han renovado.

10.- Dios tiene soluciones para lo que nosotros creemos imposible.

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Directorio Homilético

 

Domingo de Pascua – Resurrección del Señor

CEC 638-655, 989, 1001-1002: la Resurrección de Cristo y nuestra resurrección

CEC 647, 1167-1170, 1243, 1287: la Pascua, el Día del Señor

CEC 1212: los Sacramentos de la iniciación cristiana

CEC 1214-1222, 1226-1228, 1234-1245, 1254: el Bautismo

CEC 1286-1289: la Confirmación

CEC 1322-1323: la Eucaristía

Párrafo 2         AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS

638    “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:

            Cristo resucitó de entre los muertos.

            Con su muerte venció a la muerte.

            A los muertos ha dado la vida.

                        (Liturgia bizantina, Tropario de Pascua)

I        EL ACONTECIMIENTO HISTORICO Y TRANSCENDENTE

639    El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: “(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).

          El sepulcro vacío

640    “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo”(Jn 20, 6) “vio y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).

          Las apariciones del Resucitado

641    María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20, 11-18).Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

642    Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular – en la  construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su  Iglesia. La fe de la primera comunidad de  creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643    Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

644    Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin  embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

          El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645    Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27)  y el compartir  la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646    La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

          La resurrección como acontecimiento transcendente

647    “¡Qué noche tan dichosa, canta el ‘Exultet’ de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, “a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13, 31).

II       LA RESURRECCION OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

648    La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que “ha resucitado” (cf. Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad – con su cuerpo – en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente “Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

649    En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf. Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: “doy mi vida, para recobrarla de nuevo … Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo” (Jn 10, 17-18). “Creemos que Jesús murió y resucitó” (1 Te 4, 14).

650    Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo separados entre sí por la muerte: “Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas” (San Gregorio Niceno, res. 1; cf.también DS 325; 359; 369; 539).

III      SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA RESURRECCION

651    “Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe”(1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

652    La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7). La expresión “según las Escrituras” (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo nicenoconstantinopolitano) indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

653    La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era “Yo Soy”, el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los Judíos: “La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros … al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: ‘Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy” (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

654    Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) “a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos … así también  nosotros vivamos una nueva vida” (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: “Id, avisad a mis hermanos” (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655      Por último, la Resurrección de Cristo – y el propio Cristo resucitado – es principio y fuente de nuestra resurrección futura: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron … del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos “saborean los prodigios del mundo futuro” (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15).

989    Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

          Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

Cómo resucitan los muertos

997    ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

998    ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: “los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).

999    ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El “todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Cc de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria” (Flp 3, 21), en “cuerpo espiritual” (1 Co 15, 44):

          Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano…, se siembra corrupción, resucita incorrupción; … los muertos resucitarán incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).

1000  Este “cómo” sobrepasa nuestra  imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:

          Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección (San Ireneo de Lyon, haer. 4, 18, 4-5).

1001  ¿Cuándo? Sin duda en el “último día” (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); “al fin del mundo” (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

          El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo  resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).

          Resucitados con Cristo

1002  Si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día”, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:

          Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).

1003  Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 3) “Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos “manifestaremos con El llenos de gloria” (Col 3, 4).

1004  Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser “en Cristo”; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:

            El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… No os pertenecéis… Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).

          La resurrección como acontecimiento transcendente

647    “¡Qué noche tan dichosa, canta el ‘Exultet’ de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, “a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13, 31).

1167  El domingo es el día por excelencia de la Asamblea litúrgica, en que los fieles “deben reunirse para, escuchando loa palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los ‘hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos'” (SC 106):

          Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación…la salvación del mundo…la renovación del género humano…en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p.193b).

          El año litúrgico

1168  A partir del “Triduo Pascual”, como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor. De esta fuente, por todas partes, el año entero queda transfigurado por la Liturgia. Es realmente “año de gracia del Señor” (cf Lc 4,19). La Economía de la salvación actúa en el marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo, el fin de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad.

1169  Por ello, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la “Fiesta de las fiestas”, “Solemnidad de las solemnidades”, como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). S. Atanasio la llama “el gran domingo” (Ep. fest. 329), así como la Semana santa es llamada en Oriente “la gran semana”. El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado a la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía, hasta que todo le esté sometido.

1170    En el Concilio de Nicea (año 325) todas las Iglesias se pusieron de acuerdo para que la Pascua cristiana fuese celebrada el domingo que sigue al plenilunio (14 del mes de Nisán) después del equinoccio de primavera.Por causa de los diversos métodos utilizados para calcular el 14 del mes de Nisán, en las Iglesias de Occidente y de Oriente no siempre coincide la fecha de la Pascua. Por eso, dichas Iglesias buscan hoy un acuerdo, para llegar de nuevo a celebrar en una fecha común el día de la Resurrección del Señor.

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

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Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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