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Domingo I Cuaresma

14
febrero

Domingo I de Cuaresma

(Ciclo C) – 2016

 

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo V del Tiempo Ordinario

7 de febrero 2016- Ciclo C

PRIMERA LECTURA

Profesión de fe del pueblo escogido

Lectura del libro del Deuteronomio 26, 4-10

Dijo Moisés al pueblo:

— «El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el

altar del Señor, tu Dios.

Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios:

«Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas

pocas personas.

Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa.

Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura

esclavitud.

Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra

voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia.

El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran

terror, con signos y portentos.

Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel.

Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has

dado.»

Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios.»

Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL

Sal 90, 1-2. 10-11. 12-13. 14-15 (R.: 15b)

R. Está conmigo, Señor, en la tribulación.

Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al

Señor: «Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti.» R.

No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus

ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. R.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre

áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. R.

«Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará

y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré.» R.

SEGUNDA LECTURA

Profesión de fe del que cree en Jesucristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 10, 8-13

Hermanos:

La Escritura dice:

«La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón.»

Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos.

Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo

resucitó de entre los muertos, te salvarás.

Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la

salvación.

Dice la Escritura:

«Nadie que cree en él quedará defraudado.»

Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de

todos, generoso con todos los que lo invocan.

Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará.»

Palabra de Dios

Mt 4, 4b

 No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

EVANGELIO

El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado

Lectura del santo evangelio según san Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante

cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el

diablo.

Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.

Entonces el diablo le dijo:

—«Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le

contestó:

—«Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre».»

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del

mundo y le dijo:

—«Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy

a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.»

Jesús le contestó:

—«Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto».» Entonces lo

llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: —«Si eres Hijo de Dios,

tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti»,

y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las

piedras».»

Jesús le contestó:

—«Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios».»

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

I Domingo de Cuaresma 14 de febrero 2016- Ciclo C

Entrada: Con el miércoles de Ceniza hemos iniciado el itinerario penitencial de la cuaresma. Pidamos en esta santa liturgia dejarnos purificar por Dios de nuestros pecados para acoger libremente su gracia redentora.

Liturgia de la Palabra

Primera lectura:                                                      Dt 26,1-2.4-10

En boca de Moisés, escuchamos la profesión de fe del pueblo elegido.

Salmo Responsorial: 90

Segunda lectura:                                                                Rm 10,5-13

San Pablo nos exhorta a que profesemos nuestra fe en Cristo para que en Él obtengamos la salvación.

Evangelio:                                                        Lc 4,1-13

Jesús es tentado para enseñarnos a vencer toda instigación del maligno mediante la oración y el ayuno.

 Preces: 1° Cuaresma

Presentemos a Dios Padre nuestras necesidades y recemos por todos los hombres.

A cada intención respondemos cantando:

* Te pedimos por el Santo Padre y sus intenciones, y para que su mensaje para esta Cuaresma sea recibido con interés y prontitud por todos los hombres de buena voluntad. Oremos.

* Te rogamos que escuches a todos los que imploran los libres del flagelo de la guerra, y haz que las naciones lleguen a resolver sus conflictos a través de un diálogo pacífico. Oremos.

* Te suplicamos que asistas a los catecúmenos que se preparan para recibir los Sacramentos de iniciación cristiana, y concédeles la fidelidad en el seguimiento de Cristo. Oremos.

* Te imploramos por la conversión de quienes atentan contra la vida inocente, contra la vida no nacida, y para que abandonen su camino de pecado. Oremos.

Señor todopoderoso, que renuevas tu alianza con nosotros; enséñanos tus caminos y asístenos en nuestro peregrinar. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

Presentamos con estas ofrendas nuestras vidas, y el deseo de unirnos a Cristo Víctima.

–          Incienso, y la obra de nuestra fe y amor más íntima: la oración ferviente e incesante por los pecadores.

–          Pan y vino, y el deseo de vivir del Sacrificio de Cristo para salvación de nuestras almas.

Comunión: En cada Eucaristía, Cristo quiere renovar su pacto de misericordia, para recordarnos su amor siempre fiel y dispuesto a perdonar.

Salida: ¡Madre y abogada nuestra! Tú que eres el consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores, ampáranos y concédenos permanecer a la sombra de la Cruz de tu Hijo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

Tentación de Jesús

Jesús está lleno del Espíritu. Posee el Espíritu, no «con medida»[1], como los profetas, sino en toda su plenitud. Por eso está también plenamente bajo la guía de Dios[2]. Lleva a cabo su peregrinación y su acción en armonía con el Espíritu que actúa en él, y con la virtud del mismo. El bautismo remite a la tentación y viceversa.

Jesús es guiado por el desierto en el Espíritu. En la extensión del desierto, vacía de hombres, nada le separa de Dios. Allí busca el silencio de la oración[3] y el trato a solas con el Padre. Como Hijo de Dios se deja guiar en el Espíritu. «Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, éstos son hijos suyos»[4].

Jesús no es impelido al desierto por el Espíritu[5], sino que él mismo va. No es conducido por el Espíritu, sino que se deja guiar en el Espíritu. El Espíritu no actúa en él a la manera, digamos, como actuó en los jueces, en un Otoniel[6], en un Gedeón[7], en un Jefté[8]. Sobre ellos vino el Espíritu, los pertrechó para una gran obra y volvió a abandonarlos cuando ésta se vio cumplida. En Jesús actúa de otra manera. No es arrastrado por el Espíritu, sino que él mismo dispone del Espíritu. Jesús no posee sólo un don transitorio del Espíritu, sino que lo posee establemente, siempre, como nacido que es del Espíritu; por esto obra siempre en él y puede también comunicarlo a su Iglesia[9].

La permanencia en el desierto duró cuarenta días. Durante este tiempo fue tentado por el diablo. Las tres tentaciones que se relatan hacen el efecto de ilustraciones de la constante lucha secreta con los adversarios. Jesús anuncia la soberanía de Dios y la aporta; con ello se ve también llamado a desplegar su mayor energía el adversario de la soberanía de Dios. Juntamente con el reino de los demonios se subleva contra la obra de Jesús que es causa de su destrucción.

Jesús, lleno y penetrado del Espíritu, vive sin comida ni bebida. Pasados los días del ayuno, tiene hambre. E1 diablo se sirve del hambre como tentación. Como diablo, como detractor que es, quiere trastornar las buenas relaciones entre Dios y Jesús, éste es siempre su plan. El tentador toma pie de la voz de Dios en el bautismo: Al fin y al cabo eres Hijo de Dios. Tú tienes poder ilimitado, con una palabra de autoridad puedes saciar tu hambre.

La réplica de Jesús pone de manifiesto en qué está la tentación: No de sólo pan vivirá el hombre. No se trata sólo de guardar y conservar lo terreno. Las palabras de la Escritura que cita Jesús están tomadas del libro del Deuteronomio[10]. Con estas palabras hace Moisés presente a su pueblo su maravilloso mantenimiento por Dios en el desierto: «él te afligió, te hizo pasar hambre, y te alimentó con el maná, que no conocieron tus padres, para que aprendieses que no sólo de pan vivirá el hombre, sino de cuanto procede de la boca de Yahveh» (de lo que proviene de la palabra del Señor). Mediante el hambre hubo de ser educado el pueblo de Dios en la confianza en Dios y en la obediencia.

Jesús es Hijo de Dios; tiene plenos poderes. Si ahora su Padre le deja sufrir hambre, quiere llevarlo a la confianza y a la obediencia, pero no quiere que haga uso para su ventaja personal del poder que tiene como Hijo de Dios. Jesús es Hijo de Dios, pero en abatimiento, en humillación y en obediencia, es Mesías, pero a la vez siervo de Dios. El camino que conduce a la gloria mesiánica no es el del despliegue de poder, sino el de obedecer y de servir, el de escuchar y aguardar toda palabra que salga de la boca de Dios.

El diablo aparece aquí como príncipe de este mundo[11], como «dios de este mundo»[12], como antidiós pero en su soberbia debe al mismo tiempo confesar su dependencia. Todo esto me ha sido entregado… por Dios. No tiene plenos poderes propios, sino un poder que le ha sido transmitido, no es Dios, sino «mona de Dios». Conforme a la revelación, no hay otro Dios, Dios no tiene igual, él es el único: a él solo adorarás, a él solo darás culto.

En un abrir y cerrar de ojos presenta el tentador, como por encantamiento, ante los ojos de Jesús todos los reinos del mundo y su esplendor. ¡Un espejismo! Lo lleva a lo alto. ¿Dónde? ¿Lo eleva en éxtasis? Satán hace la misma oferta que Dios: «Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado yo. Pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra»[13]. También aquí resuena veladamente: Si eres Hijo de Dios.

Con el esplendor y la gloria que pone Satán ante los ojos de Jesús, pero que de hecho sólo es engaño y apariencia, quiere apartarle de Dios, hacerle abandonar a Dios, inducirle a negar la profesión fundamental de fe y la raíz de la vida religiosa de su pueblo. Al tentador opone Jesús la palabra de la Escritura: «Adorarás al Señor tu Dios y a él solo darás culto»[14]. Jesús mantiene en pie la soberanía de Dios. Él es siervo de Dios, no siervo de Satán.

El alero del templo es quizá un mirador que sobre el muro exterior del templo sobresalía sobre la calle. Allá es conducido Jesús. Se le invita a arrojarse abajo para hacer prueba de la protección de Dios que le está asegurada por la palabra misma de Dios[15], para cerciorarse de su elección, de su filiación divina, del poder que tiene de Dios y cerca de Dios.

Jesús descubre lo que significa tal requerimiento: tentar a Dios. Se trata de abusar de la protección prometida y así tentar a Dios, forzarle a intervenir en su favor. Jesús quiere servir a Dios, no servirse de él, disponer de él, quiere obedecerle, no sometérselo…

La tentación en el alero del templo de Jerusalén es la última según Lucas. Los caminos de Jesús llevan a Jerusalén; él tiene la mira puesta en Jerusalén[16]. Allí muere y allí es glorificado, allí se humillará como siervo de Dios, será obediente hasta la muerte. Allí experimentará la protección de Dios en la forma más acabada, pues Dios le resucitará y exaltará. Él no provoca esta exaltación protectora de Dios, sino que la aguarda.

Las tentaciones de Jesús son tentaciones mesiánicas. El adversario de la soberanía de Dios quiere hacer caer al Hijo de Dios, que ha sido ungido por Dios y es ahora armado para su obra mesiánica. Con todos los medios diabólicos: con compasión hipócrita, con artilugios y magia, trastocando la Sagrada Escritura quiere inducirlo a desobedecer a Dios. Las tres tentaciones repiten tres veces que Jesús se mantuvo obediente. En su calidad de segundo Adán es tentado como lo fue el primero. El primero falló, el segundo sale victorioso. «Al igual que por la desobediencia de un solo hombre la humanidad quedó constituida pecadora, así también por la obediencia de uno solo la humanidad quedará constituida justa»[17].

Las tentaciones de Jesús continúan en sus discípulos[18]. También la Iglesia vive en medio de estas tentaciones. Jesús levanta los ánimos cuando son tentados los discípulos, pues él también fue tentado. Él muestra cómo hay que vencer las tentaciones: mediante la Sagrada Escritura, que es profesión de fe, oración y fuerza, la «espada del Espíritu»[19].

La acción de Jesús comienza con la victoria sobre el demonio. El tiempo de la salud, que es inaugurado por Jesús, es un tiempo en que se ve encadenado el demonio. Jesús dice: «Yo estaba viendo a Satán caer del cielo como un rayo»[20]. No tiene ya poder hasta un tiempo señalado. El tiempo de Jesús es un tiempo exento de Satán. Donde actúa Jesús, tiene que retirarse el demonio; la victoria sobre el tentador se obtiene mediante la fiel adhesión a Jesús.

Pero sólo hasta un tiempo señalado suspende Satán las tentaciones de Jesús. Al comienzo de la historia de la pasión se lee: «Satán entró en Judas»[21]. Los enemigos de Jesús tienen poder sobre él, porque se inicia el poder de las tinieblas[22]. En tanto no había llegado su hora, era intangible para sus adversarios[23]. Jesús es clavado en la cruz por los príncipes de este mundo, pero precisamente con esta muerte que él acepta obediente como siervo de Dios que es, vence la soberanía de Satán[24].

Alois Stöger, El Nuevo Testamento y su Mensaje, comentario a Lc 4, 1-13 http://www.mercaba.org/FICHAS/BIBLIA/CARTEL_NT_MENSAJE.htm

[1] Jn 3, 34
[2] Jn 4, 14
[3] Lc 5, 16
[4] Rm 8, 14
[5] Mc 1, 12
[6] Jc  3, 10
[7] Jc 6, 34
[8] Jc 11, 29
[9] Lc 24, 49; Hch 2, 33
[10] 8, 3
[11] Jn 12, 31
[12] 2 Co 4, 4
[13] Sal 2, 8; cf. Lc 3, 22
[14] Dt 6, 13
[15] Sal 91, 11
[16] Lc 9, 51
[17] Rm 5, 19
[18] Cf. Lc 22, 28s
[19] Ef 6, 17
[20] Lc 10, 18
[21] Lc 22, 3
[22] Lc 22, 53
[23] Lc 4, 30; Jn 7, 30.45; 8, 59
[24] Cf. Jn 12, 31

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Santos Padres

·        San Gregorio Magno

1. Suelen algunos dudar sobre qué espíritu fue el que llevó a Jesús al desierto, a causa de que luego se añade: Le transportó el diablo a la ciudad santa, y después: Le subió el diablo a un monte muy encumbrado; pero en realidad, y sin cuestión alguna, comúnmente se conviene en creer que fue llevado al desierto por el Espíritu Santo; de manera que su Espíritu le llevaría allí donde le hallaría el espíritu maligno para tentarle.

Más he aquí que la mente se resiste a creer y los oídos humanos se asombran cuando oyen decir que Dios Hombre fue transportado por el diablo, ora a un monte muy encumbrado, ora a la ciudad santa. Cosas, no obstante, que conocemos no ser increíbles si reflexionamos sobre ello y sobre otros sucesos.

Es cierto que el diablo es cabeza de todos los inicuos y que todos los inicuos son miembros de tal cabeza. Pues qué, ¿no fue miembro del diablo Pilatos? ¿No fueron miembros del diablo los judíos que persiguieron a Cristo y los soldados que lo crucificaron? ¿Qué extraño es, por tanto, que permitiera ser transportado al monte por aquel a cuyos miembros permitió también que le crucificaran?

No es, pues, indigno de nuestro Redentor, que había venido a que le dieran muerte, el querer ser tentado; antes bien, justo era que, como había venido a vencer nuestra muerte con la suya, así venciera con sus tentaciones las nuestras.

Debemos, pues, saber que la tentación se produce de tres maneras: por sugestión, por delectación y por consentimiento. Nosotros, cuando somos tentados, comúnmente nos deslizamos en la delectación y también hasta el consentimiento, porque, engendrados en el pecado, llevamos además con nosotros el campo donde soportar los combates. Pero Dios, que, hecho carne en el seno de la Vir-gen, había venido al mundo sin pecado, nada contrario soportaba en sí mismo. Pudo, por tanto, ser tentado por sugestión, pero la delectación del pecado ni rozó siquiera su alma; y así, toda aquella tentación diabólica fue exterior, no de dentro.

2. Ahora bien, mirando atentos al orden en que procede en Él la tentación, debemos ponderar lo grande que es el salir nosotros ilesos de la tentación.

El antiguo enemigo se dirigió altivo contra el primer hombre, nuestro padre, con tres tentaciones; pues le tentó con la gula, con la vanagloria y con la avaricia; y tentándole le venció, porque él se sometió con el consentimiento. En efecto, le tentó con la gula cuando le mostró el fruto del árbol prohibido y le aconsejó comerle. Le tentó con la vanagloria cuando dijo: Seréis como dioses. Y le tentó con la avaricia cuando dijo: Sabedores del bien y del mal; pues hay avaricia no sólo de dinero, sino también de grandeza; porque propiamente se llama avaricia cuando se apetece una excesiva grandeza; pues, si no perteneciera a la avaricia la usurpación del honor, no diría San Pablo refiriéndose al Hijo unigénito de Dios (Flp 2, 6): No tuvo por usurpación el ser igual a Dios. Y con esto fue con lo que el diablo sedujo a nuestro padre a la soberbia, con estimularle a la avaricia de grandezas.

3. Pero por los mismos modos por los que derrocó al primer hombre, por esos mismos modos quedó el tentador vencido por el segundo hombre. En efecto, le tienta por la gula, diciendo: Di que esas piedras se conviertan en pan; le tentó por la vanagloria cuando dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo; y le tentó por la avaricia de la grandeza cuando, mostrándole todos los reinos del mundo, le dijo: Todas estas cosas te daré si, postrándote delante le mí, me adorares. Mas, por los mismos modos por los que se gloriaba de haber vencido al primer hombre, es él vencido por el segundo hombre, para que, por la misma puerta por la que se introdujo para dominarnos, por esa misma puerta saliera de nosotros aprisionado.

Pero en esta tentación del Señor hay, hermanos carísimos, una cosa que nosotros debemos considerar, y es que el Señor, tentado por el diablo, responde alegando los preceptos de la divina palabra, y Él, que con esa misma Palabra, que era Él, el Verbo divino, podía sumergir al tentador en los abismos, no ostenta la fuerza de su poder, sino que sólo profirió los preceptos de la Divina Escritura para ofrecernos por delante el ejemplo de su paciencia, a fin de que, cuantas veces sufrimos algo de parte de los hombres malos, más bien que a la venganza, nos estimulemos a practicar la doctrina.

Ponderad, os ruego, cuán grande es la paciencia de Dios y cuán grande es nuestra impaciencia. Nosotros, cuando somos provocados con injurias o con algún daño, excitados por el furor, o nos vengamos cuanto podemos, o amenazamos lo que no podemos. Ved cómo el Señor soportó la contrariedad del diablo y nada le respondió sino palabras de mansedumbre: soporta lo que podía castigar, para que redundase en mayor alabanza suya el que vencía a su enemigo, sufriéndole, por entonces y no aniquilándole.

4.         Es de notar lo que sigue: que, habiéndose retirado el diablo, los ángeles le servían (a Jesús). ¿Qué otra cosa se declara aquí sino las dos naturalezas de una sola persona, puesto que simultáneamente es hombre, a quien el diablo tienta, y el mismo es Dios, a quien los ángeles sirven? Reconozcamos, pues, en Él nuestra naturaleza, puesto que, si el diablo no hubiera visto en Él al hombre, no le tentara; y adoremos en Él su divinidad, porque, si ante todo no fuera Dios, tampoco los ángeles en modo alguno le servirían.

5.         Ahora bien, como la lección coincide en estos días en que hemos oído referir el ayuno de nuestro Redentor por espacio de cuarenta días, ya que también nosotros iniciamos el tiempo. de Cuaresma, debemos examinar por qué esta abstinencia se guarda durante cuarenta días. Y hallamos que Moisés, para recibir la Ley la segunda vez, ayunó cuarenta días; Elías ayunó en el desierto cuarenta días; el mismo Creador de los hombres, cuando vino a los hombres, durante cuarenta días no tomó en absoluto alimento alguno. Procuremos también nosotros, en cuanto nos sea posible, mortificar nuestra carne por la abstinencia durante el tiempo cuaresmal de cada año.

¿Por qué también se observa el número cuarenta sino porque la virtud del Decálogo se completa por los cuatro libros del santo Evangelio? Pues como el número diez, multiplicado por cuatro, suma cuarenta, así, cuando observamos los cuatro evangelios, entonces cumplimos perfectamente los preceptos del Decálogo.

También esto puede entenderse en otro sentido: este cuerpo mortal está compuesto de cuatro elementos, y por las concupiscencias de este mismo cuerpo nos oponemos a los preceptos del Señor, y los preceptos del Señor están consignados en el Decálogo; luego, ya que por las concupiscencias de la carne hemos despreciado los preceptos del Decálogo, justo es que mortifiquemos esa misma carne cuatro veces diez veces.

Aunque también esto del tiempo cuaresmal puede entenderse de otro modo. Desde el día de hoy hasta la solemnidad pascual pasan seis semanas, que son cuarenta y dos días, de los cuales, como se substraen a la abstinencia los seis días del Señor, no quedan para la abstinencia más que treinta y seis días; ahora bien, como, de los trescientos sesenta y cinco días que tiene el año, nosotros nos castigamos durante treinta y seis días, resulta como que damos al Señor las décimas de nuestro año; de manera que nosotros, que vivimos para nosotros mismos el año recibido, en las décimas de él nos mortificamos con la abstinencia en obsequio de nuestro Creador. Por tanto, hermanos carísimos, así como en la Ley se manda ofrecer los diezmos de las cosas, esforzaos de igual modo en ofrecerle también los diezmos de los días.

Cada cual, conforme sus fuerzas lo consientan, atormente su carne y mortifique los apetitos de ella y dé muerte a las concupiscencias torpes para hacerse, como dice San Pablo, hostia viva. Porque la hostia se ofrece y está viva cuando el hombre ha renunciado a las cosas de esta vida y, no obstante, se siente importunado por los deseos carnales. La carne nos llevó a la culpa; tornémosla, pues, afligida, al perdón. El autor de nuestra muerte, comiendo el fruto del árbol prohibido, traspasó los preceptos de la vida; por consiguiente, los que por la comida perdimos los gozos del paraíso, levantémonos a ellos, en cuanto nos es posible, por la abstinencia.

6. Más nadie crea que puede bastarle la sola abstinencia, puesto que el Señor dice por el profeta (Is 58, 6): ¿Acaso el ayuno que yo estimo no consiste más bien en esto?; y agrega (v.7); Que partas tu pan con el hambriento; y que a los pobres y a los que no tienen hogar los acojas en tu casa, y vistas al que veas desnudo, y no desprecies a tu propia carne. Luego el ayuno que Dios aprueba es el que le ofrece una mano limosnera, el que se hace por amor del prójimo, el que está condimentado con la piedad. Da, pues, al prójimo aquello de que tú te privas, de modo que, de donde tu carne se mortifica, se alivie la carne del prójimo necesitado; que por eso dice el Señor por el profeta (Za 7, 5): Cuando ayunabais y plañíais…, ¿acaso ayunasteis por respeto mío? Y cuando comíais y bebíais, ¿acaso no lo hacíais mirando por vosotros mismos? Come, pues, y bebe para sí quien toma para sí, sin atender a los indigentes, los alimentos corporales, que son dones comunes del Creador; y cada cual ayuna para sí cuando lo de que por algún tiempo se priva no lo da a los pobres, sino que lo reserva para ofrecerlo después a su cuerpo. De ahí lo que se dice por Joel: Santificad el ayuno; porque santificar el ayuno es ofrecer a Dios una digna abstinencia de la carne junto con otras obras buenas. Cese la ira; apláquense las disensiones, pues en vano se atormenta la carne si el alma no se reprime en sus malos deseos, puesto que el Señor dice por el profeta (Is 58, 3-5): Es porque en el día de vuestro ayuno hacéis todo cuanto se os antoja, y ayunáis para seguir los pleitos y contiendas y herir con puñadas a otro sin piedad, y apremiáis a todos vuestros deudores.

Cierto que quien reclama de su deudor lo que le dio, nada injusto hace; pero digno es que quien se mortifica con la penitencia se prive también de lo que justamente le corresponde. Así, así es como a nosotros, afligidos y penitentes, perdona Dios lo que injustamente hemos hecho, si, por amor a Él, perdonamos lo que justamente nos corresponde.

SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre el Evangelio, Homilía XVI, BAC Madrid 1958, p. 596-600

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA VICTORIA DEL REY SOBRE EL PRÍNCIPE DE ESTE MUNDO

La Iglesia propone a nuestra meditación, en este domingo con que iniciamos el tiempo de Cuaresma, el relato de las tentaciones de Nuestro Señor Jesucristo en el desierto. De entre la plétora de enseñanzas que se desprenden del relato evangélico, nos propo­nemos poner de relieve unas pocas.

1. Primacía de lo interior

No deja de ser sorprendente, el que después de treinta años de vida oculta, en un pequeño pueblo de Palestina, el Hijo de Dios Encarnado se retire en soledad al desierto para abocarse a la oración y a la penitencia.

Para nosotros, hombres de este siglo XX en el que tanto se abusa de las palabras, hasta vaciarlas de su real contenido, el silencio del Verbo Divino, de aquel que por antonomasia es la Verdad que puede salvarnos y librarnos de la tiniebla del espíritu, porque posee en sí todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, resulta un escándalo. Que aquel que tiene poder para sanar toda enfermedad y dolencia, se aparte del trato con la gente y se sumerja en la soledad, no puede no parecer para muchos un verdadero contrasentido, máxime en un mundo como el nuestro en que sólo cuenta la eficacia práctica, el dominio de la materia, fuente de riqueza, poder y soberbia del hombre que adora la creación de sus propias manos.

Sin duda que al comportarse de esta manera el Señor ha querido enseñarnos la primacía de lo interior, es decir, que aquello que hace bueno o mal) a un ser humano se plasma ante todo en la intimidad de su corazón, y no fuera de él. El mal no hay que buscarlo primordialmente en el marco que rodea al hombre, sino dentro de él. Toda empresa de verdadera libera­ción de las lacras que ensombrecen la vida del individuo y de la sociedad debe pues comenzar por una seria reforma interior.

El Señor había pasado los primeros treinta años de su vida terrena en Nazaret, pequeño pueblo de Palestina, donde sus coterráneos lo vieron crecer en edad, sabiduría y gracia. Al terminar dicho período de preparación remota a su misión, se deja guiar dócilmente por el Espíritu de Dios que lo conduce al desierto para ser tentado. Él no lo necesitaba para sí, ya que no conoció el pecado, y ni siquiera la menor inclinación al pecado. Lo hizo para enseñarnos que toda obra exterior, aun la más santa, es vana y destinada al fracaso, si no ha sido precedida por aquella «obra» que Dios realiza en nosotros, liberándonos de la esclavitud del demonio, purificando nuestro corazón de las escorias del pecado, y elevándonos a la perfección de nuestra vocación de hijos de Dios.

«Nadie puede dar lo que no posee», nadie puede enseñar libertad alguna a los demás si primero no es libre en su corazón, nadie puede realizar bien alguno si primero el Bien no lo ha liberado de su propia maldad. La verdadera caridad no es fruto de un puro voluntarismo que piensa resolver todo problema a fuerza de buenas intenciones, sino capacidad de bien de un corazón renovado, que ha suprimido toda complicidad volunta­ria con el mal.

En su retiro de cuarenta días en el desierto, el Señor vence al Príncipe de este mundo por todos nosotros, conquista nuestra propia victoria, nos amonesta acerca de la necesidad imperiosa que tenemos de ser salvados, liberados de la esclavitud del demonio, pues todos somos hijos de ira por naturaleza. Quien no se adentra en el desierto de su corazón para dejar que el Espíritu Santo, en el silencio de la oración y el combate ascético, lo purifique de toda maldad y lo modele según la imagen del hombre nuevo, no podrá realizar el bien en sí mismo ni contribuir a realizarlo en sus hermanos, los hombres.

Hoy no son pocos los que creen que podrán liberarse a sí mismos del mal, y contribuir a liberar de él a toda la humanidad, sin necesidad de un Salvador, por sus propias fuerzas. Ilusión vana, pues el hombre no es «espectador» del misterio del mal sino que está plenamente incluido en él, y por ello la salvación no puede venir sino de Aquel en quien no hay sombra alguna de pecado, el Dios tres veces santo. «Sólo Dios es bueno», nos ha dicho Jesús.

En nuestro tiempo se ha vuelto moneda corriente el que muchos propongan soluciones diversas a los problemas que aquejan a la humanidad sin hacer referencia alguna al único que puede salvarnos, el Señor. Se cree poder solucionar multitud de problemas sin necesidad de mirar el propio corazón, proponien­do cambios de estructuras y leyes que prometen al hombre la superación de todo mal, tras el espejismo de un futuro paraíso terrenal construido por el hombre, sin necesidad de ayuda alguna proveniente de lo alto.

Escuchamos, hasta el hartazgo, las proposiciones de tantos pseudo profetas que, sin considerarse ellos mismo como los primeros requeridos de salvación, prometen a los hombres el «secreto de la felicidad personal» y el remedio de todos los males sociales, en una utópica sociedad universal en la que el cordero vivirá en paz con el león, sin necesidad alguna de Redención.

Jesucristo va al desierto para enseñarnos que «sólo Dios es bueno», y que sólo Él tiene «palabras de vida eterna». Vence al demonio para que nosotros podamos vencer por Él, con Él y en Él. Todo paraíso que no pase por su mensaje de Redención y por la medicina de su gracia es pura utopía, espejismo propuesto por aquel que desde el principio es «padre de la mentira y homicida».

2. El combate espiritual

Muchos son los males que conspiran contra la felicidad con que sueñan los hombres. Todos esos males son, en última ins­tancia, consecuencia del pecado original, y este último tiene como principal artífice al demonio, que tentó al hombre para descargar sobre la creatura todo el odio que anidaba en sí mismo contra el Creador del universo.

Yendo al desierto, para prepararse a enfrentar las tentaciones del maligno, el Señor nos quiere hacer ver que nuestro combate no es contra enemigos y males puramente terrenos. El Apóstol San Pablo lo expresó de manera categórica en su carta a los efe­sios: «Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos que andan por los aires».

La dimensión en que se concreta nuestro combate por vivir el bien y extirpar toda complicidad con el mal, no es una dimensión de soledad, sino que estamos en constante interrelación con el mundo espiritual y sobrenatural. Dios, mediante su gracia, nos inspira permanentemente todo aquello que nos lleva a la verda­dera consecución de nuestro destino de hijos de Dios; el demo­nio, por su parte, nos tienta para tratar de impedimos, en la medida de sus posibilidades, la conquista de la felicidad eterna.

No, el hombre no está solo en su peregrinar hacia la verdadera Patria, sino que múltiples influencias invisibles intervienen en su vida, inspiraciones de bien que provienen de Dios, inspiraciones de mal con las que el demonio intenta llevarlo hacia la frustración definitiva de su vocación eterna.

Nuestro combate va pues mucho más allá de la simple superación de dificultades que nos presenta el mundo en que vivimos. Las tentaciones del Señor nos aleccionan acerca de la existencia de un ser personal, el demonio, un ser «pervertido y pervertidor», como lo llamara el Papa Pablo VI en una de sus alocuciones, que aplica toda su astucia, todo su poder angélico, todo su odio a Dios, en su intento por conducir a la frágil creatura humana a la rebelión contra su Creador.

Para llevarnos hacia la perdición utiliza la sed infinita de felicidad que Dios mismo ha sembrado en nuestra alma al crear­nos a su imagen y semejanza. Nos propone saciar esa sed de nuestro corazón por caminos y en tiempos radicalmente opues­tos a los que Dios, en su Providencia, ha determinado para nosotros. Es la misma seducción a que sometiera a nuestros primeros padres en el paraíso: ser como dioses, es decir, no conformarse con la gratitud de la creatura que se goza de ser amada por Dios, quien la ha llamado al ser sin necesitar de ella, para hacerla participar de su misma felicidad. Ser capaces de determinar el bien y el mal, ser capaces de imponer la propia voluntad a la creación, manipulándola, si es necesario, dominar el universo como si fuesen reyes de todo y siervos de nadie.

Cuántos ejemplos de aquella soberbia satánica, de aquel deseo de independencia respecto de Dios, nos ofrece, queridos hermanos, este tiempo de la historia que nos toca vivir. El hombre pretende crear un paraíso aquí en la tierra, edificado por sus propias manos, libre de todo mal físico porque es superado por el progreso técnico a que lo ha conducido su inteligencia, libre de todo mal moral porque es capaz de llamar bien a lo que es mal y mal a lo que es bien, capaz de evitar por sus propias fuerzas todo odio, guerra, codicia, egoísmo entre los hombres.

La técnica nos promete para el futuro el dominio pleno sobre la materia, la superación de toda enfermedad y dolencia, una perenne juventud, la manipulación de la genética que nos per­mitirá el control total de la raza, el uso abusivo de la sexualidad humana impidiendo con violencia que siga el curso que Dios le ha impuesto… Los parlamentos y los poderosos de las naciones dictan leyes que llaman bien a lo que Dios ha llamado mal, y mal a lo que Dios ha llamado bien; los organismos internacionales prometen superar toda división en el mundo mediante la difusión del progreso económico y el hedonismo inmanentista. El hombre repite el grito de rebelión: «¡No queremos que Éste reine sobre nosotros!». No necesitamos de Jesucristo para alcanzar nuestro objetivo, no necesitamos de un Salvador venido de lo alto. La voluntad humana se siente capaz de modificar la realidad por el simple hecho de así haberlo decidido.

Amados hermanos, el Señor hoy ayuna en el desierto para que comprendamos que no depende de nosotros el determinar el bien y el mal, el sentido de nuestra existencia en este mundo. Somos creaturas de Dios, y creaturas cuya naturaleza está herida por el pecado original, herida de la cual sólo puede libramos nuestro único Salvador: Jesucristo. El Señor va al desierto para darnos la certeza de que Él ya ha vencido al demonio, y de que de ahora en más todo aquel que «viva en El» vencerá al maligno. Va al desierto para que podamos decir libremente que sí al bien, y erradicar el mal de nuestro corazón. Pero no sólo va allí para nosotros mismos, sino ante todo para dar gloria a Dios, humillan­do la soberbia del demonio que pensaba poder destruir todo vestigio divino en el hombre.

Vayamos también nosotros al desierto, impulsados por el Espíritu Santo, para que en el silencio de la oración y el combate espiritual que debe caracterizar este tiempo de Cuaresma, nos vayamos librando cada vez más de toda complicidad con el mal y podamos así adherirnos a Jesucristo, haciendo nuestra su victoria.

 (SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 92-98)

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Juan Pablo II

Hemos empezado la Cuaresma para seguir el ejemplo de Cristo que, al inicio de su actividad mesiánica en Israel, “durante 40 días fue tentado por el diablo” (Lc 4,1), y “todo aquel tiempo estuvo sin comer” (Lc 4,2).

Nos lo dice el Evangelista Lucas en este primer domingo de Cuaresma, y después de haber dicho que Cristo “fue tentado por el diablo” (Lc 4,2), describe detalladamente esta tentación.

Nos hallamos ante un acontecimiento que nos afecta profundamente. La tentación de Jesús en el desierto ha constituido para muchos hombres, santos, teólogos, escritores, artistas, un tema fecundo de reflexión y creatividad. ¡Tan profundo es el contenido de este acontecimiento! Dice mucho de Cristo: el Hijo de Dios que se ha hecho verdadero hombre. Hace meditar mucho a cada hombre.

La descripción de la tentación de Jesús, que volvemos a leer este domingo de Cuaresma, tiene una elocuencia especial. Efectivamente, en este período, incluso más que en cualquier otro, el hombre debe hacerse consciente de que su vida discurre en el mundo entre el bien y el mal. La tentación no es más que dirigir hacia el mal todo aquello de lo que el hombre puede y debe hacer buen uso.

Si hace mal uso de ello, lo hace porque cede a la triple concupiscencia: concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y orgullo de la vida. La concupiscencia, en cierto sentido, deforma el bien que el hombre encuentra en sí y alrededor de sí, y falsea su corazón. El bien, desviado de este modo, pierde su sentido salvífico y, en vez de llevar al hombre a Dios, se transforma en instrumento de satisfacción de los sentidos y de vanagloria.

No se trata ahora de someter a un análisis detallado la descripción de la tentación de Cristo, sino de llamar la atención sobre el deber que tiene cada uno de meditarla convenientemente. Es preciso, sobre todo, que en el tiempo de Cuaresma cada uno entre en sí mismo y se dé cuenta de cómo siente él específicamente esta tentación. Y que aprenda de Cristo a superarla.

La tentación nos aparta de Dios y nos dirige de modo desordenado a nosotros mismos y al mundo. Y, por esto, juntamente con la lectura del Evangelio de hoy, tratamos de comprender también otras lecturas de esta liturgia.

La primera lectura del libro del Deuteronomio invita a ofrecer a Dios en sacrificio las primicias de los frutos de la tierra. Si la tentación nos dirige de modo desordenado hacia nosotros mismos y hacia el mundo, tenemos que superar este modo desordenado precisamente con el sacrificio. Cultivando el sacrificio, o mejor, el espíritu del sacrificio, no permitimos a la tentación que prevalezca en nuestro corazón, sino que mantenemos a éste en clima de interioridad y de orden.

El Salmo responsorial nos enseña la confianza en Dios y a abandonarnos en su santa Providencia. Se trata del maravilloso Salmo 90(91), que debemos conocer bien procurando orar de vez en cuando con sus palabras:

“Tú que habitas al amparo del Altísimo,/ que vives a la sombra del Omnipotente,/ di al Señor: «refugio mío, alcázar mío,/ Dios mío confío en ti»“ (Sal 90(91), 1-2).

Así dice el hombre, y Dios responde:

“Se puso junto a mí: lo libraré;/ lo protegeré porque conoce mi nombre,/ me invocará y lo escucharé./ Con él estaré en la tribulación,/ lo defenderé, lo glorificaré” (Sal 90(91), 14-15).

Las lecturas de la liturgia de hoy parecen decir: si no quieres ceder a las tentaciones, si no quieres dejarte guiar por ellas hacia caminos extraviados, ¡Sé hombre de oración! Ten confianza en Dios, y manifiéstala con la oración.

Y aún nos dice más la liturgia cuaresmal de hoy: ¡Sé hombre de fe profunda y viva!

Escuchad las palabras de la carta de San Pablo a los Romanos: “Entonces, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra: la tienes en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios, a la salvación” (Rm 10,8-10).

Por lo tanto, ¡Sé hombre de fe! Sobre todo, ahora, en el tiempo de Cuaresma, renueva tu fe en Jesucristo: crucificado y resucitado.

¡Medita la enseñanza de la fe! ¡Medita sus verdades divinas!

Y principalmente: penetra con la fe tu corazón y tu vida (“Por la fe del corazón llegamos a la justicia”).

Profesa esta fe con la mente y con el corazón; con la palabra y con las obras: (“por la profesión de los labios llegamos a la salvación”).

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

Efectivamente, debemos orar cada día por el pan cotidiano. Pero, al mismo tiempo, debemos vivir para la eternidad.

 (Homilía en la parroquia de Santa María de la Merced y San Adrián Mártir,

20 de febrero de 1983)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado, con el rito penitencial de la Ceniza, comenzamos la Cuaresma, tiempo de renovación espiritual que prepara para la celebración anual de la Pascua. Pero, ¿qué significa entrar en el itinerario cuaresmal? Nos lo explica el Evangelio de este primer domingo, con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. El evangelista san Lucas narra que Jesús, tras haber recibido el bautismo de Juan, «lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo» (Lc 4, 1-2). Es evidente la insistencia en que las tentaciones no fueron contratiempo, sino la consecuencia de la opción de Jesús de seguir la misión que le encomendó el Padre de vivir plenamente su realidad de Hijo amado, que confía plenamente en él. Cristo vino al mundo para liberarnos del pecado y de la fascinación ambigua de programar nuestra vida prescindiendo de Dios. Él no lo hizo con declaraciones altisonantes, sino luchando en primera persona contra el Tentador, hasta la cruz. Este ejemplo vale para todos: el mundo se mejora comenzando por nosotros mismos, cambiando, con la gracia de Dios, lo que no está bien en nuestra propia vida.

De las tres tentaciones que Satanás plantea a Jesús, la primera tiene su origen en el hambre, es decir, en la necesidad material: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús responde con la Sagrada Escritura: «No sólo de pan vive el hombre» (Lc 4, 3-4; cf. Dt 8, 3). Después, el diablo muestra a Jesús todos los reinos de la tierra y dice: todo será tuyo si, postrándote, me adoras. Es el engaño del poder, que Jesús desenmascara y rechaza: «Al Señor, tu Dios adorarás, y a él solo darás culto» (cf. Lc 4, 5-8; Dt 6, 13). No adorar al poder, sino sólo a Dios, a la verdad, al amor. Por último, el Tentador propone a Jesús que realice un milagro espectacular: que se arroje desde los altos muros del Templo y deje que lo salven los ángeles, para que todos crean en él. Pero Jesús responde que no hay que tentar a Dios (cf. Dt 6, 16). No podemos «hacer experimentos» con la respuesta y la manifestación de Dios: debemos creer en él. No debemos hacer de Dios «materia» de «nuestro experimento».

Citando nuevamente la Sagrada Escritura, Jesús antepone a los criterios humanos el único criterio auténtico: la obediencia, la conformidad con la voluntad de Dios, que es el fundamento de nuestro ser. También esta es una enseñanza fundamental para nosotros: si llevamos en la mente y en el corazón la Palabra de Dios, si entra en nuestra vida, si tenemos confianza en Dios, podemos rechazar todo tipo de engaños del Tentador. Además, de toda la narración surge claramente la imagen de Cristo como nuevo Adán, Hijo de Dios humilde y obediente al Padre, a diferencia de Adán y Eva, que en el jardín del Edén cedieron a las seducciones del espíritu del mal para ser inmortales, sin Dios.

La Cuaresma es como un largo «retiro» durante el que debemos volver a entrar en nosotros mismos y escuchar la voz de Dios para vencer las tentaciones del Maligno y encontrar la verdad de nuestro ser. Podríamos decir que es un tiempo de «combate» espiritual que hay que librar juntamente con Jesús, sin orgullo ni presunción, sino más bien utilizando las armas de la fe, es decir, la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la penitencia. De este modo podremos llegar a celebrar verdaderamente la Pascua, dispuestos a renovar las promesas de nuestro Bautismo.

Que la Virgen María nos ayude para que, guiados por el Espíritu Santo, vivamos con alegría y con fruto este tiempo de gracia.

 (Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 21 de febrero de 2010)

 

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P. Jorge Loring, S.J.

1.- El Evangelio de hoy nos habla de las tentaciones de Cristo. Esto me da pie para hablar del demonio: de su existencia y de su actuación en el mundo. Que el demonio existe es dogma de fe. Dice la Biblia que hubo ángeles que pecaron y fueron condenados al infierno. Ésos son los demonios. También dice la Biblia que el demonio anda rondándonos, esperando la ocasión de darnos un zarpazo.

2.- Sobre la existencia del demonio le oí decir por Televisión Española al P. Salvador Muñoz Iglesias, Catedrático de Sagrada Escritura en Madrid, en el programa EL PULSO DE LA FE: «El que no crea en el demonio sólo tiene dos opciones. Decir que Cristo nos engañó o que se equivocó. Si no podemos aceptar ninguna de estas dos opciones tenemos que aceptar la existencia del demonio, por el modo de hablar de Cristo».

3.- Hace algún tiempo fui invitado a la televisión vasca a un debate sobre la existencia del demonio. Uno de mis contrincantes dijo que el demonio era un invento de los curas para asustar al pueblo. Yo le contesté que la misión de la Iglesia no es asustar, sino informar. Por eso avisa que hay demonio y hay infierno. Porque son dos verdades reveladas por Dios. Y le puse este ejemplo: Si VD. va por la carretera y se encuentra un letrero que dice CARRETERA CORTADA – PUENTE HUNDIDO, Vd. no piensa que ese cartel es para asustarle, sino para avisarle de un peligro. Y si no hace caso y sigue a 120, al llegar al río se va al agua de cabeza.

4.- El demonio también actúa, tentándonos y hasta con posesiones diabólicas, como el caso histórico de la película EL EXORCISTA. Fue una posesión diabólica por jugar a la «OUIJA». Pero el demonio, dijo San Agustín, es un perro atado, sólo muerde al que se le acerca. Las mejores armas para defendernos del demonio son: la oración (en el Padrenuestro pedimos protección contra él), la Eucaristía, la Confesión, la devoción a la Virgen y llevar siempre encima un crucifijo. El demonio huye del crucifijo. Es mejor llevar colgado al cuello un crucifijo o una medalla que un colgajo que no sirve de nada.

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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GUION – Miércoles de Ceniza (2016)

10
febrero

GUION para

Miércoles de Cenizas

 

(Ciclo C) – 2016

 

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Gion Santa Misa

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Textos Litúrgicos

·         Guión para la Santa Misa

GUION PARA LA MISA


Miércoles de Ceniza

10 de febrero 2016- Ciclo C

Entrada: Jesucristo mismo es la gracia más sublime de toda la Cuaresma. Es Él mismo quien se presenta ante nosotros en la sencillez admirable del Evangelio, indicándonos el camino que conduce a la Fuente de la Vida y de la alegría.

Primera Lectura:                                                               Jl 2,12-18

El Señor no desdeña a aquel que le busca con un corazón renovado, sino que lo acoge compasivo

Salmo Responsorial: 50

Segunda Lectura:                                                  2 Co 5,20-6,2

Dios Padre, se ha acercado al hombre a través de su Hijo para que en Él alcancemos la reconciliación.

Evangelio:                                                  Mt 6,1-6.16-18

Todas nuestras obras deben ir acompañadas de lo único necesario: la complacencia y el agrado de Dios.

Luego de la Homilía:

Bendición e imposición de las cenizas: (preguntar al sacerdote si se lee esta monición)

La Ceremonia de la Ceniza es como un sello que nos lleva a la penitencia, a la memoria de nuestra condición mortal, y nos aleja de nuestras obras malas para estar prontos a comparecer delante de Dios. Nos ponemos de pie.

Preces: miércoles de Ceniza 2016

La Iglesia, acogiendo en su seno a los pecadores, “es santa y a la vez tiene necesidad de purificación”. Dirijamos nuestras plegarias a Dios Padre que nos llama a la vida en Cristo.

A cada intención respondemos cantando:

* Por el Santo Padre, para que su oración y esfuerzos constantes en el camino de la Iglesia hacia el cielo sea escuchado en su mensaje de conversión en este santo tiempo de cuaresma. Oremos.

* Para que los cristianos reconozcan las infidelidades con las cuales han ensombrecido el rostro de la Iglesia, y refuercen sus pasos por el camino de la conversión y de la adhesión plena al Evangelio. Oremos.

* Para que los jóvenes sean capaces de acoger este tiempo cuaresmal con el espíritu nuevo de quien ha encontrado en Jesús y en su misterio pascual el sentido de la vida El. Oremos.

* Para que los pecadores comprendan que el Salvador del mundo ha venido en carne para curar sus heridas, compartir sus dolores, y confiando en su misericordia, vuelvan a la vida de la gracia. Oremos.

Recibe Señor nuestra súplica confiada y ya que has querido perdonar nuestras culpas haciéndonos hijos de Dios, concédenos alcanzar la plena configuración contigo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Con espíritu contrito y humillado presentemos nuestras ofrendas ante el altar.

* Pan y vino y el deseo de purificar nuestras almas para unirnos al sacrificio de Cristo en la Cruz.

Comunión: Recibamos a Jesús con sus mismas disposiciones de entrega y de identificación amorosa con la voluntad del Padre.

Salida: Pidamos a nuestra Madre del Cielo nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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