Archivos mensuales: Febrero 2016

Domingo III Cuaresma

28
febrero

Domingo III Cuaresma 

(Ciclo C) – 2016

 

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

III Domingo de Cuaresma

28 de febrero 2016- ciclo C

Lectura del libro del Éxodo (3, 1-8a. 10. 13-15)

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebano de su suegro Jetró, sacerdote de Madían; llevo el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijo: la zarza ardía sin consumirse.

Moisés se dijo:

‒ «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.»

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llama desde la zarza:

‒ «Moisés, Moisés.»

Respondió él:

‒ «Aquí estoy.»

Dijo Dios:

‒ «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.»

Y añadió:

‒ «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.»

Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

El Señor le dijo:

‒ «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.»

Moisés replicó a Dios:

‒ «Mira, yo iré a los israelitas y les diré:

“El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros.” Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?»

Dios dijo a Moisés:

‒ «“Soy el que soy”; esto dirás a los israelitas: “‘Yo-soy’ me envía a vosotros”.»

Dios añadió:

‒ «Esto dirás a los israelitas: “Yahvé (Él-es), Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”.»

Palabra de Dios

Salmo Responsorial

(Sal 102)

R.: El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas

y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa

y te colma de gracia y de ternura. R.

El Señor hace justicia

y defiende a todos los oprimidos;

enseñó sus caminos a Moisés

y sus hazañas a los hijos de Israel. R.

El Señor es compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia;

como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre sus fieles. R.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10, 1-6. 10-12)

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron aquellos.

No protestéis, como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.

Palabra de Dios

 Evangelio

 Lectura del santo evangelio según san Lucas (13, 1-9)

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:

‒ «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»

Y les dijo esta parábola:

‒ «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

“Ya ves: tres anos llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”

Pero el viñador contestó:

“Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.»

Palabra de Dios

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GUION PARA LA MISA

III Domingo de Cuaresma- 28 de febrero 2016- ciclo C

 

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

PARÁBOLA DE LA HIGUERA

En las viñas de Palestina se suelen plantar también árboles frutales. Su cuidado, al igual que el de las cepas, está confiado al viñador que está al servicio del dueño de la viña. Las viñas eran lugar propicio y preferido para las higueras; por eso se explica que el propietario de la viña espere frutos de la higuera. Sin embargo, tres años había esperado en vano. Hay que arrancar el árbol que absorbe inútilmente los humores de la tierra. Sin embargo, el hortelano quiere hacer todavía una última tentativa bondadosa, a su árbol preferido quiere tratarlo con preferencia. Si esta última prueba resulta inútil, entonces se podrá arrancar ese árbol que no da fruto.

También esta parábola está destinada a interpretar el tiempo de Jesús. Es el último plazo de gracia que el Hijo de Dios recaba de su Padre. La elección de la imagen evoca la acción de Dios en la historia de la salvación. Los profetas habían comparado ya a Israel con una viña. «La viña de Yahveh Sebaot es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío escogido»[1]. La historia de la salvación ha alcanzado ahora su meta. El tiempo final ha alboreado, el juicio amenaza, se ofrece la última posibilidad de conversión, la acción de Jesús es el último ruego dirigido a Dios para que tenga paciencia, es la última y fatigosa tentativa de salvación. El tiempo de Jesús es la última posibilidad de tomar decisión causada por el amor de Jesús. Su obra es intercesión por Israel y juntamente acción infatigable encaminada a conducir a Israel a la conversión.

Todo lo que tiene lugar en el tiempo de Jesús es iluminado por el hecho salvífico que se ha iniciado con Jesús; todo: los hechos políticos, las catástrofes históricas, la acción de Jesús. El tiempo final ha llegado. Es la oferta hecha por Dios para que se tome decisión, es invitación a la conversión y a la penitencia. Como Juan, también Jesús predica que hay que hacer penitencia, que no hay que dejarlo para más tarde, que hay que dar fruto con el cambio de vida y con las obras. Jesús va más lejos que Juan. Aunque sabe que el juicio se acerca y que va a caer sobre Jerusalén la sentencia de destrucción; sin embargo, interviene en favor de su pueblo, ofrece amor, sacrificio y vida por Israel, a fin de que todavía se salve. Jesús es intercesor en favor de Pedro[2] y de Israel[3].

Alois Stöger, El Nuevo Testamento y su Mensaje, comentario a Lc 13, 6-9 http://www.mercaba.org/FICHAS/BIBLIA/CARTEL_NT_MENSAJE.htm

[1] Is 5, 7
[2] Lc 22, 32
[3] Lc 23, 34

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Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani

PARÁBOLAS DEL FIN DE LA SINAGOGA (II)

“Uno tenía una higuera en su viña y viniendo a buscar fruto no encontró. Dijo al hortelano: Hace tres años que requiero fruta en este árbol y no hay. Háchalo; ¿para qué está ocupando tierra?” (Le. XIII, 6).

Cristo comenzó a improbar y reprobar a su pueblo en el segundo año (tres años más o menos duró la predicación de Cristo), mansa y humorosamente a todo el pueblo (“esta generación”) y atrozmente a las tres Ciudades Maldecidas, Corozaín, Bethsaida y Cafarnao; como hemos visto. Esta reprobación siguió adelante, aumentando en fuerza y en franqueza hasta la misma víspera de la Pasión; haciéndose entonces clara y definitiva.

Se generalizó en la maldición a Jerusalén; que aunque fue una profecía, fue también una maldición “material”, primero y segundo grado, según santo Tomás. Se acerbó en la tremenda invectiva contra los fariseos, en esos ocho “Ay de vosotros Escribas y Fariseos hipócritas…” de Mateo XXIII, 13. Se concretó en las dos parábolas del Convite, en que Cristo alude al retiro del Reino de los que ahora lo poseían para darlo a otros y aún más, dibujó detrás una sangrienta tragedia e incendio para los “sublevados”; doblada por la parábola de la Viña Robada, en que Cristo descubrió claramente lo que le iban a hacer a él (“éste es el Hijo y Heredero, matémoslo y la viña será nuestra”) y lo que les iba a pasar después a ellos. Y finalmente, se volvió del todo directa y explícita en la parábola de la Higuera Estéril, que hemos citado, reforzada por una parábola en acción (el más raro de los milagros de Cristo, o el único raro) la Maldición de la Higuera el Lunes Santo; la cual se halla muerta el Martes Santo.

Entonces es cuando los Capitostes deciden: “No se puede tardar más. Hay que eliminarlo con escándalo o sin escándalo, con Pelatos o sin Pelatos; aunque sería con Pelatos. El pueblo podría 1apidarnos. Hay que hacer que lo ejecute Pelatos”,

Esto lo determinaron después de la Parábola de la Viña Robada (Le. XX, 9), que traen los tres sinópticos. Cristo encarnó en la parábola todo el proceso de la economía divina respecto a Israel incluso la Encarnación y la Pasión: “Han matado a mis Siervos (1os Profetas) les vaya mandar a mi Hijo Bienquerido, respetarán al menos a mi Hijo”. El evangelista dice que comprendieron perfectamente la parábola, decidieron precisamente darle muerte. No lo respetaron ni al Hijo.

Con razón los evangelistas marcan insistentes este punto de la reprobación paciente y progresiva, pero formal del pueblo de Israel por parte de Cristo: es un punto importantísimo. Vamos a considerarlo.

Como está dicho, Dios había hecho a los israelitas promesas grandiosas que aparentemente no cumplió. Aunque ellas están en los profetas mescoladas y no coordinadas, oscuras o enigmáticas a veces, el conjunto es claro. Basta recorrer superficialmente los libros proféticos para ver que desde Abraham hasta Malaquías, “el Enviado”, la imagen de un Rey invencible y un Reino grandioso se levanta cada vez más clara. En Él sería bendita la descendencia de Abraham, era el Esperado de las Naciones, salvaría a su pueblo, y la Ciudad de Dios se iría a la cumbre de los montes.

La salvación saldría para todo el mundo de Jerusalén, a ella confluirían los pueblos, y ella daría la Ley: los Israelitas serían vengados de sus cautiverios, de sus tributos y de sus rudos reveses. Aunque muchas veces las profecías emplean imágenes bélicas de batallas, vencimientos y victorias, el Reino del Mesías es pintado como un Reino de paz, un estado de prosperidad, concordia y amistad, un reinado dentro de la Ley; de tan fabulosa grandeza que no se puede concebir mayor; como una Universal Edad de Oro, o el Paraíso Perdido recuperado al fin para todo el mundo.

Esto era la razón misma de la vida de Israel, y de su Religión. Los hebreos custodiaban esos libros poéticos y extáticos como su misma razón de ser, su orgullo y su esperanza. Ellos secaban sus lágrimas, ablandaban el pan del destierro y curaban sus tremendas heridas nacionales. Y cuando Cristo predicaba, si Daniel no mintió, estaba llegado o por llegar “el tiempo”, “el día del Señor”, “la plenitud de los tiempos”: todos en ese tiempo lo decían.

Esta profecía que se concreta, se hincha y se engrandece al rodar de los siglos duró hasta Malaquías, el último profeta, que no tiene más que 53 “gestos proposicionales” o dobles versículos, pero que en cierto modo resume a todos. Es mesiánica y al final parusíaca, como es general en los Profetas: está predicho en ella el sacrificio de la Misa, la venida del Bautista y la próxima llegada del Mesías, “el Dominador que vosotros buscáis y el Ángel (o el Enviado) del Testamento que vosotros queréis”. Pero también están conminados de convertirse, sobre todo los sacerdotes, so amenaza de “ruptura del Pacto”. En esta profecía (como en todas) está la clave para entender lo que pasó.

¿Qué pasó? Después de venido Cristo los judíos tronaron, hablando en plata. Cuando llegó el tiempo en que su enjuto y estricto territorio debía abrirse y ellos repartirse por el mundo como victoriosos vencedores, salieron efectivamente por todo el mundo, pero como vencidos y cautivos. La ciudad capital con su Templo (en el cual debía entrar, según Malaquías, el Dominador, o sea el Mesías) fue vandalizada e incendiada, su ejército exterminado, su población diezmada por el hambre, fuego y cuchillo, su territorio devastado; y el antiquísimo reino de David terminó en una tribulación que, aun en la sobria narración de Josefo, realmente parece que no ha tenido igual “desde el Diluvio acá”; y sobrevino la asombrosa dispersión, la “Diáspora”. Un pueblo fundado y asentado por el monoteísmo, unido por el monoteísmo y que mantuvo el monoteísmo desde el principio durante 2.000 años, hasta su disolución como pueblo; y que lo ha mantenido desde entonces hasta aquí, en su estado de dispersión y destierro, otros 2.000 años; un pueblo que suministró sus apóstoles y confesores, incluso hasta el tormento y la muerte, a la creencia verdadera en un solo Dios; que sobre el monoteísmo modeló su legislación y su gobierno, su filosofía, su política y su literatura; de cuya verdad su poesía es la voz, fluyendo en composiciones religiosas que la Cristiandad en todas sus regiones y edades no ha podido superar y ha adoptado por suyas; un pueblo que produce profeta tras profeta que sobre esa verdad primigenia extienden sus revelaciones, con una firme referencia a un tiempo señalado en que esa revelación deberá obtener su compleción y cumplimiento; hasta que al fin el tiempo llega y la catástrofe. ¿No es una historia extraordinaria? ¿Hay una historia en toda la Historia más romántica, sorprendente y espantable que la historia de Israel?

Oprimido y como prisionero del orden cristiano del cual se mantiene constantemente al margen, y sin poder ser digerido y asimilado durante 20 siglos, el judío se desquitó de su impotencia política adhiriéndose al Reino del Dinero y su secreto y menguado poder; se diría que cambiaron su Mesías por la Moneda -por treinta monedas o por treinta mil millones: ¡las Finanzas! Yo no digo que todos los financistas sean judíos, como tampoco que todos los judíos son financistas; la mayoría son pobres, y muchos (créase o no) son caritativos; pero es cierto que esa “ciencia” tan boyante hoy, y que consiste en definitiva en vender dinero (vender como si fuese un bien una cosa que es un signo) fue invención suya, pues en definitiva no es sino la maña y el dolo del prestamista: de los prestamistas que vendían dinero en el atrio del Templo (y los Sacerdotes percibían un grueso porciento) cuyas mesas de cambio Cristo volteó dos veces con furor. Por supuesto que los “cristianos” que aprendieron la “ciencia” e incluso la aventajaron, son aún peores, pues no tienen la excusa del judío de no tener otra cosa en qué ejercitar su deseo de poder, su nerviosa irrequietividad y su viva inteligencia. Los “antisemitas” que hoy día odian ciegamente al judío, por despecho, envidia o superstición, son en realidad cristianos judaizados. No israelitas, no ciertamente; ni tampoco católicos.

En Malaquías está, como he dicho, la clave del misterio. Hablando en nombre de Dios o mejor dicho hablando como Dios, el Profeta reprende y amenaza la corrupción religiosa, que fue en ese tiempo (445 a. C.), detenida pero no cortada por la enérgica reforma del reyezuelo Nehemías; y amenaza con la “ruptura del pacto de Leví” y con hacerse un nuevo y más digno sacerdocio, a los malos Sacerdotes; a los cuales acusa de grosería y dolo en el culto, de avaricia, y de falta de fe; de que andan refunfuñando: “¿De qué nos ha valido servir a Dios tanto tiempo? Hemos andado tristes de balde”: la “acidia” o pereza espiritual, ese pecado capital que es el tropiezo temible del religioso. Esos son los tres vicios que configuran ya entonces el futuro “fariseísmo”,

No sabemos cómo se formó, porque faltan documentos escritos, en esos cuatro siglos entre Malaquías y Cristo, esa falsificación del ideal hebreo, ese ideal fraudulento de un Mesías napoleónico que debía imponer en el mundo el Reino de los Judíos por las armas y la violencia. Pero allí está él, vigente con enorme fuerza, en el tiempo de Cristo: la corrupción denunciada por Malaquías se había consumado.

Un judío actual podría decir a Dios: “No has cumplido tus promesas a Israel” y Dios responder -y Él me perdone que yo asuma su boca:

-Mis promesas eran condicionadas, y ustedes quebraron el Pacto.

-Puede ser -sería la instancia-, pero ¿es digno de Dios que sus planes, proyectos y promesas sean arruinados por el mísero albedrío del hombre? ¿Es pues el hombre fuerte contra Dios?

-Mis planes no se quiebran nunca y mis promesas son sin arrepentimiento -dice Dios-. Espera un momento (un momento para Mí). La historia del mundo, y de Israel con él, no ha acabado su curso.

En efecto, al final de Malaquías surge una promesa que no es ya condicionada sino absoluta: es la promesa del triunfo definitivo de Israel en la Parusía: el capítulo IV que no puede copiar. Vendrá un día magno e inflamado que barrerá la impiedad; alumbrará a Israel de nuevo el Sol de Justicia; y su conversión a Dios no está ya solicitada sino simplemente profetizada:

“He aquí que Yo os mandaré a Elías Profeta

Antes que venga el día de Dios magno y terrible

Y convertirá el corazón de los padres a sus hijos

(a saber, el corazón de los judíos hacia los cristianos)

Y el corazón de los hijos hacia sus padres

(es decir, el corazón de los cristianos hacia los judíos)

No sea que Yo venga en mi ira

Y hiera de maldición toda la tierra.

Toda esta historia encierra una lección gravísima para el cristiano. El cristianismo tiene las promesas infalibles de Cristo; y en esas promesas se ensoberbecen o se adormecen, falseándolas, algunos; más la Sinagoga también tenía esas promesas; ¿qué le pasó? Algunos con el “he aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos; las puertas del Infierno no prevalecerán; y yo he rogado a Dios, oh Pedro, para que no falle tu fe”… se extienden a sí mismos y a sus paniaguados diplomas de intocables; porque la Iglesia es santa, ellos deben ser respetados como santos, hagan lo que hagan; porque las puertas del infierno no prevalecerán, ellos se inventan futuros triunfos temporales y aun mundanales de la Iglesia; y porque el Papa es infalible cuando (una vez por siglo) habla ex-cátedra, surgen una multitud de Papitas que son infalibles y que cada y cuando hablan, hablan ex cátedra. Es un grave abuso, abuso de hacer temblar: es el mismo abuso de la palabra de Dios, de los fariseos.

Contra este abuso está escrito: “Cuando Yo vuelva, ¿creéis que encontraré la fe en la tierra?”. La fe estará tan reducida y oculta como para no encontrarla. ¿Por culpa de quién? Mucho me temo que por culpa del engreimiento cristiano, contra el cual nos previene formalmente san Pablo: “si la oliva vera por su soberbia fue cortada; también puede ser cortado el acebuche injerto, que ni siquiera es la Oliva primitiva”.

Cristo declaró solemnemente la ruptura del Pacto divino con la Sinagoga; todas las amenazas divinas contenidas en los profetas cayeron sobre Israel; y su conversión y triunfo fueron aplazados para el fin del mundo. Si ello ocurrirá antes, junto o después de la Parusía, yo no lo sé; pero no puedo creer que no ocurrirá NUNCA. El Jardinero pidió al Viñatero un tiempo para mullir y abonar de nuevo la Higuera estéril; y el Señor no respondió nada.

Un poeta español ha puesto esta parábola en un hermoso soneto que no tengo a mano, ni mis amigos tampoco; por lo cual trataré de reconstruirlo, es decir, de rehacerlo:

Dijo el Señor con ira: “Y esta higuera

Es tiempo de higos y no lleva fruto.

Desde años ha no rinde su tributo

Ponle ya l ‘hacha en la raíz, ¡y afuera!

Dijo mi Ángel: “Señor, por tan siquiera

El cuidado pasado irresoluto

Deja que cave más este árbol bruto

Y ponga abono a ver. Te ruego, espera”.

Calló el Señor y un estremecimiento

Por las higueras y las viñas ricas

Cubrió al árbol estéril un momento

Y el Jardinero apercibió sus picas

Y se hizo un aire de silencio atento

Y yo escuché el fatídico memento:

“Alma, ay de ti si hoy más no fructificas”.

Castellani, Las parábolas de Cristo, Jauja Mendoza 1994, 252-58

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Santos Padres

·        San Ambrosio

160.     Un hombre tenía plantada en su viña una higuera. ¿Qué querrá significar el Señor al usar con tanta frecuencia en su Evangelio la parábola de la higuera? En otro lugar ya has visto cómo al mandato del Señor se secó todo el verdor de este árbol (Mt 21,19). De aquí has de concluir que el Creador de todas las cosas puede mandar que las distintas especies de árboles se sequen o tomen verdor en un instante. En otro pasaje, Él recuerda que la llegada del estío suele conocerse porque surgen en el árbol retoños nuevos y brotan las hojas (Mt 24,32). En estos dos textos se halla figurada la vanagloria que perseguía el pueblo judío y que desapareció, como una flor, cuando vino el Señor, porque permanecía infructuosa en obras, y lo mismo que, con la venida del estío, se recolectan los frutos maduros de la tierra toda, así también, en el día del juicio, se podrá contemplar la plenitud de la Iglesia, en la que creerán aun los mismos judíos.

161.     Tratemos de encontrar también aquí el misterio de un sentido más profundo. La higuera está en la viña; y esta viña era del Señor de los ejércitos, a la que entregó después a las naciones como un botín (Is 5,7). Y así, el que hizo devastar la viña fue el mismo también que mandó que la higuera se secara. La comparación de este árbol es muy aplicable a la Sinagoga, porque igual que este árbol, con la exuberancia de abundantes hojas, hizo perder toda esperanza a ese su dueño, que aguardaba, en vano, la cosecha ansiada, así también en la Sinagoga, mientras los doctores, infecundos en obras, se enorgullecían por sus palabras, semejando una floración exuberante, se extendió la sombra de una ley vana, con lo cual, la esperanza y la expectación de una recolección quimérica destruyó los anhelos del pueblo creyente.

162. Pero, en la naturaleza de este árbol, existen más detalles por los que puedes comprender, con más exactitud, que esta comparación es un retrato fiel de la Sinagoga. Porque, si miras con atención, encontrarás que las leyes de este árbol difieren de las de los otros. En verdad, los otros árboles dan flores antes que frutos, y esta floración nos sirve de anuncio de los frutos futuros; sólo la higuera produce frutos desde el principio en lugar de flores. En los otros, los frutos nacen cuando desaparece la flor; en la higuera, unos frutos suceden a otros. Por eso los primeros frutos parecen hacer el oficio de flores; y, por tener un nacimiento precoz, desconocen el modo de actuar de la naturaleza y, por tanto, se hallan incapacitados de observar esa organización perfecta. Y porque se acostumbró a sacar de entre su corteza los brotes, al ser los frutos de este árbol muy pequeños, vienen como a pudrirse. De estos frutos leemos lo siguiente en el Cantar de los Cantares: La higuera ha echado sus brotes (2,13). Así, mientras los demás árboles se ponen blancos al llegar la primavera, sólo la higuera no conoce esa blancura de flores, quizás porque no se espera que maduren sus frutos. En efecto, cuando los otros vienen, éstos son expulsados como algo degenerado, y, dada la debilidad de su tallo, son arrojados fuera, dejando su lugar a otros, para quienes será más útil la savia. Sin embargo, quedan algunos, muy raros, que no caen, los cuales tuvieron un brote tan afortunado que crecieron con un tallo muy corto en medio de dos ramas, por lo cual, debido a esa guarda y protección doble, como si la madre naturaleza les guardara en su seno, se nutren del alimento de una savia más abundante. Estos, mimados por el ambiente y la caridad del aire y habiendo tenido más tiempo de perfeccionamiento, una vez despojada su constitución salvaje del jugo vital primitivo, logran un desarrollo mucho más perfecto que los otros, debido a su belleza y a su madurez.

163. Examina ahora las costumbres y disposiciones de los judíos, los cuales son como los primeros frutos de la mala fertilidad de la Sinagoga, que cayeron, como cayeron en esta figura los brotes de la higuera, para dar lugar a los frutos de nuestra raza que permanecerán para siempre. Porque el primer pueblo de la Sinagoga, como radicalmente enfermo en su actuar malvado, no ha podido absorber la savia de la sabiduría natural, y por ello cayó como un fruto inútil, con objeto de que de las mismas ramas del árbol, fecundado por la savia de la religión, naciese el nuevo pueblo de la Iglesia. Por tanto, aquel que era, ha dejado de ser, para que el que no era, comenzase a ser. Y por eso, las personas mejores de Israel, a los que se había dado surgir de un ramo más vigoroso, bajo la sombra de la Ley de la cruz y en su seno, se han alimentado de una doble savia, y, del mismo modo que maduraron los primeros frutos, ellos llevarán en sí mismos esos magníficos frutos a todos; a ellos es a quienes va dirigida esta expresión : Os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Mt 19,28).

164.     Y esto no es algo distinto de lo que aconteció a Adán y a Eva, primeros padres nuestros tanto en cuanto a la raza como en lo referente a la caída, los cuales se vistieron con las hojas de este árbol y merecieron ser arrojados del paraíso cuando, dándose cuenta de su transgresión, huyeron de la presencia del Señor, que paseaba con ellos, queriéndonos indicar con eso que, al fin del mundo, cuando llegue el Señor de la salvación, que también a ellos vino a llamar, los judíos se darán cuenta que las tentaciones del demonio fueron quienes les despojaron de las virtudes y, arrepentidos de la desnudez vergonzosa de su conciencia y viéndose apartados de la religión, sentirán una profunda vergüenza de su prevaricación y se apartarán del Señor, tratando de cubrir la ignominia de su conducta con una abundancia de palabras, que semejarán un velo tejido con hojas.

165.     Por eso, todos aquellos que recogieron de la higuera hojas y no frutos, serán excluidos del reino de Dios; pues tenían un alma viviente. Y, por el contrario, vino el segundo Adán, que buscaba, no las hojas, sino los frutos, porque tenía un espíritu vivificante (1 Cor 15,45). A la verdad, el fruto de la virtud se obtiene mediante el espíritu, así como, por medio de él, es como dignamente es adorado el Señor. En realidad, el Señor buscaba, no porque no supiera que la higuera no tenía fruto, sino para enseñarnos, con este ejemplo, que la Sinagoga, ya a esta altura, debía tener fruto.

También con lo siguiente nos quiere enseñar que Él, que estuvo entre ellos durante tres años, no había venido antes del tiempo señalado; y si no, lee lo que sigue: Hace ya tres años que vengo en busca del fruto de esta higuera y no lo hallo; córtala, pues ¿para qué va a ocupar la tierra en balde?

166.El vino a Abrahán, a Moisés, vino a María, es decir, apareció como una señal (cf. Rom 4,11), apareció en la Ley y apareció con su cuerpo. Su venida la reconocemos por sus beneficios: unas veces nos purifica, otras satisface por nosotros y otras, finalmente, nos santifica y nos justifica. La circuncisión ha purificado, la Ley ha santificado, la gracia ha justificado. Él es todo en todos y hace una unidad de la multiplicidad. En verdad, nadie sin el temor de Dios se ha podido justificar. Y na-die merece la Ley si no está purificado de sus culpas, como nadie que desconozca la Ley poseerá la gracia. Y por esa razón el pueblo judío no pudo purificarse, puesto que su circuncisión no había sido espiritual, sino algo exclusivamente corporal, ni pudo santificarse porque ignoró la virtud de la Ley, ya que seguía los deseos carnales más que los espirituales —y, sin embargo, la Ley es espiritual (Rom 7,14) —, ni pudo justificarse, porque no hacía penitencia de sus pecados y, por consiguiente, no conocía la gracia.

Por no haberse encontrado ningún fruto en la Sinagoga, se llevó a cabo la orden de que pereciera. Pero el buen jardinero, Aquel, sin duda, en el que descansa la Iglesia, presagiando que había sido enviado otro a los gentiles, ya que Él lo había sido a los circuncisos, intervino con afecto para que ese pueblo judío no fuera proscrito, con el fin de que también él, por medio de la llamada, pudiese ser salvado por la Iglesia, y por eso dijo: Déjala aún por este año que la cabe y la abone.

168. ¡Qué pronto conoció que la causa de la esterilidad de los judíos era su dureza de corazón y su soberbia! En verdad, Él sabe tratar los vicios tan bien como descubrirlos. El promete trabajar para ablandar la dureza del corazón con una lluvia incesante de apóstoles, para que “la palabra de dos filos” (Hebr 4, 12) devuelva la vida al alma durante tanto tiempo abandonada y, ablandado su corazón, reanime su sentido haciéndolo atento al soplo del Espíritu, con el fin de que una abundancia excesiva no se convierta en un obstáculo ni esconda la raíz de la sabiduría. Pero, además, dice que le va a echar una carga de abono. Es cierto que la fuerza del abono es grande, y lo es hasta tal punto, que gracias a él la misma infecundidad se vuelve fecunda, la aridez reverdece y la esterilidad fructifica. Sobre él se sentó Job cuando estaba tentado, y no pudo ser vencido; y Pablo considera que todo es estiércol en comparación con ganar a Cristo (cf. Phil 3,8). Y cuando Job comenzó a perderlo todo y se hubo sentado sobre el estiércol, ya nada tuvo el diablo que poder quitarle. No hay duda de que la tierra que se cava resulta fecunda, y el estiércol que se entierra contribuye a la fecundidad. Como es cierto también que el Señor levanta del polvo al pobre y alza del estiércol al desvalido (Ps 112,7).

169. Y así, por medio de una conducta propia de una inteligencia espiritual, y mientras dominan en nosotros sentimientos de humildad, el buen jardinero piensa que los mismos judíos podrán dar frutos si entran dentro del Evangelio de Cristo. Él se acordaba que el Señor había dicho por medio del profeta Ageo que el veinticuatro del noveno mes, a partir desde el día en que fue cimentado el templo del Señor omnipotente, ni la vid, ni la granada ni el olivo han florecido aún, pero a partir de este día yo los bendeciré (Ag 2, 19ss). Con lo cual se nos quiere enseñar que, al llegar el fin del año que transcurre, es decir, en el ocaso de este mundo, ya envejecido, será fundado el templo de Dios, que es la Iglesia, gracias a la cual y por medio de la santificación del bautismo, tanto el pueblo judío como el de los gentiles podrán producir el fruto de sus méritos.

170.     Por lo cual, a través de la naturaleza de este árbol, se nos representa el carácter de la Sinagoga, fructuosa gracias a un segundo impulso —ya que nosotros somos de la raza de los patriarcas—, y, efectivamente, con toda razón, son comparados los judíos a los frutos caducos, puesto que, al tener un corazón necio y una cabeza dura, no pueden llegar a un estado duradero. Los que mueran y, por así decir, se oculten a este mundo, con el fin de que renazca en ellos el hombre interior por medio del agua del bautismo, éstos sí darán fruto. Pero la perfidia de los hombres de dura cerviz ha convertido a la Sinagoga en algo inútil, y por eso, al ser estéril, se da la orden de que se la corte.

171.     Lo que se ha dicho de los judíos es algo que, creo, debemos tener todos nosotros muy presente, no sea que ocupemos un lugar fecundo de la Iglesia desprovistos de méritos, precisamente nosotros que, por estar benditos, como la granada (Ag 2,12ss), debemos dar frutos internos, frutos de pudor, de unión, de mutua caridad y de amor, encerrados en el único seno de la Iglesia, nuestra madre, para que no nos dañe el viento, no nos abata el granizo, ni nos agoste el ardor de la avaricia, ni seamos atacados por la humedad y la lluvia.

172. Algunos, sin embargo, creen que el ejemplo de la higuera no es una figura de la Sinagoga, sino de la maldad y perversidad. Con todo, éstos piensan así porque confunden el género con la especie, y se dicen que hay que temer lo que el Señor dijo a la higuera: ¡Que nunca jamás nazca de ti fruto!; a pesar de todo, sabemos que muchos judíos creyeron, como también muchos otros lo van a hacer. Pero todo aquel que crea ya no será un fruto de la Sinagoga, sino de la Iglesia, pues el que renace de la Iglesia ya no nace de la Sinagoga. Y del mismo modo que han salido de nosotros, pero que no eran de los nuestros, pues, si fueran de los nuestros, hubieran permanecido con nosotros (1 Jn 2,19), así también nosotros sostenemos que algunos judíos no hay duda que creen, puesto que, si fueran de la Sinagoga, se hubieran quedado en ella; pero si han salido de la Sinagoga, justo es creer que no eran de ella. Además, haciendo otra interpretación, la malicia es el obstáculo que interviene, tratando de impedir que se produzca fruto alguno, y por eso, cuando venga el Señor, destruirá todo germen de maldad.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 167-171, BAC Madrid 1966, pág. 427-34

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

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P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

PACIENCIA DE DIOS Y URGENCIA DE LA CONVERSIÓN DEL HOMBRE

Guiados por la liturgia de la Iglesia, nos vamos aproximando al momento culminante de la obra redentora de Jesucristo, su Pasión y Resurrección, culmen de la lucha entre las tinieblas y la luz, centro de la historia, que a partir del triunfo de Jesucristo verá reencauzado esencialmente su curso. Poco a poco, nos vamos introduciendo en la inteligencia del único hecho que ha verda­deramente modificado todo el orden creado, llamando a la dignidad de hijos adoptivos de Dios a todos aquellos, nosotros, que éramos hijos de ira por naturaleza.

Las dos primeras lecturas que la Iglesia nos propone en este domingo nos introducen en el drama que se pone luego plena­mente de manifiesto en la parábola evangélica. El libro del Éxodo nos habla de la Alianza de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento, de las maravillas de su amor, destacando la mise­ricordia con que el Señor se compadeció de su pueblo, al liberado de la esclavitud, y al intervenir repetidamente en su historia para colmarlo de sus beneficios. San Pablo nos recuerda dichos beneficios, que son imagen de la única verdadera Reden­ción plena, la que aporta Jesucristo, haciéndonos ver que Él es la verdadera misericordia de Dios, la imagen visible del Dios Invisible, la faz de Dios, Padre amoroso y preocupado por la salvación de todos sus hijos. El Apóstol nos advierte también acerca de las consecuencias que acarreó para el pueblo judío en el desierto su dureza de corazón, su desprecio de las gracias divinas, el abuso de la misericordia que Dios le había deparado. Por ello termina amonestando a sus fieles de Corinto: “Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, i cuídese de no caer!”.

Como muchas veces lo hizo en el curso de su predicación te­rrena, el Señor gusta de expresar los misterios más recónditos de su obra redentora mediante signos tomados de la vida cotidiana del pueblo judío. A través de imágenes, aparentemente banales, nos descubre los secretos más profundos del Reino de Dios.

Comienza el Señor por corregir la falsa idea que de la justicia divina se hacían los judíos de su tiempo. Como los amigos de Job, y como muchas veces nos sucede a nosotros mismos, tenían tendencia a pensar que los que reciben grandes pruebas son los más culpables. Jesús rectifica esta presunción de penetrar los juicios divinos mostrando, una vez más, como lo hizo desde el principio de su predicación, que nadie puede creerse exento de pecado, y por consiguiente que a todos es indispensable el arrepentimiento y la actitud de un corazón contrito delante de Dios. No se pueden, pues, identificar las pruebas que se nos presentan a lo largo de la vida con castigos divinos, ni pensar que el éxito en nuestros proyectos materiales sea necesariamente un signo de aprobación divina de todo aquello que obramos.

Muy por el contrario, a lo largo de su predicación el Señor pondrá de manifiesto cómo la persecución, la burla, el rechazo de los hombres, las pruebas de todo tipo, serán un signo dis­tintivo de sus discípulos, de su colaboración con la obra reden­tora a la que el Señor mismo los llama. Medio de purificación de los propios pecados, participación en la misión salvadora de Cristo.

La parábola que el Señor propone a continuación da una dimensión cósmica a la necesidad de conversión de la que el Señor acaba de hablarles a sus oyentes. Esta higuera a la que el dueño había plantado y cuidado con la esperanza de recabar de ella abundantes frutos es ante todo Israel, el pueblo elegido del Antiguo Testamento, al que Dios había cuidado y colmado de sus dones en orden a que fuera instrumento de salvación para las naciones. Por tres años el Mesías esperado predicó el mensaje de salvación a su pueblo, pero ellos desoyeron su enseñanza, por­que sus corazones eran de piedra, cerrados a la Palabra de Dios para seguir sus tradiciones humanas. Sin embargo Dios, incan­sablemente fiel y generoso, les concedió todavía un año de mi­sericordia, es decir que les renovó las promesas de bendición por medio de la predicación de la Iglesia, muy especialmente de San Pedro y San Pablo. Sin embargo, ellos volvieron a endurecer su corazón y trataron a los discípulos como habían tratado al Maestro. Pocos entraron en la Iglesia, como pocos habían sido los que entraron en la tierra prometida luego del largo camino en el desierto. Los dones de Dios requieren de la respuesta libre y amorosa del hombre; de otro modo, Dios puede cortar la higuera estéril.

Sin embargo, queridos hermanos, no caigamos nosotros en el error de los oyentes de Jesús, a los que el Señor reprendió por su insensatez. “Todo esto les sucedió simbólicamente –nos dijo. San Pablo en la segunda lectura de hoy–, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final”. De hecho, en la historia misma de la Iglesia, hubo higueras que dieron mucho fruto, pero que luego, como el hijo pródigo, di­lapidaron el tesoro que Dios les había donado. Pensemos en aquella Europa cristiana, que recibió la primera semilla de la Fe por boca de los Apóstoles mismos, regada con la sangre de Innumerables mártires, protegida por santos pastores, civilizada por multitud de Monjes, enriquecida con toda clase de dones. Beneficiaria, ella también, de un amor de gran predilección por parte del Señor. Pero hace ya tiempo que el dueño del campo va a buscar frutos de redención en aquella higuera y no encuentra sino esterilidad. ¿Dónde están las virtudes cristianas que hicieron posible la edificación de las magníficas catedrales, la creación de las escuelas y universidades, la construcción de una sociedad que tenía por ley el Evangelio, los tesoros del arte, las obras maestras ‘de la literatura cristiana, el gobierno de príncipes santos? Como los oyentes de Jesús, gran parte de los hodiernos habitantes de aquellas regiones desprecian a los que viven en el dolor, en la miseria y el hambre, poniendo como signo de su superioridad la edificación de un paraíso en la tierra. A ellos, también, Jesús les pregunta si se creen menos culpables. “Os aseguro que no –agregaría ahora, como lo hizo entonces–, y si vosotros no os convertís, todos acabaréis de la misma manera”. Quien despre­cia los mismos fundamentos espirituales que fueron base de su grandeza, termina por dilapidar el tesoro y caer en la indigencia.

Oremos, hermanos, por aquellos cristianos fieles que en la vieja Europa, madre de nuestra cultura y de nuestra fe, siguen combatiendo el buen combate, y pidamos con ellos al dueño del campo que le dé a aquella bendita tierra “un año más”, y la gracia de que sus corazones se abran a la penitencia que da frutos de vida eterna.

Oremos también por nuestra querida Patria, que parece ‘igualmente querer olvidar sus orígenes cristianos, aquellos que la hicieron grande, para seguir en pos de un utópico nuevo orden mundial donde el Salvador no parece estar presente. Oremos, en fin, por todos nosotros, para que ninguno crea que no puede caer, y así, llenos de humildad, pero también de espíritu magná­nimo, nos volvamos instrumentos aptos para que Cristo reine en los individuos y sociedades. Que cuando el dueño del campo nos visite no nos encuentre sin fruto. Amén.

 (SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 103-106)

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Juan Pablo II

 

El cristiano cree en el triunfo de la vida sobre la muerte. Por eso la Iglesia, comunidad pascual del Resucitado, proclama siempre al mundo: “No busquéis entre los muertos al que vive” (Lc 24,5). Por eso halla en Él, en Cristo, el secreto de su energía y esperanza. En Él, que es “Príncipe de la Paz” (Is 9,6), que ha derribado los muros de la enemistad y ha reconciliado mediante su cruz a los pueblos divididos (cfr. Ef. 2,16).

Herida la humanidad por el pecado, fue desgarrada nuestra unidad interior. Alejándose de la amistad de Dios, el corazón del hombre se volvió zona de tormentas, cambio de tensiones y de batallas. De ese corazón dividido vienen los males a la sociedad y al mundo. Este mundo, escenario para el desarrollo del hombre, padece la contaminación del “misterio de la iniquidad” (cfr. Gaudium et spes, 103; cf. 2 Tes 2,7).

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, con definida vocación de trascendencia, de búsqueda de Dios y de fraterna relación con los demás, atormentado y dividido en sí mismo, se aleja de sus semejantes.

Y sin embargo, no es el plan original de Dios que el hombre sea enemigo, lobo para el hombre, sino su hermano. El designio de Dios no revela la dialéctica del enfrentamiento, sino la del amor que todo lo hace nuevo. Amor sacado de esa roca espiritual que es Cristo, como nos indica el texto de la epístola de esta Misa (cfr.1 Cor 10,4).

Si Dios nos hubiera abandonado a nuestras propias fuerzas, tan limitadas y volubles, no tendríamos razones para esperar que la humanidad viva como familia, como hijos de un mismo Padre. Pero Dios se nos ha acercado definitivamente en Jesús; en su cruz experimentamos la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio. La cruz antes símbolo de afrenta y amarga derrota, se vuelve manantial de vida.

Desde la cruz mana a torrentes el amor de Dios que perdona y reconcilia. Con la sangre de Cristo podemos vencer al mal con el bien. El mal que penetra en los corazones y en las estructuras sociales. El mal de la división entre los hombres, que han sembrado el mundo con sepulcros con las guerras, con esa terrible espiral del odio que arrasa, aniquila en forma tétrica e insensata.

El perdón de Cristo despunta como una nueva alborada, como un nuevo amanecer. Es la nueva tierra, “buena y espaciosa”, hacia la que Dios nos llama, como hemos leído antes en el libro del Éxodo (Ex 3,8). Esa tierra en la que debe desaparecer la opresión del odio y dejar el puesto a los sentimientos cristianos: “Revestios, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros” (Col 3,12).

El amor redentor de Cristo no permite que nos encerremos en la prisión del egoísmo que se niega al auténtico diálogo, desconoce los derechos de los demás y los clasifica en la categoría de enemigo que hay que combatir.

Es el momento de escuchar la invitación del Evangelio de este domingo: “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lc 13,3.5). Sí, convertirse y cambiar de conducta, porque -como hemos escuchado en el Salmo responsorial- Yahvé “hace obras de justicia y otorga el derecho a los oprimidos” (Sal 102,6). Por eso el cristiano sabe que todos los pecadores pueden ser rescatados: que el rico -despreocupado, injusto, complacido en la egoísta posesión de sus bienes- puede y debe cambiar de actitud; que quien acude al terrorismo, puede y debe cambiar.

El sermón de la montaña es la carta magna del cristiano: “Bienaventurados los artesanos de la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

(Homilía en el “Metro Centro” de San Salvador, 6 de marzo de 1983)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

“Convertíos, dice el Señor, porque está cerca el reino de los cielos” hemos proclamado antes del Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, que nos presenta el tema fundamental de este “tiempo fuerte” del año litúrgico: la invitación a la conversión de nuestra vida y a realizar obras de penitencia dignas. Jesús, como hemos escuchado, evoca dos episodios de sucesos: una represión brutal de la policía romana dentro del templo (cf. Lc 13, 1) y la tragedia de dieciocho muertos al derrumbarse la torre de Siloé (v. 4). La gente interpreta estos hechos como un castigo divino por los pecados de sus víctimas, y, considerándose justa, cree estar a salvo de esa clase de incidentes, pensando que no tiene nada que convertir en su vida. Pero Jesús denuncia esta actitud como una ilusión: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os

convertís, todos pereceréis del mismo modo” (vv. 2-3). E invita a reflexionar sobre esos acontecimientos, para un compromiso mayor en el camino de conversión, porque es precisamente el hecho de cerrarse al Señor, de no recorrer el camino de la conversión de uno mismo, que lleva a la muerte, la del alma. En Cuaresma, Dios nos invita a cada uno de nosotros a dar un cambio de rumbo a nuestra existencia, pensando y viviendo según el Evangelio, corrigiendo algunas cosas en nuestro modo de rezar, de actuar, de trabajar y en las relaciones con los demás. Jesús nos llama a ello no con una severidad sin motivo, sino precisamente porque está preocupado por nuestro bien, por nuestra felicidad, por nuestra salvación. Por nuestra parte, debemos responder con un esfuerzo interior sincero, pidiéndole que nos haga entender en qué puntos en particular debemos convertirnos.

La conclusión del pasaje evangélico retoma la perspectiva de la misericordia, mostrando la necesidad y la urgencia de volver a Dios, de renovar la vida según Dios. Refiriéndose a un uso de su tiempo, Jesús presenta la parábola de una higuera plantada en una viña; esta higuera resulta estéril, no da frutos (cf. Lc 13, 6-9). El diálogo entre el dueño y el viñador, manifiesta, por una parte, la misericordia de Dios, que tiene paciencia y deja al hombre, a todos nosotros, un tiempo para la conversión; y, por otra, la necesidad de comenzar en seguida el cambio interior y exterior de la vida para no perder las ocasiones que la misericordia de Dios nos da para superar nuestra pereza espiritual y corresponder al amor de Dios con nuestro amor filial.

También san Pablo, en el pasaje que hemos escuchado, nos exhorta a no hacernos ilusiones: no basta con haber sido bautizados y comer en la misma mesa eucarística, si no vivimos como cristianos y no estamos atentos a los signos del Señor (cf. 1 Co 10, 1-4).

Queridos hermanos y hermanas, el tiempo fuerte de la Cuaresma nos invita a cada uno de nosotros a reconocer el misterio de Dios, que se hace presente en nuestra vida, como hemos escuchado en la primera lectura. Moisés ve en el desierto una zarza que arde, pero no se consume. En un primer momento, impulsado por la curiosidad, se acerca para ver este acontecimiento misterioso y entonces de la zarza sale una voz que lo llama, diciendo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (Ex 3, 6). Y es precisamente este Dios quien lo manda de nuevo a Egipto con la misión de llevar al pueblo de Israel a la tierra prometida, pidiendo al faraón, en su nombre, la liberación de Israel. En ese momento Moisés pregunta a Dios cuál es su nombre, el nombre con el que Dios muestra su autoridad especial, para poderse presentar al pueblo y después al faraón. La respuesta de Dios puede parecer extraña; parece que responde pero no responde. Simplemente dice de sí mismo: “Yo soy el que soy”. “Él es” y esto tiene que ser suficiente. Por lo tanto, Dios no ha rechazado la petición de Moisés, manifiesta su nombre, creando así la posibilidad de la invocación, de la llamada, de la relación. Revelando su nombre Dios entabla una relación entre él y nosotros. Nos permite invocarlo, entra en relación con nosotros y nos da la posibilidad de estar en relación con él. Esto significa que se entrega, de alguna manera, a nuestro mundo humano, haciéndose accesible, casi uno de nosotros. Afronta el riesgo de la relación, del estar con nosotros. Lo que comenzó con la zarza ardiente en el desierto se cumple en la zarza ardiente de la cruz, donde Dios, ahora accesible en su Hijo hecho hombre, hecho realmente uno de nosotros, se entrega en nuestras manos y, de ese modo, realiza la liberación de la humanidad. En el Gólgota Dios, que durante la noche de la huida de Egipto se reveló como aquel que libera de la esclavitud, se revela como Aquel que abraza a todo hombre con el poder salvífico de la cruz y de la Resurrección y lo libera del pecado y de la muerte, lo acepta en el abrazo de su amor.

Permanezcamos en la contemplación de este misterio del nombre de Dios para comprender mejor el misterio de la Cuaresma, y vivir personalmente y como comunidad en permanente conversión, para ser en el mundo una constante epifanía, testimonio del Dios vivo, que libera y salva por amor. Amén.

(Homilía en la Parroquia San Juan de la Cruz, Roma, Domingo 7 de marzo de 2010)

 

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P. Jorge Loring, S.J.

1.- La parábola de la higuera estéril es para pensar.

2.- Dios quiere que todos los hombres se salven, pero espera nuestra colaboración. Él mereció nuestra redención, pero ésta será inútil si no ponemos de nuestra parte.

3.- Dios no suple lo que no hacemos por pereza o desinterés.

4.- Es distinta la responsabilidad de los que no conocen a Dios inculpablemente. Es el caso de los infieles que no han oído hablar de Jesucristo.

5.- Pero en nuestra sociedad creo que nadie es inculpable de no conocer a Dios, pues tenemos a mano montones de facilidades para conocer la existencia de Dios y el mensaje de Cristo.

6.- Dios, que es justo, sabrá calibrar el grado de responsabilidad que tenemos en nuestro obrar.

7.- Pero la parábola de hoy es clara: Dios espera de nosotros buenas obras.

8.- Y si por nuestra culpa no danos buenos frutos, nos hace leña y al fuego eterno.

9.- Estamos a tiempo de rectificar y convertirnos. Todos podemos ser mejores de lo que somos.

10.- Después de la muerte ya no se puede rectificar. Eternamente permaneceremos en el estado que nos coja la muerte.

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo II Cuaresma

21
febrero

Domingo II Cuaresma 

(Ciclo C) – 2016

 

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·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

II Domingo de Cuaresma

21 de febrero 2016- ciclo C

PRIMERA LECTURA

Dios hace alianza con Abrahán, el creyente

Lectura del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo:
—«Mira al cielo;cuenta las estrellas, si puedes.»
Y añadió:
—«Así será tu descendencia.»
Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber.
El Señor le dijo:
—«Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta
tierra.»
Él replicó:
—«Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?»
Respondió el Señor:
—«Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años,
una tórtola y un pichón.»
Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero
no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrán los espantaba.
Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán, y un terror
intenso y oscuro cayó sobre él.
El sol se puso, y vino la oscuridad;una humareda de horno y una antorcha
ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.
Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos:
—«A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río
Éufrates.»

Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL
Sal 26, 1. 7-8a. 8b-9abc. 13-14 (R.: la)

R. El Señor es mi luz y mi salvación. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién
temeré?

El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? R.

Escúchame, Señor, que te llamo;ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro.» R.

Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio. R.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé
valiente, ten ánimo, espera en el Señor. R.

SEGUNDA LECTURA 

Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 17—4, 1

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.
Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay
muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición;
su Dios, el vientre;su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas.
Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un
Salvador: el Señor Jesucristo.
Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.
Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Palabra de Dios

EVANGELIO

Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la
montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos
brillaban de blancos.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo
con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño;y, espabilándose, vieron su gloria y a los
dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
—«Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para
Moisés y otra para Elías.»
No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al
entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:
—«Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el
momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

II Domingo de Cuaresma- 21 de febrero 2016- ciclo C

Entrada: La búsqueda de la gloria de Dios revelada en el rostro transfigurado de Cristo, debe alentar nuestra peregrinación terrena. Jesús nos muestra que después de la cruz viene la alegría de la resurrección.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                                   Gn 15,5-12.17-18

Dios sella una alianza con Abraham, quien por su fe, obtuvo la bendición para él y su descendencia.

Salmo Responsorial: 26

Segunda Lectura:                           Flp 3,17-4,1 o bien 3,20-4,1
Es Cristo Dios quien transfigurará nuestro cuerpo mortal en uno semejante al suyo, lleno de gloria.

Evangelio:                                                             Lc 9,28b-36

Lucas en su Evangelio nos presenta la oración de Jesús como el contexto de su transfiguración. En la oración somos transfigurados a su imagen.

Preces: 2° Cuaresma

Presentemos a Cristo transfigurado en el monte, la oración confiada de su Iglesia.
A cada intención respondemos cantando:

* Por el Papa, los Obispos y todos los sacerdotes: que en medio de las dificultades que atraviesa la Iglesia para difundir su mensaje, sepan transmitir la realidad gloriosa de Cristo Señor, que transfigura el alma cristiana. Oremos.

* Por los frutos de este año jubilar de la misericordia, especialmente para que sean liberadas todas las almas del purgatorio y puedan ver definitivamente el rostro resplandeciente de Jesús misericordioso. Oremos.

* Por los que sufren en el cuerpo o en alma: que unidos a Jesús crezcan en la esperanza de una trasfiguración futura. Oremos.

* Por todos los que participamos de la Eucaristía este domingo, que se acreciente en nuestros corazones la presencia del rostro amado del Señor. Oremos.

Señor Jesús, Tú eres nuestra luz y salvación, ten piedad de nosotros y concédenos lo que con fe te pedimos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Ofertorio:

Queremos asociarnos al Sacrificio redentor de Cristo para que el Padre nos ame como lo amó a Él.

Presentamos:

* En los dones de pan y vino, llevamos nuestra vida al altar junto con las necesidades de nuestros seres queridos.

Comunión: Dios Padre, lleno de amor, se complace en nosotros cuando nos acercamos a recibir a Jesús sacramentado y El nos asimila en su misterio.

Salida: Que María Santísima, que se dejó iluminar interiormente por el fulgor radiante que se manifestó en el monte Tabor, sea fuente de esperanza para todos los fieles.

 

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

Transfiguración de Jesús

La transfiguración se pone en relación con la confesión de Pedro y el subsiguiente anuncio de la pasión: ocho días después de estos discursos. La transfiguración representa y confirma lo que ha anunciado Jesús. El monte es el lugar de las epifanías de Dios. En el monte de Dios, Horeb, vio Moisés a Dios en la zarza ardiente[1]. Israel vio el monte Sinaí completamente cubierto de humo porque el Señor había descendido a él en el fuego[2].

Para Lucas no tiene importancia dónde está situado el monte de la transfiguración ni cómo se llama. Lo que en cambio le importaba era decir que Jesús subió al monte para orar. Antes de recibir de los discípulos la confesión de Mesías y antes de comenzar la revelación de su pasión y muerte, había orado Jesús en la soledad. Ahora que va a hacerse visible aquello de que ha hablado, vuelve otra ver a orar. La proclamación y la manifestación de Jesús suponen su oración, la comunión con el Padre. Aquello de que habla a los hombres lo trata primero con el Padre.

Los tres discípulos a los que toma consigo habían sido también testigos de la resurrección de la hija de Jairo. También serán testigos de su agonía en el huerto de los Olivos. Antes de que lo vean en su angustia mortal les hace el presente de contemplarlo como triunfador del poder de la muerte. Él tiene poder sobre la muerte de la muchacha; transfigurado, triunfa también de su propia muerte. Sólo elige tres, porque tres testigos son más que suficientes para la prueba de una verdad[3]. Probablemente sólo toma a tres para que le acompañen al monte, porque la glorificación de Jesús debe ser un misterio de fe hasta su venida gloriosa, como también el resucitado sólo apareció a los testigos señalados de antemano por Dios[4].

El mundo divino se muestra en resplandores de luz. «Tú te cubres de luz como con un manto»[5]. La gloria de Dios brilla como un relámpago y penetra entera la persona de Cristo, hasta sus vestiduras. Jesús se manifiesta como el Cristo de Dios, como ha de venir un día con el poder y el esplendor de un soberano. Lo que confesó Pedro se hace ahora visible.

Dios manifestó a Jesús, mientras éste oraba. Durante la oración vino el Espíritu sobre él en el bautismo. Orando muere, y ya comienza a brillar su gloria en la confesión del centurión. Del bautismo arranca un arco que, pasando por la transfiguración, se extiende hasta la resurrección. El camino de la gloria es la confesión de la propia nada en la oración, la cual se experimenta sobre todo en la muerte. En la oración se expresa la prontitud para la entrega a la voluntad de Dios, se sientan las bases para el don de la glorificación por Dios.

El resplandor de la gloria de Dios envuelve también a los dos hombres que se aparecen y los muestra como figuras celestiales. Los evangelistas ven en ellos a Moisés y Elías. De los dos se decían que habían sido trasladados al cielo. Ambos son «profetas, poderosos en obras y en palabras», ambos fueron puestos en estrecha relación con la venida del Mesías: Elías fue preparador del camino del Mesías, Moisés fue su imagen y modelo según el dicho de los doctores de la ley: Como el primer redentor (Moisés), así el segundo (el Mesías). Ambos son figuras de la pasión. Los Hechos de los apóstoles presentan a Moisés como siervo de Dios incomprendido y repudiado[6], Elías se queja ante Dios de que sus adversarios conspiran contra su vida[7]. La imagen de Elías asoma ya en la resurrección del hijo de la viuda de Naím, la de Moisés en la multiplicación de los panes para dar de comer al pueblo en el desierto. Las dos grandes figuras del Antiguo Testamento brillan en el resplandor de la gloria de Dios, pero ambos tuvieron que pasar antes por el sufrimiento. En ellos se diseña el camino de Jesús: por la pasión a la gloria de Dios, por el destino del siervo de Dios al divino esplendor del Mesías. Las dos grandes figuras del Mesías hablaban de la muerte que había de sufrir él en Jerusalén. Ambos confirman el anuncio de la pasión y de la muerte. El sufrimiento y la muerte forman parte del designio trazado por Dios mismo, hacía mucho tiempo, en la Escritura, en la ley y en los profetas. Tenía que cumplirse en Jerusalén[8]: la muerte y la glorificación. Allí termina su camino y comienza su gloria. La muerte de Cristo en Jerusalén es el punto central de la historia salvífica. Hacia este punto miran los grandes hombres del tiempo anterior, hacia él mira también la Iglesia. La muerte de Jesús en Jerusalén es el comienzo del tiempo final; este, en efecto, lleva a perfección lo que había comenzado en la muerte.

¿Hay que ver conexiones entre el monte de la transfiguración y el monte de los Olivos, en el que la pasión comenzó? En ambos lugares están dormidos los tres discípulos y testigos elegidos, mientras Jesús ora. Cuando «se levantó de la oración, fue hacia sus discípulos y los encontró dormidos por causa de la tristeza»[9]. En el monte de la transfiguración despiertan y perciben su gloria; en el monte de los Olivos son despertados por el Señor, y a continuación aparece ya el traidor[10]. El camino de la gloria pasa por el sufrimiento, por la pasión. Sólo los que velan en oración comprenden este camino.

Pedro quiere retener la aparición en tres tiendas. Cuando Dios viene al hombre, habita en la tienda. Así sucedía en el desierto cuando Dios moraba con su pueblo en el tabernáculo de la Alianza, y así se dice también en forma figurada con respecto al tiempo final: «Aquí está la tienda de Dios con los hombres; y morará con ellos: y ellos serán sus pueblo, y Dios mismo con ellos estará»[11].

Pedro piensa que se ha iniciado ya el reino de Dios, que ha comenzado ya la era mesiánica, que Dios y sus santos habitan ya en su pueblo, por lo cual es conveniente que los tres discípulos estén allí. En efecto, ahora podían ellos construir las tiendas. ¡Cómo se reflejan en las representaciones humanas los grandes hechos salvíficos de Dios!

El apóstol no sabía lo que decía. Con Jesús ha aparecido la gloria mesiánica, pero sólo por pocos momentos. Todavía no se puede retener. Antes hay que andar el camino hasta Jerusalén, donde aguarda la muerte. Tampoco los discípulos pueden todavía retener la gloria, también a ellos les es necesario caminar: tienen que partir a través de la muerte. Esta ley se aplica, no sólo a los tres, sino a todos los discípulos a través del tiempo de la Iglesia. Todavía no podemos retener[12], sino que debemos seguir caminando con constancia decidiéndonos una y otra vez por la palabra de Dios…

La nube es señal de la presencia de Dios[13], que confiere gracia o que castiga. Acompaña al pueblo de Dios en su peregrinación por el desierto[14], envuelve al monte Sinaí cuando desciende Dios en la figura del fuego para manifestar su voluntad[15]. Una nube llenó el templo cuando fue consagrado; en él se posa la gloria de Dios[16]. El comienzo del tiempo final está acompañado de nubes[17]. La nube que en el monte de la transfiguración envuelve a Moisés y a Elías manifiesta la presencia de Dios, la gloria divina de Jesús, la anticipación del tiempo final. «Entonces aparecerá su gloria, y asimismo la nube, como se manifestó al tiempo de Moisés y cuando Salomón pidió que el templo fuese gloriosamente santificado»[18]. A los discípulos se ha dado a conocer el «futuro de Dios».

Sobre el monte de la transfiguración se alza un nuevo santuario. Dios establece en forma nueva su presencia entre los hombres, erige un nuevo templo. Ya no es el templo de Jerusalén el lugar de la manifestación y del culto de Dios, sino Jesús, al que apuntaba el Antiguo Testamento. Cristo, que pasando por la pasión y la muerte ha sido glorificado, es presencia, manifestación y centro del nuevo culto divino.

Desde esta nueva tienda de Dios entre los hombres da Dios mismo su revelación y con su palabra declara que Jesús es su Hijo, el elegido. En él se cumple lo que había profetizado Isaías acerca del siervo de Yahveh: «He aquí a mi siervo, a quien sostengo yo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él, y él dará la ley a las naciones»[19]. Los enemigos de Jesús se mofarán de él junto a la cruz diciendo: «Que se salve a sí mismo, si él es el ungido de Dios, el elegido»[20]. La voz de los enemigos recusa la reivindicación mesiánica por causa de la pasión. Cristo es el elegido, no sólo en la pasión, ni tampoco sólo a pesar de la pasión, sino precisamente por la pasión. Dios lo ha elegido, lo ha hecho Hijo de Dios y ungido de Dios, porque él va a la gloria a través de la pasión y la muerte.

Escuchadlo. La voz de Dios repite lo que había dicho Moisés sobre el profeta venidero: «Un profeta os suscitará Dios, el Señor, de entre vuestros hermanos como a mí; lo escucharéis en todo lo que os hable. Todo el que no escuche a tal profeta será exterminado del pueblo»[21]. La ley que promulga Jesús a los tres apóstoles en el monte de la transfiguración reza así: Por la pasión y la muerte, a la resurrección y a la gloria. Esta es la ley de Cristo, la ley de sus discípulos, la ley de la Iglesia, la ley de los sacramentos y de la vida cristiana.

La epifanía dura poco. Encontró a Jesús solo. Jesús, «siendo de condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres»[22]. Descendió del Padre a Nazaret, después de la epifanía del bautismo se dirigió al desierto, tras la gran revelación en Nazaret fue a Cafarnaúm… estaba solo, incomprendido…

Los discípulos, mientras estuvo Jesús con ellos, no hablaron a nadie de lo que habían visto. Ven el reino de Dios y sus misterios. Pero el mayor misterio es éste: que la gloria del reino se inicia con la muerte de Jesús, que el salvador da la salvación por el camino del sufrimiento.

¿Quién estaba maduro para soportar este misterio del reino de Dios?

Alois Stöger, El Nuevo Testamento y su Mensaje, comentario a Lc 9, 28-36 http://www.mercaba.org/FICHAS/BIBLIA/CARTEL_NT_MENSAJE.htm

[1] Ex 3
[2] Ex 19, 18
[3] Dt 19, 15
[4] Hch 10, 41
[5]  Sal 104, 2; 1 Tm 6, 16
[6] Hch 7, 17-44
[7] 1 R 19, 10
[8]  Lc 9, 51; 13, 22; 17, 11; 18,31; 19, 11; 24, 36-53; Hch 1, 4-13
[9] Lc 22, 45
[10] Lc 22, 47
[11] Ap 21, 3
[12] Jn 20, 17
[13] Cf. 1, 35; Ex 16, 10; 19, 9
[14] Ex 14, 20
[15] Ex 19, 16s
[16] 1 R 8, 10s
[17] So 1, 15; Ez 30, 18; 34, 12; Jl 2, 2
[18] 2 M 2, 8
[19] Is 42, 1
[20] Lc 23, 35
[21] Hch 3, 22s; Dt 18, 15.19
[22] Flp 2, 6s

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Comentario Teológico

·        S.S. Benedicto XVI

LA TRANSFIGURACIÓN

En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: «Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a San­tiago y a su hermano Juan» (Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas escribe: «Unos ocho días después…» (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relaciona­dos uno con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamen­te. Juan ha expresado con palabras esta conexión in­terna de cruz y gloria al decir que la cruz es la «exalta­ción» de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz. Pero ahora debemos analizar más a fon­do esa singular indicación temporal. Existen dos in­terpretaciones diferentes, pero que no se excluyen una a otra.

Jean-Marie van Cangh y Michel van Esbroeck han analizado minuciosamente la relación del pasaje con el calendario de fiestas judías. Llaman la atención so­bre el hecho de que sólo cinco días separan dos gran­des fiestas judías en otoño: primero el Yom Hakkippu­rim, la gran fiesta de la expiación; seis días más tarde, la fiesta de las Tiendas (Sukkot), que dura una sema­na. Esto significaría que la confesión de Pedro tuvo lugar en el gran día de la expiación y que, desde el pun­to de vista teológico, se la debería interpretar en el tras­fondo de esta fiesta, única ocasión del año en la que el sumo sacerdote pronuncia solemnemente el nombre de YHWH en el sanctasanctórum del templo. La confe­sión de Pedro en Jesús como Hijo del Dios vivo tendría en este contexto una dimensión más profunda. Jean Daniélou, en cambio, relaciona exclusivamente la da­tación que ofrecen los evangelistas con la fiesta de la Tiendas, que —como ya se ha dicho— duraba una se­mana. En definitiva, pues, las indicaciones temporales de Mateo, Marcos y Lucas coincidirían. Los seis o cer­ca de ocho días harían referencia entonces a la semana de la fiesta de las Tiendas; por tanto, la transfiguración de Jesús habría tenido lugar el último día de esta fiesta, que al mismo tiempo era su punto culminante y su síntesis interna.

Ambas interpretaciones tienen en común que rela­cionan la transfiguración de Jesús con la fiesta de las Tiendas. Veremos que, de hecho, esta relación se ma­nifiesta en el texto mismo, lo que nos permite entender mejor todo el acontecimiento. Aparte de la singulari­dad de estos relatos, se muestra aquí un rasgo funda­mental de la vida de Jesús, puesto de relieve sobre todo por Juan, como hemos visto en el capítulo prece­dente: los grandes acontecimientos de la vida de Jesús guardan una relación intrínseca con el calendario de fiestas judías; son, por así decirlo, acontecimientos li­túrgicos en los que la liturgia, con su conmemoración y su esperanza, se hace realidad, se hace vida que a su vez lleva a la liturgia y que, desde ella, quisiera volver a convertirse en vida.

Precisamente al analizar las relaciones entre la histo­ria de la transfiguración y la fiesta de las Tiendas vere­mos que todas las fiestas judías tienen tres dimensio­nes. Proceden de celebraciones de la religión natural, es decir, hablan del Creador y de la creación; luego se convierten en conmemoraciones de la acción de Dios en la historia y finalmente, basándose en esto, en fies­tas de la esperanza que salen al encuentro del Señor que viene, en el cual la acción salvadora de Dios en la his­toria alcanza su plenitud, y se llega a la vez a la recon­ciliación de toda la creación. Veremos que estas tres di­mensiones de las fiestas profundizan más y adquieren un carácter nuevo mediante su realización en la vida y la pasión de Jesús.

A esta interpretación litúrgica de la fecha se contrapo­ne otra, defendida insistentemente sobre todo por Hart­mut Gese, que no cree suficientemente fundada la re­lación con la fiesta de las Tiendas y, en su lugar, lee todo el texto sobre el trasfondo de Éxodo 24, la subida de Moisés al monte Sinaí. En efecto, este capítulo, en el que se describe la ratificación de la alianza de Dios con Israel, es una clave esencial para la interpretación del acontecimiento de la transfiguración. En él se di­ce: «La nube lo cubría y la gloria del Señor descansa­ba sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube» (Ex 24, 16). El hecho de que aquí —a diferencia de lo que ocurre en los Evangelios— se hable del séptimo día no impide una relación entre Éxodo 24 y el acon­tecimiento de la transfiguración; en cualquier caso, a mí me parece más convincente la datación basada en el calendario de fiestas judías. Por lo demás, nada tiene de extraño que en los acontecimientos de la vida de Jesús confluyan relaciones tipológicas diferentes, de­mostrando así que tanto Moisés como los Profetas ha­blan todos de Jesús.

Pasemos a tratar ahora del relato de la transfiguración. Allí se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santia­go y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9, 2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el mon­te de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la trans­figuración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los se­tenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en ora­ción— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diver­sos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte de la tentación, el monte de su gran predica­ción, el monte de la oración, el monte de la transfigu­ración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión, en el que el Señor —en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio— dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Anti­guo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revela­ción se hace liturgia.

En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo ge­neral del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un res­pirar en el aire puro de la creación; el monte que per­mite contemplar la inmensidad de la creación y su be­lleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador. La historia añade a estas consideraciones la experiencia del Dios que habla y la experiencia de la pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sa­crificio del cordero, prefiguración del Cordero defini­tivo sacrificado en el monte Calvario. Moisés y Elías re­cibieron en el monte la revelación de Dios; ahora es­tán en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona.

«Y se transfiguró delante de ellos», dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbu­ciendo ante el misterio: «Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos nin­gún batanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya pa­labras de mayor aplomo: «Su rostro resplandecía co­mo el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de una montaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acon­tecimiento del que son testigos los tres discípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29). La transfigura­ción es un acontecimiento de oración; se ve claramen­te lo que sucede en la conversación de Jesús con el Pa­dre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se perci­be también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confe­sión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo.

Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia: «Cuando Moisés bajó del monte Sinaí… no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor» (Ex 34, 29). Al hablar con Dios su luz resplandece en él y al mismo tiempo, le hace resplandecer. Pero es, por así decirlo, una luz que le llega desde fuera, y que ahora le hace bri­llar también a él. Por el contrario, Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que Él mis­mo es Luz de Luz.

Al mismo tiempo, las vestiduras de Jesús, blancas co­mo la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los ves­tidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que se­rán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cor­dero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bau­tismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Ec 15, 22). A tra­vés del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.

Ahora aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. Lo que el Resucitado explicará a los discípulos en el ca­mino hacia Emaús es aquí una aparición visible. La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta —al menos en una breve indicación—de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muer­te, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sen­tido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pa­sión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas.

Con ello aparece claro que el tema fundamental de la Ley y los Profetas es la «esperanza de Israel», el éxo­do que libera definitivamente; que, además, el conte­nido de esta esperanza es el Hijo del hombre que su­fre y el siervo de Dios que, padeciendo, abre la puerta a la novedad y a la libertad. Moisés y Elías se convier­ten ellos mismos en figuras y testimonios de la pasión. Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pa­sión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en liber­tad y alegría.

En este punto hemos de anticipar la conversación que los tres discípulos mantienen con Jesús mientras ba­jan del «monte alto». Jesús habla con ellos de su fu­tura resurrección de entre los muertos, lo que pre­supone obviamente pasar primero por la cruz. Los discípulos, en cambio, le preguntan por el regreso de Elías anunciado por los escribas. Jesús les dice al res­pecto: «Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 9-13). Je­sús confirma así, por una parte, la esperanza en la venida de Elías, pero al mismo tiempo corrige y com­pleta la imagen que se habían hecho de todo ello. Iden­tifica la Elías que esperan con Juan el Bautista, aun sin decirlo: en la actividad del Bautista ha tenido lugar la venida de Elías.

Juan había venido para reunir a Israel y prepararlo para la llegada del Mesías. Pero si el Mesías mismo es el Hijo del hombre que padece, y sólo así abre el ca­mino hacia la salvación, entonces también la actividad preparatoria de Elías ha de estar de algún modo bajo el signo de la pasión. Y, en efecto: «Han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 13). Jesús recuerda aquí, por un lado, el destino efec­tivo del Bautista, pero con la referencia a la Escritura hace alusión también a las tradiciones existentes, que predecían un martirio de Elías: Elías era considerado «como el único que se había librado del martirio du­rante la persecución; a su regreso… también él debe sufrir la muerte» (Pesch, Markusevangelium II, p. 80).

De este modo, la esperanza en la salvación y la pa­sión son asociadas entre sí, desarrollando una imagen de la redención que, en el fondo, se ajusta a la Escri­tura, pero que comporta una novedad revolucionaria respecto a las esperanzas que se tenían: con el Cristo que padece, la Escritura debía y debe ser releída con­tinuamente. Siempre tenemos que dejar que el Señor nos introduzca de nuevo en su conversación con Moi­sés y Elías; tenemos que aprender continuamente a comprender la Escritura de nuevo a partir de Él, el Resu­citado.

Volvamos a la narración de la transfiguración. Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El «temor de Dios» se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perci­ben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y en­tonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimien­to «… no sabía lo que decía» (9, 6): «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5).

Se ha debatido mucho sobre estas palabras pronun­ciadas, por así decirlo, en éxtasis, en el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios. ¿Tie­nen que ver con la fiesta de las Tiendas, en cuyo día final tuvo lugar la aparición? Hartmut Gese lo discu­te y opina que el auténtico punto de referencia en el Antiguo Testamento es Éxodo 33, 7ss, donde se des­cribe la «ritualización del episodio del Sinaí»: según este texto, Moisés montó «fuera del campamento» la tienda del encuentro, sobre la que descendió después la columna de nube. Allí el Señor y Moisés hablaron «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33, 11). Por tanto, Pedro querría aquí dar un carác­ter estable al evento de la aparición levantando tam­bién tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo. Podría tra­tarse de una reminiscencia del texto de la Escritura an­tes citado; tanto la exegesis judía como la paleocris­tiana conocen una encrucijada en la que confluyen diversas referencias a la revelación, complementándo­se unas a otras. Sin embargo, el hecho de que debían construirse tres tiendas contrasta con una referencia de semejante tipo o, al menos, la hace parecer secun­daria.

La relación con la fiesta de las Tiendas resulta plau­sible cuando se considera la interpretación mesiánica de esta fiesta en el judaísmo de la época de Jesús. Jean Daniélou ha profundizado en este aspecto de manera convincente y lo ha relacionado con el testimonio de los Padres, en los que las tradiciones judías eran sin du­da todavía conocidas y se las reinterpretaba en el con­texto cristiano. La fiesta de las Tiendas presenta el mis­mo carácter tridimensional que caracteriza —como ya hemos visto– a las grandes fiestas judías en general: una fiesta procedente originariamente de la religión natural se convierte en una fiesta de conmemoración histórica de las intervenciones salvíficas de Dios, y el recuerdo se convierte en esperanza de la salvación de­finitiva. Creación, historia y esperanza se unen entre sí. Si en la fiesta de las Tiendas, con la ofrenda del agua, se imploraba la lluvia tan necesaria en una tierra árida, la fiesta se convierte muy pronto en recuerdo de la mar­cha de Israel por el desierto, donde los judíos vivían en tiendas (chozas, sukkot) (cf. Lv 23,43). Daniélou ci­ta primero a Riesenfeld: «Las Tiendas no eran sólo el recuerdo de la protección divina en el desierto, sino lo que es más importante, una prefiguración de los sukkot [divinos] en los que los justos vivirían al llegar el mundo futuro. Parece, pues, que el rito más carac­terístico de la fiesta de las Tiendas, tal como se celebra­ba en los tiempos del judaísmo, tenía relación con un significado escatológico muy preciso» (p. 451). En el Nuevo Testamento encontramos en Lucas las palabras sobre la morada eterna de los justos en la vida futura (16, 9). «La epifanía de la gloria de Jesús —dice Danié­lou— es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las caracte­rísticas de los tiempos mesiánicos era que los justos mo­rarían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tien­das» (p. 459). La vivencia de la transfiguración durante la fiesta de las Tiendas hizo que Pedro reconociera en su éxtasis «que las realidades prefiguradas en los ritos de la fiesta se habían hecho realidad… La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiá­nico» (p. 459). Al bajar del monte Pedro debe apren­der a comprender de un modo nuevo que el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración —ser luz en virtud del Señor y con Él— comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión.

A partir de estas conexiones adquiere también un nuevo sentido la frase fundamental del Prólogo de Juan, en la que el evangelista sintetiza el misterio de Jesús: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). Efectivamente, el Señor ha puesto la tienda de su cuerpo entre nosotros inaugurando así el tiem­po mesiánico. Siguiendo esta idea, Gregorio de Nisa analiza en un texto magnífico la relación entre la fies­ta de las Tiendas y la Encarnación. Dice que la fiesta de las Tiendas siempre se había celebrado, pero no se ha­bía hecho realidad. «Pues la verdadera fiesta de las Tien­das, en efecto, no había llegado aún. Pero precisamen­te por eso, según las palabras proféticas [en alusión al Salmo 118, 27] Dios, el Señor del universo, se nos ha revelado para realizar la construcción de la tienda destruida de la naturaleza humana» (De anima, PG 46, 132 l3; cf. Daniélou, pp. 464-466).

Teniendo en cuenta esta panorámica, volvamos de nue­vo al relato de la transfiguración. «Se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Éste es mi Hi­jo amado; escuchadlo» (Mc 9, 7). La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la pre­sencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cu­bre ahora «con su sombra» también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Pa­dre mismo proclama desde la nube a Jesús como Hijo: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido» (Mc 1, 11).

Pero a esta proclamación solemne de la dignidad fi­lial se añade ahora el imperativo: «Escuchadlo». Aquí se aprecia de nuevo claramente la relación con la su­bida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como trasfondo de la historia de la transfiguración. Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la en­señanza de Dios. Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: «Escuchadlo». Hartmut Gese comenta esta es­cena de un modo bastante acertado: «Jesús se ha convertido en la misma Palabra divina de la revelación. Los Evangelios no pueden expresarlo más claro y con ma­yor autoridad: Jesús es la Torá misma» (p. 81). Con es­to concluye la aparición: su sentido más profundo que­da recogido en esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender siempre de nuevo: «Escuchadlo».

Si aprendemos a interpretar así el contenido del rela­to de la transfiguración como irrupción y comienzo del tiempo mesiánico—, podemos entender también las oscuras palabras que Marcos incluye entre la con­fesión de Pedro y la instrucción sobre el discipulado, por un lado, y el relato de la transfiguración, por otro: «Y añadió: “Os aseguro que algunos de los aquí pre­sentes no morirán hasta que vean venir con poder el Reino de Dios”» (9, 1). ¿Qué significa esto? ¿Anuncia Jesús quizás que algunos de los presentes seguirán con vida en su Parusía, en la irrupción definitiva del Reino de Dios? ¿O acaso preanuncia otra cosa?

Rudolf Pesch (II 2, p, 66s) ha mostrado convincen­temente que la posición de estas palabras justo antes de la transfiguración indica claramente que se refieren a este acontecimiento. Se promete a algunos —los tres que acompañan a Jesús en la ascensión al monte— que vivirán una experiencia de la llegada del Reino de Dios «con poder». En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Dios. En el monte los cu­bre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el mon­te —en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas— reconocen que ha llegado la ver­dadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimen­tan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el «poder» (dýnamis) del reino que llega en Cristo.

Pero precisamente en el encuentro aterrador con la gloria de Dios en Jesús tienen que aprender lo que Pa­blo dice a los discípulos de todos los tiempos en la Pri­mera Carta a los Corintios: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo —ju­díos o griegos—, poder (dýnamis) de Dios y sabiduría de Dios» (1, 23s) Este «poder» (dýnamis) del reino fu­turo se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la «necesidad» de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24, 26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introdu­ciendo así poco a poco en toda la profundidad del mis­terio de Jesús.

Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Planeta Santiago 2007, 356-70

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LA TRANSFIGURACIÓN

Lc 9, 28-36

¿Por qué afirmó el evangelista: a los ocho días de dichas estas palabras? ¿No será, acaso, porque quien oye las palabras de Cristo y cree en ellas, verá su gloria en el tiempo de su resurrección? En realidad, la resurrección se llevó a cabo en el octavo día, y, por eso muchas veces los salmos llevan como título: para la octava. Puede ser también que con ello nos quiera mostrar por qué Él había dicho que todo el que, por causa de la palabra de Dios, pierde su alma, la salvará, porque cumplirá en él sus promesas en el día de la resurrección.

7. Pero Mateo y Marcos mencionan que fueron conducidos seis días después. Y, por lo mismo, nosotros podemos decir que esto tuvo lugar después de seis mil años —pues mil años ante los ojos de Dios son como un día (Ps 89,4)—, pero se puede decir también que más de seis mil años, y preferimos ver los seis días como un símbolo, ya que en seis días fue creado todo el mundo, y esto para que por el tiempo comprendamos las obras y por éstas el mundo. Así es como se nos ha revelado la resurrección futura que tendrá lugar al fin del mundo, o puede ser también que aquel que ha ascendido sobre la tierra, espere, sentado en lo alto del cielo, el fruto eterno de la resurrección futura.

8. Por eso hemos de trascender las cosas del mundo para poder ver a Dios cara a cara. Sube a un monte, anuncia a Sión la buena nueva (Is 40,9). Si debe subir a un monte quien anuncia a Sión, ¿cuánto más el que predica a Cristo y a Cristo que resucita para la gloria? No hay duda que ha habido muchos que vieron su cuerpo; ya que muchos hemos conocido a Cristo según la carne, pero ahora ya no es así (2 Cor 5,16).

9. Muchos lo hemos conocido porque lo hemos visto —he aquí que lo hemos visto y no tenía figura ni hermosura (Is 53,2) — sin embargo, sólo tres, y éstos elegidos, fueron llevados al monte. Si no atendiese a la condición de elegidos, yo creería que en estos tres está simbolizado místicamente todo el género humano, ya que todos los hombres descienden de los tres hijos de Noé. Quizás quiera enseñarnos que, entre todos los hombres, solamente merezcan llegar a la gracia de la resurrección los que hubieren confesado a Cristo, ya que los impíos no resucitarán para el juicio (Ps 1,5), aunque serán castigados en virtud de un juicio, de algún modo celebrado. Tres, pues, son elegidos para subir al monte, y se escoge a dos para aparecer junto al Señor. Ambos números parecen sagrados. Y la razón es porque, seguramente ninguno puede contemplar la gloria de la resurrección, sin que haya creído perfectamente el misterio de la Trinidad con una fe pura y sincera. Así, pues, subieron Pedro, que fue quien recibió las llaves del reino de los cielos; Juan, a quien encomendó su Madre, y Santiago, que fue el primero en tomar posesión del trono sacerdotal.

10. Entonces aparecen Moisés y Elías, es decir, la Ley y la Profecía, con el Verbo; en realidad, ni la Ley puede existir sin el Verbo ni profeta alguno puede haber vaticinado algo que no se refiera al Hijo de Dios. Y con esa gloria corporal es, sin duda, como contemplaron a Moisés y a Elías los “Hijos del Trueno”; pero también nosotros vemos diariamente a Moisés con el Hijo de Dios, ya que, al leer amarás al Señor tu Dios, contemplamos la Ley en el Evangelio; como también vemos a Elías con el Verbo cuando leemos: He aquí que una virgen concebirá en su seno (Is 7,14) 8.

11. Por eso añade muy bien Lucas a este propósito que hablaban de su muerte, la cual había de cumplirse en Jerusalén. No hay duda que los misterios te instruyen acerca de su muerte. Y también hoy nos enseña Moisés y nos habla Elías, y hoy tam-bién podemos ver a Moisés en un alto grado de gloria. ¿Quién no va a tener esa posibilidad, cuando el mismo pueblo judío lo pudo ver y, aún más, lo vio? El contempló el rostro glorificado de Moisés, pero se les interpuso un velo, ya que no subió al monte, que fue la razón por la que cayó en el error. Quien sólo contempló a Moisés no pudo ver al mismo tiempo al Verbo de Dios.

12. Descubramos, por tanto, nuestro rostro para que podamos contemplar a cara descubierta la gloria de Dios y nos transemos en la misma imagen (2 Cor 3,18). Subamos al monte, imploremos al Verbo de Dios, que, “ya que es fuerte y avanza majestuosamente y reina” (Ps 44,3), se nos aparezca en su esplendor y belleza. Sin embargo, todo esto es un misterio y encierra en sí mismo una realidad más profunda; es decir, que para ti, el Verbo aumenta o decrece según tu capacidad, y, si no subes más alto de la prudencia, no se te aparecerá la Sabiduría ni entenderás los misterios, ni cuánta gloria y hermosura se encuentra escondida en el Verbo de Dios, sino que para ti este Verbo será como un cuerpo desprovisto de todo esplendor y hermosura (Is 53,2ss), o un hombre hecho una llaga, que soporta nuestras enfermedades, o, finalmente, una especie de palabra pronunciada por un hombre que, aunque vestida con el ropaje de las letras, no tiene ningún fulgor, propio del poder del Espíritu. Pero, por el contrario, si, mientras contemplas al hombre, crees firmemente que ese cuerpo fue engendrado por la Virgen, y, poco a poco, la fe va penetrando en su procedencia del Espíritu de Dios, entonces es cuando comienzas a subir al monte. Si comprendes que el que pende de la cruz está como dominador de la muerte, y no como vencido, sino como vencedor, y que la tierra tembló, el sol se ocultó, las tinieblas invadieron los ojos de los incrédulos, los sepulcros se abrieron, los muertos resucitaron, y todo esto para que fuera una señal de que aquel pueblo gentil, que estaba muerto para Dios, procede, por así decirlo, de las, llagas abiertas de su cuerpo, y que El después resucitó, bañado por la luz de la cruz; si te das cuenta plena de este misterio, has subido a un monte muy alto y, allí, contemplarás otras grandezas del Verbo.

13. Se veían en El vestidos propios de la parte superior de la persona y otros de la inferior. Parece posible que los vestidos del Verbo simbolicen las palabras de la Escritura, como si fueran una especie de indumentaria del pensamiento divino, porque, del mismo modo que a Pedro, Juan y Santiago se les apareció con otro aspecto y su vestido resplandeció de blancura, así también el sentido de las divinas Escrituras se te hará transparente a los ojos de tu inteligencia. Así es como la palabra divina se vuelve como la nieve, y los vestidos del Verbo se blanquean con una intensidad como no lo puede blanquear lavandero alguno sobre la tierra (Mc 9,26).

14. Tratemos de buscar a este lavandero y a esta nieve. Leemos que Isaías subió a la finca de un lavandero (Is 7,3). Ahora bien, ¿quién es esté lavandero, sino Aquel que tiene casi por oficio lavar nuestros pecados? El mismo es quien ha dicho: aunque vuestros delitos fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve (Is 1,18). ¿Quién es este lavandero, sino el que, una vez que nos hubo borrado todos los pecados corporales, se dedicó a poner al sol divino los vestidos de nuestro espíritu y el ropaje de nuestras virtudes?

15. También tengo oído, y tomo con esto un argumento para refutar a los adversarios, que alguien ha comparado la elocuencia de dos hombres prudentes a la nieve y a las abejas. También he visto que David dijo: ¡Cuán dulce son a mi paladar tus preceptos, ellos son para mi boca más agradables que la miel! (Ps 118,103), y más adelante: Tu palabra es para mis pies como esa antorcha, es la luz de mis pasos (ibíd., 105). La palabra de Dios es luz y es nieve. La palabra de Dios supera a la miel del panal (Ps 18,11), porque de los labios divinos proceden palabras más dulces que la miel y su claro mensaje desciende suavemente como la nieve a llenar palabras vacías. En verdad, este lenguaje que, descendiendo del cielo a la tierra, fecundó los campos áridos de nuestros corazones, sólo puede ser comparado a la nieve. Y para ver que esto no es algo arbitrario, sino que es una deducción sacada del texto de la Escritura, el mismo Dios lo atestigua, diciendo: Caiga a gotas como la lluvia mi doctrina y desciendan mis palabras como el rocío, como la llovizna sobre la hierba, como la nieve sobre el césped (Deut 32,2).

16. ¡Ojalá, Señor Jesús, reverdezca mi alma con el rocío lluvia! ¡Ojalá empapes mi tierra con el candor de esa nieve, para que las partes áridas de mi cuerpo en primavera no se agosten por un calor prematuro, antes bien, la semilla de la palabra celestial, oculta en la tierra, se fecundice al ponerse en contacto con esa nieve que alimenta! Cuando la nieve visita la tierra, las aves del cielo no tienen dónde habitar, pero gracias a ella la recolección del trigo se lleva a cabo con más exuberancia que de ordinario.

17. Pedro contempló este espectáculo, como también lo vieron los que con él estaban, aunque estuvieron dominados por el sueño; y es que, el esplendor incomprensible de la divinidad hace callar por completo los sentidos de nuestro cuerpo. En efecto, si la pupila de los ojos de la carne no puede aguantar la incidencia de un rayo de sol de frente, ¿cómo la corrupción, propia de los miembros humanos, podrá soportar la gloria de Dios? Y por eso el cuerpo, una vez desligado de las torpezas de los vicios, adquiere una forma más pura y sutil. Y quizás era por esto por lo que se dejaron dominar por el sueño, con el fin de contemplar la imagen de la resurrección después del descanso. Y así, al despertar, pudieron ver su majestad; pues para poder ver la gloria de Cristo hay que estar vigilando. Pedro se extasió de alegría, y los placeres de este mundo ya no le atraían, antes, por el contrario, fue conquistado por la belleza de la resurrección.

18. Y exclamó: ¡Qué agradable nos resulta estar aquí! —también otro ha dicho : En verdad, para mí es mucho mejor morir y estar con Cristo (Phil 1,23)—, pero, no contento con la alabanza, ofrece el servicio de una entrega común y, cual laborioso obrero, no sólo llevado de un sentimiento, sino también con una disposición efectiva, que es más excelente, se presta a edificar tres tiendas. Y aunque es cierto que no sabía lo que decía, sin embargo, prometía su trabajo, en el cual no era una petulancia irreflexiva, sino una entrega, a la verdad, poco madura, la que multiplicaba los frutos de la piedad. Realmente lo que no sabía era fruto de su condición humana, pero lo que prometía era un producto de su deseo de entrega. Es cierto que la humana condición, mientras vive en este corruptible y mortal cuerpo, no sabe fabricar una morada digna de Dios. Por tanto, no presumas entender lo que no te es lícito saber, sea en lo tocante al alma, al cuerpo o a otras realidades. Pues si Pedro no lo logró comprender, ¿cómo lo vas a poder entender tú? Si lo ignoró aquel que se había entregado y que, a causa de su grandeza de alma, no conocía los límites del cuerpo, ¿cómo lo vamos a comprender nosotros que, por una especie de torpor de la mente, nos encontramos prisioneros en la cárcel de la carne? Con todo, la completa entrega fue del agrado de Dios.

19. Y mientras decía esto, apareció una nube que los cubrió. Esta sombra procede del Espíritu divino, y es una sombra que no oscurece los corazones de los hombres, sino que les revela las cosas ocultas. Es la misma que aquella de la que se hace mención en otro lugar cuando dice el ángel: y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1,35). Y el resultado aparece cuando oye la voz que dice:

20. Este es mi Hijo muy amado, oídle, que es lo mismo que el Hijo no es ni Elías ni Moisés, sino solamente este que veis; pues aquéllos se retiraron hacia atrás cuando el Señor comenzó a señalar. Date cuenta, por tanto, cómo la fe perfecta, consiste en conocer al Hijo de Dios (Jn 17,3), no es sólo propia de los principiantes, sino también de los perfectos y, aún más, de los bienaventurados. Pero, puesto que ya lo hemos tratado antes, date cuenta que esta nube no es una elaboración de la humedad nebulosa de montes humeantes (Ps 103,32) ni una sombra vaporosa de aire condensado que oscurece el cielo con el tinte apagado de las tinieblas, sino que es una nube luminosa que no daña con lluvias torrenciales ni con el aluvión de aguas que causan desperfectos, antes, por el contrario, su rocío, enviado por la voz del Dios omnipotente, impregna de fe las almas de los hombres.

21. Y apenas se había escuchado la voz, encontraron a Jesús solo. Este fue el hecho, que, siendo tres los que estaban presentes, no se vio más que a uno. Al principio se contempla a los tres, al final sólo a uno; y es que, en efecto, por la fe perfecta, los tres se hacen uno solo. Es el mismo Señor quien, al final de su vida, pide a su Padre que todos sean uno (Jn 17,2). Y no sólo Moisés y Elías son uno en Cristo, sino que también nosotros somos el mismo cuerpo de Cristo (Rom 12,5). Y de la misma manera que ellos fueron incorporados a Cristo, nosotros también lo seremos en Cristo Jesús; otra interpretación es que la Ley y los Profetas proceden del Verbo; y otra tercera es que todo aquello que tiene origen en el Verbo, en El encuentra también su fin, ya que el fin de la Ley es Cristo, para la justificación de todo creyente (Rom 10,4).

San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nº 7-21, BAC Madrid 1966, 349-56

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P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

POR LA CRUZ A LA LUZ

El domingo pasado vimos cómo Jesús se dejó guiar al desierto por el Espíritu Santo para ser allí tentado, preparando de este modo su ministerio público. El Evangelio que hoy hemos leído se sitúa al final de dicho ministerio. El tiempo de la Pasión ya se aproxima. Jesús ha predicado incansablemente su buena nueva, confirmándola con milagros y refrendándola con la perfección de su conducta. Sin embargo, pocos son los que han escuchado su mensaje con docilidad de corazón. Los jefes religiosos del judaísmo lo han rechazado y comienzan a urdir planes para eliminarlo.

En este contexto, el Señor comienza a ocuparse con mayor intensidad de la formación de sus apóstoles, aquellos que llevarán su mensaje de salvación a todo el mundo cuando Él “vuelva al Padre”. Es interesante destacar cómo Jesús amó con amor de predilección a tres de sus discípulos, a los cuales asoció de una manera especialmente íntima en los momentos culmi­nantes de su vida. A ellos les revelaría los secretos más recónditos de su divino corazón. Son ellos: Pedro, Juan y Santiago. Estos tres apóstoles parecen poseer en común un especial componente en su carácter: son lo que ya los filósofos antiguos llamaban “almas grandes” o, en otras palabras, hombres magnánimos. Aspiran, como lo demuestran sendos pasajes evangélicos, a la “mejor parte”, poseen una fuerte personalidad, desean ardien­temente un lugar de privilegio en el Reino de Dios. Pedro respon­de afirmativamente y con gran seguridad ante la pregunta de Jesús que lo interroga: ¿Pedro, me amas más que éstos? Santia­go y Juan piden a Jesús, por intermedio de su madre, ocupar los dos lugares de privilegio, a la derecha y a la izquierda, el futuro Reino que el Señor ha prometido instaurar; el Evangelio nos dice que por su carácter impetuoso y decidido eran llamados “hijos del trueno”.

Almas grandes, pues, que aspiran a grandes empresas, dis­puestas para ello a pasar por las mismas pruebas que el Señor deberá afrontar, hasta “beber su mismo cáliz”. Ciertamente que estas aspiraciones están aún impregnadas de miserias humanas, de falsa confianza en las propias fuerzas y no en la gracia de Dios. Jesús purificará por el dolor y la humillación esas tendencias pa­ra transformarlas en oro acrisolado. Sin embargo, podemos rete­ner como enseñanza que Dios ama a las almas generosas, ca­paces de aspirar a los bienes mayores, aborreciendo la chatura propia de la mediocridad. Hay quien no peca grandemente, ni ama tampoco con gran corazón. Jesús dice de María Magdalena: “Mucho se le ha perdonado porque mucho ha amado”.

Si nuestro corazón es ardiente y magnánimo como el de Pe­dro, Santiago y Juan, Dios nos hará partícipes de los secretos de su Reino, que ha reservado a quienes lo aman. También noso­tros, muy probablemente, nos dejaremos muchas veces guiar por una falsa seguridad en nuestras propias fuerzas, nos decla­raremos dispuestos a beber el cáliz del Señor sin habernos re­tirado con El al desierto al que el Espíritu Santo nos atrae para purificarnos de las escorias del pecado, pero si sabemos escuchar la voz de Dios y unir a la magnanimidad la humildad de corazón, el Señor no dejará de saciar la sed que Él mismo ha suscitado en nosotros. “Si alguno me ama, mi Padre lo amará también, ven­dremos a él y haremos morada en él”. Aquella “alma grande”, que era San Pablo, terrible perseguidor de la Iglesia primero y ardiente apóstol luego, nos dice: “Hermanos, aspirad a los bienes más perfectos”.

Por el misterio de la Transfiguración, el Señor quiere preparar a sus discípulos predilectos a la gran prueba que se avecina. Todo el odio del demonio y del mundo están por abatirse sobre el cor­dero que quita los pecados del mundo. La divinidad de Jesucris­to quedará más que nunca invisible a los ojos demasiado hu­manos aún de sus apóstoles. ¿Cómo comprender que aquel que era capaz de curar a ciegos de nacimiento con una sola palabra de su boca, de resucitar a los muertos, de multiplicar pocos pedazos de pan y saciar a cinco mil hombres, deba morir es­carnecido, escupido y aparentemente impotente en el suplicio reservado a los peores criminales? ¿Qué designios misteriosos pueden justificar aquello que para los judíos es un escándalo y para los paganos una locura?

Los apóstoles no están preparados para soportar la prueba de la Fe, de una noche oscura que se hará más cenada que nunca. El Señor los dispone a dicho trance mostrando a sus ojos aún carnales, sólo por un momento, la gloria de la divinidad que se esconde tras el velo de su naturaleza humana. Les hace gustar un instante de gloria para prepararlos a la cruz, que es el único camino hacia la misma. Por la cruza la luz La reacción de Pedro ante esta experiencia divina: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí!”, es aquella que se verifica con frecuencia en cada uno de nosotros: “¿Por qué es necesaria la cruz? ¿Por qué no gozar desde ya de la visión cara a cara de aquel que puede saciar los deseos más recónditos de nuestro corazón? ¿Por qué un Mesías sufriente que busca discípulos que lleven su cruz?”. En estas preguntas que el hombre se hace ante el misterio del dolor se esconde toda la nostalgia que tenemos de aquella presencia divina para la cual Dios ha creado nuestro corazón.

El evangelista San Lucas, que al escribir este evangelio ya había sido iluminado por la venida del Espíritu Santo en Pente­costés, comenta: “Él no sabía lo que decía”. Como advertimos en el evangelio del domingo pasado, es propio del demonio pro­poner la gloria sin la cruz, prometer la felicidad sin pasar por el Calvario, por la purificación interior, por la noche oscura de la Fe.

Queridos hermanos, también a nosotros Jesucristo nos mues­tra su gloria para que comprendamos que lo que lo mueve a seguir caminando hacia Jerusalén es su deseo ardiente de glorificar a su Padre y de ganar nuestra salvación. Su muerte sería aceptada voluntariamente, su causa última no sería sino el amor. Un exceso de amor, como lo manifiesta su sed por tomar nuestro lugar en el altar del sacrificio.

El Señor nos invita a amarlo como Él nos amó primero, cuando aún éramos sus enemigos por el pecado. ‘Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”, dice San Pablo. Amor con amor se paga. Sin embargo, Jesús sabe de la debilidad de nuestra Fe, y por ello muchas veces, a lo largo de nuestro peregrinar en medio de las pruebas de esta vida terrena, nos ilumina con los resplandores de su gloria, hasta que por fin seamos semejantes a El “porque lo veremos tal cual es”.

Jesús nos ilumina de múltiples maneras. Lo hace en la oración, ofreciéndonos el regalo de su presencia, de su voz interior; en los sacramentos, concediéndonos su gracia; en la Sagrada Escritura, que esclarece el camino de nuestra vida; en la mano tendida de un hermano en la fe, que nos conforta con su testimonio de vida y nos aconseja con su palabra; en el amor de una familia cristiana; en el inocente resplandor de los ojos de un niño; en la maravilla de una obra de arte o de una puesta de sol. Demos gracias a Dios por todo ello. No le pidamos el reposo antes del buen combate. Pidámosle tan sólo su gracia hasta que nos llame para recibir de su misericordia la “corona de gloria”. Amén.

 (SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 99-102)

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Benedicto XVI

En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia está dominada por el episodio de la Transfiguración, que en Evangelio de san Lucas sigue inmediatamente a la invitación del Maestro: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23). Este acontecimiento extraordinario nos alienta a seguir a Jesús.

San Lucas no habla de Transfiguración, pero describe todo lo que pasó a través de dos elementos: el rostro de Jesús que cambia y su vestido se vuelve blanco y resplandeciente, en presencia de Moisés y Elías, símbolo de la Ley y los Profetas. A los tres discípulos que asisten a la escena les dominaba el sueño: es la actitud de quien, aun siendo espectador de los prodigios divinos, no comprende. Sólo la lucha contra el sopor que los asalta permite a Pedro, Santiago y Juan “ver” la gloria de Jesús. Entonces el ritmo se acelera: mientras Moisés y Elías se separan del Maestro, Pedro habla y, mientras está hablando, una nube lo cubre a él y a los otros discípulos con su sombra; es una nube, que, mientras cubre, revela la gloria de Dios, como sucedió para el pueblo que peregrinaba en el desierto. Los ojos ya no pueden ver, pero los oídos pueden oír la voz que sale de la nube: “Este es mi Hijo, el elegido; escuchadlo” (v. 35).

Los discípulos ya no están frente a un rostro transfigurado, ni ante un vestido blanco, ni ante una nube que revela la presencia divina. Ante sus ojos está “Jesús solo” (v. 36). Jesús está solo ante su Padre, mientras reza, pero, al mismo tiempo, “Jesús solo” es todo lo que se les da a los discípulos y a la Iglesia de todos los tiempos: es lo que debe bastar en el camino. Él es la única voz que se debe escuchar, el único a quien es preciso seguir, él que subiendo hacia Jerusalén dará la vida y un día “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3, 21).

“Maestro, qué bien se está aquí” (Lc 9, 33): es la expresión de éxtasis de Pedro, que a menudo se parece a nuestro deseo respecto de los consuelos del Señor. Pero la Transfiguración nos recuerda que las alegrías sembradas por Dios en la vida no son puntos de llegada, sino luces que él nos da en la peregrinación terrena, para que “Jesús solo” sea nuestra ley y su Palabra sea el criterio que guíe nuestra existencia.

En este periodo cuaresmal invito a todos a meditar asiduamente el Evangelio. Además, espero que en este Año sacerdotal los pastores “estén realmente impregnados de la Palabra de Dios, la conozcan verdaderamente, la amen hasta el punto de que realmente deje huella en su vida y forme su pensamiento” (cf. Homilía de la misa Crismal, 9 de abril de 2009: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de abril de 2009, p. 3). Que la Virgen María nos ayude a vivir intensamente nuestros momentos de encuentro con el Señor para que podamos seguirlo cada día con alegría.

 (Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 28 de febrero de 2010)

 

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P. Jorge Loring, S.J.

1.- En el Evangelio de hoy se nos narra la Transfiguración de Jesucristo. Se oye una voz del Padre que dice: «Éste es mi amado hijo, ESCUCHADLE».

2.-Si escucháramos el mensaje de Jesucristo el mundo sería una maravilla. Decía el Papa Pío XII: «Si queremos un mundo mejor, hagamos mejores a los hombres». No son las estructuras las que hacen UN MUNDO MEJOR. Son los hombres que están en esas estructuras. Por eso dijo alguien con mucha gracia: «Vamos a ser tú y yo buenos, y habrá dos pillos menos». La gran obra en bien de la humanidad es hacer mejores a los hombres.

3.-Por eso fue un disparate lo que dijo en un mitin electoral el aspirante socialista a Presidente del Gobierno de España hablando a los jóvenes: «Si gano las elecciones habrá más deporte y menos religión».

4.- ¿Es que piensa que quitando la religión los hombres van a ser mejores?

5.-Por aquellos días nos estremeció la noticia de que en Murcia unos niños de doce años habían martirizado a un amigo subnormal. Si estos niños se hubieran formado católicamente no hubieran hecho eso.

6.-La falta de religión es la que fomenta la violencia, la lujuria, la corrupción y el terrorismo.

7.- Los enemigos de la Iglesia la atacan diciendo que es intolerante, porque no acepta el mal. Combatir el mal, es un bien. La Iglesia quiere hombres buenos que sean bienhechores de la humanidad como un San Juan de Dios, un San Vicente de Paúl, un San Pedro Nolasco, un San Pedro Claver, un San Juan Bosco, y tantos santos que han sido bienhechores de la Humanidad. Hagamos mejores a los hombres, y tendremos UN MUNDO MEJOR. Para eso, oigamos el mensaje de Jesucristo como pide el Padre.

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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