Archivo por meses: enero 2016

Domingo II Tiempo Ordinario (C)

17
enero

Domingo II Tiempo Ordinario

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo II Tiempo Ordinario (B)

(Domingo 17 de enero de 2016)

LECTURAS

Como la esposa es la alegría de su esposo,

 así serás tú la alegría de tu Dios

Lectura del libro de Isaías      62, 1-5

Por amor a Sión no me callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida. Las naciones contemplarán tu justicia y todos los reyes verán tu gloria; y tú serás llamada con un nombre nuevo, puesto por la boca del Señor.

Serás una espléndida corona en la mano del Señor, una diadema real en las palmas de tu Dios.

No te dirán más « ¡Abandonada!», ni dirán más a tu tierra « ¡Devastada!» sino que te llamarán «Mi deleite», y a tu tierra «Desposada». Porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo.

Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSOR1AL      95, 1-3. 7-10a.c.

R. Anuncien las maravillas del Señor por todos los pueblos.

Canten al Señor un canto nuevo,

cante al Señor toda la tierra;

canten al Señor, bendigan su Nombre. R.

Día tras día, proclamen su victoria.

Anuncien su gloria entre las naciones,

y sus maravillas entre los pueblos. R.

Aclamen al Señor, familias de los pueblos,

aclamen la gloria y el poder del Señor;

aclamen la gloria del Nombre del Señor. R.

Entren en sus atrios trayendo una ofrenda,

adoren al Señor al manifestarse su santidad:

¡que toda la tierra tiemble ante Él! R.

Digan entre las naciones:

«¡El Señor reina!

El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R.

El mismo y único Espíritu

distribuye sus dones a cada uno como Él quiere

 

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto  12, 4-11

Hermanos:

Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos.

En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también en el mismo Espíritu. A éste se le da el don de sanar, siempre en ese único Espíritu; a aquél, el don de hacer milagros; a uno, el don de profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a éste, el don de lenguas; a aquél, el don de interpretarlas.

Pero en todo esto, es el mismo y único Espíritu el que actúa distribuyendo sus dones a cada uno en particular como Él quiere.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Cf. 2Tes. 2, 14

Aleluia.

Dios nos llamó por medio del Evangelio

para poseer la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

Aleluia.

Éste fue el primero de los signos de Jesús,

 y lo hizo en Caná de Galilea

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan         2, 1-11

Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y, como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que Él les diga».

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.

El encargado probó el agua cambiada en vino y, como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y, cuando todos han bebido bien, se trae el de calidad inferior. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».

Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Domingo  II del Tiempo Ordinario

17 de enero 2016- Ciclo C

 Entrada:

La Sagrada  Liturgia  nos presenta a Cristo,  Esposo, que celebra el festín de las bodas con su Esposa, la Santa Iglesia. En efecto, el misterio de la Encarnación nos descubre  claramente los desposorios del Verbo eterno  con la humanidad.

1º Lectura:                                                                                       Isaías 62,1-5

El Señor encuentra su complacencia en la Iglesia, su Esposa, por la cual Él mismo se entregó hasta derramar su sangre para purificarla.

2º Lectura:                                                                                      1 Cor. 12,4-11

Es el Espíritu Santo, Señor y Dador de dones, quien  los distribuye para el enriquecimiento  y la Santidad de la  Iglesia.

Evangelio:                                                                                              Jn.2,1-11

            En las Bodas de Caná, Jesús se revela como el Señor, obrando el milagro que María Santísima le pide a favor de los esposos.

Preces:

            Hermanos, el Espíritu de Dios que distribuye sus dones entre nosotros nos impulse a pedir con confianza.

A cada intención respondemos…

-Por el Santo Padre Francisco, por sus intenciones, por los Obispos y  demás Pastores de la Iglesia, para que sean siempre testigos de Cristo por la santidad de sus vidas; y sean intrépidos defensores de la justicia y  de la paz. Oremos…

-Por las familias cristianas y por los educadores, para que sepan defender los valores cristiano transmitiendo a las nuevas generaciones la Verdad del Evangelio, convencidos de que sólo Dios  plenifica al hombre. Oremos…

    -Por los esposos cristianos que han recibido la vocación a la mutua santificación, para que el Espíritu Santo renueve en ellos la fidelidad que una vez se prometieron. Oremos….

   -Por nuestra Patria, por sus gobernantes y por todos sus miembros, para que en forma mancomunada busquen el bien común y logren así que la patria de la tierra sea un anticipo de la patria del cielo. Oremos…

Dios y Padre nuestro, concédenos lo que te hemos pedido y ayúdanos por la intercesión de María Santísima que en Caná participó activamente para que Jesús manifestara su gloria. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

-Presentamos ante el altar del Señor incienso y junto con el elevamos nuestras oraciones y sacrificios en favor de la paz en el mundo.

Pan y vino para el  santo sacrificio que el Señor realizo por amor a los hombres.

Comunión:

Que al recibir el Cuerpo del Señor, imitemos a María Santísima  “hacer siempre lo que El nos diga”.

Salida:

Acudamos siempre a nuestra Madre, María Santísima, ya que su Hijo escucha complacido sus ruegos.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Manuel de Tuya

.         P. José A. Marcone, I.V.E.

Manuel de Tuya

 Primer milagro de Cristo en las bodas de Caná

(Jn.2,1-11)

            El milagro de Cristo en las bodas de Caná cierra el ciclo de siete días en que Juan sitúa el comienzo de la obra recreadora de Cristo (Jua_1:3.17), en paralelismo con la obra creadora de los siete días, relatada en el Génesis, y que también fue hecha por el Verbo (Jua_1:1-5).

 1 Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús. 2 Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. 3 No tenían vino, porque el vino de la boda se había acabado. La madre de Jesús le dijo: No tienen vino. 4 Díjole Jesús: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? No es aún llegada mi hora. 5 Dijo la madre a los servidores: Haced lo que El os diga. 6 Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres metretas. 7 Díjoles Jesús: Llenad las tinajas de agua. Las llenaron hasta el borde, 8 y El les dijo: Sacad ahora y llevadlo al maestre sala. Se lo llevaron, 9 y luego que el maestresala probó el agua convertida en vino — él no sabía de dónde venía, pero lo sabían los servidores, que habían sacado el agua — , llamó al novio 10 y le dijo: Todos sirven primero el vino bueno, y cuando están ya bebidos, el peor; pero tú has guardado hasta ahora el vino mejor. 11 Este fue el primer milagro que hizo Jesús, en Cana de Galilea, manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos.

“Al tercer día” se celebraban unas bodas en Cana de Galilea. El término de referencia de este “tercer día” parece lo más natural referirlo a la última indicación cronológica que hace el evangelista (v.43): el encuentro de Cristo con Felipe y su “vocación” al apostolado, máxime dentro del explícito esquema cronológico-literario que viene haciendo en los v.29.35.

            Sin embargo, como ya antes se indicó 1, la “vocación” de Felipe acaso no sea el mismo día que la “vocación” de Natanael (Jua_1:45), aunque una primera lectura del texto parezca suponerlo. En este caso, el “tercer día” se referiría al último hecho narrado, la “vocación de Natanael,” sea en su conquista por Felipe (Jua_1:45), sea en su venida y trato directo con Cristo (Jua_1:47-50). De hecho, en el esquema literario del evangelista, en que va narrando las escenas vinculadas a una cronología explícita, este “tercer día” se refiere literariamente a la última indicación cronológica (Jua_11:4).

            Ni hay inconveniente en que el punto de referencia cronológica fuese este último, ya que tres días son suficientes para ir desde la parte baja del Jordán hasta Cana y Nazaret. Desde Jericó a Beisán, entonces Escitópolis, se puede ir holgadamente en dos días. Y de aquí en uno a Cana y Nazaret. Si Cristo partió de Betania, en Transjordania, y siguió aproximadamente la ruta dicha, habría debido recorrer unos 110 kilómetros en tres días. Lo que supone unos 37 kilómetros diarios.

            El emplazamiento de Cana en Galilea, para distinguirla de otra Cana en la tribu de Aser (Jos_19:28), debe de ser la actual Kefr Kenna, que está a unos siete kilómetros al nordeste de Nazaret, en la ruta de Tiberíades-Cafarnaúm. Ya desde el siglo IV hubo aquí una iglesia cristiana y una fuente abundante, de la que hablan los antiguos peregrinos. Y San Jerónimo da de ella una serie de datos 2 que excluyen el otro emplazamiento propuesto, Khirbet Qana, que se encuentra a 14 kilómetros al norte de Nazaret, y sin tradición cristiana que la señale. Los viñedos de Kefr Kenna dan excelente vino.

            Relaciones sociales, de parentesco o amistad, que no se prensan, hacían que María estuviese presente en la boda. María vino, por su parte, probablemente desde Nazaret. La distancia de siete kilómetros que la separaba de Cana pudo hacerla muy bien el mismo día.

            La forma “estaba allí la madre de Jesús” supone que María estaba ya en Cana cuando llegó su Hijo. Y la ausencia nominal de José, citado poco antes como padre legal de Jesús (Jua_1:45), hace suponer que a estas horas ya había muerto.

(…)

            Las bodas en Oriente comienzan al oscurecer, con la conducción de la novia a casa del esposo, acompañada de un cortejo de jóvenes, familiares e invitados, a los que fácilmente se viene a sumar, en los villorrios, todo el pueblo, y prolongándose las fiestas varios días (Gen_29:27; Jue_14:10.12.17; Tob 9:12:Tob_8:20 en los LXX; Tob_10:1).

            En las bodas de los pueblos, los menesteres de la cocina y del banquete son atendidos por las hermanas y mujeres familiares o amigas. Es lo que aparece aquí en el caso de María. A ellas incumbe atender a todo esto.

            El vino es tan esencial en un banquete de bodas en Oriente, que dice el Talmud: “Donde no hay vino, no hay alegría.” 5

            Según la Mishna, la duración de las bodas era de siete días si la desposada era virgen, y tres si era viuda 6. Durando las bodas varios días, los invitados se renuevan. Los escritos rabínicos suponen la posibilidad de la llegada de huéspedes inesperados 7.

            Es en este marco en el que se va a desenvolver la escena del milagro de Cristo 8.

            La boda debe de llevar ya algunos días de fiesta y banquete. Nuevos comensales han ido llegando en afluencia grande, tanto que las provisiones calculadas del vino van a faltar. Cristo, acompañado de sus discípulos, llega a Cana y es invitado con ellos a la fiesta. Estando El presente, el vino llegó a faltar. Sin esto faltaba a la fiesta algo esencial, y el desdoro iba a caer sobre aquella familia, que el Señor bendecía con su presencia. (Una doble lectura crítica del texto en nada cambia el sentido fundamental 9. Probablemente se debe de estar al fin de las fiestas de boda, cuando algún aumento imprevisto hizo crítica la situación.) Y éste es el momento de la intervención de María.

            Sería muy probable, y es lo que parece sugerir el texto, que María, invitada como amiga de la familia, prestase, conforme a los usos orientales, ayuda en los menesteres de la cocina. Por eso pudo estar informada a tiempo de la situación crítica y antes de que trascendiese a los invitados. Ni el mismo maestresala lo sabía (v.9.10). Y discretamente se lo comunica a su Hijo, diciéndole simplemente: “No tienen vino.”

            De suyo, esta frase era una simple advertencia informativa. Pero no está en el espíritu de María ni del relato la sola comunicación informativa. “Todo pasa en una atmósfera de sentimientos delicados; es penetrar en el espíritu del texto comprenderlo así” 10. Todo el contexto hace ver que María espera una intervención especial, sobrenatural, de Jesús. Por eso, la “comunicación” que les hace a los servidores es “mitad orden, mitad consejo” 11, y esto supone un conocimiento muy excepcional en María de su Hijo. Esta escena descorre un velo sobre el misterio de la vida oculta de Nazaret y sobre la “ciencia” de María sobre el misterio de Cristo.

            La respuesta de Cristo a su Madre presenta una clásica dificultad exegética. Por eso, para no interrumpir el desarrollo del pasaje, se la estudia al final de la exposición del mismo, e igualmente el sentido que parece más probable de esta intervención de María.

            Esta, segura de la intervención de su Hijo, se acerca a los servidores para decirles que hagan lo que El les diga. Esta iniciativa y como orden de María a los servidores se explica aún más fácilmente suponiendo la especial familiaridad de ella con los miembros de aquel hogar.

            Aquel hogar debía de ser, aun dentro de un pequeño villorrio, de una cierta posición económica, ya que había en él “seis hidrias de piedra” para las purificaciones rituales de los judíos.

            Las “hidrias” de que se servían ordinariamente los judíos palestinos eran de barro cocido; pero las escuelas rabínicas estaban de acuerdo en que las ánforas o jarras de piedra no contraían impureza, por lo que las recomendaban especialmente para contener el agua de estas abluciones 12. Se han encontrado varias de ellas en piedra.

            Las hidrias que estaban en esta casa, además de ser de “piedra,” eran de una capacidad grande, ya que en “cada una cabían dos o tres metretas.”

            La μετρητής , ο  “medida” de que se habla aquí, es la medida ática de los líquidos, y equivaldría al bath hebreo. Y éste venía a equivaler a algo más de 39 litros 13. Por lo que a cada una de estas hidrias le correspondía una capacidad entre 80 y 120 litros. La hidria de piedra que está en el atrio de la iglesia Eudoxia (San Esteban) de Jerusalén tiene una capacidad aproximada de 180 litros. Si se supone que tres de ellas tuviesen una capacidad de dos “metretas,” y las otras, tres, la capacidad total de ellas vendría a ser de unos 600 litros. Cantidad verdaderamente excepcional. Se trataba, pues, de una fiesta de gran volumen; lo que hace pensar en una familia destacada y pudiente.

            El milagro se realiza sin aparatosidad. El evangelista mismo lo relata sin comentarios ni adornos. Jesús, en un momento determinado, se dirige a los “servidores” (v.7 y 5), diciéndoles que “llenasen” de agua aquellas ánforas. Y las llenaron “hasta el borde.” El evangelista resaltará bien este detalle de valor apologético. Con ello se iba a probar, a un tiempo, que no había mixtificaciones en el vino, y con ello que no se devaluase el milagro, sino que éste quedase bien constatado 14, y, además, que se demostrase la generosidad de Cristo en la producción de aquel milagro. A Jn también le gusta destacar el concepto de “plenitud.”

            El milagro se realizó súbitamente, una vez colmadas de agua las ánforas. Pues, al punto, en el contexto y en el espíritu del relato está, Cristo les mandó “sacar ahora” el contenido de las ánforas y que lo llevasen al “arquitriclinos.”

            Este no era lo que se llamaba en los banquetes griegos symposiarja, o en los romanos rex, imperator convivü o arbiter bibendi, y  que era elegido por los convidados al banquete (Eco_39:12) o designado por suerte l5. Su papel está bien descrito por Plutarco 16. Este “arquitriclinos” era un familiar o un siervo que estaba encargado de atender a la buena marcha del banquete. Era más o menos un equivalente a nuestro “maitre.”

            Los servidores obedecen la orden cíe Cristo y llevan al maestresala “el agua convertida en vino.” Fácilmente se supone la sorpresa de los servidores. Nada le dicen del milagro. Expresamente lo dice el evangelista. Aguardan su sorpresa, o los contiene el temor reverencial del milagro, incluido en esto el que habían obrado al margen del maestresala.

            La sorpresa del maestresala se acusa, destacándose incluso literariamente. Está ignorante del milagro, pero se sorprende, más que ante la solución inesperada, ya que (…) estaba (…) ignorante de la falta de vino, ante la calidad del mismo. Tanto que llamó al novio, sin duda por ser el dueño del hogar, y se lo advierte en tono de reflexión un poco amarga, ya que él, responsable de la buena marcha del banquete, estaba ignorante de aquella provisión. Todo ello se acusa en la reflexión que además le hace. El vino bueno se sirve al principio, cuando se puede gustar y apreciar su buena calidad, y cuando ya las gentes están “embriagadas” se les ofrece el de peor calidad. Si el beber después de los banquetes se introdujo como costumbre en Palestina por influjo griego, no quiere decir la frase que se esperase la hora de una verdadera embriaguez para servir los vinos de peor calidad, sino que quiere aludir con ello a esa hora en que, ya saciados, no se presta especial atención a un refinamiento más. En todo caso, aquí se había hecho al revés. Y “nunca los orientales son tan quisquillosos como cuando desempeñan ciertos cargos honoríficos,” ha notado con gran exactitud un buen conocedor de las costumbres orientales (William).

            De esta manera tan maravillosamente sencilla cuenta el evangelista este milagro de Cristo. Y añadirá: “tal fue el comienzo de los milagros” que hizo Jesús “en Cana de Galilea.” Por el texto sólo no es fácil precisar si este milagro de Cristo fue el primero que hizo en Cana de Galilea o fue absolutamente el primero de su vida pública. Pero, en la perspectiva del evangelista, la penetración del corazón de Natanael y la promesa de que verían nuevas maravillas y la “vocación” de los discípulos que con El ahora estaban, sin duda son considerados como milagros por lo que se refiere al primero de los hechos en Cana. O acaso, aún mejor, sea el primero de los milagros oficiales que El realiza en su presentación pública de Mesías.

            Sin embargo, este milagro tenía un carácter apologético, de credibilidad en El: era un “signo” que hablaba de la grandeza de Cristo, del testimonio que el Padre le hacía de su divinidad y de su misión (Jua_10:38; Jua_14:10; Jua_20:30), y que manifestaba “su gloria” (δόξα ); aquella gloria que le convenía “como a Unigénito del Padre” y que “nosotros” hemos visto” (Jua_1:14; Jua_3:35; Jua_5:22.; Jua_17:1.), y que era la evocación sobre Cristo de la “gloria” de Yahvé en el A.T. En el A.T., y lo mismo en el Nuevo, se asocian las ideas de “gloria” y “poder” de tal manera que la “gloria” se manifiesta precisamente en el “poder.” Y ante esta manifestación del poder sobrenatural que Cristo tenía, sus discípulos “creyeron en El.” Ya creían antes, pues el Bautista se lo señaló como Mesías, y ellos le reconocieron, como Juan relató en el capítulo anterior, y como a tal le siguieron. Pero ahora creyeron más plenamente en El. El milagro encuadraba a Cristo en un halo sobrenatural.

            Otro aspecto apologético de este milagro se refiere a la santificación del matrimonio. Los Padres lo han destacado y comentado frecuentemente. Así, v.gr., San Juan Crisóstomo 17. La presencia de Cristo y María en unas bodas, santificándolas con su presencia y rubricándolas con un milagro a favor de sus regocijos, son la prueba palpable de la santidad de la institución matrimonial, la condena de toda tentativa herética sobre la misma y como la “sombra” y preparación de su elevación al orden sacramental (Efe_5:32).

 

* * *

(….)

La Conclusión que parece más probable en función de los datos analizados.

            1) La “hora” que alega Cristo, diciendo que “aún no llegó,” no puede ser escuetamente, tal como suena, ni la “hora” de la pasión ni la de su “glorificación” en su Epifanía mesiánica. Lo primero podría, en cierto caso, ser una solución. Alegaría Cristo el no haber llegado esa hora, en la que, en el plan del Padre, no podría hacer milagros; por lo que podría hacerlos antes de esa hora. Pero no es, a lo que parece, la “hora” a la que alude el texto (v.11). Y si es, por el contrario, la hora de su Epifanía mesiánica, entonces, si no llegó esa “hora,” ¿cómo a continuación hace el milagro, lo que vale tanto como decir que llegó sin haber llegado?

            Ni valdría alegar el que se adelantó esa hora por intercesión de María. Pues esa “hora” tan trascendental y fijada, eternamente, como comienzo del plan redentor, por el Padre, no parece creíble que pueda ser alterada por la intercesión de María, cuya mediación se ve. Habría que suponer ese plan redentor condicionado en sus “horas” trascendentales. Lo que no es creíble.

            Por eso, sólo parece justificar esa “hora” a la que alude Cristo para intervenir el que precisamente esa hora haya llegado. Y esto críticamente se logra con suponer, lo que es posible, que la frase de Cristo es una frase interrogativa: “¿Es que no llegó (para intervenir) mi hora?”

            2) Con la frase, también interrogativa, aunque aquí por su misma estructura gramatical, “¿qué a mí y a ti?” ¿qué es lo que niega Cristo a María? No puede ser:

            a) El que no le importe ni tenga que ver nada con el asunto. Lo cual no es verdad, ni teológica, ni filológicamente, ni por el contexto, pues actúa.

            b) El no intervenir, pues interviene; no el no hacer un milagro, pues lo hace.

            Alegar que en el texto se omite parte de la conversación y el diálogo entre Cristo y María, en el cual ésta convencería a Cristo de que hiciese el milagro, no sólo es gratuito, sino que también va contra esa “hora” inmutable del plan de Dios antes aludido.

            Ha de ser una negativa exigida por la estructura misma de la frase, pero que afirme. ¿Cabe esto en la valoración de esta frase? Seguramente. Esta es una frase elíptica que admite diversidad de matices, conforme al uso, tono o inflexiones de voz, gestos que la acompañan, etc., sin poder darse por cierto el que no tenga otros posibles significados no registrados en los documentos extrabíblicos o bíblicos. De ahí que el matiz que propiamente le corresponda haya que captarlo en el contexto.

            Y como aquí Cristo alega el que llegó su “hora” — afirmación que resulta de su forma interrogativo-negativa — , pues hace el milagro, se sigue que no va a negarlo en la primera frase, de la cual la segunda es alegato para justificar la primera. Por tanto, ésta negando ha de afirmar. Tal es la interpretación que varios autores alegan. Expresada en forma interrogativa, ha de querer, fundamentalmente, decir que no hay para intervenir en este asunto ni oposición, discrepancia o negativa entre Cristo y María, para que El no acceda al ruego de su Madre (1Re_17:18), puesto que ya no hay el inconveniente de no haber llegado su “hora.” Precisamente el pasaje alegado de 1 Reyes (1Re_17:18) es una interrogación que supone la negación de una enemistad o desunión entre Elias y la mujer de Sarepta. Niega la desunión para así afirmar un estado de unión.

            Lo mismo se ve en 2 Samuel (1Re_19:23), en el que la interrogación de David a los hijos de Sarvia, sus fieles acompañantes, supone negación de discrepancia o desunión con él; lo que es venir, hipotéticamente, a afirmar su unión con él.

            Parafraseando estas expresiones, podría decirse:

            “No tienen vino; intervén sobre naturalmente.

            Sí, lo haré; ¿qué discrepancia u oposición puede haber entre tú y yo?

            Precisamente para hacerlo, ¿no llegó ya mi hora? Puedo y debo comenzar ya la manifestación gloriosa de mi vida de Mesías. Sólo que, en este caso, accedo complacido a tu petición, porque con todo ello se cumple el plan del Padre al poner tú la condición para la manifestación de mi “gloria.” 48

            Es así como, dentro de las posibilidades científicas, parece esta solución satisfacer tanto a los elementos exegéticos como a la teología.

Valor simbólico de este milagro.

            Los autores ven, generalmente, además del sentido real e histórico de este milagro de Cristo, un valor simbólico en él. El conjunto de toda la escena y la excesiva insistencia, a veces casi se diría innecesaria de la palabra “vino” en el relato, y muy especialmente la excelencia de este vino que Cristo dio, lo mismo que el decirse que el buen vino se sirve al principio, pero que aquí fue al revés — el Evangelio después de la Ley — , con la generosa abundancia del mismo, y todo ello encuadrado en el “simbolismo” del evangelio de Jn, hace seriamente pensar en la existencia de un valor también “simbólico” en este relato. Sólo se dividen al interpretar el sentido preciso del valor simbólico de este milagro. Las interpretaciones generalmente propuestas son las siguientes:

            a) Simbolismo sacramental. — En la antigüedad la propuso ya San Ireneo 49. En época reciente, Lagrange 50 y O. Cullmann 5I. Cullmann cree que el “simbolismo” de este milagro se refiere a la sangre eucarística. Lagrange escribe: “Este milagro, como la multiplicación de los panes, es probablemente también una orientación hacia la Eucaristía.” 52

            En la perspectiva del evangelio de Jn, en el que la Eucaristía tiene un lugar tan destacado, y de la cual el previo milagro de la multiplicación de los panes es, a la par que una realidad histórica, un “símbolo” de la misma, permitiría orientar el “simbolismo” de este milagro hacia un enfoque sacramental. Por lo menos, alusivo al mismo.

            En todo caso, parece tener también un valor apologético de posibilidad eucarística, al modo que lo tienen la multiplicación de los panes y la anterior deambulación de Cristo sobre el mar sin sumergirse 53.

            b) Simbolismo pneumático. — Braun quiere ver en este “simbolismo” el “régimen del Espíritu,” que no sería donado hasta después de la muerte y glorificación de Cristo. La sustitución del antiguo régimen por el nuevo es el tema de casi toda la sección posterior del evangelio de Jn: el nuevo nacimiento (1Re_3:3-8), la desaparición del Bautista (A.T.) ante uno más grande que él (1Re_3:22-30), la sustitución del agua viva a la del pozo de Jacob (1Re_4:7-15), la instauración de un culto nuevo en el Espíritu (1Re_4:21), lo mismo que el nuevo culto referido al templo de su cuerpo. Al oponerse así los dos regímenes, Jn querría destacar la insuficiencia profunda del A.T.; la Ley estaba desprovista del vino necesario para las bodas mesiánicas. Si Cristo aquí “convierte” el agua en vino, no es para instituir una economía totalmente nueva, sino para “perfeccionar la Ley” 54. Es, por tanto, la contraposición de dos lineas de accion, destacándose el Espíritu que anima a la Ley nueva 55.

            c) Simbolismo doctrinal. — Otra interpretación es ver en el vino milagrosamente dado un “símbolo” de la nueva, sobrenatural y generosa doctrina que Cristo trae.

            Orígenes ve en el vino un símbolo de la Escritura; viniendo a faltar éste — faltando la Ley y los Profetas — , Cristo da el vino nuevo de su doctrina 56.

            Fundamentalmente defendieron, con matices diversos, esta posición: San Cirilo de Alejandría 57, San Efrén 58, Gaudencio de Brescia 59, Severo de Antioquía 60. Modernamente, en parte al menos, defienden esta interpretación: Dodal 61, R. H. Lightfoot 62 y Boismard 63.

            Los elementos que llevan a esto, admitido el hecho del “simbolismo” yoánico en esta escena, son los siguientes:

            1) El vino aparece en el A.T. como uno de los recursos más frecuentes de las bendiciones de Dios, como premio a los cumplidores de la Ley (Deu_7:13; Deu_32:13.14; Sal_104:15), pero aún más es una de las pinturas características para realzar las bendiciones mesiánicas (Amo_9:14; Ose_2:11; Ose_14:18; Jer_31:12; Isa_62:8, etc.). Sobre todo, dos son, por excelencia, las bendiciones mesiánicas expresadas por esta imagen. Una es la bendición mesiánica de Isaac: “Déte Dios el rocío del cielo. y abundancia de trigo y mosto” (Gen_27:28). Y bendiciendo Jacob a sus hijos, dice: “No faltará de Judá el cetro. hasta que venga aquel cuyo es. Y a él darán obediencia los pueblos.”

Atará a la vid su pollino,

a la vid generosa el hijo de la asna.

Lavará en vino sus vestidos,

y en la sangre de las uvas su ropa.

Brillan por el vino sus ojos (Gen_49:10-12).

Se está, pues, ante una imagen del más clásico abolengo bíblico-mesiánico.

            2) La conversión del agua en vino se va a hacer dentro de unas jarras de piedra que estaban allí para las purificaciones de los judíos. Es imagen que va a hablar, a la luz del “símbolo,” de un cambio en algo que caracteriza bien al judaísmo decadente.

            3) El vino — mesiánico — va a sustituir y superar al agua de las jarras judaicas — judaísmo — . Era tema muy extendido en el judaísmo después del destierro que el judaísmo estaba “estancado”: no había profetas; la palabra de Dios no se dejaba oír (Lam_2:9; Sal_74:9; 1Ma_4:46; 1Ma_14:41). La Ley había caído en un virtualismo formalista y materialista. De ahí el que en las palabras “No tienen vino” pudiera Jn “simbolizar” esta carencia de autenticidad religiosa y este estancamiento judío.

            4) La extrañeza del maestresala de que el vino mejor se guardó para el fin, sería la alusión joannea al N.T. (cf. Luc_5:39).

            5) Se va a sustituir con verdadera abundancia, pues tal es la capacidad de las jarras, “llenadas hasta arriba,” conforme a la pintura profética. Y, conforme a la misma, va a ser símbolo de la alegría (Sal_104:15; Jue_9:13; Eco_40:20) mesiánica: el vino que alegraba el convite.

            6) La donación de este vino se va a hacer en un banquete. Y este dato orienta bíblicamente a dos elementos de importancia:

            a) El banquete de la Sabiduría. — En los Proverbios, el autor pone a la Sabiduría invitando a los hombres a incorporarse a ella bajo la imagen de un banquete: “Venid y comed mi pan y bebed mi vino, que para vosotros he mezclado” (Pro_9:5.2; cf. Isa_55:1.2). Era conocido y clásico en Israel este tema del banquete — pan y vino — con el que la Sabiduría invitaba a que la “asimilasen” los hombres.

            “La escena de la vocación de los primeros discípulos está dominada por el tema de la Sabiduría, que invita a los seres humanos a recibir su enseñanza y a meterse en su escuela. Jesús es la Sabiduría que recluta sus discípulos; la Sabiduría que es preciso buscar para encontrarla. Entonces ella conduce a sus discípulos hasta el banquete en donde ella les da el vino de la enseñanza y de la doctrina que conduce a la vida. Si Jn (Isa_1:35ss) supone como fondo textos como Proverbios, ¿qué más natural que interpretar Jua_2:1ss en función de Pro_9:1-57.” 64

            Acaso no estén tan lejos las diversas interpretaciones propuestas sobre el valor “simbólico” yoanneo. Si el “simbolismo” lleva a Cristo Maestro, Cristo Sabiduría, ésta no se presenta de un modo exclusivamente teórico, sino en el sentido de Cristo Sabiduría, que es al mismo tiempo Cristo Nueva Economía, por lo que es el instaurador del nuevo Espíritu. Y así, en esta Sabiduría teórico-práctica se encuentra más pleno y más real el “simbolismo” yoanneo de este milagro de Cristo.

            b) El desposorio de Yahvé con su pueblo. — Otro de los temas e imágenes tradicionales en Israel era el amor de Yahvé con su pueblo, expresado bajo la imagen de un desposorio. Si Jn ve en este “simbolismo” a Cristo Sabiduría, que cambia la accion vieja , simbolizada en las ”jarras para la purificación de los judíos,” purificando así sus mismas purificaciones, no será nada improbable que esté en la mente de Jn el intentar este simbolismo como un trasfondo del tema y la imagen tradicional de los “desposorios” de Yahvé con su pueblo. Es en una boda donde Cristo-Yahvé asiste, bendiciéndola con su presencia, al tiempo que se simboliza la nueva fase de su “desposorio” mesiánico con Israel. Sin que sea necesario para ello caer en un alegorismo preciso, que destruiría la misma enseñanza que se buscaba, v.gr., el novio no representa a Dios ni sus desposorios con Israel. Es más bien un elemento más, un clisé tradicional, que también puede proyectar su evocación en el conjunto de este “simbolismo” yoanneo.

            Si este “simbolismo” es el preferente, y al que parece llevar el cursus del pensamiento del evangelista, acaso no esté tampoco al margen del pensamiento del autor un posible “simbolismo” secundario, pero complementario y orientador hacia la Eucaristía. Como lo está en la multiplicación de los panes del capítulo 6 de su evangelio (Jua_6:48-58) y la amplitud con que es tratada la Eucaristía como “Pan de la vida.” 65

            Si éste es el simbolismo yoanneo fundamental, ¿qué parte tiene María, precisamente al sintetizarla complementariamente en su título extraño de llamarla “Mujer” (γύναι )? Si con ella — y se vuelve a remitir al Comentario a Jua_19:26-27 — se pretende evocar “alusivamente” al Génesis — Eva, madre de todos los vivientes — y a la “Hija de Sión” — en el “alumbramiento” doloroso de un nuevo pueblo — , esto tiene aquí su razón de ser en este aspecto “simbolista” de Jn, por razón de la “superposición de planos”: sobre la escena histórica está superpuestamente evocada la. simbólica.

            Si el “simbolismo” del agua convertida en vino es el cambio del viejo régimen — A.T. — , y el que lo causa es Cristo, a la hora de la boda todavía no está plenamente establecido: “no tienen (el) vino” mesiánico. Y es María — mediadora — la que, como Madre espiritual de los hombres, pide a Cristo el cambio de obra y que establezca el reino de Dios. Si Cristo tiene ansias de su muerte redentora y está constreñido hasta que llegue, Jn presenta a María para lo mismo con ansias de “alumbramiento” (“Hija de Sión”), para ser Madre espiritual de los vivientes (“nueva Eva”).

            Es interesante destacar que Jn, con la palabra “Mujer” aplicada a María en el c.2 (Cana) y en el c.19 (Calvario) establece con ellas una “inclusión semita.” Pues extrañan en boca de Cristo (son de Jn); extraña esta coincidencia en boca de Cristo; extraña que nunca salga en los sinópticos; extraña el que esta palabra sea puesta estratégicamente en dos pasajes estratégicos de su evangelio; y extraña que esté puesto en estos lugares por su conexión “alusiva” a los pasajes citados, que parecen desarrollados con la teología de San Juan. María, pues, en el evangelio de Jn tiene un puesto de excepción y clave. El concepto de la maternidad espiritual de María es de gran importancia para Jn. Por eso, Cana — y con ella María — tienen un “carácter seminal” (Joüon) orientativo a — o hacia — la escena del Calvario. 65.

            En esta escena de las bodas de Cana se deja ver también el corazón misericordioso de María y el conocimiento que tenía de la grandeza de su Hijo.

(de Tuya, M., Evangelio de San Juan, en Profesores de Salamanca, Biblia Comentada, BAC, Madrid, 1977, tomo Vb)

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P. José A. Marcone, I.V.E.

Las Bodas de Caná

La primera actividad de la vida pública de Jesús es su Bautismo en el río Jordán. Jesús se va a quedar en la zona de su Bautismo unos dos meses. En ese lugar y en ese tiempo Jesús va a conocer y a trabar relación con tres de aquellos que luego serían sus principales apóstoles: San Juan Apóstol y Evangelista, San Pedro y San Andrés, hermano de Pedro. Los tres eran discípulos de Juan Bautista. Juan Apóstol y Andrés son los primeros en seguir a Jesús, por indicación de Juan Bautista.

Andrés contó a su hermano Simón que habían encontrado al Mesías. Y lo condujo hacia Jesús. Jesús lo recibió con cordialidad, lo miró con amor y le cambió el nombre: le puso Cefas, que en arameo significa ‘Piedra’. Jesús, desde el primer instante iba preparando ya la institución de la Iglesia (Jn.1,40-42).

            Al día siguiente de este acontecimiento Jesús partió para Galilea, al norte de la zona en que se encontraba (Jn.1,43). Desde la zona del Jordán donde estaban hasta el Mar de Galilea hay una distancia de aproximadamente 100 km. Por lo tanto, fue un viaje intenso. Estando ya en Galilea conoció a otros dos de sus futuros apóstoles: Felipe y Bartolomé, que en el evangelio de San Juan es llamado Natanael (Jn.1,43-51).

            El motivo por el cual Jesús fue a Galilea según el evangelista San Juan fue la invitación a una boda en la ciudad de Caná, que se encuentra al oeste del extremo sur del Mar de Galilea. Jesús llega a esa boda con una incipiente pero ya formada comunidad entre los que se encuentran sin duda: Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Felipe y Bartolomé. El milagro de la conversión del agua en vino en Caná es muy importante en el conjunto de la vida de Jesús. En efecto, es su primer milagro, y por él manifiesta que Él es Dios, y se realiza el acto definitivo de fe en su divinidad por parte de sus discípulos: “Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos” (Jn.2,11). Al decir que manifestó su ‘gloria’ está diciendo que manifestó su divinidad. En el prólogo, cuando San Juan dice que contemplaron la gloria del Verbo hecho carne, quiere decir que creyeron en la divinidad del Verbo encarnado: “Y el Verbo se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn.1,14).

            Por esta razón el primer significado del signo, es decir, del milagro es mostrar la gloria de la persona de Jesús.[1] La finalidad principal del milagro es mostrar quién es Jesús, está en relación con la persona divina de Jesús.

            En segundo  lugar este milagro es importante porque en él se manifiesta la sustitución de la religión judía (representada en el agua destinada a los ritos de purificación según la ley de Moisés) por la ley de la gracia, representada por el vino, que es el término de la conversión. La realidad sustituye a la sombra. Llegada la realidad, la sombra desaparece. Llegado el vino, desaparece el agua.

            Además este primer milagro en Caná de Galilea es importante porque en él se manifiesta la principal clave teológica para entender el evangelio de San Juan. Esa clave teológica es ‘la hora de Jesús’, expresada en la frase que Jesús dice a su Madre: “Todavía no ha llegado mi hora” (Jn.2,4). ¿Cuál es la hora de Jesús? La ‘hora de Jesús’ es el momento de su glorificación, es decir, el momento en que, a través de su pasión, muerte y resurrección, va a manifestar abiertamente que Él es Dios. Por eso, en 13,1, al inicio de su pasión, se dice: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Y en 17,1, ya en plena última cena, Jesús dice: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti”. La hora de Jesús se identifica con el momento de la manifestación de su divinidad a través del misterio pascual completo: pasión, muerte, resurrección y ascensión a la derecha del Padre. Y la manifestación de la divinidad de Cristo es el propósito principal y central del evangelio de San Juan.

            Por una cuarta razón el milagro de Caná es importante y esta razón es porque en él se manifiesta el papel teológico central que ocupa la Madre de Dios en el plan de salvación. En relación con la hora de Jesús, que es la hora de la manifestación de su divinidad, María es aquella que adelanta esa hora. En Caná todavía no había llegado la hora en que Jesús debía manifestar abiertamente su divinidad a través de su misterio pascual, pero va adelantar esa manifestación por intercesión de la Virgen María y a través del milagro conseguido por esa intercesión. Adelantar la hora de la manifestación de la divinidad de Jesús con sus ruegos significa ocupar un lugar teológico central en el plan de salvación.

            Dos veces habla S. Juan de la madre de Jesús: aquí y en la cruz, cuando Jesús la entrega como madre del discípulo (Jn.19,25-27). Y las dos veces que la nombra, no la llama por su nombre (María) sino que la llama ‘la madre de Jesús’. Y las dos veces la nombra en relación con ‘la hora’ de Jesús. De esto se concluye que para San Juan, María tiene un rol central en ‘la hora’ de Jesús, es decir, en la manifestación de su divinidad. Y ese rol está íntimamente unido al rol de ‘madre’, tanto de madre de Jesús como de madre de los creyentes. En las Bodas de Caná, cuando ‘la hora’ no ha llegado pero se adelanta, aunque las palabras de Jesús no lo reconozcan explícitamente, el rol de madre es aceptado de hecho, porque Jesús hace el milagro ante la súplica maternal de María. En la cruz, cuando ‘la hora’ ya ha llegado, Jesús acepta explícitamente y confirma su rol de madre: “‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquel momento el discípulo la recibió como algo propio” (Jn.19,27).

            El término ‘mujer’ con que Jesús trata a su madre es enigmático. “Es un título de cortesía usado normalmente para las mujeres. Pero este modo de dirigirse de un hijo a su propia madre es extraño y sin paralelos”.[2] Pero queda develado si notamos que en los capítulos 1 y 2 de San Juan hay numerosas referencias al Génesis, y sobre todo a la obra de la creación. La más notable referencia es que “el tiempo que va del Bautismo a las Bodas de Caná, que es el inicio de la actividad del nuevo Adán, es considerado (…) como un período de siete días, que corresponden a los siete días de la creación del Génesis”.[3] Entonces, en Caná, María es la Mujer del Génesis que, en contraposición a Eva que indujo a Adán al pecado, empuja al nuevo Adán a su primera obra gloriosa. María es la Mujer cuyo descendiente, cuyo Hijo aplastará la cabeza de la serpiente. Ella es la nueva y verdadera Eva, ‘madre de todos los vivientes’, es decir, de los discípulos, cosa que quedará en evidencia junto a la cruz, cuando Jesús le entregue a Juan, el discípulo ideal.

            En quinto lugar: no está ausente en este milagro el significado eucarístico. Tenemos un fuerte fundamento textual en el hecho de que San Juan nos diga que este milagro sucede inmediatamente antes de la Pascua (Jn.1,13), porque será en la Pascua, tres años más tarde, cuando Jesús convierta el vino en su Sangre.[4] La Pascua para San Juan tiene un significado claramente eucarístico, como puede verse en el Discurso del Pan de Vida del capítulo 6. La presencia de ‘la Madre’ es también importante para resaltar este sentido eucarístico, ya que “también en la cruz están unidos los dos motivos, el de María y el de la sangre que brota del costado de Jesús”,[5] la cual sangre brotando del costado de Jesús tiene un significado indudablemente eucarístico. Por lo tanto, el vino de Caná es también la Sangre eucarística. De esta manera, San Juan presenta a la Eucaristía como el banquete de bodas entre el creyente y Cristo.

            Inmerso en medio de todas estas realidades teológicas que brotan del texto juaneo, el matrimonio como institución cristiana adquiere un valor especial. Aunque la intención teológica del texto no sea en primer lugar resaltar la realidad del matrimonio, sin embargo el matrimonio es realzado como el lugar en el que nace la familia y es digno de que estén presentes el Verbo Encarnado y su Madre. En este sentido, el texto también nos deja una indicación valiosa respecto al matrimonio. En efecto, el maestresala llama al novio y le dice: “Tú has guardado el vino bueno hasta ahora” (Jn.2,10). Pero en realidad el que ha guardado el vino bueno no es el novio sino Cristo. Por lo tanto, de este modo, el evangelista insinúa que el verdadero Esposo es Cristo. Y dado que el vino es siempre el signo del amor, es Cristo Esposo quien guarda y protege el amor en el matrimonio. Sin Cristo, ningún matrimonio puede conservar el vino del buen amor hasta el final de las vidas. Uniendo este significado con el significado eucarístico, podemos decir que sin la Eucaristía, sin la Sangre de Cristo, es imposible mantener la unidad del matrimonio.

            Conclusión

            La razón por la cual la Iglesia quiere que se lea este evangelio el Domingo Segundo del Tiempo Ordinario es porque forma  una tríada junto con los evangelios de la adoración de los Magos y el del Bautismo del Señor, que son precisamente las dos Fiestas que preceden inmediatamente a este domingo. La razón de esto es porque los tres evangelios están dominados por la idea de la Manifestación de Cristo, es decir, su Epifanía. Incluso, en tiempos antiguos se celebraba, en la Solemnidad de la Epifanía, los tres misterios de la vida de Cristo juntos.

            Por esta razón, el tema principal de la homilía debería ser esta manifestación de la gloria de Cristo y la fe de los discípulos.

            Las otras dos ideas importantes de este evangelio son: 1. El rol teológico absolutamente único que juega la Madre de Jesús, adelantando su ‘hora’. 2. El significado eucarístico del milagro.

            Si bien todo predicador tiene absoluta libertad para elegir el tema de su homilía, sin embargo, el tema del sacramento del matrimonio cristiano juega aquí un papel secundario. Habrá durante el año un evangelio especialmente dedicado al tema del matrimonio, cuando Jesús entre en controversia con los saduceos.

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[1] Cf. Stock, K., Gesù, il Figlio di Dio, Edizioni ADP, Roma, 1993, p. 39.
[2] Brown, R., Il Vangelo e le Lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 37
[3] Brown, R., ídem, p. 38.
[4] Cf. Brown, R., ídem, p. 39.
[5] Brown, R., ídem, p. 39.

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·        San Juan Crisóstomo

Las Bodas de Caná

Hay un cierto trabajo en predicar, como lo testifica Pablo con estas palabras: A los presbíteros que gobiernan loablemente, otórgueseles doble honor, mayormente a los que se afanan en la predicación y en la enseñanza . Pero está en vuestra mano el volver ligero semejante trabajo o bien gravoso. Si rechazáis lo que se os dice, o bien sin rechazarlo no mostráis el fruto por las obras, el trabajo nos será gravoso, pues trabajamos en vano; pero si ponéis atención y luego lleváis a las obras lo que se os dice, entonces ni siquiera sentiremos la fatiga; puesto que el fruto logrado mediante el trabajo, no permitirá que el trabajo parezca pesado. De modo que si queréis despertar nuestro empeño y no apagarlo ni disminuirlo, os ruego que nos mostréis el fruto; pues viendo en su frescor las sementeras, apoyados en la esperanza de que todo irá bien, y echando cuentas sobre nuestras riquezas, no desfalleceremos en tan propicia negociación.

No es pequeña la cuestión que ahora se nos propone. Pues como dijera la Madre de Jesús: No tiene vino; y Jesús le respondiera: ¡Mujer! ¿Qué nos va a ti y a mí? No ha llegado mi hora todavía; como Cristo, repito, le respondiera de ese modo, sin embargo hizo lo que su Madre quería. Cuestión es esta de no menor importancia que la anterior. Así pues, una vez que hayamos invocado al que operó el milagro, nos apresuraremos a dar la solución… No es éste el único pasaje en que se hace mención de la hora de Cristo. El mismo evangelista más adelante dice: No pudieron aprehender a Jesús porque aún no había llegado su hora . Y también: Nadie puso en El las manos porque aún no había llegado su hora . Y también: Ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo . Esto que se dijo y se repitió a lo largo de todo el evangelio, lo he reunido aquí para dar a todas esas expresiones una solución única.

¿Cuál es esa solución? No estaba Cristo sujeto a la sucesión de tiempos, ni lo decía porque hubiera observado las horas y así poder decir: Aún no ha llegado mi hora. ¿Tenía por ventura que andar observando eso el que es Creador de todos los tiempos, Artífice de los años y de los siglos? Lo que con semejante expresión quiere significar es lo siguiente: que El todo lo hace en el momento que conviene; y que no hace todo a la vez; porque se seguiría una perturbación del orden de las cosas, si no hiciera cada cosa a su tiempo oportuno, sino mezclando unas con otras, generación, resurrección y juicio.

Atiende en este punto. Convino proceder a la creación, pero no crear todo a la vez: hombre y mujer, pero no ambos a la vez. Convino castigar con la muerte al género humano y también que hubiera resurrección; pero con gran intervalo de tiempo entre ambas. Convino dar la Ley, pero no juntamente el tiempo de la gloria, sino disponiendo cada una de esas cosas a su propio tiempo. De modo que Cristo no estaba sujeto a la necesidad de los tiempos, puesto que él mismo había señalado su orden, pues era el Creador. Y sin embargo aquí Juan presenta a Cristo diciendo: Mi hora no ha llegado todavía. Quiso decir que El aún no era conocido de muchos, ni tenía aún completo el grupo de sus discípulos. Lo seguían Andrés y Felipe, pero ninguno de los otros.

Más aún: éstos mismos no lo conocían todavía como se le debía conocer, ni aun su Madre, ni aun sus hermanos. Puesto que tras de muchos milagros asegura de sus hermanos el evangelista: Porque ni sus parientes creían en él . Tampoco lo conocían los que estaban presentes a las bodas; de lo contrario, se le habrían acercado y suplicado en aquella ocasión y necesidad. Tal es el motivo por el que Jesús afirma: No ha llegado mi hora todavía. Como si dijera: Aún no soy conocido de los presentes, y ellos ni siquiera saben que falta el vino y ya se acabó. Espera a que sientan la necesidad. Más aún: ni siquiera sería conveniente que yo escuchara tu súplica. Eres mi Madre y vas a volver sospechoso el milagro. Convenía que fueran ellos, los necesitados, quienes se me acercaran y pidieran; y esto, no porque yo lo necesite, sino para que de este modo ellos recibieran con grande gusto el milagro obrado. Quien conoce que está necesitado, cuando logra lo que pide queda sumamente agradecido; pero aquel que aún no se da cuenta de su necesidad, tampoco dará al beneficio que recibe el peso que tiene.

Preguntarás: ¿por qué, habiendo dicho: Mi hora no ha llegado aún y habiéndose negado a obrar el milagro, sin embargo luego llevó a cabo lo que su Madre le había pedido? Fue para demostrar a quienes piensan que estaba sujeto a horas y tiempos, que no lo estaba. Si hubiera estado así sujeto ¿cómo habría podido convenientemente llevar a cabo un milagro cuya hora aún no había llegado? También lo hizo para honrar a su Madre, a fin de no parecer que en absoluto la rechazaba; y además para que no pareciera que por debilidad y falta de poder no lo hacía; y para no ruborizar a su Madre en presencia de tan grande concurso, pues ella le había presentado ya a los sirvientes. Igual procedió con la mujer cananea. Habiéndole dicho: No es bueno tomar el pan de los hijos y echarlo a los cachorros, sin embargo luego le concedió todo, movido de la constancia de la mujer. También había dicho en esa ocasión: Sólo he sido enviado a las ovejas que perecieron de la casa de Israel , y sin embargo, tras de haberlo dicho, libró del demonio a la hija.

Aprendemos de aquí que nosotros, aun cuando seamos indignos, con frecuencia nos volvemos dignos de recibir los beneficios, mediante la constancia. Por tal motivo la Madre de Jesús esperó y prudentemente movió a los sirvientes a fin de que fueran muchos los que rogaran a Jesús. Y así continuó diciendo: Haced cuanto os dijere. Sabía ella que Él no se había negado por impotencia, sino porque rehuía la fastuosidad y así no quería sin más ni más proceder a obrar un milagro. Por tal motivo ella le llevó los sirvientes.

Había ahí seis tinajas para el agua, destinadas a las purificaciones de los judíos, con capacidad cada una de ellas de tres metretas . Y les dijo Jesús: Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta el borde. No sin motivo advirtió el evangelista: Destinadas a las purificaciones de los judíos. Para que no sospechara alguno de los infieles que, habiendo quedado en el fondo de las tinajas algunas heces de vino, al infundir el agua se había formado un vino ligerísimo, dijo el evangelista: Dispuestas para las purificaciones de los judíos, demostrando con esto que jamás habían servido para guardar en ellas vino.

Palestina sufre de escasez de agua y son allá raras las fuentes y los veneros, por lo cual los judíos siempre llenaban de agua las tinajas, a fin de no verse obligados a correr hasta el río, si alguna vez contraían una impureza legal, sino tener a la mano la manera de purificarse. Mas ¿por qué no obró Jesús el milagro antes de que las llenaran de agua, lo que habría sido un milagro más estupendo? Porque una cosa es cambiar una materia ya dada en las cualidades de otra, y otra cosa es crear la materia misma que antes no existía: lo segundo es con mucho más admirable. Fue porque en tal caso el milagro para muchos no habría sido tan creíble. Cristo con frecuencia disminuye la magnitud de los milagros de buena gana, con el objeto de que más fácilmente los crean.

Preguntarás: ¿por qué no creó el agua y luego la convirtió en vino, sino que ordenó a los sirvientes llenar las tinajas? Por la misma causa, o sea para que los mismos que las habían llenado sirvieran de testigos, y no se pensara ser aquello obra de hechicerías. Si algunos se hubieran atrevido imprudentemente a negar el milagro, los sirvientes podían haberles dicho: Noso-tros mismos trajimos el agua. Por lo demás, al mismo tiempo destruyó las aseveraciones que brotarían en contra de la Iglesia. Porque unos dicen que el mundo es obra de otro Dios; y que las criaturas visibles no son hechura de nuestro Dios, sino de otro que le es contrario; para de una buena vez reprimir semejante locura, Cristo hizo muchos milagros sobre materia preexis-tente. Si el Creador le fuera contrario, no podría usar de las criaturas ajenas para demostrar su poder. Ahora en cambio, para declarar que El mismo es quien en las vides cambia el agua en vino y convierte la lluvia, mediante las raíces, en vino, eso mismo que hace en las plantas tomando largo tiempo, lo hizo en un instante en aquellas bodas.

Una vez que llenaron las tinajas, dice Cristo a los criados: Ahora sacad y presentadlo al maestresala. Así lo hicieron. Apenas gustó el maestresala el agua convertida en vino —él no sabía de dónde procedía; sí, los criados que habían sacado el agua— llama el maestresala al esposo y le dice: Por todos se estila poner primero el vino mejor; y luego, cuando ya los convidados están bebidos, poner el vino menos generoso. Pero tú has guardado hasta ahora el vino mejor. En este punto hay de nuevo quienes se dan a cavilar y dicen que se trata de un conjunto de ya ebrios y con el sentido de los bebedores ya embotado; y que por consiguiente no podían distinguir las cosas ni dar su juicio, pues no sabían si aquello era agua o era vino. El propio maestresala los había declarado ya bebidos.

Es ésta una dificultad en absoluto ridícula. Por lo demás, semejante sospecha la deshizo el evangelista. Porque no dice que los convidados dieran su juicio, sino el maestresala, que, por su sobriedad, aún no había bebido. Pues bien sabéis que todos aquellos a quienes se les encomienda el cuidado de un banquete, permanecen sobrios en todo y ponen su cuidado íntegro en que correctamente se dispongan las cosas. Y así Cristo tomó como testigo al que tenía los sentidos despiertos y sobrios, para el caso del milagro… Porque no dijo: Escanciad vino a los convidados, sino: Llevad al maestresala. Y apenas gustó el maestresala el agua convertida en vino —y no sabía de dónde procedía, pero sí lo sabían los criados—, llama al esposo.

¿Por qué no llama a los criados? Pues de este modo el milagro habría quedado manifiesto. Porque ni el mismo Jesús reveló lo que había sucedido: quería que poco a poco y sin sentir cayeran todos en la cuenta de su poder milagroso. Si al punto se hubiera revelado el milagro, no se habría dado crédito a los criados que lo referían, sino que se habría creído que estaban locos, pues a un hombre que en la opinión de todos era uno de tantos le achacaban tamaña cosa. Ellos claramente y por experiencia propia lo sabían todo, pero no eran testigos idóneos para publicar el milagro, tales que hicieran fe delante de los demás. Tal fue el motivo de que Cristo no revelara el milagro a todos, sino solamente al que de modo especialísimo podía comprenderlo; y reservó la noticia más explícita del hecho para más tarde. Tras de otros insignes milagros también éste se hizo creíble.

Cuando más tarde curó al hijo del reyezuelo, por lo que ahí dice el evangelista quedaba más en claro el presente milagro. El régulo llamó a Jesús porque ya conocía este prodigio, como ya dije. Lo declaró Juan al decir: Vino Jesús a Caná de Galilea donde convirtió el agua en vino; y no sólo en vino, sino en excelentísimo vino. Los milagros de Cristo son de tal naturaleza que superan en excelencia las cosas naturales. Por ejemplo, cuando restituyó la salud a alguno en sus miembros dañados, se los dejó más vigorosos que los otros miembros sanos. Ahora bien: que aquello fuera vino, y vino excelentísimo, lo testificarían no sólo los criados sino también el maestresala y el esposo; y que la conversión era obra de Cristo, los que sacaron el agua. De modo que aun cuando entonces no se hubiera descubierto el milagro, sin embargo no podía quedar encubierto para siempre. De este modo se iban echando por delante muchos y necesarios testimonios para el futuro.

De que Jesús convirtió el agua en vino eran testigos los criados; y de que el vino era excelente, el maestresala y el esposo. Es verosímil que el esposo haya respondido algo al maestresala, pero el evangelista, apresurándose a referir cosas más necesarias, únicamente narró el milagro y lo demás lo pasó en silencio. Era necesario que se supiera haber Jesús convertido el agua en vino; pero el evangelista no creyó necesario exponer lo que el esposo contestaría al maestresala. En realidad muchos milagros que al principio quedaron en la oscuridad, con el progreso del tiempo se fueron aclarando, pues los relataron quienes en un principio los presenciaron.

Cambió entonces Jesús el agua en vino, pero ni entonces ni ahora ha cesado de cambiar las voluntades débiles y sin fuerza en algo mejor. Porque hay hombres, sí, los hay tales que no difieren del agua: tan fríos son y tan muelles y que para nada muestran firmeza. Pues bien, acerquemos al Señor a semejantes hombres para que Él les mude las voluntades y les dé la fortaleza del vino, a fin de que en adelante no resbalen ni se re-blandezcan, sino que se mantengan firmes y se tornen motivo de alegría para sí mismos y para otros.

¿Quiénes son esos así fríos, sino los que se apegan a las cosas, perecederas de esta vida y no desprecian los placeres mundanos y aman el poderío y la gloria vana? Todas esas cosas son pasajeras y no tienen consistencia; y son tales que van de caída y son violentamente arrastradas. El que hoy es rico, mañana es pobre; el que hoy se exalta con su pregonero y su talabarte y su coche y sus lictores, con frecuencia al día siguiente es condenado a la cárcel y deja a otro su fausto, aun a pesar suyo. El que se entrega al placer de los alimentos delicados, una vez que con la crápula ha henchido su vientre hasta reventar, no logra permanecer en semejante abundancia ni siquiera un solo día, sino que evaporada ella, se ve obligado a amontonar otra; y en nada difiere de un torrente. Pues así como en éste, pasada una ola se echan encima las otras, así nosotros nos vemos necesitados de comida tras comida.

Tal es la naturaleza de las cosas presentes en este siglo: jamás se detienen, sino que siempre fluyen y se van. Y por lo que hace a los placeres de los alimentos, no únicamente fluyen y se van, sino que las fuerzas del cuerpo se consumen y lo mismo las del alma. No suelen desbordarse y traspasar sus riberas con tanto ímpetu los oleajes de los ríos, como el de las delicias de los alimentos, que socavan los fundamentos de la salud. Si vas a un médico y le preguntas, sabrás de su boca que de aquí brotan las causas y raíces de todas las enfermedades. La mesa sencilla y simple es madre de la salud, dicen ellos. Y así la llaman los médicos; y al no saciarse lo llaman salud. La parquedad en los alimentos equivale a la salud. Dicen que la mesa frugal es madre del bienestar corporal.

Pues si la frugalidad es madre de la salud, la saciedad claramente será madre de la enfermedad y la débil salud. Ella engendra enfermedades que no ceden al arte de la medicina: las enfermedades de los pies, la cabeza, los ojos, las manos, y los temblores de miembros y la parálisis y la ictericia y las altas y perennes fiebres y muchos otros males que no hay tiempo de enumerar, todos nacen no de la pobreza ni del moderado ali-mento, sino de la saciedad y la crápula. Y si quieres explorar las enfermedades del alma, que de aquí brotan, encontrarás que de la saciedad nacen la avaricia, la molicie, la ira, la pereza, la liviandad y el entontecimiento: todas toman de aquí su principio.

Los que se entregan a las mesas opíparas, son almas no mejores que los asnos, pues por semejantes bestias son destrozadas. No pasaré en silencio el fastidio a que están sujetos quienes a semejantes enfermedades se sujetan; aunque no podemos pasar lista de todas. Mencionaré únicamente una cosa que es principio de todo: que jamás gozan con deleite de las mesas de que venimos hablando. Porque la frugalidad, así como es madre del bienestar corporal, así lo es del deleite; mientras que la hartura, así como es madre de todas las enfermedades, es también raíz y fuente del fastidio. Donde hay saciedad ya no puede haber apetito; y en donde no hay apetito ¿cómo puede existir el deleite? Por eso vemos que los pobres son más prudentes y fuertes que los ricos y que gozan de mayor alegría.

Pensando todo esto, huyamos de la embriaguez y de los placeres; y no solamente de las delicias de la mesa, sino de todas las demás que pueden conseguirse mediante las cosas de este siglo; y en su lugar hallaremos el deleite espiritual y nos deleitaremos en el Señor, como decía el profeta: Ten tus delicias en Yahvé y te dará lo que tu corazón desea . De este modo gozaremos de los bienes presentes y también de los futuros, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. —Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (1), Homilía XXII (XXI), Tradición México 1981, p. 181-188

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P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LAS BODAS DE CANÁ

Sabemos por la revelación que Dios eligió un pueblo determi­nado para hacerlo depositario de sus promesas. Pero no fue una elección meramente intelectual. Quiso unirse a él como un esposo con su esposa. La pedagogía del amor divino se fue realizando por medio de los profetas. Ellos tenían por misión ir manifestan­do el amor fuerte, tierno y celoso de Dios. La primera lectura del profeta Isaías nos describe este amor nupcial. El Divino esposo, celoso hasta la muerte, será quien rescatará a su amada de sus amoríos falsos. Jerusalén ya no será llamada más «Abandona­da», ni dirán más a su tierra «Devastada», sino que la llamarán «el Deleite de Dios», y a su tierra «Desposada», porque el Señor puso en Israel su «complacencia». Concluye el profeta: «Como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios».

Llegada la plenitud de los tiempos, el Verbo vino en búsqueda de su amada, desposándose con ella en el seno purísimo de la Virgen. Estas bodas, las más santas que jamás se hayan oído, se realizaron en medio del silencioso Templo Virginal, en el recoleto misterio de Santa María, y entre la nube de incienso de sus ora­ciones levantadas a Dios. Pero dichas bodas, que comenzaron en el preciso momento de la Encarnación, fueron continuadas hasta la «hora» cruenta del Calvario, donde el Señor quiso sellar la Alianza con la humanidad por medio de su entrega sacrificial.

Jesús santifica las bodas

A las bodas que se celebraron en Caná fue invitada María, la Madre de Jesús. Ello hace suponer que alguna relación había entre María y los novios, relación de parentesco, o al menos de amistad. En aquel tiempo era costumbre que las fiestas de bodas se prolongaran por siete días, importando este dato por la falta de vino que se producirá luego. Jesús fue también invitado, juntamente con sus discípulos. El Señor todavía no era conocido como un gran personaje, tampoco lo era por sus milagros, ya que, precisamente en estas bodas, realizaría el primero de ellos. Pero como para Jesús nada es fortuito, sino que Él sabía muy bien lo que iba a ocurrir en Caná y lo que allí iba a hacer, sólo para los demás debió ser casual su encuentro allí, en momentos de tan apremiante necesidad para aquellos flamantes esposo. El Señor manifestaría su poder con la conversión del agua en vino, aumentando así la fe de los discípulos que hacía poco lo habían empezado a seguir.

Tampoco fue casual la presencia de María Santísima, quien acompañará al Mesías hasta el final de su vida terrena. Era conveniente, según el plan de Dios, que Ella estuviese en este primer momento de la manifestación del poder de su Hijo.

Todo ser humano, después del pecado original, ha quedado herido. La privación de la amistad de Dios por el pecado, influye decididamente en las demás relaciones humanas. Sin duda que el amor entre el hombre y la mujer, también experimenta este quebranto. No siempre es fácil desligarse completamente de las discordias, de los celos, de las infidelidades, de los conflictos, y hasta del odio y la ruptura. El corazón humano herido debe apren­der a amar, y para ello necesita la ayuda de la gracia de Dios.

En Caná, Jesucristo nos muestra cómo Él ha venido también con el propósito de restaurar el amor conyugal. Para mantener las buenas relaciones, y para sobrellevar el peso de una familia, no basta el mero amor humano. Se necesita el auxilio permanen­te de la gracia. Sólo por medio de ella, los corazones se verán privilegiados, pudiendo así los esposos amar según el ejemplo y la medida del amor de Cristo.

La experiencia casi cotidiana de la falencia de las relaciones entre la mujer y el hombre, no se debe en su origen a una falla de la naturaleza, sino que tiene su raíz en el pecado original. En su misericordia infinita, Jesús, el Salvador, viene a santificar el matrimonio. Su primer milagro lo hará para aquellos nuevos esposos, como indicando su deseo de aportar todos los auxilios necesarios a los cónyuges.

En Caná todos participan de la sana y grata alegría de la fiesta. Pero, esta fiesta es distinta a la de los casamientos comunes, ya que recibió la inmerecida dicha de contar con la presencia del Verbo Encarnado. Jesús irradia a los circunstantes una alegría que es diferente, una alegría de cielo. Quizás los allí presentes no hubieran sabido decir por qué esta boda fue distinta a las otras. Jesús estaba entre medio de ellos, repartiendo sus beneficios. Nos podemos preguntar: ¿serán menos dichosos los novios de nuestro tiempo que aquellos que se casaron en Caná? Felices fueron entonces por tenerlo a Jesús, no menos felices pueden serlo hoy, aunque no lo vean al Señor con los ojos del cuerpo. Allí estuvo presente, hoy también lo está por medio del sacra­mento. Además; ¿no dijo que cuando dos o más están reunidos en su nombre, El está en medio de ellos?

Toda la vida nuestra está marcada por el amor esponsalicio de Cristo y de la Iglesia. Ya desde el Bautismo entramos a vivir de este misterio. Aquel baño regenerador es como un «baño de bodas», puesto que por él entramos en comunión con Cristo y la Iglesia, Y ese baño nos prepara para el banquete nupcial de la Eucaristía, EL Matrimonio cristiano, a su vez, es signo eficaz que representa la dación de Cristo en favor de su Iglesia. El Señor se entregó por Ella, y al purificarla con la aspersión purificadora de su propia sangre, manifestó todo el amor que por Ella experi­mentaba. Esta entrega viene a ser como un modelo para los esposos, de cómo ellos deben entregarse por sus esposas.

La mediación de María

Nos dice el Evangelio que éste fue el primer milagro que hizo el Señor. Pero asimismo hemos de agregar que ofreció la ocasión de mostrar cuán grande es el poder que tiene la intercesión de la Virgen frente a su Hijo. Ella, preocupada como toda mujer por las cuestiones culinarias y caseras, advierte que no tienen vino, y se lo declara a Jesús. El Señor le dijo: «¿Mujer, qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Nada tiene de duro este vocativo «mujer». Los orientales suelen llamar así a las per­sonas más queridas y dignas de respeto. Equivale a llamarla «señora». Por lo demás, es la manera bíblica con la que se la designa en múltiples oportunidades, por ejemplo en el Génesis, cuando se habla de Eva, que es figura de María, y también en el Apocalipsis, si concedemos que Ella es la Mujer revestida de sol. Asimismo nos fue regalada bajo esta denominación a todos los hombres como madre universal en la persona de San Juan, cuando Cristo le dijo desde la cruz: «Mujer, he ahí a tu hijo».

Se trataba de un pedido de María: «No tienen vino». Y aunque la hora del Señor no había aún llegado, igual el Hijo asentiría a su ruego. María siempre está preocupada, atendiendo las necesidades de sus hijos, aunque ellas sean pequeñas y de índole puramente terrena; con mayor razón si se trata de anhelos sobrenaturales. No hay nada que el Hijo pueda negarle a la Madre. Ella conserva en sus manos la llave que abre el Corazón de Jesús. Por algo la Iglesia se ha complacido en llamarla Me­dianera de todas las gracias y Abogada de los pecadores. Su oficio mediador entre Jesús y los hombres, queda claramente de manifiesto en esta oportunidad.

En la vida familiar, con todo lo que ella significa, relaciones entre esposos, relaciones de paternidad y de filiación, además de todas las preocupaciones cotidianas, será inobviable la presencia de María, la Madre. Ella nunca se desentiende de las necesidades de sus hijos, y Dios se complace en que recurramos a Ella cons­tantemente. Es la Madre amantísima, proveedora de bienes so­brenaturales y defensora de la familia. Cuando los que viven bajo un mismo techo recurren a María, pueden estar seguros que están bajo su manto, pero también bajo el poder protector de Jesús.

Ella dijo a los que servían: «Haced todo lo que él os diga». Pide en esos momentos que obedezcan a su Hijo y le tengan confian­za. Lo mismo nos dice hoy con idénticas palabras. Hemos de hacer todo lo que el Señor nos diga. La recomendación de María, al inicio de la vida pública de Cristo, se podría aplicar a cada una de las enseñanzas del Maestro; será preciso que hagamos siem­pre lo que Él nos diga, si queremos cumplir realmente la voluntad de Dios. Entonces sí, por mediación de María Santísima y por la intervención del poder de Cristo, no faltará la alegría en la fiesta de bodas.

El milagro

Una vez que, por orden de Jesús, los sirvientes llenaron de agua las grandes tinajas hasta el borde, el poder divino que se escondía en la humanidad de Cristo, convirtió el agua en vino. Vino elogiado posteriormente por el maestresala como el mejor vino. Manifiéstase así la sobreabundancia en calidad y cantidad de los beneficios de Dios. Llegada la hora de su entrega al Padre, en la Última Cena, el Señor transformará no el agua en vino, sino el pan en su cuerpo y el vino en su sangre. A quien le cueste com­prender este último y más grande milagro de Jesús, que empiece por aceptar el primero. Y que le pida a la Madre, que mucho tiene que ver con ello, la gracia de entenderlo.

El milagro de Caná de Galilea provocó un doble efecto, según lo relata el evangelista: manifestó la gloria de Jesús y confirmó la fe de sus discípulos en Él. Todos los milagros del Señor deberían producir en nosotros esos mismos efectos. Se deben al poder divino, por lo que constituyen una prueba externa de la presen­cia de Dios entre los hombres. Admirándonos frente a ellos, se acrecentará nuestra fe.

Desde Caná, pasando por cada uno de los prodigios del Señor, lleguemos hasta su Milagro Eucarístico. Milagro que se sigue repitiendo en todos los altares del mundo, donde se celebra la Santa Misa. Pidámosle al Señor, por intercesión de María, que nos conceda la gracia de creer cada vez con más firmeza en su presencia real entre nosotros, y que al recibirlo en nuestra alma, se renueve nuestra unión esponsalicia con Él. Pidámosle, asimis­mo, que si encuentra durezas en nuestro corazón, las disuelva decididamente, como convirtió el agua en vino, para que con un corazón enamorado podamos vivir del «vino vivificante» de su caridad.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 68-74)

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Juan Pablo II

 

En el Evangelio de hoy leemos que el Señor Jesús fue invitado a participar en la boda que tenía lugar en Caná de Galilea. Esto sucede al comienzo mismo de la actividad magisterial, y el episodio se grabó en la memoria de los presentes, porque precisamente allí Jesús, reveló por vez primera la extraordinaria potencia que, desde entonces, debía acompañar siempre su enseñanza. Leemos: “Éste fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos” (Jn 2,11).

Aunque el acontecimiento tiene lugar al comienzo de la actividad de Jesús en Nazaret, ya están en torno a Él los discípulos (los futuros Apóstoles), al menos los que habían sido llamados primero.

Con Jesús está también en Caná de Galilea su Madre. Incluso parece que precisamente Ella había sido invitada principalmente. En efecto, leemos: “Hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús. Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda” (Jn 2,1-2). Se puede deducir, pues, que Jesús fue invitado con la Madre, y quizá en atención a Ella; en cambio los discípulos fueron invitados juntamente con Él.

Debemos concentrar nuestra atención sobre todo en esta invitación. Por vez primera Jesús es invitado entre los hombres, y acepta esta invitación, se queda con ellos, habla, participa en su alegría (las bodas son un momento gozoso), pero también en sus preocupaciones; y para remediar los inconvenientes, cuando faltó el vino para los invitados, realizó el “signo”: el primer milagro en Caná de Galilea. Muchas veces más será invitado Jesús por los hombres en el curso de su actividad magisterial, aceptará sus invitaciones, estará en relación con ellos, se sentará a la mesa, conversará.

Conviene insistir en esta línea de los acontecimientos: Jesucristo es invitado continuamente por cada uno de los hombres y por las diversas comunidades. Quizá no exista en el mundo una persona que haya tenido tantas invitaciones. Más aún, es necesario afirmar que Jesucristo acepta estas invitaciones, va con cada uno de los hombres, se queda en medio de las comunidades humanas. En el curso de su vida y de su actividad terrestre, Él debió someterse necesariamente a las condiciones de tiempo y lugar. En cambio, después de la Resurrección y de la Ascensión, y después de la institución de la Eucaristía y de la Iglesia, Jesucristo de un modo nuevo, esto es, sacramental y místico, puede ser huésped simultáneamente de todas las personas y de todas las comunidades, que lo invitan. En efecto, Él ha dicho: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14,23).

Jesús fue invitado a Caná de Galilea, para tomar parte en la boda y en la recepción nupcial. Aun cuando diversos acontecimientos están vinculados con el comienzo de la actividad pública de Jesús de Nazaret, podemos deducir justamente del texto evangélico que este episodio precisamente, de modo particular, determina el comienzo de su vida apostólica. Es importante notar que precisamente en las circunstancias de las bodas Jesús comienza su actividad. Las palabras de la primera lectura del libro del profeta Isaías comprueban esto con la particular tradición profética del Antiguo Testamento.

Pero incluso independientemente de esta tradición, el hecho mismo nos ofrece mucho para meditar. Jesucristo, al comienzo mismo de su misión mesiánica, toca, en cierto sentido, la vida humana en su punto fundamental, en el punto de partida. El matrimonio, aun cuando es tan antiguo como la humanidad, significa siempre, cada vez, un nuevo comienzo. Éste es sobre todo el comienzo de la nueva comunidad humana, de esa comunidad que se llama “familia”. La familia es la comunidad del amor y de la vida. Y por eso a ella ha confiado el creador el misterio de la vida humana. El matrimonio es el comienzo de la nueva comunidad del amor y de la vida, de la que depende el futuro del hombre sobre la tierra.

El Señor Jesús une el comienzo de su actividad a Caná de Galilea, para demostrar esta verdad. Su presencia en la recepción nupcial pone de relieve el significado fundamental del matrimonio y de la familia para la Iglesia y para la sociedad.

En Caná se reveló también María en la plena sencillez y verdad de su Maternidad. La Maternidad está siempre abierta al niño, abierta al hombre. Ella participa de sus preocupaciones aún las más ocultas. Asume estas preocupaciones y trata de ponerles remedio. Así ocurrió en la fiesta de las bodas de Caná. Cuando llegó “a faltar el vino” (Jn 2,3) el maestresala y los esposos se encontraron ciertamente en gran dificultad. Y entonces la Madre de Jesús dijo: “No tiene vino” (Jn 2,3). El desarrollo posterior del acontecimiento nos es bien conocido.

Al mismo tiempo María se revela en Caná de Galilea como Madre consciente de la misión de su Hijo, consciente de su potencia. Precisamente esta conciencia la apremia a decir a los servidores: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Y los servidores siguieron las indicaciones de la Madre de Cristo. ¿Qué cosa os puedo desear sino que escuchéis siempre estas palabras de María, Madre de Cristo: Haced lo que Él os diga?

Y que las aceptéis con el corazón, porque han sido pronunciadas por el corazón. Por el corazón de la Madre. Y que las cumpláis: “A la santificación precisamente os llamó por medio de nuestra evangelización, para que alcanzaseis la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes 2,14).

Aceptad, pues, esta llamada con toda vuestra vida. Realizad las palabras de Jesucristo.

(En la Parroquia de la Inmaculada y San Juan Berchmans, 20 de Enero de 1980)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

“NO TIENEN VINO”

Jn 2, 3

Ya en las bodas de Caná[1], por pedido de la Virgen Santa, Jesús adelantó su hora e hizo su primer milagro. A partir de entonces la Santísima Virgen sigue siempre intercediendo por nosotros ante su Hijo. Por eso los Santos Padres y los Papas la llaman “Omnipotencia Suplicante”[2] ya que es capaz de obtener de Dios todo lo que le pide en la oración. Los católicos nos dirigimos suplicantes a ella porque su oración es mejor escuchada por Jesús[3].

“No tienen vino”, palabra que María pronunció en unas bodas en Caná[4] y que motivó el comienzo de los milagros de Jesús.

            Caná es epifanía. Sigue a la epifanía de los gentiles y del bautismo de Jesús. Es epifanía del poder y de la divinidad de Jesús[5].

            Caná es símbolo. Símbolo de la gracia representada por el agua[6] y del amor representado por el vino.

            La falta de vino hizo que María por amor a los esposos pidiera el milagro y que Jesús por amor lo realizara.

            Y este vino excelente que el maestresala probó y que era mejor que el anterior[7] es el buen vino de la caridad faltante en el Antiguo Testamento[8].

            Símbolo de la Eucaristía ya que Jesús en este milagro adelanta “su hora” que es la hora de su Pascua[9] y también muestra su poder sobre los elementos de la naturaleza convirtiendo el agua en vino. La Eucaristía será el sacramento de su Pascua y será un milagro permanente donde Jesús está presente bajo las apariencias de vino.

            Símbolo de la dignidad del sacramento del matrimonio. Jesús y María santifican con su presencia aquellas bodas.

            María fue la primera en recibir la revelación de los principales misterios de nuestra fe, en Caná es la primera en conseguir y presenciar un signo de su Hijo.

            María conoce las necesidades de nuestra vida hasta las más triviales. Se dio cuenta de la necesidad de los novios y pidió el milagro.

            En unas bodas el vino ayuda a la alegría. María nos trae a Jesús y con El todo lo que necesitamos para vivir con alegría. Ella es causa de nuestra alegría. María se congratula con nuestra alegría como lo hizo con los esposos en Caná.

            Y María en este detalle de tratar de subsanar la necesidad de los esposos nos da ejemplo de caridad perfecta. Ve la necesidad sin que se la digan y es porque el que ama sale al encuentro del amado para amarlo, se adelanta… María quiere remediar nuestras necesidades, hasta las más pequeñas. María ante Jesús expresa sencillamente la necesidad para que El la remedie. Caridad eficaz que pone los medios, pide a Jesús.

            María también nos da ejemplo de modestia y discreción en el modo de proceder “no tienen vino”. El que ama presenta la necesidad para que el amado haga lo que le plazca. Y así es mejor… porque Dios sabe lo que nos conviene, se compadece del necesitado que pide humildemente.

            María no retrocede en su empeño a pesar de las palabras “aparentemente duras” de Jesús[10]. “Que tengo yo contigo”, semitismo que según el contexto parece decir que no es el momento oportuno para obrar… “Mujer” que parece áspero comparado con Madre o María. Pero según las interpretaciones esta “Mujer” se refiere al libro del Génesis[11] y significaría la maternidad espiritual de María, nueva Eva. Aquí intercediendo por las necesidades de sus hijos. Al pie de la cruz[12] dándolos a luz.

            María con confianza ilimitada dice simplemente: “haced lo que Él os diga”. María conoce el poder de su Hijo y tiene fe indudable en El, confía en su liberalidad.

            María es la mediadora excelsa entre Jesús y nosotros.

            “Haced lo que Él os diga” contiene un programa de vida para llegar a la santidad.

            María es modelo de fe para todos nosotros[13]. En Caná por su intercesión creció la fe de los discípulos[14].

_________________________________________________________
[1] Jn 2, 1‑11
[2] Cf. Alastruey, Tratado de la Virgen Santísima, BAC Madrid 1945, 771.
[3] Buela C., El Catecismo de los jóvenes…, 51-2
[4] Cf. Jn 2, 1-12
[5] Cf. v. 11
[6] Cf. Jn 19, 34
[7] Cf. v. 10
[8]  Cf. Mt 22, 37-40
[9] Cf. Jsalén. (edición 1998) a Jn 2,4.
[10] Cf. v. 4
[11] 3,15.20
[12] Cf. Jn 19, 26
[13] Cf. L.G. nº 63
[14] Cf. v. 11

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P. Jorge Loring, S.J.

Segundo Domingo del Tiempo Ordinario  –  Año C   Jn 2:1-12

1.- Caná estaba a uno hora de camino de Nazaret, de modo que es muy posible que se tratara de unos parientes a amigos muy íntimos, pues María no es una simple invitada porque se ocupa de lo que hace falta: el vino era algo esencial en una boda.

2.- No se habla de José. Es probable que ya había muerto.

3.- La llama MUJER, no la llama MADRE. La expresión MUJER se empleaba en los momentos solemnes, equivalía a SEÑORA. Se usaba antes de decir algo importante. Por eso la usó también en la cruz antes de nombrarla MADRE DE LA HUMANIDAD.

4.- La capacitad de cada tinaja sería de unos cien litros. Se usaban para almacenar agua. En total serían seiscientos litros de vino. ¡Gran abundancia! Generosidad de Dios al ayudarnos.

5.- «Todavía no ha llegado mi hora». La intercesión de María adelanta la hora de los milagros.

6.- -María no pide. Se limita a exponer la necesidad con la seguridad de ser escuchada.

7.- María es nuestra INTERCESORA, nuestra MEDIANERA. San Pablo dice que nuestro principal MEDIADOR es Jesús. María es la medianera secundaria, porque en sus brazos estamos más cerca del corazón de Dios, como un bebé en brazos de su madre.

8.- Podemos ir a Dios directamente, pero nuestras peticiones en manos de María son mejor acogidas por Dios que en nuestras manos sucias y pecadoras.

9.-Uno de los sitios en qué más se manifiesta la mediación de María es en Lourdes. La OFICINA MÉDICA confirma 3.000 curaciones que no tienen explicación natural.

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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El Bautismo del Señor (C – 2016)

10
enero

El Bautismo del Señor

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El Bautismo del Señor

(Domingo 10 de enero de 2016)

LECTURAS

Se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán

Lectura del libro de Isaías      40, 1-5. 9-11

¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios!

Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagada, que ha recibido de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados.

Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!

¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies!

Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor.

Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: « ¡Aquí está su Dios!»

Ya llega el Señor con poder y su brazo le asegura el dominio: el premio de su victoria lo acompaña y su recompensa lo precede.

Como un pastor, El apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL       103, 1b-4. 24-25. 27-30

R. ¡Bendice al Señor, alma mía!

¡Señor, Dios mío, qué grande eres!

Estás vestido de esplendor y majestad

y te envuelves con un manto de luz.

Tú extendiste el cielo como un toldo. R.

Construiste tu mansión sobre las aguas.

Las nubes te sirven de carruaje y avanzas en alas del viento.

Usas como mensajeros a los vientos,

y a los relámpagos, como ministros. R.

¡Qué variadas son tus obras, Señor!

¡Todo lo hiciste con sabiduría,

la tierra está llena de tus criaturas!

Allí está el mar, grande y dilatado,

donde se agitan, en número incontable,

animales grandes y pequeños. R.

Todos esperan de ti

que les des la comida a su tiempo:

se la das, y ellos la recogen;

abres tu mano, y quedan saciados. R.

Si escondes tu rostro, se espantan;

si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo.

Si envías tu aliento, son creados,

y renuevas la superficie de la tierra. R.

 

Él nos salvó haciéndonos renacer por el bautismo

y renovándonos por el Espíritu Santo

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a Tito 2, 11-14; 3, 4-7

Querido hijo:

La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien.

Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, Él nos salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo. Y derramó abundantemente ese Espíritu sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, a fin de que, justificados por su gracia, seamos en esperanza herederos de la Vida eterna.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Cf. Lc. 3, 16

Aleluia.

«Viene uno que es más poderoso que yo», dijo Juan Bautista;

«Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego».

Aleluia.

Jesús fue bautizado

y, mientras estaba orando, se abrió el cielo

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas       3, 15-16. 21-22

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntan si Juan Bautista no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego».

Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Fiesta del Bautismo del Señor- 10 de enero 2016- Ciclo C

Entrada:

Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor. El bautismo de Jesús es la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente, pues se deja contar entre los pecadores. En cada liturgia dominical renovamos las promesas del bautismo en la confesión del credo y Dios Padre nos infunde su Espíritu Santo.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                    Isaías 42, 1-4. 6-7

El profeta Isaías anuncia al siervo de Dios que con su mansedumbre alimenta la esperanza de los corazones de los hombres.

Salmo responsorial 28

Segunda Lectura:       Hechos de los apóstoles 10, 34-38

Dios no hace acepción de personas; Él concede su paz a todos los que tengan buena voluntad.

Evangelio:             Lucas 3, 15-16. 21-22

La predilección del Padre está puesta en su Hijo muy querido, sobre quien desciende el Espíritu en forma de paloma, figura de paz y mansedumbre.

Preces:

Presentemos las necesidades de todos los hombres a Jesús, que viene del cielo para revelarnos su gloria.

A cada intención respondemos cantando:

* Por las intenciones del Santo Padre especialmente en este año dedicado a la misericordia, para que la Iglesia se enriquezca con la santidad de sus hijos, por la conversión y reconciliación con Dios. Oremos.

* Por los sacerdotes y consagrados, para que viviendo con generosa radicalidad la fe, la esperanza y el amor recibidos en el bautismo, sean para el mundo un reflejo del amor del Padre. Oremos.

* Por aquellas personas que sienten el peso de la esclavitud del pecado y del error, para que crean en Aquel que en su bautismo ha roto toda esclavitud, y lleven una vida nueva. Oremos.

* Por todos nosotros, que en este tiempo de Navidad hemos contemplado el misterio escondido desde toda la eternidad, para que demos frutos dignos de conversión. Oremos.

Con la confianza de los hijos, te presentamos Señor estas oraciones sabiendo que no seremos defraudados. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece «escondida con Cristo en Dios».

* Ofrecemos estos alimentos para nuestro prójimo necesitado.

* Presentamos el pan y el vino y con ellos nuestra comunión con los que sufren y comparten la Pasión de Cristo.

Comunión: Alimentados en la Eucaristía con el Cuerpo de Cristo, nosotros pertenecemos ya a su Cuerpo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con él llenos de gloria».

Salida: Que la Virgen Madre de Jesús, Hijo predilecto de Dios, vele sobre todos nosotros y nos acompañe siempre, para que realicemos completamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·        Alois Stöger

Bautismo de Jesús

(Lc/03/21-22)

El bautismo de Jesús sólo se menciona de paso; se halla en segundo término. La proclamación divina que glorifica a Jesús ocupa el primer plano del relato. Dios se manifiesta después del bautismo, pero este hecho va precedido de una triple humillación. Jesús es uno del pueblo, uno de tantos que acude a bautizarse; se ha convertido en uno cualquiera. Jesús recibe el bautismo de conversión y penitencia para el perdón de los pecados como uno de tantos pecadores. Ora como oran los hombres que tienen necesidad de ayuda. El bautismo de penitencia y la plegaria preparan para la recepción del Espíritu. Pedro dice: «Convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hec_2:38). El padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan (Luc_11:13). El Espíritu Santo es enviado y opera mientras se ora.

La triple humillación va seguida de una triple exaltación. El cielo se abre sobre Jesús. Se espera que en el tiempo final se abra el cielo que hasta ahora estaba cerrado: «¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras, haciendo estremecer las montañas!» (Isa_64:1). Jesús es, el Mesías. En él viene Dios. él mismo es el lugar de la manifestación de Dios en la tierra, el Betel neotestamentario (cf. Jua_50:51), donde se abrió la puerta del cielo y Dios se hizo presente a Jacob (Gen_28:17).

El Espíritu Santo descendió sobre Jesús. Vino en forma corporal, en forma de paloma. Según Lucas, el acontecimiento del Jordán es un hecho que se puede observar. La paloma desempeña gran papel en el pensamiento religioso. El Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas cuando comenzó la obra de la creación. La imagen de esta representación la ofrecía la paloma que se posa sobre sus crías. La voz de Dios se comparaba con el arrullo de la paloma. Si se buscaba un símbolo del alma, elemento vivificante del hombre, se recurría a la imagen de la paloma, considerada también como símbolo de la sabiduría. De ahora en adelante, el Espíritu de Dios hace en Jesús la obra mesiánica, que causa nueva creación, revelación, vida y sabiduría.

Jesús, como engendrado por el Espíritu, posee el Espíritu (1,35). Lo recibirá del Padre cuando sea elevado a la diestra de Dios (Hec_2:33), y ahora lo recibe también. El Espíritu no se da a Jesús gradualmente, pero las diferentes etapas de su vida desarrollan cada vez más la posesión del Espíritu. Dios es quien determina este desarrollo.

La voz de Dios declara a Jesús, Hijo de Dios. Como es engendrado por Dios, por eso es ya su Hijo (Hec_1:32.35). Después de su resurrección se le proclama solemnemente como tal: «Dios ha resucitado a Jesús, como ya estaba escrito en el salmo segundo: Hijo mío eres tú; hoy te he engendrado» (Hec_13:33). La voz del cielo clama aplicando a Jesús este mismo salmo que canta al Mesías como rey y sacerdote. En el «hoy» de la hora de la salvación lo da Dios a la humanidad como rey y sacerdote mesiánico. A esta hora miraban los tiempos pasados, a ella volvemos nosotros los ojos.

(Stöger, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        San Juan Pablo II

Con su Bautismo, comienza la vida pública del Redentor

Queridos hermanos y hermanas:

1. La fiesta litúrgica del Bautismo de Jesús, nos recuerda el acontecimiento que inauguró la vida pública del Redentor, y comenzó así a manifestarse el misterio ante el pueblo.

El relato evangélico pone de relieve la conexión que hay, desde el comienzo, entre la predicación de Juan Bautista y la de Jesús. Al recibir aquel bautismo de penitencia, Jesús manifiesta la voluntad de establecer una continuidad entre su misión y el anuncio que el Precursor había hecho de la proximidad de la venida mesiánica. Considera a Juan Bautista como el último de la estirpe de los Profetas y «más que un profeta» (Mt 11, 9), ya que fue encargado de abrir el camino al Mesías.

En este acto del Bautismo aparece la humildad de Jesús: Él, el Hijo de Dios, aunque es consciente de que su misión transformará profundamente la historia del mundo, no comienza su ministerio con propósitos de ruptura con el pasado, sino que se sitúa en el cauce de la tradición judaica, representada por el Precursor. Esta humildad queda subrayada especialmente en el Evangelio de San Mateo, que refiere las palabras de Juan Bautista: «Soy yo quien debe ser por Tí bautizado, ¿y vienes Tú a mí?» (3, 14). Jesús responde, dejando entender que en ese gesto se refleja su misión de establecer un régimen de justicia, o sea, de santidad divina, en el mundo: «Déjame hacer ahora, pues conviene que cumplamos toda justicia» (3, 15).

2. La intención de realizar a través de su humanidad una obra de santificación, anima el gesto del bautismo y hace comprender su significado profundo. El bautismo que administraba Juan Bautista era un bautismo de penitencia con miras a la remisión de los pecados. Era conveniente para los que, reconociendo sus culpas, querían convertirse y retornar a Dios. Jesús, absolutamente santo e inocente, se halla en una situación diversa. No puede hacerse bautizar para la remisión de sus pecados. Cuando Jesús recibe un bautismo de penitencia y de conversión, es para la remisión de los pecados de la humanidad. Ya en el Bautismo comienza a realizarse todo lo que se había anunciado sobre el siervo doliente en el oráculo del libro de Isaías: allí el siervo es representado como un justo que llevaba el peso de los pecados de la humanidad y se ofrecía en sacrificio para obtener a los pecadores el perdón divino (53, 4-12).

El Bautismo de Jesús es, pues, un gesto simbólico que significa el compromiso en el sacrificio para la purificación de la humanidad.

El hecho de que en ese momento se haya abierto el Cielo, nos hace comprender que comienza a realizarse la reconciliación entre Dios y los hombres. El pecado había hecho que el Cielo se cerrase; Jesús restablece la comunicación entre el Cielo y la tierra. El Espíritu Santo desciende sobre Jesús para guiar toda su misión, que consistirá en instaurar la alianza entre Dios y los hombres.

3. Como nos relatan los Evangelios, el Bautismo pone de relieve la filiación divina de Jesús: el Padre lo proclama su Hijo predilecto, en el que se ha complacido. Es clara la invitación a creer en el misterio de la Encarnación y, sobre todo, en el misterio de la Encarnación redentora, porque está orientada hacia el sacrificio que logrará la remisión de los pecados y ofrecerá la reconciliación al mundo. Efectivamente, no podemos olvidar que Jesús presentará más tarde este sacrificio como un bautismo, cuando pregunte a dos de sus discípulos: «¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo he de ser bautizado?» (M 10, 38). Su Bautismo en el Jordán es sólo una figura; en la Cruz recibirá el Bautismo que va a purificar al mundo.

Mediante este Bautismo, que primero tuvo expresión en las aguas del Jordán y que luego fue realizado en el Calvario, el Salvador puso el fundamento del bautismo cristiano. El Bautismo que se practica en la Iglesia se deriva del sacrificio de Cristo.

Es el Sacramento con el cual, a quien se hace cristiano y entra en la Iglesia, se le aplica el fruto de este sacrificio: la comunicación de la vida divina con la liberación del estado de pecado.

El rito del Bautismo, rito de purificación con el agua, evoca en nosotros el Bautismo de Jesús en el Jordán. En cierto modo reproduce ese primer Bautismo, el del Hijo de Dios, para conferir la dignidad de la filiación divina a los nuevos bautizados. Sin embargo, no se debe olvidar que el rito bautismal produce actualmente su efecto en virtud del sacrificio ofrecido en la Cruz. A los que reciben el Bautismo se les aplica la reconciliación obtenida en el Calvario.

He aquí, pues, la gran verdad: el Bautismo, al hacernos partícipes de la Muerte y Resurrección del Salvador, nos llena de una vida nueva. En consecuencia, debemos evitar el pecado o, según la expresión del Apóstol Pablo, «estar muertos al pecado», y «vivir para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6, 11).

En toda nuestra existencia cristiana el Bautismo es fuente de una vida superior, que se otorga a los que, en calidad de hijos del Padre en Cristo, deben llevar en sí mismos la semejanza divina.

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

El Bautismo del Señor

1. Todos saben que la fiesta de hoy se llama Epifanía (manifestación); pero que es la manifestación, y si es una o son dos, esto ya no lo saben; y sería cosa muy vergonzosa y causa de mucha risa, que los que cada año celebran esta fiesta, ignoraran su fundamento. Por consiguiente, es necesario, en primer lugar, manifestaros, amadísimos oyentes, que no hay sólo una manifestación, sino dos: la primera es esta presente que hoy celebramos; la segunda es la venidera, que ha de celebrarse con mucha gloria, después de la consumación de los siglos. Y por lo que hace a cada una de ellas, oíd como hoy habla San Pablo con Tito, y le dice así (Tt 2, 11-12): Apareció la gracia de Dios, Salvador de todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanales, vivamos en el siglo presente conforme a la prudencia, justicia y piedad; y acerca de la Epifanía verdadera, dice (v. 13): Aguardando la esperada bienaventuranza, y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo; y sobre la misma dijo así el Profeta: El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes de que venga el día del Señor, el día grande y manifiesto (Jl 2, 31).

Más, ¿por qué causa se llama Epifanía, no el día en que nació, sino el día en que fue bautizado? Pues ya sabéis que el día de hoy es el de su bautismo, en que santificó la naturaleza del agua; y esta es la razón por qué todos, a media noche, sacando agua en esta fiesta, la llevan a sus casas y la guardan un año entero, en memoria de haber sido santificadas las aguas; y sucede un prodigio manifiesto; pues el agua que hoy se saca no se corrompe con la duración del tiempo, sino que permanece durante uno y hasta dos y tres años incorrupta y como reciente todavía, y puede, después de tanto tiempo, competir con la recién sacada de la fuente.

Pero, en fin: ¿por qué el día de hoy se llama Epifanía? La razón es, porque la manifestación de Jesucristo a todo el mundo no tuvo lugar cuando nació, sino cuando fue bautizado; porque hasta este día era desconocido del pueblo. Y para que te persuadas que era ignorado del pueblo y no sabían quién era, oye las palabras de San Juan Bautista (Jn 1, 26): En medio de vosotros estuvo a quien vosotros no conocisteis. Y ¿qué de admirar es que no le conocieran los demás, si hasta aquel día el mismo Bautista no supo quién era? Porque yo, dice (ibíd., 33), no le conocía, sino que quien me envió a bautizarle en agua, me dijo: sobre quien vieres descansar el Espíritu como paloma, y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo.

2. Queda, pues, probado, por lo dicho, que hay dos Epifanías; ahora es preciso añadir por qué razón va Cristo a ser bautizado, y que bautismo va a recibir, por ser punto que debéis saber no menos que el anterior; y aun conviene, amadísimos oyentes, que os instruya en él con preferencia; pues por su medio llegaréis a entender mejor el primer punto.

Tenían los judíos un bautismo que quitaba las manchas corporales, no los pecados de la conciencia. Porque a nadie que hubiera adulterado, robado, o infringido de cualquier otro modo la ley, le podía librar de culpa; en cambio, si había tocado los huesos de un cadáver, si había gustado un manjar prohibido, si había tratado con leprosos, se lavaba y hasta la tarde permanecía impuro, después quedaba ya purificado. Se Lavará su cuerpo con agua pura, dice, y será impuro hasta la tarde, y será purificado (Lv 15, 5). Porque no eran aquellas verdaderas culpas y manchas; sino que convirtiendo Dios por medio de estas cosas en muy religiosos a aquellos hombres tan imperfectos, los disponía para que fueran muy cuidadosos en la observancia de cosas mayores.

De modo que la purificación judaica no quitaba los pecados, sino tan sólo las manchas corporales. ¡Cuán distinta es la nuestra, y cuánto más estimable, y llena de mayores gracias! porque ella nos libra del pecado y purifica el alma, y concede la alegría del Espíritu Santo. El bautismo de Juan era mucho más excelso que el de los judíos, pero más bajo que el nuestro, y como un puente intermedio entre estos dos bautismos, que conducía del judaico al nuestro; porque no lo conducía a la observancia de las purificaciones corporales, sino que, separándolos de ellas, exhortaba y aconsejaba el mudarse de malos en virtuosos, y el poner la esperanza de la salvación en la rectitud de las buenas obras, y no en diversos bautismos y purificaciones con agua. Porque, ¿qué decía? Limpia tus vestiduras y lava tu cuerpo, y serás puro: sino Haced frutos dignos de penitencia (Mt 2, 8). Y por esto era superior al bautismo de los judíos, pero inferior al nuestro, porque el bautismo de Juan ni daba el Espíritu Santo ni concedía el perdón por medio de la gracia, puesto que mandaba arrepentirse, y no tenía en sí mismo la potestad de perdonar. Por lo cual decía: Yo os bautizo en agua, más él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego (Mt 3, 11). Por donde se ve que él no bautizaba en el Espíritu Santo. ¿Y qué quiere decir en que vieron sobre los Apóstoles repartidas lenguas como de fuego, y se posaron sobre cada uno de ellos? Y que el bautismo de Juan fue imperfecto, y no contenía en sí la alegría del Espíritu Santo, ni la remisión de los pecados, lo prueba este hecho: encontrándose San Pablo con algunos discípulos les dijo: ¿Recibisteis después de abrazada la fe el Espíritu Santo? Ellos le respondieron: «Ni aún siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo». Y díjoles: «¿Con qué bautismo fuisteis bautizados?» Le respondieron: «Con el bautismo de Juan”. Les dijo Pablo: «Juan bautizaba con bautismo de penitencia»; de penitencia, no de remisión: y, ¿en virtud de qué bautizaba? Diciendo al pueblo que creyesen en aquel que había de venir después de él, eso es, en el Señor Jesús. Y oído esto, fueron bautizados en el nombre de Cristo Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto sus manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo (Hch 19, 2-6)». ¿No ves cómo era imperfecto el bautismo de Juan? Porque si no hubiera sido imperfecto, no los hubiera bautizado de nuevo San Pablo, no les hubiera impuesto las manos; más en esta ocasión, al hacer ambas cosas, dio bien a entender la soberana excelencia del bautismo apostólico, y cuán inferior a él era el antiguo.

3. Con esto hemos visto ya la diferencia de los diversos bautismos. Réstanos explicar ahora por qué es Cristo bautizado y qué bautismo recibe. No fue bautizada ni con el de los judíos, que es el primero, ni con el nuestro, que es el último; puesto que no necesitaba de remisión de pecados (¿y cómo la había de necesitar quien ningún pecado tenía?) Porque pecado, dice, no lo cometió, ni se halló dolo en su boca. (1 P 2, 22). Y en otra parte: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? (Jn 8, 46); ni carecía aquella carne de la participación del Espíritu Santo; y ¿cómo había de carecer de ella la que desde el principio fue formada por el Espíritu Santo? Si, pues, su carne ni carecía de la participación del Espíritu Santo, ni estaba sujeta a la culpa, ¿por qué fue bautizado? Más antes es preciso que veamos qué bautismo recibió, y entonces recibirá mayor luz también este punto. ¿Cuál fue, pues, el bautismo que recibió? Ni el de los judíos, ni el nuestro, sino el de Juan. Y ¿por qué? Para que por la naturaleza misma del bautismo puedas conocer que no fue bautizado ni para borrar culpa alguna, ni para conseguir la participación del Espíritu Santo; pues nada de esto podía hacer aquel bautismo, según queda demostrado. Esto supuesto, consta que no fue al Jordán por alcanzar ni la remisión de los pecados ni la gracia del Espíritu Santo. Pero para que no pensara alguno de los que allí asistían que se presentaba como los demás para hacer penitencia, oye cómo también este error le previno y corrigió San Juan. Porque siendo así que a los demás decía: Haced frutos dignos de penitencia; oye lo que dice a Cristo: Con que yo tengo necesidad de ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? (Mt 3, 14) Y al decir estas palabras daba bien a entender que no se le acercó Cristo por la misma necesidad que los otros, sino que estaba tan lejos de ser bautizado por esta causa, que era mucho mayor y sin comparación más puro que el mismo Bautista.

Sí, pues, no fue bautizado ni por penitencia, ni por alcanzar remisión de pecados, ni por obtener la participación del Espíritu Santo, ¿por qué fue bautizado? Por otras dos razones: la primera, la que nos dice el discípulo; la otra, la que él mismo declaró a San Juan Bautista. ¿Y cuál dice San Juan que fue la causa de este bautismo? Para que fuera conocido del pueblo. Como también decía San Pablo que Juan bautizaba bautismo de penitencia, para que creyeran en aquel que iba a venir después de él (Hch 19, 4): a esto se encaminaba el bautismo. Porque si fuese recorriendo las casas una por una y se acercara a las puertas y llamara a ellas, y dijera, teniendo de la mano a Cristo: Este es el Hijo de Dios; sería sospechoso tal testimonio y obra de mucho trabajo; y si asimismo le hubiera de tomar de la mano y llevarle a la sinagoga y allí manifestarle, por el mero hecho sería igualmente sospechoso el testimonio; pero el que, concurriendo toda la gente de cada una de las ciudades al Jordán, y habitando en sus riberas, se llegara también Cristo a ser bautizado, y recibiera la recomendación del cielo por la voz de su Padre, y descendiera sobre él el Espíritu en figura de paloma, eximía de toda sospecha el testimonio que de él diera el Bautista. Por eso dice: Yo no le conocía (c. I, v. 31), haciendo con esto más fidedigno su testimonio. Puesto que, como eran allegados entre sí según la carne (pues, en efecto, así habló el ángel a María sobre la madre de Juan: He aquí que Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo (Lc 1, 36); y si las madres tenían parentesco, es evidente que también los hijos); pues bien, siendo como eran parientes, para que no pareciese que Juan daba testimonio de Cristo por razón de su parentesco, quiso con particular providencia el Espíritu Santo que pasara Juan en el desierto la edad primera, no fuese que se atribuyera a la amistad o a algún otro interés parecido el testimonio que daba de él, sino que le anunciara como quien lo había aprendido de Dios. Por esto dice: Y yo no le conocía. Pues ¿y de dónde lo pudiste aprender? El que me envió, dice, a bautizar con agua, me dijo: Sobre quien vieres bajar el Espíritu en forma de paloma y permanecer sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo (Jn 1, 33). ¿Ves ahora por qué bajó el Espíritu Santo, no para indicar que aquella fuese la primera vez, sino para manifestar al que era predicado por San Juan, volando sobre el en forma de paloma, y como señalándoselo con el dedo a toda la gente? Tenemos, pues, aquí una razón por la que fue a ser bautizado. La segunda, es la que él dijo: ¿y cuál es? Al decirle Juan: ¿Yo tengo necesidad de ser bautizado por ti, y tú vienes a mí?, le respondió: Déjame por ahora, porque así no es justo llenar toda justicia (Mt. 3, 14-15). ¿No ves aquí la fidelidad del siervo? ¿No ves la humildad del Señor?

4. ¿Y qué quiere decir llenar toda justicia? Justicia se llama el cumplimiento de todos los preceptos; como cuando dice: Eran ambos justos, y caminaban en los mandamientos del Señor sin queja (Lc 1, 6). Pues bien, como, por una parte, todos los hombres debían llenar esta justicia, y, por otra, no la cumplía y llenaba perfectamente ninguno, llega Jesucristo y la cumple.

¿Y qué justicia es, dirá alguno, el ser bautizado? El obedecer al profeta era justicia. Así, pues, como fue circuncidado, y ofreció sacrificio, y cumplió los sábados, y guardó las fiestas judaicas, así también añadió esto que le quedaba, que era obedecer al profeta Bautista. Porque quería Dios que entonces todos fuesen bautizados. Oye, si no, como lo testifica Juan: El que me envió a bautizaros con agua. Y en otra parte nos los afirma Cristo: Los publicanos y el pueblo entraron en los designios de Dios, bautizándose con el bautismo de Juan; más los fariseos y escribas despreciaron la voluntad de Dios, no bautizándose con este bautismo (Lc. 7, 29-30). Si, pues, el obedecer a Dios es justicia, y Dios envió a Juan para que bautizara al pueblo, además de todas las otras cosas de ley, también esta cumplió Jesucristo, Supón, pues, que son veinte denarios los mandamientos de la ley: esta deuda convenía que la pagara nuestra naturaleza; no la pagamos, nos cogió la muerte reos de estos delitos, vino Cristo, y, viéndonos cogidos, pagó la deuda, cumplió lo exigido, y libró de las garras de la muerte a los que no tenían con qué pagar. Por esto no dijo: Me es conveniente hacer esto o aquello, sino llenar toda justicia. A mí, dice, que soy Señor y tengo, me conviene pagar por los que no tienen. Fue, pues, una razón de su bautismo, el que apareciera cumpliendo toda la ley, y otra razón fue la antes expuesta.

5. Por esto también el Espíritu Santo desciende en forma de palo-ma; porque donde hay reconciliación de Dios, se representa por una paloma. Así, sobre el arca de Noé vino una paloma llevando un ramo de olivo, símbolo de la misericordia de Dios y de la transformación de la tempestad: también ahora vino el Espíritu Santo en figura, y no con cuerpo de paloma (y esto conviene que lo tengáis muy fijo) anunciando a la tierra la misericordia de Dios, y dando a entender, al mismo tiempo, que el hombre espiritual debe ser inocente, sencillo y sin pecado; como también lo dice Cristo: Si no os convertís, y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18. 3). Pues bien; aquella arca, una vez que pasó la tempestad, permaneció sobre la tierra; mas este arca, una vez que pasó la ira, fue arrebatada al cielo, y ahora, aquel cuerpo puro e incorrupto está a la diestra de su Padre.

San Juan Crisóstomo, Homilías Selectas (I), Homilía sobre el Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo, II, 1-5, Apostolado Mariano Sevilla 1991, 101-106

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL BAUTISMO: «SEPULCRO Y MADRE»

En Jesucristo culminan las instituciones y figuras del Antiguo Testamento. De manera más particular, con su Bautismo, termi­nan las muchas abluciones y purificaciones judaicas, descansan­do así los bosquejos inquietos que lo figuraban.

¿Cuáles fueron las grandes figuras del Antiguo Testamento que preludiaron el misterio del Bautismo en el Jordán? Señale­mos, entre otras, la liberación del Pueblo elegido de la tiranía del Faraón, su paso por las aguas del Mar Rojo y su peregrinar a la patria de la promesa. Asimismo el Diluvio, donde las aguas se muestran bajo una doble razón: de muerte y de salvación. En efecto, las aguas torrenciales arrasaron a la humanidad peca­dora, pero, a su vez, sirvieron de liberación para Noé y su familia, ya que prestaron sus lomos para el Arca. Símbolo de paz lo cons­tituyó, entonces, la paloma que trajo una rama de olivo en su pi­co, mencionando la terminación del caos producido por el agua.

Éstas, y otras tantas figuras del Antiguo Testamento, culmi­nan hoy en el Mesías que se sumerge en las aguas del Jordán. A esas mismas aguas accedía el pueblo, para recibir la purificación predicada por el Bautista. No se trataba de un mero lavado ex­terior del cuerpo, al modo de tantas abluciones estiladas por los judíos, sino de una purificación que invitaba al recambio de vida por medio de la penitencia. El Bautista exhortaba a convertirse del vicio a la virtud. Sin embargo, su bautismo, por noble que fuera, no producía la regeneración por medio de la gracia del Espíritu Santo.

Como lo relata el Evangelio de hoy, aconteció que también fue bautizado Jesús, internándose con su Cuerpo santísimo en las aguas del Jordán. Al contacto con esa carne bendita, las aguas resultaron purificadas. El Señor, con su poder divino, santificó las aguas, para que ellas sirviesen de ablución permanente a su descendencia. Allí, la Cabeza de la Iglesia hizo lo que convenía al Cuerpo, para que éste se incorporara realmente a Ella. El Se­ñor nos dio el ejemplo. Él no necesitaba purificarse, ni desarrai­gar vicios propios, ni corregir sendas torcidas. Si entró al agua, aparentando ser pecador, necesitado de purificación, fue para damos ejemplo.

Hemos de apreciar en este Misterio, la humildísima actitud del Salvador. Siendo Él el Santo de los Santos, que no conoció ni la sombra del pecado, se muestra acá como pecador. ¿Acaso no venía a tomar todo lo nuestro? Y lo propio de nosotros es el pecado. ¿No lo veremos más tarde en su Cruz, hecho maldición por nuestros pecados?

En su Humanidad quiso recapitular toda la larga progenie adámica, necesitada del germen de vida. Cargando sobre sí al viejo Adán, lo sumerge en el agua, sepultando allí su condición pecadora, y lo levanta victorioso. Entonces el nuevo Adán puede decir, como antaño el sirio Naamán, que ha sido rejuvenecido en los miembros de su cuerpo, por la sanación de la lepra del pecado.

Así nos regenera el Señor. Desde su escuela de humildad, solicita a todos los pecadores que se dejen bañar en las aguas del bautismo, reconociéndose raza pecadora y deudora frente a Dios.

Con su Bautismo, el Señor nos regala el Bautismo cristiano. Y desde entonces, las aguas cumplen con su doble propósito que manifestaron a lo largo de la historia de la salvación, es decir, ser sepultura y salvación. Porque en el Bautismo quedó sepultada nuestra condición pecadora, de manera similar a como Cristo reposó en el sepulcro, pero allí también encontramos la regene­ración y la victoria, a semejanza de Cristo resucitado. No en vano decía San Cirilo que las aguas bautismales son «sepulcro y madre». Sepulcro para el viejo Adán, madre para el engendrado. Y todo esto gracias al poder que Cristo otorgó al sacramento por su muerte y resurrección.

De esta manera, el Bautismo cristiano, cumpliendo con su cometido histórico, realiza lo simbolizado en las figuras. Porque también las aguas del mar Rojo fueron sepulcro para el Faraón y sus tropas, y madre libertadora para el Pueblo de Dios. También ellas fueron, en el Diluvio, entierro para los pecadores y salvación para el justo Noé y su familia.

El Bautismo, como todos los sacramentos de la Nueva Ley, recuerdan y recapitulan el pasado, realizando en el presente lo que significan, pero además son como promesas para el futuro. Si es cierto que el Bautismo resucita nuestras almas, también nos da la esperanza de que algún día nuestros propios cuerpos resucitarán del sepulcro, como el Señor lo hizo. Será entonces cuando bendeciremos eternamente las maravillas que Dios produjo por medio del agua.

El relato evangélico nos dice que el Espíritu Santo bajó sobre Jesús en forma de paloma. La presencia del Espíritu, en el mo­mento del Bautismo del Señor, nos induce a comprender que la paz ha comenzado. Algo semejante sucedió en el Diluvio, cuan­do al término del huracán y de las lluvias incesantes, expresión de la cólera de Dios, sucedió la bonanza, apareciendo una pa­loma con una ramita de olivo en su pico. El caos producido por el pecado ha terminado. Hoy comienzan «los cielos nuevos y la tierra nueva». Se inaugura la tranquilidad tan esperada por in­númeras generaciones. También el Padre quiso estar presente, haciéndose oír por medio de una voz testimoniante: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección». Desde siempre Él se ha complacido en la suma Bondad de su Hijo. Si dice ahora estas palabras es por nosotros, para que to­memos cuenta de ello. Ampliando los horizontes, podría decir que la complacencia del Padre no recae sólo en su Hijo natural, sino también en cada uno de sus hijos adoptivos, regenerados en el Bautismo. Cada uno de nosotros debe suscitar la complacen­cia del Padre, debe ser «la alegría de sus pupilas». Él nos ve en el Hijo, y nos reconoce como hijos. Él nos ama en su Hijo, y está dispuesto a concedemos lo que dio a su Hijo. Entre otras cosas, el Espíritu Santo, Don del amor, y la herencia del cielo.

Hemos de ser conscientes de lo que significa haber nueva­mente nacido. No según la carne, sino según el espíritu. Hemos sido engendrados para vivir desde la tierra una vida según el cielo. Por eso nos dice el Apóstol que desde ya somos ciudada­nos de la Jerusalén celestial.

Por la sepultura del agua hemos muerto al pecado. Debemos vivir así: como muertos. ¿En qué sentido? Muertos al pecado. Un muerto no piensa, no siente, no habla. Así el cristiano no debe pensar, ni sentir, ni hablar nada que tenga el vestigio del pecado. Será nuestra gran tarea, nunca del todo terminada, concru­cificamos con Cristo, morir cada día siempre de nuevo, como decía San Pablo.

Sin embargo, este es el aspecto negativo de nuestra justifica­ción. No sólo hemos de luchar para ir muriendo progresivamente al pecado, sino que hemos de vivir, ya desde ahora, la alegría de la libertad de los hijos de Dios. En el Paraíso terrenal, Adán y Eva eran como niños felices, que gozaban de la amistad con su Creador. Hoy esto es posible por medio de la gracia. Nuevamen­te hemos recuperado la dignidad de hijos de Dios, pertenecemos a la Familia Trinitaria. Hemos de vivir como domésticos de su Casa. Debemos mantener con Dios un trato realmente familiar. En razón del Bautismo, Dios mismo ha querido dignarse tomar nuestra pobre morada, alma y cuerpo, como su más preciado tabernáculo. Somos, pues, al decir de San Ignacio de Antioquía, theóforos, es decir «portadores de Dios», tema muy meditado en la primitiva Iglesia.

Refiriéndose a nuestra dignidad recuperada por el agua, decía San León Magno: «Sé consciente, cristiano, de tu dignidad, y puesto que participas de la naturaleza divina, no vuelvas a los errores de tu conducta pasada. Recuerda quién es tu Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Recuerda que has sido arrancado del poder de las tinieblas y transportado a la luz y al Reino de Dios. Por el sacramento del Bautismo te has hecho templo del Espíritu Santo. Procura no alejar a un huésped tan grande con tus malas acciones, cayendo así nuevamente bajo el dominio del demonio. El precio de tu salvación es la Sangre de Cristo». Sea­mos conscientes de nuestra dignidad de hijos de tal Padre, de hermanos de Jesucristo, de amigos y consortes de Dios, de Tem­plos vivos consagrados para siempre al dominio del Espíritu. Tratemos cosas de amores con Aquel que, aunque a veces parece esconderse, siempre está en nuestra alma por la gracia, más ínfimo a nosotros que nuestra propia intimidad, según expresión de San Agustín.

Si en el Bautismo del Señor se abrió el cielo y se produjo esa admirable Teofanía o manifestación de la Santísima Trinidad, ¡qué Teofanía magnífica y nunca bien comprendida en su mag­nitud es aquella que se da en el alma, cuando está en gracia de Dios! Mientras somos peregrinos, nuestra gran tarea será la de conocer por el Espíritu a Jesucristo, el Enviado del Padre. Él, a su vez, nos llevará como de la mano al conocimiento del Padre. En la última Cena el Señor le dijo a Felipe: «El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre». La gran promesa de Jesús fue hacerse camino para mostrarnos al Padre celestial. Esforcémonos, pues, por conocer cada día mejor al Padre y ser siempre hijos de su complacencia, viviendo con la dignidad que nos ha regalado por su Hijo.

El Bautismo nos capacita para ir progresando en el conoci­miento del gran Misterio Trinitario, por el cual ha comenzado nuestra peregrinación hacia la luz. Dicho Misterio se develará de manera peculiar a aquellos que se hacen como niños; ya que de ellos es el Reino de los cielos. Con todo, sólo cuando se caiga el velo que nos separa de Dios, sólo entonces lo conoceremos y amaremos de manera plena en aquella ciudadanía eternamente feliz.

Mientras tanto, no se nos concede que, asestando un solo golpe, lograremos matar definitivamente al hombre viejo. Aun­que sepultado en el agua, constantemente intenta reflotar para apoderarse una vez más de nosotros. Tengamos paciencia, si estamos trabajando, y confiemos en la acción de la gracia. Ella hará que resurja, cada vez con más fuerzas, la crisálida del hombre nuevo, hasta que un día podamos decir con el Apóstol: «Ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí».

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 62-67)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Se celebra hoy la fiesta del Bautismo del Señor, con la que concluye el tiempo de Navidad. La liturgia nos propone el relato del bautismo de Jesús en el Jordán según la redacción de san Lucas (cf. Lc 3, 15-16. 21-22). El evangelista narra que, mientras Jesús estaba en oración, después de recibir el bautismo entre las numerosas personas atraídas por la predicación del Precursor, se abrió el cielo y, en forma de paloma, bajó sobre él el Espíritu Santo. En ese momento resonó una voz de lo alto: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto» (Lc 3, 22).

Todos los evangelistas, aunque con matices diversos, recuerdan y ponen de relieve el bautismo de Jesús en el Jordán. En efecto, formaba parte de la predicación apostólica, ya que constituía el punto de partida de todo el arco de los hechos y de las palabras de que los Apóstoles debían dar testimonio (cf. Hch 1, 21-22; 10, 37-41). La comunidad apostólica lo consideraba muy importante, no sólo porque en aquella circunstancia, por primera vez en la historia, se había producido la manifestación del misterio trinitario de manera clara y completa, sino también porque desde aquel acontecimiento se había iniciado el ministerio público de Jesús por los caminos de Palestina.

El bautismo de Jesús en el Jordán es anticipación de su bautismo de sangre en la cruz, y también es símbolo de toda la actividad sacramental con la que el Redentor llevará a cabo la salvación de la humanidad. Por eso la tradición patrística se interesó mucho por esta fiesta, la más antigua después de la Pascua. «Cristo es bautizado —canta la liturgia de hoy— y el universo entero se purifica; el Señor nos obtiene el perdón de los pecados: limpiémonos todos por el agua y el Espíritu» (Antífona del Benedictus, oficio de Laudes).

Hay una íntima correlación entre el bautismo de Cristo y nuestro bautismo. En el Jordán se abrió el cielo (cf. Lc 3, 21) para indicar que el Salvador nos ha abierto el camino de la salvación, y nosotros podemos recorrerlo precisamente gracias al nuevo nacimiento «de agua y de Espíritu» (Jn 3, 5), que se realiza en el bautismo. En él somos incorporados al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, morimos y resucitamos con él, nos revestimos de él, como subraya repetidamente el apóstol san Pablo (cf. 1 Co 12, 13; Rm 6, 3-5; Ga 3, 27).

Por tanto, del bautismo brota el compromiso de «escuchar» a Jesús, es decir, de creer en él y seguirlo dócilmente, cumpliendo su voluntad. De este modo cada uno puede tender a la santidad, una meta que, como recordó el concilio Vaticano II, constituye la vocación de todos los bautizados. Que María, la Madre del Hijo predilecto de Dios, nos ayude a ser siempre fieles a nuestro bautismo.

(Fiesta del Bautismo del Señor, Domingo 7 de enero de 2007)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

EL TESTIMONIO DEL PADRE SOBRE JESÚS EN SU BAUTISMO

            Primero, pondremos los textos[1]:

“Y una voz que salía de los cielos decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3, 17)

“Y se oyó una voz que venía de los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11)

“Vino una voz del cielo: Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado” (Lc 3, 22)

En todos los pasajes es una voz que habla del Hijo. Es una voz que viene del cielo.

La voz del cielo da a entender el lugar donde reside el Padre.

En cuanto a lo que dijo la voz: en el Bautismo es igual en los tres sinópticos con la variante que en Mateo señala al Hijo con un pronombre indeterminado “Éste” dirigiéndose a los allí presentes y en Marcos y Lucas usa el pronombre personal “Tú” dirigiéndose al Hijo y así aparece en el texto griego. Sin embargo el texto de Lucas en la Biblia de Jerusalén dice: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado” y anota: Var.: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” sospechosa de armonización con Mt Mc. La literalidad probablemente original de la voz del cielo en Lucas no hace referencia a Is 42 como en Mt y Mc sino al Sal 2, 7.

El cielo

El cielo es la morada de Dios. Allí tiene su trono y allí convoca su corte, “el ejército de los cielos”, que expide y cumple sus órdenes hasta las extremidades del mundo[2]. Es en verdad el Dios del cielo[3].

La Escritura con sus fórmulas expresa verdades profundas de la realidad de nuestro mundo, de un universo sometido en su totalidad a la soberanía de Dios y penetrado por su mirada[4]. La morada celestial de Dios evoca sin duda alguna en primer lugar su trascendencia invulnerable, pero también la omnipresencia del cielo en torno al hombre, su presencia sumamente próxima. Más de un texto asocia en forma explícita esta distancia infinita y esta proximidad[5].

Puesto que el Dios de Israel es un Dios salvador y que está en su casa, está allí, por tanto, con su verdad, su gracia y su fidelidad, está allí para derramar la salud sobre la tierra. El cielo, símbolo de la presencia soberana y envolvente de Dios, es también el símbolo de la salvación preparada para la tierra. Por lo demás, del cielo descienden como bendición la lluvia fertilizante y el rocío, expresiones de la generosidad divina y de su gratuidad. Símbolos naturales y recuerdos históricos convergen para hacer de la esperanza de Israel la espera de un acontecimiento venido del cielo[6].

Ya el rapto de Henoc y el de Elías invitaban a buscar en esta dirección la familiaridad divina, a la que habían sido admitidos. A su vez los videntes de los apocalipsis, Ezequiel, Zacarías, Daniel, reciben del Dios que está en el cielo la revelación de los misterios concernientes al destino de los pueblos; la salvación de Israel se halla, por tanto, escrita en el cielo, del cual va a descender. Desde el cielo desciende Gabriel sobre Daniel[7] para prometerle el fin de la desolación[8]; sobre las nubes del cielo ha de aparecer el Hijo del hombre para que sea dado el imperio a los santos[9]. Finalmente, del cielo es enviado Gabriel a Zacarías y a María, y al cielo retornan los ángeles que se revelan a los pastores. La presencia de sus ángeles entre nosotros es el signo de que Dios ha desgarrado verdaderamente los cielos y de que es Emmanuel, Dios con nosotros.

El cielo es una palabra muy frecuente en el lenguaje de Jesús, pero no designa jamás una realidad que existe por sí misma, independientemente de Dios. Jesús habla del reino de los cielos, de la recompensa en reserva en los cielos, del tesoro que se ha de constituir en los cielos, pero es porque piensa siempre en el Padre que está en los cielos. El cielo es esa presencia paternal, invisible y atenta, que envuelve al mundo, a las aves del cielo, a los justos y a los injustos con su inagotable bondad.

Jesús ha venido y con Él el reino de los cielos. Ha venido para que el reino sea en nosotros una realidad viva y triunfante[10].

En el Bautismo de Jesús la voz del Padre baja del cielo para proclamar que Jesús es el Mesías.

Parece inspirarse en Isaías (64, 1): se localiza a Dios en el cielo y se pide que se rasguen los cielos y baje. Se añoraban los antiguos profetas, pero se esperaba una nueva intervención de Dios en la historia. Por eso, al abrirse los cielos, en el contexto penitencial del Bautista, indica que Dios baja para iniciar el tiempo salvador prometido (Cf. Hch 10, 9-11; Ap 4, l; Henoc 71, 1)[11].

El abrirse los cielos sería tal vez un resplandor repentino parecido al relámpago. Sabemos por el cuarto evangelio[12] que el Bautista atestiguó haberlo visto, y San Lucas[13] insinúa que también la multitud que allí estaba lo percibió. Parece lo más obvio, ya que aquella manifestación externa, como la voz del Padre, que en seguida se oyó, no era necesaria para Jesús, sino más bien para el pueblo, ante el cual iba a comenzar su predicación. La aparición del Espíritu de Dios en forma visible, como expresamente anota San Lucas[14], podía recordar a los judíos lo que en el Antiguo Testamento se cuenta de mu­chos de los profetas, que comenzaban su ministerio profético impulsados por el Espíritu de Yahvé. Era, por parte del Padre, una manifestación de que aquél era el profeta Mesías, tantas veces anunciado y prometido en los sagrados libros. Por lo demás, la figura de una paloma era únicamente un símbolo del Espíritu Santo, que trae al mundo la paz y la amistad con Dios. Después de la humillación de Cristo en el bautismo siguió su glorificación. Cristo se ofreció como víctima de los pecados de los hombres, y en esta manifestación del Espíritu Santo y del Padre se significó de alguna manera el fruto de su oblación. Los cielos, cerrados después del pecado de Adán, se abren, el Espíritu Santo baja a la tierra para reconciliarnos con el Padre y el mismo Padre da testimonio de que aquél es su Hijo, a quien ha enviado para redimir al mundo[15].

Podemos resaltar en el Bautismo del Señor la imagen del cielo que se abre: sobre Jesús el cielo está abierto. Su comunión con la voluntad del Padre, la “toda justicia”[16] que cumple, abre el cielo, que por su propia esencia es precisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios. A ello se añade la proclamación por parte de Dios, el Padre, de la misión de Cristo, pero que no supone un hacer, sino su ser: Él es el Hijo predilecto, sobre el cual descansa el beneplácito de Dios. Junto con el Hijo, se manifiestan, también al Padre y al Espíritu Santo: se preanuncia el misterio del Dios trino, que naturalmente sólo se puede manifestar en profundidad en el transcurso del camino completo de Jesús[17].

1.     La voz del Padre

¿A quién va dirigida la voz del Padre?

Va dirigida al pueblo (Mt) que ha bajado al Jordán para hacerse bautizar por Juan. En Marcos y Lucas se dirige a Jesús con la diferencia que en el primero la voz se oyó al salir Jesús del agua y en Lucas cuando estaba orando. En Juan[18] esta voz no aparece ni se dirige a nadie; solamente se da el descenso de la “paloma” como “contraseña” a Juan de que Cristo es el Mesías.

¿Qué dice la voz?

Dice:

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

 “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.

El Padre proclama con estas palabras la dignidad del que acaba de ser bautizado. “Mi Hijo, el Amado” añadiendo: “en él me complací”. La frase la traen los tres sinópticos. Se dice que ese Hijo es “el Amado” por excelencia. Los LXX traducen, ordinariamente, por esta expresión la forma hebrea “Yahid”, el “Único”. “El Amado” no indica que Jesús sea el primero entre los iguales, sino que indica una ternura especial; en el Antiguo Testamento no hay gran diferencia entre “amado” y “único”. Es muy probable que aquí “el Amado” pueda ser equivalente del “Único”, o mejor, del “Unigénito”, puesto que habla el Padre. En el Nuevo Testamento es término que se reserva al Mesías. En el caso presente el Padre se dirige a su Hijo divino. En una palabra, aquél es su hijo propio, na­tural, eterno, imagen perfecta suya y de su bondad[19].

“En quien me complazco” hemos traducido siguiendo a la Biblia de Jerusalén. La traducción literal sería “en quien me complací”, lo que puede ser la traducción griega o corresponder al perfecto estático semita, que puede, a su vez, corresponder al presente. De ahí el poder traducírsele por me estoy complaciendo siempre[20].

Las palabras del Padre se refieren al pasaje de Isaías:

“He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma”[21].

Respecto de Isaías podemos hablar del gozo que el Padre tiene en su Hijo encarnado, en su Mesías y en su obra. Isaías toca el tema del “Siervo de Yahvé”, y que confirma abiertamente en Mt 12, 18 aunque modificando “siervo” por “hijo”.

Cristo no va como pecador a su bautismo, sino, para cumplir “toda justicia”: el plan de Dios.

El Padre presenta a Cristo no sólo como el verdadero Hijo de Dios, por filiación divina, sino también como el auténtico Mesías, el de la espiritualidad y el dolor, y no el Mesías nacionalista y de triunfalismo político, que estaba esperado en el medio ambiente rabínico y popular. Era el Mesías anunciado por el profeta Isaías[22], como “Siervo de Yahvé”.

Cristo es presentado, no ya como el simple “Siervo” de Yahvé, ni como el “Elegido” del profeta, sino como verdadero Hijo suyo.

Toda su obra, pues, está “sostenida” y movida por Dios. Por eso ha “puesto” su Espíritu (Santo) sobre él, para que dicte la ley a las naciones. La narración evangélica evoca con esto a Isaías. La obra, pues, de aquel judío que, humildemente, se bautizaba por Juan, era el mismo Mesías-Hijo de Dios[23].

Aunque también algunos hacen derivar Hijo del Salmo 2:

“Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy”[24].

De hecho la Biblia de Jerusalén que seguimos dice: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado” (Lc). Y dice en nota: la literalidad probablemente original de la voz del cielo en Lucas no hace referencia a Isaías como en Mt y Mc sino al Sal 2; más bien que reconocer en Jesús al “Siervo” le presenta como el Rey-Mesías del Salmo, entronizado en el Bautismo para establecer el Reino de Dios en el mundo[25].

“Yo te he engendrado hoy” es una interpolación proveniente de Sal 2, 7 que no estaba en los códices más antiguos, dice San Agustín. Caso que fuera auténtica esta lectura, con ella sólo se expresaría “la filiación mesiánica” inaugurada hoy[26] que como veremos no es su comienzo sino su manifestación. Sin embargo, la proclamación de la voz del Padre, en Lc, tiene también el sentido de la filiación divina[27].

El bautismo de Cristo señala el comienzo de su vida pública. Esta escena no significa que Jesús recibiese entonces por primera vez su dignidad me­siánica, ni que éste fuera el momento en que comenzó a tener con­ciencia de ella, ni que entonces recibiese la plenitud de gracia, ni mucho menos la filiación divina. El Padre declara con sus palabras lo que Cristo es desde su concepción virginal en el vientre de la Virgen. El bautismo de Cristo es solamente el solemne comienzo de su manifestación externa ante el mundo como Mesías e Hijo natural de Dios[28].

___________________________________________________
[1] Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer Bilbao 1998.
[2] 1 R 22, 19; cf. Is 6, 1ss.8; Jb 1, 6-12
[3] Ne 1, 4; Dn 2, 37
[4] Sal 11, 4
[5] Gn 28, 12; Is 66, 1ss.; cf. 57, 15
[6] Is 64, 1
[7] 9, 21
[8] 9, 25
[9] 7, 13.27
[10] Cf. León Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder España 200219, voz: cielo.
[11] De Tuya, Biblia Comentada (Va) Evangelios, comentario a Mt  3, 17, BAC Madrid 19773, 45
[12] 1, 34
[13] 3, 21
[14] 3, 22
[15] Cf. Del Páramo,  La Sagrada Escritura, Evangelios (I), Comentario a Mt 3, 16-17, BAC Madrid 1964, 39-40
[16] Son las palabras que Jesús dice a Juan cuando este se niega a bautizarlo.
[17] Cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I), Planeta Santiago 2007, 45-6
[18] Cf. Jn 1, 31-34
[19] Cf. De Tuya, Biblia Comentada (Vb) Evangelios, comentario a Lc 3, 22
[20] Cf. De Tuya, Biblia Comentada (Va) Evangelios, comentario a Mc 1, 11…, 491
[21] Is 42, 1
[22] 42, 1- 4
[23] Cf. De Tuya, Biblia Comentada (Va) Evangelios, comentario a Mt 3, 17…, 48-9
[24] Sal 2, 7
[25] Jsalén. a Lc 3, 22
[26] Cf. Leal, La Sagrada ESCRITURA, Evangelios (I), Comentario a Lc 3, 22, , BAC Madrid 1964, 594
[27] De Tuya, Biblia Comentada (Vb) Evangelios, comentario a Lc 3, 22
[28] Cf. Del Páramo,  La Sagrada ESCRITURA, Evangelios (I), Comentario a Mt 3, 16-17, BAC Madrid 1964, 40

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Directorio Homilético

El Bautismo de Jesús

535   El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar por él. «Entonces aparece Jesús». El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es «mi Hijo amado» (Mt 3, 13-17). Es la manifestación («Epifanía») de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

536   El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se  deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22; Is 42, 1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él (Jn 1, 32-33; cf. Is 11, 2). De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

 537  Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y «vivir una vida nueva» (Rm 6, 4):

          Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40, 9).

            Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios. (S. Hilario, Mat 2).

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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