Archivos mensuales: enero 2016

Domingo IV Tiempo Ordinario (C)

31
enero

Domingo IV del Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

 

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo IV del Tiempo Ordinario

(Domingo 31 de enero de 2016)

Te constituí profeta para las naciones

Lectura del libro del profeta Jeremías

1, 4-5. 17-19

En tiempos del rey Josías,

la palabra del Señor llegó a mí en estos términos:

Antes de formarte en el vientre materno, Yo te conocía;

antes de que salieras del seno, Yo te había consagrado,

te había constituido profeta para las naciones.

En cuanto a ti, cíñete la cintura,

levántate y diles

todo lo que Yo te ordene.

No te dejes intimidar por ellos,

no sea que te intimide Yo delante de ellos.

Mira que hoy hago de ti

una plaza fuerte,

una columna de hierro,

una muralla de bronce,

frente a todo el país:

frente a los reyes de Judá y a sus jefes,

a sus sacerdotes y al pueblo del país.

Ellos combatirán contra ti,

pero no te derrotarán,

porque Yo estoy contigo para librarte.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                        70, 1-4a. 5-6ab. 15ab. 17

R.    Mi boca, Señor; anunciará tu salvación.

Yo me refugio en ti, Señor,

¡que nunca tenga que avergonzarme!

Por tu justicia, líbrame y rescátame,

inclina tu oído hacia mí, y sálvame.  R.

Sé para mí una roca protectora,

Tú que decidiste venir siempre en mi ayuda,

porque Tú eres mi Roca y mi fortaleza.

¡Líbrame, Dios mío, de las manos del impío!  R.

Porque Tú, Señor, eres mi esperanza

y mi seguridad desde mi juventud.

En ti me apoyé desde las entrañas de mi madre;

desde el vientre materno fuiste mi protector.  R.

Mi boca anunciará incesantemente

tus actos de justicia y salvación,

Dios mío, Tú me enseñaste desde mi juventud,

y hasta hoy he narrado tus maravillas.  R.

Ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor;

pero la más grande es el amor

Lectura de la primera carta del Apóstol

san Pablo a los cristianos de Corinto

12, 31-13, 13

Hermanos:

Aspiren a los dones más perfectos. Y ahora voy a mostrarles un camino más perfecto todavía.

Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo para hacer alarde, si no tengo amor, no me sirve para nada.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.

Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño.

Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara.

Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.

En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

Jesús, como Elías y Eliseo,

no es enviado solamente a los judíos

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

4, 21-30

Después que Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret, todos daban testimonio a favor de El y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: “Médico, sánate a ti mismo”. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm».

Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.

Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, el sirio».

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

IV Domingo del Tiempo Ordinario- 31 de enero 2016- Ciclo C

Entrada: Los misterios de nuestra fe serán siempre piedra de escándalo para el que no es sencillo y humilde de corazón. Pidamos en esta Santa misa que el Señor nos aumente en la fe en su divina Persona y en su Palabra.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                             Jr 1,4-5.17-19

En la vocación de Jeremías se prefigura al Mesías, profeta de las naciones.

Salmo Responsorial: 70

Segunda Lectura:              1 Co 12,31-13,13 o bien 13,4-13

La Caridad es más preciosa y codiciable que todos los carismas.

Evangelio:      Lc 4,21-30

Nuestro Señor es rechazado y repudiado por los nazarenos, que no ven en él más que al hijo del carpintero.

Preces: 4° T. O.

Elevemos nuestra oración al Padre que concede sus dones a quienes lo invocan con fe.

A cada intención respondemos cantando:

* Ilumina al Santo Padre en su ministerio pastoral en bien de las almas, y que tu gracia lo fortalezca en el desempeño de su oficio de Vicario de tu Hijo. Oremos.

* Concede a todos los pueblos que, unidos en el deseo de alcanzar el bien común, trabajen sin descanso para lograr la paz. Oremos.

* Conforta a los enfermos y a los que sufren; y que descubran y profundicen el sentido de su vida y de su sufrimiento a la luz del misterio de la Redención de Cristo. Oremos.

* Concede a los miembros de nuestra familia religiosa que el Sacramento de la Eucaristía sea signo de unidad y de fortaleza en un único y mismo espíritu. Oremos.

Padre, escucha con bondad nuestra súplica, y concédenos lo que te pedimos confiando en tu infinita misericordia. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

La fe en el Hijo de Dios encarnado nos adentra en el misterio de su supremo anonadamiento que es su sacrificio expiatorio.

Presentamos nuestros dones:

* Alimentos y nuestras obras de misericordia para con el prójimo.

* Pan y vino, y el deseo de ser auténticos discípulos de Cristo uniéndonos a Él.

Comunión: Que el recibir a Jesús en la Sagrada Comunión abundemos en frutos de caridad, procurando hacer en nuestra alma una morada cada vez más digna de tan gran huésped.

Salida: Pidamos a la Madre de Dios nos fortalezca en el testimonio que debemos dar de Cristo en el mundo contemporáneo, y difundir esta Verdad a todos los hombres.

Solemnidad de Todos los Santos- 1º de Noviembre 2015- Ciclo B
 

Entrada: La comunión con todos los santos nos une a Cristo del que mana, como de su fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

  

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger

A la lectura de la Escritura sigue la instrucción[1]. Está comprendida en una frase lapidaria de gran fuerza y énfasis. Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura. En cabeza de la frase está el «hoy»[2], al que habían mirado los profetas, en el que se cifraban los grandes anhelos: ahora está presente. Mientras pronuncia Jesús estas palabras, se inicia el suspirado año de gracia. El tiempo de salvación es proclamado y traído por Jesús. Es lo increíblemente nuevo de esta hora. Las piadosas usanzas y las palabras de la Escritura, que eran promesa tienen ahora cumplimiento.

Escuchado por vosotros. Que ha comenzado el tiempo de salvación y que ya está presente el portador de ella, es algo que sólo se puede saber mediante la audición de este mensaje; no se ve ni se experimenta. El mensaje exige la fe, la fe viene de oír, es respuesta a una interpelación.

La predicción que ahora se cumple es el programa de Jesús, que no lo ha elegido él mismo, sino que le ha sido prefijado por Dios. Él es enviado por Dios; por medio de él visita Dios mismo a los hombres. Hoy ha tenido lugar la visita salvadora, que no se debe desperdiciar.

Jesús actúa de palabra y de obra, enseñando y sanando. El tiempo de gracia ha alboreado para los pobres, los cautivos y los oprimidos. Precisamente el Jesús del Evangelio de san Lucas es el salvador de estos oprimidos. El gran presente que hace Jesús es la libertad: liberación de la ceguera del cuerpo y del espíritu, liberación de la pobreza y de la servidumbre, liberación del pecado.

En tanto mora Jesús en la tierra, dura el apacible y suspirado «año de gracia del Señor». En él tenían puestos los ojos las gentes antes de Jesús, hacia él vuelve la Iglesia los ojos. Es el centro de la historia, la más grande de las grandes gestas de Dios. En el gozo y en el esplendor de este año queda sumergido lo que Isaías había dicho también sobre este año: «Para publicar el año de perdón de Yahveh y el día de la venganza de nuestro Dios»[3]. El Mesías es ante todo y por encima de todo el que imparte la salvación, y no el juez que condena.

Jesús había crecido en gracia ante Dios y ante los hombres[4]. Ahora se hallaba en pie ante ellos el que, venido al final del tiempo de la preparación, había sido ungido con el Espíritu y había comenzado a cumplir su misión. La gracia de Dios había llegado a su plena eclosión. Todos se manifestaban en su favor, testimoniando que sus palabras expresaban la gracia de Dios y suscitaban la gracia de los hombres. «La gracia salvadora de Dios se ha manifestado a todos los hombres»[5]. «Dios estaba con él»[6]. Esta es la primera impresión y la primera vivencia de quien conoce a Jesús. Así lo experimentaron Nazaret y Galilea, como lo experimentan todavía hoy los niños, los que están exentos de prejuicios o los que ansían la salvación, cuando se acercan al Evangelio de Jesús. Sin embargo, en el momento siguiente, surge el escándalo: ¿Pero no es éste el hijo de José? Lo humano de su existencia es ocasión de escándalo, su palabra, que era estimulante se hace irritante. Se acoge con aplauso el mensaje, pero se recusa al portador de la salvación contenida en el mensaje. De lo humano, en que se revela la gracia de Dios, nace la repulsa. El hombre se exaspera porque un hombre pretende que se le escuche como a enviado de Dios.

La patria de Jesús lo recusa, porque es un compatriota y no acredita su pretensión de ser salvador enviado por Dios. Mucho más escándalo suscitará su muerte. El mismo escándalo suscitan los apóstoles, la Iglesia y quienquiera que siendo hombre proclama el mensaje de Dios.

Los nazarenos quieren una señal de que Jesús es el salvador prometido. Una vez más asoma la exigencia de signos. El hombre se sitúa ante Dios formulando exigencias: exige que Dios acredite la misión de su profeta en la forma que agrada al hombre. Ahora bien, ¿se ha de inclinar Dios ante el hombre? Dios da la salud, pero sólo al que se le inclina con obediencia de fe y aguarda en silencio. Dios exige la fe, el sí con que se reconozcan sus disposiciones. Pero los nazarenos no creían, no tenían fe[7].

Es que Jesús, según el modo de ver humano, debía acreditarse también en su patria con milagros, como los había hecho en Cafarnaúm. El médico que no puede curarse a sí mismo se juega su prestigio y destruye la confianza y la fe que se había depositado en él. ¿De qué le sirve su capacidad si ni siquiera se la sabe aplicar a sí mismo? Los nazarenos desconocen a Jesús porque juzgan con criterios puramente humanos. Jesús es profeta y obra por encargo de Dios. Su modo de obrar no está pendiente de lo que exijan los nazarenos; él no emprende lo que le aprovecha personalmente, sino únicamente lo que Dios quiere que haga.

Las sugerencias de los nazarenos eran las sugerencias del tentador. Los nazarenos desconocen a Jesús porque no reconocen su misión divina.

El profeta no obra por propia decisión, sino conforme a la disposición de Dios que lo ha enviado. Acerca de los dos profetas Elías y Eliseo dispuso que no prestaran su ayuda maravillosa a sus paisanos, sino a gentiles extranjeros. Jesús no debe llevar a cabo los hechos salvíficos en su patria, sino que debe dirigirse a país extraño. Dios conserva su libertad en la distribución de sus bienes.

Los nazarenos no tienen el menor derecho a formular exigencias de salvación por ser compatriotas del portador de la misma y por tener parentesco con él. Israel no tiene derecho a la salvación por el hecho de que el Mesías es de su raza. La soberanía de Dios, que Jesús proclama y aporta, salva a los hombres objeto de su complacencia. La salvación es gracia. Elías y Eliseo hacen en favor de extranjeros los milagros de resucitar muertos y de curar de la lepra. Jesús resucitará a un muerto en Naím[8] y librará de la lepra a un samaritano[9]. Lo que decide no son los vínculos nacionales, sino la gracia de Dios y el ansia de salvación, acompañada de fe. Jesús comienza por anunciar el mensaje de salvación a sus paisanos, pero una vez que éstos lo rechazan, se dirige a los extraños. Pablo y Bernabé dicen a los judíos: «A vosotros teníamos que dirigir primero la palabra de Dios; pero en vista de que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, nos dirigimos a los gentiles»[10].

Jesús reanuda la acción de los grandes profetas. La impresión que dejó Jesús en el pueblo se expresa así: «Fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo»[11]. Por medio de Jesús visita Dios misericordiosamente a su pueblo, como lo había hecho por medio de los profetas. Pero la suerte de los profetas es también la suerte de Jesús.

El que se presenta como profeta debe acreditarse con signos y milagros[12]. Jesús no se acredita. Por esto se creen los nazarenos obligados a condenarlo y a lapidarlo como a blasfemo. El castigo por blasfemia se iniciaba de esta manera: el culpable era empujado por la espalda desde una altura por el primer testigo. La entera asamblea se constituye aquí en juez de Jesús, lo condena y quiere ejecutar inmediatamente la sentencia. Se anuncia ya el fracaso de Jesús en su pueblo. Es expulsado de la comunidad de su pueblo, condenado como blasfemo y entregado a la muerte.

En este caso, sin embargo, Jesús escapa al furor de sus paisanos. No hace milagro alguno, pero nadie pone las manos sobre él. No ha llegado todavía la hora de su muerte. Dios es quien dispone de su vida y de su muerte. Ni siquiera la muerte de Jesús puede impedir que sea resucitado, que vaya al Padre, que viva y ejerza su acción para siempre. Jesús abandona definitivamente a Nazaret y emprende el camino hacia los extraños. No los paisanos, sino extraños serán los testigos de las grandes obras de Dios por Jesús. Dios puede sacar de las piedras del desierto hijos de Abraham.

Lo sucedido en Nazaret fue puesto por Lucas en cabeza de la actividad de Jesús. Es la obertura de la acción de Jesús. Se insinúan en ella numerosos motivos, que luego se registran y se desarrollan en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles…

Alois Stöger, El Nuevo Testamento y su Mensaje, comentario a Lc 4, 21-30 http://www.mercaba.org/FICHAS/BIBLIA/CARTEL_NT_MENSAJE.htm

[1] Hch 13, 15
[2] Cf. Lc 2, 11; 19, 5.9; 23, 43; 2 Co 3, 14
[3] Is 61, 2
[4] Is 2, 52
[5] Tt 2, 11
[6] Hch 10, 38
[7] Mc 6, 6
[8] Mc 11, 7s
[9] Mc 17, 12s
[10] Hch 13, 46s
[11] Lc 24, 19
[12] Dt 13, 2s

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Santos Padres

·        San Ambrosio

46. En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.

La envidia no se traiciona medianamente: olvidada del amor entre sus compatriotas, convierte en odios crueles las causas del amor. Al mismo tiempo, ese dardo, como estas palabras, muestra que esperas en vano el bien de la misericordia celestial si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y aparta las maravillas de su poder a los que fustigan en los otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en su carne son la expresión de su divinidad, y lo que es invisible en Él nos lo muestra por las cosas visibles (Rm 1, 20).

47. No sin motivo se disculpa el Señor de no haber hecho milagros en su patria, a fin de que nadie pensase que el amor a la patria ha de ser en nosotros poco estimado: amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a sus compatriotas; mas fueron ellos los que por su envidia renunciaron al amor de su patria. Pues el amor no es envidioso, no se infla (1 Co 13, 4). Y, sin embargo, esta patria no ha sido excluida de los beneficios divinos. ¿Qué mayor milagro que el nacimiento de Cristo en ella? Observa qué males acarrea el odio; a causa de su odio, esta patria es considerada indigna de que El, como ciudadano suyo, obrase en ella, después de haber tenido la dignidad de que el Hijo de Dios naciese en ella.

48.   En verdad os digo: muchas viudas había en Israel en los días de Elías.

No se quiere decir que estos días perteneciesen a Elías, sino que en ellos Elías realizó sus obras; o mejor, que era día para aquellos que, gracias a sus obras, veían la luz de la gracia espiritual y se convertían al Señor. Por lo cual el cielo se abría cuando ellos veían los misterios divinos y eternos; y se cerraba cuando había hambre, porque faltaba la fertilidad del conocimiento de las cosas divinas.

49. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue limpiado sino el sirio Naamán.

Está claro que estas palabras del Señor Salvador nos enseñan y nos exhortan a tener celo por el culto de Dios; que nadie es curado ni librado de la enfermedad que mancha su carne si no busca la salud con una actitud religiosa: pues los beneficios divinos no se otorgan a los soñolientos, sino a los que vigilan. Y con un ejemplo y una comparación bien elegida, la arrogancia de los compatriotas envidiosos queda confundida, y muestra que la conducta del Señor está de acuerdo con las antiguas Escrituras.

Efectivamente, leemos en los libros de los Reyes que un gentil, Naamán, ha sido, según la palabra del profeta, librado de las manchas de la lepra (2 R 5, 14); sin embargo, muchos judíos estaban corroídos por la lepra del cuerpo y del alma: pues los cuatro hombres que, acosados por el hambre, marcharon los primeros al campamento del rey de Siria, nos dice la historia que eran leprosos (2 R 7, 3ss). ¿Por qué, pues, el profeta no tuvo cuidado de sus hermanos, de sus compatriotas, ni curaba a los suyos, cuando curaba a los extranjeros, a los que no practicaban la ley ni observaban su religión? ¿No es, acaso, porque el remedio depende de la voluntad, no de la nación, y que el beneficio divino se consigue por los deseos del mismo y no por el derecho de nacimiento? Aprende a implorar lo que deseas obtener; el fruto de los beneficios divinos no sigue a las gentes indiferentes.

50. Mas, aunque esta simple exposición pueda formar disposiciones morales, sin embargo, el atractivo del misterio no está oculto. Del mismo modo que lo posterior se deriva de lo que precede, así también lo que precede está confirmado por lo que sigue. Hemos dicho en otro libro que esta viuda a la que Elías fue enviado prefiguraba la Iglesia. Conviene que el pueblo venga detrás de la Iglesia. Este pueblo congregado entre los extranjeros, este pueblo antes leproso, este pueblo manchado antes de ser bautizado en el río místico, este mismo pueblo, lavado de las manchas del cuerpo y del alma, después del sacramento del bautismo, comienza a ser no más lepra, sino virgen inmaculada y sin arruga (EF 5, 25). Con razón, pues, se describe a Naamán grande a los ojos de su señor y de aspecto admirable porque en él nos mostraba la figura de la salvación que había de venir para los gentiles. Los consejos de una santa esclava que, después de la derrota de su país, había caído en poder del enemigo, le han movido a esperar de un profeta su salud; no fue curado por la orden de un rey de la tierra, sino por una liberalidad de la misericordia de Dios.

51. ¿Por qué se le ha prescrito un número misterioso de inmersiones? ¿Por qué ha sido escogido el río Jordán? ¿Es que no son mejores que el Jordán los ríos de Damasco; el Abana y el Parpar? Herido en su amor propio prefirió esos ríos; mas reflexionando, escogió el Jordán; ignora la ira el misterio; lo conoce, sin embargo, la fe. Aprende el beneficio del bautismo salvador: el que se bañó leproso, salió fiel. Reconoce la figura de los misterios espirituales: se pide la curación del cuerpo y se obtiene la del alma. Al lavarse el cuerpo, se lava el corazón. Pues veo que la lepra del cuerpo no ha sido purificada más que la del alma, ya que después de este bautismo, purificado de la mancha de su antiguo error, se niega a ofrecer a los dioses extranjeros las víctimas que había ofrecido al Señor.

52. Aprende también las normas de la virtud correspondiente: ha mostrado su fe el que ha rehusado la recompensa. Aprende en el magisterio de las palabras y de los hechos lo que has de imitar. Tienes el precepto del Señor y el ejemplo del profeta: recibir gratuitamente, dar gratuitamente (Mt 10,8), no vender tu ministerio, sino ofrecerlo; la gracia de Dios no debe ser tasada con precio ni, en los sacramentos, ha de enriquecerse el sacerdote, sino servir.

53. Sin embargo, no basta que no busques el lucro: has de atar aun las manos de tus familiares. No sólo se pide que te conserves casto y sin tacha; pues el Apóstol no dice: “Tú sólo”, sino que tú mismo te conserves casto (1 Tim 5,22). Luego se pide que no sólo tú seas íntegro con respecto a estos tráficos, sino también toda tu casa; pues es preciso que el sacerdote sea irreprensible, que sepa gobernar bien su propia casa, que tenga los hijos en sujeción, con toda honestidad; pues quien no sabe go-bernar su casa, ¿cómo tendrá cuidado de la Iglesia? (1 Tim 3, 2.5) Instruye a tu familia, exhórtala, cuida de ella, y, si algún servidor te engaña —no excluyo que esto sea posible al hombre—y es sorprendido, despídelo a ejemplo del profeta. La lepra sigue rápidamente al salario afrentoso, y el dinero mal adquirido mancha el cuerpo y el alma: Has recibido, dice, dinero y poseerás campos, viñas, olivares y ganados; y la lepra de Naamán te afectará a ti y a tu posteridad para siempre. Ve cómo el acto del padre hace condenar en seguida a sus herederos; pues se trata de una culpa inexpiable vender los misterios, y la gracia celestial hace pasar su venganza a sus descendientes. De este modo los mohabitas y demás no entrarán hasta la tercera y cuarta generación (Dt 23, 3), es decir, por limitarme a una simple interpretación, hasta que la falta de los antepasados no sea expiada por sucesivas generaciones.

54. Más los que han pecado para con Dios con el error de la idolatría son castigados, como lo vemos, hasta la cuarta generación; bien dura parece seguramente la sentencia que la autoridad del profeta ha fulminado para siempre contra la posteridad de Giezi a causa de su codicia, sobre todo cuando nuestro Señor Jesucristo ha otorgado a todos, por la regeneración bautismal, el perdón de los pecados; a no ser que se piense, más que en la descendencia de la raza, en la de los vicios: del mismo modo que los que son hijos de la promesa son contados como de buena raza, así también habría de considerarse de mala raza los que son hijos del error. Pues los judíos tienen por padre al diablo (Jn 8,44), del cual son ellos descendientes, no por la carne, sino por sus pecados. Luego todos los codiciosos, todos los avaros, poseen la lepra de Giezi con sus riquezas y, por el bien mal adquirido, han acumulado menos un patrimonio de riquezas que un tesoro de pecados para un suplicio eterno y un corto bien-estar. Pues, mientras las riquezas son perecederas, el castigo es sin fin, ya que ni los avaros, ni los borrachos, ni los idólatras poseerán el reino de Dios (1 Co 6, 9-10).

        55. Al oír esto se llenaron de cólera cuantos estaban en la sinagoga, y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad.

Los sacrilegios de los judíos, que mucho antes había predicho el Señor por los profetas —y lo que en un verso del salmo indica que había de sufrir cuando estuviese en su cuerpo, al decir: Me devolvían mal por el bien (Sal 34, 12) —, en el Evangelio nos muestra su cumplimiento. Efectivamente, cuando distribuía sus beneficios entre los pueblos, ellos lo llenaban de injurias. No es sorprendente que, habiendo perdido ellos la salvación, quisieran desterrar de su territorio al Salvador. El Señor se modera sobre su conducta: Él ha enseñado con su ejemplo a los apóstoles cómo hacerse todo a todos: no desecha a los de buena voluntad ni coacciona a los recalcitrantes; no resiste cuando se le expulsa ni está ausente de quien le invoca. Así en otro lugar, a los gerasenos, no pudiendo soportar sus milagros, los deja como enfermos e ingratos.

56. Entiende al mismo tiempo que su pasión en su cuerpo no ha sido obligada, sino voluntaria; no ha sido apresado por los judíos, sino que Él se ha ofrecido. Cuando quiere, es arrestado; cuando quiere, cae; cuando quiere, es crucificado; cuando quiere, nadie le retiene. En esta ocasión subió a la cima de la montaña para ser precipitado; pero descendió en medio de ellos, cambiando repentinamente y quedando estupefactos aquellos espíritus furiosos, pues no había llegado aún la hora de su pasión. Él quería mejor salvar a los judíos que perderlos, a fin de que el resultado ineficaz de su furor los hiciese renunciar a querer lo que no podían realizar. Observa, pues, que aquí obra por su divinidad y allí se entrega voluntariamente; ¿cómo, en efecto, pudo ser arrestado por un puñado de hombres si antes no pudo hacerlo una multitud? Pero no quiso que el sacrilegio fuese obra de muchos, para que el odio de la cruz recayese sobre algunos: fue crucificado por unos cuantos, pero murió por todo el mundo.

San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nº 46-56, BAC Madrid 1966, 212-18

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL RECHAZO A LA GRACIA

En la primera lectura, Jeremías señala el origen divino de su vocación profética. En efecto, el Señor le había dicho: “Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones”. El llamado es de Dios, nadie puede atribuír­selo así mismo. Jeremías, que era sólo un muchacho cuando fue llamado, no se consideró digno; pero el Señor lo animó dicién­dole que estaría siempre con él. Le pediría que se levantase, se ciñese la cintura, y fuese a predicar lo que El le ordenara. No le sería fácil, por cierto, la tarea, ya que tendría que enfrentarse a sacerdotes, reyes y príncipes, pero el Señor lo haría “una plaza fuerte, una columna de hierro, una muralla de bronce, frente a todo el país”. Tendría, eso sí, que poner toda su confianza en Dios: “Combatirán contra ti, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte”.

Este profeta fue de alma muy tierna, y le tocó sufrir la de­portación del pueblo judío que el rey Nabucodonosor decretó luego de invadir Jerusalén. De por sí, su corazón se inclinaba ins­tintivamente hacia la paz, pero siempre tuvo que estar en pie de batalla contra reyes incapaces, falsos profetas, y sacerdotes sin celo. La experiencia del fracaso exterior lo condujo, siempre bajo la guía de Dios, a insistir en la necesidad de la religión interior que más allá de todas las reglamentaciones, debe brotar desde adentro. Por eso, aunque fracasó en vida suya, dejó sin embargo un gran legado, la doctrina de la Alianza nueva, fundada en la religión del corazón.

Signo de contradicción

Lo que le sucedió a Jeremías no carece de relación con lo que le acontecería a Cristo. El domingo pasado vimos cómo el Señor hizo suyo aquel pasaje de Isaías referido al Mesías. El evangelio de hoy continúa aquel texto, relatando lo que luego acaeció.

Ya el anciano Simeón le había profetizado a sus padres que sería signo de contradicción. Pues bien, llegó el momento de las primeras confrontaciones. Y, paradojalmente, tuvieron lugar en el propio ámbito donde había vivido tantos años, en Nazaret. No faltaron los beneficios de Dios para este pueblo. Sujeto como estaba a sus padres, sus conciudadanos lo habían visto frecuen­temente por las calles, conociéndolo como el hijo de José, el carpintero.

Todo ello implica una cierta predilección en favor de Nazaret por parte de Dios. Allí, entre ellos, estuvo el Dueño del cielo y de la tierra. Allí, entre ellos, el mismo Dios se paseaba, hablaba y trabajaba…; y ahora, en un gesto de caridad para con sus compatriotas, se determina a anunciarles el advenimiento del Reino. Sabía el Señor que encontraría resistencia, como lo manifestó al decirles: “Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra”. El hecho es que entre los presentes en la Sinagoga se levantó un murmullo de desaprobación. El Mesías esperado debía ser poderoso, quizás un gran Rey, según los prejuicios de ellos. Pero resulta que el que se arroga ese título no es sino “el hijo de José”. Probablemente las inteligencias de los que escuchaban predicar al Señor en el templo, por un momento se llenaron de luz, ya que se trataba de un lenguaje nunca oído, además de que todo lo que decía era perfectamente coherente. Pero esa luz que pugnaba por penetrar en los corazones, se encontró con las manos libres que cerraban puertas y ventanas para permanecer en la oscuridad. Y no sólo sus inteligencias habrán experimentado el fulgor pasajero de aquella luz, sino también sus voluntades habrán sentido el ardor de la verdad. Cuando Jesús habla, todos los corazones tienden a expandirse, a dilatarse, rompiendo así los muros de las durezas que los encajonan. Pero también esto fue extinguido por aquellos des­graciados circunstantes. No querían un corazón de carne. Prefe­rían su viejo corazón de piedra.

Puja la luz por iluminar. Se niegan las tinieblas a recibirla. ¿Habrían aceptado, por acaso, que era el Mesías, si hubiese hecho un milagro? Pero el Señor no lo realizaría, porque no encontró corazones dispuestos y deseosos de conocer la verdad. ¿Quién era la Verdad, sino Él? Rechazarán, pues, a Cristo como el Mesías verdadero. Sólo lo considerarán hijo de un carpintero. Lo que en definitiva rechazaron fue su divinidad, haciendo de Jesús un hombre más de su pueblo. Si no era Dios, era mero hombre, y si era nada más que un hombre, su opinión resultaba una opinión más entre tantas otras. Y si era una opinión más ¿por qué insistía en su mesianismo? Después lo acusarían precisa­mente de soberbio, para que fuese entregado al suplicio de la muerte, todo porque pretendía ser y declararse Dios.

No por ello Jesús cambia de actitud, antes para demostrarles a quienes estaban en aquella sinagoga que el hombre no puede dictar leyes a Dios y que Dios es libre de distribuir sus dones a quien quiere y como quiere, les puso dos ejemplos bíblicos: el de la viuda de Sarepta, y el del leproso Naamán, curado por Eliseo, ambos extranjeros. Jesús deseaba hacerles comprender que vino a traer la salvación no a una ciudad o a un solo pueblo sino a todos los hombres. Su misericordia no estaba ligada a un pueblo, a una raza o a méritos personales, sino que Él la ejercitaba como quería. Pero cerradas las ventanas a la luz, ofuscados en sus razonamientos, “se enfurecieron y, levantándose, lo em­pujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba una ciudad, con intención de despeñarlo”.

Repudio a la gracia

Dios quiere que todos los hombres se salven, Así lo ha dicho su propio Hijo, y lo ha probado al estirar sus brazos en la Cruz en un gesto simbólico, como queriendo abrazar todo lo creado. Dios concede las gracias suficientes a todos los hombres para que se salven, pero con frecuencia el corazón se obstina, negándose a recibir la luz salvadora. Desgraciadamente, hoy como ayer, se desprecian los dones salvadores de Dios. ¿Cuántos son los que valoran como corresponde la importancia de la gracia santificante?¡Cuánta indiferencia respecto de Jesucristo, de su verdad, cuánto odio a sus leyes!

Pueden haber distintos motivos por los cuales se rechaza la gracia de Dios. En primer lugar, la ignorancia. Muchos no conocen todavía los beneficios de la redención. Se oponen a la gracia no en cuanto tal, porque ni siquiera saben que existe. Habrá que predicarles. Otros, que sí saben de su existencia, la rechazan por fragilidad. No ignoran su importancia, pero anega­dos en las cosas temporales, dejan que las espinas sofoquen la planta de la fe. Son aquellos que, conscientes de lo que hacen, prefieren las frivolidades de este mundo, ofendiendo a Dios; con frecuencia tratan de excusarse, generando un clima de incons­ciencia sobre lo terrible del pecado. Otros, y ésta es la peor actitud, rechazan la gracia por rebeldía, en franca oposición a Dios. Son los que llegan a odiar la verdad, los que, por envidia, trabajan para entregar al justo y también la justicia.

En definitiva, todos los que no aceptan la verdad de Jesucristo y proyectan fundar la ciudad inmanente, son los que en línea directa descienden de aquellos contemporáneos del Señor, que pretendieron desbarrancar a Cristo, y con Él, a la verdad. Hoy también se quiere deportar la verdad del ámbito temporal. Deportarla del Estado, de las leyes, de las Universidades y Colegios, de las instituciones civiles, deportarla del arte, de la ciencia, y hasta de los individuos y familias. La ciudad que se construye de esta manera es la “Babilonia pagana”. A Jeremías le tocó antaño padecer con su pueblo la deportación a Babilonia. Hoy el hombre quiere estar en Babilonia, permanecer en ella, deportando y desbarrancando a Cristo. Hoy anhela construir esta ciudad terrena, inmanente, renunciando a la “Piedra”, la única piedra fundacional de toda sociedad bien constituida.

Por eso, como Jeremías, y como Cristo, hemos de contribuir a la obra redentora, anunciando la Buena Nueva a los individuos y a las sociedades. Sabemos que esto nos puede costar la incomprensión, la persecución y hasta la muerte. El Señor nos dice, como le dijo a Jeremías: “No te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte”.

Si la apostasía gana el sitial del mundo, de las ciudades y de los individuos, en la medida en que conquista terreno, en esa misma medida crece la posibilidad de la persecución. Cuando un cristiano vive en gracia, amando la verdad de Jesucristo, no es un mal síntoma que sea rechazado en su medio. El auténtico cristiano podrá ser incomprendido en su familia, para quienes será signo de contradicción; podrá ser incomprendido en el trabajo, donde cada vez se hace más arduo dar testimonio; podrá ser incomprendido hasta en la misma Iglesia, no por ella misma, sino porque hasta en su campo puede esconderse la cizaña. En definitiva, si el Señor fue signo de contradicción, y padeció persecución, no menos le espera a aquellos que quieren serle realmente fieles.

Pidámosle a María Santísima, a Ella que como nadie conoció la saña del enemigo luciferino contra el Señor, el Cordero Inocente, que nos mueva a aceptar la luz de la gracia; que ate nuestra libertad, si algún día se opone a esa luz, aferrándose a las tinieblas. Pidámosle, por sobre todas las cosas, que nos alcance de su Hijo la gracia inmensa de la perseverancia hasta el último día, aunque tengamos que sufrir por su causa, apoyados en sus palabras de aliento: “Bienaventurados seréis cuando os inju­rien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra re­compensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”.

 (SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 81-86)

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Juan Pablo II

 

Ciertamente el mensaje de Jesús está destinado a “plantear problema” en la vida de cada uno de los seres humanos. Nos lo recuerdan también las lecturas de la liturgia de hoy, y sobre todo el texto del Evangelio de Lucas, que acabamos de oír. El nos induce a volver una vez más con el pensamiento (…) al momento de la Presentación de Jesús en el templo, que tuvo lugar a los 40 días de su nacimiento, el anciano Simeón pronunció sobre el Niño las siguientes palabras: “Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción” (Lc 2:34).

Hoy somos testigos de la contradicción que Cristo encontró al comienzo mismo de su misión -en su Nazaret-. Efectivamente: cuando, basándose en las palabras del profeta Isaías, leídas en la sinagoga de Nazaret, Jesús hace entender a sus paisanos que la predicción se refería precisamente a Él, esto es, que Él era el anunciado Mesías de Dios (el Ungido en la potencia del Espíritu Santo), surgió primero el estupor, luego la incredulidad y finalmente los oyentes “se llenaron de cólera” (Lc 4,28), y se pusieron de acuerdo en la decisión de tirarlo desde el monte sobre el que estaba construida la ciudad de Nazaret… “Pero Él, atravesando por medio de ellos, se fue” (Lc 4,30).

Y he aquí que la liturgia de hoy -sobre el fondo de este acontecimiento- nos hace oír en la primera lectura la voz lejana del profeta Jeremías: “Ellos te combatirán, pero no te podrán, porque yo estaré contigo para protegerte” (Jer 1,19).

Jesús es el profeta del amor, de ese amor que San Pablo confiesa y anuncia en palabras tan sencillas y a la vez tan profundas del pasaje tomado de la Carta a los Corintios. Para conocer qué es el amor verdadero, cuáles son sus características y cualidades, es necesario mirar a Jesús, a su vida y a su conducta. Jamás las palabras dirán tan bien la realidad del amor como lo hace su modelo vivo. Incluso palabras, tan perfectas en su sencillez, como la primera Carta a los Corintios, son sólo la imagen de esta realidad: esto es, de esa realidad cuyo modelo más completo encontramos en la vida y en el comportamiento de Jesucristo.

No han faltado ni faltan, en la sucesión de las generaciones, hombres y mujeres que han imitado eficazmente este modelo perfectísimo. Todos estamos llamados a hacer lo mismo. Jesús ha venido sobre todo para enseñarnos el amor. El amor constituye el contenido del mandamiento mejor que nos ha dejado. Si aprendemos a cumplirlo, obtendremos nuestra finalidad: la vida eterna. Efectivamente, el amor, como enseña el Apóstol “no pasa jamás” (1 Cor 13,8). Mientras otros carismas e incluso las virtudes esenciales en la vida del cristiano acaban junto con la vida terrena y pasan de este modo, el amor no pasa, no tiene nunca fin. Constituye precisamente el fundamento esencial y el contenido de la vida eterna. Y por esto lo más grande “es la caridad” (1 Cor 13,13).

Esta gran verdad sobre el amor, mediante la cual llevamos en nosotros la verdadera levadura de la vida eterna en la unión con Dios, debemos asociarla profundamente a la segunda verdad de la liturgia de hoy: el amor se adquiere en la fatiga espiritual. El amor crece en nosotros y se desarrolla también entre las contradicciones, entre las resistencias que se le oponen desde el interior de cada uno de nosotros, y a la vez “desde fuera”, esto es, entre las múltiples fuerzas que le son extrañas e incluso hostiles.

Por esto San Pablo escribe que “la caridad es paciente”. ¿Acaso no encuentra en nosotros muy frecuentemente la resistencia de nuestra impaciencia, e incluso simplemente de la inadvertencia? Para amar es necesario saber “ver” al “otro”, es necesario saber “tenerle en cuenta”. A veces es necesario “soportarlo”. Si sólo nos vemos a nosotros mismos, y el “otro” “no existe” para nosotros, estamos lejos de la lección del amor que Cristo nos ha dado.

“La caridad es benigna”, leemos a continuación: no sólo sabe “ver” al “otro”, sino que se abre a él, lo busca, va a su encuentro. El amor da con generosidad y precisamente esto quiere decir: “es benigno” (a ejemplo del amor de Dios mismo, que se expresa en la gracia). Y cuán frecuentemente, sin embargo, nos cerramos en el caparazón de nuestro “yo”, no sabemos, no queremos, no tratamos de abrirnos al “otro”, de darle algo de nuestro propio “yo”, sobrepasando los límites de nuestro egocentrismo o quizá del egoísmo, y esforzándonos para convertirnos en hombre, mujer, “para los demás”, a ejemplo de Cristo.

Y así también, después, volviendo a leer la lección de San Pablo sobre el amor y meditando el significado de cada una de las palabras de las que se ha servido el Apóstol para describir las características de este amor, tocamos los puntos más importantes de nuestra vida y de nuestra convivencia con los otros. Tocamos no sólo los problemas familiares o personales, es decir, los que tienen importancia en nuestro pequeño círculo de relaciones interpersonales, sino que tocamos también los problemas sociales de actualidad primaria.

¿Acaso no constituyen ya los tiempos en que vivimos una lección peligrosa de lo que puede llegar a ser la sociedad y la humanidad, cuando la verdad evangélica sobre el amor se la considera superada?, ¿cuando se la margina del modo de ver el mundo y la vida, de la ideología?, ¿cuando se la excluye de la educación, de los medios de comunicación social, de la cultura, de la política?

Los tiempos en que vivimos, ¿no se han convertido ya en una lección suficientemente amenazadora de lo que prepara ese programa social?

Y esta lección, ¿no podrá resultar más amenazadora todavía con el pasar el tiempo?

A este propósito, ¿no son ya bastante elocuentes los actos de terrorismo que se repiten continuamente, y la creciente tensión bélica del mundo? Cada uno de los hombres -y toda la humanidad- vive “entre” el amor y el odio. Si no acepta el amor, el odio encontrará fácilmente acceso a su corazón y comenzará a invadirlo cada vez más, trayendo frutos siempre más venenosos.

De la lección paulina que acabamos de escuchar es necesario deducir lógicamente que el amor es exigente. Exige de nosotros el esfuerzo, exige un programa de trabajo sobre nosotros mismos, así como, en la dimensión social, exige una educación adecuada, y programas aptos de vida cívica e internacional.

El amor es exigente. Es difícil. Es atrayente, ciertamente, pero también es difícil. Y por eso encuentra resistencia en el hombre. Y esta resistencia aumenta cuando desde fuera actúan también programas en los que está presente el principio del odio y de la violencia destructora. Cristo, cuya misión mesiánica, encuentra desde el primer momento la contradicción de los propios paisanos en Nazaret, vuelve a afirmar la veracidad de las palabras que pronunció sobre Él el anciano Simeón el día de la Presentación en el templo: “Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para signo de contradicción” (Lc. 2,34).

Estas palabras acompañan a Cristo por todos los caminos de su experiencia humana, hasta la cruz.

Esta verdad sobre Cristo es también la verdad sobre el amor. También el amor encuentra la resistencia, la contradicción. En nosotros, y fuera de nosotros. Pero esto no debe desalentarnos. El verdadero amor -como enseña San Pablo- todo lo “excusa” y “todo lo tolera” (1 Cor 13,7).

 (Homilía en la Parroquia de la Ascensión, 3 de febrero de1980)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de este domingo se lee una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: el llamado “himno a la caridad” del apóstol san Pablo (1 Co 12, 31-13, 13). En su primera carta a los Corintios, después de explicar con la imagen del cuerpo, que los diferentes dones del Espíritu Santo contribuyen al bien de la única Iglesia, san Pablo muestra el “camino” de la perfección. Este camino —dice— no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar lenguas nuevas, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Consiste, por el contrario, en la caridad (agape), es decir, en el amor

auténtico, el que Dios nos reveló en Jesucristo. La caridad es el don “mayor”, que da valor a todos los demás, y sin embargo “no es jactanciosa, no se engríe”; más aún, “se alegra con la verdad” y con el bien ajeno. Quien ama verdaderamente “no busca su propio interés”, “no toma en cuenta el mal recibido”, “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (cf. 1 Co 13, 4-7). Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, porque Dios es amor y nosotros seremos semejantes a él, en comunión perfecta con él.

Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. Por eso, al inicio de mi pontificado, quise dedicar mi primera encíclica precisamente al tema del amor: Deus caritas est. Como recordaréis, esta encíclica tiene dos partes, que corresponden a los dos aspectos de la caridad: su significado, y luego su aplicación práctica. El amor es la esencia de Dios mismo, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por decir así, el “estilo” de Dios y del creyente; es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo. En Jesucristo estos dos aspectos forman una unidad perfecta: él es el Amor encarnado. Este Amor se nos reveló plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarlo, podemos confesar con el apóstol san Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él” (cf. 1 Jn 4, 16; Deus caritas est, 1).

Queridos amigos, si pensamos en los santos, reconocemos la variedad de sus dones espirituales y también de sus caracteres humanos. Pero la vida de cada uno de ellos es un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. Hoy, 31 de enero, recordamos en particular a san Juan Bosco, fundador de la familia salesiana y patrono de los jóvenes. En este Año sacerdotal, quiero invocar su intercesión para que los sacerdotes sean siempre educadores y padres de los jóvenes; y para que, experimentando esta caridad pastoral, muchos jóvenes acojan la llamada a dar su vida por Cristo y por el Evangelio. Que María Auxiliadora, modelo de caridad, nos obtenga estas gracias.

(Ángelus Plaza de San Pedro, Domingo 31 de enero de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Este suceso ocurre en la sinagoga de Nazaret. Jesús fue según su costumbre el día sábado. Leyó un pasaje del profeta Isaías y se lo aplicó a sí mismo.

            Les dijo: seguro me diréis el proverbio “médico cúrate a ti mismo”…los milagros que has hecho en Cafarnaúm hazlos también aquí en tu pueblo…para que creamos en Ti.

            Cristo podría haberles dicho: crean en Mí para que pueda hacer milagros porque “ningún profeta es bien recibido en su patria”.

            Es un anticipo de lo que luego iba a ocurrir en la cruz: a otros ha curado, que se cure a sí mismo… Cristo baja de la cruz y creeremos en Ti y Cristo les hubiera respondido: crean en Mí y bajaré de la cruz. Cristo no se curó a sí mismo en la cruz siguiendo el parecer humano que le proponían los judíos sino que según el querer divino Cristo se curó a sí mismo en la resurrección.

            Para aprovecharse de los milagros de un hombre de Dios, primero hay que creer en él.

            Mateo y Marcos ponen la razón última por la que Cristo no hizo allí muchos milagros: “la incredulidad”, es decir, la falta de fe.

            De ella surge la expresión de Jesús “ningún profeta es bien recibido en su patria” que parece ser la razón paradójica que les da Jesús a los nazarenos según Lucas.

            La incredulidad lleva necesariamente a una visión humana de las cosas (visión mundana, podríamos decir) que es una de las modalidades del “fermento farisaico”.

            También aquí aparecen otras “modalidades” del fermento farisaico: el nacionalismo excluyente. Los judíos se creían salvados por ser judíos y Cristo les da dos ejemplos de predilección de Dios por los gentiles: la viuda de Sarepta y Naamán el Sirio… ¡Cómo les dolió! En el pasaje incluso aparece una apropiación del Mesías regionalista: si eres de aquí (de Nazaret) has milagros aquí y Cristo les responde: no hago milagros porque soy de aquí.

            Otras de las modalidades del fariseísmo es una concepción cabalística del Mesías. Un Mesías espectacular, teatrero, fantástico, milagrero, actor de cine, ganador, canchero y para nutrir esa concepción le piden que haga milagros…como en Cafarnaúm. Es una de las tentaciones que le había puesto el diablo en el desierto: tírate del pináculo del templo y vuela para que todos te aplaudan y se te sometan y Cristo con la escritura había rechazado la tentación del diablo argumentando que Él venía a hacer la voluntad de Dios en cuanto al fin y los medios propuestos por su Padre “no tentarás al Señor tu Dios” (Lc 4,12).

            Cristo respeta los fines. ¿Para qué son los signos? Para que crean en el Mesías. Cristo no buscaba como fin su fama sino el bien de los hombres. Si hacía milagros (para aquellos hombres) alimentaba una concepción errada del Mesías y su fe disminuía en vez de acrecentarse. Por lo tanto no hizo, por el bien de sus paisanos, ningún milagro.

            Además Cristo quería ser Médico de las almas y ellos querían milagros materiales, por eso igual que cuando lo quisieron proclamar rey Cristo se va.

            Y finalmente, otra modalidad del fariseísmo (que tiene múltiples facetas) es la envidia. Reconocen la excelsitud de su doctrina y se admiran (v. 22). Y ante la admiración en vez de reaccionar bien: respondiendo con el acto de fe “creo que eres el Mesías” reaccionan mal, se escandalizan: no es este nuestro vecino. Está loco (meschúgge) y nos ha despreciado, se le subieron los humos a la cabeza… hay que lincharlo… hay que eliminarlo. Esto que acontecía en germen en este primer atentado terminaría con su muerte en el Calvario.

            Cuentan los que han ido a Jerusalén que en Nazaret se levanta una capilla en honor de la “Virgen del espanto” porque cuenta la tradición que desde allí la Virgen presencio como querían desbarrancar a su Hijo y se llenó de miedo. Se abrió una gran roca que la ocultó de la masa embravecida que volvía del barranco[1].

*          *          *

Nos molesta que nos digan la verdad.

            Nos enojamos, muchas veces, cuando nos dicen una verdad sobre nuestros defectos.

            Jesús les dice la verdad: recurre primero a un refrán popular, sacado de casos veraces, “ningún profeta es bien recibido en su patria” y lo dice enfatizando la verdad del refrán “en verdad os digo…”

            Y luego da dos ejemplos de la verdad que ha dicho y la trasmite en forma de sentencia “ningún profeta…”

            Los dos ejemplos también los enfatiza “os digo de verdad…” y pone el milagro y la ayuda que hizo Elías a una viuda extranjera de Sarepta y el milagro de Eliseo al sirio Naamán. No ayudó Elías a ninguna viuda israelita ni limpió Eliseo a ningún leproso de Israel.

            En Cafarnaúm tampoco podía hacer milagros por su incredulidad y esa era la verdad. Mateo va a decir “no hizo allí milagros, a causa de su falta de fe”[2].

            Jesús les estaba diciendo claramente que no tenían fe en Él y por eso no iba a hacer milagros.

            Y cuando nos dicen una verdad nos duele y ¡vaya si nos duele! Porque todos nos creemos muy buenitos y muy perfectos. Me refiero a las verdades de nuestros defectos…

            Pero podemos reaccionar mal como reaccionaron los nazarenos y el grado de reacción, creo yo, está de acuerdo al amor propio. Ellos quisieron matarlo. ¡Cuánto les dolió la verdad de que eran unos incrédulos! Ellos se creían muy religiosos.

            Pero también podemos reaccionar bien y cambiar de actitud. Al menos, pedir la gracia de cambiar, como en el caso de los nazarenos, porque la fe es un don y no se alcanza tan fácil como otras virtudes.

            Lo importante es ver la mano de Dios en esas correcciones, en esas verdades que nos dicen de nuestros defectos y bendecir a quien nos las dice, en definitiva, siempre es Dios el que nos corrige y lo hace para nuestro bien. ¡Qué mano bondadosa también la de Dios que a veces nos abofetea haciéndonos ver nuestra miseria!

            Jesús los corrige indirectamente. No les dice las cosas directamente. No les dice “son unos incrédulos” sino que los corrige a través de un lenguaje indirecto, lo que no quiere decir, oscuro, pues ellos lo entendieron perfectamente.

            Conocer nuestros defectos es una gracia. Sea los conozcamos directa o indirectamente. A veces, Dios se vale de permisiones en nuestra vida: pecados, errores, equivocaciones, inspiraciones; otras se vale de nuestro prójimo que nos hace ver nuestros defectos… pero siempre es una gracia conocer lo malo en nosotros, lo que tenemos que cambiar para agradar a Dios y alcanzar su gracia.

            Sólo el alma que vive abandonada en Dios puede reaccionar bien, serenamente, ante una corrección. No siempre reaccionamos mal, con enojos… pero si con excusas o críticas al que nos corrige, tratando de ocultar o justificar nuestras faltas.

            Tenemos que tener un alma tan dócil que sea fácil de corregir. Que cualquiera, especialmente, los superiores, puedan corregirnos y decirnos las verdades sobre nuestros defectos.

            Por otra parte, teniendo en cuenta las debidas condiciones, hay que advertir las faltas de los demás, como lo hizo Jesús, en especial si nos corresponde por nuestro cargo.

[1] Castellani, Las Parábolas de Cristo, Jauja Mendoza 1994, 32s; Castellani, Cristo y los fariseos, Jauja Mendoza 1999, 35s; San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo (II), BAC Madrid 1956, 30s.
[2] Mt 13, 58

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P. Jorge Loring, S.J.

Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario –  Año C   Lc 4:21-30 

1.- Para esta homilía me voy a centrar en la Epístola. Es muy interesante el HIMNO DEL AMOR que hace San Pablo en el capítulo 13 de su Primera Carta a los Corintios.

2.- Hoy hay muchos matrimonios que fallan porque desconocen lo que es el auténtico amor.

3.- Muchos van al matrimonio pensando en su propia felicidad. Les interesa el matrimonio por lo que ellos van a disfrutar. Les mueve sólo el egoísmo.

4.- Y el amor es todo lo contrario al egoísmo. Aristóteles definió el amor como la felicidad de buscar el bien de la persona amada.

5.- Pero eso de «estaré contigo mientras me vaya bien» es puro egoísmo, no tiene nada de amor. Va al fracaso seguro.

6.- El verdadero amor disfruta sacrificándose en bien de la persona amada. Dijo Cristo: «amaos como yo os amé». Y Él dio la vida para nuestro bien.

7.- Dice San Pablo que el amor es:

a) Paciente: la convivencia humana requiere mucho aguante.

b) Benigno: hace el bien sin esperar recompensa.

c) Todo lo perdona: hay que saber perdonar los roces inevitables de la vida.

En la vida nos damos pisotones. A veces sin querer, pero otras con mala idea. Hay que perdonar, aunque el pisotón nos duela. Pero esto no excluye exigir la reparación del daño recibido. Que se haga justicia. Pero sin deseo de venganza.

8.- La familia donde reina el amor verdadero, es un pedazo de cielo

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo III Tiempo Ordinario

24
enero
 

Domingo III Tiempo Ordinario

 (Ciclo C) – 2016

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Santos Padres

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·         Lecturas de la Santa Misa

Domingo III Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 24de enero de 2016)

LECTURAS

PRIMERA LECTURA

Leían el libro de la Ley, interpretando el sentido

Lectura del libro de Nehemías

8, 2-4a. 5-6. 8-10

El sacerdote Esdras trajo la Ley ante la Asamblea, compuesta por los hombres, las mujeres y por todos los que podían entender lo que se leía. Era el primer día del séptimo mes.

Luego, desde el alba hasta promediar el día, leyó el libro en la plaza que está ante la puerta del Agua, en presencia de los hombres, de las mujeres y de todos los que podían entender. Y todo el pueblo seguía con atención la lectura del libro de la Ley.

Esdras, el escriba, estaba de pie sobre una tarima de madera, que habían hecho para esa ocasión. Abrió el libro a la vista de todo el pueblo -porque estaba más alto que todos- y cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie.

Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: «¡Amén! ¡Amén!» Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra.

Los levitas leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura.

Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote escriba, y los levitas que instruían al pueblo, dijeron a todo el pueblo: «Este es un día consagrado al Señor, su Dios: no estén tristes ni lloren». Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley.

Después añadió: «Ya pueden retirarse; coman bien, beban un buen vino y manden una porción al que no tiene nada preparado, porque éste es un día consagrado a nuestro Señor. No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                        18, 8-10. 15

R.   Tus palabras, Señor; son Espíritu y Vida.

La ley del Señor es perfecta,

reconforta el alma;

el testimonio del Señor es verdadero,

da sabiduría al simple. R.

Los preceptos del Señor son rectos,

alegran el corazón;

los mandamientos del Señor son claros,

iluminan los ojos. R.

La palabra del Señor es pura,

permanece para siempre;

los juicios del Señor son la verdad,

enteramente justos. R.

¡Ojalá sean de tu agrado

las palabras de mi boca,

y lleguen hasta ti mis pensamientos,

Señor, mi Roca y mi redentor! R.

SEGUNDA LECTURA

Ustedes son el Cuerpo de Cristo,

 y cada uno es miembro de ese Cuerpo

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto

12, 12-30

Hermanos:

Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.

El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos. Si el pie dijera: «Como no soy mano, no formo parte del cuerpo», ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él? y si el oído dijera: «Ya que no soy ojo, no formo parte del cuerpo», ¿acaso dejaría de ser parte de él? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato?

Pero Dios ha dispuesto a cada uno de los miembros en el cuerpo, según un plan establecido. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

De hecho, hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito», ni la cabeza, a los pies: «No tengo necesidad de ustedes». Más aún, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles también son necesarios, y los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto, ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera.

Pero Dios dispuso el cuerpo, dando mayor honor a los miembros que más lo necesitan, a fin de que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros sean mutuamente solidarios. ¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría.

Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo.

En la Iglesia, hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores. Después vienen los que han recibido el don de hacer milagros, el don de sanar, el don de socorrer a los necesitados, el don de gobernar y el don de lenguas. ¿Acaso todos son apóstoles? ¿Todos profetas? ¿Todos doctores? ¿Todos hacen milagros? ¿Todos tienen el don de sanar? ¿Todos tienen el don de lenguas o el don de interpretarlas?

 Palabra de Dios.

EVANGELIO

 Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

1, 1-4; 4, 14-21

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquéllos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas de ellos y todos lo alababan.

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

«El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha consagrado por la unción.

Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,

a anunciar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,

a dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor».

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

Palabra del Señor.

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

En el Jordán es Jesús «ungido con Espíritu Santo y con poder»; por la fuerza de este Espíritu comienza su acción, como había comenzado su vida por la virtud del Espíritu. El Espíritu lo dirige a Galilea; allí había comenzado su vida. El ángel había sido enviado por Dios a una ciudad de Galilea (1,26). En Galilea comienza también su acción. En la despreciada «Galilea de los gentiles» brota la salvación por la virtud del Espíritu. La acción en virtud del Espíritu causa admiración y fama, que se extiende por toda la región circundante. El Espíritu extiende ampliamente su acción; su virtud quiere transformar el mundo, santificarlo, ponerlo bajo la soberanía de Dios. La acción que comienza en Galilea se extenderá hasta los confines de la tierra. Cuando Jesús haya alcanzado en Jerusalén la meta de su actividad que comienza en Galilea, partirán los discípulos en la virtud del Espíritu, y la noticia de Jesús llenará el mundo entero.

La primera actividad de Jesús consiste según Lucas en enseñar, según Marcos en proclamar al modo de un pregonero: «Se ha cumplido el tiempo; el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la buena nueva»[1]. Lucas piensa: con la venida de Jesús está ya presente el tiempo de la salvación: Jesús no lo proclama como pregonero, sino que enseña lo que es y lo que aporta este tiempo de salvación.

Las sinagogas con su liturgia semanal de la palabra y de oración son el sitio indicado para la actividad docente de Jesús. Su doctrina es también exposición de la Escritura; ahora se cumplen las predicciones y promesas proféticas. Los apóstoles procederán como Jesús cuando lleven al mundo la palabra de Dios, comenzando por las sinagogas proclamarán el cumplimiento de las promesas[2].

En todas partes adonde llega la fama de Jesús, comienza su glorificación; su fama tiene por eco sus alabanzas. El espacio adonde se extenderá su fama será el mundo entero; todos, todos literalmente, le glorificarán. El Espíritu de Dios no descansa hasta que «toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre»[3]. La palabra de Dios se lanza a la carrera para la glorificación de Dios.

En Nazaret

En una ciudad de Galilea llamada Nazaret fue concebido Jesús, fue criado, llegó a ser hombre y hubo de comenzar su obra según la voluntad del Espíritu. Sus comienzos recibieron la impronta de esta ciudad, que carecía de importancia y era incrédula, que se escandalizó de su mensaje y trató de quitarle la vida. Sus comienzos son comienzos de la nada, de la incredulidad, del pecado, de la repulsa… Y sin embargo comenzó.

Jesús comenzó por lo que era usanza consagrada en la liturgia de la sinagoga, el sábado, en el orden del rito observado en el culto. «Nació bajo la ley»[4], como lo ha mostrado el relato de la infancia. Su tiempo es tiempo del cumplimiento de todas las predicciones y promesas. La historia de la salvación no destruye lo comenzado, sino que lo lleva a su perfección última.

En la liturgia del sábado se recitaban oraciones y se leía la Sagrada Escritura. Los libros de la ley (los cinco libros de Moisés) se leían en forma continuada, los libros proféticos estaban dejados a la libre elección. Todo israelita varón tenía el derecho de ejecutar esta lectura y de añadirle una exposición, unas palabras de exhortación. Como señal de que quería hacer uso de tal derecho se levantaba de su asiento. Jesús se puso en pie. Con esto comienza el ritual de la lectura de la Escritura, que la rodea como un marco, como el engaste rodea a la piedra preciosa. Lucas describe hasta los últimos detalles del ceremonial: le fue entregado el libro del profeta Isaías; él lo abrió. Acaba la lectura, enrolló el libro, lo entregó al ayudante y se sentó. Jesús se amolda al ritual. La Escritura contiene la palabra de Dios; por eso merece respeto y se debe tratar santamente.

El pasaje que leyó estaba tomado del libro del profeta Isaías. Jesús lo halló, no casualmente, sino bajo la guía del Espíritu Santo, con el que estaba ungido y en cuya virtud obraba. Isaías era el profeta de los que aguardaban en tiempos de Jesús. María lo oyó en la anunciación, Simeón se inspiró en él, el Bautista reconoce por él su misión, con él reanimaban las gentes de Qumrán. También Jesús expresa su misión por medio de él.

Las palabras son de Isaías 61,1s. Sólo se ha cambiado una línea. «A poner en libertad a los oprimidos»[5] está en lugar de «para sanar a los de corazón quebrantado». Con esta modificación queda muy bien articulado todo el pasaje. La primera y la segunda línea hablan de dotación con el Espíritu y de encargo recibido de Dios; las otras cuatro líneas hablan de la obra del portador de la salvación. La primera y la última línea y las dos del medio se corresponden; la primera y la última hablan del anuncio y del mensaje, las del medio, de la actividad salvífica del Señor. El portador de salvación actúa de palabra y de obra, es salvador y mensajero de victoria.

La salvación se dirige a los pobres. El tiempo de salvación que anuncia el profeta es un año de gracia, como el año del jubileo, del que se dice: «Santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis la libertad por toda la tierra para todos los habitantes de ella. Será para vosotros jubileo, y cada uno de vosotros recobrará su propiedad, que volverá a su familia»[6]

A la lectura de la Escritura sigue la instrucción. Está comprendida en una frase lapidaria de gran fuerza y énfasis. Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura. En cabeza de la frase está el «hoy», al que habían mirado los profetas, en el que se cifraban los grandes anhelos: ahora está presente. Mientras pronuncia Jesús estas palabras, se inicia el suspirado año de gracia. El tiempo de salvación es proclamado y traído por Jesús. Es lo increíblemente nuevo de esta hora. Las piadosas usanzas y las palabras de la Escritura, que eran promesa tienen ahora cumplimiento.

Escuchado por vosotros. Que ha comenzado el tiempo de salvación y que ya está presente el portador de ella, es algo que sólo se puede saber mediante la audición de este mensaje; no se ve ni se experimenta. El mensaje exige la fe, la fe viene de oír, es respuesta a una interpelación.

La predicción que ahora se cumple es el programa de Jesús, que no lo ha elegido él mismo, sino que le ha sido prefijado por Dios. Él es enviado por Dios; por medio de él visita Dios mismo a los hombres. Hoy ha tenido lugar la visita salvadora, que no se debe desperdiciar.

Jesús actúa de palabra y de obra, enseñando y sanando. El tiempo de gracia ha alboreado para los pobres, los cautivos y los oprimidos. Precisamente el Jesús del Evangelio de san Lucas es el salvador de estos oprimidos. El gran presente que hace Jesús es la libertad: liberación de la ceguera del cuerpo y del espíritu, liberación de la pobreza y de la servidumbre, liberación del pecado.

En tanto mora Jesús en la tierra, dura el apacible y suspirado «año de gracia del Señor». En él tenían puestos los ojos las gentes antes de Jesús, hacia él vuelve la Iglesia los ojos. Es el centro de la historia, la más grande de las grandes gestas de Dios. En el gozo y en el esplendor de este año queda sumergido lo que Isaías había dicho también sobre este año: «Para publicar el año de perdón de Yahveh y el día de la venganza de nuestro Dios»[7]. El Mesías es ante todo y por encima de todo el que imparte la salvación, y no el juez que condena.

Alois Stöger, El Nuevo Testamento y su Mensaje,http://www.mercaba.org/FICHAS/BIBLIA/CARTEL_NT_MENSAJE.htm

[1] Mc 1, 14ss
[2] Cf. Hch 13, 16-41
[3] Flp 2, 11
[4] Ga 4, 4
[5] Is 58, 6
[6] Lv 25, 10
[7] Is 61, 2

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Comentario Teológico

·        San Juan Pablo II

Todo el rico contenido de las lecturas bíblicas de la liturgia de este domingo se podría encerrar en dos expresiones: “cuerpo” y “palabra”.

Debemos a San Pablo la elocuente comparación, según la cual, la Iglesia se define como “Cuerpo de Cristo”. Efectivamente, el Apóstol hace una larga digresión sobre el tema del cuerpo humano, para afirmar después que, así como muchos miembros se unen entre sí en la unidad del cuerpo, de la misma manera todos nosotros nos unimos en Cristo mismo porque “hemos sido bautizados en un solo Espíritu” (1 Cor 12,13) y “hemos bebido del mismo Espíritu” (Ib.). Así pues, por obra del Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesucristo, constituimos con Cristo y en Cristo una unión semejante a la de los miembros en el cuerpo humano. El Apóstol habla de miembros, pero se podría pensar y hablar también de los “órganos” del cuerpo e incluso de las “células” del organismo. Es sabido que el cuerpo humano tiene no sólo una estructura externa, en la que se distinguen sus miembros, sino también una estructura interna en cuanto organismo. Su constitución es enormemente rica y preciosa. Precisamente esta constitución interna, más aún que su estructura externa, da testimonio de la recíproca dependencia del sistema físico del hombre.

Y baste esto sobre el tema “cuerpo”.

El segundo concepto central de la liturgia de hoy es la “palabra”. El Evangelista Lucas recuerda este aspecto particular al comienzo de la actividad pública de Cristo, cuando Él fue a la sinagoga de Nazaret, su ciudad. Allí, el sábado, leyó ante sus paisanos reunidos algunas palabras del libro del profeta Isaías, que se referían al futuro Mesías, y enrollando el volumen dijo a los presentes: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21).

De este modo comenzó en Nazaret su enseñanza, esto es, el anuncio de la Palabra, afirmando que era el Mesías anunciado en el libro profético.

El Cuerpo de Cristo, esto es la Iglesia, se construye, desde el comienzo, basándose en su Palabra. La palabra es la expresión del pensamiento, es decir, el instrumento del Espíritu (y ante todo del espíritu humano) para estrechar los contactos entre los hombres, para entenderse, para unirse en la construcción de una comunión espiritual.

La palabra de la predicación de Cristo -y luego la palabra de la predicación de los Apóstoles y de la Iglesia- es la expresión y el instrumento con el que el Espíritu Santo habla al espíritu humano, para unirse con los hombres y para que los hombres se unan a Cristo. El Espíritu de Cristo une a los miembros, a los órganos, a las células, y construye así la unidad del cuerpo fundándose en la palabra de Cristo mismo, anunciada en la Iglesia y por la Iglesia.

(Homilía en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe y San Felipe Mártir,

27 de enero de 1980)

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Santos Padres

·        San Ambrosio

Puesto que muchos han emprendido el trabajo de coordinar la narración de las cosas verificadas entre nosotros.

1. Muchas cosas entre nosotros tienen los mismos orígenes y las mismas causas que entre los antiguos judíos: episodios semejantes se desarrollan con el mismo ritmo, con el mismo éxito; los acontecimientos se corresponden desde el comienzo hasta el fin. Pues, así como muchos, animados del Espíritu divino, profetizaron en aquel pueblo; otros, por el contrario, pretendían profetizar y traicionaban su profesión con sus mentiras, pues eran falsos profetas y no profetas, como Ananías, hijo de Azot[1]. Ese pueblo tenía el don del discernimiento de espíritus para conocer a los que debía contar entre el número de los profetas y a los que, como un cajero experto, debía rechazarlos como fabricados de materia corrompida, desprovista del brillo y resplandor de la verdad. Del mismo modo, ahora, en la Nueva Alianza, han intentado escribir evangelios que los cajeros experimentados no han aprobado: uno tan solo, escrito en cuatro libros, les ha parecido digno de ser retenido.

2. Se cita otro evangelio que se dice escrito por los Doce. Basílides no ha temido escribir uno que se llama evangelio según Basílides. Se habla también de otro intitulado evangelio según Tomás. Yo he conocido otro atribuido a Matías. Hemos leído algunos, para que no se lean; los hemos leído para no ignorarlos; los hemos leído, no para retenerlos, sino para rechazarlos y para saber de qué se exalta el corazón de estos infatuados. Sin embargo, la Iglesia, con los cuatro libros del Evangelio que ella posee, llena el universo con sus evangelistas; con todos sus libros, los herejes no tienen ni siquiera uno. “Muchos”, en efecto, “han intentado”, pero les ha faltado la gracia de Dios. Muchos han recogido en una síntesis lo que en los cuatro evangelios les ha parecido más conforme con sus doctrinas envenenadas. De este modo, la Iglesia, que sólo tiene un evangelio, no enseña más que un solo Dios; mientras que ellos, con la distinción del Dios del Antiguo Testamento del Dios del Nuevo Testamento, han establecido, con la ayuda de muchos evangelios, no un solo Dios, sino muchos.

3. Como muchos, dice, han intentado. Han intentado, evidentemente, los que no pudieron acabar. Muchos, pues, han comenzado, pero no han acabado. Nos rubrica esto San Juan, con un testimonio explícito, cuando nos dice que muchos han comenzado. El que ha intentado lo ha hecho con un esfuerzo personal, y no ha terminado. No existe esfuerzo en los dones y en la gracia de Dios, que, cuando se difunde en un lugar, lo fertiliza tanto que la esterilidad cede su lugar a la abundancia. Ningún esfuerzo en Mateo, ningún esfuerzo en Marcos, ningún esfuerzo en Juan, ningún esfuerzo en Lucas, sino que ilustrados por el Espíritu Santo de todo: palabras y hechos, ellos han concluido su obra sin ningún esfuerzo. Tiene, pues, razón en decir: Puesto que muchos han emprendido el trabajo de coordinar la narración de las cosas verificadas entre nosotros o que abundan en nosotros.

4. La abundancia no deja lugar a desear; y en cuanto al feliz término, nadie lo duda, pues el resultado da fe de ello y el éxito testimonio. Así el Evangelio ha sido terminado y se extiende sobre todos los fieles del mundo entero, fertilizando todas las inteligencias y robusteciendo todos los corazones. Luego aquel que, fundado sobre la piedra, ha recibido con la plenitud de la fe una constancia inquebrantable, dice rectamente que se han cumplido entre nosotros; pues no son los milagros ni los prodigios, sino la inteligencia, la que hace discernir lo verdadero de lo falso a los que describen lo que el Señor ha hecho por nuestra salvación o que aplican su corazón a sus maravillas. ¿Qué hay tan razonable, cuando lees que aquellas cosas que han sido hechas superiores al hombre se han de atribuir a una naturaleza superior, y cuando se encuentran signos de mortalidad, hay que ver las afecciones del cuerpo que ha sido revestido? De esta forma, la inteligencia y la razón, no los milagros, son los que sirven de base a nuestra fe.

5. Como nos las trasmitieron los que desde el principio fueron testigos oculares y después ministros de la palabra. Esta frase no debe hacernos creer más en el misterio de la palabra que en escucharla. No se trata de una palabra articulada, sino de este verbo sustancial que se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros[2]. Comprendámoslo bien, los apóstoles no han sido ministros de una palabra cualquiera, sino de este Verbo divino. Sin embargo, se lee en el Éxodo que “el pueblo veía la voz del Señor”[3], es claro que la voz no se ve, sino que se oye; ¿qué es, pues, la voz, sino un sonido que no se ve con los ojos, sino que se percibe con los oídos? Por lo tanto, un pensamiento profundo es el que ha determinado a Moisés a afirmar que se ve la voz de Dios; se ve en la contemplación de la mente. Más en el Evangelio no es la voz lo que se ve, sino el Verbo, que es superior a la voz. Por eso dice el evangelista San Juan: Lo que era desde el principio; lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y nuestras manos tocaron acerca del Verbo de la Vida; y la vida se manifestó, y la hemos visto, y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna, la vida que estaba cabe Dios, y se manifestó a nosotros[4].

Has visto que el Verbo de Dios ha sido visto y también oído por los apóstoles. Han visto al Señor no sólo en su cuerpo, sino también en cuanto es Verbo; han visto al Verbo aquellos que con Moisés y Elías han visto la gloria del Verbo[5]. Han visto a Jesús los que lo han visto en su gloria, no los otros que no han podido ver más que su cuerpo; pues no se ve a Jesús con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma.

6. Más aún, los judíos, viéndole, no le han visto. Abrahán lo vio, porque está escrito: Abrahán ha visto mi día y se ha regocijado[6]. Luego Abrahán lo ha visto, y es cierto que no ha visto al Señor en su cuerpo. Mas verlo en espíritu es verlo corporalmente; por el contrario, verlo corporalmente sin verlo en espíritu, equivale a no ver corporalmente al que veían. Isaías lo ha visto y, como él lo veía en espíritu, lo ha visto igualmente en su cuerpo. ¿No ha dicho él: No había en El ni apariencia ni hermosura?[7] Los judíos no lo han visto: Se entenebreció su insensato corazón[8]. El mismo nos atestigua en otro lugar que no podía ser visto por los judíos: ¡Guías de ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello![9] No lo vio Pilatos, ni lo vieron los que gritaban: Crucifícale, crucifícale; si le hubiesen conocido, jamás hubiesen crucificado al Señor de la gloria[10] Ver a Dios es, pues, ver al Emmanuel, es decir, a Dios con nosotros. El que no ha visto a Dios con nosotros no ha podido ver a Aquel que una Virgen ha dado a luz. Los que no creyeron en el Hijo de Dios, tampoco han creído en el Hijo de la Virgen.

7. ¿Qué es, pues, ver a Dios? No me lo preguntéis a mí; preguntadlo al Evangelio, preguntadlo al mismo Señor; o mejor, escuchadle: Felipe, quien me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy con el Padre, y el Padre está en mí?[11] No se ve el cuerpo en el cuerpo, ni el espíritu en el espíritu, sino que sólo el Padre se ve en el Hijo, como este Hijo en su Padre. No se ve al uno en el otro, en efecto, como personajes desemejantes; sino que desde el momento que existe una unidad de operación y de actividad, se ve al Hijo en el Padre y al Padre en el Hijo. Las obras que yo realizo, dice, también Él las realiza[12] Se ve a Jesús en sus obras, y en las obras del Hijo se ve también al Padre. Se ve a Jesús viendo el misterio que Él realiza en Galilea[13]; pues nadie sino el Señor del mundo puede transformar los elementos. Veo a Jesús cuando leo que ungió con lodo los ojos del ciego y le devolvió la vista[14], pues reconozco en El al que ha formado al hombre del barro y le infundió el espíritu de vida y la luz para ver. Veo a Jesús cuando El perdona los pecados, pues nadie puede perdonar los pecados sino sólo Dios[15] Veo a Jesús cuando resucita a Lázaro, y los testigos oculares no lo vieron. Veo a Jesús, veo también al Padre, cuando elevo los ojos al cielo, cuando los dirijo hacia el mar o los vuelvo sobre la tierra, pues los atributos invisibles de Dios resultan visibles por la creación del mundo[16].

8. Como nos las trasmitieron los que desde el principio fueron testigos oculares y después ministros de la palabra. El hombre perfecto posee una doble facultad: la intención y la ejecución. El santo evangelista ve estas dos facultades en los apóstoles: no sólo, dice, han visto la Palabra, sino también que le han servido. La intención se relaciona con la visión, y la ejecución con el servicio; más el término de la intención es la ejecución, y el principio de la ejecución es la intención. Usando un ejemplo de los propios apóstoles, intención es cuando Pedro y Andrés, al oír la voz del Señor que decía: Yo os haré pescadores de hombres[17], sin demora alguna dejaron la barca y siguieron al Verbo. Pero la ejecución no es simultánea a la intención. Del mismo modo, no hay todavía ejecución, sino intención, cuando Pedro dice: Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Mi vida daré por ti[18] Había intención del martirio, pero no su realización; aunque ésta ya se encuentra en los ayunos, en las vigilias, en el desprecio de los placeres corporales; pues ésa es la acción del cristiano.

No es necesario que en todas las cosas la intención y la ejecución sean simultáneas, sino que lo que es la ejecución de una cosa, no es todavía más que la intención con relación a otra. Esto mismo había asentado ya Pedro con energía y constancia apostólica; por eso, cuando el Señor le dijo más tarde: Tú, sígueme[19], él tomó su cruz, siguió al Verbo y conoció la realidad del martirio.

9. Pero supongamos que en Pedro, Andrés, Juan y en los demás apóstoles, la ejecución ha sido a la medida de la intención. No es menos verdadero que a veces la intención sobrepasa la ejecución, o la ejecución a la intención. Esta es la diferencia que el Evangelio nos muestra entre Santa María y Santa Marta: pues la una escuchaba la palabra y la otra se preocupaba del servicio: Y presentándose, dijo: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me haya dejado sola con todo el servicio? Dile, pues, que venga a ayudarme. Y respondiendo le dijo el Señor: Marta, Marta, María ha escogido la mejor parte, que no le será quitada[20] Luego, predomina en una la atención amante y en la otra la actividad del servicio. Por lo mismo, en ambas se encontraba el celo de estas dos virtudes: si Marta no hubiese escuchado la Palabra, no se hubiera puesto a su servicio; su actividad es índice de su atención; y en cuanto a María, tanto había progresado en la una y otra virtud, que le fue dado ungir los pies de Jesús, enjugarlos con sus cabellos y llenar la casa con el perfume de su fe[21].

Sucede a veces que el estudio es muy grande y la ejecución estéril, como si alguien se ocupase de la medicina y conociese todas las reglas médicas y no las aplicase, si bien la esterilidad de la realización supone también la del estudio. En algunos, por el contrario, el acto podrá ser más rico y la intención más pobre como si alguien recibiese el sacramento salvador del bautismo, mas no quisiera conocer las reglas de las diversas virtudes; con frecuencia esta negligencia en la atención hace perder el fruto del acto.

Es necesario, por consiguiente, buscar la plenitud de las dos virtudes, la cual ha sido dada a los apóstoles, de los cuales se ha dicho: Los que desde el principio han visto y han servido; para que se entienda por la visión su deseo de conocer a Dios, y por el servicio se declare su actividad.

10. Me ha parecido bien. Puede ser que no haya sido el único en encontrar bueno lo que él declara haberle parecido bien; no, la voluntad del hombre no es la única para encontrar el bien, sino que tal ha sido el agrado de Aquel que habla en mí, Cristo[22], que hace que esto que es bueno, pueda también parecernos así. El llama a aquel del cual se apiada. Por eso el que sigue a Cristo puede responder si se le pregunta por qué ha querido ser cristiano: Porque me ha parecido bien; y al hablar así, no niega que Dios lo ha encontrado bueno: Es Dios, en efecto, el que prepara la voluntad humana[23]. Si Dios es honrado por un santo, es gracia de Dios. Muchos han querido escribir el evangelio; mas sólo cuatro, que han merecido la gracia divina, han sido recibidos.

11. Me ha parecido bien, después de haberlas investigado todas escrupulosamente desde su origen y orden. Que este evangelio es más largo que los demás nadie lo duda. Y, por lo mismo, no reivindica para sí lo que es falso, sino lo verdadero. Por lo demás, ha merecido que el mismo apóstol San Pablo dé testimonio de su exactitud. Así alaba a San Lucas: Cuyo elogio en la predicación del Evangelio está difundido por todas las iglesias[24] Es con toda verdad digno de elogios el que ha merecido ser alabado por el gran Doctor de los Gentiles. Él ha investigado, dice, no un poco, sino todo; y cuando ha tenido conocimiento de todo, le ha parecido bien no escribir todo, sino un extracto de este todo; pues él no ha escrito todo, mas todo lo ha conocido. Hay muchas cosas que hizo Jesús, se ha dicho, las cuales, si se escribiesen una por una, ni en todo el mundo cabrían los libros que se escribieran[25] Se notará que ha omitido deliberadamente lo que había sido escrito por los otros; de este modo, diversas gracias refulgen en el evangelio, y cada libro tiene sus milagros, sus misterios, sus acciones propias que lo distinguen. Los soldados dividieron para sí los vestidos de Cristo, como en su lugar explicaremos más detenidamente.

12. Este evangelio ha sido escrito para Teófilo, es decir, para el que es amado por Dios. Si amas a Dios, para ti ha sido escrito; si para ti ha sido escrito, recibe este regalo del evangelista, conserva con cuidado en lo más profundo de tu corazón este recuerdo de un amigo: Guarda el precioso depósito por el Espíritu Santo, que habita en nosotros[26]; míralo con frecuencia, examínalo a menudo. La fidelidad es el primer deber para un depósito; a la fidelidad sigue la diligencia para que este depósito no sea atacado por la polilla o el hollín; pues lo que se nos ha confiado puede ser atacado. El Evangelio es un precioso depósito, más ten cuidado no sea atacado en tu corazón por la polilla o el hollín. Es atacado por la polilla si, habiéndolo leído bien, lo crees mal.

13. La polilla es la herejía, la polilla es Fotino, tu polilla es Arrio. Rompe el vestido el que separa el Verbo de Dios. Fotino rompe el vestido cuando él lee: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y Dios era[27]; la integridad del vestido pide que se lea: Y el Verbo era Dios. Rompe el vestido el que separa Cristo de Dios. Se rompe el vestido si se lee: Esta es la vida eterna, el conocerte a ti, solo verdadero Dios[28]; hay que reconocer también a Cristo, pues conocer al Padre sólo como verdadero Dios, no es toda la vida eterna; sino conocer igualmente a Cristo como Dios verdadero, Verdad de Verdad, Dios de Dios, he aquí la vida sin fin. Es polilla conocer a Cristo sin creer en su divinidad o en el sacramento de su cuerpo. Polilla es Arrio, polilla es Sabelio. Estas polillas atacan a los espíritus fluctuantes, estas polillas atacan al espíritu que no cree que el Padre y el Hijo son una sola divinidad. Rompe lo que está escrito: Mi Padre y yo somos una sola cosa[29], el que divide esta unidad en sustancias distintas. Esta polilla ataca al espíritu que no cree que Jesucristo ha venido en la carne, y él mismo es polilla, pues es el anticristo[30]. Por el contrario, los que son de Dios conservan la fe y no pueden ser atacados por la polilla que corroe el vestido. Todo lo que está dividido en sí mismo, como el reino de Satanás, no puede durar para siempre.

14. Existe también el hollín del corazón cuando los placeres terrenos apartan la atención de las cosas santas o la pureza de la fe es alterada por la nube del error. El hollín del alma es el deseo, de las riquezas; el hollín del alma es la negligencia; el hollín del alma es la pasión de los honores si se coloca en estas cosas toda la esperanza de la vida presente.

Tornémonos, pues, hacia las cosas de Dios, agudicemos nuestro espíritu, ejercitemos nuestro amor, a fin de tener siempre preparada, siempre brillante, encerrada, por así decirlo, en la vaina del alma, la espada que el Señor manda comprar vendiendo el vestido[31]. Pues las armas espirituales, poderosas en manos de Dios para allanamiento de fortalezas[32], han de ser portadas siempre por los soldados de Cristo, para que cuando llegue el jefe de la milicia celeste, ofendido del mal estado de nuestras armas, no nos excluya de sus legiones.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.1, 1-14, BAC Madrid 1966, pág. 49-60

[1] Jr 28, 1
[2] Jn 1, 14
[3] Ex 20, 18
[4] 1 Jn 1, 1-2
[5] Mt 17, 3
[6] Jn 8, 56
[7] Is 53, 2
[8] Rm 1, 21
[9] Mt 23, 24
[10] 1 Co 2, 8
[11] Jn 14, 9-10
[12] Jn 5, 19
[13] Jn 2, 9
[14] Jn 9, 6
[15] Mc 2, 5.7
[16] Rm 1, 20
[17] Mt 5, 19
[18] Jn 13, 37
[19] Jn 21, 22
[20] Lc 10, 40-42
[21] Jn 12, 3
[22] 2 Co 13, 3
[23] Pr 8, 35, versión de los LXX
[24] 2 Co 8, 18
[25] Jn 21, 25
[26] 2 Tm 1, 14
[27] Jn 1, 1
[28] Jn 17, 3
[29] Jn 10, 30
[30] 1 Jn 4, 2ss
[31] Lc 22, 36
[32] 2 Co 10, 4

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        P.Jorge Loring, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL DOMINGO Y LA PALABRA

Mediante la liturgia de la palabra, la Iglesia nos exhorta hoy a reflexionar sobre la importancia del día del Señor. La primera lectura, tomada del libro de Nehemías, nos relata la solemne lec­tura del libro de la Ley, llevada a cabo por el sacerdote y escriba Esdras, frente al pueblo reunido en su presencia. Ello acaeció en Jerusalén, después de la repatriación de Babilonia. Este retorno del pueblo a su patria había suscitado en todos emoción y ale­gría. La lectura comenzó con la bendición a Dios por el don de la Ley, a lo cual respondió todo el pueblo, levantando las manos: “Amén, amén”. El texto bíblico destaca el respeto de los allí presentes, que se inclinaron profundamente, adorando al Señor con el rostro en tierra. Y se dijo a todos los circunstantes: “Este es un día consagrado al Señor, nuestro Dios; no estéis tristes, ni lloréis”. Esto mismo repitieron Esdras y los levitas, porque la multitud “lloraba al oír las palabras de la Ley”. Era el primer día del séptimo mes, el día santo del Señor. Indirectamente el texto sagrado señala las mejores disposiciones para escuchar la pala­bra de Dios: respeto, atención, humillación y revisión de con­ductas pasadas en relación a la norma predicada.

El domingo, día del Señor

La lectura del libro de Nehemías nos lleva como de la mano a reflexionar sobre el significado del domingo. Se ha perdido en nuestros tiempos el sentido religioso de este día. Habitualmente lo destinamos a ocuparnos de lo que no pudimos hacer durante la semana, o también, para distracciones meramente terrenas.

El domingo, como la misma palabra lo indica, es el día del Señor, el día en que Cristo resucitó de entre los muertos, rea­lizando así la redención y la recreación de los hombres. Por ello dicho día nos recuerda, al tiempo que presencializa, el “Misterio Pascual” del Señor, su paso salvífico por la tierra. En cuanto que es el primer día de la semana, nos trae a la memoria la primera creación; en cuanto que es octavo, nos significa la nueva crea­ción inaugurada con la resurrección de Cristo.

Día octavo, decimos, porque sigue al día séptimo, el sábado judío. Desde que el Señor realizó su obra redentora, desde que injertó el cielo en la tierra, ya no podemos seguir teniendo el sábado como su día, porque El ha inaugurado la nueva vida en el tiempo. Este día cumple plenamente la realidad espiritual del sábado judío y además preanuncia el descanso eterno en el Día sin ocaso que será el cielo.

Sabemos que como día que es del Señor, lo debemos dedicar a Él. Todos los fieles cristianos tienen la obligación de asistir a la Santa Misa, y participar en ella con más devoción que la que tuvieron los israelitas al escuchar la Ley de Dios. Somos más deudores que ellos, ya que al encarnarse el Hijo de Dios, y al acceder a comunicarnos su Nueva Ley, la del amor, tenemos mayor obligación de bendecir y agradecer al Señor, que se ha tomado el trabajo de venir en Persona a revelarnos su palabra. Es por esto mismo que debemos hacer un alto en el ajetreo de la vida cotidiana, para levantar nuestros ojos y nuestras plegarias a Dios. Y, así como el pueblo de Israel, meditando sobre la ley, trataba de adecuar a ella su conducta, con mucha mayor razón nosotros hemos de observar la ley de Cristo, reductible a la práctica del amor a Dios y al prójimo.

Para que así sea, será conveniente que hagamos un alto en las actividades de rutina, descansemos, tomemos parte en el Santo Sacrificio del Altar, y meditemos la palabra de Dios. No nos excusemos fácilmente de asistir a la Santa Misa. Es Dios quien nos invita a su banquete. Aprendamos incluso a ordenar nuestra semana en tomo a este Día que hizo el Señor.

Además de ir a Misa, y de dedicar un tiempo a Dios y al descanso, la Iglesia nos recomienda que nos demos más a la relación familiar. Todavía existe en nuestros países cristianos la costumbre de reunirse familiarmente en la hora del almuerzo para compartir este día. Es una tradición que debe ser respetada como buena y mantenida para las futuras generaciones. Cuando tras haber transcurrido nuestra estadía en la tierra, lleguemos a la Casa del Padre, y nos sentemos en el Banquete de Bodas del Cordero, para celebrar el domingo eterno, gozaremos para siem­pre de Dios, en el seno de la gran Familia cristiana reunida en la Paz del Señor, que ya no se verá perturbada.

Es cierto que a veces nos veremos ineludiblemente obligados a trabajar el domingo. El Catecismo Católico dice a este respecto: “Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de dedicar un tiempo al descanso… Los poderes públicos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino.”

La Palabra proclamada

El texto evangélico de este domingo se refiere a otra procla­mación de la Palabra, más modesta en su forma que la de Esdras, pero en realidad infinitamente más solemne. Era sábado, y habiendo ido el Señor a la sinagoga, lo invitaron a leer un pasaje de la Escritura. Le fue entregado el rollo, con un texto del Profeta Isaías. Como nada es casual, sino que la Providencia, es decir, el mismo Cristo, como Dios encamado que es, lo dispone, quiso que viniera a sus manos justamente ese pasaje. En él se describe admirablemente el objeto del ministerio del Mesías que había de venir, sólo que los judíos allí presentes no sabían que dicho pre­anuncio ya se estaba cumpliendo en Jesús. En dicho texto se decía cómo obraría el futuro Mesías la redención de la humani­dad, con especial referencia a los más humildes.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagra­do por la unción. Él me envió a evangelizar a los pobres…” Sólo Cristo, el Ungido, podía leer este pasaje en primera persona. El mismo, el Verbo, lo había preparado todo. El mismo, la Palabra, se lo había comunicado al Profeta para que lo escribiese. El mismo, ahora presente, lo verifica en sí, dándole su sentido y explicación. Por eso Jesús, una vez terminado aquel anuncio, dice: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acabáis de oír”. El, que era la meta y el cumplimiento de todo el Antiguo Testamento, se encuentra allí presente en Persona, lleno del Espíritu Santo, para anunciar a los hombres que ya no hay por qué temer, que ya no hay por qué desesperar, pues ha llegado la redención y el día del Señor.

La Palabra de Dios, presente entre los hombres, hablando a los hombres, nos explica los designios de la voluntad eterna. Así como los judíos, según nos lo relata el texto sagrado, tenían los ojos fijos en el Señor, esperando qué era lo que iba a decir, de manera análoga también los fieles deben estar atentos a lo que en la Santa Misa les dice el celebrante en su homilía. El sacerdote es el representante de Jesús, enviado por Él para que en su nombre se pronuncie y explique el misterio del Evangelio. El sacerdote es como un nuevo Esdras, o mejor, es más que eso, es el mismo Jesús que nos habla por sus labios. Y así como Cristo proclamó la palabra de Dios con toda solemnidad, para desgra­nar su sentido, así ha de hacerlo el sacerdote, de modo que los fieles se sientan luego movidos a glorificar a Dios.

Preparación para escuchar

Nosotros todavía somos viajeros que se dirigen hacia la Patria Prometida, hacia la Jerusalén celestial. Mientras vamos de ca­mino, como Pueblo peregrinante, reflexionamos en el mensaje evangélico.

Durante la semana hemos de estar ansiosos de oír al Señor que nos habla por medio de su Evangelio. Debemos estar deseo­sos de escuchar su mensaje, y guardar su palabra como lo hizo la Virgen Santísima, conservándolo en su corazón. Para que esa semilla se deposite en nuestra alma y dé mucho fruto, será pre­ciso que nosotros mismos, con la ayuda de la Gracia, roturemos nuestra tierra, que debe estar deseosa de recibir tal semilla, y luego la abonemos con la oración, para que la palabra prenda fuertemente. Pero al deseo ardiente agreguemos la humildad. Muchas veces el mensaje de Jesús nos hace doler, y nos lleva a revisar nuestra conciencia. Así sucede porque es un mensaje de salvación, que busca desarraigar de nosotros todo lo que no condiga con la ley y la voluntad de Dios. Nos relata el Evangelio que en cierta ocasión los judíos, luego de escuchar a Jesús, se irritaron con Él, y quisieron despeñarlo. El motivo fundamental, que los impulsaba a proyectar esa terrible acción, era su cerra­zón a la gracia, su falta de humildad y de acogimiento a la pala­bra divina. Aprendamos a ser cada vez más dóciles al mensaje de Dios, especialmente en los tiempos que nos tocan vivir, donde el hombre, en su soberbia, pretende enmendar el mensaje evangé­lico, queriéndolo adaptar a sus pareceres, aun a costa de ter­giversaciones sustanciales.

Frente a la Palabra de Dios, seamos humiles, sencillos y sumisos.

Pidámosle a la Santísima Virgen María, que penetró como nadie en el Misterio de su Hijo, porque meditaba asiduamente la Palabra de Dios, que nos ayude a ser conscientes de la importan cia del Domingo, donde escuchamos esa Palabra, además de tomar parte en la renovación del misterio salvífico. Pidámosle que nos ayude a poner en práctica lo que escuchamos, y que en nuestras vidas se goce el Sembrador, porque con su ayuda damos fruto centuplicado.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 75-80)

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P.Jorge Loring, S.J.

Tercer Domingo del Tiempo Ordinario 

Año C   Lc. 1:1-4; 4:14-21

1.- El Evangelio que acabo de leer es el comienzo del Evangelio de San Lucas. Se dirige a Teófilo, personaje real o imaginario, pues Teófilo significa «amante de Dios», y todo fiel cristiano es amante de Dios. Dice que antes de escribir su obra se ha informado con toda exactitud de los hechos que va a narrar.

2.- Esto me da pie para hablar de la HISTORICIDAD DE LOS EVANGELIOS, tan atacada por los enemigos de la Iglesia.

3.- Voy a tratar tres puntos: a) Los evangelistas conocían muy bien los hechos que narran. b) Los Evangelios se escribieron para un pueblo que conocía los hechos que allí se narran. c) Tenemos abundantes documentos que nos garantizan que nuestros Evangelios son fieles al original, aunque éstos se perdieron, como todos los libros de aquel tiempo, pues se escribieron en hojas de papiro que es un material deleznable. Por eso dice «enrollando el libro», porque las hojas pegadas unas con otras se enrollaban en un cilindro de madera. Enrollar el libro es como cerrarlo.

4.- Los evangelistas narran los hechos que ellos presenciaron, o los oyeron de testigos presenciales.

5.- El pueblo al que se dirigía conocía los hechos, y no hay un solo documento de aquel tiempo que los refute.

6.- Tenemos documentos muy próximos a los hechos: El Bodmer II de Ginebra (cien años posterior a San Juan), el Rylands de Manchester (35 años posterior a San Juan), el 7Q5 de Qumrán descubierto por el jesuita español (aunque de apellido irlandés), el papirólogo P. O¹Callaghanque

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Benedicto XVI


Queridos hermanos y hermanas:

Entre las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy está el célebre texto de la primera carta a los Corintios en el que san Pablo compara a la Iglesia con el cuerpo humano. El Apóstol escribe: “Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” ( 1 Co 12, 12-13). La Iglesia es concebida como el cuerpo, cuya cabeza es Cristo, y forma con él una unidad. Sin embargo, lo que al Apóstol le interesa comunicar es la idea de la unidad en la multiplicidad de los carismas, que son los dones del Espíritu Santo. Gracias a ellos, la Iglesia se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que lleva a todos a una unidad profunda, asumiendo las diversidades sin abolirlas y realizando un conjunto armonioso. La Iglesia prolonga en la historia la presencia del Señor resucitado, especialmente mediante los sacramentos, la Palabra de Dios, los carismas y los ministerios distribuidos en la comunidad. Por eso, precisamente en Cristo y en el Espíritu la Iglesia es una y santa, es decir, una íntima comunión que trasciende las capacidades humanas y las sostiene.

Me complace subrayar este aspecto mientras estamos viviendo la “Semana de oración por la unidad de los cristianos”, que concluirá mañana, fiesta de la Conversión de san Pablo. Según la tradición, por la tarde celebraré las Vísperas en la basílica de San Pablo Extramuros, con la participación de los representantes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales presentes en Roma. Invocaremos de Dios el don de la plena unidad de todos los discípulos de Cristo y, en particular, según el tema de este año, renovaremos el compromiso de ser juntos testigos del Señor crucificado y resucitado (cf. Lc 24, 48). La comunión de los cristianos hace más creíble y eficaz el anuncio del Evangelio, como afirmó el propio Jesús pidiendo al Padre en la víspera de su muerte: “Que todos sean uno…, para que el mundo crea” (Jn 17, 21).

Por último, queridos amigos, deseo recordar la figura de san Francisco de Sales, cuya memoria litúrgica se celebra el 24 de enero. Nacido en Savoya en 1567, estudió derecho en Padua y en París y, llamado por el Señor, se hizo sacerdote. Se dedicó con grandes frutos a la predicación y a la formación espiritual de los fieles, enseñando que la llamada a la santidad es para todos y que cada uno —como dice san Pablo con la comparación del cuerpo— tiene su lugar en la Iglesia.

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos conceda progresar siempre en la comunión, para transmitir la belleza de ser uno en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

(Ángelus Plaza de San Pedro, Domingo 24 de enero de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Lc 1, 1-4; 4, 14-21

            “Me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos”[1].

            En este versículo Cristo se aplica dos veces su misión de Libertador.

            El hombre desea la libertad. Es que está llamado a la libertad: “vuestra vocación es la libertad”[2]. Pero ¿una libertad para todo? No, “no para el egoísmo” sino “para el amor”[3].

            Y ¿sólo en Cristo está la verdadera libertad? “Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres”[4] pues “para ser libres nos ha liberado Cristo”[5].

            Cristo nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte “porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte”[6] y de la esclavitud del demonio[7].

            La libertad verdadera está en Cristo porque la libertad se alcanza imitando la Verdad. Y la Verdad es Cristo: “Yo soy la Verdad”[8] y “la verdad os hará libres”[9].

            Cristo nos enseña con su vida a vivir en libertad. La libertad de Cristo lo llevó a la máxima prueba de amor: dar la vida por los amigos. Cristo por su muerte fue libre y nos liberó y la libertad que nos consigue es para que también nosotros lo imitemos entregando nuestra vida por los hermanos.

            “Ama y haz lo que quieras”[10] verdadera libertad porque el que ama al prójimo ha conquistado la plena libertad pues “la caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud”[11].

            La libertad que nos presenta el mundo es la libertad para todo y para todos pero sin barreras. En ella se incluye el egoísmo aún en perjuicio del prójimo y por tanto la esclavitud a sí mismo. La libertad de Cristo implica el olvido de sí mismo. Porque podemos ser esclavos de lo material. Quizá podemos franquear esta barrera pero la última barrera por franquear en el camino de la libertad está en nosotros mismos, somos nosotros mismos, es nuestro egoísmo. Hasta que no nos desatemos de nuestra dura esclavitud no seremos totalmente libres.

            ¿Hay una libertad absoluta? Para el hombre no. No, por ser creado.

Ser creado implica una naturaleza propia: la humana en este caso que tiene sus leyes. Estas leyes las ha puesto el que la creó. Por eso la naturaleza obedece al Creador y cada uno de los individuos tiene una ley de naturaleza que no puede eludir sin salirse del orden natural y volverse en cierta manera un monstruo.

Es evidente que hay un orden en toda la naturaleza y que el hombre que es parte de esa naturaleza entra en un orden que tiene que obedecer si quiere mantenerse en su existir propio.

No hay libertad absoluta para el hombre por ser creado. El hombre es libre si actúa según su naturaleza.

Pero si hubiese una ley superior a la naturaleza y el hombre acatara esa ley ¿crecería notablemente por sobre el orden natural?

Somos esclavos de Dios porque nos ha creado en esta naturaleza y somos esclavos de Cristo porque nos ha recreado a un orden sobrenatural.

“La verdad os hará libres”. ¿Cuál verdad? La verdad de nuestra creaturidad, la verdad de nuestra vida sobrenatural. Vivir la creaturidad es someternos al Creador y vivir la filiación divina es someternos a Cristo y a su ley de gracia.

Si el hombre ambiciona una libertad absoluta se pone en lugar de Dios y se aparta de la verdad.

El hombre que vive en absoluta libertad cae en la esclavitud de las criaturas, de sí mismo, del dinero, de la concupiscencia del mundo y en definitiva del demonio. Se sale de la órbita de la verdad y fuera de la verdad solo hay mentira. Es la mentira del hombre moderno. Es la mentira que estamos viviendo hoy. Libertad para todos y para todo. Falsa libertad que manifiesta claramente su malicia por los efectos, por los frutos se conoce el árbol[12].

[Para formar una verdadera fraternidad] es necesario un verdadero camino de liberación interior. Cristo nos ha liberado. Su cruz nos da una doble certeza: la de ser amados infinitamente y la de poder amar sin límites. Nada como la cruz de Cristo puede dar de modo pleno y definitivo estas certezas y la libertad que deriva de ellas. Gracias a ellas, cualquier persona se libera progresivamente de la necesidad de colocarse en el centro de todo y de poseer al otro, y del miedo a darse a los hermanos; aprende más bien a amar como Cristo ha amado y darse como ha hecho el Señor. En virtud de este amor, nace la comunidad como un conjunto de personas libres y liberadas por la Cruz de Cristo.

Este camino de liberación, que conduce a la plena comunión y a la libertad de los hijos de Dios, exige, sin embargo, la valentía de la renuncia a sí mismo en la aceptación y acogida del otro, a partir de la autoridad. Se trata de un compromiso ascético necesario e insustituible para toda liberación capaz de hacer que un grupo de personas sea una fraternidad cristiana. Es una respuesta que exige un paciente entrenamiento y una lucha para superar la simple espontaneidad y la volubilidad de los deseos[13].

[1] v. 18
[2] Ga 5, 13
[3] Cf. Ga 5, 13-14
[4] Jn 8, 36
[5] Ga 5, 1
[6] Rm 8, 2
[7] Cf. Jn 8, 41-48
[8] Jn 14, 6
[9] Jn 8, 32
[10] San Agustín, Exposición de la Epístola de Juan a los Partos, Tratado VII, 8, O.C., t. XVIII (último), BAC Madrid 1959, 304
[11] Rm 13, 10
[12] Cf. Mt 7, 16-20
[13] Directorio de Vida fraterna en común nº 33 y 34, Directorios y Reglamentos del Instituto del Verbo Encarnado, t. I, Del Verbo Encarnado San Rafael 1995, 165

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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