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Solemnidad de la Epifanía del Señor – 2016

06
enero

Solemnidad de

la Epifanía del Señor

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de la Epifanía del Señor

(Miércoles 6 de Enero de 2016)

LECTURAS

La gloria del Señor brilla sobre ti

Lectura del libro de Isaías      60, 1-6

¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora.

Mira a tu alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y tus hijas son llevadas en brazos. Al ver esto, estarás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, porque se volcarán sobre ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones llegarán hasta ti. Te cubrirá una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá.

Todos ellos vendrán desde Sabá, trayendo oro e incienso, y pregonarán las alabanzas del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 71, 1-2. 7-8. 10-13

R. ¡Pueblos de la tierra

     alaben al Señor!

Concede, Señor, tu justicia al rey

y tu rectitud al descendiente de reyes,

para que gobierne a tu pueblo con justicia

y a tus pobres con rectitud. R.

Que en sus días florezca la justicia

y abunde la paz, mientras dure la luna;

que domine de un mar hasta el otro,

y desde el Río hasta los confines de la tierra. R.

Que los reyes de Tarsis y de las costas lejanas

le paguen tributo.

Que los reyes de Arabia y de Sabá

le traigan regalos;

que todos los reyes le rindan homenaje

y lo sirvan todas las naciones. R.

Porque Él librará al pobre que suplica

y al humilde que está desamparado.

Tendrá compasión del débil y del pobre,

y salvará la vida de los indigentes. R.

Ahora ha sido revelado que también los paganos

 participan de la misma promesa

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Éfeso      3, 2-6

Hermanos:

Seguramente habrán oído hablar de la gracia de Dios, que me ha sido dispensada en beneficio de ustedes.

Fue por medio de una revelación como se me dio a conocer este misterio, tal como acabo de exponérselo en pocas palabras. Al leerlas, se darán cuenta de la comprensión que tengo del misterio de Cristo, que no fue manifestado a las generaciones pasadas pero que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas

Este misterio consiste en que también los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Mt 2. 2

Aleluia.

Vimos su estrella en Oriente

y hemos venido a adorar al Señor.

Aleluia.

Hemos venido de Oriente a adorar al rey

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo       2, 1 -12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: « ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo».

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”».

Herodes mandó llamar secretamente a los magos y, después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje».

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría y, al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Solemnidad de la Epifanía del Señor- 6 de enero 2016- Ciclo C

Entrada: Celebramos hoy la Solemnidad de la Epifanía del Señor. En ella celebramos el hecho de que Jesucristo se manifiesta como verdadero Dios y verdadero hombre ante todos los pueblos de la tierra, representados por los Reyes Magos, quienes adoraron al Niño Dios puesto en el pesebre. Ese mismo sentido de adoración, de reverencia y de admiración que tuvieron los Reyes Magos debemos tenerlos nosotros en esta Santa Misa.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura:           Isaías 60, 1- 6

La gloria del Señor brilla sobre Jerusalén, Cristo es la Luz que alumbra a las naciones.

Salmo Responsorial: 71

2° Lectura      Efesios 3, 2- 3ª. 5- 6

También los paganos participan de la misma promesa hecha desde antiguo al Pueblo de Dios.

Evangelio              Mateo 2, 1- 12

Los Magos se rinden ante Cristo y lo adoran. Con sus dones lo reconocen como Rey, como Dios y preanuncian su muerte y resurrección.

Preces- Epifanía 2016

Pidamos a Dios humildemente lo necesario para caminar iluminados por la virtud de la fe, de la esperanza y de la caridad.

A cada intención respondemos cantando…

            — Por todos los pueblos que no conocen a Cristo, para que por este misterio de la manifestación de Cristo lleguen al conocimiento de la verdad que salva. Oremos…

            — Por todos los misioneros que se esfuerzan por hacer conocer el nombre de Cristo entre los pueblos paganos, especialmente aquellos que están solos o atribulados, para que no decaigan ante las adversidades. Oremos…

            — Por la paz en el mundo, especialmente en Siria, para que cesen las hostilidades y venga para este país un tiempo de paz y progreso. Oremos…

            — Por los que sufren hambre, enfermedad o soledad, para que sean ayudados en su cuerpo y en su alma por el misterio de la manifestación de Cristo. Oremos…

            — Por las familias de nuestra comunidad, para que aprendan a recibir a Cristo, acogiéndolo en los pobres. Oremos…

Escucha nuestras súplicas, Dios todopoderoso, y ayúdanos a ser testigos tuyos delante de todos los hombres. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio
Al descubrir la grandeza de Cristo y su soberanía, y sobre todo al descubrir su misterio insondable, brota en nosotros espontáneamente el reconocimiento y la adoración.

Son nuestros dones:

+ Incienso y nuestro acto de fe en el misterio de la Encarnación.

+ Cirios proclamando el triunfo de la Luz surgida en la Noche santa de Belén.

+ Pan y vino, expresando nuestra participación en el memorial  del Señor.

Comunión: Nos rendimos ante Cristo y lo adoramos comulgando con fe y devoción.

Salida: María Madre de Dios, te pedimos nos ayudes a ser luz que brillando en medio de las tinieblas de este mundo ilumine a todos los que viven en sombra de muerte.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         W. Trilling

Unos sabios de oriente adoran al niño

(Mt.2,1-12)

1 Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos sabios llegaron de Oriente a Jerusalén, 2 preguntando: ¿Donde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo.

El árbol genealógico y el relato del nacimiento de Jesús quedaron en el ámbito de la nación y del pueblo judío. Ahora la vista se amplía al gran mundo de las naciones y de los reinos. En el árbol genealógico habíamos ido tentando el camino de la historia hasta David y Abraham. Sigue luego un pasaje (1,18-25) en que resuena la profecía de que un niño hijo de una virgen será el «Dios con nosotros». Todo esto se ha logrado con una creyente mirada retrospectiva, que se dirige al tiempo pasado desde el tiempo presente consumado. El acontecimiento de la adoración de unos sabios de Oriente de nuevo parece que realiza grandes profecías, con la diferencia de que aquí sucede con una publicidad mucho mayor, algo que antes sólo podía conocer la mirada de la fe: la venida del verdadero Mesías. Por primera vez, nos enteramos en san Mateo de que el nacimiento de Jesús tuvo lugar en Belén, en el país de Judá. Ambas circunstancias cumplen la profecía, según la cual solamente entra en consideración el país real de Judá y una ciudad que se encuentra en este país. Ambas indicaciones del versículo primero ya anticipan la cita del Antiguo Testamento, que se aduce por extenso en el v. 6.

El profeta Miqueas sobre esta pequeña ciudad había hecho el oráculo de que de ella debe salir el soberano del tiempo final, que ha de gobernar a todo el pueblo de Israel. El lugar del nacimiento ha sido designado por el profeta, así como el nombre del niño ha sido determinado por Dios. Se dice en general: «En tiempos del rey Herodes», sin que podamos conocer una determinación más próxima del tiempo. Se alude a Herodes el Grande, que a pesar de apreciables méritos, como extranjero (idumeo) y dependiente de los favores de Roma, ejerció el mando arbitraria y horriblemente, sin escrúpulos y con desenfreno. Es verdad que había arreglado suntuosamente el templo y que hizo mucho bien al pueblo, no obstante las agrupaciones piadosas de los judíos tienen la sensación de que es un dominador extranjero. Aunque su poder era pequeño, usaba el título de «rey». que Roma le había concedido. Aquí se usa muchas veces este título, en contraste con el rey que buscan los sabios. En el Evangelio sólo dos veces se habla de Jesús como el «rey de los judíos»: aquí en contraste con el tirano Herodes, y hacia el fin en el proceso usan este título el pagano Pilato (27,11), los soldados que hacen escarnio de Jesús (27,29) y la inscripción en la cruz (27,37). Jesús respondió afirmativamente a la pregunta de Pilatos (27,11), pero el título no era expresión de la verdadera dignidad de Jesús ni una profesión de fe. Aquí se ha de considerar que quien pretende ser rey de los judíos está sentado tembloroso en el trono, y el verdadero rey viene con la debilidad del niño. Los sabios vienen de oriente. No se indica qué país era su patria, tampoco se dice el número de ellos. Las circunstancias externas permanecen ocultas ante la sola pregunta que les mueve: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Son personas instruidas, probablemente sacerdotes babilonios, familiarizados con el curso y las apariciones de las estrellas. La notable aparición de una estrella les ha movido a partir. A esta estrella estos sabios la llaman «su estrella», la del rey de los judíos. Es la estrella del nuevo rey infante. Según persuasión del antiguo Oriente los movimientos de las estrellas y el destino de los hombres están interiormente relacionados. (Pero hasta hoy día no se han aclarado todas las investigaciones y cálculos ingeniosos sobre esta estrella, si designa una constelación determinada, un cometa o una aparición enteramente prodigiosa. Aquí dejamos aparte la cuestión y solamente vemos la estrella según el significado que tiene para aquellos sabios. También hubiera podido moverlos a emprender su expedición otra señal.) Lo que es seguro es que la aparición de la estrella no podía explicarse de una forma puramente natural, sino que era un suceso prodigioso (v 9). Una señal es dada por Dios, el Dios de las naciones y del mundo. Lo principal no son las circunstancias externas de la aparición, sino su finalidad interna. Pero ¿qué significa la señal para la gente instruida? Para ésta el país de los judíos es ridículamente pequeño, carece de importancia desde el punto de vista político, desde hace siglos ya no se hace sentir por su función independiente dentro del próximo Oriente.

¿Cómo se explica que no les baste un mensaje, una averiguación por medio de emisarios? ¿Por qué les estimula el deseo de ir a ver y de adorar? La Sagrada Escritura no contesta a estas preguntas, sino que solamente informa sobre lo que ha sucedido. Pero el asombro que nos causan estas preguntas, nos conduce a descubrir el profundo sentido de este relato… Dios no solamente había elegido a su pueblo sacándolo de la servidumbre de Egipto, sino que había elegido para sí una ciudad santa: Jerusalén, y había escogido, por así decir, como domicilio un monte santo: el monte de Sión. Para el comienzo de la salvación Israel no solamente espera la llegada del Mesías y el establecimiento del reino davídico, sino mucho más: la bendición de todas las naciones por medio de Israel. La ciudad y el monte son la sede y el origen de la salvación, que ha deparado Dios a las naciones. Allí resplandece la luz, allí se tiene que adorar. El monte-Sión se convierte en el monte de todos los montes, en el más alto y más santo de todos. En los últimos días muchos pueblos se ponen en marcha desde los cuatro vientos y van en romería a Jerusalén, para que Dios les enseñe sus caminos, y anden por las sendas de Dios (cf. Isa_2:2 s). Allá van reyes y príncipes de todo el mundo y llevan sus dones a la ciudad de Jerusalén iluminada por el fulgor de la luz: «Y a tu luz caminarán las gentes, y los reyes al resplandor de tu claridad naciente. Tiende tu vista alrededor tuyo, y mira; todos ésos se han congregado para venir a ti; vendrán de lejos tus hijos, y tus hijas acudirán a ti de todas partes. Entonces te verás en la abundancia; se asombrará tu corazón, y se ensanchará, cuando vengan hacia ti los tesoros del mar; cuando a ti afluyan las riquezas de los pueblos. Te verás inundada de una muchedumbre de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá; todos los sabeos vendrán a traerte oro e incienso, y publicarán las alabanzas del Señor» (Isa_60:3-6; cf. Sal_71:10 s). (La peregrinación de los pueblos al fin del tiempo. ¿Tiene el evangelista esta escena ante su mirada? ¿Ve cumplido el «fin de los días»? Jesús no vino al mundo en la ciudad real de David, sino en la pequeña y mucho menos importante ciudad de Belén. ¿Cómo puede explicarse que todos los demás indicios de la expectación señalen a Belén? ¿Y cómo es posible que el Mesías no nazca en el palacio real de Herodes, sino en cualquier parte, desconocido e ignorado? ¿Puede ser este niño el verdadero Mesías? Es difícil responder a estas preguntas. La respuesta tenía preocupada a la primitiva Iglesia, especialmente entre los judíos. Hasta que un día el Espíritu Santo también le indicó el camino. Todo esto también lo atestigua la Escritura. )

El profeta Miqueas nombra y ensalza adrede este pueblo de Belén, que es poco importante y pequeño, pero que es grande a causa de que de él debe salir el dominador de Israel. San Mateo ha reproducido con alguna libertad el texto del profeta Miqueas. El texto original dice así: «Y tú, Belén, Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá el que ha de ser dominador de Israel; su origen es desde tiempos remotos, desde días muy antiguos… Y él permanecerá firme, y apacentará la grey con la fortaleza del Señor. En el nombre altísimo del Señor Dios suyo, y ellos se establecerán, porque ahora será glorificado él hasta los últimos términos del mundo. Y él será paz» (Miq_5:1.3-4). Efratá era una estirpe numéricamente pequeña de Israel, de la cual procedía David (lSam 17,12). Dios eligió una vez lo que era débil, y volverá a hacerlo en la consumación del tiempo.

3 Cuando lo oyó el rey Herodes, se sobresaltó, y toda Jerusalén con él. 4 Y convocando a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, les estuvo preguntando dónde había de nacer el Cristo. 5 Ellos le respondieron: En Belén de Judea; pues así está escrito por el profeta: 6 y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre las grandes ciudades de Judá; porque de ti saldrá un jefe que gobernará a mi pueblo Israel. 7 Entonces Herodes llamó en secreto a los sabios y averiguó cuidadosamente el tiempo transcurrido desde la aparición de la estrella. 8 y encaminándolos hacia Belén, les dijo: Id e informaos puntualmente acerca de ese niño; y cuando lo encontréis, avisadme, para que también yo vaya a adorarlo.

Precisamente Herodes es interrogado acerca del lugar. La pregunta le estremece, porque ahora ha de temer a un nuevo competidor, y la pregunta estremece a la ciudad, porque tiembla por el miedo de nuevas medidas de terror. Puesto que Herodes no sabe el lugar (¿qué sabe de la Escritura el rey de sangre extranjera y amigo de los paganos?), tiene que convocar un consejo de personas constituidas en dignidad: sumos sacerdotes y escribas, para que oficialmente le den respuesta. El lugar, pues, no lo han inventado los cristianos creyentes ni lo han dispuesto posteriormente. Los judíos e incluso Herodes tienen que testificar que Belén es la ciudad del Mesías. Por la mediación de Dios la romería de los sabios no termina en Jerusalén, sino más allá de la ciudad, en la cercana Belén. ¡Singular providencia! Jerusalén no es la ciudad de la luz, en la que los pueblos pueden disponer del derecho y de la salvación. Jerusalén está en pecado, es la ciudad de los asesinos de los profetas (23,37-39), la ciudad de la desobediencia y de la sublevación, del desprecio de la voluntad de Dios. El Mesías no viene a Jerusalén, a no ser para morir en ella. Entonces también sale la luz de esta ciudad, pero de una forma muy distinta de la que se esperaba.

9 Después de oir al rey, se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño. 10 Al ver la estrella, sintieron inmensa alegría. 11 Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre y, postrados en tierra, lo adoraron; abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. 12 y advertidos en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

Con toda pobreza y estrechez ocurre en Belén algo de la gran promesa: los hombres doctos encuentran al niño y a María su madre, le presentan su homenaje y sus valiosos regalos, propios de reyes: oro, incienso y mirra. Su alegría sobrepasa toda medida: sintieron inmensa alegría, la alegría del hallazgo, del anhelo cumplido. Es un comienzo, el principio de la adoración de todos los pueblos en la presencia del único Señor. La luz no sólo brilla para los judíos; el dominador no solamente «gobernará a mi pueblo Israel» (v. 6), los gentiles también participan de la luz; antes que los demás, antes que un solo judío haya logrado la fe. Mientras Herodes se queda inmovilizado con sombríos pensamientos homicidas, estos gentiles venidos de Oriente se arrodillan delante del niño.

Se atestigua que en Jesús vino la salvación para todo el mundo. No podía ser atestiguado de una forma más solemne que mediante este grandioso acontecimiento. Empieza a llegar el fin de los tiempos. Se presentan las primeras grandes señales. Herodes no consigue su objetivo. Su intención hipócrita de ir a adorarlo es desbaratada: con un medio fácil Dios ordena que regresen por otro camino. Se requiere solamente una indicación, y el mal queda alejado…

(Trilling, W., El Evangelio de San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        San Juan Pablo II

Las distintas Epifanías de Dios

1. El designio salvífico de Dios se manifiesta, durante el período navideño que estamos viviendo intensamente, con una cadena de festividades litúrgicas muy idóneas para presentarnos a lo largo de pocos días una amplia visión de conjunto. De la contemplación del Hijo de Dios, que se hizo Niño por nosotros en la gruta de Belén, pasamos a través del modelo inalcanzable de la Sagrada Familia, y así sucesivamente hasta llegar al acontecimiento del Bautismo del Señor, al comienzo de su vida pública.

La audiencia general de este miércoles cae en medio de dos festividades características: La Maternidad divina de María, y la Epifanía. Son dos misterios altamente significativos, que tienen entre ellos una profunda vinculación, sobre la cual hay que reflexionar.

2. El término “epifanía” significa manifestación: en ella se celebra la primera manifestación al mundo pagano del Salvador recién nacido.

En la historia de la Iglesia, la Epifanía aparece como una de las fiestas más antiguas, con vestigios ya en el siglo II, y es vivida como el día “teofánico” por excelencia, “dies sanctus”. En los primeros tiempos, la celebración estuvo sobre todo vinculada al recuerdo del Bautismo del Señor, cuando el Padre celestial dio testimonio público de su Hijo en la tierra, invitando a todos a escuchar su Palabra. Pero muy pronto prevaleció la visita de los Magos, en los cuales se reconocen los representantes de los pueblos, llamados a conocer a Cristo desde fuera de la comunidad de Israel.

San Agustín, testigo atento de la tradición eclesial, explica sus razones de alcance universal afirmando que los Magos, primeros paganos en conocer al Redentor, merecieron significar la salvación de todas las gentes (cf. Hom. 203). Y así, en el arte cristiano primitivo, la escena fascinante de hombres doctos, ricos y poderosos, que hablan venido de lejos para arrodillarse ante el Niño, mereció el honor de ser la más representada de entre los acontecimientos de la infancia de Jesús.

Más tarde, en la misma festividad, se empezó a celebrar también la teofanía de las Bodas de Caná, cuando Jesús, al realizar su primer milagro, se manifestó públicamente como Dios. Muchas son, pues, las epifanías, porque son varios los caminos por los que Dios se manifiesta a los hombres. Hoy quiero subrayar cómo una de ellas, más aún, la que es fundamento de todas las demás, es la Maternidad de María.

3. En la antiquísima profesión de fe, llamada “Símbolo Apostólico”, el cristiano proclama que Jesús nació “de” la Virgen María. En este artículo del “Credo” están contenidas dos Verdades esenciales del Evangelio.

La primera es que Dios nació de una Mujer (Gál 4, 4). Él quiso ser concebido, permanecer nueve meses en el seno de la Madre y nacer de Ella de modo virginal. Todo esto indica claramente que la Maternidad de María entra como parte integrante en el misterio de Cristo para el plan divino de salvación.

La segunda es que la concepción de Jesús en el seno de María sucedió por obra del Espíritu Santo, es decir, sin colaboración de padre humano. “No conozco varón” (Lc 1, 34), puntualiza María al enviado del Señor, y el arcángel le asegura que nada hay imposible para Dios (Lc 1, 37). María es el único origen humano del Verbo Encarnado.

4. En este contexto dogmático no es difícil ver cómo la Maternidad de María constituye una epifanía nueva y totalmente característica de Dios en el mundo.

En efecto, la misma opción de virginidad perpetua que hizo María antes de la Anunciación, tiene ya un valor “epifánico” como llamada a las realidades escatológicas, que están más allá de los horizontes de la vida terrena. Pues esa opción indica una voluntad decidida de consagración total a Dios y a su amor, capaz por si solo de apagar plenamente las exigencias del corazón humano. Y el hecho de la concepción del Hijo, que sucede fuera del contexto de las leyes biológicas naturales, es otra manifestación de la presencia activa de Dios. Finalmente, el alegre suceso del nacimiento de Jesús constituye el culmen de la revelación de Dios al mundo en María y por medio de María.

Es significativo que el Evangelio ponga también a la Virgen en el centro de la visita de los Magos, cuando dice que ellos “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre y, postrándose, lo adoraron” (Mt 2, 11).

A la luz de la fe, la Maternidad de la Virgen aparece de este modo como signo elocuente de la divinidad de Jesús, que se hace hombre en el seno de una Mujer, sin renunciar a la personalidad de Hijo de Dios. Ya los Santos Padres, como San Juan Damasceno, habían hecho notar que la Maternidad de la Santa Virgen de Nazaret contiene en sí todo el misterio de la salvación, que es puro don proveniente de Dios.

María es la Theotokos, como proclamó el Concilio de Éfeso, pues en su seno virginal se hizo carne el Verbo para revelarse al mundo. Ella es el lugar privilegiado escogido por Dios para hacerse visiblemente presente entre los hombres.

Al mirar a la Virgen Santísima estos días de Navidad, cada uno ha de sentir un interés más vivo en acoger, como Ella, a Cristo en su vida, para convertirse luego en su portador al mundo. Cada uno ha de esforzarse, dentro de su familia y en su ambiente de trabajo, por ser una pequeña, pero luminosa, “epifanía de Cristo”.

Este es el deseo que dirijo a todos vosotros, amadísimos, en esta primera audiencia general del año nuevo.

(San Juan Pablo II, Audiencia General miércoles 4 de enero de 1989)

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Santos Padres

·        San Gregorio Magno

Los Magos de oriente

Habéis oído, hermanos carísimos, en la lectura del Evangelio de este día, que, habiendo nacido el Rey del cielo, se turbó el rey de la tierra; porque la grandeza de este mundo se anonada en el momento que aparece la majestad del cielo. Más se nos ocurre preguntar: ¿qué razones hubo para que inmediatamente que nació a este mundo nuestro Redentor fuera anunciado por los ángeles a los pastores de la Judea, y a los magos del Oriente no fuera anunciado por los ángeles, sino por una estrella, para que viniesen a adorarle? Porque a los judíos, como criaturas que usaban de su razón, debía anunciarles esta nueva un ser racional, esto es, un ángel; y los gentiles, que no sabían hacer uso de su razón, debían ser guiados al conocimiento de Dios, no por medio de palabras, sino por medio de señales. De aquí que dijera San Pablo: «Las profecías fueron dadas a los fieles, no a los infieles; las señales a los infieles, no a los fieles» , porque a aquéllos se les han dado las profecías como fieles, no a los infieles, y a éstos se les han dado señales como infieles, no a los fieles. Es de advertir también que los Apóstoles predicaron a los gentiles a nuestro Redentor cuando era ya de edad perfecta; y que mientras fue niño, que no podía hablar naturalmente, es una estrella la que le anuncia; la razón es porque el orden racional exigía que los predicadores nos dieran a conocer con su palabra al Señor que ya hablaba, y cuando todavía no hablaba le predicasen muchos elementos.

Debemos considerar en todas estas señales que fueron dadas tanto al nacer como al morir el Señor, cuánta debió ser la dureza de corazón de algunos judíos, que no llegaron a conocerle ni por el don de profecía, ni por los milagros. Todos los elementos han dado testimonio de que ha venido su Autor. Porque, en cierto modo, los cielos le reconocieron como Dios, pues inmediatamente que nació lo manifestaron por medio de una estrella. El mar le reconoció sosteniéndole en sus olas; la tierra le conoció porque se estremeció al ocurrir su muerte; el sol le conoció ocultando a la hora de su muerte el resplandor de sus rayos; los peñascos y los muros le conocieron porque al tiempo de su muerte se rompieron; el infierno le reconoció restituyendo los muertos que conservaba en su poder. Y al que habían reconocido como Dios todos los elementos insensibles, no le quisieron reconocer los corazones de los judíos infieles y más duros que los mismos peñascos, los cuales aún hoy no quieren romperse para penitencia y rehúsan confesar al que los elementos, con sus señales, declaraban como Dios. Aun ellos, para colmo de su condenación, sabían mucho antes que había de nacer el que despreciaron cuando nació; y no sólo sabían que había de nacer, sino también el lugar de su nacimiento. Porqué preguntados por Herodes, manifestaron este lugar que habían aprendido por la autoridad de las Escrituras. Refirieron el testimonio en que se manifiesta que Belén sería honrada con el nacimiento de este nuevo caudillo; para que su misma ciencia les sirviera a ellos de condenación y a nosotros de auxilio para que creyéramos. Perfectamente los designó Isaac cuando bendijo a Jacob su hijo , pues estando ciego y profetizando, no vio en aquel momento a su hijo, a quien tantas cosas predijo para lo sucesivo; esto es, porque el pueblo judío, lleno del espíritu de profecía y ciego de corazón, no quiso reconocer presente a aquel de quien tanto se había predicho.

Inmediatamente que supo Herodes el nacimiento de nuestro Rey, recurre a la astucia con el fin de no ser privado de su reino terreno. Suplica a los magos que le anunciasen a su vuelta el lugar en que estaba el Niño; simula que quiere ir también a adorarle, para si pudiera haberle a las manos, quitarle la vida. ¿Más qué vale la malicia de los hombres contra los designios de Dios? Escrito está: «No hay sabiduría, ni prudencia, ni consejo contra el Señor» . Así la estrella que apareciera guio a los Magos, que hallan al Rey recién nacido, le ofrecen sus dones y son avisados en sueños para que no volviesen a ver a Herodes, y de esta manera sucedió que Herodes no pudiera encontrar a Jesús, a quien buscaba. ¿Quiénes están representados en la persona de Herodes sino los hipócritas, los cuales, pareciendo que con sus obras buscan al Señor, nunca merecen hallarle?

Los Magos ofrecen oro, incienso y mirra; el oro conviene al rey, el incienso se ponía en los sacrificios ofrecidos a Dios; con la mirra eran embalsamados los cuerpos de los difuntos. Por consiguiente, con sus ofrendas místicas predican los Magos al que adoran: con el oro, como rey; con el incienso, como Dios, y con la mirra, como hombre mortal. Hay algunos herejes que creen en Jesús como Dios, pero niegan su reino universal; éstos le ofrecen incienso, pero no quieren ofrecerle también el oro. Hay otros que le consideran como rey, pero no le reconocen como Dios: éstos le ofrecen el oro y rehúsan ofrecerle el incienso. Y hay algunos que le confiesan como Dios y como rey, pero niegan que tomase carne mortal: éstos le ofrecen incienso y oro, y rehúsan ofrecerle la mirra de la mortalidad. Ofrezcamos nosotros al Señor recién nacido oro, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, creyendo que Aquel que se dignó aparecer en el tiempo era Dios antes de todos los siglos; ofrezcámosle mirra, confesando que Aquel de quien creemos que fue impasible en su divinidad, fue mortal por haber tomado nuestra carne.

En el oro, incienso y mirra puede darse otro sentido. Con el oro se designa la sabiduría, según Salomón, el cual dice: «Un tesoro codiciable descansa en boca del sabio» . Con el incienso que se quema en honor de Dios se expresa la virtud de la oración, según el Salmista, el cual dice: «Diríjase mi oración a tu presencia a la manera del incienso» . Por la mirra se representa la mortificación de nuestra carne; de, aquí que la Santa Iglesia diga de los operarios que trabajan hasta la muerte por Dios: «Mis manos destilaron mirra» . Por consiguiente, ofrecemos oro a nuestro rey recién nacido si resplandecemos en su presencia con la claridad de la sabiduría celestial. Le ofrecemos incienso, si consumimos los pensamientos carnales, por medio de la oración, en el ara de nuestro corazón, para que podamos ofrecer al Señor un aroma suave por medio de deseos celestiales. Le ofrecemos mirra, si mortificamos los vicios de la carne por medio de la abstinencia. La mirra, como hemos dicho, es un preservativo contra la putrefacción de la carne muerte. La putrefacción de la carne muerta significa la sumisión de este nuestro cuerpo mortal al ardor de la impureza, como dice el profeta de algunos: «Pudriéronse los jumentos en su estiércol» . El entrar en putrefacción los jumentos en su estiércol significa terminar los hombres su vida en el hedor de la lujuria. Por consiguiente, ofrecemos la mirra a Dios cuando preservamos a este nuestro cuerpo mortal de la podredumbre de la impureza por medio de la continencia.

Al volver los Magos a su país por otro camino distinto del que trajeron nos manifiestan una cosa que es de suma importancia. Poniendo por obra la advertencia que recibieron en sueños, nos indican qué es lo que nosotros debemos hacer. Nuestra patria es el paraíso, al que no podemos llegar, conocido Jesús, por el camino por donde vinimos. Nos hemos separado de nuestra patria por la soberbia, por la desobediencia, siguiendo el señuelo de las cosas terrenas y gustando el manjar prohibido; es necesario que volvamos a ella, llorando, obedeciendo, despreciando las cosas terrenas y refrenando los apetitos de nuestra carne. Por consiguiente, volvemos a nuestra patria por un camino muy distinto, porque los que nos hemos separado de los goces del paraíso con los deleites de la carne, volvemos a ellos por medio de nuestros lamentos. De aquí que sea necesario, hermanos carísimos, que con mucho temor y temblor pongamos siempre ante nuestra vista, por una parte las culpas de nuestras obras, y por otra el estrecho juicio a que se nos ha de someter. Pensemos en la severidad con que ha de venir el justo juez, que nos amenaza con un estrechísimo juicio y ahora está oculto a nuestra vista; que amenaza con severos castigos a los pecadores, y, no obstante, todavía los espera: que está dilatando su segunda venida para encontrar menos a quienes condenar. Castiguemos con el llanto nuestras culpas, y prevengamos su presencia por medio de la confesión, poniendo por obra lo que dice el Salmista . No nos dejemos engañar por fugaces placeres, ni tampoco nos dejemos seducir por vanas alegrías. No tardaremos en ver al juez que dijo: « ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis»!  Por eso dijo Salomón: «La risa será mezclada con el dolor, y el fin de los goces será ocupado por el llanto» .

Y en otro lugar dice: «He considerado la risa como un error, y he dicho al gozo: ¿por qué engañas en vano?» . Temamos mucho los preceptos de Dios, si con sinceridad celebramos las fiestas de Dios; porque es un sacrificio muy grato a Dios la aflicción de los pecados, como dice el Salmista: «Es un sacrificio a Dios el espíritu atribulado» . Nuestros pecados antiguos quedaron borrados al recibir el bautismo; más después de recibido hemos cometido muchísimos, pero no nos podemos volver a lavar con su agua. Puesto que hemos manchado nuestra vida después de recibido el bautismo, bauticemos con lágrimas nuestra conciencia, para que, volviendo a nuestra patria por distinto camino del que llevamos, los que nos hemos separado de él atraídos por los bienes terrenales volvamos a él llenos de amargura por los males que hemos obrado, con el auxilio de Nuestro Señor Jesucristo.

San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, Rialp Madrid 1957, 115-23

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Benedicto XVI

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA ESTRELLA DE LA FE

Acerquémonos juntamente con los Magos al pesebre, para adorar al Niño Dios. Ellos vinieron desde tierras muy lejanas, llamados por el Amor eterno para la gran cita de Belén. Eran hombres importantes, sabios y filósofos, dedicados a la ciencia, en especial a la medicina y a la astrología. El Martirologio los ha colocado en el catálogo de los santos.

Vinieron desde Oriente a Jerusalén con un designio, el de preguntar dónde estaba el Rey de los judíos que había nacido. Sin duda que era Dios quien les había revelado el hecho del Nacimiento de Cristo. Ellos no eran judíos, eran paganos. Por eso en el día de hoy festejamos con gran júbilo, la epifanía o manifestación del Señor, no a los judíos, sino a los pueblos gentiles. Los Magos sabían que aquel en cuya busca estaban era un Rey, y por lo que se lee en el texto de la Escritura, que tal Rey era a su vez Dios, ya que aseguran haber venido con el propósito de adorarle.

Sabemos que el pueblo elegido, al menos en sus dirigentes, no quiso recibir al Enviado. Por eso en el momento crucial de la Pasión de Cristo, afirmaron decididamente: “No queremos que éste reine sobre nosotros”. Fueron, pues, los suyos quienes se negaron a recibirlo. Pero Dios, rico en misericordia, no sólo había invitado a los judíos a la salvación, sino que quiso extender su llamado a todas las naciones. Por eso Jesús Resucitado enviaría a los Apóstoles a predicar en todas las direcciones, hasta los confines del mundo. La semilla de la Palabra no es exclusividad del campo judío. Quiso el Señor esparcirla por todos lados, en cada lugar y sobre cada alma. Señala al respecto San Ireneo: “Del mismo modo que el sol, creatura de Dios, es uno e idéntico en todo el mundo, así también la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los hombres que quieren llegar al conocimiento de la verdad”.

San Pablo será el vaso de elección de Dios, llamado a ser como un morral esparcidor de la semilla de la Palabra sobre tierra de paganos. Por eso se lo llama, por eminencia, Apóstol de los gentiles. Es él quien en la lectura de hoy a los efesios nos afirma que los gentiles “participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio”.

Pero volvamos a los que nos ocupa. Los Magos son representantes conspicuos de los pueblos paganos, la primicia de lo que los antiguos llamaban “las naciones”, es decir, los pueblos que no pertenecían a la nación especialmente elegida. Valiéndose de las profecías hechas por Dios durante tantos siglos al pueblo elegido, se servirán de ellas para allegarse a Belén y adorar al Niño. Cuando preguntan dónde estaba el Rey de los judíos que acababa de nacer, los sacerdotes y escribas les respondieron, por voz del profeta Miqueas, que según estaba escrito había de nacer en la humilde aldea de Belén en Judá. El Mesías no debía ser engendrado entre los poderosos de este mundo. Porque en la debilidad se mostraría su grandeza; por eso quiso nacer en un lugar pobre y despreciado, y en un paraje tan desolado como lo es una gruta de animales. Eligió todo lo pobre y humilde, para que no hubiese duda que era el Poder Divino el que venía a transformar el Universo entero.

Los judíos tenían en sus manos la posibilidad de interpretarlas Escrituras y sus profecías. Pero no supieron barruntar los signos de los tiempos mesiánicos. “Dios —dice San Teófilo de Antioquía—se deja ver de los que son capaces de verle, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la luz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones”. Hay en los judíos un defecto de visión. Tienen todo para creer en el Mesías: la revelación, las profecías referidas a Él, los hechos portentosos, la Ley como guía moral. Pero están como ciegos…

Los Magos suman a la fe que ya tienen, las profecías sobre el Mesías, y creen aún más, disponiéndose a adorar a Aquel que, a no dudarlo, es Dios que ha venido a habitar entre nosotros.

La estrella de la fe

El llamado a creer en Cristo es universal. Dios es quien invita, de Él es la iniciativa. El hombre, poseedor del libre albedrío puede responderle que sí, con lo cual se acerca a la luz, o puede negarse a la convocatoria, en cuyo caso permanece en la noche tenebrosa.

La estrella de Belén invitó a los Magos a seguirla a través de un largo y dificultoso camino. Fatigas, hambre, vigilias, acecharon el itinerario. Pero ellos no se amedrentaron, deseosos como estaban de encontrar a quien ya no se hallaba lejos de sus corazones. La estrella de la fe brilla en la oscuridad de este mundo, haciéndonos buscar a Dios incansablemente. Ella no sólo será la luz que nos ilumina para poder ver, sino la guía del camino. Tal es el cometido de la estrella, figura de la fe, conducirnos por el sendero de la vida, hasta el encuentro definitivo con Cristo.

Los Magos la siguieron, y encontraron efectivamente al Señor. Su “orientadora” no les falló. Así también la fe, luz que guía nuestra inteligencia, no nos defraudará. Nos llevará hasta el final, y hasta el término en el camino de este peregrinar, que no es otro que el descanso en la contemplación del Verbo Encamado, y a través de Él, de la Santísima Trinidad.

Escribe San Juan de la Cruz: “La fe y el amor serán los lazarillos que te llevarán a Dios por donde tú no sabes ir. La fe son los pies que llevan a Dios al alma. El amor es el orientador que la encamina”.

Cuando los Magos llegaron a Belén, al final de tantas fatigas, de tanto buscar al que con Amor eterno ya los había llamado y germinalmente encontrado, por fin descansaron. Quizás esperaban hallar un palacio, riquezas, lujo y ostentación. Sólo vieron a un Niño en brazos de su Madre. Sin embargo, la luz que los trajo, suscitó en su interior un sagrado deber de piedad y religiosidad. Se arrodillaron entonces, ante el Niño, para expresar con tal postura su tributo de adoración. Habían encontrado, por fin, a su Dios y Señor. La fe, infatigable en su labor de alfarero sobre las almas, había consumado su labor, haciendo que estos hombres acabasen por descubrir detrás de la presencia de un Niño encantador el Misterio insondable de la divinidad del Dios todopoderoso. Se encontraron con Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Es claro que en el marco de la fe. Detrás de lo que sus ojos carnales veían, estaba la nube que ocultaba la divinidad. Era una captación claroscura, ya que todavía caminaban en la fe y no en la visión. La fe es luminosa porque enfoca a Aquel en quien se cree, pero a su vez deja escapar algo. Cuando se cierre el telón del primer acto de la vida, y se abra el de las verdaderas realidades, entonces veremos a Dios cara a cara, y en Él todo lo demás.

“Hallaron al niño con María su madre”

¿Dónde más podían reconocer al Mesías sino en brazos de su Madre? Fieles continuadores de la descendencia de Abraham según la fe, los Magos vieron juntos al Niño y a su Madre, inescindiblemente unidos. Así “las naciones” fueron evangelizadas en Cristo y en María. Así nació la fe en nuestra América indígena y gentil. Heredera de esta fe, por designio de la Providencia, se puso detrás de los Magos para adorar al Niño de Belén. Ella también supo utilizar las profecías del pueblo de Dios, y hoy es Mundo Nuevo y Nación Santa.

Sigue diciendo el evangelio que los Magos ofrecieron dones diversos al Niño: “oro, incienso y mirra”, el oro de la fe y las buenas obras, el incienso de la oración y la piedad, y la mirra de la mortificación y la castidad. Tres dones que la Iglesia ofrece constantemente a su Divino Esposo. El oro de la fe, que refulge hasta palidecer frente al Sol de la Gloria. El incienso de la oración, que se levanta de la tierra al cielo, en espera de la consumación total de los tiempos. La mirra de la mortificación, hasta que todos los hombres que han contemplado lo que falta a la pasión de Cristo, reciban el premio de la corona por sus esfuerzos y luchas.

Cuenta una tradición antigua que Herodes, al enterarse de que los Magos habían vuelto por otro camino, mandó esbirros en su persecución para matarlos. Ignoramos si esto se concretó. No sería extraño, ya que quien odia a Cristo, quiere perseguir y matar a sus seguidores. Pero el Señor también les dice a los Magos, a través de la estrella de la fe que los fortifica: “No temáis, Yo he vencido al mundo”.

Festejamos hoy en la figura de los Magos nuestro nacimiento a la luz de Dios. Ellos vieron con sus ojos carnales al Niño Jesús, nosotros los vemos con los solos ojos de la fe. En este tiempo de Navidad que se nos escapa, retornemos al pesebre para agradecerle a Jesús el nacimiento nuestro a la vida de la gracia. Pidámosle al Niño que nos afirme en este camino, guiados por la fe, y que toda América cristiana y los antiguos pueblos gentiles que hoy rezan a Jesucristo, no se aparten de la estrella que conduce a la definitiva manifestación del Señor en su gloria.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 57-61)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, solemnidad de la Epifanía, la gran luz que irradia desde la cueva de Belén, a través de los Magos procedentes de Oriente inunda a toda la humanidad. La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, y el pasaje del Evangelio de san Mateo, que acabamos de escuchar, ponen la promesa junto a su cumplimiento, en la tensión particular que se produce cuando se leen sucesivamente pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Así se nos presenta la espléndida visión del profeta Isaías, el cual, tras las humillaciones infligidas al pueblo de Israel por las potencias de este mundo, ve el momento en el que la gran luz de Dios, aparentemente sin poder e incapaz de proteger a su pueblo, surgirá sobre toda la tierra, de modo que los reyes de las naciones se inclinarán ante él, vendrán desde todos los confines de la tierra y depositarán a sus pies sus tesoros más preciosos. Y el corazón del pueblo se estremecerá de alegría.

En comparación con esa visión, la que nos presenta el evangelista san Mateo es pobre y humilde: nos parece imposible reconocer allí el cumplimiento de las palabras del profeta Isaías. En efecto, no llegan a Belén los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, tal vez vistos con sospecha; en cualquier caso, no merecen particular atención. Los habitantes de Jerusalén son informados de lo sucedido, pero no consideran necesario molestarse, y parece que ni siquiera en Belén hay alguien que se preocupe del nacimiento de este Niño, al que los Magos llaman Rey de los judíos, o de estos

hombres venidos de Oriente que van a visitarlo. De hecho, poco después, cuando el rey Herodes da a entender quién tiene efectivamente el poder obligando a la Sagrada Familia a huir a Egipto y ofreciendo una prueba de su crueldad con la matanza de los inocentes (cf. Mt 2, 13-18), el episodio de los Magos parece haberse borrado y olvidado. Por tanto, es comprensible que el corazón y el alma de los creyentes de todos los siglos se hayan sentido más atraídos por la visión del profeta que por el sobrio relato del evangelista, como atestiguan también las representaciones de esta visita en nuestros belenes, donde aparecen los camellos, los dromedarios, los reyes poderosos de este mundo que se arrodillan ante el Niño y depositan a sus pies sus dones en cofres preciosos. Pero conviene prestar más atención a lo que los dos textos nos comunican.

En realidad, ¿qué vio Isaías con su mirada profética? En un solo momento, vislumbra una realidad destinada a marcar toda la historia. Pero el acontecimiento que san Mateo nos narra no es un breve episodio intrascendente, que se concluye con el regreso apresurado de los Magos a sus tierras. Al contrario, es un comienzo. Esos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a lo largo de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben avanzar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquel que aparentemente es débil y frágil, pero que en cambio puede dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre. De hecho, en él se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, de que su grandeza y su poder no se manifiestan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se confía a nosotros. A lo largo de la historia siempre hay personas que son iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan a él.

Todas viven, cada una a su manera, la misma experiencia que los Magos. Llevaron oro, incienso y mirra. Esos dones, ciertamente, no responden a necesidades primarias o cotidianas. En ese momento la Sagrada Familia habría tenido mucha más necesidad de algo distinto del incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil. Pero estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. De hecho, según la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad. La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos ya no pueden proseguir por su camino, ya no pueden volver a Herodes, ya no pueden ser aliados de aquel soberano poderoso y cruel. Han sido llevados para siempre al camino del Niño, al camino que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y los llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, al camino del amor, el único que puede transformar el mundo.

Así pues, no sólo los Magos se pusieron en camino, sino que desde aquel acto comenzó algo nuevo, se trazó una nueva senda, bajó al mundo una nueva luz, que no se ha apagado. La visión del profeta se ha realizado: esa luz ya no puede ser ignorada en el mundo: los hombres se moverán hacia aquel Niño y serán iluminados por la alegría que sólo él sabe dar. La luz de Belén sigue resplandeciendo en todo el mundo. San Agustín recuerda a cuantos la acogen:

“También nosotros, reconociendo en Cristo a nuestro rey y sacerdote muerto por nosotros, lo honramos como si le hubiéramos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo nos falta dar testimonio de él tomando un camino distinto del que hemos seguido para venir” (Sermo 202. In Epiphania Domini, 3, 4).

Por consiguiente, si leemos juntamente la promesa del profeta Isaías y su cumplimiento en el Evangelio de san Mateo en el gran contexto de toda la historia, resulta evidente que lo que se nos dice, y lo que en el belén tratamos de reproducir, no es un sueño ni tampoco un juego vano de sensaciones y emociones, sin vigor ni realidad, sino que es la Verdad que se irradia en el mundo, a pesar de que Herodes parece siempre más fuerte y de que ese Niño parece que puede ser relegado entre aquellos que no tienen importancia, o incluso pisoteado. Pero solamente en ese Niño se manifiesta la fuerza de Dios, que reúne a los hombres de todos los siglos, para que bajo su señorío recorran el camino del amor, que transfigura el mundo. Sin embargo, aunque los pocos de Belén se han convertido en muchos, los creyentes en Jesucristo parecen siempre pocos. Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje. Los estudiosos de la Escritura del tiempo de Jesús conocían perfectamente la Palabra de Dios. Eran capaces de decir sin dificultad alguna qué se podía encontrar en ella acerca del lugar en el que habría de nacer el Mesías, pero, como dice san Agustín: “Les sucedió como a los hitos (que indican el camino): mientras dan indicaciones a los caminantes, ellos se quedan inertes e inmóviles” (Sermo 199. In Epiphania Domini, 1, 2).

Entonces podemos preguntarnos: ¿cuál es la razón por la que unos ven y encuentran, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: la excesiva seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber formulado ya un juicio definitivo sobre las cosas hacen que su corazón se cierre y se vuelva insensible a la novedad de Dios. Están seguros de la idea que se han hecho del mundo y ya no se dejan conmover en lo más profundo por la aventura de un Dios que quiere encontrarse con ellos. Ponen su confianza más en sí mismos que en él, y no creen posible que Dios sea tan grande que pueda hacerse pequeño, que se pueda acercar verdaderamente a nosotros.

Al final, lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también la valentía auténtica, que lleva a creer en lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme. Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse y de salir de sí para avanzar por el camino que indica la estrella, el camino de Dios. Sin embargo, el Señor tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos. Así pues, pidámosle que nos dé un corazón sabio e inocente, que nos permita ver la estrella de su misericordia, seguir su camino, para encontrarlo y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo. Amén.

 (Basílica Vaticana, Martes 6 de enero de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

SEGUIDORES

            “Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”[1].

            Una cosa, entre otras, en las que María meditaba:

+ Su Hijo pobre adorado por unos reyes venidos de Oriente.

            María recordaba cuando estaba en Belén, en una casa con el Niño y como de pronto entraron en la casa unos reyes magos y se postraron ante el Niño y lo adoraron y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra[2]. Ellos comenzaron a contarle porque estaban allí. La aparición de la estrella, su largo viaje, la llegada a Jerusalén y su entrevista con Herodes y los sumos sacerdotes, la detención de la estrella sobre la casa[3]. Después de contarle todo se marcharon.

            La Virgen comprende muchas cosas pero principalmente el valor de la fe. Con mucha razón su prima la felicitó “feliz la que ha creído”[4]. Los magos llegaron a adorar al Niño movidos por la fe.

            La estrella es la fe. San Agustín dice “hemos visto su estrella en el Oriente. Dan la buena nueva y al mismo tiempo preguntan; creen y buscan a imagen de aquellos que caminan en la fe y desean la realidad”. Y San León: “Además de esta aparición de la estrella que hirió su vista corporal, el rayo más resplandeciente de la verdad instruyó sus corazones, lo cual correspondía a la iluminación de la fe”. Y la Glosa: “La estrella es la fe iluminando nuestras almas, llevándolas a Cristo”[5].

El camino de los magos y nuestro itinerario en la fe

+ La fe es una gracia[6].

            Es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por El.

            Los magos conocen la revelación confusamente, han visto el signo de Dios en la estrella y son movidos interiormente a emprender el viaje.

            Dios toma la iniciativa y se manifiesta a los magos.

+ La fe es un acto humano[7].

            Creer no es contrario ni a la libertad, ni a la inteligencia del hombre. En el caso de los Magos, sus estudios astrológicos le sirvieron para creer. Dice San Agustín “creo para entender, entiendo para creer”. Los magos indagan al llegar a Jerusalén a semejanza de María en la anunciación.

            Dice San Juan Crisóstomo: “Dios al movernos a bien obrar no nos quita la libertad” y hace ver como los magos superaron todos los obstáculos del viaje y de los personajes en los que hallaron tropiezos al seguimiento de la estrella. Su libertad en el obrar los hizo superar todo.

            Los magos creen que la estrella es manifestación de la divinidad y se ponen en camino porque “la fe, la inteligencia y la voluntad humana cooperan con la gracia divina”[8].

            En todo acto de fe es necesario arrojarse en manos de Dios, poner la confianza en Dios “que es el motivo de creer”[9]. Creemos por la autoridad de Dios que se revela.

            Los magos dejaron su ciudad y sus comodidades confiados en que encontrarían al rey universal, movidos por la luz de la estrella y de la gracia interior.

            Vivir en la fe, que es la conversión, implica una nueva vida, significa dejar atrás un montón de cosas pero principalmente la vida mundana en el pensar, en el hablar y en el obrar.

            La tentación de volver estará siempre. Los magos habrán tenido la tentación de volver a su patria. Si volvemos atrás, a vivir como el hombre viejo perderemos la fe. “La trasgresión continua y culpable de la ley de Dios produce en el alma del pecador un desasosiego cada vez mayor contra la ley de Dios, que le prohíbe entregarse con tranquilidad a sus desórdenes. Esta situación psicológica tiene que desembocar lógicamente, tarde o temprano, en una de estas dos soluciones: el abandono del pecado o el abandono de la fe”[10].

+ La fe es comienzo de la vida eterna[11], es comienzo de la visión. El peregrinar de los magos siguiendo la estrella de la fe terminó en la visión del Niño Dios “creen y buscan a imagen de aquellos que caminan en la fe y desean la realidad” (San Agustín) aunque el termino de nuestro peregrinar en la fe termina en una visión mucho más perfecta.

            La fe es a la vez luminosa porque es preludio de la visión pero es oscura porque todavía no es la visión. Y por eso “la fe puede ser puesta a prueba”[12] como la de los magos.

            Renuncian a Babilonia o a su ciudad, caminan por el desierto que es la experiencia de la cruz en nuestra vida.

            Su encuentro con Herodes, príncipe de Judea, nos recuerda la decepción que experimentamos al ver las leyes, las doctrinas, la descristianización del mundo y de sus príncipes. Esto produce desaliento. Y ante esta tentación recordemos las palabras del Papa Juan Pablo II: “sois los preferidos, los íntimos del Señor. No olvidéis esta realidad […] saber que en medio de las dificultades, está con nosotros. Aquel que nos comprende, nos ayuda y recoge el valor de cada esfuerzo hecho por El”[13].

Herodes tiene falta de rectitud. Quiere averiguar donde había nacido el Niño pero no con el fin de adorarlo sino de matarlo. También en nuestras vidas nos encontraremos con personas que piden que les demos razón de nuestra fe, pero no para creer sino para destruirla. Debemos estar atentos para no echar las perlas a los puercos[14], como Jesús que ante el otro Herodes calló[15].

Nuestra fe choca contra los malos ejemplos en la Iglesia. El más terrible, el escepticismo religioso, la fe muerta, el conocimiento cadavérico de la fe. Los judíos de Jerusalén conocían el lugar donde nacería el Niño, lo dicen a Herodes, pero no se mueven de su comodidad para ir a buscar al Niño.

Dice el Apóstol Santiago hablando de la fe muerta: “muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe”[16]. De los fariseos decía el Señor “dicen y no hacen”[17]. Este puede ser un escándalo grande para nuestra fe.

¿Nuestra fe la trasmitimos con convicción? ¿Buscamos a Jesús después de haber enseñado donde esta Jesús? Dice San Pablo en la carta a los Gálatas “la fe que actúa por la caridad”[18]. Así debe ser nuestra fe.

            También se ve en los judíos de Jerusalén un desconocimiento de los signos de los tiempos que es resultado de la falta de oración. Dice San Agustín: “en esto, los judíos fueron semejantes a los artífices que construyeron el arca de Noé y que perecieron en el diluvio, después de haber preparado a otros los medios de salvarse”.

            Por eso la fe es permanentemente atacada por los escándalos de los malos cristianos y del mundo con sus respectivos jefes, en los cuales, los escándalos se magnifican.

            ¿Puede perderse la fe sin haber pecado contra ella? Si. Dios castiga a algunos hombres los pecados contra algunas virtudes que no son la fe dejándolos en tinieblas y entonces sobreviene la pérdida de la fe. Cuando se da un largo período de descristianización surgen necesariamente multitud de dudas contra la fe que producen la lejanía de Dios.

            Lo que es del todo claro es que nadie puede perder la fe sin culpa propia, porque “los dones y la vocación de Dios son irrevocable” (Rm 11,29)[19].

            Siguiendo el ejemplo de los magos debemos perseverar en la fe.

            San Pablo le dice a Timoteo: “combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe”[20]. Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios (estudio de la fe en general), debemos pedir al Señor que la aumente (oración); debe actuar por la caridad, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia[21].

            La fe tiene (como antes dijimos) luces y sombras. Desierto y consolación. A los magos en su camino se les desapareció la estrella, pero también se les apareció nuevamente y por eso “al ver la estrella sintieron grandísimo gozo”[22]. La fe nos da alegría. Dice comentando el pasaje San Juan Crisóstomo “se regocijaron porque en vez de ver fallidas sus esperanzas, fueron por el contrario, confirmadas más y más, y porque veían recompensadas las penalidades de un camino largo”.

            La fe verdadera termina en la visión.

            Encontraron a Jesús y lo adoraron, reconocieron en Él a un Rey y por eso le ofrecieron oro, el Rey de las naciones; lo reconocieron Dios y le ofrecieron incienso y hombre verdadero por eso le dieron mirra. Creyeron con pureza de fe: “aunque ellos no comprendieron que misterio era este ni que significaba cada uno de sus dones, poco importaba, porque la misma gracia que los inducía a hacer estas cosas; lo tenía todo dispuesto y ordenado” (San Juan Crisóstomo).

            También debemos alegrarnos en los magos de Oriente, primicias de nuestro llamado a la fe católica. “Los tres hombres que ofrecen a Dios sus dones representan a sus pies, las naciones venidas de las tres partes del mundo: mientras abren sus tesoros, hacen salir del fondo del corazón la confesión de la fe” (La glosa)[23].

            La Virgen vio en aquellos magos las primicias de las naciones a las cuales también se iba a manifestar su Hijo según habían dicho los profetas[24] y también el homenaje de las naciones a su Hijo rey[25].

            María va contemplando con más claridad el misterio de su Hijo, el Verbo Encarnado.

            La Virgen recuerda a aquellos seguidores perseverantes de la estrella que desde Oriente vinieron buscando incansablemente al rey universal y no se detuvieron hasta alcanzar su fin, ver al Niño Dios. En ellos María seguirá viendo a través del tiempo muchos hijos suyos buscadores incansables de su Hijo.

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[1] Lc 2, 51
[2] Cf. Mt 2, 11
[3] Cf. Mt 2, 1-11
[4] Lc 1, 45
[5] Santo Tomás de Aquino, Catena Áurea, comentario a Mt 2,2. En adelante Catena Áurea…
[6] Cat. Ig. Cat., 153
[7] Cat. Ig. Cat, 154
[8] Cat. Ig. Cat, 155
[9] Ct. Ig. Ct, 156
[10] Royo Marín, Teología Moral para Seglares (I), BAC Madrid 1973, 253.
[11] Ct. Ig. Cat, 163
[12] Ct. Ig. Cat, 164
[13] A los sacerdotes del seminario de Moncada, 21-09-1982, Valencia (España).
[14] Cf. Mt 7,6
[15] Cf. Lc 23, 7-9
[16] St 2, 18
[17] Mt 23, 3
[18] 5, 6
[19] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares (I)…, 246-47.
[20] 1 Tim 1, 18-19
[21] Cf. Cat. Ig. Cat, 162
[22] Mt 2, 10
[23] Las citas de los Santos Padres son de la Catena Áurea, comentario a Mt 2, 1-12 y de San Juan Crisóstomo, comentario a Mt 2, 1-12.
[24] Jr 23, 5 ss.; 33, 15; Is 11.32 y 60; Ez 37, 23 ss.
[25] Nm 24,17; Is 49, 23; 60, 5 ss.; Sal 77, 10-15

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Directorio Homilético

Solemnidad de la Epifanía del Señor

CEC 528, 724: la Epifanía del Señor

CEC 280, 529, 748, 1165, 2466, 2715: Cristo, luz de las naciones

CEC 60, 442, 674, 755, 767, 774-776, 781, 831: la Iglesia, el sacramento de la unidad del

género humano

528    La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (cf. LH Antífona del Magnificat de las segundas vísperas de Epifanía), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos “magos” venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos “magos”, representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para “rendir homenaje al rey de los Judíos” (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que será el rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que “la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas”(S. León Magno, serm.23 ) y adquiere la “israelitica dignitas” (MR, Vigilia pascual 26: oración después de la tercera lectura).

724    En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo 2º después de Navidad

03
enero

Domingo 2º después de Navidad

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo 2º después de Navidad

(Domingo 3 de enero de 2016)

LECTURAS

La Sabiduría de Dios habitó en el pueblo elegido

Lectura del libro del Eclesiástico                         24, 1-2. 8-12

            La Sabiduría hace el elogio de sí misma y se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de su Poder.

            «El Creador de todas las cosas me dio una orden, el que me creó me hizo instalar mi carpa, Él me dijo: “Levanta tu carpa en Jacob y fija tu herencia en Israel”.

            Él me creó antes de los siglos, desde el principio, y por todos los siglos no dejaré de existir.
Ante El, ejercí el ministerio en la Morada santa, y así me he establecido en Sión; Él me hizo reposar asimismo en la Ciudad predilecta, y en Jerusalén se ejerce mi autoridad.

            Yo eché raíces en un Pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su herencia».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial    147, 12-15.19-20

R. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

O bien:

 Aleluia.

            ¡Glorifica al Señor, Jerusalén,

alaba a tu Dios, Sión!

El reforzó los cerrojos de tus puertas

y bendijo a tus hijos dentro de ti. R.

Él asegura la paz en tus fronteras

y te sacia con lo mejor del trigo.

Envía su mensaje a la tierra,

su palabra corre velozmente. R.

Revela su palabra a Jacob,

sus preceptos y mandatos a Israel:

a ningún otro pueblo trató así

   ni le dio a conocer sus mandamientos. R.

Nos predestinó a ser sus hijos adoptivos

 por medio de Jesucristo

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Éfeso                     1, 3-6. 15-18

            Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor.

            Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido.

      Por eso, habiéndome enterado de la fe que ustedes tienen en el Señor Jesús y del amor que demuestran por todos los herma­nos, doy gracias sin cesar por ustedes, recordándolos siempre en mis oraciones.

      Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la glo­ria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que Él ilumine sus cora­zones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su heren­cia entre los santos.

Palabra de Dios.

Aleluia         1Tim 3, 16

Aleluia.

Gloria a ti, Cristo, proclamado a los paganos;

gloria a ti, Cristo, creído en el mundo.

Aleluia.

Evangelio

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros

… Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

 según san Juan                                 1, 1-18

 

Al principio existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Vino como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz,

sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera

      que, al venir a este mundo,

      ilumina a todo hombre.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos,

y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

       a los que creen en su   Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,

       ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él, al declarar:

«Éste es Aquél del que yo dije:

El que viene después de mí me ha precedido,

porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado

y hemos recibido gracia sobre gracia:

porque la Ley fue dada por medio de Moisés,

pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;

el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,

que está en el seno del Padre.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

GUIÓN SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD 3 DE ENERO 2016- Ciclo C

Entrada: En este domingo todavía está presente ante nosotros el gran misterio de la Navidad, en la que el Verbo de Dios se hizo carne. En la Santa Misa de hoy se repetirá el misterio de Belén, ya que Jesucristo se hará realmente presente bajo las especies del pan y del vino, y así consumará el mismo sacrificio que hizo en la cruz.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura       Eclesiástico 24, 1-2. 8-12

La Sabiduría de Dios se gloría de habitar en medio de los hombres

Salmo responsorial: 147

2° Lectura      Efesios 1, 3-6. 15-18

Dios nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo

Evangelio       Juan 1, 1-18

La sabiduría de Dios que es su Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros, Jesús de Nazaret.

Preces:

Invocando el nombre de Jesús por quien el Padre Eterno  nos reconoce como sus hijos, presentamos nuestras súplicas.

A cada intención respondemos cantando:

1)      Por las necesidades materiales y espirituales de la santa Madre Iglesia esparcida por todo el orbe, especialmente por los cristianos perseguidos a causa de su fe en Cristo Jesús. Oremos.

2)      Por la unidad de los cristianos, la paz en el mundo entero y para que la conciencia del perdón y la reconciliación se afiance en los corazones de los hombres. Oremos.

3)      Por los gobernantes de las naciones, para que rijan los pueblos a ellos encomendados según la prudencia y la sabiduría que da la fe en Dios creador y Padre del género humano. Oremos.

4)      Para que el santo nombre de Jesús sea invocado con viva fe por todos los que sufren en su cuerpo o en su alma y encuentren alivio y serenidad en medio de sus sufrimientos. Oremos.

Padre Bueno, acoge nuestra oración y concédenos siempre tu santo Espíritu para que cumplamos siempre y en todo tu santa voluntad. Amén

Liturgia Eucarística

Ofertorio: Junto con Jesús la víctima divina ofrecemos :

*pan y vino para que sean transustanciados en su cuerpo y su sangre, comida y bebida espiritual de nuestras almas.

Comunión: Ven, dulce Jesús del alma  a habitar en nuestro corazón y establece en él la santa morada de tu Nombre santificador.

Salida: Que María Santísima que llevó en sus labios y en su corazón el santo nombre de Jesús, nos enseñe a invocarlo cada día con más fe y devoción.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         P. Alfredo Sáenz, S. J.

El prólogo del Evangelio de San Juan

Todavía en el ambiente de la Navidad, la liturgia de hoy nos conduce no tanto ya al gozo que ofrece la visión del pesebre cuanto a la contemplación de lo más insondable del misterio de la Encarnación, presentándonos el texto que constituye el prólogo del evangelio de San Juan, el evangelista teólogo, con visión de águila. Este prólogo es un himno, quizás el más magnífico de los himnos cristianos. Porque si es cierto que la belleza es el esplendor de la verdad, en ninguna parte lo es más que en este himno, anclado todo él en la verdad de Dios. Y en una verdad que une el tiempo con la eternidad, porque nos muestra, en visión panorámica, el estado eterno del Verbo y el hecho temporal de su venida al mundo por la Encarnación.

Será ésta una homilía un tanto difícil, ya que en ella trataré de hacer la exégesis de aquel sublime e inefable texto. Pero creo que el esfuerzo merece la pena.

1. LA PALABRA

La primera idea del prólogo de San Juan gira en torno al Verbo de Dios, a la Palabra de Dios. “Al principio existía el Verbo”, empieza nuestro himno, en notable paralelismo con el comienzo del Génesis que relata la Creación. Y ese Verbo “estaba junto a Dios”, agrega, es decir que si bien el Verbo constituye una Persona distinta, el Hijo de Dios, al mismo tiempo está en estrecha proximidad con la raíz de la divinidad que es el Padre. Es lo que recalca enseguida el evangelista: “y el Verbo era Dios”. Se distingue, pues, del Padre, pero simultáneamente comparte de manera plenaria su divinidad, es esa divinidad. O como lo profesamos en el Credo, el Verbo es “Dios de Dios”.

Pues bien, ese Dios eterno, increado, está en el origen de toda creación: “Todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo, y sin él no se hizo nada de todo lo que existe”. Se ve que San Juan quiere relacionar la eternidad del Verbo con la creación del mundo. Nos impresiona pensar que el Hijo de Dios, que luego se haría carne, estuvo ya presente y actuando en la Creación. Entonces, como nos dice el Génesis, “Dios dijo que se hiciese la luz… y la luz fue hecha”: es decir que Dios creó por su Verbo, por su “dicción”, su Palabra. Algo semejante afirmaría San Pablo: “En él todas las cosas han sido creadas”.

2. LA VIDA

Una vez que San Juan mostró cómo por medio del Verbo fue creado el mundo, pasa a un segundo tema: “En él estaba la vida”. Tema grato a ese evangelista, quien a lo largo de todos sus escritos hablaría tanto de la vida. No de la vida en el sentido puramente terrestre, sino de la vida eterna, de la vida de Dios, de la vida del Verbo, vida eterna, pero siempre joven. Cristo prometería la vida a Nicodemo, la vida para quien renace del agua y del Espíritu, así como a la samaritana, a quien le aseguró que le daría de beber agua viva. Esa Vida que Dios posee desde siempre, la quiere comunicar, difundir, dar a beber. “Si tú conocieses el don de Dios”, le diría a la misma samaritana. La Vida es el don de Dios, Dios la da, en ella Dios se da. “Dios Amor”, enseña San Juan.

3. LA LUZ

Prosigue el evangelista: “y la vida era la luz de los hombres”. La luz es el tercero de los grandes temas de este texto, tema que ocupa en el cuarto evangelio un lugar no menos importante que el de la vida. San Juan identifica la Luz con la Vida: la Vida era la Luz. En su primera epístola explicaría mejor la relación que media entre la Luz y la Vida: “La nueva que hemos aprendido del Señor —dice allí— es que Dios es luz y que en él no hay tinieblas…; el que ama a su hermano permanece en la luz”. Hemos visto que para aquel evangelista la esencia de la vida es el amor, el amor que se da. Y ahora nos dice que el que ama está en la luz. Así ama el Padre a su Hijo, su Verbo, su Imagen perfecta, Imagen donde nada es oscuro, Imagen que es Luz indeficiente.

La vida es, pues, “la luz de los hombres”. Ser cristiano es contemplar a Dios en su Verbo encarnado. Nuestro texto entra ahora en un momento trágico: “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron”. Los hombres, con sus pecados, se cierran a la luz. La separación de la luz y de las tinieblas había sido el primer acto creador. En esta segunda creación —que es la redención— la luz vuelve a entrar en conflicto con las tinieblas. Luz y Tinieblas se enfrentan, como se enfrentan Vida y Muerte. Las Tinieblas son el símbolo del mundo sin Dios, del mundo que se clausura frente a Dios. Hay un contraste frontal entre la riqueza infinita del Dios, que no pone límites a su don, y la nada de la creatura, que pretende bastarse sin Dios. La Vida divina es Luz, pero lo que los hombres mundanos llaman vida, y a la que se adhieren fanáticamente, es Tiniebla.

Sigue el texto: “Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no lo conoció”. Es la primera venida del Verbo: Dios se hace presente al mundo por su obra creadora. Vino al mundo, es decir, se manifestó a todos los hombres, judíos y gentiles, por medio de las creaturas, mediante las cuales se puede, con la sola luz de la razón, llegar a conocer al Creador. Esta luz, que en última instancia procede del Verbo, del Hijo de Dios, está al alcance de todos. A pesar de ello, “el mundo no lo conoció”. Pero el Verbo dio un paso más: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron-. Es la segunda venida del Verbo, cuando se manifestó a los suyos, a su pueblo elegido, cuando se encarnó en el seno de ese pueblo. Y también su pueblo lo rechazó.

“Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre; les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”. Porque hubo quienes lo recibieron y siempre habrá quienes lo reciban, quienes crean en El, en su encarnación, en sus palabras. Somos nosotros, amados hermanos, los que hemos creído en El, y a quienes se nos ha dado “poder de llegar a ser hijos de Dios”. Es lo que dice San Pablo en la segunda lectura de hoy: “El Padre nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucris-to”. No contento con sacarnos de la nada, el Verbo nos quiso asociar a su filiación divina, nos hizo hijos en el Hijo, hijos de un Padre común, gracias a lo cual nos atrevemos a decir: Padre nuestro. Nosotros que, como sigue diciendo San Juan, en lo que atañe a la vida divina no hemos “nacido de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino engendrados por Dios”, a semejanza de Jesús, que nació de una Virgen y del Espíritu Santo. Y llegamos así al punto culminante de todo el texto:

4. LA TIENDA Y LA GLORIA. LA GRACIA Y LA VERDAD

“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad-. Es éste el motivo central de todo el cuarto evangelio: el Verbo se hizo carne. En el lenguaje hebreo, “carne” significa la creatura en general, considerada en su debilidad natural, a la que el Verbo creador hace el gesto increíble de asociársela. La Encarnación no es una conquista de la creatura, sino pura gracia. Dios une a su grandeza, que le es propia, nuestra debilidad, que le es ajena. Para eso ha venido hasta nosotros, para que nosotros pudiésemos ir hasta El; se ha humillado para que nos elevemos; se ha empobrecido para que nos hiciésemos ricos con su pobreza. Dios se encarnó para estar con nosotros; es Emmanuel, Dios con nosotros. El “habitó” entre nosotros, o mejor, como dice la versión original, “acampó” entre nosotros, puso su “tienda” entre nosotros, que fue la expresión usada en el libro del Éxodo para señalar el lugar de reunión entre Dios y su pueblo, la morada de Yahvé. San Juan no teme decir: “Nosotros hemos visto su gloria”. Gloria y Morada de Dios son dos expresiones que siempre se unen en la Escritura. La Presencia de Dios invade con su Gloria el recinto elegido, sea en el desierto, sea en el Templo de Jerusalén, sea en Jesús, templo definitivo. Gracias a la Encarnación, en cierto modo el hombre se hace capaz de ver a Dios, aunque sólo por la fe, que es también un don de Dios. Como dijo el Señor a Marta: “Si creyeras, verías la gloria de Dios”. Por la Encarnación resplandeció, pues, en Cristo, la gloria de Dios, “la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”.

Y termina el texto: “De su plenitud todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia”. Porque está lleno de Gracia, el Hijo redunda sobre los miembros de su cuerpo, rebalsa y derrama su vida divina. “Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre”. Así culmina este admirable prólogo, en forma de un círculo que se cierra: del Padre procede el Verbo; ese Verbo viene al mundo, manifiesta la Luz divina; y mediante esa Luz divina, que es la Vida de Dios entre nosotros, ese Verbo nos hace capaces de conocer al Padre, de ir hasta el Padre.

Dentro de algunos instantes nos acercaremos a comulgar el Cuerpo de Jesús. Por la gracia de Dios no nos contamos entre aquellos que, a pesar de ser de los suyos, se resisten a recibirlo. Pidámosle la gracia de que prolongue en cierto modo su Encarnación en nuestras almas, que tienda en nosotros la carpa de su morada, que por la Eucaristía se haga carne en nuestro interior, para que su luz nos encandile, para que su vida y su gracia nos invadan, de modo que nuestro interior se llene así con la gloria de Dios.

Saenz a., Palabra y Vida, Ciclo B, Segundo Domingo de Adviento, Gladius Buenos Aires 1993, 44-48

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Comentario Teológico

·        Reginald Garrigou – Lagrange, O. P.

EL VERBO HECHO CARNE SEGUN SAN JUAN

Los exegetas católicos han demostrado ampliamente en estos últimos años que no es posible aportar ningún argumento válido en contra de la autenticidad y de la historicidad del cuarto Evangelio, Evangelio que, unánimemente, la tradición atribuyó siempre al apóstol San Juan[1]

Se ha demostrado, por la misma lengua en la que está escrito y por la manera en que está compuesto, que su autor era judío, que era un testigo ocular y un discípulo de Jesús, aquel del que se dice en este libro, en el que no se nombra nunca al apóstol San Juan, que era el discípulo que Jesús amaba. Éste ha querido suplir lo que faltaba en los sinópticos referente a la descripción de los hechos, sobre todo de los hechos ocurridos en Judea, e, igualmente, en los sermones de Nuestro Señor, sermones que, con frecuencia, los tres primeros Evangelios sólo referían en sustancia[2]. Tal como reconoce el racionalista Harnack, el libro fue escrito entre el 80 y el 100.

El fin principal del cuarto Evangelio es, ciertamente, dogmático; fue escrito para demostrar, en contra de los corintianos y los ebionitas, que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, tal y como se declara en las primeras líneas[3]. En cuanto a los hechos que refiere, jamás éstos están presentados como alegorías o parábolas; están expuestos como hechos ocurridos realmente.

Tampoco se puede decir que San Juan, cuando refiere los sermones de Jesús, expone, más bien, sus ideas personales, puesto que en varios lugares distingue claramente las palabras de Cristo de las reflexiones personales que hace a propósito de éstas[4].

El prólogo

El prólogo del cuarto Evangelio sirve de fundamento dogmático a todo el libro e indica el punto de vista. Expone quién es el Verbo hecho carne y, en primer lugar, cuáles son las relaciones del Verbo con Dios[5] :

Al principio era el Verbo,

y el Verbo estaba en Dios,

y el Verbo era Dios.

Él estaba al principio en Dios.

Es decir, antes del mundo, antes del Verbo, era el Verbo desde toda la eternidad. Estaba en Dios, como su palabra interior, estaba en comunión substancial y activa con Dios Padre pero, diferente de Él, fue enviado por Él. Distinto del Padre, el Verbo era, sin embargo, consubstancial al Padre, puesto que se dice: y el Verbo era Dios, et Deus erat Verbum. El Verbo estaba unido eternamente a su Padre por unidad de naturaleza y de voluntad. Por estos primeros versículos del prólogo, San Juan se remonta de la humanidad del Salvador a su personalidad divina y a su divinidad, de la misma manera que, desde el borde el océano, la mirada se dirige desde la orilla hasta la inmensidad de este mismo océano y se pierde en él sin que pueda alcanzar más que una ínfima parte. Sin embargo, la extensión del océano es finita, mientras que la perfección del Verbo es infinita.

Las relaciones del Verbo con las criaturas en general se expresan en el versículo siguiente[6]:

Todas las cosas fueron hechas por Él,

y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.

Todo, sin excepción, incluso la materia, ha sido hecho por Él. El Padre posee todo el poder creador, pero nada llega a existir si el Verbo no le da forma. Antes de su creación el mundo tenía una existencia ideal en el Verbo; estaba eternamente presente en la inteligencia divina, en donde todo es vida[7].

Finalmente, las relaciones del Verbo con los hombres están contenidas en estos versículos[8]:

En Él estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz nace en las tinieblas,

pero las tinieblas no la acogieron.

La luz natural de la inteligencia y la luz sobrenatural de la revelación y de la fe, que el Verbo extiende sobre la tierra, brilla entre los hombres sumergidos en las tinieblas de la ignorancia y del pecado; a pesar de los milagros del Verbo hecho carne, muchos de ellos permanecieron en un estado de endurecimiento y no recibieron la luz que traía.

El evangelista dice más adelante[9]: Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron; vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas[10].

Por el contrario, a aquellos que le recibieron, ¿qué les dio? Mas a cuantos le recibieron, dioles poder de venir a ser hijos de Dios[11]. Es decir, a todos aquellos que le recibieron como creador y autor de la salvación eterna, ya fuesen judíos o paganos, les dio el poder de llegar a ser, en el orden sobrenatural, hijos adoptivos de Dios.

Esta filiación no es resultado de la generación natural, no proviene de la sangre, ni de la voluntad de la carne (del ciego instinto de los sentidos), ni de la voluntad del hombre (esclarecida por la razón), sino que proviene inmediatamente de Dios. Se puede decir que el hijo adoptivo de Dios ha nacido de Dios[12], en el sentido en el que Jesús se lo dirá a Nicodemo[13]: Quien no naciere del agua y del Espíritu (por el bautismo), no puede entrar en el reino de los cielos. Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu. De la misma manera, San Pedro dice que, por medio de la gracia que nos santifica, hemos sido hechos: partícipes de la divina naturaleza[14], participamos de la vida íntima de Dios.

Tal es el Verbo en sus relaciones con Dios Padre y con los hombres. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros[15]. La palabra carne significa aquí hombre, como, a menudo, en el lenguaje bíblico[16]; ha sido elegida para señalar mejor la realidad de la humanidad de Cristo y la suprema humillación del Verbo. Todas las herejías que hacen relación a Cristo Jesús se estrellarán contra esta palabra, ya nieguen su divinidad, la realidad de su humanidad, o su unión en la persona del Verbo.

¿Cuáles son las fuentes de esta doctrina?[17] Se encuentran en la enseñanza misma de Nuestro Señor, conservada en la tradición apostólica y comparada con lo que el Antiguo Testamento nos dice de la Sabiduría eterna y de la Palabra de Dios[18].

Tras el Prólogo, el cuarto Evangelio se divide naturalmente en dos partes: Jesús manifiesta su misión y su divinidad durante su vida pública[19];    Jesús manifiesta su misión y su divinidad durante su pasión y tras su resurrección[20].

(Garrigou – Lagrange, R., El Salvador, Ediciones RIALP, Madrid, 1977, p.  91 – 95)

___________________________________________
[1] Recordemos que San Ireneo, en su libro Adversus Haereses, escrito del 174 al 189, dice que el cuarto Evangelio fue compuesto por Juan, discípulo del Señor, aquel que descansó sobre su pecho, y que lo publicó cuando vivía en Éfeso. San Ireneo tuvo una relación muy íntima con San Policarpo y otros discípulos inmediatos de los Apóstoles; es un testigo excepcional por cuanto que nació en Asia, vivió en Roma y fue obispo de Lyón.
[2] Cfr. LAGRANGE, Saint Jean (1925), Introd.: caps. I, II, III ; y J. M. Vosté : Studia Joannea , 2° ed. , Roma, 1930. Cap. II: De prólogo Joaneo et Logo, y cap. VI: Ultimi Chrisiti Sermones; Batiffol: L´ Enseignement de Jesús, p. 196 ss.
[3] Cap. 20, 31.
[4] Cap. 2, 21; 12, 33; 7, 39.
[5] Io. 1, 1-2.
[6] Io. 1, 3.
[7] Cfr. S. Agustín, In Evang. Sec. Joannem, cap. I, tr. I, 16; Sto. Tomás, I, q. 18, a.4; Bossuet, Elévations sur les Mystéres, semana 12, 10° elevación.
[8] Io. 1, 4-5.
[9] Io. 1, 11.
[10] Io. 3, 19.
[11] Io. 1, 12-13.
[12] Io. 1, 13.
[13] Io. 3, 5-8.
[14] 2. Pet. 1, 4.
[15] Io. 1, 14.
[16] Toda carne había corrompido su camino sobre la tierra (Gen. 6, 12; Is. 40, 5; Ioel 2, 28).
[17] Varios racionalistas mantienen que la doctrina de San Juan sobre el Verbo o Logos proviene, en  parte, del judío Filón, contemporáneo suyo. Filón habla por cierto de un Logos a quien llama hijo de Dios, que tiene un papel en la formación del mundo y que aporta a los una revelación celestial. Pero el Logos de Filón no es creador, es hijo de Dios con el mismo título que el mundo, no es ni Mesías ni Redentor. Filón nunca tuvo la idea de la encarnación.
[18] En el Antiguo Testamento la creación se atribuye a l apalabra de Dios. Dios dice: ¡Hágase la luz! Y la luz fue hecha (Gen. 1, 3). La palabra de Dios se personifica seguidamente en los salmos (Ps. 33, 6; 107, 20; 147, 15, 18; 148, 8). Según el Eclesiastés, la Sabiduría tiene su origen y morada en Dios (1, 1); es eterna y se manifiesta en las obras de su creación (1, 4, 9, 10); es un abismo insondable de ciencia (24, 38-47).

Esta doctrina se desarrolla y se precisa en el Libro de la Sabiduría (7, 25-26; 8, 6, 8; 9, 4, 9).

Las Epístolas de San Pablo contenían varios elementos de la doctrina de San Juan sobre el Logos: Col. 1, 15-16; 2, 9; Phil. 2, 5-11; Heb. 1, 1-3; 4, 12. San Juan ha podido emplear preferentemente la palabra Logos, cuyo sentido falseaban muchos filósofos, para precisar su significación.
[19] Io. 1, 19, cap. 12.
[20] Io. Caps. 13-20.

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·        San Juan Crisóstomo

Y EL VERBO SE HIZO CARNE

UN FAVOR os voy a pedir antes de comenzar la explicación de las palabras del evangelio; y os suplico que no me neguéis lo que os pido. No pido cosa que gravosa sea ni pesada; y en cambio será útil, si la consigo, no tan sólo para mí, sino también para vosotros, si la concedéis; y aun quizá sea más útil para vosotros que para mí. ¿Qué es lo que pido? Que el primer día de la semana o el sábado mismo, tomando cada uno la parte del evangelio que luego se leerá en la reunión, sentados allá en vuestro hogar repetidamente la leáis y muchas veces la exploréis y examinéis y cuidadosamente peséis su valor y anotéis lo que es claro y las partes que son oscuras; y también lo que en las expresiones parezca contradictorio, aunque no lo sea; y así, tras de examinarlo todo, luego vengáis a la reunión. De empeño semejante nos vendrá no pequeña ganancia a vosotros y a mí.

En efecto: a nosotros no nos será necesario mucho trabajo para explicar las sentencias y su fuerza, estando ya vuestra mente acostumbrada al conocimiento de las expresiones; y vosotros, por este camino, os tornaréis más perspicaces y más agudos para penetrar, no sólo oír, y entender y enseñar a otros. Tal como ahora procedéis, muchos de vosotros os veis obligados juntamente a conocer el texto de las Sagradas Escrituras y a escuchar nuestra explicación; pero así, ni aun cuando gastemos el año íntegro, sacarán grande provecho. Porque no les será posible, así a la ligera y brevemente, atender a lo que se dice. Y si algunos pretextan sus negocios y preocupaciones del mundo y el mucho trabajo en los asuntos públicos y privados, desde luego no es pequeña culpa eso de sobrecargarse de tan gran multitud de negocios y de tal modo empeñarse y esclavizarse en los negocios seculares, que ni siquiera ocupen un poco de tiempo en las cosas que sobre todo les son necesarias.

Por otra parte, que sólo se trate de pretextos simulados, lo demuestran las conversaciones con los amigos, la frecuencia en acudir al teatro, los interminables tiempos dedicados a las carreras de caballos, en que a veces se consumen los días íntegros; y sin embargo, para todo eso no ponen obstáculo ni pretextan la cantidad de negocios. De manera que para esas cosas de nonada no hay ocupación que estorbe; pero si se ha de poner empeño en las cosas divinas, entonces éstas os parecen superfluas y de tan poca monta que juzgáis no deberse poner en ellas ni el menor empeño. Quienes así piensan ¿merecerán acaso respirar o ver este sol?

Hay otra excusa ineptísima de parte de tales hombres notablemente desidiosos: la falta de ejemplares de la Escritura. Sería cosa ridícula tratar de esto ante los ricos. Pero puesto que muchos pobres usan de tal pretexto, quisiera yo así pacíficamente preguntarles si acaso tienen íntegros y en buen estado los instrumentos de sus oficios respectivos, aun cuando ellos se encuentren en suma pobreza. Pero ¿cómo ha de ser absurdo no excusarse para eso con la pobreza y andar poniendo todos los medios para remover los impedimentos, y en cambio acá, en donde se ha de obtener crecida utilidad, quejarse de la pobreza y las ocupaciones?

Por lo demás, aun cuando hubiera algunos tan extremadamente pobres, podrán llegar a no ignorar nada de las Sagradas Escrituras, por sola la lectura aquí acostumbrada. Y si esto también os parece imposible, con razón os lo parece, puesto que muchos no ponen gran cuidado a la dicha lectura: sino que, una vez que a la ligera oyen lo que se lee, inmediatamen-te se marchan a sus hogares. Y si algunos permanecen en la reunión, no proceden mejor que los otros que se alejan, pues están presentes únicamente con el cuerpo.

Más, para no sobrecargaros el ánimo con mis quejas, ni consumir todo el tiempo en reprensiones, empecemos la explicación de las sentencias evangélicas, porque ya es tiempo de entrar en la materia propuesta. Atended para que no se os escape cosa alguna de las que se digan.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Habiendo el evangelista afirmado que quienes lo recibieron fueron nacidos de Dios y se hicieron hijos de Dios, pone el otro motivo de tan inefable honor, que no es otro sino haberse hecho carne el Verbo, y haber tomado el Señor la forma de siervo. Porque el Hijo se hizo hombre, siendo verdadero Hijo de Dios, para hacer a los hombres hijos de Dios. Al mezclarse lo que es altísimo con lo que es bajísimo, nada pierde de su gloria, y en cambio eleva lo otro desde lo profundo de su bajeza. Así sucedió con Cristo.

Con su abajamiento, su naturaleza no se disminuyó; y en cambio a nosotros, que prácticamente vivíamos en vergüenza y en tinieblas, nos levantó a una gloria indecible. Cuando el rey le habla con benevolencia y cariño a un pobre mendigo, no hace cosa alguna vergonzosa; y en cambio al pobre lo torna ilustre y esclarecido delante de todos. Pues si en esa pasajera y totalmente adventicia dignidad humana, la conversación y compañía con un hombre de baja clase social para nada perjudica al que es más honorable, con mucha mayor razón no perjudicará a la substancia aquella incorpórea y bienaventurada, que nada tiene de adventicio, nada que ahora tenga y ahora no tenga, sino que posee todos los bienes sin mutaciones y que eternamente permanecen. De modo que cuando oyes: El Verbo se hizo carne, no te perturbes ni decaigas de ánimo. Esa substancia divina no se derribó ni cayó en la carne (sería impiedad aun el solo pensarlo), sino que permaneciendo lo que era, tomó la forma de siervo.

Pero entonces ¿por qué el evangelista usó de esa expresión: Se hizo? Para cerrar la boca de los herejes. Como los hay que afirman ser toda esa economía de la Encarnación una simple ficción y pura fantasmagoría, para adelantarse a quitar de en medio semejante blasfemia, usó de esa expresión: Se hizo; declarando así no un cambio de substancia ¡lejos tal cosa! sino que verdaderamente se encarnó. Así como cuando dice Pablo: Cristo nos libró de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros maldición , no significa que la substancia divina se apartara y dejara la gloria y se convirtiera en maldición —pues tal cosa no la pensarían ni los demonios, ni los hombres más necios y locos: ¡tan grande sabor de impiedad y de necedad juntamente contiene!—; de modo que Pablo no dice eso, sino que Cristo, habiendo tomado la maldición que había en contra nuestra, no permitió que en adelante fuéramos malditos; del mismo modo acá Juan dice que el Verbo se hizo carne, no porque cambiara en carne su substancia, sino permaneciendo ésta intacta después de haberse encarnado.

Y si alegan que siendo Dios que todo lo puede, también pudo convertirse en carne, responderemos que ciertamente todo lo puede, pero permaneciendo Dios. Pues si fuera capaz de cambio, y de cambio en peor, ¿cómo fuera Dios? Sufrir cambio es cosa lejanísima de esa substancia inmortal. Por esto decía el profeta: Todos ellos como la ropa se desgastan, como un vestido tú los mudas y se mudan. Pero tú eres siempre el mismo y tus años no tienen fin . La substancia divina es superior a todo cambio; porque nada hay mejor que ella de manera que pueda esforzándose llegar a eso otro. Pero ¿qué digo mejor? Nada hay igual a ella ni que siquiera un poquito se le acerque. De donde se sigue que si se ha cambiado será en algo peor. Pero en ese caso no puede ser Dios. ¡Caiga semejante blasfemia sobre la cabeza de quienes la profieren!

Ahora bien, que esa expresión: Se hizo, haya sido dicha para que no sospeches una fantasmagoría, adviértelo por lo que sigue: verás cómo esclarece lo dicho y juntamente deshace esa malvada opinión. Porque continúa: Y habitó entre nosotros. Como si dijera: no vayas a sospechar nada erróneo por esa expresión: Se hizo, pues no he significado cambio alguno en la substancia inmutable, sino únicamente he señalado el acampar y la habitación. Y no es lo mismo el habitar que la tienda de campaña en que se habita, sino cosa diferente. Un alguien habita en la otra, pues nadie habita en sí mismo y así la tienda de campaña no sería propiamente habitación. Al decir alguien me refiero a la substancia, pues por la unidad y conjunción del Verbo, Dios y la carne son una misma cosa, sin que se confundan, sin que se pierda la substancia, sino que se hacen una cosa mediante una juntura inefable e inexplicable.

No investigues cómo sea ella: se hizo en una forma que Dios conoce. Mas ¿cuál fue la tienda de campaña en que habitó? Oye al profeta que dice: Yo levantaré la cabaña ruinosa de David . Porque verdaderamente cayó nuestra naturaleza, cayó con ruina irreparable y estaba necesitada de aquella mano, la única poderosa. No podía por otro medio levantarse, si no le tendía la mano Aquel mismo que allá al principio la creó, si no la reformaba celestialmente mediante el bautismo de regeneración y la gracia del Espíritu Santo.

Observa este secretísimo y tremendo misterio. Para siempre habita en nuestra carne; porque no la revistió para después abandonarla, sino para tenerla eternamente consigo. Si no fuera así, no le habría concedido aquel regio solio, ni lo adoraría en ella el ejército entero de los Cielos, los Ángeles, los Arcángeles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades. ¿Qué discurso, qué entendimiento podrá explicar este honor sobrenatural y escalofriante, tan excelso, conferido a nuestro linaje? ¿Qué ángel o qué arcángel será capaz de hacerlo? ¡Nadie ni en el Cielo ni en la tierra! Así son las obras de Dios. Tan grandes y sobrenaturales son sus beneficios que superan a lo que puede decir con exactitud no sólo la humana lengua, sino la misma angélica facultad.

Por tal motivo, cerraremos nuestro discurso con el silencio, únicamente amonestándoos a que correspondáis a tan excelente y altísimo Bienhechor; cosa de la cual más tarde nos vendrá toda ganancia. Corresponderemos si tenemos sumo cuidado de nuestra alma. Porque también esta obra es de su bondad: que no necesitando de nada nuestro, tenga por correspondencia el que no descuidemos nuestras almas. Sería el colmo de la locura que, siendo dignos de infinitos suplicios y habiendo alcanzado, por el contrario, tan altísimos honores, no hiciéramos lo que está de nuestra parte; sobre todo cuando toda la utilidad recae en nosotros, y nos están preparados bienes sin cuento como recompensa de que así procedamos.

Por todo ello glorifiquemos al benignísimo Dios, no únicamente con palabras, sino sobre todo con las obras, para que así consigamos los bienes futuros. Ojalá todos los alcancemos, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan, homilía XI (X), Tradición Mexico 1981, p. 89-93

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL VERBO, SABIDURÍA DE DIOS

Para penetrar en las riquezas de la Sagrada Escritura, los santos se humillaban ante Dios. Ellos eran conscientes de lo que significaba el hecho de que Dios hablase a los hombres. Si hay un pasaje frente al cual se requiere aquella actitud de los santos, es precisamente el Evangelio de hoy, el prólogo de San Juan. El presente fragmento es, sin duda, una de las páginas más profundas de la Sagrada Escritura. En esta portada a la vida del Verbo Encarnado, encontramos revelados los más altos misterios de la generación eterna del Verbo, como así también de la creación y el rescate del hombre. Tratemos con humildad de penetrar en semejantes honduras, que ayudan a esclarecer el misterio de nuestra vida cristiana, siempre teniendo ante los ojos al Unigénito del Padre en su sitial de gloria.

El Verbo era Dios

Si alguno de nosotros piensa en su mente un concepto, y éste permanece allí, sin ser emitido por sonido alguno de la voz, es sólo un verbo mental. Existe como tal, pero en mi pensamiento. Supongamos que el que tiene ese pensamiento es un ser eterno. Dicho verbo intelectual, también será eterno, según lo que afirma San Hilario: “La palabra de un pensamiento es eterna cuando el que piensa es eterno”. De esta manera queremos expresar cómo fue engendrado el Hijo (el Verbo) por el Padre sapientísimo, desde toda la eternidad. Y así como cuando alguien acerca una antorcha apagada a otra que está encendida, la primera se enciende y brilla con el mismo fuego de la segunda, sin haberlo menoscabado, ni haberle quitado brillantez, de manera similar se dice del Verbo de Dios que es luz de la luz del Padre, luz la del Hijo que no menoscaba la del Padre. Trátase de la misma luz, luz eterna la de ambos. Por eso la Iglesia cuando en el Credo se refiere al Verbo lo designa como “Luz de Luz”.

El Verbo eterno es de la misma substancia que el Padre, expresión de todo su ser. Tan Omnipotente y Sabio como el Padre, pero distinto que Él, pues se trata de su Hijo. El Verbo es, así, la Palabra Total e Intelectual del Padre. Imagen perfectísima de su gloria y distinto a Él en cuanto Persona Divina.

Dios Padre, por su Verbo, creó dos mundos: el mundo visible a nuestros ojos y el invisible o sobrenatural. A uno de ellos, no nos cuesta reconocerlo: lo vemos, tenemos certeza experiencial de que existe. Al otro, el sobrenatural, no lo conocemos con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe, en la certeza de que existe como tal, porque el Señor así nos lo ha revelado. Ambos mundos están íntimamente ligados, sin mezclarse ni confundirse, como el alma está unida al cuerpo. Ambos salidos de las manos de Dios. Ambos en armónica sinfonía, que canta la gloria de aquella Sabiduría Eterna que supo crearlos.

Esta obra, que es buena y maravillosa, quedó arruinada parcialmente por el pecado original. Todo el cosmos se estremeció por la desobediencia del hombre y entonces las tinieblas cubrieron al mundo sobrenatural y sufrió desorden el natural. El hombre, errante y vagabundo, se soltó de la mano de Dios y perdió su amistad paradisíaca.

Y el Verbo se hizo carne

Para evitar que la armonía cósmica se silenciara, y para unir lo sobrenatural con lo terreno, Dios quiso extender nuevamente su mano y se quedó como “Puente” entre el cielo y la tierra. ¡Cuántos habían esperado este momento! Por eso cuando nace en Belén, la alabanza es universal. Se abren una vez más los labios de los hombres y, juntamente con los ángeles, entonan himnos a la gloria de Dios. El Verbo, que es la luz de Dios, viene a disipar las tinieblas de los corazones y a poner potencia visiva en las almas, para que los hombres estén en condiciones de descubrir, nuevamente, el “Rostro” de Dios y su gloria. Al tomar el Verbo nuestra frágil naturaleza, recapitula la integridad de las cosas en ella, y las devuelve a Dios. Todo cobra sentido desde su Encarnación. Viene el supremo Artífice a rehacer la obra de sus manos. Lo hará con Arte sumo y con la rúbrica de su propia sangre.

El Verbo, como Creador nuestro que es, quiso hacernos retornar a la primigenia y eterna idea que tuvo sobre nosotros. Quiso volvemos inmaculados por el amor, tales cuales habíamos salido de las manos nodrizas del Creador, en aquel principio de las cosas. Quiso devolvernos su amistad, la que habíamos perdido por nuestra culpa.

Tal es su propósito. Como dice hoy San Pablo en la segunda lectura, Dios “nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo”, y a través de Él, bendecirnos “con toda clase de bienes espirituales”. Dejémonos enseñar y guiar por su Palabra.

Jesús, Sabiduría de Dios

En la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, se nos invita a reflexionar sobre la Sabiduría. Ella no es otra que el Verbo, luz de Dios, que al venir al mundo da adecuada respuesta a los interrogantes más preocupantes para el hombre: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?, ¿quién es mi Dios?, ¿por qué la muerte?, ¿hay otro mundo trascendente a éste? A lo largo de la historia han surgido numerosos sistemas de pensamiento, con la pretensión de dar respuesta a estos interrogantes. Dichas respuestas nunca han resultado del todo satisfactorias. Y es que sólo la luz vertical, que nos trae el Verbo al encamarse, resulta capaz de alumbrarnos el camino. ¿Acaso el hombre puede por sí solo dar razón de sí mismo, de su propio existir? ¿Acaso puede él explicar el gran misterio que encierra el dolor, la enfermedad o la muerte? Ciertamente que no. Por más que se afane en buscar una explicación de esto por medio de la luz natural de la ciencia, siempre se topará con su limitación. Sólo en el Verbo Encamado se comprende el misterio del paso del hombre por la tierra. Este es el tema predilecto de Juan Pablo II, desde que inició su Pontificado.

Al encarnarse la Sabiduría, nos habla en lenguaje humano, con un corazón humano, disipando así las tinieblas de nuestra inteligencia. Su enseñanza es obra de su misericordia. No podía el Señor dejar sumidos en la ignorancia a aquellos a quienes había creado. Y como es generoso y desea que abundemos en su vida, viene a comunicarnos la más alta sabiduría de que el hombre puede preciarse tener. Por eso la Palabra no volverá a su sitial con las manos vacías, sin haber previamente realizado la obra de sementar a cada corazón dispuesto.

Pero la enseñanza del Señor no se afianza en los corazones arrogantes. No da frutos en aquellos que, infatuados, pregonan una sabiduría humana, ajena a sus enseñanzas. Estos campos ya están sembrados con otra semilla que no es la del trigo, sino de la cizaña. Por eso, con ironía sagrada, la Sabiduría de Dios se posesiona de aquellos que se hacen como niños, y se aleja de los que se creen sabios y prudentes según el mundo.

Será, pues, preciso tornarse loco a los ojos del mundo, para hacerse sabio según Dios. Cuando San Pablo se lanzaba a la predicación, lo hacía parapetado en esta única sabiduría: Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los griegos. Tal es su sabiduría: Dios se ha encarnado, ha muerto y resucitado, según estaba escrito. Eso es lo fundamental y lo que, por otra parte, exige de todo hombre un recambio total del corazón.

El Verbo, Palabra del Padre, vino a enseñar al hombre la verdad. Hoy como ayer, también se enfrentan a su doctrina evangélica los sistemas que propone el mundo. Pero el cristiano, iluminado por la Palabra de Dios, tiene el sagrado deber de anunciar sin complejos la enseñanza del Señor. Sólo en Dios se encuentra el verdadero sentido del hombre. Sólo en Él se entiende lo que es verdadero humanismo.

El cristiano debe ser como el alma en el cuerpo social. El alma, además de dar forma al cuerpo, realiza en él la unidad, evitando la disgregación de sus partes. El cristiano será como el alma en la sociedad, cuando propagando la enseñanza del Señor, vaya realizando la unidad soñada por Dios, aunque para ello tenga primero que verificarse una suerte de lastimadura en el cuerpo. Sabemos que la verdad hace muchas veces doler, pero siempre resulta curativa.

El cristiano ha sido llamado a la ingente tarea de ser una especie de “puente” entre Dios y los hombres, el elemento que aglutina lo natural y lo sobrenatural. A través de él, se elevan todas las cosas, pues está llamado a reinar sobre este mundo. A través de él, en el grado en que se haya unido a Cristo, se va realizando la recapitulación de todas las cosas para que se verifique aquello del Apóstol: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios”.

El seguidor de Cristo, la Verdad encamada, debe saber que tiene que tener pasta de mártir. Debe estar dispuesto a padecer. Al igual que su Maestro, deberá vivir en su carne la persecución que provoca la proclamación de la verdad. Inevitablemente habrá de ser también él signo de contradicción. Hoy, como ayer, la firmeza en el Evangelio, en la Roca, es escándalo y locura.

Cuando se declara en contra del divorcio, del aborto, de la inmoralidad pública, de la injusticia social, etc., debe saber que está cumpliendo un deber de caridad con los demás. Tendrá, pues, que superar ese falso prurito del “respeto de las opiniones de los demás”, cuando esas opiniones son equivocadas. Respetará, sí, la persona de los demás, no sus opiniones, cuando son falsas. Contra éstas, deberá predicar la verdad con caridad, sin remilgos ni cortapisas.

Si hoy avanzan las tinieblas es porque los que tienen la misión de iluminar esconden la luz. Y la esconden cuando no llevan una vida concorde con el Evangelio, o cuando por temor y respeto humano, no se animan a enfrentar las falacias de la “luz mundana”. Evitamos las prudencias falsas y carnales. No mantengamos complicidades con el mundo.

El Verbo debe hacerse carne con su sabiduría en cada cristiano. Él quiere apoderarse de cada hombre y prestarle sus labios para que se transforme en heraldo del Evangelio. Démonos completamente al Verbo, y colaboremos en su empresa de salvación del mundo, que nos aguarda como un desierto sediento de agua.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 51-56)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo —segundo después de Navidad y primero del año nuevo— me alegra renovar a todos mi deseo de todo bien en el Señor. No faltan los problemas, en la Iglesia y en el mundo, al igual que en la vida cotidiana de las familias. Pero, gracias a Dios, nuestra esperanza no se basa en pronósticos improbables ni en las previsiones económicas, aunque sean importantes. Nuestra esperanza está en Dios, no en el sentido de una religiosidad genérica, o de un fatalismo disfrazado de fe. Nosotros confiamos en el Dios que en Jesucristo ha revelado de modo completo y definitivo su voluntad de estar con el hombre, de compartir su historia, para guiarnos a todos a su reino de amor y de vida. Y esta gran esperanza anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas.

De esa revelación nos hablan hoy, en la liturgia eucarística, tres lecturas bíblicas de una riqueza extraordinaria: el capítulo 24 del Libro del Sirácida, el himno que abre la Carta a los Efesios de san Pablo y el prólogo del Evangelio de san Juan . Estos textos afirman que Dios no sólo es el creador del universo —aspecto común también a otras religiones— sino que es Padre, que “nos eligió antes de crear el mundo (…) predestinándonos a ser sus hijos adoptivos” ( Ef 1, 4-5) y que por esto llegó hasta el punto inconcebible de hacerse hombre: “El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” ( Jn 1, 14). El misterio de la Encarnación de la Palabra de Dios fue preparado en el Antiguo Testamento, especialmente donde la Sabiduría divina se identifica con la Ley de Moisés. En efecto, la misma Sabiduría afirma: “El creador del universo me hizo plantar mi tienda, y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, entra en la heredad de Israel”” ( Si 24, 8). En Jesucristo, la Ley de Dios se ha hecho testimonio vivo, escrita en el corazón de un hombre en el que, por la acción del Espíritu Santo, reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9).

Queridos amigos, esta es la verdadera razón de la esperanza de la humanidad: la historia tiene un sentido, porque en ella “habita” la Sabiduría de Dios. Sin embargo, el designio divino no se cumple automáticamente, porque es un proyecto de amor, y el amor genera libertad y pide libertad. Ciertamente, el reino de Dios viene, más aún, ya está presente en la historia y, gracias a la venida de Cristo, ya ha vencido a la fuerza negativa del maligno. Pero cada hombre y cada mujer es responsable de acogerlo en su vida, día tras día. Por eso, también 2010 será un año más o menos “bueno” en la medida en que cada uno, de acuerdo con sus responsabilidades, sepa colaborar con la gracia de Dios. Por lo tanto, dirijámonos a la Virgen María, para aprender de ella esta actitud espiritual. El Hijo de Dios tomó carne de ella, con su consentimiento. Cada vez que el Señor quiere dar un paso adelante, junto con nosotros, hacia la “tierra prometida”, llama primero a nuestro corazón; espera, por decirlo así, nuestro “sí”, tanto en las pequeñas decisiones como en las grandes.

Que María nos ayude a aceptar siempre la voluntad de Dios, con humildad y valentía, a fin de que también las pruebas y los sufrimientos de la vida contribuyan a apresurar la venida de su reino de justicia y de paz.

(Basílica Vaticana, Sábado 2 diciembre 2006)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Jn 1, 18

            “Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.

            Nosotros hemos visto al Verbo Encarnado, al Emmanuel, pero debemos reconocer su origen divino. Ese Niño que vemos en el pesebre es el Verbo de Dios. Dios verdadero de Dios verdadero.

Su nombre es Jesús, el que da la salud. La salud se alcanza confesándolo como Dios y confesándolo como Dios nos hacemos hijos de Dios.

            Jesús nos trae una nueva naturaleza que el Padre ha creado: la gracia santificante. Gracia porque es don de Dios. Santificante porque nos hace santos.

            Al reconocer al Verbo Encarnado se nos injerta esta nueva naturaleza que es sobrenatural y nos hace hijos adoptivos de Dios y con derecho a su herencia que es el cielo.

            Un regalo inmenso. Dios que se hace hombre para que el hombre se haga hijo de Dios.

            Nueva vida como le dijo Jesús a Nicodemo[1]. Vida nueva según el Espíritu.

            ¿Se puede perder la vida sobrenatural? Sí, arrancándola por el pecado mortal. El pecado mortal significa tomar la decisión de no querer recibir el don de Dios, rechazarlo y preferir a las criaturas. Pecado mortal porque mata en nosotros la vida de Dios, la vida sobrenatural.

            Y ¿con qué nos quedamos? Con nuestra pobre naturaleza caída…

            Entonces… pongamos un precio a la gracia santificante, démosle un valor. Sin ella no podemos alcanzar el cielo porque hemos rechazado la filiación divina y por tanto la herencia de Dios, voluntariamente…

            La gracia vale el anonadamiento de Dios, vale la vida de Dios, hasta el derramamiento de la última gota de su Sangre.

            Valoremos éste regalo que nos ha traído el Niño Dios.

            Los santos estaban dispuestos a morir antes de dejar la filiación divina. Los mártires murieron para permanecer con la vida sobrenatural.

            La gracia santificante, el Reino de los cielos, se parece a un tesoro, a una perla preciosa…

La acedia. Ataque a la vocación de hijos de Dios

Apliquemos nuestra inteligencia a analizar lo que significa ser hijos de Dios. Ser hijos de Dios es algo maravilloso, valiosísimo.

Y ¿por qué perdemos esta dignidad tan fácilmente? Porque no medimos el valor real de esta gracia.

            Los hombres del mundo no quieren ser hijos de Dios. Han tomado esa voluntaria decisión porque les parece algo muy grande y no están dispuestos al sacrificio que implica la correspondencia a tan gran don. Prefieren que Dios los deje en paz, prefieren permanecer en el pecado. En realidad desdicen de su mismo ser, de las posibilidades de plenitud que son naturales en el hombre: el hombre es capaz de Dios. Y esa falta de aspiración a la plenitud del ser empequeñece cada día más al hombre y como el hombre aspira por naturaleza a la plenivivencia se manifiesta una inquietud en el espíritu que se llena de otras cosas que no son Dios. Pero las cosas creadas no sacian el corazón del hombre. A la larga producen desesperación y anticipan el estado definitivo de no plenitud o separación eterna de Dios que es el infierno.

            En la etapa intermedia el orgullo juega un papel importante respondiendo al estado de deseo de plenitud. El orgullo pone como medio para alcanzar la plenitud al mismo hombre en lugar de Dios, la presunción, y anticipa la plenitud. Sin embargo, el hombre vuelve a tener deseo de plenitud porque la plenitud de las criaturas es imperfecta y volátil.

            El cristiano cuando no reza cae en estado de acedia, especie de tristeza por ser quién es, hijo de Dios. Es tristeza que surge porque no quiere aceptar grandeza tal y prefiere seguir en la paz mundana. Sabe que el ser hijo de Dios exige vivir como Jesucristo y dejar de lado todo lo mundano. Y lo que al principio es como un vértigo o miedo que paraliza o debilita, termina por convertirse en una decisión voluntaria de rechazo al llamado divino.

            ¿Cómo podemos vencer este estado que nos paraliza en el amor a Dios? Con la grandeza de alma. Rezando, dedicándonos a descansar en Dios. Siendo fieles al domingo y meditando la grandeza de la dignidad de hijos de Dios.

            Miremos nuestra vida, ¿están las hijas de la acedia? ¿Está la inquietud de espíritu? ¿La abundancia de palabras inútiles? ¿La curiosidad? ¿La inestabilidad de lugar y decisión? ¿La inoportunidad en las palabras y obras? ¿Tenemos indiferencia a las cosas de Dios? Ya esto es grave ¿Nos fastidia la oración y las cosas espirituales en nosotros o en los demás? ¿Tenemos ánimo pequeño respecto a la santidad? ¿Odiamos las cosas divinas? ¿Vivimos una vida desesperada? Si vemos las hijas de la acedia en nuestra alma es porque la madre también habita en ella.

            La solución a la acedia es la grandeza de ánimo que responde a la vocación a la que Dios nos llama, un abismo llama a otro abismo, el abismo de la vocación de hijos de Dios llama al abismo de nuestra alma. Si crecemos en el amor a Dios venceremos la tristeza de la acedia y obtendremos la alegría que es fruto del amor divino sobrenatural[2].

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 [1] Cf. Jn 3, 3.7
[2] Cf. Pieper, Las Virtudes Fundamentales, Rialp Madrid 20038, 394-5

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Directorio Homilético

Segundo domingo después de Navidad

CEC 151, 241, 291, 423, 445, 456-463, 504-505, 526, 1216, 2466, 2787: el prólogo del

Evangelio de Juan

CEC 272, 295, 299, 474, 721, 1831: Cristo, Sabiduría de Dios

CEC 158, 283, 1303, 1831, 2500: Dios nos da la Sabiduría

I          POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE

456    Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos co nfesando: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.

457    El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: “Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10).”El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). “El se manifestó para quitar los pecados” (1 Jn 3, 5):

          Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdida la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).

458    El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dio s al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

459    El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí … “(Mt 11, 29). “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: “Escuchadle” (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

460    El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1, 4): “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (S. Atanasio, Inc., 54, 3). “Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus homo” (“El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres”)  (Santo Tomás de A., opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).

II       LA ENCARNACION

461    Volviendo a tomar la frase de San Juan (“El Verbo se encarnó”: Jn 1, 14), la Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:

          Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp 2, 5-8; cf. LH, cántico de vísperas del sábado).

462    La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:

          Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo … a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).

463      La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: “Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios” (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta “el gran misterio de la piedad”: “El ha sido manifestado en la carne” (1 Tm 3, 16).

504    Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque El es el Nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45) que inaugura la nueva creación: “El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo” (1 Co 15, 47). La humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios “le da el Espíritu sin medida” (Jn 3, 34). De “su plenitud”, cabeza de la humanidad redimida (cf Col 1, 18), “hemos recibido todos gracia por gracia” (Jn 1, 16).

505    Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe “¿Cómo será eso?” (Lc 1, 34;cf. Jn 3, 9). La participación en la vida divina no nace “de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios” (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.

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¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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