Archivos mensuales: noviembre 2015

Domingo II de Adviento

06
diciembre

Domingo II de Adviento

 (Ciclo C) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Nota Litúrgica

Como sabemos, el calendario litúrgico está organizado según tres Ciclos, Ciclo A, Ciclo B y Ciclo C. Y en cada uno de estos Ciclos se lee de manera semi-continua un evangelista sinóptico: Mateo para el Ciclo A, Marcos para el Ciclo B y Lucas para el Ciclo C. Este año litúrgico, que comienza con este Primer Domingo del Tiempo de Adviento, corresponde al Ciclo C, y por lo tanto se leerá de manera semi-continua el Evangelio según San Lucas.

Presentamos aquí lo que dicen las Prenontanda del Leccionario Romano respecto al tiempo de Adviento.

“1. Tiempo de Adviento

“a) Domingos

“93. Las lecturas del Evangelio tienen una característica propia: se refieren a la venida del Señor al final de los tiempos (primer domingo), a Juan Bautista (segundo y tercer domingo), a los acontecimientos que prepararon de cerca el nacimiento del Señor (cuarto domingo). Las lecturas del Antiguo Testamento son profecías sobre el Mesías y el tiempo mesiánico, tomadas principalmente del libro de Isaías. Las lecturas del Apóstol contienen exhortaciones y enseñanzas relativas a las diversas características de este tiempo.

“b) Ferias

“94. Hay dos series de lecturas, una desde el principio hasta el día 16 de diciembre, la otra desde el día 17 al 24. En la primera parte del Adviento se lee el libro de Isaías, siguiendo el orden mismo del libro, sin excluir aquellos fragmentos más importantes que se leen también en los domingos. Los Evangelios de estos días están relacionados con la primera lectura. Desde el jueves de la segunda semana comienzan las lecturas del Evangelio sobre Juan Bautista; la primera lectura es, o bien una continuación del libro de Isaías, o bien un texto relacionado con el Evangelio. En la última semana antes de Navidad, se leen los acontecimientos que prepararon de inmediato el nacimiento del Señor, tomados del Evangelio de san Mateo (cap. 1) y de san Lucas (cap. 2). En la primera lectura se han seleccionado algunos textos de diversos libros del Antiguo Testamento, teniendo en cuenta el Evangelio del día, entre los que se encuentran algunos vaticinios mesiánicos de gran importancia.” (Prenotanda, nº 93-94)

Recordamos, asimismo, un párrafo del nº 25: “Se recomienda mucho la predicación de la homilía en las ferias de Adviento, de Cuaresma y del tiempo pascual, en bien de los fieles que participan ordinariamente en la celebración de la Misa; y también en otras fiestas y ocasiones en las que hay mayor asistencia de fieles en la iglesia.” (Prenotanda, nº 25)

 

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

 

 Domingo II de Adviento (C)

(Domingo 6 de Diciembre de 2015)

LECTURAS

Dios mostrará tu resplandor

Lectura del libro de Baruc  5, 1-9

Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios, cúbrete con el manto de la justicia de Dios, coloca sobre tu cabeza la diadema de gloria del Eterno.

Porque Dios mostrará tu resplandor a todo lo que existe bajo el cielo.

Porque recibirás de Dios para siempre este nombre: «Paz en la justicia» y «Gloria en la piedad.»

Levántate, Jerusalén, sube a lo alto y dirige tu mirada hacia el Oriente: mira a tus hijos reunidos desde el oriente al occidente por la palabra del Santo, llenos de gozo, porque Dios se acordó de ellos. Ellos salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve, traídos gloriosamente como en un trono real.

Porque Dios dispuso que sean aplanadas las altas montañas y las colinas seculares, y que se rellenen los valles hasta nivelar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios.

También los bosques y todas las plantas aromáticas darán sombra a Israel por orden de Dios, porque Dios conducirá a Israel en la alegría, a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL      125, 1-6

R. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

O bien:

El Señor hizo maravillas. ¡Aleluia!

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía que soñábamos:

nuestra boca se llenó de risas

y nuestros labios, de canciones. R.

Hasta los mismos paganos decían:

« ¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!»

¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros

y estamos rebosantes de alegría! R.

¡Cambia, Señor, nuestra suerte

como los torrentes del Négueb!

Los que siembran entre lágrimas

cosecharán entre canciones. R.

El sembrador va llorando

cuando esparce la semilla,

pero vuelve cantando

cuando trae las gavillas. R.

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Filipos     1, 4-11

Hermanos:

Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes, pensando en la colaboración que prestaron a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora. Estoy firmemente convencido de que Aquél que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús. Y es justo que tenga estos sentimientos hacia todos ustedes, porque los llevo en mi corazón, ya que ustedes, sea cuando estoy prisionero, sea cuando trabajo en la defensa y en la confirmación del Evangelio, participan de la gracia que he recibido.

Dios es testigo de que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús. Y en mi oración pido que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables en el Día de Cristo, llenos del fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Lc 3, 4. 6

Aleluia.

Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

Todos los hombres verán la Salvación de Dios.

 Aleluia.

Todos los hombres verán  la salvación de Dios

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas      3, 1-6

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías:

«Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos.

Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA


 IIº Domingo de Adviento – 6 de diciembre 2016- Ciclo C

Entrada: Que esta santa liturgia nos anime a humillarnos ante el Señor que viene para que El pueda manifestar en nosotros la grandeza de su misericordia.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:  Ba 5,1-9

Por la conversión nos despojamos del vestido del pecado, y nos vestimos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da.

Salmo Responsorial: 125

Segunda Lectura: Flp 1, 4-6. 8-1

En el día de la venida de Cristo seremos juzgados en el conocimiento y el amor de Dios.

Evangelio: Lc 3,1-6

El Evangelio de hoy nos exhorta a preparar adecuadamente nuestros corazones para recibir a Cristo que llega en la  Navidad.

Preces:

Llamados a mantenernos irreprochables para el día de Cristo, unámonos en la oración común a Dios Padre.

A cada intención respondemos cantando:

* Por las intenciones del Santo Padre para este mes que es que todos podamos experimentar la misericordia de Dios que no se cansa jamás de perdonar. Oremos.

* Por los gobernantes de nuestras naciones, para que permitan que el Señor dirija sus mentes y sus corazones de manera que todas sus iniciativas estén encaminadas hacia la paz y la justicia.

* Por todas las familias, de modo particular las que sufren, para que encuentren en la Sagrada Familia de Nazaret, un  modelo de vida y en el nacimiento de Jesús un signo seguro de esperanza. Oremos.

* Por todos aquellos que sufren por la falta de un empleo digno, para que el Señor les conceda la gracia de encontrar el puesto de trabajo que les permita trabajar con solicitud y sosiego para el mantenimiento de sus familias.

* Por las misiones populares que los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado realizarán en distintas partes del mundo, para que el Señor conceda abundantes frutos de conversión y de fidelidad a la llamada al seguimiento de su Hijo. Oremos.

Ayúdanos Señor con tu fuerza y concede que todos los hombres vean y experimenten tu salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:
En la Eucaristía tenemos la prueba de que Dios realiza cosas grandes y maravillosas. Nos hacemos pequeños para recibirla y presentamos:

* Incienso junto con entrega de nuestra vida haciendo de ella una oración continua.

* Los dones de pan y vino, esperando la venida del Señor siempre enriquecedora.

Comunión: La Eucaristía es la última expresión de la Encarnación. En ella Jesús viene a nosotros y nos da la gracia de prepararnos en la esperanza a su venida definitiva. .

Salida: Que María Santísima ayude a todos los cristianos a redescubrir la grandeza y la belleza de la conversión, mientras aguardamos la realización de las divinas promesas.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         Alois Stöger.

Preparación a la actividad pública de Jesús

(Lc.3,1 – 4,13)

Una vez más se ven contrapuestos Juan y Jesús. Juan lleva a cabo su misión (3,1-20); se muestra la preparación de Jesús para su obra (3,21-4,13); Jesús es hijo de Dios, nuevo Adán, que opta decididamente por la voluntad de Dios.

Aquí, como en la historia de la infancia, se muestra que Jesús sobrepuja a Juan, pero ahora se añade algo nuevo. Juan lleva a cabo la última preparación para el tiempo de la salud, que está en puertas, pero él no pertenece todavía a este tiempo. Jesús está equipado para realizar el tiempo de la salud. Juan concluye su obra, Jesús comienza la suya. La actividad de Juan se cierra según la exposición de Lucas antes del relato del bautismo de Jesús, con el que comienza la actividad pública de Jesús. Lucas preferirá volver una vez más sobre lo narrado, antes que ligar la actividad de Jesús y la de su precursor. Con Juan termina el tiempo del preanuncio y de la promesa, y con Jesús comienza el tiempo del cumplimiento.

1. EL BAUTlSTA (3,1-20).

a) El comienzo (Lc/03/01-06).

En una hora bien determinada de la historia del mundo, en una situación que reclama liberación, en una zona del gran imperio romano (3,1-2), comienza la preparación para el tiempo de la salud por Juan (3,3-6).

1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, 2a durante el sumo sacerdocio de Anás y de Caifás…

La historia de la salvación transcurre dentro del ámbito y del acontecer de este mundo, pero sin identificarse con lo que nosotros llamamos historia del mundo o historia universal. La aparición y actuación de Juan es el preludio inmediato del acontecimiento salvífico que se inicia con la venida del Mesías. Las indicaciones cronológicas se hacen en el estilo de la Biblia. Ahora comienza historia sagrada. Análogamente indica Oseas el tiempo en que recibió la palabra del Señor: «Palabra de Yahveh dirigida a Oseas, hijo de Beri, en tiempos de Ozías…» (Ose_1:1).

El tiempo de la salvación comienza el año 15 del reinado del emperador romano Tiberio (14-37 d.C.), es decir, el año 28/29 de nuestra era. Entonces era Poncio Pilato procurador de Judea (26-36); Herodes Antipas, tetrarca de Galilea (4 a.C. – 39 d.C.); su hermano Filipo, tetrarca de Iturea y de la Traconítide, que están situadas al norte y al este del lago de Genesaret (4 a.C. 34 d.C.). Lisanias era tetrarca de Abilene al noroeste de Damasco, en el Antilíbano (Lisanias murió entre el 28 y el 37 d.C.). Las indicaciones de Lucas se han visto confirmadas por inscripciones y por historiadores antiguos. Además de las autoridades civiles se indican también las religiosas: el sumo sacerdote en funciones José Caifás (18-36 d.C.), junto al que gozaba de gran prestigio su suegro Anás, que le había precedido en el cargo.

Si Lucas hubiese querido únicamente fijar el tiempo, un dato hubiera sido más que suficiente. El primero, que es el más claro y más determinado. ¿Por qué, pues, añade los otros? Con ellos se trata de presentar las condiciones políticas y religiosas, el ambiente espiritual en que se cumplen las promesas de Dios. Palestina está bajo dominio extranjero. El soberano del país es el emperador Tiberio, del que los historiadores romanos trazaron -con razón o sin ella- el retrato de un soberano desconfiado, cruel, amigo del placer (Cf. TÁCITO, Anales Vl, 51). La parte meridional del país, Judea y Samaria, es desde el año 6 a.C. provincia romana. El gobierno del procurador Poncio Pilato era, según el parecer de los judíos, inflexible y sin consideraciones; se le achaca venalidad, violencia, rapiña, malos tratos, vejaciones, continuadas ejecuciones sin sentencia judicial y una crueldad sin límites e intolerable (FLAVIO JOSEFO, Bellum Iudaicum II, 169-177; FILON, Leg. ad Gaium 299-305). Los soberanos de la casa de Herodes eran idumeos, soberanos por la gracia de Roma. Los dos sumos sacerdotes se dieron maña para conservar largos años su posición mediante ardides diplomáticos. Se comprende que se suspire por el rey de la casa de David. También Zacarías aguardaba la liberación de las manos de todos los que nos odian (1,71).

El ámbito geográfico que delimita Lucas con sus indicaciones es el campo de acción de Jesús. En éste se desarrolla la historia sagrada: en Galilea y en Judea, y también al norte del lago de Genesaret. El imperio romano se había anexionado más o menos rigurosamente estas regiones. Por su parte, Jesús no traspasará sino muy raras veces los límites de Palestina, pero su mensaje conquistará toda la gran extensión sujeta a la soberanía del emperador romano Tiberio. Los Hechos de los apóstoles describen la carrera victoriosa de la palabra de Dios que había comenzado en Palestina.

2b…la palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. 3 Y él fue por toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.

La palabra de Dios fue dirigida a Juan, como sucedía a los profetas del Antiguo Testamento. El Bautista reanuda la acción de los grandes enviados de Dios del tiempo anterior y enlaza con la tradición profética, no con la literatura apocalíptica soñadora y fantástica, con la sabiduría humanística, con los rigorismos legalistas farisaicos, con tradiciones teológicas rabínicas ni con esperanzas de reinados propias de ambientes zelotas. La palabra de Dios lo llama, le confiere su ministerio y es la fuerza que domina su vida. «Llegóme la palabra de Yahveh, que decía: Antes que te formara en las entrañas maternas te conocía… irás a donde yo te envíe y dirás lo que yo te mande… Mira que pongo en tu boca mis palabras. Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir, arrancar, arruinar y asolar; de levantar, edificar y plantar» (Jer_1:4-10).

El campo de acción del Bautista es toda la zona del Jordán, la región de la depresión meridional del Jordán. En esta región es predicador itinerante. Su campo de acción es reducido; Jesús, en cambio, actuará en toda la región de Palestina. Los apóstoles llevarán más allá de este espacio, al mundo entero, la palabra de Dios. El ámbito de la palabra crece; ésta tiende a llenarlo todo…

Juan es pregonero; va por delante de su Señor y anuncia lo que va a suceder. El mensaje que él anuncia es el bautismo de conversión y perdón de los pecados. La conversión es el prerrequisito; con ella se vuelve el hombre hacia Dios, reconoce su realidad y su voluntad, se aparta de sus pecados y los reprueba; en esto consiste esencialmente la conversión y el arrepentimiento.

El bautismo, la inmersión en el Jordán, acompañada de una confesión de los pecados (Mar_1:5), sellará esta voluntad de conversión y al mismo tiempo otorgará el perdón de los pecados por Dios. Al que se convierte le da la certeza de que su conversión es valedera y es reconocida por Dios y consiguientemente tiene capacidad para salvar del juicio venidero. El que ha recibido el bautismo se halla pertrechado y preparado para formar parte del nuevo pueblo de Dios de los últimos tiempos. Desde luego, una cosa se requiere: que la conversión sea sincera y vaya acompañada de un cambio de vida. Lo que así anuncia Juan es algo nuevo y grande. Va a iniciarse lo que tanto se había esperado: Dios cumple sus promesas.

4 Como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas. 5 Todo barranco será rellenado, y todo montículo y colina serán rebajados; los caminos tortuosos se enderezarán y los escabrosos se nivelarán. 6 Porque toda carne ha de ver la salvación de Dios.

El profeta Isaías ve en una visión una espléndida procesión a través del desierto. Dios, el Señor, va en cabeza de su pueblo, que retorna en caravana de Babilonia a la patria. Una voz se levanta en el desierto por el que avanza la comitiva e invita a preparar un camino real. Esta palabra dirigida a los que regresan a la patria se entiende ahora en forma nueva. La voz del que clama en el desierto es Juan. El Señor -el Mesías- viene, y con él su pueblo. La preparación del camino se entiende en sentido religioso-moral; se llama a penitencia, conversión y retorno a Dios, bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. Obra verdaderamente gigantesca: trazar un camino por el desierto; transformar los corazones. Toda carne ha de ver la salvación de Dios. El tiempo de la salvación está alboreando. Dios lo prepara para «toda carne», para todos los hombres. Va a cumplirse el anuncio profético de Simeón: Una «luz para iluminar las naciones» (Mar_2:32). El predicador de penitencia y conversión, el precursor Juan tiene una misión para todos los tiempos. Hay que preparar con penitencia un camino a la salvación del Señor.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Marcos, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

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Comentario Teológico

·        Joseph María Lagrange, O.P.

 JUAN EL BAUTISTA Y JESÚS

TIEMPOS DE SALVACIÓN

Después de largos años pasados en la oscuridad de Nazaret, va a comenzar Jesús su ministerio en Israel. Pudiera creerse que era un nuevo empezar del Evangelio, y, en efecto, según san Marcos, es «El principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Hemos visto que para los soberanos de Oriente deificados había dos epifanías: la del nacimiento, a causa de su origen divino, y la de su toma de posesión del poder soberano. Jesús no será Rey de la gloria hasta el día de su resurrección, pero desde el principio de su vida pública debía ser de alguna manera entronizado por su Padre, lo que realizó en su bautismo.

Además, la dignidad de Hijo de Dios exigía un precursor que preparase sus caminos. Vemos cómo aquí se renuevan los designios de Dios, que había hecho encontradizos al hijo de Zacarías y al hijo de María. No son esta vez los ángeles los que van a visitar a las almas excelsas, acostumbradas a vivir en comunicación con el Altísimo, es una voz poderosa, que va a resonar y conmover todo el país de Israel.

La tierra de Israel, donde Jesús y Juan han nacido, no estaba, como ya sabemos, bajo el dominio de un solo príncipe. Judea había sido incorporada al imperio romano, heredero de todas las antiguas civilizaciones.

Roma, sucesora de los grandes imperios de Oriente, había establecido sobre las más diversas razas su más estable dominio. Los hombres de entonces o, más bien, la flor y nata que los gobernaba, podían creer que habían llegado a la cumbre, desde donde la civilización, penosamente adquirida, podía lucir con todo esplendor. La ciudad sentada sobre las siete colinas, con su Capitolio, su Foro y su Palatino, hubiera sido la más hermosa cosa del mundo si Atenas no hubiera monopolizado el arte y la belleza. La violencia de las armas se rendía ante la autoridad más alta de la inteligencia. Lo que se llamaba «tierra habitada», el mundo en adelante organizado, estaba animado por el mismo espíritu. Nadie pensaba sustraerse a esta fuerza que la razón dirigía, a la manera que lo está el Universo.

Nadie, excepto los judíos. Ridículo hubiera parecido hacer un paralelo entre Atenas, Roma o Alejandría, mirando hacia el mar, como para enviar lejos sus órdenes o sus ideas, con una ciudad mediocre edificada sobre las altas colinas de la Judea, pero aislada, mirando hacia el desierto, más bien que hacia las playas. Esta ciudad, sin embargo, tenía también su grandeza, tenía su historia, el convencimiento de estar más instruida que Atenas en los grandes, los únicos grandes problemas, los problemas del destino del hombre, del origen del mundo y de sus relaciones con Dios. La victoria de las armas romanas no le infundía temor, y el encanto divino de Homero sólo le inspiraba desprecio. Sabía que las estatuas modeladas por Fidias, llenas de austera majestad, eran tan condenables como las sensuales Afroditas de Praxiteles, ya que ellas no tenían derecho a los homenajes de los hombres, únicas imágenes fieles de Dios. Estaba segura, con ciencia cierta, con la ciencia misma de Dios que le revelara su secreto, que toda aquella gloria mundana era frágil, y precisamente porque el mal triunfante era el desorden llevado al colmo, ella estaba segura de que el reino de Dios iba a manifestarse. Pero nadie aún había tomado la palabra en su nombre para continuar la interrumpida serie de reproches, de amenazas, de juicios terribles suspendidos sobre las cabezas, y, en fin, de lejanas esperanzas, cuando pasada la tempestad, el cielo apareciese de color de zafiro. El yugo del extranjero era pesado, pero el honor de Dios violado era una afrenta más intolerable que la insolencia de los agentes del fisco. ¿Duraría siempre la paciencia de Dios? ¿Qué esperaba ya? ¡Entonces fue cuando la voz de Juan, el hijo de Zacarías, se oyó en el desierto!

MISIÓN DE JUAN BAUTISTA Y SU PREDICACIÓN

(Lc 3, 1-18; Mc 1, 8; Mt 3, 1-12)

«En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconitide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el gran sacerdote Anás y [bajo el gran sacerdote] Caifás, la palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3, 1-2).

¡Singular unión esta que pone en el mismo plano a Tiberio, emperador, omnipotente, y a Lisanias, principillo ignorado! Para comprenderlo es necesario ir a donde el evangelista nos lleva, al desierto, cerca de las riberas del Jordán. El valle en esta parte se ensancha, formando una especie de circo, pero está dominado de ambos lados por altas colinas. Es el único punto del globo que está aproximadamente 350 metros bajo el nivel del mar. Por el norte, el horizonte está cerrado por la Montaña del Viejo, el Djébel-ech-cheikh, el antiguo Hermón, cuyas nieves brillan en invierno y en primavera. Se diría que no hay nada detrás de esta montaña del Septentrión, donde los semitas ponían la morada de la corte divina. Al sur está el mar Muerto exhalando olores de betún y azufre en sus orillas. Con frecuencia aparece velado por una neblina, que se espesa hacia el mediodía, como si fueran jirones de la nube que derramó la destrucción sobre Sodoma y Gomorra. El Jordán no es, como otros ríos, un límite; es más bien un punto de unión, tanto para los habitantes de las dos riberas como para las aguas que descienden de sus colinas. Las dos riberas fueron dadas a Israel. Y he ahí por qué, después de nombrar al señor del mundo romano, cuyos años de imperio suministraba una fecha oficial que se imponía a todos, san Lucas enumera estos pequeños estados del país de uno y otro lado del Jordán, cuyo centro de gravedad era Jerusalén, situado en la ribera occidental.

Allí se halla Judea, reino propio de David, donde la vida religiosa y nacional volvió a resurgir después de la cautividad de Babilonia; de suerte que los israelitas se convirtieron en habitantes de Judea o, como nosotros los llamamos, judíos. Verdadero lugar del espíritu de toda la raza, es también el más vigilado, y Roma quiso que estuviese bajo su inmediata tutela, administrado por el romano Poncio Pilato. Al norte, la Galilea, a la que le habían anexionado una parte del otro lado del Jordán, la Perea, estaba bajo el cetro de Herodes, conservando una aparente independencia. El nombre de rey le hubiese venido demasiado grande a tan pequeño príncipe. Era tetrarca, es decir, estaba al frente de la cuarta parte del país, sin que se preocupase de saber si este término corriente resultaba en verdad de una división en cuatro partes. De hecho, no hallamos más que otros dos tetrarcas: a Filipo, que gobernaba frente a Herodes, al nordeste, del otro lado del Jordán, y a Lisanias, cuyo pequeño estado cierra la perspectiva de la dominación de Israel por el norte.

Pero fuera y por encima de estos príncipes temporales, san Lucas quiso nombrar al Sumo Sacerdote, único lazo que unía aún a los descendientes de Israel. Este Sumo Sacerdote era Caifás, elevado por el favor del procurador romano, Valerio Grato. El respeto debido al sucesor de Aarón alcanzaba aún a Anás, Sumo Sacerdote depuesto, que el mismo Caifás, su yerno, estaba obligado a reverenciar.

No hay ningún dato político que no esté sólidamente fundado en los documentos históricos y se podría decir sobre el terreno. Si la erudición contemporánea ha querido levantar un caramillo a san Lucas sobre el nombre de Lisanias, dos inscripciones descubiertas en la región de Abil, antigua Abilene, le han dado la razón.

Aunque esta misma ciencia no esté de acuerdo en el cómputo de los años de Tiberio, puede juzgarse razonablemente que su decimoquinto año había comenzado el 1 de octubre del año 27 de la era cristiana. Fue, sin duda, poco después de esta fecha cuando Juan apareció predicando en toda la región del Jordán. «Andaba vestido de pieles de camello y con un cinto de cuero alrededor de los lomos, y comía langostas y miel silvestre» (Mc 1, 6).

El romano, envuelto en su toga, reconocía al filósofo discípulo la visión del más ardiente profeta. En otro tiempo, los enviados del rey Ococías habían dicho a su señor: «Hemos encontrado a un hombre en nuestro camino, era velludo y un cinto de cuero ceñía su cintura (2R 1, 8). Y dijo el rey: «Es Elías, el Tesbita». Este aparato exterior, por mucho tiempo respetado, había caído en desprecio, a causa del descrédito que sobre sí habían atraído tantos falsos profetas. Cubrirse con manto de pieles era exponerse al sarcasmo: era aparecer como impostor. En otro tiempo había dicho Zacarías: «Y será que, cuando alguno profetizare, le dirán su padre y su madre: no vivirás porque has hablado mentira en nombre de Yahvé;… y acaecerá en aquel tiempo que todos los profetas se avergonzarán de su visión cuando profetizaren: ni nunca más se vestirán de manto velloso para mentir» (Za, 13, 3-4).

La profecía estaba muerta, y los falsos profetas cesaron de revestirse con su oropel mentiroso. Sólo después de largo silencio, en tiempos de elegancia y urbanidad, cerca de Jericó, la ciudad dada por Antonio a Cleopatra por la belleza de sus aromáticos jardines, redificada por Herodes para estación invernal en los confines de la suntuosidad y el desierto, se levanta Juan, nuevo Elías por sus hábitos y no menos audaz por la libertad de sus invectivas. Tan potente era su voz, que el desierto se conmovió, y sus rumores se extendieron hasta las ciudades de la tierra alta. ¿Será la hora de Dios? Se sabía, desde la profecía de Amós, que «el Señor no hará nada sin que revele sus secretos a sus siervos los profetas. Bramando el león, ¿quién no temerá? Hablando el Señor Yahvé, ¿quién no profetizará?» (Am 3, 7-8). En efecto, decía Juan: « ¡Haced penitencia porque el reino de Dios está cerca!» (Mt, 3, 2).

En otro tiempo, cuando de los labios de un profeta brotaba la llamada a penitencia, el pueblo se recogía: la nación entera había pecado, ya adorando los dioses extranjeros, ya asociando prácticas impuras al culto del Dios santísimo: se derruían los altares consagrados a Baal, se quemaban los árboles de Astarté y se limpiaba el santuario. Yahvé perdonaba y el pueblo quedaba libre.

Los tiempos habían cambiado. El mundo, antes de los sucesores de Alejandro, jamás había presenciado el extraño espectáculo de un pueblo que rehusaba postrarse ante los dioses del vencedor. Los Macabeos habían hecho esto y habían arrojado al muladar los dioses de Grecia. Por eso Dios les había dado la independencia frente al extranjero y el poder sobre sus hermanos. Después de la nueva dedicación del Templo, continuaba el culto según las ceremonias sagradas: cada día los sacerdotes hacían el sacrificio, y las solemnidades se celebraban con la pompa prescrita. La nación nada tenía que reprocharse, ¿por qué entonces este llamamiento a la penitencia?

Lo comprendían, sin embargo, las almas escogidas, porque la religión había llegado a ser, si no más interior, al menos más individual. Cada uno se sentía responsable delante de Dios, y era la superioridad manifiesta de la religión de Israel, su intransigencia moral, que ni el oro ni el poder habían logrado doblegar. Era ésta la tradición de los antiguos profetas, menos cuidadosos de atraer al Templo rebaños de víctimas que de excitar en el corazón de los israelitas sentimientos de compunción y de temor filial y más aún, tal vez, porque era el punto difícil, moverlos al amor a sus prójimos.

« ¿No sabéis cuál es el ayuno que yo quiero? Dice el Señor Yahvé: que panas tu pan con el hambriento, y a los pobres sin albergue recojas en tu casa; que cuando vieres al desnudo lo cubras y no te escondas de tu carne. Entonces nacerá tu luz como el alba» (Is 58, 6-8).

La conciencia de muchos israelitas estaba bastante despierta para que fueran insensibles a tales acentos, y los que se consideraban culpables sentían la necesidad de hacer penitencia. Los maestros sabían muy bien, y eran los primeros en proclamarlo, que la penitencia era la disposición esencial requerida antes de la llegada del Mesías, que debía por sí mismo fundar el reino de Dios.

El aspecto de un hijo de los antiguos profetas, austero, sobrio hasta abstenerse del modesto alimento del pan cotidiano, sus presentimientos que penetraban los síntomas del tiempo, su acento patético, todos esos rasgos que hoy harían sonreír a espíritus ligeros o fuertes, eran la expresión espontánea e impetuosa de los antiguos profetas de Israel. Aun entonces en las ciudades acaso hubieran tenido a Juan por un hombre pobre de espíritu; atemorizaba, conmovía y aterraba las almas cuando su voz se elevaba sobre las dunas estériles o a lo largo de los tamarindos del Jordán, sobre las rápidas aguas, sobre los recuerdos milagrosos, haciendo oír su llamamiento tradicional, ¡Penitencia!, por última vez antes que llegue la hora de Dios.

(…)

(Lagrange, Joseph. Vida de Jesucristo. Edibesa, Madrid, 2002. Pag. 55-60)

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Santos Padres

·        San Ambrosio

La predicación de San Juan Bautista

67. Vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. Antes de congregar a la Iglesia, el Hijo de Dios obra en su servidor. Bien ha hecho San Lucas al mostrar que la Palabra de Dios vino sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto; pues la Iglesia comenzó no por un hombre, sino por el Verbo. Ella misma es el desierto, pues los hijos de la desertada son más numerosos que los de la esposa (Is 54, 1). Por eso se le ha dicho: Alégrate, estéril (ibíd.) y alborózate, desierto (ibíd., 3, 9), pues no había sido cultivada todavía por el trabajo de un pueblo de extranjeros, y estos árboles que podrían dar frutos no habían llegado aún a la cima de sus méritos. No había venido todavía el que había de decir: Soy como un olivo fértil en la casa del Señor (Sal 51, 10); la viña celestial no garantizaba aún los frutos a sus sarmientos (Jn 15, 1) por el canal de sus palabras. Vino, pues, la Palabra, para que lo que antes era desierto produjese para nosotros frutos; vino la Palabra y siguió la voz; pues el Verbo (la Palabra) obra antes interiormente, y luego la voz hace su misión. Por esto David dice: He creído, puesto que he hablado (Sal 115, 1): ha creído primero para poder hablar.

68. Vino, pues, la Palabra, para que San Juan Bautista predicase la penitencia. Y de este hecho muchos aplican a San Juan la figura de la Ley, porque la Ley ha podido denunciar el pecado, pero no perdonarlo; pues la Ley, a los que van por los caminos de los gentiles, los aparta del error, los preserva del crimen, les aconseja la penitencia, para que consigan la gracia. Luego la Ley y los Profetas han durado hasta Juan (Lc 16, 16), y Juan es el Precursor de Cristo. Así la Ley anuncia a la Iglesia, como la penitencia a la gracia. Bien ha hecho San Lucas en ser breve para proclamar a Juan como profeta, al decir que sobre él descendió la palabra de Dios, sin añadir otra cosa : pues no hay ninguna necesidad de traer pruebas de uno mismo cuando abunda en él la palabra de Dios. No ha dicho más que una palabra que lo explica todo.

69. Por el contrario, San Mateo y San Marcos han querido mostrar al profeta en su vestido, en su cinto, en su comida, puesto que él tuvo un vestido de pieles de camellos, y un cinto de cuero sobre sus riñones, y se alimentaba de langostas y de miel silvestre. El Precursor de Cristo no soportaba dejar perder los despojos de las bestias inmundas y, por el signo de su propio vestido, presagiaba la venida de Cristo, que, tomando sobre sí la monstruosidad, impregnada de las manchas de nuestras acciones innobles, de los pecados de la gentilidad inmunda, se despojaría sobre el trofeo de la cruz del vestido de nuestra carne.

70. Mas ¿ qué quiere decir este cinto de cuero, sino que esta carne que hasta entonces había tenido la costumbre de gravar al alma, ha comenzado, después de la venida de Cristo, a ser, no un impedimento, sino un cíngulo? Pues, según David, hemos colgado en los sauces las liras (Sal 136, 2), y, según el Apóstol, no tenemos confianza en la carne y la tenemos en el cuerpo, no la tenemos en los placeres, la tenemos en los sufrimientos, estando animados por un sentimiento de fervor espiritual y preparados para ejecutar todos los mandamientos del cielo por la devoción del alma bien orientada y por la disposición del cuerpo bien equipado.

71. Aun el mismo alimento del profeta indica su misión y anuncia el misterio. ¿Existe algo tan inútil y vano para el hombre que buscar langostas, y algo tan fecundo al misterio del profeta? Cuanto las langostas son más desprovistas de utilidad, impropias para cualquier uso, fugaces al tacto, saltando de aquí para allá, y estridentes, tanto más convienen y son aptas para figurar al pueblo de las naciones que, sin trabajo útil, sin obra fructuosa, sin ponderación, emiten el sonido inarticulado de sus murmullos e ignoran la palabra de vida. Este pueblo es, pues, la comida de los profetas; pues cuanto más numeroso es el pueblo que se reúne, más crece y abunda la cosecha de los labios del profeta. La suavidad de la Iglesia es también prefigurada en la miel silvestre, que no se encuentra en las rocas de la Ley, como producida por el pueblo judío, sino esparcida por los campos y arbustos de las selvas por el error de los gentiles, según se ha dicho: La encontramos en los campos de las selvas (Sal 131,6).

72. Y éste comía la miel silvestre para anunciar que los pueblos serían saciados con la miel de roca, como está escrito: Y los sació con la roca de miel (Sal 80, 17). Así también los cuervos alimentaban a Elías en el desierto con un alimento que ellos le traían y con una bebida que ellos le procuraban, signo de que los pueblos de las naciones, repugnantes por la negrura de su conducta, que hasta entonces buscaban su comida en los cadáveres fétidos, ofrecerían ahora a los profetas su alimento; pues la comida de los profetas es el cumplimiento de la voluntad divina, como lo ha declarado el mismo Señor con estas palabras: Mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me ha enviado (Jn 3, 34).

         73. Una voz grita en el desierto. Está bien llamar voz a San Juan, el Precursor del Verbo. Pues el mismo Juan, a la pregunta: ¿Qué dices de ti mismo?, ha respondido: Yo soy la voz que clama en el desierto (Jn 1, 22). Y por eso dijo: el que viene en pos de mí ha sido hecho antes que yo, porque la voz, que es inferior precede; después viene el Verbo, que es superior. Por eso ha querido también ser bautizado por Juan, porque entre los hombres el Verbo tiene su consagración en la palabra del doctor. Puede ser también que Zacarías haya recobrado la voz por haber nombrado la voz.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.2, 67-73, BAC Madrid 1966, pág. 124-28

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

P. Alfredo Sáenz, SJ..

LA VOZ QUE CLAMA

Ya se aproxima el día y es precedido por la aurora. Ya las tinieblas se disipan, porque está cerca de nosotros la Luz. El presagio de este nuevo día es el Bautista. Es él quien se coloca entre los dos Testamentos, como síntesis del Antiguo y como alborada del Nuevo. Es en él donde parecen sintetizarse la Ley y los Profetas en la espera de algo nuevo y más perfecto: la Nueva Ley Evangélica. Es él como la voz de la conciencia del antiguo hombre que quiere levantarse en la expectativa de otra vida. Es la voz restauradora de la conciencia natural en busca de la perfección que obrarán en ella la gracia y la caridad.

Se acerca la Luz, se acerca la Palabra de Dios, y Juan el Bautista es su heraldo, su pregonero. Juan anuncia el Reino y prepara los corazones para ingresar en él por medio de la penitencia. Es el interlocutor entre Dios y cada una de las conciencias. Tiene a su favor, que toda la verdad que predica, se asienta beneficiosa en cada alma y produce un efecto contun­dente, ya que cada alma tiene la propia voz interior que grita el cambio de conducta. Sin ambages, el Predicador del Jordán habla de lo que es bueno y lo que es malo. No se deja guiar por respetos humanos, aunque no por ello deja de ser prudente. Tiene a su favor el tiempo de gracia que se acerca: la venida del Mesías…

Con todo, no hemos de confundimos, como muchos lo hicie­ron en su tiempo. El no es la Palabra, sino sólo su instrumento, mediante el cual Ella quiere ser predicada. La voz es el elemen­to transmisor de la palabra entre los hombres. Dice San Agustín: “El sonido de la voz conduce a tu espíritu la inteligencia de una idea mía, y cuando el sonido vocal te ha llevado a la compren­sión de la idea, se desvanece y pasa…”. Una vez que la voz ha cumplido su cometido, una vez que ella ha servido de puente entre dos espíritus, desaparece. Es por eso que el Bautista dice: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya”.

Juan es el amigo del esposo, que le presenta a la esposa reconvenida y purificada con la penitencia. Es él la voz clama-dora que quiere ver con cierta urgencia a las almas preparadas para lo que ha de venir. Una vez asentada la lejía de la peniten­cia en cada hombre, queda el camino expedito para el perdón que trae Cristo Jesús.

Predica en el desierto

El desierto es un lugar amplio, despojado de toda belleza y verdor. El desierto es austero, desolador y en él viven innumerables alimañas. Puede significarnos el campo de este mundo que se ha olvidado de vivir según Dios, Cuando los hombres no viven la vida de la gracia, se parecen A este lugar despejado, sin vida, sin verdura y sin frutos. Pero el Señor ha venido para hacer de nuestras almas otro paraíso donde El quiere recrearse. En este Adviento, tiempo de preparación para su presencia entre los hombres, nos preparamos para vivir su vida, no con una medi­da mezquina, sino para vivirla en abundancia, como Él quiere. El mundo, cuando se olvida de Dios, no sabe dar razón de sí, perdiendo su belleza y esplendor. Se parece a un páramo de­solado. Cuando el hombre se olvida de Dios, se convierte en al­go similar al desierto. Cuando las almas, plantíos del Señor, viña mística, cuidada y regada por el Divino Hortelano, se olvidan de su dignidad, se olvidan de vivir la vida divina, se transforman en viñas desoladas, en plantíos devastados. Con la presencia del Bautista, esa voz que dama en el desierto, la Iglesia nos viene a decir en este Adviento que hemos de preparamos para dejar lo que tengamos de desierto en nuestras vidas, y por la obra de Jesús, nos transformemos en paraísos vivientes, donde se des­cubre belleza, vida, gracia y frutos de buenas obras.

Hemos de preparar el camino para el Señor: “allanad sus senderos, los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas, serán enderezados los senderos sinuosos…” Es decir, todo aquello que no condiga con la voluntad amorosa de Dios, debe ser transformado. Nuestro amor propio debe ser abajado, los baches de nuestra pereza rellenados, las sendas tortuosas de nuestros malos hábitos cambiadas. Y hemos de estar seguros que Dios, Supremo Artífice de obras terminadas, acabará la obra comenzada.

La voz nos clama

El Bautista no ha dejado de predicar, lo sigue haciendo. Por eso la Iglesia nos lo presenta para nuestra reflexión. Hoy parece suponerse que la penitencia ha perdido su sentido. A veces se piensa en ella como si se tratase de una idea trasnochada, una idea propia de tiempos pasados, que hoy ya hemos superado. In­cluso se la considera como una práctica directamente mala, que atenta contra el cuerpo, una especie de masoquismo con visos de piedad. Otras veces se la concibe como algo contrario a la alegría de vivir, como contrario a la expansión licita del hombre. Nada más trasnochado y carente de verdad que todo esto. Al mundo de hoy le cuesta aceptar la enseñanza del Bautista acerca de la penitencia, posteriormente retomada por el mismo Señor Jesu­cristo, como condición para entrar en el Reino. Es cierto que la penitencia es como una puerta por la cual nos cuesta ingresar; pero si la abrimos, encontrarnos el Misterio del Reino de Cristo. Cuando el hombre entrando por ella se achica, se empequeñe­ce por la humildad, entonces recién le es posible descubrir el mundo sobrenatural que le concede la misericordia de Dios.

¿Por qué el mundo contemporáneo ha perdido la práctica de la penitencia? En primer lugar diríamos que el hombre de hoy se ha acostumbrado a vivir bajado de la Cruz; vive mirando hacia abajo, en el conformismo apetente de los bienes de consumo. Es un mundo hedonista, que busca la satisfacción en el placer por el placer mismo. A este hombre le costará hacer penitencia, porque la conciencia cauterizada ha perdido la noción de lo que es el pecado como ofensa a Dios. ¿Cómo hacer penitencia de algo que no me duele moralmente, y que me parece hasta na­tural, o si me duele, ya que la voz de la conciencia nunca se extingue del todo, me duele muy poco?

Una de las grandes conquistas del demonio es haber logrado que el hombre pierda el sentido del pecado. Pío XII lo decía de esta forma: “Tal vez hoy, el más grande pecado del mundo es que los hombres han comenzado a perder el sentido del pecado”. La pérdida de la verdadera dimensión de este mal es que se ha perdido la noción de Dios. Vivimos en una crisis de fe, pero también de enfriamiento de la caridad. El que ama, se duele de ofender a aquel que ama. Por eso nos hemos de preguntar: ¿Quién es Dios para mí?, ¿quién soy yo delante de Él?, ¿me causa dolor realmente ofenderlo? Nos hemos alejado de una ubicación hu­milde y respetuosa frente al Todopoderoso de quien dependemos en todo. Bien decía Pablo VI que “con el olvido de Dios y dé’ nuestras relaciones con Dios, que nos urge mediante su ley moral(a obrar responsablemente ante Él, cae también el sentido del pecado”.

Al perder la claridad sobre estas nociones: Dios, el pecado como ofensa, la gracia, el hombre va perdiendo también la noción de su verdadera dignidad de hijo de Dios. A lo mejor buscará exaltar su libertad diciendo que es libre de hacer lo que quiera, lo que a él se le venga en gana, pero al obrar lo malo, por libre que se crea, se va esclavizando y degradando en su ser íntimo. La mala valoración del pecado, lleva como de la mano a la falsa valoración de la libertad. Así se dilapidan los dones recibidos de Dios, como aquel hijo pródigo que se fue de la casa paterna en búsqueda de otros amores. Creyó haber encontrado lejos de Dios su felicidad, pero ésta era sólo engaño.

Nunca debemos abandonar la penitencia porque ella es salvífica. Cuando el pecador se anima a caminar por ella, doliéndose sinceramente de sus pecados, ya está caminando hacia el puente que lo conduce a la orilla de la misericordia y del perdón. Cuando falta este dolor, esta contrición, entonces da­mos rodeos sin acercamos al perdón. Dios quiso venir al hom­bre por medio de la Humanidad Salvadora de Cristo. Ella es la expresión máxima del amor que el Padre nos tiene a través de su Hijo. Ella es el “puente” que nos conduce por medio de la penitencia al Reino y sus realidades presentes y futuras.

Lo mejor que le podría suceder al hombre de hoy es que aparezcan otros predicadores como Jonás de Nínive y Juan del Jordán, que proclamen a viva voz la conversión. Porque el pecado es la peor miseria que subyace en el corazón. Hoy se op­ta por los pobres, los marginados sociales, los enfermos; todas opciones válidas, pero hemos de reconocer que el de peor con­dición es el pobre pecador. Por los pecadores se ha encarnado el Verbo y realizó su hecho salvífico. Con su pasión, muerte y resurrección, nos liberó de la culpa y la pena eterna.

Debemos animamos a abrir con el picaporte de la penitencia j la puerta que nos conduce al Reino. De nuestra parte se espera la acción de abrir, doliéndonos de nuestros pecados; por la otra esperamos la respuesta perdonadora de un Dios misericordioso. Esta es la manera de entrar al mundo de las realidades espiritua­les, al Reino de su amor y luz, al Reino de la alegría y de la paz de la conciencia.

Ojalá que otros Bautistas nos anuncien siempre las cosas del Reino con el rótulo que verdaderamente lo define, no con el ró­tulo que el hombre quiso ponerle. Ojalá que siempre se llame a la gracia, gracia y vida; y al pecado se lo llame por su nombre, significándonos la muerte. Ojalá se anuncie siempre la nece­sidad de la penitencia y el efecto que esta medicina produce en el alma. Es propio del coraje anunciar las cosas como son: “Aprended a pensar o a hablar y a obrar según los principios de la sencillez y claridad evangélica: «sí, sí, no, no». Aprended a lla­mar blanco al blanco y negro al negro; mal al mal y bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado y no llamarlo liberación y progreso, aunque toda la moda y la propaganda fueran contra­rias”, les decía una vez Juan Pablo II a jóvenes universitarios. Salvar al pecador no es ocultarle la enfermedad del alma, sino procurar que la reconozca para que aplique la medicina ade­cuada.

El Bautista no sólo nos viene a enseñar con su predicación, sino también con todo el ejemplo de su vida. Todo en él es una voz que dama. La voz de su vida toda es para nosotros un ejemplo, puesto que toda su vida fue un crecer para perfeccio­narse en la vida de Dios. No en vano leemos que “el niño crecía y se fortalecía”. Él nos intima a luchar por nuestra perfección y la de todo el mundo. Sigamos su ejemplo.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 13-18)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En este segundo domingo de Adviento, la liturgia propone el pasaje evangélico en el que san Lucas, por decirlo así, prepara la escena en la que Jesús está a punto de aparecer para comenzar su misión pública (cf. Lc 3, 1-6). El evangelista destaca la figura de Juan el Bautista, que fue el precursor del Mesías, y traza con gran precisión las coordenadas espacio-temporales de su predicación. San Lucas escribe: “En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (Lc 3, 1-2). Dos cosas atraen nuestra atención. La primera es la abundancia de referencias a todas las autoridades políticas y religiosas de Palestina en los años 27 y 28 d.C. Evidentemente, el

evangelista quiere mostrar a quien lee o escucha que el Evangelio no es una leyenda, sino la narración de una historia real; que Jesús de Nazaret es un personaje histórico que se inserta en ese contexto determinado. El segundo elemento digno de destacarse es que, después de esta amplia introducción histórica, el sujeto es “la Palabra de Dios”, presentada como una fuerza que desciende de lo alto y se posa sobre Juan el Bautista.

Mañana celebraremos la memoria litúrgica de san Ambrosio, el gran obispo de Milán. Tomo de él un comentario a este texto evangélico: “El Hijo de Dios —escribe—, antes de reunir a la Iglesia, actúa ante todo en su humilde siervo. Por esto, san Lucas dice bien que la palabra de Dios descendió sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto, porque la Iglesia no tiene su origen en los hombres sino en la Palabra” (Expos. del Evangelio de Luca s 2, 67). Así pues, este es el significado: la Palabra de Dios es el sujeto que mueve la historia, inspira a los profetas, prepara el camino del Mesías y convoca a la Iglesia. Jesús mismo es la Palabra divina que se hizo carne en el seno virginal de María: en él Dios se ha revelado plenamente, nos ha dicho y dado todo, abriéndonos los tesoros de su verdad y de su misericordia. San Ambrosio prosigue en su comentario: “Descendió, por tanto, la Palabra, para que la tierra, que antes era un desierto, diera sus frutos para nosotros” ( ib. ).

Queridos amigos, la flor más hermosa que ha brotado de la Palabra de Dios es la Virgen María. Ella es la primicia de la Iglesia, jardín de Dios en la tierra. Pero, mientras que María es la Inmaculada —así la celebraremos pasado mañana—, la Iglesia necesita purificarse continuamente, porque el pecado amenaza a todos sus miembros. En la Iglesia se libra siempre un combate entre el desierto y el jardín, entre el pecado que aridece la tierra y la gracia que la irriga para que produzca frutos abundantes de santidad. Pidamos, por lo tanto, a la Madre del Señor que nos ayude en este tiempo de Adviento a “enderezar” nuestros caminos, dejándonos guiar por la Palabra de Dios.

(Ángelus, II Domingo de Adviento, Plaza de San Pedro, 6 de diciembre de 2009)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

La conversión del corazón

Lc 3, 1-6

El mensaje del Evangelio es: preparad el corazón para recibir a Dios a través de Jesús en Belén. Es un encuentro con Jesús. Todo se manifiesta en Jesús. Todos ven la salvación de Dios que es Jesús, el Salvador, el que da la salud. “Todos” porque la salud de Jesús es para todos.

            Jesús no puede sanar al que no le entrega el corazón. La conversión se resume en esto: entregar el corazón a Dios. Él hará todo pero no puede hacer nada si no le entregamos el corazón.

            Allanar los valles de los corazones hinchados que no se quieren entregar porque se consideran llenos. Elevar los valles de los corazones que no se quieren entregar porque tienen miedo de sus miserias. Enderezar los corazones que no se quieren entregar porque están desviados hacia las criaturas.

            La misión de Juan será animar a los hombres para que pongan el corazón delante de Jesús-Niño y en una perspectiva escatológica delante de Jesús Juez.

            Todo el adviento es una exhortación a poner delante de Jesús nuestro corazón enfermo. Delante, sin decoros. Delante como es, con toda la veracidad del caso.

            Juan es el enviado para animarnos a manifestarnos delante de Jesús tal como somos. Juan será también cualquier persona que nos lleve hasta Jesús.

            Ver la salvación y abrazarse a ella. Asimilarla en nuestro corazón. Ver y conocer. Relacionarse con la salvación. Tener intimidad con Jesús Niño para que nos transforme, para que nos convierta, para que nos sane y para que nunca dejemos de vivir en la visión de la Salud que es anticipo de la vida eterna.

            Juan proclama “un bautismo de conversión para perdón de los pecados”.

            Mateo pone en boca de Juan “convertíos porque ha llegado el Reino de los cielos”[1], Lucas: “dad, pues, frutos dignos de conversión”[2].

            La conversión, cambio de mente, designa renuncia al pecado, una penitencia. Este pesar que mira al pasado, va acompañado normalmente de una conversión por la que el hombre se vuelve hacia Dios e inicia una nueva vida. Penitencia y conversión son la condición necesaria para recibir la salvación que trae el Reino de Dios[3].

            Juan Bautista pide la conversión en vistas a la venida de Jesús.

Si bien en nosotros ha habido una conversión cuando nos dimos cuenta de la necesidad de abrazar la religión, siempre es necesaria la conversión a Dios para mejorar en lo mal hecho y acercamos más a Jesús.

            Hay que tender a la segunda conversión que implica entregamos totalmente a la religión.

            Jesús es modelo de hombre religioso y estamos llamados a imitarlo. Jesús es el hombre totalmente entregado a las cosas de Dios, a la religión. Los santos lo han imitado. Cuando uno conoce a Jesús, que es la misericordia del Padre hecha carne, vive en permanente conversión[4].

El adviento es un tiempo propicio para la conversión. Es un tiempo para entrar en sí mismo y ver qué hay que cambiar, para ver cómo es mi relación con Jesús. Si soy perfecto no necesito conversión, pero no soy perfecto, entonces, qué tengo que cambiar.

            “En la oración se verifica la conversión del alma hacia Dios y la purificación del ojo interior”[5]. Como la conversión del hijo pródigo que se inicia cuando el joven reflexionó[6].

Quizá nos convertimos o comenzamos a venir a la Iglesia siendo jóvenes. Pero a pesar de los años si el alma se mantiene joven puede y debe seguir su conversión.

La conversión implica muerte a nosotros mismos, a nuestro modo de pensar para dejar lugar al querer de Dios. Por eso la primera señal de la conversión es humillarse, es decir, colocar antes que nosotros mismos, la soberanía de Dios[7].

Muchas veces se pide que las homilías sean algo concreto y está bien pero no se debe caer tampoco en venir a buscar una receta al problema particular. En el caso presente el Evangelio nos manda la conversión. En qué… cada uno tiene que volverse en sí, reflexionar, enfrentarse a la realidad de su alma frágil y pecadora y ver concretamente que hay que cambiar en vistas al encuentro con Jesús que viene.

_____________________________________
[1] 3, 2
[2] 3. 8
[3] Nota de la Biblia de Jerusalén a Mt 3, 2. Usamos la Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer Bilbao 19983. En adelante Jsalén.
[4] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Dives in misericordia nº 13, Paulinas Buenos Aires 1980, 56-7. En adelante DM
[5] Santo Tomás de Aquino, Catena Áurea, Mateo (I)…, San Agustín a Mt 6, 7-8, 170. En adelante Catena Áurea…
[6] Cf. Lc 15, 17
[7] Cf. Lagrange, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 20032, 63

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Directorio Homilético

Segundo domingo de Adviento

CEC 522 – 524, 711-716, 722: los profetas y la espera del Mesías

CEC 717-720: la misión de Juan Bautista

522    La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la “Primera Alianza”(Hb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además,  despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.

523    San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). “Profeta del Altísimo” (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22;Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo  y encuentra su alegría en ser “el amigo del esposo” (Jn 3, 29) a quien señala como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús “con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).

524    Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: “Es preciso que El crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

La espera del Mesías y de su Espíritu

711    “He aquí que yo lo renuevo”(Is 43, 19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan en la esperanza la “consolación de Israel” y “la redención de Jerusalén” (cf. Lc 2, 25. 38).

          Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se refieren. A continuación se describen aquellas en que aparece sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.

712    Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12) (“cuando Isaías tuvo la visión de la Gloria” de Cristo: Jn 12, 41), en particular en Is 11, 1-2:

            Saldrá un vástago del tronco de Jesé,

            y un retoño de sus raíces brotará.

            Reposará sobre él el Espíritu del Señor:

            espíritu de sabiduría e inteligencia,

            espíritu de consejo y de fortaleza,

            espíritu de ciencia y temor del Señor.

713    Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra “condición de esclavos” (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

714    Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):

            El Espíritu del Señor está sobre mí,

            porque me ha ungido.

            Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,

             a proclamar la liberación a los cautivos

            y la vista a los ciegos,

            para dar la libertad a los oprimidos

            y proclamar un año de gracia del Señor.

715    Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del “amor y de la  fidelidad” (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los “últimos tiempos”, el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.

716    El Pueblo de los “pobres” (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor “un pueblo bien dispuesto” (cf. Lc 1, 17).

IV     EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

          Juan, Precursor, Profeta y Bautista

717    “Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. (Jn 1, 6). Juan fue “lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre” (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La “visitación” de María a Isabel se convirtió así en “visita de Dios a su pueblo” (Lc 1, 68).

718    Juan es “Elías que debe venir” (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como “precursor”] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de “preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17).

719    Juan es “más que un profeta” (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el “hablar por los profetas”. Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la “voz” del Consolador que llega (Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el Espíritu de Verdad, “vino como testigo para dar testimonio de la luz” (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las “indagaciones de los profetas” y la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): “Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo … Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios … He ahí el Cordero de Dios” (Jn 1, 33-36).

720    En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la “semejanza” divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).

          “Alégrate, llena de gracia”

721    María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el trono de la “Sabiduría”.

          En ella comienzan a manifestarse las “maravillas de Dios”, que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:

722    El Espíritu Santo preparó  a María con su gracia . Convenía que fuese “llena de gracia” la madre de Aquél en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la “Hija de Sión”: “Alégrate” (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo (cf. Lc 1, 46-55).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo I de Adviento

29
noviembre

Domingo I de Adviento

 (Ciclo C) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Directorio Homilético

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Información

Nota Litúrgica

Como sabemos, el calendario litúrgico está organizado según tres Ciclos, Ciclo A, Ciclo B y Ciclo C. Y en cada uno de estos Ciclos se lee de manera semi-continua un evangelista sinóptico: Mateo para el Ciclo A, Marcos para el Ciclo B y Lucas para el Ciclo C. Este año litúrgico, que comienza con este Primer Domingo del Tiempo de Adviento, corresponde al Ciclo C, y por lo tanto se leerá de manera semi-continua el Evangelio según San Lucas.

Presentamos aquí lo que dicen las Prenontanda del Leccionario Romano respecto al tiempo de Adviento.

“1. Tiempo de Adviento

“a) Domingos

“93. Las lecturas del Evangelio tienen una característica propia: se refieren a la venida del Señor al final de los tiempos (primer domingo), a Juan Bautista (segundo y tercer domingo), a los acontecimientos que prepararon de cerca el nacimiento del Señor (cuarto domingo). Las lecturas del Antiguo Testamento son profecías sobre el Mesías y el tiempo mesiánico, tomadas principalmente del libro de Isaías. Las lecturas del Apóstol contienen exhortaciones y enseñanzas relativas a las diversas características de este tiempo.

“b) Ferias

“94. Hay dos series de lecturas, una desde el principio hasta el día 16 de diciembre, la otra desde el día 17 al 24. En la primera parte del Adviento se lee el libro de Isaías, siguiendo el orden mismo del libro, sin excluir aquellos fragmentos más importantes que se leen también en los domingos. Los Evangelios de estos días están relacionados con la primera lectura. Desde el jueves de la segunda semana comienzan las lecturas del Evangelio sobre Juan Bautista; la primera lectura es, o bien una continuación del libro de Isaías, o bien un texto relacionado con el Evangelio. En la última semana antes de Navidad, se leen los acontecimientos que prepararon de inmediato el nacimiento del Señor, tomados del Evangelio de san Mateo (cap. 1) y de san Lucas (cap. 2). En la primera lectura se han seleccionado algunos textos de diversos libros del Antiguo Testamento, teniendo en cuenta el Evangelio del día, entre los que se encuentran algunos vaticinios mesiánicos de gran importancia.” (Prenotanda, nº 93-94)

Recordamos, asimismo, un párrafo del nº 25: “Se recomienda mucho la predicación de la homilía en las ferias de Adviento, de Cuaresma y del tiempo pascual, en bien de los fieles que participan ordinariamente en la celebración de la Misa; y también en otras fiestas y ocasiones en las que hay mayor asistencia de fieles en la iglesia.” (Prenotanda, nº 25)

 

Textos Litúrgicos

•         Lecturas de la Santa Misa

•         Guión para la Santa Misa

 

 Domingo I de Adviento (C)

(Domingo 29 de Noviembre de 2015)

LECTURAS

Haré brotar para David un germen justo

Lectura del libro de Jeremías        33, 14-16

Llegarán los días —oráculo del Señor— en que Yo cumpliré la promesa que pronuncié acerca de la casa de Israel y la casa de Judá:

En aquellos días y en aquel tiempo, haré brotar para David un germen justo, y él practicará la justicia y el derecho en el país. En aquellos días, estará a salvo Judá y Jerusalén habitará segura.

Y la llamarán así: «El Señor es nuestra justicia».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL      24, 4-5a 8-10. 14

R. A ti, Señor, elevo mi alma.

Muéstrame, Señor, tus caminos,

enséñame tus senderos.

Guíame por el camino de tu fidelidad;

enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador. R.

El Señor es bondadoso y recto:

por eso muestra el camino a los extraviados;

Él guía a los humildes para que obren rectamente

y enseña su camino a los pobres. R.

Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,

para los que observan los preceptos de su alianza.

El Señor da su amistad a los que lo temen

y les hace conocer su alianza. R.

Que el Señor fortalezca sus corazones

para el Día de la Venida del Señor

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Tesalónica      3, 12-4, 2

Hermanos:

Que el Señor los haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por ustedes. Que Él fortalezca sus corazones en la santidad y los haga irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el Día de la Venida del Señor Jesús con todos sus santos. Amén.

Por lo demás, hermanos, les rogamos y les exhortamos en el Señor Jesús, que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros sobre la manera de comportarse para agradar a Dios. De hecho, ustedes ya viven así: hagan mayores progresos todavía. Ya conocen las instrucciones que les he dado en nombre del Señor Jesús.

Palabra de Dios.

ALELUIA         Sal 81, 8

Aleluia.

¡Muéstranos, Señor, tu misericordia

y danos tu salvación!

Aleluia.

Está por llegar la liberación

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas       21, 25-28. 34-36

Jesús dijo a sus discípulos:

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria.

Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.

Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.

Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante del Hijo del hombre.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA


Iº Domingo de Adviento- 29 de noviembre 2016- Ciclo C

Entrada: Hoy comienza un nuevo tiempo litúrgico, hoy comienza el tiempo de Adviento, que es el tiempo de espera de la venida de Jesucristo, Dios hecho hombre, en el portal de Belén. Comencemos este tiempo de Adviento despertando en nuestros corazones la esperanza de que el nombre de Dios sea santificado y de que venga su reino de justicia y de paz.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura: Jr 33,14-16

Dios hará brotar para David un germen justo, para salvar a Judá y para seguridad de Jerusalén.

Salmo Responsorial: 24

Segunda Lectura:       1 Ts 3, 12 – 4, 2

El Apóstol san Pablo nos estimula a crecer cada vez más en el amor fraterno para que la venida del Señor nos encuentre irreprochables.

Evangelio:                Lc 21, 25-28.34-36

Nuestro Señor nos exhorta a estar prevenidos y a orar incesantemente aguardando la liberación.

Preces:

Al iniciar un nuevo tiempo litúrgico, oremos con confianza al Señor que anuncia su venida.

A cada intención respondemos cantando:

* Que en toda la Santa Iglesia el Señor derrame abundantemente los dones de su Espíritu, especialmente la virtud de la esperanza para prepararse para la solemnidad de su Nacimiento con un corazón humilde y atento a sus inspiraciones. Oremos.

* Por los frutos del jubileo de la misericordia, para que los hombres abran su corazón y se dejen curar por la infinita bondad de Dios que viene a este mundo a salvar a los pecadores. Oremos.

* Pidamos al Señor que estas celebraciones susciten en los hombres de buena voluntad el empeño en defender la vida humana y la paz entre los pueblos. Oremos.

* Pidamos al Redentor de nuestras almas que mire con piedad a todos los que sufren en el cuerpo o en el espíritu, para que sean fortalecidos por la consoladora esperanza de su venida gloriosa. Oremos.

Señor Jesucristo, que nos llamas a orar incesantemente; ayúdanos en nuestras necesidades y fortalécenos en la esperanza del encuentro definitivo contigo; Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:
Mientras esperamos la venida de Cristo, celebramos la Eucaristía ofreciéndonos a nosotros mismos como hostias junto a la Hostia Santa.

Ofrecemos:

•        Alimentos para los más pobres, verdaderos poseedores del Reino de los Cielos.

•        Pan y vino, con la certeza de que Cristo se hará presente en el Altar.

Comunión: Cristo es nuestra Vida, la vida eterna, la vida en abundancia y es la razón de nuestra esperanza. Comulguemos con un corazón bien dispuesto y agradecido por su infinita ternura hacia nosotros.

Salida: Pidamos a nuestra Madre, que llevó en sus entrañas al Verbo hecho carne, que toda la Iglesia espere a Cristo que viene y lo acoja con fe y amor siempre renovados.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

•         Alois Stöger.

La venida del Hijo del hombre

(Lc.21,25-28)

a) Señales en el universo (Lc/21/25-26)

De las predicciones, cuyo cumplimiento se ha experimentado ya, pasa el discurso a los acontecimientos del tiempo final, que todavía están pendientes de realización. Se distingue claramente la ruina de Jerusalén y el tiempo final. Pero no se dice nada acerca de lo que han de durar los tiempos de los gentiles.

El tiempo final se anuncia con grandes acontecimientos cósmicos. Antes de que venga el Hijo del hombre, se producirá un trastorno en el universo. Se verán sacudidos sus tres grandes ámbitos, conforme a la idea de la época, que concebía el mundo dividido en tres pisos. En el firmamento se producen signos en el sol, en la luna y en las estrellas. Como se ve, Lucas no tiene gran interés en describir detalladamente estas señales, como lo hace Marcos: el sol se oscurecerá, la luna no dará ya luz, las estrellas caerán del cielo (Mar_13:24). En la tierra se verán las gentes presa de angustia y de desconcierto. El mar, sujeto por el poder de Dios (Job_38:10 s), quedará abandonado a sus impulsos caóticos. Según la concepción de la antigüedad, el universo es tenido a raya, ordenado y dirigido por potencias espirituales que tienen su morada en el espacio celeste. Las potencias del cielo se verán sacudidas, por ello irrumpirá el caos sobre el universo.

Las naciones, los paganos, los hombres serán presa de angustia, quedarán sin aliento y desconcertados por el miedo y la ansiedad. «Cuando el pánico se apodere de los habitantes de la tierra, se hallarán en muchos apuros, en enormes aflicciones» (ApBar 25,3). ¿En qué podrá uno todavía apoyarse cuando se tambaleen las leyes más seguras? El suelo se hunde bajo los pies. Los hombres se preguntan qué significa esto, de qué es señal. El discípulo de Cristo conoce el significado de estos acontecimientos por la palabra de Cristo. Son señales del que ha de venir. El horizonte de las palabras se extiende al mundo entero. La humanidad está dividida en dos grandes campos: el uno -los «hombres»- se consume de pánico, el otro -los discípulos- afronta esta hora con gozosa expectativa. Sin Cristo, ansiedad; con Cristo, esperanza inquebrantable.

Las señales se presentan en palabras que tienen una antigua tradición; en una predicción sobre la ruina de Babilonia se dice: «Ved que se acerca el día de Yahveh, implacable, cólera y furor ardiente, para hacer de la tierra un desierto y exterminar a los pecadores. Las estrellas del cielo y sus luceros no darán su luz, el sol se oscurecerá en naciendo, y la luna no hará brillar su luz» (Isa_13:9 s). En la sentencia pronunciada sobre Edom dice el mismo profeta: «La milicia de los cielos se disuelve, se enrollan los cielos como se enrolla un libro, y todo su ejército cae como caen las hojas de la vid, como caen las hojas de la higuera. La espada de Yahveh se embriaga en los cielos y va a caer sobre Edom, sobre el pueblo que ha destinado al exterminio» (Isa_34:4 s). Y en un oráculo de infortunio sobre Egipto se dice: «Al apagar tu luz velaré los cielos y oscureceré las estrellas. Cubriré de nubes el sol, y la luna no resplandecerá; todos los astros que brillan en los cielos se vestirán de luto por ti, y se extenderán las tinieblas sobre la tierra» (Eze_32:7 s). La intervención primitiva de Dios en la historia de las ciudades y de las naciones se encuadra en el marco de grandes trastornos cósmicos. (…). Tiembla el universo cuando se levanta Dios y visita la tierra. El sacudimiento del universo a la venida del Hijo del hombre sirve seguramente sólo para la representación del Hijo del hombre, al que Dios ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra. Cuando en su venida atraviese los espacios del universo, temblarán los poderes del cielo de respeto y sobrecogimiento. Pero las predicciones son oscuras hasta que se cumplen. (…)

b) Aparece el Hijo del hombre (Lc/21/27-28).

27 Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poderío y majestad.

El Hijo del hombre se hará visible. Se le podrá contemplar con los ojos. Nadie podrá sustraerse a este acontecimiento. Además, todos los que lo vean estarán seguros de que es él.

La manifestación del Hijo del hombre se pinta con imágenes procedentes de la tradición: «Vi venir en las nubes del cielo a un como hijo de hombre, que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado a éste. Fuele dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará nunca, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá» (Dan_7:13 s). El Hijo del hombre viene sobre una nube; la nube es el carro de Dios. Dios mismo se manifiesta con poderío y majestad. El Hijo del hombre tiene participación en el señorío de Dios. Las imágenes transmitidas por tradición tienen por objeto representar la majestad divina de Cristo. Todas las imágenes son sencillamente un débil balbuceo en comparación con lo inefable de su grandeza. Jesús no viene ya en la debilidad de su manifestación terrena, sino en la grandeza y gloria de su exaltación. Pero ¿quién podrá hablar de ella en forma adecuada?

28 Cuando comience a suceder todo esto, tened ánimo y levantad la cabeza, porque vuestra liberación se acerca.

La Iglesia marcha encorvada como un hombre que tiene que llevar una carga pesada. Va como con la cabeza baja, como un hombre que se ve odiado, perseguido y sin honra. Cuando se inicie lo que preparará los acontecimientos finales, entonces podrán tener ánimo los creyentes. Lo que para los otros es amenaza de destrucción, para ellos significa exaltación. Sólo entonces, cuando aparezca el Hijo del hombre, cesará la Iglesia de ser una Iglesia oprimida, tentada, encorvada.

La liberación se acerca cuando aparece el Hijo del hombre glorificado. Cesan la persecución y los peligros. Se ve cumplida la esperanza antes ridiculizada y escarnecida. La Iglesia sufriente se convierte en Iglesia exultante. Lo que cantó el padre del Bautista cuando se acercaba el tiempo de salvación, puede cantarse ahora como realizado: «Bendito el Señor Dios de Israel, porque ha venido a ver a su pueblo y a traerle el rescate» (1,68).

La venida del Hijo del hombre es el día de la recolección para la Iglesia. Según Marcos, el Hijo del hombre enviará a los ángeles para que reúnan a sus escogidos desde los cuatro vientos (Mc 13.27). De ello no dice nada Lucas. El tiempo de la Iglesia entre la ascensión y la segunda venida era tiempo de misión, tiempo de recogida de los pueblos; ahora es el tiempo en el que la Iglesia reunida recibe su forma plena y su liberación definitiva.

Actitudes escatológicas (Lc.21,29-36)

a) No dejarse desorientar (21,29-33).

(…)

b) Vigilancia y sobriedad (21.34-36).

El Hijo del hombre ha de venir, aunque su venida no sea próxima y aunque se difiera el tiempo en que ha de venir. No se puede hacer como el criado infiel que decía para sí: «Mi señor está tardando en llegar» (Luc_12:45). Vendrá de improviso, rápida e inesperadamente, como un lazo en el que cae un pájaro desprevenido y demasiado confiado. Es necesario tener cuidado. Aquel día en que vendrá el Señor, es día de juicio (Luc_17:31). En él se decide el destino final. Ese día es a la vez día de liberación y día de condenación. Hay que estar prevenidos.

La crápula y la embriaguez embotan el corazón del hombre, distrayéndolo de los acontecimientos venideros; la excesiva preocupación por comer y beber enturbia la vista para no ver lo que nos aguarda. El corazón, del que provienen las decisiones morales y religiosas, tiene que mantenerse disponible para los acontecimientos finales. El que sólo se interesa por la vida terrena y sus placeres, no tiene espacio ni voluntad para pensar en «aquel día». «La noche está muy avanzada, el día se acerca. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, caminemos con decencia: no en orgias y borracheras; no en fornicaciones ni lujurias; no en discordias ni envidias» (Rom_13:12 s).

El día del juicio viene para todos. Alcanza a todos los habitantes de la tierra. Las descripciones pormenorizadas despiertan la atención. Con tales palabras anuncia el profeta Jeremías la universalidad del juicio: «Si yo, al desatar el mal, he comenzado por la ciudad en que se invoca mi nombre, ¿ibais a quedar vosotros impunes? No quedaréis, no, puesto que llamaré a la espada contra todos los moradores de la tierra» (Jer_25:29). El cristiano no puede decir: Yo soy discípulo de Cristo, ese día no puede perjudicarme. El juicio ejecutado sobre Jerusalén nos advierte del juicio final y nos pone en guardia.

36 Velad, pues, orando en todo tiempo, para que logréis escapar de todas estas cosas que han de sobrevenir, y para comparecer seguros ante el Hijo del hombre.

El Hijo del hombre ha de venir con toda seguridad. Cuando venga pedirá cuentas a los criados fieles y a los infieles (Jer_12:41-48), a los que negociaron con las minas que les habían sido confiadas y las multiplicaron, y a los que, inactivos, las guardaron sin hacerlas fructificar (Jer_19:12-27).

El cristiano debe velar a fin de estar preparado para la llegada del Señor. El Hijo del hombre ha de venir, pero nadie sabe el día ni la hora en que vendrá. «Velad, pues, porque no sabéis en qué día va a llegar vuestro Señor» (/Mt/24/42). El discípulo que tiene presentes los decisivos acontecimientos finales, no puede adormecerse. Su vida debe estar caracterizada por la vigilancia en espera del Señor y por la prontitud para recibirlo. La exhortación a estar prontos y en vela brota de lo más original, característico y decisivo del mensaje de Jesús.

A la vigilancia se asocia la oración. El que ora, está en vela para Dios, y el que está en vela religiosamente, ora. «Orad en toda ocasión en el Espíritu, y velad unánimemente con toda constancia» (Efe_6:18). En todo tiempo es necesario orar, pues nadie conoce el día y la hora[1] (*) en que vendrá el Señor. La Iglesia primitiva asoció la vigilancia y la oración con la celebración del banquete eucarístico: «Perseverad en la oración, velando en ella en la acción de gracias» (Col_4:2). En esta exhortación están reunidas las tres cosas: oración, vigilancia, banquete eucarístico. En estas vigilias del culto cristiano se realiza la vigilancia cristiana y se imita lo que Cristo mismo hizo cuando celebró la noche pascual (Col_22:15). Cristo viene como juez. ¿Podremos escapar de todas estas cosas que han de sobrevenir? ¿Podremos librarnos de la existencia condenatoria? ¿Podremos comparecer seguros ante el Hijo del hombre? ¿Lograremos hallar en él un abogado? Mediante la vigilancia y la oración podremos afrontar el inminente juicio y comparecer seguros ante el juez.

Termina el último discurso que pronunció Jesús ante el pueblo en el templo. Las últimas palabras son: el Hijo del hombre. Se dirige a su pasión, pero volverá en calidad de Hijo del hombre. En las últimas palabras que pronuncie delante del sanedrín dirá: «Pero desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del Poder de Dios» (Lc_22:69). La venida de Jesús como Hijo del hombre, al que Dios ha transmitido todo poder, es señal de que su reivindicación era justa, su mensaje verdadero, de que están garantizadas sus promesas y sus amenazas. El camino va del pueblo en el templo y de sus adversarios en el sanedrín a la pasión y a la muerte, pero ésta conduce a la gloria del Hijo del hombre. El hijo del hombre tiene la última palabra.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

_____________________________________________
[1] Orar en todo tiempo:Col_18:1; Col_24:53; cf. Rom_1:9 s; 1Co_1:4; Efe_5:20; Flp_1:3 s; Col_1:3; Col_4:12; 1Te_1:2 s; 2Te_1:3.11; 2Te_2:13; Flm_1:4; Hab_7:25; orar sin interrupción: 1Te_5:17; cf. 1Te_2:13; 2Ti_1:3; no ceso de orar: Efe_1:16; Col_1:9; noche y día: 1Te_3:10; 1Ti_5:5; 2Ti_1:3; cf. Luc_2:37; Luc_18:7; Rev_4:8; Rev_7:15

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Comentario Teológico

•        Catecismo de la Iglesia Católica


Artículo 7: “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”

I           VOLVERA EN GLORIA

             Cristo reina ya mediante la Iglesia …

668     “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669     Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).

670     Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la “última hora” (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). “El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

            … esperando que todo le sea sometido

671     El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no  haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672     Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

            El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel

673     Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos “toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén “retenidos” en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).

674     La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinado de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por “todo Israel” (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que “una parte está endurecida” (Rm 11, 25) en “la incredulidad” respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: “Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del  Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas” (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: “si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?” (Rm 11, 5). La entrada de “la plenitud de los judíos” (Rm 11, 12) en la salvación  mesiánica, a continuación de “la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios “llegar a la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13) en la cual “Dios será todo en nosotros” (1 Co 15, 28).

            La última prueba de la Iglesia

675     Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1  Jn 2, 18.22).

676     Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso” (cf. Pío XI, “Divini Redemptoris” que condena el “falso misticismo” de esta “falsificación de la redención de los humildes”; GS 20-21).

677     La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

II          PARA JUZGAR A VIVOS Y  MUERTOS

678     Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10; Joel 3, 4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La  actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

679     Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22;cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo  (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).

RESUMEN

680     Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal.

681     El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.

682     Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia.

(Catecismo de la Iglesia Católica, nº 668 – 682)

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Santos Padres

•        San Ambrosio

Las señales del Cristo viniente

36. Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas. En verdad, todo el conjunto de la profecía resulta verídico, y la realidad perfecta del misterio se ha cumplido plenamente, es decir: los judíos son, por segunda vez, llevados prisioneros a Babilonia y Asiria, y serán esclavos por todo el mundo por haber negado a Cristo; la Jerusalén terrena será destruida por el ejército enemigo, y los judíos muertos al filo de la espada y toda Judea será sometida por las naciones creyentes por medio de la espada espiritual, que es esa palabra que tiene doble filo , y entonces tendrán lugar esos signos diversos en el sol, en la luna y en las estrellas.

37. Estas señales las narra Mateo de una manera más clara. Entonces —son sus palabras— el sol se oscurecerá, la luna no dará su luz y las estrellas se caerán. En efecto, como muchos se apartarán de la religión, la claridad de la fe se oscurecerá bajo la nube de la perfidia, ya que ese sol celestial aumentará o disminuirá para mí según sea mi fe. Porque del mismo modo que, cuando hay muchos que miran los rayos de sol de este mundo, este sol aparece más pálido o más brillante según la receptividad del espectador, así también la luz espiritual afecta a cada creyente según su devoción. Y así como la luna, en sus fases mensuales, desaparece cuando la tierra se interpone entre ella y el sol, así también la santa Iglesia, cuando los vicios de la carne son un obstáculo para que la llegue la luz espiritual, no está capacitada para recibir el fulgor de la luz divina que brota de los rayos de Cristo. Pues, en las persecuciones, el amor a esta vida es, con frecuencia, el único impedimento para que la claridad de Dios llegue hasta nosotros.

38. Caerán las estrellas; es decir, aquellos hombres que ya brillan por la gloria de la resurrección, aquellos hombres que son como astros en este mundo y que están en posesión de la palabra de la vida , aquellos hombres de los cuales se dijo a Abrahán que su descendencia brillaría como el cielo y las estrellas : Y por eso, a los ojos de los hombres cayeron los patriarcas y los profetas cuando las persecuciones crecieron en crudeza, todo lo cual se debe cumplir hasta que la Iglesia vea que la plenitud de las virtudes ha reformado a todos y a cada uno: pues así serán reconocidos los buenos y aparecerán también los débiles. Y las diversas pasiones del alma serán tan pujantes, que, estando la conciencia cargada de gran cantidad de pecados, el temor al juicio que va a venir empañará en nosotros la frescura de la sagrada fuente, ya que la falsa fe reseca, mientras que la fe verdadera refresca.

39. Pues las virtudes de los cielos se conmoverán, y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes. Quizás de la misma manera que hay que esperar la venida del Señor para que tenga realización perfecta en todo el universo, tanto en el humano como en el material, esa presencia suya que se lleva a cabo en cada uno cuando se recibe a Cristo con todo el corazón, así también todas las virtudes de los cielos, cuando realice su venida y su retorno el Señor Salvador —puesto que es El el Señor de las Virtudes —, obtendrán necesariamente un aumento de gracia y se tambalearán cuando la plenitud de la divinidad se comunique de una manera más propia.

40. Existen también esas virtudes de los cielos que cantan la gloria de Dios, que se conmueven por una comunicación más abundante de Cristo y que, siendo espirituales, pueden contemplar a ese mismo Cristo. Y es David quien nos enseña el modo de tambalearse de estas virtudes, cuando nos dice: Acercaos a mí y seréis iluminados.

41. Y también Pablo te enseñó cómo se puede ver a Cristo, ya que, cuando te conviertas al Señor, se te quitará el velo  y podrás contemplar a Cristo. Le verás sobre las nubes. En verdad, yo no creo que Cristo haga su aparición sobre una sombra tenebrosa y una lluvia glacial —pues se ven las nubes y nos tapan el cielo con una bruma oscura; si fuera de la manera descrita, ¿cómo podía haber puesto su tienda sobre el sol  si llueve cuando El venga?

42. Pero de la misma manera que hay nubes que oscurecen la claridad del misterio celestial, porque es necesario, así también hay otra clase de nubes que humedecen gracias al rocío de la gracia espiritual. Contempla la nube que aparece en el Antiguo Testamento: Él les hablaba —se dice allí— desde una columna de nubes. Es cierto que hablaba por medio de Moisés y por el hijo de Nave, Josué, que fue quien hizo detener el sol para poder recibir la claridad de una luz más abundante. Por tanto, Moisés y Josué, el hijo de Nave, son nubes. Date, pues, cuenta cómo los santos pueden ser llamados nubes; la razón es porque vuelan como las nubes y como las palomas con sus pichones. A mi juicio, también son nubes Isaías y Ezequiel, los cuales me muestran la santidad de la divina trinidad por medio de los querubines y serafines; todos éstos, repito, pueden ser considerados como nubes. Sobre estas nubes vino Cristo, y vino sobre la nube del Cantar de los Cantares, una nube serena y llena de la alegría de un esposo; también vino sobre una nube ligera  cuando tomó carne de la Virgen, pues el profeta vio como una nube que venía del Oriente; por eso muy bien dijo que era una nube ligera que no había sido empañada en modo alguno por los vicios terrenos. Contempla esa nube sobre la cual reposó el Espíritu Santo y a la que cubrió con su sombra la virtud del Altísimo.

43. Y cuando aparezca Cristo sobre las nubes, se derribarán todas las tribus de la tierra, pues existe un conjunto de crímenes y una serie de pecados que deben ser destruidos con la venida de Cristo.

44. Contempla la higuera y todos los árboles. Cuando dan fruto, sabéis que ya está cerca el verano. Aunque las sentencias de los evangelistas presentan alguna divergencia material, sin embargo, todos parecen coincidir en cuanto a la realidad. En efecto, Mateo habla sólo de la higuera “cuando sus ramas son tiernas”; y aquí se habla de todos los árboles. Por lo que a nosotros respecta, debemos esperar la venida del Señor, en la cual, como en la estación del estío, se recogerán los frutos de la resurrección, que acaecerá, o bien cuando el fruto se ponga verde en todos los árboles y la higuera se haga fecunda y comience a florecer, tiempo en el que toda lengua alabará a Dios  y también el pueblo judío le alabará, o bien cuando el hombre de iniquidad se haya vestido de la ligera y frágil vanidad, como se vistieron de hojas las ramas de la Sinagoga, y entonces hemos de conjeturar que se aproxima el juicio, ya que el Señor se apresura a recompensar la fe y a poner un dique al pecado.

45. Esta higuera, en realidad, es portadora de un doble símbolo, pues nos puede indicar o la mitigación de la dureza o una mayor cantidad de pecados, ya que, por la fe de los creyentes, las cosas que antes se secaban florecerán, mientras que los pecadores, por un falso contento, se gloriarán de sus faltas. En los primeros se ve el fruto de la fe, en los segundos una loca pasión de mala fe. Los desvelos del jardinero del Evangelio, me hacen esperar el fruto de la higuera. Pero nosotros no debemos desesperar, aunque los pecadores se han cubierto de las hojas de la higuera, como si se tratara del vestido del error, con objeto de arrojar un velo sobre su conciencia; en verdad, las hojas no son más que una apariencia estéril. Tal fue el vestido que se pusieron los desterrados del paraíso.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.10, 36-45, BAC Madrid 1966, pág. 567-72

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Aplicación

•        P. Alfredo Sáenz, S.J.

•        San Juan Pablo II

•        S.S. Benedicto XVI

•        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

P. Alfredo Sáenz, SJ..

DE PIE, VIENE EL SEÑOR

Iniciamos el Adviento, tiempo de espera para rememorar el acontecimiento más grande verificado ya en la historia, cual es la venida de Dios a los hombres mediante su Encarnación. Ésta, su primera venida, fue largamente esperada por los siglos. Después del naufragio acontecido en el paraíso y tras tantos intentos fallidos de reconstrucción, se espera a Aquel “vástago de justicia” que viene para inaugurar una nueva etapa. La liturgia, que no sólo nos hace recordar los misterios de la Vida de Cristo, sino que los presencializa en un “hoy” renovado, nos irá preparando para que seamos más dignos de dicha visita. Pero los cristianos que viven en el tiempo se encuentran también en la —espera de una segunda venida del Salvador. La primera se verificó ya en la sencillez y la humildad del Cordero; la segunda ha sido preanunciada en gran poder y gloria, y se verá precedida por signos y señales. Tanto si esperamos al Niño Jesús o al Rey Universal, nuestra tendencia ansiosa se refiere al mismo objeto de deseo: Jesucristo. Prepararse convenientemente para recibir a Cristo recostado en Belén, es también prepararse para cuando Él venga a completar totalmente su obra en la Parusía.

El Señor quiso tener un Precursor que lo anunciase de cerca. Este presagio del Nuevo Día es el Bautista. Por ello las lecturas fue a nos presenta la Iglesia, nos invitan a meditar en la predicación de Juan oída por tantos de sus contemporáneos a orillas del río Jordán. Esta predicación siempre es actual, y lo es mucho más en el tiempo de Adviento, ya que aguardamos una vivificación del Reino ya actuante por el misterio de la gracia. Necesitamos ser golpeados nuevamente por el impacto perenne pero siempre nuevo del Evangelio, y el Bautista está especialmente preparado para preparar nuestros corazones de manera que ese impacto produzca frutos saludables.

Pero si esperamos al Niño Jesús de la mano del Bautista también y con mayor razón lo hemos de hacer desde el corazón de la Madre. Ella también tuvo su Adviento. Ella aguardó durante nueve meses ver con sus propios ojos a Aquel en quien creía y de quien lo esperaba todo. ¿Quién anheló más ansiosamente a Jesús que su Madre? Por eso la Iglesia debe mirar a María Santísima y unirse a Ella para aprender a esperar. María es la Madre de la Esperanza. No sólo nos ha de disponer convenientemente para aguardar al Niño, sino que también nos ha de preparar adecuadamente de modo que estemos prevenidos para su segunda venida. Todos los fieles han de aguardar de mano de la Madre la consumación de los siglos. Ella será quien ha de entregar al Cuerpo Místico al definitivo descanso del cielo.

Estar en pie

La plena realización del Reino inaugurado por el Señor en su primera venida tendrá lugar en la Parusía. Allí completará y culminará su obra. Antes de verificarse esta realidad, que para nosotros hoy es una profecía, tendrán que aparecer grandes signos en el cielo: “Habrá señales en el sol y la luna y en las estrellas”. Mientras aguardamos el fin, la Iglesia dice Maranatha, Ven Señor Jesús. ¿Qué debemos hacer durante esta espera sino estar alertas? El Reino de paz, de luz y de justicia, se presenta como algo misterioso que interpela al hombre. Este Reino golpeará cada corazón esperando tener acogida generosa. Cada corazón vivo y palpitante está invitado a abrir sus puertas al misterioso Reino de Cristo. No dejemos que sus beneficios se queden afuera. Hemos de reconocer al Enviado del Padre, escucharlo y amarlo, para que sus beneficios celestiales se posen en sobreabundancia sobre nosotros. Hoy San Pablo nos insta a dejar que el Señor fortalezca nuestros corazones en la santidad.

El Señor nos dice en el Evangelio que hemos de estar de pie delante del Hijo del hombre. Un muerto no está de pie, tampoco uno que duerme. Este tiempo no nos debe sorprender muertos en la vida de Dios, o dormidos en el letargo de nuestras preo-cupaciones o tibiezas. Estar en pie significa estar expectantes, alertas, como el centinela aguarda la aurora… Estar en pie significa que nuestro corazón va aprendiendo a pisotear sus miserias, y empieza a caminar con paso firme y no vacilante hacia el Señor.

Estar en pie y con la cabeza enhiesta hacia lo alto —”levantad la cabeza”, nos dice el Señor— debe ser la actitud del hombre peregrino, del hombre trascendente, que aguarda su “parto” para la otra vida. El hombre vertical es el hombre del Reino de Cristo, el hombre de paso victorioso y señorial que reinará con Cristo y con todos los santos en la Casa del Padre.

No dejemos que el hombre de paso firme y vertical se encorve y rinda pleitesía a las cosas terrenas y mundanas. Nos dice el Evangelio: “Tened cuidado de no dejaros aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre vosotros, como una trampa”.

Sabemos, sin embargo, que no debemos adherirnos a Cristo por temor sino por amor. El Señor no nos quiere asustar con su segunda venida, sino premiar por nuestras buenas obras. Por eso hemos de vigilar para no caer. Dice San Agustín: “La prudencia está en guardia y en vigilancia diligente, no sea que insinuándose poco a poco una inclinación, nos engañemos y caigamos”. A no estar caídos, sino de pie frente al Hijo del hombre.

Tiempo de vigilancia

La Iglesia a través de la liturgia nos ayudará a permanecer despiertos y en vela. No nos debe sorprender la venida del Señor. Hemos de estar siempre preparados para su nacimiento en Belén, para su llamado sorpresivo en el momento de nuestra partida, y para su segunda venida triunfal. Hemos de permanecer despiertos, y esto lo alcanzamos por medio de la oración más ferviente. Reavivemos nuestra fe, esperanza y caridad, seamos capaces de sacudir toda tibieza y huir de la apostasía de los últimos tiempos. No sabemos ni el momento ni la hora, por eso hemos de estar prevenidos. “Quiso el Señor que nos fuese desconocida la última hora para que, no pudiendo preverla estemos siempre preparándonos para ella”, afirma San Gregorio.

¿Quién es el que vigila? Vigila la madre sobre el hijo enfermo; vigila el gobernante para que se cumplan sus mandatos; vigila el timonel de la nave para evitar la sorpresa de la tormenta; vigila el dueño de la casa para evitar que le roben. Así debe estar en vela el cristiano. Debe orar y esforzarse para esperar la mejoría de sus enfermedades espirituales; debe procurar que todas sus obras sean gobernadas por el imperio de la caridad; debe saber el arte del buen timonel para para apercibirse cuando se levanten las olas de la tentación; debe resguardar bien su morada para que el ladrón no lo sorprenda.

Pero en toda vigilancia hay algo más importante que motiva el esfuerzo. El cristiano no vigila por vigilar, sino para resguarda algún bien, algún patrimonio. La vigilia se afana por resguarda especialmente, entre otros bienes, la fidelidad. La madre vela por la salud del hijo; el gobernante para preservar el bien común; el timonel para mantener en buena dirección la nave; el dueño de casa por su patrimonio y familia. Así se reserva y cuida lo que es más preciado, y ¡qué más preciado tesoro que Dios en el alma! Aquel que no vigila es, o porque no tiene patrimonio, o porque no se da cuenta de que lo posee, y poseyéndolo, no lo valora.

Este tiempo litúrgico nos enseña a levantar la cabeza, a verticalizarnos para reconocer con nuestros ojos de fe que tenemos que trabajar para reservar nuestra fidelidad a Dios. El que sabe apreciar la unión amistosa con Dios se apea y marcha firme por el camino de la vigilancia.

En realidad el Señor no nos exige demasiado, o más allá de lo que pueden nuestras pobres fuerzas. Sí nos pide que sepamos dar un paso cada día. Nos pide la fidelidad en las pequeñas cosas y a cambio nos promete grandes beneficios. Así lo expresa San Gregorio Nacianceno: “El pide cosas insignificantes; promete a cambio, a quienes le aman sinceramente, grandes dones, tanto en este mundo como en el futuro”.

Dice hermosamente el místico San Juan de la Cruz que hemos de vestir el alma de blanco, de verde y de rojo. Cubrirnos ante todo con la blanca túnica de la fe, y sobreponer luego el segundo color, el verde, que significa la esperanza. El alma se debe despojar de “todas esas vestiduras y trajes del mundo, no poniendo su corazón en nada ni esperando nada de lo que hay o ha de haber en él, viviendo solamente vestida (de esperanza) de vida eterna”. Encima del blanco y el verde, para el remate y perfección, lleva el alma el tercer color que es la toga colorada de la caridad, ya que sobre la púrpura, como dice el Cantar de los Cantares, se recuesta Dios.

Pongamos vigilancia en los actos de cada día. Hemos de remozar nuestra oración, nuestro examen de conciencia; hemos de preguntarnos sobre nuestro deber de estado; hemos de mirar la práctica de la caridad que es la síntesis de la perfección. Adviento es el tiempo de preparación intensa, de reflexión prudencial sobre nuestros pasos, pero más que eso, es tiempo de amores; tiempo de inflamar el alma con el Espíritu. La milicia del soldado de Cristo hace que esté más alerta, más en pie, más a la defensa del castillo interior.

El Señor nos debe encontrar en pleno crecimiento de vida espiritual. Desde lo más profundo de nuestro ser supliquemos, robándole el sentimiento a San Pablo, y digamos: ¡Oh Señor, fortalece nuestros corazones y haznos irreprensibles en la santidad para la venida de Nuestro Señor Jesucristo!

Dentro de unos momentos nos acercaremos a recibir la Eucaristía desde su pesebre humilde del altar. Él, sin descansar en las especies, está como en una atalaya, siempre velando en resguardo de su Casa. Él vigila a toda hora y en cada instante por nuestro amor y correspondencia. Digámosle, al recibirlo sacramentalmente, que queremos aprender de El, que queremos estar en pie para su venida, revestidos con la túnica blanca de la fe, el color verde de la esperanza y la toga púrpura de la caridad. Pidámosle que toque nuestros labios con la brasa ardiente de su corazón y podamos exclamar en alta voz con toda la Iglesia: “Maranatha”, Ven Señor Jesús.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 7-12)

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Juan Pablo II

Hermanas y hermanos queridísimos:

 El significado del Adviento

1. Para penetrar en la plenitud bíblica y litúrgica del significado del Adviento, es necesario seguir dos direcciones. Hay que «remontarse» a los comienzos, y al mismo tiempo «descender» en profundidad. Lo hicimos ya por vez primera el miércoles pasado, escogiendo como tema de nuestra meditación las primeras palabras del libro del Génesis: «Al principio creó Dios» (Beresit bara Elohim). Al final del tema desarrollado la semana pasada, hemos puesto de relieve, entre otras cosas, que para entender el Adviento en todo su significado hay que entrar también en el tema del «hombre». El significado pleno del Adviento brota de la reflexión sobre la realidad de Dios que crea y, al crear, se revela a Sí mismo (ésta es la revelación primera y fundamental, y también la verdad primera y fundamental de nuestro Credo). Pero, al mismo tiempo, el significado pleno del Adviento aflora de la reflexión profunda sobre la realidad del hombre.

A esta segunda realidad que es el hombre nos asomaremos un poco más durante la meditación de hoy.

Imagen y semejanza de Dios

 2. Hace una semana nos detuvimos en las palabras del libro del Génesis con las que se define al hombre como «imagen y semejanza de Dios». Es necesario reflexionar con mayor intensidad sobre los textos que hablan de esto. Pertenecen al primer capítulo del libro del Génesis, que presenta la descripción de la creación del mundo en el transcurso de siete días. La descripción de la creación del hombre, el sexto día, se diferencia un poco de las descripciones precedentes. En estas descripciones somos testigos sólo del acto de crear expresado con estas palabras: «Dijo Dios —hágase—»…; en cambio, aquí, el autor inspirado quiere poner en evidencia primeramente la intención y el designio del Creador (del Dios Elohim); así leemos: «Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza» (Gén 1, 26). Como si el Creador entrase en sí mismo; como si, al crear, no sólo llamase de la nada a la existencia con la palabra: «hágase», sino como si de forma particular sacase al hombre del misterio de su propio Ser. Y se comprende, pues no se trata sólo del existir, sino de la imagen. La imagen debe «reflejar», debe como reproducir en cierto modo «la sustancia» de su Modelo. El Creador dice además «a nuestra semejanza». Es obvio que no se debe entender como un «retrato», sino como un ser vivo que vive una vida semejante a la de Dios.

 Sólo después de estas palabras que dan fe, por así decirlo, del designio de Dios Creador, la Biblia habla del acto mismo de la creación del hombre: «Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra» (Gén 1, 27).

 Esta descripción se completa con la bendición. Por lo tanto, constan aquí el designio, el acto mismo de la creación y la bendición:

 «Y los bendijo Dios diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados, y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gén 1, 28).

 Las últimas palabras de la descripción: «Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gén 1, 31) parecen el eco de esta bendición.

El primer capítulo del Génesis

 3. Hay certeza de que el texto del Génesis es de los más antiguos: según los estudiosos de la Biblia, fue escrito hacia el siglo IX antes de Cristo. Dicho texto contiene la verdad fundamental de nuestra fe, el primer artículo del Credo apostólico. La parte del texto que presenta la creación del hombre es estupenda dentro de su sencillez y su profundidad a un tiempo. Las afirmaciones que contiene se corresponden con nuestra experiencia y nuestro conocimiento del hombre. Está claro para todos, sin distinción de ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, si bien pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de esta misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe «para él», y él «ejerce dominio» sobre aquél; aunque esté «condicionado» de varias maneras por la naturaleza, el hombre la «domina». La domina bien seguro de lo que es, de sus capacidades y facultades de orden espiritual que lo diferencian del mundo natural. Son estas facultades precisamente las que constituyen al hombre. Sobre este punto el libro del Génesis es extraordinariamente preciso. A1 definir al hombre como «imagen de Dios», pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre; aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible.

 Son conocidos los muchos intentos que la ciencia ha hecho —y sigue haciendo— en los diferentes campos, para demostrar los vínculos del hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de inserirlo en la historia de la evolución de las distintas especies. Respetando, ciertamente, tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si analizamos al hombre en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de la naturaleza más de lo que a él se parece. En esta dirección caminan también la antropología y la filosofía cuando tratan de analizar y comprender la inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto «imagen de Dios», da a entender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza. En este sentido, el salmo 82, 6 dice: «Sois dioses», palabras que luego repetirá Jesús (cf. Jn 10, 34).

 Reflexionando sobre sí mismo

4. Esta afirmación es audaz. Hay que tener fe para aceptarla. Aunque es cierto que la razón libre de prejuicios no se opone a tal verdad sobre el hombre; al contrario, ve en ella un complemento de lo que resulta del análisis de la realidad humana y, sobre todo, del espíritu humano.

Es muy significativo que el mismo libro del Génesis, en la amplia descripción de la creación del hombre, ya obliga a éste —al primer creado, Adán— a hacer un análisis parecido. Lo que os vamos a leer puede «escandalizar» a alguno por el modo arcaico de expresión; pero al mismo tiempo es imposible no sorprenderse ante la actualidad de aquella narración cuando se tiene en cuenta el meollo del problema.

He aquí el texto: «Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía del Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos…

Tomó, pues, Yavé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase… Y se dijo Yavé Dios: `No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él”. Y Yavé Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados y a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él» (Gén 2, 7 20).

¿De qué somos testigos? De esto: el primer «hombre» realiza el acto primero y fundamental de conocimiento del mundo. Al mismo tiempo, este acto le permite conocerse y distinguirse a sí mismo, «el hombre», de todas las otras criaturas y sobre todo de quienes en cuanto «seres vivos» —dotados de vida vegetativa y sensitiva— muestran proporcionalmente mayor semejanza con él, «con el hombre», dotado también de vida vegetativa y sensitiva Se podría decir que el primer hombre hace lo que de costumbre realiza el hombre de todos los tiempos, es decir, reflexiona sobre su propio ser y se pregunta quién es él.

Resultado de dicho proceso cognoscitivo es la comprobación de la diferencia fundamental y esencial. Soy diferente. Soy más «diferente» que «semejante». La descripción bíblica termina diciendo: «No había para el hombre ayuda semejante a él» (Gén 2, 20).

El misterio del Adviento

5. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Lo hacemos para comprender mejor el misterio del Adviento, para comprenderlo desde los cimientos, y poder penetrar así con mayor profundidad en nuestro cristianismo.

E1 Adviento significa «la Venida».

Si Dios «viene» al hombre, lo hace porque en su ser humano ha puesto una «dimensión de espera» por cuyo medio el hombre puede «acoger» a Dios, es capaz de hacerlo.

Ya el libro del Génesis, y sobre todo este capítulo, lo explica cuando al hablar del hombre afirma que Dios lo «creó… a su imagen» (Gén 1, 27).

Juan Pablo II Catequesis del 6 de diciembre de 1978

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

La primera antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de Adviento y resuena como antífona de todo el Año litúrgico: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador”. Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todos los pueblos y lo resume en dos palabras: “Dios viene”. Esta expresión tan sintética contiene una fuerza de sugestión siempre nueva.

Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado —Dios ha venido— ni el futuro, —Dios vendrá—, sino el presente: “Dios viene”. Como podemos comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento “Dios viene”.

El verbo “venir” se presenta como un verbo “teológico”, incluso “teologal”, porque dice algo que atañe a la naturaleza misma de Dios. Por tanto, anunciar que “Dios viene” significa anunciar simplemente a Dios mismo, a través de uno de sus rasgos esenciales y característicos: es el Dios-que-viene.

El Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento saludable que se repite con el paso de los días, de las semanas, de los meses: Despierta. Recuerda que Dios viene. No ayer, no mañana, sino hoy, ahora. El único verdadero Dios, “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que- viene.

Es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Los Padres de la Iglesia explican que la “venida” de Dios —continua y, por decirlo así, connatural con su mismo ser— se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su encarnación y la de su vuelta gloriosa al fin de la historia (cf. San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 15, 1: PG 33, 870). El tiempo de Adviento se desarrolla entre estos dos polos. En los primeros días se subraya la espera de la última venida del Señor, como lo demuestran también los textos de la celebración vespertina de hoy.

En cambio, al acercarse la Navidad, prevalecerá la memoria del acontecimiento de Belén, para reconocer en él la “plenitud del tiempo”. Entre estas dos venidas, “manifiestas”, hay una tercera, que san Bernardo llama “intermedia” y “oculta”: se realiza en el alma de los creyentes y es una especie de “puente” entre la primera y la última. “En la primera —escribe san Bernardo—, Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta es nuestro descanso y nuestro consuelo” (Discurso 5 sobre el Adviento, 1).

Para la venida de Cristo que podríamos llamar “encarnación espiritual”, el arquetipo siempre es María. Como la Virgen Madre llevó en su corazón al Verbo hecho carne, así cada una de las almas y toda la Iglesia están llamadas, en su peregrinación terrena, a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor siempre renovados.

Así la Liturgia del Adviento pone de relieve que la Iglesia da voz a esa espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. La Iglesia, cuerpo místicamente unido a Cristo cabeza, es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz también de esta espera de Dios.

De una forma que sólo él conoce, la comunidad cristiana puede apresurar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y lo hace ante todo, pero no sólo, con la oración. Las “obras buenas” son esenciales e inseparables de la oración, como recuerda la oración de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre celestial que suscite en nosotros “el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras”.

Desde esta perspectiva, el Adviento es un tiempo muy apto para vivirlo en comunión con todos los que esperan en un mundo más justo y más fraterno, y que gracias a Dios son numerosos. En este compromiso por la justicia pueden unirse de algún modo hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes, pues todos albergan el mismo anhelo, aunque con motivaciones distintas, de un futuro de justicia y de paz.

La paz es la meta a la que aspira la humanidad entera. Para los creyentes “paz” es uno de los nombres más bellos de Dios, que quiere el entendimiento entre todos sus hijos, como he recordado en mi peregrinación de los días pasados a Turquía. Un canto de paz resonó en los cielos cuando Dios se hizo hombre y nació de una mujer, en la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4, 4).

Así pues, comencemos este nuevo Adviento —tiempo que nos regala el Señor del tiempo— despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y de que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo.

En esta espera dejémonos guiar por la Virgen María, Madre del Dios-que-viene, Madre de la esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días como Inmaculada. Que ella nos obtenga la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, al cual, con el Padre y el Espíritu Santo, sea alabanza y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Basílica Vaticana, Sábado 2 diciembre 2006)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

La esperanza en la venida de Jesucristo

Lc 21, 25-28.34-36

Hay que estar atento a los signos de los tiempos porque cuando la higuera hecha brotes se acerca el verano. Así cuando aparezcan los signos evangélicos se acerca la venida de Jesús. La venida de Jesús es motivo de esperanza no de temor. Dice el Evangelio “cobrad ánimo”, es decir, ensanchad el alma porque la esperanza se agiganta ya que está cerca lo esperado. Y ¿qué se espera? La libertad, Jesús, la vida eterna. Nos liberamos de las cadenas de este mundo para entrar en la eterna libertad de los hijos de Dios, en la Jerusalén celeste.

Nos invita el Evangelio a rezar porque también la oración ensancha el corazón y hace crecer la esperanza y a mayor oración más cercanía con lo que se espera porque la oración nos da cercanía con Jesús a quien esperamos. Además la oración hace crecer la fe y es necesaria para mantenerse en pie y para dar testimonio, para perseverar, para ser fiel. También la fe nos mueve a orar más porque vemos por ella mayor necesidad de Dios.

Jesús nos exhorta a no dejarnos arrastrar por el mundo que milita directamente contra la fe. Jesús quiere que estemos atentos por la oración y no nos dejemos arrastrar por la vida cómoda, por la negligencia en vigilar. Quiere que evitemos las cosas mundanas: la embriaguez, el libertinaje, que va relajando al cristiano de las cosas de Dios, de la vida interior, de la fe, tan necesaria siempre pero más en los tiempos últimos en que la apostasía estará a la orden del día.

Es necesaria la vigilancia.

Vigilancia para no dormirse en las cosas mundanas. Para no dejarse arrastrar por la correntada del mundo que lleva en su caudal a muchos. Vigilancia para estar de pie el día del Señor.

¿Cómo vigilar? Principalmente con la oración que es la que fortalece la vida espiritual y da firmeza a la fe. Esta misma exhortación la dice el Señor en la parábola de la viuda inoportuna dada a los discípulos “para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer”  porque si no será imposible mantener la fe en aquellos días, “cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?

Este Evangelio que nos hace mirar a la Parusía, que podríamos llamar Evangelio del adviento, es una invitación a la esperanza, a la espera. “No espera vana de un dios sin rostro, sino confianza concreta y cierta en la vuelta de Aquel que ya nos ha visitado, del “Esposo” que con su sangre ha sellado con la humanidad, un pacto de alianza eterna” .

Espera que no está anclada en este mundo. Tantos proclaman hoy día esta esperanza natural de un dios que va a arreglar todo, un dios capitalismo, un dios comunismo, un dios democratismo, un dios neoliberalismo, un dios ideología, utopías que proclaman un paraíso en la tierra, un nuevo cielo y una nueva tierra intrahistóricas con un salvador falso.

            Nuestra espera, la que nos enseña Jesús, es sobrenatural. Es una espera vigilante “porque vendrá” a instaurar el reino definitivo, las nupcias del Cordero y la Iglesia .

“Vigilancia en la oración, animada por una amorosa espera; vigilancia en el dinamismo de la caridad concreta, consciente de que el reino de Dios se acerca donde los hombres aprenden a vivir como hermanos” .

Es que justamente la vigilancia implica las buenas obras, las obras de caridad para con nuestros hermanos, objeto único y definitivo del juicio de Cristo . Eso significa el cuidado para “que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida” que no es más que el amor a sí mismo y el descuido del amor fraterno.

            Benedicto XVI nos ha exhortado en la encíclica “Dios es amor” al amor fraterno en vistas a construir la civilización del amor, pues, es palpable el individualismo y el descuido del prójimo necesitado en la sociedad moderna, que ha cambiado a Dios por la solicitud terrena y con ello el amor por el egoísmo. También nos exhorta en su encíclica “En esperanza fuimos salvados”, porque ambas, caridad y esperanza, y también la fe están estrechamente ligadas y nacen y se orientan a la caridad . “En la teología católica la esperanza se enraíza en la fe y florece mediante la caridad con el abandono de la voluntad del hombre en la voluntad de Dios en el soportar las tribulaciones de la vida, en la lucha contra el pecado y el error, y en el estímulo de los castos pensamientos y de los deseos ardientes de la vida eterna […]

La caridad tiene por objeto a Dios mismo tal como es en sí mismo, en cuanto es nuestro sumo Bien y por tanto nuestro fin último beatificante hacia el cual se dirigen principalmente las virtudes teologales de la fe y la esperanza […] La esperanza informe, privada de la caridad, puede sostener al hombre en la lucha por el bien, pero es más frágil y sujeta en mayor grado a las sacudidas del desánimo.

La esperanza es “Yelmo de la salud”  “que es un alma que ampara toda la cabeza y la cubre de manera que no le queda descubierto sino una visera por donde ver. Y eso tiene la esperanza, que todos los sentidos de la cabeza del alma cubre, de manera que no se engolfen en cosa ninguna del mundo ni se le quede por donde les pueda herir alguna saeta del siglo; sólo le deja una visera para que los ojos puedan mirar hacia arriba, y no más, que es el oficio que de ordinario hace la esperanza en el alma, que es levantar los ojos sólo a mirar a Dios” (San Juan de la Cruz. Noche Oscura II, 21. 7), ella nos lleva a esperar en sólo Dios, al santo abandono. El alma por ella “no se goza sino de Dios, ni tiene esperanza en otra cosa sino sólo a Dios, ni teme sino sólo a Dios, ni se duele sino según Dios, y también todos sus apetitos y cuidados van sólo a Dios” (San Juan de la Cruz, Cántico 28, 4) .

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Directorio Homilético

Primer domingo de Adviento

CEC 668-677, 769: la tribulación final y la venida de Cristo en gloria

CEC 451, 671, 1130, 1403, 2817: “¡Ven, Señor Jesús!”

CEC 439, 496, 559, 2616: Jesús es el Hijo de David

CEC 207, 210-214, 270, 1062-1063: Dios es fiel y misericordioso

451   La oración cristiana está marcada por el título “Señor”, ya sea en la invitación a la oración “el Señor esté con vosotros”, o en su conclusión “por Jesucristo nuestro Señor” o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: “Maran atha” (“¡el Señor viene!”) o “Maran atha” (“¡Ven, Señor!”) (1 Co 16, 22): “¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

671   El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no  haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

1130 La Iglesia celebra el Misterio de su Señor “hasta que él venga” y “Dios sea todo en todos” (1 Co 11,26; 15,28). Desde la era apostólica, la Liturgia es atraída hacia su término por el gemido del Espíritu en la Iglesia: “¡Marana tha!” (1 Co 16,22). La liturgia participa así en el deseo de Jesús: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros…hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios” (Lc 22,15-16). En los sacramentos de Cristo, la Iglesia recibe ya las arras de su herencia, participa ya en la vida eterna, aunque “aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del Gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tt 2,13). “El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!…¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,17.20).

          S. Tomás resume así las diferentes dimensiones del signo sacramental: “Unde sacramentum est signum rememorativum eius quod praecessit, scilicet passionis Christi; et desmonstrativum eius quod in nobis efficitur per Christi passionem, scilicet gratiae; et prognosticum, id est, praenuntiativum futurae gloriae” (“Por eso el sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir, la pasión de Cristo; es un signo que demuestra lo que sucedió entre nosotros en virtud de la pasión de Cristo, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa, es decir, que preanuncia la gloria venidera”, STh III, 60,3).)

1403 En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: “Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: “Maran atha” (1 Co 16,22), “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20), “que tu gracia venga y que este mundo pase” (Didaché 10,6).

2817 Esta petición es el “Marana Tha”, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”:

          Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ‘¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?’ (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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