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Domingo XXIX Tiempo Ordinario

18
octubre

Domingo XXIX

Tiempo Ordinario

 (Ciclo B) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXIX Tiempo Ordinario (B)

(Domingo 18 de Octubre de 2015)

LECTURAS

 Si ofrece su vida en sacrificio, verá su descendencia

 

Lectura del libro de Isaías   53, 10-11

 

El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento.

Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado.

Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL    32,4-5. 18-20. 22

 

R. Señor, que descienda tu amor sobre nosotros.

 

La palabra del Señor es recta

y Él obra siempre con lealtad;

Él ama la justicia y el derecho,

y la tierra está llena de su amor. R.

 

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,

sobre los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y sustentarlos en el tiempo de indigencia. R.

 

Nuestra alma espera en el Señor:

Él es nuestra ayuda y nuestro escudo.

Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,

conforme a la esperanza que tenemos en ti. R.

 

Vayamos confiadamente al trono de la gracia

 

Lectura de la carta a los Hebreos  4, 14-16

 

Hermanos:

Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.

Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.

 

Palabra de Dios.

 

Aleluia    Cf. Mc. 10,45

 

Aleluia.

El Hijo del hombre vino para servir

y dar su vida en rescate por una multitud.

Aleluia.

 

El Hijo del hombre vino para dar  su vida en rescate por una multitud

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos     10, 35-45

 

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir».

Él les respondió: « ¿Qué quieren que haga por ustedes?»

Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria».

Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?»

«Podemos», le respondieron.

Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos.

Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

 

Palabra del Señor.

 

O bien más breve:

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos     10, 42-45

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.

 

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
18 de Octubre 2015- Ciclo B

 

Entrada: En esta Santa Misa Dominical dirijamos nuestra mirada a Nuestro Señor, que haciéndose presente en el Sacramento del Altar nos descubre nuevamente la plena manifestación de su inmenso amor.  Ofrecemos esta Santa Misa por todas las madres en su día, pidiéndole a Dios que las bendiga y las consuele en la ardua tarea de ser el corazón del hogar.

 

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                                        Is 53,10-11

Cargando con los crímenes de los hombres, el Siervo de Dios se ofrece en sacrificio fecundo.

Salmo Responsorial: 32

 

Segunda Lectura:                                                                     Hb 4,14-16

Jesucristo es el Sumo Sacerdote que, probado en todo menos en el pecado, se compadece de nuestras debilidades.

 

Evangelio:                                                                  Mc 10,35-45 o bien 10, 42- 45

La vida de Nuestro Señor Jesucristo es una constante llamada a los hombres para que nos olvidemos de nosotros mismos y nos demos a los demás.

Preces:

 

Acerquémonos con confianza a Cristo nuestro Salvador para alcanzar misericordia y gracia en favor de todos nuestros hermanos.

 

A cada intención respondemos cantando:

*Por la fortaleza y consuelo espiritual del Santo Padre Francisco en el ejercicio de su ministerio. Oremos.

* Por la paz del mundo y la unidad de los cristianos. Oremos

* Por la conversión del pueblo judío y del pueblo musulmán y de todos los que no creen en Dios ni en Cristo su Enviado. Oremos.

* Te pedimos por todas las madres de nuestra patria en su día, para que siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen, sean en sus hogares claro reflejo de sus virtudes y de su entrega total al querer de Dios. Oremos.

Señor nuestro Jesucristo, tu bondad es inmensa. Recibe nuestras peticiones y las de todos los que te buscan con sincero corazón. Te lo pedimos a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Ofreciendo nuestras vidas en el único Sacrificio de Cristo, presentamos:

* Cirios,  y con ellos la presencia de muchos sacerdotes y misioneros que esparcen la semilla de la Palabra de Dios.

* Pan y vino, que serán Cuerpo y Sangre de Jesús: Sacramento de Salvación para todos los hombres.

Comunión: Nosotros creemos Señor que la eficacia salvífica de tu Sacrificio se realiza plenamente cuando comulgamos recibiendo tu Cuerpo y tu Sangre.

Salida: Oh María, Madre y Señora nuestra, enséñanos la humildad de quienes saben que en la entrega a los demás está el verdadero reinar con Cristo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·             Xavier Leon – Dufour

Servir

 La palabra servicio adopta dos significados opuestos en la Biblia, según designe la sumisión del hombre a Dios o la sujeción del hombre por el hombre bajo la forma de esclavitud. La historia de la salvación enseña que la liberación del hombre depende de su sumisión a Dios y que «servir a Dios es reinar» (Bendición de los ramos).

I. SERVICIO Y ESCLAVITUD. En las mismas relaciones humanas servir significa ya dos situaciones concretas profundamente diferentes: la del*esclavo, tal como aparece en el mundo pagano, en que el hombre en servidumbre está puesto al nivel de los animales y de las cosas, y la del *servidor, tal como la define la ley del pueblo de Dios: el esclavo no deja de ser hombre y tiene su puesto en la familia, de modo que siendo verdadero servidor puede llegar a ser en ella hombre de confianza y heredero (Gén 24,2; 15,3). El vocabulario también es ambiguo: `abad (hebr.) y duleuein (gr.) se aplican a las dos situaciones. Sin embargo hay servicios, en los que la dependencia tiene carácter honorífico, sea el servicio del rey por sus oficiales (hebr. serat), sean los servicios oficiales, en el primer rango de los cuales se halla el servicio cultual (gr. leiturgein).

II. AT: SERVICIO CULTUAL U OBEDIENCIA. Servir a Dios es un honor para el pueblo con el que él ha hecho alianza. Pero nobleza obliga. Yahveh es un Dios celoso que no puede soportar rivales (Dt 6,15), como lo dice una Escritura que citará Cristo: «Adorarás al Señor tu Dios y a él solo servirás» (Mt 4,10; cf. Dt 6,13). Esta fidelidad debe manifestarse en el culto y en la conducta. Tal es el sentido del precepto, en que se acumulan los sinónimos del servicio de Dios: «Seguiréis a Yahveh, le temeréis, guardaréis sus mandamientos, le obedeceréis, le serviréis y os allegaréis a él» (Dt 13,4-5).

1. Servicio cultual. Servir a Dios es primero ofrecerle dones y sacrificios y asumir el cuidado del templo. A este título los sacerdotes y los levitas son «los que sirven a Yahveh» (Núm 18; lSa 2,11.18; 3,1; Jer 33,21s). El *sacerdote se define, en efecto, como el guardián del santuario, el servidor del Dios que lo habita,. el intérprete de los oráculos que pronuncia (Jue 17,5s).

A su vez el fiel que cumple un acto de culto «viene a servir a Yahveh» (2Sa 15,8). Finalmente, la expresión designa el culto habitual de Dios y viene a ser poco a poco sinónimo de *adorar (Jos 24,22).

2. Obediencia. El servicio que exige Yahveh no se limita a un culto ritual; se extiende a toda la vida mediante la *obediencia a los mandamientos. Los profetas y el Deuteronomio no cesan de repetirlo: «La obediencia es preferible al mejor sacrificio» (lSa 15,22; cf. Dt 5,29ss), revelando la exigente profundidad de esta obediencia: «Lo que yo quiero es amor, no sacrificios» (Os 6,6; cf. Jer 7).

III. SERVIR A Dios SIRVIENDO A LOS HOMBRES. Jesús utiliza los términos mismos de la ley y de los profetas (Mt 4,10; 9,13) para recordar que el servicio de Dios excluye cualquier otro culto y que en razón del amor que lo inspira debe ser integral. Puntualiza el nombre del rival que puede poner obstáculo a su servicio: el dinero, cuyo servicio hace al hombre injusto (Lc, 16,9) y cuyo amor dirá el Apóstol, haciéndose eco del Maestro, que es un culto *idolátrico (Ef 5,5). Es preciso escoger: «No se puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24 p). Si se ama al uno, se odiará y se despreciará al otro. Por eso la renuncia a las riquezas es necesaria a quien quiera *seguir a Jesús, que es el *siervo de Dios (Mt 19,21).

1. El servicio de Jesús. El Hijo muy amado, enviado por Dios para coronar la obra de los servidores del AT (Mt 21,33… p), viene a servir. Desde su infancia afirma que le reclaman los asuntos de su Padre (Lc 2,49). El desarrollo de su vida entera está bajo el signo de un «hay que», que expresa su ineluctable dependencia de la *voluntad del Padre (Mt 16,21 p; LG 24,26); pero tras esta necesidad del servicio que lo lleva a la cruz revela Jesús el amor, único que le da su dignidad y su valor: «Es preciso que el mundo sepa que amo a mi Padre y que obro como me lo ha ordenado el Padre» (Jn 14,30).

Sirviendo a Dios salva Jesús a los hombres reparando así su negativa de servir, y les revela cómo quiere ser servido el Padre : quiere que se consuman en el servicio de sus hermanos como Jesús mismo lo hizo, Jesús que es su señor y su maestro: «El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida» (Mc 10,45 p); «Yo os he dado ejemplo… El servidor no es mayor que el amo» (Jn 13,15s); «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).

2. La grandeza del servicio cristiano. Los servidores de Cristo son en primer lugar los servidores de la *palabra (Act 6,4; Le 1,2), los que anuncian el *Evangelio cumpliendo así un servicio sagrado (Rom 15,16; Col 1,23; Flp 2,22), «con toda *humildad», y si es preciso «en lágrimas y en medio de las *pruebas» (Act 20, 19). En cuanto a los que sirven a la comunidad, como lo hacen en particular los diáconos (Act 6,1-4), Pablo les enseña en qué condiciones este servicio será digno del Señor (Rom 12,7.9-13). Por lo demás, todos los cristianos por el bautismo han pasa-do, del servicio del pecado y de la ley, que era una esclavitud, al servicio de la justicia y de Cristo, que es la libertad (Jn 8,31-36; Rom 6-7; cf. lCor 7,22; Ef 6,6). Sirven a Dios como hijos y no como esclavos (Gál 4), pues sirven en la novedad del Espíritu (Rom 7,6). La gracia, que los hizo pasar de la condición de servidores a la de *amigos de Cristo (Jn 15,15) les da poder servir tan fiel-mente a su Señor que están ciertos de participar en su gozo (Mt 25,14-23; Jn 15,1Os).

(LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)

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Comentario Teológico

·        San Alberto Hurtado


AUTORIDAD E INFLUENCIA. EL PODER DE LA BONDAD

Para cambiar al mundo [hay] dos fuerzas: la autoridad y la influencia. Para cooperar con Nuestro Señor todos necesitamos influencia. La autoridad no todos la tenemos.

1. Conceptos de autoridad:

a. [Concepto] pagano, barato: el derecho de mandar. Tiende a eliminar a los que también tienen autoridad: no acepta rivales, se torna suspicaz. Acaba en dictadura.

b. [Concepto] cristiano: el deber de proteger, de amparar: Mis derechos en la medida de mi deber de proteger. Tiende a producir la unidad. El cirujano tiene autoridad no porque puede cortar, sino porque debe proteger la vida… y por eso consulta. El bombero tiene autoridad en la medida en que es útil para apagar el fuego. El Superior tiene una responsabilidad, por eso pide apoyo. Porque la responsabilidad busca auxiliares: nada de suspicacia. Saben que tienen «rationem reddituri» [dar cuenta], no despóticamente sino conforme a derecho. [Los superiores] se vuelven los siervos. El Papa: «Servus servorum» [Siervo de los siervos]. Los súbditos que comprenden este concepto cooperan con el superior. Obedecen de corazón. Lo ayudan a llevar su responsabilidad.

2. Obstáculos de la autoridad

La autoridad no se puede ejercer, sino en la medida que se la acepta. Donde falta ese reconocimiento, la autoridad se vuelve tan estéril como sermón predicado en templo vacío. Con toda la autoridad de mi sacerdocio ¿qué puedo hacer? ¿predicar a quienes tienen la cortesía de venir a escucharme? ¿Puedo algo en los incrédulos, judíos…? La autoridad ha de querer ser aceptada, como el remedio ha de querer ser tomado… si no lo quiere tomar el enfermo, se muere, pero el remedio [permanece] inactivo.

La autoridad despierta recelos porque se acerca con las armas en la mano. El hombre prefiere el consejo, porque él puede elegir el consejo que prefiera; la autoridad da la última palabra y al hombre le gusta agregar una palabra… Por eso la autoridad, para ser eficaz, ha de involucrarse en la bondad amistosa, no en tono de mando sino como el dentista con los niños asustados.

La autoridad aleja, retrae a los súbditos del Superior. En las cumbres se está solo. De ahí que las conversiones nunca por vía vertical (de autoridad), sino horizontal, de influencia del amigo, del compañero. Lo mismo pasa en las vocaciones: el más modesto compañero tiene más influencia que el Superior y que el predicador: «Cor ad cor» [de corazón a corazón], como se ve todos los días en la historia de las vocaciones; y por eso puede más el maestrillo que el Padre; y el amigo que el Jesuita.

En las misiones: vienen negros a pedir el bautismo, ¿por qué? Porque en el astillero donde trabajan había un negro católico que les habla de Nuestro Señor, que había que bautizarse para ser hijos de Dios y no del diablo… Y vienen. Ahora puede comenzar la instrucción. El camino despejado por la influencia de los compañeros.

En la familia: llega un joven a confesarse. ¿Por qué? Tengo una madre tan santa… unas hermanas tan admirables. ¡Eso me trae! Nuestra influencia silenciosa ha despertado la semilla de la fe en un corazón desamparado.

Ejemplo de ese frío: la visita del Cardenal Van Roey al Seminario de Malinas, a tener recreo con los seminaristas. Viene… Cesa el ruido, se callan, escuchan, asienten… [Les habla de la] enfermedad de Pío XI, del canónigo…, [les dice] que sean buenos… Su bendición… ¡Se va! ¡Ahora comienza el recreo!

Por eso los superiores han de ser muy amistosos, y si no su acción será estéril y aun destructora. Tienen que hacer olvidar que son superiores. Mientras más al alcance de sus súbditos, mejor. Por eso la Bula de Fundación de la Compañía de Jesús, al fijar las cualidades del Padre General, no exige ni gran talento, santidad, astucia: «Imprimis memor sit Praepositus Generalis: infinitae mansuetudinis Domini Nostri Jesuchristi» [En primer lugar el Padre General debe recordar la infinita mansedumbre de Nuestro Señor Jesucristo]. Esa es su primera cualidad. El día del juicio, lo que se le preguntará antes que nada será: ¿Serviste? ¿Qué hiciste en provecho de los otros? Padre Janssens: Puis-je vous demander? [¿Podría yo pedirle?].

El despliegue de autoridad multiplica los rebeldes: aplasta, pero no convierte. Apagar la autoridad cuando se tiene, y agradecer a Dios cuando no se la tiene, porque la bondad no tiene esa cortapisa.

La autoridad mantiene la unidad, es la obra del pastor; pero la multiplicación del rebaño, es obra de las ovejas: de los fieles.

Que la autoridad se encare, pues, no como embriaguez de fuerza, sino en espíritu de cooperación: como perpetua entrega de servicio.

3. La influencia es sobre todo el poder de la bondad que se irradia. Por eso Jesús dijo: «Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra» (Mt 5,4). Nosotros [estamos] tentados a decir: ¡Error de Cristo! Los violentos poseerán la tierra. Los mansos poseerán el cielo… Otros dicen: la tierra de sus corazones; otros, sería bueno que poseyeran [la tierra] (optativo latino).

Poseerán la tierra. Los violentos no la poseen; pueden ocuparla, pero no poseerla. El cazador mata al pájaro. ¿Lo posee? [No,] lo ocupa: El pájaro no canta, no vuela, no anida… Lo posee el manso que se le acerca, lo alimenta, le quita el recelo. Llega a pararse en su hombro.

¿Al elefante? Lo mato: poseo cuatro toneladas de carne. En cambio, [como los] amansadores de Ceylán: con otros dos elefantes, poniéndolo en medio lo amanso; llego a servirme de él, con su trompa subirá mis bultos y hasta me subirá a mí.

4. Fundamentos cósmicos de la ley de la posesión por la mansedumbre. Estos no son ejemplos aislados. La naturaleza reacciona siempre así. La naturaleza se suicida siempre ante la violencia: El vidrio se destruye si golpeo con él; el auto, si lo corro a mucha velocidad; el caballo, si lo galopo en exceso.

Violencia en el reino de la Ciencia = error; de la Lógica = tontería; de la Moral = pecado; de la Educación = fracaso orden externo, revolución interior; de la Oratoria = diatribas que revuelven y no convierten; de la Política = ocupar no es poseer. ¡Destruyo esos seres!

Error en materia de educación a partir del Renacimiento: [se] creyó que el alma del niño estaba vacía y se propuso amueblarla. El alma del niño [sin embargo] está llena de sueños que hay que orientar, dirigir, pero no pretender arrancar, pues sería la muerte de la espontaneidad del niño.

Las cosas no son lo mismo para el niño que para el sabio. La luna está llena de ilusiones que desconoce el sabio; el perro del [científico] naturalista es el canis–canis: para el niño es Dick, Cholo, que tienen una historia ligada a la de él; las flores, los animales… todo. Hay que adueñarse del niño partiendo de lo que tiene y enriqueciéndolo. Al suponerlo vacío se lo mata y sacrifica.

No poseemos ni siquiera un perro, mientras no adivinamos lo que pasa en el alma del perro. «Naturae non imperatur nisi parenda» [No se domina la naturaleza si no se la gana] (Baum).

Los verdugos sacrifican a sus víctimas, pero no las poseen: los mártires hasta el fin han sido dueños de la ciudadela de su alma. Ni los más sabios, ni los más virtuosos son los que se adueñan del hombre. Se adueña de él quien lo conoce, quien entra por su puerta mansa y suavemente. Por eso Jesús nos exhorta tanto a imitar su mansedumbre, y Él se llama el Buen Pastor que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre, y ellas lo siguen a Él: No por violencia sino por amor. Dio su vida por sus ovejas, y éstas, al ver su amor, su mansedumbre, lo reconocen por su Pastor.

Jesús para ganar a San Pablo no lo insulta. Le dice: «Iste, vas electionis mihi est» [Éste es vaso de mi elección] (Hech 9,15). Y Pablo para ganar a sus paganos: ¿Quién sufre que yo no sufra? Me he hecho todo a todos para ganarlos a todos para Cristo (cf. 1Co 9,22).

San Francisco Javier: jugando ajedrez. San Ignacio, para ganar a Javier, entra por su puerta. Con razón dicen los chinos: «el agua va más lejos que el acero».

El agua representa la influencia: se infiltra; el acero, la autoridad.

La influencia viene en líneas horizontales: nace y se mantiene al nivel común de todos: va de codo a codo, del obrero respecto del obrero, del marinero respecto del marinero en la tripulación… La influencia no necesita súbditos, los hace. No debe ser previamente reconocida, basta que sea recibida. Mientras la autoridad asegura la cohesión del rebaño, la influencia asegura su extensión. Ella es la que hace la opinión, la que determina el rumbo de los ánimos populares, la que crea el clima psicológico favorable a las resoluciones, la que prepara todas las conversiones y las apostasías. Si trabaja contra la autoridad, [vendrá] la derrota; si con ella, victorias insignes.

La influencia aparece desarmada. Nadie puede identificar las fuentes de donde brota; es como el agua misma, que se infiltra por todas las grietas.

El libro no puede mandar, ni siquiera hablar. [Pero tiene una] ¡influencia enorme! [Soy] libre de no comprarlo y de no leerlo… La prensa, folletos, caricaturas, ¡Topaze! Leer un libro perverso, ruina de la fe; uno bueno hizo a San Ignacio, San Agustín…

El Cine… Nadie [está] obligado a entrar, a mirar… ¡y hasta pagar! Influencia sembradora de ideas y sentimientos que nadie puede apagar.

La influencia es tal, precisamente porque no tiene autoridad. Se pide consejo no al jefe sino al compañero.

5. El único uso legítimo de la violencia es repeler la violencia injusta: para destruir la violencia. Tolstoi pensó que el Evangelio condena toda violencia. Eso es falso: la admite contra la violencia injusta.

Que nuestro carácter de militantes no nos lleve a agredir: no haríamos nada, no ganaríamos a nadie. Nada de «antis», ni excomulgar a los que llamamos adversarios. ¡Nuestra fuerza es el amor!

Un pobre preso en la cárcel de Lovaina, Sauvage: el capellán [cuenta que] va a verlo. «No quiero nada con usted». Se vuelve a la ventana. «Pobre hijo mío, Sauvage… su corazón está lleno de tristeza… Recemos el Padre Nuestro». [El preso,] callado, furioso… Al otro día, al otro… Así 30 días. Al fin ya no podía más, ya estallaba mi corazón. El 30º día, no pude más. «Usted ha sido demasiado bueno…», y entre sollozos de ambos terminamos el Padre Nuestro. El capellán tenía grado de oficial. ¿Habría sacado algo con la violencia? Sólo con el amor… con el amor total.

Antes, cuando había amparo del brazo secular, uno no comulgaba y se enviaba al Rey (al menos en Francia) la lista de los que no habían comulgado… Venían seis Dragones y hacían pillaje: [todos] terminaban comulgando. ¿Se había ganado o perdido…?

El de más influencia ¿quién es? ¿El Papa que tiene la plenitud del poder en la Iglesia? No… Es alguien que nunca tuvo autoridad. ¡Es Nuestra Señora! Nadie la olvida: jóvenes y viejos, hasta aquellos que se han alejado de la fe conservan la nostalgia de la Madre.

Para reconciliar un pecador [podemos decirle]… ¿Sufre, sufre mucho? ¿En su vida ha sufrido mucho? ¿No ha querido hacer sufrir a los demás? ¿Recuerda el Dios te salve, María? Ahora vamos a encomendarnos a la bondad de María… Un acto de contrición de todo: no podrá acordarse de las miserias. ¡Es la influencia de la bondad de María que dispone y salva esa alma!

Emilio Van der Velde, jefe de la II Internacional, murió de repente. Comentando su muerte uno dice: –Van der Velde en el infierno. –¿Cómo lo sabe? ¡Yo pienso que en el cielo! Y dijo el porqué… En 1902 hubo una conferencia de 5.000 delegados socialistas y cantaban en el teatro a voz en cuello: «¡Cristo a la calle, la Virgen a la caballeriza y el Papa al diablo!». Oye Van der Velde y da un golpe terrible. «No quiero que eso se vuelva a cantar. El Papa no me importa; Cristo es un hombre y puede defenderse; pero que la Virgen, la Virgen de los Dolores, que no ha hecho mal a nadie, que a todos nos ha consolado, vaya a la caballeriza… ¡Eso no lo aguanto!». ¿Cómo le habrá pagado este gesto la Madre de bondad?

El apóstol es un instrumento y como todo instrumento debe verificar en sí mismo una doble adaptación: pasiva en las manos del artífice para recibir el impulso; y, la adaptación más difícil, una activa, a la materia que ha de trabajar. Todo instrumento tiene punta y mango: el mango para el artífice; la punta para la materia que ha de ser modificada… La aguja vale por la punta, el cuchillo por la lámina, la lapicera por la pluma. Adaptarse a Dios es menos difícil (Dios es una persona razonable); adaptarse a los hombres, ahí la dificultad, porque son raros, medio locos… El verdadero pescador es el que conoce los peces, profundidad a que se esconden, ¡el verdadero momento de tirar…!

La unión con Dios se consigue por la mansedumbre. Es como una obra de santa seducción: inducirlos a que abracen la fe, despertar en ellos un deseo y una esperanza; porque en el fondo de la incredulidad hay un inmenso desaliento y una invencible tristeza.

San Alb erto HurtadoUna verdadera educación, pp. 107-112.

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

 

Lección de humildad

 2. Pero sepamos antes qué es lo que le vienen a pedir estos dos discípulos, con qué intención se lo piden y cómo pudieron tener ese pensamiento. —¿Cómo, pues, vinieron en ello? —Es que se veían más honrados que los demás, y de ahí nació su confianza de que habían de salir con aquella pretensión. —Pero ¿qué es en definitiva lo que piden? —Escuchad con qué claridad nos lo descubre otro evangelista. Como estaban—dice—cerca de Jerusalén y la aparición del reino de Dios parecía inminente , de ahí la súplica de los dos discípulos. Se imaginaban éstos, en efecto, que el reino de Dios estaba ya llamando a las puertas y que era, naturalmente, un reino te-rreno, y que, de alcanzar lo que pedían, no habían de sufrir molestias en su vida. Porque tampoco buscaban el reino por el reino, sino con intención de huir de las dificultades de la vida. De ahí también que el primer cuidado de Cristo es apartarlos de tales pensamientos, mandándoles estar dispuestos a sufrir la muerte violenta, los peligros y los más duros suplicios. Porque: ¿Podéis—les dice—beber el cáliz que yo voy a beber? Más nadie se escandalice de ver tan imperfectos a los apóstoles. Todavía no se había consumado el misterio de la cruz, todavía no se les había dado la gracia del Espíritu Santo. No. Si queréis conocer su virtud, mirad lo que fueron después, y los veréis por encima de toda pasión. Y si el evangelista descubre sus defectos, es justamente porque conozcáis qué tales fueron después de recibida la gracia. Porque que nada espiritual buscaban antes y que no tenían ni idea del reino del cielo, bien patente queda en esta ocasión. Más veamos cómo se acercan al Señor y qué le piden: Queremos–dicen—que nos concedas lo que te vamos a pedir. Y Cristo a ellos: ¿Qué queréis?—les pregunta—. No porque ignorara lo que querían, sino para obligarles a contestar y descubrir su propia llaga, y aplicarles así la medicina. Más ellos, confusos y avergonzados por haber dado aquel paso llevados de pasión humana, tomaron al Señor aparte de los otros discípulos y así le presentaron su demanda. Porque se adelantaron—dice el evangelista—, sin duda para no ser vistos de los otros, y así le manifestaron lo que querían. Y querían, según yo creo, la preeminencia, por haber oído decir al Señor: Os sentaréis sobre doce tronos: querían, digo, la preferencia entre aquellos doce asientos. Que la tenían ya sobre los otros, no les cabía duda; pero temían a Pedro. Y así dicen: Di que uno de nosotros se siente a tu derecha y otro a tu izquierda. Y le apremian con ese imperativo: Di. ¿Qué responde el Señor? Queriéndoles declarar que nada espiritual pedían, y que, de haber sabido lo que pedían, no se hubieran atrevido a pedir tamaña gracia, les dice: No sabéis lo que pedís. No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán por encima mismo de las potestades celestes está lo que pedís. Y luego añade: ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber y bañaros en el baño en que yo he de bañarme? Mirad cómo inmediatamente los aparta de sus imaginaciones, hablándoles justamente de lo contrario que ellos buscaban. Porque vosotros—parece decirles—me venís a hablar de honores y coronas, pero yo os hablo a vosotros de combates y sudores. No es éste aún el momento de los premios ni mi gloria celeste ha de manifestarse por ahora. Ahora es tiempo de derramar la sangre, de luchar y de pasar peligros. Y mirad por otra parte cómo, por el modo mismo de preguntarles, los incita y atrae. Porque no dijo: «¿Estáis dispuestos a dejaros pasar a cuchillo? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre»?, sino ¿cómo? ¿Podéis beber el cáliz? Y luego, para animarlos: ¿Que yo voy a beber? Pues el tener parte con Él había de hacerlos más animosos. Y llama nuevamente baño a su pasión para dar a entender la grande purificación que por ella había de venir al mundo entero. Seguidamente le contestan: Podemos. Su fervor les impulsa a prometérselo inmediatamente, sin saber tampoco ahora lo que decían, pero con la esperanza de que recibirían lo que pedían. ¿Qué les dice, pues, Cristo? Mi cáliz, sí, lo beberéis, y con el baño que he de bañarme yo, os bañaréis también vosotros. Grandes bienes les profetiza. Como si les dijera: Seréis dignos de sufrir el martirio, sufriréis lo mismo que yo he de sufrir, terminaréis vuestra vida de muerte violenta, y en eso tendréis parte conmigo. Más el sentaras a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí dároslo, sino a quienes está preparado por mi Padre.

SI PUEDE ALGUIEN SENTARSE A LA DERECHA. DEL SEÑOR

3. Habiendo, pues, levantado el Señor las almas de sus dos discípulos, y ya que los hubo hecho inatacables a la tristeza, pasa luego a corregir su petición. Pero ¿qué es en definitiva lo que aquí les dice? A la verdad, dos son los problemas que aquí se plantean muchos: uno, si está reservado para algunos sentarse a la derecha de Dios; y otro, si quien es Señor de todo no tiene poder de darlo a quienes les está reservado. ¿Cuál es, pues, el sentido de sus palabras? Si resolvemos el primer problema, el segundo quedará de suyo claro. ¿Qué hay, pues, que decir a la primera cuestión? Hay que decir que nadie ha de sentarse ni a la derecha ni a la izquierda de Dios. Aquel trono es inaccesible a todos. Y no digo a los hombres, a los santos y apóstoles, sino a los mismos ángeles y arcángeles ya todas las potestades de arriba. Por lo menos como privilegio del Unigénito lo pone Pablo cuando dice: ¿A quién de los ángeles dijo nunca: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies? Y a los ángeles dice: El que hace mensajeros suyos a los vientos. Más al Hijo: Tu trono,!oh Dios!, por el siglo del siglo ¿Cómo dice, pues, Jesús: El sentarse a la derecha o a la izquierda no me toca a mí darlo? ¿Es que pensaba que algunos habían de sentarse? —No pensaba que hubiera de sentarse nadie; nada de eso. Lo que hacía era responder conforme a la idea que tenían sus preguntantes y condescender con su flaqueza. ¿Qué sabían sus discípulos de aquel altísimo trono ni de sentarse a la diestra del Padre, cuando desconocían cosas muy inferiores a ésta y que estaban oyendo diariamente? Lo que ellos buscaban era conseguir los primeros puestos, estar delante de los otros, no tener delante de sí a nadie al lado del Señor. Ya lo he indicado antes: Como habían oído hablar de aquellos doce tronos, sin saber lo que tales tronos significaban, buscaron ellos la preferencia de asientos.

Lo que Cristo, pues, les quiere decir es esto: «Morir, ciertamente moriréis por mí, derramaréis vuestra sangre por el Evangelio y tendréis parte en mi pasión. Pero esto no basta para que alcancéis la preeminencia en los asientos y ocupéis los primeros puestos. Porque, si viniere otro que, juntamente con el martirio, posea todas las otras virtudes en grado superior a vosotros, no porque ahora os amo a vosotros y os prefiero a los demás, voy, a rechazar al que pregonan sus obras y daros a vosotros la primacía». Claro que el Señor no les habló en estos términos para no contristarlos; pero veladamente les vino a dar a entender eso mismo al decirles: Mi cáliz, sí, lo beberéis, y con el baño que he de bañarme yo, también os bañaréis vosotros; más sentarse a mi derecha o mi izquierda, no me toca a mí darlo, sino que pertenece a quienes está preparado por mi Padre. —¿Y para quiénes está preparado? —Para quienes por sus obras han sido capaces de hacerse gloriosos. Por eso no dijo: «No me toca a mí darlo, sino a mi Padre», pues pudieran echarle en cara debilidad e impotencia para recompensar a sus servidores. —¿Pues cómo dijo? —No es cosa mía, sino de aquellos para quienes está preparado. A fin de que resulte más claro mi pensamiento, pongamos un ejemplo y supongamos un agonoteta y luego un buen número de valientes atletas que bajan a la palestra. Dos de ellos, íntimos amigos del agonoteta, se le acercan y le dicen, confiando precisamente en su amistad y benevolencia: «Haz que a todo trance se nos corone y proclame campeones». El agonoteta les contestaría: »No me toca a mí dar eso, sino que pertenece a quienes se lo ganen por sus es-fuerzos y sudores». ¿Tendríamos en este caso por débil el agonoteta? ¡De ninguna manera! Más bien le alabaríamos por su espíritu de justicia y su imparcialidad. Ahora bien, como a éste no le tendríamos por impotente para dar la corona, sino por hombre que no quiere infringir la ley de los combates ni turbar el orden de la justicia; por semejante manera diría yo que Cristo dio esa respuesta a sus dos discípulos para impulsarlos por todos lados a que, después de la gracia de Dios, pusieran la confianza de su salvación y de su gloria en sus propias buenas obras. De ahí que diga: Para quienes está preparado. Porque ¿y si aparecen otros mejores que vosotros? ¿Y si han llevado a cabo obras mayores que las vuestras? ¿Por ventura porque seáis mis discípulos, es ello bastante razón para que consigáis los primeros puestos, si vosotros no os mostráis dignos de la elección? Porque que Él sea señor de todo, es evidente por el hecho de que É1 posee todo el juicio. Y es así que a Pedro le dijo: Yo te daré las llaves del reino de los cielos . Y lo mismo declara Pablo cuando dice: Ya sólo me falta la corona de justicia, que me dará el Señor, justo juez, en aquel día. Y no sólo a mí, sino a todos los que aman su aparición . Y aparición de Cristo se llama su presente advenimiento. Ahora bien, que nadie ha de estar de-lante de Pablo, cosa evidente es para todo el mundo. Por lo demás, si Cristo dijo todo esto con alguna oscuridad, no hay por qué maravillarse. Quería Él despachar prudentemente a sus dos discípulos para que no le molestaran más sin razón ni motivo sobre primacías, ya que todo el asunto procedía de pasión humana, y no quería, por otra parte, contristarlos demasiado. Una y otra cosa consigue por aquella relativa oscuridad.

LOS APÓSTOLES SE ENFADAN

Entonces se irritaron los diez contra los dos. Entonces. ¿Cuándo? Cuando el Señor los hubo reprendido. Porque mientras la preferencia había sido decretada por Cristo, no se irritaron, y, por muy honrados que los vieran, lo aceptaban y callaban por respeto y consideración a su maestro. Quizá allá en sus adentros lo sentían, pero nada se atrevían a sacar a pública plaza. Y cuando también de Pedro sintieron algún celillo humano, con ocasión de pagar el didracma no se enfadaron, sino que se contentaron con preguntarle al Señor: Luego, ¿quién es el mayor en el reino de los cielos?  Más como ahora la petición había partido de los dos discípulos, de ahí la irritación de los demás. Y ni aun ahora se irritan inmediatamente, es decir, en el momento de presentar aquéllos su petición, sino cuando Cristo los reprendió y les dijo que no habían de alcanzar los primeros puestos si no se hacían merecedores de ellos.

LA IMPERFECCIÓN DE LOS APÓSTOLES

4. Ya veis cuán imperfectos eran todos, lo mismo estos dos, me intentaban levantarse sobre los diez, que los diez, que envidiaban a los dos. Mas, como anteriormente dije mostrádmelos después, y veréis cuán libres están de todas estas pasiones. Escuchad, por ejemplo, cómo este mismo Juan que ahora se presentó al Señor con esas pretensiones, luego cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto para dirigir la palabra al pueblo como para obrar milagros. Testigo el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y no oculta sus merecimientos, sino que nos relata la confesión que hizo cuando los otros se callaron y cómo más adelante entró en el sepulcro, y en todo momento lo antepone a sí mismo. Porque, como uno y otro asistieron a la pasión del Señor, Juan abrevia su propio elogio, diciendo simplemente: Aquel discípulo era conocido del pontífice . En cuanto a Santiago, no sobrevivió mucho tiempo, sino que, desde los comienzos, fue tal su fervor y, dejando atrás todo lo humano, se levantó en su carrera a tan inefable altura, que fue inmediatamente degollado. Por semejante manera, todos los otros se elevaron después a la cúspide de la virtud. Más entonces se enfadaron. ¿Qué hace, pues, Cristo? Llamándolos a sí, les dice: Los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas. Como los diez se habían alborotado y turbado, el Señor trata de calmarlos por el hecho mismo de llamarlos antes de hablar y por su benignidad al tenerlos a su lado. Porque, en cuanto a los otros dos, que se habían arrancado del corro de los diez, allí estaban hablando a solas con el Señor. De ahí que llame a los otros cerca de sí, y por este gesto de su bondad, por el hecho de desacreditar la pretensión de los dos y exponerla ante los demás, trata de calmar la pasión de unos y de otros.

LECCIÓN DE HIIM/LDAD

Más en el caso presente no reprime el Señor el orgullo de los discípulos del modo que lo hiciera antes. Antes les había puesto en medio un niño chiquito y les mandó imitar su sencillez y humildad. Ahora su reprensión es más enérgica, y, poniéndoles delante lo contrario, de lo que deben ellos hacer, les dice: Los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas y los grandes les hacen sentir su autoridad. Más entre vosotros no ha de ser así, sino quien quiera entre vosotros ser grande, ése ha de ser el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, sea el último de todos. Lo cual era darles bien claro a entender que pretender primacías era cosa de gentiles, Realmente, la pasión es muy tiránica y molesta aun a los grandes varones. De ahí la necesidad de asestarle más duro golpe. De ahí también que el Señor los hiera más en lo vivo, confundiendo la hinchazón de su alma por la comparación con los gentiles, y así corta la envidia de los unos y la ambición de los otros poco menos que diciéndoles: No os molestéis como injuriados. A sí mismos más que a nadie se dañan y deshonran los que andan ambicionando primeros puestos, ya que por ello se ponen entre los últimos. Porque no pasa entre nosotros como entre los gentiles. Los gobernantes de los gentiles, sí, dominan sobre ellos; pero conmigo, el que se haga el último, ése es el primero. Y que esto no lo digo sin razón, en lo que hago y sufro tenéis la prueba. Porque yo he hecho algo más. Siendo rey de las potestades de arriba, quise hacerme hombre y acepté ser despreciado e injuriado; y no me contenté con esto, sino que llegué hasta la muerte. Que es lo que ahora dice: Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate de muchos. Porque no me detuve—parece decir—en eso, sino que di también mi vida en rescate… —¿De quiénes? —¡De mis enemigos! Si tú te humillas, por ti mismo te humillas; pero si me humillo yo, me humillo por ti. No temas, pues, como si te quitaran tu honra. Por mucho que te humilles, jamás podrás llegar tan bajo como llegó tu Señor. Sin embargo, este abajamien-to fue la exaltación de todos, a par que hizo brillar la propia gloria del Señor. En efecto, antes de hacerse hombre sólo era conocido de los ángeles; más después que se hizo hombre, no sólo no disminuyó aquella gloria, sino que añadió otra, la que le vino del conocimiento de toda la tierra. No temas, pues, como si al humillarte se te quitara la honra, pues con ello no haces sino levantar más tu gloria, con ello no haces sino acrecentarla. La humildad es la puerta del reino de los cielos. No echemos, pues, por el camino contrario, no nos hagamos la guerra a nosotros mismos. Porque, si queremos aparecer como grandes, no seremos grandes, sino los más despreciados de todos. ¿Veis cómo siempre los exhorta por lo contrario, dándoles lo que desean? En muchos casos hemos mostrado anteriormente este modo de proceder del Señor: así lo hizo con los amantes del dinero y los vanidosos. Porque ¿qué razón te mueve a dar limosna delante de los hombres? ¿Para conseguir gloria? Pues no lo hagas así y la conseguirás absolutamente. ¿Y por qué razón atesoras? ¿Para enriquecerte? Pues no atesores y te enriquecerás absolu-tamente. Así procede también aquí. ¿Por qué ambicionas los primeros puestos? ¿Para estar por encima de los demás? Pues escoge el último lugar, y entonces obtendrás el primero. En conclusión, si quieres ser grande, no busques ser grande, y entonces serás grande. Porque lo otro es ser pequeño.

EL ORGULLO ABAJA, LA HUMILDAD EXALTA

5. Mirad cómo los apartó de su vicio, queriéndoles mostrar que por la soberbia iban al fracaso, y por la humildad al triunfo, a fin de que huyeran de la una y siguieran la otra. Y si les hizo mención de los gentiles, fue para mostrarles de ese modo cuán reprobable y abominable era la ambición de preeminencias y de mando. Porque forzoso es que el orgulloso esté bajo, y, por lo contrario, el humilde, alto. Y esta altura del humilde es la verdadera y legítima, ya que no se cifra en un puro nombre y palabras. La elevación mundana procede de necesidad y miedo; la nuestra, empero, se asemeja a la elevación misma de Dios. El humilde, aun cuando de nadie sea admirado, permanece elevado; el soberbio, empero, por más que todos le halaguen, sigue más bajo que nadie. Además, el honor tributado al orgulloso procede de fuerza; de ahí la facilidad con que se desvanece; más el del humilde es libre y, por ende, también firme. Así admiramos a los santos; pues, siendo superiores a todos, se humillaron más que todos. De ahí que hasta hoy permanecen elevados y ni la muerte los pudo hacer bajar de su altura. Más, si os place, examinemos esto mismo por razonamiento. Alto se dice uno cuando lo es o por su talla o cuando se halla colocado sobre un lugar prominente; y bajo, en los casos contrarios. Veamos, pues, quién es lo uno o lo otro, el arrogante o el modesto, a fin de que caigas en la cuenta de cómo nada hay tan alto como la humildad, ni más a ras de tierra que la arrogancia. Ahora bien, el arrogante quiere ser más que todos los otros, no tiene a nadie por digno de sí mismo; cuantos más honores alcanza, más ambiciona y pretende, y piensa no haber alcanzado ninguno, desprecia a los hombres y se perece por sus honras. ¿Puede haber nada más insensato? La cosa parece realmente un enigma. A los mismos que tiene por nada, de ésos pretende ser glorificado. ¿Veis cómo el que quiere exaltarse cae y se arrastra por tierra? Porque, que el arrogante tiene a todos los hombres por nada comparados consigo mismo, él mismo lo afirma y en eso cabalmente consiste la arrogancia. ¿A qué corres entonces tras el que no es nada? ¿A qué buscas honor de él? ¿A qué andas rodeado de tanta muchedumbre de gentes? ¿Veis cómo el soberbio es bajo y está en lo bajo? Pues, ea, examinemos al humilde, al de verdad alto. Este sabe lo que es el hombre, cuán grande cosa es el hombre. Y como a sí mismo se tiene por el último de todos, de ahí que cualquier honor que se le tribute lo tiene por cosa grande. De suerte que sólo el humilde es consecuente consigo mismo, y está elevado, y no cambia de parecer. Puesto que tiene a los hombres por grandes, cree que sus honras, por pequeñas que sean, son también grandes, desde el momento que considera a aquéllos por grandes. El arrogante, en cambio, tiene por nada a quienes le honran, pero sentencia que sus honras son grandes. Además, el humilde no es presa de pasión alguna: ni la ira, ni la vanagloria, ni la envidia, ni los celos podrán molestarle. ¿Y qué puede haber más elevado que un alma exenta de estas pasiones? El soberbio, empero, por todas estas pasiones se ve dominado, como un vil gusano que se revuelve entre el barro. Y, en efecto, los celos, la envidia, la ira, están constantemente atormentando a su alma. ¿Quién está, pues, más alto: el que está por encima de sus pasiones o el que es esclavo de ellas? ¿El que teme y tiembla ante ellas o el que es a ellas inatacable y jamás puede ser por ellas dominado? ¿Qué ave diríamos que vuela más alta: la que va muy por encima de las manos y trampas del cazador o la que cae en manos de éste sin necesidad de trampa alguna, por no poder volar ni remontarse por los aires? Tal es el orgulloso. Cualquier lazo le coge fácilmente, pues va siempre arrastrándose por el suelo.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), homilía 65, 2-5, BAC Madrid 1956, 339-51

 

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

.        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

·        P. Jorge Loring, S.J.
.        San Juan Pablo II


P. Alfredo Sáenz, S.J.

LA MORTIFICACIÓN

 No deja de ser curioso el episodio que se nos relata en el evangelio de hoy: Santiago y Juan se acercan a Jesús para pedirle el extraño beneficio de sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda cuando el Señor estuviese en la gloria. Y Jesús les responde de manera desconcertante: «¿Podéis beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?». El cáliz que Cristo bebería sería su Pasión, cuyos sufrimientos apuraría hasta las heces; el bautismo que Jesús recibiría no sería otro que su muerte y su ulterior sepultura en la tumba, donde quedaría sumergido durante tres días. Terrible misterio éste de la muerte del Mesías, ya profetizado por Isaías, según lo escuchamos en la primera lectura de hoy: «El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento… Mi servidor justo justificará a muchos y cargará sobre él las faltas de ellos». De modo que Jesús pregunta a sus dos discípulos si serían capaces de acompañarlo en su pasión y muerte, más aún, si serían capaces ellos mismos de padecer y de morir. Los discípulos le pedían honores, y Jesús los invita al martirio.

1. EL BAUTISMO: MUERTE SACRAMENTAL

Hemos advertido cómo Jesús llama «bautismo» a su muerte. La palabra bautismo significa sumersión. También nuestro bautismo fue una muerte. «¿No sabéis —dice San Pablo— que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte». Así es, amados hermanos. Cuando fuimos llevados, hace ya años, a la pila bautismal, por un momento el agua nos cubrió, quedamos sumergidos en olas de muerte, olas teñidas en la sangre bermeja del Señor. También nosotros, como antaño Cristo, sentimos en los labios el gusto de la muerte. Claro que no morimos físicamente, sino en el ámbito sobrena¬tural de la gracia y del pecado. Morimos a nuestro hombre viejo, descendiente del Adán pecador, morimos al pecado original. Cuando nos sumergieron en el agua, recibimos la similitud de la muerte y de la sepultura del Señor. Entonces aquellos clavos que antaño atravesaron las manos y los pies de Jesús, taladraron también nuestro pecado. Y lo aniquilaron, lo anegaron en las aguas. Lo que fue para Cristo la cruz y la tumba, eso fue para nosotros el bautismo.

Para expresar esta realidad misteriosa, San León Magno recurrió a una expresión audaz: en el bautismo —dice— el cuerpo del nuevo cristiano se hace «carne del Crucificado». Pero en seguida agrega algo muy importante: es preciso acabar por las obras lo que se ha celebrado en el sacramento.

2. LA MORTIFICACION: CONSECUENCIA DEL BAUTISMO

Porque el bautismo, amados hermanos, no es el fin sino el comienzo. O mejor, es el fin de la vida pecadora, y el comienzo de la vida en Cristo. La muerte, el deceso bautismal, debe prolongarse a lo largo de toda nuestra existencia mediante la mortificación. Mortificar significa «dar muerte». ¿Dar muerte a qué? A lo que en nosotros queda del pecado original, a sus huellas y consecuencias: nuestra inclinación al pecado, nuestro deseo de falsa autonomía, nuestros desórdenes pasionales, etc. A todo eso debemos ir dando muerte.

La existencia cristiana no debería ser otra cosa que el bautismo prolongado en sus efectos. Es una especie de paradoja lo que en el bautismo se hizo de una vez por todas, hemos de rehacerlo todos los días. «Hay un momento apropiado para cada cosa -decía San Basilio-: está el momento del sueño y el de la vigilia, el momento de la guerra y el de la paz; pero toda la vida humana es el momento del bautismo». Así, pues, es menester que la muerte, realizada sustancialmente en el bautis¬mo, se actualice siempre de nuevo en el decurso de la vida. Constantemente y por doquier el cristiano debe llevar en sí los sufrimientos de la muerte de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste también en él. No es posible que la cabeza del cuerpo —Cristo– haya estado crucificada, y que los miembros de ese cuerpo vivan en un lecho de rosas. Hemos de cargar cada día la cruz y seguir a Jesús. Debemos completar en nuestros miembros lo que falta a la pasión del Señor. Sin esto, no hay cristianismo.

El bautismo implica, por consiguiente, una exigencia de cambio. Ya no podemos seguir siendo súbditos del pecado. Lo dice expresamente San Pablo: «Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él [con Cristo], para que fuese destruido este cuerpo de pecado, y así dejásemos de ser esclavos del pecado. Porque el que está muerto, no debe nada al pecado». Es claro que esta muerte no es muerte tan sólo. Es también vida. Si buscásemos la muerte por la muerte seríamos masoquistas. Nos abrazamos con la muerte porque sabemos que es el único camino que conduce a la vida, así como Cristo debió pasar por la humillación de la tumba para llegar a su resurrección gloriosa. Es menester, por lo tanto, según lo enseña el mismo San Pablo, consideramos a la vez «muertos al pecado y vivos para Dios, en Cristo Jesús». Nada debemos al pecado, porque en adelante nuestra vida se guía por otra vida, la de Cristo.

Pero como, de hecho, permanecen en nuestro interior no pocas huellas del pecado, la mortificación sigue siendo una necesidad perentoria. Aun cuando merced al bautismo se perdonan todos los pecados, sin embargo en los bautizados prosigue esa especie de guerra civil que es la lucha contra las malas inclinaciones interiores. El bautismo recibido no nos exime del combate que hay-que llevar con toda diligencia contra ese ejército de deseos tortuosos que se agitan tumultuosamente en el seno de nuestra alma. Morir, pues, morir a nosotros mismos, morir en Cristo, ya que siempre, a partir del día de nuestro bautismo, llevamos en nosotros la muerte de Cristo. O, como dice vigorosamente San Pablo, cotidie morior, todos los días, cotidianamente muero.

Pronto nos acercaremos a recibir la Sagrada Comunión. En ella Cristo, realmente presente, luego de haber renovado sobre el altar su Sacrificio de la Cruz, se nos ofrece en alimento. La Eucaristía nos pone, de manera análoga al Bautismo, en contacto inmediato con la muerte del Señor, ya que en ella celebramos su muerte hasta que el Señor vuelva al fin de los tiempos. Con el mismo espíritu con que María estuvo al pie de la Cruz, apoyaremos hoy los labios de nuestra fe en el costado de Jesús para beber su sangre salvadora. El mismo Señor que fue triturado en la Cruz por el sufrimiento, hoy se hace hostia sobre el altar. Pidámosle la gracia de no eludir la cruz, de no rehuir la mortificación. Cobremos ánimo porque, según se nos dijo en la segunda lectura de hoy, «no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado».

 

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 275-278) 

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El que quiera ser el primero que se haga el último

Jesús camina con sus discípulos y les revela el misterio de su pasión pero ellos tienen la cabeza en otra parte. Están pensando en grandezas. Su cabeza está llena de fantasías por los signos que Jesús ha realizado y por las multitudes que los siguen. El Reino ha comenzado a despuntar, al parecer, con grandeza y ellos, los más cercanos, van a ocupar lugares relevantes.

Se quedan atrás y discuten sobre quién es el mayor (Lc). Los Zebedeos se adelantan y le piden a Jesús los puestos a su diestra y siniestra ante la indignación de sus diez compañeros que también ambicionaban esos puestos. Jesús con toda paciencia les enseña lo que significa la autoridad cristiana.

¿Es malo querer ser mayor en el Reino de los cielos? Depende. Si nos referimos al Reino de los cielos en su estado triunfante no es malo querer ser mayor sino que es caridad. A mayor caridad mayor grado de gloria.  Si al Reino en su estado militante, querer tener poder sobre los otros, regirlos a la manera que lo entendían los discípulos, es ambición. Por eso Jesús invita a sus discípulos a ser humildes para poder regir en la tierra y para poder alcanzar un alto grado de gloria en el cielo.

¿Y qué humildad se necesita para estar en el Reino? Al menos la de primer grado que dice San Ignacio  que es el cumplimiento de los mandamientos que nos obligan bajo pecado mortal sea divino o humano. Pero Jesús al poner a un niño (Mt-Lc) delante de ellos y decir que lo imiten en la humildad (no en otras cosas) no pone límite a la humildad. ¿Por qué? Porque más adelante El se identifica con el niño: “Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” y Jesús es el modelo acabado de humildad. Se humilló haciéndose hombre, se humilló hasta la muerte y se humilló a la muerte más humillante . Hacerse como un niño es hacerse como Jesús.

El ser mayor en el Reino militante es un don de Dios, que entre los apóstoles fue dado a Pedro, pero para corresponder al don hay que hacerse como un niño, primero en no despreciar el don, sino aceptarlo, lo que implica humildad y después ejercerlo con humildad, es decir, puesta la confianza en el Padre celestial.

Los discípulos ambicionaban ser los primeros y Jesús les dice que deben hacerse los últimos. Dios escogerá al que quiera para ser el primero entre ellos, sin embargo, para ser el primero, según el querer divino, es necesario siempre ser el último y el que se olvida de esto puede seguir siendo el primero sin ser el último, pero ya no es agradable a Dios y aunque los dones de Dios son irrevocables el que ejerce autoridad sin humildad provoca escándalo porque no lo hace según la enseñanza de Jesús sino según el criterio del mundo donde la autoridad ejerce su poder oprimiendo a los últimos.

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P. Jorge Loring, S.J.

 Domingo Vigésimo Noveno del Tiempo Ordinario – Año B Mc. 10:35-45

 

1.- El Evangelio de hoy nos narra un pasaje muy poco edificante: las ambiciones de algunos Apóstoles.

 

2.- Los Zebedeos quieren ser los primeros, y los otros se enfadan con ellos.

 

3.- Esto me da pie para hablar de los defectos de la Iglesia.

 

4.- En la Iglesia hay santos y pecadores. Personas con deseos de perfección, y personas con defectos humanos.

 

5.- La Iglesia Católica es santa, no porque todos los católicos sean santos, sino porque son llamados a serlo.

 

6.- Pero es imposible que una organización con mil millones de personas, todas sean santas; aunque cada uno de nosotros debería desear serlo.

 

7.- Pero el exponente de lo que es la Iglesia Católica no es la fruta podrida caída del árbol de la Iglesia, sino la fruta pujante que cuelga de sus ramas: ésos son los santos.

 

8.- Muchos acusan a la Iglesia por la actuación de los malos católicos. Es lamentable el mal ejemplo de algunos católicos, pero eso es inevitable en un colectivo de hombres libres.

 

9.- Pero, ¿por qué no se fijan en los ejemplos heroicos de muchos católicos?

 

10.- La Iglesia Católica, a través de sus fieles, ha hecho maravillosas obras en favor de la Humanidad.

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S. Juan Pablo II

1. «El  Hijo  del  hombre  no  ha  venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45).

Estas palabras del Señor, amadísimos hermanos y hermanas, resuenan hoy, Jornada mundial de las misiones, como buena nueva para toda la humanidad y como programa de vida para la Iglesia y para cada cristiano.

«El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por muchos». Estas palabras constituyen la autopresentación del Maestro divino. Jesús afirma de sí mismo que vino para servir y que precisamente en el servicio y en la entrega total de sí hasta la cruz revela el amor del Padre. Su rostro de «siervo» no disminuye su grandeza divina; más bien, la ilumina con una nueva luz.

Jesús es el «Sumo Sacerdote» (Hb 4, 14); es el Verbo que «estaba en el principio en Dios: todo fue hecho por él, y sin él no se hizo nada de cuanto existe» (Jn 1, 2). Jesús es el Señor, que «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo» (Flp 1, 6-7); Jesús es el Salvador, al que «podemos acercarnos con plena confianza». Jesús es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), el pastor que ha dado la vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11), el jefe que nos lleva a la vida (cf. Hch 3, 15).

2. El compromiso misionero brota como fuego de amor de la contemplación de Jesús y del atractivo que posee. El cristiano que ha contemplado a Jesucristo no puede menos de sentirse arrebatado por su esplendor (cf. Vita consecrata, 14) y testimoniar su fe en Cristo, único Salvador del hombre. ¡Qué gran gracia es esta fe que hemos recibido como don de lo alto, sin ningún mérito por nuestra parte! (cf. Redemptoris missio, 11).

Esta gracia se transforma, a su vez, en fuente de responsabilidad. Es una gracia que nos convierte en heraldos y apóstoles: precisamente por eso decía yo en la encíclica Redemptoris missio que «la misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros» (n. 11). Y también: «El misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble» (ib., 91).

Fijando nuestra mirada en Jesús, el misionero del Padre y el sumo sacerdote, el autor y perfeccionador de nuestra fe (cf. Hb 3, 1; 12, 2), es como aprendemos el sentido y el estilo de la misión.

3. Él no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida por todos. Siguiendo las huellas de Cristo, la entrega de sí a todos los hombres constituye un imperativo fundamental para la Iglesia y a la vez una indicación de método para su misión.

Entregarse significa, ante todo, reconocer al otro en su valor y en sus necesidades. «La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que «en el hombre había», por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; se trata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere»» (Redemptor hominis, 12).

Como Jesús reveló la solidaridad de Dios con la persona humana asumiendo totalmente su condición, excepto el pecado, así la Iglesia quiere ser solidaria con «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos» (Gaudium et spes, 1). Se acerca a la persona humana con la discreción y el respeto de quien quiere prestar un servicio y cree que el servicio primero y mayor es el de anunciar el Evangelio de Jesús, dar a conocer al Salvador, a Aquel que ha revelado al Padre y a la vez ha revelado el hombre al hombre.

4. La Iglesia quiere anunciar a Jesús, el Cristo, hijo de María, siguiendo el camino que Cristo mismo recorrió:  el servicio, la pobreza, la humildad y la cruz. Por tanto, debe resistir con fuerza a las tentaciones que el pasaje evangélico de hoy nos permite entrever en el comportamiento de los dos hermanos, los cuales querían sentarse «uno a la derecha y otro a la izquierda» del Maestro, y también de los demás discípulos, que se dejaron llevar del espíritu de rivalidad y competencia. La palabra de Cristo traza una neta línea de división entre el espíritu de dominio y el de servicio. Para un discípulo de Cristo ser el primero significa ser «servidor de todos».

Es una alteración radical de valores, que sólo se comprende dirigiendo la mirada al Hijo del hombre «despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento» (Is 53, 3). Son las palabras que el Espíritu Santo hará comprender a su Iglesia con respecto al misterio de Cristo. Sólo en Pentecostés los Apóstoles recibirán la capacidad de creer en la «fuerza de la debilidad», que se manifiesta en la cruz.

Y aquí mi pensamiento va a los numerosos misioneros que, día tras día, en silencio y sin el apoyo de fuerzas humanas, anuncian y, antes aún, testimonian su amor a Jesús, a menudo hasta dar su vida, como ha acontecido también recientemente. ¡Qué espectáculo contemplan los ojos del corazón! ¡Cuántos hermanos y hermanas consumen generosamente sus energías en las avanzadillas  del  reino de Dios! Son obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que nos representan a Cristo, lo muestran concretamente como Señor que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida por amor al Padre y a los hermanos. A todos va mi aprecio y mi gratitud, así como un afectuoso estímulo a perseverar con confianza. ¡Ánimo, hermanos y hermanas:  Cristo está con vosotros!

Pero todo el pueblo de Dios debe colaborar con quienes trabajan en la vanguardia de la misión «ad gentes», dando cada uno su contribución, como intuyeron y subrayaron muy bien los fundadores de las Obras misionales pontificias:  todos pueden y deben participar en la evangelización, incluso los niños, incluso los enfermos, incluso los pobres con su óbolo, como el de la viuda cuyo ejemplo señaló Jesús (cf. Lc 21, 1-4). La misión es obra de todo el pueblo de Dios, cada uno en la vocación a la que ha sido llamado por la Providencia.

5. Las palabras de Jesús sobre el servicio son también profecía de un nuevo estilo de relaciones que es preciso promover no sólo en la comunidad cristiana, sino también en la sociedad. No debemos perder nunca la esperanza de construir un mundo más fraterno. La competencia sin reglas, el afán de dominio sobre los demás a cualquier precio, la discriminación realizada por algunos que se creen superiores a los demás y la búsqueda desenfrenada de la riqueza, están en la raíz de las injusticias, la violencia y las guerras.

Las palabras de Jesús se convierten, entonces, en una invitación a pedir por la paz. La misión es anuncio de Dios, que es Padre; de Jesús, que es nuestro hermano mayor; y del Espíritu, que es amor. La misión es colaboración, humilde pero apasionada, en el designio de Dios, que quiere una humanidad salvada y reconciliada. En la cumbre de la historia del hombre según Dios se halla un proyecto de comunión. Hacia ese proyecto debe llevar la misión.

A la Reina de la paz, Reina de las misiones y Estrella de la evangelización le pedimos el don de la paz. Invocamos su maternal protección sobre todos los que generosamente colaboran en la difusión del nombre y del mensaje de Jesús. Que ella nos obtenga una fe tan viva y ardiente que haga resonar con fuerza renovada a los hombres de nuestro tiempo la proclamación de la verdad de Cristo, único Salvador del mundo.

Al final deseo recordar las palabras que pronuncié, hace veintidós años, en esta misma plaza. «¡No tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo!».

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Directorio Homilético

 


Vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario
 

CEC 599-609: la muerte redentora de Cristo en el diseño de la salvación

CEC 520: la humillación de Cristo es para nosotros un modelo a imitar

CEC 467, 540, 1137: Cristo, el Sumo Sacerdote

«Jesús entregado según el preciso designio de Dios»

599    La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han «entregado a Jesús» (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

600    Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de «predestinación» incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: «Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado» (Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18).

          «Muerto por nuestros pecados según las Escrituras»

601    Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Co 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras» (ibidem: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

           «Dios le hizo pecado por nosotros»

 602    En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios «a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5, 21).

603    Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).

          Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

 604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

605    Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

III     CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

          Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

606    El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: … He aquí que vengo … para hacer, oh Dios, tu voluntad … En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).

607    Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).

          «El cordero que quita el pecado del mundo»

608    Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).

          Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

 609      Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).

 

520    Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): él es el «hombre perfecto» (GS 38) que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15); con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11, 1); con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12).

 

467    Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de existir como tal  en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:

          Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y  cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb  4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302).

540    La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres (cf Mt 16, 21-23) le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al Tentador a favor nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.

1137  El Apocalipsis de S. Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que «un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono» (Ap 4,2): «el Señor Dios» (Is 6,1; cf Ez 1,26-28). Luego revela al Cordero, «inmolado y de pie» (Ap 5,6; cf Jn 1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero (cf Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc), el mismo «que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado» (Liturgia de San Juan Crisóstomo, Anáfora). Y por último, revela «el río de Vida que brota del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22,1), uno de los más bellos símbolos del Espíritu Santo (cf Jn 4,10-14; Ap 21,6).

 

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XXVIII Tiempo Ordinario

11
octubre

Domingo XXVIII

Tiempo Ordinario

 (Ciclo B) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXVIII Tiempo Ordinario (B)

(Domingo 11 de Octubre de 2015)

 

 LECTURAS

 

Tuve por nada las riquezas en comparación con la Sabiduría

 

 

Lectura del libro de la Sabiduría      7,7-11

 

Oré, y me fue dada la prudencia, supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

 

Palabra de Dios.

 

Salmo Responsorial   89,12-17

 

R. Señor, sácianos con tu amor

 

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que nuestro corazón alcance la sabiduría.

¡Vuélvete, Señor! ¿Hasta cuándo…?

Ten compasión de tus servidores. R.

 

Sácianos en seguida con tu amor,

y cantaremos felices toda nuestra vida.

Alégranos por los días en que nos afligiste,

por los años en que soportamos la desgracia. R.

 

Que tu obra se manifieste a tus servidores,

y que tu esplendor esté sobre tus hijos.

Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor;

que el Señor, nuestro Dios,

haga prosperar la obra de nuestras manos. R.

 

 

 

La Palabra de Dios discierne los pensamientos

y  las intenciones del corazón

 

 

Lectura de la carta a los Hebreos  4, 12-13

 

Hermanos:

La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

Ninguna cosa creada escapa a su vista, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de Aquél a quien debemos rendir cuentas.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

Aleluia  Cf. Mt. 5,3

 

Aleluia.

Felices los que tienen alma de pobres,

porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Aleluia.

 

Vende lo que tienes y sígueme

 

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos      10,17-30

 

Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le dijo: « ¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno, Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».

El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».

Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: « ¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»

Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».

Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».

Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna».

 

Palabra del Señor.

 

 

O bien más breve:

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos    10, 17-27

 

Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le dijo: « ¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».

El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: « ¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»

Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».

Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».

 

Palabra del Señor.

 

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GUION PARA LA MISA

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario- 11 de Octubre- Ciclo B

 

Entrada: En cada Misa el Señor pasa y nos pide que le sigamos, vendiéndolo todo para que El nos pueda revestir de las riquezas de sus virtudes y dones, que nos comunica en la Santa Eucaristía.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                                                Sb 7,7-11

El hombre sensato pide la Sabiduría porque es un tesoro cuyo resplandor no tiene ocaso.

Salmo Responsorial: 89

Segunda Lectura:                                                                              Hb 4,12-13

Jesucristo es la Palabra de Dios que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón del hombre.

Evangelio:                                                        Mc 10,17-30 o bien 10, 17- 27

Jesús nos enseña que para heredar el Reino de los Cielos es necesario estar desasido de las riquezas pasajeras y engañosas.

Preces: Domingo XXVIII 2015

Todo es posible para Dios. Por eso, hermanos, pidamos con confianza de hijos a nuestro Padre del Cielo.

A cada intención respondemos cantando:

* Por el Santo Padre, los Obispos y los sacerdotes, para que al celebrar los misterios de Jesucristo, animen a todos los cristianos a responder con valentía al llamado del Señor con una entrega total y generosa. Oremos.

* Por los religiosos, para que en su consagración manifiesten la alegría de la absoluta disponibilidad a la voluntad del Señor y la esperanza de la recompensa eterna. Oremos.

* Por las misiones, y para que el mandato de predicar la Buena Nueva sea recibido por parte de las Iglesias como el mayor servicio que puede ofrecer a la humanidad. Oremos.

* Por los jóvenes, para que acogiendo con magnanimidad la mirada y la invitación de Cristo, abracen el gozoso compromiso de llevar el Evangelio a todos los hombres. Oremos.

Ya que nada de lo creado escapa a tu vista, concédenos Señor, lo que necesitamos para que todo quede orientado a tu Gloria y al bien de nuestros hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

 

Ofertorio:

Con la disposición de dejar todo lo que nos estorba para seguir al Señor por el camino de la Cruz, nos ofrecemos a nosotros mismos presentando:

* Alimentos para honrar al Señor de las misericordias, en los más pobres y desamparados.

* Pan y vino para ser transformados en la obra de Cristo: la redención de los hombres.

Comunión: Acerquémonos a la mesa eucarística despojados de todo lo que nos distrae y, comulgando el Pan de los fuertes, sigamos las huellas del Señor.

Salida: A Ti Virgen María confiamos nuestras vidas y nuestra consagración. Guía nuestros pasos por el Camino que es tu Hijo, hasta el encuentro con el Padre.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·             P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La mirada de Jesús

(Mc.10,17-30)

            En esta subida de Jesús a Jerusalén para sufrir con decisión la cruz nos encontramos con un episodio que ayuda mucho a conocer cómo era Jesús. Además, este episodio es paradigmático del actuar de Jesús, ya que se trata del llamado a un elegido, de una vocación a la vida religiosa y al sacerdocio.

Estamos en el capítulo 10 de San Marcos. El tercer y último año de la vida pública de Jesús está llegando a su fin. Más exactamente, estamos en enero o febrero del 782 U.c., es decir, en pleno invierno. Jesús se dirige con decisión y denuedo hacia Jerusalén (Mc.10,32), donde sabe que debe sufrir la pasión y muerte. Camina desde Galilea hacia Judea, de norte a sur, por el otro lado del Jordán, por el lado Este, el lado Oriental. Al llegar a la altura de Jericó, cruza el Jordán, y va camino a Jericó.

Mientras hacía este camino se le acerca un joven[1] y lo saluda de un modo desacostumbrado al que se usaba para saludar a los rabíes. Se arrodilla ante Él y lo llama ‘maestro bueno’. Luego le pregunta qué debe hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús responde primero de una manera seca, o al menos extrañado. Por eso lo hace con una pregunta: “¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.” Con esta respuesta Jesús pretende dos cosas: en primer lugar hacerle una amable corrección al saludo demasiado lisonjero del joven[2]. En segundo lugar, iniciar la revelación de su divinidad al joven; es como si dijera: “Sólo Dios es bueno. Si soy bueno como tú dices es porque soy Dios”.

La pregunta sobre lo que había que hacer para alcanzar la vida eterna era un tema del que se hablaba mucho entre los escribas. Pero no había ninguna duda que el camino eran los mandamientos. “Todos los judíos sabían que se llegaba a la vida eterna observando los mandamientos”[3]. Jesús, sin embargo, responde con paciencia nombrándoles los mandamientos que miran al prójimo.

El joven responde diciendo que los había cumplido desde pequeño. Y entonces viene la frase que es el centro y el clímax de todo la perícopa evangélica que estamos tratando: “Jesús, mirándolo, lo amó”. En griego: emblépsas (…) egápesen.

Emblépsas: ‘mirándolo’. El verbo emblepo está formado por el verbo blepo y la partícula en. Blepo significa la acción física y sensible de mirar. La partícula en implica reduplicación (como en castellano: en-cubrir), y además intensidad, interioridad y sentido totalizante (en-amorarse, en-ardecerse). De esto podemos sacar la primera conclusión: la mirada de Jesús es una mirada intensa que envuelve completamente al joven y lo cubre interiormente.

            Pero el verbo emblépo, como una unidad, tiene un significado propio en los diccionarios: significa mirar con atención, observar, mirar con concentración, con penetración, mirar contemplativamente, mirar asombrado, una mirada poética, podríamos decir. Por eso significa también ‘discernir’. La Vulgata traduce este término con el verbo intuere, que significa ‘intuir’, ‘mirar dentro’. Por lo tanto hace referencia al aspecto espiritual e interior de la mirada. Se trata de una mirada espiritual.

Más exactamente el verbo latino intueri significa: “mirar (atentamente), contemplar, fijarse. Considerar, pensar. Admirar, contemplar con asombro”. Por lo tanto, podemos decir que este verbo significa: “mirar dentro de (intus) con una mirada espiritual (contemplar), asombrándose”. La mirada de Jesús significa todo eso. Podríamos traducirla así: “Lo miró, es decir, penetró con una mirada espiritual y asombrada el interior del joven”. O también: “Clavó la mirada en los ojos del joven y, a través de ellos, contempló su alma con una mirada llena de gozoso asombro”.

            De esto podemos sacar una segunda conclusión: se trata de una mirada con atención, con concentración, con penetración; mirada interior, mirada espiritual; mirada contemplativa, mirada poética; mirada que abarca a toda la persona, mirada intensa, mirada totalizante. En definitiva, significa que el alma de Cristo tocó y conoció el alma del joven a través de su mirar.

El mismo verbo en la misma forma aparece en la vocación de Pedro: “Jesús, mirándolo (emblépsas), le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas’ – que quiere decir, Piedra”. (Jn.1,42). Tenemos aquí, entonces, un ejemplo más de esta mirada de Jesús en el momento en que llama a alguien a la vocación sacerdotal[4].

Y aparece también el mismo verbo en aoristo indicativo (tiempo pasado perfecto), cuando Cristo mira a Pedro después de la traición de éste: “Y el Señor se volvió y miró (enéblepse) a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: ‘Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.’ Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22,61-62). En estas dos miradas a Pedro, sobre todo en la segunda, se puede ver que esa mirada de Jesús es una mirada sobre todo espiritual y contemplativa que alcanza el centro del alma de aquel que es mirado.

Egápesen, “lo amó”. El verbo agapáo expresa el amor de amistad, de donde viene ágape, que es el coronamiento del amor cristiano. Además este verbo forma una unidad con el verbo anterior (‘mirándolo’) y con la frase que sigue: “Ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y luego ven y sígueme”. El mirarlo, amarlo y llamarlo a la vida sacerdotal es una misma y única acción. La mirada expresa el conocimiento profundo que Jesús tiene del joven, y la llamada al sacerdocio es el efecto primero y supremo del amor. Se podría también traducir: “Lo amó diciéndole: Ve, vende, etc.”. El llamado al sacerdocio es la forma más alta de amor hacia un joven[5].

Un leccionario castellano traduce: “Le quedó mirando con cariño”. Esta traducción castellana no coincide con la exigencia suma que le va a proponer: vende tus bienes, dalos a los pobres, sígueme. La mirada de Jesús no es ‘cariñosa’, no nos da un rostro cari-lindo, tipo muñeca Barbie; es viril. Esta frase de aquel leccionario nos presenta un falso rostro de Jesús. La mirada de Jesús es tremenda, es exigente, es destructora de todo lo que lo separe de Él, es incisiva, es punzante, es fuerte como la muerte, es fuerte como el amor (Cf. Cant.8,6-7). Esto no quita, por supuesto, el hecho de que, ciertamente, la mirada de Jesús también tenía como objetivo manifestar el amor, para que el joven, a través de un signo externo, pudiera intuir el amor interno.

A juzgar por las palabras de San Juan Pablo II no cabe ninguna duda que el joven del evangelio del que estamos hablando ha sido llamado al sacerdocio y a la vida religiosa. En efecto, dice Juan Pablo II: “En el Evangelio estas palabras se refieren ciertamente a la vocación sacerdotal o religiosa. (…) Aquellas palabras significan en este caso una vocación particular dentro de la comunidad del Pueblo de Dios. La Iglesia halla el «sígueme» de Cristo al comienzo de toda llamada al servicio en el sacerdocio ministerial, que en la Iglesia católica de rito latino está unida simultáneamente a la responsable y libre elección del celibato. La Iglesia encuentra el mismo «sígueme» de Cristo al comienzo de la vocación religiosa en la que, mediante la profesión de los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia), un hombre o una mujer reconocen como suyo el programa de vida que el mismo Cristo realizó en la tierra por el reino de Dios”[6].

La reacción del joven

Ante la llamada de Jesús al sacerdocio y a la vida religiosa, el Evangelio dice que el joven se entristeció, en griego, stugnásas, y se fue abatido (lupoúmenos). El verbo stugnádso significa: tener el rostro triste, contraer la frente[7]. Y también: entristecerse, inmutarse; estar nublado, estar oscuro (referido al cielo)[8]. Y el verbo lupéo significa: afligir, entristecer, agraviar; en voz pasiva: entristecerse, afligirse; ser perjudicado[9].

Lo que se expresa entonces aquí con estas palabras es el cambio rotundo de ambiente espiritual. Hasta ese momento el rostro del joven había estado bañado de alegría espiritual, pero en el momento de recibir la vocación se le ensombreció el rostro, se le contrajo la frente y el alma se le llenó de tristeza. El llamado a la vida sacerdotal lo entristeció, pero además fue un sentimiento persistente porque se marchó con él y le provocó un peso en el alma: se fue pesaroso, se fue abatido. Stugnadso dice relación al ensombrecerse del rostro. Y lupéo al peso que lo hace ir agachado, pesaroso y abatido.

El joven no supo interpretar la mirada de Cristo, no supo ver o intuir todo el amor del mundo brillando en esa mirada. Solamente escuchó las palabras exigentes que lo impulsaban a dejar todo, a desprenderse de todo; solamente captó el tremendo arrancón que le estaban pidiendo. Si la comprensión del joven hubiera sido integral, hubiera captado que la mirada de Cristo y el amor que en ella brillaba, eran un complemento a las fuertes exigencias. Hubiera captado que valía la pena afrontar esas fuertes exigencias para corresponder al amor que Cristo le manifestaba, y después poder gozar de ese amor. Hubiera captado que el amor con el que iban acompañadas las exigencias era la primera fuerza motriz que le iba a ayudar a afrontar esas exigencias. No vio la mirada de Cristo. Solamente escuchó las palabras[10].

Esta pena del joven también pasó a Cristo. En efecto, el hecho del rechazo de la gracia de la vocación va a arrancar por dos veces una exclamación pesarosa de Jesús: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!” (v.23). E inmediatamente de nuevo: “¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios!” (v.24). Y también los discípulos quedaron impactados por la reacción del joven y la pena de Jesús, y también por dos veces manifiestan este impacto: “Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. (…) Ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?»” (vv. 24. 26). El rechazo de una gracia de Dios es siempre motivo de tristeza y mucho más si se trata de una gracia tan grande como lo es la gracia de la vocación sacerdotal.

Pero inmediatamente Jesucristo se sobrepone a la pena causada por el joven e indica la victoria de la gracia en muchos que querrán cumplir la voluntad de Dios y salvarse. “Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios»” (v. 27). Es como si dijese: “Para el hombre es imposible vencer la concupiscencia de las riquezas, pero Dios puede vencer todas las resistencias y hacer triunfar la gracia de la vocación en muchísimos otros jóvenes”.

E inmediatamente Pedro reconoce que eso que dice Jesús había sucedido en ellos: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (10,28). Con esa frase Pedro, siempre vehemente y espontáneo, quiere además alegrar el corazón  de Jesús. Es como si dijese: “Lo que no ha hecho el joven al que llamaste lo hemos  hecho nosotros: lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Y de esa manera devuelve a la situación la alegría con que había comenzado. En efecto, aquello que había comenzado en un ambiente de gran alegría por el deseo de servir a Dios y por la llamada de Jesucristo, se había ensombrecido por la respuesta negativa del joven, pero ahora otra vez se llena de alegría con la perspectiva de una fecundidad extraordinaria como consecuencia de la respuesta positiva de sus discípulos, que lo han dejado todo y han seguido a Cristo: serán una gran familia donde los padres, las madres, los hermanos, las hermanas se multiplicarán por cien, y luego todos entrarán en la vida eterna.

Esa es la perspectiva de aquel que recibe con corazón dócil la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. De hecho, en la Familia Religiosa del Verbo Encarnado se ha realizado exactamente esto.

            La mirada de Jesús a Pedro

            Habíamos hecho ya mención a la mirada con que Jesús miró a Pedro cuando lo llamó y le cambió el nombre (Jn 1,42), y también a la mirada con que Jesús miró a Pedro luego de su traición (Lc 22,61-62). Digamos algunas palabras más acerca de estas miradas para conocer más profundamente la mirada de Jesús.

            Cuando Jesús encontró por primera vez a Pedro, clavó en él la misma mirada que después clavaría también en el joven rico. Sólo que en el caso de Pedro esa mirada tocó el mismo fundamento de su ser, ya que fue acompañada de un cambio de nombre: “Jesús, mirándolo (emblépsas), le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» – que quiere decir, “Piedra” (Jn 1,42). Fue la misma mirada penetrante, contemplativa y poética con la que después miraría al joven rico; una mirada con la que conoce el fondo más recóndito del alma de Pedro. Y esto queda en evidencia con las palabras que acompañan la mirada: le pone a Simón un nombre nuevo: Cefas-Piedra. El término emblépsas es un participio que expresa que la acción de mirar y la acción de decir son concomitantes. Se podría también traducir: ‘al mismo tiempo que lo miró, le dijo…” La mirada de Jesús y el hecho de ponerle un nombre nuevo son casi una misma acción. La mirada de Jesús está en relación con la identidad de Pedro; la mirada de Jesús alcanzó la persona de Pedro.

            Y por esta razón la mirada de Jesús está en relación con la vocación de Pedro, con la razón de su existir, el llamado que dará sentido a la existencia de Pedro. Aquí mirada y llamada a la vocación son una sola cosa.

            Pedro va a aceptar esta mirada, que es al mismo tiempo una llamada. No así el joven rico, quien recibirá la misma mirada de Jesús, acompañada de un gran amor (‘lo miró y lo amó’). El joven rico no percibió la mirada llena de amor de Jesús, sino que percibió solamente la exigencia de sus palabras: “Ve, vende todo lo que tienes…” San Pedro, en cambio, percibió la mirada llena de amor de Jesús, y en base a esa mirada acepta todas las responsabilidades de su vocación, que serían mucho mayores que las que Jesús imponía al joven rico.

            La misma mirada de Jesús la encontraremos en el momento de la negación de Pedro. “El Señor se volvió y miró (enéblepse)  a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.» Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22,61-62). Pero aquí la mirada de Jesús tiene todo el protagonismo (aoristo de indicativo). Ya no va acompañada de palabras de Jesús.

            La misma mirada profunda de Jesús, que llegó hasta el alma de Pedro para llamarlo al sumo ministerio (Jn.1,42), ahora llega otra vez al alma de Pedro para contemplar interiormente su cobardía y hacerle reconocer a Pedro esa cobardía y su pecado. Esa mirada de Jesús, junto con darle las lágrimas, le da la seguridad del perdón y la paz del alma; y Pedro acepta plenamente, como la primera vez, esa mirada de Jesús. Aceptar la mirada de Jesús es también una condición de la vida espiritual para poder entrar en intimidad con Él. Pero al mismo tiempo esa mirada remite a la primera mirada de Cristo, cuando lo llamó. Es decir que, con esta mirada en el momento del pecado, Jesucristo reconstituye la llamada después del pecado, renueva la vocación, vuelve a llamar después del pecado. La primera mirada de Jesús a Pedro está relacionada con la identidad de Pedro, ya que Jesús le puso el nuevo nombre mientras lo miraba (tiempo en participio). Ahora, la segunda mirada remite también a la identidad de Pedro, es decir, re-constituye la identidad de Pedro; la mirada de Jesús después de la traición que provoca el arrepentimiento, vuelve a constituir a Simón en Cefas-Piedra. Jesucristo, con la mirada a Pedro después de su traición, le dijo las palabras que el Espíritu Santo dijo por boca de San Pablo: “Los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).

            Esa mirada de Jesús se repite en cada nueva llamada al sacerdocio o a la vida consagrada. Y esa mirada de Jesús vuelve a repetirse en el consagrado que ha pecado. Debemos aceptar ambas miradas de Jesús para poder permanecer en la intimidad con Él.

 


[1] Que se trata de un joven lo dice explícitamente Mateo en Mt 19,22.

[2] Cf. Lagrange, J. M., Vida de Jesucristo, Edibesa, Madrid, 2002, p. 354.

[3] Lagrange, J. M., Ibidem.

[4] Es muy sugestivo también el hecho de que este mismo verbo lo usa San Juan (emblépsas) para describir la mirada con que Juan Bautista miró a Jesús: “Fijándose en (emblépsas) Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios.»  Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús” (Jn.1,36-37). Es como si Juan Bautista les enseñara a mirar con amor a Jesús, y al mismo tiempo les enseña a interpretar la mirada amorosa de Jesús. La mirada de Juan Bautista se parecía mucho a la mirada de Jesús; ciertamente que en el parecido físico, pues eran primos, pero sobre todo en el amor y ternura con la que iba cargada esa mirada.

[5] Es el mismo verbo que usa San Juan para expresar el pedido de amor que Jesús hace a San Pedro: “Pedro, ¿me amas?” (Jn.21,15-17). Vemos, entonces, que el amor con que Cristo ama al joven que llama al sacerdocio, es también el amor que Él exigirá al que ha sido llamado. Así como Jesús ama al que llamó, así también exige al que llama y le dice: “Yo te amo con amor de predilección y por eso te llamé. Y tu, ¿me amas más que el resto?”

[6] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dilecti Amici, en el Año Internacional de la Juventud, 1985, nº 9.

[7] Zerwick, M., Analysis Philologica Novi Testamenti Graeci, Scripta Pontificii Instituti Biblici, Romae, 19844, p. 106.

[8] Diccionario Conciso.

[9] Diccionario Conciso.

[10] Da la impresión que el joven, aun siendo muy bueno y teniendo altas aspiraciones espirituales, estaba de alguna manera influido por la teología farisaica. Su modo lisonjero de tratar, la pregunta un poco superflua, su seguridad en que había sido fiel a los mandamientos y su amor a las riquezas hacen pensar en un alma buena, pero que ha bebido de la doctrina y, a juzgar por su reacción final, también del espíritu de los fariseos. De hecho, San Lucas dice que era ‘uno de los principales’ (Lc 18,18). Sin embargo, Jesús no considera que esos defectos fueran un impedimento para conversar con él, iniciar su formación espiritual y llamarlo al sacerdocio.

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Comentario Teológico

·        San Juan Pablo II

 

Cristo habla con los jóvenes

(Carta Apostólica ‘Dilecti amici’, Año Internacional de la Juventud, 1985)

Dios es amor

4. Cristo responde a su joven interlocutor del Evangelio. Él le dice: «Nadie es bueno sino sólo Dios». Hemos oído ya lo que el otro preguntaba. «Maestro bueno ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?». ¿Cómo actuar, a fin de que mi vida tenga sentido, pleno sentido y valor? Nosotros podemos traducir así su pregunta en el lenguaje de nuestro tiempo. En este contexto la respuesta de Cristo quiere decir: sólo Dios es el último fundamento de todos los valores; sólo Él da sentido definitivo a nuestra existencia humana.

Sólo Dios es bueno, lo cual significa: en Él y sólo en Él todos los valores tienen su primera fuente y su cumplimiento final; en Él «el alfa y la omega, el principio y el fin». Solamente en Él hallan su autenticidad y confirmación definitiva. Sin Él –sin la referencia a Dios– todo el mundo de los valores creados queda como suspendido en un vacío absoluto, pierde su transparencia y expresividad. El mal se presenta como bien y el bien es descartado. ¿No nos indica esto mismo la experiencia de nuestro tiempo, donde quiera que Dios ha sido eliminado del horizonte de las valoraciones, de los criterios, de los actos?

¿Por qué sólo Dios es bueno? Porque Él es amor. Cristo da esta respuesta con las palabras del Evangelio, y sobre todo con el testimonio de la propia vida y muerte: «Porque tanto amó Dios al mundo, que lo dio su unigénito Hijo». Dios es bueno porque «es amor».

La pregunta sobre el valor, la pregunta sobre el sentido de la vida –lo hemos dicho– forma parte de la riqueza particular de la juventud. Brota de lo más profundo de las riquezas y de las inquietudes, que van unidas al proyecto de vida que se debe asumir y realizar. Más todavía cuando la juventud es probada por el sufrimiento personal o es profundamente consciente del sufrimiento ajeno; cuando experimenta una fuerte sacudida ante las diversas formas del mal que existe en el mundo; y finalmente cuando se pone frente al misterio del pecado, de la iniquidad humana (mysterium iniquitatis). La respuesta de Cristo equivale a: sólo Dios es bueno, sólo Dios es amor. Esta respuesta puede parecer difícil, pero a la vez es firme y verdadera; lleva en sí la solución definitiva. Ruego insistentemente, a fin de que vosotros, jóvenes amigos, escuchéis esta respuesta de Cristo de modo verdaderamente personal, para que encontréis el camino interior que os ayude a comprenderla, para aceptarla y hacerla realidad.

Así es Cristo en la conversación con el joven. Así es en el coloquio con cada uno y cada una de vosotros. Cuando le preguntáis: «Maestro bueno…», Él pregunta, «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios». Como si dijera: el hecho de que yo sea bueno da testimonio de Dios. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre». Así habla Cristo, maestro y amigo, Cristo crucificado y resucitado; el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Éste es el núcleo, el punto esencial de la respuesta a las preguntas que vosotros, jóvenes, le hacéis a Él mediante la riqueza que hay en vosotros y que está arraigada en vuestra juventud. Ésta abre ante vosotros diversas perspectivas, os ofrece como tarea el proyecto de una vida entera. De ahí la pregunta sobre los valores; de ahí la pregunta sobre el sentido, sobre la verdad, sobre el bien y el mal. Cuando Cristo al responderos os manda referir todo esto a Dios, os indica a la vez cuál es la fuente de ello y el fundamento que está en vosotros. En efecto, cada uno de vosotros es imagen y semejanza de Dios por el hecho mismo de la creación. Tal imagen y semejanza hace precisamente que os pongáis estas preguntas que os debéis plantear. Ellas demuestran hasta qué punto el hombre sin Dios no puede comprenderse a sí mismo ni puede tampoco realizarse sin Dios. Jesucristo ha venido al mundo ante todo para hacer a cada uno de nosotros conscientes de ello. Sin Él esta dimensión fundamental de la verdad sobre el hombre caería fácilmente en la oscuridad. Sin embargo, «vino la luz al mundo», «pero las tinieblas no la acogieron».

La pregunta sobre la vida eterna

5. ¿Qué he de hacer para que la vida tenga valor, tenga sentido? Esta pregunta apasionante, en boca del joven del Evangelio suena así: «¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?». El hombre que pone la pregunta de esta manera ¿habla un leguaje comprensible para los hombres de hoy? ¿No somos nosotros la generación a la que el mundo y el progreso temporal llenan completamente el horizonte de la existencia? Nosotros pensamos ante todo con categorías terrenas. Si superamos los confines de nuestro planeta, lo hacemos para inaugurar los vuelos interplanetarios, para transmitir señales a otros planetas y enviarles sondas cósmicas.

Todo esto se ha convertido en el contenido de nuestra civilización moderna. La ciencia junto con la técnica ha descubierto de modo inigualable las posibilidades del hombre con respecto a la materia, y ha conseguido también dominar el mundo interior de su pensamiento, de sus capacidades, tendencias y pasiones.

Pero a la vez está claro que, cuando nos ponemos ante Cristo, cuando Él se convierte en el confidente de los interrogantes de nuestra juventud, no podemos poner una pregunta diversa de la del joven del Evangelio: «¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?». Cualquier otra pregunta sobre el sentido y valor de nuestra vida sería, ante Cristo, insuficiente y no esencial.

En efecto, Cristo no sólo es el «maestro bueno» que indica los caminos de la vida sobre la tierra. Él es el testigo de aquellos destinos definitivos que el hombre tiene en Dios mismo. Él es el testigo de la inmortalidad del hombre. El Evangelio que Él anunciaba con su voz está sellado definitivamente con la cruz y la resurrección en el misterio pascual. «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él». En su resurrección Cristo se ha convertido también en un permanente «signo de contradicción» frente a todos los programas incapaces de conducir al hombre más allá de las fronteras de la muerte. Más aún, ellos con este confín eliminan toda pregunta del hombre sobre el valor y el sentido de la vida. Frente a todos estos programas, a los modos de ver el mundo y a las ideologías, Cristo repite constantemente: «Yo soy la resurrección y la vida».

Por tanto, si tú, querido hermano y querida hermana, quieres hablar con Cristo adhiriéndote a toda la verdad de su testimonio, por una parte has de «amar al mundo»; porque Dios «tanto amó al mundo, que le dio su Hijo Unigénito»; y al mismo tiempo, has de conseguir el desprendimiento interior respecto a toda esta realidad rica y apasionante que es «el mundo». Has de decidirte a plantearte la pregunta sobre la vida eterna. En efecto, «pasa la apariencia de este mundo», y cada uno de nosotros estamos sometidos a este pasar. El hombre nace con la perspectiva del día de su muerte en la dimensión del mundo visible; y al mismo tiempo el hombre, para quien la razón interior de ser consiste en superarse a sí mismo, lleva consigo también todo aquello con lo que supera al mundo.

Todo aquello con que el hombre supera en sí mismo al mundo –aun estando radicado en él– se explica por la imagen y semejanza de Dios que está inscrita en el ser humano desde el principio. Y todo esto con lo que el hombre supera al mundo no solamente justifica el interrogante sobre la vida eterna, sino que, incluso, lo hace indispensable. Ésta es la pregunta que los hombres se plantean desde hace tiempo, y no sólo en el ámbito del mundo cristiano, sino también fuera de él. Vosotros debéis tener también el valor de ponerla como el joven del Evangelio. El cristianismo nos enseña a comprender la temporalidad desde la perspectiva del Reino de Dios, desde la perspectiva de la vida eterna. Sin ella, la temporalidad, incluso la más rica o la más formada en todos los aspectos, al final lleva al hombre sólo a la inevitable necesidad de la muerte.

Ahora bien, existe una antinomia entre la juventud y la muerte. La muerte parece estar lejos de la juventud. Y así es. Más aún, dado que la juventud significa el proyecto de toda la vida, construido según el criterio del sentido y del valor, también durante la juventud se hace indispensable la pregunta sobre el final. La experiencia humana dejada a sí misma, da la misma respuesta que la Sagrada Escritura: «Está establecido morir una vez», y el escritor inspirado añade: «Después de esto viene el juicio». Y Cristo dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá». Preguntad por tanto a Cristo, como el joven del Evangelio: «¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?».

Sobre la moral y la conciencia

6. A este interrogante Jesús responde: «Ya sabes los mandamientos», y a continuación enumera dichos mandamientos que forman parte del Decálogo. Moisés los había recibido sobre el monte Sinaí en el momento de la Alianza entre Dios e Israel. Estos fueron escritos sobre tablas de piedra y constituían para todo israelita una diaria indicación del camino. El joven que habla con Cristo conoce naturalmente de memoria los mandamientos del Decálogo; es más, puede decir con alegría: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud».

Hemos de suponer que en este diálogo que Cristo sostiene con cada uno de vosotros, jóvenes, se repita la misma pregunta: ¿Sabes los mandamientos? Ésta se repetirá infaliblemente, porque los mandamientos forman parte de la Alianza entre Dios y la humanidad. Los mandamientos determinan las bases esenciales del comportamiento, deciden el valor moral de los actos humanos, permanecen en relación orgánica con la vocación del hombre a la vida eterna, con la instauración del Reino de Dios en los hombres y entre los hombres. En la palabra de la Revelación divina está escrito con claridad el código de la moralidad del cual permanecen como punto clave las tablas del Decálogo del monte Sinaí y cuyo ápice se encuentra en el Evangelio: en el sermón de la montaña y en el mandamiento del amor.

Este código de moralidad encuentra al mismo tiempo otra redacción. Dicho código está inscrito en la conciencia moral de la humanidad, de tal manera que quienes no conocen los mandamientos, esto es, la ley revelada por Dios, «son para sí mismos Ley». Así lo escribe San Pablo en la carta a los Romanos; y añade a continuación: «Con esto muestran que los preceptos de la Ley están inscritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia».

Tocamos aquí problemas de suma importancia para vuestra juventud y para el proyecto de vida que de ella emerge.

Dicho proyecto se conforma con la perspectiva de la vida eterna en primer lugar a través de la verdad de las obras sobre las que será construido. La verdad de las obras halla su fundamento en aquella doble redacción de la ley moral: la que se encuentra escrita en las tablas del Decálogo de Moisés y en el Evangelio, y la que está esculpida en la conciencia moral del hombre. Y la conciencia se presenta como testigo de aquella ley, como escribe San Pablo. Esta conciencia –según las palabras de la carta a los Romanos– son «las sentencias con que entre sí unos y otros se acusan o se excusan». Cada uno sabe hasta qué punto estas palabras corresponden a nuestra realidad interior; cada uno de nosotros desde la juventud experimenta la voz de la conciencia.

Por tanto, cuando Jesús en el coloquio con el joven enumera los mandamientos: «No matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre», la recta conciencia responde a las respectivas obras del hombre con una reacción interior: ella acusa o excusa. Hace falta, sin embargo, que la conciencia no esté desviada; hace falta que la formulación fundamental de los principios de la moral no ceda a la deformación bajo la acción de cualquier tipo de relativismo o utilitarismo.

¡Queridos jóvenes amigos! La respuesta que Jesús da a su interlocutor del Evangelio se dirige a cada uno y a cada una de vosotros. Cristo os interroga sobre el estado de vuestra sensibilidad moral y pregunta al mismo tiempo sobre el estado de vuestras conciencias. Es ésta una pregunta clave para el hombre; es el interrogante fundamental de vuestra juventud, válido para todo el proyecto de vida que, precisamente, ha de construirse durante la juventud. Su valor es el que está más estrechamente unido a la relación que cada uno de vosotros tiene respecto al bien y al mal moral. El valor de este proyecto depende en modo esencial de la autenticidad y de la rectitud de vuestra conciencia. Depende también de su sensibilidad.

De esta manera nos hallamos aquí en un momento crucial, en el que temporalidad y eternidad se encuentran a cada paso a un nivel que es propio del hombre. Es el nivel de la conciencia, el nivel de los valores morales; ésta es la dimensión más importante de la temporalidad y de la historia. En efecto, la historia se escribe no sólo con los acontecimiento que se suceden en cierta manera «desde dentro»: es la historia de la conciencia humana, de las victorias o de las derrotas morales. Aquí encuentra también su fundamento la esencial grandeza del hombre; su dignidad auténticamente humana. Éste es el tesoro interior con el que el hombre se supera constantemente a sí mismo en dirección a la eternidad. Si es verdad que «está establecido que los hombres mueren una sola vez» es también verdad que el tesoro de la conciencia, el depósito del bien y del mal, lo lleva el hombre más allá de la frontera de la muerte para que, en presencia de Aquél que es la santidad misma, encuentre la última y definitiva verdad sobre toda su vida: «Después de esto viene el juicio».

Así sucede precisamente con la conciencia: en la verdad interior de nuestros actos se halla, en un cierto sentido, constantemente presente la dimensión de la vida eterna. Y a la vez la misma conciencia, a través de los valores morales, imprime el sello más expresivo en la vida de las generaciones, en la historia y en la cultura de los ambientes humanos, de la sociedad, de las naciones y de la humanidad entera.

¡Cuánto depende en este campo de cada uno y cada una de vosotros!

«Jesús, poniendo en él los ojos, le amó»

7. (…) Os deseo que experimentéis, tras el discernimiento de los problemas esenciales e importantes para vuestra juventud, para el proyecto de toda la vida que se abre ante vosotros, aquello de que habla el Evangelio: «Jesús, poniendo en él los ojos, le amó». Deseo que experimentéis una mirada así. Deseo que experimentéis la verdad de que Cristo os mire con amor.

Él mira con amor a todo hombre. El Evangelio lo confirma a cada paso. Se puede también decir que en esta «mirada amorosa» de Cristo está contenida casi como en resumen y síntesis toda la Buena Nueva. Si buscamos el principio de esta mirada, es necesario volver atrás al libro del Génesis, a aquel instante en que, tras la creación del hombre «varón y mujer» Dios vio que «era muy bueno». Esta primera mirada del Creador se refleja en la mirada de Cristo que acompaña la conversación con el joven del Evangelio.

Sabemos que Cristo confirmará y sellará esta mirada con el sacrificio redentor de la Cruz, puesto que precisamente por medio de este sacrificio, aquella «mirada» ha alcanzado una particular profundidad de amor. En ella está contenida una tal afirmación del hombre y de la humanidad de la que sólo Cristo, Redentor y Esposo, es capaz. Solamente Él conoce lo que hay en el hombre: conoce su debilidad pero conoce también y sobre todo su dignidad.

Os deseo a cada uno y cada una de vosotros que descubráis esta mirada de Cristo y que la experimentéis hasta el fondo. No sé en qué momento de la vida. Pienso que el momento llegará cuando más falta haga; acaso en el sufrimiento, acaso también con el testimonio de una conciencia pura como en el caso del joven del Evangelio, o acaso precisamente en la situación opuesta: junto al sentimiento de culpa, con el remordimiento de conciencia. Cristo, de hecho, miró también a Pedro en la hora de su caída, cuando por tres veces había negado a su Maestro.

Al hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidad. Al mismo tiempo, este amor eterno de elección divina acompaña al hombre durante su vida como la mirada de amor de Cristo. Y acaso con mayor fuerza en el momento de la prueba, de la humillación, de la persecución, de la derrota, cuando nuestra humanidad esté casi borrada a los ojos de los hombres, cuando sea ultrajada y pisoteada; entonces la conciencia de que el Padre nos ha amado siempre en su Hijo, de que Cristo ama a cada uno y siempre, se convierte en un sólido punto de apoyo para toda nuestra existencia humana. Cuando todo hace dudar de sí mismo y del sentido de la propia existencia, entonces, esta mirada de Cristo, esto es, la conciencia del amor que en Él se ha mostrado más fuerte que todo mal y que toda destrucción, dicha conciencia nos permite sobrevivir.

Os deseo, pues, que experimentéis lo que sintió el joven del Evangelio: «Jesús, poniendo en él los ojos, le amó».

«Sígueme»

8. Del examen del texto evangélico resulta que esta mirada fue, por así decirlo, la respuesta de Cristo al testimonio que el joven había dado de su vida hasta aquel momento, o sea, haber actuado según los mandamientos de Dios. «Todo esto lo he guardado desde mi juventud».

A la vez, esta «mirada de amor» fue la introducción a la fase conclusiva de la conversación. Siguiendo la redacción de Mateo, fue el mismo joven quien inició esta fase, dado que no sólo constató su fidelidad respecto a los mandamientos del Decálogo, que caracterizaba su conducta anterior, sino que contemporáneamente formuló una nueva pregunta. De hecho preguntó: «¿Qué me queda aún?».

Esta pregunta es muy importante. Indica que en la conciencia moral del hombre y, concretamente del hombre joven, que forma el proyecto de toda su vida, está escondida la aspiración a «algo más». Este deseo se siente de diversos modos, y podemos advertirlo también entre aquellas personas que den la impresión de estar alejadas de nuestra religión.

(…)

El deseo a la perfección, a «algo más» encuentra su explícito punto de referencia en el Evangelio. Cristo, en el sermón de la montaña, confirma toda la ley moral, en cuyo centro están las tablas mosaicas de los diez mandamientos; pero al mismo tiempo da a estos mandamientos un sentido nuevo, evangélico. Todo esto se concentra –como se ha dicho precedentemente– alrededor de la caridad, no sólo como mandamiento, sino además como don: «… el amor de Dios se ha derramado en vuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado».

En este contexto nuevo se hace comprensible asimismo el programa de las ocho bienaventuranzas, con el que comienza el sermón de la montaña en el Evangelio según San Mateo.

En este mismo contexto el conjunto de los mandamientos, que constituyen el código fundamental de la moral cristiana, es completado por el conjunto de los consejos evangélicos, en los que se expresa y concreta, de modo especial, la llamada de Cristo a la perfección, que es una llamada a la santidad.

Cuando el joven pregunta sobre el «algo más»: «¿Qué me queda aún?», Jesús lo mira con amor y este amor encuentra aquí un nuevo significado. El hombre es conducido interiormente por el Espíritu Santo desde una vida según los mandamientos a otra vida consciente del don, y la mirada plena de amor por parte de Cristo expresa este «paso» interior. Jesús añade: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, y ven y sígueme».

¡Sí, mis queridos jóvenes! El hombre, el cristiano es capaz de vivir conforme a la dimensión del don. Más aún, esta dimensión no sólo es «superior» a la de las meras obligaciones morales conocidas por los mandamientos, sino que es también «más profunda» y fundamental. Esta dimensión testimonia una expresión más plena de aquel proyecto de vida que construimos ya en la juventud. La dimensión del don crea a la vez el perfil maduro de toda vocación humana y cristiana, como se dirá después.

Sin embargo, en este momento deseo hablaros del significado particular de las palabras que Cristo dijo a aquel joven. Y hago esto convencido de que Cristo las dirige en la Iglesia a algunos jóvenes interlocutores suyos de cada generación. También de la nuestra. Aquellas palabras significan en este caso una vocación particular dentro de la comunidad del Pueblo de Dios. La Iglesia halla el «sígueme» de Cristo al comienzo de toda llamada al servicio en el sacerdocio ministerial, que en la Iglesia católica de rito latino está unida simultáneamente a la responsable y libre elección del celibato. La Iglesia encuentra el mismo «sígueme» de Cristo al comienzo de la vocación religiosa en la que, mediante la profesión de los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia), un hombre o una mujer reconocen como suyo el programa de vida que el mismo Cristo realizó en la tierra por el reino de Dios. Al emitir los votos religiosos, estas personas se comprometen a dar un testimonio concreto del amor de Dios por encima de cualquier cosa y, a la vez, de aquella llamada a la unión con Dios en la eternidad que se dirige a todos. No obstante esto, es necesario que algunos den un testimonio excepcional de tal llamada ante los demás.

Me limito a mencionar estos temas en la presente Carta, dado que han sido ya presentados ampliamente en otro lugar y en más de una ocasión. Los recuerdo aquí porque en el contexto del coloquio de Cristo con el joven adquieren una claridad particular, especialmente el tema de la pobreza evangélica. Los recuerdo también, porque el «sígueme» de Cristo, precisamente en este sentido excepcional y carismático, se hace sentir la mayoría de las veces ya en la época de la juventud; y, a veces, se advierte incluso en la niñez.

Ésta es la razón por la que deseo decir a todos vosotros, jóvenes, en esta importante fase del desarrollo de vuestra personalidad masculina o femenina: si tal llamada llega a tu corazón, ¡no la acalles! Deja que se desarrolle hasta la madurez de una vocación. Colabora con esa llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. «La mies es mucha». Hay una gran necesidad de que muchos oigan la llamada de Cristo: «Sígueme». Hay una gran necesidad de que a muchos llegue la llamada de Cristo: «Sígueme». Hay una enorme necesidad de sacerdotes según el corazón de Dios. La Iglesia y el mundo actual tienen urgente necesidad de un testimonio de vida entregada sin reserva a Dios, del testimonio de este amor esponsal de Cristo, que de modo particular haga presente el Reino de Dios entre los hombres y lo acerque al mundo.

Permitidme pues completar aún las palabras de Cristo el Señor sobre la mies que es abundante. Sí, es abundante la mies del Evangelio, la de la salvación… «pero los obreros son pocos». Tal vez hoy se note esto más que en el pasado, especialmente en algunos países, así como también en algunos Institutos de vida consagrada y similares.

«Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies», continúa diciendo Cristo. Estas palabras, especialmente en nuestro tiempo, se convierten en un programa de oración y acción en favor de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes. Rogad también vosotros. Y si el fruto de esta oración de la Iglesia nace en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: «Sígueme».

 

(San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dilecti Amici, a los jóvenes y a las jóvenes del mundo con ocasión del Año Internacional de la Juventud, 31 de marzo de 1985, nº 4 – 8)

 

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Santos Padres

·        San Agustín

 

Llamada a los ricos a la perfección

(Mt 19,17-25).

1. La lectura evangélica, hermanos, que hace poco golpeó nuestros oídos, pide, más que un expositor, un oyente que la ponga en práctica. ¿Qué hay más claro que esta luz: Si quieres venir a la vida, guarda los mandamientos? ¿Qué más voy a decir? Si quieres venir a la vida, guarda los mandamientos. ¿Quién hay que no quiera la vida? Y, sin embargo, ¿quién hay que quiera guardar los mandamientos? Si no quieres guardar los mandamientos, ¿por qué buscas la vida? Si eres perezoso para trabajar, ¿por qué te apresuras a recibir la recompensa? Aquel joven rico dijo que había cumplido los mandamientos; escuchó otros preceptos mayores: Si quieres ser perfecto, una sola cosa te falta: vete, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y no lo perderás, sino que tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme. En efecto, ¿de qué te aprovecharía el hacerlo si no me sigues? Como habéis oído, se alejó triste y cabizbajo, pues tenía muchas riquezas. Lo que escuchó él, lo hemos escuchado también nosotros. El Evangelio es la boca de Cristo; está sentado en el cielo, pero no cesa de hablar en la tierra. No seamos, pues, sordos, dado que él clama. No seamos muertos, pues él atruena. Si no quieres hacer lo más, haz lo menos. Si es excesivo para ti el peso de lo mayor, toma lo menor al menos. ¿Por qué eres perezoso para lo uno y lo otro? ¿Por qué te opones a ambas cosas? Las mayores son: Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y sígueme. Las menores: No matarás, no adulterarás, no buscarás un falso testimonio, no robarás, honra a tu padre y a tu madre, amarás a tu prójimo como a ti mismo. Haz esto. ¿Qué sentido tiene invitarte a vender tus cosas si no consigo librarte de robar las ajenas? Escuchaste: No robarás, y las arrebatas. En la presencia de tan gran juez ya no te tengo por ladrón, sino por raptor. Perdónate a ti, ten compasión de ti mismo. Esta vida es para ti una dilación todavía, no rechaces la corrección. Fuiste ladrón ayer, no lo seas también hoy. Quizá hasta lo fuiste incluso hoy; no lo seas mañana. Acaba de una vez con el mal y exige el bien como recompensa. Quieres tener buenas cosas, pero no quieres ser bueno; tu vida es lo opuesto a lo que deseas. Si poseer una villa buena es un gran bien, ¡cuán grande mal es tener un alma mala!

2. El rico marchó entristecido, y dijo el Señor: ¡Qué difícil es que entre en el reino de los cielos quien tiene riquezas! Y por la comparación que propuso para demostrarlo, mostró que ese ser difícil equivale a ser completamente imposible. Todo lo que es imposible es difícil, pero no todo lo difícil es imposible. Para ver cuán difícil es, pon atención a la semejanza: En verdad os digo, es más fácil a un camello entrar por el hondón de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos. ¡Entrar un camello por el hondón de una aguja! Aunque hubiere dicho una pulga, ya sería imposible. Por ello, habiendo oído esto, se entristecieron los discípulos y dijeron: Si esto es así, ¿quién podrá salvarse? ¿Quién de los ricos? Pobres, escuchad a Cristo; hablo al pueblo de Dios. Sois muchos los pobres; alcanzadlo al menos vosotros; pero, con todo, oíd. Vosotros, los que os gloriáis de vuestra pobreza, evitad la soberbia, no sea que os superen los ricos humildes; evitad la impiedad, no sea que os superen los ricos piadosos; evitad las borracheras, no sea que os venzan los ricos sobrios. No os gloriéis de vuestra pobreza, si es que no deben ellos gloriarse de sus riquezas.

3. Escuchen los ricos, si es que hay alguno; escuchen al Apóstol: Ordena a los ricos de este mundo; señal de que existen ricos de otro mundo. Los ricos del otro mundo son los pobres, los apóstoles, que decían: Como no teniendo nada, y poseyéndolo todo. Para que supierais de qué ricos hablaba, añadió: de este mundo. Escuchen, pues, al Apóstol los ricos de este mundo: Ordena, dijo, a los ricos de este mundo que no se comporten soberbiamente. El primer gusano de las riquezas es la soberbia3. Como mala polilla, todo lo roe y lo reduce a cenizas. Ordénales, pues, que no se comporten soberbiamente ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, no sea que te acuestes rico y te levantes pobre. Ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas —son palabras del Apóstol—, sino en el Dios vivo. El ladrón te arrebata el oro, pero ¿quién te arrebatará a Dios? ¿Qué es lo que tiene el rico si no tiene a Dios? ¿Qué no tiene el pobre si tiene a Dios? Por tanto, no pongan su esperanza en las riquezas, dice, sino en el Dios que nos otorga abundantemente todas las cosas para disfrutarlas, entre las cuales también él mismo.

4. Sí, pues, no deben poner la esperanza en las riquezas ni confiar en ellas, sino en el Dios vivo, ¿qué han de hacer con las mismas? Escucha qué: Sean ricos en buenas obras. ¿Qué quiere decir esto? Expónnoslo, Apóstol. Muchos no quieren entenderlo porque no quieren emprenderlo. Expónnoslo, Apóstol; no des ocasión al mal obrar con la oscuridad de tu palabra. Dinos qué indicabas en estas palabras: Sean ricos en buenas obras. Escuchen, compréndalo; no se les permita buscar excusas; antes bien, comiencen a acusarse y a decir lo que hace poco escuchamos en el salmo: Pues yo reconozco mi pecado. Dinos tú qué significa: Sean ricos en buenas obras. ¿Qué quiere decir: Den con facilidad? ¿Acaso también esto es de difícil comprensión? Den con facilidad, repartan. Tienes tú y no tiene aquel otro, reparte para que repartan contigo. Da aquí y te darán allí. Reparte aquí pan y te repartirán allí pan. ¿Qué pan? El de aquí: el que recoges con tu sudor y fatiga a consecuencia de la maldición que cayó sobre el primer hombre; el de allí: Aquel que dijo: Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo. Aquí eres rico, allí serás pobre. Tienes oro, pero aún no tienes a Cristo presente. Da de lo que tienes para recibir lo que no tienes. Sean ricos en buenas obras, den con facilidad, repartan.

5. Entonces, ¿han de perder sus bienes? Dijo: Repartan, no «Denlo todo». Reserven para sí lo suficiente o más de lo suficiente. De esto demos una cierta parte. ¿Qué parte? ¿Una décima parte? Los diezmos los daban los escribas y los fariseos. Avergoncémonos, hermanos; la décima parte la daban aquellos por quienes Cristo aún no había derramado su sangre, Por si piensas que haces algo grande porque partes tu pan con el pobre, cosa que apenas significa una milésima parte de tus posibilidades \ sábete que los escribas y fariseos daban la décima parte. Con todo, no te reprendo; haz al menos eso. Tal es mi sed, tal es mi hambre, que me regocijo con estas migajas. Pero no callaré lo que dijo cuando estaba vivo quien murió por nosotros. Si vuestra justicia, dijo, no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Él no nos hace caricias; como médico va a lo vivo de la herida. Si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Los escribas y los fariseos pagaban los diezmos. ¿Qué significa esto? Haceos esta pregunta. Ved lo que hacéis, con cuánto contáis; lo que dais y lo que os reserváis; lo que empleáis en obras de misericordia y lo que dejáis para la lujuria. Por tanto, den con facilidad, repartan, atesórense un buen fundamento para el futuro, para alcanzar la vida verdadera.

6. He aconsejado a los ricos; oíd ahora los pobres. Los primeros, dad; los segundos, no robéis. Los unos dad de vuestra riquezas; los otros frenad vuestras apetencias. Escuchad los pobres al mismo Apóstol: Es una gran ganancia. La ganancia es la adquisición de alguna riqueza. Es una gran ganancia la piedad con lo suficiente. Tenéis en común con los ricos el mundo, pero no la casa. Tenéis en común con ellos el cielo y la luz. Buscad lo que basta; buscad eso, nada más. Las demás cosas oprimen, no elevan; cargan, no honran. Gran ganancia la piedad con lo suficiente. Ante todo la piedad. Piedad que es el culto de Dios. La piedad con lo que basta. Nada trajimos a este mundo. ¿O trajiste algo? Ni siquiera vosotros, los ricos, trajisteis nada. Aquí encontrasteis todo; nacisteis desnudos como los pobres. A ambos es común la debilidad del cuerpo, común el llanto, testigo de la miseria. Nada trajimos a este mundo —hablo a los pobres—; pero tampoco podemos sacar nada de él. Teniendo alimento y techo, démonos por contentos, pues quienes quieren hacerse ricos… Quienes quieren hacerse ricos, no quienes lo son. Quienes lo son, séanlo. Escucharon lo que se refiere a ellos: sean ricos en buenas obras, den con facilidad, repartan. Ellos ya lo oyeron. Oídlo vosotros que aún no lo sois. Quienes quieren hacerse ricos caen en tentaciones y lazos y en muchos y dañinos deseos. ¿No sentís miedo? Escuchad lo que sigue: Que sumergen a los hombres en la perdición y en la muerte. ¿No temes aún? ha avaricia es, en efecto, la raíz de todos los males. La avaricia consiste no en ser rico, sino en querer serlo. Eso es la avaricia. ¿No temes sumergirte en la muerte y la perdición? ¿No temes a la avaricia, raíz de todos los males? Arrancas las raíces de las zarzas de tu finca, ¿y no extirpas de tu corazón la raíz de todas las ambiciones? Limpias tu campo del que obtienes el fruto que sacia tu vientre, ¿y no purificas tu corazón para que lo habite tu Dios? La avaricia es, en efecto, la raíz de todos los males; siguiendo la cual algunos se extraviaron de la fe y vinieron a dar en muchos dolores.

7. Oísteis qué habéis de hacer, qué habéis de temer; escuchasteis con qué se compra el reino de los cielos y con qué se gasta. Poneos todos de acuerdo en la palabra de Dios. Dios hizo tanto al rico como al pobre. Habla la Escritura: El rico y el pobre se encontraron; a ambos los hizo el Señor. El rico y el pobre se encontraron. ¿Dónde sino en este mundo? Nació el rico, nació el pobre. Os encontrasteis caminando al mismo tiempo por un camino. Tú no oprimas; tú no engañes. Este necesita, aquél tiene. A ambos los hizo el Señor. A través del que tiene socorre al necesitado; a través de quien no tiene, prueba al que tiene. Lo hemos escuchado, lo hemos dicho; temamos, precavámonos, oremos, lleguemos.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos,  Sermón 85, 1-7, BAC Madrid 1983, 496-503

 

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

.        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

·        P. Jorge Loring, S.J.


P. Alfredo Sáenz, S.J.

LOS POBRES DEL SEÑOR

El evangelio de hoy es una exaltación del espíritu de pobreza. «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»: tal fue la terrible exclamación del Señor al comprobar el apego excesivo que aquel hombre manifestaba por los bienes terrenos.

1. EL «POBRE» EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Dediquemos, pues, esta homilía a la consideración del sentido de la pobreza. Cuando hablamos de «pobres», se hace necesario saber primero qué significa ese vocablo en el lenguaje de las Escrituras. Al comienzo, la palabra «pobre» quería decir, poco más o menos, lo que se entiende entre nosotros: una persona desposeída de bienes y, en ocasiones, explotada. Era «pobre», en este sentido, el pueblo judío oprimido por el Faraón en Egipto. Y Dios lo salvó de dicha opresión.

Pero con el tiempo la palabra fue tomando un sentido más espiritual, volviéndose sinónimo de «justo» o de «humilde». Se pasó, así, de un significado prevalentemente social a una acepción predominantemente religiosa. Los humildes aparecían como los predilectos de Dios no sólo por causa de su pobreza, sino sobre todo en razón de la actitud religiosamente despojada a la que su pobreza los inducía en relación con Dios. Los que buscaban al Señor, los que a El se dirigían con espíritu sencillo, ésos eran los pequeños, los pobres, los humildes. Aquellos que, según dice Jeremías, ponían su fe en el Señor porque en el Señor tenían su confianza. Claro que a ello los inclinaba el verse sin recursos; por el hecho de no tener bienes, se sentían proclives a apoyarse en sólo Dios, su única esperanza. Esta actitud de espíritu era personal. Pero también podía incubarse a nivel social. Por ejemplo, cuando el pueblo elegido conoció los días aciagos del exilio en Babilonia, al encontrarse tan humillado se hizo capaz de esperar anhelosamente la intervención del Señor. Los miembros de aquel pueblo constituirían lo que Isaías llamó «los pobres de Yavé».

2. JESUS, «EL POBRE» POR EXCELENCIA

Tal fue la preparación del Antiguo Testamento en relación con la enseñanza de Jesús acerca de la pobreza. Y no sólo en relación con su enseñanza sino también con sil persona. Porque Cristo mismo fue el Pobre por excelencia. El nació en la pobreza, durante treinta años se recluyó en el taller de Nazaret, a lo largo de su actuación pública vivió humildemente, no teniendo en ocasiones ni siquiera dónde reclinar su cabeza, enseñó de manera tajante que simultáneamente no se podía servir a dos señores, a Dios y a la riqueza. Especialmente en su Pasión, se mostró como “el pobre de Yavé”, aquel que Isaías había descrito proféticamente como un hombre sin belleza, objeto de desprecio, varón de dolores, que no grita, ni protesta, ni hace oír su voz a la multitud, cual oveja llevada al matadero que ni siquiera abre la boca. Su pobreza sería nuestra riqueza. Porque Dios que era rico se hizo pobre hasta la muerte, y resucitado de la muerte nos enriqueció con su pobreza.

3. CARACTERISTICAS DEL VERDADERO «POBRE»

Hasta aquí hemos considerado el desarrollo del tema de la «pobreza» a lo largo de las Escrituras, partiendo del Antiguo Testamento y culminando en Cristo, el Pobre por antonomasia. Pero la cosa no acaba acá. Porque también a nosotros Dios nos exige el desprendimiento, que es la base del espíritu de pobreza y, al parecer, nos lo exige como si fuera necesario para la salvación. ¿Cuáles son las características de la pobreza que nos pide el Señor?

Ser pobre no significa carecer de dinero. Las riquezas no son un mal en sí, ni Cristo solicita de los hombres el abandono de las mismas. Lo que Cristo nos exige a todos es el desapego afectivo de los bienes de la tierra. «Bienaventurados los pobres de espíritu —ha dicho el Señor—, porque de ellos es el reino de los cielos». Ya que aquel que se adhiere con exceso a las riquezas, fácilmente se hace incapaz de percibir el valor de las cosas sobrenaturales. Podemos, pues, decir que la primera característica del verdadero «pobre de espíritu» es la estima de los bienes superiores por encima de todos los bienes terrenos. El que ama desmesuradamente la riqueza, fácilmente se afinca en esta tierra, se siente en ella demasiado cómodo. Y olvida así su vocación trascendente. Es cierto que no le es imposible a un rico entrar en el reino de los cielos —»para Dios todo es posible», se nos dice en el evangelio de hoy—; pero considerando las cosas humanamente, aparece como algo en extremo dificultoso: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!… Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios», dijo el Señor.

También el rico podrá salvarse, pero a condición de que conserve su corazón libre del apego desordenado al dinero, que es una de las características del impío. Deberá guardarse de la avaricia, reconociendo la precariedad de las riquezas humanas, y tratando más bien de hacerse «rico a los ojos de Dios». Porque el reino de los cielos no ha sido hecho para los que tienen alma de esclavos. ¿Quiénes son estos esclavos? Los que se someten a las cosas, los que ponen sus posesiones por encima de Dios, los que veneran ídolos. Las verdaderas riquezas no son los bienes terrenos. Y el peligro del rico es que limite sus deseos a lo humano, que se contente con los consuelos que el dinero hace posibles. Cuando cada cristiano debería saberse un ser esencialmente peregrino. Porque su verdadero tesoro está en el cielo.

Tal es, pues, la primera característica del espíritu de pobreza: valorar más las cosas sobrenaturales que los bienes de la tierra. Para ello no es menester hacerse «pobre» en sentido clasista, volverse «proletario». Puede ser uno «millonario», rico en dinero, pero realmente desprendido, pobre de espíritu. Puede ser uno «proletario», pobre en dinero, pero rico de espíritu, ávido de ganancia, resentido contra los ricos, deseoso de ser como ellos, en el peor de los sentidos. No se trata, pues, de pertenecer a una clase o a otra. Esa sería una idea marxista: que basta ser proletario para ser bueno. El ideal cristiano es que todos —ricos y pobres— sean desprendidos, estén con las manos libres, no echen raíces demasiado profundas en esta tierra, se reconozcan peregrinos.

La segunda característica del verdadero «pobre de espíritu» es la humildad. Porque el pobre espiritual no es sólo el que pone en su verdadero lugar los bienes terrenos, sino también aquel que se sabe pequeño delante del Señor. Dios resiste a los orgullosos y da su gracia a los humildes, nos enseña San Pedro. Y el apóstol Santiago: Humillaos ante el Señor, y El os exaltará. ¿Por qué debemos ser humildes delante de Dios? Porque sabemos que no somos autosuficientes, autónomos, que hemos sido creados, y para colmo nos sabemos pecadores, conocemos nuestra miseria radical y nuestra debilidad congénita.

Es fundamentalmente humilde aquel que experimenta la necesidad de ser salvado. El que no se gloría, como aquellos judíos de antaño que, con repugnante espíritu farisaico, se jactaban: «Tenemos por padre a Abraham». Humilde es aquel que no se glorifica a sí mismo sino que se gloría en el Señor. El mundo moderno está lejos de esta actitud. Es un mundo que no espera la salvación de lo alto. Cree que a fuerza de músculos, de recetas psicológicas, de progreso científico indefinido, podrá llegar a su perfección. Hombres modernos que no se quieren pobres sino ricos y autónomos en su ciencia, en su técnica, en su libertad. Un mundo así es un mundo que se cierra a Dios, un mundo esencialmente orgulloso. No un mundo «adulto» sino un mundo «adúltero». No hagamos concesiones, amados hermanos, al mundo soberbio. Seamos humildes, corno María. Pidamos, a semejanza de ella, que Dios mire nuestra humildad de esclavo y que, si tal es su voluntad, sea El quien en nosotros haga grandes cosas.

Pronto nos acercaremos a recibir el Cuerpo de Jesús en la Sagrada Eucaristía. El vendrá a nosotros con aspecto pobre y despojado, tras las sencillas apariencias sacramentales. Pidámosle que nos enseñe el valor de la pobreza, de esa pobreza que es comparable a aquella sabiduría de que se nos hablaba en la primera lectura de hoy, preferible al cetro y al trono, y en cuya comparación nada es la riqueza, de esa pobreza que nos procurará un tesoro en el cielo.

 

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 269-274)

 

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Los pobres de espíritu

Mc 10, 17-30

“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los cielos”. Palabras que manifiestan la imposibilidad de los ricos para salvarse. ¿De qué ricos se habla? ¿Los ricos no se pueden salvar?

Pero ¿por qué los apóstoles dicen: “entonces quién podrá salvarse”? ¿Acaso el tener una barquichuela, unas redes, un oficio, como ellos tenían, es ser rico?

Para salvarse, para entrar en el Reino, es necesario ser pobre de espíritu y pobre de espíritu puede ser el pobre y el rico. Pobre de espíritu significa estar desprendido de las cosas terrenales.

Uno puede apegarse a unas sandalias, de tal modo, que sea lo más importante de su vida y que Dios y los hermanos tengan menor valor y se los coloque en segundo plano por ellas.

Hay pobres que envidian a los ricos y viven resentidos por ser pobres. En realidad no son pobres en el espíritu sino ricos y sin las riquezas. ¡Cuánta pobreza desperdiciada, diría un santo! Aquellos que por voluntad de Dios son pobres deberían agradecer a Dios porque su pobreza los asemeja a Jesús. La pobreza nos da un sentido más claro de lo que somos, de nuestra realidad, de nuestra indigencia, de nuestra creaturidad, de nuestra verdad existencial, de nuestra pobreza ontológica. Y el reconocimiento de esta pobreza existencial es la humildad, fundamento de la verdadera religiosidad.

Pero no siempre la constatación de la creaturidad, que es nuestra verdadera pobreza, conduce a la religión sino que a veces lleva a la desesperación y en la mayoría de los casos a la solicitud terrena.

Si bien la solicitud terrena es de todos los tiempos, en otros tiempos el hombre pensaba más y podía darse cuenta que iba por mal camino. Hoy la solicitud terrena es inducida y el hombre queda entrampado en ella, casi sin poder salir o con tanta posibilidad “como que un camello pase por el ojo de una aguja”.

La sociología y la psicología han creado técnicas muy sofisticadas en el manejo de las masas, de tal manera que el hombre es llevado casi inconscientemente a actitudes programadas por otros, entre ellas el consumismo. Y para consumir hay que tener poder adquisitivo y para esto hay que trabajar y, a veces sin restricciones, porque ahogan los créditos y entonces no hay tiempo para Dios, menos para la religión. Un nuevo artefacto, una nueva comodidad, un nuevo auto, un nuevo equipo de audio y la corriente no se detiene y los hombres tras ellos y sin poder salir… ¿Y estos son pobres? No, porque quieren tener y en su afán de tener dejan a Dios. Son ricos en el espíritu porque su corazón busca las cosas terrenas antes que a Dios.

¿Qué hacer? Quedarse al margen de la correntada. Tratar de evitar todo envenenamiento, tener lo necesario para vivir y servir a Dios y no endeudarse. Si tengo bienes y estoy apegado a ellos, desprenderme por la limosna.

Para seguir a Cristo hay que estar libre y los bienes materiales nos atan, nos esclavizan. La pobreza da libertad para buscar el cielo, además da paz verdadera y nos permite dormir tranquilos.

La salvación es una gracia de Dios y por eso hay que ser pobre para que sea Dios el que nos salve. El rico no necesita de Dios porque cree salvarse por sí mismo, por eso para él es “imposible” salvarse.

Así como en tiempos de Noé la gente vivía distraída en los afanes terrenos y los sorprendió el diluvio, así será en la Segunda Venida. La gente estará tan distraída por la solicitud terrena que no conocerá los signos y los cogerá de sorpresa la venida del Señor.

Ahora es tiempo propicio para prepararse.

La pobreza espiritual es una aptitud del corazón más que un bolsillo vacío. Sin embargo, el bolsillo vacío nos acerca más al conocimiento de nuestra realidad, a nuestra dependencia absoluta de Dios.

Debemos liberarnos del consumismo del mundo, de su vértigo por las cosas materiales y esto requiere una postura adulta. Debemos pensar en nuestro fin último y en la invitación que nos hace Jesús a seguirle: “si quieres ser perfecto” ve vende todo lo que tienes y luego sígueme.

No se trata de vender todo cuando lleguemos de regreso de la Iglesia a nuestra casa y darlo a los pobres, pero sí desprendernos de todo aquello que nos dificulta seguir con libertad a Jesús, que nos dificulta entregarnos a Él con total abandono, de todo aquello que es peligroso para nuestra libertad y puede condicionar nuestra manera de ser y obrar o el obrar de nuestros seres queridos.

Estamos en el mundo pero no somos del mundo y la solicitud terrena es una de las características del mundo y una de las estrategias de Satanás para llevar a las almas a separarse de Dios[1].

*          *          *

 

El evangelista Marcos relata, desde la Transfiguración a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén el domingo de Ramos, dos anuncios de la pasión y tres características necesarias para los ciudadanos del Reino. Los ciudadanos del Reino deben ser como niños, es decir, totalmente abandonados en los brazos del Padre celestial, deben desprenderse de “todo” para entrar en el Reino y deben hacerse “siervos” de los hombres. Las tres condiciones se podrían resumir en el anonadamiento o en hacerse “los últimos”.

            En el Evangelio que estamos explicando Pedro le pregunta a Jesús qué recompensa tendrán él y los demás discípulos que lo han dejado “todo”. Jesús le promete el ciento por uno en esta tierra, con persecuciones, y en el futuro la vida eterna.

Nosotros que lo hemos dejado “todo”. Es una buena pregunta para hacernos. ¿Lo hemos dejado “todo”?

Cuando el Señor nos llamó y escuchamos su voz, con seguridad que lo dejamos todo. Respondimos si con una entrega total, al menos afectivamente, aunque parcialmente efectiva. Hay cosas a las que no se puede renunciar en un momento si no es por una gracia divina, me refiero a lo interior y en especial al juicio propio. De hecho hicimos un acto de abandono y de desprendimiento suficiente para seguir a Jesús, según la madurez y conciencia de aquel momento. Decidimos entregarnos totalmente a Jesús para ser hombres religiosos.

¿Hoy, después de muchos años de ser hombres religiosos podríamos decir con Pedro “lo hemos dejado todo”? Hoy, con una conciencia y una madurez mayor que cuando decidimos seguir a Jesús ¿hemos hecho efectiva la respuesta a la vocación divina? Mientras que no hagamos efectiva la respuesta al Señor no seremos verdaderos seguidores de Jesús, hombres religiosos.

Preguntémonos sobre los tres aspectos “el que no se hace como niño no puede entrar en el Reino de los cielos”[2]; “si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”[3] y finalmente lo del Evangelio de hoy “lo hemos dejado todo”.

“Dejar todo”. Lo exterior es lo más fácil, aunque no es del todo fácil. Pero negarse a sí mismo y entregar la vida por Jesús y el Evangelio[4] ya es otra cosa. Sobre este segundo aspecto es sobre el que tenemos que esforzarnos en trabajar morir a nosotros mismos, anonadarnos, siguiendo el ejemplo de Jesús[5].

Pedro incluye en el “todo” el desprendimiento de lo material, buscando un consuelo a la tristeza causada por el joven rico, y Cristo le responde sobre ese desprendimiento pero quiere, y se los ha enseñado, un desprendimiento más profundo. Jesús responde a Pedro, el cual ha manifestado por sus palabras la pobreza que han aceptado al seguirlo, que la pobreza es el inicio del anonadamiento que les pide, el primer escalón. Jesús quiere de ellos la humildad pero en su grado más profundo: pobreza como la suya, humillación como la suya y ser menospreciado y perseguido como El.

Jesús enseñó el anonadamiento a los discípulos antes del gran anonadamiento de la Pasión, coronación del anonadamiento de la Encarnación. Se acercan a Jerusalén, el maestro va a hacer verdad lo que ha enseñado.

 


[1] Cf. E.E. nº 142, 239.

[2] Cf. Mc 10, 14-15

[3] Mc 9,35; 10, 43-45

[4] Mc 8, 34-35

[5] Cf. Flp 2, 5 s

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P. Jorge Loring, S.J.

1.- La frase de Jesús es dura: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos salvarse!

 

2.- Naturalmente que se refiere a los ricos que tienen apego al dinero, y lo ponen por encima de la salvación eterna.

 

3.- Sobre esto se hizo célebre en Madrid una obra de teatro titulada LA MURALLA. Se trataba de un señor que se había enriquecido injustamente. En la hora de la muerte quiere confesarse arrepentido. Pero la mujer y las hijas impiden que venga un sacerdote, pues si se confiesa tendrá que devolver lo robado, y ellas perderían su posición social. Para ellas valía más el dinero que la salvación eterna de su padre y marido.

 

4.- Pero los ricos que no tienen apego al dinero, no sólo pueden salvarse, sino llegar a la santidad.

 

5.- El Marqués de Comillas va a los altares por ser millonario. Dio muchísimas limosnas, y ayudó a muchísima gente. Si no hubiera tenido tanto dinero no hubiera podido hacer el bien que hizo. Para él el dinero le ayudó a santificarse.

 

6.- El dinero no es malo. Lo malo es usarlo mal. Pero usándolo bien puede ser un instrumento de santificación.

 

7.- Yo debo hacer examen del uso que hago de mi dinero. ¿Lo gasto en cosas necesarias? ¿Lo que gasto en caprichos es excesivo? ¿Doy de limosna una cantidad proporcionada a los ingresos que tengo? Todo esto es materia importante de examen de conciencia, y de consulta con una persona prudente.

 

8.- Otra frase importante de este Evangelio es: «si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos».

 

9.- Es evidente que las buenas obras son necesarias para salvarse. Ya dijo Cristo: «No el que dice SEÑOR, SEÑOR; sino el que cumple con la voluntad de Dios».

 

10.- Los protestantes dicen que lo importante es la fe, no las obras. Nosotros decimos que hacen falta las dos cosas. Las palabras de Cristo lo dicen claramente. Y es de sentido común: «obras son amores, no buenas razones».

 

11.- Tampoco valen las buenas obras sin fe. Hay gente buena que prescinde de Dios. Sus buenas obras le sirven para madurar su conversión. Pero si se hacen de espaldas a Dios, no sirven para la vida eterna.

 

12.- A no ser que ese desconocimiento de Dios sea inculpable. Pero en nuestra sociedad es difícil que alguien ignore a Dios y a Jesucristo con ignorancia invencible.

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Directorio Homilético

 

Directorio Homilético


Vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario 

CEC 101-104: Cristo, Palabra única de la Sagrada Escritura

CEC 131-133: la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia

CEC 2653-2654: las Escrituras fuente para la oración

CEC 1723, 2536, 2444-2447: el amor a los pobres

 

Artículo 3:                 LA SAGRADA ESCRITURA

I        CRISTO, PALABRA ÚNICA DE LA SAGRADA ESCRITURA

101   En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: «La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres » (DV 13).

102   A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3):

Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103,4,1).

103   Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21).

104     En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21).

 

V       LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

131     «Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21). «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22).

132     «La Escritura debe ser el alma de la teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto privilegiado, la homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de santidad» (DV 24).

133          La Iglesia «recomienda insistentemente a todos los fieles…la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8), ‘pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo’ (S. Jerónimo)» (DV 25).

 

La Palabra de Dios

2653 La Iglesia «recomienda insistentemente todos sus fieles… la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8)… Recuerden que a la lectura de la Santa Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues ‘a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras’ (San Ambrosio, off. 1, 88)» (DV 25).

2654 Los Padres espirituales parafraseando Mt 7, 7, resumen así las disposiciones del corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: «Buscad leyendo, y encontraréis meditando ; llamad orando, y se os abrirá por la contemplación» (cf El Cartujano, scala: PL 184, 476C).

 

1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor:

          El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje «instintivo» la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad…Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro…La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración (Newman, mix. 5, sobre la santidad).

 

2536 El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado  nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

          Cuando la Ley nos dice: «No codiciarás», nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: «El ojo del avaro no se satisface con su suerte» (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

 

 

2444 «El amor de la Iglesia por los pobres…pertenece a su constante tradición » (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6,20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8,20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12,41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de «hacer partícipe al que se halle en necesidad» (Ef 4,28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

          Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446 S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: «No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos» (Laz. 1,6). «Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia» (AA 8):

          Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4):

          El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «id en paz, calentaos o hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17).

 

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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