Archivos mensuales: octubre 2015

Solemnidad de Todos los Santos

01
noviembre

Solemnidad de

Todos los Santos

 (Ciclo B) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de todos los santos

(Domingo 1 de Noviembre de 2015)

LECTURAS

 

 

Vi una enorme muchedumbre, imposible de contar,

Formada por gente de todas las naciones,

Familias, pueblos y lenguas.

 

Lectura del libro del Apocalipsis                                                      7, 2-4. 9-14

 

Yo, Juan, vi a un Ángel que subía del Oriente, llevando el sello del Dios vivo. Y comenzó a gritar con voz potente a los cuatro Ángeles que habían recibido el poder de dañar a la tierra y al mar:

«No dañen a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios».

Oí entonces el número de los que habían sido marcados: eran 144.000 pertenecientes a todas las tribus de Israel.

Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y aclamaban con voz potente:

«¡La salvación viene de nuestro Dios

que está sentado en el trono,

y del Cordero!»

Y todos los Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo:

«¡Amén!

¡Alabanza, gloria y sabiduría,

acción de gracias, honor, poder y fuerza

a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!»

Y uno de los Ancianos me preguntó: «¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?» Yo le respondí: «Tú lo sabes, señor».

Y él me dijo: «Éstos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero».

Palabra de Dios.

 

R . ¡Benditos los que buscan al Señor!

 

Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y todos sus habitantes,

porque Él la fundó sobre los mares,

Él la afirmó sobre las corrientes del océano. R.

 

¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor

y permanecer en su recinto sagrado?

El que tiene las manos limpias y puro el corazón;

el que no rinde culto a los ídolos ni jura falsamente. R.

 

Él recibirá la bendición del Señor,

la recompensa de Dios, su Salvador.

Así son los que buscan al Señor,

los que buscan tu rostro, Dios de Jacob. R.

 

Veremos a Dios tal cual es

 

Lectura de la primera carta de san Juan                                                  3, 1-3

 

Queridos hermanos:

¡Miren cómo nos amó el Padre!

Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,

y nosotros lo somos realmente.

Si el mundo no nos reconoce,

es porque no lo ha reconocido a Él.

Queridos míos,

desde ahora somos hijos de Dios,

y lo que seremos no se ha manifestado todavía.

Sabemos que cuando se manifieste,

seremos semejantes a Él,

porque lo veremos tal cual es.

El que tiene esta esperanza en Él, se purifica,

así como Él es puro.

Palabra de Dios.

 

Aleluia.

«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y Yo los aliviaré», dice el Señor.

Aleluia.

 

Evangelio

 

 

Alégrense y regocíjense

Porque tendrán una gran recompensa en el cielo.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo                                                                                     4,25-5,12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Solemnidad de Todos los Santos- 1º de Noviembre 2015- Ciclo B
 

Entrada: La comunión con todos los santos nos une a Cristo del que mana, como de su fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios.

 

Liturgia de la Palabra         

 

Primera Lectura:                                                   Ap 7,2-4.9-14

Los bienaventurados gozan de la visión de Dios, pues han blanqueado sus vestiduras en la Sangre de Cristo.

 

Salmo Responsorial: 23

 

Segunda Lectura:                                                                  1 Jn 3,1-3

Llamados a participar de la vida divina en el cielo, allí veremos a Dios tal cual es.

 

Evangelio:                         Mt 4, 25- 5, 12

El misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del Verbo Encarnado. Bienaventurados los que se dejan iluminar por El.

 

Preces:

 

Hermanos, reunidos en la Iglesia de los Santos y en comunión con ellos, presentamos nuestra oración a Dios nuestro Padre.
 

A cada intención respondemos cantando:

 

* Por la Santa Iglesia, para que sea en medio del mundo presencia viva del Reino que proclama las bienaventuranzas, y modelo de santidad y de pureza a imitación de la Santísima Virgen María. Oremos.

 

* Por todos los pueblos, para que unidos en el deseo de alcanzar el bien común, trabajen sin descanso para lograr la paz. Oremos.

 

* Por todos los consagrados, para que imitando a Cristo en su virginidad, pobreza y obediencia, sepan santificarse por el bien de toda la Iglesia. Oremos.

 

* Elevemos nuestra oración por la santificación del pueblo argentino y por la glorificación de sus siervos de Dios. Oremos.

 

Dios y creador del universo, escucha nuestras oraciones y concédenos que librados de toda atadura terrena, lleguemos a resucitar con tus Santos y encontremos en Ti la Vida Eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.
 

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

La Eucaristía es prenda de inmortalidad y es nuestro cielo en la tierra. Nos unimos al Cordero inmolado por nosotros y presentamos:

* Flores para nuestra Madre del cielo, Reina de los santos.

* Incienso, y el deseo ardiente de que Dios sea adorado y reverenciado por todos los hombres.

* Pan y Vino que serán transformados en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, alegría de los bienaventurados y felicidad nuestra.

 

Comunión: Recibamos en esta comunión al tres veces santo en nuestra alma para que haga de nosotros templos vivos para su Gloria.

Salida : Que María Santísima junto al coro de los santos nos auxilien y acompañen en nuestro peregrinar hacia el cielo, y así podamos cantar junto con ellos el cántico del Cordero eternamente.

 

 

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

APOCALIPSIS 7, 2-4. 9-14:

 

Esta página del Apocalipsis nos ofrece en un elíptico radiante la perspectiva de la Iglesia a lo largo de la Era Mesiánica militante. El primer cuadro, en estilo de visión (2-3. 9-12). El segundo cuadro, en estilo de revelación auditiva (4-8. 13-17).

— Mientras la historia humana sigue su curso, acompañado ordinariamente de trastornos físicos y revoluciones sociales, la Iglesia peregrina, el «Israel de Dios» (Gál 6, 16; Rom 9. 6-13), realiza sus progresos y sus victorias; victorias no, por supuesto, políticas, sino espirituales, y salvíficas. El «Israel de Dios» (el «espiritual», contrapuesto al «carnal» o racial) se multiplica prodigiosamente: 12 x 12 x 1.000= a los 12 Patriarcas multiplicados en hijos innúmeros (4). La Iglesia va a tener hijos sin número, multitud ingente que nadie podrá contar (9), en todas las naciones, razas y lenguas.

— Un Ángel que viene de Oriente (símbolo de paz y gracia) marca con un sello a los rescatados y preservados o redimidos. Este «sello» espiritual es signo de preservación y predilección. No daña el Maligno a los «marcados» con el sello. Estos son propiedad de Dios… (Ex 8, 18). Es decir, los males del mundo físico y los que como castigo envíe Dios al mundo pecador no dañarán a los elegidos, antes bien les servirán de purificación y mérito (3. 4). Como tampoco les dañarán las persecuciones que la impiedad levante contra ellos. Los tiene «sellados» y preservados una gracia especial del Señor. Como tampoco conseguirán, jamás las persecuciones y catástrofes poner en riesgo la supervivencia y vitalidad de la Iglesia.

— De ahí el carácter festivo que siempre presenta la Iglesia, aun en sus etapas de persecución. Sus mejores victorias son los mártires. Todos, vencedores de la seducción o vencedores de la persecución, lo somos por la gracia que nos «sella», nos preserva y protege. De ahí este desfile victorioso en que todos cantan: « ¡La Salvación por nuestro Dios y por el Cordero!» (10).

 

1 JUAN 3, 1-3:

 

San Juan en esta Carta nos pondrá en lenguaje teológico lo que en el Apocalipsis nos expuso en estilo simbólico:

— El «sello» que nos marca y preserva es la Gracia y Amor de Dios que nos hace «hijos» de Dios. El don que Dios nos da es Dios mismo. Nos hace partícipes de su naturaleza. Por tanto, quedamos marcados y sellados en lo más íntimo de nuestro ser. En virtud del don recibido de Dios nos llamamos hijos de Dios. ¡Y lo somos! (1).

— Esta Gracia de la filiación divina, poseída ya ahora en fe, aparecerá en su día en gloria. Cuando seamos glorificados con Cristo veremos y gozaremos esta semejanza divina que ya ahora poseemos. La visión de ahora es, por nuestra condición de peregrinos, en fe. O, como dice San Pablo, «en enigma» (1 Cor 13, 12). Cuando nos anegue la gloria de Cristo, nuestra visión de fe se trocará en visión gloriosa y directa. Sólo puede ver a Dios quien es semejante a El (2). Esta semejanza la tenemos ahora velada. Cuando se quite el velo veremos a Dios cara a cara. Y nosotros seremos espejo perfectamente translúcido de la gloria de Dios.

— La rica realidad que ya poseemos y la esperanza espléndida que aguardamos nos obliga a vivir en pureza y cada día más alejados del pecado. El hijo de Dios no peca (1 Jn 5, 18). Nuestro destino a la visión beatífica, visión y fruición del Dios-Santo, nos obliga a prepararnos y disponemos con una vida del todo santa. Sólo la pureza verá a Dios. La labor de purificación que no hacemos en la vida presente deberemos hacerla en el purgatorio. Cuanto más nos purificamos mejor se refleja en nosotros la imagen de Dios y mejor nos disponemos a la visión de su gloria (3). Y es la Eucaristía la que desarrolla esta vida de gracia que será luego premio de gloria.

 

MATEO 5, 1-12:

 

San Mateo, en el florilegio de sentencias de Jesús que llamamos «Sermón del Monte», nos da como lección primera la de las «Bienaventuranzas»:

— Las Bienaventuranzas constituyen como el «programa» del Reino Mesiánico. El que todos debemos aceptar y cumplir si queremos ser conciudadanos de este Reino, hijos de Dios.

— Indican, pues, las actitudes y disposiciones que todos debemos tener: desprendimiento, humildad, mansedumbre, sencillez, pureza, misericordia… Cuando dice Jesús: «Bienaventurados los pobres», no tanto se refiere a categorías sociales cuanto a disposiciones espirituales. Es «pobre» el que no se apoya en sí ni en los hombres, sino en Dios. El Reino del que Jesús nos habla no tiene sentido político. Es del todo espiritual. Se recibe de gracia. Y se vive, dóciles y abiertos a la gracia. De ahí su carácter del todo celeste, divino, espiritual

— Y de ahí que aceptar el programa del Reino es encontrarse con la cruz y la persecución (11). Este Reino no tiene acá otros premios que la gracia y la cruz. El premio de gozo y gloria pertenece a la etapa futura celeste del Reino (12). Y será, a proporción de la sinceridad y generosidad con que en la etapa terrena se acepte y se viva el programa del Reino. A la fe sucederá la visión, a la esperanza la posesión, a la caridad la fruición; a la cruz la Gloria.

— La celebración eucarística afina y consuma nuestra santificación de modo que: Ex hac mensa peregrinantium ad caelestis Patriae convivium transeamus (Postc.).

En la festiva e innúmera Iglesia Triunfante tenemos hermanos que nos aman, modelos que nos estimulan, intercesores y manos amigas que nos socorren:

Qui in Sanctorum concilio concelebraris, et eorum coronando merita tua dona coronas. Qui nobis eorum conversatione largiris exemplum, et communione consortium, et intercessione subsidium; ut tantis testibus confirmati, ad propositum certamen curramus invicti, et immarcescibilem cum eis coronam gloriae consequamur (Praef. de Sant. I).

«Señor, te proclamamos admirable y el solo Santo entre todos los santos; por eso imploramos de tu misericordia que, realizando nuestra santidad por la participación en la plenitud de tu amor, pasemos de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos» (Solem. Todos los Santos-Postcom.).

 

SOLÉ ROMA, J. M.,  Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 304-307

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Comentario Teológico

·        Catecismo de la Igesia Católica

LA COMUNION DE LOS SANTOS

 

946      Después de haber confesado “la Santa Iglesia católica”, el Símbolo de los Apóstoles añade “la comunión de los santos”. Este artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior: “¿Qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?” (Nicetas, symb. 10). La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.

 

947      “Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros … Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que El es la cabeza … Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia” (Santo Tomás, symb.10). “Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común” (Catech. R. 1, 10, 24).

 

948      La expresión “comunión de los santos” tiene entonces dos significados estrechamente relacionados: “comunión en las cosas santas [‘sancta’]” y “comunión entre las personas santas [‘sancti’]”.

 

            “Sancta sanctis” [lo que es santo para los que son santos] es lo que se proclama por el celebrante en la mayoría de las liturgias orientales en el momento de la elevación de los santos Dones antes de la distribución de la comunión. Los fieles [“sancti”] se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo [“sancta”] para crecer en la comunión con el Espíritu Santo [“Koinônia”] y comunicarla al mundo.

 

 

I           LA COMUNION DE LOS BIENES ESPIRITUALES

 

949      En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos “acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2, 42):

 

            La comunión en la fe. La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte.

 

950      La comunión de los sacramentos. “El fruto de todos los Sacramentos pertenece a todos. Porque los Sacramentos, y sobre todo el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres entran en la Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que unen a todos y los ligan a Jesucristo. La comunión de los santos es la comunión de los sacramentos … El nombre de comunión puede aplicarse a cada uno de ellos, porque cada uno de ellos nos une a Dios … Pero este nombre es más propio de la Eucaristía que de cualquier otro, porque ella es la que lleva esta comunión a su culminación” (Catech. R. 1, 10, 24).

 

951      La comunión de los carismas : En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo “reparte gracias especiales entre los fieles” para la edificación de la Iglesia (LG 12). Pues bien, “a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Co 12, 7).

 

952      “Todo lo tenían en común”  (Hch 4, 32): “Todo lo que posee el verdadero cristiano debe considerarlo como un bien en común con los demás y debe estar dispuesto y ser diligente para socorrer al necesitado y la miseria del prójimo” (Catech. R. 1, 10, 27). El cristiano es un administrador de los bienes del Señor (cf. Lc 16, 1, 3).

 

953      La comunión de la caridad : En la “comunión de los santos” “ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo” (Rm 14, 7). “Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte” (1 Co 12, 26-27). “La caridad no busca su interés” (1 Co 13, 5; cf. 10, 24). El menor de  nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.

 

 

II          LA COMUNION ENTRE LA IGLESIA DEL CIELO

            Y LA DE LA TIERRA

 

954      Los tres estados de la Iglesia. “Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando `claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es'” (LG 49):

 

            Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos un mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en él (LG 49).

 

955      “La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales” (LG 49).

 

956      La intercesión de los santos. “Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente  unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad…no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra… Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad” (LG 49):

 

            No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).

 

            Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba).

 

957      La comunión con los santos. “No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios” (LG 50):

 

            Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17).

 

958      La comunión con los difuntos. “La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones `pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados’ (2 M 12, 45)” (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.

 

959      … en la única familia de Dios. “Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en Cristo, al unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia” (LG 51).

 

 

RESUMEN

 

960      La Iglesia es “comunión de los santos”: esta expresión designa primeramente las “cosas santas” [“sancta”], y ante todo la Eucaristía, “que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo” (LG 3)

 

961      Este término designa también la comunión entre las “personas santas” [“sancti”] en Cristo que ha “muerto por todos”, de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos.

 

“Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones” (SPF 30).

 

(Catecismo de la Iglesia Católica, nº 946 – 114)

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Santos Padres

·        San Agustín

Asume el  trabajo y tendrás el premio

             «Vamos a hablar de lo que puede producir la vida feliz, esa vida feliz que no hay quien no desee. Es imposible encontrar quien no quiera ser feliz. Pero, ¡ay!, ojalá que los hombres, así como aman el premio, no rechazaran el trabajo que lo merece. ¿Quién es el que no corre con todas sus fuerzas cuando se le dice que será feliz? Pues oiga también con gusto cuando se le añade: Si hicieres tal y tal cosa. Nadie rechace la lucha si desea el premio, y en­ciéndase el ánimo con el afán de la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que buscamos, vendrá después; lo que se nos manda hacer para conseguirlo corresponde al momento presente. Comenzad, pues, a recordar las palabras divinas, sean preceptos o premios».

            Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt. 5,8). Después será tuyo el reino de los cielos; ahora debes ser pobre de espíritu. ¿Quieres que el reino de los cielos sea tuyo más tarde? Mírate ahora y observa de quién eres. Sé pobre de espíritu. Quizás me preguntes en qué consiste eso. Ningún hinchado es pobre de espíritu; luego el humilde lo es. Alto es el reino de los cielos, pero el que se humilla será ensalzado (Lc. 14, 11)».

            «Escucha lo que sigue: Bienaventurados los mansos, porque a ellos se les dará la tierra (Mt. 5,4). Ya estás deseando poseer la tierra. Ten cuidado, no sea ella quien te posea a ti. La poseerás si eres manso; serás poseído si no lo eres. Cuando oigas el premio que te proponen de poseer la tierra no ensanches la bolsa de esa avaricia con que quieres poseerla excluyendo a todo vecino, no sea que te engañe tu juicio. Poseerás verdaderamente la tierra cuando te apegues al que hizo al cielo y a ella. Ser manso es no resistir a Dios. (…)

            «Atiende lo tercero. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados (Mt. 5,5). El trabajo es el llanto, el consuelo es el premio. Porque los que lloran carnalmente, ¿qué consuelo tienen? Moles­tias temibles. Los que lloran sólo se consuelan donde no temen volver a llorar. Por ejemplo, da pena un hijo muerto y alegría el que nace. (…) En uno (en el que muere) hay tristeza, y en el otro (en el que nace) hay temor de que muera; y por eso en ninguno hay consuelo. Luego el único consuelo verdadero es el que da lo que no puede perderse, y así se consola­rán alegres después los que ahora gimen peregrinando».

            «Veamos el cuarto trabajo y su premio. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos (Mt. 5,6). ¿Quieres hartarte? ¿De qué? Si es la carne la que desea un har­tazgo, pasado éste volverá a hambrear, y el que bebiere de esta agua, dice el Señor, volverá a tener sed (Io. 4,13). La medicina que cura hace que la herida no vuelva a doler. En cambio, la comida que se da al hambre la alivia sólo por un momento. Pasa la hartura, vuelve el hambre… Tengamos, pues, hambre y sed de justicia, para que nos sature esa justicia de la cual ahora tenemos sed y ham­bre… Tenga hambre y sed nuestro hombre interior, puesto que a mano está su comida y su bebida. Yo soy, dice Cristo, el pan que bajó del cielo (Io. 6,41). Ahí tienes un pan que comer, ahí tienes una bebida para tu sed, porque en él está la fuente de la vida (Ps. 35,10)».

            «Oye lo que sigue: Bienaventurados los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos (Mt. 5,7). Todo lo que hagas con el prójimo será hecho contigo. Porque abundas, padeces necesidad; abundas en bienes temporales y necesitas los eternos. Escuchas a un mendigo; también tú eres mendigo de Dios. Te piden y tú pides; como obres con el que te pide, así obrará Dios contigo cuando le pidas a Él. Estás lleno y vacío; llena el vacío de tu abundancia y Dios te llenará a ti de la suya».

            «Escucha también lo que sigue: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt. 5,8). Este es el fin de nuestro amor; fin en el sentido de que nos perfecciona, no de que nos termi­na. La comida se termina, y se termina el vestido; la primera, por­que se consume al ser comida, y el segundo, porque se concluye al ser tejido. Aquélla termina y éste también, pero la una termina consumiéndose y el otro adquiriendo la perfección.

            Cuando llegue la visión de Dios no necesitaremos nada. ¿Qué va a buscar aquel que tiene a Dios, o qué le bastará a aquel a quien Dios no le es bastante? Desearnos ver a Dios, buscamos ver a Dios, ardemos en deseos de ver a Dios, ¿quién no? Pero escucha lo que se acaba de decir: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, Prepara lo necesario para verle. Poniéndote un ejemplo carnal, ¿cómo deseas ver la salida del sol con unos ojos legañosos? Sánalos y entrará la alegría de la luz; déjalos enfermos y se te convertirán en tormento. No te permitirán contemplar con un corazón manchado lo que no es posible ver sino con uno lim­pio; te rechazarán y no verás. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios…

            ¿Cuántas clases de bienaventuranzas he enumerado ya? ¿Cuán­tas causas de la felicidad, cuántas obras y premios, qué méritos y remuneraciones? Pues todavía no había dicho que verían a Dios… Ahora es cuando se dice. Hemos llegado a los limpios de corazón, a quienes se promete la visión de Dios, y no sin causa, porque éstos son los que tienen los ojos con que se ve a Dios. De estos ojos hablaba San Pablo al decir: Ojos iluminados de vuestro corazón (Eph. 1,18). Hasta ahora nuestros ojos, en medio de su debilidad, son iluminados por la fe, después serán iluminados con la visión gracias a su futura robustez, porque mientras moramos en este cuerpo esta­mos ausentes del Señor, porque caminamos por la fe y no por la espe­ranza (2 Cor. 5,6). ¿Qué es lo que se dice de nosotros mientras vivimos de la fe? Ahora vemos por medio de un espejo y en enigma, entonces cara a cara (1 Cor. 13,12). Si limpiáis su templo al Crea­dor, si queréis que venga y haga mansión en vosotros, pensad rectamente del Señor y buscadle con sencillez de corazón (Sap. 1,1). Cuándo digáis te dice mi corazón: buscaré tu rostro (Sal.26,8), pensad a quién se lo decís, si es que se lo decís y lo decís de verdad.

            Si quieres, tú eres la sede de Dios. ¿Dónde tiene Dios su sede sino donde habita, y dónde habita sino en su templo? El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros (1 Cor. 3,17). Mira, pues, dónde hayas de recibir al Señor. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad (Io. 2,44). Entre, pues, ya, si te place, en tu corazón el Arca del Testamento y caiga Dagón (I Reg. 5,3). Oye y aprende a desear a Dios, busca el modo de prepararte para conseguir verle: Bienaventurados, dice, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

            «Escucha y entiende, si es que yo soy capaz de explicarlo, con su gracia. Ayúdeme El para que podamos entender cómo en los antedichos trabajos y premios los unos son muy a propósito para los otros.

            Como quiera que los humildes parecen más alejados de reinar, dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Como los hombres mansos son tan fácilmente excluidos de su tierra, dice: Bienaventurados los mansos, porque a ellos se les dará la tierra. Todo lo demás es patente, claro, fácil­mente cognoscible y no necesita ni de explicación ni de comen­tario. Bienaventurados los que lloran; ¿quién llora que no desee consuelo? Bienaventurados los que tienen hambre; ¿quién tiene ham­bre y sed que no desee satisfacerlas? Bienaventurados los misericor­diosos; ¿y quién es misericordioso sino el que desea que Dios, en atención a sus obras, se porte con El como Él se porta con los pobres? Por eso dice: Bienaventurados los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. En ninguno de estos casos se ha indicado un premio que no sea congruente con el precepto. Se im­puso el de la pobreza de espíritu: el premio será el reino de los cielos…, y así ahora se manda que limpies tu corazón, y el premio será el ver a Dios.

            Pero cuando se habla de los preceptos y de los premios y escu­ches: Los limpios de corazón son bienaventurados, porque verán a Dios, no pienses que no lo han de ver los pobres de espíritu, ni los mansos… Los bienaventurados poseen todas estas virtudes. Verán, pero no verán por ser pobres de espíritu, ni por ser misericordiosos, ni…, sino por ser limpios de corazón. Ocurre lo mismo que si, re­firiéndonos a los miembros corporales, dijéramos: Bienaventurados los que tienen pies, porque andarán; bienaventurados los que tie­nen manos, porque trabajarán…; los que tienen ojos, porque verán. Del mismo modo, al referirse a los miembros espirituales, nos en­seña lo que pertenece a cada uno de ellos. La humildad es a pro­pósito para conseguir el reino de los cielos; la mansedumbre, para poseer la tierra…, y el corazón limpio, para ver a Dios.

            ¿Y cómo limpiaremos el corazón si deseamos ver a Dios? Nos lo ha enseñado la Sagrada Escritura: La fe limpió sus corazo­nes (Act. 15,9)».

(Extractos del sermón 53, que amplía la doctrina expuesta en el libro Sobre el sermón de la Montaña (Cf. PL 38, 364-372))

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Benedicto XVI


P. Alfredo Sáenz, SJ.

La gran paradoja

“Alegrémonos todos en el Señor al celebrar esta solemnidad en honor de todos los Santos, de la cual se alegran los ángeles y juntos alaban a1 Hijo de Dios”, canta hoy la liturgia. Y no sin razón, queridos hermanos. Porque en este día recuerda la Iglesia a todos los Santos de la historia, a todos aquellos que se han dejado invadir por Dios, por la trascendencia de Dios, por la santidad de Cristo, que es la Cabeza de la Iglesia y la fuente de donde brota toda santificación.

Los Santos se han hecho tales simplemente por haber cumplido las exigencias del Evangelio. Ese Evangelio cuya quintaesencia se encuentra en aquellas palabras de Cristo que hoy hemos escuchado, las palabras del sermón de la montaña. Los antiguos estoicos llamaban “paradoja” el enunciado que iba contra la opinión común. En este sentido, el sermón de la montaña es la más amplia y radical paradoja que se haya anunciado jamás. Nunca se pronunció sobre la tierra discurso más desconcertante que éste. Lo que antes todos llamaban blanco es llamado aquí, no gris u obscuro, sino francamente negro, mientras lo negro es precisamente llamado blanco. El mundo decía —y sigue diciendo— bienaventurados los ricos, los que ríen, los que sacan provecho de la injusticia, los que se dan el gusto de la venganza, los impuros, los que buscan el aplauso de los demás. Porque de ellos es el reino de la tierra. Serán felices en la tierra, dominarán la tierra.

Para el criterio del mundo las palabras de Cristo suenan a bofetada. Bienaventurados los que lloran, bienaventurados los puros, bienaventurados los perseguidos. No que les prometa el gozo en la tierra. Los pobres son bienaventurados porque de ellos es el reino de los cielos, mas no de la tierra; los que sufren son bienaventurados porque serán consolados, pero en un futuro lejano no precisado; los puros de corazón son bienaventurados porque verán a Dios, pero no porque su pureza sea desde ya elogiada por los hombres. Así que la enseñanza de Jesús tiene sentido tan sólo para los que esperan, para los que anhelan el reino de los cielos. No para los nacidos de la carne, los afincados en esta tierra. Para ellos, más que una paradoja, las palabras de Cristo son simplemente absurdas. Es lógico, porque están ciegos para las cosas de Dios. Recorramos brevemente la serie de las bienaventuranzas.

Bienaventurados los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Es la propiedad fundamental del cristiano. Hablamos de ello no hace mucho. En lenguaje bíblico, pobre es aquel que espera de Dios la salvación. Y por tanto no ha echado raíces definitivas en este mundo. Rico, en cambio, es aquel que se cree autosuficiente. Rico de espíritu, porque no necesita de nada, no espera salvación alguna de lo alto. Sus propios músculos lo salvarán. No le pertenece el reino porque el reino se ofrece y él es incapaz de recibir; está demasiado lleno, lleno de sí mismo.

Bienaventurados los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. La paciencia es una consecuencia del espíritu de pobreza. El que no es autosuficiente, el que no se autoabastece, el que en la presencia de Dios se sabe lleno de miserias, ése es fácilmente manso y paciente, bondadoso con los otros. Dios le ha perdonado tanto que él no puede dejar de perdonar a los demás. San Pablo, ese espíritu batallador, de carácter colérico, fue quien mejor nos habló de la benignidad: “Yo, Pablo, os ruego por la mansedumbre de Cristo. Revestíos… de entrañas de misericordia, humildad y mansedumbre”. Al fin y al cabo, la paciencia es una de las caras de la fortaleza.

Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados. Afligidos ¿por qué? Porque se saben exiliados en este mundo. Lloran por la pérdida no tanto de riquezas, parientes ni amigos, sino sobre todo de los bienes espirituales, lloran por sus propios pecados. Lágrimas santas. Frente a ellos: los mundanos de la risa superficial, los que se abocan a buscar la prosperidad en la tierra, aquellos a quienes el mundo aplaude como “triunfado­res”, mientras Cristo los amenaza con sus Ay: “Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis”. Bienaventura­dos, pues, los afligidos, porque serán consolados. ¿Cuándo? En la otra vida, naturalmente, como lo preanuncia el Apocalipsis al decirnos que al fin de los tiempos “Dios enjugará las lágrimas de los ojos de los hombres”. Pero esa consolación en cierto modo comienza en la tierra, ya que desde ahora los afligidos conocen la paz del alma.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Ser justo es dar a cada uno lo que le corresponde; amar lo verdadero, lo equitativo, lo noble, tanto en lo que atañe a Dios como en lo que respecta a los hombres. No se dice: Bienaventurados los que practican la justicia, sino “los que tienen hambre y sed de justicia”, es decir los que la anhelan, los que trabajan por implantarla. No es el hambre y sed de que a uno se lo trate con justicia, porque entonces contrariaría la octava y última bienaventuranza (“Bienaventurados los que son perseguidos por practicar la justicia…; bienaventurados vosotros, cuando seáis insultados y perseguidos”), sino el hambre de ser justo, de proceder con justicia, no el de gozar de sus derechos sino el de cumplir sus deberes, aun dolorosamente. Porque mucho más grave es el mal de la injusticia en el pecado de quien la comete (y a quien hay que corregir para salvarlo) que los sufrimientos de quien la padece (y que puede santificarse soportándolos). Serán saciados, es decir, recibirán en abundan­cia los bienes de los cuales por cumplir con la justicia o por no practicar la injusticia se vieron privados; calmarán su hambre, apagarán su sed.

Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Es decir, los que saben sufrir con los que sufren, los que sienten compasión. Los que son como el buen samaritano, que se conmueven ante el dolor ajeno. Algo así experimentó Jesús al ver la turba famélica que lo seguía: Tengo misericordia de la multitud, exclamó conmovido. Bien se dice en la epístola a los hebreos que es un Pontífice capaz de condolerse de nuestras flaquezas. Bienaventurados los mise­ricordiosos, porque obtendrán misericordia: Dios se compadecerá de ellos, sufrirá con ellos. Ya sufrió en la cruz. Pero además les mostrará su perdón en el juicio postrero.

Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Realmente no pueden no ser bienaventurados los que tienen su interior limpio de manchas, los que poseen un alma cristalina, translúcida. Porque verán a Dios, nada les impedirá verlo. No es otra la gran esperanza del cristiano: la visión de Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. No, naturalmente, por la falsa paz, la del que pretende conciliar cosas incompatibles. Se trata de la paz verdadera, de la paz en la justicia. Y si alguna vez se ven obligados a usar de la violencia, lo harán a regañadientes. Porque tienen entrañas pacíficas. Así fue como Cristo instauró la paz mediante la sangre que derramó en la cruz. Él es el reconciliador por excelencia; reconcilió en sí a Dios y al hombre, divorciados por el pecado de este último; reconcilió asimismo en sí a pueblos hasta entonces adversarios. Paz con Dios. Paz entre los hombres. Paz en la propia alma. Porque serán llamados hijos de Dios, hijos de la paz.

Bienaventurados los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Bienaventurados vosotros, cuando seáis insultados y persegui­dos, y cuando se os calumnie en toda forma a causa de mí. Es la felicidad que encuentra el que se ha abrazado con la cruz, aquel que ha resuelto no rehuir el martirio ni la persecución. Cristo dijo: “Si a mí me persiguieron también a vosotros os perseguirán”. Claro que esa persecución deberá ser “a causa de él”, es decir, por razones religiosas. Y no por otras causales no tan nobles. A aquéllos el Señor les promete la alegría de la victoria: Alegraos y regocijaos entonces, porque tendréis una gran recompensa en el cielo.

Comentando San Agustín la enseñanza de Jesús, pone en boca del Señor estas palabras: “—Estoy vendiendo. — ¿Qué vendes, Señor? —El reino de los cielos. — ¿Con qué se compra? —El reino con la pobreza, el gozo con el dolor, el descanso con el trabajo, la gloria con la humillación, la vida con la muerte”. Así es, amados hermanos, Dios nos vende su consuelo por nuestro llanto, su saciedad por nuestra hambre, su misericordia por nuestra misericordia, su visión por nuestra pureza, su filiación divina por nuestra paz.

Celebramos hoy solemnemente la fiesta de todos los Santos. Ellos supieron comprar así el reino de los cielos, cumpliendo las bienaventuranzas. Por eso constituyen para nosotros un ejemplo vivo de cómo se debe practicar la enseñanza de Cristo. Ellos nos hacen apreciar el valor de la santidad, por sobre todos los demás bienes. Nos muestran cómo la santidad es posible, más aún, se ha hecho visible y palpable en ellos. Nos exhortan a buscarla, aunque para llegar a ella tengamos quizás que pasar por pruebas terribles. El ejemplo de los Santos nos quita todo pretexto: ¿Nuestro estado? Hay Santos en todos los estados. ¿Nuestra salud? Los ha habido con toda clase de salud. ¿Nuestras pasiones? Las mismas que las suyas.

Pero los Santos no sólo se nos ofrecen como ejemplos que imitar. Son también intercesores nuestros. Cuando nos enco­mendamos a ellos, ruegan a Dios por nosotros. Y como Dios los ama tanto, y los ha premiado tan espléndidamente, escucha sus súplicas, si lo que pedimos nos conviene. Fomentemos, pues, nuestra devoción a los Santos. Son escalones para llegar a Dios. Especialmente veneremos a la Santísima Virgen, la reina de todos ellos, la reina de este día, de esta solemnidad.

Amados hermanos, que la presente fiesta no sea tan sólo una conmemoración. Que sea a la vez una exhortación a la santidad. San Mateo, cuando reproduce este mismo sermón de la montaña, incluye hacia el final una frase de Jesús que lo recapitula todo: “Sed vosotros perfectos como lo es vuestro Padre celestial”. Pensemos que el sermón de Jesús no se dirigió exclusivamente a los apóstoles, sino también a todo el pueblo. La santidad no es cosa exclusiva de religiosos y sacerdotes; es deber de todo cristiano, una obligación que brota del compromi­so bautismal. El día de nuestro Bautismo la gracia nació en nosotros al modo de una semilla. Esa semilla debe ir creciendo paulatinamente, desarrollándose, hasta llegar a ser un árbol en nuestro interior. Esa semilla, es, en última instancia, Cristo mismo, quien ha de ir madurando en nosotros, Cristo que nació como un niño reclinado en el pesebre de nuestra alma, pero que debe ir tomando tamaño hasta llegar a la estatura del hombre adulto. En el cielo se hará manifiesto ese progreso interior. Nos lo dijo San Juan en la segunda lectura de hoy: “Desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”.

Sigamos ahora el Santo Sacrificio de la Misa, en que se renueva la Pasión del Señor. En la cruz está la explicación de todas las bienaventuranzas. Porque si bien las cumplió a lo largo de su vida, fue especialmente sobre la cruz donde el Señor las llevó a la perfección. Siendo rico, se hizo pobre por nosotros, se hizo artesano, y murió pobremente sobre el leño. El mismo se dijo manso y humilde de corazón, cordero de Dios llevado al matadero de la cruz sin chistar ni abrir la boca. La cruz fue el lugar de su misericordia; compadecido en ella de nosotros, sufrió con nosotros, más aún sufrió en lugar nuestro, que en realidad somos quienes hubiéramos merecido ser crucificados por nuestros pecados. Tendido sobre esa cruz, es Cristo el príncipe de la paz, el que une el cielo con la tierra, el que une entre sí a los hombres que se le incorporan. Es la pureza misma, el Hijo de una virgen, quien pudo desafiar a sus enemigos que lo convenciesen siquiera de un solo pecado; Aquel que tuvo hambre y sed de justicia, porque su alimento fue hacer siempre la voluntad del Padre hasta morir en la cruz. Sin embargo y a pesar de mostrársenos así en su vida y en la cruz, pobre, herido, perseguido, fue bienaventurado, profundamente bienaventurado, como ningún otro lo ha sido jamás sobre la tierra. Habló, pues, por experiencia, haciendo de su cruz una cátedra viva de todas las bienaventuranzas. Ahora, gracias a la misa, se renovará sobre el altar aquel Sacrificio. Que a partir de él, nos enseñe el Señor a hacer carne estas bienaventuranzas. De modo que cuando recibamos la Eucaristía, unidos a los Santos que lo comulgan en el cielo sin pasar por los velos sacramentales, nos hagamos una cosa con Cristo y con su cruz bienaventurada.

Alfredo Sáenz, SJ, Palabra y Vida, Homilías dominicales y festivas. Ed. Gladius, 1993, 311- 317

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Juan Pablo II

1. “La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Señor, por los siglos de los siglos” (Ap 7, 12).

Con actitud de profunda adoración a la santísima Trinidad nos unimos a todos los santos que celebran perennemente la liturgia celestial para repetir con ellos la acción de gracias a nuestro Dios por las maravillas que ha realizado en la historia de la salvación.

Alabanza y acción de gracias a Dios por haber suscitado en la Iglesia una multitud inmensa de santos, que nadie puede contar (cf. Ap 7, 9). Una multitud inmensa: no sólo lo santos y los beatos que festejamos durante el año litúrgico, sino también los santos anónimos, que solamente Dios conoce. Madres y padres de familia que, con su dedicación diaria a sus hijos, han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y a la construcción de la sociedad; sacerdotes, religiosas y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras, que lo han dejado todo por llevar el anuncio evangélico a todo el mundo. Y la lista podría continuar.

2. ¡Alabanza y acción de gracias a Dios, de modo particular, por la más santa de entre todas las criaturas, María, amada por el Padre, bendecida a causa de Jesús, fruto de su seno, y santificada y hecha nueva criatura por el Espíritu Santo! Modelo de santidad por haber puesto su vida a disposición del Altísimo, “precede con su luz al peregrinante pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo” (Lumen gentium, 68).

Precisamente hoy se celebra el quincuagésimo aniversario del acto solemne con el que mi venerado predecesor el Papa Pío XII, en esta misma plaza, definió el dogma de la Asunción de María al cielo en cuerpo y alma. Alabamos al Señor por haber glorificado a su Madre, asociándola a su victoria sobre el pecado y la muerte.

A nuestra alabanza han querido unirse hoy, de modo especial, los fieles de Pompeya, que, en gran número, han venido en peregrinación, guiados por el arzobispo prelado del santuario, monseñor Francesco Saverio Toppi, y acompañados por el alcalde de la ciudad. Su presencia recuerda que fue precisamente el beato Bartolo Longo, fundador de la nueva Pompeya, quien comenzó, en 1900, el movimiento promotor de la definición del dogma de la Asunción.

3. Toda la liturgia de hoy habla de santidad. Pero para saber cuál es el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles a la montaña de las bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También hoy nos repite: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El Maestro divino proclama “bienaventurados” y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de prejuicios y condicionamientos y, por tanto, están dispuestos a cumplir en todo la voluntad divina. La adhesión total y confiada a Dios supone el desprendimiento y el desapego coherente de sí mismo.

Bienaventurados los que lloran. Es la bienaventuranza no sólo de quienes sufren por las numerosas miserias inherentes a la condición humana mortal, sino también de cuantos aceptan con valentía los sufrimientos que derivan de la profesión sincera de la moral evangélica.

Bienaventurados los limpios de corazón. Cristo proclama bienaventurados a los que no se contentan con la pureza exterior o ritual, sino que buscan la absoluta rectitud interior que excluye toda mentira y toda doblez.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. La justicia humana ya es una meta altísima, que ennoblece el alma de quien aspira a ella, pero el pensamiento de Jesús se refiere a una justicia más grande, que consiste en la búsqueda de la voluntad salvífica de Dios: es bienaventurado sobre todo quien tiene hambre y sed de esta justicia. En efecto, dice Jesús: “Entrará en el reino de los cielos el que cumpla la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21).

Bienaventurados los misericordiosos. Son felices cuantos vencen la dureza de corazón y la indiferencia, para reconocer concretamente el primado del amor compasivo, siguiendo el ejemplo del buen samaritano y, en definitiva, del Padre “rico en misericordia” (Ef 2, 4).

Bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz, síntesis de los bienes mesiánicos, es una tarea exigente. En un mundo que presenta tremendos antagonismos y obstáculos, es preciso promover una convivencia fraterna inspirada en el amor y en la comunión, superando enemistades y contrastes. Bienaventurados los que se comprometen en esta nobilísima empresa.

4. Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su “felicidad” vendría de traducirlas concretamente en su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria con la experiencia: a pesar de las pruebas, las sombras y los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del reino de Dios.

Esto lo descubrió, de modo particular, María santísima, que vivió una comunión única con el Verbo encarnado, entregándose sin reservas a su designio salvífico. Por esta razón se le concedió escuchar, con anticipación respecto al “sermón de la montaña”, la bienaventuranza que resume todas las demás: “¡Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!” (Lc 1, 45).

5. La profunda fe de la Virgen en las palabras de Dios se refleja con nitidez en el cántico del Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1, 46-48).

Con este canto María muestra lo que constituyó el fundamento de su santidad: su profunda humildad. Podríamos preguntarnos en qué consistía esa humildad. A este respecto, es muy significativa la “turbación” que le causó el saludo del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Ante el misterio de la gracia, ante la experiencia de una presencia particular de Dios que fijó su mirada en ella, María experimenta un impulso natural de humildad (literalmente de “humillación”). Es la reacción de la persona que tiene plena conciencia de su pequeñez ante la grandeza de Dios. María se contempla en la verdad a sí misma, a los demás y el mundo.

Su pregunta: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” (Lc 1, 34) fue ya un signo de humildad. Acababa de oír que concebiría y daría a luz un niño, el cual reinaría sobre el trono de David como Hijo del Altísimo. Desde luego, no comprendió plenamente el misterio de esa disposición divina, pero percibió que significaba un cambio total en la realidad de su vida. Sin embargo, no preguntó: “¿Será realmente así? ¿Debe suceder esto?”. Dijo simplemente: “¿Cómo será eso?”. Sin dudas ni reservas aceptó la intervención divina que cambiaba su existencia. Su pregunta expresaba la humildad de la fe, la disponibilidad a poner su vida al servicio del misterio divino, aunque no comprendiera cómo debía suceder.

Esa humildad de espíritu, esa sumisión plena en la fe se expresó de modo especial en su fiat: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Gracias a la humildad de María pudo cumplirse lo que cantaría después en el Magnificat: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo” (Lc 1, 48-49).

A la profundidad de la humildad corresponde la grandeza del don. El Poderoso realizó por ella “grandes obras” (Lc 1, 49), y ella supo aceptarlas con gratitud y transmitirlas a todas las generaciones de los creyentes. Este es el camino hacia el cielo que siguió María, Madre del Salvador, precediendo en él a todos los santos y beatos de la Iglesia.

6. Bienaventurada eres tú, María, elevada al cielo en cuerpo y alma. El Papa Pío XII definió esta verdad “para gloria de Dios omnipotente (…), para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia” (Munificentissimus Deus: AAS 42).

Y nosotros nos regocijamos, oh María elevada al cielo, en la contemplación de tu persona glorificada y, en Cristo resucitado, convertida en colaboradora del Espíritu Santo para la comunicación de la vida divina a los hombres. En ti vemos la meta de la santidad a la que Dios llama a todos los miembros de la Iglesia. En tu vida de fe vemos la clara indicación del camino hacia la madurez espiritual y la santidad cristiana.

Contigo y con todos los santos glorificamos a Dios trino, que sostiene nuestra peregrinación terrena y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Juan Pablo II, Solemnidad de todos los Santos, 1 de noviembre 2000.

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Benedicto XVI

 

¡Queridos hermanos y hermanas!

Este domingo coincide con la solemnidad de Todos los Santos, que invita a la Iglesia peregrina sobre la tierra a pregustar la fiesta sin fin de la Comunidad celestial, y a reavivar la esperanza en la vida eterna. Transcurren este año 14 siglos desde que el Panteón -uno de los más antiguos y célebre monumentos romanos- fue destinado al culto cristiano y dedicado a la Virgen María y a todos los Mártires: “Sancta Maria ad Martyres”. El templo de todas las divinidades paganas se había así convertido en memorial de los que, como dice el Libro del Apocalipsis, “vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Posteriormente, la celebración de todos los mártires se ha extendido a todos los santos, “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas” (Ap. 7,9) -como se expresa todavía San Juan. En este Año Sacerdotal, me gusta recordar con especial veneración a los santos sacerdotes, tanto a los que la Iglesia ha canonizado, proponiéndolos como ejemplo de virtudes espirituales y pastorales, como aquellos -mucho más numerosos- que el Señor conoce. Cada uno de nosotros conserva la grata memoria de alguno de ellos, que nos ha ayudado a crecer en la fe y no ha hecho sentir la bondad y la cercanía de Dios.


Mañana, nos espera la anual Conmemoración de todos los fieles difuntos. Querría invitar a vivir esta fiesta anual según el auténtico espíritu cristiano, es decir en la luz que procede del Misterio pascual. Cristo ha muerto y resucitado y nos ha abierto el paso a la casa del Padre, el Reino de la vida y de la paz. Quien sigue a Jesús en esta vida es acogido donde Él nos ha precedido. Por tanto, mientras visitamos los cementerios, recordemos que allí, en las tumbas, reposan sólo los restos mortales de nuestros seres queridos a la espera de la resurrección final. Sus alma -como dice la Escritura- ya “están en las manos de Dios” (Sab 3, 1). Por tanto, el modo más propio y eficaz de honrarles es rezar por ellos, ofreciendo actos de fe, de esperanza y de caridad. En unión al Sacrificio eucarístico, podemos interceder por su salvación eterna, y experimentar la comunión más profunda, a la espera de reencontrarnos juntos, para gozar por siempre del Amor que nos ha creado y redimido.

Queridos amigos, ¡qué bella y consoladora es la comunión de los santos! Es una realidad que infunde una dimensión distinta a toda nuestra vida. ¡Nunca estamos solos! Formamos parte de una “compañía” espiritual en la que reina una profunda solidaridad: el bien de cada uno es para beneficio de todos y, viceversa, la felicidad común se irradia en cada uno. Es un misterio que, en cierta medida, podemos ya experimentar en este mundo, en la familia, en la amistad, especialmente en la comunidad espiritual de la Iglesia. Nos ayude María Santísima a caminar rápidamente en la vía de la santidad, y se muestre como Madre de misericordia para las almas de los difuntos.

Queridos hermanos y hermanas, hoy contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos: con ellos formamos el Cuerpo de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo. ¡Alégrese el cielo y exulte la tierra! El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria en medio de sus santos.

 

Benedicto XVI, Angelus, lunes 2 de noviembre de 2009

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

            Yendo a la biblioteca encontré un gran rompecabezas que hicimos hace un tiempo, un rompecabezas de dieciocho mil piezas de un tríptico de la infancia de Jesús. Al verlo se me ocurrió el sermón de todos los santos.

            Me imaginé el cielo y a Cristo sentado a la derecha del Padre, como lo vio San Esteban: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”[1] y delante del trono de Dios a todos los santos como los vio San Juan: “después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”[2]. Pero la multitud de santos como diminutas piezas de un inmenso rompecabezas de Jesús. Sin embargo, la figura de Jesús inacabada aunque su conformación muy avanzada, de tal manera que me di cuenta que era la figura de Jesús. Me pareció que poco faltaba para completar la figura, es decir, pocas piezas faltantes.

            Las piezas colocadas son la multitud de santos que están en el cielo, las piezas faltantes son los predestinados al cielo que todavía no han llegado a la gloria, algunos que militan actualmente en la Iglesia, otros que todavía no han nacido. El rompecabezas quedará concluido con la última pieza que se coloque y entonces acabará el mundo, porque el mundo actual existe por los predestinados al cielo. Cuando se complete el número de predestinado este mundo pasará. “El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá […] Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en la que habite la justicia”[3]. Cuando se complete esa inmensa figura de Cristo será el fin del mundo.

            Sobre ese inmenso rompecabezas los ángeles vienen y van poniendo las piezas. Las piezas son perfectas y cada una distinta de las otras, no cortadas por una máquina ni repetidas sino formadas cada una para ocupar un lugar allí, un lugar exclusivo, cada pieza formada por la infinita creatividad de la Creatividad por esencia.

            Dios no crea a los hombres en serie sino que cada hombre es distinto del otro y cada uno es predestinado para una santidad particular.

            Allí hay un lugar para cada uno de los predestinados, “pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó”[4], un lugar para cada uno de nosotros si le somos fieles como lo han sido los santos porque Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”[5].

           

            (…)

 

            Dentro de cada parte hay partes similares pero no iguales. Tonalidades de colores similares, piezas semejantes.

            Jesús es el dechado, el modelo supremo de santidad y cada santo imita algo de su vida.

            Cada santo ha conectado con la idea eterna de Dios sobre él y se ha dejado modelar por la providencia en el tiempo para formar parte de esa gran figura de Cristo. Cristo es la cabeza. Nosotros somos su cuerpo. La cabeza está en el cielo. Falta completar su cuerpo para que éste el Cristo total, cabeza y cuerpo. Nosotros “somos miembros de su cuerpo”[6], “pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo”[7], que aunque el Apóstol se refiere a la Iglesia militante ese cuerpo llegará a la perfección en la Iglesia triunfante. “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas”[8].

            Allí en el cielo tenemos un lugar preparado, “en la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino”[9], el camino para formar parte de ese gran rompecabezas es la imitación de Cristo y la doctrina segura para llegar al cielo se contiene en las bienaventuranzas.

            Podemos ir viendo en nuestra vida con que santo nos identificamos, quizá de ahí venga nuestra vocación, pero seremos distintos, cada uno distinto, no hay dos santos iguales. Hoy vemos desde aquí abajo ese gran rompecabezas que se va armando en el cielo, es obra de Dios, porque la santidad es obra de Dios y es obra del hombre también, pero principalmente de Dios, “el que te creó sin ti no te justifica sin ti”[10]. Sí, el hombre tiene que dejarse modelar, ser fiel, libremente tiene que dejar a Dios que haga su obra en él, su voluntad eterna.

            ¿Cuánto falta para acabar el rompecabezas? Parece casi armado pero la vista engaña y quizá falten muchas piezas, las más difíciles, las más importantes, los apóstoles de los últimos tiempos.

Que esta vista de la belleza celestial que es la santidad renueve nuestro deseo de ir a ocupar el lugar que Cristo nos tiene preparados en el cielo[11].

_______________________________

[1] Hch 7, 56
[2] Ap 7,  9
[3] 2 P 3, 10.13
[4] Rm 8, 29-30
[5] 1 Tm 2, 4
[6] Ef 5, 30
[7] 1 Co, 12, 12
[8] Flp 3, 20-21
[9] Jn 14, 2-4
[10] San Agustín, Sermón 169,2: ML 38,923, cit. en I-II, 55, 4 obj. 6
[11] Cf. Ef 1, 22-23

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra celebración eucarística se inició con la exhortación “Alegrémonos todos en el Señor”. La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría. Los santos no son una exigua casta de elegidos, sino una muchedumbre innumerable, hacia la que la liturgia nos exhorta hoy a elevar nuestra mirada. En esa muchedumbre no sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina. De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer, como astros llenos de gloria, en el firmamento de Dios.

Hoy la Iglesia celebra su dignidad de “madre de los santos, imagen de la ciudad celestial” (A. Manzoni), y manifiesta su belleza de esposa inmaculada de Cristo, fuente y modelo de toda santidad. Ciertamente, no le faltan hijos díscolos e incluso rebeldes, pero es en los santos donde reconoce sus rasgos característicos, y precisamente en ellos encuentra su alegría más profunda.

En la primera lectura, el autor del libro del Apocalipsis los describe como “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7, 9). Este pueblo comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo.

Pero, “¿de qué sirve nuestra alabanza a los santos, nuestro tributo de gloria y esta solemnidad nuestra?”. Con esta pregunta comienza una famosa homilía de san Bernardo para el día de Todos los Santos. Es una pregunta que también se puede plantear hoy. También es actual la respuesta que el Santo da: “Nuestros santos ―dice― no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos” (Discurso 2: Opera Omnia Cisterc. 5, 364 ss).

Este es el significado de la solemnidad de hoy: al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, suscitar en nosotros el gran deseo de ser como los santos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia.

Esta es la vocación de todos nosotros, reafirmada con vigor por el concilio Vaticano II, y que hoy se vuelve a proponer de modo solemne a nuestra atención.

Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? A esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. “Si alguno me quiere servir ―nos exhorta―, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará” (Jn 12, 26).

Quien se fía de él y lo ama con sinceridad, como el grano de trigo sepultado en la tierra, acepta morir a sí mismo, pues sabe que quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra así la vida (cf. Jn 12, 24-25). La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo.

Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, han afrontado a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, “han pasado por la gran tribulación ―se lee en el Apocalipsis― y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14). Sus nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 20, 12); su morada eterna es el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de él.

La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo (cf. Is 6, 3). En la segunda lectura el apóstol san Juan observa: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida todo es don de su amor. ¿Cómo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo se nos entregó totalmente a sí mismo, y nos llama a una relación personal y profunda con él.

Por tanto, cuanto más imitamos a Jesús y permanecemos unidos a él, tanto más entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrimos que somos amados por él de modo infinito, y esto nos impulsa a amar también nosotros a nuestros hermanos. Amar implica siempre un acto de renuncia a sí mismo, “perderse a sí mismos”, y precisamente así nos hace felices.

Ahora pasemos a considerar el evangelio de esta fiesta, el anuncio de las Bienaventuranzas, que hace poco hemos escuchado resonar en esta basílica. Dice Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de paz, los perseguidos por causa de la justicia” (cf. Mt 5, 3-10).

En realidad, el bienaventurado por excelencia es sólo él, Jesús. En efecto, él es el verdadero pobre de espíritu, el que llora, el manso, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el puro de corazón, el artífice de paz; él es el perseguido por causa de la justicia.

Las Bienaventuranzas nos muestran la fisonomía espiritual de Jesús y así manifiestan su misterio, el misterio de muerte y resurrección, de pasión y de alegría de la resurrección. Este misterio, que es misterio de la verdadera bienaventuranza, nos invita al seguimiento de Jesús y así al camino que lleva a ella.

En la medida en que acogemos su propuesta y lo seguimos, cada uno con sus circunstancias, también nosotros podemos participar de su bienaventuranza. Con él lo imposible resulta posible e incluso un camello pasa por el ojo de una aguja (cf. Mc 10, 25); con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5, 48).

Queridos hermanos y hermanas, entramos ahora en el corazón de la celebración eucarística, estímulo y alimento de santidad. Dentro de poco se hará presente del modo más elevado Cristo, la vid verdadera, a la que, como sarmientos, se encuentran unidos los fieles que están en la tierra y los santos del cielo. Así será más íntima la comunión de la Iglesia peregrinante en el mundo con la Iglesia triunfante en la gloria.

En el Prefacio proclamaremos que los santos son para nosotros amigos y modelos de vida.
Invoquémoslos para que nos ayuden a imitarlos y esforcémonos por responder con generosidad, como hicieron ellos, a la llamada divina.

Invoquemos en especial a María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. Que ella, la toda santa, nos haga fieles discípulos de su hijo Jesucristo. Amén.

 

Benedicto XVI, Homilía, Basílica de San Pedro Miércoles 1 de noviembre de 2006

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Ejemplos Predicables

Gloria

Hay en Galicia una de esas viejas abadías que son un bla­són de gloria para los hombres que las levantaron y un baldón de ignominia para los salvajes que las destruyeron. En el fuste de una de las columnas de su magnífica fachada románica hay un fraile de piedra sentado bajo un árbol de piedra también, en una de cuyas ramas un pajarillo parece cantar. Esta escena recuerda una leyenda llena de encantos.

Estaba muy preocupado el vio monje porque había rezado aquel día unas palabras de David: «Mil días en tu presencia son como el día de ayer que ya pasó.». ¡Dios mío!, decía, ¿cómo puede ser que mil días en tu presencia sean como el día de ayer que no es nada, porque ya pasó?

Agobiado con este pensamiento salió a la huerta. Recorrió a grandes pasos los senderos de arena, y al fin se sentó en un banco de piedra pensando en voz alta: ¿Cómo puede ser eso? ¡No lo entiendo!

 

En esto un pajarillo vino a posarse en la rama de un árbol cercano y comenzó a cantar. Eran tan dulces sus trinos, eran tan armoniosos sus arpegios que el fraile quedó como embobado, se le volaron los pensamientos, y al fin quedó en éxtasis.

¿Cuánto tiempo estuvo así? Una hora; dos horas, ¿quién sabe? Al volver en sí regresó a pasos lentos al convento. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba su vieja casa? ¿Dónde estaba la ven­tana de su celda conocida? Todo era nuevo. Llamó a la puerta. Salió un lego desconocido.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy el Padre… —y dio su nombre—. ¡He salido a la huerta y un pajarillo me ha entretenido un rato!

Llamaron a los Padres. Ninguno le conocía de entre los más viejos. Él repetía una y otra vez su nombre, y al fin el archivero, registrando las Crónicas del convento, averiguó que allí había un fraile de ese nombre, ¡pero que había muerto trescientos años atrás!

El viejo lo comprendió todo. Cayó de rodillas y levantando al cielo los ojos, exclamó:

—                ¡Dios mío! Si los trinos de un pajarillo me ha entretenido trescientos años que a mí me han parecido una hora, ¿qué será estar contigo oyendo los cantos de los ángeles? ¡Verdaderamente que mil años en tu presencia son como el día de ayer que ya pasó!

 

(ROMERO, Recursos oratorios, Sal Terrae Santander 1959, pág. 459-60)

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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