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Domingo XXV Tiempo Ordinario

 

20
septiembre

Domingo XXV

Tiempo Ordinario

 (Ciclo B) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

 

Domingo XXV Tiempo Ordinario (B)

(Domingo 20 de Septiembre de 2015)

 

LECTURAS

 

Condenémoslo a una muerte infame.

 

Lectura del libro de la Sabiduría      2,12.17-20

 

Dicen los impíos:

Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. Veamos si sus palabras son verdaderas y comprobemos lo que le pasará al final. Porque si el justo es hijo de Dios, Él lo protegerá y lo librará de las manos de sus enemigos.

Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su paciencia. Condenémoslo a una muerte infame, ya que él asegura que Dios lo visitará.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

SALMO RESPONSORIAL    53,3-6.8

 

R. El Señor es mi apoyo verdadero

 

Dios mío, sálvame por tu Nombre,

defiéndeme con tu poder.

Dios mío, escucha mi súplica,

presta atención a las palabras de mi boca. R.

 

Dios mío, sálvame por tu Nombre,

porque gente soberbia se ha alzado contra mí,

hombres violentos atentan contra mi vida,

sin tener presente a Dios. R.

 

Pero Dios es mi ayuda,

el Señor es mi apoyo verdadero:

Te ofreceré un sacrificio voluntario,

daré gracias a tu Nombre, porque es bueno. R.

 

 

 

Un fruto de justicia se siembra pacíficamente

 para los que trabajan par la paz

Lectura de la carta de Santiago      3,16-4,3

 

Hermanos:

Donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.

¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden. O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones.

 

Palabra de Dios.

 

Aleluia      Cf. 2Tes.2, 14

 

Aleluia.

Dios nos llamó, por medio del Evangelio,

para que poseamos la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

Aleluia.

 

El Hijo del hombre va a ser entregado.

El que quiera ser el primero debe hacerse el servidor de todos

El Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos      9,30-37

 

Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.

Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les, preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?» Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos».

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a Aquél que me ha enviado».

 

Palabra del Señor.

GUION PARA LA MISA

XXV Domingo del Tiempo Ordinario- 20 de septiembre 2015- ciclo B

 

Entrada: La verdadera grandeza consiste en hacerse pequeño, dócil a la voluntad de Dios y entregado a las necesidades de los hermanos. Que en esta liturgia aprendamos del mismo Cristo a ser más humildes de corazón.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                    Sb 2,12.17-20

El justo, por su conducta, es un continuo reproche para el impío por el amor y confianza que tiene  en Dios.

 

Salmo Responsorial: 53

 

Segunda Lectura:                                                     St 3,16-4,3 

La Sabiduría mora en los que procuran quitar la discordia y la disensión e instaurar el reino de los cielos.

 

Evangelio:                                                               Mc 9,30-37

Nuestro Señor nos enseña que en el Reino Mesiánico es primero el que busca el último lugar y se hace servidor de todos.

 

Preces:

Ante Dios todos somos indigentes. Acudamos a él con la humildad y la confianza con que los niños acuden a sus padres.

 

A cada intención respondemos cantando:

* Para que sea escuchada la voz del Papa a favor de la paz y de la unidad y concordia en todo el genero humano.  Oremos.

* Por la conversión de judíos y musulmanes y para que los cristianos sean luz y sal para todos los que no creen en Dios. Oremos

.* Por el aumento y santidad de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Oremos.

* Por nuestra patria para que crezca y se afiance en sus raíces cristianas. Oremos.

Dios nuestro, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua; y pues sin tu ayuda no puede mantener su firmeza, que tu protección la dirija y la sostenga siempre. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

La humillación de Cristo crucificado nos eleva y nos dignifica haciéndonos agradables a Dios. A Él nos ofrecemos, y presentamos:

* Pan y vino, para que en el ara santa sean transubstanciados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo nuestro Redentor.

Comunión: Jesús manso y humilde, haz que por esta santa comunión mi corazón se haga semejante al tuyo.

 

Salida: Virgen Santísima haznos saborear la dulzura de sabernos niños en los brazos de Dios, confiados en su poder, abandonados en su infinito Amor.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·             Rudolf Schuackernburg


Segundo anuncio de la Pasión

SEGUNDO ANUNCIO DE LA PASIÓN (9, 30-50). El segundo vaticinio de los padecimientos y muerte de Jesús señala una nueva sección, cuyo destino a la comunidad resulta aún más claro. La conversación con los discípulos «en la casa» (9,33) viene a establecer el marco para una especie de catecismo comunitario, que contiene algunas sentencias de Jesús, diversas por su contenido pero homogéneas por su destino a la comunidad.

Los pequeños fragmentos están eslabonados mediante ciertas palabras nexo, procedimiento antiguo para recordar las sentencias de Jesús y transmitirlas a otros. Esta peculiar composición formada mediante palabras nexo (9,33-50), ciertamente anterior a Marcos, muestra cómo la comunidad recordaba «las palabras del Señor» (cf. Hec_20:35) y las aplicaba a su propia situación. Mateo dispone en parte del mismo material -aunque utiliza una fuente más amplia de sentencias- para redactar una «regla de la comunidad», una instrucción sobre la conducta fraterna en la comunidad de los discípulos (c. 18). La última disposición es ciertamente obra del evangelista.

A través de estas antiguas colecciones de sentencias y de su elaboración por parte de los evangelistas, logramos indirectamente ciertos atisbos sobre la vida de las primitivas comunidades cristianas y observamos cómo los predicadores y maestros -entre los que hay que contar también a los evangelistas- instruían y aconsejaban con palabras del Señor. Se podría estudiar la composición así formada, como un todo o en cada uno de sus elementos particulares; vamos a intentar un resumen con fines de meditación.

a) El segundo anuncio (Mc/09/30-32).

30 Habiendo salido de allí, atravesaban Galilea, y él no quería que lo supiera nadie; 31 porque iba enseñando a sus discípulos, diciéndoles: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, y le darán muerte; pero, después de muerto, resucitará a los tres días.» 32 Pero ellos no comprendían tales palabras; y sin embargo, les daba miedo de preguntarle.

Con la frase introductoria quiere el evangelista hacer el tránsito de los fragmentos que acaba de presentar a un nuevo material de tradición y anunciar la marcha de Jesús hacia Jerusalén. Pues en los capítulos siguientes acentúa la impresión, de una manera planificada, de que Jesús está en camino hacia la ciudad santa. Según 10,1, llega a la región de Judea y al Este del Jordán; en 10,17 continúa su camino; en 10,32 ya se dice expresamente que la meta es Jerusalén; en 10,46 llega a Jericó; en 11,1 se aproxima a la capital a través de Betfagé y de Betania, y finalmente penetra en Jerusalén y en el templo (11,1).

Los datos geográficos son poco precisos, a veces obscuros y hasta equívocos. Muchas piezas, como la instrucción a las turbas en 10,1, el diálogo con los fariseos en 10,2 ss, la bendición de los niños en 10,13 ss, no encajan en este cuadro; y el cambio de auditorio -el pueblo, los discípulos- confirma la impresión de que las perícopas más bien se han reunido desde unos puntos de vista teológicos. La subida a Jerusalén tiene un significado teológico porque allí debe cumplirse para Jesús el destino de muerte que Dios ha dispuesto sobre él. Los discípulos entran también en ese camino, «Jesús caminaba delante de ellos» (10,32); y la comunidad debe saber que todo esto se lo dice también a ella su Señor mientras se encamina hacia la cruz. Lo cual da a sus palabras una suma gravedad, especialmente si la comunidad debe reconocer en la incomprensión de los discípulos y en su actitud contraria al Espíritu su propia imagen.

Lucas ha dispuesto esta marcha de Jesús a Jerusalén, que el Señor emprende con plena conciencia y santa decisión (Luc_9:51), con una estructuración más vigorosa y mayor carga teológica, bajo la idea dominante de que en Jerusalén se ha cumplido el destino de los profetas y allí debe cumplirse también el del Mesías (cf. 13,32-35).

En el texto presente Marcos hace pasar a Jesús por Galilea, la patria del Evangelio y el escenario de sus obras poderosas, sin detenerse y procurando a toda costa no ser reconocido. Es el abandono definitivo de los lugares en que desarrolló su actividad, la interrupción de su proclama de la salvación, porque ha sonado la hora de que el Hijo del hombre sea entregado y muerto. «Y él no quería que lo supiera nadie.» Nadie puede impedir la marcha de Jesús, nadie puede hacerle volver atrás. A diferencia de lo que ocurría cuando imponía las órdenes de silencio, aquí no oímos nada sobre que se difunda la fama de sus propósitos. Si en los últimos capítulos se vuelve a mencionar o a presentar al pueblo repetidas veces, ello se debe a otras razones expositivas.

Comparado con el primero, sorprende que en este segundo anuncio de la pasión no se mencione el «es necesario», reflejo de la disposición divina. En lugar de eso, se dice categóricamente: «será entregado». El obscuro suceso se ha convertido en una realidad y empieza ahora a verificarse. Jesús ha tomado una decisión y se pone inmediatamente en camino. Pero el misterio, humanamente incomprensible, persiste en toda su dureza opresiva: el Hijo del hombre «será entregado en manos de los hombres». En 8,31 se dijo que sería rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; es decir, por las autoridades teocráticas del judaísmo. Ahora la forma de expresión es todavía más radical: el Hijo del hombre, llamado por Dios a la gloria (8,38), es entregado a los hombres.

El verbo griego (paradídomi: ser entregado) no indica aquí (9,31) expresamente la traición que llevó a cabo uno de los discípulos de Jesús -acción que describe el mismo verbo-, ni la simple entrega a un tribunal humano, sino algo más profundo y vasto: la entrega del Hijo del hombre a la violencia de los hombres… porque Dios lo permite y quiere. Eso es lo que indican la expresión semitizante «en manos de los hombres» y la forma pasiva. Es una fórmula preferida por la primitiva teología cristiana para expresar la muerte expiatoria que Dios dispuso para su Hijo. «Fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (/Rm/04/25). Entregado por Dios, Jesús se entrega personalmente a la muerte (cf. Rom_8:32; Gal_2:20; Efe_5:2). En estos textos late seguramente la idea de la muerte expiatoria y vicaria del siervo de Yahveh, del que se dice en Isa_53:6 : «El Señor le ha cargado sobre las espaldas la iniquidad de todos nosotros», y más adelante: «Su vida fue entregada a la muerte» (Isa_53:12 según la versión de los LXX).

En los anuncios de la pasión todavía no se encuentra el «por nosotros» o «por nuestros pecados»; estos anuncios gravitan por completo en torno a la idea del «rechazado y vilipendiado por los hombres», «entregado en manos de los hombres», lo que equivale a decir en manos de los pecadores (cf. Mar_14:41). La total impotencia del Hijo del hombre, el poder de la maldad humana sobre él, eso es lo que indica el «ser entregado», con alusión clara desde luego al cántico del siervo de Yahveh (cf. también 1Co_11:23).

Los hombres matarán al Hijo del hombre, pero cuando le hayan matado, Dios introducirá un cambio inmediato: le resucitará. La indicación temporal «a los tres días» expresa esta intervención inmediata de Dios (véase el comentario a 8,31). De nuevo los discípulos no comprenden absolutamente nada. Ya no contradicen a Jesús, ni siquiera se atreven a preguntarle, víctimas como son del terror y del pasmo. Sus palabras -el anuncio completo de la muerte por obra de los hombres y de la resurrección- es tan grande e incomprensible, que les invade el asombro, como les había ocurrido después del apaciguamiento de la tempestad (4,41). La palabra de Jesús es intangible, inevitable, como aquella otra que precedió a la negación de Pedro, y que este discípulo recordará amargamente después de su defección (14,72). La comunidad debe saber que Jesús la ha pronunciado refrendando el designio de Dios y descubriendo los pensamientos divinos. Según esta palabra, la muerte de Jesús es un recuerdo indeleble de la malicia de los hombres, y también del poder de Dios.

b) Discusión sobre el primer puesto (Mc/09/33-37).

33 Llegaron a Cafarnaúm. Y estando ya él en la casa, les preguntaba. «¿De qué veníais discutiendo en el camino?» 34 Pero ellos guardaban silencio; porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién era el mayor. 35 Y sentándose, llamó a los doce y les dijo: «El que quiera ser primero, que sea último de todos y servidor de todos.» 36 Luego tomó a un niño y lo puso delante de ellos y, abrazándolo, les dijo: 37 «Todo el que acoge a uno de estos niños en mi nombre, es a mí a quien acoge; y quien me acoge a mí, no me acoge a mí» sino a aquel que me envió.»

A pesar de la subida a Jerusalén (cf. v. 30), nos encontramos de nuevo en Cafarnaúm, al Norte de Galilea. Pero el evangelista ha creado este marco para su colección de sentencias, porque Cafarnaúm es la ciudad en que Jesús se halla «en casa» (cf. 2,1), es decir, en la casa de Simón y de Andrés (1,29). Aquí la idea es también ésta: Jesús, en el viaje que ha emprendido hacia el lugar de su pasión y muerte, vuelve una vez más a la «casa» e imparte a sus discípulos nuevas e importantes enseñanzas. La comunidad sabe que es ella también la destinataria de estas palabras de Jesús a los doce.

De camino, mientras el pensamiento de Jesús se sumergía por completo en su pasión, los discípulos han discutido entre sí sobre quién era el mayor; tan lejos estaban del Maestro, tan poco habían comprendido lo que significaba el seguimiento de Jesús. Es el mismo contraste que media entre el primer anuncio de la pasión que hace Jesús y la oposición de Pedro (8,31 ss). Todos los discípulos son presa de la ideología humana llegando incluso a disputarse el primer puesto. Pero Jesús -eso es lo que indica el evangelista con la pregunta que les dirige- los conoce, y ellos permanecen callados. (…) La observación inmediata de que se sentó -postura propia del maestro (cf. 4,1s; 13,3)- y llamó a los doce, (…) indica (…) que tiene algo especial que decir (cf. 6,7) a los representantes del pueblo de Dios (3,13 ss). Los doce aparecen varias veces como sus compañeros en el camino que le lleva a la muerte (10,32; 11,11; 14,17). Jesús los introduce espiritualmente -y con ellos la comunidad- en ese camino. Se crea así el marco para las palabras que siguen, que el evangelista toma de la tradición.

La sentencia de que el discípulo de Jesús que aspire al primer puesto debe ser justamente el último y el servidor de todos, nos la transmiten los Evangelios en una quíntuple redacción; tan importante era para la Iglesia primitiva. En Marcos presenta aún otro tenor literal (grande-servidor, primero-esclavo de todos) después del anuncio tercero de la pasión, cuando los hijos de Zebedeo solicitan de Jesús los primeros puestos en su reino (10,43). Allí presenta un cierto clímax: todavía los discípulos no han aprendido nada, sino que se irritan por la pretensión de sus compañeros (10,41). El logion se repite en aquel pasaje -escogido también con particular intención- de una forma más explícita y fuerte, adquiriendo una motivación más grave al remitirse al ejemplo del Hijo del hombre que ha venido para servir y dar su vida en rescate (10,45). Mateo ha comentado la palabra a su manera (18,14)[1], mientras que Lucas traslada la disputa sobre la primacía al lugar de la última cena (/Lc/22/24-27), con lo que la comunidad puede comprender mejor que esta ley del servicio mira a su propia vida, y muy concretamente a sus reuniones, al banquete del amor con el servicio de la mesa.

En el pasaje que nos ocupa la sentencia no presenta una construcción totalmente regular. «Primero» y «último» ofrece el máximo contraste; pero todavía se añade, a modo de aclaración, «y servidor de todos». Este motivo del servicio aparece en todos los textos, exceptuando Luc_9:48c. La exigencia que Jesús presenta de este modo a cuantos quieran pertenecer a la comunidad de sus discípulos y pertenecerle a él, ataca en lo más profundo el afán de orgullo y poder en el hombre, y trastorna el orden que tantas veces prevalece entre los hombres (cf. 10,42).

Por provocante que pueda resultar la palabra de Jesús, no pretende desencadenar una revolución contra los gobernantes terrenos, sino crear un orden nuevo que refleje el dominio de Dios y permita entrever su reino venidero. Pues, Dios domina por medio de su amor misericordioso, y Jesús ejerce el poder que Dios le ha confiado mediante su servicio. La sociedad de los discípulos y la comunidad futura quedan puestas así bajo una nueva ley, que parece contradecir los hechos de la convivencia humana tal como los presenta a menudo la historia; pero que, sin embargo, constituye la auténtica liberación en la lucha incesante de los hombres entre sí, en la batalla de los intereses de grupo, en la guerra por el dominio y el poder. (…)

Jesús toma a un niño y le pone en medio de los discípulos; le abraza y le acaricia, detalle que Marcos también anota en la otra escena de niños, cuando Jesús los bendice (Rom_10:16). (….) Llama especialmente la atención en nuestro pasaje que un niño sea el representante de Jesús (v. 37b). Atendiendo al verdadero sentido, la escena presentaría una estrecha semejanza con la del juicio final en que Jesús se identifica con los atribulados y los que padecen necesidad (Mat_25:31-46). La Iglesia primitiva ha debido entenderlo así, siendo esto un testimonio en favor de cómo había juzgado la acogida de un niño indefenso y necesitado de protección.

En el contexto actual (…), en que se pone a un niño ante los ojos de los discípulos, no como símbolo de la pequeñez y humildad cual ocurre en Mateo (18,3s), sino como objeto de sus cuidados, la sentencia adquiere un significado distinto. Jesús quiere y acaricia a dicho niño y se declara en favor suyo, cual si quisiera decir a los discípulos: Vosotros aspiráis al primer puesto, pero quien desea pertenecerme debe respetar lo pequeño e insignificante, pues, en un niño así encuentro yo al hombre mismo. Jesús es amigo de los hombres pequeños y despreciados, para quienes el niño es como un símbolo. En consecuencia, Jesús habría puesto aquí ante los ojos de los discípulos de un modo indirecto su propio ejemplo, su propia postura y sus sentimientos personales (de modo parecido a como lo hace en 10,45).

(…)

 

(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

 


[1] Mateo habla a su comunidad de una forma nueva; para él el «reino de los cielos» tal vez está ya referido a la Iglesia, al menos en el sentido de que ella es la imagen presente y el campo de operaciones del reino futuro. Al niño se le presentó ya como símbolo del sentimiento humilde (v. 4).

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Comentario Teológico

·        Xavier Leon – Dufour

 

Servir

La palabra servicio adopta dos significados opuestos en la Biblia, según designe la sumisión del hombre a Dios o la sujeción del hombre por el hombre bajo la forma de esclavitud. La historia de la salvación enseña que la liberación del hombre depende de su sumisión a Dios y que «servir a Dios es reinar» (Bendición de los ramos).

I. SERVICIO Y ESCLAVITUD. En las mismas relaciones humanas significa ya servir dos situaciones concretas profundamente diferentes: la del*esclavo, tal como aparece en el mundo pagano, en que el hombre en servidumbre está puesto al nivel de los animales y de las cosas, y la del *servidor, tal como la define la ley del pueblo de Dios: el esclavo no deja de ser hombre y tiene su puesto en la familia, de modo que siendo verdadero servidor puede llegar a ser en ella hombre de confianza y heredero (Gén 24,2; 15,3). El vocabulario también es ambiguo: `abad (hebr.) y duleuein (gr.) se aplican a las dos situaciones. Sin embargo hay servicios, en los que la dependencia tiene carácter honorífico, sea el servicio del rey por sus oficiales (hebr. serat), sean los servicios oficiales, en el primer rango de los cuales se halla el servicio cultual (gr. leiturgein).

II. AT: SERVICIO CULTUAL U OBEDIENCIA. Servir a Dios es un honor para el pueblo con el que él ha hecho alianza. Pero nobleza obliga. Yahveh es un Dios celoso que no puede soportar rivales (Dt 6,15), como lo dice una Escritura que citará Cristo: «Adorarás al Señor tu Dios y a él solo servirás» (Mt 4,10; cf. Dt 6,13). Esta fidelidad debe manifestarse en el culto y en la conducta. Tal es el sentido del precepto, en que se acumulan los sinónimos del servicio de Dios: «Seguiréis a Yahveh, le temeréis, guardaréis sus mandamientos, le obedeceréis, le serviréis y os allegaréis a él» (Dt 13,4-5).

1. Servicio cultual. Servir a Dios es primero ofrecerle dones y sacrificios y asumir el cuidado del templo. A este título los sacerdotes y los levitas son «los que sirven a Yahveh» (Núm 18; lSa 2,11.18; 3,1; Jer 33,21s). El *sacerdote se define, en efecto, como el guardián del santuario, el servidor del dios que lo habita,. el intérprete de los oráculos que pronuncia (Jue 17,5s).

A su vez el fiel que cumple un acto de culto «viene a servir a Yahveh» (2Sa 15,8). Finalmente, la expresión designa el culto habitual de Dios y viene a ser poco a poco sinónimo de *adorar (Jos 24,22).

2. Obediencia. El servicio que exige Yahveh no se limita a un culto ritual; se extiende a toda la vida mediante la *obediencia a los mandamientos. Los profetas y el Deuteronomio no cesan de repetirlo: «La obediencia es preferible al mejor sacrificio» (lSa 15,22; cf. Dt 5,29ss), revelando la exigente profundidad de esta obediencia: «Lo que yo quiero es amor, no sacrificios» (Os 6,6; cf. Jer 7).

III. SERVIR A Dios SIRVIENDO A LOS HOMBRES. Jesús utiliza los términos mismos de la ley y de los profetas (Mt 4,10; 9,13) para recordar que el servicio de Dios excluye cualquier otro culto y que en razón del amor que lo inspira debe ser integral. Puntualiza el nombre del rival que puede poner obstáculo a su servicio: el dinero, cuyo servicio hace al hombre injusto (Lc, 16,9) y cuyo amor dirá el Apóstol, haciéndose eco del Maestro, que es un culto *idolátrico (Ef 5,5). Es preciso escoger: «No se puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24 p). Si se ama al uno, se odiará y se despreciará al otro. Por eso la renuncia a las riquezas es necesaria a quien quiera *seguir a Jesús, que es el *siervo de Dios (Mt 19,21).

1. El servicio de Jesús. El Hijo muy amado, enviado por Dios para coronar la obra de los servidores del AT (Mt 21,33… p), viene a servir. Desde su infancia afirma que le reclaman los asuntos de su Padre (Lc 2,49). El desarrollo de su vida entera está bajo el signo de un «hay que», que expresa su ineluctable dependencia de la *voluntad del Padre (Mt 16,21 p; LG 24,26); pero tras esta necesidad del servicio que lo lleva a la cruz revela Jesús el amor, único que le da su dignidad y su valor: «Es preciso que el mundo sepa que amo a mi Padre y que obro como me lo ha ordenado el Padre» (Jn 14,30).

Sirviendo a Dios salva Jesús a los hombres reparando así su negativa de servir, y les revela cómo quiere ser servido el Padre : quiere que se consuman en el servicio de sus hermanos como Jesús mismo lo hizo, Jesús que es su señor y su maestro: «El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida» (Me 10,45 p); «Yo os he dado ejemplo… El servidor no es mayor que el amo» (Jn 13,15s); «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (lec 22,27).

2. La grandeza del servicio cristiano. Los servidores de Cristo son en primer lugar los servidores de la *palabra (Act 6,4; Le 1,2), los que anuncian el *Evangelio cumpliendo así un servicio sagrado (Rom 15,16; Col 1,23; Flp 2,22), «con toda *humildad», y si es preciso «en lágrimas y en medio de las *pruebas» (Act 20, 19). En cuanto a los que sirven a la comunidad, como lo hacen en particular los diáconos (Act 6,1-4), Pablo les enseña en qué condiciones este servicio será digno del Señor (Rom 12,7.9-13). Por lo demás, todos los cristianos por el bautismo han pasa-do, del servicio del pecado y de la ley, que era una esclavitud, al servicio de la justicia y de Cristo, que es la libertad (Jn 8,31-36; Rom 6-7; cf. lCor 7,22; Ef 6,6). Sirven a Dios como hijos y no como esclavos (Gál 4), pues sirven en la novedad del Espíritu (Rom 7,6). La gracia, que los hizo pasar de la condición de,.servidores a la de *amigos de Cristo (Jn 15,15) les da poder servir tan fiel-mente a su Señor que están ciertos de participar en su gozo (Mt 25,14-23; Jn 15,1Os).

 

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

 

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Santos Padres

·        San Gregorio Magno

 

NUEVA CONVERSACIÓN SOBRE LA PASIÓN

1. A fin de que sus discípulos no le dijeran: «¿Por qué estamos aquí, en Galilea, continuamente?», el Señor les habla nuevamente de su pasión, pues con sólo oír eso no querían ni ver Jerusalén. Mirad, si no, cómo, aun después de reprendido Pedro, aun después que Moisés y Elías habían hablado sobre ella y la habían calificado de «gloria», a despecho de la voz del Padre, emitida desde la nube, y de tantos milagros y de la resurrección inmediata (pues no les dijo que había de durar mucho tiempo en la muerte, sino que al tercer día resucitaría), a despecho de todo esto, no pudieron soportar el nuevo anuncio de la pasión, sino que se entristecieron, y no como quiera, sino profundamente. Tristeza que procedía de ignorar la fuerza de las palabras del Señor. Así lo dan a entender Marcos y Lucas al decirnos: Marcos, que ignoraban la palabra y tenían miedo de preguntarle ; y Lucas, que aquella palabra era para ellos oculta, para no comprender su sentido, y temían preguntarle sobre ella . —Pero si lo ignoraban, ¿cómo se entristecieron? —Porque no todo lo ignoraban. Que había de morir, lo sabían perfectamente, pues se lo estaban oyendo a la continua; más qué muerte había de ser aquélla y cómo había de terminar rápidamente y los bienes inmensos que había de producir, todo eso sí que no lo sabían aún a ciencia cierta, como ignoraban en absoluto qué cosa fuera, en fin, la resurrección. De ahí su tristeza, pues no hay duda que amaban profundamente a su Maestro.

 CELOS ENTRE LOS APÓSTOLES

En aquel momento, se acercaron a Jesús sus discípulos y le dijeron: ¿Quién es, pues, el mayor en el reino de los cielos? Sin duda los discípulos habían experimentado algún sentimiento demasiado humano, que es lo que viene a significar el evangelista al decir: En aquel momento, es decir, cuando el Señor había honrado preferentemente a Pedro. Realmente, de Santiago y Juan, uno tenía que ser primogénito, y, sin embargo, nada semejante había hecho con ellos. Luego, por vergüenza de confesar la pasión de que eran víctimas, no le dicen claramente al Señor: “¿Por qué razón has preferido a Pedro a nosotros? ¿Es que es mayor que nosotros? El pudor les vedaba plantear así la pregunta, y lo hacen de modo indeterminado: ¿Quién es, pues, el mayor? Cuando vieron preferidos a los tres —Pedro, Santiago y Juan—, no debieron de sentir nada de eso; pero cuando ven que el honor se concentra en uno solo, entonces es cuando les duele. Y no fue eso solo, sino que sin duda se juntaron muchos otros motivos para encender su pasión. A Pedro, en efecto, le había dicho el Señor: A ti te daré las llaves… Y: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás. Y ahora: Dáselo por mí y por ti. Y lo mismo había de picarles ver tanta confianza como tenía con el Señor. Y si Marcos cuenta que no le preguntaron, sino que lo pensaron dentro de sí, no hay en ello contradicción con lo que aquí cuenta Mateo. Lo probable es que se diera lo uno y lo otro. Y es probable también que esos celillos los sintieran ya antes en otra ocasión, una o dos veces; pero ahora lo manifestaron y lo andaban revolviendo dentro de sí mismos. Vosotros, empero, os ruego que no miréis solamente la culpa de los apóstoles, sino considerad también estos dos puntos: primero, que nada terreno buscan, y, segundo, que aun esta pasión la dejaron más adelante y unos a otros se daban la preferencia. Nosotros, en cambio, no llegamos ni a los defectos de los apóstoles, y no preguntamos quién sea el mayor en el reino de los cielos, sino quién sea el mayor, quién el más rico, quién el más poderoso en el reino de la tierra.

LECCIÓN DE HUMILDAD

¿Qué les responde, pues, Cristo? El Señor les descubre su conciencia, y no tanto responde a sus palabras cuanto a su pasión. Porque: Llamando a sí—dice el evangelista—a un niño pequeño, les dijo: Si no os cambiáis y os hacéis como este niño pequeño, no entraréis en el reino de los cielos. Vosotros me preguntáis quién es el mayor y andáis porfiando sobre primacías; pero yo os digo que quien no se hiciere el más pequeño de todos, no merece ni entrar en el reino de los cielos. Y a fe que pone un hermoso ejemplo; y no es sólo ejemplo lo que pone, sino que hace salir al medio al niño mismo, a fin de confundirlos con su misma vista y persuadirles así a ser humildes y sencillos. A la verdad, puro está el niño de envidia, y de vanagloria, y de ambición de primeros puestos. El niño posee la mayor de las virtudes: la sencillez, la sinceridad, la humildad. No necesitamos, pues; sólo la fortaleza, ni sólo la prudencia: también es menester esta otra virtud, la sencillez, digo, y la humildad. A la verdad, si estas virtudes nos faltan, nuestra salvación anda coja también en lo más importante. Un niño, ora se le injurie, ora se le alabe, ya se le pegue, ya se le honre, ni por lo uno se irrita ni por lo otro se exalta.

LA NATURALEZA NO ES DE SUYO MALA

3. Mirad cómo nuevamente nos convida el Señor a las virtudes naturales, haciéndonos ver que lo que es natural puede también hacerse por voluntad y cerrando de paso la boca a la rabia perversa de los maniqueos. Porque si la naturaleza fuera cosa mala, ¿cómo es que de ella saca el Señor los ejemplos de la filosofía? A mi parecer, allí les puso en medio un niño muy pequeñuelo, exento que está de todas las pasiones. Un niño así está exento de orgullo, de ambición de gloria, de envidia, de terquedad y de todas las pasiones semejantes; y, teniendo muchas virtudes: la sencillez, la humildad, la indiferencia de las cosas, por ninguna de ellas se exalta. Doble filosofía: poseer las virtudes y no engreírse por ellas. De ahí que lo tomara el Señor y lo pusiera en medio. Y no cerró ahí su discurso, sino que lleva más adelante su exhortación, diciéndoles: Y quienquiera recibiere a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. No sólo—les dice—recibiréis recompensa grande si os hacéis vosotros mismos como niños, sino también si honráis a otros que tales sean por amor de mí. Por el honor que a ellos les rindáis, os señalo también por recompensa el reino de los cielos. O, por mejor decir, cosa aún mayor pone al decir: A mí me recibe. Tanto es el amor que yo tengo a la humildad y a la sencillez. Porque por niño entiende aquí el Señor a los que como niños son sencillos y humildes, a los que son desechados y despreciados por el vulgo.

San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, II, Homilía 58, 1-3, BAC Madrid 1956, 216-24

 

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E

.        P. Jorge Loring, S.J.


P. Alfredo Sáenz, S.J.

LA HUMILDAD

El comienzo del evangelio de hoy nos trae el recuerdo del texto que escuchamos el domingo pasado donde Jesús nos anunciaba su futura pasión, muerte y resurrección. Aquí, como allá, se nos dice que los discípulos nada comprendieron de ese lenguaje, tan duro para la razón, y tan decepcionante para sus esperanzas mesiánicas entendidas en un sentido puramente horizontalista y temporal.

Pero el evangelio de este domingo nos aporta nuevos ele­mentos. En él se nos dice que, luego de atravesar la Galilea, Jesús y sus discípulos llegaron a Cafarnaúm. Y entonces Jesús les preguntó de qué habían estado hablando durante el camino. Ellos callaron, porque les daba un poco de vergüenza declarar que habían estado discutiendo sobre quién de ellos era el más grande. Es que seguían entendiendo la misión de Cristo como si lucra una empresa política o social. Entonces se trataba de ver cuál de ellos ocuparía el puesto de primer ministro.

I. LA AUTORIDAD COMO SERVICIO

Jesús es paciente. Nos dice el evangelio que se sentó, llamó junto a a los Doce, y los aleccionó: «El que quiera ser el primero debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Lo que dice el Señor acaece en todos los ámbitos. El que pretende ejercer el mando, en cualquier orden de la actividad humana, debe saberse en función de servicio. Porque tener autoridad no es una cosa mala, como a veces parece insinuarse. No implica una actitud de orgullo. Por el contrario. Es estar para los demás. El que, por ejemplo, preside una familia, lo hace en beneficio de quienes integran su hogar. El que preside los destinos de una Nación, es alguien que debe ponerse al servicio de su pueblo. Por lo demás, estar en actitud de servicio en modo alguno significa abdicar la propia autoridad, sino, por el contra­rio, ejercerla. Porque el servicio especifico que le corresponde prestar a la autoridad es precisamente ser tal, ser autoridad de veras. El que no tiene a nadie bajo su mando fácilmente se torna egoísta, fácilmente piensa sólo en sí mismo. En cambio quien tiene a su cargo a otras personas, debe salir de sí, debe pensar en ellos, debe ponerse a su disposición, debe poner su talento de conductor en favor de los conducidos.

Si esto acontece en todos los campos del quehacer humano, con mucha mayor razón debe suceder en la Iglesia, la cual, por lo demás, sigue también en esto el ejemplo de Cristo. El Señor era bien consciente de su señorío, de su autoridad. «¿Tú eres Rey?», le preguntó Pilatos. «Yo para eso nací —le respon­dió—, para eso vine al mundo». Y, sin embargo, no rehuyó las humillaciones. No desdeñó vivir para los demás, servir a los demás. Por eso el Papa, vicario de Cristo en la tierra, gusta llamarse a sí mismo «siervo de los siervos de Dios». Porque está en función de servicio respecto de todos los miembros de la Iglesia, de todos sus integrantes, que son, también ellos, servi­dores de Dios.

2. LA VIRTUD DE LA HUMILDAD

Pero al decimos hoy el Señor: «El que quiera ser el primero debe hacerse el último de todos y el servidor de los demás», implícitamente nos está exhortando, a todos, a la virtud de la humildad, esa virtud tan hermosa, pero cuya adquisición, tanto nos cuesta. Dediquemos, pues, el tiempo que nos resta para decir algo acerca de esta virtud.

La humildad está en el punto de partida de todas las virtudes. Implica tomar conciencia de que lo que tengo de bueno procede de la bondad de Dios. Si acaso soy grato a Dios, es porque primero El me amó gratuitamente. Por el hecho de que el Señor me ama, por eso me encuentra amable, me ve amable. Decía San Agustín que lo que el hombre hace de malo, eso sí que es propiedad suya; en cambio, lo que hace de bueno se lo debe a Dios; cuando comiences a obrar bien, no lo atribuyas a ti mismo, y al reconocer que no es de ti, dale gracias a Dios que te ha concedido Obrar así. De nosotros mismos, principalmente en el orden sobrenatural, no somos capaces de nada. Ni siquiera de decir «Señor Jesús», sin la ayuda del Espíritu, como enseña San Pablo.

Preciosa joya esta virtud de la humildad, cuyo nombre proviene de «humus», tierra, porque supone el sabernos por derecho propio ciudadanos de la llanura, pequeños delante de Dios, como los niños que en todo dependen de sus padres.

Reconocernos pobres, niños y desvalidos, como realmente lo somos delante de Dios: eso es la humildad. «Humildad es andar en verdad» decía Santa Teresa, ubicarse donde corresponde. «Conocerte a ti, Señor, conocerme a mí», anhelaba San Agustín. Para conocerme a mí, nada            mejor que conocer a Dios. Mirando su grandeza, mediré el abismo de mi miseria. Humildad que no es pusilanimidad, o sea el reverso de la magnanimidad, sino al contrario, su presupuesto fundamental. Aspirar a cosas grandes confiando en nuestras propias fuerzas, puede que sea contrario a la humildad, pero no lo es que tendamos a ellas poniendo nuestra confianza en el auxilio divino. El hombre se exalta tanto más ante Dios cuanto más se somete a El por la humildad. Una cosa es ser exaltado por Dios, y otra muy distinta levantarse en contra de Dios: quien ante El se postra, por El es exaltado; quien se yergue contra Dios, por El es derribado.

La humildad consiste, como enseña también Santa Teresa, en «quitar de nosotros y poner». Hacer en nuestro interior un vacío de nosotros mismos para que Dios pueda llenarlo con su presencia. ¿Quién lo hizo mejor que nuestra Madre, la Santísima Virgen María, que de tal modo se vació de sí misma, de tal modo hizo de sí un pozo, un abismo de humildad, que atrajo no sólo la mirada de Dios sino la presencia misma, la presencia física del Señor? Dios sintió el vértigo de la humildad de María y entonces se anidé en su seno, se encarnó en sus entrañas. Por eso Ella es la primera de las creaturas, la reina de todo lo creado. Se hizo la última, la servidora de todos, la esclava del Señor. Y en atención a ello Dios la constituyó primera.

Volvemos así a lo que decía Jesús a sus discípulos: el que quiera ser el primero, habrá de hacerse el último de todos y el servidor de los demás. Puesto que sólo aquel que se haya vaciado de sí mismo y se haya llenado de Dios, será digno de ser el primero. Si tiene que gobernar, lo hará entonces con espíritu de servicio. Ya no se buscará a sí mismo, porque habrá desertado de sus propios gustos, pasiones y ambiciones. Y así será enteramente apto para entregarse a los demás, para ponerse al servicio de los demás. Como la Virgen María, que vacía de sí misma, supo ofrecer al mundo el servicio más extraordinario: dio carne al Verbo y se asoció estrechamente con El para la redención del mundo. No fue otro sino ella la puerta por la cual Dios entró en nuestro mundo pecador.

Sin duda que a todos nos cuesta mucho la humildad. Casi inconscientemente estarnos siempre buscando ser los primeros. Pues bien, si queremos ser realmente los primeros, sigamos el consejo de Jesús, vaciémonos de nosotros mismos, seamos los últimos en espíritu, pongámonos al servicio de los demás.

Al término de este evangelio hemos escuchado cómo Jesús, luego de haber incitado a la humildad, tomando a un niño, lo puso en medio de los discípulos vanidosos y, abrazándolo, les dijo: «El que reciba a uno de estos pequeños en mi nombre recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado». Al identificarse con ese niño, implícitamente estaba haciendo el elogio de la niñez. Nos estaba invitando a hacernos pequeños, a hacernos como niños, a la infancia espiritual. Nos estaba exhortando a deponer el orgullo, que es causa de estragos en la vida espiritual. Y a revestirnos de entrañas de humildad.

Vamos a continuar el Santo Sacrificio de la Misa, renovación del sacrificio de la Cruz. Precisamente allí, en la Cruz, el Señor, en el más radical de los despojos, vaciado de sí mismo, desnudado por los soldados, ofreció el sacrificio de nuestra redención, que ahora se renueva sobre el altar. Unamos nuestro sacrificio a su Sacrificio. Vaciémonos de nosotros mismos, despojémonos de nuestro orgullo y de nuestros egoísmos. De modo que luego podamos acercarnos a recibir el Cuerpo del Señor que se nos ofrece bajo las humildes apariencias de pan y de vino, así como antaño se mostró a los pastores envuelto en pañales. Cuando penetre en nuestro corazón, pidámosle que allí contemple el espectáculo de nuestra miseria, que experimente el vértigo de nuestro vacío, de modo tal que se sienta inclinado a llenarlo con su plenitud.

 

 

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 255-260)

 

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S. Juan Pablo II
Amadísimos hermanos y hermanas:  

1. «Acercando a un niño, lo puso en medio de ellos» (Mc 9, 36). Este singular gesto de Jesús, que nos recuerda el evangelio que acabamos de proclamar, viene inmediatamente después de la recomendación con la que el Maestro había exhortado a sus discípulos a no desear el primado del poder, sino el del servicio. Una enseñanza que debió impactar profundamente a los Doce, que acababan de «discutir sobre quién era el más importante» (Mc 9, 34). Se podría decir que el Maestro sentía la necesidad de ilustrar una enseñanza tan difícil con la elocuencia de un gesto lleno de ternura. Abrazó a un niño, que según los parámetros de aquella época no contaba para nada, y casi se identificó con él: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Mc 9, 37).

En esta eucaristía, que concluye el XX Congreso mariológico-mariano internacional y el jubileo mundial de los santuarios marianos, me agrada asumir como perspectiva de reflexión precisamente ese singular icono evangélico. En él se expresa, antes que una doctrina moral, una indicación cristológica e, indirectamente, una indicación mariana.

En el abrazo al niño Cristo revela ante todo la delicadeza de su corazón, capaz de todas las vibraciones de la sensibilidad y del afecto. Se nota, en primer lugar, la ternura del Padre, que desde la eternidad, en el Espíritu Santo, lo ama y en su rostro humano ve al «Hijo predilecto» en el que se complace (cf. Mc 1, 11; 9, 7). Se aprecia también la ternura plenamente femenina y materna con la que lo rodeó María en los largos años transcurridos en la casa de Nazaret. La tradición cristiana, sobre todo en la Edad Media, solía contemplar

frecuentemente a la Virgen abrazando al niño Jesús. Por ejemplo, Aelredo de Rievaulx se dirige afectuosamente a María invitándola a abrazar al Hijo que, después de tres días, había encontrado en el templo (cf. Lc 2, 40-50): «Abraza, dulcísima Señora, abraza a Aquel a quien amas; arrójate a su cuello, abrázalo y bésalo, y compensa los tres días de su ausencia con múltiples delicias» (De Iesu puero duodenni 8: SCh 60, p. 64).

2. «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). En el icono del abrazo al niño se manifiesta toda la fuerza de este principio, que en la persona de Jesús, y luego también en la de María, encuentra su realización ejemplar.

Nadie puede decir como Jesús que es el «primero». En efecto, él es el «primero y el último, el alfa y la omega» (cf. Ap 22, 13), el resplandor de la gloria del Padre (cf. Hb 1, 3). A él, en la resurrección, se le concedió «el nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9). Pero, en la pasión, él se manifestó también «el último de todos» y, como «servidor de todos», no dudó en lavar los pies a sus discípulos (cf. Jn 13, 14).

Muy de cerca lo sigue María en este abajamiento. Ella, que tuvo la misión de la maternidad divina y los excepcionales privilegios que la sitúan por encima de toda otra criatura, se siente ante todo «la esclava del Señor» (Lc 1, 38. 48) y se dedica totalmente al servicio de su Hijo divino. Y, con pronta disponibilidad, también se convierte en «servidora» de sus hermanos, como lo muestran muy bien los episodios evangélicos de la Visitación y las bodas de Caná.

3. Por eso, el principio enunciado por Jesús en el evangelio ilumina también la grandeza de María. Su «primado» está enraizado en su «humildad». Precisamente en esta humildad Dios la llamó y la colmó de sus favores, convirtiéndola en la kexaritwmenh , la llena de gracia (cf. Lc 1, 28). Ella misma confiesa en el Magníficat: «Ha mirado la humillación de su esclava. (…) El Poderoso ha hecho obras grandes por mí» (Lc 1, 48-49).

En el Congreso mariológico que acaba de concluir, habéis fijado la mirada en las «obras grandes» realizadas en María, considerando su dimensión más interior y  profunda, es decir, su relación especialísima con la Trinidad. Si María es la Theotókos, la Madre del Hijo unigénito de Dios, no nos ha de sorprender que también goce de una relación completamente única con el Padre y el Espíritu Santo.

Ciertamente, esta relación no le evitó, en su vida terrena, las pruebas de la condición humana: María vivió plenamente la realidad diaria de numerosas familias humildes de su tiempo , experimentó la pobreza, el dolor, la fuga, el exilio y la incomprensión. Así pues, su grandeza espiritual no la «aleja» de nosotros: recorrió nuestro camino y ha sido solidaria con nosotros en la «peregrinación de la fe» (Lumen gentium, 58). Pero en este camino interior María cultivó una fidelidad absoluta al designio de Dios. Precisamente en el abismo de esta fidelidad reside también el abismo de grandeza que la transforma en «la criatura más humilde y elevada» (Dante, Paraíso XXXIII, 2).

4. María destaca ante nosotros sobre todo como «hija predilecta» (Lumen gentium, 53) del Padre. Si todos hemos sido llamados por Dios «a ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo» (cf. Ef 1, 5), «hijos en el Hijo», esto vale de modo singular para ella, que tiene el privilegio de poder repetir con plena verdad humana las palabras pronunciadas por Dios Padre sobre Jesús: «Tú eres mi Hijo» (cf. Lc 3, 22; 2, 48). Para llevar a cabo su tarea materna, fue dotada de una excepcional santidad, en la que descansa la mirada del Padre.

Con la segunda persona de la Trinidad, el Verbo encarnado, María tiene una relación única, al participar directamente en el misterio de la Encarnación. Ella es la Madre y, como tal, Cristo la honra y la ama. Al mismo tiempo, ella lo reconoce como su Dios y Señor, haciéndose su discípula con corazón atento y fiel (cf. Lc 2, 19. 51) y su compañera generosa en la obra de la redención (cf. Lumen gentium, 61). En el Verbo encarnado y en María la distancia infinita entre el Creador y la criatura se ha transformado en máxima cercanía; ellos son el espacio santo de las misteriosas bodas de la naturaleza divina con la humana, el lugar donde la Trinidad se manifiesta por vez primera y donde María representa a la humanidad nueva, dispuesta a reanudar, con amor obediente, el diálogo de la alianza.

5. Y ¿qué decir de su relación con el Espíritu Santo? María es el «sagrario» purísimo donde él habita . La tradición cristiana ve en María el prototipo de la respuesta dócil a la moción interior del Espíritu, el modelo de una plena acogida de sus dones. El Espíritu sostiene su fe, fortalece su esperanza y reaviva la llama de su amor. El Espíritu hace fecunda su virginidad e inspira su cántico de alegría. El Espíritu ilumina su meditación sobre la Palabra, abriéndole progresivamente la inteligencia a la comprensión de la misión de su Hijo. Y es también el Espíritu quien consuela su corazón quebrantado en el Calvario y la prepara, en la espera orante del Cenáculo, para recibir la plena efusión de los dones de Pentecostés.

6. Amadísimos hermanos y hermanas, ante este misterio de gracia se ve muy bien cuán apropiados han sido en el Año jubilar los dos acontecimientos que concluyen con esta celebración eucarística: el Congreso mariológico-mariano internacional y el jubileo mundial de los santuarios marianos. ¿No estamos celebrando el bimilenario del nacimiento de Cristo? Así pues, es natural que el jubileo del Hijo sea también el jubileo de la Madre.

Por tanto, es de desear que, entre los frutos de este año de gracia, además de un amor más intenso a Cristo, se cuente también el de una renovada piedad mariana. Sí, hay que amar y honrar mucho a María, pero con una devoción que, para ser auténtica, debe estar bien fundada en la Escritura y en la Tradición, valorando ante todo la liturgia y sacando de ella una orientación segura para las manifestaciones más espontáneas de la religiosidad popular; debe expresarse en el esfuerzo por imitar a la Toda santa en un camino de perfección personal; debe alejarse de toda forma de superstición y de credulidad vana, acogiendo en

su sentido correcto, en sintonía con el discernimiento eclesial, las manifestaciones extraordinarias con las que la santísima Virgen suele concederse para el bien del pueblo de Dios; y debe ser capaz de remontarse siempre hasta la fuente de la grandeza de María, convirtiéndose en incesante Magníficat de alabanza al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

7. Amadísimos hermanos y hermanas, «el que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí», nos ha dicho Jesús en el Evangelio. Con mayor razón, podría decirnos: «El que acoge a mi Madre, me acoge a mí». Y María, por su parte, acogida con amor filial, nos señala una vez más a su Hijo, como hizo en las bodas de Caná: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5).

Queridos hermanos, que esta sea la consigna de la celebración jubilar de hoy que une, en una sola alabanza, a Cristo y a su Madre santísima. A cada uno de vosotros deseo que reciba abundantes frutos espirituales de ella y se sienta estimulado a una auténtica renovación de vida.

Ad Iesum per Mariam! Amén.

 

(Misa de Clausura del XX Congreso Mariológico-Mariano Internacional –

Domingo 24 de Septiembre de 2000)

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SS. Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de este domingo, Jesús anuncia por segunda vez a los discípulos su pasión, muerte y resurrección (cf. Mc 9, 30-31). El evangelista san Marcos pone de relieve el fuerte contraste entre su mentalidad y la de los doce Apóstoles, que no sólo no comprenden las palabras del Maestro y rechazan claramente la idea de que vaya al encuentro de la muerte (cf. Mc 8, 32), sino que discuten sobre quién de ellos se debe considerar «el más importante» (cf. Mc 9, 34). Jesús les explica con paciencia su lógica, la lógica del amor que se hace servicio hasta la entrega de sí: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35).

Esta es la lógica del cristianismo, que responde a la verdad del hombre creado a imagen de Dios, pero, al mismo tiempo, contrasta con su egoísmo, consecuencia del pecado original. Toda persona humana es atraída por el amor —que en último término es Dios mismo—, pero a menudo se equivoca en los modos concretos de amar, y así, de una tendencia positiva en su origen pero contaminada por el pecado, pueden derivarse intenciones y acciones malas. Lo recuerda, en la liturgia de hoy, también la carta de Santiago: «Donde existen envidias y espíritu de contienda, hay desconcierto y toda clase de maldad. En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía». Y el Apóstol concluye: «Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz» (St 3, 16-18).

Estas palabras nos hacen pensar en el testimonio de tantos cristianos que, con humildad y en silencio, entregan su vida al servicio de los demás a causa del Señor Jesús, trabajando concretamente como servidores del amor y, por eso, como «artífices» de paz. A algunos se les pide a veces el testimonio supremo de la sangre, como sucedió hace pocos días también a la religiosa italiana sor Leonella Sgorbati, que cayó víctima de la violencia. Esta religiosa, que desde hacía muchos años servía a los pobres y a los pequeños en Somalia, murió pronunciando la palabra «perdón»: he aquí el testimonio cristiano más auténtico, signo pacífico de contradicción que demuestra la victoria del amor sobre el odio y sobre el mal.

No cabe duda de que seguir a Cristo es difícil, pero —como él dice— sólo quien pierde la vida por causa suya y del Evangelio, la salvará (cf. Mc 8, 35), dando pleno sentido a su existencia. No existe otro camino para ser discípulos suyos; no hay otro camino para testimoniar su amor y tender a la perfección evangélica.

Que María, a quien hoy invocamos como Nuestra Señora de la Merced, nos ayude a abrir cada vez más nuestro corazón al amor de Dios, misterio de alegría y de santidad.

(Ángelus del Domingo 24 de septiembre de 2006)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Mc 9, 30-37

Jesús quiere estar en intimidad con sus discípulos para enseñarles. Les revela por segunda vez el Misterio Pascual, su muerte y resurrección. Caminaba por la Galilea y les enseñaba pero no entendían lo que les decía y temían preguntarle (Mc y Lc). Se entristecieron cuando les habló de su Pascua (Mt).

Cuando llegaron a su casa en Cafarnaúm Jesús les preguntó de qué venían discutiendo. Seguramente se quedaron atrás y hablarían algo sobre lo que les había dicho Jesús, pero su conversación se desviaría hacia el tema del establecimiento del Reino y sus jefes. La discusión había sido sobre quién era el mayor. Lucas lo pone en un contexto semejante, pero Jesús no les pregunta, sino que lee sus pensamientos[1]. Mateo inserta el tema como una pregunta que le hacen sobre quién es el mayor en el Reino. Todos los evangelistas hacen notar cierta ambición de los apóstoles por ocupar los primeros puestos en el Reino que va a establecer Jesús.

Los llamó y les dijo: “Si uno quiere ser el primero sea el último de todos”, y poniendo a un niño en medio, les dijo que había que hacerse como un niño para entrar en el Reino y cuanto más pequeño mayor en el Reino.

Y además les enseña otras cosas: que el vive principalmente en los pequeños al igual que su Padre.

Entre los hombres los mejores lugares los alcanzan los que tienen más dotes, los que se manejan mejor por sí mismos y los primeros, según los hombres, se hacen servir por los pequeños.

En el Reino de Jesús es todo lo contrario. Para ser el mayor hay que hacerse pequeño y servidor de los demás.

Jesús toma a un niño para su enseñanza. En la sociedad palestina del tiempo de Jesús el niño tenía poca importancia, sólo después de cierta edad el niño comenzaba a contar en la vida social, mientras tanto, era menospreciado. Jesús quiere que sus seguidores sean marginados por los hombres según sus criterios mundanos, pero además, quiere que se reconozcan pequeños y se pongan a servir a los demás.

Un siervo y un niño en Palestina sólo valían en cuanto trabajaban para su amo. Esto es lo que quiere Jesús: que olvidados de nosotros y de nuestro prestigio nos pongamos al servicio de los demás.

Los evangelistas usan para designar al niño (en griego) significa niño pero también siervo.

Jesús nos ha dejado ejemplo de servicio. Es el Siervo de Yahvé del que habla Isaías[2] que viene a dar todo por nosotros. Entrega su vida en ofrenda para nuestra redención. “Que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”[3].

La sed de libertad y de independencia del mundo se estrella contra esta palabra de Jesús. Los hombres quieren ser servidos. Jesús quiere que sirvamos para ser grandes e imitar su vida. Pasó su vida haciendo el bien, sirviendo al prójimo y murió en la cruz por amor a cada uno de nosotros, entregando todo hasta la última gota de sangre.

¡Qué grandeza adquiere el servicio cuando se hace por amor! Amor al prójimo porque es imagen de Dios, porque en él habita Jesús.

            Recuerdo una anécdota de San Alberto Hurtado: estando en su casa con muchos pobres, el mismo los servía y algunos eran maleducados. Después de darles de comer, una persona le dijo que cómo se dejaba tratar mal y por qué los servía. Respondió: los pobres son Cristo.

            Las mujeres deben servir a sus maridos porque ellos son Cristo. Los hombres deben servir a su familia porque cada uno de sus miembros es Cristo.

             Jesús en el juicio de cada uno no se va a olvidar de ninguno de nuestros pecados, algo que hace temblar, pero, tampoco se va a olvidar de ningún favor que por amor a El hicimos al prójimo. Ni siquiera un vaso de agua que demos en su nombre quedará sin recompensa.

Y cuanto más pequeño sea al que servimos más encontramos a Cristo en El. Jesús se identifica con los niños, con los humildes, con los pobres, con los inútiles, con los marginados, con los despreciados, con los pequeños a los ojos del mundo.

            Servir al pequeño es servir de balde porque sabemos que no puede devolvernos.

            Cuando servimos a alguien que puede devolvernos se mezclan muchos sentimientos no tan puros: interés, complacencia, prestigio, en cambio, cuando servimos al pobre lo hacemos limpiamente porque sabemos que nada nos puede dar y si, a veces, malos tratos o desagradecimiento. Por eso adquiere una dimensión trascendental el servir como a Cristo. No está mal el servir al hombre por ser hombre, pero está mucho mejor servir a Cristo en el hombre. ¿Quién negaría a Cristo en persona un favor? Consideremos siempre que nuestros servicios son a Cristo que toma distintas caras, a veces, caras maltrechas, miserables y repugnantes.

Hay un libro de Ramón Cué S.J.: “Mi Cristo roto” en que un hombre encuentra un Cristo sin rostro y no sabe que rostro ponerle. El Cristo le dice que le ponga el rostro de un demente, de un marginado, de un pobre, de un enfermo… porque es más real que un rostro bello que se pueda inventar. Cristo está en todos los hombres que nos rodean, en especial en los pequeños, y quiere que nos hagamos pequeños para servirlos. Los grandes huyen de los pequeños. Sólo los que se hagan pequeños pueden servir a Cristo.

Pero ¿por qué nos hacemos grandes? ¿Hay acaso alguien grande ante Dios? Todos somos pequeños ante Dios. Somos como niños y esa es nuestra realidad. La indigencia absoluta, la creaturidad. Sólo Dios es grande y quiere hacernos grandes, pero para ello, tenemos que hacernos como niños. “Si no os hacéis como niños, no podréis entrar en el Reino de los Cielos”[4].

*          *          *

Jesús camina con sus discípulos hacia Cafarnaúm y mientras caminan les va enseñando. El fervor del mesianismo terrenal que se levanta por momentos en los discípulos es templado por Jesús por medio de los anuncios de su futura pasión. Ellos no entienden… Jesús condesciende y poco a poco va enderezando sus pensamientos. Al llegar a casa, utilizando la discusión que entre ellos se había suscitado, prosigue su enseñanza.

            La autoridad cristiana es una novedad. Será mayor en la medida en que se una nuestra voluntad a la de Dios. También y es lo que enseña el Evangelio de hoy, en la medida del servicio a los demás.

            La autoridad cristiana no es poder para hacerse servir, sino, poder para servir mejor. Es deseable la autoridad en cuanto fuente de muchos méritos, es deseable en cuanto vocación de Dios, pero es indeseable, hablando humanamente, en cuanto al sufrimiento que implica. Los cargos son cargas.

            Jesús enseña que el que quiera ser mayor se haga el menor, se haga el servidor de todos, se haga como un niño.

            A las fantasías de los discípulos sobre un reino temporal y de dominio Jesús propone una manera diferente de pensar sobre el Reino. En él los mayores serán los que se humillen y se hagan esclavos. Si no se hacen como niños no pueden pertenecer al Reino.

            Pero esta manera de ser autoridad en el Reino de Jesús implica olvido de sí mismo y entrega a los demás. Implica olvidar el señorío para asumir la servidumbre y cuanto más mejor. En definitiva la autoridad cristiana es humildad que necesariamente va acompañada de humillación.

            Jesús es el Siervo de Yahvé del que habla Isaías. Es el siervo que viene a lavar nuestras almas como lavó los pies a los apóstoles, figura de la Redención. Se humilló haciéndose hombre para morir en cruz y servirnos… de puente para llegar al Padre celestial. Él, la autoridad máxima del Reino, el fundador del Reino, no vino para ser servido sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud. “Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”[5].

            Si quieren un puesto a la derecha o izquierda, puesto que lo da Dios, hay que estar dispuesto a beber el cáliz de Jesús, estar dispuesto a hacerse el último de todos. La autoridad cristiana es don de Dios y una de sus propiedades esenciales es la renuncia, el olvido de sí mismo, en bien de los hermanos.

            Jesús, en este Evangelio, ilumina la mente de sus discípulos respecto a un aspecto principal del Reino que viene a instaurar. El mesianismo de cruz, tan distante del mesianismo carnal, se debe regir por la humildad. Poco a poco Jesús va perfilando el Reino que va a fundar y los discípulos van aceptando la Buena Nueva de la cual serían autorizados testigos bebiendo del mismo cáliz del Señor.

 


[1] Lc 9, 47

[2] 52, 13 ss

[3] Mc 10, 45

[4] Mt 18, 3

[5] Jn 13, 14

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P. Jorge Loring, S.J.

 

Domingo Vigésimo Quinto del Tiempo Ordinario – Año B Mc. 9:30-37

 

1.- Los discípulos no entienden a Cristo. No les cabe en la cabeza que Cristo tenga que sufrir.

 

2.- Hay gente que le gusta mucho cambiar. Cambiar de cosas, de estilo, de costumbres, de sitio. Pero es difícil cambiar de mentalidad.

 

3.- No todo cambio de mentalidad es bueno. Cambiar sólo para mejorar a los ojos de Dios. Mejorar en mi vida personal, familiar y social.

 

4.- Dice Cristo que hay que hacerse como niños: sencillos, sin malicia.

 

5.- La gente de mundo lo que quiere es tener más y mandar más. Pero no se es mejor persona por tener más, sino por ser más; no por mandar más, sino por servir más; no por saber más, sino por creer más.

 

6.- En materia de fe hay que buscar el término medio entre la fe del carbonero y el racionalismo exagerado.

 

7.- La fe del carbonero está bien para quien su cultura no le permite más. Acepta la religión sin más.

 

8.- Pero una persona culta debe conocer las razones de su fe. Debe tener una cultura religiosa proporcional a su cultura humana.

 

9.- La fe es razonable. Si no fuera así los creyentes seríamos unos necios, pues la fe tiene serias exigencias, y someterse a ellas sin motivación es de necios.

 

10.- Y nadie se atreve a decir que San Agustín y Santo Tomás eran unos necios, pues fueron grandes lumbreras de la humanidad.

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Directorio Homilético

 

Vigésimo quinto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 539, 565, 600-605, 713: Cristo, el Siervo de Dios obediente

CEC 786: “servir” en Cristo es “reinar”

CEC 1547, 1551: el sacerdocio ministerial es servicio

CEC 2538-2540: el pecado de envidia

CEC 2302-2306: la defensa de la paz

539   Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto (cf. Sal 95, 10), Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

565   Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es el «Siervo» enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en el «bautismo» de su pasión.

600   Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de «predestinación» incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: «Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado» (Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18).

          «Muerto por nuestros pecados según las Escrituras»

601   Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Co 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras» (ibidem: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

           «Dios le hizo pecado por nosotros»

602   En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios «a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5, 21).

603   Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).

          Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604   Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

605     Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

713   Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra «condición de esclavos» (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

786   El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo». Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo «venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, «servir es reinar» (LG 36), particularmente «en los pobres y en los que sufren» donde descubre «la imagen de su Fundador pobre y sufriente» (LG 8). El pueblo de Dios realiza su «dignidad regia» viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las víctimas sin mancha de la piedad? (San León Magno, serm. 4, 1).

1547 El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles, «aunque su diferencia es esencial y no sólo en grado, están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo» (LG 10). ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden.

1551 Este sacerdocio es ministerial. «Esta Función, que el Señor confió  a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio» (LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento del Orden comunica «un poder sagrado», que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos (cf. Mc 10,43-45; 1 P 5,3). «El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a él» (S. Juan Crisóstomo, sac. 2,4; cf. Jn 21,15-17)

2538 El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (cf 2 S 12,1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4,3-7; 1 R 21,1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2,24).

Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros…Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo…Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Co, 28,3-4).

2539 La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el «pecado diabólico por excelencia» (ctech. 4,8). «De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (s. Gregorio Magno, mor. 31,45).

2540 La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3).

 III       LA DEFENSA DE LA PAZ

          La paz

2302 Recordando el precepto: «no matarás» (Mt 5,21), nuestro Señor exige la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la cólera homicida y del odio:

          La cólera es un deseo de venganza. «Desear la venganza para el mal de aquel a quien es preciso castigar, es ilícito»; pero es loable imponer una reparación «para la corrección de los vicios y el mantenimiento de la justicia» (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 158, 1 ad 3). Si la cólera llega hasta el desear deliberado de matar al prójimo o de herirlo gravemente, constituye una falta grave contra la caridad; es pecado mortal. El Señor dice: «Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5,22).

2303 El odio  voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando el hombre le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…» (Mt 5,44-45).

2304 El respeto y el crecimiento de la vida humana exigen la paz. La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguarda de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. Es «tranquilidad del orden» (S. Agustín, civ. 19,13). Es obra de la justicia (cf Is 32,17) y efecto de la caridad (cf GS 78, 1-2).

2305 La paz terrena es imagen y fruto de la paz de Cristo, el «Príncipe de la paz» mesiánica (Is 9,5). Por la sangre de su cruz, «dio muerte al odio en su carne» (Ef 2,16; cf. Col 1,20-22), reconcilió con Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios. «El es nuestra paz» (Ef 2,14). Declara «bienaventurados a los que obran la paz» (Mt 5,9).

2306   Los que renuncian a la acción violenta y sangrienta y recurren para la defensa de los derechos del hombre a medios que están al alcance de los más débiles, dan testimonio de caridad evangélica, siempre que esto se haga sin lesionar los derechos y obligaciones de los otros hombres y de las sociedades. Atestiguan legítimamente la gravedad de los riesgos físicos y morales del recurso a la violencia con sus ruinas y sus muertes (cf GS 78,5).

 

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XXIV Tiempo Ordinario

13
septiembre

Domingo XXIV

Tiempo Ordinario

 (Ciclo B) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXIV Tiempo Ordinario (B)

(Domingo 13 de septiembre de 2015)

LECTURAS

 

Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban

Lectura del libro de Isaías   50, 5-9a

 El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

 

Palabra de Dios.

 

 SALMO RESPONSORIAL     114, 1-6. 8-9

 

R. Caminaré en la presencia del Señor.

 

Amo al Señor, porque Él escucha

el clamor de mi súplica,

porque inclina su oído hacia mí,

cuando yo lo invoco. R.

 

Los lazos de la muerte me envolvieron,

me alcanzaron las redes del Abismo,

caí en la angustia y la tristeza;

entonces invoqué al Señor:

« ¡Por favor, sálvame la vida!» R.

 

El Señor es justo y bondadoso,

nuestro Dios es compasivo;

el Señor protege a los sencillos:

yo estaba en la miseria y me salvó. R.

 

Él libró mi vida de la muerte,

mis ojos de las lágrimas y mis pies de la caída.

Yo caminaré en la presencia del Señor,

en la tierra de los vivientes. R.

 

  La fe, si no va acompañada de las obras, está completamente muerta

Lectura de la carta de Santiago      2, 14- 18

 

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: «Vayan en paz, caliéntense y coman», y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta.

Sin embargo, alguien puede objetar: «Uno tiene la fe y otro, obras». A éste habría que responderle: «Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe».

 

Palabra de Dios.

 

Aleluia.  Gal. 6,14

Yo sólo me gloriaré

en la cruz de nuestro Señor Jesucristo,

por quien el mundo está crucificado para mí,

como yo lo estoy para el mundo.

Aleluia.

Tú eres el Mesías…

El Hijo del hombre debe sufrir mucho

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos   8, 27-35

 

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: « ¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas».

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro respondió: «Tú eres el Mesías».

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: « ¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».

 

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario- 13 de Septiembre 2015- Ciclo B

 

Entrada: La participación asidua de la Eucaristía nos permite conocer e identificar cada vez más y con más claridad la presencia resucitada del Señor en nuestras vidas. Pidamos hoy reconocerlo y confesarlo una vez más con la confesión sincera de nuestra fe.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                                                       Is 50, 5-9a

Cristo es el siervo de Yahveh que se entrega en obediencia a los planes del Padre confiando totalmente en su protección.

Salmo Responsorial: 114

 

Segunda Lectura:                                                                                      St 2, 14-18

La fe, para que no esté muerta, debe ir acompañada por obras de justicia.

 

Evangelio:                                                                                                Mc 8,27-35

Para ganar la vida eterna es necesario tomar la cruz y seguir a Cristo por el camino que Él escogió para sí, según la voluntad del Padre.

 

Preces:

A Jesucristo, el Mesías de Dios, presentémosle nuestra oración.

 A cada intención respondemos cantando:

 * Por la unidad y concordia de todos los fieles cristianos para que den testimonio creíble de la existencia y del amor providente de Dios en el mundo. Oremos.

 * Por los que sufren, para que vean en sus sufrimientos y tribulaciones una participación corredentora del misterio de la salvación. Oremos.

 * Por la dignidad de la familia humana y de cada ser humano y por la conversión de todos los que atentan contra ella. Oremos.

 * Para que crezca la conciencia de la importancia fundamental del precepto dominical en el alma de cada cristiano católico para cooperar a la santidad de la Iglesia. Oremos

Ayúdanos, Señor, a llevar nuestra cruz de cada día, y conforta a aquellos por quienes te hemos pedido. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 Liturgia Eucarística

Ofertorio:

En oblación perpetua queremos unirnos a la entrega del Salvador, que en esta Eucaristía se renueva para la salud de todo el género humano.

Presentamos:

* Cirios, y con ellos el deseo de iluminar con la luz de la esperanza evangélica a todos los hombres.

* Pan y vino, para que al transformarse en Sacramento de vida eterna nos dé fortaleza para confesar a Cristo cargando con su Cruz.

 Comunión: Ven Jesús con tu Cruz a reinar en nuestras almas pues no existe otro medio de salvación para nosotros que seguirte fielmente por la vía del Calvario hacia la Gloria.

 Salida: ¡Virgen María, Madre que nos acompañas en el camino estrecho del seguimiento de tu Hijo! Guíanos por este sendero cuyo fin es la eterna bienaventuranza.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O. P.

CONFESIÓN DE SAN PEDRO Y PROMESA DE CRISTO

(Lc 9, 18-21; Mc 8, 27-30; Mt 16, 13-20)

 

Llegó el día en que Jesús, en cumplimiento de los designios de su Padre, había decidido poner en plena luz sus relaciones con sus discípulos. Éstos le seguían, eran fervorosos partidarios suyos y le amaban tiernamente; lo tenían por profeta poderoso en obras y palabras, por Hijo del hombre y por Hijo de Dios. Todo lo que en Él se observaba.

Caminando hacia el norte, habían llegado a los alrededores de Cesarea de Filipo, situada en los extremos del país de Israel, cerca de una de las fuentes del Jordán, peor en tierra que se había hecho paga-na. La fuente del río sagrado estaba consagrada por un templo al dios Pan, de donde su nombre Banias, que aún conserva este encantador lugar. Cesarea recordaba al emperador cuyo culto muy pronto iba a dominar a todos los otros: se la denominaba Cesarea de Filipo porque el tetrarca semipagano había edificado la ciudad en honor de César Augusto. No llegaba hasta allí la dura protesta de los fariseos, que, teniendo por centro a Jerusalén, perseguían a Jesús hasta en Galilea. Las muchedumbres no obstruían los caminos; los discípulos, sabiendo que su Maestro no predicaría el reino de Dios a los paganos, se preguntaban el motivo de esta correría en medio de un país muy poblado, pero en donde ellos vivían más aislados que en el desierto. Después de orar, como invitando a sus discípulos al recogimiento y para grabar mejor el carácter divino de lo que iba a hacer, en un apartado (Lc 9, 18) del camino (Mc 8, 27), lejos aún de la ciudad, Jesús le pone en ocasión de que abran su pecho confiándole todo su sentir. Para facilitárselo les pregunta primero qué piensan otros de él. Ellos responden: «Unos te tienen por Juan Bautista; otros, por Elías; otros, por Jeremías o por alguno de los grandes profetas». ¡Singulares conjeturas! La vida de Jesús estaba señalada por tantos milagros, que nadie lo tenía por un hombre ordinario. Agotada la savia de los grandes profetas con la muerte de Juan Bautista, no era de creer que en aquellos tristes días apareciese un nuevo profeta. Los ojos estaban puestos en el Mesías. Los más instruidos sabían que sería precedido y ungido por Elías. Jesús —que por lo que hasta allí se había visto no se manifestaba como el Mesías— podía ser Elías, su precursor. Otros atribuían esta misión a Jeremías o a cualquiera otro de los grandes profetas: era lo único que se sabía. En fin, la oscura muerte de Juan no podía ser ningún obstáculo insuperable a los evidentes designios de Dios. Juan resucitado empezaba ya su obra, y se daría claramente a conocer.

«Pero vosotros, insistió Jesús, ¿quién decís que soy yo?» Respondió Pedro: «¡Tú eres el Mesías!»

Todos habían sido consultados, Pedro respondió en nombre de todos, aunque sin tiempo para conocer sus pareceres. Sea que le fuese bien conocido su modo de pensar, sea por su carácter ardiente e irreflexivo, afirmó sin titubeos lo que le dictó su fe y su amor. Jesús, pues, era el Mesías anunciado y esperado: era lo que creía Pedro con toda su alma.

El relato de san Marcos nos dice más al igual que san Lucas, que, según su costumbre, lo siguió, pero se nota que está sin terminar. ¿Cómo se puede pensar que Jesús, después de haber preguntado a sus discípulos sobre lo que otros y ellos opinaban de Él, no les dijese a su vez lo que en realidad era? No preguntó ciertamente por saber, sino para instruir. Recomendarles que nada dijesen, lo mismo podría tomarse por desaprobación que por plena conformidad. Acaso san Marcos no quiso decir más, porque Pedro, según costumbre, no quisiera verse honrado por la suprema felicitación que Jesús le había dirigido.

La respuesta exigida por las circunstancias se halla en san Mateo y se adapta a la terminante confesión de Pedro. Pedro había dicho: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo». Era lo propio.

 

Después de la primera multiplicación de los panes, Jesús había hablado de su persona. Había rechazado el título real porque otro le convenía mejor, el de Hijo de Dios bajado del cielo. Y cuando casi todos se escandalizaban, Pedro, en nombre de los Doce, confesó que Jesús es el santo de Dios. Sólo san Juan ha contado los hechos y son precisamente la explicación de la segunda confesión de Pedro, más madura y más precisa, porque había recibido interiores luces. Además, los tres Evangelios sinópticos habían puesto el problema de conciencia sobre el Hijo de Dios, en las confesiones obligadas de los demonios (Mt 8, 29; Mc 3, 11; 5, 7; Lc 4, 41; 8, 28) o en la admiración de los hombres delante de un gran prodigio (ibíd. 14, 33). En este punto capital, la posición de Pedro es más clara y segura que ninguna otra, porque no solamente dice, como los testigos de la tempestad, calmada: «Verdaderamente eres un Hijo de Dios», sino: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo», mostrando así que ha comprendido el alcance de aquella palabra de Jesús: «Como mi Padre viviente me ha enviado» (Jn 6, 57).

Cuando Jesús se declaró Hijo de Dios en presencia de sus jueces, el gran sacerdote rasgó escandalizado sus vestiduras. Si Él realmente no lo fuese, debió manifestar una piadosa indignación a oír las atrevidas palabras de Pedro. De cualquier manera, debía responder.

Nosotros tenemos su respuesta, que aún resuena de día en día y de siglo en siglo ¿Por qué no anunciar el cumplimiento de aquella profecía y ver claramente su realización en la historia?

Saludado como Hijo de Dios, Jesús nombra también al padre de su interlocutor, haciendo inmortal el nombre de Jonás. Simón, hijo de Jonás, no ha aprendido de su padre ni de pariente alguno según la carne y la sangre la verdad que acaba de afirmar; fue el amor a Jesús lo que le introdujo en la amistad del Padre celestial, el cual se la había revelado. Jesús, pues, confirma, en nombre de su Padre, lo que Simón ha dicho de su persona. Ahora dirá Él a su vez lo que piensa de su discípulo. Antes de escoger a Jesús por su Maestro, se llamaba Simón, pero Jesús ya había manifestado (Jn 1, 42) su voluntad de llamarle Cefas, palabra aramea que significa piedra. No se sabe si este vocablo ya había sido usado como nombre propio, o si Jesús lo creó para expresar su designio. Apoyándose en esta significación declara: «Y yo te digo que tú eres Pedro (Kepha) y sobre esta piedra (Kepha) edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».

Contra ella, es decir, contra la Iglesia, palabra que no podemos pronunciar sin investirla de una grandeza inconmensurable, aunque entonces no afirmaba la extensión inmensa de los congregados que debían seguir a Cristo. Restringida o universal, esta comunidad fue comparada a un edificio levantado sobre roca. La roca era aquel que había publicado el misterio de la filiación divina de Jesús: Pedro, pues, sería el fundamento, el órgano de la verdad revelada. Frente a este edificio se veían las puertas de otra ciudadela guarnecida de torres y convertida en baluarte de una potencia enemiga. Estas puertas son las del Hades, nombre tomado del paganismo para designar la estancia de los muertos, y empleada por los judíos para señalar el lugar de suplicio de los condenados. El reino, pues, de Satanás se levantaría contra el reino terrestre de Cristo, sin poder jamás vencerle ni siquiera conmover la base sobre la que está edificado.

Pedro sería el jefe espiritual del reino: su maestro de la verdad. Otro símbolo indica también el carácter universal de su poder. El jefe del reino terrestre de Cristo recibirá de él las llaves que todos los amos de la casa confían siempre al mayordomo fiel durante su ausencia. Y porque el reino de la tierra sólo se funda en orden al reino de los cielos, las decisiones tomadas por Pedro en la tierra serán ratificadas en el cielo. Lo que él ate en la tierra será atado en el cielo, y lo que desate en la tierra, quedará desatado en el cielo. Atar y desatar son como dos extremos que abarcan todos los actos de la administración de aquel que tiene las llaves de este reino, comenzando acá abajo y consumado allá arriba, delante de Dios.

Esto fue lo dicho a Simón-Pedro; Jesús no dijo: «Yo te doy este poder a ti y a tus sucesores». Hubiera sido necesario explicar el modo de ser de los sucesores, y Jesús no quería dar noticia alguna que sirviera de indicio de la duración del reino por Él fundado. El historiador, que da a las palabras su justo valor, se guarda mucho de adelantar el sentido de ellas; concede de buen grado a todas las confesiones protestantes, que la promesa no nombra más que a Pedro, pero no sin exigir que reconozcan sinceramente que Jesús se dirigía muy a las claras a él y que no se trata de un juego de palabras. Jesús no ha acudido a un equívoco interpelando a Pedro para decirle: «Cosa singular es que te llames Pedro, pues yo edificaré mi Iglesia sobre una Piedra, y esa piedra soy yo mismo». No, es sobre Pedro sobre quien es edificada la Iglesia, es decir, que Pedro es el jefe de ella. Así lo entendió Pedro, y los apóstoles respetaron su autoridad. Fue a Roma, allí padeció el martirio y allí está levantada su tumba. La Iglesia le sobrevivía. ¿No tendría ya jefe? Sí, otro ocupó el puesto de Pedro como pastor del rebaño romano, y heredó su poder sobre el rebaño. Pero, entonces, preguntemos una vez más: la Iglesia, que tenía el sentimiento tan fuertemente inculcado por san Pablo, de ser una, de ser el cuerpo de Cristo, ¿no tendrá fundamento alguno? Cristo designó a Pedro como el fundamento de ella; el edificio subsistía, los mismos adversarios lucharán en su contra; se mantendrá firme, merced a la roca sobre la que está edificada. Era siempre Pedro quien se sostuvo, pero no Pedro en persona, era su oficio delegado a aquel que ocupara su puesto. La promesa de Cristo no podrá quedar incumplida: su objeto está señalado por el hecho de la sucesión. Aunque en términos encubiertos, aparece evidente cuando las realidades obligaron a revelar toda la verdad en ella encerrada.

Tan evidente es esto, que numerosos críticos, los más independientes, pretenden que la misma Iglesia romana compuso esas líneas que han sido su credencial en todos los siglos.

Es bien sabido que no ejerció su derecho sin que le saliesen al camino sus enemigos. Cuando el Papa Víctor impuso su voluntad en la cuestión de los cuartodecímanos, se opuso el obispo de Éfeso. Si el dichoso texto hubiera sido recientemente redactado, ¿habría nada más sencillo que publicar la impostura?

Por otra parte, en los cuatro Evangelios no hay pasaje más claramente arameo por sus términos, por sus metáforas y por su construcción. Por eso se ha acudido a últimas fechas a atribuir su redacción algún judío cristiano para sostener las pretensiones de Pedro en Palestina. Pero el haber prevalecido estas pretensiones, ¿no será porque sencillamente se apoya en la palabra auténtica de Cristo? Cuanto más nos acercamos a su origen, resulta más fácil la explicación de los hechos. Después de la resurrección, Pedro toma el gobierno de todo. En el Evangelio figura ya como jefe. Esto no podía ser a espaldas de Jesús; y si era Él verdaderamente el jefe, debió explicarlo. Y lo explicó en términos grandemente honrosos para Pedro, mirando al porvenir, a un porvenir entonces velado, pero su palabra domina aún con claridad cada día más intensa y una fuerza que crece en eficacia.

 (Lagrange, J. M., Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid, 2002, p. 222 – 227)

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Comentario Teológico

·        P. José A. Marcone, I.V.E.


Los anuncios de la pasión

 

Inmediatamente después de que Pedro confesara a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, Jesucristo les anuncia que va a morir asesinado por los judíos. Por lo tanto, esto sucedió en julio o agosto del 781 U.c. El evangelio dice: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día” (Mt 16,21).

La ocasión en que Jesús anuncia su muerte tiene mucha importancia. Al hacerlo inmediatamente después de la confesión de Pedro quería aclarar cuál era la naturaleza del Mesías. Los judíos, y por contagio también los Apóstoles y los discípulos, esperaban un Mesías poderoso en obras, que iba a liberar al pueblo judío con poder humano, un Mesías espectacular y político, que con fuerzas humanas iba a acabar con los enemigos del pueblo judío. Esta concepción estaba originada en la corrupción teológica de los fariseos. Ellos habían falseado la interpretación de la Sagrada Escritura y habían cercenado todo lo que en ellas se decía del Mesías sufriente. En efecto, Isaías presenta al Mesías como el Siervo sufriente, aquel que carga sobre sus hombros el pecado del mundo y es llevado al matadero como un cordero manso (cf. Is 53,1-12). Pero los fariseos habían borrado de un plumazo todo el aspecto doloroso de las profecías sobre el Mesías, para poder maquillar la verdadera fisonomía del Mesías y presentar un Mesías más aceptable para la sensibilidad humana, quitando de esa manera lo esencial del Mesías, es decir, su misión de redimir al hombre del pecado a través de su sufrimiento. Esto también estaba profetizado en Isaías: “¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! (…) Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. (…) Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó sobre sí los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre, porque se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; él tomó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores” (Is 53,4-6; 11-12).

Ahora que Pedro (y junto con él todos los Apóstoles) había declarado con toda claridad cuál era la personalidad de Cristo, Dios y Mesías, era necesario aclarar qué tipo de Mesías era. En el evangelio de San Marcos se indica las cuatro experiencias que el Mesías debe pasar para configurarse como el Mesías del sufrimiento: padecer mucho, ser rechazado, ser muerto y resucitar (Mc 8,31). Y esto es presentado con una necesidad teológica: es necesario que el Hijo del hombre padezca; el Hijo del hombre debe padecer. Esta es una expresión técnica en teología y en exégesis llamada pasivo teológico. La frase ‘es necesario’ está en voz pasiva, y expresa una voluntad absoluta de Dios que no puede dejar de cumplirse. Por lo tanto, el hecho de que Cristo la exprese de esta manera indica que se trata de una revelación divina. Al presentar la necesidad de su sufrimiento con esa frase está expresando que es Dios quien le ha comunicado esa verdad y Él se la manifiesta a sus Apóstoles como una verdad divina que debe ser aceptada porque viene directamente de Dios.

Y es precisamente aquí donde Pedro muestra sus limitaciones. Si antes había manifestado una gran delicadeza para identificar una revelación del Padre indicándole que Jesucristo es Dios y es el Mesías, ahora equivoca el rumbo interpretando la frase de Jesús como no venida de Dios; es decir, no acepta la palabra de Cristo acerca de su sufrimiento como una revelación de Dios. Su concepción humana del Mesías y su repugnancia natural al sufrimiento lo hacen rechazar el aspecto doloroso del Mesías y lo hacen desconocer una revelación divina.

El verbo que usa Pedro para amonestar a Jesús es el verbo reprender (en griego: epitimán); y Jesús usa el mismo verbo para reprender a Pedro. “Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle.  Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Ve detrás de mí, satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres»” (Mc 8,32-33). Y el verbo epitimán es el que usa el evangelista San Marcos para describir la expulsión de un espíritu impuro (Mc 1,25; 3,12; 9,25). Por lo tanto, es como si Pedro, al escuchar las palabras de Jesús sobre el sufrimiento y la muerte, viera en Jesús un mal espíritu que es necesario arrojarlo de Jesús. Y Jesús lo mismo respecto a Pedro. Uno quiere liberar al otro de su espíritu. Pero la frase de Jesús quita toda incertidumbre. Es Pedro el que, al rechazar el sufrimiento, se ha puesto en la línea del Mesías que satanás deseaba: un Mesías que rechazara la cruz y la muerte, tal como el mismo demonio trató de hacer con Jesús en las tentaciones del desierto.

En ningún paso del evangelio se narra un disenso tan fuerte entre Jesús y Pedro. Pedro no siente que esa sea la disposición de Dios, no está abierto a la revelación del Padre que Jesús les proclama: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho y sea matado”. Jesús no acepta la situación confidencial y privada que Pedro busca, sino que, implicando a los otros discípulos, lo reprende abiertamente. En realidad, la frase que usa Jesús para indicar a Pedro lo que debe hacer es, literalmente, “ve detrás de mí” (en griego: hupáge opíso mou). Son las mismas palabras que usó Jesús para llamarlos a su vocación de discípulos. Quiere decir que Jesús reubica a Pedro en el lugar que le corresponde. Pedro no se había colocado como discípulo, sino como maestro de Jesús, como maestro del Maestro. Y esto Jesús no lo acepta de ninguna manera. Jesús ha hecho una verdadera revelación de la voluntad de Dios y Pedro, al oponerse a las palabras de su Maestro, se contrapuso a Dios mismo, se comportó exactamente como satanás, que es el opositor de Dios por antonomasia[1].

Otro aspecto que demuestra la ceguedad de Pedro y su horror por el sufrimiento es que no capta que Jesús también está revelando y anunciando su resurrección: “El Hijo del Hombre debe padecer mucho, ser rechazado (…), y ser llevado a la muerte y resucitar después de tres días” (Mc 8,31). También la resurrección formaba parte de esta revelación de la voluntad de Dios. Pero el temor al dolor y a la prueba había enajenado completamente sus espíritus.

De esta manera Jesús completa la revelación acerca del Mesías. Había aceptado como venidas del Padre las palabras de Pedro con las que lo reconocía Dios y Mesías. Ahora completa esa revelación precisando cómo sería el Mesías: no un Mesías espectacular y triunfador con medios humanos, sino un Mesías sufriente, lleno de dolor, que ofrecería su sufrimiento por la salvación del mundo.

Esto sucede casi al fin de la segunda etapa de la su vida pública, la etapa más larga, la que Él consagra a formar a sus discípulos, a darles su doctrina, a formar la Iglesia; en otra palabras,  la etapa de Galilea. En la tercera etapa, que veremos dentro de poco, la etapa de la subida a Jerusalén, Jesús vuelve a anunciar sus sufrimientos, su muerte y su resurrección otras dos veces. Con el anuncio que acabamos de presentar son tres las veces que Jesús anuncia su muerte. El número tres implica plenitud e insistencia. Jesús quiere dejar muy claro en qué consiste su mesianidad, la mesianidad del dolor, y de esta manera prepara a sus discípulos para el escándalo de la cruz (cf. 1Cor 1-2).

En Mc 9,31 Jesús dice otra vez: “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto resucitará a los tres días”.

Y de nuevo vuelve a repetir más adelante, en Mc 10,33-34, de una manera mucho más detallada: “Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará”.

A este tercer anuncio de su muerte sigue otra incomprensión de sus discípulos; una vez más el mensaje de la cruz crea oposición. Esta la vez la oposición se manifiesta a través del pedido de Juan y Santiago, hijos del Zebedeo, de sentarse a la derecha del Hijo del hombre cuando Él esté en su reino. Jesús habla de sufrimiento y ellos hablan de poder. Esto dará ocasión a Jesucristo para enseñarles que el mensaje central del evangelio y la actitud correcta de todo discípulo es, en todo momento, el servicio a los más pobres y a los más necesitados: “Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos” (Mc 10,43-44).

Y con este motivo Jesucristo dirá una frase que es esencial para entender todo el evangelio y para entender el tipo de Mesías que será Jesús: “Porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos” (Mc 10,44). ¿A qué redención se refiere? A la redención del pecado. Ya lo había dicho Juan Bautista: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). De esta manera Jesucristo completa toda su doctrina respecto a sí mismo: es Dios hecho hombre y es el Mesías, pero un Mesías que morirá en la cruz para salvar a los hombres de sus pecados; su sangre será el precio de nuestra redención. La misión del Mesías es una misión espiritual, ordenada a la consecución de la vida eterna; no es una misión temporal, circunscripta a esta tierra. Y esa misión encuentra su culmen y su núcleo más importante en su pasión, muerte y resurrección.

Con esto Jesucristo completa todo aquello que quería revelarles a sus discípulos sobre sí mismo: es Dios, es el Mesías y un Mesías sufriente por el perdón de los pecados. Nos acercamos al final de esta segunda e importante etapa. Sólo queda considerar el misterio de su Transfiguración, que será el ápice de esta segunda etapa y la preparación para la tercera.

 


[1] Cf. Stock, K., Vangelo secondo Marco…, p. 139 – 140.

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Santos Padres

·        San Gregorio Magno


Llevar la cruz junto con Cristo

 Como nuestro Señor y Redentor vino al mundo cual hombre nuevo, dio al mundo preceptos nuevos; pues a nuestra vida antigua, amamantada en los vicios, opuso su contrario y nuevo modo de vivir. Porque el hombre viejo y carnal, ¿qué es lo que había aprendido sino a guardar para sí lo propio, arrebatar lo ajeno, si podía, y apetecerlo cuando no podía? Pero el médico celestial a cada uno de los vicios opuso remedios que les salieran al paso; porque así como en el arte de la medicina el calor se cura con el frío, y el frío con el calor, así nuestro Señor opuso a los pecados remedios contrarios, mandando a los lúbricos continencia; a los duros de corazón, largueza; a los iracundos, mansedumbre, y a los soberbios, humildad.

En efecto, al proponer a los que le seguían nuevos preceptos, dijo (Lc 14, 33): Cualquiera de vosotros que no renuncia todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. Como si claramente dijera: Los que, según el antiguo modo de vivir, apetecéis lo ajeno, si queréis convertiros, dad generosamente de lo vuestro.

Pero oigamos lo que dice en esta lección: Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo. Allí se dice renunciemos a lo nuestro; aquí se dice que renunciemos a nosotros mismos. Es verdad que tal vez no sea costoso para el hombre el renunciar lo que posee, pero sí que es muy costoso el renunciarse a sí mismo. En efecto, el renunciar lo que se posee tiene menos importancia, pero la tiene mucho mayor el renunciar lo que se es.

2. Pues bien, el Señor, a los que venimos a Él, ha mandado que renunciemos nuestras cosas, porque todos los que venimos a la palestra de la fe tomamos a nuestro cargo el luchar contra los espíritus malignos; ahora bien, los espíritus malignos nada poseen en este mundo; por consiguiente, con ellos, desnudos, debemos luchar nosotros desnudos; porque, si uno que está vestido lucha con quien está desnudo, pronto será echado a tierra, porque tiene por donde ser asido. ¿Y qué son todas, las cosas terrenas sino algo a manera de vestidos? Luego quien corre a luchar contra el diablo debe despojarse de los vestidos para no sucumbir; nada de este mundo posea con amor; no se procure de las cosas temporales deleite alguno, no sea que, por cubrirse con tal apetito, tenga por donde ser sujetado para caer.

Mas no es bastante renunciar a nuestras cosas si no renunciamos además a nosotros mismos. Pero… ¿qué es lo que estamos diciendo? ¿Que nos renunciemos también a nosotros mismos? Pues si nos renunciamos a nosotros mismos, ¿adónde iremos fuera de nosotros? ¿O quién es el que va si él mismo se deja?

Pero es que somos una cosa en cuanto caídos por el pecado, y otra en cuanto formados por la naturaleza; una, cosa es lo que nos hemos hecho, y otra lo que hemos sido hechos. Renunciémonos en lo que nos hemos convertido pecando, y mantengámonos cuales hemos sido hechos por la gracia. Vedlo, pues; el que ha sido soberbio, si, vuelto a Cristo, se ha hecho humilde, ya se ha renunciado a sí mismo; si un lujurioso ha cambiado su vida en continente, también se ha renunciado en lo que fue; si un avaro ha dejado de ambicionar y quien antes arrebataba lo ajeno ha aprendido a dar generosamente de lo propio, ciertamente se ha negado a sí mismo; él es el mismo en cuanto a la naturaleza, es verdad; pero no es el mismo en cuanto a la maldad; que por eso está escrito (Pr 12, 7): Da una vuelta a los impíos y no quedará rastro de ellos; porque, vueltos los impíos, desaparecerán, no porque en absoluto no tengan ser, sino porque no estarán ya en el pecado de su maldad.

Luego, cuando cambiamos lo que fuimos en lo viejo del pecado y nos mantenemos firmes en aquello para lo que hemos sido llamados por la novedad de la gracia, entonces nos negamos, entonces nos dejamos a nosotros mismos.

Examinemos cómo se había negado San Pablo, cuando decía (Ga 2, 20): Vivo yo, o más bien, ya no vivo yo. En efecto, habíase extinguido aquel perseguidor cruel y había comenzado a vivir el piadoso predicador, pues si hubiera permanecido el mismo, claro que no sería piadoso.

Pero, ya que dice que no vive, díganos cómo es que predica tan santamente enseñando la verdad; y en seguida añade: sino que Cristo vive en mí. Como si claramente dijera: Yo cierto es que me he extinguido a mí mismo, porque ya no vivo según la carne; pero no estoy muerto en mi ser natural, porque vivo según el espíritu en Cristo.

3. Diga, pues, diga con razón la Verdad: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo; porque quien no deja de estar en sí mismo, no puede acercarse a lo que está más alto que él, ni puede alcanzar lo que está más arriba que él mientras no haya aprendido a sacrificar lo que tiene.

Así se trasplantan los arbustos para que prosperen, y, por decirlo así, se les arranca de raíz para que crezcan. Así desaparecen las semillas al mezclarse con la tierra, para que crezcan más abundantes, conservando sus especies; pues por donde parece que han perdido el ser que tenían, por ahí reciben el aparecer lo que no eran.

Pues bien: el que ya se ha negado a los vicios, debe procurarse las virtudes en las cuales crezca; porque, después de haber dicho: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, en seguida añade: Cargue con su cruz y sígame.

De dos maneras se carga con la cruz: o afligiendo el cuerpo con la abstinencia o afligiendo el alma con la compasión hacia el prójimo.

Veamos cómo San Pablo llevó de ambos modos su cruz, el cual decía (1 Co 9, 27): Yo castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado. Bien: ya hemos oído cómo llevó la cruz de la carne: mortificando el cuerpo; oigamos cómo llevó la cruz del alma en la compasión del prójimo. Dice, pues (2 Co 11, 29); ¿Quién enferma que no enferme yo con él?¿Quién es escandalizado que yo no me requeme? Efectivamente, el perfecto predicador, para dar ejemplo de abstinencia, llevaba la cruz en el cuerpo, y porque sentía en sí los daños de la flaqueza ajena, llevaba la cruz en el corazón.

Ahora bien, como ciertos vicios andan cercando a las virtudes, deber nuestro es decir qué vicio acecha desde muy cerca a la abstinencia de la carne y cuál a la compasión del prójimo. La vanagloria, pues, algunas veces asalta de cerca a la abstinencia de la carne; porque, cuando se echan, de ver el cuerpo macilento y flaco y la palidez del rostro; se alaba la virtud que salta a la vista; y cuanto más de manifiesto se muestra a los ojos humanos, tanto más rápidamente se derrama afuera; y generalmente lo que parece hacerse por Dios, se hace solamente por los aplausos humanos; como lo demuestra bien aquel Simón que, hallado en el camino, lleva alquilado la cruz del Señor. En efecto, se llevan las cargas ajenas en alquiler cuando se hace algo por algún ansia de vanidad. ¿Y quiénes están representados en Simón sino los abstinentes y arrogantes, que afligen, sí, su carne con la abstinencia, pero interiormente no reportan el fruto de la abstinencia? Por tanto, Simón lleva en alquiler la cruz del Señor; esto es, el pecador, cuando no procede en el bien obrar con buena voluntad, realiza sin fruto la obra del justo. Por eso el mismo Simón lleva la cruz, pero no muere; que es decir: los abstinentes y arrogantes ciertamente afligen su cuerpo con la abstinencia, pero viven para el mundo por el afán de vanagloria.

También la falsa piedad acecha oculta a la compasión del alma, de tal suerte que a veces la lleva hasta condescender con los vicios; siendo así que para con las culpas no se debe ejercer la compasión, sino el celo; porque al hombre se debe la compasión, pero a los vicios la rectitud; de tal suerte que a un tiempo amemos lo que en la criatura ha hecho Dios y ahuyentemos lo malo que la criatura ha hecho, no sea que, si incautamente dejamos pasar las culpas, parezca, no que compadecemos por caridad, sino que condescendemos por negligencia.

        4. Prosigue: Pues quien quisiere salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por mí, la encontrará. Así se le dice al fiel: quien quisiere salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por mí, la encontrará. Es como si a un labrador se le dijera: Si guardas el trigo, lo pierdes; si lo siembras, lo hallas de nuevo. ¿Quién no sabe que el trigo, cuando se siembra, desaparece de la vista y muere en la tierra?; pero, por lo mismo que se pudre en la tierra, reverdece renovado. Ahora bien, como la santa Iglesia tiene unos tiempos de persecución y otros tiempos de paz, nuestro Redentor da preceptos distintos para unos tiempos y para los otros. En tiempo, pues, de persecución hay que dar la vida; pero en tiempo de paz hay que quebrantar los deseos terrenales que más ampliamente pueden dominarse.

San Gregorio Magno, Obras de San Gregorio Magno, Homilía XII [XXXII], 1-4, BAC Madrid 1958, 697-700 

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.


P. Alfredo Sáenz, S.J.


EL MARTIRIO

La profecía de Jesús acerca de sus sufrimientos futuros, de su pasión, de su muerte, de su resurrección al tercer día, expresada sin ambages, con toda claridad y de manera cruda, sin duda que provocó en los apóstoles una verdadera -conmoción.

Nos impresiona el verbo que empleó el Señor para expresar ese misterio: «y comenzó a enseñarles —se nos dice— que el Hijo del hombre debía sufrir mucho…». Extraño este «deber» de Jesús: debía sufrir mucho. ¿Acaso no podía elegir otro modo para salvamos? Por cierto que sí, pero en el plan por El determinado entraba necesariamente el sufrimiento y la muerte. Era la única manera de pasar a la resurrección, de hacer la pascua a la gloria del cielo.

Jesús nos revela aquí el secreto de su mesianismo: será por el dolor. Es aquello preanunciado por el profeta Isaías en la primera lectura que escuchamos hoy, al poner en boca del Siervo de Dios estas terribles palabras: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían». Parece una descripción precisa de lo que el Señor sufriría en los crueles días de su Pasión.

Pero la revelación de Cristo no culmina con esta profecía. Sus palabras atañen también a nosotros, nos atañen. Porque, como leemos en el evangelio, llamando Jesús a la multitud y a sus discípulos, entre los cuales podemos justamente incluirnos, les dijo, y nos dice: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará». Palabras tremendas del Señor, que han sido siempre tan difíciles de ser aceptadas a lo largo de la historia. No podemos eludirlas, amados hermanos. Pertenecen a la esencia misma del cristianismo. Ya que si repasamos con atención el conjunto de los evangelios, adverti­mos que es aquél uno de los anuncios sobre el que Cristo vuelve con más frecuencia. Nos dice, por ejemplo, en el evangelio de San Juan: «Si el mundo os odia, sabed que primero me ha odiado a mí. Si vosotros fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya. Pero como no sois del mundo, sino que yo os elegí y os saqué de él, el mundo os odia. Acordaos de lo que os dije: el servidor no es más grande que su señor». Y asimismo nos dejó dicho que si a El «lo odiaron sin motivo», será para nosotros una gracia y un honor supremo «ser odiado por todos a causa de su nombre».

Con estas expresiones tan vigorosas se entronca el texto de hoy: «El que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará». No se refiere el Señor a una posible eventualidad, sino a una situación ineludible para todo cristiano, porque por el hecho de haber optado por Cristo, provocamos necesariamente la decisión opuesta, «el odio de los otros». Esa cruz a la que Jesús nos invita, este cargar la cruz, este perder la vida, excluye taxativamente que sigamos sirviendo al otro señor, al mundo. Cuando decimos «mundo» no nos referimos a las creaturas que lo integran, originalmente hechas por Dios, y por consiguiente buenas. Nos referimos al «mundo» en su sentido peyorativo, al mundo enemigo radical de Dios, al mundo de las concupiscencias, del pecado. Pues bien, no pode­mos servir a Cristo, y al mismo tiempo mantener relaciones cordiales con el mundo hostil a Cristo. Entre nosotros y el mundo no puede darse ningún tipo de «coexistencia pacífica». El que pretenda seguir a Cristo deberá elegir la cruz, a semejanza de El, como el lugar de su muerte, no hipotética, sino real.

Las palabras del Señor son palmarias: El que quiera salvar su vida, la perderá. El que quiera quedar bien con el mundo, con el ambiente, con el qué dirán, con los criterios dominantes, con una época que busca el paraíso en la tierra, ése tal, aunque aparentemente triunfe en este mundo, sepa que perderá su vida. Lo dice el Señor. No sólo perderá esta vida terrena que tanto amaba, al llegar el momento de la muerte, sino que perderá la vida de una manera mucho más esencial y dolorosa, la perderá para siempre. En cambio, agrega el Señor, el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Es decir, el que no se entrega al hedonismo, el que acepta la mortificación como un ingrediente necesario de su existencia cristiana, el que no busca el aplauso de los hombres y los éxitos mundanos, ése tal, aunque aparentemente fracase en este mundo, sepa que salvará su vida. Lo dice el Señor. La salvará no sólo en este mundo, en donde a pesar de todas las tribulaciones, de todas las «pérdidas», conocerá la alegría, el gozo profundo de quien se sabe fiel a Dios, sino que también la salvará para la otra vida, y por una eternidad.

Estas palabras, queridos hermanos, son sin lugar a dudas muy agrestes, por no decir agresivas para nuestra sensibilidad. Fácilmente nos sentimos refractarios a ellas. Pero yo, como sacerdote, no tengo derecho a predicar lo que agrada a la sensibilidad de ustedes y a la mía, sino que debo ser intérprete verídico de las enseñanzas del Señor. Y es El quien nos dice estas cosas tan arduas de aceptar. Pero que son, en el fondo, ampliamente consoladoras, si tenemos el instinto de las cosas religiosas.

El lugar desde donde el Señor nos habla hoy, y al cual nos invita, la cátedra de su enseñanza y el destino de nuestro compromiso bautismal es la cruz. Desde esa sede —ruda sede a la cual lo condujo el odio del mundo y en la que el Señor debió «perder su vida» para luego «salvarla» en su resurrección—, desde esa sede solicita hoy nuestra personal adhesión. «El que quiera venir detrás de mí —nos ha dicho sin vueltas—, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz, y me siga».

Según este discurso del Señor, el estado de persecución constituye el estado normal de la Iglesia en el mundo, y el martirio es para cada uno de nosotros la expresión normal de nuestra existencia cristiana. No que la Iglesia deba ser persegui­da siempre y en todas partes, pero cuando lo es en algún lugar o en algún momento, habrá de acordarse que está participando en la cruz de Cristo. «Os he advertido esto —nos dejó dicho el Señor— para que cuando llegue la hora recordéis que ya lo había dicho». Ni significa esto que cada cristiano habrá de sufrir un martirio cruento, con derramamiento de sangre, pero sí que debería considerar la presunta realización del martirio no como algo raro y exótico, reservado para algunos privilegiados, sino como la manifestación externa de un estado interior que hay que vivir todos los días. Vivir interiormente en situación de martirio. San Pablo es muy explícito al respecto: «Si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Cristo murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí’. Tal debe ser nuestra disposición, nuestra actitud interior: crucificados con Cristo. Ya no soy yo quien vivo, sino Cristo crucificado quien vive en mí, no haciendo yo otra cosa que completar con mi sufrimiento lo que falta a la Pasión de Cristo.

Frente al espectáculo de Cristo clavado en cruz no podemos contentarnos con agradecerle tanta generosidad. Debemos dejar que sus clavos atraviesen nuestras manos, que la lanza que se hundió en su costado perfore también el nuestro, que su corona de espinas cubra nuestra cabeza. En cada uno de nosotros, Dios Padre quiere reconocer a su Hijo, y a su Hijo crucificado. Al fin y al cabo somos miembros de su cuerpo ensangrentado. «Si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto». Por eso la disposición al martirio es la prueba decisiva de nuestra autenticidad cristiana. Martirio que, si es verdadero, habrá de manifestarse en la vida de cada día, muriendo cotidianamente a los recurrentes rebrotes del hombre viejo. Mi disposición a morir por Cristo es mi única respuesta adecuada a la Pasión del Señor.

Nos dice el evangelio que cuando Jesús explicó estas cosas, estas cosas tan duras, que debía sufrir mucho, que iba a ser rechazado y condenado a muerte, se le acercó Pedro, y comenzó a reprenderlo. Reprendía a Jesús porque no quería presentarse como Mesías terreno, triunfador en este mundo, solucionador de problemas económicos, políticos y sociales. Quizás en todo el Nuevo Testamento no haya otro lugar donde quede mejor resaltado el contraste entre el cometido divino de Jesús y las esperanzas mesiánicas humanas de carácter puramente terrenal. Jesús quería ser Mesías, pero muriendo en cruz. Por eso respon­dió a las palabras de Pedro con una expresión durísima:»¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Pedro era acá la boca de Satanás. Así como en el desierto el demonio había intentado apartar al Señor de su misión redentora a través del sufrimiento, aquí Pedro quiere que Cristo eluda la cruz, lo tienta de infide­lidad a su vocación de salvador por medio del dolor. Luego, cuando Cristo fuera elevado en alto, sobre la cruz, algunos de los circunstantes gritarían: «¡Que baje de la cruz y creeremos en El!». Tal es la tentación que sufre la Iglesia a lo largo de los siglos. Siempre la Iglesia escucha el grito tentador del mundo: Que baje de la cruz, que olvide sus pretensiones divinas y se haga humana, que se integre en el nuevo orden mundial, que participe en la edificación de un mundo temporal inmanentista, impermeable al llamado de la eternidad, que no predique más la necesidad del sufrimiento para salvarse. Y creeremos en ella. La aceptaremos en el seno de una nueva sociedad hedonista y feliz. Pero estos pensamientos, amados hermanos, «no son los de Dios, sino los de los hombres». La Iglesia, como tal, nunca consentirá a semejante cosa.

Vamos a seguir el Santo Sacrificio de la Misa. Cristo, el primero de los Mártires, renovará ahora sobre el altar su sacri­ficio redentor. Durante siglos, la Iglesia acostumbró poner bajo el altar las reliquias de un mártir, para indicar así que la Pasión de Cristo se continúa en la pasión de los santos, de los miembros de su cuerpo. De modo tal que la misa no es sólo el sacrificio de Cristo sino también el sacrificio de sus miembros, el sacrifi­cio de la Iglesia, que se adhiere al sacrificio de Cristo y a él se une de manera indisoluble. Inmolémonos hoy juntamente con el Señor, hagamos de su sacrificio nuestro propio sacrificio, trate­mos de saborear el gusto de la cruz, amargo en un primer momento, pero que tiene resabios de alegría y de felicidad eternas. Y luego vayamos a comulgar el Cuerpo martirizado de Jesús y su Sangre derramada para que el Señor nos aliente a tomar cada día la cruz y a seguirlo sin vacilaciones ni falaces concesiones.

 

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 249-254)

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S. Juan Pablo II

1. “¿Qué aprovecha, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras?” (Sant 2, 14).

Con esta pregunta, Santiago hoy nos invita a reflexionar seriamente sobre el contenido de la fe y la necesidad de expresarla en obras de justicia y caridad.

Es ciertamente necesario tener fe – observa el apóstol -, pero ¿qué fe? ¿de qué fe se trata?

“Si no tiene ninguna obra (la fe) está muerta en sí misma” (Sant 2, 17).

2. Evangelio de hoy nos ayuda a comprender el auténtico significado de la fe cristiana: la adhesión personal al Redentor del hombre.

Jesús, en el camino a Cesarea de Filipo, interroga a los discípulos, “¿quién dicen los hombres que soy yo?” (Mc 8, 27). Responden que para algunos es Juan Bautista resucitado, para otros es Elías o uno de los grandes profetas. La gente estima a Jesús de Nazaret, tienen de él un concepto indudablemente positivo: muchos lo consideran un “enviado de Dios”, pero aún no lo reconocen como el Mesías anunciado y esperado.

“¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?” (Mc 8, 29). Aquí están las preguntas con las que Jesús responde a las diferentes respuestas. Esta vez, en una manera clara y decidida, se dirige a ellos, a los apóstoles; los obliga a tomar una postura personal.

Peter siempre impetuoso y corajudo, exclama con clara sinceridad en nombre de todos: “tú eres el Cristo”. (Mc 8, 29).

3. “¿quién decís que soy yo?”.

Voz de Cristo resuena en la historia, a lo largo de la incesante sucesión de acontecimientos. Se hace sentir en la iglesia; se dirige todos y nadie puede permanecer indiferente. ¿Cuál es nuestra respuesta?

«Tú eres el Cristo».

Como Pedro y con él, la comunidad eclesial repite la misma profesión de fe y señala a la humanidad el Salvador, que «al morir dio vida al mundo» (del el rito de la Misa).

La nuestra, por lo tanto, no es una fe cualquiera.

Es escucha humilde de la palabra divina; es profesión de fidelidad a Aquel que se define el Camino, la Verdad y la Vida; es proclamación gozosa de su victoria sobre el pecado y la muerte; es aceptación incondicional de su ley.

La fe es anuncio de un Mesías sufriente – el siervo de Yahvé -, que para redimir a la humanidad se sometió sin resistencia a la prueba humillante de la pasión, como había sido predicho por el profeta Isaías: “Ofrecí mi espalda a los que golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían” (Is 50, 6).

4. El Señor mismo hace una pausa para explicar el significado de su misión mesiánica: él tiene que sufrir, ser rechazado y muerto, mas resucitar después de tres días.

Su discurso permanece oscuro a sus oyentes, ya que tienen en mente la idea de un Mesías poderoso y glorioso. Entonces Pedro llevándole aparte, lo regaña. El Señor responde con firmeza: “Detrás de mí, satanás! Porque no piensas según Dios, sino según los hombres!” (Mc 8, 33).

La naturaleza humana se rebela ante la perspectiva de la pasión. El discípulo fiel, todavía, no puede hacer otra cosa que seguir a su Maestro, abandonando la seguridad aparente de certezas racionales y aceptando libremente los planes de Dios. Este tipo de proyectos, incluso cuando parecen incomprensibles, es siempre para nuestro bien. Llevan a cumplimiento el plan de misericordia y salvación preparado para nosotros desde toda la eternidad.

5. A la humanidad que se debate en la duda, en la indiferencia, en la desesperada búsqueda de bienestar, a menudo confundida con la sola satisfacción material de los deseos humanos, la Iglesia sigue proclamando esta impactante novedad: el misterio Pascual. «Cristo, muerto y resucitado por todos, siempre le da al hombre, a través de su Espíritu, la luz y la fuerza para responder a su altísima vocación, y no ha sido dado en la tierra otro nombre entre los hombres, mediante el cual podamos ser salvados” (Gaudium et spes, 10).

Cristo es la respuesta plena y definitiva a cada aspiración nuestra. Y él nos llama a seguirlo en el camino de la Cruz.

“Quien persevere hasta el fin se salvará» (Mt 10, 22).

¿6. Queridos hermanos y hermanas, no es la liturgia de hoy una vibrante exhortación a redescubrir el don de la fe que hemos recibido gratuitamente?¿No es una invitación a hacer activo y operante nuestro testimonio evangélico?

La contemplación del misterio de la cruz nos guía al humilde y dócil seguimiento de Cristo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá…” (Mc 8, 34-35).

En la escuela del Verbo Encarnado, entendemos que es sabiduría divina aceptar con amor la Cruz: la Cruz de la humildad de la razón ante el Misterio; la Cruz de la voluntad en la práctica fiel de toda la ley moral,  natural y revelada; la Cruz del propio deber, a veces pesado y poco gratificante; la Cruz de la paciencia en la enfermedad y en las dificultades de cada día; la Cruz del compromiso sin cesar por responder a la propia vocación; la Cruz de la lucha contra las pasiones y las insidias del mal.

Mirando el crucifijo -y hoy la fiesta de la exaltación de la cruz nos ha recordado que la Cruz es la gloria y exaltación de Cristo- nos animamos a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz diariamente y caminar detrás de él.

De la muerte nace la vida: “Quien pierda su vida por causa mía, la salvará”.

“Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos; porque por tu santa cruz redimiste al mundo” (de la liturgia de la fiesta de la exaltación de la Cruz).

8. Caminad en la presencia del Señor!

«Amo al Señor, porque escucha el clamor de mi plegaria…!» (PS 114, 1).

El salmo responsorial nos invita a alabar a Dios porque nos ha escuchado en el momento de la necesidad.

Él es bueno y justo: ¡nuestro Dios es misericordioso!

No nos abandona en la prueba. Nos apoya en el esfuerzo. Nos libre del mal.

Por esto podemos afirmar con San Pablo: « Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.» (aclamación al Evangelio).

De ninguna otra cosa queremos gloriarnos si no de la Cruz de Cristo. Señora de los Dolores, que hoy veneramos con especial devoción, ayúdanos a amar la Cruz. Ayúdanos a seguir a Jesús.

«Fac ut ardeat cor meum en amando Christum Deum ut sibi complaceam!». Amén!

 

(Parroquia de Santo Tomás de Villanueva, Castel Gandolfo,

Domingo, 15 de septiembre de 1991)

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SS. Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo —XXIV del tiempo ordinario— la Palabra de Dios nos interpela con dos cuestiones cruciales que resumiría así: «¿Quién es para ti Jesús de Nazaret?». Y a continuación: «¿Tu fe se traduce en obras o no?». El primer interrogante lo encontramos en el Evangelio de hoy, cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8, 29). La respuesta de Pedro es clara e inmediata: «Tú eres el Cristo», esto es, el Mesías, el consagrado de Dios enviado a salvar a su pueblo. Así pues, Pedro y los demás Apóstoles, a diferencia de la mayor parte de la gente, creen que Jesús no es sólo un gran maestro o un profeta, sino mucho más. Tienen fe: creen que en él está presente y actúa Dios. Inmediatamente después de esta profesión de fe, sin embargo, cuando Jesús por primera vez anuncia abiertamente que tendrá que padecer y morir, el propio Pedro se opone a la perspectiva de sufrimiento y de muerte. Entonces Jesús tiene que reprocharle con fuerza para hacerle comprender que no basta creer que él es Dios, sino que, impulsados por la caridad, es necesario seguirlo por su mismo camino, el de la cruz (cf. Mc 8, 31-33). Jesús no vino a enseñarnos una filosofía, sino a mostrarnos una senda; más aún, la senda que conduce a la vida.

Esta senda es el amor, que es la expresión de la verdadera fe. Si uno ama al prójimo con corazón puro y generoso, quiere decir que conoce verdaderamente a Dios. En cambio, si alguien dice que tiene fe, pero no ama a los hermanos, no es un verdadero creyente. Dios no habita en él. Lo afirma claramente Santiago en la segunda lectura de la misa de este domingo: «La fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (St 2, 17). Al respecto me agrada citar un escrito de san Juan Crisóstomo, uno de los grandes Padres de la Iglesia que el calendario litúrgico nos invita hoy a recordar. Justamente comentando el pasaje citado de la carta de Santiago, escribe: «Uno puede incluso tener una recta fe en el Padre y en el Hijo, como en el Espíritu Santo, pero si carece de una vida recta, su fe no le servirá para la salvación. Así que cuando lees en el Evangelio: «Esta es la vida eterna: que te conozcan ti, el único Dios verdadero» (Jn 17, 3), no pienses que este versículo basta para salvarnos: se necesitan una vida y un comportamiento purísimos» (cit. en J.A. Cramer, Catenae graecorum Patrum in N.T., vol. VIII: In Epist. Cath. et Apoc., Oxford 1844).

Queridos amigos, mañana celebraremos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y al día siguiente la Virgen de los Dolores. La Virgen María, que creyó en la Palabra del Señor, no perdió su fe en Dios cuando vio a su Hijo rechazado, ultrajado y crucificado. Antes bien, permaneció junto a Jesús, sufriendo y orando, hasta el final. Y vio el alba radiante de su Resurrección. Aprendamos de ella a testimoniar nuestra fe con una vida de humilde servicio, dispuestos a sufrir en carne propia por permanecer fieles al Evangelio de la caridad y de la verdad, seguros de que nada de cuanto hagamos se pierde.

 (Castelgandolfo, Ángelus del Domingo 13 de septiembre de 2009)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 Saber llevar la cruz

Mc 8, 27-35

        El pasaje que nos narra Marcos ocurrió en Cesarea de Filipo.

        Jesús le pregunta a sus discípulos qué opina la gente de su persona y la gente no da una respuesta precisa sobre quién es Cristo.

        Les pregunta a ellos y Pedro en nombre de todos, da la respuesta acertada: “Tu eres el Cristo”[1] y Jesús felicita a Pedro: “Bienaventurado”[2] porque su respuesta es una gracia divina.

        Luego Jesús le revela que al que han confesado como Hijo de Dios tiene que sufrir por parte de las autoridades judías, morir y resucitar al tercer día.

        Pedro lo lleva aparte y comienza a increparle: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo  te sucederá eso!”[3] Jesús reprende a Pedro diciéndole que se aparte de Él, llamándolo  “Satanás” y le da la razón de sus palabras: sus pensamientos son de los hombres, no de Dios.

        Antes lo felicita porque su pensamiento es de Dios, ahora lo maldice porque su pensamiento es mundano.

        La gente no sabía quién era Jesús, actualmente tampoco. El pensamiento de Pedro, que era en cierta manera como el de la gente, rechazaba la muerte y la cruz, actualmente también.

        Hay que purificar el conocimiento de Jesús. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre y ha venido para redimirnos por su muerte y resurrección. También tienen que purificar el conocimiento de Cristo los mismos que siguen a Jesús. Ya Jesús le había prometido a Pedro el Papado.

        Jesús llama a todos y les dice que si quieren seguirlo deben negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día[4]. El que quiera salvar la vida, según los criterios mundanos, la perderá, para el cielo, y el que pierda su vida por su causa y por el Evangelio la salvará.

        Duras palabras si no se presta atención a lo que dijo Jesús o no se entiende. Jesús dijo que al tercer día resucitaría. Los apóstoles no sabían, no entendían, lo que era resucitar. Nosotros sí lo sabemos.

        La muerte lleva a la vida. La cruz a la resurrección y la vida eterna.

        La cruz nos asusta pero la resurrección nos alienta.

        La opción es clara en los labios de Jesús pero se enturbia, muchas veces, en nuestra voluntad que quiere huir de la cruz.

        Los pensamientos mundanos son del diablo y nos llevan a rechazar la cruz. Los pensamientos de Dios son claros como sus inspiraciones y nos llevan a la verdad completa y a querer su voluntad: morir al hombre viejo para resucitar al hombre cristificado.

        Ignorar quién es Jesús por no molestarse en averiguarlo es algo que viene del maligno.

        ¿Quién es Jesús para mí? ¿Es en verdad alguien central en mi vida? ¿Es el capitán que sigo? Muchas veces el demonio disfrazado de ángel nos engaña respecto al conocimiento verdadero de Jesús y seguiremos, si no estamos atentos, sus máximas en vez de las de Jesús.

        Jesús nos predica pobreza, humillaciones, humildad, amor a la cruz, muerte, para imitarlo y ser de su bando. El diablo nos predica riqueza, vanidad, soberbia, amor al libertinaje, vida mundana, para ser de su bando[5].

        Nosotros, muchas veces, decimos que amamos a Jesús y lo conocemos, pero hacemos lo que nos predica el mal caudillo.

        El que rechaza la cruz está bajo el poder del diablo. La cruz es el camino elegido por Dios para Jesús y para los que quieran imitar a Jesús. ¡Qué distintos los pensamientos de Dios a los de los hombres!

        El diablo quiere que rechacemos la cruz prometiéndonos una libertad absoluta, lo cual es libertinaje. Libres hasta de los mandamientos de Dios porque ese fue su pecado que lo condujo a la eterna esclavitud.

        El mundo está bajo esta consigna del diablo: libertad para todos y de todo, sin darse cuenta que es esclavo, no ya de Dios, sino, del padre de la mentira.

        Hago esto porque me apetece aunque a Jesús le desagrade. Es lo que quiero yo aunque Jesús quiera otra cosa de mí.

        La cruz que quiere Dios que llevemos es hacer lo que Él quiere que hagamos desde toda la eternidad. Su voluntad en toda nuestra vida y a cada instante. Dios quiere que seamos fieles a nuestro deber de estado. Esa es la cruz que Jesús quiere para mí. Y no me deja solo… Él va delante llevando su cruz…y también la mía conmigo.

*      *      *

¿Qué dice la gente sobre mí? Dijo Jesús a sus apóstoles. ¿Qué dices tú sobre mí? Tú eres el Cristo. El Cristo. Pocos entienden quién es el Cristo, Verbo Encarnado, y menos entienden su redención.

        La mayoría de nosotros ve en Jesús alguien extraordinario. Confesamos su divinidad pero se nos escapa muchas veces el motivo y el medio de su Encarnación: Dios se ha hecho hombre para morir por nuestros pecados y llevarnos al cielo.

        Pedro acierta la respuesta sobre la Persona de Jesús pero se le escapa su misión y se escandaliza de ella cuando Jesús se la manifiesta.

        El hijo del hombre tiene que morir y resucitar. Pedro quiere que Jesús se manifieste poderoso y que no sufra y menos que muera. Jesús le hace ver que sus pensamientos son mundanos y no cristianos.

        Jesús manifiesta una conciencia clara de su misión. Sabe cuál es la voluntad del Padre sobre su misión, sobre su vida sobre la tierra y El la acepta. Ha venido a morir en una cruz y resucitar al tercer día para nuestra salvación. Jesús rechaza la propuesta de Pedro de una redención sin cruz, sin sufrimiento. La rechaza porque quiere hacer la voluntad del Padre, porque lo ama y porque nos ama a nosotros. También en el desierto rechazó la propuesta de Satanás de una redención triunfalista. Y en Getsemaní también murió a su propio querer para entregarse incondicionalmente al querer del Padre: “Padre, si puede ser aparta de mí este cáliz pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

        Preguntémonos. Tenemos clara conciencia de la voluntad de Dios sobre nosotros. La aceptamos como Cristo o buscamos atajos a cargar con la cruz que nos ha tocado en suerte.

        Muchas veces buscamos atajos a la cruz. Rechazamos la cruz y buscamos nuestro propio gusto. Rechazamos la cruz que Dios nos ha dado y sin darnos cuentas por rechazarla cargamos una cruz más pesada. La cruz que nos ha tocado en suerte es una cruz a nuestra medida, pensada por Dios desde toda la eternidad. Una cruz que no excede nuestras fuerzas porque procede de la sabiduría y del amor de Dios. Esa cruz tenemos que aceptarla con mansedumbre y humildad porque aceptada nos hace felices y se nos hace liviana. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”[6]. Tenemos que aprender de Jesús a aceptar la cruz que amorosamente Dios nos ha dado y mantenernos fieles a su voluntad.

        La tentación mundana de Pedro siempre se nos presentará y se hará más fuerte en la medida en que nos salgamos de la voluntad de Dios. Cuando nos vamos apartando de la voluntad de Dios, de la verdad de su querer divino, es muy fácil que aceptemos un atajo a la cruz y caigamos en un ámbito distinto del querer de Dios, caeremos en nuestro propio querer y en definitiva en el querer del Diablo.

        Jesús después de rechazar la tentación diabólica que Pedro le presenta y de rechazarla en público para que quedará manifiesta y aprendiesen todos a discernir los espíritus: el de Dios y el del hombre habla sobre la condición principal para ser su discípulo.

        Si alguien quiere ser discípulo de Cristo tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirlo. Aceptar la voluntad de Dios es renunciar, muchas veces, a nuestro propio querer porque, muchas veces, nuestros gustos y criterios no son los de Dios. Si queremos ser buenos seguidores de Cristo tenemos que imitarlo en ser fieles a la voluntad de Dios y cargar la cruz que nos ha dado. La cruz del cumplimiento de los mandamientos, de nuestro deber de estado, de nuestra vocación, de las enfermedades, dolores y angustias que El permite en nuestra vida.

        Ser fieles a la voluntad de Dios, cargar nuestra cruz, es morir a nosotros mismos para vivir en Cristo. Por el contrario, hacer nuestra propia voluntad, seguir nuestro querer y rechazar el querer de Dios, es vivir a nosotros mismos y rechazar a Cristo.

        La cruz de Cristo es suave y su carga es ligera, si nos abrazamos a ella. Cada uno tiene su cruz, una cruz a su medida, una cruz que Dios le ha elegido por amor. En la aceptación de la cruz que Dios nos ha dado esta nuestra santificación. Llevémosla tras de Cristo que la llevó por nosotros. En la cruz de Cristo está incluida nuestra cruz. Él ya la llevó por nosotros y hoy nosotros la tenemos que llevar pero sin olvidarnos que Él nos acompaña. Y cuando se nos haga pesada la cruz digámosle a nuestro Señor que sea nuestro Cireneo. Él nos cargará a nosotros junto con nuestra cruz.

 


[1] En Mateo la respuesta es más expresiva “Tu eres el Cristo el Hijo de Dios vivo” (16, 16)

[2] Mt 16, 17

[3] Mt 16, 22

[4] Lc 9, 23

[5] Cf. E.E. nº 139-146, 239-240

[6] Mt 11, 28-19

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Ejemplos Predicables

DIOS ENTRE LAS BOMBAS

Quiero transcribir a continuación un episodio, que  desborda una espontaneidad y fe al tratar con Dios envidiables.

“Escucha, Dios… Yo nunca he hablado contigo. Hoy quiero saludarte: ¿Cómo estás? ¿Tú sabes…? Me decían que no existías y yo… -¡tonto de mí!- creí que era verdad. Yo nunca había mirado tu gran obra, y anoche, desde el cráter que cavó una granada, ví tu cielo estrellado. Y comprendí que había sido engañado.

“Yo no sé si Tú, Dios, estrechas mi mano, pero, voy a explicarte y comprenderás… Es bien curioso: en este horrible infierno he encontrado la luz para mirar tu faz. Después de esto, mucho qué decirte no tengo. Tan sólo me alegro de haberte conocido…

“¡La señal…! Bueno, Dios, ya debo irme… Me encariñé contigo… Aún quería decirte que, como Tú sabes, habrá lucha cruenta… Y quizá esta misma noche llamaré a tu puerta. Aunque no fuimos nunca amigos, ¿me dejarás entrar, si hasta ti llego?

“Pero… ¡si estoy llorando! ¿Ves, Dios mío? Se me ocurre que ya no soy tan impío… Bueno, Dios, debo irme. ¡Buena suerte! Es raro, pero ya no temo a la muerte”.

(Carta encontrada en el bolsillo de un soldado americano destrozado por una granada durante la 2ª Guerra Mundial).

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Directorio Homilético


Vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario 

 CEC 713-716: la descripción del Mesías viene revelada en los cantos del Siervo

CEC 440, 571-572, 601: Jesús sufrió y murió por nuestra salvación

CEC 618: nuestra participación en el sacrificio de Cristo

CEC 2044-2046: las obras buenas manifiestan la fe

713 Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra «condición de esclavos» (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

714 Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):

        El Espíritu del Señor está sobre mí,

        porque me ha ungido.

        Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,

         a proclamar la liberación a los cautivos

        y la vista a los ciegos,

        para dar la libertad a los oprimidos

        y proclamar un año de gracia del Señor.

715 Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del «amor y de la  fidelidad» (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.

716  El Pueblo de los «pobres» (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor «un pueblo bien dispuesto» (cf. Lc 1, 17).

 

440  Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).

Artículo 4          “JESUCRISTO PADECIO BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTOY SEPULTADO”

571 El Misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstole s,  y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de «una vez por todas» (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.

572  La Iglesia permanece fiel a «la interpretación de todas las Escrituras» dada por Jesús mismo, tanto antes como después de su Pascua: «¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 26-27, 44-45). Los padecimientos de Jesús han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber sido «reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas» (Mc 8, 31), que lo «entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle» (Mt 20, 19).

«Muerto por nuestros pecados según las Escrituras»

601 Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Co 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras» (ibidem: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

 

 Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre» (GS 22, 2), él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):

        Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo

                        (Sta. Rosa de Lima, vida)

  III   VIDA MORAL Y TESTIMONIO MISIONERO

2044 La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. «El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios» (AA 6).

2045 Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (cf Ef 1,22), contribuyen, mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres, a la edificación de la Iglesia. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles (cf LG 39), «hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo» (Ef 4,13).

2046 Mediante un vivir según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, «Reino de justicia, de verdad y de paz» (MR, Prefacio de Jesucristo Rey). Sin embargo, no abandonan sus tareas terrenas; fieles al Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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