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Solemnidad de la Epifanía del Señor – 2017

 

06
enero

Solemnidad de la Epifanía del Señor

2017

 

Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de la Epifanía del Señor

(Viernes 6 de Enero de 2017)

LECTURAS

La gloria del Señor brilla sobre ti

Lectura del libro de Isaías      60, 1-6

¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora.

Mira a tu alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y tus hijas son llevadas en brazos. Al ver esto, estarás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, porque se volcarán sobre ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones llegarán hasta ti. Te cubrirá una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá.

Todos ellos vendrán desde Sabá, trayendo oro e incienso, y pregonarán las alabanzas del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL  71, 1-2. 7-8. 10-13

R. ¡Pueblos de la tierra

     alaben al Señor!

Concede, Señor, tu justicia al rey

y tu rectitud al descendiente de reyes,

para que gobierne a tu pueblo con justicia

y a tus pobres con rectitud. R.

Que en sus días florezca la justicia

y abunde la paz, mientras dure la luna;

que domine de un mar hasta el otro,

y desde el Río hasta los confines de la tierra. R.

Que los reyes de Tarsis y de las costas lejanas

le paguen tributo.

Que los reyes de Arabia y de Sabá

le traigan regalos;

que todos los reyes le rindan homenaje

y lo sirvan todas las naciones. R.

Porque Él librará al pobre que suplica

y al humilde que está desamparado.

Tendrá compasión del débil y del pobre,

y salvará la vida de los indigentes. R.

 

Ahora ha sido revelado que también los paganos

 participan de la misma promesa

 

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Éfeso      3, 2-6

Hermanos:

Seguramente habrán oído hablar de la gracia de Dios, que me ha sido dispensada en beneficio de ustedes.

Fue por medio de una revelación como se me dio a conocer este misterio, tal como acabo de exponérselo en pocas palabras. Al leerlas, se darán cuenta de la comprensión que tengo del misterio de Cristo, que no fue manifestado a las generaciones pasadas pero que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas

Este misterio consiste en que también los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Mt 2. 2

Aleluia.

Vimos su estrella en Oriente

y hemos venido a adorar al Señor.

Aleluia.

Hemos venido de Oriente a adorar al rey

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo       2, 1 -12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: « ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo».

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”».

Herodes mandó llamar secretamente a los magos y, después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje».

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría y, al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Solemnidad de la Epifanía del Señor 2017

Entrada: Celebramos hoy la Solemnidad de la Epifanía del Señor. En ella nos alegramos porque Dios se manifestó al mundo entero a través de la adoración de unos sabios que no eran judíos, pero que eran temerosos de Dios y creyeron en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Liturgia de la Palabra

1º Lectura:   Isaías 60, 1- 6

El profeta anuncia a Jerusalén que la gloria del Señor resplandecerá sobre ella.

Salmo Responsorial: 71, 1- 2. 7- 8. 10- 13

2º Lectura:       Efesios 3, 2- 6

También los paganos participan de la misma promesa hecha desde antiguo al Pueblo de Dios.

Evangelio:          Mateo 2, 1- 12

Los Magos son sabios que representan al pueblo pagano; estos sabios, ya iluminados por la fe en Cristo, se ponen en camino para adorar al Rey de reyes.

Preces:
Pidamos al Padre de los cielos por todas nuestras necesidades especialmente las que nos hagan falta para caminar a su luz.

A cada intención respondemos cantando:

+ Por las intenciones del Santo Padre y, en especial, por la Iglesia a él encomendada, para que ilumine a todos los hombres con la luz que recibe de Cristo su Esposo. Oremos.

+ Agradecemos inmensamente al Niño de Belén que haya otorgado la paz a la martirizada ciudad de Alepo, en Siria. Al mismo tiempo le pedimos que fortalezca la paz y que la extienda a toda la nación siria. Oremos.

+ Para que todos los cristianos y hombres de buena voluntad se esfuercen por manifestar a Dios en quien creen para que los demás hombres se conviertan a la fe y entren a formar parte de la Iglesia. Oremos.

+ Por aquellos que se dedican al estudio y a la investigación de la verdad, para que a imitación de los Sabios de Oriente, encuentren a Cristo y se esfuercen por predicarlo con la palabra y las obras. Oremos.

(Para los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado:

+ Por los miembros de nuestra familia religiosa, para que la luz que irradia desde Belén sea estímulo para ser verdaderas “voces del Verbo” en medio de la humanidad contemporánea. Oremos.)

Escucha nuestras súplicas, Dios todopoderoso, y ayúdanos a ser testigos tuyos delante de todos los hombres. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Ofertorio
Junto a los Magos de Oriente queremos tributarle al Señor nuestra fe, rendirnos a su Voluntad con una esperanza cierta en sus promesas, y ofrecerle todo nuestro amor. Y presentamos también:

Incienso y junto con él ofrecemos nuestra devoción traducida en prontitud para servirle de todo corazón.

Cirios y con ellos proclamamos el triunfo de la Luz surgida en la Noche santa de Belén.

Alimentos para hacer resplandecer el Amor y la Providencia de Dios para con sus hijos más pobres.

Pan y vino, para que Cristo se haga presente en la Eucaristía, y lo adoremos cuando lo recibamos en nuestras almas.

Comunión: Adoremos como los Magos, en la intimidad de nuestro corazón a nuestro Señor, presente en las especies sacramentales y ofrezcámosle los dones de nuestro amor y devoción.

Salida: María Santísima nos enseñe a reconocer a Cristo y las manifestaciones de su voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         W. Trilling

Unos sabios de oriente adoran al niño

(Mt.2,1-12)

1 Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos sabios llegaron de Oriente a Jerusalén, 2 preguntando: ¿Donde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo.

El árbol genealógico y el relato del nacimiento de Jesús quedaron en el ámbito de la nación y del pueblo judío. Ahora la vista se amplía al gran mundo de las naciones y de los reinos. En el árbol genealógico habíamos ido tentando el camino de la historia hasta David y Abraham. Sigue luego un pasaje (1,18-25) en que resuena la profecía de que un niño hijo de una virgen será el «Dios con nosotros». Todo esto se ha logrado con una creyente mirada retrospectiva, que se dirige al tiempo pasado desde el tiempo presente consumado. El acontecimiento de la adoración de unos sabios de Oriente de nuevo parece que realiza grandes profecías, con la diferencia de que aquí sucede con una publicidad mucho mayor, algo que antes sólo podía conocer la mirada de la fe: la venida del verdadero Mesías. Por primera vez, nos enteramos en san Mateo de que el nacimiento de Jesús tuvo lugar en Belén, en el país de Judá. Ambas circunstancias cumplen la profecía, según la cual solamente entra en consideración el país real de Judá y una ciudad que se encuentra en este país. Ambas indicaciones del versículo primero ya anticipan la cita del Antiguo Testamento, que se aduce por extenso en el v. 6.

El profeta Miqueas sobre esta pequeña ciudad había hecho el oráculo de que de ella debe salir el soberano del tiempo final, que ha de gobernar a todo el pueblo de Israel. El lugar del nacimiento ha sido designado por el profeta, así como el nombre del niño ha sido determinado por Dios. Se dice en general: «En tiempos del rey Herodes», sin que podamos conocer una determinación más próxima del tiempo. Se alude a Herodes el Grande, que a pesar de apreciables méritos, como extranjero (idumeo) y dependiente de los favores de Roma, ejerció el mando arbitraria y horriblemente, sin escrúpulos y con desenfreno. Es verdad que había arreglado suntuosamente el templo y que hizo mucho bien al pueblo, no obstante las agrupaciones piadosas de los judíos tienen la sensación de que es un dominador extranjero. Aunque su poder era pequeño, usaba el título de «rey». que Roma le había concedido. Aquí se usa muchas veces este título, en contraste con el rey que buscan los sabios. En el Evangelio sólo dos veces se habla de Jesús como el «rey de los judíos»: aquí en contraste con el tirano Herodes, y hacia el fin en el proceso usan este título el pagano Pilato (27,11), los soldados que hacen escarnio de Jesús (27,29) y la inscripción en la cruz (27,37). Jesús respondió afirmativamente a la pregunta de Pilatos (27,11), pero el título no era expresión de la verdadera dignidad de Jesús ni una profesión de fe. Aquí se ha de considerar que quien pretende ser rey de los judíos está sentado tembloroso en el trono, y el verdadero rey viene con la debilidad del niño. Los sabios vienen de oriente. No se indica qué país era su patria, tampoco se dice el número de ellos. Las circunstancias externas permanecen ocultas ante la sola pregunta que les mueve: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Son personas instruidas, probablemente sacerdotes babilonios, familiarizados con el curso y las apariciones de las estrellas. La notable aparición de una estrella les ha movido a partir. A esta estrella estos sabios la llaman «su estrella», la del rey de los judíos. Es la estrella del nuevo rey infante. Según persuasión del antiguo Oriente los movimientos de las estrellas y el destino de los hombres están interiormente relacionados. (Pero hasta hoy día no se han aclarado todas las investigaciones y cálculos ingeniosos sobre esta estrella, si designa una constelación determinada, un cometa o una aparición enteramente prodigiosa. Aquí dejamos aparte la cuestión y solamente vemos la estrella según el significado que tiene para aquellos sabios. También hubiera podido moverlos a emprender su expedición otra señal.) Lo que es seguro es que la aparición de la estrella no podía explicarse de una forma puramente natural, sino que era un suceso prodigioso (v 9). Una señal es dada por Dios, el Dios de las naciones y del mundo. Lo principal no son las circunstancias externas de la aparición, sino su finalidad interna. Pero ¿qué significa la señal para la gente instruida? Para ésta el país de los judíos es ridículamente pequeño, carece de importancia desde el punto de vista político, desde hace siglos ya no se hace sentir por su función independiente dentro del próximo Oriente.

¿Cómo se explica que no les baste un mensaje, una averiguación por medio de emisarios? ¿Por qué les estimula el deseo de ir a ver y de adorar? La Sagrada Escritura no contesta a estas preguntas, sino que solamente informa sobre lo que ha sucedido. Pero el asombro que nos causan estas preguntas, nos conduce a descubrir el profundo sentido de este relato… Dios no solamente había elegido a su pueblo sacándolo de la servidumbre de Egipto, sino que había elegido para sí una ciudad santa: Jerusalén, y había escogido, por así decir, como domicilio un monte santo: el monte de Sión. Para el comienzo de la salvación Israel no solamente espera la llegada del Mesías y el establecimiento del reino davídico, sino mucho más: la bendición de todas las naciones por medio de Israel. La ciudad y el monte son la sede y el origen de la salvación, que ha deparado Dios a las naciones. Allí resplandece la luz, allí se tiene que adorar. El monte-Sión se convierte en el monte de todos los montes, en el más alto y más santo de todos. En los últimos días muchos pueblos se ponen en marcha desde los cuatro vientos y van en romería a Jerusalén, para que Dios les enseñe sus caminos, y anden por las sendas de Dios (cf. Isa_2:2 s). Allá van reyes y príncipes de todo el mundo y llevan sus dones a la ciudad de Jerusalén iluminada por el fulgor de la luz: «Y a tu luz caminarán las gentes, y los reyes al resplandor de tu claridad naciente. Tiende tu vista alrededor tuyo, y mira; todos ésos se han congregado para venir a ti; vendrán de lejos tus hijos, y tus hijas acudirán a ti de todas partes. Entonces te verás en la abundancia; se asombrará tu corazón, y se ensanchará, cuando vengan hacia ti los tesoros del mar; cuando a ti afluyan las riquezas de los pueblos. Te verás inundada de una muchedumbre de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá; todos los sabeos vendrán a traerte oro e incienso, y publicarán las alabanzas del Señor» (Isa_60:3-6; cf. Sal_71:10 s). (La peregrinación de los pueblos al fin del tiempo. ¿Tiene el evangelista esta escena ante su mirada? ¿Ve cumplido el «fin de los días»? Jesús no vino al mundo en la ciudad real de David, sino en la pequeña y mucho menos importante ciudad de Belén. ¿Cómo puede explicarse que todos los demás indicios de la expectación señalen a Belén? ¿Y cómo es posible que el Mesías no nazca en el palacio real de Herodes, sino en cualquier parte, desconocido e ignorado? ¿Puede ser este niño el verdadero Mesías? Es difícil responder a estas preguntas. La respuesta tenía preocupada a la primitiva Iglesia, especialmente entre los judíos. Hasta que un día el Espíritu Santo también le indicó el camino. Todo esto también lo atestigua la Escritura. )

El profeta Miqueas nombra y ensalza adrede este pueblo de Belén, que es poco importante y pequeño, pero que es grande a causa de que de él debe salir el dominador de Israel. San Mateo ha reproducido con alguna libertad el texto del profeta Miqueas. El texto original dice así: «Y tú, Belén, Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá el que ha de ser dominador de Israel; su origen es desde tiempos remotos, desde días muy antiguos… Y él permanecerá firme, y apacentará la grey con la fortaleza del Señor. En el nombre altísimo del Señor Dios suyo, y ellos se establecerán, porque ahora será glorificado él hasta los últimos términos del mundo. Y él será paz» (Miq_5:1.3-4). Efratá era una estirpe numéricamente pequeña de Israel, de la cual procedía David (lSam 17,12). Dios eligió una vez lo que era débil, y volverá a hacerlo en la consumación del tiempo.

3 Cuando lo oyó el rey Herodes, se sobresaltó, y toda Jerusalén con él. 4 Y convocando a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, les estuvo preguntando dónde había de nacer el Cristo. 5 Ellos le respondieron: En Belén de Judea; pues así está escrito por el profeta: 6 y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre las grandes ciudades de Judá; porque de ti saldrá un jefe que gobernará a mi pueblo Israel. 7 Entonces Herodes llamó en secreto a los sabios y averiguó cuidadosamente el tiempo transcurrido desde la aparición de la estrella. 8 y encaminándolos hacia Belén, les dijo: Id e informaos puntualmente acerca de ese niño; y cuando lo encontréis, avisadme, para que también yo vaya a adorarlo.

Precisamente Herodes es interrogado acerca del lugar. La pregunta le estremece, porque ahora ha de temer a un nuevo competidor, y la pregunta estremece a la ciudad, porque tiembla por el miedo de nuevas medidas de terror. Puesto que Herodes no sabe el lugar (¿qué sabe de la Escritura el rey de sangre extranjera y amigo de los paganos?), tiene que convocar un consejo de personas constituidas en dignidad: sumos sacerdotes y escribas, para que oficialmente le den respuesta. El lugar, pues, no lo han inventado los cristianos creyentes ni lo han dispuesto posteriormente. Los judíos e incluso Herodes tienen que testificar que Belén es la ciudad del Mesías. Por la mediación de Dios la romería de los sabios no termina en Jerusalén, sino más allá de la ciudad, en la cercana Belén. ¡Singular providencia! Jerusalén no es la ciudad de la luz, en la que los pueblos pueden disponer del derecho y de la salvación. Jerusalén está en pecado, es la ciudad de los asesinos de los profetas (23,37-39), la ciudad de la desobediencia y de la sublevación, del desprecio de la voluntad de Dios. El Mesías no viene a Jerusalén, a no ser para morir en ella. Entonces también sale la luz de esta ciudad, pero de una forma muy distinta de la que se esperaba.

9 Después de oir al rey, se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño. 10 Al ver la estrella, sintieron inmensa alegría. 11 Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre y, postrados en tierra, lo adoraron; abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. 12 y advertidos en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

Con toda pobreza y estrechez ocurre en Belén algo de la gran promesa: los hombres doctos encuentran al niño y a María su madre, le presentan su homenaje y sus valiosos regalos, propios de reyes: oro, incienso y mirra. Su alegría sobrepasa toda medida: sintieron inmensa alegría, la alegría del hallazgo, del anhelo cumplido. Es un comienzo, el principio de la adoración de todos los pueblos en la presencia del único Señor. La luz no sólo brilla para los judíos; el dominador no solamente «gobernará a mi pueblo Israel» (v. 6), los gentiles también participan de la luz; antes que los demás, antes que un solo judío haya logrado la fe. Mientras Herodes se queda inmovilizado con sombríos pensamientos homicidas, estos gentiles venidos de Oriente se arrodillan delante del niño.

Se atestigua que en Jesús vino la salvación para todo el mundo. No podía ser atestiguado de una forma más solemne que mediante este grandioso acontecimiento. Empieza a llegar el fin de los tiempos. Se presentan las primeras grandes señales. Herodes no consigue su objetivo. Su intención hipócrita de ir a adorarlo es desbaratada: con un medio fácil Dios ordena que regresen por otro camino. Se requiere solamente una indicación, y el mal queda alejado…

(Trilling, W., El Evangelio de San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

“Cayendo de rodillas lo adoraron”

Queridos jóvenes:

En nuestra peregrinación con los misteriosos Magos de Oriente hemos llegado al momento que san Mateo describe así en su evangelio: “Entraron en la casa (sobre la que se había detenido la estrella), vieron al niño con María, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2, 11). El camino exterior de aquellos hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este punto comienza un nuevo camino para ellos, una peregrinación interior que cambia toda su vida. Porque seguramente se habían imaginado de modo diferente a este Rey recién nacido. Se habían detenido precisamente en Jerusalén para obtener del rey local información sobre el Rey prometido que había nacido. Sabían que el mundo estaba desordenado y por eso estaban inquietos. Estaban convencidos de que Dios existía, y que era un Dios justo y bondadoso. Tal vez habían oído hablar también de las grandes profecías en las que los profetas de Israel habían anunciado un Rey que estaría en íntima armonía con Dios y que, en su nombre y de parte suya, restablecería el orden en el mundo. Se habían puesto en camino para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su ser buscaban el derecho, la justicia que debía venir de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a sus pies, y así servir también ellos a la renovación del mundo. Eran de esas personas que “tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5, 6). Un hambre y sed que les llevó a emprender el camino; se hicieron peregrinos para alcanzar la justicia que esperaban de Dios y para ponerse a su servicio.

Aunque otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo hace falta disponer de poder. Por eso, no podían buscar al niño de la promesa sino en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran ante una criatura de gente pobre, y pronto se enterarán de que Herodes -el rey al que habían acudido- le acechaba con su poder, de modo que a la familia no le quedaba otra opción que la fuga y el exilio. El nuevo Rey ante el que se postraron en adoración era muy diferente de lo que se esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de como acostumbramos a imaginarlo.

Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero debían aún interiorizar estos gozosos gestos.

Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y así cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto: el poder de Dios es diferente del poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como quisiéramos imponerlo también a él. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo (cf. Mt 26, 53). Al poder estridente y prepotente de este mundo, él contrapone el poder inerme del amor, que en la cruz -y después siempre en la historia- sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el reino de Dios. Dios es diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios.

Habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Este era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración. Una adoración que comprendía también sus presentes -oro, incienso y mirra-, dones que se hacían a un Rey considerado divino. La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a él a la causa de la justicia y del bien en el mundo. En esto tenían razón. Pero ahora aprenden que esto no se puede hacer simplemente a través de órdenes impartidas desde lo alto de un trono. Aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que este es poco para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo contribuir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse. Al salir de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.

Queridos amigos, podemos preguntarnos lo que todo esto significa para nosotros. Pues lo que acabamos de decir sobre la naturaleza diversa de Dios, que ha de orientar nuestra vida, suena bien, pero queda algo vago y difuminado. Por eso Dios nos ha dado ejemplos. Los Magos que vienen de Oriente son sólo los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida han buscado constantemente con los ojos la estrella de Dios, que han buscado al Dios que está cerca de nosotros, seres humanos, y que nos indica el camino. Es la muchedumbre de los santos -conocidos o desconocidos- mediante los cuales el Señor nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas; y lo está haciendo todavía. En sus vidas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejado en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, que está aquí con nosotros en este momento, beatificó y canonizó a un gran número de personas, tanto de tiempos recientes como lejanos. Con estos ejemplos quiso demostrarnos cómo se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar una vida del modo justo, cómo se vive a la manera de Dios. Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente su propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo.

De este modo, nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han elevado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar -tal vez en el dolor- la palabra de Dios al terminar la obra de la creación: “Y era muy bueno”. Basta pensar en figuras como san Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Carlos Borromeo; en los fundadores de las órdenes religiosas del siglo XIX, que animaron y orientaron el movimiento social; o en los santos de nuestro tiempo: Maximiliano Kolbe, Edith Stein, madre Teresa, padre Pío. Contemplando estas figuras comprendemos lo que significa “adorar” y lo que quiere decir vivir a medida del Niño de Belén, a medida de Jesucristo y de Dios mismo.

Los santos, como hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado vivimos revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, siempre se tomó un punto de vista humano y parcial como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?

Queridos amigos, permitidme que añada sólo dos breves ideas. Muchos hablan de Dios; en el nombre de Dios se predica también el odio y se practica la violencia. Por tanto, es importante descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de Oriente lo encontraron cuando se postraron ante el niño de Belén. “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”, dijo Jesús a Felipe (Jn 14, 9). En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera traspasado, se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Lo seguiremos junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino justo.

Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino que creemos y nos postramos ante el Jesús que nos muestran las sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo siempre ante nosotros. Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo dijo: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña. El Papa Juan Pablo II, que nos mostró el verdadero rostro de la Iglesia en los numerosos beatos y santos que proclamó, también pidió perdón por el mal causado en el transcurso de la historia por las palabras o los actos de hombres de la Iglesia. De este modo, también a nosotros nos ha hecho ver nuestra verdadera imagen, y nos ha exhortado a entrar, con todos nuestros defectos y debilidades, en la muchedumbre de los santos que comenzó a formarse con los Magos de Oriente. En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante todos nuestros defectos, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de Dios, mediante la cual él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia que vemos aquí; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justo aquí, en Colonia, experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el futuro de todas las partes de la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia.

“Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2, 11). Queridos amigos, esta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cf. Jn 12, 24). Está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a la peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación, y pidámosle a él que nos guíe.

Amén.

Benedicto XVI, discurso con motivo de la XX Jornada Mundial de la Juventud, vigilia con los jóvenes, Colonia, Explanada de Marienfeld, Sábado 20 de agosto de 2005.

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Santos Padres

·        San Agustín

La manifestación del Señor.

1. Hace pocos días celebramos la fecha en que el Señor nació de los judíos; hoy celebramos aquella en que fue adorado por los gentiles. La salvación, en efecto, viene de los judíos; pero esta salvación llega hasta los confines de la tierra, pues en aquel día lo adoraron los pastores y hoy los magos. A aquéllos se lo anunciaron los ángeles, a éstos una estrella. Unos y otros lo aprendieron del cielo cuando vieron en la tierra al rey del cielo para que fuese realidad la gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Tal es, en efecto, nuestra paz, quien hizo de los dos uno. Por eso este niño nacido y anunciado se muestra como piedra angular; ya desde su mismo nacimiento se manifestó como tal. Ya entonces comenzó a unir en sí mismo a dos paredes que traían distinta dirección, guiando a los pastores de Judea y a los magos de Oriente para hacer en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, estableciendo la paz; paz a los de lejos y paz a los de cerca. De aquí que unos, acercándose desde la vecindad aquel mismo día, y otros, llegando desde la lejanía en la fecha de hoy, han marcado para la posteridad estos dos días festivos; pero unos y otros vieron la única luz del mundo.

            2. Pero hoy hemos de hablar de aquellos a quienes la fe condujo a Cristo desde tierras lejanas. Llegaron y preguntaron por él, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo. Anuncian y preguntan, creen y buscan, como simbolizando a quienes caminan en la fe y desean la realidad. ¿No habían nacido ya anteriormente en Judea otros reyes de los judíos? ¿Qué significa el que éste sea reconocido por unos extranjeros en el cielo y sea buscado en la tierra, que brille en lo alto y esté oculto en lo humilde? Los magos ven la estrella en oriente y comprenden que ha nacido un rey en Judea. ¿Quién es este rey tan pequeño y tan grande, que aún no habla en la tierra y ya publica sus decretos en el cielo? Sin embargo, pensando en nosotros, que deseaba que le conociésemos por sus escrituras santas, quiso que también los magos, a quienes había dado tan inequívoca señal en el cielo y a cuyos corazones había revelado su nacimiento en Judea, creyesen lo que sus profetas habían hablado de él. Buscando la ciudad en que había nacido el que deseaban ver y adorar, se vieron precisados a preguntar a los príncipes de los sacerdotes; de esta manera, con el testimonio de la Escritura, que llevaban en la boca, pero no en el corazón, los judíos, aunque infieles, dieron respuesta a los creyentes respecto a la gracia de la fe. Aunque mentirosos por sí mismos, dijeron la verdad en contra suya. ¿Era mucho pedir que acompañasen a quienes buscaban a Cristo cuando les oyeron decir que, tras haber visto la estrella, venían ansiosos a adorarlo? ¿Era mucho el que ellos, que les habían dado las indicaciones de acuerdo con los libros sagrados, los condujesen a Belén de Judá, y juntos viesen, comprendiesen y lo adorasen? Después de haber mostrado a otros la fuente de la vida, ellos mismos murieron de sed. Se convirtieron en piedras miliarias: indicaron algo a los viajeros, pero ellos se quedaron inmóviles y sin sentido. Los magos buscaban con el deseo de hallar; Herodes para perder; los judíos leían en qué ciudad había de nacer, pero no advertían el tiempo de su llegada. Entre el piadoso amor de los magos y el cruel temor de Herodes, ellos se esfumaron después de haberles indicado a Belén. A Cristo, que allí había nacido, al que no buscaron entonces, pero al que vieron después, habían de negarlo, como habían de darle muerte; no entonces, cuando aún no hablaba, sino después, cuando predicaba. Más dicha aportó, pues, la ignorancia de aquellos niños a quienes Herodes, aterrado, persiguió que la ciencia de aquellos que él mismo, asustado, consultó. Los niños pudieron sufrir por Cristo, a quien aún no podían confesar; los judíos pudieron conocer la ciudad en que nacía, pero no siguieron la verdad del que enseñaba.

            3. La misma estrella llevó a los magos al lugar preciso en que se hallaba, niño sin habla, el Dios Palabra. Avergüéncese ya la necedad sacrílega y —valga la expresión— cierta indocta doctrina que juzga que Cristo nació bajo el influjo de los astros, porque está escrito en el evangelio que, cuando él nació, los magos vieron en oriente su estrella. Cosa que no sería cierta ni aun en el caso de que los hombres naciesen bajo tal influjo, puesto que ellos no nacen, como el Hijo de Dios, por propia voluntad, sino en la condición propia de la naturaleza mortal. Ahora, no obstante, dista tanto de la verdad el decir que Cristo nació bajo el hado de los astros, que quien tiene la recta fe en Cristo ni siquiera cree que hombre alguno nació de esa manera. Expresen los hombres vanos sus insensatas opiniones acerca del nacimiento de los hombres, nieguen la voluntad para pecar libremente, finjan la necesidad que defienda sus pecados; intenten colocar también en el cielo las perversas costumbres que los hacen detestables a todos los hombres de la tierra y mientan haciéndolas derivar de los astros; pero mire cada uno de ellos con qué poder gobierna no ya su vida, sino su familia; pues, si así piensan, no les está permitido azotar a sus siervos cuando pecan en su casa sin antes obligarse a blasfemar contra sus dioses, que irradian la luz desde el cielo. Más por lo que respecta a Cristo, ni siquiera conformándose a sus vanas conjeturas y a sus libros, a los que llamaré no fatídicos, sino falsos, pueden pensar que nació bajo la ley de los astros por el hecho de que, cuando él nació, los magos vieron una estrella en oriente. Aquí Cristo aparece más bien como señor que como sometido a ella, pues la estrella no mantuvo en el cielo su ruta sideral, sino que mostró el camino hasta el lugar en que había nacido a los hombres que buscaban a Cristo. En consecuencia, no fue ella la que de forma maravillosa hizo que Cristo viviera, sino que fue Cristo quien la hizo aparecer de forma extraordinaria. Tampoco fue ella la que decretó las acciones maravillosas de Cristo, sino que Cristo la mostró entre sus obras maravillosas. El, nacido de madre, desde el cielo mostró a la tierra un nuevo astro; él que, nacido del Padre, hizo el cielo y la tierra. Cuando él nació apareció con la estrella una luz nueva; cuando él murió se veló con el sol la luz antigua. Cuando él nació, los habitantes del cielo brillaron con un nuevo honor; cuando él murió, los habitantes del infierno se estremecieron con un nuevo temor. Cuando él resucitó, los discípulos ardieron de un nuevo amor, y cuando él ascendió, los cielos se abrieron con nueva sumisión. Celebremos, pues, con devota solemnidad también este día, en el que los magos, procedentes de la gentilidad, adoraron a Cristo una vez conocido, como ya celebramos aquel día en que los pastores de Judea vieron a Cristo una vez nacido. El mismo Señor y Dios nuestro eligió a los apóstoles de entre los judíos como pastores para congregar, por medio de ellos, a los pecadores que iban a ser salvados de entre los gentiles.

SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 199, 1-3, BAC Madrid 1983, 75-80

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La Epifanía

            Introducción

            Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía. Esta solemnidad se halla toda ella bajo el signo del misterio. ¿Qué significa la palabra ‘epifanía’? ¿Por qué en la fiesta de la Epifanía se lee este evangelio en que tres personajes de Oriente vienen a buscar al Niño Dios? ¿Por qué el evangelio los llama ‘magos’? ¿Qué fue realmente esa estrella que los iluminó y que se ha convertido en el símbolo de la Navidad? Son todas cosas que deben ser explicadas.

            1. Los magos y la estrella: realidad histórica

Hasta ahora, todo lo que rodeaba el nacimiento del Niño Dios estaba marcado por el sello de la humildad o, mejor, de la humillación. De golpe aparecen en escena tres personajes con regalos valiosos a los que el evangelio llama ‘magos’.

La palabra que aparece en el original griego del evangelio es magoi, pero la traducción castellana ‘magos’ no es la mejor, porque la palabra griega magoi es una transliteración casi exacta de una palabra siria (magusai) que en la época de Cristo designaba a los sabios del momento. La palabra ‘sabio’ era integral y designaba a los hombres cuyos conocimientos abarcaban todos los campos del saber: la filosofía, la ética, las ciencias naturales, la astronomía, etc. Eran los científicos del momento, pero con un saber mucho más amplio que el que se le atribuye a los que hoy llamamos ‘científicos’. Eran aquellos que habían alcanzado “casi el ‘non plus ultra’ de la sabiduría, incluso de la ciencia, de lo que podía alcanzar el saber humano en el orden de los últimos secretos de la naturaleza”. Parte importante de esta sabiduría consistía en la astronomía, es decir, las leyes que rigen los movimientos de los astros. De manera que la mejor traducción de la palabra magoi que trae el original griego, es ‘sabios’.

En la zona de Babilonia, lo que actualmente es Irán e Irak, se concentraba buena parte de estos sabios del mundo, es decir, en la zona que, precisamente, el evangelio llama Oriente. Eran sabios venidos de Oriente.

¿Y por qué los llamamos ‘Reyes’? Esta denominación no es caprichosa ni producto de la leyenda. Suetonio, importante historiador romano, habla de embajadas persas enviadas a Roma y los llama ‘magos’. De manera que estos embajadores persas eran ‘magos’ porque eran ‘sabios’, ‘científicos’, gente de prestigio; y eran ‘reyes’ en cuanto representaban al rey de Persia. Así también, los Reyes Magos del evangelio son sabios que vienen representando a un rey de Oriente. Eran legados que representaban a reyes y, por lo tanto, sobre todo en la mentalidad oriental antigua, eran la presencia del rey.

            Ellos dicen que vieron la estrella del Niño en Oriente y que por eso han venido a buscarlo. ¿Es esta estrella un signo milagroso para guiar a los ‘magos’ o un simple fenómeno natural? Algunos han querido ver en la estrella de Belén al cometa Halley, que aparece sobre la tierra cada 77 años, pero es imposible que haya aparecido por la época del nacimiento del Niño Dios. Otros, una conjunción de los planetas Marte, Júpiter y Saturno que, según Kepler, se da cada 805 años y tuvo lugar en el año 7 a/C. Sin embargo, es inútil buscar una explicación natural al hecho evidentemente milagroso de la estrella, porque las estrellas se mueven de este a oeste (y en eso coincide con la primera parte del viaje de los sabios) pero ninguna estrella se mueve de norte a sur, tal como lo hizo la estrella acompañando a los magos de Jerusalén a Belén. Además ninguna estrella natural se posa de tal manera sobre una casa que la designe y señale sin confusiones. Por otro lado es evidente que la estrella se mostró sólo a los sabios de Oriente, porque de otra manera no le hubiera sido nada difícil a Herodes encontrar al verdadero rey para matarlo. Además, y no en último lugar sino en el primero, San Mateo cuando narra esto piensa en una aparición milagrosa del astro. Es la intención del autor y por lo tanto del Espíritu Santo.

Todos estos intentos de buscar explicaciones naturales a los fenómenos sobrenaturales de la Biblia, suenan más bien a intentos racionalistas de rebajar y diluir el origen sobrenatural de la Palabra de Dios. Uno de los estudiosos que más se empeñó en buscar explicaciones racionales para los milagros fue el teólogo protestante Bultmann, quien hablaba de ‘demitologizar’ la Biblia (purificarla de los mitos), entendiendo por mito todo lo que tenga de milagroso y sobrenatural. Lamentablemente, bajo el manto de una supuesta adultez de la fe, este método de interpretación bíblica ha entrado también en el análisis de algunos teólogos católicos.

2. Qué significa Epifanía

            La palabra ‘epifanía’ viene del griego. Está compuesta por la preposición epí, que significa ‘sobre’; y la palabrá fanía, que proviene del verbo faíno, que significa ‘brillar’, ‘alumbrar’. Por lo tanto, la palabra ‘epifanía’ significa ‘brillar sobre’, es decir, manifestarse.

            Hoy es la fiesta de la Manifestación de Cristo. Esta manifestación de Cristo se da en la conjunción de la estrella que brilla y la venida de Oriente de los magos. “La Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos ‘magos’ venidos de Oriente (Mt 2, 1). En estos ‘magos’, representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para “rendir homenaje al rey de los Judíos” (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que será el rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Los magos representan a los pueblos paganos que no recibieron la revelación” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 528).

            ¿Cómo qué se manifiesta Cristo? Lo descubrimos en el simbolismo que encierran los dones que los sabios le llevan. El incienso se usaba para manifestar la oración y el sacrificio que sube a Dios. Por lo tanto, el incienso es algo privativo de Dios. Por eso, en primer lugar, Cristo se manifiesta como Dios. El oro indica la realeza. Por eso, en segundo lugar, Cristo se manifiesta como Rey de Israel. La mirra es una mezcla aromática para embalsamar los cadáveres. Con esto se está indicando que Cristo se ha sujetado a la muerte. Por eso, en tercer lugar, Cristo se manifiesta como Salvador, que a través de su muerte salvará al mundo.

Por lo tanto, Cristo se manifiesta como Dios hecho hombre para salvar al mundo. Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo” (nº 528).

            3. La finalidad de la búsqueda: la adoración

            Es importante notar que los sabios interpretan la manifestación de Cristo, Dios hecho hombre, con mucha exactitud y la aceptan con un corazón dócil. Porque reconocen que la manifestación consiste en que Dios se deja ver a los ojos sensibles de los hombres, porque, según dice el evangelio, la finalidad superior de su peregrinación, de su búsqueda es adorar al Niño. “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (v.2). El mismo Herodes reconoce esta finalidad del viaje de los sabios y por eso les dice lleno de falsedad:  “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle” (v.8). Y cumplieron con esa finalidad: “Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron” (v.11).

            ¿Y qué es adorar? “La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto” (Lc 4,8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6,13)” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2096).

Adorar es el acto por el cual Dios es reconocido como el ser supremo, como el ser infinitamente perfecto, como Creador, como el Dueño de dar la vida o la muerte, como el Salvador, como el que premia a los buenos y castiga a los malos, como el único digno del honor supremo, que tiene dominio supremo sobre todos los hombres, que tiene el derecho a la sumisión de todos los seres, que tiene el derecho a la entrega total de todos los seres.

La adoración es un acto de la mente y la voluntad que se someten totalmente a Dios. Sus manifestaciones más intensas y más auténticas son la obediencia a sus mandatos, la oración, el sacrificio y la entrega de la propia vida. Pero también debe expresarse en formas exteriores, como la reverencia y posturas adecuadas.

Adorar es reconocernos criaturas, humillándonos con respeto y sumisión. La adoración nos libera del egocentrismo y la esclavitud del pecado.

“La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor” (S. Agustín, Sal. 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2628).

“Adorar a Dios es reconocer, en el respeto y la sumisión absoluta, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf Lc 1,46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2097).

La manifestación de Jesucristo que se muestra como Dios, la adoración de Dios que se da con esfuerzo, a pesar de los peligros y de los engaños del mundo, trae como consecuencia ineludible una alegría inmensa[1]. Esto sucede tanto con los Reyes Magos como con los pastores. De los Reyes se dice: “La estrella (…) se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría” (Mt 2,9.10). Y de los pastores: “Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto” (Lc 2,20).

            Conclusión

El ocultamiento voluntario de Jesucristo, el girar la cabeza hacia otro lado ante el paso de Jesús, la búsqueda de sí mismo, la exaltación del hombre por el hombre mismo en desmedro de la soberanía de Dios, la exaltación de las obras del hombre para querer ‘tapar’ las obras de Dios, el encierro en la realidad de la propia subjetividad, la renuncia a bajar la cabeza ante la grandeza de Dios, trae, también ineluctablemente, la tristeza.

Lo que sucede en el mundo de hoy, ¿no es exactamente el reverso de lo que acabamos de contemplar en el evangelio recién leído? Los sabios de oriente, guiados por sus conocimientos científicos y por un corazón dócil y religioso, encuentran a Dios en la humildad de la carne humana, doblan sus cuellos ante Él, se postran ante Él, se humillan y… experimentan una inmensa alegría. Hoy pareciera que sucede todo lo contrario. Nunca jamás antes la humanidad había alcanzado las cotas de desarrollo científico y progreso técnico como hasta ahora. Y sin embargo, nunca como ahora la humanidad se ha visto tan atormentada por el stress, por la depresión, por la tristeza y por las tentaciones de suicidio y por toda una serie de enfermedades sicológicas (enfermedades del alma) relacionadas con la ausencia del gusto por la vida (bulimia, anorexia, ostracismo, autismo, sentimiento de soledad, inseguridad, etc). El mundo de hoy tiene la inteligencia y los conocimientos de los sabios de oriente (y más que ellos) pero no tiene el corazón dócil y religioso de ellos, y por eso, mientras no cambie su corazón, tampoco tendrá la inmensa alegría que experimentaron cuando se prosternaron delante del Hombre-Dios.

Es digno de respeto, como dice Juan Pablo II [2], el ejemplo de los musulmanes que, en donde estén, sin preocuparse del tiempo ni del lugar, sacan sus alfombras y se postran para adorar a Dios. Los católicos de Occidente, en cambio, han desertado de sus magníficas catedrales, embotados en el bienestar y el consumismo.

Nosotros no debemos hacer como el mundo moderno. Nosotros debemos tener alma de niños, como los pastores y los sabios de Oriente. Debemos adorar a Cristo cuando se eleva la Hostia en la Misa y adorarlo visitándolo en los sagrarios abandonados. Adorarlo entregándole toda nuestra vida. Así brotará la alegría, porque “Dios es alegría infinita” (Santa Teresa de los Andes).

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[1] “En el fondo la alegría brota de considerar que Dios es, que Cristo es: Ánimo, Yo soy (Mc 6,50), que la ver­dad prima sobre la mentira, el bien sobre el mal, la belleza sobre la fealdad, el amor sobre el odio, la paz sobre la gue­rra, la misericordia sobre la venganza, la vida sobre la muer­te, la gracia sobre el pecado, en fin, el ser sobre la nada, la Virgen sobre Satanás, Cristo sobre el Anticristo, Dios sobre todo. “Dios es alegría infinita” (Constituciones del Instituto del Verbo Encarnado, nº 245).
[2] Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza y Janés Editores, Milán, 1994, p. 106.

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San Juan Pablo II

 

1. “Lumen gentium (…) Christus, Cristo es la luz de los pueblos” (Lumen gentium, 1). El tema de la luz domina las solemnidades de la Navidad y de la Epifanía, que antiguamente -y aún hoy en Oriente- estaban unidas en una sola y gran “fiesta de la luz”. En el clima sugestivo de la Noche santa apareció la luz; nació Cristo, “luz de los pueblos”. Él es el “sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), el sol que vino al mundo para disipar las tinieblas del mal e inundarlo con el esplendor del amor divino. El evangelista san Juan escribe: “La luz verdadera, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9).

“Deus lux est, Dios es luz”, recuerda también san Juan, sintetizando no una teoría gnóstica, sino “el mensaje que hemos oído de él” (1 Jn 1, 5), es decir, de Jesús. En el evangelio recoge las palabras que oyó de los labios del Maestro: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Al encarnarse, el Hijo de Dios se manifestó como luz. No sólo luz externa, en la historia del mundo, sino también dentro del hombre, en su historia personal. Se hizo uno de nosotros, dando sentido y nuevo valor a nuestra existencia terrena. De este modo, respetando plenamente la libertad humana, Cristo se convirtió en “lux mundi, la luz del mundo”. Luz que brilla en las tinieblas (cf. Jn 1, 5).

2. Hoy, solemnidad de la Epifanía, que significa “manifestación”, se propone de nuevo con vigor el tema de la luz. Hoy el Mesías, que se manifestó en Belén a humildes pastores de la región, sigue revelándose como luz de los pueblos de todos los tiempos y de todos los lugares. Para los Magos, que acudieron de Oriente a adorarlo, la luz del “rey de los judíos que ha nacido” (Mt 2, 2) toma la forma de un astro celeste, tan brillante que atrae su mirada y los guía hasta Jerusalén. Así, les hace seguir los indicios de las antiguas profecías mesiánicas: “De Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel…” (Nm 24, 17).

¡Cuán sugestivo es el símbolo de la estrella, que aparece en toda la iconografía de la Navidad y de la Epifanía! Aún hoy evoca profundos sentimientos, aunque como tantos otros signos de lo sagrado, a veces corre el riesgo de quedar desvirtuado por el uso consumista que se hace de él. Sin embargo, la estrella que contemplamos en el belén, situada en su contexto original, también habla a la mente y al corazón del hombre del tercer milenio. Habla al hombre secularizado, suscitando nuevamente en él la nostalgia de su condición de viandante que busca la verdad y anhela lo absoluto. La etimología misma del verbo desear -en latín, desiderare- evoca la experiencia de los navegantes, los cuales se orientan en la noche observando los astros, que en latín se llaman sidera.

3. ¿Quién no siente la necesidad de una “estrella” que lo guíe a lo largo de su camino en la tierra? Sienten esta necesidad tanto las personas como las naciones. A fin de satisfacer este anhelo de salvación universal, el Señor se eligió un pueblo que fuera estrella orientadora para “todos los linajes de la tierra” (Gn 12, 3). Con la encarnación de su Hijo, Dios extendió luego su elección a todos los demás pueblos, sin distinción de raza y cultura. Así nació la Iglesia, formada por hombres y mujeres que, “reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido el mensaje de la salvación para proponérselo a todos” (Gaudium et spes, 1).

Por tanto, para toda la comunidad eclesial resuena el oráculo del profeta Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura: “¡Levántate, brilla (…), que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! (…) Y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60, 1. 3).

5. Hace un año, en esta fiesta de la Epifanía, al final del Año santo, entregué idealmente a la familia de los creyentes y a toda la humanidad la carta apostólica Novo millennio ineunte, que comienza con la invitación de Cristo a Pedro y a los demás: “Duc in altum, rema mar adentro”.

¿Vuelvo a aquel momento inolvidable, amadísimos hermanos, y os entrego de nuevo a cada uno este texto programático de la nueva evangelización. Os repito las palabras del Redentor: “Duc in altum”. No tengáis miedo a las tinieblas del mundo, porque quien os envía es “la luz del mundo” (Jn 8, 12), “el lucero radiante del alba” (Ap 22, 16). Y tú, Jesús, que un día dijiste a tus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 14), haz que el testimonio evangélico de estos hermanos nuestros resplandezca ante los hombres de nuestro tiempo. Haz eficaz su misión para que cuantos confíes a su cuidado pastoral glorifiquen siempre al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16).

Madre del Verbo encarnado, Virgen fiel, conserva a estos nuevos obispos bajo tu constante protección, para que sean misioneros valientes del Evangelio; fiel reflejo del amor de Cristo, luz de los pueblos y esperanza del mundo.

 (Domingo 6 de enero de 2002)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: En la solemnidad de la Epifanía la Iglesia sigue contemplando y celebrando el misterio del nacimiento de Jesús salvador. En particular, la fiesta de hoy subraya el destino y el significado universales de este nacimiento. Al hacerse hombre en el seno de María, el Hijo de Dios vino no sólo para el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada por los Magos. Y la Iglesia nos invita hoy a meditar y orar precisamente sobre los Magos y sobre su camino en busca del Mesías (cf. Mt 2, 1-12). En el Evangelio hemos escuchado que los Magos, habiendo llegado a Jerusalén desde el Oriente, preguntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo» (v. 2). ¿Qué clase de personas eran y qué tipo de estrella era esa? Probablemente eran sabios que escrutaban el cielo, pero no para tratar de «leer» en los astros el futuro, quizá para obtener así algún beneficio; más bien, eran hombres «en busca» de algo más, en busca de la verdadera luz, una luz capaz de indicar el camino que es preciso recorrer en la vida. Eran personas que tenían la certeza de que en la creación existe lo que podríamos definir la «firma» de Dios, una firma que el hombre puede y debe intentar descubrir y descifrar. Tal vez el modo para conocer mejor a estos Magos y entender su deseo de dejarse guiar por los signos de Dios es detenernos a considerar lo que encontraron, en su camino, en la gran ciudad de Jerusalén.

Ante todo encontraron al rey Herodes. Ciertamente, Herodes estaba interesado en el niño del que hablaban los Magos, pero no con el fin de adorarlo, como quiere dar a entender mintiendo, sino para eliminarlo. Herodes es un hombre de poder, que en el otro sólo ve un rival contra el cual luchar. En el fondo, si reflexionamos bien, también Dios le parece un rival, más aún, un rival especialmente peligroso, que querría privar a los hombres de su espacio vital, de su autonomía, de su poder; un rival que señala el camino que hay que recorrer en la vida y así impide hacer todo lo que se quiere. Herodes escucha de sus expertos en las Sagradas Escrituras las palabras del profeta Miqueas (5, 1), pero sólo piensa en el trono. Entonces Dios mismo debe ser ofuscado y las personas deben limitarse a ser simples peones para mover en el gran tablero de ajedrez del poder. Herodes es un personaje que no nos cae simpático y que instintivamente juzgamos de modo negativo por su brutalidad. Pero deberíamos preguntarnos: ¿Hay algo de Herodes también en nosotros? ¿También nosotros, a veces, vemos a Dios como una especie de rival? ¿También nosotros somos ciegos ante sus signos, sordos a sus palabras, porque pensamos que pone límites a nuestra vida y no nos permite disponer de nuestra existencia como nos plazca? Queridos hermanos y hermanas, cuando vemos a Dios de este modo acabamos por sentirnos insatisfechos y descontentos, porque no nos dejamos guiar por Aquel que está en el fundamento de todas las cosas. Debemos alejar de nuestra mente y de nuestro corazón la idea de la rivalidad, la idea de que dar espacio a Dios es un límite para nosotros mismos; debemos abrirnos a la certeza de que Dios es el amor omnipotente que no quita nada, no amenaza; más aún, es el único capaz de ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de experimentar la verdadera alegría.

Los Magos, luego, se encuentran con los estudiosos, los teólogos, los expertos que lo saben todo sobre las Sagradas Escrituras, que conocen las posibles interpretaciones, que son capaces de citar de memoria cualquier pasaje y que, por tanto, son una valiosa ayuda para quienes quieren recorrer el camino de Dios. Pero, afirma san Agustín, les gusta ser guías para los demás, indican el camino, pero no caminan, se quedan inmóviles. Para ellos las Escrituras son una especie de atlas que leen con curiosidad, un conjunto de palabras y conceptos que examinar y sobre los cuales discutir doctamente. Pero podemos preguntarnos de nuevo: ¿no existe también en nosotros la tentación de considerar las Sagradas Escrituras, este tesoro riquísimo y vital para la fe la Iglesia, más como un objeto de estudio y de debate de especialistas que como el Libro que nos señala el camino para llegar a la vida? Creo que, como indiqué en la exhortación apostólica Verbum Domini, debería surgir siempre de nuevo en nosotros la disposición profunda a ver la palabra de la Biblia, leída en la Tradición viva de la Iglesia (n. 18), como la verdad que nos dice qué es el hombre y cómo puede realizarse plenamente, la verdad que es el camino a recorrer diariamente, junto a los demás, si queremos construir nuestra existencia sobre la roca y no sobre la arena.

Pasemos ahora a la estrella. ¿Qué clase de estrella era la que los Magos vieron y siguieron? A lo largo de los siglos esta pregunta ha sido objeto de debate entre los astrónomos. Kepler, por ejemplo, creía que se trataba de una «nova» o una «supernova», es decir, una de las estrellas que normalmente emiten una luz débil, pero que pueden tener improvisamente una violenta explosión interna que produce una luz excepcional. Ciertamente, son cosas interesantes, pero que no nos llevan a lo que es esencial para entender esa estrella. Debemos volver al hecho de que esos hombres buscaban las huellas de Dios; trataban de leer su «firma» en la creación; sabían que «el cielo proclama la gloria de Dios» (Sal 19, 2); es decir, tenían la certeza de que es posible vislumbrar a Dios en la creación. Pero, al ser hombres sabios, sabían también que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón en busca del sentido último de la realidad y con el deseo de Dios, suscitado por la fe, como es posible encontrarlo, más aún, como resulta posible que Dios se acerque a nosotros. El universo no es el resultado de la casualidad, como algunos quieren hacernos creer. Al contemplarlo, se nos invita a leer en él algo profundo: la sabiduría del Creador, la inagotable fantasía de Dios, su infinito amor a nosotros. No deberíamos permitir que limiten nuestra mente teorías que siempre llegan sólo hasta cierto punto y que —si las miramos bien— de ningún modo están en conflicto con la fe, pero no logran explicar el sentido último de la realidad. En la belleza del mundo, en su misterio, en su grandeza y en su racionalidad no podemos menos de leer la racionalidad eterna, y no podemos menos de dejarnos guiar por ella hasta el único Dios, creador del cielo y de la tierra. Si tenemos esta mirada, veremos que el que creó el mundo y el que nació en una cueva en Belén y sigue habitando entre nosotros en la Eucaristía son el mismo Dios vivo, que nos interpela, nos ama y quiere llevarnos a la vida eterna.

Herodes, los expertos en las Escrituras, la estrella. Sigamos el camino de los Magos que llegan a Jerusalén. Sobre la gran ciudad la estrella desaparece, ya no se ve. ¿Qué significa eso? También en este caso debemos leer el signo en profundidad. Para aquellos hombres era lógico buscar al nuevo rey en el palacio real, donde se encontraban los sabios consejeros de la corte. Pero, probablemente con asombro, tuvieron que constatar que aquel recién nacido no se encontraba en los lugares del poder y de la cultura, aunque en esos lugares se daban valiosas informaciones sobre él. En cambio, se dieron cuenta de que a veces el poder, incluso el del conocimiento, obstaculiza el camino hacia el encuentro con aquel Niño. Entonces la estrella los guió a Belén, una pequeña ciudad; los guió hasta los pobres, hasta los humildes, para encontrar al Rey del mundo. Los criterios de Dios son distintos de los de los hombres. Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor, un amor que pide a nuestra libertad acogerlo para transformarnos y ser capaces de llegar a Aquel que es el Amor. Pero incluso para nosotros las cosas no son tan diferentes de como lo eran para los Magos. Si se nos pidiera nuestro parecer sobre cómo Dios habría debido salvar al mundo, tal vez responderíamos que habría debido manifestar todo su poder para dar al mundo un sistema económico más justo, en el que cada uno pudiera tener todo lo que quisiera. En realidad, esto sería una especie de violencia contra el hombre, porque lo privaría de elementos fundamentales que lo caracterizan. De hecho, no se verían involucrados ni nuestra libertad ni nuestro amor. El poder de Dios se manifiesta de un modo muy distinto: en Belén, donde encontramos la aparente impotencia de su amor. Y es allí a donde debemos ir y es allí donde encontramos la estrella de Dios.

Así resulta muy claro también un último elemento importante del episodio de los Magos: el lenguaje de la creación nos permite recorrer un buen tramo del camino hacia Dios, pero no nos da la luz definitiva. Al final, para los Magos fue indispensable escuchar la voz de las Sagradas Escrituras: sólo ellas podían indicarles el camino. La Palabra de Dios es la verdadera estrella que, en la incertidumbre de los discursos humanos, nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina. Queridos hermanos y hermanas, dejémonos guiar por la estrella, que es la Palabra de Dios; sigámosla en nuestra vida, caminando con la Iglesia, donde la Palabra ha plantado su tienda. Nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ningún otro signo puede darnos. Y también nosotros podremos convertirnos en estrellas para los demás, reflejo de la luz que Cristo ha hecho brillar sobre nosotros. Amén.

 (Jueves 6 de enero de 2011)

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Directorio Homilético

 

Solemnidad de la Epifanía del Señor

CEC 528, 724: la Epifanía del Señor

CEC 280, 529, 748, 1165, 2466, 2715: Cristo, luz de las naciones

CEC 60, 442, 674, 755, 767, 774-776, 781, 831: la Iglesia, el sacramento de la unidad del

género humano

528    La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (cf. LH Antífona del Magnificat de las segundas vísperas de Epifanía), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos “magos” venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos “magos”, representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para “rendir homenaje al rey de los Judíos” (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que será el rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que “la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas”(S. León Magno, serm.23 ) y adquiere la “israelitica dignitas” (MR, Vigilia pascual 26: oración después de la tercera lectura).

724    En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11).

280    La creación es el fundamento de “todos los designios salvíficos de Dios”, “el comienzo de la historia de la salvación” (DCG 51), que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin en vista del cual, “al principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1): desde el principio Dios preveía la gloria de la nueva creación en Cristo (cf. Rom 8,18-23).

529    La Presentación de Jesús en el templo (cf.Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también “signo de contradicción”. La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado “ante todos los pueblos”.

Articulo 9                   “CREO EN LA SANTA IGLESIA CATOLICA”

748    “Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el evangelio a todas las criaturas”. Con estas palabras comienza la “Constitución dogmática sobre la Iglesia” del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

1165  Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este “hoy” del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la “Hora” de la Pascua de Jesús que es eje de toda la historia humana y la guía:

          La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito, pasc. 1-2).

2466  En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. “Lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14), él es la “luz del mundo” (Jn 8,12), la Verdad (cf Jn 14,6). El que cree en él, no permanece en las tinieblas (cf Jn 12,46). El discípulo de Jesús, “permanece en su palabra”, para conocer “la verdad que hace libre” (cf Jn 8,31-32) y que santifica (cf Jn 17,17). Seguir a Jesús es vivir del “Espíritu de verdad” (Jn 14,17) que el Padre envía en su nombre (cf Jn 14,26) y que conduce “a la verdad completa” (Jn 16,13). Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional de la Verdad: “Sea vuestro lenguaje: `sí, sí’; `no, no'” (Mt 5,37).

2715  La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a El es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarle y seguirle (cf San Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).

          La Iglesia, sacramento de la unidad del genero humano

60    El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la promesa hecha a los patriarcas, el pueblo de la elección (cf. Rom 11,28), llamado a preparar la reunión un día de todos los hijos de Dios en la unidad de loa Iglesia (cf. Jn 11,52; 10,16); ese pueblo será la raíz en la que serán injertados los paganos hechos creyentes (cf. Rom 11,17-18.24).

442    No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16) porque este le responde con solemnidad “no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: “Cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles…” (Ga 1,15-16). “Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las  sinagogas: que él era el Hijo de Dios” (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).

674    La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinad o de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por “todo Israel” (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que “una parte está endurecida” (Rm 11, 25) en “la incredulidad” respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: “Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del  Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas” (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: “si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?” (Rm 11, 5). La entrada de “la plenitud de los judíos” (Rm 11, 12) en la salvación  mesiánica, a continuación de “la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios “llegar a la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13) en la cual “Dios será todo en nosotros” (1 Co 15, 28).

755    “La Iglesia es labranza o campo de Dios (1 Co 3, 9). En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rm 11, 13-26). El labrador del cielo la plantó como viña selecta (Mt 21, 33-43 par.; cf. Is 5, 1-7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en él por medio de la Iglesia y que sin él no podemos hacer nada (Jn 15, 1-5)”.

La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo

767    “Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia” (LG 4). Es entonces cuando “la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la predicación” (AG 4). Como ella es “convocatoria” de salvación para todos los hombres, la Iglesia, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf. Mt 28, 19-20; AG 2,5-6).

La Iglesia, sacramento universal de la salvación

774    La palabra griega “mysterion” ha sido traducida en latín por dos términos: “mysterium” y “sacramentum”. En la interpretación posterior, el término “sacramentum” expresa mejor el signo visible de la realidad oculta de la salvación, indicada por el término “mysterium”. En este sentido, Cristo es El mismo el Misterio de la salvación: “Non est enim aliud Dei mysterium, nisi Christus” (“No hay otro misterio de Dios fuera de Cristo”) (San Agustín, ep. 187, 34). La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el sacramento de la salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también “los santos Misterios”). Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la  gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia contiene por tanto y comunica la gracia invisible que ella significa. En este sentido analógico ella es llamada “sacramento”.

775    “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano “(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres “de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es “signo e instrumento” de la plena realización de esta unidad que aún está por venir.

776    Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo “como instrumento de redención universal” (LG 9), “sacramento universal de salvación” (LG 48), por medio del cual Cristo “manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre” (GS 45, 1). Ella “es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad” (Pablo VI, discurso 22 junio 1973) que quiere “que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo” (AG 7; cf. LG 17).

I        LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS

781    “En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia. Sin embargo, quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo…, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu” (LG 9).

831    Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano (cf Mt 28, 19):

Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos… Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu (LG 13).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Solemnidad de Santa María, Madre de Dios – 2017

 

01
enero

Solemnidad de Santa María,

Madre de Dios

2017

 

Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

(Domingo 1 de Enero de 2017)

LECTURAS

Invocarán mi Nombre sobre los israelitas, y Yo los bendeciré

Lectura del libro de los Números   6, 22-27

El Señor dijo a Moisés:

«Habla en estos términos a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas. Ustedes les dirán: “Que el Señor te bendiga y te proteja.

Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.

Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz”. Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y Yo los bendeciré».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL      66, 2-3. 5-6. 8

R. ¡El Señor tenga piedad y nos bendiga!

El Señor tenga piedad y nos bendiga,

haga brillar su rostro sobre nosotros,

para que en la tierra se reconozca su dominio,

y su victoria entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones,

porque gobiernas a los pueblos con justicia

y guías a las naciones de la tierra.

El Señor tenga piedad y nos bendiga. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,

que todos los pueblos te den gracias!

Que Dios nos bendiga,

y lo teman todos los confines de la tierra. R.

Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Galacia   4, 4-7

Hermanos:

Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos.

Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Cf. Heb. 1, 1-2

Aleluia.

Después de haber hablado a nuestros padres

por medio de los Profetas,

en este tiempo final,

Dios nos habló por medio de su Hijo.

Aleluia.

Encontraron a María, a José y al recién nacido.

Ocho días después se le puso el nombre de Jesús

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas        2, 16-21

Los pastores fueron rápidamente adonde les había dicho el Ángel del Señor, y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Guión Solemnidad de Santa María Madre de Dios- 1° enero 2017- Ciclo A

Entrada: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso María es Madre de Dios, porque es la madre de Jesucristo. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristiana. Para toda la eternidad Jesús será el nacido de Mujer, el hijo de María.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                              Números 6, 22- 27

Dios en su Hijo nos bendice con su gracia y nos concede la paz.

Salmo Responsorial: 66

Segunda Lectura:                                                                          Gálatas 4, 4- 7

Somos hijos de Dios; la prueba de esto está en que nos infundió el Espíritu de su Hijo.

Evangelio:                                                 Lucas 2, 16- 21

María conservaba en su Corazón todo lo referente al Hijo de sus entrañas, Jesús el Salvador.

Preces:

Dirijamos nuestras súplicas al Padre eterno, que ha enviado al mundo a su Hijo nacido de Mujer, para redimirnos y traernos la paz.

A cada intención respondemos cantando:..

1)      Te pedimos que protejas al Santo Padre, para que su pontificado, bajo la protección de María Santísima dé abundantes frutos en todo el mundo. Oremos.

2)      Te suplicamos Señor que mirando a tu Madre, Reina de la paz, concedas al mundo este don a la humanidad, y que las naciones encuentren, mediante el diálogo, soluciones pacíficas a sus conflictos. Oremos.

3)      Te rogamos por todas las familias, para que encuentren en María la guía y la protección para sus hogares  y los padres sepan dar a sus hijos una sana educación cristiana. Oremos.

4)      Por María, madre de los consagrados, te pedimos especialmente por los sacerdotes y misioneros para que fieles al servicio de Dios sepan hacer de la Santa misa el fin de sus actividades apostólicas. Oremos…

5)      Por intercesión de la Inmaculada Virgen de Luján te pedimos que protejas a nuestra patria en este nuevo año que inicia, concedas luz y consejo a los gobernantes y santidad a nuestros pastores y pueblo fiel. Oremos…

Padre Bueno, acoge las súplicas que te dirigimos por intercesión de María Santísima y concede a la humanidad la paz que el mundo no puede dar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Renovamos nuestro ofrecimiento a Dios uniéndonos al Sacrificio de Cristo.

*Traemos flores para la Madre de Dios junto con nuestro reconocimiento y amor.

*Ofrecemos incienso como símbolo de las oraciones que elevamos por la paz del mundo.

*Llevamos al Altar el pan y el vino para el banquete eucarístico, en el cual nos uniremos a Cristo, el Señor.

Comunión: Recibamos a Jesús de manos de María y adoremos al Dios anonadado y escondido en el Santo Sacramento del Amor Divino.

Salida: A ti, Madre de Dios y Madre nuestra te dirigimos nuestras alabanzas. Aurora del mundo nuevo, a ti te confiamos la causa de la paz.

 (Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

Jesús anunciado por los pastores

(/Lc/02/15-20).

15 Y cuando los ángeles los dejaron y se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: Pasemos a Belén, a ver eso que ha sucedido, lo que el Señor nos ha dado a conocer. 16 Fueron con presteza y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

El mensaje que transmitió Dios no es sólo palabra, sino, al mismo tiempo, acontecimiento: Mensaje que sucedió. Al acontecimiento sigue la palabra notificante. Pablo confiesa: «A mí, el menor de todo el pueblo santo, se me ha dado esta gracia: la de anunciar a los gentiles el Evangelio de la insondable riqueza de Cristo y dar luz sobre la economía del misterio escondido desde los siglos en Dios» (Efe_3:8s). La misma ley vige para Pablo que para los pastores. «A mí, el menor… el Evangelio de la insondable riqueza de Cristo… la economía del misterio» (la salvación que se da en Cristo); esto se aplica a todos los mensajeros que dan a conocer la economía y la realización de los divinos designios salvadores.

Una vez que los pastores hubieron recibido la buena nueva, habían de ser también testigos de lo que vieron. Creyeron y pudieron luego ver con sus propios ojos lo que habían creído. «Bienaventurada tú, que has creído…» Van con presteza, como María, a cumplir el encargo de Dios. La oferta de la salvación no sufre dilaciones. Los hombres comienzan a volverse hacia el niño en el pesebre. En Jesús está la salvación y la gloria de Dios.

Los pastores encontraron lo que buscaban conforme al signo y mediante la guía de Dios, que siempre guía de tal manera, que el hombre encuentra. Lo que vieron con los ojos fue a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Esto y nada más: nada de la madre virgen, nada de las grandezas que había expresado acerca de este niño el mensaje del ángel. Pero vieron a este niño, iluminados por la revelación de Dios. El signo de que la revelación de Dios se ha hecho realidad histórica, está delante de ellos en María y José, y en el niño acostado en el pesebre. El esplendor del Evangelio de navidad viene de la interpretación divina del nacimiento histórico de Jesús, pero el portador de este esplendor es el niño que ha nacido.

17 Al verlo, refirieron lo que se les había dicho acerca de este niño. 18 Y todos los que lo oyeron quedaron admirados de lo que les contaban los pastores. 19 María, por su parte, conservaba todas estas palabras en su corazón y las meditaba.

¿Qué efecto produce la vista con fe del hecho salvador? Los pastores han visto y refieren, dan a conocer lo que han visto. El contenido de su anuncio es éste: Lo que se les había dicho acerca de este niño; el hecho histórico del nacimiento de Jesús y las palabras que se les habían dicho acerca de este niño. Así se efectúa siempre el anuncio, la proclamación del Evangelio: «Os doy a conocer… el Evangelio…, que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras» (1Co_15:1-5).

No todos pueden ver con sus ojos el acontecimiento: sólo los testigos predestinados por Dios (Cf. Hec_10:40-43). Los otros oyen el mensaje de estos testigos. Como fruto inmediato del oír se recoge la admiración. Lucas es el evangelista que con más frecuencia hace notar que los hechos y palabras de Jesús despertaban admiración. El que experimenta la revelación de lo divino, se admira, sea que con fe y temor reverencial se asombre ante lo divino, o que admire lleno de presentimientos, o que rechace con crítica y sin comprensión. El que se asombra cuando se le presenta la revelación divina, todavía no cree: está en el atrio de la fe: ha recibido un impulso que puede suscitar fe, pero también provocar duda. ¿Puede originar más que asombro la predicación de los mensajeros de la fe? La decisión de creer es asunto personal de cada uno.

También María recibe de los pastores un mensaje sobre su hijo. Lo que le había dicho al ángel Gabriel y había sido confirmado por Isabel, es ahora profundizado por los pastores. No sólo se asombra, sino que conserva todas estas palabras en el corazón. Oyó la palabra de la manera que Dios quiere. En ella cae la semilla en buena tierra. La semilla que cae en «la tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón noble y generoso, la retienen y por su constancia dan fruto» (8,15). Constantemente oye María algo nuevo sobre su niño. ¿Quién puede decir de una vez todas las riquezas que encierra este niño, de modo que el hombre comprenda? La riqueza que está contenida en la revelación de Cristo, sólo puede comunicarse cada vez por partes. Pero las partes deben compararse y combinarse. La fe madura combina los diferentes elementos, ordena y encuadra lo nuevo en lo que ya se posee. Lo que experimentó María en la anunciación, en la visita a Isabel y en el momento del nacimiento, fue para ella fuente inagotable de meditación, de sus decisiones, de oración, de alabanza, de gratitud, de gozo y de fidelidad. María es el prototipo de todos los que perciben la palabra y la acogen como es debido, el prototipo de los creyentes y consiguientemente el prototipo de la Iglesia, que acoge a Cristo con la fe y lo lleva en sí.

20 Y los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, tal como se les había anunciado.

Dios había elegido a éstos, los más pobres de todos, que estaban en vela, para que recibieran el mensaje del nacimiento del Salvador. Los constituyó en testigos del Mesías recién nacido y los pertrechó para que fueran heraldos de la buena nueva. Ahora los hace volver a su vida cotidiana. Los pastores se volvieron.

A partir de entonces glorifican y alaban al Señor. Dios actúa mediante la venida y la acción de Jesús; pues Dios está con él. Realiza prodigios, milagros y signos por medio de Jesús. El asombro por los grandes hechos de Dios acompaña la entera vida de Jesús, en quien se reconoce la acción de Dios. Cuando Jesús recorre Palestina irrumpe un júbilo de alabanza de Dios (Luc_5:25s; Luc_7:16; Luc_9:43; Luc_13:13; Luc_17:15; Luc_18:42s). Incluso cuando muere en la cruz y clama con gran voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», glorifica a Dios el centurión que lo había oído (Luc_23:47). Con tal glorificación de Dios comienza y termina el Evangelio. Después de la ascensión volvieron los discípulos a Jerusalén llenos de alegría y glorificaban a Dios continuamente en el templo (Luc_24:53). Cuando en la primitiva liturgia cristiana se hacían presentes los hechos de Jesús mediante la palabra y la fracción del pan, los creyentes terminaban respondiendo con alabanzas a Dios (Hec_2:47).

Una vez más se dejan notar los efectos de esta liturgia de la alabanza y de la glorificación. Lo que habían visto y oído, tal como se les había anunciado. Los hechos salvíficos y su interpretación divina, que forman el centro del culto cristiano, llevan a la glorificación y a la alabanza de Dios. Para esto se escribió el Evangelio de Lucas: para que Teófilo y con él la Iglesia se persuadan de la certeza de aquello sobre lo que se les había instruido y que en el culto cristiano se hace presente y se celebra: Dios que causa la salud por Jesús.

Imposición del nombre

(Lc.2,21)

Con el niño Jesús se procede conforme a las disposiciones de la ley (Cf.2,21.22-24.27.39). «Nació de mujer, nació bajo la ley» (Gal_4:4). En la observancia de la obediencia a la ley se hace patente su gloria en la circuncisión (Gal_2:21) y en el templo (Gal_2:22-39).

El camino del niño Jesús en el seno de su madre va de Nazaret, la pequeña e insignificante ciudad de Galilea, donde fue concebido, a Belén, la ciudad de David, donde nació -en pobreza y gloria-, y de allí a Jerusalén, a la ciudad de su «elevación» (Gal_9:51). Con esto se llega al punto culminante del relato de la infancia. La actividad pública de Jesús seguirá el mismo camino: de Galilea a Jerusalén, donde muere y es glorificado.

Como Juan, en el momento de la imposición del nombre, es celebrado en las palabras proféticas de su padre, así también Jesús adquiere todavía mayor esplendor gracias al Espíritu Santo, que habla por boca del profeta y de la profetisa. Juan es celebrado en casa de Zacarías, Jesús, en cambio, en el templo. Jesús es mayor que Juan.

21 Cuando se cumplieron ocho días y hubo que circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno materno.

Con su nacimiento fue introducido Jesús en la existencia humana («lo envolvió en pañales»), en la estirpe de José, en el pueblo israelita, en la historia de los pobres y de los pequeños, en la obligación de la ley…

La ley mosaica regula la vida del israelita, por días, semanas y años. Cuando se cumplieron ocho días y hubo que circuncidar al niño, recayó sobre Jesús por primera vez la obligación de la ley: Jesús era «obediente» (Flp_2:8).

El Evangelio no dice expresamente que se efectuó en Jesús la circuncisión. El orden de la ley y su cumplimiento es el marco en que se desarrolla la vida entera de Jesús. Con él se cumple la ley, se realiza su pleno sentido. Con esta obediencia irrumpe lo nuevo y grande. A la circuncisión está ligada la imposición del nombre. Dios mismo fijó el nombre de este niño pequeño. Se le llamó como había dicho el ángel. Con el nombre fija Dios también la misión de Jesús: Dios es Salvador. En Jesús trae Dios la salvación. «Jesús pasó haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hec_10:38).

(Stöger, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        P. Antonio Royo Marín, O.P.

María, Madre de Dios

Doctrina de fe

Vamos a exponer la doctrina dogmática de la maternidad divina de María en una conclusión sencilla y clara, al alcance de todas las fortunas intelectuales. Hela aquí:

La Santísima Virgen María es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado. (Dogma de fe expresamente definido por la Iglesia.)

He aquí las pruebas:

a) LA SAGRADA ESCRITURA.

En la Sagrada Escritura no se emplea explícitamente la fórmula María Madre de Dios, pero ello se deduce con toda certeza y evidencia de dos verdades expresamente contenidas en la misma revelación, a saber: que María es la Madre de Jesús, y que Jesús es Dios.

En efecto: la Sagrada Escritura nos dice repetidas veces que la Virgen María es la Madre de Jesús (Mt 1,16; 2,11; Lc 2,37‑48; Jn 2,1; Act 1,14, etc.). Jesús es presentado como concebido (Lc 1,31) y nacido (Lc 2,7‑12) de la Virgen. Y que Jesús es Dios, lo dice expresamente San Juan en el prólogo de su evangelio (Jn 1,1‑14) Y consta por el expreso testimonio del mismo Cristo (cf. Mt 26,63‑64), confirmado por sus deslumbradores milagros, hechos en nombre propio (cf. Lc 7,14; Jn 11,43, etc.), y por la prueba definitiva de su propia resurrección (Mt 28,5‑6, etc.), anunciada por El antes de su muerte (Mt 17,22‑23, etc.).

Ahora bien, del hecho de que María sea la Madre de Jesús y de que Jesús sea Dios, ¿se sigue necesariamente que María sea propia, real y verdaderamente Madre de Dios?

Lo negó terminantemente Nestorio, monje de Antioquía y más tarde patriarca de Constantinopla (+ 451), al afirmar que en Cristo no solamente hay dos naturalezas (como enseña la fe), sino también dos personas perfectamente distintas: divina y humana (lo que es herético, como veremos en seguida). La Virgen, según Nestorio, fue Madre de la persona humana de Cristo (Cristotokos), pero no Madre de su persona divina (Theotokos). Luego no se la debe llamar Madre de Dios, sino únicamente Madre de Cristo (en cuanto persona humana).

La doctrina de Nestorio ‑dos personas en Cristo‑ fue expresamente condenada por la Iglesia como herética. En Cristo ‑como veremos en seguida al exponer la doctrina de la Iglesia‑ no hay más que una sola persona ‑la persona divina del Verbo‑, aunque haya en él dos naturalezas perfectamente distintas: divina y humana. Y como María fue Madre de la persona de Jesús ‑como todas las madres lo son de la persona de sus hijos‑ y Jesús es personalmente el Hijo de Dios, el Verbo divino, síguese con toda lógica que la Santísima Virgen es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado.

b) LA DOCTRINA DE LA IGLESIA.

La doctrina que hemos recogido en nuestra conclusión fue expresamente definida por la Iglesia como dogma de fe, contra la herejía de Nestorio. Es lástima que no podamos detenernos aquí en exponer la historia de las controversias entre San Cirilo de Alejandría ‑el gran campeón de la maternidad divina de María‑ y el heresiarca Nestorio, que ocasionaron la reunión del concilio de Éfeso ‑celebrado el año 431, bajo el pontificado de San Celestino I‑, donde se condenó en bloque la doctrina de Nestorio y se proclamó la personalidad única y divina de Cristo bajo las dos naturalezas, y, por consiguiente, la maternidad divina de María. El pueblo cristiano de Éfeso, que aguardaba fuera del templo el resultado de las deliberaciones de los obispos reunidos en concilio, al enterarse de la proclamación de la maternidad divina de María, prorrumpió en grandes vítores y aplausos y acompañó a los obispos por las calles de la ciudad con antorchas encendidas en medio de un entusiasmo indescriptible.

He aquí el texto principal de la carta segunda de San Cirilo a Nestorio, que fue leída y aprobada en la sesión primera del concilio de Éfeso:

‘No decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; ni tampoco que se transmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; afirmamos, más bien, que el Verbo, habiendo unido consigo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado Hijo del hombre, no por sola voluntad o por la sola asunción de la persona. Y aunque las naturalezas sean diversas, juntándose en verdadera unión, hicieron un solo Cristo e Hijo; no porque la diferencia de naturalezas fuese suprimida por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad, por misteriosa e inefable unión en una sola persona, constituyeron un solo Jesucristo e Hijo.

Porque no nació primeramente un hombre cualquiera de la Virgen María, sobre el cual descendiera después el Verbo, sino que, unido a la carne en el mismo seno materno, se dice engendrado según la carne, en cuanto que vindicó para si como propia la generación de su carne. Por eso (los Santos Padres) no dudaron en llamar Madre de Dios a la Santísima Virgen’ (D IIIª).

En el año 451, o sea veinte años más tarde del concilio de Éfeso, se celebró bajo el pontificado de San León Magno el concilio de Calcedonia, donde se condenó como herética la doctrina de Eutiques, que afirmaba -por error extremo contrario al de Nestorio‑ que en Cristo no había más que una sola naturaleza, la divina (monofisismo). El concilio definió solemnemente que en Cristo hay dos naturalezas ‑divina y humana‑ en una sola persona o hipóstasis: la persona divina del Verbo (cf. D 148).

Un siglo más tarde, el concilio II de Constantinopla (quinto de los ecuménicos), celebrado el año 553 bajo el pontificado del papa Vigilio, alabó e hizo suyos en fórmula dogmática los doce anatematismos de San Cirilo contra la doctrina de Nestorio, considerándolos como parte de las actas del concilio de Éfeso (cf. D 113‑124 226‑227). He aquí los principales anatematismos de San Cirilo relativos a la cuestión que nos ocupa:

‘Si alguno no confiesa que Dios es verdaderamente el Emmanuel y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios, pues dio a luz según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anaterna’ (D 1 13).

‘Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios Padre se unió a la carne según hipóstasis y que Cristo es uno con su propia carne, a saber, que es Dios y hombre al mismo tiempo, sea anaterna’ (D 114).

‘Si alguno distribuye entre dos personas o hipóstasis las expresiones contenidas en los escritos apostólicos o evangélicos, o dichas sobre Cristo por los santos, o por el propio Cristo hablando de sí mismo; y unas las acomoda al hombre, entendiéndolo aparte del Verbo de Dios, y otras, como dignas de Dios, las atribuye al solo Verbo de Dios Padre, sea anatema’ (D 116).

‘Si alguno se atreve a decir que Cristo es hombre teóforo o portador de Dios, y no, más bien, Dios verdadero, como Hijo único y natural, por cuanto el Verbo se hizo carne y participó de modo semejante a nosotros en la carne y en la sangre (Heb 2,14, sea anatema)’ (D 117).

Son, pues, dogmas de fe expresamente definidos por la Iglesia que en Cristo hay dos naturalezas ‑divina y humana‑, pero una sola persona, la persona divina del Verbo. Y como María fue Madre de la persona de Jesús, hay que llamarla y es en realidad propia, real y verdaderamente Madre de Dios.

c) EXPLICACIÓN TEOLÓGICA.

Todo el quid de la cuestión está en este sencillo razonamiento. Las madres son madres de la persona de sus hijos (compuesta de alma y cuerpo) aunque ellas proporcionen únicamente la materia del cuerpo, al cual infunde Dios el alma humana, convirtiéndola entonces en persona humana. Pero Cristo no es persona humana, sino divina, aunque tenga una naturaleza humana desprovista de personalidad humana, que fue sustituida por la personalidad divina del Verbo en el mismísimo instante de la concepción de la carne de Jesús. Luego María concibió realmente y dio a luz según la carne a la persona divina de Cristo (única persona que hay en El), y, por consiguiente, es y debe ser llamada con toda propiedad Madre de Dios. No importa que María no haya concebido la naturaleza divina en cuanto tal (tampoco las demás madres conciben el alma de sus hijos), ya que esa naturaleza divina subsiste en el Verbo eternamente y es, por consiguiente, anterior a la existencia de María. Pero María concibió una persona ‑como todas las demás madres‑, y como esa persona, Jesús, no era humana, sino divina, síguese lógicamente que María concibió según la carne a la persona divina de Cristo y es, por consiguiente, real y verdaderamente Madre de Dios.

Escuchemos a Santo Tomás exponiendo admirablemente esta doctrina.

‘Como en el instante mismo de la concepción de, Cristo la naturaleza humana se unió a la persona divina del Verbo, síguese que pueda decirse con toda verdad que Dios es concebido y nacido de la Virgen. Se dice -en efecto‑ que una mujer es madre de una persona porque ésta ha sido concebida y ha nacido de ella. Luego se seguirá de aquí que la bienaventurada Virgen pueda decirse verdaderamente Madre de Dios. Sólo se podría negar que la bienaventurada Virgen sea Madre de Dios en estas dos hipótesis: o que la humanidad de Cristo hubiese sido concebida y dada a luz antes de que se hubiera unido a ella el Verbo de Dios (como afirmó el hereje Fotino), o que la humanidad de Cristo no hubiese sido tomada por el Verbo de Dios en unidad de persona o hipóstasis (como enseñó Nestorio). Pero ambas hipótesis son erróneas; luego es herético negar que la bienaventurada Virgen sea Madre de Dios’.

Y al solucionar la objeción de que Cristo se llama y es Dios por su naturaleza divina y ésta no comenzó a existir cuando se encarnó en María, sino que ya existía desde toda la eternidad, y, por lo mismo, no debe llamarse Madre de Dios a la Virgen, responde el Doctor Angélico magistralmente:

‘Se dice que la bienaventurada Virgen es Madre de Dios no porque sea madre de la divinidad (o sea, de la naturaleza divina, que es eternamente anterior a Ella), sino porque es Madre según la humanidad de una Persona que tiene divinidad y humanidad’.

Aunque lo dicho hasta aquí es muy suficiente para dejar en claro la maternidad divina de María, vamos a recoger ‑para mayor abundamiento‑ la clarísima exposición de un mariólogo contemporáneo:

‘Sabemos por la Sagrada Escritura y por la tradición que Jesús, el Hijo de María, es el Unigénito Hijo de Dios. Tiene naturaleza humana, que recibió de su Madre, y es, por consiguiente, hombre como nosotros. Pero no es persona humana; es persona divina y hombre a la vez, que subsiste no sólo en la naturaleza divina, que recibe por toda la eternidad de su Padre Eterno, sino también en la naturaleza humana, que ha recibido, en el tiempo, de su Madre humana. María, al engendrar a su Hijo, no engendró una. persona humana. Mas el hecho de dar una naturaleza humana a la segunda persona de la Santísima Trinidad nos dará derecho a decir que María engendró a la persona divina y que es Madre de Dios.

Ya hemos visto que el objeto de la generación, el ser que es engendrado, no es una parte del hijo, sino todo el ser que existe, completo en sí al completarse la generación. Si el producto tiene naturaleza intelectual, como es el caso en toda generación humana, entonces es una persona. De aquí que la maternidad de una mujer se refiere siempre a la persona de su hijo; el objeto de su maternidad, lo que ella engendra o concibe, es una persona.

La misma manera de hablar que empleamos aclara esta verdad: por ejemplo, decimos que Santa Mónica fue madre de San Agustín. San Agustín es una persona, y preguntamos: ‘¿Quién es su madre?’, o ‘¿De quién es madre?’ Quién y de quién solamente se refieren a personas. Así, pues, vemos que nuestra manera ordinaria de hablar acerca de una madre y su hijo indica que la relación de madre a hijo es relación de persona a persona. Dicho de otro modo: el ser concebido por una mujer es una persona.

Sin embargo, es verdad que una madre no es la causa del alma o de la personalidad de su hijo sino en tanto en cuanto proporciona la materia, de tal manera dispuesta que exija la creación del alma de su hijo inmediatamente por Dios. Más: aunque la madre no sea la causa total de su hijo, aun cuando lo que le de por su propia adecuada actividad no es el alma ni la personalidad del hijo, sino la carne de su naturaleza humana, no obstante es verdaderamente su madre, la madre de la persona de su hijo. Aun cuando lo que ella da es sólo parte del hijo, ella es la madre del hijo entero.

Si María hizo por Jesús tanto como cualquier madre humana hace por su hijo, entonces María es tan madre de la persona de Jesús como cualquier mujer es madre de su hijo. El hecho de que Jesús no tuviera padre humano no hace a María menos madre. La diferencia esencial entre maternidad puramente humana y maternidad divina no es que Maria hizo algo más o algo diferente en la concepción de su Hijo. Es simplemente esto: que el Hijo de María es una persona divina, mientras que el hijo de una mujer ordinaria es una persona humana.

Sabemos que sólo Dios puede crear el alma de un niño y hacer al alma y al cuerpo existir como una naturaleza humana completa en sí misma; en otras palabras: sólo Dios hace a la naturaleza humana existir en la persona humana. La personalidad es el término de la generación humana, como don de Dios más bien que producida en virtud de dicha generación. De aquí que la maternidad humana no queda lesionada ni comprometida si Dios crea al alma en la carne proporcionada por la actividad materna, de tal manera que la naturaleza humana resultante no exista completamente en sí como tal persona humana, sino asumida por una persona divina. Si, en lugar de dar una personalidad humana como término de la actividad materna, Dios da la persona divina de su propio Hijo para ser envuelta en la carne de una mujer, entonces, lejos de lesionar su maternidad, este acto de Dios eleva esa maternidad a una ‘dignidad casi infinita’, porque tal madre lleva en su seno al Hijo más perfecto que pudiera nacer.

La divina maternidad nos lleva directamente al corazón del misterio cristiano: la insondable verdad de que Jesucristo es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre, en quien la naturaleza humana, recibida de su Madre humana, y la naturaleza divina, recibida de su Padre Eterno, se unen en la única persona del Hijo de Dios. Si Jesús no es verdadero hombre, María no puede ser verdadera madre; si el Niño Jesús, nacido de María, no es persona divina y Dios mismo, María no puede ser llamada Madre de Dios’ (P. Gerald Van Ackeren).

En resumen: la Santísima Virgen María es real y verdaderamente Madre de Dios porque concibió en sus virginales entrañas y dio a luz a la persona de Jesús, que no es persona humana, sino divina.

(Royo Marín, A., La Virgen María, BAC, Madrid, pp. 94-100)

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Santos Padres

·        San Bernardo

María, la Madre de Dios

“Y dijo María al ángel: ¿cómo puede ser esto, sino conozco varón? Y respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo y por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez, porque no hay cosa alguna imposible para Dios. Y dijo María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.”

“Y dijo María al ángel: ¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?” Primero, sin duda, María calló como prudente, cuando todavía dudosa pensaba entre sí, qué salutación sería ésta, queriendo más por su humildad no responder que temerariamente hablar lo que no. sabía. Pero ya confortada, y habiéndolo premeditado bien, hablándole en lo exterior el ángel, pero persuadiéndola interiormente Dios -que estaba con ella según lo que dice el ángel: “El Señor es contigo”-, expeliendo sin duda la fe al temor, la alegría al empacho, dijo al ángel: “¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?”

No duda del hecho, sino que pregunta acerca del modo y del orden, no pregunta si se hará esto, sino cómo se hará. Al modo que si dijera: sabiendo mi Señor que su esclava tiene hecho voto de virginidad, ¿con qué disposición, con qué orden le agradará que se haga esto? Si Su Majestad ordena otra cosa, si dispensa este voto para tener tal Hijo, me alegro del Hijo que me da, pero me duele la dispensa del voto; sin embargo, hágase su voluntad en todo; pero si he de concebir virgen y virgen también he de alumbrar, lo cual ciertamente no es imposible, entonces ciertamente conoceré que miró la humildad de su esclava.

“¿Cómo pues se hará esto, ángel del Señor, si no conozco varón?” Y respondiendo el ángel le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo”. Había dicho antes que estaba llena de gracia; pues ¿cómo dice ahora “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo?” ¿Por ventura podría estar llena de gracia y no tener todavía al Espíritu Santo, siendo Él el dador de todas las gracias? Y si el Espíritu Santo estaba en ella, ¿cómo se le vuelve a prometer que vendrá sobre ella nuevamente? Por esto sin duda no se dijo vendrá “a ti”, sino que vendrá “sobre ti”, porque aunque a la verdad primero estuvo con María por su copiosa gracia, ahora se le anuncia que vendrá sobre ella por la más abundante plenitud de la gracia que en ella ha de derramar.

Pero estando ya llena, ¿cómo podría caber en ella algo más? Y si todavía puede caber más en ella, ¿cómo se ha de entender que antes estaba ya llena de gracia? La primera gracia había llenado solamente su alma y la siguiente había de llenar también su seno a fin de que la plenitud de la Divinidad, que ya habitaba en ella antes espiritualmente como en muchos de los Santos, comenzase también a habitar corporalmente corno en ninguno de los mismos.

            Dice “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo”-. Y ¿qué quiere decir “y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo?” El que pueda entender, que entienda. Porque exceptuada acaso la que sola mereció experimentar en sí esto felicísimamente, ¿quién podrá percibir con el entendimiento y discernir con la razón de qué modo aquel esplendor inaccesible del Verbo eterno se infundió en las virginales entrañas, y para que pudiese sostener que el inaccesible se acercase a ella, de la partecia del mismo cuerpo a la cual se unió Él mismo, hiciera sombra a todo lo demás? Quizá por esto principalmente se dijo: “Te cubrirá con su sombra”, pues sin duda este hecho era un misterio, y lo que la Trinidad sola por sí misma en sola y con sola la Virgen quiso obrar, sólo se concedió saberlo a quien sólo se concedió experimentarlo. Dígase “el Espíritu Santo vendrá sobre ti”, el cual con su poder te hará fecunda, “y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo”, esto es, aquel modo con que concebirás del Espíritu Santo a Cristo, virtud y sabiduría de Dios, lo encubrirá y ocultará en su secretísimo consejo haciendo sombra, de suerte que sólo será conocido de Él y de ti.

            Como si el ángel respondiera a la Virgen: ¿por qué me preguntas a mí lo que experimentarás en ti dentro de poco? Lo sabrás, lo sabrás y felicísimamente lo sabrás, siendo tu Doctor el mismo que es el Autor. Yo he sido enviado a anunciar la concepción virginal, no a crearla. Ni puede ser enseñada sino por quien la da, ni puede ser aprendida sino por quien la recibe. “Y por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”, esto es, no sólo el que viniendo del seno del Padre a ti te cubrirá con su sombra, sino también lo que de tu sustancia unirá en sí, desde aquel instante, se llamará Hijo de Dios, y el que es engendrado por el Padre antes de todos los siglos, se reputará desde ahora Hijo tuyo. De tal suerte lo que nació del mismo Padre será tuyo y lo que nacerá de ti será suyo, que no serán dos hijos, sino uno solo. Y aunque ciertamente una cosa es de ti y otra cosa es de Él, sin embargo, ya no será de cada uno lo suyo, sino que un solo Hijo será de los dos.

            “Por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”. Atiende, oh hombre, con cuánta reverencia dijo el ángel: “lo santo que nacerá de ti”. Dice lo santo absolutamente sin añadir otra cosa, y esto sin duda porque no encontraba palabras con que nombrar propia y dignamente aquello tan singular, aquello tan magnífico, aquello tan venerable, que formado de la purísima carne de la Virgen, se había de unir con su alma al único del Padre. Si dijera carne santa u hombre santo, o cualquiera cosa semejante, le parecería poco. Por eso dijo “santo” indefinidamente, porque cualquiera cosa que sea lo que la Virgen engendró, es santo sin duda y singularmente santo, así por la santificación del Espíritu como por la asunción del Verbo.

            “Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez”. ¿Qué necesidad había de anunciar a la Virgen la concepción de esta estéril? ¿Por ventura por estar dudosa todavía e incrédula la quiso asegurar el ángel con este prodigio? Nada de eso. Leemos que la incredulidad de Zacarías fue castigada por este mismo ángel, pero no leemos que María fuese reprendida en cosa alguna, antes bien, reconocemos alabada su fe en lo profetizado por Isabel: “Bienaventurada eres por haber creído, porque todo lo que te ha sido dicho de parte del Señor será cumplido en ti.” Se participa a la Virgen la concepción de su prima para que añadiéndose un milagro a otro milagro se aumente su gozo con otro gozo. Ciertamente era preciso fuese inflamada anticipadamente con un no pequeño incendio de amor y. alegría, la que había de concebir luego al Hijo del amor paterno en el gozo del Espíritu Santo. Ni podía caber si en un devotísimo y alegrísimo corazón tanta afluencia de dulzura y de gozo.

            O tal vez se notifica esto a María porque era razón que un prodigio que se debía divulgar después por todas partes, lo supiera la Virgen por el ángel antes que lo oyese de los hombres, para que no pareciese que la Madre de Dios estaba apartada de los consejos de su Hijo, si permanecía ignorante en las cosas que tanto le interesaban.

            0 bien para que siendo instruida, así de la venida del Salvador corno de la venida del Precursor, y fijando en la memoria el tiempo y el orden de las cosas, refiera después mejor la verdad a los Escritores y Predicadores del Evangelio, como quien ha sido informada desde el principio por noticias que el cielo le ha comunicado de todos los misterios.

            0 quizá para que oyendo hablar de una parienta suya anciana y estado avanzado, piense ella que es joven en obsequiarla, y dándose prisa a visitarla, se dé de este modo lugar y ocasión al niño Profeta de ofrecer las primicias de su servicio a su Señor, y fomentándose mutuamente la devoción de ambas madres, excitada por uno y otro infante, se haga más admirable un milagro con otro milagro.

            Pero mira cristiano, estas cosas tan magníficas que escuchas anunciadas por el ángel, no las esperes cumplidas por él. Y si preguntas por quién, oye al mismo tiempo que te dice: “para Dios nada es imposible”. Como si dijera: Esto que tan firmemente prometo, lo presumo en el poder de quien me envió, no en el mío, “porque para Dios nada es imposible.” ¿Qué será imposible para aquel Señor que hizo todas las cosas con el poder de su palabra? Y fíjate que llaman la atención las palabras, el no decir expresamente “porque no será imposible para Dios” todo hecho sino “toda palabra” [“quia non est impossibile apud Deum omne verbum” = “para Dios nada es imposible”]. Tal vez se dijo “toda palabra” porque así como pueden hablar los hombres tan fácilmente lo que quieren, aún aquello que de ningún modo pueden hacer, así también y aún sin comparación con mayor facilidad puede Dios cumplir con la obra todo lo que ellos pueden explicar con las palabras. Lo diré más claramente: si fuera tan fácil a los hombres hacer como decir lo que quieren, tampoco para ellos sería imposible toda palabra. Más porque como dice el proverbio, del dicho al hecho hay un gran trecho, no respecto de Dios sino respecto de los hombres, para solo Dios, en quien es lo mismo hacer que hablar y lo mismo hablar que querer, no será imposible toda palabra.

            Pudieron prever y predecir los Profetas que la Virgen o la estéril habían de concebir y alumbrar, ¿pero pudieron hacer por ventura que concibiese y alumbrase? Mas Dios les dio a ellos el poder de predecirlo, con la facilidad con que entonces pudo predecirlo por medio de ellos, pudo ahora, cuando quiso, cumplir por sí mismo lo que había prometido. Porque en Dios ni la palabra se diferencia de la intención porque es Verdad, ni el hecho de la palabra, porque es Poder, ni el modo del hecho, porque es Sabiduría, y por eso no será imposible para Dios toda palabra.

            Oísteis, oh Virgen, el hecho, oísteis también el modo. Lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa agradable. Gozáos, pues, hija de Sión, alegraos, hija de Jerusalén. Ya que ha dado el Señor a vuestros oídos gozo y alegría, oigamos de vuestra boca la respuesta que deseamos, para que con ella entre la alegría y gozo en nuestros huesos afligidos y humillados. Oísteis, vuelvo a decir, el hecho y lo creísteis: creed lo que oísteis también acerca del modo. Oísteis que concebiréis y daréis a luz un hijo; oísteis que no será por obra de varón sino por obra del Espíritu Santo. Mirad que el ángel aguarda vuestra respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió.

            Esperamos también nosotros, Señora, esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenado a muerte la divina sentencia, de la que seremos librados por vuestra palabra. Ved que se pone en vuestras manos el precio de nuestra salud, al punto seremos librados si consentís. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos creados y con todo eso morimos, pero por vuestra breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Os suplica esto, oh piadosa Virgen, el triste Adán desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Abraham y David con todos los otros Santos Padres, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte. Esto mismo os pide el mundo todo postrado a vuestros pies.

SAN BERNARDO, Las grandezas de María, c. 5.

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Aplicación

·        P. Miguel A. Fuentes, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Emilio Sauras, O.P.

.        P. Jorge Loring, S.J.

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

 

La Santísima Virgen María, Madre de Dios

             Por este dogma la Iglesia afirma que la Virgen María es Madre de Dios en sentido propio y verdadero.

             La Virgen María fue predestinada desde la eternidad para ser Madre del Redentor, y esto, propia y verdaderamente, o sea no sólo en algún sentido impropio como alguna mujer se dice madre del arquitecto o madre del pintor; sino porque verdaderamente engendró a Dios, es decir, una persona divina, pues el Hijo engendrado por Ella es simplemente Dios. Esta verdad es de fe divina y católica definida.

             La prueba principal la tenemos en lo que dice san Lucas (1,35): “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. Lo que nacerá de María es Hijo de Dios en sentido propio y por tanto Dios; pero lo que nacerá de María es hijo de María; por tanto, el hijo de María es Dios, o sea María es Madre de Dios.

             Y lo mismo viene a enseñar san Pablo en Gal 4,4: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. El Hijo de Dios se dice hecho (es decir, nacido) de mujer (o sea, de María).

             También Isabel, llena del Espíritu Santo, la llama Madre del Señor (Lc 1,43): “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” “Señor” (Kyrios) es nombre divino, incluso en el mismo contexto; por tanto, el sentido que le da Isabel es el de Madre de Dios.

             La misma certeza recorre toda la tradición de la Iglesia. El antiquísimo uso de la palabra Theotokos (Madre de Dios) se encuentra en Alejandría en la antífona “Bajo tu amparo”, que es probablemente del siglo III. En ese mismo siglo, consideran y defienden a María como Madre de Dios san Alejandro, san Atanasio; al siglo siguiente hacen otro tanto autores tan distantes como Tito de Bostra en Arabia; san Basilio, san Gregorio Nacianceno y san Gregorio Niceno, en Capadocia; Eusebio y san Cirilo de Jerusalén en Palestina; Eustaquio y Severiano en Antioquía… En Occidente, San Ambrosio, Prudencio, Casiano, San Agustín. Este último escribía: “¿Cómo había de dejar de ser Dios cuando empezó a ser hombre, Él que concedió a su Madre que no dejase de ser virgen cuando lo dio a luz?”.

             La doctrina era ya tradicional antes del Concilio de Éfeso, como lo testimonian autores del siglo II como san Ignacio, san Justino, san Ireneo, etc. Sedulio exclamaría: “Salve, Sancta Parens…”, ¡Salve, santa Madre!

             Santo Tomás enseña (Suma Teológica, III, 35, 4) que se dice verdadera y propiamente madre de alguno de la mujer que lo concibió y dio a luz. Y no otra cosa es lo que ha hecho María: concibió y dio a luz a Dios. Por tanto, es Madre de Dios.

             Y esta maternidad divina Dios la hizo depender del libre consentimiento de María. Así dice San León Magno: “Es elegida la Virgen de la real estirpe de David que, debiendo concebir fruto sagrado, concibió su prole divina y humana antes con el pensamiento que con el cuerpo (Sermón 21,1).

             Y lo mismo San Gelasio: “Se dignó (hacerse hombre) por el consentimiento de la Santísima Virgen cuando dijo al ángel: He aquí la esclava del señor…” (Epístola 2).

            Y del mismo modo Inocencio III: “Hechas estas cosas, enseguida el Espíritu Santo vino y preparó una triple vía ante la faz del Señor. La primera fue el consentimiento virginal… Porque como el ángel hubiese indicado a la Virgen admirada del modo y orden de la concepción, enseguida Ella, inflamada en un sumo ardor de deseo, consintió, y por inspiración del Espíritu Santo respondió: «He aquí la esclava del Señor»… Bienaventurada la que ha creído. Porque el autor de la fe no pudo ser concebido por una incrédula; y por tanto convino que se preparase la primera vía, a saber, el consentimiento de la Virgen” (Sermón 12).

             Y León XIII: “El Hijo eterno de Dios se inclina a los hombres, hecho hombre; pero asintiendo María y concibiendo del Espíritu Santo”. (Encíclica “Iucunda semper”).

             Pero María es madre sin dejar de ser virgen. La maternidad divina es una maternidad completamente especial no sólo por el hecho de tener como término una persona divina, sino también por el modo milagroso y singular con que se ha realizado, a saber, virginalmente. Plenamente virginal quiere decir que María, de tal manera fue Madre de Dios, que conservó siempre la plena virginidad.

             Por su singular privilegio de la Maternidad, María Santísima queda asociada a toda la Trinidad de un modo único e irrepetible. Con relación al Padre María en primer lugar fue asociada en la generación del mismo Hijo. “Ella sola con Dios Padre puede decir al Hijo: Hijo mío eres Tú” (Santo Tomás, Suma Teológica, III, 30, 1). Y con cierta especial razón se la llama Hija del Padre; título que es frecuente en los Santos Padres (Hija única, primogénita y predilecta). La razón es que María en su maternidad perfectísima muestra una semejanza con Dios Padre: el Padre engendra en una sola naturaleza, así Ella; el Padre engendra solo sin madre, Ella sola sin padre; el Padre engendra sin ninguna mutación, Ella sin lesión de la virginidad. Ahora bien, es propio del hijo proceder del padre como imagen y semejanza personal de él. De donde María, en la cual no sólo se tiene esta semejanza, sino a quien se ha dado el ser para mostrar esta semejanza, es de modo especialísimo Hija del Padre.

            Con relación al Hijo es madre con una razón sobresaliente. Y también se la puede llamar esposa del mismo, título que es tradicional en los Padres y en la Liturgia. La razón puede ser la semejanza y analogía máxima que se da entre la unión de la Madre de Dios con Dios y la unión hipostática; ésta suele llamarse desposorio por los Padres. De donde también Santo Tomás dice que María, en nombre de toda la naturaleza humana dio su consentimiento para este matrimonio, lo cual es propio de la esposa (Santo Tomás, Suma Teológica, III, 30, 1).

            Con relación al Espíritu Santo, María se dice, ya desde la antigüedad cristiana, templo del Espíritu Santo. Lo cual ciertamente lo obtiene no sólo por el título de la gracia santificante, sino por un título completamente especial; en cuanto protegida por la sombra del Espíritu Santo, bajo su acción fue madre del Verbo. Más recientemente se la llama Esposa del Espíritu Santo, título infrecuente en la antigüedad pero la Iglesia ha asumido en sus alabanzas a María Santísima.

(Fuentes, M., Cuarto mes de la novena de meses en preparación para el centenario de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, subsidio nº 7, 1 de noviembre de 2016)

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San Juan Pablo II


1. Otro año termina. Con viva conciencia de la fugacidad del tiempo, nos encontramos reunidos esta tarde para dar gracias a Dios por todos los dones que nos ha concedido durante el 2004. Lo hacemos con el canto tradicional del Te Deum.

2. Te Deum laudamus! Te damos gracias, Padre, porque, en la plenitud de los tiempos, enviaste a tu Hijo (cf. Ga 4, 4), no para juzgar al mundo, sino para salvarlo con inmenso amor (cf. Jn 3, 17). Te damos gracias, Señor Jesús, nuestro Redentor, porque quisiste asumir de María, Madre siempre Virgen, nuestra naturaleza humana. En este Año de la Eucaristía, queremos agradecerte con fervor más intenso el don de tu Cuerpo y de tu Sangre en el Sacramento del altar. Te alabamos y te damos gracias, Espíritu Santo Paráclito, porque nos haces tomar conciencia de nuestra adopción filial (cf. Rm 8, 16) y nos enseñas a dirigirnos a Dios llamándolo Padre, “Abbá” (cf. Jn 4, 23-24; Ga 4, 6).

3. Amadísimos hermanos y hermanas de la comunidad diocesana de Roma, a vosotros os dirijo ahora mi cordial saludo, en este encuentro de fin de año. Saludo ante todo al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los miembros del pueblo cristiano. Saludo con deferencia al presidente de la región, al alcalde de Roma, al presidente de la provincia y a las demás autoridades civiles presentes. Queridos hermanos y hermanas, agradezcamos juntos a Dios las manifestaciones de bondad y misericordia con que ha acompañado, durante estos meses, el camino de nuestra ciudad. Que él lleve a cabo todos los proyectos apostólicos y todas las iniciativas de bien.

4. “Salvum fac populum tuum, Domine”, “Salva a tu pueblo, Señor”. Te lo pedimos esta tarde, por medio de María, al celebrar las primeras Vísperas de la fiesta de su Maternidad divina. Santa Madre del Redentor, acompáñanos en este paso al nuevo año. Obtén para Roma y para el mundo entero el don de la paz. Madre de Dios, ruega por nosotros.

(Viernes 31 de diciembre de 2004)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: Todavía inmersos en el clima espiritual de la Navidad, en la que hemos contemplado el misterio del nacimiento de Cristo, con los mismos sentimientos celebramos hoy a la Virgen María, a quien la Iglesia venera como Madre de Dios, porque dio carne al Hijo del Padre eterno. Las lecturas bíblicas de esta solemnidad ponen el acento principalmente en el Hijo de Dios hecho hombre y en el «nombre» del Señor. La primera lectura nos presenta la solemne bendición que pronunciaban los sacerdotes sobre los israelitas en las grandes fiestas religiosas: está marcada precisamente por el nombre del Señor, que se repite tres veces, como para expresar la plenitud y la fuerza que deriva de esa invocación. En efecto, este texto de bendición litúrgica evoca la riqueza de gracia y de paz que Dios da al hombre, con una disposición benévola respecto a este, y que se manifiesta con el «resplandecer» del rostro divino y el «dirigirlo» hacia nosotros. La Iglesia vuelve a escuchar hoy estas palabras, mientras pide al Señor que bendiga el nuevo año que acaba de comenzar, con la conciencia de que, ante los trágicos acontecimientos que marcan la historia, ante las lógicas de guerra que lamentablemente todavía no se han superado totalmente, sólo Dios puede tocar profundamente el alma humana y asegurar esperanza y paz a la humanidad. De hecho, ya es una tradición consolidada que en el primer día del año la Iglesia, presente en todo el mundo, eleve una oración coral para invocar la paz. Es bueno iniciar un emprendiendo decididamente la senda de la paz. Hoy, queremos recoger el grito de tantos hombres, mujeres, niños y ancianos víctimas de la guerra, que es el rostro más horrendo y violento de la historia. Hoy rezamos a fin de que la paz, que los ángeles anunciaron a los pastores la noche de Navidad, llegue a todos los rincones del mundo: «Super terram pax in hominibus bonae voluntatis» (Lc 2, 14). Por esto, especialmente con nuestra oración, queremos ayudar a todo hombre y a todo pueblo, en particular a cuantos tienen responsabilidades de gobierno, a avanzar de modo cada vez más decidido por el camino de la paz. En la segunda lectura, san Pablo resume en la adopción filial la obra de salvación realizada por Cristo, en la cual está como engarzada la figura de María. Gracias a ella el Hijo de Dios, «nacido de mujer» (Ga 4, 4), pudo venir al mundo como verdadero hombre, en la plenitud de los tiempos. Ese cumplimiento, esa plenitud, atañe al pasado y a las esperas mesiánicas, que se realizan, pero, al mismo tiempo, también se refiere a la plenitud en sentido absoluto: en el Verbo hecho carne Dios dijo su Palabra última y definitiva. En el umbral de un año nuevo, resuena así la invitación a caminar con alegría hacia la luz del «sol que nace de lo alto» (Lc 1, 78), puesto que en la perspectiva cristiana todo el tiempo está habitado por Dios, no hay futuro que no sea en la dirección de Cristo y no existe plenitud fuera de la de Cristo. El pasaje del Evangelio de hoy termina con la imposición del nombre de Jesús, mientras María participa en silencio, meditando en su corazón sobre el misterio de su Hijo, que de modo completamente singular es don de Dios. Pero el pasaje evangélico que hemos escuchado hace hincapié especialmente en los pastores, que se volvieron «glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2, 20). El ángel les había anunciado que en la ciudad de David, es decir, en Belén había nacido el Salvador y que iban a encontrar la señal: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc 2, 11-12). Fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño. Notemos que el Evangelista habla de la maternidad de María a partir del Hijo, de ese «niño envuelto en pañales», porque es él —el Verbo de Dios (Jn 1, 14)— el punto de referencia, el centro del acontecimiento que está teniendo lugar, y es él quien hace que la maternidad de María se califique como «divina». Esta atención predominante que las lecturas de hoy dedican al «Hijo», a Jesús, no reduce el papel de la Madre; más aún, la sitúa en la perspectiva correcta: en efecto, María es verdadera Madre de Dios precisamente en virtud de su relación total con Cristo. Por tanto, glorificando al Hijo se honra a la Madre y honrando a la Madre se glorifica al Hijo. El título de «Madre de Dios», que hoy la liturgia pone de relieve, subraya la misión única de la Virgen santísima en la historia de la salvación: misión que está en la base del culto y de la devoción que el pueblo cristiano le profesa. En efecto, María no recibió el don de Dios sólo para ella, sino para llevarlo al mundo: en su virginidad fecunda, Dios dio a los hombres los bienes de la salvación eterna (cf. Oración Colecta). Y María ofrece continuamente su mediación al pueblo de Dios peregrino en la historia hacia la eternidad, como en otro tiempo la ofreció a los pastores de Belén. Ella, que dio la vida terrena al Hijo de Dios, sigue dando a los hombres la vida divina, que es Jesús mismo y su Santo Espíritu. Por esto es considerada madre de todo hombre que nace a la Gracia y a la vez se la invoca como Madre de la Iglesia. En el nombre de María, Madre de Dios y de los hombres, desde el 1 de enero de 1968 se celebra en todo el mundo la Jornada mundial de la paz. La paz es don de Dios, como hemos escuchado en la primera lectura: «Que el Señor (…) te conceda la paz» (Nm 6, 26). Es el don mesiánico por excelencia, el primer fruto de la caridad que Jesús nos ha dado; es nuestra reconciliación y pacificación con Dios. La paz también es un valor humano que se ha de realizar en el ámbito social y político, pero hunde sus raíces en el misterio de Cristo (cf. Gaudium et spes, 77-90). En esta celebración solemne, con ocasión de la 44ª Jornada mundial de la paz, me alegra dirigir mi deferente saludo a los ilustres embajadores ante la Santa Sede, con mis mejores deseos para su misión. Asimismo, dirijo un saludo cordial y fraterno a mi secretario de Estado y a los demás responsables de los dicasterios de la Curia romana, con un pensamiento particular para el presidente del Consejo pontificio «Justicia y paz» y sus colaboradores. Deseo manifestarles mi vivo reconocimiento por su compromiso diario en favor de una convivencia pacífica entre los pueblos y de la formación cada vez más sólida de una conciencia de paz en la Iglesia y en el mundo. Desde esta perspectiva, la comunidad eclesial está cada vez más comprometida a actuar, según las indicaciones del Magisterio, para ofrecer un patrimonio espiritual seguro de valores y de principios, en la búsqueda continua de la paz. En mi Mensaje para la Jornada de hoy, que lleva por título «Libertad religiosa, camino para la paz» he querido recordar que: «El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden social e internacional justo y pacífico» (n. 15). Por tanto, he subrayado que «la libertad religiosa (…) es un elemento imprescindible de un Estado de derecho; no se puede negar sin dañar al mismo tiempo los demás derechos y libertades fundamentales, pues es su síntesis y su cumbre» (n. 5). La humanidad no puede mostrarse resignada a la fuerza negativa del egoísmo y de la violencia; no debe acostumbrarse a conflictos que provoquen víctimas y pongan en peligro el futuro de los pueblos. Frente a las amenazadoras tensiones del momento, especialmente frente a las discriminaciones, los abusos y las intolerancias religiosas, que hoy golpean de modo particular a los cristianos (cf. ib., 1), dirijo una vez más una apremiante invitación a no ceder al desaliento y a la resignación. Os exhorto a todos a rezar a fin de que lleguen a buen fin los esfuerzos emprendidos desde diversas partes para promover y construir la paz en el mundo. Para esta difícil tarea no bastan las palabras; es preciso el compromiso concreto y constante de los responsables de las naciones, pero sobre todo es necesario que todas las personas actúen animadas por el auténtico espíritu de paz, que siempre hay que implorar de nuevo en la oración y vivir en las relaciones cotidianas, en cada ambiente. En esta celebración eucarística tenemos delante de nuestros ojos, para nuestra veneración, la imagen de la Virgen del «Sacro Monte di Viggiano», tan querida para los habitantes de Basilicata. La Virgen María nos da a su Hijo, nos muestra el rostro de su Hijo, Príncipe de la paz: que ella nos ayude a permanecer en la luz de este rostro, que brilla sobre nosotros (cf. Nm 6, 25), para redescubrir toda la ternura de Dios Padre; que ella nos sostenga al invocar al Espíritu Santo, para que renueve la faz de la tierra y transforme los corazones, ablandando su dureza ante la bondad desarmante del Niño, que ha nacido por nosotros. Que la Madre de Dios nos acompañe en este nuevo año; que obtenga para nosotros y para todo el mundo el deseado don de la paz. Amén.

(Sábado 1 de enero de 2011)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

            Tres consideraciones acerca de esta solemnidad introducidas por sendas oraciones.

+ Admiración: Alma Redemptoris Mater

            “Ante la admiración de cielo y tierra engendraste a tu propio Creador y permaneces siempre virgen”.

            La admiración surge de la contemplación.

            ¿Qué contemplamos? Lo que dice el Evangelio. Que los pastores fueron a Belén y encontraron a un Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre según le habían anunciado los ángeles. Y con el Niño estaban María y José.

            Ese Niño es el Salvador, Cristo el Señor, les habían dicho también los ángeles a los pastores. Es Jesús, el Hijo del Altísimo, el heredero del trono de David, el rey de la casa de Jacob, cuyo reinado no tendrá fin, le dijo Gabriel a María. Este Niño es el Emmanuel de Isaías.

            María ha dado a luz a Dios siendo virgen. Ese Niño posee una naturaleza humana como la nuestra y su cuerpo se lo ha dado María. Ese Niño es el Verbo eterno, la Palabra, es Dios y se ha hecho carne en el seno de María. Hoy contemplamos al Verbo hecho Niño en el pesebre de Belén y a su Madre que es la Madre de Dios.

            María ha dado a luz a Dios y ha dado a luz permaneciendo virgen.

            La solemnidad de hoy nos debe causar una gran admiración porque las obras de Dios son admirables.

            Dios ha elegido una mujer, una representante de nuestra naturaleza humana para ser su Madre.

            La Virgen María es una obra maestra de Dios.

            Madre y Virgen. Madre por obra y gracia del Espíritu Santo y Virgen porque no conoció varón.

            Jesús ha sido engendrado eternamente de Padre sin madre y ha nacido en el tiempo de Madre sin padre.

            María da a luz en Belén a su Creador.

+ Glorificación: Magnificat

            “Mi alma canta la grandeza del Señor… porque ha hecho obras grandes por mí”

            Dios ha exaltado al género humano.

            Lo ha exaltado al asumir una naturaleza humana.

            Lo ha exaltado al nacer de una Madre humana.

            La Virgen es una obra maestra de Dios. Es la “llena de gracias”. Así la llamó el ángel en la anunciación. Es admirable la obra de Dios en María. Desde toda la eternidad Dios se preparó una madre para que fuera la mejor de las madres, para su misión peculiar de ser Madre de Dios. La llenó de gracias y la hizo perfecta como todas las obras de Dios pero en ésta Dios “se esmeró”.

            Es cierto que María posee la gracia de Dios de un modo singular pero Dios también nos quiere colmar de gracias a cada uno de nosotros como a ella. ¿Qué nos pide? La fidelidad. Ella es grande porque Dios la hizo grande pero es más grande por su fe. Porque ante la embajada del ángel supo decir sí a Dios entregándose sin reservas a la misión para la cual fue predestinada.

            No sintamos celos por las gracias de María sino admirémonos de ella y de la obra que Dios ha hecho en ella.

            El tres veces santo eligió nacer de una madre pura, santa y para ello escogió una virgen.

            María nos trajo a Jesús que es el Hijo de Dios hecho hombre y por Él, por su rescate también nosotros hemos sido exaltados. Somos hijos de Dios, tenemos por madre a la Madre de Dios, somos hermanos de Jesús, el hombre Dios.

            La celebración de hoy debe ser un canto de gloria a la gracia de Dios, a su misericordia y a su omnipotencia.

+ Consagración: Sub tuum presidium

            “Bajo tu amparo nos acogemos Santa Madre de Dios”

            La Iglesia pone al comienzo del año la solemnidad de Santa María Madre de Dios y la pone para que lo consagremos a ella. Pongamos pues este año bajo el amparo de María.

            Porque es la Madre de Dios. Ha engendrado al Hijo de Dios según la naturaleza humana. Le ha dado un cuerpo a su Santísima Humanidad.

            Nos confiamos a ella porque es Madre de Dios, es la omnipotencia suplicante. Dios todo lo puede, para Él nada es imposible y nada niega Dios a su madre en el cielo como nada le negó en la tierra. María por ser Madre de Dios se apropia de la omnipotencia divina y su súplica ante Dios en favor nuestro es infalible.

            Porque es nuestra Madre. Desde el Calvario también María es nuestra Madre. Tenemos por madre a la Santísima Virgen María, a la Madre de Dios. Y María quiere cuidarnos porque ese fue el encargo que le hizo el mismo Cristo antes de morir “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y María esta empeñada en cuidarnos y quiere llevarnos al cielo.

            Que mejor que comenzar el año admirándonos de la grandeza de Dios y de su Madre, de corresponder glorificándolos y cantando su grandeza y de consagrarnos a ellos para que nos santifiquen. A Jesús por María. Por eso ponemos este año que comienza en tus manos madre.

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P. Emilio Sauras, O.P.

La maternidad divina de María en los Sermones de san Vicente Ferrer

             San Vicente profesaba este misterio como lo profesan todos los fieles. En definitiva se trata de un dogma de fe. Es interesante ver cómo explica una verdad tan alta utilizando metáforas y comparaciones ingeniosas. El uso de la metáfora y de la analogía es legítimo, no sólo en la predicación y en la catequesis, sino en la misma teología. Para la comprensión de las verdades de fe, dice el Vaticano I que recurramos a la analogía (Constitución dogmática De fide catholica, cf. Denz. 1796). De hecho, el Vaticano II ha hecho la teología de la Iglesia a base de metáforas, como vemos en los dos primeros capítulos de la constitución Lumen Gentium (particularmente abundan las metáforas sobre la Iglesia en el nº 6. Pero la teología está hecha en el nº 7 a base de la metáfora paulina del cuerpo y en todo el capítulo segundo a base de la metáfora de pueblo). Y el propio San Pablo nos habla del misterio de la encarnación utilizando la metáfora del vestido (Filipenses, 2,6-7).

             El santo expone la maternidad divina de María con metáforas muy expresivas. Vamos a recoger cuatro:

–La esclavina del peregrino.

–El cristal cromado.

–El vellón de lana y la tierra fecunda.

–El pergamino escrito.

A) La esclavina del peregrino.- Comenta en un sermón las palabras que los discípulos de Emaús dirigieron al caminante que se les hizo el encontradizo. “¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no conoce lo sucedido allí?” Cristo, dice, es el peregrino. Vistió como los peregrinos; caminó por caminos parecidos a los suyos; se hospedó en alojamientos, sorteó peligros y llevó insignias parecidas a los alojamientos, a los caminos y a las insignias de los peregrinos. Justifica cada uno de estos capítulos haciendo comparaciones ingeniosas entre lo que significan y la analogía que tienen con determinados detalles de la vida del Señor.

             Interesa a nuestro propósito el detalle del vestido. El peregrino tiene una manera característica de vestir. Tiene su atuendo especial, del que forman parte la esclavina, el bolso, el báculo y el sombrero. La esclavina y el sombrero le sirven para defenderse de las inclemencias del frío, de la lluvia y, del sol; el bolso, para guardar su elemental equipo de viaje; el báculo, para caminar un poco menos cansadamente. El Señor “se dice peregrino por el hábito que vistió. Llevó esclavina, bolso, báculo y sombrero”. Cada una de estas cosas corresponde a un momento de su vida. La esclavina, a la encarnación. La esclavina cubre el cuerpo del peregrino y la carne que le dio María cubrió la divinidad del Verbo.

             «La esclavina, sigue el texto del sermón, es su carne, que le fue dada en las entrañas de la bienaventurada Virgen. Porque, como dice Santo Tomás en la tercera parte de la Suma y, en el libro tercero de las Sentencias, la Virgen María tuvo parte activa en la preparación de la materia, aunque la concepción, como se dice en el mismo lugar, se atribuye eficientemente al Espíritu Santo; si bien fue toda la trinidad o fueron las tres personas las que la hicieron. Esta esclavina fue purísima en su principio, como formada de la purísima sangre de la Virgen, limpia de todo pecado. Por eso dice el Señor de sí mismo en el apocalipsis y de cuantos visten esclavinas o cuerpos puros: caminarán conmigo vestidos de blanco porque son puros» (Segundo sermón del día de Pascua).

             Sigue luego el texto desarrollando la metáfora de la esclavina que Cristo recibió de María, y dice que cambió de color a lo largo de su existencia. Y así, en la cruz se hizo roja, porque fue bañada en su sangre. Y trae a propósito un texto de Isaías. Luego, al morir, se hizo negra. Porque el sol, que es Cristo, tomó el color de saco hecho de pelo de cabra cuando el cordero abría el sexto sello, según se lee en el apocalipsis.

             La explicación del misterio de la encarnación es cabal; como la de la maternidad divina de María. Ella engendró la humanidad con la que el Verbo se revistió; humanidad sujeta durante la vida a muchas mudanzas. Es, pues, madre del Verbo encarnado. Y quien la fecundó para hacer efectiva esta maternidad fue, por atribución, el Espíritu Santo; y de hecho, toda la Trinidad. Recoge en esto la doctrina del undécimo Concilio de Toledo (Denz. 284), que Santo Tomás recuerda también en la tercera parte de la Suma (Suma Teológica, III, 3,4).

B) El cristal cromado.- En un sermón que predicó el día de la vigilia de Pentecostés habla de la maternidad divina de María, explicándola con la metáfora del cristal cromado. Aquí la imaginación se desborda. En esta metáfora, que es muy compleja, no sólo queda apresada la Virgen. Quedan también las tres personas trinitarias, que fueron el principio fecundador de su maternidad. En la analogía del cristal cromado caben con justeza todo el misterio de la encarnación y el de la virginidad. Juegan en esta exposición cuatro elementos. Tres divinos: el sol, que es el Padre; el calor procedente del sol, que es el Espíritu Santo, y el rayo, procedente asimismo del sol, que es el Verbo. Y uno humano, María, que es el cristal en el que actúan los tres. Pero para que la comparación sirva al caso que el santo se propone, que es manifestar la maternidad de María, el cristal es cromado (Sermón de la vigilia de Pentecostés). Más adelante veremos que la metáfora sirve también para explicar la virginidad en el alumbramiento del Señor y el embellecimiento que esta virginidad confiere a la madre.

             El sol, el calor y el rayo actúan sobre el cristal cromado. En María, que es este cristal, actúan las tres personas de la trinidad, aunque la intervención se atribuya por apropiación sólo al Espíritu Santo. El único de los tres que traspasa el cristal tomando de él su color es el rayo. En este caso, el Verbo, quien, utilizando términos clásicos, decimos que intervino activamente, junto con el Padre y con el Espíritu, en la asunción de la naturaleza humana, pero sólo Él se quedó tomando y apropiándose lo que era propio del cristal, el color, con una intervención que se llama terminativa. En otras palabras. Él solo, y no los otros, se quedó con nuestra naturaleza, donada por María y significada por el color del cristal. Color del que no participan ni el sol ni el calor, pero sí el rayo que lo atraviesa. La Virgen, que es el cristal, da al Verbo, que es el rayo, la naturaleza humana; y con ello resulta que se ha convertido en madre del Verbo encarnado.

             Pero hay aquí un detalle más que conviene tener en cuenta, porque enriquece el concepto de la divina maternidad. Es cierto que el rayo toma el color del cristal, y que el Verbo toma la naturaleza humana de María. Pero es cierto también que el cristal cromado se embellece cuando lo atraviesa el rayo de luz. Su color cobra vida, y diríase que se perfecciona. Así sucedió en este caso, porque cuando el Verbo tomó carne en las entrañas de Santa María, quedó ella sobrenaturalmente embellecida con la gracia de la divina maternidad. Esta no es solamente una maternidad física, biológica y material, que dejaría a la madre en su estado natural. En ella va implicada una perfección sobrenatural, una gracia que la eleva, convirtiéndola en divina.

C) El vellón y la tierra fecunda.- Hace San Vicente una glosa de los textos de David y del profeta Ageo en los que la Virgen está representada por el vellón de lana y por la tierra fecunda. Bajará el rocío sobre el vellón y la lluvia sobre la tierra, dice David. Y Ageo añade: conmoveré la tierra, el cielo y el mar, y vendrá el deseado de las naciones. El rocío que cala y penetra secreta y silenciosamente en el vellón de lana y la conmoción del cielo, de la tierra y del mar en la venida del Señor le dan pie para afirmar la fecundidad divina de María y algunas circunstancias que rodearon el proceso de su maternidad.

             «Ved, dice, cómo la encarnación fue oculta y secreta. De ella habla así David: “Descenderá como rocío sobre el vellón. A María la llama vellón, porque, como de la lana blanca se hace vestido para vestir, de la carne pura y limpia de la Virgen recibió su carne Cristo. Luego añade el profeta que caerá como lluvia que penetra en la tierra; porque, como la tierra fructifica, la Virgen María nos dio un fruto que es el hijo de Dios hecho hombre. El rocío cae sobre el vellón de lana sin sentirlo, y, como en secreto. Y así el Hijo de Dios descendió secretamente cuando lo anunció el ángel, hasta el punto que nadie supo nada de esto entonces más que el propio ángel y María. Es clara la diferencia que hay entre la encarnación y el nacimiento» (Sermón de la vigilia de Navidad).

             Esta diferencia la da a conocer en el sermón del día siguiente, explicando el oráculo de Ageo. «Dentro de poco conmoveré el cielo, la tierra, el desierto y el mar; y vendrá el deseado de las gentes. Dice Ageo que conmoverá el cielo; y se explica porque, como asegura Santo Tomás en la primera parte de la Suma [Teológica], cuando un ángel recibe de Dios alguna revelación la comunica a los demás, de donde resulta que allí no hay nada que se mantenga secreto. Por eso el arcángel Gabriel, una vez que la trinidad le reveló la encarnación y el nacimiento del Señor, hechos de los que iba a ser nuncio, los dio a conocer a los demás; y así todo el cielo se conmovió de gozo y alegría. Y los malos también, porque veían en esto la reparación de la ruina por ellos causada. También se conmovió la tierra. La tierra era la Virgen, que iba a fructificar dándonos el fruto de la vida, y que se había conmovido al recibir el anuncio del ángel, como nos dice San Lucas. Se conmovieron así mismo el mar y el desierto, cuando, por el edicto del emperador, todas las gentes acudían a sus ciudades respectivas, unas por mar y otras por tierra. Así vino el deseado de todas las gentes» (Sermón del día de Navidad).

             Las dos metáforas, unidas en el texto de David, el vellón sobre el que cae silenciosamente el rocío y la tierra en la que cae el agua para fecundarla, tierra que a su vez se conmueve en el texto de Ageo, dan pie al santo para exponer con toda sencillez y claridad los misterios de la encarnación silenciosa, del nacimiento acaecido en medio de una conmoción universal y de la fecundidad divina de María en la que el Verbo se encarnó siendo fruto benéfico para nosotros.

D) El pergamino escrito.- San Vicente suele hacer en sus sermones escapadas marianas, aunque no cuadre bien ni parezca oportuno hablar de la Virgen en el tema que está desarrollando. Así sucede con la analogía que ahora vamos a referir: es la metáfora de la página, en la que el Padre escribió su palabra eterna. Esta página es María. Está predicando el evangelio de la mujer adúltera, y versa el sermón sobre las muchas enseñanzas que se desprenden del hecho y de las palabras que el Señor dirigió a los acusadores. Pero hay un detalle: Jesús escribía en tierra. Al santo le viene a la mente que Jesús es la palabra del Padre; que la palabra se escribe; y que el libro o la página en la que el Padre la escribió es María. Ya ha encontrado oportunidad, aunque sea una digresión en el desarrollo de la homilía, para hablar de la divina maternidad de la Señora.

             «Jesús es la palabra eterna de Dios Padre, y no es una palabra transitoria, como la que nosotros decimos con la boca. El Padre escribió esta palabra en una membrana virginal, en las entrañas de la Virgen María, porque leemos en San Juan que la palabra se hizo carne. Y en Isaías: “Toma un libro grande y, escribe en él”. Este libro es la Virgen María, más grande que el cielo y la tierra, De ella dice el bienaventurado Bernardo en una homilía sobre el evangelio “missus”: “¡Oh entrañas, más grandes que el cielo, porque quien en el cielo no cabía se encerró en vosotras!”. En este libro escribió el Padre su palabra eterna en el mismo instante en que 1a Virgen consintió a las palabras del ángel diciendo: “he aquí la esclava del Señor”. Porque en ese mismo instante la Palabra asumió la naturaleza humana para salvarnos y no para condenarnos» (Sermón del tercer domingo de Cuaresma).

             Partiendo del hecho de que el Hijo, al proceder del Padre por vía de entendimiento, tiene razón y ser de palabra mental, y de que San Juan dice en el prólogo del evangelio que Jesús es precisamente Palabra, parece normal que a la Virgen, que es su madre, se la llame página o libro en el que el Padre escribió su Verbo. Y tenemos aquí otra imagen de la maternidad. Sin embargo hay que decir que esta metáfora, aunque muy bella, expresa la maternidad con menos exactitud que las tres anteriores. En las anteriores se veía a María ejerciendo la función activa de dar al Verbo la naturaleza humana. Bien porque cubría al peregrino (al Verbo) con la esclavina (con su carne); bien porque daba al rayo de luz el color que ella tiene (su carne también); bien porque hacía germinar el fruto de esa tierra que era ella misma. Aquí, en cambio, en esta metáfora del libro o de la página, su función sólo aparece pasiva. Es el Padre quien escribe. Ella recibe la escritura. El Padre manda o envía al Verbo, y ella lo recibe. Es cierto que el Padre no envía al Verbo hecho ya carne; y que quien se la da es María. Pero esto no queda reflejado en la metáfora utilizada aquí, como se reflejaba en las tres metáforas anteriores.

(Sauras, E., La maternidad divina de María en los Sermones de san Vicente Ferrer, Rev. Teología Espiritual, Valencia 1972, vol. XVI, nº 46)

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P. Jorge Loring, S.J.

1.- Celebramos hoy la Fiesta de María Madre de Dios.

2.- Los Testigos de Jehová que van engañando a los ingenuos que les escuchan les dicen: «¿Cómo María va a ser Madre de Dios si Dios es antes que María? Dios es eterno y María no. ¿Puede un hijo ser anterior a su madre?

3.- Con falacias como ésta quitan la fe a muchos católicos.

4.- Cuando sabes la solución, no te influyen; pero muchos no saben qué responder y su fe se tambalea.

5.- María es MADRE DE DIOS porque es madre de Jesús, y si Jesús es Dios, Ella es Madre de Dios.

6.- Como si a uno le hacen alcalde: su madre es madre del alcalde. Ella no le dio la alcaldía, pero como él es alcalde y ella es su madre, con todo derecho es madre del alcalde.

7.- María no le da la divinidad, pero como lo que nace de Ella es Dios, con todo derecho se la puede llamar MADRE DE DIOS.

8.- Al ser madre de Dios, Es la joya de la humanidad, la perla de la creación, pues Dios la proyectó para ser su Madre.

9.- Pío XII la llamó sol de la Iglesia, lo mismo que la madre es el sol de la familia; pues la madre calienta con su amor, la ilumina con su luz orientándola a la unión y la paz, y en su ocaso se oculta para que brillen otras estrellas: sus hijos.

10.- Y Juan Pablo II la presenta como modelo de fe. Por eso Isabel la llama bienaventurada, porque creyó. Al revés que Zacarías. Las dos respuestas son similares. Pero María no dudó del hecho. Preguntó sobre el modo, aclara San Agustín.

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Directorio Homilético

 

Solemnidad de María Santísima Madre de Dios

CEC 464-469: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

CEC 495, 2677: María es la Madre de Dios

CEC 1, 52, 270, 294, 422, 654, 1709, 2009: nuestra adopción como hijos de Dios

CEC 527, 577-582: Jesús observa la Ley y la perfecciona

CEC 580, 1972: la Ley nueva nos libra da las restricciones de la Ley antigua

CEC 683, 689, 1695, 2766, 2777-2778: por medio del Espíritu Santo podemos llamar a Dios

“Abba”

CEC 430-435, 2666-2668, 2812: el nombre de Jesús

III     VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE

464    El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.

465    Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, “venido en la carne” (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El primer concilio ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es “engendrado, no creado, de la misma substancia [‘homoousios’] que el Padre” y condenó a Arrio que afirmaba que “el Hijo de Dios salió de la nada” (DS 130) y que sería “de una substancia distinta de la del Padre” (DS 126).

466    La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que “el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre” (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: “Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne” (DS 251).

467    Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de existir como tal  en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:

          Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y  cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb  4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302).

468    Después del concilio de Calcedonia, algunos concibieron la naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto personal. Contra éstos, el quinto concilio ecuménico, en Constantinopla el año 553 confesó a propósito de Cristo: “No hay más que una sola hipóstasis [o persona], que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad” (DS 424). Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuído a su persona divina como a su propio sujeto  (cf. ya Cc. Efeso: DS 255), no solamente los milagros sino también los sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: “El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima Trinidad” (DS 432).

469    La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:

            “Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit” (“Permaneció en lo que era y asumió lo que no era”),  canta la liturgia romana (LH, antífona de laudes del primero de enero; cf. S. León Magno, serm. 21, 2-3). Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: “Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin  mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, sálvanos! (Tropario “O monoghenis”).

La maternidad divina de María

495    Llamada en los Evangelios “la Madre de Jesús”(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [“Theotokos”] (cf. DS 251).

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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