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Domingo II de Pascua (A)

 

23
abril

Domingo II de Pascua  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

.         Notas sobre las Lecturas

Domingo II de Pascua (A)

(Domingo 23 de abril de 2017)

 Domingo de la Divina Misericordia

LECTURAS

Todos los creyentes se mantenían unidos
y ponían lo suyo en común

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     2, 42-47

Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.
Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno.
Intimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24

R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!

O bien:

Aleluia.

Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón:
íes eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor! R.

Me empujaron con violencia para derribarme,
pero el Señor vino en mi ayuda.
El Señor es mi fuerza y mi protección;
él fue mi salvación.
Un grito de alegría y de victoria
resuena en las carpas de los justos. R.

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él. R.

Nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo,
a una esperanza viva

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro     1, 3-9

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo. Porque gracias a la fe, el poder de Dios los conserva para la salvación dispuesta a ser revelada en el momento final.
Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo. Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 20, 29

Aleluia.
Ahora crees, Tomás, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!, dice el Señor.
Aleluia.

EVANGELIO

Ocho días más tarde, apareció Jesús

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 19-31

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo de la Octava de Pascua- Ciclo A- 23 de Abril 2017

Entrada:

Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, llamado por la Iglesia ‘Domingo de la Divina Misericordia’. Hoy Jesús entrega a sus apóstoles el grandioso poder de perdonar los pecados y se derrama sobre el mundo la misericordia de Dios. Participemos de esta Misa con atención y devoción.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura:                                       Hechos, 2, 42- 47

En los Hechos de los Apóstoles se nos dice que la unidad y la solidaridad entre los miembros de la Iglesia es fruto del misterio pascual.

Salmo Responsorial: 117

2ª Lectura:                                               1 Pedro 1, 3- 9

El Apóstol Pedro nos anuncia que la resurrección de Jesucristo es, para nosotros, causa de una esperanza viva, que consiste en acceder a la vida eterna.

Evangelio:                                                      Juan 20, 19- 31

San Juan nos narra cómo Jesús, apareciéndose una semana después de su resurrección, entrega a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados a quienes se arrepienten: “A quienes ustedes les perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes ustedes se los retengan, les serán retenidos”.

Preces, octava de pascua.

Con la confianza renovada por las maravillas que hace el Señor, presentémosle nuestras intenciones y la de todos nuestros hermanos.
A cada intención respondamos cantando:

+ Pidamos al Señor que guíe y fortalezca al Santo Padre en su misión de llevar al mundo entero la alegría del Evangelio, la Resurrección de Cristo, nuestro Redentor. Oremos.

+ Para que el triunfo de Cristo llegue a los confines de la tierra por la extensión de la Iglesia católica y el ejemplo de santidad de sus miembros vivos. Oremos

+ Para que este domingo llamado “de la misericordia”, nos adentremos en el Corazón misericordioso de Dios Padre y nos hagamos semejantes a Él al ejercitarla con nuestro prójimo. Oremos.

+ Por nuestras familias, amigos y benefactores, que en este tiempo pascual intensifiquen la fe en la presencia viva, operante y permanente de Jesucristo, y que esta certeza los inunde de alegría. Oremos.

+ Por las benditas almas del purgatorio, para que puedan ver el rostro de Cristo redentor eternamente en el cielo. Oremos.

Padre Santo, estas son las necesidades de tu pueblo que peregrina en esta Pascua. Te pedimos, por tu gran amor, que atiendas nuestras súplicas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Te damos, Señor, todo lo que somos y tenemos para unirnos a Cristo nuestra Pascua, y ofrecemos:

+ En estos alimentos el deseo de ayudar a los que más necesitan de nuestra solidaridad.

+ En estos cirios entregamos nuestra adhesión a la fe en el poder de la Resurrección.

+ Con el pan y el vino queremos entregarnos junto a Cristo como oblación acepta a Dios.

Comunión: “Señor mío y Dios mío” Aumenta mi fe, mi esperanza y amor cuando vengas a mi alma y me introduzcas en tus sagradas llagas abiertas por amor mío.

Salida:

Después de haber experimentado en la celebración de la Eucaristía la misericordia de Dios, vayamos al mundo con seguridad y confianza para anunciar las maravillas del evangelio.

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Nota sobre las Lecturas del Tiempo Pascual

Respecto a las lecturas de los domingos del Tiempo Pascual, dicen los Prenotanda del Leccionario:

“Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. Los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena.

“La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, en el ciclo de los tres años, de modo paralelo y progresivo; de este modo, cada año se ofrecen algunas manifestaciones de la vida, testimonio y progreso de la Iglesia primitiva.

“Para la lectura apostólica, el año A se lee la primera carta de san Pedro, el año B la primera carta de san Juan, el año C el Apocalipsis; estos textos están muy de acuerdo con el espíritu de una fe alegre y una firme esperanza, propio de este tiempo.” (Prenotanda del Leccionario, nº 100)

Para tener en cuenta entonces: en el Tiempo Pascual los evangelios de los domingos son los mismos para los tres ciclos. Las que sí varían según cada ciclo son la primera y la segunda lectura. La primera es siempre (para los tres ciclos) tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, pero en cada ciclo se presentan textos diferentes de ese mismo libro. La segunda lectura se toma, para el Ciclo A, de la primera carta de San Pedro; para el Ciclo B, de la primera carta de San Juan; para el Ciclo C, del Apocalipsis. Es necesario prestar atención al comentario que hacen los Prenotanda a estos tres libros del Nuevo Testamento: presentan una fe alegre y una firme esperanza, propias de este Tiempo Pascual. Por lo tanto, en el momento de preparar la homilía, esta indicación puede ser muy útil, ya que de esta segunda lectura pueden tomarse elementos que sirvan al oyente para captar el espíritu de este tiempo.

Respecto a las ferias del Tiempo Pascual dicen los Prenotanda del Leccionario:

“La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, como los domingos, de modo semi-continuo.

“En el Evangelio, dentro de la octava de Pascua, se leen los relatos de las apariciones del Señor. Después, se hace una lectura semi-continua del Evangelio de san Juan, del cual se toman ahora los textos de índole más bien pascual, para completar así la lectura ya empezada en el tiempo de Cuaresma. En esta lectura pascual ocupan una gran parte el discurso y la oración del Señor después de la cena”. (Prenotanda del Leccionario, nº 101).

El nº 102 de los Prenotanda explica en detalle la distribución de las lecturas para las solemnidades de la Ascensión y de Pentecostés.

Es necesario prestar atención al hecho de que tanto en los domingos como en las ferias del Tiempo Pascual se le da un lugar preferencial al discurso y oración del Señor después de la cena, que San Juan consignó en su evangelio. El estudio de este texto será un instrumento privilegiado para la preparación de las homilías del Tiempo Pascual.

P. Lic. José Antonio Marcone, I.V.E.

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Directorio Homilético

 

Segundo domingo de Pascua

CEC 448, 641-646: la aparición del Resucitado

CEC 1084-1089: la presencia santificante de Cristo resucitado en la Liturgia

CEC 2177-2178, 1342: la Eucaristía dominical

CEC 654-655, 1988: nuestro nacimiento a una vida nueva en la Resurrección de Cristo

CEC 976-984, 1441-1442: “Creo en el perdón de los pecados”

CEC 949-953, 1329, 1342, 2624, 2790: la comunión de los bienes espirituales

448    Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: “¡Es el Señor!” (Jn 21, 7).

Las apariciones del Resucitado

641    María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

642    Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular – en la  construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su  Iglesia. La fe de la primera comunidad de  creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643    Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano (cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

644    Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin  embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

          El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645    Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27)  y el compartir  la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646      La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

II       LA OBRA DE CRISTO EN LA LITURGIA

          Cristo glorificado…

1084  “Sentado a la derecha del Padre” y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.

1085  En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los  demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.

          …desde la Iglesia de los Apóstoles…

1086  “Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (SC 6)

1087  Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles, les confía su poder de santificación (cf Jn 20,21-23); se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta “sucesión apostólica” estructura toda la vida litúrgica de la Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del Orden.

          …está presente en la Liturgia terrena…

1088  “Para llevar a cabo una obra tan grande” -la dispensación o comunicación de su obra de salvación-“Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, `ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es El mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: `Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ (Mt 18,20)” (SC 7).

1089  “Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por El rinde culto al Padre Eterno” (SC 7)

          …que participa en la Liturgia celestial.

La eucaristía dominical

2177  La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. “El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC, can. 1246,1).

          “Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos” (CIC, can. 1246,1).

2178  Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: “no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente” (Hb 10,25).

            La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: “Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración…Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida…Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).

1342  Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:

          Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

654    Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) “a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos … así también  nosotros vivamos una nueva vida” (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: “Id, avisad a mis hermanos” (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655    Por último, la Resurrección de Cristo – y el propio Cristo resucitado – es principio y fuente de nuestra resurrección futura: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron … del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos “saborean los prodigios del mundo futuro” (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15).

Artículo10                  “CREO EN EL PERDON DE LOS PECADOS”

976    El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a su apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23).

          (La IIª parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el Sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos).

I        UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS PECADOS

977    Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que “vivamos también una vida nueva” (Rm 6, 4).

978    “En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de Fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas… Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal” (Catech. R. 1, 11, 3).

979    En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado? “Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder de perdonar los pecados, también hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el único medio de servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había recibido de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a todos los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento de su vida” (Catech. R. 1, 11, 4).

980    Por medio del sacramento de la penitencia el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:

          Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia “un bautismo laborioso” (San Gregorio Nac., Or. 39. 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672).

II       EL PODER DE LAS LLAVES

981    Cristo, después de su Resurrección envió a sus apóstoles a predicar “en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones” (Lc 24, 47). Este “ministerio de la reconciliación” (2 Co 5, 18), no lo cumplieron los apóstoles y sus sucesores anunciando solamente a los hombres el perdón de Dios merecido para nosotros por Cristo y llamándoles a la conversión y a la fe, sino comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo:

          La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado (San Agustín, serm. 214, 11).

982    No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. “No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero” (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).

983    La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la fe en la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los apóstoles y de sus sucesores:

          El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1, 34).

          Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles, ni a los arcángeles… Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo, sac. 3, 5).

            Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don (San Agustín, serm. 213, 8).

Sólo Dios perdona el pecado

1441  Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina,  Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

1442    Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado “en nombre de Cristo”, y “es Dios mismo” quien, a través de él, exhorta y suplica: “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Co 5,20).

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 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O. P.

El resucitado

Este gran día de la Resurrección tocaba a su fin, pero no terminó sin que Jesús se manifestase a un grupo fiel, impaciente por demás de satisfacer sus miradas con su presencia. Sin embargo, cuando súbitamente le vieron en medio de ellos, sin que nadie le abriera las puertas, cerradas por temor a los judíos, un terror sagrado los sobrecogió de momento. Reconocían a Jesús, pero creían ver un espíritu. Cristo les dice: « ¿Por qué estáis turbados? La paz sea con vosotros». Y les mostró sus manos y sus pies, que habían sido clavados y su costado herido por una lanza*1.

San Lucas, que era médico, buen psicólogo y sabía el valor de los hechos materiales comprobados, añade que el exceso de alegría turbaba su convicción; porque, sin duda, temían tomar por realidad sus deseos. Bien lo comprendió Jesús, y, para devolver a los suyos el sosiego con la más familiar de las realidades, les pidió si tenían algo que darle de comer: comió a continuación delante de ellos parte de un pez asado. No porque hubiese vuelto a la vida vegetativa cotidiana, sino solamente para probar la realidad de la resurrección.

De este modo, plenamente convencidos, vueltos en sí esperaban una palabra nueva de su Maestro, y le oyeron decir otra vez: «La paz sea con vosotros». Esta vez la paz estaba conquistada. Entonces les habla de su misión, dándoles el mandato augusto que les abre el mundo. «Como me envió mi Padre, así también Yo os envío». Después sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonareis los pecados, le serán perdonados, y a los que los retuviereis, les serán retenidos». No fue ésta todavía la gran manifestación del Espíritu prometido en la tarde de la última Cena*2; vendrá su hora, pero desde este momento, luego de la resurrección, los constituyó en un gobierno espiritual. Desde entonces tendrán poder sobre las almas, y este poder se dejará sentir especialmente, o por el perdón de los pecados, concedido sin duda en nombre de Dios, o por la denegación del perdón, a causa de las malas disposiciones del pecador, porque a los sinceramente arrepentidos, Dios perdona siempre. Los dispensadores de esta gracia serán jueces en estos casos; deberán, pues, conocerlos. Con razón la Iglesia ha visto aquí en esta actitud, y con estas memorables palabras, la institución del sacramento de la Penitencia.

Jesús resucitado no debía hacer vida común con los apóstoles como otras veces. Eran las apariciones un hecho excepcional: ni san Juan ni esta vez san Lucas tuvieron necesidad de decir que había desaparecido después de esta gran manifestación del domingo de resurrección. Este gran día se ha convertido en la verdadera fiesta de la Pascua de los cristianos.

Un apóstol no estaba presente aquella tarde: era Tomás, que probablemente fue convocado con los otros después de la aparición hecha a Pedro; pero que juzgaría prudente abstenerse, ya que no creía más a Pedro que los otros habían creído a las mujeres. Rehusó dar crédito al testimonio de sus hermanos.

Nuestro tiempo es poco dado a creer en milagros, pero no es menos crédulo, sobre todo cuando se le habla en nombre de la ciencia. En esto consistió la habilidad de Renán al afirmar, como si lo hubiera comprobado en Oriente, que los orientales están siempre al acecho de lo sobrenatural para, con alegría, adherirse a ello. Las disposiciones de ánimo de los judíos de entonces no eran ciertamente diferentes de los judíos de hoy. Desde las alturas en donde estaban, lo habían relegado a una trascendencia majestuosa. Dios no se mezclaba en el curso de las cosas humanas, si no era para darles un impulso regular. No se mostraron los apóstoles en toda la historia de Jesús muy dispuestos para las cosas sobrenaturales. Sin duda esperaban la gran manifestación mesiánica, pero no había llegado. La Pasión, cuya sola idea era rechazada con horror, los había hecho desconfiar y, no comprendiendo las afirmaciones de Jesús en este punto, el glorioso desquite que conseguiría mediante su resurrección, trascendía sus previsiones.

Cuando fueron convencidos todos por la misma realidad, Tomás permaneció recalcitrante. Seguramente los discípulos habían sido víctimas de una alucinación, y lo que vieran sólo era un fantasma. Y como le objetasen que habían visto las heridas del crucificado, respondió que en tales casos no bastaba ver, era preciso tocar. Por tanto, él no se fiaba más que de sí mismo: «Si no veo en sus manos las señales de los clavos, y no meto mis dedos en el lugar de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Aprendamos aquí a tener la misma indulgencia que Cristo con los que dudan. Dejó a Tomás en sus dudas durante siete días. Habiendo visto los apóstoles a Jesús en Jerusalén, no se daban prisa a volver a Galilea. Se reunieron el octavo día, bien para orar juntos por última vez, bien para decidir el camino que debían seguir juntos. Las puertas estaban cerradas: súbitamente, Jesús se halló en medio de ellos y los saludó: «La paz sea con vosotros». Después dice a Tomás: «Pon tu dedo aquí y mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel».

Tomás ¿dejó a Cristo que se apoderase de su mano y la llevase a la herida del costado o, renunciando a su lógica, se rindió a la evidencia de lo que veía? Fueron los labios de este incrédulo de quienes salió el primer acto explícito de fe en la divinidad del Resucitado. Gritó: « ¡Señor mío y Dios mío!» Jesús, con una sonrisa de perdón: « ¿Porque me has visto has creído?» Eso no es de maravillar, ni muy meritorio. « ¡Dichosos los que creen sin haber visto!»

Se había excedido rehusando creer en la resurrección de su Maestro, no dando crédito al testimonio de sus hermanos, cuya sinceridad conocía. Es lo que con dulzura hace resaltar Jesús. Él había querido ver con sus ojos el cuerpo resucitado y, habiéndolo visto, no tenía que remitirse a otros para este hecho. Pero, como muy bien nota san Gregorio, viendo la humanidad gloriosa creyó en la divinidad, haciendo así un verdadero acto de fe. Este acto exigía ya, como al presente, la adhesión de la inteligencia a una verdad revelada por el mismo Jesucristo y, por tanto, revelada por Dios. Esta adhesión era más fácil a los apóstoles, porque la afirmación de Jesús estaba confirmada por su resurrección. Más dichosos eran ellos creyendo en su divinidad que gozando de la presencia sensible de su humanidad. Ésta dicha, preludio de la bienaventuranza eterna, es también la parte escogida de los que creen sin haber gustado la misma consolación. No deben ellos olvidar que Jesús les ha prometido que su presencia interior, en compañía del Padre y del Espíritu Santo (Jn 14,23,17), no les faltaría, presencia que hace la fe más fácil y más dulce.

(LAGRANGE, Joseph. Vida de Jesucristo. Edibesa, Madrid, 2.002. Pag. 524-526)

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*1- San Lucas y San Juan se completan mutuamente aquí, sin tener que forzar la armonía.
*2- No es solamente porque San Lucas cuenta de otra manera la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, es porque el mismo San Juan consideraba esta misión solemne del Espíritu como un don del Hijo subido ya al Padre y para consolar y fortalecer a los suyos en su ausencia (14,16-26; 16,7-13).

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

Las lecturas del Tiempo Pascual

51. (…) Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. En los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena» (OLM 99100). La rica serie de lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento escuchadas en el Triduo representa uno de los momentos más intensos de la proclamación del Señor resucitado en la vida de la Iglesia, y pretende ser instructiva y formativa para el pueblo de Dios a lo largo de todo el año litúrgico. En el curso de la Semana Santa y del Tiempo de Pascua, basándose en los mismos textos bíblicos, el homileta tendrá variadas ocasiones para poner el acento en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como contenido central de las Escrituras. Este es el tiempo litúrgico privilegiado en el que el homileta puede y debe hacer resonar la fe de la Iglesia sobre lo que representa el corazón de su proclamación: Jesucristo murió por nuestros pecados «según las Escrituras» (1Cor 15,3), y ha resucitado el tercer día «según las Escrituras» (1Cor 15,4).

52. En primer lugar existe la oportunidad, en especial durante los tres primeros domingos, de transmitir las diversas dimensiones de la lex credendi de la Iglesia en un tiempo privilegiado como este. Los párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica que tratan de la Resurrección (CEC 638- 658) son, en sí mismos, la explicación de muchos de los diversos textos bíblicos claves proclamados en el tiempo Pascual. Estos párrafos pueden ser una guía segura para el homileta que tiene la tarea de explicar al pueblo cristiano, sobre la base de los textos de la Escritura, lo que el Catecismo, por su parte llama, en diversos capítulos, «el acontecimiento histórico y trascendente» de la Resurrección, el significado «de las apariciones del Resucitado», «el estado de la humanidad resucitada de Cristo» y «la Resurrección – obra de la Santísima Trinidad».

53. En segundo lugar, en los domingos del Tiempo de Pascua la primera lectura no está tomada del Antiguo Testamento sino de los Hechos de los Apóstoles. Muchos pasajes narran ejemplos de la primera predicación apostólica, en los que podemos reconocer que los propios Apóstoles emplearon las Escrituras para anunciar el significado de la muerte y la Resurrección de Jesús. Otros narran las consecuencias de esta última y sus efectos en la vida de la comunidad cristiana. A partir de estos pasajes, el homileta tiene en su mano algunos de sus más fuertes y fundamentales instrumentos. Observa cómo los Apóstoles se han servido de las Escrituras para anunciar la muerte y Resurrección de Jesús y se comporta del mismo modo, no solo a propósito del pasaje que está tratando sino adoptando un estilo similar para todo el año litúrgico. Reconoce, además, la potencia de la vida del Señor resucitado, que actúa en las primeras comunidades, y proclama con fe al pueblo que la misma potencia está todavía operante entre nosotros.

54. En tercer lugar, la intensidad de la Semana Santa con el Triduo Pascual, seguido de la gozosa celebración de los cincuenta días que culminan en Pentecostés, es para los homiletas un tiempo excelente para tejer vínculos entre las Escrituras y la Eucaristía. Justamente en el gesto de «partir el pan» – recuerda la entrega total de sí por parte de Jesús en la Última Cena y después en la Cruz – los discípulos se dan cuenta de cuánto ardía su corazón mientras el Señor les abría la mente para comprender las Escrituras. Todavía hoy es deseable un esquema análogo de comprensión. El homileta se prepara con diligencia para explicar las Escrituras pero el significado más profundo de cuanto dice emergerá del «partir el pan» en la misma Liturgia, siempre que haya sabido resaltar esta conexión (cf. VD 54). La importancia de tales vínculos ha sido mencionada claramente por el Papa Benedicto XVI en la Verbum Domini: «Estos relatos muestran cómo la Escritura misma ayuda a percibir su unión indisoluble con la Eucaristía. “Conviene, por tanto, tener siempre en cuenta que la Palabra de Dios leída y anunciada por la Iglesia en la Liturgia conduce, por decirlo así, al sacrificio de la alianza y al banquete de la gracia, es decir, a la Eucaristía, como a su fin propio”. Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico. La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (VD 55).

(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 51 – 54)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

Bienaventurados los que creen sin ver

            Así como el creer con simplicidad y sin motivo es propio de la ligereza, así el andar investigando y examinando con exceso es propio de una cabeza muy dura. Y de esto se acusa a Tomás. Pues como los apóstoles le dijeran: Hemos visto al Señor, él no les creyó. No únicamente a ellos no les dio fe, sino que pensó ser la resurrección de los muertos cosa imposible. Porque no dijo: Yo no os creo, sino: Si no meto mi mano no creo.

            ¿Cómo es que estando ya todos juntos sólo él estaba ausente? Es verosímil que aún no regresara de la dispersión precedente. Pero tú cuando ves al discípulo que no cree, fíjate en la clemencia del Señor, y cómo por sola una alma manifiesta las llagas que recibió; y acude a la salvación de sola ella, aun teniendo Tomás un ánimo más cerrado que otros. Y esta fue la causa de que buscara la fe por el testimonio del más craso de los sentidos y ni a sus ojos diera su asentimiento. Porque no dijo únicamente si no veo, sino además: Si no palpo, si no toco; temiendo que lo que viera se redujera simple fantasía.

            Los discípulos que le anunciaban la resurrección y también el Señor que había prometido resucitar eran fidedignos. Y sin embargo, aun habiendo él exigido muchas más pruebas, Cristo no se las negó. Mas ¿por qué no se le apareció inmediatamente, sino hasta ocho días después? Para que instruido y enseñado por los otros discípulos, cobrara mayor anhelo y quedara para lo futuro más confirmado. ¿Cómo supo que a Cristo le había sido abierto el costado? Lo oyó de los otros discípulos. Entonces ¿por qué una cosa sí la creyó y otra no? Porque lo segundo sobre todo era admirable. Advierte además con cuánto amor a la verdad hablan los apóstoles y no ocultan sus propios defectos ni los ajenos, sino que escriben sumamente apegados a lo que era verdad.

            Se presenta de nuevo Jesús y no espera a que Tomás le ruegue ni a oír lo que quería decirle; sino que cuando Tomás aún nada decía se le adelanta y le llena sus anhelos, dándole a entender que estaba presente cuando Tomás decía lo que les dijo a los discípulos; puesto que usó de sus mismas palabras y con vehemencia lo increpa y lo instruye para adelante. Pues habiéndole dicho: Trae acá tu dedo y mira mis manos; y mete tu mano en mi costado, añadió: Y no seas incrédulo sino fiel. ¿Adviertes cómo Tomás dudaba por falta de fe? Pero esto sucedió antes de que recibieran el Espíritu Santo. Después de recibido ya no procedieron así, pues habían llegado a la perfección.

Y no lo increpó únicamente de esa manera, sino también en lo que luego añadió. Como el apóstol, una vez certificado del hecho, se arrepintiera y exclamara: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me viste has creído. Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Esto es lo propio de la fe: dar su asentimiento a lo que no se ha visto. Es pues fe la seguridad de las cosas que se esperan, la demostración de las que no se ven*1. De modo que por aquí llama bienaventurados no sólo a los discípulos, sino además a los que luego habían de creer.

            Dirás que los discípulos vieron y creyeron. Pero ellos no anduvieron en esas inquisiciones, sino que por aquello de los lienzos al punto creyeron en la resurrección y antes de ver el cuerpo resucitado tuvieron fe plena. De modo que si alguno llegara a decir: Yo hubiera querido vivir en aquel tiempo y ver a Cristo haciendo milagros, ese tal que reflexione en aquellas palabras: Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Lo que sí tenemos que investigar es cómo un cuerpo incorruptible conservó las cicatrices de los clavos y pudo ser palpado por manos mortales.

            Pero no te burles. Fue cosa propia de Cristo, que así se abajaba. Su cuerpo tan tenue, tan leve que entró en el cenáculo estando cerradas las puertas, ciertamente carecía de espesor; pero con el objeto de que se le diera fe a la resurrección, se mostró tangible. Y para que conocieran que era el mismo que había sido crucificado y que no resucitaba otro en su lugar, resucitó con las señales de la cruz; y por eso mismo comía con los discípulos. Y esto sobre todo exaltaban en su predicación los apóstoles, diciendo: Nosotros, los que con El comimos y bebimos*2. Así como antes de la crucifixión lo vemos andando sobre las olas y sin embargo no afirmamos que su cuerpo sea de naturaleza distinta de la nuestra, así cuando después de la resurrección lo vemos con las cicatrices, no por eso decimos que su cuerpo sea corruptible. Él se muestra en esa forma por el bien de los discípulos.

            Muchos otros milagros hizo ciertamente Jesús. Lo dice el evangelista porque él ha referido muchos menos milagros que los otros; aunque tampoco esos otros habían referido todos los milagros obrados por Jesús, sino solamente los necesarios para que creyeran los oyentes. Y después continúa: Si se escribieran todos, creo yo que ni en todo el mundo cabrían los libros que se habían de escribir. Consta por aquí que los evangelistas no escribían por lucimiento, sino para utilidad. Quienes pasaron en silencio tantas cosas ¿cómo puede ser que escribieran por jactancia? Pero entonces ¿por qué no refieren todos los milagros? Sobre todo porque son muchísimos y además porque no pensaban que quienes no creyeran con los referidos creerían si se les refirieran muchos más; y en cambio quienes con esos creyeran ya no necesitaban de otros para su fe.

            Yo pienso que aquí el evangelista se refiere a los milagros verificados después de la resurrección. Por lo cual dice: En presencia de sus discípulos. Así como antes de la resurrección fueron necesarios muchos milagros para que creyeran ser Jesús el Hijo de Dios, así después de la resurrección fueron necesarios para que se persuadieran de que había resucitado. Por eso dijo el evangelista: En presencia de sus discípulos, pues con solos ellos había conversado después de la resurrección. Por eso dijo Jesús: El mundo ya no me ve. Y para que entiendas que los milagros fueron en bien de los discípulos, continuó: Y para que creyendo tengáis vida eterna en su nombre. Hablaba en general a toda la naturaleza humana; y para que se vea que lo hace en bien de aquel en quien se cree, sino de nosotros mismos, como un don excelente.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LXXXVII (LXXXVI), Tradición México 1981, p. 375-78

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*1- Hb 11, 1
*2- Hech 10, 41

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        Sor Ma. Elizbieta Siepak

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Jesús de la Divina Misericordia

(Jn 20,19-31)

Introducción

A partir del día 30 de abril de 2000, día de la canonización de Santa Faustina Kowalska, el segundo domingo de Pascua que celebramos hoy ha adquirido una significación especial y un peso teológico mayor aún que el que ya tenía. La causa de esto es que a partir de ese día comienza a hacerse efectivo uno de los deseos que Jesús le expresó a Santa Faustina: que en este domingo se celebre la Fiesta de la Divina Misericordia.

En ocho ocasiones distintas Jesús le dice a Santa Faustina Kowalska que quiere que el primer domingo después de Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Divina Misericordia. Sus palabras textuales son: “Deseo que el primer domingo después de la Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia” (Diario, nº 299)*1.

El gran papa San Juan Pablo II ya como obispo de Cracovia había seguido de cerca y promovido la causa de canonización de Sor Faustina Kowalska. Luego, como Sumo Pontífice, la beatificó y la canonizó. El día de su canonización, domingo posterior al domingo de Pascua de Resurrección de aquel año hizo efectivo el mandato que Jesús le dio a Santa Faustina e instituyó la Fiesta de la Divina Misericordia, como dijimos. Durante la misa de canonización el pontífice santo dijo: “En todo el mundo, el segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar con confianza en la benevolencia divina las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”*2.

Jesucristo expresó también a Santa Faustina un deseo particular dirigidos a los sacerdotes homiletas de ese domingo: “Ese día los sacerdotes han de hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita” (Diario, nº 570).

Desde tiempos inmemoriales se leía en este domingo el evangelio que hemos leído hoy: Jn 20,19-31. En los versículos 22-23 se proclama el don del Espíritu a los Apóstoles que los hace ministros del perdón de los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

1. Jesús entrega verdadera y propiamente el Espíritu Santo a la Iglesia

San Juan narra que la primera aparición de Cristo resucitado en la mañana del domingo de Pascua fue a María Magdalena (Jn 20,14-18). Ella fue enviada por Jesús a avisar a los Apóstoles que Él había resucitado. Dado que ‘apóstol’ significa ‘enviado’, Santo Tomás de Aquino llamó a María Magdalena ‘la Apóstola de los Apóstoles’*3, es decir, ‘la enviada a los Enviados’.

Pero al atardecer del mismo día de Pascua, Jesús resucitado se apareció a todos los Apóstoles reunidos en el Cenáculo con las puertas cerradas por temor a los judíos. Lo primero que hizo Jesús al encontrarse con ellos fue cumplir su promesa de que les iba a dar su paz. Durante la Última Cena les había dicho: “Mi paz les doy, mi paz les dejo; no se las doy como la da el mundo. No se turbe el corazón de ustedes ni se acobarde” (Jn 14,27). Por eso, al entrar al Cenáculo les dice: “La paz esté con vosotros” (Jn 20,19).

Y les da también la alegría prometida en la Última Cena. Allí les había dicho: “Ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se la podrá quitar” (Jn 16,22; cf. 17,13). Por eso San Juan narra en el evangelio de hoy: “Los discípulos se alegraron al ver al Señor” (Jn 20,20).

Pero, además cumple la promesa de todas las promesas o “la promesa de la Promesa”, porque les entrega una Persona de la Santísima de la Trinidad que el mismo Cristo la llama “la Promesa de mi Padre” (Lc 24,49; Hech 1,4), es decir, el Espíritu Santo (Hech 2,33). También durante la Última Cena Jesús les había prometido cinco veces que les iba a enviar el Espíritu Santo (Jn 14,16; 14,26; 15,26; 16,7-8; 16,13), y ahora cumple lo prometido.

En efecto, soplando sobre ellos les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22). A menudo sucede que a esta entrega del Espíritu Santo que hace Jesucristo la tarde misma del día de su resurrección se le asigna una categoría menor que a la entrega del Espíritu Santo echa en Pentecostés. Sin embargo, la Iglesia declaró solemnemente que fue una entrega real que cumplía las promesas solemnes hechas durante la Última Cena. En efecto, dice el Concilio II de Constantinopla: “Si alguno defiende al impío Teodoro de Mopsuesta que se atrevió a decir que después de la resurrección, cuando el Señor sopló sobre sus discípulos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’ (Jn 20,22), no les dio el Espíritu Santo, sino que sopló sobre ellos en apariencia, sea anatema”*4. Por esta razón R. Brown dice que “aquí sucedió un verdadero y propio don del Espíritu Santo”*5.

Cuando se habla del don del Espíritu Santo se suele pensar inmediatamente en Pentecostés, “pero en aquella ocasión se trató de la venida pública y oficial del Espíritu para guiar la misión de la Iglesia en el mundo”*6. El don del Espíritu Santo a la Iglesia completa, con su cabeza, Pedro, sucede realmente la tarde del domingo de Pascua.

Hay una razón muy clara para afirmar esto. Para San Juan el don del Espíritu Santo por parte de Cristo brota de la glorificación de Jesús. La glorificación de Jesús para San Juan “implica la serie ininterrumpida de crucifixión, resurrección y ascensión: estos tres datos constituyen su subida al Padre”*7. Pero la ascensión de Jesús a la derecha del Padre no es algo que sucedió a los cuarenta días de su resurrección (cf. Hech 1,3.9). La ascensión de Jesús a la derecha del Padre es algo contemporáneo a su resurrección. “La ascensión teológica, la glorificación de la humanidad de Jesús a la presencia del Padre, es algo invisible, la consumación de la resurrección, inseparable de ella”*8. Por eso, Jesús desde el momento mismo de su resurrección completó absolutamente todos los misterios referidos a su glorificación y, por lo tanto, estaban dadas ya todas las condiciones para que entregara el Espíritu a la Iglesia. Y así lo hace en la tarde del domingo de Pascua, como narra el evangelio de hoy.

Al entregarles el Espíritu a los Apóstoles Jesús hace el mismo gesto que hizo Yahveh cuando le infundió el alma Adam formado de la arcilla de la tierra. Incluso más, la traducción griega de la biblia hebrea, la LXX, usa el mismo verbo en la misma forma verbal que usa San Juan para narrar la acción de Cristo. San Juan relata: “Jesús sopló (enephýsesen, en griego*9) sobre ellos” (Jn 20,22). Y el Génesis dice: “Entonces Yahveh Dios formó al hombre del polvo del suelo, y sopló (enephýsesen, LXX) aliento de vida sobre su rostro, y el hombre se convirtió en ser viviente” (Gén 2,7). De esta manera, el evangelio está haciendo notar que se trata de una nueva creación: así como Dios creó al primer hombre, Adam, con el alma espiritual, ahora re-crea al hombre nuevo, al cristiano, con el Espíritu Santo*10.

2. La institución del sacramento de la Penitencia

Pero esta entrega verdadera y propia del Espíritu Santo en la tarde del domingo de Pascua está hecha en relación con el perdón de los pecados. Podríamos glosar las palabras de Jesús para entender mejor su sentido exacto: “Les hago una entrega verdadera y propia del Espíritu Santo con el fin de que puedan perdonar los pecados a quienes ustedes se los perdonen, y con el fin de que queden retenidos a quienes ustedes se los retengan”.

No cabe ninguna duda de que estas palabras de Cristo constituyen la institución del sacramento de la Confesión, también llamado sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia. Así como no cabe ninguna duda de que en el Última Cena Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía con las palabras que ya conocemos, así tampoco cabe ninguna duda que estas palabras de Cristo la tarde del domingo de Pascua constituyen la institución del sacramento de la Penitencia, Reconciliación o Confesión. Esta verdad fue sancionada solemnemente por la Iglesia en el Concilio de Trento. Dice textualmente dicho Concilio: “El Señor instituyó principalmente el Sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados, y a quienes se los retuviereis, les son retenidos’ (Jn 20,22-23)”*11.

De esta manera se refuta la opinión de algunos que decían que las palabras de Jesús se referían al perdón del pecado original en el Bautismo y no a los pecados cometidos después del Bautismo.

El Espíritu Santo está en relación con el perdón de los pecados porque, por un lado, como dijimos, re-crea a los ministros del perdón y los hace capaces de absolver los pecados. Pero, por otro, lava al pecador arrepentido y lo purifica de todo pecado.

Esta relación del Espíritu Santo con el perdón de los pecados también está señalada en el evangelio de hoy de una manera muy singular.

En efecto, el Espíritu Santo es el agua que lava del pecado porque está íntimamente unido a la redención realizada por Cristo, es decir, al derramamiento de sangre que hizo Cristo en la cruz. Esta unión entre Espíritu Santo y sangre de Cristo derramada para el perdón de los pecados está expresada en el evangelio de hoy por la insistencia con que Cristo nos habla de las llagas de su pasión, particularmente de la llaga de su costado. Tres veces se menciona la llaga del costado de Jesús en el evangelio de hoy. En 20,20 Jesús se presenta y lo primero que hace es mostrar la llaga de su costado. Si bien no lo dice el evangelio, sin duda que los discípulos cuentan a Tomás, ausente, que vieron esa llaga. Tomás, en 20,25, dice explícitamente que, para creer, necesita meter su mano en la llaga del costado. Y, finalmente, Jesús mismo, en 20,27, le indica a Tomás que meta su mano en la llaga de su costado.

La llaga del costado de Jesús es aquella de la cual salió sangre y agua, o, mejor, agua mezclada con sangre (Jn 19,34). El agua que sale de la llaga del costado de Cristo es el Espíritu Santo. Lo dice explícitamente el Catecismo de la Iglesia Católica: “El Espíritu es, pues, (…) personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19,34; 1Jn 5,8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4,10-14; 7,38)” (CEC, 694). Y la sangre que sale junto con el agua o mezclada con el agua, es la redención obrada por Cristo para el perdón de los pecados*12.

Éste es precisamente el significado de las palabras que el mismo San Juan dice en su primera carta: “Este es el que vino por el agua y por la sangre: Jesucristo; no solamente en el agua, sino en el agua y en la sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la Verdad. Pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres convienen en lo mismo” (1Jn 1,5-8). ‘Los tres convienen en lo mismo’, es decir, en el perdón de los pecados.

Conclusión

Las explicaciones que acabamos de hacer coinciden perfectamente con la teología que el mismo Jesucristo explicó a Santa Faustina Kowalska y que ha quedado como plasmada (teología hecha ícono) en la imagen que Jesús mandó pintar o hacer pintar a la santa. La imagen de Jesús de la Divina Misericordia muestra el costado abierto de Jesús de donde salen dos rayos, uno de color rojo y otro de color blanco, que significan la sangre y el agua que salieron de la llaga del costado de Jesús.

Hoy, en el siglo XXI, en el tercer milenio, la llaga del costado de Jesús de donde brota el agua que es el Espíritu Santo y la sangre que es la redención, sigue siendo para nosotros el signo más claro de la misericordia de Dios, el signo más claro de la voluntad amorosa de Dios que quiere perdonar todos los pecados, por enormes que sean, de aquel que se ha arrepentido.

En efecto, el Jesús de la Divina Misericordia le dijo a Santa Faustina: “Los dos rayos significan la Sangre y el Agua.  El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas. Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza. Estos rayos protegen a las almas de la indignación de Mi Padre.  Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios.

“(…) Pide a Mi siervo fiel*13 que en aquel día hable al mundo entero de esta gran misericordia Mía; que quien se acerque ese día a la Fuente de Vida, recibirá el perdón total de las culpas y de las penas. La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia.

“Oh, cuánto Me hiere la desconfianza del alma.  Esta alma reconoce que soy santo y justo, y no cree que Yo soy la Misericordia, no confía en Mi bondad.  También los demonios admiran Mi justicia, pero no creen en Mi bondad. Mi Corazón se alegra de este título de misericordia. Proclama que la misericordia es el atributo más grande de Dios.  Todas las obras de Mis manos están coronadas por la misericordia”*14.

Pidámosle a la Virgen María la gracia de conocer y, sobre todo, confiar en la misericordia de Jesús, Dios y hombre verdadero.

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*1- Santa Faustina Kowalska, Diario, nº 299. Los otros siete lugares donde Cristo le manifiesta explícitamente a la Santa que quiere que se instituya la Fiesta de la Divina Misericordia son los siguientes números del Diario: nº 49. 88. 341. 420. 570. 699. 742.  Además, en el nº 280 dice la Santa: “Jesús me ordena celebrar la Fiesta de la Divina Misericordia el primer domingo después de la Pascua de Resurrección”. Y en el nº 1073 dice la Santa: “4 IV 1937.  Domingo in Albis, es decir, la Fiesta de la Misericordia”. Por lo tanto, sumando todos los párrafos citados, son diez las ocasiones en que Santa Faustina Kowalska expresa la voluntad de Jesús de que se celebre la Fiesta de la Divina Misericordia el domingo siguiente al domingo de Resurrección.
*2- En el año 2002 la Iglesia enriqueció esta fiesta con indulgencias plenarias (Penitenciaría Apostólica, Decreto sobre las indulgencias recibidas en la Fiesta de la Divina Misericordia, Roma, 29 de junio de 2002).
*3- «Facta est Apostolorum Apostola per hoc quod ei committitur ut resurrectionem dominicam discipulis annuntiet» (S. Tomás de Aquino, In loannem Evangelistam Expositio, c. XX, L. III, 6 (Sancti Thomae Aquinatis Comment. in Matthaeum et Ioannem Evangelistas) Ed. Parmens. X, 629; citado por San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, 1988, nº 16, nota 38.
*4- Concilio II de Constantinopla, Decretos sobre la tradición eclesiástica, año 553, canon 12; Dz.-Sch., 434.
*5- Brown, R., Il Vangelo e le Lettere di Giovanni. Breve Commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 140; traducción nuestra.
*6- Brown, R., Il Vangelo…, ibidem.
*7- Brown, R., Il Vangelo…, p. 138-139.
*8- Brown, R., Il Vangelo…, p. 138.
*9- Del verbo emphysáo, ‘soplar’.
*10- Cf. Brown, R., Il Vangelo…, p. 139. En hebreo se usa el verbo naphaj (nun – peh – het), que significa ‘soplar’. De naphaj proviene la palabra néphesh que significa ‘alma’ (= principio de vida). En Gén 9,5 se usa néphesh para el alma del hombre en cuanto principio de vida del cuerpo; ‘yo reclamaré el néphesh ha’adam = el alma del hombre = la vida del hombre’.

En Ez 37,9 Dios le dice al profeta: “Profetiza al Espíritu, profetiza, hijo de hombre. Dirás al Espíritu: ‘Así dice el Señor Yahveh: Ven, Espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan’”. En hebreo, para decir ‘soplar’ se usa el verbo naphaj. Y la versión de la LXX traduce con el verbo emphysáo. Por lo tanto, también este texto de Ezequiel confirma la explicación de Jn 20,22: se trata del Espíritu que, soplado, insuflado o inspirado sobre el hombre, le da nueva vida, lo resucita y lo re-crea.
*11- Concilio de Trento, Doctrina sobre el sacramento de la Penitencia, cap. 1; Dz.-Sch., 1670. Y luego lo vuelve a repetir en forma negativa y anatematizadora: “Si alguno dijere que las palabras del Señor Salvador nuestro: ‘Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos’ (Jn 20,22-23), no han de entenderse del poder de perdonar y retener los pecados en el Sacramento de la Penitencia, como la Iglesia Católica lo entendió siempre desde el principio, sino que las torciere, contra la institución de este Sacramento, diciendo que se refieren a la autoridad de predicar el Evangelio, sea anatema” (Concilio de Trento, Cánones sobre el sacramento de la penitencia, canon 3; Dz-Sch., 1703; cursiva nuestra).
*12- “Durante su vida Jesús había hablado del agua de la vida que Él iba a dar; y había dicho de sí: ‘De su interior (dal suo intimo) brotarán ríos de agua viva” (Jn 7,38; cf. Jn 4,10). Ahora que ha sido glorificado, elevado sobre la cruz, el agua que brota de Él, mezclada con la sangre de la donación de sí mismo, es verdaderamente el agua de la vida, que trae la salvación al pueblo” (Brown, R., Il Vangelo…, p. 134).
*13- Se refiere al director espiritual de Santa Faustina, el actual Beato Padre Miguel Sopócko, beatificado por Benedicto XVI el 26 de septiembre de 2008.
*14- Santa Faustina Kowalska, Diario, nº 299-301

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San Juan Pablo II

 

Homilía  con motivo de la Canonización de Sor Faustina

(Domingo 30 de abril de 2000)

Confitemini Domino quoniam bonus, quoniam in saeculum misericordia eius. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal. 118, 1). Así canta la Iglesia en la octava de Pascua, casi recogiendo de labios de Cristo estas palabras del Salmo; de labios de Cristo resucitado, que en el Cenáculo da el gran anuncio de la misericordia divina y confía su ministerio a los Apóstoles: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. (…) Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.” (Jn 20, 21-23)

Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra sus manos y su costado. Es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De este corazón sor Faustina Kowalska, la beata que a partir de ahora llamaremos santa, verá salir dos haces de luz que iluminan el mundo: “Estos dos haces -le explicó Jesús mismo- representan la sangre y el agua” (Diario, 299).

1 ¡Sangre y agua! Nuestro pensamiento va al testimonio del evangelista San Juan, quien, cuando un soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir “sangre y agua” (Jn 19, 34). Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, en la simbología joánica, no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39).

La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado: “(…) Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia Mismos” pedirá Jesús a sor Faustina (Diario, 1074). Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un “segundo nombre” del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?

Hoy es verdaderamente grande mi alegría al proponer a toda la Iglesia, como don de Dios a nuestro tiempo, la vida y el testimonio de sor Faustina Kowalska. La Divina Providencia unió completamente la vida de esta humilde hija de Polonia a la historia del siglo XX, el siglo que acaba de terminar. En efecto, entre la primera y la segunda guerra mundial, Cristo le confió su mensaje de misericordia. Quienes recuerdan, quienes fueron testigos y participaron en los hechos de aquellos años y en los horribles sufrimientos que produjeron a millones de hombres, saben bien cuán necesario era el mensaje de la misericordia.

Jesús dijo a sor Faustina: “(…) La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia” (Diario, 300). A través de la obra de la religiosa polaca, este mensaje se ha vinculado para siempre al siglo XX, último del segundo milenio y puente hacia el tercero. No es un mensaje nuevo, pero se puede considerar un don de iluminación especial, que nos ayuda a revivir más intensamente el evangelio de la Pascua, para ofrecerlo como un rayo de luz a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

2 ¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio.

Pero, como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también la humanidad de hoy acoja en el cenáculo de la historia a Cristo resucitado, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: “Paz a vosotros”. Es preciso que la humanidad se deje penetrar e impregnar por el Espíritu que Cristo resucitado le infunde. El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros, y nos devuelve la alegría del amor del Padre y la de la unidad fraterna.

3 Así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de “domingo de la Misericordia Divina”. A través de las diversas lecturas, la liturgia parece trazar el camino de la misericordia que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de solidaridad fraterna. Cristo nos enseñó que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a “usar misericordia” con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Dives in misericordia, 14). Y nos señaló, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de todas las necesidades de los hombres. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia el hombre que sufre. Así lo vio y lo anunció a los hombres de todos los continentes sor Faustina, que, escondida en su convento de Lagiewniki, en Cracovia, hizo de su existencia un canto a la misericordia: “Misericordias Domini in aeternum cantabo”.

4 La canonización de sor Faustina tiene una elocuencia particular: con este acto quiero transmitir hoy este mensaje al nuevo milenio. Lo transmito a todos los hombres para que aprendan a conocer cada vez mejor el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro de los hermanos.

El amor a Dios y el amor a los hermanos son efectivamente inseparables, como nos lo ha recordado la primera carta del apóstol san Juan: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor, indicándonos que su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos.

En efecto, no es fácil amar con un amor profundo, constituido por una entrega auténtica de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en él, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de gratuidad y comunión, de generosidad y perdón. ¡Todo esto es misericordia!

En la medida en que la humanidad aprenda el secreto de esta mirada misericordiosa, será posible realizar el cuadro ideal propuesto por la primera lectura: “En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía” (Hch 4, 32). Aquí la misericordia del corazón se convirtió también en estilo de relaciones, en proyecto de comunidad y en comunión de bienes. Aquí florecieron las “obras de la misericordia”, espirituales y corporales. Aquí la misericordia se transformó en hacerse concretamente “prójimo” de los hermanos más indigentes.

5 Sor Faustina Kowalska dejó escrito en su Diario: “Experimento un dolor tremendo cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo”. ¡Hasta ese punto de comunión lleva el amor cuando se mide según el amor a Dios!

En este amor debe inspirarse la humanidad hoy para afrontar la crisis de sentido, los desafíos de las necesidades más diversas y, sobre todo, la exigencia de salvaguardar la dignidad de toda persona humana. Así el mensaje de la misericordia divina es, implícitamente, también un mensaje sobre el valor de todo hombre. Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece el acceso a su intimidad.

6 Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en su vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que parten de su corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación “Jesús, en Ti confío” (Diario, 47), que la Providencia sugirió a través de sor Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno.

7 “Misericordias Domini in aeternum cantabo” (Sal 89,2). A la voz de María santísima, la “Madre de la Misericordia”, a la voz de esta nueva santa, que en la Jerusalén celestial canta la misericordia junto con todos los amigos de Dios, unamos también nosotros, Iglesia peregrina, nuestra voz.

Y tú, Faustina, don de Dios a nuestro tiempo, don de la tierra de Polonia a toda la Iglesia, concédenos percibir la profundidad de la Misericordia Divina, ayúdanos a experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos. Que tu mensaje de luz y esperanza se difunda por todo el mundo, mueva a los pecadores a la conversión, elimine las rivalidades y los odios, y abra a los hombres y las naciones a la práctica de la fraternidad. Hoy, nosotros, fijando, juntamente contigo, nuestra mirada en el rostro de Cristo resucitado, hacemos nuestra tu oración de abandono confiado y decimos con firme esperanza:

“Cristo, Jesús, en Ti confío”.

(San Juan Pablo II, Homilía  con motivo de la Canonización de Sor Faustina, Domingo 30 de abril de 2000)

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Sor Ma. Elizbieta Siepak


Santa Faustina Kowalska y la devoción a la Divina Misericordia

La misión de Sor Faustina consiste, en resumen, en recordar una verdad de la fe, conocida desde siempre, pero olvidada, sobre el amor misericordioso de Dios al hombre y en transmitir nuevas formas de culto a la Divina Misericordia, cuya práctica ha de llevar a la renovación religiosa en el espíritu de confianza y misericordia cristianas.

            El Diario que Sor Faustina escribió durante los últimos 4 años de su vida por un claro mandato del Señor Jesús, es una forma de memorial, en el que la autora registraba, al corriente y en retrospectiva, sobre todo los “encuentros” de su alma con Dios.  Para sacar de estos apuntes la esencia de su misión, fue necesario un análisis científico.  El mismo fue hecho por el conocido y destacado teólogo, Padre profesor Ignacy Rózycki.  Su extenso análisis fue resumido en la disertación titulada “La Divina Misericordia.  Líneas fundamentales de la devoción a la Divina Misericordia.”  A la luz de este trabajo resulta que todas las publicaciones anteriores a él, dedicadas a la devoción a la Divina Misericordia transmitida por Sor Faustina, contienen solamente algunos elementos de esta devoción, acentuando a veces cuestiones sin importancia para ella.  Por ejemplo, destacan la letanía o la novena, haciendo caso omiso a la Hora de la Misericordia.  El mismo Padre Rózycki hace referencia a ese aspecto diciendo:  “Antes de conocer las formas concretas de la devoción a la Divina Misericordia, cabe decir que no figuran entre ellas las conocidas y populares novenas ni letanías.”

La base para distinguir éstas y no otras oraciones o prácticas religiosas como nuevas  formas de culto a la Divina Misericordia, lo son las concretas promesas que el Señor Jesús prometió cumplir bajo la condición de confiar en la bondad de Dios y practicar misericordia para con el prójimo.  El Padre Rózycki distingue cinco formas de la devoción a la Divina Misericordia.

a.  La imagen de Jesús Misericordioso.   El esbozo de la imagen le fue revelado a Sor Faustina en la visión del 22 de febrero de 1931 en su celda del convento de Plock.  “Al anochecer, estando yo en mi celda – escribe en el Diario – ví  al Señor Jesús vestido con una túnica blanca.  Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho.  De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos:  uno rojo y otro pálido.  ( …)  Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma:  Jesús, en Ti  confío  (Diario 47).  Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”  Diario, 49).

El contenido de la imagen se relaciona, pues, muy estrechamente con la liturgia de ese domingo.  Ese día la Iglesia lee el Evangelio según San Juan sobre la aparición de Cristo resucitado en el Cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia (Jn 20, 19-29).  Así, la imagen presenta al Salvador resucitado que trae la paz a la humanidad por medio del perdón de los pecados, a precio de su Pasión y muerte en la cruz.  Los rayos de la Sangre y del Agua que brotan del Corazón (invisible en la imagen) traspasado por la lanza y las señales de los clavos, evocan los acontecimientos del Viernes Santo (Jn 19, 17-18, 33-37).  Así pues, la imagen de Jesús Misericordioso une en sí estos dos actos evangélicos que hablan con la mayor claridad del amor de Dios al hombre.

Los elementos más característicos de esta imagen de Cristo son los rayos.  El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó:  “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….).  Bienaventurado quien viva a la sombra  de ellos”  (Diario, 299).   Purifican el alma los sacramentos del bautismo y de la penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía.  Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo.

A la imagen de Jesús Misericordioso se le da con frecuencia el nombre de imagen de la divina Misericordia.  Es justo porque la Misericordia de Dios hacia el hombre se reveló con la mayor plenitud en el misterio pascual de Cristo.

            La imagen no presenta solamente la Misericordia de Dios, sino que también es una señal que ha de recordar el deber cristiano de confiar en Dios y amar activamente al prójimo.  En la parte de abajo – según la voluntad de Cristo – figura la firma:  “Jesús, en Ti  confío”.  “Esta imagen ha de recordar las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil”  (Diario, 742).

            Así comprendido el culto a la imagen, a saber, la actitud cristiana de confianza y misericordia, vinculó el Señor Jesús promesas especiales de: la salvación eterna, grandes progresos en el camino hacia la perfección cristiana, la gracia de una muerte feliz, y todas las demás gracias que le fueren pedidas con confianza.  “Por medio de esta imagen colmare a las almas con muchas gracias.  Por eso quiero, que cada alma tenga acceso a ella” (Diario, 570).

            b.  La Fiesta de la Misericordia.   De entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia reveladas por Sor Faustina, ésta es la que tiene mayor importancia.  El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen:  “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia.  Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”  (Diario, 49).

            La elección del primer domingo después de la Pascua de Resurrección para la Fiesta de la Misericordia, tiene su profundo sentido teológico e indica una estrecha relación entre el misterio pascual de redención y el misterio de la Divina Misericordia.  Esta relación se ve subrayada aún más por la novena de coronillas a la Divina Misericordia que antecede la Fiesta y que empieza el Viernes Santo.

            La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas.  “Deseo – dijo el Señor Jesús – que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699).  Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión.  Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia.  Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965).

            Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculo a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma.  “Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida – dijo Cristo – recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300).  “Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia.  Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia;  (….)  que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata”  (Diario, 699).

            Para poder recibir estos grandes dones hay que cumplir las condiciones de la devoción a la Divina Misericordia (confiar en la bondad de Dios y amar activamente al prójimo), estar en el estado de gracia santificante (después de confesarse) y recibir dignamente la Santa Comunión.  “No encontrará alma ninguna la justificación – explicó Jesús – hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia y por eso el primer domingo después de la Pascua ha de ser la Fiesta de la Misericordia.  Ese día los sacerdotes deben hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita”  (Diario, 570).

            c.  La coronilla a la Divina Misericordia.  El Señor Jesús dictó esta oración a Sor Faustina entre el 13 y el 14 de septiembre de 1935 en Vilna, como una oración para aplacar la ira divina (vea el Diario, 474 – 476).

            Las personas que rezan esta coronilla ofrecen a Dios Padre “el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad” de Jesucristo como propiciación de sus pecados, los pecados de sus familiares y los del mundo entero.  Al unirse al sacrificio de Jesús, apelan a este amor con el que Dios Padre ama a Su Hijo y en El a todas las personas.

            En esta oración piden también “misericordia para nosotros y el mundo entero” haciendo, de este modo, un acto de misericordia.  Agregando a ello una actitud de confianza y cumpliendo las condiciones que deben caracterizar cada oración buena (la humildad, la perseverancia, la sumisión a la voluntad de Dios), los fieles pueden esperar el cumplimiento de las promesas de Cristo que se refieren especialmente a la hora de la muerte:  la gracia de la conversión y una muerte serena.  Gozarán de estas gracias no solo las personas que recen esta coronilla, sino también los moribundos por cuya intención la recen otras personas.   “Cuando la coronilla es rezada junto al agonizante – dijo el Señor Jesús – se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma”  (Diario, 811).  La promesa general es la siguiente:  “Quienes recen esta coronilla, me complazco en darles todo lo que me pidan (Diario, 1541, (…….) si lo que me pidan esté conforme con Mi voluntad”  (Diario, 1731).  Todo lo que es contrario a la voluntad de Dios no es bueno para el hombre, particularmente para su felicidad eterna.

            “Por el rezo de esta coronilla – dijo Jesús en otra ocasión – Me acercas la humanidad (Diario, 929).  A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá ( …….) de vida y especialmente a la hora de la muerte” (Diario, 754).

            d. La Hora de la Misericordia.  En octubre de 1937, en unas circunstancias poco

aclaradas por Sor Faustina, el Señor Jesús encomendó adorar la hora de su muerte:  “Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma” (Diario, 1572).

            El Señor Jesús definió bastante claramente los propios modos de orar de esta forma de culto a la Divina Misericordia.   “En esa hora – dijo a Sor Faustina – procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan tus deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de misericordia.  Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante” (Diario, 1572).

            El Padre Rózycki habla de tres condiciones para que sean escuchadas las oraciones de esa hora:

1.      La oración ha de ser dirigida a Jesús.

2.      Ha de ser rezada a las tres de la tarde.

3.      Ha de apelar a los valores y méritos de la Pasión del Señor.

            “En esa hora – prometió Jesús – puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás.  En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero:  la misericordia triunfó sobre la justicia”  (Diario, 1572).

            e. La propagación de la devoción a la Divina Misericordia.   Entre las formas de devoción a la Divina Misericordia, el Padre Rózycki distingue además la propagación de la devoción a la Divina Misericordia, porque con ella también se relacionan algunas promesas de Cristo.  “A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas el Juez, sino el Salvador Misericordioso” (Diario, 1075).

            La esencia del culto a la Divina Misericordia consiste en la actitud de confianza hacia Dios y la caridad hacia el prójimo.  El Señor Jesús exige que “sus criaturas confíen en El”  (Diario, 1059) y hagan obras de misericordia:  a  través de sus actos, sus palabras y su oración.  “Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes.  No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte” (Diario, 742).  Cristo desea que sus devotos hagan al día por lo menos un acto de amor hacia el prójimo.

            La propagación de la devoción a la Divina Misericordia no requiere necesariamente muchas palabras pero sí, siempre, una actitud cristiana de fe, de confianza en Dios, y el propósito de ser cada vez más misericordioso.  Un ejemplo de tal apostolado lo dio Sor Faustina durante toda su vida.

            f.  El culto a la Divina Misericordia tiene como fin renovar la vida religiosa en la Iglesia en el espíritu de confianza cristiana y misericordia.  En este contexto hay que leer la idea de “la nueva Congregación” que encontramos en las páginas del Diario.  En la mente de la propia Sor Faustina este deseo de Cristo maduró poco a poco, teniendo cierta evolución:  de la orden estrictamente contemplativa al movimiento formado también por Congregaciones activas, masculinas y femeninas, así como por un amplio círculo de laicos en el mundo.  Esta gran comunidad multinacional de personas constituye una sola familia unida por Dios en el misterio de su misericordia, por el deseo de reflejar este atributo de Dios en sus propios corazones y en sus obras y de reflejar su gloria en todas las almas.  Es una comunidad de personas de diferentes estados y vocaciones que viven en el espíritu evangélico de confianza y misericordia, profesan y propagan con sus vidas y sus palabras el inabarcable misterio de la Divina Misericordia e imploran la Divina Misericordia para el mundo entero.

            La misión de Sor Faustina tiene su profunda justificación en la Sagrada Escritura y en algunos documentos de la Iglesia.  Corresponde plenamente a la encíclica Dives in misericordia del Santo Padre Juan Pablo II.

            ¡Para mayor gloria de la Divina Misericordia!

Sor Ma. Elizbieta Siepak, de la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia

(Cracovia – Lagiewniki)

(Santa María Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, Editorial de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Maria, Edición cuarta autorizada, Stockbridge, Massachussets, 2001, tomado de la Introducción)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Paz, perdón y fe

Jn 20, 19-31

            Podemos considerar tres temas en el evangelio:

1.      Jesús es nuestra paz.

2.      Jesús trasmite el poder de perdonar los pecados.

3.      La fe.

Jesús es nuestra paz

Tres veces en el evangelio Jesús les da la paz a los apóstoles.

            Los apóstoles tenían miedo. El miedo es la pasión que nace ante un peligro presente. Los apóstoles tenían miedo de morir en manos de los judíos, por eso están encerrados en el Cenáculo.

            Jesús se aparece ante ellos y les muestra las señales de su pasión ahora transfiguradas. Ellos se alegran de verlo resucitado y pierden el miedo. El Maestro ha vencido la muerte, es decir, tiene poder sobre la vida y la muerte. Los puede librar de la muerte o los puede hacer resucitar. Desaparece el miedo que conturbaba sus corazones y vuelve la paz. Jesús resucitado tiene oficio de consolador y de pacificador. Se alegraron al verlo y pasaron de su estado de tristeza y desesperanza a un estado de alegría y esperanza. De la desolación a la consolación.

            Sólo se alegra con una alegría verdadera el alma que está en paz.

            Jesús con su presencia ordena sus pasiones y les da el poder de dar la paz.

            La paz sólo nace de una conciencia tranquila.

            Han recibido la paz y les da el poder de perdonar los pecados, es decir, de tranquilizar las conciencias para que tengan paz.

Jesús trasmite el poder de perdonar los pecados

Los apóstoles y sus sucesores tienen el poder de perdonar los pecados.

Los sacerdotes son los portadores de la misericordia de Dios.

La misericordia de Dios es infinita y quiere llegar a los hombres directamente. Cada uno conoce las manifestaciones de la misericordia de Dios en su vida. Pero, también, quiere derramarse en los hombres a través del sacramento de la penitencia y quiere darla por medio de los sacerdotes.

La misericordia de Dios se manifiesta en el evangelio sobre todo en las parábolas de la oveja perdida, de la dracma perdida y del hijo pródigo.

Dios siempre perdona cuando estamos arrepentidos y quiere que confiemos en su misericordia por más extraviados que andemos.

Hoy celebramos el día de la misericordia pero la misericordia de Dios tenemos que celebrarla todos los días porque todos los días el Señor derrama en nuestra vida su misericordia.

Muchas veces creemos que la misericordia de Dios obra negativamente, p. ej. perdonando los pecados pero también obra positivamente dándonos fuerzas para no caer en el pecado.

Respecto del día de hoy:

            El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen:

“Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49).

            La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas.

“Deseo – dijo el Señor Jesús – que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699). Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965).

            Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculo a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma.

            “Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida – dijo Cristo – recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300). “Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; (…) que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (Diario, 699).

La fe

            Jesús se apareció estando Tomás presente y le hizo meter los dedos en los agujeros de sus clavos y su mano en el costado abierto. ¡Qué paciencia la del Señor! Y le dijo: “no seas incrédulo sino creyente”. Tomás confesó: ¡Señor mío y Dios mío! La confesión de Tomás es muy importante para nosotros porque Tomás “tocó a un hombre y conoció a Dios—comenta San Agustín—, palpó la carne y creyó en el Verbo”. Una cosa vio, y otra creyó. Y gracias a Tomás tenemos una confesión de la divinidad de Cristo muy importante.

            Luego Jesús dijo: “porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. Y con esto nos felicita a nosotros que no hemos visto a Cristo resucitado pero creemos en Él. Creemos en Él por otros ojos que han visto: los ojos de los apóstoles. Nosotros creemos a los testigos. Y son una multitud. Los testigos que vieron, tocaron y oyeron: Los doce apóstoles. Pero también creemos a los testigos que a lo largo de la historia dieron su vida por creer en Cristo.

            Hay una definición de la fe que es muy ilustrativa al respecto: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”*1.

            La fe es la garantía de lo que se espera. Es como el anticipo, el germen de lo que esperamos. El que vive en la fe vive ya el cielo, vive en Dios.

            La fe es la prueba de las realidades que no se ven. Qué debo responder al que me pregunta: ¿por qué Cristo está bajo las apariencias de pan o por qué creo en la resurrección o en el cielo? Por la fe. ¿La fe en quién? En los testigos de lo que no veo. El principal testigo es Dios que no puede mentir. Él me ha revelado cosas que yo no veo, cosas que espero. Pero además como antes dijimos un montón de testigos que también me hablan de esas cosas y que han vivido de la fe. “Mi justo vivirá por la fe”*2.

            Y en la lectura de la primera carta de San Juan leemos dos afirmaciones muy importantes sobre la fe:

            “La victoria sobre el mundo es nuestra fe”*3.

            “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”*4.

_____________________________________________
*1- Hb 11, 1
*2- Hb 10, 38
*3- 1 Jn 5, 4
*4- 1 Jn 5, 5

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (2017)

 

16
abril

Domingo de Pascua

de la Resurrección del Señor (A)

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A)

(Domingo 16 de abril de 2017)

LECTURAS

MISA DEL DÍA

Comimos y bebimos con Él, después de su resurrección

Lectura de los Hechos de los Apóstoles                                            10, 34a. 37-4

Pedro, tomando la palabra, dijo: «Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazareno con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo e bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de lo judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de ante mano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con Él, después de su resurrección.

Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que Él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profeta dan testimonio de Él, declarando que los que creen en Él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre».

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial                              117, 1-2. 16-17. 22-23

R.        Éste es el día que hizo el Señor:

alegrémonos y regocijémonos en él.

O bien:

Aleluia, aleluia, aleluia.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,

porque es eterno su amor!

Que lo diga el pueblo de Israel:

¡es eterno su amor! R.

La mano del Señor es sublime,

la mano del Señor hace proezas.

No, no moriré:

viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.

La piedra que desecharon los constructores

es ahora la piedra angular.

Esto ha sido hecho por el Señor

y es admirable a nuestros ojos. R.

Busquen los bienes del cielo, donde está Cristo

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Colosas              3, 1-4

Hermanos:

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es la vida de ustedes, entonces ustedes también aparecerán con Él, llenos de gloria.

Palabra de Dios.

O bien:

Despójense de la vieja levadura,

para ser una nueva masa

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto                  5, 6b-8

Hermanos:

¿No saben que «un poco de levadura hace fermentar toda la masa»? Despójense de la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que ustedes mismos son como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad.

Palabra de Dios.

Secuencia

Debe decirse hoy; en los días de la octava, es optativa

Cristianos,

Ofrezcamos al Cordero pascual

Nuestro sacrificio de alabanza.

El Cordero ha redimido a las ovejas:

Cristo el inocente,

Reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la vida se enfrentaron

en un duelo admirable:

el Rey de la vida estuvo muerto,

y ahora vive.

Dinos, María Magdalena,

¿qué viste en el camino?

He visto el sepulcro del Cristo viviente

y la gloria del Señor resucitado.

He visto a los ángeles,

testigos del milagro,

he visto el sudario y las vestiduras.

Ha resucitado Cristo, mi esperanza,

y precederá a los discípulos en Galilea.

Sabemos que Cristo resucitó realmente;

Tú, Rey victorioso,

ten piedad de nosotros.

Aleluia                                                                  1 Cor 5, 7b-8a

Aleluia.

Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Celebremos, entonces, nuestra Pascua.

Aleluia.

Evangelio

Él debía resucitar de entre los muertos

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan                            20, 1-9

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

En lugar de este Evangelio se puede leer el Evangelio de la vigilia del año que corresponda (A-B-C)

 

            Donde se celebre Misa vespertina, también puede leerse el siguiente Evangelio:

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas            24, 13-35

El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera Él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que Él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a Él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a El.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo de Pascua de Resurrección- Misa del Día- Ciclo A- 16 de abril 2017

Entrada:
Celebramos hoy el Domingo de Pascua de Resurrección del Señor. Hoy la liturgia entona el canto triunfal por la victoria de Cristo Redentor sobre el pecado, el demonio y la muerte. La Santa Misa es la renovación del Misterio Pascual completo: pasión, muerte y resurrección del Señor. Participemos con gran alegría de ella.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura:       Hch 10, 34ª. 37- 43

Los Apóstoles son testigos de la muerte y de la resurrección de Cristo para que nosotros, creyendo en Él según su anuncio, recibamos el perdón de los pecados.

Salmo Responsorial: 117

2° Lectura:    1 Cor 5, 6b- 8

Como fieles que hemos recibido la vida por la resurrección de Cristo, busquemos los bienes del cielo.

O bien    Col 3, 1- 4

El apóstol Pablo nos exhota a buscar los bienes de arriba, donde está Cristo, el Señor

Evangelio: (después de la Secuencia)           Jn 20, 1- 9

El Sepulcro está vacío. La Vida pudo más que la muerte. ¡Ha resucitado el Señor!

Preces:

Hermanos, Dios ha resucitado a Jesucristo y nos mostró las maravillas de su amor; con confianza renovada presentémosle nuestra oración.
A cada intención respondemos cantando…

+ Por el Santo Padre, los Obispos y sacerdotes, para que sean signo de esperanza por el feliz anuncio de la Resurrección del Señor. Oremos.

+ Pidamos a Jesucristo, luz esplendorosa que brilla en las tinieblas, la gracia de que todos los bautizados vivan durante este domingo y toda la pascua en espíritu de alabanza y agradecimiento. Oremos.

+ Por los enfermos y los que están solos o tristes, para que la celebración de la Pascua sea motivo auténtico de esperanza que oriente sus vidas hacia los bienes del cielo. Oremos.

+ Por todos nosotros, para que el Misterio Pascual sea motivo de una profunda alegría, y sepamos experimentar diariamente la victoria que Cristo nos ha alcanzado sobre la muerte y el pecado. Oremos.

Dios y Padre Nuestro reanima a todos tu hijos por quienes hemos pedido la vida nueva de Cristo resucitado. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Ofrecemos nuestra vida redimida por la Sangre preciosa de Cristo, y presentamos:

+ Incienso que nos invita a orar, para que los hombres busquen los bienes del cielo.

+ Cirios expresando la luz de nuestra fe en la resurrección.

+ Las especies de pan y vino para que se haga presente Cristo que dio su vida para recobrarla de nuevo.

Comunión: Jesús está en el Sagrario en estado glorioso y así quiso permanecer para que el alma que lo reciba participe de la alegría que vence al mundo, y vivamos ya como resucitados.

Salida:

Después de haber celebrado el sacramento de la resurrección de Cristo, vayamos a nuestros hogares y a nuestros ambientes de trabajo y de actividades diarias con la firme decisión de anunciar a todos la gran noticia de que Cristo ha resucitado.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

Domingo de Pascua – Resurrección del Señor

CEC 638-655, 989, 1001-1002: la Resurrección de Cristo y nuestra resurrección

CEC 647, 1167-1170, 1243, 1287: la Pascua, el Día del Señor

CEC 1212: los Sacramentos de la iniciación cristiana

CEC 1214-1222, 1226-1228, 1234-1245, 1254: el Bautismo

CEC 1286-1289: la Confirmación

CEC 1322-1323: la Eucaristía

Párrafo 2         AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS

638    “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:

            Cristo resucitó de entre los muertos.

            Con su muerte venció a la muerte.

            A los muertos ha dado la vida.

                        (Liturgia bizantina, Tropario de Pascua)

I        EL ACONTECIMIENTO HISTORICO Y TRANSCENDENTE

639    El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: “(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).

          El sepulcro vacío

640    “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo”(Jn 20, 6) “vio y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).

          Las apariciones del Resucitado

641    María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20, 11-18).Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

642    Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular – en la  construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su  Iglesia. La fe de la primera comunidad de  creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643    Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

644    Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin  embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

          El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645    Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27)  y el compartir  la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646    La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

          La resurrección como acontecimiento transcendente

647    “¡Qué noche tan dichosa, canta el ‘Exultet’ de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, “a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13, 31).

II       LA RESURRECCION OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

648    La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que “ha resucitado” (cf. Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad – con su cuerpo – en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente “Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

649    En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf. Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: “doy mi vida, para recobrarla de nuevo … Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo” (Jn 10, 17-18). “Creemos que Jesús murió y resucitó” (1 Te 4, 14).

650    Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo separados entre sí por la muerte: “Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas” (San Gregorio Niceno, res. 1; cf.también DS 325; 359; 369; 539).

III     SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA RESURRECCION

651    “Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe”(1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

652    La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7). La expresión “según las Escrituras” (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo nicenoconstantinopolitano) indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

653    La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era “Yo Soy”, el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los Judíos: “La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros … al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: ‘Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy” (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

654    Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) “a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos … así también  nosotros vivamos una nueva vida” (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: “Id, avisad a mis hermanos” (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655      Por último, la Resurrección de Cristo – y el propio Cristo resucitado – es principio y fuente de nuestra resurrección futura: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron … del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos “saborean los prodigios del mundo futuro” (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15).

989    Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

          Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

Cómo resucitan los muertos

997    ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

998    ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: “los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).

999    ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El “todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Cc de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria” (Flp 3, 21), en “cuerpo espiritual” (1 Co 15, 44):

          Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano…, se siembra corrupción, resucita incorrupción; … los muertos resucitarán incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).

1000  Este “cómo” sobrepasa nuestra  imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:

          Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección (San Ireneo de Lyon, haer. 4, 18, 4-5).

1001  ¿Cuándo? Sin duda en el “último día” (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); “al fin del mundo” (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

          El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo  resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).

          Resucitados con Cristo

1002  Si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día”, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:

          Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).

1003  Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 3) “Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos “manifestaremos con El llenos de gloria” (Col 3, 4).

1004  Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser “en Cristo”; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:

            El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… No os pertenecéis… Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).

          La resurrección como acontecimiento transcendente

647    “¡Qué noche tan dichosa, canta el ‘Exultet’ de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, “a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13, 31).

1167  El domingo es el día por excelencia de la Asamblea litúrgica, en que los fieles “deben reunirse para, escuchando loa palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los ‘hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos'” (SC 106):

          Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación…la salvación del mundo…la renovación del género humano…en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p.193b).

          El año litúrgico

1168  A partir del “Triduo Pascual”, como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor. De esta fuente, por todas partes, el año entero queda transfigurado por la Liturgia. Es realmente “año de gracia del Señor” (cf Lc 4,19). La Economía de la salvación actúa en el marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo, el fin de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad.

1169  Por ello, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la “Fiesta de las fiestas”, “Solemnidad de las solemnidades”, como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). S. Atanasio la llama “el gran domingo” (Ep. fest. 329), así como la Semana santa es llamada en Oriente “la gran semana”. El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado a la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía, hasta que todo le esté sometido.

1170    En el Concilio de Nicea (año 325) todas las Iglesias se pusieron de acuerdo para que la Pascua cristiana fuese celebrada el domingo que sigue al plenilunio (14 del mes de Nisán) después del equinoccio de primavera. Por causa de los diversos métodos utilizados para calcular el 14 del mes de Nisán, en las Iglesias de Occidente y de Oriente no siempre coincide la fecha de la Pascua. Por eso, dichas Iglesias buscan hoy un acuerdo, para llegar de nuevo a celebrar en una fecha común el día de la Resurrección del Señor.

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 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O. P.

EL SEPULCRO VACÍO

(Lc 24, 1-12; Mc 16, 1-8; Mt 18, 1-8; Jn 20, 1-10)

Cuentan los cuatro evangelistas, cada uno a su manera, cómo el sepulcro de Jesús fue hallado vacío, con extrañeza grande de los amigos de Cristo. San Mateo y san Marcos se parecen mucho, san Lucas se acerca ordinariamente más a san Marcos. En cuanto a san Juan, sigue su camino, de acuerdo, no obstante, con san Lucas respecto a la indagación de san Pedro. Se ha exagerado mucho la dificultad de conciliarlos, siendo cosa muy sencilla, si no se repara en minucias indiferentes y se atiende a la composición de cada Evangelio.

A la puesta del sol se daba por terminado el día del sábado, y con él la prescripción del reposo del día de Pascua. La fiesta duraba ocho días, pero sólo el primero y el último eran días no laborables (Dt 16, 8). Sin embargo, las mujeres adictas a Jesús no salieron de casa, donde estuvieron probablemente juntas hasta el día siguiente, pero muy de mañana. Estaban allí, según san Marcos, María de Magdala, María madre de Santiago y Salomé. En lugar de Salomé, nombra san Lucas a Juana, que sólo él ha dado a conocer (Lc 8, 3), en tanto que san Mateo no cita más que a María de Magdala y a otra María. Ninguno completó la enumeración: siguió cada cual sus propias enseñanzas sin ponerse de acuerdo con los demás. No obstante, hay que advertir que María de Magdala aparece en todos en primer lugar. San Juan sólo la citará a ella.

Para armonizar los hechos basta suponer que María de Magdala, más impetuosa, se dirigió directamente hacia el sepulcro. Las otras mujeres habían ya preparado, según san Lucas, los aromas y el aceite perfumado, desde el viernes por la tarde. ¿Tendrían cantidad suficiente en su provisional alojamiento? Es probable que san Lucas, según su método (Cf. 3, 20; 22, 19 s.), haya cerrado el relato de la sepultura y anticipado lo que san Marcos coloca después del sábado, es decir, la compra de los aromas. Se comprende muy bien que las mujeres, yendo muy de mañana, cuando aún estaba oscuro, hubiesen sufrido muchas dilaciones, mientras les abrían las tiendas para comprar sus especias. Así, según san Mateo, no llegaron a vista del monumento hasta después de salido el sol.

La Magdalena se les había adelantado, pues era todavía casi de noche cuando notó que la piedra había sido removida, es decir, rodada, de modo que el sepulcro estaba abierto. Los guardias habían desaparecido, cosa que nada le extrañó, ignorante como estaba de que los hubieran puesto. Una mirada furtiva le bastó para comprobar que el cuerpo no estaba allí. No vio ningún ángel, pues el mismo Jesús se había reservado informarla. Con toda presteza, dada su extremada inquietud, temiendo una profanación del cuerpo adorado de Jesús, tomó el camino y fue directamente a ver a Simón Pedro y al discípulo amado de Jesús. Estaba como fuera de sí, no dudando en afirmar: «Han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto». Dice «no sabemos» porque supone su propia convicción en las que con ella habían salido, pero que en aquel momento llegaban al sepulcro.

Estas mujeres, atendiendo sólo a los impulsos de sus corazones, no habían medido las dificultades de la empresa. Ignoraban lo de los guardias, pero ¿cómo entrar en el sepulcro para practicar las unciones fúnebres? La gruesa piedra que cerraba la entrada era un obstáculo infranqueable; ellas no se sentían con fuerzas para removerla. Un hombre tendría aun necesidad de una palanca, y tan de mañana era muy mala hora para poder encontrar a un alma de buena voluntad que se prestase a ello. Se comunicaban sus inquietos pensamientos cuando advirtieron que la piedra estaba ya removida y fue para ellas de grandísima satisfacción, por cuanto la piedra era, en verdad, enorme.

Entraron, pues, en el sepulcro y no encontraron el cuerpo. Su extrañeza fue grande. No habían sido, por tanto, los discípulos los que removieron la piedra, porque ellos no habrían profanado el cuerpo, turbando el reposo sagrado de un muerto. Entonces pudieron ver a un joven sentado a su derecha sobre el poyo*1, vestido de blanco. Aterradas, bajaron sus ojos. El joven les dijo: «No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret, crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde estuvo depositado. Id y decid a sus discípulos y a Pedro que Él os precede en Galilea; allí le veréis, como os ha dicho» (Mc 16, 6 s.)*2.

Según san Marcos, las santas mujeres huyeron y a nadie dijeron nada. ¡Tan asustadas iban! Era muy natural: temerían también no ser creídas. Sin duda, volvieron sobre su acuerdo, porque san Lucas y san Mateo dicen sumariamente que ellas cumplieron su mensaje con los apóstoles, lo cual no fue obra de un momento, ni sin que ocurrieran ciertas particularidades.

San Marcos, que aventajaba a los demás en contar las peripecias, nos habría dicho lo sucedido sobre este punto si el hilo de su discurso no hubiera sido cortado en este lugar. Cuando su Evangelio fue terminado por él o por otro*3, quedó sin llenar esta laguna.

Los apóstoles hubieran creído rebajarse dando fe a las habladurías de las mujeres. San Lucas, sin embargo, dice cómo san Pedro, que debió ser el primer avisado, siendo como era el jefe, corrió al sepulcro y lo halló vacío: no vio más que las fajas, lo cual le dio mucho en qué pensar*4.

Este punto lo ha descrito san Juan con todos los pormenores, pues tomó parte en esta ansiosa indagación, designándose a sí mismo por el «otro discípulo a quien Jesús amaba».

Juntos parece que estaban Pedro y él cuando la Magdalena fue a comunicarles la fatal nueva de la desaparición del cuerpo. Salieron inmediatamente y, afectados por la noticia, ambos corrían; pero Juan, como más joven, corrió más aprisa que Pedro y llegó primero. No entró, sin embargo, seguramente por deferencia a su compañero; se inclinó sólo para ver, y vio al otro lado de la antecámara las vendas en el suelo. Llegó san Pedro y entró resuelto en el sepulcro. También él vio, y con más claridad, las vendas, lo cual bien a las claras probaba que el cuerpo no había sido robado, porque de serlo, lo hubieran llevado como estaba. Aun se maravilló más al ver que el sudario colocado sobre la cabeza no estaba revuelto con las vendas; estaba envuelto aparte. El otro discípulo entró y vio lo mismo. Ambos guardaron silencio y, sobrecogidos y meditabundos, ni siquiera cambiaron impresiones. San Juan dice solamente que él desde entonces creyó que Jesús había resucitado, y ésta, de seguro, era también la convicción de san Pedro. Hasta aquel momento no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús había de resucitar, a pesar de que Él mismo se lo había anunciado a todos los apóstoles. El suceso les parecía tan fuera de lo probable, que sólo la evidencia del hecho pudo convencerlos, y les pareció entonces que esta consagración suprema del Mesías estaba ya predicha (Is 53, 11).

(Lagrange, J. M., La Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid, 1999, p. )

*1- Según San Mateo que lo cuenta muy rápidamente, pudiera creerse que el ángel que había removido la piedra estaba todavía sentado en ella. San Lucas ha distinguido mejor que San Marcos el hecho de que el sepulcro estaba vacío y la aparición. Hay dos hombres que llevaban un vestido resplandeciente, que hablan los dos, lo que debe entenderse de que uno hablaba en nombre de los dos.
*2- San Lucas no habla de citas tomando la determinación de contar sólo las apariciones de Judea.
*3- Fillion (III, p.515) dice del final de San Marcos: “Cualquiera que haya sido el autor de él”.
*4- San Lucas no dice que las mujeres hayan hablado inmediatamente a todos los apóstoles: esto no era verosímil.

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Comentario Teológico

·        Diresctorio Homilético

Lecturas del Antiguo Testamento en la Vigilia Pascual

48. «En la Vigilia pascual de la noche Sagrada, se proponen siete lecturas del Antiguo Testamento, que recuerdan las maravillas de Dios en la Historia de la Salvación, y dos lecturas del Nuevo, a saber, el anuncio de la Resurrección según los tres Evangelios sinópticos, y la lectura apostólica sobre el bautismo cristiano como sacramento de la Resurrección de Cristo» (OLM 99). La Vigilia Pascual, como viene indicado en el Misal Romano, «es la más importante y la más noble entre todas las Solemnidades» (Vigilia paschalis, 2). La larga duración de la Vigilia no permite un comentario extenso a las siete Lecturas del Antiguo Testamento, pero se tiene que notar que son centrales, siendo textos representativos que proclaman partes esenciales de la teología del Antiguo Testamento, desde la creación al sacrificio de Abrahán, hasta la lectura más importante, el Éxodo. Las cuatro lecturas siguientes anuncian los temas cruciales de los profetas. Una comprensión de estos textos, en relación con el Misterio Pascual, tan explícita en la Vigilia pascual, puede inspirar al homileta cuando estas o similares lecturas vienen propuestas en otros momentos del Año Litúrgico.

49. En el contexto de la Liturgia de esta noche, mediante estas lecturas, la Iglesia nos lleva a su momento culminante con la narración del Evangelio de la Resurrección del Señor. Estamos inmersos en el flujo de la Historia de la Salvación por medio de los Sacramentos de Iniciación celebrados en esta Vigilia, como recuerda el bellísimo pasaje de Pablo sobre el Bautismo. Son clarísimos, en esta noche, los vínculos entre la creación y la vida nueva en Cristo, entre el Éxodo histórico y el definitivo del Misterio Pascual de Jesús, al que todos los fieles toman parte por medio del Bautismo, entre las promesas de los profetas y su realización en los misterios litúrgicos celebrados. Estos vínculos a los que se puede siempre hacer referencia en el curso del Año Litúrgico.

50. Un riquísimo recurso para comprender el vínculo entre los temas del Antiguo Testamento y su cumplimiento en el Misterio Pascual de Cristo lo ofrecen las oraciones que siguen a cada lectura. Estas expresan, con simplicidad y claridad, el profundo significado cristológico y sacramental de los textos del Antiguo Testamento ya que hablan de la creación, del sacrificio, del Éxodo, del Bautismo, de la misericordia de Dios, de la alianza eterna, de la purificación del pecado, de la redención y de la vida en Cristo. Pueden servir de escuela de oración para el homileta, no solo en la preparación de la Vigilia Pascual, sino, también, durante el curso del año, cuando se encuentren textos similares a los que vienen proclamados en esta noche. Otro recurso útil para interpretar los textos de la Escritura es el Salmo responsorial que sigue a cada una de las siete Lecturas, poemas cantados por los cristianos que han muerto con Cristo y que ahora comparten con Él su vida resucitada. No deberían olvidarse los Salmos durante el resto del año ya que muestran cómo la Iglesia interpreta toda la Escritura a la luz de Cristo.

Evangelio de la Misa del día de Pascua

51. «Para la misa del día de Pascua, se propone la lectura del Evangelio de san Juan sobre el hallazgo del sepulcro vacío. También pueden leerse, si se prefiere, los textos de los Evangelios propuestos para la noche Sagrada, o, cuando hay misa vespertina, la narración de Lucas sobre la aparición a los discípulos que iban de camino hacia Emaús. La primera lectura se toma de los Hechos de los apóstoles, que se leen durante el tiempo pascual en vez de la lectura del Antiguo Testamento. La lectura del Apóstol se refiere al misterio de Pascua vivido en la Iglesia. Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. En los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena» (OLM 99100). La rica serie de lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento escuchadas en el Triduo representa uno de los momentos más intensos de la proclamación del Señor resucitado en la vida de la Iglesia, y pretende ser instructiva y formativa para el pueblo de Dios a lo largo de todo el año litúrgico. En el curso de la Semana Santa y del Tiempo de Pascua, basándose en los mismos textos bíblicos, el homileta tendrá variadas ocasiones para poner el acento en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como contenido central de las Escrituras. Este es el tiempo litúrgico privilegiado en el que el homileta puede y debe hacer resonar la fe de la Iglesia sobre lo que representa el corazón de su proclamación: Jesucristo murió por nuestros pecados «según las Escrituras» (1Cor 15,3), y ha resucitado el tercer día «según las Escrituras» (1Cor 15,4).

(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 48 – 51)

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Santos Padres

·        San Gregorio Magno

La resurrección del Señor

2. Hermanos, la lección del santo Evangelio que acabáis de oír es harto clara en su sentido histórico, pero debemos inquirir brevemente su sentido místico.

Cuando todavía estaba obscuro, fue María Magdalena al sepulcro. Según la historia, se hace notar la hora del suceso; pero, según el sentido místico, señala el estado en que se hallaba la inteligencia de la que buscaba, esto es, qué era lo que entendía María Magdalena. En efecto, María buscaba en el sepulcro al Creador de todo, al cual había visto muerto corporalmente, y al no encontrarle creyó que había sido robado. Todavía estaba obscuro cuando llegó al sepulcro, echó a correr apresurada y lo anunció a los discípulos. Pero, de éstos, se apresuraron más los que más amaban, a saber, Pedro y Juan. Los dos corrían igualmente, pero Juan corrió más aprisa que Pedro, llegó el primero al sepulcro, pero no se determinó a entrar; llegó, pues, Pedro tras él y entró.

¿Qué, hermanos, qué significa este correr? ¿Creeremos, acaso, que esta descripción del evangelista carece de misterio? No por cierto, que tampoco Juan diría que él llegó delante y que no entró, si creyera que en esa misma indecisión suya no hubiera misterio. Ahora bien, ¿qué se significa por Juan sino la Sinagoga, y qué por Pedro sino la Iglesia? Y no parezca cosa extraña el que se exponga que la Sinagoga está figurada por el más joven, y la Iglesia por el más viejo, puesto que, si bien la Sinagoga vino al culto de Dios primero que la Iglesia de los gentiles, con relación a la vida presente, la multitud de los gentiles fue primero que la Sinagoga, como lo atestigua San Pablo, que dice (1 Co 15,46): Pero no es el espiritual el que ha sido formado primero, sino el animal. De suerte que por Pedro, el más viejo, se significa la Iglesia de los gentiles, y por Juan, el más joven, la Sinagoga de los judíos.

Corren los dos igualmente, porque, desde el principio de la vida hasta el fin, la gentilidad y la Sinagoga corren por igual y común camino, mas no por igual y común sentido. La Sinagoga llegó la primera al sepulcro, pero no entró, porque ella, sí, recibió los preceptos de la Ley, oyó las profecías referentes a la encarnación y a la pasión del Señor, pero no quiso creer en El muerto; Juan, pues, vio los lienzos puestos en el suelo, pero no entró; lo cual significa que la Sinagoga conoció los misterios de la Sagrada Escritura y, con todo, difirió entrar, esto es, creer, en la fe de la pasión del Señor. Vio presente a aquel a quien había profetizado hacía mucho tiempo desde lejos y ampliamente, pero se negó a recibirle; tuvo a menos el que fuera hombre; no quiso creer en Dios hecho mortal en la carne. ¿Qué significa, por tanto, esto sino que corrió más aprisa y, con todo, permaneció vacua ante el sepulcro?

Y llegó tras él Pedro y entró en el sepulcro, porque la Iglesia de los gentiles, que llegó después, además de reconocer que el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, había muerto en la carne, le creyó Dios vivo. Vio los lienzos puestos en el suelo, y el sudario que había sido puesto sobre su cabeza, colocado, no junto con los demás lienzos, sino separadamente doblado en otro lugar.

¿Qué creemos, hermanos, que signifique el no estar el sudario de la cabeza junto con los demás lienzos sino que Dios, como dice San Pablo, es la cabeza de Cristo, y que los misterios incomprensibles de la divinidad están fuera de lo que alcanza a conocer nuestra pequeñez, y que su poder trasciende la naturaleza de la criatura?

Y es de notar que se dice que estaba no sólo separado, sino también doblado en otro lugar. Pues bien, del lienzo que se halla doblado no se ve el principio ni el fin; y así, con razón se halla doblado el sudario de la cabeza, porque la Majestad divina es sin principio ni fin, ni nace principiando ni está sujeta a concluir. Y rectamente se dice en otro lugar que Dios no se halla en las almas desacordes de los pastores, porque Dios está en la unidad y no merecen recibir su gracia los que unos de otros se hallan divididos por los escándalos de las sectas.

Ahora bien, como con el sudario suele enjugarse el sudor de los que trabajan, con el nombre de sudario puede también significarse el cansancio de Dios, que cierto es que en sí permanece siempre inmutable, pero, sin embargo, se muestra como cansado cuando soporta las crueles maldades de los hombres. Por eso dice también el profeta (Jr 6, 11): Me cansé de sufrir. Dios, pues, cuando apareció en la carne, padeció en nuestra flaqueza; a vista de cuya pasión, los incrédulos no quisieron venerarla, pues tuvieron a menos creer. Por eso Jeremías dice también (Lm 3, 64): Tú les darás, ¡oh Señor!, lo que merecen las obras de sus manos. Pondrás sobre su corazón, en vez de escudo, las aflicciones que les enviarás. Pues para que no llegaran a sus corazones las punzadas de la predicación, menospreciando los sufrimientos de su pasión, pusieron como escudo los mismos sufrimientos suyos, es a saber, que no permitieron que llegaran a ellos las palabras de El, por lo mismo que le vieron sufrir hasta la muerte.

Pero ¿qué somos nosotros sino miembros de nuestra cabeza, esto es, de Dios? De manera que por los lienzos de su cuerpo se significan las ligaduras de los sufrimientos que ahora oprimen a todos los elegidos, es decir, a sus miembros. Y se halla aparte el sudario que se había puesto sobre su cabeza, porque la pasión de nuestro Redentor dista mucho de nuestros sufrimientos, puesto que El soportó sin culpa lo que nosotros soportamos culpables. Él quiso sucumbir voluntariamente a la muerte, a la cual llegamos nosotros contra nuestra voluntad.

5. Prosigue: Entonces entró también el discípulo que había llegado el primero al monumento. Después de haber entrado Pedro, entró Juan también: éste, que había llegado primero, entró el último. Es de notar, hermanos, que al fin del mundo se acogerá también la Judea a la fe del Redentor, según lo atestigua San Pablo, que dice (Rm 51, 25): Hasta tanto que la plenitud de las naciones haya entrado en la Iglesia, y entonces se salvará todo Israel.

Y vio y creyó. ¿Qué es, hermanos, lo que os parece que creyó? ¿Acaso que el Señor a quien buscaban había resucitado? No por cierto, porque aún no se veía en el sepulcro y, además, porque lo contradicen las palabras que siguen, y que dicen: Y vio y creyó. ¿Qué es, pues, lo que vio y lo que creyó? Vió los lienzos que estaban en el suelo, y creyó lo que había dicho la mujer: que el Señor había sido robado del sepulcro. En lo cual debemos reconocer una gran providencia de Dios; porque así el corazón de los discípulos se encendió en deseos de buscarle y a la vez se les dilata el encontrarle, para que la debilidad de su espíritu, acosado por su misma tristeza, se robusteciera más al hallarle y con tanto mayor valor le retuviera después de hallado cuanto más había tardado en encontrarle.

6. Hermanos carísimos, hemos repasado brevemente todo esto en la exposición de la lección evangélica; ahora resta decir algo acerca de la grandeza de esta solemnidad. Y con razón digo la grandeza dé esta solemnidad, porque es la primera de todas las otras solemnidades; y así como en la Sagrada Escritura, por razón de su dignidad, se llaman el sancta sanctorum y el Cantar de los Cantares, así esta solemnidad puede llamarse la solemnidad de las solemnidades, puesto que en ella se nos muestra el ejemplo de nuestra resurrección, la esperanza segura de la patria celestial y la realidad de la gloria del reino celeste, que ya casi tocamos con las manos. Por ella son llevados ya a las amenidades del paraíso los justos que, si bien en el seno tranquilo de Abrahán, sin embargo estaban cerrados en los abismos de la muerte.

Lo que el Señor había prometido antes de su pasión, en la resurrección lo cumplió (Jn 52,32): Cuando fuere levantado en alto en la tierra, dijo, todo lo atraeré a mí; porque todo lo atrajo quien no dejó ninguno de sus elegidos en el infierno. Se llevó todos, claro que los elegidos, pues a ningún infiel, ni a los condenados a los suplicios eternos por sus delitos, los restituyó el Señor al perdón cuando resucitó, sino que sólo arrancó de las profundidades del infierno a los que reconoció como suyos por la fe y por las obras.

De ahí también se dice con razón por Oseas (53,54): ¡Oh muerte!, yo he de ser la muerte tuya; seré tu mordedura, ¡oh infierno!; pues aquello a lo que damos muerte hacemos que totalmente no sea, pero de lo que solamente mordemos, una parte substraemos y dejamos otra parte; luego porque a todos sus elegidos libró totalmente de la muerte, fue muerte para la muerte; pero como del infierno sacó una parte y dejó otra parte, no mató del todo al infierno, sino que le destruyó o le mordió; por eso dice: Yo he de ser la muerte tuya, ¡oh muerte!; como si claramente dijera: Porque acabo totalmente contigo en mis elegidos, seré tu muerte, ¡oh muerte!, y seré tu mordedura, ¡oh infierno!, porque, arrebatándote los elegidos, te dejo la otra parte.

¡Qué tal será, pues, esta solemnidad que ha destruido los abismos del infierno y nos ha dejado abiertas las puertas del reino de los cielos!

7. Analicemos detenidamente su nombre; preguntemos al apóstol San Pablo y veamos qué es lo que declara acerca de su valor. Dice, pues (1 Co 5, 7): Porque Jesucristo, que es nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado por nosotros. Ahora bien, si Cristo es la Pascua, debemos atender a lo que la Ley dice de la Pascua, para que indaguemos sutilmente si es que ello parece dicho de Cristo.

Dice Moisés (Ex. 52,7…): Y tomarán la sangre del cordero y rociarán con ella los dos postes y el dintel de las casas en que le comerán. Las carnes las comerán aquella noche asadas al fuego, y panes ázimos con lechugas silvestres. Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua, sino solamente asado al fuego. Comeréis también la cabeza, y los pies, y los intestinos. No quedará nada de él para la mañana siguiente; si sobrare alguna cosa, la quemaréis al fuego. Donde todavía se añade: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos y puesto el calzado en los pies y un báculo en la mano, y comeréis aprisa. Cosas todas ellas que nos causarán grande admiración si las exponemos en su significado místico. Porque cuál sea lo que significa la sangre del cordero, bebiéndola lo habéis aprendido mejor que oyéndolo. Y con esta sangre se rocían los dos postes cuando se bebe no sólo con la boca del cuerpo, sino también con la del corazón; se han rociado, pues, los dos postes cuando el sacramento de su pasión se toma por la boca para nuestra redención y con la mente atenta se la medita para su imitación; porque quien recibe la sangre de su Redentor de tal modo que, no obstante, no quiera imitar su pasión, pone en un solo poste la sangre que debe poner además en el dintel de las casas.

¿Y qué entendemos espiritualmente por las casas sino nuestras almas, en las cuales habitamos por el pensamiento?; el dintel de las cuales es la intención que preside nuestras acciones. Por tanto, quien dirige la intención de su alma a imitar la pasión del Señor, pone la sangre del Cordero en el dintel de la casa. O bien, nuestras casas son nuestros cuerpos, en los que habitamos mientras vivimos; y ponemos en el dintel de la casa la sangre del Cordero cuando llevamos en la frente la señal de la cruz de la pasión del Cordero.

Acerca del cual aún se dice: Las carnes las comerán de noche asadas al fuego. Efectivamente, comemos de noche el Cordero, porque en el sacramento recibimos el cuerpo del Señor ahora cuando todavía no vemos nuestras conciencias respectivas. Pero estas carnes deben asarse al fuego, sin duda porque el fuego deshace las carnes que se cuecen en agua, pero da mayor firmeza o consistencia a las que cuecen sin agua.

De manera que el fuego asó las carnes de nuestro Cordero, porque la misma virtud de su pasión le hizo más poderoso para resucitar y más resistente para la incorrupción; pues al fuego de la pasión se endurecieron las carnes de aquel que tomó a la vida después de muerto. De ahí lo que también el Salmista dice (Sal 21, 16): Todo mi verdor se ha secado como un vaso de barro cocido. Pues ¿qué es un vaso de barro antes de ponerse al fuego sino barro blando? Pero con el fuego se consigue solidificarle. Luego el verdor de su humanidad se secó como un vaso de barro cocido, porque con el fuego de la pasión adquirió la firmeza de la incorrupción.

8. Mas para la verdadera solemnidad del alma no es bastante con sólo entender los misterios de nuestro Redentor, sino que a ellos deben agregarse además las buenas obras; porque ¿qué aprovecha comer y beber su sangre y ofenderle con las malas acciones? Por eso todavía se añade cómo se ha de comer: con panes ácimos y lechugas silvestres. Y come los panes sin fermentar quien realiza las buenas obras sin el fermento de la vanagloria, quien practica las obras de misericordia sin mezcla de pecado, a fin de no desvirtuar malamente lo que al parecer dispensa rectamente. También habían mezclado a su buena acción el fermento del pecado aquellos a quienes el Señor, increpándolos, decía por el profeta (Am 4, 4): Id a Betel a continuar vuestras iniquidades; y poco después: Y ofreced el sacrificio de alabanza con pan fermentado; porque quien de la rapiña ofrece a Dios sacrificio inmola a los ídolos el sacrificio de alabanza.

Pero, como las lechugas silvestres son muy amargas, las carnes del cordero deben comerse con lechugas silvestres, para que, al recibir el cuerpo del Redentor, nos aflijamos llorando nuestros pecados, y de esa manera el mismo amargor de la penitencia purifique del humor de la mala vida el estómago del alma.

Además también allí se agrega: Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua. Ved que ahora las mismas palabras de la historia se oponen al sentido histórico. Pues qué, hermanos carísimos, ¿acaso aquel pueblo, cuando estaba asentado en Egipto, había tenido por costumbre comer el cordero crudo, para que la Ley diga: Nada de él comeréis crudo? También se añade: Ni cocido en agua. Pues ¿qué se significa por el agua sino la sabiduría humana, según esto que pone Salomón en boca de los herejes (Pr 9, 17): aguas hurtadas son más dulces ¿Qué significan las carnes crudas del cordero sino la falta de consideración a su humanidad, el pensar en ella con descuido e irreverencia?; pues todo lo que meditamos minuciosamente, como lo cocemos en el alma. Mas la carne del Cordero ni se ha de comer cruda ni cocida en agua, porque a nuestro Redentor ni hemos de tenerle por puro hombre ni la ciencia humana debe investigar cómo Dios pudo encarnarse; porque quien cree que nuestro Redentor es solamente hombre, ¿qué otra cosa hace sino comer crudas las carnes del Cordero, las cuales no ha querido cocer mediante el reconocimiento de su divinidad? Y todo el que se empeña en descubrir, mediante la ciencia humana, los misterios de su encarnación, quiere cocer en agua las carnes del Cordero, esto es, quiere penetrar el misterio de su providencia mediante una ciencia que le disuelve.

Por consiguiente, quien quiera celebrar la solemnidad del pozo pascual, no cueza en agua el Cordero ni le coma crudo; esto es, ni quiera penetrar lo misterioso de su encarnación con los recursos de la humana sabiduría, ni crea que Él es un puro hombre, sino que debe comer sus carnes asadas al fuego, esto es, debe saber que todo ello es obra providencial del poder del Espíritu Santo.

Y todavía se añade con respecto a ello: Comeréis la cabeza, y los pies, y los intestinos. Según dijimos antes, hermanos, hemos aprendido del testimonio de San Pablo que Cristo es la cabeza, porque nuestro Redentor es el alfa y la omega, esto es, Dios antes de los siglos y hombre hasta el fin de los siglos; comer, pues, la cabeza del Cordero es recibir por la fe su divinidad; y comer los pies del Cordero es investigar las huellas de su humanidad mediante el amor y la imitación. Y ¿qué son los intestinos sino los preceptos encerrados y ocultos en sus palabras, los cuales comemos cuando escuchamos con avidez sus palabras de vida? Y al decir: y comeréis de prisa, ¿qué otra cosa se condena sino la languidez de nuestra pereza cuando no buscamos por nosotros mismos sus palabras y sus misterios y lo oímos de mala gana cuando otros lo predican?

No quedará nada de él para el día siguiente; porque sus palabras deben meditarse con grande solicitud, a fin de que antes de que llegue el día de la resurrección, durante la noche de esta vida presente, todos sus mandatos sean entendidos y cumplidos. Mas, como es muy difícil poder entender toda la Escritura y penetrar sus misterios, oportunamente se agrega: Si sobrase alguna cosa, la quemaréis al fuego. Quemamos al fuego lo que resta del Cordero cuando humildemente atribuimos al Espíritu Santo lo que del misterio de la encarnación no podemos entender ni comprender; así que nadie se atreva, soberbio, ni a despreciar ni contradecir lo que no entiende, sino que, atribuyéndolo al Espíritu Santo, lo entregue al fuego.

9. Pues que ya sabemos cuál es la Pascua que se debe comer, aprendamos ahora cuáles deben ser los que deben comerla.

Prosigue: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos. ¿Qué se entiende por los lomos sino los deleites carnales? Por lo que el Salmista pide (Sal 25,2): Acrisola al fuego mis lomos o afectos; pues, si no supiera que el placer de la liviandad reside en los lomos, no pediría que se los acrisolase al fuego. De ahí que, como principalmente por el placer sensual prevaleció sobre el género humano el poder del diablo, de éste dice el Señor (Job 40, 55): Su fortaleza está en sus lomos. Luego quien come la Pascua debe tener ceñidos sus lomos; es decir, que quien celebre la solemnidad de la resurrección y de la incorrupción, no debe estar ya sujeto a la corrupción por vicio alguno; debe domar sus apetitos y apartar de la lujuria su carne.

Así es que no ha aprendido aún qué cosa sea la solemnidad de la incorrupción quien, por la incontinencia, es todavía esclavo de la corrupción.

Duras cosas son éstas para algunos, pero angosta es la puerta que conduce a la vida, y tenemos ya muchos ejemplos de continentes. De ahí que todavía se añade con acierto: Tendréis el calzado puesto en los pies. ¿Y qué son nuestros pies sino nuestras obras, y qué el calzado sino pieles de animales muertos? ¿Y cuáles son los animales muertos con cuyas pieles protegemos nuestros pies sino los Padres antiguos, que nos han precedido en la vida eterna? Cuando, pues, meditamos en sus ejemplos, protegemos los pies de nuestras obras. Luego tener puesto el calzado en los pies significa contemplar el camino que siguieron los muertos y evitar que a nuestras obras las hiera el pecado.

Teniendo un báculo en la mano. ¿Qué designa la Ley por el báculo sino la vigilancia pastoral? Y es de notar que primero se preceptúa tener ceñidos los lomos y después tener los báculos en la mano; porque los que ya saben dominar en sus cuerpos las inclinaciones de la lujuria, ésos son los que deben recibir el ministerio pastoral, para que, cuando predican a otros obligaciones fuertes, no caigan ellos flojamente en los suaves lazos de la molicie.

Y se añade rectamente: Y comeréis aprisa. Fijaos, hermanos carísimos, fijaos en que se dice: aprisa, apresurados. Aprended aprisa los mandamientos de Dios, los misterios del Redentor, los gozos de la patria celestial. Apresuraos a cumplir en seguida los preceptos que conducen a la vida, pues así como sabemos que hoy todavía se nos permite obrar, no sabemos si mañana nos será permitido. Por lo tanto, comed aprisa la Pascua, esto es, anhelad la solemnidad de la patria celeste. Ninguno sea perezoso en el camino de esta vida, no sea que pierda su puesto en la patria. Ninguno demore el cuidado de apetecerla, antes bien, lleve a cabo lo comenzado, no sea que luego no se le permita concluir lo que principió. Si no nos emperezamos en el amor de Dios, nos ayudará el mismo a quien amamos, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

SAN GREGORIO MAGNO, Homilía II (XXII), BAC Madrid 1958, pág. 637-44

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Vivir impregnados de la resurrección de Cristo

Introducción

            Los miembros de nuestras comunidades cristianas, a las cuales llega la Palabra de Dios y nuestra palabra sacerdotal en cada homilía, creen con firmeza en la resurrección de Cristo. Lo demuestran en muchísimos de los gestos diarios que hacen tanto en el ámbito profano de sus vidas como en el ámbito litúrgico.

            1. Nuestra fe en la resurrección de Cristo

            Uno de esos gestos que manifiestan la fe en la resurrección es el acto de hacer la genuflexión al entrar al templo. La genuflexión va dirigida a Jesucristo, que es Dios y hombre verdadero, y está real y sustancialmente presente en la Eucaristía que se reserva en el sagrario. Todo católico que hace esa genuflexión está haciendo una confesión de la resurrección de Cristo. Sabe perfectamente que esa genuflexión es a Alguien que está vivo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

            La oración dirigida a Cristo es otro acto de fe en su resurrección. Hablamos con Cristo, le hacemos pedidos, le contamos nuestra vida, nos desahogamos. Son todas cosas que se hacen con un ser humano de carne y hueso que está vivo. Y recibimos consuelo y nos alegramos, cosas que provienen de Alguien que está vivo.

            Mucho más todavía cuando nos acercamos a comulgar el Cuerpo de Cristo. Estamos absolutamente seguros que se trata de su Cuerpo vivo. Y entablamos con Él una relación de intimidad.

            Nuestra fe en la Eucaristía es, particularmente, un acto continuo de fe en la Resurrección de Cristo. Y creemos que es el mismo Cristo que nació en Belén, que predicó en toda Palestina y que murió en la cruz y, lógicamente, resucitó. Sabemos que comemos su cuerpo real, que está presente con sus llagas intercediendo perpetuamente por todos nosotros. No dudamos acerca de esta verdad ni mucho menos la negamos, como sí lo han hecho personas muy eruditas, con muchos estudios, pero que no creen en que Cristo ha resucitado o no creen que fuera el mismo Cristo.

Algunos han dicho, ¡y dicen!, que Cristo resucitó con un cuerpo “impalpable”, un cuerpo “más sutil que el aire”, y que dejó que los Apóstoles lo tocaran solamente para fortalecer la fe, pero estaba fingiendo. Eso lo dijo ya en el siglo VII un tal Euticio, y lo repiten ahora “grandes teólogos”, que de teólogos no tienen nada, porque son teólogos modernistas, teólogos progresistas, que, lamentablemente han caído en la herejía modernista. Nombramos algunos de esos teólogos, para poner en guardia acerca de su doctrina: Leon-Dufour, Pannenber, Bultmann, Schillebeck, Karl Rahner, etc.

Otros dicen que la Resurrección de Jesús significa que resucitó “espiritualmente”, es decir, que su alma vive, pero no su cuerpo, y que por eso está presente en medio de nosotros de un modo moral, como cuando decimos que una persona amada que murió está presente entre nosotros en el recuerdo de cada uno, en el amor de sus seres queridos, etc.

Nosotros, en cambio, creemos que Cristo resucitó realmente y con su propio cuerpo, el mismo cuerpo humano que tenía cuando murió, íntegro e idéntico al cuerpo que murió, pero viviendo una vida inmortal y gloriosa. Y creemos que ese cuerpo de Cristo y que está actualmente en el cielo “es naturalmente palpable, resistente al tacto, consistente o denso, que llena un lugar y posee estas disposiciones no sólo ahora, sino por toda la eternidad, ya que su cuerpo luego de resucitado no cambia (cf. Rm.6,9)”*1. Y esta fe la manifestamos cada vez que nos arrodillamos cuando entramos a una iglesia, cuando comulgamos o cuando en la oración nos dirigimos a Cristo.

2. Nuestro verdadero problema

Pero el problema de nuestras comunidades católicas es otro y se puede expresar con esta especie de pequeña alegoría de San Alberto Hurtado, santo chileno: “Los peces del océano viven en agua salada y a pesar del medio salado, tenemos que echarles sal cuando los comemos: se conservan insípidos, sosos. Así podemos vivir en la alegría de la resurrección sin empaparnos de ella: sosos. Debemos empaparnos, pues, en la resurrección”*2.

Así somos nosotros: creemos en la Resurrección de Cristo, vivimos en medio de ella, nos arrodillamos ante Cristo resucitado, ¡comulgamos a Cristo resucitado!, pero no nos empapamos de la resurrección de Cristo, no vivimos impregnados de ella, somos como peces en medio de un océano salado y sin embargo somos sosos, anodinos, insulsos, desabridos. No se nota al exterior que “nadamos” en resurrección, que nuestro “medio ambiente” natural o, mejor dicho, sobrenatural, es la resurrección de Cristo. No vivimos en el ambiente de Cristo resucitado, al menos como debiera ser.

¿Y cuáles son los signos de aquel que vive empapado en resurrección?

            Primero, el vivir en gracia de Dios, es decir, el resucitar espiritualmente. El que vive en pecado mortal tiene el alma muerta, muerta a la vida de Dios. El que realmente cree en la resurrección de Cristo y vive impregnado de ella, ¡se aprovecha de ella! Recibe la vida del alma, se confiesa, recibe los sacramentos. Resucita espiritualmente. Esto es lo que significa vivir como resucitados.

            El segundo signo es la esperanza en la vida eterna y la fe en la resurrección de los muertos, en la resurrección de nuestro propio cuerpo. El que cree que Cristo resucitó y vive habitualmente en gracia, mira la muerte sin temor. Al contrario, mira la muerte como el momento del encuentro eterno con Aquel que nos ama. Lo decimos cada vez que rezamos el Credo: “Creo en la resurrección de los muertos”. Y San Pablo dice: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe” (1Cor 15,13-14).

Así como Cristo resucitó, también vamos a resucitar nosotros, con nuestros propios cuerpos. Aquellos que se han condenado, es decir, se han ido al infierno, resucitarán para sufrir eternamente incluso con sus cuerpos. Pero los que han aceptado plenamente la salvación de Cristo y se fueron el cielo, resucitarán para gozar de Dios eternamente, incluso con sus cuerpos. Lo dice expresamente Jesucristo: “Los que hicieron  el bien resucitarán para  la vida, y los que  hicieron el mal  resucitarán para la  condenación” (Jn 5,29).

            Y esto está unido a uno de los errores más desgraciados de nuestro tiempo, que es el culto al cuerpo, el terror al envejecimiento, la falta de esperanza por el hecho de que nuestros cuerpos se van disolviendo. El que sabe que va a resucitar con su mejor cuerpo, sabe superar los momentos de angustia ante este tipo de tentaciones.

            Un hombre que vivió esta fe en la resurrección de su propio cuerpo fue San Juan Pablo II. Vivió su vejez con gran energía hasta el final y sabía reírse de su propio envejecimiento, como cuando en la Jornada de la Juventud en París, en 1998, agitaba su bastón y decía: “Este bastón me ha rejuvenecido”. O eludiendo cualquier falsa vergüenza de mostrar su enfermedad y su vejez al mundo, con el rostro siempre radiante a pesar del dolor. O exigiéndose hasta el último instante para predicar el evangelio, como cuando se lo vio por última vez desde la ventana de su cuarto, y en un gesto dramático quiso gritar el anuncio evangélico sin lograr que saliera una palabra de su garganta deteriorada.

El P. Buela, un artículo suyo que se llama “La Resurrección, ¿mito o realidad?”, tiene la siguiente dedicatoria: “A quienes en Cottolengos y Hogarcitos atienden a Cristo pobre y doliente en la persona de los ciegos, postrados, deformes, epilépticos, retardados… que resucitarán con su cuerpo íntegro, sin defecto, para recibir la plenitud del premio.” Eso significa vivir empapados de resurrección.

            El tercer signo del que vive impregnado de resurrección es el respeto por el día Domingo. Domingo viene de Dominus, que significa Señor. El Domingo es el día del Señor y es precisamente el día en que litúrgicamente celebramos la Resurrección de Cristo. Por eso el domingo tiene preeminencia sobre cualquier otra fiesta litúrgica: si cae en domingo una fiesta litúrgica importante, se traslada a otro día, porque hay que celebrar la resurrección del Señor. Por eso es un precepto el participar de la Santa Misa del Domingo, y es pecado mortal faltar a Misa sin un motivo serio. El que está impregnado de resurrección recibe a Cristo Resucitado en la comunión.

            La ausencia de respeto al día domingo como día de la resurrección del Señor es uno de los signos más claros y más elocuentes de que somos católicos sosos e insípidos, que no nos hemos dejado empapar de la sal de la resurrección, aun viviendo en un ambiente de fe.

            El cuarto signo del que está impregnado por la resurrección de Cristo es la alegría. Es una consecuencia casi necesaria en aquel que se esfuerza por vivir en gracia de Dios y tiene esperanza de la vida eterna, por la resurrección de Cristo. Si un hombre sabe que Cristo está realmente vivo y él está en gracia de Dios, es decir, tiene su alma resucitada, inmediatamente brota una alegría inmensa. Tan grande que no hay nada ni nadie que pueda quitarle esa alegría. ¡Y la manifiesta al exterior!

San Pablo era un hombre impregnado de resurrección. Por eso decía: “El Reino de Dios es alegría en el Espíritu Santo” (Rm 14,17). Y también: “Alegraos, os lo vuelvo a repetir, alegraos” (Filp 4,4). El que vive impregnado de resurrección se alegra incluso en los padecimientos, como San Pablo, que escribe: “Rebozo de alegría en todas mis tribulaciones” (2Cor 7,4).

            Por eso, un gran autor inglés y católico, Chesterton, decía: “La alegría es el secreto gigantesco del cristiano”. El mundo de hoy, como no tiene la alegría de la resurrección, busca la alegría en cosas superficiales.

            El quinto signo del que vive impregnado de resurrección es que tiene sentido de la fiesta, es decir, que sabe festejar, que sabe ‘hacer fiesta’. San Juan Crisóstomo define la fiesta de la siguiente manera: “Donde se alegra la caridad, allí hay fiesta”*3. La fiesta es el amor que se alegra. Y la resurrección es precisamente eso: es el triunfo del amor de Dios hacia los hombres. La muerte en cruz es la muestra de amor más grande. Y la resurrección es la alegría de la muerte en cruz, porque es el volver a la vida. El amor a Dios, el amor al prójimo, el amor a la familia, junto con la alegría de la resurrección deben hacer de nosotros hombres y mujeres profundamente festivos.

            Pidámosle a la Virgen la gracia de ser hombres y mujeres impregnados en resurrección, la gracia de dar esos signos de aquel que vive como resucitado.

____________________________________________
*1- Buela, C., La resurrección, ¿mito o realidad?.
*2- San Alberto Hurtado, Un disparo a la eternidad, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 20043, p. 315.
*3- En latín tiene un sonido especial: “Ubi cáritas gáudeat, íbi est festívitas”.

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S.S. Francisco p.p

 

El Evangelio de la resurrección de Jesucristo comienza con el ir de las mujeres hacia el sepulcro, temprano en la mañana del día después del sábado. Se dirigen a la tumba, para honrar el cuerpo del Señor, pero la encuentran abierta y vacía. Un ángel poderoso les dice: «Vosotras no tengáis miedo» (Mt 28,5), y les manda llevar la noticia a los discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea» (v. 7). Las mujeres se marcharon a toda prisa y, durante el camino, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (v. 10). «No tengáis miedo», «no temáis»: es una voz que anima a abrir el corazón para recibir este mensaje».

Después de la muerte del Maestro, los discípulos se habían dispersado; su fe se deshizo, todo parecía que había terminado, derrumbadas las certezas, muertas las esperanzas. Pero entonces, aquel anuncio de las mujeres, aunque increíble, se presentó como un rayo de luz en la oscuridad. La noticia se difundió: Jesús ha resucitado, como había dicho… Y también el mandato de ir a Galilea; las mujeres lo habían oído por dos veces, primero del ángel, después de Jesús mismo: «Que vayan a Galilea; allí me verán». «No temáis» y «vayan a Galilea».

Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó. Volver allí, volver al lugar de la primera llamada. Jesús pasó por la orilla del lago, mientras los pescadores estaban arreglando las redes. Los llamó, y ellos lo dejaron todo y lo siguieron (cf. Mt 4,18-22).

Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria; sin miedo, «no temáis». Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición;  releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor.

También para cada uno de nosotros hay una «Galilea» en el comienzo del camino con Jesús. «Ir a Galilea» tiene un significado bonito, significa para nosotros redescubrir nuestro bautismo como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de nuestra experiencia cristiana. Volver a Galilea significa sobre todo volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena.

En la vida del cristiano, después del bautismo, hay también otra «Galilea», una «Galilea» más existencial: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión. En este sentido, volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria viva de esta llamada, cuando Jesús pasó por mi camino, me miró con misericordia, me pidió seguirlo; volver a Galilea significa recuperar la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba.

Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? Se trata de hacer memoria, regresar con el recuerdo. ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? Búscala y la encontrarás. Allí te espera el Señor. He andado por caminos y senderos que me la han hecho olvidar. Señor, ayúdame: dime cuál es mi Galilea; sabes, yo quiero volver allí para encontrarte y dejarme abrazar por tu misericordia. No tengáis miedo, no temáis, volved a Galilea.

El evangelio es claro: es necesario volver allí, para ver a Jesús resucitado, y convertirse en testigos de su resurrección. No es un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, a todos los extremos de la tierra. Volver a Galilea sin miedo.

«Galilea de los gentiles» (Mt 4,15; Is 8,23): horizonte del Resucitado, horizonte de la Iglesia; deseo intenso de encuentro… ¡Pongámonos en camino!

(Basílica Vaticana
Sábado Santo, 19 de abril de 2014)

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San Juan Pablo II

 

1. “La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular” (Sal 117,22).

Esta noche, la liturgia nos habla con la abundancia y la riqueza de la palabra de Dios. Esta Vigilia es no sólo el centro del año litúrgico, sino de alguna manera su matriz. En efecto, a partir de ella se desarrolla toda la vida sacramental. Podría decirse que está preparada abundantemente la mesa en torno a la cual la Iglesia reúne esta noche a sus hijos; reúne, de manera particular, a quienes han de recibir el Bautismo.

Pienso directamente en vosotros, queridos Catecúmenos, que dentro de poco renaceréis del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5). Con gran gozo os saludo y saludo, al mismo tiempo, a los Países de donde venís: Albania, Cabo Verde, China, Francia, Marruecos y Hungría.

Con el Bautismo os convertiréis en miembros del Cuerpo de Cristo, partícipes plenamente de su misterio de comunión. Que vuestra vida permanezca inmersa constantemente en este misterio pascual, de modo que seáis siempre auténticos testigos del amor de Dios.

2. No sólo vosotros, queridos catecúmenos, sino también todos los bautizados están llamados esta noche a hacer en la fe una experiencia profunda de lo que poco antes hemos escuchado en la Epístola: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6,3-4).

Ser cristianos significa participar personalmente en la muerte y resurrección de Cristo. Esta participación es realizada de manera sacramental por el Bautismo sobre el cual, como sólido fundamento, se edifica la existencia cristiana de cada uno de nosotros. Y es por esto que el Salmo responsorial nos ha exhortado a dar gracias: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia… La diestra del Señor… es excelsa. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor” (Sal 117,1-2.16-17). En esta noche santa la Iglesia repite estas palabras de acción de gracias mientras confesa la verdad sobre Cristo que “padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día” (cf. Credo).

3. “Noche en que veló el Señor… por todas las generaciones” (Ex 12,42).

Estas palabras del Libro del Éxodo concluyen la narración de la salida de los Israelitas de Egipto. Resuenan con una elocuencia singular durante la Vigilia pascual, en cuyo contexto cobran la plenitud de su significado. En este año dedicado a Dios Padre, ¿cómo no recordar que esta noche, la noche de Pascua, es la gran “noche de vigilia” del Padre? Las dimensiones de esta “vigilia” de Dios abarcan todo el Triduo pascual. Sin embargo, el Padre “vela” de manera particular durante el Sábado Santo, mientras el hijo yace muerto en el sepulcro. El misterio de la victoria de Cristo sobre el pecado del mundo está encerrado precisamente en el velar del Padre. Él “vela” sobre toda la misión terrena del Hijo. Su infinita compasión llega a su culmen en la hora de la pasión y de la muerte: la hora en que el Hijo es abandonado, para que los hijos sean encontrados; el Hijo muere, para que los hijos puedan volver a la vida.

La vela del Padre explica la resurrección del Hijo: incluso en la hora de la muerte, no desaparece la relación de amor en Dios, no desaparece el Espíritu Santo que, derramado por Jesús moribundo en la cruz, llena de luz las tinieblas del mal y resucita a Cristo, constituyéndolo Hijo de Dios con poder y gloria (cf. Rm 1,4).

4. “La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular” (Sal 117,22). A la luz de la Resurrección de Cristo, ¡cómo sobresale en plenitud esta verdad que canta el Salmista! Condenado a una muerte ignominiosa, el Hijo del hombre, crucificado y resucitado, se ha convertido en la piedra angular para la vida de la Iglesia y de cada cristiano.

“Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 117,23). Esto sucedió en esta noche santa. Lo pudieron constatar las mujeres que “el primer día de la semana… cuando aún estaba oscuro” (Jn 20,1), fueron al sepulcro para ungir el cuerpo del Señor y encontraron la tumba vacía. oyeron la voz del ángel: “No temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado” (cf. Mt 28,1-5).

Así se cumplieron las palabras proféticas del Salmista: “La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular”. Ésta es nuestra fe. Ésta es la fe de la Iglesia y nosotros nos gloriamos de profesarla en el umbral del tercer milenio, porque la Pascua de Cristo es la esperanza del mundo, ayer, hoy y siempre. Amén.

(Vigilia Pascual, 3 de abril de 1999)

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Benedicto XVI

 

«Et resurrexit tertia die secundum Scripturas», «Resucitó al tercer día según las Escrituras». Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y se hace actual en cada celebración eucarística.

Sin embargo, existe un tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal e inagotable vitalidad, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad: es el tiempo pascual. Cada año, en el «santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado», como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al «tercer día», la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, debemos renovar constantemente nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado por nosotros: su Pascua es también nuestra Pascua, porque en Cristo resucitado se nos da la certeza de nuestra resurrección. La noticia de su resurrección de entre los muertos no envejece y Jesús está siempre vivo; y también sigue vivo su Evangelio.

«La fe de los cristianos —afirma san Agustín— es la resurrección de Cristo». Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: «Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17, 31). En efecto, no era suficiente la muerte para demostrar que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías esperado. ¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a una causa considerada justa y han muerto! Y han permanecido muertos.

La muerte del Señor demuestra el inmenso amor con el que nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros; pero sólo su resurrección es «prueba segura», es certeza de que lo que afirma es verdad, que vale también para nosotros, para todos los tiempos. Al resucitarlo, el Padre lo glorificó. San Pablo escribe en la carta a los Romanos: «Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10, 9).

Es importante reafirmar esta verdad fundamental de nuestra fe, cuya verdad histórica está ampliamente documentada, aunque hoy, como en el pasado, no faltan quienes de formas diversas la ponen en duda o incluso la niegan. El debilitamiento de la fe en la resurrección de Jesús debilita, como consecuencia, el testimonio de los creyentes. En efecto, si falla en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se paraliza, todo se derrumba. Por el contrario, la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos.

¿No es la certeza de que Cristo resucitó la que ha infundido valentía, audacia profética y perseverancia a los mártires de todas las épocas? ¿No es el encuentro con Jesús vivo el que ha convertido y fascinado a tantos hombres y mujeres, que desde los inicios del cristianismo siguen dejándolo todo para seguirlo y poniendo su vida al servicio del Evangelio? «Si Cristo no resucitó, —decía el apóstol san Pablo— es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe» (1Co 15, 14). Pero ¡resucitó!

El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es «el que vive» (Ap 1, 18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.

Incluso después de su Ascensión, Jesús siguió estando presente entre sus amigos, como por lo demás había prometido: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). El Señor está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Los miembros de la Iglesia primitiva, iluminados por el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar el anuncio pascual abiertamente y sin miedo. Y este anuncio, transmitiéndose de generación en generación, ha llegado hasta nosotros y resuena cada año en Pascua con una fuerza siempre nueva.

De modo especial en esta octava de Pascua, la liturgia nos invita a encontrarnos personalmente con el Resucitado y a reconocer su acción vivificadora en los acontecimientos de la historia y de nuestra vida diaria. Por ejemplo, hoy, miércoles, nos propone el episodio conmovedor de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Después de la crucifixión de Jesús, invadidos por la tristeza y la decepción, volvían a casa desconsolados. Durante el camino conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado en aquellos días en Jerusalén; entonces se les acercó Jesús, se puso a conversar con ellos y a enseñarles: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 25-26). Luego, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

La enseñanza de Jesús —la explicación de las profecías— fue para los discípulos de Emaús como una revelación inesperada, luminosa y consoladora. Jesús daba una nueva clave de lectura de la Biblia y ahora todo quedaba claro, precisamente orientado hacia este momento. Conquistados por las palabras del caminante desconocido, le pidieron que se quedara a cenar con ellos. Y él aceptó y se sentó a la mesa con ellos. El evangelista san Lucas refiere: «Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24, 30). Fue precisamente en ese momento cuando se abrieron los ojos de los dos discípulos y lo reconocieron, «pero él desapareció de su lado» (Lc 24, 31). Y ellos, llenos de asombro y alegría, comentaron: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).

En todo el año litúrgico, y de modo especial en la Semana santa y en la semana de Pascua, el Señor está en camino con nosotros y nos explica las Escrituras, nos hace comprender este misterio: todo habla de él. Esto también debería hacer arder nuestro corazón, de forma que se abran igualmente nuestros ojos. El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia. Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última Cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.

Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón. En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados. Cada domingo la comunidad revive así la Pascua del Señor y recibe del Salvador su testamento de amor y de servicio fraterno.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.

De nuevo os deseo a todos una feliz Pascua.

(Palatino, Viernes Santo, 21 de marzo de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El sepulcro vacío

Jn 20, 1-9

            Este evangelio no nos narra ninguna aparición de Jesús pero sí tres personajes que van a ver a Jesús resucitado. Nadie fue testigo de la resurrección de Jesús pero sí del sepulcro vacío y de la visión del Señor resucitado.

            ¿El sepulcro vacío es una prueba definitiva de la resurrección? No. Podría haber sucedido lo que dijeron las mujeres que se habían llevado su cuerpo o como difundieron los sacerdotes que lo habían robado los discípulos.

            Pedro y Juan, que es el que escribe, ven los lienzos por el suelo y el sudario plegado. Tampoco esta visión sumaba algo a la del sepulcro vacío. Podría haber sucedido que los que robaron el cuerpo doblasen el sudario.

            Juan vio y creyó, dice el evangelio. ¿Qué creyó? Creyó en la resurrección. ¿Por lo que vio? No. Por su conexión con la revelación. Juan recordó muchos pasajes de los profetas y principalmente de Jesús que les había preanunciado su resurrección.

(Los apóstoles Pedro y Juan) van allá sin fe. Sólo al ver comprobados los hechos, comienzan a brillar en su razón las primeras vislumbres de la fe*1.

Pero esta fe, como dice Bover, es insipiente. ¿Por qué? Porque cuando la Magdalena vuelve a contarles que ha visto al Señor resucitado y también las otras mujeres hacen otro tanto, ellos no les creen. Tampoco dieron crédito a los discípulos de Emaús. Finalmente por la tarde se les aparece a los diez sin Tomás, dándoles pruebas palpables de su cuerpo resucitado y recién allí comienzan a creer pero no con una fe muy grande.

¡Cuánto los escandalizó la cruz! Ellos no la asumían en sus cabezas por más que Cristo se las revelaba.

La cruz se chocó con sus fantasías mesiánicas y se impuso porque manifestaba la realidad. El mesianismo de Jesús les había parecido un fracaso pero ahora que lo ven resucitado comienzan a rondar nuevamente sus fantasías ¡qué no podrá hacer un hombre que se resucita a sí mismo y resucita a otros! todavía su fe era muy impura. Sólo la venida del Paráclito la iba a purificar totalmente.

Ellos van a ser testigos, desde Pentecostés, de la muerte y resurrección y del verdadero mesianismo, protagonizado por Jesús, que debía salvar al mundo.

Jesús no se les aparece una sola vez sino muchas y a los que Él quiso “a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros (dirá Pedro) que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos”*2.

Jesús se aparece resucitado muchas veces a los discípulos. No sólo a los apóstoles sino también a otros discípulos, una vez a quinientos a la vez y también se apareció a Pablo*3.

¿Por qué se aparece tantas veces?

+ Para fortalecer su fe.

+ Para que fueran testigos de su muerte y su resurrección.

+ Para consolarlos.

+ Para que adquieran virtudes.

            En este último punto quiero hacer resaltar que el Señor se apareció a los apóstoles para enseñarles a congratularse con el prójimo.

La dicha, que suele hacer egoístas a los hombres, hace a Jesús más comunicativo que nunca de su bien y de sus glorias*4.

Jesús hace esto para consolarlos pero también para que se congratulen con Él.

¿Qué es la congratulación? Es un sentimiento por el cual nos alegramos por la alegría del prójimo.

Jesús quiere que sus discípulos se alegren con su alegría. Las apariciones de Jesús sacan a los discípulos de sus estados de tristeza pero también los impulsan a comunicar la alegría que ellos experimentan.

En la pasión nos compadecíamos con Cristo lleno de dolor, sentíamos dolor con Cristo doloroso. En la resurrección nos debemos congratular por el gozo del Señor, alegrarnos con su alegría y aprender a ser comunicativos de la consolación y de la alegría con nuestros hermanos, especialmente aquellos que viven tristes, en definitiva, porque no saben que Cristo ha resucitado. Toda tristeza proviene de no saber esta verdad*5.

Ahora bien, el sentimiento de compasión es más fácil de adquirir que el sentimiento de congratulación. Es más fácil compadecerse con el que sufre que alegrarse con el que está alegre. Cristo al aparecerse quiere que ellos adquiera el sentimiento más difícil de adquirir, la congratulación.

¡Cuánto nos cuesta alegrarnos de la alegría del prójimo! Se ve en la Iglesia rivalidad entre los cristianos aún en obras buenas. Surge la envidia que es tristeza por el bien y la alegría del hermano. Perdemos la dimensión de la fraternidad. ¡Cómo si lo bueno que hace otra persona fuera en detrimento mío! Por el contrario, lo bueno que sucede en la Iglesia es para mi bien y lo malo es para mí mal. Somos un solo cuerpo. Distintos miembros de un mismo cuerpo.

Jesús murió por todos y resucitó por todos. La resurrección es alegría y gozo para todos. ¡Quién puede sentirse triste porque Cristo resucitó! Nadie. Y si nos congratulamos porque a nuestra Cabeza le fue bien por qué no nos congratulamos cuanto a nuestro cuerpo le va bien.

Jesús quiere que sus apóstoles, miembros eminentes del cuerpo de Cristo, aprendieran a congratularse con sus hermanos para que hubiera unión entre ellos. Jesús lo había pedido en la oración sacerdotal*6 y ahora les enseña a unirse por la congratulación. Ellos continuarán el Reino que Jesús trajo al mundo. Y así lo hicieron. Pues, los primeros cristianos tenían un solo corazón y una sola alma*7.

La envidia es causa de división, la congratulación es causa de unidad.

Cristo quiere que nos alegremos por lo bueno que sucede a nuestro alrededor, sea entre nuestros hermanos de la Iglesia, sea a los hombres en general, porque todos y cada uno de los hombres somos capaces de Dios y todo lo bueno que sucede en el mundo es participación de la bondad de Dios que es el bien por esencia.

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*1- Bover, El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, Balmes Barcelona 1943, 426
*2- Hch 10, 41
*3- Cf. Mc 16, 9s; 1 Co 15, 5s
*4- Bover, El Evangelio…, 424
*5- Cf. 1 Co 15, 14-18
*6- Cf. Jn 17, 20s
*7- Cf. Hch 2, 42-47

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