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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 

09
abril

Domingo de Ramos

en la Pasión del Señor 

(Ciclo A) – 2017

 

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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

(Domingo 9 de abril de 2017)

LECTURAS

EN LA PROCESIÓN DE RAMOS

AÑO “A”

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     21, 1-11

Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a devolver en seguida”.»
Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Digan a la hija de Sión: Mira que tu rey viene hacia ti, humilde y montado sobre un asna, sobre la cría de un animal de carga.
Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas. La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba:
«¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!»
Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: «¿Quién es este?» Y la gente respondía: «Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea.»

Palabra del Señor.

MISA

La misa de este domingo incluye tres lecturas, cuya proclamación mucho se recomienda, a no ser que razones pastorales aconsejen lo contrario.
Teniendo en cuenta la importancia de la lectura de la pasión del Señor, está permitido al sacerdote, en vista de las necesidades de cada comunidad, elegir una sola de las lecturas que preceden al Evangelio, o leer únicamente la historia de la Pasión, también en forma abreviada, si fuera necesario. Esto vale exclusivamente para las misas celebradas con el pueblo.

1

No retiré mi rostro cuando me ultrajaban,
pero sé muy bien que no seré defraudado

Lectura del libro de Isaías     50, 4-7

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Palabra de Dios.

SALMO     21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto.» R.

Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies.
Yo puedo contar todos mis huesos. R.

Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. R.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
témanlo, descendientes de Israel.» R.

Se anonadó a sí mismo. Por eso, Dios lo exaltó

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos     2, 6-11

Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor.»

Palabra de Dios

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO     Flp 2, 8-9

Cristo se humilló por nosotros
hasta aceptar por obediencia la muerte,
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

EVANGELIO

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     26, 3-5. 14-27, 66

¿Cuánto me darán si lo entrego?

C. Unos días antes de la fiesta de Pascua, los Sumos Sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte. Pero decían:
S. «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
C. Entonces, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
S. «¿Cuánto me darán si se lo entrego?»
C. Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.

¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?

C. El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús:
S. «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?»
C. El respondió:
+ «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: “El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”.»
C. Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.

Uno de vosotros me entregará

C. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo:
+ «Les aseguro que uno de ustedes me entregará.»
C. Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno:
S. «¿Seré yo, Señor?»
C. El respondió:
+ «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!»
C. Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó:
S. «¿Seré yo, Maestro?»
+ «Tú lo has dicho.»
C. Le respondió Jesús.

Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre

C. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.»
C. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo:
+ «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre.»
C. Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño

C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea.»
C. Pedro, tomando la palabra, le dijo:
S. «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás.»
C. Jesús le respondió:
+ «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces.»
C. Pedro le dijo:
+ «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré.»
C. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.

Comenzó a entristecerse y a angustiarse

C. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo:
+ «Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar.»
C. Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo:
+ «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo.»
C. Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así:
+ «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.»
C. Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro:
+ «¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo,
ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.»
C. Se alejó por segunda vez y suplicó:
+ «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad.»
C. Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo:
+ «Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar.»

Se abalanzaron sobre él y lo detuvieron

C. Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal:
S. «Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo.»
C. Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole:
S. «Salud, Maestro.»
C. Y lo besó. Jesús le dijo:
+ «Amigo, ¡cumple tu cometido!»
C. Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo:
+ «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?»
C. Y en ese momento dijo Jesús a la multitud:
+ «¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron.»
C. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso

C. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon:
S. «Este hombre dijo: “Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días”.»
C. El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?»
C. Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo.»
C. Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?»
C. Ellos respondieron:
S. «Merece la muerte.»
C. Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole:
S. «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó.»

Antes que cante el gallo, me negarás tres veces

C. Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo:
S. «Tú también estabas con Jesús, el Galileo.»
C. Pero él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé lo que quieres decir.»
C. Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí:
S. «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno.»
C. Y nuevamente Pedro negó con juramento:
S. «Yo no conozco a ese hombre.»
C. Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron:
S. «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona.»
C. Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y saliendo, lloró amargamente.

Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador

C. Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.

No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre

C. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:
S. «He pecado, entregando sangre inocente.»
C. Ellos respondieron:
S. «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo.»
C. Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron:
S. «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre.»
C. Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre.» Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado.

¿Tú eres el rey de los judíos?

C. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó:
S. «¿Tú eres el rey de los judíos?»
C. El respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo:
S. «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?»
C. Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido:
S. «¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?»
C. El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir:
S. «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho.»
C. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó:
S. «¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?»
C. Ellos respondieron:
S. «A Barrabás.»
C. Pilato continuó:
S. «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Todos respondieron:
S. «¡Que sea crucificado!»
C. El insistió:
S. «¿Qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte:
S. «¡Que sea crucificado!»
C. Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo:
S. «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes.»
C. Y todo el pueblo respondió:
S. «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos.»
C. Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Salud, rey de los judíos

C. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo:
S. «Salud, rey de los judíos.»
C. Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.

Fueron crucificados con él dos ladrones

C. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos.» Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz

C. Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían:
S. «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!»
C. De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:
S. «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: “Yo soy Hijo de Dios”.»
C. También lo insultaban los ladrones crucificados con él.

Elí, Elí, ¿lemá sabactani?

C. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz:
+ «Elí, Elí, lemá sabactani.»
C. Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron:
S. «Está llamando a Elías.» En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían:
S. «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo.»
C. Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.

Aquí todos se arrodillan, y se hace una breve pausa.

C. Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron:
S. «¡Verdaderamente, este era Hijo de Dios!»
C. Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.

José depositó el cuerpo de Jesús en un sepulcro nuevo

C. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.

Ahí tienen la guardia,
vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente

C. A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole:
S. «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: “A los tres días resucitaré”. Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: “¡Ha resucitado!” Este último engaño sería peor que el primero.»
C. Pilato les respondió:
S. «Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente.»
C. Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

Palabra del Señor.

O bien más breve:

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     27, 1-2. 11-54

¿Tú eres el rey de los judíos?

 

C. Después de ser arrestado, todos los Sumos Sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó:
S. «¿Tú eres el rey de los judíos?»
C. El respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo:
S. «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?»
C. Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido:
S. «¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?»
C. El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir:
S. «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho.»
C. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó:
S. «¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?»
C. Ellos respondieron:
S. «A Barrabás.»
C. Pilato continuó:
S. «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Todos respondieron:
S. «¡Que sea crucificado!»
C. El insistió:
S. «¿Qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte:
S. «¡Que sea crucificado!»
C. Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo:
S. «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes.»
C. Y todo el pueblo respondió:
S. «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos.»
C. Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Salud, rey de los judíos

C. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él.
Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza,
pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él,
se burlaban, diciendo:
S. «Salud, rey de los judíos.»
C. Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.

Fueron crucificados con él dos ladrones

C. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos.» Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz

C. Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían:
S. «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!»
C. De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:
S. «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: “Yo soy Hijo de Dios”.»
C. También lo insultaban los ladrones crucificados con él.

Elí, Elí, ¿lemá sabactani?

C. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz:
+ «Elí, Elí, lemá sabactani.»
C. Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron:
S. «Está llamando a Elías.» En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían:
S. «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo.»
C. Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

C. Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron:
S. «¡Verdaderamente, este era Hijo de Dios!»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo de Ramos – Ciclo A- 9 de Abril 2017

En el lugar de la Procesión, antes de la llegada del sacerdote:

La Semana Santa se abre con el recuerdo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, en donde Cristo acepta ser aclamado públicamente como el Mesías salvador, porque muriendo luego sobre la Cruz, llevará a cabo de la manera más plena su misión de Redentor, Rey y Vencedor.

*Procesión: Evangelio: Mateo 21, 1- 11

* Entrada solemne: Evangelio: Mateo 21, 1- 11

*Entrada simple.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:      Isaías 50, 4- 7

Las palabras del profeta Isaías prefiguran a Cristo que, en medio de los ultrajes, no retiró su rostro poniéndose en manos del Padre.

Salmo Responsorial: 21

Segunda Lectura:     Flp. 2, 6- 11

El Hijo de Dios se presentó en este mundo con aspecto humano para abrazar la humillación y la Cruz.

Evangelio- Lectura de la Pasión:        Mt. 27, 11- 54  o bien 26, 3- 5. 14- 27

Contemplemos a Cristo en su Pasión para configurarnos con Él en los dolores que padeció por amor nuestro.

Preces:

Hermanos, en este día en que celebramos la entrada de Cristo en Jerusalén para consumar su Misterio Pascual, oremos al Padre por nuestras necesidades y las del mundo entero.

A cada intención respondemos cantando:

* Por el Santo Padre para que, revestido de los sentimientos y virtudes del corazón del Buen Pastor, conduzca a Iglesia hacia la Pascua Eterna. Oremos

* Por la Iglesia perseguida, para que, ya que permaneciendo unida a Cristo en el sufrimiento, merezca tener parte en su gloria. Oremos.

* Para que en este inicio de la semana Santa los hombres alcancen la coherencia de la vocación cristiana de nuestra profesión de fe. Oremos.

* Por los catecúmenos que se prepara a recibir el santo bautismo en la próxima Pascua, para que el Señor les conceda firmeza y perseverancia en la fe que han abrazado. Oremos

* Para que quienes viven lejos de la verdad y de la gracia, experimenten la fuerza de la conversión y se abran al perdón de Dios acercándose confiadamente al sacramento de la Reconciliación Oremos.

Dios todopoderoso, que por amor al mundo entregaste a tu Hijo Único, escucha la súplica de tu pueblo y acrecienta nuestros deseos de servirte. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Nos unimos al Sacrificio de Cristo para ser agradables a Dios, y ofrecemos:

* Cirios, y con ellos nuestro homenaje al Mesías Rey, Luz que vence las tinieblas.

* Pan y vino, para ser transustanciados en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor.

Comunión: Te aclamo Rey Manso y humilde que quieres entrar en mi alma en esta santa Comunión para compartir conmigo los dolores de tu Pasión.

Salida:

Hemos celebrado a Cristo como Mesías sufriente y hemos participado de su sacrificio. Dirijámonos ahora a nuestros ambientes ordinarios, pero con la decidida intención de participar de los sufrimientos de Cristo durante esta Semana Santa, y así participar también de la alegría de la resurrección.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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P. Lic. José A. Marcone, IVE

Orientaciones para las homilías de Semana Santa

Reunimos aquí las indicaciones litúrgicas para la celebración de la Liturgia de la Palabra en las Misas de la Semana Santa. Están tomadas de los libros litúrgicos aprobados canónicamente por la Iglesia. Con esta mirada de conjunto podemos ya hacer un plan y un primer bosquejo de todos nuestros sermones de Semana Santa.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

“En el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, para la procesión se han escogido los textos que se refieren a la solemne entrada del Señor en Jerusalén, tomados de los tres Evangelios sinópticos; en la Misa se lee el relato de la pasión del Señor”. (Leccionario, Prenotanda, nº 97)

“La misa de este domingo incluye tres lecturas, cuya proclamación mucho se recomienda, a no ser que razones pastorales aconsejen lo contrario.

“Teniendo en cuenta la importancia de la lectura de la Pasión del Señor, está permitido al sacerdote, en vista de las necesidades de cada comunidad, elegir una sola de las lecturas que preceden al Evangelio, o leer únicamente la historia de la Pasión, también en forma abreviada, si fuera necesario. Esto vale exclusivamente para las misas celebradas con el pueblo.” (Leccionario, Tomo I, p. 445; anotación en rojo antes de las lecturas de la Misa del Domingo de Ramos)

“En los lugares en que pareciere oportuno, durante la lectura de la Pasión se pueden incorporar aclamaciones” (Leccionario, Tomo I, p. 451; anotación en rojo antes de la lectura de la Pasión)

Recordamos que el sacerdote celebrante, en las Misas del Domingo de Ramos que se hagan con procesión o con entrada solemne, debe predicar tres veces. La primera es una monición antes de la bendición de los ramos, monición que puede leer también del Misal (Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, nº 5, p. 219). La segunda es después de la lectura del Evangelio antes de iniciar la procesión. El Misal, respecto a esta predicación dice textualmente: “Después del Evangelio, si se cree oportuno, puede hacerse una breve homilía.” (Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, nº 8, p. 223). La tercera predicación es ya dentro de la Misa, después de la lectura de la Pasión (según San Marcos, en este Ciclo B). Dice el Misal textualmente: “Después de la proclamación de la Pasión, si se cree oportuno, hágase una breve homilía. Puede hacerse también un momento de silencio” (Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, nº 22, p. 228).

En algunas regiones el Domingo de Ramos es una de las misas más concurridas del año y, por lo tanto, la utilidad espiritual de la homilía es muy grande. En estos casos aconsejamos no omitirla.

            En cuanto al tema de la homilía es preciosa esta indicación del Ceremonial de los Obispos: “Con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, la Iglesia entra en el misterio de su Señor crucificado, sepultado y resucitado, el cual, entrando en Jerusalén, dio un anuncio profético de su poder.

            “Los cristianos llevan ramos en sus manos como signo de que Cristo muriendo en la cruz, triunfó como Rey. Habiendo enseñado el Apóstol: ‘Si sufrimos con Él, también con Él seremos glorificados’ (Rm.8,17), el nexo entre ambos aspectos del misterio pascual, ha de resplandecer en la celebración y en la catequesis de este día” (Ceremonial de los Obispos, nº 263).

            De acuerdo a esto podemos decir que el Domingo de Ramos comprende, a la vez, el presagio del triunfo real de Cristo y el anuncio de la Pasión. Por lo tanto, en la homilía debe quedar en evidencia la relación entre estos dos aspectos del misterio pascual.

Ferias de Semana Santa

            “Los primeros días de la Semana Santa, las lecturas consideran el misterio de la pasión” (Leccionario, Prenotanda, nº 98)

            Misa crismal

“En la Misa crismal, las lecturas ponen de relieve la función mesiánica de Cristo y su continuación en la Iglesia, por medio de los sacramentos”. (Leccionario, Prenotanda, nº 98)

Respecto a la predicación en la Misa crismal, dice el Misal textualmente: “Después de la proclamación del Evangelio, el obispo pronuncia la homilía inspirándose en los textos de la Liturgia de la Palabra, hablando al pueblo y a sus presbíteros acerca de la unción sacerdotal, exhortando a los presbíteros a conservar la fidelidad a su ministerio e invitándolos a renovar públicamente sus promesas sacerdotales” (Misal Romano, Jueves Santo, nº 8, p. 233)

Sagrado Triduo pascual

            Jueves Santo o Jueves de la Cena del Señor

“El jueves santo, en la Misa vespertina, el recuerdo del banquete que precedió al éxodo ilumina de un modo especial el ejemplo de Cristo al lavar los pies de los discípulos y las palabras de Pablo sobre la institución de la Pascua cristiana de la Eucaristía” (Leccionario, Prenotanda, nº 99).

“Después de proclamar el Evangelio, el sacerdote pronuncia la homilía, en la cual se exponen  los grandes misterios que se recuerdan en esta Misa, es decir, la institución de la sagrada Eucaristía y del Orden sacerdotal, y también el mandato del Señor sobre la caridad fraterna” (Misal Romano, Jueves de la Cena del Señor, nº 9, p. 240). Esta breve indicación del Misal Romano es de gran valor, ya que nos indica con claridad cuál debe ser el contenido de nuestra homilía para Misa de la Cena del Señor.

Viernes Santo

“La acción litúrgica del viernes santo llega a su momento culminante en el relato según san Juan de la pasión de aquel que, como el Siervo del Señor, anunciado en el libro de Isaías, se ha convertido realmente en el único sacerdote al ofrecerse a sí mismo al Padre”. (Leccionario, Prenotanda, nº 99)

“Concluida la lectura de la Pasión (según San Juan), hágase una breve homilía, y terminada ésta, los fieles pueden ser invitados a hacer un tiempo de oración en silencio” (Misal Romano, Viernes Santo de la Pasión del Señor, nº 10, p. 245).

Viernes Santo: Memoria de los Dolores de la Santísima Virgen María junto a la Cruz

El Misal Romano (Viernes Santo de la Pasión del Señor, nº 20 bis) contempla dos posibilidades para la memoria de los dolores y la soledad de la Virgen María: el “piadoso ejercicio tradicional” del Sermón de la Soledad o la inclusión de “la memoria del dolor de María en la misma acción litúrgica con la que se celebra la Pasión del Señor”. El Misal considera “más conveniente” esta última porque “de esta manera aparecerá con más evidencia que la Virgen María está unida indisolublemente a la obra de la salvación realizada por su Hijo”.

Sin embargo resalta el Misal que en algunos lugares puede “considerarse oportuno conservar” aquel piadoso ejercicio tradicional del Sermón de la Soledad. El Misal lo describe de esta manera: “Según una antigua tradición, en la tarde del Viernes Santo se realizaba en nuestras iglesias un piadoso ejercicio en memoria de los dolores sufridos por la Santísima Virgen María junto a la cruz de su Hijo, y de su estado de profunda soledad después de la muerte de Jesús.” Debe tenerse el cuidado de realizarlo de tal manera que no reste importancia a la Celebración litúrgica de la Pasión del Señor.

Mi experiencia de nueve años de párroco en la periferia de la gran ciudad de Santiago de Chile me lleva a decir que es perfectamente posible realizar este piadoso ejercicio sin que reste importancia a la Celebración de la Pasión del Señor. Nosotros hacíamos la Celebración de la Pasión del Señor a las 15 hs., aproximadamente. Luego hacíamos el Via Crucis por las calles de la población, que duraba varias horas. Y el Via Crucis terminaba en el templo con el Sermón de la Soledad, hecho a modo de Liturgia de la Palabra. De ese modo, el Sermón de la Soledad no restaba importancia a la Celebración litúrgica de la Pasión del Señor. Las ideas fundamentales de dicho sermón están expresadas en el Misal Romano, citado recién. Era de mucho provecho para los fieles.

Vigilia Pascual en la Noche Santa

“En la vigilia pascual de la noche santa, se proponen siete lecturas del Antiguo Testamento, que recuerdan las maravillas de Dios en la historia de la salvación, y dos del Nuevo, a saber, el anuncio de la resurrección según los tres evangelios sinópticos, y la lectura apostólica sobre el bautismo cristiano como sacramento de la resurrección de Cristo” (Leccionario, Prenotanda, nº 99).

“En esta Vigilia, ‘Madre de todas las vigilias’, se proponen nueve lecturas: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo Testamento (Epístola y Evangelio). En la medida de lo posible, y respetando la índole de la Vigilia, debe proclamarse todas las lecturas.

“Si graves circunstancias pastorales lo exigen, puede reducirse el número de las lecturas del Antiguo Testamento; con todo, téngase siempre presente que la lectura de la Palabra de Dios es una parte fundamental de esta Vigilia pascual. Por eso, deben  leerse por lo menos tres lecturas del Antiguo Testamento, que provengan de la Ley y los Profetas y se canten los respectivos salmos responsoriales. Nunca debe omitirse la lectura tomada del capítulo 14 del Éxodo con sus respectivo cántico” (Misal Romano, Vigilia Pascual en la Noche Santa, nº 20 – 21, p. 275)

El Leccionario se expresa con términos semejantes.

Respecto a la homilía para esta celebración dice el Misal Romano: “Después del Evangelio tiene lugar la homilía que, aunque breve, no debe omitirse” (Misal Romano, Vigilia Pascual en la Noche Santa, nº 36, p. 279)

Misa del día de Pascua

“Para la Misa del día de Pascua se propone la lectura del Evangelio de san Juan sobre el hallazgo del sepulcro vacío. También pueden leerse, si se prefiere, los textos de los evangelios propuestos para la noche santa, o, cuando hay Misa vespertina, la narración de Lucas sobre la aparición a los discípulos que iban a Emaús. La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, que se leen durante el tiempo pascual en vez de la lectura del Antiguo Testamento. La lectura del Apóstol se refiere al misterio de Pascua vivido en la Iglesia” (Leccionario, Prenotanda, nº 99).

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Directorio Homilético

Domingo de Ramos y de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

CEC 557-560: la entrada de Jesús en Jerusalén

CEC 602-618: la Pasión de Cristo

CEC 2816: el señorío de Cristo proviene de su Muerte y Resurrección

CEC 654, 1067-1068, 1085, 1362: el Misterio Pascual y la Liturgia

La subida de Jesús a Jerusalén

557    “Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: “No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén” (Lc 13, 33).

558    Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!” (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón:” ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos” (Lc 19, 41-42).

          La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559    ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de “David, su Padre” (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación (“Hosanna” quiere decir “¡sálvanos!”, “Danos la salvación!”). Pues bien, el “Rey de la Gloria” (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad “montado en un asno” (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación “Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el “Sanctus” de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

560    La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

2816  En el Nuevo Testamento, la palabra “basileia” se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

“Dios le hizo pecado por nosotros”

602    En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: “Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros” (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios “a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Co 5, 21).

603    Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, “Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rm 8, 32) para que fuéramos “reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rm 5, 10).

          Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).

605    Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: “De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18, 14). Afirma “dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: “no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo” (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

III     CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

          Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

606    El Hijo de Dios “bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado” (Jn 6, 38), “al entrar en este mundo, dice: … He aquí que vengo … para hacer, oh Dios, tu voluntad … En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús “por los pecados del mundo entero” (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: “El Padre me ama porque doy mi vida” (Jn 10, 17). “El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado” (Jn 14, 31).

607    Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: “¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn 12, 27). “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?” (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que “todo esté cumplido” (Jn 19, 30), dice: “Tengo sed” (Jn 19, 28).

          “El cordero que quita el pecado del mundo”

608    Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: “Servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

          Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

609    Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, “los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1) porque “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).

          Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

610    Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en “la noche en que fue entregado”(1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: “Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

611    La Eucaristía que instituyó en este momento será el “memorial” (1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: “Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad” (Jn 17, 19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).

          La agonía de Getsemaní

612    El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose “obediente hasta la muerte” (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz ..” (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida por la persona divina del “Príncipe de la Vida” (Hch 3, 15), de “el que vive” (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para “llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero” (1 P 2, 24).

          La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo

613    La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del “cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29; cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8) reconciliándole con El por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).

614    Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.

          Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia

615    “Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que “se dio a sí mismo en expiación”, “cuando llevó el pecado de muchos”, a quienes “justificará y cuyas culpas soportará” (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).

          En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

616    El “amor hasta el extremo”(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). “El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron” (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

617    “Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justif icationem meruit” (“Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación”)enseña el Concilio de Trento (DS 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como “causa de salvación eterna” (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: “O crux, ave, spes unica” (“Salve, oh cruz, única esperanza”, himno “Vexilla Regis”).

          Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

618    La Cruz es el único sacrificio de Cristo “único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, “se ha unido en cierto modo con todo hombre” (GS 22, 2), él “ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a “tomar su cruz y a seguirle” (Mt 16, 24) porque él “sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):

            Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo

                                                               (Sta. Rosa de Lima, vida)

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 Exégesis 

·         W. Trilling

Entrada en Jerusalén

En el Evangelio de san Mateo, el relato de la entrada corresponde a Mar_11:1-11. San Mateo amplió el pasaje con distintas adiciones realzando sobre todo con más vigor su trascendencia. A diferencia de san Marcos (Mar_11:15-19), inmediatamente añade la purificación del templo, después de la entrada de Jesús en la ciudad (Mat_21:12 s). Mientras que san Marcos solamente dice que Jesús entra en la ciudad y en el templo y que «lo observó todo» (Mar_11:11), san Mateo da mayor realce a la estancia en el templo, haciendo de ella una parte propia e importante. Jesús, después de presentarse, no sólo toma posesión de la ciudad, sino también del templo como Mesías, restablece su pureza, cura enfermos en él, recibe el homenaje mesiánico de labios de los niños (21,14-16). Así pues, el fin propio del relato de Mateo es el templo y la revelaci6n mesiánica realizada en él. Concluye la sección con un hecho del día siguiente, la maldici6n de la higuera y el diálogo sobre la fe, que san Mateo compendia (21,18-22), mientras que en san Marcos estaba separada por medio de la purificaci6n del templo (cf. Mar_11:12-25). Así la descripción de san Mateo resulta más cerrada y efectiva.

a) La entrada del Mesías (Mt/21/01-11).

1 Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, 2 diciéndoles: Id a esa aldea que está frente a vosotros, y en seguida encontraréis una burra atada y un pollino con ella; desatadla y traédmelos. 3 Y si alguien os dice algo, responderéis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. 4 Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el profeta cuando dijo: 5 Decid a la hija de Sión: Mira que tu rey viene a ti, lleno de mansedumbre y montado en un asna y en un pollino, hijo de una bestia de carga (Zac_9:9).

Según el relato de los tres primeros evangelistas Jesús aún no habría estado en Jerusalén durante su vida pública. (El Evangelio de san Juan informa de cuatro visitas diferentes a la ciudad santa: Jua_2:13; Jua_5:1; Jua_6:4; Jua_11:55). Así resulta más significativa esta hora. La pequeña comitiva se acerca a la ciudad por el camino habitual de los viajeros y de los peregrinos que iban a celebrar la fiesta de la pascua. Después de la ruta rocosa, solitaria y montañosa, se llega a la altura del monte de los Olivos y se ve enfrente la ciudad única en su género, separada por la profunda grieta del valle del Cedrón. Jesús antes de disponerse para la entrada, manda a dos discípulos que vayan a buscar una cabalgadura para este fin. Eso es muy inusitado, porque de ordinario los peregrinos. que se reúnen en la ciudad para la fiesta de la pascua, van a pie. La entrada será desacostumbrada. Los discípulos deben ir a buscar una burra y un pollino. Podemos ver lo que eso significa por un texto del profeta Zacarías, que san Mateo cita literalmente (Mt_21:5). Los escribas también veían en estas palabras un vaticinio del Mesías. El Mesías no vendrá a la hija de Sión ufano sobre un corcel, después de una batalla victoriosa, sino humilde y apacible, sobre una burra. Hasta ahora Jesús nunca ha dicho en público que él es el Mesías y sólo de los discípulos ha aceptado la explícita confesión, pero ahora prepara conscientemente una pública manifestación mesiánica. En la figura del rabino de Galilea montado en la burra deben reconocer los peregrinos al rey por las palabras del profeta (…). ¿Se concede, pues, a Israel y a la ciudad de Jerusalén una señal, que antes Jesús, por dos veces (12,38 ss; 16,1-4), había rehusado dar? Antes Jesús sólo había anunciado la señal de Jonás, que era la única que podía esperar esta generación. De este modo se hacía alusión al juicio del Hijo del hombre, que ya tendrá lugar en la crucifixión de Jesús y después en su segunda venida. Esta señal que aquí se da solamente está destinada a los creyentes, no a los incrédulos. Esta generación se ha negado a creer y tampoco quedará convencida con esta señal. Pero los que ya pertenecían a él y le habían reconocido, más tarde sabrán con absoluta claridad que realmente era el Mesías el que entró en Jerusalén.

También es desacostumbrado el modo con que Jesús se ha procurado el animal. En virtud de su dignidad ve cerca lo que está lejos y recurre a la facultad de disponer del animal. Si se presentan objeciones, los discípulos deben decir que el Señor necesita los animales. Jesús hasta ahora nunca había usado para sí este nombre de soberanía Kyrios, Señor. Pero ahora también ha llegado la hora de usarlo. Un nuevo rasgo resplandece en la figura del Mesías. Desde un principio aquí todo está determinado, rebosante de soberanía, todo es significativo. Aunque Jesús viene montado en la humilde cabalgadura, él es el Señor. Esta generación ahora no lo reconoce, sino que se enterará el día del juicio de que era el que vino «en el nombre del Señor» y, por tanto, también como el Kyrios.

6 Fueron, pues, los discípulos e hicieron conforme les había mandado Jesús: 7 trajeron la burra y el pollino, pusieron sobre ellos los mantos, y Jesús se montó encima. 8 El pueblo, en su gran mayoría, extendió por el camino sus mantos, mientras otros cortaban ramas de los árboles para alfombrar el camino. 9 La gente que iba delante, igual que la que iba detrás, gritaba diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

En vez de una silla de montar, los discípulos ponen vestidos sobre los animales, y Jesús se sienta encima de los vestidos. Una numerosa multitud, sobre todo peregrinos de Galilea, que vienen a celebrar la fiesta por el mismo camino y con la misma finalidad, extienden vestidos en el camino, y otros lo cubren con ramas de árboles. Sin palabras ya denotan la importancia de esta entrada. A pesar de la sencillez de las circunstancias parece que comprendan la magnitud del acontecimiento. El que está sentado humildemente en una burra es más que un jefe del ejército que regresa a su casa después del victorioso combate, y es más que un rey que toma posesión de la capital del país subyugado. A éstos en la antigüedad se les preparaba triunfales recibimientos. Pero ¿quién es éste, que por primera vez entra en la ciudad? Las voces de los peregrinos lo hacen saber. Se da la bienvenida al Hijo de David. El Hijo de David es el Mesías, es su título inconfundible. Así lo han llamado los dos ciegos delante de los que veían (9,27; 20,30s), así lo reconoció aquella mujer en país pagano delante de los hijos, las ovejas perdidas de la casa de Israel (15,22), sólo una vez se formuló la pregunta de si lo es o no (12,23). En esta ocasión se pregona en voz alta (…). ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Con este clamor saludaba la ciudad los grupos de peregrinos que iban llegando. Cada uno venía en el nombre de Yahveh, a quien quería adorar en Jerusalén. Pero este peregrino montado en la cabalgadura es bendito sobre todos. Ningún otro ha de ser recibido como Hijo de David con tal expectación y esperanza, porque ningún otro viene como él en el nombre del Señor. En esta hora sonó por primera vez como homenaje tributado a Jesús lo que la comunidad celebrante clama cuando va al encuentro de su Señor, después del prefacio de la celebración eucarística. Pero en cierto modo por medio del que llega, la bendición vuelve a Dios, en cuyo nombre viene Jesús. Por eso se dice: ¡Hosanna en las alturas! «En las alturas» como «en el cielo» es una alusión a Dios*1. Loado sea Dios en el cielo, donde ya cumplen su voluntad (6,10s) las multitudes de los espíritus celestiales. Ante el trono de Dios deben resonar las voces de bienvenida de aquí abajo. Por todos sea Dios alabado por causa de esta hora. El lector está desconcertado ante este acontecimiento. Después de todo lo precedente nunca se podría haber esperado tal cosa. A lo que es posible y probable en el terreno de la historia, le prestamos menos atención que a lo que quiere mostrar el evangelista. En lo que sigue aún aparece con mayor claridad que el Mesías de Dios toma posesión en el nombre de Dios de la ciudad santa y del templo. Tanto si la gente entonces llamaba así a todos, tanto si eran muchos o pocos, tanto si eran entusiastas galileos o fanáticos judíos (que quizás vieron venir la gran subversión), tanto si en general reconocieron como si no reconocieron la importancia de la señal y de la hora, el evangelista sabe que el Mesías vino en el nombre de Dios y se reveló como Hijo de David. El evangelista lo ve correctamente, porque lo ve con la fe. Sólo con la fe puede comprenderse la importancia de una parábola tan poco vistosa como la del grano de mostaza o la de la perla. Lo mismo pasa con los sucesos de la vida de Jesús. En ella los pequeños acontecimientos también adquieren una gran importancia por medio de la persona en que ocurren, y por medio de la hora en que ocurren.

10 Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se puso en movimiento y se preguntaban: ¿Pero quién es éste? 11 Y la gente respondía: éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea.

Jerusalén no permanece en silencio. La manifestación era bastante llamativa para poner en pie a toda la ciudad. Surge la gran pregunta: ¿Pero quién es éste? La respuesta quizás la dan los peregrinos de Galilea que acompañan a Jesús. Parece tan exacta como el texto de un documento de identidad. En ninguna otra parte de todos los Evangelios se encuentra una definición semejante de Jesús. Hace poco fue aclamado como Hijo de David, ahora se le designa como profeta; todavía resonaban los altos títulos, cuando se indica con sobriedad su origen: «Jesús, el de Nazaret». Y finalmente se dice: de Galilea. Un galileo estaba en medio de la metrópoli judía. Esta definición de Jesús es la más sobria que conocemos de los Evangelios. Está en vivo contraste con las solemnes aclamaciones de los que iban entrando. ¿Por qué se da así la respuesta? Los fieles creyentes pueden reconocer y alabar al Mesías, pero la Jerusalén incrédula sólo se entera de unos escuetos datos biográficos. Para Jerusalén, Jesús es profeta, y por cierto profeta de la condenación y ruina de la ciudad (capítulos 23 y 24). Para ésta, Jesús es una persona insignificante que viene del pueblecito de Nazaret y llega a la ciudadela judía de Jerusalén. Jesús es un galileo desconocido. San Mateo antes ya había dado a entender, con una larga cita del profeta Isaías, que el Mesías no era oriundo de Jerusalén, sino de Nazaret; con ello trataba de atenuar lo chocante que tal circunstancia pudiera resultar a oídos de los judíos. Ahora la reiterada declaración al pueblo de Jerusalén, de la procedencia del Mesías, producirá escándalo. El Mesías, a quien se saluda como Hijo de David, es el «profeta de Nazaret», ante quien Jerusalén deberá decidir.

(Trilling, W., Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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*1- Hosanna propiamente significa: Dios es propicio. Pero también puede entenderse como exclamación de alegría y de homenaje.

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

77. «El domingo de Ramos en la Pasión del Señor: para la procesión, se han escogido los textos que se refieren a la entrada solemne del Señor en Jerusalén, tomados de los tres Evangelios sinópticos; en la Misa, se lee el relato de la pasión del Señor» (Ordenación de las Lecturas de la Misa, nº 97). Dos antiguas tradiciones conforman esta Celebración Litúrgica, única en su género: el uso de una procesión en Jerusalén y la lectura de la Pasión en Roma. La exuberancia que rodea la entrada real de Cristo, pronto da paso a uno de los cantos del Siervo doliente y a la solemne proclamación de la Pasión del Señor. Y esta liturgia tiene lugar en domingo, día desde los comienzos asociado a la Resurrección de Cristo. ¿Cómo puede el celebrante unir los múltiples elementos teológicos y emotivos de este día, sobre todo por el hecho de que las consideraciones pastorales aconsejan una homilía bastante breve? La clave se encuentra en la segunda lectura, el hermosísimo himno de la carta de san Pablo a los Filipenses, que resume de manera admirable todo el Misterio Pascual. El homileta podría destacar brevemente que, en el momento en el que la Iglesia entre en la Semana Santa, experimentaremos ese Misterio, de manera que podamos hablarle a nuestros corazones. Diversos usos y tradiciones locales conducen a los fieles a considerar los acontecimientos de los últimos días de Jesús, pero el gran deseo de la Iglesia en esta Semana no es, únicamente, el de remover nuestras emociones, sino el de hacer más profunda nuestra fe. En las celebraciones litúrgicas de la Semana que se inicia no nos limitamos a la mera conmemoración de lo que Jesús realizó; estamos inmersos en el mismo Misterio Pascual, para morir y resucitar con Cristo.

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, nº 77)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

La entrada en Jerusalén

            Y cuando estaba próximo a Jerusalén y llegaron a Betfage, junto al monte de los Olivos, entonces Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles: Marchad a la aldea que tenéis enfrente y hallaréis una asna atada juntamente con su pollino. Desatadla y traédmela. Y si alguno os dijere algo, le diréis: El Señor tiene necesidad de ellos y los devolverá en seguida. Y todo esto sucedió por que se cumpliera lo dicho por el profeta Zacarías: Decid a la hija de Sión: Mira que tu rey viene a ti manso, montado sobre un asno, sobre el pollino de animal de yugo. La verdad, muchas veces había antes el Señor entrado en Jerusalén, pero nunca con tanta solemnidad como ahora ¿Qué causa hubo para ello? En las anteriores entradas estaba aún en los comienzos de su ministerio y ni él era muy conocido todavía ni tampoco estaba cerca el tiempo de su pasión.  De ahí que tratara con ellos de modo más corriente y buscando más bien ocultarse. Porque, de haber hecho entonces una manifestación como ésta, no sólo no hubiese sido admirado, sino que hubiera encendido más la ira de sus émulos. Mas ahora, cuando ha dado ya pruebas bastantes de su poder y la cruz era inminente, no tiene inconveniente en brillar más y hacer con mayor solemnidad aquellas mismas cosas que más habían de irritarlos. No hay duda que también había podido hacer todo eso desde el principio; pero no hubiera resultado provecho ni utilidad alguna. Pero considerad, os ruego, cuántos prodigios se realizan y cuántas profecías se cumplen en este momento. É1 dijo a sus dos apóstoles que encontrarían una asna y les predijo que nadie se lo estorbaría, sino que, oído el motivo, se callarían. Lo cual no es pequeña condenación de los judíos. Los aldeanos aquellos, en efecto, aun sin conocerle, aun sin haberle visto jamás, le obedecen, y sin replicar ponen las bestias a su disposición; los judíos, empero, ni aun presentes a los milagros que hace por medio de sus discípulos, le quisieron hacer caso alguno.

DEVOCIÓN DE LOS BETFAGINOS

            2. No consideréis, no, sin importancia el hecho. Porque ¿quién persuadió a aquellos aldeanos, que sin duda serían pobres labradores, a no resistir cuando les llevaban sus animales? Mas ¿qué digo a no resistir? A no decir una palabra, y, si la dijeron, a callarse luego y ceder. A la verdad, tan admirable fue, si nada dijeron, cuando se les llevaron las bestias, como si dijeron y luego callaron ante la explicación de los apóstoles de que: El Señor tiene necesidad de ellas, y se las dejaron sin resistencia. Y eso que no veían al Señor, sino a sus discípulos. Por este hecho enseñaba Él a sus apóstoles que también a los judíos podía haberles absolutamente impedido, a despecho de su mala voluntad, que le atacaran y reducirlos a silencio, y que, si no lo hizo, fue porque no quiso. Y todavía les daba ahí otra enseñanza a sus discípulos: que habían de estar prontos a darle cuanto Él les pidiera, y aun cuando les exigiera entregar la vida misma, aun la vida habían de entregar por Él sin resistir. Porque si unos desconocidos le cedieron sus bestias, con cuánta más razón habían de desprenderse ellos de todo.

VOCACIÓN DE LOS GENTILES

            Aparte lo dicho, el Señor cumple en esta ocasión una doble profecía: una por obra y otra por palabra. La de obra fue haberse sentado sobre el asna; y la de las palabras, la misma del profeta Zacarías, pues éste había dicho que el rey se sentaría sobre un asna. Y el haberse Él sentado y haber dado cumplimiento a las palabras del profeta, fue principio de una nueva profecía, pues lo que el Señor hacía era prefiguración de lo por venir. ¿Cómo y de qué manera? Anunciando la vocación de las impuras naciones, en las que Él había de descansar y que vendrían a Él y le seguirían. De este modo, a una profecía sucedía otra profecía. Ahora, que a mí no me parece fuera ésa la única causa por que el Señor montó sobre la burra, sino para procurarnos también una norma de filosofía. Porque, sin duda que no se contentaba el Señor con cumplir las profecías ni con sembrar la doctrina de la verdad. No. Su vida tenía también por fin corregir por estos mismos medios nuestra propia vida, señalándonos en todas partes las normas del necesario uso y rectificando por todos los modos nuestra conducta. De ahí que cuando quiso nacer no buscó un espléndido palacio, ni una madre rica e ilustre, sino pobre y esposa de un artesano. Y nace, en efecto, en una cueva y es reclinado en un pesebre. Y al escoger a sus discípulos, no escoge oradores y sabios, ni opulentos y nobles, sino pobres y de pobres nacidos y por todos conceptos oscuros. Y cuando se pone la mesa, unas veces se le sirven panes de cebada; otra, en el momento mismo, manda a sus discípulos a comprar comida a la pública plaza. Y si ha de hacer un lecho, lo hace de heno. Si ha de vestirse, sus ropas son pobres y que en nada se diferencian del común de las gentes. Casa, ni la tenía siquiera. Si ha de trasladarse de un lugar a otro, lo hace a pie, y de tal manera a pie, que se fatiga. Si ha de sentarse, no necesita sillones ni almohadones, sino que lo hace sobre el suelo, unas veces en el monte, otra sobre el brocal de un pozo. Y no ya sólo junto al pozo, sino que allí está solo y allí conversa con la samaritana. Hasta para señalarnos la medida en e1 dolor, cuando Él llora, lo hace moderadamente, marcándonos, como antes he dicho, normas y límites en todo, hasta dónde nos es lícito llegar, pero no pasar más allá. Por eso, sin duda, también ahora, ya que por su flaqueza había de haber algunos que necesitarían de cabalgaduras, también aquí nos señala la medida, mostrándonos que no se debe ir a caballo ni sobre tronco de mulos, sino sobre un asno y no pasar más allá. Que la necesidad, en fin, sea siempre nuestra norma.

DOBLE PROFECÍA AL ENTRAR JESÚS EN JERUSALÉN

            Más veamos también la doble profecía, la de palabras y la de obras. ¿Qué dice, pues, la profecía? Mira que tu rey viene a ti manso, montado sobre animal de carga y sobre pollino joven, no conduciendo carros, como los otros reyes; no exigiendo tributos, no espantando, no rodeado de escolta de lanzas, sino mostrando, aun en su triunfal entrada, la mayor modestia. Pregunta, pues, a los judíos: ¿Qué rey entró jamás en Jerusalén montado en un asno? Y sólo te podrán contestar que Jesús. Y, como ya lo he dicho, esta entrada del Señor era anuncio de lo por venir. Porque en esa asnilla está representada la Iglesia y el pueblo nuevo, que antes era impuro, pero que después de sentarse Jesús sobre Él quedó purificado. Y mirad cuán puntualmente se guarda la imagen. Porque los discípulos desatan las bestias; y es así que tanto los judíos como nosotros, por ministerio de los apóstoles, fuimos llamados a la fe; por medio de los apóstoles fuimos conducidos a Cristo. Y como quiera que nuestra gloria excitó la emulación de los judíos, de ahí que el asna aparezca siguiendo a su pollino. Porque después que Cristo se hubiere sentado sobre los gentiles, entonces vendrán también a É1 los judíos, movidos de emulación. Que es lo que Pablo declara cuando dice: La ceguedad ha venido en parte sobre Israel hasta que entre la plenitud de las naciones, y así se salvará todo Israel*1. Porque que se trata de una profecía, es evidente por lo que llevamos dicho; de no ser así, no hubiera tenido tanto empeño el profeta en señalarnos tan puntualmente la edad, del asno. Mas no es eso sólo lo que por todo este relato se nos declara, sino también la facilidad con que, los apóstoles conducirían hacia Cristo a los gentiles. Porque como aquí, en el caso del asna y su pollino, nadie se opuso ni los retuvo, así, en el caso de las naciones, nadie de los que antes las tenían pudo impedir su conversión a Cristo. Y notemos que el Señor no monta a pelo sobre el pollino, sino sobre los vestidos de los apóstoles, Es que, después que tomaron el pollino, a todo, renuncian ya en adelante conforme a lo que Pablo también decía: Por mi parte, yo gastaré con mucho gusto y aun me daré a mí mismo por amor de vuestras almas*2. Pero mirad también la buena condición del pollino, que, aun sin domar, aun sin experiencia alguna de cabestro, no brinca ni cocea, sino que se deja conducir mansamente. Lo cual era también profecía de lo por venir, que declaraba la obediencia de los gentiles y la prontitud con que pasarían al buen orden. A la verdad, todo lo hizo la pala­bra que dijo: Desatadla y traédmela acá. Ella hizo de lo desordenado ordenado, y de lo impuro puro.

GROSERÍA DE LOS JUDÍOS

     3. Pero mirad la bajeza de los judíos. Tantos milagros como había hecho el Señor, y nunca le admiraron como ahora. Ahora que ven las muchedumbres que se agolpan es cuando se admiran. Porque se conmovió toda la ciudad, diciendo: ¿Quién es éste? Y las muchedumbres contestaban: este es Jesús, el profeta de Nazaret, de Galilea. Sin duda se imagina­ban decir algo extraordinario, y ya veis cuán a ras de tierra, cuán baja y arrastrada es la idea que se forman del Señor. Por lo de­más, esta triunfal entrada la dispuso el Señor no por alarde de ostentación, sino, como ya he dicho, para cumplir la profecía y darnos una lección de filosofía, y a par   para consolar a sus discípulos, tristes por la perspectiva de la pasión, ya que así les hacía ver cómo todo lo había de sufrir porque quería. Por vuestra parte, en fin, admirad la puntualidad con que lo predijo todo el profeta. Y una, parte la predijo David, y otra Zacarías.

APLICACIÓN MORAL: IMITEMOS A LOS QUE ACOMPAÑARON A JESÚS EN SU ENTRADA TRIUNFAL

       Y la muchedumbre, copiosísima, tendía sus vestidos en el camino, otros cortaban ramos de los árboles y los echaban tam­bién por el camino, y la gente, así la que iba delante como la que le acompañaba, gritaban diciendo: ¡Hosanna al hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto! Hagámoslo así también nosotros y entonemos himnos al Señor y echemos nuestros vestidos a quienes a Él le llevan. Porque ¿qué mereceríamos, si, cuando los que le acom­pañaban entonces, unos cubrieron al pollino en que iba mon­tado, otros echaban a sus pies sus vestiduras, nosotros, vién­dole desnudo, sin que se nos mande desnudarnos también a nos­otros, sino sólo dar algo de lo que nos sobra, ni aun así fuéra­mos generosos? ¿Qué mereceremos, repito, cuando aquéllos le acompañaban por delante y por detrás, y nosotros, cuando al mismo nos sale al encuentro, le despedimos, le rechazamos y hasta le insultamos? ¿Qué castigo, qué suplicio, no merece esa conducta? Se te acerca a ti el Señor para pedirte, y no te dignas ni escuchar su súplica. Más bien le culpas y reprendes, y eso después que tales palabras has oído. Pues si para dar un peda­zo de pan y un poco de dinero eres tan tacaño, tan escaso y tan moroso, ¿qué sería si tuvieras que desprenderte de todo? ¿No ves a los rumbosos del teatro qué de cantidades arrojan a las rameras? Tú, empero, no das ni la mitad que ellos, y muchas veces ni la mínima parte. El diablo te manda que des a cualquie­ra y te conduce al infierno, y tú das; Cristo te manda que des a los necesitados, te promete el reino de los cielos, y no sólo no les das, sino que los insultas. Y prefieres obedecer al diablo, para ser castigado, que no a Cristo, para salvarte. ¿Puede haber locura de peor linaje que ésa? El uno os conduce al infierno; el otro, al reino de los cielos. Y sin embargo, dejáis, a Cristo y seguís al diablo. Al uno, que os sale al encuentro; le rechazáis; al otro, que está lejos, le llamáis. Es como si un rey vestido de púrpura y ceñido de diadema no lograra persuadiros, y os persuadiera un bandido blandiendo su puñal y amenazándoos de muerte.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), homilía 66, BAC Madrid 1956, 357-64

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*1- Rm 11, 25-26
*2- 2 Co 12, 15

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén

(Mt 21,1-11)

Introducción

El sentido primero y fundamental de la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén es resaltar, por un lado, su calidad de rey de Israel y, por otro, resaltar que ese rey es un rey humilde que no viene a dar triunfos políticos a través de medios espectaculares, sino que viene a dar la salvación eterna de las almas a través de su pasión, muerte y resurrección. Condición regia y muerte en la cruz: estos dos conceptos son los que dominan el evangelio de hoy*1.

1. Jesús revela su mesianidad

Cuando decimos que su entrada triunfal en Jerusalén resalta su condición de rey, estamos diciendo que resalta su condición de Mesías. Mesías, en hebreo, significa ‘ungido’. El rey era el ungido por excelencia. Pero ser Mesías también implica ser profeta y sacerdote, que eran las otras dos clases de ungidos que existían en Israel. Ser Mesías significa ser el ungido del Señor en esos tres aspectos: rey, sacerdote y profeta, ungido que sería el restaurador de Israel.

Las tres aclamaciones con que la gente vitorea a Jesús al entrar a Jerusalén son títulos propios del Mesías. ‘Hijo de David’ era sinónimo de ‘Mesías’. ‘Bendito el que viene (en griego, ho erjómenos) en nombre del Señor’ es una frase que se equipara a la frase de Jn 6,14: “Este es el profeta que viene (en griego, ho erjómenos) al mundo”. Esta frase hace mención al profeta prometido por Yahveh a Moisés en Deut 18,15-19, que se refiere al Mesías*2. Esto se confirma con una frase del mismo evangelio de hoy, Mt 21,11: “Éste es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”.  La expresión ‘hosanna’ aparece una sola vez en el AT, en el Salmo 118,25. ‘Hosanna’ es una forma verbal que significa ‘¡sálva!’, a la que se le agrega, al final, la partícula na’, que significa ‘te rogamos’, y está dirigida a Yahveh. Por lo tanto, aplicada a Jesús es el reconocimiento de un cierto rango divino. Por eso los sumos sacerdotes y los escriban se escandalizan y le piden a Jesús que haga callar a los niños que dicen ‘¡hosanna al hijo de David!’ (Mt 21,15-16). Por esta razón dice Trilling: “El fin propio del relato de Mateo es (…) la revelación mesiánica realizada en Jesús”*3.

Pero no sólo se trata de la revelación de que Jesús es el Mesías anunciado, sino que el texto de Mateo agrega algo más. Jesús se denomina a sí mismo como ‘el Señor’ (Mt 21,3), en griego Kýrios. Este es el título propio de Dios. Por eso, Jesucristo está revelando también su divinidad*4.

2. Jesús reina desde la cruz

Sin embargo, esta entrada triunfal de Jesús a Jerusalén como Mesías divino está teñida de color rojo, es decir, color sangre. En efecto, esta entrada no terminará en una gloria humana o mundana, sino en el sufrimiento y la muerte. Jerusalén para Jesucristo no es nunca la ciudad de la aceptación de Dios sino todo lo contrario, la ciudad que rechaza a Dios y mata a los enviados de Dios. Por eso, cuando Jesús anuncia que debe ser rechazado, y ser muerto, subraya que eso sucederá en Jerusalén (cf. Mt 16,21; Mt 20,17-18). Dirigirse a Jerusalén es para Él dirigirse hacia la muerte.

Jesús es el Profeta con mayúsculas, es decir, el Mesías. Jesús es un profeta con suerte de profeta, y esa suerte consiste en morir en manos de los enemigos de Dios. Al mismo tiempo, sabe que esos enemigos de Dios se han hecho fuertes en la ciudad que, irónicamente, se llama ‘la ciudad santa’. Por eso va a decir: “No puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13,33).

Jesús acepta gustoso por primera vez en su vida que el pueblo creyente, especialmente los sencillos y los niños, lo aclamen como Mesías. Pero conoce perfectamente la ciudad a la cual está entrando. Sabe que es la ciudad falsamente santa, es decir, que mata a los verdaderos adoradores de Dios creyendo que de esa manera está rindiendo culto a Dios. Jesús conoce perfectamente en qué ha ido a parar la identidad de aquella que había sido llamada ‘la ciudad santa’. Por eso dice: “¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido!” (Lc 13,34).

Por esta razón es que la Iglesia, junto con la procesión de ramos que se hace antes de la Misa, que es una procesión triunfal, pone la lectura de la Pasión, la lectura de Is 50,4-7, que nos presenta al Mesías como Siervo Sufriente, y la lectura de Filp 2,6-11, que habla del anonadamiento (kénosis) de Cristo en la cruz, y su revelación de Dios hecho hombre que se realiza con su resurrección. Con las lecturas de hoy la Iglesia nos presenta el sentido completo de la celebración del Domingo de Ramos, cuya denominación completa es ‘Domingo de Ramos en la Pasión del Señor’.

Conclusión

Cristo es rey que salva a las almas del pecado y del infierno sufriendo Él mismo para redimirlas. He aquí el mensaje escueto y descarnado del domingo de hoy. Su poder regio no es de este mundo, sino que se ejerce desde la cruz. Ese es el significado de la inscripción que Pilato hizo poner en son de sorna sobre su cabeza crucificada: “Éste es el rey de los judíos” (cf. Jn 19,19). El trono desde donde reina Jesús es la cruz.

El mensaje central de este domingo debe hacerse carne en el cristiano tanto en esta Semana Santa que comienza como en su propia vida. En esta Semana Santa el cristiano debe reconocer que Jesús es el Mesías esperado y que, además, es Dios hecho hombre. Pero, al mismo tiempo, disponerse a participar de cada una de las ceremonias de esta Semana Santa para condividir con Él sus sufrimientos y padecimientos.

Y en su propia vida debe reconocer que los momentos de sufrimientos y de cruz no son los momentos oscuros de la vida. Así como para San Juan la pasión y muerte de Cristo no es ‘la hora de las tinieblas’ sino el momento de la ‘glorificación’ de Cristo, así también para el cristiano, la cruz presente en su vida no es ‘la hora de las tinieblas’ sino el momento de su ‘glorificación’. También para el cristiano la cruz vivida concretamente es un modo de triunfar y de reinar sobre el mundo, si se acepta y se ofrece de acuerdo a la voluntad de Dios: “El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y sígame” (Lc 9,23; Mt 16,24; Mc 8,34; cf. Mt 10,38; Lc 14,27).

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*1- Respecto a esto dice el Ceremonial de los Obispos: “Con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, la Iglesia entra en el misterio de su Señor crucificado, sepultado y resucitado, el cual, entrando en Jerusalén, dio un anuncio profético de su poder.

                “Los cristianos llevan ramos en sus manos como signo de que Cristo muriendo en la cruz, triunfó como Rey. Habiendo enseñado el Apóstol: ‘Si sufrimos con Él, también con Él seremos glorificados’ (Rm 8,17), el nexo entre ambos aspectos del misterio pascual, ha de resplandecer en la celebración y en la catequesis de este día” (Ceremonial de los Obispos, nº 263).
*2- El texto del Deuteronomio es el siguiente: “Dijo Yahveh: Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. Si alguno no escucha mis palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello” (Deut 18,18-19) Y Moisés confirma eso diciendo: “Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis” (Deut 18,15).
*3- Trilling, W., Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969.
*4- Dice Trilling: “También es desacostumbrado el modo con que Jesús se ha procurado el animal. En virtud de su dignidad ve cerca lo que está lejos y recurre a la facultad de disponer del animal. Si se presentan objeciones, los discípulos deben decir que el Señor necesita los animales. Jesús hasta ahora nunca había usado para sí este nombre de soberanía Kyrios, Señor. Pero ahora también ha llegado la hora de usarlo. Un nuevo rasgo resplandece en la figura del Mesías. Desde un principio aquí todo está determinado, rebosante de soberanía, todo es significativo. Aunque Jesús viene montado en la humilde cabalgadura, él es el Señor. Esta generación ahora no lo reconoce, sino que se enterará el día del juicio de que era el que vino «en el nombre del Señor» y, por tanto, también como el Kyrios” (Trilling, W., Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969).

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San Juan Pablo II

 

1. ¿Por qué Jesús quiso entrar en Jerusalén sobre un borriquillo?

¿Por qué el Domingo de Ramos está al comienzo de la Semana Santa, que es la Semana de la Pasión del Señor?

La respuesta que el Evangelio de San Mateo da a esta pregunta es sencilla: “Para que se cumpliese lo que dijo el Profeta” (Mt 21, 4). En realidad, el Profeta Zacarías se expresa con estas palabras: “Alégrate con alegría grande, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén. Mira que viene a ti tu rey. Justo y salvador, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna” (Zac 9, 9).

Así viene precisamente: manso y humilde, no tanto como soberano o rey, cuanto, más bien, como el Ungido, a quien el Eterno inscribió en los corazones y en las expectativas del pueblo de Israel.

Y ante todo no se refieren al soberano, al rey, estas palabras que pronuncia la muchedumbre con relación a El:

“¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt 21, 9).

Una vez, cuando después de la milagrosa multiplicación de los panes, los testigos del acontecimiento quisieron arrebatarlo para hacerle rey (cf. Jn 6, 15), Jesús se ocultó de ellos.

Pero ahora les permite gritar: “¡Hosanna al hijo de David!”, y, efectivamente, David fue rey. Sin embargo, no hay en este grito asociación de ideas con un poder temporal, con un reino terreno. Más bien, se ve que esa muchedumbre ya está madura para acoger al Ungido, esto es, al Mesías, a Aquel “que viene en nombre del Señor”.

2. La entrada en Jerusalén es un testimonio de la heredad profética en el corazón de ese pueblo que aclama a Cristo. Al mismo tiempo, es una verificación y una confirmación de que el Evangelio, anunciado por El durante todo este tiempo, a partir del bautismo en el Jordán, da sus frutos. En efecto, el Mesías debía revelarse precisamente como este rey: manso, que cabalga sobre un borrico, un borriquillo hijo de asna; un rey que dirá de sí mismo: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz” (Jn 18, 37).

Este rey, que entra en Jerusalén sobre un asno, es precisamente tal rey. Y los hombres que le siguen, parecen cercanos a este reino: al Reino que no es de este mundo. Efectivamente, gritan: “Hosanna en las alturas”. Parecen ser precisamente aquellos que han escuchado su voz y que “son de la verdad”.

Hoy, Domingo de Ramos, también nosotros hemos venido para revivir litúrgicamente ese acontecimiento profético. Repetimos las mismas palabras que entonces —en la entrada en Jerusalén— pronunció la muchedumbre. Tenemos las palmas en las manos. Estamos dispuestos a tender nuestros mantos en el camino por el que viene a nuestra comunidad Jesús de Nazaret, igual que entonces entró en Jerusalén.

Jesús de Nazaret acepta esta liturgia nuestra, como aceptó espontáneamente el comportamiento de la muchedumbre de Jerusalén, porque quiere que de este modo se manifieste la verdad mesiánica sobre el reino, que no indica dominio sobre los pueblos, sino que revela la realeza del hombre: esa verdadera dignidad que le ha dado, desde el principio, Dios Creador y Padre, y la que le restituye Cristo, Hijo de Dios, en el poder del Espíritu, de Verdad.

3. Sin embargo, el día de hoy es sólo una introducción. Apenas constituye el preludio de los acontecimientos, que la Iglesia desea vivir de modo particular y excepcional en el curso de la Semana Santa.

Y este preludio exteriormente es diferente de lo que traerán consigo los días sucesivos de la semana, especialmente los últimos.

La liturgia nos habla también de esto, más aún, habla sobre todo de esto. Es la liturgia de la pasión: es el Domingo de la Pasión del Señor.

Por esto el Salmo responsorial, en lugar de las aclamaciones de bendición, llenas de entusiasmo, y de los gritos de “Hosanna”, nos hace escuchar ya hoy las voces de escarnio, que comenzarán la noche del Jueves Santo y alcanzarán su culmen en el Calvario:

“Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: Acudió al Señor, que le ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere” (Sal 21 [22], 8-9).

En las últimas palabras el escarnio llega a la profundidad. Asume la forma más dolorosa y, a la vez, más provocadora.

Y a continuación, ese penetrante Salmo 21 describe (desde la perspectiva de los siglos) los acontecimientos de la pasión del Señor, tal como si los viese de cerca:

“Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (vv. 17-19).

Y el gran “evangelista del Antiguo Testamento”, el Profeta Isaías, completa lo demás:

“Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos” (Is 50, 6).

Y como si desde el Gólgota respondiese al escarnio más doloroso, añade:

“Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado” (Is 50, 7).

4. Así, de esa prueba de obediencia hasta la muerte, Cristo sale victorioso en el espíritu, mediante su entrega absoluta al Padre, mediante su radical confianza en la voluntad del Padre, que es la voluntad de vida y salvación.

Y por esto, la descripción completa de los acontecimientos de esta Semana, en la que nos introduce el Domingo de hoy, se resume en las palabras de San Pablo: Cristo Jesús «se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”», y añade: “De modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble —en el cielo, en la tierra, en el abismo—, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 8-11).

Por esto, también nosotros llevamos las palmas en la procesión y cantamos: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21, 9).

Cristo permitió que en el umbral de los acontecimientos de su pasión, precisamente hoy, Domingo de Ramos, se delinease ante los ojos del pueblo de elección divina, ese Reino de la expectación definitiva de los corazones humanos y de las conciencias.

Lo hizo en el momento en que todo estaba ya dispuesto para que El mismo, con la propia humillación y la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, abriese el Reino de Dios mediante su exaltación por obra del Padre: ese Reino al que están llamados todos los que confiesan su nombre.

 (Domingo 12 de abril de 1981)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes: Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano.

Nuestra procesión de hoy por tanto quiere ser imagen de algo más profundo, imagen del hecho que, junto con Jesús, comenzamos la peregrinación: por el camino elevado hacia el Dios vivo. Se trata de esta subida. Es el camino al que Jesús nos invita. Pero, ¿cómo podemos mantener el paso en esta subida? ¿No sobrepasa quizás nuestras fuerzas? Sí, está por encima de nuestras posibilidades. Desde siempre los hombres están llenos – y hoy más que nunca – del deseo de “ser como Dios”, de alcanzar esa misma altura de Dios. En todos los descubrimientos del espíritu humano se busca en último término obtener alas, para poderse elevar a la altura del Ser, para ser independiente, totalmente libre, como lo es Dios. Son tantas las cosas que ha podido llevar a cabo la humanidad: tenemos la capacidad de volar. Podemos vernos, escucharnos y hablar de un extremo al otro del mundo. Sin embargo, la fuerza de gravedad que nos tira hacía abajo es poderosa. Junto con nuestras capacidades, no ha crecido solamente el bien. También han aumentado las posibilidades del mal que se presentan como tempestades amenazadoras sobre la historia. También permanecen nuestros límites: basta pensar en las catástrofes que en estos meses han afligido y siguen afligiendo a la humanidad.

Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.

Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Se ha hecho humilde, dice hoy la segunda lectura. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto.

El salmo procesional 23, que la Iglesia nos propone como “canto de subida” para la liturgia de hoy, indica algunos elementos concretos que forman parte de nuestra subida, y sin los cuales no podemos ser levantados: las manos inocentes, el corazón puro, el rechazo de la mentira, la búsqueda del rostro de Dios. Las grandes conquistas de la técnica nos hacen libres y son elementos del progreso de la humanidad sólo si están unidas a estas actitudes; si nuestras manos se hacen inocentes y nuestro corazón puro; si estamos en busca de la verdad, en busca de Dios mismo, y nos dejamos tocar e interpelar por su amor. Todos estos elementos de la subida son eficaces sólo si reconocemos humildemente que debemos ser atraídos hacia lo alto; si abandonamos la soberbia de querer hacernos Dios a nosotros mismos. Le necesitamos. Él nos atrae hacia lo alto, sosteniéndonos en sus manos –es decir, en la fe– nos da la justa orientación y la fuerza interior que nos eleva. Tenemos necesidad de la humildad de la fe que busca el rostro de Dios y se confía a la verdad de su amor.

La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6). Amén.

(Plaza de San Pedro, XXVI Jornada Mundial de la Juventud, Domingo 17 de abril de 2011)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La entrada de Jesús en Jerusalén

Mt 21, 1-11

Jesús hace su entrada triunfal en Jerusalén como tenía que hacerla. Su mesianismo era un mesianismo de humildad y de paz, así lo había revelado y así es aclamado.

            ¿Cómo iba a entrar un mesías humilde en la ciudad santa? No, ciertamente, montado en un caballo como los emperadores lo hacían en Roma sino en un asno*1, humilde cabalgadura.

            ¿Por quién iba a ser aclamado un mesías humilde? No por los poderosos y dirigentes religiosos sino por la gente simple y por los niños. No iba a ser aclamado con bombos y platillos, con fuegos de artificio, con bandas… sino con mantos sencillos que la gente tiraba al suelo y con las ramas de los árboles que la naturaleza proveía en aquel escenario. Probablemente, como es tradición, olivos y palmas.

            Y ¿para qué entra Jesús en Jerusalén? Para ser aclamado rey, el rey mesías, el heredero de la casa de David, cuyo reino no tendrá fin.

            Si imaginamos la escena… parece una pequeña obra de teatro. Pero no, realmente Jesús quiere ser proclamado rey, aunque humildemente, pues, esta manifestación será una revelación más de su mesianismo y el cumplimiento de las profecías. Su realeza definitiva y consumada será cuando se siente a la derecha del Padre después de la Pascua y de su Ascensión al cielo y se manifestará en su segunda venida, venida ostentosa y magnífica a la vista de todo el universo.

            Esta manifestación humilde de su mesianismo fue entendida por la gente sencilla, como dijimos, que lo proclamó rey, pero también por los fariseos que le pedían hiciese callar a la gente, escondiendo en este reproche su increíble obstinación. Él se negó a hacerlos callar porque era necesaria esa manifestación y era voluntad significada del Padre. Si ellos callaban hablarían las piedras.

Nosotros no llegamos a tomar conciencia de la gracia inmensa de tener a Cristo tan cerca de nosotros en la Jerusalén de nuestra alma en donde quiere reinar para siempre. Ni nos imaginamos las grandezas que va produciendo la presencia de Cristo. Si tomáramos conciencia nos admiraríamos y no dejaríamos que se fuese, dejando que obrase entre nosotros todo lo que quisiese y lo aclamaríamos para siempre nuestro rey.

Tener a Cristo con nosotros no sólo es contemplar maravillas, sino que Cristo a los que lo aman los prueba para que lo amen más*2 y en ellos hace cosas cada vez más grandes, porque donde hay amor suceden grandes cosas.

Las visitas de Jesús son una gracia sea que venga para consolarnos o para corregirnos.

Jesús quiere consolar a Jerusalén con su entrada triunfal pero muchos rechazan su reinado.

            La visita de consuelo es un momento para crecer mucho en lo espiritual pero la corrección que nos hace Jesús nos sirve para reorientarnos hacia Él. Jesús les dice a los que no querían aclamarlo rey que si todos callaran el mundo irracional, las piedras, lo aclamarían*3 buscando con esta respuesta invitarlos a unirse a los que lo confesaban rey.

            Es muy fácil servir a Dios cuando todo anda bien, cuando lo vemos realizar grandes milagros o por las obras magníficas o por las manifestaciones poderosas, pero, nos rebelamos cuando nos visita por caminos insospechados como manifestándose rey humilde y manso. A veces quisiéramos un rey mesías a nuestro gusto, sin sufrimientos y sin cruz. Un mesías poderoso para vivir una vida cómoda y confortable. A Cristo lo debemos proclamar rey siempre por más que lo veamos humillado y aparentemente vencido, por más que nos quieran hacer creer que Cristo y su reinado han fracasado.

            Sólo el alma humilde que imita la humildad de su rey se abandona en este rey que entra en Jerusalén manso y humilde. Aquellos que lo proclamaron rey en el domingo de ramos son los que van a seguirlo por la vía dolorosa, con tropezones y caídas, como vemos en sus mismos allegados, pero lo van a seguir porque se han abandonado en Él. Sólo el alma humilde que se abandona con fe en Jesús persevera en la confesión de su reinado.

            Hoy Jesús entra en la Jerusalén de nuestra alma para que lo proclamemos rey.

            Jesús lloró sobre la ciudad santa porque conociendo al mesías lo rechaza y de tal forma que ni siquiera quiere que su sangre redentora riegue su suelo. Jesús morirá fuera de las puertas de Jerusalén. Jerusalén no conoció la visita de su rey. No quiso conocer la visita del mesías. La rechazó. Y fue destruida por los romanos.

            Muchos que hoy domingo lo aclaman rey el viernes rechazarán su reinado escandalizados por un mesías sufriente. Son dos los grupos en Jerusalén porque Jesús es signo de contradicción. Una pequeña grey se mantiene fiel en toda su Pascua y el resto del pueblo consentirá su crucifixión.

            Hoy también entra Jesús en nuestra ciudad y nos visita “si hoy escucháis su voz no endurezcáis vuestro corazón”. ¿Llorará el Señor sobre nosotros porque no conocimos su visita? ¿Se lamentará por nuestra ruina a causa de nuestro rechazo? ¿Dónde terminaremos lejos de Jesús? ¿Qué es nuestra vida sin Jesús sino desolación?

            ¡Aclamemos a Cristo Rey! Con la voz y con todo nuestro ser. Extendamos no sólo los mantos y todo lo nuestro a sus pies, que es poca cosa, sino nosotros mismos extendámonos a sus pies reconociéndolo nuestro Señor.

            Voces interiores y exteriores querrán hacernos callar pero no callemos. Por más que callemos la verdad no dejará de ser verdad. ¡Qué no tengan que avergonzarnos los seres irracionales proclamando esta verdad y nosotros por temor mundano la callemos!

            Cristo ha entrado en Jerusalén proclamando su reinado mesiánico que tiene por naturaleza. Es el Hijo de Dios y el hijo de David que viene a sentarse en el trono de David su padre pero ahora tiene que conquistar ese trono por nosotros. Quiere hacerse rey por derecho de conquista. Entra en Jerusalén para padecer en ella y morir en ella, aunque fuera de sus muros, por nuestros pecados. Para reinar sobre todo el universo venciendo a todos sus enemigos: el pecado, el demonio y la muerte.

            Acompañemos a nuestro rey… porque si morimos con Él viviremos con Él, si con Él sufrimos reinaremos con Él, si con Él estamos en los padecimientos con Él estaremos en el gozo. Entremos en la semana en que debemos compadecernos con Jesús. Que Él nos conceda esta gracia.

___________________________
*1- Cf. Za 9, 9
*2- Cf. Jn 15, 1-2
*3- Lc 11, 39

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S.S. Francisco p.p.

Esta semana comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús.

Pero esta semana se encamina hacia el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección. Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?

Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?

También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas. ¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida, ¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?

¿Soy yo como Pilato? Cuando veo  que la situación se pone difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando que condenen – o condenando yo mismo – a las personas?

¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.

¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?

¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?

¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús : «¡Él era tan valiente!… Que baje de la cruz y creeremos en él»? Mofarse de Jesús…

¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?

¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?

¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?

¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?

¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.

(Plaza de San Pedro, XXIX Jornada Mundial de la Juventud, Domingo 13 de abril de 2014)

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo V de Cuaresma (A)

 

02
abril

Domingo V de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

Texto Litúrgico

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Domingo V de Cuaresma (A)

(Domingo 2 de Abril de 2017)

LECTURAS

Yo pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis

Lectura de la profecía de Ezequiel     37, 12-14

Así habla el Señor:
Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor.
Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor-.

Palabra de Dios.

SALMO     129, 1-5-6c-8

R. En el Señor se encuentra la misericordia

Desde lo más profundo te invoco, Señor.
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria. R.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido. R.

Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor. R.

Porque en él se encuentra la misericordia
y la redención en abundancia:
él redimirá a Israel
de todos sus pecados. R.

El Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     8, 8-11

Hermanos:
Los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes.
El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo. Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO     Jn 11, 25a. 26

«Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí no morirá jamás», dice el Señor:

EVANGELIO

Yo soy la resurrección y la vida

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     11, 1-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo.»
Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.»
Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?»
Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.»
Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.»
Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.»
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dio a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?»
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!»
Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.»
Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     11, 1-7. 20-27. 33b-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo.»
Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.»
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
Jesús, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?»
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!»
Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.»
Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión Domingo V de Cuaresma-

Ciclo A- 2 de Abril 2017

Entrada:

Celebramos hoy el quinto domingo de Cuaresma, que es el domingo de la Vida sobrenatural. Quien se alimenta de la Eucaristía, no tiene que esperar al cielo para recibir la Vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura. Esto se realiza en cada santa Misa.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:          Ez. 37, 12- 14

El profeta Ezequiel nos habla de la resurrección de los cuerpos como signo de la resurrección espiritual.

Salmo Responsorial: 129

Segunda Lectura:          Rom. 8, 8- 11

San Pablo nos dice que debemos conservar el Espíritu Santo en nosotros para vivir como resucitados.

Evangelio:             Jn. 11, 1- 45 o bien 11, 1- 7. 20- 27. 32b- 45

San Juan nos narra el milagro de la resurrección de Lázaro. La gloria de Dios se manifiesta a los que creen que Cristo es el Mesías, el Hijo de Dios, el que da la Resurrección y la Vida.

Preces:

Por el Bautismo somos hijos de Dios. Dirijamos juntos nuestra oración al Padre que guía nuestros pasos en esta tierra.

A cada intención respondemos cantando:

*Pidamos por el Santo Padre para que confirme en la fe a todos sus hermanos según la orden de Nuestro Señor al Apóstol Pedro. Oremos

* Por los gobernantes, para que vivan y gobiernen según los criterios evangélicos. Oremos.

* Para que entre los cristianos brille la fe en la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesús, y la virtud de la esperanza por el deseo de las cosas del cielo. Oremos.

* Por los miembros de nuestra Familia religiosa, para que anunciando el misterio pascual de Cristo transformemos los criterios del mundo según la gracia de su Resurrección. Oremos.

Dios Eterno, te damos gracias porque siempre estás atento a nuestras súplicas y porque en tu Hijo nos das todo lo que precisamos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Ofrecemos la materia del sacrificio y nos ofrecemos a nosotros mismos. Llevamos al Altar:

* Pan y vino para la celebración eucarística, verdadera confesión y memoria de que Jesús ha muerto y ha vuelto a la vida.

Comunión: “El que me coma vivirá por Mí”. Acerquémonos a esta Santa comunión con corazón humilde y agradecido por la Vida divina que el Corazón herido de Jesús quiere comunicarnos.

Salida: Acojamos en nosotros a María Santísima para que Ella nos revele el infinito amor del Padre que nos ha dado a su Hijo y con Él la Vida Eterna.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Quinto domingo de Cuaresma

CEC 992-996: la revelación progresiva de la Resurrección

CEC 549, 640, 646: los signos mesiánicos que prefiguran la Resurrección de Cristo

CEC 2603-2604: la oración de Jesús antes de la resurrección de Lázaro

CEC 1002-1004: nuestra experiencia actual de la Resurrección

CEC 1402-1405, 1524: la Eucaristía y la Resurrección

CEC 989-990: la resurrección de la carne

I        LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA

          Revelación progresiva de la Resurrección

992    La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan:

          El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13).

993    Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y  muchos contemporáneos del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: “Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error” (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios  que “no es un Dios de muertos sino de vivos” (Mc 12, 27).

994    Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él. (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, El habla como del “signo de Jonás” (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).

995    Ser testigo de Cristo es ser “testigo de su Resurrección” (Hch 1, 22; cf. 4, 33), “haber comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los muertos” (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.

996      Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). “En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne” (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

549    Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

El sepulcro vacío

640      “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo”(Jn 20, 6) “vio y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).
646      La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

2603  Los evangelistas han conservado dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de el las comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera (cf Mt 11, 25-27 y Lc 10, 21-23), Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los “pequeños” (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor “¡Sí, Padre!” expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el “Fiat” de Su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al “misterio de la voluntad” del Padre (Ef 1, 9).

2604  La segunda oración es narrada por San Juan (cf Jn 11, 41-42) en el pasaje de la resurrección de Lázaro. La acción de gracias precede al acontecimiento: “Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado”, lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: “Yo sabía bien que tú siempre me escuchas”, lo que implica que Jesús, por su parte, pide de una manera constante. Así, apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que la petición sea otorgada, Jesús se adhiere a Aquél que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el “tesoro”, y en El está el corazón de su Hijo; el don se otorga como “por añadidura” (cf Mt 6, 21. 33).

            La oración “sacerdotal” de Jesús (cf. Jn 17) ocupa un lugar único en la Economía de la salvación. (Su explicación se hace al final de esta primera sección) Esta oración, en efecto, muestra el carácter permanente de la plegaria de nuestro Sumo Sacerdote, y al mismo tiempo contiene lo que Jesús nos enseña en la oración del Padrenuestro (la cual se explica en la sección segunda).

Resucitados con Cristo

1002  Si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día”, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:

          Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).

1003  Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 3) “Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos “manifestaremos con El llenos de gloria” (Col 3, 4).

1004  Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser “en Cristo”; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:

El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… No os pertenecéis… Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).

VII    LA EUCARISTIA,  “PIGNUS FUTURAE GLORIAE”

1402  En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: “O sacrum convivium in quo Christus sumitur. Recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur” (“¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!”). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados “de toda bendición celestial y gracia” (MR, Canon Romano 96: “Supplices te rogamus”), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.

1403  En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: “Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: “Maran atha” (1 Co 16,22), “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20), “que tu gracia venga y que este mundo pase” (Didaché 10,6).

1404  La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía “expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi” (“Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”, Embolismo después del Padre Nuestro; cf Tt 2,13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3, 128: oración por los difuntos).

1405    De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, “se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3) y “partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre” (S. Ignacio de Antioquía, Eph 20,2).

 El Viático, último sacramento del cristiano

1524    A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Jn 13,1).

989    Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

          Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990      El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

EZEQUIEL 37, 12-14:

Es una de las más impresionantes visiones de Ezequiel, el Profeta que las tiene más lozanas y que las describe en estilo más crudo y audaz. Sus visiones no son sueños de poeta. Son mensajes de Profeta. Y por tanto debemos buscar en ellas el sentido teológico:

— El mensaje de la visión que hoy leemos es altamente consolador. La nación de Israel derrotada, depauperada, desterrada, es ya solamente una nación de espectros: un cementerio. Carece de vitalidad: «Estos huesos son la Casa toda de Israel. He aquí que dicen: Se han secado nuestros huesos; nuestra esperanza se ha desvanecido; ha llegado para nosotros el fin» (11). En lo humano así es. Pero el Señor Omnipotente ha mostrado en visión a Ezequiel (vv 1-10) lo que se propone realizar con el Pueblo Elegido.

— La Obra de Redención del cautiverio, de Repatriación, de Restauración de Israel, equivale a una «Resurrección»; «Mirad; así dice Yahvé: Abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestras tumbas, Pueblo mío; y os introduciré en la Tierra de Israel» (12). Israel reconocerá que sólo Dios ha podido obrar tal maravilla de poder y de amor: «Y sabréis que YO SOY YAHVE» (13).

— A la Promesa de Restauración nacional (Resurrección) va unida otra: Dios infundirá en el Pueblo redimido un nuevo espíritu: su Espíritu: «Infundiré en vosotros mi Espíritu y reviviréis» (14). Los acontecimientos posteriores a la repatriación orientarán a Israel a entender estas grandes Promesas de Dios en el único sentido digno de Él: en sentido del todo espiritual. No se trata de valores terrenos. En este plano los ingentes Imperios que rodean al minúsculo Israel le superarán siempre con creces. Se trata de valores celestiales: los del Espíritu de Dios: Emitte Spiritum tuum et crabuntur; et renovabis faciem terrae. El día de Pentecostés, cuando la Pasión y Resurrección de Cristo hagan descender sobre el «Nuevo Pueblo» de Dios el Espíritu Santo, comprendemos mejor el sentido, teológico de esta Visión-Profecía de Ezequiel.

ROMANOS 8, 8-11:

San Pablo nos va a dar la teología que encierra el mensaje de Ezequiel:

— Sin Cristo quedan los hombres en la zona del pecado. Y por tanto de la muerte. Pero por Cristo, tan luego como la fe y el Bautismo nos insertan en Él, llega a nosotros el «Espíritu», la Vida de Dios. Esta Vida de Dios es ya una verdadera «Resurrección» espiritual. Y es asimismo participación de la Inmortalidad de Dios: «Si en vosotros está Cristo, vuestro espíritu vive a causa de la justicia» (10). Es la nueva vida de hijos de Dios. La vivimos en Cristo-Hijo de Dios; en Él y por Él. Esta vida, que es la Gracia (justificación), nada tiene que temer de la muerte física o corporal. Esta vida física, la que heredamos de Adán, debe acabar. Pero tras ella prosigue la Vida Espiritual.

— Con todo, el Espíritu de Cristo que habita en nosotros debe llevar su obra vivificante hasta resucitar nuestros cuerpos: «Y si el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por obra de su Espíritu que habita en vosotros» (11). La Resurrección de Cristo implica la nuestra. Será completa nuestra Redención cuando el Espíritu de Cristo vivifique de Vida inmortal todos los cuerpos de los redimidos.

— Es una de las constantes en la doctrina de Pablo la relación entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La de Cristo es causa eficiente y ejemplar de la nuestra. La eficiencia de la Resurrección de Cristo obra ya actualmente en nosotros; la. Nueva Vida, Vida del Espíritu de Cristo, que nos hace hijos de Dios y nos dispone ya a la Resurrección; y la exige: Herederos con Cristo nos pertenece en derecho su Gloria y, por ende, la Resurrección. La Vida Eterna es, cierto, un bien escatológico, pero ya a los peregrinos, el Sacramento de la Vida, la Eucaristía, nos da su promesa, su pregusto, su garantía.

JUAN 11, 1-45:

Lo que el Profeta Ezequiel previó y anunció, queda superado por lo que Jesús-Mesías va a realizar: Cristo vivifica con Vida Divina a todos los redimidos. Ya no mera resurrección nacional (Ezequiel); ya no mera revivificación de un cadáver (Lázaro): Es diluvio de Vida-Divina-Eterna:

— Jesús se esfuerza en elevar a Marta, a María y a los Apóstoles a un Mesianismo superior al del tiempo. El que cree en Cristo tiene la Vida; Vida que vence a la muerte. La muerte física es un fenómeno que no afecta a esta Vida. Incluso, el dinamismo de esta Vida exige, a su hora, la Resurrección, a fin de que la Gloria de Cristo Resucitado la gocemos en alma y cuerpo.

— Como «signo» de la «Vivificación» que nos trae Cristo, Este resucita a Lázaro. Con este milagro se muestra el poder de Cristo sobre la muerte. Pero es sólo un «signo» de la Victoria definitiva. Lázaro redivivo tornará a morir. Mas la Vida que nos trae Cristo es Vida de Dios. Y una vez pagada la deuda del pecado que es la muerte, nos Resucitará Inmortales.

— Pero para alcanzar esta Vida debemos «creer» en Cristo (25). Lastimosamente era débil la fe de los discípulos y también la de las hermanas de Lázaro. Y los fariseos no sólo se negaban a creer en Él, sino que precisamente aquel gran milagro de resucitar a Lázaro será el detonador que hará estallar el odio de los escribas y fariseos, sacerdotes y saduceos. Odio que no se saciará sino con la muerte de Jesús. Jesús que todo eso ve y sabe, siente en aquel momento pena tan honda que nos dice el Evangelista: «Jesús se sintió agitado de indignación y se perturbó» (33). Pena y perturbación que estalla en lágrimas (35); corno en Lucas 19, 41. La falta de fe hace llorar a Jesús. Rindámonos con fe y amor al amor del Crucificado: Quia per Filii tui salutiferam passionem totus mundus sensum confitendae tuae majestatis accepit, dum ineffabili crucis potentia judicium mundi et potestas emicat Crucifixi (Pref. de Pasión I).

— Cristo es la «RESURRECCIÓN Y LA VIDA»: Vida eterna y divina; Resurrección que anegará nuestra carne mortal en la gloria de Dios. Para quien cree en Cristo la muerte es sólo un episodio, una dormición (v 11-14). Hay que pagar esta deuda del pecado; pero el Redentor, Cristo-Vida, nos vivificará plenamente, gloriosamente y eternamente. Y ya desde ahora, por la fe y el amor en Cristo, gozamos esta Vida Eterna. Se llama: Gracia de Dios.

SOLÉ ROMA, J. M.,  Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 89-92

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

Domingo V de Cuaresma (Ciclo A)

75. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo». La exhortación el domingo precedente de san Pablo, a despertar a los que se han dormido, encuentra una viva expresión en el último y más grande de los «signos» de Jesús en el cuarto Evangelio: la resurrección de Lázaro. La naturaleza definitiva de la muerte, enfatizada en el hecho de que Lázaro está muerto desde hace cuatro días, parece suponer un obstáculo todavía mayor que el de hacer brotar agua de una roca o devolver la vista a un ciego de nacimiento. No obstante Marta, puesta delante de esta situación, hace una profesión de fe similar a la de Pedro: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Su fe no está en lo que Dios podría cumplir en el futuro, sino en lo que Dios está cumpliendo ahora: «Yo soy la Resurrección y la vida». Aquel «yo soy», que recorre toda la narración de Juan, clara alusión a la auto-revelación de Dios a Moisés, aparece en los pasajes evangélicos de todos estos domingos. Cuando la samaritana habla del Mesías, Jesús le responde: «Yo soy, el que habla contigo». En la narración del ciego, Jesús dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo». Y hoy nos dice: «Yo soy la Resurrección y la vida». La clave para recibir esta vida es la fe: «¿Crees esto?». Pero incluso Marta duda después de su ardiente profesión de fe y, cuando Jesús pide que se quite la losa del sepulcro, pone como objeción que ya huele mal. Y es aquí, una vez más, que se recuerda cómo seguir a Cristo es un compromiso que dura toda la vida y, ya sea que nos preparamos a recibir los Sacramentos de la Iniciación dentro de dos semanas, como sea que hemos vivido tantos años como católicos, debemos luchar sin interrupción para reforzar y hacer más profunda nuestra fe en Cristo.

76. La resurrección de Lázaro es el cumplimiento de la promesa de Dios proclamada en la primera lectura por medio del profeta Ezequiel: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros». El corazón del Misterio Pascual consiste en el hecho de que Cristo ha venido para morir y resucitar de nuevo, para hacer por nosotros exactamente lo que ha hecho por Lázaro: «Desatadlo y dejadlo andar». Él nos libera, no solo de la muerte física sino de tantas otras muertes que nos afligen y nos convierten en ciegos: el pecado, las desventuras, las relaciones interrumpidas. Para nosotros los cristianos es, por tanto, esencial sumergirse de forma continua en su Misterio Pascual. Como proclama el prefacio de este día: «El cual, hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida, que lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una nueva vida». El encuentro semanal con el Señor crucificado y resucitado expresa nuestra fe en el hecho de que Él es, aquí y ahora, nuestra resurrección y nuestra vida. Esta convicción es la que nos hace capaces, el domingo siguiente, de acompañarle en su entrada en Jerusalén, diciendo con Tomás: «Vamos también nosotros y muramos con él».

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 78 – 79)

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Santos Padres

·        San Agustín

La resurrección de Lázaro

(Jn 11, 1-45)

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La resurrección de Lázaro

(Jn 11,1-45)

Introducción

La Iglesia ha querido que los tres últimos domingos de Cuaresma estén modelados según el catecumenado, es decir, el camino que recorren los adultos que pidieron el Bautismo. A cada uno de estos domingos se le ha asignado un evangelio en estrecha relación con ese sacramento, de manera que cada uno de estos domingos ha quedado identificado por un elemento que simboliza el Bautismo. En consecuencia, el tercer domingo de Cuaresma está identificado por el agua (evangelio de la Samaritana, Jn 4,5-42); el cuarto domingo está identificado por la luz (evangelio del ciego de nacimiento, Jn 9); el quinto domingo, el presente, está identificado por la vida (evangelio de la resurrección de Lázaro, Jn 11,1-45). Hay, entonces, una progresión en estos tres últimos domingos de Cuaresma: Agua – Luz – Vida.

En cada uno de estos domingos hay un escrutinio de los catecúmenos, que consiste en escrutar las disposiciones que tiene el bautizando para recibir el sacramento. Cada uno de estos escrutinios tiene dos oraciones, una de exorcismo y otra sobre los elegidos. Estas oraciones son las que expresan el nexo que hay entre el sacramento del Bautismo y el evangelio del domingo correspondiente. Las oraciones del tercer y último escrutinio, correspondiente a este quinto domingo de Cuaresma, son las siguientes:

Oración de Exorcismo: “Oh Padre de la vida eterna, que no eres Dios de muertos sino de vivos, y que enviaste a tu Hijo como mensajero de la vida, para arrancar a los hombres del reino de la muerte y conducirlos a la resurrección, te rogamos que libres a estos elegidos de la potestad del espíritu maligno, que arrastra a la muerte, para que puedan recibir la nueva vida de Cristo resucitado y dar testimonio de ella” *1.

Oración sobre los elegidos: “Señor Jesús, que, resucitando a Lázaro de la muerte, significaste que venías para que los hombres tuvieran vida abundante, libra de la muerte a éstos, que anhelan la vida de tus sacramentos, arráncalos del espíritu de la corrupción y comunícales por tu Espíritu vivificante la fe, la esperanza y la caridad, para que viviendo siempre contigo, participen de la gloria de tu resurrección”*2.

La idea central expresada en estas oraciones es que, así como Cristo resucitó a Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, así también el sacramento del Bautismo, que toma su fuerza de la muerte y resurrección de Cristo, da la vida de la gracia santificante al alma del cristiano. La resurrección física del cuerpo de Lázaro es un signo o un símbolo de la resurrección del alma del cristiano por el sacramento del Bautismo. Allí, el alma del cristiano pasa de la muerte del pecado a la vida de la gracia santificante.

1. El sentido principal del milagro de la resurrección de Lázaro

El sentido principal del milagro que narra el evangelio de hoy está manifestado en el versículo 4: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios (dóxa toû Theoû), para que el Hijo de Dios sea glorificado (verbo doxádsein en voz pasiva) por ella”. La palabra ‘gloria’ (dóxa) y el verbo ‘ser glorificado’ (doxádsein en voz pasiva) encierran toda la finalidad del milagro.

El evangelio de San Juan narra solamente siete milagros de Jesús. La resurrección de Lázaro es el último de ellos. El primero es la conversión del agua en vino en las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). En ese primer milagro se dice que Jesús “manifestó su gloria (dóxa) y creyeron en Él sus discípulos” (Jn 2,11). Esa su gloria que Jesús manifestó es su divinidad. En efecto, San Juan ya lo había dicho: “Nosotros hemos visto su gloria (dóxa), gloria (dóxa) como Unigénito que está junto al Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). La ‘gloria del Unigénito del Padre’ no puede ser otra que su divinidad.

Y ahora, en el evangelio de hoy, Jesús dice: “Esta enfermedad es para gloria (dóxa) de Dios” (Jn 11,4). Y en el momento en que Marta pone como obstáculo el hecho de que Lázaro lleva cuatro días muerto, Jesús responde: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria (dóxe) de Dios?” (Jn 11,40). La gloria del Padre es la gloria del Unigénito del Padre. Ver la gloria de Dios es aquí creer en la divinidad de Jesús. Este milagro tiene, por tanto, la finalidad de inducir a creer en la divinidad de Jesús.

Hay otras dos indicaciones en el trozo de hoy que nos hablan de un interés de San Juan de hacer notar que la divinidad de Jesús está en el centro de la polémica. La primera es la mención de sus discípulos del acontecimiento en el cual quisieron apedrear a Jesús (Jn 11,8). Ese acontecimiento está narrado inmediatamente antes del evangelio de hoy, en Jn 10,30-33. Allí los judíos quieren lapidar a Jesús y, ante la pregunta de Jesús acerca del ‘por qué’, ellos responden: “Porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33). La revelación de la divinidad de Jesús es tachada por parte de los judíos de blasfemia y merecedora de la muerte. Sin embargo, Jesús no retrocede y hace que la enfermedad y la muerte de Lázaro sean para manifestación de su gloria, es decir, de su divinidad.

La segunda indicación que hace notar que este milagro está ordenado a la revelación de la divinidad de Jesús es el hecho de que Jesús se aplique a sí mismo el nombre de Yahveh al decir: “Yo Soy”. “Yo Soy” es el nombre sagrado de YHWH, el tetragrama sagrado. Al decir: “Yo Soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25), Jesús se aplica a sí mismo el nombre de Dios*3.

Esta revelación de Jesús tendrá plena acogida en Marta quien confesará abiertamente que Jesús es el Mesías y es Dios: “Señor, yo creo que tú eres el Mesías*4, el Hijo de Dios, aquel que viene al mundo” (Jn 11,27). Con esta confesión Marta se hace parecida a Pedro (cf. Mt 16,16); sólo ella y el Príncipe de los Apóstoles expresarán su fe plena en Jesús con estas palabras*5.

La finalidad que Cristo busca con su milagro la logra con anticipación en un alma dócil, el alma de Marta. Pero esa finalidad queda frustrada en el alma de aquellos que su primer interés es el poder y el dinero: los fariseos. En efecto, después del milagro, ellos dijeron: “‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos milagros. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Templo y nuestra nación’. (…) Y desde ese día decidieron matarlo” (Jn 11,47-48.53)

De esta manera, se une la manifestación de la gloria de Jesús (su divinidad) con su glorificación, que consiste en su pasión, muerte, resurrección y exaltación a la diestra del Padre. Para San Juan, y no así para los sinópticos, el momento de la muerte de Jesús es el momento de su glorificación y de su exaltación.

Que el momento de su muerte es el momento de su glorificación se ve en Jn 12,23-24: “Jesús dijo: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto’”.  Esto queda confirmado cuando se está por consumar su pasión. Judas ya ha decidido entregar a su Maestro, sale del Cenáculo para traicionarlo y, entonces, el evangelista San Juan dice: “Cuando salió, dice Jesús: ‘Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto’” (Jn 13,31-32).

Que el momento de su muerte es también el momento de su exaltación se ve en Jn 12,31-33: “‘Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea exaltado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí’. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir”. La muerte en cruz es el polo de atracción de toda la humanidad. Y también: “Les dijo, pues, Jesús: ‘Cuando hayáis exaltado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8,28). Aquí la exaltación en la cruz es demostración de su divinidad, dado que el ‘Yo Soy’ es el nombre de Dios.

            Ahora se entiende perfectamente la finalidad del milagro de la resurrección de Lázaro: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11,4). Es para su gloria, porque es un signo de su divinidad. Por este milagro el Hijo de Dios es glorificado porque, a causa de este milagro, será llevado a la cruz*6.

            2. La resurrección de Lázaro y el Bautismo

            La relación entre la resurrección de Lázaro quedó expresada en la introducción con las oraciones del tercer escrutinio y sus consecuencias: la resurrección de Lázaro es un signo o un símbolo de lo que sucede con el que se bautiza: pasa de la muerte del pecado a la vida de la gracia santificante.

            Pero además hay una relación textual entre el Bautismo y este milagro. En efecto, la mención de los judíos acerca de que Jesús había curado al ciego de nacimiento (Jn 11,37) funciona como nexo entre este milagro y el del ciego de nacimiento, que tiene un claro significado bautismal.

            Lo esencial en la resurrección de Lázaro, al igual que en milagro de la curación del ciego de nacimiento, es la fe. En el caso del ciego de nacimiento, la fe del ciego curado alcanza la luz. En este caso, la fe de Marta y María alcanza la vida.

            En el bautizado (sea catecúmeno o sea que ya haya recibido el sacramento) es la fe lo principal para lograr que el efecto principal del Bautismo, es decir, la gracia santificante, la vida del alma se verifique efectivamente.

Por eso dice San Pablo: “Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 2,12; 3,1).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Si es verdad que Cristo nos resucitará en ‘el último día’, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo. (…) Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20)” (CEC, 1002-1003).

3. El amor, motor del milagro de Jesús

Tres veces se dice en Jn 11 que Jesús amaba a Lázaro: Jn 11,3: “Señor, aquel a quien tú amas (verbo philéo), está enfermo”. Jn 11,5: “Jesús amaba (verbo agapáo) a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Jn 11,36: “¡Mirad cómo le amaba!” (verbo philéo). Las repeticiones de tres veces indican, en el lenguaje bíblico, intensidad e intencionalidad manifiesta de subrayar y remarcar lo que se dice (cf. Jn 21,15-17)*7. Por lo tanto, se subraya la intensidad del amor de Jesús hacia Lázaro. Pero esto no es todo. Hay, además, una cuarta vez en que Jesús afirma su amor por Lázaro: “Nuestro amigo (philós) Lázaro duerme” (Jn 11,11). Esta cuarta vez indica una cierta sobreabundancia en el amor que Jesucristo tiene por Lázaro, un ‘rebalsar’ del amor y, si así se nos permitiera expresarnos, un cierta ‘exageración’ de amor.

            Además, es notable que San Juan, para expresar el amor de Cristo hacia Lázaro, use los dos verbos que el NT utiliza para designar el acto de amar: el verbo philéo (Jn 11,3.36) y el verbo agapáo (Jn 11,5). El verbo philéo expresa “el amor de amistad”*8; es un verbo que expresa el amor hacia el amigo y que implica el afecto. Por eso, tiene implicaciones y repercusiones “en el sentimiento y en la emotividad”*9, y “denota más bien un afecto entrañable”*10. Por eso se entiende que San Juan exprese tres veces distintas las repercusiones emotivas que ese amor (philía) de Jesús hacia Lázaro tiene en sus entrañas: “Se conmovió en su espíritu y se conturbó” (Jn 11,33)*11; “Jesús lloró” (Jn 11,35); “Entonces Jesús se conmovió profundamente de nuevo” (Jn 11,38)*12. Otra vez tres repeticiones expresando plenitud e intensidad.

El verbo agapáo incluye el amor de amistad expresado en el verbo philéo, pero implica algunas perfecciones más profundas. El verbo agapáo no sólo ansía el bien del amado, como el verbo philéo, sino que además “se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca”*13; agapáo es “el amor oblativo” y, por eso, es “la denominación del amor fundado en la fe y plasmado por ella”*14.

Amor de amistad, amor afectivo, amor que se conmueve hasta las entrañas, amor que se sacrifica y se ofrece en oblación, amor intensísimo, sobreabundante y, en cierto modo, ‘exagerado’: ese es el amor que Jesucristo tiene por Lázaro y por sus hermanas Marta y María. Ese amor es la causa principal del milagro.

Este mismo amor que Jesús tiene por Lázaro debemos aplicarlo a cada uno de nosotros. Ese amor tan señalado se ha verificado el día de nuestro Bautismo. Jesús nos llamó ‘nuestro amigo’ y lloró por la muerte que representan nuestros pecados, pero ese mismo amor lo llevó a resucitarnos dándonos la gracia bautismal.

Conclusión

En primer lugar, nosotros no debemos ser ingratos al amor que Jesucristo nos mostró dándonos el Bautismo.

En segundo lugar, debemos llevar a plenitud la gracia bautismal de la vida sobrenatural comulgando su Cuerpo y su Sangre dentro del Santo Sacrificio de la Misa dominical. En efecto, si el Bautismo es la resurrección a una nueva vida espiritual, la Eucaristía es el alimento indispensable para que esa vida no se corrompa y se acabe, desembocando en la muerte. Esto está expresado con gran claridad por el mismo Cristo en Jn 6,48-58 cuando nos habla de la Eucaristía, precisamente, como “el Pan que da la vida”: “Yo soy el pan de la vida. Y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo. En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,48.51.53-54).

Pidámosle a la Virgen María la gracia de ser fieles al amor de Cristo y de recibir la vida que Él quiere darnos a través de la Eucaristía.

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*1- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 78.
*2- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 78.
*3- Dice el Directorio Homilético: “Aquel «yo soy», que recorre toda la narración de Juan, clara alusión a la auto-revelación de Dios a Moisés, aparece en los pasajes evangélicos de todos estos domingos. Cuando la samaritana habla del Mesías, Jesús le responde: «Yo soy, el que habla contigo». En la narración del ciego, Jesús dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo». Y hoy nos dice: «Yo soy la Resurrección y la vida»” (Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 78).
*4- El verbo ‘creer’ en griego está en pretérito perfecto. Por lo tanto, habría que traducir ‘he creído’. Sin embargo, en este caso el verbo está en perfecto porque expresa una acción completa, terminada y (como el nombre lo indica), perfecta. Por eso es que Max Zerwick traduce: firmiter credo (Zerwick, M., Analysis philologica Novi Testamenti graeci, Romae, Sumptibus Pontificii Instituti Biblici, 19844, p. 233).
*5- Otras dos veces aparecen en los evangelios la afirmación que reúne los dos títulos de Jesús: Mesías e Hijo de Dios (lo que equivale, sencillamente, a Dios), pero no en forma de confesión de un hombre. Una de ellas es la que el mismo Jesús hace de sí mismo en Mt 26,64, en respuesta a la pregunta de Caifás en el versículo anterior. La otra es de San Juan evangelista, quien dice que su evangelio fue escrito “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn 20,31).
*6- Hay también una insinuación de su muerte en la observación de que María era aquella que ungió al Señor (Jn 11,2). Esa acción se narra en el capítulo siguiente (Jn 12,1-8) y la conclusión de Jesús es que ella está ungiendo su cuerpo adelantándose a la unción que recibirá Él mismo después de muerto.
*7- Respecto a esto Raymond Brown dice: “Ya el modo en el cual es formulada la noticia llevada a Jesús junto al Jordán revela su amor por Lázaro, un motivo que se repite continuamente” (Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 86; traducción nuestra).
*8- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 2. Dice textualmente el Papa Benedicto XVI: “De los tres términos griegos relativos al amor —eros, philia (amor de amistad) y agapé—, los escritos neotestamentarios prefieren este último, que en el lenguaje griego estaba dejado de lado. El amor de amistad (philia), a su vez, es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos” (cursiva del Papa).
*9- Tuggy, Multiléxico, nº 5368.
*10- Vine, Multiléxico, nº 5368.
*11- En griego: enebrimésato tô pneúmati kaì etáraxen heautón; Vulgata de San Jerónimo: “Fremuit spiritu et turbavit se ipsum”.
*12- En griego: Iesoûs oûn, pálin embrimómenos en heautô. Vulgata de San Jerónimo: “Iesus ergo rursum fremens in semet ipso”. Raymond Brown dice de una manera muy realista: “Jesús se turbó delante de tanto dolor. En realidad, el término griego parece implicar ira (quizá delante a la falta de fe de la mujer, o quizá frente a la presencia del dolor causado por el príncipe de la muerte”. Y refiriéndose al versículo 38, dice: “De nuevo Jesús se turba o se aíra delante de la muerte” (Brown, R., Il Vangelo…, p. 88; traducción nuestra). R. Brown dice esto porque el verbo embrimáomai y el verbo latino fremuit con que traduce San Jerónimo significan ‘indignarse’, ‘dar un suspiro de indignación o de ira’, etc. Ambos verbos implican la realización de un gesto que hace ruido o murmullo (cf. Multiléxico y Diccionario Vox). Es una cuestión ardua determinar exactamente en qué consistió la acción de Jesús expresada con la frase enebrimésato tô pneúmati. Pero, en líneas generales, se puede traducir con honestidad como ‘se turbó’.
*13- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 6.
*14- Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 2005, nº 7.

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San Juan Pablo II

 

“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11,21,32). Estas palabras las pronunciaron primero Marta y luego María, las dos hermanas de Lázaro, e iban dirigidas a Jesús de Nazaret, que era amigo de ellas y de su hermano.

La liturgia de hoy presenta a nuestra atención el tema de la muerte. Se acerca el tiempo de la pasión de Cristo. El tiempo de la muerte y la resurrección. Hoy miramos ese hecho a través de la muerte y de la resurrección de Lázaro. Este evento desconcertante sirve de preparación a la Semana Santa y a la Pascua.

“…mi hermano no habría muerto”. En estas palabras resuena la voz del corazón humano, la voz de un corazón que ama y que da testimonio de lo que es la muerte. Sabemos que la muerte es un fenómeno común incesante. La muerte es un fenómeno universal y un hecho normal. La universalidad y la normalidad del hecho confirman la realidad de la muerte, lo inevitable de la muerte, pero al mismo tiempo, borran, en cierto modo, la verdad sobre la muerte, su penetrante elocuencia.

Aquí no basta el lenguaje de las estadísticas. Es necesaria la voz del corazón humano: la voz de una hermana, la voz de una persona que ama. La realidad de la muerte se puede expresar en toda su verdad sólo con el lenguaje del amor. Efectivamente, el amor se resiste a la muerte y desea la vida…

Cada una de las dos hermanas de Lázaro no dice “mi hermano ha muerto”, sino que dice: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. La verdad sobre la muerte sólo se puede expresar a partir de una perspectiva de vida, de un deseo de vida: esto es, desde la permanencia en la comunión amorosa de una persona.

La verdad sobre la muerte en la liturgia de hoy se expresa en relación con la voz del corazón humano.

Simultáneamente se expresa en relación con la misión de Cristo, el Redentor del mundo. Jesús de Nazaret era amigo de Lázaro y de sus hermanas. La muerte del amigo también se hizo sentir en su corazón con un eco particular. Cuando llegó a Betania, cuando oyó el llanto de las hermanas y de otras personas encariñadas con el difunto, Jesús “sollozó muy conmovido” (ib.,33), y con esta disposición interior preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?” (ib.).

Jesús de Nazaret es al mismo tiempo el Cristo. Aquél a quien el Padre ha enviado al mundo: es el eterno testigo del amor del Padre. Es el definitivo Portavoz de este amor ante los hombres. Es en cierto sentido su Rehén con relación a cada uno y a todos. En Él y por Él se confirma y se cumple el eterno amor del Padre en la historia del hombre, se confirma y se cumple de modo sobreabundante.

Y el amor se opone a la muerte y quiere la vida. La muerte del hombre, desde Adán, se opone al Amor: se opone al amor del Padre, el Dios de la Vida. La raíz de la muerte es el pecado, que se opone también al amor del Padre. En la historia del hombre la muerte va unida al pecado y, lo mismo que el pecado, se opone al Amor.

Jesucristo vino al mundo para redimir el pecado del hombre; cada uno de los pecados arraigados en el hombre. Por esto, Él se puso frente a la realidad de la muerte; efectivamente, la muerte va unida al pecado en la historia del hombre: es fruto del pecado. Jesucristo se convierte en Redentor del hombre mediante su muerte en cruz, la cual ha sido el sacrificio que ha reparado todo pecado.

En la muerte Jesucristo confirmó el testimonio del amor del Padre. El amor que se resiste a la muerte, y desea la vida, se ha expresado en la resurrección de Cristo, de Aquél que, para redimir los pecados del mundo, aceptó libremente la muerte de cruz.

Este acontecimiento se llama Pascua: el misterio pascual. Cada año nos preparamos a ella mediante la Cuaresma, y el domingo de hoy nos muestra ya cercano este misterio en el cual se nos revelan el Amor y la Potencia de Dios, porque la Vida ha traído la victoria sobre la muerte.

Lo que sucedió en Betania junto al sepulcro de Lázaro, fue como el último anuncio del misterio pascual. Jesús de Nazaret se detuvo junto al sepulcro de su amigo Lázaro, y dijo: “¡Lázaro ven fuera!” (Jn 11,43). Con estas palabras llenas de poder, Jesús lo resucitó a la vida y lo hizo salir de la tumba.

Antes de realizar este milagro, Cristo, “levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado” (ib.,41-42).

Ante el sepulcro de Lázaro se registró una particular confrontación de la muerte con la misión redentora de Cristo. Cristo era el testigo del eterno amor del Padre, de ese Amor que se resiste a la muerte y desea la vida. Al resucitar a Lázaro, dio testimonio de ese Amor. Dio testimonio también de la potencia exclusiva de Dios sobre la vida y la muerte.

Al mismo tiempo ante la tumba de Lázaro, Cristo fue el Profeta de su propio misterio: del misterio pascual, en el que la muerte redentora sobre la cruz se convierte en la fuente de la nueva Vida en la resurrección.

He aquí las palabras del Profeta Ezequiel: “Dice el Señor Dios:…Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor” (Ez 37,12-13). Estas palabras se realizaron ante el sepulcro de Lázaro en Betania. Se han realizado definitivamente ante el sepulcro de Cristo en el Calvario.

En la resurrección de Lázaro se manifestó la potencia de Dios sobre el espíritu y sobre el cuerpo del hombre. En la resurrección de Cristo fue otorgado el Espíritu Santo como fuente de la nueva Vida: la Vida divina. Esta vida es el destino eterno del hombre. Es su vocación recibida de Dios. En esta Vida se realiza el eterno amor del Padre. Efectivamente el amor desea la vida y se opone a la muerte.

¡Vivamos de esta vida! ¡Que en nosotros no domine el pecado! ¡Vivamos de esta Vida cuyo precio es la redención mediante la muerte de Cristo en la cruz!

“Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8,11).

Que el Espíritu Santo habite en vosotros por medio de la gracia de la redención de Cristo.

 (domingo 8 de abril de 1984)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: Ya sólo faltan dos semanas para la Pascua y todas las lecturas bíblicas de este domingo hablan de la resurrección. Pero no de la resurrección de Jesús, que irrumpirá como una novedad absoluta, sino de nuestra resurrección, a la que aspiramos y que precisamente Cristo nos ha donado, al resucitar de entre los muertos. En efecto, la muerte representa para nosotros como un muro que nos impide ver más allá; y sin embargo nuestro corazón se proyecta más allá de este muro y, aunque no podemos conocer lo que oculta, sin embargo, lo pensamos, lo imaginamos, expresando con símbolos nuestro deseo de eternidad.

El profeta Ezequiel anuncia al pueblo judío, en el destierro, lejos de la tierra de Israel, que Dios abrirá los sepulcros de los deportados y los hará regresar a su tierra, para descansar en paz en ella (cf. Ez 37, 12-14). Esta aspiración ancestral del hombre a ser sepultado junto a sus padres es anhelo de una «patria» que lo acoja al final de sus fatigas terrenas. Esta concepción no implica aún la idea de una resurrección personal de la muerte, pues esta sólo aparece hacia el final del Antiguo Testamento, y en tiempos de Jesús aún no la compartían todos los judíos. Por lo demás, incluso entre los cristianos, la fe en la resurrección y en la vida eterna con frecuencia va acompañada de muchas dudas y mucha confusión, porque se trata de una realidad que rebasa los límites de nuestra razón y exige un acto de fe. En el Evangelio de hoy —la resurrección de Lázaro—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: «Tu hermano resucitará», ella responde: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día» (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño (cf. Jn 11, 11).

Pero hay otra muerte, que costó a Cristo la lucha más dura, incluso el precio de la cruz: se trata de la muerte espiritual, el pecado, que amenaza con arruinar la existencia del hombre. Cristo murió para vencer esta muerte, y su resurrección no es el regreso a la vida precedente, sino la apertura de una nueva realidad, una «nueva tierra», finalmente unida de nuevo con el cielo de Dios. Por este motivo, san Pablo escribe: «Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).

Queridos hermanos, encomendémonos a la Virgen María, que ya participa de esta Resurrección, para que nos ayude a decir con fe: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (Jn 11, 27), a descubrir que él es verdaderamente nuestra salvación.

(Plaza de San Pedro, domingo 10 de abril de 2011)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

Jn 11, 1-45

            Esta es la última resurrección que Jesús realiza en su vida pública. Sucede en el tercer año ya cercano su pasión.

            La finalidad del milagro la hace constar Juan en tres ocasiones: en el v. 4, en el 15 y en el 42. La resurrección de Lázaro busca suscitar la fe en Jesús.

            Este milagro trasmite también una enseñanza clara: Jesús es la resurrección y la vida. Y la resurrección y la vida que posee Jesús se alcanza por la fe en Él: “el que cree en mí, aunque muera, vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás”.

            Jesús podría haber estado allí cuando Lázaro agonizaba y haberlo curado, salvándolo de la muerte, pero no, quiere que muera para resucitarlo.

            Su enseñanza: “Yo soy la resurrección y la vida” la prueba con la resurrección de Lázaro.

            Jesús habla con las dos hermanas de Lázaro al llegar a Betania. Primero con Marta.

La fe de Marta es imperfecta. Sus palabras son mezcla de confianza y a su vez de reproche. Ella cree que Jesús va a resucitar a Lázaro el último día, según lo enseñaba la doctrina de su tiempo, pero Jesús actualiza en sí mismo y en su poder la espera hasta el fin del tiempo “Yo soy”, no sólo la vida por esencia sino la vida eterna y puedo resucitar en cualquier tiempo que quiera*1. Es decir, que en Jesús podemos resucitar ya uniéndonos a Él por la fe. El que se une a Jesús por la fe tiene la vida eterna aunque necesariamente tendrá que gustar la muerte corporal. Jesús aparece como el único capaz de librar de la desesperación de la muerte. Marta se aferra a Jesús. Jesús es vida sin límites, vida esencial, fuente de vida. Él es la vida que vence a la muerte y al pecado.

            Jesús resucita a Lázaro que estaba puesto en el sepulcro hacía cuatro días*2 y a este hecho hace alusión Marta al decirle “Señor, ya huele”.

            La resurrección de Lázaro es un preludio de su propia resurrección y en ambas vencerá a la muerte. Será glorificado en ésta por el Padre concediéndole hacer el milagro y también en aquella por su resurrección*3.

            El milagro no es una exhibición extraordinaria de poder, quiero decir, que Cristo no aparece como exigiéndose enormemente, sino que con naturalidad y manifestando su divinidad y el poder de ella dijo: “¡Lázaro, sal fuera!” y el muerto salió resucitado.

            La fe de Marta confesó a Cristo como Mesías, aunque, como dijimos era una fe imperfecta. La fe de María era una fe superior. Ella creía que Jesús podía resucitar a su hermano ya y esto habla de una concepción mesiánica más profunda. Tiene una fe contra toda esperanza.

            ¿Qué habrá sido de la fe de estos tres hermanos, de los apóstoles y de los que presenciaron el milagro? De hecho el efecto sobre los bien dispuestos habrá sido creer que Cristo era el Enviado, el Mesías*4.

            Los discípulos y los tres hermanos creerían en la divinidad de Jesús porque apropiarse el nombre divino y hablar de la posesión de la vida por esencia ¿a quién puede caberle sino sólo a Dios?

            En los incrédulos surtió su efecto porque querían hacer desaparecer la prueba más contundente de que era el Mesías esperado. La prueba de su mesianidad, manifestada por el milagro, los escandalizó*5.

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*1- Cf. Jsalén. a v. 25b
*2- v. 17
*3- Cf. v. 4 y Jsalén.
*4- Cf. v. 42
*5- Cf. Jn 12, 9-10

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S.S. Francisco p.p.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma nos narra la resurrección de Lázaro. Es la cumbre de los «signos» prodigiosos realizados por Jesús: es un gesto demasiado grande, demasiado claramente divino para ser tolerado por los sumos sacerdotes, quienes, al conocer el hecho, tomaron la decisión de matar a Jesús (cf. Jn 11, 53).

Lázaro estaba muerto desde hacía cuatro días, cuando llegó Jesús; y a las hermanas Marta y María les dijo palabras que se grabaron para siempre en la memoria de la comunidad cristiana. Dice así Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 25-26). Basados en esta Palabra del Señor creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e inmortal. Como Jesús que resucitó con el propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quien está unido a Él.

Ante la tumba sellada del amigo Lázaro, Jesús «gritó con voz potente: “Lázaro, sal afuera”. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario» (vv. 43-44). Este grito perentorio se dirige a cada hombre, porque todos estamos marcados por la muerte, todos nosotros; es la voz de Aquel que es el dueño de la vida y quiere que todos «la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Cristo no se resigna a los sepulcros que nos hemos construido con nuestras opciones de mal y de muerte, con nuestros errores, con nuestros pecados. Él no se resigna a esto. Él nos invita, casi nos ordena salir de la tumba en la que nuestros pecados nos han sepultado. Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la que estamos encerrados, contentándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre. «Sal afuera», nos dice, «Sal afuera». Es una hermosa invitación a la libertad auténtica, a dejarnos aferrar por estas palabras de Jesús que hoy repite a cada uno de nosotros. Una invitación a dejarnos liberar de las «vendas», de las vendas del orgullo. Porque el orgullo nos hace esclavos, esclavos de nosotros mismos, esclavos de tantos ídolos, de tantas cosas. Nuestra resurrección comienza desde aquí: cuando decidimos obedecer a este mandamiento de Jesús saliendo a la luz, a la vida; cuando caen de nuestro rostro las máscaras —muchas veces estamos enmascarados por el pecado, las máscaras tienen que caer— y volvemos a encontrar el valor de nuestro rostro original, creado a imagen y semejanza de Dios.

El gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la gracia de Dios, y, por lo tanto, hasta dónde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio. Pero escuchad bien: no existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos. No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos, recordad bien esta frase. Y podemos decirla todos juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». Digámoslo juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». El Señor está siempre dispuesto a quitar la piedra de la tumba de nuestros pecados, que nos separa de Él, la luz de los vivientes.

(Plaza de San Pedro, domingo 6 de abril de 2014)

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

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Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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