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Domingo V Cuaresma

14
marzo

Domingo V Cuaresma

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo V Cuaresma (C)

(Domingo 14 de Marzo de 2016)

LECTURAS

(Si se prefiere, pueden utilizarse todas las lecturas del Año A)

Yo estoy por hacer algo nuevo

y daré de beber a mi pueblo

Lectura del libro de Isaías     43, 16-21

Así habla el Señor: el que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas; el que hizo salir carros de guerra y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos quedaron tendidos, no se levantarán, se extinguieron, se consumieron como una mecha. No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa. Me glorificarán las fieras salvajes, los chacales y los avestruces; porque haré brotar agua en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo, mi elegido, el pueblo que Yo me formé para que pregonara mi alabanza.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial         125, 1-6

R. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía que soñábamos:

nuestra boca se llenó de risas

y nuestros labios, de canciones. R.

Hasta los mismos paganos decían:

«¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!»

¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros

y estamos rebosantes de alegría! R.

¡Cambia, Señor, nuestra suerte

como los torrentes del Négueb!

Los que siembran entre lágrimas

cosecharán entre canciones. R.

El sembrador va llorando

cuando esparce la semilla,

pero vuelve cantando

cuando trae las gavillas. R.

Por Cristo he sacrificado todas las cosas,

hasta hacerme semejante a Él en la muerte

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Filipos   3, 8-14

Hermanos:

Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por El, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él, no con mi propia justicia —la que procede de la Ley— sino con aquélla que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. Así podré conocerlo a Él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a Él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos.

Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús.

Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

Aclamación    Jl 2, 12-13

«Vuelvan a mí de todo corazón,

porque soy bondadoso y compasivo», dice el Señor.

Evangelio

El que no tenga pecado que arroje la primera piedra

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan  8 1-11

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.

Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?»

Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.

Como insistían, se enderezó y les dijo; «Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra».

E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.

Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos.

Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó;

«Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?»

Ella le respondió:

«Nadie, Señor».

«Yo tampoco te condeno –le dijo Jesús–. Vete, no peques más en adelante».

Palabra del Señor.

 

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GUION PARA LA MISA

V Domingo de Cuaresma
Año C

Entrada:

La glorificación de nuestro Señor Jesucristo por parte del Padre se ha de dar a través de su Sacrificio y el fruto será la redención del mundo. Esta es la obra grandiosa del Señor que se perpetúa en cada Santa Misa.

Primera Lectura:   Is 43,16-21

Isaías describe de una manera simbólica la renovación de todas las cosas obrada por el poder de Dios, en favor de su pueblo.

Segunda Lectura:     Flp 3,8-14

La sabiduría del cristiano está en la participación de los sufrimientos y muerte de Cristo, fuente de vida sobrenatural.

Evangelio:      Jn 8,1-11

Cristo trae la novedad de la Ley Nueva: la renovación interior por el perdón de los pecados.

O bien, se puede tomar las lecturas del Año A:

Primera Lectura:  Ez 37,12-14

Dios nos promete su Espíritu para darnos Vida.

Segunda Lectura:      Rm 8,8-11

El espíritu de Cristo vive en nosotros porque por Él hemos sido justificados.

Evangelio:    Jn 11,1-45

La gloria de Dios se manifiesta a los que creen que Cristo es el Hijo de Dios.

Preces:

Cristo dirigió súplicas y plegarias a quien podía salvarlo de la muerte. Oremos también nosotros con la confianza del Señor.
A cada intención respondemos cantando:

* Hoy, 13 de febrero de 2016, se cumplen tres años de la elección de Su Santidad Francisco como Pastor Universal de la Iglesia Católica. Pidamos por él, para que sostenido por la fuerza del Espíritu Santo afronte los nuevos desafíos que la Iglesia le presenta. Oremos.

* Por los que han de recibir el sacramento del Bautismo en esta Pascua, para que la vida nueva que recibirán sea motivo de esperanza sobrenatural. Oremos.

* Por la paz del mundo y por los misioneros, especialmente los que son perseguidos por dar testimonio de Cristo; para que sus sufrimientos nos motiven a un compromiso evangélico cada vez más sincero y generoso. Oremos.

* Por todos los que hoy nos congregamos en esta Eucaristía, para que sepamos transmitir a los demás con la palabra y la vida, aquello que recibimos del altar del Señor. Oremos.

Señor, por tu bondad, ten piedad de tus hijos que caminan en la fe y en la esperanza,  y concédeles lo que humildemente te suplican. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio:

Presentamos junto a nuestro corazón humilde y arrepentido:

* Incienso, para que su suave aroma suba ante la presencia de Dios como nuestras oraciones por la salvación del mundo.

* Pan y vino, para la obra salvadora de la Pascua, en la que somos rescatados.

Comunión:

“Cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

Salida:

Que la Virgen Madre de Dolores nos ayude a penetrar con mayor profundidad y amor en el misterio de la Cruz de Cristo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Manuel de Tuya

La mujer adúltera

(Jn.8,1-11)

Se está en los días de la fiestas de los Tabernáculos (Jua_7:1.14; Jua_8:2.12). Cristo tenía costumbre de retirarse, cuando estaba en Jerusalén, a pasar la noche al monte de los Olivos (Mat_24:3; Mat_26:30 par.) y especialmente pernoctaba en Getsemaní (Jua_18:2). — Pero ya muy de mañana volvió otra vez al templo, para aprovechar el concurso de los peregrinos y enseñar. La frase de “todo el pueblo venía a El” es más de Lc que de Jn (Luc_21:37.38), y es una forma redonda de hablar del gran concurso de gentes que le escuchaban. Esta misma afluencia es una clara indicación de ser uno de los días festivos.

Cristo estaba en uno de los atrios del templo y enseñaba a las gentes estando “sentado.” No pretende decir el evangelista que estuviese sentado en las cátedras de los doctores, sino en uno de los escaños o pequeña alfombra en donde se sentaban los discípulos oyentes (Luc_2:46; Hec_22:3); y, aunque éste era el modo ordinario de enseñar allí, esta precisión mira, sin duda, a participar lo que se describe en el v.6: que Cristo escribía con su dedo en tierra.

En esta situación es introducido un grupo de “escribas y fariseos.” Juan nunca cita juntas estas dos expresiones, ni nunca cita a los escribas. Un nuevo índice del origen adventicio de este pasaje.

Traían una mujer que “fue sorprendida” en flagrante delito de adulterio. No se dice cuándo. La palabra “ahora” — modo — que pone la Vulgata, falta en el griego. Podría pensarse que la traían al tribunal para juzgarla y que, al pasar por allí y ver a Cristo, quisieron comprometerle. Pero tampoco sería improbable el que se la trajesen ex profeso para enredarle en su resolución.

Se la pusieron en “medio” del círculo de gentes que lo rodeaban. No dicen que ellos hayan sido los testigos (Dan_13:37). Pero, ya en sus manos, nadie duda que sea verdad el delito del que la acusan.

Propusieron algunos (Fouard, Parrar) que este caso se explicaría bien, puesto que la festividad de los Tabernáculos era ocasión de muchos desórdenes morales por acampar la gente al aire libre y haber grandes aglomeraciones: era la “fiesta más alegre”; pero otros (Edersheim) lo niegan.

Asegurado el hecho, le plantean una cuestión más que de derecho, pues lo decían “tentándole.” Le alegan lo que dice la Ley. Según Moisés, la adúltera debía ser apedreada (Lev_20:10ss; Deu_22:23ss; Eze_16:40). En época más tardía se legislará la estrangulación l. Y alegada la legislación mosaica, le hacen, “tentándole,” la siguiente pregunta: y ante este caso, “tú, ¿qué dices?” Con ello, resalta el evangelista, buscaban poder “acusarle” (cf. Mat_22:15-22; Mat_19:3ss par.). Era un dilema claro en el que querían meterle: si aprobaba la legislación mosaica en aquel caso, podrían desvirtuarle, ante el pueblo, su misericordia; si no la aprobaba, lo acusarían de ir contra la Ley de Moisés. La cuestión era malévolamente planteada y hasta incluso apuntando a posibles complicaciones con el poder civil romano, ya que la pena de muerte era de competencia exclusiva del procurador romano (Jua_18:31).

Cristo, que estaba “sentado,” sin duda, en un pequeño y bajo escabel de los oyentes, o sobre una estera o alfombra, “inclinándose, escribía con el dedo en tierra.” ¿Qué significado tiene esto? “El sentido de este gesto no ha sido dilucidado con certeza” 2.

San Jerónimo proponía, conforme a una interpretación material de Jeremías (Jer_17:13), que escribía en tierra los nombres de los acusadores y sus culpas 3.

El gesto podría muy bien ser el de una persona que no quería intervenir en un asunto que se le propone (Luc_12:13.14). Power ha citado diversos casos modernos tomados del ambiente árabe. Queriendo un tal Qasím hablar de la actitud de su tribu, decía: “Cuando les piden regalos, se ponen a escribir con sus bastones en el suelo, pretextando excusas.” 4

Sin embargo, en el evangelio “simbolista” de Jn, acaso pudiese estar superpuesta por el evangelista la sugerencia, por sola evocación, de la interpretación de Jeremías que daba San Jerónimo. El texto de Jeremías dice: “Todos cuantos te abandonan (Yahvé) quedarán confundidos; quienes se apartan de ti, serán escritos en la tierra porque abandonaron a Yahvé, fuente de aguas vivas” (Jer_17:13). También era apartarse de Yahvé la maldad de ellos contra Cristo y contra aquella mujer. Acaso en el detalle de este relato esté el intento de sugerir también el sentido de este pasaje de Jeremías, aunque no la interpretación material del mismo, por Cristo.

Y la prueba de esto es que nadie leyó lo que El escribía. Era, sin duda, el gesto de una persona que no quiere inmiscuirse en un asunto ajeno y menos aún en la celada que le tendían.

Por eso ellos “insistían en preguntarle.” Pero ante la malicia de su intento, Cristo les da una doble lección de justicia y de misericordia. E “incorporándose” en su asiento, pero sin ponerse de pie (v.8), mirándolos y acaso señalándolos con el dedo, les dijo: “El que de vosotros esté sin pecado, arrójele el primero la piedra.” En la represión de la apostasía mandaba la Ley que los testigos denunciadores arrojasen los primeros las piedras contra el condenado enjuicio (Deu_13:9; Deu_17:7). A esto es a lo que alude la frase de Cristo. No es que Cristo negase el juzgar ni que los jueces cambiasen su oficio; pues siempre está en pie el “dad al César lo que es del César” (Mat_22:21 par.). Pero condenaba, en los que eran “sepulcros blanqueados,” que estaban “llenos de hipocresía e iniquidad” (Mat_23:27.28), un falso celo por el cumplimiento de la Ley en otros cuando ellos no la cumplían.

Mas su palabra, que era acusación, pronto hizo su efecto. Empezaron a marcharse los acusadores, “uno a uno, comenzando por los más ancianos.” Rodeado de gentes que lo admiraban y que podían estallar abiertamente a su favor, máxime si la acusación proseguía contundente, vieron que el mejor partido era abandonar aquella situación enojosa. Y empezaron a salirse hábilmente, inadvertidamente, uno a uno, comenzando por los más “ancianos.” Acaso los más jóvenes, con un celo más exaltado, eran los que querían mostrarse más celadores; pero, mientras, los más “ancianos,” con más experiencia de la vida y de las multitudes, y posiblemente de otras intervenciones del mismo Cristo, fueron los primeros en salirse de aquella situación torpe y peligrosa. Y también una vida más larga de “fariseísmo” les daba a su conciencia un mayor volumen de acusaciones.

Y “se quedó El solo, y la mujer en medio.” La contraposición se hace entre los acusadores y la mujer, por lo que este quedarse ellos solos no excluye la presencia de la turba que lo estaba escuchando (v.2) cuando le trajeron aquella mujer.

Y hecha la lección de justicia contra los acusadores, da ahora la gran lección de la misericordia. Si ellos no pudieron, en definitiva, “condenarla,” cuando era lo que intentaban, menos lo hará Cristo, que vino a salvar y perdonar. Por eso le dijo: “Ni yo te condeno.” Pero, contando con un arrepentimiento y un propósito en ella: “Vete, y desde ahora no peques más.” Y la adúltera encontró a un tiempo la vergüenza, el perdón, la gracia y el cambio de vida.

Tres cuestiones sobre este pasaje.

Este pasaje es una cuestión debatida entre los autores. Son tres las cuestiones que le afectan, y que se indican separadamente.

1. Inspiración — Que este pasaje está inspirado es doctrina de fe. Pues es una de las perícopas que el concilio de Trento quiere incluir, al definir el canon de los libros inspirados, en la expresión “libros íntegros cum ómnibus suis partibus” 5. Es, pues, un pasaje bíblicamente inspirado.

2. Genuinidad__Este pasaje, ¿fue redactado e incluido en el cuarto evangelio por el mismo San Juan? Hay razones muy serias que hacen pensar que no.

a) Argumentos Contra La Genuinidad. — 1) Falta en los códices griegos mayúsculos más antiguos, y entre ellos el Alef, B, A, C, T, W, X, etcétera; falta en muchos minúsculos.

2) En otros códices mayúsculos, v.gr., E, M, S, D, etc., y en muchos minúsculos, el pasaje es anotado con un asterisco, indicando dudas sobre él En el códice L y el Delta, queda espacio libre entre 7:52 y 8:12, lo que indica la duda sobre su genuinidad.

3) En los códices que traen esta perícopa, aparece ésta con innumerables vanantes, mucho más que en otros casos. Lo que indica una falta de fijeza en el texto. Incluso códices que la traen la ponen sin fijeza de lugar. Unos la ponen después de Luc_21:38; otros al fin del evangelio de Jn; otros después de Jua_7:36 o Jua_7:44.

4) Falta en los manuscritos de las versiones antiguas principales: sean latinas (a, 1, 1, q), sea en otras varías siríacas, en la versión sahídica, en los más antiguos códices armenios.

5) Los escritores griegos que comentaron a San Juan, no comentan esta anecdota, sino que Jn.7,52 pasan a 8:12. Así Orígenes, San Crisóstomo, San Cirilo A., Teodoro de Mopsuestia.

Los más antiguos escritores latinos tampoco citan este pasaje. Tertuliano silencia esta historia. También parece que fue desconocida por San Cipriano y San Hilario.

Taciano, sirio, omite Jn 7:53-8:1-11 en su Diatessaron.

Falta en el papiro Bodmer u (p 66) y Bodmer (p 75).

6) Razones internas. — La estructura de la narrativa es más sinóptica que yoannea, tanto por su contenido como por su lengua y estilo. Así la expresión “escribas y fariseos,” tan usual en los sinópticos, no se encuentra en Juan. Y su inserción aquí rompe la continuidad lógica de los discursos del Señor.

b) Argumentos A Favor De La Genuinidad. — 1) Lo traen varios códices griegos mayúsculos, entre ellos el D. Pero éste (siglo V-VI) se caracteriza por sus muchas adiciones. Otros códices griegos mayúsculos son códices más recientes. Y éstos lo traen, unas veces en el lugar en que hoy está, otros después de otros pasajes de, Juan, o incluso después de Luc_21:36.

2) La traen muchos minúsculos.

3) Aparece en códices de antiguas versiones latinas; en la Vulgata, en versiones siro-palestinense, etiópica, boaírica.

4) El pasaje es muy antiguo. Es ya conocido de Papías 6, por lo que llega al siglo i. Se lo cita como parte del evangelio de Jn por Paciano (muerto antes del 304), por San Ambrosio 7, San Jerónimo, que dice que figura “en muchos códices griegos y latinos” 8; San Agustín es gran defensor de su genuinidad 9. Posteriormente es conocida unánimemente por los autores latinos.

5) Esta anecdota   figura en la liturgia de la Iglesia; tanto entre los latinos (evangelio de la misa del sábado después de la tercera dominica de Cuaresma) como entre los griegos (en los días que se conmemora la festividad de las Santas Pelagia, María Egipcíaca, etc.). De ahí el que se encuentre en casi todos los “evangeliarios”; sólo se exceptúan 30. Pero este uso litúrgico es ya tardío.

De lo expuesto, hoy se sostiene por la mayor parte de los autores lo siguiente: basándose sobre todo en la autoridad de los códices griegos, esta narracion no perteneció originariamente al evangelio de San Juan, sino que fue insertada posteriormente en el mismo.

El haber sido insertada en este lugar puede explicarse porque Cristo, en este capítulo octavo (v.15), dice que él no juzga — condena — a nadie. Y la escena de la mujer adúltera, en que se termina diciendo: “Tampoco yo te condeno,” venía a ser la introducción, con un hecho histórico, de esta enseñanza de Cristo, al tiempo que la relación material de las palabras las venía, materialmente, a aproximar 10.

3) Historicidad. — Esta narración es ya muy primitiva. Era conocida por Papías 11, por lo que ya debe de llegar al siglo i; parece que fue conocida por el Pastor de Hermas 12, también la citan el Evangelio según los Hebreos 13 y la Didascalia, sobre 250.

La histoncidad del pasaje nada tiene en contra. Los datos topográficos de los versículos 1 y 2 son completamente exactos. Se la califica como “un fragmento de la tradición apostólica” 14, y se dice que lleva ciertamente el sello de la verdad intrínseca, y no presenta la más mínima huella de una invención tardía (Weiss-Meyer).

Debe de provenir de la misma tradición apostólica. Y por su misma verdad histórica y belleza doctrinal, fue conservada en la tradición. Y así autorizada, se insertó, en un momento determinado, en el evangelio de Juan. Pudo muy bien pertenecer, en cuanto a la sustancia del hecho, al mismo Juan, y ser recogida por algún discípulo suyo o formulada por un escritor más cercano al estilo sinóptico. Ni hay repugnancia en que proceda, por literatura y contenido, de la misma tradición sinóptica. Pero ¿no habría sido incorporada a los evangelios provenientes de ella? Querer precisar su autor literario parece imposible en el estado actual.

(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)

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Comentario Teológico

·        P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.

EL GRAN PERDONADOR

Probablemente ocurrió durante la octava de los Tabernáculos, mientras Jesús enseñaba en el Templo (cf. Jn 8,1-11). Los escribas y fariseos interrumpieron la enseñanza de Jesús echándole al medio una mujer que había sido atrapada en flagrante adulterio; la habían arrastrado por la ciudad, mostrándose así como los celosos custodios de la Ley y de la moral. El Levítico, mandaba que tales mujeres fuesen lapidadas, es decir, apedreadas hasta morir. La mujer, siendo judía, conocía la ley y sabía que no tenía escapatoria humana: iba a ser condenada a muerte. Los escribas y fariseos, sin embargo, quieren que sea Jesús quien la juzgue: si la condena, respetando la ley mosaica, irá en contra de su predicación de misericordia con los pecadores; si la absuelve prevaricará contra la ley. Por eso dice san Juan: Decían esto para ponerle a prueba y tener de qué acusarlo. Jesús demostró que la ley estaba bien, pero que si hubiese de aplicarse estrictamente nadie tendría salvación: El que de vosotros esté sin pecado, arroje la primera piedra. Ninguno se animó a proclamarse justo e inocente delante de Cristo; era muy peligroso hacer eso delante del Rabí que leía las conciencias y los corazones. Por eso fueron yéndose uno a uno, empezando por los más ancianos, es decir, por los que cargaban con más delitos ante Dios.

Quedaron solos: Jesús y la mujer; la Misericordia y la miseria, dirá luego San Agustín. Jesús le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te condenó? Y ella entonces dijo: Ninguno, Señor. Dijo entonces Jesús: Tampoco yo te condeno. Vete y desde este momento no peques más.

Séneca fue una de las mentes más lucidas del paganismo; sin embargo, él escribió en su obra sobre la clemencia lo siguiente: “Yo considero [la misericordia] un defecto del alma. Pertenece a aquel grupo de cosas que… debemos repudiar… Los hombres honestos han de huir de la misericordia, que es el vicio de la pusilanimidad respecto de los males ajenos… Suelen sentirla los hombres peores. Son las viejas y las mujerzuelas las que se conmueven con las lágrimas de los culpados, y ello hasta el punto que, de serles permitido, los sacarían de las cárceles… Es la misericordia una enfermedad del alma, originada por la apariencia de las miserias ajenas, o una tristeza por los males de los demás, nacida de creer que les ocurren sin merecerlo. Esta enfermedad no recae sobre el hombre sabio”. ¡Y el que así escribe no es Nerón, ni Dioclesiano, ni Calígula, sino Séneca, el gran moralista pagano!

En contraposición con esta oscura visión del paganismo, la figura de Cristo puede resumirse en una sola estampa: la del “Gran Perdonador”. Dios al Encarnarse se hizo Perdón. Sus actitudes y gestos más importantes son los del perdón, porque grande es su compasión e infinita su misericordia.

1. El perdón en los motivos de la Encarnación

¿Qué interés, qué ganancias saca Dios haciendo tanto por nosotros? Ninguno para Él; todo para nosotros. Lo que mueve a Dios a encarnarse son sólo sus entrañas de misericordia. Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios… nos visitará el Sol que nace de lo alto (Lc 1,78). La palabra misericordia viene de miseris-cor-dare, dar el corazón a los miserables, a los desgraciados, a los afligidos. El vocablo usado a menudo en el Antiguo Testamento es rahamim, derivado de rehem, el regazo materno; es decir, la misericordia divina es todo un conjunto de sentimientos entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, la disposición al perdón total; cualidades todas que identificamos con el amor maternal. Como dice Dios por el Profeta Isaías: ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su pequeñuelo, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ellas se olvidaren, yo no te olvidaría (Is 49,15).

El Verbo se encarna para que tengamos Vida y en abundancia: Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Por eso dirá luego San Pablo: Donde abundó el pecado, sobreabundó [por Cristo] la gracia (Rom 5,20). “Jesucristo con su muerte –confiesa San León Magno– nos trajo mayores bienes que los males que nos trajo el diablo por el pecado”.

La abundancia se muestra en la enormidad de cuanto hizo Jesucristo por nosotros. Para redimirnos, siendo Dios, le bastaba con un gesto, con una sola oración, con sólo quererlo, con una gota de su sangre, pero bebió todas las amarguras de la Pasión, del desprecio, de la ignominia, del dolor y finalmente la muerte.

Y lo hizo siendo nosotros enemigos de Dios por el pecado. Nadie ama a sus enemigos… salvo Dios y los hijos de Dios: Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios (Rom 5,10); Y a vosotros, que en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos… os ha reconciliado (Col 1,21). Por eso dice San Pablo de Cristo que Él ha dado en sí mismo muerte a la enemistad (Ef 2,16).

Jesucristo fue el primero en cumplir lo que Él mismo enseñó: Se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan (Mt 5, 43-44). Por eso nos amó y hasta el extremo. “Oh amor inmenso de nuestro Dios –dice San Bernardo– que, para perdonar  a los esclavos, ni el Padre perdonó al Hijo, ni el Hijo se perdonó a sí mismo”.

2. El perdón en los gestos hacia los pecadores

Jesús se manifestó en todo momento como defensor de los pecadores. Los hombres perdonan menos que Dios. Y aun cuando el hombre considera que algo es imperdonable, todavía allí Dios ofrece el perdón. Por eso defiende a los pecadores que son castigados y despreciados por los hombres: defiende a la mujer sorprendida en adulterio, defiende a los samaritanos que lo rechazan (El Hijo del hombre no vino a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas: Lc 9, 56), defiende a la pecadora que lava sus pies con sus lágrimas en casa del fariseo (cf. Lc 7,36ss), defiende a María de Betania de las murmuraciones de Judas (cf. Jn 12,4ss), defiende a sus verdugos durante su crucifixión: Perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,24).

Lo manifestó también saliendo a buscar a los pecadores, como el buen pastor cuando se le pierde una oveja deja las noventa y nueve que están a salvo y camina por el desierto hasta encontrar la descarriada (cf. Lc 15,4-7).

Lo manifestó también al afirmar que recibiría con ternura y generosidad a los que retornaran a Él: como el padre de la parábola hace con el hijo pródigo (cf. Lc 15,12). Porque hay más alegría en los cielos por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan conversión (Lc 15,7).

3.  El perdón en los llamados a los pecadores

Jesucristo se describe casi suplicando a los pecadores que tengan compasión de sus propias almas. Todo aquél que venga a Mí, yo no lo echaré fuera (Jn 6,37). Ya estaba dicho en el Antiguo Testamento: No me complazco en la muerte del pecador sino en que se convierta y viva (Ez 18,32). Con cuánta razón escribió San Juan de Ávila: “Este Señor crucificado es el que alegra a los que el conocimiento de sus pecados entristece, y el que absuelve a los que la ley condena, y el que hace hijos de Dios a los que eran esclavos del demonio. A éste deben procurar conocer y allegarse todos los adeudados con espirituales deudas de pecados que han hecho, y que por ello están en angustia y amargura de corazón cuando se miran, e irles ha bien… Quien sintiere desmayo mirando sus culpas, alce sus ojos a Jesucristo, puesto en cruz y cobrará esfuerzo”.

Cristo promete el perdón y da seguridad de su compasión a todos cuantos se le acercan y oyen su llamado: Venid a Mí todos los que estáis agobiados, que yo os aliviaré (Mt 11,28); Venid, hagamos cuentas, dice Yahvéh; aunque vuestros pecados fuesen como la grana, los dejaré más blancos que la nieve; aunque fuesen rojos como la púrpura, quedarán blancos como la lana (Is 1,18).

Ciertamente, más quiere Dios perdonar al hombre que el hombre ser perdonado. Por eso su mejor imagen es la de la Cruz: allí, con los brazos abiertos es el símbolo de la espera del pecador, de la misericordia, del perdón. Él es, como lo describe Pemán en El divino impaciente:

“…Un condenado de amor

que nos amó de tal suerte,

que nos dio vida en su muerte

y esperanza en su dolor;

… un generoso Señor

que para todos tenía

una palabra de miel,

y a los parias atendía

y a los niños les decía

que se acercasen a Él;

¡… un Dios que en la Cruz clavados

tiene ya por los pecados

de todos los pecadores,

de tanto abrirlos de amores

los brazos descoyuntados!”.

Pedro Malón de Chaide, teólogo y poeta agustino, catedrático en Huesca y Zaragoza, fallecido en 1589, discípulo de Fray de León, escribió una página maravillosa jugando con dos expresiones evangélicas: el Ecce homo, “he aquí al hombre” (Jn 19,5), que pronuncia Pilatos al mostrar a Cristo humillado ante los judíos, y el Ecce mulier, las palabras con que San Lucas introduce la aparición de la Magdalena arrepentida en casa del fariseo mientras Jesús comía (“He aquí que una mujer pecadora…”: Lc 7,37). Es irresistible transcribir su relato:

“Dos ecce hallo en la Sagrada Escritura que parecen contrapuestos el uno del otro: el uno es este Ecce mulier, y el otro, el Ecce homo que se dijo del Hijo de Dios…

Poned, pues, a una parte a Cristo llagado, atado, espinado, el rostro lleno de cardenales y salivas, el cuerpo cubierto de sangre de los azotes, aquellos divinos ojos llenos de lágrimas; poned a otra parte a Magdalena, suelta, profana, llena de pecados, infame, sin nombre, hecha una añagaza del demonio, un despeñadero de almas. Oíd a Pilatos que dice: Ecce homo, y volved a San Lucas, que le contrapone: Ecce mulier, y mirad ahora el misterio tan galán que ahí está: Ecce homo, pues Ecce mulier. Para que haya un Ecce mulier, es menester que haya un Ecce homo, que si éste no hay, no habrá aquél. Ecce homo, que se hizo hombre por gracia; Ecce mulier, que es mujer flaca por naturaleza; Ecce homo, que es justo; Ecce mulier, que es pecadora; Ecce mulier, que peca, pues Ecce homo, que lo paga; Ecce mulier, culpada, pues Ecce homo, penado; Ecce mulier, que merece el castigo, pues Ecce homo, que es azotado; Ecce mulier, suelta, pues Ecce homo, atado; Ecce homo, que, siendo Dios, se hizo hombre, pues Ecce mulier, que, siendo pecadora, queda santa; Ecce homo, que muere porque ésta viva, pues Ecce mulier que vive porque éste muere; Ecce homo, que le presentan por esta mujer a Pilatos, pues Ecce mulier, que la presentan por este hombre al Padre. Pilatos da este Ecce homo a los hombres para su rescate; Cristo da este Ecce mulier al Padre para su regalo. ¡Oh trueque soberano! ¡Dulce bien nuestro, que te pones en competencia por una pecadora porque tu amor te fuerza y tu Padre te lo manda!

… Ecce homo, remedio de mis males, hombre que paga mis deudas, sangre con que se lavan mis culpas, precio con que se redime mi ofensa. Pilatos te me muestra, Redentor de mi alma; tu Padre te me da, tú mueres por mí. Tú dices: Esta es mi sangre, que derramo por vosotros. Tu padre dice: Así amo al mundo, que le di un solo Hijo que tenía. Pilatos me dice: Pues veis ahí al hombre que todo eso hace: Ecce homo. El me dice: Ecce homo; mas yo digo: Ecce Deus. Hombre te me muestran, mas Dios te conozco. Ecce homo, que muere por mí; Ecce Deus, que resucita por sí; Ecce homo, que muestra mi flaqueza padeciendo; Ecce Deus, que me da su fortaleza venciendo. ¡Dulce retrato de mi remedio, que así te había yo menester para mí, que te perdiese a Ti para hallarme a mí!”.

En una iglesia de Würzburg hay un crucifijo poco común. Los brazos del Salvador no están extendidos sobre el patíbulo sino hacia delante y cruzados. Dice la leyenda que cuando los suecos ocuparon la ciudad y se entregaron a amontonar el botín de guerra, un soldado penetró en el templo durante la noche y quiso quitar de la cabeza del Redentor la corona de oro. ¡Oh prodigio! Los brazos del Crucificado se desclavaron de su Cruz y abrazaron al sacrílego ladrón. Lo tenían sujeto; pero no lo apretaban con rencor sino con ternura infinita. Por la mañana sus compañeros lo encontraron todavía en la iglesia, entre los brazos del Cristo, bañado el rostro en lágrimas de vergüenza y con el corazón contrito.

¿Es sólo la historia de un soldado? Es la historia del hombre.

(Fuentes, M. A., I.N.R.I. Jesús Nazareno, Rey de los Judíos, Ediciones del Verbo Encarnado, Dushambé – San Rafael (Mendoza), 1999, p. 223 – 228)

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1. Séneca, De clemencia, 2,4-5.

2. San Juan de Ávila, Audi filia, c. 68.

3. Pedro Malón de Chaide, La conversión de la Magdalena, P. 2ª, ca. XII.

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·        San Agustín

Jesús viene como redentor no como condenador

4. ¡Señor, escucha mi oración! De esa calaña eran los judíos aquellos que leemos en el Evangelio. Su propia lengua les condujo a la muerte. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio. Se nos narra que los judíos presentaron a Jesús a una meretriz para tentarle diciendo: Maestro, esta mujer fue sorprendida hace un instante en adulterio. Conforme a la ley de Moisés hay que lapidar a cualquier mujer sorprendida en adulterio. Tú, ¿qué dices? La lengua hablaba así, pero no conocía a su Creador. Aquellos judíos no querían orar y decir: libera mi alma de la lengua mentirosa. Se habían acercado a Jesús de manera dolosa, intentando llevar a efecto su propósito. El Señor no había venido a derogar la ley, sino a cumplirla y a perdonar los pecados. Se dijeron los judíos entre sí: «Sí dijere que hay que apedrearla le diremos: ¿dónde está el que perdona los pecados? ¿No eres tú el que dices: Perdonados te son tus pecados? Y si dijere: désele la libertad, diremos: ¿Cómo es que viniste a cumplir la ley y no a destruirla?» Contemplad una lengua mentirosa ante Dios. Jesús, que había venido como redentor, no como condenador —había venido a redimir lo que había perecido—, se apartó de ellos como no queriendo verlos. No carece de sentido este alejamiento de ellos; algo especial se transparenta en esta acción. Como si dijera: « ¡Vosotros, pecadores, me traíais una pecadora! Si pensáis que debo condenar los pecados, comenzaré por vosotros mismos». Y el que vino a perdonar los pecados dice: El que de vosotros crea estar sin pecado, que lance la primera piedra contra ella. ¡Oh respuesta! Si hubiesen intentado lanzar la piedra contra la pecadora, en ese mismo instante se les hubiera dicho: Con el juicio que habéis juzgado seréis también juzgados. Condenáis, luego seréis condenados. Los judíos, sin embargo, aunque no conocían al Creador, conocían su propia conciencia. Por eso, volviéndose la espalda mutuamente, ya que avergonzados no querían ni verse a sí mismos, se fueron marchando todos, comenzando por los más ancianos hasta los más jóvenes, según se nos narra en el Evangelio. El Espíritu Santo había dicho: Todos se descarriaron; ya no hay quien haga bien, no queda siquiera uno.

5. Se marcharon todos. Quedaron solos Jesús y la pecadora. Permaneció el Creador con la criatura; permaneció la miseria con la misericordia; permaneció la que reconoció su pecado con el que se lo perdonó. Esto significa el escribir sobre la tierra. Cuando fue creado el hombre, se le dijo: Eres tierra. Cuando Jesús ofrecía el perdón a la pecadora, escribía sobre la tierra. Ofrecía el perdón; pero, al ofrecérselo, levantó hacia ella el rostro y le dijo: ¿Nadie te apedreó? Ante esto, ella no dijo: ¿Por qué? ¿Qué hice, Señor? ¿Acaso soy reo? No habló la pecadora de ese modo, sino que dijo: Nadie, Señor. Se acusó, pues, a sí misma. Los judíos no pudieron probar el delito; y se marcharon. Ella confesó el pecado que el Señor no ignoraba; pero el Señor, a la vez, buscaba la fe y la confesión. ¿Nadie te apedreó? — Nadie, Señor, respondió ella. Dijo nadie a causa de la confesión de los pecados; y dijo Señor a causa del perdón. Nadie, Señor. Conozco ambas cosas: quién eres tú y quién soy yo. Ante ti me confieso, ya que escuché: Confesad al Señor porque es bueno. Reconocí mi culpa y reconocí tu misericordia. Y dijo: Guardaré mis caminos para que mi lengua no sea falaz. Los judíos pecaron al obrar con dolo, pero la pecadora se liberó confesando. ¿Nadie te condenó? —Nadie, y calla. Jesús escribe de nuevo. Escribió dos veces, según se nos narra: Una, al otorgar el perdón; otra, al renovar los preceptos. Ambas cosas se hacen cuando recibimos el perdón. Firmó el emperador; y cuando se renueva esta formalidad, de nuevo se dan otros preceptos. Estos preceptos son aquellos que hemos escuchado en el Apóstol mandando observar la caridad. Anteriormente hemos escuchado esa lectura. Y el mismo Señor lo dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y amarás al prójimo como a ti mismo. En estos dos preceptos se encierra toda la ley y los profetas.

6. Para que no tuviéramos dificultad en entender fueron proclamadas solamente dos cosas: Dios y el prójimo; el que te hizo y con quien te hizo. Nadie te ha dicho: «Ama el sol, ama la luna, ama la tierra y todo lo que se ha hecho». En todas estas cosas Dios ha de ser alabado, el Creador ha de ser bendecido. ¡Cuán grandiosas son tus obras; todas las cosas las hiciste sabiamente! Son tuyas; tú las has hecho. ¡Gracias te sean dadas! Pero sobre todas las cosas nos hiciste a nosotros. ¡Gracias también! Somos tu imagen y tu semejanza. ¡Gracias! Hemos pecado y fuimos buscados por ti. ¡Gracias! Te hemos abandonado, pero tú no nos abandonaste. Para que no nos olvidásemos de tu divinidad y te perdiésemos, tú tomaste nuestra humanidad. ¡Gracias te sean dadas! ¿Cuándo no hemos de darte gracias? Por eso dije: Guardaré mis caminos para que no caiga con mi lengua. Aquella mujer, presentada a Jesús como adúltera, acogió el perdón y fue absuelta. ¿Nos será a nosotros trabajoso recibir el perdón de todos nuestros pecados mediante el bautismo, mediante la confesión y mediante la gracia? Pero que nadie diga ahora: «Aquella mujer recibió el perdón. Yo todavía soy un catecúmeno. Cometeré adulterios, ya que recibiré también el perdón. Imagínate que soy como aquella mujer. Reconoció su pecado y fue absuelta. Nuestro Dios es bueno. Si llegare a pecar, se lo confesaré y me perdonará». Estás bien atento a su bondad, pero debes tener siempre presente su justicia; ya que, al igual que es bueno perdonando, es también justo condenando. Por eso dije: Guardaré mis caminos para que no caiga con mi lengua. Me gustaría saber si ahora, mientras estoy predicando, nadie ha pecado con su lengua. Posiblemente, en el tiempo que llevamos aquí, ninguno de vosotros ha hablado mal; pero tal vez alguno haya pensado mal. ¡Estad atentos! Guardaré mis caminos para que no caiga con mi lengua. Di de verdad: Puse un candado a mi boca cuando el pecador se presentó contra mí.

SAN AGUSTÍN, Sermones (1º) (t. VII). Sermón 16A, 4-7, BAC Madrid 1981, 261-65

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MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

El perdón en una caricia

Lunes 7 de abril de 2014

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 15, viernes 11 de abril de 2014

«Dios perdona no con un decreto sino con una caricia». Y con la misericordia «Jesús va incluso más allá de la ley y perdona acariciando las heridas de nuestros pecados». A esta gran ternura divina el Papa Francisco dedicó la homilía de la misa del lunes 7 de abril.

«Las lecturas de hoy —explicó el Pontífice— nos hablan del adulterio», que junto a la blasfemia y la idolatría era considerado «un pecado gravísimo en la ley de Moisés», sancionado «con la pena de muerte» por lapidación. El adulterio, en efecto, «va contra la imagen de Dios, la fidelidad de Dios», porque «el matrimonio es el símbolo, y también una realidad humana de la relación fiel de Dios con su pueblo». Así, «cuando se arruina el matrimonio con un adulterio, se ensucia esta relación entre Dios y el pueblo». En ese tiempo era considerado «un pecado grave» porque «se ensuciaba precisamente el símbolo de la relación entre Dios y el pueblo, de la fidelidad de Dios».

En el pasaje evangélico propuesto en la liturgia (Jn 8, 1-11), que relata la historia de la mujer adúltera, «encontramos a Jesús que estaba sentado allí, entre mucha gente, y hacía las veces de catequista, enseñaba». Luego «se acercaron los escribas y los fariseos con una mujer que llevaban delante de ellos, tal vez con las manos atadas, podemos imaginar». Y, así, «la colocaron en medio y la acusaron: ¡he aquí una adúltera!». Se trataba de una «acusación pública». Y, relata el Evangelio, hicieron una pregunta a Jesús: «¿Qué tenemos que hacer con esta mujer? Tú nos hablas de bondad pero Moisés nos dijo que tenemos que matarla». Ellos «decían esto —destacó el Pontífice— para ponerlo a prueba, para tener un motivo para acusarlo». En efecto, «si Jesús decía: sí, adelante con la lapidación», tenían la ocasión de decir a la gente: «pero este es vuestro maestro tan bueno, mira lo que hizo con esta pobre mujer». Si, en cambio, «Jesús decía: no, pobrecilla, perdonadla», he aquí que podían acusarlo «de no cumplir la ley». Su único objetivo era «poner precisamente a prueba y tender una trampa» a Jesús. «A ellos no les importaba la mujer; no les importaban los adulterios». Es más, «tal vez algunos de ellos eran adúlteros».

Por su parte, a pesar de que había mucha gente alrededor, «Jesús quería permanecer solo con la mujer, quería hablar al corazón de la mujer: es la cosa más importante para Jesús». Y «el pueblo se había marchado lentamente» tras escuchar sus palabras: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra».

«El Evangelio con una cierta ironía —comentó el obispo de Roma— dice que todos se marcharon, uno por uno, comenzando por los más ancianos». He aquí, entonces, «el momento de Jesús confesor». Queda «solo con la mujer», que permanecía «allí en medio». Mientras tanto, «Jesús estaba inclinado y escribía con el dedo en el polvo de la tierra. Algunos exegetas dicen que Jesús escribía los pecados de estos escribas y fariseos. Tal vez es una imaginación». Luego «se levantó y miró» a la mujer, que estaba «llena de vergüenza, y le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios. Sin acusaciones, sin críticas: tú y Dios».

La mujer no se proclama víctima de «una falsa acusación», no se defiende afirmando: «yo no cometí adulterio». No, «ella reconoce su pecado» y responde a Jesús: «Ninguno, Señor, me ha condenado». A su vez Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, para no pasar un mal momento, para no pasar tanta vergüenza, para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo».

Así, pues, «Jesús perdona. Pero aquí hay algo más que el perdón. Porque como confesor Jesús va más allá de la ley». En efecto, «la ley decía que ella tenía que ser castigada». Pero Él «va más allá. No le dice: no es pecado el adulterio. Ni tampoco la la condena con la ley». Precisamente «este es el misterio de la misericordia de Jesús».

Y «Jesús para tener misericordia» va más allá de «la ley que mandaba la lapidación»; y dice a la mujer que se marche en paz. «La misericordia —explicó el Papa— es algo difícil de comprender: no borra los pecados», porque para borrar los pecados «está el perdón de Dios». Pero «la misericordia es el modo como perdona Dios». Porque «Jesús podía decir: yo te perdono, anda. Como dijo al paralítico: tus pecados están perdonados». En esta situación «Jesús va más allá» y aconseja a la mujer «que no peque más». Y «aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de los enemigos, defiende al pecador de una condena justa».

Esto, añadió el Pontífice, «vale también para nosotros». Y afirmó: «¡Cuántos de nosotros tal vez mereceríamos una condena! Y sería incluso justa. Pero Él perdona». ¿Cómo? «Con esta misericordia» que «no borra el pecado: es el perdón de Dios el que lo borra», mientras que «la misericordia va más allá». Es «como el cielo: nosotros miramos al cielo, vemos muchas estrellas, pero cuando sale el sol por la mañana, con mucha luz, las estrellas no se ven». Y «así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura». Porque «Dios perdona no con un decreto, sino con una caricia». Lo hace «acariciando nuestras heridas de pecado porque Él está implicado en el perdón, está involucrado en nuestra salvación».

Con este estilo, concluyó el Papa, «Jesús es confesor». No humilla a la mujer adúltera, «no le dice: qué has hecho, cuándo lo has hecho, cómo lo has hecho y con quién lo has hecho». Le dice en cambio «que se marche y que no peque más: es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de Jesús: nos perdona acariciándonos».

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P. Alfredo Saenz S.J.

 

TIRAR LA PRIMERA PIEDRA

Este domingo es el último de Cuaresma, por lo que la Iglesia propone a nuestra consideración un relato evangélico que se sitúa en los días previos a los trágicos acontecimientos de la Semana Santa. Los miembros del Sanedrín seguían buscando la forma de matar a Jesús porque su presencia les resultaba insoportable. El Señor, como era su costumbre, especialmente a la vigilia de importantes eventos, se fue a orar al Monte de los Olivos. Este monte dista sólo un kilómetro de la ciudad, de la que lo separa el torrente Cedrón. Sin duda que desde ese punto elevado el Señor habrá contemplado, durante su oración nocturna, la Ciudad Santa en la que se consumaría pronto “su hora”, la hora que tanto había deseado pero que al mismo tiempo lo llenaba de angustia. “Jerusalén, Jerusalén –había dicho un día el Señor–, tú que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados, ¡cuántas veces quise Yo reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y vosotros no lo habéis querido!”. Al amanecer, Jesús volvió al Templo, donde ya eran seguramente muchos los peregrinos presentes, porque se acercaba la gran fiesta de la Pascua.

En este contexto, los escribas y fariseos seguían buscando algún pretexto que pudiese justificar lo injustificable, es decir, la condena del Justo. Como muchas veces ya lo habían hecho, tratan de poner a Jesús ante un dilema insoluble, la aparente contradicción entre un precepto bíblico y la enseñanza de Jesús mismo. Si Jesús elige dejar de lado el mandato bíblico podría ser acusado de quebrantar la ley de Dios y, por ende, condenado; si elige apartarse en este caso de lo que ha enseñado, contradiría sus propias enseñanzas, perdiendo así toda autoridad. Sin embargo, como a lo largo de todo el Evangelio, los enemigos se verán confundidos por la Sabiduría del Maestro que los deja sin respuesta y los pone ante la obligación de cambiar, ellos sí, de actitud ante la Verdad que les es anunciada.

La trampa que le es tendida a Jesús radica en la aparente oposición que existe entre el precepto divino que manda castigar con firmeza el pecado y su consabida misericordia hacia los pecadores. “Y tú, ¿qué dices?”. El precepto divino era aquel en que Moisés mandaba que la mujer sorprendida en delito de adulterio fuera lapidada. Conocedores de la misericordia de Jesús, con la imputación de amigo de publicanos y pecadores, juzgaron los escribas y fariseos que se inclinaría, contra lo establecido por la ley, por una sentencia absolutoria, con la que tendrían ya el motivo para acusarlo y condenarlo. “Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo”. Si por el contrario, optaba por la pena de la lapidación, se pondría contra el procurador romano que se reservaba el derecho de condenar a muerte; y si aconsejaba llevar el caso ante el tribunal romano se lo vería como amigo de los enemigos del pueblo judío, con lo que se enajenaría su simpatía, que era la finalidad de toda la táctica farisaica.

En un primer momento, el Señor responde a la maldad de sus adversarios por la indiferencia. “Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo”. Ante la insistencia de sus acusadores, seguramente para salvar la vida de esa pobre mujer y enseñar la verdad a todos los allí presentes, Jesús da una habilísima respuesta que logra tres fines: ponerse del lado de la ley, con lo que no podrán acusarlo; perdonar a la pecadora, que es lo que su corazón quiere, y confundir la maldad de los hipócritas. “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”, les dijo con imperio.

Jesús los hace entrar dentro de sí mismos. Clavaban sus ojos en la adúltera pero no los clavaban en sí mismos. Siendo ellos transgresores de la ley, querían que se cumpliese la ley, y esto por medio de toda clase de astucias, no según las exigencias de la verdad. Todo el que dirige su vista al interior, se ve pecador. Quien es incapaz de juzgar con severidad sus propios pecados, será incapaz de juzgar con rectitud a los demás.

Nuevamente, el Señor pone de manifiesto el gran pecado de los escribas y fariseos: la soberbia. La ceguera de quienes negándose a entrar en su propio corazón, para no ver su propia miseria espiritual, rechazan la salvación que les es ofrecida. La desesperación de aquellos que siguen predicando una verdad que no creen posible de ser llevada a la práctica, escondiendo la propia impotencia en una justicia puramente exterior.

¡Qué gran lección para todos nosotros, queridos hermanos! Un día estaremos frente al Juez justo y veraz, que nos juzgará por lo que hay en nuestro corazón. El no discrimina según las apariencias o según los criterios de los hombres. Nos da tiempo para la corrección. No abusemos, sin embargo, de la misericordia divina. Por dos cosas están en peligro los hombres, dice San Agustín comentando este texto: por la pseudo esperanza y por la desesperación. Se engaña el que espera falsamente, diciendo en su corazón: Dios es bueno, puedo hacer lo que me plazca, porque es infinitamente misericordioso. Se engaña también aquel que, habiendo caído en graves pecados, cree que ya no hay perdón para ellos, aunque se arrepienta. El alma fluctúa entre la pseudo esperanza y la desesperación. Al que abusa de su misericordia, Dios le dice: “No demores tu conversión al Señor ni la difieras de un día para otro, porque pronto llegará la ira de Dios, y en el momento de la venganza será tu ruina” (Ecles. 5, 8); a los que están tentados por la desesperación, el Señor dice: “En el momento mismo en que el inicuo se convierta, olvidaré para siempre todas sus iniquidades” (Ez. 18, 27).

Los escribas y fariseos conocían la ley de memoria, pero no habían comprendido el espíritu del Legislador, no conocían el corazón ni las intenciones de Dios. Jesucristo es la Imagen visible del Dios invisible. Cuando lo vemos recibir con compasión a la pecadora, el corazón de Dios se nos manifiesta. Dios no promulgó su santa ley para complacerse en la perdición del pecador, sino para corregirlo como Padre y llevarlo a la vida. “Yo no quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva, dice el Señor”.

Como se ve, los fariseos utilizaban la ley de Dios con una finalidad opuesta a la que Dios mismo le había dado. En el plan de Dios la ley era un remedio, un correctivo, para llamar al hombre a la reflexión, a la conversión. Era como una luz que iluminaba su camino para que su juicio moral no se desviase, para que no llamase bien al mal y mal al bien. La finalidad de la ley era -y es- la gloria de Dios y la salvación del hombre. Quien la aplica sin caridad, sin buscar que el pecador se arrepienta y llegue a la dignidad de hijo de Dios, contradice la voluntad de Dios mismo.

¡Ay de nosotros, queridos hermanos, si con la excusa de defender la causa de Cristo nos gozamos en la vergüenza del pecador, en su castigo! ¡Ay de nosotros si a costa del buen nombre de nuestro prójimo intentamos satisfacer las bajas pasiones, los celos, las envidias, las conquistas miserables del puesto, del honor, de los bienes! Y esto cubriéndonos con la máscara de la justicia y de la virtud… Al contrario; que el Espíritu Santo modele nuestro corazón en la fragua del corazón de Cristo: “Vete y no peques más en adelante”. Inflexible con el pecado, y lleno de misericordia con el pecador. Considerando mucho más grave la simulación farisaica, tras un velo de observancia de la ley, que los pecados de aquellos que se dejan arrastrar por sus pasiones. Que este pasaje evangélico nos llene de confianza en el amor generoso de Jesús, y nos haga más misericordiosos con los demás, pero sin debilidad para con el pecado. Tal será la medida de nuestro propio juicio, como bien nos lo dice el mismo Jesús: “Porque con la medida con que medís se os medirá también”.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 114-118)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas de la parroquia de Santa Felicidad e Hijos, mártires:

En la línea de lo que la liturgia nos propuso el domingo pasado, la página evangélica de hoy nos ayuda a comprender que sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia del hombre y, en consecuencia, de toda sociedad, porque sólo su amor infinito lo libra del pecado, que es la raíz de todo mal. Si es verdad que Dios es justicia, no hay que olvidar que es, sobre todo, amor: si odia el pecado, es porque ama infinitamente a toda persona humana.

Nos ama a cada uno de nosotros, y su fidelidad es tan profunda que no se desanima ni siquiera ante nuestro rechazo. Hoy, en particular, Jesús nos invita a la conversión interior: nos explica por qué perdona, y nos enseña a hacer que el perdón recibido y dado a los hermanos sea el “pan nuestro de cada día”.

El pasaje evangélico narra el episodio de la mujer adúltera en dos escenas sugestivas: en la primera, asistimos a una disputa entre Jesús, los escribas y fariseos acerca de una mujer sorprendida en flagrante adulterio y, según la prescripción contenida en el libro del Levítico (cf. Lv 20, 10), condenada a la lapidación. En la segunda escena se desarrolla un breve y conmovedor diálogo entre Jesús y la pecadora. Los despiadados acusadores de la mujer, citando la ley de Moisés, provocan a Jesús —lo llaman “maestro” (Didáskale)—, preguntándole si está bien lapidarla. Conocen su misericordia y su amor a los pecadores, y sienten curiosidad por ver cómo resolverá este caso que, según la ley mosaica, no dejaba lugar a dudas.

Pero Jesús se pone inmediatamente de parte de la mujer; en primer lugar, escribiendo en la tierra palabras misteriosas, que el evangelista no revela, pero queda impresionado por ellas; y después, pronunciando la frase que se ha hecho famosa: “Aquel de vosotros que esté sin pecado (usa el término anamártetos, que en el Nuevo Testamento solamente aparece aquí), que le arroje la primera piedra” ( Jn 8, 7) y comience la lapidación. San Agustín, comentando el evangelio de san Juan, observa que “el Señor, en su respuesta, respeta la Ley y no renuncia a su mansedumbre”. Y añade que con sus palabras obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí mismos, a descubrir que también ellos son pecadores. Por lo cual, “golpeados por estas palabras como por una flecha gruesa como una viga, se fueron uno tras otro” (In Io. Ev. tract. 33, 5).

Así pues, uno tras otro, los acusadores que habían querido provocar a Jesús se van, “comenzando por los más viejos”. Cuando todos se marcharon, el divino Maestro se quedó solo con la mujer. El comentario de san Agustín es conciso y eficaz: “relicti sunt duo: misera et misericordia”, “quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia” (ib.).

Queridos hermanos y hermanas, detengámonos a contemplar esta escena, donde se encuentran frente a frente la miseria del hombre y la misericordia divina, una mujer acusada de un gran pecado y Aquel que, aun sin tener pecado, cargó con nuestros pecados, con los pecados del mundo entero. Él, que se había puesto a escribir en la tierra, alza ahora los ojos y encuentra los de la mujer. No pide explicaciones. No es irónico cuando le pregunta: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?” (Jn 8, 10). Y su respuesta es conmovedora: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8, 11). San Agustín, en su comentario, observa: “El Señor condena el pecado, no al pecador. En efecto, si hubiera tolerado el pecado, habría dicho: “Tampoco yo te condeno; vete y vive como quieras… Por grandes que sean tus pecados, yo te libraré de todo castigo y de todo sufrimiento”. Pero no dijo eso” (In Io. Ev. tract. 33, 6). Dice: “Vete y no peques más”.

Queridos amigos, la palabra de Dios que hemos escuchado nos ofrece indicaciones concretas para nuestra vida. Jesús no entabla con sus interlocutores una discusión teórica sobre el pasaje de la ley de Moisés: no le interesa ganar una disputa académica a propósito de una interpretación de la ley mosaica; su objetivo es salvar un alma y revelar que la salvación sólo se encuentra en el amor de Dios. Para esto vino a la tierra, por esto morirá en la cruz y el Padre lo resucitará al tercer día. Jesús vino para decirnos que quiere que todos vayamos al paraíso, y que el infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para los que cierran el corazón a su amor.

Por tanto, también en este episodio comprendemos que nuestro verdadero enemigo es el apego al pecado, que puede llevarnos al fracaso de nuestra existencia. Jesús despide a la mujer adúltera con esta consigna: “Vete, y en adelante no peques más”. Le concede el perdón, para que “en adelante” no peque más. En un episodio análogo, el de la pecadora arrepentida, que encontramos en el evangelio de san Lucas (cf. Lc 7, 36-50), acoge y dice “vete en paz” a una mujer que se había arrepentido. Aquí, en cambio, la adúltera recibe simplemente el perdón de modo incondicional. En ambos casos —el de la pecadora arrepentida y el de la adúltera— el mensaje es único. En un caso se subraya que no hay perdón sin arrepentimiento, sin deseo del perdón, sin apertura de corazón al perdón. Aquí se pone de relieve que sólo el perdón divino y su amor recibido con corazón abierto y sincero nos dan la fuerza para resistir al mal y “no pecar más”, para dejarnos conquistar por el amor de Dios, que se convierte en nuestra fuerza. De este modo, la actitud de Jesús se transforma en un modelo a seguir por toda comunidad, llamada a hacer del amor y del perdón el corazón palpitante de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, en el camino cuaresmal que estamos recorriendo y que se acerca rápidamente a su fin, nos debe acompañar la certeza de que Dios no nos abandona jamás y que su amor es manantial de alegría y de paz; es la fuerza que nos impulsa poderosamente por el camino de la santidad y, si es necesario, también hasta el martirio. Eso es lo que les sucedió a los hijos y después a su valiente madre, santa Felicidad, patronos de vuestra parroquia.

Que, por su intercesión, el Señor os conceda encontraros cada vez más profundamente con Cristo y seguirlo con dócil fidelidad, para que, como sucedió al apóstol san Pablo, también vosotros podáis proclamar con sinceridad: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” ( Flp 3, 8).

(Homilía en la Parroquia Santa Felicidad e hijos, mártires, Domingo 25 de marzo de 2007)

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Directorio Homilético

Quinto domingo de Cuaresma

CEC 430, 545, 589, 1846-1847: Jesús manifiesta la misericordia del Padre

CEC 133, 428, 648, 989, 1006: la sublime riqueza del conocimiento de Cristo

CEC 2475-2479: el juicio temerario

III LAS OFENSAS A LA VERDAD

2475 Los discípulos de Cristo se han “revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,28). “Desechando la mentira” (Ef 5,25), deben “rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias” (1 P 2,1).

2476 Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cf. Pr 19,9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cf Pr 18,5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.

2477 El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf CIC, can. 220). Se hace culpable

– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo.

– de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran (cf Si 21,28).

– de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.

2478 Para evitar el juicio temerario, cada uno deberá interpretar en cuanto sea posible en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones de su prójimo:

Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 22).

2479 Maledicencia y calumnia destruyen la reputación  y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y la caridad.

I JESUS

430 Jesús quiere decir en hebreo: “Dios salva”. En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”(Mc 2, 7), es él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

———————-

545 Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

589   Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).

1846 El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1847 “Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín, serm. 169,11,13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos: `no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1,8-9).

428 El que está llamado a “enseñar a Cristo” debe por tanto, ante todo, buscar esta “ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo”; es necesario “aceptar perder todas las cosas … para ganar a Cristo, y ser hallado en él” y “conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 8-11).

648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que “ha resucitado” (cf. Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad – con su cuerpo – en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente “Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo IV de Cuaresma

06
marzo

Domingo IV de Cuaresma (C)

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo IV de Cuaresma (C)

(Domingo 6 de marzo de 2016)

TEXTOS LITÚRGICOS

LECTURAS

(Si se prefiere, pueden utilizarse todas las lecturas del Año A)

El pueblo de Dios,
después de entrar en la tierra prometida,
celebra la Pascua

Lectura del libro de Josué 4, 19; 5, 10-12

Después de atravesar el Jordán, los israelitas entraron en la tierra prometida el día diez del primer mes, y acamparon en Guilgal. El catorce de ese mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó. Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país —pan sin levadura y granos tostados— ese mismo día.

El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 33, 2-7

R. ¡Gusten y vean que bueno es el Señor!

Bendeciré al Señor en todo tiempo,

su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloría en el Señor:

que lo oigan los humildes y se alegren. R.

Glorifiquen conmigo al Señor,

alabemos su Nombre todos juntos.

Busqué al Señor: Él me respondió

y me libró de todos mis temores. R.

Miren hacia Él y quedarán resplandecientes,

y sus rostros no se avergonzarán.

Este pobre hombre invocó al Señor:

Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.

Dios nos reconcilió con Él por intermedio de Cristo

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 5, 1 7-21

Hermanos:

El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con Él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.

Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios. A Aquél que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por Él.

Palabra de Dios.

Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 15, 1-3. 11-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde”. Y el padre les repartió sus bienes.

Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida inmoral.

Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.

Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

Entonces recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”.

Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.

El joven le dijo: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”. Y comenzó la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.

Él le respondió: “Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.

Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!”

Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

IV Domingo de Cuaresma

Año C

Entrada:

La cercana celebración de la Pascua nos impulsa a contemplar el Rostro genuino de la Misericordia de Cristo y a alegrarnos en él. Que esta Eucaristía nos una a Dios íntimamente.

Primera Lectura:      Jos. 4,19; 5, 10-12

El Pueblo de Israel al llegar a la Tierra prometida, celebra la Pascua tal como Dios se lo mandó.

Segunda Lectura:    2 Co 5,17-21

Cristo, nuestra verdadera Pascua, nos introduce en la vida nueva, vida de reconciliación con Dios.

Evangelio: Lc 15,1-3. 11-32

Dios Padre misericordioso nos atrae constantemente, para que volvamos a Él por medio de Cristo.

O bien, si se prefiere, se pueden tomar las lecturas del Año A:

-Primera Lectura:   1 Sam 16,1b. 6-7.10-13a

El espíritu del Señor descendió sobre David ungiéndolo como rey de Israel.

-Segunda Lectura:      Ef 5,8-14

El Apóstol nos exhorta a vivir como hijos de la luz, sabiendo discernir lo que agrada al Señor.

-Evangelio:      Jn 9,1-41

Cristo cura la ceguera del alma, para que creamos que Él es el Salvador del mundo.

Preces:

Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por Él. Pidámosle entonces con confianza.
A cada intención respondemos cantando:

* Por el Santo Padre, para que sus enseñanzas sean acogidas dócilmente por todos los hombres; y por la Iglesia que peregrina hacia la Pascua, para que el Espíritu de Dios la asocie íntimamente a Cristo su Redentor. Oremos.

* Por los frutos de este año jubilar de la Misericordia para que los hombres alejados por el pecado sean dóciles a los reclamos de la gracia Dios y se vuelvan contritos a Aquel que los redimió. Oremos.

* Por una educación para la vida que sea conforme a los principios éticos, y que defienda la vida humana en todas sus etapas. Oremos.

* Por los profesionales que trabajan en el campo de la salud, para que se dejen colmar de los sentimientos de misericordia y acogida humanitaria, mostrando a los enfermos el bondadoso rostro de Cristo. Oremos.

Dios y Señor nuestro, Tú que eres rico en misericordia ayúdanos con tu fuerza. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

Queremos ser trigo de Cristo para que él nos ofrezca al Padre inmolándonos en el ara de la Cruz.

* En estos cirios representamos la luz que se encenderá para los catecúmenos esta Pascua.

*Junto con el pan y vino, traemos al altar el apostolado y todas las obras de misericordia de la Iglesia.

Comunión:

“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga la vida eterna”.

Salida

Madre de Dios, acrecienta nuestro amor para que se nos haga ligera toda tribulación, y condúcenos así hasta el gozo de la Pascua eterna.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

El escándalo

(Lc/15/01-02)

1 Íbanse acercando a él, para escucharlo, todos los publicanos y pecadores. 2 y tanto los fariseos como los escribas murmuraban, diciendo: ¡Este hombre acoge a los pecadores y come con ellos!

Grandes multitudes del pueblo acompañan a Jesús, pero también se le acercan todos los publicanos y pecadores. Los publicanos se cuentan entre la gente más despreciable. Se enumeran juntos: el publicano y el ladrón; el publicano y el bandido; el publicano y el gentil; cambistas y publicanos; publicanos y meretrices; bandidos, engañadores, adúlteros y publicanos; asesinos, bandidos y publicanos. Son designados como pecadores todos aquellos cuya vida inmoral es notoria y los que ejercen una profesión nada honorable o que induce a faltar a la honradez, como los jugadores de dados, los usureros, los pastores, arrieros, buhoneros curtidores. También pasa por pecador el que no conoce la interpretación farisea de la ley, pues si no conoce la interpretación de la ley, tampoco la observa.

Jesús es profeta, poderoso en obras y palabras (24,19). Los publicanos y los pecadores han visto sus obras y le han visto a él. Vienen a él para escucharlo. Lo que han visto se hace comprensible por la palabra. Jesús ofrece la salud y exige conversión, reforma de las costumbres. Escuchar es el comienzo de la fe, y la fe es el comienzo de la conversión y del perdón. La coronación del hecho de escuchar es la obediencia que se cifra en la fe, y la fe que se cifra en obedecer. Los pecadores se acercan a Jesús y por él, el profeta, a Dios. El profeta es portador del oráculo de Dios. Se acercan para oír a Dios. De ellos se puede decir: «Buscadme y me hallaréis. Sí. cuando me busquéis de todo corazón, yo me mostraré a vosotros… y trocaré vuestra suerte, y os reuniré de entre todos los pueblos y de todos los lugares a que os arrojé… y os haré volver a este lugar del que os eché» (Jer_29:12 ss).

Los fariseos y los escribas hablan despectivamente de Jesús: Este hombre. Lo observan en toda ocasión, pues se sienten responsables de la santidad del pueblo. Descontentos, murmuran: Tolera que se le acerquen los pecadores, los acoge y se sienta con ellos a la mesa (Lc.5:29). Con tal manera de proceder hace vano el empeño que tienen por la santidad del pueblo escogido.

Su lema es: «El hombre no debe mezclarse con los impíos.» Hay que aislar a los transgresores de la ley y a los pecadores. Hay que expulsarlos de la comunidad del pueblo santo de Dios. Así es como se ha de castigar el pecado, estigmatizar el vicio, proscribir al pecador, restaurar el orden y conservar la santidad. Lo que hace Jesús debe parecer necesariamente escandaloso. Además él se presenta como profeta que pretende obrar y hablar en nombre de Dios.

Jesús responde a los fariseos con una trilogía de parábolas. Las dos primeras responden al reproche de que acoge a los pecadores; la tercera, que culmina en el banquete festivo, responde al reproche de que Jesús come con ellos. Jesús tiene conciencia de proclamar el mensaje de Dios y no tiene nada de qué retractarse. Los pobres reciben la buena nueva, el Evangelio, y entre los pobres se cuentan también los pecadores que están dispuestos a convertirse.

El hijo pródigo

(Lc/15/11-32)

11 Añadió luego: Un hombre tenía dos hijos. 12 Y el más joven de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Entonces el padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo más joven lo reunió todo, se fue a un país lejano y allí despilfarró su hacienda, viviendo licenciosamente.

Las dos parábolas relativas a la búsqueda de lo que se había perdido han puesto de manifiesto el proceder de Dios con los pecadores; la parábola del hijo pródigo mostrará también lo que pasa en el que se ha perdido. Antes se habían perdido una oveja y una moneda, aquí se ha perdido el hijo… Anteriormente se ha hablado de retorno, de conversión, pero sin decir lo que ésta significa. Ahora se descubre el sentido de esta palabra. En ambos casos se trata de defender Jesús el proceder misericordioso de Dios con los pecadores.

El hombre que tiene dos hijos es un labrador hacendado: tiene muchos jornaleros, a los que no les falta nada (v. 17) y criados (v. 22); tiene inmediatamente a su disposición un becerro cebado (v. 23). Los dos hijos son solteros, aún no han cumplido veinte años. El padre mismo explota su granja. El hijo menor ruega -así habrá que entender el imperativo después de la cordial interpelación como «padre»- que le sea entregada la parte de la herencia que le corresponde por la ley. La granja misma, siendo bien inmueble, era inalienable y debía recaer en el hijo mayor (Lev_25:23 ss). De los bienes muebles recibe el primogénito dos terceras partes, el resto, por partes iguales, los demás (Deu_21:17). En esta narración el hijo menor pidió la tercera parte de los bienes muebles. Aunque la parte de los bienes que correspondía a cada uno se transmitía ya en vida del padre, esto no implica, sin embargo -además del derecho de propiedad-, derecho de disposición y de usufructo. El padre otorga la petición. Reparte el capital entre los hijos. El mayor es designado como propietario futuro absoluto (v. 31), pero el padre ejerce el usufructo (v. 22s.29). El hijo menor pide la propiedad y el derecho de disponer, pues quiere ser independiente. Ambos derechos le son otorgados. El padre no lo trata ya como menor de edad. Es un riesgo que se afronta.

La vida en la casa paterna, con sus reglamentos y obligaciones, ha venido a ser una carga para el hijo, que aspira a la autonomía y quiere vivir a su arbitrio. Pocos días después el hijo menor lo reúne todo, lo liquida y se va al extranjero, a la tierra al este del Jordán. Palestina no podía alimentar a sus habitantes. Quien quisiera prosperar, tenía que abandonar el país. En la diáspora vivían cuatro millones de judíos, en la patria, en Palestina, medio millón. La patria es una atadura, el extranjero promete una libertad e independencia que seduce. En el extranjero acaba pronto por gastarse el capital en una vida de libertinaje y despilfarro. «EI que ama la sabiduría alegra a su padre, el que frecuenta rameras pierde su hacienda» (Pro_29:3).

14 Después de haberlo malgastado todo, sobrevino un hambre muy grande por toda aquella región, y él comenzó a sufrir privaciones. 15 Y fue a ponerse al servicio de uno de los ciudadanos de aquella región, que lo mandó a sus campos para apacentar puercos. 16 Y ansiaba llenar su estómago siquiera de algunas algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.

En períodos de hambre y de carestía lo pasa mal incluso quien posee capital. ¿Qué decir del que no tiene nada? ¿Qué haría el hijo que se lo había gastado todo y no le quedaba ya nada? Los doctores judíos de la ley dirían que debía andar hasta destrozarse los pies para llegar a la próxima comunidad judía e implorar allí ayuda y trabajo. ¿Qué hace, en cambio, el «hijo pródigo». Lo más insoportable para un judío piadoso. Se presenta a un ciudadano de aquel país pagano y se agarra a él como un pordiosero importuno. Quiere trabajar para poder vivir, quiere hacer todo lo posible para no perecer, quiere sacrificarlo todo para poder siquiera «ir tirando», y nada más. Se halla en una tierra pagana, en la que no existe el reposo sabático, no hay comidas rituales, no se observan leyes de pureza. Vive en medio de pecadores y de gentes sin ley. El trabajo que asume es intolerable para un judío piadoso: «Maldito el hombre que cría puercos.» Tiene que tratar constantemente con animales impuros (Lev_11:7), con lo cual reniega de su religión. El hijo pródigo se vuelve pecador, apóstata, impío. ¿Qué le queda ya?

En el hijo pródigo se demuestra la verdad del proverbio: «El bebedor y el comilón empobrecerán» (Pro_23:21). Se ve privado de todo lo que necesita el hombre para poder vivir como hombre. Pasa hambre. La comida que se le da es tan escasa, que suspira por el pienso de los puercos. Ansiaba llenarse el estómago con las algarrobas a medio madurar que se daban a los puercos. Él vale menos que los animales; nadie le da de ese pienso; es un forastero. Tiene que vivir como bajo la maldición de Dios… «El Altísimo aborrece a los pecadores y les hará experimentar su venganza» (Eco_12:6). ¿Los odia Dios siempre y para siempre?

17 Entrando entonces dentro de sí mismo, se dijo. ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo estoy aquí muriéndome de hambre! 18 Ahora mismo iré a casa de mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti; 19 ya no soy digno de llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros.

Los judíos tienen un refrán que dice: «Cuando los israelitas tienen necesidad de algarrobas, entonces se vuelven (a Dios).» En el hijo pródigo se verifica el refrán. Entra dentro de sí mismo, recapacita. Todo lo que se arremolinaba en torno a él, se le ha escapado. Su miseria le trae a la memoria la casa paterna con su abundancia. Las algarrobas de los puercos le hacen pensar en el pan de los jornaleros, el extranjero tan poco acogedor le traslada a la casa de su padre. No quiere consumirse, sino vivir. Ni Dios ni su padre ocupan el centro de sus reflexiones, sino en primer lugar salir con vida del hambre que padece en país extranjero. «Si el impío entra dentro de sí» -hacen decir a Dios los doctores judíos de la ley- «le ceñiré una corona a la hora de la muerte (la corona de la vida eterna)… Si el impío entra dentro de sí, podrá entrar cada vez más (en la proximidad del Santo).» El camino del que entra dentro de sí conduce a Dios…

El hijo pródigo entra dentro de sí, se vuelve a su padre y va a acabar en Dios. Las palabras de su conversión están inspiradas en la Sagrada Escritura: «El faraón llamó en seguida a Moisés y Aarón, y dijo: He pecado contra Yahveh, vuestro Dios, y contra vosotros» (Exo_10:16). Y en los Salmos se hallan estas palabras: «Contra ti, sólo contra ti he pecado, he hecho lo malo a tus ojos para que sea reconocida la justicia de tus palabras y seas vencedor en el juicio» (Sal_51:6). El recuerdo de la casa paterna, de su abundancia, de su vida religiosa -y el recuerdo del que está por encima de todo, el padre- le hace acordarse de Dios, despierta en él la conciencia del pecado y le mueve a volverse a Dios. La imagen del padre amoroso hace nacer en él la seguridad del perdón. De lo contrario, ¿cómo se resolvería a emprender la marcha hacia su padre? A través de la imagen de su padre se le ofrece la imagen de Dios. «Vuelve, apóstata Israel, palabra de Yahveh, que quiero dejar de mostrarte rostro airado, porque soy misericordioso…, que no es eterna mi cólera, siempre que reconozcas tu maldad al pecar contra Yahveh» (Jer_3:12 s). El hijo pródigo se da cuenta de su culpa y reconoce que con su modo de vivir ha perdido sus derechos de hijo. Sólo quiere ser tratado como uno de los jornaleros.

20 Partió, pues, y volvió a la casa de su padre. Todavía estaba lejos, cuando su padre lo vio venir y, hondamente conmovido, corrió a abrazarse a su cuello y lo besó repetidamente. 21 El hijo le dijo entonces: Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo.

La reflexión se traduce en acción. La conversión interior reclama «frutos de penitencia», ruptura con la vida pasada, retorno a Dios. El padre sale al encuentro a su hijo. El amor y la nostalgia del hijo aguza su vista. Se siente hondamente conmovido cuando ve su miseria. Corre a su encuentro, cosa nada corriente e indigna para los antiguos orientales. El padre olvida su dignidad y le prodiga todas las muestras de su amor paterno. Besándolo en la mejilla lo acoge como hijo antes de que él haya podido pronunciar sus palabras de arrepentimiento. Comienza la «frasecita» de confesión, pero no la termina. El padre no aguarda para perdonar a que se cumplan todos los requisitos de la penitencia. A través de la imagen de este padre se nos presenta la imagen del Padre celestial, que nos ama anticipadamente.

22 Pero el padre ordenó a sus criados: Inmediatamente, traed el vestido más rico y ponédselo; ponedle también un anillo en su mano y sandalias en sus pies. 23 Luego traed el becerro cebado, matadlo, y vamos a comer y a celebrar alegremente la fiesta. 24 Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron a celebrar la fiesta con alegría.

Hasta aquí había guardado silencio el padre. Ahora comienza él a hablar. Antes había estado lleno de solicitud vigilante y amorosa, ahora estallan sus palabras rebosantes de alegría. No pide cuentas, no pone condiciones, no fija período alguno de prueba. No se pronuncian palabras de perdón, pero más significativas que estas palabras son las obras de perdón. El padre restituye al hijo pródigo sus derechos de hijo. El vestido más rico lo constituye en huésped de honor, el anillo lo capacita de nuevo para proceder como hijo.

Las sandalias lo declaran hombre libre; es otra vez hijo libre de un labrador libre, no uno de los jornaleros que van con los pies descalzos. Sacrificando el becerro cebado se inicia una fiesta de alegría; el hijo es admitido de nuevo en la comunidad de mesa de la casa paterna. La alegría festiva en el corazón del padre no puede contenerse y llena toda la casa.

La alegría de la fiesta desborda de las palabras: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.» Este júbilo festivo es el júbilo del tiempo de salvación. El Evangelio de la misericordia es el Evangelio de la alegría. Jesús salva de la perdición y de la muerte, puesto que vino para «iluminar a los que yacen en tinieblas y sombra de muerte» (1,79). Las palabras cierran como un estribillo la primera y la segunda parte de la parábola, a saber: la narración de la magnanimidad amorosa del padre y la narración de la severidad sin piedad y de la estrechez de espíritu del hijo mayor. Dios es como el primero, el fariseo como el segundo. «Sed misericordiosos, como misericordioso es vuestro Padre» (6,36).

25 Pero el hijo mayor estaba en el campo. Y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó música y danzas, 26 y llamando a uno de los criados le preguntó qué significaba aquello. 27 El criado le respondió: Es que ha vuelto tu hermano, y tu padre, como lo ha recobrado sano y salvo, ha mandado matar el becerro cebado. 28a Entonces él se enfadó y no quería entrar.

El hijo mayor es fiel en el servicio, día tras día. Ahora vuelve a casa del trabajo del campo. El banquete ha terminado, y ha comenzado la alegre danza. Desde fuera se oye la música y el zapato de la danza. El hijo que se dedica al cumplimiento escrupuloso del deber se ve envuelto en el júbilo festivo y en la algazara. El criado que le explica la razón del júbilo, ve sólo lo exterior: el regreso del hermano, el sacrificio del becerro cebado, la salud del que ha vuelto a casa. Pero ¿cómo podía ver también lo que había sucedido en el interior del padre y del hijo vuelto al hogar? Este drama del retorno, de la conversión, la transformación que había tenido lugar, la resurrección del muerto… ¡cuántas cosas habían sucedido! La penitencia es un comienzo de los acontecimientos escatológicos. Lo que allí sucede entre el hombre y Dios es imagen del acontecimiento que abarca al mundo entero, que se había aguardado y que ahora se produce. El tiempo de salvación es tiempo de alegría.

Lo que siente el hijo mayor tiene también lugar con los fariseos. Su imagen es la imagen de los piadosos de Israel. Enfadado se revela contra el proceder de su padre, protesta contra el peligro en que se pone el orden moral, murmura contra esta increíble misericordia. El día de Dios, en el que se erigirá el reino de Dios, es sin embargo «día de ira», en el que los transgresores de la ley recibirán su castigo. ¿Entrar en la sala del festín? Esto sería entrar en comunión con un pecador, sentarse a la mesa con uno que se ha contaminado con meretrices, con paganos y con puercos… El hijo mayor se comporta como los «justos», los piadosos, los fariseos… «Este hombre acoge a los pecadores y come con ellos» (15,2).

28b Pero su padre salió para llamarlo. 29 El contestó a su padre: De modo que hace ya tantos años que te vengo sirviendo, sin haber quebrantado jamás ninguna orden tuya, y nunca me diste un cabrito para que yo celebrara alegremente una fiesta con mis amigos; 30 pero, cuando llega ese hijo tuyo que ha devorado tus bienes con meretrices, has mandado matar para él el becerro cebado.

El padre sale a ver a su hijo mayor; éste no le es indiferente. Le habla con ruegos y exhortaciones. Sin embargo, del alma del hijo mayor irrumpe como una corriente impetuosa que ha roto la presa que la contenía. Lo que está sucediendo en casa le parece provocador: el justo es preterido, el pecador desencadena la alegría. A sus ojos se contraponen «tantos años» de servicio fiel y «devorar tus bienes»; «no haber quebrantado jamás ninguna orden» y despilfarrar «con meretrices»; «nunca me diste un cabrito para celebrar alegremente una fiesta con mis amigos» y «matar para él el becerro cebado». También la misericordia de Dios y su amor son misterios que no se pueden apreciar con criterios humanos. Jesús anuncia el reino de Dios que se acerca, que trae perdón y salvación, y lo anuncia revelando a Dios como Padre misericordioso.

31 Pero el padre le contestó: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas; 32 pero había que hacer fiesta y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado.

El padre se justifica. ¿Ha considerado el mayor lo que tiene recibido de su padre? Es para él un hijo querido -«hijito» se dice en el texto original-, ha gozado siempre del amor del padre, ha vivido en comunión con él. él no pierde nada de la parte que le corresponde, se le ratifica la propiedad de lo que era de su padre. ¿Se le hace acaso injusticia porque el padre sea bondadoso con el otro hijo? (Mat_20:15) ¿Pierde él acaso algo con esta bondad?

Por los tres bienes que enumera el padre se deja entrever la alianza de Dios con su pueblo: hijo mío, pueblo mío; yo contigo, tú conmigo; comunidad de bienes. La nueva economía de la salud que trae Jesús vuelve a restaurar la primera, ahondándola y perfeccionándola. Su sangre establece la nueva alianza (Mat_22:20) que confiere el perdón de los pecados: «Les perdonaré sus maldades, de las que no me acordaré más» (Jer_31:34). La voluntad de Dios exige que se celebre la fiesta con júbilo. Se trata del hermano. El mayor sólo se preocupa por la ley, pero carece de amor fraterno. Ahora bien, según el mensaje de Jesús, este amor es el núcleo de la ley y de la voluntad de Dios. Una vez más vuelve a emerger lo que habían descubierto ya los conflictos sabáticos (Lc.14:5). Los fariseos guardan el reposo sabático, pero descuidan el amor fraterno. Dios, en cambio se glorifica con las obras de misericordia y de amor.

Si se perdona demasiado fácilmente el pecado, ¿no se impondrá éste como una oleada que todo lo inunda? El anuncio del gozo del Señor por la conversión del pecador ¿no será una catástrofe para la moralidad? ¿No es cierto que la predicación de Jesús que proclama la misericordia de Dios con los pecadores representa una amenaza para el orden moral? En las palabras de Jesús se muestran dos poderes de orden: la conversión y el amor fraterno. El hijo pródigo efectúa la conversión, el retorno al padre; el hijo mayor es conducido al amor fraterno. En la conversión y en el amor fraterno se revela el comienzo del reino de Dios y del tiempo de la salud. La predicación de los apóstoles, bajo el impulso del Espíritu Santo, lleva a la conversión e incorpora a la comunidad de los que están congregados en el nombre de Jesús y forman un solo corazón y una sola alma (cf. Hec_2:37-47). La conversión a Dios y el amor fraterno son las fuerzas fundamentales del orden moral.

También la antigua Iglesia hubo de preocuparse por esta cuestión: ¿Cómo hay que tratar a los pecadores en el santo pueblo de Dios? En el Evangelio de Mateo hay un orden de este procedimiento, que es de naturaleza jurídica: corrección fraterna en privado, presentación de testigos, juicio ante la comunidad reunida, exclusión de la comunidad (Mat_18:15-17). Lucas muestra el camino de la misericordia y de la bondad con amor. Ambos caminos tienen en común que se remontan a Jesús, ambos están arraigados en la proclamación del alborear del reino de Dios. La realeza de Dios es juicio y misericordia. En la parábola del hijo pródigo se menciona tres veces el banquete festivo. Cuando la comunidad se congrega para celebrar el banquete eucarístico hace memoria de la acción salvadora y perdonadora de Dios por Jesús (Mat_22:10; 1Co_11:26) en el júbilo de la salvación (Hec_2:46). La comunidad era una vez «no pueblo», ahora en cambio es pueblo de Dios; una vez estaba sin gracia, ahora en cambio está agraciada (1Pe_2:10). En el banquete del Señor se da la sangre del Señor «para el perdón de los pecados» (Mat_26:28) y con gozosa acción de gracias se celebra la nueva economía salvadora y la reintegración en la filiación divina.

La narración de la parábola se interrumpe sin decir lo que piensa hacer el padre con el hijo mayor. Jesús no celebra juicio, sino que ofrece la salvación. Quiere también salvar a los fariseos. Todos tienen necesidad de conversión, los pecadores y también los que se tienen por justos (Mat_18:9-14). «Todos estamos bajo pecado» (Rom_3:9).

(Stöger, A., El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, BAC, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        S.S. Benedicto XVI

La parábola de los dos hermanos (el hijo pródigo y el hijo que se quedó en casa) y del padre bueno

(Lc 15, 11-32)

Esta parábola de Jesús, quizás la más bella, se conoce también como la «parábola del hijo pródigo». En ella, la figura del hijo pródigo está tan admirablemente descrita, y su desenlace —en lo bueno y en lo malo— nos toca de tal manera el corazón que aparece sin duda como el verdadero centro de la narración. Pero la parábola tiene en realidad tres protagonistas. Joachim Jeremías y otros autores han propuesto llamarla mejor la «parábola del padre bueno», ya que él sería el auténtico centro del texto.

Pierre Grelot, en cambio, destaca como elemento esencial la figura del segundo hijo y opina —a mi modo de ver con razón— que lo más acertado sería llamarla «parábola de los dos hermanos». Esto se desprende ante todo de la situación que ha dado lugar a la parábola y que Lucas presenta del siguiente modo (15, ls): «Se acercaban a Jesús los publícanos y pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”». Aquí encontramos dos grupos, dos «hermanos»: los publícanos y los pecadores; los fariseos y los letrados. Jesús les responde con tres parábolas: la de la oveja descarriada y las noventa y nueve que se quedan en casa; después la de la dracma perdida; y, finalmente, comienza de nuevo y dice: «Un hombre tenía dos hijos» (15, 11). Así pues, se trata de los dos.

El Señor retoma así una tradición que viene de muy atrás: la temática de los dos hermanos recorre todo el Antiguo Testamento, comenzando por Caín y Abel, pasando por Ismael e Isaac, hasta llegar a Esaú y Jacob, y se refleja otra vez, de modo diferente, en el comportamiento de los once hijos de Jacob con José. En los casos de elección domina una sorprendente dialéctica entre los dos hermanos, que en el Antiguo Testamento queda como una cuestión abierta. Jesús retoma esta temática en un nuevo momento de la actuación histórica de Dios y le da una nueva orientación. En el Evangelio de Mateo aparece un texto sobre dos hermanos similar al de nuestra parábola: uno asegura querer cumplir la voluntad del padre, pero no lo hace; el segundo se niega a la petición del padre, pero luego se arrepiente y cumple su voluntad (cf. Mt 21,28-32). También aquí se trata de la relación entre pecadores y fariseos; también aquí el texto se convierte en una llamada a dar un nuevo sí al Dios que nos llama.

Pero tratemos ahora de seguir la parábola paso a paso. Aparece ante todo la figura del hijo pródigo, pero ya inmediatamente, desde el principio, vemos también la magnanimidad del padre. Accede al deseo del hijo menor de recibir su parte de la herencia y reparte la heredad. Da libertad. Puede imaginarse lo que el hijo menor hará, pero le deja seguir su camino.

El hijo se marcha «a un país lejano». Los Padres han visto aquí sobre todo el alejamiento interior del mundo del padre —del mundo de Dios—, la ruptura interna de la relación, la magnitud de la separación de lo que es propio y de lo que es auténtico. El hijo derrocha su herencia. Sólo quiere disfrutar. Quiere aprovechar la vida al máximo, tener lo que considera una «vida en plenitud». No desea someterse ya a ningún precepto, a ninguna autoridad: busca la libertad radical; quiere vivir sólo para sí mismo, sin ninguna exigencia. Disfruta de la vida; se siente totalmente autónomo.

¿Acaso nos es difícil ver precisamente en eso el espíritu de la rebelión moderna contra Dios y contra la Ley de Dios? ¿El abandono de todo lo que hasta ahora era el fundamento básico, así como la búsqueda de una libertad sin límites? La palabra griega usada en la parábola para designar la herencia derrochada significa en el lenguaje de los filósofos griegos «sustancia», naturaleza. El hijo perdido desperdicia su «naturaleza», se desperdicia a sí mismo.

Al final ha gastado todo. El que era totalmente libre ahora se convierte realmente en siervo, en un cuidador de cerdos que sería feliz si pudiera llenar su estómago con lo que ellos comían. El hombre que entiende la libertad como puro arbitrio, el simple hacer lo que quiere e ir donde se le antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza forma parte de una reciprocidad, su libertad es una libertad que debe compartir con los otros; su misma esencia lleva consigo disciplina y normas; identificarse íntimamente con ellas, eso sería libertad. Así, una falsa autonomía conduce a la esclavitud: la historia, entretanto, nos lo ha demostrado de sobra. Para los judíos, el cerdo es un animal impuro; ser cuidador de cerdos es, por tanto, la expresión de la máxima alienación y el mayor empobrecimiento del hombre. El que era totalmente libre se convierte en un esclavo miserable.

Al llegar a este punto se produce la «vuelta atrás». El hijo pródigo se da cuenta de que está perdido. Comprende que en su casa era un hombre libre y que los esclavos de su padre son más libres que él, que había creído ser absolutamente libre. «Entonces recapacitó», dice el Evangelio (15, 17), y esta expresión, como ocurrió con la del país lejano, repropone la reflexión filosófica de los Padres: viviendo lejos de casa, de sus orígenes, dicen, este hombre se había alejado también de sí mismo, vivía alejado de la verdad de su existencia. Su retorno, su «conversión», consiste en que reconoce todo esto, que se ve a sí mismo alienado; se da cuenta de que se ha ido realmente «a un país lejano» y que ahora vuelve hacia sí mismo. Pero en sí mismo encuentra la indicación del camino hacia el padre, hacia la verdadera libertad de «hijo». Las palabras que prepara para cuando llegue a casa nos permiten apreciar la dimensión de la peregrinación interior que ahora emprende. Son la expresión de una existencia en camino que ahora —a través de todos los desiertos— vuelve «a casa», a sí mismo y al padre. Camina hacia la verdad de su existencia y, por tanto, «a casa». Con esta interpretación «existencial» del regreso a casa, los Padres nos explican al mismo tiempo lo que es la «conversión», el sufrimiento y la purificación interna que implica, y podemos decir tranquilamente que, con ello, han entendido correctamente la esencia de la parábola y nos ayudan a reconocer su actualidad.

El padre ve al hijo «cuando todavía estaba lejos», sale a su encuentro. Escucha su confesión y reconoce en ella el camino interior que ha recorrido, ve que ha encontrado el camino hacia la verdadera libertad. Así, ni siquiera le deja terminar, lo abraza y lo besa, y manda preparar un gran banquete. Reina la alegría porque el hijo «que estaba muerto» cuando se marchó de la casa paterna con su fortuna, ahora ha vuelto a la vida, ha revivido; «estaba perdido y lo hemos encontrado» (15, 32).

Los Padres han puesto todo su amor en la interpretación de esta escena. El hijo perdido se convierte para ellos en la imagen del hombre, el «Adán» que todos somos, ese Adán al que Dios le sale al encuentro y le recibe de nuevo en su casa. En la parábola, el padre encarga a los criados que traigan enseguida «el mejor traje». Para los Padres, ese «mejor traje» es una alusión al vestido de la gracia, que tenía originalmente el hombre y que después perdió con el pecado. Ahora, este «mejor traje» se le da de nuevo, es el vestido del hijo. En la fiesta que se prepara, ellos ven una imagen de la fiesta de la fe, la Eucaristía festiva, en la que se anticipa el banquete eterno. En el texto griego se dice literalmente que el hermano mayor, al regresar a casa, oye «sinfonías y coros»: para los Padres es una imagen de la sinfonía de la fe, que hace del ser cristiano una alegría y una fiesta.

Pero lo esencial del texto no está ciertamente en estos detalles; lo esencial es, sin duda, la figura del padre. ¿Resulta comprensible? ¿Puede y debe actuar así un padre? Pierre Grelot ha hecho notar que Jesús se expresa aquí tomando como punto de referencia el Antiguo Testamento: la imagen original de esta visión de Dios Padre se encuentra en Oseas (cf. 11, 1-9). Allí se habla de la elección de Israel y de su traición: «Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí; sacrificaban a los Baales, e incensaban a los ídolos» (11,2). Dios ve también cómo este pueblo es destruido, cómo la espada hace estragos en sus ciudades (cf. 11, 6). Y entonces el profeta describe bien lo que sucede en nuestra parábola: «¿Cómo te trataré, Efraín? ¿Acaso puedo abandonarte, Israel?… Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti.» (11, 8ss). Puesto que Dios es Dios, el Santo, actúa como ningún hombre podría actuar. Dios tiene un corazón, y ese corazón se revuelve, por así decirlo, contra sí mismo: aquí encontramos de nuevo, tanto en el profeta como en el Evangelio, la palabra sobre la «compasión» expresada con la imagen del seno materno. El corazón de Dios transforma la ira y cambia el castigo por el perdón.

Para el cristiano surge aquí la pregunta: ¿dónde está aquí el puesto de Jesucristo? En la parábola sólo aparece el Padre. ¿Falta quizás la cristología en esta parábola? Agustín ha intentado introducir la cristología, descubriéndola donde se dice que el padre abrazó al hijo (cf. 15, 20). «El brazo del Padre es el Hijo», dice. Y habría podido remitirse a Ireneo, que describió al Hijo y al Espíritu como las dos manos del Padre. «El brazo del Padre es el Hijo»: cuando pone su brazo sobre nuestro hombro, como «su yugo suave», no se trata de un peso que nos carga, sino del gesto de aceptación lleno de amor. El «yugo» de este brazo no es un peso que debamos soportar, sino el regalo del amor que nos sostiene y nos convierte en hijos. Se trata de una explicación muy sugestiva, pero es más bien una «alegoría» que va claramente más allá del texto.

Grelot ha encontrado una interpretación más conforme al texto y que va más a fondo. Hace notar que, con esta parábola, con la actitud del padre de la parábola, como con las anteriores, Jesús justifica su bondad para con los pecadores, su acogida de los pecadores. Con su actitud, Jesús «se convierte en revelación viviente de quien El llamaba su Padre». La consideración del contexto histórico de la parábola, pues, delinea de por sí una «cristología implícita». «Su pasión y su resurrección han acentuado aún más este aspecto: ¿cómo ha mostrado Dios su amor misericordioso por los pecadores? Haciendo morir a Cristo por nosotros “cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5,8). Jesús no puede entrar en el marco narrativo de su parábola porque vive identificándose con el Padre celestial, recalcando la actitud del Padre en la suya. Cristo resucitado está hoy, en este punto, en la misma situación que Jesús de Nazaret durante el tiempo de su ministerio en la tierra» (pp. 228s). De hecho, Jesús justifica en esta parábola su comportamiento remitiéndolo al del Padre, identificándolo con Él. Así, precisamente a través de la figura del Padre, Cristo aparece en el centro de esta parábola como la realización concreta del obrar paterno.

Y he aquí que aparece el hermano mayor. Regresa a casa tras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera del motivo y se enoja. Simplemente, no considera justo que a ese haragán, que ha malgastado con prostitutas toda su fortuna —el patrimonio del padre—, se le obsequie con una fiesta espléndida sin pasar antes por una prueba, sin un tiempo de penitencia. Esto se contrapone a su idea de la justicia: una vida de trabajo como la suya parece insignificante frente al sucio pasado del otro. La amargura lo invade: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos» (15,29). El padre trata también de complacerle y le habla con benevolencia. El hermano mayor no sabe de los avatares y andaduras más recónditos del otro, del camino que le llevó tan lejos, de su caída y de su reencuentro consigo mismo. Sólo ve la injusticia. Y ahí se demuestra que él, en silencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior de amargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténtica libertad que tiene como hijo. «Hijo, tú estás siempre conmigo —le dice el padre—, y todo lo mío es tuyo» (15, 31). Con eso le explica la grandeza de ser hijo. Son las mismas palabras con las que Jesús describe su relación con el Padre en la oración sacerdotal: «Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío» (Jn 17, 10).

La parábola se interrumpe aquí; nada nos dice de la reacción del hermano mayor. Tampoco podría hacerlo, pues en este punto la parábola pasa directamente a la situación real que tiene ante sus ojos: con estas palabras del padre, Jesús habla al corazón de los fariseos y de los letrados que murmuraban y se indignaban de su bondad con los pecadores (cf. 15, 2). Ahora se ve totalmente claro que Jesús identifica su bondad hacia los pecadores con la bondad del padre de la parábola, y que todas las palabras que se ponen en boca del padre las dice El mismo a las personas piadosas. La parábola no narra algo remoto, sino lo que ocurre aquí y ahora a través de El. Trata de conquistar el corazón de sus adversarios. Les pide entrar y participar en el júbilo de este momento de vuelta a casa y de reconciliación. Estas palabras permanecen en el Evangelio como una invitación implorante. Pablo recoge esta invitación cuando escribe: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co5, 20).

Así, la parábola se sitúa, por un lado, de un modo muy realista en el punto histórico en que Jesús la relata; pero al mismo tiempo va más allá de ese momento histórico, pues la invitación suplicante de Dios continúa. Pero, ¿a quién se dirige ahora? Los Padres, muy en general, han vinculado el tema de los dos hermanos con la relación entre judíos y paganos. No les ha resultado muy difícil ver en el hijo disoluto, alejado de Dios y de sí mismo, un reflejo del mundo del paganismo, al que Jesús abre las puertas a la comunión de Dios en la gracia y para el que celebra ahora la fiesta de su amor. Así, tampoco resulta difícil reconocer en el hermano que se había quedado en casa al pueblo de Israel, que con razón podría decir: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya». Precisamente en la fidelidad a la Torá se manifiesta la fidelidad de Israel y también su imagen de Dios.

Esta aplicación a los judíos no es injustificada si se la considera tal como la encontramos en el texto: como una delicada tentativa de Dios de persuadir a Israel, tentativa que está totalmente en las manos de Dios. Tengamos en cuenta que, ciertamente, el padre de la parábola no sólo no pone en duda la fidelidad del hijo mayor, sino que confirma expresamente su posición como hijo suyo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo». Sería más bien una interpretación errónea si se quisiera transformar esto en una condena de los judíos, algo de lo no se habla para nada en el texto.

Si bien es lícito considerar la aplicación de la parábola de los dos hermanos a Israel y los paganos como una dimensión implícita en el texto, quedan todavía otras dimensiones. Las palabras de Jesús sobre el hermano mayor no aluden sólo a Israel (también los pecadores que se acercaban a Él eran judíos), sino al peligro específico de los piadosos, de los que estaban limpios, «en regle» con Dios como lo expresa Grelot (p. 229). Grelot subraya así la breve frase: «Sin desobedecer nunca una orden tuya». Para ellos, Dios es sobre todo Ley; se ven en relación jurídica con Dios y, bajo este aspecto, a la par con Él. Pero Dios es algo más: han de convertirse del Dios-Ley al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces no abandonarán su obediencia, pero ésta brotará de fuentes más profundas y será, por ello, mayor, más sincera y pura, pero sobre todo también más humilde.

Añadamos ahora otro punto de vista que ya hemos mencionado antes: en la amargura frente a la bondad de Dios se aprecia una amargura interior por la obediencia prestada que muestra los límites de esa sumisión: en su interior, también les habría gustado escapar hacia la gran libertad. Se aprecia una envidia solapada de lo que el otro se ha podido permitir. No han recorrido el camino que ha purificado al hermano menor y le ha hecho comprender lo que significa realmente la libertad, lo que significa ser hijo. Ven su libertad como una servidumbre y no están maduros para ser verdaderamente hijos. También ellos necesitan todavía un camino; pueden encontrarlo sencillamente si le dan la razón a Dios, si aceptan la fiesta de Dios como si fuera también la suya. Así, en la parábola, el Padre nos habla a través de Cristo a los que nos hemos quedado en casa, para que también nosotros nos convirtamos verdaderamente y estemos contentos de nuestra fe.

(Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, tomo I, Planeta, Santiago de Chile, 2007, p. 243 -253)

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Santos Padres

·        San Ambrosio

El hijo pródigo

No temamos haber despilfarrado el patrimonio de la dignidad espiritual en placeres terrenales. Porque el Padre vuelve a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no perdió lo que dio, lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque Dios no se alegra de la perdición de los vivos (Sb 1, 13). En verdad, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello —pues el Señor es quien levanta los corazones (Sal 145, 8) —, te dará un beso, que es la señal de la ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él, sin embargo, te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete. Y ahora, examinemos ya la parábola misma.
Un hombre tenía dos hijos, y dijo el menor de ellos a su padre: dame la parte de herencia que me corresponde. Observa cómo el patrimonio divino se da a todos aquellos que lo piden, y no creas que el padre comete una falta porque se lo haya dado al más joven. En el reino de Dios no existe la minoría de edad, ni crece la fe a medida que pasan los años. El que lo pide es que se ha juzgado a sí mismo ya capaz ¡Ojalá no se hubiese apartado de su padre y así no hubiera conocido los inconvenientes de su edad! Pero después de que se marchó lejos —realmente malgasta su patrimonio el que se aleja de la Iglesia— después de dejar —dice— la casa paterna, se marchó lejos a una región muy distante.
Y ¿dónde más apartado que alejarse de sí mismo, que estar lejos, no de un lugar, sino de las buenas costumbres, y estar distante, no de las tierras paternas, sino de los buenos deseos, y encontrarse como dominado por la apetencia malsana de los placeres carnales de este mundo; distante, por tanto, a causa de su conducta? Y es que, en verdad, el que se separa de Cristo está desterrado de la patria y se hace ciudadano del mundo. Pero “nosotros no somos extranjeros ni peregrinos, sino que somos conciudadanos de los santos y de la casa de Dios” (Ef 3,19); pues los que estábamos lejos, nos hemos hecho hermanos en la sangre de Cristo (ibíd., 13). Y no tratemos mal a los que vienen de una región lejana, porque nosotros también estuvimos, como lo enseña Isaías: Una luz ha brillado para los que habitaban en el país de las sombras de la muerte (Is 9, 2). El país lejano es el de las sombras de la muerte; sin embargo, nosotros que tenemos al Señor Jesús, como espíritu ante nuestra vista, vivimos a la sombra de Cristo. Y por eso dice la Iglesia: Yo he deseado estar y sentarme a su sombra (Ct 2, 3). Y entonces, dice, viviendo lujuriosamente, malgastó todos los adornos de su naturaleza. Y por eso tú, que recibiste la imagen de Dios, que eres semejante a Él, guárdate de destruir esta imagen y esa semejanza por una fealdad irracional. Eres una obra de Dios, por tanto, no digas a un trozo de palo: Tú eres mi padre (Jr 2, 27), para que no te hagas semejante a la madera, porque está escrito: Los que fabrican (ídolos) se hacen semejantes a ellos (Sal 113, 8).
215. Aconteció que el hambre empezó a hacerse sentir por aquella región: no un hambre de alimentos, sino la de las buenas obras y la de las virtudes. ¿Qué ayuno más miserable puede existir? Porque el que se aparta de la palabra de Dios, siente una fuerte hambre, ya que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios (Lc 4, 4). El que se aparta de la fuente, se muere de sed; el que se distancia del tesoro, padece necesidad; él que se aleja de la sabiduría, se hace necio, y el que abandona la virtud se destruye a sí mismo. Con razón, pues, el que dejó los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios (Col 2, 3) y se olvidó de mirar a la grandeza de los bienes celestiales, comenzó a pasar necesidad. Y, como consecuencia de esa penuria, le sobrevino el comenzar a sentir hambre, porque el placer al que continuamente se está alimentando, nunca dice basta. El que no sabe saciarse con el alimento que no se corrompe, siempre estará hambriento.

Así, pues, se fue y se puso a servir a uno de los ciudadanos de allí. No hay duda de que el que es esclavo está, de alguna manera, atado. Es fácil ver en este ciudadano la figura del príncipe de este mundo. Poco después es enviado a una granja, que él había comprado, alejándose, por esta causa, del reino (Lc 14, 18ss); y comienza a guardar cerdos; estos animales son precisamente aquellos en los que pide entrar el demonio y a los que precipita en el mar (Mt 8, 32), porque viven entre inmundicia y fetidez.
Y continúa: Deseaba llenar su vientre de las bellotas. Realmente, los lujuriosos no se preocupan más que de llenar su vientre, ya que éste es su dios (Flp 3, 19). Y ¿qué alimento más a propósito para tales hombres, que ése, que, como la bellota, es vano por dentro y suave por fuera, que no tiene por finalidad propia la de alimentar y que de tal manera grava el cuerpo, que resulta más perjudicial que útil?
Hay algunos que quieren ver representados en los puercos las diversas clases de demonios, y en las bellotas, la falsa virtud de los hombres vanos y la vanagloria de sus palabras, las cuales no les sirven de provecho alguno, ya que, por medio de una falsa filosofía, quieren llamar la atención sobre una aparatosidad externa, anteponiendo esto a otra cosa más útil. Pero estos engaños no pueden ser duraderos.
219. Y por eso nadie se las daba; porque estaba en una región donde no tenía a nadie, ya que dicha región no tenía dominio sobre los que allí estaban. En verdad, “todas las naciones son como nada” (Is 40, 17), y sólo Dios es quien vivifica a los muertos y llama a las cosas que no son como si fueran (Rm 4, 17).

220. Y entrado dentro de sí, dijo: ¡Cuántos mercenarios de mi padre tienen pan en abundancia!’ Con toda razón se puede decir que vuelve en sí el que se había salido de sí mismo pues, en realidad, el que vuelve al Señor, vuelve en sí, y el que se aparta de Cristo, se aleja de sí mismo. Y ¿ quiénes son los mercenarios sino aquellos que sirven por la recompensa, esos que proceden de Israel y que buscan, no lo que es bueno, sino lo que ven que puede tener algún provecho para ellos, y están guiados, no por la fuerza de la virtud, sino por su visión utilitarista? Pero el hilo que lleva en el corazón el sello del Espíritu Santo (Cor 1, 22) no busca la ganancia mezquina de un salario terreno, puesto que está en posesión del derecho a la herencia. También son mercenarios los que son enviados a la viña. Y Pedro, y Santiago, a quienes se les dijo: Venid, os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19) también son mercenarios, pero buenos. Estos no gozan de una abundancia de bellotas, pero sí de pan. Pues una vez llenaron doce cestos con los trozos que sobraron. ¡Oh, Señor Jesús, quítanos las bellotas y danos pan! —porque, en la casa del Padre, Tú eres el mayordomo— y ¡dígnate hacernos también a nosotros mercenarios, aunque seamos de los de última hora!, ya que te complaces en dar igual salario que a los demás, a los que llamas a la undécima hora, salario que, a pesar de ser igual por lo que a la vida se refiere, se diferencia en lo tocante a la gloria, puesto que no a todos se les pondrá la corona de justicia, sino sólo a aquel que pueda decir : he librado un buen combate (Tm 4, 17ss).

221. Por lo cual no me ha parecido bien dejar de decir eso, puesto que sé que hay algunos que sostienen que es bueno esperar a la muerte para recibir el bautismo o la penitencia. Pero ¿acaso sabes tú si en la noche próxima se te va a pedir o no el alma? (Lc 12, 20). Y además, ¿piensas, quizás, que después de no haber hecho nada se te va a dar todo? Aunque tú supongas que tanto la gracia como el salario es para todos igual, con todo, otra cosa distinta es el precio de la victoria, a ese precio al que tendió Pablo y, ciertamente, no en vano, pues él, después de conseguir el salario, luchaba por adquirir el premio (Flp 3, 14) y esto porque sabía que, aunque la paga, en cuestión de gracia, es igual para todos, la palma, sin embargo, es propia de muy pocos.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 212-221, BAC Madrid 1966, pág. 457-62

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P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

EL HIJO PRÓDIGO

El pasaje evangélico que acabamos de escuchar es una de las páginas poéticas más sublimes del cristianismo. Allí vemos cómo los fariseos y los escribas murmuraban porque el Señor recibía a los pecadores y comía con ellos. Como los textos evangélicos que la Iglesia propone a nuestra meditación, en el transcurso de estos domingos de Cuaresma, tienen por objetivo irnos preparando a los acontecimientos cumbres de la Semana Santa, no debe extrañarnos que en todos ellos se manifieste una tensión, siempre creciente, entre Jesús y las autoridades religiosas judías. El obstáculo principal es la soberbia farisaica, la incapacidad de reconocer la propia miseria espiritual y de abrirse a la gracia salvadora de Cristo. La ceguera que no les permite, a fariseos y escribas, comprender que ellos también necesitan de un Redentor. Porque ¿cómo iban a aceptar un Redentor quienes no creían precisar de redención?

Esta ceguera se manifiesta, ante todo, en la incapacidad de amar, y tener una actitud misericordiosa con aquellos que viven lejos de Dios, caminando por los senderos del pecado. Bien es sabido que es difícil compadecerse con el prójimo de una herida que uno primero no ha sufrido en carne propia, y éste parece haber sido el caso de los fariseos y escribas, quienes creyendo cumplir perfectamente con Dios, ciegos para ver su propio pe cado, se mostraban inmisericordes y despiadados con quienes no cumplían a la letra lo que ellos consideraban la ley de Dios. Es evidente que para llegar a una actitud semejante, primero es necesario haberse excluido a sí mismo del número de aquellos que se juzgan indignos de presentarse ante Dios con méritos suficientes como para mirarlo frente a frente, haberse excluido del número de los pecadores. En la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar, advertimos que el publicano no osaba siquiera mirar a lo alto, mientras el fariseo le declaraba a Dios la perfección con que observaba la ley. El Señor, especialmente a través de sus parábolas, trató de tocar estos corazones endurecidos, para que comprendiesen su propia miseria espiritual, se abriesen a la penitencia y se dejasen sanar por la gracia divina. Pero la incapacidad de mirar dentro de sí, de reconocer la desproporción total entre la propia justicia y el amor siempre exigitivo de Dios, puso una barrera infranqueable entre la clase dirigente judía y la buena nueva de Jesucristo.

La acusación de los fariseos era muy concreta: Jesús, que se presenta como el enviado del Padre, va al encuentro de los pecadores, y hasta come con ellos. Para responderles, Jesús expuso en esta bellísima parábola cuál es la actitud de Dios para con aquellos que se han desviado del recto camino, y cuál debe, por ende, ser la actitud en caso semejante de todo aquel que quiera ser considerado hijo de Dios. Nuevamente, el marco de la parábola excede el de la pura moral individual, para abrirse a la dimensión universal de la historia de la salvación. Así lo afirma San Agustín, explicando con gran belleza el sentido espiritual de este texto: “El hombre que tuvo dos hijos es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el gentil. La herencia recibida del padre es la inteligencia, la mente, la memoria, el ingenio y todo aquello que Dios nos dio para que lo conociésemos y alabásemos”.

El hijo menor–es decir los pueblos gentiles–se alejó de la casa del Padre hacia una región lejana, para derrochar el tesoro y disipar la herencia que Dios pródigamente le había confiado. En medio de las vanidades y lascivias de este mundo, se fue oscureciendo la imagen y semejanza que el Creador había puesto en su alma. El hijo mayor representa al pueblo judío que permaneció fiel, guiado por los Patriarcas y Profetas, a la Alianza divina. Sin embargo, poco a poco, un gusano fue carcomiendo esta fidelidad, el peor de todos los males, la soberbia. Olvidando que la elección divina era un don gratuito, y no algo que le era debido en justicia, comenzó a despreciar a aquellos que se habían marchado a regiones lejanas. Perdió el sentido universal de su misión, enterró el talento que le había sido confiado, sin hacerlo producir para bien de todos.

Cuidémonos también nosotros, queridos hermanos, de caer en ninguno de los dos excesos opuestos. Ni en la infidelidad del hijo pródigo, que traicionando el amor de su Padre, fue en busca de ilusorios espejismos, tratando de saciar la sed de felicidad que se anidaba en su corazón con los placeres de este mundo; ni en la dureza de corazón y soberbia del hijo mayor, que no habiendo experimentado la debilidad y miseria de su hermano menor, trató de bloquearle toda posibilidad de retomar a la casa paterna, volviendo a gozar de sus privilegios filiales. Por el bautismo todos hemos recibido un glorioso privilegio, el de ser hijos adoptivos de Dios. Pero ello no fue sino una gracia, un don, no un derecho que hubiésemos podido reclamar. Debemos, pues, alegrarnos profundamente cada vez que alguien es llamado a esta vocación. La medida de la gracia no depende del tiempo que se haya pasado en la casa paterna, sino de la intensidad del arrepentimiento, así como del propósito de servir a Dios con decisión. Ante los fariseos que se escandalizaban de que Jesús recibiera con afecto a la pecadora María Magdalena, el Señor dijo: “Porque mucho ha amado, mucho se le ha perdonado”.

Cerremos nuestras consideraciones sobre este texto evangélico, poniendo de relieve dos pormenores de la parábola del Señor que nos parecen esconder importantes enseñanzas para nuestra vida cristiana. En primer lugar, si analizamos con atención nuestro relato, podemos constatar que el momento crucial de la parábola, en que se verifica un cambio radical de actitud en el hijo pródigo, está sintetizado en las siguientes palabras: “Entonces recapacitó y dijo”, que mejor sería traducir “Volviendo entonces sobre sí mismo, se dijo…” Es el momento de la reflexión. El pecado nos da la ilusión de que los bienes exteriores de este mundo pueden saciar la sed infinita de nuestro corazón; Dios permite nuestra miseria para que, volviendo sobre nosotros mismos, experimentemos nuestra indigencia, sintamos la nostalgia de la casa del Padre y retomemos al único Bien que puede apagar nuestra sed de infinito. Vienen aquí al caso aquellas palabras de San Agustín, él también pecador, quien luego de haber buscado afanosamente por entre los bienes de este mundo aquello que pudiera saciar su ansia de felicidad, comprendió por fin dónde radicaba la dicha verdadera: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Es, pues, la vida de oración, de diálogo profundo con el Señor en el seno del silencio, lo que nos permitirá conocemos mejor a la luz de Dios, confesando así nuestra miseria. Entonces podremos decir con total sinceridad: “Señor, ten piedad de mi”. Exclamación que proviene de la humildad de quien reconoce su propia indigencia, y que no puede quedar desoída por Aquel que dijo: “Doy mi gracia a los humildes y rechazo a los soberbios”. Santa Teresa de Jesús, aquella maestra del diálogo entre el alma y Dios, decía que el primer paso de la vida de oración era conocerse a sí mismo a la luz de Dios. El Señor nos dé a todos, queridos hermanos, esta luz, pues tantas veces somos ciegos para ver nuestras propias miserias.

El segundo punto que quisiéramos resaltar es la gran importancia que Jesús le da a la vida familiar en la formación espiritual del cristiano. En efecto, si el hijo pródigo se decide a volver a la casa de su padre, es porque allí se encontraba mejor. Es cierto que cuando todavía se debatía en su proceso de conversión, lo que más añoraba eran las comodidades materiales que le brindaba su vida familiar, pero ciertamente al volver y sentir la inmensa calidez del amor paterno que todo lo perdona y olvida todo reproche para consolarlo de sus heridas, ha de haber percibido que la raíz de todas aquellas ventajas materiales residía en la nobleza del amor paterno.

¡Qué enseñanza ésta, queridos hermanos, para nuestra vida cristiana! Cuántos hijos que tras caer en la miseria de la droga, los placeres carnales, las falsas ideologías, y todo tipo de desviaciones, sienten la náusea de una vida sin sentido que los va destruyendo poco a poco, no saben adónde ir porque no han experimentado nunca el calor de un hogar cristiano donde se ama de verdad. ¿Cómo comprender, muchas veces, que hay algo más, cuando nunca se lo ha experimentado?

Ciertamente que Dios, rico en misericordia, encuentra caminos excepcionales para llegar a un alma que está perdida: un toque de su gracia interior; el ejemplo de alguna persona, de virtud heroica, que conmueve su corazón endurecido; la doctrina de un verdadero maestro cristiano, que desbarata la falacia y aparente coherencia del error. Pero no deja de ser verdad que Jesús en esta parábola intentó llamar la atención sobre la formación que el hombre recibe en el seno de su familia. Porque es allí, en la familia cristiana, donde el joven aprende a amar viendo cómo se aman sus padres en virtud de la gracia sacramental del matrimonio, allí se siembran las primeras semillas de la Fe, allí se forman los hábitos que liberan al hombre de la esclavitud interior. Quizás fue para enseñarnos eso que el Señor quiso vivir treinta años de vida oculta en una familia, la de Nazareth, dedicando apenas tres años a la predicación explícita del Evangelio.

Será por ello también, queridos hermanos, que hoy el demonio y el espíritu del mundo desatan toda su violencia contra la familia, contra la pureza del amor humano tal cual Dios los ha creado y redimido en Cristo, contra la inocencia de los niños despertando en ellos la desconfianza hacia sus padres y hacia toda autoridad legítima, proponiendo “nuevos maestros”, hablando de amor libre, de divorcio, llamando normales a conductas destructivas para la familia, manipulando la vida humana por los abusos de la ingeniería genética. Atentar contra la familia es atentar contra la vida y contra el hombre. Quiera Dios fortalecer a las familias verdaderamente cristianas para que sean capaces de soportar esta tormenta que se ciñe sobre ellas y puedan seguir formando en las auténticas virtudes. Imploremos a la Sagrada Familia de Nazareth que nos ayude a todos a vencer en este combate crucial por la civilización y la Fe.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 107-113)

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San Albelto Hurtado

“¡Éste recibe a los pecadores!”

“¡Éste recibe a los pecadores!” es la acusación que lanzaban contra Jesucristo hipócritamente escandalizados los fariseos (Lc 15,2). “¡Éste recibe a los pecadores!” Y ¡es verdad! Esas palabras son como la divisa exclusiva de Jesucristo. ¡Ahí pueden escribirse sobre esa cruz, en la puerta de ese Sagrario!

Divisa exclusiva porque si no es Jesucristo, ¿quién recibe misericordiosamente a los pecadores? ¿Acaso el mundo?… ¿El mundo?… ¡por Dios!, si se nos asomara a la frente toda la lepra moral de iniquidades que quizás ocultamos en los repliegues de la conciencia, ¿qué haría el mundo sino huir de nosotros gritando escandalizado: ¡Fuera el leproso!? Rechazarnos brutalmente diciéndonos, como el fariseo, ¡apártate que manchas con tu contacto!

El mundo hace pecadores a los hombres, pero luego que los hace pecadores, los condena, los escarnece, y añade al fango de sus pecados el fango del desprecio. Fango sobre fango es el mundo: el mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo.

San Juan Crisóstomo: Miserere mei Deus, ¡Dios mío, ten misericordia de mí! ¿Misericordia pides? ¡Pues nada temas! Donde hay misericordia no hay pesquisas judiciales sobre la culpa, ni aparato de tribunales, ni necesidad de alegar razonadas excusas. ¡Grande es la borrasca de mis pecados, Dios mío! Mayor es la bonanza de tu misericordia!

Jesucristo, luego que apareció en el mundo, ¿a quién llama? ¡A los magos! ¿Y después de los magos? ¡Al publicano! Y después del publicano a la meretriz, ¿y después de la meretriz? ¡Al salteador! ¿Y después del salteador? Al perseguidor impío.

¿Vives como un infiel? Infieles eran los magos. ¿Eres usurero? Usurero era el publicano. ¿Eres impuro? Impura era la meretriz. ¿Eres homicida? Homicida era el salteador. ¿Eres impío? Impío era Pablo, porque primero fue blasfemo, luego apóstol; primero perseguidor, luego evangelista… No me digas: “soy blasfemo, soy sacrílego, soy impuro”. Pues, ¿no tienes ejemplo de todas las iniquidades perdonadas por Dios?

¿Has pecado? Haz penitencia. ¿Has pecado mil veces? Haz penitencia mil veces. A tu lado se pondrá Satanás para desesperarte. No lo sigas, antes bien recuerda las 5 palabras “éste recibe a los pecadores” que son grito inefable del amor, efusión inagotable de misericordia, y promesa inquebrantable de perdón.

Cuán hermoso es tornando a tus huellas

De nuevo por ellas

seguro correr

No es tan dulce tras noche sombría

la lumbre del día

que empieza a nacer.

(San Alberto Hurtado, Un disparo a la eternidad, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2005, p. 216-217)

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San Juan Pablo II

 

Si somos verdaderamente discípulos y confesores de Cristo, que ha reconciliado al hombre con Dios, no podemos vivir sin buscar, por nuestra parte, esta reconciliación interior. No podemos permanecer en el pecado y no esforzarnos para encontrar el camino que llega a la casa del Padre, que siempre está esperando nuestro retorno.

En el curso de la Cuaresma, la Iglesia nos llama a la búsqueda de este camino: “Por Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios” (2 Cor 5,20). Sólo reconciliándonos con Dios en nombre de Cristo, podemos gustar “qué bueno es el Señor” (Sal 33(34),9), comprobándolo, por decirlo así, experimentalmente.

No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesionario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesión no podrán encontrar en otra parte. Efectivamente, nadie tiene el poder de librarnos de nuestros pecados, sino solo Dios. Y el hombre que consigue esta remisión, recibe la gracia de una vida nueva del espíritu, que sólo Dios puede concederle en su infinita bondad. “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias” (Sal 33(34),7).

Por medio de la parábola del hijo pródigo, el Señor ha querido grabar y profundizar esta verdad, espléndida y riquísima, no sólo en nuestro entendimiento, sino también en nuestra imaginación, en nuestro corazón y en nuestra conciencia. Cuántos hombres en el curso de los siglos, cuántos de los de nuestro tiempo pueden encontrar en esta parábola los rasgos fundamentales de la propia historia personal. Son tres los momentos claves de la historia de este hijo, con el que se identifica, en cierto sentido, cada uno de nosotros, cuando se da al pecado.

Primer momento: el alejamiento. Nos alejamos de Dios, como se había alejado ese hijo del Padre, cuando empezamos a comportarnos respecto a cada uno de los bienes que hay en nosotros, tal como él hizo con la parte de los bienes recibidos en herencia. Olvidamos que ese bien nos lo ha dado Dios como deber, como talento evangélico. Al operar con él, debemos multiplicar nuestra herencia, y, de este modo, dar gloria a Aquel de quien la hemos recibido. Por desgracia, nos comportamos, a veces, como si ese bien que hay en nosotros, el bien del alma y del cuerpo, las capacidades, las facultades, las fuerzas, fuesen de nuestra propiedad exclusiva, de la que podemos servirnos y abusar de cualquier manera, derrochándola y disipándola.

Efectivamente, el pecado es siempre un derroche de nuestra humanidad, el derroche de nuestros valores más preciosos. Esta es la auténtica realidad, aun cuando pueda parecer a veces, que precisamente el pecado nos permite conseguir éxitos. El alejamiento del Padre lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad, y disipa en sí mismo su herencia: la dignidad de la propia persona humana, la herencia de la gracia.

El segundo momento en nuestra parábola es el del retorno a la recta razón y del proceso de conversión. El hombre debe encontrar de nuevo dolorosamente lo que ha perdido, aquello de que se ha privado al cometer el pecado, al vivir en el pecado, para que madure en él ese paso decisivo: “Me levantaré e iré a mi Padre” (Lc 15,18). Debe ver de nuevo el rostro de ese Padre, al que ha vuelto las espaldas y con quien ha roto los puentes para poder pecar “libremente”, para poder derrochar “libremente” los bienes recibidos. Debe encontrarse con el rostro del Padre, dándose cuenta, como el joven de la parábola, de haber perdido la dignidad de hijo, de no merecer acogida alguna en la casa paterna. Al mismo tiempo, deberá desear ardientemente retornar. La certeza de la bondad y del amor que pertenecen a la esencia de la paternidad de Dios, deberá conseguir en él la victoria sobre la conciencia de la culpa y de la propia dignidad. Más aún, esta certeza deberá presentarse como el único camino de salida, para emprenderlo con ánimo y confianza.

Finalmente el tercer momento: el retorno. El retorno se desarrollará como habla Cristo de él en la parábola. El Padre espera y olvida todo el mal que el hijo ha cometido, y no tiene en consideración todo el derroche de que es culpable el hijo. Para el Padre sólo hay una cosa importante: que el hijo ha sido encontrado; que no ha perdido hasta el fondo la propia humanidad; que, a pesar de todo, vuelva con el propósito de vivir de nuevo como hijo, precisamente en virtud de la conciencia adquirida de la indignidad y de la culpa.

“Padre, he pecado…, no soy digno de llamarme hijo tuyo” (Lc 15,21).

La Cuaresma es el tiempo de una espera especialmente amorosa de nuestro Padre en relación con cada uno de nosotros, que, aun cuando sea el más pródigo de los hijos, se haga, sin embargo, consciente de la dilapidación perpetrada, llame por su nombre al propio pecado, y finalmente se dirija hacia Dios con plena sinceridad.

Este hombre debe llegar a la casa del Padre. El camino que allí conduce, pasa a través del examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda. Como en la parábola del hijo pródigo, estas son las etapas de la conversión. Cuando el hombre supere en sí mismo, en lo íntimo de su humanidad, todas estas etapas, nacerá en él la necesidad de la confesión. Esta necesidad quizá lucha en lo vivo del alma con la vergüenza, pero cuando la conversión es verdadera y auténtica, la necesidad vence a la vergüenza: la necesidad de la confesión, de la liberación de los pecados es más fuerte. Los confesamos a Dios mismo, aunque en el confesionario los escucha el hombre-sacerdote. Este hombre es el humilde y fiel servidor de ese gran misterio que se ha realizado entre el hijo que retorna y el Padre.

En el período de Cuaresma esperan los confesonarios: esperan los confesores; espera el Padre. Podríamos decir que se trata de un período de especial solicitud de Dios para perdonar y absolver los pecados: el tiempo de la reconciliación.

Nuestra reconciliación con Dios, el retorno a la casa de Padre, se realiza mediante Cristo. Su pasión y muerte en la cruz se colocan entre cada uno de los pecados humanos, y el infinito amor del Padre. Este amor, pronto a aliviar y perdonar, no es otra cosa que la misericordia.

Cada uno de nosotros en la conversión personal, en el arrepentimiento, en el firme propósito de la enmienda, finalmente en la confesión, acepta realizar una personal fatiga espiritual, que es prolongación y reverbero lejano de esa fatiga salvífica, que emprendió nuestro Redentor. He aquí cómo se expresa el Apóstol de la reconciliación con Dios: “A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros para que en Él fuéramos justicia de Dios” (2 Cor 5,21). Por lo tanto, emprendamos nuestros esfuerzos de conversión y de penitencia por Él, con Él y en Él. Si no lo emprendemos, no somos dignos del nombre de Cristo, no somos dignos de la herencia de la redención.

“El que es de Cristo se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó, se ha hecho nuevo. Mas todo esto viene de Dios, que por Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación” (2 Cor. 5,17-18).

Que este amor (el amor de Cristo) haga brotar en nuestros corazones la misma confianza profunda que brotó en el corazón del hijo de la parábola de hoy: “Me levantaré e iré a mi Padre y le diré: Padre he pecado”.

(Homilía en la parroquia de Santa María de la Merced y San Adrián Mártir,

20 de febrero de 1983)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En este cuarto domingo de Cuaresma se proclama el Evangelio del padre y de los dos hijos, más conocido como parábola del “hijo pródigo” (Lc 15,11-32). Este pasaje de san Lucas constituye una cima de la espiritualidad y de la literatura de todos los tiempos. En efecto, ¿qué serían nuestra cultura, el arte, y más en general nuestra civilización, sin esta revelación de un Dios Padre lleno de misericordia? No deja nunca de conmovernos, y cada vez que la escuchamos o la leemos tiene la capacidad de sugerirnos significados siempre nuevos. Este texto evangélico tiene, sobre todo, el poder de hablarnos de Dios, de darnos a conocer su rostro, mejor aún, su corazón. Desde que Jesús nos habló del Padre misericordioso, las cosas ya no son como antes; ahora conocemos a Dios: es nuestro Padre, que por amor nos ha creado libres y dotados de conciencia, que sufre si nos perdemos y que hace fiesta si regresamos. Por esto, la relación con él se construye a través de una historia, como le sucede a todo hijo con sus padres: al inicio depende de ellos; después reivindica su propia autonomía; y por último —si se da un desarrollo positivo— llega a una relación madura, basada en el agradecimiento y en el amor auténtico.

En estas etapas podemos ver también momentos del camino del hombre en la relación con Dios. Puede haber una fase que es como la infancia: una religión impulsada por la necesidad, por la dependencia. A medida que el hombre crece y se emancipa, quiere liberarse de esta sumisión y llegar a ser libre, adulto, capaz de regularse por sí mismo y de hacer sus propias opciones de manera autónoma, pensando incluso que puede prescindir de Dios. Esta fase es muy delicada: puede llevar al ateísmo, pero con frecuencia esto esconde también la exigencia de descubrir el auténtico rostro de Dios. Por suerte para nosotros, Dios siempre es fiel y, aunque nos alejemos y nos perdamos, no deja de seguirnos con su amor, perdonando nuestros errores y hablando interiormente a nuestra conciencia para volvernos a atraer hacia sí. En la parábola los dos hijos se comportan de manera opuesta: el menor se va y cae cada vez más bajo, mientras que el mayor se queda en casa, pero también él tiene una relación inmadura con el Padre; de hecho, cuando regresa su hermano, el mayor no se muestra feliz como el Padre; más aún, se irrita y no quiere volver a entrar en la casa. Los dos hijos representan dos modos inmaduros de relacionarse con Dios: la rebelión y una obediencia infantil. Ambas formas se superan a través de la experiencia de la misericordia. Sólo experimentando el perdón, reconociendo que somos amados con un amor gratuito, mayor que nuestra miseria, pero también que nuestra justicia, entramos por fin en una relación verdaderamente filial y libre con Dios.

Queridos amigos, meditemos esta parábola. Identifiquémonos con los dos hijos y, sobre todo, contemplemos el corazón del Padre. Arrojémonos en sus brazos y dejémonos regenerar por su amor misericordioso. Que nos ayude en esto la Virgen María, Mater misericordiae.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 14 de marzo de 2010)

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Directorio Homilético

Cuarto domingo de Cuaresma

CEC 1439, 1465, 1481, 1700, 2839: el Hijo pródigo

CEC 207, 212, 214: Dios es fiel a sus promesas

CEC 1441, 1443: Dios perdona los pecados; los pecadores son reintegrados a la comunidad

CEC 982: la puerta del perdón está siempre abierta para los que se arrepienten

CEC 1334: el pan cotidiano de Israel es el fruto de la Tierra prometida

1439 El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

1481 La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón: “Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando derramó lágrimas sobre sus pies, y al publicano, y al pródigo, que este mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El que es bendito por los siglos de los siglos. Amén.”

CAPITULO PRIMERO: LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

1700. La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo 1); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artícul o 2). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo 3). Por sus actos deliberados (artículo 4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo 5). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo 6). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si lo cometen, recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo 8). Así acceden a la perfección de la caridad.

Perdona nuestras ofensas

2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).

III DIOS, “EL QUE ES”, ES VERDAD Y AMOR

Dios, “El que es”, se reveló a Israel como el que es “rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. “Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad” (Sal 138,2; cf. Sal 85,11). El es la Verdad, porque “Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1,5); él es “Amor”, como lo enseña el apóstol Juan (1 Jn 4,8).

Sólo Dios perdona el pecado

1441 Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina,  Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

1442 Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado “en nombre de Cristo”, y “es Dios mismo” quien, a través de él, exhorta y suplica: “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Co 5,20).

Reconciliación con la Iglesia

1443 Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf Lc 15) y el retorno al seno del pueblo de Dios (cf Lc 19,9).

1444 Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,19). “Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza (cf Mt 18,18; 28,16-20), recibió la función de atar y desatar dada a Pedro (cf Mt 16,19)” LG 22).

1445 Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

982 No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. “No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero” (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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