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Solemnidad de la Ascensión del Señor (A)

 

28
mayo

Solemnidad de la

Ascensión del Señor 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de la Ascensión del Señor (A)

(Domingo 28 de mayo de 2017)

LECTURAS

Lo vieron elevarse

Lectura de los Hechos de los apóstoles     1, 1-11

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido.
Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios.
En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días.»
Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
El les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.»
Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.»

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 46, 2-3. 6-9

R. El Señor asciende entre aclamaciones.

O bien:

Aleluia.

Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra. R.

El Señor asciende entre aclamaciones,
asciende al sonido de trompetas.
Canten, canten a nuestro Dios,
canten, canten a nuestro Rey. R.

El Señor es el Rey de toda la tierra,
cántenle un hermoso himno.
El Señor reina sobre las naciones
el Señor se sienta en su trono sagrado. R.

Lo hizo sentar a su derecha en el cielo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     1, 17-23

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza.
Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro.
El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mt 28, 19a. 20b

Aleluia.
Dice el Señor:
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.
Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.
Aleluia.

EVANGELIO

Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Solemnidad de la Ascensión del Señor- Ciclo A- 28 de Mayo 2017
– Jornada mundial de las comunicaciones sociales-

Entrada: La Liturgia de este día de la Ascensión del Señor colma de esperanza y alegría nuestro peregrinar, pues el mismo Cristo ha ido a prepararnos una morada junto a Sí.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                  Hechos 1, 1- 11
Cristo, después de dar las últimas instrucciones a los Apóstoles se eleva a los cielos por su propia virtud.

Salmo Responsorial: 46

Segunda Lectura:                                Efesios 1, 17- 23

Dios Padre elevó a su Hijo constituyéndolo Cabeza de la Iglesia.

Evangelio:                                   Mateo 28, 16- 20

Antes de ascender a los cielos, Nuestro Señor se aparece a los Apóstoles en Galilea y les da la misión de bautizar y hacer discípulos para el Reino.

Preces:

Mientras permanecemos en esta tierra, pidamos a Dios Padre por las necesidades de la Iglesia y de todos los hombres.

A cada intención respondamos cantando:

* Para que el Espíritu Santo anime a todo el pueblo cristiano a orar continuamente por el sucesor de San Pedro y así el papa experimente consuelo y fortaleza en su ministerio. Oremos

* En este día en que la iglesia reza por las comunicaciones sociales, pedimos a Dios que nos haga valorar el sentido de nuestras relaciones fraternas con los principios del Evangelio. Oremos.

*Por todos los miembros de la Iglesia que han seguido al Señor en la vocación monástica, para que sean testigos de lo trascendente y del primado de los valores espirituales por el ejemplo de sus vidas. Oremos.

* Por todos los moribundos para que los últimos días de sus vidas en este mundo, los anime a peregrinar hasta el fin con la confianza de los hijos que van al encuentro definitivo del Padre. Remos

Padre del Cielo que manifestaste tu poder en Jesucristo y lo hiciste sentar a tu derecha, ayúdanos siempre en nuestro caminar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Presentamos nuestras ofrendas y nos unimos al Sacrificio redentor para la salvación de los hombres.

Llevamos al Altar:

Cirios, y en ellos el deseo de todas las almas que aspiran a estar con Cristo, Luz del mundo.

Pan y vino, para que por manos del Sacerdote sean transubstanciados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Comunión: Pidamos a Jesús en esta Santa comunión alimente con su gozo divino la esperanza que tenemos de poseerlo eternamente en el Cielo.

Salida:

María, Madre de la Esperanza, nos conceda un vehemente deseo del cielo, y la firme certeza de que el triunfo de Jesús es nuestro triunfo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Solemnidad de la Ascensión del Señor

CEC 659-672, 697, 792, 965, 2795: la Ascensión

Artículo 6  “JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”

659    “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo “como un abortivo” (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).

660    El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: “Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

661    Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que “salió del Padre” puede “volver al Padre”: Cristo (cf. Jn 16,28). “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre” (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (MR, Prefacio de la Ascensión).

662    “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no “penetró en un Santuario hecho por mano de hombre, … sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro” (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. “De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor”(Hb 7, 25). Como “Sumo Sacerdote de los bienes futuros”(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).

663    Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: “Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada” (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C).

664    Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

RESUMEN

665    La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde  a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).

666    Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo,  vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente.

667    Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

Artículo 7       “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y  MUERTOS”

I        VOLVERÁ EN GLORIA

          Cristo reina ya mediante la Iglesia …

668    “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669    Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).

670    Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la “última hora” (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). “El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

          … esperando que todo le sea sometido

671    El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no  haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672      Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

Los símbolos del Espíritu Santo

697    La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre “con su sombra” para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es El quien “vino en una nube y cubrió con su sombra” a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y “se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la misma nube la que “ocultó a Jesús a los ojos” de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).

965    Después de la Ascensión de su Hijo, María “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones” (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, “María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra” (LG 59).

2795    El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra “patria”. De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo “ha bajado del cielo”, solo, y nos hace subir allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13).

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 Exégesis 

·         J. Kurzinger

La ascensión

(Hech.1,9-11)

9 Dicho esto y viéndole ellos, se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos. 10 Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en El, que se iba, dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante, 11 y les dijeron: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo vendrá así, como le habéis visto ir al cielo.

Narra aquí San Lucas, con preciosos detalles, el hecho trascendental de la ascensión de Jesús al cielo. Ya lo había narrado también en su evangelio, aunque más concisamente (cf. Luc_24:50-52). Lo mismo hizo San Marcos (Mar_16:19). San Mateo y San Juan lo dan por supuesto, aunque explícitamente nada dicen (cf.  Mat_28:16-20; Jua_21:25).

Parece que la acción fue más bien lenta, pues los apóstoles están mirando al cielo mientras “se iba.” Evidentemente, se trata de una descripción según las apariencias físicas, sin intención alguna de orden científico-astronómico. Es el cielo atmosférico, que puede contemplar cualquier espectador, y está fuera de propósito querer ver ahí alusión a alguno de los cielos de la cosmografía hebrea o de la cosmografía helenística (cf. 2Co_12:2). Los dos personajes “con hábitos blancos” son dos ángeles en forma humana, igual que los que aparecieron a las mujeres junto al sepulcro vacío de Jesús (Luc_24:4; Jua_20:12).

En cuanto a la nube, ya en el Antiguo Testamento una nube reverencial acompañaba casi siempre las teofanías (cf. Exo_13:21-22; Exo_16:10; Exo_19:9; Lev_16:2; Sal_97:2; Isa_19:1; Eze_1:4). También en el Nuevo Testamento aparece la nube cuando la transfiguración de Jesús (Luc_9:34-35). El profeta Daniel habla de que el “Hijo del Hombre” vendrá sobre las nubes a establecer el reino mesiánico (Dan_7:13-14), pasaje al que hace alusión Jesucristo aplicándolo a sí mismo (cf. Mat_24:30; Mat_26:64). Es obvio, pues, que, al entrar Jesucristo ahora en su gloria, una vez cumplida su misión terrestre, aparezca también la nube, símbolo de la presencia y majestad divinas.

Los dos personajes de “hábito blanco,” de modo semejante a lo ocurrido en la escena de la resurrección (cf. Luc_24:4), anuncian a los apóstoles que Jesús reaparecerá de nuevo de la misma manera que lo ven ahora desaparecer, sólo que a la inversa, pues ahora desaparece subiendo y entonces reaparecerá descendiendo. Alusión, sin duda, al retorno glorioso de Jesús en la parusía, que desde ese momento constituye la suprema expectativa de la primera generación cristiana, y cuya esperanza los alentaba y sostenía en sus trabajos (cf. 3:20-21; 1Te_4:16-18; 2Pe_3:8-14).

Es claro que, teológicamente hablando, Jesús ha entrado en la Vida desde el momento mismo de la Resurrección, sin que haya de hacerse esa espera de cuarenta días hasta la Ascensión. Lo que se trata de indicar es que Jesús, aunque viviera ya en el mundo futuro escatológico, todavía se manifestaba en este mundo nuestro, a fin de instruir y animar a sus fieles 25.

(Kurzinger, J., Los Hechos de los Apóstoles, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        Ludwig Ott

La Ascensión de Cristo a los cielos

1. Dogma

Cristo subió en cuerpo y alma a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre (de fe).

Todos los símbolos de fe confiesan, de acuerdo con el símbolo apostólico : «Ascendit ad coelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis» (“Ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre omnipotente”). El capítulo Firmiter precisa todavía más: «Ascendit pariter in utroque» (sc. «in anima et in carne») (“Ascendió tanto con una como con otra, es decir, tanto con su alma como con su carne”); Dz 429.

Cristo subió a los cielos por su propia virtud: en cuanto era Dios, con su virtud divina; y en cuanto hombre, con la virtud de su alma glorificada, que es capaz de transportar al cuerpo glorificado como quiere. Pero, considerando la naturaleza humana de Cristo, podemos decir también con la Sagrada Escritura que Jesús fue llevado o elevado (por Dios) al cielo (Mc 16, 19; Lc 24, 51; Act 1, 9 y 11) ; cf. S.th. III 57, 3; Cat. Rom 17, 2.

Es contrario a este dogma el racionalismo, el cual pretende que la creencia en la ascensión se originó por analogías con el Antiguo Testamento (Gen 5, 24: desaparición de Enoc llevado por Dios ; 4 Reg 2, 11 subida de Elías al cielo) o por influencia de las mitologías paganas; pero desatiende en absoluto las diferencias esenciales que existen entre el dogma cristiano y todos los ejemplos aducidos. Aun concediendo que exista semejanza, ello no significa en modo alguno que exista dependencia. El testimonio claro de esta verdad en la época apostólica no deja espacio de tiempo suficiente para la formación de leyendas.

2. Prueba

Cristo había predicho su ascensión a los cielos (cf. Jn 6, 63 [G 62] ; 14, 2 ; 16, 28 ; 20, 17), y la realizó ante numerosos testigos a los cuarenta días de su resurrección ; Mc 16, 19: «El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos, fue elevado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios» ; cf. Lc 24, 51 ; Act 1, 9 ss ; Eph 4, 8 ss ; Hebr 4, 14; 9, 24; 1 Petr 3, 22.

Los santos padres dan testimonio unánime de la ascensión de Cristo a los cielos. Todas las reglas antiguas de fe hacen mención de ella juntamente con la muerte y resurrección; cf. SAN IRENEO, Adv. haer. 110, 1; III 4, 2; TERTULIANO, De praescr. 13; De virg. vel. 1; Adv. Prax. 2; ORIGENES, De princ. I praef. 4.

La expresión bíblica «estar sentado a la diestra de Dios», que sale por vez primera en Ps 109, 1, y es usada con frecuencia en las cartas de los Apóstoles (Rom 8, 34; Eph 1, 20; Col 3, 1; Hebr 1, 3; 8, 1; 10, 12; 112, 2; 1 Petr 3, 22), significa que Cristo, encumbrado en su humanidad por encima de todos los ángeles y santos, tiene un puesto especial de honor en el cielo y participa de la honra y majestad de Dios, y de su poder como soberano y juez del universo; cf. SAN JUAN DAMASCENO, De fide orth. Iv 2.

3. Importancia

En el aspecto cristológico, la ascensión de Cristo a los cielos significa la elevación definitiva de la naturaleza humana de Cristo al estado de gloria divina.

En el aspecto soteriológico, es la coronación final de toda la obra redentora. Según doctrina general de la Iglesia, con Cristo entraron en la gloria formando su cortejo todas las almas de los justos que vivieron en la época precristiana; cf. Eph 4, 8 (según Ps 67, 19); «Subiendo a lo alto llevó cautivos» («ascendens in altum captivam duxit captivitatem»). En el cielo prepara un lugar para los suyos (Jn 14, 2 s), hace de intercesor por ellos (Hebr 7, 25: «Vive siempre para interceder por ellos [Vulgata: nosotros]» ; Hebr 9, 24; Rom 8, 34; 1 Jn 2, 1) y les envía los dones de su gracia, sobre todo el Espíritu Santo (Jn 14, 16; 16, 7). Al fin de los tiempos, vendrá de nuevo rodeado de poder y majestad para juzgar al mundo (Mt 24, 30). I.a ascensión de Cristo a los cielos es figura y prenda de nuestra futura recepción en la gloria ; Eph 2, 6: «Nos resucitó y nos sentó en los cielos por Cristo Jesús» (es decir, por nuestra unión mística con Cristo, cabeza nuestra).

(Ott, L., Manual de Teología Dogmática, Herder, Barcelona, 19652)

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Santos Padres

·        San Agustín

La ascensión del Señor

            1. Hoy ha brillado el día santo y solemne de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo: exultemos y gocémonos en él. Al descender Cristo, los infiernos se abrieron; al ascender, se iluminaron los cielos. Cristo está en el madero: insúltenle los furiosos; Cristo está en el sepulcro: mientan los guardias; Cristo está en el infierno: sean visitados los que descansan; Cristo está en el cielo: crean todos los pueblos. El, pues, debe ser el tema de nuestro sermón, puesto que es quien nos otorga la salvación. No os hablamos de ninguno otro sino de aquel que ahora nos hablaba en el evangelio a todos nosotros y que a punto de ascender al Padre decía a sus discípulos: Esto es lo que os he dicho cuando estaba con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu de verdad que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os traerá a la memoria cuanto os he dicho. No se turbe ni tema vuestro corazón. Oísteis que os dije: «Voy a mi Padre, porque el Padre es mayor que yo.»

            2. Sabéis, hermanos, que nuestro Señor Jesucristo se hizo por nosotros lo que nosotros somos, y que, sin embargo, permaneció en la misma forma en la que es igual al Padre. Creemos, en efecto, que el Hijo de Dios se hizo partícipe de nuestra debilidad, pero sin perder su majestad. Esta es, por tanto, nuestra fe: es Dios sobre nosotros y él mismo es hombre entre nosotros. Muchas cosas hizo aquí, en la forma de humildad tomada por nosotros, para esconder la sustancia divina que en él se ocultaba y para manifestar solamente la humana que en él saltaba a la vista; quienes no fueron capaces de distinguir y comprender esto, dieron origen a las herejías. Dentro de ellos están, entre otros, los arrianos, quienes pretenden que Dios Padre es mayor que Dios hijo. Respóndales con brevedad y claridad la verdad católica.

            3. Les preguntamos sobre qué dicen que el Padre es mayor que el Hijo. Si dijeran que por la magnitud, o sea, por cierto volumen corporal, al igual que decimos, por ejemplo: «Este monte es mayor que aquél» o «Esta ciudad mayor que aquélla», les responderemos, con el evangelio en la mano, que Dios es espíritu y que las cosas corporales no admiten comparación con las espirituales. En efecto, sólo se podrá hablar de mayor y menor cuando en ambos casos se trabaja con formas corporales. Pero Dios ni es extenso por su volumen, ni se distingue por las formas corporales, ni se encierra en un lugar, ni sufre estrecheces, ni tiene límite alguno. Dios es grande no por su volumen, sino por su poder. Cesen, pues, y descansen las indignas fantasías del pensamiento que oprimen con sus imaginaciones las mentes de los fieles; desaparezca por completo también el habitual modo carnal de pensar: cuando reflexionemos acerca de Dios, no ha de presentarse a nuestros ojos figura alguna carnal.

            4. Pero vuelven a la carga diciendo que en el tiempo, es decir, en edad, el Padre es mayor; afirman, en efecto, que en ningún modo es posible que el que engendra y el engendrado sean coetáneos. Es necesario, dicen, que exista con anterioridad el que engendra, del cual pueda en su momento venir a la existencia el que nace. ¿De dónde proceden estos pensamientos sino de la carne? Esto lo han aprendido de lo que es habitual en la generación humana; no se dan cuenta de que, entre los hombres, donde hay un hijo más débil por la edad, allí hay también un padre más gastado por la vejez, y que, efectivamente, al crecimiento y fortalecimiento del hijo, menor en edad, corresponde el envejecimiento y decaimiento del padre. Por tanto, en la medida en que pretenden que el Padre es más antiguo, en esa misma medida han de confesar que el Hijo es más fuerte. Si el pensar esto acerca de Dios es absurdo, cesen de una vez de confiar los secretos divinos a los sentidos humanos.

            5. Pero es poco el convencerlos de esta manera si no podemos mostrarles un ejemplo de la creación visible donde el que nace sea coetáneo con quien lo engendra. Para expulsar las tinieblas de este error presentemos la comparación de una candela que expande la trémula llama alimentada por la mecha que arde. Ciertamente es el fuego el que arde; la sustancia es fuego, más lo que se ve es un resplandor, mas no se origina el fuego del resplandor, sino el resplandor del fuego. Pero, con todo, nunca existió el fuego sin su resplandor, aunque el resplandor se origine del fuego: desde el primer momento en que aquel pequeñito fuego comenzó a existir, se levantó ya con su resplandor, ciertamente coetáneo. Así, pues, el resplandor es contemporáneo con el fuego del que nace, y, si el fuego fuese eterno, el resplandor sería también, con toda certeza, eterno.

            6. Mas lejos de nosotros el dar siquiera la impresión de haber hecho una injuria a nuestro Señor mediante esta vilísima comparación. Debemos mostrar esto con el evangelio, donde el mismo Hijo se muestra ya en la forma en la que dijo ser inferior al Padre: haciéndose obediente hasta la muerte, en la que manifestó ya ser igual a quien lo engendró: Yo y el Padre somos una sola cosa. Ellos nos objetan: «Ved que el mismo Hijo dijo: El Padre es mayor que yo», sin entender que él dijo esto cuando existía en la carne, en la que no sólo era menor que el Padre, sino que también, según indica el salmo divino, fue hecho algo menor que los ángeles. Si esto es lo único que quieren escuchar con agrado, ¿por qué no consideran lo que también él dijo en otra ocasión: Yo y el Padre somos una sola cosa? Además, reflexionen por qué dijo: El Padre es mayor que yo. Cuando se hallaba para subir al Padre, se entristecieron los discípulos, porque los abandonaba en su forma corporal; entonces les dijo: Porque os dije que voy al Padre, la tristeza inundó vuestro corazón. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Lo que equivale a decir: «Sustraigo a vuestros ojos esta forma de siervo, en la que el Padre es mayor que yo, para que, apartada ella de los ojos de la carne, podáis ver al Señor espiritualmente.»

            7. Por tanto, en atención a la forma de siervo que había recibido, es verdad lo que dijo: El Padre es mayor que yo, porque ciertamente Dios es mayor que el hombre; y en atención a su verdadera forma de Dios, en la que permanecía con el Padre, dijo con verdad: Yo y el Padre somos una sola cosa. Ascendió, pues, al Padre en cuanto era hombre, pero permaneció en el Padre en cuanto era Dios, porque vino a nosotros en la carne sin apartarse de Dios. Repito: ascendió al Padre la Palabra que se hizo carne para habitar entre nosotros, pero volvió a prometernos su presencia con estas palabras: He aquí que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. El apóstol Juan dice de él según la forma divina: Él es el Dios verdadero y la vida eterna. Según su forma de siervo, dice de él el apóstol Pablo: Quien, existiendo en la forma de Dios, no juzgó una rapiña el ser igual a Dios; antes bien se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo. Según su forma de Dios, dice de sí mismo: Yo y el Padre somos una sola cosa; según la forma de siervo, dice: Mi alma está triste hasta la muerte. ¿De dónde procede aquel atrevimiento? ¿De dónde este temor? Las primeras palabras tienen su origen en la propiedad de la sustancia; las segundas, en la participación en la debilidad asumida.

            8. Amadísimos, distingamos estas dos cosas comprendiendo justamente lo que leemos en las Escrituras; pero mientras hacemos la distinción, para evitar caer en el error, pidamos la comprensión al mismo Señor.

SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 265A, 1-8, BAC Madrid 1983, 692-97

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Jesús asume la plena potestad regia

(Mt 28,16-20)

            Introducción

            El nombre que Dios Padre quiso que el Verbo Encarnado llevase en esta tierra fue el de ‘Jesús’ (Mt 1,21; 1,25; Lc 1,31; 2,21). El nombre con que sus discípulos lo llamaron fue el de ‘Jesús-Mesías’, es decir, ‘Jesucristo’ (Mt 1,1; Mc 1,1; etc.). Pero el nombre que el mismo Jesús se impuso a sí mismo fue el de ‘Hijo del hombre’. Jesucristo quiso resumir toda su identidad y toda su misión con este nombre tomado del profeta Daniel.

En efecto, la expresión ‘Hijo del hombre’ con la que Jesús especialmente se designa a sí mismo la tomó de Dan 7,13-14. Dice el profeta Daniel en esos versículos: “Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le adoraron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás”. Sin ningún lugar a dudas, esta profecía se refiere al Mesías.

            Este ‘Hijo del hombre’ de Daniel está revestido de prerrogativas divinas, lo cual se advierte en dos indicaciones: primero, en la nube en la cual viene el dicho Hijo del hombre, dado que la nube es símbolo de la divinidad*1. Segundo, en la frase del v. 14 que dice que todos los pueblos ‘le adoraron’*2.

            Toda la vida pública de Jesús fue desarrollar la misión del Hijo del hombre en cuanto verdadero hombre, es decir, en toda su debilidad: sufrió hambre, sed, se cansó, y al final de esa vida pública sufrió la pasión y la muerte.

            Pero hoy llega a su culminación la profecía de Daniel y la expresión ‘Hijo del hombre’ aplicada a Jesús alcanza toda su dimensión, incluida la divinidad de Cristo. Se cumplen hoy aquellos versículos de Daniel recién citados: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le adoraron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dan 7,14). Es precisamente esto lo que estamos celebrando hoy, el día de la Ascensión del Jesús a los cielos, cuarenta días después de su resurrección: Jesús, hombre verdadero y Dios verdadero, asume hoy su poder divino, es decir, su poder en cuanto rey absoluto y eterno y su poder en cuanto juez absoluto y eterno. Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre” (CEC, 664).

            Sin embargo, hay que tener en cuenta algo: “Cuando se habla de la Ascensión, normalmente nuestro pensamiento va al relato de Lucas (Hech 1,3.9) en el que se narra que Jesús sube al cielo cuarenta días después de la Pascua. Sin embargo, eso no es otra cosa sino una despedida visible del mundo, y el fin oficial de las apariciones post-pascuales, antes del envío (también visible) del Espíritu Santo en Pentecostés. La ascensión teológica, la glorificación de la humanidad de Jesús en la presencia del Padre, es algo invisible, es el cumplimiento de la resurrección, inseparable de la resurrección misma. Juan dice claramente que la elevación de Jesús, que comportó la salvación humana, implica la serie ininterrumpida de crucifixión, resurrección y ascensión (cf. Jn 12,32): estos tres datos constituyen su subida al Padre, que invierte el proceso de la encarnación, con el cual Él había descendido del Padre sobre la tierra (cf. Jn 3,13-15). (…) En la noche pascual y en las primeras apariciones a los apóstoles, las acciones de Jesús implican ya una glorificación completa, incluida la Ascensión. Esto es verdadero también para los dichos pronunciados por Jesús en los sinópticos después de la resurrección”*3.

            1. “Subió al cielo y se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19)

            Son tres los lugares del NT donde se narra la Ascensión de Jesús a los cielos: Mc 16,19; Lc 24,50-52 y Hech 1,9-11.

            La conjunción de las narraciones del evangelio de San Lucas y los Hechos nos dan el lugar exacto desde donde Jesús ascendió a los cielos: en el pueblo de Betania (Lc 24,50) que queda en el Monte de los Olivos (Hech 1,12). En ese lugar actualmente hay una capilla que es propiedad de los musulmanes, pero que los peregrinos cristianos pueden visitar. Dentro de la capilla hay una roca desde la cual, según la tradición, Jesús ascendió a los cielos. Hay en la roca la huella de un pie derecho que, también según la tradición, es la huella que dejó Jesús al subir a los cielos*4.

            La narración del evangelio San Lucas realiza perfectamente lo anunciado en la profecía de Daniel sobre el Hijo del hombre, porque dice que al momento que Jesús subía al cielo sus discípulos ‘lo adoraron’ (Lc 24,52)*5.

            También la narración de los Hechos de los Apóstoles, cuyo autor es también San Lucas, hace referencia al cumplimiento de la profecía del Hijo del hombre de Daniel, dado que hace mención a la nube que ocultó el cuerpo de Jesús a los ojos de los discípulos (Hech 1,9).

            Pero es San Marcos quien dará el sentido teológico profundo de la Ascensión: “Subió al cielo y se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19). Esta expresión pasará textualmente al Credo de la Iglesia Católica. En efecto, el sexto artículo del Credo dice: “Jesucristo subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso”.

            Si bien, como dijimos, la glorificación plena y definitiva de Jesús e, incluso, el envío del Espíritu Santo (cf. Jn 20,22), se da ya con su resurrección, sin embargo, la Ascensión de Jesús a los cielos es un hecho real de movimiento local por el cual Jesús va a ocupar en el cielo un lugar físico. Santo Tomás de Aquino explica por qué Jesús debía ascender a los cielos. La argumentación teológica es la siguiente: “Debe haber proporción entre el lugar y el que lo ocupa. Pero Cristo, por su resurrección, dio comienzo a una vida inmortal e incorruptible. Y el lugar en que nosotros habitamos es un lugar de generación y de corrupción, mientras que la morada del cielo es un lugar de incorrupción. Y, por tal motivo, no fue conveniente que Cristo, después de la resurrección, permaneciese en la tierra, sino que fue conveniente que subiera a los cielos”*6. Esto es exactamente lo que significa la expresión de San Marcos “subió a los cielos” (Mc 16,19).

            ¿Y qué significa la expresión de San Marcos “se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19)? La expresión ‘se sentó a la derecha del Padre’ es una expresión metafórica, porque en Dios no hay derecha ni izquierda. La ‘derecha del Padre’ significa: primero, la gloria de la divinidad del Padre; segundo, la bienaventuranza del Padre; tercero, la potestad judicial o regia del Padre*7. El que se diga que Jesús ‘se sentó’ significa: primero, que Jesús “permanece eternamente incorruptible”, porque el sentarse implica quietud; segundo, significa participación por naturaleza de las tres prerrogativas del Padre: participación en la gloria de la divinidad del Padre, participación en la bienaventuranza del Padre y participación en la potestad judicial o regia del Padre. Esta triple participación se expresa con la expresión ‘se sentó’ porque es el rey el que se sienta en el tribunal*8. Todo esto, en realidad, Cristo siempre lo poseyó en cuanto Dios. “Por lo cual, estar sentado a la derecha del Padre no es otra cosa que compartir junto con el Padre la gloria de la divinidad, la bienaventuranza, y la potestad judicial; y esto perpetuamente y como rey. Todo esto le conviene al Hijo en cuanto Dios”*9.

Ahora bien, todo esto que le corresponde a Cristo en cuanto Dios, le corresponde a Cristo también en cuanto hombre. ¿Por qué? Porque la humanidad de Cristo está unida hipostáticamente, es decir, personalmente a la persona divina del Hijo. Por lo tanto, Cristo en cuanto hombre también asumió y participa de la misma gloria divina del Padre, de la bienaventuranza del Padre y de la potestad regia y judicial del Padre*10. Respecto a esto el Catecismo de la Iglesia Católica es taxativo: “La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo” (CEC, 668)*11.

En cuanto al plan de salvación, la Ascensión es la coronación final de toda la obra redentora. De esta manera se consuma y llega a su perfección toda la misión de Cristo sobre la tierra y el mundo del hombre entra en su última etapa. “Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la ‘última hora’ (1Jn 2,18; cf. 1P 4,7). ‘El final de la historia ha llegado ya a nosotros’ (CEC, 670)”.

2. Su ausencia nos es más útil que su presencia corporal

“La Ascensión de Cristo al cielo, que nos sustrajo su presencia corporal, fue más útil para nosotros que si estuviese ahora con su presencia corporal”*12. Jesús, al subir al Padre, sustrae totalmente su presencia corporal a nuestros ojos. Queda totalmente fuera del alcance de nuestras manos. Sin embargo, es una gran verdad la expresada por Jesús: “Les conviene que yo me vaya” (Jn 16,7). ¿Cómo puede ser conveniente que Jesús se aleje de nosotros si todo nuestro anhelo es estar con Él y unirnos indisolublemente con Él? “Porque si no me voy no os enviaré mi Espíritu, pero si me voy os lo enviaré, y Él os conducirá a la verdad completa” (Jn 16,7.13) Y se podría agregar: ‘Nos conducirá a la verdad completa y a la unión completa’.

Toda la conveniencia de que Jesús se vaya, toda la riqueza de la subida de Jesús al Padre está en que nos enviará el Espíritu Santo. Y si no se va no puede enviárnoslo. La presencia del Espíritu Santo en nuestras almas requiere la ausencia corporal de Jesús ante nuestros ojos.

¿Por qué es necesaria la ausencia de Cristo como condición para que venga el Espíritu Santo? Porque la principal labor del Espíritu Santo es la de hacer presente en el alma al Cristo místico, cosa que no es posible si Cristo permanece corporalmente ante nuestros ojos. Dado que el Espíritu Santo tiene como función crear al Cristo místico en nuestras almas, es necesario que el Cristo ‘corporal’ desaparezca de ante nuestros ojos, suba al Padre. Si Cristo permanece corporalmente ante nuestros ojos no tiene sentido que venga el Espíritu Santo, porque no podrá cumplir con su labor esencial: crear al Cristo místico en nosotros y unirnos a Él.

3. Tiempo de lucha y de testimonio

La narración de la Ascensión de Cristo según los Hechos de los Apóstoles pone en relación dos dogmas de la Iglesia Católica: por un lado, la Ascensión a los cielos, pero, por otro la seguridad de la Segunda Venida de Jesucristo. En efecto, dos ángeles dicen a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo” (Hech 1,11). La segunda venida de N. S. Jesucristo es un dogma de fe: “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Pero mientras eso no suceda, este tiempo del cristiano es tiempo de lucha y de testimonio. “Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal” (CEC, 671), porque hasta que no venga Jesucristo por segunda vez, el misterio de iniquidad estará operante en actividad constante e intensa (cf. 2Tes 2,7). “La Iglesia misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios (LG 48)” (CEC, 671).

“Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hech 1,6-7) que, según los profetas (cf. Is 11,1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf. Hech 1,8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1Cor 7,26) y la prueba del mal (cf. Ef 5,16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1Pe 4,17) e inaugura los combates de los últimos días (1Jn 2,18; 4,3; 1Tm 4,1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25,1-13; Mc 13,33-37)” (CEC, 672)

Por esta razón es que la oración más sentida y anhelosa del cristiano es “¡Ven, Señor Jesús!” (Apoc 22,17-20).

Conclusión

La narración del evangelio de San Lucas señala un gesto muy significativo de Jesús al subir al cielo: “Alzando sus manos, los bendijo” (Lc 24,50). Este gesto de alzar las manos hacia el pueblo para bendecirlo es un gesto eminentemente sacerdotal. Solo el sacerdote podía hacerlo porque sólo el sacerdote podía bendecir. En Lev 9,22-24 se narra la bendición que Aarón, cabeza de todos los sacerdotes, imparte al pueblo extendiendo las manos hacia el pueblo*13. Pero además, esta bendición está en estrecha relación con el sacrificio del pueblo de Israel, ya que la bendición al pueblo era para que pudiera participar con pureza cultual del sacrificio. Hay, por lo tanto, en el gesto de Jesús una referencia a su sacerdocio eterno y a su sacrificio en la cruz. Sus discípulos, al igual que el pueblo de Israel ante Aarón, se purifican y se llenan de dones espirituales para poder participar dignamente en el Santo Sacrificio de la Misa, que es el mismo sacrificio de la cruz. El último gesto de Jesús antes de partir a los cielos recuerda su sacrificio y, por lo tanto, el Santo Sacrificio de la Misa.

Parece que el último mensaje de Jesús antes de ausentarse de la tierra haya sido éste: “Participen de mi sacrificio con corazón purificado; inmólense junto conmigo en cada Santa Misa; yo les dejo mi bendición para que puedan hacerlo”.

No olvidemos que el Santo Sacrificio de la Misa es la actualización no solamente de la muerte de Cristo en cruz sino también de su glorificación, que incluye su resurrección y su Ascensión. Cuando celebramos la Misa celebramos también la Ascensión de Cristo.

Durante la Santa Misa el sacerdote eleva en alto la Hostia y el Cáliz consagrados. Esto originalmente se comenzó a hacer para que el pueblo fiel pudiera verlos en el momento de la consagración. Pero tiene también un sentido teológico: significa su alzamiento sobre la cruz y su Ascensión a los cielos. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32); y el Catecismo de la Iglesia Católica comenta: “La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo” (CEC, 662). En el momento de la elevación de la Hostia y del Cáliz en la consagración del sacrificio eucarístico tenemos también una presencia de la Ascensión. Y de una manera muy significativa, inmediatamente después de elevar la Hostia y el Cáliz en la consagración, el pueblo aclama: “¡Ven Señor Jesús!”. La actualización de la Ascensión en la Eucaristía nos hace pedir que su retorno sea presto.

Pero hay aquí una particularidad: si bien esperamos que Jesucristo vuelva a restaurar todas las cosas en medio de nuestras luchas, sin embargo la respuesta de Jesucristo es inmediata ya que bajo las especies eucarísticas se hace presente entre nosotros de una manera verdadera, real y sustancial.

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*1- La nube pasó a ser símbolo de la divinidad fundamentalmente por dos motivos. En primer lugar, por la columna de nube que acompañaba al pueblo de Israel en el camino del éxodo y en la cual estaba Yahveh: “Yahveh iba de día en la columna de nube” (Éx 13,21). En segundo lugar, porque cuando se inauguró el Templo de Salomón la presencia de Dios llenó el Templo en forma de nube: “Al salir los sacerdotes del Santo, la nube llenó la Casa de Yahveh. Y los sacerdotes no pudieron continuar en el servicio a causa de la nube, porque la gloria de Yahveh llenaba la Casa de Yahveh. Entonces Salomón dijo: Yahveh quiere habitar en densa nube” (1Re 8,10-12). Cf. CEC, 697.
*2- La mayoría de las biblias traducen ‘le sirvieron’. Pero el verbo que se usa en el original arameo es el verbo phélaj que para Strong y Tuggy significa en primer lugar ‘adorar’ (cf. Multiléxico, nº 6399). Para Vogt tiene tres significados diferentes: 1. Cultivar la tierra; 2. Servir; 3. Rendir culto como a Dios (Vogt, E., Lexicon lingue aramaicae Veteris Testamenti, Pontificium Institutum Biblicum, Roma, 1971, p. 138; traducción nuestra). La LXX traduce con el verbo latréuo, que significa ‘adorar’. He elencado hasta ocho diccionarios diferentes que afirman que el significado primario de latréuo es ‘adorar’. Ellos son: Tuggy, Vine, Friberg, Louw-Nida, Liddell-Scott, Thayer, Moulton-Milligan y Danker. En el NT tenemos un testimonio notable en el ciego de nacimiento que cuando Jesús le pide que crea en el Hijo del hombre, el ciego, postrándose, lo adoró (Jn 9,38). San Jerónimo traduce ese versículo de la siguiente manera: “Et procidens adoravit eum” (Jn 9,38).
*3- Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 138 -139. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto al texto de Jn 12,32: “’Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí’ (Jn 12,32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo” (CEC, 662). Que con la resurrección de Cristo se consuma plenamente en su realidad ontológica la glorificación de Cristo (no en su manifestación a los hombres) está afirmado en varios textos de San Pablo. Citamos sólo uno: “Cristo Jesús fue constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” (Rm 1,4), es decir, Kýrios. Y el Catecismo de la Iglesia Católica habla de “una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre” (CEC, 660). Y Santo Tomás dice que ya a Cristo resucitado le convenía un lugar celestial pero que difirió su ascensión a los cielos con un movimiento local por nuestra utilidad. Esta utilidad es, fundamentalmente, la de mostrar signos evidentes de su resurrección (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1, ad 4).
*4- La expresión ‘según la tradición’ no se equipara a la expresión ‘según la leyenda’. La tradición respecto a los lugares bíblicos es algo serio y que tiene sustentos científicos. El principal sustento científico que tiene la tradición entendida en este sentido es el testimonio oral de testigos creíbles a través de los siglos.
*5- En el original griego se usa el verbo proskynéo que significa, en primer lugar, ‘adorar’. San Jerónimo traduce: “Et ipsi adorantes”. Varias biblias en castellano traducen: ‘lo adoraron’ entre ellas, por ejemplo, la Biblia de Martín Nieto y la Biblia de EUNSA.
*6- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1 c.
*7- Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 2 c.
*8- Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 1 c
*9- Santo Tomás de Aquino, III, q. 58, a. 2 c.
*10- Dice Santo Tomás: “Cristo, en cuanto hombre, es Hijo de Dios y, por consiguiente, está sentado a la derecha del Padre; de tal modo, sin embargo, que el ‘en cuanto’ no designe la condición de la naturaleza sino la unidad del supuesto (…). Así pues, si el ‘en cuanto’ designa la índole de la naturaleza, Cristo, en cuanto Dios, está sentado a la derecha del Padre, esto es, en igualdad con el Padre. (…) Pero, si el ‘en cuanto’ alude a la unidad del supuesto, también así Cristo, en cuanto hombre, está sentado a la derecha del Padre en igualdad de honor, es a saber: en cuanto que con el mismo honor veneramos al propio Hijo de Dios con la naturaleza que tomó” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 3 c).
*11- Dice también el Catecismo: “Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: ‘Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada’ (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C)” (CEC, 663).
*12- “Ipsa ascensio Christi in caelum, qua corporalem suam praesentiam nobis subtraxit, magis fuit utilis nobis quam praesentia corporalis fuisset” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1, ad 3).
*13- En Sir 50,20-21 se comenta esta bendición de Aarón.

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S.S. Francisco p.p.

 

Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Ascensión de Jesús al cielo, que tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua. Los Hechos de los apóstoles relatan este episodio, la separación final del Señor Jesús de sus discípulos y de este mundo (cf. Hch 1, 2.9). El Evangelio de Mateo, en cambio, presenta el mandato de Jesús a los discípulos: la invitación a ir, a salir para anunciar a todos los pueblos su mensaje de salvación (cf. Mt 28, 16-20). «Ir», o mejor, «salir» se convierte en la palabra clave de la fiesta de hoy: Jesús sale hacia el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo.

Jesús sale, asciende al cielo, es decir, vuelve al Padre, que lo había mandado al mundo. Hizo su trabajo, por lo tanto, vuelve al Padre. Pero no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, de una forma nueva. Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles —y también nuestra mirada— a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre. Él mismo había dicho que se marcharía para prepararnos un lugar en el cielo. Sin embargo, Jesús permanece presente y activo en las vicisitudes de la historia humana con el poder y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: aunque no lo veamos con los ojos, Él está. Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y cada mujer que sufre. Está cerca de todos nosotros, también hoy está aquí con nosotros en la plaza; el Señor está con nosotros. ¿Vosotros creéis esto? Entonces lo decimos juntos: ¡El Señor está con nosotros!

Jesús, cuando vuelve al cielo, lleva al Padre un regalo. ¿Cuál es el regalo? Sus llagas. Su cuerpo es bellísimo, sin las señales de los golpes, sin las heridas de la flagelación, pero conserva las llagas. Cuando vuelve al Padre le muestra las llagas y le dice: «Mira Padre, este es el precio del perdón que tú das». Cuando el Padre contempla las llagas de Jesús nos perdona siempre, no porque seamos buenos, sino porque Jesús ha pagado por nosotros. Contemplando las llagas de Jesús, el Padre se hace más misericordioso. Este es el gran trabajo de Jesús hoy en el cielo: mostrar al Padre el precio del perdón, sus llagas. Esto es algo hermoso que nos impulsa a no tener miedo de pedir perdón; el Padre siempre perdona, porque mira las llagas de Jesús, mira nuestro pecado y lo perdona.

Pero Jesús está presente también mediante la Iglesia, a quien Él envió a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, no es facultativo. La comunidad cristiana es una comunidad «en salida». Es más: la Iglesia nació «en salida». Y vosotros me diréis: ¿y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre «en salida» con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.

A sus discípulos misioneros Jesús dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (v. 20). Solos, sin Jesús, no podemos hacer nada. En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, incluso siendo necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, incluso bien organizado, resulta ineficaz. Y así vamos a decir a la gente quién es Jesús.

Y junto con Jesús nos acompaña María nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza.

(Regina Coeli, 1 de junio de 2014)

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San Juan Pablo II

 

1. “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo” (Jn 17, 1).

Así oró Jesús en el Cenáculo, el día precedente a su pasión y muerte en la cruz, mientras se acercaba no a la gloria, sino a la ignominia. Pero Él sabía que la infamia de la Cruz era el camino a la verdadera gloria.

Las palabras de la “oración sacerdotal”, que habló en el Cenáculo, manifiestan esta toma de conciencia. Contienen una maravillosa teología de la gloria de Dios: de aquella gloria que el Padre recibe del Hijo encarnado; de esa gloria que llena el universo, y que la Iglesia expresa todos los días con la bien conocida doxología: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos.”

La liturgia de la Palabra de hoy presenta un rico comentario a esta tradicional invocación cristiana.

2. “Gloria… como era en el principio …”. En este principio absoluto se refiere a Jesús en la “oración sacerdotal” cuando dice: “Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17,5). El Padre glorifica al Hijo, y el Hijo glorifica al Padre “en el Espíritu de la gloria” (Jn 7,39; 2 Corintios 3,8). La gloria pertenece, por lo tanto, al misterio íntimo de la vida trinitaria. Es un reflejo de la perfección infinita de Dios, de su infinita santidad, como la liturgia pone de manifiesto a través de las palabras del Gloria y del Sanctus.

La gloria de Dios manifiesta la verdad del Ser divino, que es por naturaleza la plenitud eterna de la Verdad. El hombre está llamado a participar en la vida divina, la cual abarca la eternidad: “Esta es la vida eterna – dice Jesús – que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

“Sea, pues, alabado Jesucristo”, que nos da la oportunidad de compartir la misma gloria de Dios: “Gloria Dei vivens homo”, “el hombre que ­vive es gloria de Dios” – dice San Ireneo – quien añade de inmediato: “vita autem hominis visio Dei “, “la vida del hombre consiste en la visión de Dios” (Adv Haer, IV, 20,7: SCh 1002, 648-649).

3. Queridos hermanos y hermanas! El hombre está llamado a la santidad, a ser artífice de una humanidad renovada por la gloria divina. Y el creyente, por el bautismo, se hace testigo de que la esperanza sobrenatural que sostiene la peregrinación del hombre sobre la tierra, a menudo marcada por pruebas y sufrimientos. En el Concilio Vaticano II la Iglesia ha reiterado que “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). Con su vida santa, los cristianos están invitados a ser luz para los demás en los caminos del mundo.

Nuestra época pareciera más un tiempo de sorprendentes descubrimientos científicos y tecnológicos, que una época de santos. Pero si el hombre no se realiza espiritualmente a sí mismo a través de la conformación interior con Cristo, todas sus conquistas resultan en última instancia insignificantes e incluso podrían llegar a ser peligrosas. El hecho de que hoy en día buscamos la realización personal plena, hay una mayor necesidad de santos. Nuestro tiempo reclama personas maduras que, después de haber entendido el valor de la santidad, buscan realizarla en la vida diaria.

Después de todo, la sociedad actual manifiesta una profunda necesidad de santos, es decir, de personas que, por su contacto más cercano con Dios, de alguna manera puedan percibir la presencia y mediar en las respuestas. Hay, por desgracia, jóvenes y adultos que, mal interpretando esta necesidad, se entregan al encanto oculto, o buscan en las estrellas del firmamento los signos de su propio destino. La superstición y la magia atraen a un buen número de personas en busca de respuestas inmediatas y sencillas a los complejos problemas de la existencia.

Es un riesgo del que debemos tener cuidado. Los santos, para estas almas búsqueda, son un punto de referencia fiable y accesible. Pueden señalar con el poder convincente, el camino a seguir para avanzar en la dirección correcta.

Hablo no sólo de los santos canonizados. Como fue el caso en el pasado, la santidad debe encarnarse de modo vivo y alegre incluso hoy. La santidad es la verdadera fuerza que puede transformar el mundo.

6. En la oración del Cenáculo, Jesús dice al Padre: “Yo te he glorificado en la tierra, cumpliendo la obra que me has dado hacer… He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo … y han guardado tu palabra … las palabras que me diste las he dado a ellos; ellos las han recibido y saben verdaderamente que salí de ti y han creído que tú me has enviado “(Jn 17,4.6.8).

Jesús dijo estas palabras el día antes de su pasión. Para nosotros, que las recordamos después de haber celebrado su ascensión al cielo, adquieren aún mayor actualidad, expresando su carácter permanente de oración de intercesión por la Iglesia, fundada sobre los Apóstoles: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos … yo no estoy más en el mundo, pero éstos están en el mundo, y yo voy a Ti” (Jn 17,9-11).

Cristo ora por la Iglesia de todas las edades y de todas partes del mundo. La primera lectura, tomada del libro de los Hechos, nos lleva de nuevo al Cenáculo donde, después de la Ascensión de Jesús al cielo, los apóstoles permanecen con María en la espera orante de la venida del Espíritu Santo. También nosotros estamos llamados a perseverar con María en la oración.

Al mismo tiempo, repetimos con el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? … Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (Sal 26,1,4).

Todos los días de la vida y para la eternidad. ¡Amén!

(Visita pastoral a Ischia, domingo 5 de mayo de 2002)

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Benedicto XVI

 

Hoy se celebra en varios países, entre los cuales Italia, la solemnidad de la Ascensión de Cristo al cielo, misterio de la fe que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa cuarenta días después de la resurrección (cf. Hch 1, 3-11); por eso, en el Vaticano y en algunas naciones del mundo ya se celebró el jueves pasado. Después de la Ascensión, los primeros discípulos permanecieron reunidos en el Cenáculo, en torno a la Madre de Jesús, en ferviente espera del don del Espíritu Santo, prometido por Jesús (cf. Hch 1, 14). En este primer domingo de mayo, mes mariano, también nosotros revivimos esta experiencia, experimentando más intensamente la presencia espiritual de María. La plaza de San Pedro se presenta hoy como un “cenáculo” al aire libre, lleno de fieles, en gran parte miembros de la Acción católica italiana, a los cuales me dirigiré después de la oración mariana del Regina caeli.

En sus discursos de despedida a los discípulos, Jesús insistió mucho en la importancia de su “regreso al Padre”, coronamiento de toda su misión. En efecto, vino al mundo para llevar al hombre a Dios, no en un plano ideal —como un filósofo o un maestro de sabiduría—, sino realmente, como pastor que quiere llevar a las ovejas al redil. Este “éxodo” hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó totalmente por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios.

Precisamente por eso, el Padre se complació en él y lo “exaltó” (Flp 2, 9), restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, “en ella tenemos como una ancla de nuestra alma” (Hb 6, 19), una ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido.

¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto: una sólida ancla para su vida? He aquí nuevamente el sentido estupendo de la presencia de María en medio de nosotros. Dirigiendo la mirada a ella, como los primeros discípulos, se nos remite inmediatamente a la realidad de Jesús: la Madre remite al Hijo, que ya no está físicamente entre nosotros, sino que nos espera en la casa del Padre. Jesús nos invita a no quedarnos mirando hacia lo alto, sino a estar juntos, unidos en la oración, para invocar el don del Espíritu Santo. En efecto, sólo a quien “nace de lo alto”, es decir, del Espíritu Santo, se le abre la entrada en el reino de los cielos (cf. Jn 3, 3-5), y la primera “nacida de lo alto” es precisamente la Virgen María. Por tanto, nos dirigimos a ella en la plenitud de la alegría pascual.

(Domingo de la Ascensión del Señor, 4 de mayo de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La Ascensión del Señor

Mt 28, 16-20

            Jesús después de resucitar estuvo cuarenta días en la tierra apareciéndose a sus discípulos para confirmar su fe. Hoy asciende al cielo para sentarse a la derecha del Padre como Señor del universo, porque “Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre”*1 y volverá por segunda vez al fin de los tiempos para juzgar a vivos y muertos.

            Los discípulos se quedaron estupefactos contemplando la ascensión. Como seguían mirando al cielo, dos ángeles los hicieron volver en sí: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo”*2. Como si les dijese: No se queden ahí, tienen que volver a la misión encomendada aunque sin olvidar el cielo.

Es muy importante mirar al cielo porque es el fin de nuestra existencia, “si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”*3.

Llama la atención que mucha gente, la mayoría diría, incluso gente muy cercana a la Iglesia,  no sepan responder cuando se les pregunta ¿cuál es el fin de nuestra existencia? Estamos hechos para el cielo y debemos empeñarnos con todo nuestro ser en esta tierra para alcanzar ese fin y debemos rezar unos por otros para que comprendamos el valor que tiene el cielo para cada uno de nosotros: “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos”*4. Dios quiere que todos los hombres se salven*5 pero la salvación depende del buen uso de nuestra libertad. Decía San Agustín: “quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti”*6.

La esperanza del cristiano es el cielo, la herencia del cristiano es el cielo. El poder de Dios manifestado en Cristo, que lo resucitó de entre los muertos, lo puso a su derecha y lo constituyó Señor, es nuestra garantía porque no hay nada imposible para Dios*7.

Y ¿qué es el cielo?

Se ha hecho del cielo una imagen irreal. Las pinturas pintan al cielo con angelitos con dos alas que tienen en una mano una palma y en la otra una cítara.

El cielo es Dios. Al cielo como a Dios no lo podemos ver en esta tierra por causa del cuerpo, por eso dice la Escritura que nadie puede ver a Dios sin morir. Separada el alma del cuerpo, sí lo veremos, con la ayuda de Dios mismo, por medio de la luz de la gloria. En la resurrección de los cuerpos también, pero con el cuerpo glorificado, es decir de otra condición, con un cuerpo sometido perfectamente al imperio del alma*8.

Para ver a Dios es necesario usar de la potencia más elevada del hombre que es la inteligencia y del acto más sublime del hombre que es la contemplación. El cielo consiste en ver a Dios cara a cara por una visión intelectual acompañada de un acto de gozo infinito porque la contemplación es un mirar amante.

El deseo de ver a Dios es innato en el hombre. Dios quiere la salvación de los hombres y nuestra alma es capaz de Dios. Luego no es un deseo cualquiera sino un deseo esencial y que tiene vocación de plenitud.

El cielo es la plenificación total del ser humano, de todas sus facultades y aspiraciones reales. Es la realización del ideal que ha estado detrás de todos los ideales de la vida. Ese ideal que se formulará al morir será colmado, cumplido, desbordado…

Jesús dijo que el cielo era como una perla de gran valor*9.

El cielo es la incorporación a una empresa de conquistas sobrehumanas que se extienden por los siglos y por universos en los que cada uno de nosotros tiene una tarea que no puede hacer otro y para la cual fuimos hechos cada uno distinto de los otros.

El cielo no es pasividad, sino actividad. No es placer, es más que placer y gozo, pero es inefable. No es un estado sin penas, porque así no es la vida y el cielo es vida eterna sino con penas que no se querrían perder por nada, penas de amor… como las de Jesús y los santos.

El cielo es el término de un movimiento esencial: el movimiento de nuestra naturaleza, que desea desde que existe ver a Dios. Allí nos transfiguraremos.

Y conocer el cielo lleva consigo una rendición total: “va vende todo lo que tiene”*10 y compra la perla. ¡Todo! Porque para que vuele el pajarito tiene que estar libre hasta de la atadura del hilo más delgado*11.

El que comprende esto comprende lo que dice Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”*12, “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará”*13, renuncias y renuncias… rendición total a cosas que valen menos que el cielo.

¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Cristo volverá, pero mientras estamos en la tierra trabajemos para ir donde Él está.

_______________________________________
*1- Flp 2, 9-11
*2- Hch 1, 11
*3- Col 3, 1
*4- Ef 1, 17-20
*5- 1 Tm 2, 4
*6- Sermón 169, 13, O.C. (23), BAC Madrid 1983, 660-61
*7- Lc 1, 37
*8- 1 Co 15, 42-44
*9- Mt 13, 45
*10- v. 46
*11- Sigo casi textualmente a Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 157-8
*12- Mt 16, 24
*13- Lc 9, 24

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo VIII del Tiempo Ordinario (A)

 

26
febrero

Domingo XVIII Tiempo Ordinario 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo VIII del Tiempo Ordinario (A)

(Domingo 26 de febrero de 2017)

LECTURAS

Yo no te olvidaré

Lectura del libro del profeta Isaías     49, 14-15

Sión decía: «El Señor me abandonó,
mi Señor se ha olvidado de mí».
¿Se olvida una madre de su criatura,
no se compadece del hijo de sus entrañas?
¡Pero aunque ella se olvide,
yo no te olvidaré!

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9b (R.: 2a)

R. Sólo en Dios descansa mi alma.

Sólo en Dios descansa mi alma,
de Él me viene la salvación.
Sólo él es mi Roca salvadora;
Él es mi baluarte: nunca vacilaré. R.

Mi salvación y mi gloria
están en Dios:
Él es mi Roca firme,
en Dios está mi refugio. R.

Confíen en Dios constantemente,
ustedes, que son su pueblo,
desahoguen en Él su corazón,
porque Dios es nuestro refugio. R.

El Señor manifestará las intenciones secretas de los corazones

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto     4, 1-5

Hermanos:
Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel.
En cuanto a mí, poco me importa que me juzguen ustedes o un tribunal humano; ni siquiera yo mismo me juzgo. Es verdad que mi conciencia nada me reprocha, pero no por eso estoy justificado: mi juez es el Señor. Por eso, no hagan juicios prematuros. Dejen que venga el Señor: Él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas y manifestará las intenciones secretas de los corazones. Entonces, cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Heb 4, 12

Aleluia.
La Palabra de Dios es viva y eficaz;
discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
Aleluia.
 

EVANGELIO

No se inquieten por el día de mañana

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     6, 24-34

Dijo Jesús a sus discípulos:
Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?
Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?
¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!
No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?» Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.
Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

VIII Domingo- Tiempo Ordinario – Ciclo A

Entrada: “Lo que Cristo realizó en el altar de la cruz y que antes instituyó como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo, en cada Santa Misa”. Junto con este sacrificio de Cristo entreguemos también nosotros todo nuestro ser a Dios.

Liturgia de la Palabra

1º Lectura:       Isaías 49,14-15

 Dios es un Padre tierno y misericordioso, jamás se olvida de sus hijos.

Salmo Responsorial: 140, 1- 3. 8

2º Lectura:      I Corintios 4, 1-5

El Señor conoce el interior del corazón, y da a cada uno según sus obras.

Evangelio:       Mateo 6,24-34

Dios es Padre providente, busquemos lo que pertenece a sus Reino y a su Gloria y Él mismo nos dará lo que necesitamos, y se nos dará El mismo.

Preces:

Hermanos, en esta oración  pública y comunitaria dirijámonos a Cristo, el Señor, no sólo por nosotros mismos y nuestras necesidades sino por todo el pueblo.

A cada intención respondemos cantando:…..

– Por el Santo Padre y sus colaboradores, para que realicen su ministerio con espíritu de servicio y se vean fortalecidos por la consolación del Espíritu Santo. Oremos.

– Por todos aquellos que se encuentran agobiados, especialmente los pobres, los refugiados, y los marginados, para que encuentren acogida y apoyo. Oremos.

-Por la unidad y la concordia en toda comunidad humana: en las familias, en las parroquias, en los ambientes de trabajo, para que este testimonio de unidad ayude a la credibilidad del Evangelio y a la obra redentora de Cristo. Oremos…

– Por todos los hombres que no conocen a Dios, no esperan en El y no lo aman, pero que experimentan en sí la nostalgia de las cosas divinas, para que se abran a la gracia de Dios que busca a los hombres con entrañas de Padre misericordioso. Oremos.

-Por los enfermos, especialmente los que padecen enfermedades terminales, para que en medio de los sufrimientos, reconozcan la bondad  de Dios, que sólo desea nuestro bien; y por el consuelo y fortaleza de sus familiares. Oremos.

Padre santo,  atiende con bondad nuestras súplicas y escucha las oraciones de tus fieles. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

            Ofrecemos incienso, junto con él  elevemos nuestra acción de gracias a Dios, por tantos beneficios recibidos.

            Con el  pan y el  vino, vaya nuestro deseo de imitar al Señor en su actitud oblativa.

Comunión: Sirvamos a tan buen Señor que bajo las apariencias del pan y del vino desea ser Él el único servido, el único amado, el único tesoro de nuestro corazón.

Salida: María Santísima, la humilde sierva del Señor, nos conceda la gracia de reconocer  la providencia  amorosa del Padre, en los distintos acontecimientos de nuestra vida.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

La verdadera justicia en el servicio de Dios sin reservas

(Mt 6,19-34)

Se continúa el gran tema de la verdadera justicia. Las secciones precedentes más largas eran interiormente unitarias y estaban claramente divididas. Ahora encontramos instrucciones particulares de Jesús de diversa índole. Todas están consideradas desde un punto de vista que antes hemos encontrado: la verdadera justicia ha de estar totalmente orientada hacia Dios. Dios es el centro y el objetivo. Esto debe repercutir en todas las cuestiones y ambientes particulares de nuestra vida.

(…)

Verdadero servicio de Dios (Mt 6,24).

24 Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No podéis servir a Dios y a Mammón.

El contraste siempre varía y se llama al discípulo para que tome siempre la misma decisión: tesoros en la tierra, tesoros en el cielo; tinieblas, luz; riqueza, Dios. También aquí penetra una experiencia natural en el ámbito del espíritu. Cada uno en realidad sólo puede servir con todas sus fuerzas a un señor. Pero esto con pleno sentido sólo puede decirse de Dios, que pide todo el hombre y no tolera ningún compromiso. Solamente en Dios tiene validez la alternativa en el pleno sentido; el hombre sabe que sólo Dios puede darnos la salvación…

En todas partes en que se pone en discusión el derecho señorial de Dios, se oculta el maligno. El demonio conoce múltiples formas de oposición y enemistad. De una forma especialmente alevosa se escuda detrás de Mammón. Éste representa la propiedad terrena, la acumulación de bienes y tesoros, y de toda clase de posesiones. Pero también conocemos por la experiencia el disimulado poder del oro, el brillo fascinante y la magnificencia cautivadora de los objetos terrenales de gran valor. Para Jesús la riqueza siempre es «injusta», un poder casi demoníaco, que gana el corazón y lo tiene encadenado. El que es víctima de la riqueza, también lo es del diablo. Solamente se puede servir de veras a uno: a Dios, que es la luz de nuestra vida, y en quien están bien guardados los verdaderos tesoros y nuestro corazón.

Confianza en Dios (Mt 6,25-34)

25 Por eso os digo: No os afanéis por vuestra vida: qué vais a comer; ni por vuestro cuerpo: con qué lo vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

El que vive confiando plenamente en Dios, como lo han mostrado los tres versículos precedentes, ya no se preocupa por su vida terrena. El siguiente largo pasaje sólo tiene un tema: mostrar la superfluidad de la preocupación terrena a la vista del gran Padre. Esta preocupación se refiere sobre todo a dos necesidades del hombre: la nutrición para mantener la vida y el vestido para proteger el cuerpo. La nutrición, el vestido y el trabajo por conseguirlos no deben ser privados de su valor, como podría suponer un visionario. Lo que aquí se reprueba es la solicitud excesiva por las cosas terrenas, el esfuerzo febril y el celo angustioso, el afán egoísta, en los que Dios no desempeña ningún papel ni es tenido en consideración. Tanto el pobre como el rico pueden ser víctimas de tal preocupación. En primer lugar dice Jesús una frase general: ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Si Dios os ha hecho donación de lo más valioso, de la vida y del cuerpo, ¿no se cuidará también de lo menos valioso? En muchos hombres se produce la impresión de que el sentido de su vida se agota en la consecución de aquellos bienes. Piensan que son dichosos asegurándose la manutención y satisfaciendo estas necesidades: Olvidan que no vivimos «de solo pan».

26 Mirad las aves del cielo: no siembran ni siegan ni recogen en graneros; sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? 27 ¿Quién de vosotros, por mucho que se afane, puede añadir una sola hora a su existencia?

Aquí se trata de la primera necesidad, o sea, el alimento, y de la preocupación por el mismo. Es magnífico el ejemplo de la naturaleza, en el que puede comprobarse el gobierno del Padre. Para quien tiene a Dios presente en todas partes y lo ve en acción, la nutrición de las aves no es solamente un hecho de la naturaleza sino un milagro de solicitud paternal. No se cansan en almacenar para tener asegurado el alimento para el tiempo futuro, sino que viven al día: vuestro Padre celestial las alimenta. Si esto ya es verdad en criaturas tan pequeñas, ¿cuánto más en el hombre, cuya vida es incomparablemente más valiosa y está mucho más cercana al corazón del Padre? Dios sabe lo que nos hace falta, antes de que se lo pidamos (cf. 6,8). Nos contempla constantemente, atiende a lo que necesitamos para vivir. Pensar de otra manera no tiene ninguna razón de ser. Dios ha establecido la duración de nuestra vida. Ni siquiera el que se fatiga a porfía y mantiene una actividad febril es capaz de prolongar su propia vida. Debemos poner atención a lo que aquí se nos dice y dejar sin respuesta las cuestiones que no hacen al caso: ¿No hay también animales que construyen depósitos en previsión del futuro? Ciertamente, pero no lo hacen las aves que aquí se toman como ejemplo. ¿Y no se puede alargar la vida viviendo de un modo ordenado y con el auxilio de la medicina? Eso también es verdad, pero no es lo que aquí se considera. Aquí se pretende poner en claro que el que se entrega a la confianza en Dios, sin descuidar lo necesario para sí o su familia, logra el lapso de vida que Dios le ha señalado. Se trata de subrayar la conformidad con el plan de Dios y no de las ventajas puramente terrenales, que nada tienen que ver con él, aunque se trate de una febril prolongación de la vida. ¡Cuántas veces hemos experimentado la verdad de estas palabras! ¿Es igualmente operante esta verdad cuando vivimos en medio del bienestar y la seguridad?

28 Y acerca del vestido, ¿por qué os afanáis? Observad los lirios del campo, cómo crecen; ni se atarean ni hilan. 29 Pero yo os digo: ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos. 30 Pues si a la hierba del campo, que hoy existe y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe?

Viene ahora, en segundo lugar, la preocupación por el vestido. Jesús hace que la mirada del discípulo se dirija de nuevo a la naturaleza, al delicioso jardín de Dios. Dios ha colmado de hermosura incluso plantas silvestres más humildes, como los lirios que crecen en el campo. No solamente las rosas o las dalias de vistosos colores están vestidas bellamente, también las flores del campo, que crecen entre la hierba y están destinadas al pasto o incluso a ser consumidas por el fuego. El prototipo de la brillante suntuosidad y del disfrute cortesano de la vida, el rey Salomón, es un pobre hombre ante esta sencilla belleza. Ciertamente es efímera, es quemada con la hierba, aunque Dios la haya adornado de una forma tan exquisita. El mismo Padre, que gobierna con una solicitud tan pródiga, ¿no tendrá también cuidado de vosotros, para que podáis vestiros decentemente? Sólo habéis de tener la fe, la íntima confianza de que Dios se cuida de veras de esta necesidad del vestido. No seáis hombres de poca fe, que sólo raras veces utilizan su confianza, y la escatiman, que confían poco en Dios, continuamente se le echan en brazos conservando su propia inquietud…

31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué vamos a comer, o qué vamos a beber, o con qué nos vamos a vestir? 32 Pues todas estas cosas las buscan ansiosamente los paganos; porque bien sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todas ellas. 33 Buscad primero el reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

Estas palabras resumen lo antedicho. En primer lugar los recelosos «hombres de poca fe» preguntan continuamente: ¿Qué debemos comer y beber? ¿Con qué debemos vestirnos? Procede como los paganos quien hace estas preguntas, y espera lograr la seguridad de su vida con el propio esfuerzo. No sabe nada de Dios y de su providencia paternal, y por eso está completamente abandonado a sus propias fuerzas. Pero vosotros conocéis a Dios, él es vuestro Padre celestial. Si lo creéis de veras, entonces también sabéis que él conoce todas vuestras necesidades. Aquí queda completamente claro que Jesús no pretende apartarnos del trabajo para sustentar la existencia terrenal. Sólo nos dice lo que propiamente importa, lo principal en la vida del discípulo: buscad primero el reino (de Dios), lo cual significa aquí prácticamente: buscad a Dios antes que a todas las demás cosas. El que aspira al reino de Dios, se somete enteramente a la majestad soberana de Dios y a su bondad paternal. Pero se añade: Y su justicia. Es la misma justicia, que ya hemos hallado reiteradas veces (Cf. 1, 19; 3, 15; 5, 6; 5, 20), a saber, la justicia que Dios espera de nosotros y que debemos ofrecerle. Es la perfección del Padre celestial, que debe manifestarse en nosotros. La justicia que nos hace aptos para el reino, ya ahora y sobre todo al final. Esto quiere decir que lo más importante no son nuestros propios esfuerzos, sino ser conformados y enardecidos por Dios y su voluntad. En ello deben consistir nuestros anhelos, nuestro pensar y nuestro sentir. Solamente en esto pondrá de manifiesto nuestra propia obra. Entonces no solamente se disminuye la preocupación por nuestras necesidades corporales, sino que Dios ya nos da por sí mismo todo lo necesario. El que está lleno de la única aspiración importante, ya no ambiciona nada para sí. También trabaja, gana dinero, compra; pero para él estas actividades son servicios que presta a Dios. En último término su corazón no vive en dichas actividades… Deberíamos adquirir el valor que se requiere para esta empresa. Los grandes santos, como Francisco de Asís o Juan Bosco, experimentaron reiteradamente que se puede confiar en la palabra de Dios.

34 No os afanéis, pues, por el día de mañana; que el día de mañana traerá su propio afán. Bástele a cada día su propia angustia.

Este versículo está al final como un suplemento, un discreto remate de las graves declaraciones precedentes. No es una excelsa enseñanza sobre Dios, sino un fragmento de sabiduría casera de la vida. Cada día trae consigo una dosis determinada de angustia y fatiga; no deberíamos aumentarla con la preocupación por el día de mañana. A pesar de esta sencillez el versículo muestra que permanecemos en el terreno de la realidad. La renuncia a la preocupación en el sentido indicado por Jesús no significa que seamos sustraídos al esfuerzo y al fatigoso trabajo de cada día, a las mil prácticas siempre iguales, a la monotonía fastidiosa de la vida cotidiana. Todo eso permanece como está. Lo nuevo son los sentimientos del discípulo: su íntima aspiración no está ligada, sino dirigida hacia Dios. Entonces todos los pequeños quehaceres se vuelven ligeros, y son iluminados desde arriba.

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Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani, S.J.

Jesús condena la Solicitud Terrena

            En el evangelio que se lee hoy (Mateo VI y Lucas XII) Cristo nos propone como ejemplos a los Pajaritos y a los Lirios: los Pajaritos no siembran ni ensilan y siempre tienen que comer; los Lirios no hilan ni cosen y están muy bien vestidos. Parece demasiado poético, y hasta ha parecido a algunos una exhortación a la gandulería general.

            Mas en esta parábola nos prohíbe Cristo la Solicitud Terrena, que trae consigo la angurria de riquezas, la cual arrastra tras de sí males innumerables. Después de haber dicho:

                        Ningún siervo puede servir

                        A la vez a dos señores

                        Vosotros no podéis servir

                        A Dios y a las Riquezas…

            Cristo prevé la réplica obvia: “¡es que el dinero es necesario para vivir!”; y persigue a la angurria de dinero en su último escondrijo, diciendo no solamente: “No os esclavicéis al dinero” sino “Despreciad el dinero”.

            León Bloy, Péguy y Kirkegor han glosado esta parábola; el Pobrecito de Asís y otros innumerables la han vivido. Ella inspiró a Kirkegor tres sermones sólidos como Bossuet y tan refinados y poéticos como Vieyra, si no nos engaña nuestra devoción al jorobadillo danés. Pero no sirven para la Argentina. Dios quiera que éste sirva.

            ¡Pero esta parábola no se puede cumplir hoy día!

            Cuenta André Suarès que una congregación católica norteamericana ha pedido al obispo de Nueva Orleans o de Michigan que la declare “un aditamento poético de la predicación de Cristo”.

            No me fío mucho de lo que dice André Suarès de los “Knights of Columbus”, no los quiere nada a los yanquis. Pero es verdad que el Papa León XIII condenó el 22 de enero de 1899 en carta al cardenal Gibbons –y en un latín bastante dudoso– un error que él llama “americanismo”; que entre otras cosas opinaba en contra de la pobreza voluntaria de las órdenes y la pobreza en general; y el sufrimiento, y las virtudes pasivas y la actitud contemplativa en el hombre: “antiguallas de la Edad Media”. Y por ese mismo tiempo, un prócer argentino, en un momento de ligereza, opinó lo mismo. Dijo que si una nación aceptara la moral evangélica en lo que atañe al dinero, se iba por un tubo a la bancarrota: que en eso Jesús no era buen Maestro ni buen ejemplo. Jesús fue un lírico y un gran moralista teórico; se le puede llamar con Renán “el sublime poeta de lo Ético”; pero estaba flojito en Economía Política. En eso, Benjamín Franklin le daba ciento y raya. Si un hombre quisiera vivir hoy como “las Aves del Cielo”, se exponía a los peores peligros, iba derecho al naufragio, y sobre todo ¿qué dicen de la Productividad”? Eso de despreciar al Ahorro, la virtud primera de un hombre realmente moderno, eso puede estar bien para los españoles, los napolitanos y otros pueblos cantores y atrasados; pero los argentinos no han nacido para lazzarones. Leed el Evangelio si queréis; en Norteamérica lo leen mucho; pero leedlo con grandísima precaución. Hasta aquí el prócer.

            Muy bien; no pedimos otra cosa: mal leído el Evangelio hace mal. De un versillo del Evangelio mal entendido, se puede sacar una herejía. De hecho, sobre este texto de los Pajaritos y los Lirios se hizo la herejía medioeval de los Fraticelli. Y de otros textos han salido docenas de herejías; de las cuales ninguna peor que la de Renán, de la cual nuestro prócer estaba un poco tocado; aunque se libraba de ella cuando empleaba su robusto sentido común sanjuanino.

            Estoy seguro que este “americanismo” lo dijo un prócer; aunque ahora no les puedo decir seguro la página dónde. Cuando éramos chicos nos lo enseñaba de memoria el gallego Mendizábal, que en realidad no era gallego sino boliviano naturalizado paraguayo y maestro argentino; y el otro día no más, lo echó por Radio un escritor judeoargentino, amigo mío. No hay duda de eso. Además, que despreciar el dinero es ser sobremanera imprudente, eso lo saben todos los argentinos, sin necesidad que lo diga ningún prócer.

            Cristo vivió como las Aves del Cielo y los Lirios del Valle; y no fue un imprudente. Tampoco fue “un mendigo”, como dice en algún lado Kirkegor; aunque es verdad que “no tenía dónde reclinar su cabeza” durante los tres años de su predicación, que fue su trabajo fuerte. Tenía un oficio y lo sabía bien: de joven fue artesano, de hombre fue rabbí o Recitador-Instructor ambulante; que no era entonces oficio de negros, sino muy necesario, reconocido y honrado en Israel, tan importante como seria por ejemplo nuestros tiempos el de predicador-profesor-periodista todo en uno. Yo soy eso; y tengo donde reclinar la cabeza aunque sea un poco duro; Cristo no tuvo. Le daba por no cobrar sus Recitales; y a veces hasta regalaba pan, peces y curaciones instantáneas y gratuitas encima de sus Improvisaciones; pero lo importante para El eran las Improvisaciones, que irradiaba por una especie de megáfono o micrófono viviente rústico. Sabía que tenía fuerzas físicas para trabajar hasta que muriese; y sabía que había de morir joven, y no necesitaba acogerse a “los beneficios de la jubilación”. Yo, lo confieso, me he acogido a los “beneficios de la jubilación”; solamente que me he acogido hace dos años, y los “beneficios” todavía no han venido.

            Cristo no predicó la haraganería ni la supresión de la prudencia. La prudencia la conocieron Aristóteles, Cristo, Santo Tomás, San Francisco de Asís, y hasta César Tiempo: es la más importante de las virtudes morales, sin la cual todas las otras se convierten en vicio. Cristo no predicó que no había que trabajar, que no había que pensar en los hijos ni en la vejez, que no había que guardar el dinero, como los “fraticelli”; aunque nunca tocó con sus manos una moneda según parece: pues cuando lo interrogaron acerca del tributo al César, dijo: Mostradme una moneda.” Judas llevaba las monedas de todos y San Pedro tenía unas monedas de 0,50 para hacer ruido como un chiquilín y jugar a cara y cruz. Pero el caso es que Jesús tenía bolsa, y sabía tan poca economía política que se dejó robar lo mismo que el vivísimo pueblo argentino. Mas Tomás de Aquino, que era fiel discípulo de Jesús y además religioso mendicante sabía economía política, y más sólida que la de hoy. En su Tratado para el Príncipe enseña que las naciones han de tratar de ser ricas; es decir, que el Rey debe tener riquezas, no para él sino para el pueblo todo A un obispo argentino que decía que “un obispo debe ser pobre”, le contestó, rectamente a mi entender, un religioso: “Sí, monseñor, debe ser pobre pero no como un religioso: un obispo debe tener bienes de fortuna, no para él, sino para los sacerdotes pobres primero; para el pueblo pobre segundo; y después para el culto divino”; y si hubiese añadido: “y para editar los libros religiosos de los escritores católicos, como el Padre Baransky, que no encuentra un solo editor en esta nación católica” no hubiese estado mal tampoco. Coincidía con Santo Tomás, dominico, y con Mamerto Esquiú, franciscano.

            Todas las órdenes religiosas al nacer se propusieron no tener riquezas; y algunas, vivir de meras limosnas: las mendicantes. Pero después piensan que guardar dinero solamente para un año más o menos, no está mal; en lo cual aprueba Santo Tomás y San Jerónimo; pero quien dice un año dice dos o diez o cincuenta; y así poco a poco se adentra a veces la Solicitud Terrena; y llegan a pensar a veces que si no tienen dinero para un siglo –pícara natura humana– no pueden hacer ningún bien a las almas. El Padre Nodier escribía en 1770 –más o menos– a su Superior el General de los jesuitas: “Pienso que los cofres de oro que hay en nuestros Colegios y los negocios del P. Villeneuve nos pueden hacer muchísimo daño…”. El P. Villeneuve quebró; y 6 años después los jesuitas fueron despojados de todos sus bienes, echados de Francia, echados de España, de sus Colonias –donde trabajaban estrenuamente*1 – y de todas las naciones borbónicas; y después suprimidos por Clemente XIV. ¡Culpa de los franceses! Y un poquito culpa de nosotros, digamos la verdad; excepto del P. Nodier y muchos otros, que sufrieron inocentes por culpa de unos pocos miopes.

            Cristo no nos manda ser imprevisores, nos manda vencer en nosotros la Solicitud Terrena: “No andéis solícitos y ansiosos por lo que habéis de vestir o de comer, o por el día de mañana: el día de mañana se trae su propia ansiedad, no la asumáis hoy… Mirad las Aves del Cielo… ¿Hay alguno de vosotros que pueda añadir un trecho al tiempo de su vida?”*2.

            La Solicitud Terrena ha de ser vencida por el cristiano con todos los medios, aun los más atrevidos, como “vender todo lo que tienes y darlo a los pobres”, en algunos casos; porque ella es la raíz de la avaricia y de muchos otros desórdenes. La avaricia es un pecado jefe, que manda a otros muchos. ¡Si lo sabremos los argentinos! sometidos al capitalismo inglés, que es una concreción sociológica de la avaricia en los ricos; o el socialismo ruso, que es una concreción sociológica del resentimiento en los pobres; porque Solicitud Terrena pueden tener tanto los ricos como los pobres, sin Cristo.

            Dicen los filósofos de hoy que todos los hombres nacemos con Angustia; o mejor traducido el Angst germano, con temor, inquietud, ansiedad, Desasosiego. Los pobres poetas lo habían dicho antes:

                        Inútil la fiebre que aviva tu paso

                        no hay nada que pueda matar tu Ansiedad

                        por mucho que tragues. El alma es un vaso

                        que sólo se llena con eternidad…

                        ¡Qué misero eres! Basta un soplo leve

                        para helarte. Cabes en un ataúd…

                        ¡Y el espacio inmenso del cielo te es breve

                        y la tierra es corta para tu Inquietud!

            El Desasosiego no se puede suprimir. Se puede convertir en tres cosas: o en Inquietud Religiosa, la cual es buena y espuela de salvación eterna; en Solicitud Terrena, la cual es mala y prohibida por Cristo; y en Angustia Demoníaca, la cual es pésima. Pero la Solicitud Terrena es lo más común; es, en cierto modo, natural; y el mundo moderno privado de lo Sobrenatural está como sumergido en ella. Dicen que es el motor del Progreso, sí, pero el Progreso moderno está embestido por una “fiebre que aviva su paso” demasiadamente. Corre lo más que puede, con peligro de dar el gran Encontronazo. ¡Y cuántos tropiezos no ha dado ya!

            Cristo no mandó a los Lirios del Valle que desenterrasen sus raíces, ni a las Aves del Cielo (a los “cuervos”, como dice San Lucas) que volasen cabeza abajo. Él estaba vestido como un lirio en su conducta –y hasta en su atuendo, limpio siempre y blanco como luz de luna– y cantaba como las aves en su predicación. Los que pueden imitarlo en todo y vivir como Él, que lo hagan y se metan de ermitaños urbanos o Padres de Don Orione –¡ojo con las órdenes ricas!– y se arrojen en los brazos de la Providencia y naveguen esta vida sobre una lancha rota sobre 10.000 metros de agua. No es para todos, sino para quienes Dios llama. Pero todos deben arrojar de sí la angurria del dinero –¿para qué diablos quieres tener 1.600 millones de pesos, oh ingenuo Creso argentino, que no los puedes gastar con todos tus hijos naturales en toda su vida? –, vicio netamente argentino, si los hay. Este vicio ha hecho muchísimos males en este pobre país, “en este país ubérrimo, tierra de promisión para todos los vivos del mundo que quieran habitarla”; y el primer mal, hacerlo pobre como país. ¡Cómo! Sí, señor, como usted lo oye. ¡Éste es un país muy rico! ¿Dónde están los ricos en la Argentina? digo yo. Yo no los veo. Estarán escondidos. Muchos más ricos y más riquezas verdaderas veo yo en un país “pobre” de Europa, como Italia o Alemania Oeste, que en esta “tierra de promisión”. Será que yo no entiendo de economía política, lo mismo que Jesucristo, ¡helás!

            A mí se me hace que estamos más atrasados que los lazzarones napolitanos. La Argentina es un país pobre en acto y rico solamente en potencia; rico para los demás (para los vivos). La Argentina es un país un poco sonso, empezando por mí. Aquí se ha descabezado a la “inteligencia”, no se ha permitido nacer a un Tomás de Aquino ni de lejos; y un país sin cabeza necesariamente es un poco sonso, cosa que vio no sólo Tomás de Aquino, sino hasta Enrique VIII de Inglaterra y hasta Eisenhower, si me apuran.

            Lean el librito Hacia la liberación, de Ramón Doll, o Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, de José María Rosa. Éstos saben economía política. Verán que este país ha sido poco inteligente; y por tanto, ahora es pobre.

            Cuanto a mí yo prefiero la economía de Jesucristo: es la más sencilla. Las naciones católicas, si desaprenden su propia economía, no aprenden tampoco la de los protestantes o la de los judíos. “El que desaprende a su padre, no aprende nada del vecino”, dicen los proverbios”

Aquí está la solución de la decantada “cuestión social”. El problema social de la lucha de clases por el dinero desaparecería cuando la Sociedad pudiese decir a sus miembros las palabras de Jesús: “No andéis ansiosos por vuestra vida, qué habréis de comer, o por vuestro cuerpo, qué habréis de vestir: la comunidad tiene cuidado de eso, Servid a la patria libremente como caballeros y la Patria cuidará de vosotros como madre…”. Es degradante para el alma humana tener atados sus pensamientos, que le son necesarios para ir más arriba, por la molienda del sustento cotidiano y el temor del porvenir, la vejez, los eventos desdichados y la miseria. Lo que conturba al proletario actual es más la inseguridad tal vez que la impecuneidad en sí misma. La pobreza es una bendición, porque es un Purgatorio, pero la miseria es un Infierno.

            El espíritu del cristianismo es este: Haced por amor vuestra obra; y dejad que vuestros prójimos os alimenten y vistan también por amor. Éste es de hecho el espíritu del estado religioso.

            Parece que hay aquí un círculo vicioso; pues ni la Sociedad ni el Individuo pueden dar con seguridad el primer paso. Si el Individuo tiene que esperar para despreocuparse que la Sociedad sea perfecta… y la Sociedad no puede serlo si antes no lo son sus miembros, parece que estamos en plena utopía idílica. Pero Cristo rompió ese círculo, invitó a los más fervientes, espirituales y corajudos a dar el salto; a renunciar a todo osadamente por puro amor de Dios –por imitar lo a Él– sin seguridad previa sino la de la Providencia, a sus riesgos y peligros: “a embarcarse en canoas escoradas”, como dice Kirkegor. Lanzó a la brecha una pequeña falange de “desesperados”, como si dijéramos; los cuales con su vida de pobres voluntarios: 1) Prueban que es posible la cosa, vivir “como las Aves del Cielo y las Flores del Campo”; 2) incitan con su ejemplo a los demás al despego y la confianza; 3) viviendo con lo mínimo, regalan el resto a los demás, dejan mayor margen de bienes temporales a la humanidad en general; pues paradojalmente nadie da más que el que poco tiene; y el que todo lo deja mucho regala.

            A estos dos puntos, el mandato de huir la solicitud (madre del temor, la avaricia y la explotación del trabajo ajeno) y el consejo de la pobreza voluntaria, se añade el “Vae vobis divitibus”, es decir: los tremendos anatemas de Cristo a las riquezas y a los ricos, bastante olvidados quizás en la actual predicación del Evangelio. Haciendo sospechosas y peligrosas a las riquezas superfluas, Cristo opone a su tremenda y omniactuante atracción natural el contrapeso religioso; facilitando de ese modo su distribución justa, en la medida posible a la dañada natura humana.

            Estas tres formidables palancas crearon lentamente en la Cristiandad lo que hoy llaman justicia social”, primero en la práctica que en la teoría; y suscitaron fuertes estamentos o instituciones que iban poco a poco acercándose al ideal de la Sociedad-que-cuida de sus-miembros. Si hoy día en que el Estado se va convirtiendo en uno de los primeros explotadores, esto parece puro lirismo, la culpa no la tiene Cristo, y las catástrofes que hemos visto y las que nos amenazan, han dejado buenas todas sus palabras, como confiesa el mismo Marx y otros socialistas, como Bernard Shaw. Es curioso que cuando los Estados se volvieron virtualmente ateos y dijeron: “La religión es asunto privado”, la irreligión se convirtió en asunto público; y cuando los Reyes dijeron a los súbditos que no tenían por qué pensar en la salvación de las almas, tuvieron que empezar a pensar en la salvación de sus cabezas coronadas. “–Todas las religiones son buenas” –dijo el siglo XIX; y nuestro siglo ha tenido que añadir apresuradamente: “–¡Menos el comunismo!”

            La pálida sonrisa con que Cristo subió a los cielos –visible en aquellas palabras “¿Aún vosotros no creéis todavía?”– se ha ido desvaneciendo al correr de los siglos, al ver que el mundo fracasaba cada vez más a medida que seguía sus enseñanzas cada vez menos. Y si nos dejó con una sonrisa triste, no volverá sino con un trueno.

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 317 – 324)

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*1 estrenuo, nua. (Del lat. strenŭus). adj. Fuerte, ágil, valeroso, esforzado (DRAE).
*2 “Añadir un codo a su estatua”, dice la Vulgata; lo cual también es verdad desde luego, pero no es el texto.
*3 Se ha dicho que “Cristo no dio soluciones de la cuestión social (Ernesto Renán, Vie de Jésus) porque su interés todo fue salvar las almas individuales y no reformar la sociedad ni hacer Política alguna: pues su idílica moral individual de campesino galileo no percibía los condicionamientos sociales ni los problemas colectivos… Esta opinión ha sido también de algunos católicos como Auguste Nicolas, el P. Ventura Ráulica, Donoso Cortés… Es un error.

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

El amor de las riquezas nos aparta del servicio de Cristo

1. Mirad cómo paso a paso va Cristo apartándonos de las riquezas y todavía prosigue más ampliamente su discurso sobre la pobreza y quiere derribar hasta el suelo la tiranía de la avaricia. Porque no se contentó con lo que antes había dicho, con ser ello tanto y tan grande, sino que añade ahora otras ra­zones más espantosas. ¿Qué cosa, en efecto, de más espanto que lo que ahora se nos dice, a saber, que por las riquezas nos exponemos a dejar el servicio del mismo Cristo? ¿Y qué cosa más apetecible que alcanzar, si las despreciamos, una perfecta amistad y caridad para con Él? Y, en efecto, lo que siempre os estoy diciendo, eso mismo os repetiré ahora, y es que por dos medios incita el Señor a sus oyentes. Por el provecho y por el daño, imitando en ello al hábil médico, que le hace ver al enfermo cómo la inobediencia a sus mandatos le acarrea enferme­dad, y la obediencia salud. Mirad, si no, cómo nuevamente nos pone ante los ojos este provecho y cómo nos insinúa la conve­niencia de desprendernos de lo que pudiera serle contrario. Porque no os daña sólo la riqueza—parece decirnos—, porque arma a los ladrones contra vosotros; no sólo porque entenebre­ce de todo en todo vuestra inteligencia, sino también porque os aparta del servicio de Dios y os hace esclavos de las cosas insensibles. De doble manera os perjudica: haciéndoos escla­vos de lo que debierais ser señores y apartándoos del servicio de Dios, a quien por encima de todo es menester que sirváis. Lo mismo que anteriormente nos había el Señor indicado un doble daño: primero, poner nuestros tesoros donde la polilla los des­truye, y luego no ponerlos donde la custodia sería inviolable; así nos señala también aquí el doble perjuicio que de la ri­queza nos viene: apartarnos de Dios y someternos a Mammón.

“NADIE PUEDE SERVIR A DOS SEÑORES”

Sin embargo, no lo plantea así de pronto, sino que va prepa­rando el camino por medio de razonamientos generales, dicien­do: Nadie puede servir a dos señores… Dos se entiende que manden lo contrario uno del otro, pues en otro caso ni siquiera pudieran llamarse dos. Y es así que la muchedumbre de los cre­yentes tenían un solo corazón y una sola alma*1. Las personas eran diversas; pero la concordia había hecho de muchos uno. Luego, explanando su pensamiento, prosigue: No sólo no le servirá, sino que le aborrecerá y se apartará de él: Porque o aborrecerá al uno—dice—y amará al otro, o al uno se adheri­rá y al otro despreciará. Parece como si aquí hubiera dicho el Señor dos veces la misma cosa. Sin embargo, no sin motivo unió así una y otra parte de su sentencia, sino para mostrarnos lo fácil que es la conversión en mejor. Porque no puedas decir: “Me hice esclavo una vez para siempre, me dominó la tiranía del dinero”, Cristo te muestra que la conversión es posible, y como se pasa del amor al odio, así puede pasarse del odio al amor. Una vez, pues, que hubo hablado de modo general, a fin de persuadir a sus oyentes a que fueran jueces imparciales y dieran sus sentencias según la naturaleza de las cosas; cuando ya los creyó de acuerdo consigo, reveló el Señor todo su pen­samiento, añadiendo: No podéis servir a Dios y a Mammón. Horroricémonos de lo que hemos hecho decir a Cristo, de haberle obligado a poner a Dios a par del oro. Y, si decirlo es horroroso, mucho más horroroso es que así suceda en la reali­dad y que prefiramos la tiranía del oro al temor de Dios.

OBJECIÓN: SANTOS DE LA ANTIGUA LEY QUE SIRVIERON A DIOS Y A LARIQUEZA

—¿Pues qué?—me dirás—. ¿No fue esto posible entre los an­tiguos? —De ninguna manera. —Entonces—me replicarás—, ¿có­mo alcanzaron tanto honor Abrahán y Job? —¡No me menciones a ricos, sino a esclavos de la riqueza! Cierto que Job fue rico, pero no fue esclavo de Mammón; tenía riquezas, pero las dominaba; era su señor, no su siervo. Tenía cuanto poseía como simple administrador de bienes ajenos, y así no sólo no arre­bataba lo ajeno, sino que de lo suyo propio repartía entre los necesitados. Y lo que es más: ni siquiera se alegraba de poseer­las, como él mismo nos lo declara cuando dice: Si es que me alegré de poseer mucha riqueza…*2 Por eso tampoco sintió dolor al perderlas. No son así los ricos de ahora, sino que con ánimo más envilecido que un esclavo pagan sus tributos a un duro tirano. El amor del dinero se ha apoderado de sus almas como de una ciudadela, y desde allí, día a día les dicta sus órdenes, que rebosan de iniquidad y no hay uno que las desobedezca. No caviles, pues, inútilmente. De una vez para siempre afirmó Dios y dijo que no hay manera de componer uno y otro ser­vicio. No digas tú, por ende, que pueden componerse. Porque, siendo así que el uno te manda robar y el otro desprenderte de lo que tienes; el uno ser casto, el otro impúdico; el uno emborra­charte y comer opíparamente, el otro reprimir tu vientre; el uno despreciar las cosas, el otro apegarte a lo presente; el uno admirar mármoles y paredes y artesonados y el otro des­preciar todo eso y amar la filosofía, ¿qué modo de componenda cabe entre uno y otro señor?

MAMMÓN NO ES VERDADERO SEÑOR

2. Notemos, empero, que, si llamó aquí Cristo “señor” a Mammón, no es porque naturalmente le convenga ese título, sino por la miseria de los que se someten a su yugo. Por ma­nera semejante llama también Pablo “dios” al vientre*3, no por la dignidad de tal señor, sino por la desgracia de los que le sirven. Lo cual es ya peor que todo castigo y por sí solo, antes de llegar el propio castigo, basta para atormentar al infeliz esclavo suyo. ¿No son, en efecto, más desgraciados que cuales­quiera condenados los que, teniendo a Dios por amo, se pasan, como tránsfugas, de su suave imperio a la más dura tiranía, y eso que aun en esta vida ha de seguírseles de ahí tan grave daño? Daño efectivamente inexplicable se sigue de la servi­dumbre de la riqueza, pleitos, difamaciones, luchas, trabajos, ce­guera del alma y, lo que es más grave de todo, pérdida de los bienes del cielo.

CONTRA LA PREOCUPACIÓN DEL COMER Y VESTIR

Una vez, pues, que por todos estos caminos nos ha mostra­do el Señor, la conveniencia de despreciar la riqueza—para la guarda de la riqueza misma, para la dicha del alma, para la adquisición de la filosofía y para seguridad de la piedad—, pasa ahora a demostrarnos que es posible aquello mismo a que nos exhorta. Porque éste es señaladamente oficio del buen legislador: no sólo ordenar lo conveniente, sino hacerlo también posible. Por eso prosigue el Señor diciendo: No os preocupéis por vuestra alma, sobre qué comeréis. No quiso que nadie pu­diera objetarle: “¡Muy bien! Si todo lo tiramos, ¿cómo podre­mos vivir?” Contra semejante reparo va ahora el Señor muy oportunamente. Realmente, si desde un principio hubiera dicho: “No os preocupéis”, su lenguaje podía haber parecido duro; pero, una vez que ha mostrado el daño que se nos sigue de la ava­ricia, su exhortación de ahora resulta fácilmente aceptable. De ahí que tampoco dijo simplemente: “No os preocupéis”, sino que al mandato añade la causa. En efecto, después de haber dicho: No podéis servir a Dios y a Mammón, añadió: Por eso, yo os digo: No os preocupéis. ¡Por eso! ¿Y qué es eso? El daño inexplicable que de ahí se os seguirá. Porque no sufriréis daño sólo en las riquezas mismas. El golpe alcanzará al punto más delicado: perderéis la salvación de vuestra alma, pues os aleja del Dios que os ha creado, que os ama y se cuida de vosotros. Por eso os digo: No os preocupéis. Es decir, que, una vez mos­trado el daño incalculable, extiende aún más su mandamiento. Porque no sólo nos manda que tiremos lo que tenemos, sino que no nos preocupemos siquiera del necesario sustento: No os preocupéis por vuestra alma, sobre qué comeréis. No porque el alma necesite de alimento, pues es incorpórea, sino que el Señor habla aquí acomodándose al uso común. Pues, si es cierto que ella no necesita de alimento, no lo es menos que no puede permanecer en el cuerpo si éste no es alimentado. Y esto dicho, no se contenta con afirmarlo simplemente, sino que tam­bién aquí nos da las razones: unas tomadas de lo que ya nos­otros tenemos; otras, de otros ejemplos. Tomando pie de lo que ya tenemos, nos dice: ¿Acaso no es más el alma que la comida, y el cuerpo más que el vestido? Pues el que os ha dado lo más, ¿no os dará lo menos? El que ha formado vuestra carne, que necesita alimentarse, ¿no os procurará también el alimento? Por eso no dijo simplemente: “No os preocupéis sobre qué comeréis y vestiréis”, sino: No os preocupéis por vuestra alma y por vues­tro cuerpo, porque de éstos—del alma y del cuerpo—iba Él a tomar sus demostraciones, procediendo por comparación en su razonamiento. Ahora bien, el alma nos la dio una vez para siempre y permanece tal como nos la dio; el cuerpo, empero, admite crecimiento todos los días, A fin, pues, de mostrarnos una y otra cosa: la inmortalidad del alma y la caducidad del cuerpo, prosiguió diciendo: ¿Quién de vosotros puede añadir a su estatura un solo codo? Y aquí calla sobre el alma, como quiera que no admite crecimiento, y sólo nos habla del cuerpo, declarando por lo uno también lo otro, a saber: que no es el alimento el que le hace crecer, sino la providencia de Dios. Lo mismo que declara también Pablo por otro ejemplo: Ni el que planta ni el que riega es nada, sino Dios, que da el creci­miento*4.

EL EJEMPLO DE LAS AVES DEL CIELO

De este modo, pues, nos exhortó el Señor por las cosas que ya tenemos; por ejemplos ajenos a nosotros, nos dice: Mirad las aves del cielo. Porque nadie le objetara que es útil andar preocupados, nos disuade de ello por un ejemplo mayor y por otro menor. El mayor lo toma de nuestro cuerpo y de nuestra alma; el menor, de las aves del cielo. Porque, si tanta cuenta tiene Dios—nos dice—de tan pobres animalillos, ¿cómo no la tendrá con nosotros? Así habló entonces a los judíos, que eran una gran muchedumbre popular, pero no así al diablo cuando le tentó. ¿Pues cómo? No de solo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios*5. Más aquí mienta a las aves del cielo con muy viva comparación; lo que es muy eficaz manera de exhortación. Sin embargo, ha habido impíos que han llegado a tanta necedad como la de poner tacha a esta comparación. Porque quien quería—dicen ellos preparar a tem­plar para la lucha a una voluntad libre, no debía aducir para ello ejemplos de ventajas de la naturaleza. Porque vivir las aves sin necesidad ni trabajo, de la naturaleza les viene.

PODEMOS LOGRAR POR NUESTRO ESFUERZO LO QUE TIENEN LAS AVES POR NATURALEZA

3. ¿Qué podemos responderles a eso? Pues que ese vivir sin cuidados, que a las aves les viene de la naturaleza, nosotros podemos conseguirlo por nuestra libre voluntad. Porque no dijo el Señor: “Mirad cómo vuelan las aves del cielo”, pues eso es imposible para el hombre, sino: “Mirad cómo se alimentan sin preocupaciones”. Lo cual, si queremos, también nosotros podemos conseguirlo fácilmente, como le han demostrado aquellos que de hecho lo lograron. Y aquí hay señaladamente que admirar la sabiduría del legislador, que, teniendo a mano ejemplo de hombres, y pudiendo citar a un Elías, a un Moisés, a un Juan y tantos otros que vivieron sin preocupaciones de comida y vestido, menciona a los animales a fin de causarles mayor impresión. De haber nombrado a aquellos grandes santos, pudie­ran haberle replicado: “Todavía no hemos llegado a tanto como ellos”. En cambio, pasando en silencio a éstos y poniéndoles delante el ejemplo de las avecillas del cielo, les cortó toda po­sible excusa. Por lo demás, también aquí sigue Cristo el estilo de la antigua Ley, pues también el Antiguo Testamento nos re­mite a la abeja, a la hormiga, a la tórtola y a la golondrina*6. Y no es para nosotros pequeño honor que logremos por esfuer­zo de nuestra voluntad lo que estos animales tienen de la naturaleza. En conclusión, si de lo que fue criado por amor nues­tro tiene Dios tanta providencia, mucho mayor la tendrá de nosotros mismos; si así cuida de los criados, mucho más cuidará del señor. De ahí la palabra de Cristo: Mirad a las aves del cielo. Y no dijo: “Mirad que no dan a interés ni trafican con dinero”. No, eso pertenece a lo vedado; sino: Que no siembran ni siegan.

NO SE NOS PROHIBE EL TRABAJO, SINO LA PREOCUPACIÓN

—Entonces—me replicas—, ¿es que no hay que sembrar? —No dijo el Señor que no hay que sembrar, sino que no hay que andar preocupados; no que no haya que trabajar, sino que no hay que ser pusilánimes ni dejarse abatir por las inquietudes. Sí, nos mandó que nos alimentáramos, pero no que anduviéramos angustiados por el alimento. David mismo se anticipó de antiguo a esta doctrina, cuando misteriosamente nos dijo: Abres tú tu mano y llenas de tu bendición a todo viviente*7. Y otra vez: El que da a las bestias su alimento, y a los polluelos de los grajos que le invocan*8.

—¿Y quiénes fueron—me dirás—los que vivieron sin preocu­pación de comer y vestir? —¿No has oído los muchos santos que antes te he citado? ¿No ves, entre ellos, a Jacob cómo sale de la casa paterna desnudo de todo? ¿No le oyes cómo ora diciendo: Si el Señor me diere pan para comer y vestido para vestirme?*9 Lo que no quiere decir que estuviera preocupado, sino que lo esperaba todo de Dios. Lo mismo hicieron los após­toles, que, después que lo abandonaron todo, vivieron sin preocu­pación ninguna; lo mismo aquellos cinco mil y los otros tres mil primeros convertidos*10.

Mas, si ni aun oyendo tan grandes ejemplos te decides a romper esas pesadas cadenas de tus inquietudes, rómpelas por lo menos considerando la necedad que con ello cometes, Por­que ¿quién de vosotros—dice el Señor—puede a fuerza de preocupación añadir a su estatura un solo codo? Mirad cómo explica el Señor lo oscuro por lo claro. A la manera—nos viene a decir—como no podéis añadir a vuestro cuerpo, a fuerza de preocupación, la más mínima porción, así tampoco podéis reunir alimento, aunque vosotros lo penséis así. De donde resulta evi­dente que no es nuestro afán, sino la providencia de Dios, la que lo hace todo aun en aquellas cosas que aparentemente reali­zamos nosotros. Así, si Él nos abandona, ni nuestra inquietud, ni nuestra preocupación, ni nuestro trabajo, ni cosa semejante servirán para nada, sino que todo se perderá irremediablemente.

LOS MANDAMIENTOS O CONSEJOS EVANGÉLICOS NO SON IMPOSIBLES

4. No pensemos, por ende, que es imposible lo que se nos manda, pues hay muchos que aun hoy día lo están llevando a la práctica. Que tú no los conozcas, nada tiene de extraño, También Elías creía hallarse solo, y hubo de oír de boca de Dios: Me he reservado para mí no menos de siete mil varones*11. De donde resulta evidente que también ahora hay muchos que llevan vida apostólica, como antaño aquellos cinco mil y tres mil primitivos creyentes, Y, si no lo creemos, no es que no haya quienes la practican, sino que nosotros distamos mucho de ella. Un borracho no es fácil que crea haya un solo hombre que no prueba ni el agua. Y, sin embargo, esa hazaña la han llevado a cabo muchos monjes en nuestros mismos días. El que vive torpemente entre mil mujeres, jamás creerá que es fácil guardar virginidad; ni el que arrebata lo ajeno, que hay quien a manos llenas da de lo suyo propio. Por semejante manera, los que están diariamente abrumados de infinitas preocupaciones, no es fácil se persuadan haya quien viva sin ellas. Ahora bien, que hay muchos que lo han llevado a cabo, posible me fuera de­mostrarlo por los mismos que, en nuestro propio tiempo, pro­fesan esa filosofía. Por ahora, sin embargo, basta con que aprendáis a no ser avaros, y que es buena la limosna, y que tenéis obligación de dar de lo que tenéis. Si esto hacéis, carísimos míos, pronto llegaréis también a lo otro.

EMPECEMOS POR LO MENOS PARA LLEGAR A LO MÁS

De momento, pues, desechemos el lujo superfluo, suframos la moderación y aprendamos a adquirir nuestros bienes por el justo trabajo. También el bienaventurado Juan, cuando hablaba con los alcabaleros y soldados, les aconsejaba que se contentaran con sus sueldos*12. Quería él ciertamente llevarlos a más alta filosofía; pero, como todavía no estaban preparados para ello, se contentaba con hablarles de lo menos. De haberles hablado de lo más alto, a esto no hubieran prestado atención, y lo otro lo hubieran también perdido. Por la misma razón, nosotros tra­tamos de ejercitaros también en lo más sencillo. Por ahora, sabemos muy bien que la carga de la voluntaria pobreza es demasiado pesada para vuestros hombros, y que cuanto dista el cielo de la tierra, así dista de vosotros esa filosofía. Cumpla­mos, pues, siquiera los mandamientos menores, y no será ello pequeño consuelo para nosotros. A la verdad, aun entre pa­ganos, no faltaron quienes abrazaron la pobreza—aunque no lo hicieron con la debida intención—y se desprendieron de cuanto poseían. Sin embargo, con vosotros, nosotros nos con­tentamos con que deis limosna generosamente. Dado este pri­mer paso hacia adelante, pronto llegaremos a aquella otra perfección. Pero, si ni esto hacemos, ¿qué excusa tendremos nosotros, que, teniendo mandato de sobrepujar a los santos del Antiguo Testamento, nos quedamos a la zaga de los mismos filósofos paganos? ¿Qué podemos alegar cuando, debiendo ser ángeles e hijos de Dios, no conservamos ni el ser de hombres? La rapiña y la avaricia, en efecto, no dicen con la mansedum­bre de los hombres, sino con la ferocidad de las fieras; o, por mejor decir, peores que fieras son los que codician lo ajeno, pues a las fieras, al cabo, la rapacidad les viene de la natura­leza; mas nosotros, honrados por la razón, ¿qué excusa tendre­mos, si nos abatimos a la vileza de una bestia?

EXHORTACIÓN FINAL: LLEGUEMOS SIQUIERA AL MEDIO

Consideremos, pues, la meta de la filosofía que se nos pro­pone y lleguemos siquiera al medio. Así nos libraremos del cas­tigo venidero y, avanzando en el camino, alcanzaremos la cum­bre de los bienes; bienes que a todos os deseo, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 21, 1-4, BAC Madrid 1955, 435-47)

_________________________________________
*1- Hch 4, 22
*2- Jb 31, 25
*3- Flp 3, 19
*4- 1 Co 3, 7
*5- Mt 4, 4
*6- Cf. Si 11, 3; Pr 6, 6; Jr 8, 7
*7- Sal 114, 16
*8- Sal 146, 9
*9- Gn 28, 20
*10- Hch 2, 41; 4, 5
*11- 1 R 19, 18
*12- Lc 3, 14

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

.        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La confianza en la divina providencia

(Mt 6,24-34)

            Introducción

En el evangelio de hoy Jesucristo sigue, como en los domingos anteriores, explicando la esencia de la ley nueva, contraponiéndola a la ley antigua.

Los escribas y fariseos, que se consideraban a sí mismos intérpretes autorizados de la Antigua Ley, consideraban que ésta los facultaba para buscar las riquezas indiscriminadamente. Jesucristo los va a apostrofar duramente por su amor al dinero (cf. Mt 23,1-39). Y San Lucas dice expresamente que eran ‘amigos del dinero’ y que se burlaban de Jesús precisamente cuando dice que no se puede servir a Dios y a Mamona (Lc 16,13-14). Para decir ‘amigos del dinero’, Lucas usa la palabra philárgyros que está formada por la palabra philós, que significa ‘amigo’, ‘amante’, y la palabra argýrios, que significa ‘dinero’. Por eso dice Swanson que philárgyros significa “relativo a tener gusto o amor por el dinero, es decir, ser tacaño, codicioso, avaro”*1.

El evangelio de hoy, como todo el sermón de la montaña, se inscribe en esta línea de confrontación con la corrupción de los escribas y fariseos y confrontación con la imperfección de la antigua ley.

            1. Mamona

Lo primero que hace Jesucristo es advertir acerca de la tendencia innata del hombre a hacer del dinero un dios. La frase exacta del evangelio de hoy es: “No se puede servir a Dios y a mamona” (Mt 6,24). El solo uso de la palabra mamona ya está indicando que Jesús personifica al dinero y le da la consistencia de un dios. Esta afirmación se desprende de la siguiente investigación.

El evangelio usa cuatro palabras distintas para indicar las riquezas o el dinero. Ellas son: ploûtos, ‘riqueza’, de donde proviene, por ejemplo, la palabra ‘plutocracia’, que es el gobierno de los que tienen riquezas. Luego, jrémata, ‘riqueza’. Luego, mamona, ‘dinero’. Luego, argýrios, ‘dinero’. A las cuatro palabras el evangelio las pone en boca de Jesús en distintas oportunidades.

Por ejemplo, en Mt 13,22 (y sus paralelos Mc 4,19 y Lc 8,14) Jesucristo describe el tercer terreno de la parábola del sembrador como aquellos que hacen que la palabra de Dios se ahogue porque se dejan seducir por las riquezas. Aquí usa la palabra ploútos.

En Mc 10,23 (y su paralelo de Lc 18,24), con ocasión de la conversación con el joven rico, dice: “Qué difícil es entrar en el Reino de Dios para los que tienen riquezas”. Aquí usa la palabra jrémata.

Y en Lc 9,3 les dice a los Doce cuando los envía en misión: “No llevéis dinero”. Aquí usa la palabra argýrion.

Por lo tanto, Jesucristo expresa la realidad ‘riqueza’ o ‘dinero’ con distintas palabras. ¿Por qué en el evangelio de hoy se usa mamona? Porque mamona es una palabra caldea o fenicia transliterada al griego que designa al dinero, pero que muchas veces era personificado, al igual que el Ploûtos de los griegos*2. Ploûtos para los griegos era el Dios-Dinero. Mamona para los caldeos y los fenicios era, también, el Dios-Dinero. Por lo tanto, Jesucristo se refiere al Ídolo-Dinero, un ente material al cual se le rinde culto como a Dios. Y detrás de cada ídolo hay siempre un demonio. Por eso, Mamona puede designar también el demonio del dinero, es decir, ‘al santo patrono demoníaco’ del dinero. O más aún, al demonio que, bajo el nombre de Mamona, se hace adorar bajo la realidad del dinero.

Esto se confirma por el hecho de que el NT usa varias veces el verbo ‘servir’ (en griego, douleîn) como sinónimo de ‘rendir culto a Dios’. Por ejemplo, Hech 20,19; Rm 12,11 y Tes 1,9.

Entonces, el Mamona al cual se refiere hoy Jesucristo es el Dios-Dinero, el Ídolo-Dinero, al cual el hombre de todos los tiempos siempre se ha sentido inclinado a rendirle culto y sacrificarle, haciendo incluso para él sacrificios humanos.

En otras dos ocasiones usa Jesucristo la palabra mamona, ambas en el contexto de la parábola del administrador injusto (Lc 16,9. 11). En una, habla de ‘la mamona de la injusticia’ (mamona tês adikías). En la otra, del ‘mamona injusto’ (mamonâ ádikos).

Por eso, es correctísima la conclusión que extrae Trilling: “Para Jesús la riqueza siempre es «injusta», un poder casi demoníaco, que gana el corazón y lo tiene encadenado. El que es víctima de la riqueza, también lo es del diablo”*3.

El drama del hombre se encuentra en esta formidable disyuntiva: por un lado, lleva dentro de sí la herida del pecado original consistente en ‘la concupiscencia de los ojos’ (1Jn 3,16), es decir, el deseo desmesurado de tener cosas materiales. Y por otro, tiene la necesidad, propia de su indigencia, de cubrir sus necesidades para poder vivir. Por un lado, necesita lo material para vivir; pero, por otro, tiene una inclinación innata (es decir, que la tiene desde su nacimiento) a exagerar las necesidades para vivir y aspirar a la acumulación de bienes como un medio de buscar la felicidad absoluta, solo en esta tierra y para esta tierra. Es allí donde el dinero se convierte en un Dios. El fin último del hombre ya no está en el gozar eternamente de Dios en el cielo, sino en el gozar el confort y la comodidad en este tiempo presente, en esta vida temporal.

El mundo de hoy, la sociedad de hoy, en general, vive en esta adoración del dinero como a Dios. El mejor de los ejemplos es el hecho del triunfo de aquel sistema económico que se ha denominado ‘capitalismo’ y que gobierna todas las economías del mundo. El P. Julio Meinvielle escribía, ya en 1936: “Hay una perversidad esencial en el capitalismo, cualquiera sea su especie, pues es éste un sistema fundado sobre un vicio capital que los teólogos llaman avaricia. Busca el acrecentamiento sin límites de las riquezas como si fuese éste un fin en sí, como si su pura posesión constituyese la felicidad del hombre. Enseña el Angélico: ‘La avaricia consiste en un deseo inmoderado de poseer las cosas exteriores’ (Suma Teológica, II-II, q.118, a. 2).

“Precisamente, es esta concupiscencia del lucro la que constituye la esencia de la economía moderna. No que la avaricia sólo haya existido en ella; siempre ha habido avaros (…); pero nunca como en ella, este impulso perverso que anida en la carne pecadora del hombre se ha organizado en un sistema económico, nadie como ella ha hecho de un pecado una babélica construcción. (…) En resumen, que el capitalismo es como la erupción de toda una familia de pecados, es el reino de Mammona. Y esto se aplica tanto al capitalismo liberal como al marxista”*4.

El Papa Francisco tiene esta misma visión del P. Meinvielle, pero fustiga el sistema económico mundial con palabras mucho más duras. Veamos algunas de estas expresiones del Papa Francisco.

“Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”*5.

“Hace casi cien años, Pío XI preveía el crecimiento de una dictadura económica mundial que él llamó «imperialismo internacional del dinero» (Carta Enc. Quadragesimo Anno, 15 de mayo de 1931, 109). Toda la doctrina social de la Iglesia y el magisterio de mis antecesores se rebelan contra el ídolo-dinero que reina en lugar de servir, tiraniza y aterroriza a la humanidad”*6.

2. La confianza en la Providencia divina

Esta aberración de la adoración del dinero que se da en los círculos más altos del Gobierno Mundial y se va difundiendo cada vez más en los círculos más bajos quizá no esté presente en la vida diaria del católico medio. Sin embargo, su peligro es lo que el P. Castellani llama la Solicitud Terrena. Lo escribe con mayúsculas porque, si bien no es una adoración del Dios Dinero, sin embargo, reviste una gravedad que puede frustrar también la vocación del bautizado a la vida eterna por el rechazo final de la invitación a la salvación a causa de la búsqueda inmoderada de las riquezas.

Esto está detallado en la descripción que Jesucristo hace del tercer terreno en la parábola del sembrador. El sembrador es Cristo. La semilla de trigo es la palabra de Dios, es decir, el anuncio del Evangelio. El terreno es el tipo de alma. El tercer terreno es bueno y fecundo y recibe bien la semilla de trigo; pero en ese terreno hay pequeñas plantitas de abrojos; crecen los abrojos, ahogan la planta de trigo, y el trigo se pasma y no da fruto, nada de fruto. Esto representa al alma que recibe bien la palabra, el anuncio del Evangelio. Pero ‘las preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ que no supo erradicar en su momento, ahora han ahogado la palabra de Dios y no han dado fruto, nada de fruto. El no dar fruto significa la condenación eterna.

Éste terreno representa a muchos católicos que han aceptado el anuncio del Evangelio y han recibido el bautismo. Han adelantado en la vida espiritual, han hecho crecer la palabra de Dios en sus almas, pero finalmente ‘las preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ ahogan la palabra de Dios y los lleva a hacer su elección por las riquezas y rechazan la salvación que Dios les ofrece.

La expresión griega que se traduce por ‘preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ es he mérimna toû aiônos kaì he apáte toû ploútou. La palabra griega mérimna, que traducimos por ‘preocupaciones’ proviene del verbo merídso, que significa ‘dividir’. Por eso, la palabra mérimna expresa aquellas cosas que exigen la atención del alma en distintas direcciones y al mismo tiempo, de tal manera que hacen que el alma viva dividida, solicitada por varios objetos a la vez. De aquí proviene la ansiedad y el afán inmoderado. Y se trata de objetos todos relativos al tiempo presente. En efecto, aión significa ‘siglo’, ‘tiempo presente’. No hay ninguna referencia a la eternidad; todo se refiere a la vida estrictamente temporal. Se trata de un afán inmoderado por las cosas necesarias para nuestra vida temporal.

La palabra apáte significa ‘engaño’, ‘seducción’.

Esto es cuanto puede sucederle a un católico medio, sin necesidad que haya caído en la adoración del Dios Dinero: dejarse arrastrar por las múltiples necesidades materiales para vivir el tiempo presente, y de allí, dejarse engañar y seducir por el deseo inmoderado de dinero y de riquezas. Esta es una situación real y muy posible en cualquiera de nosotros y, por lo tanto, debe ser tenida muy en cuenta y luchar para evitarla.

Precisamente esto es lo que hace Jesucristo en el evangelio de hoy: advertir al cristiano que las preocupaciones excesivas por las necesidades del tiempo presente lo pueden llevar al deseo inmoderado de riquezas, y el deseo inmoderado de riquezas lo puede llevar a la condenación eterna.

¿Cuál es la solución a esta situación? La confianza absoluta en la bondad de Dios Padre que no hará que nos falte lo necesario para nuestra vida aquí en la tierra mientras nosotros tendamos con todas nuestras fuerzas a alcanzar la vida eterna: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura”.

La falta de confianza en el amor del Padre y en la Providencia divina es la causa principal de la ausencia de bendiciones tanto en una persona como en una familia. Jesucristo, en sus revelaciones a Santa Faustina Kowalska insiste numerosas veces en la necesidad de esta confianza para poder recibir las bendiciones de Dios. La confianza, según estas revelaciones, es el recipiente de la misericordia y de las bendiciones de Dios. Le dijo Jesucristo a Santa Faustina Kowalska: “Di a las almas que de esta Fuente de la Misericordia las almas sacan gracias exclusivamente con el recipiente de confianza.  Si su confianza es grande, Mi generosidad no conocerá límites”*7.

La falta de confianza en la Providencia divina equipara al cristiano al pagano, aquel que no conoce a Dios y, por lo tanto, no puede rendirle culto.

3. El peligro de la Solicitud Terrena en otros ámbitos

Otra de las variantes que puede darse en esa falta de confianza en la acción providente de Dios es el escándalo ante la presencia del mal en el mundo y de acontecimientos desgraciados. Sin embargo, hay que saber que todo, absolutamente todo, Dios lo ordena para el bien de los elegidos. No hay ningún acontecimiento de este mundo, por malo y perverso que sea, que Dios no lo ordene para el bien de los que se van a salvar.

Son dos los principios que nos permiten descubrir esta verdad. En primer lugar, el texto de Rm 8,28: “Todo coopera para el bien de los que aman a Dios”. Cuando el Espíritu Santo dice ‘todo’ debe entenderse de un modo literal. “Al decir todas las cosas, no exceptúa nada. Por tanto, aquí entran todos los acontecimientos, prósperos o adversos, lo concerniente al bien del alma, los bienes de fortuna, la reputación, todas las condiciones de la vida humana (familia, estudio, talentos, etc), todos los estados interiores por los que pasamos (gozos, alegrías, privaciones, sequedades, disgustos, tedios, tentaciones, etc.), hasta las faltas y los mismos pecados. Todo, absolutamente todo. Al decir se disponen para el bien, se entiende que cooperan, contribuyen, suceden, para nuestro bien espiritual. Hay que tener esta visión y no la del carnal o mundano. Hay que ver todo a la luz de los designios amorosos de la Providencia de Dios, que sólo el hombre espiritual descubre: el espiritual lo juzga todo (1 Cor 2,15). Debemos creer con firmeza inquebrantable que aun los acontecimientos más adversos y opuestos a nuestra mira natural, son ordenados por Dios para nuestro bien, aunque no comprendamos sus designios e ignoremos el término al que nos quiere llevar”*8.

El segundo principio que nos permite saber que Dios está presente providentemente en cada acontecimiento del mundo es el establece San Agustín: “El Dios Todopoderoso, por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal”*9. Dios no quiere el mal, pero lo permite. ¿Por qué lo permite, si Él es un Dios bueno? Porque es poderoso para sacar bien del mal*10.

El cristiano que aceptó plenamente la palabra de Dios en un corazón libre de abrojos, libre de las preocupaciones del siglo y de la seducción de las riquezas, vive en esta continua acción de gracias y alegría de saber que Dios dirige el mundo de una manera concreta y particular, a pesar de las oposiciones de los hombres. El Catecismo de la Iglesia Católica cita a una mística inglesa no beatificada, Juliana de Norwich, quien en sus escritos insiste continuamente sobre esta visión sobrenatural*11. A esta mística el Papa Benedicto XVI le dedicó una catequesis*12. Ella dice: “En mi locura anterior, me preguntaba a menudo por qué la gran sabiduría presciente de Dios no había impedido el comienzo de pecado. Pues, entonces, me parecía, todo habría andado bien. (…) Pero Jesús, que en esta visión me enseñó todo lo que me era necesario, respondió con estas palabras: ‘El pecado es necesario, pero todo acabará bien, todo acabará bien, y sea lo que sea, acabará bien’”. Y también: “El Señor me dijo: ‘Puedo transformar todo en bien, sé transformar todo en bien, quiero transformar todo en bien, haré que todo esté bien; y tú misma verás que todo acabará bien’”*13.

Sólo en el cielo veremos los caminos por los que Dios condujo a los elegidos a la salvación final*14.

El P. Pio de Pietrelcina decía que la historia del mundo es como un tapiz que Dios teje. Nosotros desde aquí, desde la tierra, vemos el reverso del tapiz y, por lo tanto, sus puntadas nos parecen inconexas. Pero un día veremos el tapiz desde arriba, veremos el derecho del tapiz y nos daremos cuenta que cada puntada de ese tapiz contribuyó a hacer una obra maravillosa.

Conclusión

Ninguno de nosotros debe despreciar la inquietante realidad de que todos llevamos en nuestra alma, como consecuencia del pecado original, la ‘concupiscencia de los ojos’ (1Jn 3,16), es decir, la tendencia al amor desordenado a los bienes materiales. Es un abrojo, una mala planta que debe ser arrancada apenas aparece. Si no se hace esto, se corre el riesgo de que un día la maleza ahogue la planta de trigo y no se dé el fruto esperado: la salvación eterna.

San Pablo nos exhorta: “Los quiero a ustedes libres de preocupaciones” (1Cor 7,32). Literalmente, en griego, dice: “Quiero que ustedes sean a-merímnoi”. Es la contrapartida de la palabra mérimna, que son las preocupaciones del siglo. El cristiano debe ser el a-merímnos por excelencia, es decir, el libre de preocupaciones por las cosas del tiempo presente.

Pidámosle esa gracia a la Santísima Virgen.
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*1- Swanson, nº 5796, en Multiléxico, nº 5366.
*2- Schenkl, f. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco, Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 529.
*3- Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, comentario a Mt 6,24, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969.
*4- Meinvielle, J., Concepción Católica de la Economía, Edición de los Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1936, p. 7-11.
*5- Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2013, nº 55.
*6- Papa Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el encuentro mundial de movimientos populares, Aula Pablo VI, Sábado 5 de noviembre de 2016. Otros textos del Papa Francisco: “Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. (…). Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas” (Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2013, nº 56). “¿Quién gobierna entonces? El dinero ¿Cómo gobierna? Con el látigo del miedo, de la inequidad, de la violencia económica, social, cultural y militar que engendra más y más violencia en una espiral descendente que parece no acabar jamás. ¡Cuánto dolor y cuánto miedo! Hay -lo dije hace poco-, hay un terrorismo de base que emana del control global del dinero sobre la tierra y atenta contra la humanidad entera” (Papa Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el encuentro mundial de movimientos populares, Aula Pablo VI, Sábado 5 de noviembre de 2016).
*7- Santa Faustina Kowalska, Diario, nº 1602.
*8- Buela, C., Directorio de Espiritualidad del Instituto del Verbo Encarnado, nº 67.
*9- San Agustín, Enchir. 11,3, citado en Catecismo de la Iglesia Católica, nº 311.
*10- Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su pro­videncia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas. (…) Del mayor mal moral que ha sido co­metido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf. Rm 5,20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 312).
*11- Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 313.
*12- Cf. Benedicto XVI, Juliana de Norwich, Audiencia General del miércoles 1 de diciembre de 2010.
*13- Juliana de Norwich, Libro de visiones y revelaciones, Editorial Trotta, Madrid, 2002, p. 94. 101.
*14- A propósito, dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con fre­cuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios ‘cara a cara’ (1Cor 13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf. Gén 2,2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 314).

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San Juan Pablo II

 

El Salmo de la liturgia de hoy (Salmo 61-62,2-3) dice: “Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré”. Se trata de dos versículos, cada uno de los cuales expresa con estas palabras un pensamiento único: Dios es la fuente de todo bien; y por esto, en Él esta puesta la esperanza más profunda del hombre. Efectivamente, Dios no es sólo el Bien infinito en sí mismo, sino que es el Bien para el hombre: quiere para el hombre el bien, quiere ser Él mismo el bien definitivo para el hombre.

Quiere ser la “salvación” del hombre: “Descansa solo en Dios, alma mía”. Dios es el fundamento estable e indefectible, sobre el que el hombre puede construir el edificio de la propia vida y del propio destino. Por esto el salmista compara al Dios de la esperanza humana con un alcázar y una roca: “Él es mi roca, Dios es mi refugio” (Sal 61-62, 8). Entre las experiencias de todo lo precario, en medio de los destinos cambiantes de la vida terrena, Dios es para el hombre un apoyo definitivo, del que saca la indispensable fuerza del espíritu.

Las palabras del Evangelio de la Misa de hoy (Mt 6,26.30.32): “Mirad a los pájaros, ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos…Pues si la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más con vosotros, gente de poca fe?… Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”.

Dios es la fuente de todo bien en la obra de la creación, es también la Providencia incesante del mundo y del hombre. Quiere continuamente que de los bienes, llamados por Él a la existencia, participen las criaturas y en particular el hombre: efectivamente, el hombre ha sido distinguido por Dios entre todas las criaturas del mundo visible.

Desde el principio Dios ha rodeado al hombre de un amor especial. Y este amor tiene características paternas y, a la vez maternas, como lo testimonió el profeta Isaías en la primera lectura (Is 49,15): “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no me olvidaré. Dice el Evangelio: “Por tanto, no os agobiéis por la mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos” (Mt 6,34).

Dice Cristo: “Nadie puede estar al servicio de dos amos…No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24)…”Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).

A veces escuchamos con cierta desconfianza las palabras del Evangelio de hoy. ¿Puede el hombre dejar de preocuparse por la propia vida? Sin embargo, el Divino Maestro no dice: “No os preocupéis”, sino “no os preocupéis demasiado, no os agobiéis”. No aconseja un descuido negligente, sino que señala una justa jerarquía de valores…” Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”.

La justicia del reino de Dios es un bien incomparablemente superior con relación a todo aquello por lo que el hombre puede afanarse, sirviendo al dinero.

San Nicolás ha sido, durante siglos, un testigo muy elocuente de la divina Providencia, porque aceptó con corazón indiviso, el servicio de Dios y, juntamente con él, aceptó la jerarquía de valores que anuncia Cristo.

¿Acaso no nos habla el misterio de la redención muy especialmente de la divina Providencia? ¿No nos habla de que Dios “amó tanto al mundo que le dio su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él…tenga vida eterna” (Jn 3,16) ¿Acaso este amor no es la medida definitiva de la Providencia? ¿La medida principal y sobreabundante?

¿Acaso no confirma el misterio de la redención la verdad de que hay que buscar primero el reino de Dios y su justicia? Precisamente esta verdad del Evangelio, ¿acaso no está particularmente amenazada en la vida del hombre de nuestro tiempo? ¿No somos testigos de una radical transposición de la jerarquía evangélica de los valores? El servicio al dinero (en diversas formas), ¿no se enseñorea cada vez más del pensamiento, del corazón y de la voluntad del hombre, ofuscando el reino de Dios y su justicia? ¿No pierde el hombre la justa dimensión de su ser humano y de su destino, en este servicio exclusivo a lo que es terreno?

(Sal 61-62,7) “Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré”.

 (Homilía en la Misa celebrada en Bari, domingo 26 de febrero de 1984)

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Benedicto XVI

 

La liturgia de hoy se hace eco de una de las palabras más conmovedoras de la Sagrada Escritura. El Espíritu Santo nos la ha dado a través de la pluma del llamado «segundo Isaías», el cual, para consolar a Jerusalén, afligida por desventuras, dice así: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49, 15). Esta invitación a la confianza en el amor indefectible de Dios se nos presenta también en el pasaje, igualmente sugestivo, del evangelio de san Mateo, en el que Jesús exhorta a sus discípulos a confiar en la providencia del Padre celestial, que alimenta a los pájaros del cielo y viste a los lirios del campo, y conoce todas nuestras necesidades (cf. 6, 24-34). Así dice el Maestro: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso».

Ante la situación de tantas personas, cercanas o lejanas, que viven en la miseria, estas palabras de Jesús podrían parecer poco realistas o, incluso, evasivas. En realidad, el Señor quiere dar a entender con claridad que no es posible servir a dos señores: a Dios y a la riqueza. Quien cree en Dios, Padre lleno de amor por sus hijos, pone en primer lugar la búsqueda de su reino, de su voluntad. Y eso es precisamente lo contrario del fatalismo o de un ingenuo irenismo. La fe en la Providencia, de hecho, no exime de la ardua lucha por una vida digna, sino que libera de la preocupación por las cosas y del miedo del mañana. Es evidente que esta enseñanza de Jesús, si bien sigue manteniendo su verdad y validez para todos, se practica de maneras diferentes según las distintas vocaciones: un fraile franciscano podrá seguirla de manera más radical, mientras que un padre de familia deberá tener en cuenta sus deberes hacia su esposa e hijos. En todo caso, sin embargo, el cristiano se distingue por su absoluta confianza en el Padre celestial, como Jesús. Precisamente la relación con Dios Padre da sentido a toda la vida de Cristo, a sus palabras, a sus gestos de salvación, hasta su pasión, muerte y resurrección. Jesús nos demostró lo que significa vivir con los pies bien plantados en la tierra, atentos a las situaciones concretas del prójimo y, al mismo tiempo, teniendo siempre el corazón en el cielo, sumergido en la misericordia de Dios.

Queridos amigos, a la luz de la Palabra de Dios de este domingo, os invito a invocar a la Virgen María con el título de Madre de la divina Providencia. A ella le encomendamos nuestra vida, el camino de la Iglesia y las vicisitudes de la historia. En particular, invocamos su intercesión para que todos aprendamos a vivir siguiendo un estilo más sencillo y sobrio en la actividad diaria y en el respeto de la creación, que Dios ha encomendado a nuestra custodia.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, domingo 27 de febrero de 2011)

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P. Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

El abandono en la Providencia Divina

Capítulo I

Porqué y en qué cosas hemos de abandonarnos en manos de Dios

La doctrina del abandono en la divina Providencia, abiertamente contenida en el Evangelio, ha sido falseada por los quietistas, los cuales se entregaron a la pereza espiritual, dieron de mano a la lucha por la perfección redujeron gravemente el valor y la necesidad de la esperanza; ahora bien, el verdadero abandono es la forma más excelente de la confianza o esperanza en Dios.

Mas puede uno también apartarse de la doctrina del Evangelio incurriendo en el defecto contrario a la pereza quietista, que es la vana inquietud y la agitación.

En este particular, como en otras muchas cosas, la verdad es a manera de una cumbre que descuella entre dos posiciones extremas, que son los dos errores apuntados.

Importa, pues, precisar el sentido y el alcance de la verdadera doctrina del abandono en la voluntad de Dios, para evitar sofismas que corren con apariencia de perfección cristiana.

Veamos primero por qué y en qué cosas hemos de abandonarnos en manos de la Providencia. Después pasaremos a declarar cómo haya de ser el abandono y cuál sea el gobierno de la Providencia con los que a ella totalmente se entregan.

Serán, nuestros guías en la exposición de tan bella doctrina San Francisco de Sales (L’Amour de Dieu, l. 8, ch. 3; 4, 5, 6, 7, 14; l. 9, ch. 1. Cf. también Entretien 2, 15), Bossuet (Discours sur l’acte d’abandon à Dieu. —États d’oraison, 1. 8, 9), el P. Piny, O. P. (Le plus parfait, ou Des voies intérieures la plus glorifiante pour Dieu et la plus sanctifiante pour l’âme, publicado en 1683. Nueva ed. anotada por el P. Noel, O. P. París, Téqui. El autor prueba que en este camino es donde se ejercita la fe más viva, la esperanza más confiada, la caridad más pura, por lo que es muy conveniente para todas las almas interiores), y el P. de Caussade, S. J. (L’abandon á la Providence divine, nueva ed. aumentada con las cartas del mismo autor, revisada por el P. H. Ramiére, París, Lecoffre-Gabalda, 2 vol).

***

Por qué debemos abandonarnos en manos de la Providencia

A esta pregunta responderá cualquier cristiano: porque la Providencia es Sabiduría y Bondad.

Cierto; mas para bien comprenderlo, y a fin de evitar el error quietista, que renuncia a la esperanza y a la lucha necesaria para la salvación, y por no incurrir en el otro extremo, que consiste en la inquietud, en la precipitación y en la agitación febril y estéril, conviene enunciar cuatro principios, accesibles a la razón natural y llanamente contenidos en la Sagrada Escritura, los cuales, a la vez que declaran la verdadera doctrina, muestran también los motivos que nos han de resolver a abandonarnos en las manos de Dios.

El primero de ellos es: Nada sucede, que de toda eternidad no haya Dios previsto y querido, o por lo menos permitido.

Nada sucede, sea en el mundo material, sea en el espiritual, que Dios no haya previsto de toda la eternidad; porque Dios no pasa, como los hombres, de la ignorancia al conocimiento, ni saca enseñanza de los acontecimientos.

No sólo ha previsto cuanto sucede y ha de suceder, mas también ha querido cuanto de real y de bueno hay en las cosas, con excepción del mal, del desorden moral, que sólo permite con miras a bienes mayores.

La Sagrada Escritura, como arriba vimos, es categórica en este particular y no deja lugar a duda alguna, según lo han declarado los Concilios.

El segundo principio es: Dios no puede querer ni permitir cosa que no esté conforme con el fin que se propuso al crear, es decir, con la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones y con la gloria del Verbo encarnado, Jesucristo, su Unigénito.

Como dice San Pablo (I. Cor. 3, 23), “Todo es vuestro; vosotros, empero, sois de Cristo, y Cristo es de Dios: Omnia enim vestra sunt, vos autem Christi, Christus autem Dei“.

A estos dos principios se añade otro tercero, formulado asimismo por San Pablo (Rom. 8, 28): “Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos que él llamó según su eterno decreto” y perseveran en su amor.

Dios hace que contribuyan al bien espiritual de sus almas, no sólo las gracias que les dispensa y los dones naturales que les concedió, mas también las enfermedades, las contradicciones, los fracasos, aun las mismas faltas, dice San Agustín, que permite para llevarlos al puro amor por el camino seguro de la verdadera humildad; como permitió la triple negación de Pedro para hacerle humilde y desconfiado de sí mismo, más valeroso y más confiado en la divina Misericordia.

Estos tres principios nos dicen en sustancia: “Que nada sucede que no haya Dios previsto o por lo menos permitido; que cuanto Dios quiere o permite es para la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones, para gloria de su Hijo y para bien de los que le aman.”

De aquí se desprende que nuestra confianza en la Providencia nunca pecará de excesivamente filial y firme; y aun podemos añadir que debe ser tan ciega como la fe, la cual versa sobre los misterios no evidentes, no vistos, fides est de non visis.

Sabemos con certeza que la divina Providencia dirige todas las cosas hacia el bien y estamos más seguros de la rectitud de sus designios que de la pureza de nuestras mejores intenciones. De donde al abandonarnos en manos de Dios, nada hay que temer, a no ser el defecto de sumisión.

El don de temor impide que la esperanza se torne en presunción, como la humildad evita que la magnanimidad degenere en orgullo. (Cf. Santo Tomás, IIa-IIæ, q. 19, a. 9 y 10; q. 160, a. 2; q. 161, a. 1; q. 129, a. 3 y 4). Son virtudes complementarias que se equilibran, se robustecen mutuamente y crecen juntas.

Pero las últimas palabras nos obligan a formular contra el quietismo otro principio, el cuarto, tan cierto como los anteriores: es evidente que el abandono a nadie exime de hacer lo posible por cumplir la voluntad de Dios significada en los mandamientos, en los consejos y en los sucesos; pero cuando realmente hayamos querido cumplirla todos los días, podemos y debemos abandonarnos en lo demás a la voluntad divina de beneplácito, por misteriosa que nos parezca, evitando la vana inquietud y la agitación (Cf. San Francisco de Sales, L’Amour de Dieu, l. 8, ch. 5; l. 9, ch. 1; ch. 2, ch. 3, ch. 4).

Bossuet, Etatt d’oration, l. 8, 9: “No habiendo lugar para la indiferencia cristiana en lo que se refiere a la voluntad significada, es preciso limitarla, como dice San Francisco de Sales, a ciertos acontecimientos dispuestos por la voluntad de beneplácito, cuyas órdenes soberanas deciden de las cosas que diariamente ocurren en la vida.”

Dom Vital Lehodey, Le Saint Abandon, París, 1919, p. 145: “El beneplácito divino es el objeto del abandono, y la voluntad significada, el de la obediencia.”

Formuló este cuarto principio de una manera equivalente el Concilio de Trento (sess. 6, c. 13) al decir que todos debemos esperar firmemente el socorro de Dios y confiar en El, esforzándonos por cumplir sus preceptos.

Ya lo dice el refrán popular: “Haz tu deber, venga lo que viniere.”

Todos los teólogos explican qué cosa sea la voluntad divina significada en los mandamientos, en el espíritu de los consejos y en los sucesos de la vida (Cf. Santo Tomás, I, q. 19, a. 11 y 12: De voluntate signi in Deo).

Hay acontecimientos muy significativos, como la muerte de una persona. También hay pecados, como observa Santo Tomas (ibid,), permitidos por Dios, ora sean faltas personales, como la triple negación de Pedro, permitida por Dios para asentarle en la humildad, ora faltas contra nosotros, como ciertas injusticias que Dios permite se nos infieran para nuestro provecho espiritual; de esta última, especie son, por ejemplo, las persecuciones contra la Iglesia.

Y los teólogos añaden que ajustando nuestra conducta a la voluntad significada de Dios (Cf. Santo Tomás, Ia-IIæ, q. 19, a. 10: Utrum necessarium sit voluntatem humanam conformari voluntanti divinae in volito ad hoc quod sit bona), debemos abandonarnos a la voluntad de beneplácito, por oculta que sea, como que estamos seguros de antemano que todas las cosas quiere o permite santamente para nuestro bien.

Es digna de notarse aquella sentencia del Evangelio de San Lucas (16, 10): “El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes”; como hagamos cada día lo posible por ser fieles al Señor en las cosas ordinarias, podemos contar con su gracia para serle fieles en las circunstancias extraordinarias que por permisión divina sobrevinieren; si llegare el trance de padecer por él, estemos seguros que nos ha de dar la gracia de antes morir heroicamente que avergonzarnos y renegar de Él.

Tales son los principios de la doctrina del abandono.

Aceptados por todos los teólogos, constituyen en este particular la expresión de la fe cristiana.

Así, el equilibrio se halla por cima de los dos errores mencionados al principio del capítulo. Por la fidelidad al deber en todo momento se evita el falso y perezoso quietismo; y por el abandono se libra uno de la vana inquietud y de la estéril agitación.

El abandono sería pereza, de no ir acompañada de la cotidiana fidelidad, que es como el trampolín para lanzarse con seguridad hacia lo desconocido. La fidelidad cotidiana a la voluntad divina significada nos da derecho de abandonarnos plenamente en el porvenir a la voluntad divina de beneplácito, todavía no significada.

El alma fiel recuerda con frecuencia las palabras de Nuestro Señor: “Mi alimento es cumplir la voluntad de mi Padre”; también ella se alimenta constantemente de la voluntad divina significada.

A la manera del nadador que, apoyándose en la ola que pasa, se entrega a la que viene, al océano que parece quererle tragar, pero que en realidad le va sosteniendo; así el alma debe hacerse a la mar, al océano infinito del ser, como decía San Juan Damasceno; apoyándose en la voluntad divina significada en el momento actual debe entregarse a la voluntad divina, de la cual dependen las horas siguientes y todo lo venidero.

Lo porvenir es de Dios; en su mano están todos los sucesos: de haber pasado una hora antes los mercaderes ismaelitas que compraron a José, no habría éste bajado a Egipto, y otro habría sido el rumbo de su vida; también la nuestra depende de ciertos acontecimientos que están en las manos de Dios, dan equilibrio, estabilidad y armonía a la vida de Dios.

La fidelidad cotidiana y el abandono en las manos espiritual. Es la manera de vivir en recogimiento casi continuo y en abnegación progresiva, que son las condiciones ordinarias de la contemplación y de la unión con Dios. Por ello es necesario vivir en el abandono a la voluntad divina, todavía desconocida, alimentándonos en todo momento de la que ya conocemos.

La unión de la fidelidad con el abandono nos permite vislumbrar lo que será la unión de la ascética con la mística; la primera tiene por principal fundamento la conformidad con la voluntad divina, la segunda tiene su asiento en el abandono.

***

En qué cosas hayamos de hacer abandono en manos de la divina Providencia

Ajustada nuestra vida a los principios que acabamos de exponer, una vez cumplido cuanto nos ordena la ley de Dios y la prudencia cristiana, hemos de hacer abandono total en las manos de la divina Providencia.

¿Cómo se ha de entender esto? Significa primero que hemos de dejar a Dios el cuidado de nuestro porvenir, lo que haya de ser de nosotros mañana, dentro de veinte años y más tarde.

Hemos de poner asimismo en sus manos el momento presente, con las dificultades que quizá lo entenebrecen; y también nuestro pasado, es decir, nuestras acciones pasadas con sus consecuencias.

Cuanto atañe al cuerpo, como salud y enfermedad, y lo que se refiere al alma, como alegrías y trabajos, todo se ha de entregar confiadamente a la solicitud paternal del Señor. Hasta el juicio benévolo o maligno de los hombres hemos de descuidar en manos de la divina Providencia.

“Si Dios está por nosotros, dice San Pablo (Rom. 8, 31-39), ¿quién contra nosotros? El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo después de habérnosle dado dejará de darnos cualquiera otra cosa?… ¿Quién podrá, pues, separarnos del amor de Cristo? ¿Acaso la tribulación o la angustia? ¿Por ventura la persecución, o el hambre, o la desnudez? ¿Quizá el peligro o la espada?… Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo venidero, ni lo alto, ni lo profundo, ni otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Cristo Jesús, Señor Nuestro.”

¿Puede darse abandono más perfecto en la fe, en la esperanza y en la caridad? Abandono en lo que mira a las vicisitudes del mundo, en lo que toca a la vida y a la muerte, a la hora de salir de este mundo y a la manera violenta o dulce de rendir el último aliento.

En los mismos sentimientos abundan los Salmos: “Temed al Señor, vosotros sus santos; nada falta a los que le temen. Los leoncillos podrán sentir penuria y tener hambre; mas quienes buscan al Señor no padecen privaciones de bien alguno.” (Ps. 33, 10). “¡Cuán grande es tu bien, Señor, el que guardas para quienes te temen y muestras a los que en tí confían!… Tú los defiendes de las vejaciones de los hombres, los pones a cubierto de la maledicencia de las lenguas” (Ps. 30, 20-21).

Y Job, en medio de sus lamentaciones, decía: “Rodeado me veo de escarnecedores, mis ojos se abren sólo para ver sus ultrajes. Oh Dios, sal fiador de mí ante ti mismo. ¿Quién otro querría tenderme la mano?” (Job 17, 21).

Refiérese en el Libro de Daniel (13, 42) que una mujer temerosa de Dios, llamada Susana, hija de Helcías, odiosamente calumniada por dos viejos lascivos, se abandonó en manos del Señor, exclamando: “Oh Dios eterno, que conoces las cosas ocultas, que lo sabes todo aun antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí un falso testimonio; y he aquí que voy a morir sin haber hecho nada de lo que han inventado maliciosamente contra mí.”

Y el Señor escuchó la súplica de aquella noble mujer, como se refiere en el mismo Libro. Cuando era llevada a la muerte, Dios despertó el espíritu de un mancebo, llamado Daniel, el cual exclamó en alta voz: “Inocente soy de la sangre de esta mujer”. Volvióse hacia él todo el pueblo y le preguntó: “¿Qué es lo que dices?” Entonces el joven Daniel, inspirado por Dios, puso de manifiesto la falsedad del testimonio de los acusadores; porque interrogados por separado ante la multitud, como se contradijesen, manifestaron, sin quererlo, que habían mentido.

***

De lo expuesto se desprende que, de hacer lo que está de nuestra parte para cumplir nuestros deberes cotidianos, podemos en lo demás abandonarnos con filial confianza en manos de la divina Providencia. Y como realmente procuremos ser fieles en las cosas pequeñas, en la práctica de la humildad, de la dulzura y de la paciencia, en las cosas ordinarias de cada día, el Señor nos dispensará su gracia para serle fieles en las cosas grandes y difíciles que tenga a bien exigirnos; y en las circunstancias extraordinarias otorgará gracias también extraordinarias a los que le busquen.

Léese en el Salmo 54, 23: “Jacta super Dominum curam tuam, et ipse te enutriet; Abandónate en manos de Dios, que él cuidará de ti; no dejará jamás sucumbir al justo… Mas yo pondré mi confianza en ti.”

Con estos mismos sentimientos escribe San Pablo (Philipp. 4,): “Alegraos siempre en el Señor; alegraos repito. Sea patente vuestra modestia a todos los hombres; que cerca está el Señor. No os inquietéis por cosa alguna; mas en todo presentad a Dios vuestras necesidades por medio de oraciones y súplicas, junto con acciones de gracias. La paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, sea la guardia de vuestros corazones y de vuestros sentimientos en Jesucristo.”

Y San Pedro, exhortando a la confianza, dice en su Primera Carta (5, 6): “Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que os exalte al tiempo de su visita; descargad en su seno todas vuestras cuitas, pues él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios y estad en vela; porque vuestro enemigo el demonio anda girando cual león rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que la misma tribulación padecen vuestros hermanos, dispersos por el mundo. Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria por Jesucristo, después de haber padecido un poco, él mismo acabará su obra, os hará firmes, fuertes e inconmovibles,”

“Beati omnes qui confidunt in Domino: Dichosos los que ponen su confianza en Dios”, dice el Salmista (12, 13).

“Los que tienen puesta en el Señor su esperanza, dice Isaías (40, 31), adquirirán nuevas fuerzas, alzarán el vuelo como águilas, correrán sin fatigarse, andarán sin desfallecer.”

Tenemos en San José el modelo perfecto de espíritu de abandono en la Providencia en cuantas dificultades se le ofrecieron: en el trance embarazoso del nacimiento del Salvador en Belén; cuando sonó en sus oídos la dolorosa profecía del anciano Simeón; cuando hubo de refugiarse en Egipto huyendo de la persecución de Herodes, hasta su regreso a Nazaret.

Vivamos a ejemplo suyo fieles en la práctica de los deberes cotidianos, y nunca nos faltará la divina gracia, con cuyo auxilio cumpliremos siempre cuanto Dios exija de nosotros, por arduo que en ciertas ocasiones ello nos parezca.

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Benedicto XVI

En el centro de la liturgia de este domingo encontramos una de las verdades más consoladoras: la divina Providencia. El profeta Isaías la presenta con la imagen del amor materno lleno de ternura, y dice así: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (49, 15). ¡Qué hermoso es esto! Dios no se olvida de nosotros, de cada uno de nosotros. De cada uno de nosotros con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. Qué buen pensamiento… Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelo en la página del Evangelio de Mateo: «Mirad los pájaros del cielo —dice Jesús—: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta… Fijaos cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos» (Mt 6, 26.28-29).

Pero pensando en tantas personas que viven en condiciones precarias, o totalmente en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. Pero en realidad son más que nunca actuales. Nos recuerdan que no se puede servir a dos señores: Dios y la riqueza. Si cada uno busca acumular para sí, no habrá jamás justicia. Debemos escuchar bien esto. Si cada uno busca acumular para sí, no habrá jamás justicia. Si, en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por el afán de poseer es un corazón lleno de este anhelo de poseer, pero vacío de Dios. Por ello Jesús advirtió en más de una ocasión a los ricos, porque es grande su riesgo de poner su propia seguridad en los bienes de este mundo, y la seguridad, la seguridad definitiva, está en Dios. En un corazón poseído por las riquezas, no hay mucho sitio para la fe: todo está ocupado por las riquezas, no hay sitio para la fe. Si, en cambio, se deja a Dios el sitio que le corresponde, es decir, el primero, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, incluso recientes, en la historia de la Iglesia. Y así la Providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás. Si cada uno de nosotros no acumula riquezas sólo para sí, sino que las pone al servicio de los demás, en este caso la Providencia de Dios se hace visible en este gesto de solidaridad. Si, en cambio, alguien acumula sólo para sí, ¿qué sucederá cuando sea llamado por Dios? No podrá llevar las riquezas consigo, porque —lo sabéis— el sudario no tiene bolsillos. Es mejor compartir, porque al cielo llevamos sólo lo que hemos compartido con los demás.

La senda que indica Jesús puede parecer poco realista respecto a la mentalidad común y a los problemas de la crisis económica; pero, si se piensa bien, nos conduce a la justa escala de valores. Él dice: «¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?» (Mt 6, 25). Para hacer que a nadie le falte el pan, el agua, el vestido, la casa, el trabajo, la salud, es necesario que todos nos reconozcamos hijos del Padre que está en el cielo y, por lo tanto, hermanos entre nosotros, y nos comportemos en consecuencia. Esto lo recordaba en el Mensaje para la paz del 1 de enero: el camino para la paz es la fraternidad: este ir juntos, compartir las cosas juntos.

A la luz de la Palabra de Dios de este domingo, invoquemos a la Virgen María como Madre de la divina Providencia. A ella confiamos nuestra existencia, el camino de la Iglesia y de la humanidad. En especial, invoquemos su intercesión para que todos nos esforcemos por vivir con un estilo sencillo y sobrio, con la mirada atenta a las necesidades de los hermanos más carecientes.

(Basílica Vaticana, domingo 23 de febrero de 2014)

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Directorio Homilético

 

Octavo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 302-314: la Divina Providencia y su papel en la historia

CEC 2113-2115: la idolatría altera los valores; creer en la Providencia en vez de en la adivinación

CEC 2632: oración de los fieles, peticiones para la llegada del Reino

CEC 2830: creer en la Providencia no significa estar ocioso

V DIOS REALIZA SU DESIGNIO: LA DIVINA PROVIDENCIA

302    La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada “en estado de vía” (“In statu viae”) hacia una perfección última to­davía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección:

Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, “alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura” (Sb 8, 1). Porque “todo está desnudo y patente a sus ojos” (Hb 4, 13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá (Cc. Vaticano I: DS 3003).

303    El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los aconteci­mientos: “Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza” (Sal 115, 3); y de Cristo se dice: “si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir” (Ap 3, 7); “hay mu­chos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza” (Pr 19, 21).

304 Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la Sagrada Escritura atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es “una manera de hablar” primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo (cf Is 10, 5‑15; 45, 5‑7; Dt 32, 39; Si 11, 14) y de educar así para la confianza en E1. La oración de los salmos es la gran escuela de esta confianza (cf Sal 22; 32; 35; 103; 138).

305 Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: “No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?… Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 31‑33; cf 10, 29‑31).

La providencia y las causas segundas

306 Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio.

307 Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de “someter” la tierra y dominarla (cf Gn 1, 26‑28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf Col I, 24) Entonces llegan a ser plenamente “colaboradores de Dios” (1 Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (cf Col 4, 11).

308 Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: “Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece” (Flp 2, 13; cf 1 Co 12, 6). Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque “sin el Creador la criatura se diluye” (GS 36, 3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia (cf Mt 19, 26; Jn 15, 5; Flp 4, 13).

La providencia y el escándalo del mal

309 Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.

310 Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor (cf S. Tomás de A., s. th. I, 25, 6). Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfecciGn (cf S. Tomás de A., s. gent. 3, 71).

311 Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral, (cf S. Agustín, lib. 1, 1, 1; S. Tomás de A., s. th. 1‑2, 79, 1). Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien:

Porque el Dios Todopoderoso… por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si El no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal (S. Agustín, enchir. 11, 3).

          312        Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su pro­videncia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: “No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios… aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir… un pueblo numeroso” (Gn 45, 8;50, 20; cf Tb 2, 12‑18 Vg.). Del mayor mal moral que ha sido co­metido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.

313 “Todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28). E1 testimonio de los santos no cesa de confirmar esta verdad:

Así Santa Catalina de Siena dice a “los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede”: “Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin” (dial.4, 138).

Y Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor” (carta).

Y Juliana de Norwich: “Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios, que era preciso mantenerme firmemente en la fe y creer con no menos firmeza que todas las cosas serán para bien…” “Thou shalt see thyself that all MANNER of thing shall be well ” (rev.32).

          314        Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con fre­cuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

2113  La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia” (cf Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf Gál 5,20; Ef 5,5).

2114  La vida humana se unifica en la adoración del Dios Unico. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre. El idólatra es el que “aplica a cualquier cosa en lugar de Dios su indestructible noción de Dios” (Orígenes, Cels. 2,40).

          Adivinación y magia

2115  Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en ponerse con confianza en las manos de la Providencia en lo que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto. La imprevisión puede constituir una falta de responsabilidad.

2632  La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús (cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica (cf Hch 6, 6; 13, 3). Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4. 12). Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

2830  “Nuestro pan”. El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes, materiales y espirituales. En el Sermón de la montaña, Jesús insiste en esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro Padre (cf Mt 6, 25-34). No nos impone ninguna pasividad (cf 2 Ts 3, 6-13) sino que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios:

          A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, él les promete darles todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: al que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios. (S. Cipriano, Dom. orat. 21).

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El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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