Archivos de la categoría Tiempo Ordinario

Domingo XVI del Tiempo Ordinario

 

23
julio

Domingo XVI del Tiempo Ordinario

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Directorio Homilético

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XVI del Tiempo Ordinario (A)

(Domingo 23 de julio de 2017)

LECTURAS

Después del pecado, das lugar al arrepentimiento

Lectura del libro de la Sabiduría     12, 13. 16-19

Fuera de ti, Señor, no hay otro Dios que cuide de todos,
a quien tengas que probar que tus juicios no son injustos.
Porque tu fuerza es el principio de tu justicia,
y tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos.
Tú muestras tu fuerza cuando alguien no cree
en la plenitud de tu poder,
y confundes la temeridad de aquellos que la conocen.
Pero, como eres dueño absoluto de tu fuerza,
juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia,
porque con sólo quererlo puedes ejercer tu poder.
Al obrar así, Tú enseñaste a tu pueblo
que el justo debe ser amigo de los hombres
y colmaste a tus hijos de una feliz esperanza,
porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a (R.: 5a)

R. Tú, Señor, eres bueno e indulgente.

Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquellos que te invocan:
¡atiende, Señor, a mi plegaria,
escucha la voz de mi súplica! R.

Todas las naciones que has creado vendrán a postrarse delante de ti,
y glorificarán tu Nombre, Señor,
porque Tú eres grande, Dios mío,
y eres el único que hace maravillas. R.

Tú, Señor, Dios compasivo y bondadoso,
lento para enojarte, rico en amor y fidelidad,
vuelve hacia mí tu rostro
y ten piedad de mí. R.

El Espíritu intercede
con gemidos inefables

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     8, 26-27

Hermanos:
El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Cf. Mt 11, 25

Aleluia.
Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque revelaste los misterios del Reino a los pequeños.
Aleluia.
 

EVANGELIO

Dejen que crezcan juntos hasta la siega

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 24-43

Jesús propuso a la gente otra parábola:
«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”
Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”.
Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”
“No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”».
También les propuso otra parábola:
«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas».
Después les dijo esta otra parábola:
«El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»
Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:
«Hablaré en parábolas
anunciaré cosas que estaban ocultas
desde la creación del mundo».
Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.
¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 24-30

Jesús propuso a la gente otra parábola:
«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”
Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo.”
Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”
“No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”».

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Domingo XVI Tiempo Ordinario- Ciclo A- 23 de Julio 2017

Entrada: Dispongamos nuestra alma, como campo fértil y bien dispuesto para participar dignamente del Santo Sacrificio de la Misa y nos purifiquemos en el contacto de sus sagrados misterios.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                 Sabiduría 12, 13. 16- 19

Dios lleno de misericordia da lugar a que el hombre se arrepienta para salvarlo.

Salmo Responsorial: 85

Segunda Lectura:                              Romanos 8, 26- 27

El Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos inefables.

Evangelio:       Mateo 13, 24- 43

Es necesario que la cizaña crezca junto con el trigo hasta la siega. Luego, al fin de la Historia se dará lugar el juicio.

Preces:

A Jesucristo, nuestro Señor, pidámosle por nuestras intenciones y por la de todos los hombres.

A cada intención respondemos cantando:

Ø  Por el Santo Padre, los Obispos y los Sacerdotes, para que sepan, en medio de tu Pueblo, predicar y actuar movidos por los sentimientos del Corazón del Buen Pastor. Oremos.

Ø  Por la concordia y la unidad entre todos los cristianos católicos, para que nuestro testimonio de unidad fomente la credibilidad de los no creyentes. Oremos

Ø  Por las benditas almas del purgatorio para que toda la Iglesia militante se sienta responsable de rogar y ofrecer sacrificios por estas almas que anhelan la visión eterna de Dios. Oremos.

Ø  Por todos nosotros para que el Señor nos dé el don de discernir aquello que ahoga como la cizaña los buenos propósitos y deseos y seamos fuertes para desarraigar lo malo y desordenado que abriga nuestro corazón. Oremos.

Señor Jesucristo, ayúdanos a preferir siempre tus caminos y concédenos lo necesario para vivir santamente. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Presentamos:

Ø  Cirios, y con ellos los anhelos de todos los misioneros de propagar el Reino de los cielos.

Ø  Pan y vino y las intenciones del Corazón de Jesús, Víctima propicia en la Eucaristía.

Comunión: Atraída por la fuerza del amor, mi alma corre a Ti Buen Jesús, esperando ser llevada en tus brazos a morar en la herida de tu Corazón.

Salida:

Después de habernos alimentado con el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía vayamos al mundo a sembrar con fortaleza la buena semilla de la verdad, es decir, a predicar la buena noticia del Evangelio.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

Directorio Homilético

 

Decimosexto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 543-550: el Reino de Dios

CEC 309-314: la bondad de Dios y el escándalo del mal

CEC 825, 827: la mala hierba y la semilla del Evangelio en cada uno de nosotros y en la Iglesia

CEC 1425-1429: la necesidad de una conversión continua

CEC 2630: la oración de petición habla profundamente a través del Espíritu Santo

El anuncio del Reino de Dios

543    Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

          La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544    El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3); a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).

545    Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

546    Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los cielos” (Mt 13, 11). Para los que están “fuera” (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

          Los signos del Reino de Dios

547    Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (cf, Lc 7, 18-23).

548    Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34; 10, 52; etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero también pueden ser “ocasión de escándalo” (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3, 22).

549    Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

550      La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): “Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: “Regnavit a ligno Deus” (“Dios reinó desde el madero de la Cruz”, himno “Vexilla Regis”).

La providencia y el escándalo del mal

309 Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.

310 Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor (cf S. Tomás de A., s. th. I, 25, 6). Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfecciGn (cf S. Tomás de A., s. gent. 3, 71).

311 Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral, (cf S. Agustín, lib. 1, 1, 1; S. Tomás de A., s. th. 1‑2, 79, 1). Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien:

Porque el Dios Todopoderoso… por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si El no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal (S. Agustín, enchir. 11, 3).

          312        Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su pro­videncia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: “No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios… aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir… un pueblo numeroso” (Gn 45, 8;50, 20; cf Tb 2, 12‑18 Vg.). Del mayor mal moral que ha sido co­metido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.

313 “Todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28). E1 testimonio de los santos no cesa de confirmar esta verdad:

Así Santa Catalina de Siena dice a “los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede”: “Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin” (dial.4, 138).

Y Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor” (carta).

Y Juliana de Norwich: “Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios, que era preciso mantenerme firmemente en la fe y creer con no menos firmeza que todas las cosas serán para bien…” “Thou shalt see thyself that all MANNER of thing shall be well ” (rev.32).

          314        Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con fre­cuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

825 “La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar: “Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre” (LG 11).

827    “Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación” (LG 8; cf UR 3; 6). Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf 1 Jn 1, 8-10). En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf Mt 13, 24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación:

La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo (SPF 19).

II       POR QUÉ UN SACRAMENTO DE LA RECONCILIACION

           DESPUES DEL BAUTISMO

1425  “Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co 6,11). Es preciso darse cuenta de la grandeza del don de Dios que se nos hace en los sacramentos de la iniciación cristiana para comprender hasta qué punto el pecado es algo que no cabe en aquél que “se ha revestido de Cristo” (Ga 3,27). Pero el apóstol S. Juan dice también: “Si decimos: `no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1,8). Y el Señor mismo nos enseñó a orar: “Perdona nuestras ofensas” (Lc 11,4) uniendo el perdón mutuo de nuestras ofensas al perdón que Dios concederá a nuestros pecados.

1426  La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho “santos e inmaculados ante él” (Ef 1,4), como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es “santa e inmaculada ante él” (Ef 5,27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (cf DS 1515). Esta lucha es la de la conversión  con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos (cf DS 1545; LG 40).

III     LA CONVERSION DE LOS BAUTIZADOS

1427  Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

1428  Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que “recibe en su propio seno a los pecadores” y que siendo “santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante,busca sin cesar la penitencia y la renovación” (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito” (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).

1429  De ello da testimonio la conversión de S. Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: “¡Arrepiéntete!” (Ap 2,5.16).

  S. Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, en la Iglesia, “existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia” (Ep. 41,12).

2630  El Nuevo Testamento no contiene apenas oraciones de lamentación, frecuentes en el Antiguo. En adelante, en Cristo resucitado, la oración de la Iglesia es sostenida por la esperanza, aunque todavía estemos en la espera y tengamos que convertirnos cada día. La petición cristiana brota de otras profundidades, de lo que S. Pablo llama el gemido: el de la creación “que sufre dolores de parto” (Rm 8, 22), el nuestro también en la espera “del rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza” (Rm 8, 23-24), y, por último, los “gemidos inefables” del propio Espíritu Santo que “viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26).

Volver Direc. Homil.

Inicio

 Exégesis 

·         W. Trilling

 Parábola de la cizaña

(Mt 13,24-30. 36-43).

a) Narración de la parábola

Sigue otra parábola basada en la vida del campo. Es similar a la del sembrador por pertenecer al mismo ámbito de vida, por la contemplación del campo, de la sementera y de la cosecha. También está estrechamente ligada con la parábola de la red barredera (13,47s). Las dos constituyen como una doble parábola. No son raros tales ejemplos (Cf. el grano de mostaza y la levadura en 13,31-33; el tesoro y la perla en 31,44-46, la oveja perdida y la dracma perdida en 15,4-10, etc.).

24 Les propuso esta otra parábola: El reino de los cielos se parece a un hombre que siembra buena semilla en su campo. 25 Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 26 Luego cuando brotó la planta y se formó la espiga, entonces apareció también la cizaña. 27 Los criados del padre de familia fueron a avisarle: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? 28 El les respondió: Esto lo ha hecho algún enemigo. Los criados le dicen: ¿Quieres que vayamos a recogerla? 29 Pero él les contesta: No; no sea que, al querer recoger la cizaña, arranquéis con ella el trigo. 30 Dejad crecer los dos juntos hasta la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo, almacenadlo en mi granero.

Tenemos que representarnos, en forma viva, lo que aquí se nos narra. Un campesino ha estado durante el día en el campo, para sembrarlo. Un vecino que le odia mortalmente, lo ha observado. Se le ocurre un pensamiento abominable y lo realiza aquella misma noche. Pasa disimuladamente y sin ser visto por el mismo campo y esparce la semilla de cizaña. El vecino duerme tranquilo y, al principio, no se nota nada, pero cuando el trigo germina, aparece también la cizaña, en cantidad tan grande que sorprende. El hecho de que no fuera notada antes, puede ser debido a que una determinada cizaña, el joyo, al comienzo tiene un parecido sorprendente con el trigo. Pero ahora por primera vez se puede ver todo el infortunio. Los criados proponen al campesino la cuestión en sí razonable de si no se tiene que arrancar la cizaña. Pero quizás ya es demasiado tarde para ello, dado que ya «se forma la espiga» (13,26). No obstante sorprende que el campesino rechace la propuesta. Quiere que ambos crezcan juntos, para que el trigo no sufra ningún perjuicio, escardando el terreno. No tiene ningún sentido que se escarde ahora. En lugar de esto habrá pronto la siega, y entonces los segadores cumplirán el encargo del campesino de poner aparte la cizaña y atarla en gavillas para quemarla.

En Palestina la madera es escasa, por eso se desea tener material suplementario de combustión. Pero el trigo se guardará en el granero. La conducta del campesino es extraña de suyo. Cualquier hombre razonable, primero se ocupará en quitar la cizaña para que el grano tenga más aire. ¿No ha de temer el agricultor que la cizaña crezca más aprisa y más alta que el trigo, y lo ahogue, como se describe en la parábola precedente? (13,7). Esta sorpresa ya indica la dirección, en que hay que buscar la declaración, el sentido de la parábola. Lo que se quiere declarar, lo transparenta más esta parábola de la cizaña que la del sembrador. Se nota más claramente a quién se alude, cuando se habla del padre de familia (13,27). El vocablo es característico de san Mateo y se emplea con frecuencia de tal modo que el oyente haya de pensar en Dios o en Jesús, el padre de la familia de los discípulos (Cf. 10,25; 20,1.11; 21.33). Pero además hay otro sembrador, un «enemigo» (13,25.28). De las condiciones existentes en el campo no es responsable solamente el padre de familia. Si cuando se habla de él se señala a Dios, al hablar del enemigo se señala a su gran antagonista y rival, el malo y enemigo por antonomasia (cf. 13,19.38). Aquí se hace resaltar la siega con más fuerza que en la primera parábola. Al fin el juicio está en perspectiva. Pero lo principal consiste en otra cosa. Es la decisión del padre de familia. Se rechaza la propuesta de los criados, que es reemplazada por la decisión del señor de la casa. Esta decisión ha de respetarse, es decir, la cizaña y el trigo han de permanecer juntos hasta la siega. Toda separación y juicio antes de tiempo es una intromisión en el plan del señor de la casa. él se ha reservado el juicio. Soporta la cizaña y también el perjuicio que causa al trigo. Cuanto más lejos del hombre esté esta manera de pensar, tanto más ha de aceptarla. Esta decisión no se revoca.

Para el discípulo del reino la situación del mundo es difícilmente soportable, es una constante tentación de su confianza o de su propia voluntad de poner orden antes de tiempo. El día de la siega se quitará el tormento de los corazones de los buenos, y a los malos les sobrevendrá el destino que les corresponde. Dios tiene los hilos sujetos en la mano. Sabe que todo es llevado a la finalidad que él y ningún otro ha establecido. Dios sabe que el trigo no se perderá, sino que se conserva para ser recogido en el granero divino. Deben observar una actitud como la de Dios los que se han subordinado al dominio de la voluntad divina. Se requiere una gran fe y mucha bondad y madura sabiduría para poder pensar así. Dios se ha reservado el juicio para sí solo, «a mí me corresponde la venganza; yo daré el pago merecido, dice el Señor» (Rom_12:19). Cuando los discípulos quisieron hacer bajar fuego sobre una aldea samaritana que rehusó alojar a Jesús y a los suyos, Jesús se lo prohibió (Luc_9:54s). «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt_7:1).

(….)

b) Explicación de la parábola de la cizaña (Mt 13,36-43).

36 Entonces dejó a las muchedumbres y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos para decirle: Explícanos la parábola de la cizaña del campo. 37 él les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; 38 el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del malo; 39 el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es el final de los tiempos; los segadores son los ángeles.

Jesús regresa a la casa de donde (13,1) había salido. La predicación oficial a todos está separada de la instrucción especial a los discípulos. Ahora los discípulos piden expresamente una explicación: Explícanos la parábola de la cizaña del campo. Luego sigue una explicación, que en esta forma está una sola vez en toda la tradición evangélica. En primer lugar casi todas las personas y acciones del relato son transferidas a la realidad religiosa, y son enumeradas como en una lista (…). El Hijo del hombre es el sembrador; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del malo; el enemigo es el diablo; la siega es el final de los tiempos; los segadores son los ángeles. (…)

(…) Se revela el drama del fin del mundo. Quien domina el mundo y en todas partes arroja su semilla es el Hijo del hombre. No el humilde peregrino de Galilea, ni el supuesto revolucionario fracasado y condenado a muerte, ni tampoco el rey del tiempo final, que venía sobre las nubes del cielo y fue contemplado por el profeta como “uno que parecía el Hijo del hombre” (Dan_7:13); sino el Señor del tiempo actual del mundo, computado desde la presentación de Jesús hasta su segunda venida para el juicio, el Señor de las comunidades y de todas las naciones. El campo puede significar simplemente el mundo. No se hace ninguna diferencia entre el terreno laborable primitivo, el pueblo de la alianza del Antiguo Testamento (el pueblo primeramente destinado a la salvación), y los pueblos paganos que se agregan. Todos ellos son ahora sin distinción terreno laborable para la semilla del divino sembrador. De él procede la buena semilla, éstos son los hijos del reino. Reino aquí es una dicción abreviada de la forma más completa “reino de los cielos” o “reino de Dios”. Los hijos del reino son los que a él están llamados y han seguido este llamamiento por propia decisión. Ahora ya forman parte del reino, pero conseguirán un día la plena filiación, si de su actual vocación también dimana la definitiva elección (…). Así pues, los hijos del reino son los aspirantes a poseerlo definitivamente. Aunque no tengan ninguna garantía, tienen una esperanza justificada de conseguir esta posesión, porque han sido llamados y han seguido este llamamiento. Es un honroso título ser hijo del reino de Dios. Se oponen con violencia los hijos del malo, que el demonio ha diseminado y de él proceden. Aquí no se distingue entre los que sólo están comprometidos en parte con el malo, y otros que están enteramente a merced de él. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los hijos del reino también son tentados y pueden caer, es decir, están constantemente amenazados por el malo. La mirada se dirige al fin, en el que cada uno ha obtenido su “forma” definitiva y su decisión ha madurado plenamente para una cosa o la otra. Incluso entre los miembros de la comunidad los hay propiamente malos. Hay quienes han pretendido destruir, sembrar discordia, causar confusión, seducir y atraer a la apostasía. Aquí no se ha de preguntar si dichos miembros son enteramente malos y ya no son capaces de conversión o si sólo se han convertido temporalmente en el instrumento del malo. En cualquier caso cooperan con el malo y contra Dios y su obra. Los que tienen el nombre y la dignidad de hijos del reino, pueden ser interiormente hijos del malo. Esto se hace patente al fin. La segunda parte de la explicación cuenta cómo se llevará a cabo la separación.

40 Pues lo mismo que se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así sucederá al final de los tiempos: 41 el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los escandalosos y a todos los que cometen la maldad, 42 y los arrojarán al horno del fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. 43 Entonces los justos, en el reino de su Padre, resplandecerán como el sol. El que tenga oídos, que oiga.

Lo que sucede en el campo, cuando se recoge la cizaña y se quema en el fuego, eso también ocurrirá al fin del mundo. El Hijo del hombre es el que juzga. En esta segunda parte de la parábola se habla sobre todo del destino de los malos. Se los debe prevenir. Solamente al final se les opondrán los justos: brillarán como el sol, en el reino del Padre (13,43a). Los malos ya no tendrán ninguna esperanza, sino que serán arrojados muy lejos de Dios. Las expresiones corresponden al tiempo y son corrientes para los rabinos como para todos los contemporáneos de Jesús. Allí está el “horno del fuego”, y reina el “llanto y el rechinar de dientes”. (Estas expresiones tienen que ser explicadas para que las comprendamos. Porque no) se trata (de tormentos físicos, sino) de la exclusión definitiva de la gloria y de la vida de Dios. Por esta exclusión los condenados se sumergen en la desesperación y en la rabia impotente. En este pasaje llegamos a conocer mejor la índole de estos hijos del malo. Se nombran dos grupos, los “escandalosos” y los que “cometen la maldad”. En san Mateo se habla con frecuencia de los escándalos y de los que los provocan. Esta expresión no debe ser privada de su fuerza. El escándalo afecta siempre a la totalidad de la persona y principalmente a la fe. El que se escandaliza, pierde la fe, se aleja de Dios y de su llamamiento, quizás por un motivo insignificante. Dar escándalo a un tercero significa ser motivo de caída para el otro, que deja de cumplir con su dignidad de cristiano. Tales escandalosos son los peores seductores, contra los que se previene con las más graves amenazas (cf. 18,6s). En este pasaje pueden entenderse los escándalos en sentido personal u objetivo. Cabe suponer que se ha incluido en ellos todo lo que la comunidad cristiana consideraba como tal: los que se escandalizan y caen, y por este motivo se convierten, a su vez, en ocasión de tropiezo para sus propios hermanos en la fe y para los extraños, y los que, como escándalos vivientes, merodean por la comunidad y, mediante sus doctrinas erróneas y sus graves extravíos, seducen a otros. Una fuerza realmente inquietante. El segundo grupo lo forman los que cometen la maldad. ¿Qué clase de gente es ésta? En el sentido del evangelista son personas sin ley, porque ellos mismos se constituyen en ley: son sus propios legisladores. La verdadera ley del nuevo pueblo de Dios es la perfecta ley del amor (22,40) cumplida por Jesús (cf. 5,17), “la perfecta ley de la libertad” (Stg_1:25). En esta ley se ha perfeccionado la ley del Antiguo Testamento. Esta ley ahora ha venido a ser la norma competente para los discípulos de Jesús. Se puede contravenir a esta ley, si se recae en el servicio de la ley del Antiguo Testamento y cada uno por su parte procura cumplir puntualmente los mandamientos que allí se dan, y quiere obligar a los demás a cumplirlos. Este era el peligro de una dirección que procedía de la Iglesia madre de Jerusalén y contra la cual san Pablo se resistió apasionadamente. Pero también se puede contravenir a esta ley, rechazándola en general y si uno se llena de ilusiones y se entrega a una falsa libertad y, con ello, al desenfreno y a la disolución (cf. Gal_6:13s). Ambos grupos son culpables. Ambos hacen traición a lo propio de la obra de Jesús, a la nueva vida del amor en la perfección de la nueva ley. No tienen esperanza de ser liberados, si han conducido a la comunidad por caminos erróneos y se colocaron fuera de la salvación, que Jesús también a ellos les había traído. Se puede desacertar en la Iglesia la voluntad de Dios y el orden de vida establecido por Jesús, si se recae en la manera legal de pensar del Antiguo Testamento o si se rechaza por principio la manera de pensar perfeccionada por Jesús, la “ley de Cristo” (Gal_6:2).

También hoy día se dan las dos tentaciones, también hay portavoces y seductores para una u otra de las dos clases de corrupción. Estos dos grupos ya muestran que se piensa sobre todo, aunque no exclusivamente, en las relaciones dentro de la Iglesia. La cizaña también crece en las propias filas. En ellas hay traidores, embusteros, personas insensibles, pecadores de toda clase, herejes y seductores. ¿Cómo es esto posible, si la Iglesia es el pueblo santo de Dios, y los creyentes son discípulos de tal maestro? El espanto debido a esta causa fue al principio mucho más intenso del que hoy día sentimos, aunque agobie gravemente a todos los que adoptan una actitud seria. Los creyentes de todos los tiempos lo han experimentado como carga y prueba, a menudo como una prueba mayor y más molesta que las tribulaciones provenientes de un poder estatal corrompido o de artes de seducir en tiempos de inmoralidad. ¡Cuántas veces se intentó salir de esta sociedad poco selecta, y fundar una Iglesia de los limpios y santos! Estas palabras aquí nos dicen que también el otro sembrador está constantemente actuando, y que no es de la incumbencia de los hombres el juicio ni la separación por la violencia; se nos dice que el hombre debe esperar ansiosamente el gran juicio que lleva a cabo el Hijo del hombre por encargo de Dios. “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria. Todas las naciones serán congregadas ante él, que separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos” (25,31s).

(Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, Herder, Barcelona, 1969)

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani

Parábola del Trigo y la Cizaña I

Hay dos parábolas en el Evangelio que Cristo interpretó personalmente; o por lo menos, cuya explicación por el autor mismo nos ha sido consignada; puede haberles explicado otras más a los Apóstoles “en privado”, como dice el Evangelista que lo hacía; y brevemente declaró otra, la de Lo-que-mancha. Considerándolas atentamente se ve que son las dos más universales. La parábola del Sembrador representa la actividad de Dios en las almas individuales: “la semilla es la palabra de Dios”. La del Trigo y la Cizaña, la actividad de Dios en la entera sociedad o colectividad humana. La primera se concierne sólo en si la semilla prende o no prende; la segunda, que es como su prolongación o ampliación, trata de la suerte posterior de la semilla buena o mala: “o trigo o cizaña”. Una relata como si dijéramos la anatomía de la conversión; la otra, la economía general de la salvación. En las dos se anota la presencia del Enemigo: los pájaros, las piedras y los espinos en la primera; directamente el Diablo en la segunda.

La parábola que consideraremos en dos artículos, dada su importancia, es el centro mismo de las 120 que hay en el Evangelio; las cuales tratan de puntos particulares o en forma más concreta. Es como el foco y a la vez el marco general de todas: contiene la existencia del mal y del bien en el mundo y sus causas; la paciencia de Dios respecto al mal moral y su razón; la lucha entre las dos esencias; su resolución postrera; y las cuatro “postrimerías”, a saber, muerte juicio infierno y gloria, donde todo se consuma y se fija para siempre.

Como belleza, esta parábola es un logro portentoso; y no decimos “belleza literaria” adrede, porque se levanta por encima de la llamada “literatura”; ni “artística”, ni “profética”, ni “estética”, por lo mismo. Es pura y simplemente sobrehumana. Mirada, parece hecha por un niño; entendida, se levanta por arriba del hombre. “Si no os hiciereis semejantes a un niño, no entraréis en el Reino”. Un niño, un ciego o un sordomudo pueden entender esta parábola; algunos exégetas católicos, no.

La sencillez y limpidez unidas a la densidad de su materia ponen a esta piedra preciosa por encima de cuanto existe en la literatura sacra del mundo. El libro sagrado del budismo, por ejemplo, la religión más antigua (excepto la nuestra hebreocristiana) y de más adeptos del mundo, el Ti-Pitaka (Los tres Cestos) en sí mismo no despreciable ni banal, puesto al lado de esto, parece barro: es tierra al lado del oro o del diamante; por lo menos en la traducción alemana de K. Seidenstucker, el cual confiesa que es casi intraducible. Pero esto mismo realza la comparación, pues las parábolas son traducibles y traducidas en todo el mundo; y son inteligibles a todos, desde los niños de la escuela (de la escuela argentina también, que priva a los niños de este nutrimiento) hasta el filósofo más copetudo; aunque éste sí, es capaz de no entenderlas, por soberbia.

Uno piensa en el diamante Koh-hi-noor, el más hermoso del mundo; en una joya de Benvenuto Cellini; en una randa de ñandutí; en una orquídea; en el arco iris; en un encaje flamenco, en una seda china; y todo junto le parece poco. La venganza del aldeano es típica y puede acontecer en cualquier región del mundo; es una idea de rústico, perversa y sutil, porque el daño es invisible hasta que ya no hay remedio, y el crimen es fácil de ejecutar. La actitud de los siervos es lógica, a la vez fremente y prudente. La decisión del Paterfamilias es la sensatez misma; no se puede excogitar el lolio agraz que es parecido al trigo verde, y arrancarlo, sin arruinar todo el sembrado – y el desenlace es natural, pues al madurar el trigo sus espigas están por encima del lolio, que crece más lento, y se pueden segar sin que el dalle*1 corte una sola de las tóxicas; y después se puede rasar la mies, y arrojar la paja al fuego; en gavillas para poder mejor transportarla. La palabra griega “zizánion”, designa el “lolius temulentus” (que en Castilla llaman luello y en Cataluña también joyo) cuya harina es venenosa, se parece al trigo cuando chico, pero alcanza un metro al madurar; y por ende ahogaría al grano. Cuando estuve en Cataluña había escasez de pan (racionamiento) y de repente cundió la alarma de que los panaderos ponían “joyo” en la masa y causaban ataques nerviosos y hasta “paralís”; pues en todas partes cuecen habas y en mi tierra… usan “mejoradores”, alumbre y sulfato de cobre. El “joyo” se lo dan los gitanos a las caballerías exhaustas y caducas para hacerlas parecer nuevas al venderlas, pues les causa una excitación temporal da mamúa que al fin termina en desmayos y pataletas; por lo cual también le llaman “hierbamula”. No se puede hallar un símbolo mejor de la doctrina de los herejes y la acción de los Malos Pastores.

“El trigo son los Hijos del Reino, el luello son los Hijos del malo”. No nos engañemos: la cizaña o luello aquí designa los herejes, los malos pastores y los cristianos de letrerito, a la vez: así lo pronuncia santo Tomás, el “Doctor Communis” (Communis mas no vulgaris) rotundamente. Los comentadores vulgares (a veces demasiado vulgares) dicen que el Trigo son los católicos y el luello, las otras religiones; o bien los herejes. Es santulonería y tontuna. La parábola queda enteramente emasculada con esa exégesis, que es falsa. Cristo tronó contra los Malos Pastores y los Cristianos de Letrero mucho más aún que contra los Pseudoprofetas o herejes; y que después los extrajera de la Cizaña y los pusiera en el Trigo, es decir, entre los Hijos del Reino, es imposible. Eso sería identificar las almas por los cuerpos, por los letreros, sotanas o títulos jerárquicos con que se les honra y se honran entre ellos mismos; y Cristo trata aquí de la gracia santificante o sea la amistad con Dios, de que depende o el Cielo o el Infierno; no de sotanas o uniformes, que si hacen al monje, no hacen al santo. A los fariseos los llamó taxativamente “hijos del diablo” o sea “añamembuí”, como aquí a la mala semilla. El asesinato de Cristo, que es el nudo del drama de la Redención, lo perpetraron los Saduceos, que eran herejes y LOS FARISEOS que eran Malos Pastores, los cuales llevaron la voz cantante, y tuvieron el asunto en el puño.

No hay que admitir la exégesis santulona (buena quizá para otros tiempos), ni de la mano del autor de más autoridad. Aquí en estos comentarios míos hay muchas “primicias” (que Dios sea loado, pues de Él son) es decir, cosas que no están en ningún otro escritor, y son verdad. Eso no quiere decir que yo tenga más talento que los antiguos, sino que los tiempos cambian; y los que vivimos han cambiado con un paso y una decisión que espanta. “Nueva era”, dicen. Sí. Era de la Atómica… y del Luello maduro.

Esta parábola sola, hace trizas a la llamada “escuela escatológica”, la más vigente en la actual teología protestante, en su rama más radical (pues hay tres ramas), presidida hoy después de Weiss por Alberto Schweitzer, que es médico, toca el violín, escribe de teología y Escritura y ha hecho de misionero diletante en Africa. Schweitzer en su libro “La búsqueda del Jesús histórico” (edición alemana 1906) después de contradecir a su contemporáneo Wrede, dice en suma que Cristo creyó el Reino de Dios vendría por medio de un cataclismo que destrozaría el mundo entero y estaba ya a las puertas; que después vio que tardaba mucho y comenzó a pensar si no sería Él mismo el Rey Mesías; que discurrió que para conseguirlo tendría que sacrificarse; y que fue y descubrió su “Secreto” a la Sinagoga, y fue condenado… justamente, ¿por qué no? Que por tanto, su moral era “provisoria”, válida sólo para el breve lapso de la “Espera” del cataclismo; y su dogmática, otro tanto; y por eso son tan “exageradas”. Apoyándose en un disección que han hecho ellos del Evangelio de Marco (tres “estratos”, uno de los cuales es inventado y absurdo), Alberto el Suizo se despeña lógicamente en el escepticismo total, a la conclusión de que “del Cristo histórico nada cierto sabemos, ni el nombre, fuera de que predicó un Reino Esjatológico”. Otra de sus peregrinas afirmaciones es de que Cristo predicó solamente cuatro o cinco semanas, pues no es posible que la policía romana y la sinagoga soportaran por más tiempo a semejante energúmeno. Y este Alberto es jefe de una “iglesia protestante”, y “maestro de Cristianismo”. La conclusión del libro es una especie de deísmo refinado, ateísmo en el fondo: dice que hay que cumplir más o menos lo que Cristo mandó, y entonces Dios revelará en el fondo del corazón quién fue Cristo; cosa que hasta hoy nadie ha sabido.

Escribí esto porque los papeles de todo el mundo baten hoy parche a Alberto el Suizo, pintándonoslo como casi santo… o más que santo: premio Nobel y profeta de la Bondad. El ateísmo contemporáneo está interesado en hacer de él lo que llaman “una figura mundial”… como Mae West.

Digo pues que leyendo estas inepcias, que Cristo estaba alucinado por la idea de un cataclismo próximo; que Cristo no sabía determinar si era el Mesías o no; que no sabía lo que estaba fundando, en suma no sabía lo que hacía; que jamás soñó con fundar la Iglesia, que fueron san Pablo y otros; que no previó que el mundo podía durar todavía más de 40 años, etc., uno no puede menos de reírse, un poco cruelmente; porque éstos son desdichados. Cristo previó perfectamente los largos años de vida de la Iglesia, sus peripecias y desenvolvimiento, el lento crecimiento del árbol, su amenaza por la maleza, la larga paciencia de Dios y el lejano y definitivo final; y en consecuencia, la construyó cuidadosamente; proveyéndola de Jefe, de Jerarquía, de organización, de legislación, de principio fundamental, de judicatura, de remedio para sus enfermedades, de prevenciones para con sus enemigos y de consejos, que se revelaron infalibles, para todos sus miembros. Y eso lo hizo con la tranquilidad, la coherencia y la certeza del que está viendo desde aquí todo el mapa. Es un milagro por supuesto, es profecía. Ellos dicen que no pueden admitir ningún milagro, que donde hay un milagro hay que pasar el lápiz rojo sobre los Evangelios… El lápiz rojo va a pasar sobre el nombre déllos.

Maldonado concluye su breve e insípido comentario (en que se pone a atacar a Calvino y defender la Inquisición) con esta nota, que si él lo dice…: “Los siervos que se durmieron según todos los Santos Padres son los Obispos y demás eclesiásticos que deben velar (y se duermen algunos) por la mies del Paterfamilias; y aunque a algunos déllos no les hace gracia que esto se diga, ojalá que así como no les hace gracia, así no fuera verdad”. Atrevido el andaluz viejo.

De hecho, la edición española de Maldonado que manejamos ahora ha sido podada o cambiada por los Cinco Censores después de su muerte en muchísimas frases de “excesiva franqueza”; donde empero está la frase que copio. Felizmente, está en marcha hoy una edición crítica (Huby-Galdós) con el texto original del gran escriturista andaluz.

Parábola del Trigo y la Cizaña II

La peor tentación de los fieles y la peor objeción de los infieles es la existencia del mal en el mundo, y de la corrupción en la Iglesia de Cristo.

La existencia del dolor, el error y el pecado en el mundo milita contra la fundación divina de la Iglesia, la bondad divina infinita, e incluso la existencia de Dios.

La tentación se acerba cuando uno tiene el mal encima; y se vuelve suprema cuando su causa es la misma Iglesia. Cristo respondió a esa tentación con esta parábola; y el grito mudo de los mártires le hace eco a través de los siglos. San Atanasio, san Gregorio de Nacianzo, san Basilio fueron perseguidos (aparentemente) por la Iglesia misma; y así Bartolomé Carranza, Savonarola, santa Teresa, Juana de Arco, Jacinto Verdaguer, y otros.

Que Cristo se refirió al mal no sólo en el “mundo mundano” enfrente de la Iglesia (herejes) sino aun dentro de la Iglesia (Malos Pastores y malos fieles) es perspicuo en el texto mismo. Si alguna duda pudiera quedar, ahí está para roborarlo la parábola siguiente del Pescador. (Mt. XIII, 47). “Semejante es el Reino a una red echada al mar que recoge toda clase de peces”. En la ribera ya los pescadores sentados eligen y guardan los buenos, arrojan los malos. Sigue literalmente repetido el final de la parábola de la Cizaña, con la terrible mención de la fragua del fuego. En la elección de los Doce pescadores Cristo usó la metáfora del Pescador; y en dos parábolas en acción, las dos Pescas Milagrosas, designó indubitablemente la Iglesia. El mar es el mundo, la barca es la Iglesia, las redes traen peces buenos y malos, la ribera en tierra firme donde se hace el cernido, es la otra vida.

Una persona maliciosa, como suelen ser las mujeres, me dijo un día: “Usted le tiene rabia a Sarmiento porque se parece a Sarmiento”. Yo tomé de la biblioteca un libro de Sarmiento, todo chuceado de notas, y le mostré una dellas: “Mucho me temo de tener muchos defectos de Sarmiento; aunque no tantos que me lleven a la Presidencia de la República”. En la explicación de esta parábola me parece que todo el fondo sarmientino que hay en mí va a salir afuera.

Lo que quiero decir aquí es que además de la cizaña de las herejías, que hay tanta hoy que da miedo (qué cosa abyecta y triste se ha vuelto la vida argentina con un siglo de herejía liberal encima) hay cizaña dentro del templo: y da más miedo todavía. Siempre hubo; pero desde el Renacimiento acá la cizaña ha aumentado y se ha sutilizado. Puede que esa cizaña haya sido la causa del fracaso del gigantesco empeño de la España Grande para dominar la Protesta luterana. Pongo un ejemplo.

El proceso del Arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza (1559 a 1576) es el mejor ejemplo para nosotros de la cizaña dentro de la Iglesia; mejor que el de Juana de Arco: es un hombre de nuestra raza, es imperfecto y no santo, se mantiene firme en la fe y… el proceso no se falló, terminó en punta. Pero él se chupó los 18 años de cárcel. Lo largaron de vergüenza al ver que se moría: lo que sucedió poco después. Y los protestantes hicieron con él una ruidera fenomenal.

Legalmente no se sabe aún si el baturro Carranza fue culpable o inocente. El Dr. Gregorio Marañón prometió hace ya unos ocho años escribir un libro poniéndolo en claro. No lo ha escrito.

La culpa de Carranza, en el caso de haber culpa, fue haber escrito en su “Catecismo” (que fue aprobado por el Concilio de Trento) proposiciones de marcado sabor protestante y haber mantenido relaciones amistosas con algunos “protestantizantes” españoles; como Cazalla y el Conde de Seso; ítem más, algunos dichos desahogados, reportados por otros procesados más o menos de fiar, que unidos a lo arriba dicho, demostrarían que el fondo de su corazón era tenebrosamente luterano.

El que quería desentrañar el fondo de su corazón era el Gran Inquisidor Fernando de Valdés; que parece amaba mucho al Arzobispado de Toledo y poco al Arzobispo.

Quería el Arzobispado para un sobrino suyo.

El proceso de Carranza según Menéndez y Pelayo que dice que lo leyó (aunque algunos no lo creen) mide 18 pies y 11 pulgadas de alto. Consta de 20.000 fojas en folio la parte que se conserva en la Academia de la Historia de Madrid; pues la parte, mayor aún, que se conserva en Roma no ha sido medida.

Lo primero que ha de tener un historiador es sentido moral; de suerte que lo que precede a toda discusión sobre este proceso es que fue pura y simplemente una iniquidad.

Después vienen las circunstancias atenuantes de “las condiciones de la época” – “la mala línea que tomó la defensa” – “el mal genio del acusado”; y hasta “su culpabilidad” si se quiere.

Aunque Carranza hubiese sido netamente culpable de veleidades ideológicas hacia la herejía, el castigo es atrozmente desproporcionado, y el proceso sigue siendo una monstruosidad, de esas que hacen a uno avergonzarse hasta de la naturaleza humana.

Denme un hombre de corazón y entenderá lo que digo.

Pero si hubiese sido netamente culpable, se hubiera visto en seguida. Y no se hubiesen puesto de su parte teólogos insignes, hombres santos ni (mucho menos) el pueblo de Toledo y el de Roma. Dos Papas no hubiesen hecho conatos ineficaces para librarlo. De oficio hubiesen podido librarlo, naturalmente; pero prevaleció la “política”, y contemporizaron con Felipe II; la política, y también la confusión.

Pero si no fue hereje, aquí aparece el misterio del fariseísmo. Y si en el fondo fue perseguido por buscar y querer defender la verdad, mucho más todavía.

Vale más mala sentencia breve que proceso largo, decía mi tío el cura.

Humanamente hablando, Carranza hubiese ganado en confesar todo lo que decían, recibir condena y cumplir la pena impuesta, como hizo en caso análogo el Cardenal Petrucci; aunque esto no es seguro, porque la Inquisición Española no era la Inquisición Romana.

“Ego Petrus Mattheus Petruccius, filius quondam

Joannis Baptistae……………………………………

S.R.E. Cardenales……………………………………

Cognoscens et confitens me gráviter errasse

Propositiones quinquaginta quattuor falsas

Malesonantes, temerarias, scandalosas … etc, etc.”

Este era italiano y flexible; mas Carranza era español. Cada hombre tiene su destino. Y yo soy italiano acriollado, pero francamente creo que me hubiese portado como Carranza, si me acusan de hereje no siéndolo. Si me hacen confesar que la tierra era cuadrada, eso sí, hubiese confesado como Galileo. Pero si me acusan de haber matado a Mussolini y a Satanowsky, o de “haber ofendido al Papa” (cosa posible) y a mí me parece que no es verdad, me parece me tendrían 26 años procesado; como a ampanella, que también fue italiano.

Bien, Carranza ya murió. Antes de morir hizo una escena “de mal gusto”, postrándose ante el Santísimo Sacramento, y jurando por la salvación de su alma que nunca había defendido las proposiciones que le hicieron abjurar, en el sentido incriminado. Después de muerto le pusieron una lápida en Santa María Minerva, procurando sacar gloria de lo que no es sino vergüenza; la cual dice así; traducida del latín:

AQUÍ YACE BARTOLOMÉ CARRANZA

ILUSTRE POR SU LINAJE

VIDA DOCTRINA ELOCUENCIA Y LIMOSNAS

GRANDEMENTE HONRADO

POR EL EMPERADOR CARLOS V Y SU HIJO FELIPE II

VARÓN DE ÁNIMO

MODESTO EN LA PROSPERIDAD

Y RESIGNADO EN LAS TRIBULACIONES

Se me hace no sé por qué que Carranza no fue hereje, sino quizá el enemigo de la herejía más grande que hubo en aquel tiempo. No es bueno ser “demasiado” enemigo de la herejía. Eso conduce a otra herejía. Para probarlo, tendría que tener en mis manos el “Cathecismo” de Carranza. ¿Quién me lo regala? Está en la Biblioteca de Washington, y cuesta 25 “cents” por página fotografiada. La clave del proceso de Carranza está en su Catecismo, leído hoy día por un teólogo.

Fundadamente se puede defender que Carranza tenía “en el fondo de su corazón” el impulso heroico aunque prematuro del “doctor sacro”, el mismo de santo Tomás su maestro: liberar con la inteligencia el núcleo de verdad cautivo de la herejía protestante.

Ese es el modo más excelso, cristiano y eficaz de combatir la herejía.

Pero la Contrarreforma (que tenía dentro de su seno no pocos energúmenos) contaba con otro modo de combatir la herejía: voluntad, medios políticos (no censurables como complemento) y el empleo de la fuerza en último extremo.

El mismo Carranza se portó bastante energúmeno cuando fue Inquisidor de la Reina María Tudor de Inglaterra; y aun quizá por eso permitió Dios que él, que estuvo a las duras, estuviese después a las maduras: que conociese en carne propia la obra de la violencia en la defensa de la religión.

El fondo de verdad que había en la herejía luterana, exagerado y deformado lo que usted quiera, es el siguiente: el origen primero de nuestra salvación es la fe, el principio formal de nuestra salvación es la gracia, el elemento elevante y transfigurante de todas nuestras virtudes y buenas obras es la caridad sobrenatural. Fue solamente “tapadera”, si Ud. quiere: pero estaba. Dicho brevemente, con la frase de un filósofo moderno: “No somos buenos por hacer buenas obras, sino que hacemos buenas obras porque somos buenos”. El ser bueno (es decir, el estar ya “justificado”) es primero; y eso viene de Dios, no de nosotros.

La mayor parte de las 16 proposiciones de que hicieron abjurar al cansado y decrépito anciano antes de morir, se pueden reducir a esta verdad agustiniana y católica, haciendo a ellas menos fuerza en pro de Carranza (que es lo honesto) que no la fuerza hecha contra… que hace Menéndez Pelayo.

1°) Que todas las obras hechas sin caridad son pecados y ofensas de Dios. (En cierto sentido, lo defendió san Agustín).

2°) Que la fe es el primero y principal instrumento para la justificación (Correcto).

3°) Que por la justificación y méritos de Cristo el hombre se hace formalmente justo… (Correcto).

Estas proposiciones, aun separadas del contexto y puestas en seco, son simplemente verdades católicas, queriendo entenderlas bien; ahora, queriendo entender mal, hasta el Padre nuestro se puede convertir en criminoso.

Las proposiciones claramente luteranas, que Menéndez Pelayo da como evidencia del luteranismo de Carranza, no están en su “Cathecismo”, y son deposiciones de díceres de otros díceres, que no tienen autoridad para fallar en cosa tan grave… “que la fe sin las obras hasta para la salvación… “, etc. (Heter, Esp. tomo IV, cap. 8, pág. 70 del tomo V de Obr. Compl. edición 1928).

Y aun esas proposiciones, según como se entiendan, tienen defensa. Si por obras se entiende los actos meramente externos, a veces rutinarios si no supersticiosos o farisaicos, que abundaban como mala hierba en el siglo XVI, como hábitos, escapularios, bulas, fundaciones, procesiones, peregrinaciones, novenas milagrosas, et sic de caeteris es la pura verdad que sin estas obras, en las cuales escandalizaban los protestantes, puede existir la fe viva y salvífica.

Si por obras se entiende el cumplir los mandamientos, claro que eso es herejía despampanante y aun descarada impiedad. Pero eso absolutamente no era capaz de decir Carranza, el varón “pío, docto, humilde y misericordioso” del epitafio. En el “Interrogatorio de abonos” dice él cándidamente que “desde su niñez ha sido humilde y de buen parecer, lo que es contrario a las costumbres de los herejes; muy honesto, limpio y apartado de toda deshonestidad, muy templado en comer y beber”.

Menéndez Pelayo no era teólogo; y aun siendo historiador y gran historiador, sufre por momentos lapsus notables de memoria. Tenía un buen juicio, una inmensa erudición y una memoria genial; pero aun así tiene lapsus de memoria. Y no sabe mucha teología.

Menos mal que dice que la biografía de Carranza está por escribir y que él no desea escribirla. Hace bien. No es cosa de él. Dicho sea esto sin mengua del inmenso respeto que merece la obra menéndica (o “menendezpelayiana”, adjetivo risible inventado por Laín Entralgo); pero sin mengua de la libertad intelectual que el gran polígrafo reclamó y quiso; del cual dependo yo, incluso en esta discrepancia con él.

Pero antes de la biografía hay que hacer un drama. El drama está ya casi hecho, dado por las dramáticas vicisitudes del proceso. Los poetas en estos casos ven más y mejor que los historiadores.

Carranza fue un gran teólogo, de corazón sensible y quijotesco, emborrachado con el “ideal imperial” de la España del XVI, ideal que los españoles propenden a identificar demasiado con el ideal mismo de la fe en Cristo. Y no. Una cosa es el patriotismo, otra cosa es la santidad. Parecería que en España hay una proclividad a emparejar a España con el Evangelio. Me pregunto si no habrá sido esa infatuación la causa última de la rápida decadencia de España después de Felipe III; o de su “derrota” más bien, pues “decadencia” quizás no es exacto.

Carranza fue una víctima de la Inquisición. ¿Qué le vamos a hacer? Es así.

Después de reconocerlo lealmente, se puede intentar cualquier defensa de la Inquisición.

Así lo hace Balmes. Todas las instituciones políticas humanas han hecho víctimas.

Las numerosas e ingeniosas defensas de la Inquisición prueban con evidencia todas una misma cosa: y es que la Inquisición necesita defensa.

En la Inquisición la fe servía al Estado más que el Estado a la fe. Por lo menos en este caso. Felipe II es responsable principal del vergonzoso caso de Carranza, en el cual la fe no ganó nada, a no ser la fe de Carranza.

Por la violencia no se puede persuadir a nadie que la Iglesia es santa, ni al que la padece ni al que la ve padecer. A lo más se puede conseguir que se queden quietos, y después quizá que presten oído a razones algunos tipos extremadamente endurecidos, criminalmente inquietos y socialmente peligrosos. Eso es todo. Es lo que concedió san Agustín, que se opuso al castigo de los Donatistas mientras éstos no comenzaron a cometer verdaderos crímenes. “Mientras se pueda, no hay que castigar a los herejes. Si perturban y el Príncipe los reprime, no es asunto nuestro pastoral”.

Balmes y Menéndez Pelayo defienden a la Inquisición con las “circunstancias de la época” y con que España necesitaba de eso absolutamente para su incolumidad en aquel tiempo. Bien, ellos son españoles y más saben ellos en su casa que yo en la de ellos y en cualquiera -incluso en la mía- que no es mía. Bien, pero esto es “historicismo”; y ahora andan reprochando el “historicismo ” de Ortega, porque dicen conduce al escepticismo ético. Bien, pongamos que éste es historicismo bueno; y el de Ortega malo.

Lo que yo sé es que Menéndez Pelayo despacha demasiado fríamente una evidente y monstruosa inhumanidad; y encima echa la culpa de ella al sacrificado, diciendo que hizo bien Felipe II, hizo bien Fernando de Valdés. Y cuando él sufrió en sí mismo una mínima injusticia, algunos años después, chilló como un chanchito y se le vino el cielo abajo. “Mi corazón está lleno de amargura” -escribía…

No lo habían elegido Presidente de la Academia y en vez habían votado por Alejandro Pidal, que ciertamente tenía más condiciones “políticas” que él para el cargo.

¡Las circunstancias de la época! ¡Cállate! Aquí no se trata de deshacer a un hombre en una tortura lenta cuerpo y alma, como en el caso de Carranza. Solamente no te han dado un honor que… merecías. ¿O no?

Juzgamos los hombres todos

Juzgamos y aconsejamos

Cuando no nos toca, duro,

Y cuando nos toca, blando.

Como ven, me he metido a abogado defensor, de Carranza: la sentencia no se ha dado aún. “¡Cuánta pasión hubo en los actores déste drama”! -dice Menéndez Pelayo. Sí, sobre todo en los jueces. El juicio verdadero no ha sido dado aún.

El mal existe en el mundo, todo el mal, físico y moral, por la “siembra del diablo”, el pecado. Hay tres cosas: el bien puro, que lo hace Dios, como la gracia; el mal puro que lo hace el hombre, el pecado; y otro bien no puro, con mezcla de mal, rebotado y complejo, como el dolor aceptado o la pasión de Cristo: una rectificación del mal con el bien en otro plano superior. Esto es lo único que hay en el mundo, hasta la “Siega”; y el dolor aceptado es más BIEN en este mundo que el placer aun agradecido.

P. Leonardo Castellani, Las Parábolas de Cristo Ediciones Jauja Mendoza 1994 pp.138-152

___________________________________________
*1- Dalle: guadaña (DRAE)

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

DIFERENCIA ENTRE LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR Y LA DE LA CIZAÑA

1.                         ¿Qué diferencia hay entre ésta y la anterior parábola? En la parábola del sembrador habla el Señor de quienes no le atendieron siquiera, sino que se apartaron de Él y rechazaron su semilla; aquí, en cambio, se refiere a los herejes y a sus artificios. Porque, como no quería que tampoco esto turbara a sus discípulos, después de explicarles por qué hablaba al pueblo en parábolas, les predice también el advenimiento de los herejes. La primera parábola significa que a Él no le recibieron; ésta nos dice que recibieron a corruptores. A la verdad, traza suele ser del diablo mezclar siempre el error a la verdad, coloreándolo muy bien con apariencia de ella a fin de engañar fácilmente a los ingenuos. De ahí que el Señor no habla de otra semilla, sino que la llama cizaña, pues ésta, a primera vista, se asemeja al trigo. Seguidamente explica la manera como procede el diablo en su asechanza: Mientras sus hombres dormían—dice—. No es pequeño el peligro que aquí amenaza a los superiores, a quie­nes está encomendada la guarda del campo; y no sólo a los superiores, sino también a los súbditos. Y da a entender el Señor que el error viene después de la verdad, cosa que com­o prueban los hechos mismos. Después de los profetas vinieron los falsos profetas; después de los apóstoles, los falsos apósto­les, y después de Cristo, el anticristo. Y es que el diablo, si no ve algo que imitar ni a quienes tender sus lazos, ni lo intenta ni lo sabe. Así, entonces, como vio que parte de la semilla había dado ciento por uno, parte sesenta y parte treinta, él se echa por otro camino. Ya que no había podido arrancar lo que había echado raíces, ni ahogarlo ni quemarlo, tiende sus ase­chanzas por medio de otra trampa, que es sembrar su propia semilla. —Y ¿qué diferencia va—me dirás—entre los que aquí duermen y en la parábola del sembrador se asemejan al camino? —La diferencia está aquí en que allí arrebató la semilla inmediatamente, pero aquí necesitó de más artificio. Como quiera, al hablarnos así Cristo, lo que pretende es enseñarnos que estemos siempre vigilantes. Porque, aun cuando logres—dice—escapar a los daños que puede allí sufrir la semilla, todavía quedan otros. Y es así que como en la otra parábola se perdió la semilla por el camino, o por la roca, o por las espinas, así aquí puede perderse por el sueño. De suerte que es menester vigilar con­tinuamente. Por eso dijo también: El que perseverare hasta el fin, ése se salvará*1.

LA CIZAÑA REPRESENTA A LOS HEREJES

      Algo así sucedió también a los comienzos de la Iglesia. Por­que muchos prelados, introduciendo en las iglesias hombres per­versos, heresiarcas solapados, facilitaron enormemente estas in­sidias del diablo, pues una vez plantados estos hombres en medio de los fieles, poco trabajo le queda ya al diablo. —Y ¿cómo es posible no dormir? —me dirás—. —En cuanto al sueño natural, no es posible; pero, en cuanto al de la voluntad, sí lo es. De ahí que también Pablo nos diga: Vigilad, manteneos fir­mes en la fe*2. También nos da a entender el Señor que la obra del diablo sobre el campo del padre de familia, no sólo es da­ñosa, sino superflua, pues el diablo va a sembrar encima des­pués que el campo está perfectamente cultivado y no necesita ya de nada más. Exactamente como hacen los herejes, que, `sólo por vanagloria y no por otro algún motivo, derraman su veneno. Y no sólo por ahí, sino también por lo que sigue, des­cribe muy puntualmente el Señor toda la comedia que el diablo representa: Porque cuando brotó—dice—la hierba y echó grano, entonces apareció también la cizaña. Que es lo que hacen también los herejes. Al principio, en efecto, se ocultan entre las sombras; pero apenas cobran ellos confianza y hay quien les permita hablar, entonces es cuando derraman su veneno. Mas ¿por qué motivo introduce el Señor a los criados que van a contarle al amo lo sucedido? Para decirles que no hay que ma­tarlos. Ahora bien, llama al diablo hombre enemigo por el daño que hace a los hombres. El daño, ciertamente, es para nosotros; pero el principio de donde procede no tanto es el odio que a nosotros nos tiene, cuanto el que siente contra Dios. De donde se sigue evidentemente que Dios nos ama más que nosotros a nosotros mismos. Pero mirad, por otra parte, la malicia del diablo. No se fue a sembrar antes en el campo, pues no había nada que echar a perder; cuando todas las labores estaban ya completas, entonces es cuando él va a dañar todo el trabajo y afán del labrador. Tan íntima enemistad contra éste le movía a hacerlo todo. Pero mirad también la solicitud de los criados; pues, por ellos, inmediatamente hubieran ido a arrancar la ci­zaña, siquiera en esto no obraran discretamente. Lo que de­muestra su cuidado por la siembra y que sólo miraban una cosa: no que se castigara al enemigo, sino que no se perdiera lo sembrado, pues el castigo del otro no era tan urgente. De ahí que, por de pronto, lo que miran es la manera de extirpar aquella maleza. Y aun esto no lo buscan al tuntún, pues no se arrogan a sí mismos ese derecho, sino que esperan la orden del amo, a quien le dicen: ¿Quieres que vayamos? ¿Qué hace, pues, el amo? El amo se lo prohíbe diciendo: No, no sea que juntamente con la cizaña arranquéis el trigo. Al hablar así, el Señor prohíbe que haya guerras, derramamientos de sangre y matan­zas. Porque no se debe matar al hereje; pues sería como desen­cadenar una guerra sin cuartel sobre la tierra entera.

EL SEÑOR SE RESERVA EL CASTIGO DE LOS HEREJES

         2. Por dos razones, pues, retiene el amo a sus criados: primera, para evitar que dañen al trigo; segunda, porque el castigo ha de alcanzar irremediablemente a los que sufren de esa enfermedad incurable. De suerte que, si queréis que sean cas­tigados, y lo sean sin daño del trigo, esperad al tiempo con­veniente. Lo de: No sea que arranquéis juntamente el trigo con la cizaña, quiere decir una de estas dos cosas: o que de mover armas y matar a los herejes, habría por fuerza que envolver también en la matanza a muchos de los santos, o, que es pro­bable que muchos, de los que de momento son cizaña se conviertan todavía en trigo. Si, pues, la arrancáis antes de tiempo, dañáis a los que podían convertirse en trigo, matando a quienes todavía cabe que se conviertan y se hagan mejores. No prohíbe, pues, el Señor que se reprima a los herejes, que se los reduzca a silencio, que se corte su libertad de palabra, y no se les con­sienta reunirse y confabularse entre sí; pero sí que se los mate y pase a cuchillo. Más considerad también la mansedumbre del Señor, que no solo afirma y manda, sino que da también razones. ¿Qué tiene que ver que la cizaña permanezca en el campo hasta el fin? Entonces diré a los segadores: Recoged prime­ro la cizaña y atadla en fajos, para pegarle fuego. Nuevamente les trae a la memoria las palabras de Juan cuando éste le pre­sentaba como juez y dice: “Mientras los herejes estén junto al trigo hay que perdonarlos, pues cabe aún que se conviertan en trigo; más una vez que hayan salido de este mundo sin prove­cho alguno de tal proximidad, entonces necesariamente les alcanzará el castigo inexorable. Porque entonces—dice—diré a los segadores: Recoged primero la cizaña. ¿Por qué primero? Porque no teman mis criados, como si con la cizalla hubieran de llevarse también el trigo. Y atadla en fajos para pegarle fuego; más el trigo, recogedlo en el granero.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), homilía 46, 1-2, BAC Madrid 1956, 3-8

___________________________________________
*1- Mt  10, 22
*2- 1 Co 16, 13

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La parábola del trigo y la cizaña

(Mt 13,24-43)

            Introducción

            El domingo pasado comenzamos a leer las parábolas de Cristo y leímos en primer lugar, la parábola del sembrador. Esta parábola quiere expresar que cada alma individual se define en relación al Verbo, es decir, en relación a la aceptación o rechazo de Jesucristo.

            Hoy leemos la parábola del trigo y la cizaña que expresa la misma realidad que la del sembrador pero no ya en el ámbito individual sino en el ámbito social. El terreno en la parábola del sembrador es el alma individual.  El terreno en la parábola del trigo y la cizaña es la sociedad.

            Hay en esta parábola del trigo y la cizaña, además, un cambio notable en la significación de la semilla de trigo. En la parábola del sembrador la semilla de trigo es la Palabra de Dios. En la parábola del trigo y la cizaña la semilla de trigo son hombres, los hijos del Reino. Y la semilla de cizaña son también hombres, los hijos del Maligno.

         San Juan Crisóstomo y Santo Tomás de Aquino ven una continuidad entre la parábola del sembrador y la parábola del trigo y la cizaña. San Juan Crisóstomo parte de la palabra griega del original que dice que el Maligno ‘sobresembró’ (epí-speíro) cizaña en el campo de trigo. Entonces dice el Crisóstomo: “El diablo, como vio que parte de la semilla había dado ciento por uno, parte sesenta y parte treinta, él se echa por otro camino. Ya que no había podido arrancar lo que había echado raíces, ni ahogarlo ni quemarlo, tiende sus asechanzas por medio de otra trampa, que es sembrar su propia semilla”*1.

         En esta continuidad entre una parábola y otra, Santo Tomás de Aquino descubre la esencia del significado de la parábola del trigo y la cizaña. Dice el Aquinate: “Jesús puso antes una parábola en la cual se mostraba el impedimento que procede del exterior (ab extrinseco) contra la doctrina evangélica. Ahora Jesús pone otra parábola, en la cual se muestra el impedimento que procede del interior (ab intrinseco) para que la doctrina evangélica sea escuchada”*2. Ab extrinseco: en la parábola del sembrador el diablo actúa desde el exterior, desde el mundo pagano, podríamos decir. En efecto, los tres impedimentos u obstáculos para que la Palabra crezca y dé frutos son vicios que provienen del mundo malo, del paganismo. Primer terreno: el desinterés por las cosas de Dios; segundo terreno: el ser proskairós (= temporal), interés por las solas cosas del tiempo, sin relación a la eternidad; tercer terreno: las preocupaciones de la vida y la seducción del dinero. A pesar de eso, hay un terreno que tiene mucho subiectum y da fruto: 30 x 1, 60 x 1, 100 x 1. El diablo, envidioso, vio que, a pesar de su acción desde el mundo pagano, lo mismo hubo un terreno que dio mucho fruto. Entonces, decide actuar desde dentro del terreno bueno y que da fruto, es decir, ab intrínseco, desde dentro de la Iglesia. ¿Cómo lo hace? Tratando de impedir desde adentro de la Iglesia que se escuche la doctrina evangélica.

         Éste es el tema fundamental de la parábola de hoy: el mal que hay dentro de esa sociedad sobrenatural y salvífica que es la Iglesia Católica, la única Iglesia de Cristo.

         1. El significado del terreno donde se siembra trigo y cizaña

            El texto del evangelio confirma lo que dicen San Juan Crisóstomo y Santo Tomás de Aquino: el campo es la Iglesia. En efecto, la parábola comienza diciendo: “El Reino de los cielos es como…” Por Reino de los cielos se entiende la Iglesia Católica. Cuando Jesucristo explica la parábola dice que el campo es el mundo (ho kósmos). Sin embargo, se trata de una parte del mundo bien delimitada: el Reino de los Cielos. Se refiere a la Iglesia Católica, lo cual no quiere decir que no se pueda aplicar también al mundo en general. Pero se refiere, en primer lugar, a la Iglesia.

            Además, el nombre que Jesús da al dueño del campo es oikodespótes, que San Jerónimo traduce como pater familiae. Este nombre de oikodespótes y pater familiae se lo aplica Jesús a sí mismo una vez, en Mt 10,25: “Si al oikodespótes le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!” Respecto a esto dice Trilling: “Se nota más claramente a quién se alude, cuando se habla del padre de familia (13,27). El vocablo es característico de san Mateo y se emplea con frecuencia de tal modo que el oyente haya de pensar en Dios o en Jesús, el padre de la familia de los discípulos (Cf. 10,25; 20,1.11; 21.33)” *3.  Por lo tanto, se trata de la familia de Jesús, es decir, de la Iglesia Católica.

            Además, esta parábola del trigo y la cizaña, como bien dice Trilling, forma un binomio con la parábola que sigue, la parábola de la red que se arroja al mar*4. Esa red es, sin duda, la Iglesia Católica, en la cual hay peces buenos y malos, y es necesario clasificarlos para tirar a los malos. El P. Castellani corrobora esto: “Que Cristo se refirió en la parábola del trigo y la cizaña al mal no sólo en el ‘mundo mundano’ enfrente de la Iglesia (herejes) sino aun dentro de la Iglesia (Malos Pastores y malos fieles) es perspicuo*5 en el texto mismo. Si alguna duda pudiera quedar, ahí está para roborarlo la parábola siguiente del Pescador (Mt 13,47)”*6.

            El trigo en esta parábola, como decíamos, son hombres buenos que Jesús sembró en su campo que es la Iglesia, y que dieron mucho fruto. Se refiere especialmente a los Apóstoles*7, pero no solamente a ellos sino a todo apóstol que dio fruto.

            La cizaña son hombres malos que el diablo sembró en la Iglesia Católica. El demonio planta hombres en la Iglesia cuando, a través de sus sugestiones, instigaciones e incitaciones, seduce y persuade a dichos hombres para que, sin salir de la Iglesia, combatan la doctrina del Evangelio desde dentro de la Iglesia, luchen contra ella desde adentro y la desacrediten con sus pecados y sus crímenes.

Santo Tomás de Aquino es clarísimo cuando explica qué significa la cizaña en esta parábola: “¿Qué se significa por ‘cizaña’? Los hijos viciosos, y todos los que aman la iniquidad, especialmente los heréticos. Tres son los géneros de malos: los perversos católicos, los cismáticos y los herejes”*8. La palabra nequam, que tradujimos por ‘viciosos’, significa, además, ‘desvergonzado’, ‘que nada vale’, ‘malo’, ‘inútil’*9. Y la palabra pravi, que tradujimos por ‘perversos’, significa, además, ‘depravado’, ‘ciego’, ‘insensato’.

            El mismo Cristo, al explicar la parábola, aclara que cizaña son los hombres que comenten pecados que son escándalos, y los que obran la iniquidad (Mt 13,41). La palabra griega skándalon “significaba originalmente el nombre de la parte de una trampa en la que se pone el cebo; de ahí es que signifique también el mismo lazo o trampa”*10. Por lo tanto, escándalo es el pecado que, por su gran gravedad, hace caer en pecado también a los demás. Jesús advierte que dentro de la Iglesia Católica habrá escándalos.

            Ahora bien, ¿cuál es el peor de los escándalos y la peor de las obras de iniquidad? Lo acabamos de escuchar de boca de Santo Tomás: “Tria sunt genera malorum: pravi Catholici, schismatici et haeretici, specialiter haeretici”*11. ‘Especialmente los herejes’: el peor mal y el peor escándalo dentro de la Iglesia es aquel que corrompe el contenido de la revelación divina y desfigura el conocimiento verdadero de Jesucristo, el Verbo Encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, perfecto Dios y perfecto hombre. Y es el peor escándalo porque es el que aleja de la manera más eficaz a los hombres de la salvación. Sin una fe recta es imposible salvarse e, incluso, es imposible orientarse hacia la salvación.

            Jesucristo es el primero en afirmar que el principal escándalo es aquel que corrompe la verdadera fe en Él. El texto que sigue de San Mateo, capítulo 18 se refiere, en primer a la fe en Cristo, a los pequeños que creen en Él: “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!” (Mt 18,6-7). Respecto a esto dice Trilling: “En san Mateo se habla con frecuencia de los escándalos y de los que los provocan. (…). El escándalo afecta siempre a la totalidad de la persona y principalmente a la fe. El que se escandaliza, pierde la fe, se aleja de Dios y de su llamamiento”*12.

            Si bien el escándalo se refiere principalmente a la corrupción de la verdadera fe, no se refiere solamente a eso. Se refiere también a aquellos pecados que, por su gravedad, conmocionan al católico y lo hacen alejarse de la verdadera fe y de la comunión con la Iglesia. Es el caso de los pecados públicos de algunos sacerdotes relativos al sexto mandamiento y al incumplimiento de su promesa de celibato o su voto de castidad, incluso con menores de edad o niños.

            Escándalo y obra de iniquidad dentro de la Iglesia es también la persecución que la misma jerarquía ha realizado a personas santas. Así, por ejemplo, a San Pío de Pietrelcina. El padre dominico Paolo Philippe, que poco después sería nombrado Cardenal y consultor del Santo Oficio, fue delegado para que hiciera una visita apostólica al P. Pío de Pietrelcina para investigar las acusaciones en su contra. Esta visita apostólica, hecha en febrero de 1961, duró sólo un día. Su informe, elevado a la Santa Sede, entre otras cosas decía: “El padre Pío (…) es un hombre muy astuto y obstinado, un agricultor astuto que camina por sus caminos sin enfrentar a sus Superiores de frente, pero sin ninguna voluntad de cambiar. Él no es ni puede ser un santo (…) y ni siquiera un sacerdote digno. El padre Pío ha pasado insensiblemente de manifestaciones menores de afecto a actos cada vez más graves, hasta el acto carnal. Y ahora, después de tantos años de vida sacrílega, quizás no se da cuenta de la gravedad del mal. Esta es la historia de todos los místicos falsos que han caído en el erotismo”*13. San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.

            La razón fundamental por la cual Jesucristo narró la parábola del trigo y la cizaña es la de advertir a los católicos de todos los tiempos que no deben escandalizarse, es decir, no deben vacilar en su fe ni mucho menos dudar de la santidad de la Iglesia por el hecho de que dentro de la Iglesia haya cizaña de la calaña que acabamos de describir. Jesucristo lo previó y lo avisó.

            San Juan, en su primera carta, reconoce, sin alterarse ni angustiarse, que en la primera comunidad cristiana había cizaña: “Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido (…). Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros” (1Jn 2,18-19).

            Y Santo Tomás, citando a San Agustín, dice: “Ninguna sociedad es tan buena que no haya algún malvado; incluso en la sociedad de los Apóstoles uno fue malo, es decir, Judas Iscariote”*14.

            2. ¿Quiénes son los que duermen?

El enemigo del pater familiae sembró cizaña, dice el evangelio textualmente, ‘mientras los hombres dormían’ (en tô katheúdein toùs anthrópous). ¿Tienen estos hombres alguna culpa en la siembra de la cizaña por parte del enemigo? A primera vista, pareciera que no, dado que no hay por qué custodiar un sembrado de trigo cuando todavía no tiene frutos. Ahora bien, si ellos sabían que había un enemigo de quien conocían su gran maldad y sabían que odiaba al pater familiae, ¿no debieron haber previsto la posibilidad de un sabotaje? La opinión de los Santos Padres es que sí debieron haberlo previsto y que hubo negligencia por parte de esos hombres que, dice Cristo, dormían. ¿Quiénes son concretamente, dentro de la Iglesia, estos hombres? Dice San Juan Crisóstomo: “No es pequeño el peligro que aquí amenaza a los superiores, a quienes está encomendada la guarda del campo. (…) Porque muchos prelados, introduciendo en las iglesias hombres perversos, heresiarcas solapados, facilitaron enormemente estas insidias del diablo, pues una vez plantados estos hombres en medio de los fieles, poco trabajo le queda ya al diablo”*15.

Y Santo Tomás dice: “En cuanto a la frase ‘mientras los hombres dormían’ hay que considerar la ocasión de la malicia producida. Y aquí la ocasión es doble: una por parte de los guardianes y la otra por parte del que sembró la cizaña. En cuanto a los guardianes, debe entenderse de los jefes del género humano que, puestos para custodiar, dormían”*16.

El P. Castellani, citando a Maldonado, dice: “Maldonado concluye su breve e insípido comentario (en que se pone a atacar a Calvino y defender la Inquisición) con esta nota, que si él lo dice…: ‘Los siervos que se durmieron según todos los Santos Padres son los Obispos y demás eclesiásticos que deben velar (y se duermen algunos) por la mies del Paterfamilias; y aunque a algunos déllos no les hace gracia que esto se diga, ojalá que así como no les hace gracia, así no fuera verdad’. Atrevido el andaluz viejo”*17.

En unión con el punto anterior, la conclusión es que, si los guardianes no se durmieran, mucha de la cizaña que hay en la Iglesia Católica no existiría. Es decir, no existirían muchos de los errores en la fe que hoy existen, no existirían muchos de los escándalos que hoy existen y no existirían muchas de las obras de iniquidad que hoy existen.

Baste como muestra muy elocuente lo que el P. Julio Meinvielle escribe en el capítulo VII de su libro “La Iglesia y el mundo moderno”*18. Bastará simplemente transcribir el título y los subtítulos de dicho capítulo. El título del capítulo es: “La Revolución anticristiana dentro de la Iglesia”. Y los subtítulos son: “La penetración de la Contra-Iglesia dentro de la Iglesia, en el plano superficial de las obras y publicidad católicas”. “La penetración de la Contra-Iglesia dentro de la Iglesia, en el plano más hondo del pensamiento católico”. “La penetración de la Contra-Iglesia, en el plano profundo de las sociedades secretas e iniciáticas”. “Envolver a la Iglesia en la edificación de la Civilización de Satán”. Cesen aquí las palabras.

3. ¿Por qué esperar hasta el fin del mundo para arrancar la cizaña?

Ya era brava la cuestión de determinar que el campo del que habla Jesucristo en esta parábola es la Iglesia. Brava también era la cuestión de determinar quiénes eran los que dormían. Y brava como las otras dos es la cuestión de determinar qué significa que el pater familiae, es decir, Jesús no quiere que sus domésticos arranquen la cizaña hasta el fin del mundo.

Veamos primero que es lo que no significa. En primer lugar, el hecho de que Jesús no quiere que se arranquen a los hombres que hacen escándalos y obras de iniquidad sino recién hasta el fin del mundo no quiere decir que la Iglesia no deba castigar a quienes cometan tales actos, sin olvidar que el peor escándalo es corromper y adulterar la revelación divina arruinando la fe de los pequeños. La mejor demostración que la Iglesia nunca entendió que el esperar hasta el fin del mundo no significa no castigar al culpable es el Código de Derecho Canónico, al cual queda sujeto todo bautizado ipso facto en el Bautismo. Dicho Código tiene 1752 cánones, de los cuales 441 están consagrados a las sanciones que la Iglesia impone (Libro VI) y a los procesos por los delitos cometidos (Libro VII). Es decir que el 25 % del Código de Derecho Canónico está consagrado a normar los castigos que reciben los que cometen delitos dentro de la Iglesia.

Son muchos y variados los castigos que la Iglesia impone, pero el castigo más grave previsto por la Iglesia es la excomunión, que consiste en la expulsión de la Iglesia Católica. Esta expulsión es gravísima pues lo deja fuera de la comunión con la sociedad sobrenatural y salvífica, dentro de la cual se da la salvación. La excomunión está prevista, en primer lugar, para el apóstata, el hereje o el cismático (canon 1364), en consonancia con lo que decía Santo Tomás: “La cizaña se refiere especialmente a los herejes”. Pero también para: el que profana la Eucaristía (canon 1367), el que trata de absolver en la confesión a una persona que ha sido cómplice del pecado que quiere absolver (canon 1378), por consagrar a un Obispo sin mandato del Sumo Pontífice (canon 1382), por violar el sigilo sacramental de lo escuchado en confesión (canon 1388), por realizar un aborto (canon 1398).

La Iglesia ha extirpado claramente la cizaña muchas veces a lo largo de la historia. A comienzos del siglo IV, Arrio arrastró casi a toda la cristiandad a creer que Jesús era un puro hombre. El Concilio de Nicea, en el 325, condenó su doctrina y purificó la fe. En el siglo siguiente Nestorio decía que no había unión entre la persona divina del Verbo y la naturaleza humana de Cristo, poniendo dos personas: una divina y otra humana, destruyendo de esa manera la Encarnación. El Concilio de Éfeso (año 431) lo condenó y pacificó la Iglesia. Pocos años después, Eutiques negaba que Jesucristo fuera verdadero hombre y afirmaba una sola naturaleza en Cristo, la divina (monofisismo). El Concilio de Calcedonia (año 451) lo condenó y aseguró la verdadera fe.

En el siglo XVI Lutero borró a la Iglesia del contenido de la revelación divina. El Concilio de Trento, en ese mismo siglo, sentó las bases para una nueva cristiandad condenando clara y rigurosamente todas las tesis heréticas de Lutero.

Y ya más cerca de nosotros, la pestilencial herejía del modernismo o progresismo, que adultera las palabas del Credo, fue condenada por San Pio X a comienzos del siglo XX, con su famosa encíclica Pascendi.

Veamos ahora lo que sí significa que no debe arrancarse la cizaña hasta el fin del mundo. En primer lugar, significa que no debe usarse la fuerza para que los hombres acepten la fe. La fe es un don de Dios, una gracia que se adquiere a través de la colaboración humana del predicador. La fe nace de ‘la necedad de la predicación’ (1Cor 1,21) y del ejemplo que arrastra; de las obras del cristiano que lo convierten en luz del mundo (Mt 5,14). La fe entra por el oído y no por la espalda rasgada por el látigo. Dios quiere la aceptación de su revelación y de su persona al modo que una novia acepta a su enamorado. “Yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16). No se puede obligar a amar a nadie.

En segundo lugar, las palabras que Jesús dice hoy: “No recojáis la cizaña, no sea que junto con la cizaña arranquéis también el trigo” (Mt 13,29), suenan así: “¡Mucho cuidado con confundir el trigo con la cizaña y la cizaña con el trigo!”. En criollo sería: “¡Ojo al piojo! No confundir pato con ganso ni poroto con garbanzo; ni tampoco confundir gordura con hinchazón”. Por lo tanto, son una invitación a un ejercicio prudente del discernimiento.

Si no hay evidencias de que se trata de cizaña que debe ser expulsada de la Iglesia, lo mejor es no juzgar. Si lo que parece trigo finalmente no es trigo sino cizaña, se verá al fin del mundo y su destino será la condenación eterna. Por eso decía San Pablo: “No juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. El iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda” (1Cor 4,5).

Por esta razón hay que tener mucho cuidado con repetir desconsideradamente lo que dicen los medios de comunicación social, tanto los medios audiovisuales (televisión, radio, internet, etc.) como los impresos (diarios, revistas, libros, etc.). Los mass-media, hablando en general, se comportan como enemigos de la Iglesia y fomentan el discernimiento al revés acerca del trigo y la cizaña. Hacen todo lo que está a su alcance para que lo que es trigo dentro de la Iglesia sea tenido por cizaña, y lo que es cizaña sea tenido por trigo. No se trata de negar que hay cizaña dentro de la Iglesia; de lo que se trata es de no llamar cizaña a lo que es trigo, y trigo a lo que es cizaña.

Podemos tomar un ejemplo de un hecho actualísimo y muy conocido para explicar un aspecto de esa realidad que Jesús nos presenta hoy. Se trata de las acusaciones de abuso sexual hechas al Cardenal australiano George Pell, número 3 del Vaticano. La Santa Sede emitió un comunicado sobre estas acusaciones, que, entre otras cosas, dice: “La Santa Sede ha recibido con desagrado la noticia del envío a juicio en Australia del Card. George Pell por imputaciones referidas a hechos ocurridos hace varias décadas. (…) El Santo Padre, que ha podido apreciar la honestidad del Cardenal Pell durante los tres años de trabajo en la Curia Romana, le está agradecido por su colaboración y, en particular, por su enérgico empeño a favor de las reformas en el sector económico y administrativo y por su activa participación en el Consejo de los Cardenales (C9)”*19.

Un periodista y sacerdote canadiense dice respecto a esto: “La Real Comisión sobre Abusos Sexuales de Australia no ha mantenido en secreto su intención de aprovecharse del sufrimiento causado por los pecados del clero católico para desacreditar fatalmente el testimonio público de la Iglesia Católica. Debido a que el Card. Pell se negó a cooperar en la marginalización de la Iglesia, se convirtió en el blanco de una campaña nefasta, que ha llenado de vergüenza a los mismos australianos”*20. Esta frase tiene un equilibrio admirable. En primer lugar, no niega los pecados del clero católico. En segundo lugar, no niega el sufrimiento causado en muchas personas por los pecados del clero católico. En tercer lugar, denuncia la malicia de los mass-media que buscan aprovecharse del sufrimiento de las personas dañadas por el pecado del clero católico para ensuciar el trigo, para hacer creer que el trigo es cizaña.

Sin duda, los mass-media, hablando en general, buscan que el evangelio no sea predicado y buscan que la Iglesia quede al margen de la vida social y pública. Y para eso presionan a los verdaderos apóstoles para que cooperen con su ‘dañada intención’*21. Y si no cooperan, los ensucian y los acusan de ser cizaña. El evangelio de hoy es actualísimo porque advierte a todo católico cómo debe leer y escuchar a los enemigos de la Iglesia para no dejarse engañar y no hacer un discernimiento al revés, “no sea que al recoger la cizaña arranquéis, junto con la cizaña, también el trigo”.

El Catecismo de la Iglesia Católica denuncia con gran claridad y valentía esta tiranía de los mass-media: “La moral denuncia la plaga de los estados totalitarios que falsifican sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los mass-media un dominio político de la opinión, manipulan a los acusados y a los testigos en los procesos públicos y tratan de asegurar su tiranía yugulando y reprimiendo todo lo que consideran ‘delitos de opinión’” (CEC, 2499). Dicho Catecismo habla de los medios de comunicación social en el artículo dedicado al octavo mandamiento: “No mentir”. Y pone toda su exposición acerca de los mass-media bajo este sugestivo título: “El respeto de la verdad”. Y la primera frase de este apartado del Catecismo de la Iglesia Católica es la siguiente: “El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional” (CEC, 2488).

De esta advertencia se sigue también una actitud de alegría y esperanza hacia la Iglesia Católica: es mucho mayor el trigo que la cizaña. El discernimiento debe ser exacto y la percepción de la realidad debe ser precisa. El hombre que escribe un libro acerca del ruido que hace un árbol al caer, debiera escribir también una enciclopedia de varios tomos acerca del silencio del bosque al crecer. El hombre que se escandaliza por la cizaña en medio del trigo debe, también, gozarse en el comer con sosiego el pan hecho de trigo.

Conclusión

La conclusión la tomaremos de una robusta y potente frase de Santo Tomás de Aquino: “Ante todo debéis notar en esta parábola que el bien es más grande que el mal y triunfa sobre el mal, porque el bien puede existir sin el mal, el mal, en cambio, no puede existir sin el bien”*22. La cizaña existe porque antes existe un campo sembrado de trigo. A pesar de la cizaña el campo seguirá dando grandes cosechas de trigo, unas veces el 30 x 1, otras veces el 60 x 1, otras el 100 x 1. Y aunque el Maligno siga sembrando hombres malvados dentro de la única Iglesia de Cristo, “el poder del infierno no prevalecerá contra ella” (Mt 16,18).

_______________________________________
*1- San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, Homilía 46, BAC, Madrid, 1956, tomo II, p. 4.
*2- “Supra posuit parabolam, in qua ostendebatur impedimentum evangelicae doctrinae ab extrinseco, hic ponitur alia parabola, in qua ponitur impedimentum de audienda doctrina, quod est ab intrinseco” (Sancti Thomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 2; traducción nuestra).
*3- Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, Herder, Barcelona, 1969.
*4- “También está estrechamente ligada con la parábola de la red barredera (13,47s). Las dos constituyen como una doble parábola. No son raros tales ejemplos (Cf. el grano de mostaza y la levadura en 13,31-33; el tesoro y la perla en 31,44-46, la oveja perdida y la dracma perdida en 15,4-10, etc.)” (Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, Herder, Barcelona, 1969).
*5- Perspicuo significa ‘claro’, ‘transparente’ y ‘terso’ (DRAE).
*6- Castellani, L., Las parabolas…
*7- Dice Santo Tomás refiriéndose a la semilla de trigo en esta parábola: “Los hombres buenos son el fundamento de toda la fe; por eso a partir de los Apóstoles la Iglesia se difundió” (“Homines boni fundamentum totius fidei; unde ex apostolis tota Ecclesia pullulavit” (Sancti Thomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 2; traducción nuestra).
*8- “Quid significatur per zizaniam? Filii nequam, et omnes qui iniquitatem diligunt, specialiter haeretici. Tria sunt genera malorum: pravi Catholici, schismatici et haeretici” (Sancti Thomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 2; traducción nuestra).
*9- Diccionario Vox.
*10- Vine, Multiléxico del NT, nº 4625.
*11- Como puede verse, hemos cambiado el orden de las palabras dichas por Santo Tomás, para resaltar el sentido, que es exactamente el mismo.
*12- Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, Herder, Barcelona, 1969. En Apoc 2,14 se habla del escándalo de Balaam hacia los hijos de Israel. Éste escándalo de Balaam consistió en dar el consejo a Balaq, rey de Moab, que favoreciera la unión marital de los israelitas con mujeres moabitas para que estas mujeres arrastren a los israelitas a la adoración de los ídolos, apartándose así de la verdadera fe (cf. Núm 25,1-3; 31,16).
*13- Campanella, Stefano, Obedientia et pax. La verdadera historia de una persecución falsa, Roma, 2011, citado en Zenit, El Padre Pío y la historia de una falsa persecución, Roma, jueves 31 de marzo de 2011.
*14- “Et Augustinus dicit, quod nulla societas est ita bona quin aliquis sit pravus: unde in societate apostolorum unus fuit malus, scilicet Iudas” (Sancti Thomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 2; traducción nuestra).
*15- San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, Homilía 46, BAC, Madrid, 1956, tomo II.
*16- “Cum autem dormirent homines et cetera. Habito de origine boni, hic agit de origine mali. Et primo ponitur occasio malitiae illatae; secundo ordo. Et primo ponitur occasio duplex: una est ex parte custodum, secunda ex parte seminantis. Ex parte custodum dicit cum autem dormirent homines etc., idest praepositi humani generis, qui positi sunt ad custodiendum dormirent” (Sancti Thomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 2; traducción nuestra).
*17- Castellani, L., Las parabolas…
*18- Meinvielle, J., La Iglesia y el mundo moderno, Ediciones Theoria, Buenos Aires, 1966.
*19- Oficina de Prensa de la Santa Sede, Boletín Cotidiano, Comunicado, 29 de junio de 2017.
*20- El texto original en inglés es el siguiente: “The royal commission on sexual abuse has made no secret of its intention to put the suffering caused by the sins of the Catholic clergy to good use, namely to fatally discredit the Church’s public witness. Because Cardinal Pell refused to cooperate in the Church’s marginalisation, he has been the target of a nefarious campaign that has brought shame upon Australians” (De Souza, R., As Cardinal Pell goes on trial, the Australian Church must hold its nerve, The Catholic Herald, 6 july 2017; traducción nuestra). El título del artículo, traducido a un castellano de Argentina, sonaría así: “El Cardenal Pell es llevado a juicio: la Iglesia australiana debe mostrar su garra y valor”.
*21- Cf. San Ignacio de Loyola, Libro de los Ejercicios Espirituales, nº 325.
*22- “Et prima fronte notare debetis, quod bonum est magnum, et victoriosum supra malum, quia bonum potest esse sine malo, malum autem non sine bono” (Sancti Thomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 2; traducción nuestra).

Volver Aplicación

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

EL TRIGO Y LA CIZAÑA

Mt 13, 24-30

Es notable la paciencia de Dios. En esa mezcla de trigo y cizaña ocurren cosas maravillosas como la conversión de los pecadores y la santificación de los fieles a través del sufrimiento causado por las persecuciones de los malos.

Esta situación, que estén juntos en la Iglesia el trigo y la cizaña, hace que muchos se alejen de ella. Ver el mal y peor sufrir el mal en carne propia por parte de nuestros hermanos y la multiplicación del escándalo en el seno de la Iglesia lleva a algunos a alejarse y hasta renegar de Dios.

Pero, la voluntad del Padre hasta la consumación de los siglos es permitir que estén juntos el trigo y la cizaña en el mundo presente. Nosotros debemos acoplarnos a esta voluntad y aceptar con paciencia esta situación en la que a veces también colaboramos malamente.

            El Padre sigue plantando buena semilla, porque sólo Él es bueno, aun previendo que parte se va a perder y lo hace por medio de Jesús y de sus servidores.

            La maldad la pone el hombre haciendo mal uso de su libertad por el pecado, prestando su campo para que siembre el enemigo.

Existe una mezcla de bien y mal. Cuando sufrimos el mal y lo aceptamos como expiación. Una rectificación del mal con el bien en otro plano superior. Un mal sufrido injustamente aceptado por un bien superior como nos ha enseñado Jesús en su pasión*1.

“La paciencia es buena, aun para plantar cara al mal que vive en nosotros y nos fuerza a invocar al Padre”*2. Notamos en nuestro campo también la cizaña que tenemos que extirpar pero hay que tener paciencia. Debemos recurrir a Jesús para que nos ayude e imitarlo en la paciencia. Debemos pacientemente sobrellevar nuestro mal, aguantarnos a nosotros mismos y no dejar de sembrar la buena semilla a pesar de vernos tan imperfectos. Dios, Jesús, harán el resto…

            Hay que tener cuidado de dejarnos arrastrar por los escándalos. Debemos seguir esparciendo la buena semilla y sufriendo con paciencia el mal que nos sobrevenga.

Sufrir el mal con paciencia nos ayuda a expiar nuestros pecados y a colaborar en la extirpación de la cizaña. Nosotros mismos haciendo el bien y sufriendo los males extirpamos de nuestro corazón lo malo, que es parte de la cizaña que existe en el mundo.

La parábola nos habla de la Iglesia en el mundo, en su estado militante.

Jesús siembra siempre buena semilla, el diablo siembra cizaña.

            El dueño del campo sabe que ha sido el enemigo el que sembró cizaña. Permite que crezcan juntos trigo y cizaña. Hay una interacción entre buenos y malos en este mundo.

En la Iglesia también el diablo mete cizaña. Los herejes, los malos pastores, los católicos de nombre solamente. Estos se parecen, respectivamente, a los buenos teólogos, a los buenos pastores y a los auténticos cristianos. ¿Cómo distinguirlos? Por los frutos los conoceréis.

La verdadera Iglesia, los verdaderos doctores, los buenos pastores, los buenos cristianos se distinguen por su fidelidad a Jesús más que por sus acercamientos pastorales.

            Los escándalos no deben apartarnos del camino. Los escándalos de las nuevas teologías, los escándalos de los malos pastores, los escándalos de los malos cristianos.

San Ignacio en la meditación de dos banderas*3 dice que hay que pedir la gracia del discernimiento para distinguir el trigo de la cizaña. El diablo se disfraza de ángel de luz*4 y los malos pastores son lobos que se visten con piel de ovejas.

            Al fin del mundo va a ser la separación definitiva. Por ahora paciencia como la tiene Dios.

            La interacción prueba a los buenos y produce conversiones en los malos. La parábola es también un llamado a una mayor fidelidad a Jesús.

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto*5.

Otra reflexión podemos sacar que aunque no es propiamente una explicación de la parábola, la cual, se refiere a la Iglesia, es una aplicación de algunos elementos, tomados de la parábola, y aplicados al Reino de Dios en nuestra alma.

En nuestra alma se da el trigo de las virtudes que es gracia de Dios y la mala hierba que son los vicios, sembrada por el enemigo en colaboración con nuestra inclinación torcida.

La mala hierba conviene cortarla cuando es pequeña, y en esto nos apartamos de lo que dice el Señor de la cizaña en la parábola, pues, los vicios se distinguen perfectamente de las virtudes a no ser que nuestra vista esté obnubilada, lo cual es frecuente. Hay virtudes aparentes que se parecen a las verdaderas pero que en realidad son vicios, estas son las peores.

La vista tenebrosa instigada por el enemigo ve virtudes aparentes como verdaderas y virtudes verdaderas como vicios. Y por eso, a veces, dejamos crecer mala hierba creyendo que es trigo y arrancamos el trigo creyendo que es mala hierba.

Debemos pedir a Jesús el discernimiento, pero debemos purificar el ojo de nuestra conciencia para que sea simple. La pureza de conciencia nos va a hacer ver con los ojos de Jesús y su gracia nos llevará a arrancar la mala hierba y a dejar el trigo para que crezca y eche raíces profundas.

El enemigo pone falsas razones, engaños, sutilezas de todo tipo, para que no conozcamos la verdadera vida de Jesús*6.

            Hay que arrancar la mala hierba de raíz y no dejar nada de ella, hay que eliminar las alimañas, no hay que dejar lugar a otro jardinero que no sea Jesús.

El lento crecimiento del trigo se acelerará en la medida que limpiemos el campo, en la medida en que nos desprendamos de las criaturas y sea Jesús el único que viva en nuestro interior.

            Dios sabe que en nosotros hay trigo y cizaña. Ahora es el tiempo de la paciencia de Dios.

Santa Teresa dice sobre la oración, que es como el riego de una huerta: se comienza con mucho esfuerzo para que el agua llegue a regar lo sembrado, pero cada vez y en la medida del desapego de las criaturas y de la unión con Jesús, se va simplificando hasta convertirse en el riego natural de la lluvia del cielo. Lo mismo podemos aplicarlo a la vida interior.

Jesús siembra la buena semilla y la semilla da frutos o no según el terreno que encuentra y dentro de los buenos terrenos da más o menos frutos*7. Y Jesús siembra con paciencia esperando que la semilla de frutos pero a veces siembra por la fuerza arando el terreno que se ha endurecido. ¡Cuántas veces una tribulación ha hecho que nuestro terreno se haga apto para que crezca la semilla de la palabra de Jesús en nuestra alma! También es una gracia de Dios.

            Mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue.

No debemos dormimos en nuestra vida espiritual porque damos facilidad al enemigo para que siembre cizaña. “Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan”*8.

            Debemos pedir siempre a Jesús un conocimiento verdadero de su vida y gracia para imitarlo, asimismo, conocimiento de los engaños del enemigo y gracia para evitarlos.

            Los escándalos debemos pasarlos por encima y seguir por el camino estrecho que nos conduce a la vida*9.

_____________________________________________
*1- Cf. Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 152
*2- Lagrange, Vida de Jesucristo según el evangelio…, 160
*3- San Ignacio de Loyola, El Libro de los Ejercicios Espirituales nº 139, Del Verbo Encarnado San Rafael 2000. En adelante E.E.
*4- E.E. nº 332
*5- Rm 12, 1-2
*6- Cf. E.E. nº 329
*7- Mt 13, 3-8
*8- 1 Ts 5, 6-7
*9- Cf. Mt 7, 13

Volver Aplicación

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio

                                                                             

Domingo XV Tiempo Ordinario

 

16
julio

Domingo XV

del Tiempo Ordinario

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

#

Directorio Homilético

#

Exégesis

#

Comentario Teológico

#

Santos Padres

#

Aplicación

#
#

Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

.         SUBSIDIO ESPECIAL

Domingo XV del Tiempo Ordinario (A)

(Domingo 16 de julio de 2017)

LECTURAS

La lluvia hace germinar la tierra

Lectura del libro del profeta Isaías     55, 10-11

Así habla el Señor:

Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo
y no vuelven a él sin haber empapado la tierra,
sin haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador
y el pan al que come,
así sucede con la palabra que sale de mi boca:
ella no vuelve a mí estéril,
sino que realiza todo lo que yo quiero
y cumple la misión que yo le encomendé.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14 (R.: Lc 8,8)

R. La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales. R.

Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes. R.

Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría. R.

Visitas la tierra, la haces fértil.
Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo:
todos ellos aclaman y cantan. R.

Toda la creación espera ansiosamente
la revelación de los hijos de Dios

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     8, 18-23

Hermanos:
Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros. En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo.

Palabra de Dios.

ALELUIA

Aleluia.
La semilla es la palabra de Dios,
el sembrador es Cristo;
el que lo encuentra permanece para siempre.
Aleluia.

EVANGELIO

El sembrador salió a sembrar

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 1-23

Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.
Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»
Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»
Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:
“Por más que oigan, no comprenderán,
por más que vean, no conocerán.
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido,
tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos,
para que sus ojos no vean,
y sus oídos no oigan,
y su corazón no comprenda,
y no se conviertan,
y yo no los sane”.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 1-9

Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.
Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor.

Volver Textos Litúrgicos

GUION PARA LA MISA

Guión Domingo XV Tiempo Ordinario- Ciclo A- 16 de Julio 2017

Entrada: Pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos de un corazón nuevo y un espíritu nuevo para ser dóciles a su Palabra santificadora.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                              Isaías 55, 10- 11

Así como la lluvia cae del cielo, así Cristo desciende saliendo de la boca del Padre para cumplir su misión.

Salmo Responsorial: 64

Segunda Lectura:                  Romanos 8, 18- 23

Toda la creación espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios.

Evangelio:          Mateo 13, 1- 23 o bien 13, 1- 9

La divina Sabiduría, el Verbo, manifestó a los hombres los misterios del Reino de los Cielos por medio de parábolas. Escuchemos la parábola del sembrador.

Preces: D. T. O XV

Dios siembra la semilla de su Reino entre nosotros. Pidámosle, hermanos, para que nuestro mundo sea la tierra buena.

A cada intención respondemos cantando:

Ø  Por el consuelo y fortaleza del Papa y los obispos en el gobierno de la santa Iglesia, para que sepan guiarla a Cristo en medio de las dificultades del mundo. Oremos.

Ø  Por la Paz en el mundo entero, para que los corazones se abran a la misericordia de Dios que quiere que todos los hombres se salven y vivan en la serenidad y el orden que nos viene por la unión con El.

Ø  Por los más pobres para que recibiendo la palabra de Dios en su corazón, crezcan y se animan en la esperanzan de poseer la riqueza de la fe en Cristo, que les dará el cielo por haber padecido en esta tierra. Oremos.

Ø  Por nosotros aquí reunidos para que seamos dóciles a la Palabra de Dios para que pueda dar fruto en abundancia de conversión y santificación. Oremos.

Escucha nuestra oración, Padre Santo, tú que quieres bendecirnos con toda clase de bienes espirituales. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Ofrecemos:

*Pan y Vino, para que todo Cristo se haga presente de manera sacramental.

Comunión: Verbo hecho carne por mí, haz que al entrar en mi corazón más te ame y te siga según los deseos de tu adorable Corazón.

Salida:

Después de haber participado en los sagrados misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, vayamos al mundo con la alegría y el optimismo propios del cristiano. Sepamos comunicar a los demás el gozo del Evangelio, que es la Buena Noticia de Jesús.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

Volver Textos Litúrgicos


SUBSIDIO ESPECIAL

Las parábolas en el Ciclo A

 Año 2017

Con este domingo XV del Tiempo Ordinario del Ciclo A se comienzan a leer algunas parábolas de Cristo tomadas, por supuesto, del evangelio de San Mateo.

Podemos considerar el total de las parábolas leídas durante este Ciclo A en dos bloques. El primer bloque está constituido por los domingos XV, XVI, XVII y XXV. En este bloque se leen parábolas referentes al Reino de Dios.

El segundo bloque está constituido por los domingos XXVI, XXVII, XXVIII, XXXII y XXXIII. En este bloque se leen parábolas referentes al fin de los tiempos, como preparación al Tiempo de Adviento.

Se leen en total once parábolas tomadas de San Mateo*1.

El homileta puede ya ir previendo cómo afrontará la explicación de cada parábola. Para ayudarlo en esta tarea presentamos dos subsidios. El primero, que es el que sigue a continuación, es un esquema de los domingos en que se leen parábolas, con la cita del evangelio correspondiente. Notar que también hemos puesto la cita de la primera lectura, siempre tomada del AT, teniendo en cuenta esa regla de oro del nº 67 de los Prenotanda del Leccionario: en los domingos del Tiempo Ordinario la primera lectura, tomada del AT, está elegida por su armonía con el evangelio. Por lo tanto, será siempre un orientador seguro para entender cuál es el tema principal del evangelio.

El segundo subsidio lo hemos puesto al final del boletín como un apéndice y se trata de una selección de textos del P. Castellani acerca del género ‘parábola’. En la predicación del domingo de hoy, domingo XV, debería, a nuestro entender, explicarse brevemente en qué consiste el género parábola.

Equipo de Homilética

Esquema de los evangelios donde se narran parábolas correspondientes al Ciclo A

Domingo XV T. O. (A) Domingo 16 de julio de 2017

Mt 13,1-23: Parábola del sembrador (Del cap. 13 de Mt se dejan de lado solamente la parábola del grano de mostaza (vv. 31-32) y la de la levadura (vv. 33-34))

Is 55,10-11: Mi Palabra es como la lluvia que cae sobre la tierra para fecundarla.

 ________________________________________________________________

Domingo XVI T. O. Domingo 23 de julio de 2017

Mt 13,24-43: Parábola del trigo y la cizaña

Sab 12,13.16-19: Concedes el arrepentimiento a los pecadores.

 ________________________________________________________________

Domingo XVII T. O. Domingo 30 de julio de 2017

Mt 13,44-52: tres parábolas

1.      Tesoro escondido

2.      Buscador de perlas

3.      Red en el mar

1Re 3,5.7-12: Salomón pide inteligencia y sabiduría.

  ________________________________________________________________

Domingo XXV T. O. Domingo 24 de septiembre de 2017

Mt 20,1-16: Parábola de los obreros de la última hora

Is 55,6-9: Mis planes no son vuestros planes

 ________________________________________________________________

Todo lo que sigue Jesús lo dice después de su entrada triunfante en Jerusalén (Mt 21,1-11), es decir, dentro de la Semana Santa. Y aquí comienza el segundo bloque de parábolas

 ________________________________________________________________

Domingo XXVI T. O. Domingo 1 de octubre de 2017

Mt 21,28-32: Parábola de los dos hijos llamados por el padre a trabajar en el campo (uno dice ‘sí’, y no va; el otro dice ‘no’, y sí va)

Ez 18,25-28: Cuando el malvado se convierte de su maldad, salva su vida.

 ________________________________________________________________

Domingo XXVII T. O. Domingo 8 de octubre de 2017

Mt 21,33-43: Parábola de la viña y los labradores perversos.

Is 5,1-7: La viña del Señor del universo es la casa de Israel

 ________________________________________________________________

Domingo XXVIII T. O. Domingo 15 de octubre de 2017

Mt 22,1-14: Parábola del banquete de bodas

Is 25,6-10: Preparará el Señor un festín y enjugará las lágrimas de todos los rostros

 ________________________________________________________________

Domingo XXXII T. O. Domingo 12 de noviembre de 2017

Mt 25,1-13: Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias

Sab 6,12-16: Quienes buscan la sabiduría la encuentran.

 ________________________________________________________________

Domingo XXXIII T. O. Domingo 19 de noviembre de 2017

Mt 25,14-30: Parábola de los talentos

Prov 31,10-13.19-20.30-31: Trabaja con la destreza de sus manos

Equipo de Homilética

__________________________________

*1- Una por domingo, salvo el domingo XVII (Mt 13,44-52; domingo 30 julio de 2017) en el que hay tres parábolas: la del tesoro escondido, la del buscador de perlas y la de la red. Es decir, son nueve los domingos del Ciclo A en los que se leen evangelios que narran parábolas.

Volver Textos Litúrgicos

Inicio

Directorio Homilético

 

Decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 546: Cristo enseña a través de las parábolas

CEC 1703-1709: la capacidad de conocer y responder a la voz de Dios

CEC 2006-2011: Dios asocia al hombre a la obra de su gracia

CEC 1046-1047: la creación, parte del universo nuevo

CEC 2707: el valor de la meditación

546    Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los cielos” (Mt 13, 11). Para los que están “fuera” (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

1703  Dotada de un alma “espiritual e inmortal” (GS 14), la persona humana es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24,3). Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna.

1704  La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15,2).

1705  En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad, “signo eminente de la imagen divina” (GS 17).

1706  Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa “a hacer el bien y a evitar el mal” (GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana.

1707  “El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia” (GS 13,1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto al error.

          De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas (GS 13,2).

1708  Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura lo que el pecado había deteriorado en nosotros.

1709    El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo.

2006  El término “mérito” designa en general la retribución debida por parte de una comunidad o una sociedad por la acción de uno de sus miembros, experimentada como obra buena u obra mala, digna de recompensa o de sanción. El mérito depende de la virtud de la  justicia conforme al principio de igualdad que la rige.

2007  Frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre él y nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos recibido todo de él, nuestro Creador.

2008  El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo en cuanto que éste colabora, de suerte que los méritos de las obras buenas tengan que atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel en segundo lugar. Por otra parte el mérito del hombre recae también en Dios, pues sus buenas acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de los auxilios del Espíritu Santo.

2009  La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace “coherederos” de Cristo y dignos de obtener la “herencia prometida de la vida eterna” (Cc. de Trento: DS 1546). Los méritos de nuestras buenas obras son dones de la bondad divina (cf. Cc. de Trento: DS 1548). “La gracia ha precedido; ahora se da lo que es debido…los méritos son dones de Dios” (S. Agustín, serm. 298,4-5).

2010  Por pertenecer a Dios la iniciativa en el orden de la gracia, nadie puede merecer la gracia primera, en el inicio de la conversión, del perdón y de la justificación. Bajo la moción del Espíritu Santo y de la caridad, podemos después merecer en favor nuestro y de los demás gracias útiles para nuestra santificación, para el crecimiento de la gracia y de la caridad, y para la obtención de la vida eterna. Los mismos bienes temporales, como la salud, la amistad, pueden ser merecidos según la sabiduría de Dios. Estas gracias y estos bienes son objeto de la oración cristiana. Esta remedia nuestra necesidad de la gracia para las acciones meritorias.

2011  La caridad de Cristo es en nosotros la fuente de todos nuestros méritos ante Dios. La gracia, uniéndonos a Cristo con un amor activo, asegura la cualidad sobrenatural de nuestros actos y por consiguiente su mérito tanto ante Dios como ante los hombres. Los santos han tenido siempre una conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia.

            Tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro amor…En el atardecer de esta vida compareceré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que cuentes mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de ti mismo…(S. Teresa del Niño Jesús, ofr.).

1046  En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

          Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios … en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción … Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047    Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, “a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

2707    Los métodos de meditación son tan diversos como los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador (cf Mc 4, 4-7. 15-19). Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

Volver Direc. Homil.

Inicio

 Exégesis 

·        W. Trilling

Las parábolas

(Mt 13,1-52)

Conocemos ya dos grandes discursos en el Evangelio de san Mateo, a saber, el sermón de la montaña (capítulo 5-7), y la «instrucción de los discípulos» (capítulo 10). Ahora llegamos al tercer gran discurso, al capítulo 13, que refiere las parábolas. (…) Este precioso capítulo (…), sin violentar el texto se divide en tres partes. La sección primera contiene la parábola del sembrador, un fragmento intermedio sobre el sentido del lenguaje de las parábolas y la explicación de la parábola (Mar_13:3).

La sección segunda empieza con la parábola de la cizaña, a continuación siguen las dos parábolas del grano de mostaza y de la levadura, unas frases de carácter general con una cita del profeta, y finalmente la explicación de la parábola de la cizaña (Mar_13:24-43).

La sección tercera contiene tres parábolas más breves, la del tesoro, la de la perla y de la red barredera (Mar_13:44-50). La instrucción se concluye con una parte que redondea y que al mismo tiempo coloca todo el capítulo a la luz que intentaba dar el evangelista (Mar_13:51s).

En este discurso se han reunido en total siete parábolas y dos explicaciones de parábolas, además un número de importantes textos intermedios que se refieren por regla general al modo de hablar usado en las parábolas. Mediante dichos textos intermedios el capítulo viene más bien a ser como una compilación de textos instructivos semejantes, también se convierte en una pequeña teoría sobre el lenguaje de Jesús en las parábolas y su importancia para la Iglesia.

El reino de Dios es el gran tema que enlaza entre sí todas las parábolas. Antes ya hemos oído hablar de este tema fundamental del mensaje de Jesús. Ahora lo encontramos expresado en forma de parábola, lo cual es característico de Jesús. Todavía hay muchas otras parábolas, que han sido transmitidas en los Evangelios. Todas las aquí reunidas se refieren en sentido más estricto al misterio del reino de Dios. Esto se dice algunas veces con claridad en la introducción («el reino de los cielos se parece…» 13,24. y así en otros pasajes. Estamos acostumbrados a esta traducción literal. Pero detrás de esta fórmula hay un arraigado modismo rabínico, que siempre expresa con una forma abreviada la comparaci6n entre dos cosas y siempre quiere decir: «en el reino de los cielos ocurre como en…»).

(…) Las parábolas de Jesús sobresalen por su gran sencillez y concisión, por su aspecto simple y por su profundo significado. Para entender una parábola no se requiere haber estudiado ni tener mucha ciencia. La parábola es sencilla y fácilmente accesible a cualquier hombre. El que se orienta en la forma debida, comprende el sentido de la parábola, tanto si es persona culta como si tiene una manera sencilla de pensar.

a) Parábola del sembrador (Mt/13/01-09).

1 Aquel día salió Jesús de casa y fue a sentarse a la orilla del mar. 2 Un gran gentío se reunió en torno a él, de forma que tuvo que subirse a una barca y sentarse en ella, mientras todo el pueblo permanecía de pie en la orilla. 3a y les habló de muchas cosas por medio de parábolas, diciendo:…

Al principio el evangelista traza un cuadro escénico que ha de aplicarse a todo el discurso: Jesús sale de la casa y se sienta a la orilla del lago de Genesaret, mientras confluyen las multitudes para oírle. «La casa» se concibe con frecuencia en el Evangelio como el ambiente de la intimidad familiar o también de la instrucción especial para los discípulos o para un grupo todavía más reducido de los apóstoles. Hay enseñanzas especiales para un pequeño grupo y la proclamación dirigida a todos. A todos hay que aplicar lo que ahora sigue. La aglomeración es tan grande que Jesús sube a una barca, para poder hablar a todos. ¡Qué escena! Jesús está sentado en la barca, a suficiente distancia de la orilla, para poderlos ver a todos. Allí se coloca el pueblo formando una mezcla abigarrada; todos están pendientes de los labios de Jesús, para que nada se les escape. ¡Qué hambre de la palabra! ¡Qué interés por la salvación! ¡Qué fuerza de atracción debía de tener Jesús! Los hombres acuden donde realmente puede oírse la voz de Dios, donde su Espíritu da testimonio eficaz de sí mismo, aunque tenga que servirse de palabras humanas.

En el sermón de la montaña Jesús estuvo sentado como maestro enaltecido sobre el pueblo y por lo mismo sacado de su medio ambiente (5,1s). El mensaje de Jesús procedió de arriba. Ahora está sentado frente al pueblo, pero separado por la barca y el agua. Habla a los hombres desde la otra orilla. Jesús habla por medio de parábolas. Con esta locución el evangelista dice en seguida de qué manera de enseñar se sirve Jesús en lo que sigue y cómo se establece la unidad de toda la composición del discurso. Con esta locución también se indica el otro tema -junto al tema del reino de Dios-, que también debe tratarse objetivamente en las próximas secciones: qué sentido tiene en general el lenguaje parabólico de Jesús. Desde el principio hemos de prestar atención a ello y aceptar la instrucción que contiene este capítulo sobre las parábolas de Jesús. Es una instrucción que recibimos de labios del evangelista y por tanto del corazón y pensamiento de la antigua Iglesia.

3b Salió el sembrador a sembrar. 4 Y según iba sembrando, parte de la semilla cayó al borde del camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde había poca tierra; brotó en seguida, porque la tierra no tenía profundidad; 6 pero, en cuanto salió el sol, se quemó; y como no había echado raíces, se secó. 7 Otra parte cayó entre zarzas, y como las zarzas también crecieron, la ahogaron. 8 Otra parte cayó en tierra buena y dio fruto: una al ciento por uno, otra al sesenta, otra al treinta. 9 El que tenga oídos, que oiga.

La narración empieza con sencillez: «Salió el sembrador a sembrar.» Lo que llegará a ser la semilla, no se decide por su calidad o cantidad, sino por el suelo en que cae. Porque la semilla de nada es capaz sin este suelo. Sólo lleva fruto, cuando puede echar raíces y lograr el suficiente alimento. Para comprender la parábola se tienen que conocer las circunstancias de Palestina. Allí el labrador con un saco, en que está la simiente, va al campo que todavía está yermo desde la última cosecha. No ha sido labrado para recibir la nueva simiente. La labranza se hace después de la siembra. Así se explica más fácilmente por qué muchas semillas caen en el camino, otras entre zarzales, otras en un suelo pedregoso, privado de tierra a causa de la lluvia. Después de la labranza queda decidido definitivamente lo que llegará a ser la semilla.

La que cayó al borde del camino no dará fruto, porque los granos después de algún tiempo son comidos a picotazos por los pájaros sobre el suelo endurecido por las pisadas. Lo que cayó entre zarzas (es decir, en medio de la maleza), no puede desarrollarse, porque la simiente de la mala hierba crece con mayor rapidez y ahoga el tallo tierno. Lo que cayó en suelo pedregoso hace ya tiempo que se secó. Pero también hay semillas que cayeron en terreno bueno. Estas semillas son las que fructifican: al treinta, al sesenta, al ciento por uno. La semilla se ha multiplicado de una manera maravillosa. Es pequeña y contiene en apariencia exigua virtud, pero de ella procede el tronco robusto con sus espigas y granos. No todos los troncos dan el mismo fruto, las tierras de pan llevar especialmente fértiles dan también abundante rendimiento. En otros parajes, que son pedregosos o están mal abonados, el rendimiento resulta más exiguo. Eso lo sabe cualquier campesino de Palestina.

¿Qué significado debe tener esta narración? No se nos ha dado ninguna ayuda. ¿Quizás esta ayuda nos la debería dar la breve frase final: «El que tenga oídos, que oiga»? Entonces la historia sólo trataría de la conveniente audición y describiría la esterilidad o el éxito de la adecuada audición. Pero esta breve frase sólo hay que entenderla como exhortación a escuchar bien y hacer reflexionar sobre lo que se ha oído. Al principio de la parábola nunca se dice que se trate de una comparación con el reino de Dios. Tampoco llegamos a conocer quién puede ser el sembrador y qué es la semilla. Pero el evangelista ha insertado la narración en la gran serie de las parábolas del reino de Dios. Evidentemente ha de darse algún conocimiento sobre este tema. Preguntémonos qué debe llamar la atención en la historia y qué debe hacer reflexionar a los oyentes. Podría ser el diferente destino de la semilla, la distinta calidad de la tierra de labranza o también la actividad del sembrador. Nada de eso es el punto esencial. Antes bien lo esencial es lo que acontece en la siembra. Debe mostrarse cómo se efectúa la siembra y cómo se dan juntos el fracaso y el éxito. Hay que notar un triple fracaso que va en aumento: primeramente ya se consume el grano, luego se destruye la nueva simiente, finalmente la planta. Tres veces no se consigue éxito. Hasta aquí podría parecer que el esfuerzo del campesino haya sido en balde. Pero entonces viene la otra parte: el éxito sorprendente. El fracaso se compensa con el abundante fruto. Contra toda apariencia y, a pesar de las circunstancias adversas, se manifiesta ahora finalmente el verdadero sentido de la siembra. La simiente germina y da un beneficio ubérrimo. Debemos entender: aunque el fracaso podría aparecer como regla, al fin triunfa el éxito. La obra cunde. El sembrador en último término no se siente defraudado. ¿Qué clase de obra es la que cunde? La realización del reino de Dios. Ahora en el tiempo decisivo de Jesús, penetran las fuerzas del reino. Pero es muy poco lo que puede percibirse del dominio y la majestad divinas. La respuesta son los oídos sordos y la resistencia de corazones duros. No obstante, dice Jesús, el éxito decisivo es seguro. La obra y la palabra de Dios no pueden resultar estériles. Eso no lo dice una fe optimista, sino el conocimiento del ser divino de Dios y la llegada inapelable de su reino. Debemos llenarnos de esta confianza, cuando leemos este relato. Todavía resuena otra idea. Si se habla del sembrador, de la semilla, del campo labrantío, del definitivo fruto y, por tanto, también de la cosecha, entonces el hombre de antaño percibía al mismo tiempo, lo que es el último objetivo de la historia, el juicio de Dios. Simiente, fruto y cosecha son imágenes corrientes de la acción de Dios con el género humano y de la separación del juicio final, al fin de los tiempos. El fruto que debe producirse es propiamente el de nuestra vida, lo que nuestra existencia terrena llegue a rendir, con la posibilidad de almacenar este fruto en los graneros eternos. En la explicación de la parábola (13,18-23) se insiste de forma especial en que es el hombre mismo quien ha de producir el fruto válido ante Dios. La misma parábola ya insinúa esta aplicación monitoria. Por tanto no sólo oímos el mensaje alentador de que el plan de Dios consigue con seguridad su objetivo, sino simultáneamente la advertencia a procurar no encontrarnos sin el fruto el día de la cosecha…

(…)

c) Explicación de la parábola del sembrador (Mt/13/18-23).

18 Escuchad, pues, el sentido de la parábola del sembrador. 19 Cuando uno oye la palabra del reino sin profundizarla, viene el malo y arrebata lo sembrado en su corazón; éste es lo sembrado al borde del camino. 20 Lo sembrado en terreno pedregoso representa al que oye la palabra y de momento la recibe con alegría; 21 pero no echa raíces en él, porque es hombre de un primer impulso, y apenas sobreviene la tribulación o la persecución por causa de la palabra, al momento falla. 22 Lo sembrado entre zarzas figura al que oye la palabra; pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra, y no da fruto. 23 Lo sembrado en tierra buena representa al que oye la palabra y la entiende y da fruto y llega al ciento por uno, al sesenta o al treinta.

Después de todo lo dicho, resulta evidente que la explicación sólo se da a los que entienden. Ellos llegarán a conocer el verdadero sentido de la parábola. Aunque no estuviera aquí está exposición o se diera de una forma algo distinta, en el fondo entenderíamos así la parábola basándonos en la fe. Pero la explicación es un ejemplo de cómo es acogido el discurso de Jesús por el creyente, la Iglesia y su proclamación apostólica, y cómo es aplicado a la situación propia de ellos. Es una disertación para los que están dentro, y no para los que están fuera. Es una especie de declaración de sí mismo y un resultado de la experiencia misional, tal como pudo inferirse de la práctica de la Iglesia. Sorprende el rigor con que la explicación se adapta a la estructura de la parábola. En conjunto ambas discurren paralelas. Según san Marcos al principio de la exposición estaba la frase lacónica: «El sembrador va sembrando la palabra» (/Mc/04/14).

Con esta frase se interpretó exactamente la importancia de la semilla en el sentido de la parábola. Se trata de la palabra, del mensaje del reino, de la nueva de la venida de la salvación. San Mateo pasa en seguida a describir los sucesos y en ellos hace recaer dos acentos importantes: se trata del oyente («cuando uno oye…») y de «la palabra del reino» (13,19). Con las dos expresiones Jesús ya establece la dirección de lo que ha explicado. Deben presentarse diferentes clases de oyentes del mensaje de salvación del reino de Dios. Esta dirección no coincide exactamente con la de la parábola. En ésta se encuentra en primer término lo que sucede en la siembra, es decir la obra de Dios en la proclamación de Jesús. En la explicación está en primer término la recepción subjetiva y la diferente respuesta que se da a la palabra. En la parábola hay que robustecerse con la esperanza del éxito otorgado con seguridad. En la explicación hay que precaverse del riesgo que amenaza, de la completa destrucción de la semilla. Así pues, el peso fuerte de un estímulo confiado en vista del menguado éxito se cambia en una exhortación a dar buena acogida al mensaje. Escucharemos, pues, esta explicación, y nos daremos por aludidos con ella. De este modo los dos textos -parábola y explicación- se complementan ventajosamente. El camino, al que ha sido echada la semilla, y del que ha sido quitada a picotazos por los pájaros, es comparado con una persona, que ha escuchado, pero no ha entendido. Sólo las palabras llegaron a su oído, pero el sentido de las palabras no penetró en su corazón. Ha percibido exteriormente el sonido, pero no ha abierto de veras su manera de pensar al contenido de la palabra, y por tanto al mismo Dios. Satán se acerca rápido y arrebata lo que se ha oído superficialmente.

Un segundo grupo de hombres lo forman, los que al principio escuchan y reciben con entusiasmo, pero no se mantienen firmes. El terreno es demasiado tenue, la semilla no puede echar raíces. Vienen las tribulaciones y la persecución. Se cansan, se escandalizan y recusan. Así como el grano se seca por los rayos del sol, así también perece su fe, que todavía no se ha fortalecido.

Un tercer grupo también escucha la palabra y la acepta, pero no puede defenderla contra las exigencias y los demás ofrecimientos seductores de la vida. Las preocupaciones y las riquezas impiden el crecimiento de la palabra, y permanece estéril. También aquí había una fe auténtica, pero ni pudo imponerse ni tomar a su servicio toda la vida. Pero el Evangelio exige la completa disposición y el primer derecho. «No podéis servir a Dios y a Mammón» (6,24c). «No os afanéis por vuestra vida: qué vais a comer; ni por vuestro cuerpo: con qué lo vais a vestir…» (6,25).

Por fin el último grupo, del que todo depende y que debe ser expuesto principalmente en la parábola, son los que oyen y entienden. Estos entienden bien, no sólo al principio e imperfectamente, ni tan sólo por algún tiempo o mientras resulte fácil y dé alegría creer, sino en las tribulaciones e indigencias, en la dura polémica con las otras fuerzas que quieren dominar nuestra vida. Entender en estas condiciones es entender plenamente, es una comprensión de que Dios quiere ser Señor por completo, siempre y en todas partes, es comprender que el hecho de ser discípulo importa un compromiso para toda la vida en su altura y amplitud. Al que así ha «entendido» se le da constantemente, se le provee ubérrimamente con dones de Dios, lleva mucho fruto. A cada cual según la medida de su conocimiento se le da el ciento por uno, el sesenta o el treinta. La Iglesia apostólica sabe que hay diferencias en la manera de entender. No consiguen la plena madurez del conocimiento todos los que se han adherido a la fe. La fe da en germen el conocimiento y la sabiduría de Dios. Pero, con la medida de amor y renuncia aportada por el individuo, se decide cuán profundamente es introducido él en el conocimiento de Dios. San Pablo fue uno de los que Dios obsequió con un conocimiento inusitado. La carta a los Hebreos también distingue entre la fe incipiente una verdad primordial (la «leche»), y una sabiduría más elevada (la «comida sólida») para los perfectos (/Hb/05/11 ss). La misma manera de ver encontramos también en la parábola de los talentos (25,14-30).

Son diferentes los dones que el Señor de la casa reparte antes de partir de viaje. También es proporcionalmente distinta la ganancia que obtienen los criados. A los que han tenido éxito según la medida de sus dones, se les añaden nuevos dones en la rendición de cuentas. Pero el criado perezoso que había enterrado su talento, no sólo es arrojado a las tinieblas exteriores, sino que se le quita lo poco que tenía y se añade al que ya poseía la mayor parte: «Quitadle ese talento, y dádselo al que tiene los diez. Porque a todo el que tiene, se le dará y tendrá de sobra; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (25,28s). Los dones de Dios son diferentes, y el hombre no tiene derecho a interrogar a Dios sobre ellos o a quejarse de él. La comunidad debe admirar y recibir agradecido la riqueza de Dios y la variedad de sus dones. Se alegra de todos los que no sólo dan fruto al treinta por uno, sino al sesenta o al ciento por uno, como los santos de entre ellos.

(Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, Herder, Barcelona, 1969)

Volver Exégesis

Inicio

Comentario Teológico

·        Leonardo Castellani

La Parábola del Sembrador

            La Parábola del Sembrador es la primera de las ocho denominadas “del Reino” que Mateo pone seguidas y Marcos y Lucas separadas; pues muy probablemente Cristo las improvisó en diferentes ocasiones, ya una, ya la otra. Los rabbíes trashumantes eran improvisadores, como nuestros payadores; y tomaban pie de cualquier cosa que vieran para sus poemas, o recitados de estilo oral, mejor dicho.

            Ésta del Sembrador es una de las dos parábolas que Cristo mismo interpretó, a pedido de los discípulos; y no se puede negar que fue vivo, porque interpretó las más fáciles; o será que nos parecen fáciles a nosotros, porque ya están explicadas autoritativamente.

            Entre el recitado y su interpretación está intercalado en los tres Evangelios el turbador pasaje que llaman “la motivación de las parábolas”, en el cual el Salvador siendo preguntado, por un fariseo probablemente: “¿Por qué les hablas en parábolas?” contestó en suma con esta salida: “¡Para que no entendáis!”. Pero para que no entendieran ¿no era lo más práctico callarse? Si un Salvador no quiere salvar, lo más seguro y barato es callarse la boca.

            Es una respuesta irónica de Cristo. Ironía enseñan que es decir las cosas al revés; como por ejemplo, hablar de la gran cultura argentina. La verdad es que ironía es la indignación templada y como forrada por la inteligencia; como cuando Cristo le dijo a Nicodemus: “Tú debes saberlo bien, que eres Maestro de la Ley.” La ironía es el lenguaje del hombre ético cuando habla a los anéticos: “el hombre magnánimo usa de la ironía” dice Aristóteles: “vir magnanimus utitur eironeia”. El humor es propio del hombre noble, sea inglés o no; los países en que no hay humor y el hombre que no entiende el humor, son poco desarrollados. No se puede decir esto ni de la ciudad de San Juan ni del Maestro Calderón de la Piragua, que es de origen inglés. Pues bien, Cristo tenía el sentido del humor pese al juicio contrario de Cronin en Las llaves del Reino.

            Cristo respondió muchas veces irónicamente. La ironía es estilo indirecto; y además es estilo pregnante, que está preñado de sentido y dice varias cosas a la vez y en forma más eficaz que el estilo directo. Cristo pues podría haber respondido en estilo directo más o menos: “Yo predico como debo predicar, es la forma más adecuada que existe para enseñar verdades estrictamente religiosas; es decir, misterios; es la forma que ya profetizara de mí el Rey Profeta en el Psalmo 77, y el Profeta Isaías en su Recitado Sexto… Yo sé perfectamente y de antemano que vosotros, oh fariseos, de esta forma mía de predicar, os haréis una piedra de tropiezo y una ocasión de perdición; pero es porque en el fondo queréis perderos. Unos saldrán diciendo que no entienden, otros entenderán más de lo que hay, unos que es difícil, otros que es pedestre, otros que eso no es para ellos sino para los “chinos”… “para esa maldita plebe que no conoce la Ley”, como dicen ustedes los fariseos, cuando están entre ustedes. Pero yo no por eso voy a dejar de predicar como corresponde… y como a mí mejor me parece y place, ¡últimamente, caramba!… Ustedes no me pagan mis prédicas, yo predico como mejor me parece…”.

            Pero el amor herido produce celo, el celo produce indignación y la indignación produce estilo indirecto, ironía. Y así Cristo, en vez de responder larga y directamente, respondió breve e incisivamente: “Hablo así para que se cumpla lo que dijo Iéyada el Profeta: para que viendo no veáis –porque vosotros os dais de muy videntes y sois ciegos– y oyendo no oigáis; porque este pueblo me tiene mucho en la boca y poco en el corazón; y de ese modo no entiendan, y yo no los sane, y tropiecen y se pierdan… Para eso hablo en parábolas.”

            Esto se llama una profecía conminatoria, esas profecías que se hacen para que no se cumplan; y cuanto más atroces, son más piadosas; como cuando uno le dice a su hijo: “Vos vas a acabar en la cárcel.” Prever lo que va a pasar no siempre es desearlo; y decirlo de antemano con gran fuerza a fin de ponerle óbices, eso es amor y no es odio. Así pasó en Nínive con el Profeta Jonás.

            En la parábola del Sembrador, el Sembrador es Cristo, y las tres clases de semillas malogradas son tres clases de hombres que fallan en la fe; en quienes se malogra “la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.

            Estos tres hombres se podrían denominar el Frívolo, el Flojo y el Furioso. Claramente se ve en la parábola una progresión en la suerte de la semilla; porque en efecto, la que cae en el camino, ni siquiera germina; la que cae sobre ripio, germina y se quema pronto; mas la que cae entre abrojos –o cañotas– crece bastante pero después es como aprisionada y asfixiada. Y así hay tres clases de hombres con respecto a lo religioso, que se pueden simbolizar en Don Juan Tenorio, el Fausto y el Judío Errante. Y si quieren personajes históricos y no legendarios, digamos por ejemplo Casanova, Goethe y Napoleón, para no salir de nuestros tiempos.

            Nuestros hechiceros tiempos se especializan en la fabricación en serie de hombres frívolos –con venia del galicismo–, que en español se dice: livianos, casquivanos, volanderos, botarates, pueriles, no desarrollados. El biólogo Carrel dice –quizá con exageración– que la gran mayoría de la población de EE.UU. no está desarrollada psíquicamente más allá de la edad mental de 14 años.

            No lo sé. Lo dudo. Quiera Dios que nosotros hayamos llegado siquiera a los 12.

            En los tipos frívolos o distraídos la fe no puede ni prender siquiera, porque ella pertenece al dominio de Lo Serio: allí cae sobre el camino, es sembrada en la calle. Ellos pueden hablar de Dios y aun saber el Credo, como Don Juan; pero lo Religioso está amputado en ellos; o mejor dicho, está atrofiado. Don Juan Tenorio no es el símbolo del “pecadorazo español”, como cree Ignacio Anzoátegui, del hombre que “cree fuerte y peca fuerte” de Lutero. ¡Ni por pienso! Don Juan Tenorio con sus bigotazos, sus desplantes, sus bravatas, sus conquistas y su espada pronta, es un varón poco desarrollado; el doctor Marañón lo clasifica incluso entre los ‘feminoides”. Por eso entiende tan rápidamente a la mujeres en lo superficial; porque es amujerado. Para el hombre muy varonil, la mujer es un misterio profundo y respetable, por no decir adorable; para el achiquilinado es algo como el ratón respecto al gato: algo enteramente claro y perspicuo. Don Juan Tenorio está lleno de malos pensamientos y pequeñas porquerías; pero no peca, hablando en serio; el pecado es una cosa seria y no es lo mismo ser pecador que chico malcriado. Las que pecan serían en todo caso las mujeres que lo siguen, como el caburé no tiene la culpa que las gorrionas se le vayan encima: pecado de bobería, que es uno de lo más peligrosos que hay. Esa Margarita, por ejemplo, que Goethe quiere damos como un portento de inocencia… Es una mujercita un poco corrompidita; la prueba es que se hace la bobito. Quizá nos equivoquemos ¿no?

            Fausto sí peca: cuando seduce a Margarita sabe lo que hace; y por eso vacila y tiembla. Mientras, Don Juan no sabe lo que es vacilar, y ésa es una de sus fuerzas. Fausto es el hombre que ha recibido la fe, que es capaz de lo ético y lo religioso –es capaz del amor y no solamente del deseo–: pero en el cual la fe se secó pronto porque él no quiso sufrir; y por tanto no quiso obrar conforme a la fe; y la fe sin obras es muerta. Cristo declara netamente que es el miedo al sufrimiento lo que suprime la religión en estos tipos; lo cual prueba que entienden lo que es religión, puesto que ven claramente que la religión los va a remolcar por un camino que les causa pavor; y por eso desenganchan al momento. Con éstos el diablo tiene más trabajo, pero también más cosecha. Con los primeros, “las aves del aire fuliginoso” se limitan a comerse las semillas antes que nazcan; aquí ya interviene Mefistófeles con discursos, promesas y vivezas; y hasta con golpes de mano a veces. Lo demoníaco, que en Don Juan está oculto, aquí se hace visible.

            El tercer caso es más tremendo: allí la fe existe, pero está cubierta y como fagocitada y convertida en fermento de acción… y desesperación. Lo demoníaco es aquí inmediato: no necesitan un Mefistófeles al lado. Fermento de acción mundana, por supuesto, no de acción interna, que es la verdadera acción: de agitación, hablando en plata. Todos esos hombres a presión, esos hombres agitados y poderosos que han hecho grandes cosas –ruinosas– en la Historia (“Gigantes viri famosi” los llama el Génesis) como Napoleón Primero o Hitler, son en el fondo hombres religiosos; pero su religiosidad está desviada. La Semilla cayó entre Espinas.

            Lo Religioso es lo que impulsa al Judío Errante a su fatídica errabundia: si no puede pararse es porque tiene fe, pero su fe está aprisionada por una pasión; símbolo poderoso que creó el Medioevo para significar el mismo disperso y errabundo pueblo judío.

            Ashaverus tiene verdadera inquietud religiosa: sabe que ha pecado contra Cristo y que ese pecado no es una cosa indiferente ni siquiera corriente, sino extraordinaria y horrorosa; pero no llega a postrarse ante el Muerto a pedir perdón. Y entonces el desasosiego espiritual, que es el manantial de la religiosidad, en vez de volverse fe se vuelve angustia.

            Pero estos terceros infieles son los que más fácilmente se convierten: la Desesperación es la Enfermedad de Muerte, pero al mismo tiempo es el Remedio. Ashaverus se convertirá al final; el que no se convierte nunca es Fausto: Goethe se equivocó al hacer convertir a Fausto en su Segunda Parte. De hecho Goethe, que fue el verdadero Fausto, no se convirtió nunca, que nosotros sepamos. Fausto es la Duda; y la Duda no puede convertirse porque entonces se aniquila a sí misma, hablando en el mundo de las Ideas; puesto que sabemos que todo hombre puede convertirse si quiere.

            Pero en el mundo de las Esencias, Fausto convertido es una contradicción; lo mismo que un Caifás convertido.

            En nuestros chapuceros tiempos modernos hay de todo, como en las revistas argentinas: hay el Desesperado, hay el Dubitante y hay el Distraído-Divertido; o si quieren de otro modo, existen el Afiebrado, el Amputado y el Atrofiado, los tres tipos que previó Cristo. Pero como hemos dicho, nuestra época se especializa en este último; lo mismo que las revistas argentinas en el Divertido-Distraído.

            Consolémonos: también hay tres tipos en los cuales la Semilla no se malogra, que son el Penitente, el Pío y el Perfecto. En unos da 30; en otros, 60; en pocos da el 100 por uno, los cuales se llaman los Hombres del Ciendoblado. Éstos son los hombres que hacen todas las cosas que predican; que tienen una fe total y todos sus actos expresan esa fe. Los que gritan son oídos en este mundo; pero mucho más son oídos los que no gritan y hacen. El Ciendoblado es el hombre cuya vida predica el Evangelio sin muchas palabras; que cuando habla del sufrimiento, sabe lo que es sufrir; cuando habla de la renuncia, sabe lo que es renunciar; cuando habla del martirio, sabe lo que es el martirio. Y cuando habla del Amor de Dios, dichoso él, sabe lo que es el Amor.

            Nada de eso sabe el frívolo. Hoy día casi todo es “calle”. El diablo ha inventado un Camino Anchísimo para confort del hombre moderno: una “autoestrada”. Ha hecho que todo se vuelva calle y trocha, hasta el hogar, hasta la escuela, hasta la iglesia; no puede pararse uno, todo es para caminar, como el mundo entero para el Judío Errante; y, naturalmente, todas las Semillas caen en el camino. Y, naturalmente, de esa manera ha obligado al Sembrador a tomar el arado y convertirse en Arador.

            “Los pecadores me araron el lomo”, dice el Profeta David profetizando los azotes de Cristo; mas llegará un tiempo en que Cristo habrá de tomar el azote y ararnos a nosotros, para que nos salvemos aunque sea “tanquam per ignem”, a través del fuego. Peor es nada.

            La bomba atómica puede convertir a Europa, dice Belloc; y si no convierte a Europa, paciencia; por lo menos me puede convertir a mí…

            (CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 144-150)

  

Volver Comentario Teológico

Inicio

Santos Padres

·        San Gregorio Magno

.        San Atanasio de Alejandría

.        San Agustín

San Gregorio Magno

La Parábola del Sembrador

(Fragmento)

Retened en vuestro corazón las palabras del Señor que habéis escuchado con vuestros oídos; porque la palabra de Dios es el alimento del alma; y la palabra que se oye y no se conserva en la memoria es arrojada como el alimento, cuando el estómago está malo. Pero se desespera de la vida de quien no retiene los alimentos en el estómago; por consiguiente, temed el peligro de la muerte eterna, si recibís el alimento de los santos consejos, pero no retenéis en vuestra memoria las palabras de vida, esto es, los alimentos de justicia. Ved que pasa todo cuanto hacéis y cada día, queráis o no queráis, os aproximáis más al juicio extremo, sin perdón alguno de tiempo. ¿Por qué, pues, se ama lo que se ha de abandonar? ¿Por qué no se hace caso del fin a donde se ha de llegar? Acordaos de que se dice: “Si alguno tiene oídos para oír que oiga”. Todos los que escuchaban al Señor tenían los oídos del cuerpo; pero el que dice a todos los que tienen oídos: “Si alguno tiene oídos para oír, que oiga”, no hay duda alguna que se refería a los oídos del alma. Procurad, pues, retener en el oído de vuestro corazón la palabra que escucháis. Procurad que no caiga la semilla cerca del camino, no sea que venga el espíritu maligno y arrebate de vuestra memoria la palabra. Procurad que no caiga la semilla en tierra pedregosa, y produzca el fruto de las buenas obras sin las raíces de la perseverancia. A muchos les agrada lo que escuchan, y se proponen obrar bien; pero inmediatamente que empiezan a ser molestados por las adversidades abandonan las buenas obras que habían comenzado. La tierra pedregosa no tuvo suficiente jugo, porque lo que había germinado no lo llevó hasta el fruto de la perseverancia. Hay muchos que cuando oyen hablar contra la avaricia, la detestan, y ensalzan el menosprecio de las cosas de este mundo; pero tan pronto como ve el alma una cosa que desear, se olvida de lo que se ensalzaba. Hay también muchos que cuando oyen hablar contra la impureza, no sólo no desean mancharse con las suciedades de la carne, sino que hasta se avergüenzan de las manchas con que se han mancillado; pero inmediatamente que se presenta a su vista la belleza corporal, de tal manera es arrastrado el corazón por los deseos, como si nada hubiera hecho ni determinado contra estos deseos, y obra lo que es digno de condenarse, y que él mismo había condenado al recordar que lo había cometido.

Muchas veces nos compungimos por nuestras culpas y, sin embargo, volvemos a cometerlas después de haberlas llorado. Así vemos que Balaán, contemplando los tabernáculos del pueblo de Israel, lloró y pedía ser semejante a ellos en su muerte, diciendo: Muera mi alma con la muerte de los justos y mis últimos días sean parecidos a los suyos; pero inmediatamente que pasó la hora de la compunción, se enardeció en la maldad de la avaricia, porque a causa de la paga prometida, dio consejos para la destrucción de este pueblo a cuya muerte deseara que fuera la suya semejante, y se olvidó de lo que había llorado, no queriendo apagar los ardores de la avaricia.

San Atanasio de Alejandría

Homilía sobre la siembra

(nº  2.3.4)

(PG 28, 146-150)

Pasaba el Señor por unos sembrados: el grano de trigo por entre las mieses; aquel grano de trigo espiritual, que cayó en un lugar concreto y resucitó fecundo en el mundo entero. Él dijo de sí mismo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

Pasaba, pues, Jesús por unos sembrados: el que un día habría de ser grano de trigo por su virtud nutritiva, de momento es un sembrador, conforme se dice en los evangelios: Salió el sembrador a sembrar. Jesús, es verdad, esparce generosamente la semilla, pero la cuantía del fruto depende de la calidad del terreno. Pues en terreno pedregoso fácilmente se seca la semilla, y no por impotencia de la simiente, sino por culpa de la tierra, pues mientras la semilla está llena de vitalidad, la tierra es estéril por falta de profundidad. Cuando la tierra no mantiene la humedad, los rayos solares penetrando con más fuerza resecan la simiente: no ciertamente por defectuosidad en la semilla, sino por culpa del suelo.

Si la semilla cae en una tierra llena de zarzas, la vitalidad de la semilla acaba siendo ahogada por las zarzas, que no permiten que la virtualidad interior se desarrolle, debido a un condicionante exterior. En cambio, si la semilla cae en tierra buena no siempre produce idéntico fruto, sino unas veces el treinta, otras el sesenta y otras el ciento por uno. La semilla es la misma, los frutos diversos, como diversos son también los resultados espirituales en los que son instruidos.

Salió, pues, el sembrador a sembrar: en parte lo hizo personalmente y en parte a través de sus discípulos. Leemos en los Hechos de los apóstoles que, después de la lapidación de Esteban, todos —menos los apóstoles— se dispersaron, no que se disolvieran a causa de su debilidad; no se separaron por razones de fe, sino que se dispersaron. Convertidos en trigo por virtud del sembrador y transformados en pan celestial por la doctrina de vida, esparcieron por doquier su eficacia.

Así pues, el sembrador de la doctrina, Jesús, Hijo unigénito de Dios, pasaba por unos sembrados. Él no es únicamente sembrador de semillas, sino también de enseñanzas densas de admirable doctrina, en connivencia con el Padre. Este es el mismo que pasaba por unos sembrados. Aquellas semillas eran ciertamente portadores de grandes milagros.

Veamos ahora lo concerniente a la semilla en el momento de la sementera, y hablemos de los brotes que la tierra produce en primavera, no para abordar técnicamente el tema, sino para adorar al autor de tales maravillas. Van los hombres y, según su leal saber y entender, uncen los bueyes al arado, aran la tierra, ahuecan las capas superiores para que no se escurran las lluvias, sino que empapando profundamente la tierra hagan germinar un fruto copioso. La semilla, arrojada a una tierra bien mullida, goza de una doble ventaja: primero, la profundidad y la frescura de la tierra; segundo, permanece oculta, a resguardo de la voracidad de las aves. El hombre hace ciertamente todo lo que está en su mano; pero no está a su alcance el hacer fructificar. Al hombre le toca sembrar; a Dios, dar el crecimiento. Cuando la semilla comienza a brotar y crece, de la espiga se desprende y el fruto lo indica si se trata de trigo o de cizaña.

Habéis comprendido lo que acabo de decir; ahora debo dar un paso más y apuntar a realidades más espirituales. Por medio de los apóstoles, sembró Jesús la palabra del reino de los cielos por toda la tierra. El oído que ha escuchado la predicación la retiene en su interior; y echa hojas en tanto en cuanto frecuente asiduamente la Iglesia. Y nos reunimos en un mismo local tanto los productores de trigo como de cizaña; así el infiel como el hipócrita, para manifestar con mayor verismo lo que se predica. Nosotros, los agricultores de la Iglesia, vamos metiendo por los sembrados el azadón de las palabras, para cultivar el campo de modo que dé fruto. Desconocemos aún las condiciones del terreno: la semejanza de las hojas puede con frecuencia inducir a error a los que presiden. Pero cuando la doctrina se traduce en obras y adquiere solidez el fruto de las fatigas, entonces aparece quién es fiel y quién es hipócrita.

San Agustín

Sermón 101,3

(Fragmento)

“Dice Pablo en sus escritos que fue enviado a predicar el Evangelio allí donde Cristo aún no había sido anunciado. Pero, como aquella otra siega ya tuvo lugar y los judíos que quedaron eran paja, prestemos atención a la mies que somos nosotros. Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el mismo Señor; Él estaba, en efecto, en los apóstoles, pues también Él cosechó; nada hicieron ellos sin Él; Él sin ellos es perfecto, y a ellos dice: ‘sin Mí nada podéis hacer’ (Jn 15, 5). ¿Qué dice Cristo, sembrando entre los gentiles? ‘Ved que salió el Sembrador a sembrar’ (Mt 13, 3). Allí se envían segadores a cosechar; aquí sale a sembrar el sembrador no perezoso. Pero, ¿qué tuvo que ver con esto el que parte cayera en el camino, parte en tierra pedregosa, parte entre espinas? Si hubiera temido a esas tierras malas, no hubiera venido tampoco a la tierra buena. Por lo que toca a nosotros, ¿qué nos importa? ¿Qué nos interesa hablar ya de judíos y de la paja? Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinas, sino tierra buena. -¡Oh Dios! Mi corazón está preparado- (Sal 56, 8) para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea menos, pero siempre es trigo”.

Volver Santos Padres

Inicio

 

Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        Apéndice: P. Leonardo Castellani

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La parábola del sembrador

(Mt 13,1-23)

          Introducción

          Con el domingo de hoy comienza la Iglesia a presentarnos las parábolas de Cristo. En este domingo y en los dos domingos sucesivos leeremos cinco parábolas de Cristo. Hoy, domingo XV del tiempo ordinario, la del sembrador; el domingo próximo, domingo XVI, la del trigo y la cizaña; y el domingo XVII, las tres parábolas del tesoro escondido, la del buscador de perlas y la de la red que se arroja al mar para pescar.

          1. El género ‘parábola’

La palabra que usa el original griego de los evangelios para designar este tipo de predicación de Jesús es parabolé. Es una palabra específicamente griega. Está compuesta del verbo bállo: ‘arrojar’; y ‘pará’: ‘al lado de’. En su sentido estrictamente etimológico, parabolé significa ‘arrojar una cosa al lado de otra’. Por lo tanto, ‘parábola’ en cuanto creación literaria significa lanzar al aire un concepto hablado que nos trae a la mente, además de ese concepto, otro paralelo, pero de distinto orden. Consiste en significar con una sola composición literaria dos realidades paralelas. Es poner paralelamente, a través de la palabra hablada, dos realidades de distinto orden. Ése es el significado etimológico de la palabra ‘parábola’*1.

En castellano se usa el término ‘parábola’ también para expresar el movimiento de algún objeto que se desplaza describiendo un gran arco antes de llegar al punto de arribo, es decir, describiendo, precisamente, una ‘parábola’. Un ejemplo de este movimiento lo tenemos en la jabalina (que lleva el nombre del mismo verbo griego, bállo), o el proyectil de mortero u obús. Estos objetos salen de su punto de partida apuntando hacia arriba para finalmente golpear a un objetivo que está en la tierra. Se trata, por lo tanto, de un tiro no directo (como puede ser el del rifle o carabina) sino indirecto. Por eso la parábola es, como se dice de este movimiento, un discurso indirecto. Por esta razón, por ser un discurso indirecto, el género literario de las parábolas puede también definirse como una ironía, tomada en la tercera acepción que trae el Diccionario de la Real Academia Española: “Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice”.

La palabra castellana que, quizá, exprese mejor la realidad del género ‘parábola’ del Evangelio sea ‘analogía’, porque dos cosas análogas son dos cosas en parte igual y en parte distintas.

Dice el P. Castellani: “La parábola es un género creado por Jesucristo, que ni antes ni después de Él fue usado por nadie”*2. “Se puede decir que este género lo inventó y lo concluyó Cristo”*3. “Las parábolas son un género literario único, que no tuvo precedentes ni continuadores”*4. El único antecedente que tienen las parábolas son las pequeñas comparaciones que Salomón escribe en los libros sapienciales, especialmente en el libro de los Proverbios y que en hebreo se llaman mashál. “Las parábolas de Salomón que se han conservado no son sino comparaciones bre­vísimas, de contenido moral casi siempre, que tienen uno o dos dísticos solamente. Verdad es que aquí se encuen­tra el embrión del género que en los rabbíes posteriores se desarrolló; y en Cristo se consumó”*5.

“La regla más importante de la pedagogía es que hay que enseñar lo desconocido por medio de lo conocido; la regla teológica más importante es que a Dios lo conocemos ‘por medio de las cosas visibles, comprendiéndolas’, como dijo San Pablo. Estas reglas confluyen en este género simple, primitivo, profundo y original. Las costumbres y las circunstancias lo imponían y el genio lo transfiguró”*6.

Las circunstancias lo imponían porque sus oyentes tenían un alma simple como la de un niño y eran ignorantes como los niños. Y por otro lado Él tenía un corazón tierno y paternal, y también corazón de niño (aunque no ignorancia de niño) que le llevaba a acomodarse sin dificultad a su auditorio. Para poder contar cuentos a los niños hay que tener alma de niño. “‘La fábula es un género pueril y prosaico’, dice Menéndez y Pelayo; la parábola es un género pueril y poético”*7. Jesucristo usó este género literario sumamente pueril. Y sin embargo lleno de sabiduría.

Dice también el P. Castellani respecto de las parábolas: “El objeto de ellas, el Misterio, es una cosa desmesurada, infinita. Cristo toma el material de ellas de la realidad cotidiana, de lo que veía en torno suyo, de las costumbres populares, de lo que contaba la gente, de las noticias que corrían… de la boca misma de sus oyentes. (…) Como todos los grandes artistas, no necesitaba Cristo materiales ricos para hacer su obra. Como todos los artistas populares, tomaba sus temas de la boca misma de sus oyentes”*8.

            El género ‘parábola’ inventado por Cristo se diferencia netamente de la figura retórica llamada ‘alegoría’*9. Las parábolas de Cristo pertenecen a la poesía simbólica. Cada parábola es un único símbolo con un solo significado principal. Y todos los detalles de cada parábola están ordenados y tienen como finalidad completar ese único significado; todos los detalles confluyen en un único significado. Respecto a esto se ha caído en dos errores. El primero fue el alegorismo alejandrino, que veía en cada detalle de la parábola un sentido. El segundo fue el de algunos autores del Renacimiento, Maldonado por ejemplo, que consideraron algunos detalles de las parábolas como ‘superfluos’ o ‘inútiles’, dándoles el bello (pero equivocado) nombre de ‘ornamentales’*10.

            En este género que eligió Cristo para predicar hay un misterio y una cuestión muy difícil. En efecto, cuando sus discípulos le preguntan ‘¿por qué les hablas en parábolas?’, Jesús responde: “Les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Oiréis, pero no entenderéis; miraréis, pero no veréis’” (Mt 13,13-14). Pareciera que la respuesta de Jesús sonara así: “Les hablo así para que no entiendan”. Lo cual sería lo contrario de lo que se busca cuando se predica.

            La respuesta a esta cuestión difícil es la siguiente: Cristo habla con imágenes pueriles, poéticas y preñadas de sentido para confundir la sabiduría de los sabios de este mundo. Como dice Pascal refiriéndose a otro tema*11, las parábolas tienen suficiente luz para los que quieren ver, y bastante oscuridad para los que no quieren abrir los ojos a las cosas de Dios.

El lenguaje de las parábolas es el lenguaje de la cruz. Dice San Pablo: “Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. De hecho, la palabra de la cruz es una necedad para los que están en vías de perdición; mas para los que están en vías de salvación, para nosotros, es poder de Dios. Porque escrito está: Destruiré la sabiduría de los sabios, y anularé la inteligencia de los inteligentes” (1Cor 1,17-19). Las parábolas son ‘la predicación’ o ‘palabra de la cruz”, de la que habla San Pablo.

            Para poder entender las palabras de Cristo hay que tener corazón de niño porque Cristo les habla, a través de parábolas, a los que tienen corazón de niño. Por eso, otras de las respuestas posibles a la pregunta de por qué Jesús habla en parábolas es Mt 11,25-26: “En aquella ocasión tomó Jesús la palabra y exclamó: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque has ocultado estas cosas a los sabios y los inteligentes, y las has revelado a los pequeños”. Y respecto a esto dice la Imitación de Cristo: “La simplicidad mira a Dios… Si fueras en tu interior bueno y puro, todo lo verías sin dificultad y lo entenderías bien” *12. Jesús, cuando habla de los que no entenderán, se refiere a los sabios que carecen de esta simplicidad y viven en medio de sus soberbios, complicados y alambicados pensamientos.

2. El sentido general de la parábola

Pero ahora expliquemos la parábola, que en realidad Cristo ya la explicó.

            Jesús habla tomando una imagen que sus interlocutores tendrían casi delante. El modo de sembrar del que Jesús habla es al voleo. Había otros modos de sembrar (al menos uno más, con el asno) y por lo tanto podemos decir que Jesucristo eligió cuidadosamente sus palabras. En esa zona cercana al Mar de Galilea hay buenos terrenos, pero pequeños, muchos de ellos pegados a las lomas y siempre surcados de senderos que eran necesarios para los desplazamientos.

            Por eso era lógico que en el ímpetu y la generosidad del sembrador que arroja la semilla parte de la semilla cayera al lado o sobre esos senderos endurecidos por el paso de los transeúntes. El segundo terreno se trata de semilla que cayó junto a la loma, donde comienza el lecho de piedra. De hecho, San Lucas no dice que cayó en tierra pedregosa sino directamente en piedra (epì tèn pétran; Lc 8,6). Es decir que se trata de un lugar que tiene un colchón de tierra sobre un lecho de piedra; colchón de tierra muy exiguo, ciertamente. El tercer terreno se trata de lugares donde el arado no pudo entrar, o entró con mucha dificultad, también en los rincones del terreno, y por lo tanto no alcanzó a limpiar completamente el terreno.

Lo primero que tenemos que saber es que los distintos terrenos son distintos tipos de almas, el terreno es el hombre individual. El domingo próximo leeremos la parábola de la cizaña sembrada en el campo de trigo, que habla del terreno como una sociedad humana. Pero aquí el terreno es el alma individual, distintos tipos de alma.

            La semilla es la Palabra de Dios, es el Evangelio, la doctrina de Cristo e, incluso, la Palabra en cuanto persona, en cuanto Verbo, segunda persona de la Santísima Trinidad.

            El tema crucial y dramático, podríamos decir, que nos presenta la parábola de hoy es cómo recibe cada alma al Verbo. Esta parábola es, por sí misma, un tratado completo de psicología o de antropología cuyo principio fundamental es: toda alma humana se define por su relación con el Verbo. Cada alma humana es lo que es de acuerdo a cómo ha decidido libremente recibir al Verbo. En esta parábola Jesús pone al hombre individual ante una extraordinaria disyuntiva: o elige a Dios o se elige a sí mismo.

Los tres primeros tipos de personas representados por los tres primeros tipos de terrenos se eligen a sí mismos y desechan a Dios. Se trata de una elección profunda y primaria que brota de lo más hondo del corazón y es la opción que el alma hace acerca de Cristo: si ha optado por Cristo, o ha optado vivir sin Cristo o contra Cristo. Y esta opción, que es absolutamente libre, afecta de una manera tan intensa a la persona, que de esa opción depende toda su personalidad. Aún más, el P. Castellani dice que eso no sólo afecta a la personalidad, sino que eso es la Personalidad, con mayúsculas.

Dice el P. Castellani textualmente: “Hay en el fondo más secreto del hombre un punto del cual proceden sus decisiones, y sobre todo la decisión primaria y capital de si él va a votar por Dios o no va a estar con Dios. Ese punto es tan recóndito que no lo pueden conocer ni menos forzar ni los ángeles ni los demonios; sino solamente Dios, el cual no lo quiere forzar. Dese punto procede la orientación de toda nuestra conducta, y a eso llamamos Personalidad.

            “Esta parábola (la parábola del sembrador) trata déso; de cómo se ha la Personalidad del hombre respecto a la Palabra de Dios, o sea, las verdades religiosas”*13.

            O sea que, para el P. Castellani, la Personalidad consiste en el modo en que el alma se relaciona con el Verbo, con la Palabra de Dios hecha carne, si se enfrenta aceptándolo plenamente y de una manera definitiva, para siempre, o si decide ignorarlo o luchar contra Él. A esta opción, Castellani la llama también Elección Primaria, con mayúsculas*14.

            De esta Personalidad del hombre o Elección Primaria trata, precisamente, la Parábola del Sembrador que hoy hemos leído y por esta razón es la más importante del Evangelio.

            Los cuatro terrenos que reciben la semilla son cuatro distintas Personalidades en su relación con el Verbo, con la Palabra. El primer terreno, el camino, ignora absolutamente al Verbo y se desentiende rápidamente de Él, con la colaboración del diablo. El segundo terreno, el terreno con lecho de piedra y poca capa de humus, es una Personalidad que hace una intentona de aceptar al Verbo, pero su opción por Cristo ni es plena ni es definitiva: ante los primeros problemas que nacen a causa de la amistad con Cristo, lo abandona, como la planta que no tiene raíces; su opción por Cristo no es tal. El tercer terreno, lleno de malezas y espinos, hace un amague de aceptar al Verbo; incluso crece la planta que brotó de la semilla de la Palabra, pero se deja enredar por las preocupaciones del mundo y el amor al dinero. A pesar de haber hecho un amague de aceptarlo, finalmente no lo acepta.

            De estos tres terrenos se dice que no dan fruto. Lo cual indica la condenación eterna. Los hombres, cuya Personalidad consiste en un desentendimiento del Verbo, no se salvan.

            El cuarto terreno, el buen terreno, está describiendo la Personalidad de aquellos que aceptan al Verbo en plenitud y definitivamente, para siempre. Ellos dan fruto, es decir, se salvan.

            3. Las características propias de cada terreno o cada tipo de alma

            “Claramente se ve en la parábola una progresión en la suerte de la semilla; porque en efecto, la que cae en el camino, ni siquiera germina; la que cae sobre ripio, germina y se quema pronto; mas la que cae entre abrojos –o cañotas– crece bastante pero después es como aprisionada y asfixiada”*15.

            Las características del primer terreno es ser sendero y costado o banquina del sendero. Expresa un terreno duro e impenetrable. Eso ya habla algo acerca de este tipo de alma. Son almas que no son permeables al Verbo ni a ‘los verbos’, es decir, al mensaje del Verbo Encarnado.

            Pero la acusación que le hace Jesús es que ‘oyen la palabra pero no la entienden’ (Mt 13,19). El verbo griego que se usa para decir ‘entender’ es el verbo syníemi. Este verbo se usa en el AT (LXX) para expresar la actitud propia del sabio (cf. Job 36,4; Sir 24,26; Jer 9,11). Por lo tanto ‘no entender la palabra’ es la actitud propia del necio, del carente de sabiduría divina. ‘Entender’ (syníemi) se refiere a la capacidad de hacer que la palabra entre al interior, de internizarla, si se nos permitiera decir. La comparación, precisamente, es esa: así como la semilla no penetra en la tierra, así tampoco la palabra penetra en el alma. Apenas si cayó en sus oídos corporales, pero la libertad del hombre la rechazó en el fondo de su corazón. Y esto se hace con la ayuda del Maligno.

            La característica del segundo terreno es la de ser superficial. Se trata de una capa de tierra de muy pocos centímetros sobre un lecho de piedra. La semilla entra en el terreno (‘reciben la palabra con alegría’), pero brota enseguida a causa del poco espesor de la tierra. Y el sol fuerte de la primavera galilaica quema el brote, porque la raíz tampoco ha podido desarrollarse y el terreno no puede retener la humedad. La acusación que Jesús le hace es doble. En primer lugar, se trata de un alma ‘temporal’ (en griego, proskairós; San Jerónimo traduce temporalis). En segundo lugar, se trata de un alma que no soporta las tribulaciones y las persecuciones a causa de la Palabra.

            Ser temporal se dice en oposición a lo eterno*16. Ser un terreno superficial aquí es sinónimo de estar enamorado de la vida que transcurre dentro del tiempo y en esta tierra. No piensa ni aspira a la vida eterna del cielo. En el NT se usa en otros dos lugares. En 1Cor 4,18 se habla de las cosas visibles y pasajeras en oposición a lo eterno: “No ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras (proskairós), mas las invisibles son eternas”. En Heb 11,25 se dice que Moisés prefirió “ser maltratado con el pueblo de Dios a disfrutar del efímero (proskairós) goce del pecado”.

            No soportar las tribulaciones y las persecuciones por la Palabra es tener miedo de sufrir por Cristo. Por eso dice el P. Castellani: “Cristo declara netamente que es el miedo al sufrimiento lo que suprime la religión en estos tipos; lo cual prueba que entienden lo que es religión, puesto que ven claramente que la religión los va a remolcar por un camino que les causa pavor; y por eso desenganchan al momento. Con éstos el diablo tiene más trabajo, pero también más cosecha”*17.

El tercer terreno es bueno y fecundo y recibe bien la semilla de trigo; pero en ese terreno hay zarzas o plantas de espinos o arbustos con espinas. Crecen las plantas de espinas, ahogan la planta de trigo, y el trigo se pasma y no da fruto, nada de fruto. Esto representa al alma que recibe bien la palabra, el anuncio del Evangelio. Pero ‘las preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ (Mt 13,22) que no supo erradicar en su momento, ahora han ahogado la palabra de Dios y no han dado fruto, nada de fruto. El no dar fruto significa la condenación eterna.

Éste terreno representa a muchos católicos que han aceptado el anuncio del Evangelio y han recibido el bautismo. Han adelantado en la vida espiritual, han hecho crecer la palabra de Dios en sus almas, pero finalmente ‘las preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ ahogan la palabra de Dios y los lleva a hacer su elección por las riquezas y rechazan la salvación que Dios les ofrece.

La expresión griega que se traduce por ‘preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ es he mérimna toû aiônos kaì he apáte toû ploútou. La palabra griega mérimna, que traducimos por ‘preocupaciones’ proviene del verbo merídso, que significa ‘dividir’. Por eso, la palabra mérimna expresa aquellas cosas que exigen la atención del alma en distintas direcciones y al mismo tiempo, de tal manera que hacen que el alma viva dividida, solicitada por varios objetos a la vez. De aquí proviene la ansiedad y el afán inmoderado. Y se trata de objetos todos relativos al tiempo presente. En efecto, aión significa ‘siglo’, ‘tiempo presente’. No hay ninguna referencia a la eternidad; todo se refiere a la vida estrictamente temporal. Se trata de un afán inmoderado por las cosas necesarias para nuestra vida temporal.

La palabra apáte significa ‘engaño’, ‘seducción’.

Esto es cuanto puede sucederle a un católico medio: dejarse arrastrar por las múltiples necesidades materiales para vivir el tiempo presente, y de allí, dejarse engañar y seducir por el deseo inmoderado de dinero y de riquezas. Todo eso ahoga la palabra sembrada y hace que no dé fruto.

El terreno que sí da fruto es el alma que ‘entiende’ (synieís) la palabra, es decir, la contrapartida del primer terreno. Si el primer tipo de alma es la del necio, el tipo de alma del que da fruto es la del sabio. El hecho que Jesús presente a ese terreno según una triple capacidad, es decir, un terreno da treinta granos por una semilla sembrada, otro da sesenta por una sembrada y otro da cien por una sembrada, significa los distintos estados en que el alma se encuentra al morir.

En el itinerario normal de un alma que busca a Dios hay tres edades o también llamadas ‘vías’. La primera, la inmediata después de la conversión, es la que se llama la vía purgativa, porque el alma todavía vive en una etapa de intensa purgación y purificación. Después de esta etapa Dios mete mano y la hace entrar en una noche de gran tribulación, llamada ‘noche del sentido’. Salida de esa noche, el alma entra en la segunda edad, la vía iluminativa, llamada así porque va aprovechando intensamente en las virtudes. Llegado un momento en que el alma ya ha hecho todo lo que está en su mano para purificarse, otra vez Dios toma las riendas del asunto y hace entrar al alma a una noche mucho más tremenda que la anterior (y que San Juan de la Cruz llama ‘horrenda’). Esa noche se llama ‘noche del espíritu’ y hace entrar al alma ya en el estado de los perfectos. Es lo que se llama la vía unitiva, porque ya va llegando a la unión mística con Cristo.

Los que llegan a la vía purgativa son los que dan el 30 x 1. Los que llegan a la vía iluminativa son los que dan el 60 x 1. Los que llegan a la vía unitiva son los que dan el 100 x 1.

Conclusión

Esta parábola es una invitación a hacer una Elección Primaria plena, definitiva y eficaz por Cristo. Los obstáculos que debemos remover son: el desinterés por Cristo (primer terreno), la superficialidad y el temor al sufrir por Cristo (segundo terreno), y la excesiva preocupación por las dificultades de la vida diaria y la seducción del dinero (tercer terreno).

Al mismo tiempo debemos estar dispuestos a, una vez convertidos, avanzar en la vida espiritual y aspirar a pasar las dos noches que nos purifican, hasta llegar a la vía unitiva. Esta vía unitiva no es solamente para sacerdotes y religiosos. Es para todo bautizado. La vida mística, la unión mística con Cristo está dentro del desenvolvimiento normal de la vida espiritual del cristiano. Ese es el modo de rendir 100 x 1. Si no se llega allí es porque no se ha tenido ánimo de arrostrar todas las dificultades y sufrimientos que ello implica.

Pidámosle esa gracia a la Virgen María.

________________________________________________
*1- En castellano, italiano y francés se ha tomado del vocablo griego ‘parábola’, el término ‘palabra’, ‘parola’, ‘parole’, respectivamente (cf. Castellani, L., Las Parábolas de Cristo, Ediciones Jauja, Mendoza, 1994, p. 16). Estas lenguas no han mantenido ni el vocablo griego ‘logos’ ni el vocablo latino ‘verbum’ en esos sentidos.
*2- Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 477.
*3- Castellani, L., Las parabolas de Cristo…, p. 16.
*4- Castellani, L., El Evangelio…, p. 282.
*5- Castellani, L., El Evangelio…, p. 479.
*6- Castellani, L., Las Parábolas de Cristo…, p. 16.
*7-Castellani, L., Las Parábolas de Cristo…, p. 16.
*8- Castellani, L., El Evangelio…, p. 246.
*9- Por ejemplo, la comparación de la cepa y los sarmientos de Jn 15,1-8 es una alegoría.
*10- Presentamos aquí, en nota, algunos textos del P. Castellani que explayan esta idea: “En realidad las parábolas pertenecen al género símbolo, la más antigua y natural de las maneras de expresión poética de la humanidad” (Castellani, L., El Evangelio…, p. 384).

                “La parábola evangélica es más bien que narración un cuadro, (…) La parábola pertenece al género símbolo; que es más que un género literario, el modo de expre­sión más primitivo y fundamental de la poesía; mezclado con humorismo, como diríamos hoy, un humorismo teo­lógico o trascendental –como ha sido bautizado–, no una cualquiera jocosidad o ironía” (Castellani, L., El Evangelio…, p. 478).

                “No son fábulas, no son apólogos comunes, no son leyendas, no son consejas, no son novelas, no son poesía épica; son poesía simbólica” (Castellani, L., Las parábolas…, p. 16).

“Los antiguos querían encontrar un significado a cada uno de los pormenores de las parábolas o milagros, lo cual es fácil con un poco de imaginación; pero es arbitrario, y al final cae en el ridículo: alegorismo que los modernos no podemos tragar, y con razón. Pero Maldonado, uno de los precursores de la exégesis moderna, cae en otro error peor: reaccionando al excesivo alegorismo antiguo –al comentar la parábola del Convite, que ya hemos visto– afirma que no todo se ha de alegorizar, porque hay en los Evangelios rasgos de adorno, rasgos superfluos, dice; es decir, cosas inútiles en puridad; lo cual equivale a decir la inocente blasfemia de que él las hubiese hecho mejor a las parábolas, si lo dejan, pues es capaz de distinguir lo que es “superfluo” (Castellani, L., El Evangelio…, p. 303-4).

                “Así pues los Santos Padres antiguos descomponen las parábolas en todos sus elementos constitutivos hasta los menores detalles, como en un análisis químico, y quieren dar un significado concreto a cada uno de ellos; el cual en ocasiones no puede ser sino arbitrario y aun estrafalario, cayendo así en el “alegorismo” que S. S. Pío XII desrrecomienda en su Encíclica Divino Afflante Spiritu” (Castellani, L., El Evangelio…, p.384).

“Los exegetas del Renacimiento vieron que el alegorismo no marchaba; y que las parábolas debían tener un significado literal único, pretendido por Cristo, y sobre el cual no podía caber discusión. Eso fue un progreso, porque es efectivamente así. Pero sin embargo, intrigados de los porme­nores a veces raros, introdujeron que en las parábolas había “rasgos or­namentales”; es decir, adornos en el fondo inútiles” (Castellani, L., El Evangelio…, p. 385).
*11- Cf. Garrigou-Lagrange, R., Las tres edades de la vida interior, Ediciones Palabra, Madrid, 1995, Tomo II, p. 979.
*12- DE Kempis, T., Imitación de Cristo, Libro II, cap. IV, nº 1.2.
*13- Castellani, L., Domingueras Prédicas, Ediciones Jauja, Mendoza (Argentina), 1997, p. 58 – 59; cursiva nuestra.
*14- Castellani, L., Domingueras Prédicas…, p. 60.
*15- Castellani, L., El Evangelio…, p. 146.
*16- Dice Friberg: “Se dice de aquello que continúa sólo por un tiempo limitado: temporario, transitorio, por un tiempo (Mt 13,21), opuesto a aiónos (eterno, inmortal). En género neutro se usa como un sustantivo y se aplica a cosas que están en este mundo visible; entonces significa: de naturaleza temporaria (así por ejemplo, en 2Cor 4,18)”. El texto original en inglés: “Of what continues only for a limited time temporary, transitory, for a time (Mt 13,21), opposite αἰώνιος (eternal, everlasting); neuter as a substantive, of things in the visible world τὸ πρόσκαιρον the temporary nature (2Cor 4,18)” (Friberg, Lexicon of the New Testament; traducción nuestra).
*17- Castellani, L., El Evangelio…, p. 147.

Volver Aplicación

S.S. Francisco p.p.

 

El Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23) nos presenta a Jesús predicando a orillas del lago de Galilea, y dado que lo rodeaba una gran multitud, subió a una barca, se alejó un poco de la orilla y predicaba desde allí. Cuando habla al pueblo, Jesús usa muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida cotidiana.

La primera que relata es una introducción a todas las parábolas: es la parábola del sembrador, que sin guardarse nada arroja su semilla en todo tipo de terreno. Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno donde cae. Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino los pájaros se comen la semilla; en el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tienen raíz; en medio de las zarzas las espinas ahogan la semilla. El cuarto terreno es el terreno bueno, y sólo allí la semilla prende y da fruto.

En este caso, Jesús no se limitó a presentar la parábola, también la explicó a sus discípulos. La semilla que cayó en el camino indica a quienes escuchan el anuncio del reino de Dios pero no lo acogen; así llega el Maligno y se lo lleva. El Maligno, en efecto, no quiere que la semilla del Evangelio germine en el corazón de los hombres. Esta es la primera comparación. La segunda es la de la semilla que cayó sobre las piedras: ella representa a las personas que escuchan la Palabra de Dios y la acogen inmediatamente, pero con superficialidad, porque no tienen raíces y son inconstantes; y cuando llegan las dificultades y las tribulaciones, estas personas se desaniman enseguida. El tercer caso es el de la semilla que cayó entre las zarzas: Jesús explica que se refiere a las personas que escuchan la Palabra pero, a causa de las preocupaciones mundanas y de la seducción de la riqueza, se ahoga. Por último, la semilla que cayó en terreno fértil representa a quienes escuchan la Palabra, la acogen, la custodian y la comprenden, y la semilla da fruto. El modelo perfecto de esta tierra buena es la Virgen María.

Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a quienes escuchaban a Jesús hace dos mil años. Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente la semilla de su Palabra y de su amor. ¿Con qué disposición la acogemos? Y podemos plantearnos la pregunta: ¿cómo es nuestro corazón? ¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal, a una zarza? Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero trabajado y cultivado con cuidado, a fin de que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Y nos hará bien no olvidar que también nosotros somos sembradores. Dios siembra semilla buena, y también aquí podemos plantearnos la pregunta: ¿qué tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca? Nuestras palabras pueden hacer mucho bien y también mucho mal; pueden curar y pueden herir; pueden alentar y pueden deprimir. Recordadlo: lo que cuenta no es lo que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón.

Que la Virgen nos enseñe, con su ejemplo, a acoger la Palabra, custodiarla y hacerla fructificar en nosotros y en los demás.

 (Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 13 de julio de 2014)

Volver Aplicación



San Juan Pablo II

 

 “Así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya cumplido aquello a que la envié” (Is 55,11).

Como la lluvia baña la tierra, así Dios con su gracia da nuevamente vigor al hombre abrumado por el peso del pecado y de la muerte. Él es fiel y mantiene siempre la palabra dada.

Ningún poder logrará frenar la fuerza irresistible de su misericordia.

Las palabras del Deutero-Isaías que hemos escuchado en la primera lectura subrayan de manera significativa la promesa que Yavé renueva al pueblo de Israel afligido y desorientado. Ellas se dirigen también a nosotros como un llamamiento a la esperanza y como un estímulo a la confianza. Se dirigen al hombre de nuestro tiempo, sediento de felicidad y bienestar, que va en busca de la verdad y de la paz, pero que, por desgracia, experimenta la decepción del fracaso.

Las palabras del profeta son una invitación a creer que Dios puede modificar cualquier situación, incluso la más dramática y compleja.

En efecto, ¿quién puede oponerse a su obrar? Él, que es omnipotente y bueno, ¿nos abandonará quizá a nuestra fragilidad y nos dejará vagar a merced de nuestra infidelidad?

En los textos de este domingo el Omnipotente se nos presenta revestido de ternura y atención, prodigando a la humanidad dones de salvación. Él acompaña con paciencia al pueblo que eligió; guía fielmente a lo largo de los siglos a la Iglesia, el “nuevo Israel”, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne” (Lumen Gentium n.9).

Habla y obra, dona sin medida y sin arrepentimiento, interviene en nuestra realidad diaria incluso cuando somos débiles y no correspondemos a su amor gratuito y generoso.

Pero el hombre tiene la posibilidad tremenda de volver vana la iniciativa divina y rechazar su amor. Nuestro “sí”, adhesión libre a su propuesta de vida, es indispensable para que el proyecto de salvación se cumpla en nosotros.

Reflexionemos sobre la parábola del sembrador. Ella nos ayuda a comprender mejor esta realidad providencial y a ponderar sabiamente la responsabilidad que nos corresponde a cada uno de nosotros de hacer madurar la semilla de la Palabra, difundida ampliamente en nuestro corazón. La semilla de la que hablamos es la Palabra de Dios; es Cristo, el Verbo de Dios vivo. Se trata de una semilla en sí misma fecunda y eficaz, surgida de la fuente inextinguible del Amor trinitario. Sin embargo, el hecho de hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida de cada uno de nosotros. A menudo, el hombre es distraído por demasiados intereses, le llegan innumerables estímulos desde muchas partes, y le resulta difícil distinguir, entre tantas voces, la única Verdad que hace libre.

Es necesario convertirse en terreno disponible sin abrojos y sin piedras, sino arado y escardado con cuidado. Depende de nosotros ser la tierra buena en la que “da fruto y produce uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (Mt 13,23).

Os exhorto a crecer en deseos de Dios; os aliento a acoger generosamente la invitación que os dirige la liturgia de este día. Ojalá correspondáis siempre a los impulsos de la gracia y produzcáis frutos abundantes de santidad.

El mundo, “sometido a la vanidad” (Rm 8,20), grita que tiene sed de Cristo. Invoca la paz, pero no sabe dónde hallarla plenamente. ¿Quién podrá transformar este terreno pedregoso y lleno de abrojos en un campo ubérrimo, sino la lluvia y la nieve que bajan desde arriba?

 “Virgo potens, erige pauperem” – “Virgen poderosa, alza al pobre”. Es verdad: la Virgen sostiene al pobre que confía en Ella. Ayuda al cristiano, día tras día, a seguir los pasos de Jesús, a gastar por Él todo tipo de recursos físicos y espirituales, realizando de este modo la misión que le fue confiada por el bautismo. El creyente se transforma así, a su vez, en una semilla de vida ofrecida, junto a Cristo, por la salvación de sus hermanos.

“La ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios” (Rm 8,19).

La humanidad pide ayuda y busca seguridad. Todos tenemos necesidad de la lluvia de la misericordia, todos aspiramos a los frutos del amor.

Dios sigue visitando la tierra y bendiciendo sus retoños, y seguramente llevará a término la obra comenzada. El panorama formidable que contemplamos aquí nos habla de su fidelidad eterna. Nos habla también de la riqueza de sus dones. Dios se manifiesta desde lo alto “muestra a los extraviados la luz de su verdad para que puedan volver a su camino recto” (Colecta).

Nos muestra a Jesucristo, su Verbo eterno. Nos lo muestra y nos lo ofrece en la Eucaristía; nos lo ofrece a través de las manos de María, su Madre, nuestra Madre.

 (Santuario alpino de Nuestra Señora de Barmasc, 15 de julio de 1990)

Volver Aplicación

Benedicto XVI

 

En el Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23), Jesús se dirige a la multitud con la célebre parábola del sembrador. Es una página de algún modo «autobiográfica», porque refleja la experiencia misma de Jesús, de su predicación: él se identifica con el sembrador, que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, y percibe los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio. Hay quien escucha superficialmente la Palabra pero no la acoge; hay quien la acoge en un primer momento pero no tiene constancia y lo pierde todo; hay quien queda abrumado por las preocupaciones y seducciones del mundo; y hay quien escucha de manera receptiva como la tierra buena: aquí la Palabra da fruto en abundancia.

Pero este Evangelio insiste también en el «método» de la predicación de Jesús, es decir, precisamente, en el uso de las parábolas. «¿Por qué les hablas en parábolas?», preguntan los discípulos (Mt 13, 10). Y Jesús responde poniendo una distinción entre ellos y la multitud: a los discípulos, es decir, a los que ya se han decidido por él, les puede hablar del reino de Dios abiertamente; en cambio, a los demás debe anunciarlo en parábolas, para estimular precisamente la decisión, la conversión del corazón; de hecho, las parábolas, por su naturaleza, requieren un esfuerzo de interpretación, interpelan la inteligencia pero también la libertad. Explica san Juan Crisóstomo: «Jesús pronunció estas palabras con la intención de atraer a sí a sus oyentes y solicitarlos asegurando que, si se dirigen a él, los sanará» (Com. al Evang. de Mat., 45, 1-2). En el fondo, la verdadera «Parábola» de Dios es Jesús mismo, su Persona, que, en el signo de la humanidad, oculta y al mismo tiempo revela la divinidad. De esta manera Dios no nos obliga a creer en él, sino que nos atrae hacia sí con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado: de hecho, el amor respeta siempre la libertad.

Que la Virgen María nos ayude a ser «tierra buena» donde la semilla de la Palabra pueda dar mucho fruto.

(Ángelus, Palacio apostólico de Castelgandolfo, Domingo 10 de julio de 2011)

Volver Aplicación

Apéndice: P. Leonardo Castellani

Textos selectos del P. Leonardo Castellani acerca del género ‘parábolas’

            Las frases que siguen están tomadas del libro:

Castellani, L., El evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977.

            Aunque no estén entre comillas, todos los párrafos son textuales del autor.

_________________________________________________________________

Está hablando de la parábola del administrador injusto

Cuanto más leo las parábolas de Cristo, más veo que son un género literario único, que no tuvo precedentes ni continuadores. Son más sencillas que el más sencillo de los géneros literarios, las fábulas de Esopo; y al mismo tiempo más atrevidas y extrañas que el género moderno que los españoles llaman esperpento. Son naturalísimas porque se trata de una simple comparación; son brevísimas, porque no hay un solo rasgo que sobre; y sin embargo tienen un contenido tal que nos deja bizcos: hay que ver el lío que se han hecho con esta parábola los más doctos intérpretes, incluso el doctísimo cardenal Cayetano, el famoso comentador de Santo Tomás: el cual declara netamente que a esta parábola él no la entiende ni la puede explicar. Menos mal que tuvo esa humildad, que otros menores que él no la tuvieron.

            Cristo fue mucho más que un genio literario; pero fue también un genio literario. Lo lírico está contenido en el material de las parábolas –que son en conjunto 120 contando grandes y chicas– material tomado de la naturaleza, del campo, de las plantas y animales y de las costumbres del animal más sorprendente que existe. Lo patético está suministrado por la profundidad enorme del sentimiento, conectado con las cosas más graves de la vida humana. Lo dramático, en la viveza y originalidad de los cortos diálogos. Lo humorístico en la mirada aguda y maliciosa con que el autor capta las costumbres de los hombres. Lo filosófico en la súbita trasposición de planos, y una especie de descoyuntamiento, que apunta a un sentido escondido. Lo teológico, en los emblemas y figuras de Dios: en este caso, Dios es el Patrón, el dueño de todo el Universo, de quien se dijo: “Si tuviese hambre, no te lo voy a decir a ti, porque mía es la redondez de la tierra y cuanto en ella hay” (Ps XLIX, 12), y también: “Mía es la plata y el oro, dice el Señor” (Ageo II, 8). (p. 282-3)

 ________________________________________________________________

Hemos notado otra vez que las parábolas de Cristo ostentan una especie de desmesuras o bruscas salidas del carril, que se podrían llamar humorismo si se quiere; pero que es un humorismo trascendental, exigido por su objeto: no humorismo jocoso, por cierto; aunque en algunos casos sí hay un tono chusco, como en la parábola del Mayordomo Camandulero. El objeto de ellas, el Misterio, es una cosa desmesurada, infinita. Cristo toma el material de ellas de la realidad cotidiana, de lo que veía en torno suyo, de las costumbres populares, de lo que contaba la gente, de las noticias que corrían… de la boca misma de sus oyentes. Fue carpintero, según parece, pero nunca tomó como materia sus recuerdos de joven, los instrumentos, la madera, los muebles; y la razón es que era un contemplativo y hablaba de lo que veía hic et nunc; puesto que continuamente veía lo Eterno insertándose en el Tiempo. Pero lo Eterno embutido en lo Cotidiano, le hace saltar las costuras. Cristo toma un cuentito de Reyes y de Convites como los que corrían por allí; y de repente, en el medio del cuentito, estalla el trueno; o por lo menos, se abre una interrogación; y una especie de perspectiva mística inmensa, a veces temerosa, se abre de repente detrás de las cosas triviales de la vida: como el abismo que veía a su lado Pascal cuando caminaba por la calle. Como todos los grandes artistas, no necesitaba Cristo materiales ricos para hacer su obra. Como todos los artistas populares, tomaba sus temas de la boca misma de sus oyentes. Como los payadores criollos, no cantaba a María Estuardo o a Guillermo Tell, sino a Lucía Miranda, a los indios pampas, o al “contingente”*1. (p. 245-6)

  ________________________________________________________________

Por eso las parábolas de Cristo son paradojas, tienen un rasgo desmesurado o, digamos, algo como un giro humorístico. “¿Por qué predicas así?” ––le preguntaron una vez; y eso está en Mateo XIII, 13––. “¡Para que no entiendan!”, respondió Cristo, con humor evidentemente.

            El humor y el patetismo son los estilos propios del hombre religioso cuando habla a los otros hombres, al hombre ético y al hombre estético. (p. 141)

 ________________________________________________________________

La ironía es el lenguaje del hombre ético cuando habla a los anéticos: “el hombre magnánimo usa de la ironía” dice Aristóteles: “vir magnanimus utitur eironeia”. El humor es propio del hombre noble, sea inglés o no; los países en que no hay humor y el hombre que no entiende el humor, son poco desarrollados. (p. 144-5)

 ________________________________________________________________

Los antiguos querían encontrar un significado a cada uno de los pormenores de las parábolas o milagros, lo cual es fácil con un poco de imaginación; pero es arbitrario, y al final cae en el ridículo: alegorismo que los modernos no podemos tragar, y con razón. Pero Maldonado, uno de los precursores de la exégesis moderna, cae en otro error peor: reaccionando al excesivo alegorismo antiguo –al comentar la parábola del Convite, que (p. 304) ya hemos visto– afirma que no todo se ha de alegorizar, porque hay en los Evangelios rasgos de adorno, rasgos superfluos, dice; es decir, cosas inútiles en puridad; lo cual equivale a decir la inocente blasfemia de que él las hubiese hecho mejor a las parábolas, si lo dejan, pues es capaz de distinguir lo que es “superfluo”. (p. 303-4)

  ________________________________________________________________

Parábola del deudor desaforado

Maldonado hace dos errores serios en la explicación de esta parábola: uno, rechazar la distinción de Santo Tomás porque la trae Calvino, al cual tiene un odio inextinguible; y otro, al decir que en esta parábola hay dos “juegos ornamentales”; conforme a una teoría de los “rasgos ornamentales de las parábolas” que él inventó y a la cual tiene un amor inextinguible; y que es un error. La inventó para ir en contra de la interpretación meticulosa y fragmentaria de los detalles propia de los Santos Padres antiguos, la cual es a osadas otro error; que explicaremos otro día, cuando veamos la parábola del Grano de Mostaza. Ahora no hay lugar.

            “Rasgo ornamental” es para Maldonado “las cosas superfluas”, que según él habría en las parábolas. No hay cosas superfluas en las parábolas. Ese rasgo de los “¡diez mil talentos!”, una suma considerable –por ejemplo–, ¿es una exageración inútil e inverosímil?… Veámoslo un poco: es difícil, si no imposible, fijar el valor de las monedas antiguas: porque, primero, había talentos de oro y de plata; y, después, nuestras monedas actuales están en constante muda; pero de todos modos, un talento de oro era una cosa que un hebreo veía pocas veces, o nunca; y diez mil talentos es inconcebible. En realidad, talento era medida de peso más que moneda: unos 59 kilos de oro puro.

            No es una exageración inútil. El “Hombre-Rey” es Dios, es Cristo mismo, juez de vivos y muertos; y el autor de la parábola quiere marcar la diferencia inconmensurable que va del hombre a Dios y de las “deudas” que tenemos entre nosotros, y las que tenemos con Dios. Al oír “10.000 talentos” los ojos de los oyentes se perdieron en el infinito con un temblor; porque efectivamente esa suma les era inimaginable. Éste es el motivo permanente de las “exageraciones” de Cristo, ya lo hemos dicho; y de su especie de “humorismo trascendental”.

Por mucho que exagerara, nunca iba a medir bien Lo Inconmensurable, nunca iba a nombrar del todo a Lo Inefable. Cristo era un excelente artista, mucho más artista que el erudito Juan de Maldonado; el cual de artista no tiene un jerónimo. (p. 366)

 ________________________________________________________________

El hablar por semejanzas era típico de la literatura –o mejor dicho de la poesía– hebrea como de todo el Oriente. Hoy conocemos mejor este género; conocemos totalmente las leyes del llamado estilo oral –uno de los estadios de la evolución de la expresión humana– gracias a la preciosa obrita técnica del investigador Mar- (p. 384) cel Jousse. No era el caso de los exé­getas antiguos ni de los del Renacimiento. En otro lugar he indicado que éstos yerran a veces en la interpretación, cayendo en dos extremos viciosos, a causa de su ignorancia del género; pues aprisionados por los esquemas de la retórica grecolatina, los unos miran a las parábolas como si fuesen alegorías o emblemas y los otros como si fuesen novelitas mal hechas. En realidad las parábolas pertenecen al género símbolo, la más antigua y natural de las maneras de expresión poética de la humanidad; lo que llamo Giambattista Vico “la lingua degli erói”.

            Así pues los Santos Padres antiguos descomponen las parábolas en todos sus elementos constitutivos hasta los menores detalles, como en un análisis químico, y quieren dar un significado concreto a cada uno de ellos; el cual en ocasiones no puede ser sino arbitrario y aun estrafalario, cayendo así en el “alegorismo” que S. S. Pío XII desrrecomienda en su Encíclica Divino Afflante Spiritu. Proceden como un maestro de heráldi­ca: “Gules significa la paz, sinople significa la astucia, la orla de oro sig­nifica parentesco con la casa real, el león rampante en campo de gules significa casa noble que crece, los dos calderos significa comarca de oli­vares…”; y así sucesivamente hasta dar a todo el escudo de armas un sig­nificado concreto… y convencional.

            Así, por ejemplo, esta sencillísima parábola de la Levadura, que tiene cuatro líneas, hace decir a la exégesis antigua: “El Fermento es Cristo, la harina es la Humanidad, las tres medidas de harina significan la fe, la es­peranza y la caridad, la mujer significa la Sabiduría”; y después se ponen a discutir muy formales por qué Cristo dijo: “tres satos de harina”, que es un ‘hedió (que son 59 kilos) cantidad desmesurada para una horneada, y aun para tres horneadas y tres mujeres. Pero resulta ahora que la “sa­biduría” no es femenino, sino masculino en arameo: no es mujer, es va­rón. Otra discusión.

            La “mujer” significa simplemente que en Palestina quienes horneaban eran las mujeres. El rasgo desmesurado es una cosa general en las pará­bolas de Cristo, y ya hemos explicado el porqué. La parábola ha de to­marse (p. 385) en su conjunto como un símbolo; en este caso, de la sociedad re­ligiosa que Cristo estaba en tren de fundar. Los rasgos particulares tie­nen por objeto diseñar simplemente y traer a la memoria vívidamente una cosa conocida de todos, para significar con ella una cosa invisible; en este caso, misteriosa y futura: la Iglesia. Un pintor actual que pinta un cuadro simbólico de la Paz, por ejemplo, pone allí una cosa concreta que en su conjunto significa la paz; pero cada uno de los rasgos separados de tal cosa concreta, no es necesario tenga un significado especial.

            Los exegetas del Renacimiento vieron que el alegorismo no marchaba; y que las parábolas debían tener un significado literal único, pretendido por Cristo, y sobre el cual no podía caber discusión. Eso fue un progreso, porque es efectivamente así. Pero sin embargo, intrigados de los porme­nores a veces raros, introdujeron que en las parábolas había “rasgos or­namentales”; es decir, adornos en el fondo inútiles. Maldonado, expli­cando la parábola del Convite Regio y topando con la frase del Rey: “Los pollos ya están muertos, los becerros están adobados”, dice que eso es un “rasgo ornamental superfluo”, lo cual viene a querer decir, si bien se mira, que Maldonado la hubiese hecho mejor de haber sido el autor él. Pero un buen artista elimina todo lo superfluo: en una obra maestra no sobra una sola palabra. Esa frase trivial del Rey pertenece al conjunto del símbolo, como parte de él, pero parte no separable; y el Rey la dice para significar que el Convite ha de llevarse a cabo; y eso, pronto. Pre­gunten a un hacendado si se puede aplazar una “yerra de convite”. (p. 383-5)

 ________________________________________________________________

III. Las parábolas

Hemos dicho en este libro que la parábola es un género creado por Jesucristo, que ni antes ni después de El fue usado por nadie. Esta afirmación es nueva, y conviene justificarla.

Parecería que la parábola de los Evangelios pertene­ce al género griego del apólogo; que es una fábula (mythos) (p. 478) cuyos personajes son humanos en vez de imaginarios*2, como por ejemplo El Viejo y la Muerte de Esopo. No es así, sin embargo: el apólogo griego es una narra­ción más sencilla en su contextura que termina en una conclusión de moral corriente, que llamamos en español moraleja; y muy bien llamada: es una moralidad chiqui­ta: como por ejemplo:

                        Tenga paciencia quien se cré infelice,

                        Que aun de la situación más lamentable,

                        Es la vida del hombre siempre amable:

                        El viejo de la leña nos lo dice,

en el susodicho apólogo de Esopo, traducido por Sama­niego.

            La parábola evangélica es más bien que narración un cuadro, con más elemento dramático que épico; y pre­senta casi sin excepción una especie de distorsión, como la hecha por un espejo convexo, que desconcertó desde el principio a los intérpretes, y sobre todo a los retóricos paganos, como Celso, que las tachó de extravagantes; y en nuestros días han sido tratadas hasta de “criminales” o ”inmorales”.

            Esta distorsión de rasgos responde al propósito, como está dicho, de aludir al misterio, a lo teológico, a lo in­finito; y ha sido comparada no sin propiedad por Ches­terton al soplo impetuoso que en la plástica barroca hin­cha los ropajes, tuerce los miembros y agita las líneas arquitectónicas, haciéndolas danzar a veces; como en los cuadros del Greco, las estatuas del Bernini y los altares del Vignola.

            En suma, la parábola pertenece al género símbolo; que es más que un género literario, el modo de expre­sión más primitivo y fundamental de la poesía; mezclado con humorismo, como diríamos hoy, un humorismo teo­lógico o trascendental –como ha sido bautizado–, no una cualquiera jocosidad o ironía. Archibald Cronin escri­bió al final de su novela Las Llaves del Reino: “El Cristo es más grande que Buda; pero Buda tenía más sentido del humor”. Se equivoca. Chesterton en su li- (p. 479) bro Orthodoxy notó que esta singular exageración que se encuentra en las parábolas, no es otra cosa que humo­rismo; aunque omite allí el explicarse más claramente.

            En la literatura cristiana posterior a Cristo no encon­tramos parábolas: el Pilgrim Progress de Bunyan, el Pilgrim Regress de Lewis y las tremendas novelas sa­tíricas del Deán Swift, por ejemplo, son propiamente alegorías. Tampoco puede llamarse parábola sublime, como la calificó Macaulay, la Divina Comedia de Dante; ésta es un poema épico de una creación enteramente nueva, una epopeya espiritual, que preside toda la lite­ratura romántica. En todo caso, lo que más se parecería a la parábola son los actuales relatos monstruosos de Kafka, o algunas de las últimas novelas de Hemingway.

            En el Viejo Testamento se habla de las parábolas (o “semejanzas”) de Salomón y se dice que el Rey Sabio compuso 3.000 dellas. Pero las parábolas de Salomón que se han conservado no son sino comparaciones bre­vísimas, de contenido moral casi siempre, que tienen uno o dos dísticos solamente. Verdad es que aquí se encuen­tra el embrión del género que en los rabbíes posteriores se desarrolló; y en Cristo se consumó. En los rabbíes an­teriores a Cristo se encuentran parábolas más extensas (como las que hemos citado de Elisha‑ben‑Abuyah y de Josef‑Bar‑Iudah en p. 60) pero todas las que conocemos tienen el carácter ya definido de “apólogos”.

            El escritor modernista Samuel Butler –no S. Butler el satírico, sino S. Butler el pintor– y otros después de él, califica a las parábolas de Cristo de ”inmoralistas”. La aseveración es típica del escritor más impío que cono­cemos, al lado del cual Voltaire y su epígono Anatole France parecen simples nenes bocasucias. ¿Por qué? Por­que, según el autor de The Way of All Flesh, las pa­rábolas principales del Nazareno insinuarían máximas contrarias a la moral natural. Ignoraba el escritor in­glés que su blasfema afirmación, que trasunta una igno­rancia monumental, había sido refutada de antemano por un contemporáneo suyo, el danés Kirkegor, en su pro­funda doctrina de la distinción entre la “instancia ética” y la “instancia religiosa”, y en la sutil observación de que (p. 480) la “instancia religiosa” comporta una especie de “suspensión de la moral”, provisoria desde luego; y en el fondo sólo aparente.

            Por lo demás, cualquier hombre con cultura artística sabe que cuando el artista crea símbolos o imágenes no por eso los aprueba o recomienda; se reduce a retratar una realidad. Que existen Mayordomos Pícaros, por ejemplo, es una realidad; y la conclusión de la parábola que dice que “los pícaros son más pícaros en sus nego­cios que los Buenos en los suyos” es una ironía de Cristo, como está dicho en su lugar, o como dijo exactamente Cristo que “los hijos de las tinieblas ven mas en sus cosas que en las propias los hijos de la luz”, lo cual es una ver­dad que tiene su justificación teológica, y que incluso se puede apoyar con Aristóteles. Aristóteles dijo que para las cosas divinas los ojos humanos son como los ojos del murciélago para el sol: a causa no de la deficiencia sino de la excelencia del objeto. Y así es justo que los fieles vean menos en sus cosas propias, que son las divinas, que no los pícaros en las suyas, que son las picardías. Mas Aristóteles añade, que ese conocimiento, aunque sea frag­mentario y oscuro por exceso de luz tiene infinito más valor que el conocimiento de lo terreno, aunque sea ma­yor y más claro. Que un pagano tenga que enseñarle al hijo del clérigo Butler estas cosas…

            Este dicho de Cristo funda la doctrina de la fe, de la que enseñan los teólogos que es obscura, y que desde el respecto de la claridad, la facilidad y el gozo de cono­cer, es inferior a la ciencia; pero no desde el respecto de su valor. (p. 477-80).

(…) (Aquí hace una descripción de una novela de Samuel Butler, novela que, al igual que su autor, es pérfida y la encarnación de la herejía del modernismo)

Hemos querido caracterizar a este escritor modernista antes de copiar su brulote contra las parábolas de Cristo y en realidad contra toda su doctrina, que dice así. “Ninguna de las parábolas puede ser interpretada lite­ralmente con ventaja para el bienestar humano, excepto quizás la del buen Samaritano; ni tampoco el Sermón de la Montaña, salvo en algunos pasajes que eran en rea­lidad patrimonio común de la Humanidad antes de la venida de Cristo. Las parábolas que todos aplauden son en realidad muy malas: el Mayordomo Pícaro, Los Ope­rarios de la Viña, el Hijo Pródigo, El Rico y Lázaro, el Sembrador, las Vírgenes Cuerdas y Locas, la Vestidura Nupcial, el Hombre que plantó una Viña… todas son groseramente inmorales, o tienden a engendrar un ­concepto muy bajo del carácter de Dios, un concepto muy por debajo del promedio de los buenos reyes terrenales. (p. 485) Y cuando no Son inmorales o no tienden a degradar el carácter de Dios, Son las más simples paparruchas ima­ginables, tal que uno se asombra de ver que “eso” haya sido aceptado como predicado primigeniamente por el Cristo. Algunas máximas como las que inculcan la con­cordia y un cierto perdón de las injurias –con tal que sean practicables– son ciertamente buenas; pero el mun­do no debe su descubrimiento a Jesucristo; y no tienen mucha influencia por cierto en la vida práctica de sus seguidores…”*3

            Claramente se ve aquí cómo esa permanente alusión a lo sobrenatural o irrupción de lo teológico en las pa­rábolas, que les dan su sello propio y único en toda la literatura del mundo, ha sido malentendido por Butler, lo mismo que por los fariseos. Cristo lo sabía perfecta­mente: que su predicación tenía que ser “piedra de es­cándalo”, y “dichoso aquel que en mí no escandalice”, es decir, no tropiece. Y por eso contestó con divina iro­nía a los que le observaban:

            “–¿Por qué les hablas en parábolas, si ya ves que no te entienden?

            “–Para eso, para que no entiendan… y se pierdan”.

            Respuesta de previsión, lucidez y dolor –que Butler calificará sin duda de “ferocidad”–, respuesta que quiere decir lo contrario de lo que dice, como es propio de la ironía. (p. 484-85)

 ________________________________________________________________

            El texto que sigue está tomado de:

Castellani, L., Las parábolas de Cristo, Ediciones Jauja, Mendoza, 1994, p. 16.

LAS PARÁBOLAS DE JESUCRISTO

Las Parábolas de Cristo contienen su enseñamiento popular; junto con sus discursos teológicos (muy diferentes de nuestros sermones teológicos), sus bendiciones y maldiciones, y sus profecías; aunque forman unidad con todo esto. Todo esto fue pronunciado en” estilo oral”; no son un libro escrito.

En nuestro “Evangelio de Jesucristo” hemos indicado el género de las parábolas: son como apólogos transcendentes o teológicos. Se puede decir que este género lo inventó y lo concluyó Cristo: aunque haya tenido precedentes e imitaciones débiles. No son fábulas, no son apólogos comunes, no son leyendas, no son consejas, no son novelas, no son poesía épica; son poesía simbólica. “La fábula es un género pueril y prosaico”, dice Menéndez y Pelayo; la parábola es un género pueril y poético.

Las parábolas de Cristo son 120, contando como tales las que comienzan por la fórmula: “Semejante es…” o algo similar; que habría que traducir más bien: “Parejo es…” o “A la par es…”; pues la realidad espiritual a que aluden no es propiamente parecida (y por eso hay una distorsión poco humana en muchas parábolas, una inverosimilitud literaria o una “exageración” que dijéramos), sino más bien análoga… en otro plano superior.

La realidad espiritual a que se refieren las parábolas es, si se mira bien, una sola. Pueden dividirse en parábolas acerca del mismo Cristo (El Buen Pastor) acerca del Reino de Dios (Los Invitados al Convite) y acerca de los Adversarios de Él (La Higuera Estéril). Pero estos tres hacen uno: la realidad espiritual de Cristo; el Dios terrenal en la tierra, la Tierra del Dios Terreno.

Muchas metáforas y comparaciones esmaltan los Evangelios, como por ejemplo: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”. Son como gérmenes de parábolas. Pero aquí nos ocuparemos solamente de las desarrolladas, aunque a veces tengan sólo 4 líneas, que suelen comenzar por la fórmula susodicha. También hay en el Evangelio “parábolas en acción”, como son casi todos los milagros.

La regla más importante de la pedagogía y la literatura es que hay que enseñar lo desconocido por medio de lo conocido; la regla teológica más importantes es que a Dios lo conocemos “por medio de las cosas visibles, comprendiéndolas”, como dijo San Pablo. Estas reglas confluyen en este género simple, primitivo, profundo y original. Las costumbres y las circunstancias lo imponían y el genio lo transfiguró.

Parábola significa en griego “arrojar una cosa al lado de otra”, de allí viene en español la “palabra” (como en italiano “parola” y “parla”, y en francés “parole”, en inglés “palaver”, en alemán “parole” y “pároli”) pero en griego no significa “palabra”, el “verbum” latino, que se perdió en castellano con ese significado, sino un “verbum” especial. En griego no dice “poner” una cosa al lado de otra, sino “arrojar”: las dos cosas pertenecen a planos distintos.

Otras características de las parábolas hemos explanado en nuestro “Evangelio de Jesucristo” (Apénd. III, pág. 387).

L.C.

 ________________________________________________________________

Las frases textuales que siguen están tomadas del libro:

Castellani, L., Doce parábolas cimarronas, Ediciones Jauja, Mendoza (Argentina).

 ________________________________________________________________

Las parábolas de Cristo son pequeñas obras de arte, indudablemente: arte elemental, todo lo que quieran. Este simple hecho, conocido hace veinte siglos, dirime por sola presencia tres difíciles problemas de Estética, a saber: 1 o, el proceso al Arte; 2°, el Arte y la Moral; 3°, esencia de la Belleza. (p. 185)

 ________________________________________________________________

¿Habrá que decir pues que el Arte es lícito y decente sólo cuando es docente; cuando se vuelve un mero vehículo de una enseñanza, una edificación o una moralización: “fermosa cobertura de cosas útiles”, como definió a la Poesía el Marqués de Santillana? Ése es el segundo problema. Y que el Arte PUEDE hacer eso sin dejar de ser artístico lo dirimen, contra los exageradores del “arte puro”, las parábolas de Cristo. (p. 189)

 ________________________________________________________________

Cuanto más noble y elevada sea el alma del artista al crear, alcanza esferas más altas de belleza. Los santos que han sido artistas (pocos) y que han “ejercido” su arte (más pocos aún) son la cumbre de la Humanidad. Y eso fueron las parábolas de Cristo, malgrado la tenuidad y sencillez de su materia y de su formalidad artística. (p. 192)

 ________________________________________________________________

La Belleza, que es el objeto del Arte, tiene que ver con la Verdad y el Bien ontológicos, que son dos nombres de Dios, y cuya búsqueda no es peligrosa, al contrario; pero la Belleza es (p. 193) el resplandor desos Transcendentales a través o por medio de las cosas sensibles; y el Hombre está demasiado apegado a lo sensible, y sus sentidos están desordenados: “concupiscencia” llaman los teólogos no solamente al desequilibrio más notorio respecto a la lujuria, sino respecto a todas las cosas creadas, incluido el propio YO. (p. 192-3)

 _______________________________________________________________

“El Arte sirve al lujo; y el lujo y la lujuria están cerca. El Arte es un lujo intelectual, un lujo del alma; y el alma lujosa orilla el orgullo. El Arte juega, es un juego, pero juega a la creación, como Dios, y por eso está cerca de la idolatría. El Arte tiene que ver con lo divino: mas el fin último del hombre no es lo divino sino Dios mismo, personal, infinito e inaccesible, anoser por la Gracia.

“Esto explica las inmensas desviaciones o aberraciones que hallamos en su historia; la desconfianza que han nutrido hacia él muchos hombres religiosos, e incluso las monstruosidades en que se ha precipitado en nuestros días al llamado “Arte Moderno”.

“Una sección del Arte de hoy ha seguido la correntada de su época, y se ha vuelto “hereje”, no ya solamente respecto a la religión, mas respecto a la razón: se ha sublevado incluso contra la misma natura: hacen poemas “sin sentido”, es decir, insensatos; quieren pintar cuadros “sin objetos”, como si el ojo, (p. 194) sujeto de la pintura, pudiese ver la luz en sí misma y no refractada en las cosas, digamos. Blasfema contra el Creador, pretende descrear; busca la fealdad por ejemplo, lo inarmónico, lo disonante, lo antirracional, lo imposible, incluso lo monstruoso. Hacer Madonas que eran solo hermosas mujeres o San Sebastianes que eran bellos mancebos desnudos fue una leve blasfemia del Renacimiento contra Cristo; mas hoy el arte blasfema contra el Padre, cuando, presa de extraño furor intenta demoler las formas naturales, y proyectar del fondo del alma lo deforme; e incluso blasfema contra el Espíritu Santo, cuando pretende encerrar en la poesía o en la plástica la desesperación o la negación satánica; cuando usa los mágicos instrumentos de la expresión para aniquilar en los pechos no solamente la religión, mas aun la esperanza natural, el equilibrio, el entendimiento y la cordura. Signo de nuestro tiempo, el Arte caótico y degenerado no hace más que expresar en sus extravíos a la época atea y convulsa, y en justo castigo, es herido de esterilidad. No se puede ya hablar solamente de inmoralidad o corrupción, directamente, degeneración. “Y tomé la vara llamada Belleza, dijo Dios, y la rompí; para volver nulo mi pacto con todos los pueblos” (Zac. X, 11)” (p. 193-4)

 _______________________________________________________________

Con Cristo comienza el arte cristiano, el cual sí existe, a pesar de Bloy … como lo prueban las mismas obras de Bloy: inmensamente imperfecto y siempre descontento y decepcionante. Hegel anotó la diferencia esencial del Arte Cristiano (que él llama “Romántico”) con el Arte Oriental simbólico, y el Arte Griego apolíneo. Es “abierto al infinito”, es decir, es desgarrado, traspasado. Las parábolas de Cristo parten del Arte Oriental religioso y simbólico, mas no paran en el Arte clásico, apolíneo y perfecto -limitado. Rompen la simetría apolínea, contienen “exageraciones”, es decir, fracturas de líneas y módulos, desarmonías, movimiento – hacia arriba. Esa característica del Arte Cristiano llega a su exasperación en el barroco, que es justamente el vicio de sus virtudes. El Arte Cristiano quiere indicar, guiar, mover, más que definir o apaciguar en lo terreno. Es un Arte vulnerado, que sangra de manos, pies y costado. La muerte ha entrado solemnemente en él, la muerte y la vida futura. Lo inefable lo obsede; y por eso no puede cerrarse elegantemente sobre sí misma, en la curva perfecta del Arte Griego, contenta con (p. 196) el mundo de acá. Ningún griego hubiese podido escribir la Divina Commedia; hubiese escrito solamente el Inferno, o solamente el Paradiso; mas Dante intenta fundir en una sola visión (sin conseguirlo del todo) sus tres orbes inquietantes. (p. 195-6)

 ________________________________________________________________

 Las parábolas de Cristo son pequeñas creaciones de belleza artística adaptadas humildemente al auditorio; de belleza secreta contenida y modesta, que por su contenido trascendental se elevan sobre todas las creaciones más complicadas del arte humano. (p. 199)

 ________________________________________________________________

 De todo esto se sigue que una parábola de Cristo es superior en su sencillez que La Ilíada y La Odisea.

(…) Todas esas obras de arte refinadas que mencioné no existirían sin el desarrollo durante siglos de la literatura cristiana, cuyo origen está en ese “nabí” de Nazareth, que resultó ser el Cristo o Mesías. (p. 202)

________________________________________________________________

NOTAS:
*1-El autor se refiere al cuerpo militar que en el siglo pasado se reclutaba en el Ejército argentino para luchar contra los indios [N. del E.].
*2- El libro impreso (p. 478)  dice: “son humanos en vez de beluinos”, pero la palabra beluinos parece que no existe en castellano.
*3-The Fair Haven, London, Watts and Co., 1938, p. 34.

Volver Aplicación

Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra celebración eucarística se inició con la exhortación “Alegrémonos todos en el Señor”. La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría. viembre de 2006

Volver Aplicación

Inicio

Ejemplos Predicables

Gloria

¡Verdaderamente que mil años en tu presencia son como el día de ayer que ya pasó!

Volver Eje. Predicables

Inicio

iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Volver Información

Inicio