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Dom. XXXIV (T.O.)- Solemnidad de Cristo Rey (C)

 

20

noviembre

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario

Solemnidad de Nuestro Señor

Jesucristo, Rey del Universo  

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 20 de Noviembre de 2016)

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

(Lc 23,35-43)

LECTURAS

Ungieron a David como rey de Israel

Lectura del segundo libro de Samuel     5, 1-3

Todas las tribus de Israel se presentaron a David en Hebrón y le dijeron: «¡Nosotros somos de tu misma sangre! Hace ya mucho tiempo, cuando aún teníamos como rey a Saúl, eras tú el que conducía a Israel. Y el Señor te ha dicho: “Tú apacentarás a mi pueblo Israel y tú serás el jefe de Israel”».
Todos los ancianos de Israel se presentaron ante el rey en Hebrón. El rey estableció con ellos un pacto en Hebrón, delante del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 121, 1-2. 4-5 (R.: cf. 1)

R. ¡Vamos con alegría a la Casa del Señor!

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la Casa del Señor»!
Nuestros pies ya están pisando
tus umbrales, Jerusalén. R.

Allí suben las tribus, las tribus del Señor, según es norma en Israel,
para celebrar el nombre del Señor.
Porque allí está el trono de la justicia,
el trono de la casa de David. R.

Nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas     1, 12-20

Hermanos:
Darán gracias con alegría al Padre, que nos ha hecho dignos de participar de la herencia luminosa de los santos. Porque Él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados.

Él es la Imagen del Dios invisible,
el Primogénito de toda la creación,
porque en Él fueron creadas todas las cosas,
tanto en el cielo como en la tierra,
los seres visibles y los invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades:
todo fue creado por medio de Él y para Él.

Él existe antes que todas las cosas
y todo subsiste en Él.
Él es también la Cabeza del Cuerpo,
es decir, de la Iglesia.

Él es el Principio,
el Primero que resucitó de entre los muertos,
a fin de que Él tuviera la primacía en todo,
porque Dios quiso que en Él residiera toda la Plenitud.

Por Él quiso reconciliar consigo
todo lo que existe en la tierra y en el cielo,
restableciendo la paz por la sangre de su cruz.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mc 11, 9. 10

Aleluia.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Bendito el Reino que ya viene,
el Reino de nuestro padre David!
Aleluia.

EVANGELIO

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     23, 35-43

Después de que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!»
También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»
Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Palabra del Señor.

 

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GUION PARA LA MISA

Dom. XXXIV T.O. – SOLEMNIDAD DE CRISTO REY DEL UNIVERSO

Ciclo C

Entrada:

Celebramos la Solemnidad de Cristo Rey, “Señor del Cosmos y de la historia”, cuyo  poderío  consiste en  dar la vida eterna, librarnos del mal y vencer el dominio de la muerte. Es el poder del amor, el reino de la gracia que nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. “Cristo Rey vino a dar testimonio de la Verdad.”

1ºLectura:    2 Samuel 5,1-3

El  profeta David, figura de Cristo, es ungido como rey de Israel, por su propio pueblo.

2ºLectura:     Colosenses 1,12-20

El Señor Jesús es  principio y  fin,  por quien todas las cosas fueron creadas.

Evangelio:     Lc. 23,35-43

El buen ladrón con los  ojos de la fe,  reconoce al Señor, como Rey, y le suplica tener parte en su reino.

Preces:

Hermanos, unámonos en la oración común a nuestro Padre  que ha puesto a su derecha a Jesucristo, Rey  de los Reyes.                   
A cada intención respondemos…

-Por las necesidades e intenciones del Santo Padre, Francisco, especialmente en este día en que se clausura el Año de la Misericordia para que todos los hombres aprovechen las gracias que la Iglesia imparte para beneficio de las almas. Oremos….

-Por las familias, para que teniendo como modelo al sagrado Hogar de Nazaret, vivan conformes al espíritu evangélico y eduquen a sus hijos en  el santo temor de Dios. Oremos….

-Por los niños, que se preparan para recibir los sacramentos de Primera Comunión  y  Confirmación, para que fieles a las enseñanzas recibidas, hagan de sus almas verdaderos sagrarios donde more el Dulce Jesús. Oremos….

-Por los consagrados, para que viviendo  con fidelidad la vocación recibida del Señor  lo  busquen con perseverancia, deseando eficazmente la santidad, para bien de la Iglesia. Oremos….

-Por la paz entre los pueblos que sufren la guerra, especialmente por Medio Oriente y por todos nosotros, para que Cristo reine en nuestros corazones, en nuestras familias y en nuestra Patria. Oremos…

Padre Santo, que nos libraste del poder de las tinieblas; danos lo que necesitamos para encaminarnos hacia Jesucristo, por quien y para quien es toda la creación. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

-Ofrecemos incienso significando con ello, nuestras oraciones y sacrificios en favor de las necesidades de la Santa Iglesia.

-Junto con el pan y el vino, vayan nuestros deseos de unirnos a la Sagrada Víctima.

Comunión:

El reinado del Amor de Dios comienza en nuestro corazón cuando acogemos a Cristo que se nos da en el santísimo sacramento del Altar

Salida:

María Santísima Reina y Madre de Misericordia, nos ayude a seguir a Jesús, nuestro Rey, como  lo hizo ella, y a dar testimonio de Él con toda nuestra existencia.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

Jesús escarnecido

(Lc.23,35-38)

b) Escarnecido (Lc/23/35-38)

35 El pueblo estaba allí mirando. Y también los jefes arrugaban la nariz, diciendo: Ha salvado a otros; pues que se salve a sí mismo, si él es el ungido de Dios, el elegido.

Se hace distinción entre el pueblo (pueblo de Dios) y sus jefes. El pueblo se ha quedado allí y está mirando. El pueblo lo había escuchado en el templo, nunca aparece activo en el proceso; ahora está otra vez presente. También el pueblo arrugaba la nariz, como los jefes. Lo que ve y experimenta bajo la cruz es superior a él. La muerte en cruz de Jesús es la gran prueba de la fe, que constantemente se debe intentar superar. ¿Puede este crucificado ser el salvador, el Mesías, si él mismo no se puede salvar? El pueblo no dice nada ni participa activamente en las burlas de Jesús, pero interiormente no acaba de vencer el escándalo que le ocasiona la muerte en cruz del Mesías. ¿No intervendrá Dios cuando se ve aniquilado su ungido, su elegido, cuando perece el mártir miserablemente? Los jefes del pueblo «arrugan la nariz», tuercen los labios, desprecian a Jesús y se creen legitimados para ello. Las mofas compendian lo que está contenido en los títulos de Jesús: salvador, ungido de Dios y Mesías (9,35), elegido, siervo de Dios (9,35; Isa_42:1) e Hijo de Dios. Si Jesús es todo eso que dicen estos títulos y tiene el poder que en ellos se expresa, ahora es cuando tiene que demostrar este poder y salvarse… Con semejante tentación comenzó su obra (Lc_4:3), la misma se le ofrece en Nazaret, su ciudad paterna (Isa_4:23); la misma concluye también su camino por la tierra y se le plantea como objeto de decisión antes de ser glorificado. Que la impotencia haya de demostrar el poder de Jesús, es cosa que no se puede comprender. Este hecho paradójico sólo se comprende por la Escritura, y resuena en las palabras de la Escritura: «arrugan la nariz». «Pero yo soy un gusano, no un hombre; el oprobio de los hombres y el desprecio del pueblo. Búrlanse de mí cuantos me ven, tuercen los labios y mueven la cabeza» (Sal 22 [21],8)

36 También se burlaban de él los soldados, que se acercaban para ofrecerle vinagre 37 y le decían: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. 38 Había también sobre él una inscripción: éste es el rey de los judíos.

También los soldados romanos -hasta aquí no ha hablado nunca de ellos el evangelista- se burlan de Jesús. Ofrecen vinagre al sediento. Aquí resuena en lontananza el Salmo: «En mi sed me abrevaron con vinagre» (Sal 69 [68], 22). Jesús se ve atormentado en su angustia.

El título de rey de los judíos ocupaba el centro del proceso. Este título es la culpa de Jesús. ¿Qué clase de rey es éste? Impotente y colgado de la cruz, un auténtico rey de los judíos, sometidos a los romanos. El rey de los judíos no puede salvarse: menos podrá salvar a su pueblo. El Mesías rey crucificado es escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1Co_1:23).

Cuando los delincuentes se dirigen al lugar del suplicio, llevan colgada al cuello una tabla b]anca o se lleva ésta delante de ellos. En la tabla va escrita la culpa con grandes letras negras o rojas. También la inscripción en la tabla que se clavará sobre la cruz servirá para ridiculizar la realeza de Jesús. Ahí está éste, el crucificado… el rey de los judíos… Pilato y los soldados se burlan de Jesús como el sanedrín se burla de los judíos. Judíos y gentiles se confabulan para ridiculizar la realeza de Jesús. Las mofas contra Jesús alcanzan también a su Iglesia, a su pueblo, a sus testigos y mártires.

El ladrón arrepentido

(Lc.23,39-43)

39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba ¿No eres tú el ungido? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros. 40 Pero, respondiendo el otro, lo reprendía y le decía: ¿Ni siquiera tú temes a Dios, tú que estás en el mismo suplicio? 41 Para nosotros, al fin y al cabo, esto es de justicia; pues estamos recibiendo lo merecido por nuestras fechorías. Pero éste nada malo ha hecho. 42 y añadía: ¡Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino! 43 él le contestó: Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

«En aquella noche (de la venida del Señor), dos estarán a la misma mesa: el uno será tomado, y el otro dejado» (Lc_17:34). Junto a la cruz de Jesús se diseña ya esta hora final. Los dos ladrones, que estaban crucificados con Jesús penden de la cruz como él -junto con Jesús-, y sin embargo es muy diferente el desenlace de su vida. Ambos están con él, pero uno sólo exteriormente, el otro también interiormente, con la fe. Ni siquiera el estar con él aprovecha, si falta la decisión personal en su favor (13,26s).

El uno toma parte en las burlas. Si Jesús fuese el Cristo, el ungido de Dios, el Mesías, se salvaría y salvaría a sus dos compañeros de suplicio. Exige que Jesús aporte la prueba de su mesianidad mediante la salvación. Sus palabras son una blasfemia, puesto que hacen befa de los planes salvíficos de Dios, que se realizan en Jesús. El otro malhechor sigue el camino de la fe, que comienza con el temor y veneración de Dios, se somete al designio y a la sabiduría de Dios, en la que cree, y reconoce también al Crucificado como al Mesías. El que se convierte, reconoce su culpa y la justicia del castigo con que Dios lo visita. El ladrón arrepentido considera su crucifixión como castigo que ha merecido con sus fechorías. Llega a reconocer su culpa gracias a la mirada de Jesús, del que está convencido de que pende de la cruz injustamente. A él se le perdonan los pecados, porque da gloria a Dios, renuncia a justificarse, muriendo reconoce por justo el juicio de Dios, y acepta la muerte con obediencia a la voluntad de Dios y como compañero de Jesús.

Una penitencia y conversión constructiva suponen la confianza y seguridad de que Dios está dispuesto a perdonar. El ladrón arrepentido cifra su esperanza en Jesús. En el ve al salvador. Cree que el Padre da el reino a Jesús, porque sigue este camino de la cruz (22,29s). Jesús da el reino a los que hacen suyo su camino (22,29). El ladrón pone su destino futuro en manos de Jesús. En el Antiguo Testamento, quien se halla en grave aprieto y tentación invoca a Dios para que se acuerde de su acción salvífica, de su alianza que él otorga, de los patriarcas, a los que había hecho sus promesas (Gen_9:15; Exo_2:24; Sal_104:8; Sal_110:5, etc.). El ladrón ora a Jesús pidiéndole que se acuerde de él. La súplica del ladrón es acogida por Jesús. El hoy con la promesa de salvación empieza en aquel mismo instante. Jesús, después de su muerte, penetra en el paraíso; el Padre le otorga el reino, el poder y la gloria (el banquete de 22,30). El ladrón arrepentido está con él. Dios otorga el paraíso a Jesús, y él lo da a los suyos. La promesa hecha al ladrón creyente y convertido sienta las bases de la participación en el paraíso de Jesús. Estar con él es el paraíso mismo. Esteban exclamará: «Señor Jesús, acoge mi espíritu» (Hec_5:59), y Pablo: «Aspiro a irme y estar con Cristo» (Flp_1:23; cf. 1Te_4:17).

Jesús es hasta la muerte el libertador y salvador de los pecadores. Como en casa del fariseo salió en defensa de la pecadora, ahora, cuando se promete al ladrón la salvación en la última hora, halla remate y coronamiento lo que Jesús contó en las parábolas (oveja perdida, hijo pródigo, dracma perdida), así como la bondadosa acogida que dispensó al jefe de los publicanos, Zaqueo. Lo más hondo de la misericordia divina se revela en la cruz de Cristo, que da la vida en forma vicaria por los muchos. En los relatos de martirios del judaísmo tardío se repite con frecuencia la observación de que un pagano convertido que participa en la suerte del mártir, recibe también participación en la recompensa del mártir. Jesús es Siervo de Dios y mártir.

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·      P. Leonardo Castellani

“Mi Reino no es de este mundo”

 « Ergo Rex es tu? Tu dixisti…
Sed Regnum meum non est de hoc mundo » (Ioan.18 : 33-36)

El año 1925, accediendo a una solicitud firmada por más de ochocientos obispos, el Papa Pío XI instituyó para toda la Iglesia la festividad de Cristo Rey, fijada en el último domingo del mes de octubre.

Esta nueva invocación de Cristo, nueva y sin embargo tan antigua como la Iglesia, tuvo muy pronto sus mártires, en la persecución que la masonería y el judaísmo desataron en Méjico, con la ayuda de un imperialismo extranjero: sacerdotes, soldados, jóvenes de Acción Católica y aun mujeres que murieron al grito de “¡Viva Cristo Rey!”

Esta proclamación del poder de Cristo sobre las naciones se hacía contra el llamado liberalismo. El liberalismo es una peligrosa herejía moderna que proclama la libertad y toma su nombre de ella.

La libertad es un gran bien que, como todos los grandes bienes, sólo Dios puede dar; y el liberalismo lo busca fuera de Dios; y de ese modo sólo llega a falsificaciones de la libertad.

Liberales fueron los que en el pasado siglo rompieron con la Iglesia, maltrataron al Papa y quisieron edificar naciones sin contar con Cristo. Son hombres que desconocen la perversidad profunda del corazón humano, la necesidad de una redención, y en el fondo, el dominio universal de Dios sobre todas las cosas, como Principio y como Fin de todas ellas, incluso las sociedades humanas.

Ellos son los que dicen: “Hay que dejar libres a todos”, sin ver que el que deja libre a un malhechor es cómplice del malhechor; “Hay que respetar todas las opiniones”, sin ver que el que respeta las opiniones falsas es un falsario; “La religión es un asunto privado”, sin ver que, siendo el hombre naturalmente social, si la religión no tiene nada que ver con lo social, entonces no sirve para nada, ni siquiera para lo privado.

Contra este pernicioso error, la Iglesia arbola hoy la siguiente verdad de fe: Cristo es Rey, por tres títulos, cada uno de ellos de sobra suficiente para conferirle un verdadero poder sobre los hombres.

Es Rey por título de nacimiento, por ser el Hijo Verdadero de Dios Omnipotente, Creador de todas las cosas; es Rey por titulo de mérito, por ser el Hombre más excelente que ha existido ni existirá, y es Rey por titulo de conquista, por haber salvado con su doctrina y su sangre a la Humanidad de la esclavitud del pecado y del infierno.

Me diréis vosotros: eso está muy bien, pero es un ideal y no una realidad. Eso será en la otra vida o en un tiempo muy remoto de los nuestros; pero hoy día… Los que mandan hoy día no son los mansos, como Cristo, sino los violentos; no son los pobres, sino los que tienen plata; no son los católicos, sino los masones. Nadie hace caso al Papa, ese anciano vestido de blanco que no hace más que mandarse proclamas llenas de sabiduría, pero que nadie obedece. Y el mar de sangre en que se está revolviendo Europa, ¿concuerda acaso con ningún reinado de Cristo?

La respuesta a esta duda está en la respuesta de Cristo a Pilatos, cuando le preguntó dos veces si realmente se tenía por Rey. “Mi Reino no procede de este mundo”. No es como los reinos temporales, que se ganan y sustentan con la mentira y la violencia; y en todo caso, aun cuando sean legítimos y rectos, tienen fines temporales y están mechados y limitados por la inevitable imperfección humana.

Rey de verdad, de paz y de amor, su Reino procedente de la Gracia reina invisiblemente en los corazones, y eso tiene más duración que los imperios. Su Reino no surge de aquí abajo, sino que baja de ahí arriba; pero eso no quiere decir que sea una mera alegoría, o un reino invisible de espíritus.

Dice que no es de aquí, pero no dice que no está aquí. Dice que no es carnal, pero no dice que no es real. Dice que es reino de almas, pero no quiere decir reino de fantasmas, sine reino de hombres. No es indiferente aceptarlo o no, y es supremamente peligroso rebelarse contra El.

Porque Europa se rebeló contra El en estos últimos tiempos, Europa y con ella el mundo todo se halla hoy día en un desorden que parece no tener compostura, y que sin El no tiene compostura…

Mis hermanos: porque Europa rechazó la reyecía de Jesucristo, actualmente no puede parar en ella ni Rey ni Roque. Cuando Napoleón I, que fue uno de los varones —y el más grande de todos— que quisieron arreglar a Europa sin contar con Jesucristo, se ciñó en Milán la corona de hierro de Carlomagno, cuentan que dijo estas palabras: “Dios me la dio, nadie me la quitará”.

Palabras que a nadie se aplican más que a Cristo. La corona de Cristo es más fuerte, es una corona de espinas. La púrpura real de Cristo no se destiñe, está bañada en sangre viva. Y la caña que le pusieron por burla en las manos, se convierte de tiempo en tiempo, cuando el mundo cree que puede volver a burlarse de Cristo, en un barrote de hierro. “Et reges eos in virga férrea” (Los regirá con vara de hierro).

Veamos la demostración de esta verdad de fe, que la Santa Madre Iglesia nos propone a creer y venerar en la fiesta del último domingo del mes de la primavera, llamando en nuestro auxilio a la Sagrada Escritura, a la Teología y a la Filosofía, y ante todo a la Santísima Virgen Nuestra Señora con un avemaría.

Los cuatro Evangelistas ponen la pregunta de Pilatos y la respuesta afirmativa de Cristo:
“— ¿Tú eres el Rey de los judíos?”
“— Yo lo soy”.

¿Qué clase de rey será éste, sin ejércitos, sin palacios, atadas las manos, impotente y humillado?, debe de haber pensado Pilatos.

San Juan, en su capítulo XVIII, pone el diálogo completo con Pilatos, que responde a esta pregunta:
Entró en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Tu eres el Rey de los Judíos?”
Respondió Jesús: “¿Eso lo preguntas de por ti mismo, o te lo dijeron otros?”
Respondió Pilatos “¿Acaso yo soy judío? Tu gente y los pontífices te han entregado. ¿Qué has hecho?”.

Respondió Jesús, ya satisfecho acerca del sentido de la pregunta del gobernador romano, al cual maliciosamente los judíos le habían hecho temer que Jesús era uno de tantos intrigantes, ambiciosos de poder político: “Mi reino no es de este mundo. Si de este mundo fuera mi reino, Yo tendría ejércitos, mi gente lucharía por Mí para que no cayera en manos de mis enemigos. Pero es que mi Reino no es de aquí”.

Es decir, su Reino tiene su principio en el cielo, es un Reino espiritual que no viene a derrocar al César, como Pilatos teme, ni a pelear por fuerza de armas contra los reinos vecinos, como desean los judíos.

El no dice que este Reino suyo, que han predicho los profetas, no esté en este mundo; no dice que sea un puro reino invisible de espíritus, es un reino de hombres; El dice que no proviene de este mundo, que su principio y su fin está más arriba y más abajo de las cosas inventadas por el hombre.
El profeta Daniel, resumiendo los dichos de toda una serie de profetas, dijo que después de los cuatro grandes reinos que aparecerían en el Mediterráneo, el reino de la Leona, del Oso, del Leopardo y de la Bestia Poderosa, aparecería el Reino de los Santos, que duraría para siempre. Ese es su Reino…

Esa clase de reinos espirituales no los entendía Pilatos, ni le daban cuidado. Sin embargo, preguntó de nuevo, quizá irónicamente: “—Entonces, ¿te afirmas en que eres Rey?”.
Respondió Jesús tranquilamente: “—Sí, lo soy —y añadió después mirándolo cara a cara—; yo para eso nací y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo el que es de la Verdad oye mi voz”.
Dijo Pilatos: “— ¿Qué es la Verdad?”
Y sin esperar respuesta, salió a los judíos y les dijo: “—Yo no le veo culpa”.
Pero ellos gritaron: “—Todo el que se hace Rey, es enemigo del César. Si lo sueltas a éste, vas en contra del César”.

He aquí solemnemente afirmada por Cristo su realeza, al fin de su carrera, delante de un tribunal, a riesgo y costa de su vida; y a esto le llama El dar testimonio de la Verdad, y afirma que su Vida no tiene otro objeto que éste.

Y le costó la vida, salieron con la suya los que dijeron: “No queremos a éste por Rey, no tenemos más Rey que el César”; pero en lo alto de la Cruz donde murió este Rey rechazado, había un letrero en tres lenguas, hebrea, griega y latina, que decía: “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”; y hoy día, en todas las iglesias del mundo y en todas las lenguas conocidas, a 2.000 años de distancia de aquella afirmación formidable: “Yo soy Rey”, miles y miles de seres humanos proclaman junto con nosotros su fe en e1 Reino de Cristo y la obediencia de sus corazones a su Corazón Divino.

Por encima del clamor de la batalla en que se destrozan los humanos, en medio de la confusión y de las nubes de mentiras y engaños en que vivimos, oprimidos los corazones por las tribulaciones del mundo y las tribulaciones propias, la Iglesia Católica, imperecedero Reino de Cristo, está de pie para dar como su Divino Maestro testimonio de Verdad y para defender esa Verdad por encima de todo.

Por encima del tumulto y de la polvareda, con los ojos fijos en la Cruz, firme en su experiencia de veinte siglos, segura de su porvenir profetizado, lista para soportar la prueba y la lucha en la esperanza cierta del triunfo, la Iglesia, con su sola presencia y con su silencio mismo, está diciendo a todos los Caifás, Herodes y Pilatos del mundo que aquella palabra de su divino Fundador no ha sido vana.

En el primer libro de las Visiones de Daniel, cuenta el profeta que vio cuatro Bestias disformes y misteriosas que, saliendo del mar, se sucedían y destruían una a la otra; y después de eso vio a manera de un Hijo del Hombre que viniendo de sobre las nubes del cielo se llegaba al trono de Dios; y le presentaron a Dios, y Dios le dio el Poderío, el Honor y el Reinado, y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán, y su poder será poder eterno que no se quitará, y su reino no se acabará.

Entonces me llegué lleno de espanto —dice Daniel— a uno de los presentes, y le pregunté la verdad de todo eso. Y me dijo la interpretación de la figura: “Estas cuatro bestias magnas son cuatro Grandes Imperios que se levantarán en la tierra [a saber, Babilonia, Persia, Grecia y Roma, según estiman los intérpretes], y después recibirán el Reino los santos del Dios altísimo y obtendrán el reino por siglos y por siglos de siglos”.

Esta palabra misteriosa, pronunciada 500 años antes de Cristo, no fue olvidada por los judíos. Cuando Juan Bautista empieza a predicar en las riberas del Jordán: “Haced penitencia, que está cerca el Reino de Dios”, todo ese pequeño pueblo comprendido entre el Mediterráneo, el Líbano, el Tiberíades y el Sinaí resonaba con las palabras de Gran Rey, Hijo de David, Reino de Dios. Las setenta semanas de años que Daniel había predicho entre el cautiverio de Babilonia y la llegada del Salvador del Mundo, se estaban acabando; y los profetas habían precisado de antemano, en una serie de recitados enigmáticos, una gran cantidad de rasgos de su vida y su persona, desde su nacimiento en Belén hasta su ignominiosa muerte en Jerusalén.

Entonces aparece en medio de ellos ese joven doctor impetuoso, que cura enfermos y resucita muertos, a quien el Bautista reconoce y los fariseos desconocen, el cual se pone a explicar metódicamente en qué consiste el Reino de Dios, a desengañar ilusos, a reprender poderosos, a juntar discípulos, a instituir entre ellos una autoridad, a formar una pequeña e insignificante sociedad, más pequeña que un grano de mostaza, y a prometer a esa Sociedad, por medio de hermosísimas parábolas y de profecías deslumbradoras, los más inesperados privilegios: durará por todos los siglos — se difundirá por todas las naciones — abarcará todas las razas — el que entre en ella, estará salvado — el que la rechace, estará perdido — el que la combata, se estrellará contra ella — lo que ella ate en la tierra será atado en el cielo, y lo que ella desate en la tierra será desatado en el cielo.

Y un día, en las puertas de Cafarnaúm, aquel Varón extraordinario, el más modesto y el más pretencioso de cuantos han vivido en este mundo, después de obtener de sus rudos discípulos el reconocimiento de que él era el “Ungido”, el “Rey”, y más aún, el mismo “Hijo Verdadero de Dios vivo”, se dirigió al discípulo que había hablado en nombre de todos y solemnemente le dijo: “Y Yo a ti te digo que tú eres Kefá, que significa piedra, y sobre esta piedra Yo levantaré mi Iglesia, y los poderes infernales no prevalecerán contra ella y te daré las llaves del Reino de los Cielos. Y Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”.

Y desde entonces, viose algo único en el mundo: esa pequeña Sociedad fue creciendo y durando, y nada ha podido vencerla, nada ha podido hundirla, nadie ha podido matarla. Mataron a su Fundador, mataron a todos sus primeros jefes, mataron a miles de sus miembros durante las diez grandes persecuciones que la esperaban al salir mismo de su cuna; y muchísimas veces dijeron que la habían matado a ella, cantaron victoria sus enemigos, las fuerzas del mal, las Puertas del Infierno, la debilidad, la pasión, la malicia humana, los poderes tiránicos, las plebes idiotizadas y tumultuantes, los entendimientos corrompidos, todo lo que en el mundo tira hacia abajo, se arrastra y se revuelca (la corrupción de la carne y la soberbia del espíritu aguijoneados por los invisibles espíritus de las tinieblas); todo ese peso de la mortalidad y la corrupción humana que obedece al Angel Caído, cantó victoria muchas veces y dijo: “Se acabó la Iglesia”.

El siglo pasado, no más, los hombres de Europa más brillantes, cuyos nombres andaban en boca de todos, decían: “Se acabó la Iglesia, murió el Catolicismo”. ¿Dónde están ellos ahora?

Y la Iglesia, durante veinte siglos, con grandes altibajos y sacudones, por cierto, como la barquilla del Pescador Pedro, pero infalible irrefragablemente, ha ido creciendo en número y extendiéndose en el mundo; y todo cuanto hay de hermoso y de grande en el mundo actual se le debe a ella; y todas las personas más decentes, útiles y preclaras que ha conocido la tierra han sido sus hijos; y cuando perdía un pueblo, conquistaba una Nación; y cuando perdía una Nación, Dios le daba un Imperio; y cuando se desgajaba de ella media Europa, Dios descubría para ella un Mundo Nuevo; y cuando sus hijos ingratos, creyéndose ricos y seguros, la repudiaban y abandonaban y la hacían llorar en su soledad y clamar inútilmente en su paciencia…; cuando decían: “Ya somos ricos y poderosos y sanos y fuertes y adultos, y no necesitamos nodriza”, entonces se oía en los aires la voz de una trompeta, y tres jinetes siniestros se abatían sobre la tierra: uno en un caballo rojo, cuyo nombre es La Guerra; otro en un caballo negro, cuyo nombre es El Hambre; otro en un caballo bayo, cuyo nombre es La Persecución Final; y los tres no pueden ser vencidos sino por Aquel que va sobre el caballo blanco, al cual le ha sido dada la espada para que venza, y que tiene escrito en el pecho y en la orla de su vestido: “Rey de Reyes y Señor de Dominantes”.

El Mundo Moderno, que renegó la reyecía de su Rey Eterno y Señor Universal, como consecuencia directa y demostrable de ello se ve ahora empantanado en un atolladero y castigado por los tres últimos caballos del Apocalipsis; y entonces le echa la culpa a Cristo.

Acabo de oír por Radio Excelsior una poesía de un tal Alejandro Flores, aunque mediocre, bastante vistosa, llamada Oración de este Siglo a Cristo, en que expresa justamente esto: se queja de la guerra, se espanta de la crisis (racionamiento de nafta), dice que Cristo es impotente, que su “sueño de paz y de amor” ha fracasado, y le pide que vuelva de nuevo al mundo, pero no a ser crucificado.
El pobre miope no ve que Cristo está volviendo en estos momentos al mundo, pero está volviendo como Rey — ¿o qué se ha pensado él que es un Rey?—; está volviendo de Ezrah, donde pisó el lagar El solo con los vestidos salpicados de rojo, como lo pintaron los profetas, y tiene en la mano el bieldo y la segur para limpiar su heredad y para podar su viña. ¿O se ha pensado él que Jesucristo es una reina de juegos florales?

Y ésta es la respuesta a los que hoy día se escandalizan de la impotencia del Cristianismo y de la gran desolación espiritual y material que reina en la tierra. Creen que la guerra actual es una gran desobediencia a Cristo, y en consecuencia dudan de que Cristo sea realmente Rey, como dudó Pilatos, viéndole atado e impotente. Pero la guerra actual no es una gran desobediencia a Cristo: es la consecuencia de una gran desobediencia, es el castigo de una gran desobediencia y — consolémonos— es la preparación de una gran obediencia y de una gran restauración del Reino de Cristo. “Porque se me subleven una parte de mis súbditos, Yo no dejo de ser Rey mientras conserve el poder de castigarlos”, dice Cristo.

En la última parábola que San Lucas cuenta, antes de la Pasión, está prenunciado eso: “Semejante es el Reino de los cielos a un Rey que fue a hacerse cargo de un Reino que le tocaba por herencia. Y algunos de sus vasallos le mandaron embajada, diciendo: No queremos que este reine sobre nosotros. Y cuando se hizo cargo del Reino, mandó que le trajeran aquellos sublevados y les dieran muerte en su presencia”.

Eso contó Nuestro Señor Jesucristo hablando de si mismo; y cuando lo contó, no se parecía mucho a esos cristos melosos, de melena rubia, de sonrisita triste y de ojos acaramelados que algunos pintan. Es un Rey de paz, es un Rey de amor, de verdad, de mansedumbre, de dulzura para los que le quieren; pero es Rey verdadero para todos, aunque no le quieran, ¡y tanto peor para el que no le quiera!

Los hombres y los pueblos podrán rechazar la llamada amorosa del Corazón de Cristo y escupir contra el cielo; pero no pueden cambiar la naturaleza de las cosas. El hombre es un ser dependiente, y si no depende de quien debe, dependerá de quien no debe; si no quiere por dueño a Cristo, tendrá el demonio por dueño. “No podéis servir a Dios y a las riquezas”, dijo Cristo, y el mundo moderno es el ejemplo lamentable: no quiso reconocer a Dios como dueño, y cayó bajo el dominio de Plutón, el demonio de las riquezas.

En su encíclica Quadragesimo Anno, el Papa Pío XI describe de este modo la condición del mundo de hoy, desde que el Protestantismo y el Liberalismo lo alejaron del regazo materno de la Iglesia, y decidme vosotros si el retrato es exagerado: “La libre concurrencia se destruyó a sí misma; al libre cambio ha sucedido una dictadura económica. El hambre y sed de lucro ha suscitado una desenfrenada ambición de dominar. Toda la vida económica se ha vuelto horriblemente dura, implacable, cruel. Injusticia y miseria. De una parte, una inmensa cantidad de proletarios; de otra, un pequeño número de ricos provistos de inmensos recursos, lo cual prueba con evidencia que las riquezas creadas en tanta copia por el industrialismo moderno no se hallan bien repartidas”.

El mismo Carlos Marx, patriarca del socialismo moderno, pone el principio del moderno capitalismo en el Renacimiento, es decir, cuando comienza el gran movimiento de desobediencia a la Iglesia; y añora el judío ateo los tiempos de la Edad Media, en que el artesano era dueño de sus medios de producción, en que los gremios amparaban al obrero, en que el comercio tenía por objeto el cambio y la distribución de los productos y no el lucro y el dividendo, y en que no estaba aún esclavizado al dinero para darle una fecundidad monstruosa. Añora aquel tiempo, que si no fue un Paraíso Terrenal, por lo menos no fue una Babel como ahora, porque los hombres no habían recusado la Reyecía de Jesucristo.

Los males que hoy sufrimos, tienen, pues, raíz vieja; pero consolémonos, porque ya está cerca el jardinero con el hacha. Estamos al fin de un proceso morboso que ha durado cuatro siglos.

Vosotros sabéis que en el llamado Renacimiento había un veneno de paganismo, sensualismo y descreimiento que se desparramó por toda Europa, próspera entonces y cargada de bienestar como un cuerpo pletórico. Ese veneno fue el fermento del Protestantismo; “rebelión de los ricos contra los pobres”, como lo llamó Belloc, que rompió la unidad de la Iglesia, negó el Reino Visible de Cristo, dijo que Cristo fue un predicador y un moralista, y no un Rey; sometió la religión a los poderes civiles y arrebató a la obediencia del Sumo Pontífice casi la mitad de Europa. Las naciones católicas se replegaron sobre sí mismas en el movimiento que se llamó Contrarreforma, y se ocuparon en evangelizar el Nuevo Mundo, mientras los poderes protestantes inventaban el Puritanismo, el Capitalismo y el Imperialismo.

Entonces empezó a invadir las naciones católicas una a modo de niebla ponzoñosa proveniente de los protestantes, que al fin cuajó en lo que llamamos Liberalismo, el cual a su vez engendró por un lado el Modernismo y por otro el Comunismo.

Entonces fue cuando sonó en el cielo la trompeta de la cólera divina, que nadie dejó de oír; y el Hombre Moderno, que había caído en cinco idolatrías y cinco desobediencias, está siendo probado y purificado ahora por Cinco castigos y cinco penitencias:

Idolatría de la Ciencia, con la cual quiso hacer otra torre de Babel que llegase hasta el cielo; y la ciencia está en estos momentos toda ocupada en construir aviones, bombas y cañones para voltear casas y ciudades y fábricas;

Idolatría de la Libertad, con la cual quiso hacer de cada hombre un pequeño y caprichoso caudillejo; y éste es el momento en que el mundo está lleno de despotismo y los pueblos mismos piden puños fuertes para salir de la confusión que creó esa libertad demente;

Idolatría del Progreso, con el cual creyeron que harían en poco tiempo otro Paraíso Terrenal; y he aquí que el Progreso es el Becerro de Oro que sume a los hombres en la miseria, en la esclavitud, en el odio, en la mentira, en la muerte;

Idolatría de la Carne, a la cual se le pidió el cielo y las delicias del Edén; y la carne del hombre desvestida, exhibida, mimada y adorada, está siendo destrozada, desgarrada y amontonada como estiércol en los campos de batalla;

Idolatría del Placer, con el cual se quiere hacer del mundo un perpetuo Carnaval y convertir a los hombres en chiquilines agitados e irresponsables; y el placer ha creado un mundo de enfermedades, dolencias y torturas que hacen desesperar a todas las facultadas de medicina.

Esto decía no hace mucho tiempo un gran obispo de Italia, el arzobispo de Cremona, a sus fieles.

¿Y nuestro país? ¿Está libre de contagio? ¿Está puro de mancha? ¿Está limpio de pecado? Hay muchos que parecen creerlo así, y viven de una manera enteramente inconsciente, pagana, incristiana, multiplicando los errores, los escándalos, las iniquidades, las injusticias. Es un país tan ancho, tan rico, tan generoso, que aquí no puede pasar nada; queremos estar en paz con todos, vender nuestras cosechas y ganar plata; tenemos gobernantes tan sabios, tan rectos y tan responsables; somos tan democráticos, subimos al gobierno solamente a aquel que lo merece; tenemos escuelas tan lindas; tenemos leyes tan liberales; hay libertad para todo; no hay pena de muerte; si un hombre agarra una criaturita en la calle, la viola, la mata y después la quema, ¡qué se va a hacer, paciencia!; tenemos la prensa más grande del mundo: por diez centavos nos dan doce sábanas de papel llenas de informaciones y de noticias; tenemos la educación artística del pueblo hecha por medio del cine y de la radiotelefonía; ¡qué pueblo más bien educado va a ir saliendo, un pueblo artístico! ¡Qué país, mi amigo, qué país más macanudo!

— ¿Y reina Cristo en este país? — ¿Y cómo no va a reinar? Somos buenos todos. Y si no reina, ¿qué quiere que le hagamos?

Tengo miedo de los grandes castigos colectivos que amenazan nuestros crímenes colectivos. Este país está dormido, y no veo quién lo despierte. Este país está engañado, y no veo quién lo desengañe. Este país está postrado, y no se ve quién va a levantarlo.

Pero este país todavía no ha renegado de Cristo; y sabemos por tanto que hay alguien capaz de levantarlo.

Preparémonos a su Venida y apresuremos su Venida. Podemos ser soldados de un gran Rey; nuestras pobres efímeras vidas pueden unirse a algo grande, algo triunfal, algo absoluto.

Arranquemos de ellas el egoísmo, la molicie, la mezquindad de nuestros pequeños caprichos, ambiciones y fines particulares.

El que pueda hacer caridad, que se sacrifique por su prójimo, o solo, o en su parroquia, o en las Sociedades Vicentinas…

El que pueda hacer apostolado, que ayude a Nuestro Cristo Rey en la Acción Católica o en las Congregaciones…

El que pueda enseñar, que enseñe…

Y el que pueda quebrantar la iniquidad, que la golpee y que la persiga, aunque sea con riesgo de la vida.

Y para eso, purifiquemos cada uno de faltas y de errores nuestra vida. Acudamos a la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los Ángeles y de los hombres, para que se digne elegirnos para militar con Cristo, no solamente ofreciendo todas nuestras personas al trabajo, como decía el capitán Ignacio de Loyola, sino también para distinguirnos y señalarnos en esa misma campaña del Reino de Dios contra las fuerzas del Mal, campaña que es el eje de la historia del mundo, sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su Reino no tendrá fin, que su triunfo y Venida no está lejos y que su recompensa supera todas las vanidades de este mundo, y más todavía, todo cuanto el ojo vio, el oído oyó y la mente humana pudo soñar de hermoso y de glorioso.

Leonardo Castellani, “Cristo, ¿vuelve o no vuelve?”.

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Santos Padres

·        San Ambrosio

Lc 23, 33ss

109. Y puesto que ya hemos contemplado el trofeo, vea­mos ahora cómo el triunfador sube a su carro y no cuelga el botín conquistado del mortal enemigo sobre troncos de árboles o sobre las cuadrigas, sino que los despojos arrebatados al mundo los coloca sobre su patíbulo triunfal. No vemos aquí a los pueblos de ciudades arrasadas o las estatuas de los lugares ocupados; tam­poco observamos las cabezas humilladas de los reyes cautivos, como suele ocurrir entre los triunfadores humanos, ni tampoco contemplamos que se lleva esa victoria hasta los límites de otro país ; por el contrario, lo que vemos es precisamente que los pueblos y las naciones, llenos de alegría, son atraídos no por el castigo, sino por la recompensa, los reyes rinden adoración por propia decisión, las ciudades se entregan a un culto voluntario, las estatuas de las poblaciones reciben una especial mejora, no rea­lizada ésta por el arte del colorido, sino hermoseadas por una fe entregada, las armas y los derechos de los vencedores se extienden por todo el orbe; contemplamos asimismo cómo el príncipe de este mundo es cogido preso y cómo los espíritus del mal que vagan por los cielos (Ef 6, 12) obedecen a las ór­denes de una palabra humana, y cómo están las potestades su­misas y las diversas clases de virtudes resplandecen, no gracias a su seda, sino gracias a sus costumbres. Brilla la castidad, res­plandece la fe, y la valiente entrega se levanta ya airosa una vez que se ha vestido con los despojos de la muerte. El solo triunfo de Dios, la Cruz del Señor, ya hizo triunfar a todos los hombres.

110. Parece conveniente considerar el modo de subir. Yo lo veo desnudo; así tiene que subir el que se dispone a ven­cer al mundo, de modo que no se debe preocupar en buscar los auxilios del siglo. Adán, que fue a buscar el vestido (Gn 3, 7), fue vencido, mientras que el vencedor es Aquel que se despojó de sus vestidos. El subió con la misma realidad con la que la naturaleza nos había formado bajo la acción de Dios. Así había vivido el primer hombre en el paraíso, y así también entró el segundo hombre al paraíso. Y con el fin de que el triunfo no fuera para El solo, sino para todos, extendió sus manos para atraer todas las cosas hacia sí (Jn 12, 32), con propósito de rom­per las ligaduras de la muerte, atarnos con el yugo de la fe y unir al cielo todo aquello que antes estaba ligado a la tierra.

111. También se coloca una inscripción. De ordinario, a los vencedores les precede un cortejo; y así el carro triunfal del Señor estaba precedido por el acompañamiento de los muertos resucitados. También es costumbre indicar con un escrito el nú­mero de naciones dominadas. En esa clase de triunfos que se dan dentro de un orden preestablecido, existen los pobres cautivos de las naciones vencidas, cosa que es vergonzosa cuando son ellas las desoladas; sin embargo, aquí resplandece le belleza de los pueblos redimidos. Los que llevan el carro son dignos de un triunfo semejante, y así, el cielo, la tierra, el mar y los infiernos pasan de la corrupción a la gracia.

112. Se coloca una inscripción y se pone sobre la cruz, y en la parte inferior de ella, puesto que el principado está sobre sus hombros (Is 9, 6). Y ¿qué otra cosa es este principado, sino su eterno poder y su divinidad? Por eso, cuando le pregunta­ron ¿Tú quién eres, El respondió : El principio que os habla (Jn 8, 25). Pero, leamos esta inscripción: Jesús Nazareno —dice—Rey de los judíos.

113. Con toda razón la inscripción está puesta en la parte superior de la cruz, ya que el reino que posee Cristo no es propio del cuerpo humano, sino del poder de Dios. Y con toda justicia está puesto arriba, porque, aunque en la cruz estaba el Señor Je­sús, sin embargo, resplandecía por encima de la cruz gracias a su majestad real. Era un gusano sobre la cruz (Sal 21, 7), un escarabajo sobre la cruz. Pero un buen gusano que no se va del árbol, un buen escarabajo que clamó desde la cruz. Y ¿qué dijo? Señor, no les imputes este pecado. También le dijo al la­drón: Hoy estarás conmigo en el paraíso, y gritó como un esca­rabajo: ¡Dios mío, Dios mío, mírame!, ¿por qué me has aban­donado? Y, en verdad, era un buen escarabajo quien, por medio de los pasos de sus virtudes, dignificaba el barro de nuestro cuerpo, que antes era algo informe y torpe, y buen escarabajo también el que levantó al pobre de entre el estiércol (Sal 122, 7); levantó a Pablo que se consideró como basura (Flp 3, 8), le­vantó a Job que yacía sentado sobre el muladar (Job 2, 8).

114. No se trata, pues, de una inscripción cualquiera. Y aún más, el mismo lugar de la cruz, bien puesta en medio para que fuera vista por todos, o levantada, como discuten los hebreos, sobre la sepultura de Adán, tiene gran importancia, ya que convenía que la primicia de nuestra vida se colocara en el mismo sitio donde tuvo lugar el comienzo de nuestra muerte.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.10, 109-114, BAC Madrid 1966, pág. 600-603

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

CRISTO REY

Al culminar el año litúrgico, la Iglesia ofrece a nuestro culto y adoración, el misterio de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Cuando el Papa Pío Xl estableció la presente fiesta la ubicó en este sitio para reflejar mejor el sentido final y triunfante que tendrá la segunda Venida del Señor: “Así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el curso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey”. Aquel a quien hemos adorado en la humildad y pobreza del pesebre en su primera venida al mundo, vendrá radiante de gloria al fin de los tiempos, a tomar posesión visible y definitiva de su reino.

La reafirmación vigorosa de esta verdad, ya necesaria en 1925, que fue cuando se hizo pública la encíclica Quas Primas, lo es mucho más en estos años del fin del segundo milenio. Si entonces Pío XI decía que “cuanto más se pasa en vergonzoso silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, así en las reuniones internacionales como en los parlamentos, tanto más es necesario aclamarlo públicamente, anunciando por todas partes los derechos de su real dignidad y potestad”, ¡qué expresiones no se ahorraría si tuviera que escribir ahora su encíclica! Acrecenta­dos y extendidos universalmente, aquellos males exigen hoy una nueva y más vigorosa proclamación de este misterio.

En la fiesta de hoy queremos afirmar, sin asomo de duda, que la Majestad absoluta e indiscutible de Dios se revela palmariamente en el Verbo: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra…, todo fue creado por medio de él y para él”, escuchamos en la segunda lectura. Si todo fue creado “para El”, el mundo de los hombres adquiere su sentido último en la espera gozosa de quien es el Rey de la historia, que con su Palabra ha dado un significado a la vida humana que se encamina hacia la plenitud del Reino.

Pero si es necesario ratificar hoy el señorío de Cristo Rey contra los embates del pluralismo insensato, que quiere conceder al error los mismos derechos que a la verdad, no lo es menos que hay que insistir también vigorosamente sobre el carácter tempo­ral e histórico de este dominio.

Muchas veces se pretende vaciar de contenido este dogma del Reinado del Señor, relegándolo exclusivamente al interior del hombre. Sin duda que comienza allí, en lo más recóndito del corazón, donde reina por la fe, merced a la cual el hombre acepta la persona y la doctrina de Cristo, y también en virtud de la caridad, por la que la voluntad del hombre se adhiere a la del Señor. Pero esto no es suficiente, no es más que el principio, porque el Reinado de Cristo debe asimismo proyectarse exterior­mente y abarcar todo el ámbito de la vida del hombre, incluso el orden social y político.

En efecto, si bien su Soberanía “no es de este mundo”, como Él mismo lo dijo, en diálogo con Pilatos, posee cierta presencia terrena, bien real, aunque misteriosa y no siempre visible. Como lo enseña la encíclica Quas Primas, en virtud de la Encarnación, el Verbo tiene poder “sobre todas las cosas temporales, puesto que Él ha recibido del Padre un derecho absoluto sobre todas las cosas creadas”. Más todavía, ningún acto de la vida del hombre puede escapar a esta presencia del Reino, ni eludir el supremo poder de Cristo Rey. Este reinado es, pues, cósmico, busca la totalidad, quiere englobar al mundo entero y toda la vida de los hombres.

Al mismo tiempo que recordamos esta universalidad no podemos dejar de aludir al carácter agónico militante de este Señorío. Desde el momento aciago del primer pecado, de la primera batalla ganada por Satanás, el enemigo del hombre trata de hacer estéril la obra del amor de Dios, disputándole la posesión de las almas y de las sociedades, como un rico tesoro mueve la codicia del ladrón. Es la lucha permanente entre el pecado y la gracia, lucha que nadie puede soslayar.

Dios no es neutral. Dios aprueba o desaprueba, porque es absolutamente fiel a sí mismo, a su Verdad y a su Justicia. El demonio, instigado por el odio y la envidia, no puede tampoco ser prescindente, quiere siempre extender más y más su malévo­lo dominio.

Los hombres, que dependen absolutamente de Dios, en su ser y en su obrar, tampoco pueden ser neutrales. Sus actos deben ser definiciones a favor de Dios o contra Dios. San Agustín con las Dos Ciudades, San Ignacio con las Dos Banderas, perfilan en textos de valor permanente la sentencia categórica de Jesucristo: “Nadie puede servir a dos señores”.

La historia se va desarrollando, entonces, siguiendo esta ley inexorable del antagonismo entre el bien y el mal, entre la ciudad de Dios y la ciudad del mundo, entre el reino de Cristo y el reino de Satanás. Explica San Agustín que el primero se funda en el amor de Dios hasta el olvido de sí, y el segundo en el amor desordenado de sí hasta el desprecio de Dios. Esta tensión entre la ciudad de Dios y la ciudad del mundo se desarrollará hasta el último instante del tiempo y concluirá cuando Jesucristo, el Supremo Rey de la historia, separe a los buenos y a los malos, como lo ha enseñado en la parábola del trigo y la cizaña. Mientras llega ese momento, de gloria y de triunfo para el Señor y para los que perseveren hasta el final, la historia se carga de sentido trágico y misterioso a medida que va creciendo el sufrimiento y la persecución de aquellos que, al decir del mismo Cristo, “no son del mundo”. El mundo odia lo que no es “suyo”, y extiende a los seguidores fieles de Jesucristo la persecución que llevaron contra Él, porque “el servidor no es más grande que su Señor”.

“Es necesario que Él reine hasta poner a todos los enemigos bajo sus pies”, afirmó San Pablo taxativamente. Esto que es válido, reiteremos, para las personas individuales, es también aplicable, como ya lo hemos señalado, a las asociaciones huma­nas y sobre todo al orden político. Así como el hombre depende metafísicamente de Dios, la sociedad, en cualquiera de sus formas y bajo cualquier contexto, tiene hacia Dios la misma relación y la misma dependencia que el individuo. La virtualidad del Reinado de Cristo no está limitada, entonces, a la esfera personal sino que, rebasándola, invade con su fuerza y sus exigencias el entero orden temporal y tiende a suscitar un orden social cristiano, una sociedad cristiana. El sentido de Cristo debe invadir, impregnar, vivificar la sociedad humana para gloria del Padre. “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos”, exhortó el Apóstol. Esto es lo que llamamos el Reinado social de Jesucristo.

¿Qué se espera de nosotros? ¿Qué respuesta quiere la Iglesia de sus hijos al celebrar esta fiesta? Lo que aguarda es, por su­puesto, que tanto las personas como las sociedades retomen a Cristo, que la general apostasía vaya cediendo su lugar al total reconocimiento de Aquel en quien deben ser restauradas todas las cosas.

Para ello es necesario que los seguidores de Cristo tengamos el coraje de sacudir nuestra apatía y pusilanimidad al tiempo que dejemos de obviar sistemáticamente el combate cristiano o de resistir flojamente. Será preciso luchar, y luchar con el coraje de quien está cierto del triunfo definitivo. La actitud cobarde y contemporizadora no hace más que suscitar en el enemigo una mayor temeridad y audacia.

No olvidemos que pertenecemos a una Iglesia militante, aunque últimamente muchos prefieran olvidar este término. Recordemos que Jesucristo nos ha llamado a ser “luz del mun­do”, y está esperando que la antorcha de nuestra vida brille ante las naciones señalando cuál es la auténtica felicidad del hombre y dónde se encuentra el camino que a ella conduce. Bien dice la encíclica de Pío XI: “Cuando los fieles todos comprendan que deben militar con valor y siempre bajo la bandera de Cristo Rey, se dedicarán con ardor apostólico a llevar a Dios de nuevo a los rebeldes e ignorantes y se esforzarán en mantener incólumes los derechos de Dios mismo”.

¡Cuántos y cuán variados son los campos donde se ha de librar esta batalla! Así como el enemigo ha trabajado y trabaja para que Cristo sea un extraño en la universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de justicia, en las legislaturas, en la economía y en las organizaciones internacionales, el católico militante deberá esforzarse por lograr que Cristo reine en todos estos sitios. La educación habrá de tener en cuenta que el fin del hombre es la unión con Dios, y orientada por este principio supremo tendrá que desarrollar su labor formativa de niños y jóvenes. La familia será protegida contra tantos ataques aten­tatorios de la indisolubilidad matrimonial así como del amor humano, tal como lo concibió Dios, quien quiso asociar a los esposos a la sublime misión creadora. Los hombres del derecho y los legisladores siempre habrán de tener presente que por sobre las leyes humanas está Aquel que es la Verdad, cuyo trono se fundamenta precisamente sobre la Justicia y el Derecho, como dice uno de los salmos. Los que orientan la economía no habrán de soslayar la ley divina según la cual esta actividad debe estar al servicio del hombre, y no el hombre al servicio de ella, para que así, asegurado el honesto sustento, la familia pueda servir a Dios como corresponde. Las organizaciones internacionales, por su parte, habrán de convencerse, después de años de reiterados fracasos, que no hay otra vía para lograr una paz verdaderamen­te seria y duradera que la paz de Cristo en el Reino de Cristo, y abandonar totalmente la política actual de dar las espaldas al Evangelio y a la ley natural.

Empresa verdaderamente ciclópea, que no resiste el menor cálculo de proporción entre las pobres fuerzas humanas y la magnitud del resultado intentado. Sin embargo, esta compara­ción no es más que una visión reduccionista, ya que olvida que del lado del reino de Cristo combate el mismo Dios, con toda su fuerza y su poder. Nuestro aliado es el que con un gesto abrió el Mar Rojo y sepultó a los egipcios, el que detuvo el sol y derrumbó las murallas de Jericó para dar la victoria a Josué, el que con su poder aquietó inmediatamente la tempestad del mar de Galilea, que amenazaba hundir la embarcación de los Apóstoles.

Hoy tendremos en medio nuestro al Señor del cielo y de la tierra, que en el momento de la consagración descenderá de su solio real al altar. Dirijámonos confiados a su poder invencible, que desde el trono augusto de la Eucaristía gobierna todo lo que existe, y exclamemos con la seguridad confiada de saber que el triunfo final es nuestro: ¡Ven Señor Jesús!

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 310-316)

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San Juan Pablo II

 

El texto evangélico de San Lucas, que se acaba de proclamar, nos lleva con el pensamiento a la escena altamente dramática que se desarrolla en el “lugar llamado Calvario” (Lc 23,33) y nos presenta, en torno a Jesús crucificado, tres grupos de personas que discuten diversamente sobre su “figura” y sobre su “fin”. ¿Quién es en realidad el que está allí crucificado? Mientras la gente común y anónima permanece más bien incierta y se limita a mirar, los príncipes, en cambio, se burlaban diciendo: “A otros salvó, sálvese a sí mismo, si es el Mesías de Dios el Elegido”. Como se ve, su arma es la ironía negativa y demoledora. Pero también los soldados -el segundo grupo- lo escarnecían y, como en tono de provocación y desafío, le decían: “Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”, partiendo, quizá, de las palabras mismas de la inscripción, que veían puesta sobre su cabeza. Estaban, además, los dos malhechores, en contraste entre sí, al juzgar al compañero de pena: mientras uno blasfemaba de él, recogiendo y repitiendo las expresiones despectivas de los soldados y de los jefes, el otro declaraba abiertamente que Jesús “nada malo había hecho” y, dirigiéndose a Él, le imploraba así: “Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu reino”.

He aquí cómo, en el momento culminante de la crucifixión, precisamente cuando la vida del Profeta de Nazaret está para ser suprimida, podemos recoger, incluso en lo vivo de las discusiones y contradicciones, estas alusiones arcanas al rey y al reino.

Esta escena os es bien conocida y no necesita comentarios. Pero es muy oportuno y significativo y, diría, es muy justo y necesario que esta fiesta de Cristo Rey se enmarque precisamente en el Calvario. Podemos decir, sin duda, que la realeza de Cristo, como la celebramos y meditamos también hoy, debe referirse siempre al acontecimiento que se desarrolla en ese monte, y debe ser comprendida en el misterio salvífico que allí realiza Cristo: me refiero al acontecimiento y al misterio de la redención del hombre. Cristo Jesús -debemos ponerlo de relieve- se afirma rey precisamente en el momento que, entre los dolores y los escarnios de la cruz, entre las incomprensiones y las blasfemias de los circunstantes, agoniza y muere. En verdad, es una realeza singular la suya, tal que sólo pueden reconocerla los ojos de la fe: Regnavit a ligno Deus!

La realeza de Cristo, que brota de la muerte en el Calvario y culmina con el acontecimiento de la resurrección, inseparable de ella, nos llama a esa centralidad, que le compete en virtud de lo que es y de lo que ha hecho. Verbo de Dios e Hijo de Dios, ante todo y sobre todo, “por quien todo fue hecho”, como repetiremos dentro de poco en el Credo, tiene un intrínseco, esencial e inalienable primado en el orden de la creación, respecto a la cual es la causa suprema y ejemplar. Y después que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), también como hombre e Hijo del hombre, consigue un segundo título en el orden de la redención, mediante la obediencia al designio del Padre, mediante el sufrimiento de la muerte y el consiguiente triunfo de la resurrección.

Al converger en Él este doble primado, tenemos, pues, no sólo el derecho y el deber, sino también la satisfacción y el honor de confesar su excelso señorío sobre las cosas y sobre los hombres que, con término ciertamente ni impropio ni metafórico, puede ser llamado realeza. “Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre”(Fil 2,8-11).

Este es el nombre del que nos habla el Apóstol: es el nombre del Señor y vale la pena designar la incomparable dignidad, que compete a Él solo y le sitúa a Él solo en el centro, más aún, en el vértice del cosmos y de la historia.

Pero queriendo considerar, además de los títulos y de las razones, también la naturaleza y el ámbito de la realeza de Cristo nuestro Señor, no podemos prescindir de remontarnos a esa potestad que Él mismo, cuando iba a dejar esta tierra, definió total y universal, poniéndola en la base de la misión confiada a los Apóstoles: “Jesús se acercó a ellos y les habló así: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”(Mt 28,18-20).

En estas palabras no hay sólo -como es evidente- la reivindicación explícita de una autoridad soberana, sino que se indica además, en el acto mismo en que es participada por los Apóstoles, una ramificación suya en distintas, aún cuando coordinadas, funciones espirituales. Efectivamente, si Cristo resucitado dice a los suyos que vayan y recuerda lo que ya ha mandado, si les da la misión tanto de enseñar como de bautizar, esto se explica porque Él mismo, precisamente en virtud de la potestad suma que le pertenece, posee en plenitud estos derechos y está habilitado para ejercitar estas funciones, como Rey, Maestro y Sacerdote.

Ciertamente no se trata de preguntarnos cuál sea el primero de estos tres títulos, porque, en el contexto general de la misión salvífica que Cristo ha recibido del Padre, corresponden a cada uno de ellos funciones igualmente necesarias e importantes. Sin embargo, incluso para mantenernos en sintonía con el contenido de la liturgia de hoy, es oportuno insistir en la función real y concentrar nuestra mirada, iluminada por la fe, en la figura de Cristo como Rey y Señor.

A este respecto aparece obvia la exclusión de cualquier referencia de naturaleza política o temporal. A la pregunta formal que le hizo Pilato: “¿Eres Tú el rey de los judíos?” (Jn 18,33), Jesús responde explícitamente que su reino no es de este mundo y, ante la insistencia del procurador romano, afirma: “Tú dices que soy rey”, añadiendo inmediatamente después: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). De este modo declara cuál es la dimensión exacta de su realeza y la esfera en que se ejercita: es la dimensión espiritual que comprende, en primer lugar, la verdad que hay que anunciar y servir. Su reino, aún cuando comienza aquí abajo en la tierra, nada tiene, sin embargo, de terreno, y transciende toda limitación humana, puesto que tiende hacia la consumación más allá del tiempo, en la infinitud de la eternidad.

A este reino nos ha llamado Cristo Señor, otorgándonos una vocación que es participación en esos poderes suyos que ya he recordado. Todos nosotros estamos al servicio del Reino y, al mismo tiempo, en virtud de la consagración bautismal, hemos sido investidos de una dignidad y de un oficio real, sacerdotal y profético, a fin de poder colaborar eficazmente en su crecimiento y en su difusión.

(Homilía en la Misa de Cristo Rey, 23 de noviembre 1980)

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Benedicto XVI

 

La solemnidad litúrgica de Cristo Rey da a nuestra celebración una perspectiva muy significativa, delineada e iluminada por las lecturas bíblicas. Nos encontramos como ante un imponente fresco con tres grandes escenas: en el centro, la crucifixión, según el relato del evangelista san Lucas; a un lado, la unción real de David por parte de los ancianos de Israel; al otro, el himno cristológico con el que san Pablo introduce la carta a los Colosenses. En el conjunto destaca la figura de Cristo, el único Señor, ante el cual todos somos hermanos. Toda la jerarquía de la Iglesia, todo carisma y todo ministerio, todo y todos estamos al servicio de su señorío.

Debemos partir del acontecimiento central: la cruz. En ella Cristo manifiesta su realeza singular. En el Calvario se confrontan dos actitudes opuestas. Algunos personajes que están al pie de la cruz, y también uno de los dos ladrones, se dirigen con desprecio al Crucificado: “Si eres tú el Cristo, el Rey Mesías —dicen—, sálvate a ti mismo, bajando del patíbulo”. Jesús, en cambio, revela su gloria permaneciendo allí, en la cruz, como Cordero inmolado.

Con él se solidariza inesperadamente el otro ladrón, que confiesa implícitamente la realeza del justo inocente e implora: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23, 42). San Cirilo de Alejandría comenta: “Lo ves crucificado y lo llamas rey. Crees que el que soporta la burla y el sufrimiento llegará a la gloria divina” (Comentario a san Lucas, homilía 153). Según el evangelista san Juan, la gloria divina ya está presente, aunque escondida por la desfiguración de la cruz. Pero también en el lenguaje de san Lucas el futuro se anticipa al presente cuando Jesús promete al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).

San Ambrosio observa: “Este rogaba que el Señor se acordara de él cuando llegara a su reino, pero el Señor le respondió: “En verdad, en verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso”. La vida es estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino” (Exposición sobre el evangelio según san Lucas 10, 121). Así, la acusación: “Este es el rey de los judíos”, escrita en un letrero clavado sobre la cabeza de Jesús, se convierte en la proclamación de la verdad. San Ambrosio afirma también: “Justamente la inscripción está sobre la cruz, porque el Señor Jesús, aunque estuviera en la cruz, resplandecía desde lo alto de la cruz con una majestad real” (ib., 10, 113).

La escena de la crucifixión en los cuatro evangelios constituye el momento de la verdad, en el que se rasga el “velo del templo” y aparece el Santo de los santos. En Jesús crucificado se realiza la máxima revelación posible de Dios en este mundo, porque Dios es amor, y la muerte de Jesús en la cruz es el acto de amor más grande de toda la historia.

Pues bien, en el anillo cardenalicio que dentro de poco entregaré a los nuevos miembros del sagrado Colegio está representada precisamente la crucifixión. Queridos hermanos neo-cardenales, para vosotros será siempre una invitación a recordar de qué Rey sois servidores, a qué trono fue elevado y cómo fue fiel hasta el final para vencer el pecado y la muerte con la fuerza de la misericordia divina. La madre Iglesia, esposa de Cristo, os da esta insignia como recuerdo de su Esposo, que la amó y se entregó a sí mismo por ella (cf. Ef 5, 25). Así, al llevar el anillo cardenalicio, recordáis constantemente que debéis dar la vida por la Iglesia.

Si dirigimos ahora la mirada a la escena de la unción real de David, presentada por la primera lectura, nos impresiona un aspecto importante de la realeza, es decir, su dimensión “corporativa”. Los ancianos de Israel van a Hebrón y sellan una alianza con David, declarando que se consideran unidos a él y quieren ser uno con él. Si referimos esta figura a Cristo, me parece que vosotros, queridos hermanos cardenales, podéis muy bien hacer vuestra esta profesión de alianza. También vosotros, que formáis el “senado” de la Iglesia, podéis decir a Jesús: “Nos consideramos como tus huesos y tu carne” (2 S 5, 1). Pertenecemos a ti, y contigo queremos ser uno. Tú eres el pastor del pueblo de Dios; tú eres el jefe de la Iglesia (cf. 2 S 5, 2). En esta solemne celebración eucarística queremos renovar nuestro pacto contigo, nuestra amistad, porque sólo en esta relación íntima y profunda contigo, Jesús, nuestro Rey y Señor, asumen sentido y valor la dignidad que nos ha sido conferida y la responsabilidad que implica.

Ahora nos queda por admirar la tercera parte del “tríptico” que la palabra de Dios pone ante nosotros: el himno cristológico de la carta a los Colosenses. Ante todo, hagamos nuestro el sentimiento de alegría y de gratitud del que brota, porque el reino de Cristo, la “herencia del pueblo santo en la luz”, no es algo que sólo se vislumbre a lo lejos, sino que es una realidad de la que hemos sido llamados a formar parte, a la que hemos sido “trasladados”, gracias a la obra redentora del Hijo de Dios (cf. Col 1, 12-14).

Esta acción de gracias impulsa el alma de san Pablo a la contemplación de Cristo y de su misterio en sus dos dimensiones principales: la creación de todas las cosas y su reconciliación. En el primer aspecto, el señorío de Cristo consiste en que “todo fue creado por él y para él (…) y todo se mantiene en él” (Col 1, 16). La segunda dimensión se centra en el misterio pascual: mediante la muerte en la cruz del Hijo, Dios ha reconciliado consigo a todas las criaturas y ha pacificado el cielo y la tierra; al resucitarlo de entre los muertos, lo ha hecho primicia de la nueva creación, “plenitud” de toda realidad y “cabeza del Cuerpo” místico que es la Iglesia (cf. Col 1, 18-20). Estamos nuevamente ante la cruz, acontecimiento central del misterio de Cristo. En la visión paulina, la cruz se enmarca en el conjunto de la economía de la salvación, donde la realeza de Jesús se manifiesta en toda su amplitud cósmica.

Este texto del Apóstol expresa una síntesis de verdad y de fe tan fuerte que no podemos menos de admirarnos profundamente. La Iglesia es depositaria del misterio de Cristo: lo es con toda humildad y sin sombra de orgullo o arrogancia, porque se trata del máximo don que ha recibido sin mérito alguno y que está llamada a ofrecer gratuitamente a la humanidad de todas las épocas, como horizonte de significado y de salvación. No es una filosofía, no es una gnosis, aunque incluya también la sabiduría y el conocimiento. Es el misterio de Cristo; es Cristo mismo, Logos encarnado, muerto y resucitado, constituido Rey del universo.

¿Cómo no experimentar un intenso entusiasmo, lleno de gratitud, por haber sido admitidos a contemplar el esplendor de esta revelación? ¿Cómo no sentir al mismo tiempo la alegría y la responsabilidad de servir a este Rey, de testimoniar con la vida y con la palabra su señorío? Venerados hermanos cardenales, esta es, de modo particular, nuestra misión: anunciar al mundo la verdad de Cristo, esperanza para todo hombre y para toda la familia humana.

Hay un aspecto, unido estrechamente a esta misión, que quiero tratar al final y encomendar a vuestra oración: la paz entre todos los discípulos de Cristo, como signo de la paz que Jesús vino a establecer en el mundo. Hemos escuchado en el himno cristológico la gran noticia: Dios quiso “pacificar” el universo mediante la cruz de Cristo (cf. Col 1, 20). Pues bien, la Iglesia es la porción de humanidad en la que ya se manifiesta la realeza de Cristo, que tiene como expresión privilegiada la paz. Es la nueva Jerusalén, aún imperfecta porque peregrina en la historia, pero capaz de anticipar, en cierto modo, la Jerusalén celestial.

Por último, podemos referirnos aquí al texto del salmo responsorial, el 121: pertenece a los así llamados “cantos de las subidas”, y es el himno de alegría de los peregrinos que suben hacia la ciudad santa y, al llegar a sus puertas, le dirigen el saludo de paz: shalom. Según una etimología popular, Jerusalén significaba precisamente “ciudad de la paz”, la paz que el Mesías, hijo de David, establecería en la plenitud de los tiempos. En Jerusalén reconocemos la figura de la Iglesia, sacramento de Cristo y de su reino.

Queridos hermanos cardenales, este salmo expresa bien el ardiente canto de amor a la Iglesia que vosotros ciertamente lleváis en el corazón. Habéis dedicado vuestra vida al servicio de la Iglesia, y ahora estáis llamados a asumir en ella una tarea de mayor responsabilidad. Debéis hacer plenamente vuestras las palabras del salmo: “Desead la paz a Jerusalén” (v. 6). Que la oración por la paz y la unidad constituya vuestra primera y principal misión, para que la Iglesia sea “segura y compacta” (v. 3), signo e instrumento de unidad para todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).

Pongo, más bien, pongamos todos juntos esta misión bajo la protección solícita de la Madre de la Iglesia, María santísima. A ella, unida al Hijo en el Calvario y elevada como Reina a su derecha en la gloria, le encomendamos a los nuevos purpurados, al Colegio cardenalicio y a toda la comunidad católica, comprometida a sembrar en los surcos de la historia el reino de Cristo, Señor de la vida y Príncipe de la paz.

 (Basílica Vaticana, domingo 25 de noviembre de 2007)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

CRISTO REY

            Los judíos piden signos, los romanos poder, los verdaderos creyentes: a Cristo crucificado[1].

            En la cruz los judíos pedían un signo para creer, pedían que Cristo bajase de la cruz para creer en su reinado, que se salvase a sí mismo para mostrar que era el Salvador, que era el Cristo[2]. Los soldados romanos pedían un acto de poder sobre sus súbditos porque ¿qué rey verdadero no avasalla por la fuerza a sus súbditos? ¿Cómo un rey no tiene poder para imponerse por la fuerza? ¿Qué clase de rey es éste que no tiene poder?

            Y más cerca aún de Cristo el mal ladrón que no entiende nada sino sólo salvarse él, pide a Cristo irónicamente, dice el Evangelio, insultándolo que se salve a sí mismo y a ellos. Vive en la superficialidad, ignorante del suceso grandioso que se estaba cumpliendo.

            Finalmente, el buen ladrón, iluminado ciertamente por una gracia especial, reconoce a Dios en Jesús, lo proclama rey y le pide entrar en su reino, previo arrepentimiento de su pecado y reconocimiento y defensa pública de Cristo.

            Distintas actitudes ante un rey crucificado. Paradójicamente en la cruz el Cristo conseguía su título de Rey venciendo a todos sus enemigos y al enemigo de la natura humana.

            Cristo crucificado es el Cristo de los verdaderos israelitas que rociaron las jambas de las puertas para salvarse del ángel exterminador con la sangre del cordero pascual[3].

            Cristo crucificado es el Cristo de los paganos porque su reinado es universal ya que murió por todos los hombres venciendo en la cruz al diablo, al pecado y a la muerte.

            Cristo crucificado brilla desde el Calvario para los que caminan en las tinieblas de la ignorancia como modelo de entrega a los demás y purificación de los pecados “cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí”[4], pero, para el que está sumergido en los sentidos la cruz es locura y motivo de burla.

            Sin cruz no hay triunfo. Cristo vence desde la cruz. Su reino lo consigue en la batalla final de la cruz pues para eso se había encarnado[5] y todos los que quieran reinar con Él tienen que crucificarse como el buen ladrón. Ofreció sus dolores participando de la cruz de Cristo para participar también en su Reino ese mismo día.

            Cristo por su muerte en la cruz ha conquistado el reinado que prometió Dios por los profetas y al que se adhirieron los patriarcas y los reyes. Es el heredero de David, el Rey eterno y universal.

            Hoy día los judíos siguen con obstinación pidiendo a Cristo que deje la cruz y se muestre glorioso según su gusto, según su prejuicio triunfalista, y Cristo no bajará de la cruz hasta que aparezca con ella triunfante en la segunda venida, en la cual, un resto de Israel lo aclamará diciendo: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”[6].

            Los neopaganos, que son en realidad cristianos apostatas, también quieren que Cristo no reine y por eso lo han arrojado de la vida pública y lo quieren desterrar de la vida privada por el escándalo y por la sabiduría humana de la ciencia y de la técnica, locura para Dios como para ellos es locura la cruz de Cristo, y la quieren desarraigar incluso haciendo desaparecer su signo de todo lugar.

            Una buena parte de cristianos y gente del mundo viven sin enterarse del drama del Calvario ocupados en sus cosas y en una salvación veleidosa que no los urge, mientras que sus sentidos y su vida superficial este llena. Sólo ven en la cruz como una estupidez de la que se burlan engolfándose en el libertinaje y el placer.

            Sólo una pequeña grey, un resto, confiesa todavía el reinado de Cristo en su alma y en la sociedad. Han reconocido su miseria y con esperanza han recurrido al Rey Universal pidiéndole que los lleve a su reino aceptándolo como rey de cruz.

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[1] Cf. 1 Co 1, 23
[2] v. 35
[3] Ex 12, 22-23
[4] Jn 12, 32
[5] Cf. Flp 2, 6-11
[6] Mt 23, 39

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Directorio Homilético

 

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo

CEC 440, 446-451, 668-672, 783, 786, 908, 2105, 2628: Cristo, Señor y Rey

CEC 678-679, 1001, 1038-1041: Cristo juez

CEC 2816-2821: “Venga tu Reino”

440    Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre “que ha bajado del cielo” (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hch 2, 36).

IV     SEÑOR

446    En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por “Kyrios” [“Señor”]. Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título “Señor” para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).

447    El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera explícita al dirigirse a sus apóstoles (cf. Jn 13, 13 “Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy”). A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina.

448    Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: “¡Es el Señor!” (Jn 21, 7).

449    Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque el es de “condición divina” (Flp 2, 6) y el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rm 10, 9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).

450    Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el “Señor” (cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29). ” La Iglesia cree.. que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro” (GS 10, 2; cf. 45, 2).

451    La oración cristiana está marcada por el título “Señor”, ya sea en la invitación a la oración “el Señor esté con vosotros”, o en su conclusión “por Jesucristo nuestro Señor” o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: “Maran atha” (“¡el Señor viene!”) o “Maran atha” (“¡Ven, Señor!”) (1 Co 16, 22): “¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

Artículo 7       “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y  MUERTOS”

I        VOLVERA EN GLORIA

          Cristo reina ya mediante la Iglesia …

668    “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669    Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).

670    Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la “última hora” (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). “El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

          … esperando que todo le sea sometido

671    El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no  haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672    Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

Un pueblo sacerdotal, profético y real

783    Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido “Sacerdote, Profeta y Rey”. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas (cf.RH 18-21).

786    El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo”. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo “venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28). Para el cristiano, “servir es reinar” (LG 36), particularmente “en los pobres y en los que sufren” donde descubre “la imagen de su Fundador pobre y sufriente” (LG 8). El pueblo de Dios realiza su “dignidad regia” viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

          De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las víctimas sin mancha de la piedad? (San León Magno, serm. 4, 1).

Su participación en la misión real de Cristo

908    Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2, 8-9), Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, “para que vencieran en sí mismos, con la apropia renuncia y una vida santa, al reino del pecado” (LG 36).

          El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: Se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; Es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable (San Ambrosio, Psal. 118, 14, 30: PL 15, 1403A).

2105. El deber de dar a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente. Esa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, enc. “Inmortale Dei”; Pío XI “Quas primas”).

2628  La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humill ar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor” (S. Agustín, Sal. 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

II       PARA JUZGAR A VIVOS Y  MUERTOS

678    Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10; Joel 3, 4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La  actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

679    Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22;cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo  (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).

1001  ¿Cuándo? Sin duda en el “último día” (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); “al fin del mundo” (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

          El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo  resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).

V       EL JUICIO FINAL

1038  La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles,… Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán estos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.” (Mt 25, 31. 32. 46).

1039  Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

          Todo el mal que hacen los malos se registra – y ellos no lo saben. El día en que “Dios no se callará” (Sal 50, 3) … Se volverá hacia los malos: “Yo había colocado sobre la tierra, dirá El, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre -pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí” (San Agustín, serm. 18, 4, 4).

1040  El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo El decidirá su advenimiento. Entonces, El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

1041  El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10).

II       VENGA A NOSOTROS TU REINO

2816  En el Nuevo Testamento, la palabra “basileia” se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

          Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos (San Cipriano, Dom. orat. 13).

2817  Esta petición es el “Marana Tha”, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”:

          Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ‘¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?’ (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

2818  En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2, 13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo” (MR, plegaria eucarística IV).

2819  “El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre “la carne” y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25):

          Solo un corazón puro puede decir con seguridad: ‘¡Venga a nosotros tu Reino!’. Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: ‘Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal’ (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: ‘¡Venga tu Reino!’ (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 13).

2820  Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (cf GS 22; 32; 39; 45; EN 31).

2821  Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús (cf Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 13-16; 6, 24; 7, 12-13).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XXXIII Tiempo Ordinario (C)

 

13
noviembre

Domingo XXXIII Tiempo Ordinario 

(Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo XXXIII Tiempo Ordinario (C)

(Domingo 13 Noviembre de 2016)

LECTURAS

Para ustedes brillará el sol de justicia

 Lectura de la profecía de Malaquías      3, 19-20a

            Llega el Día, abrasador como un horno.

Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el Día que llega los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles raíz ni rama.

Pero para ustedes, los que temen mi Nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial                            97, 5-9

R. El Señor viene a gobernar los pueblos.

Canten al Señor con el arpa

y al son de instrumentos musicales;

con clarines y sonidos de trompeta

aclamen al Señor, que es Rey. R.

Resuene el mar y todo lo que hay en él,

el mundo y todos sus habitantes;

aplaudan las corrientes del océano,

griten de gozo las montañas a1 unísono. R.

Griten de gozo delante del Señor,

porque Él viene a gobernar la tierra;

Él gobernará el mundo con justicia,

y los pueblos con rectitud. R.

El que no quiera trabajar; que no coma

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Tesalónica              3, 6-12

Hermanos:

Les ordenamos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que lleve una vida ociosa, contra­riamente a la enseñanza que recibieron de nosotros. Porque us­tedes ya saben cómo deben seguir nuestro ejemplo. Cuando estábamos entre ustedes, no vivíamos como holgazanes, y na­die nos regalaba el pan que comíamos. Al contrario, trabajába­mos duramente, día y noche, hasta cansarnos, con tal de no ser una carga para ninguno de ustedes. Aunque teníamos el dere­cho de proceder de otra manera, queríamos darles un ejemplo para imitar.

En aquella ocasión les impusimos esta regla: el que no quiera trabajar, que no coma. Ahora, sin embargo, nos enteramos de que algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y entro­metiéndose en todo. A éstos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse su pan.

Palabra de Dios.

Aleluia                                                                                          Lc 21, 28

Aleluia.

Tengan ánimo y levanten la cabeza,

porque está por llegarles la liberación.

Aleluia.

Evangelio

Gracias a la constancia salvarán sus vidas

† Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

  según san Lucas                        21, 5-19

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba ador­nado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?»

Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, por­que muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca”. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin».

Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en mu­chas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.

Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los en­tregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.

Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque Yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.

Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

DOMINGO XXXIII- TIEMPO ORDINARIO

CICLO C

Entrada:

Participemos con júbilo de la santa Misa, el misterio Pascual, ya que por la inmolación de Cristo, el Cordero inmaculado, se realiza la obra de  nuestra redención.

1º Lectura:     Malaquías 3, 19-20

El Profeta Malaquías anuncia la llegada del Día del Señor, que será un gran castigo para los malos y un gran premio para los buenos.

2º Lectura:      2 Tes. 3, 6-12

San Pablo enseña a los cristianos de Tesalónica que la espera del Día del Señor no debe llevarlos a la holgazanería, sino que deben trabajar con sosiego para comer su propio pan.

Evangelio:     Lc. 21, 5-19

El Señor Jesús nos advierte que debemos estar preparados y ser constantes en su servicio, porque nadie sabe ni el día ni la hora en que llegará el Día del Señor. El que persevere hasta el fin se salvará.

Preces:

Roguemos, hermanos, a Dios todopoderoso para que lleve a término toda obra buena y pidámosle también por nuestras necesidades.
A cada intención respondemos….

-Pidamos por el Papa Francisco y por los Obispos, para que aferrados a  la Palabra del Señor, que es “tajante como espada de doble filo”,  los enardezca e impulse a confirmar a la Iglesia en la unidad y en la caridad. Oremos…

-Por todos los enfermos, para que acepten y unan sus sufrimientos a la pasión del Señor, y así, merezcan tener parte en su gloria. Oremos…

-Por la fortaleza de los cristianos perseguidos a causa de la fe y la conversión de los perseguidores. Oremos…

-Por los que no creen en Dios, para que movidos por las huellas del Señor, que se manifiesta en la creación, reconocan su señorío y lo amen. Oremos…

-Por nuestra comunidad aquí reunida para que la Eucaristía sea siempre el centro de nuestras vidas y a través de ella sepamos llegar a todos los hombres para hablarles de Cristo. Oremos…

   Atiende, Padre, la oración que te dirigimos confiadamente en nombre de tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor.      

Ofertorio:

Ofrecemos cirios y con ellas nuestras vidas, para que se consuman en la entrega diaria y  en amor al Señor.

El pan y el vino que serán transustanciados en  el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro  Señor Jesucristo.

Comunión:

  Participemos plenamente del Santo Sacrificio recibiendo al Señor  en la  Eucaristía.

Salida:

Que María Santísima, Madre y Señora nuestra, nos conceda la gracia de estar siempre preparados con frutos de buenas obras.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Alois Stöger

Predicciones cumplidas

(Lc.21,5-24)

a) Preguntas acuciantes (Lc/21/05-09)

5 Mientras algunos iban hablando acerca del templo, de cómo estaba adornado con hermosas piedras y exvotos, él dijo: De todo esto que estáis viendo, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra: todo será demolido.

El templo, en cuya construcción se trabajaba (20/19 a.C.-63 d.C.) todavía en la época de Jesús, contaba entre las siete maravillas de la antigüedad. Espléndidamente brillan blancos bloques de mármol; el templo está adornado con magníficos exvotos, sobre todo con la vid de oro sobre la puerta del santuario. Solía decirse: «Quien no ha visto a Jerusalén en su magnificencia, no ha experimentado gozo en sus días. Quien no ha visto el santuario con su ornato, no ha visto una ciudad bella.»

A los que expresan su admiración entre el pueblo responde Jesús con predicciones de ruina: El templo será destruido (Luc_19:43). Dios no mira a las hermosas piedras y a los preciosos exvotos, sino que busca un pueblo en que se eche de ver que Dios mora en medio de él. Ahora se repite y se cumple la amenaza de los profetas: «Oíd, pues, cabezas de la casa de Jacob y jefes de la casa de Israel, que aborrecéis lo justo y torcéis lo derecho… Sus jueces sentencian por cohecho; sus sacerdotes enseñan por salario; sus profetas profetizan por dinero y se apoyan sobre Yahveh diciendo: ¿No está entre nosotros Yahveh? No nos sobrevendrá la desventura. Por eso, por vosotros será Sión arada como un campo, y Jerusalén será un montón de ruinas, y el monte del templo será un breñal» (Miq_3:9-12, cf. Jer_7:14;  Jer_26:18; Eze_24:21).

7 Luego le preguntaron: Maestro, ¿cuándo, pues, sucederá esto, y cuál será la señal de que estas cosas se van a realizar?

Sólo se pregunta por el fin del templo. En Marcos se pregunta cuándo vendrá el fin del mundo (Eze_13:4). Mateo formula más concretamente la pregunta: «¿Cuándo sucederá esto y cuál será la señal de tu parusía y del final de los tiempos?» (Mat_24:3). La destrucción de Jerusalén, la venida del Hijo del hombre y el fin de este mundo están enlazados entre sí. (…)

8 él contestó: Mirad que no os dejéis engañar. Porque muchos vendrán amparándose en mi nombre, y dirán. Soy yo, y también: El tiempo está cerca. No vayáis tras ellos. 9 Y cuando oigáis fragores de guerras y de revoluciones, no os alarméis; porque eso tiene que suceder primero, pero no llegará tan pronto el fin.

La pregunta por el tiempo y las señales de la ruina de Jerusalén queda sin respuesta. A los cristianos que aguardan con ansia la venida de Cristo se les dirigen palabras de instrucción, pues el deseo impaciente de ver satisfecho este anhelo induce a prestar oídos a falsos rumores. También Pablo tuvo que amonestar y precaver a los cristianos de Tesalónica: «Y ahora, hermanos, a propósito de la parusía de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, os hacemos un ruego: no os desconcertéis tan pronto perdiendo el buen sentido, no os alarméis, sea con motivo de una inspiración, o de una declaración, o de una carta que se nos atribuya, sobre la inminencia del día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera» (2Te_2:1 ss).

Vendrán muchos que reivindiquen para sí el nombre de Mesías y digan por su cuenta la palabra con que solía revelarse: soy yo (Mar_6:50; con frecuencia en Juan; cf. Exo_3:14; Isa_43:10 s; Isa_52:6). Con ello querrán decir que ellos son el salvador definitivo enviado por Dios, que prepara la consumación del mundo. En tiempo del procurador romano Cuspio Fado (44-46 d.C.) surgió Teudas y «se hizo pasar por alguien» (Hec_5:36). Después apareció Judas de Galilea y arrastró a cantidad de gente detrás de sí (Hec_5:37). Las palabras de Jesús desenmascaran a estos falsos redentores. Otros proclaman: El tiempo final ha llegado ya. También éstos disfrazan su mensaje con palabras de Jesús (Mar_1:15). Hay que poner freno a una expectativa demasiado entusiástica de la venida de Cristo y del fin de este mundo: «El Señor tarda en llegar» (Mar_12:45). El pretendiente al trono viaja a un país lejano para recibir la investidura del reino (Mar_19:1 1).

No es fácil ver claro en estos mensajes sensacionales. Son numerosos los que los anuncian; su multitud contagia y sugestiona. Se disfrazan con las palabras de Jesús. Su mensaje suena como el de él: «Soy yo»; «se acerca el tiempo». Reúnen, como él, discípulos a su alrededor. Estos discípulos los siguen. En este juego desconcertante del fraude brilla con su amonestación la palabra del Señor. Estas gentes son impostores y acaban en apostasía y perdición. Las palabras de Jesús comienzan y terminan con una gravedad que pone en guardia: No os dejéis engañar, no vayáis tras ellos.

En la literatura apocalíptica de los judíos se predicen para el tiempo final guerras, revoluciones y rumores desconcertantes a este respecto: «Vienen días, en los que yo, el Altísimo, quiero rescatar a los que están en la tierra. Entonces serán presa de enorme excitación los habitantes de la tierra, hasta el punto de tramar guerras unos con otros, ciudad contra ciudad, lugar contra lugar, pueblo contra pueblo, reino contra reino» (4Esd 11 [13] 29-32). Es posible que los profetas de la próxima venida interpretaran acontecimientos de la época como tales señales del fin. A la muerte de Nerón siguieron las revueltas romanas bajo Galba, Otón y Vitelio (68-69 d.C.). La guerra judía comenzó el año 66. Contra los anunciadores del fin próximo está la palabra de Jesús. Las guerras y revoluciones no son motivo para angustiarse por razón del fin próximo. Estos terribles azotes de la humanidad forman también parte del designio divino. Pasarán con el tiempo presente y han de tener en vela para el venidero e inducir a la conversión (Rev_16:11). Las guerras y revoluciones no son indicios de que va a llegar en seguida el fin. Con estas palabras se minan los fundamentos de todas las doctrinas de sectas adventistas.

b) Señales precursoras (Lc/21/10-11)

10 Entonces les añadió: Se levantará nación contra nación y reino contra reino; 11 habrá grandes terremotos, pestes y hambres en diversos lugares; se darán fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.

Se reanuda el discurso. Anuncia señales. Las palabras están envueltas en oscuridad. Lucas, a lo que parece, las interpreta como señales de la destrucción de Jerusalén y del templo. (…). Se ha cumplido la palabra de Jesús que anunciaba señales. Las señales afectan a todo lo que rodea al hombre. Todo lo que asegura su vida comienza a tambalearse. El orden pacífico entre los pueblos se ve destruido por guerras, la solidez de la tierra se ve sacudida por terremotos, la vida se ve amenazada por hambres y epidemias, el orden de los cuerpos celestes se ve trastornado por fenómenos terroríficos. No sabemos en qué acontecimientos de la historia de la época vio Lucas cumplida esta predicción. ¿Pensaba en las guerras que llevaron consigo las revueltas de Roma? ¿O en la situación confusa en Palestina antes de que estallara la guerra judía? ¿En temblores de tierra que, según se narra, tuvieron lugar en Frigia en aquella época? Lucas sabe que reinó el hambre bajo el emperador Claudio (Hec_11:28). Según la tradición judía, el año 66 apareció en el cielo de Jerusalén un meteoro en forma de espada; durante todo el año se vio un cometa en el cielo. Seis días después de estallar la guerra judía parece como si cruzaran el cielo carros de guerra. La noche de pentecostés del mismo año oyen los sacerdotes en el templo una voz que dice: «Marchémonos de aquí.» Marcos vio en estos presagios «el comienzo de los dolores de parto», precursores de la «regeneración» del mundo (Mat_19:28). Aunque Lucas leyó esto en su fuente, no lo menciona; él interpretó estas señales no como comienzo de las tribulaciones del tiempo final, sino como señales precursoras de la ruina de Jerusalén, y explicó la predicción con los hechos históricos. El curso de la historia no es determinado únicamente por causas intramundanas, sino por el designio divino. Aun considerada así, encierra muchos misterios.

c) Persecución de la Iglesia

 (Lc/21/12-19)

12 Pero, antes de todo eso, se apoderarán de vosotros y os perseguirán: os entregarán a las sinagogas y os meterán en las cárceles; os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.

A los acontecimientos que presagian la destrucción de Jerusalén, preceden las persecuciones de los discípulos. Los acontecimientos se ordenan históricamente: primeramente es perseguida la Iglesia, de lo cual hablan los Hechos de los apóstoles; siguen luego los acontecimientos que preceden a la destrucción de Jerusalén, los cuales son interpretados como signos precursores; finalmente viene la guerra judía y la ruina de Jerusalén y del templo.

Los discípulos de Jesús son perseguidos por las autoridades judías y paganas. «Mientras Pedro y Juan estaban hablando al pueblo, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos… Les echaron mano y los pusieron bajo custodia hasta el amanecer» (Hec_4:1-3; d. 5,18; 8,3; 12,4). Los pretores de Filipos «despojaron a Pablo y a Silas de sus vestiduras y los mandaron azotar con varas; después de darles muchos golpes, los metieron en la cárcel» (Hec_16:22 s). Pablo comparece ante el tribunal del rey Agripa II (Hec_26:1), del procurador Galión en Corinto (Hec_18:12), de Felix (Hec_24:1 s) y de Festo (Hec_25:1) en Cesarea marítima. Las palabras de la predicción son confirmadas por los hechos de la historia. Lo que la hora histórica aporta al discípulo de Cristo no debe éste tomarlo como destino oscuro y oprimente; lo que le sucede lo sabía anticipadamente el Señor y lo inserta en el plan salvador de Dios.

Los discípulos soportan por el nombre de Jesús la persecución, las condenas y los castigos. En el nombre del Señor Jesús recibieron el bautismo (Hec_8:16) después de haber confesado que Jesús es el Señor. En aquella hora fueron reunidos con «los que invocan el nombre del Señor» (Hec_9:14). Invocando este nombre curó Pedro enfermos (Hec_3:6). «No hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el cual hayamos de ser salvos» (Hec_4:12). La predicación apostólica anuncia y enseña el nombre de Jesucristo (Hec_4:17 s: S,28; 8.12). Por razón de esta predicación son vejados los apóstoles, pero «salían gozosos de la presencia del sanedrín, porque habían sido dignos de padecer afrentas por el nombre de Jesús» (Hec_5:41). El nombre de Jesús representa la presencia activa de Cristo glorificado.

13 Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14 Por consiguiente, fijad bien en vuestro corazón que no debéis preocuparos de cómo os podréis defender; 15 Porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.

La gran preocupación y el empeño acuciante de los discípulos de Jesús es la proclamación del nombre de Jesús. Mediante la persecución se abren puertas para dar testimonio en favor de Cristo. Los cristianos de la comunidad primitiva de Jerusalén, que se ven forzados a abandonar la ciudad para salvar sus vidas, llevan el Evangelio a las zonas de Judea y Samaría (Hec_8:1-4), a Fenicia, Chipre y Antioquía (Hec_11:19; Hec_15:3). Pedro, Juan y Esteban comparecen ante el sanedrín, Pablo ante los procuradores, y llevan el mensaje de Cristo a lugares donde de otra manera se le habían mostrado refractarias las gentes (Hec_4:8 ss; Hec_7:1 ss; 25-26). Pablo comunica a los filipenses que su prisión sirve para el progreso del Evangelio: «En todo el pretorio y entre todos los demás se ha puesto de manifiesto que mis cadenas son por Cristo» (Flp_1:12 s).

Los discípulos reciben una palabra que deben grabar en su mente y tener presente en el tiempo de la persecución. No deben preocuparse por lo que han de decir en su propia defensa ante los tribunales, no tienen necesidad de preparar ningún discurso para no dejar en mal lugar a Cristo ante el tribunal; Cristo mismo les dará lenguaje y sabiduría. Como Dios prometió a Moisés que estaría con él y le enseñaría lo que tenía que decir (Exo_4:12), así también Jesús pertrechará a sus discípulos para la confesión y el testimonio delante de sus adversarios. No están abandonados a retóricas y sabidurías humanas, sino que sus palabras estarán dotadas de virtud y sabiduría divina. El Espíritu Santo les enseñará en aquella hora lo que tienen que decir (Exo_12:12). La historia ha demostrado la verdad de esta promesa. Cuando los miembros del sanedrín observaron el franco y valeroso comportamiento de Pedro y de Juan y notaron que eran personas sin cultura, se admiraron (Hec_4:13). Los judíos helenistas que disputaban con Esteban se sentían inferiores a la sabiduría y al espíritu con que hablaba Esteban (Hec_6:10). No se logra hacer callar a los discípulos de Jesús, sino que son sus adversarios los que tienen que enmudecer. Las palabras de la predicción están penetradas del optimismo que desencadenó la carrera triunfal del Evangelio.

16 Seréis entregados incluso por padres, hermanos, parientes y amigos, y darán muerte a algunos de vosotros; 17 y seréis odiados por todos a causa de mi nombre.

Familiares, parientes y amigos se convierten en traidores contra los discípulos de Cristo. Ni siquiera los círculos de amigos y la familia les ofrecen protección. Su confesión tiene que contar únicamente con la fe en Cristo. Lucas reproduce la predicción: «les darán muerte» (Mar_13:12), iluminada por su cumplimiento: «Darán muerte a algunos de vosotros.» Cuando él escribe, habían ya dado algunos la vida por su fe: Esteban (Hec_7:54-60) y Santiago (Hec_1 2:2).

La fidelidad a Cristo pone a los discípulos en contradicción con judíos y gentiles, con el Estado romano, con la sociedad y las costumbres. Son odiados por todos. Los cristianos vinieron a ser objeto de «odio del género humano»; así compendia el historiador romano Tácito el juicio sobre los cristianos. El odio alcanza a los cristianos por el nombre de Jesús. El cristiano cree en la predicación «sobre el reino de Dios y el nombre de Jesucristo» (Hec_8:12). Por el hecho de ser repudiado Cristo y su palabra, es también repudiado el cristiano. «Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí» (/Jn/15/18). Pero en la confesión del discípulo es glorificado Dios (Flp_2:11). El martirio es culto tributado a Dios (Flp_2:17 s).

18 Pero ni siquiera un cabello de vuestra cabeza se perderá. 19 A fuerza de constancia poseeréis vuestras vidas.

Los discípulos perseguidos no están a merced de sus perseguidores: no están abandonados a su poder y a su arbitrio. Dios mira por la Iglesia perseguida y extiende sobre ella su mano. También aquí se aplica lo que dice el refrán: «No se perderá ni un cabello de vuestra cabeza» (1Sa_14:45). Se quita a algunos la vida, pero gracias a la providencia protectora de Dios, muchos salen ilesos de los casos más difíciles. Pedro es librado milagrosamente de la cárcel (Hec_12:6 ss), y Pablo, pese a múltiples hostilidades y persecuciones, lleva adelante su imponente obra misionera (Act 13 ss; 2Co_11:23-31). Cuando Esteban fue apedreado, «comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos se dispersaron por los lugares de Judea y de Samaría, a excepción de los apóstoles… Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando el Evangelio» (Hec_8:1-4).

El tiempo de la Iglesia es tiempo de persecución. Este tiempo se prolonga. La redención total se inicia con la venida del Hijo del hombre, pero esto no tiene lugar inmediatamente. Se requiere paciencia, constancia y perseverancia, sumisión a lo que impone la persecución y ha sido decretado por Dios. Lo que aporta la salvación y hace alcanzar la vida no es una violencia arrolladora y apasionada, ni tampoco la apostasía, sino la paciencia perseverante. «Quien va destinado a cautividad, a cautividad vaya. Quien mata a espada, a espada muera. Aquí está la constancia y la fe del pueblo santo» (Rev_13:10). Dios no permite que nada deje de redundar en bien de los suyos (Rom_8:28).

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        San Juan Crisóstomo

LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO

1. Había dicho el Señor: Mirad que vuestra casa quedará desierta, y había anteriormente predicho calamidades sin cuen­to; de ahí que sus discípulos se le acerquen como maravillados para hacerle notar la hermosura del templo, perplejos juntamen­te de que pudieran desaparecer tantas bellezas, tantas preciosi­dades y tan indecible variedad de obras de arte. Mas ahora ya no les habla sólo de soledad, sino que les predice su completa desaparición: ¿Veis—les dice—todas esas cosas y os admiráis y maravilláis? Pues de todo ello no ha de quedar piedra sobre pie­dra. —Entonces—objetarás—, ¿cómo es que quedó? — ¿Y qué importa eso? Porque ni aun así dejó de cumplirse la sentencia. Porque o hablaba el Señor de la desolación completa, o sólo de la del lugar en que se hallaba. Porque hay partes del templo que han desaparecido hasta los cimientos. Aparte de esto, puedo también contestaros que, por lo ya sucedido, aun los más pertinaces, han de persuadirse que aun las reliquias que quedan han de perecer también completamente.

PRELUDIO A LA RUINA DE JERUSALÉN: SEUDOCRISTIANOS Y SEUDOPROPETAS

Más sentado Él sobre el monte de los Olivos, se acercaron en particular sus discípulos para preguntarle: Dinos cuándo su­cederán estas cosas y qué señal habrá de tu venida y de la consumación del mundo. Como quienes tales preguntas venían a hacerle, se le acercaron en particular. La verdad es que ardían en deseos de saber el día de su venida, pues deseaban también ardientemente contemplar aquella gloria, principio que sería de incontables bienes. Dos cosas le preguntan aquí: ¿Cuándo su­cederá esto? Es decir, la destrucción del templo; y: ¿Qué señal habrá de tu venida? Lucas dice que sólo le preguntaron acerca de la ruina de Jerusalén[1], por creer ellos que con ella había de coincidir el advenimiento glorioso del Señor. Marcos dice que ni siquiera le preguntaron todos acerca de la ruina de Jerusalén, sino sólo Pedro y Juan[2], como quienes tenían más confianza con Él. ¿Qué contesta, en fin, el Señor? Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo. Y engañarán a muchos. Porque oiréis hablar de guerras y de rumores de guerras. Mirad de no turbaros, porque todo eso ha de suceder, pero todavía no es el fin. Oían hablar los apóstoles, como de cosa ajena, del castigo que había de caer sobre Jerusalén, y, como si hubieran de estar al abrigo de todas las perturbaciones, sólo soñaban en venturas que esperaban ya como muy próximas. De ahí que el Señor les predice nueva­mente calamidades, con el fin de templarlos para el combate a par que les encarece doble vigilancia: para no dejarse sorpren­der del embuste de los impostores ni arrastrar por la violencia de los males que estaban para venir. Porque doble será la guerra —para decirles—: la de los impostores y la de los enemigos; más la primera será más dura, pues os atacarán en medio de la confusión de las cosas y del terror y turbación de los hombres. A la verdad, grande fue entonces la turbación; cuando los romanos empezaban sus victorias, eran tomadas las ciuda­des, se ponían en marcha campamentos y armas y aumentaba la credulidad de las gentes. Por lo demás, la guerra de que el Señor habla es la guerra contra Jerusalén, no las guerras exte­riores, que se daban por todo lo descubierto de la tierra. Por­que ¿qué se les daba a los judíos de tales guerras? Por otra parte, poco nuevo iba a decir si sólo les hablara de las calami­dades de la tierra, que suceden constantemente. A la verdad, también antes de la ruina de Jerusalén había habido guerras y turbaciones y batallas; más el Señor habla aquí de la guerra que estaba ya próxima a estallar contra los judíos. Porque ya su preocupación eran los romanos. Como quiera, pues, que todo ello era más que bastante para turbarlos, se lo predice de ante­mano. Luego, para darles a entender que Él mismo atacará y combatirá a los judíos, no sólo les habla de batallas, sino tam­bién de calamidades venidas de Dios, de hambres, pestes y terremotos, lo cual sería prueba de que también la guerra la había permitido Él y que nada de aquello había de acontecer porque sí y siguiendo el curso ordinario de las cosas humanas, sino como castigo de la cólera celeste. De ahí que tampoco les dice que todo aquello había de acontecer sin más ni más y re­pentinamente, sino acompañado de señales. No quería el Señor que los judíos pudieran decir que los que entonces habían creído en Él eran la causa de aquellas calamidades. De ahí que les señale la causa de su castigo: En verdad os digo que todo esto vendrá sobre esta generación, les había dicho anteriormen­te, después de haberles recordado el crimen que iban a cometer. Luego, porque no pensaran sus discípulos que por aquella tem­pestad de males había de sufrir menoscabo la predicación del Evangelio, añadió: Mirad que no os turbéis, pues es necesario que todo esto suceda; es decir, todo lo que yo he predicho, y toda esta invasión de males no será óbice a ninguna de mis pa­labras. Habrá alboroto y turbación; pero nada será capaz de conmover mis oráculos. Luego, como había dicho a los judíos: Desde ahora ya no me habéis de ver hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor; y como sus discípulos se imaginaban que a par de la ruina del templo había de ser la con­sumación, con el fin de corregir esta idea, les dijo: Pero todavía no es el fin. Ahora, que tal pensaran ellos efectivamente, ­se puede deducir de sus mismas preguntas. ¿Qué preguntaron efec­tivamente? ¿Cuándo sucederá esto? Es decir, ¿cuándo será des­truida Jerusalén y cuál será la señal de tu venida y de la consu­mación del mundo? Él, empero, nada responde de pronto a esta pregunta, sino que primero les dice lo que era urgente y lo que ante todo era menester que supieran. Inmediatamente, en efec­to, no les habló ni de la ruina de Jerusalén ni de su segundo ad­venimiento, sino de los males que estaban ya llamando a la puerta. De ahí que los prepare para el combate diciendo: Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre di­ciendo: Yo soy el Cristo. Luego, cuando ya les ha dado la voz de alerta sobre lo que han de oír; porque: Mirad—les dice—que nadie os engañe; cuando los tiene ya templados para la lucha y ha hecho que estén vigilantes; después de hablarles de los impostores y de los seudocristos, pasa a hablarles tam­bién de los males de Jerusalén, y, como siempre, por lo ya su­cedido confirma, aun para los más insensatos y pertinaces, lo que estaba todavía por suceder.

EL PRINCIPIO DE LOS DOLORES

2. Como ya he dicho, al hablar el Señor de guerras y de rumores de guerras, habla de las turbaciones que a los judíos iban a acontecer. Luego, como quiera que se imaginaban, según también he dicho, que, después de aquella guerra, iba a venir el fin, mirad cómo los asegura diciendo: Pero todavía no es el fin. Porque se levantarán—dice—nación contra nación y reino contra reino. Son los preludios de las calamidades de los judíos. Pero todo esto es sólo el comienzo de los dolores, de los que habían de sucederles a ellos quiere decir. Entonces os entregarán a tribulación y os quitarán la vida. Muy oportunamente inserta el Señor los males de ellos, que habían de tener algún consuelo en los males comunes, y, más que en eso, en lo que luego añade: Por causa de mi nombre. Porque: Seréis—dice—aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Y entonces se escandalizará muchos, y se traicionarán unos a otros, y surgirán muchos falsos profetas y extraviarán a muchos. Y por multiplicarse la iniquidad, se enfriará la caridad de la gente. Más el que resistiere hasta el fin, ése se salvará. El mayor mal es que la guerra sea también intestina, porque muchos se convierten en falsos hermanos. De ahí una triple guerra: guerra de parte de los impostores, guerra de parte de los enemigos, guerra de parte de los falsos hermanos. Mirad cómo lo mismo lamenta Pablo cuando dice: Por defuera batallas, por dentro temores y peligros de parte de los falsos hermanos. Y más adelante: Porque ésos son falsos apóstoles, obreros embusteros que se transfiguran en apóstoles de Cristo[3]. Y lo más grave de todo es que no habrían de tener ni el consuelo de la caridad. Luego, para dar­les a entender que al hombre generoso y constante nada de eso puede dañarle: “No temáis—les dice—ni os turbéis. Porque si mostráis la paciencia conveniente, esos males no os vencerán”.

Y prueba clara de ello es que el Evangelio había de predicarse absolutamente por toda la tierra. Tan por encima estaréis de todas esas calamidades. Por qué no pudieran decirle: ¿Cómo, pues, viviremos? Él les promete algo más que la vida: “Viviréis y enseñaréis por todas partes”. De ahí que añade:

LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

Y será predicado este Evangelio en el mundo entero para servir de testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin. No el fin del mundo, sino de Jerusalén. Porque que hable aquí el Señor del Evangelio, y que éste se había ya predicado por dondequiera antes de la toma de Jerusalén, oye cómo lo afirma Pablo: A toda la tierra llegó el sonido de ellos[4]. Y en otro lu­gar: El evangelio que se predica en toda la creación que está bajo el cielo[5]. Y ved cómo él mismo corre desde Jerusalén hasta España. Pues si uno solo abarcó tan grande parte de la tierra, considerad lo que harían entre todos los otros. Y es así que, es­cribiendo Pablo a otros, habla del Evangelio, que fructifica y crece en toda la creación que está bajo el cielo[6]. Más ¿qué quiere decir: Para testimonio en todas las naciones? —Como el Evange­lio se había de predicar en todas partes, pero algunos no habían de creer ni en todas partes había de ser aceptado, él—dice—será testimonio contra los que no creyeren. Es decir, será argumen­to y acusación contra ellos. Para testimonio: Porque los que hubieren creído atestiguarán contra los incrédulos y los conde­narán. De ahí que, después de predicado el Evangelio por todas las partes de la tierra, es destruida Jerusalén, con lo que no les quedaba a los ingratos ni sombra de defensa. Porque quienes habían visto brillar por dondequiera la virtud de Cristo y cómo en un momento llegaba a toda la tierra, ¿qué perdón podían te­ner ya, al seguir obstinados en su ceguera e ingratitud? Porque que ya entonces se había predicado el Evangelio por todas par­tes, oye cómo lo afirma Pablo: El evangelio que ha sido pre­dicado en toda la creación que está debajo del cielo. Lo que constituye también la prueba más grande del poder de Cristo, pues en veinte o treinta años en total, su doctrina alcanzó hasta los confines de la tierra. Después de esto, pues—dice—, vendrá el fin, es decir, la ruina de Jerusalén. Porque, que a este fin se refiera el Señor, lo pone de manifiesto lo que sigue, pues hasta añadió una profecía, confirmando la destrucción del pueblo ju­dío, y diciendo: Cuando veáis la abominación de la desolación, que fue predicha por el profeta Daniel, asentada en el lugar santo, el que lea entienda[7]. Los remitió a Daniel. Abominación llama a la estatua que el conquistador de la ciudad colocó den­tro de ella después de desolar templo y ciudad, por lo que la llama abominación de la desolación. Y porque advirtieran que ello había de acontecer cuando aún vinieran algunos de ellos, les dijo: Cuando veáis la abominación de la desolación…

San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), Homilía 75, 1-3, BAC Madrid 1956, 494-501

______________________________________
[1] Lc 21, 7
[2] Mc 13, 3
[3] 2 Co 7, 5; 11, 13
[4] Rm 10, 18
[5] Col 1, 23
[6] Col 1, 6
[7] Dn 9, 27

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Santos Padres

·        San Ambrosio

Anuncio de los últimos tiempos

(Lc.21,5ss)

6. No quedará piedra sobre piedra que no sea destruida, Después de lo anterior seguía la cuestión de la viuda, pero sobre este tema ya hemos hablado bastante en el tratado que escribimos acerca de las viudas, ahora lo dejaremos a un lado. Lo dicho en el texto se aplica con verdad plena al templo que construyó Sa­lomón, igual que a su destrucción por el enemigo antes del día del juicio; pues es cierto que ninguna obra de nuestras manos puede existir sin que sea deteriorada por el tiempo, la mine la violencia o la consuma el fuego. Existe, sin embargo, otro tem­plo, construido con piedras preciosas y adornado con ofrendas, que es el que parece el Señor significar que será destruido; en otras palabras, hace referencia a la Sinagoga de los judíos, cuya vieja construcción se disolvió cuando surgió la Iglesia. En verdad, tam­bién en cada hombre existe un templo que se derrumba cuando falla la fe, y, especialmente, cuando uno lleva hipócritamente el nombre de Cristo, sin que su afecto interior corresponda a tal nombre.

7. Quizás sea ésta la exposición que mayores bienes me re­porte a mí. Porque ¿de qué me sirve saber el día del juicio? Y puesto que tengo conciencia de tantos pecados, ¿de qué me apro­vechará el que Dios venga si no viene a mi alma ni a mi espíritu, si no vive en mí Cristo ni El habla en mí? Por esa razón Cristo debe venir a mí, su venida tiene que llevarse a cabo en mi persona. La segunda venida del Señor tendrá lugar al fin del mundo, cuando podamos decir: El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Ga 6, 14).

8. Pero si el fin de este mundo encuentra a tal hombre en lo alto de su casa (Mt 24, 17), de manera que es ciudadano del cielo por anticipado (Flp 3, 20), entonces será destruido el templo ma­terial y visible, así como también la Ley, la pascua y los ázimos materiales y sensibles; y ahora me atrevo a decir que el Cristo temporal existió para Pablo aun antes de que creyese en El (Ga 4, 14), ya que para quien el mundo ha muerto, Cristo es eterno. Para él tanto el tiempo como la Ley y la pascua son espirituales, puesto que Cristo murió una sola vez (Rm 7, 14); él se alegra con los ázimos (1 Co 5, 8), no elaborados con los frutos terrenos, sino con los de la justicia. El, en realidad, tiene muy presente la sabiduría, la virtud y la justicia, así como la redención; pues Cristo efectivamente murió una sola vez por los pecados del mundo, pero con la intención de perdonar diariamente los pecados del pueblo.

9. Cuando oyereis hablar de guerras y revueltas. Al ser pre­guntado el Señor sobre cuándo acaecería la futura destrucción del templo y cuál sería el signo de su venida, El condescendió en hablar­les de las señales, pero en cuanto al tiempo no creyó oportuno indicárselo. Sin embargo, Mateo añade una tercera pregunta (24, 1-3), de manera que los apóstoles interrogaron al Señor acer­ca del tiempo de la destrucción del templo, acerca de la señal de su venida y sobre el fin del mundo, pero Lucas creyó que sería suficiente saber cuándo vendría el fin de mundo si se daban las señales de la venida del Señor.

10. Nadie mejor que nosotros, sobre quienes vendrá ese fin del mundo, podrá testimoniar la verdad de estas palabras celes­tiales. ¡Cuántas guerras y qué de clamores guerreros soportamos constantemente! Los hunos se levantan contra los alanos, éstos con­tra los godos, los godos contra los taifales y los sarmatos, y aun nosotros hemos estado desterrados de nuestra patria en Iliria por los godos, desterrados también a su vez; pero no es esto todo. ¡Qué hambre hay por doquier! Esta es la peste no sólo de los bueyes, sino también de los hombres y de toda clase de anima­les, y esto hasta tal extremo, que aún los mismos que no hemos sufrido la guerra, hemos recibido de esa peste un impacto igual al de los países beligerantes. Y esta aparición de enfermedades está asolando el mundo porque nos encontramos en su ocaso. Esas enfermedades del mundo son: el hambre, la peste y la persecución.

11. Además hay otras clases de guerra que tiene que librar el hombre que es cristiano, es decir, la lucha contra las distintas pasiones, los combates contra los malos deseos, y es una verdad inconcusa que los enemigos internos son de más peligro que los de fuera. En verdad, la avaricia nos excita, nos inflama la pasión, el miedo nos atormenta, la cólera nos zarandea, la ambición nos desasosiega, los malos espíritus que vagan por los aires (Ef 6, 12) intentan aterrorizarnos. Y por eso, en realidad, se asemejan a combates que nos hacen entablar, y, como si fueran terremotos, dejan su huella en las partes más débiles del alma cuando ésta se halla agitada.

12. Pero el que es más fuerte dice: Aunque acampe contra mí un ejército, no temerá mi corazón; aunque me acucien a la batalla, en El esperaré (Sal 26, 3). Así, en medio de la lucha, perma­nece en pie, ofreciendo su pecho al enemigo; y aunque surja algún Goliath, feroz y gigante, sin embargo, entre la multitud de los cobardes, se levanta como el humilde David, rechazando las armas del rey terreno (1 S 17) y, tomando los dardos más ligeros de la fe, y lanzando con la honda de las tres cuerdas el pro­yectil de una pura confesión de fe, hiere el descaro del persegui­dor, despreciando sus amenazas, haciendo caso omiso de su poder y aun mereciendo que el mismo Cristo hable en él. Unas veces habla Cristo, otras el Padre y otras el Espíritu del Padre. Y cier­tamente todas estas cosas no se contraponen, sino que concuerdan perfectamente. Lo que uno dice, lo dicen los tres, porque la Tri­nidad no tiene más que una voz. Ante aquel vencedor que golpeó a Goliath con su espada, exponiéndose a la muerte por Cristo y poniendo en fuga a los filisteos, iban los muchachos, que son como los ángeles, diciendo: Saúl mató a mil y David a diez mil (1 S 18, 7). Lo cual es señal de que los que vencen a este mundo son superiores a los príncipes. Y así los mártires sucederán a los reyes muertos en el reino que no acabará en virtud de la gracia celestial, y así los primeros serán los inferiores y los segundos los patronos.

          13. Pero hay otra clase de espada de Goliath y un segundo dardo del enemigo; me refiero a esas palabras de los herejes. El hombre que sabe cantar se prepara para vencer al enemigo; y este tal, aun oyendo que hay guerras, no toma en ello parte, y no le inquieta ni le atormenta ningún viento de doctrina (Ef 4, 14), y, al sentirse saciado por la abundancia de la Escritura divina, des­conoce el hambre de la palabra; y ese tal no teme importunar a quien es capaz de hacer vanos los propósitos de los herejes. Por esto, el que esté enfermo, que sufra su postración para no causar a los otros un perjuicio cargándoles con una obligación más pe­sada. Que venga David, al que abre Cristo la boca, para que revele los misterios; y que venga también aquel Nazareno, cuyos cabellos no se caían porque Él no tenía nada superfluo que pudiera caer ni podría perder lo más mínimo de sus virtudes más esclarecidas, El que era un hombre casto por su sobriedad, valeroso en la paz, maestro en guardar hasta el extremo todos sus sentidos y su lengua.

¡Que se predique el Evangelio para que sea consumido el mundo! Y del mismo modo que la predicación del Evangelio atravesó todo el orbe de la tierra, en el cual creyeron los godos y los armenios, razón por la que creemos que el mundo está tocan­do a su fin, así también el hombre espiritual anuncia el Evangelio cuando lleva a cabo todo el proceso de la sabiduría y practica todas las virtudes, y, mientras canta con el alma y con el espíritu (1 Co 14, 15), va destruyendo la última muerte. Ya que el fin tendrá lugar cuando Cristo entregue en sí mismo el reino a Dios Pa­dre y haya sometido todo a Aquel que le sometió a El todo, con objeto de que sea Dios todo en todas las cosas (ibíd. 15, 24-28). Y será predicado el Evangelio por todas las ciudades, es decir, por todos los lugares de Judea, pues Dios es conocido en Judea (Sal 75, 1). Y, en efecto, sólo cuando se ponen las virtudes como fundamento, es cuando se edifican las ciudades de Judea (Sal 68, 36).

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S. S. Francisco, p.p.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Leonardo Castellani

 

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LOS TIEMPOS POSTREROS

Las perícopas de la Palabra de Dios que la liturgia presenta a nuestra consideración para este domingo 33°—próximos ya al fin del año litúrgico— tienen un clarísimo tono escatológico, que de­be hacernos pensar en el fin de este orden de cosas en el cual vivimos al presente.

En la primera lectura, el profeta Malaquías pinta el panorama con total y crudo realismo: “Llega el día, abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el día que llega los consumirá”.

A través de las imágenes debemos redescubrir una gran verdad: en esta vida se da, o puede darse, el triunfo aparente del mal, que muchas veces produce el llamado “escándalo de los buenos”. Tema por otra parte largamente tratado en el libro del justo Job, del Antiguo Testamento, que al final deja esta ense­ñanza: Dios es el recompensador infinito de aquellos que lo sirven con fidelidad a pesar de las pruebas y el sufrimiento.

Pero, paralelamente a la existencia del mal en el mundo, hay otra verdad no menos importante: llegará el fin del mundo y, con él, el juicio de Dios. El tiempo en que Dios mismo ponga cada cosa en su lugar, según justicia.

Ciertamente que las terribles palabras de Malaquías que aca­bamos de escuchar sobre el juicio final no son agradables a la mentalidad moderna, pero no es menos cierto que la justicia que en ellas se manifiesta no invalida la bondad de Dios, que no deja de ser Padre.

El mismo tema desarrolla el Señor en el llamado “discurso escatológico”, según lo hemos escuchado en el evangelio de hoy, donde pone en guardia a los cristianos sobre posibles engaños: “Tened cuidado, no os dejéis engañar, porque muchos se pre­sentarán en mi nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca». No los sigáis”.

En el orden de perversión de los valores hay algo peor que la mentira y es la verdad deformada, es decir la mentira con apa­riencia de verdad. El Señor nos previene de ello cuando nos dice que muchos querrán engañamos con doctrinas llamativas y que debemos estar alertas para no seguirlos.

La enseñanza es clarísima. Estar en guardia, para no ser en­gañados. Una de las garantías valiosísimas para mantenernos en la verdad es permanecer firmes en nuestra adhesión al Magisterio de la Iglesia. Unidos a las enseñanzas del Papa y de los Obispos en unión con él.

Otro elemento esencial de este pasaje son las palabras del Se­ñor: “Os detendrán, os perseguirán, os entregarán a las sinago­gas…, y esto os sucederá para que podáis dar testimonio de mí”.

Ha sido una constante en la vida de la Iglesia, desde sus comienzos en Jerusalén hasta nuestros días, que aquellos que han querido ser fieles al Señor han debido sufrir persecución.

Ya en los primeros siglos, en la época del Imperio Romano, que fue considerado el “pueblo del derecho” por antonomasia, se persiguió ala Iglesia de Cristo por el solo hecho de proclamarse la única verdadera. Es conocida aquella sentencia que condena­ba a los cristianos como reos de lesa majestad: “Non licet esse vos “—no tenéis derecho a existir— y, por tanto, en algunos casos se llegaba hasta a privárseles de la vida. Actitud extraña, por otra parte, ya que los cristianos eran los más fieles cumplidores de los deberes cívicos, precisamente por su deseo de agradar a Dios en todo. Pero a pesar de aquella persecución, la Iglesia siguió su camino sin doblegarse. Aunque los cristianos eran una ínfima minoría, carentes de poderío humano, sin embargo a la postre acabaron por triunfar cristianizando al propio Imperio que los había perseguido.

A lo largo de dos mil años la Iglesia ha sufrido persecuciones de distinto tipo e intensidad, y las sigue padeciendo también en nuestros días. Para el cristiano siempre y hasta el fin del mundo serán una realidad las palabras del Señor: “Si a mí me persiguie­ron, también os perseguirán a vosotros”. Pero junto a esas pa­labras de Cristo, que podrían suscitar cierta inquietud, sobre todo si nuestra fe y esperanza son vacilantes, está la consoladora promesa del mismo Señor: “Pero las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia”.

Son conocidas y llenas de actualidad aquellas palabras que Tertuliano lanzaba al rostro de los perseguidores: “Cuantas veces nos segáis, somos muchos más; semilla de cristianos es la sangre de los mártires”. Tales palabras no son sino el eco de lo que el Se­ñor mismo nos enseñara: “Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. La Iglesia de ayer, como la de hoy, enfrenta sin temor y hasta con alegría la persecución, porque la considera un signo de su auténtica identificación con Cristo.

Animémonos, pues, a sufrir por Cristo y por nuestra fidelidad a su doctrina. La persecución a causa de dicha fidelidad, perse­cución que podrá tener formas muy diversas, incruentas o cruen­tas, será también para cada uno de nosotros la prueba de la au­tenticidad de nuestro cristianismo. Así como para la Iglesia no fue un signo de fracaso o de ruina, tampoco lo será para nosotros. Somos desde ahora el grano de trigo que se ha de hundir en estos surcos de dolor para llegar a dar las espigas de la eternidad.

De San Ignacio de Antioquía se cuenta que cuando estaba ya próximo a consumar el sacrificio de su vida siendo devorado por las fieras, dijo estas palabras imperecederas: “Soy trigo de Dios y debo ser triturado por las fieras para llegar a ser el pan blanco de Cristo”. Ojalá nos atreviéramos a imitar semejante actitud de entereza.

Finalmente, en el pasaje evangélico de hoy el Señor nos habla de guerras, revoluciones, terremotos, epidemias, hambre… En el plan de Dios, estas cosas aciagas tienen la misión de recordarnos que en esta vida todo es transitorio, todo pasa. Llegará el día de los cielos nuevos y la tierra nueva. Sólo allí triunfarán la justicia y la felicidad indeficientes.

Por eso el Señor concluye con una exhortación a la confianza y a la esperanza. Pongamos todas nuestras preocupaciones y sufrimientos en manos del Señor, quien con su ejemplo nos enseñó de manera incuestionable que quien pierde su vida en este mundo la gana para la vida eterna.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 306-309)

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S.S. Francisco, p.p.

 

El Evangelio de este domingo (Lc 21, 5-19) consiste en la primera parte de un discurso de Jesús: sobre los últimos tiempos. Jesús lo pronuncia en Jerusalén, en las inmediaciones del templo; y la ocasión se la dio precisamente la gente que hablaba del templo y de su belleza. Porque era hermoso ese templo. Entonces Jesús dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida» (Lc 21, 6). Naturalmente le preguntan: ¿cuándo va a ser eso?, ¿cuáles serán las señales? Pero Jesús desplaza la atención de estos aspectos secundarios —¿cuándo será? ¿cómo será?—, la desplaza a las verdaderas cuestiones. Y son dos. Primero: no dejarse engañar por los falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia. Y nosotros estamos en este tiempo de la espera, de la espera de la venida del Señor.

Este discurso de Jesús es siempre actual, también para nosotros que vivimos en el siglo XXI. Él nos repite: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre» (v. 8). Es una invitación al discernimiento, esta virtud cristiana de comprender dónde está el espíritu del Señor y dónde está el espíritu maligno. También hoy, en efecto, existen falsos «salvadores», que buscan sustituir a Jesús: líder de este mundo, santones, incluso brujos, personalidades que quieren atraer a sí las mentes y los corazones, especialmente de los jóvenes. Jesús nos alerta: «¡No vayáis tras ellos!». «¡No vayáis tras ellos!».

El Señor nos ayuda incluso a no tener miedo: ante las guerras, las revoluciones, pero también ante las calamidades naturales, las epidemias, Jesús nos libera del fatalismo y de falsas visiones apocalípticas.

El segundo aspecto nos interpela precisamente como cristianos y como Iglesia: Jesús anuncia pruebas dolorosas y persecuciones que sus discípulos deberán sufrir, por su causa. Pero asegura: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (v. 18). Nos recuerda que estamos totalmente en las manos de Dios. Las adversidades que encontramos por nuestra fe y nuestra adhesión al Evangelio son ocasiones de testimonio; no deben alejarnos del Señor, sino impulsarnos a abandonarnos aún más a Él, a la fuerza de su Espíritu y de su gracia.

En este momento pienso, y pensamos todos. Hagámoslo juntos: pensemos en los muchos hermanos y hermanas cristianos que sufren persecuciones a causa de su fe. Son muchos. Tal vez muchos más que en los primeros siglos. Jesús está con ellos. También nosotros estamos unidos a ellos con nuestra oración y nuestro afecto; tenemos admiración por su valentía y su testimonio. Son nuestros hermanos y hermanas, que en muchas partes del mundo sufren a causa de ser fieles a Jesucristo. Les saludamos de corazón y con afecto.

Al final, Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (v. 19). ¡Cuánta esperanza en estas palabras! Son una llamada a la esperanza y a la paciencia, a saber esperar los frutos seguros de la salvación, confiando en el sentido profundo de la vida y de la historia: las pruebas y las dificultades forman parte de un designio más grande; el Señor, dueño de la historia, conduce todo a su realización. A pesar de los desórdenes y los desastres que agitan el mundo, el designio de bondad y de misericordia de Dios se cumplirá. Y ésta es nuestra esperanza: andar así, por este camino, en el designio de Dios que se realizará. Es nuestra esperanza.

Este mensaje de Jesús nos hace reflexionar sobre nuestro presente y nos da la fuerza para afrontarlo con valentía y esperanza, en compañía de la Virgen, que siempre camina con nosotros.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, domingo 17 de noviembre de 2013)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas: En la página evangélica de hoy, san Lucas vuelve a proponer a nuestra reflexión la visión bíblica de la historia, y refiere las palabras de Jesús que invitan a los discípulos a no tener miedo, sino a afrontar con confianza dificultades, incomprensiones e incluso persecuciones, perseverando en la fe en él: “Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis miedo. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida” (Lc 21, 9).

La Iglesia, desde el inicio, recordando esta recomendación, vive en espera orante del regreso de su Señor, escrutando los signos de los tiempos y poniendo en guardia a los fieles contra los mesianismos recurrentes, que de vez en cuando anuncian como inminente el fin del mundo. En realidad, la historia debe seguir su curso, que implica también dramas humanos y calamidades naturales. En ella se desarrolla un designio de salvación, que Cristo ya cumplió en su encarnación, muerte y resurrección. La Iglesia sigue anunciando y actuando este misterio con la predicación, la celebración de los sacramentos y el testimonio de la caridad.

Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación de Cristo a afrontar los acontecimientos diarios confiando en su amor providente. No temamos el futuro, aun cuando pueda parecernos oscuro, porque el Dios de Jesucristo, que asumió la historia para abrirla a su meta trascendente, es su alfa y su omega, su principio y su fin (cf. Ap 1, 8). Él nos garantiza que en cada pequeño, pero genuino, acto de amor está todo el sentido del universo, y que quien no duda en perder su vida por él, la encontrará en plenitud (cf. Mt 16, 25).

Nos invitan con singular eficacia a mantener viva esta perspectiva las personas consagradas, que han puesto sin reservas su vida al servicio del reino de Dios. Entre estas, quiero recordar en particular a las llamadas a la contemplación en los monasterios de clausura. A ellas la Iglesia dedica una Jornada especial el miércoles próximo, 21 de noviembre, memoria de la Presentación de la santísima Virgen María en el Templo. Debemos mucho a estas personas que viven de lo que la Providencia les proporciona mediante la generosidad de los fieles. El monasterio, “como oasis espiritual, indica al mundo de hoy lo más importante, más aún, en definitiva, lo único decisivo: existe una razón última por la que vale la pena vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable” (Discurso a los monjes cistercienses de la abadía de Heiligenkreuz, Austria, 9 de septiembre de 2007: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de septiembre de 2007, p. 6).

La fe que actúa en la caridad es el verdadero antídoto contra la mentalidad nihilista, que en nuestra época extiende cada vez más su influencia en el mundo.

María, Madre del Verbo encarnado, nos acompaña en la peregrinación terrena. A ella le pedimos que sostenga el testimonio de todos los cristianos, para que se apoye siempre en una fe firme y perseverante.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 18 de noviembre de 2007)

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P. Leonardo Castellani

Sermón escatológico

            El fin y el principio se tocan: en el primer Domingo del año litúrgico la Iglesia lee de nuevo el del último, la profecía de Cristo acerca del fin del siglo, o sea su propio Retorno a la tierra “en gloria y majestad” –esta vez en San Lucas, que repite simplemente el capítulo XXIV de San Mateo abreviándolo un poco. Lee solamente los versículos finales, que contienen la amonestación a estar atentos a “los Signos”, y ese dificultoso versículo final que dice: “De verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla”.

Además de la dificultad de que pasó esa generación, y el fin del mundo no vino —dificultad que ya he explicado— hay otra dificultad que explicaré hoy: los “Signos”. Cristo manda que estemos atentos a los signos; y cuando los veamos, en vez de decir que nos asustemos, dice que nos alegremos; aunque el mundo entonces andará asustado, y ése es justamente uno de los “signos”. Pero por otra parte había dicho que “el día ni la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el mismo Hijo del Hombre”. Entonces ¿en qué quedamos? Si no podemos saber cuándo será el fin del mundo, entonces ¿para qué mirar los Signos?

La respuesta está en las mismas palabras divinas: “el día ni la hora” eso es lo que NO podemos saber; “que está cerca”, eso podemos saber: “así que cuando veáis todo esto hacerse, sabed que el Reino de Dios está cerca”. Pero, dirá alguno, si uno sabe que está cerca, entonces más o menos uno puede saber el día y la hora. No: puede estar evidentemente cerca, y luego alejarse de nuevo; es decir, el mundo puede acercarse al borde del precipicio (y eso se puede ver) y después alejarse de nuevo, y eso no se puede saber, pues depende del libre albedrío del hombre, el cual sólo Dios puede conocer. Por eso Cristo dijo “ni el Hijo del Hombre lo sabe”. No dijo “yo no lo sé”; hubiera mentido; como Dios lo sabía. Pero le preguntaron como a hombre, y él hizo notar que respondía como hombre”.

Así ahora patentemente el mundo parece estar cerca del suicidio, existe ya el instrumento con el cual la Humanidad se puede auto destruir; y sin embargo podría darse una viaraza, “la conversión de Europa”, que dice Belloc y suspender de nuevo el mundo su caída, como ha pasado varias veces en la Historia. Claro que algún día va a ser de veras. Y también es claro que ese día no está a millones de años de aquí; pues Cristo en el Apokalypsis dice no menos que siete veces: “Vuelvo pronto”. Es el caso de recordar aquel chiste: le dice el marido a la mujer: “Según la Ciencia Moderna, el mundo se acabará dentro de 100 millones de años… —¿Cuánto?, dijo ella —Cien millones de años… –iAaah! Creí que habías dicho 10 millones…”.

¿Cuáles son los “Signos” que dijo Cristo? Primero puso un “Pre-signo”. “Guerras y rumores (o preparativos) de guerras”. “Surgirá un pueblo contra otro, un reino contra otro, habrá revoluciones y sediciones, se odiarán los hombres entre sí y las naciones entre sí”. Pero esto —añadió Cristo— “eso no es sino el principio de los dolores, todavía no es el fin enseguida”. “La guerra convertida en institución permanente de toda la Humanidad, como dijo Benedicto XV durante la Granguerra del 14, es pues un “Presigno”, no un Signo. Y creo que hoy se cumplió eso: la guerra convertida en institución permanente de toda la Humanidad.

¿Cuáles son los Signos? Los tres principales que pone Jesús son: 1º “este Evangelio del Reino será predicado por todo el inundo y después vendrá el fin, 2º) “aparecerán muchos falsos profetas y falsos cristos (es decir, herejes) y engañarán a muchos”, 3º finalmente se desencadenará una gran persecución a los que permanezcan fieles, que durará poco pero será la peor que ha existido: interna y externa, local y universal, con violencias, con engaños, con mentiras.

Frente a esta “persecución” predicha no podemos quedar tan tranquilos como Mahoma, al cual según cuentan le preguntaron sus discípulos cuándo sería el fin del mundo, y él respondió: “Cuando se muera mi mujer, parecerá el fin del mundo, cuando me muera yo será deveras el fin del mundo —para mí por lo menos”. Por eso, porque esa predicción es espantable, San Juan en el Apokalypsis amontona los consuelos a los fieles; y Cristo aquí nos manda que nos alegremos; y para que lo podamos, dice una sola cosa, pero que tiene gran fuerza: “Serán abreviados aquellos días; porque si duraran, los mismos fieles perecerían —si fuese posible. Esa condicional “si fuera posible” es sumamente consoladora: supone que NO ES POSIBLE que perezcan los fieles. Dios no lo permitirá.

La Parusía es pues un suceso siempre inminente y nunca seguro. La historia del mundo hasta la Primera Venida de Cristo sigue una línea recta hacia la “plenitud de los tiempos”; y el mismo tiempo della fue profetizado con exactitud por Daniel. Después de la Primera Venida, la historia del mundo sigue una línea sinuosa, aproximándose y alejándose de la Parusía, pero de tal modo que se ha de cumplir lo que Cristo dijo que sería “pronto”. Así en el siglo XIV, por ejemplo, San Vicente Ferrer predicó por toda Europa que el fin del mundo estaba cerca; y puede que no se equivocara: pero sucedió una gran conversión o resurrección de Europa, producida justamente por su predicación y la de muchísimos santos que surgieron entonces.

Así que, cerca o no cerca, hemos de trabajar tranquilamente lo mismo; pero no como Mahoma, “como si no pasara nada”, sino atentos a los Signos —a las persecuciones, a los errores, a las herejías. ¿Para qué atentos? Para orar y vivir vigilantes. Y vivir vigilantes no es pretender reformar el mundo (que el Papa se ocupe deso) sino hacer la propia salvación. Como dijo Mussolini una vez: “Todos se preguntan qué le pasará a Italia cuando muera Mussolini. A mí no me preocupa tanto qué le pasará a Italia cuando muera Mussolini, sino qué le pasará a Mussolini cuando muera Mussolini”.

Era bastante católico el tano. Por lo visto hoy los gobernantes católicos mueren asesinados. Puede que eso también esté dentro de la Gran Persecución. Por las dudas, se le podría aconsejar a Illia (o Iya, como dicen los cabecitas negras) que no vaya demasiado a misa; por lo menos que no vaya tanto como Frondizi cuando era candidato.

Castellani, Domingueras prédicas, Jauja Mendoza 1997, 297-300

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Directorio Homilético

 

Trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 162-165: la perseverancia en la fe; la fe, inicio de la vida eterna

CEC 675-677: la última prueba de la Iglesia

CEC 307, 531, 2427-2429: el trabajo humano que redime

CEC 673, 1001, 2730: el último día

La perseverancia en la fe

162 La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: “Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe” (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe “actuar por la caridad” (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

          La fe, comienzo de la vida eterna

163 La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios “cara a cara” (1 Cor 13,12), “tal cual es” (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna:

Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día ( S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th. 2-2,4,1).

164 Ahora, sin embargo, “caminamos en la fe y no en la visión” (2 Cor 5,7), y conocemos a Dios “como en un espejo, de una manera confusa,…imperfecta” (1 Cor 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.

165 Entonces  es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que creyó, “esperando contra toda esperanza” (Rom 4,18); la Virgen María que, en “la peregrinación de la fe” (LG 58), llegó hasta la “noche de la fe” (Juan Pablo II, R Mat 18) participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos de la fe: “También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hb 12,1-2).

La última prueba de la Iglesia

675    Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1  Jn 2, 18.22).

676    Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso” (cf. Pío XI, “Divini Redemptoris” que condena el “falso misticismo” de esta “falsificación de la redención de los humildes”; GS 20-21).

677    La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

307 Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de “someter” la tierra y dominarla (cf Gn 1, 26‑28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf Col I, 24) Entonces llegan a ser plenamente “colaboradores de Dios” (1 Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (cf Col 4, 11).

531    Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios (cf. Ga 4, 4), vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús estaba “sometido” a sus padres y que “progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2, 51-52).

2427  El trabajo humano  procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cf Gn 1,28; GS 34; CA 31). El trabajo es, por tanto, un deber: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3,10; cf. 1 Ts 4,11). El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo (cf Gn 3,14-19), en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su Obra redentora. Se muestra discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar (cf LE 27). El trabajo puede ser un medio de santificación y una animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo.

2428  En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo (cf LE 6).

          Cada uno debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana.

2429  Cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las autoridades legítimas con miras al bien común (cf CA 32; 34).

673    Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos “toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén “retenidos” en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).

1001  ¿Cuándo? Sin duda en el “último día” (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); “al fin del mundo” (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

          El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo  resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).

2730  Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a El, a su Venida, al último día y al “hoy”. El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: “Dice de ti mi corazón: busca su rostro” (Sal 27, 8).

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¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

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Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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