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Dom.XXXIV – T.O. (B) – Solemnidad de Cristo Rey

 

22
noviembre

(Domingo XXXIV Tiempo Ordinario)

Solemnidad de Ntro.

Señor Jesucristo,

Rey del Universo

 (Ciclo B) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

 

 

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario (B)

(Domingo 22 de Noviembre de 2015)

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

LECTURAS

Su dominio es un dominio eterno

Lectura de la profecía de Daniel      7, 13-14

Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre; Él avanzó hacia el Anciano y lo hicieron acercar hasta Él.

Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL     92, 1-2.5

R. ¡Reina el Señor, revestido de majestad!

¡Reina el Señor, revestido de majestad!

El Señor se ha revestido,

se ha ceñido de poder. R.

El mundo está firmemente establecido:

¡no se moverá jamás!

Tu trono está firme desde siempre,

Tú existes desde la eternidad. R.

Tus testimonios, Señor, son dignos de fe,

la santidad embellece tu Casa

a lo largo de los tiempos. R.

El Rey de los reyes de la tierra hizo de nosotros

 un Reino sacerdotal para Dios

Lectura del libro del Apocalipsis      1, 5-8

Jesucristo es el «Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra». Él nos ama y nos liberó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén.

Él viene sobre las nubes y todos lo verán, aun aquéllos que lo habían traspasado. Por Él se golpearán el pecho todas las razas de la tierra. Sí, así será. Amén.

Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Mc 11, 9. 10

Aleluia.

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Bendito sea el Reino que ya viene,

el Reino de nuestro padre David!

Aleluia.

Tú lo dices: Yo soy rey

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan         18, 33b-37

Pilato llamó a Jesús y le preguntó: « ¿Eres Tú el rey de los judíos?»

Jesús le respondió: « ¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?»

Pilato replicó: « ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»

Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».

Pilato le dijo: « ¿Entonces Tú eres rey?»

Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

 

Solemnidad Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo

22 de Noviembre 2015- Ciclo B

Entrada: Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Esta Solemnidad es como una síntesis de todo el misterio salvífico, pues en ella se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, soberano de la creación y de nuestras almas, Dueño y Señor de todo, ya que nada escapa a su dominio absoluto de Rey del Universo.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:      Dn 7,13-14

El Hijo del hombre vendrá sobre las nubes del cielo, y su dominio será eterno.

Salmo Responsorial: 92

Segunda Lectura:        Ap 1,5-8

Jesucristo es el Rey de los reyes de la tierra, es el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que vendrá.

Evangelio:    Jn 18,33b-37

Nuestro Señor da testimonio de su realeza y de la verdad.

Preces: Cristo Rey 2015

Unámonos en la oración común a nuestro Padre que ha puesto a su derecha a Jesucristo, Rey de Reyes.

A cada intención respondemos cantando:

* Por el Vicario de Cristo en la tierra, el papa, para que encuentre siempre luz y fuerza en el Señor para proclamar la reyesía de Cristo en todas las culturas y manifestaciones humanas. Oremos.

* Para que sepamos valorar nuestra dignidad de pueblo sacerdotal y real y busquemos con santo celo comunicar los valores del Reino de Dios ante quienes no lo conocen. Oremos.

* Por las víctimas de los atentados en París, Francia, por sus almas, para que Dios los tenga en su gloria; por sus familiares, para que encuentren fortaleza para superar este momento de tanto dolor. Pidamos también para que cesen los actos de violencia y reine la paz y la concordia. Oremos.

* Por todos los que no creen en Cristo, rezamos especialmente por la conversión del pueblo judío y musulmán. Oremos.

* Por los gobernantes del mundo entero, para que reconozcan y acepten a tu Hijo como el Legislador eterno que al darnos la Ley Nueva nos rige con suavidad y justicia. Oremos.

Padre del Cielo, que nos libraste del poder de las tinieblas; concédenos lo que necesitamos para encaminarnos hacia Jesucristo, por quien y para quien es toda la creación. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

 Ofertorio:

Cristo nos ha convertido en un reino, al precio de su Sangre; por eso queremos unirnos a su Sacrificio y presentamos:

* Incienso y con él nuestra alabanza a Aquel a quien bendicen todos los pueblos.

* Pan y vino, que convertidos en el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús, nos serán dados como alimento para que reine en nosotros.

Comunión: Al comulgar tu Cuerpo y tu Sangre, te pedimos Señor, nos conviertas en fieles vasallos que se entreguen de cuerpo y alma a la extensión de tu reino de paz y misericordia.

Salida:  Que María, la Madre santa de nuestro Rey y trono de la gracia nos ayude a establecer en nuestro corazón el reinado de su Hijo, pues la vida consiste en habitar junto con Jesucristo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Joseph María Lagrange, O.P.

JESÚS, ACUSADO POR LOS JUDÍOS DELANTE DE PILATO

(Lc. 23, 2; Jn 18, 29-32)

Advertido Pilato de aquella demostración, y de seguro avisado por la policía, salió a algún balcón de la calle o tal vez a una gradería o descanso de escalera.

Después de algunas palabras de saludo, el procurador fue al grano: « ¿Qué alegáis contra este hombre?» Los del Sanedrín creyeron oportuno preparar el terreno para su sensacional denuncia. ¡Se trataba de un asunto muy grave! Conocedor de sus marrullerías, Pilato, sin duda informado de que era asunto de carácter religioso, quiso desentenderse del problema: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley». Aquellas palabras de Pilato, ¿eran en verdad una autorización para sentenciarle a muerte? Tal sentencia no había sido pronunciada. Los judíos aclaran sus intentos. «A nosotros no nos está permitido matar a nadie». Después, para probar a Pilato que el asunto era verdaderamente serio y de sola su incumbencia: «Hemos hallado a este hombre que pervierte la nación y prohíbe dar tributo al César, diciendo que Él es el Mesías, el rey» (según Lc 23, 2). Supieron muy bien dar a este asunto carácter político con notas bien perfiladas para excitar la irascibilidad de Pilato.

INTERROGATORIO DE PILATO

(Lc 23, 2; Mc 15, 2-5; Mt 27, 11-14; Jn 18, 33-38)

Volvió al pretorio, llamó a Jesús y se puso a preguntarle: « ¿Eres tú rey de los judíos?»[1] En los labios de un romano, semejante pregunta era acusar a Jesús de ser revolucionario. Jesús no podía responder afirmativamente en el sentido que se le preguntaba. Dice un proverbio árabe «que la pregunta es madre de la respuesta». Para saber lo que se le reprochaba, pide Jesús a Pilato si habla en nombre propio o sólo es eco de lo que los judíos han dicho. Aunque en nada se extralimitaba de su derecho de defensa, se concibe que haya desagradado a Pilato al verse obligado a confesar que tomaba a su cargo acusar de lo que no comprendía. Pilato replica con desdén: « ¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los Sumos Sacerdotes te han puesto en mis manos; ¿qué hiciste?» El procedimiento es claramente el de un juez que instruye un proceso en que los cargos son abrumadores. Para arrancar una confesión franca supone imperturbable que alguna culpabilidad existe.

Jesús se atiene a la acusación formulada contra Él, Él jamás se las había dado de rey político; si por tal se tuviera, contaría con sus partidarios y habrían sacado sus espadas para defenderle. Pilato ve que nada tiene de rey. Su reino no es de este mundo. Atónito y embarazado con esta distinción, Pilato, poco hecho a nociones espirituales, se repliega a sus posiciones: «Luego tú eres rey». Jesús está en el sentido ya indicado: «Tú lo dices: soy rey»[2], y precisando su pensamiento dice que vino al mundo para dar testimonio de la verdad. Él reina en primer término sobre las almas y es seguido por aquellos que aman la verdad. Pilato, de inteligencia poco despierta, no creyéndose obligado, como otros muchos personajes más grandes que él, a dar su nombre a una secta filosófica, miraba con desprecio, como todos los hombres prácticos y por otra parte excelentes funcionarios, las altas especulaciones: «¿Y qué es la verdad?» Hace la pregunta y poco le importa la respuesta; pero su buen sentido le hizo ver claramente que de parte de Jesús no había ningún peligro para los intereses de Roma. Si perturbó el orden público, sería por algún debate religioso, que tanto excitaban las pasiones de los judíos. En efecto, los clamores de fuera se levantaban más y llegaban hasta el palacio. Jesús, hecha su declaración, se calló. Hubiera querido Pilato, aunque sólo fuera por curiosidad, saber su respuesta. Presentía que los judíos le andaban armando algún enredo que les sirviera de pretexto para acusarlo delante de Roma. ¿Tenían todos el mismo pensamiento? ¿Qué pensaba de esto Herodes Antipas y los demás príncipes judíos, que lo habían acusado a Roma por motivo de los escudos.

(Lagrange, Joseph. Vida de Jesucristo. Edibesa, Madrid. 2002. Pag.489-491)

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[1] Según Jn 18,33. Que nada ha dicho para hacer verosímil esta cuestión, sino que se apoya en las acusaciones proferidas en San Lucas.
[2] La confesión que se halla en los tres sinópticos es ésta: « ¿Eres tú el Rey de los judíos? Tú lo has dicho»

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Comentario Teológico

·        S.S. Pio XI

 

Pio XI, Encíclica: “Quas Primas”

I. LA REALEZA DE CRISTO

6. Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad(1) y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino(2); porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

a) En el Antiguo Testamento

7. Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras.

Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob(3); el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra(4). El salmo nupcial, donde bajo la imagen y representación de un Rey muy opulento y muy poderoso se celebraba al que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas frases: El trono tuyo, ¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de su reino es cetro de rectitud(5). Y omitiendo otros muchos textos semejantes, en otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz… y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra(6).

8. A este testimonio se añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y principalmente el conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo, el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por nombre el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de David, y poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre(7). Lo mismo que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías, cuando predice que de la estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David reinará como Rey y será sabio y juzgará en la tierra(8). Así Daniel, al anunciar que el Dios del cielo fundará un reino, el cual no será jamás destruido…, permanecerá eternamente(9); y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna, y he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le presentaron ante El. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que no le será quitada, y su reino es indestructible(10). Aquellas palabras de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas(11), ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

b) En el Nuevo Testamento

9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada.

En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin(12), es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey(13) y públicamente confirmó que es Rey(14), y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra(15). Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los reyes de la tierra(16), y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan(17). Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero universal de todas las cosas(18), menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos sus enemigos(19).

c) En la Liturgia

10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas muestras de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como a Soberano Señor y Rey de los reyes.

Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.

d) Fundada en la unión hipostática

11. Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de Jesucristo, he aquí lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza(20). Es decir, que la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas.

e) Y en la redención

12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha(21). No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande(22); hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo(23).

II. CARÁCTER DE LA REALEZA DE CRISTO

a) Triple potestad

13. Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía de Jesucristo, indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual apenas se concibe un verdadero y propio principado. Los testimonios, aducidos de las Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal de nuestro Redentor, prueban más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer(24). Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló, sino que nos lo presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad(25). El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo(26). En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse.

b) Campo de la realeza de Cristo

a) En Lo espiritual

14. Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente, y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalrnente espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efeeto, en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimisrno, cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal títuto de honor huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano manifestó que su reino no era de este mundo. Este reino se nos muestra en los evangelios con tales caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos no sólo que, despegadas sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofreciéndose a sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados del mundo, ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la dignidad real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de ambos oficios?

b) En lo temporal

15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.

Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales(27). Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano(28).

c) En los individuos y en la sociedad

16. El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos(29).

El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos(30). No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que… hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»(31).

17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres(32).

18. Y si los príncípes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más que por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá, sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda causa de sedición; pues aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

19. En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera.

¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre(33).

(S.S. Pio XI, Carta Encíclica Quas Primas, sobre la fiesta de Cristo Rey, 11 de diciembre de 1925, nº 6 – 19)

(Nota: Puede leerse con fruto la Encíclica Quas Primas completa, ya que es muy corta)

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 1. Ef 3,19.

 2. Dan 7,13-14.

 3. Núm 24,19.

 4. Sal 2.

 5. Sal 44.

 6. Sal 71.

 7. Is 9,6-7.

 8. Jer 23,5.

 9. Dan 2,44.

 10. Dan 7 13-14.

 11. Zac 9,9.

 12. Lc 1,32-33.

 13. Mt 25,31-40.

 14. Jn 18,37.

 15. Mt 28,18.

 16. Ap 1,5.

 17. Ibíd., 19,16.

 18. Heb 1,1.

 19. 1 Cor 15,25.

 20. In Luc. 10.

 21. 1 Pt 1,18-19.

 22. 1 Cor 6,20.

 23. Ibíd., 6,15.

 24. Conc. Trid., ses.6 c.21.

 25. Jn 14,15; 15,10.

 26. Jn 5,22.

 27. Himno Crudelis Herodes, en el of. de Epif.

 28. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

 29. Hech 4,12.

 30. S. Agustín, Ep. ad Macedonium c.3

 31. Enc. Ubi arcano.

 32. 1 Cor 7,23.

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Santos Padres

·        San Agustín

“¿Eres tú el rey de los judíos?”

1. Vamos a tratar en este sermón de lo que dijo Pilato a Cristo y de lo que Cristo respondió a Pilato. Después de decir a los judíos: Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley, y haber oído su respuesta: A nosotros no nos es lícito matar a nadie, “por segunda vez entró Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el rey de los judíos? Y le contestó Jesús: ¿Dices esto por ti mismo o es que otros te lo han dicho de mí?” Muy bien conocía Jesús tanto su pregunta como la respuesta que le había de dar Pilato, pero quiso que fuera expresada con palabras, no para que El la conociera, sino para que quedase escrito lo que quiso que nosotros supiéramos. “Respondió Pilato: ¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los príncipes te han entregado a mí; ¿qué es lo que has hecho? Replicó Jesús: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo, sin duda mis siervos lucharían para que no fuese yo entregado a los judíos; mas ahora mi reino no es de acá”. Esto es lo que el Maestro bueno quiso que nosotros supiéramos; pero antes era necesario manifestarnos la vana opinión que acerca de su reino tenían los hombres, tanto gentiles como judíos, de quienes lo había oído Pilato; como si fuese reo de muerte por haber pretendido un reino que no le pertenecía, o por la envidia que tienen los que reinan a los que van a reinar, y había que prevenir que su reino no fuese contrario ni a los romanos ni a los judíos. Bien pudo el Señor haber referido su respuesta: Mi reino no es de este mundo, a la primera interrogación del presidente: ¿Eres tú el rey de los judíos? Pero, al preguntar El, a su vez, si esto lo decía por sí mismo o por haberlo oído a otros, quiso demostrar con la respuesta de Pilato que éste era el crimen que le imputaban los judíos ante él, manifestándonos que El conocía la vanidad de los pensamientos de los hombres; respondiendo con más claridad y oportunidad, después de la contestación de Pilato, a los judíos y a los gentiles: Mi reino no es de este mundo. Porque, si hubiese contestado inmediatamente a la pregunta de Pilato, podría parecer que no respondía también a los judíos, sino solamente a los gentiles, que así opinaban acerca de Él. Pero al responder Pilato: ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los pontífices te han entregado a mí, alejó toda sospecha de que pudiera creerse que por sí mismo había dicho que Jesús fuese rey de los judíos, indicando con claridad que lo había oído a los judíos. Y diciendo después: ¿Qué es lo que has hecho?, dejó al descubierto que de ese crimen le acusaban; como si dijera: Si dices que no eres rey, ¿qué otro crimen has cometido para que te entreguen a mí? Como si no fuera para admirar que se lo entregasen al juez para castigarlo por llamarse rey; y si no se decía rey, debía preguntársele qué otra cosa había hecho por la que mereciese ser entregado al juez.

2. Escuchad, pues, judíos y gentiles, los de la circuncisión y los del prepucio; oíd todos los reinos de la tierra: No estorbo vuestro terreno dominio en este mundo, mi reino no es de este mundo. No os entreguéis a vanos temores, como fueron los de Herodes el Grande ante la noticia del nacimiento de Cristo, dando muerte a tantos infantes para exterminarlo, acuciada su crueldad más por el temor que por la ira. Mi reino, dice, no es de este mundo. ¿Queréis más? Venid al reino que no es de este mundo: venid llenos de fe y no le persigáis llenos de temor. Así habla de Dios Padre en la profecía: Yo he sido constituido por El rey sobre Sión, su monte santo. Pero esa Sión y ese monte santo no son de este mundo. ¿Cuál es su reino sino los que en El creen, de los que dice: Vosotros no sois del mundo, como yo no soy del mundo? Aunque quisiera que ellos estén en el mundo, por lo cual dijo al Padre: No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal. Por eso aquí no dice: Mi reino no está en este mundo, sino no es de este mundo. Y probándolo con estas palabras: Si mi reino fuese de este mundo, mis siervos lucharían para no ser entregado a los judíos, no dice: Mi reino no está aquí, sino no es de acá. Aquí está su reino hasta el fin del tiempo, entremezclado con la cizaña hasta la época de la siega, que es el fin del mundo, cuando vendrán los segadores, esto es, los ángeles, y de su reino recogerán todos los escándalos, cosa que no pudiera ser si su reino no estuviese aquí. Sin embargo, no es de aquí, porque es peregrino en el mundo, según Él dice a su reino: No sois del mundo, mas yo os he elegido del mundo. Del mundo eran cuando no eran su reino, y pertenecían al príncipe del mundo. Del mundo era cuanto, creado por el Dios verdadero, fue engendrado por la viciada y condenada estirpe de Adán, y se convirtió en reino no de este mundo cuanto fue regenerado por Cristo. Por El Dios nos sacó del poder de las tinieblas y nos trasplantó en el reino del Hijo de su amor; de este reino dice: Mi reino no es de este mundo, o mi reino no es de aquí.

3. Le dijo, pues, Pilato: ¿Luego tú eres rey? Respondió Jesús: Tú lo has dicho que yo soy rey. No es que temiera declararse rey, sino que puso el contrapeso de esta palabra: Tú lo dices, de modo que no niega ser rey (porque es rey del reino que no es de este mundo), ni confiesa que sea tal rey cuyo reino se crea ser de este mundo, como era la opinión de quien le preguntara: ¿Luego tú eres rey?, y al cual respondió: Tú dices que yo soy rey. Dijo: Tú dices; como si hubiese dicho: Siendo tú carnal, hablas según la carne.

 SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 115, 1-3, BAC Madrid 19652, 565-68

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        P. Jorge Loring, S.J.

 

P. Alfredo Sáenz, SJ..

CRISTO REY

Los textos que acabamos de escuchar nos ayudan a comprender el sentido plenario del misterio de la Realeza de Cristo.

1. Rey ante toda por su divinidad, ya que el Hijo, eterno y trascendente, es la Imagen perfecta del Dios invisible, su Palabra eterna, al tiempo que la base de sustentación, el vínculo de unidad y el principio arquitectónico de la entera creación. Todo fue hecho para El, por El y en El, y nada de lo que se hizo se hizo sin El, nos dice San Juan.

2. Pero es también Rey por su Encarnación. Así lo proclamó el ángel del Señor cuando anunció el prodigio: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará en la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

Precisamente de eso lo acusarían ante Pilatos en el momento culminante de su misión: “Pretende ser Cristo Rey”. El Señor no lo disimuló: “En verdad yo soy Rey, para esto he nacido, para esto vine al mundo”. Reyecía de Cristo escondida al principio en el seno de su Madre, porque ya desde entonces “plugo al Padre que habitase en él toda la plenitud de la divinidad”. Reyecía de Cristo que se expresa paradojalmente en los instrumentos de su Pasión; en aquella caña de ignominia que le entregaron por burla, pero que fue en realidad su cetro real; en la corona de irrisión que sustentaba aquel irónico letrero: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”, pero que al estar escrito en los tres idiomas de la universalidad, latín, griego y arameo, significaba la victoria de la catolicidad. Realeza de Cristo que se manifiesta en la exaltación de la Cruz, elevado a la cual atraería hacia sí todas las cosas, Cruz de la entronización real a la que accede Aquel que al extenderse sobre ella quiso verticalmente reconciliar el cielo con la tierra, y horizontalmente extender sus brazos para abarcar la historia, con sus espacios y sus tiempos. Reyecía que resplandece señorialmente el día de su Resurrección, cuando resurgió cual “primogénito de entre los muertos” y como cabeza del cuerpo “para que en todo tenga él la primacía”. Reyecía que se explicitará de manera palmaria en su segunda venida, en su Parusía gloriosa, cuando retorne para juzgar a vivos y muertos. Cúmplese así aquello que oímos en la segunda lectura de hoy, en aquel texto del Apocalipsis donde el Señor dice de sí mismo: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que vendrá, el Todopoderoso”.

Tal es, en síntesis, el misterio de la Realeza de Cristo: Rey natural, porque Dios; Rey por herencia, porque Hijo de Dios; Rey por dominio, porque creador; Rey por derecho de conquis­ta, porque vencedor del demonio. Nada, pues, de extraño que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que el Ungido del Padre ha sido entronizado en la sede real de la gloria.

Pero, ¿Rey de quién? ¿Rey para qué?

3. El quiere, sin duda, ganar el universo, pero prefiere hacerlo conquistando primero los individuos. Anhela ser Rey de nuestros corazones. Vino al mundo para dominar la rebeldía de los pueblos, mas ésta había surgido precisamente en el corazón del hombre que le negó su obediencia y su afecto. El insensato combate contra Dios se entabla, pues, en dicho terreno, y Cristo ha querido vencer justamente en ese campo. “Mi reino está dentro de vosotros”, dijo. Es cierto que ya le pertenecemos de hecho, porque por naturaleza somos de El, pero debemos entregarle también nuestro amor como nuevo título personal de dominio. Aprovechemos el día de hoy para ofrecerle aquellas zonas de nuestro interior que todavía no han aceptado del todo su imperio salvador, dejemos que su luz indeficiente ilumine aquellas franjas de nuestra vida que en cierta manera yazcan todavía en las tinieblas de la idolatría.

Cristo quiere, pues, poner su trono en nuestros corazones. Pero ello no es todo. También ha dicho: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Es el eco de lo que profetizara Daniel, según lo escuchamos en la primera lectura de hoy: “Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas”. Efectivamente, Cristo quiere ser también el Rey de las sociedades. Los hombres no se independizan de El por el hecho de haberse organizado en sociedad. Hay quienes querrían ofrecer a Cristo el incienso de Dios, pero no el oro de su Realeza en el orden temporal. Y sin embargo el Apocalipsis nos describe al Cordero soberano, revestido con un largo manto en cuya orla está escrito: “Rey de los reyes y Señor de los señores”.

Es el anhelo que se manifiesta en el antiguo himno de Vísperas del Oficio Divino de hoy: “Que con honores públicos te ensalcen los que tienen poder sobre la tierra; que el maestro y el juez te rindan culto, y que el arte y la ley no te desmientan”. He aquí todo un programa de acción apostólica. Porque en el mundo de hoy no son pocos los que se empeñan en querer destronar a Cristo, haciendo suya aquella terrible imprecación: “No queremos que éste reine sobre nosotros”. Sin embargo, la Palabra de Dios permanece: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen”. Y nosotros, súbditos indignos de su Reino, hemos sido llamados para colaborar con Dios en la edificación de la casa, hemos sido convocados para “instaurar todas las cosas en Cristo”, según la feliz expresión de San Pablo, escogida como lema pontificio por San Pío X.

A lo largo de estos últimos siglos se ha desencadenado un complejo proceso de descristianización. Negación de la Iglesia verdadera, ante todo, con la Reforma protestante. Negación de Cristo, luego, en el deísmo y racionalismo del siglo pasado. Negación lisa y llana de Dios, en el ateísmo contemporáneo, sea bajo forma militante, en el marxismo, sea bajo forma de marginación, en el liberalismo. Negación, como puede verse, progresiva: Iglesia, Cristo, Dios, que concluye en la gran apostasía contemporánea, con su intento de crear un paraíso en la tierra donde el verdadero rey sea el hombre autónomo, con la desgraciada colaboración de no pocos católicos ingenuos o cómplices.

Frente a este proceso y a esta situación, el Papa Pío XI instituyó la fiesta de hoy y al instituirla afirmó: “Cuanto más se pasa en vergonzoso silencio el nombre de Cristo, así en las reuniones internacionales como en los Parlamentos, tanto es más necesario aclamarlo públicamente, anunciando por todas partes los derechos de su real dignidad”. Tal es nuestra tarea, amados hermanos, impregnar todo el orden temporal —la política, la economía, la cultura, el arte— con el espíritu del Evangelio. “Una y mil veces dichosas —dijo Pío XII— las naciones donde las leyes se inspiran en el Evangelio y en las que se reconoce públicamente la majestad de Cristo Rey”.

5. No perdamos la confianza al menos en la victoria final. Frente al triste espectáculo de tantas personas y de tantas sociedades que se resisten pertinazmente a la acción redentora del Señor, y que parecen ir dominando el mundo, frente a la crisis que hoy sacude a la Iglesia y provoca en no pocos de sus hijos aquello que un sagaz teólogo contemporáneo dio en llamar  “apostasía inmanente” (“apostasía”, porque con el corazón ya se han separado de la Iglesia; “inmanente”, porque aparentemente siguen permaneciendo en ella), frente a todo esto, decíamos, a pesar de todo esto, nunca dejemos de esperar y de anhelar aquel Día en que el Reino de Cristo encontrará su realización plenaria y acabada. El día en que Cristo, sentado, no ya sobre la Cruz de Ignominia, sino sobre su Trono Judicial, convocará a la humanidad toda ante su presencia. El día profetizado por Isaías, el verdadero “día del Señor”, el día de la asamblea de los expatriados, de la reunión de los dispersos, el día del retorno al Paraíso, al Paraíso Reconquistado.

Durante este tiempo —el tiempo de la historia— Cristo sigue llevando adelante su trabajo de someter a Sí todo lo que consiente ponerse bajo su cetro. Hasta que llegue aquel Día del fin de la historia, el último Domingo, y todo le quede sometido; entonces El mismo, como hombre, se someterá al Padre, y Dios será todo en todas las cosas.

Mientras quedamos a la espera de un acontecimiento tan glorioso, se nos concede hoy, amados hermanos, tomar parte en el Santo Sacrificio de la Misa. Decíamos antes que la Cruz había sido el trono real del Señor. Pues bien, ahora se renovará sobre el altar aquel sacrificio. El altar será el nuevo trono del sacrificio de Cristo. Unamos nuestra oblación a la suya, para poder acercamos luego a la mesa del Señor, y adelantar así, en cierto modo, el Día final de Salvación. Que Cristo penetre hoy en nuestros corazones como entró un día en el seno purísimo de su Madre, y encuentre que con los pañales de nuestra humildad hemos sabido prepararle un pequeño trono desde donde pueda reinar sin trabas sobre cada uno de nosotros.

En ese momento podremos decirle: “Señor, hoy quiero ofrecerte toda mi vida. Impregna mi interior con tu sangre redentora para conquistarlo y ponerlo bajo tu cetro real. No permitas que zona alguna de mi alma se mantenga orgullosa en su vacua autonomía. Reúne, Señor, todo lo que en mí se haya dispersado para que, unificado en mi interior, reinando sobre mis pasiones, me convierta en un súbdito leal de tu Reino, sin connivencia alguna con el enemigo. Reina, Señor, sobre las sociedades, principalmente sobre nuestra dilacerada Patria, y no permitas que nos sintamos suficientes sin Ti. Haz que todos los hombres y todas las naciones puedan dar por Ti, contigo y en Ti al Padre omnipotente, en unión con el Espíritu Santo, todo honor y toda gloria. Amén”.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 299-304)

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Juan Pablo II

Este domingo, que concluye el año litúrgico, la Iglesia celebra la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. Hemos escuchado en el evangelio la pregunta que Poncio Pilato hace a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos? » (Jn 18, 33). Jesús responde, preguntando a su vez: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» (Jn 18, 34). Y Pilato replica: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho? » (Jn 18, 35).

En este momento del diálogo, Cristo afirma: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (Jn 18, 36).

Ahora todo es claro y transparente. Frente a la acusación de los sacerdotes, Jesús revela que se trata de otro tipo de realeza, una realeza divina y espiritual. Pilato le pide una confirmación: «Conque, ¿tú eres rey?» (Jn 18, 37). Aquí Jesús, excluyendo cualquier interpretación errónea de su dignidad real, indica la verdadera: «Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 37).

Él no es rey como lo entendían los representantes del Sanedrín, pues no aspira a ningún poder político en Israel. Por el contrario, su reino va más allá de los confines de Palestina. Todos los que son de la verdad escuchan su voz (cf. Jn 18, 37), y lo reconocen como rey. Este es el ámbito universal del reino de Cristo y su dimensión espiritual.

«Para ser testigo de la verdad» (Jn 18, 37). En la lectura tomada del libro del Apocalipsis se dice que Jesucristo es «testigo fiel» (Ap 1, 5). Es testigo fiel, porque revela el misterio de Dios y anuncia el reino ya presente. Es el primer servidor de este reino. «Obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8), testimoniará el poder del Padre sobre la creación y sobre el mundo. Y el lugar del ejercicio de su realeza es la cruz que abrazó en el Gólgota. Pero su muerte ignominiosa representa una confirmación del anuncio evangélico del reino de Dios. En efecto, a los ojos de sus enemigos esa muerte debía ser la prueba de que todo lo que había dicho y hecho era falso.

«Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él» (Mt 27, 42). No bajó de la cruz, pero, como el buen pastor, dio la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11). Sin embargo, la confirmación de su poder real se produjo poco después, cuando, al tercer día, resucitó de entre los muertos, revelándose como «el primogénito de entre los muertos» (Ap 1, 5).

Él, siervo obediente, es rey, porque tiene «las llaves de la muerte y del infierno » (Ap 1, 18). Y, en cuanto vencedor de la muerte, del infierno y de satanás, es «el príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1, 5). En efecto, todas las cosas terrenas están inevitablemente sujetas a la muerte. En cambio, aquel que tiene las llaves de la muerte abre a toda la humanidad las perspectivas de la vida inmortal. Él es el alfa y la omega, el principio y el culmen de toda la creación (cf. Ap 1, 8), de modo que cada generación puede repetir: bendito su reino que llega (cf. Mc 11, 10).

Amadísimos hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos recuerda que la verdad sobre Cristo Rey constituye el cumplimiento de las profecías de la antigua alianza. El profeta Daniel anuncia la venida del Hijo del hombre, a quien dieron «poder real, gloria y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin» (Dn 7, 14). Sabemos bien que todo esto encontró su perfecto cumplimiento en Cristo, en su Pascua de muerte y de resurrección.

La solemnidad de Cristo, Rey del universo, nos invita a repetir con fe la invocación del Padre nuestro, que Jesús mismo nos enseñó: «Venga tu reino».

 ¡Venga tu reino, Señor! «Reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» (Prefacio). Amén.

(Visita a la Parroquia romana de la Santísima Trinidad,

Solemnidad de Cristo, Rey del universo. Domingo 23 de noviembre de 1997)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta de institución relativamente reciente, pero que tiene profundas raíces bíblicas y teológicas. El título de “rey”, referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión “rey de Israel” y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. En el centro de este itinerario de revelación de la realeza de Jesucristo está, una vez más, el misterio de su muerte y resurrección. Cuando crucificaron a Jesús, los sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: “Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él” (Mt 27, 42). En realidad, precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo paradójico de su realeza, que consiste en la voluntad de amor de Dios Padre por encima de la desobediencia del pecado. Precisamente ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio de expiación Jesús se convierte en el Rey del universo, como declarará él mismo al aparecerse a los Apóstoles después de la resurrección: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.” (Mt28, 18).

Pero, ¿en qué consiste el “poder” de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su “bandera”, según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.

Queridos hermanos y hermanas, cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre (cf. Lc 1, 32-33). Y la Virgen santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia.

(Ángelus, Plaza San Pedro, Domingo 22 de noviembre de 2009)

lus, lunes 2 de noviembre de 2009

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

Cristo Rey

            “Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres rey?” Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy rey”.

He aquí solemnemente afirmada por Cristo su reyesía, al fin de su carrera, delante de un tribunal, a riesgo y costa de su vida; y a esto le llama El dar testimonio de la Verdad, y afirma que su Vida no tiene otro objeto que éste. Y le costó la vida, salieron con la suya los que dijeron: No queremos a éste por Rey, no tenemos más Rey que el César; pero en lo alto de la Cruz donde murió este Rey rechazado, había un letrero en tres lenguas, hebrea, griega y latina, que decía: Jesús Nazareno Rey de los Judíos; y hoy día, en todas las iglesias del mundo y en todas las lenguas conocidas, a 2.000 años de distancia de aquella afirmación formidable: Yo soy Rey, miles y miles de seres humanos proclaman junto con nosotros su fe en el Reino de Cristo y la obediencia de sus corazones a su Corazón Divino[1].

Jesús da solemne testimonio ante Pilato que Él es rey. ¿Es rey de los judíos? Sí, es el rey Mesías. El rey esperado de la casa de David que poseerá el reino eternamente.

            La gente sencilla lo proclamó rey el domingo antes de su Pasión, el domingo de Ramos, como lo recordamos cada año, porque habían visto sus signos[2].

            Los judíos lo quisieron proclamar una vez rey del pan[3] pero Jesús rehuyó esta corona. A los jefes judíos los desilusionó porque no derribó a los romanos y a Herodes, y no lo reconocieron porque no era el Mesías que tenían en su mente. Rechazaron a Jesús y prefirieron al César[4].

            Jesús se proclama rey pero su reinado trasciende el reinado humano aunque lo incluye. El reinado de Jesús es de otra índole. Es rey universal porque ha creado todo y se ha encarnado para dar testimonio de la verdad de su divinidad, de la verdad de Dios, de la verdad de su Reino.

            Sólo los que aceptan su verdad son de la verdad y escuchan su voz. Jesús es la Verdad[5] y toda su vida es un testimonio de la verdad. Jesús es también la verdad del hombre porque es verdadero hombre en todo el sentido de la palabra hombre. Hombre perfecto.

            Los judíos no reconocieron a Jesús como rey y quisieron sacar de la cruz esta proclamación, pero Pilatos, aunque escéptico, confirmó la verdad de su reyesía: “lo escrito, escrito está”.

            El Reino de Jesús no es de violencia, pues, podría haber destruido a todos, judíos, romanos, herodianos. Jesús es “príncipe de paz”[6] y viene a hacer la paz entre todos los pueblos. Entre judíos y gentiles ha hecho la paz por su muerte en la cruz[7]. Extraña manera de vencer. Jesús rey vence a los enemigos, muriendo. Como un cordero vence a los enemigos. Su reinado es un reinado de servicio y no de despotismo, es un reinado de misericordia y no de venganza, es un reinado de amor, no de odio.

            Jesús viene a traer la paz en los corazones y allí quiere reinar. Sobre cada uno de los corazones de los hombres. Jesús reina en los corazones que aceptan su verdad.

            Jesús tiene que reinar en todo: en el hombre porque cada hombre es fruto de su creación y redención y sobre cada una de las manifestaciones del hombre que es la cultura, sobre los gobiernos que son de hombres. Sobre todo. Es Rey universal. Todo lo ha creado y todo lo ha redimido. Lo ha creado al principio y lo ha redimido en la plenitud de los tiempos. Ha conquistado todo por el amor, porque ambas obras, creación y redención, son causadas por el amor de Jesús.

            Los judíos rechazaron a Cristo Rey y se quedaron en el reino de la mentira, en el reino del diablo. Pilatos rechazó el reinado de Cristo porque fue escéptico a la verdad “Y, ¿qué es la verdad?” La verdad era el hombre que estaba frente a él. No era judío pero sabía que los judíos lo habían entregado por envidia. No era judío pero sabía que no había hecho nada malo. Resistió a la verdad y entregó a la Verdad en manos de la mentira porque también su vida estaba al margen de la verdad.

            Jesús es rey. Así lo confiesa delante de Pilatos y en el Evangelio así ha quedado escrito para todos nosotros: “Respondió Jesús: Sí, como dices, soy Rey”.

____________________________________________
[1] Castellani, ¿Cristo vuelve o no vuelve?, Paucis Pango Buenos Aires 1951, 167 ss.
[2] Cf. Lc 19, 35-38
[3] Cf. Jn 6, 15
[4] Cf. Jn 19, 12-16
[5] Jn 14, 6
[6] Is 9, 5
[7] Cf. Ef 2, 14

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P. Jorge Loring, S.J.

Trigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario.

Festividad de Cristo Rey  Año B

1.-  Cristo afirmó ante Pilatos que es REY.

2.- Por eso Pilatos mandó poner sobre la cruz el letrero de INRI.

3.- INRI significa: JESÚS NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS.

4.- En latín I = J.

5.- El letrero sobre la cruz indicaba la causa de la condena.

6.-El Prefacio de esta misa expone bellamente la realeza de Cristo.

7.- Es reino de VERDAD, JUSTICIA, PAZ, AMOR, SANTIDAD Y GRACIA.

8.- Cristo es también CAMINO, VERDAD Y VIDA.

9.- Camino porque por Él vamos al Padre.

10.- Verdad porque su doctrina nos enseña el camino.

11.- Vida porque su gracia nos ayuda a recorrer el camino.

12.- Esta ayuda se nos da en la Eucaristía que es el alimento del alma.

13.- Quien no alimenta su cuerpo está débil y propenso a enfermedades.

14.- Quien no alimenta su alma es difícil que pueda recorrer el camino de la gloria eterna.

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Ejemplos Predicables

La trompeta del juicio

La trompeta del juicio ha sonado muy fuerte en los oídos de los hombres abandonados que han vuelto a Dios por temor a su justicia soberana.

Así se convirtió Bogoris, rey de los búlgaros, por los años 865. Llamó a su corte al monje San Metodio, hábil pintor, y le ordenó que pintara en su palacio algún suceso milagroso, cuya vista sirviera para adornar la regia mansión y para llenar de espanto a los que lo miaran. Se resolvió el Santo a sacar provecho de las disposiciones del príncipe.

Nada conocía de más terrible que la escena del juicio final, según lo describe el Evangelio. Su pincel, guiado por al religión, pintó el apocalíptico espectáculo en un cuadro lleno de vida y de movimiento, cuya vista bastó para llenar de terror el corazón de aquel bárbaro rey.

Se veía en la parte superior a Jesucristo, rodeado de un inmenso cortejo de espíritus celestiales, sentado sobre un trono resplandeciente de gloria, con el aspecto formidable de un Juez irritado. A su diestra en innumerable tropel los elegidos humanos llenos de resplandor y de gloria. A su izquierda los réprobos, deformes, desesperados, horrorosos, y confundidos bajo el peso de la venganza celeste. Abajo un abismo profundo, cargado de llamas de fuego, en el cual innumerables demonios se maltrataban sin piedad. Todas las partes del cuadro tenían tal fuerza, energía y viveza de expresión que hacía aún más terrible lo que era ya espantoso por sí mismo.

Bogoris, impresionado por esta espantosa escena, que no comprendía, quiso conocer el significado de ella y Metodio le respondió:

–          Es el Juicio Universal en que todos los hombres, buenos y malos, recibirán el premio de sus obras.

–          ¿Es por ventura una ficción inventada por tu ingenio?

–          No, Majestad, es un hecho cierto y real que se verificará al fin del mundo.

–          ¿Quién es aquel Juez que está sentado en majestuoso trono?

–          Es Jesucristo, el verdadero Hijo de Dios que se hizo hombre por salvarnos.

–          ¿Y aquella innumerable multitud colocada delante de Él?

–          Es todo el género humano.

–          Y ¿Quiénes son aquellos que están colocados a su derecha llenos de gloria y felicidad?

–          Son los justos, los que guardaron la Ley de Dios.

–          ¿Y aquel abismo horrible lleno de llamas?

–          Es le infierno, el lugar de los eternos suplicios.

–          ¿Y dices que todos los hombres han de acudir a este Juicio? ¿Luego también tú y yo hemos de acudir a este Tribunal?

–          Sí, con certeza, inevitablemente.

–          ¿Y dónde estaré colocado yo? ¿estaré a la derecha o estaré a la izquierda?

–          Majestad, vuestra suerte depende de Vos. Si un día queréis estar a la derecha, no tenéis más que cumplir la Ley del que ha de juzgaros.

Profundamente impresionado el rey se hizo cristiano; recibió el bautismo de manos del mismo Metodio y así se convirtió todo el pueblo de los búlgaros.

(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 429)

s, Sal Terrae Santander 1959, pág. 459-60)

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Directorio Homilético

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

CEC 440, 446-451, 668-672, 783, 786, 908, 2105, 2628: Cristo, Señor y Rey

CEC 678-679, 1001, 1038-1041: Cristo, el juez

CEC 2816-2821: “Venga tu Reino”

440    Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre “que ha bajado del cielo” (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hch 2, 36).

IV     SEÑOR

446    En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por “Kyrios” [“Señor”]. Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título “Señor” para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).

447    El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera explícita al dirigirse a sus apóstoles (cf. Jn 13, 13). A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina.

448    Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: “¡Es el Señor!” (Jn 21, 7).

449    Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque el es de “condición divina” (Flp 2, 6) y el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rm 10, 9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).

450    Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el “Señor” (cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29). ” La Iglesia cree.. que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro” (GS 10, 2; cf. 45, 2).

451      La oración cristiana está marcada por el título “Señor”, ya sea en la invitación a la oración “el Señor esté con vosotros”, o en su conclusión “por Jesucristo nuestro Señor” o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: “Maran atha” (“¡el Señor viene!”) o “Maran atha” (“¡Ven, Señor!”) (1 Co 16, 22): “¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

I        VOLVERA EN GLORIA

          Cristo reina ya mediante la Iglesia …

668    “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669    Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).

670    Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la “última hora” (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). “El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

          … esperando que todo le sea sometido

671    El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no  haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672      Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

          Un pueblo sacerdotal, profético y real

783      Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido “Sacerdote, Profeta y Rey”. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas (cf.RH 18-21).

786    El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo”. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo “venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28). Para el cristiano, “servir es reinar” (LG 36), particularmente “en los pobres y en los que sufren” donde descubre “la imagen de su Fundador pobre y sufriente” (LG 8). El pueblo de Dios realiza su “dignidad regia” viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

            De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las víctimas sin mancha de la piedad? (San León Magno, serm. 4, 1).

Su participación en la misión real de Cristo

908    Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2, 8-9), Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, “para que vencieran en sí mismos, con la apropia renuncia y una vida santa, al reino del pecado” (LG 36).

          El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: Se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; Es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable (San Ambrosio, Psal. 118, 14, 30: PL 15, 1403A).

2105. El deber de dar a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente. Esa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, enc. “Inmortale Dei”; Pío XI “Quas primas”).

2628  La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humill ar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor” (S. Agustín, Sal. 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

II       PARA JUZGAR A VIVOS Y  MUERTOS

678    Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10; Joel 3, 4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La  actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

679      Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22;cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo  (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).

1001  ¿Cuándo? Sin duda en el “último día” (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); “al fin del mundo” (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

          El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo  resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).

V       EL JUICIO FINAL

1038  La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles,… Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán estos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.” (Mt 25, 31. 32. 46).

1039  Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

          Todo el mal que hacen los malos se registra – y ellos no lo saben. El día en que “Dios no se callará” (Sal 50, 3) … Se volverá hacia los malos: “Yo había colocado sobre la tierra, dirá El, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre -pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado  a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí” (San Agustín, serm. 18, 4, 4).

1040  El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo El decidirá su advenimiento. Entonces, El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

1041    El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10).

II       VENGA A NOSOTROS TU REINO

2816  En el Nuevo Testamento, la palabra “basileia” se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

          Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos (San Cipriano, Dom. orat. 13).

2817  Esta petición es el “Marana Tha”, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”:

          Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ‘¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?’ (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

2818  En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2, 13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo” (MR, plegaria eucarística IV).

2819  “El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre “la carne” y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25):

          Solo un corazón puro puede decir con seguridad: ‘¡Venga a nosotros tu Reino!’. Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: ‘Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal’ (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: ‘¡Venga tu Reino!’ (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 13).

2820  Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (cf GS 22; 32; 39; 45; EN 31).

2821    Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús (cf Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 13-16; 6, 24; 7, 12-13).

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo XXXIII Tiempo Ordinario

15
noviembre

Domingo XXXIII Tiempo Ordinario

 (Ciclo B) – 2015

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Ejemplos Predicables

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

 

Domingo XXXIII Tiempo Ordinario (B)

(Domingo 15 de Noviembre de 2015)

LECTURAS

En aquel tiempo, será  liberado tu pueblo

Lectura de la profecía de Daniel      12,1-3

En aquel tiempo, se alzará Miguel, el gran Príncipe, que está de pie junto a los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de tribulación, como no lo hubo jamás, desde que existe una nación hasta el tiempo presente.

En aquel tiempo, será liberado tu pueblo: todo el que se encuentre inscrito en el Libro. Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno.

Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL      15,5.8-11

R. Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,

¡Tú decides mi suerte!

Tengo siempre presente al Señor:

Él está a mi lado, nunca vacilaré. R.

Por eso mi corazón se alegra,

se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro:

porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. R.

Me harás conocer

el camino de la vida,

saciándome de gozo en tu presencia,

de felicidad eterna a tu derecha. R.

Mediante una sola oblación,

Él ha Perfeccionado para siempre a los que santifica

Lectura de la carta a los Hebreos   10, 11-14. 18

Hermanos:

Los sacerdotes del culto antiguo se presentan diariamente para cumplir su ministerio y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que son totalmente ineficaces para quitar el pecado. Cristo, en cambio, después de haber ofrecido por los pecados un único Sacrificio, se sentó para siempre a la derecha de Dios, donde espera que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies. Y así, mediante una sola oblación, Él ha perfeccionado para siempre a los que santifica.

Y si los pecados están perdonados, ya no hay necesidad de ofrecer por ellos ninguna otra oblación.

Palabra de Dios.

ALELUIA      Lc 21, 36

Aleluia.

Estén prevenidos y oren incesantemente:

así podrán comparecer seguros

ante el Hijo del hombre.

Aleluia.

Congregará a sus elegidos,

desde los cuatro puntos cardinales

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos     13, 24-32

Jesús dijo a sus discípulos:

En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.

Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.

Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.

Palabra del Señor.

la recompensa de Dios, su Salvador.

Así son los que buscan al Señor,

los que buscan tu rostro, Dios de Jacob. R.

 

Veremos a Dios tal cual es

 

Lectura de la primera carta de san Juan                                                  3, 1-3

 

Queridos hermanos:

¡Miren cómo nos amó el Padre!

Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,

y nosotros lo somos realmente.

Si el mundo no nos reconoce,

es porque no lo ha reconocido a Él.

Queridos míos,

desde ahora somos hijos de Dios,

y lo que seremos no se ha manifestado todavía.

Sabemos que cuando se manifieste,

seremos semejantes a Él,

porque lo veremos tal cual es.

El que tiene esta esperanza en Él, se purifica,

así como Él es puro.

Palabra de Dios.

 

Aleluia.

«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y Yo los aliviaré», dice el Señor.

Aleluia.

 

Evangelio

 

 

Alégrense y regocíjense

Porque tendrán una gran recompensa en el cielo.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo                                                                                     4,25-5,12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

 

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario- 15 de Noviembre 2015- Ciclo B

Entrada: Participemos de esta Santa Misa con fervor de espíritu y que el encuentro que tendremos con Jesús en la Sagrada Comunión sea un anticipo del encuentro definitivo con el Señor.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:  Dn 12,1-3                                                                                                

El profeta Daniel anuncia un tiempo de tribulación que precederá a la liberación del pueblo.

Salmo Responsorial: 15

Segunda Lectura:  Hb 10,11-14.18

Cristo ofreció por los pecados un único sacrificio, y así ha perfeccionado para siempre a los que santifica.

Evangelio:    Mc 13,24-32

El Hijo del hombre vendrá al fin de los tiempos y sus ángeles congregarán a sus elegidos.

Preces: XXXIII 2015

Como hijos de Dios, pidamos al Nuestro Padre todopoderoso por nuestras intenciones y necesidades.

A cada petición respondemos cantando:

* Por las intenciones del Santo Padre, y para que la Iglesia halle nuevos medios para llevar el Evangelio a quienes aún no conocen a nuestro Señor Jesucristo. Oremos.

* Por la paz del mundo y la unidad de los cristianos como signo de credibilidad en Dios uno y trino. Oremos.

* Por los sacerdotes, los religiosos y religiosas, para que con su ejemplo den testimonio del Reino futuro, y, al mismo tiempo, fortalezcan la fe de sus hermanos, dándoles razón de su esperanza. Oremos.

* Por los que sufren contradicciones y adversidades por diversas causas, para que la esperanza puesta en la llegada del día del Señor sea un estímulo que los ayude a perseverar con paciencia ante las pruebas. Oremos.

Dios nuestro, que nos llamas a estar prevenidos y a orar incesantemente, escucha las súplicas de tu pueblo y haz que la Buena Nueva llegue a todos los hombres. Por Jesucristo Nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Todo en la Eucaristía expresa la espera confiada de la venida gloriosa del Señor, y mientras con ansias esperamos, nos entregamos sin reserva con todo lo que somos y tenemos.

* Junto a estos alimentos ofrecemos nuestra disponibilidad para socorrer a los más necesitados.

* Presentamos pan y vino, humildes dones que se transformarán en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor.

Comunión:

Al recibir a nuestro Señor Jesucristo en las especies sacramentales nos unimos a Él, anticipando el momento dichoso de nuestra definitiva unión en el Cielo.

Salida: Pidamos a nuestra Señora que atienda nuestros anhelos, y que la invocación de la Iglesia “Ven, Señor Jesús”, se convierta en el suspiro espontáneo de nuestro corazón, jamás satisfecho del presente.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Joseph María Lagrange, O.P.

Discurso sobre la ruina del Templo

(…)

Después de esta rápida mirada sobre la eternidad, Jesús toca el punto angustioso de los últimos días del culto en el Templo. Las expresiones pudieron parecer oscuras fuera de Tierra Santa, y éste habría sido el motivo de que las suprimiera san Lucas. Pero todo israelita, por poco que concurriera a los ejercicios de la Sinagoga, y aunque no estudiara a los profetas en su texto, no podía ignorar los célebres pasajes de Daniel (Dn 9, 27; 11, 31), sobre la abominación de la desolación, que debía profanar el Templo.

Cuando la profanación del Santuario, lugar en que Antíoco Epifanes hizo levantar la estatua de Júpiter Olímpico, los judíos vieron en ella el cumplimiento de la profecía de Daniel (1M 1, 57). Más, aunque la expresión simbólica se conserva por tradición y con su forma impresionante, Jesús sabía que la historia jamás se repite de la misma manera. Jesús sugiere la idea de que la abominación de la desolación no es una cosa, sino un ser inteligente, y en lugar de nombrar el Templo, habla de una manera vaga. Esta persona acaso sea una multitud, «que estará donde no debe», y para subrayar lo misterioso de la expresión, san Marcos añade: «El que lee entienda». No hay un rasgo siquiera que indique lucha entre las potencias celestes. El tema es siempre la ruina del Templo. San Lucas, mejor que indicar a los gentiles el texto de Daniel, se creyó autorizado para traducirlo en forma más accesible a los lectores. «Y cuando viereis a Jerusalén cercada de ejércitos, sabed entonces que ha llegado su destrucción» (Lc 21, 20). El cuidado que tuvo en conservar la palabra desolación prueba claro que no trataba de cambiar su sentido, sino de transcribirlo, y que su interpretación fuese con seguridad la misma que tuviesen los cristianos cuando estalló la lucha. Estar por entonces en Jerusalén sería verse envuelto de voluntad o por fuerza en la lucha y en la represión. Habiéndoles anunciado Jesús la destrucción del Templo, sus discípulos no debían esperar su salvación ni de los hombres ni de Dios. No había tiempo que perder, porque, una vez sitiada la ciudad, la evasión sería imposible, como lo prueba la narración de Josefo: el mismo peligro existía en Judea. «Los que estén en Judea huyan a los montes». ¿Dónde huir, pues Judea propiamente dicha es montañosa? «Huir a la montaña» no se entendía por huir por el monte de los Olivos hacia la región de Hebrón; debía entenderse del otro lado del Jordán y del mar Muerto, donde se levanta, al sur, la escarpada cadena de los montes de Edón y más lejos los de Moab y Ammón: allí estaba el refugio, lejos del país en que ardía la guerra. Sabemos, en efecto, por Eusebio que los cristianos de Jerusalén, advertidos antes del asedio por revelación, se refugiaron en las montañas, en Pella. Esta revelación es la misma del Salvador, entonces mejor entendida.

Había que huir sin llevar bagajes estorbosos, ya que se trataba de salvar la vida. Y era mucho en esta guerra mortífera en que tantos judíos perecieron. Los términos son precisos y de un verismo punzante. Es fácil imaginar al soldado romano irritado de aquella tenaz resistencia, enardecido más para matar que para robar. «El que está sobre el terrado, no baje, ni entre para recoger algo de la casa[1], y el que esté en el campo –donde se trabaja, llevando sobre sí apenas la túnica– no vuelva atrás a recoger su manto», que sería, sin embargo, en el viaje, su única defensa contra el frío de la noche. –«Mas, ¡ay de las que estén encinta y de las que criaren en aquellos días! Rogad para que no acontezca vuestra huida en invierno»–, pues es difícil caminar a causa del barro, y a causa de la crecida de los arroyos y de las frías lluvias que penetran hasta los huesos. ¡Cruel diluvio de calamidades, sobre todo para las pobres madres! Jesús las prevé con anticipación y sufre por sus fieles: su compasión está en conformidad con el curso normal, aun que funesto, de las circunstancias: son humanas y las siente como hombre.

DISCURSO SOBRE LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE

En este punto cambia la escena, sin que san Marcos y san Mateo nos lo adviertan, como tampoco Daniel indica a sus lectores que pasa del fin del enemigo de Israel «a un tiempo de angustia tal, que no tuvo semejante desde que existe una nación hasta entonces» (Dn 12, 1). Éstas son las expresiones de san Marcos y san Mateo, con la sola diferencia de que en los evangelistas los términos son más fuertes. Uno y otros señalan un nuevo período: en Daniel es la resurrección de los muertos, que confina con la eternidad; en el Evangelio hay que reconocer la misma consumación de todas las cosas, descrita sin transición alguna.

Una vez más san Lucas, compadecido de su helenizado lector, poco hecho a esos saltos bruscos de la tierra al cielo, hizo una pausa en estilo histórico: «Y caerán al filo de la espada. Y serán llevados cautivos a todas las naciones. Y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumplan los tiempos de los gentiles» (Lc. 21, 24)[2].

Después de esto, san Lucas se vuelve a unir con san Marcos y a san Mateo en las grandes imágenes de los últimos tiempos. Nadie debe pensar entonces en huir, pues no son soldados los que hacen la guerra y de cuya vista se puede uno ocultar.

Tan grande es el desencadenamiento de las potencias sobrehumanas del mal, y tal el imperio que sobre el mundo entero les es concedido, que ningún ser viviente habría resistido y ni alma humana se hubiera salvado si se les hubiera permitido por más tiempo el asalto. Pero Dios, en interés de sus elegidos, acortará los días. El mayor peligro estará en que el mal no se presentará a cara descubierta: surgirán falsos Cristos y falsos profetas, y les será permitido dar señales y hacer tales prodigios, que los mismos elegidos estarán sorprendidos y extraviados, si fuese posible que pereciesen. Aunque sea diferente ésta de la otra guerra, puede estar lejos o cerca, y los discípulos deben darse por avisados.

Pasada esta angustia, que será como un desbordamiento de las corrientes del mal en el orden moral y religioso, hasta la naturaleza misma se conmoverá. Se oscurecerá el sol, la luna se apagará, caerán las estrellas del cielo y las potestades que están en los cielos se estremecerán. Imágenes grandiosas, tradicionales de los profetas y renovadas en los apocalipsis y que nos ofrecen como predicciones técnicas, como tampoco la abominación de la desolación. No es un caso en que Jesús se sirvió de términos consagrados, en que se alejó de su práctica constante de no hablar de los elementos como teórico de sistemas del mundo. A estos signos añade solamente «la señal del Hijo del hombre en el cielo» (Mt 24, 30), en que se puede reconocer la Cruz, símbolo antes de un suplicio y después trofeo de su victoria.

«Se verá, en fin, al Hijo del hombre –también ésta es una imagen tradicional desde Daniel (Dn 7, 13) – viniendo sobre las nubes con gran poder y majestad. Y enviará entonces sus ángeles y juntará a sus elegidos de los cuatro vientos, desde la extremidad de la tierra a la extremidad del cielo.»

El Hijo del hombre – ¿qué discípulo no lo conoce?– es Jesús mismo, que viene a inaugurar el reino de Dios al fin de los tiempos.

(Lagrange, Joseph. Vida de Jesús. Edibesa, Madrid, 2002. Pag.426-429)

__________________________________________
[1] La escalera de la terraza está muchas veces por de fuera y adosada al muro.
[2] Se siente uno fuertemente tentado a decir que San Lucas escribió a la luz de los sucesos. Si no obstante fuertes razones obligan, como pensamos, a señalar la composición de los dos libros, el Evangelio y los Hechos, antes del año 70, se dirá, con verosimilitud, que los sucesos estaban señalados desde entonces y que la tradición cristiana estaba fija en la interpretación del conjunto de discursos.

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Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani


 SERMÓN ESJATOLÓGICO.

El fin y el principio se tocan: en este primer Domingo del año litúrgico la Iglesia lee de nuevo el del último, la profecía de Cristo acerca el fin del siglo, o sea su propio Retorno a la tierra “en gloria y majestad” —esta vez en San Lucas, que repite simplemente el capítulo XXIV de San Mateo abreviándolo un poco. Lee solamente los versículos finales, que contienen la amonestación a estar atentos a “los Signos”, y ese dificultoso versículo final que dice:

“De verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla”.

Además de la dificultad de que pasó esa generación, y el fin del mundo no vino —dificultad que ya he explicado”— hay otra dificultad que explicaré hoy: los “Signos”. Cristo manda que estemos atentos a los signos; y cuando los veamos, en vez de decir que nos asustemos, dice que nos alegremos; aunque el mundo, entonces andará asustado, y ése es justamente uno de los “signos”. Pero por otra parte había dicho que “el día ni la hora nadie Io sabe, ni los ángeles del cielo ni el mismo Hijo del Hombre”. Entonces ¿en qué quedamos? Si no podemos saber cuándo será el fin del mundo, entonces ¿para qué mirar los Signos?

La respuesta está en las mismas palabras divinas: “el día ni la hora” eso es lo que NO podemos saber; “que está cerca”, eso podemos saber: “así que cuando veáis todo esto hacerse, sabed que el Reino de Dios está cerca”. Pero, dirá alguno, si uno sabe que está cerca, entonces más o menos uno puede saber el día y la hora… No: puede estar evidentemente cerca, y luego alejarse de nuevo; es decir, el mundo puede acercarse al borde del precipicio (y eso se puede ver) y después alejarse de nuevo, y eso no se puede saber, pues depende del libre albedrío del hombre, el cual sólo Dios puede conocer. Por eso Cristo dijo “ni el Hijo del Hombre lo sabe”. No dijo “yo no lo sé”; hubiera mentido; como Dios lo sabía. Pero le preguntaron como a hombre, y él hizo notar que respondía como hombre”.

 Así ahora patentemente el mundo parece estar cerca del suicidio, existe ya el instrumento con el cual la Humanidad se puede autodestruir; y sin embargo podría darse una viaraza, “la conversión de Europa”, que dice Belloc y suspender de nuevo el mundo su caída, como ha pasado varias veces en la Historia. Claro que algún día va a ser de veras. Y también es claro que ese día no está a millones de años de aquí; pues Cristo en el Apokalypsis dice no menos que siete veces: “Vuelvo pronto”. Es el caso de recordar aquel chiste: le dice el marido a la mujer: “Según la Ciencia Moderna, el mundo se acabará dentro de 100 millones de años… —¿Cuánto?, dijo ella —Cien millones de años… —¡Aaah! Creí que habías dicho 10 millones…”.

¿Cuáles son los “Signos” que dijo Cristo? Primero puso un “Pre-signo”. “Guerras y rumores (o preparativos) de guerras”, “Surgirá un pueblo contra otro, un reino contra otro, habrá revoluciones y sediciones, se odiarán los hombres entre sí y las naciones entre sí”, Pero esto —añadió Cristo— “eso no es sino el principio de los dolores, todavía no es el fin enseguida”. “La guerra convertida en institución permanente de toda la Humanidad”, como dijo Benedicto XV durante la Gran guerra del 14, es pues un “Presigno”, no un Signo. Y creo que hoy se cumplió eso: la guerra convertida en institución permanente de toda la Humanidad.

¿Cuáles son los Signos? Los tres principales que pone Jesús son: 1º “este Evangelio del Reino será predicado por todo el mundo y después vendrá el fin”, 29 “aparecerán muchos falsos profetas y falsos cris tos (es decir, herejes) y engañarán a muchos”, 39 finalmente se desencadenará una gran persecución a los que permanezcan fieles, que durará poco pero será la peor que ha existido: interna y externa, local y universal, con violencias, con engaños, con mentiras.

Frente a esta “persecución” predicha no podemos quedar tan tranquilos como Mahoma, al cual según cuentan le preguntaron sus discípulos cuándo sería el fin del mundo, y él respondió: “Cuando se muera mi mujer, parecerá el fin del mundo, cuando me muera yo será de veras el fin del mundo —para mí por lo menos”. Por eso, porque esa predicción es espantable, San Juan en el Apokalypsis amontona los consuelos a los fieles; y Cristo aquí nos manda que nos alegremos; y para que lo podamos, dice una sola cosa, pero que tiene gran fuerza: “Serán abreviados aquellos días; porque si duraran, los mismos fieles perecerían —si fuese posible”. Esa condicional “si fuera posible” es sumamente consoladora: supone que NO ES POSIBLE que perezcan los fieles. Dios no lo permitirá.

La Parusía es pues un suceso siempre inminente y nunca seguro. La historia del mundo hasta la Primera Venida de Cristo sigue una línea recta hacia la “plenitud de los tiempos”; y el mismo tiempo della fue profetizado con exactitud por Daniel. Después de la Primera Venida, la historia del mundo sigue una línea sinuosa, aproximándose y alejándose de la Parusía, pero de tal modo que se ha de cumplir lo que Cristo dijo que sería “pronto”. Así en el siglo XIV, por ejemplo, San Vicente Ferrer predicó por toda Europa que el fin del mundo estaba cerca; y puede que no se equivocara: pero sucedió una gran conversión o resurrección de Europa, producida justamente por su predicación y la de muchísimos santos que surgieron entonces.

Así que, cerca o no cerca, hemos de trabajar tranquilamente lo mismo; pero no como Mahoma, “como si no pasara nada”, sino atentos a los Signos —a las persecuciones, a los errores, a las herejías. ¿Para qué atentos? Para orar y vivir vigilantes. Y vivir vigilantes no es pretender reformar el mundo (que el Papa se ocupe deso) sino hacer la propia salvación. Como dijo Mussolini una vez: “Todos se preguntan qué le pasará a Italia cuando muera Mussolini. A mí no me preocupa tanto qué le pasará a Italia cuando muera Mussolini, sino qué le pasará a Mussolini cuando muera Mussolini”.

Era bastante católico el tano. Por lo visto hoy los gobernantes católicos mueren asesinados. Puede que eso también esté dentro de la Gran Persecución. Por las dudas, se le podría aconsejar a Illia (o Iya, como dicen los cabecitas negras) que no vaya demasiado a misa; por lo menos que no vaya tanto como Frondizi cuando era candidato.

(Castellani, L., Domingueras Prédicas, Ediciones Jauja, Mendoza (Argentina), 1997, p. 297 – 300)

 

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Santos Padres

·        San Agustín

El día del juicio

(Mc 13,32).

1. Habéis oído, hermanos, la Escritura que nos exhorta e invita a estar en vela con vistas al último día. Que cada cual piense en el suyo particular, no sea que opinando o juzgando que está lejano el día del fin del mundo, os durmáis respecto al vuestro. Habéis oído lo que dijo a propósito de aquél: que lo desconocen tanto los ángeles como el Hijo y sólo lo conoce el Padre. Esto plantea un problema grande, a saber, que guiados por la carne juzguemos que hay algo que conoce el Padre y desconoce el Hijo. Con toda certeza, cuando dijo «lo conoce el Padre», lo dijo porque también el Hijo lo conoce, aunque en el Padre. ¿Qué hay en aquel día que no se haya hecho en el Verbo por quien fue hecho el día? «Que nadie, dijo, busque el último día, es decir, el cuándo ha de llegar». Pero estemos todos en vela mediante una vida recta para que nuestro último día particular no nos coja desprevenidos, pues de la forma como cada uno haya dejado su último día, así se encontrará en el último del mundo. Nada que no hayas hecho aquí te ayudará entonces. Serán las propias obras las que eleven u opriman a cada uno.

2. ¿Qué hemos cantado al Señor en el salmo? Apiádate de mí, Señor, porque me ha pisoteado un hombre. Llama «hombre» a quien vive según el hombre. Es más, a quienes viven según Dios se les dice: Dioses sois, y todos hijos del Altísimo. A los réprobos, en cambio, a los que fueron llamados a ser hijos de Dios y quisieron ser más bien hombres, es decir, vivir a lo humano: Sin embargo, dijo, vosotros moriréis como hombres y caeréis como cualquiera de los príncipes. En efecto, el hecho de ser mortal debe ser para el hombre motivo de disciplina, no de jactancia. ¿De qué presume el gusano que va a morir mañana? A vuestra caridad lo digo, hermanos: los mortales soberbios deben enrojecer frente al diablo. Pues él, aunque soberbio, es, sin embargo, inmortal; aunque maligno, es un espíritu. El día del castigo definitivo se le reserva para el final. Con todo, él no sufre la muerte que sufrimos nosotros. Escuchó el hombre: Moriréis. Haga buen uso de su pena. ¿Qué quiero decir con eso? No se encamine a la soberbia que le proporcionó la pena; reconózcase mortal y quiebre el ensalzarse. Escuche lo que se le dice: ¿De qué se ensoberbece la tierra y la ceniza? Si el diablo se ensoberbece, al menos no es tierra ni ceniza. Por eso se ha escrito: Vosotros moriréis como hombres y caeréis como cualquiera de los príncipes. No ponéis atención más que al hecho de ser mortales, y sois soberbios como el diablo. Haga, pues, buen uso el hombre de su pena, hermanos; haga buen uso de su mal para progresar en beneficio propio, ¿Quién ignora que es una pena el tener que morir necesariamente y, lo que es peor, sin saber cuándo? La pena es cierta e incierta la hora; y, de las cosas humanas, sólo de esta pena tenemos certeza absoluta.

3. Todo lo demás que poseemos, sea bueno o malo, es incierto. Sólo la muerte es cierta. ¿Qué estoy diciendo? Un niño ha sido concebido: es posible que nazca, es posible que sea abortado. Así de incierto es. Quizá crecerá, quizá no; es posible que llegue a viejo, es posible que no; quizá sea rico, quizá pobre; es posible que alcance honores, es posible que sea despreciado; quizá tendrá hijos, quizá no; es posible que se case y es posible que no. Cualquier otra cosa que puedas nombrar entre los bienes es lo mismo. Mira ahora a los males: es posible que enferme, es posible que no; quizá le pique una serpiente, quizá no; puede ser devorado por una fiera o puede no serlo. Pasa revista a todos los males. Siempre estará presente el «quizá sí, quizá no». En cambio, ¿acaso puedes decir: «Quizá morirá, quizá no»? ¿Por qué los médicos, tras haber examinado la enfermedad y haber visto que es mortal, dicen: «Morirá; no escapará de la muerte»? Ya desde el momento del nacimiento del hombre hay que decir: «No escapará de la muerte». El nacer es comenzar a enfermar; con la muerte llega a su fin la enfermedad, pero se ignora si conduce a otra cosa peor. Había acabado aquel rico con una enfermedad deliciosa y vino a otra tortuosa. Aquel pobre, en cambio, acabó con la enfermedad y llegó a la sanidad. Pero eligió aquí lo que iba a tener después; lo que allí cosechó, aquí lo había sembrado. Por tanto, debemos estar en vela mientras dura nuestra vida y elegir qué hemos de tener en el futuro.

4. No amemos al mundo; él oprime a sus amantes, no los conduce al bien. Hemos de fatigarnos para que no nos aprisione, antes que temer su caída. Suponte que cae el mundo; el cristiano se mantiene en pie, porque no cae Cristo. ¿Por qué, pues, dice el mismo Señor: Alegraos porque yo he vencido al mundo? Respondámosle, si os parece bien: «Alégrate tú. Si tú venciste, alégrate tú. ¿Por qué hemos de hacerlo nosotros?». ¿Por qué nos dice «alegraos», sino porque él venció y luchó en favor nuestro? ¿Cuándo luchó? Al tomar al hombre. Deja de lado su nacimiento virginal, su anonadamiento al recibir la forma de siervo y hacerse a semejanza de los hombres siendo en el porte como un hombre; deja de lado esto: ¿dónde está la lucha? ¿Dónde el combate? ¿Dónde la tentación? ¿Dónde la victoria, a la que no precedió lucha? En el principio existía el Verbo y el Verbo existía junto a Dios y el Verbo era Dios. Este existía al principio junto a Dios. Todo fue hecho por él y sin él nada se hizo. ¿Acaso era capaz el judío de crucificar a este Verbo? ¿Le hubiese insultado el impío? ¿Acaso hubiera sido abofeteado este Verbo? ¿O coronado de espinas? Para sufrir todo esto, el Verbo se hizo carne; y tras haber sufrido estas cosas, venció en la resurrección. Su victoria, por tanto, fue para nosotros, a quienes nos mostró la certeza de la resurrección. Dices, pues, a Dios: Apiádate de mí, Señor, porque me ha pisoteado un hombre. No te pisotees a ti mismo y no te vencerá el hombre. Suponte que un hombre poderoso te aterroriza ¿Con qué? «Te despojo, te condeno, te atormento, te mato». Y tú clamas: Apiádate de mí, Señor, porque me ha pisoteado un hombre. Si dices la verdad, pones la mirada en ti mismo. Si temes las amenazas de un hombre, te pisa estando muerto; y puesto que no temerías, si no fueras hombre, por eso te pisotea. ¿Cuál es el remedio? Adhiérete, ¡oh hombre!, a Dios, por quien fue hecho el hombre; adhiérete a él; presume de él, invócale, sea él tu fuerza. Dije: En ti, Señor, está mi fuerza. Y, lejos ya de las amenazas de los hombres, cantarás. ¿Qué? Lo dice el mismo salmo: Esperaré en el Señor; no temeré lo que me haga el hombre.

SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos,  Sermón 97, 1-4, BAC Madrid

tro hombre interior, puesto que a mano está su comida y su bebida. Yo soy, dice Cristo, el pan que bajó del cielo (Io. 6,41). Ahí tienes un pan que comer, ahí tienes una bebida para tu sed, porque en él está la fuente de la vida (Ps. 35,10)».

            «Oye lo que sigue: Bienaventurados los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos (Mt. 5,7). Todo lo que hagas con el prójimo será hecho contigo. Porque abundas, padeces necesidad; abundas en bienes temporales y necesitas los eternos. Escuchas a un mendigo; también tú eres mendigo de Dios. Te piden y tú pides; como obres con el que te pide, así obrará Dios contigo cuando le pidas a Él. Estás lleno y vacío; llena el vacío de tu abundancia y Dios te llenará a ti de la suya».

            «Escucha también lo que sigue: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt. 5,8). Este es el fin de nuestro amor; fin en el sentido de que nos perfecciona, no de que nos termi­na. La comida se termina, y se termina el vestido; la primera, por­que se consume al ser comida, y el segundo, porque se concluye al ser tejido. Aquélla termina y éste también, pero la una termina consumiéndose y el otro adquiriendo la perfección.

            Cuando llegue la visión de Dios no necesitaremos nada. ¿Qué va a buscar aquel que tiene a Dios, o qué le bastará a aquel a quien Dios no le es bastante? Desearnos ver a Dios, buscamos ver a Dios, ardemos en deseos de ver a Dios, ¿quién no? Pero escucha lo que se acaba de decir: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, Prepara lo necesario para verle. Poniéndote un ejemplo carnal, ¿cómo deseas ver la salida del sol con unos ojos legañosos? Sánalos y entrará la alegría de la luz; déjalos enfermos y se te convertirán en tormento. No te permitirán contemplar con un corazón manchado lo que no es posible ver sino con uno lim­pio; te rechazarán y no verás. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios…

            ¿Cuántas clases de bienaventuranzas he enumerado ya? ¿Cuán­tas causas de la felicidad, cuántas obras y premios, qué méritos y remuneraciones? Pues todavía no había dicho que verían a Dios… Ahora es cuando se dice. Hemos llegado a los limpios de corazón, a quienes se promete la visión de Dios, y no sin causa, porque éstos son los que tienen los ojos con que se ve a Dios. De estos ojos hablaba San Pablo al decir: Ojos iluminados de vuestro corazón (Eph. 1,18). Hasta ahora nuestros ojos, en medio de su debilidad, son iluminados por la fe, después serán iluminados con la visión gracias a su futura robustez, porque mientras moramos en este cuerpo esta­mos ausentes del Señor, porque caminamos por la fe y no por la espe­ranza (2 Cor. 5,6). ¿Qué es lo que se dice de nosotros mientras vivimos de la fe? Ahora vemos por medio de un espejo y en enigma, entonces cara a cara (1 Cor. 13,12). Si limpiáis su templo al Crea­dor, si queréis que venga y haga mansión en vosotros, pensad rectamente del Señor y buscadle con sencillez de corazón (Sap. 1,1). Cuándo digáis te dice mi corazón: buscaré tu rostro (Sal.26,8), pensad a quién se lo decís, si es que se lo decís y lo decís de verdad.

            Si quieres, tú eres la sede de Dios. ¿Dónde tiene Dios su sede sino donde habita, y dónde habita sino en su templo? El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros (1 Cor. 3,17). Mira, pues, dónde hayas de recibir al Señor. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad (Io. 2,44). Entre, pues, ya, si te place, en tu corazón el Arca del Testamento y caiga Dagón (I Reg. 5,3). Oye y aprende a desear a Dios, busca el modo de prepararte para conseguir verle: Bienaventurados, dice, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

            «Escucha y entiende, si es que yo soy capaz de explicarlo, con su gracia. Ayúdeme El para que podamos entender cómo en los antedichos trabajos y premios los unos son muy a propósito para los otros.

            Como quiera que los humildes parecen más alejados de reinar, dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Como los hombres mansos son tan fácilmente excluidos de su tierra, dice: Bienaventurados los mansos, porque a ellos se les dará la tierra. Todo lo demás es patente, claro, fácil­mente cognoscible y no necesita ni de explicación ni de comen­tario. Bienaventurados los que lloran; ¿quién llora que no desee consuelo? Bienaventurados los que tienen hambre; ¿quién tiene ham­bre y sed que no desee satisfacerlas? Bienaventurados los misericor­diosos; ¿y quién es misericordioso sino el que desea que Dios, en atención a sus obras, se porte con El como Él se porta con los pobres? Por eso dice: Bienaventurados los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. En ninguno de estos casos se ha indicado un premio que no sea congruente con el precepto. Se im­puso el de la pobreza de espíritu: el premio será el reino de los cielos…, y así ahora se manda que limpies tu corazón, y el premio será el ver a Dios.

            Pero cuando se habla de los preceptos y de los premios y escu­ches: Los limpios de corazón son bienaventurados, porque verán a Dios, no pienses que no lo han de ver los pobres de espíritu, ni los mansos… Los bienaventurados poseen todas estas virtudes. Verán, pero no verán por ser pobres de espíritu, ni por ser misericordiosos, ni…, sino por ser limpios de corazón. Ocurre lo mismo que si, re­firiéndonos a los miembros corporales, dijéramos: Bienaventurados los que tienen pies, porque andarán; bienaventurados los que tie­nen manos, porque trabajarán…; los que tienen ojos, porque verán. Del mismo modo, al referirse a los miembros espirituales, nos en­seña lo que pertenece a cada uno de ellos. La humildad es a pro­pósito para conseguir el reino de los cielos; la mansedumbre, para poseer la tierra…, y el corazón limpio, para ver a Dios.

            ¿Y cómo limpiaremos el corazón si deseamos ver a Dios? Nos lo ha enseñado la Sagrada Escritura: La fe limpió sus corazo­nes (Act. 15,9)».

(Extractos del sermón 53, que amplía la doctrina expuesta en el libro Sobre el sermón de la Montaña (Cf. PL 38, 364-372))

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Aplicación

·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

 

P. Alfredo Sáenz, SJ..

LA PARUSIA

El año litúrgico tiene por fin presentarnos, actualizándolos, los misterios de nuestra Redención, que culminan con la vuelta del Señor. Hemos seguido a Cristo en todos los pasos de su vida humilde, en los momentos penosos de su Pasión, en los instantes gloriosos de su Resurrección y Ascensión. En este domingo, llegándose ya al término del año litúrgico, pues el próximo domingo queda clausurado con la celebración de la solemnidad de Cristo Rey, en este domingo, digo, recordamos el último acto de la redención, el único acto que aún no se ha realizado: la Parusía. En medio del imponente escenario del fin del mundo, según nos lo describe San Marcos, podemos admirar mejor los designios del Padre con respecto a su Hijo. Profesamos en el Credo: “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Cristo no es sólo el que vino sino el que ha de venir. Los primeros cristianos, muy conscientes de la trascendencia de este misterio que integra nuestra fe, oraban al Cristo venturo: Ven, Señor Jesús. Son las palabras con que se cierra el Apocalipsis, las palabras con que se clausura la historia y se abre la eternidad.

Parusía quiere decir llegada, venida, presencia. Hubo ya una Parusía del Hijo de Dios en la historia. Ese Hijo a quien el Padre había hecho heredero de todo, ese Hijo mirando al cual el Padre había creado el mundo, y a cuya imagen había modelado al hombre para que éste se le asemejase, ese Hijo hizo ya su entrada en la tierra. No fue una entrada solemne a los ojos de la carne. Fue una entrada en los pañales de la humildad. Sin embargo, su ingreso en el mundo implicó ya el comienzo de la derrota del enemigo: “Si yo expulso los demonios —dijo el Señor— significa que el Reino ya ha llegado a vosotros”. Parusía histórica de Cristo que se prolonga en la Parusía, si se quiere, personal del Señor en cada alma por la gracia, mediante la cual en cierto modo re-nace en nuestro interior.

Pero habrá otra Parusía, final, en el resplandor de la gloria. En realidad todas las cosas de Cristo tienen una doble faceta. Cristo tuvo dos nacimientos, en la eternidad y en el tiempo; dos venidas, la primera oscura y sin ruido, como el rocío matutino, la segunda en el resplandor de su gloria. En la primera fue envuelto en pañales, en la segunda vendrá revestido de luz. En la primera, coronado de espinas; en la segunda, con su diadema de rey.

Será la hora de la apoteosis de Cristo y de su entronización en la sede de Dios. Claro que como lo anuncia el profeta David en la primera lectura de hoy, a la venida final de Cristo precederá un período lleno de penalidades: “Será un tiempo de tribulación —dice—, como no lo hubo jamás, desde que existe una nación, hasta el tiempo presente”. Luego el Señor vencerá al último enemigo, la muerte, disponiendo la resurrección de los difuntos, como lo preanuncia el mismo profeta Daniel: “Los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno”. A ello alude el evangelio de hoy: “Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos, desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo a otro del horizonte”. Será la hora del juicio, la hora en que el Señor pondrá a los buenos a su derecha y a los malos a su izquierda.

Entonces se adelantará hacia su Padre: es el Creador que va con las creaturas hechas a su imagen, es el Salvador que marcha al frente de sus redimidos, es la Cabeza que precede al cuerpo, es el Rey que antecede a sus súbditos. Cristo avanzará con la cabeza erguida, porque habrá cumplido la misión encomendada, la de recapitular en sí todas las cosas, las del ciclo y las de la tierra. Entonces se presentará al Padre y le ofrecerá el Reino. Y comenzará así el homenaje eterno de Cristo al Padre como cabeza de todo.

Contemplando al Señor que se acerca, abramos nuestras almas a la esperanza, ya que quien ha de venir a juzgar es aquel que por nosotros llevó la cruz. Y no nos habituemos demasiado a esta tierra, ni echemos en ella raíces demasiado profundas. Nuestra vocación es la gloria.

Llegará así, amados hermanos, el día final de la historia. Será la caída del tiempo y la entrada en la eternidad esperada. Así como Dios, luego de su semana de trabajo creador, descansó el séptimo día, de manera semejante nosotros, luego de esa semana de trabajo que es nuestra vida, descansaremos en Dios. Será nuestro sábado eterno. Allí podremos decir con toda verdad: Este es el día que hizo el Señor. A nuestras espaldas quedarán los días que hacemos nosotros, los hombres. Los días de nuestra vida pecadora. Los días que engendran las enferme­dades, los dolores y las aflicciones. Allí el Señor enjugará toda lágrima. Allí comenzará el día que hizo Dios para nosotros. El día sin crepúsculo.

Mientras tanto, es el tiempo de la Iglesia, la “demora” que el Señor ha concedido para que los hombres se conviertan y salven. Dice la segunda lectura de hoy, que Cristo, tras su Ascensión, “se sentó para siempre a la derecha de Dios donde espera que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies”. A nosotros nos compete llevar adelante esa lucha contra los enemigos de Cristo. Es nuestra época. La época del crecimiento del Reino. La época del grano de mostaza. La época de la semilla. La época del fermento puesto en la masa. La época de la parábola de los talentos. La época de nuestra vida cristiana, de nuestro apostolado, hasta que vuelva.

Entre la Parusía humilde de Jesús y la Parusía gloriosa de Cristo hay una Parusía intermedia, la de la Eucaristía, mezcla de gloria y de humildad, porque el Señor de la gloria se esconde allí tras las humildes apariencias de las especies. La primera venida de Cristo en la humildad se ordena a su segunda venida triunfadora y radiante al fin de los tiempos, mediante la venida intermedia de su cuerpo eucarístico, glorioso ya, pero todavía velado por el sacramento. San Pablo dice que al comulgar anunciamos la muerte del Señor “hasta que venga”. No se trata tan sólo de una mera fecha-tope, sino de una especie de súplica anhelosa de su Parusía: hasta que venga, hasta que sea alcanzado el fin. La espera de la Parusía es un elemento esencial de la celebración eucarística. Por eso en la misa, en diversos momentos, se alude a la segunda venida de Jesús: sea después de la consagración (Ven, Señor Jesús), sea después del Padrenuestro (Líbranos, Señor, de todos los males… mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo)…

Porque un día la Eucaristía caducará. Al igual que la Iglesia en hábitos terrestres, también la Eucaristía pasará con la apariencia de este mundo. Habrá, sí, unión con Dios, pero será cara a cara, y no a través de los velos eucarísticos. Con todo, ya la Eucaristía nos da una prenda de esa gloria. Y por ello, adelantando en cierta manera ese mañana venturoso, podemos desde ahora cantar el Sanctus con el coro al que luego perteneceremos para siempre.

En el momento de acercarnos a comulgar, oremos al Señor diciéndole: “Cerrándose ya -el círculo de este año litúrgico, queremos hoy recibirte en nuestros corazones y decirte con la misma emoción con que los primeros cristianos invocaban tu Parusía definitiva: Ven, Señor Jesús. No te has contentado, Señor, con vestir nuestras pobres ropas humanas, desde el día de tu Encarnación, sino que has querido renovar tu presencia en esta nueva parusía dominical que es tu Eucaristía. Que este alimento sacramental sea para nosotros, Señor, prenda de vida eterna, y que la semilla de inmortalidad que dejas caer en nuestros corazones, germine en gloria celestial. Hasta que un día, al final de los tiempos, cuando gracias a este sacramento de unidad te hayas hecho todo en todos, puedas ofrecernos a tu Padre en homenaje de perenne alabanza. Entonces descansare­mos y veremos, veremos y alabaremos, alabaremos y amaremos por una eternidad. Amén.”

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 293-297)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas: Hemos llegado a las últimas dos semanas del año litúrgico. Demos gracias al Señor porque nos ha concedido recorrer , una vez más, este camino de fe —antiguo y siempre nuevo— en la gran familia espiritual de la Iglesia. Es un don inestimable, que nos permite vivir en la historia el misterio de Cristo, acogiendo en los surcos de nuestra existencia personal y comunitaria la semilla de la Palabra de Dios, semilla de eternidad que transforma desde dentro este mundo y lo abre al reino de los cielos. En el itinerario de las lecturas bíblicas dominicales, este año nos ha acompañado el evangelio de san Marcos, que hoy presenta una parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos. En este discurso hay una frase que impresiona por su claridad sintética: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13, 31). Detengámonos un momento a reflexionar sobre esta profecía de Cristo.

La expresión “el cielo y la tierra” aparece con frecuencia en la Biblia para indicar todo el universo, todo el cosmos. Jesús declara que todo esto está destinado a “pasar”. No sólo la tierra, sino también el cielo, que aquí se entiende en sentido cósmico, no como sinónimo de Dios. La Sagrada Escritura no conoce ambigüedad: toda la creación está marcada por la finitud, incluidos los elementos divinizados por las antiguas mitologías: en ningún caso se confunde la creación y el Creador, sino que existe una diferencia precisa. Con esta clara distinción, Jesús afirma que sus palabras “no pasarán”, es decir, están de la parte de Dios y, por consiguiente, son eternas. Aunque fueron pronunciadas en su existencia terrena concreta, son palabras proféticas por antonomasia, como afirma en otro lugar Jesús dirigiéndose al Padre celestial: “Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado” (Jn 17, 8).

En una célebre parábola, Cristo se compara con el sembrador y explica que la semilla es la Palabra (cf. Mc 4, 14): quienes oyen la Palabra, la acogen y dan fruto (cf. Mc 4, 20), forman parte del reino de Dios, es decir, viven bajo su señorío; están en el mundo, pero ya no son del mundo; llevan dentro una semilla de eternidad, un principio de transformación que se manifiesta ya ahora en una vida buena, animada por la caridad, y al final producirá la resurrección de la carne. Este es el poder de la Palabra de Cristo.

Queridos amigos, la Virgen María es el signo vivo de esta verdad. Su corazón fue “tierra buena” que acogió con plena disponibilidad la Palabra de Dios, de modo que toda su existencia, transformada según la imagen del Hijo, fue introducida en la eternidad, cuerpo y alma, anticipando la vocación eterna de todo ser humano. Ahora, en la oración, hagamos nuestra su respuesta al ángel: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), para que, siguiendo a Cristo por el camino de la cruz, también nosotros alcancemos la gloria de la resurrección.

(Ángelus, Plaza San Pedro, Domingo 15 de noviembre de 2009)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La segunda venida de Nuestro Señor

Mc 13, 24-32

Este Evangelio es el final del discurso escatológico de Jesús. Narra la venida de Jesús, su segunda venida, en la Parusía. Vendrá Jesús y resucitará a sus escogidos para que reinen con El eternamente.

            ¿Cuándo será esto? Eso es algo que no ha sido revelado. Sólo el Padre sabe el día y la hora. El Hijo también lo sabe pero no lo puede revelar, como dicen los teólogos: lo sabe con ciencia no revelable. Es esa la voluntad del Padre.

            Podemos conocer la proximidad de la Parusía por los signos que ha dado Jesús. Cuando esos signos se cumplan el Señor estará a la puerta. Esta es la enseñanza de la parábola de la higuera. La higuera nos hace conocer la proximidad del verano porque se ponen tiernas sus ramas y crecen las hojas. Así sucederá con la segunda venida del Señor. Cuando se cumplan los signos, el Señor aparecerá repentinamente como el rayo que cruza de un extremo a otro de la tierra[1].

            ¿Cuáles son los signos? Los ha dada anteriormente el mismo Jesús: falsos cristos, guerras y rumores de guerras, terremotos y hambre en diversos lugares, persecuciones, predicación universal, la aparición del anticristo que se sentará en el lugar santo, catástrofes cósmicas [2].

            ¿Por qué Jesús no revela la Parusía con exactitud? Para que estemos vigilantes siempre. Para que seamos fieles y perseverantes en el bien obrar a pesar de lo largo de la espera. Si supiéramos con exactitud el día y la hora probablemente esperaríamos hasta último momento para prepararnos y no lo haríamos bien. Casi seguro que no lo haríamos, como sucede con los que van postergando su conversión para más adelante y los sorprende la muerte sólo con deseos veleidosos.

            Cuando uno espera a alguien que ama y cuando desea ardientemente encontrarse con él no duerme sino que está atento esperando que venga. Ciertamente, que si tarda mucho, la esperanza es probada, pero si tenemos la certeza que vendrá, la esperanza no puede consumirse sino que se acrecienta con el correr del tiempo porque la hora se aproxima.

            Jesús no vendrá hasta que se cumplan los signos. Vendrán otros diciéndose Mesías. Aparecerán muchos falsos salvadores. Hay que tener cuidado. Ya lo advirtió Jesús. Ir tras ellos será perder la verdadera esperanza y quedar defraudados.

            La esperanza nos mantiene en la espera y la oración nos ayuda a la fidelidad. Sólo ora el que espera. “Velad y orad para que no caigáis en tentación”[3]. Si perseveramos en la oración nos mantendremos en vigilancia, si cesa la oración nos quedaremos dormidos y el diablo nos hará caer.

            Jesús habla en este Evangelio de su segunda venida, pero la vigilancia también es importante para nuestro encuentro personal con Jesús el día de nuestra muerte. Tampoco sabemos sobre ésta, como sobre su segunda venida, el día ni la hora, pero sabemos con certeza que moriremos y también que Jesús vendrá nuevamente. ¡Dichoso el siervo al que el Señor encuentre en vela realizando la tarea encomendada, viviendo una vida santa!

            A veces, nos dormimos por el sueño del mundo, de las cosas terrenas. Debemos orar para no dejarnos arrastrar por la correntada del mundo que lleva en su caudal a muchos. Vamos viendo algunos signos pero nos gana el sueño. Cada vez más fuerte se impondrá el mundo y sus máximas a medida que se acerque la Parusía. No nos durmamos sino, por el contrario, redoblemos la vigilancia porque cada vez son más claros los signos y la venida del Señor más cercana.

            Hay que pedir la gracia de tener una fe firme, tan firme que esté dispuesta a dar la vida por lo que se cree y también una esperanza grande para que nos dé la juventud necesaria en el espíritu para mantenernos firmes y entusiastas esperando al Señor.

[1] Cf. Lc 17, 24
[2] Cf. Mc 13, 5-25
[3] Mt 26, 41

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Directorio Homilético

 Trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario

CEC 1038-1050: el juicio final, la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

CEC 613-614, 1365-1367: la muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo; la Eucaristía

V       EL JUICIO FINAL

1038  La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles,… Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán estos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.” (Mt 25, 31. 32. 46).

1039  Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

          Todo el mal que hacen los malos se registra – y ellos no lo saben. El día en que “Dios no se callará” (Sal 50, 3) … Se volverá hacia los malos: “Yo había colocado sobre la tierra, dirá El, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre -pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado  a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí” (San Agustín, serm. 18, 4, 4).

1040  El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo El decidirá su advenimiento. Entonces, El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

1041  El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10).

VI     LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS

          Y DE LA TIERRA NUEVA

1042  Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

          La Iglesia … sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo…cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48)

1043  La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10).

1044  En este “universo nuevo” (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. “Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045  Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento” (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), “la Esposa del Cordero” (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046  En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

          Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios … en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción … Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047  Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, “a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048  “Ignoramos el momento de la consumación  de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres”(GS 39, 1).

1049  “No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39, 2).

1050  “Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

            La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 18, 29).

          La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo

613    La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del “cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29; cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8) reconciliándole con El por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).

614    Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.

1365  Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros” (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que “derramó por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1366  La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica  su fruto:

          (Cristo), nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio (Hb 7,24.27), en la última Cena, “la noche en que fue entregado” (1 Co 11,23), quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana), donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día (Cc. de Trento: DS 1740).

1367    El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer”: (CONCILIUM TRIDENTINUM, Sess. 22a., Doctrina de ss. Missae sacrificio, c. 2: DS 1743) “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz “se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento”; …este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibid).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Calos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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