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Solemnidad de la Ascensión del Señor (A)

 

28
mayo

Solemnidad de la

Ascensión del Señor 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Solemnidad de la Ascensión del Señor (A)

(Domingo 28 de mayo de 2017)

LECTURAS

Lo vieron elevarse

Lectura de los Hechos de los apóstoles     1, 1-11

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido.
Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios.
En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días.»
Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
El les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.»
Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.»

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 46, 2-3. 6-9

R. El Señor asciende entre aclamaciones.

O bien:

Aleluia.

Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra. R.

El Señor asciende entre aclamaciones,
asciende al sonido de trompetas.
Canten, canten a nuestro Dios,
canten, canten a nuestro Rey. R.

El Señor es el Rey de toda la tierra,
cántenle un hermoso himno.
El Señor reina sobre las naciones
el Señor se sienta en su trono sagrado. R.

Lo hizo sentar a su derecha en el cielo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     1, 17-23

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza.
Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro.
El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Mt 28, 19a. 20b

Aleluia.
Dice el Señor:
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.
Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.
Aleluia.

EVANGELIO

Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Solemnidad de la Ascensión del Señor- Ciclo A- 28 de Mayo 2017
– Jornada mundial de las comunicaciones sociales-

Entrada: La Liturgia de este día de la Ascensión del Señor colma de esperanza y alegría nuestro peregrinar, pues el mismo Cristo ha ido a prepararnos una morada junto a Sí.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura:                                                  Hechos 1, 1- 11
Cristo, después de dar las últimas instrucciones a los Apóstoles se eleva a los cielos por su propia virtud.

Salmo Responsorial: 46

Segunda Lectura:                                Efesios 1, 17- 23

Dios Padre elevó a su Hijo constituyéndolo Cabeza de la Iglesia.

Evangelio:                                   Mateo 28, 16- 20

Antes de ascender a los cielos, Nuestro Señor se aparece a los Apóstoles en Galilea y les da la misión de bautizar y hacer discípulos para el Reino.

Preces:

Mientras permanecemos en esta tierra, pidamos a Dios Padre por las necesidades de la Iglesia y de todos los hombres.

A cada intención respondamos cantando:

* Para que el Espíritu Santo anime a todo el pueblo cristiano a orar continuamente por el sucesor de San Pedro y así el papa experimente consuelo y fortaleza en su ministerio. Oremos

* En este día en que la iglesia reza por las comunicaciones sociales, pedimos a Dios que nos haga valorar el sentido de nuestras relaciones fraternas con los principios del Evangelio. Oremos.

*Por todos los miembros de la Iglesia que han seguido al Señor en la vocación monástica, para que sean testigos de lo trascendente y del primado de los valores espirituales por el ejemplo de sus vidas. Oremos.

* Por todos los moribundos para que los últimos días de sus vidas en este mundo, los anime a peregrinar hasta el fin con la confianza de los hijos que van al encuentro definitivo del Padre. Remos

Padre del Cielo que manifestaste tu poder en Jesucristo y lo hiciste sentar a tu derecha, ayúdanos siempre en nuestro caminar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Presentamos nuestras ofrendas y nos unimos al Sacrificio redentor para la salvación de los hombres.

Llevamos al Altar:

Cirios, y en ellos el deseo de todas las almas que aspiran a estar con Cristo, Luz del mundo.

Pan y vino, para que por manos del Sacerdote sean transubstanciados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Comunión: Pidamos a Jesús en esta Santa comunión alimente con su gozo divino la esperanza que tenemos de poseerlo eternamente en el Cielo.

Salida:

María, Madre de la Esperanza, nos conceda un vehemente deseo del cielo, y la firme certeza de que el triunfo de Jesús es nuestro triunfo.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Solemnidad de la Ascensión del Señor

CEC 659-672, 697, 792, 965, 2795: la Ascensión

Artículo 6  “JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”

659    “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo “como un abortivo” (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).

660    El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: “Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

661    Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que “salió del Padre” puede “volver al Padre”: Cristo (cf. Jn 16,28). “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre” (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (MR, Prefacio de la Ascensión).

662    “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no “penetró en un Santuario hecho por mano de hombre, … sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro” (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. “De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor”(Hb 7, 25). Como “Sumo Sacerdote de los bienes futuros”(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).

663    Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: “Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada” (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C).

664    Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

RESUMEN

665    La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde  a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).

666    Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo,  vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente.

667    Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

Artículo 7       “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y  MUERTOS”

I        VOLVERÁ EN GLORIA

          Cristo reina ya mediante la Iglesia …

668    “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669    Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).

670    Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la “última hora” (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). “El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

          … esperando que todo le sea sometido

671    El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no  haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672      Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

Los símbolos del Espíritu Santo

697    La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre “con su sombra” para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es El quien “vino en una nube y cubrió con su sombra” a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y “se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la misma nube la que “ocultó a Jesús a los ojos” de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).

965    Después de la Ascensión de su Hijo, María “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones” (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, “María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra” (LG 59).

2795    El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra “patria”. De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo “ha bajado del cielo”, solo, y nos hace subir allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13).

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 Exégesis 

·         J. Kurzinger

La ascensión

(Hech.1,9-11)

9 Dicho esto y viéndole ellos, se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos. 10 Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en El, que se iba, dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante, 11 y les dijeron: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo vendrá así, como le habéis visto ir al cielo.

Narra aquí San Lucas, con preciosos detalles, el hecho trascendental de la ascensión de Jesús al cielo. Ya lo había narrado también en su evangelio, aunque más concisamente (cf. Luc_24:50-52). Lo mismo hizo San Marcos (Mar_16:19). San Mateo y San Juan lo dan por supuesto, aunque explícitamente nada dicen (cf.  Mat_28:16-20; Jua_21:25).

Parece que la acción fue más bien lenta, pues los apóstoles están mirando al cielo mientras “se iba.” Evidentemente, se trata de una descripción según las apariencias físicas, sin intención alguna de orden científico-astronómico. Es el cielo atmosférico, que puede contemplar cualquier espectador, y está fuera de propósito querer ver ahí alusión a alguno de los cielos de la cosmografía hebrea o de la cosmografía helenística (cf. 2Co_12:2). Los dos personajes “con hábitos blancos” son dos ángeles en forma humana, igual que los que aparecieron a las mujeres junto al sepulcro vacío de Jesús (Luc_24:4; Jua_20:12).

En cuanto a la nube, ya en el Antiguo Testamento una nube reverencial acompañaba casi siempre las teofanías (cf. Exo_13:21-22; Exo_16:10; Exo_19:9; Lev_16:2; Sal_97:2; Isa_19:1; Eze_1:4). También en el Nuevo Testamento aparece la nube cuando la transfiguración de Jesús (Luc_9:34-35). El profeta Daniel habla de que el “Hijo del Hombre” vendrá sobre las nubes a establecer el reino mesiánico (Dan_7:13-14), pasaje al que hace alusión Jesucristo aplicándolo a sí mismo (cf. Mat_24:30; Mat_26:64). Es obvio, pues, que, al entrar Jesucristo ahora en su gloria, una vez cumplida su misión terrestre, aparezca también la nube, símbolo de la presencia y majestad divinas.

Los dos personajes de “hábito blanco,” de modo semejante a lo ocurrido en la escena de la resurrección (cf. Luc_24:4), anuncian a los apóstoles que Jesús reaparecerá de nuevo de la misma manera que lo ven ahora desaparecer, sólo que a la inversa, pues ahora desaparece subiendo y entonces reaparecerá descendiendo. Alusión, sin duda, al retorno glorioso de Jesús en la parusía, que desde ese momento constituye la suprema expectativa de la primera generación cristiana, y cuya esperanza los alentaba y sostenía en sus trabajos (cf. 3:20-21; 1Te_4:16-18; 2Pe_3:8-14).

Es claro que, teológicamente hablando, Jesús ha entrado en la Vida desde el momento mismo de la Resurrección, sin que haya de hacerse esa espera de cuarenta días hasta la Ascensión. Lo que se trata de indicar es que Jesús, aunque viviera ya en el mundo futuro escatológico, todavía se manifestaba en este mundo nuestro, a fin de instruir y animar a sus fieles 25.

(Kurzinger, J., Los Hechos de los Apóstoles, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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Comentario Teológico

·        Ludwig Ott

La Ascensión de Cristo a los cielos

1. Dogma

Cristo subió en cuerpo y alma a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre (de fe).

Todos los símbolos de fe confiesan, de acuerdo con el símbolo apostólico : «Ascendit ad coelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis» (“Ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre omnipotente”). El capítulo Firmiter precisa todavía más: «Ascendit pariter in utroque» (sc. «in anima et in carne») (“Ascendió tanto con una como con otra, es decir, tanto con su alma como con su carne”); Dz 429.

Cristo subió a los cielos por su propia virtud: en cuanto era Dios, con su virtud divina; y en cuanto hombre, con la virtud de su alma glorificada, que es capaz de transportar al cuerpo glorificado como quiere. Pero, considerando la naturaleza humana de Cristo, podemos decir también con la Sagrada Escritura que Jesús fue llevado o elevado (por Dios) al cielo (Mc 16, 19; Lc 24, 51; Act 1, 9 y 11) ; cf. S.th. III 57, 3; Cat. Rom 17, 2.

Es contrario a este dogma el racionalismo, el cual pretende que la creencia en la ascensión se originó por analogías con el Antiguo Testamento (Gen 5, 24: desaparición de Enoc llevado por Dios ; 4 Reg 2, 11 subida de Elías al cielo) o por influencia de las mitologías paganas; pero desatiende en absoluto las diferencias esenciales que existen entre el dogma cristiano y todos los ejemplos aducidos. Aun concediendo que exista semejanza, ello no significa en modo alguno que exista dependencia. El testimonio claro de esta verdad en la época apostólica no deja espacio de tiempo suficiente para la formación de leyendas.

2. Prueba

Cristo había predicho su ascensión a los cielos (cf. Jn 6, 63 [G 62] ; 14, 2 ; 16, 28 ; 20, 17), y la realizó ante numerosos testigos a los cuarenta días de su resurrección ; Mc 16, 19: «El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos, fue elevado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios» ; cf. Lc 24, 51 ; Act 1, 9 ss ; Eph 4, 8 ss ; Hebr 4, 14; 9, 24; 1 Petr 3, 22.

Los santos padres dan testimonio unánime de la ascensión de Cristo a los cielos. Todas las reglas antiguas de fe hacen mención de ella juntamente con la muerte y resurrección; cf. SAN IRENEO, Adv. haer. 110, 1; III 4, 2; TERTULIANO, De praescr. 13; De virg. vel. 1; Adv. Prax. 2; ORIGENES, De princ. I praef. 4.

La expresión bíblica «estar sentado a la diestra de Dios», que sale por vez primera en Ps 109, 1, y es usada con frecuencia en las cartas de los Apóstoles (Rom 8, 34; Eph 1, 20; Col 3, 1; Hebr 1, 3; 8, 1; 10, 12; 112, 2; 1 Petr 3, 22), significa que Cristo, encumbrado en su humanidad por encima de todos los ángeles y santos, tiene un puesto especial de honor en el cielo y participa de la honra y majestad de Dios, y de su poder como soberano y juez del universo; cf. SAN JUAN DAMASCENO, De fide orth. Iv 2.

3. Importancia

En el aspecto cristológico, la ascensión de Cristo a los cielos significa la elevación definitiva de la naturaleza humana de Cristo al estado de gloria divina.

En el aspecto soteriológico, es la coronación final de toda la obra redentora. Según doctrina general de la Iglesia, con Cristo entraron en la gloria formando su cortejo todas las almas de los justos que vivieron en la época precristiana; cf. Eph 4, 8 (según Ps 67, 19); «Subiendo a lo alto llevó cautivos» («ascendens in altum captivam duxit captivitatem»). En el cielo prepara un lugar para los suyos (Jn 14, 2 s), hace de intercesor por ellos (Hebr 7, 25: «Vive siempre para interceder por ellos [Vulgata: nosotros]» ; Hebr 9, 24; Rom 8, 34; 1 Jn 2, 1) y les envía los dones de su gracia, sobre todo el Espíritu Santo (Jn 14, 16; 16, 7). Al fin de los tiempos, vendrá de nuevo rodeado de poder y majestad para juzgar al mundo (Mt 24, 30). I.a ascensión de Cristo a los cielos es figura y prenda de nuestra futura recepción en la gloria ; Eph 2, 6: «Nos resucitó y nos sentó en los cielos por Cristo Jesús» (es decir, por nuestra unión mística con Cristo, cabeza nuestra).

(Ott, L., Manual de Teología Dogmática, Herder, Barcelona, 19652)

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Santos Padres

·        San Agustín

La ascensión del Señor

            1. Hoy ha brillado el día santo y solemne de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo: exultemos y gocémonos en él. Al descender Cristo, los infiernos se abrieron; al ascender, se iluminaron los cielos. Cristo está en el madero: insúltenle los furiosos; Cristo está en el sepulcro: mientan los guardias; Cristo está en el infierno: sean visitados los que descansan; Cristo está en el cielo: crean todos los pueblos. El, pues, debe ser el tema de nuestro sermón, puesto que es quien nos otorga la salvación. No os hablamos de ninguno otro sino de aquel que ahora nos hablaba en el evangelio a todos nosotros y que a punto de ascender al Padre decía a sus discípulos: Esto es lo que os he dicho cuando estaba con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu de verdad que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os traerá a la memoria cuanto os he dicho. No se turbe ni tema vuestro corazón. Oísteis que os dije: «Voy a mi Padre, porque el Padre es mayor que yo.»

            2. Sabéis, hermanos, que nuestro Señor Jesucristo se hizo por nosotros lo que nosotros somos, y que, sin embargo, permaneció en la misma forma en la que es igual al Padre. Creemos, en efecto, que el Hijo de Dios se hizo partícipe de nuestra debilidad, pero sin perder su majestad. Esta es, por tanto, nuestra fe: es Dios sobre nosotros y él mismo es hombre entre nosotros. Muchas cosas hizo aquí, en la forma de humildad tomada por nosotros, para esconder la sustancia divina que en él se ocultaba y para manifestar solamente la humana que en él saltaba a la vista; quienes no fueron capaces de distinguir y comprender esto, dieron origen a las herejías. Dentro de ellos están, entre otros, los arrianos, quienes pretenden que Dios Padre es mayor que Dios hijo. Respóndales con brevedad y claridad la verdad católica.

            3. Les preguntamos sobre qué dicen que el Padre es mayor que el Hijo. Si dijeran que por la magnitud, o sea, por cierto volumen corporal, al igual que decimos, por ejemplo: «Este monte es mayor que aquél» o «Esta ciudad mayor que aquélla», les responderemos, con el evangelio en la mano, que Dios es espíritu y que las cosas corporales no admiten comparación con las espirituales. En efecto, sólo se podrá hablar de mayor y menor cuando en ambos casos se trabaja con formas corporales. Pero Dios ni es extenso por su volumen, ni se distingue por las formas corporales, ni se encierra en un lugar, ni sufre estrecheces, ni tiene límite alguno. Dios es grande no por su volumen, sino por su poder. Cesen, pues, y descansen las indignas fantasías del pensamiento que oprimen con sus imaginaciones las mentes de los fieles; desaparezca por completo también el habitual modo carnal de pensar: cuando reflexionemos acerca de Dios, no ha de presentarse a nuestros ojos figura alguna carnal.

            4. Pero vuelven a la carga diciendo que en el tiempo, es decir, en edad, el Padre es mayor; afirman, en efecto, que en ningún modo es posible que el que engendra y el engendrado sean coetáneos. Es necesario, dicen, que exista con anterioridad el que engendra, del cual pueda en su momento venir a la existencia el que nace. ¿De dónde proceden estos pensamientos sino de la carne? Esto lo han aprendido de lo que es habitual en la generación humana; no se dan cuenta de que, entre los hombres, donde hay un hijo más débil por la edad, allí hay también un padre más gastado por la vejez, y que, efectivamente, al crecimiento y fortalecimiento del hijo, menor en edad, corresponde el envejecimiento y decaimiento del padre. Por tanto, en la medida en que pretenden que el Padre es más antiguo, en esa misma medida han de confesar que el Hijo es más fuerte. Si el pensar esto acerca de Dios es absurdo, cesen de una vez de confiar los secretos divinos a los sentidos humanos.

            5. Pero es poco el convencerlos de esta manera si no podemos mostrarles un ejemplo de la creación visible donde el que nace sea coetáneo con quien lo engendra. Para expulsar las tinieblas de este error presentemos la comparación de una candela que expande la trémula llama alimentada por la mecha que arde. Ciertamente es el fuego el que arde; la sustancia es fuego, más lo que se ve es un resplandor, mas no se origina el fuego del resplandor, sino el resplandor del fuego. Pero, con todo, nunca existió el fuego sin su resplandor, aunque el resplandor se origine del fuego: desde el primer momento en que aquel pequeñito fuego comenzó a existir, se levantó ya con su resplandor, ciertamente coetáneo. Así, pues, el resplandor es contemporáneo con el fuego del que nace, y, si el fuego fuese eterno, el resplandor sería también, con toda certeza, eterno.

            6. Mas lejos de nosotros el dar siquiera la impresión de haber hecho una injuria a nuestro Señor mediante esta vilísima comparación. Debemos mostrar esto con el evangelio, donde el mismo Hijo se muestra ya en la forma en la que dijo ser inferior al Padre: haciéndose obediente hasta la muerte, en la que manifestó ya ser igual a quien lo engendró: Yo y el Padre somos una sola cosa. Ellos nos objetan: «Ved que el mismo Hijo dijo: El Padre es mayor que yo», sin entender que él dijo esto cuando existía en la carne, en la que no sólo era menor que el Padre, sino que también, según indica el salmo divino, fue hecho algo menor que los ángeles. Si esto es lo único que quieren escuchar con agrado, ¿por qué no consideran lo que también él dijo en otra ocasión: Yo y el Padre somos una sola cosa? Además, reflexionen por qué dijo: El Padre es mayor que yo. Cuando se hallaba para subir al Padre, se entristecieron los discípulos, porque los abandonaba en su forma corporal; entonces les dijo: Porque os dije que voy al Padre, la tristeza inundó vuestro corazón. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Lo que equivale a decir: «Sustraigo a vuestros ojos esta forma de siervo, en la que el Padre es mayor que yo, para que, apartada ella de los ojos de la carne, podáis ver al Señor espiritualmente.»

            7. Por tanto, en atención a la forma de siervo que había recibido, es verdad lo que dijo: El Padre es mayor que yo, porque ciertamente Dios es mayor que el hombre; y en atención a su verdadera forma de Dios, en la que permanecía con el Padre, dijo con verdad: Yo y el Padre somos una sola cosa. Ascendió, pues, al Padre en cuanto era hombre, pero permaneció en el Padre en cuanto era Dios, porque vino a nosotros en la carne sin apartarse de Dios. Repito: ascendió al Padre la Palabra que se hizo carne para habitar entre nosotros, pero volvió a prometernos su presencia con estas palabras: He aquí que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. El apóstol Juan dice de él según la forma divina: Él es el Dios verdadero y la vida eterna. Según su forma de siervo, dice de él el apóstol Pablo: Quien, existiendo en la forma de Dios, no juzgó una rapiña el ser igual a Dios; antes bien se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo. Según su forma de Dios, dice de sí mismo: Yo y el Padre somos una sola cosa; según la forma de siervo, dice: Mi alma está triste hasta la muerte. ¿De dónde procede aquel atrevimiento? ¿De dónde este temor? Las primeras palabras tienen su origen en la propiedad de la sustancia; las segundas, en la participación en la debilidad asumida.

            8. Amadísimos, distingamos estas dos cosas comprendiendo justamente lo que leemos en las Escrituras; pero mientras hacemos la distinción, para evitar caer en el error, pidamos la comprensión al mismo Señor.

SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 265A, 1-8, BAC Madrid 1983, 692-97

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Jesús asume la plena potestad regia

(Mt 28,16-20)

            Introducción

            El nombre que Dios Padre quiso que el Verbo Encarnado llevase en esta tierra fue el de ‘Jesús’ (Mt 1,21; 1,25; Lc 1,31; 2,21). El nombre con que sus discípulos lo llamaron fue el de ‘Jesús-Mesías’, es decir, ‘Jesucristo’ (Mt 1,1; Mc 1,1; etc.). Pero el nombre que el mismo Jesús se impuso a sí mismo fue el de ‘Hijo del hombre’. Jesucristo quiso resumir toda su identidad y toda su misión con este nombre tomado del profeta Daniel.

En efecto, la expresión ‘Hijo del hombre’ con la que Jesús especialmente se designa a sí mismo la tomó de Dan 7,13-14. Dice el profeta Daniel en esos versículos: “Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le adoraron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás”. Sin ningún lugar a dudas, esta profecía se refiere al Mesías.

            Este ‘Hijo del hombre’ de Daniel está revestido de prerrogativas divinas, lo cual se advierte en dos indicaciones: primero, en la nube en la cual viene el dicho Hijo del hombre, dado que la nube es símbolo de la divinidad*1. Segundo, en la frase del v. 14 que dice que todos los pueblos ‘le adoraron’*2.

            Toda la vida pública de Jesús fue desarrollar la misión del Hijo del hombre en cuanto verdadero hombre, es decir, en toda su debilidad: sufrió hambre, sed, se cansó, y al final de esa vida pública sufrió la pasión y la muerte.

            Pero hoy llega a su culminación la profecía de Daniel y la expresión ‘Hijo del hombre’ aplicada a Jesús alcanza toda su dimensión, incluida la divinidad de Cristo. Se cumplen hoy aquellos versículos de Daniel recién citados: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le adoraron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dan 7,14). Es precisamente esto lo que estamos celebrando hoy, el día de la Ascensión del Jesús a los cielos, cuarenta días después de su resurrección: Jesús, hombre verdadero y Dios verdadero, asume hoy su poder divino, es decir, su poder en cuanto rey absoluto y eterno y su poder en cuanto juez absoluto y eterno. Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre” (CEC, 664).

            Sin embargo, hay que tener en cuenta algo: “Cuando se habla de la Ascensión, normalmente nuestro pensamiento va al relato de Lucas (Hech 1,3.9) en el que se narra que Jesús sube al cielo cuarenta días después de la Pascua. Sin embargo, eso no es otra cosa sino una despedida visible del mundo, y el fin oficial de las apariciones post-pascuales, antes del envío (también visible) del Espíritu Santo en Pentecostés. La ascensión teológica, la glorificación de la humanidad de Jesús en la presencia del Padre, es algo invisible, es el cumplimiento de la resurrección, inseparable de la resurrección misma. Juan dice claramente que la elevación de Jesús, que comportó la salvación humana, implica la serie ininterrumpida de crucifixión, resurrección y ascensión (cf. Jn 12,32): estos tres datos constituyen su subida al Padre, que invierte el proceso de la encarnación, con el cual Él había descendido del Padre sobre la tierra (cf. Jn 3,13-15). (…) En la noche pascual y en las primeras apariciones a los apóstoles, las acciones de Jesús implican ya una glorificación completa, incluida la Ascensión. Esto es verdadero también para los dichos pronunciados por Jesús en los sinópticos después de la resurrección”*3.

            1. “Subió al cielo y se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19)

            Son tres los lugares del NT donde se narra la Ascensión de Jesús a los cielos: Mc 16,19; Lc 24,50-52 y Hech 1,9-11.

            La conjunción de las narraciones del evangelio de San Lucas y los Hechos nos dan el lugar exacto desde donde Jesús ascendió a los cielos: en el pueblo de Betania (Lc 24,50) que queda en el Monte de los Olivos (Hech 1,12). En ese lugar actualmente hay una capilla que es propiedad de los musulmanes, pero que los peregrinos cristianos pueden visitar. Dentro de la capilla hay una roca desde la cual, según la tradición, Jesús ascendió a los cielos. Hay en la roca la huella de un pie derecho que, también según la tradición, es la huella que dejó Jesús al subir a los cielos*4.

            La narración del evangelio San Lucas realiza perfectamente lo anunciado en la profecía de Daniel sobre el Hijo del hombre, porque dice que al momento que Jesús subía al cielo sus discípulos ‘lo adoraron’ (Lc 24,52)*5.

            También la narración de los Hechos de los Apóstoles, cuyo autor es también San Lucas, hace referencia al cumplimiento de la profecía del Hijo del hombre de Daniel, dado que hace mención a la nube que ocultó el cuerpo de Jesús a los ojos de los discípulos (Hech 1,9).

            Pero es San Marcos quien dará el sentido teológico profundo de la Ascensión: “Subió al cielo y se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19). Esta expresión pasará textualmente al Credo de la Iglesia Católica. En efecto, el sexto artículo del Credo dice: “Jesucristo subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso”.

            Si bien, como dijimos, la glorificación plena y definitiva de Jesús e, incluso, el envío del Espíritu Santo (cf. Jn 20,22), se da ya con su resurrección, sin embargo, la Ascensión de Jesús a los cielos es un hecho real de movimiento local por el cual Jesús va a ocupar en el cielo un lugar físico. Santo Tomás de Aquino explica por qué Jesús debía ascender a los cielos. La argumentación teológica es la siguiente: “Debe haber proporción entre el lugar y el que lo ocupa. Pero Cristo, por su resurrección, dio comienzo a una vida inmortal e incorruptible. Y el lugar en que nosotros habitamos es un lugar de generación y de corrupción, mientras que la morada del cielo es un lugar de incorrupción. Y, por tal motivo, no fue conveniente que Cristo, después de la resurrección, permaneciese en la tierra, sino que fue conveniente que subiera a los cielos”*6. Esto es exactamente lo que significa la expresión de San Marcos “subió a los cielos” (Mc 16,19).

            ¿Y qué significa la expresión de San Marcos “se sentó a la derecha del Padre” (Mc 16,19)? La expresión ‘se sentó a la derecha del Padre’ es una expresión metafórica, porque en Dios no hay derecha ni izquierda. La ‘derecha del Padre’ significa: primero, la gloria de la divinidad del Padre; segundo, la bienaventuranza del Padre; tercero, la potestad judicial o regia del Padre*7. El que se diga que Jesús ‘se sentó’ significa: primero, que Jesús “permanece eternamente incorruptible”, porque el sentarse implica quietud; segundo, significa participación por naturaleza de las tres prerrogativas del Padre: participación en la gloria de la divinidad del Padre, participación en la bienaventuranza del Padre y participación en la potestad judicial o regia del Padre. Esta triple participación se expresa con la expresión ‘se sentó’ porque es el rey el que se sienta en el tribunal*8. Todo esto, en realidad, Cristo siempre lo poseyó en cuanto Dios. “Por lo cual, estar sentado a la derecha del Padre no es otra cosa que compartir junto con el Padre la gloria de la divinidad, la bienaventuranza, y la potestad judicial; y esto perpetuamente y como rey. Todo esto le conviene al Hijo en cuanto Dios”*9.

Ahora bien, todo esto que le corresponde a Cristo en cuanto Dios, le corresponde a Cristo también en cuanto hombre. ¿Por qué? Porque la humanidad de Cristo está unida hipostáticamente, es decir, personalmente a la persona divina del Hijo. Por lo tanto, Cristo en cuanto hombre también asumió y participa de la misma gloria divina del Padre, de la bienaventuranza del Padre y de la potestad regia y judicial del Padre*10. Respecto a esto el Catecismo de la Iglesia Católica es taxativo: “La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo” (CEC, 668)*11.

En cuanto al plan de salvación, la Ascensión es la coronación final de toda la obra redentora. De esta manera se consuma y llega a su perfección toda la misión de Cristo sobre la tierra y el mundo del hombre entra en su última etapa. “Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la ‘última hora’ (1Jn 2,18; cf. 1P 4,7). ‘El final de la historia ha llegado ya a nosotros’ (CEC, 670)”.

2. Su ausencia nos es más útil que su presencia corporal

“La Ascensión de Cristo al cielo, que nos sustrajo su presencia corporal, fue más útil para nosotros que si estuviese ahora con su presencia corporal”*12. Jesús, al subir al Padre, sustrae totalmente su presencia corporal a nuestros ojos. Queda totalmente fuera del alcance de nuestras manos. Sin embargo, es una gran verdad la expresada por Jesús: “Les conviene que yo me vaya” (Jn 16,7). ¿Cómo puede ser conveniente que Jesús se aleje de nosotros si todo nuestro anhelo es estar con Él y unirnos indisolublemente con Él? “Porque si no me voy no os enviaré mi Espíritu, pero si me voy os lo enviaré, y Él os conducirá a la verdad completa” (Jn 16,7.13) Y se podría agregar: ‘Nos conducirá a la verdad completa y a la unión completa’.

Toda la conveniencia de que Jesús se vaya, toda la riqueza de la subida de Jesús al Padre está en que nos enviará el Espíritu Santo. Y si no se va no puede enviárnoslo. La presencia del Espíritu Santo en nuestras almas requiere la ausencia corporal de Jesús ante nuestros ojos.

¿Por qué es necesaria la ausencia de Cristo como condición para que venga el Espíritu Santo? Porque la principal labor del Espíritu Santo es la de hacer presente en el alma al Cristo místico, cosa que no es posible si Cristo permanece corporalmente ante nuestros ojos. Dado que el Espíritu Santo tiene como función crear al Cristo místico en nuestras almas, es necesario que el Cristo ‘corporal’ desaparezca de ante nuestros ojos, suba al Padre. Si Cristo permanece corporalmente ante nuestros ojos no tiene sentido que venga el Espíritu Santo, porque no podrá cumplir con su labor esencial: crear al Cristo místico en nosotros y unirnos a Él.

3. Tiempo de lucha y de testimonio

La narración de la Ascensión de Cristo según los Hechos de los Apóstoles pone en relación dos dogmas de la Iglesia Católica: por un lado, la Ascensión a los cielos, pero, por otro la seguridad de la Segunda Venida de Jesucristo. En efecto, dos ángeles dicen a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo” (Hech 1,11). La segunda venida de N. S. Jesucristo es un dogma de fe: “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Pero mientras eso no suceda, este tiempo del cristiano es tiempo de lucha y de testimonio. “Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal” (CEC, 671), porque hasta que no venga Jesucristo por segunda vez, el misterio de iniquidad estará operante en actividad constante e intensa (cf. 2Tes 2,7). “La Iglesia misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios (LG 48)” (CEC, 671).

“Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hech 1,6-7) que, según los profetas (cf. Is 11,1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf. Hech 1,8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1Cor 7,26) y la prueba del mal (cf. Ef 5,16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1Pe 4,17) e inaugura los combates de los últimos días (1Jn 2,18; 4,3; 1Tm 4,1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25,1-13; Mc 13,33-37)” (CEC, 672)

Por esta razón es que la oración más sentida y anhelosa del cristiano es “¡Ven, Señor Jesús!” (Apoc 22,17-20).

Conclusión

La narración del evangelio de San Lucas señala un gesto muy significativo de Jesús al subir al cielo: “Alzando sus manos, los bendijo” (Lc 24,50). Este gesto de alzar las manos hacia el pueblo para bendecirlo es un gesto eminentemente sacerdotal. Solo el sacerdote podía hacerlo porque sólo el sacerdote podía bendecir. En Lev 9,22-24 se narra la bendición que Aarón, cabeza de todos los sacerdotes, imparte al pueblo extendiendo las manos hacia el pueblo*13. Pero además, esta bendición está en estrecha relación con el sacrificio del pueblo de Israel, ya que la bendición al pueblo era para que pudiera participar con pureza cultual del sacrificio. Hay, por lo tanto, en el gesto de Jesús una referencia a su sacerdocio eterno y a su sacrificio en la cruz. Sus discípulos, al igual que el pueblo de Israel ante Aarón, se purifican y se llenan de dones espirituales para poder participar dignamente en el Santo Sacrificio de la Misa, que es el mismo sacrificio de la cruz. El último gesto de Jesús antes de partir a los cielos recuerda su sacrificio y, por lo tanto, el Santo Sacrificio de la Misa.

Parece que el último mensaje de Jesús antes de ausentarse de la tierra haya sido éste: “Participen de mi sacrificio con corazón purificado; inmólense junto conmigo en cada Santa Misa; yo les dejo mi bendición para que puedan hacerlo”.

No olvidemos que el Santo Sacrificio de la Misa es la actualización no solamente de la muerte de Cristo en cruz sino también de su glorificación, que incluye su resurrección y su Ascensión. Cuando celebramos la Misa celebramos también la Ascensión de Cristo.

Durante la Santa Misa el sacerdote eleva en alto la Hostia y el Cáliz consagrados. Esto originalmente se comenzó a hacer para que el pueblo fiel pudiera verlos en el momento de la consagración. Pero tiene también un sentido teológico: significa su alzamiento sobre la cruz y su Ascensión a los cielos. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32); y el Catecismo de la Iglesia Católica comenta: “La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo” (CEC, 662). En el momento de la elevación de la Hostia y del Cáliz en la consagración del sacrificio eucarístico tenemos también una presencia de la Ascensión. Y de una manera muy significativa, inmediatamente después de elevar la Hostia y el Cáliz en la consagración, el pueblo aclama: “¡Ven Señor Jesús!”. La actualización de la Ascensión en la Eucaristía nos hace pedir que su retorno sea presto.

Pero hay aquí una particularidad: si bien esperamos que Jesucristo vuelva a restaurar todas las cosas en medio de nuestras luchas, sin embargo la respuesta de Jesucristo es inmediata ya que bajo las especies eucarísticas se hace presente entre nosotros de una manera verdadera, real y sustancial.

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*1- La nube pasó a ser símbolo de la divinidad fundamentalmente por dos motivos. En primer lugar, por la columna de nube que acompañaba al pueblo de Israel en el camino del éxodo y en la cual estaba Yahveh: “Yahveh iba de día en la columna de nube” (Éx 13,21). En segundo lugar, porque cuando se inauguró el Templo de Salomón la presencia de Dios llenó el Templo en forma de nube: “Al salir los sacerdotes del Santo, la nube llenó la Casa de Yahveh. Y los sacerdotes no pudieron continuar en el servicio a causa de la nube, porque la gloria de Yahveh llenaba la Casa de Yahveh. Entonces Salomón dijo: Yahveh quiere habitar en densa nube” (1Re 8,10-12). Cf. CEC, 697.
*2- La mayoría de las biblias traducen ‘le sirvieron’. Pero el verbo que se usa en el original arameo es el verbo phélaj que para Strong y Tuggy significa en primer lugar ‘adorar’ (cf. Multiléxico, nº 6399). Para Vogt tiene tres significados diferentes: 1. Cultivar la tierra; 2. Servir; 3. Rendir culto como a Dios (Vogt, E., Lexicon lingue aramaicae Veteris Testamenti, Pontificium Institutum Biblicum, Roma, 1971, p. 138; traducción nuestra). La LXX traduce con el verbo latréuo, que significa ‘adorar’. He elencado hasta ocho diccionarios diferentes que afirman que el significado primario de latréuo es ‘adorar’. Ellos son: Tuggy, Vine, Friberg, Louw-Nida, Liddell-Scott, Thayer, Moulton-Milligan y Danker. En el NT tenemos un testimonio notable en el ciego de nacimiento que cuando Jesús le pide que crea en el Hijo del hombre, el ciego, postrándose, lo adoró (Jn 9,38). San Jerónimo traduce ese versículo de la siguiente manera: “Et procidens adoravit eum” (Jn 9,38).
*3- Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 138 -139. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto al texto de Jn 12,32: “’Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí’ (Jn 12,32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo” (CEC, 662). Que con la resurrección de Cristo se consuma plenamente en su realidad ontológica la glorificación de Cristo (no en su manifestación a los hombres) está afirmado en varios textos de San Pablo. Citamos sólo uno: “Cristo Jesús fue constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” (Rm 1,4), es decir, Kýrios. Y el Catecismo de la Iglesia Católica habla de “una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre” (CEC, 660). Y Santo Tomás dice que ya a Cristo resucitado le convenía un lugar celestial pero que difirió su ascensión a los cielos con un movimiento local por nuestra utilidad. Esta utilidad es, fundamentalmente, la de mostrar signos evidentes de su resurrección (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1, ad 4).
*4- La expresión ‘según la tradición’ no se equipara a la expresión ‘según la leyenda’. La tradición respecto a los lugares bíblicos es algo serio y que tiene sustentos científicos. El principal sustento científico que tiene la tradición entendida en este sentido es el testimonio oral de testigos creíbles a través de los siglos.
*5- En el original griego se usa el verbo proskynéo que significa, en primer lugar, ‘adorar’. San Jerónimo traduce: “Et ipsi adorantes”. Varias biblias en castellano traducen: ‘lo adoraron’ entre ellas, por ejemplo, la Biblia de Martín Nieto y la Biblia de EUNSA.
*6- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1 c.
*7- Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 2 c.
*8- Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 1 c
*9- Santo Tomás de Aquino, III, q. 58, a. 2 c.
*10- Dice Santo Tomás: “Cristo, en cuanto hombre, es Hijo de Dios y, por consiguiente, está sentado a la derecha del Padre; de tal modo, sin embargo, que el ‘en cuanto’ no designe la condición de la naturaleza sino la unidad del supuesto (…). Así pues, si el ‘en cuanto’ designa la índole de la naturaleza, Cristo, en cuanto Dios, está sentado a la derecha del Padre, esto es, en igualdad con el Padre. (…) Pero, si el ‘en cuanto’ alude a la unidad del supuesto, también así Cristo, en cuanto hombre, está sentado a la derecha del Padre en igualdad de honor, es a saber: en cuanto que con el mismo honor veneramos al propio Hijo de Dios con la naturaleza que tomó” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 58, a. 3 c).
*11- Dice también el Catecismo: “Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: ‘Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada’ (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C)” (CEC, 663).
*12- “Ipsa ascensio Christi in caelum, qua corporalem suam praesentiam nobis subtraxit, magis fuit utilis nobis quam praesentia corporalis fuisset” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 57, a. 1, ad 3).
*13- En Sir 50,20-21 se comenta esta bendición de Aarón.

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S.S. Francisco p.p.

 

Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Ascensión de Jesús al cielo, que tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua. Los Hechos de los apóstoles relatan este episodio, la separación final del Señor Jesús de sus discípulos y de este mundo (cf. Hch 1, 2.9). El Evangelio de Mateo, en cambio, presenta el mandato de Jesús a los discípulos: la invitación a ir, a salir para anunciar a todos los pueblos su mensaje de salvación (cf. Mt 28, 16-20). «Ir», o mejor, «salir» se convierte en la palabra clave de la fiesta de hoy: Jesús sale hacia el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo.

Jesús sale, asciende al cielo, es decir, vuelve al Padre, que lo había mandado al mundo. Hizo su trabajo, por lo tanto, vuelve al Padre. Pero no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, de una forma nueva. Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles —y también nuestra mirada— a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre. Él mismo había dicho que se marcharía para prepararnos un lugar en el cielo. Sin embargo, Jesús permanece presente y activo en las vicisitudes de la historia humana con el poder y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: aunque no lo veamos con los ojos, Él está. Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y cada mujer que sufre. Está cerca de todos nosotros, también hoy está aquí con nosotros en la plaza; el Señor está con nosotros. ¿Vosotros creéis esto? Entonces lo decimos juntos: ¡El Señor está con nosotros!

Jesús, cuando vuelve al cielo, lleva al Padre un regalo. ¿Cuál es el regalo? Sus llagas. Su cuerpo es bellísimo, sin las señales de los golpes, sin las heridas de la flagelación, pero conserva las llagas. Cuando vuelve al Padre le muestra las llagas y le dice: «Mira Padre, este es el precio del perdón que tú das». Cuando el Padre contempla las llagas de Jesús nos perdona siempre, no porque seamos buenos, sino porque Jesús ha pagado por nosotros. Contemplando las llagas de Jesús, el Padre se hace más misericordioso. Este es el gran trabajo de Jesús hoy en el cielo: mostrar al Padre el precio del perdón, sus llagas. Esto es algo hermoso que nos impulsa a no tener miedo de pedir perdón; el Padre siempre perdona, porque mira las llagas de Jesús, mira nuestro pecado y lo perdona.

Pero Jesús está presente también mediante la Iglesia, a quien Él envió a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, no es facultativo. La comunidad cristiana es una comunidad «en salida». Es más: la Iglesia nació «en salida». Y vosotros me diréis: ¿y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre «en salida» con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.

A sus discípulos misioneros Jesús dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (v. 20). Solos, sin Jesús, no podemos hacer nada. En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, incluso siendo necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, incluso bien organizado, resulta ineficaz. Y así vamos a decir a la gente quién es Jesús.

Y junto con Jesús nos acompaña María nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza.

(Regina Coeli, 1 de junio de 2014)

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San Juan Pablo II

 

1. “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo” (Jn 17, 1).

Así oró Jesús en el Cenáculo, el día precedente a su pasión y muerte en la cruz, mientras se acercaba no a la gloria, sino a la ignominia. Pero Él sabía que la infamia de la Cruz era el camino a la verdadera gloria.

Las palabras de la “oración sacerdotal”, que habló en el Cenáculo, manifiestan esta toma de conciencia. Contienen una maravillosa teología de la gloria de Dios: de aquella gloria que el Padre recibe del Hijo encarnado; de esa gloria que llena el universo, y que la Iglesia expresa todos los días con la bien conocida doxología: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos.”

La liturgia de la Palabra de hoy presenta un rico comentario a esta tradicional invocación cristiana.

2. “Gloria… como era en el principio …”. En este principio absoluto se refiere a Jesús en la “oración sacerdotal” cuando dice: “Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17,5). El Padre glorifica al Hijo, y el Hijo glorifica al Padre “en el Espíritu de la gloria” (Jn 7,39; 2 Corintios 3,8). La gloria pertenece, por lo tanto, al misterio íntimo de la vida trinitaria. Es un reflejo de la perfección infinita de Dios, de su infinita santidad, como la liturgia pone de manifiesto a través de las palabras del Gloria y del Sanctus.

La gloria de Dios manifiesta la verdad del Ser divino, que es por naturaleza la plenitud eterna de la Verdad. El hombre está llamado a participar en la vida divina, la cual abarca la eternidad: “Esta es la vida eterna – dice Jesús – que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

“Sea, pues, alabado Jesucristo”, que nos da la oportunidad de compartir la misma gloria de Dios: “Gloria Dei vivens homo”, “el hombre que ­vive es gloria de Dios” – dice San Ireneo – quien añade de inmediato: “vita autem hominis visio Dei “, “la vida del hombre consiste en la visión de Dios” (Adv Haer, IV, 20,7: SCh 1002, 648-649).

3. Queridos hermanos y hermanas! El hombre está llamado a la santidad, a ser artífice de una humanidad renovada por la gloria divina. Y el creyente, por el bautismo, se hace testigo de que la esperanza sobrenatural que sostiene la peregrinación del hombre sobre la tierra, a menudo marcada por pruebas y sufrimientos. En el Concilio Vaticano II la Iglesia ha reiterado que “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). Con su vida santa, los cristianos están invitados a ser luz para los demás en los caminos del mundo.

Nuestra época pareciera más un tiempo de sorprendentes descubrimientos científicos y tecnológicos, que una época de santos. Pero si el hombre no se realiza espiritualmente a sí mismo a través de la conformación interior con Cristo, todas sus conquistas resultan en última instancia insignificantes e incluso podrían llegar a ser peligrosas. El hecho de que hoy en día buscamos la realización personal plena, hay una mayor necesidad de santos. Nuestro tiempo reclama personas maduras que, después de haber entendido el valor de la santidad, buscan realizarla en la vida diaria.

Después de todo, la sociedad actual manifiesta una profunda necesidad de santos, es decir, de personas que, por su contacto más cercano con Dios, de alguna manera puedan percibir la presencia y mediar en las respuestas. Hay, por desgracia, jóvenes y adultos que, mal interpretando esta necesidad, se entregan al encanto oculto, o buscan en las estrellas del firmamento los signos de su propio destino. La superstición y la magia atraen a un buen número de personas en busca de respuestas inmediatas y sencillas a los complejos problemas de la existencia.

Es un riesgo del que debemos tener cuidado. Los santos, para estas almas búsqueda, son un punto de referencia fiable y accesible. Pueden señalar con el poder convincente, el camino a seguir para avanzar en la dirección correcta.

Hablo no sólo de los santos canonizados. Como fue el caso en el pasado, la santidad debe encarnarse de modo vivo y alegre incluso hoy. La santidad es la verdadera fuerza que puede transformar el mundo.

6. En la oración del Cenáculo, Jesús dice al Padre: “Yo te he glorificado en la tierra, cumpliendo la obra que me has dado hacer… He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo … y han guardado tu palabra … las palabras que me diste las he dado a ellos; ellos las han recibido y saben verdaderamente que salí de ti y han creído que tú me has enviado “(Jn 17,4.6.8).

Jesús dijo estas palabras el día antes de su pasión. Para nosotros, que las recordamos después de haber celebrado su ascensión al cielo, adquieren aún mayor actualidad, expresando su carácter permanente de oración de intercesión por la Iglesia, fundada sobre los Apóstoles: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos … yo no estoy más en el mundo, pero éstos están en el mundo, y yo voy a Ti” (Jn 17,9-11).

Cristo ora por la Iglesia de todas las edades y de todas partes del mundo. La primera lectura, tomada del libro de los Hechos, nos lleva de nuevo al Cenáculo donde, después de la Ascensión de Jesús al cielo, los apóstoles permanecen con María en la espera orante de la venida del Espíritu Santo. También nosotros estamos llamados a perseverar con María en la oración.

Al mismo tiempo, repetimos con el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? … Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (Sal 26,1,4).

Todos los días de la vida y para la eternidad. ¡Amén!

(Visita pastoral a Ischia, domingo 5 de mayo de 2002)

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Benedicto XVI

 

Hoy se celebra en varios países, entre los cuales Italia, la solemnidad de la Ascensión de Cristo al cielo, misterio de la fe que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa cuarenta días después de la resurrección (cf. Hch 1, 3-11); por eso, en el Vaticano y en algunas naciones del mundo ya se celebró el jueves pasado. Después de la Ascensión, los primeros discípulos permanecieron reunidos en el Cenáculo, en torno a la Madre de Jesús, en ferviente espera del don del Espíritu Santo, prometido por Jesús (cf. Hch 1, 14). En este primer domingo de mayo, mes mariano, también nosotros revivimos esta experiencia, experimentando más intensamente la presencia espiritual de María. La plaza de San Pedro se presenta hoy como un “cenáculo” al aire libre, lleno de fieles, en gran parte miembros de la Acción católica italiana, a los cuales me dirigiré después de la oración mariana del Regina caeli.

En sus discursos de despedida a los discípulos, Jesús insistió mucho en la importancia de su “regreso al Padre”, coronamiento de toda su misión. En efecto, vino al mundo para llevar al hombre a Dios, no en un plano ideal —como un filósofo o un maestro de sabiduría—, sino realmente, como pastor que quiere llevar a las ovejas al redil. Este “éxodo” hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó totalmente por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios.

Precisamente por eso, el Padre se complació en él y lo “exaltó” (Flp 2, 9), restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, “en ella tenemos como una ancla de nuestra alma” (Hb 6, 19), una ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido.

¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto: una sólida ancla para su vida? He aquí nuevamente el sentido estupendo de la presencia de María en medio de nosotros. Dirigiendo la mirada a ella, como los primeros discípulos, se nos remite inmediatamente a la realidad de Jesús: la Madre remite al Hijo, que ya no está físicamente entre nosotros, sino que nos espera en la casa del Padre. Jesús nos invita a no quedarnos mirando hacia lo alto, sino a estar juntos, unidos en la oración, para invocar el don del Espíritu Santo. En efecto, sólo a quien “nace de lo alto”, es decir, del Espíritu Santo, se le abre la entrada en el reino de los cielos (cf. Jn 3, 3-5), y la primera “nacida de lo alto” es precisamente la Virgen María. Por tanto, nos dirigimos a ella en la plenitud de la alegría pascual.

(Domingo de la Ascensión del Señor, 4 de mayo de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

La Ascensión del Señor

Mt 28, 16-20

            Jesús después de resucitar estuvo cuarenta días en la tierra apareciéndose a sus discípulos para confirmar su fe. Hoy asciende al cielo para sentarse a la derecha del Padre como Señor del universo, porque “Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre”*1 y volverá por segunda vez al fin de los tiempos para juzgar a vivos y muertos.

            Los discípulos se quedaron estupefactos contemplando la ascensión. Como seguían mirando al cielo, dos ángeles los hicieron volver en sí: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo”*2. Como si les dijese: No se queden ahí, tienen que volver a la misión encomendada aunque sin olvidar el cielo.

Es muy importante mirar al cielo porque es el fin de nuestra existencia, “si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”*3.

Llama la atención que mucha gente, la mayoría diría, incluso gente muy cercana a la Iglesia,  no sepan responder cuando se les pregunta ¿cuál es el fin de nuestra existencia? Estamos hechos para el cielo y debemos empeñarnos con todo nuestro ser en esta tierra para alcanzar ese fin y debemos rezar unos por otros para que comprendamos el valor que tiene el cielo para cada uno de nosotros: “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos”*4. Dios quiere que todos los hombres se salven*5 pero la salvación depende del buen uso de nuestra libertad. Decía San Agustín: “quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti”*6.

La esperanza del cristiano es el cielo, la herencia del cristiano es el cielo. El poder de Dios manifestado en Cristo, que lo resucitó de entre los muertos, lo puso a su derecha y lo constituyó Señor, es nuestra garantía porque no hay nada imposible para Dios*7.

Y ¿qué es el cielo?

Se ha hecho del cielo una imagen irreal. Las pinturas pintan al cielo con angelitos con dos alas que tienen en una mano una palma y en la otra una cítara.

El cielo es Dios. Al cielo como a Dios no lo podemos ver en esta tierra por causa del cuerpo, por eso dice la Escritura que nadie puede ver a Dios sin morir. Separada el alma del cuerpo, sí lo veremos, con la ayuda de Dios mismo, por medio de la luz de la gloria. En la resurrección de los cuerpos también, pero con el cuerpo glorificado, es decir de otra condición, con un cuerpo sometido perfectamente al imperio del alma*8.

Para ver a Dios es necesario usar de la potencia más elevada del hombre que es la inteligencia y del acto más sublime del hombre que es la contemplación. El cielo consiste en ver a Dios cara a cara por una visión intelectual acompañada de un acto de gozo infinito porque la contemplación es un mirar amante.

El deseo de ver a Dios es innato en el hombre. Dios quiere la salvación de los hombres y nuestra alma es capaz de Dios. Luego no es un deseo cualquiera sino un deseo esencial y que tiene vocación de plenitud.

El cielo es la plenificación total del ser humano, de todas sus facultades y aspiraciones reales. Es la realización del ideal que ha estado detrás de todos los ideales de la vida. Ese ideal que se formulará al morir será colmado, cumplido, desbordado…

Jesús dijo que el cielo era como una perla de gran valor*9.

El cielo es la incorporación a una empresa de conquistas sobrehumanas que se extienden por los siglos y por universos en los que cada uno de nosotros tiene una tarea que no puede hacer otro y para la cual fuimos hechos cada uno distinto de los otros.

El cielo no es pasividad, sino actividad. No es placer, es más que placer y gozo, pero es inefable. No es un estado sin penas, porque así no es la vida y el cielo es vida eterna sino con penas que no se querrían perder por nada, penas de amor… como las de Jesús y los santos.

El cielo es el término de un movimiento esencial: el movimiento de nuestra naturaleza, que desea desde que existe ver a Dios. Allí nos transfiguraremos.

Y conocer el cielo lleva consigo una rendición total: “va vende todo lo que tiene”*10 y compra la perla. ¡Todo! Porque para que vuele el pajarito tiene que estar libre hasta de la atadura del hilo más delgado*11.

El que comprende esto comprende lo que dice Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”*12, “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará”*13, renuncias y renuncias… rendición total a cosas que valen menos que el cielo.

¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Cristo volverá, pero mientras estamos en la tierra trabajemos para ir donde Él está.

_______________________________________
*1- Flp 2, 9-11
*2- Hch 1, 11
*3- Col 3, 1
*4- Ef 1, 17-20
*5- 1 Tm 2, 4
*6- Sermón 169, 13, O.C. (23), BAC Madrid 1983, 660-61
*7- Lc 1, 37
*8- 1 Co 15, 42-44
*9- Mt 13, 45
*10- v. 46
*11- Sigo casi textualmente a Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 157-8
*12- Mt 16, 24
*13- Lc 9, 24

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo VI de Pascua

 

21
mayo

Domingo VI de Pascua

(Ciclo A) – 2017

 

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Textos Litúrgicos

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Domingo VI de Pascua (A)

(Domingo 21 de mayo de 2017)

LECTURAS

Cuando la Ascensión del Señor se celebra el domingo siguiente, en este domingo VI de Pascua pueden leerse la segunda lectura y el Evangelio asignados al séptimo domingo.

Les impusieron las manos
y recibieron el Espíritu Santo

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     8, 5-8. 14-17

En aquellos días:
Felipe descendió a una ciudad de Samaría y allí predicaba a Cristo. Al oírlo y al ver los milagros que hacía, todos recibían unánimemente las palabras de Felipe. Porque los espíritus impuros, dando grandes gritos, salían de muchos que estaban poseídos, y buen número de paralíticos y lisiados quedaron curados. Y fue grande la alegría de aquella ciudad.
Cuando los Apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo. Porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20

R. ¡Aclame al Señor toda la tierra!

O bien:

Aleluia.

¡Aclame al Señor toda la tierra!
¡Canten la gloria de su Nombre!
Tribútenle una alabanza gloriosa,
digan al Señor: «¡Qué admirables son tus obras!» R.

Toda la tierra se postra ante ti,
y canta en tu honor, en honor de tu Nombre.
Vengan a ver las obras del Señor,
las cosas admirables que hizo por los hombres. R.

El convirtió el Mar en tierra firme,
a pie atravesaron el Río.
Por eso, alegrémonos en él,
que gobierna eternamente con su fuerza. R.

Los que temen al Señor, vengan a escuchar,
yo les contaré lo que hizo por mí:
Bendito sea Dios,
que no rechazó mi oración
ni apartó de mí su misericordia. R.

Entregado a la muerte en su carne,
fue vivificado en el Espíritu

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro     3, 15-18

Queridos hermanos:
Glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo. Es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal.
Cristo murió una vez por nuestros pecados -siendo justo, padeció por los injustos- para llevarnos a Dios. Entregado a la muerte en su carne, fue vivificado en el Espíritu.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Jn 14, 23

Aleluia.
Dice el Señor: El que me ama será fiel a mi palabra,
y mi Padre lo amará e iremos a él.
Aleluia.

EVANGELIO

Yo rogaré al Padre,
y Él les dará otro Paráclito

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     14, 15-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Guión VI Domingo de Pascua- Ciclo A- 21 de Mayo 2017

Entrada:

Celebramos hoy el sexto domingo de Pascua. Ya nos acercamos a los dos grandes acontecimientos con que la Pascua culmina: la Ascensión y Pentecostés. El mejor modo de prepararnos a esos grandes acontecimientos es participando dignamente de este Santo Sacrificio de la Misa.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura:    Hechos 8, 5- 8. 14- 17

Los samaritanos reciben la predicación de los apóstoles con entera docilidad, por eso reciben al Espíritu Santo por la imposición de las manos.

Salmo Responsorial: 65

2° Lectura:                   1 Pedro 3, 15- 18 o bien 4, 13- 16

El cristiano tiene que dar razón de la esperanza de la que goza, y así confesar el Nombre de Cristo, aún en medio de la persecución.

Evangelio:        Juan 14, 15- 21 o bien 17, 1- 11a

Cristo promete al Espíritu Santo, que es el Paráclito, que significa Consolador. Él vendrá a nosotros si nosotros cumplimos los mandamientos, al igual que el Padre y el Hijo.

Preces: VI pascua

Hermanos, confiando en las cosas admirables que hace el Señor por los hombres nos animamos a decirle:

A cada intención respondamos cantando:

+ Por las intenciones del Santo Padre, especialmente por sus proyectos apostólicos; y que los cristianos de todo el mundo se abran a su mensaje evangélico y vivan con coherencia la fe recibida. Oremos.

+ Para que todos los cristianos sean cada vez más conscientes de la obra del Espíritu Santo en las almas  y en la historia y sean dóciles al plan divino para su propia salvación. Oremos.

+ Por los que se preparan a recibir el sacramento de la confirmación y por todos nosotros ya confirmados para que vivamos nuestra vocación cristiana como auténticos testigos de Cristo resucitado. Oremos.

+ Por todos aquellos que están sumergidos en el sufrimiento, los que están solos y abandonados, los que sufren de depresión, para que el Espíritu Paráclito les lleve la consolación. Oremos.

+ Por nuestros seres queridos difuntos, para que el Señor los admita a vivir eternamente en su Presencia. Oremos.

Anhelando la presencia del Espíritu consolador, te pedimos Señor que nos asistas con tu poder en nuestras necesidades. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

Lo que nosotros entregamos a Dios son sus mismos dones. Le ofrecemos nuestra capacidad de comprender, de amar y de unirnos a su Sacrificio. Presentamos:

* Incienso y nuestra oración por los más necesitados de la Misericordia de Dios.

* Pan y vino, substancias que han de convertirse, mediante las palabras consagratorias, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Comunión:
El Corazón de Jesús se nos entrega en el Santo Sacramento para encender nuestros corazones en el fuego de su amor.

Salida:

Vayamos a nuestros ambientes habituales, a nuestro hogar y a nuestro trabajo, con la firme decisión de predicar el evangelio a todo aquel que tiene hambre y sed del sentido de la vida.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Sexto domingo de Pascua

CEC 2746-2751: la oración de Jesús en la Última Cena

CEC 243, 388, 692, 729, 1433, 1848: el Espíritu Santo, consolador/defensor

CEC 1083, 2670-2672: invocar al Espíritu Santo

LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

2746  Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la “hora de Jesús” sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747  La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

2748  En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en El (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, la humillación y la Gloria. Es la oración de la unidad.

2749  Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la “hora de Jesús” llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrator. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750  Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que él nos enseña: “Padre Nuestro”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padrenuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la Gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751    Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración

El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu

228       Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de “otro Paráclito” (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y “por los profetas” (Credo de Nicea-Constantinopla), estará ahora junto a los discípul os y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos “hasta la verdad completa” (Jn 16,13). El Espíritu Santo es  revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

388    Con el desarrollo de la Revelación se va iluminando también la realidad del pecado. Aunque el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento conoció de alguna manera la condición humana a la luz de la historia de la caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el significado último de esta historia que sólo se manifiesta a la luz de la Muerte y de la Resurrección de Jesucristo (cf. Rm 5,12-21). Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado. El Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien vino “a convencer al mundo en lo referente al pecado” (Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.

Los apelativos del Espíritu Santo

692    Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el “Paráclito”, literalmente “aquél que es llamado junto a uno”, “advocatus” (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7). “Paráclito” se traduce habitualmente por “Consolador”, siendo Jesús el primer consolador (cf. 1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo “Espíritu de Verdad” (Jn 16, 13).

729    Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

1433    Después de Pascua, el Espíritu Santo “convence al mundo en lo referente al pecado” (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador (cf Jn 15,26) que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2,36-38; Juan Pablo II, DeV 27-48).

1848  Como afirma S. Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

          La conversión exige la convicción del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: “Recibid el Espíritu Santo”. Así, pues, en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una “doble dádiva”: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (DeV 31).

1083  Se comprende, por tanto, que en cuanto respuesta de fe y de amor a las “bendiciones espirituales” con que el Padre nos enriquece, la liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una parte, la Iglesia, unida a su Señor y “bajo la acción el Espíritu Santo” (Lc 10,21), bendice al Padre “por su Don inefable” (2 Co 9,15) mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Por otra parte, y hasta la consumación del designio de Dios, la Iglesia no cesa de presentar al Padre “la ofrenda de sus propios dones” y de implorar que el Espíritu Santo venga sobre esta ofrenda, sobre ella misma, sobre los fieles y sobre el mundo entero, a fin de que por la comunión en la muerte y en la resurrección de Cristo-Sacerdote y por el poder del Espíritu estas bendiciones divinas den frutos de vida “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,6).

“Ven, Espíritu Santo”

2670  “Nadie puede decir: ‘¡Jesús es Señor!’ sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12, 3). Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al Camino de la oración. Puesto que él nos enseña a orar recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él orando? Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante.

          Si el Espíritu no debe ser adorado, ¿cómo me diviniza él por el bautismo? Y si debe ser adorado, ¿no debe ser objeto de un culto particular? (San Gregorio Nacianceno, or. theol. 5, 28).

2671  La forma tradicional para pedir el Espíritu es invocar al Padre por medio de Cristo nuestro Señor para que nos dé el Espíritu Consolador (cf Lc 11, 13). Jesús insiste en esta petición en su Nombre en el momento mismo en que promete el don del Espíritu de Verdad (cf Jn 14, 17; 15, 26; 16, 13). Pero la oración más sencilla y la más directa es también la más tradicional: “Ven, Espíritu Santo”, y cada tradición litúrgica la ha desarrollado en antífonas e himnos:

          Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor (cf secuencia de Pentecostés).

          Rey celeste, Espíritu Consolador, Espíritu de Verdad, que estás presente en todas partes y lo llenas todo, tesoro de todo bien y fuente de la vida, ven, habita en nosotros, purifícanos y sálvanos. ¡Tú que eres bueno! (Liturgia bizantina. Tropario de vísperas de Pentecostés).

2672  El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro ser, es el Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de la tradición viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos en la oración como orantes, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos. En la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la Iglesia.

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

HECHOS 8, 5-8. 14-17:

Es una página hermosa de la expansión del Evangelio más allá de Jerusalén y de Judea:

— Y precisamente la persecución en la que ha perdido la vida Esteban servirá de ocasión providencial para que los mensajeros del Evangelio lleven la luz de la fe a nuevas zonas. Les había dicho el Maestro: «Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las Sinagogas. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra» (Mt 10, 17. 23).

— Fieles a esta norma del Maestro, los perseguidos en Jerusalén «se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria; e iban de un lugar a otro predicando la Palabra» (v 4). El diácono Felipe, el más cercano a Esteban (Act 6, 5) en ideología y en espíritu, huyendo de la persecución de Jerusalén se encamina a Samaria. Con su predicación y los milagros que la acompañan gana a los samaritanos a la fe en Jesús-Mesías (5-8). No será ésta la única vez en la historia de la Iglesia en que un plan de persecución y exterminio proyectado por los hombres queda trocado por la Providencia de Dios en plan de gracia y salvación. El Mensaje del Evangelio toma otros caminos. Los mensajeros se desinstalan porque el ímpetu del Espíritu los impele a nuevas conquistas.

— Aquella vez la persecución no iba directamente contra los Apóstoles (8, 1). Estos, más respetuosos con la Ley Mosaica y las Tradiciones que los helenistas, no son molestados en aquel motín que costó la vida a Esteban. Pedro, en su calidad de Pastor supremo, gobierna e inspecciona los nuevos núcleos o comunidades cristianas que van surgiendo. Conocedor de los éxitos del diácono Filipo en Samaria, se dirige con Juan a la nueva Comunidad para administrar a los neófitos la Confirmación (16), completar la organización y desarrollo de la nueva Comunidad cristiana.

1 PEDRO 3, 15-18:

San Pedro adoctrina a los neófitos y les da normas de conducta para con los perseguidores.

— Bien que la persecución nace de la malicia o de la ignorancia de los perseguidores; mediante ella Dios realiza sus planes salvíficos (17) y trueca en bien lo que los hombres planean para mal. En la persecución se acrisola el cristianismo y brilla con destellos más fúlgidos la fe.

— Cuanto al comportamiento que el cristiano debe tener frente a los enemigos y perseguidores, San Pedro nos proporciona este magnífico programa:

a) Fe consciente, luminosa y radiante: «Siempre dispuestos a dar respuesta a quien os pregunte acerca de la esperanza que profesáis» (15). El cristiano no tiene otras armas que la verdad. Él la expone a vista de todos con hidalguía. Sin orgullo y sin complejos. El mensaje, del Evangelio presentado con nitidez desarma a quienes por ignorancia o prejuicios persiguen a los cristianos. b) A la vez deben proceder con «suavidad y respeto (16a). La verdad se expone, no se impone. El buen cristiano, teólogo, apologista, misionero, testigo, mártir, a los no cristianos y aun a los que ni aceptan el Evangelio ni respetan a los fieles, él debe siempre amarlos y respetarlos. c) Conducta intachable: «Proceded siempre con buena conciencia» (16 b). Tal debe ser la luz de nuestra vida cristiana, que ella por sí sola disipe la niebla de todas las calumnias. Si nos atenemos a este programa seguro que la persecución no será dañosa a los fieles. La primera persecución, la que causó la muerte de Esteban, produjo al poco como fruto la conversión de Saulo, sin duda el más fiero de cuantos se oponían al Protomártir. El Concilio nos recuerda: «Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios (G. S. 44). La Iglesia sabe por fe y por experiencia de siglos: Etian plures efficimur quoties metimur a vobis; semen est sanguis cristianorum. (Ter Apolog 5, 103.)

— Notemos también en la pericopa que hoy leemos dos testimonios que nos da Pedro de la divinidad de Cristo: a) Aplica a Cristo-Jesús lo que Isaías (8, 12) dice de Yahvé (15). b) Distingue en Jesús la doble naturaleza: la mortal de su carne y la Divina de su Espíritu (18).

JUAN 14, 15-21:

En el Discurso de despedida Jesús hace a sus discípulos preciosas promesas:

— Promesa de enviarnos el Espíritu Santo: Reitera Jesús esta promesa y denomina con varios títulos al divino Espíritu que el Padre nos dará y que morará siempre en nosotros (16). Es el Espíritu Paráclito: Consolador-Abogado-Defensor. Es el Espíritu de la Verdad (17). Es el Espíritu Santo (26). En el corazón de la Iglesia de Cristo y en el corazón de cada uno de sus fieles mora este divino Espíritu que es luz y verdad, gozo y vigor, santidad y vida inmaculada. Al impulso de este Espíritu la Iglesia y los fieles buscan y alcanzan metas de santidad y de expansión ilimitadas: Quia Dominus Jesus, peccati triumfater et mortis, ascendit summa coelorum, Mediator Dei et hominum. (Praef.) El Resucitado asiste y está presente a su Iglesia. La victoria del Resucitado garantiza la fe de la Iglesia.

— Promesa de la presencia de Cristo: A la presencia sensible sigue una presencia espiritual y mística, más rica aún que la sensible: «No os dejaré huérfanos; vuelvo a vosotros» (18). Jesús vive glorificado. Y por la fe, el amor y, sobre todo por la Eucaristía, vive en nosotros. Este círculo de amor, de gozo y de vida nunca se interrumpirá: «Yo en el Padre—Vosotros en Mí—Yo en vosotros» (20).

— Promesa del amor del Padre: «El que me ama será amado por mi Padre» (21). El amor del Padre nos llega por Cristo. Un amor tan sincero, seguro y cálido que el Padre hace de nuestras almas su cielo, su más gozosa morada (23).

SOLÉ ROMA, J. M.,  Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 125-128

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Comentario Teológico

·        San Juan Pablo II

1. Promesa y revelación de Jesús durante la Cena pascual

3. Cuando ya era inminente para Jesús el momento de dejar este mundo, anunció a los apóstoles « otro Paráclito » (Jn.14,16).16 El evangelista Juan, que estaba presente, escribe que Jesús, durante la Cena pascual anterior al día de su pasión y muerte, se dirigió a ellos con estas palabras: « Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo… y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad » (Jn.14,13.16ss).17

Precisamente a este Espíritu de la verdad Jesús lo llama el Paráclito, y Parákletos quiere decir « consolador », y también « intercesor » o « abogado ». Y dice que es « otro » Paráclito, el segundo, porque él mismo, Jesús, es el primer Paráclito, 18 al ser el primero que trae y da la Buena Nueva. El Espíritu Santo viene después de él y gracias a él, para continuar en el mundo, por medio de la Iglesia, la obra de la Buena Nueva de salvación. De esta continuación de su obra por parte del Espíritu Santo Jesús habla más de una vez durante el mismo discurso de despedida, preparando a los apóstoles, reunidos en el Cenáculo, para su partida, es decir, su pasión y muerte en Cruz.

Las palabras, a las que aquí nos referimos, se encuentran en el Evangelio de Juan. Cada una de ellas añade algún contenido nuevo a aquel anuncio y a aquella promesa. Al mismo tiempo, están simultáneamente relacionadas entre sí no sólo por la perspectiva de los mismos acontecimientos, sino también por la perspectiva del misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que quizás en ningún otro pasaje de la Sagrada Escritura encuentran una expresión tan relevante como ésta.

4. Poco después del citado anuncio, añade Jesús: « Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo he dicho » (Jn.14,26).19 El Espíritu Santo será el Consolador de los apóstoles y de la Iglesia, siempre presente en medio de ellos—aunque invisible—como maestro de la misma Buena Nueva que Cristo anunció. Las palabras « enseñará » y « recordará » significan no sólo que el Espíritu, a su manera, seguirá inspirando la predicación del Evangelio de salvación, sino que también ayudará a comprender el justo significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e identidad de comprensión en medio de las condiciones y circunstancias mudables. El Espíritu Santo, pues, hará que en la Iglesia perdure siempre la misma verdad que los apóstoles oyeron de su Maestro.

5. Los apóstoles, al transmitir la Buena Nueva, se unirán particularmente al Espíritu Santo. Así sigue hablando Jesús: « Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio » (Jn.15,26).20

Los apóstoles fueron testigos directos y oculares. « Oyeron » y « vieron con sus propios ojos », « miraron » e incluso « tocaron con sus propias manos » a Cristo, como se expresa en otro pasaje el mismo evangelista Juan (1Jn.1,1-3; 4,14).21 Este testimonio suyo humano, ocular e « histórico » sobre Cristo se une al testimonio del Espíritu Santo: « El dará testimonio de mí ». En el testimonio del Espíritu de la verdad encontrará el supremo apoyo el testimonio humano de los apóstoles. Y luego encontrará también en ellos el fundamento interior de su continuidad entre las generaciones de los discípulos y de los confesores de Cristo, que se sucederán en los siglos posteriores.

Si la revelación suprema y más completa de Dios a la humanidad es Jesucristo mismo, el testimonio del Espíritu de la verdad inspira, garantiza y corrobora su fiel transmisión en la predicación y en los escritos apostólicos, 22 mientras que el testimonio de los apóstoles asegura su expresión humana en la Iglesia y en la historia de la humanidad.

6. Esto se deduce también de la profunda correlación de contenido y de intención con el anuncio y la promesa mencionada, que se encuentra en las palabras sucesivas del texto de Juan: « Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir » (Jn.16,12ss).23

Con estas palabras Jesús presenta el Paráclito, el Espíritu de la verdad, como el que « enseñará » y « recordará », como el que « dará testimonio » de él; luego dice: « Os guiará hasta la verdad completa ». Este « guiar hasta la verdad completa », con referencia a lo que dice a los apóstoles « pero ahora no podéis con ello », está necesariamente relacionado con el anonadamiento de Cristo por medio de la pasión y muerte de Cruz, que entonces, cuando pronunciaba estas palabras, era inminente.

Después, sin embargo, resulta claro que aquel « guiar hasta la verdad completa » se refiere también, además del escándalo de la cruz, a todo lo que Cristo « hizo y enseñó ».24 En efecto, el misterio de Cristo en su globalidad exige la fe ya que ésta introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El « guiar hasta la verdad completa » se realiza, pues en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu de la verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu Santo debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del espíritu humano. Esto sirve para los apóstoles, testigos oculares, que deben llevar ya a todos los hombres el anuncio de lo que Cristo « hizo y enseñó » y, especialmente, el anuncio de su Cruz y de su Resurrección. En una perspectiva más amplia esto sirve también para todas las generaciones de discípulos y confesores del Maestro, ya que deberán aceptar con fe y confesar con lealtad el misterio de Dios operante en la historia del hombre, el misterio revelado que explica el sentido definitivo de esa misma historia.

7. Entre el Espíritu Santo y Cristo subsiste, pues, en la economía de la salvación una relación íntima por la cual el Espíritu actúa en la historia del hombre como « otro Paráclito », asegurando de modo permanente la trasmisión y la irradiación de la Buena Nueva revelada por Jesús de Nazaret. Por esto, resplandece la gloria de Cristo en el Espíritu Santo-Paráclito, que en el misterio y en la actividad de la Iglesia continúa incesantemente la presencia histórica del Redentor sobre la tierra y su obra salvífica, como lo atestiguan las siguientes palabras de Juan: « El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros » (Jn.16,14).25 Con estas palabras se confirma una vez más todo lo que han dicho los enunciados anteriores. « Enseñará …, recordará …, dará testimonio ». La suprema y completa autorrevelación de Dios, que se ha realizado en Cristo, atestiguada por la predicación de los Apóstoles, sigue manifestándose en la Iglesia mediante la misión del Paráclito invisible, el Espíritu de la verdad. Cuán íntimamente esta misión esté relacionada con la misión de Cristo y cuán plenamente se fundamente en ella misma, consolidando y desarrollando en la historia sus frutos salvíficos, está expresado con el verbo « recibir »: « recibirá de lo mío y os lo comunicará ». Jesús para explicar la palabra « recibirá », poniendo en clara evidencia la unidad divina y trinitaria de la fuente, añade: « Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros » (Jn.16,15).26 Tomando de lo « mío », por eso mismo recibirá de « lo que es del Padre ».

A la luz pues de aquel « recibirá » se pueden explicar todavía las otras palabras significativas sobre el Espíritu Santo, pronunciadas por Jesús en el Cenáculo antes de la Pascua: « Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré; y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio ».27 Convendrá dedicar todavía a estas palabras una reflexión aparte.

2. Padre, Hijo y Espíritu Santo

8. Una característica del texto joánico es que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son llamados claramente Personas; la primera es distinta de la segunda y de la tercera, y éstas también lo son entre sí. Jesús habla del Espíritu Paráclito usando varias veces el pronombre personal « él »; y al mismo tiempo, en todo el discurso de despedida, descubre los lazos que unen recíprocamente al Padre, al Hijo y al Paráclito. Por tanto, « el Espíritu … procede del Padre » 28 y el Padre « dará » el Espíritu.29 El Padre « enviará » el Espíritu en nombre del Hijo, 30 el Espíritu « dará testimonio » del Hijo.31 El Hijo pide al Padre que envíe el Espíritu Paráclito,32 pero afirma y promete, además, en relación con su « partida » a través de la Cruz: « Si me voy, os lo enviaré ».33 Así pues, el Padre envía el Espíritu Santo con el poder de su paternidad, igual que ha enviado al Hijo,34 y al mismo tiempo lo envía con la fuerza de la redención realizada por Cristo; en este sentido el Espíritu Santo es enviado también por el Hijo: « os lo enviaré ».

Conviene notar aquí que si todas las demás promesas hechas en el Cenáculo anunciaban la venida del Espíritu Santo después de la partida de Cristo, la contenida en el texto de Juan comprende y subraya claramente también la relación de interdependencia, que se podría llamar causal, entre la manifestación de ambos: « Pero si me voy, os le enviaré ». El Espíritu Santo vendrá cuando Cristo se haya ido por medio de la Cruz; vendrá no sólo después, sino como causa de la redención realizada por Cristo, por voluntad y obra del Padre.

9. Así, en el discurso pascual de despedida se llega —puede decirse— al culmen de la revelación trinitaria. Al mismo tiempo, nos encontramos ante unos acontecimientos definitivos y unas palabras supremas, que al final se traducirán en el gran mandato misional dirigido a los apóstoles y, por medio de ellos, a la Iglesia: « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes », mandato que encierra, en cierto modo, la fórmula trinitaria del bautismo: « bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo ».35 Esta fórmula refleja el misterio íntimo de Dios y de su vida divina, que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, divina unidad de la Trinidad. Se puede leer este discurso como una preparación especial a esta fórmula trinitaria, en la que se expresa la fuerza vivificadora del Sacramento que obra la participación en la vida de Dios uno y trino, porque da al hombre la gracia santificante como don sobrenatural. Por medio de ella éste es llamado y hecho « capaz » de participar en la inescrutable vida de Dios.

10. Dios, en su vida íntima, « es amor »,36 amor esencial, común a las tres Personas divinas. EL Espíritu Santo es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto « sondea hasta las profundidades de Dios »,37 como Amor-don increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios « existe » como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación, de este ser-amor.38 Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos aquí una riqueza insondable de la realidad y una profundización inefable del concepto de persona en Dios, que solamente conocemos por la Revelación.

Al mismo tiempo, el Espíritu Santo, consustancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado) del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación. Como escribe el apóstol Pablo: « El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado » (Rm.5,5).

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16 Allon parakleton: Jn 14, 16.

17 Jn 14, 13. 16 s.

18 Cf. 1 Jn 2, 1.

19 Jn 14, 26.

20 Jn 15, 26 s.

21 Cf. 1 Jn 1, 1-3; 4,14.

22 « La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo », por lo tanto la misma sagrada Escritura « se ha de leer con el mismo Espíritu con que fue escrita »: Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 11. 12.

23 Jn 16, 12 s.

24 Act 1, 1.

25 Jn 16,14.

26 Jn 16, 15.

27 Jn 16, 7s.

28 Jn 15, 26.

29 Jn 14, 16.

30 Jn 14, 26.

31 Jn 15, 26

32 Jn 14, 16.

33 Jn 16, 7.

34 Cf. Jn 3, 16 s., 34; 6, 57; 17, 3. 18. 23.

35 Mt 28, 19.

36 Cf. 1 Jn 4, 8. 16.

37 1 Cor 2, 10.

38 Cf. S. Tomás De Aquino, Summa Theol. Ia, qq. 37-38.

39 Rm 5, 5.

(San Juan Pablo II, Encíclia Dominum et Vivificantem, nº 3-10)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

Recibid el Espíritu Santo

            Perennemente necesitamos de las obras y no de la ostentación de las palabras. A cualquiera le es fácil hablar y prometer, pero no lo es igualmente el obrar. ¿Por qué me expreso así? Porque hay actualmente muchos que dicen amar y temer a Dios; pero Dios quiere ser amado por las obras. Por esto dijo a sus discípulos: Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Como había dicho: Cuanto pidiereis Yo lo haré, para que no creyeran que bastaba con solo pedir, añadió: Si me amáis entonces lo haré. Y como era verosímil que al oírlo decir: Voy a mi Padre, se hubieran conturbado, les advierte: no es amar eso de conturbaros ahora, sino el poner por obra lo que os he dicho.

            Yo rogaré a mi Padre y Él os dará otro Paráclito. Palabras son éstas propias de quien se humilla. Suponiendo que, pues aún no lo conocían exactamente, habrían de echar de menos su compañía estando El ausente, y sus palabras y su presencia corporal, y no tendrían ninguna consolación, ¿qué les dice?: Yo rogaré al Padre y Él os dará otro Paráclito; es decir, otro como Yo. Avergüéncense los que padecen la enfermedad del error de Sabelio y no sienten correctamente acerca del Espíritu Santo. Es cosa de maravillar cómo en este discurso el Señor de un golpe echa por tierra todas las herejías opuestas al dogma. Cuando dice Cristo otro, indica la distinción de persona; y cuando dice Paráclito, indica la consubstancialidad.

            Más ¿por qué dice: Yo rogaré al Padre? Porque si hubiera dicho: Yo lo enviaré, no le habrían dado tanto crédito. Pero ahora su empeño es que ellos crean en el Espíritu Santo. Les asegura que después se lo enviará. Recibid el Espíritu Santo*1. Aquí dice que rogará al Padre, con el objeto de que ellos creyeran y confiaran en sus palabras. Juan, refiriéndose al Espíritu Santo que Cristo enviaría, dice de Jesús: De cuya plenitud todos recibimos*2. Ahora bien: lo que ya de suyo tenía Cristo ¿cómo lo iba a recibir de otro? Dice el Bautista: Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego*3. Por otra parte, ¿qué habría tenido de más que los apóstoles si hubiera necesitado suplicar al Padre que diera el Espíritu Santo a otros, cuando los apóstoles con frecuencia aparecen obrando lo mismo sin ruegos previos? Además, si mediante las preces es como el Espíritu Santo es enviado por el Padre, ¿cómo es que El de por sí vuela y se posa? ¿Cómo es enviado por otro el que está presente en todas partes? ¿El que da sus dones a cada uno según quiere? ¿El que autoritativamente dice: Separadme a Pablo y Bernabé?*4

            Pablo y Bernabé ya se ocupaban en el ministerio de Dios; y, sin embargo, con propia autoridad el Espíritu Santo los llama a una empresa suya, no para encargarles una obra distinta de las que ya ejercitaban, sino para demostrar El su autoridad. Preguntarás: entonces ¿qué significa: Yo rogaré al Padre? Es para indicarles que ya ha llegado el tiempo de la venida del Espíritu Santo. Pues una vez que el sacrificio de la cruz los purificó, vino a ellos el Espíritu Santo. ¿Por qué no vino mientras con ellos estaba Jesús? Porque aún no se había consumado el sacrificio. Pero una vez borrado el pecado, y lanzados ellos a los peligros y estando preparándose para la batalla, fue conveniente enviarles quien los ungiera para el certamen. ¿Por qué no vino el Espíritu Santo inmediatamente después de la resurrección? Para que inflamados ellos con mayores deseos, lo recibieran con más agradecimiento. Pues mientras estaba Cristo con ellos no sentían aflicción; pero una vez que se apartó, despojados de su presencia y puestos en graves temores, recibiéronlo con gran anhelo. Él se queda con vosotros. Es decir que no se os apartará ni aun después de la muerte. Y para que al oír hablar del Paráclito no pensaran en una nueva encarnación, ni esperaran verlo con los ojos corporales, deshaciendo semejante opinión, les dice: Al cual el mundo no puede recibir, porque no lo puede ver. Como si les dijera: El Paráclito no convivirá con vosotros como Yo, sino que habitará en vuestra alma. Esto quiere decir: Se queda con vosotros. Y aludiendo a las figuras del Antiguo Testamento lo llama Espíritu de verdad.

            Y estará en vosotros. ¿Qué significa: Estará en vosotros? Lo mismo que dice Jesús: Yo estaré con vosotros*5. Pero además deja entender otra cosa: no padecerá lo que he padecido, ni se apartará. Al cual el mundo no puede recibir porque no lo ve. ¿Cómo es esto? ¿Acaso el Espíritu Santo será una cosa visible? De ninguna manera. Lo que entiende aquí es el conocimiento, porque añade: Y no lo conoce. Suele la Escritura llamar visión al conocimiento perfecto. Por ser la visión mediante los sentidos clarísima, indica por semejante visión el conocimiento perfecto. Llama aquí mundo a los perversos; y por aquí consuela a los discípulos, puesto que les trae un don eximio. Advierte cuánto ensalza la grandeza del don. Afirma ser otro como El. Añade luego que no los abandonará. Continúa diciendo que vendrá solo a vosotros como vine yo; y finalmente: En vosotros permanece.

            Sin embargo, ni con todo esto los libró del temor, porque aún buscaban su compañía y estar con Él. Para remediar esto les dice: Tampoco Yo os dejaré huérfanos: vuelvo a vosotros. Como si les dijera: No temáis, pues no os he dicho que os enviaré otro Paráclito porque os vaya a dejar solos hasta el fin. No he dicho: Permanece en nosotros, como si Yo nunca más os hubiera de ver. Yo también vuelvo a vosotros. No os dejaré huérfanos. Como al principio los llamó hijitos, ahora les dice: No os dejaré huérfanos.

            Antes les dijo: A donde Yo voy vendréis; y: En la casa de mi Padre hay muchas mansiones. Pero ahora, como el tiempo va a ser largo, les da el Espíritu Santo. Más como no recibieran suficiente consuelo con lo que les decía, porque no lo entendían, añade: No os dejaré huérfanos, que era sobre todo lo que ellos anhelaban. Mas como eso de: Vuelvo a vosotros significaba presencia, con el objeto de que no buscaran una presencia corporal como hasta entonces, advierte tú cómo no se lo dijo con entera claridad, sino oscuramente, de manera que solamente lo dejó entender.

            Porque habiéndoles dicho: Un poquito aún y el mundo ya no me verá más, luego continuó: Pero vosotros me volveréis a ver. Como si les dijera: Volveré a vosotros, pero ya no como antes, para conversar diariamente. Y para que no dijeran: ¿Cómo es pues que dijiste a los judíos: Ya no me veréis más? les resuelve la dificultad diciendo: A vosotros únicamente. Porque así es también el Espíritu Santo. Porque Yo sigo viviendo y vosotros viviréis. La cruz no nos separará para siempre, sino que sólo me ocultará por brevísimo lapso. Pienso yo que en esto alude no sólo a la vida presente, sino también a la futura.

            En aquel día conoceréis que Yo estoy en mi Padre y vosotros en Mí y Yo en vosotros. En mi Padre por la consubstancialidad; en vosotros por la concordia y el auxilio divino que os daré.

            Pero yo pregunto: ¿cómo es esto? ¿En qué forma pueden concertarse cosas tan contrarias? Porque la distancia entre Cristo y los discípulos es grande; o mejor dicho, es infinita. No te espantes aun cuando sean las mismísimas palabras; pues suele la Escritura usar en diversos sentidos las mismas palabras que se dicen de Dios y de los hombres. Así somos llamados hijos de Dios; pero esa expresión no tiene la misma fuerza y significado cuando se aplica a nosotros y cuando se aplica a Dios. El Hijo es llamado Imagen y gloria del Padre, lo mismo que nosotros; y sin embargo, la diferencia es mucha. También se dice: Vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios*6. Pero Cristo no es de Dios como nosotros somos de Cristo. ¿Qué significa, pues, la expresión? Es como si les dijera: Una vez que Yo haya resucitado, conoceréis que no estoy separado del Padre, sino que tengo su mismo poder; y que permanezco perpetuamente con vosotros, pues los hechos mismos estarán clamando el auxilio que os habré dado, así por los enemigos que habréis vencido, como por vuestra confianza en el proceder, la remoción de las dificultades y molestias, el florecimiento diario de la predicación y la obediencia de todos a las piadosas enseñanzas.

            Como me ha enviado el Padre, también Yo os envío a vosotros*7. ¿Observas cómo tampoco aquí la misma proposición tiene el mismo sentido? Si la tomamos en el mismo sentido, en nada diferirían Cristo y los apóstoles. Más ¿por qué dice: Entonces conoceréis? Porque entonces fue cuando vieron que había resucitado y conversaba con ellos. Entonces aprendieron la verdadera fe. Pues era grande la fuerza del Espíritu Santo que les enseñaba todo. Quien tiene mis mandamientos y los guarda, éste es el que me ama. Porque no basta con tenerlos sino que se requiere su exacto cumplimiento. ¿Por qué les repite esto con frecuencia, como cuando les dice: Si me amáis guardad mis mandamientos; y ahora: Quien tiene mis mandamientos y los guarda; y: Si alguno me ama, guardará mis enseñanzas; el que no me ama no guarda mis enseñanzas? Y pienso que lo hace a causa de la tristeza que sentían.

            Como había hablado largamente acerca de la muerte diciendo: El que aborrece su vida en este mundo la guarda para la vida eterna; y también: Si alguno no toma su cruz y me sigue no es digno de Mí; y todavía iba a añadir otras cosas más sobre lo mismo, reprendiéndolos les dice: ¿Pensáis que vuestra tristeza nace de amor? Pues bien: precisamente sería indicio de amor el no entristecerse. Y como quiere lograr que no se entristezcan, en lo que sigue les repite lo mismo: Si me amarais os gozaríais de que voy al Padre. Ahora en cambio esa tristeza os nace de miedo. Tener temor así de la muerte, no es propio de quienes recuerdan mis mandamientos. Si de verdad me amarais, lo propio sería que fuerais crucificados. Porque Yo os he exhortado a no temer a quienes matan el cuerpo. A ésos es a los que ama el Padre y también Yo los amo.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LXXV (LXXIV), Tradición México 1981, p. 260-64

___________________________________________
*1- Jn 20, 22
*2- Jn 1, 26
*3- Lc 3, 16
*4- Hch 13, 2
*5- Mt 28, 20
*6- 1 Co 3, 23
*7- Jn 20, 21

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        San Juan Pablo II

·        San Juan Pablo II

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

Jesús promete el envío de otro Paráclito

(Jn 14,15-21)

Introducción

La Iglesia ha elegido este evangelio como preparación a la gran culminación de la Pascua: la venida del Espíritu Santo en Pentecostés*1. La razón fundamental de esta elección está en el hecho de que en el evangelio de hoy se encuentra la primera de las cinco promesas que Jesús hace del Espíritu Santo durante el discurso de despedida de la Última Cena*2.

La sección de Jn 14,15-24, dentro de la cual está nuestro evangelio de hoy, presenta la misma argumentación para explicar cuál es la causa de que habiten en nuestra alma el Espíritu, el Hijo y el Padre: la observancia de los mandamientos. Si observamos los mandamientos el Espíritu habitará en nosotros (Jn 14,15-17); si observamos los mandamientos el Hijo habitará en nosotros (Jn 14,18-22); si observamos los mandamientos el Padre habitará en nosotros (Jn 14,23-24)*3. Por lo tanto, el evangelio de hoy incluye las dos primeras partes: la inhabitación del Espíritu y del Hijo por el cumplimiento de los mandamientos.

Jesús promete el Espíritu Santo durante la Última Cena porque está a punto de ser glorificado, es decir, a punto de consumar su pasión, muerte y resurrección. Además, porque acaba de adelantar el sacrificio de la cruz celebrando la primera misa de la historia: la institución de la Eucaristía, sacrificio de Cristo, de cuyo costado brota el Espíritu Santo (cf. Jn 19,34).

1. El significado del término ‘Paráclito’

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de ‘otro Paráclito’ (Defensor), el Espíritu Santo. (…) Él estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos ‘hasta la verdad completa’ (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre” (CEC, 228).

El nombre que Jesucristo le aplica al Espíritu Santo, el nombre de Paráclito, es un adjetivo verbal (en griego: parákletos) que proviene del verbo pará-kaléo. Pará en griego significa ‘al lado de’; y kaléo significa ‘llamar’. Por lo tanto, el significado base de parakaléo es ‘llamar a alguien al lado de uno’. Este ‘llamar a alguien al lado de uno’ implica un llamado para que preste algún auxilio, para que preste una ayuda.

De este significado base se desgajan otros múltiples significados que brotan todos del hecho de que una persona es llamada al lado de otra para ejercer una acción en favor de la persona que ha llamado. Por eso dice Vine: “Paráclito se utiliza para todo tipo de llamada a una persona que tiene como objetivo la producción de un efecto determinado, y de ahí adquiere varios diferentes sentidos y matices de significado”.

El primer significado que brota del significado base es ‘consolador’. La consecuencia primera que se sigue del llamar a alguien junto a sí para brindar una ayuda es la consolación. Como sinónimos de Consolador, parákletos también significa: ‘el que conforta’, ‘el que da fuerzas’, ‘el que restaura’.

Por lo tanto, el primer significado de Parákletos es Consolador. Uno de los nombres que los israelitas daban al Mesías era el de Menahem, que significa ‘Consolador’. Y del anciano Simeón dice San Lucas: “Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo” (Lc 2,25). Decir que esperaba ‘la consolación de Israel’ es lo mismo que decir que esperaba al Mesías. Y se pone la consolación en relación con el Espíritu Santo.

En Mt 5,5 se dice: “Bienaventurados los que lloran porque serán consolados”. Esta consolación de los que lloran sus propios pecados y los pecados del mundo es obra del Consolador, el Espíritu Santo.

El segundo significado que brota del adjetivo verbal parákletos como proveniente del verbo parakaléo es el de aquel que está junto al que lo ha llamado como un custodio o defensor delante del que lo acusa o ataca. Por eso dice Vine: “Se usaba en las cortes de justicia para denotar a un asistente legal, un defensor, un abogado; de ahí, generalmente, el que aboga por la causa de otro, un intercesor, un abogado”*4. Y otro diccionario dice de parákletos: “Llamado en ayuda; abogado judiciario; intercesor, patrono; ayudador, consolador”*5.

La palabra griega parákletos tiene su correspondencia exacta en latín en el término ad-vocatus, que también significa ‘alguien que es llamado’ (vocatus) ‘al lado de otro’ (ad)*6. Sólo que en latín ha conservado solamente el matiz de defensor, lo cual se puede ver con evidencia en el hecho que el término castellano ‘abogado’ proviene del término latino ad-vocatus.

En este sentido se lo usa en 1Jn 2,1 aplicado a Cristo: “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un Paráclito (parákletos = defensor, abogado) ante el Padre: a Jesucristo, el Justo”. Jesús es el que nos defiende delante del Padre si nos arrepentimos de nuestros pecados. En este sentido tanto Jesús como el Espíritu Santo son paráclitos, es decir, defensores judiciales con plenos derechos para defendernos delante del eterno acusador, el diablo, que siempre nos acusará de nuestros pecados, aun cuando nos hayamos arrepentido y hayamos recibido la absolución. Por eso dice el Apocalipsis: “Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: ‘Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios’” (Apoc 12,10).

En realidad, los significados de consolación y defensa están muy unidos entre sí, porque la defensa es ya una consolación. Por lo tanto, parákletos siempre guarda en sí los dos significados y ambos matices. La consolación se ejerce defendiendo, y la defensa es ya una consolación.

Hay un tercer significado de parákletos. Si, como habíamos dicho, parákletos es el que viene al lado de alguien para ayudarlo, este hecho de estar al lado de alguien puede interpretarse como estando entre esa persona y otro, y así tenemos el significado de defensa. Pero si consideramos que está al lado de alguien vuelto hacia ese alguien, entonces el auxilio que presta es el de exhortar, en el sentido de estimular con las palabras. Por eso, el tercer significado de parákletos es el de exhortador*7. Se trata de una exhortación que estimula, que anima. En este sentido, parákletos es el que insiste, alienta, infunde ánimos.

El cuarto y último significado de parákletos es ‘el que ruega’, ‘el que suplica’. Este significado también tiene su raíz en el estar al lado del otro. Sobre todo, el verbo parakaléo se usa muchísimas veces en el NT como acción de rogar, suplicar*8.

Por lo tanto, el Espíritu Santo, el Paráclito que Jesús enviará en Pentecostés es el Consolador, el Defensor, el Abogado, el Exhortador y el Suplicante. Todo esto es para nosotros el Espíritu Santo que recibiremos dentro de dos domingos.

2. El modo de prepararse para recibir la consolación del Espíritu Santo

De un discípulo de la primera Iglesia se hace la siguiente alabanza: “José (fue) llamado por los Apóstoles Bernabé, que significa hijo de la consolación (paráklesis)” (Hech 4,36). Todos y cada uno de nosotros está llamado a llevar por nombre Bernabé; cada bautizado debería poder llamarse con justicia Bernabé = el hijo de la consolación. Y esto por una docilidad tan grande al Espíritu Santo que lo llene de consolación.

El primer y mejor modo de llegar a ser otro Bernabé es a través de la participación fructuosa de la Santa Misa. El Espíritu Santo está en la misma génesis de la Eucaristía. En efecto, dice Benedicto XVI: “En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la Iglesia. San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, recuerda que nosotros «invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo Espíritu sobre las ofrendas que están ante nosotros, para que Él transforme el pan en cuerpo de Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu Santo es santificado y transformado totalmente». (…) Es muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen conciencia más claramente de la riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que toda la comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo. El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y el vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles en un sólo cuerpo, haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al Padre”*9.

Si del costado abierto de Jesús salió sangre y agua (Jn 19,34) siendo el agua el símbolo del Espíritu Santo donado a la Iglesia, también en el Santo Sacrificio de la Misa está el costado abierto de Jesús vertiendo esa misma agua, que es el Espíritu Santo. En el momento de la consagración, todo fiel que se une espiritualmente al sacrificio de Cristo recibe como un don el Espíritu Santo.

La comunión del Cuerpo de Cristo también nos da al Espíritu Santo. Dice San Juan Pablo II: “El don de Cristo y de su Espíritu que recibimos en la comunión eucarística colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano”*10. Si el costado de Cristo se abre en la consagración para darnos al Espíritu, en la comunión es el momento en que aplicamos nuestra boca a dicho costado para beber efectivamente de ese Espíritu: “Todos hemos bebido del mismo Espíritu” (1Cor 12,13).

El segundo modo para recibir la consolación del Espíritu Santo y poder ser llamados Bernabé, hijos de la consolación, es la lectura asidua, atenta y orante de la Sagrada Escritura. Dice San Pablo: “Todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para que, con el consuelo (paráklesis) que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza” (Rm 15,4). También durante la Santa Misa tenemos la posibilidad de alimentarnos con el pan de la palabra a través de tres lecturas bíblicas y la homilía del sacerdote. A través de la escucha atenta de la Palabra de Dios llega a nosotros la consolación del Paráclito. Y mucho más si de una manera sistemática y habitual leemos la Biblia con espíritu de oración.

El tercer modo de recibir la consolación del Espíritu Santo es, quizá, el más obvio de todos: pedirla a Dios. “La forma tradicional para pedir el Espíritu es invocar al Padre por medio de Cristo nuestro Señor para que nos dé el Espíritu Consolador (cf. Lc 11,13). Jesús insiste en esta petición en su Nombre en el momento mismo en que promete el don del Espíritu de Verdad (cf. Jn 14,17; 15,26; 16,13). Pero la oración más sencilla y la más directa es también la más tradicional: “Ven, Espíritu Santo”, y cada tradición litúrgica la ha desarrollado en antífonas e himnos” (CEC, 2671).

Esta petición debe hacerse con gran confianza de que realmente se va a recibir al Espíritu Santo, como un niño confía en la bondad de su Padre. Lo dice explícitamente N. S. Jesucristo: “¿Qué padre de entre vosotros, si su hijo le pide un pan, le dará una piedra? ¿Y si le pide un pez, le dará en lugar de un pez una serpiente? O si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?” (Lc 11,11-13).

La secuencia de Pentecostés es uno de los modos más hermosos de pedir el Espíritu Santo: “Ven Espíritu Santo trayendo desde el cielo un rayo de tu luz / Ven, Padre de los pobres, ven dador de los bienes, ven de las almas luz”.

Conclusión

El recibir la consolación del Espíritu Santo implica una responsabilidad, porque si somos consolados por el Espíritu Santo es para que, a nuestra vez, consolemos a los demás. Así como el Espíritu Santo es Paráclito para nosotros, nosotros debemos ser ‘paráclitos’ con los demás. Debemos ser consoladores de los demás, debemos ser defensores de los demás ante las críticas farisaicas por los pecados del prójimo, debemos exhortar a los demás para que tengan ánimo para seguir en el Camino del Evangelio y debemos suplicar y rogar a Dios por todo el mundo.

Al menos dos veces lo dice San Pablo: “¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación (paráklesis), que nos consuela (parakaléo) en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar (parakaléo) a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo (paráklesis) con que nosotros somos consolados (parakaléo) por Dios!” (2Cor 1,3-4).

Y también: “Consolaos (parakaléo) mutuamente y edificaos uno al otro” (1Tes 5,11). Esta frase se podía traducir: “Sed paráclitos los unos de los otros”. Si la consolación que recibimos del Espíritu no pasa de nosotros a los demás, si queremos retenerla egoístamente para nosotros, pronto se corrompe. De ahí el porqué de una bella oración atribuida a San Francisco de Asís, que dice: “Que no busque tanto ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar…”.

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*1- Cf. Congregación para el Culto Divino, Directorio Homilético, año 2014, nº 55.
*2- Las otras cuatro son: Jn 14,26; 15,26; 16,7-8; 16,13.
*3- Cf. Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 106.
*4- Cf. Multiléxico, nº 3875.
*5- Schenkl, F. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco, Fratelli Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 661.
*6- “Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el “Paráclito”, literalmente “aquél que es llamado junto a uno”, “advocatus” (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7)” (CEC, 692)
*7- El sustantivo paráklesis se usa muchas veces en el NT como ‘exhortación’: 1Cor 14,3; 2Cor 8,17; Filp 2,1; 1Tes 2,3; 1Tit 4,13; Heb 6,18; Heb 12,5; Heb 13,22.
*8- Por ejemplo: 2Cor 9,5; 2Cor 12,8; 2Cor 12,18; Flm 1,9-10.
*9- Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Post-sinodal Sacramentum Caritatis, sobre la Eucaristía, año 2007, nº 13.

Respecto a esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La epíclesis (“invocación sobre”) es la intercesión mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu santificador para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y para que los fieles, al recibirlos, se conviertan ellos mismos en ofrenda viva para Dios. Junto con la Anámnesis, la Epíclesis es el centro de toda celebración sacramental, y muy particularmente de la Eucaristía: ‘Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino…en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento…Que te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo, de igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por sí mismo y en sí mismo, asumió la carne humana’ (S. Juan Damasceno, f.o., IV, 13)” (CEC, 1105 – 1106).
*10- San Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia De Eucharistia, sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia, Jueves Santo del año 2003, nº 24.

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San Juan Pablo II

 

1. “Queridos hermanos, glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 P 3, 15).

2. Amadísimos hermanos y hermanas, permitidme que, en el marco de esta solemne y festiva celebración eucarística, dirija a vuestra amada comunidad tres palabras importantes, tomándolas de las lecturas bíblicas recién proclamadas.

La primera es:  “¡escucha!”. La encontramos en el vivo relato del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se narra que “el gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque había oído hablar de los signos que hacía y los estaba viendo” (Hch 8, 6). La escucha del testigo de Jesús, que habla de él con amor y entusiasmo, produce, como fruto inmediato, la alegría. San Lucas observa:  “La ciudad se llenó de alegría” (Hch 8, 8).

Comunidad cristiana de Ischia, si quieres experimentar también tú esta alegría, ¡permanece a la escucha de la palabra de Dios! Así cumplirás tu misión, caminando bajo la acción del Espíritu Santo. Difundirás el evangelio de la alegría y de la paz, permaneciendo unida a tu obispo y a los sacerdotes, sus primeros colaboradores.

Como sucedió con la comunidad de Samaría, de la que habla la primera lectura, también descenderá sobre ti la efusión abundante del Consolador, el cual, como recuerda el concilio Vaticano II, “mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad” (Dei Verbum, 5).

3. Amadísimos hermanos y hermanas, hay una segunda palabra que quisiera dirigiros, y es:  “¡acoge!”. Vuestra espléndida isla, meta de gran número de visitantes y turistas, conoce bien el valor de la acogida. Por tanto, Ischia puede convertirse también en un laboratorio privilegiado de la típica acogida que los discípulos de Cristo están llamados a ofrecer a todos, sea cual sea el país del que procedan y sea cual sea la cultura a la que pertenezcan. Sólo quien ha abierto su corazón a Cristo es capaz de ofrecer una acogida nunca formal y superficial, sino caracterizada por la “mansedumbre” y el “respeto” (cf. 1 P 3, 15).

La fe acompañada por obras buenas es contagiosa y se irradia, porque hace visible y comunica el amor de Dios. Tended a vivir este estilo de vida, escuchando las palabras del apóstol san Pedro, que acabamos de proclamar en la segunda lectura (cf. 1 P 3, 15). Exhorta a los creyentes a estar siempre prontos “para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere”. Y añade:  “Mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal” (1 P 3, 17).

4. ¡Cuánta sabiduría humana y cuánta riqueza espiritual en estos consejos ascéticos y pastorales, sencillos pero fundamentales! Estos consejos nos llevan a la tercera palabra que quisiera dirigiros:  “¡ama!”. La escucha y la acogida abren el corazón al amor. El pasaje del evangelio de san Juan que acabamos de leer nos ayuda a comprender mejor esta misteriosa realidad. Nos muestra que el amor es la plena realización de la vocación de la persona según el designio de Dios. Este amor es el gran don de Jesús, que nos hace verdadera y plenamente hombres. “El que acepta mis mandamientos y los guarda -dice el Señor-, ese me ama. Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelará a él” (Jn 14, 21).

Cuando nos sentimos amados, nos resulta más fácil amar. Cuando experimentamos el amor de Dios, estamos más dispuestos a seguir a Aquel que amó a sus discípulos “hasta el extremo” (Jn 13, 1), es decir, hasta la entrega total de sí mismo.

La humanidad necesita hoy, tal vez más que nunca, este amor, porque sólo el amor es creíble. La fe inquebrantable en este amor inspira en los discípulos de Jesús de todas las épocas pensamientos de paz, abriendo horizontes de perdón y concordia. Ciertamente, esto es imposible según la lógica del mundo, pero todo resulta posible para quien se deja transformar por la gracia del Espíritu de Cristo, derramada con el bautismo en nuestro corazón (cf. Rm 5, 5).

5. Iglesia que vives en Ischia, sé dócil y obediente a la palabra de Dios y serás laboratorio de paz y de auténtico amor. Así llegarás a ser una Iglesia cada vez más acogedora, donde todos se sientan como en su casa. Los que vengan a visitarte saldrán fortalecidos en el cuerpo, pero aún más robustecidos en el espíritu.

Bajo la guía iluminada y prudente de tu pastor, sé una comunidad que sepa escuchar, una tierra dispuesta a acoger, y una familia que se esfuerce por amar a todos en Cristo.

Te encomiendo a la Virgen María, Madre del Amor hermoso, para que te ayude a hacer que resplandezca tu identidad de Iglesia de Cristo, de Iglesia del amor.

Amadísima Iglesia que vives en Ischia, el soplo del Espíritu de Cristo te impulsa hacia los horizontes ilimitados de la santidad. No temas. Al contrario, rema mar adentro con confianza. Avanza siempre con confianza.

¡Alabado sea Jesucristo!

(Visita pastoral a Ischia, domingo 5 de mayo de 2002)

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San Juan Pablo II

 

La Iglesia adora hoy a Dios con el Salmo responsorial de su liturgia, y en este Salmo se refleja la profunda alegría del tiempo pascual.

La obra de Dios: la obra admirable que ha realizado en medio de los hombres. La ha realizado en Jesucristo, crucificado y resucitado. Dios la ha realizado por medio de Él, que se hizo obediente hasta la muerte de cruz (cfr. Fil 2,8), y con esta obediencia nacida del amor hacia el Padre y hacia los hombres venció la muerte y reveló la vida en toda su definitiva verdad y realidad.

Esta obra fue realizada por Dios y por Cristo Señor ante los ojos de los testigos. Y es precisamente su voz, juntamente con el grito del Salmo, la que nos invita a todos a venir y ver la obra de la resurrección y la redención. Toda la tierra y toda la creación narran de un modo nuevo la gloria de Dios: también la tierra y las criaturas participan de la resurrección de Cristo.

La Iglesia es portavoz y servidora de esta gloria. Es “salmista” de las cosas admirables que Dios ha hecho entre los hombres. Y simultáneamente la Iglesia, en este domingo pascual, lee con atención los Hechos de los Apóstoles para recordar, una vez más, cómo la resurrección de Cristo produjo los primeros efectos en medio de los hombres.

Mirad, leemos que el diácono Felipe predicó a Cristo en Samaria, confirmando con signos la verdad de la enseñanza anunciada. Y de este modo Samaria recibió la palabra de Dios. Siguiendo a Felipe se encaminaron a esa ciudad los Apóstoles Pedro y Juan, para imponer las manos, en nombre del Señor Jesús, sobre los bautizados y sobre los que recibían el Espíritu Santo (cfr. Hch 8,5-8).

Este domingo, la Iglesia, llena de alegría pascual, preparándose a la Ascensión del Señor, vive al mismo tiempo, la promesa de otro Defensor: el Espíritu de la verdad (Jn 14,16-17).

Cristo Señor, al prometer, la víspera de la pasión, el Espíritu Santo que sería enviado, dice a los Apóstoles: “No os dejaré desamparados, volveré” (Jn 14,18).

Lo mismo que cada año, nos preparamos para Pentecostés. En esta preparación se encierra la alegría de una nueva venida de Cristo mismo. Él, resucitado y glorificado, permaneciendo en el Padre, viene, al mismo tiempo, a nosotros en el Espíritu Santo, en el Consolador, en el Espíritu de la verdad.

Y en esta nueva venida suya se revela nuestra unión con el Padre: “Sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros” (Jn 14,20). La Iglesia hoy se ve a sí misma como el pueblo de Dios unido al Padre en Jesús mediante la fuerza del Espíritu Santo.

Y la Iglesia se alegra con esta verdad, con esta realidad. La Iglesia encuentra en ella, siempre de nuevo, la fuente inagotable de su misión y de su aspiración a la santidad.

La misión de la Iglesia, su aspiración a la santidad, se realiza mediante el amor.

Cristo dice en el Evangelio de hoy: (Jn 14,21) “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama: al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”.

Así pues, el amor nos introduce en el más profundo conocimiento de Jesucristo. El amor abre ante el corazón humano el misterio de esta unión con el Padre en Cristo mediante la fuerza del Espíritu Santo, que actúa en nosotros.

Y por esto, el amor es el mandamiento mayor del Evangelio. En él se cumplen todos los mandamientos y consejos. Es “el vínculo de la perfección” (Col 3,14).

“Aclamad al Señor, tierra entera”.

Mirad lo que dice el Apóstol en su primera Carta, de la que está tomada la segunda lectura de la liturgia de hoy: “Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiera …” (1 Pe 3,15).

Hay una primera invitación: una fe lúcida, consciente, valiente. Esta fe nos pide Cristo crucificado y resucitado, también en nuestros tiempos. De ella toma origen asimismo toda la esperanza cristiana.

Y ved luego las ulteriores palabras del Apóstol: “Pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia… Que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal” (1 Pe 3,16-17).

La segunda invitación: ¡Que la fe brote de las obras! ¡Que la fe forma las conciencias! Cristo crucificado y resucitado es la “medida” más perfecta de nuestra conducta.

(Homilía en Viterbo, 27 de mayo 1984)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El Espíritu nos ayuda a cumplir los mandamientos

Jn 14, 15-21

            Cuando uno ama a una persona quiere complacerla en todo. Lo que ella quiere uno quiere dárselo. Sucede que en el amor humano, muchas veces, lo que quiere uno de los amantes es un capricho y algo malo. Si el otro se lo concede se rompe el verdadero amor. Se podría decir que se vicia el verdadero amor en el momento en que uno de los amantes pide al otro algo malo.

            No sucede esto en nuestro amor con Jesús. Jesús siempre nos va a pedir cosas buenas y además lo que nos pide es bueno para nosotros. “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, “el que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama”.

            Cuando nosotros escuchamos “mandamientos” pensamos en un montón de normas morales que da la Iglesia para cumplir. Todos ellos se encierran en el cumplimiento de los diez mandamientos y los diez mandamientos en el mandamiento nuevo del amor a Dios y al prójimo[1] y en definitiva en el amor al prójimo.

            Los mandamientos no son obstáculo a la libertad de los hijos de Dios como comúnmente se cree porque su formulación comienza con un “no”. Los mandamientos son como los andadores que enseñan al niño pequeño a caminar o como los carteles indicadores en las carreteras que indican al viajero por donde debe transitar con seguridad. Cuando el niño aprende a caminar deja los andadores, cuando el viajero conoce el camino ya no necesita señalizaciones. El cristiano cuando aprende el verdadero amor no necesita los mandamientos porque el amor no hace nada malo[2]. El amor nos hace plenamente libres. Nos da la libertad de los hijos de Dios: “ama y haz lo que quieras”[3].

            “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”[4]. Decíamos antes que demostrábamos el amor a Jesús guardando sus mandamientos. Pero también, si guardamos sus mandamientos nos aseguramos la permanencia en su amor. El cumplimiento de los mandamientos es el resguardo del amor de Jesús en nosotros.

            Jesús nos ha amado revelándonos lo más íntimo de su corazón: “todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”[5] y dando su vida por nosotros: “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”[6].

            ¿Cómo corresponderé al amor de Jesús?

            Permaneciendo en su amor. Y permanezco en su amor cumpliendo sus mandamientos.

            La amistad con Jesús no la buscamos, se da, es un don. Es un don del mismo Jesús. Él nos elige para ser sus amigos y de su amistad se siguen copiosos frutos: frutos perdurables, gozo pleno, peticiones infalibles[7].

            Toda verdadera amistad se funda en el amor y el amor para ser verdadero tiene dos notas: la primera es que está más en las obras que en las palabras. La segunda es que implica comunicación de bienes, es decir, que el amante dé al amado de lo que tiene y puede y lo mismo el amado al amante.

            Digámosle hoy al Señor: Señor ¿qué quieres que haga? Todo lo que soy y tengo te lo doy. Dame tu gracia que eso me basta.

            Si somos amigos de Jesús también tenemos que ser amigos con los demás cristianos y amarlos como al mismo Jesús. Esto también lo manda el Señor y esto demuestra cuanto lo amamos a Él, porque en nuestros hermanos amamos a Jesús: “éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”[8]. Este amor mutuo es un testimonio cristiano para el mundo: “en esto conocerán todos que sois discípulos míos”[9].

            Y le dábamos todo a Jesús en la oración que hacíamos anteriormente a cambio de su gracia y Jesús nos promete enviarnos su Gracia que es el Espíritu Santo, que Él lo llama “Paráclito”, es decir Consolador y “Espíritu de la Verdad” para que esté con los cristianos para siempre y los libre del error y de las seducciones del mundo. Es este Espíritu, el Espíritu de Jesús, el que los ayudará en el cumplimiento de los mandamientos y en la perseverancia en el amor porque es el Amor sustancial entre el Padre y el Hijo.

            El cumplimiento de los mandamientos que nos lleva al amor de los hijos de Dios crea una comunión indisoluble con el Hijo y con el Padre.

            Jesús nos da su gracia que es el Espíritu Santo y nosotros le damos todo… pero principalmente debemos darle lo más nuestro, lo más íntimo como Él nos lo dio.

            Decíamos al comienzo que Jesús nos reveló lo más íntimo de su corazón. Así nosotros démosle lo más íntimo de nuestro corazón para que el Espíritu Santo lo transforme.

            Esta transformación se hará por la obediencia a sus mandamientos, a través del sufrimiento educador imitando a Jesús[10]. Así la ley de Dios quedará escrita en nuestro corazón[11] y el Espíritu hará en nosotros un corazón nuevo como el corazón de Jesús[12]. Un corazón colmado del Espíritu Santo que nos hará hombres espirituales[13] que viven plenamente la ley del amor.

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*1- Cf. Mc 12, 28-34
*2- Cf. 1 Co 13.
*3- San Agustín, Exposición de la Epístola de Juan a los Partos, Tratado VII, 8, O.C., t. XVIII (último), BAC Madrid 1959, 304
*4- Jn 15, 10.
*5- Jn 15, 15
*6- Jn 15, 13
*7- Cf. Jn 15, 7.11.16
*8- Jn 15, 12
*9- Jn 13, 35
*10- Cf. Hb 5, 8
*11- Cf. Jr 31, 33
*12- Cf. Ez 36, 26
*13- Cf. 1 Co 15, 45-46

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Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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