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Domingo IV de Cuaresma (A) – (Lætare)

 

26
marzo

Domingo IV de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo IV de Cuaresma (A)

(Domingo 26 de Marzo de 2017)

LECTURAS

David es ungido rey sobre Israel

Lectura del primer libro de Samuel     16, 1b. 5b-7. 10-13a

El Señor dijo a Samuel: «¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey.»
Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: «Seguro que el Señor tiene ante él a su ungido.»
Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón.»
Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a ninguno de estos.»
Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿Están aquí todos los muchachos?»
El respondió: «Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño.»
Samuel dijo a Jesé: «Manda a buscarlos, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí.»
Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo, porque es este.»
Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David.

Palabra de Dios.

SALMO     22, 1-6

R. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.

Levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     5, 8-14

Hermanos:
Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia. Es verdad que resulta vergonzoso aun mencionar las cosas que esa gente hace ocultamente. Pero cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz, porque todo lo que se pone de manifiesto es luz.
Por eso se dice: Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO     Jn 8, 12

«Yo soy la luz del mundo,
el que me sigue tendrá la luz de la Vida», dice el Señor.

EVANGELIO

Fue, se lavó y vio

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     9, 1-41

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»
«Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.»
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos opinaban: «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»
El decía: «Soy realmente yo.»
Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos?»
El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi.»
Ellos le preguntaron: «¿Dónde está?»
El respondió: «No lo sé.»
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.
El les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El hombre respondió: «Es un profeta.»
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.»
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.»
Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»
«Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.»
Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»
El les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»
Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.»
El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»
Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»
Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él.
Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven.»
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?»
Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece.»

Palabra del Señor

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.»
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos opinaban: «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»
El decía: «Soy realmente yo.»
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.
El les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El hombre respondió: «Es un profeta.»
Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»
Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

IV Domingo de Cuaresma (Lætare)

Ciclo A- (26-03-17)

Entrada:

            En este cuarto domingo de Cuaresma, llamado Domingo de “Laetare”, es decir, “Alégrate”, la Liturgia nos invita a alegrarnos porque se acerca la Pascua, el día de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Dispongámonos a celebrar convenientemente el Santo Sacrificio de la Misa.

1ºLectura:        I Samuel 16,1b.5b-7.10-13a

            El profeta Samuel unge a David como rey de Israel.

2ºLectura:       Efesios 5,8-14

            El apóstol San Pablo nos exhorta a vivir en  la Luz. El Señor es nuestra Luz.

Evangelio:     Jn.9,1-41

            El evangelio de hoy nos narra la curación del ciego de nacimiento en la piscina de Siloé. Cristo es la luz del mundo y es Él el que nos da el don de la fe y de la verdad. Escuchemos atentamente.

Preces:

Hermanos, al acercarse  la solemnidad de la Pascua, oremos con más insistencia a Dios para que todos nosotros, la multitud de los  bautizados, y también el mundo entero nos preparemos a participar  dignamente de éste sagrado misterio.

A cada intención respondemos…

-Por las intenciones del Santo Padre, para que anunciando el Evangelio a todas las naciones, muestre el rostro misericordioso de Dios Padre. Oremos

-Por los Consagrados, para que  viviendo en intimidad con el Señor se entreguen con valentía a la salvación de las almas. Oremos

-Por los pueblos que sufren la guerra, para que el Señor  bendiga sus esfuerzos y les conceda el  ansiado don de la paz. Oremos

-Por las familias cristianas, para que vivan unidas por un amor sincero, y abiertas a las necesidades espirituales y materiales del prójimo. Oremos

Ten misericordia, Señor,  de tu Iglesia suplicante y atiende a quienes vuelven hacia ti los corazones, para que, al celebrar tus misterios, gocen siempre de tu ayuda. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofertorio:

            Ofrecemos nuestros dones a la Víctima divina.

Incienso, junto con  él suba nuestra oración por  las necesidades de la Santa Iglesia.

            –Pan y vino y nuestro deseo de inmolarnos con el Señor en el Santo Sacrifico.

Comunión:

            Señor Jesús, aumenta nuestra fe, para que siempre sepamos reconocerte oculto en las especies sacramentales.

Salida:

            Que la Virgen María, Causa de nuestra alegría, nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado y nos convierta  en tabernáculo viviente de Dios.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Cuarto domingo de Cuaresma

CEC 280, 529, 748, 1165, 2466, 2715: Cristo, luz de las naciones

CEC 439, 496, 559, 2616: Jesús es el Hijo de David

CEC 1216: el Bautismo es iluminación

CEC 782, 1243, 2105: los cristianos están llamados a ser la luz del mundo

280    La creación es el fundamento de “todos los designios salvíficos de Dios”, “el comienzo de la historia de la salvación” (DCG 51), que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin en vista del cual, “al principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1): desde el principio Dios preveía la gloria de la nueva creación en Cristo (cf. Rom 8,18-23).

529    La Presentación de Jesús en el templo (cf.Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también “signo de contradicción”. La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado “ante todos los pueblos”.

748    “Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el evangelio a todas las criaturas”. Con estas palabras comienza la “Constitución dogmática sobre la Iglesia” del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

1165  Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este “hoy” del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la “Hora” de la Pascua de Jesús que es eje de toda la historia humana y la guía:

          La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito, pasc. 1-2).

I        VIVIR EN LA VERDAD

2465  El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es verdad (cf Pr 8,7; 2 S 7,28). Su ley es verdad (cf Sal 119, 142). “Tu verdad, de edad en edad” (Sal 119,90; Lc 1,50). Porque Dios es el “Veraz” (Rm 3,4), los miembros de su Pueblo son llamados a vivir en la verdad (cf Sal 119,30).

2466  En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. “Lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14), él es la “luz del mundo” (Jn 8,12), la Verdad (cf Jn 14,6). El que cree en él, no permanece en las tinieblas (cf Jn 12,46). El discípulo de Jesús, “permanece en su palabra”, para conocer “la verdad que hace libre” (cf Jn 8,31-32) y que santifica (cf Jn 17,17). Seguir a Jesús es vivir del “Espíritu de verdad” (Jn 14,17) que el Padre envía en su nombre (cf Jn 14,26) y que conduce “a la verdad completa” (Jn 16,13). Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional de la Verdad: “Sea vuestro lenguaje: `sí, sí’; `no, no'” (Mt 5,37).

2467  El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y testimoniarla: “Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas… se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias” (DH 2).

2468  La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

2469  “Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad” (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 109, 3 ad 1). La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, “un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad” (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 109,3).

2470  El discípulo de Cristo acepta “vivir en la verdad”, es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. “Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad” (1 Jn 1,6).

II       “DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD”

2471  Ante Pilato, Cristo proclama que había “venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1,8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una “conciencia limpia ante Dios y ante los hombres” (Hch 24,16).

2472  El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia los impulsa a actuar como testigos del evangelio y de las obligaciones que de ello se derivan. Este testimonio es trasmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18,16):

          Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (AG 11).

2473  El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (S. Ignacio de Antioquía, Rom 4,1).

2474  Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron al final para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre:

          No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta las extremidades de la tierra. Es a él a quien busco, a quien murió por nosotros. A él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…(S. Ignacio de Antioquía, Rom. 6,1-2).

            Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires…Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por él, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén. (S. Policarpo, mart. 14,2-3).

(Tener en cuenta el resto de los títulos y párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la verdad: III. Las ofensas a la verdad (nº 2475-2487). IV El respeto de la verdad (nº 2488-2492). V El uso de los medios de comunicación social (nº 2493-2499). VI Verdad, Belleza y arte sacro (nº 2500-2503)

2715  La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a El es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarle y seguirle (cf San Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).

439    Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico “hijo de David” prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).

496    Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido “absque semine ex Spiritu Sancto” (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

          Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): “Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro  Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, …Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato … padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente” (Smyrn. 1-2).

          La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559    ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de “David, su Padre” (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación (“Hosanna” quiere decir “¡sálvanos!”, “Danos la salvación!”). Pues bien, el “Rey de la Gloria” (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad “montado en un asno” (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación “Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el “Sanctus” de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

          Jesús escucha la oración

2616  La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!” (Mt 9, 27) o “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: “¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!” Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: “Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!”.

            San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: “Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis” (“Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros”, Sal 85, 1; cf IGLH 7).

1216  “Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado…” (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), el bautizado, “tras haber sido iluminado” (Hb 10,32), se convierte en “hijo de la luz” (1 Ts 5,5), y en “luz” él mismo (Ef 5,8):

          El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios…lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).

          Las características del Pueblo de Dios

782    El Pueblo de Dios tiene características que le  distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la Historia:

– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero El ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: “una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa” (1 P 2, 9).

– Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el “nacimiento de arriba”, “del agua y del Espíritu” (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.

– Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es “el Pueblo mesiánico”.

– “La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo”.

– “Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos amó (cf. Jn 13, 34)”. Esta es la ley “nueva” del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).

– Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). “Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano”.

– “Su destino es el Reino de Dios, que el mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección” (LG 9).

1243  La  vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha “revestido de Cristo” (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son “la luz del mundo” (Mt 5,14; cf Flp 2,15).

          El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Unico. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.

2105. El deber de dar a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente. Esa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, enc. “Inmortale Dei”; Pío XI “Quas primas”).

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

Samuel 16, 1. 6-7. 10-13:

David hace su entrada en el escenario de la Historia bíblica. Va a tener en ella un puesto trascendental y un nombre inmortal.

— Como todas las elecciones divinas, la de David parte no de méritos humanos, sino del beneplácito de Dios. Samuel debe ir por orden de Dios a buscar Rey para Israel en la familia de Isaí en Belén. Han desfilado siete hijos de Isaí. Samuel no ve en ninguno de ellos la elección divina. Y llaman al pequeño; está apacentando las ovejas; es rubio, agraciado, ingenuo (12).

— «Úngele. Este es» (13). Israel ya tiene Rey. Del pastoreo de ovejas, David, por orden de Dios, pasa a pastorear el Pueblo de Dios. La Unción hace descender sobre él el Espíritu de Yahvé. Y David queda tan enriquecido del Espíritu de Dios, que será el Rey y Profeta por antonomasia.

— Pero no es ésa la mejor gloria que nimba a David. Sobre este pastorcito ungido por Samuel se irán acumulando las esperanzas y promesas Mesiánicas. La traducción hebrea de «Ungido» es Mesías; y la griega, es Cristo. «Elegí a David mi siervo. Le ungí con óleo santo» (Sal 88, 20). Israel, cierto, ungía a sus reyes. Y hacía de cada Rey un Cristo. Pero desde David, en virtud de la Profecía de Natán, cada Rey de Israel, hijo de David, lleva en su frente la esperanza, la promesa del «Cristo»; el Rey-Davídico; el Ungido; el Mesías que instauraría el Reino de Dios. Mirando a este hijo de David quedan todos los ojos. Y todas las voces piden a Dios envíe a su «Cristo». El N. T. nos dará como equivalentes: Jesús-Cristo-Hijo de Dios. Al llegar Jesús nos ha llegado el Ungido, el Cristo que esperaba Israel; el Hijo de David, Cristo por antonomasia. «Jesús, tu Santo Hijo a quien Tú ungiste» (Act 4, 27); «Le ungió Dios de Espíritu Santo» (ib 10, 38). Jesús, que por ser el Hijo de David en quien convergen todas las esperanzas, es ya el Cristo, lo es con infinita mayor verdad y plenitud por ser a la vez el Hijo de Dios. Jesús es el Hijo de Dios en sentido propio y ontológico. Y por esto su esencia, su misión y su función es ser «Cristo» = «Ungido». Tanto, que dirá Pablo: In Christo unxit nos Deus (2 Cor 1, 21). En Cristo = Ungido nos ungió Dios. En Cristo somos cristianados. El rezuma unción. Y todos somos por Él ungidos.

Efesios 5, 8-14:

San Pablo traza un programa al que deben procurar ajustarse todos los cristianos:

— Contrapone las dos condiciones: Luz-Tinieblas; antes del Bautismo éramos tinieblas y noche. Ahora somos «Luz»; «Luz en el Señor» (8). Al modo que la unción de Cristo nos deja ungidos y nos convierte en «cristos», así la Luz del que es Luz nos inunda a nosotros y nos deja radiantes.

— La verdad y riqueza de la vida debe irradiar y expresarse en las obras. Según la conducta tenemos Obras de Luz y Obras de Tinieblas. Las de la Luz, propias, pues, del cristiano, son: fructificar en toda suerte de bondad, justicia y verdad; y en este camino cabe aún escoger lo que sea más grato al Señor (9). Por tanto, todo en el cristiano debe ser luz y aroma de su gracia bautismal. Respecto a las obras de las tinieblas o pecaminosas, recomienda Pablo: a) No os solidaricéis con los que se portan mal; b) Reconvenced a los pecadores; c) Por mucho que se disimule y se disfrace el pecado, llamadle siempre por su propio nombre (11). Una de las mejores maneras de luchar contra el mal es desenmascararlo. Y una de las más eficaces maneras de favorecerlo es encubrirlo. Nuestra hipocresía y la hipocresía general nos induce a justificar con sofismas lo más infame. Los Profetas no conocían estas cobardes connivencias con el mal. Ni nunca las han usado los auténticos mensajeros evangélicos. «Los pecados reprendidos quedan ya a plena luz» (13). El pecado no reprendido vegeta. Puesto a la luz, muere.

— La doctrina del Bautismo como «Iluminación» es frecuente en el N. T. y en la Patrística. De modo especial en la Carta a los Hebreos (6, 4; 10, 32). El bautizado vive y ve a una nueva luz; luz de la fe. Ve a la luz de Cristo: Hanc lucem amemus, ipsam sitiamus; ut ad ipsam, ipsa duce veniamus et in illa vivamos (Ag In Jn 34). Por eso San Juan de Ávila llama a Jesús: «Luz mía, clara claridad mía, resplandeciente resplandor mío, alegre alegría mía» (BAC-OC. I 1.082). Luz vivificante, Vida lumínica de la que personal y comunitariamente nos saciamos en la fuente de la Eucaristía: Pan de Vida-Agua de Vida-Maná de Vida-Luz de Vida.

Juan 9, 1-41:

El milagro de la curación del cieguecito es la revelación de Cristo-Luz del mundo:

— La piscina con el nombre simbólico: Siloé = Enviado, la acción simbólica de lavarse en ella (7) y quedar iluminado el ciego, le sirven a San Juan para recordarnos cómo Cristo, Enviado del Padre, nos dejó el Sacramento de la Iluminación. Con el Bautismo quedamos lavados y purificados, curados de nuestras tinieblas y ceguera de pecado: Iluminados. La iluminación de los ojos del ciego significa, pues, que Cristo es Luz de las almas (4. 5. 35. 38).

 — Para que Cristo nos ilumine es necesario que recibamos su luz. Es necesario que creamos en Él. Cristo-Luz ilumina a los humildes (Fe); y deja ciegos a los orgullosos (incrédulos). Los orgullosos tienen ya «su» luz. ¿Para qué necesitan la de Cristo? (39-41).

— Cada hombre, pues, se pone él mismo en la zona de la Luz o en la de las tinieblas. Si humilde como el cieguecito le pide a Cristo: ¡Señor, que vea! Cristo le envuelve en luz. Si orgulloso como los fariseos rechaza a Cristo, queda en su propia luz: «Vosotros decís: vemos. Vuestro pecado persiste» (41). El castigo del orgullo es quedarse con el vacío, las tinieblas, la nada de su autosuficiencia. Se impone, pues, la penitencia del orgullo y de la sensualidad: Deus qui corporali jejunio vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et proemia (Pref.).

SOLÉ ROMA, J. M.,  Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 85-88

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

El domingo IV de Cuaresma (Ciclo A)

73. El IV domingo de Cuaresma está irradiado de luz, una luz evidenciada en este domingo «Laetare» por las vestiduras litúrgicas de tonalidad más clara y por las flores que adornan la iglesia. La relación entre el Misterio Pascual, el Bautismo y la luz, viene acogida sintéticamente por un versículo de la segunda lectura: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz». Esta relación resuena y encuentra una elaboración posterior en el prefacio: «Que se hizo hombre para  conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el Bautismo, transformándolos en hijos adoptivos del Padre». Esta iluminación, inaugurada con el Bautismo, viene fortalecida cada vez que recibimos la Eucaristía, momento enfatizado por las palabras del ciego referidas en la antífona de comunión: «El Señor me puso barro en los ojos, me lavé y veo, y he empezado a creer en Dios».

74. Todavía no es un cielo sin nubes, lo que contemplamos en este domingo. El proceso del «ver» es, en la práctica, mucho más complejo de cómo viene descrito en la concisa narración del ciego. La primera lectura nos advierte: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura … porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón». Se trata de una advertencia salvadora tanto para los elegidos, en los que crece la espera mientras se acercan a la Pascua, como para el resto de la comunidad. La oración después de la comunión afirma que Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo, pero el reto proviene del hecho que, de modo más o menos intenso, nos dirijamos a la luz o, por el contrario, nos alejemos de ella. El homileta puede invitar a quien le escucha a notar cómo el hombre nacido ciego comienza a ver progresivamente y la creciente ceguera de los adversarios de Jesús. El hombre curado inicia la descripción de su sanador como «ese hombre que se llama Jesús»; después profesa que es un profeta; y finalmente proclama: «¡Creo, Señor!», y adora a Jesús. Los fariseos, por su parte, se convierten poco a poco en más ciegos; inicialmente admiten que se ha producido el milagro, después llegan a negar que se haya tratado de un milagro y, finalmente, expulsan fuera de la sinagoga al hombre que se ha curado. A lo largo de la narración, los fariseos afirman con seguridad lo que saben, mientras el ciego admite su propia ignorancia. El pasaje del Evangelio se cierra con Jesús que advierte cómo su venida ha generado una crisis en el sentido literal del término, es decir, un juicio; Él otorga la vista al ciego pero los que ven se convierten en ciegos. En respuesta a la objeción de los fariseos, él dice: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis. Vuestro pecado persiste». La iluminación recibida en el Bautismo tiene que expandirse entre las luces y sombras de nuestra peregrinación y, de este modo, después de la Comunión, rezamos: «Señor Dios … ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de ti y aprendamos a amarte de todo corazón».

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 73 – 74)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

El ciego de nacimiento

            Los QUE DESEAN sacar alguna utilidad de lo que se va leyendo, no pasan de prisa ni aun lo más mínimo. Pues por esto se nos ordena escrutar las Escrituras; porque muchas cosas que a primera vista parecen fáciles y sencillas, encierran oculta en sí grande profundidad de ciencia. Observa, por ejemplo, lo que al presente se nos propone: Dicho esto, escupió en tierra. ¿Por qué lo hace? Para que se manifieste la gloria de Dios y que conviene que Yo haga la obra de Aquel que me envió. No sin motivo trajo al medio esto el evangelista, y añadió que Él la había escupido; sino para declarar que Jesús confirmaba sus palabras con sus obras.

            ¿Por qué no usó el agua sino la saliva para hacer el lodo? Porque lo iba a enviar a Siloé, de manera que no se achacara la curación a la fuente; sino que de la boca de El procedió el poder que hizo los ojos del ciego y los abrió: para esto escupió en tierra. Esto significa el evangelista al decir: E hizo lodo con la saliva. Y para que tampoco pareciera que la virtud y poder procedían de la tierra, ordenó al ciego que fuera y se lavara. Mas ¿por qué no obró el milagro al punto, sino que envió al ciego a Siloé? Para que tú conocieras la fe del ciego y quedara confundida la tosudez de los judíos. Porque es verosímil que todos vieron al ciego cuando hacia allá se encaminaba y llevaba el lodo ungido en los ojos. Pues aquel suceso inesperado hizo que todas las miradas se volvieran a él; y así los que lo vieron y sabían lo hecho por Jesús y también los que lo ignoraban, estaban atentos para ver en qué terminaba el negocio.

            Como no era cosa fácilmente creíble que un ciego recobrara la vista, Jesús prepara por estos largos rodeos a muchos testigos y muchos que contemplaran caso tan insólito; de modo, que habiendo atendido, ya no pudieran decir: Es el mismo, no es el mismo. Además, quiere Jesús demostrar que no es contrario a la Antigua Ley, pues remite al ciego a Siloé. Tampoco había peligro de que el milagro se atribuyera a la piscina y su virtud, pues muchos se habían lavado en ella los ojos sin haber conseguido bien alguno. Aquí todo lo hace el poder de Cristo. Por lo cual el evangelista añadió la interpretación de la palabra.

            Porque una vez que dijo Siloé, añadió: que quiere decir enviado. Lo hizo para que entiendas que fue curado el ciego por Cristo, como ya lo dijo Pablo: Bebían de una roca espiritual que los acompañaba. La roca que era Cristo*1. Así como Cristo era la roca espiritual, así también espiritualmente era Siloé. Por, mi parte creo que esa repentina presencia del agua en el relato nos está indicando un misterio profundo. ¿Cuál? Una aparición inesperada y fuera de la expectación de todos.

            Advierte la obediencia del ciego, que todo lo pone en práctica. No dijo: Si el lodo o la saliva me vuelven la vista ¿qué necesidad tengo de ir a Siloé? Y si es Siloé lo que me cura ¿qué necesidad tengo de la saliva? ¿Por qué me ungió así y me mandó que me lavara? Nada de eso dijo ni le pasó por el pensamiento; sino que en sola una cosa estaba fijo su propósito: en obedecer al que se le mandaba. Y nada lo detuvo, de nada se escandalizó.

            Y si alguno preguntara: ¿cómo sucedió que al quitarse el lodo recobró la vista? no le responderemos otra cosa, sino que nosotros no lo sabemos. Pero ¿cómo ha de ser admirable que no lo sepamos cuando ni el evangelista mismo lo sabe, ni tampoco el ciego que recibió la salud? Sabía lo que había sucedido, pero ignoraba el modo, y no lo comprendía. Cuándo le preguntaban respondía: Me puso lodo en los ojos y me lavé y veo. Mas no sabía decir el modo como aquello se verificó, aun cuando millares de veces se lo preguntaran.

            Dice el evangelista: Los vecinos y cuantos lo conocían de antes que pedía limosna, decían: ¿No es éste aquel que sentado pedía limosna? Y unos decían: ¡Sí, es él! Lo insólito de la cosa los llevaba a la incredulidad a pesar de todo lo que se había previsto para que creyeran. Otros decían: ¿No es éste el que pedía limosna? ¡Oh Dios! ¡Cuán inmenso es el amor de Dios a los hombres! Hasta dónde se abaja cuando con benevolencia tan grande cura a los mendigos y por este medio impone silencio a los judíos, extendiendo su providencia no únicamente a los príncipes, ilustres y preclaros, sino también a los hombres oscuros y humildes. Es que vino para salvarlos a todos.

            Lo que había acontecido cuando lo del paralítico se repite ahora. Tampoco aquél sabía quién era el que lo había curado, lo mismo que este ciego. Sucedió así por haberse apartado Cristo de aquel sitio. Pues cuando curaba, luego se apartaba para que ninguno sospechara acerca del milagro. Quienes ni siquiera lo conocían ¿cómo iban a fingir los milagros por adularlo o favorecerlo? Por otra parte, este ciego no era un vagabundo, sino que se sentaba a la puerta del templo.

            Como todos dudaran acerca de su identidad, él ¿qué les dice?: Yo soy. No se avergonzó de su anterior ceguera, ni temió la cólera de la plebe, ni tembló de presentarse ante todos para proclamar a su bienhechor. Le preguntan: ¿cómo se te abrieron los ojos? Les responde: El hombre que se llama Jesús hizo lodo y me ungió. Observa la veracidad del ciego. No afirma cómo lo hizo Jesús; no afirma sino lo que vio. No había visto a Jesús escupir en tierra; pero por el sentido del tacto conoció que lo había ungido. Y me dijo: Anda, lávate en la piscina de Siloé. Todo esto lo testificaba por haberlo oído.

            Pero ¿cómo conoció la voz de Cristo? Por el coloquio de Cristo con sus discípulos. Cuenta todo eso y pone como testimonio las obras, aun cuando no pueda decir cómo se llevaron a cabo. Ahora bien, si en las cosas que por el tacto se perciben es necesaria la fe, mucho más lo será en las que no se ven ni pueden percibirse. Le preguntan: ¿dónde está él? Respondió: No lo sé. Le preguntaban en dónde estaba El, con el ánimo de matarlo. Observa cuán ajeno está Cristo del fausto y cómo no estaba presente cuando le fue restituida la vista al ciego. Es que no buscaba la gloria vana ni los aplausos del pueblo. Observa también con cuánta sinceridad responde a todo el ciego. Buscaban a Cristo para llevarlo ante los sacerdotes; pero como no lo encontraron se llevaron al ciego ante los fariseos, para que éstos más apretadamente lo interrogaran. Por lo cual el evangelista advierte que aquel día era sábado, dando a entender la mala disposición de ánimo de los fariseos y cómo andaban buscando ocasión de calumniar el milagro, pues parecía que Cristo había quebrantado la ley del sábado.

            Por aquí queda manifiesto el porqué de que apenas vieron al ciego, lo primero que le preguntaron fue: ¿Cómo te abrió, los ojos? Nota cómo no le preguntaron: ¿cómo has vuelto a ver?, sino: ¿Cómo te abrió los ojos?, ofreciéndole así una oportunidad para calumniar a Jesús por lo que había hecho. El ciego lo refiere con brevedad como a gente que no lo ignora. No les declaró el nombre. No les refirió lo de: Anda, lávate. Sino solamente: Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo. Lo hace como a quienes ya grandemente habían calumniado a Jesús y habían exclamado: ¡Ved cuán grandes obras hace en sábado: hasta unge con lodo!

            Por tu parte, advierte y pondera cómo el ciego no se turba. Cuando fue interrogado la primera vez y respondió sin que hubiera peligro alguno, no parece que fuera tan eximia cosa confesar la verdad. Pero esto segundo es verdaderamente digno de admiración. Puesto en ocasión de mayor miedo y terror, nada niega, nada contradice de lo que ya había afirmado. ¿Qué dicen los fariseos y aun otros? Habían llevado ante ellos al ciego esperando que negaría el hecho. Pero sucedió lo contrario de lo que esperaban, de modo que conocieron el milagro con mayor exactitud: cosa que continuamente les acontecía en lo referente a los milagros. En lo que sigue lo demostraremos con mayor claridad.

            ¿Qué dicen, pues, los fariseos? Dijeron algunos (no todos sino los más petulantes): Este hombre no viene de Dios, pues no guarda el sábado. Otros decían: ¿cómo puede un hombre pecador hacer tales milagros? ¿Adviertes cómo los milagros los atraían? Pues aquellos que habían sido enviados para traer al ciego, oye ahora lo que dicen, aunque no todos. Como eran ellos los príncipes, cayeron en la incredulidad por el ansia de vanagloria. Sin embargo muchos de esos príncipes creyeron en El, aunque en público no lo confesaban.

            En cuanto al pueblo, se le desprecia porque nada notable aportaba en las sinagogas. Pero en cuanto a los príncipes, profesaban tener mayor dificultad en creer, unos por amor al principado obstaculizados, otros por el temor de los demás. Por lo cual Cristo les había dicho: ¿Cómo podéis creer vosotros que captáis la gloria de los hombres?*2 Los que injustamente se empeñaban en asesinarlo, se decían ser de Dios; y en cambio de aquel que curaba a los ciegos decían que no podía ser de Dios, pues no guardaba el sábado.

            A quienes así se expresaban, los otros les oponían que un pecador no podía hacer tales milagros. Pero aquéllos, omitiendo astutamente el milagro, lo llamaban transgresión, porque no decían cura en sábado, sino: No guarda el sábado. Estos otros flojamente proceden, ya que lo conveniente era demostrar que no se violaba el sábado, pero ellos se detenían en lo del milagro y de él argumentaban; y con razón procedían así, pues aún juzgaban a Jesús sólo hombre. Podían haberlo defendido de otro modo, y decir que era Señor del sábado y su autor; pero todavía no lo pensaban así.

            Por lo menos ninguno de ellos se atrevía a profesar abiertamente lo que interiormente juzgaba, sino que proponían la cosa en forma de duda y se sentían cohibidos unos por el Amor al principado y otros por el miedo. De modo que: Había desacuerdo entre ellos. Ese fenómeno que primero se dio entre el pueblo, ahora pasa también a los príncipes. Los del pueblo, unos decían: Es bueno; otros: No, sino que seduce a las turbas*3 ¿Adviertes cómo los príncipes, más discordantes entre sí que el pueblo mismo, andan divididos? Y una vez así divididos, ya no mostraron nobleza alguna, pues veían que los fariseos los apuraban. Si se hubiera hecho la división total y se hubieran apartado unos de otros, muy pronto habrían encontrado la verdad. Porque puede darse una discusión correcta. Por lo cual decía Cristo: Yo no he venido a traer paz a la tierra, sino espada*4.

Porque hay una concordia que es mala y una discordia que es buena. Los que edificaban la torre de Babel concordes andaban, pero en daño suyo; y a su pesar, pero para provecho de los mismos fueron divididos. Coré malamente concordaba con sus compañeros y por esto justamente fueron separados del pueblo. También Judas malamente se avino con los judíos. De modo que puede haber una discordia buena y una concordia mala. Por lo mismo dijo Cristo: Si tu ojo te escandaliza, sácalo y arrójalo; y a tu pie córtalo*5. Ahora bien, si es necesario cortar un miembro malamente discordante ¿acaso no es más conveniente apartarse y arrancarse de amigos malamente concordes? En resumidas cuentas, que no siempre es buena la concordia ni siempre es mala la discordia. Digo esto para que huyamos de los malos y nos unamos a los buenos. Si cortamos los miembros podridos que ya no tienen curación para que no destruyan el resto del cuerpo; y no lo hacemos por desprecio del miembro, sino para conservar sanos los demás ¿cuánto más debemos hacerlo con los que malamente nos están unidos?

            Si pudiéramos no recibir de ellos daño porque se enmendaran, deberíamos intentarlo con todo empeño; pero si son incorregibles y nos dañan, es indispensable cortarlos y arrojarlos de nosotros. Con esto ellos mismos sacarán con frecuencia mayor ganancia. Por lo cual Pablo exhorta: Quitad al malo de entre vosotros, a fin de que se aparte de entre vosotros, el que hizo eso*6. Porque es pernicioso, sí, pernicioso es el comercio con los perversos. No se propaga la peste con tanta presteza, ni la roña, entre los afectados, como la maldad de los perversos; porque: Malas compañías corrompen las buenas costumbres*7. Y el profeta dice: Salid de en medio de ellos y separaos*8.

            En consecuencia, que nadie tenga algún amigo perverso. Si a los hijos perversos los desheredamos, sin tener en cuenta las leyes de la naturaleza ni los parentescos, mucho más conviene huir de los parientes y amigos si son perversos. Aun cuando ningún daño nos viniera de ellos, no podremos evitar la mala fama. Porque los demás no investigan nuestra vida sino que nos juzgan por los compañeros. Lo mismo ruego a las casadas y a las doncellas. Pues dice Pablo: Solícitos en hacer lo bueno no solamente delante de Dios sino también de los hombres*9. Pongamos, pues, todos los medios para no escandalizar a los prójimos. Aunque nuestra vida sea correctísima, si escandaliza, todo lo pierde. ¿Cómo puede suceder que una vida correcta escandalice? Cuando la compañía de los malos engendra mala fama. Cuando convivimos confiadamente con los perversos, aunque no recibamos daño pero escandalizamos a otros.

            Esto lo digo para los varones, las mujeres, las doncellas; y dejo a su conciencia examinar cuán graves males se sigan de eso. Por mi parte, nada malo sospecho, ni quizá otro más perfecto que yo; pero tu hermano, que es más sencillo, se ofende de tu perfección; y es necesario tener en cuenta su debilidad. Por otra parte, aun cuando él no se escandalice, pero se escandaliza el gentil; y Pablo nos manda no escandalizar ni a judíos ni a griegos ni a la Iglesia de Dios. Yo nada malo sospecho de la doncella, pues amo y estimo la virginidad; y la caridad nada malo piensa*10. Yo amo sobremanera esa forma de vivir y no puedo pensar nada malo. Pero ¿cómo lo persuadiremos a los infieles? Porque es necesario tener cuenta también con ellos. Ordenemos nuestra vida en tal forma que ningún infiel halle ocasión de escándalo. Así como quienes viven correctamente glorifican al Señor, los que así no proceden son causa de que se le blasfeme.

            ¡Lejos tal cosa, que los haya entre nosotros! Sino que así luzcan nuestras obras que sea glorificado el Padre que está en los Cielos y nosotros disfrutemos de su gloria. Ojalá que todos la obtengamos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. —Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LVII (LVI), Tradición México 1981, p. 108-14

_______________________________________
*1- 1 Co 10, 4
*2- Jn 5, 44
*3- Jn 7, 12
*4- Mt 10, 34
*5- Mt 5, 20; 18, 8
*6- 1 Co 8, 13 y 2
*7- 1 Co 15, 33
*8- Jr 51, 45
*9 Rm 12, 17
*10- 1 Co 13, 5-7

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

El ciego de nacimiento

(Jn 9,1-41)

            Introducción

            Los evangelios de los tres últimos domingos de Cuaresma han sido elegidos de acuerdo al último tramo del itinerario del catecumenado bautismal. En efecto, esos tres domingos están reservados para la última preparación del catecúmeno. Y a cada uno de estos domingos le corresponde un escrutinio, es decir, el acto de la Iglesia por el cual escruta las disposiciones del adulto que ha pedido el Bautismo. A este cuarto domingo de Cuaresma corresponde el segundo escrutinio.

            Cada escrutinio tiene dos oraciones importantes: una oración de exorcismo y una oración sobre los elegidos. Estas oraciones son las que expresan el nexo que existe entre el evangelio de la Misa y el Bautismo. A este cuarto domingo de Cuaresma corresponde el evangelio de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9). Y las dichas oraciones son las siguientes:

Oración de Exorcismo: “Padre clementísimo, que concediste al ciego de nacimiento que creyera en tu Hijo, y que por esta fe alcanzara la luz de tu reino, haz que tus elegidos, aquí presentes, se vean libres de los engaños que les ciegan, y concédeles que, firmemente arraigados en la verdad, se transformen en hijos de la luz, y así pervivan por los siglos”*1.

Oración sobre los elegidos: “Señor Jesús, luz verdadera, que iluminas a todo hombre, libra por el Espíritu de la verdad a todos los tiranizados bajo el yugo del padre de la mentira, y a los que has elegido para recibir tus sacramentos, llénalos de buena voluntad, a fin de que, disfrutando con el gozo de tu luz, como el ciego que recobró de tu mano la claridad, lleguen a ser testigos firmes y valientes de la fe” *2.

Vemos, entonces, que en el evangelio de la curación del ciego de nacimiento hay una clara correlación: la luz de los ojos físicos del ciego alcanzada por el contacto con el agua de la piscina de Siloé es símbolo de la fe y de la verdad sobre Cristo, que son la luz del alma, la cual se alcanza a través del contacto con el agua del Bautismo.

Este evangelio se aplica especialmente a aquellos adultos que se preparan para el Bautismo, pero se aplica igualmente a todos aquellos que ya han sido bautizados y que deben recordar la virtualidad del Bautismo y sus exigencias*3.

1. El milagro de la curación y su relación con el Bautismo

Si en el evangelio de la Samaritana Jesucristo quiso manifestar la virtud del Bautismo en cuanto da el Espíritu Santo que perdona los pecados y confiere la gracia, aquí, en el evangelio del ciego de nacimiento, Jesucristo ha querido realizar un milagro para manifestar la virtud del Bautismo en cuanto ilumina el alma y da la luz de la fe.

Es indudable que Jesucristo ha querido realizar un gesto específicamente sacramental, es decir, un gesto donde hay un signo sensible que, informado por la palabra, logra eficazmente la luz del alma, que es la fe sobrenatural y la convicción de la verdad sobre Cristo.

El gesto de hacer barro con su saliva ya tenía un antecedente sacramental, pues en Mc 7,33-34 Jesús toca con su saliva la lengua de un sordomudo y diciendo la palabra ‘¡ábrete!’ (effatá), lo cura de su sordera y su mudez. Éste gesto pasará luego al rito del Bautismo, gesto que se realiza incluso en el rito actual. De la misma manera, en el evangelio de hoy, el hacer barro con su propia saliva y cubrir los ojos con ese barro tiene un claro significado sacramental*4.

Pero el gesto clave que pone en relación la curación del ciego con el Bautismo es el hecho de que Jesús le ordene lavarse en la piscina y que, efectivamente, el ciego lo haga. Y una aclaración aparentemente secundaria del evangelista es importantísima para darle el sentido real y verdadero al gesto: la piscina*5 se llamaba Siloé, que en hebreo significa ‘enviado’ (Jn 9,7). ‘Enviado’ es, precisamente, uno de los nombres de Jesús: ‘el enviado del Padre’ (Jn 5,6; 6,29.38.39.44.57; 7,16; etc.). Por lo tanto, el acto de lavarse los ojos en la piscina ‘Enviado’ para adquirir la vista es símbolo de que es Cristo quien, a través del Bautismo, da la iluminación del alma, es decir, la fe en Dios y la fe en la divinidad del propio Cristo.

Dice Raymond Brown: “Este significado simbólico de la piscina en el cuarto evangelio ha inducido a Tertuliano y Agustín a ver en nuestra página una referencia bautismal, además del significado obvio de la luz que sana la ceguera. En el arte antiguo de las catacumbas la curación del ciego es, en efecto, un símbolo del Bautismo”*6.

El hecho de que el ciego lo sea de nacimiento*7, cosa que San Juan se preocupa en subrayar, es un signo del pecado original. En efecto, San Agustín relacionaba la ceguera de nacimiento con el pecado original que lleva el hombre desde su concepción. “Este ciego es el género humano”, decía San Agustín*8. La pasta cenagosa que el mismo Jesús puso sobre sus ojos y que fue removida por el agua de la piscina viene a significar la destrucción del pecado original y de todo pecado por obra del Bautismo.

Pero, como decíamos, el matiz que Jesucristo quiere subrayar al hacer este milagro es la consecuencia que se sigue de la destrucción del pecado y la donación de la gracia por obra del Bautismo, es decir, la iluminación que llega al alma por la virtud teologal de la fe y la convicción plena en la verdad sobre Jesucristo. Por eso, precisamente, es que, antes de hacer el milagro, en Jn 9,5, Jesucristo dice: “Yo soy la luz del mundo”. De esta manera, antes de hacer el milagro, Jesucristo quiere dar el sentido y la significación del milagro que va a hacer.

2. El ciego curado, modelo de bautizado

Las oraciones del segundo escrutinio de la última etapa del catecumenado, transcritas más arriba, ponen al ciego de nacimiento como ejemplo en el modo de recepción del Bautismo y, por lo tanto, es también un ejemplo para todo ya bautizado.

En efecto, es, sobre todo, un ejemplo de discernimiento acerca de la procedencia de Jesús. Para él, al revés que para los fariseos, es imposible que Jesús sea un pecador “porque Dios no escucha a los pecadores” (Jn 9,31). Y su conclusión es definitiva: “Este hombre es de Dios” (cf. Jn 9,33)*9. Los fariseos llegan a una conclusión totalmente opuesta: “Éste hombre no es de Dios” (Jn 9,16)*10.

El discernimiento del ciego lo lleva todavía más lejos y hace un juicio certero acerca de la identidad específica de Jesús: “Es un profeta” (Jn 9,17). De esta manera lo pone a la altura de los grandes profetas de Israel: Elías, Isaías, Jeremías, etc.

            Sin embargo, donde el ciego se alza como ejemplo modélico para todo bautizado es cuando su mente se abre al reconocimiento de la divinidad de Jesucristo, que es, precisamente, la finalidad del milagro y el fruto más preciado del Bautismo. Este reconocimiento se realiza en la conversación con Jesús al final del capítulo. Jesús le revela y le anuncia que Él es el Hijo del hombre y el ciego afirma que cree con fe sobrenatural en esa verdad. En esa fe del ciego está incluida la fe en la divinidad de Jesucristo.

            En efecto, la expresión ‘Hijo del hombre’ con la que Jesús especialmente se designa a sí mismo la tomó de Dan 7,13-14. Dice el profeta Daniel en esos versículos: “Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás”. Sin ningún lugar a dudas, esta profecía se refiere al Mesías. Pero, además, el hecho de que este ‘Hijo de hombre’ venga ‘en las nubes del cielo’ da a este personaje rango divino, si bien no es una afirmación taxativa de su divinidad. La nube en el AT es símbolo de la divinidad. Pero lo que es más específico es el verbo que la mayoría de las biblias españoles traducen como ‘le sirvieron’ o ‘le servían’.

            Ese verbo es el verbo arameo pheláj, que significa ‘adorar’*11. Esto queda confirmado por la traducción que de esta forma verbal hace la biblia griega de los LXX. Esta biblia traduce con el verbo griego latréuo, que significa ‘adorar’*12.

            Por lo tanto, en donde la Biblia de Jerusalén traduce ‘le sirvieron’ (Dan 7,14), habría que traducir ‘le adoraron’. Hay dos biblias en castellano, “La Biblia al día” y “Nueva Versión Internacional de la Biblia” (1984), que traducen de este modo: ‘Le adoraron’.

            Por esta razón, todo judío bien instruido, como evidentemente lo estaba el ciego, sabía que el ‘Hijo del hombre’ tenía prerrogativas divinas y merecía un trato como el trato que se da a Dios. Por eso es que cuando el ciego dice “Creo”, está haciendo un acto de fe en la divinidad de Cristo.

            Esto queda confirmado por el gesto que inmediatamente hace el ciego y que la Biblia de Jerusalén traduce: “Y se postró ante Él” (Jn 9,38). San Juan usa el verbo proskynéo que significa, en primer lugar, ‘adorar’*13. Pero el dato más impresionante quizá sea el hecho de que San Jerónimo, en la Vulgata, traduzca así: “Et procidens adoravit eum”, “y, postrándose, lo adoró” (Jn 9,38).

            “Creo que eres el Hijo del hombre que anunció el profeta Daniel”, y, postrándose, lo adoró. He aquí la finalidad del milagro de Jesús perfectamente consumada. He aquí la realización del simbolismo del milagro: el agua de la piscina ‘Enviado’ es símbolo de Cristo que, a través del Bautismo, otorga la gracia de poder creer en Él como Dios hecho hombre.

            Pero el ciego curado no se contentó con hacer una profesión de fe perfecta en la divinidad de Jesucristo. También supo luchar para oponerse al error contrario. En efecto, sin ningún temor a la amenaza de ser expulsado de la Sinagoga (cf. Jn 9,22), les echó en cara a los fariseos sus incongruencias, sin temer usar una ironía que no era sino una corrección fraterna para hacerles notar el encarnizamiento que se escondía atrás de su escrupulosa investigación sobre Jesús: “¿Acaso ustedes también quieren hacerse sus discípulos?” (Jn 9,27).

            Y, de hecho, será expulsado de la Sinagoga por su adhesión a Jesús, como lo dice el versículo 9,34*14. Se cumple así, por anticipado, la profecía de Jesús sobre sus discípulos: “Los expulsarán de la Sinagoga” (Jn 16,2).

            ¡Qué distinta es la actitud del ciego de nacimiento a la actitud de sus mismos padres! En efecto, ellos, por temor a ser expulsados de la Sinagoga, mintieron diciendo que no sabían cómo había sido curado su hijo y mandan al frente, literalmente, a su propio hijo (Jn 9,20-23), para que, en todo caso, sea a él a quien expulsen de la Sinagoga.

            ¡Qué distinta es la actitud del ciego de nacimiento a la actitud de aquel otro ‘miracolato’ del capítulo 5 de San Juan! En aquella ocasión, en un acontecimiento muy parecido al de hoy, un paralítico es curado en la piscina de Betesda. Pero este paralítico no se hace la más mínima pregunta acerca de la identidad o procedencia de Jesús. No tiene ningún interés religioso. Aún más, se pone del lado de los fariseos, denunciándolo por haber hecho una curación en sábado (Jn 5,15). Esto hace brillar aún más la valentía y la virtud del ciego de nacimiento.

            Por eso, el cristiano bautizado de hoy, en el siglo XXI, debe confrontarse con la actitud del ciego de nacimiento y ver si tiene esas mismas virtudes. ¿Es el Bautismo para mí un motivo de iluminación de mi mente para afirmar con convicción la divinidad de Jesucristo? ¿Me preocupo por investigar minuciosamente acerca de la persona de Jesús y acerca de los principios de mi religión católica? ¿Soy capaz de defender con valentía a Jesús delante de los modernos fariseos, es decir, aquellos que niegan que Jesús provenga de Dios? ¿Soy capaz de hacerlo aun cuando me expulsen de sus ‘sinagogas’, es decir, de sus ambientes de opinión y de adulación?

            3. Los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas

            La oración sobre los elegidos del segundo escrutinio, el correspondiente a este domingo, dice claramente que aquellos que niegan que Jesús procede de Dios son “los tiranizados bajo el yugo del padre de la mentira”, es decir, del diablo. El ciego de nacimiento, a través del milagro operado en él, creyó en la procedencia divina de Jesús y de esa manera el Espíritu de la verdad lo libró de la tiranía y del yugo del padre de la mentira.

La expresión ‘padre de la mentira’ aplicada al diablo fue acuñada por el mismo Cristo refiriéndose precisamente, a los fariseos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

Esta referencia al diablo, ‘padre de la mentira’ termina de cerrar el simbolismo del milagro y, por ende, del mismo Bautismo. Así como la iluminación que recibió el ciego es símbolo de la verdad, así también las tinieblas o la oscuridad son signo de la mentira.

Jesucristo hace mención a esta oposición luz – tinieblas, verdad – mentira en el evangelio de hoy cuando dice: “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9,4-5). La noche y las tinieblas están en relación con el diablo y sus hijos, porque las tinieblas significan la mentira. También Judas es hijo de las tinieblas e hijo del padre de la mentira. En la última cena traicionó a Jesús por instigación del padre de la mentira: “Y entonces, tras el bocado entró en él Satanás. (…) En cuanto tomó Judas el bocado salió. Era de noche” (Jn 13,27.30). Con una delicada pincelada literaria el evangelista San Juan pone en contacto a Satanás y Judas con las tinieblas: ‘Era de noche’. Y en el momento en que lo apresan en el huerto, Jesús dice: “Esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas” (Lc 22,53; cf. también Jn 3,19-21).

Y la primera lectura, tomada de San Pablo y elegida especialmente por la Iglesia para que sirva de interpretación del evangelio, insiste sobre este tema: “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia” (Ef 5,8-11). Estas palabras de San Pablo parecen una descripción de la actitud valiente y creyente del ciego de nacimiento. Cada una de las exhortaciones hechas por San Pablo fueron puestas en práctica con escrupulosidad por ciego de nacimiento curado por Jesús. Y por esta razón son también una exhortación para nosotros.

Vivimos en un mundo en el que la mentira ha ganado ya derechos de ciudadanía. Los grandes medios de comunicación social, los mass media, encargados de la sacra misión de administrar la palabra para que llegue en toda su verdad a los hombres, se han convertido, en su inmensa mayoría, en hijos del padre de la mentira. Como dice el poeta: “El aire lleva mentiras / y el que dice que no, miente; / que diga que no respira”.

El bautizado de hoy debe hacerle caso a San Pablo e imitar al ciego de nacimiento; debe, por lo tanto, saber desenmascarar con valentía las obras estériles de las tinieblas, la primera entre ellas, la mentira. El bautizado de hoy debería darse cuenta el volumen de mentira que inunda los mass media. Debería tener el criterio y el discernimiento necesario para darse cuenta que están bajo el dominio del padre de la mentira y que, por lo tanto, no puede guiarse por ellos. Hacer esto es ser hijo de la luz, es decir, hijo de la verdad.

Pidámosle esta gracia a la Virgen María.

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*1- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 171.
*2- Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nº 171.
*3- El Directorio Homilético dice: “El homileta tendría que esforzarse en relacionar al conjunto de la comunidad con el camino de preparación de los elegidos” (Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 70).
*4- Raymond Brown, incluso llega a preguntarse si el gesto de hacer barro con su saliva y ponerlo en los ojos del ciego no estará directamente relacionado con la unción del crisma en el rito del Bautismo (Brown, R., Il Vangelo e le lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 76).
*5- ‘Piscina’, en griego se dice kolymbéthra. Esta palabra proviene del verbo kolymbáo, que significa ‘hundirse en el agua’ y por eso, también ‘nadar’ (Strong, Multiléxico, nº 2860). Por lo tanto, kolymbéthra es el lugar para sumergirse en el agua, precisamente lo que sucede en el Bautismo: la inmersión en el agua que destruye el pecado y da la gracia.
*6- Brown, R., Il Vangelo…, p. 77; traducción nuestra.
*7- A diferencia del ciego de Mc 8.
*8- Cf. Brown, R., Il Vangelo…, p. 76.
*9- Usa aquí San Juan el verbo eimí (ser) y la preposición pará seguida de la palabra ‘Dios’ en genitivo (Theoû). El sentido propio de la preposición pará es ‘al lado de’, pero sin contacto con la cosa. Pero cuando pará está seguido de un sustantivo en genitivo, entonces expresa origen y punto de partida (cf. Fontoynont, V., Vocabulario griego, Editorial Sal Terrae, Santander, 1966, p. 32. 34). Por eso, cuando el ciego de nacimiento dice: “Si este no fuera de Dios, no podría hacer nada”, ese ‘de’ que ponemos en castellano no indica pertenencia sino procedencia. Para ilustrar esto podríamos decir que en inglés no habría que usar el ‘of’ sino el ‘from’; o en italiano no habría que usar del ‘di’, sino el ‘da’. En castellano no tenemos dos palabras diferentes para expresar pertenencia y procedencia. El ‘de’ castellano expresa ambos conceptos, que son muy distintos entre sí.
*10- En griego, hoûtos ho ánthropos ouk ésti parà Theoû. La misma construcción sintáctica que en Jn 9,33.
*11- Para Strong y Tuggy este verbo significa en primer lugar ‘adorar’ (cf. Multiléxico, nº 6399). Para Vogt tiene tres significados diferentes: 1. Cultivar la tierra; 2. Servir; 3. Rendir culto como a Dios (Vogt, E., Lexicon lingue aramaicae Veteris Testamenti, Pontificium Institutum Biblicum, Roma, 1971, p. 138).
*12- He elencado hasta ocho diccionarios diferentes que afirman que el significado primario de latréuo es adorar. Ellos son: Tuggy, Vine, Friberg, Louw-Nida, Liddell-Scott, Thayer, Moulton-Milligan y Danker.
*13- Esto lo afirman, entre otros, Tuggy, Vine y Swanson (cf. Multilexico, nº 4352). San Juan usa, aparte de en este lugar, nueve veces más este verbo, las nueve veces en el sentido de ‘adorar a Dios’ (Jn 4,20.21.22.23; 12,20). La concentración del verbo proskynéo (ocho veces en cuatro versículos) y el significado indubitable que tiene en esos versículos de Jn 4, durante la conversación con la Samaritana, debería bastar para convencerse que el sentido primario de proskynéo en San Juan es ‘adorar’.
*14- En efecto, en 9,34 se dice: “Y lo arrojaron fuera” (en griego, exébalon autòn èxo). Esto no puede referirse a un movimiento local, como quien echa a alguien de una habitación o de una casa, porque el versículo siguiente dice: “Escuchó Jesús que lo arrojaron fuera…” (ékousen ho Iesoûs hóti exébalon autòn éxo), e inmediatamente se narra la conversación con Jesús. Si lo hubieran simplemente echado de una casa o recinto no hubiera sido motivo para que se convierta en noticia y mucho menos para que Jesús lo busque para conversar con él. Se trata de la expulsión de la Sinagoga, tal como lo anunciaba el versículo 22. La traducción de Martín Nieto dice: “Y lo expulsaron de la Sinagoga”. Brilla aquí también la misericordia de Jesús que no deja ‘en la estacada’ al ciego que fue expulsado de la Sinagoga por hacer una recta confesión de Él.

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San Juan Pablo II

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. “Laetare, Jerusalem…”. Con estas palabras del profeta Isaías la Iglesia nos invita hoy a la alegría, en la mitad del itinerario penitencial de la Cuaresma. La alegría y la luz son el tema dominante de la liturgia de hoy. El evangelio narra la historia de “un hombre ciego de nacimiento” (Jn 9, 1). Al verlo, Jesús hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa “Enviado”). Él fue, se lavó, y volvió con la vista” (Jn 9, 6-7).

El ciego de nacimiento representa al hombre marcado por el pecado, que desea conocer la verdad sobre sí mismo y sobre su destino, pero se ve impedido por una enfermedad congénita. Sólo Jesús puede curarlo: él es “la luz del mundo” (Jn 9, 5). Al confiar en él, todo ser humano espiritualmente ciego de nacimiento tiene la posibilidad de “volver a la luz”, es decir, de nacer a la vida sobrenatural.

2. Además de la curación del ciego, el evangelio da gran relieve a la incredulidad de los fariseos, que se niegan a reconocer el milagro, dado que Jesús lo ha realizado en sábado, violando, a su parecer, la ley de Moisés. Se manifiesta así una elocuente paradoja, que Cristo mismo resume con estas palabras: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos” (Jn 9, 39).

Para quien encuentra a Jesús, no hay términos medios: o reconoce que lo necesita a él y su luz, o elige prescindir de él. En este último caso, tanto a quien se considera justo ante Dios como a quien se considera ateo, la misma presunción les impide abrirse a la conversión auténtica.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, nadie debe cerrar su corazón a Cristo. A quien lo acoge, él le da la luz de la fe, una luz capaz de transformar los corazones y, por consiguiente, las mentalidades y las situaciones sociales, políticas y económicas dominadas por el pecado. “Creo, Señor” (Jn 9, 38). Cada uno de nosotros, como el ciego de nacimiento, debe estar dispuesto a profesar humildemente su adhesión a él.

Nos lo obtenga la Virgen santísima, totalmente envuelta en el resplandor de la gracia divina.

 (Ángelus, domingo 10 de marzo de 2002)

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Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas: El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare», nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66, 10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38). Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo.

(Plaza de San Pedro, domingo 3 de abril de 2011)

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S.S. Francisco p.p.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio del hombre ciego de nacimiento, a quien Jesús le da la vista. El largo relato inicia con un ciego que comienza a ver y concluye —es curioso esto— con presuntos videntes que siguen siendo ciegos en el alma. El milagro lo narra Juan en apenas dos versículos, porque el evangelista quiere atraer la atención no sobre el milagro en sí, sino sobre lo que sucede después, sobre las discusiones que suscita. Incluso sobre las habladurías, muchas veces una obra buena, una obra de caridad suscita críticas y discusiones, porque hay quienes no quieren ver la verdad. El evangelista Juan quiere atraer la atención sobre esto que ocurre incluso en nuestros días cuando se realiza una obra buena. Al ciego curado lo interroga primero la multitud asombrada —han visto el milagro y lo interrogan—, luego los doctores de la ley; e interrogan también a sus padres. Al final, el ciego curado se acerca a la fe, y esta es la gracia más grande que le da Jesús: no sólo ver, sino conocerlo a Él, verlo a Él como «la luz del mundo» (Jn 9, 5).

Mientras que el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la ley, al contrario, se hunden cada vez más en su ceguera interior. Cerrados en su presunción, creen tener ya la luz; por ello no se abren a la verdad de Jesús. Hacen todo lo posible por negar la evidencia, ponen en duda la identidad del hombre curado; luego niegan la acción de Dios en la curación, tomando como excusa que Dios no obra en día de sábado; llegan incluso a dudar de que ese hombre haya nacido ciego. Su cerrazón a la luz llega a ser agresiva y desemboca en la expulsión del templo del hombre curado.

El camino del ciego, en cambio, es un itinerario en etapas, que parte del conocimiento del nombre de Jesús. No conoce nada más sobre Él; en efecto dice: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos» (v. 11). Tras las insistentes preguntas de los doctores de la ley, lo considera en un primer momento un profeta (v. 17) y luego un hombre cercano a Dios (v. 31). Después que fue alejado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo encuentra de nuevo y le «abre los ojos» por segunda vez, revelándole la propia identidad: «Yo soy el Mesías», así le dice. A este punto el que había sido ciego exclamó: «Creo, Señor» (v. 38), y se postró ante Jesús. Este es un pasaje del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de mucha gente, también la nuestra porque nosotros algunas veces tenemos momentos de ceguera interior.

Nuestra vida, algunas veces, es semejante a la del ciego que se abrió a la luz, que se abrió a Dios, que se abrió a su gracia. A veces, lamentablemente, es un poco como la de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los demás, incluso al Señor. Hoy, somos invitados a abrirnos a la luz de Cristo para dar fruto en nuestra vida, para eliminar los comportamientos que no son cristianos; todos nosotros somos cristianos, pero todos nosotros, todos, algunas veces tenemos comportamientos no cristianos, comportamientos que son pecados. Debemos arrepentirnos de esto, eliminar estos comportamientos para caminar con decisión por el camino de la santidad, que tiene su origen en el Bautismo. También nosotros, en efecto, hemos sido «iluminados» por Cristo en el Bautismo, a fin de que, como nos recuerda san Pablo, podamos comportarnos como «hijos de la luz» (Ef 5, 9), con humildad, paciencia, misericordia. Estos doctores de la ley no tenían ni humildad ni paciencia ni misericordia.

Os sugiero que hoy, cuando volváis a casa, toméis el Evangelio de Juan y leáis este pasaje del capítulo 9. Os hará bien, porque así veréis esta senda de la ceguera hacia la luz y la otra senda nociva hacia una ceguera más profunda. Preguntémonos: ¿cómo está nuestro corazón? ¿Tengo un corazón abierto o un corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna cerrazón que nace del pecado, de las equivocaciones, de los errores. No debemos tener miedo. Abrámonos a la luz del Señor, Él nos espera siempre para hacer que veamos mejor, para darnos más luz, para perdonarnos. ¡No olvidemos esto!

A la Virgen María confiamos el camino cuaresmal, para que también nosotros, como el ciego curado, con la gracia de Cristo podamos «salir a la luz», ir más adelante hacia la luz y renacer a una vida nueva.

(Plaza de San Pedro, domingo 30 de marzo de 2014)

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo III de Cuaresma (A)

 

19
marzo

Domingo III de Cuaresma  

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo III de Cuaresma (A)

(Domingo 19 de Marzo de 2017)

LECTURAS

Danos agua para beber

Lectura del libro del Exodo     17, 1-7

Toda la comunidad de los israelitas partió del desierto de Sin y siguió avanzando por etapas, conforme a la orden del Señor. Cuando acamparon en Refidim, el pueblo no tenía agua para beber. Entonces acusaron a Moisés y le dijeron:
«Danos agua para que podamos beber».
Moisés les respondió:
«¡Por qué me acusan? ¡Por qué provocan al Señor?»
El pueblo, torturado por la sed, protestó contra Moisés diciendo: «¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?»
Moisés pidió auxilio al Señor, diciendo: «¿Cómo tengo que comportarme con este pueblo, si falta poco para que me maten a pedradas?»
El Señor respondió a Moisés: «Pasa delante del pueblo, acompañado de algunos ancianos de Israel, y lleva en tu mano el bastón con que golpeaste las aguas del Nilo. Ve, porque yo estaré delante de ti, allá sobre la roca, en Horeb. Tú golpearás la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo.»
Así lo hizo Moisés, a la vista de los ancianos de Israel.
Aquel lugar recibió el nombre de Masá -que significa «Provocación»- y de Meribá -que significa «Querella»- a causa de la acusación de los israelitas, y porque ellos provocaron al Señor, diciendo: «¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?»

Palabra de Dios.

SALMO     94, 1-2. 6-9

R. Cuando escuchen la voz del Señor,
no endurezcan el corazón.

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor! R.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que él apacienta,
las ovejas conducidas por su mano. R.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá,
como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras.» R.

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     5, 1-2. 5-8

Hermanos:
Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores.
Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor.
Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO     Cf Jn 4, 42. 15

Señor, Tú eres verdaderamente el Salvador del mundo;
dame agua viva para que no tenga más sed.

EVANGELIO

El manantial que brotará hasta la vida eterna

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     4, 5-42

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.»
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva.»
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla.»
Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí.»
La mujer respondió: «No tengo marido.»
Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.»
La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.»
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.»
La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo.»
Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo.»
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?»
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?»
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro.» Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen.»
Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer?»
Jesús les respondió:
«Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra. Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: “Uno siembra y otro cosecha.” Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos.»
Muchos samaritanos de esa ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice.»
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor.

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan     4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.»
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: «íCómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva.»
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla.» «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.»
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.»
La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo.»
Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo.»
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él. Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

III Domingo de Cuaresma

Ciclo A (19-03-17)

Entrada:

            Celebramos hoy el tercer domingo de Cuaresma. Jesucristo promete a la Samaritana darle de beber agua viva, que es el Espíritu Santo. En el Santo Sacrificio de la Misa que nos disponemos a celebrar nosotros podemos beber del costado abierto de Jesús esa agua que es el Espíritu Santo.

1ºLectura:             Éxodo 17,1-7

            Al pueblo judío que peregrina por el desierto y está sediento, Dios le da a beber agua que brota de una dura roca. Cristo es la roca espiritual y es el único que puede calmar la sed de vida eterna de todo hombre.

2ºLectura:                     Rom. 5,1-2.5-8

            San Pablo nos anuncia que el Espíritu Santo es entregado al bautizado para el perdón de los pecados.

Evangelio:                Jn. 4,5-42

San Juan nos narra el encuentro de Jesús con la Samaritana. Jesús le promete a la Samaritana el agua viva, que es el Espíritu Santo y que llega a nosotros a través del agua del Bautismo.

Preces:

Hermanos, el Espíritu de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, nos mueve a suplicar a Dios por nuestras necesidades.

A cada intención respondemos….

-Por el Santo Padre, los Obispos y los sacerdotes para que en medio de las dificultades de la Iglesia, sepan difundir el evangelio de Cristo Señor. Oremos

-Por los que sufren el  flagelo de la guerra, especialmente por la paz en Medio Oriente, para que las autoridades competentes resuelvan los conflictos mediante un  diálogo pacífico y coherente. Oremos.

-Por los enfermos, en especial por los pobres, para que se les proporcionen atenciones y cuidados médicos dignos de su condición humana. Oremos.

-Por todos los cristianos, para que en éste tiempo, fieles al llamado a la conversión  se acerquen a la confesión confiando en la misericordia de Dios, que es rico en perdón.Oremos.

Señor escucha nuestra oración, y ayúdanos a identificarnos con Cristo crucificado de modo especial en éste sagrado tiempo de Cuaresma. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ofertorio:

            -Ofrecemos alimentos, junto con nuestras oraciones por los más necesitados.

            –Pan y vino para el Sacrificio, unido al esfuerzo para hacer de nuestra vida un continuo acto de amor a Dios.

Comunión:

            “Sólo el agua, que nos da el Señor, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, hasta que descanse en Dios”.

Salida:

            Después de haber bebido de la roca espiritual que es Cristo y de habernos alimentado con su Cuerpo y con sus Sangre, salgamos gozosos al mundo para anunciar la Buena Nueva de la salvación.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

 

Tercer domingo de Cuaresma

CEC 1214-1216, 1226-1228: el Bautismo, renacer por medio del agua y del Espíritu

CEC 727-729: Jesús revela al Espíritu Santo

CEC 694, 733-736, 1215, 1999, 2652: el Espíritu Santo, el agua viva, un don de Dios

CEC 604, 733, 1820, 1825, 1992, 2658: Dios toma la iniciativa; la esperanza del Espíritu

I          EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO

1214    Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa “sumergir”, “introducir dentro del agua”; la “inmersión” en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El (cf Rm 6,3-4; Col 2,12) como “nueva criatura” (2 Co 5,17; Ga 6,15).

1215    Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5), porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual “nadie puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5).

1216    “Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado…” (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), el bautizado, “tras haber sido iluminado” (Hb 10,32), se convierte en “hijo de la luz” (1 Ts 5,5), y en “luz” él mismo (Ef 5,8):

            El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios…lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).

El bautismo en la Iglesia

1226    Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa”, declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: “el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos” (Hch 16,31-33).

1227    Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él:

            ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf Col 2,12).

            Los bautizados se han “revestido de Cristo” (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13).

1228    El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la “semilla incorruptible” de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín dirá del Bautismo: “Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum” (“Se une la palabra a la materia, y se hace el sacramento”, ev. Io. 80,3).

Cristo Jesús

727      Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de  los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.

            Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo a la luz de esto. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del Espíritu Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se refiere a la promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado por el Señor glorificado.

728      Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo (cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo sugiere también a Nicodemo (cf. Jn 3, 5-8), a la Samaritana (cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los que participan en la fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39). A sus discípulos les habla de él abiertamente a propósito de la oración (cf. Lc 11, 13) y del testimonio que tendrán que dar (cf. Mt 10, 19-20).

729      Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

Los símbolos del Espíritu Santo

694    El agua. El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero “bautizados en un solo Espíritu”, también “hemos bebido de un solo Espíritu”(1 Co 12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex 17, 1-6; Is 55, 1; Za 14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).

El Espíritu Santo, El Don de Dios

733      “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es  el primer don, contiene todos los demás. Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).

734      Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.

735      El nos da entonces las “arras” o las “primicias” de nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la Vida misma de la Santísima Trinidad que es amar “como él nos ha amado” (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor (la caridad de 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos “recibido una fuerza, la del Espíritu Santo” (Hch 1, 8).

736      Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza”(Ga 5, 22-23). “El Espíritu es nuestra Vida”: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más “obramos también según el Espíritu” (Ga 5, 25):

            Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir. 15,36).

1215    Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5), porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual “nadie puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5).

1999    La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para curarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o deificante, recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación (cf Jn 4,14; 7,38-39):

            Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo (2 Co 5,17-18).

2652    El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4, 14). El es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo.

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).

1820    La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en “la esperanza que no falla” (Rom 5,5). La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme, “que penetra…adonde entró por nosotros como precursor Jesús” (Hb 6,19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: “Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación” (1 Ts 5,8). Nos procura el gozo en la prueba misma: “Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación” (Rm 12,12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

1825  Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que amemos como él hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10,27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él mismo (cf Mt 25,40.45).

            El apóstol S. Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa. no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Co 13,4-7).

1992  La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS 1529):

            Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen -pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios- y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús (Rm 3,21-26).

2658  “La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como El nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien saca el agua de ella, alcanza la cumbre de la oración:

          Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente amable, y prefiero morir amándote a vivir sin amarte. Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente… Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro (S. Juan María Bautista Vianney, oración).

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

Éxodo 17, 3-7

La lectura de hoy nos presenta un episodio muy denso de contenido, no sólo por sus enseñanzas, sino sobre todo por el significado Mesiánico que en él late:

— Israel, una vez más, sucumbe a la tentación de desconfianza e infidelidad para con Dios, de rebeldía contra Moisés. A la prueba de la sed, prueba ciertamente muy dura en el desierto, responde con el propósito de volverse a Egipto, abandonar para siempre su vocación a la Tierra Prometida.

— Moisés, fiel siempre a Dios y misericordioso con su pueblo, realiza la maravilla: Al golpe de su vara, de las entrañas de la Roca fluyen ríos de agua límpida. El pueblo ante el milagro, desiste de sus planes de deserción. Pero deberá hacer penitencia y ser purificado del enorme pecado cometido al desconfiar de Dios, despreciar su vocación y soliviantarse contra Moisés.

— Al leer la Biblia nunca debemos olvidar que todo debe interpretarse en clave de Historia Salvífica. En esta página se nos ofrece, bajo el «signo» de esta Roca que brota agua, uno de los dones Mesiánicos o Salvíficos más claros y ricos. En efecto, cuidará el N. T. de decirnos que tanto la «Roca» (1 Cor 10, 4) como «Agua» (Jn 7, 37) simbolizan, preanuncian y prometen a Cristo. Mientras peregrinamos camino a la Patria nos acosará como a los israelitas la tentación de la desconfianza e infidelidad, la tremenda tentación de despreciar los bienes invisibles y eternos para saciarnos de los caducos y sensibles. Pero tenemos siempre con nosotros la Roca de la que mana Agua de Vida Eterna. Recordemos el sermón de Jesús en la Fiesta de los Tabernáculos: «El último día de la Fiesta, el más solemne, Jesús, de pie y en alta voz, decía: «Quien tenga sed venga a Mí, y beba quien cree en Mí.» Como dice la Escritura, «fluirán de sus entrañas avenidas de agua viva» (Jn 7, 37). Y comenta el mismo Evangelista: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu Santo que habían de recibir los que creerían en Él» (Jn 7, 39). A eso nos orienta la lección de la Roca de Agua del Desierto: Quien cree en Cristo, tiene Vida Divina. Vida saciativa. «Bebe a Cristo. Es la fuente de la Vida» (Amb in Ps. 1, 33). La Eucaristía, máxima presencia de Cristo en nuestra etapa de viadores (Desierto) es Sacramento de fe y Fuente de Vida Divina.

ROMANOS 5, 1-2. 5-8:

Israel, peregrinante del destierro a la Tierra Prometida, prefiguraba al Israel de Dios, el Pueblo cristiano, la Iglesia Peregrina. San Pablo nos traza el programa que ahora, viadores, debemos cumplir los renacidos del Agua Bautismal, vigorizados en la Fuente de Agua Viva (Eucaristía).

— Firmes y perseverantes en la Fe (1). A la «Fe» en Cristo van anejas todas nuestras riquezas: la Gracia, que es paz y reconciliación con Dios; que es Vida Divina en nosotros (2).

— La Fe debe tener un fuerte latido de «Confianza». Peregrinos, vamos a ser sometidos a pruebas y tentaciones. Pero nosotros, que nos «gloriamos en la esperanza de la Gloria de Dios, nos gloriamos asimismo en las tribulaciones» (5). Las tribulaciones no nos hacen zozobrar. Miramos siempre a la Patria. Nuestro destino es la Gloria de Dios. Cristo nos ha hecho «Herederos, coherederos con Él en la Gloria del Padre» (R 8, 17). Y de esta gloria tenemos ya las más preciosas arras. Como garantía y testigo del amor de Dios y del destino eterno que nos ha señalado, tenemos el Espíritu Santo que inhabita nuestros corazones. Realmente «esta esperanza no defrauda. Pues el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, dado a nosotros» (5). El Espíritu Santo que nos inhabita es a la vez testigo y garante del amor que el Padre nos tiene, y latido filial del amor que nosotros tenemos al Padre.

— Otro testimonio aún del amor que el Padre nos tiene: Testimonio que debe tornar firme nuestra fe, inconmovible nuestra esperanza, urente nuestra caridad: El Hijo de Dios ha muerto por quienes éramos enemigos de Dios. Argumenta Pablo: Si cuando éramos enemigos tanto nos amó Dios que envió su propio Hijo a que nos redimiera del pecado; ahora que estamos ya plenamente en paz y amor con Dios: «mucho más al presente seremos por Cristo salvados y en Cristo amados» (11). Acaba Pablo de proponernos el mejor itinerario para nuestra vida peregrina: Fe-Esperanza-Caridad. Y para que los viadores no erremos el camino, la Iglesia nos insiste: Qui nos per abstinentiam tibi gratias referre voluisti, ut ipsa et nos peccatores ab insolentia mitigaret, et, egentium proficiens alimento, imitatores tuae benignitatis efficeret (Pref.)

JUAN 4, 5-42:

San Juan enmarca en el episodio del encuentro de Jesús con la Samaritana preciosas enseñanzas:

— Jesús se revela a la Samaritana: a) Como Fuente de Agua Viva. Poco a poco Jesús conduce a la Samaritana a desear otra Agua; la de verdad saciativa; manantial en la misma entraña del alma (14). b) Como Templo único, espiritual y verdadero. Los otros templos, incluso el de Jerusalén, son materiales, rituales, transitorios (23). c) Y sobre todo se le revela como Mesías: «Yo Soy; contigo habla» (26). Precisamente porque es el Mesías nos puede dar Agua Viva y nos puede transformar en adoradores en espíritu. Es el Mesías que nos va a saciar de Espíritu Santo. En el Espíritu de Cristo viviremos; adoraremos y amaremos al Padre: «Cuando Jesús pide agua a la Samaritana, ya crea en ella el don de fe; y se digna tener sed de su fe para encender en ella el fuego del amor divino» (Pref.).

— Jesús hace también en este momento revelaciones importantísimas a los Apóstoles: a) Jesús hace la «Obra» del Padre. Esta Obra es nuestra Salvación. Realizar esta Obra divina es su misión y su manjar (34). b) Pero Él deberá retornar al Padre; y quedarán ellos como continuadores de esa Obra (35). Tienen, pues, que estar muy gozosos de que los haya asociado a su Obra. Él ha sembrado. Ellos cultivarán y segarán las mieses. Un mismo gozo debe unirlos, ya que los une una misma Obra y Premio (38).

— Ante sus ojos tienen un espectáculo consolador: la fe de los samaritanos (40). Samaria ha sido el campo de cosecha más generosa. Oleadas y más oleadas de samaritanos proclaman a voz en grito: «Creemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo» (42). Precisamente también en Samaria cosecharán Pedro y Juan su más rica siega de almas (Act 8, 14-17).

José María Solé Roma, CMF Ministrros de la Palabra, Editorial Herder pp 81-84

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

III, IV y V domingo de Cuaresma

69. (…) La fuerza catequética del Tiempo de Cuaresma es evidenciada por las lecturas y las oraciones de los domingos del Ciclo A. Es manifiesta la conexión de los temas del agua, de la luz y de la vida con el Bautismo: a través de estos pasajes bíblicos y de las oraciones de la Liturgia, la Iglesia guía a los elegidos hacia la Iniciación Sacramental en la Pascua. Su preparación final es de fundamental importancia, como muestran los textos de la oración empleados en los Escrutinios.

¿Y para los demás? Es útil que el homileta invite a los que le escuchan a ver la Cuaresma como un tiempo para fortalecer la gracia del Bautismo y para purificar la fe que han recibido. Este proceso puede ser explicado a la luz de la comprensión que Israel ha tenido de la experiencia del éxodo. Un acontecimiento crucial para la formación de Israel como pueblo de Dios, para el descubrimiento de los propios límites e infidelidades pero, también, del amor fiel e inmutable de Dios. Ha servido de paradigma interpretativo del camino con Dios a lo largo de toda la historia siguiente de Israel. De este modo, la Cuaresma es para nosotros el tiempo en el que en el desierto de nuestra existencia presente, con sus dificultades, miedos e infidelidades, descubrimos la cercanía de Dios que, a pesar de todo, nos está guiando hacia nuestra tierra prometida. Es un momento fundamental para la vida de fe, verdadero reto para nosotros. Las gracias del Bautismo, recibidas poco después de nacer, no pueden ser olvidadas, aunque sí los pecados acumulados y los errores humanos, que pueden hacer pensar en su ausencia. El desierto es el lugar donde se pone a prueba nuestra fe pero, también, donde se purifica y se refuerza, si aprendemos a confiar en Dios, a pesar de las experiencias contradictorias. El tema de base, en estos tres domingos, se centra en el modo en que la fe es continuamente alimentada a pesar del pecado (la samaritana), la ignorancia (el ciego) y la muerte (Lázaro). Son estos los «desiertos» que atravesamos en el curso de la vida y en los que descubrimos que no estamos solos, porque Dios está con nosotros.

70. El nexo entre los que se preparan para el Bautismo y los demás fieles intensifica el dinamismo del Tiempo de Cuaresma y el homileta tendría que esforzarse en relacionar al conjunto de la comunidad con el camino de preparación de los elegidos. (…). Nosotros los creyentes, estamos llamados, como la samaritana, a compartir nuestra fe con los demás. Por ello, en Pascua, los nuevos iniciados podrán anunciar al resto de la comunidad: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

71. El III domingo de Cuaresma nos traslada al desierto con Jesús y con Israel, en una etapa precedente. Los israelitas tienen sed, y sufrir la sed les lleva a dudar de la eficacia del viaje iniciado por invitación de Dios. La situación parece sin esperanza, pero la ayuda llega de una fuente más sorprendente que nunca: ¡en el momento en el que Moisés golpea la dura roca de ella brota el agua! Aún existe una materia todavía más dura e inflexible: el corazón humano. El salmo responsorial hace una llamada elocuente a todos los que lo cantan y escuchan: «Ojalá escuchéis la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón”». En la segunda lectura, Pablo anuncia cómo la fe es el apoyo en el que poner el fundamento; ella, por medio de Cristo, da acceso a la gracia de Dios, precursora a su vez de esperanza. Esta esperanza después no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, haciéndolos capaces de amar. Este amor divino no se nos ha dado como recompensa a nuestros méritos, ya que se nos ha concedido cuando todavía éramos pecadores, ya que Cristo ha muerto por nosotros pecadores. En estos pocos versículos, el Apóstol nos invita a contemplar tanto el misterio de la Trinidad como las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.

En este ámbito es donde se produce el encuentro de Jesús con la samaritana, una conversación profunda porque habla de las realidades fundamentales de la vida eterna y del culto verdadero. Es una conversación iluminante, ya que manifiesta la pedagogía de la fe. Al comienzo, Jesús y la mujer discuten en distintos niveles. El interés práctico y concreto de la mujer se centra en el agua y el pozo. Jesús, sin atender a su preocupación concreta, insiste en hablar del agua viva de la gracia. Hasta que sus discursos llegan a encontrarse. Jesús aborda el hecho más doloroso de la vida de la mujer: su situación matrimonial irregular. El haber reconocido su fragilidad le abre inmediatamente la mente al misterio de Dios y, entonces, hace preguntas sobre el culto. Cuando acepta la invitación a creer en Jesús como el Mesías, se llena de gracia y se apresura a compartir todo lo que ha aprendido con sus vecinos.

La fe, nutrida por la Palabra de Dios, por la Eucaristía y el poner en práctica la voluntad del Padre, abre al misterio de la gracia, ilustrado con la imagen del «agua viva». Moisés golpeó la roca y de ella brotó el agua; el soldado traspasó el costado de Cristo y de él brotó sangre y agua. En su recuerdo, la Iglesia pone estas palabras en los labios de cuantos se encaminan en procesión para recibir la Comunión: «El que beba del agua que yo le daré – dice el Señor –, no tendrá más sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

72. No somos los únicos que estamos sedientos. El prefacio de la Misa de este día dice: «Quien al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino». Aquel Jesús que estaba sentado al lado del pozo, estaba cansado y sediento. (El homileta, de suyo, podría destacar cómo los pasajes evangélicos de estos tres domingos resaltan la humanidad de Cristo: su cansancio mientras está sentado cerca del pozo, el hacer una pasta con el barro y la saliva para curar al ciego y sus lágrimas en la tumba de Lázaro). La sed de Jesús alcanzará el momento culminante en los últimos instantes de su vida, cuando desde la Cruz, grita: «¡Tengo sed!». Esto significa para Jesús hacer la voluntad de Aquel que le ha enviado y cumplir su obra. Después, de su corazón traspasado, brota la vida eterna que nos alimenta en los sacramentos, donándonos, a nosotros que adoramos en Espíritu y en verdad, el alimento que necesitamos para avanzar en nuestra peregrinación.

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 69 – 72)

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·        San Juan Crisóstomo

HOMILIA XXXII (XXXI)

Jesús le respondió y dijo: Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo; pero el que bebiere del agua que yo le daré, ya nunca jamás en lo sucesivo tendrá sed, sino que el agua que yo le daré se tornará en él un manantial que mana agua de vida eterna (Juan IV, 13-14).

LA SAGRADA ESCRITURA unas veces llama fuego a la gracia del Espíritu Santo y otras agua, demostrando con esto que ambos nombres son aptos para designar no la substancia de la gracia, sino sus operaciones. El Espíritu Santo no consta de diversas substancias, puesto que es indivisible y simple. Lo primero lo indicó el Bautista al decir: Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Lo segundo lo indicó Cristo: Fluirán de sus entrañas avenidas de agua viva*1. También aquí, hablando con la sama­ritana, al Espíritu lo llama agua: El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá ya jamás en lo sucesivo sed. Llama pues al Espíritu fuego para significar la fuerza y fervor de la gracia y el perdón de los pecados; y lo llama agua para indicar la purificación que viene a quienes por su medio renacen en el alma.

Y con razón. Pues a la manera de un huerto frondoso de árboles fructíferos y siempre verdes, así adorna el alma empe­ñosa y no la deja percibir ni sentir tristezas ni satánicas ase­chanzas, sino que fácilmente apaga los dardos de fuego del Maligno. Considera aquí la sabiduría de Cristo y en qué forma tan suave va elevando el alma de aquella humilde mujer. Pues no le dijo desde un principio: Si supieras quién es el que te dice: Dame de beber; sino hasta después de haberle dado oca­sión de llamarlo judío y acusarlo; y en esa forma rechazó la acusación. Y luego, una vez que le hubo dicho: Si supieras quién es el que te dice: Dame de beber, quizá tú le habrías pedido agua; y una vez que mediante magníficas promesas la había inducido a traer al medio el nombre del patriarca, por estos caminos le abrió los ojos de la mente.

Y como ella replicara: ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Israel? no le contestó Jesús: Así es; yo soy mayor; pues hubiera parecido que lo decía por jactancia, no habiendo aún dado demostración ninguna de eso. Sin embargo con lo que le dice la va preparando para llegar a esa afirmación. No le dijo sencillamente: Yo te daré de esa agua; sino que callando lo de Jacob, declaró lo que era propio suyo, manifestando la dife­rencia de personas por la naturaleza del don y la diversidad de los regalos; y al mismo tiempo su excelencia por encima del patriarca. Como si le dijera: Si te admiras de que él os ha dado esta agua ¿qué dirás cuando yo te diere otra mucho mejor? Ya anteriormente casi confesaste que yo soy mayor que Jacob, con preguntarme: ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob?, puesto que prometes una agua mejor. De modo que si recibes esta agua, abiertamente confesarás que yo soy mayor.

¿Adviertes el juicio que hace esta mujer, sin acepción de personas, dando su parecer basado en las cosas mismas, acerca del patriarca y de Cristo? No lo hicieron así los judíos. Al ver que arrojaba los demonios lo llamaban poseso; es decir, mucho menos que llamarlo menor que el patriarca. La mujer va por otro camino; y profiere su parecer partiendo de donde Cristo quería, o sea, de la demostración por las obras. El mismo sobre ese fundamento basa su juicio cuando dice: Si no hago las obras de mi Padre no me creáis; más si las hago, ya que no me creéis a mí, creed en las obras*2. Por ese medio la samaritana es conducida a la fe.

Jesús, cuando la oyó decir: ¿Acaso eres tú mayor que nues­tro padre Jacob?, dejando a un lado al patriarca, le habla de nuevo del agua, y le dice: Todo el que bebiere de esa agua tendrá sed de nuevo. Hace caso omiso de la acusación y lleva la comparación a la preeminencia. No le dice: Esta agua de nada sirve y todo eso hay que despreciarlo; sino que declara lo que la naturaleza misma testimonia: Todo el que bebiere de esta agua tendrá sed de nuevo. Pero el que bebiere del agua que yo le daré, ya no tendrá jamás en adelante sed. La mujer había oído ya eso del agua viva, pero no lo había entendido. Creía que se trataba del agua que se llama viva por ser irres­tañable, y si no se la corta, brota continuamente del manantial.

Por tal motivo, enseguida con mayor claridad Jesús se lo declara; y mediante la comparación sigue demostrando la ex­celencia de esta otra agua: El que bebiere del agua que yo le daré ya no tendrá jamás en adelante sed. Como ya dije, por aquí le demuestra la excelencia de esta agua; pero también por lo que sigue, pues el agua ordinaria no posee semejantes cua­lidades. Y ¿qué es lo que sigue?: Se hará en él manantial que mana agua de vida eterna. Del mismo modo que quien lleva en sí la fuente de las aguas no padecerá sed, así quien tuviere esta agua nunca padecerá sed. Y la mujer al punto dio su asen­timiento, mucho mejor ella en esto que Nicodemo; y lo hizo no sólo con más prudencia, sino con mayor fortaleza. Nico­demo, tras de largas explicaciones, ni convocó a otros ni se fio él mismo. En cambio esta mujer al punto desempeña el oficio de apóstol anunciándoles a todos, llamándolos a Cristo y arras­trando a Él la ciudad entera. Nicodemo, tras de escuchar a Cristo decía: ¿Cómo puede ser eso? y ni siquiera cuando Cristo le puso el ejemplo tan claro del viento, aceptó sus afirma­ciones.

De otro modo procedió esta mujer. Porque primero dudaba. Luego, sin andar con tantas cautelas, sino recibiendo lo que se le decía como si fuera una sentencia ya dictada, al punto se deja llevar al acto de fe. Y como había oído a Jesús decir: Se tornará en él manantial que mana agua de vida eterna, al punto le dice: Dame de esa agua para ya no tener sed en adelante ni que venir acá a sacarla. ¿Observas en qué forma la va conduciendo a lo más alto de la verdad? Primero, creyó ella que Jesús era un transgresor de la ley y un judío cualquie­ra. Enseguida, pues Jesús rechazó semejante recriminación —ni convenía que quedara con sospecha de eso quien venía para enseñar a aquella mujer—, creyendo ella que se trataba del agua ordinaria y sensible, lo manifestó así. Finalmente, como oyera que lo que se le decía todo era espiritual, creyó que aquella otra agua podía acabar con la sed, aunque no sabía a punto fijo qué sería esa agua, y así todavía dudaba. Juzgaba en verdad que eran aquellas cosas más excelentes y levantadas de lo que pueden percibir los sentidos; pero aún no sabía de cierto qué eran. Ya veía mejor, pero aún no acertaba del todo.

Porque dice: Dame de esa agua para que no tenga yo más sed, ni tenga que venir acá a sacarla. De manera que ya lo estimaba superior a Jacob, como si dijera: Si yo recibo de ti esa agua, ya no necesito de esta fuente. ¿Observas cómo lo an­tepone al patriarca? Es esto indicio de un alma honrada y sincera. Manifestó la opinión que tenía de Jacob; pero vio a uno más excelente que Jacob, y ya no la cautivó su antece­dente opinión. No sucedió, pues, que fácilmente creyera ni que aceptara a la ligera lo que se le decía, puesto que tan cui­dadosamente investigó; ni se mostró incrédula ni querellosa, como lo demostró finalmente con su petición.

En cambio a los judíos les dijo Cristo: El que comiere mi carne; y el que cree en mí jamás padecerá sed*3, pero no sólo no creyeron sino que incluso se escandalizaron. La samaritana, por el contrario, espera y pide. A los judíos les decía Jesús: El que cree en Mí jamás padecerá sed. A esta mujer no le dice así, sino de un modo más material y nido: El que bebiere de esta agua no tendrá jamás sed en adelante. Porque la prome­sa era de cosas espirituales y no visibles, Jesús, levantando el ánimo de aquella mujer mediante las promesas, todavía se de­tiene en las cosas sensibles, puesto que ella no podía compren­der con exactitud las espirituales.

Si Jesús le hubiera dicho: Si crees en mí ya no padecerás sed, ella no lo habría entendido, porque no sabía quién era el que le hablaba, ni de qué sed se trataba. Mas ¿por qué a los judíos no les habló así? Porque éstos ya habían visto muchos milagros, mientras que la samaritana no había visto ninguno, sino que era la primera vez que oía semejantes discursos. Por esto, mediante una profecía le demuestra su poder y no la reprende al punto, sino ¿qué le dice?: Anda, llama a tu ma­rido y vuelve acá. Le responde la mujer: No tengo marido. Verdad has dicho, le replica Jesús, que no tienes marido. Pues cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido.

En esto has hablado verdad. Le dice la mujer: Señor, veo que eres profeta.

¡Válgame Dios! ¡Qué virtud tan grande la de esta mujer! ¡Con cuánta mansedumbre recibe la reprensión! Preguntarás: pero ¿qué razón había para no recibirla? ¿Acaso no reprendió Jesús muchas veces con mayor dureza? No es propio de un mismo poder el revelar los secretos pensamientos del alma y el revelar una cosa que se ha hecho a ocultas. Lo primero es propio y exclusivo de Dios, puesto que nadie lo sabe sino sólo el mismo que lo piensa… Lo segundo puede ser cosa conocida a lo menos para los de la misma familia. Pero aquí el caso es que los judíos llevan a mal el ser reprendidos. Diciéndoles Jesús: ¿Por qué queréis darme muerte? no sólo se admiran, como la samaritana, sino que lo colman de denuestos e inju­rias, a pesar de tener ya en favor de Jesús el argumento de otros milagros. En cambio la samaritana no conocía sino éste.

Por lo demás, los judíos no únicamente no se admiraron, sino que injuriaron a Jesús y le dijeron: Estás endemoniado. ¿Quién trata de matarte?*4 La samaritana no sólo no lo inju­ria, sino que se admira y queda estupefacta y lo tiene por profeta; y eso que a ella la ha reprendido ahora más dura­mente que a los judíos entonces. Puesto que el pecado de ella era particular y suyo, mientras que el de los judíos era colec­tivo y de todos. Y no solemos molestarnos tanto cuando se acusan pecados comunes, como cuando se nos recriminan los propios. Los judíos creían hacer una gran obra si mataban a Cristo. En cambio, a los ojos de todos lo que había hecho la samaritana era manifiesto pecado. Y sin embargo, la mujer no llevó a mal la reprensión, sino que quedó admirada y estupefacta.

Igualmente procedió Cristo en el caso de Natanael. No co­menzó por la profecía, ni le dijo: Te vi bajo la higuera; sino que, hasta cuando aquél le preguntó: ¿Dónde me conociste? Jesús le respondió eso otro. Quería que las profecías y los milagros partieran de ocasiones dadas por los que se le acer­caban, tanto para mejor atraerlos, como para evitar cualquier sospecha de vana gloria. Lo mismo procede en el caso de la samaritana. Juzgaba que sería molesto y además superfluo el acusarla inmediatamente y decirle: No tienes marido. Era más conveniente corregirle su pecado una vez que ella diera oca­sión, con lo que al mismo tiempo hacía a la oyente más mansa y suave.

Preguntarás: pero ¿a qué venía decirle: Anda, llama a tu marido y vuelve acá? Se trataba de un don espiritual y de un favor que sobrepasaba la humana naturaleza. Instaba la mujer procurando alcanzarlo. Él le dijo: Anda, llama a tu marido y vuelve acá, dándole a entender que también él debía participar de aquellos bienes. Ella, ansiosa de recibirlos, oculta su vergüenza; y pensando que hablaba con un puro hombre, le responde: No tengo marido. Cristo de aquí toma ocasión para reprenderla oportunamente, aclarando ambas cosas: porque enumeró a todos los anteriores y reveló al que ella ocultaba.

¿Qué hace la mujer? No lo llevó a mal; no abandonó a Cristo y se dio a huir, no pensó que él la injuriaba, sino que más bien se llenó de admiración y perseveró en su deseo. Porque le dice: Veo que eres profeta. Tú advierte su prudencia. No se entrega inmediatamente, sino que aún considera las cosas y se admira. Porque ese veo quiere decir: Me parece que eres profeta. Y ya bajo esta sospecha, no pregunta nada terreno, ni suplica la salud corporal o riquezas, y haberes, sino inmediatamente pregunta acerca del dogma y la verdad. ¿Qué es lo que dice?: Nuestros padres dieron culto a Dios en este monte, significando a Abraham, pues se decía que a ese monte llevó su hijo Isaac. ¿Cómo decís vosotros que Jerusalén es el sitio en donde le debe dar culto? Advierte cuánto se ha elevado su pensamiento. La que antes sólo cuidaba de mitigar su sed, ya se interesa y pregunta sobre el dogma. ¿Qué hace Cristo? No le responde resolviendo la cuestión (pues él no tenía interés en ir contestando exactamente las preguntas, cosa que habría sido inútil), sino que lleva a la mujer a mayores elevaciones. Sólo que no le trató de estas cosas hasta que la mujer lo confesó como profeta, para que así luego ella diera mayor crédito a sus palabras. Puesto que una vez que eso creyera, ya no ponen duda lo que se le dijera.

Avergoncémonos y confundámonos. Esta mujer que había tenido cinco maridos, que era una samaritana, demuestra tanto empeño en conocer la verdad y no la aparta de semejante búsqueda ni la hora del día ni otra alguna ocupación o negocio, mientras que nosotros no sólo no investigamos acerca de los dogmas, sino que en todo nos mostramos perezosos y llenos de desidia. Por tal motivo, todo lo descuidamos. Pre­gunto: ¿quién de vosotros allá en su hogar toma un libro de la doctrina cristiana, lo examina, o escruta las Sagradas Escritu­ras? ¡Nadie, a la verdad, podría responderme afirmativamente!

En cambio encontraremos en el hogar de la mayor parte de vosotros cubos y dados para juegos, pero libros o ninguno o apenas en pocos hogares. Y estos pocos que los poseen se portan como si no los tuvieran, pues los guardan bien cerrados y aun abandonados en su escritorio. Todo el cuidado lo ponen en que las membranas sean muy finas, o los caracteres muy lin­dos, pero no en leerlos. Es que no los adquieren en busca de la utilidad, sino para poner manifiesta su ambiciosa opulencia. ¡Tan grande fausto les exige la vanagloria! De nadie oigo que ambicione entender los libros; pero en cambio sí se jactan mu­chos de poseer libros con letras de oro escritos. ¿Qué utilidad se saca de eso?

Las Sagradas Escrituras no se nos han dado para eso, o sea para tenerlas únicamente en los libros, sino para que las gra­bemos en nuestros corazones. Semejante forma de poseer los Libros santos es propia de la ostentación judaica; quiero decir, cuando los preceptos divinos se quedan en los escritos. No se nos dio al principio así la ley, sino que se nos grabó en nuestros corazones de carne. Y no digo esto como para prohibir la adquisición de los Libros. Más aún, la alabo y anhelo que se realice. Pero quisiera que sus palabras y sentido de tal modo los traigamos en nuestra mente que quede ella purificada con la inteligencia de lo escrito.

Si el demonio no se atreve a entrar en una casa en donde tienen los evangelios, mucho menos se atreverán ni el demonio ni el pecado a acercarse a un alma compenetrada con las sentencias de los evangelios. Santifica, pues, tu alma, santifica tu cuerpo; y para esto continuamente revuelve estas cosas en tu mente y acerca de ellas conversa. Si las palabras torpes manchan y atraen a los demonios, es claro con toda certeza que la lectura espiritual santifica y atrae las gracias del Espí­ritu Santo. Son las Escrituras cantares divinos. Cantemos en nuestro interior y pongamos este remedio a las enfermedades del alma. Si cayéramos en la cuenta del valor que tiene lo que leemos, lo escucharíamos con sumo empeño.

Constantemente repito esto y no dejaré de repetirlo. ¿Acaso no sería absurdo que mientras los hombres sentados en la plaza refieren los nombres de los bailarines y de los aurigas y aun describen cuál sea el linaje, la ciudad, la educación y aun los defectos y las cualidades de los corceles, los que acá acuden a estas reuniones nada sepan de lo que aquí se hace y aun igno­ren el número de los Libros sagrados? Y si me objetas que en referir aquellas cosas se experimenta grande deleite, yo demos­traré que mayor se obtiene de las Sagradas Escrituras. Porque pregunto: ¿qué hay más suave, qué hay más admirable? ¿Acaso el contemplar cómo un hombre lucha con otro, o más bien el ver cómo un hombre lucha contra el demonio, y cómo com­batiendo uno que tiene cuerpo contra otro incorpóreo, sin embargo, aquél supera y vence a éste?

Pues bien: contemplemos estas batallas; éstas, digo, que es honroso y útil imitar y quienes las imitan reciben la corona; y no aquellas otras cuyo anhelo cubre de ignominia a quienes las imitan. Esas las contemplarás en compañía de los demonios, si te pones a verlas; aquellas otras, en compañía de los ángeles y del Señor de los ángeles. Dime: si pudieras tú disfrutar de los espectáculos sentado entre los príncipes y los reyes ¿no lo tendrías como sumamente honorífico? Pues bien, acá, viendo tú al diablo cómo es castigado en las espaldas, mientras te sientas con el Rey; y cómo forcejea y procura vencer pero en vano ¿no correrás a contemplar este espectáculo?

Preguntarás: ¿cómo puede ser eso? Pues con sólo que ten­gas en tus manos el Libro Sagrado. Porque en él verás los fosos y límites de la palestra y las solemnes carreras y las oportuni­dades de dominar al adversario y artificio que usan las almas justas. Si tales espectáculos contemplas, aprenderás el modo de combatir y vencerás a los demonios. Aquellos otros espectácu­los profanos son festivales diabólicos y no reuniones de hom­bres. Si no es lícito entrar en los templos de los ídolos, mucho menos lo será entrar a esas solemnidades satánicas.

No cesaré de decir y repetir estas cosas, hasta ver que cam­biáis de costumbres. Porque decirlas, afirma Pablo, a mí no me es gravoso y a vosotros os es salvaguarda*5. Así pues, no llevéis a mal nuestra exhortación. Si fuera cuestión de no molestarse, más bien me tocaría a mí, puesto que no se me hace caso, que no a vosotros, que continuamente las oís pero nunca las obe­decéis. Mas ¡no! ¡lejos de mí que me vea obligado a siempre acusaros! Haga el Señor que libres de semejante vergüenza, os hagáis dignos de los espirituales espectáculos y gocéis además de la gloria futura, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria en unión con el Padre y el Es­píritu santo, por los siglos de los siglos.—Amén.

San Juan Crisóstomo, Explicación del Evangelio de San Juan (1), Homilía XXXII (XXXI), EDITORIAL TRADICIÓN, S.A., MEXICO, 1981, 264-72

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*1- Jn 7, 38-39
*2- Jn 10, 37
*3- Jn 6, 35
*4- Jn 7
*5- Flp 3, 1

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Aplicación

·        P. José A. Marcone I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La Samaritana

(Jn 4,5-42)

Introducción

La Iglesia ha dado a cada domingo de Cuaresma un sentido particular. Los tres últimos domingos de Cuaresma tienen como temática principal el Bautismo. Se reasume así lo que fue en el antiguo catecumenado (y en el catecumenado actual restaurado*1) el ‘segundo orden de la iniciación cristiana’, el ‘tiempo de purificación e iluminación’, que duraba las tres últimas semanas de Cuaresma. Al tercer domingo de Cuaresma, el domingo de hoy, se le asignaba el evangelio de la Samaritana (Jn 4,5-42).

El tercer domingo de Cuaresma se hacía el primer examen de los elegidos al Bautismo, examen llamado ‘escrutinio’*2. Ese escrutinio consta de una oración de exorcismo y una oración sobre los elegidos. Ambas oraciones explican el sentido bautismal que tiene el evangelio de la Samaritana.

Oración de exorcismo: “Oh Dios, que nos enviaste como Salvador a tu Hijo, concédenos que estos catecúmenos, que desean sacar agua viva como la Samaritana, convertidos como ella con la palabra del Señor, se confiesen cargados de pecados y debilidades. No permitas, te suplicamos, que con vana confianza en sí mismos, sean engañados por la potestad diabólica, mas líbralos del espíritu pérfido, para que, reconociendo sus maldades, merezcan ser purificados interiormente para comenzar el camino de la salvación” *3.

Oración sobre los elegidos: “Señor Jesús, tú eres la fuente a la que acuden estos sedientos y el maestro al que buscan. Ante ti, que eres el único santo, no se atreven a proclamarse inocentes. Confiadamente abren sus corazones, confiesan su suciedad, descubren sus llagas ocultas. (…). Domina al espíritu maligno, derrotado cuando resucitaste. Por el Espíritu Santo muestra el camino a tus elegidos para que, caminando hacia el Padre, le adoren en la verdad”*4.

Como podemos ver, ambas oraciones están impregnadas de referencias al evangelio de la Samaritana. En esta homilía trataremos de explicitar y explicar dichas referencias.

1. El agua que da Jesús es el Espíritu Santo

El comienzo del capítulo 4 de San Juan marca un momento importante de la vida de Jesús. En efecto, es el momento clave del inicio de la segunda etapa de su vida pública, la etapa que se desarrollará durante 21 meses en Galilea. Para ir hacia allí, procedente de Judea, debe atravesar Samaría. Sin embargo, normalmente los judíos que iban a Galilea evitaban pasar por Samaría debido a una fuerte rivalidad religiosa y daban un rodeo atravesando el Jordán a la altura de Jericó, caminando por la Transjordania y volviendo a cruzar el Jordán ya en tierra galilea.

Esta fuerte rivalidad religiosa se debía al hecho de que los samaritanos eran descendientes de antiguos colonos persas (cf. 2Re 17,5-41) que habían abrazado a medias la religión judía, quedándose sólo con el Pentateuco y rechazando todos los demás libros de la Sagrada Escritura judía. Para los judíos la religión samaritana era una despreciable herejía de su religión. El samaritano era profundamente despreciado por el judío y viceversa. En el AT y en el mismo evangelio hay muchos testimonios de este desprecio mutuo entre judíos y samaritanos (cf. Esd 4,1-24; Sir 50,25-26; Lc 9,52-56; Jn 8,48).

Jesús hace caso omiso a esa rivalidad y desafía abiertamente las tradiciones humanas que amenazaban anquilosar la religión pura. Por eso comete tres ‘infracciones’: atraviesa el territorio de Samaría, conversa amistosamente sobre religión con un hereje, y ese hereje es nada más y nada menos que una mujer, que no estaban autorizadas a recibir lecciones de un rabí. El ‘escandalo’ por las dos últimas ‘infracciones’ está atestiguado en el mismo texto de hoy: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?” (Jn 4,9). “En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer” (Jn 4,27).

La conversación se desarrolla en la antigua ciudad de Siquem (llamada Sicar en tiempos de Jesús), al pie del Monte Garizim, donde los samaritanos habían levantado un templo, rival del de Jerusalén.

Jesús tiene una doble sed. En primer lugar, una sed natural, porque está realmente cansado y hace calor. Pero más sed tiene todavía del alma de la Samaritana. Cuando decimos que Jesús tiene sed del alma de la Samaritana queremos decir los siguiente: tiene sed de anunciarle la verdadera revelación respecto a la verdadera religión, tiene sed de hacer la voluntad de Dios anunciando dicha revelación (Jn 4,34), tiene sed de que la Samaritana se bautice y adquiera la gracia santificante, tiene sed de que la Samaritana beba del Espíritu Santo, tiene sed de que la Samaritana se una a Él, verdadero Esposo del alma, a través de la gracia santificante.

Jesús va a estructurar todo su anuncio de la verdadera religión partiendo de su sed natural, pero queriendo llegar a conquistar el alma de la Samaritana. Hablará abiertamente de su sed natural, pero en esas palabras esconderá su sed de beber el alma de la Samaritana. Inicia de su propia sed natural pero, a través de la manifestación de su propia sed natural, logrará que la Samaritana tenga sed del agua viva, el Espíritu Santo.

Por eso es que Jesús habla en un doble sentido. Y esto es común en el evangelio de San Juan. San Juan es el evangelista que mejor ha transparentado este modo de hablar de Jesús con doble sentido. En efecto, “en el cuarto evangelio, no raramente el autor pretende que su lector sepa individuar diversos niveles de significado en el mismo relato o en la misma metáfora (lenguaje figurado)”*5. Esto se debe a que “Jesús proviene de otro mundo, del alto. Sin embargo, habla el lenguaje de este mundo. Inevitablemente, todos los que se encuentran con Él, con una experiencia a un nivel más bajo, cuando Él habla del agua, del pan, de la carne, etc. mal entienden el sentido que Él intenta darle a estas palabras”*6. Así sucede con la Samaritana.

Jesús pasa de su propia sed natural de agua material a la sed sobrenatural que la Samaritana debe tener de un agua sobrenatural. Esta es la finalidad de su lenguaje de doble sentido. Notemos entonces el punto de partida y el punto de llegada. El punto de partida es: 1. Sed de Jesús; 2. Sed natural; 2. Sed de agua material. El punto de llegada, intentado por Jesús es: 1. Sed de la Samaritana; 2. Sed sobrenatural; 3. Sed de agua sobrenatural.

Los dos versículos claves del evangelio de hoy son Jn 4,14-15: “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna. Le dice la mujer: Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla”. En estos dos versículos está escondido todo el sentido bautismal y cuaresmal del evangelio de hoy.

El agua que Jesús da y que se convierte en fuente que brota para vida eterna es, en el evangelio de San Juan, claramente, el Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad. Así lo dice explícitamente, en otro lugar, el mismo evangelista San Juan: “El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí’; como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,37-39). En la conversación que Jesús tiene con Nicodemo se hace la misma afirmación: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5).

Esto lo confirma San Juan Crisóstomo: “La Sagrada Escritura unas veces llama fuego a la gracia del Espíritu Santo y, otras, agua, demostrando con esto que ambos nombres son aptos para designar no la substancia de la gracia, sino sus operaciones. (…) También aquí, hablando con la sama­ritana, al Espíritu lo llama agua: El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá ya jamás en lo sucesivo sed. (…) Llama pues al Espíritu fuego para significar la fuerza y fervor de la gracia y el perdón de los pecados; y lo llama agua para indicar la purificación que viene a quienes por su medio renacen en el alma”*7.

También lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los símbolos del Espíritu Santo. El agua. El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo” (CEC, 694, cf. también CEC, 2652).

Por lo tanto, Nuestro Señor Jesucristo, al hablar del agua que Él quiere dar a la Samaritana se refiere al Espíritu Santo y al agua del Bautismo que borra el pecado original, perdona todos los pecados de una persona adulta, da la gracia santificante y otorga el Espíritu Santo para que habite en el alma del justo. Dado que el Bautismo sólo tiene eficacia por la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, dentro de esta agua que Jesucristo quiere dar a la Samaritana está incluida la redención que Él llevará a cabo. De hecho, la fe terminal de la Samaritana acabará en esta afirmación: “Éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4,42). Éste es el sentido exacto del agua de la que habla Jesús en su conversación con la Samaritana.

El sentido del agua que da Jesús se completa, en la conversación con la Samaritana, con otras dos afirmaciones importantísimas: 1. Él es el Mesías (Jn 4,26); 2. Una insinuación notable de su divinidad: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad” (Jn 4,23-24). Pero Jesús dijo: “Yo soy la verdad” (Jn 14,6). Por lo tanto, la adoración a Dios se da en la persona de Jesús.

2. El agua viva del Espíritu y el cristiano de hoy

Queda clarísimo, entonces, tal como lo han hecho notar los Santos Padres y lo ha indicado la antigua Iglesia en su ritual del catecumenado, que en su conversación con la Samaritana Jesucristo ha anunciado la eficacia del Bautismo, el agua que destruye el pecado y da el Espíritu Santo.

Tal como lo indica el Directorio Homilético, “el homileta tendría que esforzarse en relacionar al conjunto de la comunidad con el camino de preparación de los elegidos”*8. Por lo tanto, la intención de la Iglesia es que los fieles que escuchan este evangelio, aun cuando ya estén bautizados, recuerden la virtualidad del Bautismo y sus exigencias.

La primera ayuda para recordar la virtualidad del Bautismo y sus exigencias nos viene del hecho de que las oraciones del escrutinio de hoy nos ponen claramente a la Samaritana como ejemplo de buena disposición frente al Bautismo. Dice San Juan Crisóstomo: “La Samaritana antepone a Cristo al patriarca Jacob. Es esto indicio de un alma honrada y sincera”*9. Y refiriéndose a la reprensión que le hace Cristo a causa de sus desórdenes matrimoniales y a la respuesta de la Samaritana (“Señor, veo que eres profeta”, Jn 4,19), dice San Juan Crisóstomo: “¡Válgame Dios! ¡Qué virtud tan grande la de esta mujer! ¡Con cuánta mansedumbre recibe la reprensión!”*10. “¿Qué hace la mujer? No lo llevó a mal; no abandonó a Cristo y se dio a huir, no pensó que él la injuriaba, sino que más bien se llenó de admiración y perseveró en su deseo. (…) Y ya bajo la sola sospecha de que Jesús es profeta, no pregunta nada terreno, ni suplica la salud corporal o riquezas, y haberes, sino inmediatamente pregunta acerca del dogma y la verdad. (…) Avergoncémonos y confundámonos”*11. Esta actitud de humildad y contrición es la correcta de aquel que quiere recibir el perdón de sus pecados. Si imitamos a la Samaritana pondremos en práctica la oración de exorcismo correspondiente al escrutinio de hoy y citada más arriba.

Otra cosa necesaria para recordar la virtualidad del Bautismo y sus exigencias es hacer que se verifique en nosotros lo que se verificó en la Samaritana, es decir, que nazca en nosotros una gran sed del Bautismo y del Espíritu Santo, representados en el agua viva. “Dame de esa agua para que no tenga más sed”, dice la Samaritana a Cristo (Jn 4,15). Tanto el adulto que se prepara para el Bautismo como todos nosotros que ya estamos bautizados, debemos desear el agua viva de la purificación de los pecados y de la comunión con el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es, al mismo tiempo, agua que ahoga y destruye los pecados, y agua que alimenta y hace reverdecer, es decir, da la gracia santificante. El Espíritu Santo es una y la misma agua que produce los dos efectos. Eso es lo que San Pablo quiere decir cuando dice: “Todos fuimos bautizados (o sumergidos) en un mismo Espíritu” (1Cor 12,13). Fuimos sumergidos en el Espíritu Santo para que nuestros pecados sean destruidos. Pero al mismo tiempo y en el mismo versículo dice San Pablo: “Y todos hemos bebido de un mismo Espíritu” (1Cor 12,13), lo cual significa que nos alimentamos del Espíritu Santo que nos da la gracia y la resurrección del alma.

Al decir ‘dame de esa agua viva para que no tenga más sed’ estamos diciendo:

a. Señor, envía sobre mí el diluvio de agua que destruya el pecado original y todos mis pecados y maldades y debilidades. Al igual que el diluvio universal acabó con los malos de la tierra o el mar Rojo aniquiló el ejército egipcio, símbolo del mal, así también, Señor, destruye todos mis pecados. Señor, que me sumerja en el agua que acaba con mis pecados. Señor, que en el Sacramento de la Confesión, donde está realmente presente el agua que es tu Espíritu (cf. Jn 20,22-23), encuentre el perdón de mis pecados y la paz para el alma.

b. Señor, que yo resurja del agua y vuelva a tomar aire y ver el sol, es decir, que mi alma resucite de la muerte, que me vea revestido de la gracia santificante, la cual me hace justo y me hace hijo de Dios.

c. Señor, dame el agua que es el Espíritu Santo, para que mi alma no tenga nunca más sed. Que en el contacto íntimo con vos a través de la oración silenciosa delante de tu Sagrario o delante del Santísimo Sacramento expuesto, beba yo el Espíritu Santo (cf. 1Cor 12,13) y me sacie de tal manera que no vuelva nunca más a tener sed … hasta que necesite otra vez volver a beberlo en la oración. Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4,14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo” (CEC, 2652).

Y esta petición, que es la misma que la de la Samaritana debe ser hecha con gran confianza: “Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?” (Lc 11,13).

3. El agua que brota de Jesús y la Eucaristía

Además, este ‘dame de beber’ de la Samaritana tiene también una aplicación muy concreta al Santo Sacrificio de la Misa. Se trata de una conexión no acomodada ni figurada, sino literal y textual. El razonamiento es el siguiente.

Dijimos que el agua viva que Jesucristo da a la Samaritana es, sin duda, el Espíritu Santo. Esto se confirma con Jn 7,38 donde se dice que del seno de Jesús correrán ríos de agua viva, y San Juan aclara, en el v. 39, que esa agua es el Espíritu Santo. Además, en ese mismo versículo de Jn 7,39 San Juan dice que se trata del Espíritu Santo que iban a ‘recibir’ (lambánein) los que creyeran en Cristo. Resaltamos esta palabra: ‘recibir’. Además, allí mismo dice que “todavía no había Espíritu Santo porque Jesús todavía no había sido glorificado”.

Ahora bien, estando Jesús en la cruz, los evangelistas narran de distinta manera la muerte de Jesús. Mateo (27,50) dice que Jesús ‘dejó’ o ‘abandonó’ (afêke, verbo afíemi) el espíritu. Marcos no nombra al espíritu ni al Espíritu (con mayúsculas) en la muerte de Jesús. San Lucas dice que Jesús ‘puso’ o ‘encomendó’ (paratíthemai, verbo paratíthemi) su espíritu en manos del Padre. Pero San Juan usa un verbo que significa ‘entregar algo a otro’, el verbo paradídomi; dice: ‘entregó su Espíritu’ (parédoke tò Pneûma, Jn 19,30). E inmediatamente el discípulo amado, San Juan, narra algo que no está en los sinópticos: la perforación del costado de Jesús muerto de dónde salió, dice textualmente, “sangre y agua” (Jn 19,34). Por lo tanto, otra vez tenemos el binomio agua y Espíritu que brota del seno de Jesús y es entregado a un discípulo que ha creído en Él. En realidad, se trata de un tri-nomio, porque el agua salió mezclada con sangre. Esto indica aún con más claridad la realidad del Bautismo, el cual dona el Espíritu Santo (agua) como fruto de la donación redentora de Cristo (sangre). La donación redentora de Cristo, significada literal y textualmente en la sangre, significa la Eucaristía: “Esta es mi sangre, derramada para el perdón de los pecados” (Mt 26,28)*12.

Respecto a esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Bautizados en un solo Espíritu, también “hemos bebido de un solo Espíritu” (1Cor 12,13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19,34; 1Jn 5,8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4,10-14; 7, 38; Ex 17,1-6; Is 55,1; Zac 14,8; 1Co 10,4; Ap 21,6; 22,17)” (CEC, 694).

Por lo tanto, el mejor modo de poner en práctica el evangelio de hoy y de actualizar nuestro Bautismo es acercarnos, con el alma en gracia de Dios, libre de pecado, a comulgar el Cuerpo de Cristo luego que ha perfeccionado su sacrificio sobre el altar durante la consagración del pan y del vino. De una manera real, el participar del Santo Sacrificio de la Misa y el comulgar de su Cuerpo y su Sangre, es acercar los labios al costado traspasado de Jesús y de allí beber el Espíritu Santo, que brota del seno de Jesús en forma de agua viva y de sangre mezclada con el agua.

Pidámosle esta gracia a la Santísima Virgen.

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*1- Conferencia Episcopal Española, Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, reformado según los decretos del Concilio Vaticano II, promulgado por mandato de Pablo VI, aprobado por el Episcopado Español y confirmado por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Barcelona, 1976.
*2- Escrutinio. (Del lat. scrutinĭum). m. Examen y averiguación exacta y diligente que se hace de algo para formar juicio de ello (DRAE).
*3- Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, nº 164.
*4- Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, nº 164.
*5- Brown, R., Il Vangelo e le Lettere di Giovanni. Breve commentario, Editrice Queriniana, Brescia, 1994, p. 20.
*6- Brown, R., Il Vangelo…, p. 21
*7- San Juan Crisóstomo, Explicación del Evangelio de San Juan (I), Homilía XXXII (XXXI), Editorial Tradición, México, 1981, p. 264 – 272.
*8- Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 70.
*9- San Juan Crisóstomo, ibídem.
*10- San Juan Crisóstomo, ibídem.
*11- San Juan Crisóstomo, ibídem.
*12- Cf. Brown, R., Il Vangelo…, p. 133 – 134; traducción nuestra.

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San Juan Pablo II

 

“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed” (Jn 4, 15; cf. Aleluya). La petición de la samaritana imprime un giro decisivo al largo e intenso diálogo con Jesús, que se desarrolla junto al pozo de Jacob, cerca de la ciudad de Sicar. Nos lo narra san Juan en la página evangélica de hoy. Cristo dice a la mujer: “Dame de beber” (Jn 4, 7).

Su sed material es signo de una realidad mucho más profunda: expresa el deseo ardiente de que su interlocutora y los paisanos de ella se abran a la fe. Por su parte, la mujer de Samaría, cuando le pide agua, manifiesta en el fondo la necesidad de salvación presente en el corazón de toda persona. Y el Señor se revela como el que ofrece el agua viva del Espíritu, que sacia para siempre la sed de infinito de todo ser humano.

La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma nos propone un espléndido comentario del episodio joánico, cuando en el Prefacio se dice que Jesús “quiso estar sediento” de la salvación de la samaritana, para “encender en ella el fuego del amor divino”.

El episodio de la samaritana delinea el itinerario de fe que todos estamos llamados a recorrer. También hoy Jesús “está sediento”, es decir, desea la fe y el amor de la humanidad. Del encuentro personal con él, reconocido y acogido como Mesías, nace la adhesión a su mensaje de salvación y el deseo de difundirlo en el mundo.

Esto es lo que sucede en la continuación del relato del evangelio de san Juan. El vínculo con Jesús transforma completamente la vida de la mujer que, sin demora, corre a comunicar la buena noticia a la gente del pueblo vecino: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?” (Jn 4, 29). La revelación acogida con fe impulsa a transformarse en palabra proclamada a los demás y testimoniada mediante opciones concretas de vida. Esta es la misión de los creyentes, que brota y se desarrolla a partir del encuentro personal con el Señor.

“La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5). También estas palabras del apóstol san Pablo, proclamadas en la segunda lectura, se refieren al don del Espíritu, simbolizado por el agua viva prometida por Jesús a la samaritana. El Espíritu es la “prenda” de la salvación definitiva que Dios nos ha prometido. El hombre no puede vivir sin esperanza. Sin embargo, muchas esperanzas naufragan contra los escollos de la vida. Pero la esperanza del cristiano “no defrauda”, porque se apoya en el sólido fundamento de la fe en el amor de Dios, revelado en Cristo.

A María, Madre de la esperanza, le encomiendo vuestra parroquia y el camino cuaresmal hacia la Pascua. María, que siguió a su Hijo Jesús hasta la cruz, nos ayude a todos a ser discípulos fieles de aquel que hace saltar en nuestro corazón agua para la vida eterna (cf. Jn 4, 14).

 (Parroquia romana de San Gelasio, domingo 3 de marzo de 2002)

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Benedicto XVI

 

A través del símbolo del agua, que encontramos en la primera lectura y en el pasaje evangélico de la samaritana, la palabra de Dios nos transmite un mensaje siempre vivo y actual: Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que encontremos en él la fuente de nuestra auténtica felicidad. Todo creyente corre el peligro de practicar una religiosidad no auténtica, de no buscar en Dios la respuesta a las expectativas más íntimas del corazón, sino de utilizar más bien a Dios como si estuviera al servicio de nuestros deseos y proyectos.

En la primera lectura vemos al pueblo hebreo que sufre en el desierto por falta de agua y, presa del desaliento como en otras circunstancias, se lamenta y reacciona de modo violento. Llega a rebelarse contra Moisés; llega casi a rebelarse contra Dios. El autor sagrado narra: «Habían tentado al Señor diciendo: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”» (Ex 17, 7). El pueblo exige a Dios que salga al encuentro de sus expectativas y exigencias, más bien que abandonarse confiado en sus manos, y en la prueba pierde la confianza en él. ¡Cuántas veces esto mismo sucede también en nuestra vida! ¡En cuántas circunstancias, más que conformarnos dócilmente a la voluntad divina, quisiéramos que Dios realizara nuestros designios y colmara todas nuestras expectativas! ¡En cuántas ocasiones nuestra fe se muestra frágil, nuestra confianza débil y nuestra religiosidad contaminada por elementos mágicos y meramente terrenos!

En este tiempo cuaresmal, mientras la Iglesia nos invita a recorrer un itinerario de verdadera conversión, acojamos con humilde docilidad la recomendación del salmo responsorial: «Ojalá escuchéis hoy su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”» (Sal 94, 7-9).

El simbolismo del agua vuelve con gran elocuencia en la célebre página evangélica que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en Sicar, junto al pozo de Jacob. Notamos enseguida un nexo entre el pozo construido por el gran patriarca de Israel para garantizar el agua a su familia y la historia de la salvación, en la que Dios da a la humanidad el agua que salta hasta la vida eterna. Si hay una sed física del agua indispensable para vivir en esta tierra, también hay en el hombre una sed espiritual que sólo Dios puede saciar. Esto se refleja claramente en el diálogo entre Jesús y la mujer que había ido a sacar agua del pozo de Jacob.

Todo inicia con la petición de Jesús: «Dame de beber» (Jn 4, 7). A primera vista parece una simple petición de un poco de agua, en un mediodía caluroso. En realidad, con esta petición, dirigida por lo demás a una mujer samaritana —entre judíos y samaritanos no había un buen entendimiento—, Jesús pone en marcha en su interlocutora un camino interior que hace surgir en ella el deseo de algo más profundo. San Agustín comenta: «Aquel que pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer» (In Io. ev. Tract. XV, 11: PL35, 1514). En efecto, en un momento determinado es la mujer misma la que pide agua a Jesús (cf. Jn 4, 15), manifestando así que en toda persona hay una necesidad innata de Dios y de la salvación que sólo él puede colmar. Una sed de infinito que solamente puede saciar el agua que ofrece Jesús, el agua viva del Espíritu. Dentro de poco escucharemos en el prefacio estas palabras: Jesús, «al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino».

Queridos hermanos y hermanas, en el diálogo entre Jesús y la samaritana vemos delineado el itinerario espiritual que cada uno de nosotros, que cada comunidad cristiana está llamada a redescubrir y recorrer constantemente. Esa página evangélica, proclamada en este tiempo cuaresmal, asume un valor particularmente importante para los catecúmenos ya próximos al bautismo. En efecto, este tercer domingo de Cuaresma está relacionado con el así llamado «primer escrutinio», que es un rito sacramental de purificación y de gracia.

Así, la samaritana se transforma en figura del catecúmeno iluminado y convertido por la fe, que desea el agua viva y es purificado por la palabra y la acción del Señor. También nosotros, ya bautizados, pero siempre tratando de ser verdaderos cristianos, encontramos en este episodio evangélico un estímulo a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, el verdadero deseo de Dios que vive en nosotros. Jesús quiere llevarnos, como a la samaritana, a profesar con fuerza nuestra fe en él, para que después podamos anunciar y testimoniar a nuestros hermanos la alegría del encuentro con él y las maravillas que su amor realiza en nuestra existencia. La fe nace del encuentro con Jesús, reconocido y acogido como Revelador definitivo y Salvador, en el cual se revela el rostro de Dios. Una vez que el Señor conquista el corazón de la samaritana, su existencia se transforma, y corre inmediatamente a comunicar la buena nueva a su gente (cf. Jn 4, 29).

Queridos hermanos y hermanas de la parroquia de Santa María Liberadora, la invitación de Cristo a dejarnos implicar por su exigente propuesta evangélica resuena con fuerza esta mañana para cada miembro de vuestra comunidad parroquial. San Agustín decía que Dios tiene sed de nuestra sed de él, es decir, desea ser deseado. Cuanto más se aleja el ser humano de Dios, tanto más él lo sigue con su amor misericordioso.

Santa María Liberadora, tan amada y venerada por vosotros, que juntamente con su esposo san José educó a Jesús niño y adolescente, proteja a las familias, a los religiosos y a las religiosas en su tarea de formadores y les dé la alegría, como deseaba don Bosco, de ver crecer en este barrio «buenos cristianos y ciudadanos honrados». Amén.

(Parroquia romana de Santa María Libertadora, domingo 24 de febrero de 2008)

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S.S.Francisco p.p.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, acaecido en Sicar, junto a un antiguo pozo al que la mujer iba cada día a sacar agua. Ese día encontró allí a Jesús, sentado, «fatigado por el viaje» (Jn 4, 6). Y enseguida le dice: «Dame de beber» (v. 7). De este modo supera las barreras de hostilidad que existían entre judíos y samaritanos y rompe los esquemas de prejuicio respecto a las mujeres. La sencilla petición de Jesús es el comienzo de un diálogo franco, mediante el cual Él, con gran delicadeza, entra en el mundo interior de una persona a la cual, según los esquemas sociales, no habría debido ni siquiera dirigirle la palabra. ¡Pero Jesús lo hace! Jesús no tiene miedo. Jesús cuando ve a una persona va adelante porque ama. Nos ama a todos. No se detiene nunca ante una persona por prejuicios. Jesús la pone ante su situación, sin juzgarla, sino haciendo que se sienta considerada, reconocida, y suscitando así en ella el deseo de ir más allá de la rutina cotidiana.

Aquella sed de Jesús no era tanto sed de agua, sino de encontrar un alma endurecida. Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: dirige a Jesús esos interrogantes profundos que todos tenemos dentro, pero que a menudo ignoramos. También nosotros tenemos muchas preguntas que hacer, ¡pero no encontramos el valor de dirigirlas a Jesús! La cuaresma, queridos hermanos y hermanas, es el tiempo oportuno para mirarnos dentro, para hacer emerger nuestras necesidades espirituales más auténticas, y pedir la ayuda del Señor en la oración. El ejemplo de la samaritana nos invita a expresarnos así: «Jesús, dame de esa agua que saciará mi sed eternamente».

El Evangelio dice que los discípulos quedaron maravillados de que su Maestro hablase con esa mujer. Pero el Señor es más grande que los prejuicios, por eso no tuvo temor de detenerse con la samaritana: la misericordia es más grande que el prejuicio. ¡Esto tenemos que aprenderlo bien! La misericordia es más grande que el prejuicio, y Jesús es muy misericordioso, ¡mucho! El resultado de aquel encuentro junto al pozo fue que la mujer quedó transformada: «dejó su cántaro» (v. 28) con el que iba a coger el agua, y corrió a la ciudad a contar su experiencia extraordinaria. «He encontrado a un hombre que me ha dicho todas las cosas que he hecho. ¿Será el Mesías?» ¡Estaba entusiasmada! Había ido a sacar agua del pozo y encontró otra agua, el agua viva de la misericordia, que salta hasta la vida eterna. ¡Encontró el agua que buscaba desde siempre! Corre al pueblo, aquel pueblo que la juzgaba, la condenaba y la rechazaba, y anuncia que ha encontrado al Mesías: uno que le ha cambiado la vida. Porque todo encuentro con Jesús nos cambia la vida, siempre. Es un paso adelante, un paso más cerca de Dios. Y así, cada encuentro con Jesús nos cambia la vida. Siempre, siempre es así.

En este Evangelio hallamos también nosotros el estímulo para «dejar nuestro cántaro», símbolo de todo lo que aparentemente es importante, pero que pierde valor ante el «amor de Dios». ¡Todos tenemos uno o más de uno! Yo os pregunto a vosotros, también a mí: ¿cuál es tu cántaro interior, ese que te pesa, el que te aleja de Dios? Dejémoslo un poco aparte y con el corazón escuchemos la voz de Jesús, que nos ofrece otra agua, otra agua que nos acerca al Señor. Estamos llamados a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, iniciada en el bautismo y, como la samaritana, a dar testimonio a nuestros hermanos. ¿De qué? De la alegría. Testimoniar la alegría del encuentro con Jesús, porque he dicho que todo encuentro con Jesús nos cambia la vida, y también todo encuentro con Jesús nos llena de alegría, esa alegría que viene de dentro. Así es el Señor. Y contar cuántas cosas maravillosas sabe hacer el Señor en nuestro corazón, cuando tenemos el valor de dejar aparte nuestro cántaro.

(Basílica Vaticana, domingo 23 de marzo de 2014)

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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