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Domingo VIII del Tiempo Ordinario (A)

 

26
febrero

Domingo XVIII Tiempo Ordinario 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo VIII del Tiempo Ordinario (A)

(Domingo 26 de febrero de 2017)

LECTURAS

Yo no te olvidaré

Lectura del libro del profeta Isaías     49, 14-15

Sión decía: «El Señor me abandonó,
mi Señor se ha olvidado de mí».
¿Se olvida una madre de su criatura,
no se compadece del hijo de sus entrañas?
¡Pero aunque ella se olvide,
yo no te olvidaré!

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9b (R.: 2a)

R. Sólo en Dios descansa mi alma.

Sólo en Dios descansa mi alma,
de Él me viene la salvación.
Sólo él es mi Roca salvadora;
Él es mi baluarte: nunca vacilaré. R.

Mi salvación y mi gloria
están en Dios:
Él es mi Roca firme,
en Dios está mi refugio. R.

Confíen en Dios constantemente,
ustedes, que son su pueblo,
desahoguen en Él su corazón,
porque Dios es nuestro refugio. R.

El Señor manifestará las intenciones secretas de los corazones

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto     4, 1-5

Hermanos:
Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel.
En cuanto a mí, poco me importa que me juzguen ustedes o un tribunal humano; ni siquiera yo mismo me juzgo. Es verdad que mi conciencia nada me reprocha, pero no por eso estoy justificado: mi juez es el Señor. Por eso, no hagan juicios prematuros. Dejen que venga el Señor: Él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas y manifestará las intenciones secretas de los corazones. Entonces, cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Heb 4, 12

Aleluia.
La Palabra de Dios es viva y eficaz;
discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
Aleluia.
 

EVANGELIO

No se inquieten por el día de mañana

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     6, 24-34

Dijo Jesús a sus discípulos:
Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?
Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?
¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!
No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?» Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.
Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

VIII Domingo- Tiempo Ordinario – Ciclo A

Entrada: “Lo que Cristo realizó en el altar de la cruz y que antes instituyó como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo, en cada Santa Misa”. Junto con este sacrificio de Cristo entreguemos también nosotros todo nuestro ser a Dios.

Liturgia de la Palabra

1º Lectura:       Isaías 49,14-15

 Dios es un Padre tierno y misericordioso, jamás se olvida de sus hijos.

Salmo Responsorial: 140, 1- 3. 8

2º Lectura:      I Corintios 4, 1-5

El Señor conoce el interior del corazón, y da a cada uno según sus obras.

Evangelio:       Mateo 6,24-34

Dios es Padre providente, busquemos lo que pertenece a sus Reino y a su Gloria y Él mismo nos dará lo que necesitamos, y se nos dará El mismo.

Preces:

Hermanos, en esta oración  pública y comunitaria dirijámonos a Cristo, el Señor, no sólo por nosotros mismos y nuestras necesidades sino por todo el pueblo.

A cada intención respondemos cantando:…..

– Por el Santo Padre y sus colaboradores, para que realicen su ministerio con espíritu de servicio y se vean fortalecidos por la consolación del Espíritu Santo. Oremos.

– Por todos aquellos que se encuentran agobiados, especialmente los pobres, los refugiados, y los marginados, para que encuentren acogida y apoyo. Oremos.

-Por la unidad y la concordia en toda comunidad humana: en las familias, en las parroquias, en los ambientes de trabajo, para que este testimonio de unidad ayude a la credibilidad del Evangelio y a la obra redentora de Cristo. Oremos…

– Por todos los hombres que no conocen a Dios, no esperan en El y no lo aman, pero que experimentan en sí la nostalgia de las cosas divinas, para que se abran a la gracia de Dios que busca a los hombres con entrañas de Padre misericordioso. Oremos.

-Por los enfermos, especialmente los que padecen enfermedades terminales, para que en medio de los sufrimientos, reconozcan la bondad  de Dios, que sólo desea nuestro bien; y por el consuelo y fortaleza de sus familiares. Oremos.

Padre santo,  atiende con bondad nuestras súplicas y escucha las oraciones de tus fieles. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

            Ofrecemos incienso, junto con él  elevemos nuestra acción de gracias a Dios, por tantos beneficios recibidos.

            Con el  pan y el  vino, vaya nuestro deseo de imitar al Señor en su actitud oblativa.

Comunión: Sirvamos a tan buen Señor que bajo las apariencias del pan y del vino desea ser Él el único servido, el único amado, el único tesoro de nuestro corazón.

Salida: María Santísima, la humilde sierva del Señor, nos conceda la gracia de reconocer  la providencia  amorosa del Padre, en los distintos acontecimientos de nuestra vida.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

La verdadera justicia en el servicio de Dios sin reservas

(Mt 6,19-34)

Se continúa el gran tema de la verdadera justicia. Las secciones precedentes más largas eran interiormente unitarias y estaban claramente divididas. Ahora encontramos instrucciones particulares de Jesús de diversa índole. Todas están consideradas desde un punto de vista que antes hemos encontrado: la verdadera justicia ha de estar totalmente orientada hacia Dios. Dios es el centro y el objetivo. Esto debe repercutir en todas las cuestiones y ambientes particulares de nuestra vida.

(…)

Verdadero servicio de Dios (Mt 6,24).

24 Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No podéis servir a Dios y a Mammón.

El contraste siempre varía y se llama al discípulo para que tome siempre la misma decisión: tesoros en la tierra, tesoros en el cielo; tinieblas, luz; riqueza, Dios. También aquí penetra una experiencia natural en el ámbito del espíritu. Cada uno en realidad sólo puede servir con todas sus fuerzas a un señor. Pero esto con pleno sentido sólo puede decirse de Dios, que pide todo el hombre y no tolera ningún compromiso. Solamente en Dios tiene validez la alternativa en el pleno sentido; el hombre sabe que sólo Dios puede darnos la salvación…

En todas partes en que se pone en discusión el derecho señorial de Dios, se oculta el maligno. El demonio conoce múltiples formas de oposición y enemistad. De una forma especialmente alevosa se escuda detrás de Mammón. Éste representa la propiedad terrena, la acumulación de bienes y tesoros, y de toda clase de posesiones. Pero también conocemos por la experiencia el disimulado poder del oro, el brillo fascinante y la magnificencia cautivadora de los objetos terrenales de gran valor. Para Jesús la riqueza siempre es «injusta», un poder casi demoníaco, que gana el corazón y lo tiene encadenado. El que es víctima de la riqueza, también lo es del diablo. Solamente se puede servir de veras a uno: a Dios, que es la luz de nuestra vida, y en quien están bien guardados los verdaderos tesoros y nuestro corazón.

Confianza en Dios (Mt 6,25-34)

25 Por eso os digo: No os afanéis por vuestra vida: qué vais a comer; ni por vuestro cuerpo: con qué lo vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

El que vive confiando plenamente en Dios, como lo han mostrado los tres versículos precedentes, ya no se preocupa por su vida terrena. El siguiente largo pasaje sólo tiene un tema: mostrar la superfluidad de la preocupación terrena a la vista del gran Padre. Esta preocupación se refiere sobre todo a dos necesidades del hombre: la nutrición para mantener la vida y el vestido para proteger el cuerpo. La nutrición, el vestido y el trabajo por conseguirlos no deben ser privados de su valor, como podría suponer un visionario. Lo que aquí se reprueba es la solicitud excesiva por las cosas terrenas, el esfuerzo febril y el celo angustioso, el afán egoísta, en los que Dios no desempeña ningún papel ni es tenido en consideración. Tanto el pobre como el rico pueden ser víctimas de tal preocupación. En primer lugar dice Jesús una frase general: ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Si Dios os ha hecho donación de lo más valioso, de la vida y del cuerpo, ¿no se cuidará también de lo menos valioso? En muchos hombres se produce la impresión de que el sentido de su vida se agota en la consecución de aquellos bienes. Piensan que son dichosos asegurándose la manutención y satisfaciendo estas necesidades: Olvidan que no vivimos «de solo pan».

26 Mirad las aves del cielo: no siembran ni siegan ni recogen en graneros; sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? 27 ¿Quién de vosotros, por mucho que se afane, puede añadir una sola hora a su existencia?

Aquí se trata de la primera necesidad, o sea, el alimento, y de la preocupación por el mismo. Es magnífico el ejemplo de la naturaleza, en el que puede comprobarse el gobierno del Padre. Para quien tiene a Dios presente en todas partes y lo ve en acción, la nutrición de las aves no es solamente un hecho de la naturaleza sino un milagro de solicitud paternal. No se cansan en almacenar para tener asegurado el alimento para el tiempo futuro, sino que viven al día: vuestro Padre celestial las alimenta. Si esto ya es verdad en criaturas tan pequeñas, ¿cuánto más en el hombre, cuya vida es incomparablemente más valiosa y está mucho más cercana al corazón del Padre? Dios sabe lo que nos hace falta, antes de que se lo pidamos (cf. 6,8). Nos contempla constantemente, atiende a lo que necesitamos para vivir. Pensar de otra manera no tiene ninguna razón de ser. Dios ha establecido la duración de nuestra vida. Ni siquiera el que se fatiga a porfía y mantiene una actividad febril es capaz de prolongar su propia vida. Debemos poner atención a lo que aquí se nos dice y dejar sin respuesta las cuestiones que no hacen al caso: ¿No hay también animales que construyen depósitos en previsión del futuro? Ciertamente, pero no lo hacen las aves que aquí se toman como ejemplo. ¿Y no se puede alargar la vida viviendo de un modo ordenado y con el auxilio de la medicina? Eso también es verdad, pero no es lo que aquí se considera. Aquí se pretende poner en claro que el que se entrega a la confianza en Dios, sin descuidar lo necesario para sí o su familia, logra el lapso de vida que Dios le ha señalado. Se trata de subrayar la conformidad con el plan de Dios y no de las ventajas puramente terrenales, que nada tienen que ver con él, aunque se trate de una febril prolongación de la vida. ¡Cuántas veces hemos experimentado la verdad de estas palabras! ¿Es igualmente operante esta verdad cuando vivimos en medio del bienestar y la seguridad?

28 Y acerca del vestido, ¿por qué os afanáis? Observad los lirios del campo, cómo crecen; ni se atarean ni hilan. 29 Pero yo os digo: ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos. 30 Pues si a la hierba del campo, que hoy existe y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe?

Viene ahora, en segundo lugar, la preocupación por el vestido. Jesús hace que la mirada del discípulo se dirija de nuevo a la naturaleza, al delicioso jardín de Dios. Dios ha colmado de hermosura incluso plantas silvestres más humildes, como los lirios que crecen en el campo. No solamente las rosas o las dalias de vistosos colores están vestidas bellamente, también las flores del campo, que crecen entre la hierba y están destinadas al pasto o incluso a ser consumidas por el fuego. El prototipo de la brillante suntuosidad y del disfrute cortesano de la vida, el rey Salomón, es un pobre hombre ante esta sencilla belleza. Ciertamente es efímera, es quemada con la hierba, aunque Dios la haya adornado de una forma tan exquisita. El mismo Padre, que gobierna con una solicitud tan pródiga, ¿no tendrá también cuidado de vosotros, para que podáis vestiros decentemente? Sólo habéis de tener la fe, la íntima confianza de que Dios se cuida de veras de esta necesidad del vestido. No seáis hombres de poca fe, que sólo raras veces utilizan su confianza, y la escatiman, que confían poco en Dios, continuamente se le echan en brazos conservando su propia inquietud…

31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué vamos a comer, o qué vamos a beber, o con qué nos vamos a vestir? 32 Pues todas estas cosas las buscan ansiosamente los paganos; porque bien sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todas ellas. 33 Buscad primero el reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

Estas palabras resumen lo antedicho. En primer lugar los recelosos «hombres de poca fe» preguntan continuamente: ¿Qué debemos comer y beber? ¿Con qué debemos vestirnos? Procede como los paganos quien hace estas preguntas, y espera lograr la seguridad de su vida con el propio esfuerzo. No sabe nada de Dios y de su providencia paternal, y por eso está completamente abandonado a sus propias fuerzas. Pero vosotros conocéis a Dios, él es vuestro Padre celestial. Si lo creéis de veras, entonces también sabéis que él conoce todas vuestras necesidades. Aquí queda completamente claro que Jesús no pretende apartarnos del trabajo para sustentar la existencia terrenal. Sólo nos dice lo que propiamente importa, lo principal en la vida del discípulo: buscad primero el reino (de Dios), lo cual significa aquí prácticamente: buscad a Dios antes que a todas las demás cosas. El que aspira al reino de Dios, se somete enteramente a la majestad soberana de Dios y a su bondad paternal. Pero se añade: Y su justicia. Es la misma justicia, que ya hemos hallado reiteradas veces (Cf. 1, 19; 3, 15; 5, 6; 5, 20), a saber, la justicia que Dios espera de nosotros y que debemos ofrecerle. Es la perfección del Padre celestial, que debe manifestarse en nosotros. La justicia que nos hace aptos para el reino, ya ahora y sobre todo al final. Esto quiere decir que lo más importante no son nuestros propios esfuerzos, sino ser conformados y enardecidos por Dios y su voluntad. En ello deben consistir nuestros anhelos, nuestro pensar y nuestro sentir. Solamente en esto pondrá de manifiesto nuestra propia obra. Entonces no solamente se disminuye la preocupación por nuestras necesidades corporales, sino que Dios ya nos da por sí mismo todo lo necesario. El que está lleno de la única aspiración importante, ya no ambiciona nada para sí. También trabaja, gana dinero, compra; pero para él estas actividades son servicios que presta a Dios. En último término su corazón no vive en dichas actividades… Deberíamos adquirir el valor que se requiere para esta empresa. Los grandes santos, como Francisco de Asís o Juan Bosco, experimentaron reiteradamente que se puede confiar en la palabra de Dios.

34 No os afanéis, pues, por el día de mañana; que el día de mañana traerá su propio afán. Bástele a cada día su propia angustia.

Este versículo está al final como un suplemento, un discreto remate de las graves declaraciones precedentes. No es una excelsa enseñanza sobre Dios, sino un fragmento de sabiduría casera de la vida. Cada día trae consigo una dosis determinada de angustia y fatiga; no deberíamos aumentarla con la preocupación por el día de mañana. A pesar de esta sencillez el versículo muestra que permanecemos en el terreno de la realidad. La renuncia a la preocupación en el sentido indicado por Jesús no significa que seamos sustraídos al esfuerzo y al fatigoso trabajo de cada día, a las mil prácticas siempre iguales, a la monotonía fastidiosa de la vida cotidiana. Todo eso permanece como está. Lo nuevo son los sentimientos del discípulo: su íntima aspiración no está ligada, sino dirigida hacia Dios. Entonces todos los pequeños quehaceres se vuelven ligeros, y son iluminados desde arriba.

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Comentario Teológico

·        P. Leonardo Castellani, S.J.

Jesús condena la Solicitud Terrena

            En el evangelio que se lee hoy (Mateo VI y Lucas XII) Cristo nos propone como ejemplos a los Pajaritos y a los Lirios: los Pajaritos no siembran ni ensilan y siempre tienen que comer; los Lirios no hilan ni cosen y están muy bien vestidos. Parece demasiado poético, y hasta ha parecido a algunos una exhortación a la gandulería general.

            Mas en esta parábola nos prohíbe Cristo la Solicitud Terrena, que trae consigo la angurria de riquezas, la cual arrastra tras de sí males innumerables. Después de haber dicho:

                        Ningún siervo puede servir

                        A la vez a dos señores

                        Vosotros no podéis servir

                        A Dios y a las Riquezas…

            Cristo prevé la réplica obvia: “¡es que el dinero es necesario para vivir!”; y persigue a la angurria de dinero en su último escondrijo, diciendo no solamente: “No os esclavicéis al dinero” sino “Despreciad el dinero”.

            León Bloy, Péguy y Kirkegor han glosado esta parábola; el Pobrecito de Asís y otros innumerables la han vivido. Ella inspiró a Kirkegor tres sermones sólidos como Bossuet y tan refinados y poéticos como Vieyra, si no nos engaña nuestra devoción al jorobadillo danés. Pero no sirven para la Argentina. Dios quiera que éste sirva.

            ¡Pero esta parábola no se puede cumplir hoy día!

            Cuenta André Suarès que una congregación católica norteamericana ha pedido al obispo de Nueva Orleans o de Michigan que la declare “un aditamento poético de la predicación de Cristo”.

            No me fío mucho de lo que dice André Suarès de los “Knights of Columbus”, no los quiere nada a los yanquis. Pero es verdad que el Papa León XIII condenó el 22 de enero de 1899 en carta al cardenal Gibbons –y en un latín bastante dudoso– un error que él llama “americanismo”; que entre otras cosas opinaba en contra de la pobreza voluntaria de las órdenes y la pobreza en general; y el sufrimiento, y las virtudes pasivas y la actitud contemplativa en el hombre: “antiguallas de la Edad Media”. Y por ese mismo tiempo, un prócer argentino, en un momento de ligereza, opinó lo mismo. Dijo que si una nación aceptara la moral evangélica en lo que atañe al dinero, se iba por un tubo a la bancarrota: que en eso Jesús no era buen Maestro ni buen ejemplo. Jesús fue un lírico y un gran moralista teórico; se le puede llamar con Renán “el sublime poeta de lo Ético”; pero estaba flojito en Economía Política. En eso, Benjamín Franklin le daba ciento y raya. Si un hombre quisiera vivir hoy como “las Aves del Cielo”, se exponía a los peores peligros, iba derecho al naufragio, y sobre todo ¿qué dicen de la Productividad”? Eso de despreciar al Ahorro, la virtud primera de un hombre realmente moderno, eso puede estar bien para los españoles, los napolitanos y otros pueblos cantores y atrasados; pero los argentinos no han nacido para lazzarones. Leed el Evangelio si queréis; en Norteamérica lo leen mucho; pero leedlo con grandísima precaución. Hasta aquí el prócer.

            Muy bien; no pedimos otra cosa: mal leído el Evangelio hace mal. De un versillo del Evangelio mal entendido, se puede sacar una herejía. De hecho, sobre este texto de los Pajaritos y los Lirios se hizo la herejía medioeval de los Fraticelli. Y de otros textos han salido docenas de herejías; de las cuales ninguna peor que la de Renán, de la cual nuestro prócer estaba un poco tocado; aunque se libraba de ella cuando empleaba su robusto sentido común sanjuanino.

            Estoy seguro que este “americanismo” lo dijo un prócer; aunque ahora no les puedo decir seguro la página dónde. Cuando éramos chicos nos lo enseñaba de memoria el gallego Mendizábal, que en realidad no era gallego sino boliviano naturalizado paraguayo y maestro argentino; y el otro día no más, lo echó por Radio un escritor judeoargentino, amigo mío. No hay duda de eso. Además, que despreciar el dinero es ser sobremanera imprudente, eso lo saben todos los argentinos, sin necesidad que lo diga ningún prócer.

            Cristo vivió como las Aves del Cielo y los Lirios del Valle; y no fue un imprudente. Tampoco fue “un mendigo”, como dice en algún lado Kirkegor; aunque es verdad que “no tenía dónde reclinar su cabeza” durante los tres años de su predicación, que fue su trabajo fuerte. Tenía un oficio y lo sabía bien: de joven fue artesano, de hombre fue rabbí o Recitador-Instructor ambulante; que no era entonces oficio de negros, sino muy necesario, reconocido y honrado en Israel, tan importante como seria por ejemplo nuestros tiempos el de predicador-profesor-periodista todo en uno. Yo soy eso; y tengo donde reclinar la cabeza aunque sea un poco duro; Cristo no tuvo. Le daba por no cobrar sus Recitales; y a veces hasta regalaba pan, peces y curaciones instantáneas y gratuitas encima de sus Improvisaciones; pero lo importante para El eran las Improvisaciones, que irradiaba por una especie de megáfono o micrófono viviente rústico. Sabía que tenía fuerzas físicas para trabajar hasta que muriese; y sabía que había de morir joven, y no necesitaba acogerse a “los beneficios de la jubilación”. Yo, lo confieso, me he acogido a los “beneficios de la jubilación”; solamente que me he acogido hace dos años, y los “beneficios” todavía no han venido.

            Cristo no predicó la haraganería ni la supresión de la prudencia. La prudencia la conocieron Aristóteles, Cristo, Santo Tomás, San Francisco de Asís, y hasta César Tiempo: es la más importante de las virtudes morales, sin la cual todas las otras se convierten en vicio. Cristo no predicó que no había que trabajar, que no había que pensar en los hijos ni en la vejez, que no había que guardar el dinero, como los “fraticelli”; aunque nunca tocó con sus manos una moneda según parece: pues cuando lo interrogaron acerca del tributo al César, dijo: Mostradme una moneda.” Judas llevaba las monedas de todos y San Pedro tenía unas monedas de 0,50 para hacer ruido como un chiquilín y jugar a cara y cruz. Pero el caso es que Jesús tenía bolsa, y sabía tan poca economía política que se dejó robar lo mismo que el vivísimo pueblo argentino. Mas Tomás de Aquino, que era fiel discípulo de Jesús y además religioso mendicante sabía economía política, y más sólida que la de hoy. En su Tratado para el Príncipe enseña que las naciones han de tratar de ser ricas; es decir, que el Rey debe tener riquezas, no para él sino para el pueblo todo A un obispo argentino que decía que “un obispo debe ser pobre”, le contestó, rectamente a mi entender, un religioso: “Sí, monseñor, debe ser pobre pero no como un religioso: un obispo debe tener bienes de fortuna, no para él, sino para los sacerdotes pobres primero; para el pueblo pobre segundo; y después para el culto divino”; y si hubiese añadido: “y para editar los libros religiosos de los escritores católicos, como el Padre Baransky, que no encuentra un solo editor en esta nación católica” no hubiese estado mal tampoco. Coincidía con Santo Tomás, dominico, y con Mamerto Esquiú, franciscano.

            Todas las órdenes religiosas al nacer se propusieron no tener riquezas; y algunas, vivir de meras limosnas: las mendicantes. Pero después piensan que guardar dinero solamente para un año más o menos, no está mal; en lo cual aprueba Santo Tomás y San Jerónimo; pero quien dice un año dice dos o diez o cincuenta; y así poco a poco se adentra a veces la Solicitud Terrena; y llegan a pensar a veces que si no tienen dinero para un siglo –pícara natura humana– no pueden hacer ningún bien a las almas. El Padre Nodier escribía en 1770 –más o menos– a su Superior el General de los jesuitas: “Pienso que los cofres de oro que hay en nuestros Colegios y los negocios del P. Villeneuve nos pueden hacer muchísimo daño…”. El P. Villeneuve quebró; y 6 años después los jesuitas fueron despojados de todos sus bienes, echados de Francia, echados de España, de sus Colonias –donde trabajaban estrenuamente*1 – y de todas las naciones borbónicas; y después suprimidos por Clemente XIV. ¡Culpa de los franceses! Y un poquito culpa de nosotros, digamos la verdad; excepto del P. Nodier y muchos otros, que sufrieron inocentes por culpa de unos pocos miopes.

            Cristo no nos manda ser imprevisores, nos manda vencer en nosotros la Solicitud Terrena: “No andéis solícitos y ansiosos por lo que habéis de vestir o de comer, o por el día de mañana: el día de mañana se trae su propia ansiedad, no la asumáis hoy… Mirad las Aves del Cielo… ¿Hay alguno de vosotros que pueda añadir un trecho al tiempo de su vida?”*2.

            La Solicitud Terrena ha de ser vencida por el cristiano con todos los medios, aun los más atrevidos, como “vender todo lo que tienes y darlo a los pobres”, en algunos casos; porque ella es la raíz de la avaricia y de muchos otros desórdenes. La avaricia es un pecado jefe, que manda a otros muchos. ¡Si lo sabremos los argentinos! sometidos al capitalismo inglés, que es una concreción sociológica de la avaricia en los ricos; o el socialismo ruso, que es una concreción sociológica del resentimiento en los pobres; porque Solicitud Terrena pueden tener tanto los ricos como los pobres, sin Cristo.

            Dicen los filósofos de hoy que todos los hombres nacemos con Angustia; o mejor traducido el Angst germano, con temor, inquietud, ansiedad, Desasosiego. Los pobres poetas lo habían dicho antes:

                        Inútil la fiebre que aviva tu paso

                        no hay nada que pueda matar tu Ansiedad

                        por mucho que tragues. El alma es un vaso

                        que sólo se llena con eternidad…

                        ¡Qué misero eres! Basta un soplo leve

                        para helarte. Cabes en un ataúd…

                        ¡Y el espacio inmenso del cielo te es breve

                        y la tierra es corta para tu Inquietud!

            El Desasosiego no se puede suprimir. Se puede convertir en tres cosas: o en Inquietud Religiosa, la cual es buena y espuela de salvación eterna; en Solicitud Terrena, la cual es mala y prohibida por Cristo; y en Angustia Demoníaca, la cual es pésima. Pero la Solicitud Terrena es lo más común; es, en cierto modo, natural; y el mundo moderno privado de lo Sobrenatural está como sumergido en ella. Dicen que es el motor del Progreso, sí, pero el Progreso moderno está embestido por una “fiebre que aviva su paso” demasiadamente. Corre lo más que puede, con peligro de dar el gran Encontronazo. ¡Y cuántos tropiezos no ha dado ya!

            Cristo no mandó a los Lirios del Valle que desenterrasen sus raíces, ni a las Aves del Cielo (a los “cuervos”, como dice San Lucas) que volasen cabeza abajo. Él estaba vestido como un lirio en su conducta –y hasta en su atuendo, limpio siempre y blanco como luz de luna– y cantaba como las aves en su predicación. Los que pueden imitarlo en todo y vivir como Él, que lo hagan y se metan de ermitaños urbanos o Padres de Don Orione –¡ojo con las órdenes ricas!– y se arrojen en los brazos de la Providencia y naveguen esta vida sobre una lancha rota sobre 10.000 metros de agua. No es para todos, sino para quienes Dios llama. Pero todos deben arrojar de sí la angurria del dinero –¿para qué diablos quieres tener 1.600 millones de pesos, oh ingenuo Creso argentino, que no los puedes gastar con todos tus hijos naturales en toda su vida? –, vicio netamente argentino, si los hay. Este vicio ha hecho muchísimos males en este pobre país, “en este país ubérrimo, tierra de promisión para todos los vivos del mundo que quieran habitarla”; y el primer mal, hacerlo pobre como país. ¡Cómo! Sí, señor, como usted lo oye. ¡Éste es un país muy rico! ¿Dónde están los ricos en la Argentina? digo yo. Yo no los veo. Estarán escondidos. Muchos más ricos y más riquezas verdaderas veo yo en un país “pobre” de Europa, como Italia o Alemania Oeste, que en esta “tierra de promisión”. Será que yo no entiendo de economía política, lo mismo que Jesucristo, ¡helás!

            A mí se me hace que estamos más atrasados que los lazzarones napolitanos. La Argentina es un país pobre en acto y rico solamente en potencia; rico para los demás (para los vivos). La Argentina es un país un poco sonso, empezando por mí. Aquí se ha descabezado a la “inteligencia”, no se ha permitido nacer a un Tomás de Aquino ni de lejos; y un país sin cabeza necesariamente es un poco sonso, cosa que vio no sólo Tomás de Aquino, sino hasta Enrique VIII de Inglaterra y hasta Eisenhower, si me apuran.

            Lean el librito Hacia la liberación, de Ramón Doll, o Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, de José María Rosa. Éstos saben economía política. Verán que este país ha sido poco inteligente; y por tanto, ahora es pobre.

            Cuanto a mí yo prefiero la economía de Jesucristo: es la más sencilla. Las naciones católicas, si desaprenden su propia economía, no aprenden tampoco la de los protestantes o la de los judíos. “El que desaprende a su padre, no aprende nada del vecino”, dicen los proverbios”

Aquí está la solución de la decantada “cuestión social”. El problema social de la lucha de clases por el dinero desaparecería cuando la Sociedad pudiese decir a sus miembros las palabras de Jesús: “No andéis ansiosos por vuestra vida, qué habréis de comer, o por vuestro cuerpo, qué habréis de vestir: la comunidad tiene cuidado de eso, Servid a la patria libremente como caballeros y la Patria cuidará de vosotros como madre…”. Es degradante para el alma humana tener atados sus pensamientos, que le son necesarios para ir más arriba, por la molienda del sustento cotidiano y el temor del porvenir, la vejez, los eventos desdichados y la miseria. Lo que conturba al proletario actual es más la inseguridad tal vez que la impecuneidad en sí misma. La pobreza es una bendición, porque es un Purgatorio, pero la miseria es un Infierno.

            El espíritu del cristianismo es este: Haced por amor vuestra obra; y dejad que vuestros prójimos os alimenten y vistan también por amor. Éste es de hecho el espíritu del estado religioso.

            Parece que hay aquí un círculo vicioso; pues ni la Sociedad ni el Individuo pueden dar con seguridad el primer paso. Si el Individuo tiene que esperar para despreocuparse que la Sociedad sea perfecta… y la Sociedad no puede serlo si antes no lo son sus miembros, parece que estamos en plena utopía idílica. Pero Cristo rompió ese círculo, invitó a los más fervientes, espirituales y corajudos a dar el salto; a renunciar a todo osadamente por puro amor de Dios –por imitar lo a Él– sin seguridad previa sino la de la Providencia, a sus riesgos y peligros: “a embarcarse en canoas escoradas”, como dice Kirkegor. Lanzó a la brecha una pequeña falange de “desesperados”, como si dijéramos; los cuales con su vida de pobres voluntarios: 1) Prueban que es posible la cosa, vivir “como las Aves del Cielo y las Flores del Campo”; 2) incitan con su ejemplo a los demás al despego y la confianza; 3) viviendo con lo mínimo, regalan el resto a los demás, dejan mayor margen de bienes temporales a la humanidad en general; pues paradojalmente nadie da más que el que poco tiene; y el que todo lo deja mucho regala.

            A estos dos puntos, el mandato de huir la solicitud (madre del temor, la avaricia y la explotación del trabajo ajeno) y el consejo de la pobreza voluntaria, se añade el “Vae vobis divitibus”, es decir: los tremendos anatemas de Cristo a las riquezas y a los ricos, bastante olvidados quizás en la actual predicación del Evangelio. Haciendo sospechosas y peligrosas a las riquezas superfluas, Cristo opone a su tremenda y omniactuante atracción natural el contrapeso religioso; facilitando de ese modo su distribución justa, en la medida posible a la dañada natura humana.

            Estas tres formidables palancas crearon lentamente en la Cristiandad lo que hoy llaman justicia social”, primero en la práctica que en la teoría; y suscitaron fuertes estamentos o instituciones que iban poco a poco acercándose al ideal de la Sociedad-que-cuida de sus-miembros. Si hoy día en que el Estado se va convirtiendo en uno de los primeros explotadores, esto parece puro lirismo, la culpa no la tiene Cristo, y las catástrofes que hemos visto y las que nos amenazan, han dejado buenas todas sus palabras, como confiesa el mismo Marx y otros socialistas, como Bernard Shaw. Es curioso que cuando los Estados se volvieron virtualmente ateos y dijeron: “La religión es asunto privado”, la irreligión se convirtió en asunto público; y cuando los Reyes dijeron a los súbditos que no tenían por qué pensar en la salvación de las almas, tuvieron que empezar a pensar en la salvación de sus cabezas coronadas. “–Todas las religiones son buenas” –dijo el siglo XIX; y nuestro siglo ha tenido que añadir apresuradamente: “–¡Menos el comunismo!”

            La pálida sonrisa con que Cristo subió a los cielos –visible en aquellas palabras “¿Aún vosotros no creéis todavía?”– se ha ido desvaneciendo al correr de los siglos, al ver que el mundo fracasaba cada vez más a medida que seguía sus enseñanzas cada vez menos. Y si nos dejó con una sonrisa triste, no volverá sino con un trueno.

(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 317 – 324)

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*1 estrenuo, nua. (Del lat. strenŭus). adj. Fuerte, ágil, valeroso, esforzado (DRAE).
*2 “Añadir un codo a su estatua”, dice la Vulgata; lo cual también es verdad desde luego, pero no es el texto.
*3 Se ha dicho que “Cristo no dio soluciones de la cuestión social (Ernesto Renán, Vie de Jésus) porque su interés todo fue salvar las almas individuales y no reformar la sociedad ni hacer Política alguna: pues su idílica moral individual de campesino galileo no percibía los condicionamientos sociales ni los problemas colectivos… Esta opinión ha sido también de algunos católicos como Auguste Nicolas, el P. Ventura Ráulica, Donoso Cortés… Es un error.

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

El amor de las riquezas nos aparta del servicio de Cristo

1. Mirad cómo paso a paso va Cristo apartándonos de las riquezas y todavía prosigue más ampliamente su discurso sobre la pobreza y quiere derribar hasta el suelo la tiranía de la avaricia. Porque no se contentó con lo que antes había dicho, con ser ello tanto y tan grande, sino que añade ahora otras ra­zones más espantosas. ¿Qué cosa, en efecto, de más espanto que lo que ahora se nos dice, a saber, que por las riquezas nos exponemos a dejar el servicio del mismo Cristo? ¿Y qué cosa más apetecible que alcanzar, si las despreciamos, una perfecta amistad y caridad para con Él? Y, en efecto, lo que siempre os estoy diciendo, eso mismo os repetiré ahora, y es que por dos medios incita el Señor a sus oyentes. Por el provecho y por el daño, imitando en ello al hábil médico, que le hace ver al enfermo cómo la inobediencia a sus mandatos le acarrea enferme­dad, y la obediencia salud. Mirad, si no, cómo nuevamente nos pone ante los ojos este provecho y cómo nos insinúa la conve­niencia de desprendernos de lo que pudiera serle contrario. Porque no os daña sólo la riqueza—parece decirnos—, porque arma a los ladrones contra vosotros; no sólo porque entenebre­ce de todo en todo vuestra inteligencia, sino también porque os aparta del servicio de Dios y os hace esclavos de las cosas insensibles. De doble manera os perjudica: haciéndoos escla­vos de lo que debierais ser señores y apartándoos del servicio de Dios, a quien por encima de todo es menester que sirváis. Lo mismo que anteriormente nos había el Señor indicado un doble daño: primero, poner nuestros tesoros donde la polilla los des­truye, y luego no ponerlos donde la custodia sería inviolable; así nos señala también aquí el doble perjuicio que de la ri­queza nos viene: apartarnos de Dios y someternos a Mammón.

“NADIE PUEDE SERVIR A DOS SEÑORES”

Sin embargo, no lo plantea así de pronto, sino que va prepa­rando el camino por medio de razonamientos generales, dicien­do: Nadie puede servir a dos señores… Dos se entiende que manden lo contrario uno del otro, pues en otro caso ni siquiera pudieran llamarse dos. Y es así que la muchedumbre de los cre­yentes tenían un solo corazón y una sola alma*1. Las personas eran diversas; pero la concordia había hecho de muchos uno. Luego, explanando su pensamiento, prosigue: No sólo no le servirá, sino que le aborrecerá y se apartará de él: Porque o aborrecerá al uno—dice—y amará al otro, o al uno se adheri­rá y al otro despreciará. Parece como si aquí hubiera dicho el Señor dos veces la misma cosa. Sin embargo, no sin motivo unió así una y otra parte de su sentencia, sino para mostrarnos lo fácil que es la conversión en mejor. Porque no puedas decir: “Me hice esclavo una vez para siempre, me dominó la tiranía del dinero”, Cristo te muestra que la conversión es posible, y como se pasa del amor al odio, así puede pasarse del odio al amor. Una vez, pues, que hubo hablado de modo general, a fin de persuadir a sus oyentes a que fueran jueces imparciales y dieran sus sentencias según la naturaleza de las cosas; cuando ya los creyó de acuerdo consigo, reveló el Señor todo su pen­samiento, añadiendo: No podéis servir a Dios y a Mammón. Horroricémonos de lo que hemos hecho decir a Cristo, de haberle obligado a poner a Dios a par del oro. Y, si decirlo es horroroso, mucho más horroroso es que así suceda en la reali­dad y que prefiramos la tiranía del oro al temor de Dios.

OBJECIÓN: SANTOS DE LA ANTIGUA LEY QUE SIRVIERON A DIOS Y A LARIQUEZA

—¿Pues qué?—me dirás—. ¿No fue esto posible entre los an­tiguos? —De ninguna manera. —Entonces—me replicarás—, ¿có­mo alcanzaron tanto honor Abrahán y Job? —¡No me menciones a ricos, sino a esclavos de la riqueza! Cierto que Job fue rico, pero no fue esclavo de Mammón; tenía riquezas, pero las dominaba; era su señor, no su siervo. Tenía cuanto poseía como simple administrador de bienes ajenos, y así no sólo no arre­bataba lo ajeno, sino que de lo suyo propio repartía entre los necesitados. Y lo que es más: ni siquiera se alegraba de poseer­las, como él mismo nos lo declara cuando dice: Si es que me alegré de poseer mucha riqueza…*2 Por eso tampoco sintió dolor al perderlas. No son así los ricos de ahora, sino que con ánimo más envilecido que un esclavo pagan sus tributos a un duro tirano. El amor del dinero se ha apoderado de sus almas como de una ciudadela, y desde allí, día a día les dicta sus órdenes, que rebosan de iniquidad y no hay uno que las desobedezca. No caviles, pues, inútilmente. De una vez para siempre afirmó Dios y dijo que no hay manera de componer uno y otro ser­vicio. No digas tú, por ende, que pueden componerse. Porque, siendo así que el uno te manda robar y el otro desprenderte de lo que tienes; el uno ser casto, el otro impúdico; el uno emborra­charte y comer opíparamente, el otro reprimir tu vientre; el uno despreciar las cosas, el otro apegarte a lo presente; el uno admirar mármoles y paredes y artesonados y el otro des­preciar todo eso y amar la filosofía, ¿qué modo de componenda cabe entre uno y otro señor?

MAMMÓN NO ES VERDADERO SEÑOR

2. Notemos, empero, que, si llamó aquí Cristo “señor” a Mammón, no es porque naturalmente le convenga ese título, sino por la miseria de los que se someten a su yugo. Por ma­nera semejante llama también Pablo “dios” al vientre*3, no por la dignidad de tal señor, sino por la desgracia de los que le sirven. Lo cual es ya peor que todo castigo y por sí solo, antes de llegar el propio castigo, basta para atormentar al infeliz esclavo suyo. ¿No son, en efecto, más desgraciados que cuales­quiera condenados los que, teniendo a Dios por amo, se pasan, como tránsfugas, de su suave imperio a la más dura tiranía, y eso que aun en esta vida ha de seguírseles de ahí tan grave daño? Daño efectivamente inexplicable se sigue de la servi­dumbre de la riqueza, pleitos, difamaciones, luchas, trabajos, ce­guera del alma y, lo que es más grave de todo, pérdida de los bienes del cielo.

CONTRA LA PREOCUPACIÓN DEL COMER Y VESTIR

Una vez, pues, que por todos estos caminos nos ha mostra­do el Señor, la conveniencia de despreciar la riqueza—para la guarda de la riqueza misma, para la dicha del alma, para la adquisición de la filosofía y para seguridad de la piedad—, pasa ahora a demostrarnos que es posible aquello mismo a que nos exhorta. Porque éste es señaladamente oficio del buen legislador: no sólo ordenar lo conveniente, sino hacerlo también posible. Por eso prosigue el Señor diciendo: No os preocupéis por vuestra alma, sobre qué comeréis. No quiso que nadie pu­diera objetarle: “¡Muy bien! Si todo lo tiramos, ¿cómo podre­mos vivir?” Contra semejante reparo va ahora el Señor muy oportunamente. Realmente, si desde un principio hubiera dicho: “No os preocupéis”, su lenguaje podía haber parecido duro; pero, una vez que ha mostrado el daño que se nos sigue de la ava­ricia, su exhortación de ahora resulta fácilmente aceptable. De ahí que tampoco dijo simplemente: “No os preocupéis”, sino que al mandato añade la causa. En efecto, después de haber dicho: No podéis servir a Dios y a Mammón, añadió: Por eso, yo os digo: No os preocupéis. ¡Por eso! ¿Y qué es eso? El daño inexplicable que de ahí se os seguirá. Porque no sufriréis daño sólo en las riquezas mismas. El golpe alcanzará al punto más delicado: perderéis la salvación de vuestra alma, pues os aleja del Dios que os ha creado, que os ama y se cuida de vosotros. Por eso os digo: No os preocupéis. Es decir, que, una vez mos­trado el daño incalculable, extiende aún más su mandamiento. Porque no sólo nos manda que tiremos lo que tenemos, sino que no nos preocupemos siquiera del necesario sustento: No os preocupéis por vuestra alma, sobre qué comeréis. No porque el alma necesite de alimento, pues es incorpórea, sino que el Señor habla aquí acomodándose al uso común. Pues, si es cierto que ella no necesita de alimento, no lo es menos que no puede permanecer en el cuerpo si éste no es alimentado. Y esto dicho, no se contenta con afirmarlo simplemente, sino que tam­bién aquí nos da las razones: unas tomadas de lo que ya nos­otros tenemos; otras, de otros ejemplos. Tomando pie de lo que ya tenemos, nos dice: ¿Acaso no es más el alma que la comida, y el cuerpo más que el vestido? Pues el que os ha dado lo más, ¿no os dará lo menos? El que ha formado vuestra carne, que necesita alimentarse, ¿no os procurará también el alimento? Por eso no dijo simplemente: “No os preocupéis sobre qué comeréis y vestiréis”, sino: No os preocupéis por vuestra alma y por vues­tro cuerpo, porque de éstos—del alma y del cuerpo—iba Él a tomar sus demostraciones, procediendo por comparación en su razonamiento. Ahora bien, el alma nos la dio una vez para siempre y permanece tal como nos la dio; el cuerpo, empero, admite crecimiento todos los días, A fin, pues, de mostrarnos una y otra cosa: la inmortalidad del alma y la caducidad del cuerpo, prosiguió diciendo: ¿Quién de vosotros puede añadir a su estatura un solo codo? Y aquí calla sobre el alma, como quiera que no admite crecimiento, y sólo nos habla del cuerpo, declarando por lo uno también lo otro, a saber: que no es el alimento el que le hace crecer, sino la providencia de Dios. Lo mismo que declara también Pablo por otro ejemplo: Ni el que planta ni el que riega es nada, sino Dios, que da el creci­miento*4.

EL EJEMPLO DE LAS AVES DEL CIELO

De este modo, pues, nos exhortó el Señor por las cosas que ya tenemos; por ejemplos ajenos a nosotros, nos dice: Mirad las aves del cielo. Porque nadie le objetara que es útil andar preocupados, nos disuade de ello por un ejemplo mayor y por otro menor. El mayor lo toma de nuestro cuerpo y de nuestra alma; el menor, de las aves del cielo. Porque, si tanta cuenta tiene Dios—nos dice—de tan pobres animalillos, ¿cómo no la tendrá con nosotros? Así habló entonces a los judíos, que eran una gran muchedumbre popular, pero no así al diablo cuando le tentó. ¿Pues cómo? No de solo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios*5. Más aquí mienta a las aves del cielo con muy viva comparación; lo que es muy eficaz manera de exhortación. Sin embargo, ha habido impíos que han llegado a tanta necedad como la de poner tacha a esta comparación. Porque quien quería—dicen ellos preparar a tem­plar para la lucha a una voluntad libre, no debía aducir para ello ejemplos de ventajas de la naturaleza. Porque vivir las aves sin necesidad ni trabajo, de la naturaleza les viene.

PODEMOS LOGRAR POR NUESTRO ESFUERZO LO QUE TIENEN LAS AVES POR NATURALEZA

3. ¿Qué podemos responderles a eso? Pues que ese vivir sin cuidados, que a las aves les viene de la naturaleza, nosotros podemos conseguirlo por nuestra libre voluntad. Porque no dijo el Señor: “Mirad cómo vuelan las aves del cielo”, pues eso es imposible para el hombre, sino: “Mirad cómo se alimentan sin preocupaciones”. Lo cual, si queremos, también nosotros podemos conseguirlo fácilmente, como le han demostrado aquellos que de hecho lo lograron. Y aquí hay señaladamente que admirar la sabiduría del legislador, que, teniendo a mano ejemplo de hombres, y pudiendo citar a un Elías, a un Moisés, a un Juan y tantos otros que vivieron sin preocupaciones de comida y vestido, menciona a los animales a fin de causarles mayor impresión. De haber nombrado a aquellos grandes santos, pudie­ran haberle replicado: “Todavía no hemos llegado a tanto como ellos”. En cambio, pasando en silencio a éstos y poniéndoles delante el ejemplo de las avecillas del cielo, les cortó toda po­sible excusa. Por lo demás, también aquí sigue Cristo el estilo de la antigua Ley, pues también el Antiguo Testamento nos re­mite a la abeja, a la hormiga, a la tórtola y a la golondrina*6. Y no es para nosotros pequeño honor que logremos por esfuer­zo de nuestra voluntad lo que estos animales tienen de la naturaleza. En conclusión, si de lo que fue criado por amor nues­tro tiene Dios tanta providencia, mucho mayor la tendrá de nosotros mismos; si así cuida de los criados, mucho más cuidará del señor. De ahí la palabra de Cristo: Mirad a las aves del cielo. Y no dijo: “Mirad que no dan a interés ni trafican con dinero”. No, eso pertenece a lo vedado; sino: Que no siembran ni siegan.

NO SE NOS PROHIBE EL TRABAJO, SINO LA PREOCUPACIÓN

—Entonces—me replicas—, ¿es que no hay que sembrar? —No dijo el Señor que no hay que sembrar, sino que no hay que andar preocupados; no que no haya que trabajar, sino que no hay que ser pusilánimes ni dejarse abatir por las inquietudes. Sí, nos mandó que nos alimentáramos, pero no que anduviéramos angustiados por el alimento. David mismo se anticipó de antiguo a esta doctrina, cuando misteriosamente nos dijo: Abres tú tu mano y llenas de tu bendición a todo viviente*7. Y otra vez: El que da a las bestias su alimento, y a los polluelos de los grajos que le invocan*8.

—¿Y quiénes fueron—me dirás—los que vivieron sin preocu­pación de comer y vestir? —¿No has oído los muchos santos que antes te he citado? ¿No ves, entre ellos, a Jacob cómo sale de la casa paterna desnudo de todo? ¿No le oyes cómo ora diciendo: Si el Señor me diere pan para comer y vestido para vestirme?*9 Lo que no quiere decir que estuviera preocupado, sino que lo esperaba todo de Dios. Lo mismo hicieron los após­toles, que, después que lo abandonaron todo, vivieron sin preocu­pación ninguna; lo mismo aquellos cinco mil y los otros tres mil primeros convertidos*10.

Mas, si ni aun oyendo tan grandes ejemplos te decides a romper esas pesadas cadenas de tus inquietudes, rómpelas por lo menos considerando la necedad que con ello cometes, Por­que ¿quién de vosotros—dice el Señor—puede a fuerza de preocupación añadir a su estatura un solo codo? Mirad cómo explica el Señor lo oscuro por lo claro. A la manera—nos viene a decir—como no podéis añadir a vuestro cuerpo, a fuerza de preocupación, la más mínima porción, así tampoco podéis reunir alimento, aunque vosotros lo penséis así. De donde resulta evi­dente que no es nuestro afán, sino la providencia de Dios, la que lo hace todo aun en aquellas cosas que aparentemente reali­zamos nosotros. Así, si Él nos abandona, ni nuestra inquietud, ni nuestra preocupación, ni nuestro trabajo, ni cosa semejante servirán para nada, sino que todo se perderá irremediablemente.

LOS MANDAMIENTOS O CONSEJOS EVANGÉLICOS NO SON IMPOSIBLES

4. No pensemos, por ende, que es imposible lo que se nos manda, pues hay muchos que aun hoy día lo están llevando a la práctica. Que tú no los conozcas, nada tiene de extraño, También Elías creía hallarse solo, y hubo de oír de boca de Dios: Me he reservado para mí no menos de siete mil varones*11. De donde resulta evidente que también ahora hay muchos que llevan vida apostólica, como antaño aquellos cinco mil y tres mil primitivos creyentes, Y, si no lo creemos, no es que no haya quienes la practican, sino que nosotros distamos mucho de ella. Un borracho no es fácil que crea haya un solo hombre que no prueba ni el agua. Y, sin embargo, esa hazaña la han llevado a cabo muchos monjes en nuestros mismos días. El que vive torpemente entre mil mujeres, jamás creerá que es fácil guardar virginidad; ni el que arrebata lo ajeno, que hay quien a manos llenas da de lo suyo propio. Por semejante manera, los que están diariamente abrumados de infinitas preocupaciones, no es fácil se persuadan haya quien viva sin ellas. Ahora bien, que hay muchos que lo han llevado a cabo, posible me fuera de­mostrarlo por los mismos que, en nuestro propio tiempo, pro­fesan esa filosofía. Por ahora, sin embargo, basta con que aprendáis a no ser avaros, y que es buena la limosna, y que tenéis obligación de dar de lo que tenéis. Si esto hacéis, carísimos míos, pronto llegaréis también a lo otro.

EMPECEMOS POR LO MENOS PARA LLEGAR A LO MÁS

De momento, pues, desechemos el lujo superfluo, suframos la moderación y aprendamos a adquirir nuestros bienes por el justo trabajo. También el bienaventurado Juan, cuando hablaba con los alcabaleros y soldados, les aconsejaba que se contentaran con sus sueldos*12. Quería él ciertamente llevarlos a más alta filosofía; pero, como todavía no estaban preparados para ello, se contentaba con hablarles de lo menos. De haberles hablado de lo más alto, a esto no hubieran prestado atención, y lo otro lo hubieran también perdido. Por la misma razón, nosotros tra­tamos de ejercitaros también en lo más sencillo. Por ahora, sabemos muy bien que la carga de la voluntaria pobreza es demasiado pesada para vuestros hombros, y que cuanto dista el cielo de la tierra, así dista de vosotros esa filosofía. Cumpla­mos, pues, siquiera los mandamientos menores, y no será ello pequeño consuelo para nosotros. A la verdad, aun entre pa­ganos, no faltaron quienes abrazaron la pobreza—aunque no lo hicieron con la debida intención—y se desprendieron de cuanto poseían. Sin embargo, con vosotros, nosotros nos con­tentamos con que deis limosna generosamente. Dado este pri­mer paso hacia adelante, pronto llegaremos a aquella otra perfección. Pero, si ni esto hacemos, ¿qué excusa tendremos nosotros, que, teniendo mandato de sobrepujar a los santos del Antiguo Testamento, nos quedamos a la zaga de los mismos filósofos paganos? ¿Qué podemos alegar cuando, debiendo ser ángeles e hijos de Dios, no conservamos ni el ser de hombres? La rapiña y la avaricia, en efecto, no dicen con la mansedum­bre de los hombres, sino con la ferocidad de las fieras; o, por mejor decir, peores que fieras son los que codician lo ajeno, pues a las fieras, al cabo, la rapacidad les viene de la natura­leza; mas nosotros, honrados por la razón, ¿qué excusa tendre­mos, si nos abatimos a la vileza de una bestia?

EXHORTACIÓN FINAL: LLEGUEMOS SIQUIERA AL MEDIO

Consideremos, pues, la meta de la filosofía que se nos pro­pone y lleguemos siquiera al medio. Así nos libraremos del cas­tigo venidero y, avanzando en el camino, alcanzaremos la cum­bre de los bienes; bienes que a todos os deseo, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 21, 1-4, BAC Madrid 1955, 435-47)

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*1- Hch 4, 22
*2- Jb 31, 25
*3- Flp 3, 19
*4- 1 Co 3, 7
*5- Mt 4, 4
*6- Cf. Si 11, 3; Pr 6, 6; Jr 8, 7
*7- Sal 114, 16
*8- Sal 146, 9
*9- Gn 28, 20
*10- Hch 2, 41; 4, 5
*11- 1 R 19, 18
*12- Lc 3, 14

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

.        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La confianza en la divina providencia

(Mt 6,24-34)

            Introducción

En el evangelio de hoy Jesucristo sigue, como en los domingos anteriores, explicando la esencia de la ley nueva, contraponiéndola a la ley antigua.

Los escribas y fariseos, que se consideraban a sí mismos intérpretes autorizados de la Antigua Ley, consideraban que ésta los facultaba para buscar las riquezas indiscriminadamente. Jesucristo los va a apostrofar duramente por su amor al dinero (cf. Mt 23,1-39). Y San Lucas dice expresamente que eran ‘amigos del dinero’ y que se burlaban de Jesús precisamente cuando dice que no se puede servir a Dios y a Mamona (Lc 16,13-14). Para decir ‘amigos del dinero’, Lucas usa la palabra philárgyros que está formada por la palabra philós, que significa ‘amigo’, ‘amante’, y la palabra argýrios, que significa ‘dinero’. Por eso dice Swanson que philárgyros significa “relativo a tener gusto o amor por el dinero, es decir, ser tacaño, codicioso, avaro”*1.

El evangelio de hoy, como todo el sermón de la montaña, se inscribe en esta línea de confrontación con la corrupción de los escribas y fariseos y confrontación con la imperfección de la antigua ley.

            1. Mamona

Lo primero que hace Jesucristo es advertir acerca de la tendencia innata del hombre a hacer del dinero un dios. La frase exacta del evangelio de hoy es: “No se puede servir a Dios y a mamona” (Mt 6,24). El solo uso de la palabra mamona ya está indicando que Jesús personifica al dinero y le da la consistencia de un dios. Esta afirmación se desprende de la siguiente investigación.

El evangelio usa cuatro palabras distintas para indicar las riquezas o el dinero. Ellas son: ploûtos, ‘riqueza’, de donde proviene, por ejemplo, la palabra ‘plutocracia’, que es el gobierno de los que tienen riquezas. Luego, jrémata, ‘riqueza’. Luego, mamona, ‘dinero’. Luego, argýrios, ‘dinero’. A las cuatro palabras el evangelio las pone en boca de Jesús en distintas oportunidades.

Por ejemplo, en Mt 13,22 (y sus paralelos Mc 4,19 y Lc 8,14) Jesucristo describe el tercer terreno de la parábola del sembrador como aquellos que hacen que la palabra de Dios se ahogue porque se dejan seducir por las riquezas. Aquí usa la palabra ploútos.

En Mc 10,23 (y su paralelo de Lc 18,24), con ocasión de la conversación con el joven rico, dice: “Qué difícil es entrar en el Reino de Dios para los que tienen riquezas”. Aquí usa la palabra jrémata.

Y en Lc 9,3 les dice a los Doce cuando los envía en misión: “No llevéis dinero”. Aquí usa la palabra argýrion.

Por lo tanto, Jesucristo expresa la realidad ‘riqueza’ o ‘dinero’ con distintas palabras. ¿Por qué en el evangelio de hoy se usa mamona? Porque mamona es una palabra caldea o fenicia transliterada al griego que designa al dinero, pero que muchas veces era personificado, al igual que el Ploûtos de los griegos*2. Ploûtos para los griegos era el Dios-Dinero. Mamona para los caldeos y los fenicios era, también, el Dios-Dinero. Por lo tanto, Jesucristo se refiere al Ídolo-Dinero, un ente material al cual se le rinde culto como a Dios. Y detrás de cada ídolo hay siempre un demonio. Por eso, Mamona puede designar también el demonio del dinero, es decir, ‘al santo patrono demoníaco’ del dinero. O más aún, al demonio que, bajo el nombre de Mamona, se hace adorar bajo la realidad del dinero.

Esto se confirma por el hecho de que el NT usa varias veces el verbo ‘servir’ (en griego, douleîn) como sinónimo de ‘rendir culto a Dios’. Por ejemplo, Hech 20,19; Rm 12,11 y Tes 1,9.

Entonces, el Mamona al cual se refiere hoy Jesucristo es el Dios-Dinero, el Ídolo-Dinero, al cual el hombre de todos los tiempos siempre se ha sentido inclinado a rendirle culto y sacrificarle, haciendo incluso para él sacrificios humanos.

En otras dos ocasiones usa Jesucristo la palabra mamona, ambas en el contexto de la parábola del administrador injusto (Lc 16,9. 11). En una, habla de ‘la mamona de la injusticia’ (mamona tês adikías). En la otra, del ‘mamona injusto’ (mamonâ ádikos).

Por eso, es correctísima la conclusión que extrae Trilling: “Para Jesús la riqueza siempre es «injusta», un poder casi demoníaco, que gana el corazón y lo tiene encadenado. El que es víctima de la riqueza, también lo es del diablo”*3.

El drama del hombre se encuentra en esta formidable disyuntiva: por un lado, lleva dentro de sí la herida del pecado original consistente en ‘la concupiscencia de los ojos’ (1Jn 3,16), es decir, el deseo desmesurado de tener cosas materiales. Y por otro, tiene la necesidad, propia de su indigencia, de cubrir sus necesidades para poder vivir. Por un lado, necesita lo material para vivir; pero, por otro, tiene una inclinación innata (es decir, que la tiene desde su nacimiento) a exagerar las necesidades para vivir y aspirar a la acumulación de bienes como un medio de buscar la felicidad absoluta, solo en esta tierra y para esta tierra. Es allí donde el dinero se convierte en un Dios. El fin último del hombre ya no está en el gozar eternamente de Dios en el cielo, sino en el gozar el confort y la comodidad en este tiempo presente, en esta vida temporal.

El mundo de hoy, la sociedad de hoy, en general, vive en esta adoración del dinero como a Dios. El mejor de los ejemplos es el hecho del triunfo de aquel sistema económico que se ha denominado ‘capitalismo’ y que gobierna todas las economías del mundo. El P. Julio Meinvielle escribía, ya en 1936: “Hay una perversidad esencial en el capitalismo, cualquiera sea su especie, pues es éste un sistema fundado sobre un vicio capital que los teólogos llaman avaricia. Busca el acrecentamiento sin límites de las riquezas como si fuese éste un fin en sí, como si su pura posesión constituyese la felicidad del hombre. Enseña el Angélico: ‘La avaricia consiste en un deseo inmoderado de poseer las cosas exteriores’ (Suma Teológica, II-II, q.118, a. 2).

“Precisamente, es esta concupiscencia del lucro la que constituye la esencia de la economía moderna. No que la avaricia sólo haya existido en ella; siempre ha habido avaros (…); pero nunca como en ella, este impulso perverso que anida en la carne pecadora del hombre se ha organizado en un sistema económico, nadie como ella ha hecho de un pecado una babélica construcción. (…) En resumen, que el capitalismo es como la erupción de toda una familia de pecados, es el reino de Mammona. Y esto se aplica tanto al capitalismo liberal como al marxista”*4.

El Papa Francisco tiene esta misma visión del P. Meinvielle, pero fustiga el sistema económico mundial con palabras mucho más duras. Veamos algunas de estas expresiones del Papa Francisco.

“Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”*5.

“Hace casi cien años, Pío XI preveía el crecimiento de una dictadura económica mundial que él llamó «imperialismo internacional del dinero» (Carta Enc. Quadragesimo Anno, 15 de mayo de 1931, 109). Toda la doctrina social de la Iglesia y el magisterio de mis antecesores se rebelan contra el ídolo-dinero que reina en lugar de servir, tiraniza y aterroriza a la humanidad”*6.

2. La confianza en la Providencia divina

Esta aberración de la adoración del dinero que se da en los círculos más altos del Gobierno Mundial y se va difundiendo cada vez más en los círculos más bajos quizá no esté presente en la vida diaria del católico medio. Sin embargo, su peligro es lo que el P. Castellani llama la Solicitud Terrena. Lo escribe con mayúsculas porque, si bien no es una adoración del Dios Dinero, sin embargo, reviste una gravedad que puede frustrar también la vocación del bautizado a la vida eterna por el rechazo final de la invitación a la salvación a causa de la búsqueda inmoderada de las riquezas.

Esto está detallado en la descripción que Jesucristo hace del tercer terreno en la parábola del sembrador. El sembrador es Cristo. La semilla de trigo es la palabra de Dios, es decir, el anuncio del Evangelio. El terreno es el tipo de alma. El tercer terreno es bueno y fecundo y recibe bien la semilla de trigo; pero en ese terreno hay pequeñas plantitas de abrojos; crecen los abrojos, ahogan la planta de trigo, y el trigo se pasma y no da fruto, nada de fruto. Esto representa al alma que recibe bien la palabra, el anuncio del Evangelio. Pero ‘las preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ que no supo erradicar en su momento, ahora han ahogado la palabra de Dios y no han dado fruto, nada de fruto. El no dar fruto significa la condenación eterna.

Éste terreno representa a muchos católicos que han aceptado el anuncio del Evangelio y han recibido el bautismo. Han adelantado en la vida espiritual, han hecho crecer la palabra de Dios en sus almas, pero finalmente ‘las preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ ahogan la palabra de Dios y los lleva a hacer su elección por las riquezas y rechazan la salvación que Dios les ofrece.

La expresión griega que se traduce por ‘preocupaciones de este siglo y la seducción de las riquezas’ es he mérimna toû aiônos kaì he apáte toû ploútou. La palabra griega mérimna, que traducimos por ‘preocupaciones’ proviene del verbo merídso, que significa ‘dividir’. Por eso, la palabra mérimna expresa aquellas cosas que exigen la atención del alma en distintas direcciones y al mismo tiempo, de tal manera que hacen que el alma viva dividida, solicitada por varios objetos a la vez. De aquí proviene la ansiedad y el afán inmoderado. Y se trata de objetos todos relativos al tiempo presente. En efecto, aión significa ‘siglo’, ‘tiempo presente’. No hay ninguna referencia a la eternidad; todo se refiere a la vida estrictamente temporal. Se trata de un afán inmoderado por las cosas necesarias para nuestra vida temporal.

La palabra apáte significa ‘engaño’, ‘seducción’.

Esto es cuanto puede sucederle a un católico medio, sin necesidad que haya caído en la adoración del Dios Dinero: dejarse arrastrar por las múltiples necesidades materiales para vivir el tiempo presente, y de allí, dejarse engañar y seducir por el deseo inmoderado de dinero y de riquezas. Esta es una situación real y muy posible en cualquiera de nosotros y, por lo tanto, debe ser tenida muy en cuenta y luchar para evitarla.

Precisamente esto es lo que hace Jesucristo en el evangelio de hoy: advertir al cristiano que las preocupaciones excesivas por las necesidades del tiempo presente lo pueden llevar al deseo inmoderado de riquezas, y el deseo inmoderado de riquezas lo puede llevar a la condenación eterna.

¿Cuál es la solución a esta situación? La confianza absoluta en la bondad de Dios Padre que no hará que nos falte lo necesario para nuestra vida aquí en la tierra mientras nosotros tendamos con todas nuestras fuerzas a alcanzar la vida eterna: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura”.

La falta de confianza en el amor del Padre y en la Providencia divina es la causa principal de la ausencia de bendiciones tanto en una persona como en una familia. Jesucristo, en sus revelaciones a Santa Faustina Kowalska insiste numerosas veces en la necesidad de esta confianza para poder recibir las bendiciones de Dios. La confianza, según estas revelaciones, es el recipiente de la misericordia y de las bendiciones de Dios. Le dijo Jesucristo a Santa Faustina Kowalska: “Di a las almas que de esta Fuente de la Misericordia las almas sacan gracias exclusivamente con el recipiente de confianza.  Si su confianza es grande, Mi generosidad no conocerá límites”*7.

La falta de confianza en la Providencia divina equipara al cristiano al pagano, aquel que no conoce a Dios y, por lo tanto, no puede rendirle culto.

3. El peligro de la Solicitud Terrena en otros ámbitos

Otra de las variantes que puede darse en esa falta de confianza en la acción providente de Dios es el escándalo ante la presencia del mal en el mundo y de acontecimientos desgraciados. Sin embargo, hay que saber que todo, absolutamente todo, Dios lo ordena para el bien de los elegidos. No hay ningún acontecimiento de este mundo, por malo y perverso que sea, que Dios no lo ordene para el bien de los que se van a salvar.

Son dos los principios que nos permiten descubrir esta verdad. En primer lugar, el texto de Rm 8,28: “Todo coopera para el bien de los que aman a Dios”. Cuando el Espíritu Santo dice ‘todo’ debe entenderse de un modo literal. “Al decir todas las cosas, no exceptúa nada. Por tanto, aquí entran todos los acontecimientos, prósperos o adversos, lo concerniente al bien del alma, los bienes de fortuna, la reputación, todas las condiciones de la vida humana (familia, estudio, talentos, etc), todos los estados interiores por los que pasamos (gozos, alegrías, privaciones, sequedades, disgustos, tedios, tentaciones, etc.), hasta las faltas y los mismos pecados. Todo, absolutamente todo. Al decir se disponen para el bien, se entiende que cooperan, contribuyen, suceden, para nuestro bien espiritual. Hay que tener esta visión y no la del carnal o mundano. Hay que ver todo a la luz de los designios amorosos de la Providencia de Dios, que sólo el hombre espiritual descubre: el espiritual lo juzga todo (1 Cor 2,15). Debemos creer con firmeza inquebrantable que aun los acontecimientos más adversos y opuestos a nuestra mira natural, son ordenados por Dios para nuestro bien, aunque no comprendamos sus designios e ignoremos el término al que nos quiere llevar”*8.

El segundo principio que nos permite saber que Dios está presente providentemente en cada acontecimiento del mundo es el establece San Agustín: “El Dios Todopoderoso, por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal”*9. Dios no quiere el mal, pero lo permite. ¿Por qué lo permite, si Él es un Dios bueno? Porque es poderoso para sacar bien del mal*10.

El cristiano que aceptó plenamente la palabra de Dios en un corazón libre de abrojos, libre de las preocupaciones del siglo y de la seducción de las riquezas, vive en esta continua acción de gracias y alegría de saber que Dios dirige el mundo de una manera concreta y particular, a pesar de las oposiciones de los hombres. El Catecismo de la Iglesia Católica cita a una mística inglesa no beatificada, Juliana de Norwich, quien en sus escritos insiste continuamente sobre esta visión sobrenatural*11. A esta mística el Papa Benedicto XVI le dedicó una catequesis*12. Ella dice: “En mi locura anterior, me preguntaba a menudo por qué la gran sabiduría presciente de Dios no había impedido el comienzo de pecado. Pues, entonces, me parecía, todo habría andado bien. (…) Pero Jesús, que en esta visión me enseñó todo lo que me era necesario, respondió con estas palabras: ‘El pecado es necesario, pero todo acabará bien, todo acabará bien, y sea lo que sea, acabará bien’”. Y también: “El Señor me dijo: ‘Puedo transformar todo en bien, sé transformar todo en bien, quiero transformar todo en bien, haré que todo esté bien; y tú misma verás que todo acabará bien’”*13.

Sólo en el cielo veremos los caminos por los que Dios condujo a los elegidos a la salvación final*14.

El P. Pio de Pietrelcina decía que la historia del mundo es como un tapiz que Dios teje. Nosotros desde aquí, desde la tierra, vemos el reverso del tapiz y, por lo tanto, sus puntadas nos parecen inconexas. Pero un día veremos el tapiz desde arriba, veremos el derecho del tapiz y nos daremos cuenta que cada puntada de ese tapiz contribuyó a hacer una obra maravillosa.

Conclusión

Ninguno de nosotros debe despreciar la inquietante realidad de que todos llevamos en nuestra alma, como consecuencia del pecado original, la ‘concupiscencia de los ojos’ (1Jn 3,16), es decir, la tendencia al amor desordenado a los bienes materiales. Es un abrojo, una mala planta que debe ser arrancada apenas aparece. Si no se hace esto, se corre el riesgo de que un día la maleza ahogue la planta de trigo y no se dé el fruto esperado: la salvación eterna.

San Pablo nos exhorta: “Los quiero a ustedes libres de preocupaciones” (1Cor 7,32). Literalmente, en griego, dice: “Quiero que ustedes sean a-merímnoi”. Es la contrapartida de la palabra mérimna, que son las preocupaciones del siglo. El cristiano debe ser el a-merímnos por excelencia, es decir, el libre de preocupaciones por las cosas del tiempo presente.

Pidámosle esa gracia a la Santísima Virgen.
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*1- Swanson, nº 5796, en Multiléxico, nº 5366.
*2- Schenkl, f. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco, Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 529.
*3- Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, comentario a Mt 6,24, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969.
*4- Meinvielle, J., Concepción Católica de la Economía, Edición de los Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1936, p. 7-11.
*5- Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2013, nº 55.
*6- Papa Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el encuentro mundial de movimientos populares, Aula Pablo VI, Sábado 5 de noviembre de 2016. Otros textos del Papa Francisco: “Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. (…). Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas” (Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2013, nº 56). “¿Quién gobierna entonces? El dinero ¿Cómo gobierna? Con el látigo del miedo, de la inequidad, de la violencia económica, social, cultural y militar que engendra más y más violencia en una espiral descendente que parece no acabar jamás. ¡Cuánto dolor y cuánto miedo! Hay -lo dije hace poco-, hay un terrorismo de base que emana del control global del dinero sobre la tierra y atenta contra la humanidad entera” (Papa Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el encuentro mundial de movimientos populares, Aula Pablo VI, Sábado 5 de noviembre de 2016).
*7- Santa Faustina Kowalska, Diario, nº 1602.
*8- Buela, C., Directorio de Espiritualidad del Instituto del Verbo Encarnado, nº 67.
*9- San Agustín, Enchir. 11,3, citado en Catecismo de la Iglesia Católica, nº 311.
*10- Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su pro­videncia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas. (…) Del mayor mal moral que ha sido co­metido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf. Rm 5,20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 312).
*11- Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 313.
*12- Cf. Benedicto XVI, Juliana de Norwich, Audiencia General del miércoles 1 de diciembre de 2010.
*13- Juliana de Norwich, Libro de visiones y revelaciones, Editorial Trotta, Madrid, 2002, p. 94. 101.
*14- A propósito, dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con fre­cuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios ‘cara a cara’ (1Cor 13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf. Gén 2,2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 314).

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San Juan Pablo II

 

El Salmo de la liturgia de hoy (Salmo 61-62,2-3) dice: “Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré”. Se trata de dos versículos, cada uno de los cuales expresa con estas palabras un pensamiento único: Dios es la fuente de todo bien; y por esto, en Él esta puesta la esperanza más profunda del hombre. Efectivamente, Dios no es sólo el Bien infinito en sí mismo, sino que es el Bien para el hombre: quiere para el hombre el bien, quiere ser Él mismo el bien definitivo para el hombre.

Quiere ser la “salvación” del hombre: “Descansa solo en Dios, alma mía”. Dios es el fundamento estable e indefectible, sobre el que el hombre puede construir el edificio de la propia vida y del propio destino. Por esto el salmista compara al Dios de la esperanza humana con un alcázar y una roca: “Él es mi roca, Dios es mi refugio” (Sal 61-62, 8). Entre las experiencias de todo lo precario, en medio de los destinos cambiantes de la vida terrena, Dios es para el hombre un apoyo definitivo, del que saca la indispensable fuerza del espíritu.

Las palabras del Evangelio de la Misa de hoy (Mt 6,26.30.32): “Mirad a los pájaros, ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos…Pues si la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más con vosotros, gente de poca fe?… Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”.

Dios es la fuente de todo bien en la obra de la creación, es también la Providencia incesante del mundo y del hombre. Quiere continuamente que de los bienes, llamados por Él a la existencia, participen las criaturas y en particular el hombre: efectivamente, el hombre ha sido distinguido por Dios entre todas las criaturas del mundo visible.

Desde el principio Dios ha rodeado al hombre de un amor especial. Y este amor tiene características paternas y, a la vez maternas, como lo testimonió el profeta Isaías en la primera lectura (Is 49,15): “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no me olvidaré. Dice el Evangelio: “Por tanto, no os agobiéis por la mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos” (Mt 6,34).

Dice Cristo: “Nadie puede estar al servicio de dos amos…No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24)…”Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).

A veces escuchamos con cierta desconfianza las palabras del Evangelio de hoy. ¿Puede el hombre dejar de preocuparse por la propia vida? Sin embargo, el Divino Maestro no dice: “No os preocupéis”, sino “no os preocupéis demasiado, no os agobiéis”. No aconseja un descuido negligente, sino que señala una justa jerarquía de valores…” Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”.

La justicia del reino de Dios es un bien incomparablemente superior con relación a todo aquello por lo que el hombre puede afanarse, sirviendo al dinero.

San Nicolás ha sido, durante siglos, un testigo muy elocuente de la divina Providencia, porque aceptó con corazón indiviso, el servicio de Dios y, juntamente con él, aceptó la jerarquía de valores que anuncia Cristo.

¿Acaso no nos habla el misterio de la redención muy especialmente de la divina Providencia? ¿No nos habla de que Dios “amó tanto al mundo que le dio su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él…tenga vida eterna” (Jn 3,16) ¿Acaso este amor no es la medida definitiva de la Providencia? ¿La medida principal y sobreabundante?

¿Acaso no confirma el misterio de la redención la verdad de que hay que buscar primero el reino de Dios y su justicia? Precisamente esta verdad del Evangelio, ¿acaso no está particularmente amenazada en la vida del hombre de nuestro tiempo? ¿No somos testigos de una radical transposición de la jerarquía evangélica de los valores? El servicio al dinero (en diversas formas), ¿no se enseñorea cada vez más del pensamiento, del corazón y de la voluntad del hombre, ofuscando el reino de Dios y su justicia? ¿No pierde el hombre la justa dimensión de su ser humano y de su destino, en este servicio exclusivo a lo que es terreno?

(Sal 61-62,7) “Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré”.

 (Homilía en la Misa celebrada en Bari, domingo 26 de febrero de 1984)

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Benedicto XVI

 

La liturgia de hoy se hace eco de una de las palabras más conmovedoras de la Sagrada Escritura. El Espíritu Santo nos la ha dado a través de la pluma del llamado «segundo Isaías», el cual, para consolar a Jerusalén, afligida por desventuras, dice así: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49, 15). Esta invitación a la confianza en el amor indefectible de Dios se nos presenta también en el pasaje, igualmente sugestivo, del evangelio de san Mateo, en el que Jesús exhorta a sus discípulos a confiar en la providencia del Padre celestial, que alimenta a los pájaros del cielo y viste a los lirios del campo, y conoce todas nuestras necesidades (cf. 6, 24-34). Así dice el Maestro: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso».

Ante la situación de tantas personas, cercanas o lejanas, que viven en la miseria, estas palabras de Jesús podrían parecer poco realistas o, incluso, evasivas. En realidad, el Señor quiere dar a entender con claridad que no es posible servir a dos señores: a Dios y a la riqueza. Quien cree en Dios, Padre lleno de amor por sus hijos, pone en primer lugar la búsqueda de su reino, de su voluntad. Y eso es precisamente lo contrario del fatalismo o de un ingenuo irenismo. La fe en la Providencia, de hecho, no exime de la ardua lucha por una vida digna, sino que libera de la preocupación por las cosas y del miedo del mañana. Es evidente que esta enseñanza de Jesús, si bien sigue manteniendo su verdad y validez para todos, se practica de maneras diferentes según las distintas vocaciones: un fraile franciscano podrá seguirla de manera más radical, mientras que un padre de familia deberá tener en cuenta sus deberes hacia su esposa e hijos. En todo caso, sin embargo, el cristiano se distingue por su absoluta confianza en el Padre celestial, como Jesús. Precisamente la relación con Dios Padre da sentido a toda la vida de Cristo, a sus palabras, a sus gestos de salvación, hasta su pasión, muerte y resurrección. Jesús nos demostró lo que significa vivir con los pies bien plantados en la tierra, atentos a las situaciones concretas del prójimo y, al mismo tiempo, teniendo siempre el corazón en el cielo, sumergido en la misericordia de Dios.

Queridos amigos, a la luz de la Palabra de Dios de este domingo, os invito a invocar a la Virgen María con el título de Madre de la divina Providencia. A ella le encomendamos nuestra vida, el camino de la Iglesia y las vicisitudes de la historia. En particular, invocamos su intercesión para que todos aprendamos a vivir siguiendo un estilo más sencillo y sobrio en la actividad diaria y en el respeto de la creación, que Dios ha encomendado a nuestra custodia.

(Ángelus, Plaza de San Pedro, domingo 27 de febrero de 2011)

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P. Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

El abandono en la Providencia Divina

Capítulo I

Porqué y en qué cosas hemos de abandonarnos en manos de Dios

La doctrina del abandono en la divina Providencia, abiertamente contenida en el Evangelio, ha sido falseada por los quietistas, los cuales se entregaron a la pereza espiritual, dieron de mano a la lucha por la perfección redujeron gravemente el valor y la necesidad de la esperanza; ahora bien, el verdadero abandono es la forma más excelente de la confianza o esperanza en Dios.

Mas puede uno también apartarse de la doctrina del Evangelio incurriendo en el defecto contrario a la pereza quietista, que es la vana inquietud y la agitación.

En este particular, como en otras muchas cosas, la verdad es a manera de una cumbre que descuella entre dos posiciones extremas, que son los dos errores apuntados.

Importa, pues, precisar el sentido y el alcance de la verdadera doctrina del abandono en la voluntad de Dios, para evitar sofismas que corren con apariencia de perfección cristiana.

Veamos primero por qué y en qué cosas hemos de abandonarnos en manos de la Providencia. Después pasaremos a declarar cómo haya de ser el abandono y cuál sea el gobierno de la Providencia con los que a ella totalmente se entregan.

Serán, nuestros guías en la exposición de tan bella doctrina San Francisco de Sales (L’Amour de Dieu, l. 8, ch. 3; 4, 5, 6, 7, 14; l. 9, ch. 1. Cf. también Entretien 2, 15), Bossuet (Discours sur l’acte d’abandon à Dieu. —États d’oraison, 1. 8, 9), el P. Piny, O. P. (Le plus parfait, ou Des voies intérieures la plus glorifiante pour Dieu et la plus sanctifiante pour l’âme, publicado en 1683. Nueva ed. anotada por el P. Noel, O. P. París, Téqui. El autor prueba que en este camino es donde se ejercita la fe más viva, la esperanza más confiada, la caridad más pura, por lo que es muy conveniente para todas las almas interiores), y el P. de Caussade, S. J. (L’abandon á la Providence divine, nueva ed. aumentada con las cartas del mismo autor, revisada por el P. H. Ramiére, París, Lecoffre-Gabalda, 2 vol).

***

Por qué debemos abandonarnos en manos de la Providencia

A esta pregunta responderá cualquier cristiano: porque la Providencia es Sabiduría y Bondad.

Cierto; mas para bien comprenderlo, y a fin de evitar el error quietista, que renuncia a la esperanza y a la lucha necesaria para la salvación, y por no incurrir en el otro extremo, que consiste en la inquietud, en la precipitación y en la agitación febril y estéril, conviene enunciar cuatro principios, accesibles a la razón natural y llanamente contenidos en la Sagrada Escritura, los cuales, a la vez que declaran la verdadera doctrina, muestran también los motivos que nos han de resolver a abandonarnos en las manos de Dios.

El primero de ellos es: Nada sucede, que de toda eternidad no haya Dios previsto y querido, o por lo menos permitido.

Nada sucede, sea en el mundo material, sea en el espiritual, que Dios no haya previsto de toda la eternidad; porque Dios no pasa, como los hombres, de la ignorancia al conocimiento, ni saca enseñanza de los acontecimientos.

No sólo ha previsto cuanto sucede y ha de suceder, mas también ha querido cuanto de real y de bueno hay en las cosas, con excepción del mal, del desorden moral, que sólo permite con miras a bienes mayores.

La Sagrada Escritura, como arriba vimos, es categórica en este particular y no deja lugar a duda alguna, según lo han declarado los Concilios.

El segundo principio es: Dios no puede querer ni permitir cosa que no esté conforme con el fin que se propuso al crear, es decir, con la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones y con la gloria del Verbo encarnado, Jesucristo, su Unigénito.

Como dice San Pablo (I. Cor. 3, 23), “Todo es vuestro; vosotros, empero, sois de Cristo, y Cristo es de Dios: Omnia enim vestra sunt, vos autem Christi, Christus autem Dei“.

A estos dos principios se añade otro tercero, formulado asimismo por San Pablo (Rom. 8, 28): “Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos que él llamó según su eterno decreto” y perseveran en su amor.

Dios hace que contribuyan al bien espiritual de sus almas, no sólo las gracias que les dispensa y los dones naturales que les concedió, mas también las enfermedades, las contradicciones, los fracasos, aun las mismas faltas, dice San Agustín, que permite para llevarlos al puro amor por el camino seguro de la verdadera humildad; como permitió la triple negación de Pedro para hacerle humilde y desconfiado de sí mismo, más valeroso y más confiado en la divina Misericordia.

Estos tres principios nos dicen en sustancia: “Que nada sucede que no haya Dios previsto o por lo menos permitido; que cuanto Dios quiere o permite es para la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones, para gloria de su Hijo y para bien de los que le aman.”

De aquí se desprende que nuestra confianza en la Providencia nunca pecará de excesivamente filial y firme; y aun podemos añadir que debe ser tan ciega como la fe, la cual versa sobre los misterios no evidentes, no vistos, fides est de non visis.

Sabemos con certeza que la divina Providencia dirige todas las cosas hacia el bien y estamos más seguros de la rectitud de sus designios que de la pureza de nuestras mejores intenciones. De donde al abandonarnos en manos de Dios, nada hay que temer, a no ser el defecto de sumisión.

El don de temor impide que la esperanza se torne en presunción, como la humildad evita que la magnanimidad degenere en orgullo. (Cf. Santo Tomás, IIa-IIæ, q. 19, a. 9 y 10; q. 160, a. 2; q. 161, a. 1; q. 129, a. 3 y 4). Son virtudes complementarias que se equilibran, se robustecen mutuamente y crecen juntas.

Pero las últimas palabras nos obligan a formular contra el quietismo otro principio, el cuarto, tan cierto como los anteriores: es evidente que el abandono a nadie exime de hacer lo posible por cumplir la voluntad de Dios significada en los mandamientos, en los consejos y en los sucesos; pero cuando realmente hayamos querido cumplirla todos los días, podemos y debemos abandonarnos en lo demás a la voluntad divina de beneplácito, por misteriosa que nos parezca, evitando la vana inquietud y la agitación (Cf. San Francisco de Sales, L’Amour de Dieu, l. 8, ch. 5; l. 9, ch. 1; ch. 2, ch. 3, ch. 4).

Bossuet, Etatt d’oration, l. 8, 9: “No habiendo lugar para la indiferencia cristiana en lo que se refiere a la voluntad significada, es preciso limitarla, como dice San Francisco de Sales, a ciertos acontecimientos dispuestos por la voluntad de beneplácito, cuyas órdenes soberanas deciden de las cosas que diariamente ocurren en la vida.”

Dom Vital Lehodey, Le Saint Abandon, París, 1919, p. 145: “El beneplácito divino es el objeto del abandono, y la voluntad significada, el de la obediencia.”

Formuló este cuarto principio de una manera equivalente el Concilio de Trento (sess. 6, c. 13) al decir que todos debemos esperar firmemente el socorro de Dios y confiar en El, esforzándonos por cumplir sus preceptos.

Ya lo dice el refrán popular: “Haz tu deber, venga lo que viniere.”

Todos los teólogos explican qué cosa sea la voluntad divina significada en los mandamientos, en el espíritu de los consejos y en los sucesos de la vida (Cf. Santo Tomás, I, q. 19, a. 11 y 12: De voluntate signi in Deo).

Hay acontecimientos muy significativos, como la muerte de una persona. También hay pecados, como observa Santo Tomas (ibid,), permitidos por Dios, ora sean faltas personales, como la triple negación de Pedro, permitida por Dios para asentarle en la humildad, ora faltas contra nosotros, como ciertas injusticias que Dios permite se nos infieran para nuestro provecho espiritual; de esta última, especie son, por ejemplo, las persecuciones contra la Iglesia.

Y los teólogos añaden que ajustando nuestra conducta a la voluntad significada de Dios (Cf. Santo Tomás, Ia-IIæ, q. 19, a. 10: Utrum necessarium sit voluntatem humanam conformari voluntanti divinae in volito ad hoc quod sit bona), debemos abandonarnos a la voluntad de beneplácito, por oculta que sea, como que estamos seguros de antemano que todas las cosas quiere o permite santamente para nuestro bien.

Es digna de notarse aquella sentencia del Evangelio de San Lucas (16, 10): “El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes”; como hagamos cada día lo posible por ser fieles al Señor en las cosas ordinarias, podemos contar con su gracia para serle fieles en las circunstancias extraordinarias que por permisión divina sobrevinieren; si llegare el trance de padecer por él, estemos seguros que nos ha de dar la gracia de antes morir heroicamente que avergonzarnos y renegar de Él.

Tales son los principios de la doctrina del abandono.

Aceptados por todos los teólogos, constituyen en este particular la expresión de la fe cristiana.

Así, el equilibrio se halla por cima de los dos errores mencionados al principio del capítulo. Por la fidelidad al deber en todo momento se evita el falso y perezoso quietismo; y por el abandono se libra uno de la vana inquietud y de la estéril agitación.

El abandono sería pereza, de no ir acompañada de la cotidiana fidelidad, que es como el trampolín para lanzarse con seguridad hacia lo desconocido. La fidelidad cotidiana a la voluntad divina significada nos da derecho de abandonarnos plenamente en el porvenir a la voluntad divina de beneplácito, todavía no significada.

El alma fiel recuerda con frecuencia las palabras de Nuestro Señor: “Mi alimento es cumplir la voluntad de mi Padre”; también ella se alimenta constantemente de la voluntad divina significada.

A la manera del nadador que, apoyándose en la ola que pasa, se entrega a la que viene, al océano que parece quererle tragar, pero que en realidad le va sosteniendo; así el alma debe hacerse a la mar, al océano infinito del ser, como decía San Juan Damasceno; apoyándose en la voluntad divina significada en el momento actual debe entregarse a la voluntad divina, de la cual dependen las horas siguientes y todo lo venidero.

Lo porvenir es de Dios; en su mano están todos los sucesos: de haber pasado una hora antes los mercaderes ismaelitas que compraron a José, no habría éste bajado a Egipto, y otro habría sido el rumbo de su vida; también la nuestra depende de ciertos acontecimientos que están en las manos de Dios, dan equilibrio, estabilidad y armonía a la vida de Dios.

La fidelidad cotidiana y el abandono en las manos espiritual. Es la manera de vivir en recogimiento casi continuo y en abnegación progresiva, que son las condiciones ordinarias de la contemplación y de la unión con Dios. Por ello es necesario vivir en el abandono a la voluntad divina, todavía desconocida, alimentándonos en todo momento de la que ya conocemos.

La unión de la fidelidad con el abandono nos permite vislumbrar lo que será la unión de la ascética con la mística; la primera tiene por principal fundamento la conformidad con la voluntad divina, la segunda tiene su asiento en el abandono.

***

En qué cosas hayamos de hacer abandono en manos de la divina Providencia

Ajustada nuestra vida a los principios que acabamos de exponer, una vez cumplido cuanto nos ordena la ley de Dios y la prudencia cristiana, hemos de hacer abandono total en las manos de la divina Providencia.

¿Cómo se ha de entender esto? Significa primero que hemos de dejar a Dios el cuidado de nuestro porvenir, lo que haya de ser de nosotros mañana, dentro de veinte años y más tarde.

Hemos de poner asimismo en sus manos el momento presente, con las dificultades que quizá lo entenebrecen; y también nuestro pasado, es decir, nuestras acciones pasadas con sus consecuencias.

Cuanto atañe al cuerpo, como salud y enfermedad, y lo que se refiere al alma, como alegrías y trabajos, todo se ha de entregar confiadamente a la solicitud paternal del Señor. Hasta el juicio benévolo o maligno de los hombres hemos de descuidar en manos de la divina Providencia.

“Si Dios está por nosotros, dice San Pablo (Rom. 8, 31-39), ¿quién contra nosotros? El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo después de habérnosle dado dejará de darnos cualquiera otra cosa?… ¿Quién podrá, pues, separarnos del amor de Cristo? ¿Acaso la tribulación o la angustia? ¿Por ventura la persecución, o el hambre, o la desnudez? ¿Quizá el peligro o la espada?… Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo venidero, ni lo alto, ni lo profundo, ni otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Cristo Jesús, Señor Nuestro.”

¿Puede darse abandono más perfecto en la fe, en la esperanza y en la caridad? Abandono en lo que mira a las vicisitudes del mundo, en lo que toca a la vida y a la muerte, a la hora de salir de este mundo y a la manera violenta o dulce de rendir el último aliento.

En los mismos sentimientos abundan los Salmos: “Temed al Señor, vosotros sus santos; nada falta a los que le temen. Los leoncillos podrán sentir penuria y tener hambre; mas quienes buscan al Señor no padecen privaciones de bien alguno.” (Ps. 33, 10). “¡Cuán grande es tu bien, Señor, el que guardas para quienes te temen y muestras a los que en tí confían!… Tú los defiendes de las vejaciones de los hombres, los pones a cubierto de la maledicencia de las lenguas” (Ps. 30, 20-21).

Y Job, en medio de sus lamentaciones, decía: “Rodeado me veo de escarnecedores, mis ojos se abren sólo para ver sus ultrajes. Oh Dios, sal fiador de mí ante ti mismo. ¿Quién otro querría tenderme la mano?” (Job 17, 21).

Refiérese en el Libro de Daniel (13, 42) que una mujer temerosa de Dios, llamada Susana, hija de Helcías, odiosamente calumniada por dos viejos lascivos, se abandonó en manos del Señor, exclamando: “Oh Dios eterno, que conoces las cosas ocultas, que lo sabes todo aun antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí un falso testimonio; y he aquí que voy a morir sin haber hecho nada de lo que han inventado maliciosamente contra mí.”

Y el Señor escuchó la súplica de aquella noble mujer, como se refiere en el mismo Libro. Cuando era llevada a la muerte, Dios despertó el espíritu de un mancebo, llamado Daniel, el cual exclamó en alta voz: “Inocente soy de la sangre de esta mujer”. Volvióse hacia él todo el pueblo y le preguntó: “¿Qué es lo que dices?” Entonces el joven Daniel, inspirado por Dios, puso de manifiesto la falsedad del testimonio de los acusadores; porque interrogados por separado ante la multitud, como se contradijesen, manifestaron, sin quererlo, que habían mentido.

***

De lo expuesto se desprende que, de hacer lo que está de nuestra parte para cumplir nuestros deberes cotidianos, podemos en lo demás abandonarnos con filial confianza en manos de la divina Providencia. Y como realmente procuremos ser fieles en las cosas pequeñas, en la práctica de la humildad, de la dulzura y de la paciencia, en las cosas ordinarias de cada día, el Señor nos dispensará su gracia para serle fieles en las cosas grandes y difíciles que tenga a bien exigirnos; y en las circunstancias extraordinarias otorgará gracias también extraordinarias a los que le busquen.

Léese en el Salmo 54, 23: “Jacta super Dominum curam tuam, et ipse te enutriet; Abandónate en manos de Dios, que él cuidará de ti; no dejará jamás sucumbir al justo… Mas yo pondré mi confianza en ti.”

Con estos mismos sentimientos escribe San Pablo (Philipp. 4,): “Alegraos siempre en el Señor; alegraos repito. Sea patente vuestra modestia a todos los hombres; que cerca está el Señor. No os inquietéis por cosa alguna; mas en todo presentad a Dios vuestras necesidades por medio de oraciones y súplicas, junto con acciones de gracias. La paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, sea la guardia de vuestros corazones y de vuestros sentimientos en Jesucristo.”

Y San Pedro, exhortando a la confianza, dice en su Primera Carta (5, 6): “Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que os exalte al tiempo de su visita; descargad en su seno todas vuestras cuitas, pues él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios y estad en vela; porque vuestro enemigo el demonio anda girando cual león rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que la misma tribulación padecen vuestros hermanos, dispersos por el mundo. Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria por Jesucristo, después de haber padecido un poco, él mismo acabará su obra, os hará firmes, fuertes e inconmovibles,”

“Beati omnes qui confidunt in Domino: Dichosos los que ponen su confianza en Dios”, dice el Salmista (12, 13).

“Los que tienen puesta en el Señor su esperanza, dice Isaías (40, 31), adquirirán nuevas fuerzas, alzarán el vuelo como águilas, correrán sin fatigarse, andarán sin desfallecer.”

Tenemos en San José el modelo perfecto de espíritu de abandono en la Providencia en cuantas dificultades se le ofrecieron: en el trance embarazoso del nacimiento del Salvador en Belén; cuando sonó en sus oídos la dolorosa profecía del anciano Simeón; cuando hubo de refugiarse en Egipto huyendo de la persecución de Herodes, hasta su regreso a Nazaret.

Vivamos a ejemplo suyo fieles en la práctica de los deberes cotidianos, y nunca nos faltará la divina gracia, con cuyo auxilio cumpliremos siempre cuanto Dios exija de nosotros, por arduo que en ciertas ocasiones ello nos parezca.

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Benedicto XVI

En el centro de la liturgia de este domingo encontramos una de las verdades más consoladoras: la divina Providencia. El profeta Isaías la presenta con la imagen del amor materno lleno de ternura, y dice así: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (49, 15). ¡Qué hermoso es esto! Dios no se olvida de nosotros, de cada uno de nosotros. De cada uno de nosotros con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. Qué buen pensamiento… Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelo en la página del Evangelio de Mateo: «Mirad los pájaros del cielo —dice Jesús—: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta… Fijaos cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos» (Mt 6, 26.28-29).

Pero pensando en tantas personas que viven en condiciones precarias, o totalmente en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. Pero en realidad son más que nunca actuales. Nos recuerdan que no se puede servir a dos señores: Dios y la riqueza. Si cada uno busca acumular para sí, no habrá jamás justicia. Debemos escuchar bien esto. Si cada uno busca acumular para sí, no habrá jamás justicia. Si, en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por el afán de poseer es un corazón lleno de este anhelo de poseer, pero vacío de Dios. Por ello Jesús advirtió en más de una ocasión a los ricos, porque es grande su riesgo de poner su propia seguridad en los bienes de este mundo, y la seguridad, la seguridad definitiva, está en Dios. En un corazón poseído por las riquezas, no hay mucho sitio para la fe: todo está ocupado por las riquezas, no hay sitio para la fe. Si, en cambio, se deja a Dios el sitio que le corresponde, es decir, el primero, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, incluso recientes, en la historia de la Iglesia. Y así la Providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás. Si cada uno de nosotros no acumula riquezas sólo para sí, sino que las pone al servicio de los demás, en este caso la Providencia de Dios se hace visible en este gesto de solidaridad. Si, en cambio, alguien acumula sólo para sí, ¿qué sucederá cuando sea llamado por Dios? No podrá llevar las riquezas consigo, porque —lo sabéis— el sudario no tiene bolsillos. Es mejor compartir, porque al cielo llevamos sólo lo que hemos compartido con los demás.

La senda que indica Jesús puede parecer poco realista respecto a la mentalidad común y a los problemas de la crisis económica; pero, si se piensa bien, nos conduce a la justa escala de valores. Él dice: «¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?» (Mt 6, 25). Para hacer que a nadie le falte el pan, el agua, el vestido, la casa, el trabajo, la salud, es necesario que todos nos reconozcamos hijos del Padre que está en el cielo y, por lo tanto, hermanos entre nosotros, y nos comportemos en consecuencia. Esto lo recordaba en el Mensaje para la paz del 1 de enero: el camino para la paz es la fraternidad: este ir juntos, compartir las cosas juntos.

A la luz de la Palabra de Dios de este domingo, invoquemos a la Virgen María como Madre de la divina Providencia. A ella confiamos nuestra existencia, el camino de la Iglesia y de la humanidad. En especial, invoquemos su intercesión para que todos nos esforcemos por vivir con un estilo sencillo y sobrio, con la mirada atenta a las necesidades de los hermanos más carecientes.

(Basílica Vaticana, domingo 23 de febrero de 2014)

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Directorio Homilético

 

Octavo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 302-314: la Divina Providencia y su papel en la historia

CEC 2113-2115: la idolatría altera los valores; creer en la Providencia en vez de en la adivinación

CEC 2632: oración de los fieles, peticiones para la llegada del Reino

CEC 2830: creer en la Providencia no significa estar ocioso

V DIOS REALIZA SU DESIGNIO: LA DIVINA PROVIDENCIA

302    La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada “en estado de vía” (“In statu viae”) hacia una perfección última to­davía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección:

Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, “alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura” (Sb 8, 1). Porque “todo está desnudo y patente a sus ojos” (Hb 4, 13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá (Cc. Vaticano I: DS 3003).

303    El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los aconteci­mientos: “Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza” (Sal 115, 3); y de Cristo se dice: “si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir” (Ap 3, 7); “hay mu­chos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza” (Pr 19, 21).

304 Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la Sagrada Escritura atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es “una manera de hablar” primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo (cf Is 10, 5‑15; 45, 5‑7; Dt 32, 39; Si 11, 14) y de educar así para la confianza en E1. La oración de los salmos es la gran escuela de esta confianza (cf Sal 22; 32; 35; 103; 138).

305 Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: “No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?… Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 31‑33; cf 10, 29‑31).

La providencia y las causas segundas

306 Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio.

307 Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de “someter” la tierra y dominarla (cf Gn 1, 26‑28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf Col I, 24) Entonces llegan a ser plenamente “colaboradores de Dios” (1 Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (cf Col 4, 11).

308 Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: “Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece” (Flp 2, 13; cf 1 Co 12, 6). Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque “sin el Creador la criatura se diluye” (GS 36, 3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia (cf Mt 19, 26; Jn 15, 5; Flp 4, 13).

La providencia y el escándalo del mal

309 Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.

310 Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor (cf S. Tomás de A., s. th. I, 25, 6). Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfecciGn (cf S. Tomás de A., s. gent. 3, 71).

311 Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral, (cf S. Agustín, lib. 1, 1, 1; S. Tomás de A., s. th. 1‑2, 79, 1). Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien:

Porque el Dios Todopoderoso… por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si El no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal (S. Agustín, enchir. 11, 3).

          312        Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su pro­videncia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: “No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios… aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir… un pueblo numeroso” (Gn 45, 8;50, 20; cf Tb 2, 12‑18 Vg.). Del mayor mal moral que ha sido co­metido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.

313 “Todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28). E1 testimonio de los santos no cesa de confirmar esta verdad:

Así Santa Catalina de Siena dice a “los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede”: “Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin” (dial.4, 138).

Y Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor” (carta).

Y Juliana de Norwich: “Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios, que era preciso mantenerme firmemente en la fe y creer con no menos firmeza que todas las cosas serán para bien…” “Thou shalt see thyself that all MANNER of thing shall be well ” (rev.32).

          314        Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con fre­cuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

2113  La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia” (cf Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf Gál 5,20; Ef 5,5).

2114  La vida humana se unifica en la adoración del Dios Unico. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre. El idólatra es el que “aplica a cualquier cosa en lugar de Dios su indestructible noción de Dios” (Orígenes, Cels. 2,40).

          Adivinación y magia

2115  Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en ponerse con confianza en las manos de la Providencia en lo que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto. La imprevisión puede constituir una falta de responsabilidad.

2632  La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús (cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica (cf Hch 6, 6; 13, 3). Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4. 12). Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

2830  “Nuestro pan”. El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes, materiales y espirituales. En el Sermón de la montaña, Jesús insiste en esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro Padre (cf Mt 6, 25-34). No nos impone ninguna pasividad (cf 2 Ts 3, 6-13) sino que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios:

          A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, él les promete darles todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: al que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios. (S. Cipriano, Dom. orat. 21).

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Domingo VII del Tiempo Ordinario (A)

 

19
febrero

Domingo VII Tiempo Ordinario 

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Domingo VII del Tiempo Ordinario (A)

(Domingo 19 de febrero de 2017)

LECTURAS

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Lectura del libro del Levítico     19, 1-2. 17-18

El Señor dijo a Moisés:
Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel:
Ustedes serán santos, porque Yo, el Señor su Dios, soy santo.
No odiarás a tu hermano en tu corazón; deberás reprenderlo convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él.
No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor.
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Yo soy el Señor.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 102, 1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13 (R.: 8a)

R. El Señor es bondadoso y compasivo.

Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

Cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados.
Como un padre cariñoso con sus hijos,
así es cariñoso el Señor con sus fieles. R.

Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo
y Cristo es de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     3, 16-23

Hermanos:
¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo.
¡Que nadie se engañe! Si alguno de ustedes se tiene por sabio en este mundo, que se haga insensato para ser realmente sabio. Porque la sabiduría de este mundo es locura delante de Dios. En efecto, dice la Escritura: «Él sorprende a los sabios en su propia astucia», y además: «El Señor conoce los razonamientos de los sabios y sabe que son vanos».
En consecuencia, que nadie se gloríe en los hombres, porque todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo o Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios.

Palabra de Dios.

ALELUIA    1 Jn 2, 5

Aleluia.
En aquél que cumple la palabra de Cristo,
el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud.
Aleluia.

EVANGELIO

Amen a sus enemigos

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     5, 38-48

Jesús, dijo a sus discípulos:
Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero Yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.
Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.
Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y odiarás a tu enemigo. Pero Yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Domingo VII- Tiempo Ordinario- Ciclo A

Entrada: El santo Sacrifico de la Misa, es el  acto supremo del amor de Dios, acción de gracias por excelencia. Conscientes de esta verdad participemos ofreciéndonos al Señor, correspondiendo a tanto amor.

Liturgia de la Palabra

1ºLectura:   Levítico 19, 1-2.17-18

La caridad es la virtud más excelente, un don de Dios, es la plenitud del corazón humano.

Salmo Responsorial: 102, 1- 4. 8. 10. 12. 13

2ºLectura:       I Corintios 3, 16-23

El cuerpo humano debe ser respetado y conservado a través de la castidad, pues ese cuerpo es templo del Espíritu Santo.

Evangelio:         Mateo 5, 38-48

La nueva ley que trajo Jesucristo nos impulsa a vivir la caridad no sólo con nuestros hermanos sino, incluso, con nuestros enemigos.

Preces: Domingo VII T. O.

Hermanos: oremos al Padre que nos ha revelado su Misericordia en la Sabiduría  y Poder de su Hijo Jesucristo.

A cada intención respondemos cantando:

-Por el Papa Francisco, para que Dios lo vigorice en su misión de ser vínculo de unidad de toda la Iglesia. Oremos.

-Pidamos por la paz en el mundo, especialmente en Siria, donde ya se están alcanzando algunos tratados de paz; roguemos a Dios que este proceso de paz se consolide y se logre la reconstrucción del país. Oremos.

-Por los obispos, sacerdotes y diáconos para que, fieles a las enseñanzas de la Iglesia, sepan apacentar el rebaño de Cristo a ellos confiado, y sepan instruirlo con verdadera solicitud de buen pastores. Oremos.

-Por los que sufren persecución a causa de la fe en Cristo, permaneciendo fieles a su Iglesia, para que su testimonio despierte en todos los cristianos el valor de dar la vida por el Señor y nos sintamos unidos a sus sufrimientos. Oremos.

(Para los miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado:

– Para que todos los miembros de nuestra Familia Religiosa del Verbo Encarnado, diseminados en los diversos lugares de misión, vivan la caridad con sinceridad para que estén unidos como una verdadera familia. Oremos.)

Padre Santo: escucha las oraciones de tu Iglesia y concédele cuanto te pide en nombre de tu Hijo nuestro Señor Jesucristo.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:

            -Ofrecemos alimentos, compartiendo con los más pobres los dones que nos da el Señor en su misericordiosa Providencia;

            -el pan y el vino, y con ellos, las necesidades de todos los que se encomiendan a nuestras oraciones.

Comunión: Acerquémonos con fe a recibir el Sacramento que nos comunica el amor ardiente del Corazón de Cristo, nuestro Redentor.

Salida: María Santísima, Madre y Señora nuestra, nos conceda la gracia de crecer en las virtudes teologales, especialmente nos dé una caridad ferviente.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         W. Trilling

El desquite

(Mt 5,38-42)

38 Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. 39 Pero yo os digo: No toméis represalias contra el malvado.

El hombre tiende a desquitarse de la injusticia que se le ha hecho. En esta tendencia a menudo domina la irritación impetuosa y el afán de venganza, el deseo de devolver al prójimo con creces los perjuicios que éste le ha causado. Cuando uno ha faltado, se destierra toda la parentela. Ha habido una infracción, el perjudicado en seguida atenta contra la vida del otro. Si caen bombas en una ciudad, se arrojan sobre una ciudad del enemigo un número mil veces mayor de bombas como medida de represalia. El deseo no dominado de venganza es reprimido en el hombre, cuando se estipula exactamente la medida del desquite. Así sucedió en los antiguos ordenamientos jurídicos de los pueblos orientales, así también ocurrió en los libros jurídicos del Antiguo Testamento.

La medida del castigo debía corresponder a la medida del perjuicio sin excederla con desenfreno. Aquí se establece y se exige con rigor un principio: «Pero si siguiese la muerte de ella, pagará vida por vida; ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe» (Exo_21:23-25). No parece que Jesús suprima esta norma jurídica del Antiguo Testamento, que debería ser válida para toda administración de justicia. Antes bien, como en los casos precedentes, Jesús se fija en la manera de pensar que se oculta tras las tradiciones israelitas. En esta mentalidad se insiste en los títulos jurídicos, en el desquite, se piensa en una justicia severa e insensible, en la idea que se arraiga profundamente en el corazón perturbado del hombre: como tú has hecho conmigo, así haré yo contigo. El que piensa y procede así, puede creer que se arregla la injusticia cuando ésta ha encontrado la reparación que corresponde exactamente. Jesús muestra otro camino, el camino de la justicia sobreabundante.

A la manera jurídica de pensar del Antiguo Testamento Jesús contrapone una nueva concepción del amor en el siguiente principio: No toméis represalias contra el malvado. No se vence el infortunio rechazándolo con la misma dureza, sino sufriéndolo. El mal conservará su violencia mientras siga en el poder, por tanto mientras el perjudicado conteste con las mismas armas. Pero el mal pierde su dominio, si es contrarrestado por el amor paciente. Entonces el golpe se pierde en el vacío, la violencia se anula, porque no encuentra oposición. Solamente se quebranta el poder del mal si se hace que el mal se estrelle contra sí mismo.

39b Al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, preséntale también la otra, 40 y al que quiera llevarte a juicio por quitarte la túnica, déjale también el manto, 41 y si alguien te fuerza a caminar una milla, anda con él dos.

Tres ejemplos tomados de la vida cotidiana muestran lo que se quiere decir. En ellos se denota una observación perspicaz y al mismo tiempo humorística y misericordiosa de los hombres. A uno de ellos alguien le pega en un carrillo ofendiéndole gravemente en su honor. Ya levanta la mano para devolver la bofetada, entonces Jesús le coge por así decir el brazo y le dice: No procedas así. preséntale también el otro, para que te pegue en él, y verás que el ofensor cesa desconcertado y confuso, y su ira se desvanece. Pero aunque el ofensor siga pegando, es mejor soportar la injusticia que cometer una nueva injusticia…

Otro tiene un pleito privado, y coge por el cuello a la persona con quien litiga, y la arrastra ante el juez para (quizás como garantía o indemnización de daños) obtener su túnica. No contiendas con él, y no insistas ante el juez en tu derecho, sino dale además tu manto. Verás cómo sucede lo mismo que en el primer caso. Pero si no sucede lo mismo, te has portado como hijo del Padre celestial, y has seguido ofreciendo el amor que él te muestra. Y el amor es más fuerte que el mal. El tercero te ha forzado a ir con él una milla, quizá para prestarle el servicio de transporte, para llevarle el equipaje o solamente mostrar el camino. No protestes contra la exigencia, no tengas rencor en tu corazón, no pierdas el tiempo pensando cómo podrías desembarazarte de él, sino vete en seguida y anda con él dos millas. Anticípate a él con tu amabilidad y quebranta así en él la voluntad despótica.

42 Al que te pide, dale, y al que pretende de ti un préstamo, no lo esquives.

En la conclusión están unas palabras que sirven de compendio y que tienen a la vista otros dos casos concretos: no rehuyas al que te pide, y no rechaces al que quiere obtener de ti un préstamo. ¿Hay que olvidar aquí toda precaución y prudencia? ¿Hay que convertirse en la pelota de juego de los antojos ajenos y en la cabeza de chorlito aprovechada frívolamente? No es posible que se aluda a esta solución. En todos estos casos lo importante no es el ejemplo dilucidante, sino la verdad indicada en el ejemplo. Esta verdad es que no se tomen represalias contra el malvado. Las represalias pueden provenir de cobardía inepta, de debilidad innata y del complejo de inferioridad, quizás incluso de engreimiento y arrogancia, que no quieren descender al nivel del otro. Jesús no alude a todo eso, sino a la nueva manera de pensar, al sentimiento del amor, que se contrapone enérgicamente al mal y exige sumo dominio de sí mismo. El propio Jesús ha contestado al que le había pegado: «Y si hablé bien, ¿por qué me pegas?» (Jua_18:23). No se pretende una renuncia sistemática del propio derecho y de la propia honra, mucho menos un nuevo ordenamiento jurídico de la vida pública, sino el sentimiento más elevado, la «justicia que supere la de los escribas y fariseos». Es lo mismo que dice el apóstol san Pablo a los Romanos: «No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien» (Rom_12:21).

El amor a los enemigos

(Mt 5,43-48)

43 Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.

PROJIMO: Uno de los supremos mandamientos del Antiguo Testamento es que se debe amar al prójimo. El prójimo siempre es el miembro del pueblo escogido. Se tiene que considerar como un progreso que el extranjero que vive en el país, pero por cuyas venas no corre la misma sangre, fuera incluido en este mandamiento en muchos respectos. A los extranjeros residentes en el país han de poderse aplicar remotamente los mismos mandamientos y prerrogativas que a los israelitas. Así pues, ya en el Antiguo Testamento se amplió bastante la extensión del concepto de prójimo. Se trata de un amor sincero de la inclinación que excede el derecho, y desea y hace el bien a otra persona. Pero nunca se sobrepasó una frontera: la delimitación frente al enemigo. Con la palabra enemigo se hace alusión al enemigo de la patria, al adversario armado de la nación. En ninguna parte del Antiguo Testamento se lee que se deba odiar al enemigo como tal -este odio en el tiempo anterior a Cristo sólo lo exige de una forma tan explícita la secta extendida en las cercanías del mar Muerto. Pero en el Antiguo Testamento la actitud también es natural, ya que se veía al país y al pueblo juntamente con Dios. Un ataque contra el país y el pueblo siempre era un ataque contra Dios, y fue contestado con una dureza irreconciliable. Así lo muestran las expediciones de conquista en el libro de Josué, las guerras del tiempo de los reyes, también las figuras femeninas de Judit y Ester, y el combate enconado contra los gobernantes paganos en el tiempo de los Seléucidas en las luchas de los Macabeos. Así se pudo completar el mandamiento de amar al prójimo: odiarás a tu enemigo.

44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen.

Aquí Jesús tampoco elimina el mandamiento del Antiguo Testamento. Pero se descubre la manera de pensar que se oculta tras la práctica transmitida por tradición. En el desquite privado se debía quebrar la manera jurídica de pensar: Como tú hiciste conmigo, así haré yo contigo. Ahora también se elimina simplemente la división en la vida pública nacional entre amigos y enemigos. Ya no hay enemigos para la manera de pensar del discípulo. El amor del discípulo debe extenderse a todos los hombres; para él un prójimo debe ser una persona cualquiera: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. No podemos dejar de pensar en el antagonista personal, el envidioso e infamador, en el vecino mal intencionado o el malévolo competidor en el negocio. Ya durante la vida mortal de Jesús los discípulos también fueron objeto de la enemistad y difamación juntamente con Jesús. Esta participación en la suerte del Señor fue mucho mayor cuando la misión estaba en pleno curso y los misioneros y las comunidades de cristianos fueron duramente oprimidos. ¡Con qué actualidad se debió experimentar la orden de Jesús: orad por los que os persiguen, amad a vuestros enemigos! No deben contestar con aversión y odio ni consolidar los muros de la enemistad. Su tarea siempre es la misma: vencer el odio con el amor. Especialmente la oración no debe hacerse solamente por los que están animados por los mismos sentimientos, por los hermanos de la propia comunidad, sino que debe ser amplia y generosa, y debe también abarcar a todos los adversarios de Cristo. Este camino condujo efectivamente a la victoria, una victoria sin violencia, obtenida con humildad y amor gozoso. También hoy día la oración es el mandamiento regio de los discípulos, el fruto más maduro de los verdaderos sentimientos cristianos. ¿Qué tendría que ocurrir, si procediéramos con inalterable confianza en el fruto de tal amor?

45 Así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, el cual hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos.

El objetivo es llegar a ser hijos del Padre. No es un humanismo dentro del mundo, la aspiración a una naturaleza humana tan pura como sea posible, la perfección de la personalidad. Dios es el modelo. Procede de tal forma, dice el Señor, que prodiga su bondad sin reserva: hace salir el sol y regala la lluvia sin prestar atención a la dignidad o gratitud de los hombres. Así como todos ellos participan de los dones naturales de Dios, así también son obsequiados con las riquezas de su gracia. Nuestra manera de pensar debe corresponder a la suya, y nuestros actos deben proceder del mismo amor gozoso, que no puede defraudar. Tomar a Dios por modelo, hacernos semejantes a él, para que al fin él nos reconozca y acepte como sus verdaderos hijos.

46 Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso mismo también los gentiles?

El amor debe exceder en mucho lo que dicen y ejercitan los escribas y fariseos (5,20). Asimismo, debe exceder en lo que se puede observar en publicanos y gentiles. Los publicanos también aman a los que son como ellos, no se pierden mutuamente de vista. Los recaudadores de impuestos eran despreciados y pertenecían a las ínfimas clases en la valoración oficial. Lo que hacen es cosa natural: no es preciso decir nada sobre ello. Ser corteses y amistosos en las relaciones mutuas, saludarse recíprocamente es usual en todas partes, incluso entre los gentiles, que no conocen al verdadero Dios, pero conocen las reglas humanas del trato y la conducta deferente. No debéis permitir que solamente reine entre vosotros tal atención amistosa, sino que debéis extenderla a todos los demás. El saludo entre los cristianos será siempre especialmente cordial y sincero, porque es comunicación e intercambio de la vida de la gracia, como el Apóstol a menudo amonesta: «Saludad a todos los hermanos con el ósculo santo» (1Te_5:26). El intercambio de amor cordial no puede quedar limitado al propio ambiente, a los hermanos confidenciales en la fe, a los miembros de la propia comunidad parroquial, sino que todos deben participar en este intercambio: los que conviven en la misma casa, los compañeros de trabajo y muchos desconocidos, con quienes diariamente nos ponemos en contacto. Jesús se comunica a otros en nuestro amor, en el saludo amistoso…

Jesús pregunta: ¿Qué recompensa tendréis? La palabra recompensa ya se usó antes, cuando se prometió una «recompensa grande en los cielos» por toda pena causada por la persecución y el insulto (5,12). Aquí también se habla con naturalidad de la recompensa que aguarda al discípulo. El acicate interior para nuestra acción no es la recompensa, sino solamente la actitud que Dios toma con nosotros, en último término el mismo Dios. Pero quien vive con este amor, y obedece la orden del Señor, también recibirá la recompensa, es decir, la misma recompensa que nos ha sido presentada en las bienaventuranzas con algunas imágenes: la filiación divina (cf. en este punto 5,45), toda la plenitud y felicidad del reino de Dios, el mismo Dios. No es preciso que temamos hacer algo por la aspiración de la recompensa. Cuanto más profundamente se vive en Dios, tanto más se hace todo por amor a él…

48 Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial.

Así concluye la sección que empieza en 5,17. La frase resume lo que se había expresado de una forma programática en 5,20, y luego se expuso con seis ejemplos. La palabra perfecto aquí por primera vez se refiere a la acción humana. San Mateo es el único evangelista que la emplea con este sentido. ¿Qué quiere decir perfecto? Es una palabra muy rica en significado. Nos resulta comprensible por el Antiguo Testamento, donde se usa a menudo, y donde se corresponden mutuamente la perfección y la justicia. En el lenguaje de los sacrificios esta palabra expresa un concepto fijo que designa la incolumidad y pureza de la ofrenda sacrificial, la víctima. Si se habla del hombre, es «perfecto» el que sin titubeos y con sincera entrega ha dirigido a Dios su corazón y cumple la ley. Se dice de Noé que «era varón justo y perfecto» (Gen_6:9; cf. Eco_44:17). Es perfecto el hombre que ha dado a su vida integridad y armonía, después de superar todo lo fragmentario y mediocre, orientándose solamente hacia Dios y a servirle sin reservas. De Dios nunca se dice que sea perfecto. En cambio Jesús lo dice. El discípulo debe ser tan perfecto como Dios. Así pues, el discípulo debe imitar a Dios, debe reproducir y grabar en el propio esfuerzo la conducta de Dios. Para estos pensamientos hay un modelo ideal veterotestamentario en la norma del libro del Levítico: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lev_19:2). Allí se exigía sobre todo la santidad (pureza) del culto sagrado, con la cual Israel debía llegar a ser digno del servicio prestado ante Yahveh. Aquí se hace alusión a otra cosa. El hombre debe reproducir la manera de ser y existir propia de Dios, su manera de pensar y sentir, sobre todo su amor divino. Uno podría espantarse ante estos pensamientos…

La perfección solamente puede entenderse bien desde el punto de vista del amor, que es la manera de ser de Dios. De lo contrario, resulta un ideal de virtud, que puede ser griego, estoico, budista o cualquier otra cosa, pero no es lo que Jesús dice. También podemos hablar del afán de perfección. En la Iglesia y en su tradición espiritual siempre hasta nuestros días ha habido este afán. Se puede pensar en algo erróneo si se concibe la perfección como suma de todas las virtudes; pero se puede acertar si se ve la perfección como el apogeo en el amor. Esta reivindicación sobrepasa todo lo que podríamos pensar o hacer. El mismo Dios tiene que suscitar en nosotros el estímulo que nos arrastre más lejos de lo que nosotros iríamos…

Así es como Jesús «da cumplimiento» a la ley, así lo debemos hacer nosotros (Mt_5:17). La frase resume lo que hasta ahora hemos leído (Mt_5:17-47), e incluso todas las instrucciones del Evangelio. Explica su elevada exigencia: ¿Cómo podría ésta ser menor, si se trata de una conducta divina? La constante disposición a reconciliarse, el dominio de los impulsos sensuales, la sincera veracidad, la renuncia a cualquier recompensa e incluso el amor al enemigo: todo eso es de índole divina. El más excelso objetivo que se nos puede mostrar, también corresponde a nuestro anhelo más íntimo: queremos la totalidad y lo más sublime, las medias tintas no nos bastan. Y sobre todo: éste no es un ideal ajeno al mundo, sino que hay que conseguirlo con la gracia de Dios. Porque el amor de que aquí se trata, Dios lo ha «derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo» (Rom_5:5). Este amor tiende a la vida. La vida de los santos manifiesta a todos este amor.

(Trilling, W., Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Comentario Teológico

·        Santo Tomás de Aquino

.        X. Leon-Dufour

Santo Tomás de Aquino

Los pecadores deben ser amados por caridad

En los pecadores se pueden considerar dos cosas; a saber: la naturaleza y la culpa. Por su naturaleza, recibida de Dios, son en verdad capaces de la bienaventuranza, en cuya comunicación está fundada la caridad, como hemos visto (a.3; q.23 a.1 y 5). Desde este punto de vista, pues, deben ser amados con caridad.

Su culpa, en cambio, es contraria a Dios y constituye también un obstáculo para la bienaventuranza. Por eso, por la culpa que les sitúa en oposición a Dios, han de ser odiados todos, incluso el padre, la madre y los parientes, como se lee en la Escritura (Lc 14,26). Debemos, pues, odiar en los pecadores el serlo y amarlos como capaces de la bienaventuranza. Esto es verdaderamente amarles en caridad por Dios.

También hay que tener en cuenta lo siguiente:

1. A los amigos que incurren en pecado, según el Filósofo en IX Ethic. 17, no se les debe privar de los beneficios de la amistad en tanto haya esperanza de su curación. Al contrario, mayor auxilio se les debe prestar para recuperar la virtud que para recuperar el dinero, si lo hubieran perdido, dado que la virtud es más afín a la amistad que el dinero. Mas cuando incurren en redomada malicia y se tornan incorregibles, no se les debe dispensar la familiaridad de amistad.

2. Se debe evitar, ciertamente, que los débiles convivan con los pecadores por el peligro que corren de verse pervertidos por ellos. En cuanto a los perfectos, en cambio, cuya corrupción no se teme, es laudable que mantengan relaciones con los pecadores para convertirlos. Así el Señor comía y bebía con ellos, como consta en la Escritura (Mt 9,10-11). Sin embargo, se debe evitar la convivencia con los pecadores en un consorcio de pecado. Así dice el Apóstol: Salid de en medio de ellos y no toquéis nada inmundo (2 Cor 6,17), o sea, el consentimiento en el pecado.

(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 6 c, ad 2 y ad 5)

La caridad obliga a amar a los enemigos

El amor a los enemigos se puede entender de tres maneras. Primero, amarles en cuanto enemigos. Esto es malo y contrario a la caridad, pues sería amar la maldad ajena. Segundo, se puede tomar el amor a los enemigos como amor universal por la naturaleza común que tenemos con ellos. Desde este punto de vista, el amor a los enemigos es exigencia necesaria de caridad en el sentido de que quien ama a Dios y al prójimo no puede excluir a sus enemigos del amor general al prójimo. En tercer lugar, el amor a los enemigos puede entenderse en sentido particular, es decir, como un movimiento especial de amor de alguien hacia su enemigo. Esto no es en absoluto exigencia necesaria de la caridad, ya que esta virtud no implica amor especial a cada uno de nuestros semejantes en particular, extremo que resultaría imposible. No obstante, ese amor especial, entendido como disposición de ánimo, es exigencia necesaria de la caridad en el sentido de estar dispuesto a amar a un enemigo en particular si hubiera necesidad. El hecho de que, fuera de un caso de necesidad, se dé testimonio, con obras, del amor hacia el enemigo por amor de Dios, pertenece a la perfección de la caridad. Efectivamente, amando en caridad al prójimo por Dios, cuanto más se ama a Dios, tanto mayor se muestra el amor hacia el prójimo, a pesar de cualquier enemistad. Es lo que sucede cuando se ama mucho a una persona: por este amor se ama también a sus hijos, incluso aunque fueran nuestros enemigos. En este sentido se expresa San Agustín.

(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 8 c)

El mérito en el amor al amigo y en el amor al enemigo

Como ya hemos dicho en otra ocasión (q.25 a.1), el motivo de amar al prójimo con caridad es Dios. Por tanto, cuando se pregunta qué sea mejor o más meritorio, amar al amigo o al enemigo, estos dos tipos de amor pueden compararse entre sí de dos maneras: por parte del prójimo amado y por parte del motivo por el que se le ama.

En el primer sentido, el amor al amigo prevalece sobre el amor al enemigo. El amigo, en verdad, no solamente es mejor, sino que también está más unido a nosotros. Por lo tanto, es una realidad más propicia para el amor, y por lo mismo el amor a esa realidad es mejor. En consecuencia, lo opuesto es peor: siempre es peor odiar al amigo que odiar al enemigo.

Bajo el segundo aspecto, el amor al enemigo sobresale por dos cosas. Primera, porque el amor al amigo puede darse por un motivo que no sea Dios; el amor, en cambio, al enemigo tiene como motivo único a Dios. Segunda: en el supuesto de que uno y otro sean amados por Dios, es decir, a causa de Dios arguye mayor fuerza el amor de Dios que lleva el ánimo del hombre hacia objetos más alejados, es decir, hasta el amor a los enemigos, de la misma manera que se manifiesta más ardiente la fuerza del fuego cuanto más lejos difunde su calor. De manera análoga, tanto más fuerte se demuestra el amor a Dios cuanto más difíciles son las cosas que se realizan por El. (…).

(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 27, a. 7 c)

 

No necesariamente la caridad debe dar señales o muestras de amor particulares a los enemigos

Las pruebas y señales de caridad provienen del amor interno y le son proporcionadas. Es de necesidad absoluta de precepto el amor interno general a los enemigos; no lo es, sin embargo, el amor a un enemigo particular, sino sólo como disposición de ánimo, según hemos visto (a.8). Otro tanto debemos decir de las muestras y señales exteriores de amor. Hay, es verdad, ciertos beneficios y pruebas de amor que deben darse al prójimo en general, por ejemplo, orar por todos los fieles o por todo el pueblo, o beneficiar a toda la comunidad. Es entonces de necesidad de precepto mostrar esas señales a los enemigos. Si así no se hiciera, se achacaría al odio de la venganza, contra lo cual pone en guardia la Escritura en estos términos: No busques la venganza ni te acuerdes de las injurias de tus conciudadanos (Lev 19,18).

Hay, sin embargo, otros beneficios y pruebas de amor que se dan en particular a determinadas personas. Comportarse de esta manera con los enemigos no es necesario para salvarse, sino en la disposición del ánimo, o sea, que se esté dispuesto a socorrerles en caso de necesidad, como indica la Escritura: Si tuviere hambre tu enemigo, dale de comer; si tiene sed, dale de beber (Prov 25,21). Ahora bien, el hecho de dar semejantes muestras de amor al enemigo, fuera del caso de necesidad, atañe a la perfección de la caridad, ya que, no satisfecho con no dejarse vencer por el mal, exigencia necesaria, quiere incluso vencer al mal con el bien (Rom 12,21), y esto es ya de perfección. Efectivamente, no sólo se precave de llegar al odio por la injuria recibida, sino que incluso con los beneficios se esfuerza por traer a su amor al enemigo.

(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 9 c)

X. Leon-Dufour

El perdón de las ofensas

Ya en el AT, la ley no sólo pone un límite a la *venganza con la norma del talión (Ex 21,25), sino que además prohíbe el odio del hermano, la venganza y el rencor contra el prójimo (Lev 19,17s). El sabio Ben Sira meditó sobre estas prescripciones; descubrió el nexo que une el perdón otorgado por el hombre a su semejante con el perdón que él mismo pide a Dios: “Perdona a tu prójimo la injuria, y tus pecados, a tus ruegos, te serán perdonados. ¿Guarda el hombre rencor contra el hombre e irá a pedir perdón al Señor? ¿No tiene misericordia ‘de su semejante y va a suplicar por sus pecados?” (Eclo 28,2-5). El libro de la Sabiduría completa esta lección recordando al justo que. en sus juicios debe tomar como modelo la misericordia del Señor (Sab 12,19.22).

Jesús reasumirá y transformará esta doble lección. Como el Sirácida. enseña que Dios no puede perdonar al que no perdona, y que para implorar el perdón de. Dios hay que perdonar al propio hermano. La parábola del deudor inexorable inculca con fuerza esta verdad (Mt 18,23-35), en la que insiste Cristo (Mt 6,14s) y que nos impide olvidar haciéndonosla repetir cada día: en el padrenuestro debemos poder decir que perdonamos; esta afirmación está enlazada con nuestra petición, bien por un “porque”, que hace de ella la condición del perdón divino (Lc 11,4), o por un “como”, que fija su medida (Mt 6,12).

Jesús va más lejos: como el libro de la Sabiduría, da a Dios por modelo de misericordia (Lc 6,35s) a aquéllos cuyo Padre es y que han de imitarle para ser sus verdaderos hijos (Mt 5,43ss.48). El perdón no es sólo una condición previa de la vida nueva, sino uno de sus elementos esenciales: Jesús prescribe por tanto a Pedro que perdone sin intermisión, al revés del pecador, que tiende a vengarse desmesuradamente (Mt 18,21s; cf. Gén 4.24). Esteban. siguiendo el *ejemplo del Señor (Lc 23,34), murió perdonando (Act 7,60). El cristiano, para vencer como ellos el mal con el bien (Rom 12,21; cf. 1Pe 3,9), debe perdonar siempre, y perdonar por amor, como Cristo (Col 3,13), como su Padre (Ef 4.32).

(Leon-Dufour, X., extracto de la voz Perdón, en Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

LA LEY ANTIGUA PREPARÓ LA NUEVA

1. Por aquí se ve que no hablaba antes del ojo corporal cuando nos mandaba arrancarnos el ojo que nos escandalizara, sino de quien por su amistad nos dañara y nos pudiera preci­pitar al abismo de la perdición. Porque quien ahora llega a tal extremo que no nos permite arrancar el ojo ni al mismo que nos hubiera arrancado el nuestro, ¿cómo pudo poner ley de arrancarnos el propio? Más, si alguno acusa a la antigua ley por mandar esta forma de vindicta, poco sabe, a mi parecer, de la sabiduría que conviene al legislador y mucho desconoce la fuer­za de los tiempos y el provecho de la condescendencia. Porque, si consideramos quiénes eran y en qué disposiciones se hallaban los que esto oían y en qué tiempo recibieron esa ley, no podre­mos menos de alabar la sabiduría del legislador, y veremos que uno solo y mismo legislador es el que mandó lo antiguo y lo nuevo, y que lo uno y lo otro fue mandado muy útilmente y a su debido tiempo. A la verdad, si desde el principio se hu­bieran introducido estos altos y difíciles preceptos del Evangelio, no se hubieran aceptado ni éstos ni aquéllos; pero lo cierto es que, al disponer cada cosa a su debido tiempo, el Señor ha enderezado por unos y otros la tierra entera. Por otra parte, el fin de esta ley no es que andemos arrancándonos los ojos unos a otros, sino detener más bien nuestras manos, pues la amenaza de sufrir tenía que contener el ímpetu de la acción. Y de este modo, mandando que el dañado se vengara con daño igual, el Señor iba ciertamente sembrando casi furtivamente mucha filosofía. A la verdad, mayor castigo merecía el que había empezado esta maldad, y eso hubiera exigido la estricta razón de la justicia; mas como el legislador quería mezclar la benignidad a la justicia, condena al culpable a menos pena de la que merece, con lo que nos enseña a mostrar la mayor mo­deración en el sufrimiento.

LA INJURIA QUE SE NOS HACE VIENE DEL DEMONIO

Una vez, pues, que el Señor hubo citado la antigua ley y hasta leído en su texto, nos hace ver seguidamente que no es nuestro hermano quien nos ha hecho el agravio, sino el ma­ligno. De ahí que prosiguiera: Pero yo os digo: No resistir al maligno. No dijo: “No resistir al hermano”, sino: Al maligno. Con lo que nos dio el Señor a entender que, si nuestro hermano comete esa falta, es porque el demonio le instiga, y, al trasladar la culpa a otro, trata de mitigar y cortar la mayor parte de la ira contra el que materialmente ha obrado. —¿Cómo? ¿Es que no hemos de resistir—me dices—al maligno? —Hemos, ciertamen­te, de resistirle; pero no de ese modo. Hemos de resistirle como Él nos lo mandó: entregándonos a padecer. De este modo, la victoria es infalible. El fuego no se extingue con fuego, sino con agua. Y para que te des cuenta que, aun en la antigua ley, el que sufre es el que mejor vence y a ése se le corona, exa­mina bien el hecho mismo, y verás cómo de él es toda la ven­taja. Porque el que movió primero sus manos inicuas, son dos ojos los que arranca, el de su prójimo y el suyo propio. De ahí que con justicia es de todos aborrecido y sobre él recaen todas las recriminaciones. Más el que ha sido agraviado, aun cuando se vengue con pena igual, nada malo habrá hecho. De ahí que tenga muchos que le compadezcan, puesto caso que, aun des­pués de sacar el ojo al otro, está limpio de toda culpa. De modo que la desgracia es, igual para quien agravia y para quien sufre el agravio; no así el honor ni delante de Dios ni delante de los hombres. De ahí que: ya tampoco la desgracia es igual. Por lo demás, al comienzo de su sermón en la montaña, el Señor había dicho: El que se irrite contra su hermano sin motivo y el que le llame necio, será reo de la gehena del fuego; mas aquí exige mayor filosofía, pues no manda sólo que quien sufre un mal guarde silencio, sino que aquí la perfección ha de ser ma­yor, volviendo a quien nos hiere la otra mejilla. Y esta ley no la sienta sólo sobre el golpe precisamente en la mejilla, sino sobre la paciencia que en todo lo hemos de tener.

LA FUERZA DE LA PACIENCIA

2. En efecto, al modo que cuando dice: El que llama a su hermano fatuo, será reo de la gehena del fuego*1, no habla sólo de esta palabra, sino de toda injuria, así aquí, indudablemente, no nos pone solamente ley de sufrir pacientemente una bofe­tada, sino de no turbarnos por nada que hubiéremos de pade­cer. De aquí que en el caso anterior escogió como ejemplo la injuria mayor, y ahora escoge el golpe más ignominioso que se puede recibir, que es un bofetón en la mejilla. No hay insolen­cia más grande. Y, al mandar aquí la mansedumbre, el Señor tiene cuenta así del que da como del que sufre el golpe. Por­que el agraviado, así preparado para obrar filosóficamente, pensará no haber sufrido injuria alguna. Ni cuenta se dará de su ultraje, al pensar que está más bien luchando en el estadio que no recibiendo un golpe ultrajante. Y el que está cometien­do el agravio, avergonzado, no tendrá valor para repetir el golpe, así sea más feroz que una fiera; antes se condenará ín­timamente a sí mismo por el primero. Nada, en efecto, contie­ne tanto a los que hacen mal, como la paciencia con que sus víctimas lo soportan. Y no sólo les contiene para que no pasen en su ímpetu adelante, sino que les hace arrepentirse de lo pasado. Admirando la moderación de sus víctimas, terminará por retirarse, y de enemigos mortales, pasan a ser más que amigos: familiares y esclavos de ellos. Como, al revés, la ven­ganza produce contrarios efectos: a los dos contrincantes los cubre de ignominia, los hace peores y echa leña al incendio de la ira. Tan lejos puede llegar el mal, que se termine catastró­ficamente por una muerte. De ahí que Cristo nos manda no sólo que no nos irritemos al ser abofeteados, sino que le dejemos que sacie en nosotros su rabia, a fin de que no parezca que ni el primer golpe lo sufrimos contra nuestra voluntad. De este modo, por desvergonzado que sea tu ofensor, le has asestado más duro golpe que si le hubieras respondido con tu mano, y de desvergonzado le harás modesto.

“DALE TAMBIÉN TU TÚNICA”

A quien quiera llevarte a juicio y tomar tu manto, dale tam­bién tu túnica.

No sólo en los golpes, sino también en el desprendimiento de los bienes, quiere el Señor que mostremos heroica paciencia. Como antes nos manda vencer por el sufrimiento, así aquí, des­prendiéndonos más de lo que nuestro contrario nos exige. Sin embargo, esto no lo puso de modo absoluto, sino con una aña­didura. Porque no dijo: “Da tu manto a quien te lo pida”, sino: Al que quiera llevarte a juicio, es decir, arrastrarte a un tribu­nal y formarte pleito. Antes había dicho que no llamáramos necio a nuestro hermano ni nos irritáramos sin motivo; luego, pasando más adelante, exigió algo más, y nos mandó que vol­viéramos la otra mejilla. Aquí, después de decir que nos pongamos de acuerdo con nuestro contrario, nuevamente encarece: también el precepto, pues no sólo nos manda darle lo que quie­ra tomar, sino mostrar generosidad mayor que la que él espera. —¿Cómo?—me dirás—. ¿Tendré entonces que ir yo desnudo? —Si con perfección cumplimos estos preceptos del Señor, no sólo no iremos desnudos, sino mejor vestidos que nadie del mundo. En primer lugar, porque no habrá nadie que con tan malas in­tenciones nos venga a atacar, y luego, porque, dado caso que hubiera alguien tan feroz y desalmado que a tanto llegara, muchos más aparecerían que, a quien tan filosóficamente se portara, le cubrirían no sólo con sus vestidos, sino, de ser ello posible, con su propia carne.

LOS PRECEPTOS EVANGÉLICOS NO SON IMPOSIBLES

3. Más aun cuando, por cumplir esta filosofía, hubiéramos de andar desnudos, no habría en ello deshonra alguna. Desnudo estaba Adán en el paraíso, y no se avergonzaba*2. Isaías iba desnudo y descalzo, y era el más ilustre de los judíos*3, y José nunca fue tan glorioso como cuando se quedó sin manto*4. Porque no está el mal en ir así desnudos, sino en vestir como ahora nosotros, con trajes tan lujosos. Esto sí que es vergon­zoso y ridículo. De ahí que a aquéllos los alabó Dios y a nos­otros nos reprocha, no sólo por boca de los profetas, sino también de los apóstoles. No pensemos, pues, que los preceptos del Señor son imposibles. En realidad, como seamos vigilantes, no sólo son sobremanera fáciles, sino también provechosos; tanto, que no sólo nos aprovechan a nosotros, sino también, y en sumo grado, a los mismos que pretenden perjudicarnos. Y justamente, privilegio y excelencia suya es que, a par que a nosotros nos persuaden a sufrir el mal pacientemente, por el mismo hecho enseñan a los que nos lo hacen a obrar filosóficamente. Éstos piensan ser magna hazaña quitar los bienes aje­nos; tú les muestras que para ti es cosa ligera darles aún más de lo que piden, y, al oponer a su miseria tu generosidad y a su rapiña tu filosofía, considera la lección que les das, no por palabras, sino por obras, sobre el desprecio de la maldad y el amor de la virtud. A la verdad, Dios no quiere que seamos útiles sólo a nosotros mismos, sino también a nuestros prójimos todos. Ahora bien, si das para no ser juzgado, has buscado sólo tu utilidad; pero, si añades también lo otro, tu contrario se irá de tú lado mejorado. Tal es por su naturaleza la sal, que el Señor quiere seamos: se conserva a sí misma y conserva juntamente los cuerpos en que se esparce. Tal es también el ojo que mira para sí mismo y juntamente para los otros miem­bros. Ya, pues, que a ti te ha puesto el Señor en ese orden de la sal y del ojo, ilumina al que está entre tinieblas y hazle com­prender que ni aun lo primero te lo quitó a la fuerza. Persuá­dele que no te ha perjudicado. De este modo, demostrándole que fue gracia que le hiciste y no rapiña que sufriste, tú mis­mo serás más digno de respeto y veneración. Haz, pues, por tu modestia, de lo que fue pecado suyo, acto de liberalidad tuya.

“VE CON ÉL DOS”

Más, si esto te parece grande, espera y verás claramente que todavía no has llegado a la última perfección. Porque el Señor, que nos está dando las leyes de la paciencia, no se para aquí siquiera, sino que prosigue más adelante, diciendo: Si alguien te engancha para una milla, anda con él dos. ¡Mirad qué extre­mo de filosofía! Porque si, aun después de darle el manto y la túnica, nuestro enemigo quiere valerse de nuestra propia per­sona, sin vestidos, para fatigas y trabajos, ni aun en ese caso hay que impedírselo—nos dice el Señor—. Todo quiere que lo poseamos en común; no sólo nuestras riquezas, sino también nuestros cuerpos, para poner las unas a disposición de los ne­cesitados, y los otros, de quienes nos insultan. Lo uno es acto de misericordia; lo otro, de valor. De ahí que diga: Si alguien te engancha para andar una milla, ve con él dos. Lo cual es levantarnos más alto y mandarnos mostrar la misma liberalidad que antes. Ahora bien, si lo que al principio de su discurso dijo, con ser muy inferior a lo que nos manda ahora, tan gran­des bienaventuranzas merece, considerad la suerte que está re­servada a quienes estas obras practican y, antes de la recom­pensa eterna, pensad qué tales han de ser quienes, en cuerpo humano y pasible, realizan la impasibilidad más completa. Con­siderad, en efecto, qué alma han de tener quienes no se dejan impresionar ni por las injurias y golpes ni por la pérdida de las riquezas, y que a nada semejante se rinden, sino que el agra­vio mismo los hace más generosos. De ahí que el Señor nos manda que hagamos aquí lo mismo que mandó en el caso de las injurias y de los bienes. Porque ¿qué digo—dice—si te in­jurian y quitan lo tuyo? Aun cuando de tu propio cuerpo quiera valerse para trabajos y fatigas, y eso contra toda justicia, vendrá también en ello y pasa más allá de lo que te pide su injusto deseo. Porque eso quiere decir enganchar”: arrastrar a uno injustamente y sin razón alguna y dañándole. Y, sin em­bargo, aun para eso has de estar preparado y sufrir aún más de lo que el otro quiera hacerte.

“A TODO EL QUE TE PIDA, DALE”

Al que te pida, dale, y no te apartes del que quiera tomar de ti prestado. El precepto parece inferior a los pasa­dos; pero no te sorprendas, pues así suele hacerlo siempre el Señor, que mezcla lo grande con lo pequeño. Más si este pre­cepto es pequeño en comparación de los otros, escúchenlo los que toman lo ajeno y luego lo dilapidan con las rameras. Con lo que se encienden contra sí mismos doble hoguera: una, por su inicua ganancia; otra, por el pernicioso empleo que de ella hacen. Por lo demás, el préstamo de que aquí se habla no es un contrato de usura, sino el uso simplemente de las cosas. Y en otro pasaje encarece más lo mismo, al decirnos que demos prestado a aquellos de quienes no esperemos recibir nada.

EL AMOR DE LOS ENEMIGOS

Oísteis que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os calumnian y persiguen. Bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, a fin de que seáis semejantes a vuestro Padre, que está en los cielos. Porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. ¡He aquí cómo pone el Señor el coronamiento de todos los bienes! Porque, si nos enseña no sólo a sufrir pacientemente una bofetada, sino a volver la otra mejilla; no sólo a soltar el manto, sino a añadir la túnica; no sólo a andar la milla a que nos fuerzan, sino otra más por nuestra cuenta, todo ello es porque quiere que recibas como la cosa más fácil algo muy superior a todo eso. —¿Y qué hay—me dices—superior a eso? —Que a quien todos esos desafueros cometa con nosotros, no le tengamos ni por enemigo. Y todavía algo más que eso. Porque no dijo: No le aborrecerás, sino: Le amarás. Ni dijo: No le ha­gas daño, sino: Hazle bien.

GRADOS DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA: ORAR POR LOS ENEMIGOS

4. Mas, si atentamente examinamos las palabras del Señor, aún descubriremos algo más subido que todo lo dicho. Porque no nos mandó simplemente amar a quienes nos aborrecen, sino también rogar por ellos. ¡Mirad por cuántos escalones ha ido subiendo y cómo ha terminado por colocarnos en la cúspide de la virtud! Contémoslos de abajo arriba. El primer escalón es que no hagamos por nuestra cuenta mal a nadie. El segundo, que, si a nosotros se nos hace, no volvamos mal por mal. El tercero, no hacer a quien nos haya perjudicado lo mismo que a nosotros se nos hizo. El cuarto, ofrecerse uno mis­mo para sufrir. El quinto, dar más de lo que el ofensor pide de nosotros. El sexto, no aborrecer a quien todo eso hace. El séptimo, amarle. El octavo, hacerle beneficios. El noveno, ro­gar a Dios por él. ¡He aquí una cima filosófica! De ahí también el espléndido premio que se le promete. Como el precepto es tan grande y pide un alma tan generosa y un esfuerzo tan le­vantado, también el galardón es tal como a ninguno de sus anteriores mandatos lo propuso el Señor. Porque aquí ya no habla de poseer la tierra, como se prometo a los mansos; no de alcanzar consuelo y misericordia, como los que lloran y los misericordiosos; ni siquiera se nos habla del reino de los cielos, sino de algo más sublime que todo eso y que bien puede hacer­nos estremecer: se nos promete ser semejantes a Dios, cuanto cabe que lo sean los hombres: A fin—dice—de que seáis seme­jantes a vuestro Padre, que está en los cielos. Mas observad, os ruego, cómo ni aquí ni antes llama a Dios Padre propia­mente suyo. Antes, cuando habló de los juramentos, nos habló del trono de Dios y de la ciudad del gran Rey; aquí nos habla de vuestro Padre. Al hablar así, no hace sino reservar para el momento oportuno la doctrina sobre su propia filiación di­vina. Seguidamente, como quien explica en qué consiste nues­tra semejanza con nuestro Padre de los cielos, dice: Porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. Porque al—dice—no sólo no aborrece, sino que, antes bien, ama a los mismos que le injurian. Y, sin embargo, en modo alguno pueden equipararse los casos de ofensa del hombre y ofensa de Dios, no sólo por la grandeza sin par de los beneficios, sino por la excelencia suma de la dignidad divi­na. Tú, al cabo, eres despreciado por quien es esclavo como tú; pero Dios lo es por su propio esclavo, y a quien ha dispen­sado infinitos beneficios. Tú, si ruegas por tu enemigo, no les das más que palabras; Dios, empero, le ofrece grandes y admi­rables cosas: el sol que diariamente enciende y las lluvias que le envía todos los años. Y, sin embargo—te dice—, yo te con­cedo que seas igual que Dios, en cuanto cabe que lo sea un hombre. No aborrezcas, pues, a quien te hace mal, pues te acarrea tan grandes bienes y te levanta a tan alto honor. No maldigas a quien te calumnia. En caso contrario, sufrirás el trabajo y te privarás del premio. Te llevarás el daño y perderás la recompensa. Locura suma: haber sufrido lo más y no poder soportar lo menos.

EL EJEMPLO DEL SEÑOR HACE FÁCIL ESTE PRECEPTO

—Mas ¿cómo es posible—me dices—llegar a amar a nuestros enemigos y rogar por ellos? —Después de ver a Dios hecho hom­bre, después que tanto se ha Él abajado, después que tanto ha padecido por ti, ¿todavía preguntas y dudas si es posible que un esclavo perdone sus agravios a esclavos como él? ¿No oyes al Señor mismo, que dice desde la cruz: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen?*5 ¿No oyes a Pablo, que nos enseña: El que subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre, intercede por nosotros?*6 ¿No ves cómo, después de sufrir la cruz y de subir al cielo, a los mismos judíos que les habían quitado la vida les envió sus apóstoles, que iban a lle­varles infinitos bienes a sabiendas de que habían de sufrir de parte de ellos infinitos males? ¡Pero tú has sufrido tan gran­des injusticias! ¿Y qué has sufrido de tan grande que pueda compararse a lo que sufrió tu Señor, que fue maniatado, abo­feteado, azotado, por viles criados escupido, que después de haber hecho infinitos beneficios sufrió la muerte más ignominiosa de todas las muertes? Si has sufrido grandes injusticias, por eso principalmente has de hacer bien a quien te hizo mal, pues de ese modo te harás a ti más glorioso y librarás a tu hermano de la más grave enfermedad. Los médicos, cuando son acoceados e insultados por los enfermos frenéticos, entonces es cuando más los compadecen y con más arrestos se disponen a su curación, pues saben que la insolencia nace de la gravedad misma de la enfermedad. Pues piensa tú también así acerca de los que te arman sus asechanzas y pórtate así también con tus ofensores. Ellos son los verdaderos enfermos; ellos los que sufren todo linaje de violencia. Líbrale, pues, de este grave daño, ayúdale a que arroje toda su ira, haz que se vea suelto de ese terrible demonio que es la cólera. A la verdad cuando vemos a un ende­moniado, lo que hacemos es llorar, no empeñarnos también nos­otros en estar endemoniados. Hagamos eso mismo ahora con los iracundos, pues a los endemoniados se asemejan y hasta son más miserables que ellos, como quienes se dan cuenta de su propio furor. De ahí también que sea imperdonable su locura.

AYUDEMOS AL QUE SE VE DOMINADO POR SU PASIÓN

5. No te arrojes, pues, sobre el que yace en tierra; com­padécele más bien. Cuando vemos a un infeliz molestado por la bilis que le hace sentir vértigo y que pugna por arrojar de sí ese mal humor, le tendemos la mano, aguantamos sus espas­mos y, aunque nos manche el vestido, no nos alejamos. Sólo una cosa buscamos, y es librar al pobre enfermo de aquella su terrible angustia. Hagamos eso mismo con esotros enfermos del alma y soportemos sus vómitos y espasmos. No los aban­donemos en tanto no hayan expelido toda su amargura. Lue­go, cuando el ataque haya pasado, verás cómo te dan las gracias; entonces se darán claramente cuenta de la grave per­turbación de que los has librado. Mas ¿qué digo que te darán ellos las gracias? Dios mismo te coronará inmediatamente y te recompensará con bienes infinitos, por haber librado a tu hermano de tan grave enfermedad, y éste te honrará como a su señor, reverenciando en todo tiempo tu moderación. ¿No has visto cómo muerden las mujeres parturientas a las que las asisten y éstas no lo sienten? Mejor dicho, lo sienten cierta­mente, pero lo sufren pacientemente, y compadecen a las otras, a quienes el dolor saca de sí mismas. A ésas debes imitar tú, y no ser más flaco que una mujer. Cuando aquellas mujeres hayan dado a luz (pues esos hombres son más pusilánimes que mujeres), entonces verán en ti al hombre. Más, si después de todos estos preceptos te parecen pesados, considera que para plantarlos en nuestras almas vino Cristo a la tierra, y hacernos así provechosos a enemigos y amigos. De unos y otros nos manda que nos cuidemos. De nuestros hermanos, cuando dice: Si ofreces tu ofrenda en el altar…; de los enemigos, cuando nos pone ley de que los amemos y roguemos por ellos.

TAMBIÉN LOS PUBLICANOS HACEN ESO

Y no nos incita sólo por el ejemplo de Dios a amar a quie­nes nos aborrecen, sino también por el ejemplo contrario. Por­que si amáis—dice–a los que os aman, ¿qué galardón mere­céis? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Esto dice también Pablo: Todavía no habéis resistido hasta la sangre luchando contra el pecado*7

Así pues, si amas a quienes no te aman, estás de la parte de Dios; si sólo amas a quien a ti te ama, con los publicanos. ¿Veis como no es tanta la grandeza de los preceptos, cuanta la diferencia de las personas? No miremos, pues, la dificultad del precepto, sino consideremos también su recompensa; consideremos a quién nos parecernos si lo cumplimos, y a quién si lo infringimos. Ahora bien, con nuestro hermano, el Señor nos manda que nos reconciliemos y no cejar en el empeño hasta que la enemistad quede anulada. Más ahora que nos habla de todos, no nos somete a esa necesidad, sino que sólo nos exige lo que está de nuestra parte, con lo que hace más fácil el cum­plimiento de esta ley. Como había dicho el Señor de los judíos: De este modo persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros*8; a fin de que por este motivo no quedara en sus discípulos algún resentimiento contra ellos, mándales no sólo sufrir, sino amar también a quienes tales cosas hacen.

RECAPITULACIÓN DE LA ENSEÑANZA DE JESÚS

¿Veis cuán de raíz arranca el Señor la ira, la concupiscen­cia de la carne, la codicia de las riquezas, la ambición de la gloria y el amor a la vida presente? Porque todo eso lo ha hecho desde el comienzo de su discurso, y eso hace ahora prin­cipalmente. En efecto, el pobre de espíritu, el manso y el que llora, están limpios de ira; el justo y misericordioso, de codi­cia de riquezas; el puro de corazón se libra del mal deseo; el perseguido, el que sufre las injurias, el que es maldecido, ejer­cita ya todo el desprecio de la presente vida y está limpio de todo orgullo y vanagloria. Ya había el Señor desatado a sus oyentes de estas cadenas y los había ungido para el combate; mas ahora arranca nuevamente estas pasiones, y más a fondo aún que antes. Y así empezó por la ira, y por todos lados le corta los nervios y dice: “El que se irrite contra su hermano y le llame necio y taca, que sea castigado. Y el que ofrece su ofrenda, no se acerque a la mesa divina antes de haber puesto término a la enemistad. Y el que tenga un contrario, hágaselo amigo antes de llegar al tribunal”. Luego pasa a la concupis­cencia. ¿Y qué dice? “El que mire con ojos intemperantes, sea castigado como adúltero. El que fuere escandalizado por una mujer deshonesta o por un hombre o por otro cualquiera de sus allegados, arránqueselos a todos ésos. El que tiene a la mujer por ley de matrimonio, jamás ha de repudiarla y buscar otra”. Y por estos medios mató la raíz del mal deseo. Seguidamente, reprime el amor de las riquezas, mandándonos no jurar ni mentir ni sentir apego a la misma pobre túnica de que vaya­mos vestidos, sino dar más bien el manto a quien nos lo quiera quitar y aun poner a su disposición nuestra persona. Modos radicales de suprimir todo amor a las riquezas.

ROGAR POR NUESTROS ENEMIGOS, CUMBRE DE LA PERFECCIÓN

6. En fin, después de todo esto, el Señor pone la más bella corona a todos sus preceptos, diciendo: Rogad por los que os calumnian, con lo que nos levanta a la más alta cima de la filosofía. Más es, en efecto, sufrir pacientemente un bofetón que ser simplemente mansos; más es dejar manto y túnica jun­tamente que no ser misericordioso: más es sufrir al que comete con nosotros injusticia que no ser simplemente justo; más es seguir al que nos ha abofeteado y luego nos engancha, que no ser simplemente pacífico; más es, en fin, bendecir al que per­sigue que ser simplemente perseguido. ¿Veis cómo poco a poco nos ha ido el Señor levantando hasta la cúpula misma de los cielos? ¿Qué castigo, pues, no mereceríamos si cuando se nos manda tomar a Dios por dechado no llegamos quizá a igualar ni a los publicanos? Amar a quienes nos aman, cosa es de pu­blicanos, de pecadores y de gentiles. ¿Qué castigo, pues, no sufriremos, si ni eso siquiera hacemos? Y no lo hacemos desde el momento que envidiamos la gloria de nuestros hermanos. Se nos ha mandado sobrepasar la justicia de escribas y fariseos, y nos quedamos por bajo de los publicanos. ¿Cómo, pues, de­cidme por favor, veremos el reino de los cielos? ¿Cómo pisa­remos aquellos celestes umbrales, si en nada les ganamos a los publicanos? Esto, en efecto, quiso significar el Señor cuando dijo: ¿Acaso no hacen eso mismo los publicanos?

EL SEÑOR HABLA MÁS DE PREMIOS QUE DE CASTIGOS

Lo que señaladamente cabe admirar en la enseñanza del Señor es que en todas partes pone muy preferentemente los premios de los combates a que nos invita. Por ejemplo, ver a Dios, heredar el reino de los cielos, llegar a ser hijos de Dios y semejantes a él, alcanzar misericordia, ser consolados, tener más grande paga en los cielos. Mas, si hay alguna vez que men­tar cosas tristes, lo hace con mucha parsimonia. Así, sólo una vez en tan largos razonamientos aparece el nombre de la gehena o infierno. De otros medios veladamente, se vale, y siempre hablando más bien para confundir que para amenazar, para corregir a sus oyentes. Por ejemplo, cuando dice: ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y: Si la sal se torna insípida. Y: Será llamado mínimo en el reino de los cielos. No faltan veces en que pone el Señor por todo castigo el pecado mismo, ha­ciéndoles comprender a sus oyentes la enorme carga que se echan encima. Por ejemplo, cuando dice: Ya cometió un adul­terio en su corazón. Y: El que repudia a su mujer, la hace adul­terar. Y: Y todo lo que de aquí se sale, del maligno procede. Para quienes tienen inteligencia, la grandeza misma del peca­do, mejor que otro castigo, basta para hacerles entrar en razón. De ahí también que aquí ponga el Señor delante a los publi­canos, pues quiere confundir a sus discípulos con la calidad de tales personas. Es lo mismo que hacía Pablo, cuando decía: No os entristezcáis como los otros, que no tienen esperanza. Y: A la manera de los gentiles, que no conocen a Dios*9. Y para hacer ver que no pide nada extraordinario, sino poco más de lo acostumbrado, dice: ¿No hacen eso mismo hasta los gen­tiles? Sin embargo, no detiene aquí su palabra, sino que ter­mina también en la recompensa y en las buenas esperanzas, diciendo: Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial. El nombre del cielo está como sembrado por todo su discurso, y por el lugar mismo trata de levantar los pensamientos de sus oyentes. Es que sus disposiciones, por de pronto, eran muy dé­biles y groseras.

DEBEMOS PREVENIR A NUESTROS ENEMIGOS

Considerando todo lo dicho, mostremos grande amor aun para con nuestros enemigos y desterremos la ridícula costum­bre de mucha gente insensata, que esperan siempre, al encontrarse con otros, que sean los otros quienes primero los salu­den. Dichosos quienes tal necedad eviten; ridículos quienes la sigan. ¿Por qué, pues, no, has de ser tú el primero en saludar? —Porque es lo que el otro está esperando—me contestas—. Pues por eso justamente debieras tú adelantarle, y ganarte así la corona. —No—me dices—, porque eso es lo que el otro pretende. —¿Y puede haber insensatez mayor que ésta? Porque el otro—dices—tiene interés en que yo me lleve la recompensa, yo no me quiero aprovechar de tan bonita ocasión. Ahora bien, si el otro te saluda primero, ningún mérito tienes tú ya en contestarle; mas, si eres tú quien te adelantas, has hecho un negocio de su orgullo y has cosechado copioso fruto de su presunción. ¿Cómo no calificar, pues, de insensatez suma abandonar una ganancia que no ha de costarnos más que unas palabras, y con­denar, por otra parte, en el prójimo lo mismo que tú estás ha­ciendo? Tú acusas a tu contrario de que espere que otro le salude primero. ¿Cómo, pues, imitas lo que reprendes, y lo que dices estar mal, tú pones tanto empeño en imitarlo como si es­tuviera bien? ¿Veis como no hay cosa más insensata que un hombre que vive en la maldad? Por eso yo os exhorto a huir de esa costumbre perniciosa y ridícula, pues ese vicio ha echa­do por tierra mil amistades y producido otras tantas enemista­des. Por eso precisamente, adelantémonos nosotros a los demás. Porque quienes tenemos mandato de dejarnos abofetear y enganchar y desnudar, ¿qué perdón mereceríamos si, en un simple saludo, mostráramos tanta terquedad? —Es que—me replicas—, si hacemos esa gracia a nuestro hombre, nos desprecia y vilipendia. —¿Y porque no te desprecie un hombre, ofendes tú a Dios? ¿Y porque no te desprecie un loco esclavo como tú, desprecias tú a tu Señor, que te ha hecho tantos beneficios? Porque, si ya es absurdo que desprecies a un igual tuyo, mu­cho más que te atrevas a despreciar al Dios mismo que te ha criado. Y considera juntamente con ello que, con despreciarte, lo que hace es procurarte mayor corona; pues por Dios, por la obediencia a sus leyes, sufres tales desprecios. ¿Qué honor y qué diademas no merecerán esos desprecios? Por mi parte, antes quisiera ser injuriado y despreciado por amor de Dios que no ser honrado de todos los reyes de la tierra. Porque nada, nada hay que iguale a esa gloria.

EXHORTACIÓN FINAL: DESPRECIAR TODO LO HUMANO

A esa gloria, pues, aspiremos, tal como el Señor nos lo ha mandado. No hagamos caso alguno de las cosas humanas y ordenemos nuestra vida, dando en todo pruebas de la más perfecta filosofía. En ese caso, ya desde ahora gozaremos de los bienes y coronas celestes, caminando como ángeles entre los libres de toda concupiscencia, ajenos a toda perturbación. Y hombres, estando sobre la tierra como potestades angélicas, juntamente con todo esto, recibiremos también los bienes ine­fables. Los cuales, así los alcancemos todos por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria, el poder y la adoración, juntamente con el Padre sin principios y el santo y buen Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 18, 1-6, BAC Madrid 1955, 367-86

*1 Mt 5, 22
*2 Gn 2, 25
*3 Is 20, 3
*4 Gn 39, 12
*5 Lc 23, 34
*6 Rm 8, 34
*7 Hb 12, 4
*8 Mt 5, 12
*9 1 Ts 4, 2.5

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

El amor a los enemigos

(Mt 5,38-48)

Introducción

Seguimos leyendo hoy, domingo séptimo del tiempo ordinario, el sermón de la montaña, que se encuentra en el evangelio de San Mateo, capítulos del 5 al 7.

Al inicio de este sermón de la montaña Jesucristo marca la enorme diferencia que hay entre la ley del Antiguo Testamento y la ley nueva, la ley del Evangelio. Esto lo hace cuando dice: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). ‘Dar cumplimiento’ significa hacer que la ley antigua se convierta en ley nueva, como el agua se convirtió en vino en las Bodas de Caná.

La ley nueva es la gracia del Espíritu Santo, que hace justo al pecador y le da fuerza interior para cumplir la ley. La ley antigua solamente tiene sentido en Cristo, y eran normas externas que no daban la fuerza para cumplirla.

La ley nueva es promulgada por el nuevo Legislador, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso dice: “Ustedes escucharon que antes se dijo…, pero Yo os digo”.

Esta ley nueva, además, es ley de perfección. El simple bautizado está llamado a la perfección: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”, dice el evangelio de hoy (Mt 5,48). Dice el Concilio Vaticano II: “Es completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”*1.

El evangelio de hoy es una aplicación más de la ley nueva. Hoy se refiere Jesucristo al amor a los enemigos.

El tema del amor a los enemigos es introducido citando la famosa ley del Talión, consignada en Ex 21,23-25: “Vida por vida; ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”.

El evangelio de hoy tiene dos partes bien marcadas. La primera está constituida por Mt 5,38-42. Ella consta de varios ejemplos de agresiones del enemigo y la actitud que debe tener el cristiano.

La segunda parte del evangelio de hoy está constituida por Mt 5,43-48. En ella Jesucristo desarrolla la doctrina acerca del amor a los enemigos y expresa las profundas motivaciones que mueven a ese amor.

1. Ejemplos concretos de amor a los enemigos (Mt 5,38-42)

La ley del Talión no es una ley de crueldad sino al contrario, es una ley que buscaba dominar el deseo desenfrenado de venganza. Así es y así la presenta Jesucristo. Pero la nueva ley es ley de perfección y no aspira solamente a moderar el deseo de venganza sino incluso a hacerlo desaparecer y convertirlo en motivo de compasión y amor hacia aquel mismo que ha hecho la ofensa: “Yo os digo, no resistáis al mal (o al malo)”.

Las palabras del original griego que normalmente son traducidas por ‘el mal’ o ‘el que les hace mal’ son tô ponerô, en dativo. La palabra ponerós puede significar ‘mal’ o ‘malo’. Pero con el artículo, normalmente, significa ‘el malo’. Por lo tanto, la traducción correcta para el evangelio de hoy es: “No resistáis al malo”*2. En realidad, Jesucristo se refiere al malo en general, dando voluntariamente al término un matiz de parentesco con el diablo. De esta manera se entiende cuál es el enemigo que Jesús tiene in mente: todo aquel que obra con nosotros como malo, todo aquel que nos hace un daño. Por eso, las palabras de Jesús que siguen se deben aplicar a todos los que, de una manera o de otra, nos hacen algún mal y no solamente a los enemigos en sentido estricto.

a. El primer ejemplo: se trata de un golpe en la mejilla. Literalmente dice: “Si alguien te golpea sobre la mejilla derecha, ofrécele la otra”.

b. El segundo ejemplo se refiere alguien malo que quiere hacernos un juicio injusto para quitarnos algún bien personal. El hecho de pedir una parte de los vestidos como prenda a causa de una deuda estaba contemplado por el derecho de la Ley de Moisés. Se podía, después de una decisión jurídica, quitar, como prenda, el manto al deudor, pero, si era pobre, debía devolvérselo al anochecer y volverlo a tomar a la mañana: “Si tomas en prenda el manto (LXX: himátion) de tu prójimo, se lo devolverás al ponerse el sol, porque con él se abriga; es el vestido de su cuerpo” (Ex 22,25-26). En el evangelio de hoy Jesucristo se refiere a aquel que quiere quedarse con los vestidos del prójimo a través de un juicio injusto.

Cuando Jesucristo dice ‘túnica’ (en griego, jitón) se refiere a una ropa interior que cubría el cuerpo desde el cuello hasta debajo de las rodillas y que era usada por los dos sexos*3.

La palabra traducida como ‘manto’ (en griego, himátion) es una palabra genérica que se refiere a cualquier vestimenta que se viste por sobre el jitón, es decir, por sobre la ropa interior. Podía ser un manto u otro tipo de vestidura. San Jerónimo traduce como pallium, que significa ‘manto’.

“Otro tiene un pleito privado, y coge por el cuello a la persona con quien litiga, y la arrastra ante el juez para (quizás como garantía o indemnización de daños) obtener su túnica. No contiendas con él, y no insistas ante el juez en tu derecho, sino dale además tu manto”*4.

c. El tercer ejemplo es el caso del que exige que caminemos un kilómetro con él. ¿Por qué Jesucristo presenta esto como la posible acción mala de alguien malo? Para esto es necesario analizar el verbo aggaréuo (pronunciar angaréuo), que es el que se traduce como ‘te exige que lo acompañes’ o ‘te obliga a que camines con él’. En realidad, toda esa circunlocución con que se traduce al español, en el original griego es una sola palabra: aggareúsei.

El verbo aggaréuo es de origen persa y proviene del sustantivo angáros, que designa al servicio de correo persa que estaba establecido a lo largo de una ruta con postas regulares*5. Este servicio dependía del ejército. Por eso, el verbo aggaréuo significa ‘hacer la leva militar de una manera obligatoria para usar a los hombres como correos’.

Jesucristo, entonces, se refiere a la violencia y prepotencia con que alguien, abusando de su autoridad, exige un esfuerzo corporal extenuante. A esto hay que responder con mansedumbre, ofreciendo un servicio todavía más generoso.

Estos tres ejemplos de Jesucristo quieren expresar el daño sobre la totalidad del hombre: los bienes exteriores (la túnica y el manto); el cuerpo (el camino extenuante); el honor del alma (la bofetada que humilla).

2. La doctrina del amor a los enemigos y sus motivaciones (Mt 5,43-48)

Es precisamente en esta sección donde brilla la enorme diferencia que hay entre la ley antigua y la ley nueva. El cristiano bautizado vive en gracia de Dios y tiene al Espíritu Santo en su alma, y el Espíritu Santo obra a través de los dones. Por eso, el cristiano debe obrar de acuerdo a esa connaturalidad que debe tener con el Espíritu Santo. No debe contentarse con no sobrepasarse en la venganza o en el desquite. Debe obrar como obra el Espíritu Santo con su enemigo. El Espíritu Santo ve a su enemigo, es decir, al que lo ofende con los pecados, como a un hijo, le duele que sea un pecador y querría con una gran intensidad que se convierta de enemigo en amigo del Espíritu Santo. Esa es la misma actitud que debe tener aquel que ha aceptado la revelación de Cristo. Esa actitud es la actitud propia de la nueva ley, totalmente distinta a la actitud propia de la antigua ley. Y esa actitud puede ser llevada a la obra porque la gracia santificante y la inhabitación del Espíritu Santo le dan la fuerza necesaria para cumplirla, cosa que no hacía la antigua ley.

Esta actitud implica, como su primer escalón, el perdón de la ofensa. “Cristo subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a Pedro, el cual le había preguntado cuántas veces debería perdonar al prójimo, le indicó la cifra simbólica de ‘setenta veces siete’, queriendo decir con ello que debería saber perdonar a todos y siempre”*6. Ante esta pregunta de Pedro, Jesucristo dice la parábola del deudor desaforado, que habiendo recibido el perdón de una suma inmensa no quiso perdonar una suma insignificante a su consiervo (Mt 18,21-35)*7

Esa es la nueva y grandiosa vocación del bautizado: imitar a Dios en su perfección. La vocación del que ha aceptado la revelación de Cristo es ser perfecto como es perfecto el Padre que está en los cielos. Y esta perfección se expresa, de una manera particular, en el amor a los enemigos.

El premio que se promete a esta obra de perfección es la misma que se promete en las Bienaventuranzas. En efecto, aquí se dice que el que así obra será hijo de Dios Padre. El hijo es el que goza y usufructúa con libertad la casa y los bienes del padre; es partícipe de toda la posesión del padre; en este caso, del cielo. Es decir que, al igual que en las Bienaventuranzas, el premio es el poder fruir del mismo Dios.

Aquel que dice que es cristiano, que ha aceptado la nueva ley, la ley de Cristo, pero no pone en práctica este mandato del amor a los enemigos, es porque no ha comprendido la nueva doctrina. Y por lo tanto no puede llamarse cristiano, sino que será como un pagano. Un pagano es aquel que desconoce todo de Dios y, por lo tanto, no puede rendirle culto.

3. Aspecto cristológico del amor a los enemigos

San Juan Crisóstomo pone insistencia en el valor que tiene la mansedumbre del inocente ofendido para el mismo enemigo que injuria o ultraja. Se trata de un testimonio que avergüenza al enemigo y lo ‘desarma’ mejor que si se aplicara sobre él la fuerza para desarmarlo. Es la fuerza que tiene el testimonio del hombre virtuoso*8.

Pero la razón más profunda de soportar benignamente el daño de todo aquel que nos hace un mal es que esa benignidad se convierte en participación de la pasión de Cristo y adquiere, por lo tanto, un mérito y un valor correspondiente al mérito y al valor que tiene la pasión de Cristo.

En efecto, hay en el texto de hoy una referencia clara a la pasión de Cristo. Las tres ofensas que Cristo señala están reproducidas con las mismas palabras en la pasión de Cristo.

En primer lugar, la bofetada. En Jn 18,22 se dice que “uno de los guardias dio una bofetada a Jesús”. Que se trata de una bofetada lo confirma el modo en que traduce San Jerónimo en latín: alapa = bofetada.

En segundo lugar, el dar el manto si alguien te hace un juicio inicuo para quitarte la túnica. Esto se verificó de una manera literal en Cristo, ya que dice Jn 19,23-24 que los soldados que crucificaron a Jesús hicieron una parodia de juicio (el tirarlo a suerte con los dados) para quedarse con la túnica (jitón) de Jesús. Es notable la importancia que le quiso dar San Juan a la túnica (jitón) de Jesús, ya que en el mismo versículo (Jn 19,23) nombra dos veces la túnica. Primero la presenta diciendo que hicieron de la túnica un único lote, al lado de los otros tres lotes constituidos por el resto de la ropa. Y luego la describe: “sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo”. Si ponemos en contacto la túnica de Mt 5,40 con la túnica de Jn 19,23-24 vemos que lo que Jesucristo dijo en Mt 5,40 se cumplió literalmente en Él.

En tercer lugar, el caminar con el otro una milla de más. El verbo griego que usa San Mateo y que el Leccionario traduce por ‘exigir que te acompañe’, el verbo aggaréuo, es un verbo que se usa solamente dos veces en todo el NT: aquí, es decir, en Mt 5,41, y en Mc 15,21 (y en su paralelo de Mt 27,32). El texto de Mc 15,21 relata el hecho de que obligan al Cireneo a llevar la cruz de Jesús.

Por lo tanto, como vemos, pareciera que Jesús al poner esos tres ejemplos de no resistir al enemigo, se estaba describiendo, con anticipación, a sí mismo o a los que comparten con él su pasión: bofetada, túnica y servicio militar obligatorio son cosas que Él mismo sufrió o sufrieron los que compartieron su pasión.

A esta relación textual del evangelio de hoy con la pasión de Cristo se suma el hecho de que nosotros leemos hoy el evangelio de una manera distinta a cómo lo escucharon sus primeros oyentes. Nosotros leemos hoy el evangelio en el contexto de todos los escritos del NT. Y sabemos que todo sufrimiento llevado humildemente entra en comunicación misteriosa con la pasión de Cristo. Por eso dice San Pablo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

Si esto el inocente que sufre en silencio lo hace estando en gracia de Dios y con una intención explícita de unir sus sufrimientos a la pasión de Cristo entonces el sufrimiento del inocente tiene un valor sobrenatural enorme, tan enorme que ayuda a redimir al mundo y a los pecadores y, entre esos pecadores, el primero será el enemigo que ha infligido la ofensa, el daño o el mal. En esto consiste la esencia del evangelio de hoy.

Si Jesucristo dice que la razón fundamental por la cual debemos obrar de ese modo con los enemigos es porque de esa manera nos hacemos imitadores de Dios Padre, ahora vemos que Él, en cuanto Hijo hecho hombre, en cuanto Verbo Encarnado, plasmó en sí mismo, en cuanto hombre, las virtudes que tiene el Padre en cuanto Dios. Después de ver las conexiones textuales que hay entre el evangelio de hoy y la pasión de Cristo podemos darnos cuenta que el modelo para ser buenos con los enemigos no solamente lo tenemos en Dios Padre que hace salir el sol y hace llover sobre justos e injustos, sino que ese modelo lo tenemos también en el Hijo, que se hizo hombre y en su pasión enseñó a sufrir humildemente el mal que le ocasionaron sus enemigos, a perdonarlos explícitamente (“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, Lc 23,34), y a hacer de ese sufrimiento causa de salvación para sus mismos enemigos.

Esto es a lo que San Pablo se refiere cuando dice: “No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Rm 12,21). El mal, es decir, la ofensa del malo, se vence a través del sufrimiento silencioso en unión con los sufrimientos de Cristo. Esa acción del cristiano tiene una potencia enorme, más grande que la energía nuclear, y puede transformar vidas y la realidad misma, porque activa toda la fuerza de bendición que posee la pasión de Cristo.

La frase recién mencionada de San Pablo está referida explícitamente a la acción que el cristiano debe hacer con sus enemigos: “Queridos míos, no os toméis la justicia por vuestra mano; dejad que sea Dios el que castigue, como dice la Escritura: ‘Yo haré justicia, yo daré a cada cual su merecido’. También dice: ‘Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; pues al hacer esto estarás arrojando ascuas de fuego sobre su cabeza’. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Rm 12,19-21).

Pensemos, por ejemplo, en los sufrimientos llevados con resignación y heroicidad por los cristianos que fueron atrozmente perseguidos en la ex – URSS. Esos sufrimientos, por los méritos de la pasión de Cristo, han arrojado infinidad de bendiciones para el mundo entero. Y la Virgen de Fátima dice: “Finalmente Rusia se convertirá”*9. Sin duda que en esta conversión de Rusia jugarán un papel primordial los sufrimientos de aquellos que amaron a sus enemigos, rogaron por ellos y ofrecieron sus sufrimientos, en unión con los de Cristo, por sus mismos perseguidores.

Conclusión

Todo el evangelio de hoy podría resumirse en esta frase: “Esta es la idea clamorosa: sacrificarse. Así se dirige la historia, aun silenciosa y ocultamente”*10. Se dirige la historia porque el sufrimiento del justo en unión con los de Jesucristo transforma el mundo, convierte a los enemigos en amigos, a los pecadores en amigos de Dios. Y de esta manera se dirige al mundo a su fin: la salvación eterna.

         Este ofrecimiento silencioso de nuestros sufrimientos por aquellos que nos hacen el mal debe hacerse, sobre todo, en la Santa Misa, que es el mismo Sacrificio de Cristo en la cruz. En la patena que lleva el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, debo poner yo todos mis sufrimientos. De esa manera, mis propios sufrimientos se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y ayudarán a salvar el mundo. Como dice aquella antigua canción de Misa: “Esfuerzos y trabajos / que en Cristo se agigantan / y por su medio alcanzan / valor de redención”. Con el Redentor yo seré co-redentor.

______________________________________________
*1 Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, nº 40. Este nº 40 de la Lumen Gentium puede considerarse un excelente resumen autorizado de lo que es la ley nueva.
*2 La locución ‘el malo’ se aplica varias veces en el Evangelio al demonio en general o a satanás en particular. Por ejemplo, en este mismo sermón de la montaña, en Mt 5,37. Por eso dice San Juan Crisóstomo: “El Señor (…) nos hace ver (…) que no es nuestro hermano quien nos ha hecho el agravio, sino el ma­ligno. De ahí que prosiguiera: ‘Pero yo os digo: No resistir al maligno’. No dijo: ‘No resistir al hermano’, sino: ‘Al maligno’. Con lo que nos dio el Señor a entender que, si nuestro hermano comete esa falta, es porque el demonio le instiga, y, al trasladar la culpa a otro, trata de mitigar y cortar la mayor parte de la ira contra el que materialmente ha obrado” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 18, 1-6, BAC, Madrid, 1955, p. 367-86).
*3 Cf. Multiléxico, nº 5509.
*4 Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969.
*5 Cf. Multiléxico, nº 29
*6 San Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, nº 14.
*7 La deuda monetaria como analogía del pecado contra Dios es un tema bíblico. Cuando en el Antiguo Testamento se quiere decir que Dios perdona el pecado, se lo expresa diciendo que Dios condona una deuda. Dice Xavier Leon – Dufour: “En la Biblia es el pecador un deudor cuya deuda condona Dios (heb. salah: Núm 14,19); condonación tan eficaz que Dios no ve ya el pecado, que queda como echado detrás de él” (Leon – Dufour, X., voz Perdón, en Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001). Así se entiende que en la formulación del Padre Nuestro de Mt se hable de ‘deudas’ y de ‘deudores’. Se refiere a la ofensa que debe ser perdonada.
*8 Dice San Juan Crisóstomo: “Debemos resistir al malo como Cristo nos lo mandó: entregándonos a padecer. De este modo, la victoria es infalible. El fuego no se extingue con fuego, sino con agua (…). El que está cometien­do el agravio, avergonzado, no tendrá valor para repetir el golpe, así sea más feroz que una fiera; al contrario, él mismo se condenará primero a sí mismo en su interior. Nada, en efecto, contie­ne tanto a los que hacen mal, como la paciencia con que sus víctimas lo soportan. Y no sólo los contiene para que no pasen en su ímpetu adelante, sino que les hace arrepentirse de lo pasado” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 18, 1-6, BAC, Madrid, 1955, p. 367-86). El lenguaje bíblico expresa esto con una locución curiosa: arrojar ascuas encendidas sobre la cabeza del agresor. Esta frase está usada en Prov 25,22 y Rm 12,21.
*9 El mensaje de la Virgen, textualmente es el siguiente: “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz” (Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima, Roma, 26 de junio de 2000; el documento está firmado por el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Card. Joseph Ratzinger).
*10 Buela, C., Directorio de Espiritualidad del Instituto del Verbo Encarnado, nº 146.

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San Juan Pablo II

 

1. «Acercándoos a él, piedra viva… también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual» (1P2, 4-5). La afirmación de la primera carta de Pedro indica el sentido profundo de la liturgia que estamos celebrando en esta iglesia, que ya desde hace tiempo os acoge, pero que hoy, mediante el rito solemne de su dedicación, asumirá plenamente su función.

Vivimos una hora de alegría que, estoy seguro de ello, quedará grabada profundamente en vuestra memoria. Este templo forma ya un solo cuerpo con vuestra comunidad parroquial y con vuestro territorio. Entre vuestras casas será testigo del nacimiento y de la muerte, del crecimiento de vuestros hijos y del esfuerzo de la vida diaria. Entre los muchos lugares de culto de Roma, sentiréis este templo como vuestro. Sin embargo, más allá de ese significado afectivo y funcional tendrá para vosotros un sentido más elevado aún, como símbolo de la Iglesia, misterio de comunión e imagen de la vida trinitaria en el tiempo. No es una casualidad que, ya desde la antigüedad, el término iglesia se haya usado para indicar tanto la comunidad como el lugar en el que ella se reúne. Las dos realidades se evocan recíprocamente: el lugar remite al misterio. Precisamente en este misterio quiere introducirnos la palabra de Dios que acabamos de proclamar.

2. «No estéis tristes: la alegría del Señor es vuestra fortaleza» (Ne 8, 10). La primera lectura, tomada del libro de Nehemías, nos ha recordado un momento significativo de la historia del pueblo de la antigua Alianza en los años posteriores al exilio, cuando se pudo reconstruir por fin el templo y, alrededor de él, aunque en medio de muchas dificultades, volvió a florecer la adhesión a la ley del Señor. Floreció el pueblo de la antigua Alianza.

Es importante subrayar este nexo entre el templo y la ley. Frente a la tentación fácil de una religiosidad reducida a mero ritualismo, la reforma de Esdras y Nehemías exigía, ante todo, un compromiso espiritual testimoniado en la propia existencia. La alianza de Dios con su pueblo tenía que celebrarse no sólo mediante los ritos del templo, sino sobre todo en el culto de la vida. Conocemos la importancia que tenía el templo en el antiguo Israel, pero también sabemos que era frecuente la tendencia a reducirlo a lugar de prácticas religiosas, no enraizadas en el corazón y la vida. En tiempos de Jesús había sido reconstruido por tercera vez y su belleza monumental llenaba de orgullo a los israelitas. Jesús deberá defenderlo severamente de los abusos de un religiosidad superficial y mercantil: «No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2, 16).
De este modo, el Señor, con el peso de su autoridad divina, reafirmaba los esfuerzos que los profetas habían realizado tantas veces para volver a conducir al pueblo de Dios por el camino de la fidelidad auténtica a la Alianza. Todo el libro de Nehemías se mueve siguiendo esta orientación: nos presenta a un pueblo decidido finalmente a volver a la ley del Señor, de la que el nuevo templo será custodio y símbolo. Un retorno lleno de júbilo: «La alegría del Señor es vuestra fortaleza».

3. Cristo es la «piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios» (1 P 2, 4). Como hemos escuchado en la segunda lectura, Cristo será de ahora en adelante el templo de Dios entre los hombres, templo de la nueva y eterna Alianza, que trasciende las medidas terrenas que tienen su cumplimiento en el cielo, en la vida divina. En efecto, con Jesús también la teología del templo estaba destinada a cambiar. Precisamente en el templo de Jerusalén Jesús anuncia una nueva economía de gracia, señalando su misma persona como el nuevo templo, que los hombres tratarán de destruir, pero que el poder de Dios reconstruirá en tres días (cf. Jn 2 19-22). Resulta clara la alusión a la resurrección, que hará resplandecer su divinidad en el templo vivo de su cuerpo.

«Pues Dios -dice Pablo en la carta a los Colosenses- tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud» (Col 1, 19). Pedro confiesa precisamente esta plenitud, mesiánica y divina, en el pasaje del evangelio que acabamos de proclamar: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16).

4. ¿Por qué, pues, estamos aquí para dedicar este edificio al Señor, si ahora hay un solo templo, una sola piedra viva, un solo lugar de salvación, en la persona de Jesús?

En realidad, este templo tiene sentido precisamente porque expresa esa realidad sobrenatural centrada enteramente en el Redentor.

Desde el origen de su historia, la comunidad cristiana ha tenido siempre necesidad de lugares donde reunirse.

Al principio las mismas casas de los cristianos se usaban como iglesias. Luego se construyeron edificios destinados específicamente al culto. No hay que olvidar, sin embargo, el nuevo significado del templo cristiano: bajo la arquitectura hay una vida, y esta vida, en resumidas cuentas, es el misterio de Cristo simbolizado especialmente en el altar, desde el que todos los días, en la celebración eucarística se irradia la luz del misterio pascual hacia los creyentes.

5. Esto nos interpela a nosotros, piedras vivas, destinadas a ser, en unión con Cristo, según las palabras de la primera carta de Pedro, piedra angular para formar un edificio espiritual y un sacerdocio santo.
También el pasaje evangélico que acabamos de proclamar nos trae a la memoria esta dimensión eclesial del templo, pero desde otra perspectiva: el papel fundamental de Pedro en el edificio vivo que es la Iglesia: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). Así tenemos una visión neotestamentaria: templo vivo, plenitud de la morada de Dios con todo el género humano es Cristo que con Pedro funda su Iglesia llamándola Piedra viva. Y en esta institución se edifican las piedras vivas que somos nosotros cuando nos reunimos en torno a Cristo por medio del ministerio de Pedro y de los que lo comparten.
De esta forma, cada templo cristiano, como éste que dedicamos hoy, quiere indicar el Christus totus, el Cristo jefe y sus miembros. La iglesia-edificio está al servicio de la Iglesia-comunión: es instrumento de su unidad, de su crecimiento y de su santidad.

A la luz de este significado espiritual del templo, se comprende también el sentido de la antigua costumbre por la que cada iglesia debe tener un título tomado de algún aspecto del misterio divino, o hacer referencia a la madre celestial de Dios o a un santo. No se trata solo de dar el nombre a un edificio, sino de manifestar su carácter sagrado, recordando al pueblo cristiano la vocación de todos los bautizados a la santidad.

 (Homilía en la parroquia romana de San José Moscati, 21 de febrero de 1993)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Mt 5, 38-48

El Señor llama a todos a la santidad

“Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”*1.

Siempre es necesario renovar nuestros deseos de santidad. “Nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”*2.

Todos los fieles, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre*3.

¿Damos gracias a Dios por esta llamada a seguirle de cerca? ¿Correspondemos a las gracias recibidas? ¿Estamos vigilantes para no aburguesamos? No basta con ser buenos, hay que esforzarse por ser santos.

La ambición de los santos

Sus expresiones traslucen sus deseos y están dichas en superlativo absoluto:

San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”*4.

San Ignacio de Loyola: “Conquistar toda la tierra”*5, lo que más sea a gloria de Dios*6.

            Su ambición es distinta de los ambiciosos del mundo. No extienden su personalidad, no la afirman, la niegan.

            También emplean la máxima negación “mínimo”, “esclavo”, “indigno”, “siervo de los siervos”.

            Siguen el Evangelio:

            “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”*7.

            “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes”*8.

            Niegan su voluntad para que actúe la voluntad de Dios.

            Se dejan mover por el Espíritu Santo.

            Piden pasar “todas injurias y todo vituperio y toda pobreza”*9 para quedarse con lo más valioso, Jesús. “Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta”*10.

            El triunfo de los santos

Son felices

            La felicidad exige poder realizar lo que se quiere y querer lo que conviene. Por tanto es feliz el que posee cuanto desea.

“Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”*11.

Y no desea cosa mala: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad”*12.

Los santos son felices porque han vencido al hombre viejo. Son felices porque han alcanzado su gran deseo: ser santos, es decir, la perfección.

En el Sermón de la montaña Jesús nos va enseñando paso a paso cómo llegar a lo más profundo de la vida interior: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, en cuanto podemos imitarlo. Nos llama a esforzamos hasta donde podamos; no nos quiere parados y nos pone como meta, una sin límites, por tanto inalcanzable… para que nunca lleguemos al final*13.

Jesús nos enseñó el amor al prójimo hasta el punto de no faltarle ni en lo mínimo y quizá es un tiempo propicio para ponernos en paz unos con otros y desarraigar así del corazón toda turbación. Sería un buen comienzo para iniciar el camino hacia el cielo.

Expulse el amor de la humildad el espíritu de la soberbia, fuente de todo pecado, y mitigue la mansedumbre a los que infla el orgullo. Los que con sus ofensas han exasperado los ánimos, reconciliados entre sí, busquen entrar en la unidad de la concordia. No volváis mal por mal sino perdonaos mutuamente, como Cristo nos ha perdonado (Rm 12, 17). Suprimid las enemistades humanas con la paz*14.

¡Cómo no perdonarnos entre nosotros y obtener nuevamente la paz si el Señor nos manda amar a nuestros enemigos! Si debemos amar a nuestros enemigos aunque nos hacen mal porque son imagen y semejanza de Dios ¡cuánto más debemos amarnos entre nosotros que somos hermanos en la fe! Hoy es tiempo propicio para crecer en el amor fraterno,

¿Y para qué? Para ser perfectos como nuestro Padre celestial. Lucas donde Mateo dice perfección, se refiere a misericordia*15. Es decir, imitar la misericordia de Dios con todos, buenos y malos, justos e injustos, agradecidos y desagradecidos. Vuestro Padre celestial hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos y es bueno con los desagradecidos y los perversos.

Hay que tender a la perfección de la caridad que se manifiesta no en amar a los que nos aman, como hacen los publicanos, ni sólo en saludar a los hermanos, como hacen también los gentiles, aunque en los cristianos ese amor no deja de tener su mérito si se hace por motivo sobrenatural, no como los publicanos y gentiles, que lo hacían por un motivo natural o por utilidad. Y ¿cómo se muestra que se ama sobrenaturalmente a los amigos? Amando a los enemigos*16. Nuestro amor a los hermanos a veces no pasa de ser un amor como el de los publicanos y gentiles y por eso los que no nos caen bien los rechazamos o huimos su compañía.

La justicia de la ley del Talión, era justicia, pero insuficiente. El Señor dice claramente: “si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos”*17. Para entrar en el Reino hay que trascender la justicia y alcanzar la caridad, la cual no puede existir, por supuesto, sin justicia.

Jesús, lejos de destruir la ley judía, la perfecciona, y cuánto distaban sus interpretaciones de las de los legistas de Israel. Andaban estos atados a la letra, a los actos externos; El penetraba hasta lo más profundo de los sentimientos, que quería fuesen limpios de toda escoria. Se contentaban muchos de los escribas y fariseos con una santidad aparente; Jesús exigía una virtud arraigada y sólida*18.

Hay que aprender la perfección, la misericordia del Padre celestial y la paciencia de Cristo. ¡Cuánto sufrió Cristo de parte de sus enemigos y de sus mismos amigos y perdonó siempre! Comencemos pues el camino de la santidad imitando la bondad y la misericordia de nuestro padre celestial.

_________________________________________________________
*1 Mt 5, 48
*2 Ef 1, 4
*3 Concilio Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislación posconciliar. Lumen Gentiun nº 11…, 59
*4 Flp 4, 13
*5 Cf. E.E. nº 93.
*6 Cf. E.E. nº 23.
*7 Lc 9, 23
*8 Mt 19, 21
*9 E.E. nº 98.
*10 E.E. nº 234.
*11 Santa Teresa de Jesús, Poesías, Familiares, 30: Nada te turbe…, 514.
*12 Hb 10, 9
*13 Cf. Maldonado, Comentario a San Mateo, BAC Madrid 1956, 277
*14 San León Magno, Sermones de Cuaresma. Cf. Bonaño, Año litúrgico patrístico (2) Cuaresma, Gratis Datae Pamplona 2002, 19
*15 6, 36
*16 Cf. Maldonado, Comentario a San Mateo…, 278
*17 Mt 5, 20
*18 Fillion, El Sermón de la Montaña, Difusión Buenos Aires 1945, 49-50

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S.S. Francisco p.p.

«Que tu ayuda, Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu» (Colecta).

Esta oración del principio de la Misa indica una actitud fundamental: la escucha del Espíritu Santo, que vivifica la Iglesia y el alma. Con su fuerza creadora y renovadora, el Espíritu sostiene siempre la esperanza del Pueblo de Dios en camino a lo largo de la historia, y sostiene siempre, como Paráclito, el testimonio de los cristianos. En este momento, todos nosotros, junto con los nuevos cardenales, queremos escuchar la voz del Espíritu, que habla a través de las Escrituras que han sido proclamadas.

En la Primera Lectura ha resonado el llamamiento del Señor a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2). Y Jesús, en el Evangelio, replica: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Estas palabras nos interpelan a todos nosotros, discípulos del Señor; y hoy se dirigen especialmente a mí y a vosotros, queridos hermanos cardenales, sobre todo a los que ayer habéis entrado a formar parte del Colegio Cardenalicio. Imitar la santidad y la perfección de Dios puede parecer una meta inalcanzable. Sin embargo, la Primera Lectura y el Evangelio sugieren ejemplos concretos de cómo el comportamiento de Dios puede convertirse en la regla de nuestras acciones. Pero recordemos todos, recordemos que, sin el Espíritu Santo, nuestro esfuerzo sería vano. La santidad cristiana no es en primer término un logro nuestro, sino fruto de la docilidad ―querida y cultivada― al Espíritu del Dios tres veces Santo.

El Levítico dice: «No odiarás de corazón a tu hermano… No te vengarás, ni guardarás rencor… sino que amarás a tu prójimo…» (19,17-18). Estas actitudes nacen de la santidad de Dios. Nosotros, sin embargo, normalmente somos tan diferentes, tan egoístas y orgullosos…; pero la bondad y la belleza de Dios nos atraen, y el Espíritu Santo nos puede purificar, nos puede transformar, nos puede modelar día a día. Hacer este trabajo de conversión, conversión en el corazón, conversión que todos nosotros –especialmente vosotros cardenales y yo– debemos hacer. ¡Conversión!

También Jesús nos habla en el Evangelio de la santidad, y nos explica la nueva ley, la suya. Lo hace mediante algunas antítesis entre la justicia imperfecta de los escribas y los fariseos y la más alta justicia del Reino de Dios. La primera antítesis del pasaje de hoy se refiere a la venganza. «Habéis oído que se os dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo os digo: …si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra» (Mt 5,38-39). No sólo no se ha devolver al otro el mal que nos ha hecho, sino que debemos de esforzarnos por hacer el bien con largueza.

La segunda antítesis se refiere a los enemigos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (vv. 43-44). A quien quiere seguirlo, Jesús le pide amar a los que no lo merecen, sin esperar recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las comunidades y en el mundo. Queridos hermanos, Jesús no ha venido para enseñarnos los buenos modales, las formas de cortesía. Para esto no era necesario que bajara del cielo y muriera en la cruz. Cristo vino para salvarnos, para mostrarnos el camino, el único camino para salir de las arenas movedizas del pecado, y este camino de santidad es la misericordia, que Él ha tenido y tiene cada día con nosotros. Ser santos no es un lujo, es necesario para la salvación del mundo. Esto es lo que el Señor nos pide.

Queridos hermanos cardenales, el Señor Jesús y la Madre Iglesia nos piden testimoniar con mayor celo y ardor estas actitudes de santidad. Precisamente en este suplemento de entrega gratuita consiste la santidad de un cardenal. Por tanto, amemos a quienes nos contrarían; bendigamos a quien habla mal de nosotros; saludemos con una sonrisa al que tal vez no lo merece; no pretendamos hacernos valer, contrapongamos más bien la mansedumbre a la prepotencia; olvidemos las humillaciones recibidas. Dejémonos guiar siempre por el Espíritu de Cristo, que se sacrificó a sí mismo en la cruz, para que podamos ser «cauces» por los que fluye su caridad. Esta es la actitud, este debe ser el comportamiento de un cardenal. El cardenal –lo digo especialmente a vosotros– entra en la Iglesia de Roma, hermanos, no en una corte. Evitemos todos y ayudémonos unos a otros a evitar hábitos y comportamientos cortesanos: intrigas, habladurías, camarillas, favoritismos, preferencias. Que nuestro lenguaje sea el del Evangelio: «Sí, sí; no, no»; que nuestras actitudes sean las de las Bienaventuranzas, y nuestra senda la de la santidad. Pidamos nuevamente: «Que tu ayuda, Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu».

El Espíritu Santo nos habla hoy por las palabras de san Pablo: «Sois templo de Dios…; santo es el templo de Dios, que sois vosotros» (cf. 1 Co 3,16-17). En este templo, que somos nosotros, se celebra una liturgia existencial: la de la bondad, del perdón, del servicio; en una palabra, la liturgia del amor. Este templo nuestro resulta como profanado si descuidamos los deberes para con el prójimo. Cuando en nuestro corazón hay cabida para el más pequeño de nuestros hermanos, es el mismo Dios quien encuentra puesto. Cuando a ese hermano se le deja fuera, el que no es bien recibido es Dios mismo. Un corazón vacío de amor es como una iglesia desconsagrada, sustraída al servicio divino y destinada a otra cosa.

Queridos hermanos cardenales, permanezcamos unidos en Cristo y entre nosotros. Os pido vuestra cercanía con la oración, el consejo, la colaboración. Y todos vosotros, obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y laicos, uníos en la invocación al Espíritu Santo, para que el Colegio de Cardenales tenga cada vez más ardor pastoral, esté más lleno de santidad, para servir al evangelio y ayudar a la Iglesia a irradiar el amor de Cristo en el mundo.

(Basílica Vaticana, domingo 23 de febrero de 2014)

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Séptimo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 1933, 2303: el amor hacia el prójimo es incompatible con el odio al enemigo

CEC 2262-2267: la prohibición de hacer mal al prójimo, con la excepción de la legítima defensa

CEC 2842-2845: oración y perdón de los enemigos

CEC 2012-2016: la perfección del Padre celeste nos llama a la santidad

CEC 1265: nos convertimos en templo del Espíritu Santo por medio del Bautismo

CEC 2684: los santos son el templo del Espíritu Santo

1933  Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5,43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.

2303  El odio  voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando el hombre le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. “Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…” (Mt 5,44-45).

2262  En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: “No matarás” (Mt 5,21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza. Más aún, Cristo exige a sus discípulos presentar la otra mejilla (cf Mt 5,22-39), amar a los enemigos (cf Mt 5,44). El mismo no se defendió y dijo a Pedro que guardase la espada en la vaina (cf Mt 26,52).

          La legítima defensa

2263  La legítima defensa de las personas y las sociedades no es una excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el homicidio voluntario. “La acción de defenderse puede entrañar un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor…solamente es querido el uno; el otro, no” (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 64,7).

2264  El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal:

          Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia de forma mesurada, la acción sería lícita…y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada para evitar matar al otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la de otro (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 64,7).

2265  La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro. La defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no poder causar perjuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad legítima tienen también el derecho de rechazar, incluso con el uso de las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad.

2266  A la exigencia de tutela del bien común corresponde el esfuerzo del Estado para contener la difusión de comportamientos lesivos de los derechos humanos y de las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible debe contribuir a la enmienda del culpable (cf Lc 23, 40-43).

2267  La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

          Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

          Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo “suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos” (Evangelium vitae, 56).

          … como también nosotros perdonamos a los que  nos ofenden

2842  Este “como” no es el único en la enseñanza de Jesús: “Sed perfectos ‘como’ es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48); “Sed misericordiosos, ‘como’ vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36); “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que ‘como’ yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, “perdonándonos mutuamente ‘como’ nos perdonó Dios en Cristo” (Ef 4, 32).

2843  Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano”. Allí es, en efecto, en el fondo “del corazón” donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.

2844  La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2 Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, DM 14).

2845  No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de “pecados” según Lc 11, 4, o de “deudas” según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor” (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):

          Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (San Cipriano, Dom. orat. 23: PL 4, 535C-536A).

IV     LA SANTIDAD CRISTIANA

2012  “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman…a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a )sos también los glorificó” (Rm 8,28-30).

2013  “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40). Todos son llamados a la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48):

          Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40).

2014  El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística”, porque participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos -“los santos misterios”- y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para así manifestar el don gratuito hecho a todos.

2015  El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:

          El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8).

2016    Los hijos de nuestra madre la Santa Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús (cf Cc. de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la “bienaventurada esperanza” de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la “Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo” (Ap 21,2).

“Una criatura nueva”

1265  El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito “una nueva creación” (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).

2684  En la comunión de los santos, se han desarrollado diversas espiritualidades a lo largo de la historia de la Iglesia. El carisma personal de un testigo del amor de Dios hacia los hombres, por ejemplo el “espíritu” de Elías a Eliseo (cf 2 R 2, 9) y a Juan Bautista (cf Lc 1, 17),  ha podido transmitirse para que unos discípulos tengan parte en ese espíritu (cf PC 2). En la confluencia de corrientes litúrgicas y teológicas se encuentra también una espiritualidad que muestra cómo el espíritu de oración incultura la fe en un ámbito humano y en su historia. Las diversas espiritualidades cristianas participan en la tradición viva de la oración y son guías indispensables para los fieles. En su rica diversidad, reflejan la pura y única Luz del Espíritu Santo.

          “El Espíritu es verdaderamente el lugar de los santos, y el santo es para el Espíritu un lugar propio, ya que se ofrece a habitar con Dios y es llamado su templo” (San Basilio, Spir. 26, 62).

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Homilética se compone de 7 Secciones principales:

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Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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