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Viernes Santo – Celebración de la Pasión del Señor (2017)

 

Estimados suscriptores del boletín Homilética:

 

            Les queríamos avisar de una errata en el boletín de Jueves Santo recientemente enviado. La homilía que aparece en primer lugar en la sección Aplicación y que lleva por título “Los amó hasta el fin” no pertenece al P. Alfredo Sáenz, S. J. Dicha homilía pertenece al P. José A. Marcone, IVE.

             Pedimos perdón por nuestro descuido.

             En Cristo y María Santísima,

             Equipo de Homilética

14
abril

Viernes Santo

Celebración de la Pasión del Señor

  (Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Información

Textos Litúrgicos

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Viernes Santo

(Viernes 14 de abril de 2017)

 Celebración de la Pasión del Señor

LECTURAS

Él fue traspasado por nuestras rebeldías

Lectura del libro de Isaías                                  52, 13-53, 12

Sí, mi Servidor triunfará:

será exaltado y elevado a una altura muy grande.

Así como muchos quedaron horrorizados a causa de él,

porque estaba tan desfigurado

que su aspecto no era el de un hombre

y su apariencia no era más la de un ser humano,

así también él asombrará a muchas naciones,

y ante él los reyes cenarán la boca,

porque verán lo que nunca se les había contado

y comprenderán algo que nunca habían oído.

¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído

y a quién se le reveló el brazo Del Señor?

El creció como un retoño en su presencia,

como una raíz que brota de una tierra árida,

sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas,

sin un aspecto que pudiera agradamos.

Despreciado, desechado por los hombres,

abrumado de dolores y habituado al sufrimiento,

como alguien ante quien se aparta el rostro,

tan despreciado, que lo tuvimos por nada.

Pero él soportaba nuestros sufrimientos

y cargaba con nuestras dolencias,

y nosotros lo considerábamos golpeado,

herido por Dios y humillado.

Él fue traspasado por nuestras rebeldías

y triturado por nuestras iniquidades.

El castigo que nos da la paz recayó sobre él

y por sus heridas fuimos sanados.

Todos andábamos errantes como ovejas,

siguiendo cada uno su propio camino,

y el Señor hizo recaer sobre él

las iniquidades de todos nosotros.

Al ser maltratado, se humillaba

y ni siquiera abría su boca:

como un cordero llevado al matadero,

como una oveja muda ante el que la esquila,

él no abría su boca.

Fue detenido y juzgado injustamente,

y ¿quién se preocupó de su suerte?

Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes

y golpeado por las rebeldías de mi pueblo.

Se le dio un sepulcro con los malhechores

y una tumba con los impíos,

aunque no había cometido violencia

ni había engaño en su boca.

El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento.

Si ofrece su vida en sacrificio de reparación,

verá su descendencia, prolongará sus días,

y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él.

A causa de tantas fatigas, él verá la luz

y, al saberlo, quedará saciado.

Mi Servidor justo justificará a muchos

y cargará sobre sí las faltas de ellos.

Por eso le daré una parte entre los grandes

y él repartirá el botín junto con los poderosos.

Porque expuso su vida a la muerte

y fue contado entre los culpables,

siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial                                                                     30, 2-6.12-13.15-17.25

R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Yo me refugio en ti, Señor,

¡que nunca me vea defraudado!

Yo pongo mi vida en tus manos:

Tú me rescatarás, Señor, Dios fiel. R.

Soy la burla de todos mis enemigos

y la irrisión de mis propios vecinos;

para mis amigos soy motivo de espanto,

los que me ven por la calle huyen, de mí.

Como un muerto, he caído en el olvido,

me he convertido en una cosa inútil. R.

Pero yo confío en ti, Señor,

y te digo: «Tú eres mi Dios,

mi destino está en tus manos».

Líbrame del poder de mis enemigos

y de aquéllos que me persiguen. R.

Que brille tu rostro sobre tu servidor,

sálvame por tu misericordia.

Sean fuertes y valerosos,

todos los que esperan en el Señor. R.

Aprendió qué significa obedecer

y llegó a ser causa de salvación eterna

para lodos los que le obedecen

Lectura de la carta a los Hebreos                                                             4, 14-16; 5, 7-9

Hermanos:

Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.

Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.

Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquél que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, Él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Palabra de Dios.

Aclamación                                                                                         Flp 8-9

Cristo se humilló por nosotros

hasta aceptar por obediencia la muerte,

y muerte de cruz.

Por eso, Dios lo exaltó

y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan            18, 1-19, 42

¿A quién buscan?

C. Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar un huerto y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó:

+ «¿A quién buscan?»

C. Le respondieron:

S. «A Jesús, el Nazareno».

C. Él les dijo:

«Soy Yo».

C. Judas, el que lo entregaba estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente:

+..«¿A quién buscan?»

C. Le dijeron:

S. «A Jesús, el Nazareno».

C. Jesús repitió:

+..«Ya les dije que soy Yo. Si es a mí a quien buscan, dejen que estos se vayan».

C. Así debía cumplirse la palabra que Él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. Jesús dijo a Simón Pedro:

+..«Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?»

C. El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo».

¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?

C. Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:

S. «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»

C. Él le respondió:

S. «No lo soy».

C. Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió:

«He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho».

C. Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole:

S. «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?»

C. Jesús le respondió:

+ «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»

C. Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás. Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron:

S. «¿No eres tú también uno de sus discípulos?»

C. Él lo negó y dijo:

S. «No lo soy».

C. Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquél al que Pedro había cortado la oreja, insistió:

S. «¿Acaso no te vi con Él en la huerta?»

C. Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.

Mi realeza no es de este mondo

C. Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua. Pilato salió adonde estaban ellos y les preguntó:

S. «¿Qué acusación traen contra este hombre?»

C. Ellos respondieron:

S. «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado».

C. Pilato les dijo:

S. «Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen».

C. Los judíos le dijeron:

S. «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».

C. Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:

S. «¿Eres Tú el rey de los judíos?»

C. Jesús le respondió:

«¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?»

C. Pilato replicó:

S. «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»

C. Jesús respondió:

+ «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».

C. Pilato le dijo:

S. «¿Entonces Tú eres rey?»

C. Jesús respondió:

+  «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo:

para dar testimonio de la verdad.  El que es de la verdad, escucha mi voz».

C. Pilato le preguntó:

S. «¿Qué es la verdad?»

C. Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo:

S. «Yo no encuentro en Él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?»

C. Ellos comenzaron a gritar, diciendo:

S. «¡A Él no, a Barrabás!»

C. Barrabás era un bandido.

¡Salud, rey de los judíos!

C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo azotó. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto púrpura, y acercándose, le decían:

S. «¡Salud, rey de los judíos!»

C. Y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo:

S. «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en El ningún motivo de condena».

C. Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto púrpura. Pilato les dijo:

S. «¡Aquí tienen al hombre!»

C. Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron:

S. «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en Él ningún motivo para condenarlo».

C. Los judíos respondieron:

S. «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque Él pretende ser Hijo de Dios».

C. Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús:

S. «¿De dónde eres Tú?»

C. Pero Jesús no le respondió nada. Pilato le dijo:

S. «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?»

C. Jesús le respondió:

«Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si esta ocasión no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave».

¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!

C. Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban:

S. «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César».

C. Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo. «Gábata».

Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos:

S. «Aquí tienen a su rey».

C. Ellos vociferaban:

S. «¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «¿Voy a crucificar a su rey?»

C. Los sumos sacerdotes respondieron:

S. «No tenemos otro rey que el César».

C. Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y se lo llevaron.

Lo crucificaron, y con Él a otros dos

C. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con Él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la colocó sobre la cruz.

Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:

S. «No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».

C. Pilato respondió:

S. «Lo escrito, escrito está».

 Se repartieron mis vestiduras

C. Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:

S. «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca».

C. Así se cumplió la Escritura que dice:

«Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica».

Esto fue lo que hicieron los soldados.

¡Aquí tienes a tu hijo! ¡Aquí tienes a tu madre!

C. Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo:

«Mujer, aquí tienes a tu hijo».

C. Luego dijo al discípulo:

+   «Aquí tienes a tu madre».

C. Y desde aquella Hora, el discípulo la recibió como suya.

Todo se ha cumplido

C. Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo:

«Tengo sed».

C. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús:

  «Todo se ha cumplido».

C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

En seguida brotó sangre y agua

C. Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a Él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice:

«No le quebrarán ninguno de sus huesos».

Y otro pasaje de la Escritura, dice:

«Verán al que ellos mismos traspasaron».

Envolvieron con vendas el cuerpo de Jesús,

agregándole la mezcla de perfumes

C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús —pero secretamente, por temor a los judíos— pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.

Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.

En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Celebración de la Pasión del Señor _ Viernes Santo 2017

Entrada:

La agonía de Jesús en la Cruz nos introduce en la hora santa de la redención del mundo. La hora de la misericordia, en la que el Corazón de Cristo se abre de par en par para perdonar a todos los hombres bañándolos con su Divina Sangre.

Liturgia de la Palabra

Primera  Lectura:             Isaías 52, 13- 53, 12

La descripción del siervo sufriente profetizado por Isaías, representa los dolores físicos y espirituales de Nuestro Redentor.

Salmo Responsorial: 30

Segunda Lectura:      Hebreos 4, 14- 16; 5, 7- 9

Cristo aprendió sufriendo lo que significa obedecer, inmolando totalmente su voluntad al Padre.

Evangelio:                         Juan 18, 1- 19, 42

Juan, el apóstol del Corazón de Cristo nos relata la pasión del cordero de Dios, del verdadero Siervo Sufriente.

Oración Universal:

Subamos espiritualmente al Calvario y a los pies de Cristo crucificado hagamos nuestra oración universal, elevemos súplicas por los hombres de todo el mundo y por sus necesidades.

Adoración de la Cruz:

¡Oh árbol glorioso y esplendente, adornado con la púrpura del Rey! En tus brazos estuvo suspendido el precio de nuestra redención. Al adorar la Cruz adoramos los inescrutables designios de la Voluntad de Dios.

Nos arrodillamos al adorar la santa Cruz

Sagrada Comunión:

Recibimos a Cristo comulgando con sus padecimientos y haciéndonos partícipes de su Amor.

 (Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Inicio

Directorio Homilético

Viernes Santo – La Pasión del Señor

CEC 602-618. 1992: la Pasión de Cristo

CEC 612, 2606, 2741: la oración de Jesús

CEC 467, 540, 1137: Cristo el sumo sacerdote

CEC 2825: la obediencia de Cristo y la nuestra

“Dios le hizo pecado por nosotros”

602    En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: “Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros” (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios “a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Co 5, 21).

603    Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, “Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rm 8, 32) para que fuéramos “reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rm 5, 10).

          Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604    Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).

605    Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: “De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18, 14). Afirma “dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: “no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo” (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

III     CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

          Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

606    El Hijo de Dios “bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado” (Jn 6, 38), “al entrar en este mundo, dice: … He aquí que vengo … para hacer, oh Dios, tu voluntad … En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús “por los pecados del mundo entero” (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: “El Padre me ama porque doy mi vida” (Jn 10, 17). “El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado” (Jn 14, 31).

607    Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: “¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn 12, 27). “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?” (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que “todo esté cumplido” (Jn 19, 30), dice: “Tengo sed” (Jn 19, 28).

          “El cordero que quita el pecado del mundo”

608    Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: “Servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

          Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

609    Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, “los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1) porque “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).

          Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

610    Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en “la noche en que fue entregado”(1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: “Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

611    La Eucaristía que instituyó en este momento será el “memorial” (1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: “Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad” (Jn 17, 19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).

          La agonía de Getsemaní

612    El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose “obediente hasta la muerte” (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz ..” (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida por la persona divina del “Príncipe de la Vida” (Hch 3, 15), de “el que vive” (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para “llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero” (1 P 2, 24).

          La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo

613    La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del “cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29; cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8) reconciliándole con El por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).

614    Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.

          Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia

615    “Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que “se dio a sí mismo en expiación”, “cuando llevó el pecado de muchos”, a quienes “justificará y cuyas culpas soportará” (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).

           En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

616    El “amor hasta el extremo”(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). “El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron” (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

617    “Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justif icationem meruit” (“Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación”)enseña el Concilio de Trento (DS 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como “causa de salvación eterna” (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: “O crux, ave, spes unica” (“Salve, oh cruz, única esperanza”, himno “Vexilla Regis”).

          Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

618    La Cruz es el único sacrificio de Cristo “único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, “se ha unido en cierto modo con todo hombre” (GS 22, 2), él “ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a “tomar su cruz y a seguirle” (Mt 16, 24) porque él “sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):

            Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo

                                               (Sta. Rosa de Lima, vida)

1992  La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS 1529):

          Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen -pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios- y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús (Rm 3,21-26).

2606  Todos los infortunios de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito del Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo. Así se realiza y se consuma el drama de la oración en la Economía de la creación y de la salvación. El salterio nos da la clave para su comprensión en Cristo. Es en el “hoy” de la Resurrección cuando dice el Padre: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra” (Sal 2, 7-8; cf Hch 13, 33).

            La carta a los Hebreos expresa en términos dramáticos cómo actúa la plegaria de Jesús en la victoria de la salvación: “El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hb 5, 7-9).

2741  Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre (cf Hb 5, 7; 7, 25; 9, 24). Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

467    Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de existir como tal  en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:

          Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y  cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb  4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302).

540    La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres (cf Mt 16, 21-23) le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al Tentador a favor nuestro: “Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.

          La celebración de la Liturgia celestial

1137    El Apocalipsis de S. Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que “un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono” (Ap 4,2): “el Señor Dios” (Is 6,1; cf Ez 1,26-28). Luego revela al Cordero, “inmolado y de pie” (Ap 5,6; cf Jn 1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero (cf Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc), el mismo “que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado” (Liturgia de San Juan Crisóstomo, Anáfora). Y por último, revela “el río de Vida que brota del trono de Dios y del Cordero” (Ap 22,1), uno de los más bellos símbolos del Espíritu Santo (cf Jn 4,10-14; Ap 21,6).

2825  Jesús, “aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia” (Hb 5, 8). ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf Jn 8, 29):

          Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él, y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26).

            Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice ‘Que tu voluntad se haga’ en mí o en vosotros ‘sino en toda la tierra’: para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 19, 5).

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 Exégesis 

·         P. Joseph M. Lagrange, O. P.

LA CRUCIFIXIÓN. JESÚS, EN LA CRUZ

(Lc 23, 33-46a; Mc 15, 22-36; Mt 27, 33-49; Jn 19, 17-30a)

Era costumbre de los romanos levantar las cruces a la entrada de las ciudades, donde el espantoso espectáculo de los moribundos estaba expuesto a las miradas de cuantos entraban, o salían, o tomaban el aire. Allí, pues, se pararon, para crucificar a los tres condenados.

La vista de un crucifijo es siempre conmovedora, pero los artistas cristianos le han dado cierta dignidad. Cristo está levantado sobre un zócalo firme, los brazos extendidos, pero en perfecto equilibrio; las espinas de la corona están bien trenzadas sobre la cabeza, recta y sostenida contra el bien ajustado madero.

Los primeros cristianos sentían verdadero horror de representar a Jesucristo en la cruz, porque habían visto con sus propios ojos aquellos pobres cuerpos completamente desnudos, fijos a un basto madero cruzado en forma de T por otro transversal; las manos, clavadas en aquel patíbulo; los pies, fijos también con clavos; el cuerpo, hundiéndose con el propio peso; la cabeza, colgando; los perros, atraídos por el olor de la sangre, devorándoles los pies; los buitres, volando en derredor de aquel campo de carnicería (2Sm 21, 10 s.), y el pobre paciente, agotado de torturas, muerto de sed, llamando a la muerte con gritos inarticulados. Era el suplicio de esclavos y bandidos, y fue ese que sufrió Jesús. Según una costumbre que quería aparecer compasiva, último vestigio de humanidad en la barbarie, ofrecieron a Jesús vino aromatizado con mirra o con incienso. Creían que aquella mezcla era embriagante y hacía perder el conocimiento*1. Jesús humedeció los labios, pero no la quiso gustar: no era aquél el cáliz que a su Padre prometiera beber. Lo crucificaron, pues, clavando primero sus manos al patíbulo, que levantaban luego sobre el pie derecho, sacudiendo, sin cuidado alguno, su cuerpo dolorido. Los Santos Padres no se escandalizaron de la completa desnudez; sin embargo, como los judíos la evitaban en los sentenciados, es de creer que los romanos respetaran su costumbre. Cuando empezaron a crucificar a Jesús era hacia el mediodía*2.

Crucificaron también a los dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Ésta fue la última burla de los soldados para con el rey de los judíos: los salteadores de caminos reales tenían al lado de Jesús puestos de honor. Isaías había anunciado que sería contado entre los malvados (1s 53, 12)*3. No pudieran deducir de esto su exacto cumplimiento, pero muestra claramente el desprecio que inspiraba.

Pilato ideó la manera de burlarse de los judíos, más bien que del justo, a quien había condenado. Con toda solemnidad les había dicho si querían que fuese crucificado su rey y, aunque ellos contestaron que no tenían más rey que al César, prosiguieron en su demanda hasta conseguir la muerte de su compatriota. Cuando vinieron a preguntar a Pilato el motivo por qué se condenaba a Jesús a semejante suplicio, Pilato mandó escribir: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos». Redactaron el rótulo con esta inscripción, y fue fijado sobre la cabeza del condenado: estaba escrito en tres lenguas: en hebreo, la lengua del país; en latín, lengua del Gobierno, y en griego, lengua de la gente culta. Los judíos mostraban mayor interés que los demás en leer el rótulo, que atraía todas la miradas, y más estando tan cerca de la ciudad. Los Sumos Sacerdotes se dieron por ofendidos, y se quejaron a Pilato de aquella afrenta: no debía haber puesto rey de los judíos, sino que aquel desventurado se había dado a sí mismo el título de rey de los judíos. Era aún tiempo de enmendar la falta. No se había hecho aquello por casualidad. Pilato, satisfecho de ver que los había herido en lo más sensible, respondió fríamente: «Lo escrito, escrito está». Lo había hecho con toda intención.

La primera palabra que Jesús habló en la cruz fue de perdón « ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!» Los judíos creían saberlo, pero estaban cegados por el orgullo, y siendo aquella ceguera voluntaria en su origen, tenían gran necesidad de perdón. Jesús les concede el suyo y ahora, desde lo alto de la cruz, ruega a su Padre por ellos, ya que había venido a sufrir para obtener la gracia de los pecadores.

Otros eran más inconscientes: los soldados mercenarios que en aquellos momentos estaban ocupados en dividir los vestidos del condenado, y que la costumbre se los adjudicaba. Era la paga de su trabajo, lo único en que se fijaban, porque una crucifixión no se hacía por sí sola. Eran cuatro, y así hicieron cuatro partes de aquellos despojos. La túnica de Jesús era tejida de alto abajo, sin costura alguna; sería una lástima hacerla pedazos; y la echaron a suertes. Sin pensar en ello daban cumplimiento a la profecía del salmista que dice: «Dividieron mis vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes» (Sal 21, 19). Una túnica sin costura tenía su valor el Sumo Sacerdote llevaba una semejante. La habían tejido seguramente las manos de una mujer, que creía en Jesús, alguna de las ricas galileas que le seguían, tal vez había sido tejida por su Madre. Desde san Cipriano, los cristianos vieron en ella el símbolo de la Iglesia, que debe ser siempre una. ¡Ay de los culpables de cismas que la desgarran!

El cáliz de la Redención fue amarguísimo para Jesús. Atroces fueron sus sufrimientos en la cruz. Su corazón estaba herido por el abandono de sus discípulos, el desprecio de los jefes judíos, y sobre todo por la pesada indiferencia de la mayoría. Hasta allí, aun en este misterio doloroso, el Padre había derramado torrentes de alegría sobre el alma de Jesús por amor de su Madre. Allí estaba ella, sufriendo con Él, aumentando sus torturas y, sin embargo, consolándole en aquel doloroso abandono. Con ella estaba su hermana, o su prima, que sería la madre de Santiago y de José, María, mujer de Cleofás, María Magdalena, y, por fin, el discípulo amado*4. No hay ley que prohibiera a los parientes acercarse a los ajusticiados: los soldados hacían guardia a la cruz para evitar cualquier asalto, o impedir el excesivo alboroto; pero no apartaban a los curiosos, ni a los enemigos, ni menos a las personas amigas. Jesús, pues, viendo a su Madre y muy cerca al discípulo amado, dijo a su Madre: «Mujer he ahí a tu hijo». El nombre de mujer, suena más dulcemente a los oídos de un oriental que a los nuestros. Jesús, en el momento en que va a separarse de su Madre, no quiere darle este dulcísimo nombre; también esto era sacrificio para Él. Su pensamiento es concederla a quien más quiere, para que sea mejor comprendida cuando haya de hablar de su verdadero Hijo. Siendo muy joven, su afecto sería a la vez más respetuoso y más tierno. Deberá, pues, mirarla como su madre. Por eso le dice: «He ahí a tu Madre». Y desde aquel momento, el discípulo la tomó consigo. ¡Qué lazo de unión se creó entre aquellos dos corazones por aquellas palabras y aquel recuerdo! Todos los cristianos, hechos hermanos de Jesús por el bautismo, son por lo mismo hijos de María. Acercándose a la cruz oyen estas palabras: ¡He ahí a vuestra Madre! Lo saben, y lo experimentan, que María los trata verdaderamente como hijos.

Mientras estas cosas inefables eran dichas con voz lánguida por Jesús y oídas solamente por unas pocas almas amigas, los soldados se divertían con los chistes lanzados por los transeúntes. Tal vez gentes buenas a quienes bastaba que la condenación fuera dada por el Sanedrín para tenerla por justa, pasaban meneando sus cabezas como para subrayar más su burla: « ¡Ah! Tú que destruías el Templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo y desciende de la cruz». Se marchaban después a sus negocios, insensibles en presencia de un suplicio tan bien merecido, que procuraban hacer más odioso con sus sarcasmos.

Los Sumos Sacerdotes y los escribas estaban más interesados en contemplar aquel espectáculo. Estaban satisfechos de lo bien que había salido todo, y que Jesús no cambiaría nada. Es verdad que había hecho muchos milagros; pero ahora permanecía clavado en la cruz. Y se burlaban entre sí de aquel pretendido Mesías que había salvado a otros y que no podía salvarse a sí mismo. Éste sería el gran milagro. ¡Veamos ahora al Mesías, al rey de Israel, descender de la cruz, y creeremos en Él! No querían que Pilato denominara a Jesús en su cartel, rey de los judíos, pues era como autorizar la creencia de él y no causaría buena impresión, si bien ellos sabían a qué atenerse. ¡Aún faltaba la suprema injuria!

Se mofaban del amor de Jesús hacia su Padre. «Puso su confianza en Dios; líbrelo ahora, si es que confía en Él, pues Él ha dicho: Soy Hijo de Dios». Pero ellos estaban ciertos que Dios también lo había abandonado, o más bien castigaba su blasfemia por los cuidados y merced al celo de ellos. Estaban, pues, contentos y satisfechos de su obra. Podrían comer la Pascua con la conciencia bien tranquila y, sobre todo, seguros; su dominación espiritual sobre el pueblo nada tenía que temer ya de aquel innovador. De lejos creían oír la voz de los bandidos formando coro con la de ellos, aunque menos injuriosa, porque nada sabían y se contentaban con tomar parte en los ultrajes por hábito de maldecir y de blasfemar*5. Uno de aquellos desgraciados se burla aún estando en los últimos: « ¿No eres tú el Mesías?» –lo acababa de oír–. «Sálvate a ti mismo». –También lo acababan de decir los jefes–, después añadió por su cuenta, con risa forzada: «Y a nosotros contigo». El otro ladrón, menos endurecido, entra dentro de sí un momento antes de aparecer delante de Dios. Se hace justicia; su castigo es bien merecido. Aquel toque de la gracia tan certero le hizo comprender también que Jesús era inocente. Acaso otras veces había oído hablar de su compañero de suplicio, cuando, seguido de las turbas, predicaba el reino de Dios, que debía inaugurar como Mesías. Los sacerdotes acababan de reconocer sus milagros. Y, a pesar de esto, aquel Jesús callaba. Sin duda esperaba su hora, seguro de que soltaría después de aquellos sufrimientos, de que también había hablado. Esforzándose por volver hacia Él la cabeza, el ladrón balbució dulcemente estas palabras: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino » Admirable acto de fe, que Jesús quiere esclarecer aún más, reconcentrando todos los pensamientos del pecador arrepentido en su próxima llegada cerca de Dios. «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso». El buen ladrón, que era judío, habría oído hablar seguramente del paraíso. Transportando a lo alto el paraíso terrestre, los doctores hacían de él un lugar agradable, donde las almas esperaban el último juicio. En efecto, Jesús debía hallarse, con el ladrón perdonado, entre los justos del Antiguo Testamento, en el lugar que los cristianos llaman el limbo. Según los salmos de Salomón, los mismos santos son el paraíso de Dios y los árboles de la vida (Salmos de Salomón, 19, 3). Compañero de Jesús en la cruz, el dichoso ladrón, en adelante, bajo la salvaguardia de Jesús, estará cerca de Dios. El Salvador en su cruz era realmente el salvador de las almas.

Por tres horas una densa obscuridad se extendió sobre el país; el sol estaba velado: la atmósfera, pesada. Jesús guardó silencio hasta la hora nona: sufría. Rechazado por los jefes de la nación como blasfemo, entregado a los extraños, tratado por los romanos como un malhechor, escupido por el populacho, escarnecido por un bandido y abandonado por los suyos, sólo una pena le faltaba por sufrir a su alma, la más cruel de todas, el abandono de Dios. Ni podemos dudar de ello, lo dicen los evangelistas, y su testimonio es, sin duda, la prueba más indiscutible de veracidad. Los enemigos de Jesús acababan de insultarle por su confianza en Dios: No, que se desengañe. ¡Dios lo ha abandonado! Los cristianos debían tener este insulto como una blasfemia contra el objeto de su culto, contra Jesucristo, Hijo de Dios. Entonces, ¿por qué confesar que era verdad? Porque lo iba a confesar el mismo Jesús a gritos en su desamparo: « ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?» ¿No era esto invitar a sus lectores y a todos los siglos a sacudir la cabeza como los doctores de Israel, en señal de incredulidad? Lo dijeron, y lo dijeron sin atenuación, y sin explicación de alguna clase. En éste como en otros casos dijeron lo que sabían; pero es también el más claro testimonio de las fuertes razones que tenían para creer en Jesús. Conocían estas palabras, pero en nada atenuaban la profunda convicción de su alma. Eran misteriosas, pero no podían oscurecer la evidencia de los milagros y de la resurrección.

El misterio no se ha aclarado aún; pero en los momentos en que el alma de Jesús iba a abandonar el cuerpo, no debemos de suponer una especie de desdoblamiento de su personalidad. El que habla es siempre el Hijo de Dios. La voz humana, sin embargo, expresaba los sentimientos de su humanidad, los sentimientos de su alma desolada, como si Dios se hubiera apartado de ella. Declaración más completa que la de Getsemaní, pues aquí Jesús no dice: « ¡Padre mío!», sino sólo: «¡Dios mío!» ¡Eloi, Eloi! Como los demás dolores suyos, también éste debía ser aceptado por nosotros; y éste es el refugio de las grandes almas en las últimas purificaciones. Si alguien pudiera comprender esta frase de Jesús, serían estas almas; pero si pueden sentirla, no podrán jamás explicarla. Sólo san Pablo tuvo autoridad bastante para decir de Jesús una palabra, que aún parece más fuerte, y que de alguna manera explica aquel grito arrojado desde la cruz. Cargado en su patíbulo con todos los pecados del mundo, Jesús se hizo maldición por nosotros (Ga 3, 13). Él nos libró así de la maldición echándosela sobre sí, y la desolación se convirtió en gozo en los últimos versículos del salmo, cuyas primeras palabras Él pronunciaba (Sal 21, 1)*6. Las aflicciones del justo, del verdadero Mesías, tienen por término la gloria de Dios. El salmo reproducía por adelantado el reto irónico de los doctores: « ¡Que espere en Yahvé! ¡Que Él lo salve!» En efecto, el abandonado se abandona, sabe que a ese precio, de todas las extremidades de la tierra se volverán a Dios y todas la familias de las naciones se postrarán ante Él (Sal 22, 28)*7.

Entre los que allí estaban, sólo los doctores comprendieron que Jesús citaba un salmo. Los demás, menos ilustrados, no oyendo apenas las primeras palabras, imaginaron que Jesús llamaba a Elías. Pensaron que era la última alucinación de aquella cabeza extraviada por los sufrimientos. Porque Elías, según el sentir de los judíos, volvería para manifestar al Mesías, ¡pero no lo buscaría de seguro levantado en una cruz!

Jesús, sin embargo, dejó oír esta palabra: «Tengo sed». Los soldados, para apagar la sed, acostumbraban a llevar consigo un frasco de agua con vinagre, con que se contentaban a falta de cosa mejor. Uno de ellos, tomando una esponja, tal vez con la que tapaba la boca de su frasco, y fijándola empapada en la punta de una lanza, la acercó a los labios de Jesús. Lo hacía por compasión –daba lo que tenía–, pero los otros, divertidos por aquel llamamiento desesperado al profeta Elías, querían impedírselo. «Aguarda, le dicen, veamos si viene Elías a bajarlo»*8. Así, aquel valeroso joven no se atrevía a mostrarse bueno, a no ser participando de las burlas de los demás.

Diciendo: «Tengo sed» cumplía Jesús una palabra de un salmo sobre el justo paciente (Sal 68, 22). Ya había apurado el cáliz hasta la última gota. Entonces exclamó: «Todo está consumado», como buen obrero que terminó su tarea. Después, exclamó con gran voz: « ¡Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu!».

(Lagrange, J., Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid, 1999, p. 500 – 507)

*1- Talmud, de Babilonia, Sanh., 43°.
*2- Según San Juan (19,14), que dice que fue hacia la hora sexta la condenación. San Marcos señala la hora tercia, es decir, las nueve de la mañana, para la crucifixión. Ésta es una indicación aproximada, pues San Marcos parece haber repartido los tiempos según un esquema de tres en tres horas (15,1.25.33).
*3- Citado por San Lucas, 22,37, pero no por San Marcos, 15,28.
*4- Muchos comentaristas entienden el texto de San Juan, 19,25, de dos mujeres diferentes de la Madre de Jesús: nosotros persistimos en ver tres. No vemos en la hermana de Jesús a Salomé, sino más bien a otra María, madre de Santiago y de José (Mc.15,40). Hegesipo no da el mismo padre a Santiago, obispo de Jerusalén, llamado hermano del Señor, y a Simón su sucesor, hijo de Cleofás, hermano de José, padre putativo de Jesús.
*5- San Marcos y San Matero dicen que los dos ladrones blasfemaban. San Lucas ha precisado según un relato fiel, acaso de la Virgen.
*6- El salmo está en hebreo, como todos los otros, pero Jesús lo dijo en arameo.
*7- Acaso San Lucas y San Juan, que escribían especialmente para los gentiles convertidos, omitieron esta palabra porque es una cita que se sabe entender como tal.
*8- Según San Marcos. San Mateo lo redactó de un modo más claro, pero menos pintoresco.

 

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Comentario Teológico

·        Xavier Leon-Dufour

La Cruz

Jesús murió crucificado. La cruz, que fue el instrumento de la redención, ha venido a ser, juntamente con la *muerte, el *sufrimiento, la *sangre, uno de los términos esenciales que sirven para evocar nuestra salvación. No es una ignominia, sino un título de gloria, primero para Cristo, luego para los cristianos.

I. LA CRUZ DE JESUCRISTO.

1. El escándalo de la cruz. “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, *escándalo para los judíos y *locura para los paganos” (ICor 1,23). Con estas palabras expresa Pablo la reacción espontánea de todo hombre puesto en presencia de la cruz redentora. ¿Cómo podría venir la salvación al mundo grecorromano por la crucifixión, aquel suplicio reserva-do a los esclavos (cf. Flp 2,8), que no sólo era una muerte cruel, sino además una ignominia (cf. Heb 12, 2; 13,13)? ¿Cómo podría procurarse la redención a los judíos por un cadáver, aquella impureza de la que había que deshacerse lo antes posible (Jos 10,26s; 2Sa 21,9ss; Jn 19, 31), por un condenado colgado del patíbulo y marcado con el estigma de la *maldición divina (Dt 21,22s; Gál 3,13)? En el calvario era fácil a los presentes chancearse con él invitándole a bajar de la cruz (Mt 27, 39-44 p). En cuanto a los discípulos, podemos imaginarnos su reacción horrorizada. Pedro, que, sin embargo, acababa de reconocer en Jesús al Mesías, no podía tolerar el anuncio de su sufrimiento y ‘de su muerte (Mt 16,21ss p; 17,22s p): ¿cómo hubiera admitido su crucifixión? Así, la víspera de la pasión anunció Jesús que todos se escandalizarían a causa de él (Mt 26,31 p).

2. El misterio de la cruz. Si Jesús, y los discípulos después de él, no dulcificaron el escándalo de la cruz, es que un misterio oculto le confería sentido. Antes de pascua era Jesús el único que afirmaba su necesidad, para *obedecer a la *voluntad del Padre (Mt 16,21 p). Después de pentecostés los discípulos, (ilusionados por la gloria del resucitado), proclaman a su vez esta necesidad, situando el escándalo de la cruz en su verdadero puesto en el *designio de Dios. Si el *Mesías fue crucificado (Act 2,23; 4,10), “colgado del leño” (5,30; 10,39) en una forma escandalosa (cf. Dt 21,23), fue sin duda a causa del *odio de sus hermanos. Pero este hecho, una vez esclarecido por la profecía, adquiere una nueva dimensión: *realiza “lo que se había escrito acerca de Cristo” (Act 13,29). Por esto los relatos evangélicos de la muerte de Jesús encierran tantas alusiones a los salmos (Mt 27,33-60 p; Jn 19, 24.28.36s): “era necesario que el Mesías sufriera”, conforme con las *Escrituras, como lo explicará el resucitado a los peregrinos de Emaús (Lc 24,25s).

3. La teología de la cruz. Pablo había recibido de la tradición primitiva que “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras” (1Cor 15,3). Este dato tradicional suministra un punto de partida a su reflexión teológica; reconociendo en la cruz la verdadera *sabiduría, no quiere conocer sino a Jesús crucificado (2,2). En ello, en efecto, resplandece la sabiduría del designio de Dios, anunciada ya en el AT (1,19s); a través de la debilidad del hombre se manifiesta la *fuerza de Dios (1,25). Desarrollando esta intuición fundamental descubre Pablo un sentido incluso en las modalidades de la crucifixión. Si Jesús fue “colgado del *árbol” como un maldito, era para rescatarnos de la maldición de la ley (Gál 3,13). Su cadáver expuesto sobre la cruz, “*carne semejante a la del *pecado”, permitió a Dios “condenar el pecado en la carne” (Rom 8,3); la sentencia de la *ley ha sido ejecutada, pero al mismo tiempo Dios “la ha suprimido clavándola en la cruz, y ha despojado a los poderes” (Col 2,14s). Así, “por la sangre de su cruz” se ha *reconciliado Dios a todos los seres (1,20); suprimiendo las antiguas divisiones causadas por el pecado, ha restablecido la *paz y la *unidad entre judíos y paganos para que no formen ya sino un solo *cuerpo (Ef 2,14-18). La cruz se yergue, pues, en la frontera entre ‘las dos economías del AT y del NT.

4. La cruz, elevación a la gloria. En el pensamiento de Juan no es la cruz sencillamente un *sufrimiento, una humillación, que halla con todo cierto sentido por razón del designio de Dios y por sus efectos saludables; es ya la *gloria de Dios anticipada. Por lo demás, la tradición anterior no la mencionaba nunca sin invocar luego la glorificación de Jesús. Pero, según Juan, en ella triunfa ya Jesús. Utilizando para ‘designarla el término que hasta entonces indicaba la exaltación de Jesús al cielo (Act 2,33; 5,31), muestra el momento en que el *Hijo del hombre es “elevado” (Jn 8,28; 12,32s), como una nueva serpiente de bronce, signo de salvación (3,14; cf. Núm 21, 4-9). Se diría que en su relato de la pasión avanza Jesús hacia ella con majestad. Sube a ella triunfalmente, ya que allí funda su Iglesia “dando el *Espíritu” (19,30) y haciendo que mane de su costado la *sangre y el *agua (19,34). En adelante habrá que “mirar al que han atravesado” (19,37), pues la *fe se dirige al crucificado, cuya cruz es el signo vivo de la salvación. Parece que en el mismo espíritu vio el Apocalipsis a través de este “leño” salvador el “leño de la vida”, a través del “árbol de la cruz” “el árbol de vida” (Ap 22,2.14.19).

II. LA CRUZ, MARCA DEL CRISTIANO.

1. La cruz de Cristo. El Apocalipsis, revelando que los dos testigos habían sido martirizados “allí donde Cristo fue crucificado” (Ap 11,8), identifica la suerte de los *discípulos con la del Maestro. Es lo que exigía ya Jesús: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me *siga” (Mt 16,24 p). El discípulo no sólo debe *morir a sí mismo, sino que la cruz que lleva es signo de que muere al *mundo, que ha roto todos sus lazos naturales (Mt 10,33-39 p), que acepta la condición de *perseguido, al que quizá se quite la vida (Mt 23, 34). Pero al mismo tiempo es también signo de su gloria anticipada (cf. Jn 12,26).

2. La vida crucificada. La cruz de Cristo que, según Pablo, separaba las dos economías de la *ley y de la *fe, viene a ser en el corazón del cristiano la frontera entre los dos mundos de la *carne y del *espíritu. Es la única *justificación y la única *sabiduría. Si se ha convertido, es porque ante sus ojos se han dibujado los rasgos de Jesucristo en cruz (Gál 3,1). Si es justificado, no lo es en absoluto por las *obras de la ley, sino por su fe en el crucificado; porque él mismo ha sido crucificado con Cristo en el *bautismo, tanto que ha muerto a la ley para vivir para Dios (Gál 2,19), y que ya no tiene nada que ver con el *mundo (6,14). Así pone su *confianza en la sola *fuerza de Cristo, pues de lo contrario se mostraría “enemigo de la cruz” (Flp 3,18).

3. La cruz, título de gloria del cristiano. En la vida cotidiana del cristiano, “el *hombre viejo es crucificado” (Rom 6,6), hasta tal punto que es plenamente liberado del pecado. Su juicio es transformado por la sabiduría de la cruz (1Cor 2). Por esta sabiduría se convertirá, a *ejemplo de Jesús, en humilde y “*obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2,1-8). Mas en general, debe contemplar el “modelo” de Cristo que “llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia” (1Pe 2,21-24). Finalmente, si bien es cierto que debe temer siempre la apostasía, que le induciría a “crucificar de nuevo por su cuenta al Hijo de Dios” (Heb 6,6), puede, sin embargo, exclamar con orgullo con san Pablo: “Cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6,14).

-> Árbol – Locura – Muerte – Persecución – Redención – Sabiduría – Sangre – Sufrimiento.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

 

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·        San Agustín

La pasión del Señor.

1. Con toda solemnidad leemos y celebramos la pasión de quien con su sangre borró nuestras culpas para reavivar gozosamente nuestro recuerdo a través de estas prácticas anuales y hacer que, mediante la afluencia de gente, irradie mayor claridad nuestra fe. La solemnidad me pide hablaros, en la medida que el Señor quiera concedérmelo, de su pasión. Ciertamente, en cuanto sufrió de parte de sus enemigos, nuestro Señor se dignó dejarnos un ejemplo de paciencia para nuestra salvación, útil para esta vida por la que hemos de pasar; de manera que, si así él lo quisiere, no rehusemos el padecer lo que sea en bien del Evangelio. Puesto que aun lo que sufrió en esta carne mortal lo sufrió libremente y no por necesidad, es justo creer que también quiso simbolizar algo en cada uno de los hechos que tuvieron lugar y fueron escritos respecto a su pasión.

2. En primer lugar, en el hecho de que después de entregado para la crucifixión llevó él mismo la cruz, nos dejó una muestra de paciencia e indicó de antemano lo que ha de hacer quien quiera seguirle. Idéntica exhortación la hizo también verbalmente cuando dijo: Quien me ame, que tome su cruz y me siga. Llevar la propia cruz equivale, en cierto modo, a dominar la propia mortalidad.

3. Al ser crucificado en el Calvario, significó que en su pasión tuvo lugar el perdón de todos los pecados, de los que dice el salmo: Mis maldades se han multiplicado más que los cabellos de mi cabeza.

4. A su derecha y a su izquierda, respectivamente, fueron crucificados otros dos hombres, mostrando con ello que todos han de padecer, lo mismo si se hallan a su derecha que si están a su izquierda. De los primeros se dice: Dichosos los que sufren persecución por causa de la justicia; de los segundos, en cambio: Y aunque entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve.

5. Con el rótulo puesto sobre la cruz, en el que estaba escrito: Rey de los judíos, demostró que ni siquiera causándole la muerte pudieron conseguir los judíos que no fuera su rey quien con sublime potestad y a todas luces dará a cada uno lo que merezcan sus obras. Por esa razón se canta en el salmo: El me constituyó rey sobre Sión, su monte santo.

6. El que el rótulo estuviese escrito en tres lenguas: hebreo, griego y latín, indica que iba a reinar no sólo sobre los judíos, sino también sobre los gentiles. Por eso, después de haber dicho en el mismo salmo: El me constituyó rey sobre Sión, su monte santo, es decir, donde se hablaba la lengua hebrea,

añade a continuación, como refiriéndose a la griega y a la latina: El Señor me dijo: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy; pídemelo, y te daré los pueblos en herencia, y los confines de la tierra como tu posesión.» No porque el griego y el latín sean las únicas lenguas habladas por los gentiles, sino porque son las que más destacan; la griega, por su literatura, y la latina, por la habilidad de los romanos. Aunque en aquellas tres lenguas quedaba indicado que iba a someterse a Cristo la totalidad de los pueblos, no por eso se escribió allí también: «Rey de los gentiles», sino sólo: Rey de los judíos, para que ya el nombre manifestase el origen de la raza cristiana. Está escrito: La ley saldrá de Sión, y la palabra del Señor, de Jerusalén. ¿Quiénes son los que dicen en el salmo: Nos sometió a los pueblos y puso a los gentiles bajo nuestros pies, sino aquellos

de quienes dice el Apóstol: Si los gentiles participaron de sus bienes espirituales, deben servirles con sus bienes materiales?

7. Los príncipes de los judíos sugirieron a Pilato que en ningún modo escribiera que él era el rey de los judíos, sino que él decía serlo. De esta forma, Pilato simbolizaba al acebuche que iba a ser injertado en aquellas ramas quebradas; siendo gentil, mandó escribir la profesión de fe de los gentiles, de quienes con razón dijo el mismo Señor: Se os quitará a vosotros el reino y se le entregará a un pueblo que cumpla la justicia. Pero no por eso deja de ser rey de los judíos. Es la raíz la que sostiene al acebuche, no el acebuche a la raíz. Y no obstante aquellas ramas desgajadas por la infidelidad, Dios no repudió a su pueblo, al que conoció de antemano. También yo soy israelita, dice el Apóstol. Aunque los hijos del reino que no quisieron que el Hijo de Dios fuera su rey sean expulsados a las tinieblas exteriores, vendrán, no obstante, muchos de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa, no con Platón y Cicerón, sino con Abrahán, Isaac y Jacob, en el reino de los cielos. Pilato, en efecto, escribió: Rey de los judíos, no «Rey de los griegos» o «Rey de los latinos», aunque iba a reinar sobre los gentiles. Y lo que mandó escribir quedó escrito, sin que lograra cambiarlo la sugerencia de los que no lo creían. Mucho tiempo antes se le había ordenado en los salmos: No cambies la inscripción del rótulo. Todos los pueblos creen en el rey de los judíos; reina sobre todos los gentiles, pero es solamente rey de los judíos. Tanto vigor tuvo aquella raíz, que puede cambiar el ser del acebuche injertado en ella, mientras que el acebuche, en cambio, no puede cambiar ni el nombre del olivo.

8. Los soldados se quedaron con sus vestiduras después de haberlas dividido en cuatro lotes. Con ello se simbolizó a los sacramentos que iban a extenderse por las cuatro partes del orbe.

9. El hecho de que, en vez de partirla, echaron a suertes la única túnica inconsútil, demuestra con suficiencia que los sacramentos visibles, aunque también ellos son vestimenta de Cristo, puede tenerlos quienquiera, independientemente de que sea bueno o malo; en cambio, la fe pura, que obra la perfección de la unidad 1 mediante la caridad, dado que la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha otorgado, no pertenece a quien quiera, sino

a quien le sea donada como en suerte por una misteriosa gracia de Dios. Por eso dijo Pedro a Simón, que estaba en posesión del bautismo, pero no de la fe: No tienes lote ni parte en esta fe.

10. Reconociendo a su madre desde la cruz, la encomendó al cuidado de su discípulo amado: manifestación apropiada de su afecto humano en el momento en que moría como hombre. Aún no había llegado la hora de que había hablado a su madre cuando la conversión del agua en vino: ¿Qué nos va a ti y a mí, mujer? Aún no ha llegado mi hora. No había recibido de María lo que tenía en cuanto Dios, como había recibido de ella lo que pendía de la cruz.

11. Con las palabras Tengo sed reclama la fe de los suyos; pero como vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron, en lugar de la suavidad de la fe, le dieron el vinagre de la infidelidad, precisamente en una esponja. Hay motivos para compararlos con la esponja, pues no son macizos, sino hinchados; en vez de estar abiertos con libre acceso a la profesión de la fe, están llenos de escondrijos, de los tortuosos recodos de las insidias. Además, aquella bebida tenía consigo también el hisopo, hierba humilde de la que se dice que, mediante su poderosísima raíz, se adhiere a las piedras. Había gentes en aquel pueblo para quienes tal crimen serviría como humillación del alma, arrepintiéndose después de haberlo desechado. Bien los conocía quien recibía el hisopo junto con el vinagre. También por ellos oró, según testimonio de otro evangelista, cuando dijo desde la cruz: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.

12. Con las palabras: Todo está consumado, e, inclinada la cabeza, entregó su espíritu, mostró que su muerte no era fruto de necesidad, sino de libertad, al esperar a morir cuando estaba cumplido todo lo que habían profetizado sobre él. En efecto, también esto estaba escrito: Y en mi sed me dieron a beber vinagre. Todo lo hizo como quien tiene poder para entregar su vida, según él mismo había afirmado. Y entregó el Espíritu por humildad; es lo que significa el hacerlo con la cabeza inclinada; Espíritu que volvería a recibir después de la resurrección con la cabeza erguida. Aquel patriarca Jacob ya había anticipado, al bendecir a Judá, que esta muerte e inclinación de cabeza era consecuencia de un gran poder, con estas palabras: Te levantaste estando tumbado; dormiste como un león. Ese levantarse hace alusión a la muerte, y el león a su poder.

13. El mismo evangelio indicó por qué a aquellos dos se le quebrantaron las piernas, y a él, en cambio, no, dado que había muerto. Convenía, en efecto, manifestar también, mediante este hecho, que la pascua de los judíos se había establecido como profecía suya; estaba mandado que en ella no se rompiese ningún hueso del cordero.

14. De su costado, traspasado por la lanza, brotó sangre y agua hasta llegar a la tierra. En ello, sin duda alguna, hay que ver los sacramentos, que constituyen la Iglesia, semejante a Eva, que fue formada del costado de Adán, figura del Adán futuro, mientras él dormía. José y Nicodemo le dieron sepultura. Según algunos que han averiguado la etimología del nombre, José significa «aumentado»; en cambio, por tratarse de un nombre griego, son muchos los que saben que Nicodemo está compuesto de los términos «victoria» y «pueblo», puesto que niko significa victoria, y démos pueblo. ¿Quién fue aumentado al morir sino quien dijo: Si el grano de trigo no muere, se queda él solo; si, en cambio, muere, se multiplica? ¿Y quién al morir venció al pueblo que lo perseguía sino quien después de resucitar será su juez?

SAN AGUSTÍN, Sermones (4), Sermón 218, 1-14, BAC Madrid 1983, XXIV, pág. 207-14

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·        P. José A. Marcone, I.V.E.

.        S.S. Francisco p.p.

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·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. José A. Marcone, I.V.E.

 

La cruz como exaltación y glorificación

(Jn 18,1 – 19,42)

            1. ‘La hora’ en los sinópticos y en S. Juan

            El evangelio de San Juan es el que centra todo su peso teológico en ‘la hora’ de Jesús. Es el evangelio de ‘la hora’ de Jesús.

            En los sinópticos también aparece la frase ‘la hora de Jesús’: para ellos ‘la hora de Jesús’ es el momento más oscuro y terrible de la pasión de Jesús: el momento de sus sufrimientos. Por ejemplo, al final del relato de la agonía de Jesús en Getsemaní, se dice: “Llegó la hora: el Hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores” (Mc 14,41). También Lucas, cuando se acerca la turba para arrestarlo, dice: “Esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas” (Lc 22,53).

            Pero en Juan ‘la hora’ tiene una connotación mucho más profunda, completa e integral. Él habla de la hora de Jesús desde el inicio del evangelio. “Podría decirse que toda la vida de Jesús está orientada hacia aquella ‘hora’ que será el ápice de su existencia terrena. Pero esa ‘hora’ no será, como en los sinópticos, la hora de las tinieblas -el Salvador entregado en las manos de los pecadores- sino la hora de la elevación sobre la cruz, y la hora de la glorificación”*1.

            Se habla de ‘la hora’ desde el inicio, como decíamos, para decir que no llegó. Por ejemplo, en las Bodas de Caná, donde Jesús le dice a su Madre: “Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,4). También se habla de que la hora no llegó en otros dos pasos (7,30 y 8,20), pero allí se refieren específicamente a la hora del sufrimiento y de la muerte.

            A partir del capítulo 12 comienza a hablarse que ‘la hora está cercana’ o ‘ha llegado’. Y precisamente en ese momento, cuando comienza a decirse que ‘la hora está cercana’ o ‘ha llegado’, comienza también a presentarse a ‘la hora de Jesús’ como ‘la hora de la glorificación’ y no solamente ‘la hora del sufrimiento o de la muerte’. Son tres los lugares donde se marca claramente este giro.

Durante la entrada triunfal a Jerusalén, el Domingo de Ramos, unos griegos querían hablar con Jesús,  y Él responde (Jn 12,23): “Llegó la hora en que el Hijo del hombre debe ser glorificado”.
En la solemne introducción de la cena (Jn 13,1), Jesús dice: “Había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”, lo cual implica su muerte, resurrección y ascensión, es decir, su glorificación. Es decir, ‘integra’ a la muerte, el triunfo de la resurrección y ascensión.
Las primeras palabras de la oración sacerdotal (Jn 17,1), que dicen: “Padre, llegó la hora, glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”. Y la oración sacerdotal de Jesús “es la oración de ‘la hora’, cuyo contenido es el profundo misterio de la indivisible unidad entre el sufrimiento y la glorificación”*2.

            Conclusión: para los sinópticos ‘la hora de Jesús’ es la hora del sufrimiento y la muerte en manos de los pecadores y el momento de triunfo de las tinieblas. Para S. Juan es el momento de la glorificación que está indivisiblemente unida con el sufrimiento. O, dicho de otra manera, el sufrimiento como glorificación.

            2. La exaltación (hypsothênai, exaltari)

            En los sinópticos se muestra cómo Jesús prepara a sus discípulos para la pasión y por eso se la anuncia. En ellos se encuentran tres anuncios de la pasión. Lo hace mostrando el lado más humillante de la pasión: Entregado a los sumos sacerdotes, condenado a muerte, entregado a los paganos, burlado, flagelado y crucificado (cf Mt 20,18-19).

            Estos anuncios de la pasión faltan en Juan, pero hay textos paralelos que cumplen la misma función, sobre todo porque son anunciados con una necesidad teológica: ‘debe’ (griego: deî, latín: oportet). Pero en lugar de decir, como los sinópticos, ‘debe ser entregado…etc.’, dice ‘debe ser elevado’. Se habla de la elevación o levantamiento de Jesús. Y esta expresión: ‘debe ser elevado’ se encuentra en Juan también tres veces (3,14-15; 8,28; 12,32). En griego ‘ser elevado’ se dice hypsothênai; en latín: exaltari.

Se encuentra ya en el Cántico del Siervo de Yahveh (Is 52,13, LXX*3). No hace referencia a la resurrección, sino que el término es usado en sentido metafórico. “No se trata ni mínimamente de hacer subir, de poner sobre una montaña, sino de poner sobre un trono”*4.

En el kerygma que anuncia Pedro, es decir, el núcleo del mensaje sobre Jesucristo, el verbo hypsothênai se refiere a la ascensión de Jesús y a su glorificación a la derecha del Padre (Hech 2,33). Y en el keryma que anuncia San Pablo se refiere a la resurrección, la ascensión y la glorificación a la derecha del Padre. Por esta exaltación la divinidad de Jesús quedará de manifiesto ante todos. Por eso podrá llevar el Nombre sobre todo nombre, es decir, el Nombre de Yahveh (Filp 2,9).

            Los tres textos donde Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección usando el verbo hypsothênai, ‘ser elevado’, ‘ser exaltado’ son los siguientes:

            Jn 3,14-15: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado (hypsothênai, exaltari) el Hijo del hombre”.

            Jn 8,28: “Cuando hayáis levantado (hypsothênai, exaltari) al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (8,28).

            Jn 12,32: “Y cuando yo sea levantado (hypsothênai, exaltari) de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (12,32).

            Comentando este último texto comprenderemos mejor lo que significa la pasión como glorificación en San Juan. En este texto de Jn 12,32 el hypsothênai debe ser entendido como se usa en otros contextos, tanto bíblicos como profanos, es decir, como ‘ser entronizado’, tal como dijimos respecto al texto de Is 52,13, según la traducción de la LXX. Este término hypsothênai, en estos contextos, “indicaba la potencia real, el triunfo (p. ej., 1Mac 8,13; 11,16); ejercitándolo sobre el pueblo, el rey era ‘elevado’, ‘levantado’. S. Juan tiene en mente esta imagen y la utiliza para evocar el tema del ejercicio del poder real de Jesús sobre la cruz”*5.

            Entonces, “Jesús en cruz ocupa una posición de dignidad, semejante a la del rey que reina sobre su pueblo. En Juan se opera entonces una transposición: al significado material de la elevación sobre la cruz, se agrega un significado simbólico del término ‘ser elevado’ para iluminar el tema de la realeza de Cristo, tan querido para el evangelista”*6. Esto, exegéticamente hablando, es indubitable. Sería muy largo enumerar todos los pasos en la narración de la pasión en que San Juan nos presenta a Jesús como rey. Basta para nuestra homilía recordar la pregunta de Pilato y la respuesta de Jesús: “Pilato le dijo: ‘¿Luego, tú eres Rey?’ Respondió Jesús: ‘Sí, como dices, yo soy Rey’ (basileús eimí egó)” (Jn 18,37).

3. ¿Porqué es exaltación?

            La razón por la cual la cruz es para S. Juan glorificación y exaltación es por el valor del sacrificio y del sufrimiento. Es porque por ese sacrificio y ese sufrimiento se nos da la redención. La obra aflictiva y humillante, y la glorificación y exaltación se encuentran en relación como la obra se encuentra en relación con el efecto. La obra es la cruz, el efecto es la redención.

Podríamos decir que San Juan ve más allá que los Sinópticos. Coincide con ellos en que se trata de sufrimiento y oscuridad, hora de las tinieblas. Pero alcanza a ver, con mirada penetrante y contemplativa (mirada de águila), la gloria, esplendor, dignidad y provecho de la cruz. Es gloria y esplendor porque la cruz es bella. Es dignidad porque es elevación, es decir, es reinar. Es provechosa porque ‘atrae a todos hacia sí’ (cf. Jn 12,32).

El gran Dante Alighieri, en el Cielo de su Divina Comedia, tiene una visión gloriosa de la cruz*7. En los versos 94 – 104 nos describe la visión central. En un momento dado, aparece ante él la cruz de Cristo, formada por dos rayos de luz, hermosísima y radiante. Estaba formada por algo así como dos regueros de estrellas grandes y pequeñas (parecidos a la Via Lactea cuando está en todo su esplendor) que se extendían de un polo al otro de la tierra, formando una cruz de brazos iguales (llamada cruz griega). Y en esa cruz estaba clavado Cristo y relampagueaba con inigualable esplendor, tanto que el Dante dice que no tiene ingenio ni arte para narrar lo que vio. La contemplación de esta visión le llenó el alma de gozo.

Al hacer esta descripción de la cruz vista desde el Cielo, Dante no hace otra cosa que prolongar las líneas de la teología joanea sobre la cruz, que la concibe como glorificación y exaltación. Vista desde el Cielo, vista cuando ya estemos gozando del triunfo definitivo, se verá con toda evidencia el fruto luminoso y gozoso del sufrimiento. Ese fruto será, nada más y nada menos, que la visión y la fruición directa de Dios. La cruz como algo luminoso, radiante y que es causa de gozo profundo será la cruz vista por aquellos que ya han llegado a la gloria.

Conclusión

Cada vez que aparece la cruz en nuestras vidas nos parece una derrota y todo se nos torna oscuro. Parece un triunfo de las tinieblas. Sin embargo, el hombre de fe ve más allá. Ve el enorme fruto que se sigue de cada cruz. Y ese fruto es la vida eterna.

Por eso, como para San Juan, también la cruz de nuestras vidas, la cruz concreta y cotidiana, es elevación en un trono, es exaltación. Una exaltación que llega hasta la derecha del Padre, es decir, hasta la resurrección de nuestros cuerpos.

Pidámosle a la Virgen María la gracia de llevar nuestras cruces con la seguridad de que son una elevación, una exaltación y una glorificación.

_________________________________________________
*1- De la Potterie, I., La Passione di Gesú secondo il vangelo di Giovanni, Edizione Paoline, Milano, 1988, p. 13-14; traducción nuestra. Al decir que toda la vida de Jesús está orientada hacia su ‘hora’ está diciendo que toda la vida de Jesús está en tensión hacia esa ‘hora’.
*2- George, A., en De la Potterie, I., La Passione di Gesú…, p. 14.
*3- “He aquí que mi siervo tendrá éxito, será muy exaltado y glorificado” (hypsothésetai kai doxasthésetai sfodra)
*4- De la Potterie, I., La Passione di Gesú…, p. 15 (cursiva nuestra).
*5- De la Potterie, I., La Passione di Gesú…, p. 17.
*6- De la Potterie, I., La Passione di Gesú…, p. 18.
*7- Alighieri, Dante, La Divina Comedia, Cielo, canto 14, versos 85 al 139, que es el fin del canto 14.

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S.S. Francisco p.p.

 

Dios puso en la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados, todas las injusticias perpetradas por cada Caín contra su hermano, toda la amargura de la traición de Judas y de Pedro, toda la vanidad de los prepotentes, toda la arrogancia de los falsos amigos. Era una Cruz pesada, como la noche de las personas abandonadas, pesada como la muerte de las personas queridas, pesada porque resume toda la fealdad del mal. Sin embargo, es también una Cruz gloriosa como el alba de una larga noche, porque representa en todo el amor de Dios que es más grande que nuestras iniquidades y nuestras traiciones. En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia.

Ante la Cruz de Jesús, vemos casi hasta tocar con las manos la medida en la que somos amados eternamente; ante la Cruz nos sentimos «hijos» y no «cosas» u «objetos», como afirmaba san Gregorio Nacianceno dirigiéndose a Cristo con esta oración: «Si no existieras Tú, mi Cristo, me sentiría criatura acabada. He nacido y me siento desvanecer. Como, duermo, descanso y camino, me enfermo y me curo. Me asaltan innumerables ansias y tormentos, gozo del sol y de cuanto fructifica la tierra. Después muero y la carne se convierte en polvo como la de los animales, que no tienen pecados. Pero yo, ¿qué tengo más que ellos? Nada sino Dios. Si no existieras Tú, oh Cristo mío, me sentiría criatura acabada. Oh Jesús nuestro, guíanos desde la Cruz a la resurrección, y enséñanos que el mal no tendrá la última palabra, sino el amor, la misericordia y el perdón. Oh Cristo, ayúdanos a exclamar nuevamente: “Ayer estaba crucificado con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer estaba muerto con Él, hoy estoy vivo con Él. Ayer estaba sepultado con Él, hoy he resucitado con Él”».

Por último, todos juntos, recordemos a los enfermos, recordemos a todas las personas abandonadas bajo el peso de la Cruz, a fin de que encuentren en la prueba de la Cruz la fuerza de la esperanza, de la esperanza de la resurrección y del amor de Dios.

(Palatino, Viernes Santo, 18 de abril de 2014)

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San Juan Pablo II

 

La cruz es una señal visible del rechazo de Dios por parte del hombre. El Dios vivo ha venido en medio de su pueblo mediante Jesucristo, su Hijo Eterno que se ha hecho hombre: hijo de María de Nazaret.

Pero “los suyos no le recibieron” (Jn 1,11).

Han creído que debía morir como seductor del pueblo. Ante el pretorio de Pilato han lanzado el grito injurioso: “Crucifícale, crucifícale” (Jn 19,6).

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del Hijo de Dios por parte de su pueblo elegido; la señal del rechazo de Dios por parte del mundo. Pero a la vez la misma cruz se ha convertido en la señal de la aceptación de Dios por parte del hombre, por parte de todo el Pueblo de Dios, por parte del mundo.

Quien acoge a Dios en Cristo, lo acoge mediante la cruz. Quien ha acogido a Dios en Cristo, lo expresa mediante esta señal: en efecto se persigna con la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho, para manifestar y profesar que en la cruz se encuentra de nuevo a sí mismo todo entero: alma y cuerpo, y que en esta señal abraza y estrecha a Cristo y su reino.

Cuando en el centro del pretorio romano Cristo se ha presentado a los ojos de la muchedumbre, Pilato lo ha mostrado diciendo: “Ahí tenéis al hombre” (Jn 19,5). Y la multitud responde: “Crucifícale”.

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del hombre en Cristo. De modo admirable caminan juntos el rechazo de Dios y el del hombre. Gritando “crucifícale”, la multitud de Jerusalén ha pronunciado la sentencia de muerte contra toda esa verdad sobre el hombre que nos ha sido revelada por Cristo, Hijo de Dios.

Ha sido así rechazada la verdad sobre el origen del hombre y sobre la finalidad de su peregrinación sobre la tierra. Ha sido rechazada la verdad acerca de su dignidad y su vocación más alta. Ha sido rechazada la verdad sobre el amor, que tanto ennoblece y une a los hombres, y sobre la misericordia, que levanta incluso de las mayores caídas.

Y he aquí que este lugar, donde -según una tradición- a causa de Cristo los hombres eran ultrajados y condenados a muerte -en el Coliseo-, ha sido puesta la cruz, desde hace mucho tiempo, como signo de la dignidad del hombre, salvada por la cruz; como signo de la verdad sobre el origen divino y sobre el fin de su peregrinar; como signo del amor y de la misericordia que levanta de la caída y que, cada vez, en cierto sentido, renueva el mundo.

He aquí la cruz: He aquí el leño de la cruz (“ecce lignum crucis”). Es ella el signo del rechazo de  Dios y el signo de su aceptación. Es ella el signo del vilipendio del hombre y el signo de su elevación. El signo de la victoria.

Cristo dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra (sobre la cruz), atraeré todos a mí” (Jn 12,32).

Nuestros pensamientos se detienen junto a la cruz, cuyo misterio permanece y cuya realidad se repite en circunstancias siempre nuevas.

Este rechazo de Dios por parte del hombre, por parte de los sistemas, que despojan al hombre de la dignidad que posee por Dios en Cristo, del amor que solamente el Espíritu de Dios puede difundir en los corazones, este rechazo -repito-, ¿quedará equilibrado por la aceptación, íntima y ferviente, de Dios que nos ha hablado en la cruz de Cristo?

¿Quedará equilibrado este rechazo por la aceptación del hombre de esta su dignidad y de este amor, cuyo comienzo está en la cruz?

Pero el Vía Crucis de Cristo y su cruz no son solamente un interrogante: son una aspiración, una aspiración perseverante e inflexible y un grito:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27,46).

“Padre, en tus manos entrego mí espíritu” (Lc 23,46).

Gritemos y oremos, como haciendo eco a las palabras de Cristo: Padre, acoge a todos en la cruz de Cristo; acoge a la Iglesia y a la humanidad, a la Iglesia y al mundo.

Acoge a aquellos que aceptan la cruz; a aquellos que no la entienden y a aquellos que la evitan; a aquellos que no la aceptan y a aquellos que la combaten con la intención de borrar y desenraizar este signo de la tierra de los vivientes.

Padre, ¡acógenos a todos en la cruz de tu Hijo!

Acoge a cada uno de nosotros en la cruz de Cristo.

Sin fijar la mirada en todo lo que pasa dentro del corazón del hombre; sin mirar a los frutos de sus obras y de los acontecimientos del mundo contemporáneo: ¡Acepta al hombre!

La cruz de tu Hijo permanezca como signo de la aceptación del hijo pródigo por parte del Padre.

Permanezca como signo de Alianza, de la Alianza nueva y eterna.

(Viernes Santo, 4 de abril de 1980)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

También este año hemos recorrido el camino de la cruz, el vía crucis, volviendo a evocar con fe las etapas de la pasión de Cristo. Nuestros ojos han vuelto a contemplar los sufrimientos y la angustia que nuestro Redentor tuvo que soportar en la hora del gran dolor, que marcó la cumbre de su misión terrena. Jesús muere en la cruz y yace en el sepulcro. El día del Viernes santo, tan impregnado de tristeza humana y de religioso silencio, se concluye en el silencio de la meditación y de la oración. Al volver a casa, también nosotros, como quienes asistieron al sacrificio de Jesús, nos golpeamos el pecho, recordando lo que sucedió (cf. Lc 23, 48). ¿Es posible permanecer indiferentes ante la muerte de un Dios? Por nosotros, por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz.

Hermanos y hermanas, dirijamos hoy a Cristo nuestra mirada, con frecuencia distraída por intereses terrenos superficiales y efímeros. Detengámonos a contemplar su cruz. La cruz es manantial de vida inmortal; es escuela de justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado. Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura: «Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

A través del camino doloroso de la cruz, los hombres de todas las épocas, reconciliados y redimidos por la sangre de Cristo, han llegado a ser amigos de Dios, hijos del Padre celestial. «Amigo», así llama Jesús a Judas y le dirige el último y dramático llamamiento a la conversión. «Amigo» nos llama a cada uno de nosotros, porque es verdadero amigo de todos. Por desgracia, los hombres no siempre logran percibir la profundidad de este amor infinito que Dios tiene a sus criaturas. Para él no hay diferencia de raza y cultura. Jesucristo murió para librar a toda la humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y venganza, de la esclavitud del pecado. La cruz nos hace hermanos.

Pero preguntémonos: ¿qué hemos hecho con este don?, ¿qué hemos hecho con la revelación del rostro de Dios en Cristo, con la revelación del amor de Dios que vence al odio? También en nuestra época, muchos no conocen a Dios y no pueden encontrarlo en Cristo crucificado. Muchos buscan un amor y una libertad que excluya a Dios. Muchos creen que no tienen necesidad de Dios.

Queridos amigos, después de vivir juntos la pasión de Jesús, dejemos que en esta noche nos interpele su sacrificio en la cruz. Permitámosle que ponga en crisis nuestras certezas humanas. Abrámosle el corazón. Jesús es la verdad que nos hace libres para amar. ¡No tengamos miedo! Al morir, el Señor salvó a los pecadores, es decir, a todos nosotros. El apóstol san Pedro escribe: «Sobre el madero llevó nuestros pecados en su cuerpo a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; por sus llagas habéis sido curados» (1 P 2, 24). Esta es la verdad del Viernes santo: en la cruz el Redentor nos devolvió la dignidad que nos pertenece, nos hizo hijos adoptivos de Dios, que nos creó a su imagen y semejanza. Permanezcamos, por tanto, en adoración ante la cruz.

Cristo, Rey crucificado, danos el verdadero conocimiento de ti, la alegría que anhelamos, el amor que llene nuestro corazón sediento de infinito. Esta es nuestra oración en esta noche, Jesús, Hijo de Dios, muerto por nosotros en la cruz y resucitado al tercer día. Amén.

(Palatino, Viernes Santo, 21 de marzo de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

Caminemos con determinación hacia la cruz

Jn 18, 1-19, 42

            Jesús “se afirmó en su voluntad*1 de ir a Jerusalén”*2. Este versículo es exclusivo de Lucas.

            ¿A qué iba decidido Jesús? A cumplir el misterio pascual.

El evangelista nota la cercanía del momento aunque van a pasar varios meses para su última pascua, para resaltar la entrega voluntaria del Señor. Acaso, ¿aquí comienza la decisión del Señor? Claro que no, pues, esta voluntad es eterna y comienza en el tiempo en su Encarnación, según su querer humano: “¡He aquí que vengo – pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh Dios, tu voluntad!”*3.

Es clara la conciencia de Jesús sobre su misión. Su voluntad firme. La traducción literal del griego, poner rostro firme parece derivarse de dos expresiones hebreas que significan orientar el rostro en una dirección y endurecerlo en aquella dirección con disposición a afrontar lo que viniere*4. Jesús está dispuesto a cumplir la voluntad del Padre hasta lo último y de hecho así lo hizo. Dijo antes de morir, “todo está cumplido”*5.

            Jesús rostro firme*6 va hacia Jerusalén.

            Debemos imitar a Jesús en el seguimiento de la voluntad del Padre. Pero para tener una voluntad firme tenemos que conocer su voluntad. Su voluntad primera es que seamos santos, que seamos santos en tal ciudad, que seamos santos en tal familia y con tal vocación particular, desempeñando tal oficio, siendo fieles a nuestros propósitos anuales y a nuestro plan de vida concretado en el plan diario y finalmente que estemos atentos a su voluntad significada cuando se nos muestre, buscándola permanentemente y pidiéndole a Dios conocerla, y esto por medio de la oración.

Una vez conocida su voluntad, lo cual es fundamental, para no obrar improvisadamente o según nuestro querer hay que caminar rostro firme siguiéndolo: “Ahora pues, tomando a los que quieren bever de esta fuente de vida y quieren caminar hasta llegar a la mesma fuente, cómo han de comenzar, y digo que importa mucho, y el todo (y aunque en algún libro he leído lo bien que es llevar este principio, y aun en algunos, me aparece no se pierde nada en decirlo aquí) una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, travaje lo que se travajare, mormure quien mormurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino u no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo”*7. Teniendo claro el fin principal que es la búsqueda de Dios y con disposición a padecer lo que viniere en la empresa.

 Jesús rostro firme se refiere a su voluntad firme. Nosotros debemos ser caminar hacia el cielo como Jesús, con voluntad firme. Pero una voluntad firme sólo la podemos alcanzar por una gracia de Dios porque caminamos a un fin que no merecemos sino que es una gracia.

Debemos caminar rostro firme para alcanzar el cielo. Que no nos importen las críticas y murmuraciones de los que recriminan nuestra incapacidad, ni las acusaciones que nos señalan como pecadores, etc. Mantengamos el rostro firme y adelante… ¿Qué no estamos vestidos de fiesta? Recurramos al que nos puede vestir. ¿Qué no somos de esa clase social? Recurramos al que nos puede hacer de un “linaje elegido”*8.

Caminemos rostro firme como Jesús marchaba decidido a su pasión, lo cual, lograremos abandonándonos en Jesús, pues Él nos dará con su gracia la voluntad firme para seguir y alcanzar la Jerusalén del cielo.

¿De qué depende la dirección de nuestra voluntad? De nuestro consentimiento al Amor Absoluto, es decir, de nuestro amor a Dios y del deseo de cumplir su voluntad. La dirección de nuestra voluntad produce la estimación del fin y del fin depende la estimación de las cosas y de la estimación de las cosas depende nuestro obrar*9.

La encamación es una obra de amor y la obra de Jesús es por amor al Padre. De ahí que su voluntad se afirme en el amor al Bien Absoluto y por eso quiera ir a Jerusalén a consumar su obra y estime todo lo demás en vistas a ese fin y su obrar se enderece hacia la Ciudad Santa.

Todos los signos de Jesús se enderezan al Signo de Jonás. Todas sus enseñanzas se enderezan a la Pascua Eterna. Toda su vida se mueve hacia Jerusalén donde la consumará en la cruz y con ella toda su obra.

En el amor de Dios tenemos que afirmar nuestra voluntad, no en otras cosas, a no ser, que estén enderezadas a su voluntad en nosotros. Tenemos que tener bien en claro que nuestra vida debe ser un acto de amor a Dios y por tanto ese amor debe llevarnos a aceptar su voluntad sobre nosotros respecto del fin y de los medios que Él ha dispuesto para que alcancemos ese fin. Teniendo en cuenta esto consideraremos el valor de los medios que se nos presentan y esto determinará nuestro obrar o nuestra actitud frente a ellos.

No sirve afirmarnos en cosas que no están enderezadas al amor de Dios o al amor de nuestros hermanos en los que amamos a Dios.

Jesús no iba a tontas y a locas hacia Jerusalén. Sabía perfectamente que debía ir hacia allí y no iba con presura sino que esperaba la hora que el Padre había determinado, pero sí, su paso era firme y constante hacia Jerusalén. Deseaba ardientemente consumar su pasión, pero muchas veces, tuvo que esperar hasta que llegara su hora.

Nuestra voluntad muchas veces se afirma en senderos contrarios a Jerusalén, más bien, se endereza a camino de gentiles y paganos, en dirección contraria a Jerusalén y, a veces, corremos, voluntad firme, hacia esos lugares. ¡Cuántas carreras vanas en nuestra vida por falta de amor a Dios! ¡Cuántos caminos errados por falta de claridad en el conocimiento del querer divino para conmigo! ¡Cuántos esfuerzos inútiles ofrecidos al diablo por falta de discernimiento!

La voluntad es el motor de nuestra vida pero debe tener la luz de la inteligencia para que la ilumine. Primero debe la luz iluminar el camino para andar y la fuerza del motor hará que caminemos. Conocimiento de Dios para amarlo, amor para hacer su voluntad y aceptar los medios que Él nos da para alcanzarlo y firmeza con “determinada determinación”, como decía Santa Teresa.

Respecto de los medios tenemos que discernirlos (luz) para después si son convenientes obrarlos (fuerza). No obrarlos y después justificarlos.

El hombre moderno está impregnado de voluntarismo, tiene un constante movimiento y a veces movimiento enérgico, ímpetu formidable, pero sin dirección clara porque no conoce a Dios. El ímpetu hace olvidar, distrae, de la desesperación causada por el desconocimiento de Dios, pero no la remedia. Y la tentación del mundo nos puede hacer caer también a nosotros católicos en un vertiginoso obrar sin saber por qué o desviarnos del querer de Dios, que es activismo y a veces un necio activismo o un activismo perjudicial.

Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejando aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal (Mt 5, 13), que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios*10.

El hombre es luz y fuerza, pero ante todo es luz que encausa la fuerza que posee. Si no tenemos un conocimiento claro de Dios seremos remisos en nuestra voluntad o nuestro obrar será un obrar al margen del querer de Dios, o sea, inútil. Ese conocimiento de Dios no es un conocimiento teológico, manualístico, escolástico o dogmático solamente, sino un conocimiento sapiencial, un conocimiento vivencial.

Pidamos un conocimiento vivencial de Dios, conocimiento impregnado de amor y dispuesto a hacer su voluntad y así con voluntad firme dirijámonos a la Jerusalén celeste siguiendo el ejemplo de Jesús.

_________________________________________________
*1- El texto griego dice literalmente poner rostro firme.
*2- Lc 9, 51
*3- Hb 10, 7
*4- Leal, Sinopsis de los cuatro evangelios…, 154
*5- Jn 19, 30
*6- Sin ningún respeto humano, sin mirar la opinión de los demás, cf. Lc 20, 21
*7- Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, c. 35 (21), 2. O.C., BAC Madrid 19827, 260-1
*8- 1 Pe 2, 9
*9- Cf. Castellani, Psicología humana…, 238
*10- Cf. San Juan de la cruz, Cántico Espiritual (B), 29, 3, O.C, BAC Madrid 198211, 687.

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Jueves Santo (2017)

 

13
abril

Jueves Santo

Misa Vespertina de la Cena del Señor

(Ciclo A) – 2017

 

Texto Litúrgico

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Directorio Homilético

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Jueves Santo

(Jueves 13 de abril de 2017)

 Misa Vespertina de la Cena del Señor

(Jn 13,1-15)

LECTURAS

Prescripciones sobre la cena pascual

Lectura del libro del Éxodo                 12, 1-8. 11-14

El Señor dijo a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto: «Este mes será para ustedes el mes inicial, el primero de los meses del año. Digan a toda la comunidad de Israel:

“El diez de este mes, consíganse cada uno un animal del ganado menor, uno para cada familia. Si la familia es demasiado reducida para consumir un animal entero, se unirá con la del vecino que viva más cerca de su casa. En la elección del animal ten­gan en cuenta, además del número de comensales, lo que cada uno come habitualmente.

Elijan un animal sin ningún defecto, macho y de un año; podrá ser cordero o cabrito. Deberán guardarlo hasta el catorce de este mes, y a la hora del crepúsculo, lo inmolará toda la asamblea de la comunidad de Israel. Después tomarán un poco de su sangre, y marcarán con ella los dos postes y el dintel de la puerta de las casas donde lo coman. Y esa misma noche comerán la carne asada al fuego, con panes sin levadura y verduras amargas.

Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. Y lo comerán rápidamente: es la Pascua del Señor.

Esa noche Yo pasaré por el país de Egipto para exterminar a todos sus primogénitos, tanto hombres como animales, y daré un justo escarmiento a los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre les servirá de señal para indicar las casas donde ustedes estén. Al verla, Yo pasaré de largo, y así ustedes se librarán del golpe del Exterminador, cuando Yo castigue al país de Egipto.

Este será para ustedes un día memorable y deberán solemnizarlo con una fiesta en honor del Señor. Lo celebrarán a largo de las generaciones como una institución perpetua”».

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial                                                    115. 12-13. 15-16bc. 17-18

R. ¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?

O bien:

R. El cáliz que bendecimos

es la comunión de la Sangre del Señor.

¿Con qué pagaré al Señor

todo el bien que me hizo?

Alzaré la copa de la salvación

e invocaré el nombre del Señor. R.

¡Qué penosa es para el Señor

la muerte de sus amigos!

Yo, Señor, soy tu servidor, lo mismo que mi madre:

por eso rompiste mis cadenas. R.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

e invocaré el nombre del Señor.

Cumpliré mis votos al Señor,

en presencia de todo su pueblo. R.

Siempre que coman este pan y beban este cáliz,

proclamarán la muerte del Señor

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto   11, 23-26

Hermanos:

      Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente:

      El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».

De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía».

Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que El vuelva.

Palabra de Dios.

Aclamación                                              Jn 13, 34

«Les doy un mandamiento nuevo:

Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado»,

dice el Señor.

 

Evangelio

Los amó hasta el fin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan        13, 1-15

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su Hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: «Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?»

Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».

«No, le dijo Pedro, ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!»

Jesús le respondió: «Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».

«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!»

Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios».

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes».

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Misa de la Cena del Señor
Ciclo A- 13 de abril 2017

Entrada:

Nos aprestamos a celebrar la Misa Vespertina de la Cena del Señor. En ella recordamos la institución de la Eucaristía, es decir, del sacramento que reactualiza el Sacrificio de Cristo en la Cruz, hace presente de una manera real y sustancial su Cuerpo y su Sangre, y nos alimenta con ese Cuerpo y esa Sangre. De esta manera solemne entramos con estupor y alegría a la celebración del Sacro Triduo Pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Participemos activamente de esta celebración.

Liturgia de la Palabra

1º Lectura:   Éxodo 12, 1- 8. 11- 14

El cumplimiento de la Pascua judía se realiza en la Nueva Alianza: Cristo es el verdadero y definitivo Cordero Pascual, que nos liberó de la esclavitud del pecado.

Salmo Responsorial: 115

2º Lectura:      1 Corintios 11, 23- 26

El Apóstol San Pablo, escribiéndoles a los corintios, confirma lo mismo que narran los evangelios: la institución de la Eucaristía como memorial de la muerte del Señor.

Evangelio:              Juan 13, 1- 15

El Señor manifiesta su infinito amor en la entrega que hace de sí mismo, y como anticipo de esta donación, lava los pies a sus discípulos.

Preces:

Hermanos, oremos a Cristo, sumo y eterno Sacerdote que en este día nos entrega la Eucaristía, el Sacerdocio y el mandamiento nuevo del Amor.

A cada intención respondemos cantando…

·          Cristo, Pastor Supremo, te pedimos que bendigas en esta santa Noche al Santo Padre para que tena la fortaleza necesaria en su misión de custodiar el sacramento del Amor que hoy nos dejaste. Oremos.

·         Cristo, Sacerdote Eterno, te pedimos por todos los sacerdotes del mundo; que celebren cada día la Eucaristía con la dignidad y la devoción necesaria que requiere el sacramento, y que se ofrezcan como víctimas junto con la Víctima divina del altar. Oremos.

·         Señor Jesús, te pedimos por todos los fieles bautizados del mundo; que recuerden el sacerdocio regio que les confirió el Bautismo y se entreguen a sí mismos como hostias santas, agradables a Dios. Oremos.

·         Verbo Encarnado, te pedimos por todos los miembros del pueblo cristiano; que sean dóciles a las llamadas del Espíritu Santo y participen digna y activamente en la celebración del Triduo Sacro, tomando abundantes frutos espirituales de esta participación. Oremos.

·         Jesús, hijo de María, te pedimos por todos aquellos que sufren: los que viven en la pobreza, los que no tienen trabajo, los que están solos o abandonados, los que están sumidos en la esclavitud de alguna adicción; que el Señor los conforte y los anime para que nazca en ellos la esperanza. Oremos.

Te pedimos, Señor, que estas súplicas lleguen a tu presencia y nos concedas amar a todos los hombres como Tú nos amaste, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofrendas:

Al Dios Omnipotente que ha creado el universo a causa de su Amor, le entregamos todo nuestro ser y nos unimos así a la oblación de su Hijo, y presentamos:

Alimentos, para hacer resplandecer el Amor y la Providencia de Dios para con sus hijos más pobres.

Pan y vino, para que sean transformados en alimento y bebida espiritual por medio de Jesucristo.

Comunión:

Acerquémonos con amor ferviente a recibir el amor sacramentado del Corazón de Jesús que quiso quedarse con nosotros hasta el fin del mundo.

Después de la Oración Post- Comunión:

Adoremos con amoroso silencio al Hijo de María que permanece oculto en la Eucaristía como lo estuvo en su seno inmaculado.

Acompañamos al Santísimo Sacramento hasta el Monumento…

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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Directorio Homilético

Jueves Santo – Cena del Señor

CEC 1337-1344: la institución de la Eucaristía

CEC 1359-1361: la Eucaristía como acción de gracias

CEC 610, 1362-1372, 1382, 1436: la Eucaristía como sacrificio

CEC 1373-1381: la presencia real de Cristo en la Eucaristía

CEC 1384-1401, 2837: la Comunión

CEC 1402-1405: la Eucaristía “anticipación de la gloria futura”

CEC 611, 1366: la institución del sacerdocio en la Última Cena

La institución de la Eucaristía

1337  El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, “constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento” (Cc. de Trento: DS 1740).

1338  Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han tran smitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

1339  Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

          Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos’…fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios’…Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros’ (Lc 22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

1340  Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

          “Haced esto en memoria mía”

1341  El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras “hasta que venga” (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

1342  Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:

          Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

1343  Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

1344  Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús “hasta que venga” (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante “camina por la senda estrecha de la cruz” (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

La acción de gracias y la alabanza al Padre

1359  La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

1360  La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. “Eucaristía” significa, ante todo, acción de gracias.

1361  La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por  Cristo y con Cristo para ser aceptado en  él.

          Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

610    Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en “la noche en que fue entregado”(1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: “Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

El memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia

1362  La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial.

1363  En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Exodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos.

1364  El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual (cf Hb 7,25-27): “Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3).

1365  Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros” (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que “derramó por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1366  La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica  su fruto:

          (Cristo), nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio (Hb 7,24.27), en la última Cena, “la noche en que fue entregado” (1 Co 11,23), quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana), donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día (Cc. de Trento: DS 1740).

1367  El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer”: (CONCILIUM TRIDENTINUM, Sess. 22a., Doctrina de ss. Missae sacrificio, c. 2: DS 1743) “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz “se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento”; …este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibid).

1368  La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas alas generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

          En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos los hombres.

1369  Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo. Encargado del ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración de la Eucaristía en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la Iglesia universal. El obispo del lugar es siempre responsable de la Eucaristía, incluso cuando es presidida por un presbítero; el nombre del obispo se pronuncia en ella para significar su presidencia de la Iglesia particular en medio del presbiterio y con la asistencia de los diáconos. La comunidad intercede también por todos los ministros que, por ella y con ella, ofrecen el sacrificio eucarístico:

          Que sólo sea considerada como legítima la eucaristía que se hace bajo la presidencia del obispo o de quien él ha señalado para ello (S. Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1).

          Por medio del ministerio de los presbíteros, se realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador. Este, en nombre de toda la Iglesia, por manos de los presbíteros, se ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que el Señor venga (PO 2).

1370  A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

1371  El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos “que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados” (Cc. de Trento: DS 1743), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

          Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os acordéis de mi ante el altar del Señor (S. Mónica, antes de su muerte, a S. Agustín y  su hermano; Conf. 9,9,27).

          A continuación oramos (en la anáfora) por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima…Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores,… presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres (s. Cirilo de Jerusalén, Cateq. mist. 5, 9.10).

1372  S. Agustín ha resumido admirablemente esta doctrina que nos impulsa a una participación cada vez más completa en el sacrificio de nuestro Redentor que celebramos en la Eucaristía:

            Esta ciudad plenamente rescatada, es decir, la asamblea y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como un sacrificio universal por el Sumo Sacerdote que, bajo la forma de esclavo, llegó a ofrecerse por nosotros en su pasión, para hacer de nosotros el cuerpo de una tan gran Cabeza…Tal es el sacrificio de los cristianos: “siendo muchos, no formamos más que un sólo cuerpo en Cristo” (Rm 12,5). Y este sacrificio, la Iglesia no cesa de reproducirlo en el Sacramento del altar bien conocido de los fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece se ofrece a sí misma (civ. 10,6).

VI     EL BANQUETE PASCUAL

1382    La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.

1436  Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; “es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales” (Cc. de Trento: DS 1638).

La presencia de Cristo por el poder de su Palabra y del Espíritu Santo

1373  “Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas” (SC 7).

1374  El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos” (S. Tomás de A., s.th. 3, 73, 3). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente” el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Cc. de Trento: DS 1651). “Esta presencia se denomina `real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (MF 39).

1375  Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, S. Juan Crisóstomo declara que:

          No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6).

          Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:

          Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada…La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela (myst. 9,50.52).

1376  El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642).

1377  La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf Cc. de Trento: DS 1641).

1378  El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos  profundamente en señal de adoración al Señor. “La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión” (MF  56).

1379  El Sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos  y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

1380  Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado “hasta el fin” (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

          La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración. (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3).

1381  “La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios’. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros’, S. Cirilo declara: `No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente” (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF 18):

Adoro te devote, latens Deitas,

Quae sub his figuris vere latitas:

Tibi se cor meum totum subjicit,

Quia te contemplans totum deficit.

Visus, gustus, tactus in te fallitur,

Sed auditu solo tuto creditur:

Credo quidquod dixit Dei Filius:

Nil hoc Veritatis verbo verius.

(Adórote devotamente, oculta Deidad,

que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:

A ti mi corazón totalmente se somete,

pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.

La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;

sólo con el oído se llega a tener fe segura.

Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,

nada más verdadero que esta palabra de Verdad.)

“Tomad y comed todos de él”: la comunión

1384  El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: “En verdad en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53).

1385  Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y  santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

1386  Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión (cf Mt 8,8): “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. En la Liturgia de S. Juan Crisóstomo, los fieles oran con el mismo espíritu:

          Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

1387  Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

1388  Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones (cf CIC, can. 916), comulguen cuando participan en la misa (cf CIC, can 917. Los fieles, en el mismo día, pueden recibir la Santísima Eucaristía sólo una segunda vez: Cf PONTIFICIA COMMISSIO CODICI IURIS CANONICI AUTHENTICE INTERPRETANDO, Responsa ad proposita dubia, 1: AAS 76 (1984) 746): “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor” (SC 55).

1389  La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (cf OE 15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual (cf CIC, can. 920), preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.

1390  Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en el rito latino. “La comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo del banquete eucarístico” (IGMR 240). Es la forma habitual de comulgar en los ritos orientales.

          Los frutos de la comunión

1391  La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57):

          Cuando en las fiestas del Señor los fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva de que se dan las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María de Magdala: “¡Cristo ha resucitado!” He aquí que ahora también la vida y la resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol. I, Commun, 237 a-b).

1392  Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, vivificada por el Espíritu Santo y vivificante (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.

1393  La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es “entregado por nosotros”, y la Sangre que bebemos es “derramada por muchos para el perdón de los pecados”. Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados:

          “Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor” (1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio (S. Ambrosio, sacr. 4, 28).

1394  Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Cc. de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en él:

          Porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir crucificados para el mundo…y, llenos de caridad, muertos para el pecado vivamos para Dios (S. Fulgencio de Ruspe, Fab. 28,16-19).

1395  Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.

1396  La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13). La Eucaristía realiza esta llamada: “El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10,16-17):

          Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “Amén” (es decir, “sí”, “es verdad”) a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero (S. Agustín, serm. 272).

1397  La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):

          Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).

1398  La Eucaristía y la unidad de los cristianos. Ante la grandeza de esta misterio, S. Agustín exclama: “O sacramentum pietatis! O signum unitatis! O vinculum caritatis!” (“¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad!”, Ev. Jo. 26,13; cf SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen en él.

1399  Las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran amor. “Mas como estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún más con nosotros con vínculo estrechísimo” (UR 15). Una cierta comunión in sacris, por tanto, en la Eucaristía, “no solamente es posible, sino que se aconseja…en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica” (UR 15, cf CIC can. 844,3).

1400  Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, separadas de la Iglesia católica, “sobre todo por defecto del sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico” (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. Sin embargo, estas comunidades eclesiales “al conmemorar en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa” (UR 22).

1401    Si, a juicio del ordinario, se presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos (eucaristía, penitencia, unción de los enfermos) a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf CIC, can. 844,4).

2837  “De cada día”. La palabra griega, “epiousios”, no tiene otro sentido en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de “hoy” (cf Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza “sin reserva”. Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (cf 1 Tm 6, 8). Tomada al pie de la letra [epiousios: “lo más esencial”], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, “remedio de inmortalidad” (San Ignacio de Antioquía) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (cf Jn 6, 53-56) Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este “día” es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el  Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre “cada día”.

          La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos… Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación (San Agustín, serm. 57, 7, 7).

            El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el Pan del cielo (cf Jn 6, 51). Cristo “mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la Iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial” (San Pedro Crisólogo, serm. 71)

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 Exégesis 

·         Manuel de Tuya

.         Alois Stöger

Manuel de Tuya  

El lavatorio de los pies

 El capítulo 13 de Jn narra las palabras de Cristo en el cenáculo. Aunque Jn omite el relato de la institución eucarística, probablemente porque a la hora de la composición de su evangelio ya era de todos conocida, por vivida en la fractio panis, pone, en cambio, una serie de discursos de Cristo, que ocupan los capítulos 13-17, de gran importancia dogmática.

            Estudios recientes sugieren una nueva explicación. Parte del evangelio de Jn tendría por trasfondo esquemático una haggadah pascual del libro de la Sabiduría. Por eso, el relato de la institución eucarística, aunque perteneciente al “bloque literario” de la pasión, se omitiría aquí por haberse desarrollado su contenido doctrinal en la exposición del “Pan de vida,” conforme a este esquema temático.

“Prólogo” teológico introductorio a la pasión, 13:1-3.

            Jn, antes de narrar la humillación de Cristo en su pasión y muerte, antepone un pequeño “prólogo” en el que destaca la grandeza de Cristo; cómo él es el único consciente de todos los pasos que da; cómo va libremente a la muerte; cómo tiene el dominio sobre todas las cosas y cómo, por amor a Dios y a los seres humanos, “salió” de Dios y “vuelve” así, triunfalmente por su muerte redentora, a Dios.

            Es característico de Jn el anteponer estos prólogos a determinados acontecimientos de Cristo para dar el profundo significado de ellos (Godet). Tal es la grandeza divina que Juan quiere destacar en Cristo.

1 Antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, al fin extremadamente los amó. 2 Y comenzada la cena, como el diablo hubiese ya puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle; 3 con saber que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que había salido de Dios y a El se volvía…

Probablemente evocada por la Pascua y basada en un juego de palabras, está construida la frase introductoria: “Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre” (Jua_5:24; Jua_7:3.14), precisamente “pascua” (pesah) significa tránsito o paso (Exo_12:11). Como, indudablemente, esta cena es la pascual, esta afirmación del cuarto evangelio crea una de las dificultades clásicas de la cronología de los evangelios, ya que resulta que Cristo celebraría la cena pascual con sus discípulos, no en la tarde del 15 de Nisán, la Pascua, sino el 14 de dicho mes: el día “antes” (v.l). Pero el estudio de esta dificultad se hará al final de este capítulo.

            Judas asiste a esta “cena” (δεΐπνον ). El término griego usado indica la comida principal, hecha preferentemente hacia la noche. Precisamente la cena pascual comenzaba después de ponerse el sol del 14 del mes de Nisán, según el cómputo del día judío (Mat_26:20 par.). Por eso, cuando poco después Judas sale de allí, “era de noche” (v.20).

Judas tiene ya tramada la entrega y está comprometido en la pasión de Cristo. Con el cinismo del disimulo, para mejor lograr su objetivo, asiste a esta cena pascual; Jn dirá que el “diablo había puesto ya en el corazón de Judas el propósito de entregarle.” Al vincular esta obra al “diablo” no pretende el evangelista hacer una exclusiva referencia literaria personificada en Satán. Para Jn, la pasión es un terrible drama entre el reino de Satán, las fuerzas del mal, y Cristo, con su reino de Luz. Los seres humanos son los instrumentos de ese mundo satánico (Jn.6:70-71; 8:44; 12:31; 13:27; 16:11; Rev_12:4.17; Rev_13:2; cf. Luc_22:3; 1Co_2:8). Pero toda esta triple conjura, satánica, sanedrítica y de Judas, contra Cristo no era oculta para El. Es lo que el evangelista se complace en destacar y anteponer a esta tremenda tragedia.

Y “sabe que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas,” que es el poder conferido a su humanidad sobre todo lo creado, por razón de su unión hipostática, ya que la frase no puede entenderse de la divinidad: poner en sus manos todas las cosas no es darle el “poder” de la divinidad, sino “poder” sobre todas las cosas (Jua_3:35; Jua_17:2). Si todas las cosas están en sus manos, también lo está Judas. Y si El no lo permitiese, ni el traidor podría entregarle. El libremente (Jua_10:18) permite que el traidor le entregue, para así cumplir los planes del Padre. Porque “sabe” que precisamente llegó “su hora,” la hora que tanto deseó y a la que amoldó sus planes (Jua_7:6; Jua_12:23).

            “Sabe” también, como se complace en destacarlo el evangelista, que “salió de Dios y a El se volvía.” Esta expresión alude, no a la generación eterna, sino a que “salió” del Padre por la encarnación y volvía, por la muerte y resurrección, al Padre, para ser glorificado con la “gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo existiese” (Jua_17:5-24).

            Además, la obra que va a realizar en esta “hora” es una manifestación también de amor insospechado a los seres humanos. Su obra de “encarnación” y de enseñanza fue obra de amor. Pero ahora dice el evangelista que, “como hubiese amado a los suyos, que estaban en el mundo, al fin los amó hasta el summum” (v.1b).

            Los “suyos,” contrapuestos al mundo en este contexto, no pueden ser los judíos (Jn 1:Jua_10:11), ni acaso sean solamente todos los cristianos de entonces (Jua_6:37.39).

            Valorados en este contexto literario del cenáculo, se debe referir a los apóstoles (Jua_17:6-9). En todo caso, el evangelista no quiere decir que la obra redentora de Cristo afecte sólo a los apóstoles: los que ahora se consideran en su “prólogo.” Poco antes se expuso la doctrina en la que se habla de la muerte redentora de Cristo (Jua_10:15), que abarca también a todos los que no son del redil de Israel, es decir, los gentiles (Jua_10:16).

            El evangelista hace ver cómo la muerte de Cristo es una prueba de su amor desbordado por los hombres. “Los amó hasta el summum” (εiς  τέλος ). La palabra griega usada lo mismo puede tener un sentido temporal, v.gr., hasta el fin de algo (Mat_10:22), que un valor cualitativo de perfección (1Te_2:16). Con ambos sentidos aparece la palabra hebrea lanetsah, que también con ambos sentidos se encuentra en las traducciones griegas. Si preferentemente aquí tiene el segundo, también puede decirse que “aquí contiene los dos sentidos a la vez”, ya que la prueba suprema de este amor extremado la da precisamente con la realización de su pasión y su muerte.

El lavatorio de los pies,1Te_13:4-20.

4 Se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó; 5 luego echó agua en la jofaina y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida. 6 Llegó, pues, a Simón Pedro, que le dijo: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? 7 Respondió Jesús y le dijo: Lo que Yo hago, tú no lo sabes ahora; lo sabrás después. 8 Di jo le Pedro: Jamás me lavarás tú los pies. Le contestó Jesús: Si no te los lavare, no tendrás parte conmigo. 9 Simón Pedro le dijo: Señor, entonces no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. 10 Jesús le dijo: El que se ha bañado no necesita lavarse, está todo limpio; y vosotros estáis limpios, pero no todos. ” Porque sabía quién había de entregarle, y por eso dijo: No todos estáis limpios. 12 Cuando les hubo lavado los pies, y tomado sus vestidos, y puéstose de nuevo a la mesa, les dijo: ¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. 14 Si Yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. 15 Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como Yo he hecho.

Sólo Jn relata esta escena. Y la introduce de una manera súbita. Dice que tiene lugar “mientras” cenaban, según la lectura mejor sostenida.

            Cristo, para ello, se levantó del triclinio en que estaba “reclinado” (άνέπεσεν ; ν . 12), y se quitó las “vestiduras” (τα  ιμάτια ). Esta palabra significa, en general, vestido, y preferentemente manto. Pero no deja de extrañar la forma plural en que aquí está puesta. Acaso sea un modismo. También “parece designar vagamente los vestidos de calle, en oposición al vestido de los servidores reducido a lo estrictamente necesario”. Luego toma una toalla de “lino,” lo suficientemente larga que permitía “ceñirse” (διέ ^ωσεν ) con ella. Suetonio cuenta de Calígula que se hizo asistir en la cena “ceñidos con un lienzo”. Después “echó agua en una jofaina,” y comenzó a lavar los pies a los apóstoles, y a secárselos con el lienzo con que se había ceñido. Esta jofaina citada (τον  νιπτήρα ) era la denominación ordinaria para usos domésticos, si no es que el evangelista quiere denominar con ella la jofaina propia (ποδανιπτηρ ) para lavar los pies a los huéspedes. La toalla con que se los seca era del ajuar que allí había para el servicio.

            Cristo aparece así con vestidos y en función de esclavo (Gen_18:4; 1Sa_25:41). Nunca como aquí Cristo, en expresión de San Pablo, “tomó la forma de esclavo” (Flp_2:7). Los apóstoles, “reclinados” en los lechos del triclinio, tenían los pies, vueltos hacia atrás, muy cerca del suelo. La ronda de humildad de Cristo va a comenzar. Acaso ellos, presa de sorpresa, se sentaron en los lechos, en dirección de sus pies, por donde Cristo iba.

            El evangelista esquematiza el relato y lo centra en la figura de Pedro, aparte del prestigio de éste a la hora de la composición de su evangelio, porque la escena con él fue la más destacada y la que prestaba una oportunidad anecdótica para hacer la enseñanza que se proponía.

            “¡Tú a mí!” Estos dos pronombres acusan bien la actitud de Pedro. El, que había visto tantas veces la grandeza de Cristo (Mat_16:16; Luc_5:8, etc.), no resistía ahora verle a sus pies para lavarle el sudor de los mismos. Se negó rotundamente. Pero en aquella actitud de Pedro, aunque de vehemente amor, había algo humano censurable. Y hacía falta que Cristo le “lavase,” le enseñase algo.

            Pedro necesitaba someterse en todo a Cristo, lo que era someterse al plan del Padre.

            Esto que Cristo exige — lavar los pies — era algo misterioso, pues su hondo sentido sólo lo comprendería “después.” Como del Señor no se registra una explicación precisa en el cenáculo, se refiere a la gran iluminación de Pentecostés, en que el Espíritu les llevaría “hacia la verdad completa,” y con esas luces relatan, varias veces, haber reconocido, comprendido hechos y enseñanzas de Cristo después de esta gran iluminación.

            Pero aquella terquedad de Pedro lleva una seria amenaza. Si Cristo no le lava, “no tendrás parte conmigo”: era la “excomunión.” La frase significa o “no ser de su partido” o no “compartir una misma suerte”. Mas “para quien ama a Cristo esta frase es irresistible”. Los Padres frecuentemente comentaron este pasaje “evocando” en él una tipificación de lo que ha de ser el cristiano por razón de su agua bautismal. Con esta palabra o con compuestos o formas fundamentales del verbo λούω , aquí usado (v.10 = b λελουμένος ) aparece expresado el bautismo en 1Co_6:11; Efe_5:26; Tít 3:5; Heb_10:22). Y Pedro, con la vehemencia y extremismos de su carácter, se ofreció a que le lavase no sólo los “pies,” sino también “las manos y la cabeza.” Pero no hacía falta esto. Aquello era un rito misterioso y no necesitaban una “purificación” fundamental, pues todos estaban limpios, juego de palabras que expresa a un tiempo la limpieza física y moral. Pero Cristo destaca ya la primera denuncia velada de Judas; éste no estaba puro.

            Después que Cristo terminó su ronda de limpieza, más de almas que de pies, pues aquello era una enseñanza, dejó su aspecto de esclavo y, tomando sus vestidos, se reclinó en el triclinio entre ellos.

            Veladamente les va a hablar de lo que hizo, pues sólo lo podrán comprender “después” de Pentecostés. Les dice que ellos le llaman “el Maestro” y “el Señor,” y lo es. Si el artículo lo contrapone a ellos, el intento del evangelista debe de ir más lejos. Cristo es el Maestro y el Señor de todos. Así su lección es universal.

            “El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado mayor que el que le envía.” Así ellos ante él.

            Por tanto, que copien la lección. ¿Cuál? “Yo os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis también lo que yo he hecho” (v.15): “habéis de lavaros los pies unos a otros” (v.14b). Pero, como comentario, añade una palabras que orientan ya, filológicamente, al verdadero intento de Cristo. “Si comprendéis estas cosas (ταοτα ), seréis dichosos si las practicáis (ποιητε  αυτά ). Más abajo se expone el sentido de este “rito.”

            (…)

Sentido de este rito del lavatorio de los pies en el intento de Cristo.

No tiene valor de sacramento. — Parecería, sin más, el que pudiera serlo, pues reúne las características sacramentales: es instituido por Cristo; es rito sensible; tiene carácter de perpetuidad (v.14); y parecería conferir gracia, ya que sin él “no tendrás parte conmigo,” se le dijo a Pedro; para recibirlo hace falta “pureza” (v.10); y al mismo tiempo entraña un sentido arcano: su sentido lo sabrán “después.” Pero la razón definitiva en contra es que la Iglesia sólo reconoce siete sacramentos. Sólo en algunas iglesias de las Galias y Milán se practicó, como un rito complementario postbautismal.

            No tiene valor de sacramental. — Ni tampoco tuvo nunca este valor. Sólo se ha conservado como una acción paralitúrgica del Jueves Santo, que recuerde, al realizarlo plásticamente, el ejemplo del Señor. Así lo mandaba ya en 694 el concilio de Toledo. Y se buscaba además, al imitar este ejemplo de Cristo, hacer ver que el que tiene autoridad y mando debe comportarse como un servidor.

            Sentido de este “rito de Cristo.” — Descartados los aspectos negativos de su interpretación, su sentido es el siguiente:

1) En la narración hay ya un indicio de que no se trata de repetir el rito en su materialidad. Se dice: “Si comprendéis estas cosas (ταύτα ) seréis bienaventurados si las hacéis” (ποιητε  αυτά ).

            La forma plural en que se alude a lo que acaba de hacer parece referirse a posibles realizaciones distintas que habrán de practicar. Si sólo se refiriese al “ejemplo” que acababa de darles, se imponía la forma singular, “Es un índice significativo de que lo que Jesús ha hecho no es más que un ejemplo entre muchos.”

            2) El ejemplo de Cristo. Serán bienaventurados si aprenden esto: que “no es el siervo mayor que su señor.” Y lo que hizo Cristo fue darles un ejemplo de humildad por caridad. Esto es lo que ellos han de practicar: la humildad por caridad. Es lo que les dirá muy pronto como un precepto nuevo: “que os améis los unos a los otros.” Lo que se dice así en enseñanza “sapiencial” es lo que, con el lavatorio de pies, les enseñó con una “parábola en acción.” Los apóstoles retendrán el espíritu de esta acción concreta, practicándolo con otras obras cuando la necesidad lo reclame.

            3) Esto mismo confirma el pasaje que Lc (Isa_22:24-27) inserta en el relato de la cena. Hubo rivalidad por los primeros puestos en el reino entre los apóstoles. Y Cristo les da allí una enseñanza “sapiencial” de contenido equivalente a ésta: “el mayor entre vosotros será como el menor, y el que manda, como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está sentado? Pues Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve.”

            A esta enseñanza “sapiencial” responde Cristo con la “parábola en acción” del lavatorio de los pies, para enseñarles la necesidad de la humildad por caridad 19.

(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)

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Alois Stöger

La Cena

(Lc 22,14-20)

Lucas nos legó un artístico díptico, en cuya doble imagen se contraponen la cena cristiana (v. 19-20) y la judía (v. 14-18). El cordero pascual y la copa de vino del viejo rito ceden el puesto al pan y a la copa del nuevo.,

a) Antigua cena pascual (22,14-18).

14 Cuando llegó la hora, se puso a la mesa, y los apóstoles con él.

La hora fijada por la ley para la cena pascual era poco después de la puesta del sol (Exo_12:8). Ha llegado esta hora. Es también la hora en que, por disposición de la voluntad divina, ha de comenzar la pasión y la glorificación de Jesús (Exo_22:53; con frecuencia en Juan: así 12,23; 13,1; 17,1). Cristo parte del mundo cuando llega esta hora; obra por libre decisión y obedeciendo al Padre.

No se tiene ya en cuenta la antigua prescripción según la cual en la cena pascual los comensales debían estar preparados para marchar y comer de prisa. La cena ha adoptado la forma de un banquete helenístico solemne. Los doce apóstoles (6,13) son los comensales de Jesús. En la cena pascual no debe haber menos de diez ni más de veinte comensales. Jesús actúa en esta comunidad como el padre de familia. El señor está presente cuando se celebra la cena pascual y forma el centro de la comunidad de los comensales.

15 Y les dijo: Con ardiente deseo he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer; 16 porque os digo que ya no la voy a comer más hasta que se cumpla en el reino de Dios.

La antigua cena pascual se esboza solamente con unos pocos rasgos; se indica lo esencial: el cordero pascual y la copa de vino. El cuadro lleva el sello de la futura celebración eucarística.

La cena-pascual según el rito de los judíos, que a juzgar por el relato, celebró también Jesús, se celebraba siguiendo un orden riguroso. El padre de familia inauguraba la ceremonia con una acción de gracias por la fiesta. A continuación tomaba una copa con vino y pronunciaba sobre ella la bendición: «Bendito seas, Yahveh, Dios nuestro, rey del mundo, que creaste el fruto de la vid.» Entonces se bebía el vino de esta primera copa. Los presentes se lavaban la mano derecha y consumían el primer plato: una entrada de hierbas amargas empapada en una salsa muy fuerte y que era masticada mientras se meditaba. Se mezclaba una segunda copa y se ponía delante, aunque no se bebía inmediatamente de allá. El hijo preguntaba al padre de familia cómo aquella noche, con las rúbricas especiales de la cena, se distinguía de las otras noches. Entonces daba el padre una instrucción sobre el sentido de la solemnidad pascual y el significado de los manjares. Era la haggada de pascua. En estas palabras de explicación debía por lo menos recordarse la pascua («porque Dios pasó de largo las casas de nuestros padres en Egipto»), el pan sin levadura («porque fueron liberados tan rápidamente, que su masa de pan no tuvo tiempo de fermentar») y las hierbas amargas («porque los egipcios habían amargado la vida a nuestros padres en Egipto»). Tras estas palabras se cantaba la primera parte del hallel (Sal 113s). Se terminaba con el himno pascual: «Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob se libró de un pueblo extraño, fue Judá su santuario; Israel, su tierra de dominio»; (Sal 114-1s). Entonces se bebía la segunda copa.

Acto seguido se lavaban los comensales las manos y comenzaba la parte principal de la cena. El padre de familia tomaba pan sin levadura y pronunciaba sobre él la acción de gracias: «Bendito seas, Yahveh, Dios nuestro, rey del mundo, que haces brotar pan de la tierra.» Luego partía el pan en pedazos y lo daba a los comensales, que lo comían con hierbas amargas y zumo de frutas. Después se comía el cordero pascual. Una vez terminada la cena, pronunciaba el padre de familia sobre la tercera copa («copa de bendición») la acción de gracias de la comida; en ella se manifiesta la esperanza mesiánica: «Señor, Dios nuestro, a ti se dirigen nuestros ojos; pues Dios eres tú, rey de misericordia y gracia. El misericordioso. Su soberanía sea sobre nosotros siempre y eternamente. El misericordioso. Envíanos al profeta Elías, que nos traiga el Evangelio, ayuda y consuelo. El misericordioso. Otórguenos los días del Mesías y la vida del mundo venidero, él, que magnifica la salvación de su rey y hace gracia a su ungido, a David y a su descendencia eternamente.» Después de beber esta copa se cantaba la segunda parte del hallel (Sal 114/5-118). En él se decía: «Prendido me habían los lazos de la muerte, habíanme sorprendido las ansiedades del sepulcro, todo era angustia y afán para mí, e invoqué el nombre de Yahveh: Salva, ¡oh Yahveh!, mi alma. Yahveh es misericordioso y justo; sí, nuestro Dios es piadoso. Protege Yahveh a los desvalidos: yo era un mísero y él me socorrió… ¡Qué podré yo dar a Yahveh por todos los beneficios que me ha hecho? Elevaré la copa del socorro invocando el nombre de Yahveh» (Sal_116:3-6.12s). La cena pascual recibe consagración y sentido. Jesús la había deseado con ardiente deseo. Lo que durante su actividad estaba siempre presente a sus ojos, ha llegado ahora. «Fuego vine a echar sobre la tierra. ¡Y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo un bautismo con que he de ser bautizado. ¡Y cuánta es mi angustia hasta que esto se cumpla!» (Sal_12:49s). «Yo expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día tendré terminada mi obra» (Sal_13:32). Su obra no quedará terminada hasta que él haya pasado por la muerte. Con la última cena comienza su pasión y su gloria, se sientan las bases del bautismo y del envío del Espíritu Santo. Su muerte está envuelta en la claridad de pascua, de pentecostés y de los acontecimientos escatológicos; su muerte trae la salvación a los muchos. La antigua Iglesia celebra el banquete eucarístico con profundos sentimientos escatológicos (Hec_2:46). La cena que Jesús se dispone a celebrar con los suyos, los doce, que están con él, es cena de despedida. Sus palabras remiten a la muerte próxima: «…antes de padecer». El recuerdo de esta cena de despedida quedará siempre ligado a la marcha de Jesús hacia la muerte.

La mirada de Jesús se dirige, como siempre, al reino de Dios. Su muerte no es su fin. El momento presente, con la oscuridad que cae sobre él, es situado ya a la luz del futuro. El hecho de comer el cordero pascual despierta la esperanza de la venida del Mesías y de la vida en el mundo venidero. Ahora se cumple una profecía. Primeramente se cumple en la Iglesia mediante el banquete eucarístico, definitivamente se cumplirá en la participación en el reino de Dios, que es representado como banquete (22,30).

17 Tomó luego una copa, y recitando la acción de gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; 18 porque os digo que, desde ahora, ya no beberé del producto de la vid hasta que llegue al reino de Dios.

Una vez que se ha comido el cordero pascual, se bebe la «copa de la bendición». A ello va asociada la oración de acción de gracias. Jesús da la copa a los comensales y los invita a beber. él mismo no bebe; de lo contrario, habría sido superfluo invitarlos a beber. Cuando bebía el padre de familia, era señal para que bebieran también los comensales. Con la copa les da también gozo y bendición.

También la copa de vino remite más allá de la hora presente. Jesús la beberá de nuevo. A su muerte sigue la gloria en el reino de Dios. En la antigua Iglesia hacían los cristianos memoria de las palabras de Jesús sobre el cordero pascual y sobre la copa pascual cuando se reunían para la cena sin la presencia corporal del Señor. Estas palabras mantenían viva la esperanza de que había de inaugurarse el reino de Dios y de que los que esperaban participarían en el banquete de que habla el Señor.

A la luz de las palabras de Jesús, pronunciadas sobre la antigua pascua, la nueva comida y la nueva bebida que él va a dar es regalo de despedida del Señor que va a la muerte, celebración conmemorativa de nueva redención, comunidad de mesa con el Resucitado, promesa de nueva comida plena y de nueva vida en el reino de Dios.

b) Cena eucarística (22,19-20).

19 Luego tomó pan y, recitando la acción de gracias, lo partió y lo dio a ellos diciendo: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. 20 Y lo mismo hizo con la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.

Se instituye la nueva pascua. El puesto del cordero pascual viene a ocuparlo el cuerpo de Jesús, el puesto de la copa pascual llena de vino viene a ocuparlo la sangre de Jesús. No se borran todos los vestigios de la antigua pascua. Como bloques erráticos de tiempos pasados hallamos las palabras acción de gracias y después de haber cenado. Después de comer el cordero pascual utilizó Jesús la tercera copa, la «copa de la bendición» (1Co_10:16), para su nuevo don. Las palabras sobre la acción de gracias están situadas al comienzo mismo del banquete eucarístico, aunque habrían tenido su puesto histórico antes de la copa. La acción de gracias es algo así como el título. La cena pascual, instituida en nueva forma por Jesús, es la gran acción de gracias de la Iglesia con Cristo, la eucaristía. (…)*1.

El centro de la nueva pascua es Jesús. De él vienen don, acción y palabra. Él toma el pan en su mano después de haberse levantado del almohadón en que estaba recostado, pronuncia la bendición, lo parte y lo distribuye entre los comensales. Análogamente procede con la copa, que contiene vino mezclado con agua. Las palabras que pronuncia Jesús y que acompañan su acción, hacen comprensible su don, lo presentan como don salvador, que tiene su razón de ser en su muerte.

El don que entrega Jesús es su cuerpo y su sangre. El cuerpo es su cuerpo vivo, él mismo; la sangre es sede de la vida, su vida, él mismo. (…). Así hacen referencia a la muerte. Jesús se da a los suyos como memorial de su muerte. «Cada vez que coméis de este pan y bebéis de esta copa, estáis anunciando la muerte del Señor, hasta que él venga» (1Co_11:26).

Las palabras con que dio Jesús comienzo a la cena, llenan la noche con el pensamiento de su fin violento. Los dones que imparte Jesús son su cuerpo, que es entregado, su sangre, que es derramada. El cuerpo es entregado, la sangre es derramada… en la muerte. Jesús toma esta muerte sobre sí por los discípulos, a los que imparte sus dones. El pan es partido y entregado… por vosotros. La sangre es derramada… por vosotros. La muerte de Jesús redunda en su bien, es para ellos muerte salvadora. Como el mártir con su muerte procura al pueblo gracia y purificación de los pecados, porque la providencia divina quiere por esta muerte expiatoria salvar a Israel oprimido (4Mac 6,28s; 17,22), así también Jesús, con su muerte, proporciona expiación y perdón. Su muerte es martirio expiatorio. Su sangre da expiación (Lev_17:11) .

Por vosotros. Estas palabras van dirigidas a los discípulos, a los que se dan el cuerpo y la sangre de Jesús. Estas palabras aplican a los discípulos lo que aporta para muchos la muerte expiatoria del siervo de Yahveh. El siervo de Yahveh es un varón de dolores, familiarizado con el sufrimiento (Isa_53:3). él lleva nuestro sufrimiento, cargó con nuestros dolores, fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades; para nuestra salud pesa sobre él el castigo; por sus llagas nos viene la curación; el Señor carga sobre él la deuda de los pecados de todos nosotros (Isa_53:4-6). Jesús es el siervo de Yahveh, que se ofrece en sacrificio en expiación por los hombres*2. Su muerte es muerte sacrificial expiatoria.

La copa que da Jesús es «la nueva alianza en mi sangre». Contiene la sangre, con cuyo derramamiento se concluye la nueva alianza. La antigua alianza, que concluyó Dios con su pueblo en el Sinaí, ha caducado, porque el pueblo de Dios ha faltado a la fidelidad. EL Dios fiel y misericordioso le prometió perdón y un nuevo orden divino: «Vienen días en que yo haré una alianza nueva con la casa de Israel y la casa de Judá; no como la alianza que hice con sus padres, cuando tomándolos de la mano los saqué de la tierra de Egipto; ellos quebrantaron mi alianza y yo los rechacé. Esta será la alianza que yo haré con la casa de Israel en aquellos días: Yo pondré mi ley en ellos y la escribiré en su corazón, y será su Dios y ellos serán mi pueblo. No tendrán ya que enseñarse unos a otros ni exhortarse unos a otros, diciendo: Conoced a Yahveh, sino que todos me conocerán, desde los pequeños a los grandes; porque les perdonaré sus maldades y no me acordaré más de sus pecados» (Jer_31:31-34). Con su sangre otorga Jesús los bienes del nuevo orden divino, la anticipación de la salud de los últimos tiempos: íntima comunión con Dios, reconciliación con él, perdón de la culpa.

Con la copa de salvación se da Jesús como mediador de la nueva alianza. Por él, el siervo de Yahveh, que interviene expiando por muchos y da su vida, se inaugura el nuevo orden divino: «Yo, Yahveh, te he llamado en la justicia y te he tomado de la mano. Yo te he formado y te he puesto por alianza para mi pueblo y para luz de las gentes, para abrir los ojos de los ciegos, para sacar de la cárcel a los presos, del fondo del calabozo a los que moran en tinieblas» (Isa_42:6s). «Al tiempo de la gracia te escuché, el día de la salvación vine en tu ayuda. Yo te formé y te puse por alianza de mi pueblo, para restablecer la tierra y repartir las heredades devastadas. Para decir a los presos: Salid; y a los que moran en tinieblas: Venid a la luz. En todos los caminos serán apacentados, habrá pastos en todas las laderas. No padecerán hambre ni sed, calor ni viento solano que los aflija. Porque los guiará el que de ellos se ha compadecido y los llevará a aguas manantiales. Yo tornaré todos los montes en caminos y estarán preparadas las vías. Vienen de lejos: éstos, del norte y del poniente; aquéllos, de la tierra de Sinim. Cantad, cielos; tierra, salta de gozo; montes, que resuenen vuestros cánticos, porque ha consolado Yahveh a su pueblo, ha tenido compasión de sus males» (Isa_49:8-13). Lo que había anunciado Jesús en Nazaret al comienzo de su actividad, halla realización y acabamiento en la sagrada cena (Isa_4:17-20). Lo que él anunció de palabra, se realiza en su cuerpo y sangre y se imparte en la cena. Jesús no se limita a expresar la fuerza salvífica de su muerte, sino que la da como alimento en su cuerpo y sangre: «Partió el pan y lo dio a ellos.» De la misma manera también la copa. El fruto de su muerte salvífica no se asimila ya únicamente en la fe, sino mediante la recepción de la comida y de la bebida en el cuerpo. Por muy grande que sea la cualidad de signo del pan y del vino, no es suficiente para reproducir el sentido contenido en la eucaristía. «La insistencia en describir la acción de dar reclama una comprensión realista.» Jesús efectúa esta acción a la sombra de la cena pascual. Se come el cordero pascual sacrificado. Al sacrificio sigue la comida sacrificial (Exo_24:11).

A la palabra relativa al pan se añade un encargo de repetir lo hecho: Haced esto en memoria mía. También se aplica al cáliz (1Co_11:24s). La entera acción de la cena, tal como la efectuó Jesús sobre el pan y el vino, deben hacerla los discípulos en memoria de él. Cuandoquiera que hagan esto, estará presente Jesús, que con su muerte pone en vigor el nuevo orden divino. (…).

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

___________________________________
*1- Las palabras de la Cena en Lucas tienen afinidad con las palabras de la institución transmitidas por Pablo (1Co_11:23). De las palabras introductorias de Pablo y del análisis de historia de las formas resulta que estas palabras se remontan a los años 30 del siglo I y son por tanto «piedra fundamental de la tradición». Nos muestran la forma en que pronunciaban las palabras de Jesús las comunidades de Antioquia (y de Jerusalén). Los relatos de la institución, pese a sus diferentes formas, permiten reconocer cómo hablaría Jesús, aunque el tenor de las palabras se reproduce conforme al sentido, no literalmente, sino adaptado a la inteligencia de las comunidades. En la tradición de estas palabras tan veneradas ha quedado también como sedimento el empeño de la Iglesia por comprender este precioso legado del Señor. Y su solicitud por la fecundidad del mismo.
*2- En la función del siervo de Yahveh, que sufre en forma vicaria por el pecado de Israel, «por muchos», vio Jesús el sentido asignado por Dios a su muerte, tanto más que la idea de la representación vicaria y del sentido expiatorio de los sufrimientos del justo, era corriente desde la época de los Macabeos. Cf. 22,37; Mar_8:31; Mar_9:31; Mar_10:33; Mar_10:45; Mat_8:17; 12,18-21.

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Comentario Teológico

·        Directorio Homilético

Misa Vespertina de la Cena del Señor en el Triduo Sacro

39. «El Jueves santo, en la misa vespertina, el recuerdo del banquete que precedió al éxodo ilumina, de un modo especial, el ejemplo de Cristo lavando los pies de los discípulos y las palabras de Pablo sobre la institución de la Pascua cristiana en la Eucaristía» (OLM 99). El Triduo Pascual se inicia con la Misa vespertina, en la cual la Liturgia recuerda la institución de la Eucaristía por parte del Señor. Jesús ha entrado en la Pasión con la celebración de la cena como viene prescrita en la primera lectura: cada palabra e imagen se remonta a lo que Cristo mismo ha anticipado en la mesa, su muerte portadora de vida. Las palabras tomadas del libro del Éxodo (Ex 12,1-8, 11-14) encuentran su significado final en la Cena Pascual de Jesús, la misma Cena que ahora estamos celebrando.

40. «Cada familia se juntará con su vecino para procurarse un animal». Nosotros somos tantas familias que hemos venido al mismo lugar y nos hemos procurado un cordero. «Será un animal sin defecto, macho, de un año». Nuestro cordero sin defecto es el mismo Jesús, el Cordero de Dios. «toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer». Escuchando estas palabras, comprendemos que somos nosotros la entera asamblea del nuevo Israel, reunida al atardecer; Jesús se deja inmolar mientras entrega su Cuerpo y su Sangre por nosotros. «Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego». Tenemos que cumplir estos preceptos mientras llevamos la Sangre de Jesús a nuestros labios y consumimos la carne del Cordero en el pan consagrado.

41. Se recomienda consumir este alimento con «la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa». Esta es una descripción de nuestra vida en el mundo. La cintura ceñida sugiere estar preparados para la huida, pero evocando, también, la escena del mandatum descrito en el Evangelio de esta tarde y en el gesto que sigue a la homilía; estamos llamados a ponernos al servicio del mundo como caminantes cuya verdadera casa no está aquí. Es en este punto de la lectura, cuando se nos insiste que tenemos que comer a toda prisa como quien se está preparando para huir, cuando el Señor nombra solemnemente la Fiesta: «Es la Pascua (pesach en hebreo) del Señor. Esta noche heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto … cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros». El Señor combate por nosotros, porque podemos vencer a nuestros enemigos, el pecado y la muerte, y nos protege por medio de la Sangre del Cordero.

42. El anuncio solemne de la Pascua concluye con un último mandamiento: «Este será un día memorable para vosotros … como ley perpetua lo festejaréis». No solo la fidelidad a este mandamiento mantiene viva la Pascua en todas las generaciones desde los tiempos de Jesús y más allá, sino, también, nuestra fidelidad a su mandamiento: «Haced esto en conmemoración mía», mantiene en comunión con la Pascua de Jesús a todas las sucesivas generaciones de cristianos. Y es justamente esto lo que estamos cumpliendo en este momento, mientras damos inicio al Triduo de este año. Es una «Fiesta memorable» instituida por el Señor, un «rito perpetuo», una reactualización litúrgica del don de sí mismo por parte de Jesús.

(Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio Homilético, nº 39 – 42)

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

La venerada y tremenda mesa

Pero para que veamos la diferencia que hay entre el traidor y los demás discípulos, oigamos el Evangelio: que todo nos lo cuenta mi­nuciosamente el Evangelista. Cuando esto sucedía, dice, cuando si­guió adelante la traición, cuando Judas se perdió a sí mismo, cuando hizo aquellos tratos inicuos y buscaba oportunidad para entregarle, entonces se acercaron a Jesús los discípulos, diciendo: ¿Dónde quie­res que te dispongamos sitio para comer la Pascua? (Mt 26, 17) ¿Ves qué discípulos y qué discípulo? Este se afanaba por la traición, aquellos por el servicio; este hacía pactos y trataba de recibir el precio de la sangre del Señor, aquellos se preparaban a obsequiarle. Los mis­mos milagros, las mismas enseñanzas tuvieron ellos y él, ¿dónde, pues, la diferencia? De la voluntad. Esta es la causa de los males y de los bienes. Era una misma la tarde en que decían esto los discípulos. ¿Qué significa dónde quieres que te dispongamos sitio para comer la Pascua? De aquí sacamos que no tenía Cristo habitación propia. Oi­gan los que edifican casas espléndidas y extensos pórticos, cómo el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza; por eso le dicen los discípulos: ¿Dónde quieres que te dispongamos sitio para comer la Pascua? ¿Qué Pascua? La de los judíos, la que tuvo origen desde Egipto, porque allí la celebraron al principio. ¿Y por qué razón la celebra Cristo? Como cumplió todos los otros preceptos legales, quiso también cumplir éste. Por eso decía a San Juan: Así conviene que cumplamos toda justicia. (Mt 3, 15). Por consiguiente, no nuestra Pascua, sino la de los judíos era la que querían preparar los discípu­los. Y ellos la prepararon, en efecto, mientras que la nuestra la prepa­ró el mismo Cristo, o mejor, él se convirtió en nuestra Pascua por su santa pasión. ¿Y por qué va a la pasión? Para redimirnos de la maldi­ción de la ley. Por lo cual San Pablo clamaba: Envió Dios a su Hijo nacido de mujer, sujeto a la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley (Ga 4, 4-5). Pues para que nadie dijera que la abrogó porque no la pudo cumplir, como cargosa, molesta y difícil, no la abrogó hasta haberla cumplido en toda su extensión. Por esto celebró también la Pascua: porque era para ellos precepto de la ley la fiesta de la Pascua. Eran los judíos ingratos a su bienhechor, y en seguida se olvidaban de él. Para que lo veas claro, considera: salieron de Egipto, atravesaron el mar Rojo, vieron dividirse las aguas y jun­tarse de nuevo; y, sin embargo, al poco tiempo dicen a Aarón: Haznos dioses, que vayan delante de nosotros (Ex 32, 1). ¿Qué dices, oh ingrato judío? ¿Tantas maravillas como has visto, y ya te has olvidado de Dios que te alimenta, y ni siquiera haces mención de tu bienhe­chor? Ya, pues, que se olvidaban de sus beneficios, ligó Dios el recuerdo de sus dones al título de las festividades, para que de grado o por fuerza tuvieran continua memoria de ellos. Tal era la obligación que tenían: ¿por qué? Para que cuando te preguntare tu hijo: ¿qué es esto?, le respondas: Con la sangre de este cordero ungieron los um­brales de las puertas, y escaparon de la muerte que el exterminador dio a todos los egipcios, y por esta sangre no pudo acometerlos y herirlos. Ellos fueron sacrificados por fuerza; más aquí Cristo se in­mola voluntariamente. ¿Por qué? Porque aquella Pascua era figura de la espiritual. Y para que lo veas, mira cuanta es su mutua correspon­dencia. Allí había un cordero, y un cordero hay aquí; aquel era irra­cional, y este es racional; una oveja allí y aquí otra oveja; aquella era la sombra, y esta es la realidad; más apareció el sol de justicia, y la sombra cesó; que cuando el sol brilla, se oculta la sombra. Por eso hay también un cordero en la mesa mística para que nos santifique­mos con su sangre. Por eso, llegado ya el sol, no brilla ya la lámpara; que lo pasado no fue sino figura de lo venidero.

V

Esto se lo digo a los judíos, no sea que engañándose a sí mismos, se imaginen que celebran la Pascua; porque con desvergonzado pro­pósito se adelantan a recibir los ácimos y nos ponen delante su fiesta, ellos, los incircuncisos de corazón, y siempre duros y rebeldes para oír.

Respóndeme, judío: ¿cómo celebras la Pascua? El templo está arruinado, deshecho el altar, pisoteado el Sancta Sanctorum, todo sa­crificio abrogado, ¿cómo, pues, te atreves a prevaricar? Fuiste en otro tiempo a Babilonia, oíste a los que os cautivaron, que os decían: Cantandnos el cántico del Señor (Sal 136, 3), y no lo pudiste sufrir. Pues, ¿cómo ahora celebras la Pascua fuera de Jerusalén, tú que dijistes: Cómo cantaremos el cántico del Señor en tierra ajena (Ib., v. 3)? Esto nos declaraba el Santo David, cuando decía: Sobre el río de Babilonia, allí nos sentamos y lloramos; sobre los sauces de enmedio de él suspendimos nuestros instrumentos músicos (Sal 136, 1-2), es decir, el salterio, la citara y la lira, que eran los instrumentos de que usaban los antiguos, y a cuyo son cantaban los salmos. Allí, dice, los que nos hicieron cautivos nos preguntaron la letra de nuestras can­ciones (Ib., v. 3). Y dijimos: ¿Cómo cantaremos el cántico del Señor en tierra ajena? ¿Qué dices?, responde. ¿Conque no cantas el canto del Señor en tierra ajena, y celebras la Pascua en tierra ajena? ¿Ves la insensatez de los judíos? Cuando los obligaban los enemigos, ni un salmo querían cantar en tierra ajena; y ahora, ellos de suyo, sin obli­garlos nadie, declaran guerra a Dios. Por esta razón, les decía San Esteban: Siempre vosotros resistís al Espíritu Santo (Hch 7, 51). ¿Ves que impuros son los ácimos, y cuán ilegal es la fiesta de los judíos? Existía ante la Pascua judaica, pero ya desapareció.

VI

Entonces, dice (el Evangelio [Mt 26, 26]), Jesús mientras ellos comían y bebían, tomando un pan en sus santas e inmaculadas ma­nos, dio gracias, y lo partió y dijo a sus discípulos: Tomad y comed, este es mi cuerpo, que por vosotros y por muchos se divide para remisión de los pecados. Y tomando a su vez el cáliz, se lo dio a ellos, diciendo: Esta es mi sangre, que por vosotros se derrama para remi­sión de los pecados (Ibíd., v. 27, 28). Y cuando esto decía el Señor, estaba presente Judas. Esta es ¡oh Judas! la sangre que vendiste en treinta monedas; esta es la sangre por la cual hace poco hacías tratos desvergonzados con los ingratos fariseos. ¡Oh grande benignidad de Cristo! ¡Oh ingratitud de Judas! ¡El Señor le alimentaba, y el siervo le vendía! Él le vendió, si, recibiendo en precio treinta monedas, y Cris­to derrama en precio de nuestro rescate su propia sangre, y se la entregó al mismo, que la vendió, si él lo hubiera querido. Estuvo, sí, presente Judas antes de la traición, y participó de la sagrada mesa, y gozó de la cena mística. Porque, como estuvo cuando el Señor lavó los pies, así también participó de la sagrada mesa Judas, para que no tuviera excusa alguna, sino que recibiera su propia condenación. Por­que perseveró en su malvado propósito, y salido de allí, por medio de un beso llevo a cabo la traición, olvidado de sus beneficios, y después de la traición arrojó las treinta monedas, diciendo: Pequé entregando sangre inocente. ¡Oh ceguedad! ¿Participaste de la cena, y vendes al bienhechor? Y el Señor, por su parte, cumplía de grado lo que de él estaba escrito: Pero ¡ay de aquel por quien vino el escándalo (Mt. 18, 7)

* * *

Mas ya es tiempo de acercarnos a la venerada y tremenda mesa. Acerquémonos, pues, todos con pura conciencia; no haya aquí ningún Judas que arme fraudes a su prójimo, ningún malvado, ninguno que tenga veneno oculto en su corazón. También ahora está presente Cristo, que da realce a esta mesa, pues no es el hombre quien convierte la ofrenda en el cuerpo y sangre de Cristo. Sólo para llenar la represen­tación está el sacerdote y ofrece la súplica; únicamente la gracia y virtud de Dios es la que todo lo obra. Este es mi cuerpo, dice (Mt 26, 26). Estas palabras transforman la ofrenda. Y así como aquella voz que decía: Creced y multiplicaos y llenad la tierra (Gn 1, 28) era palabra y se convirtió en obra, y dio a la naturaleza humana el poder de criar hijos; así también estas palabras aumentan siempre la gracia de cuantos dignamente participan de ellas. No haya, pues, ningún fraudulento, ningún malvado, ninguno dado a la rapiña, ningún ca­lumniador, ninguno que odie a sus hermanos, ningún avaro, ningún ebrio, ningún ambicioso, ningún sodomita, ningún envidioso, ninguno entregado a la lujuria, ningún ladrón, ningún insidioso, porque no reciba su propia condenación. Que también entonces Judas participó indignamente de la cena mística, y salido de allí entregó al Señor; para que aprendas que el demonio acomete principalmente a aquellos que participan indignamente de los sacramentos, y que ellos mismos se acarrean más grave suplicio. Digo esto, no tan sólo por atemorizaros, sino para afianzaros más. Porque así como el alimento corporal, si entra en un estómago lleno de malos humores, aumenta la enferme­dad, así el alimento espiritual, cuando se le recibe indignamente, aca­rrea mayor condenación. Nadie, por consiguiente, os lo suplico, tenga dentro pensamientos malos; antes purifiquemos todos el corazón: que si somos puros, somos templos de Dios. Hagamos pura nuestra alma, que es posible hacerlo siquiera por un día. ¿De qué manera? Si tienes algo contra tu enemigo, arroja de ti la ira, desvanece la enemistad, para que recibas en la sagrada mesa la medicina del perdón. Te acer­cas a un sacrificio tremendo y santo; en él está inmolado Cristo. Pero piensa por causa de quién fue inmolado. ¡Oh, de qué misterio te privaste, Judas! Cristo padeció voluntariamente, para deshacer la pa­red intermedia del cercado (Ef 2, 14), y unir lo de abajo con lo de arriba, y hacerte partícipe de los ángeles a ti, su enemigo y adversario. ¿Conque Cristo dio su propia alma por ti, y tú guardas odio a tu consiervo? ¿Y cómo podrás acercarte a la mesa de la paz? Tu Señor no rehusó sufrirlo todo por ti, y tú ¿ni aún siquiera consientes en remitir la ira? ¿Por qué razón?, dime. La caridad es raíz, fuente y madre de todos los bienes. —Es que me causó, dirás, gravísimas mo­lestias, me hizo innumerables injusticias, me puso ya en próximo peligro de muerte—. Y eso, ¿qué es? Aún no te crucificó, como al Señor los judíos. Si no perdonares al prójimo la injuria, tampoco tu Padre celestial te perdonará los pecados. ¿Y con qué conciencia dirás, Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombres, y lo que sigue? Cristo, aún la sangre que ellos derramaron, la ofreció del mismo modo para salvación de los que la derramaban. ¿Qué pue­des hacer tú comparable con esto? Si no perdonas al enemigo, a ti mismo te haces injusticia, no a él; porque a él muchas veces le dañas para la vida presente, a ti mismo te acarreas suplicio sin remisión para el tiempo venidero. Pues a nadie en tanto grado aborrece y rechaza Dios, como al hombre que se acuerda de las injurias, y al corazón entumecido, y al alma que conserva la inflamación de la ira. Oye, efectivamente, lo que dice el Señor: Si presentas tu ofrenda sobre el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces llégate y ofrece tu don (Mt 5, 23-24). ¿Qué di­ces? ¿He de dejar allí el don o el sacrificio? Sí, responde; porque precisamente por la paz con tu hermano se ofrece el mismo sacrificio. Sí, pues, el sacrificio se ofrece por la paz con tu prójimo y tú no guardas la paz, inútil es para ti esta participación de él sin el bien de la paz. Guarda, pues, primero aquello por lo cual se ofrece el sacrificio, que es la paz, y entonces gozarás de él como es debido. Que a esto vino al mundo el Hijo de Dios, a reconciliar con el Padre nuestra naturaleza, como lo dice San Pablo: Ahora todo lo reconcilió consigo (Col 1, 22) matando por medio de la cruz en sí mismo la enemistad (Ef 1, 22). Por eso no se contentó con venir él solo a hacer la paz, sino que también a nosotros nos llama bienaventurados, si esto hacemos, y nos hace participantes de su propio nombre: Bienaventurados los pacífi­cos, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9).

Pues bien, lo que hizo Cristo, el Hijo de Dios, hazlo también tú, según tus fuerzas humanas, haciéndote conciliador de paces entre ti y tu prójimo; por eso llama Hijo de Dios al pacífico; por eso al tiempo del sacrificio no hizo mención de ninguna otra manera de justicia, sino de la reconciliación con el hermano, manifestando así que la caridad es la mayor de las virtudes.

Bien quería yo, amados hijos, extender más el discurso, pero aún lo dicho basta para los que reciben con atención e inteligencia la semilla de la piedad y para los que quieren atender a lo que se dice. Recordemos, pues, siempre, os lo pido, estas palabras, y el abrazo digno de reverencial temor que mutuamente nos damos. Porque este abrazo enlaza nuestras almas, y hace que todos nos hagamos un mis­mo cuerpo y miembros de Cristo, porque de un mismo cuerpo partici­pamos todos. Hagámonos, pues, verdaderamente un cuerpo, no con unión material, sino estrechando las almas mutuamente con el vínculo de la caridad. Que si esto hacemos, confiadamente podremos gozar de la mesa que tenemos preparada, y hacernos mansión donde habite la paz que Jesucristo alcanzó en su victoria. Puesto que aun cuando tengamos innumerables virtudes, si conserváremos memoria de las injurias, todo lo habremos hecho en vano y sin fruto, y nada nos valdrá para la salvación. Porque estando el Salvador para volver al Padre, en vez de gloria temporal y grandes riquezas, dejó esta heren­cia a sus discípulos, diciéndoles: Mi paz os doy, mi paz os dejo. (Jn 14, 27). ¿Qué riqueza, en efecto, qué abundancia de bienes puede ser más preciosa que la paz de Cristo, que supera a todo elogio y entendi­miento? Bien sabía el profeta Malaquías cuán grave y atroz delito es lo contrario, y por eso decía, como por boca de Dios: Pueblo mío, ha­blad verdad cada uno con su prójimo, y nadie recuerde en su corazón maldad contra su prójimo, y no améis el juramento mentiroso, y no moriréis no, casa de Israel, dice el Señor (Za 8, 16-17). De modo que si habéis de ser mentirosos, aborrecedores, perjuros, olvidándose de mis preceptos, ciertamente moriréis.

Ya, pues, que sabemos todo esto, amados hijos, deshagamos toda ira, guardemos la paz mutua, y arrancando la raíz del mal y purifican­do nuestra conciencia, acerquémonos con mansedumbre, con modes­tia, con mucha piedad a la participación de estos venerados y tremen­dos misterios, no empujándonos e hiriéndonos, ni haciendo estrépito y dando clamores, sino con mucho temor y temblor, con compunción y lágrimas, para que también el benigno Señor, mirando desde arriba nuestro estado de paz mutua, y nuestro amor no fingido, y nuestra unión fraternal, se digne concedernos a todos, tanto estos bienes como los demás prometidos, por gracia y benignidad de Nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre juntamente con el Espíritu Santo gloria, imperio y honor, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Crisóstomo, Homilías Selectas, Segunda Homilía sobre la traición de Judas y la Última Cena, IV-VI, Tomo II, Apostolado Mariano España 1991, 11-17

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Aplicación

·        P. José A. Marcone, I.V.E.

·        San Juan Pablo II

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ.

 

Los amó hasta el fin

(Jn 13,1-15)

            Introducción

            Con la celebración de esta Misa entramos en el solemne Triduo Sacro de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. El centro de la liturgia de hoy lo constituye el recuerdo de la institución de la Eucaristía, es decir, del sacramento que reactualiza el Sacrificio de Cristo sobre la cruz y nos hace presente de una manera real y sustancial el Cuerpo y Sangre de Cristo. Por esta razón esta Misa que estamos celebrando se llama Misa de la Cena del Señor. En la segunda lectura, tomada de la segunda carta de San Pablo a los corintios, se nos narra la institución de la Eucaristía.

            A la Eucaristía está unida esencial y sustancialmente la ordenación de los primeros ministros para la confección del sacramento del sacrificio de Cristo. La institución de la Eucaristía y el mandato dado a los apóstoles de realizarla hasta el final de los tiempos son una sola cosa.

            Sin embargo, el evangelio que la Iglesia propone en los tres ciclos es el evangelio del lavatorio de los pies por parte de Jesucristo. Hay, entonces, en el propósito de la Iglesia una clara intención de poner en relación el misterio de la Eucaristía y la misión de los ministros ordenados con la caridad hacia el prójimo y el espíritu de servicio que debe animar al ministro ordenado. El acto por el cual Cristo lava los pies de sus apóstoles es un símbolo de la actitud que ellos, llamados en esa misma cena a confeccionar la Eucaristía, deben tener entre sí y con el resto del pueblo de Dios. En la celebración de hoy Eucaristía, sacerdocio ministerial y servicio al pueblo de Dios se entrelazan entre sí de tal manera que no debe existir ningún movimiento dialéctico entre estas realidades.

            San Juan Pablo II va aún más lejos ya que observa que en el lugar donde los evangelios sinópticos relatan la institución de la Eucaristía, San Juan coloca el lavatorio de los pies. Para el gran Papa esta ‘sustitución’ significa que San Juan está enviando el siguiente mensaje: la Eucaristía sólo tiene sentido si se la concibe como causa que mueve al servicio de los demás, al servicio del pueblo de Dios. Y se trata de un servicio que implica un cierto abajamiento y anonadamiento, propio de aquellos que son esclavos de los demás. El lavar los pies era un trabajo de esclavos. Dice textualmente Juan Pablo II: “Es significativo que el Evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de la Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del «lavatorio de los pies», en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (cf. Jn 13,1-20)”*1. Por lo tanto, el ‘sentido profundo’ de la Eucaristía consiste en que el ministro ordenado se convierta en ‘maestro de comunión y servicio’, a ejemplo de Jesucristo.

            Por lo recién dicho se entiende lo que aconseja el Misal Romano para el predicador de esta Misa: “Después de proclamar el Evangelio, el sacerdote pronuncia la homilía, en la cual se exponen los grandes misterios que se recuerdan en esta Misa, es decir, la institución de la sagrada Eucaristía y del Orden sacerdotal, y también el mandato del Señor sobre la caridad fraterna”*2.

            1. Los amó ‘eis télos’

            El evangelio de hoy comienza de la siguiente manera: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).

            Para decir que los amó hasta el extremo, San Juan usa, en griego, una expresión particular: eis télos. La palabra télos es la palabra que se usa para expresar la perfección. En Sant 3,2, por ejemplo, se habla del varón perfecto, y para decir ‘perfecto’ usa el término téleios. Por eso las distintas maneras que las Biblias traducen la frase de Jn 13,1 son: “Los amó hasta el fin, hasta el extremo, hasta la consumación”.

¿Cuál es esa perfección? Para responder a esta pregunta debemos acudir al capítulo 19 del mismo San Juan. En Jn 19,28, estando Jesús ya clavado en la cruz, el evangelista narra que Jesús sabía “que todo estaba cumplido”. Y aquí usa el verbo teléo, que es de la misma raíz que télos. Luego, en el mismo versículo de Jn 19,28 San Juan narra que Jesús dijo una frase, la frase ‘tengo sed’, “para que se cumplieran las Escrituras”. El verbo que en castellano volcamos como ‘cumplir’, en griego es otro verbo, el verbo teleióo, con la misma raíz de télos. Y finalmente, Jesús dice explícitamente: “Todo está cumplido”. Y vuelve a usar el verbo teléo. E inmeditamente dice: “E inclinando la cabeza, entregó el espíritu”, es decir, murió. Por lo tanto el cumplimiento y la perfección de toda su misión y de toda su vida consiste en entregar su espíritu, es decir, en entregarse hasta la muerte.

De esta manera queda magníficamente iluminado el versículo de Jn 13,1: “Los amó eis télos” significa “Los amó hasta la muerte”. Los amó hasta la consumación, hasta la plenitud, hasta la perfección,  esa perfección es la muerte. Ya lo había dicho el mismo Jesucristo conversando con Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16).

¿Pero por qué San Juan dice que los amó hasta el extremo (hasta el extremo de la muerte) dentro de la última cena? Porque dentro de la última cena Jesucristo adelantó su muerte ofreciendo el sacrificio de su cuerpo y de su sangre, la Eucaristía, la Misa.

Y queda clarísimo que se trata de su muerte y de su sacrificio, porque consagra por separado el pan y el vino, su cuerpo y su sangre. Podría haber bastado para dejarnos a Jesucristo todo entero con haber consagrado sólo el pan. Pero no: quiso hacerlo con el pan y con el vino. Porque de esa manera se representa de manera perfecta el sacrificio total: cuerpo por un lado y sangre por el otro son el signo del sacrificio de Cristo; cuerpo entregado y sangre derramada. Por lo tanto ese “los amó eis telos”, los amó hasta el extremo, los amó hasta la consumación, los amó hasta la suprema perfección, se refiere ciertamente al sacramento de la Eucaristía, sacrificio de Cristo, la muerte de Cristo adelantada.

2. San Pablo y la Iglesia celebran el sacrificio eucarístico

            Parecería que ese eis télos no podría ir más lejos, parecería que no podría haber ya una mayor perfección del amor: su muerte real en el Calvario y su sacrificio eucarístico. Sin embargo, San Pablo nos cuenta, varios años después que Jesús subió al cielo, que él también celebraba la muerte del Señor consagrando el pan y el vino. Dice a los corintios en la segunda lectura de la Misa de hoy: “Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: ‘Este es mi cuerpo que se da por vosotros; (…) haced esto en memoria mía’. Asimismo, también la copa después de cenar diciendo: ‘Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. (…) Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía’. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1Cor 11,23-26). Por lo tanto, queda clarísimo que la misma Sagrada Escritura atestigua que lo que Jesús hizo en la Última Cena debía permanecer a través de los tiempos: la Santa Misa debía celebrarse hasta el fin de los tiempos.

            Es aquí donde cobra una gran importancia una frase que se repite tres veces en el NT: una vez en la institución de la Eucaristía narrada por San Lucas, y dos veces en la narración de San Pablo. En San Lucas después de la consagración del pan, Jesús dice: “Hagan esto en memoria mía”. Y luego San Pablo, una vez después de la consagración del pan, y otra vez después de la consagración del vino narra que Jesús dijo: “Hagan esto en memoria mía”. Y en los tres casos se usan las mismísimas palabras en griego (toûto poieîte eis tèn emèn anámnesin). Por lo tanto, esta orden de Jesucristo, que la Biblia atestigua que fue cumplida por los cristianos, creó en el alma de los Apóstoles la disposición y el poder necesario para confeccionar el sacramento de la muerte de Cristo, el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Y así vemos que el amor hasta el extremo, el amor hasta la consumación, el amor hasta la perfección, el amor eis télos, llegó hasta crear en los Apóstoles esa disposición y ese poder necesarios para renovar el sacramento de su Cuerpo. Es decir, que el amor hasta el extremo de Cristo llegó hasta crear el sacerdocio católico.

            Por eso, el sacerdocio que recibe cada sacerdote el día de su ordenación sacerdotal es una realidad teológica y bíblica que responde a ese amor eis télos de Jesús. Entonces, el amor hasta el extremo, el amor hasta la consumación, el amor hasta la perfección se refiere a la muerte de Cristo y a la institución de la Eucaristía, pero llega hasta la institución del sacerdocio católico.

            Esto es lo que intuyó el Cura de Ars cuando decía: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”*3. Y también decía: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes…” *4.

            Pero Jesucristo, así como ama hasta el extremo de su muerte, de la Eucaristía y del sacerdocio, así también le exige al sacerdote que ame hasta el extremo. Por eso le dice: “Hagan esto…”. El ‘esto’ no se limita a repetir las palabras de Jesús para que Jesús sea sacrificado en el sacramento del altar. El ‘esto’ quiere decir también que deben sacrificarse ellos mismos como Jesús se sacrificó hasta la muerte. Por eso, el ‘hagan esto…’ está en relación directa con el amor eis télos. Cuando Jesucristo les dice a los sacerdotes ‘hagan esto…’, les está diciendo ‘amen ustedes a los demás hasta el extremo, hasta la consumación, hasta la perfección, hasta la muerte’. Por eso, cada sacerdote, junto con su ordenación sacerdotal está llamado a amar a todos los hombres hasta la muerte y muerte de cruz.

            Lo mismo sucede con la expresión ‘mi’ de la consagración del Cuerpo y de la Sangre: ‘mi’ Cuerpo, ‘mi’ Sangre. Ese ‘mi’ es palabra de Cristo y se refiere al Cuerpo y a la Sangre de Cristo. Pero también se refiere al cuerpo y a la sangre del sacerdote ministerial que está haciendo las veces de Cristo. Habría una cierta falsedad o una cierta mentira si el sacerdote celebrante cuando dice ‘esto es mi Cuerpo’ o ‘esta es mi Sangre’ pensara solamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Ese ‘mi’ debe asumirlo como propio, como su propio yo; el sacerdote debe hacerse cargo de ese ‘mi’; de otra manera estaría amputando y escindiendo una realidad que es inescindible: el sacerdote ministerial obra in persona Christi. Y por eso, cuando el sacerdote dice las palabras de la consagración, debe entregar libremente su cuerpo para ser sacrificado y comido, y entregar su sangre para ser derramada y bebida por el pueblo de Dios. Si no se hiciera esto estaríamos frente a una cierta mentira.

            3. Todo bautizado está llamado al ‘eis télos’

            Todo bautizado, y no sólo los sacerdotes, están llamados a ese amor hasta el fin, hasta el extremo, hasta la consumación, eis télos. Esto tiene su confirmación en la palabra explícita de Jesucristo: “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mt 5,48). La palabra griega que se usa para decir ‘perfecto’ es téleios. Por lo tanto, hay un parentesco directo entre el eis télos de Jn 13,1 y el ‘ser perfecto’ de Mt 5,48. Ser téleios implica el amor eis télos.

Y esta frase está dicha en el sermón de la montaña, que está dirigida no solamente a los Apóstoles y a los discípulos más cercanos, sino a todo el público en general, a todos los cristianos, a los cristianos simplemente bautizados. Por lo tanto, la perfección está relacionada con el amor y con el amor hasta la muerte. La perfección no tiene nada que ver con la prolijidad, con la puntillosidad, con la escrupulosidad o el detallismo; la perfección es ser extremistas del amor, amar hasta el extremo, es ir hasta el fondo en el amor.

            En el mismo capítulo 13 de San Juan, dentro de la Última Cena, Jesús ordenará a sus discípulos: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13,34). Queda clarísimo que ese ‘como yo’ se refiere al eis télos. Por eso Jesús está diciendo a todo discípulo: “Ámense los unos a los otros hasta el fin, hasta el extremo, hasta la consumación, hasta la muerte”.

            La moral católica se asienta sobre este ‘amor eis télos’. La moral católica no es la moral de los diez mandamientos. Los diez mandamientos son el cimiento de la moral católica, pero nadie vive en los cimientos. Los cimientos son para construir la casa encima de ellos. La casa que se construye encima de los cimientos es el amor hasta el extremo, el eis télos.  Los diez mandamientos es lo mínimo indispensable de la moral; pero lo formal de la moral católica es la búsqueda de la perfección.

            Por eso es que hay que huir de la mediocridad. Lo que se opone al eis télos no es la maldad o lo malo, sino que lo que se opone al eis télos es la mediocridad. El lenguaje bíblico conoce la palabra mediocridad (2Mac 15,38, en griego, metríos). Tiene la misma etimología que en castellano, porque quiere decir aquello que es dado con medida, acotado, con límites. Precisamente hoy vivimos una epidemia de mediocridad en el amor. La falta de compromiso para casarse para siempre, por ejemplo, es una expresión de la mediocridad en el amor de los jóvenes del mundo actual. Y todos aquellos hábitos que configuran lo que llaman ‘la cultura light’, la cultura liviana, no es otra cosa que mediocridad en el amor, temor de amar hasta el extremo. En cambio, la moral católica es la moral del eis télos, la moral del ‘hasta el fin’, ‘hasta el extremo’, ‘hasta la consumación’, ‘hasta el fondo’, ‘hasta la perfección’.

            Conclusión

            En esta Misa de la Cena del Señor estamos recordando la institución del sacramento del Sacrificio de Cristo. Al mismo tiempo agradecemos al Señor que nos ha dejado a los ministros idóneos para perpetuar ese sacrificio hasta el fin del mundo.

            Pero ese sacrificio que se renueva en cada Santa Misa debe ser el modelo de vida para cada sacerdote y para cada bautizado. Comulgando del Cuerpo y Sangre de Cristo que está real y sustancialmente presente en la Eucaristía nos comprometemos a entregar nuestro cuerpo y a derramar nuestra sangre por los demás.

            Le pedimos esta gracia a la Santísima Virgen.

*1- San Juan pablo II, Encíclica Ecclesia De Eucharistia, año 2003, nº 20.
*2- Misal Romano, Jueves de la Cena del Señor, nº 9.
*3- Nodet, B.,  Le curé d’Ars. Sa pensée – Son Coeur. Éd. Xavier Mappus, Foi Vivante 1966, p. 98.; citado por Benedicto XVI, Carta para la convocación de un año sacerdotal, 2009. La expresión aparece citada también en el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1589.
*4- Nodet, B., ibídem, p. 98 – 100; citado por Benedicto XVI, Carta para la convocación de un año sacerdotal, 2009.

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San Juan Pablo II

 

1. “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Estas palabras, recogidas en el pasaje evangélico que se acaba de proclamar, subrayan muy bien el clima del Jueves santo. Nos permiten intuir los sentimientos que experimentó Cristo “la noche en que iba a ser entregado” (1 Co 11, 23) y nos estimulan a participar con intensa e íntima gratitud en el solemne rito que estamos realizando.

Esta tarde entramos en la Pascua de Cristo, que constituye el momento dramático y conclusivo, durante mucho tiempo preparado y esperado, de la existencia terrena del Verbo de Dios. Jesús vino a nosotros no para ser servido, sino para servir, y tomó sobre sí los dramas y las esperanzas de los hombres de todos los tiempos. Anticipando místicamente el sacrificio de la cruz, en el Cenáculo quiso quedarse con nosotros bajo las especies del pan y del vino, y encomendó a los Apóstoles y a sus sucesores la misión y el poder de perpetuar la memoria viva y eficaz del rito eucarístico.

Por consiguiente, esta celebración nos implica místicamente a todos y nos introduce en el Triduo sacro, durante el cual también nosotros aprenderemos del único “Maestro y Señor” a “tender las manos” para ir a donde nos llama el cumplimiento de la voluntad del Padre celestial.

2. “Haced esto en conmemoración mía” (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, que nos compromete a repetir su gesto, Jesús concluye la institución del Sacramento del altar. También al terminar el lavatorio de los pies, nos invita a imitarlo: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15). De este modo establece una íntima correlación entre la Eucaristía, sacramento del don de su sacrificio, y el mandamiento del amor, que nos compromete a acoger y a servir a nuestros hermanos.

No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de amar al prójimo. Cada vez que participamos en la Eucaristía, también nosotros pronunciamos nuestro “Amén” ante el Cuerpo y la Sangre del Señor. Así nos comprometemos a hacer lo que Cristo hizo, “lavar los pies” de nuestros hermanos, transformándonos en imagen concreta y transparente de Aquel que “se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 7).

El amor es la herencia más valiosa que él deja a los que llama a su seguimiento. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera.

3. “Quien come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propio castigo” (1 Co 11, 29). La Eucaristía es un gran don, pero también una gran responsabilidad para quien la recibe. Jesús, ante Pedro que se resiste a dejarse lavar los pies, insiste en la necesidad de estar limpios para participar en el banquete y sacrificio de la Eucaristía.

La tradición de la Iglesia siempre ha puesto de relieve el vínculo existente entre la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación. Quise reafirmarlo también yo en la Carta a los sacerdotes para el Jueves santo de este año, invitando ante todo a los presbíteros a considerar con renovado asombro la belleza del sacramento del perdón. Sólo así podrán luego ayudar a descubrirlo a los fieles encomendados a su solicitud pastoral.

El sacramento de la Penitencia devuelve a los bautizados la gracia divina perdida con el pecado mortal, y los dispone a recibir dignamente la Eucaristía. Además, en el coloquio directo que implica su celebración ordinaria, el Sacramento puede responder a la exigencia de comunicación personal, que hoy resulta cada vez más difícil a causa del ritmo frenético de la sociedad tecnológica. Con su labor iluminada y paciente, el confesor puede introducir al penitente en la comunión profunda con Cristo que el Sacramento devuelve y la Eucaristía lleva a plenitud.

Ojalá que el redescubrimiento del sacramento de la Reconciliación ayude a todos los creyentes a acercarse con respeto y devoción a la mesa del Cuerpo y la Sangre del Señor.

4. “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Volvemos espiritualmente al Cenáculo. Nos reunimos con fe en torno al altar del Señor, haciendo memoria de la última Cena. Repitiendo los gestos de Cristo, proclamamos que su muerte ha redimido del pecado a la humanidad, y sigue abriendo la esperanza de un futuro de salvación para los hombres de todas las épocas.

A los sacerdotes corresponde perpetuar el rito que, bajo las especies del pan y del vino, hace presente el sacrificio de Cristo de un modo verdadero, real y sustancial, hasta el fin de los tiempos. Todos los cristianos están llamados a servir con humildad y solicitud a sus hermanos para colaborar en su salvación. Todo creyente tiene el deber de proclamar con su vida que el Hijo de Dios ha amado a los suyos “hasta el extremo”. Esta tarde, en un silencio lleno de misterio, se alimenta nuestra fe.

En unión con toda la Iglesia, anunciamos tu muerte, Señor. Llenos de gratitud, gustamos ya la alegría de tu resurrección. Rebosantes de confianza, nos comprometemos a vivir en la espera de tu vuelta gloriosa. Hoy y siempre, oh Cristo, nuestro Redentor. Amén.

 (Domingo 12 de abril de 1981)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:

San Juan comienza su relato de cómo Jesús lavó los pies a sus discípulos con un lenguaje especialmente solemne, casi litúrgico. «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Ha llegado la «hora» de Jesús, hacia la que se orientaba desde el inicio todo su obrar.

San Juan describe con dos palabras el contenido de esa hora: paso (metabainein, metabasis) y amor (agape). Esas dos palabras se explican mutuamente: ambas describen juntamente la Pascua de Jesús: cruz y resurrección, crucifixión como elevación, como «paso» a la gloria de Dios, como un «pasar» de este mundo al Padre. No es como si Jesús, después de una breve visita al mundo, ahora simplemente partiera y volviera al Padre. El paso es una transformación. Lleva consigo su carne, su ser hombre. En la cruz, al entregarse a sí mismo, queda como fundido y transformado en un nuevo modo de ser, en el que ahora está siempre con el Padre y al mismo tiempo con los hombres.

Transforma la cruz, el hecho de darle muerte a él, en un acto de entrega, de amor hasta el extremo. Con la expresión «hasta el extremo» san Juan remite anticipadamente a la última palabra de Jesús en la cruz: todo se ha realizado, «todo está cumplido» (Jn 19, 30). Mediante su amor, la cruz se convierte en metabasis, transformación del ser hombre en el ser partícipe de la gloria de Dios.

En esta transformación Cristo nos implica a todos, arrastrándonos dentro de la fuerza transformadora de su amor hasta el punto de que, estando con él, nuestra vida se convierte en «paso», en transformación. Así recibimos la redención, el ser partícipes del amor eterno, una condición a la que tendemos con toda nuestra existencia.

En el lavatorio de los pies este proceso esencial de la hora de Jesús está representado en una especie de acto profético simbólico. En él Jesús pone de relieve con un gesto concreto precisamente lo que el gran himno cristológico de la carta a los Filipenses describe como el contenido del misterio de Cristo. Jesús se despoja de las vestiduras de su gloria, se ciñe el «vestido» de la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los discípulos y así los capacita para acceder al banquete divino al que los invita.

En lugar de las purificaciones cultuales y externas, que purifican al hombre ritualmente, pero dejándolo tal como está, se realiza un baño nuevo: Cristo nos purifica mediante su palabra y su amor, mediante el don de sí mismo. «Vosotros ya estáis limpios gracias a la palabra que os he anunciado», dirá a los discípulos en el discurso sobre la vid (Jn 15, 3). Nos lava siempre con su palabra. Sí, las palabras de Jesús, si las acogemos con una actitud de meditación, de oración y de fe, desarrollan en nosotros su fuerza purificadora. Día tras día nos cubrimos de muchas clases de suciedad, de palabras vacías, de prejuicios, de sabiduría reducida y alterada; una múltiple semi-falsedad o falsedad abierta se infiltra continuamente en nuestro interior. Todo ello ofusca y contamina nuestra alma, nos amenaza con la incapacidad para la verdad y para el bien.

Las palabras de Jesús, si las acogemos con corazón atento, realizan un auténtico lavado, una purificación del alma, del hombre interior. El evangelio del lavatorio de los pies nos invita a dejarnos lavar continuamente por esta agua pura, a dejarnos capacitar para participar en el banquete con Dios y con los hermanos. Pero, después del golpe de la lanza del soldado, del costado de Jesús no sólo salió agua, sino también sangre (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 6. 8).

Jesús no sólo habló; no sólo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega «hasta el extremo», hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne y sangre «para la vida del mundo» (Jn 6, 51). En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que el baño sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez más.

Si escuchamos el evangelio con atención, podemos descubrir en el episodio del lavatorio de los pies dos aspectos diversos. El lavatorio de los pies de los discípulos es, ante todo, simplemente una acción de Jesús, en la que les da el don de la pureza, de la «capacidad para Dios». Pero el don se transforma después en un ejemplo, en la tarea de hacer lo mismo unos con otros.

Para referirse a estos dos aspectos del lavatorio de los pies, los santos Padres utilizaron las palabras sacramentum y exemplum. En este contexto, sacramentum no significa uno de los siete sacramentos, sino el misterio de Cristo en su conjunto, desde la encarnación hasta la cruz y la resurrección. Este conjunto es la fuerza sanadora y santificadora, la fuerza transformadora para los hombres, es nuestra metabasis, nuestra transformación en una nueva forma de ser, en la apertura a Dios y en la comunión con él.

Pero este nuevo ser que él nos da simplemente, sin mérito nuestro, después en nosotros debe transformarse en la dinámica de una nueva vida. El binomio don y ejemplo, que encontramos en el pasaje del lavatorio de los pies, es característico para la naturaleza del cristianismo en general. El cristianismo no es una especie de moralismo, un simple sistema ético. Lo primero no es nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo. Y eso no sólo tiene lugar al inicio, en el momento de nuestra conversión. Dios sigue siendo siempre el que da. Nos ofrece continuamente sus dones. Nos precede siempre. Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegría por la vida nueva que él nos da.

Con todo, no debemos ser sólo destinatarios pasivos de la bondad divina. Dios nos ofrece sus dones como a interlocutores personales y vivos. El amor que nos da es la dinámica del «amar juntos», quiere ser en nosotros vida nueva a partir de Dios. Así comprendemos las palabras que dice Jesús a sus discípulos, y a todos nosotros, al final del relato del lavatorio de los pies: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn13, 34). El «mandamiento nuevo» no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta entonces no existía. Lo nuevo es el don que nos introduce en la mentalidad de Cristo.

Si tenemos eso en cuenta, percibimos cuán lejos estamos a menudo con nuestra vida de esta novedad del Nuevo Testamento, y cuán poco damos a la humanidad el ejemplo de amar en comunión con su amor. Así no le damos la prueba de credibilidad de la verdad cristiana, que se demuestra con el amor. Precisamente por eso, queremos pedirle con más insistencia al Señor que, mediante su purificación, nos haga maduros para el mandamiento nuevo.

En el pasaje evangélico del lavatorio de los pies, la conversación de Jesús con Pedro presenta otro aspecto de la práctica de la vida cristiana, en el que quiero centrar, por último, la atención. En un primer momento, Pedro no quería dejarse lavar los pies por el Señor. Esta inversión del orden, es decir, que el maestro, Jesús, lavara los pies, que el amo realizara la tarea del esclavo, contrastaba totalmente con su temor reverencial hacia Jesús, con su concepto de relación entre maestro y discípulo. «No me lavarás los pies jamás» (Jn 13, 8), dice a Jesús con su acostumbrada vehemencia. Su concepto de Mesías implicaba una imagen de majestad, de grandeza divina. Debía aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; que consiste precisamente en abajarse, en la humildad del servicio, en la radicalidad del amor hasta el despojamiento total de sí mismo. Y también nosotros debemos aprenderlo sin cesar, porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión; porque no somos capaces de caer en la cuenta de que el Pastor viene como Cordero que se entrega y nos lleva así a los pastos verdaderos.

Cuando el Señor dice a Pedro que si no le lava los pies no tendrá parte con él, Pedro inmediatamente pide con ímpetu que no sólo le lave los pies, sino también la cabeza y las manos. Jesús entonces pronuncia unas palabras misteriosas: «El que se ha bañado, no necesita lavarse excepto los pies» (Jn 13, 10). Jesús alude a un baño que los discípulos ya habían hecho; para participar en el banquete sólo les hacía falta lavarse los pies.

Pero, naturalmente, esas palabras encierran un sentido muy profundo. ¿A qué aluden? No lo sabemos con certeza. En cualquier caso, tengamos presente que el lavatorio de los pies, según el sentido de todo el capítulo, no indica un sacramento concreto, sino el sacramentum Christi en su conjunto, su servicio de salvación, su abajamiento hasta la cruz, su amor hasta el extremo, que nos purifica y nos hace capaces de Dios.

Con todo, aquí, con la distinción entre baño y lavatorio de los pies, se puede descubrir también una alusión a la vida en la comunidad de los discípulos, a la vida de la Iglesia. Parece claro que el baño que nos purifica definitivamente y no debe repetirse es el bautismo, por el que somos sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo, un hecho que cambia profundamente nuestra vida, dándonos una nueva identidad que permanece, si no la arrojamos como hizo Judas.

Pero también en la permanencia de esta nueva identidad, dada por el bautismo, para la comunión con Jesús en el banquete, necesitamos el «lavatorio de los pies». ¿De qué se trata? Me parece que la primera carta de san Juan nos da la clave para comprenderlo. En ella se lee: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos —si confesamos— nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia» (1Jn 1, 8-9).

Necesitamos el «lavatorio de los pies», necesitamos ser lavados de los pecados de cada día; por eso, necesitamos la confesión de los pecados, de la que habla san Juan en esta carta. Debemos reconocer que incluso en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Necesitamos la confesión tal como ha tomado forma en el sacramento de la Reconciliación. En él el Señor nos lava sin cesar los pies sucios para poder así sentarnos a la mesa con él.

Pero de este modo también asumen un sentido nuevo las palabras con las que el Señor ensancha el sacramentum convirtiéndolo en un exemplum, en un don, en un servicio al hermano: «Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14). Debemos lavarnos los pies unos a otros en el mutuo servicio diario del amor. Pero debemos lavarnos los pies también en el sentido de que nos perdonamos continuamente unos a otros.

La deuda que el Señor nos ha condonado, siempre es infinitamente más grande que todas las deudas que los demás puedan tener con respecto a nosotros (cf. Mt 18, 21-35). El Jueves santo nos exhorta a no dejar que, en lo más profundo, el rencor hacia el otro se transforme en un envenenamiento del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos mutuamente de corazón, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder así participar juntos en el banquete de Dios.

El Jueves santo es un día de gratitud y de alegría por el gran don del amor hasta el extremo, que el Señor nos

ha hecho. Oremos al Señor, en esta hora, para que la gratitud y la alegría se transformen en nosotros en la fuerza para amar juntamente con su amor. Amén.

(Basílica de San Juan de Letrán, Jueves Santo 20 de marzo de 2008)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

El servicio, ideal del cristiano

Jn 13, 1-15

            El servicio es una de las condiciones de los que quieren entrar y pertenecer al Reino de Cristo. Jesús nos ha dado ejemplo de servicio durante toda su vida pero especialmente lo ha manifestado en la noche del jueves santo cuando realizó el lavatorio de los pies*1, realizando la labor del esclavo*2 o la enseñanza “dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá”*3, “porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”*4. La enseñanza de Cristo sobre el servicio es paradójica*5.

Jesús es el ejemplo de siervo. Es el siervo de Yahvé plenamente consciente de su misión: el cumplimiento perfecto de la voluntad de su Padre. Él se despojó de su condición de Señor, voluntariamente, y tomó condición de siervo y murió como un siervo*6. Jesús nos da ejemplo de vida de servicio y toda una vida de servicio, sin respiro. Él se hace siervo por los siervos, mostrando su amor hacia ellos y por la correspondencia a su amor ellos dejan de ser siervos para ser amigos*7.

Jesús nos ha dado ejemplo. Si queremos ser los primeros debemos servir, y servir desinteresadamente, sin buscar ningún fin fuera de glorificar a Dios, sin buscar compensaciones ni vanagloria por el fiel cumplimiento de lo que debemos hacer “somos siervos inútiles”. Nuestro servicio y fidelidad también es don de Dios y por eso no debemos apropiarnos de la gloria sólo debida a Dios*8.

Jesús con su doctrina del servicio rompe nuestros esquemas humanos. ¡Qué distantes los pensamientos humanos de los de Dios! Dios, que es Señor, se hizo siervo y sirvió dando su vida para que nosotros también demos la vida para imitarlo, en servicio a nuestros hermanos.

He aquí la respuesta del dolor vicario. Cristo sufrió por nosotros y así nos redimió, para ser glorificado nuevamente como Señor de la creación, haciéndose Señor por un nuevo derecho, el derecho de conquista, y quiere que también sirvamos así a nuestros hermanos muriendo a nosotros mismos por amor a ellos, sufriendo por ellos para unirnos a la obra redentora de Cristo.

El servicio es dolor y el que quiera ser verdadero discípulo de Cristo tiene que servir. El sentido de “si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda él solo”*9 es que debemos morir a ser servidos nosotros para vivir sirviendo a nuestros hermanos. Este es el verdadero sentido de la autoridad cristiana, servir a los hermanos.

Es cómodo ser servido, es incómodo servir. Y servir ¿hasta cuándo? Hasta la muerte. El siervo del Evangelio no descansó hasta el final del día, después de haber completado totalmente su servicio. Así es nuestra vida: un continuo servicio a Dios, sirviendo a nuestros hermanos en la imitación a Jesús, el siervo de Yahvé. ¿Y por qué tengo que sufrir y por qué tengo que servir? Por tus pecados. Cristo siendo inocente cargó con nuestros pecados y por ser inocente venció al pecado y al demonio. Nosotros debemos sufrir por nuestros pecados y por los de nuestros hermanos siguiendo el vía crucis recorrido por Jesús.

El Siervo nos liberó de la servidumbre sirviéndonos y Dios lo glorificó. Ya no somos siervos, sino hijos y amigos, y debemos hacernos voluntariamente siervos de los hombres para también liberarlos de la esclavitud del pecado y del demonio y hacerlos hijos, amigos y hermanos.

Jesús ya terminando su vida pública y teniendo delante el desenlace de su Pascua en Jerusalén pronuncia la parábola del siervo inútil*10. Es el tercer año de su vida pública y antes del último viaje a Jerusalén*11.

La situación del siervo y su obediencia es de un realismo impresionante sacado seguramente de la vida común de Palestina. El siervo no tiene derecho a ninguna felicitación o agradecimiento por parte del amo y aunque dura ha sido la jornada en el campo, al regreso tiene que seguir sirviendo y aceptar su condición de siervo. La Biblia de Jerusalén nota que más que siervo inútil conviene traducir pobre siervo, pues, el adjetivo califica la situación del siervo y no sus disposiciones morales*12.

Esta enseñanza de Jesús contrasta con otras enseñanzas que Él ha dado y con su condición de Señor.

Jesús ha dicho “dichosos los siervos a quienes el Señor, al venir, encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá”*13 y también: “¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”*14. También Jesús como siervo les lavó los pies a sus discípulos y les dijo que hiciesen como Él había hecho*15.

Jesús, que es Señor, se hizo siervo de sus siervos desde la encarnación “se anonadó” y “se humilló” y “obedeció” hasta la muerte y muerte de cruz*16. Porque no vino a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos*17.

Y Jesús, que es Señor, sirviendo a sus siervos, los eleva a la categoría de amigos porque les revela secretos celestiales y comparte con ellos el Evangelio*18 y así también ellos deben compartir las mismas vicisitudes que el amigo. Servirán a los hombres ofrendando su vida por ellos como Jesús.

Por eso el agradecimiento que a veces deseamos de nuestro servicio está incluido en la elección divina de ser siervos de tal Señor y en haber sido elevados a la categoría de amigos y aún de hermanos. Está en poder compartir la misma vida de Nuestro Señor y seguir un camino ya caminado por Él y en su compañía, en la espera del banquete final donde será Él mismo nuestro servidor y nuestro banquete.

Sin embargo, debemos compartir el servicio, haciendo como Cristo hizo y agradeciendo nuestros mutuos servicios en obsequio a la esperanza celeste, porque si bien somos pobres siervos y esa es nuestra condición, el compartir entre nosotros esa carga que es principalmente don, nos hace más feliz el servicio, pues el mismo Jesús nos dio ejemplo de compartir las cargas “venid a Mí los que estáis cansados y agobiados que Yo os aliviaré”*19 porque Él es el siervo por antonomasia, el ejemplar de siervo, pues, por amor se anonadó para que nosotros pudiéramos, exaltados, compartir su mesa.

            Somos siervos de Dios por ser creados. Nuestra creaturidad implica un servicio a Dios como realización de nuestra vocación. El servicio de Dios es el medio para salvarnos.

            Servir a Jesús es reinar. El servicio a Jesús nos da señorío. Servir a Jesús plenifica nuestra vida.

            Y el siervo se humilla al servir y el que sirve a los demás en el reino de Cristo es ensalzado.

El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado*20.

Dos veces más aparece esta sentencia de Jesús en los Evangelios*21.

Este humillarse se refiere a la humildad necesaria para entrar en el Reino de los cielos. Es la conclusión de una parábola dirigida a los fariseos que buscaban los primeros puestos en los banquetes. Jesús hace referencia en su parábola a un banquete de bodas que según los Evangelios se refiere al Reino de Dios, o sea, a las bodas de Jesús con la humanidad. Los fariseos que pretendían el primer puesto en el Reino son excluidos y su puesto es ocupado por los gentiles porque el Reino es don de Dios y nadie tiene derecho a recibirlo por su raza o por sus obras*22.

En la narración de Mateo*23 Jesús contrapone la actitud de los fariseos, actitud de vanagloria, a la de los discípulos del Reino, actitud de humildad manifestada en el servicio. También aquí pone como anti testimonio a los jefes religiosos de Israel que habían desviado su misión de pontífices al servicio de Dios y de los hombres por una religión externa y ostentatoria, que buscaba ambiciosamente el poder y el dominio, actitud mundana contraria a la del verdadero hombre religioso.

En Lucas*24, Jesús manifiesta por medio de una parábola su rechazo a la soberbia religiosa y, por el contrario, la aceptación de la humildad por el reconocimiento de las propias miserias. Jesús quiere que los hijos del Reino entreguen su limitación y miserias a Dios para que Él las remedie y aborrece la actitud de aquellos que se apropian de las cosas religiosas como si ellos fueran sus autores desconociendo voluntariamente el don de Dios.

Debemos imitar a Jesús que ha inaugurado el Reino de Dios en la tierra haciéndonos humildes como Él, “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”*25 porque se puso en el último lugar anonadándose a sí mismo y muriendo en la cruz por nuestros pecados*26, poniéndose al servicio de todos los hombres porque vino a servir y no a ser servido*27 y nos dio ejemplo para que hagamos lo mismo si queremos tener parte en su Reino.

Su vida toda fue un acto de religión. Toda su vida fue conforme a la voluntad del Padre y una glorificación permanente manifestada en su amor para con los hombres.

            Si Jesús, siendo Dios, se humilló para salvamos, nosotros que somos nada más pecado tenemos que reconocer esta nuestra verdad e imitar el ejemplo de vida religiosa que Jesús nos ha dado haciéndonos los últimos, especialmente, por el servicio a nuestros hermanos y reconociendo humildemente el don de Dios en nuestras vidas, en particular, el don de poner nuestras miserias en sus manos, el don de recurrir a su misericordia, por su misericordia. Él hará obras grandes en nosotros si tomamos esta actitud. Esto es lo que significa la palabra de Jesús: “el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”.

Pidamos a Jesús el don de la fidelidad en el servicio siendo conscientes que somos siervos inútiles o más bien pobres siervos por nuestra condición creatural y de pecado.

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*1- Jn 13, 12
*2- Cf. Jn 13, 1-16
*3- Lc 12, 37
*4- Lc 22, 27
*5- Cf. Jsalén. a Lc 17, 8
*6- Flp 2, 6-8
*7- Jn 15, 15
*8- Cf. 1 Co 3, 4-6
*9- Jn 12, 24
*10- Lc 17, 7-10
*11- Leal, Sinopsis de los cuatro evangelios, BAC Madrid 19753, 223
*12- Jsalén. a Lc 17, 10
*13- Lc 12, 37
*14- Lc 22, 27
*15- Cf. Jn 13, 1-16
*16- Cf. Flp 2, 6-8
*17- Cf. Mt 20, 28
*18- Cf. Jn 15, 15
*19- Mt 11, 28
*20- Lc 14, 11
*21- Mt 23, 12; Lc 18, 14
*22- Cf. Tuya, Biblia Comentada (Vb), BAC Madrid 19773, 158
*23- 23, 12
*24- 18, 14
*25- Mt 11, 29
*26- Cf. Flp 2, 8
*27- Mt 20, 28

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Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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