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Viernes Santo – Pasión del Señor 2016 (C)

25
marzo

Viernes Santo

Celebración de la Pasión del Señor

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Información

Orientaciones para la homilía de Viernes Santo

Viernes Santo

“La acción litúrgica del viernes santo llega a su momento culminante en el relato según san Juan de la pasión de aquel que, como el Siervo del Señor, anunciado en el libro de Isaías, se ha convertido realmente en el único sacerdote al ofrecerse a sí mismo al Padre”. (Leccionario, Prenotanda, nº 99)

“Concluida la lectura de la Pasión (según San Juan), hágase una breve homilía, y terminada ésta, los fieles pueden ser invitados a hacer un tiempo de oración en silencio” (Misal Romano, Viernes Santo de la Pasión del Señor, nº 10, p. 245).

Viernes Santo: Memoria de los Dolores de la Santísima Virgen María junto a la Cruz

El Misal Romano (Viernes Santo de la Pasión del Señor, nº 20 bis) contempla dos posibilidades para la memoria de los dolores y la soledad de la Virgen María: el “piadoso ejercicio tradicional” del Sermón de la Soledad o la inclusión de “la memoria del dolor de María en la misma acción litúrgica con la que se celebra la Pasión del Señor”. El Misal considera “más conveniente” esta última porque “de esta manera aparecerá con más evidencia que la Virgen María está unida indisolublemente a la obra de la salvación realizada por su Hijo”.

Sin embargo resalta el Misal que en algunos lugares puede “considerarse oportuno conservar” aquel piadoso ejercicio tradicional del Sermón de la Soledad. El Misal lo describe de esta manera: “Según una antigua tradición, en la tarde del Viernes Santo se realizaba en nuestras iglesias un piadoso ejercicio en memoria de los dolores sufridos por la Santísima Virgen María junto a la cruz de su Hijo, y de su estado de profunda soledad después de la muerte de Jesús.” Debe tenerse el cuidado de realizarlo de tal manera que no reste importancia a la Celebración litúrgica de la Pasión del Señor.

Mi experiencia de nueve años de párroco en la periferia de la gran ciudad de Santiago de Chile me lleva a decir que es perfectamente posible realizar este piadoso ejercicio sin que reste importancia a la Celebración de la Pasión del Señor. Nosotros hacíamos la Celebración de la Pasión del Señor a las 15 hs., aproximadamente. Luego hacíamos el Via Crucis por las calles de la población, que duraba varias horas. Y el Via Crucis terminaba en el templo con el Sermón de la Soledad, hecho a modo de Liturgia de la Palabra. De ese modo, el Sermón de la Soledad no restaba importancia a la Celebración litúrgica de la Pasión del Señor. Las ideas fundamentales de dicho sermón están expresadas en el Misal Romano, citado recién. Era de mucho provecho para los fieles.

P. José Marcone IVE

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Viernes Santo

(Viernes 25 de Marzo de 2016)

 Celebración de la Pasión del Señor

LECTURAS

Él fue traspasado por nuestras rebeldías

Lectura del libro de Isaías                                                             52, 13-53, 12

Sí, mi Servidor triunfará:

será exaltado y elevado a una altura muy grande.

Así como muchos quedaron horrorizados a causa de él,

porque estaba tan desfigurado

que su aspecto no era el de un hombre

y su apariencia no era más la de un ser humano,

así también él asombrará a muchas naciones,

y ante él los reyes cenarán la boca,

porque verán lo que nunca se les había contado

y comprenderán algo que nunca habían oído.

¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído

y a quién se le reveló el brazo Del Señor?

El creció como un retoño en su presencia,

como una raíz que brota de una tierra árida,

sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas,

sin un aspecto que pudiera agradamos.

Despreciado, desechado por los hombres,

abrumado de dolores y habituado al sufrimiento,

como alguien ante quien se aparta el rostro,

tan despreciado, que lo tuvimos por nada.

Pero él soportaba nuestros sufrimientos

y cargaba con nuestras dolencias,

y nosotros lo considerábamos golpeado,

herido por Dios y humillado.

Él fue traspasado por nuestras rebeldías

y triturado por nuestras iniquidades.

El castigo que nos da la paz recayó sobre él

y por sus heridas fuimos sanados.

Todos andábamos errantes como ovejas,

siguiendo cada uno su propio camino,

y el Señor hizo recaer sobre él

las iniquidades de todos nosotros.

Al ser maltratado, se humillaba

y ni siquiera abría su boca:

como un cordero llevado al matadero,

como una oveja muda ante el que la esquila,

él no abría su boca.

Fue detenido y juzgado injustamente,

y ¿quién se preocupó de su suerte?

Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes

y golpeado por las rebeldías de mi pueblo.

Se le dio un sepulcro con los malhechores

y una tumba con los impíos,

aunque no había cometido violencia

ni había engaño en su boca.

El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento.

Si ofrece su vida en sacrificio de reparación,

verá su descendencia, prolongará sus días,

y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él.

A causa de tantas fatigas, él verá la luz

y, al saberlo, quedará saciado.

Mi Servidor justo justificará a muchos

y cargará sobre sí las faltas de ellos.

Por eso le daré una parte entre los grandes

y él repartirá el botín junto con los poderosos.

Porque expuso su vida a la muerte

y fue contado entre los culpables,

siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial                                                                     30, 2-6.12-13.15-17.25

R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Yo me refugio en ti, Señor,

¡que nunca me vea defraudado!

Yo pongo mi vida en tus manos:

Tú me rescatarás, Señor, Dios fiel. R.

Soy la burla de todos mis enemigos

y la irrisión de mis propios vecinos;

para mis amigos soy motivo de espanto,

los que me ven por la calle huyen, de mí.

Como un muerto, he caído en el olvido,

me he convertido en una cosa inútil. R.

Pero yo confío en ti, Señor,

y te digo: «Tú eres mi Dios,

mi destino está en tus manos».

Líbrame del poder de mis enemigos

y de aquéllos que me persiguen. R.

Que brille tu rostro sobre tu servidor,

sálvame por tu misericordia.

Sean fuertes y valerosos,

todos los que esperan en el Señor. R.

Aprendió qué significa obedecer

y llegó a ser causa de salvación eterna

para lodos los que le obedecen

Lectura de la carta a los Hebreos         4, 14-16; 5, 7-9

Hermanos:

Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.

Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.

Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquél que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, Él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Palabra de Dios.

Aclamación                                                                                         Flp 8-9

Cristo se humilló por nosotros

hasta aceptar por obediencia la muerte,

y muerte de cruz.

Por eso, Dios lo exaltó

y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan    18, 1-19, 42

¿A quién buscan?

C. Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar un huerto y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó:

+ «¿A quién buscan?»

C. Le respondieron:

S. «A Jesús, el Nazareno».

C. Él les dijo:

«Soy Yo».

C. Judas, el que lo entregaba estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente:

+..«¿A quién buscan?»

C. Le dijeron:

S. «A Jesús, el Nazareno».

C. Jesús repitió:

+..«Ya les dije que soy Yo. Si es a mí a quien buscan, dejen que estos se vayan».

C. Así debía cumplirse la palabra que Él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. Jesús dijo a Simón Pedro:

+..«Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?»

C. El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo».

¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?

C. Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:

S. «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»

C. Él le respondió:

S. «No lo soy».

C. Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió:

«He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho».

C. Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole:

S. «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?»

C. Jesús le respondió:

+ «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»

C. Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás. Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron:

S. «¿No eres tú también uno de sus discípulos?»

C. Él lo negó y dijo:

S. «No lo soy».

C. Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquél al que Pedro había cortado la oreja, insistió:

S. «¿Acaso no te vi con Él en la huerta?»

C. Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.

Mi realeza no es de este mondo

C. Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua. Pilato salió adonde estaban ellos y les preguntó:

S. «¿Qué acusación traen contra este hombre?»

C. Ellos respondieron:

S. «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado».

C. Pilato les dijo:

S. «Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen».

C. Los judíos le dijeron:

S. «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».

C. Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:

S. «¿Eres Tú el rey de los judíos?»

C. Jesús le respondió:

«¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?»

C. Pilato replicó:

S. «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»

C. Jesús respondió:

+ «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».

C. Pilato le dijo:

S. «¿Entonces Tú eres rey?»

C. Jesús respondió:

«Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo:

para dar testimonio de la verdad.  El que es de la verdad, escucha mi voz».

C. Pilato le preguntó:

S. «¿Qué es la verdad?»

C. Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo:

S. «Yo no encuentro en Él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?»

C. Ellos comenzaron a gritar, diciendo:

S. «¡A Él no, a Barrabás!»

C. Barrabás era un bandido.

¡Salud, rey de los judíos!

C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo azotó. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto púrpura, y acercándose, le decían:

S. «¡Salud, rey de los judíos!»

C. Y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo:

S. «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en El ningún motivo de condena».

C. Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto púrpura. Pilato les dijo:

S. «¡Aquí tienen al hombre!»

C. Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron:

S. «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en Él ningún motivo para condenarlo».

C. Los judíos respondieron:

S. «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque Él pretende ser Hijo de Dios».

C. Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús:

S. «¿De dónde eres Tú?»

C. Pero Jesús no le respondió nada. Pilato le dijo:

S. «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?»

C. Jesús le respondió:

«Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si esta ocasión no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave».

¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!

C. Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban:

S. «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César».

C. Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo. «Gábata».

Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos:

S. «Aquí tienen a su rey».

C. Ellos vociferaban:

S. «¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «¿Voy a crucificar a su rey?»

C. Los sumos sacerdotes respondieron:

S. «No tenemos otro rey que el César».

C. Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y se lo llevaron.

Lo crucificaron, y con Él a otros dos

C. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con Él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la colocó sobre la cruz.

Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:

S. «No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».

C. Pilato respondió:

S. «Lo escrito, escrito está».

Se repartieron mis vestiduras

C. Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:

S. «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca».

C. Así se cumplió la Escritura que dice:

«Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica».

Esto fue lo que hicieron los soldados.

¡Aquí tienes a tu hijo! ¡Aquí tienes a tu madre!

C. Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo:

«Mujer, aquí tienes a tu hijo».

C. Luego dijo al discípulo:

+   «Aquí tienes a tu madre».

C. Y desde aquella Hora, el discípulo la recibió como suya.

Todo se ha cumplido

C. Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo:

«Tengo sed».

C. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús:

+   «Todo se ha cumplido».

C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

En seguida brotó sangre y agua

C. Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a Él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice:

«No le quebrarán ninguno de sus huesos».

Y otro pasaje de la Escritura, dice:

«Verán al que ellos mismos traspasaron».

Envolvieron con vendas el cuerpo de Jesús,

agregándole la mezcla de perfumes

C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús —pero secretamente, por temor a los judíos— pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.

Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.

En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor.

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GUION PARA LA MISA

Celebración del Viernes Santo

Entrada          Nuestro Señor Jesucristo, verdadero y único Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, consuma su ofrenda de amor en la Cruz. Nuestro amor y nuestro silencio lo acompañan.

Liturgia de la Palabra           El corazón de Jesús es traspasado por su amor al Padre y a nosotros, Él es la causa de nuestra salvación eterna.

Oración Universal     Elevemos nuestra súplica confiada ante el trono de la gracia, por todos los hombres y por sus necesidades.

Adoración de la Cruz Adoremos la Cruz en la que nuestro Sacerdote y nuestra Víctima nos rescató y reconcilió con el Padre.

Sagrada Comunión    El amor y la misericordia de Dios no pudo expresarse de manera más intensa que en la Eucaristía. Allí nos espera para unirnos íntimamente a Él.

Terminada la oración final, el celebrante sale. Todo en silencio.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         P. José María Solé – Roma, C.F.M.

ISAÍAS 52, 13-53, 1-12:

En el poema del «Siervo de Yahvé» el pasaje que leemos hoy forma el Canto cuarto:

— Nos presenta al «Siervo» en su hora más trascendental: Pasión y Muerte. Dado que se trata de un «Justo» del todo inocente, su pasión y muerte nos es presentada como «Expiación» por los pecados de la muchedumbre. Pasión, por otra parte, que supera en sufrimientos físicos y morales toda medida (52, 13; 53, 1-3). Esta yuxtaposición de un sufrimiento sumo y de una suma inocencia, nos entra en el carácter «expiatorio» y «vicario» que tiene la Pasión del «Siervo». Él sufre por nuestros pecados. En nombre nuestro y a favor nuestro (4-6). Y su sacrificio es acepto a Dios, el cual retorna a vida al «Siervo» (11). En virtud del Sacrificio del Siervo, la muchedumbre pecadora queda justificada y el plan divino plenamente realizado (10-12).

— A la verdad, el Profeta alcanza en este poema la cima más alta de toda la revelación del A. T. La «Redención» será un «Sacrificio». Sacrificio no ritual, sino personal: El Mesías mismo será la Víctima. Siempre Jesús entendió así su misión y su función. Siempre el Mesianismo que Él vivió queda orientado hacia el Sacrificio Redentor: «El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a ‘servir’ (=Siervo de Yahvé); y a dar su vida en redención de la muchedumbre» (Mc 10, 45). Jesús con su ciencia y conciencia Mesiánica penetra como nadie este sentido de las Escrituras. El misterio de su Pasión gana más nuestro amor. Es una Pasión prevista, aceptada, amada. Pasión sin evasión posible en el «Siervo» obediente. Pasión sin ningún alivio.

— Por tanto, «Jesús es aquel ‘Varón de dolores’ (Is 53, 3) que conoce el dolor en toda su amplitud, en toda su intensidad, en toda su crueldad. Y esto es suficiente para hacerle hermano de todo hombre que llora y sufre; hermano mayor. Él conserva un primado que atrae hacia Sí la simpatía, la solidaridad, la comunión de todo hombre que sufre. Su dolor consciente, inocente, sufrido por amor, nos redime y salva» (Paulo VI: 27-IV-1970).

HEBREOS 4, 14-16; 5, 7-9:

Este pasaje de la Carta a los Hebreos ilumina la profecía del «Siervo de Yahvé» y la presenta realizada plenamente en Jesús.

— Jesús Sacerdote y Redentor: Hijo de Dios, el dolor no podía alcanzarle; pero Sacerdote-Redentor, acepta ser en todo igual a nosotros (15). Este rasgo de nuestro Redentor le torna inmensamente más amable a nuestros ojos y acrece sin medida nuestra confianza.

— Jesús Sacerdote y Víctima: Toda la vida de Jesús en la tierra fue pasión e inmolación. La Encarnación iba ordenada a la Pasión. En quien tenía de ello conciencia clara y cierta quedaba todo impregnado de dolor; dolor que hace de su vida una Pasión Hijo de Dios Encarnado para una vida de obediencia (= Siervo), aprende en su absoluta sumisión al plan Redentor de Dios, cuánto dolor y cuántas lágrimas, y cuánta sangre exige la redención de los hombres (5, 8). «Cristo necesita darse voluntariamente, gratuitamente, incluso dolorosamente, por nuestro bien, por la redención de la humanidad» (Paulo VI: ib.). El mismo amor que le impulsó a hacerse nuestro Sacerdote, sacerdote en todo semejante a los hombres (4, 15), le impulsó a hacerse Víctima por nosotros. Nos redimirá al precio de su propia vida.

— Jesús Sacerdote y Salvador: Ni cabía Sacerdote más excelso ni Víctima más valiosa. Es el Hijo de Dios quien para Redención nuestra se ofrece a ser Sacerdote y Víctima a favor nuestro. De ahí la confianza máxima que alienta a todos los redimidos: «Lleguémonos, pues, con segura confianza al Trono de la Gracia» (4, 16). El «Trono de la Gracia» es el Trono de Dios, desde que en él se sienta Sacerdote-Glorificado nuestro Hermano Jesús. «Y Glorificado, ha venido a ser para cuantos en Él creen autor de eterna salvación» (5, 9). En la Liturgia del Viernes Santo todos los ojos de todos los redimidos se elevan a este Trono de Gracia. Todos tenemos en Cristo la Redención y la Salvación: Per Filium tuum Jesum Cristum, Spiritus Sancti operante virtute vivificas et sanctificas universa, et populum tuum tibi congregare non desinis ut ab ortu solis usque ad occasum oblatio manda offeratur nomini tua (Prez Euc III).

JUAN 18-19, 42:

Juan narra la historia de la Pasión de Jesús a la luz de las profecías y de Pentecostés:

— Acentúa y subraya la voluntariedad, generosidad y serenidad con que Jesús se ofrece en sacrificio por amor nuestro. En todo guarda Él la iniciativa. Su muerte no es un asesinato. Es un Sacrificio. Sacrificio al que voluntariamente se ofrece la Víctima. Podrá decir la Liturgia: Amor Sacerdos immolat: A esta Víctima la inmola el Amor. De Getsemaní a la Cruz todo es llamarada de amor.

— Subraya cómo va cumpliendo todas las profecías, singularmente las del «Siervo de Yahvé», que nos hablan de un Justo condenado injustamente y que carga con la iniquidad de todos los pecadores para expiar por todos. La última palabra del Crucificado es: « ¡Todo cumplido!» (30). El «Siervo»-Hijo muere de Amor; pero muere en un supremo holocausto de Obediencia.

— No podemos, ser insensibles a tan inmenso Amor que se inmola para redimirnos. No podemos seguir en la línea del Adán rebelde. La fe y el amor nos injertan y nos integran en el Hijo hecho «Siervo» para aprender y paladear el sabor de la más dolorosa obediencia: «Leamos atentamente la Pasión del Señor. ¡Qué rica ganancia nos resultará de ello! Tu corazón de piedra se volverá blando cual cera… ¡Oh, mi Jesús; más que de los muertos que resucitaste me enorgullezco de los sufrimientos, injurias y burlas que por mí sufriste!» (Crisost. in Mt 85, 1; 87, 1).

SOLÉ ROMA, J. M.,  Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 101-104

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Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

«Tengo sed»

Al inicio de la crucifixión, como era costumbre, se ofreció a Jesús una bebida calmante para atenuar los dolores insoportables. Jesús la rechazó. Quiso soportar totalmente consciente su sufrimiento (cf. Mc 15,23). Al término de la Pasión, bajo el sol abrasador del mediodía, colgado en la cruz, Jesús gritó: «Tengo sed» Un 19,28). Como solía hacerse, se le ofreció un vino agriado, muy común entre los pobres, que también se podía considerar vinagre; se la tenía como una bebida para calmar la sed.

Aquí encontramos de nuevo esa compenetración entre palabra bíblica y acontecimiento sobre la que hemos reflexionado a comienzos de este capítulo. Por un lado, la escena es del todo realista: la sed del Crucificado y la bebida agria que los soldados solían dar en aquellos casos. Por otro, oímos enseguida en el trasfondo el Salmo 69, aplicable a la Pasión, en el que el sufriente exclama: «En la sed me dieron vinagre» (v. 22). Jesús es el justo que sufre. En Él se cumple la Pasión del justo descrita por la Escritura en las grandes experiencias de los orantes afligidos.

Pero, con esto, ¿cómo no pensar también en el canto de la viña del capítulo 5 del profeta Isaías, ese canto sobre el que hemos reflexionado en el contexto de la parábola de la viña? (cf. primera parte, pp. 302-306). En ella, Dios presentó su queja a Israel. Dios había plantado una viña en una fértil colina, y la cuidó con mimo. «Esperaba que diera uvas, pero produjo agraces» (Is 5,2). La viña de Israel no lleva a Dios el fruto noble de la justicia, que se funda en el amor. Da los granos agrios del hombre que se preocupa solamente de sí mismo. Produce vinagre en vez de vino. El lamento de Dios, que oímos en el canto profético, se concreta en esta hora en que al Redentor sediento se le ofrece vinagre.

Así como el canto de Isaías manifiesta el sufrimiento de Dios por su pueblo, más allá de su momento histórico, así también la escena de la cruz sobrepasa la hora de la muerte de Jesús. No sólo Israel, sino también la Iglesia, nosotros, respondemos una y otra vez al amor solícito de Dios con vinagre, con un corazón agrio que no quiere hacer caso del amor de Dios. «Tengo sed»: este grito de Jesús se dirige a cada uno de nosotros.

Las mujeres junto a la cruz– la Madre de Jesús

Los cuatro evangelistas nos hablan —cada uno a su modo— de mujeres junto a la cruz. Marcos nos dice: «Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que, cuando estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con éla Jerusalén» (15,40s). Aunque los evangelistas no dicen nada directamente, en el simple hecho de que se mencione su presencia se puede percibir el desconcierto y la aflicción de estas mujeres ante lo ocurrido.

Juan cita al final de su relato de la crucifixión unas palabras del profeta Zacarías: «Mirarán al que traspasaron» (19,37; cf. Za 2,10). Al principio del Apocalipsis, estas palabras que aquí esclarecen la escena ante la cruz se aplicarán de manera profética al tiempo final: al momento del retorno del Señor, cuando todos mirarán al que viene con las nubes —el Traspasado— y se darán golpes de pecho (cf. Ap 1,7).

Las mujeres miran al Traspasado. Podemos pensar también en las otras palabras del profeta Zacarías: «Harán llanto como el llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito» (12,10). Mientras que hasta la muerte de Jesús sólo había habido escarnio y crueldad en torno al Señor, los Evangelios presentan ahora un epílogo reparador que lleva a su puesta en el sepulcro y a la resurrección. Las mujeres que le habían sido fieles están presentes. Su compasión y su amor son para el Redentor muerto.

Podemos, pues, añadir también tranquilamente la conclusión del texto de Zacarías: «Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza» (13,1). El mirar al Traspasado y el compadecerse se convierten ya de por sí en fuente de purificación. Da comienzo la fuerza transformadora de la Pasión de Jesús.

Juan no sólo nos dice que las mujeres estaban junto a la cruz —«su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María la Magdalena» (19,25)—, sino que prosigue: «Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (19,26s). Ésta es la última disposición, casi un acto de adopción. Él es el único hijo de su madre, la cual, tras su muerte, quedaría sola en el mundo. Ahora pone a su lado al discípulo amado, lo pone, por decirlo así, en lugar suyo, como su propio hijo, y desde aquel momento él se hace cargo de ella, la acoge consigo. La traducción literal es aún más fuerte; se podría expresar más o menos así: la acogió entre sus propias cosas, la acogió en su más íntimo contexto de vida. Así pues, esto es ante todo un gesto totalmente humano del Redentor que está a punto de morir. No deja sola a su madre, la confía a los cuidados del discípulo que le había sido tan cercano. De este modo se da también al discípulo un nuevo hogar: la madre que cuida de él y de la que él se hace cargo.

Cuando Juan habla de hechos humanos como éste, quiere recordar ciertamente acontecimientos ocurridos. Sin embargo, lo que le interesa es siempre algo más que los hechos concretos del pasado. El acontecimiento se proyecta más allá de sí mismo hacia lo que permanece. Así pues, ¿qué quiere decirnos con esto?

Un primer aspecto nos lo ofrece con la forma de llamar «mujer» a su madre. Es el mismo término que Jesús había usado en la boda de Caná (cf.Jn 2,4). Las dos escenas quedan así relacionadas una con otra. Caná había sido una anticipación de la boda definitiva, del vino nuevo que el Señor quería ofrecer. Sólo ahora se hace realidad lo que entonces era únicamente un signo precursor de lo que estaba por venir.

El término «mujer» recuerda al mismo tiempo el relato de la creación, en el cual el Creador presenta la mujer a Adán. Adán reacciona ante esta nueva criatura diciendo: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer» (Gn 2,23). San Pablo ha presentado a Jesús en sus cartas como el nuevo Adán, con el cual la humanidad recomienza de un modo nuevo. Juan nos dice que al nuevo Adán le corresponde nuevamente «la mujer», que él nos presenta en la figura de María. En el Evangelio eso queda como una alusión callada de lo que se desarrollará después poco a poco en la fe de la Iglesia.

El Apocalipsis habla de la señal grandiosa de la mujer que aparece en el cielo, abrazando allí a todo Israel, o mejor, a la Iglesia entera. La Iglesia debe dar a luz a Cristo continuamente con dolor (cf. 12,1-6). Otro paso en la maduración de la misma idea lo encontramos en la Carta a los Efesios, que aplica a Cristo y a la Iglesia la imagen del hombre que deja a su padre y a su madre y se hace una sola carne con la mujer (cf. 5,31s). La Iglesia antigua, basándose en el modelo de la «personalidad corporativa» —según el modo de pensar de la Biblia—, no ha tenido dificultad alguna para reconocer en la mujer, por un lado, a María en sentido del todo personal y, por otro, para ver en ella, abarcando todos los tiempos, a la Iglesia esposa y Madre, en la cual el misterio de María se prolonga en la historia.

Como María, la mujer, también el discípulo predilecto es a la vez una figura concreta y un modelo del discipulado que siempre habrá y siempre debe haber. Al discípulo, que es verdaderamente discípulo en la comunión de amor con el Señor, se le confía la mujer: María – la Iglesia.

La palabra de Jesús en la cruz permanece abierta a muchas realizaciones concretas. Una y otra vez se dirige tanto a la madre como al discípulo, y a cada uno se le confía la tarea de ponerla en práctica en la propia vida, tal como está previsto en el plan de Dios. Al discípulo se le pide siempre que acoja en su propia existencia personal a María como persona y como Iglesia, cumpliendo así la última voluntad de Jesús.

Jesús muere en la cruz

Según la narración de los evangelistas, Jesús murió orando en la hora nona, es decir, a las tres de la tarde. En Lucas, su última plegaria está tomada del Salmo 31: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46; cf. Sal 31,6). Para Juan, la última palabra de Jesús fue: «Está cumplido» (19,30). En el texto griego, esta palabra (tetélestai) remite hacia atrás, al principio de la Pasión, a la hora del lavatorio de los pies, cuyo relato introduce el evangelista subrayando que Jesús amó a los suyos «hasta el extremo (télos)» (13,1). Este «fin», este extremo cumplimiento del amor, se alcanza ahora, en el momento de la muerte. Él ha ido realmente hasta el final, hasta el límite y más allá del límite. Él ha realizado la totalidad del amor, se ha dado a sí mismo.

En el capítulo 6, al hablar de la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, hemos conocido también otro significado de la misma palabra (teleioün), basándonos en Hebreos 5,9: en la Torá significa «iniciación», consagración en orden a la dignidad sacerdotal, es decir, el traspaso total a la propiedad de Dios. Pienso que, haciendo referencia a la oración sacerdotal de Jesús, también aquí podemos sobrentender este sentido. Jesús ha cumplido hasta el final el acto de consagración, la entrega sacerdotal de sí mismo y del mundo a Dios (cf. Jn 17,19). Así resplandece en esta palabra el gran misterio de la cruz. Se ha cumplido la nueva liturgia cósmica. En lugar de todos los otros actos cultuales se presenta ahora la cruz de Jesús corno la única verdadera glorificación de Dios, en la que Dios se glorifica a sí mismo mediante Aquel en el que nos entrega su amor, y así nos eleva hacia Él.

Los Evangelios sinópticos describen explícitamente la muerte en la cruz como acontecimiento cósmico y litúrgico: el sol se oscurece, el velo del templo se rasga en dos, la tierra tiembla, muchos muertos resucitan.

Pero hay un proceso de fe más importante aún que los signos cósmicos: el centurión — comandante del pelotón de ejecución—, conmovido por todo lo que ve, reconoce a Jesús corno Hijo de Dios: «Realmente éste era el Hijo de Dios» (Mc15,39). Bajo la cruz da comienzo la Iglesia de los paganos. Desde la cruz, el Señor reúne a los hombres para la nueva comunidad de la Iglesia universal. Mediante el Hijo que sufre reconocen al Dios verdadero.

Mientras los romanos, como intimidación, dejaban intencionadamente que los crucificados colgaran del instrumento de tortura después de morir, segúnel derecho judío debían ser enterrados el mismo día (cf. Dt 21,22s). Por eso el pelotón de ejecución tenía el cometido de acelerar la muerte rompiéndoles las piernas. También se hace así en el caso de los crucificados en el Gólgota. A los dos «bandidos» se les quiebran las piernas. Luego, los soldados ven que Jesús está ya muerto, por lo que renuncian a hacer lo mismo con él. En lugar de eso, uno de ellos traspasa el costado —el corazón— de Jesús, «y al punto salió sangre y agua» Jn 19,34). Es la hora en que se sacrificaban los corderos pascuales. Estaba prescrito que no se les debía partir ningún hueso (cf. Ex 12,46). Jesús aparece aquí como el verdadero Cordero pascual que es puro y perfecto.

Podemos por tanto vislumbrar también en estas palabras una tácita referencia al comienzo de la obra deJesús, a aquella hora en que el Bautista había dicho: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Lo que entonces debió ser incomprensible —era solamente una alusión misteriosa a algo futuro— ahora se hace realidad. Jesús es el Cordero elegido por Dios mismo. En la cruz, Él carga con el pecado del mundo y nos libera de él.

Pero resuena al mismo tiempo también el Salmo 34, donde se lee: «Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará» (v. 20s). El Señor, el Justo, ha sufrido mucho, ha sufrido todo y, sin embargo, Dios lo ha guardado: no le han roto ni un solo hueso.

Del corazón traspasado de Jesús brotó sangre y agua. La Iglesia, teniendo en cuenta las palabras de Zacarías, ha mirado en el transcurso de los siglos a este corazón traspasado, reconociendo en él la fuente de bendición indicada anticipadamente en la sangre y el agua. Las palabras de Zacarías impulsan además a buscar una comprensión más honda de lo que allí ha ocurrido.

Un primer grado de este proceso de comprensión lo encontramos en la Primera Carta de Juan, que retoma con vigor la reflexión sobre el agua y la sangre que salen del costado de Jesús: «Este es el que vino con agua y con sangre, Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Tres son los testigos en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo» (5,6ss).

¿Qué quiere decir el autor con la afirmación insistente de que Jesús ha venido no sólo con el agua, sino también con la sangre? Se puede suponer que haga probablemente alusión a una corriente de pensamiento que daba valor únicamente al Bautismo, pero relegaba la cruz. Y eso significa quizás también que sólo se consideraba importante la palabra, la doctrina, el mensaje, pero no «la carne», el cuerpo vivo de Cristo, desangrado en la cruz; significa que se trató de crear un cristianismo del pensamiento y de las ideas del que se quería apartar la realidad de la carne: el sacrificio y el sacramento.

Los Padres han visto en este doble flujo de sangre y agua una imagen de los dos sacramentos fundamentales —la Eucaristía y el Bautismo—, que manan del costado traspasado del Señor, de su corazón. Ellos son el nuevo caudal que crea la Iglesia y renueva a los hombres. Pero los Padres, ante el costado abierto del Señor exánime en la cruz, en el sueño de la muerte, se han referido también a la creación de Eva del costado de Adán dormido, viendo así en el caudal de los sacramentos también el origen de la Iglesia: han visto la creación de la nueva mujer del costado del nuevo Adán.

La sepultura de Jesús

Los cuatro evangelistas nos relatan que un miembro acomodado del Sanedrín, José de Arimatea, pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. Marcos (15,43) y Lucas (23,51) añaden que José era uno «que aguardaba el Reino de Dios», mientras que Juan (cf. 19,38) lo considera un discípulo secreto de Jesús, un discípulo que hasta aquel momento no se había manifestado abiertamente como tal por temor a los círculos judíos dominantes. Juan menciona además la participación de Nicodemo (cf. 19,39), de cuyo coloquio nocturno con Jesús sobre el nacer y el volver a nacer de nuevo había hablado en el tercer capítulo (cf. vv. 1-8). Después del drama del proceso, en el cual todo parecía una conjura contra Jesús y ninguna voz parecía levantarse en su favor, venimos ahora a saber del otro Israel: personas que están a la espera. Personas que confían en las promesas de Dios y van en busca de su cumplimiento. Personas que en la palabra y en la obra de Jesús reconocen la irrupción del Reino de Dios, el inicio del cumplimiento de las promesas.

Habíamos encontrado en los Evangelios personas como éstas, sobre todo entre la gente sencilla: María y José, Isabel y Zacarías, Simeón y Ana, además de los discípulos; pero ninguno de ellos pertenecía a los círculos influyentes, aunque provenían de distintos niveles culturales y diferentes corrientes de Israel. Ahora —tras la muerte de Jesús— salen a nuestro encuentro dos personajes destacados de la clase culta de Israel que, aun sin haber osado declarar su condición de discípulos, tenían sin embargo ese corazón sencillo que hace al hombre capaz de la verdad (cf. Mt 10,25s).

Mientras que los romanos abandonaban los cuerpos de los ejecutados en la cruz a los buitres, los judíos se preocupaban de que fueran enterrados; había lugares asignados por la autoridad judicial precisamente para eso. En este sentido, la petición de José entra dentro de lo habitual en el derecho judío. Marcos dice que Pilato se asombró de que Jesús hubiera muerto ya, y que primero se cercioró por el centurión de la verdad de esta noticia. Una vez confirmada la muerte de Jesús, concedió su cuerpo al miembro del consejo (cf. 15,44s).

Sobre el entierro mismo, los evangelistas nos transmiten varias informaciones importantes. Ante todo, se subraya que José hace colocar el cuerpo del Señor en un sepulcro nuevo de su propiedad, en el que todavía no se había enterrado a nadie (cf. Mt 27,60; Lc 23,53; Jn 19,41). Esto manifiesta un respeto profundo por este difunto. Al igual que el «Domingo de Ramos» se había servido de un borrico sobre el que nadie había montado antes (cf. Mc 11,2), así también ahora es colocado en un sepulcro nuevo.

Es importante además la noticia según la cual José compró una sábana en la que envolvió al difunto. Mientras los Sinópticos hablan simplemente de una sábana, en singular, Juan habla de «vendas» de lino (cf. 19,40), en plural, como solían hacer los judíos en la sepultura. El relato de la resurrección vuelve sobre esto con más detalle. Aquí no entramos en la cuestión sobre la concordancia con el sudario de Turín; en todo caso, el aspecto de dicha reliquia es fundamentalmente conciliable con ambas versiones.

Finalmente, Juan nos dice que Nicodemo llevó una mixtura de mirra y áloe, «unas cien libras». Y prosigue: «Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos» (19,39s).Pero la cantidad de aromas es extraordinaria y supera con mucho la medida habitual: es una sepultura regia. Si en el echar a suertes sus vestiduras hemos vislumbrado a Jesús como Sumo Sacerdote, ahora el tipo de sepultura lo muestra como Rey: en el instante en que todo parece acabado, emerge sin embargo de modo misterioso su gloria.

Los Evangelios sinópticos nos narran que algunas mujeres observaban el sepelio (cf. Mt 27,61; Mc 15,47), y Lucas puntualiza que eran las mujeres «que lo habían acompañado desde Galilea» (23,55). Y añade: «A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme a lo prescrito» (23,56). Tras el descanso sabático, el primer día de la semana por la mañana, vendrán para ungir el cuerpo de Jesús y así dejar lista la sepultura de manera definitiva. La unción es un intento de detener la muerte, de evitar la descomposición del cadáver. Pero es un esfuerzo inútil: la unción puede conservar al difunto como difunto, no puede restituirle la vida.

La mañana del primer día las mujeres verán que su solicitud por el difunto y su conservación ha sido una preocupación demasiado humana. Verán que Jesús no tiene que ser conservado en la muerte, sino que Él —y ahora de modo real— está de nuevo vivo. Verán que Dios, de un modo definitivo y que sólo Él puede hacer, lo ha rescatado de la corrupción y, con ello, del poder de la muerte. Con todo, en la premura y en el amor de las mujeres se anuncia ya la mañana de la Resurrección.

(Ratzinger, J. – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Segunda Parte, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 254 – 267)

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EL BUEN LADRÓN

¿Quieres ver otra obra magnífica, que sobreexcede a todo humano pensamiento? Hoy nos abrió el paraíso cerrado, porque hoy introdujo en él al ladrón. Dos obras magníficas: abrió el paraíso, e introdujo en él al ladrón; le devolvió su antigua patria, le restituyó a la ciudad paterna.

Hoy, dice, estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23, 43). ¿Qué es lo que dices? ¿Estás puesto en la cruz y sujeto en ella con clavos y prometes el paraíso? Y ¿cómo puedes dar cosas tan grandes? Porque, en efecto, San Pablo, dice: Fue crucificado por debilidad. Más oye lo que añade: Pero vive por virtud de Dios (2 Co 13, 14). Y de nuevo, en otra parte: Mi virtud se perfecciona en la debilidad (2 Co 12, 19). Por esta razón, dice, hago en la cruz esta promesa, para que entiendas mi poder. Porque siendo, como es, la cruz cosa muy desagradable, para que no quedes abatido y cabizbajo mirando a lo que es de suyo, sino que, atendiendo al poder del crucificado, seas animoso y resuelto, te muestra en ella su virtud.

Porque, en efecto, logró atraer a si el ánimo perverso del ladrón, no resucitando a un muerto, no imperando al mar, no increpando a los demonios, sino crucificado, enclavado, injuriado, escupido, afrentado, burlado, hecho el escarnio de todos. Mira cómo resplandece su poder por dos títulos. Hizo se estremeciera la creación, rompió las peñas, y el alma del ladrón, más dura que una peña, la convirtió en más blanda que la cera. Hoy estarás conmigo en el paraíso. ¿Qué es lo que dices? Conque los querubines con espada de fuego guardan el paraíso ¿y tú prometes la entrada en él al ladrón? Sí, dice. Porque yo soy Señor de los querubines y tengo potestad sobre el fuego y el infierno, sobre la vida y la muerte. Por eso dice: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Si aquellas potestades ven al Señor, al punto ceden y se retiran.

Ahora bien; ¿qué rey consentiría jamás en llevar a la ciudad, sentado junto a sí, a un ladrón, o a ningún otro de sus siervos? y sin embargo, esto hizo nuestro benigno Señor. Pues al entrar en la sagrada patria, introduce consigo al ladrón, y no deshonra, ni mucho menos, el paraíso con los pies del ladrón, sino que, al contrario, lo honra más. Porque honra es del paraíso el tener semejante Señor, tan poderoso y tan benigno, que puede aún al ladrón hacerle digno del gozo del paraíso. Que tampoco cuando llamaba a su reino los publicanos y las pecadoras lo deshonraba, antes lo honraba mucho más, y demostraba que es de tal condición el Señor del reino de los cielos, que aun a las pecadoras y publicanos hace honrados y dignos de gozar de su gloria y galardón. Así, pues, como admiramos a un médico, cuando vemos que a hombres sujetos a incurables enfermedades los libra de ellas y les restablece completamente la salud, admírate del mismo modo de Cristo, amado (oyente), y llénate de estupor al ver que a hombres sujetos a incurables enfermedades del alma los puede librar de su maldad, y hacer dignos del reino de los cielos a los que habían llegado al colmo de la malicia.

Hoy estarás conmigo en el paraíso. Grande honor, inmensa grandeza de benignidad, indecible exceso de bondad, porque mayor honra que la de entrar en el paraíso, es el entrar con el mismo Señor. ¿Qué es esto, decidme? ¿Qué título ha manifestado el ladrón para que re-pentinamente sea tenido por digno del paraíso desde la cruz? ¿Quieres que te diga brevemente y te haga ver la probidad y reconocimiento del ladrón? Cuando abajo negaba Pedro, príncipe de los discípulos, arriba, en la cruz, él le confesó.

Y no he dicho esto por reprender a Pedro, ¡lejos de mí! sino por demostrar la magnanimidad del ladrón y su virtud extraordinaria. Aquel no resistió a la amenaza de una despreciable doncella; más este, viendo a todo el pueblo ante sí, de pie, dando voces, y lanzando mil afrentas al crucificado, no atendió a la injuria del crucificado, sino que, pasando por alto todo esto con los ojos de la fe, y dejando abajo todo lo despreciable que le podía estorbar, reconoció al Señor de los cielos, diciendo aquellas breves palabras que le hicieron parecer dignos del paraíso: Acuérdate de mí en tu reino (Lc 23, 42). No pasemos de ligero esta sentencia, ni nos avergoncemos de tomar por maestro al ladrón, a quien el Señor nuestro no se avergonzó de introducir el primero en el paraíso, no nos avergoncemos de tomar por maestro a un hombre, que antes de todo el humano linaje, apareció digno de la vida del paraíso. Examinemos, pues, cada una de las palabras, para que también por aquí entendamos el poder de la cruz. Porque no le dijo el Señor como a Pedro y Andrés: Venid y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19), ni le dijo, como a los doce discípulos: Os sentaréis sobre doce tronos, juzgando las doce tribus de Israel (Mt 19, 28); antes, ni una sola palabra se dignó dirigirle. No vio tampoco milagros, ni muerto alguno resucitado, ni a los demonios lanzados, ni el mar obedeciendo a su imperio, ni habló con él sobre el reino; y ¿de dónde había de saber aún el nombre del reino? Y con todo, veamos, cuánta fue su inteligencia.

Insultaba a Cristo, dice el texto, el otro ladrón; porque había otro ladrón crucificado también con ellos, para que se cumpliese la sentencia del profeta: Y fue contado entre los malhechores (Is 53, 12). Porque deseaban los judíos ingratos deshacer aun su honra, y por todas partes le insultaban con cuantas cosas hacían con él; pero, precisamente por ellas mismas, crecía más y más la verdad, y por los mismos obstáculos se hacía cada vez más resplandeciente.

Le insultaba, pues, el otro ladrón, y uno de los Evangelistas dice (Mc 15, 32) que ambos insultaban a Jesús; (y ello es así, y esto es precisamente lo que más esfuerza la probidad del buen ladrón: porque es natural que le insultara al principio) pero de súbito dio muestras de haberse convertido: Le insultaba, pues dice, el otro ladrón. ¿Ves la diferencia de un ladrón y del otro ladrón? Ambos en la cruz, ambos por su maldad, ambos por su vida de robos, más no están ambos en la misma disposición; antes, el uno se hace heredero del reino; el otro es lanzado al infierno. Así sucedió ayer entre el discípulo y los discípulos el uno se disponía para la traición, los otros se preparaban para el sagrado ministerio; aquel decía a los fariseos: ¿Qué me queréis dar y yo os le entregaré (Mt 26, 15-16)? Más estos se adelantaron a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres que te preparemos lugar para comer la Pascua (Mt. 26, 17)?

Tal es la diferencia que hay aquí entre ladrón y ladrón: uno le insulta, otro hace callar al injuriador; uno blasfema, otro reprende al blasfemo; y esto, viendo al Señor crucificado, condenado y debajo al pueblo insultándole, dando grandes voces; pero nada de esto bastó para arredrarle ni hacerle dejar de justo modo de sentir; antes increpa terriblemente al otro ladrón, y le dice: ¿Tampoco temes a Dios tú?

¿Ves la libertad del ladrón? ¿Ves cómo tampoco en la cruz se olvida de su propio oficio, sino que por esta confesión roba el reino de los cielos? ¿Tampoco temes a Dios tú? dice. ¿Ves su libertad en la cruz? ¿Ves su sabiduría, ves su piedad? ¿No es justo que admiremos su generosa constancia porque estuvo en sí y no perdió el conocimiento, traspasado como estaba con los clavos, y sufriendo los intolerables dolores que le causaban? Yo, por mi parte, no sólo le juzgo justamente digno de que le admiremos, sino aún de que le llamamos dichoso. Porque no sólo no atendía a los tormentos, sino que prescindiendo de sí mismo, se cuidaba del mal del prójimo y trataba de sacarle del error, y de hacerse su maestro en la cruz. ¿Y no temes a Dios, dice, tampoco tú? Que era casi como decirle: No atiendas sólo al tribunal de aquí abajo, no des la sentencia por lo que ves, no mires sólo a lo que aquí sucede; hay otro juez invisible, incorruptible es aquel tribunal, y no puede ser engañado. No atiendas, por consiguiente, a que ha sido condenado aquí abajo; que allí arriba no es lo mismo. Porque en el tribunal de aquí abajo muchas veces son condenados los inocentes, y son absueltos los reos, son condenados los justos, y huyen libres los culpados. Porque los más de los hombres, unos voluntaria, otros involuntariamente, corrompen los tribunales, porque o por ignorar la justicia, o por ser engañados, o a ciencia y conciencia sobornados con dinero, hacen traición a la verdad, y dan sentencia contra el inocente. Más allá arriba saldrá como luz; no tiene sombras, no tiene escondrijos, no sufre torcimiento. Por eso, para que no le contestara el mal ladrón: “Ya ha sido condenado en el tribunal de aquí abajo; ¿por qué le defiendes?”, le citó al juicio de arriba, a aquel terrible tribunal, a aquel juzgado incorruptible, a aquel juez infalible, y le hizo recordar aquel temeroso proceso. Mira allá, le dice, y no darás sentencia condenatoria, ni estarás de parte de los hombres de aquí abajo, sino que admirarás y aprobarás el juicio de arriba. ¿Tampoco tú, dice, temes a Dios? ¿Ves la filosofía del ladrón, ves su entendimiento, ves su ciencia? Súbitamente desde la cruz se remonta hasta el cielo.

Y mira cómo ya desde ahora guarda la ley apostólica, y no cuida sólo de si, sino que nada deja de hacer y discurrir para librar al otro del error y reducirle a la verdad. Porque después de decirle, ¿Tampoco tú temes a Dios?, añadió porque estamos en la misma condena (Lc 23, 40). Mira aquí una confesión perfecta: ¿Qué significa en la misma condena? En el mismo suplicio, dice, porque también nosotros estamos en la cruz. Luego cuando le afrentas a él, más que a él te lanzas injurias a ti mismo; puesto que así como cuando uno está en pecado y condena a otro, antes se condena a si mismo que al otro; así también cuando uno está en una desgracia y se la echa en cara a otro, a sí mismo se la echa en cara más bien que al otro. Estamos, dice, en la misma condena. Le trae a la memoria la ley apostólica que contiene estas palabras evangélicas: No juzguéis, para que no seáis juzgados (Mt 7, 1). Porque estamos en la misma condena. ¿Qué haces, oh ladrón? ¿Haces a Jesucristo participante de vuestra culpa, diciendo: Nosotros, dice, ciertamente sufrimos con justicia, porque recibimos el pago de nuestro hecho (Lc 23, 41). Porque a fin de que después de oír Estamos en la misma condena, no creyeras que le hacía partícipe de la culpa, añadió la corrección, diciendo: Nosotros, cierto sufrimos con justicia, porque recibimos el pago de nuestros hechos. ¿Ves su perfecta confesión en la cruz? ¿Ves cómo lava sus pecados con sus palabras? ¿Ves cómo cumple aquella exhortación del profeta, Di tú el primero tus culpas, para que seas justificado (Is 43, 26)? Nadie le obligó, nadie le acusó, nadie se lo intimó; él mismo se hizo su propio acusador; por eso no tuvo ya otro acusador en adelante. Porque él se adelantó a arrebatar para sí el papel de acusador y se expuso a la ignominia pública, diciendo: Nosotros sufrimos con justicia, porque recibimos el justo pago de nuestros hechos; más este no hizo mal alguno. ¿Ves a cuánto se extiende su piedad? Y después que se acusó a sí mismo, después que descubrió sus culpas propias después que defendió al Señor diciendo: Nosotros sufrimos con justicia, más este no hizo mal alguno; entonces se animó también a proponerle una súplica, diciendo: Acuérdate de mí, Señor, cuando hubieres llegado a tu reino. No se atrevió a decir, Acuérdate de mí, hasta que por medio de la confesión se purificó de la mancha de los pecados, hasta que, condenándose a sí mismo por reo, se hizo inocente, hasta que por medio de la acusación depuso sus pecados.

¿Ves cuánto puede la confesión aun en la misma cruz? Oyendo esto, amado (oyente), no desesperes jamás; antes considerando la inefable grandeza de la benignidad de Dios, apresúrate a la corrección de tus pecados. Porque si al ladrón que estaba en la cruz se dignó hacerle tan grande honra, mucho más se dignará usar con nosotros de su natural benignidad, si quisiéremos hacer confesión de nuestros pecados. Para que gocemos, pues, también nosotros de su benignidad, no nos avergoncemos de confesar nuestros delitos; porque grande es la eficacia de la confesión, y mucho su poder. He aquí que confesó el ladrón, y halló el paraíso abierto; y confesó y el que vivía en latrocinios cobró confianza para pedir el reino. Hasta aquel punto no pidió el reino de los cielos. ¿De dónde, oh ladrón, te ha venido el acordarte del reino? ¿Qué señal de él has visto ahora? Clavos y cruz es lo que ves, y acusaciones, escarnios y dicterios. Sí, responde: veo señales; porque la misma cruz me parece un símbolo del reino. Precisamente le llamo rey, porque lo veo crucificado; porque propio es de un rey morir por sus súbditos. Él dijo: El buen pastor da la vida por las ovejas (Jn 10, 11); luego también el buen rey da la vida por los súbditos. Ya, pues, que ha dado su vida, por esto le llamo rey. Acuérdate de mí, Señor, cuando hubieres llegado a tu reino.

San Juan Crisóstomo, Homilías Selectas, Segunda homilía sobre la cruz y el buen ladrón, III, Tomo II, Apostolado Mariano España 1991, 29-34

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·        San Juan Pablo II

·        S.S. Papa Francisco

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA LOCURA DE LA CRUZ

El misterio del amor de Dios

Dice San Luis María Grignon de Monfort: “Éste es, a mi modo de ver, el mayor secreto del Rey, el misterio más sublime de la sabiduría eterna: la Cruz”.

En ella, en efecto, llega a su extremo el misterio del Amor Redentor de Dios. Frente a la miseria humana del pecado, Dios ve la ocasión de multiplicar las muestras de su amor, hasta vaciarse de Sí mismo, como escribe con fuerza San Pablo, to­mando figura de esclavo, haciéndose pecado, y cargando nues­tra maldición sobre sus hombros. En su cuerpo triturado, Cristo recapitula los pecados de toda la humanidad, desde Adán hasta el último hombre que pisará la tierra. Cristo en su Pasión es el Hombre, tal como quedó en razón de la rebeldía del pecado: “Ecce Homo”. A pesar de su inocencia absoluta, quiso que pesara sobre su conciencia el remordimiento de todos los re­beldes. Ante la majestad del Padre, Él se veía “como un gusano, no un hombre”, pues fue “traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades”, según leemos en los salmos.

El misterio de la Cruz es la clave de la obra de Nuestro Señor. Dicho misterio se hace presente ya desde el momento de su concepción en el seno de María Santísima. De ahí lo que se dice en la epístola a los Hebreos: “Por eso, [Cristo] al entrar al mundo, dice: No quisiste oblación ni sacrificio, pero me has formado un cuerpo… Entonces dije: he aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad… Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo”.

Toda la vida de Cristo puede considerarse como una ascen­sión hacia el Calvario. Para eso había venido al mundo, como lo declaró antes de su Pasión: “¿Qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si para eso he llegado a esta hora. ¡Padre, glorifica tu nombre!”. ¡Qué misterio: Dios hace consistir su gloria en la humillación de la Cruz!

Esto permanecería como un enigma insoluble si Él mismo no nos hubiese explicado la razón: su Amor. Por medio del profeta, Dios había dicho “los atraeré con lazos de hombre”. Con el misterio de su Encarnación y mediante su Pasión, Cristo se constituye en el lazo que restituye el vínculo roto por el pecado. Sobre el abismo de la rebeldía, se tiende el puente del Cuerpo de Cristo: Él acepta que nuestros pies manchados lo pisen, dejando en Él las huellas inmundas de nuestra inmundicia. Tal es el precio que acepta pagar en rescate de los cautivos. Y si el Padre acepta el holocausto de su Hijo es porque su amor desea adquirir mediante ese sacrificio infinitos hijos, que son los redimidos por la Sangre del Cordero sin mancha.

Verdaderamente que a los ojos de nuestra sola razón todo esto aparece como una locura, un verdadero delirio. Des­proporcionada es la rebeldía del hombre ante los beneficios de que Dios lo hace objeto, pero más desproporcionada es la per­severancia de este amor, que no se detiene ante ningún obstá­culo, buscando vencer las resistencias del corazón humano. Dios se hace mendigo de nuestra correspondencia.

En este día lo vemos puesto en Cruz, muerto, y con su Corazón abierto, víctima de su propio amor. Nuestra mente queda anonadada, pero en lo más íntimo de nuestra alma deben hoy resonar las palabras del Crucificado: “Tengo sed”. Cristo tiene sed de mi amor. ¿Cómo negárselo ante la enormidad del suyo? Aquí no se trata de entender sino de aceptar: tengo en mis manos la posibilidad de calmar la sed de un Dios sediento.

La Cruz: encuentro de la muerte y la vida

En el Cuerpo Crucificado del Redentor se libra el combate en­tre la muerte, consecuencia del pecado, y la vida, don del Padre. Mas por la Cruz, “la muerte es engullida en la victoria”. Y mediante, esta victoria de Cristo, la muerte deja de ser sólo el castigo del pe­cado para constituirse en el momento del reencuentro con Dios.

Esta confluencia de vida y muerte se expresa en dos cualida­des inseparables de la Cruz: la negación y la fecundidad.

El seguimiento de Cristo está signado por la cruz, que es negación del amor propio: “Si alguno quiere ser mi discípulo —nos dice el Señor—, niéguese a sí mismo, cargue su cruz, y siga tras de Mí”. La identificación con Cristo Crucificado es, ante todo, interior. Consiste en la aceptación de la voluntad del Padre, tal como en el huerto de Getsemaní lo hizo Jesús, el cual, “aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer”. La mortificación exterior no es sino la fiel expresión de esa adhesión consciente y libre a los designios divinos.

La contrapartida de esta renuncia es la fecundidad de la Cruz: “Si el grano de trigo arrojado en tierra no muere, queda solo; pero si muere produce fruto abundante”. Cristo es el grano fecundo que será sembrado en el sepulcro, cuyo fruto es la Salvación de todo el género humano. Eso mismo obra en noso­tros la experiencia de la cruz. Al vaciamos totalmente de nosotros mismos, nos hace fecundos por el poder de Dios, que ya no encuentra obstáculos para la expansión de su gracia.

El dolor redentor

En los sufrimientos de Cristo se recapitula no sólo el pecado sino también el dolor de toda la humanidad. Pero así como con su muerte Él transforma la muerte en vida, con su propio dolor convierte al dolor humano en remedio espiritual.

La Redención no consiste sólo en la reparación de la ofensa hecha a Dios, sino también en la liberación del hombre, rompien­do las cadenas demoníacas del pecado y miserias consiguientes. Es obra de la Justicia de Dios, pero es sobre todo obra de su Misericordia. En la Cruz de Cristo se manifiesta que la sola justi­cia no basta para vencer la iniquidad. Queda el saldo del dolor, el cual sólo se paga mediante su aceptación voluntaria. Cristo acepta ocupar nuestro lugar en el patíbulo sin pedir nada a cambio, ni siquiera el castigo de sus verdugos: “Padre, perdóna­los: pues no saben lo que hacen”.

En Cristo crucificado, Dios no se muestra como un deman­dante implacable, que exige el resarcimiento de sus derechos conculcados, sea como fuere, sino como un Padre, que en el exceso de su amor hacia los descarriados, no vacila en exponer a su propio Hijo a los ultrajes del demonio, “homicida desde el principio”, a fin de rescatar, mediante su dolor, a sus hijos cau­tivos. Y este amor desbordante del Padre es también amor del Hijo, el cual, como dice San Pablo, “me amó y se entregó por mi’.

De esta manera, el Cristo doliente no sólo nos da ejemplo de sumisión al Padre, sino que nos brinda la posibilidad de partici­par activamente en su obra salvífica, siendo corredentores juntamente con Él, mediante la aceptación de nuestro propio sufrimiento.

Nuestro Salvador, al referirse a los sufrimientos que habría de pasar para redimirnos, habló de “beber el cáliz de su Pasión”. Acatando la Voluntad del Padre, bebió la copa embriagadora que en la cima del Calvario descubrió la locura de un Dios ebrio de amor. Cada vez que recibimos la Eucaristía en la Santa Misa, también nosotros bebemos del Cáliz de Cristo. En este día no se celebra el Santo Sacrificio, pero la inmolación del Señor está presente de una manera especial. En la presente celebración podemos recibir también el Cuerpo de Cristo. Que al hacerlo hoy, y cada vez que lo repitamos, nuestro corazón de tal manera se abra a la acción de la Gracia, que la locura divina nos invada y nos lleve a esa entrega total de nuestro ser, que es el comple­mento necesario para aquella donación absoluta de Sí que hizo el Hijo de Dios en el Calvario. A nuestra Madre Santísima, que estuvo junto a la Cruz como cooferente de la inmolación de su Hijo, le pediremos que nos consiga esta gracia.

(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 128-133)

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San Juan Pablo II

 

La cruz es una señal visible del rechazo de Dios por parte del hombre. El Dios vivo ha venido en medio de su pueblo mediante Jesucristo, su Hijo Eterno que se ha hecho hombre: hijo de María de Nazaret.

Pero “los suyos no le recibieron” (Jn 1,11).

Han creído que debía morir como seductor del pueblo. Ante el pretorio de Pilato han lanzado el grito injurioso: “Crucifícale, crucifícale” (Jn 19,6).

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del Hijo de Dios por parte de su pueblo elegido; la señal del rechazo de Dios por parte del mundo. Pero a la vez la misma cruz se ha convertido en la señal de la aceptación de Dios por parte del hombre, por parte de todo el Pueblo de Dios, por parte del mundo.

Quien acoge a Dios en Cristo, lo acoge mediante la cruz. Quien ha acogido a Dios en Cristo, lo expresa mediante esta señal: en efecto se persigna con la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho, para manifestar y profesar que en la cruz se encuentra de nuevo a sí mismo todo entero: alma y cuerpo, y que en esta señal abraza y estrecha a Cristo y su reino.

Cuando en el centro del pretorio romano Cristo se ha presentado a los ojos de la muchedumbre, Pilato lo ha mostrado diciendo: “Ahí tenéis al hombre” (Jn 19,5). Y la multitud responde: “Crucifícale”.

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del hombre en Cristo. De modo admirable caminan juntos el rechazo de Dios y el del hombre. Gritando “crucifícale”, la multitud de Jerusalén ha pronunciado la sentencia de muerte contra toda esa verdad sobre el hombre que nos ha sido revelada por Cristo, Hijo de Dios.

Ha sido así rechazada la verdad sobre el origen del hombre y sobre la finalidad de su peregrinación sobre la tierra. Ha sido rechazada la verdad acerca de su dignidad y su vocación más alta. Ha sido rechazada la verdad sobre el amor, que tanto ennoblece y une a los hombres, y sobre la misericordia, que levanta incluso de las mayores caídas.

Y he aquí que este lugar, donde -según una tradición- a causa de Cristo los hombres eran ultrajados y condenados a muerte -en el Coliseo-, ha sido puesta la cruz, desde hace mucho tiempo, como signo de la dignidad del hombre, salvada por la cruz; como signo de la verdad sobre el origen divino y sobre el fin de su peregrinar; como signo del amor y de la misericordia que levanta de la caída y que, cada vez, en cierto sentido, renueva el mundo.

He aquí la cruz: He aquí el leño de la cruz (“ecce lignum crucis”). Es ella el signo del rechazo de  Dios y el signo de su aceptación. Es ella el signo del vilipendio del hombre y el signo de su elevación. El signo de la victoria.

Cristo dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra (sobre la cruz), atraeré todos a mí” (Jn 12,32).

Nuestros pensamientos se detienen junto a la cruz, cuyo misterio permanece y cuya realidad se repite en circunstancias siempre nuevas.

Este rechazo de Dios por parte del hombre, por parte de los sistemas, que despojan al hombre de la dignidad que posee por Dios en Cristo, del amor que solamente el Espíritu de Dios puede difundir en los corazones, este rechazo -repito-, ¿quedará equilibrado por la aceptación, íntima y ferviente, de Dios que nos ha hablado en la cruz de Cristo?

¿Quedará equilibrado este rechazo por la aceptación del hombre de esta su dignidad y de este amor, cuyo comienzo está en la cruz?

Pero el Vía Crucis de Cristo y su cruz no son solamente un interrogante: son una aspiración, una aspiración perseverante e inflexible y un grito:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27,46).

“Padre, en tus manos entrego mí espíritu” (Lc 23,46).

Gritemos y oremos, como haciendo eco a las palabras de Cristo: Padre, acoge a todos en la cruz de Cristo; acoge a la Iglesia y a la humanidad, a la Iglesia y al mundo.

Acoge a aquellos que aceptan la cruz; a aquellos que no la entienden y a aquellos que la evitan; a aquellos que no la aceptan y a aquellos que la combaten con la intención de borrar y desenraizar este signo de la tierra de los vivientes.

Padre, ¡acógenos a todos en la cruz de tu Hijo! Acoge a cada uno de nosotros en la cruz de Cristo.

Sin fijar la mirada en todo lo que pasa dentro del corazón del hombre; sin mirar a los frutos de sus obras y de los acontecimientos del mundo contemporáneo: ¡Acepta al hombre!

La cruz de tu Hijo permanezca como signo de la aceptación del hijo pródigo por parte del Padre. Permanezca como signo de Alianza, de la Alianza nueva y eterna.

(Alocución en el Vía Crucis, 4 de abril de 1980)

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Papa Francisco

 

Queridos hermanos y hermanas

Os doy las gracias por haber participado tan numerosos en este momento de intensa oración. Y doy las gracias también a todos los que se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación social, especialmente a las personas enfermas o ancianas.

No quiero añadir muchas palabras. En esta noche debe permanecer sólo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva.

Queridos hermanos, la palabra de la Cruz es también la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro alrededor. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús. Esta noche hemos escuchado el testimonio de nuestros hermanos del Líbano: son ellos que han compuesto estas hermosas meditaciones y oraciones. Les agradecemos de corazón este servicio y sobre todo el testimonio que nos dan.

Lo hemos visto cuando el Papa Benedicto fue al Líbano: hemos visto la belleza y la fuerza de la comunión de los cristianos de aquella Tierra y de la amistad de tantos hermanos musulmanes y muchos otros. Ha sido un signo para Oriente Medio y para el mundo entero: un signo de esperanza.

Continuemos este Vía Crucis en la vida de cada día. Caminemos juntos por la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta palabra de amor y de perdón. Caminemos esperando la resurrección de Jesús, que nos ama tanto. Es todo amor.

(Palatino, Viernes Santo 29 de marzo de 2013)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

VIERNES SANTO

Hoy, Viernes Santo, celebramos la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y hacemos adoración de la cruz, por lo cual, quiero tomar un texto de San Juan que se refiere propiamente a la exaltación de la cruz y que se lee justamente en la fiesta de la exaltación de la cruz:

El evangelio que vamos a comentar es parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo que se encuentra en el capítulo tres del evangelio de San Juan[1].

            Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo.

            “Nadie”, porque antes que bajase el Verbo que estaba en el cielo junto al Padre y al Espíritu Santo, aunque en verdad está en todas partes, ningún hombre podía subir al cielo porque sus puertas estaban cerradas. El pecado de Adán infestó a todos los hombres y ninguno podía penetrar en el cielo porque su entrada estaba clausurada. El que estaba en el cielo: el Verbo bajó hasta nosotros, bajó a la tierra, se hizo tierra, tomó nuestra naturaleza y la sanó con su muerte y resurrección y “ha subido al cielo” abriendo sus puertas para que nosotros también podamos subir allí. Hoy ya no se puede decir “nadie” ha subido al cielo. Innumerables hombres están en el cielo, han subido allí siguiendo a Jesús el primero que ascendió a lo más alto del cielo según su naturaleza humana, son los santos. El Verbo ha bajado del cielo por la Encarnación para que nosotros subamos al cielo por la redención del Verbo Encarnado. Siendo Dios ha bajado tomando la naturaleza humana para que nuestra naturaleza humana se eleve a la naturaleza divina y pueda ver a Dios tal cual es[2]. Estábamos condenados a la muerte y El bajó para salvarnos, para que subamos al cielo y tengamos vida eterna.

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.

¿Y cómo Moisés levantó la serpiente en el desierto? Jesús hace referencia a un hecho histórico que es figura de lo que le va a revelar a Nicodemo y de lo que vivirá en su pascua redentora, por eso dice “Y cómo”. El hecho histórico es narrado en el libro de los Números[3].

“El pueblo de Israel extenuado del camino”, significan las pruebas por las que tenía que pasar antes de llegar a la tierra prometida. Tuvieron sed y Dios les dio agua, tuvieron hambre y Dios les dio el maná. Pero siempre ante las pruebas, como en este caso, se quejaron de Dios, hablaron mal de Él y de su representante Moisés. Y su queja brota de la añoranza de Egipto donde comían y bebían sin penurias. Donde comían y bebían siendo esclavos. Se quejan de las pruebas que Dios les envía siendo libres y añoran una vida carnal a pesar de la dureza de los trabajos del demonio que los esclavizaba. ¡Qué necios somos los hombres! ¡Cuántas veces nos quejamos de Dios teniendo la libertad en su filiación añorando los placeres del mundo que nos esclavizan a Satanás, señor del mundo!

El castigo de Dios no es para condenar a los hombres. Los castigos que nos manda Dios son saludables. Dios quiere sanarnos y por eso nos castiga como todo buen padre. Además, el castigo de las serpientes venenosas se orientaba por la figura de la serpiente de bronce a la realidad del Salvador crucificado. Los mordidos por las serpientes venenosas son los que ceden a la seducción del diablo y caen en pecado y el pecado es muerte. La serpiente venenosa es el Diablo que quiere nuestra muerte e inocula su veneno mortal por el pecado.

Dios mira a los hombres con misericordia porque ellos están angustiados por su miseria, la miseria de haber juzgado a Dios y la miseria de la enfermedad y la muerte. Manda a Moisés construir sobre un estandarte una serpiente de bronce para que los mordidos la miren y sanen.

Nicodemo conocía esta historia por las Escrituras. Jesús se la aplica a sí mismo y le revela que tiene que ser elevado como la serpiente de bronce y así elevado curará a los que lo miren. Mirar a Jesús elevado es mirar a Jesús crucificado pero con el desenlace final de su crucifixión: la resurrección, ascensión y exaltación a la diestra del Padre. Mirar a Jesús “levantado” es creer en su divinidad, “cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy”[4] porque murió según su naturaleza humana pero nos curó por su naturaleza divina. Murió como hombre por los hombres y nos vivificó por su divinidad pagando el rescate que nosotros no podíamos pagar. Creer en Jesús para tener vida eterna pero no sólo en el hombre Jesús sino en el hombre-Dios Jesús. Y el que no cree en su divinidad permanece en el pecado y en la muerte “si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados”[5].

Y Jesús revela a Nicodemo el amor del Padre a los hombres:

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Y le vuelve a revelar la necesidad de la fe en su divinidad, en el Hijo único del Padre, para alcanzar la vida eterna. “Así como” en el desierto los mordidos por las serpientes venenosas miraban la serpiente de bronce elevada en un estandarte así los que miren a Jesús crucificado creyendo en Él, en que es el Hijo único hecho hombre, se salvarán porque en su crucifixión y resurrección se encierra el misterio de nuestra redención. Dios que se hace hombre para morir en cruz y rescatarnos de nuestros pecados, curarnos de la mordedura de la Serpiente infernal y darnos vida para siempre.

Jesús se anonadó tomando nuestra carne, sin dejar de ser Dios, bajó del cielo sin dejar de estar en el cielo, “se despojó de su rango y tomo la condición de esclavo” para morir en una cruz y por su anonadamiento “Dios lo levantó sobre todo” y lo puso a su derecha en el trono del cielo haciéndolo Señor de todas las cosas por derecho de conquista. Fue glorificado según su naturaleza humana[6].

 “Y como” Dios no quiso en el desierto la muerte de los israelitas sino que les mando la salvación por la serpiente de bronce, así

Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Por eso el enviado se llama Jesús que significa Salvador. Viene a salvar y no a castigar ni a condenar. Ha sido elevado para salvarnos y nuestra medicina está en creer en Él crucificado “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; más para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios”[7], es decir, salvación.

Ya Nicodemo tú estás en el cielo con Jesús por haber creído en Él viéndolo “levantado”. Ya no sólo está en el cielo “el que bajó del cielo” sino todos nosotros estamos en el cielo con Él por su elevación ya que Él es nuestra cabeza. ¿Todos con Él en cielo? Todos los que creemos en Él, porque aunque fue “levantado” por todos, sólo alcanzan la salvación y la vida eterna los que se aplican la salud por medio de la fe.

________________________________
[1] Jn 3, 13-17
[2] 1 Jn 3, 2; cf. 1 Co 13, 12
[3] 21, 4b-9
[4] Jn 8, 28
[5] Jn 8, 24
[6] Cf. Flp 2, 6-11
[7] 1 Co 1, 23-24

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iNFO – Homilética.ive

Función de cada sección del Boletín

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

Función de cada sección del Boletín


Homilética se compone de 7 Secciones principales:

Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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Jueves Santo – La Cena del Señor 2016

24
marzo

Jueves Santo

Misa Vespertina de la Cena del Señor

 (Ciclo C) – 2016

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Texto Litúrgico

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Exégesis

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Comentario Teológico

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Santos Padres

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Aplicación

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Directorio Homilético

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Información

Textos Litúrgicos

·         Lecturas de la Santa Misa

·         Guión para la Santa Misa

Jueves Santo

(Jueves 24 de Marzo de 2016)

Misa Vespertina de la Cena del Señor

(Jn 13,1-15)

LECTURAS

Prescripciones sobre la cena pascual

Lectura del libro del Éxodo                                                                                                    12, 1-8. 11-14

El Señor dijo a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto: «Este mes será para ustedes el mes inicial, el primero de los meses del año. Digan a toda la comunidad de Israel:

“El diez de este mes, consíganse cada uno un animal del ganado menor, uno para cada familia. Si la familia es demasiado reducida para consumir un animal entero, se unirá con la del vecino que viva más cerca de su casa. En la elección del animal ten­gan en cuenta, además del número de comensales, lo que cada uno come habitualmente.

Elijan un animal sin ningún defecto, macho y de un año; podrá ser cordero o cabrito. Deberán guardarlo hasta el catorce de este mes, y a la hora del crepúsculo, lo inmolará toda la asamblea de la comunidad de Israel. Después tomarán un poco de su sangre, y marcarán con ella los dos postes y el dintel de la puerta de las casas donde lo coman. Y esa misma noche comerán la carne asada al fuego, con panes sin levadura y verduras amargas.

Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. Y lo comerán rápidamente: es la Pascua del Señor.

Esa noche Yo pasaré por el país de Egipto para exterminar a todos sus primogénitos, tanto hombres como animales, y daré un justo escarmiento a los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre les servirá de señal para indicar las casas donde ustedes estén. Al verla, Yo pasaré de largo, y así ustedes se librarán del golpe del Exterminador, cuando Yo castigue al país de Egipto.

Este será para ustedes un día memorable y deberán solemnizarlo con una fiesta en honor del Señor. Lo celebrarán a largo de las generaciones como una institución perpetua”».

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial                                                    115. 12-13. 15-16bc. 17-18

R. ¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?

O bien:

R. El cáliz que bendecimos

es la comunión de la Sangre del Señor.

¿Con qué pagaré al Señor

todo el bien que me hizo?

Alzaré la copa de la salvación

e invocaré el nombre del Señor. R.

¡Qué penosa es para el Señor

la muerte de sus amigos!

Yo, Señor, soy tu servidor, lo mismo que mi madre:

por eso rompiste mis cadenas. R.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

e invocaré el nombre del Señor.

Cumpliré mis votos al Señor,

en presencia de todo su pueblo. R.

Siempre que coman este pan y beban este cáliz,

proclamarán la muerte del Señor

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto        11, 23-26

Hermanos:

      Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente:

      El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».

De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía».

Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que El vuelva.

Palabra de Dios.

Aclamación                                              Jn 13, 34

«Les doy un mandamiento nuevo:

Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado»,

dice el Señor.

Evangelio

Los amó hasta el fin

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan    13, 1-15

 

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su Hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: «Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?»

Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».

«No, le dijo Pedro, ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!»

Jesús le respondió: «Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».

«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!»

Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios».

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes».

Palabra del Señor

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GUION PARA LA MISA

Guión Misa de la Cena del Señor
Jueves Santo

Ciclo C

Entrada          El amor de nuestro Señor llega al extremo cuando en la Última Cena instituye la Eucaristía, el sacerdocio católico, y nos deja el mandamiento nuevo de la caridad.

1ª Lectura                                                                                         Ex 12, 1-8. 11-14

            La celebración de la Pascua en el Antiguo Testamento prefigura la que Cristo, verdadero Cordero, inaugura en el Cenáculo.

2ª Lectura                                                                                         1 Cor 11, 23-26

            Participar del Cuerpo y la Sangre del Señor es proclamar su misterio pascual como redención de los hombres.

Evangelio                                                                                         Jn 13, 1-15    

Jesús sirve a sus discípulos, y en ellos también a nosotros y nos enseña que el amor consumado se expresa en este servicio.

Preces

            Elevemos nuestras súplicas a Dios nuestro Padre, que en su Hijo Jesucristo ha querido mostrarnos la abundancia de un amor sin límites, un amor que llega hasta la Eucaristía.

A cada intención respondemos…

+ Por el Santo Padre, que con fortaleza sostenga la fe de la Iglesia con el anuncio de Cristo, Sumo Sacerdote y Víctima de amor. Oremos.

+ Por los sacerdotes, que entren en el Corazón de Cristo y den luego a los hombres lo que allí contemplan. Oremos.

+ Por los seminaristas y diáconos que serán ordenados este año, que ofrezcan a Cristo toda su persona para que Él obre a través de ellos. Oremos.

+ Por la unidad de nuestra familia religiosa, que tiene sus raíces y fuente de fecundidad evangélica en la Eucaristía celebrada y participada diariamente. Oremos.

+ Por los cristianos que en tantas partes del mundo, no tienen libre acceso a los sacramentos, por los que viven la persecución religiosa, para que el Espíritu Santo obre en ellos, los santifique y los conforte. Oremos.

Oremos.

Dios, Padre nuestro, que en la Cena pascual has recibido la súplica ardiente del corazón de tu Hijo por todos los hombres, acoge bondadoso lo que por Él te pedimos, y haznos partícipes de los frutos de su Sacrificio pascual. Por Jesucristo, nuestro Señor.
 

Ofertorio

Nos unimos a la procesión de ofrendas con todas nuestras intenciones y ofrecemos:

–    Alimentos, y en ellos nuestra caridad que abarca a los pobres de cuerpo y alma.

–   Pan y vino, los dones que el Señor escogió para que sean su Cuerpo y su Sangre.

Comunión:  Señor, que tu Misericordia nos acompañe siempre y tu presencia nos anime en los tiempos de tribulación.

No hay de salida – sigue la procesión al Monumento

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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 Exégesis 

·         Manuel de Tuya

.         Alois Stöger

Manuel de Tuya

El lavatorio de los pies

 El capítulo 13 de Jn narra las palabras de Cristo en el cenáculo. Aunque Jn omite el relato de la institución eucarística, probablemente porque a la hora de la composición de su evangelio ya era de todos conocida, por vivida en la fractio panis, pone, en cambio, una serie de discursos de Cristo, que ocupan los capítulos 13-17, de gran importancia dogmática.

            Estudios recientes sugieren una nueva explicación. Parte del evangelio de Jn tendría por trasfondo esquemático una haggadah pascual del libro de la Sabiduría. Por eso, el relato de la institución eucarística, aunque perteneciente al “bloque literario” de la pasión, se omitiría aquí por haberse desarrollado su contenido doctrinal en la exposición del “Pan de vida,” conforme a este esquema temático.

“Prólogo” teológico introductorio a la pasión, 13:1-3.

            Jn, antes de narrar la humillación de Cristo en su pasión y muerte, antepone un pequeño “prólogo” en el que destaca la grandeza de Cristo; cómo él es el único consciente de todos los pasos que da; cómo va libremente a la muerte; cómo tiene el dominio sobre todas las cosas y cómo, por amor a Dios y a los seres humanos, “salió” de Dios y “vuelve” así, triunfalmente por su muerte redentora, a Dios.

            Es característico de Jn el anteponer estos prólogos a determinados acontecimientos de Cristo para dar el profundo significado de ellos (Godet). Tal es la grandeza divina que Juan quiere destacar en Cristo.

1 Antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, al fin extremadamente los amó. 2 Y comenzada la cena, como el diablo hubiese ya puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle; 3 con saber que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que había salido de Dios y a El se volvía…

Probablemente evocada por la Pascua y basada en un juego de palabras, está construida la frase introductoria: “Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre” (Jua_5:24; Jua_7:3.14), precisamente “pascua” (pesah) significa tránsito o paso (Exo_12:11). Como, indudablemente, esta cena es la pascual, esta afirmación del cuarto evangelio crea una de las dificultades clásicas de la cronología de los evangelios, ya que resulta que Cristo celebraría la cena pascual con sus discípulos, no en la tarde del 15 de Nisán, la Pascua, sino el 14 de dicho mes: el día “antes” (v.l). Pero el estudio de esta dificultad se hará al final de este capítulo.

            Judas asiste a esta “cena” (δεΐπνον ). El término griego usado indica la comida principal, hecha preferentemente hacia la noche. Precisamente la cena pascual comenzaba después de ponerse el sol del 14 del mes de Nisán, según el cómputo del día judío (Mat_26:20 par.). Por eso, cuando poco después Judas sale de allí, “era de noche” (v.20).

Judas tiene ya tramada la entrega y está comprometido en la pasión de Cristo. Con el cinismo del disimulo, para mejor lograr su objetivo, asiste a esta cena pascual; Jn dirá que el “diablo había puesto ya en el corazón de Judas el propósito de entregarle.” Al vincular esta obra al “diablo” no pretende el evangelista hacer una exclusiva referencia literaria personificada en Satán. Para Jn, la pasión es un terrible drama entre el reino de Satán, las fuerzas del mal, y Cristo, con su reino de Luz. Los seres humanos son los instrumentos de ese mundo satánico (Jn.6:70-71; 8:44; 12:31; 13:27; 16:11; Rev_12:4.17; Rev_13:2; cf. Luc_22:3; 1Co_2:8). Pero toda esta triple conjura, satánica, sanedrítica y de Judas, contra Cristo no era oculta para El. Es lo que el evangelista se complace en destacar y anteponer a esta tremenda tragedia.

Y “sabe que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas,” que es el poder conferido a su humanidad sobre todo lo creado, por razón de su unión hipostática, ya que la frase no puede entenderse de la divinidad: poner en sus manos todas las cosas no es darle el “poder” de la divinidad, sino “poder” sobre todas las cosas (Jua_3:35; Jua_17:2). Si todas las cosas están en sus manos, también lo está Judas. Y si El no lo permitiese, ni el traidor podría entregarle. El libremente (Jua_10:18) permite que el traidor le entregue, para así cumplir los planes del Padre. Porque “sabe” que precisamente llegó “su hora,” la hora que tanto deseó y a la que amoldó sus planes (Jua_7:6; Jua_12:23).

            “Sabe” también, como se complace en destacarlo el evangelista, que “salió de Dios y a El se volvía.” Esta expresión alude, no a la generación eterna, sino a que “salió” del Padre por la encarnación y volvía, por la muerte y resurrección, al Padre, para ser glorificado con la “gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo existiese” (Jua_17:5-24).

            Además, la obra que va a realizar en esta “hora” es una manifestación también de amor insospechado a los seres humanos. Su obra de “encarnación” y de enseñanza fue obra de amor. Pero ahora dice el evangelista que, “como hubiese amado a los suyos, que estaban en el mundo, al fin los amó hasta el summum” (v.1b).

            Los “suyos,” contrapuestos al mundo en este contexto, no pueden ser los judíos (Jn 1:Jua_10:11), ni acaso sean solamente todos los cristianos de entonces (Jua_6:37.39).

            Valorados en este contexto literario del cenáculo, se debe referir a los apóstoles (Jua_17:6-9). En todo caso, el evangelista no quiere decir que la obra redentora de Cristo afecte sólo a los apóstoles: los que ahora se consideran en su “prólogo.” Poco antes se expuso la doctrina en la que se habla de la muerte redentora de Cristo (Jua_10:15), que abarca también a todos los que no son del redil de Israel, es decir, los gentiles (Jua_10:16).

            El evangelista hace ver cómo la muerte de Cristo es una prueba de su amor desbordado por los hombres. “Los amó hasta el summum” (εiς  τέλος ). La palabra griega usada lo mismo puede tener un sentido temporal, v.gr., hasta el fin de algo (Mat_10:22), que un valor cualitativo de perfección (1Te_2:16). Con ambos sentidos aparece la palabra hebrea lanetsah, que también con ambos sentidos se encuentra en las traducciones griegas. Si preferentemente aquí tiene el segundo, también puede decirse que “aquí contiene los dos sentidos a la vez”, ya que la prueba suprema de este amor extremado la da precisamente con la realización de su pasión y su muerte.

El lavatorio de los pies,1Te_13:4-20.

4 Se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó; 5 luego echó agua en la jofaina y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida. 6 Llegó, pues, a Simón Pedro, que le dijo: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? 7 Respondió Jesús y le dijo: Lo que Yo hago, tú no lo sabes ahora; lo sabrás después. 8 Di jo le Pedro: Jamás me lavarás tú los pies. Le contestó Jesús: Si no te los lavare, no tendrás parte conmigo. 9 Simón Pedro le dijo: Señor, entonces no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. 10 Jesús le dijo: El que se ha bañado no necesita lavarse, está todo limpio; y vosotros estáis limpios, pero no todos. ” Porque sabía quién había de entregarle, y por eso dijo: No todos estáis limpios. 12 Cuando les hubo lavado los pies, y tomado sus vestidos, y puéstose de nuevo a la mesa, les dijo: ¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. 14 Si Yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. 15 Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como Yo he hecho.

Sólo Jn relata esta escena. Y la introduce de una manera súbita. Dice que tiene lugar “mientras” cenaban, según la lectura mejor sostenida.

            Cristo, para ello, se levantó del triclinio en que estaba “reclinado” (άνέπεσεν ; ν . 12), y se quitó las “vestiduras” (τα  ιμάτια ). Esta palabra significa, en general, vestido, y preferentemente manto. Pero no deja de extrañar la forma plural en que aquí está puesta. Acaso sea un modismo. También “parece designar vagamente los vestidos de calle, en oposición al vestido de los servidores reducido a lo estrictamente necesario”. Luego toma una toalla de “lino,” lo suficientemente larga que permitía “ceñirse” (διέ ^ωσεν ) con ella. Suetonio cuenta de Calígula que se hizo asistir en la cena “ceñidos con un lienzo”. Después “echó agua en una jofaina,” y comenzó a lavar los pies a los apóstoles, y a secárselos con el lienzo con que se había ceñido. Esta jofaina citada (τον  νιπτήρα ) era la denominación ordinaria para usos domésticos, si no es que el evangelista quiere denominar con ella la jofaina propia (ποδανιπτηρ ) para lavar los pies a los huéspedes. La toalla con que se los seca era del ajuar que allí había para el servicio.

            Cristo aparece así con vestidos y en función de esclavo (Gen_18:4; 1Sa_25:41). Nunca como aquí Cristo, en expresión de San Pablo, “tomó la forma de esclavo” (Flp_2:7). Los apóstoles, “reclinados” en los lechos del triclinio, tenían los pies, vueltos hacia atrás, muy cerca del suelo. La ronda de humildad de Cristo va a comenzar. Acaso ellos, presa de sorpresa, se sentaron en los lechos, en dirección de sus pies, por donde Cristo iba.

            El evangelista esquematiza el relato y lo centra en la figura de Pedro, aparte del prestigio de éste a la hora de la composición de su evangelio, porque la escena con él fue la más destacada y la que prestaba una oportunidad anecdótica para hacer la enseñanza que se proponía.

            “¡Tú a mí!” Estos dos pronombres acusan bien la actitud de Pedro. El, que había visto tantas veces la grandeza de Cristo (Mat_16:16; Luc_5:8, etc.), no resistía ahora verle a sus pies para lavarle el sudor de los mismos. Se negó rotundamente. Pero en aquella actitud de Pedro, aunque de vehemente amor, había algo humano censurable. Y hacía falta que Cristo le “lavase,” le enseñase algo.

            Pedro necesitaba someterse en todo a Cristo, lo que era someterse al plan del Padre.

            Esto que Cristo exige — lavar los pies — era algo misterioso, pues su hondo sentido sólo lo comprendería “después.” Como del Señor no se registra una explicación precisa en el cenáculo, se refiere a la gran iluminación de Pentecostés, en que el Espíritu les llevaría “hacia la verdad completa,” y con esas luces relatan, varias veces, haber reconocido, comprendido hechos y enseñanzas de Cristo después de esta gran iluminación.

            Pero aquella terquedad de Pedro lleva una seria amenaza. Si Cristo no le lava, “no tendrás parte conmigo”: era la “excomunión.” La frase significa o “no ser de su partido” o no “compartir una misma suerte”. Mas “para quien ama a Cristo esta frase es irresistible”. Los Padres frecuentemente comentaron este pasaje “evocando” en él una tipificación de lo que ha de ser el cristiano por razón de su agua bautismal. Con esta palabra o con compuestos o formas fundamentales del verbo λούω , aquí usado (v.10 = b λελουμένος ) aparece expresado el bautismo en 1Co_6:11; Efe_5:26; Tít 3:5; Heb_10:22). Y Pedro, con la vehemencia y extremismos de su carácter, se ofreció a que le lavase no sólo los “pies,” sino también “las manos y la cabeza.” Pero no hacía falta esto. Aquello era un rito misterioso y no necesitaban una “purificación” fundamental, pues todos estaban limpios, juego de palabras que expresa a un tiempo la limpieza física y moral. Pero Cristo destaca ya la primera denuncia velada de Judas; éste no estaba puro.

            Después que Cristo terminó su ronda de limpieza, más de almas que de pies, pues aquello era una enseñanza, dejó su aspecto de esclavo y, tomando sus vestidos, se reclinó en el triclinio entre ellos.

            Veladamente les va a hablar de lo que hizo, pues sólo lo podrán comprender “después” de Pentecostés. Les dice que ellos le llaman “el Maestro” y “el Señor,” y lo es. Si el artículo lo contrapone a ellos, el intento del evangelista debe de ir más lejos. Cristo es el Maestro y el Señor de todos. Así su lección es universal.

            “El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado mayor que el que le envía.” Así ellos ante él.

            Por tanto, que copien la lección. ¿Cuál? “Yo os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis también lo que yo he hecho” (v.15): “habéis de lavaros los pies unos a otros” (v.14b). Pero, como comentario, añade una palabras que orientan ya, filológicamente, al verdadero intento de Cristo. “Si comprendéis estas cosas (ταοτα ), seréis dichosos si las practicáis (ποιητε  αυτά ). Más abajo se expone el sentido de este “rito.”

            (…)

Sentido de este rito del lavatorio de los pies en el intento de Cristo.

No tiene valor de sacramento. — Parecería, sin más, el que pudiera serlo, pues reúne las características sacramentales: es instituido por Cristo; es rito sensible; tiene carácter de perpetuidad (v.14); y parecería conferir gracia, ya que sin él “no tendrás parte conmigo,” se le dijo a Pedro; para recibirlo hace falta “pureza” (v.10); y al mismo tiempo entraña un sentido arcano: su sentido lo sabrán “después.” Pero la razón definitiva en contra es que la Iglesia sólo reconoce siete sacramentos. Sólo en algunas iglesias de las Galias y Milán se practicó, como un rito complementario postbautismal.

            No tiene valor de sacramental. — Ni tampoco tuvo nunca este valor. Sólo se ha conservado como una acción paralitúrgica del Jueves Santo, que recuerde, al realizarlo plásticamente, el ejemplo del Señor. Así lo mandaba ya en 694 el concilio de Toledo. Y se buscaba además, al imitar este ejemplo de Cristo, hacer ver que el que tiene autoridad y mando debe comportarse como un servidor.

            Sentido de este “rito de Cristo.” — Descartados los aspectos negativos de su interpretación, su sentido es el siguiente:

1) En la narración hay ya un indicio de que no se trata de repetir el rito en su materialidad. Se dice: “Si comprendéis estas cosas (ταύτα ) seréis bienaventurados si las hacéis” (ποιητε  αυτά ).

            La forma plural en que se alude a lo que acaba de hacer parece referirse a posibles realizaciones distintas que habrán de practicar. Si sólo se refiriese al “ejemplo” que acababa de darles, se imponía la forma singular, “Es un índice significativo de que lo que Jesús ha hecho no es más que un ejemplo entre muchos.”

            2) El ejemplo de Cristo. Serán bienaventurados si aprenden esto: que “no es el siervo mayor que su señor.” Y lo que hizo Cristo fue darles un ejemplo de humildad por caridad. Esto es lo que ellos han de practicar: la humildad por caridad. Es lo que les dirá muy pronto como un precepto nuevo: “que os améis los unos a los otros.” Lo que se dice así en enseñanza “sapiencial” es lo que, con el lavatorio de pies, les enseñó con una “parábola en acción.” Los apóstoles retendrán el espíritu de esta acción concreta, practicándolo con otras obras cuando la necesidad lo reclame.

            3) Esto mismo confirma el pasaje que Lc (Isa_22:24-27) inserta en el relato de la cena. Hubo rivalidad por los primeros puestos en el reino entre los apóstoles. Y Cristo les da allí una enseñanza “sapiencial” de contenido equivalente a ésta: “el mayor entre vosotros será como el menor, y el que manda, como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está sentado? Pues Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve.”

            A esta enseñanza “sapiencial” responde Cristo con la “parábola en acción” del lavatorio de los pies, para enseñarles la necesidad de la humildad por caridad 19.

(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)

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Alois Stöger

 La Cena

(Lc 22,14-20)

Lucas nos legó un artístico díptico, en cuya doble imagen se contraponen la cena cristiana (v. 19-20) y la judía (v. 14-18). El cordero pascual y la copa de vino del viejo rito ceden el puesto al pan y a la copa del nuevo.,

a) Antigua cena pascual (22,14-18).

14 Cuando llegó la hora, se puso a la mesa, y los apóstoles con él.

La hora fijada por la ley para la cena pascual era poco después de la puesta del sol (Exo_12:8). Ha llegado esta hora. Es también la hora en que, por disposición de la voluntad divina, ha de comenzar la pasión y la glorificación de Jesús (Exo_22:53; con frecuencia en Juan: así 12,23; 13,1; 17,1). Cristo parte del mundo cuando llega esta hora; obra por libre decisión y obedeciendo al Padre.

No se tiene ya en cuenta la antigua prescripción según la cual en la cena pascual los comensales debían estar preparados para marchar y comer de prisa. La cena ha adoptado la forma de un banquete helenístico solemne. Los doce apóstoles (6,13) son los comensales de Jesús. En la cena pascual no debe haber menos de diez ni más de veinte comensales. Jesús actúa en esta comunidad como el padre de familia. El señor está presente cuando se celebra la cena pascual y forma el centro de la comunidad de los comensales.

15 Y les dijo: Con ardiente deseo he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer; 16 porque os digo que ya no la voy a comer más hasta que se cumpla en el reino de Dios.

La antigua cena pascual se esboza solamente con unos pocos rasgos; se indica lo esencial: el cordero pascual y la copa de vino. El cuadro lleva el sello de la futura celebración eucarística.

La cena-pascual según el rito de los judíos, que a juzgar por el relato, celebró también Jesús, se celebraba siguiendo un orden riguroso. El padre de familia inauguraba la ceremonia con una acción de gracias por la fiesta. A continuación tomaba una copa con vino y pronunciaba sobre ella la bendición: «Bendito seas, Yahveh, Dios nuestro, rey del mundo, que creaste el fruto de la vid.» Entonces se bebía el vino de esta primera copa. Los presentes se lavaban la mano derecha y consumían el primer plato: una entrada de hierbas amargas empapada en una salsa muy fuerte y que era masticada mientras se meditaba. Se mezclaba una segunda copa y se ponía delante, aunque no se bebía inmediatamente de allá. El hijo preguntaba al padre de familia cómo aquella noche, con las rúbricas especiales de la cena, se distinguía de las otras noches. Entonces daba el padre una instrucción sobre el sentido de la solemnidad pascual y el significado de los manjares. Era la haggada de pascua. En estas palabras de explicación debía por lo menos recordarse la pascua («porque Dios pasó de largo las casas de nuestros padres en Egipto»), el pan sin levadura («porque fueron liberados tan rápidamente, que su masa de pan no tuvo tiempo de fermentar») y las hierbas amargas («porque los egipcios habían amargado la vida a nuestros padres en Egipto»). Tras estas palabras se cantaba la primera parte del hallel (Sal 113s). Se terminaba con el himno pascual: «Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob se libró de un pueblo extraño, fue Judá su santuario; Israel, su tierra de dominio»; (Sal 114-1s). Entonces se bebía la segunda copa.

Acto seguido se lavaban los comensales las manos y comenzaba la parte principal de la cena. El padre de familia tomaba pan sin levadura y pronunciaba sobre él la acción de gracias: «Bendito seas, Yahveh, Dios nuestro, rey del mundo, que haces brotar pan de la tierra.» Luego partía el pan en pedazos y lo daba a los comensales, que lo comían con hierbas amargas y zumo de frutas. Después se comía el cordero pascual. Una vez terminada la cena, pronunciaba el padre de familia sobre la tercera copa («copa de bendición») la acción de gracias de la comida; en ella se manifiesta la esperanza mesiánica: «Señor, Dios nuestro, a ti se dirigen nuestros ojos; pues Dios eres tú, rey de misericordia y gracia. El misericordioso. Su soberanía sea sobre nosotros siempre y eternamente. El misericordioso. Envíanos al profeta Elías, que nos traiga el Evangelio, ayuda y consuelo. El misericordioso. Otórguenos los días del Mesías y la vida del mundo venidero, él, que magnifica la salvación de su rey y hace gracia a su ungido, a David y a su descendencia eternamente.» Después de beber esta copa se cantaba la segunda parte del hallel (Sal 114/5-118). En él se decía: «Prendido me habían los lazos de la muerte, habíanme sorprendido las ansiedades del sepulcro, todo era angustia y afán para mí, e invoqué el nombre de Yahveh: Salva, ¡oh Yahveh!, mi alma. Yahveh es misericordioso y justo; sí, nuestro Dios es piadoso. Protege Yahveh a los desvalidos: yo era un mísero y él me socorrió… ¡Qué podré yo dar a Yahveh por todos los beneficios que me ha hecho? Elevaré la copa del socorro invocando el nombre de Yahveh» (Sal_116:3-6.12s). La cena pascual recibe consagración y sentido. Jesús la había deseado con ardiente deseo. Lo que durante su actividad estaba siempre presente a sus ojos, ha llegado ahora. «Fuego vine a echar sobre la tierra. ¡Y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo un bautismo con que he de ser bautizado. ¡Y cuánta es mi angustia hasta que esto se cumpla!» (Sal_12:49s). «Yo expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día tendré terminada mi obra» (Sal_13:32). Su obra no quedará terminada hasta que él haya pasado por la muerte. Con la última cena comienza su pasión y su gloria, se sientan las bases del bautismo y del envío del Espíritu Santo. Su muerte está envuelta en la claridad de pascua, de pentecostés y de los acontecimientos escatológicos; su muerte trae la salvación a los muchos. La antigua Iglesia celebra el banquete eucarístico con profundos sentimientos escatológicos (Hec_2:46). La cena que Jesús se dispone a celebrar con los suyos, los doce, que están con él, es cena de despedida. Sus palabras remiten a la muerte próxima: «…antes de padecer». El recuerdo de esta cena de despedida quedará siempre ligado a la marcha de Jesús hacia la muerte.

La mirada de Jesús se dirige, como siempre, al reino de Dios. Su muerte no es su fin. El momento presente, con la oscuridad que cae sobre él, es situado ya a la luz del futuro. El hecho de comer el cordero pascual despierta la esperanza de la venida del Mesías y de la vida en el mundo venidero. Ahora se cumple una profecía. Primeramente se cumple en la Iglesia mediante el banquete eucarístico, definitivamente se cumplirá en la participación en el reino de Dios, que es representado como banquete (22,30).

……………

17 Tomó luego una copa, y recitando la acción de gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; 18 porque os digo que, desde ahora, ya no beberé del producto de la vid hasta que llegue al reino de Dios.

Una vez que se ha comido el cordero pascual, se bebe la «copa de la bendición». A ello va asociada la oración de acción de gracias. Jesús da la copa a los comensales y los invita a beber. él mismo no bebe; de lo contrario, habría sido superfluo invitarlos a beber. Cuando bebía el padre de familia, era señal para que bebieran también los comensales. Con la copa les da también gozo y bendición.

También la copa de vino remite más allá de la hora presente. Jesús la beberá de nuevo. A su muerte sigue la gloria en el reino de Dios. En la antigua Iglesia hacían los cristianos memoria de las palabras de Jesús sobre el cordero pascual y sobre la copa pascual cuando se reunían para la cena sin la presencia corporal del Señor. Estas palabras mantenían viva la esperanza de que había de inaugurarse el reino de Dios y de que los que esperaban participarían en el banquete de que habla el Señor.

A la luz de las palabras de Jesús, pronunciadas sobre la antigua pascua, la nueva comida y la nueva bebida que él va a dar es regalo de despedida del Señor que va a la muerte, celebración conmemorativa de nueva redención, comunidad de mesa con el Resucitado, promesa de nueva comida plena y de nueva vida en el reino de Dios.

b) Cena eucarística (22,19-20).

19 Luego tomó pan y, recitando la acción de gracias, lo partió y lo dio a ellos diciendo: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. 20 Y lo mismo hizo con la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.

Se instituye la nueva pascua. El puesto del cordero pascual viene a ocuparlo el cuerpo de Jesús, el puesto de la copa pascual llena de vino viene a ocuparlo la sangre de Jesús. No se borran todos los vestigios de la antigua pascua. Como bloques erráticos de tiempos pasados hallamos las palabras acción de gracias y después de haber cenado. Después de comer el cordero pascual utilizó Jesús la tercera copa, la «copa de la bendición» (1Co_10:16), para su nuevo don. Las palabras sobre la acción de gracias están situadas al comienzo mismo del banquete eucarístico, aunque habrían tenido su puesto histórico antes de la copa. La acción de gracias es algo así como el título. La cena pascual, instituida en nueva forma por Jesús, es la gran acción de gracias de la Iglesia con Cristo, la eucaristía. (…)[1].

El centro de la nueva pascua es Jesús. De él vienen don, acción y palabra. Él toma el pan en su mano después de haberse levantado del almohadón en que estaba recostado, pronuncia la bendición, lo parte y lo distribuye entre los comensales. Análogamente procede con la copa, que contiene vino mezclado con agua. Las palabras que pronuncia Jesús y que acompañan su acción, hacen comprensible su don, lo presentan como don salvador, que tiene su razón de ser en su muerte.

El don que entrega Jesús es su cuerpo y su sangre. El cuerpo es su cuerpo vivo, él mismo; la sangre es sede de la vida, su vida, él mismo. (…). Así hacen referencia a la muerte. Jesús se da a los suyos como memorial de su muerte. «Cada vez que coméis de este pan y bebéis de esta copa, estáis anunciando la muerte del Señor, hasta que él venga» (1Co_11:26).

Las palabras con que dio Jesús comienzo a la cena, llenan la noche con el pensamiento de su fin violento. Los dones que imparte Jesús son su cuerpo, que es entregado, su sangre, que es derramada. El cuerpo es entregado, la sangre es derramada… en la muerte. Jesús toma esta muerte sobre sí por los discípulos, a los que imparte sus dones. El pan es partido y entregado… por vosotros. La sangre es derramada… por vosotros. La muerte de Jesús redunda en su bien, es para ellos muerte salvadora. Como el mártir con su muerte procura al pueblo gracia y purificación de los pecados, porque la providencia divina quiere por esta muerte expiatoria salvar a Israel oprimido (4Mac 6,28s; 17,22), así también Jesús, con su muerte, proporciona expiación y perdón. Su muerte es martirio expiatorio. Su sangre da expiación (Lev_17:11) .

Por vosotros. Estas palabras van dirigidas a los discípulos, a los que se dan el cuerpo y la sangre de Jesús. Estas palabras aplican a los discípulos lo que aporta para muchos la muerte expiatoria del siervo de Yahveh. El siervo de Yahveh es un varón de dolores, familiarizado con el sufrimiento (Isa_53:3). él lleva nuestro sufrimiento, cargó con nuestros dolores, fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades; para nuestra salud pesa sobre él el castigo; por sus llagas nos viene la curación; el Señor carga sobre él la deuda de los pecados de todos nosotros (Isa_53:4-6). Jesús es el siervo de Yahveh, que se ofrece en sacrificio en expiación por los hombres[2]. Su muerte es muerte sacrificial expiatoria.

La copa que da Jesús es «la nueva alianza en mi sangre». Contiene la sangre, con cuyo derramamiento se concluye la nueva alianza. La antigua alianza, que concluyó Dios con su pueblo en el Sinaí, ha caducado, porque el pueblo de Dios ha faltado a la fidelidad. EL Dios fiel y misericordioso le prometió perdón y un nuevo orden divino: «Vienen días en que yo haré una alianza nueva con la casa de Israel y la casa de Judá; no como la alianza que hice con sus padres, cuando tomándolos de la mano los saqué de la tierra de Egipto; ellos quebrantaron mi alianza y yo los rechacé. Esta será la alianza que yo haré con la casa de Israel en aquellos días: Yo pondré mi ley en ellos y la escribiré en su corazón, y será su Dios y ellos serán mi pueblo. No tendrán ya que enseñarse unos a otros ni exhortarse unos a otros, diciendo: Conoced a Yahveh, sino que todos me conocerán, desde los pequeños a los grandes; porque les perdonaré sus maldades y no me acordaré más de sus pecados» (Jer_31:31-34). Con su sangre otorga Jesús los bienes del nuevo orden divino, la anticipación de la salud de los últimos tiempos: íntima comunión con Dios, reconciliación con él, perdón de la culpa.

Con la copa de salvación se da Jesús como mediador de la nueva alianza. Por él, el siervo de Yahveh, que interviene expiando por muchos y da su vida, se inaugura el nuevo orden divino: «Yo, Yahveh, te he llamado en la justicia y te he tomado de la mano. Yo te he formado y te he puesto por alianza para mi pueblo y para luz de las gentes, para abrir los ojos de los ciegos, para sacar de la cárcel a los presos, del fondo del calabozo a los que moran en tinieblas» (Isa_42:6s). «Al tiempo de la gracia te escuché, el día de la salvación vine en tu ayuda. Yo te formé y te puse por alianza de mi pueblo, para restablecer la tierra y repartir las heredades devastadas. Para decir a los presos: Salid; y a los que moran en tinieblas: Venid a la luz. En todos los caminos serán apacentados, habrá pastos en todas las laderas. No padecerán hambre ni sed, calor ni viento solano que los aflija. Porque los guiará el que de ellos se ha compadecido y los llevará a aguas manantiales. Yo tornaré todos los montes en caminos y estarán preparadas las vías. Vienen de lejos: éstos, del norte y del poniente; aquéllos, de la tierra de Sinim. Cantad, cielos; tierra, salta de gozo; montes, que resuenen vuestros cánticos, porque ha consolado Yahveh a su pueblo, ha tenido compasión de sus males» (Isa_49:8-13). Lo que había anunciado Jesús en Nazaret al comienzo de su actividad, halla realización y acabamiento en la sagrada cena (Isa_4:17-20). Lo que él anunció de palabra, se realiza en su cuerpo y sangre y se imparte en la cena. Jesús no se limita a expresar la fuerza salvífica de su muerte, sino que la da como alimento en su cuerpo y sangre: «Partió el pan y lo dio a ellos.» De la misma manera también la copa. El fruto de su muerte salvífica no se asimila ya únicamente en la fe, sino mediante la recepción de la comida y de la bebida en el cuerpo. Por muy grande que sea la cualidad de signo del pan y del vino, no es suficiente para reproducir el sentido contenido en la eucaristía. «La insistencia en describir la acción de dar reclama una comprensión realista.» Jesús efectúa esta acción a la sombra de la cena pascual. Se come el cordero pascual sacrificado. Al sacrificio sigue la comida sacrificial (Exo_24:11).

A la palabra relativa al pan se añade un encargo de repetir lo hecho: Haced esto en memoria mía. También se aplica al cáliz (1Co_11:24s). La entera acción de la cena, tal como la efectuó Jesús sobre el pan y el vino, deben hacerla los discípulos en memoria de él. Cuandoquiera que hagan esto, estará presente Jesús, que con su muerte pone en vigor el nuevo orden divino. (…).

(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en  El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

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[1] Las palabras de la Cena en Lucas tienen afinidad con las palabras de la institución transmitidas por Pablo (1Co_11:23). De las palabras introductorias de Pablo y del análisis de historia de las formas resulta que estas palabras se remontan a los años 30 del siglo I y son por tanto «piedra fundamental de la tradición». Nos muestran la forma en que pronunciaban las palabras de Jesús las comunidades de Antioquia (y de Jerusalén). Los relatos de la institución, pese a sus diferentes formas, permiten reconocer cómo hablaría Jesús, aunque el tenor de las palabras se reproduce conforme al sentido, no literalmente, sino adaptado a la inteligencia de las comunidades. En la tradición de estas palabras tan veneradas ha quedado también como sedimento el empeño de la Iglesia por comprender este precioso legado del Señor. Y su solicitud por la fecundidad del mismo.
[2] En la función del siervo de Yahveh, que sufre en forma vicaria por el pecado de Israel, «por muchos», vio Jesús el sentido asignado por Dios a su muerte, tanto más que la idea de la representación vicaria y del sentido expiatorio de los sufrimientos del justo, era corriente desde la época de los Macabeos. Cf. 22,37; Mar_8:31; Mar_9:31; Mar_10:33; Mar_10:45; Mat_8:17; 12,18-21.

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Comentario Teológico

·        Benedicto XVI

La hora de Jesús

Detengámonos por el momento en Juan, que, en su narración sobre la última tarde de Jesús con sus discípulos antes de la Pasión, subraya dos hechos del todo particulares. Nos relata primero cómo Jesús prestó a sus discípulos un servicio propio de esclavos en el lavatorio de los pies; en este contexto refiere también el anuncio de la traición de Judas y la negación de Pedro. Después se refiere a los sermones de despedida de Jesús, que llegan a su culmen en la gran oración sacerdotal. Pongamos ahora la atención en estos dos puntos capitales.

«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (13,1). Con la Última Cena ha llegado «la hora» de Jesús,hacia la que se había encaminado desde el principio con todas sus obras (cf. 2,4). Lo esencial de esta hora queda perfilado por Juan con dos palabras fundamentales: es la hora del «paso» (metabaínein — metábasis); es la hora del amor (agápé) «hasta el extremo».

Los dos términos se explican recíprocamente, son inseparables. El amor mismo es el proceso del paso, de la transformación, del salir de los límites de la condición humana destinada a la muerte, en la cual todos estamos separados unos de otros, en una alteridad que no podemos sobrepasar. Es el amor hasta el extremo el que produce la «metábasis» aparentemente imposible: salir de las barreras de la individualidad cerrada, eso es precisamente el agápé, la irrupción en la esfera divina.

La «hora» de Jesús es la hora del gran «paso más allá», de la transformación, y esta metamorfosis del ser se produce mediante el agápé. Es un agápé «hasta el extremo», expresión con la cual Juan se refiere en este punto anticipadamente a la última palabra del Crucificado: «Todo está cumplido (tetélestai)» (19,30). Este fin (télos), esta totalidad del entregarse, de la metamorfosis de todo el ser, es precisamente el entregarse a sí mismo hasta la muerte.

El que aquí, como también en otras ocasiones en el Evangelio de Juan, Jesús hable de que ha salido del Padre y de su retorno a Él, podría suscitar el recuerdo del antiguo esquema del exitus y del reditus, de la salida y del retorno, como ha sido elaborado especialmente en la filosofía de Plotino. Sin embargo, el salir y volver dcl que habla Juan es totalmente diferente de lo que se piensa en el esquema filosófico. En efecto, tanto en Plotino como en sus seguidores el «salir», que para ellos tiene lugar en el acto divino de la creación, es un descenso que, al final, se convierte en un decaer: desde la altura del «único» hacia abajo, hacia zonas cada vez más bajas del ser. El retorno consiste después en la purificación de la esfera material, en un gradual ascenso y en purificaciones, que van eliminando lo que es inferior y, finalmente, reconducen a la unidad de lo divino.

El salir de Jesús, por el contrario, presupone ante todo una creación, pero no entendida como decadencia, sino como acto positivo de la voluntad de Dios. Es también un proceso del amor, que demuestra su verdadera naturaleza precisamente en el descenso —por amor a la criatura, por amor a la oveja extraviada—, revelando así en el descender lo que es verdaderamente propio de Dios. Y el Jesús que retorna no se despoja en modo alguno de su humanidad, como si ésta fuera una contaminación. El descenso tenía la finalidad de aceptar y acoger la humanidad entera y el retorno junto con todos, la vuelta de «toda carne».

En esta vuelta se produce una novedad: Jesús no vuelve solo. No abandona la carne, sino que atrae a todos hacia sí (cf. Jn 12,32). La metábasis vale para la totalidad. Aunque en el primer capítulo del Evangelio de Juan se dice que los «suyos» (ídioi) no recibieron a Jesús (cf. 1,11), ahora oímos que Él ha amado a los «suyos» hasta el extremo (cf. 13,1).En el descenso, El ha recogido de nuevo a los «suyos» —la gran familia de Dios—, haciendo que, de forasteros, se conviertan en «suyos».

Escuchemos ahora cómo prosigue el evangelista: Jesús «se levanta de la mesa, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y comienza a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido» (Jn 13,4s). Jesús presta a sus discípulos un servicio propio de esclavos, «se despojó de su rango» (Flp 2,7).

Lo que dice la Carta a los Filipenses en su gran himno cristológico —es decir, que en un gesto opuesto al de Adán, que intentó alargar la mano hacia lo divino con sus propias fuerzas, mientras que Cristo descendió de su divinidad hasta hacerse hombre, «tomando la condición de esclavo» y haciéndose obediente hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2,7-8)—, puede verse aquí en toda su amplitud en un solo gesto. Con un acto simbólico, Jesús aclara el conjunto de su servicio salvífico. Se despoja de su esplendor divino, se arrodilla, por decirlo así, ante nosotros, lava y enjuga nuestros pies sucios para hacernos dignos de participar en el banquete nupcial de Dios.

Cuando encontramos en el Apocalipsis la formulación paradójica según la cual los salvados «han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero» (7,14), se nos está diciendo que el amor de Jesús hasta el extremo es lo que nos purifica, nos lava. El gesto de lavar los pies expresa precisamente esto: el amor servicial de Jesús es lo que nos saca de nuestra soberbia y nos hace capaces de Dios, nos hace «puros».

(…)

Lavatorio de los pies y confesión de los pecados

Finalmente hemos de prestar atención todavía a un último detalle del relato del lavatorio de los pies. Después de que el Señor explica a Pedro la necesidad de lavarle los pies, éste replica que, siendo así las cosas, Jesús le debería lavar no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. La respuesta de Jesús, una vez más, resulta enigmática: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio» (13,10). ¿Qué significa esto?

Las palabras de Jesús suponen obviamente que los discípulos, antes de ir a la cena, habían tomado un baño completo y que ahora, ya a la mesa, sólo hacía falta lavarles los pies. Está claro que Juan ve en estaspalabras un sentido simbólico más profundo, que no es fácil de identificar. Tengamos presente ante todo que el lavatorio de los pies —como ya hemos visto— no es un sacramento particular, sino que significa la totalidad del servicio salvador de Jesús: el sacramentum de su amor, en el cual Él nos sumerge en la fe y que es el verdadero lavatorio de purificación para el hombre.

Pero el lavatorio de los pies adquiere en este contexto, más allá de su simbolismo esencial, también un significado más concreto que nos remite a la praxis de la vida de la Iglesia primitiva. ¿De qué se trata? El «baño completo» que se da por supuesto no puede ser otro que el Bautismo, con el cual el hombre queda inmerso en Cristo de una vez por todas y recibe su nueva identidad del ser en Cristo. Este proceso fundamental, mediante el cual no nos hacemos cristianos por nosotros mismos, sino que nos convertimos en cristianos gracias a la acción del Señor en su Iglesia, es irrepetible. No obstante, en la vida de los cristianos, para permanecer en una comunión de mesa con el Señor, este proceso necesita siempre un complemento: el lavatorio de los pies. ¿Qué significa esto? No hay una respuesta absolutamente segura. Pero me parece que la Primera Carta de Juan indica el buen camino y nos señala cuál es su significado. En ella se lee: «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos lavará de nuestros delitos. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y no poseemos su palabra» (1,8ss). Puesto que también los bautizados siguen siendo pecadores, tienen necesidad de la confesión de los pecados, que «nos lava de todos nuestros delitos».

La palabra «purificar» establece la conexión interior con la perícopa del lavatorio de los pies. La práctica misma de la confesión de los pecados, que procede del judaísmo, está atestiguada también en la Carta de Santiago (5,16), así como en la Didaché. En ésta leemos: «En la asamblea confesarás tus faltas» (4,14); y vuelve a decir más adelante: «En cuanto al domingo del Señor, una vez reunidos, partid el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados» (14,1). Franz Mußner, siguiendo a Rudolf Knopf, comenta: «En ambos textos se piensa en una confesión pública del individuo» (Jakobusbrief, p. 226, nota 5). En esta confesión de los pecados, que ciertamente formaba parte de las primeras comunidades cristianas en el ámbito de influjo judeocristiano, no se puede identificar seguramente el sacramento de la Penitencia tal como se ha desarrollado en el curso de la historia de la Iglesia, pero es ciertamente «una etapa hacia él» (ibid., p. 226).

De lo que se trata en el fondo es de que la culpa no debe seguir supurando ocultamente en el alma, envenenándola así desde dentro. Necesita la confesión. Por la confesión la sacamos a la luz, la exponemos al amor purificador de Cristo (cf.Jn 3,20s).En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él.

Al mirar en retrospectiva al conjunto del capítulo sobre el lavatorio de los pies, podemos decir que en este gesto de humildad, en el cual se hace visible la totalidad del servicio de Jesús en la vida y la muerte, el Señor está ante nosotros como el siervo de Dios; como Aquel que se ha hecho siervo por nosotros, que carga con nuestro peso, dándonos así la verdadera pureza, la capacidad de acercarnos a Dios. En el segundo «canto del siervo de Dios», en el profeta Isaías, se encuentra una frase que en cierto modo anticipa la línea de fondo de la teología joánica de la Pasión: «El Señor me dijo: “Tú eres mi siervo y en ti seré glorificado” (LXX: doxasthésomai)» (cf. 49,3).

Esta conexión entre el servicio humilde y la gloria (dóxa) es el núcleo de todo el relato de la Pasión en san Juan: precisamente en el abajamiento de Jesús, en su humillación hasta la cruz, se transparenta la gloria de Dios; Dios Padre es glorificado, y Jesús en Él. Un pequeño inciso en el «Domingo de Ramos» —que podría considerarse como la versión joánica de la narración del Monte de los Olivos— resume todo esto: «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si para eso he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Le he glorificado y volveré a glorificarle» (12,27s). La hora de la cruz es la hora de la verdadera gloria de Dios Padre y de Jesús.

(Ratzinger, J. – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Segunda Parte, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 70 – 73. 91 – 94) 

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Santos Padres

·        San Juan Crisóstomo

La venerada y tremenda mesa

Pero para que veamos la diferencia que hay entre el traidor y los demás discípulos, oigamos el Evangelio: que todo nos lo cuenta minuciosamente el Evangelista. Cuando esto sucedía, dice, cuando siguió adelante la traición, cuando Judas se perdió a sí mismo, cuando hizo aquellos tratos inicuos y buscaba oportunidad para entregarle, entonces se acercaron a Jesús los discípulos, diciendo: ¿Dónde quieres que te dispongamos sitio para comer la Pascua? (Mt 26, 17) ¿Ves qué discípulos y qué discípulo? Este se afanaba por la traición, aquellos por el servicio; este hacía pactos y trataba de recibir el precio de la sangre del Señor, aquellos se preparaban a obsequiarle. Los mismos milagros, las mismas enseñanzas tuvieron ellos y él, ¿dónde, pues, la diferencia? De la voluntad. Esta es la causa de los males y de los bienes. Era una misma la tarde en que decían esto los discípulos. ¿Qué significa dónde quieres que te dispongamos sitio para comer la Pascua? De aquí sacamos que no tenía Cristo habitación propia. Oigan los que edifican casas espléndidas y extensos pórticos, cómo el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza; por eso le dicen los discípulos: ¿Dónde quieres que te dispongamos sitio para comer la Pascua? ¿Qué Pascua? La de los judíos, la que tuvo origen desde Egipto, porque allí la celebraron al principio. ¿Y por qué razón la celebra Cristo? Como cumplió todos los otros preceptos legales, quiso también cumplir éste. Por eso decía a San Juan: Así conviene que cumplamos toda justicia. (Mt 3, 15). Por consiguiente, no nuestra Pascua, sino la de los judíos era la que querían preparar los discípu-los. Y ellos la prepararon, en efecto, mientras que la nuestra la preparó el mismo Cristo, o mejor, él se convirtió en nuestra Pascua por su santa pasión. ¿Y por qué va a la pasión? Para redimirnos de la maldición de la ley. Por lo cual San Pablo clamaba: Envió Dios a su Hijo nacido de mujer, sujeto a la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley (Ga 4, 4-5). Pues para que nadie dijera que la abrogó porque no la pudo cumplir, como cargosa, molesta y difícil, no la abrogó hasta haberla cumplido en toda su extensión. Por esto celebró también la Pascua: porque era para ellos precepto de la ley la fiesta de la Pascua. Eran los judíos ingratos a su bienhechor, y en seguida se olvidaban de él. Para que lo veas claro, considera: salieron de Egipto, atravesaron el mar Rojo, vieron dividirse las aguas y juntarse de nuevo; y, sin embargo, al poco tiempo dicen a Aarón: Haznos dioses, que vayan delante de nosotros (Ex 32, 1). ¿Qué dices, oh ingrato judío? ¿Tantas maravillas como has visto, y ya te has olvidado de Dios que te alimenta, y ni siquiera haces mención de tu bienhechor? Ya, pues, que se olvidaban de sus beneficios, ligó Dios el recuerdo de sus dones al título de las festividades, para que de grado o por fuerza tuvieran continua memoria de ellos. Tal era la obligación que tenían: ¿por qué? Para que cuando te preguntare tu hijo: ¿qué es esto?, le respondas: Con la sangre de este cordero ungieron los umbrales de las puertas, y escaparon de la muerte que el exterminador dio a todos los egipcios, y por esta sangre no pudo acometerlos y herirlos. Ellos fueron sacrificados por fuerza; más aquí Cristo se inmola voluntariamente. ¿Por qué? Porque aquella Pascua era figura de la espiritual. Y para que lo veas, mira cuanta es su mutua correspondencia. Allí había un cordero, y un cordero hay aquí; aquel era irracional, y este es racional; una oveja allí y aquí otra oveja; aquella era la sombra, y esta es la realidad; más apareció el sol de justicia, y la sombra cesó; que cuando el sol brilla, se oculta la sombra. Por eso hay también un cordero en la mesa mística para que nos santifiquemos con su sangre. Por eso, llegado ya el sol, no brilla ya la lámpara; que lo pasado no fue sino figura de lo venidero.

V

Esto se lo digo a los judíos, no sea que engañándose a sí mismos, se imaginen que celebran la Pascua; porque con desvergonzado propósito se adelantan a recibir los ácimos y nos ponen delante su fiesta, ellos, los incircuncisos de corazón, y siempre duros y rebeldes para oír.

Respóndeme, judío: ¿cómo celebras la Pascua? El templo está arruinado, deshecho el altar, pisoteado el Sancta Sanctorum, todo sacrificio abrogado, ¿cómo, pues, te atreves a prevaricar? Fuiste en otro tiempo a Babilonia, oíste a los que os cautivaron, que os decían: Cantandnos el cántico del Señor (Sal 136, 3), y no lo pudiste sufrir. Pues, ¿cómo ahora celebras la Pascua fuera de Jerusalén, tú que dijistes: Cómo cantaremos el cántico del Señor en tierra ajena (Ib., v. 3)? Esto nos declaraba el Santo David, cuando decía: Sobre el río de Babilonia, allí nos sentamos y lloramos; sobre los sauces de enmedio de él suspendimos nuestros instrumentos músicos (Sal 136, 1-2), es decir, el salterio, la citara y la lira, que eran los instrumentos de que usaban los antiguos, y a cuyo son cantaban los salmos. Allí, dice, los que nos hicieron cautivos nos preguntaron la letra de nuestras canciones (Ib., v. 3). Y dijimos: ¿Cómo cantaremos el cántico del Señor en tierra ajena? ¿Qué dices?, responde. ¿Conque no cantas el canto del Señor en tierra ajena, y celebras la Pascua en tierra ajena? ¿Ves la insensatez de los judíos? Cuando los obligaban los enemigos, ni un salmo querían cantar en tierra ajena; y ahora, ellos de suyo, sin obligarlos nadie, declaran guerra a Dios. Por esta razón, les decía San Esteban: Siempre vosotros resistís al Espíritu Santo (Hch 7, 51). ¿Ves que impuros son los ácimos, y cuán ilegal es la fiesta de los judíos? Existía ante la Pascua judaica, pero ya desapareció.

VI

Entonces, dice (el Evangelio [Mt 26, 26]), Jesús mientras ellos comían y bebían, tomando un pan en sus santas e inmaculadas manos, dio gracias, y lo partió y dijo a sus discípulos: Tomad y comed, este es mi cuerpo, que por vosotros y por muchos se divide para remisión de los pecados. Y tomando a su vez el cáliz, se lo dio a ellos, diciendo: Esta es mi sangre, que por vosotros se derrama para remisión de los pecados (Ibíd., v. 27, 28). Y cuando esto decía el Señor, estaba presente Judas. Esta es ¡oh Judas! la sangre que vendiste en treinta monedas; esta es la sangre por la cual hace poco hacías tratos desvergonzados con los ingratos fariseos. ¡Oh grande benignidad de Cristo! ¡Oh ingratitud de Judas! ¡El Señor le alimentaba, y el siervo le vendía! Él le vendió, si, recibiendo en precio treinta monedas, y Cristo derrama en precio de nuestro rescate su propia sangre, y se la entregó al mismo, que la vendió, si él lo hubiera querido. Estuvo, sí, presente Judas antes de la traición, y participó de la sagrada mesa, y gozó de la cena mística. Porque, como estuvo cuando el Señor lavó los pies, así también participó de la sagrada mesa Judas, para que no tuviera excusa alguna, sino que recibiera su propia condenación. Porque perseveró en su malvado propósito, y salido de allí, por medio de un beso llevo a cabo la traición, olvidado de sus beneficios, y después de la traición arrojó las treinta monedas, diciendo: Pequé entregando sangre inocente. ¡Oh ceguedad! ¿Participaste de la cena, y vendes al bienhechor? Y el Señor, por su parte, cumplía de grado lo que de él estaba escrito: Pero ¡ay de aquel por quien vino el escándalo (Mt. 18, 7)!

* * *

Mas ya es tiempo de acercarnos a la venerada y tremenda mesa. Acerquémonos, pues, todos con pura conciencia; no haya aquí ningún Judas que arme fraudes a su prójimo, ningún malvado, ninguno que tenga veneno oculto en su corazón. También ahora está presente Cristo, que da realce a esta mesa, pues no es el hombre quien convierte la ofrenda en el cuerpo y sangre de Cristo. Sólo para llenar la representación está el sacerdote y ofrece la súplica; únicamente la gracia y virtud de Dios es la que todo lo obra. Este es mi cuerpo, dice (Mt 26, 26). Estas palabras transforman la ofrenda. Y así como aquella voz que decía: Creced y multiplicaos y llenad la tierra (Gn 1, 28) era palabra y se convirtió en obra, y dio a la naturaleza humana el poder de criar hijos; así también estas palabras aumentan siempre la gracia de cuantos dignamente participan de ellas. No haya, pues, ningún fraudulento, ningún malvado, ninguno dado a la rapiña, ningún calumniador, ninguno que odie a sus hermanos, ningún avaro, ningún ebrio, ningún ambicioso, ningún sodomita, ningún envidioso, ninguno entregado a la lujuria, ningún ladrón, ningún insidioso, porque no reciba su propia condenación. Que también entonces Judas participó indignamente de la cena mística, y salido de allí entregó al Señor; para que aprendas que el demonio acomete principalmente a aquellos que participan indignamente de los sacramentos, y que ellos mismos se acarrean más grave suplicio. Digo esto, no tan sólo por atemorizaros, sino para afianzaros más. Porque así como el alimento corporal, si entra en un estómago lleno de malos humores, aumenta la enfermedad, así el alimento espiritual, cuando se le recibe indignamente, acarrea mayor condenación. Nadie, por consiguiente, os lo suplico, tenga dentro pensamientos malos; antes purifiquemos todos el corazón: que si somos puros, somos templos de Dios. Hagamos pura nuestra alma, que es posible hacerlo siquiera por un día. ¿De qué manera? Si tienes algo contra tu enemigo, arroja de ti la ira, desvanece la enemistad, para que recibas en la sagrada mesa la medicina del perdón. Te acercas a un sacrificio tremendo y santo; en él está inmolado Cristo. Pero piensa por causa de quién fue inmolado. ¡Oh, de qué misterio te privaste, Judas! Cristo padeció voluntariamente, para deshacer la pared intermedia del cercado (Ef 2, 14), y unir lo de abajo con lo de arriba, y hacerte partícipe de los ángeles a ti, su enemigo y adversario. ¿Conque Cristo dio su propia alma por ti, y tú guardas odio a tu consiervo? ¿Y cómo podrás acercarte a la mesa de la paz? Tu Señor no rehusó sufrirlo todo por ti, y tú ¿ni aún siquiera consientes en remitir la ira? ¿Por qué razón?, dime. La caridad es raíz, fuente y madre de todos los bienes. —Es que me causó, dirás, gravísimas molestias, me hizo innumerables injusticias, me puso ya en próximo peligro de muerte—. Y eso, ¿qué es? Aún no te crucificó, como al Señor los judíos. Si no perdonares al prójimo la injuria, tampoco tu Padre celestial te perdonará los pecados. ¿Y con qué conciencia dirás, Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombres, y lo que sigue? Cristo, aún la sangre que ellos derramaron, la ofreció del mismo modo para salvación de los que la derramaban. ¿Qué puedes hacer tú comparable con esto? Si no perdonas al enemigo, a ti mismo te haces injusticia, no a él; porque a él muchas veces le dañas para la vida presente, a ti mismo te acarreas suplicio sin remisión para el tiempo venidero. Pues a nadie en tanto grado aborrece y rechaza Dios, como al hombre que se acuerda de las injurias, y al corazón entumecido, y al alma que conserva la inflamación de la ira. Oye, efectivamente, lo que dice el Señor: Si presentas tu ofrenda sobre el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces llégate y ofrece tu don (Mt 5, 23-24). ¿Qué dices? ¿He de dejar allí el don o el sacrificio? Sí, responde; porque precisamente por la paz con tu hermano se ofrece el mismo sacrificio. Sí, pues, el sacrificio se ofrece por la paz con tu prójimo y tú no guardas la paz, inútil es para ti esta participación de él sin el bien de la paz. Guarda, pues, primero aquello por lo cual se ofrece el sacrificio, que es la paz, y entonces gozarás de él como es debido. Que a esto vino al mundo el Hijo de Dios, a reconciliar con el Padre nuestra naturaleza, como lo dice San Pablo: Ahora todo lo reconcilió consigo (Col 1, 22) matando por medio de la cruz en sí mismo la enemistad (Ef 1, 22). Por eso no se contentó con venir él solo a hacer la paz, sino que también a nosotros nos llama bienaventurados, si esto hacemos, y nos hace participantes de su propio nombre: Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9).

Pues bien, lo que hizo Cristo, el Hijo de Dios, hazlo también tú, según tus fuerzas humanas, haciéndote conciliador de paces entre ti y tu prójimo; por eso llama Hijo de Dios al pacífico; por eso al tiempo del sacrificio no hizo mención de ninguna otra manera de justicia, sino de la reconciliación con el hermano, manifestando así que la caridad es la mayor de las virtudes.

Bien quería yo, amados hijos, extender más el discurso, pero aún lo dicho basta para los que reciben con atención e inteligencia la semilla de la piedad y para los que quieren atender a lo que se dice. Recordemos, pues, siempre, os lo pido, estas palabras, y el abrazo digno de reverencial temor que mutuamente nos damos. Porque este abrazo enlaza nuestras almas, y hace que todos nos hagamos un mismo cuerpo y miembros de Cristo, porque de un mismo cuerpo participamos todos. Hagámonos, pues, verdaderamente un cuerpo, no con unión material, sino estrechando las almas mutuamente con el vínculo de la caridad. Que si esto hacemos, confiadamente podremos gozar de la mesa que tenemos preparada, y hacernos mansión donde habite la paz que Jesucristo alcanzó en su victoria. Puesto que aun cuando tengamos innumerables virtudes, si conserváremos memoria de las injurias, todo lo habremos hecho en vano y sin fruto, y nada nos valdrá para la salvación. Porque estando el Salvador para volver al Padre, en vez de gloria temporal y grandes riquezas, dejó esta herencia a sus discípulos, diciéndoles: Mi paz os doy, mi paz os dejo. (Jn 14, 27). ¿Qué riqueza, en efecto, qué abundancia de bienes puede ser más preciosa que la paz de Cristo, que supera a todo elogio y entendimiento? Bien sabía el profeta Malaquías cuán grave y atroz delito es lo contrario, y por eso decía, como por boca de Dios: Pueblo mío, hablad verdad cada uno con su prójimo, y nadie recuerde en su corazón maldad contra su prójimo, y no améis el juramento mentiroso, y no moriréis no, casa de Israel, dice el Señor (Za 8, 16-17). De modo que si habéis de ser mentirosos, aborrecedores, perjuros, olvidándose de mis preceptos, ciertamente moriréis.

Ya, pues, que sabemos todo esto, amados hijos, deshagamos toda ira, guardemos la paz mutua, y arrancando la raíz del mal y purificando nuestra conciencia, acerquémonos con mansedumbre, con modestia, con mucha piedad a la participación de estos venerados y tremen-dos misterios, no empujándonos e hiriéndonos, ni haciendo estrépito y dando clamores, sino con mucho temor y temblor, con compunción y lágrimas, para que también el benigno Señor, mirando desde arriba nuestro estado de paz mutua, y nuestro amor no fingido, y nuestra unión fraternal, se digne concedernos a todos, tanto estos bienes como los demás prometidos, por gracia y benignidad de Nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre juntamente con el Espíritu Santo gloria, imperio y honor, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías Selectas, Segunda Homilía sobre la traición de Judas y la Última Cena, IV-VI, Tomo II, Apostolado Mariano España 1991, 11-17

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·        P. Alfredo Sáenz, S.J.

·        S.S. Papa Frnacisco

·        S.S. Benedicto XVI

·        P. Gustavo Pascual, I.V.E.

.        S.S. Benedicto XVI

P. Alfredo Sáenz, SJ..

 

LA NOCHE DE LAS ENTREGAS

El triduo pascual se inicia en la noche del Jueves Santo, la noche que dio origen a dos grandes misterios de nuestra fe: la Eucaristía y el Sacerdocio. Misterios éstos que tuvieron y tienen por protagonista a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, Altar y Víctima, inmolado por su propia voluntad.

Estos dos misterios no son sino expresión de la entrega total y definitiva del Señor, en primer lugar al Padre eterno, y luego, a los que había amado hasta el fin, es decir, a sus discípulos y a todos aquellos que habían de creer en su nombre. Como El mismo nos lo dijo con vehemencia: “Ardientemente he deseado comer con vosotros esta Pascua antes de padecer”. De este modo, Jesucristo es el primero en dar cumplimiento a los dos mandamientos supremos de la Ley y los Profetas: el amor a Dios y el amor al prójimo.

Es la noche de las entregas, aunque no todos se entregan y son entregados de la misma manera y por los mismos motivos. En la noche de la Última Cena, como en cada Santa Misa, el Padre nos entrega a su Hijo Unigénito, cual otro Abraham, dispuesto a inmolar a su hijo. Este hijo es el verbo Encamado, el verdadero cordero pascual del cual todos debemos comer después de haberse inmolado en el altar de la cruz. Su sangre derramada nos reconciliará y hará de nosotros un pueblo santo. Ése es el precio que Dios mismo ha querido fijar para rescatamos de la esclavitud del pecado: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna”, se nos dice en el Evangelio. Vemos entonces como Cristo es entregado por su Padre en favor nuestro.

También Cristo se entrega por nosotros a su Padre. “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. Nadie le quita la vida, sino que la da voluntariamente por aquellos a los que ama, como expresión de su amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”. La voluntad del Padre constituyó siempre su alimento. Incesantemente hizo lo que a Él le agradaba. Su entrega fue el resultado de un acto amoroso de obediencia. “Fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. Ardientemente había esperado esta hora para que el mundo conociese hasta qué grado amaba a su Padre.

La entrega de Cristo tiene dos vertientes, dos términos. Según acabamos de decir, en primer lugar se entrega a su Padre, pero posteriormente se ofrece como alimento, para que también nosotros pudiésemos entrar en comunión con El. Vemos así como el otro desemboque de su amor son los cristianos, a quienes se entrega bajo los velos eucarísticos, tras las apariencias de pan y de vino, en el ámbito de un banquete sacrificial. Conveniente era que si su Cuerpo y su Sangre fueron derramados por nosotros, los recibiésemos en alimentos, y de este modo entrásemos en posesión de la vida que nos había alcanzado.

En esta santa noche también nos entrega el mandamiento nuevo, el mandamiento de la caridad, para que imitemos su entrega. “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Esto lo manda después de haber lavado los pies a sus discípulos, Él, que es Maestro y es Señor. “Si yo, que soy el Señor, el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado el ejemplo, para que hagáis lo mismo que yo he hecho con vosotros”. Nuestro amor al prójimo no puede no ser sino la imitación y la prolongación del amor de Cristo hacia nosotros. Bien dice San Agustín que “todo hombre debe lavar los pies a otro, o corporalmente o espiritualmente”; es decir, mediante las obras de misericordia corporales o espirituales, Cristo continúa así entregándose a todos a través nuestro.

Pero hay otra entrega, esta vez alevosa. A ella alude San Pablo en la segunda lectura: “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado”. El hecho de que Cristo se inmolase voluntariamente a su Padre, no excluía que sus enemigos llevasen a cabo su propia entrega, enemigos tanto más culpables cuanto más cercanos a Él, como en el caso de Judas, quien también fue lavado por Cristo. Judas cumplirá, pues, su “entrega”, una entrega traidora y vil; por treinta monedas lo pondrá en manos de los judíos obstinados en su incredulidad. “El que compartía mi pan es el primero en traicionarme”.

Posteriormente Caifás también lo va a entregar a Cristo en manos de Pilatos, después de haber pronunciado su sentencia de muerte. Conviene que muera uno por todos. A la suya se sumará la de Pilatos, quien después de manifestar reiteradamente que no hallaba culpa alguna en Él, lo entregaría en manos del pueblo: “haced lo que queráis”. También los discípulos lo entregarán, dejándolo solo y huyendo cobardemente, a pesar de sus anteriores propósitos de fidelidad.

Para perpetuar su entrega, positiva y sobreabundantemente generosa, a lo largo de los siglos, el Señor instituyó en esta noche el sacerdocio católico. Quiso hacer partícipes a algunos hombres de su sacerdocio ministerial, para que renovasen en su nombre el sacrificio de la redención, presidiesen al pueblo santo en el amor, lo alimentasen con su palabra y lo fortaleciesen con sus sacramentos, como dice el ritual de la ordenación. Sin sacerdocio no hay verdadera Iglesia; sin sacerdote no hay renovación incruenta del sacrificio inaugurado en la última Cena; sin sacerdote no hay Eucaristía. Y sin Misa y sin comunión se tomaría ineficaz la obra redentora del Señor. Por esto Cristo dijo a sus discípulos, ahora sacerdotes, “Haced esto en memoria mía”. Hasta que el Señor retome al fin de los tiempos, se seguirá renovando el sacrificio de alabanza que se ofrece diariamente de un extremo al otro de la tierra.

A la entrega de Cristo hemos de agregar nuestra propia entrega. No, por cierto, como la de Judas, Caifás o Pilatos. Cristo quiere seguir entregándose, ofreciéndose, inmolándose en no-sotros. Parafraseando a San Pablo, se podría decir que debemos completar en nosotros lo que falta a la entrega victimal del Señor en favor de su Iglesia. Será preciso que nos entreguemos con Él, que nos inmolemos con Él.

Cada vez que tomamos parte en el Santo Sacrificio de la Misa nos insertamos en esa corriente de entrega amorosa de Cristo al Padre y al prójimo. Si queremos que se acreciente nuestra entrega a Dios y a los hombres, será preciso nutrimos frecuentemente de la Sagrada Eucaristía, ofreciéndonos siempre de nuevo con Cristo al Padre. Como decimos en la doxología final: “Por Él, con Él y en Él”.

Que la comunión eucarística nos impulse a multiplicar nuestras visitas al Santísimo, acompañando a Cristo en sus sagrarios. Él allí nos espera para que le hagamos compañía. Desde allí nos infundirá aliento para que no desfallezcamos en la entrega ardua y cotidiana que implica el hecho de ser y de decirnos discípulos suyos.

 (SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 124-127)

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Papa Francisco

 

Es el ejemplo del Señor

Esto es conmovedor. Jesús que lava a los pies a sus discípulos. Pedro no comprende nada, lo rechaza. Pero Jesús se lo ha explicado. Jesús –Dios– ha hecho esto. Y Él mismo lo explica a los discípulos: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,12-15).

Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: «yo estoy a tu servicio». Y también nosotros, entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, pero entonces, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos, los unos a los otros. A veces estoy enfadado con uno, o con una… pero… olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber.

Como sacerdote y como obispo debo estar a vuestro servicio. Pero es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñando. Pero también vosotros, ayudadnos: ayudadnos siempre. Los unos a los otros. Y así, ayudándonos, nos haremos bien. Ahora haremos esta ceremonia de lavarnos los pies y pensemos: que cada uno de nosotros piense: «¿Estoy verdaderamente dispuesta o dispuesto a servir, a ayudar al otro?». Pensemos esto, solamente. Y pensemos que este signo es una caricia de Jesús, que Él hace, porque Jesús ha venido precisamente para esto, para servir, para ayudarnos.

(Santa Misa en la Cena del Señor, Centro Penitenciario para Menores “Casal del Marmo”, Roma, Jueves Santo 28 de marzo de 2013)

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Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas

San Juan, de modo más amplio que los otros evangelistas y con un estilo propio, nos ofrece en su evangelio los discursos de despedida de Jesús, que son casi como su testamento y síntesis del núcleo esencial de su mensaje. Al inicio de dichos discursos aparece el lavatorio de los pies, gesto de humildad en el que se resume el servicio redentor de Jesús por la humanidad necesitada de purificación. Al final, las palabras de Jesús se convierten en oración, en su Oración sacerdotal, en cuyo trasfondo, según los exegetas, se halla el ritual de la fiesta judía de la Expiación. El sentido de aquella fiesta y de sus ritos —la purificación del mundo, su reconciliación con Dios—, se cumple en el rezar de Jesús, un rezar en el que, al mismo tiempo, se anticipa la pasión, y la transforma en oración. Así, en la Oración sacerdotal, se hace visible también de un modo particular el misterio permanente del Jueves santo: el nuevo sacerdocio de Jesucristo y su continuación en la consagración de los apóstoles, en la participación de los discípulos en el sacerdocio del Señor. De este texto inagotable, quisiera ahora escoger tres palabras de Jesús que pueden introducirnos más profundamente en el misterio del Jueves santo.

En primer lugar tenemos aquella frase: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Todo ser humano quiere vivir. Desea una vida verdadera, llena, una vida que valga la pena, que sea gozosa. Al deseo de vivir, se une al mismo tiempo, la resistencia a la muerte que, no obstante, es ineludible. Cuando Jesús habla de la vida eterna, entiende la vida auténtica, verdadera, que merece ser vivida. No se refiere simplemente a la vida que viene después de la muerte. Piensa en el modo auténtico de la vida, una vida que es plenamente vida y por esto no está sometida a la muerte, pero que de hecho puede comenzar ya en este mundo, más aún, debe comenzar aquí: sólo si aprendemos desde ahora a vivir de forma auténtica, si conocemos la vida que la muerte no puede arrebatar, tiene sentido la promesa de la eternidad. Pero, ¿cómo acontece esto? ¿Qué es realmente esta vida verdaderamente eterna, a la que la muerte no puede dañar? Hemos escuchado la respuesta de Jesús: Esta es la vida verdadera, que te conozcan a ti, Dios, y a tu enviado, Jesucristo. Para nuestra sorpresa, allí se nos dice que vida es conocimiento. Esto significa, ante todo, que vida es relación. Nadie recibe la vida de sí mismo ni sólo para sí mismo. La recibimos de otro, en la relación con otro. Si es una relación en la verdad y en el amor, un dar y recibir, entonces da plenitud a la vida, la hace bella. Precisamente por esto, la destrucción de la relación que causa la muerte puede ser particularmente dolorosa, puede cuestionar la vida misma. Sólo la relación con Aquel que es en sí mismo la Vida, puede sostener también mi vida más allá de las aguas de la muerte, puede conducirme vivo a través de ellas. Ya en la filosofía griega existía la idea de que el hombre puede encontrar una vida eterna si se adhiere a lo que es indestructible, a la verdad que es eterna. Por decirlo así, debía llenarse de verdad, para llevar en sí la sustancia de la eternidad. Pero solamente si la verdad es Persona, puede llevarme a través de la noche de la muerte. Nosotros nos aferramos a Dios, a Jesucristo, el Resucitado. Y así somos llevados por Aquel que es la Vida misma. En esta relación vivimos mientras atravesamos también la muerte, porque nunca nos abandona quien es la Vida misma.

Pero volvamos a las palabras de Jesús. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti y a tu enviado. El conocimiento de Dios se convierte en vida eterna. Obviamente, por “conocimiento” se entiende aquí algo más que un saber exterior, como, por ejemplo, el saber cuándo ha muerto un personaje famoso y cuándo se ha inventado algo. Conocer, según la sagrada escritura, es llegar a ser interiormente una sola cosa con el otro. Conocer a Dios, conocer a Cristo, siempre significa también amarlo, llegar a ser de algún modo una sola cosa con él en virtud del conocer y del amar. Nuestra vida, pues, llega a ser una vida auténtica, verdadera y también eterna, si conocemos a Aquel que es la fuente de la existencia y de la vida. De este modo, la palabra de Jesús se convierte para nosotros en una invitación: seamos amigos de Jesús, intentemos conocerlo cada vez más. Vivamos en diálogo con él. Aprendamos de él la vida recta, seamos sus testigos. Entonces seremos personas que aman y actúan de modo justo. Entonces viviremos de verdad.

En la Oración sacerdotal, Jesús habla dos veces de la revelación del nombre de Dios: «He manifestado tu Nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo» (v. 6); «Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenían esté en ellos, como también yo estoy en ellos» (v. 26). El Señor se refiere aquí a la escena de la zarza ardiente, cuando Dios, respondiendo a la pregunta de Moisés, reveló su nombre. Jesús quiso decir, por tanto, que él lleva a cumplimiento lo que había comenzado junto a la zarza ardiente; que en él Dios, que se había dado a conocer a Moisés, ahora se revela plenamente. Y que con esto él lleva a cabo la reconciliación; que el amor con el que Dios ama a su Hijo en el misterio de la Trinidad, llega ahora a los hombres en esa circulación divina del amor. Pero, ¿qué significa exactamente que la revelación de la zarza ardiente llega a su término, alcanza plenamente su meta? Lo esencial de lo sucedido en el monte Horeb no fue la palabra misteriosa, el “nombre”, que Dios, por así decir, había entregado a Moisés como signo de reconocimiento. Comunicar el nombre significa entrar en relación con el otro. La revelación del nombre divino significa, por tanto, que Dios, que es infinito y subsiste en sí mismo, entra en el tejido de relaciones de los hombres; que él, por decirlo así, sale de sí mismo y llega a ser uno de nosotros, uno que está presente en medio de nosotros y para nosotros. Por esto, el nombre de Dios en Israel no se ha visto sólo como un término rodeado de misterio, sino como el hecho del ser-con-nosotros de Dios. El templo, según la sagrada escritura, es el lugar en el que habita el nombre de Dios. Dios no está encerrado en ningún espacio terreno; él está infinitamente por encima del mundo. Pero en el templo está presente para nosotros como Aquel que puede ser llamado, como Aquel que quiere estar con nosotros. Este estar de Dios con su pueblo se cumple en la encarnación del Hijo. En ella, se completa realmente lo que había comenzado ante la zarza ardiente: a Dios, como hombre, lo podemos llamar y él está cerca de nosotros. Es uno de nosotros y, sin embargo, es el Dios eterno e infinito. Su amor sale, por así decir, de sí mismo y entra en nosotros. El misterio eucarístico, la presencia del Señor bajo las especies del pan y del vino es la mayor y más alta condensación de este nuevo ser-con-nosotros de Dios. «Realmente, tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel», rezaba el profeta Isaías (45,15). Esto es siempre verdad. Pero también podemos decir: realmente tú eres un Dios cercano, tú eres el Dios-con-nosotros. Tú nos has revelado tu misterio y nos has mostrado tu rostro. Te has revelado a ti mismo y te has entregado en nuestras manos… En este momento, debemos dejarnos invadir por la alegría y la gratitud, porque él se nos ha mostrado; porque él, el infinito e inabarcable para nuestra razón, es el Dios cercano que ama, el Dios al que podemos conocer y amar.

La petición más conocida de la Oración sacerdotal es la petición por la unidad de sus discípulos, los de entonces y los que vendrán. Dice el Señor: «No sólo por ellos ruego —esto es, la comunidad de los discípulos reunida en el cenáculo— sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (v. 20; cf. vv. 11 y 13). ¿Qué pide aquí el Señor? Ante todo, reza por los discípulos de aquel tiempo y de todos los tiempos venideros. Mira hacia delante en la amplitud de la historia futura. Ve sus peligros y encomienda esta comunidad al corazón del Padre. Pide al Padre la Iglesia y su unidad. Se ha dicho que en el evangelio de Juan no aparece la Iglesia, y es verdad que no hallamos el término ekklesia. Pero aquí aparece con sus características esenciales: como la comunidad de los discípulos que, mediante la palabra apostólica, creen en Jesucristo y, de este modo, son una sola cosa. Jesús pide la Iglesia como una y apostólica. Así, esta oración es justamente un acto fundacional de la Iglesia. El Señor pide la Iglesia al Padre. Ella nace de la oración de Jesús y mediante el anuncio de los apóstoles, que dan a conocer el nombre de Dios e introducen a los hombres en la comunión de amor con Dios. Jesús pide, pues, que el anuncio de los discípulos continúe a través de los tiempos; que dicho anuncio reúna a los hombres que, gracias a este anuncio, reconozcan a Dios y a su Enviado, el Hijo Jesucristo. Reza para que los hombres sean llevados a la fe y, mediante la fe, al amor. Pide al Padre que estos creyentes «lo sean en nosotros» (v. 21); es decir, que vivan en la íntima comunión con Dios y con Jesucristo y que, a partir de este estar en comunión con Dios, se cree la unidad visible. Por dos veces dice el Señor que esta unidad debería llevar a que el mundo crea en la misión de Jesús. Por tanto, debe ser una unidad que se vea, una unidad que, yendo más allá de lo que normalmente es posible entre los hombres, llegue a ser un signo para el mundo y acredite la misión de Jesucristo. La oración de Jesús nos garantiza que el anuncio de los apóstoles continuará siempre en la historia; que siempre suscitará la fe y congregará a los hombres en unidad, en una unidad que se convierte en testimonio de la misión de Jesucristo. Pero esta oración es siempre también un examen de conciencia para nosotros. En este momento, el Señor nos pregunta: ¿vives gracias a la fe, en comunión conmigo y, por tanto, en comunión con Dios? O, ¿acaso no vives más bien para ti mismo, alejándote así de la fe? Y ¿no eres así tal vez culpable de la división que oscurece mi misión en el mundo, que impide a los hombres el acceso al amor de Dios? Haber visto y ver todo lo que amenaza y destruye la unidad, ha sido un elemento de la pasión histórica de Jesús, y sigue siendo parte de su pasión que se prolonga en la historia.

Cuando meditamos la pasión del Señor, debemos también percibir el dolor de Jesús porque estamos en contraste con su oración; porque nos resistimos a su amor; porque nos oponemos a la unidad, que debe ser para el mundo testimonio de su misión.

En este momento, en el que el Señor en la Santísima Eucaristía se da a sí mismo, su cuerpo y su sangre, y se entrega en nuestras manos y en nuestros corazones, queremos dejarnos alcanzar por su oración. Queremos entrar nosotros mismos en su oración, y así le pedimos: Sí, Señor, danos la fe en ti, que eres uno solo con el Padre en el Espíritu Santo. Concédenos vivir en tu amor y así llegar a ser uno como tú eres uno con el Padre, para que el mundo crea. Amén.

 (Basílica de San Juan de Letrán, Jueves Santo 1 de abril de 2010)

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P. Gustavo Pascual, I.V.E.

JUEVES SANTO

Me ha parecido conveniente predicar sobre el Sacramento del Orden para recordar la dignidad inmensa que Dios nos ha concedido a nosotros sacerdotes que concelebramos esta Eucaristía y también para los fieles laicos que poseen el sacerdocio común conferido a todos los bautizados. Para que conozcan un poco más el tesoro que poseen en el sacerdocio católico tan atacado y denigrado hoy.

Dijo el Señor, un jueves santo como hoy, a sus discípulos: “Haced esto en recuerdo mío”[1].

            “Haced esto…” Significa hacer lo que hizo Jesús en la Ultima Cena, la Eucaristía. Jesús transustanció el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre y quiere que sus apóstoles perpetúen lo que El hizo, es decir, la Eucaristía.

            La Eucaristía y el Sacramento del Orden nacen juntos en el Cenáculo, son el uno para el otro. No puede haber Eucaristía sin sacerdocio y no puede haber sacerdocio sin Eucaristía. Cuando deje de haber sacerdotes dejará de haber Eucaristía y Cristo vendrá por segunda vez.

            “Haced esto…” Palabras muy profundas, muy densas, que invitan al fiel a abandonarse en ellas. El que comprende estas palabras y las vive imita a Cristo con perfección. Los apóstoles no las comprendieron pero se abandonaron en Jesús. Aceptaron sus palabras. El Espíritu Santo en Pentecostés les haría comprender todo y así la misma Escritura recuerda por boca de San Pablo como los apóstoles conmemoraban lo que hizo Jesús en la Ultima Cena[2] y sellan la perpetuación del Sacrificio de Jesús con su propia sangre.

            Estas palabras tan sencillas, esta frase tan breve jamás podríamos explicitarla hasta agotarla porque contiene un misterio y el misterio no lo pueden alcanzar las razones humanas. Todos los días podríamos agregar explicitaciones del “haced esto” y no acabaríamos en toda la eternidad.

            “Haced esto…” Y con estas palabras inventa un Sacramento por el cual hombres tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres hacen la Eucaristía[3].

“Haced esto…” La transustanciación. Tomar el pan y convertirlo en el Cuerpo de Jesús repitiendo lo que Él dijo, prestándole la voz, siendo otro Cristo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo…” Tomar el cáliz con el vino y convertirlo en la Sangre de Jesús repitiendo lo que Él dijo, prestándole la voz, siendo otro Cristo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados”.

“Haced esto…” Un signo, pero no un signo cualquiera sino un signo sacramental, un sacramento que contiene al Autor de la gracia y que dado la comunica.

“Haced esto…” Un misterio, una paradoja, algo inaudito, algo que sale fuera de lo común, algo que trasciende la esfera sensible, algo que no puede hacer un hombre común sino un hombre que esta y vive en Dios, ocupado en las cosas de Dios[4], un pontífice, un mediador entre Dios y los hombres, un elegido y tomado de entre el común de los hombres[5].

            “Haced esto…” Un milagro cada día. Siendo instrumentos por el cual hace el milagro y por ser instrumentos racionales también autores del milagro cuando nos unimos con la mente y el corazón a Jesús sacerdote principal, cuando nos identificamos plenamente con Cristo en la persona de Cristo.

“Haced esto…” El memorial de la pasión de Cristo. Verdadero Sacrificio, por el cual, se nos perdonan los pecados, agradecemos a Dios sus beneficios, pedimos lo que necesitamos, adoramos a nuestro Creador.

            “Haced esto…” Un holocausto, un Sacrificio sin reservas, un Sacrificio hasta la destrucción total, una consumación plena sin guardar partes de la víctima, sin compensaciones, sin volver la mirada atrás, sin volver a tomar cosas dejadas, para la gloria de Dios y por la salvación del mundo.

            “Haced esto…” Una oblación, un ofrecimiento. La unión de las buenas obras de todos los hombres y las nuestras en unión a la Víctima Divina para gloria de Dios y salvación de las almas.

            “Haced esto…” Entrega de nuestra persona consagrada (otro cristo) por amor a los hombres para el perdón de sus pecados y en unión a la Victima Divina, a la cual, debemos asemejarnos cada día más. “La eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega”[6].

Si te sientas a comer en la mesa de un señor, mira con atención lo que te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros […]. Poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante[7].

            “Haced esto…” El amor manifestado en la entrega a los demás: amaos los unos a los otros como Yo os he amado[8]. “El mandamiento del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser mandado porque antes es dado”[9]. Él nos ha amado de la manera más perfecta, con el mayor amor, entregando su vida por nosotros[10] y por eso nosotros también debemos dar la vida por nuestros hermanos[11]. En esto se encuentra la propia plenitud para todos los hombres[12]

            “Haced esto…”  “Hágase”[13], decir sí al martirio incruento de cada día en donde se contiene la disposición al martirio cruento y si es el querer divino, el don del martirio cruento para asemejarnos más perfectamente a Jesús Víctima.

Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante[14].

“Haced esto…” Aborrecimiento, renuncia a nuestros pecados, los cuales cargamos sobre la Victima Divina para ser destruidos en su muerte y así nosotros dar muerte al hombre adámico y resucitar luego al hombre cristificado. Así como en el Antiguo Testamento se cargaba sobre un chivo expiatorio los pecados de Israel y se lo enviaba al desierto[15], así nosotros cargamos los nuestros y los de todo el mundo sobre el Cordero de Dios[16].

            “Haced esto…” El abandono en Jesús, en sus palabras “haced esto en recuerdo mío”. Palabras que sobrepasan nuestro entendimiento pero que nos preparan al salto, que es don de Dios. Para los sacerdotes, don de Dios para imitar lo que hacemos. Él nos llamó y nos da el poder de imitar su Sacrificio pero para ello es necesario abandonarnos en El y desapegarnos de las cosas y criterios mundanos y de nosotros mismos. Si nos abandonamos en Dios podremos decir como los apóstoles, como Pablo “sed mis imitadores, como lo soy de Cristo”[17]. También para todos los bautizados estas palabras implican un abandono en Dios y un desapego de los criterios mundanos y de sí mismos para valorar la excelencia, la dignidad, el don del sacerdocio católico.

            “Haced esto…” No solo la representación de lo que hizo sino también darnos como Jesús por alimento. No sólo dar lo sagrado, no solo enseñar lo sagrado, sino darnos como alimento de nuestros hermanos. Ser pan comido[18].

            “Haced esto…” Un recuerdo que es el mayor acto de amor de la historia y que nos habla del amor que Cristo nos tiene y nos habla sin interrupción porque es eterno. Cuando se recuerda se renueva, se hace presente y nos invita a entregarnos como alimento y así entrar en comunión con El y con nuestros hermanos.

            “Haced esto…” Una fiesta. Porque con la memoria de este sacrificio agradecemos y glorificamos a Dios por su bondad, de la cual participamos todas las criaturas. Damos el máximo culto que puede darse a Dios y como la fiesta nace del culto, la misa es la mayor fiesta que podemos celebrar. “Donde la caridad se alegra, allí hay fiesta” y la Eucaristía es el mayor acto de amor[19].

            “Haced esto…” Un mandato que implica una elección especialísima, una vocación de amor que nos identifica plenamente con El, somos otros cristos. “Y no solamente les mandó si no que les dio el poder de hacer lo que El mismo hacía allí en el Cenáculo, el poder de hacer en su nombre y en su memoria: ¡Haced esto en memoria mía!”[20].

“Haced esto…” El mandato más provechoso. Porque sirve para el perdón de los pecados y porque nos da la plenitud de gracia. Él, el Padre de los espíritus, nos instruye en lo que es provechoso para recibir su santificación. Su santificación consiste en su Sacrificio, esto es, en su ofrecimiento sacramental, cuando se ofrece al Padre por nosotros y se ofrece a nosotros para nuestro provecho. Yo me consagro como víctima por ellos. Cristo, que por medio del Espíritu eterno se ofreció inmaculado a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras muertas, para dar culto al Dios vivo.

            El mandato más dulce. ¿Qué puede haber más dulce que aquello en que Dios nos muestra toda su dulzura? Les enviaste desde el cielo un pan ya preparado, que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos. El sustento que les dabas revelaba tu dulzura con tus hijos, pues, adaptándose al deseo del que lo tomaba, se transformaba en lo que cada uno quería.

            El mandato más saludable. Este sacramento es el fruto del árbol de la vida, y el que lo come con la devoción de una fe sincera no gustará jamás la muerte. Es árbol de vida para los que la abrazan, son dichosos los que la poseen. Quien me come vivirá por mí.

            El mandato más amable. Este sacramento, en efecto, es causa de amor y de unión. La máxima prueba de amor es darse uno mismo como alimento. Decían las gentes de mi campamento: ¿Quién nos saciará de su carne?; que es como si dijera: Tanto los amo yo a ellos y ellos a mí, que yo deseo estar en sus entrañas y ellos desean comerme, para, incorporados a mí, convertirse en miembros de mi cuerpo. Era imposible un modo de unión más íntimo y verdadero entre ellos y yo.

            El mandato más parecido a la vida eterna. La vida eterna viene a ser una continuación de este sacramento, en cuanto que Dios penetra con su dulzura en los que gozan de la vida bienaventurada[21].

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[1] Lc 22, 19
[2] Cf. 1 Co 11, 23-26
[3] Cf. Hb 5, 1
[4] Ibíd.
[5] Cf. Hb 5, 4
[6] Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est (Dios es amor), del 25 de diciembre de 2005, nº 13, www.vatican.va/…/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est_sp.html. (En adelante Dios es amor).
[7] San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, Tratado 84, 1-2: CCL 36, 536-538. Cit. en la Liturgia de las horas, t. II, Miércoles Santo, 2ª lectura.
[8] Cf. Jn 15, 12
[9] Dios es Amor nº 14
[10] Cf. Jn 15, 13
[11] 1 Jn 3, 14
[12] Cf. Concilio Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislación posconciliar.Gaudium Spes, 24, BAC Madrid 19674, 293.
[13] Lc 1, 38
[14] San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, Tratado 84, 1-2: CCL 36, 536-538. Cit. en la Liturgia de las horas, t. II, Miércoles Santo, 2ª lectura.
[15] Cf. Lv 16, 1-10
[16] Cf. Jn 1, 29
[17] 1 Co 11, 1
[18] Cf. Chevrier, El Sacerdote según el evangelio, Descleé de Brouwer Pamplona 1961, 245. 250-3
[19] Buela, Sacerdotes para siempre, Del Verbo Encarnado  San Rafael 2000, 430
[20] Buela, Sacerdotes para siempre…, 426
[21] Cf. San Alberto Magno, Comentario al Evangelio de San Lucas 22, 19, Opera Omnia, Paris 1890-1899, 23, 672-674. Cit. Liturgia de las horas, t. 4, 15 de Noviembre, Segunda Lectura, p. 1516-1517. Regina España 19909.

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Directorio Homilético

 

Jueves Santo – Cena del Señor

CEC 1337-1344: la institución de la Eucaristía

CEC 1359-1361: la Eucaristía como acción de gracias

CEC 610, 1362-1372, 1382, 1436: la Eucaristía como sacrificio

CEC 1373-1381: la presencia real de Cristo en la Eucaristía

CEC 1384-1401, 2837: la Comunión

CEC 1402-1405: la Eucaristía “anticipación de la gloria futura”

CEC 611, 1366: la institución del sacerdocio en la Última Cena

La institución de la Eucaristía

1337  El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, “constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento” (Cc. de Trento: DS 1740).

1338  Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han tran smitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

1339  Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

          Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos’…fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios’…Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros’ (Lc 22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

1340  Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

          “Haced esto en memoria mía”

1341  El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras “hasta que venga” (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

1342  Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:

          Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

1343  Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

1344  Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús “hasta que venga” (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante “camina por la senda estrecha de la cruz” (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

La acción de gracias y la alabanza al Padre

1359  La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

1360  La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. “Eucaristía” significa, ante todo, acción de gracias.

1361  La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por  Cristo y con Cristo para ser aceptado en  él.

          Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

610    Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en “la noche en que fue entregado”(1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: “Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

El memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia

1362  La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial.

1363  En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Exodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos.

1364  El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual (cf Hb 7,25-27): “Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3).

1365  Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros” (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que “derramó por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1366  La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica  su fruto:

          (Cristo), nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio (Hb 7,24.27), en la última Cena, “la noche en que fue entregado” (1 Co 11,23), quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana), donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día (Cc. de Trento: DS 1740).

1367  El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer”: (CONCILIUM TRIDENTINUM, Sess. 22a., Doctrina de ss. Missae sacrificio, c. 2: DS 1743) “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz “se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento”; …este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibid).

1368  La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas alas generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

          En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos los hombres.

1369  Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo. Encargado del ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración de la Eucaristía en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la Iglesia universal. El obispo del lugar es siempre responsable de la Eucaristía, incluso cuando es presidida por un presbítero; el nombre del obispo se pronuncia en ella para significar su presidencia de la Iglesia particular en medio del presbiterio y con la asistencia de los diáconos. La comunidad intercede también por todos los ministros que, por ella y con ella, ofrecen el sacrificio eucarístico:

          Que sólo sea considerada como legítima la eucaristía que se hace bajo la presidencia del obispo o de quien él ha señalado para ello (S. Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1).

          Por medio del ministerio de los presbíteros, se realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador. Este, en nombre de toda la Iglesia, por manos de los presbíteros, se ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que el Señor venga (PO 2).

1370  A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

1371  El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos “que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados” (Cc. de Trento: DS 1743), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

          Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os acordéis de mi ante el altar del Señor (S. Mónica, antes de su muerte, a S. Agustín y  su hermano; Conf. 9,9,27).

          A continuación oramos (en la anáfora) por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima…Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores,… presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres (s. Cirilo de Jerusalén, Cateq. mist. 5, 9.10).

1372  S. Agustín ha resumido admirablemente esta doctrina que nos impulsa a una participación cada vez más completa en el sacrificio de nuestro Redentor que celebramos en la Eucaristía:

            Esta ciudad plenamente rescatada, es decir, la asamblea y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como un sacrificio universal por el Sumo Sacerdote que, bajo la forma de esclavo, llegó a ofrecerse por nosotros en su pasión, para hacer de nosotros el cuerpo de una tan gran Cabeza…Tal es el sacrificio de los cristianos: “siendo muchos, no formamos más que un sólo cuerpo en Cristo” (Rm 12,5). Y este sacrificio, la Iglesia no cesa de reproducirlo en el Sacramento del altar bien conocido de los fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece se ofrece a sí misma (civ. 10,6).

VI      EL BANQUETE PASCUAL

1382    La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.

1436  Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; “es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales” (Cc. de Trento: DS 1638).

La presencia de Cristo por el poder de su Palabra y del Espíritu Santo

1373  “Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas” (SC 7).

1374  El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos” (S. Tomás de A., s.th. 3, 73, 3). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente” el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Cc. de Trento: DS 1651). “Esta presencia se denomina `real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (MF 39).

1375  Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, S. Juan Crisóstomo declara que:

          No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6).

          Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:

          Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada…La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela (myst. 9,50.52).

1376  El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642).

1377  La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf Cc. de Trento: DS 1641).

1378  El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos  profundamente en señal de adoración al Señor. “La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión” (MF  56).

1379  El Sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos  y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

1380  Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado “hasta el fin” (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

          La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración. (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3).

1381  “La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios’. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros’, S. Cirilo declara: `No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente” (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF 18):

Adoro te devote, latens Deitas,

Quae sub his figuris vere latitas:

Tibi se cor meum totum subjicit,

Quia te contemplans totum deficit.

Visus, gustus, tactus in te fallitur,

Sed auditu solo tuto creditur:

Credo quidquod dixit Dei Filius:

Nil hoc Veritatis verbo verius.

(Adórote devotamente, oculta Deidad,

que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:

A ti mi corazón totalmente se somete,

pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.

La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;

sólo con el oído se llega a tener fe segura.

Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,

nada más verdadero que esta palabra de Verdad.)

“Tomad y comed todos de él”: la comunión

1384  El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: “En verdad en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53).

1385  Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y  santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

1386  Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión (cf Mt 8,8): “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. En la Liturgia de S. Juan Crisóstomo, los fieles oran con el mismo espíritu:

          Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

1387  Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

1388  Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones (cf CIC, can. 916), comulguen cuando participan en la misa (cf CIC, can 917. Los fieles, en el mismo día, pueden recibir la Santísima Eucaristía sólo una segunda vez: Cf PONTIFICIA COMMISSIO CODICI IURIS CANONICI AUTHENTICE INTERPRETANDO, Responsa ad proposita dubia, 1: AAS 76 (1984) 746): “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor” (SC 55).

1389  La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (cf OE 15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual (cf CIC, can. 920), preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.

1390  Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en el rito latino. “La comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo del banquete eucarístico” (IGMR 240). Es la forma habitual de comulgar en los ritos orientales.

          Los frutos de la comunión

1391  La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57):

          Cuando en las fiestas del Señor los fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva de que se dan las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María de Magdala: “¡Cristo ha resucitado!” He aquí que ahora también la vida y la resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol. I, Commun, 237 a-b).

1392  Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, vivificada por el Espíritu Santo y vivificante (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.

1393  La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es “entregado por nosotros”, y la Sangre que bebemos es “derramada por muchos para el perdón de los pecados”. Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados:

          “Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor” (1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio (S. Ambrosio, sacr. 4, 28).

1394  Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Cc. de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en él:

          Porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir crucificados para el mundo…y, llenos de caridad, muertos para el pecado vivamos para Dios (S. Fulgencio de Ruspe, Fab. 28,16-19).

1395  Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.

1396  La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13). La Eucaristía realiza esta llamada: “El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10,16-17):

          Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “Amén” (es decir, “sí”, “es verdad”) a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero (S. Agustín, serm. 272).

1397  La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):

          Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).

1398  La Eucaristía y la unidad de los cristianos. Ante la grandeza de esta misterio, S. Agustín exclama: “O sacramentum pietatis! O signum unitatis! O vinculum caritatis!” (“¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad!”, Ev. Jo. 26,13; cf SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen en él.

1399  Las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran amor. “Mas como estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún más con nosotros con vínculo estrechísimo” (UR 15). Una cierta comunión in sacris, por tanto, en la Eucaristía, “no solamente es posible, sino que se aconseja…en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica” (UR 15, cf CIC can. 844,3).

1400  Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, separadas de la Iglesia católica, “sobre todo por defecto del sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico” (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. Sin embargo, estas comunidades eclesiales “al conmemorar en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa” (UR 22).

1401    Si, a juicio del ordinario, se presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos (eucaristía, penitencia, unción de los enfermos) a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf CIC, can. 844,4).

2837  “De cada día”. La palabra griega, “epiousios”, no tiene otro sentido en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de “hoy” (cf Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza “sin reserva”. Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (cf 1 Tm 6, 8). Tomada al pie de la letra [epiousios: “lo más esencial”], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, “remedio de inmortalidad” (San Ignacio de Antioquía) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (cf Jn 6, 53-56) Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este “día” es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el  Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre “cada día”.

          La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos… Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación (San Agustín, serm. 57, 7, 7).

            El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el Pan del cielo (cf Jn 6, 51). Cristo “mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la Iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial” (San Pedro Crisólogo, serm. 71)

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Textos Litúrgicos: aquí encontrará Las Lecturas del Domingo y los salmos, así como el Guion para la celebración de la Santa Misa.

Exégesis: presenta un análisis exegético del evangelio del domingo, tomado de especialistas, licenciados, doctores en exégesis, así como en ocasiones de Papas o sacerdotes que se destacan por su análisis exegético del texto.

Santos Padres: esta sección busca proporcionar la interpretación de los Santos Padres de la Iglesia, así como los sermones u escritos referentes al texto del domingo propio del boletín de aquellos santos doctores de la Iglesia.

Aplicación: costa de sermones del domingo ya preparados para la predica, los cuales pueden facilitar la ilación o alguna idea para que los sacerdotes puedan aplicar en la predicación.

Ejemplos Predicables: es un recurso que permite al predicador introducir alguna reflexión u ejemplo que le permite desarrollar algún aspecto del tema propio de las lecturas del domingo analizado.

 

Directorio Homilético: es un resumen que busca dar los elementos que ayudarían a realizar un enfoque adecuado del el evangelio y las lecturas del domingo para poder brindar una predicación más uniforme, conforme al DIRECTORIO HOMILÉTICO promulgado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede en el 2014

¿Qué es el IVE, el porqué de este servicio de Homilética?

El Instituto del Verbo Encarnado fue fundado el 25 de Marzo de 1984, en San Rafael, Mendoza, Argentina. El 8 de Mayo de 2004 fue aprobado como instituto de vida religiosa de derecho Diocesano en Segni, Italia. Siendo su Fundador el Sacerdote Católico Carlos Miguel Buela. Nuestra familia religiosa tiene como carisma la prolongación de la Encarnación del Verbo en todas las manifestaciones del hombre, y como fin específico la evangelización de la cultura; para mejor hacerlo proporciona a los misioneros de la familia y a toda la Iglesia este servicio como una herramienta eficaz enraizada y nutrida en las sagradas escrituras y en la perenne tradición y magisterio de la única Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

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